Issuu on Google+


NUNCA ME GUSTARON LAS ESDRÚJULAS Quizás no sea el mejor momento de mi vida para escribir. Aquí estoy, solo, como siempre lo he estado. Recuerdo los días en que no estaba solo o pensaba que así era. Aunque la soledad siempre me ha acompañado durante toda la vida, incluso cuando creía que era feliz. Quiero remontarme unos cuantos años atrás, cuando no era tan viejo aunque en el fondo siempre lo fui. Siempre dijeron de mí que era un niño introvertido, después que era un joven tímido y cuando llegué a ser un adulto se conformaban con decir que era raro. Si te encasillan estas perdido, sobre todo en un pueblo tan pequeño como este en el que todos nos conocemos o eso creemos. Mi historia la verdad no es nada interesante, aunque a lo mejor por ese mismo motivo si que lo sea. Crecí en una casa cerca de la plaza de San Agustín en una época que la verdad no fue muy prospera. Aun así, nunca nos falto comida ni a mis cuatro hermanos ni a mi, pero en casa se podían contar lo muebles con los dedos de una mano. Yo era el mayor de los cinco sin embargo para mi desgracia soy el único que vivo. La tristeza entró en mi casa cuando cumplía diez años. Mi madre murió en el parto del que seria su sexto hijo. Con la muerte de mi madre entre en un pozo oscuro. Mucho más oscuro de lo que podéis imaginaros. Soñaba con la muerte, pero no con temor sino con excitación. Ya no podía controlar mis pensamientos, solo faltaba un empujoncito para pasar a los hechos y así fue.


Solo tenia veinte años cuando en las fiestas de San Anton conseguí que una moza del pueblo me acompañara a dar una vuelta por la noche. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Con la mano izquierda la sujetaba del cuello para que no gritara y con la otra la apuñalaba una y otra vez, la sangre me salpicaba la cara y a ella en el fondo creo que le gustaba. Después la trocee en pedacitos y nos la comimos. A la muerte de mi madre decidí encargarme de mis hermanos y también de la cocina, por eso ninguno se extraño cuando prepare una caldereta con una carne exquisita. Con el paso de los años el comer carne humana se convirtió en algo cotidiano pero cada vez mas sofisticado. Las víctimas tenia que buscarlas en los pueblos de los alrededores. Algunas eran de Villar o de Casinos, incluso alguna vez llegue a bajar a Valencia. Pasaron los años y murió primero mi padre y después uno detrás de otro mis cuatro hermanos. Solo quedo yo. La policía nunca sospechó de mi, ni sospecha. Ahora cuando ya casi no tengo fuerzas ni para levantarme, me he enterado que en el pueblo hay una Asociación Cultural, quizás un poco progre para mi gusto, la cual va hacer una especie de concurso literario. Entonces decidí mandar este escrito. Espero que perdonéis mis faltas de ortografía ya que lo único que recuerdo de mi maestro D.Antonio se remonta a una noche que intente contarle lo que me pasaba. El sobresaltado me dijo que era un antropófago. Yo lo mire de una manera indiferente y le conteste – nunca me gustaron las esdrújulas- . Me lo comí ese mismo día. Sin buscar el morbo tengo que decir que para ser un viejo su carne estaba bastante tierna. Dicho esto no quiero que malinterpretéis mis intenciones, mi objetivo no es el perdón ni la condena. Simplemente es para que estéis alerta, porque tengo hambre y se esta haciendo de noche


Nunca me gustaron las esdrujúlas