



número 0
junio 2025






(repasando cómo nos nombramos)
Lo LGTBIAQ+ apenas tiene unas décadas de recorrido. Lo disidente sexual y de género tiene un siglo y medio más, y hay constancia de que la diversidad sexual y de género toma muchas formas en diferentes culturas a lo largo de la historia, muchas borradas después de un proceso de colonización (la diversidad y la disidencia son cosas distintas, la diversidad atiende a la pluralidad de formas de ser humano, y la disidencia aparece cuando una parte de esa diversidad se señala como inhumana, antinatural, un mal para el resto). El agruparnos en letras se empezó a hacer en los 90; aunque ha habido muchas formas de llamarnos a lo largo de la historia, nosotres como colectivo nos hemos empezado a nombrar hace relativamente poco.
Desviados, vagos y maleantes. Mariquita, marica, maricón (que suena a bóveda). Bolleras, tortilleras, camioneras. Travestis, transformistas. Algunas palabras son más amables de leer y escuchar porque personas de entonces y de ahora se nombraban o se nombran a sí mismas de esa forma, han entendido su identidad a través de esas palabras, y con ello le han arrebatado la ofensa al atacante.
Homosexual, asexual, inter-
sexual, transexual. Han sido utilizadas en un inicio por médicos y psiquiatras para estudiar las conductas de las personas como si fueran objetos de estudio, con el objetivo de buscar una cura a su “condición”. Las han usado en contextos de psiquiatrización y patologización, y muches tienen una relación complicada con ellas, o buscan reapropiárselas por razones varias. Todo ello antes de que empezara a haber concienciación y lucha contra las terapias de conversión, antes de entender la diversidad de corporalidades o antes de entender que lo trans tiene que ver con el género, no con la atracción sexual.

Actualmente, y como colectivo, se usa de forma intercambiable lo queer con lo LGTBIAQ+. Queer parece ser más usado actualmente para denominar prácticas disidentes sexuales y de género, porque es suficientemente amplio para que quepan muchas ideas distintas o que parten de lugares y culturas distintas. Hay
muchas personas que buscan términos en sus propios idiomas para definir este concepto ambiguo de persona que se sale de la norma en sus prácticas relacionales, o que ha encontrado la forma de hacerlo más suyo, como el escribirlo castellanizado con cuir o kuir. Sigue siendo un término anglosajón con su propia historia de reapropiacionismo, pero un término al que le estamos dando sentido dentro de contextos donde se habla otro idioma.
Mientras, nombrarnos como las letras es lo más extendido. Tenemos:
• LGTB, el básico
• LGTB+, para quienes reconocen que hay algo más, pero tampoco han profundizado mucho, o lo mismo no les cabe en la pancarta por lo que sea…
• LGTBI+, para aquelles visibilizan la intersexualidad. Estos tres creo que son los que yo más he visto representados, y quizá los que yo más he usado.
• LGTBIA+, para quienes visibilizan la asexualidad, además. Hay muchas agrupaciones y asociaciones más institucionalizadas que usan este pero sus actividades no suelen salir más allá de lo LGTB, es decir, que no creo
que supieran responder si les preguntara alguien qué es la alonorma o la amatonorma • LGTBIAQ+, para quienes han estudiado.
A veces se da en órdenes diferentes, como LGBT o LGBTIA, en otras ocasiones también sin el plus… Hay muchas formas de nombrarnos, pero no sé si sabemos qué estamos nombrando.

Bandera Progress, que añade a los colores de la original de Gilbert Baker unas franjas para introducir explicitamente a las personas racializadas, trans e intersexuales.
LGTB
Lo LGTB se asienta como la base del término, pero no hace tanto que al Orgullo se le llamaba únicamente Orgullo Gay y hay mucha gente que lo sigue llamando así. No es que las palabras “lesbiana”, “trans” y “bisexual” no se usaran en contextos de reivindicación, es que el trato que han tenido históricamente ha sido distinto: ante los hombres gays, afeminados y mujeres trans, se reaccionaba con violencia correctiva y se expresaba el rechazo con más ímpetu por estar saltándose la masculinidad hegemónica. Tanto a ellos como al resto, se les patologizaba y sometía a psiquiatrización. En España, durante los 80 y sobre todo en los 90 es cuando movimientos de diferentes países empezaron a hacer ruido por cuestiones como el matrimonio igualitario o la crisis del SIDA. Lo gay tenía entonces un protagonismo indudable.
Aunque la presencia de las lesbianas desde el inicio de las movilizaciones en España es indu-
dable, su nombre no ha tenido el mismo impacto en el imaginario colectivo como lo ha tenido el término gay. El LesGaiCineMad es un ejemplo de cómo se usaba LesGai o LesGay en algunos colectivos para unificar vivencias de personas que se denominaban gays y lesbianas en esas épocas. En este caso, el proyecto continúa llamándose así, aunque a día de hoy tienen proyecciones de más realidades disidentes, casi como muestra de la herencia del movimiento.
Cuando en los 90 comenzaron a formarse organizaciones como la FELGTB (ahora FLGTBI+) que buscaron una lucha desde lo institucional, las siglas LGTB fueron las que empezaron a representarse más o ganar más peso. Aquellas personas más visibles en medios generales, hablaban de gays y lesbianas (Rocio Jurado diciendo yo soy pro gay), y al inicio de los 2000 también se popularizó la figura de algunas mujeres trans como Cristina la Veneno. Siempre estuvieron, claro, pero el ser televisadas y respaldadas por un movimiento sólido con objetivos definidos, se asentó en el imaginario colectivo que esto era una cosa. Durante los 2000 y hasta los 2010 hay vaivenes, pero LGTB se mantiene.

La letra I y la letra A
Si hay algo que agradecerle a internet es la capacidad que tiene (o que al menos en sus primeros años, tuvo) de poner en común a personas de diferentes lugares con vivencias similares y que tras el anonimato podían compartir experiencias. Muchas personas del espectro asexual encontraron comunidad en foros y redes sociales antes que en los
propios movimientos sociales de calle por una razón muy sencilla: lo LGTB se reivindicaba desde la libertad sexual explícitamente. Algo que es por supuesto positivo acabó creando otredad dentro de la otredad, y es que quienes comprendían que su forma de relacionarse con el sexo era distinta, directamente no tenían interés ninguno en él, se les observa antes como seres rotos, a los que les falta algo fundamentalmente humano, se les trata de enfermos o traumados. Se creó una otredad dentro de la otredad, por la falta de interés en entender las relaciones complejas y diversas que el ser humano puede tener con la sexualidad.

Con el tiempo, la gente arromántica y asexual ha ido creando su espacio y ganando visibilidad. Hay figuras que reivindican su existencia como Lucía de Acetivismo o Joss C. Pérez en España, o Yasmin Benoit en Reino Unido, le propie Eris Young.
La A tambiém simboliza a la gente agénero, que no siente conexión con ninguna etiqueta relacionada con la identidad de género, ni dentro del binarismo ni fuera de él. Pueden identificarse como no binaries o trans según su experiencia o sus necesidades, si quieren acceder a procesos de transición o si quieren mantener su corporalidad es decisión suya y de nadie más. Dentro de lo poco que nos visibilizan a las A, probablemente lo agénero es del que menos se habla o quienes más problemas para que se les tome en serio cuando hablan de sus vivencias.
En el caso de la intersexualidad, hubo debate sobre si deberían o no formar parte del colectivo
puesto que su problemática no se consideraba una disidencia de la norma sino una cuestión más de debate médico que cualquier otra cosa... lo cual una vez más demuestra la falta de miras que tenemos a la hora de comprender la norma. Sus reivindicaciones sobre las intervenciones médicas innecesarias y sin el consentimiento de la persona en cuestión pone de manifiesto el control que el sistema quiere ejercer sobre nuestros cuerpos, la invasión del cuerpo para ponerlo al servicio de la “normalidad”. Por lo tanto, la I claramente tiene que estar.

Lo del plus Hay muchos términos que no están del todo asentados o que proponen matices a lo que más nos suena. Las personas de género no conforme, aquelles que usen microetiquetas como demisexual o demirromántico, o términos como pansexual o polisexual, que se acercan a las experiencias no monosexistas, pero tienen menos peso histórico que lo bisexual, entrarían en este “+” que se añade al final. El más, se usa, sin embargo, más como una forma de ahorrar poner más letras que desde la conciencia de que pueden venir más realidades que nombrar o sencillamente el estar abiertes a los cambios y revisiones que necesitemos hacer.
Dentro del propio colectivo parece que hay cierta aversión a poner algo más que LGTB o LGTB+, como si cobraran por letra. También hay por otro lado mucha fijación con que estemos todas las letras todo el rato en todas las reivindicaciones colectivas o individuales que alguien haga. En general, para ser una lu-
cha que tiene como base fundamental la libertad de expresión y de relacionarnos entre humanos, hay mucha fijación con hacer las cosas de una sola manera y de forma completamente unitaria. Personalmente considero que cada persona tiene derecho a nombrarse y nombrarnos como mejor le venga en el momento, como mejor se alinee con sus ideas, y que la línea está en el imponer términos sin entender la realidad de las personas o el porqué de sus decisiones. Tiene que haber espacio para que cada persona juegue a probarse los palabros que necesite, y para crecer y cambiar de opinión.
Las siglas que sobran
El pasado mes de diciembre en el Congreso del PSOE decidieron que a nivel de partido iban a comenzar a denominar al colectivo como “LGTBI”, sin añadir la Q que hasta ahora estaban añadiendo en comunicaciones oficiales. La decisión fue tomada debido a la presión ejercida por aquellas personas transodiantes que opinan que el término queer y sus teorías son misóginas y perpetúan el borrado de la mujer en la sociedad.

Además, en redes sociales hubo mucho discurso sobre estar, de nuevo, añadiendo letras del abecedario sin considerar a las ya presentes. Que nos sobran siglas, vaya. LGTBIAQ+ no es la palabra más larga que podemos decir en castellano. Aquí algunas palabras más largas:
Esternocleidomastoideo. Esternocleidomastoideo. Lo decimos así con soltura, cuando somos
pequeñes, intentando impresionar a otras personas o impresionades nosotres por la capacidad de una palabra de ser un trabalenguas y tener un significado. El musculo que va de atrás de la oreja a la parte superior del esternón. Es la palabra más larga del castellano. Esterno-cleido-mastoideo. Tres morfemas.
Supercalifragilisticoespialidoso. Un poco más larga, inventada para la adaptación al cine de Mary Poppins. También la decimos en voz alta como forma de poner a prueba la lengua, y también la cantamos (la generación de mis padres la recuerda con cariño) con entusiasmo siguiendo el ritmo del musical.
Ninguna de las dos las usamos muy a menudo realmente, y no quisiera yo ponerle más problemas a aquellas personas que se dedican a representar al resto de la sociedad y que tienen un deber para con sus conciudadanos de entender sus necesidades, y la verdad sea dicha, LGTBIAQ+ es complicado de decir de corrido si no se practica antes. LGTBIAQ+. Elegetebeiacuplus. Elegetebeiacumás, incluso. Es una palabra larga que contiene además muchas realidades diversas. Siendo justes, en las siglas del PSOE también hay dos que pesan de más y que por optimizar podrían dejarlas atrás, para no confundirnos. La S y la O no tiene mucho sentido, y sé que no soy la primera ni seré la última que lo diga.














