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Guatemala, viernes 18 de marzo de 2016
Letr
Editorial Las letras de Asturias. Veámoslas en su Clarivigilia primaveral: “A la luz de los oropensantes luceros, la noche, la nada, la vida...” Es el hombre que ha hecho de su voz un instrumento, tratando de abarcar con las palabras el sentido de las cosas. La vida es noche, es nada, pero también es vida. Las cosas son como han podido ser desde el principio de los tiempos. Asturias dejaba hablar a las cosas. Les ponía oído para que sus lectores le pusieran mente. Y también oído. Su escritura, pues, es sonora. La sonoridad es el camino que toman las cosas para agarrar color, sabor, olor. La fiesta de los sentidos. Sentido de vida. De eso se trata también uno de los textos de Asturias presentado en estas páginas. Sí. La Semana Santa se trata de la vida. El cortejo fúnebre y la música que lo acompaña sirve para resignificar el hecho de que somos, al mismo tiempo que sepulcro, fuente de luz y de alegría. Como se sabe, la luz no es ausencia de sombra. La luz es un viaje, es movimiento. Ella vibra en contacto con las cosas. La luz es pronunciamiento en contra del silencio. Se posiciona frente a los altares como ofrenda. Allí la voz interior se transforma en colores. El rojo de corazón oscuro y el azul de espadas afiladas se funden en abrazo de luz que llora sangre. Es el púrpura simbólico del sagrado luto. La Semana Santa, al ser vida, al ser abrazo de dolores, colores y sabores, es una fiesta de los sentidos. De eso se trata el sentido de la luz. De eso se trata el sentido de la vida.
DIRECTORIO Director General: Héctor Salvatierra. Subdirector General Técnico: Rodrigo Carrillo. Edición: Otoniel Martínez. Diseño Gráfico: Héctor Estrada y Scarlett Pérez. Asistencia editorial: Marco Sajquin Digitalización: Boris Molina. Biblioteca de la Tipografía Nacional: Thelma Mayen. Hemeroteca del Diario de Centro América: Álvaro Hernández.
En portada: Detalle de “El Descendimiento” de Rogier Van Der Weyden, 1443.
Walter Gutiérrez Molina*
a Semana Santa de Guatemala es un ciclo litúrgico del catolicismo, cuya permanencia en el país es simbiosis del milenario pasado maya y lo español, lo árabe y lo africano, y sin duda ha sido motor para la producción de literatura que recoge la riqueza de una semana con visos de ser una verdadera fiesta nacional. Entre lo escrito sobre ella hay aportes historiográficos de finísima trama; sin embargo, desde el plano de vista artístico, los nombres son escasos. Ya Francisco Albizúrez Palma, reconocido académico en el ramo de las letras, en su trabajo La Semana Santa en la literatura guatemalteca, aparecido en el libro Contemplaciones, deja entrever que la ausencia de trabajos literarios, con características artísticas, se debe a la secularidad de los intelectuales y literatos. Efectivamente, los artistas literarios, especialmente los del siglo XX, se debatieron continuamente entre las ideas materialistas y posturas políticas cuestionantes de la realidad nacional, enfocados más en los acontecimientos políticos de la sociedad guatemalteca. Son pocos los escritores que se pueden citar con precisión, especialmente por la dispersión de las obras y la dificultad para tener una visión general de todas las obras publicadas o que contienen referencias a la Semana Santa guatemalteca. Destacan los trabajos de José Rodríguez Cerna, Tierra de sol y de montaña; Luis Cardoza y Aragón, Guatemala, las líneas de su mano; de Miguel Ángel Asturias, Viernes de Dolores; Manuel José Arce en Diario de un escribiente; o en tiempos recientes, Héctor Gaitán Alfaro con sus obras de la serie La calle donde tú vives, o Celso Lara en Por los viejos barrios de la ciudad de Guatemala. Justamente, con ocasión de las investigaciones personales que se ha tenido la oportunidad de desarrollar en la Hemeroteca Nacional de Guatemala “Clemente Marroquín Rojas”, se localizó un texto muy interesante en El Imparcial del 16 de abril de 1924, titulado Retablos de la Semana Mayor, bajo del cual aparece la observación: “Lo escribió Miguel Ángel Asturias”. El Nobel guatemalteco fue un apasionado de la Semana Santa, oriundo del barrio de la Candelaria, muy cercano a la Parroquia Vieja, vivió y conoció las tradiciones católicas de sus abuelos y sus padres.
Raíces místicas
Como periodista, diplomático y artista jamás olvidó las raíces místicas y mágicas de la Guatemala de los años 10 y 20 del siglo pasado; envuelta en la turbulencia de la dictadura del “Señor Presidente” en un país en donde todo puede suceder y nada sucede al mismo tiempo, y que justamente en la Semana Santa lo “real maravilloso” tiene una expresión muy evidente. Con respecto al texto ubicado, conviene señalar la importancia que los artículos de Miguel Ángel Asturias tienen en la fase anterior de cuando fue el gran creador de literatura que la mayoría conoce. Según un estudio de
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ras de Semana Santa Cortesía Colección particular.
Estampa de devoción de Jesús de la Parroquia, finales de los años 20.
Francisco Arias, fueron más de 500 artículos publicados en El Imparcial, “el periódico más joven de la época”, redactados durante su estancia en París entre 1924 y 1933. Conviene hacer algunas observaiones importantes antes de presentar el texto referente al Lunes Santo, sumamente rico y exuberante, y que muestra a un Asturias muy próximo no solo a las tradiciones de su barrio de Candelaria, sino al vecino de la Parroquia Vieja.
Exotismo modernista
Este texto no se ha incluido en los análisis literarios sobre la Semana Santa guatemalteca, quizás por no haber salido de las páginas del diario en cuestión hacia otras publicaciones, dificultando su difusión. Se conoce una investigación del crítico inglés Gerald Martin, que localizó todos los artículos aparecidos en El Imparcial. En el texto se perciben ecos modernistas quizás debidos a la influencia del nicaragüense Rubén Darío, cuya literatura se destacaba por su precisión musical, el exotismo idiomático y la rebuscada elegancia del estilo que este había difundido en aquella época. Aunque el estilo de Miguel Ángel tiene desde entonces su propia fuerza y concisión, misma que maduró hasta la llegada del Nobel en 1967, se hace patente su vocación de resaltar la “guatemalidad” que se desencadenó formalmente con la publicación de sus Leyendas de Guatemala. Es notorio que en el cuadro dedicado al Lunes Santo hay una forma menos evangélica
Cortesía Colección particular.
Andas de Jesús de las Tres Potencias en Lunes Santo de los años 30.
de la redacción y más vivencial del autor, distinta a la que hace de los demás días que aparecen en el mismo artículo; pareciera ser que alguno de los personajes que habitaban su casa tenía especial familiaridad con este día de la Semana Santa guatemalteca. El artículo es un viaje que divaga entre el modernismo, el mundo de los sueños y las corrientes literarias que lo harían grande para el mundo, donde recorre del Domingo de Ramos al Sábado Santo la vida de un guatemalteco, envuelto entre sus tradiciones y sus devociones. He aquí el texto.
Lunes Santo
La abuela afondó su voz leyendo la lección del Profeta Isaías en la página de un misal abierto sobre sus enaguas de lana merina. Su carne recuerda el tejido vegetal del árbol maldito; carne con sequedad de higuera, flaca, rígida y abrasada. Se detiene y sigue leyendo, toma aire para no agotarse en la emoción del día que arde, pleno de sol, sobre las puertas y en el polvo vivo de las calles sin sombra. La llama del Lunes Santo, calcina en el incensario múltiple de la vida, los aromas del Domingo de Ramos. De sus brasas agudas y extenuantes, como los ojos de Marta, queda la ceniza que tiene la congoja removida del sacrificio próximo. Día con vacío de fiesta y belleza de flor ajada, afligido como ofrenda inútil, por sus piedras se oye el paso de Marta que fue y vino sin descanso, hasta preparar la cena que Simón daba en su casa; tu viento está penetrado del sosiego caliente de los cabellos de María que
Cortesía Colección Erick Blanco.
Jesús de la Parroquia Vieja en la década de los 40.
secaron la inquietud del pomo de bálsamo que derramo sobre Jesús; pasan por todo tu cielo azul, hundiéndose en el horizonte, las grullas que entre Cafarnaum y Bethsaida, fueran el aviso de la familia apostólica, y tu sudor áspero, de esclavo canijo, tiene la pesada molestia de Judas que valoró en denarios una ofrenda de amor. El viento se derrama holgadamente, cubre el cielo la pompa de una gran nube blanca y cede el calor, pero siempre, junto a la abuela que lee al Profeta, oigo unos pasos hondos, como si fueran andando dentro del mar; huelo un perfume de amor que hace grandes mis pulmones y siento la emoción de un vuelo que sustrae a mis ojos dos alas raudas. La última luz del Lunes Santo, se agobia en silencio de los atrios y traspasa la vehemencia de nuestros corazones de un temor de noche sin camino. La abuela deja de leer, y en la cámara queda la mesa tendida con un mantel blanco, como un navío cubierto con su propia vela, el pabilo humeante de un cirio recién apagado y el misal de vitelas miniadas. Leer y vivir a este escritor es todo uno, con el juego de espejos de sus palabras y la riqueza formal que poseen invitan a volver los ojos, el corazón y el orgullo a la Semana Santa de las letras de Asturias, una visión de la herencia de siglos que fue, es y será… *Licenciado en Historia por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Maestro en Historia del Arte por la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos.
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Abecedario
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El luto sagrado en Santo Fernando Urquizú *
a siguiente es una interpretación basada en fuentes monumentales, documentales y expresiones culturales, acerca de la utilidad didáctica religiosa y artística de un conjunto escultórico que ha pervivido en la Semana Santa tradicional de nuestro país, en la procesión del Santo Entierro de Cristo que se ha llevado a cabo con regularidad desde 1583, pese a catástrofes naturales, cambios sociales y formas de convivencia social, lo que motiva la revalorización de esta tradición para conocimiento de futuras generaciones.
La necesidad didáctica del conjunto escultórico
El asentamiento definitivo de los españoles en esta nueva tierra determinó la reproducción de su sistema de ideas, que para explicar su organización social delegó el sistema educativo en la Iglesia católica, que fue ordenada de manera jerárquica desde Roma, fundándose el obispado de Santiago de Guatemala en 1532, dependiente del arzobispado de Sevilla y posteriormente de México (1547 a 1743). La diversidad cultural existente en el imperio español determinó el uso de imágenes religiosas para que las ideas entre los distintos grupos sociales fueran comprendidas como equivalentes figurativos por encima de las diferencias étnicas y económicas en todo el imperio. Por ello los habitantes trabajaban en sus poblados imbuidos de un espíritu de cohesión social basado en sus principios y dogmas. En Europa eran muy difundidas desde el siglo XV las imágenes en serie que contaban la vida de Jesús, la Virgen, los santos, beatos, ángeles y monarcas católicos de los reinos, entre otros personajes épicos, que por medio de autoridades civiles lideraban y gobernaban el mundo material “por voluntad divina”, donde los seres se preparaban para la vida o la condenación eterna. Estos principios eran enseñados y recapitulados en actos religiosos como misas, procesiones y representación de autos sacramentales, que se realizaban en las catedrales, parroquias, iglesias y complejos arquitectónicos religiosos como principales centros de aprendizaje de comportamiento humano y por ello el papel destacado de estas construcciones. El avance católico en Europa y el Nuevo Mundo, necesitó una legislación especial para impulsar un proceso de estandarización del conocimiento que tenía como ejes centrales de ejemplo los personajes ya citados; razón por la cual, el Papa Pío V, que regentó de 1566 a 1572, procedió a tomar medidas para oficializar el uso de las imágenes, el rezo del rosario, establecer el latín en el desarrollo del culto y poner las figuras epicentro del cristianismo al alcance de todos, para que fueran también fuente de cohesión social. Los Concilios Mexicanos y de Trento en el siglo XVI fueron afinando estas relaciones entre las imágenes y el pueblo, transformando los “autos sacramentales” como géneros teatra-
“El Descendimiento” (1443) de Rogier van der Weyden, muestra similitudes entre el rostro de la Vir
les de temporada, en los llamados “Los divinos simulacros”, como podría ser “El nacimiento de Cristo”, su “Pasión”, los “Misterios del Rosario” o el “Santo Entierro de Cristo” y “Resurrección del Señor”. En estos se utilizaban esculturas para presentar los personajes principales y con ello evitar un desvío de interpretación sexual de los personajes y enfatizar la expresión visual. Esta situación debe ser entendida claramente porque en los papeles principales Jesús y la Virgen, las representaciones humanas requieren de
seres lo más aproximados a la perfección incluyendo la belleza física, situación que nos explica la esencia de la escultura hispánica local a la que se añade el teatralismo en la expresión, para fijar en mejor forma el conocimiento de los momentos cristianos que se quieren representar. En el caso del conjunto escultórico del Santo Entierro de Jesús del antiguo templo de Santo Domingo, podemos deducir que tiene como objetivo principal, la utilidad didáctica para la enseñanza del acompañamiento a la Santísima Virgen en su Compasiva Soledad mientras aguarda la Resurrección.
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o Domingo de Guatemala
Cortesía Fernando Urquizú
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rgen de Dolores y el de la del Rosario.
La enseñanza implícita está dirigida a contemplar la muerte de su hijo y la aceptación de un destino inexorable con la esperanza de la resurrección eterna.
El sentido didáctico humano del conjunto escultórico
La versión dominica de la Pasión de Cristo tiene su principal fuente de inspiración en el Nuevo Testamento, ampliado por dos místicas de la Iglesia: Santa Brígida de Suecia (1303-1373) y Santa Catalina de Siena (1347-1380), canonizadas en
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1391 y 1481, respectivamente, cuyos relatos de sus contemplaciones inspiraron a los artistas del antiguo reino de Flandes, que incluyeron a Rogier Van der Weyden, quien en 1443 compuso una pintura denominada “El Descendimiento” para la iglesia de Lovaina, que fue adquirido por María de Hungría, hermana del rey Carlos V de España, quien la cedió a su sobrino Felipe II, y luego pasó a la colección real y actualmente en el Museo del Prado en Madrid. En el desarrollo de esta exposición es importante tener en cuenta que la obra fue replicada por el artista Michel Coxcie de donde se desprendió un grabado realizado por Cornelis Cort hacia 1553. El proceso de estandarización de la formación de los idearios individuales y colectivos, planteó también el seguimiento de los ritos de los grupos de poder, que en este caso, incluían el seguimiento de una procesión del Santo Entierro de Cristo con carácter oficial, siendo la devoción a la Virgen de Dolores y su acompañamiento en su Compasiva Soledad parte de la enseñanza, lo cual también mostraba la organización de la sociedad monárquica española, por medio de un desfile en el que destacaba la devoción del acompañamiento real al entierro del Rey de Reyes. El cortejo del Santo Entierro es encabezado por la principal doliente del difunto, “la Santísima Virgen María”, quien es acompañada en el sepelio en primer lugar por San Juan, quien dio testimonio de la realidad del hecho en su Evangelio, que es ampliado por San Marcos y San Mateo, quienes afirman que también estuvo presente María Magdalena y María la madre de los hijos de Zebedeo, que son Santiago y Juan. Los Evangelios Apócrifos asumen que ellos son los apóstoles con estos nombres, quienes eran a la vez primos de Jesús y María Salomé su madre, quien era hermana de la Virgen María y tía de Jesús. En el cortejo destaca otro personaje referido en el Evangelio por San Juan, que es María Cleofás, quien según la tradición católica es cuñada de la Virgen y madre de San Judas Tadeo y San Simón, santos de una larga tradición en la memoria colectiva tradicional de Guatemala, al que se suman José de Arimatea y Nicodemo, que reclamaron el cuerpo de Cristo para darle sepultura según los rituales de aquella época. El conjunto escultórico del antiguo templo de Santo Domingo es el único que ha sobrevivido como evidencia tangible y en la memoria colectiva por cientos de años. Con esta idea clara hay que recordar la relación del rito con las Doce Campanadas o Dobles de Viernes Santo, que marcaban el riguroso luto y comienzo de la meditación del “Relox de luces y sombras del acompañamiento a la Santísima Virgen en su Compasiva Soledad, producida por la pérdida de Cristo nuestro redentor”, como figura en el manual para manejo de este ceremonial. Debemos ligar esto con una campana Lacrimosa situada en la torre norte del templo de Santo Domingo. * Doctor en Historia del Arte
Santa Catalina de Siena (1347-1380), canonizada en 1391; el Papa Pío V (de 1566 a 1572) canonizado en 1712.
Cortesía José Carlos Flores.
Conjunto escultórico de la procesión del Santo Entierro del antiguo templo de Santo Domingo de la Nueva Guatemala.
Cortesía Edgar Vallejo.
Campana Lacrimosa de 1765, situada en la torre norte del antiguo templo de Santo Domingo.
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Contando el tiempo
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Marco Antonio V. Farfán* urmullo, humo, calor, olor a corozo, multitud apretada, unas palabras que nadie atiende, y de repente, suena un timbre: una numerosa banda de vientos y percusiones retumban en las paredes del templo mientras que las andas son levantadas y comienzan su cadencioso paso. Cientos lloran o tros tantos se hincan, miles de feligreses lo han experimentado mas de alguna vez en su vida, habiendo quedado tan fuertemente grabado en su mente, que muchos buscarán por años recrear ese instante intenso de sacralización personal. Uno de los momentos culminantes de las procesiones en Guatemala es cuando suena la marcha oficial de la hermandad. Normalmente es una composición hermosa, muy sentida, dedicada a una imagen, advocación o procesión, como “Jesús del Consuelo”, por ejemplo. A diferencia de lo que se piensa, esto no fue siempre así, y para citar un caso Jesús de los Milagros de San José en los años 1950 se levantaba con La Granadera (El Imparcial, Lunes Santo, 26 de marzo de 1956). Hoy en día, el turno Honor Salida es acompañado por la marcha Mater Dolorosa de María Julia Quiñonez Ydígoras (La Maciste), escrita aproximadamente en 1942, y ha sido oficial por más de medio siglo. ¿Pero qué más ha pasado en la esfera musical de Semana Santa en los últimos años?
Nueva ola
Recientemente se ha optado por incluir en los programas una serie de obras que han cobrado mucha popularidad. Se pueden mencionar La Caridad del Guadalquivir, escrita en el año 2000 por Paco Lola (Juan José Puntas Fernández) de origen sevillano; es una pieza inspirada en una rumba titulada Y el Guadalquivir, con algunas líricas dedicadas a las cofradías, además de otro segmento que evoca una parte del Himno de Galicia e incluye segmentos de una canción de cuna asturiana, Texendo suaños (gentedepaz.com). Como se puede apreciar no es más que un collage de música que ya existía, no completamente inspirada en la Semana Santa española, aunque sí es interpretada durante las celebraciones. Otra pieza importada es La Madrugá, escrita en 1987 por el andaluz Abel Moreno Gómez, con influencias de la cuaresma sevillana, compuesta para las cofradías que realizan la famosa penitencia en la noche anterior a la madrugada del Viernes Santo de Sevilla (Montaño, 2013). En el nuevo repertorio se encuentra Mater Mea del compositor gallego, nacido en La Coruña, Ricardo Donado Janeiro, músico militar con influencias madrileñas, la compuso en 1962, es su obra más conocida y parte del inventario de la Semana Santa de Salamanca, se describe como una marcha procesional lenta (web.archive.org). No obstante hay que incluir la más popular de todas al día de hoy, entre las filas de cucuruchos chapines: La Sollevazione de Cristo (que traducido al español significa el levantamiento de Cristo), del autor Antonino Oddo, obra italiana que se interpretó por primera vez aquí en 2009, dedicada a El levantamiento de la Cruz, del gremio de los carpinteros, uno de los 18 grupos escultóricos de la procesión de los Misterios, la más larga y antigua celebración de Semana Santa en Trapani, Sicilia, Italia.
El acompañamiento de los cortejos también es patrimonio cultural.
Marchas fúnebres hoy:
¿un fenómen En las diferentes fuentes de consulta dichas piezas son denominadas comúnmente como marchas procesionales, mientras que aquí se conocen como marchas fúnebres. Dicho sea de paso, en los círculos especializados en el estudio de la música clásica, coinciden en que el principal aporte de Guatemala a este género es, justamente, el desarrollo de la marcha fúnebre, que en algún momento se importó de Europa, teniendo gran peso en su configuración el reconocido compositor polaco Federico Chopin.
Escolta de cortejos
Las marchas procesionales fueron escritas para escoltar los cortejos españoles e italianos (entre otras regiones) y constituyen un género musical consistente. En cuanto a estructura (o forma) y estilo (o carácter), se componen de tema, desarrollo, trío y reexposición, a veces con introducción y coda o epílogo. El estilo viene fijado por el compás, ritmo y tempo que se adecúan a las circunstancias para las que fueron creadas, es decir, para acompañar alguna cofradía o imagen particular. De acuerdo con la acertada explicación de Celso Lara, las marchas chapinas constan de tres partes: la primera dramática es el tema, la segunda una variación hacia su relativa mayor y la tercera o resolución en tono menor. El ritmo característico es 4/4 (Lara, La Hora, 16 de abril de 2014). Esto conduce a la Sonata para piano No. 2, Op. 35, del ya mencionado Chopin, porque incluye la famosísima Marcha Fúnebre segunda, que es la que se conoce. Escrita original-
mente en 1837 de forma independiente, el autor decidió integrarla en 1839 y publicó el trabajo completo en 1840 en la ciudad sajona de Leipzig, Alemania. Es solemne, melodiosa pero lúgubre e intensa, de tempo lento y estructura tripartita. No solo goza de gran popularidad desde hace muchas décadas en el medio procesional del país en cuaresma y Semana Santa, sino que es la más parecida en constitución a las producciones locales. Esto sugiere que su importación, posiblemente a mediados o en la segunda mitad del siglo XIX, pudo influir decisivamente en la forma, carácter e incluso el género del acompañamiento musical de los cortejos guatemaltecos que, como ya se mencionó, son reconocidas como “marchas fúnebres” y no como marchas procesionales, que es el estilo español e italiano. Y aunque han aparecido antiguas partituras previas a Chopin, es importante el auge que tomó la composición de nuevas obras a partir de 1880, pese a los embates producidos contra la iglesia católica por parte de los revolucionarios del 71.
Valle de lágrimas
En la primera mitad del siglo XX, casi cada año se estrenaban nuevas marchas. Todas las que se mencionan a continuación fueron escritas para Jesús Nazareno de la Merced, de la Nueva Guatemala de la Asunción: La Crucifixión en 1919, El Descendimiento en 1921 y Redención que el Viernes Santo de 1923 fue interpretada frente a Catedral, todas del filarmónico Jorge de León Paniagua; ¡Señor Pequé! de monseñor Joaquín Santa María y Vigil en 1926; Lucero del
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Fotos: Archivo
Gradualmente se han abandonado las prácticas procesionales de antaño.
La cultura pop parece invadir el espacio musical de los cortejos.
no de la cultura pop? Alba en 1939, del Maestro Joaquín A. Rodríguez G.; el mismo año se estrenó Escenas Dolorosas del Maestro Mario J. Silva, ejecutada el Viernes Santo en la salida, en el Portal del Comercio, en la 9ª calle entre 11 y 12 avenidas y en el coro de la iglesia durante la entrada, cuando la banda fue dirigida por el Maestro Ramón Bonilla. En 1956 Haydee Moncrieff compuso En este valle de lágrimas que se interpretó en la 5ª calle y 10 avenida. Para entonces, año con año, Moncrieff ya había dedicado varias marchas al nazareno mercedario: como Rosal de Agonía y Préstame tu Cruz. En otra noticia de 1923, los mayordomos de la Asociación de Jesús de las Tres Potencias agradecieron en periódico El Imparcial, al profesor Felipe Siliézar por dos nuevas marchas de su autoría estrenadas el Lunes Santo ¿Quo Vadis Domine? y Lágrimas.
Treinta turnos
Y aunque han sido las marchas mercedarias las que captaron mayor atención de los medios de aquellos años, investigando la procesión de Miércoles Santo de Jesús del Rescate, se localizó una venturosa noticia: en El Imparcial del 5 de abril de 1941, se publicó el recorrido de la procesión de Santo Entierro de Santo Domingo con su respectivo programa de marchas, que constaba de 30 turnos ordinarios. Se comparte un fragmento: iniciando el Turno 1, de la 8ª a la 7ª calle y 12 avenida: “Jesús en la columna” de Adrián Vásquez, Turno 2: “Sagrada Misericordia” de Luis Escobar, Turno 3: “Redención” de Miguel Zaltrón; Turno 4: “El Cáliz
del Martirio” de Salvador Milián; Turno 5: “Desolación” de Enrique Castro; Turno 6; “Tu última mirada” de Alberto Velázquez; Turno 7: “Ramito de Olivo” de Fabián Rojo; Turno 8 “Paso a Paso” de Marcelino Baeza; Turno 9: “Consumatum” de Mariano Díaz; Turno 10: “El Martirio” de Alberto Velázquez; Turno 11: “Los Lanceros de Jesús” de Oscar González; Turno 12: “Deus Fortituto Mea” de Luis Escobar; Turno 13: “Sangre de Cristo” de Demetrio Mendieta; Turno 14: “Santo Entierro” de Julián Paniagua; Turno 15: “Horas de Angustia” de Alfredo Salazar; y el Turno 30, de 11 calle y 12 avenida al atrio del templo: “De tus ojos dos perlas” de Marcelino Baeza .
El fenómeno pop
Se respetó la redacción que el noticiario dio de los nombres de las marchas y sus autores, porque puede implicar la evolución de los mismos a través de las décadas. Algunos títulos son reconocidos, otros se han vuelto tan sólo un dato hemerográfico antiguo y olvidado, no se sabe qué fue de ellas, por qué ya no se interpretan ¿Será que dejaron de ser populares? Las mencionadas son, de por más, tesoro nacional. De acuerdo con la ley vigente de Patrimonio, una práctica cultural o producción artística de más de 50 años es considerada patrimonio intangible de la Nación, aunque no tenga declaratoria específica. Las marchas citadas forman parte fundamental del desarrollo y evolución de esta manifestación, además de contar con sus respectivos valores artísticos e históricos.
La ley de patrimonio también manda que estos bienes intangibles deben ser preservados y difundidos. Sin embargo, el fenómeno pop ha hecho que organizadores y cargadores busquen nuevas piezas, como si cada cuaresma se tratara de una gran emisora de música de moda, con nuevos lanzamientos, mejor si vienen del otro lado del Atlántico, como si eso les diera prestigio por sobre las obras nacionales. Ahora hasta es tolerado silbar las marchas en las filas, como si se tratara de canciones, y ni a los párrocos o rectores parece molestarles. En otras épocas esto se hubiera considerado falta de respeto. Que el arte evolucione no significa que se demerite. La reflexión es: ¿Será que se debe permitir la alienación y destrucción de una más de nuestras manifestaciones culturales y artísticas únicas? ¿Por qué siempre tenemos problema con el resguardo de nuestro patrimonio y creemos que lo foráneo es mejor? Las procesiones son una práctica pública de fe y como tal debe de mantener ciertas normas mínimas de cuidado, sobre todo si lo que se pasea por las calles es arte, historia herencia cultural y la efigie de un Dios, y por lo tanto no es el Desfile de las Rosas. No debe dejarse morir tantas marchas olvidadas en hojas amarillentas, creadas por artistas nacionales con talento e ilusión, que se van perdiendo y apenas se logran oir en un DVD y ya nunca en las calles. Si seguimos tratando este legado como una práctica de la cultura pop, al cabo de unos años solo escucharemos marchas sevillanas e italianas y habrá sido el fin de una larga tradición musical. * Arqueólogo e historiador del arte