Guatemala, 26 de febrero de 2021 Año 7 No. 357
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Austen y la resiliencia
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Guatemala, viernes 26 de febrero de 2021
Editorial Si echamos un vistazo al vasto catálogo de las formas de vida que animan el planeta, encontraremos que la nuestra es una especie joven. Esto se pone de manifiesto en el ámbito de las relaciones sociales, especialmente en lo que tiene que ver con las formas de organización comunitaria y global. Si bien en unos cuantos millones de años hemos creado asombrosas herramientas para dar respuesta a algunos de los más ingentes problemas que plantea la sobrevivencia, aún estamos aprendiendo a darnos instrumentos estables para una convivencia más equitativa. En este número hacemos escueto repaso de algunas de las ideas y corrientes de pensamiento resultantes de la experiencia social y que a su vez han aportado al patrimonio cultural contemporáneo, tanto en lo tocante al diseño de instituciones públicas y privadas, como en el trazo de propuestas de futuro. Y es que el futuro ya está aquí. Para lidiar con él es menester echar mano de la historia para encontrar las fuentes del conocimiento. Este incluye, por supuesto,
H. J. Laski
El liberalismo europeo A SIDO el liberalismo la doctrina por excelencia de la civilización occidental y el producto ideológico del ascenso al poder de una nueva clase social: la burguesía. De la Reforma a la Revolución Francesa se desarrollaron cambios radicales en la vida económica de Europa que dieron por resultado tendencias opuestas a las que imperaban en los tranquilos años de los señores feudales. Desde el siglo XVI cobró vigor la evolución de conceptos e instituciones que habían sido considerados inmutables y, tanto las bases jurídicas como el monopolio religioso, sufrieron hondas transformaciones. Mientras la ciencia reemplazaba a la religión, y la doctrina del progreso se imponía a la inveterada creencia en el pecado original, el individualismo alcanzó progresivamente su máxima expresión. Harold J. Laski estudia el desarrollo de esas corrientes ideológicas en sus relaciones con la economía, la posesión de la tierra y las contradicciones políticas de la época, y analiza la participación de algunos notables pensadores que contribuyeron a consolidar las nuevas normas directrices. Pero ante la crisis por la que atraviesan esas doctrinas, pasado el esplendor que alcanzaron en el siglo XIX, hace destacar la necesidad de efectuar reajustes y crear normas de mayor justicia que traerán , a la postre, “un nuevo orden social basado en una relación nueva de humano a humano”.
junto con la ciencia, los saberes comunitarios que han unido su destino al de la Tierra.
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Directora General: Silvia Lanuza ire
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Subdirector General Técnico: Víctor Valenzuela
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Coordinador: Francisco Chinchilla Edición: Otoniel Martínez Diseño Gráfico: Sulhema Pacheco Digitalización: Freddy Pérez
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Inge Lehmann, sismóloga danesa nacida el 13 de mayo de 1888 y fallecida el 21 de febrero de 1993, fue conocida por realizar las primeras pruebas de magnitudes de sismos y sus consecuencias. Descubridora en 1936 de la discontinuidad que separa el núcleo externo líquido del núcleo interno sólido de la Tierra y que in memoriam lleva su nombre.
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Semblanza Johann Strauss hijo
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Discontinuidad de Lehmann
Johann Baptist Strauss hijo, conocido como el rey del vals, nació el 25 de octubre de 1825 en St. Ulrich, Austria. Hijo primogénito del músico Johann Strauss y hermano de los también compositores Josef y Eduard. Su nacimiento fue motivo para que su padre se casara con Anna Streim, a la que había embarazado. Destinado a una profesión técnica por voluntad de su padre, como ocurrió con su hermano Josef, Johann hizo gala del mismo comportamiento indisciplinado y disipado que su padre en el Instituto Politécnico en que se había matriculado. Cuando su padre le escuchó practicar con el violín, le arrebató el instrumento. Al día siguiente, su madre le compró otro violín y habló con un amigo para que pudiera practicar en su casa. A los 6 años compuso su primer vals. Siendo aún niño recibió clases del concertista Amon, a quien pagaba ofreciendo sus conocimientos de música para dar clases de piano a los niños vecinos. Más tarde solicitó permiso policial para “tocar con una orquesta en establecimientos de hostelería”. En 1844 fundó su primera orquesta. Se desencadenó una lucha musical entre padre e hijo, ambos pusieron todo su empeño en ganarse a los críticos de la prensa. El verano de 1847, la familia se reconcilió. Se dice que en la víspera del santo del padre, le tocó una serenata, con lo que el primero le perdonaría. Cuando su padre murió, en septiembre de 1849, se encargó de la orquesta de su progenitor. En los funerales del 11 de octubre haría la primera salida a escena con la orquesta paterna, tocando el Réquiem de Mozart. Los músicos, sin embargo, se oponían al joven sucesor con lo que no le quedó más remedio que disolver eventualmente la orquesta y reorganizarla. Revitalizó el vals ennobleciendo una danza campesina para el entretenimiento de la Corte Real de los Habsburgo. Strauss es sinónimo de vals, una música que representa a la perfección el espíritu alegre y sentimental que presidió la Viena del siglo XIX. Con 28 años disponía de un cuerpo orquestal de 300 instrumentalistas, divididos en varios conjuntos musicales. Tocaban en diferentes establecimientos y salones de baile. Strauss mismo iba de un lugar a otro, a veces dirigiendo en más de 6 estrados durante una sola noche. Compuso alrededor de 500 obras de baile, de las cuales más de 150 corresponden a valses. La cumbre de su proceso creativo sería sin duda el vals El Danubio azul. En 1868, el Príncipe de Gales (que sería el rey Eduardo VII más adelante), le invitó a Londres donde ofreció 6 conciertos. En 1870 renunció a la dirección de la orquesta cediendo el puesto a sus hermanos Josef y Eduard, con el fin de profundizar su labor en la composición musical. Johann Strauss falleció célebre y rico, en Viena, el 3 de junio de 1899. Su música es interpretada regularmente en el Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena, transmitido internacionalmente.
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Cecilia Barría* SE FUE el inicio de una larga carrera que ha llevado a la estadounidense Jacqueline Novogratz a trabajar en algunas de las comunidades más pobres del mundo. Fundadora y directora ejecutiva del fondo de inversión sin fines de lucro Acumen, ya lleva más de tres décadas dedicada a apoyar proyectos emprendedores. Autora de libros como El suéter azul y Manifiesto para una revolución moral, Novogratz y su red de socios han impulsado innovadores modelos para promover negocios exitosos con impacto social en zonas vulnerables, como el “capital paciente”.
¿Por qué renunció? Novogratz dice que la pandemia ha revelado las heridas abiertas de sistemas que no son sostenibles.
Jacqueline Novogratz: una nueva manera de medir el éxito
Trabajaba en Wall Street hasta que un día decidió hacer un cambio radical en su vida, tomó un avión y se fue a Ruanda a crear el primer banco de microfinanzas del país.
Trabajaba en el Chase Manhattan Bank y el 90 % del tiempo lo pasaba viajando por distintos países del mundo en desarrollo, especialmente en Latinoamérica, en una época donde había dictaduras y una crisis financiera gigantesca. Quedé cautivada en Brasil con el extraordinario y duro trabajo que hacían las personas de las favelas y la yuxtaposición con nuestro trabajo. Estábamos cancelando cientos de millones de dólares en préstamos impagos, y movíamos el dinero a cuentas en el extranjero, pero no invertíamos en el país. Hablé con mi jefe y le dije que quizás sería mejor invertir en las personas de bajos ingresos en las naciones donde operábamos, ya que nos pagarían los préstamos y además haríamos una contribución al país. Pero no funcionó. Es interesante ver cómo la banca ahora toma estos temas más seriamente. Pero en 1985 era diferente. Entonces me di cuenta de que no sería efectivo promover un cambio desde dentro del sistema bancario y que debía renunciar. En esa época escuché sobre el trabajo de Muhammad Yunus y sus microcréditos. Eran los primeros tiempos de las microfinanzas y de acercar la banca a personas de bajos ingresos. Y ahora he estado haciendo este trabajo por 35 años.
¿Qué lecciones ha extraído?
La primera lección es que lo opuesto a la pobreza es la dignidad. Creo que gran parte de esta idea viene del trabajo que hice en Ruanda. Fue ahí donde inicié el primer banco de microfinanzas del país con un pequeño grupo de mujeres líderes. Cuando se produjo el drama de 1994 tuve que enfrentar el hecho de que esas mujeres asumieron distintos papeles, incluyendo el de convertirse en perpetradoras del genocidio. Esa experiencia me cambió. Aprendí que la pobreza no solo tiene que ver con los ingresos, se trata de dignidad. Se trata de tener la capacidad de contribuir al esfuerzo colectivo. Aprendí que si vamos a construir un mundo sin pobreza, también tenemos que confrontar nuestro empobrecimiento espiritual y no solo la pobreza material.
¿Y la dimensión política?
Creo que todo está conectado. Si la política está divorciada de nuestra humanidad, la gente se vuelve invisible. Cuántas veces nos hemos enfrentado a la invisibilidad de los pobres. En India, por ejemplo, trabajamos con mujeres de bajos ingresos, en una zona en que los políticos querían trasladar el barrio a otra
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parte para crear oportunidades para la inversión extranjera, sin ninguna consideración por las personas. A menudo es la corrupción una de las causas que mantiene a las personas en la pobreza. Entonces, es un conjunto de elementos. La buena noticia es que está en nuestras manos. La pobreza es dignidad y la dignidad depende de un esquema moral más saludable. Eso significa que nuestros sistemas políticos y económicos también deben inscribirse dentro de ese esquema moral. Como emprendedores sociales trabajamos en la construcción de buenos modelos de negocios. En la medida que esos modelos han crecido, hemos hecho alianzas con gobiernos o en algunos casos con empresas. Estamos agradecidos de los activistas que hacen campañas para que cambien las políticas; nosotros contribuimos con lo que hemos aprendido sobre cómo esas políticas pueden ser aplicadas de una manera pragmática. Entender cuál es nuestro papel y con quién tenemos que hacer alianzas es muy importante. Lo otro que hemos aprendido es que necesitamos liderazgo y no solo modelos de negocios. Por eso creamos una academia concebida como una escuela para el cambio social. Desde ahí hemos apoyado a cerca de 750 líderes emprendedores emergentes en distintos países. Muchos de ellos se han convertido en personas influyentes en sus comunidades y, en algunos casos, se han transformado en funcionarios gubernamentales. Nuestras empresas y nuestros líderes han ayudado a proveer servicios asequibles en áreas
como la salud, educación, energía, agricultura, para cerca de 300 millones de personas de bajos ingresos.
La riqueza no se construye solo con ingresos. Y ese problema es parte de una lógica que falla en el capitalismo.
¿Rentabilidad y ayuda social?
¿Cree que eso tiene arreglo?
Aunque somos una organización sin fines de lucro, tenemos tres servicios con fines de lucro bajo nuestra estructura corporativa. La razón es que hay un amplio espectro de capital que permite que los emprendedores construyan el tipo de empresas que puede crecer y llegar a millones de personas. Por eso trabajamos con distintos tipos de fondos, como las subvenciones a los proyectos en su etapa inicial, que denominamos “capital paciente”, donde los inversores esperan una rentabilidad en el largo plazo, 10 o 15 años. También trabajamos con fondos filantrópicos y otro tipo de inversiones. La realidad es que operamos en áreas difíciles hasta llegar a un punto en que podemos decir que es una empresa para invertir en ella. Por ejemplo, en las zonas posconflicto en Colombia ha habido muy poca inversión. Ahí hay un bajo nivel de habilidades, muy poca infraestructura y casi nada de confianza. Nosotros hemos trabajado con una asociación de agricultores por muchos años hasta llegar a un punto en que los granjeros tienen su propio plan de negocios, pagan los préstamos y son dueños de su propia empresa. El problema es que a menudo es muy difícil para las personas de bajos ingresos acumular activos, como puede ser una casa o tener un negocio, que es la manera de construir riqueza.
Yo creo que tenemos que reimaginar el capitalismo. Por demasiado tiempo este sistema ha funcionado bajo la primacía de los accionistas y no se ha hecho cargo de las externalidades que produce, usando términos económicos. No premiamos a las compañías por sus buenas acciones, como instalarse en áreas difíciles o contratar y apoyar a personas que no han desarrollado habilidades. Tampoco se toma en cuenta el daño ambiental que producen nuestras empresas. Eso no es sostenible. Una de las cosas en que nos hemos enfocado en los últimos 20 años, es medir lo que realmente importa, en vez de medir solamente lo que se puede contar. Es fácil medir las ganancias, pero es muy difícil medir el impacto social. Para cambiar el capitalismo hay que entender las necesidades de todas las partes que participan en un negocio y no solo los accionistas. Tenemos que pensar a largo plazo. Tenemos que encontrar una nueva manera de medir qué es el éxito. El cambio requiere un ética que reconozca el valor de lo colectivo. Nosotros vemos los cambios que ocurren con nuestros proyectos cuando a la gente se le paga bien, cuando los empleados tienen oportunidades reales para su crecimiento, cuando las personas pueden tomar sus propias decisiones y pueden crear empresas sostenibles en el largo plazo.
Mientras trabajada en América Latina, especialmente en las favelas de Brasil, Novogratz llegó a la conclusión de que la banca no era el lugar para desarrollar su carrera.
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Novogratz y su red de colaboradores han invertido en proyectos de energía solar en Busia, Kenia.
dos en cómo viven las personas que intervienen en la cadena de producción. En el largo plazo, las empresas sin un propósito más allá de las ganancias tendrán menos valor y serán menos exitosas. Entonces las empresas deberían ajustar el rumbo por su propia sobrevivencia, no solo por fines morales...
Crisis sanitaria y desigualdad ¿mala combinación?
El 7 de abril se cumplen 25 años de una serie de eventos dramáticos en Ruanda, que costaron la vida a 800 mil personas en diez días.
¿Pero cómo interesar a quienes solo se ocupan de la rentabilidad?
Yo partiría con el creciente número de directores de empresas que quieren hacer cambios, que quieren redefinir el propósito de los negocios, porque el camino que estamos siguiendo ahora no es sostenible para la humanidad. Lo segundo es mostrarles a ciertas empresas que si
siguen por el mismo camino su propio negocio no será viable. Lo bueno es que hay una nueva generación que no está interesada en trabajar para empresas que inciden negativamente en el ambiente, por ejemplo. Además, el mundo tiene ciertas herramientas para desafiar a esas empresas que no quieren avanzar en el cambio. Y por otro lado, los clientes están cada vez más interesa-
La desigualdad ya está provocando disturbios en muchas naciones. Lo hemos visto en Nigeria, Pakistán, India. Esta pandemia no solo ha dejado en evidencia la gran desigualdad, también ha revelado todas las heridas abiertas de los sistemas que no son sostenibles. Las personas de menores ingresos son las que más se enferman porque viven en espacios hacinados, con acceso limitado a la salud. Y en educación, estamos viendo una generación que quedará aún más atrás. En las comunidades donde trabajamos, hemos visto cómo la gente se queda sin comida y hemos visto cómo el hacinamiento genera más violencia. Hay una urgencia de ir más allá de las ideologías y enfocarnos en cómo le podemos dar más al mundo de lo que tomamos de él, como un imperativo moral. La buena noticia es que como seres humanos somos espíritus emprendedores capaces de resolver problemas. Durante la pandemia he visto un extraordinario nivel de innovación, con emprendedores en comunidades de bajos ingresos que resuelven sus problemas con lo que sea que tienen a la mano. Yo diría que donde hay oscuridad, al mismo tiempo hay luz. *BBC
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Eduardo VII, rey de Gran Bretaña e Irlanda
DCA, 19 de febrero de 1937.Nació el 9 de noviembre de 1841 en Londres. Hijo de la reina Victoria y del príncipe Alberto. Cursó estudios en las universidades de Edimburgo, Oxford y Cambridge. En 1863 contrajo matrimonio con Alejandra, hija mayor del rey Cristián IX de Dinamarca. En 1901 fue investido rey de Gran Bretaña. Desde el principio de su reinado adoptó una po-
lítica que favorecía la amistad internacional en Europa, donde la tensión política había ido en aumento. Entre 1901 y 1904 realizó numerosas visitas a Europa y recibió visitas de los gobernantes europeos, que ayudaron a fomentar la firma de tratados de arbitraje en 1903-1904 entre Gran Bretaña y Francia, España, Italia, Alemania y Portugal.
Otros acuerdos en los que influyó reforzaron la posición de Gran Bretaña en el continente, como la Entente cordial de 1904 entre Francia y Gran Bretaña, y un pacto entre Rusia y Gran Bretaña en 1907. Sus cargos fueron el de monarca del Reino Unido y emperador de la India, desde el 22 de enero de 1901 al 6 de mayo de 1910. Eduardo VII falleció el 6 de mayo de 1910 en Londres.
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Reporte en V
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Tendencias políticas
Luis XVI fue el último rey de Francia y murió en la guillotina el 21 de enero de 1793.
Era 28 de agosto de 1789, y en la Asamblea Constituyente de Francia se hacía la pregunta más revolucionaria de la época: ¿Cuánto poder debe tener el rey? David Robson* ESO SE reducía la disyuntiva fundamental que tenía ante sí la Revolución francesa: darle continuidad a la decadente monarquía o ponerle fin. Pocos podían predecir entonces que la cuestión precipitaría el fin, pocos años más tarde, de los omnipotentes reyes de Francia. Y que Luis XVI y su esposa María Antonieta terminarían sus días ejecutados en la guillotina, ante el desafiante pueblo parisino que aplaudía entre gritos de “¡Viva la República!”. La escena, antes de esa pregunta central, era simplemente impensable. Pero los franceses se enfrascaron en su Revolución, el proceso que puso fin al poder absoluto de la monarquía y de la Iglesia, cuestionado por los burgueses que emergieron como nueva fuerza política.
Y así se inició una transformación social y económica que tuvo un profundo impacto en el orden político y cuya influencia llegó hasta hoy, no solamente en Francia sino en el mundo. De ese convulso periodo surgieron, además de conceptos como los “derechos del hombre” y “nación”, los nombres de las dos principales tendencias políticas que han regido el mundo desde entonces: la izquierda y la derecha. Y en esta definición tan dicotómica y contrapuesta desde su propio origen, tuvieron que ver unas sillas.
Las sillas de la Asamblea
Para explicarlo, tenemos que volver a la sala de la Asamblea Constituyente, a ese día de agosto de 1789 en el que tenía lugar la votación sobre el poder que debía tener Luis XVI. Cuenta la historia que el debate desatado en la asamblea, integrada tanto por seguidores de la Corona como por revolucionarios interesados en tumbarla, era tan acalorado y pasional que los contrincantes se terminaron ubicando estratégicamente en la sala según sus afinidades. De un lado, en las sillas ubicadas a la derecha del presidente del organismo, se sentó el grupo más conservador. Eran los leales a la Corona, quienes querían contener la Revolución y que el rey conservara el poder y el derecho al veto absoluto sobre toda ley. Eran partidarios de que en Francia se instalara una monarquía constitucional, algo parecido al ejemplo inglés. Es decir, un rey poderoso con un Parlamento que dependiera en gran medida de su figura. Del otro lado, en las sillas de la izquierda, se comenzaron a reunir los revo-
lucionarios que tenían una visión opuesta. Eran los más progresistas de la sala, los que pedían un cambio de orden radical. Para ellos, el rey solo debía tener derecho a un veto suspensivo. Es decir, si este no estaba de acuerdo con una propuesta de ley, podía suspender el proceso por un tiempo determinado, pero no podía detenerla definitivamente ni cancelarla. Suponía el fin del poder absoluto del monarca. Según recogen los registros del Senado francés, la votación de ese día la ganaron los que estaban sentados a la izquierda, con 673 votos frente a los 325 que emitieron los de la derecha. Eso terminaría marcando el curso de la Revolución Francesa. Con este resultado, la monarquía había comenzado a enterrarse en Francia. Pero más allá de aquella jornada, los asambleístas siguieron ubicándose en la sala por afinidades. Y la dicotomía no tardó en colarse en el lenguaje político, algo que terminó siendo muy práctico para los editores de las primeras actas de la Asamblea y de los primeros periódicos revolucionarios. Para Pierre Brechon, politólogo francés y profesor emérito de ciencias políticas de la Universidad Sciences Po, una de las razones por las que los términos se quedaron en la jerga política tiene que ver con su simpleza. “El pensamiento tiene este aspecto dicotómico y para entender, al menos en un primer momento, necesitamos de cosas simples. Podríamos haber encontrado otros términos que pudieron haberse difundido mundialmen-
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te, pero lo que es importante es que se necesitaba un vocabulario simple (…). Y en las discusiones políticas la derecha y la izquierda son puntos de referencia simples”, dice. Brechon recuerda que esta dicotomía política en Francia no se quedó en la discusión sobre los poderes que debía tener el rey, y que más bien evolucionó marcando algunos de los hitos de la historia del país. Así, una vez que la monarquía se derrumbó, en el sigo XIX el debate se centró en qué tipo de república debía establecerse: si una más conservadora, con un Estado ligado a la Iglesia, tal como lo prefería la derecha, o si una república laica, como pedía la izquierda. Luego, en el siglo XX, la división se manifestó en lo económico, con la derecha a favor de un mercado liberal y la izquierda por uno regulado.
La popularización
Durante una buena parte del siglo XIX, los términos izquierda y derecha fueron únicamente usados por políticos. En realidad, pasaron muchos años hasta que esas nociones salieron de los predios de la Asamblea Nacional francesa y llegaron a la gente común. Para que eso sucediera hizo falta educación. Hay que recordar que en Europa algunos países como Alemania y Francia, esta última en plena efervescencia de su revolución, fueron pioneros en el establecimiento de sistemas educativos públicos a principios del siglo XIX. Y según el politólogo Brechon, una cosa trajo a la otra. La popularización de los términos izquierda y derecha “estuvo ligada a la politización progresiva de los individuos y a la elevación del nivel educativo de las sociedades desarrolladas”, según explica. Pero si bien los términos nacieron en Francia, lo cierto es que se expandieron en el
mundo occidental. Y más allá de los nombres de las tendencias, se extendió esa noción de la política como una oposición de fuerzas, en blanco y negro, en lugar de ese espectro diverso que en realidad es. Aunque la pareja de opuestos más universal es la de izquierda vs. derecha, bajo la misma lógica existen también progresista vs. reaccionario, conservador vs. liberal o demócrata vs. republicano.
De la dicotomía a la pirámide
Más de dos siglos después del surgimiento de la izquierda y la derecha, el espectro político lo compone una gama de grises en la que, como suele quedar patente en las encuestas, se sitúa la mayoría de la gente. Brechon lo describe de forma gráfica como una pirámide. Llegó a esa figura en una de sus últimas investigaciones sobre identidad política, que realizó durante las elecciones presidenciales de 2017 en Francia, un país con más de 80 partidos y movimientos políticos. En la encuesta, los investigadores pidieron a los participantes que se posicionaran políticamente en una escala del 0 al 10, en la que el 0 representaba la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha. “Lo que observamos es una especie de pirámide que tiene su cima en la posición central, en el número 5, y después desciende hacia los extremos, donde se ubican muchas menos personas. La media de los franceses se sitúa en el 5”. Aunque esto no aplica a todas las naciones. El espectro político varía dependiendo del país, su historia y su contexto. Del otro lado del Atlántico, Estados Unidos, un país con una tradición de dos partidos fuertes que se han alternado el poder durante gran parte de su historia —el Demócrata, que se identifica con una tendencia liberal, y el Republicano, más conservador y a la derecha— , acaba
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de vivir una de las elecciones más polarizadas de su historia.
Como un partido de fútbol
Lilliana Mason, profesora de gobierno y política de la Universidad de Maryland y autora del libro Acuerdo incivil: cómo la política se convirtió en nuestra identidad (Universidad de Chicago, 2018), dice que en EE. UU., el país en el que vive y enseña, la política se está viviendo como una suerte de evento deportivo. Según Mason, en su país, la ideología ha quedado a un lado para dar paso a otra categoría, la de los ganadores y perdedores, algo que marcó el ritmo de los discursos de la última campaña electoral. “No se trató de políticas, se trató de ‘vamos a ser los ganadores o vamos a ser los perdedores’. El electorado está mucho más entusiasmado con qué equipo es el que va ganando, como si estuvieran viendo un partido”. Para la experta, esa polarización, aunque ahora se hace más evidente, lleva cuatro décadas gestándose. Lo que hay es “básicamente un Partido Republicano que representa en gran medida los intereses de grupos tradicionales de alto estatus, hombres blancos, cristianos y del otro lado el Partido Demócrata, que representa a todo lo demás. Y la principal discusión entre ellos es sobre si la jerarquía social todavía existe y si debe ser sacudida”. Así, más de 230 años después, la polarización termina por recordar a ese escenario dicotómico, de polos opuestos en el que estalló la Revolución Francesa. Una sublevación que, cuando cuestionó el poder absoluto de Luis XVI, también puso en tela de juicio la jerarquía social de la época, dividiendo a la sala entre aquellos que decidieron sentarse a la izquierda y los que se inclinaron por las sillas de la derecha.
*BBC
¨Los hombres nacen y permanecen libres e iguales de derechos¨, dice la Declaración de los derechos del hombre, de la Revolución francesa.
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Contando el tiempo
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Platón y la democracia
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La opinión que Platón tenía de la democracia no era muy favorable.
El filósofo griego, discípulo de Sócrates, cuestionaba la validez de algunas ideas sobre la democracia como forma de gobierno. BBC*
I ESTUVIERAS a la deriva en medio del océano en un barco, ¿qué harías: A. convocarías una elección para ver cómo pilotar el barco o... B. tratarías de averiguar si hay algún experto a bordo para hacerlo? Si escogiste B, presuntamente piensas que los conocimientos especializados son útiles en este tipo de situaciones... no quieres que meros aficionados estén adivinando qué hacer cuando se trata de asuntos de vida o muerte. ¿Y qué opinas cuando se trata de quienes pilotan el gran barco que es un Estado? ¿No sería también más efectivo encontrar a alguien experimentado para que fuera el líder en vez de votar? Eso es lo que Platón, el gran filósofo de Atenas —la cuna de la democracia—, alegó hace unos 2 mil 400 años en el libro VI de La República, uno de los primeros y más influyentes textos sobre... casi todo: justicia, naturaleza humana, educación, virtud. Pero también sobre gobierno y política. Está escrito en la forma de una serie de diálogos;
entre ellos, una conversación entre Sócrates, su maestro, y algunos amigos sobre la naturaleza de los regímenes y las razones por las cuales uno es superior a otro. En ella queda en evidencia que su opinión sobre la democracia —en griego “el gobierno del pueblo”— como proceso para decidir qué hacer, era poco favorable. Incluso votar por un líder le parecía arriesgado, pues los electores eran fácilmente influenciados por características irrelevantes como la apariencia de los candidatos; no se daban cuenta de que se requieren calificaciones para gobernar, así como para navegar. “Los expertos que Platón quería al timón del buque del Estado eran filósofos especialmente entrenados, escogidos por su incorruptibilidad y por tener un conocimiento de la realidad más profundo que el común de la gente”, explicó el filósofo Nigel Warburton en la serie BBC History of Ideas. Según Platón, llega un punto en que la democracia se vuelve caldo de cultivo que alimenta factores que la ponen en peligro.
Aristocracia
En esa forma de gobierno, era la aristocracia —griego para “el gobierno de los mejores”—, donde unos pocos se pasarían la vida preparándose para el liderazgo, los que se encargarían
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democracia, ese “gobierno del pueblo” a su vez daría luz a la tiranía. Esto porque, así como la búsqueda ciega de la riqueza ocasiona una sed de igualdad, “el deseo insaciable de libertad ocasiona una demanda de tiranía”.
Exceso de libertad
Aquí va otro concepto difícil de concebir. Básicamente, la idea es que una vez que la gente tiene libertad, quiere aún más. Si la libertad a cualquier precio es el único objetivo, se produce un exceso de libertad que genera un exceso de facciones y una multiplicidad de perspectivas, la mayoría de las cuales está cegada por intereses estrechos. Quien desee ser líder, debe entonces halagar a esas facciones, complacer sus pasiones, y ese es un terreno fértil para el tirano, que manipula a las masas para “dominar la democracia”, según Platón. Es más, esa libertad ilimitada degenera en histeria colectiva. Es entonces cuando la fe en la autoridad se atrofia, la gente se inquieta y cede a un demagogo estafador que cultiva sus miedos y se posiciona como protector. Fragmento de La República hallado en en Oxirrinco, Egipto.
El problema con la aristocracia era que los hijos de esos pocos educados para liderar terminarían siendo vanos.
de dirigir la República, de modo que pudieran tomar decisiones sabias para la sociedad. “Aunque sus puntos de vista eran indiscutiblemente clasistas, Platón creía que esos aristócratas gobernarían desinteresada y virtuosamente”, explica la filósofa Lindsey Porter en una animación de BBC Ideas. Sin embargo, esta sociedad ideal estaría en constante peligro de derrumbarse. “Anticipó que los hijos de los hombres sabios y educados se corromperían con el tiempo por los privilegios y el ocio, que terminarían preocupándose únicamente por la riqueza, y la aristocracia se convertiría en una oligocracia, que en griego significa “el gobierno de unos pocos”, señala Porter. Estos nuevos gobernantes ricos y mezquinos estarían obsesionados con equilibrar el presupuesto. La austeridad dominaría y la desigualdad aumentaría. “A medida que los ricos se hacen cada vez más ricos, cuanto más piensan en hacer una
fortuna, menos piensan en la virtud”, escribió Platón. Al crecer la desigualdad, los pobres incultos terminarían superando en número a los acaudalados. Eventualmente, los oligócratas serían derrocados y el Estado colapsaría en una democracia.
¿Colapsaría?
Para nosotros, tan acostumbrados a escuchar alabanzas a la democracia, suena rara la idea de que en ese recuento de gobiernos que se hunden de formas superiores a inferiores, ocupe el tercer lugar, después de la aristocracia y la oligocracia. No solo eso: en La República, el Sócrates imaginado por Platón señala que esa democracia, una “forma agradable de anarquía”, a su turno, como cualquier otro régimen, se derrumba por sus propias contradicciones. Al igual que de la aristocracia nacería la oligarquía y de esta, la
No obstante...
Los antiguos atenienses tenían una democracia directa, así que el electorado votaba casi todo. Básicamente, referendos interminables. “Actualmente hay muchas instituciones a la mano que no existían en la época de Platón: la democracia representativa, la Corte Suprema, leyes de Derechos Humanos, educación universal...”, señala la filósofa Lindsey Porter. “Sirven de salvaguardas para controlar el gobierno de una multitud desconsiderada”, añade. Sin embargo, en los últimos años, la emergencia de líderes de estilo populista han hecho resonar las advertencias de La República entre varios analistas, entre ellos el comentarista político Andrew Sullivan, quien en 2017 le dio voz a sus cavilaciones en un impactante video de BBC Newsnight. Con Platón como su estrella polar, resalta que este tipo de personajes “suele ser de la élite pero está en sintonía con la época. (...) Se apodera de una turba particularmente obediente y tildando de corruptos a sus pares ricos.(...) “Finalmente, se queda solo, ofreciéndole a los ciudadanos confundidos, distraídos y autoindulgentes una especie de alivio de las interminables opciones e inseguridades de la democracia (...) y se ofrece a sí mismo como la respuesta personificada a todos los problemas. “Y con el público emocionado por él como una posibilidad de solución, una democracia voluntaria e impetuosamente se autoanula”.
Pero hay algo más
Para la filósofa Porter hay algo más que destacar. Aunque la idea de ser gobernados por aristócratas nos haga ruido, de fondo, lo que estaba deseando era un liderazgo de personas desinteresadas en los placeres vagos, pues así serían incorruptibles y, gracias a su educación, tomarían decisiones sabias destinadas a la virtud. Líderes que se preguntarían constantemente: “¿Cuál sería el curso de acción más justo y prudente?”. “Esa es la clave para Platón: tomar decisiones justas, prudentes y sabias. Que gobernara la virtud, no la pasión”. *British Broadcasting Corporation
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Jane Austen y la resiliencia La naturaleza tumultuosa del último año nos ha llevado a cada uno a encontrar nuestros propios mecanismos culturales para afrontarlo. Heloise Wood* NA DE LAS claves para mí ha sido leer las novelas de Jane Austen. Después de percibir su literatura en mi juventud como boba y enrevesada, con heroínas con las que nunca pude sentir empatía, ahora me he encontrado atraída por su trabajo de una manera que nunca antes me había sentido. Las cifras de ventas sugieren que estoy lejos de ser la única que confía en su humor y corazón para superar estos días extraños. Los libros de Jane Austen experimentaron un aumento del 20% en las ventas en Reino Unido entre el 15 de junio y el 7 de noviembre del año pasado, en comparación con el mismo período en 2019, según Kiera O›Brien, editora de gráficos y datos de la revista The Bookseller. El pasado diciembre se cumplió el 245 aniversario de su nacimiento, y su popularidad parece estar fortaleciéndose cada vez más.
¿Por qué las novelas de Jane Austen son perfectas para leer en estos tiempos?
Pero ¿por qué sus novelas parecen adaptarse a esta era pandémica? Por un lado, podría parecer obvio: tal es la imagen de ellas cristalizada en la imaginación del público por muchas adaptaciones de televisión y películas brillantes, que parecerían ofrecer el perfecto escapismo romántico. De hecho, no parece una coincidencia que el megaéxito televisivo del momento, Bridgerton de Netflix, sea un drama romántico ambientado en el período de Regencia de Austen, aunque con una sensibilidad más caricaturesca y sexualmente explícita. Sin embargo, cuando profundizas en el texto, descubres que Austen ofrece consuelos más inesperados. Más allá de su preocupación por el amor y el romance, hay una capa de acero y una celebración de la resistencia en sus libros que pueden inspirarnos mientras los leemos en estos tiempos profundamente inciertos.
Modelo de perseverancia
La propia vida de Austen fue una lección de tolerancia. Publicó sus 6 célebres novelas en el espacio de 7 años y murió cuando tenía solo 41 años. “A simple vista, parece que tuvo una vida tranquila, pero la enviaron a un internado dos veces y casi muere”, dice Helena Kelly, autora de Jane Austen: A Secret Radical. “En la primera ocasión, toda la escuela contrajo tifus. Su tía, que viajó para cuidarla, murió. Imagínense el daño psicológico que eso te puede causar, y luego la enviaron de nuevo” al internado, señala Kelly. El estado general de inestabilidad que sufrió Austen durante gran
parte de su vida se reproduce en muchas de sus heroínas. En 1800, cuando tenía 25 años, su padre que trabajaba como rector en la iglesia se jubiló y traspasó la administración de la parroquia a su hijo mayor “lo cual era realmente inusual”, dice Kelly. Austen, sus padres y su hermana Cassandra pasaron los siguientes ocho años mudándose a propiedades cada vez más pequeñas en Bath, y visitando casas de familiares y balnearios. “Es un momento en el que pensamos que no escribió mucho porque estaba desbordada”, afirma Kelly. “Ellos se mudaron de nuevo a Chawton, Hampshire (en el sur de Reino Unido), en 1809, y es solo cuando está en un lugar psicológicamente seguro, en una casa que sabe que no se la quitarán, que comienza a publicar”, añade. El desplazamiento y la fractura de la vida familiar surge en gran parte de su trabajo, como en Sense and Sensibility también conocida en español como Sensatez y sentimientos, Juicio y sentimiento, Juicio y sensibilidad o Sentido y sensibilidad. La novela comienza cuando las hermanas Dashwood y su madre deben dejar su hogar familiar y luego son despojadas de la herencia de su padre por su medio hermano y su manipuladora esposa. “Austen es muy, muy precisa sobre el dinero en sus novelas”, dice John Mullan, autor y profesor de inglés en el University College London. “Ella sabía lo que era la inseguridad financiera”, agrega. La sensación de sentirse atrapado y rodeado por la fricción familiar también es un elemento
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predominante en el trabajo de Austen y es algo con lo que muchos de nosotros podemos identificarnos ahora, especialmente cuando, como para muchos de sus protagonistas, los paseos son a menudo lo más liberador que hay. Elizabeth Bennett en Orgullo y prejuicio parece luchar por la libertad caminando por el campo y embarrándose, disfrutando de la paz lejos de su saturada vida familiar. “Hay un estrés psicológico de bajo nivel constante al que están sometidos todos sus personajes”, opina Kelly. “En general, son bastante buenos para hacer las cosas, incluso si no hay mucho para hacer”, agrega. Kelly cree que Austen también fue pionera en la forma en que mostró a las familias como imperfectas. “Antes de Austen, las madres y los padres solían estar muertos o ser perfectos y vivir juntos en felicidad y en su trabajo deja claro que no es así”, afirma. Mientras tanto, la experiencia de Austen sobre la publicación de sus textos también puede verse como una lección de resiliencia, llena de rechazos y comienzos en falso. Empezó a escribir alrededor de los 12 años, pero no lo hizo seriamente hasta los 20, y no logró que su trabajo llegara a publicarse hasta mediados de los 30. Cuando tenía 22 años, en 1797, su padre envió un primer borrador de Orgullo y prejuicio a la editorial londinense Cadell & Davies, que lo rechazó despectivamente devolviéndolo por correo. Unos seis años más tarde, otra novela llamada Susan fue aceptada por la editorial de Crosby and Co, que le pagó diez libras pero la firma londinense nunca llegó a publicarla. “La decepción de eso debe haber sido absolutamente abrumadora”, cree Kelly. “Claramente era algo con lo que ella había soñado durante años y años”. En 1809, Austen escribió una carta de protesta a Crosby que no pareció servir para demasiado. Luego, en 1816, solo un año antes de morir, finalmente recompró el manuscrito, lo que llevó a que se publicara póstumamente como Northanger Abbey, en español La abadía de Northanger (acompañada de una nota expresando el descontento de la autora que lamentaba la no publicación anterior). “Se necesitó mucha determinación para continuar, especialmente cuando sus hermanos querían que ella cuidara de sus niños huérfanos”, aclara Kelly.
Esta es una representación teatral de la novela Orgullo y prejuicio, de Austen en Moscú, en 2016.
a quien había amado y rechazado nueve años antes y aparentemente no la reconoce porque está tan cambiada (“tan alterada que no la reconocía”). Ella queda mortificada porque todavía lo ama, aunque trata de ocultar toda emoción. Algunos afirman que esta es la novela más romántica de Austen, en parte porque Anne aprende a revelar sus verdaderos sentimientos para que Wentworth pueda “conocerla” de verdad, lo que lleva a uno de los desenlaces literarios más conmovedores en el que él le dice: “Me atraviesas el alma. Soy mitad agonía, mitad esperanza”. “Si miras a cada una de las heroínas de Jane Austen, llegan a una etapa de la historia en la
que piensan que no van a conseguir a la persona que quieren”, analiza Mullan. “En varias de ellas, el personaje central se convence de que el hombre que ama se va a casar con otra persona, incluso si el lector tiene mejor información. En ese sentido, estas son historias no solo sobre obtener lo que quieres, sino de aceptar que los finales felices pueden no estar disponibles para ti. Así que la autocompasión no es una opción”. Lo que nos lleva al crecimiento emocional de los personajes de Austen, otra faceta de ellos que puede resultarnos inspiradora en un momento de incertidumbre en el que quizás estemos reevaluando lo que realmente importa (Continuará). *BBC
Sus heroínas
De manera similar, las heroínas de Austen a menudo deben perseverar, aunque de manera más estoica, sufriendo en silencio después de creer que su oportunidad de felicidad se ha perdido para siempre. El momento en que Elinor Dashwood se endurece antes de ver a su amado Edward Ferrars, creyendo erróneamente que se ha casado con otra —”Estaré tranquila, seré dueña de mí misma”— es a la vez desgarrador e inspirador; una fuerza de carácter interpretada de manera particularmente poderosa por Emma Thompson en su actuación en la adaptación cinematográfica de Ang Lee de 1995, que también escribió. En la novela Persuasión, la protagonista Anne Elliot se enfrenta al capitán Wentworth,
Adaptaciones de las novelas de Jane Austen llegaron al teatro y cine, como en esta foto en una grabación de Emma en 1996.
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Ventanas
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John Le Carré
Fotos: Archivo
(1931-2020)
Si la fijación eurocentrista llegara a disiparse en lo que resta del siglo, las mal llamadas novelas de espías y espionaje de John Le Carré serán consideradas con enjundia similar a los textos de Kafka y Freud. José Steinsleger* ALES FUERON las mentes que deconstruyeron el lado oscuro de la cultura occidental. Freud acabó con la supremacía del yo individual, Kafka corrió el velo de la sociedad normal y Le Carré desenmascaró a las grandes potencias y sus patéticos servicios de inteligencia. Tareas, todas ellas, que requerían quitarse el corsé positivista de géneros, metodo-
Nació el 28 de mayo de 1908 en Londres (Gran Betaña). Hijo de un militar, el mayor Valentine Fleming, en una ocasión miembro del Parlamento inglés por el Partido Conservador y que murió durante la Batalla del Somme, en 1916. Cursó estudios en Eton y Sandhurst. Pasado algún tiempo, viajó a Múnich y Ginebra con el fin de aprender idiomas. Hermano del viajero Peter Fleming, trabajó como corresponsal de la agencia Reuter en Moscú (1929-1933) y agente de bolsa y cambio en Londres hasta que se inició la II Guerra Mundial, momento en que fue nombrado asesor del jefe de inteligencia naval. Cuando la guerra llegó a su fin, fue redactor jefe del área de política internacional de The Sunday Times, hasta que se trasladó a Jamaica. Alcanzó su fama por el personaje de James Bond, el
Mucha de la popularidad de John Le Carré se le puede atribuir, más allá de sus innegables dotes narrativas, a una suerte de reacción anti-James Bond.
logías y disciplinas del conocimiento. ¿O no hay en esos autores, claves y señales para combatir o, siquiera, decodificar los virus éticos y morales del mundo enfermo que vivimos? En varias novelas de Le Carré (y a propósito de las muy de moda teorías de la conspiración), hay que celebrar al agente británico George Smiley. Un personaje verosímil que guarda curioso paralelismo con el detective y monje franciscano medieval Guillermo de Baskerville, que aparece en la novela de Umberto Eco, El Nombre de la Rosa (1980).
Ian Fleming
agente 007 del servicio secreto británico que protagoniza 12 novelas de aventuras, entre las que se encuentran Casino Royale (1953), Desde Rusia con amor (1957), Doctor No (1958),Goldfinger (1959), Thunderball (1961) y El hombre de la pistola de oro (1965). En la residencia de Fleming en Oracabessa (Jamaica), una de sus biblias era el libro clásico de referencia Aves de las Indias Occidentales, escrito por el ornitólogo americano James Bond. “Decidí que mi agente secreto tuviera una personalidad lo más anónima posible. Me pareció que ese nombre, breve y poco romántico pero masculino era justo lo que necesitaba”, dijo. Parece ser que durante años, el científico tuvo más de un problema con su nombre al identificarse. El agente Bond ha aparecido en numerosas pelí-
Curiosamente, el agente Smiley y el monje imaginado por Eco se rigen por el innegable principio nominalista de que todo lo que existe es particular. En consecuencia, y a diferencia del recio James Bond o el decadente filósofo italiano Giorgi Agamben, en lugar del bien sobre el mal, ambos consiguen que lo psicológico triunfe sobre lo tecnológico. John Le Carré (alias de David Cornwall), empezó su carrera con el impacto de El espía que regresó del frío (1965), su novela más conocida, que en pocos años vendió 30 millones de
culas de gran éxito. Solo en los Estados Unidos, hasta el momento de la muerte del escritor, se vendieron más de catorce millones de ejemplares. Las novelas de Flemming fueron rápidamente aceptadas por otros mercados y fue así como se tradujeron a más de diez idiomas. Tal y como publicó en su momento The New York Times, Fleming habría percibido alrededor de 2.8 millones de dólares por derechos de autor de sus obras. Formó además una compañía para que se encargara del manejo de sus intereses y vendió a una firma inglesa, poco antes de morir, el 51% de los intereses de sus futuros negocios, en 280 mil dólares. Ian Fleming falleció de un ataque al corazón que le sobrevino en el campo de golf de Royal St. George’s Sandwich en Kent el 12 de agosto de 1964. (BB)
Viernes
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ejemplares, incontables traducciones y estuvo ocho meses en la lista de los mejor vendidos de Estados Unidos. La trama de El espía… se cristaliza en la Alemania del Muro de Berlín, con los motores encendidos de los tanques rusos y estadunidenses. Y cuando los jefes del MI5 y MI6 (servicios de seguridad interior y exterior de Gran Bretaña), no podían dar crédito a los estragos causados durante más de 20 años por Kim Philby, el doble agente al servicio de Moscú que condujo la inteligencia británica durante los primeros años de la guerra fría. Pero si El espía… fue la punta del témpano de Le Carré, El topo (1974) resultó el más terminado, ambicioso, complejo y, digamos también, el más profético de sus libros. Con El topo, el mundo de los espías empezó a verse desde un ángulo más reflexivo y distinto al de las ideologías en danza, tan seguras de sí mismas. La acción para la que Cornwall-Le Carré habían sido entrenados en la realidad, y Le CarréSmiley, en la ficción, introducía la reflexión y el sentimiento. Insinuándose sutilmente que la sordidez de la traición siempre va acompañada de lo angustioso de la duda. Porque en los altos niveles de la política y el espionaje, la duda se deriva de la inserción imposible de sus actores en una sociedad de la que conocen demasiados entresijos inconfesables. En una extensa entrevista de 1974, con el gran periodista de Le Nouvel Observateur, Olivier Todd, el autor de El topo manifestó: “Estamos sofocados burocráticamente. El secreto está en todos lados (…) Entre nosotros (los agentes), muchos estiman que la política se ha roto en dos: por un lado, se encuentra un universo manifiesto e hipócrita: por ejemplo, el del parlamentarismo. Del otro lado, el mundo real, escondido, que lanza las guerras en las que se espía a los propios aliados, sin tener confianza en nadie, sin creer en nada. Este segundo mundo existe dentro del primero”. Era lo que faltaba. Si Freud había removido el interior de la máquina individual, y Kafka, el interior de la máquina social, Le Carré mostró
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Los numerosos títulos de Le Carré también incluyen novelas que se salen de las tramas de espionaje. la anatomía de la máquina, simbolizada en “… el enfermizo fenómeno de la conspiración y el tema de la omnipresente esterilidad política (…) Orwell lo anotó: ciertos autores de libros de éxito escriben para el héroe que hay en cada lector; otros, como yo, para la víctima que habita en esos lectores”. Le Carré se ganó la admiración y el respeto de espías, políticos, académicos, críticos literarios, hombres y mujeres de Estado y, sobre todo, de millones de lectores que, junto con los espías que en otras épocas se jugaban por ideales, acabaron haciéndolo por dinero. Le Carré no se equivocó al decir que bajo la superficie de la existencia hay un abismo. Y tampoco cuando calificó el exclusivo colegio de Eton (donde fue profesor), de “…monumento erigido a la gloria de la indestructibilidad del sistema de clases sociales en Gran Bretaña”. En ambos bandos, los espías de Le Carré se empeñaron en buscar una verdad que no existe. Y tras la caída del muro, los del otro bando observaron, estupefactos, que los hijos de la heroica batalla de Stalingrado se formaban en grises filas de ciudadanos, esperando gastar el sueldo de una semana en una hamburguesa de McDonalds. *Surysur
En 1995, la Mystery Writers of America incluyó El topo en su lista de las cien mejores novelas de misterio de todos los tiempos.
La brigada anti-Bond
La muerte prematura de Fleming no permitió que el fenómeno James Bond siguiera un desarrollo normal hasta una declinación que hubiera sido cautivante observar. Tal como ocurrieron las cosas, la bondmanía y en general la espiomanía fueron víctimas de su misma superexplotación. Las adaptaciones cinematográficas producidas con autorización del autor por Saltzman y Brocoli habían impuesto la fórmula de la extravagancia. Pero apareció pronto un diluvio de imitaciones y falsificaciones, en las que se distinguió, como de costumbre, la industria italiana. El torrente se conformó con arrojar contra el rostro de los espectadores escenas de una violencia descabellada y de un erotismo de musichall, con sus dosis de karate, cerebros electrónicos de hojalata, paisajes para prospectos
turísticos y primeros planos de aviones de las compañías que suministraron gratuitamente el transporte. En cuanto a los editores, imprimieron cualquier cosa con tal de que el título incluyera alguna de las palabras mágicas: espía, agente, misión, secreta, operación, código, etcétera. En buena medida, la popularidad de algunos nuevos autores se debió a una suerte de reacción anti-Fleming. En 1963 fue saludada con entusiasmo la tercera novela de un autor que hasta entonces casi no había llamado la atención: John le Carré. El espía que llegó del frío es un relato desgarrador, que ataca con aspereza a los servicios especiales británicos. Una frase del libro se convierte en un verdadero santo y seña en los ambientes intelectuales: “¿Qué cree usted que son los espías, sacerdotes, santos, márti-
res? En realidad forman una sórdida procesión de tontos, vanidosos, de traidores, de sádicos y borrachos, gentes que juegan a los policías y ladrones para amenizar en algo su vida miserable.” El espía que llegó del frío relata con vigor y densidad cómo un oficial del SIS, alcohólico y desengañado, debe interpretar un clásico libreto de deserción para penetrar los servicios de Alemania del Este. Lo logra gracias a una pequeña bibliotecaria comunista a la que seduce. Pero una vez en el lugar, se da cuenta de que sus jefes lo han manipulado fríamente para proteger a un agente doble, exnazi convertido en jefe de los servicios del Este, que cae bajo las sospechas de un ayudante, un judío inteligente y honesto. Decepcionado, se hace matar atravesando el Muro de Berlín(Gabriel Veraldi).