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Portal Editorial Es oficial: la alegría es la mejor manera de combatir la tristeza. Es un estado de alerta permanente que nos hace capaces de soportar el dolor, restañar las heridas y regenerar el tejido roto de los días. La alegría nos prepara pues, para la danza de la vida. Suele decirse que la alegría es oro. Esto quizás debido a su escasez y rareza y a que con ella también se pueden fundar imperios y naciones. Se sabe que el oro surge en el corazón de las supernovas a temperaturas y presiones de las que carecemos en el planeta. En este número recogemos algunos hallazgos relacionados con las fuentes profundas del limitado inventario de oro en la Tierra y con los avances que, para las ciencias ambientales y de la salud, han significado las investigaciones basadas en las peculiaridades moleculares de este metal. Del mismo modo en que los orígenes de este elemento mítico se pueden rastrear en las instancias formativas del universo conocido, las fuentes de la alegría se pueden establecer en el corazón de los seres que pueblan el planeta. En la historia de los grupos humanos, el oro ha tenido un valor estrechamente relacionado con el poder, sea este terreno o de origen divino. Pero la alegría, inagotable e intemporal, sigue siendo quizás, nuestro mayor tesoro, nuestro elemento supremo.
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César
Las guarias ¿A qué el nombre de esta novela? Guaria: flor de Candelaria, flor corinta que en lo alto de los árboles de la costa se enciende anunciando el segundo mes del año, cuando llegan las fiestas de la Virgen patrona de tantas fincas guatemaltecas. ¡Maravilla de esas flores pródigas y puras, levantadas como la esencia misma del crepúsculo de sangre y oro! Flor de Candelaria, evocadora flor de juventud que decora los júbilos poblanos con un escudo de gentil aristocracia y una casta flama de ensueño…” Así presentaba su obra el autor en junio de 1926. La novela ofrece al lector estampas aldeanas de la finca La Perla, dentro de la que se da una red de pasiones que incluso hace que una mujer caiga en la red inevitable de la muerte causada por propia mano. César Brañas nació grande. La obra, elaborada en 1921, concluyó en enero y febrero de ese año en la finca Los Diamantes. Él tenía entonces 23 años, de modo que este libro fue un ejercicio poético delicado en el que incluye descripciones maravillosas de la gente local, hombres y mujeres que emigran por temporadas o por épocas de fiesta para ir a La Perla, teatro ficticio de los acontecimientos aquí narrados.
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DIRECTORIO Director General: Pavel Arellano Arellano Subdirector General Técnico: Rodrigo Carrillo Edición: Otoniel Martínez Diseño Gráfico: Héctor Estrada Digitalización: Boris Molina
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El santo de la escoba
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Brañas
de febrero
lería Martín de Porres Velázquez , fraile de la orden de los dominicos, nació en Lima, Virreinato del Perú, en 1579 y falleció el 3 de noviembre de 1639. Es el primer santo mulato de América, conocido también como «el santo de la escoba» por ser representado con una, como símbolo de su humildad. Aparte del crucifijo y la escoba, sus atributos iconográficos son pan, gato, perro, ratón y paloma.
Cuento 205
La casa de Asterión Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)* están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera. El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos. Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos. No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo? El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. Jorge Luis Borges/Argentina
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Abecedario
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Notas sobre la creación del personaje en
Hombres de maíz
Este texto es parte de un ensayo acerca de la interpretación cómica de la violencia (“humor negro”) en Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias, que aspira a contribuir a la “destotemización” del poeta y su obra. Jorge Mario Martínez* a construcción del personaje es uno de los aspectos de la novelística que menos atención recibió dentro de los estudios europeos de teoría y crítica de la literatura en el siglo XX, una carencia que resulta tanto más evidente cuando la contrastamos con el amplio desarrollo que conocieron las investigaciones sobre otros aspectos de la obra literaria. Una de las consecuencias de esto ha sido la supervivencia de ese antiguo y tercamente resistente prejuicio según el cual los personajes de ficción representan o deben representar individuos empíricos, seres de carne y hueso. Tzvetan Todorov dice: “Una lectura ingenua de las obras de ficción confunde personajes y
personas vivientes. Se olvida, en esos casos, que el problema del personaje es, ante todo, lingüístico, que no existe fuera de las palabras, que es un ser de papel”. Puede decirse también, como lo hace el mismo Todorov, que la realidad del personaje es puramente lingüística, que este es un ser “hecho de palabras”. Existen también otras posibilidades (que no examinaremos ahora), de modo que hay que admitir que ninguna definición general alcanza a dar cuenta del fenómeno en toda su complejidad. Aquí me conformaré entonces con señalar que muchos de los problemas que encierra la noción de personaje convergen en la cuestión de la “materia” de que estos están hechos. Gogol supo convertir esta ambigüedad de la materia del personaje en un poderoso instrumento de
la creación artística. En su narrativa, en efecto, los personajes no son sino monedas de cobre, pepinos, calabazas, huevos, trastos, es decir, objetos animados por un procedimiento cuyo secreto conocía muy bien este autor. Yuri Tinianov dice: “El procedimiento fundamental de Gogol en la descripción de las personas es el procedimiento de la máscara. De máscara puede servir, ante todo, el vestido, la ropa, y puede servir también el aspecto exterior evidenciado”. Gogol eleva la naturaleza muerta, continúa Tinianov, “a principio peculiar de la teoría literaria”. Una consecuencia de este modo de concebir los personajes es que la violencia que sobre ellos se ejerce no se se ejerce sobre seres humanos sino sobre objetos materiales; carece por completo de sentido entonces, interpretar esa violencia como si fuera algo real, sociológica o históricamente significativo. Y esta es una lección fundamental para cualquier lector de Asturias, especialmente para uno de Hombres de maíz. No hay entre los hispanoamericanos otro novelista, me parece, que haya explotado tan
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extensa y sistemáticamente como Asturias las posibilidades artísticas que le ofrecía la inmaterialidad —valga la paradoja— de la “materia” del personaje, a tal punto que puede decirse sin temor a exagerar, que la explotación de tal ambigüedad constituye una constante en su obra. Las imágenes grotescas, con la acentuación del momento corporal que les es propia, la concepción del cuerpo como un objeto y, estrechamente vinculada con ello, la noción del personaje como muñeco o como máscaraobjeto, emergen en toda la obra de Asturias y cualquier lector sabrá encontrar sin mucho esfuerzo docenas de ejemplos. Los que siguen han sido espigados aquí y allá sin afán sistemático; no se trata de un inventario exhaustivo ni mucho menos, sino tan solo de dar una idea del procedimiento.
Fantasmas danzantes
En la Leyenda de los matachines, uno de los relatos de El espejo de Lida Sal, se describen los danzantes a través de una comparación del sonido de los pies con el de la lluvia: “Lluvia de pies y pies y pies... seguían danzando (...) las cabezas en vaivén (...), en vaivén la tierra que cuereaban cada vez más duro (...), en vaivén el cielo que golpeaban con sus manos de tempestades empuñadas...”; y también: “desván de mujeres que se ofrecían en los espejos, apenas formas de humo de tabaco, fantasmas de carne y pelo color de yema de huevo (...), uñas de escama de pescado (...)”. La danza de los matachines termina —como no podía ser de otro modo— a machetazos; y de los personajes, naturalmente, solo quedan “Trapos ensangrentados... nada más sus camisas... nada más sus pantalones...” (1967). En Los brujos de la tormenta primaveral, uno de los relatos de Leyendas de Guatemala, el personaje Juan Poyé aparece precisamente en el momento en que algo o alguien le ha cercenado un brazo: “Juan Poyé buscó bajo las hojas el brazo que le faltaba, se lo acababan de quitar y qué cosquilla pasarse los movimientos al cristalino brazo de la cerbatana”; y poco más adelante: “Se oían sus dientes, piedras de río, entrechocar de miedo, la arena movediza de sus pies a rastras y sus reflejos al tronchar el monte con las uñas.” (1948). El señor Presidente (1946) no es en esto una excepción; al contrario, este es un aspecto fundamental en la construcción de dicha novela, como puede constatarse con facilidad, especial pero no únicamente en los primeros capítulos, comenzando por la descripción de los mendigos del portal. Recordemos que el Pelele, el más célebre de estos personajes y cuyo trágico destino es el eje de estos capítulos, lleva ya inscrito en su propio nombre su cualidad grotesca de muñeco. Pero no es el único; el Mosco, uno de sus compañeros de infortunio, solo tiene la mitad de un cuerpo, o menos, pues además de que no tiene piernas, es ciego. Pero este cuerpo así mutilado no está allí solamente para despertar los sentimientos piadosos o el horror e indignación del lector por el trato que el personaje recibe del policía que lo detiene y las torturas a que lo someten. El Mosco está allí también —y yo diría, sobre todo— para mover a risa al lector con las “gracejadas” que protagoniza. Así, a unas mujeres que esperaban en un patio noticias de los presos,“Un gendarme ladino les pasó restregan-
do al Mosco. Lo había capturado en la esquina del Colegio de Infantes y lo llevaba de la mano, hamaqueándolo como a un mico. Pero ellas no se dieron cuenta de la gracejada” (cap. II). Más aún, el personaje mismo convierte sus propias miserias en espectáculo, pregonando el origen de sus mutilaciones: “¡Yo, que perdí los ojos en una borrachera sin saber cómo, la pierna derecha en otra borrachera sin saber cuándo, y la otra en otra borrachera, víctima de un automóvil, sin saber ónde!” (cap. I). En esta misma obra, en la escena que sigue al asesinato del Pelele (cap. VIII), se introduce un personaje especialmente significativo en este contexto: me refiero al “titiritero del portal”, don Benjamín, junto al cual se introduce su mujer, doña Venjamona. La descripción de ambos nos ofrece un ejemplo muy elocuente del modo como Asturias jugaba con la apariencia corporal y las dimensiones de sus personajes: don Benjamín era pequeño, nervioso y desdentado: “no medía un metro, era delgadito y velludo como murciélago”; la mujer, en cambio, era “dama de puerta mayor y dos asientos en el tranvía, uno para cada nalga, y ocho varas y tercia por vestido”, a lo que se añade, por si no fuera suficiente, que era “grande como una montaña”. Y la descripción insiste en el contraste:“su cara mitad lo dejaba hablar, cara mitad inverosímil, pues si él apenas llegaba a mitad de naranja mandarina, ella sobraba para toronja”.
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La materia prima de mucho del quehacer literario de Asturias son los mitos originarios. Esto nutre la fantasmagoría de sus escenarios.
Hombres muñeco
Así pues, aún un recorrido superficial por la obra de Asturias basta para poner de relieve la importancia que en ella reviste la concepción grotesca del cuerpo humano, concepción que se expresa principal, pero no únicamente, en el constante recordatorio de la ambigüedad material de los personajes y en la insistencia con que se señala su calidad de hombres-muñeco. En Hombres de maíz (Buenos Aires, 1949, [1973, 7a.]) esta idea fue objeto de un desarrollo particularmente extenso y sistemático, al punto que puede decirse que los procedimientos vinculados con ella constituyen uno de los ejes fundamentales de la construcción de esta obra. De hecho, la cuestión se presenta aquí ya en el título mismo que evoca, como se sabe, el mito indígena según el cual los hombres fueron formados con la masa del maíz. En el Memorial de Sololá (Anales Cakchiqueles) se cuenta: “Y yendo el animal llamado Tiuh-tiuh a buscar para sí la masa del maíz, fue traída de entre el mar por el Tiuh-tiuh la sangre de la danta y de la culebra y con ellas se amasó el maíz. De esta masa se hizo la carne del hombre por el Creador y el Formador”. (Recinos, 1950, p. 50). Con una variante ciertamente significativa, es el mismo relato que se encuentra en el Popol Vuh (véase Recinos, 1947, cap. II, 3a. parte). Es natural que las resonancias mitológicas que evoca el título de la novela hayan acaparado la atención de los críticos; después de todo, un relato sobre la creación de la humanidad no es algo que ocurre todos los días, ni siquiera en la literatura de ficción. Sin embargo, hipnotizados al parecer por el motivo mitológico, los críticos parecen haber sido incapaces de comprender que la inserción de aquel dentro de una estructura literaria tan compleja como puede ser la de una novela, transformaba por completo el significado ori-
La verdad histórica, en la obra del premio Nobel guatemalteco, es un pretexto para construir un sistema alternativo de acercamiento al pasado.
El asturiano, es un complejo universo de palabras que se distancia de una lógica descriptiva y apela al sueño como camino de conocimiento.
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En la obra novelística de Asturias, los personajes son metáforas antropomórficas que le permiten construir su propio código mitológico. Su obra lo sitúa como un verdadero constructor de imaginarios y formador de universos paralelos.
ginal de tal motivo. Y es que para Asturias la mitología no fue nunca un fin en sí misma; y su actitud frente a esta no era la de un anticuario o un arqueólogo que mira hacia el pasado, sino la actitud, diametralmente opuesta, de un poeta, que se orienta hacia el futuro puesto que parte del principio, formulado con agudeza excepcional por Victor Shklovski, de que “los mitos permanecen en la memoria del hombre como los utensilios en una herrería; para ser empleados en el trabajo, no para ser exhibidos”.
Metáfora antropomórfica
En la novela, el desarrollo del motivo del maíz como materia formativa se aparta por completo del relato mitológico. Sometido a la elaboración del novelista, ese motivo adquiría nuevos significados y funciones que no solamente no figuran en el relato mitológico, sino que serían simplemente inconcebibles dentro de la cultura y el horizonte espiritual en que dicho relato surgió. En la novela el motivo adquiere, por el solo hecho de pasar a formar parte de la estructura de esta, un nuevo significado, que solamente puede comprenderse dentro del contexto artístico de la obra. Tras el tema mitológico de la creación de la humanidad a partir de la masa de maíz, Asturias supo reconocer las infinitas posibilidades que la ambigüedad inherente a la metáfora antropomórfica inicial le ofrecía. Así pues, pese a lo que supone una opinión tan ingenua como generalizada, los personajes de esta novela no están hechos de masa de maíz; en realidad, el autor se sirvió de muchas otras cosas, algunas de ellas relacionadas solo de modo indirecto con esta materia primordial. Le bastaba al parecer con cualquier parte de la planta o del fruto, cualquier objeto y cualquier actividad asociada a estos, a su cultivo, a sus usos culinarios, etcétera, para construir el “cuerpo” o el rostro de sus personajes; así, por ejemplo,
la tusa o tuza (el mamotreto de la RAE ordena “tusa” pero Asturias escribía “tuza”, una grafía que todas las ediciones han respetado excepto la que preparó para turistas José Mejía): “De feria en feria, entre los emponchados comerciantes de tierra fría, tratantes en jarcias y monturas, los indios vestidos de blanco, muñecos de tuza tratantes en batidores...” (p. 111). Del mismo material está hecha la nana Tecún,“aquel manojito de tuzas envuelto en trapos negros, con la cabeza blanca y ya casi sin dientes...” (p. 54). A veces, el segundo término de la comparación es mucho más elaborado y puede incluso adquirir un desarrollo independiente, como en esta descripción que nos presenta el curso vital del personaje mediante el paralelo con una serie de procesos y productos culinarios: “La nana, madre de los Tecún, parecía salir de muchos años y trabajos. De años sucios de chilate de maíz amarillo, de años blancos de atol blanco con granos de elote, uñas de niños de maíz tiernito, de años empapados en los horrores de los puliques, de años tiznados de humo de leña, de años destilando sudor y dolor de nuca...” (p. 79).
Espantajos de maizal
En otro pasaje se compara el modo de caminar de unas mujeres con el proceso de elaboración de las tortillas, a partir de las impresiones auditivas que sus pasos y su respiración producen en el ciego Goyo Yic; este, que está sentado a la orilla del camino, las reconocía, “por el paso menudo, seguido, torteante, andaban como haciendo tortillitas de tierra, y porque de vez en cuando le daban el golpe a la respiración con silbidos de molendera que cambia el ritmo de la mano en la piedra de moler” (p. 94). La figura del espantapájaros representa un caso particular. Aunque aparentemente este no tiene ninguna clase de vínculos con la masa de maíz ni con las propiedades culinarias de esta
resulta ser, en virtud de sus propiedades dramáticas intrínsecas, de una gran utilidad como elemento constructivo en la obra; de hecho, los “espantajos de maizal” son parientes cercanos de los muñecos y los títeres. El caso es que muchos de los personajes de esta novela se presentan en uno u otro momento bajo esa figura: Goyo Yic es “un muñeco de milpas con ojos de vidrio” (p. 106) y el coronel Godoy termina convertido en un “maleno de palo”. La figura del espantapájaros sirve también al autor para describir los efectos de una feroz batalla entre los jinetes de la montada y los campesinos: “Los heridos pisoteados por las bestias, los muertos como espantajos de maizal caídos...” (p. 44). Y poco más adelante se describe así al Curandero muerto: “Calistro subía con el Curandero, arrastrándolo como a un espantajo de esos que ponen en las milpas” (p. 53). Pero el espantapájaros puede llegar incluso a desempeñar, en ciertas condiciones, un papel protagónico; en el capítulo V, uno de ellos se presenta como “erzats” (sustituto) del personaje llamado Machojón y marca, al ser reconocido como tal, el inicio de la “catástrofe”, es decir, el momento en que se resuelve la intriga urdida a lo largo de los capítulos anteriores (III y IV). Todas estas observaciones pueden resumirse muy bien en la escena final del capítulo V, en la cual se describe una batalla particularmente sangrienta entre los jinetes de la montada y los guerrilleros de Gaspar Ilóm: “Los machetes al vuelo de una mano a otra, pasaban, brillantes, rojos por la colorada que teñía los caballos de los jinetes heridos y empezaba a formar pocitos de sangre en el suelo. Las gentes son como tamales envueltos en ropa. Se les sale lo colorado.” (p. 44) Masa de tamal la carne pues, hojas de plátano (o de bijagua) y de maxán, en lugar de ropa y en lugar de sangre, un buen recado colorado; he aquí pues el motivo místico, sublime, grandioso de la creación de la humanidad a partir de la masa de maíz convertido, por obra y gracia del autor de la novela, en un motivo puramente gastronómico.
Constructor y formador
Constatamos así, una vez más, tanto la desenvoltura con que el autor trataba los temas mitológicos cuanto su maestría en la elaboración del mundo interno de la novela, en el cual el poeta desempeña el papel de “constructor y formador” de la humanidad, al tiempo que muestra sus habilidades como fabricante de espantapájaros y su sabiduría de gran maestro tamalero. La lección más importante, la más urgente en todo caso, que podemos extraer de los ejemplos anteriores, es que las interpretaciones realistas, sociologistas, de la violencia en esta novela, no pueden sostenerse más que ignorando deliberadamente el contexto en que esa violencia se representa pues, como hemos visto, ella no se ejerce sobre seres de carne y hueso, sino sobre muñecos de tusa, jícaras, cocos, espantapájaros y hombres-tamal. Y esta representación indirecta, refractada de la violencia, que constituye una de las características esenciales de esta novela, nos permite reconocer el papel fundamental que en ella juegan elementos característicos del género fantástico, una filiación que hasta el día de hoy, como ya se apuntó parece haber escapado por completo de la atención de los críticos. *Antropólogo
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Gavetas Hemeroteca del Diario de Centro América
Esteban Murillo
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DCA, 2 de noviembre de 1934.- La pintura española tiene sus más altos exponentes en tres figuras que han quedado grabadas en la mente de los amantes del arte: Murillo, Velázquez y Goya. Murillo perteneció a aquella gran escuela sevillana de Pacheco, Herrera el Viejo y Valdez Leal. Él sintió los seres ideales. Fue el pintor de las Vírgenes, como Ribera lo fue de los Descendimientos y Velázquez, el pintor asombroso de las Meninas. Sintió Murillo la verdad más grande de la vida humana, la verdad de la fantasía, la verdad de la idea, la verdad perfecta de la ilusión. Modelo acabado de idealidad y realismo es el San Antonio que se conserva en la catedral de Sevilla, una de las primeras obras que ha producido el arte en la Tierra. Murillo debe mucho a las sargas. Esta es una tela pintada al temple o al óleo, a manera de tapiz. Un muchacho era Murillo y Sevilla el teatro de sus travesuras infantiles y su sueño dorado era recoger carbones y pintar manchas y sombras por las paredes, hasta que un día los borrones le abrieron las puertas de un estudio: el del pintor sevillano Juan del Castillo, donde se enfrentó ya con el caballete y con algunos modelos que el maestro le preparaba. Cuando murieron sus padres él lo adoptó, pero un día levantó el taller y marchó en busca de mejor ventura. Murillo, huérfano y pobre, con 22 años, se lanzó a pintar para las ferias. Y aquello pareció más que estudio de pintor, lastimoso degolladero. Los cuadros se pintaban y corregían a gusto y sabor de los compradores. Por fin, se fue a Madrid, donde imperaba Velázquez, su paisano, que por entonces, se hallaba en la plenitud de la gloria. Él le puso en camino de copiar los hermosos lienzos atesorados en El Escorial y ahí, estudiando a Rubens, a Van Dyck y a Ribera, su entusiasmo creció iluminando su alma y haciéndole sentir por vez primera, la sacrosanta alegría del arte.
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Reporte en V
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El éxito económico
BBC
de Bolivia
í, es cierto, Bolivia ha crecido gracias a los cuantiosos ingresos que le dan las exportaciones de gas natural (que le vende a Brasil y Argentina), corriendo el riesgo de anclar su desarrollo a este recurso. Y aunque ha hecho esfuerzos por diversificar la economía (con la venta de diésel, estaño y soya), queda pendiente la pregunta de por cuánto tiempo podría sostener su modelo de desarrollo. Le llaman “el milagro económico boliviano”, que despegó en los gobiernos de Evo Morales, una gestión que —desde un punto de vista político— ha sido destacada por sus reformas inclusivas, pero duramente criticada por sus tintes autoritarios, casos de corrupción y el nacimiento de una nueva “burguesía aymara”. Pero en lo que a la economía se refiere, expertos internacionales y locales coinciden en valorar los resultados de la gestión del equipo del mandatario. El año pasado, Bolivia creció 4.3 por ciento, seguido por Paraguay (4.1) y Perú (4). La lista sigue con Colombia (2), Chile (1.6) y Uruguay (1.5). El desempeño boliviano fue bastante alto si lo comparamos con Estados Unidos, que ape-
Lleva más de una década
creciendo a un promedio anual de 5 %, que es muy superior al de Estados Unidos y el resto de los países sudamericanos. A pesar de la crisis del precio de las materias primas, logró ahorrar y fue cauto en no despilfarrar el dinero que le llegó después de decretar la nacionalización de los hidrocarburos en 2006.
nas creció 1. 5 por ciento y con Latinoamérica en su conjunto que sufrió una contracción de 0.9 por ciento.
Las claves del crecimiento 1. Hidrocarburos
En 2006, cuando Evo Morales decretó la nacionalización de los hidrocarburos, se inició una nueva etapa en la economía boliviana. Esta nueva fase incluyó en algunos casos el paso de empresas privadas a manos del Estado y, en otros, la renegociación de contratos con empresas extranjeras que continuaron operando en el país. Una docena de multinacionales suscribieron nuevos contratos con la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) y —entre otras cosas— se acordó el pago de un tributo sobre el valor de la producción de entre el 50 y el 85 por ciento. “Al cambiar la política impositiva, aumentaron considerablemente los ingresos del Estado”, dice Luis Pablo Cuba, docente invitado de la Universidad Mayor de San Simón. “Pienso que la nacionalización y el Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH) fueron algunos de los principales elementos que expliFotos: Archivo
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can el alto crecimiento económico”. El alza de ingresos fiscales fue acompañada de fuertes inversiones públicas y un modelo de desarrollo productivo basado en la demanda interna.
2. Ahorro
“En los últimos 14 años, el crecimiento económico ha sido impulsado principalmente por el boom de las materias primas, los ingresos por aumento de impuestos, significativas inversiones públicas y alto gasto social”, dice un portavoz del Fondo Monetario Internacional (FMI). “Durante el boom de las materias primas la pobreza en Bolivia bajó un tercio y las autoridades sabiamente ahorraron una parte de los recursos construyendo un cuantioso colchón financiero”, agrega. Un colchón que pasó de US $700 millones a US $20 mil millones, configurando un ahorro que le permitió amortiguar la caída de precios de las materias primas a partir de 2014. Y a pesar de que la curva es decreciente, sigue destacando sobre el resto de sus vecinos: Bolivia creció un 5.5 por ciento en 2014; un 4.9 en 2015 y un 4.3 en 2016. Ese liderazgo en el Cono Sur se mantendría este año y el próximo, según las proyecciones del FMI para Bolivia, con un 4.2 y un 4 por ciento, respectivamente. Un análisis de Nicole Laframboise, publicado en el blog del FMI Diálogo a Fondo, señala que otro factor importante ha sido la dolarización (la utilización de dólares en vez de la moneda local) desde hace más de una década. «Esto ha ayudado ha mejorar la efectividad de la política monetaria, ha contribuido a la estabilidad del sector financiero y ha permitido que más bolivianos tengan acceso al crédito y a los servicios financieros”, dice Laframboise.
Las organizaciones sindicales y de pueblos originarios, han conseguido negociar con el Gobierno, favoreciendo la gobernanza y la estabilidad.
3. Estabilidad
Tanto los expertos del FMI, como analistas locales, coinciden en que la estabilidad social ha contribuido al crecimiento económico. Entre 2001 y 2005 Bolivia tuvo cinco presidentes bajo un clima de alta polarización y conflictividad. Al inicio del mandato de Morales también se atravesaron momentos muy complicados, durante el proceso constituyente y cuando sus adversarios políticos se atrincheraron en la regiones ricas de Bolivia. Sin embargo, la radicalidad de los primeros años fue disminuyendo. A eso se suman indicadores de inclusión que favorecen la estabilidad. Por ejemplo, entre 2004 y 2015 la pobreza bajó de un 63 por ciento de la población a un 39. Por otro lado, —según cifras del FMI— la distribución del ingreso también mejoró en ese período. Bolivia pasó de ser el país más desigual en Sudamérica a situarse en una posición promedio en la región. Estos logros han beneficiado la imagen externa de un país gobernado por un partido compuesto por organizaciones sindicales y centrales agrarias indígenas y campesinas, que han negociado con el Gobierno para llegar a acuerdos y evitar que se generen crisis de magnitud como solía ocurrir en las últimas décadas. Los adversarios del gobierno de Morales critican que algunos grupos de presión han sido excesivamente favorecidos con los ingresos fiscales y que en ocasiones los beneficios del crecimiento dieron origen a casos de corrupción que han involucrado a líderes políticos oficialistas. En todo caso, se le reconoce a Morales que a pesar de su discurso reivindicativo, en el plano
El sello socialmente incluyente de la gestión de Evo Morales se ha apoyado en una eficiente política fiscal y de ahorro.
La venta de hidrocarburos a países vecinos ha generado un flujo sostenido de recursos que permite, hasta ahora, sustentar el crecimiento boliviano.
económico sus políticas han sido lo suficientemente cautas y pragmáticas como para, por ejemplo, vender su gas a través de contratos a largo plazo en los que se establece una coti-
zación fija, controlar la inflación y mantener reservas fiscales. Y así, consolidarse como el país que más crece de América del Sur.
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Contando el tiempo
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Teorías de la conspiración:
la pseudociencia de las
La entrega del premio Planeta a un thriller sobre el Santo Grial ha reafirmado el tirón de narraciones indisociables del auge de las teorías conspirativas. Con su causalidad exagerada, su desconfianza de las apariencias y su certeza de que todo tiene un sentido oculto, estas fantasías imitan a las ciencias sociales para convencernos de que tras la realidad engañosa existe un orden manipulado por élites tenebrosas cuyos tejemanejes urge desenmascarar. Pablo Francescutti *
ue el premio Planeta de este año le haya tocado a un thriller conspirativo de Javier Sierra confirma la buena acogida de la que gozan estas narrativas ante el público hispano. Con el galardón el novelista se suma a la familia de escritores integrada por Matilde Asensi, Julia Navarro y el inefable J. L. Benítez, los émulos patrios del género popularizado por Richard Condon y Dan Brown. Si solo se tratara de una temática ficticia, el interés del asunto no trascendería los confines de la literatura; pero es obvio que esos relatos se benefician del enorme tirón que tiene el pensamiento conspiranoico en nuestra cultura; tan influyente que, por ejemplo, ha llevado al rapero B.o.B. a promover el lanzamiento de un satélite para confirmar que la Tierra es plana. Las teorías de la conspiración están de moda. ¿Cuáles son las razones de su popularidad?
Los masones, los primeros chivos expiatorios
En rigor, no puede hablarse de teorías del complot hasta inicios del siglo XIX. Recién toman forma tras la Revolución francesa, cuando los reaccionarios responsabilizan a las insidias de masones, illuminati y carbonarios de las insurrecciones democráticas que sacuden el Antiguo Régimen. No cabe duda de que las sociedades secretas promovían el avance de las ideas ilustradas y la abolición del absolutismo, pero sus enemigos les suponían un poder exagerado y una unidad de propósitos infundada. La ruptura entre las logias británicas y americanas a raíz de la independencia de EE. UU. demuestra que
Muchos sucumben al atractivo de las respuestas rápidas a cuestiones que no dominan y compran
la masonería distaba de ser una organización monolítica. No tardaron otros rumores en darles la réplica, atribuyendo todos los males a tejemanejes del clero: los jesuitas fueron los primeros en portar ese sambenito; los siguieron las conjuras papistas que animaron la política anglosajona, y, en el siglo XX, las maquinaciones imputadas al Opus Dei. A la policía de la Rusia zarista le cabe el dudoso mérito de haber infundido dimensión global a tales creencias al fabricar el primer plan oculto de dominación del mundo: Los Protocolos de los sabios de Sion. El documento apócrifo ideado para desviar hacia los judíos el malestar contra la autocracia moscovita tuvo enorme repercusión y se convirtió en la biblia de los antisemitas. Las teorías poseen una prodigiosa capacidad de mutación: a mediados del siglo pasado, sus autores dejan de situar a los conjurados en los márgenes de la sociedad para descubrirlos con horror en el corazón del Estado. El macartismo centra la sospecha en la administración infiltrada por los rojos; tras el asesinato de John Kennedy, este se desplaza a los militares, los espías, el Gobierno... Un punto de inflexión en ese tortuoso recorrido lo marca la implicación de los medios masivos de comunicación. Me explico: en el pasado, esos extremos circulaban de boca en
boca o a través de opúsculos e impresos propagandísticos; a partir de la década de los 60, el sistema mediático, al hacerse eco, amplifica su alcance a una escala inédita y en cierto modo los legitima. Más importante: aparte de propagar tales fantasías o incluso fabricarlas, los medios han pasado a figurar entre los conspiradores denunciados por aquellas. Lo ilustra el rumor del falso alunizaje, que acusa a la industria del cine de haber falsificado las misiones Apolo en comandita con la NASA y la prensa, que le dio credibilidad al montaje. La responsabilidad de los medios no acaba allí; pese al afán de los periodistas honestos por desmontar semejantes dislates, las primicias del periodismo de investigación inculcan la idea de que la realidad aparente es un fachada engañosa y que la verdad se esconde entre bastidores; una verdad secuestrada por unos pocos que los periodistas pugnan por sacar a la luz pública. Sin pretenderlo, sus revelaciones fomentan una visión próxima a la conspiranoica.
Filosofía de la sospecha
Para algunos expertos, esas teorías son el mapa cognitivo del pobre: versiones simplificadas y maniqueas de la realidad al gusto de individuos cuya escasa formación les impide captar los matices, ambigüedades e imprevistos de los fenómenos históricos. En contra,
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ciencias sociales
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explicaciones de procesos intrincados basados en chanchullos de poderes invisibles.
otros defienden con algo de razón que, pese a sus exageraciones, expresan críticas legítimas al poder; aunque suelen olvidar que por cada conspiranoico progresista hay otro adscrito a la ultraderecha más delirante. Otros estudiosos encuentran lógica la proliferación de esa mentalidad en la sociedad de la información. En entornos saturados de datos cuya comprensión supera nuestras posibilidades de análisis, proporcionan atajos mentales que nos ayudan a tomar decisiones sin esfuerzo. Hasta los especialistas que dedican muchas horas y energía intelectual a los asuntos de su campo sucumben al atractivo de las respuestas rápidas a cuestiones que no dominan y compran explicaciones de procesos intrincados basados en chanchullos de la CIA, la banca o un gobierno mundial invisible. Lo que está fuera de discusión es su utilidad para revelar temores sociales latentes. Ellas nos informan del recelo a las élites, del descrédito de la democracia liberal, de la desconfianza en las instituciones garantes de la verdad, incluidas el periodismo y la ciencia, sospechosas de confabularse con los poderosos. Hablan, además, de la desazón del individuo ante una globalización de abrumadora complejidad, imposible de cartografiar mentalmente. En una reacción defensiva a esa ansiedad corrosiva, la sobreinterpretación del pen-
samiento conspiranoico —cualquier cosa es un signo del complot—, al destapar los engranajes ocultos que presuntamente rigen nuestros destinos, ponen orden en un mundo caótico, un orden tenebroso, pero al menos comprensible.
La irracional racionalidad de los conspiranoicos
Si las pseudociencias siguen a las ciencias naturales como la sombra al cuerpo —la astrología a la astronomía; la ufología a la astronáutica; la homeopatía a la medicina; la parapsicología a la psicología—, los conspiranoicos hacen lo propio con la sociología, la ciencia política y la historia. Los hallazgos de estas disciplinas sobre la influencia de los intereses económicos, la complicidad de la prensa con las clases dirigentes, el efecto engañoso de las ideologías o la persistente opacidad del Estado democrático son fagocitados y distorsionados por el pensamiento conspirativo. A diferencia del esoterismo, dichas percepciones insisten en su racionalidad; de ahí su obsesión con las pruebas: siempre están aportando evidencias y reclamando documentos supuestamente retenidos. Pero cuando los archivos se abren y no les dan la razón, claman que han sido destruidos o manipulados y desbarran al dar a la falta de evidencia el valor de la evidencia.
Desde luego, hay conspiraciones reales. Como dijo Kissinger, hasta los paranoicos tienen derecho a tener razón. Mientras escribo estas líneas, cien complots se ponen en marcha. Son de sobra conocidas las cloacas de la democracia, en donde agentes del Estado actúan al margen de la Ley. Pero de ahí a afirmar que la historia se mueve por intrigas orquestadas en la oscuridad por camarillas estratégicamente ubicadas, conlleva el absurdo de considerar zombis al resto de las fuerzas sociales, así como de negar el rol del azar, el desbaratador de numerosas conjuras. Con todo, que el concepto crítico de teoría conspiranoica se haya asentado en el discurso público prueba la existencia de un saludable escepticismo; pero al parecer no basta: por cada fantasía refutada, otra ocupa su puesto. El síndrome del complot domina el imaginario político. Así es nuestra peculiar situación: no podemos dejar de rebatir esos clichés ni tampoco prescindir de ellos. Umberto Eco la retrató con gran destreza en El péndulo de Foucault, parodia en la que disecciona su mecanismo persuasivo al tiempo que rinde tributo al encanto de relatos que, como aprenden los protagonistas a su pesar, pueden tornarse realidad si alguien se los toma en serio. *Sinc
La obsesiva búsqueda de evidencias para dar soporte a las teorías más disparatadas es uno de los rasgos del pensamiento conspiranoico.
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Pérez-Reverte:
Eva, una novela de espías y amores El autor más popular de las letras peninsulares prosigue las aventuras de Lorenzo Falcó con una novela donde la Guerra Civil sirve de paisaje de fondo para una historia de amor y espionaje.
Alberto Olmos*
rturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) no lo sabe, pero acercarme a él a propósito del desembarco en librerías de Eva (Alfaguara), su nueva novela, es como acercarme al abismo. Para cualquier escritor minoritario, pero con ínfulas, hay un territorio hostil, una tierra maldita, un entorno de descrédito que debe sortear y, en la medida de sus fuerzas, combatir. Es el bestseller. En los años 90, las palabras Antonio Gala se convirtieron en divisa deplorable entre los aspirantes a escritor: eso era lo que no querían ser, lo que eran los autores que odiaban y lo que gratificaba el vulgo. Además, no hacía falta leer a Antonio Gala para repudiar su literatura. Pérez-Reverte arrastra un anatema similar entre los autores literarios que he conocido o que frecuento, anatema del que se deriva la
prevención de que nunca se dejarían ver con un libro suyo en las manos. No hay que leer al autor que todo el mundo lee, al autor que blande una historia y no una forma. Uno de estos autores coincidió conmigo no hace mucho en una fiesta, y me dio por preguntarle si le importaba lo que vendieran sus libros —me confesó que apenas sobrepasaba los mil ejemplares—. No, me dijo, no me importa nada. Me basta, vino a concluir, con el reconocimiento de la comunidad literaria. Escribir libros y que no te importe si te leen, solo si te sacan en un suplemento, siempre me ha parecido muy triste. Vender mucho (Falcó llegó a los 300 mil ejemplares) siempre me ha parecido sospechoso. Pérez-Reverte no lo sabe, pero me interesa más lo sospechoso que lo triste.
¿Cómo ves esa diferencia entre bestseller y novela
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literaria? ¿Hay ahí un juicio de valor que compartes?
de ecuanimidad. Se trata de verlo con frialdad para analizar lo positivo y lo negativo. El problema de este país es que aquí o estas conmigo o estás contra mí. Y si estás conmigo, el otro bando no tiene ninguna virtud. ¿Un falangista valiente? ¿Un rojo humanitario? ¿Cómo? Si es mi enemigo, no puede tener ninguna virtud. Eso, que es una barbaridad, lo he vivido. Intento ser ecuánime. ¿Tú crees que yo considero igual a los franquistas que a los republicanos? Evidentemente, no. Lo que pasa es que mi personaje se mueve ahí. El problema es España. Falcó es una chulería frente a quienes creen que la Guerra Civil se resume en 140 caracteres o en dos colores.
Yo llevo leyendo desde los 8 años. Mis dos abuelos tenían bibliotecas, y mi padre después. Yo crecí en bibliotecas, en un ambiente en el que tan interesante es Crimen y castigo como El asesinato de Roger Ackroyd. Esa división para mí nunca ha existido. Me educaron en que todo libro útil era bueno. Por eso, me estás planteando un dilema más bien teórico, de un grupo concreto, porque además los lectores tampoco ven la literatura así.
Matilde Asensi decía que había dos literaturas: la de los lectores y la de los premios oficiales...
¿No la encasillarías en el “género Guerra Civil”?
Yo no puedo suscribirlo porque a mí me tratan bien, salgo en Babelia, en La Vanguardia, nunca me han proscrito porque venda libros. También depende de qué libro mío leas. ¿Has leído El pintor de batallas? No es un bestseller o un libro con ánimo de serlo. No tengo lesiones por ese motivo, dado que desde el principio mis libros fueron tratados por todos y tengo lectores en todos los niveles. Tanto aquí como fuera. No tengo ni el complejo ni la necesidad de explicar nada. Hago lo que me gusta y me leen. No me siento despreciado.
Eva parece escrita cabalgando, digamos, el impulso de su antecesora, Falcó; como del tirón.
Falcó responde a un plan. Yo nunca escribo las novelas como hace Javier [Marías], que se sienta a ver lo que le sale. Yo preparo unas estructuras muy sólidas y completas. Falcó primero iba a ser una única novela, pero me lo pasaba tan bien con él que decidí espaciar mi placer. Hice una estructura para tres novelas, lo cual no quiere decir que no haya cuatro. Cada novela corresponde a ese esquema previo, forma parte de un plan armónico, incluso la tercera, que ya he empezado a escribir, por cierto.
Eva se desarrolla en Tánger. Falcó tiene allí un trabajo, diría que como mercenario...
Falcó sigue trabajando para el bando franquista. Podía haber caído igual en un bando que en otro. Su jefe estaba en este bando y como Falcó no tiene ideología concreta...
¿Hubiera cambiado mucho si le haces trabajar para los republicanos?
Habría cambiado la acción, pero no el personaje.
¿Tienes pensado que cambie de bando?
No. Ese héroe ya no sería revertiano. Mis héroes eligen una posición en la vida, todos ellos, no por ideología, sino por circunstancias complejas, pero una vez que han tomado su opción, lo que son es coherentes. Nunca chaqueteros. Falcó no se cambia de bando. Sería renunciar a lo único que tiene. Falcó tiene códigos y es leal a sus códigos. Justamente en su código la palabra lealtad es fundamental. Este es un libro sobre la lealtad en muchos aspectos. La palabra política bórrala de Falcó. Le da igual un republicano que un falangista. No es el autor, hablamos del personaje.
Falcó, un bestseller de Pérez-Reverte, inaceptable para cierta izquierda.
Pero te das cuenta de lo provocadora que es tu elección...
Lo fácil era el bando republicano.
Lo eliges a sabiendas de que era políticamente incorrecto.
Hombre, lo facilón en estos tiempos era haberlo hecho republicano, claro, pero es que eso, perdóname, lo hace cualquiera. El desafío era que un héroe, en el bando franquista, que además es torturador, y un asesino, y un tipo inmoral, sea adoptado por el lector y al lector le caiga simpático y lo acompañe. Hacer otro héroe republicano al que el franquismo malvado, los generales y los curas... tal y tal..., de esos tenemos 7 mil, con todos los respetos. El desafío era hacerlo así.
En Eva reincides en esa visión sobre la Guerra Civil según la cual todos matan igual...
Pasa una cosa, y es que yo tengo una ventaja para decir eso. Yo guerras civiles he hecho siete. Siete. Las he vivido en los dos bandos, en los Balcanes, en América, en muchos sitios. Y otra cosa: yo nazco en el 51, 12 años después de la Guerra Civil. La contienda me la contaron los protagonistas, y además gente viajada y culta, de los dos bandos, lo cual te da una visión más lúcida, alejada del fanatismo. Quizá fanatismo no es la palabra; alejada de esa simplificación de buenos y malos. Siempre recuerdo la frase de mi abuelo: yo es que estaba deseando que acabara aquel disparate. Mi abuelo era republicano. Estaba en la marina y le echaron. Perdona que me extienda, pero el tema es delicado. Esa visión no es equidistante, sino ecuánime, que es muy distinto; es que los idiotas que están utilizando la palabra equidistante no se dan cuenta de que se trata
Es que no es un libro sobre la Guerra Civil, porque yo no necesito contar la Guerra Civil. Yo cuento una historia de espías, y de amor y de odio... Puedo utilizar la guerra de las Malvinas. Lo utilizo como paisaje de fondo. Los Balcanes es diferente. Ahí sí hablo de buenos y malos. Cuando estás fuera y lo ves con lucidez, lo tienes claro: Franco malo, republicanos buenos; Serbia: serbios asesinos, croatas y bosnios buenos, bombardeados. Cuando estás dentro, no hay más que gente, la sangre es la misma. La gente que yo he visto ir a luchar no iba gritando “¡viva Serbia!”. Iban porque el amigo iba, porque tenían miedo, porque si no los mataban, por cosas... No había ideología.
Eva es un libro muy marinero.
Llevaba muchos años queriendo hacer una novela de mar, pero que ocurriera en tierra, sin el mar. Porque, ¿sabes qué pasa? Yo lo que más respeto es un marino mercante, un capitán de la marina mercante. Quizá porque yo mismo soy marino, he leído mucho sobre el mar, en mi familia hay marinos. Para mí, el marino mercante es lo máxmo, También pasa que el mar es otra cosa, borra muchas diferencias. Crea una especie de complicidad entre la gente que no siempre es compatible con la divergencia política. Hay dos símbolos deliberados en la novela. Uno es ese barco lleno de marinos honrados sometidos a los avatares y tejemanejes de unos y otros. A merced de todas esas contingencias. El otro símbolo está en la relación entre Falcó y Eva. El héroe masculino está exprimido como un limón desde antes de Homero. Ya no tiene más que decir. Estamos muy vistos. Porque además siempre es lo mismo, sota, caballo y rey. Pero la mujer ha cambiado, ahora la mujer tiene una tensión, las mujeres modernas, al enfrentarse al mundo ya como protagonistas y no como secundarias, pero arrastrando el peso de muchos siglos. Es un proceso muy espectacular y muy intenso, y con muchos estragos. Yo quería en esta novela plantear eso. Esa mujer que aparece y se pone a pelear en los años treinta, comunistas y también algunas fascistas que intervienen en política. En los años 30 ya hay un tipo de mujer revolucionara, activa, que lucha. Me interesaba mucho confrontar a Falcó, que es digamos en comportamiento un hombre tradicional, conservador, machista, con una mujer nueva, de los nuevos tiempos que vienen. La ausencia de fe del hombre frente a la fe de la nueva mujer.
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Ventanas
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Oro a voluntad Investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) han conseguido controlar la disposición, el tamaño y la profundidad de los poros en nanoestructuras de oro, como si fuera un queso emmental. Estas cavidades, de tamaño nanométrico, son útiles para eliminar los gases nocivos para el ambiente. Cuando se fabrica un material, las imperfecciones, al igual que los agujeros de un queso emmental, surgen de forma espontánea sin ningún tipo de control. Una investigación liderada por el CSIC ha logrado dirigir el crecimiento de las cavidades porosas que aparecen en nanoestructuras de oro. El hallazgo ha sido publicado en la revista Nanotechnology. Para ello, el equipo ha desarrollado una nueva técnica de síntesis de películas de oro nanoporoso mediante plasma. El investigador del Instituto de Ciencias de Materiales de Sevilla, Alberto Palmero, que ha dirigido la investigación, explica que hasta ahora “la síntesis de este material no permitía un control tan preciso de la estructura”. El plasma es un gas ionizado, repleto de iones y electrones, que pulveriza la superficie del bloque de oro. Mediante la alteración de las propiedades del plasma, el equipo de Palmero ha sido capaz de dirigir los átomos pulverizados del oro hacia otra superficie para propiciar la formación de estructuras áureas, sobre las que se han podido controlar el tamaño, disposición y profundidad de sus nanoporos. A diferencia del oro convencional, empleado en joyería, su versión
nanoporosa se caracteriza por generar una gran actividad catalítica en reacciones de oxidación. Esto permite usarla para eliminar gases contaminantes y convertirlos en otros menos nocivos para el ambiente. La actividad catalítica del oro tiene lugar en el interior de sus nanocavidades. La importancia de esta investigación, por tanto, radica en la posibilidad de controlar la nanoporosidad del material y optimizar el proceso de descontaminación. Palmero relata el caso del monóxido de carbono (CO): “Cuando este gas tóxico, de gran poder contaminante, penetra en la nanoestructura y entra en contacto con su superficie, se reduce la energía de activación necesaria para que se oxide y dé lugar a dióxido de carbono (CO2)”. Para el investigador del CSIC, “la posibilidad de sintetizar oro con nanoporosidad controlada abre una nueva puerta a aplicaciones tecnológicas en campos tan diversos como la eliminación de gases contaminantes, el desarrollo de sensores, la industria petroquímica y las células de combustible, entre otros”. Además, Palmero destaca que “dicha técnica puede utilizarse industrialmente de forma sencilla”. CSIC
El origen Un equipo de científicos ha logrado el primer registro de oro encontrado bajo Sudamérica, en la Patagonia argentina, a 70 kilómetros de profundidad. Según el trabajo, el metal hallado, que tiene el grosor de un cabello, viajó hasta la superficie de la Tierra desde las partes más profundas del planeta debido a erupciones volcánicas. SINC na investigación reciente ha arrojado nuevos datos sobre el origen del oro, uno de los enigmas que más ha intrigado a la humanidad desde tiempos remotos, y que en la actualidad aún no tiene una explicación que convenza a la comunidad científica. El trabajo, que acaba de publicar la revista Nature Communications, ha determinado que habría sido el juego de movimientos internos de la Tierra el que favoreció el ascenso y la concentración del precioso metal. El interior de la Tierra se divide en tres grandes capas: corteza, manto y núcleo. “En la corteza se encuentran los minerales que extraemos y que sustentan nuestra economía. Y si bien somos expertos explotándolos, aún sabemos poco sobre su verdadero origen. La búsqueda de oro ha motivado migraciones, expediciones e incluso guerras, pero su origen supone una de las preguntas principales en el campo de la génesis de los depósitos minerales”, indica José María González Jiménez, del Departamento de Mineralogía y Petrología de la Universidad de Granada (UGR). El manto es la capa del planeta que separa al núcleo de la corteza donde vivimos, y este límite ocurre a una profundidad que va desde los 17 kilómetros bajo los océanos y desde los 70 kilómetros bajo los continentes. “Esta es una distancia inaccesible aún para el hombre, ya que no tenemos la capacidad de llegar de manera directa hasta el manto para conocerlo mejor”, apunta el investigador de la UGR.
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Oro y fármacos
Las nanopartículas de oro insertadas en microcápsulas de resina podrían aumentar la eficacia de los tratamientos contra el cáncer, como la quimioterapia, al actuar in situ desde el interior de los tumores. De esta forma, según el estudio de un equipo internacional, se lograría reducir los habituales efectos secundarios en los tejidos sanos.
n del oro No obstante, el manto sí puede llegar hasta nuestras manos gracias a erupciones volcánicas que arrastran pequeños fragmentos o xenolitos del manto bajo los continentes hasta la superficie. Son estos inusuales xenolitos los que han sido investigados en este estudio, y los científicos han encontrado pequeñas partículas de oro nativo, del grosor de un cabello, cuyo origen es el manto profundo.
En las regiones auríferas del mundo
El estudio se ha centrado en la zona del Macizo del Deseado en la Patagonia argentina, una de las mayores regiones auríferas que se conocen en el planeta, cuyas minas de oro están aún en explotación. Esta zona de la corteza tiene una muy alta concentración de oro que ha permitido descifrar por qué los depósitos minerales están restringidos a ciertas zonas específicas del planeta. La hipótesis del equipo de investigación es que el manto bajo esa provincia tiene una singularidad, una predisposición a generar yacimientos de oro en superficie, debido a su historia. “Esta historia se remonta a hace aproximadamente 200 millones de años, cuando Sudamérica y África formaban un solo continente”, comenta González Jiménez. “Su separación, entre otros factores, se debió a un ascenso del manto profundo o “pluma mantélica”, la cual rompió la corteza mucho más frágil y delgada, generando la separación de los continentes. El ascenso de esta pluma mantélica profunda generó una verdadera fábrica química que enriqueció de metales el manto, generando las condiciones para que más tarde, en un nuevo movimiento, esta vez de una capa tectónica bajo otra, esta zona enriquecida sea la fábrica generadora de yacimientos de oro, gracias a la circulación de fluidos ricos en metales a través de fracturas, que precipitan y concentran los metales cerca de la superficie terrestre”. El descubrimiento de este equipo científico arroja nuevas pistas sobre la formación de yacimientos minerales que, generalmente, se atribuyen a un origen en la misma corteza, sin considerar el papel de una raíz más profunda desde el manto. Esta nueva evidencia científica podría aportar a una exploración más sofisticada de yacimientos que considere no solo imágenes superficiales o “radiografías” de la corteza para su búsqueda, sino que también indague en las profundidades del manto, hasta donde podría trazarse el origen de la existencia de uno de los metales que más ha encandilado a nuestra especie.
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Un estudio, publicado en la revista , demuestra la capacidad de las nanopartículas de oro para generar in situ potentes fármacos anticancerígenos a partir de moléculas inertes, gracias a un mecanismo de eliminación de grupos químicos terminales que el oro nanométrico es capaz de catalizar. El oro resulta ideal para este papel catalítico debido a su alta biocompatibilidad. Estos resultados ofrecen nuevas esperanzas en la lucha contra el cáncer y han sido obtenidos gracias a la colaboración de científicos del Instituto de Nanociencia de Aragón (INA) de la Universidad de Zaragoza, Víctor Sebastián, Silvia Irusta y Jesús Santamaría, con investigadores del Centro de Investigación del Cáncer en la Universidad de Edimburgo, liderados por el doctor Unciti-Broceta. El trabajo revela en primer lugar la posibilidad de llevar a cabo catálisis en medios biológicos utilizando partículas diminutas de oro. Estas nanopartículas de oro, camufladas en una microcápsula de resina implantada en el cerebro de un pez cebra, han logrado catalizar una reacción química generando compuestos fluorescentes. Una importancia práctica considerable “El principal problema de los tratamientos quimioterapéuticos son los efectos secundarios en diversos órganos debido a la toxicidad de las moléculas que se usan para combatir el cáncer. Por ello, desde la nanotecnología se exploran rutas alternativas; por ejemplo, el transporte de fármacos hasta el tumor utilizando nanopartículas o los tratamientos alternativos a los fármacos, como la hipertermia, elevación de temperatura local, obtenida con nanopartículas”, destaca el subdirector del INA, Jesús Santamaría. Las conclusiones de este trabajo plantean una vía distinta: el fármaco se suministraría al paciente en su forma inerte y solo se convertiría a la forma tóxica localmente, gracias a la catálisis de las nanopartículas que un cirujano implantaría en el tumor. “Hemos descubierto las nuevas propiedades de oro, que hasta ahora no se habían explorado, y el estudio muestra que el metal podría ser usado para liberar fármacos en el interior de los tumores de una forma muy segura. Todavía queda mucho por hacer antes de que se pueda usar en pacientes, pero es un importante paso adelante”, concluye Asier Unciti-Broceta, de la Universidad del Instituto de Consejo de Investigación Médica de Edimburgo de Medicina Genética y Molecular. SINC
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