una visión muy pobre de él. Lo concebían como cualquiera de los dioses paganos, olvidadizo e indiferente, no muy dispuesto a ayudarlos. Pensaban que había que rogarle mucho para convencerlo de alguna cosa. Sería difícil pensar en otro error más triste. La Biblia compara el amor de Dios con la más poderosa expresión de amor humano, diciendo: “Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpido” (Isaías 49:15, 16). A pesar de esto, muchas personas llegaron a imaginar que Dios necesita un ejército de intercesores alrededor de su trono que claman día y noche para conseguir que nos ayude. Pero Jesús mismo dijo a sus seguidores: “No os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama” (Juan 16:27). Y el apóstol nos anima diciendo: “Acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna” (Hebreos 4:16) La idea de la intercesión de parte de los santos difuntos es una violación del segundo mandamiento, porque está basada en una imagen mental muy pobre de Dios.
“¿Por qué dudaste?” Un día yo estaba parado sobre el muelle de Guanaja, Honduras, observando mientras un amigo me mostraba unos barcos camaroneros. Tenían alzadas sus grandes redes mientras se secaban al sol. Al atardecer, saldrían nuevamente. El amigo me habló con entusiasmo de las muchas toneladas de camarones que eran traídas cada mañana para ser procesadas y Recursos Escuela Sabática ©