Jesús lo expresó mucho mejor: “Cuidado! Guardaos de toda clase de codicia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15).
Cuando la novedad se acaba Mi mamá decía: “Espérate no más a que se acabe la novedad”. Si mi radio no se hubiese desbaratado ese día, de todas maneras la “novedad”, la emoción de ser dueño de ese objeto, hubiera desaparecido. Posiblemente no sería en el primer día, ni el segundo, pero indefectiblemente hubiera pasado. Es una ley de la vida. Por eso, las personas que obtienen su felicidad de “cosas” siempre tienen que pasarse de una a otra, persiguiendo perpetuamente lo último y lo más novedoso; y cada nuevo “juguete” que obtienen debe ser más grande, más vistoso, más veloz que el anterior, porque es cierto que la novedad no dura. ¿Ya no estás con Mariela? —le pregunté a Darío cuando lo vi el otro día. Me había hablado muchas veces de esta maravillosa mujer que compartía su vida y su departamento. —No, ya no —me dijo—. Ella es muy buena y todo eso, pero ya no me llamaba la atención como antes, así que le dije que no íbamos a seguir. —¿Y cuál fue su reacción? —le pregunté. —Pues, en verdad, le cayó muy duro. Lloró bastante y dijo que me había dado lo mejor de ella, y que qué iba a hacer ahora. Pero yo le dije: “Mira, no puedo fingir algo que no siento. Así que acéptalo, porque así es”. Darío aparentemente no comprendía lo muy egoístas que eran su conducta y sus actitudes. Recursos Escuela Sabática ©