El sonido de una corneta es una de las primeras señales de que el verano se acerca. Con más de cien años, D’Onofrio ha endulzado los paladares peruanos, opacando cualquier competencia como un rayo de sol. Son los gozosos culpables de iniciar en el país la la tradición de comer panetón en Navidad. “Era la niña más popular del colegio porque cuando mis amigos venían a mi casa, mi abuelo los embutía de helados hasta quedar empachados”. Uno de los primeros recuerdos de María Teresa Guzzinati D’Onofrio, bisnieta de Pietro D’Onofrio, el fundador de la conocida marca de helados, es la refrigeradora repleta de estos dulces. Por si fuera poco, su cumpleaños era el único que, en aquella época, contaba con un heladero. Un sueño hecho realidad para cualquier niño.
Teresa, Pietro dejó un próspero negocio en Richmond (Virginia, Estados Unidos) porque su amigo Raffaele Cimarelli le dijo que el Perú era un país de clima templado donde se podían vender helados todo el año. El toque de una corneta anunciaba el paso de Pietro por las calles del Cercado de Lima vendiendo sus helados. Se mantenían con hielo traído a lomo de mula desde los Andes. En 1908, decidió comprar una planta para la fabricación de hielo artificial. Con la industrialización del postre, las carretillas se multiplicaron.
En su casa, María Teresa guarda la Orden del Sol en el grado de Comendador que recibió su abuelo, Antonio D’Onofrio, quien manejó la compañía desde los quince años. Un día antes de morir, en 1979, Antonio visitó la fábrica, conversó con los trabajadores y saboreó el helado de Vainilla Imperial, su favorito.
Además de cambiar el nombre a P & A D’Onofrio, en 1924 Antonio decidió fabricar chocolates para paliar las bajas ventas de los meses de invierno. Viajó a Suiza, Italia y Francia para traer las mejores recetas de chocolate, y así nació el perdurable Sublime. Después llegó el reto de las golosinas: caramelos, galletas, frunas, chupetes.
María Teresa trabajó por tres años en D’Onofrio, al lado de su madre, como asistenta de gerencia. “Mi padre siempre me dijo: ‘nunca pondrás un pie en la empresa’”. No fueron años fáciles, por las peleas y disputas con otros miembros de la familia. A finales de 1990, vendió la mayoría de sus acciones al Grupo Gloria. El italiano Pietro D’Onofrio llegó al Perú en 1897 con su esposa, un hijo, dos hijas y una máquina para hacer helados, llamada Hokey Pokey. Según María
D’Onofrio no se contentó con introducir al país los primeros helados, también creó tradiciones. En 1950, Antonio llegó a un acuerdo con la firma Alemagna de Milán para comprar la fórmula de producción del panetón D’Onofrio, el primer panetón que llegó al Perú. Desde los años setenta, otras marcas de helados, como Lamborghini y Bresler, han intentado arrebatarle a D’Onofrio la preferencia peruana. Todas fracasaron.
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