VIVIR LA FE CATÓLICA 101 historias de milagros, fe y plegarias atendidas
Jack Canfield Mark Victor Hansen LeAnn Thieman
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CALDO DE POLLO PARA EL ALMA. VIVIR LA FE CATÓLICA 101 historias para compartir esperanza, fe y amor Título original: ChiCken Soup for the Soul: living CatholiC faith; 101 StorieS to offer hope, Deepen faith, anD SpreaD love Diseño de portada: Departamento de Arte de Océano Imagen de portada: Shutterstock / Love You Stock Fotografía de contraportada: cortesía de Jupiter Images/Photos.com Traducción: Enrique Mercado © 2008, Chicken Soup for the Soul Publishing, LLC Todos los derechos reservados. CSS, Caldo de Pollo Para el Alma, su logo y sellos son marcas registradas de Chicken Soup for the Soul Publishing, LLC www.chickensoup.com El editor agradece a todas las editoriales y personas que autorizaron a ChiCken Soup for the Soul/CalDo De pollo para el alma la reproducción de los textos citados. D. R. © 2022, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Guillermo Barroso 17-5, Col. Industrial Las Armas, Tlalnepantla de Baz, 54080, Estado de México info@oceano.com.mx Tercera edición: 2022 ISBN: 978-607-557-531-5 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico
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Índice
Prólogo, 13 1
Sobre el amor
1. Sólo un minuto, muchacho, 17 2. El Twinkie, 21 3. Dios está con nosotros, 24 4. La lotería del cielo, 28 5. El milagro de VoVo, 31 6. Ave María, 34 7. Pasar la prueba del Señor, 37 8. Decir sí, 39 9. Eso lo sé, 42 2
Ángeles entre nosotros
10. Voz de madre, 47 11. La muñeca milagro, 50 12. Cristo disfrazado de extraño, 53 13. Un regalo por el cual dar la vida, 57 14. Un hogar para la navidad, 60 15. La mecedora, 63 16. Un día de Acción de Gracias para recordar, 65 17. Ángel en la línea, 68 3
Al cuidado de mi hermano
18. “¿Puedes pedir por mí, amigo?”, 75 19. El último de mis hermanos, 77 20. Pasé la noche en un albergue, 79 21. Hermanos en la Zona Cero, 83 22. La iglesia en Juárez, 86 23. Amor de hermano, 89 24. “¿Qué tal si…?”, 92 25. Día de Acción de Gracias en Rumania, 95
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Cita divina
26. El accidente, 101 27. Algo sobre Tessa, 104 28. Sólo escucha, 107 29. Nuestra temporada de fe, 111 30. El hombre detrás del plan de juego, 115 31. ¡Abandona el barco!, 118 32. Lazado por el rosario, 121 33. El corsage de orquídea de mamá, 124 34. Lo que el miedo se llevó, 127 5
Milagros
35. El milagro de Medjugorje, 133 36. El rosario blanco, 137 37. El ángel de Jennifer, 141 38. Señora bonita, 143 39. El pescado, la navaja y san Judas, 145 40. Rosas del cielo, 148 41. Puerta a un milagro, 150 42. La corona de Nuestra Señora, 152 43. El corazón de una madre, 154 44. Perdido y encontrado, 157 6
Retos
45. Jugar atrapadas, 163 46. San Elmer, 166 47. El sendero de una madre, 169 48. Silencio sagrado, 172 49. Mi estrella de mar sabatina, 175 50. La tienda del cuarto de arriba, 179 51. Volverse católica, 183 52. Eso es lo bueno, 186 53. Si sólo pudiera llamar a casa, 189 54. La fe más grande, 193 55. De una madre a otra, 196 56. Portador de Cristo, 198 57. La mano orientadora de una madre, 201
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El poder de la oración
58. Sagrado Corazón de Jesús, 207 59. Como cuentas en un cordón, 210 60. El velo, 214 61. Pídele a san Antonio, 217 62. Superpoder de la oración, 219 63. Plegarias breves, 222 64. La cabaña perfecta, 224 65. Blaise, 228 66. La novena de mi madre, 231 67. El poder curativo del rosario familiar, 235 68. Unión, 238 69. Escuchar campanas, 240 70. Santa Ana, Santa Ana, 242 8
Cuestión de perspectiva
71. Los martes con la hermana Mary Patrick, 247 72. Niña no iniciada, 250 73. Los sacramentos me dan hambre, 254 74. Él no me lo preguntó, 256 75. El nuevo trabajo de mi hijo, 258 76. Bautizo condicional, 262 77. Y para los demás… canta, 264 78. Colorear el camino al calvario, 266 79. Tan lejos, 268 9
Lecciones
80. Cordón de tres dobleces, 271 81. La lección del padre McKeever, 274 82. Madre superiora, 276 83. Halloween, 1958, 278 84. Ansia de confesión, 281 85. Los católicos no beben…, 284 86. El regalo de David, 286 87. Nunca sigas un camino que no lleve a tu corazón, 289 88. El tesoro más allá del primer premio, 291 89. Una experiencia eucarística, 294
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Fe
90. El muchacho, 299 91. La muñeca Cabbage Patch, 301 92. Diez dólares de fe, 304 93. Cuentas, 305 94. Volver a casa, 308 95. ¿Es usted católico?, 312 96. En contacto con la fe, 316 97. Velorio irlandés, 319 98. Bienvenida a casa, 322 99. Paquete especial, 325 100. Vida nueva, 327 101. Desprendido, 330 Conoce a nuestros colaboradores, 333 Conoce a nuestros autores, 351 ¿Quién es Jack Canfield?, 353 ¿Quién es Mark Victor Hansen?, 354 ¿Quién es LeAnn Thieman?, 355 Gracias, 357 Mejora tu vida todos los días, 359 Comparte con nosotros, 361
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Prólogo
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esucristo dijo: “Mas yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mateo 16: 18). A partir de ese momento, Pedro, Pablo, Lucas y los demás discípulos empezaron a relatar sus historias para levantar esa iglesia, proclamar su fe y compartirla con otros. En la actualidad, más de dos mil años después, cerca de mil católicos hicieron lo mismo al aportar historias para Caldo de pollo para el alma: Vivir la fe católica. Impactantes y positivas, esas anécdotas sobre el amor incondicional de Dios muestran el papel que desempeña la Iglesia en la vida personal y profesional de esos individuos. Esta colección de historias divertidas, conmovedoras y llenas de fe escritas por personas de todas las edades afianzará las convicciones de quienes somos “católicos de cuna” y encenderá la pasión de los nuevos miembros de nuestra familia religiosa. Reconfortantes y llenos de esperanza, estos relatos te levantarán el ánimo y alimentarán tu alma, porque expresan lo que significa ser católico. Saborea cada uno de ellos y busca inspiración y aliento en cada mensaje. Saca fuerza de otros católicos al practicar estas lecciones de fe, esperanza y caridad. Juntos, los católicos, al igual que Pedro y Pablo, seguiremos respondiendo al llamado de dar a conocer nuestras historias de confianza en Dios, a nutrirnos y sostenernos unos a otros. Con gran alegría, orgullo y humildad tenemos el honor de compartir contigo Caldo de pollo para el alma: Vivir la fe católica.
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1 capê tulo
Sobre el amor
Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Juan 15: 12
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Sólo un minuto, muchacho
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e le llamaba “el desayuno de los veinte mil dólares”, o al menos eso fue lo que nos dijeron. Luego de hacer grandes economías, ahorrar y exprimir mi presupuesto, por fin pude reunir los cinco mil dólares anuales que necesitaba para pagar la colegiatura de mi hijo en la St. Paul’s High School, una escuela jesuita. A las mamás de los alumnos por graduarse se nos festejaba el viernes previo al Día de las madres. Y aunque esta celebración era un gran secreto, las mamás que ya habían pasado por No existe idioma capaz de ella nos lo habían revelado al oído. expresar el poder, belleza, Así, las madres de la generación que hero’ smo y majestad concluía su último año ya teníamos del amor de una madre. una idea de lo que nos esperaba, edwin hubbell chapin aunque no estábamos del todo preparadas para ello. Juntar a ciento cincuenta jóvenes de entre diecisiete y dieciocho años, en un bochornoso día de mayo, ponerles sus mejores prendas, meterlos a un auditorio lleno a reventar y sin aire acondicionado y sentarlos más de tres horas junto a su mamá debía ser un asunto de lo más interesante. La mañana dio inicio con la ceremonia, una rosa y una caja de kleenex para cada madre. Todos aquellos muchachos –futbolistas enormes, chicos imberbes, hombres listos, jóvenes rebeldes, niños callados– cruzaban en ese instante el arco hacia la madurez. Cada uno
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dispondría de un minuto frente al micrófono. Un minuto para mirar a su madre a los ojos y hablarle con el corazón. Un minuto para resumir su existencia en palabras que perdurarían para siempre. Un solo minuto para desnudar su alma ante trescientas personas. Algunos no habían dormido en toda la noche buscando las palabras perfectas, otros llevaban meses trabajando en ellas. Todos estaban tensos, nerviosos y más que un poco petrificados. Las madres sentíamos su angustia, ¡y se nos empezó a contagiar! Todas tuvimos compasión por el pobre chico a quien le tocó ser el primero. Con manos sudorosas y voz quebrada, puso en marcha la rueda. Uno por uno, cada muchacho se paraba junto a su mamá, la presentaba llamándola por su nombre y empezaba a hablar. Muchos iniciaban así: “Ésta es mi hermosa madre”, y con eso bastaba para que la mayoría rompiéramos a llorar. Yo escuchaba con atención a cada chico. “Mamá, yo no quería entrar a esta escuela, porque todos mis amigos iban a ir a escuelas comunes y corrientes, pero te agradezco en el alma que me hayas inscrito aquí. Yo haré lo mismo cuando tenga un hijo.” “Mamá, pasé meses enteros preparando este discurso, pero ahora parece que me será imposible leerlo, porque no puedo dejar de llorar.” “Gracias, mamá, por tantos años de empacar mi lunch.” “Gracias, mamá, por no haberme empacado nunca el lunch, por no haber hecho todo por mí, para que pudiera ser un adulto capaz.” “Gracias, mamá, por haber recorrido miles de kilómetros al volante.” Otros agradecieron a su madre haber renunciado a la mejor pieza de pollo y la mayor rebanada del pastel. Otros más dijeron lamentar las noches en que habían llegado tarde y los toques de queda incumplidos, no haber sido lo bastante respetuosos, o haber dejado en mal estado el baño o la recámara. Algunos extraían hojas arrugadas de su saco, otros hablaban con el corazón. Algunos entonaban canciones especialmente escritas para la ceremonia, otros musitaban las que su madre les había cantado de niños. Un chico entonó: “Tú eres todo para mí…”, pero no pudo continuar, pese a lo que no soltó el micrófono, ni se separó de su mamá hasta haber exhalado la última palabra. El espectáculo era devastador. Sentí como si una madre y su hijo me estuvieran confiando un momento íntimo. Algunos chicos leían textos en prosa; otros, poemas expresamente escritos para la ocasión. 18
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lo un minuto, muchacho
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Algunos declamaban citas, y otros simplemente echaban a llorar casi sin pronunciar palabra. ¿Cómo era posible que cada uno de esos momentos pareciera congelarse en el tiempo cuando en realidad transcurría en un suspiro? Cada discurso era único y precioso, conmovedor y sincero: perfecto. Jamás había oído a tantos muchachos decir “mami” sin remilgos, reparos ni inhibiciones, menos aún rodeados por sus compañeros. Algunos terminaban colgándose del cuello de su madre cuando se les atoraban palabras tanto tiempo enterradas, los “Te quiero” nunca antes dichos y abrazos escasamente compartidos. Cada joven-niño-hombre que hablaba era franco, honesto, genuino y, al escucharlo, cada madre sentía, sin duda, que el corazón le daba un vuelco o le dejaba de latir. Las mamás no dijimos palabra alguna esa mañana. Murmurar “Te quiero” fue todo lo que la mayoría de nosotras pudimos hacer. Pero ése no era nuestro día para hablar, sino para escuchar; sólo escuchar. Una acababa por darse cuenta que lo que su hijo le decía no era lo único importante. Esos jóvenes les hablaban a todas las madres en nombre de todos los hijos. Hablaban por los jóvenes que no podían hallar las palabras, el valor, el momento o el lugar para hacerlo. Por los que querían perdonar, decir “Lo siento”, mejorar su relación, volver a empezar, decir a su madre que era su mentora, su guía. Aquello era un gracias por cosas que esos chicos no podrían pagar nunca, verdad divina que ellos eran los primeros en reconocer. Justo entonces, mi hijo se puso de pie. “Mamá, tú y yo intercambiamos a cada rato abrazos y expresiones de afecto, pero enfrente de todos quiero decirte lo mucho que te quiero. Siempre has estado a mi lado y confiado en mí, y siempre me has alentado a no conformarme con menos de lo que merezco o de lo que soy capaz.” Tragó saliva. “Eres mi roca, mamá.” Tuve que contenerme para no acunarlo y mecerlo entre mis brazos. Los sacrificios que cada familia había hecho para mandar a su hijo a esa escuela católica, ya fueran financieros o sociales –aunque muy probablemente de ambos tipos–, así como las preguntas sobre si hacíamos o no lo correcto fueron inequívocamente recompensados ese hermoso día de mayo. Terminados aquellos ciento cincuenta minutos, todos nos reunimos en el patio para orar, y para sembrar un árbol en conmemoración del crecimiento y desarrollo personal que nuestros jóvenes habían experimentado ahí. El acto llegó a su fin, las palabras se desvanecieron y nuevas remembranzas y proezas se alcanzaron después; pero la intensidad de los sen-
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timientos y los vínculos emocionales y espirituales de ese día no se olvidarán jamás. En mi opinión, ese desayuno de veinte mil dólares fue una verdadera ganga. Stephanie StapleS
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