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Pandemia. Miradas de una tragedia

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GLIMPSES OF A TRAGEDY

PANDEMIA

MIRADAS DE UNA TRAGEDIA


Ese lugar común de que una foto dice más que mil palabras se cumplió con la pandemia que cayó como rayo sobre el planeta Tierra. Pobrecita Tierra con toda su gente, pobrecito planeta que gira obediente desde hace 4543 mil millones de años. Pobrecitas de las cuatro estaciones que se visten y se desvisten a petición del rey Sol o del Creador o de Dios o de la Sagrada Familia o de Cristo en la Cruz o de la Virgen de Guadalupe o de nuestros Ángeles de la Guarda y, de pronto, sin decir agua va, sin merecerlo, sin razón, sin ton ni son, recibe el mayor castigo que pueda imaginarse, el del aislamiento, el de la puerta cerrada, la ausencia del otro, el rostro escondido tras el tapabocas, la cárcel de uno mismo, el ataúd, la muerte. A partir de diciembre de 2019 en Wuhan, China, cuatro enfermos de neumonía atípica se internaron en un hospital. Días más tarde, un grito de alarma reventó los oídos de nuestra bien amada Tierra y la OMS (Organización Mundial de la Salud) la declaró «emergencia sanitaria» porque se detectaron casos de infección en varias provincias de China, luego en Tailandia y en Japón. Muy pronto, hospitales de otros países abrieron sus puertas a hombres y mujeres que llegaban a morir. Cundió el pánico. La OMS lanzó la palabra «pandemia» y ordenó el confinamiento. La voz humana y la voz del tráfico en las grandes avenidas calló. Un tremendo silencio bajó del cielo, los comercios cerraron, los perros y los gatos dejaron de manifestarse, los animales que veíamos con curiosidad en el zoológico tomaron la calle que la civilización les había quitado. En las playas de Acapulco y en Veracruz el agua volvió a ser azul como en Venecia, en que regresaron los peces, las ballenas se acercaron a las playas mexicanas; las aves recuperaron su vuelo y muchas fieras consideradas peligrosas salieron mansamente a conocer el «hábitat» de los humanos que se enfrentaban solos a un peligro muchísimo mayor, el de la COVID-19, que aísla, mata y abarrota los cementerios.

Aplausos que son palomas

La Tierra ahora gira en forma distinta, nosotros ya no somos los mismos, la Tierra decidió taparnos la boca. Y destruirnos.

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Muchos habíamos leído La peste de Camus y en eso nos quedamos, en el recuerdo de un libro de un autor de origen argelino, que los franceses consideraron pesimista. No sé cuántos Camus saldrán de esta pandemia, no sé qué nuevo fenómeno saldrá del planeta, pintores, albañiles, médicos y enfermeras, burócratas o poetas, músicos, deportistas, bibliotecarios, intelectuales que creen en Dios y otros que solo creen en sí mismos, ¿cómo prevendrán, si sobreviven, a sus hijos contra peligros que ni siquiera podemos imaginar como el del virus que hoy quiere matarnos? En México, como en el resto del mundo, las restricciones reventaron nuestra cotidianidad. «¡Peligro!». «¡Todo mundo a su casa!». Los parques se vaciaron, las sonrisas se congelaron, ya no hubo niños que apresurar para llegar a tiempo a la escuela ni albañiles sin casco en una construcción que pretende llegar al cielo, ni mujeres que suben a un autobús a toda prisa porque les «descuentan» parte de su sueldo si llegan tarde. Jacky Muniello, en México, hizo tomas de hombres de plástico, enfermeros con trajes de bioseguridad. Incluso en un entierro, cuando ya todo había acabado, aparecieron los ángeles de la guarda de la pandemia, los sepultureros, los médicos vestidos con esos trajes que envuelven en plástico el cuerpo y luchan por no morir y por ayudar a morir a quienes se contagiaron. ¿Qué pueden los hombres y las mujeres de plástico contra la pandemia que recibe a quienes corren el inminente riesgo de morir? ¿Qué pueden contra calles vacías y desprotegidas, cementerios llenos a reventar, urnas con las cenizas de seres queridos? Ahí, en las fotos de Susana Vera, lo único que cabe en el paisaje es un ataúd, mientras afuera, Anita Pouchard Serra recoge todo el abandono y la miseria de nuestro planeta y Felipe Dana llora a un único muerto, en el momento en que su familia se despide de él, antes de acostarlo en el fondo de la caja que todos llamamos ataúd. Para Gervasio Sánchez, nuestro planeta es ahora un asilo, mientras que para muchos mexicanos es un amasijo de tierras oscuras, basureros que se extienden a pérdida de vista, callejones negros y vacíos y paredes manchadas de sangre y de orines. La miseria, esa gran compañera de vida, aprieta a la mayoría de los pueblos del mundo, y Carmenchu Alemán, Guillermo Arias y Óscar B. Castillo la persiguen.


¿Qué podemos nosotros contra una fosa de gran tamaño abierta en un camposanto? ¿Quién va a impedir que queramos meternos en el ataúd con nuestro muerto para acompañarlo? Víctor Peña, fotógrafo salvadoreño, nos regala un desolado cementerio que apenas si puede cubrir el abandono de El Salvador en América Latina, el pueblo del poeta Roque Dalton, quien alguna vez escribió: «Pobrecito de mi país que tiene nombre de hospital». La miserable ternura de nuestro planeta se concentra en un muerto abandonado a media calle, en la sonrisa que un hombre mayor le regala a un niño a través de un vidrio, en la soledad que permea toda la obra desesperanzada de los fotógrafos reunidos en este libro que finalmente es una nueva acusación a las enormes diferencias sociales en los países que alguna vez se llamaron del «Tercer Mundo». A este libro Pandemia cuesta trabajo hojearlo. Enferma, lastima, encaja cuchillos en los ojos, pero también cubre el rostro de los muertos con un pañuelo blanco, envuelve su cuerpo en un sudario, rinde el homenaje más respetuoso que puede hacérseles a los que ya no están entre nosotros: el homenaje de la compasión. ¿Quién va a defender nuestro futuro si todavía podemos hablar de futuro, de destino, de cielo, de infierno? ¿Qué nuevo Noé llegará con su arca a salvarnos? La primera imagen de la pandemia que se imprimió en nuestra mente fue muy alentadora: los aplausos italianos de hombres, mujeres y niños asomados a su balcón para darle valor al mundo. ¡Cuánto ánimo nos regalaron! Un músico sacó su violín y tocó y nos hizo creer que todo tiene remedio; que la hermandad es más poderosa que cualquier pandemia. Se equivocan quienes pensaron que oían el vuelo de mil palomas, oyeron el rumor de manos fraternas que subía al cielo. Hoy por hoy, está prohibido oficiar misa porque también los altares son contagiosos. La pandemia lo borra todo, pero no los millones de aplausos que nos dicen que todavía hay esperanza. México y Brasil están especialmente mal, por las razones de siempre: la pobreza, las multitudes que caminan codo a codo. El mismo mal anega a Centroamérica y sobre todo a África. De todos los continentes, África y América Latina son los olvidados de siempre. Estados Unidos tenía los recursos para salvar a nuestro continente, a pesar de Trump, quien no supo distribuir las vacunas.

Además del desastre que significa una plaga tan siniestra que nos recuerda a las siete plagas bíblicas de Egipto que consigna el Antiguo Testamento, la pobreza de América Latina, su soledad, su abandono se refleja en cada cuerpo llevado al camposanto, en cada rostro abandonado a su suerte, en cada fotografía de este libro doloroso y extraordinario. En México, la falta de suficientes recursos intensifica el desastre que aqueja a todo el continente. ¡Cuánto sufrimiento, cuánta desigualdad! La pandemia aqueja a los de siempre, los que caminan en la calle, los que acostumbran a vender cualquier baratija, los ambulantes que ofrecen hasta navajas Gillette, billetes de lotería, chicles Adams y paletas Mimí, los papeleros que blanden La Jornada cuando ya nadie lee un periódico. La desigualdad se denuncia a sí misma en la atención médica a quienes tienen buenas condiciones de vida y a quienes no, quienes se amontonan en las puertas del hospital y esperan noticias de su enfermo. La consigna en América Latina es que lo peor de todo siempre cae sobre los mismos. Veintiséis fotógrafos retratan nuestra angustia, nuestro miedo. Dicen que se han «especializado en situaciones de gran impacto social» en distintos países del mundo. Quienes los hemos seguido a lo largo del tiempo, los abrazamos y les repetimos que su entereza es un modelo que seguir. Ser fotógrafo es ser médico, ser enfermero, acompañar en el momento de la muerte, llevar al camposanto. Para quienes hemos permanecido encerrados y protegidos en nuestra casa, ver la obra de estos notables fotógrafos es una lección de vida, un evangelio, una puerta que se abre a un mundo al que resulta difícil asomarse como es difícil aceptar esta pandemia a la que por desgracia no podemos imaginarle el fin.

Elena Poniatowska

El libro Pandemia. Miradas de una tragedia, que reúne la obra de veintiséis fotógrafos, ofrece a la comunidad humana una crónica aterradora del sufrimiento que ahora aqueja a nuestro planeta.

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Nunca en la historia tuvimos tantas imágenes –frenéticas, palpitantes, simultáneas– al alcance de los dedos. La inundación de pantallas debería haber vuelto nuestros ojos más sabios, pero hemos divagado sin rumbo en un océano de espejos que devolvían tan solo nuestros rostros maquillados. Las cámaras y sus redes han fabricado narcisos de bolsillo que bucean entre memes consoladores y amnésicos. Día a día, el cristal que acariciábamos con deleite fue modelando un espectador pasivo, aquel que contempla el naufragio desde lugar seguro, convencido de que el sufrimiento no le concierne. Nos dejamos confinar en un ideal publicitario de falsa seguridad, sin tiempo para cuestionar las cerraduras ni para abrir los ojos atónitos y audaces. Hasta que, de pronto, una plaga ha resquebrajado el espejismo: aquella desmedida inflación de imágenes no era más que un telón que escondía las fronteras heridas de la humanidad. Nuestro mundo parecía haber olvidado la valentía de mirar.

Ojos sin máscara

Desde los primeros susurros de la historia, la mirada que se implica ante el horror, la que revela y desvela, ha sido perseguida y castigada. Cuando el miedo nos azota, los párpados deben permanecer cerrados, y el sufrimiento, oculto. Ya en el relato bíblico del Génesis, la mujer de Lot vuelve el rostro hacia la destrucción de su ciudad y queda petrificada en estatua de sal. La poeta polaca Wislawa Szymborska escribió sobre esa figura sin nombre: «Miré hacia atrás por desamparo. Por vergüenza de escabullirme a hurtadillas. Por deseo de gritar, de volver. […] Me arrastré y emprendí el vuelo hasta que del cielo cayeron las tinieblas, la grava hirviente y los pájaros muertos». En la mitología griega, Orfeo desciende al infierno para rescatar a Eurídice, pero Hades le impone una condición: durante el viaje de regreso tiene prohibido mirar a su amada. Al borde ya de la luz, tras guiarla con el son de su lira, el músico enamorado realiza el gesto prohibido: vuelve la cabeza y, en ese instante, ella se hunde para siempre en el reino de las sombras.

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Los cuentos tradicionales han recogido una y otra vez esta condena primigenia. En el imaginario mítico, un castigo aguarda a los ojos sin cerrojos. La bella Psique recibía a un misterioso amante todas las noches sin saber que se trataba del dios Eros, y tuvo que expiar la audacia de encender un candil para verlo. Medusa, al tiempo hermosa y terrible, convertía en piedra a quien la contemplase. Se culpó a Pandora de todos los males y todas las enfermedades solo por atreverse a abrir una caja sellada. El rey Edipo, conmocionado, se arrancó los ojos al conocer la verdad sobre su familia. La joven esposa de Barba Azul disfrutaba riquezas sin cuento, pero no debía usar nunca la llave ensangrentada del gabinete prohibido. Asomarse al otro lado de esa puerta vedada suponía desvelar lo oculto, alumbrar la barbarie, pero también hacer frente a todos los peligros. La etimología de teatro alude al «lugar donde se va a ver». Para los griegos, era el escenario colectivo donde la sociedad retrataba sus debates y conflictos. En época antigua, las cuadrillas de actores viajaban de poblado en poblado, representando sus obras en las plazas. Así nació la skené, un espacio – ­ a medias cabaña, a medias carromato– donde se celebraba el espectáculo, cuyas traseras utilizaban los actores para cambiar de vestuario o de máscara. La muerte, el crimen y la angustia debían ocurrir solo allí, en lo escondido. Lo obsceno era, precisamente, aquello que quedaba fuera de escena. Esquilo causó un gran revuelo cuando, en su Orestíada, se atrevió a mostrar –a la vista de todos– los cadáveres de Egisto y Clitemnestra. La tragedia trasgredió el viejo precepto, sabedora de que únicamente las imágenes que duelen y sobrecogen pueden cauterizar heridas.


No nos gusta ver aquello que nos recuerda nuestra mortalidad, la endeble condición humana: mirar entraña peligros. Por eso, todavía hoy, en nuestras distopías contemporáneas, de 1984 a La naranja mecánica, de Blade Runner a Minority Report, los ojos vigilados encarnan el control social. Desde la orilla confortable del mundo, atrincherados en nuestros endebles bastiones vallados, tolerábamos la visión de la tragedia solo cuando sucedía lejos. De pronto, la catástrofe arribó a nuestras vidas, sigilosa, cruenta, inadvertida. La plaga de muertes enterró aquel sueño de ilusoria fortaleza, sacando a la luz nuestra olvidada fragilidad. Temerosos de contemplar la faz del monstruo, nos cubrimos con una coraza de números fríos, estadísticas, tablas de dientes serrados, una empalizada de afiladas sumas y restas. Vivimos en el laberinto del desconcierto abrumados por cómputos inciertos, difusos, contradictorios, por guerras de porcentajes y duelos de cifras que sepultan el duelo por los muertos. Ahora sabemos que los recuentos mienten más que los cuentos: solo las palabras y las imágenes pueden hacer estallar la verdad insustituible, única, de cada vida singular. Por eso, cada instante retratado en este libro cuenta mucho más que las cuentas. Las cifras pueden ocultar la vida, hundir a cada contagiado en el anonimato, mientras las fotografías desvelan un mundo, la estela de una historia, el relámpago de un sufrimiento real. La imagen nunca es un cómputo, no enumera ni acumula; cada gesto humaniza una vida concreta, anuncia la singularidad de esa sola angustia, de esa muerte irrepetible. Estos mudos disparos de luz gritan que el sufrimiento es irreductible a una estadística, que cada dolor es ferozmente único. Los cálculos no tienen rostro; las fotografías, sí.

Estos instantes desvelados nos retan a mirar cara a cara, obscena y luminosamente, los rostros de lo prohibido, la enfermedad, la soledad, el vacío y la muerte, porque solo ahí podremos intuir lo que emergerá de la emergencia. Páginas que despliegan paisajes letales, ciudades espectrales, fantasmas ausentes, las ancianas grietas del abandono. Atisban el cansancio de refugiados eternamente confinados, niños perdidos en casa, adolescencias prematuramente adultas, depresiones aún más profundas. Se adentran en naves vacías disfrazadas de hospitales, unidades de cuidados desbordantes, respiraciones contenidas, sanitarios trabajando peligrosamente, voluntarios allá donde lo humano linda con el desamparo. Frente al cómputo insensible de los números, aquí se dibuja una iconografía de la tristeza escondida. Retratos silenciosos donde los ojos –asomando sobre las mascarillas– hablan un viejo idioma, la antigua gramática del dolor y el miedo. Para revelar, al final, que esa lengua también sabe conjugar la esperanza: las palabras y las imágenes siguen siendo nuestros diques de papel y luz, un legado al mañana, el escudo protector frente a la destrucción del olvido. En estas fotografías, los supervivientes y los muertos siguen mirándonos, vivos.

Irene Vallejo

Este libro es un álbum de parpadeos audaces, miradas valientes que desafían la prohibición ancestral de vislumbrar lo terrible, testigos que nos suplican –con aliento conmovedor– abrir los ojos ante el pequeño retrato de cada pérdida. Entre el alud visual, estas son las imágenes que deberíamos salvar: las únicas que nos salvan. Sus autores se han enfrentado al temor y al virus en hospitales, en residencias, en barriadas desprotegidas, en zonas infectadas. Mujeres y hombres que han trabajado toda su vida para desenmascarar el mundo y romper el atávico tabú, la maldición que convierte en invisibles a quienes sufren. Unos y otras han saltado alambradas para descubrir ancianos aislados, residencias sitiadas, telones de plástico y cristal, abrazos sin contacto, besos de aire, plazas vacías y calles silenciosas, balcones y precipicios, procesiones de ataúdes, fosas apresuradas, chabolas en una intemperie todavía más feroz.

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Pandemia. Miradas de una tragedia recoge el testimonio visual de 26 fotógrafas y fotógrafos latinoamericanos y españoles con el objetivo de crear una memoria documental sobre una crisis sanitaria universal. Este libro es el reflejo de instantes y miradas de una de las mayores catástrofes que ha asolado el mundo de forma global en toda su historia. La pandemia, conocida como COVID-19, ha provocado hasta la fecha y, siempre según cifras oficiales, más de dos millones de fallecidos, y más de cien millones de contagios en todo el mundo.

Instantes y miradas

Con picos de tres mil muertos diarios en Estados Unidos y un millar en diferentes países europeos como España, Italia, Gran Bretaña o Alemania, los efectos letales de la pandemia superan con creces las cifras de víctimas de cualquier conflicto con armas convencionales.

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El proyecto fotográfico recorre hospitales, residencias de ancianos, tanatorios, cementerios, principales focos de letalidad de la pandemia, y muestra la vida diaria bajo el estado de alarma en países como Brasil, Perú, Argentina, Venezuela, Colombia, El Salvador, México, Estados Unidos, Líbano, Jordania y España durante los meses más duros de la transmisión de la enfermedad. Una fotografía nunca refleja el profundo horror de una tragedia, pero sin ella carecemos de la prueba que documente nuestra memoria histórica. «Las fotografías abren puertas al pasado, pero también permiten echar un vistazo al futuro», como afirmaba la fotógrafa Sally Mann. O «la fotografía podría esa tenue luz que modestamente ayudara a cambiar las cosas», como soñaba W. Eugene Smith. Este colectivo latinoamericano y español se ha unido de forma altruista en este proyecto humanitario cuyos beneficios serán destinados íntegramente a familias de fotógrafas y fotógrafos que han fallecido mientras cubrían la pandemia en diferentes países del mundo, y que se encuentran en situación de exclusión social. La libertad de información es un derecho inalienable protegido por leyes internacionales. El acceso a la calidad informativa evita el caos y la indefensión que genera la propaganda y la manipulación. Una información de calidad permite instituciones más transparentes y ejerce de efecto multiplicador de otros derechos. Este derecho a la información cuenta con el apoyo de entidades mundiales como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH).


La libertad de información es parte integral del derecho fundamental de la libertad de expresión, como se reconoce en la resolución 59 de la Asamblea General de la ONU aprobada en 1946, así como en el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), en que se afirma que el derecho fundamental a la libertad de expresión incluye la libertad «de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión».

Las autoridades, obsesionadas por el control de la información, han prohibido el trabajo de los profesionales en los lugares más sensibles del impacto letal de la pandemia y esta falta de acceso en determinados países se ha traducido en una deficiente e irresponsable muestra de los hechos ocurridos. El apagón informativo, con responsables de comunicación ignorando las preguntas más incómodas e imponiendo formatos de prensa absurdos, ha buscado maquillar los errores que se estaban cometiendo desde el principio de la pandemia y edulcorar el drama diario. Algunos representantes políticos han justificado la censura en aras de proteger «el derecho a la dignidad y la intimidad» de las víctimas de la pandemia mientras exigían la resignación y la sumisión de los medios de comunicación al guion oficial. La opacidad ante lo que estaba ocurriendo en las residencias de ancianos y hospitales perseguía, en realidad, esconder los graves defectos de los sistemas sanitarios, lo que ha impedido tener datos fiables de contagios y víctimas. Esta forma prepotente y absurda de actuar ha dado la razón al escritor y teólogo francés del siglo xvii François Fenelon cuando recordaba que «los más insolentes en la prosperidad son los más débiles y cobardes en la adversidad». La infantilización de la población ha provocado la multiplicación de las actitudes negacionistas e irresponsables entre algunos sectores y ha fortalecido una cínica doble moral por la que se nos permite ignorar a nuestros muertos mientras aceptamos sin rechistar los que se producen en otras catástrofes y en otros lugares. Las autoridades lo tenían muy fácil si hubiesen escuchado a Josefina Aldecoa en La fuerza del destino: «Por cegadora, arrasadora y terrible que sea la verdad, hay que aceptarla y defenderla».

Ricardo Garcia Vilanova Gervasio Sánchez

Pero la libertad de información ha sido dilapidada y talada en varios países, tal como aseguran varios de los fotógrafos y fotógrafas que participan en este proyecto documental.

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Rodrigo Abd

16

Carmenchu Alemán Álvarez

26

Guillermo Arias

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Óscar B. Castillo

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Sandra Balsells

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Juan Manuel Castro Prieto

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Felipe Dana

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Fabiola Ferrero

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Cristina García Rodero

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Ricardo Garcia Vilanova

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Diego Ibarra Sánchez

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Silvia Izquierdo

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Laura León Gómez

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Nuria López Torres

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Andoni Lubaki

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Jacky Muniello

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Isabel Muñoz

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Darcy Padilla

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Santi Palacios

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Víctor Peña

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Pablo E. Piovano

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Anita Pouchard Serra

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Moisés Saman

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Gervasio Sánchez

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Lorena Velasco

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Susana Vera

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Rodrigo Abd  lima, perú


Carmenchu Alemán Álvarez

madrid, españa


Guillermo Arias  tijuana, méxico


Óscar B. Castillo

caracas, venezuela


Sandra Balsells  barcelona, españa


Juan Manuel Castro Prieto  madrid, españa


Felipe Dana  manaos, estado de amazonas (brasil)


bogotá, colombia

Fabiola Ferrero

Salimos de Venezuela dos horas antes de que el presidente Nicolás Maduro anunciara los primeros casos de COVID-19, el 12 de marzo, y no pudimos volver. El encierro te hace notar cada novedad en tu rutina, como si ese eterno presente convirtiera los detalles usualmente desapercibidos en algo tan obvio, como cuántas veces usas un pijama antes de decidir lavarlo. También notas cosas menos superficiales, por supuesto: te sientes afortunado de tener techo y comida, y luego te sientes culpable de tener techo y comida. Se requiere algo de fuerza mental para defender tu derecho a la normalidad en tiempos como estos, como me ha enseñado vivir en Venezuela. También te obliga a salir de tu propia cabeza y tomar conciencia del contexto más amplio que acompaña al aburrimiento de tu encierro. El peso de la incertidumbre, la presión de nuestra incapacidad para controlar esto, lo desconocido que todos tememos tanto. Las víctimas, las pérdidas, las consecuencias económicas. Y luego llega el virus a tu casa. Stefano vivió encerrado en una habitación durante su aislamiento, le dejaba la comida fuera de su puerta y cenábamos haciéndonos compañía en la distancia. Un día, de tanto extrañar tocarnos, nos dimos las manos con guantes puestos. Todas las tardes, a las 5, le preparaba chocolate caliente, y dos horas más tarde le tocaba su inyección diaria. La terraza del edificio fue nuestro escape estos meses: sembrábamos plantas, leíamos y aprovechábamos el sol. Dos veces subió mientras estuvo infectado. Allí, al menos, podemos ver las nubes.


elviria (málaga), madrid, paterna (valencia), puertollano (ciudad real)

Cristina García Rodero


Ricardo Garcia Vilanova  barcelona y madrid, españa


beirut, chtaura y hai mar elias (valle de la becá), amchit (monte líbano), líbano

Diego Ibarra Sánchez


Silvia Izquierdo  río de janeiro, brasil


sevilla, españa

Laura León Gómez

La pandemia ha generado experiencias comunes, pero también individuales. La razón por la que este trabajo está centrado en retratos de personas en sus casas —para vosotros anónimas— es una consecuencia personal. En una situación de amenaza, anteriormente vivida por mi trabajo, documentando la tragedia sin ser parte de ella, he observado que las personas tendemos a hacer un círculo invisible y tratar de proteger lo que colocamos dentro. Para mí lo importante, como primer impulso de supervivencia, eran mis seres queridos y cotidianos. Yo estaba contagiada de la COVID-19 y mi familia era de riesgo. Esto hacía imposible cumplir con lo más instintivo como ser humano, tratar de proteger y ser protegida. En cuanto mi salud me lo permitió, mi primer impulso fue acercarme hacia estas personas que estarían en mi círculo invisible, aunque no pudiese tocarlas, porque solo la separación de un cristal nos protegía a los unos de los otros. Mi hermana Alicia era potencialmente de riesgo, y ella fue una de las principales razones por las que insistí en no dejar de hacer este trabajo de retratos. Porque la pandemia son los vivos que mueren, y los muertos que dejan en vida. Entre lo que nos quitó y nos dio, están todos estos rostros anónimos para los demás, menos para quienes no lo son. Este trabajo está dedicado a la memoria de mi hermana Alicia, he tenido la fortuna de verla antes que nadie flotar entre las nubes.


badalona, sant adrià de besòs y santa coloma de gramenet (barcelona), españa

Nuria López Torres


Andoni Lubaki  aragón, navarra y país vasco, españa


Jacky Muniello  ciudad de méxico, méxico


madrid, españa

Isabel Muñoz

El cierre de fronteras me obligó a adelantar mi vuelta de Japón donde me encontraba realizando un trabajo sobre el cambio climático. Llegué a Madrid el 13 de marzo, dos días después se declaraba el estado de alarma. Las calles se vaciaron de gente y comenzó a reinar por todas partes el silencio. Fue entonces cuando recibí una llamada de la revista Vogue que me proponía realizar un reportaje sobre los héroes anónimos del confinamiento. Acepté sin dudarlo. Luego, vino la reflexión sobre cómo realizar el encargo. Este trabajo me devolvía a mis inicios como fotógrafa. Las imágenes debían contribuir a documentar la sensación de extrañeza, de estar inmersos en una película de ciencia ficción. Se me ocurrió que las pantallas protectoras de plástico eran como máscaras. Quería reflejar el efecto que tienen en nuestra mirada, cómo vemos y cómo nos ven. El reportaje se realizó la semana del 12 de abril. Al salir de casa, me encontré circulando por un Madrid desierto, en unas calles que no podía ni pisar. Para mí ha sido todo un privilegio poder ser testigo y rendir homenaje a las personas que nos han permitido vivir este tiempo. Me gustaría agradecer al equipo que me acompañó por su valentía, Aída López, Esther Sánchez, Pedro Rus, Cyntia León, Vito Castelo; sin ellos no habría sido posible.


Darcy Padilla  san francisco, estados unidos


Santi Palacios

barcelona, españa


Víctor Peña

el salvador


Pablo E. Piovano

ciudad autónoma de buenos aires, argentina


ciudad autónoma de buenos aires, argentina

Anita Pouchard Serra


Moisés Saman  jordania


Gervasio Sánchez  aragón, españa


Lorena Velasco  popayán, colombia


Susana Vera  madrid y segovia, españa


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Pandemia. Miradas de una tragedia by Editorial Blume - Issuu