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José María Larruskain, sacerdote diocesano, desgrana, en sus bodas de oro, su vida de párroco en varios pueblos de Bizkaia.
“he intentado responder a las necesidades pastorales y sociales” José María Larruskain Mendia es uno de los doce sacerdotes seculares que próximamente celebrará sus bodas de oro sacerdotales en nuestra Diócesis, juntamente con otros siete compañeros que celebrarán sus bodas de diamante y otros dos, las bodas de plata. Alkarren Barri acudió a él para entrevistarle sobre su intensa vida de sacerdote al servicio de varias parroquias de Bizkaia. Su frescura y locuacidad y sus muchas anécdotas nos permitieron recordar momentos importantes y hasta críticos de la historia de nuestra Iglesia local. “Empecé a trabajar en Murueta, barrio de Orozko, que ni siquiera sabía dónde estaba. De allí pasé a Sondika, donde permanecí veinte años y conocí personalmente a cada uno de sus cinco mil habitantes. ¡Qué momentos más intensos! Luego, en Ermua, mi tercer destino, viví días aciagos con el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, donde no podía ni dormir. ¡Qué mal lo pasé! Concluyo ahora mi trabajo sacerdotal en Galdakao, pueblo con ocho templos, donde mi trabajo ha sido fundamentalmente de carácter cultual. En resumen, echo la mirada atrás, ya jubilado, y veo un espacio muy amplio, horas, días y años, con muchísimas personas conocidas y cantidad de acontecimientos y experiencias vividas; un tiempo de ilusión, de muchas alegrías y algunos momentos tristes”. Vamos a recordar tus cincuenta años de cura. No es fácil. Lo sé. Pero, seguro que puedes dejarnos algunas pinceladas de los lugares donde has estado como párroco. Mi primer destino fue la parroquia de San Pedro de Morueta, Orozco. El nombramiento llegó a mi párroco de Markina. Esa era la práctica, entonces. Recorría los diversos barrios sin asfaltar con una moto Lambreta que pagué en veinticuatro plazos. Mi trabajo pastoral consistió, sobre todo, en dar catequesis y acompañar
a varios grupos de jóvenes de Herri Gaztedi, la Acción Católica Rural. Eran grupos muy valiosos y concienciados, y con ellos realizamos una gran labor social: construimos un lugar de encuentro para el pueblo -no había, nada, ni bar ni tienda-, trabajamos en la reconciliación entre los vecinos, llevamos la luz y el agua a los rincones más extremos… Fue un tiempo muy ilusionante y de mucho trabajo, a pesar de ser una pequeña parroquia. Después vino Sondika, veinte años en un pueblo de cinco mil habitantes. Me relacionaba mucho con la gente y
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llegué a conocer a todos y cada uno de ellos. Además de la labor pastoral con grupos de catequesis, confirmación, postconfirmación y grupos de catequesis de adultos, creamos una Escuela-Patronato, dada la carencia de puestos escolares para todos los niños, y abrimos una pequeña ikastola, bajo el nombre de Kristau Katekesia, porque no se podían crear ikastolas en aquel momento… Diría que mi labor ha sido siempre pastoral y social, tratando de responder a las necesidades con que me encontraba en las diversas parroquias.