25955c

Page 1


Uno

Toda bruja o brujo que se precie sabe que, sin un vínculo, no es realmente un ser mágico.

Desde el final de la Segunda Era de la Magia y la Gran Guerra de la Brujería —una calamidad mágica devastadora—, sólo hay una forma de conservar la magia que se recibe en la luna llena tras el decimoséptimo cumpleaños: encontrar a otro ser mágico —el vínculo— con quien compartirla y unirla. Yo, Aurelia Wycherley, sé que mi magia no fue ningún regalo, ni mucho menos. También sé que nadie podría forjar un vínculo conmigo, aunque lo deseara. Durante años, mis antepasados intentaron romper la maldición hereditaria de la que ahora soy guardiana, pero todos fracasaron: jamás imaginé que ese destino acabaría siendo el mío. Mi tía abuela Antoinette no era tan mayor como para que yo tuviera motivos de preocupación. Además, tengo un buen puñado de primas que podrían haber sido las desafortunadas. Pero, al final, el destino me tenía a mí en mente.

La magia que llevo no es sólo una maldición para mí, también lo es para cualquiera que intente hacer magia conmigo.

Enferma, debilita... es peor que inútil para brujas y brujos. Sin embargo, en lo más hondo de mi magia sé que valgo mi peso en oro, y mucho más que la desconfianza y la hostilidad que despierta mi maldición.

He soñado con este momento desde que era una niña: lucir una larga capa blanca, viajar al palacio de Carlton y ser presentada a la Corona, ocupar mi lugar en la sociedad mágica, forjar el vínculo perfecto. Lo tenía todo; provengo de una de las familias mágicas más poderosas del país y, además, ya sabía con quién forjar mi vínculo cuando llegara mi magia. Pero ahora, sentada en este carruaje junto a mi hermano mayor, Vaughn, ni siquiera soy capaz de esbozar una sonrisa.

Vaughn se mueve inquieto a mi lado. Los dos mantenemos el silencio en el que estamos sumidos desde que salimos de nuestra casa en la plaza Hemlock. Me he acostumbrado a los silencios. Empezaron mucho antes de la chispa de tristeza que se ha apoderado de mí este verano, una chispa que pronto se ha propagado en mí, más ardiente e implacable que cualquier hechizo de fuego. Vaughn y yo empezamos a distanciarnos mucho antes del último Mabon, cuando Vaughn aún vestía de blanco y fue presentado a la princesa regente. Entró en la sociedad mágica y me dejó atrás a mí, su pequeña y molesta hermana.

Las cosas entre nosotros cambiaron cuando murió nuestro padre, hace casi cuatro años. Aquel día, el mundo perdió parte de su magia y yo perdí otro tipo de vínculo: un ancla que siempre me había mantenido firme, que nos mantenía firmes a todos —a mí, a Vaughn, a mamá, incluso a Frances—. Hoy, Vaughn viste el suave gris claro del segundo año, ya no es un debutante primerizo vestido de blanco, ni luce el gris oscuro del debutante de tercer año al que sólo le queda una

temporada para encontrar una pareja con la que compartir su magia. Sé que la capa gris oscuro será la última que usaré. Nadie querrá forjar un vínculo conmigo. Y aunque alguien lo deseara, no está permitido; el Real Consejo Mágico no consentirá tal contaminación de la magia del reino. Mi madre y Frances, aunque están en el consejo, apenas lograron convencer a los demás —y a la princesa regente— de que me permitieran ocupar mi lugar como debutante… y sólo durante tres años. A ninguna otra mujer de mi familia marcada por la maldición le habían concedido nunca ese privilegio. Y, si mi madre no fuera quien es, dudo que me lo hubieran permitido a mí tampoco. Vaughn me mira mientras nuestro carruaje dobla la esquina, siguiendo la fila de vehículos que llevan a otras brujas y brujos rumbo al palacio de Carlton. Está a punto de decir algo, pero se detiene. Esa incomodidad que hay entre nosotros vuelve a palparse en el aire.

Hoy debería haber sido un día emocionante, lleno de nuevos comienzos. Pero, para mí, no es más que el principio de una pérdida. Sin un vínculo al que aferrarme, me quedan tres años de magia plena y, con suerte, cuatro o cinco más de cualquier magia antes de que desaparezca por completo.

A medida que el carruaje avanza hacia el baile de debutantes, miro por la ventana el crepúsculo que se cierne sobre nosotros. Mi reflejo resalta en la oscuridad: el cabello blanco recogido enmarca mi rostro y hace que los tonos cálidos de mi piel parezcan más oscuros y que destaque el gris ahumado antinatural de mis ojos.

Miro más allá de mi reflejo, hacia el de Vaughn: su cabello castaño, como lo fue el mío en otro tiempo, y sus iris, de un marrón aún más oscuro que el que tuvieron mis ojos.

Afuera, las calles de Londres están en calma. La sociedad

no mágica de la alta sociedad sabe que esta noche comienza la temporada mágica, y casi todos prefieren mantenerse al margen. Aunque hayamos prestado el Juramento de Obediencia y pongamos nuestra magia al servicio del reino, seguimos sin ser bienvenidos… salvo cuando hacemos falta en el campo de batalla o en alta mar.

Oigo los gritos primero, esos cánticos casi rituales que, por un instante, me hacen pensar en la ceremonia de algún círculo mágico. La carroza se detiene lentamente.

Acerco el rostro al cristal justo cuando Vaughn abre la portezuela.

—Quédate aquí —ordena antes de saltar a la calle.

«Ni hablar». Lo sigo, noto cada irregularidad del adoquinado bajo las suelas finas de mis zapatos mientras avanzo a su lado, esquivando la fila de carruajes.

—Está bien, pero quédate detrás, cerca de mí.

Vaughn se adelanta y se coloca delante, protegiéndome con su cuerpo. Su varita, que hasta hace un momento descansaba enroscada en su muñeca, acude a su mano al llamarla. Pongo los ojos en blanco. Puede que aún no tenga varita propia ni sepa más que unos pocos hechizos, pero soy una Wycherley, y los Wycherley no nos quedamos sentados en los carruajes mientras los demás actúan.

El cántico se intensifica al acercarnos. El sonido proviene de más adelante, justo después de la curva del camino.

Aceleramos el paso y, entonces, lo veo: un carruaje volcado bloquea el camino. Encima, un hombre intenta prenderle fuego con una antorcha, rodeado de un grupo que grita y agita las suyas.

—¿Hay alguien dentro? —pregunto, señalando con un gesto de cabeza el carruaje volcado.

Vaughn se detiene junto a un grupo de brujas y brujos, todos vestidos de gris, en distintos tonos. Primero lo miran a él, pero enseguida clavan sus ojos en mí. Ya debería estar acostumbrada a que se aparten, retrocedan y susurren, como si mi maldición fuera contagiosa. Les sostengo la mirada, desafiante, hasta que terminan por apartarse.

Entonces me doy cuenta de que soy la única persona vestida de blanco. Ojalá tuviera ya una varita y algo más que mi magia maldita.

Los mejores amigos de Vaughn, Martyn Galesburg y Layla Mistry, se acercan a él y los tres conversan en voz baja. Martyn me dedica una sonrisa triste, lo que es casi peor que las miradas y el escrutinio al que me someten los demás. Reconozco a algunas brujas y brujos de vista, pero todos miran hacia delante. Un grupo de manifestantes ha trazado una línea de sal entre ellos y nosotros, convencidos de que les servirá de escudo. No saben que la sal protege a las brujas y brujos, no a los no mágicos. Para ellos, no es más que un condimento.

—Deben ser miembros de El Nuevo Amanecer —le comento a Vaughn cuando se reúne conmigo, mientras compruebo que no hay nadie dentro del carruaje. Uno de los manifestantes agita una bandera naranja; sobre ella hay un círculo negro con un punto en el centro. Es curioso que quienes desprecian la magia se escondan tras un símbolo tan ligado a ella —y a la astronomía— como es el sol.

—¿Por qué no pueden dejarnos en paz a los seres mágicos?

Y encima en un sabbat… —Vaughn niega con la cabeza, muy disgustado.

Las brujas y brujos reunidos allí no se mueven; se mantienen firmes mientras los de El Nuevo Amanecer corean que

todos los seres mágicos deberíamos arder. Las varitas ya brillan, cargadas de magia, pero nadie lanza ningún hechizo… hasta que uno de los manifestantes lanza un objeto.

Entonces algo llama mi atención: un brujo alto, con el cabello en todos los tonos rojos y marrones de una hoja de otoño, alza el brazo y, con aparente desgana, se impulsa sobre el pie derecho mientras traza un amplio círculo con la mano izquierda. Una ráfaga de viento mágico se eleva y golpea el pequeño proyectil, eso hace que vuelva por donde vino, sobrevolando la línea de sal. Veo que toma de las manos al ser mágico que está a su lado. Juntos, lanzan un hechizo, su magia hace que el objeto explote antes de que una especie de líquido caiga sobre el manifestante que lo arrojó. Empieza a gritar, como si le ardiera la piel. He oído hablar de los avances en la alquimia no mágica y de lo destructiva que puede llegar a ser. Me hierve la sangre al darme cuenta de que lo que contenía esa botella iba dirigido a nosotros.

Los manifestantes retroceden más allá de la línea de sal, profiriendo, llenos de rabia, maldiciones e insultos. Niego con la cabeza. Conozco bien las maldiciones, y no son eso. Lo que escupen no es más que el odio y el miedo de unas mentes estrechas.

El resto de brujas y brujos ya se ha reagrupado y han tomado nuevas posiciones. Veo a Vaughn y Martyn quitarse los guantes y entrelazar las manos. Así pueden realizar magia secundaria, mucho más compleja y poderosa de lo que un debutante puede hacer por su cuenta; algo que, una vez forjado el vínculo, cualquier ser mágico puede ejecutar sin necesidad de contacto físico.

Las brujas y brujos levantan un muro de viento protector siguiendo el ejemplo del brujo de cabello castaño rojizo. Él

examina la fila de seres mágicos, observando a cada uno mientras avanza entre nosotros y los manifestantes, como un general del Círculo de la Concordia, hasta que llega a mi altura. Sus ojos se detienen en los míos, pero no con el temor de siempre. Me mira como si viera algo distinto, algo tal vez curioso; y un leve estremecimiento me recuerda cuánto he echado de menos que alguien me mire con algo que no sea miedo o tristeza.

Entonces, el brujo se dirige hacia mí, sus ojos azules oscuros e impertérritos siguen clavados en los míos. Se detiene cuando llega hasta Vaughn.

—Wycherley, ¿para qué la has traído contigo?

Mi hermano nunca ha sido propenso a la ira, pero sus ojos echan chispas.

—No es asunto tuyo, pero es ella la que me ha seguido responde Vaughn.

—¿Y eso te ha parecido prudente?

—Desconocía la magnitud del peligro —Vaughn entrecierra los ojos.

—Bueno, ahora lo conoces. Deberías volver a tu carruaje. Igual te sigue como una ovejita blanca.

—No me voy a ningún lado. Puede que no tenga una varita, pero tengo mi magia —le respondo de forma directa, me siento segura de lo que sé, aunque sólo he recibido unas pocas lecciones en la Academia Mágica. El brujo aprieta los dientes, irritado. No debe de estar acostumbrado a que le lleven la contraria, y noto que está a punto de soltar algo desagradable cuando otro proyectil, esta vez más grande, sale disparado hacia nosotros.

Vaughn y Martyn ejecutan la misma magia que el brujo de cabello rojizo; actúan como si fueran un espejo el uno del

otro, mantienen las manos unidas y mueven las varitas al unísono. Me sobresalto cuando el enorme objeto se detiene en el aire. El brujo alto toma las manos del ser mágico que tiene a su lado y también conjuran un hechizo; su magia secundaria empuja el proyectil hacia atrás, ayudando a Vaughn y Martyn.

Pero entonces aparece otro proyectil.

La magia que me rodea agita la mía, como si respondiera a una llamada. Sin varita, no logró dominar mis poderes. Noto cómo mis pies se separan del suelo, igual que sucedió en aquella luna llena, cuando recibí mi magia.

Me detengo en seco al notar una mano firme que me agarra del tobillo y me arrastra al suelo de un tirón. El brujo de cabello rojizo me sujeta por los hombros y, sin miramientos, me empuja hacia un carruaje cercano.

Abre la puerta de golpe y me mete dentro. Me doy la vuelta hacia él mientras usa su magia para sellar la puerta.

—¿Cómo te atreves a tratarme de esta manera? ¡Déjame salir ahora mismo! —grito, y noto cómo la indignación me arde por dentro.

—¿Nightly? —lo llama alguien cuando él se aleja. Se gira hacia el carruaje y me lanza una mirada gélida.

«¿Nightly?». Apoyo las manos contra la ventana y mi magia hace añicos el cristal, pero éste se mantiene en su sitio y me pregunto qué tipo de hechizo habrá usado para encerrarme.

Aprieto el rostro contra el cristal roto y veo a Vaughn y a los demás esquivando los proyectiles, tratando de devolver el mayor número posible. Los caballos se encabritan, el carruaje se balancea.

Veo que alguien señala hacia arriba y sigo su mirada. Las brujas y brujos vestidos de negro del Círculo de la Justicia son

un espectáculo formidable. Los veo lanzarse en picado sobre sus escobas y, acto seguido, utilizar su magia vinculada para alzar muros de protección junto a la línea de sal.

Lazos de luz surcan el aire, se enroscan en los manifestantes y los inmovilizan: las brujas y brujos emplean magia de nudos para impedir que huyan o causen más daño. Las figuras del Círculo de la Justicia se mueven con una elegancia impresionante; inclinan el cuerpo al invocar la magia, la canalizan con precisión y la proyectan con fuerza y control.

Con los ojos muy abiertos y una sonrisa en los labios, no puedo evitar pensar: «Algún día, así seré yo». Pero enseguida la realidad me golpea: sé que no, que nunca llegaré a ser como ellos.

Aporreo la puerta justo cuando las brujas y brujos del Círculo de la Justicia han rodeado a todos los manifestantes. Vaughn y Martyn colocan las manos sobre el carruaje y rompen el hechizo que lo sellaba. El cristal estalla en mil pedazos en cuanto la magia se desvanece.

Salgo de un salto, con la mirada encendida, buscando a Nightly.

—¡Aurelia, no! No vale la pena. ¡Ningún Nightly lo vale!

Vaughn intenta sujetarme, pero sé cómo esquivarlo cuando quiero.

—¿Pero se puede saber en qué estabas pensando? ¡En nombre de todo lo que es mágico! —Gesticulo con exasperación hacia el carruaje mientras Nightly se vuelve hacia mí. Su expresión es indolente cuando se aparta el pelo de la cara; lo tiene demasiado largo y necesita un buen corte.

Alzo la vista. No soy precisamente baja, pero Nightly me saca una cabeza, y odio tener que mirarlo desde abajo. Se inclina hacia mí y me susurra algo que me crispa.

—Pensaba en la buena magia. En que estás sin adiestrar, en que careces de varita y en que tu poder aún no ha sido domado. Pensaba en que, si te hubieras elevado demasiado, habrías sido un objetivo fácil para los manifestantes con tu vestido inmaculado y tus cabellos blancos. Pensaba en que ha sido una insensatez que siguieras a tu hermano, y en que él ha sido igual de insensato al permitirlo. En que pusiste a Vaughn, a ti misma y al resto de las brujas y brujos en más peligro del que ya estábamos. Así que, Wycherley, te he llevado a un lugar donde no pudieras causar ningún daño.

Se endereza y me observa desde arriba. Me siento pequeña y estoy furiosa. Porque, por desgracia, tiene razón.

Antes de que yo conteste, Vaughn se coloca a mi lado y me aparta.

—Vamos, Nightly, no hace falta hablar así. No es culpa suya que...

—No, es tuya —lo corta Nightly, girándose hacia él. Un escalofrío me sube por la espalda; mi magia se agita, dispuesta a defender a mi hermano—. Podría haber salido herida. A las hermanas hay que protegerlas y valorarlas. Si la pierdes, será para siempre.

Nightly no espera respuesta. Se aleja, dejándome allí, ardiendo de rabia… porque, para colmo, vuelve a tener razón.

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Issuu converts static files into: digital portfolios, online yearbooks, online catalogs, digital photo albums and more. Sign up and create your flipbook.