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diciembre 2012, n° 68

arturo villalobos agustĂ­n fest alejandro espinoza edilberto aldĂĄn

foto roberto guerra

dos

apariciones

arturo villalobos

la niña del fuego fatuo En la ventana de una habitación en el segundo piso, se observa un resplandor parpadeante, como si alguien dentro encendiera una vela o una chimenea. Voy hacia el edificio de la recámara y tengo que abrir una pesada puerta de madera para entrar. Adentro, todo es ruinas y oscuridad. Encuentro unas escaleras y me doy cuenta que al final de ellas está la habitación iluminada por ese fuego tembloroso. Mientras subo las escaleras, escucho susurros que no logro descifrar y una antigua canción infantil canturreada en voz baja y lenta. Al llegar a la habitación en ruinas no hay luz alguna y los susurros han callado. Observo desde la ventana a mis dos compañeros. Bajo hacia el patio a reunirme con ellos. Miro hacia la ventana de la habitación en el segundo piso. Entre las sombras, como si no quisiera ser descubierta, con el rostro iluminado vagamente por una vela, hay una niña mirándonos fijamente.

la catrina lacrimosa Persigo a una mariposa negra que ha estado volando cerca de la fuente en el patio. Su vuelo me lleva a trasponer la puerta de lo que fue un enorme jardín. Observo una silueta negra sentada bajo un álamo, hacia donde se dirige la mariposa. Me voy acercando a la silueta y empieza a perfilarse una mujer vestida de luto, con sombrero y un velo cubriéndole la cara, llorando queda, contenidamente. A unos cuantos metros me detengo para observarla. Varias mariposas se han posado en su ropa, aún elegante pero ya demasiado vieja, con el sombrero roto y los cabellos desmadejados. Una boca roja y arrugada se adivina tras el velo. Inclina el rostro mientras llora. Cuando levanta el rostro, sus ojos están grises y perdidos, parecen no mirarme pero están apuntando hacia los míos. Con una voz quejumbrosa prorrumpe: “Yo fui quien los devoró, yo fui quien los devoró…”. Sigue llorando. No puedo moverme, aunque quiero huir. Cierro los ojos. Escucho mi respiración agitada que trata de recobrar la calma. Al abrirlos de nuevo, nadie está enfrente. Vuelvo con mis compañeros, quienes han encendido una fogata. Por un momento, el rostro de mi amiga se vuelve el rostro de la mujer de luto. Pierdo la mirada en las llamas.

la ráfaga Un viento fuerte y helado surge como si viniera de ningún lugar y nos azota los rostros, removiendo el polvo y la maleza, pero es como una ráfaga de viento que carga o se confunde con un grito de dolor, un aullido moviéndose por el patio, tanteando las paredes, agitando las ramas, como buscando escapar, hasta que poco a poco se fuga y pierde en la lejanía y el silencio.

la invasión

En el sueño se ve dormir a sí mismo y presiente la proximidad de una aparición, le atenaza la cercanía invisible de una presencia, una sombra, un resplandor, una silueta, una especie de fijeza observándole como si estuviera mirando desde todos los lugares y ninguno a la vez en esa habitación destruida donde duerme. Intenta despertarse, pero logra despertares falsos, pues vuelve al mismo sueño y a la misma habitación Tengo la tentación de subirme a un ár- en ruinas. Su desesperación se acrebol del jardín exterior. “No vayas para cienta porque le parece que no saldrá allá, que hay muchos bichos”, dice ella. del sueño, que no resistirá el inminenNo hago caso y encuentro un árbol te emerger de aquello. grande y macizo. Lo subo lentamente, con cierta torpeza, como si volviera a recordar dónde apoyar los pies y aferrarme con las manos para llegar más alto. De golpe, aspiro un humo denso. Llego a una rama gruesa, a cuatro metros de altura, y al mirar hacia el suelo veo que hay un colgado pendiendo de cabeza a poca distancia de una hoguera. El humo le sube por la cara ennegrecida, la mandíbula tensa en el Ha despertado a solas, acostado enúltimo espasmo, los ojos en blanco. tre dos montones de tierra removida. Escucho una letanía de oraciones con- El sol le golpea las mejillas y los ojos fusas, ascendiendo como el humo. enrojecidos. Se mira las manos terrosas, las uñas rotas de haber rasgado la tierra, arrancándola con los dedos donde la sangre forma coágulos. Pero no recuerda, ni quiere recordar, ni escarbar más. No le queda más que esperar. Sabe que no le dejarán solo entre las ruinas, cuando caigan las sombras y en la fuente se proyecte la luna. Vuela un cuervo.

el colgado

el amanecer

tres

Humo crudo, después del fin del mundo

la habitación de humo

agustín fest

uería evitar la columna de fin de año, ya saben, la de los buenos deseos, felicitaciones, esperanzas alegres de un porvenir mejor, significativo. El fin del mundo, según unas gentes según los mayas, me cayó de perlas. No sólo podría evitar esta columna, también las subsecuentes y quizás, por fin, conseguiría convertirme en el polvo enamorado, o el polvo de estrellas, que para alguien con formación literaria y de ingeniería en algunos días románticos son lo mismo. Esperé hasta el último momento. Ya pasó la hora y ahora me encuentro, resignadamente, escribiendo esto desde un Vips porque el mundo no tiene ninguna prisa en acabarse, va lento, como la tortuga que lo carga. Tampoco parece distinto, ya saben como dicen los líderes esotéricos de los horóscopos y otras gracias: El fin del mundo es espiritual, vienen grandes cambios, grandes alegrías o inexorables pulpas de tristeza; se revelará que el paraíso y el infierno están en la Tierra. Nada pues. La mesera tiene la misma disposición de ganarse la propina y me ofrece lo mismo la fruta que el tocino extra, y yo tengo la misma prisa en escribir una columna de la que creí haberme salvado por el mundo finado. La misma vida, decía, cuando escribía en mi diario juvenil y me refería al aburrimiento inevitable de días iguales. Según unos datos, terminaba el 21 de diciembre, a las 5 y fracción de la mañana. ¿Por qué? Bueno, habría que investigar mejor de lo que yo lo hice. Lo leí en Twitter, se repitió en varias fuentes y lo acepté sin mayores aspavientos, incluso con un poco de desencanto. Según los pronósticos, la mayoría (en México) estaría durmiendo como un bebé cuando se alzaran las lenguas de fuego. Imagino, pues, millones de suspiros incinerados y sueños interrumpidos por olas gigantescas de agua, matando a golpes y si no a golpes, penetrando las narices para llenar a los cuerpos de agua, cual botellas, y hacerlos flotar más allá de la atmósfera en un planeta condenado. No se ve nada de eso, y no sólo es el escritor (pobrecito), también el mesero, el obrero, el albañil, el profesor, el arquitecto, el ejecutivo y el millonario quien acepta la continuación del tiempo. No habrá redención o con-

dena inmediata, ninguna salida fácil, algunos aun cuando no creyéramos conservamos una semilla de duda y aunque ya podemos exclamar que teníamos razón, simplemente ganamos la oportunidad de vivir los contentos cotidianos, los errores comunes, los fracasos y humillaciones del día a día. Claro, también hemos ganado la oportunidad de los pequeños triunfos para soportar todo eso. No es así de terrible, hay un montón de cosas por las cuales alegrarse y seguir con la vida: El robot desolado en Marte, los video eróticos de celebridades muy guapas, los jóvenes que aún toman las calles para jugar con un frutsi lleno de piedras, los videojuegos que involucran cada vez más a la gente, la sonrisa del que nunca será el amor de nuestra vida, el miedo que antecede a nuestra ilusión de felicidad, las pláticas con los amigos reverberando en las botellas vacías sobre la mesa y contemplar a otra persona bailar, sea para ti o sea para todos, pero baila rompiendo el camino de las luces y del humo, una conexión de cuerpo y mente, una realidad para sí sola. ¡Evohé! ¡Evohé! (Al final estoy vivo). Si no aprovecho ahora para el orgasmo gíglico, ¿cuándo? ¡Evohé!, y evohé, porque al menos el mundo se puede acabar en libros o mejor dicho, el mundo se acaba con cada libro cerrado, terminado. La exploración del lector culmina en las últimas páginas y debe despedirse, quizás lo reviva a través de los recuerdos pero es difícil sentir lo mismo que se sintió en la primera lectura. Envidio a los que se engañan. Sin embargo, en algunos libros el mundo se acaba literalmente: La felicidad me conmina a mencionarles que participé en una antología donde se acaba el mundo (y, por cierto, es mi segunda antología donde se acaba el mundo. Parece que me estoy especializando en eso, la primera fue una antología de Recolectivo: Diarios del fin del mundo de Kala Editorial). Si no le deja satisfecho que el mundo no se acabe, puede comprarse un libraco en sus librerías de confianza llamado: Así se acaba el mundo de Editorial SM. Son 19 cuentos, ya los leí, en todos se acaba y creo que, difícilmente, alguien se desilusionará de estos profetas. Para cerrar: Aspirinas, café, un respiro. Sigamos aquí, soportémonos otro rato las caras, demos gracias que a nadie le apeteció ahorrarnos las sonrisas

final del cuento

cuaderno posapocaliptico alejandro espinoza

ué pasa cuando todo termina?, y lo que es más importante: ¿Qué pasará con la esencia del cuento, una vez que el cuento/el mundo haya concluido? ¿O es acaso que el cuento ya concluyó, o que buscamos maneras más siniestras de mantener viva la ficción? ¿Estamos enamorados de las sutiles tragedias diarias, y son los cuentos nuestros únicos salvadores? El destino real de un país subyace en la ficción que se construye a su alrededor, prevaleciendo una trama dudosa pero fascinante. Y en ese sentido, ¿Es acaso que el cuento, como tal, ha agotado toda posibilidad de relacionarse con una realidad atroz, de manera que busca relatar la ilusión y la fantasía como estrategia de evasión? ¿Es el cuento una estrategia de evasión inherente a la humanidad, o es simplemente el relato sobre el cual nos constituimos, con dolores y premuras, con amores y desamores, con tristezas y euforias, un amalgamado de vidas que dan cuenta de esa voz secreta que deseamos atraviese el tiempo y el espacio? Me pregunto todas estas menudencias de pensamiento cuasi filosófico, mientras peleo con un trozo de carne incrustado en mi muela derecha. Es una verdadera molestia. Ni siquiera me di cuenta que abandoné la casa y salí a la calle en pijamas. El truco es insertar el dedo índice, hasta el fondo, y dejar que la punta de la uña se coloque entre los dientes para así sacar el trozo de un jalón; en el proceso, tienes que pensar cosas duras, difíciles, el tipo de contundencias que te ayudan a sopesar la nadería en la que te hallas envuelto. Y es así como prosigues, mientras caminas sin rumbo, a la deriva y en pijamas. pasas por tiendas departamentales en ruinas, el deceso de una era, y te preguntas: ¿Será que el cuento ya lo dijo todo? ¿Su estructura ya no se entiende con el entorno? ¿Se mantiene su forma por inercia, por tradición, por estética? ¿Y cómo es dicho entorno, a fin de cuentas? ¿Alguna vez se propuso el cuento quitarse la vestidura del mito, la fantasía, la educación sentimental y la alegoría, o en su defecto, alguna vez se propuso dejar de ser el registro incidental de la existencia banal? ¿Es acaso que ya no puede definir, por ejemplo, que ese trozo de carne –ya ni sé si fue de cerdo, de pollo o de res—pueda contener el secreto del universo? ¿O será que los cuentos ya son incapaces de guardar un secreto? ¿Qué pasó con los secretos de locura, de amor y muerte que acogían los cuentos? ¿Qué sucederá con ellos, una vez que el relato concluya? ¿Es el final obligadamente abierto, o las aristas y vertientes se desvanecerán, una vez que dejemos de sentir la necesidad de continuar? ¿Esta historia, efectivamente, continuará? ¿O es acaso que nuestras historias dejaron de formar parte de este mundo, y ahora son las brillantes ruinas ilusorias de una forma –el cuento? ¿Seguimos maravillados por su orfebrería, no obstante reconocemos que la forma de los relatos vivos ya no es la misma? Pensar no deja de ser un acto apasionado, aunque momentáneo, fugaz. Dependemos de los trozos de carne incrustados entre los dientes para poder sentir la sustancia de las cosas. Sin embargo, esa sustancia es ahora una compleja red de ilusiones y sensaciones todavía más pasajeras. Sus formas son aun más difícil de extraer que este trozo de carne que me tiene concentrado en mis pensamientos y en mi dedo índice buscador del tesoro. Siempre es asombroso el resultado final, el trozo que sacas siempre es mayor que el que imaginas. Y creo que ahí está el detalle. Una vez que cuerpo, materia, sujeto, espíritu, tiempo, historia, cultura, se envuelven en un marasmo de incomprensiones, ¿qué sentido puede asumir el cuento, más allá de su capacidad para trazar la continuidad de una voz milenaria, la del cuentista original? ¿Cómo habrá sido este cuentista original? ¿Es distinto del cuentista actual? ¿Qué sensaciones los abruman, cómo están configurados sus miedos, su relación con la vida, el amor y la muerte? ¿Acaso las asume con la misma ironía, cinismo y cansancio que lo ha distinguido en los últimos veinte, treinta años, o es quizás que ahí, reptando, ahíto, se encuentra el cuerpo del cuentista, atravesando una larga y oscura cueva. Esperando que el mundo se resuelva por sí solo

cuatro

editores

edilberto aldán / joel grijalva

consejo editorial

rituales

beto buzali /alberto chimal / luis cortés / rodolfo jm

maniobras de escapismo

edilberto aldán

a pieza la escuché por primera ocasión en alguno de los canales de Cablevisión cuando anunciaban una película, la música de fondo utilizada en el comercial llamó mi atención, la canción me gustó desde los primeros acordes, tenía las características de las piezas musicales que más disfruto, un inicio lento, algo que irrumpe y cambia el ritmo, lo acelera. Festiva, juguetona, la pieza acompañaba las imágenes de la cinta programada para dos días después, en ellas era posible distinguir a tres amigos que se volvían a encontrar. Vi el comercial dos o tres veces más. Apenas alcanzaba a entender la letra, primero escuché que decía on the dog side, pero no tenía sentido; ¿on the dock-side?, quizá, pero me costaba relacionarlo con otro verso que se me pegó de inmediato: Makes me feel crazy, makes me feel so mean, ah, entonces: on the dark side… era más lógico, sin embargo, al final me quedé con la idea de que se hablaba de un lado perro de la vida, además estaba seguro de que uno de los versos decía a love that's wild… Sí, seguro que hablaba de estar del lado perro de la vida, concluí hermanándola con Walk on the wild side de Lou Reed. El film que se anunciaba no tenía relación con la música, sólo era un fondo musical, sin embargo, esperé a que pasara la película para verla, con la esperanza de volver a escuchar la canción, esperar a los créditos finales y buscar el título. Inútil. Quería escuchar de nuevo la canción, saber en qué disco venía, incluirla en un mix tape, grabarla al inicio del lado A y B de un casete para traerla en el walkman. Lo difícil iba a ser encontrarla. Era invierno de 1986, lo sé porque acaba de salir al mercado el tercer disco de Madonna, True Blue, cantante con la que mi primo estaba obsesionado, al grado que pintó la

portada de ese disco en el techo de su recámara, mientras yo jugaba Advanced Dungeons & Dragons: Treasure of Tarmin en la versión para la Aquarius de Mattel o el otro cartucho que tenía Biorhythms, un programa que predecía las altas y bajas de tu ciclo biológico, en la pantalla aparecía una gráfica simplísima que decía representar tu estado físico, emocional e intelectual… Aburrido. En ese entonces todavía nos estábamos recomponiendo del desastre. La familia había perdido el negocio familiar, frente al comercio que atendimos durante décadas sólo quedaron edificios derrumbados y un hedor que era difícil desaparecer de la ropa. Pero en ese entonces no pensaba en los muertos, en las consecuencias de que a la puerta del negocio sólo entrara el polvo, me evadía entonces buscando música. Todo lo que sabía de esa canción eran los pedacitos de letra que había entendido, la voz que a ratos me recordaba a Bruce Springsteen, aunque claro, en esa época mucho de lo que me gustaba me recordaba a Dancing in the dark o Cover me (ambos en Born in the USA). Hice lo posible por encontrar el disco con esos pocos datos: En AB Discos el joven que atendía se río todo lo que pudo cuando le canté, quién sabe cómo lo habré hecho, su respuesta fue intentar venderme la banda sonora de Footloose, que porque le sonaba a Kenny Loggins. Le expliqué que no, que en absoluto era parecido, incluso le mencioné que en la pieza musical había aplausos. Me dio el tiro de gracia: uh, era una versión en vivo, menos la iba a encontrar. Me obsesionó conseguir la canción. Las oficinas de Cablevisión estaban apenas cruzando el parque, no perdía nada. Fui a las instalaciones. Lo único que logré fue desesperar a la señorita que atendía a los clientes, a quien me costaba trabajo creerle que no tenía

norma pezadilla /sofía ramírez / jorge terrones

diseño

sarahi cabrera

idea de dónde se hacían los promocionales. Una de las imágenes más famosas de Jim Morrison es la foto que Joel Brodsky le tomó en 1967 (la Young Lion Session): los brazos extendidos, la mirada al frente, retador; sin duda ese era él; pero hay otra, supongo también significativa, en la que Morrison lleva lentes oscuros, está recargado en la pared, un muro con grafiti, las manos en la espalda, la pierna izquierda flexionada, Morrison mira a un perro que tiene fija la atención en algo que sucede fuera de cuadro. Por alguna razón que no acabo de comprender del todo (¿on the dog side?) la canción que escuché en el comercial se transformó en esa fotografía, no que pensara en que era una pieza de los Doors, es que a eso sonaba cuando repetía el estribillo en la memoria. Eso le dije a mi hermano la última noche de 1986, que buscaba una canción que no era de Morrison, que no tenía nada que ver con él, pero me recordaba a… Él tomo una pequeña grabadora para colocarla sobre la mesa, a un lado de las botellas que concienzudamente nos empeñábamos en vaciar, para ir poniendo uno a uno los casetes que grababa de la radio. Siempre agradecí el gesto, siempre supe que era inútil y, sin embargo, ¿cómo despreciar el ofrecimiento, cómo hacer a un lado eso que era un brazo tendido que ayuda a llegar a la orilla aunque no se quiera salir del agua? Recibimos 1987 escuchando fragmento tras fragmento, hasta que recibir la madrugada y olvidar el propósito inicial para rendirnos al placer de escuchar por escuchar, del hallazgo fortuito de una memoria adosada a las notas de una pieza musical que no sabíamos que estaba ahí. Amaneció. Nos rendimos sin que apareciera la canción que buscaba. No importó. Sobre la mesa quedaron los restos de la fiesta a la que se unió mi

hermana, en la que fuimos tres prometiendo que volvería a ocurrir, que el año siguiente y el siguiente y el siguiente, haríamos todo lo posible para que se repitiera, para cada fin de año reunirnos a buscar esa canción, creo que incluso firmamos un papel. Sí, seguro, ya los primeros rayos del sol nos iluminaron rendidos a las piezas de nuestra educación sentimental, los boleros que cantaba el abuelo y que siempre eran adivinanza, promesa y deseo. Ahora que lo recuerdo, tendría que clasificar ese tiempo como el inicio de nuestra pobreza, decir que ahí fue cuando comenzamos a ser pobres. Me lo impide que repetíamos el ritual cada fin de año, una década después, cuando volvimos a perderlo todo, siempre pudimos reunirnos a buscar canciones, con la misma atención del perro que acompaña a Morrison en la fotografía, que sabe hay algo más del otro lado de la calle. Ahora que lo recuerdo pues, comprendo por qué se transformó en ritual ese momento, las razones por las que hicimos lo mismo tras la muerte de mi padre, o cuando mi hermano se fue a vivir a Oaxaca, o cuando mi hermana lo siguió y supimos que sería muy difícil volver a pasar esas fiestas juntos. Tampoco importa, durante los rencuentros los tres hemos confesado que alguna noche una bocina cercana al vaso con ron ha musitado: hey sugar, take a walk on the wild side, y los tres hemos dicho: no, esa no es, sigue buscando. Más de dos décadas después, a unos días de fin de año, preparo el espacio para ese momento que me conecta con mis hermanos, con lo que perdimos, con las promesas que no hemos cumplido, las que renovaremos cada quien por su lado, quizá debería decirle que ya encontré la canción, que hoy sé cómo se llama… y que no importa. Es fin de año, he de repetir el ritual.


guardagujas68