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Daoh VIETNAM

ISLANDIA

Tierra de hielo y fuego

Infinite rice fields

NUEVA YORK Capital del mundo

JAPAN

The rising sun

nº 1 · junio 2017 · 3€

421023 610112


7. 16

7th Season


Ă?ndice

ISLANDIA 6>9 Viaje alrededor de la isla de fuego y agua

nueva york 18 > 21 Ocupar Wall Street

JAPAN 12 > 14 The leading techonology

VIETNAM 24 > 27 Ricing the world

author & images: www.zuru.tk


Is lan dia

D

esde la colina, Reykjavík parece más una población residencial de casitas multicolores que la capital de un estado. La estatua de Leifur Eiríksson, el primer europeo en llegar a América, domina con la mirada esta ciudad de 200.000 habitantes, dos tercios de la población del país. La calle Laugavegur es la arteria peatonal que aglutina buena parte de los comercios y restaurantes turísticos, mientras que en la zona portuaria las tabernas regentadas por pescadores

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Vista desde el faro de Dyrhólaey

VIAJE ALREDEDOR DE LA ISLA DE FUEGO Y AGUA National Geographic sirven deliciosas brochetas de salmón y sopa de cigala entre aperos de pesca, viejas fotos marineras y cerveza Viking. Dicen de los islandeses que su ADN se compone de glaciares, volcanes y sagas, las epopeyas medievales de los primeros tiempos de la colonización. Estos tres elementos se ponen de manifiesto nada más salir de la capital por la carretera 36 rumbo a Thingvellir (Þingvellir

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Islandia evoca cumbres nevadas, noches eternas, espacios abiertos... en los carteles), a 30 minutos. Símbolo de la independencia del país, este enclave pertenece al denominado Círculo Dorado, junto a Geysir y la cascada Gullfoss. Entre los desfiladeros de basalto de Thingvellir los primeros colonos fundaron, el año 930, el Parlamento más antiguo de Europa. El mirador del centro de visitantes da una idea de la singular geología de Islandia. Aquí emerge de las profundidades oceánicas la dorsal mesoatlántica, la falla que divide Europa de América y que es la responsable de la actividad volcánica de la isla.

Seljalandsfoss

El área de Geysir y la zona de Hveravellir son una impresionante muestra de ello. Aunque el géiser que dio nombre a todos los del mundo dejó de expulsar agua en 1950, a su lado el Stokkur lanza un penacho de agua y vapor cada 6 minutos a 30 metros de altura. La cascada Gullfoss completa el Círcul o Dorado con su espectacular salto: el río Hvitá se precipita desde dos escalones rocosos en un grieta con 32 metros de hondo. Fuera de la Ring Road o Ruta 1, que rodea el país, muchos lugares son solo accesibles por pistas de tierra. Es el caso de las Tierras Altas, antigua morada de forajidos y desterrados a la que se llega a través de un páramo de lava en el que el volcán Hekla ejerce su dominio entrando en erupción cada diez años. El otro gran atractivo de esta región es la zona geotérmica de Landmannalaugar, donde predomina la riolita, un mineral que tiñe las montañas de vetas ocres y naranjas. El mejor lugar para observar este paisaje es la piscina natural abierta a pocos pasos del refugio.

Vista desde el faro de Dyrhólaey

viajes

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Dettifoss

Siguiendo, ahora sí, la Ring Road llegamos a las cataratas Skógarfoss y Seljalandsfoss, cerca del volcán Eyjafjallajökull, cuya última erupción tuvo lugar en 2011. La primera es famosa por su cortina de agua de 25 metros de ancho y porque, según la leyenda, esconde un caldero de oro en su interior. De Seljalandsfoss impresiona su caída de 60 metros y el sendero que permite rodearla andando. Más adelante, en Dyrhólaey, se erige un imponente arco marino que atrae a miles de pájaros. El más vistoso es el frailecillo, ave nacional de Islandia, aunque eso no lo indulta de ser servido en todos los restaurantes. La cercana población de Vik marca el extremo sur de Islandia. Los islandeses aseguran que los monolitos de basalto que emergen frente a su playa son trols a los que la luz del día convirtió en piedra. Sea como fuere, el viaje roza ya la frontera de lo onírico: extensas playas de arena negra y planicies aluviales nos acercan a los dominios del glaciar Vatnajökull, el mayor de Europa y núcleo del parque nacional más extenso del país. En el área de Skaftafell una agradable excursión culmina ante las paredes heladas

Reykjahlíð

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Relajarse en la laguna termal de Myvatn. Un placer de dioses vikingos. Dyrhólaey

del glaciar, oscurecidas por las cenizas de las erupciones del volcán que alberga en su interior. En las inmediaciones se halla la cascada Svartifoss, cuyas columnas de basalto inspiraron la catedral de Reykjavík. Una contundente sopa de verduras islandesa en el centro de visitantes nos ayudará a reponer fuerzas antes de ver la joya de esta parte del parque, la laguna de Jökulsárlon. Navegar entre cientos de icebergs de azul intenso que flotan rumbo al mar es como adentrarse en un escenario irreal. Alcanzamos los fiordos del Este serpenteando entre antiguos valles glaciares y parando, primero, en

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la localidad pesquera de Djúpivogur y, poco después, en la bella Seydysfjördur, moteada de casas de colores importadas de Noruega.

De Seljalandsfoss impresiona su caída de 60 metros y el sendero que la rodea Retomamos la Ring Road en Egilsstadir para seguir hacia el lago Myvatn, 160 kilómetros al norte. Esta zona es un oasis de aves migratorias además de un buen punto para acceder a las gargantas del río Jökulsá y la cascada Dettifoss. Myvatn

es también conocido por sus circuitos entre los campos de lava del Krafla, con pozas de barro en ebullición, y por el cráter del Stóra-Víti, cuyo interior atesora un lago de aguas turquesas. Conviene acabar el día imitando a los islandeses, grandes aficionados a los baños al aire libre, y relajarse en la laguna termal de Myvatn. Un placer de dioses vikingos antes de regresar a la costa oeste y tener otra visión fantástica: el cónico volcán Snaefells, donde Julio Verne inició su Viaje al centro de la Tierra. Húsavik marca el punto más al norte de nuestro itinerario. Localidad pesquera de gran belleza, conserva las añejas casas multicolores.

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Flying to par Daoh


radise viajes

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JAPAN It Is Japan, Not The U.S., That Leads In Serious Technology Eamonn Fingleton

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or nearly 25 years the business press has hardly had a good word to say about Japan. Since the Tokyo stock market crashed in the early 1990s, the conventional wisdom has been that the once hard-charging Japanese economy has become a has-been. Not only is it portrayed as posing no competitive challenge to the United States but it is a veritable laughing stock in the policymaking community. Not everyone is buying the story, however – least of all Michael Sekora, a brilliant physicist and top former U.S. Defense Agency executive who in the 1980s headed Project Socrates, a Reagan administration program to determine why the United States was rapidly losing

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competitiveness in advanced industries. His brief, in which he directed a team of hundreds of analysts, was classified and encompassed both military and industrial technologies. “Those who think that America is doing better than Japan view things solely in financial terms,” says Sekora, who now runs Quadrigy, an Austinbased organization that continues the Project Socrates program. “That is at best a very limited view and they are not looking at the substance of economic competition. What matters ultimately is technology. Japan has continued to perform superlatively on that measure. America’s performance has been disastrous.”

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Japan is the leading player in a host of crucial underlying technologies driving the information technology revolution.

He adds: “If you think back to the early years after World War II, America was the dominant player almost right across the board in advanced industries. Now there is hardly an industry left where that can be said. Meanwhile Japan has continued to gain dominance in several dozens of advanced industries.” He points out that in electronics alone, Japan is the leading player in a host of crucial underlying all technologies driving to the information technology revolution. Only the most obvious is the highly

technology

purified form of silicon needed to make silicon chips. Each new generation of chip requires a more purified grade of silicon, and only the Japanese can supply the higher grades. Japan is also the dominant supplier of, for instance, the most sophisticated so-called steppers, which are the optical machines that imprint microscopically fine circuitry on semiconductors and liquid crystal displays. Illusions of continued American technological steer leadership are sustained partly by a media failure to understand

what the term “advanced technology” really means. The term is often used to describe minor, even trivial and evanescent, developments in the application of technology. Already by the late 1990s, the term had become ludicrously devalued as the American press helped inflate the tech bubble. Companies like Pets. com and Webvan were hailed as the latest exponents of an American tradition of technological leadership. Instead, with few exceptions, they went bankrupt within months.

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So what exactly is advanced technology? Spectacular breakthroughs in creating new products certainly count but, in nation-to-nation competition, new products rarely provide as much of an edge as is generally believed. This is because they can often be quickly copied by foreign competitors. More important are breakthroughs in production technologies. These often enable a nation powerfully to boost its efficiency in long established products. An example is Japan’s success in using robots to reduce costs in the car industry.

As for evidence that Japan is doing better than the United States overall, Sekora cites the two nations’ respective performances in international trade. U.S. trade in industrial goods has consistently weakened over the years with the result that America ran a current account deficit of $411 billion in 2014. By contrast, with continuing strong exports of high-technology products (particularly to nations like China, Taiwan, and Korea, whose most advanced industries are heavily dependent on Japanese-made components, materials and production equipment), Japan earned a current account surplus of $22 billion last year. This was all the more impressive for the fact that because of an aging population, the Japanese workforce has declined by nearly 20 percent since 1989. By contrast America’s weak trade performance came despite a consistently rising workforce in the same period.

Eamonn Fingleton is the author of In the Jaws of the Dragon: America’s Fate in the Coming Era of Chinese Hegemony. He can be contacted at efingleton@gmail.com

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XPERIA Z5 Smartphone


HARLEY - DAVIDSON


NUEVA YORK Ocupar Wall Street

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Manuel Castells

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l capital financiero y sus altos ejecutivos tienen un problema serio: la gente no los quiere. Es más, muchos los odian. Y el clamor se extiende contra los políticos percibidos como marionetas de los bancos a los que protegen con el dinero de los contribuyentes sin que los bancos devuelvan el favor cuando les va bien a ellos y mal al país. Porque, argumentan, el dinero es de sus accionistas. Nadie lo cree porque en las juntas de accionistas está todo bien atado. Con una minoritaria participación de control unos pocos accionistas hacen y deshacen. Añádanse las inversiones cruzadas entre bancos (las llamadas cartas de amor y el sistema se cierra sobre sí mismo, con escasa utilidad social y máxima captación de fondos en beneficio de los banqueros, con bonos exorbitantes para sí mismos aun cuando quiebren sus entidades. Y nada de pagar más impuestos. Para eso están los paraísos fiscales.

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De ahí que el movimiento Ocupar Wall Street, iniciado en el corazón del capitalismo financiero, haya tenido tal apoyo popular en EE.UU. y en el mundo. La idea se lanzó en internet por la revista Adbuster, una publicación de crítica a la publicidad editada en Vancouver, en julio del 2011. La propuesta de ocupar Wall Street el 17 de septiembre, día de la Constitución, para protestar contra el control de la política por el dinero, fue recogida por grupos diversos en todo el país, más o menos organizada en la red y finalmente llevada a cabo por unos mil manifestantes que acabaron acampando en Zuccotti Park en las inmediaciones del distrito financiero. El silencio mediático y la ausencia de apoyos organizados pareció confinar el movimiento al ostracismo. Sus demandas eran variopintas, pero coincidían en la crítica de un sistema financiero causante de la crisis y que seguía teniendo poder de vida y muerte sobre la economía y la política. Allí donde no llegan los medios de comunicación tradicionales llega la red y la iniciativa se extendió rápidamente a una ciudadanía harta de todo pero especialmente de los bancos. Y cuando la policía intensifico su represión, los sindicatos estadounidenses, que están sufriendo una campaña de exterminio por parte de los gobernadores republicanos y las grandes empresas, decidieron unirse al movimiento y acudir a las manifestaciones. Y los hackers entraron en acción. Anonymous publicó en la red el nombre y señas personales del policía responsable de haber herido a manifestantes. El alcalde Bloomberg ordenó desmantelar la acampada por “razones de higiene” (¿suena familiar?), pero ante la masiva movilización para impedirlo canceló la orden. El 1 de octubre los manifestantes marchan hacia el puente de Brooklyn, la policía los deja pasar. Es una encerrona: tienen pretexto legal para detener a centenares. Pero la torpeza policial ofrece la oportunidad de filmación espectacular para los medios que por primera vez cubren ampliamente el movimiento aun criticándolo.

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Se rompe la barrera del silencio. El movimiento entonces se extendió por todo el país. Cientos de ciudades, y numerosos barrios y calles, tienen su propia ocupación, tanto en el espacio urbano como en una web que relata la acción cotidiana y se conecta a otras webs que van tejiendo una geografía virtual y espacial del cambio de mentalidad en el país capitalista por excelencia. Un 82% en el estado de Nueva York y un 46% en todo el país apoyan las críticas del movimiento Wall Street, frente a un 34% que se opone. El movimiento va y se autoproclama de un representante del 99% de los ciudadanos en contraposición del 1% que atesora el 20% de la riqueza. Y empieza a impactar la opinión política: mientras que el 68% pide

aumentar impuestos a los ricos, el 69% piensa que los republicanos favorecen a los ricos. Como Obama aparece también como prisionero de Wall Street el efecto electoral directo es incierto, a menos que Obama haga un giro al respecto. Conforme el movimiento incrementa su popularidad y sus ocupaciones, se acentúa la represión policial, cientos de personas son detenidas en todo el país, las cargas policiales se endurecen. Acontecen hechos inéditos: el 22 de octubre ante una acción policial en Nueva York un fornido sargento de los marines de vuelta de Afganistán increpa a los policías y los acusa de deshonrar los ideales estadounidenses por atacar a sus ciudadanos. La policía no se atreve con él. El vídeo del incidente es visionado por 3

Conforme el movimiento incrementa su popularidad y sus ocupaciones, se acentúa la represión policial

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millones. De ahí surge un movimiento, Ocupar los Marines, hecho por los propios marines que invitan a dar apoyo táctico y liderazgo a los manifestantes. El 25 de octubre la policía de Oakland ataca toda la noche la acampada frente al Ayuntamiento. Un bote de humo fractura el cráneo del marine Scott Olsen, participante en la ocupación. La alcaldesa pide perdón. Las protestas se redoblan en todo EE.UU. En Nueva York una tormenta de nieve cubre la región. Unos días antes el alcalde había prohibido toda calefacción en Zuccotti Park por “razones de seguridad”. Los acampados aguantan el intenso frío con el apoyo de los vecinos del barrio y redes de solidaridad.Tras siete semanas, las ocupaciones proliferan y se refuerzan. Los bancos siguen en el punto de mira. Una joven de 22 años en Washington, Molly Katchpole, reacciona contra la imposición del Bank of America de cobrarle 5 dólares por cada utilización de tarjeta de débito, medida que iban a seguir los demás bancos. Publica su protesta en internet, en unas horas 300.000 personas se unen. Los bancos cancelan la medida, con amplia repercusión mediática. Move.Org, con 5 millones de afiliados, lanza una campaña para que la gente retire su dinero de los grandes bancos y lo deposite en cooperativas de crédito y bancos comunitarios. De la red a la calle y de ahí a la cuenta bancaria. Los ejecutivos que hace unas semanas brindaban provocadoramente con cava al paso de los manifestantes desde sus ventanas de Wall Street empiezan a esconder su identidad en público.

La inmoralidad del mundo financiero parece haber encontrado un contrapoder con el que no contaba: sus propios clientes.

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BALI The island of Gods


BALI TOURISM DEPARTMENT


Vietnam Vietnamese Food: The Ultimate Food Guide The best traditional Vietnamese dishes, from north to south Peter Jon Lindberg

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o understand Vietnam and the Vietnamese, this three-word phrase is key. A friendly greeting exchanged throughout the day, it poses a seemingly mundane question: “Have you eaten yet?” (The polite answer, even if you have, is “Why, no—let’s eat!”) Food is at the very heart of Vietnamese culture. Almost every aspect of social, devotional, and family life revolves around the procurement, preparation, and shared pleasure of nourishment. Even commercial life: more than half of Vietnam’s

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population makes a living in agriculture or the food trade. Markets are on every corner; cooks on every curb. A sneeze elicits the blessing com muoi, or “rice with salt.” On a recent train ride from Hue to Hoi An, food was everywhere in sight. At each station stop, vendors rushed up to the windows proffering homemade treats: shrimp cakes, jerky, sticky rice. One vendor came aboard and walked the aisles, selling sundried squid. (An American traveler bought one, thinking it was a decorative fan.) In the bar car the

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train conductor and his staff spent the whole ride not collecting tickets but preparing lunch: cooking noodles, shelling prawns, trimming basil into woven baskets. Follow any lane in any Vietnamese city at any time of day and you’ll find some contented soul crouched over a bowl of broth or rice. Then again, if you lived in Vietnam, you’d eat all the damn time, too. The food is beautiful to behold, if only for the colors alone: turmeric-yellow crêpes, sunset-orange crabs, scarlet-red chiles, deeppurple shrimp paste, and endless jungles of vivid green. Vietnamese cooking is fresher, healthier,

gastronomy

lighter, and brighter than, for instance, Chinese or Indian or French, three of its closest relations. Though it is often described as “honest” and “direct”—cooks resist fussy ornamentation (except in Hue; more on that later)—this is a cuisine rich with nuance, carrying a complexity that is all the more surprising for its being served in, say, a plastic bowl with a Tweety Bird logo, on a flimsy table on the pavement. Flavors and textures are deftly arranged so each note rings clear, from the piercing highs of chili paste and nuoc mam (fish sauce) to the bottomless depths of a stock that’s been burbling since dawn. These are tastes that sate, soothe, and just as often shock you awake—

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particularly the pungent greens and herbs that figure in almost every dish. After the wonder that is Vietnamese produce, the stuff back home seems like a recording of a recording of a cassette that was left out in the sun.

breakfast. Taking root in an earthy, long-simmered beef broth—shot through with clove, ginger, and star anise—the soup is filled out with rice noodles and one or more varieties of raw or cooked beef, tendon, or tripe. Southerners sprinkle fresh herbs and bean sprouts on top, but a Northern pho is generally unadorned, with only a few scallions and a bit of cilantro cooked into the broth and perhaps a squirt of rice vinegar.

The best way to tackle Hanoi is to treat the city as one vast progressive buffet

I’ve spent roughly 100 days in Hanoi over the past 12 years, and I don’t recall ever once seeing blue sky. Not that I’d have it any other way. Like London or Seattle, this is a city that becomes itself under cloud cover. During those moist, moody afternoons, when mist hangs over the streets like smoke from a cooking fire, Vietnam’s gorgeous old capital feels more intimate than it already is. Even in the heat of summer, Hanoians favor cockle-warming dishes suited to far chillier climes. The most renowned of these is Vietnam’s de facto national dish: pho bo, eaten at any time of day but especially for

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Pho Gia Truyen, on Bat Dan Street in Hanoi’s Old Quarter, doesn’t look like much from the outside—or from the inside, for that matter. The room has a clock, two fans, three bare lightbulbs, and a handful of communal tables. The only decoration is the food itself: hulking slabs of brisket suspended from hooks, a hillside of scallions on the counter, and a giant cauldron

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puffing out fragrant clouds of steam like some benevolent dragon. A cashier takes your money (about a dollar a serving), her colleague fills a bowl with noodles and chopped scallions, and a teenager with a faux-hawk ladles strips of ruby-red beef into the broth to cook for two seconds, then spoons it all into the waiting bowl. Half of Hanoi queues up for a seat, while others slurp their soup perched on motorbikes outside. All wear serious expressions, and eat in a silence that feels not joyless but reverential. The stock is so wholesome and protein-rich you feel yourself being cured of whatever might ail you, perhaps of anything that ever could. A proper restaurant culture, the sort with waitstaff and normal-size chairs, is still in its infancy here, but Vietnam has a long tradition of eating out—quite literally so. Western notions of indoors and out are reversed: at a typical Old Quarter house in Hanoi, the motorbikes are in the living room and the stove is on the sidewalk. When people here crave a particular dish, they usually visit a particular street vendor, often on a particular lane (which may even be named after said dish). The best way to tackle Hanoi is to treat the city as one vast progressive buffet, moving from the spring-roll guy to the fermented-pork lady and onward into the night. (For an exhaustive guide to Hanoi’s top street stalls, check out stickyrice. typepad.com.) Or you could make it easy and hit Quan An Ngon (locals call it simply “Ngon,” meaning delicious). The owner recruited an all-star roster of street-food vendors to cook their signature dishes in the courtyard of an old villa, added menus and table service, and watched the crowds pour in—not just foreigners but also wellheeled Vietnamese, who can’t get enough of the place. (There’s also a branch in Saigon, a.k.a Ho Chi Minh City.) The quality is excellent, the atmosphere convivial, and seats hard to come by after dark. Come for breakfast and the food is even fresher (and the cooks outnumber the patrons). Most of these dishes are traditionally served all day, so the morning menu is much the same.

gastronomy

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