Page 1


Koldgate Sin dar otro respiró Gekko saltó a la ventana y tomó una de las manos enguantadas dándole un fuerte tirón. ¡Tuc! Con el forcejeo el dardo se disparó, sin puntería fue a clavarse en el techo del cuarto sobre la larga mesa en la que discutían los oficiales y el embajador. Gekko, saliendo del armario y con su otra mano, sujetó el arma tratando de arrebatársela al asesino, quien luchaba por librarse. Becca y Walter desenvainaron sus espadas mientras los escuderos rápidamente se movieron para proteger al embajador llevándoselo a la esquina opuesta del cuarto. El escolta de Caroline entró dando un fuerte portazo con su espada lista. Gekko bloqueo un golpe que le lanzo el asesino y con un fuerte tirón porfin le arrancó la pequeña ballesta de la mano. El asesino perdió el equilibrio y cayó desde el segundo piso estrellándose de cabeza en el callejón que pasaba por detrás de la Taberna Copas y Ollas. Gekko dio media vuelta con el arma en la mano. “¡Alto allí!” gritó Walter rodeando la mesa rápidamente espada en mano. Gekko alzó las manos, sosteniendo aun la ballesta, sus ojos fijos en Caroline. Algunas gotas de sudor perlaban su frente reflejando el esfuerzo empleado en la lucha. “¡Mayor Walter!” llamó Caroline deteniéndolo y envainando su espada. “Tranquilo él está conmigo” dijo, haciendo una señal discreta a su hombre para que también enfundara su espada. Walter confundido y con su espada aun en su mano miró al joven y luego a la capitana. El embajador Bazev entre empujones apartó a los escuderos y recompuso su túnica. “¿Se puede saber que ocurre aquí?” demandó Bazev. “¿Qué fue eso? Y ¿Quién es este hombre?” preguntó señalando primero al dardo en el techo y luego a Gekko junto a la ventana. Caroline se acercó a Gekko y cuando estaba segura que él era el único que podía ver su rostro le pasó, con sus expresivos ojos, una señal de silencio al joven. Gekko permanecía con los brazos en alto cuando la capitana tomó la pequeña ballesta de su mano “¡Capitana! ¡¿Qué ocurre, todo bien?!” las voces venían del callejón. Caroline se asomó por la ventana y en el callejón sus dos hombres, quienes habían estado de guardia en la puerta de la taberna, revisaban el cuerpo sin vida del asesino.


“¡Muerto!” aseguró con un grito uno de los hombres mientras el otro seguía revisando el cuerpo. “¿Alguna pista?” preguntó la capitana desde la ventana. El otro hombre alzó una cartera y a la señal de la capitana se la lanzó. Caroline atajó la bolsa de cuero y desanudando las tiras rápidamente descubrió que contenía varias monedas de oro. Tomó una y la examinó. “¿Qué es eso?” preguntó el mayor Walter quien, aunque habiendo enfundado su espada, no le quitaba la mirada de encima a Gekko. El joven, ya no sintiéndose amenazado, había bajado los brazos pero permanecía en el mismo lugar junto a la ventana. Caroline se acercó a la larga mesa, el embajador Bazev y el mayor Walter también se acercaron. La capitana colocó la pequeña ballesta y vació el contenido de la cartera en la mesa. Las monedas se esparramaron con su típico tintineo, alguna de ellas, girando, lanzaban brillantes destellos.


“Un asesino de Gemafrost” declaró apuntando a las monedas y luego al dardo en el techo. “Si no es por mi guardaespaldas personal” dijo con confianza y señalando a Gekko detrás de ella. “Uno de nosotros estaría muerto ahora” concluyó mirando fijamente al embajador. “Es probable que haya otros” aportó Gekko, lo que le gano miradas reprobatorias tanto de Caroline como del mayor Walter. “Por Carbo y Lucien” murmuró Bazev como si maldijera su propia suerte. “Debemos regresar a Koldgate de inmediato” le dijo a su escudero parado detrás de él, éste entendió lo que debía hacer y salió rápidamente del cuarto a alistar la guardia personal del embajador. Caroline tomó esta oportunidad para ordenarles a su escolta y su “guardaespaldas personal” esperar en la calle con sus otros dos jinetes y preparar los caballos. El descubrimiento de este intento de asesinato empeoraba la situación y la capitana Becca, no habiendo olvidado su mal presentimiento, quería ponerse de regreso cuanto antes. Pero el mayor Walter no estaba satisfecho con la falta de explicaciones. Se movió para bloquear el paso de Gekko. “¿Guardaespaldas personal, eh?” lo miró de arriba abajo, midiendo al joven. “Mayor Walter” le llamó el embajador mientras colocaba las monedas de regreso en la cartera y tomaba el arma del asesino. “Solicito un escuadrón que nos escolte a mí y mis ciudadanos de regreso a Koldgate cuanto antes” el embajador tampoco había olvidado el insultante trato del que eran objetos sus ciudadanos, prisioneros en las carretas de la caravana afuera en el sendero. “¿Qué le parecerían treinta hombres?... ¿Y un guardaespaldas personal?” ofreció el mayor apretando los dientes y sin quitarle la mirada a Gekko. “Capitana Becca, haga los preparativos para escoltar a su eminencia el embajador hasta el pueblo de Koldgate en Gemafrost” Bazev miró a la capitana con despreció. Luego miró a Gekko, a quien le pareció ver un destello de respeto en los ojos del embajador. Luego de unos segundos Bazev aceptó y agradeció el ofrecimiento antes de retirarse. Caroline pensó en protestar pero Walter le lanzó una mirada recordándole quien era el superior y que esto no era una pregunta sino una orden. “Necesitaremos reaprovisionar armas mayor” dijo tratando de que esto no sonara como una excusa. En el fondo era un honesto comentario ya que necesitaban mejores armas si iban a viajar fuera del reino, en especial si iba a viajar a Gemafrost.


“Nuestra armería esta a su disposición” dijo Walter desechando cualquier otra excusa que a la capitana se le fuese a ocurrir. “A tu guardaespaldas le vendría bien una armadura” dijo cínicamente y en voz baja dando una palmada al pecho de Gekko. “Ben, condúcelos a la armería. Pronto” le ordenó a su escudero. Caroline pasó junto a Gekko y de un empujón lo puso en marcha y ambos abandonaron el cuarto detrás de Ben. Asomados por las ventanas y afuera del Copas y Ollas se había acumulado una muchedumbre de curiosos y cada uno contando su versión de los hechos. El jefe de la enfermería del fuerte y un par de soldados retiraban el cuerpo del asesino entre la muchedumbre. Entre la conmoción nadie notó a un hombre delgado que se escurría entre la gente, mientras iba mirando de reojo a los soldados que llevaban el cadáver. Por fin Caroline, Gekko y Ben encontraron a los otros tres jinetes y la capitana les pasó las órdenes. Aunque los hombres las recibieron con respeto, era evidente que no estaban contentos con el cambio de planes. Pronto llegaron otros soldados y cuando Walter emergió de la Taberna comenzaron a dispersar a la multitud, la figura del delgado hombre desapareció entre la gente. El cantinero llamo al músico a reanudar su espectáculo y en pocos minutos todos volvían a sus juegos, bebidas y comidas. La armería no estaba lejos, era un edificio a un lado del cuartel general e iba construido de la misma piedra usada en la muralla externa. Una ancha puerta de madera dejaba ver su interior, el cual era iluminado por varias antorchas. Adentro, la armería parecía una mezcla entre una gran biblioteca y una enorme tienda de bazar. A pesar del ocio y descuido que se había apoderado de todos los otros edificios de la fortaleza, el armero mantenía un establecimiento decente y un organizado inventario. Esto le permitió a Caroline y sus jinetes encontrar nuevas armaduras y armas para sus hombres en un tiempo relativamente rápido y sin la necesidad de mucha ayuda, permitiéndole al armero buscar algo apropiado para Gekko. “Pasa por acá muchacho” dijo el hombre llamado Burne con su voz ronca y profunda. Gekko siguió al hombre que era algo bajo, rechoncho y de rustico aspecto. A pesar de ser otoño, el armero sudaba profusamente y llevaba el pecho cubierto tan solo por los tirantes de su braga de trabajo, dejando ver su velludo torso y espalda, unas cuantas cicatrices también eran visibles sobre sus hombros. Gekko, sofocado, veía la lógica en esto ya que la armería servía a la vez como forja y el calor de los hornos era notable, probablemente intolerable todo una jornada de trabajo. “¿Cuál es tu especialidad?” preguntó Burne notando fácilmente que Gekko no estaba acostumbrado a usar armaduras pesadas.


“Marinero” contestó el joven con tono que sonaba más a pregunta y moviéndose incómodamente bajo una pesada armadura. “¿Marinero, dices?” dijo Burne examinando la postura y la talla de Gekko mientras le quitaba la armadura metálica. El ojo experto del ferretero no tardó en encontrar una armadura más adecuada para Gekko. Primero le coloco una camiseta corta y sin mangas hecha de anillas. “Esta te protegerá el pecho dejando tus brazos libres” le explicó. “Te será útil en combates cuerpo a cuerpo” le demostró golpeandolo con una vara de madera en el pecho y el abdomen. Gekko retrocedió con cada golpe y examinando la camisa con sus manos se aseguro de no haber recibido ningún daño. Luego Burne le consiguió una sobre-camisa de cuero reforzada con tachones de metal muy parecida a la que usaba la capitana Becca. “Esta armadura aunque ligera es capaz de resistir uno que otro ataque con flechas” dijo Burne tocando los tachones con la punta de la vara. “Pero solo si estas no son disparadas a corta distancia” le advirtió. Mirando las piernas de Gekko le parecieron que no eran lo suficientemente gruesas para poder llevar una cota de mallas, además éstas serían muy pesadas y le restarían la valiosa destreza que Gekko habían adquirido en el mar. Burne se contentó en solo añadir unas espinilleras explicándole a Gekko como, junto a sus botas, debía usarlas en combate cuerpo a cuerpo. “Estos te permitirán mantener un buen agarre del arma” dijo dándole un par de guantes de cuero que se ajustaban estrechamente a sus dedos. Luego le ajustó unos brazales de cuero curado a los antebrazos diciéndole, “Estos son útiles para combates cuerpo a cuerpo, especialmente en el caso de que alguna sorpresiva daga busque un blanco desprotegido” le demostró golpeando la vara en los protegidos antebrazos. La paciencia del armero estuvo a prueba cuando intentó domar los cabellos del joven bajo un yelmo sencillo. El anudado cabello de Gekko, que como cientos de sogas caían sobre sus hombros, no se dejaba domar bajo el casco. Resignado, el armero le dio al joven el yelmo y le dijo que tratase más tarde o que se deshiciese de esaos inútiles cabellos. Gekko examinó el yelmo y luego de unos segundos se lo devolvió diciéndole que no habría manera de que fuese a cortarse sus cabellos.


Burne entonces le consiguió un broche de bronce lo ancho suficiente para que Gekko puediese amarrar todos los cabellos detrás de su cabeza. “Al menos así no los tendrás en tu rostro” dijo el forjador resignado. Por último, y ya cuando Caroline esperaba con el resto de las provisiones afuera, Burne le colocó un cinturón con una espada mediana a la cintura. Lo examinó por última vez y recibió las gracias de Gekko al salir de la armería. “Suerte muchacho, no sabes lo que te espera” dijo el armero en voz baja “Marinos marchando a la batalla en tierra firme” agregó con pesimismo al girar en media vuelta de regreso a su forja. Al salir Gekko de la armería, Caroline lo miró sorprendida. Su nueva apariencia, una interesante combinación entre un marino y soldado lo hacía ver como un mercenario. Becca tuvo que hacer un gran esfuerzo por no demostrar su sorpresa o ningún otro sentimiento hacía el joven. Gekko dio una orgullosa vuelta completa demostrando su nueva apariencia, muy para el reproche de los


guardias quienes ofendidos lo miraban con desconfianza. Caroline se le acercó y sin quitarle la mirada de los ojos tomó la nueva espada del cinturón de Gekko y se la entregó a uno de sus guardias, los otros dos sonrieron complacidos. Caroline montó su caballo, uno de sus guardias montó el suyo mientras los otros dos conducían una carreta con las nuevas lanzas, varios carcajes con flechas, algunas espadas y nuevas armaduras para la tropa. Gekko intentó subir a la carreta pero uno de los guardias se lo impidió dándole un fuerte empujón. Los otros rieron. “Tu caminas adelante” Le ordenó la capitana. El grupo se puso en marcha hacía las puertas de la fortaleza. Al acercarse notaron que una gran muchedumbre se agolpaba en la calle hacía el sendero afuera de la fortaleza. Había una gran conmoción y Caroline tuvo que hacer uso de su cuerno para abrirse paso. ¡Tuaruuuum! Afuera estaban el embajador Bazev y el mayor Walter dando direcciones a veinte hombres con herramientas. Una mitad de estos hombres comenzó a desmantelar las carretas-prisión, removiendo los techos y los barrotes las convertían en simples carretas de transporte. Mientras, la otra mitad ajustaba grilletes a los pies de los deportados. Por su parte, los hombres de la capitana Caroline no participaban ni interferían con las labores de los otros, solo se limitaban a observar, al igual que lo hacían la gran muchedumbre que se agolpaba en las puertas de la fortaleza. Si bien esto era parte de las ordenes de Caroline, a ella aun le molestaba como todo se había salido de su control y como su autoridad era menospreciada frente a sus hombres. Caroline lanzaba miradas asesinas a Ben, el escudero de Walter. Por otro lado Bazev, sus hombres y todos los que eran testigos de lo ocurría la miraban y la juzgaban por lo que creían que era una manera barbárica y poco civilizada de tratar a estos ciudadanos del reino vecino. Caroline había caído en una trampa y ahora tenía que enfrentar la decepción de sus propios hombres, quienes en ese momento eran informados de sus nuevas órdenes. Becca dejo escapar un suspiro de resignación. Mientras Gekko, bajo la mirada de intriga de los soldados de la caravana, asistía en la distribución de las nuevas armas y armaduras a cada soldado. “¡Alto!” gritó la capitana a los hombres con las herramientas. “Esta se queda como está” ordenó avanzando junto con su guardia hacia la ultima celda, donde estaban René, Simón y la familia Olek.


Hubo un momento de tensión cuando más soldados de la caravana, ahora con nuevas armas, se aproximaron para apoyar a su capitana frente a los hombres de Walter y sus herramientas. Gekko intentó acercarse pero uno de los escoltas de Caroline se lo impidió sujetándolo por el brazo. Walter, Bazev y sus asistentes también se acercaron mientras Caroline daba órdenes de sacar a los Olek de esta celda y distribuirlos en algunos de las otras carretas modificadas. “Estos dos” dijo señalando a los Undehill “No son Gemas, son mis prisioneros” explico a Walter y Bazev. Walter examino a los prisioneros. René permanecía en una esquina su rostro oculto bajo su capuchón. Simón, no siendo el alegre y curioso acrobata de siempre, se sentaba junto a su hermano con su cabeza detrás de las rodillas escondiendo su rostro. La peculiar vestimenta de los hermanos y los inusuales ojos ovalados que Walter pudo ver en el curioso Simón cuando este arriesgo un vistazo, atrajeron la curiosidad del mayor. Como lo habían hecho antes con la curiosidad de la capitana. “¿Cuáles son sus nombres? ¿Quiénes son ustedes?” Walter interrogó a René y Simón “Ya he intentado interrogarles y no responden a ninguna de mis preguntas” interrumpió Caroline, pasándole una discreta seña con la mirada a René que la miraba de entre las sombras de su capuchón. Walter repitió las preguntas pero los Underhill permanecieron en silencio y se rehusaron a contestar. “Muy bien, los llevaremos al calabozo” dijo Walter. “Allí los haremos hablar” René sujeto el brazo de su hermano que estuvo apunto de saltar en protesta y lo obligó a mantenerse sentado y ocultar su rostro del mayor. “Eso no será posible mayor” replicó Caroline con tono respetuoso. “Éstos prisioneros fueron capturados en la provincia de Whitbay, la cual es jurisdicción del mayor Evan, le corresponde a él el destino de estos dos” justificó con solemnidad la capitana. Caroline no iba a permitir que le quitaran la oportunidad de oír la verdad de estos dos peculiares personajes. Caroline estaba segura que Walter no se atrevería a contradecir las leyes ni a enfrentar el derecho de otro mayor de Saba, menos aún frente a toda la muchedumbre que era testigo. Luego de unos segundos Walter aceptó y repitió las órdenes de la capitana de que esta carreta no sería desmantelada y la familia de Gemos, luego de colocarle los grilletes, sería reubicada en otras carretas.


Cuando ya finalizaban los preparativos para la partida de la caravana Gekko aprovechó una distracción de los escoltas y fue a la celda donde estaban los Underhill. Luego del encuentro con el mayor Walter René estaba de peor humor y Simón estaba algo desanimado porque ya no tenía la compañía de Marcelo y Alicia, los hijos de Teodore Olek. “¡Gekko! Mírate, ¿Acaso te reclutaron para el ejercito de Saba?” pregunto curioso Simón, la sonrisa en sus labios y el buen humor habían vuelto. “Un marino convertido en soldado de a pie” resopló René bajo su capuchón sin acercarse al joven. Gekko, ignorando el comentario, les explicó rápidamente lo que había ocurrido dentro de la fortaleza y en la taberna. Simón le prestaba total atención reaccionando con emoción cuando Gekko relató su encuentro con el asesino y su visita al armero mostrándoles su nuevo atuendo. “¿Y dónde esta tu espada?” pregunto René cínicamente aun sin acercarse. Gekko hizo un gesto hacia el frente de la caravana. “René” le llamó el joven “Tengo un mal presentimiento” susurró, estas palabras captaron la atención del mago. “Creo que la situación en Gemafrost es peor de lo que Teodore nos contó y sé que la capitana sospecha lo mismo” Los ojos de René brillaron verdes antes de remover su capuchón para acercarse al joven y a su hermano. “¿Qué quieres decir?” preguntó ahora interesado. Gekko le explicó lo sucedido después del encuentro con el asesino. Las nuevas ordenes del mayor Walter y el ofrecimiento de las tropas de Becca al embajador Bazev. “Creo que vamos a la guerra” dijo Gekko confirmando todas las sospechas que René tenía. “No estoy totalmente seguro, pero fíjate las armas y armadura que escogió la capitana. Son más que armas de una escolta oficial”


Los tres observaron los soldados en la retaguardia de la caravana. René ya había notado el nuevo atuendo de los guardias y las sospechas de Gekko le daban sentido a todo esto. René concluyó que ciertamente Caroline había tomado precauciones extras. René había aprendido a respetar la astucia de Caroline y quizás la capitana tendría en mente otros cambios que mantuviesen a sus tropas a salvo, y a su nación fuera de un conflicto armado. René decidió que era el momento de afianzar la amistad con Gekko y contarle lo que tenía en mente. “Escúchame” le dijo. “En la primera carreta están nuestras pertenecías, tu espada, el arco de Simón y mi bastón. Además, están nuestras mochilas y la tuya contiene algo de gran valor, no se que es y no te miento. En el Capricornio tu parecías determinado a salvar tu mochila mucho mas que salvarte a ti mismo, ese paquete es tu mas preciada posesión” René siguió explicando su plan pero la mente de Gekko se había perdido en imágenes de memorias pasadas. Una caja, la expedición, una hechicera. Las imágenes se agolpaban en su mente ferozmente y con muy poco sentido. El capitán Gabb. Un nombre. “Johanna” dijo sin darse cuenta que hablaba en voz alta


“¿Qué?” dijo René contrariado “¿Entendiste?” le preguntó apresuradamente De pronto una mano cayó sobre el hombro de Gekko obligándolo a girar y disipando todas las imágenes. Sus recuerdos se perdían en dos amarillentos ojos. Gekko se sacudió bajo la mano que estrujaba su hombro. “Aquí estas” dijo el escolta personal de Becca “La capitana y el embajador ordenan que camines al frente de la caravana ‘guardaespaldas’” le dijo, afincando un tono sarcástico en la última palabra. Gekko recibió un empujón y se puso en marcha hacia el frente de la cravana. Se esforzó en pensar en lo último que René le había dicho pero no podía acordarse de nada. Miró sobre su hombro. René movió los labios silenciosamente formando lo que parecía ser la palabra Bastón. Mientras tanto Simón hacia mímicas dibujando un bastón en el aire. Gekko asintió sabiendo lo que René necesitaba, un flash de un siniestro rostro rodeado de llamas apareció un instante en su mente. Morbus. Al frente y junto a la capitana Caroline, se había unido el embajador Bazev y su asistente, ambos a caballo. La escolta personal del embajador, cuatro lanceros a pie se distribuían a cada lado del embajador. Bazev y el escudero dedicaron una peculiar mirada a Gekko, la cual el joven supuso era de agradecimiento, el más extraño gesto de agradecimiento que jamás había visto. La capitana le ordenó tomar su puesto y sin más contratiempo dio la señal para iniciar la marcha. ¡Tuaruuuum! ¡Tuaruuuum! La caravana lentamente se puso en movimiento. El chasquido de las riendas, las ruedas de las carretas crujiendo al salir de su reposo y los caballos quejándose por tener que volver al trabajo eran los usuales sonidos que volvían a llenar el sendero mientras la caravana dejaba atrás a la Puerta del Norte. Las nuevas armaduras añadían un nuevo sonido a la caravana, el metal chocaba al ritmo de la marcha de los soldados mientras el sol de la tarde que se colaba entre los arboles las hacía brillar sobre el sendero. A poco tiempo la caravana comenzó su ascenso por la cordillera del oeste dejando el bosque atrás. Mientras seguía su viaje hacia el norte, Gekko admiraba como el paisaje cambiaba dando paso a las intrincadas montañas. El sendero bordeaba la ladera oriental de la montaña, desde allí el joven podía ver al este como se abría un gran valle, el bosque continuaba allá bajo y entre él serpenteaba un río, visible aquí y allá entre el dosel de los árboles. Muy a lo lejos, al oriente y casi en el horizonte, se


podía ver las montañas del este. Atrás, al pie de la montaña y entre el bosque, se podía ver la fortaleza de la Puerta del Norte. ¡Tuaruuuum! ¡Tuaruuuum! Caroline dio una señal y los jinetes llevaron mensajes a la retaguardia de la caravana. Adelante el sendero doblaba hacía la montaña llevando a la caravana hacia la enorme boca de una caverna. “¿Qué es eso?” preguntó Gekko admirando la gigantesca caverna. “La frontera” le contestó la capitana. “El sendero pasa bajo la montaña emergiendo al otro lado en tierras del Reino de Gemafrost” explicó. A pocos metros de la entrada de la caverna se alzaba un puesto fronterizo. La estructura de tan solo dos pisos asemejaba una versión a escala de una torre. Una escalera externa llevaba a la terraza del segundo piso que tenia una pequeña muralla con almenas. En el centro de la terraza habia una caseta con una escalera interna, la cual llevaba a las diferentes recamaras en interior del puesto fronterizo. Cinco guardias con sus insignias de venado cuidaban la entrada a la caverna. Los guardias fronterizos saludaron a la caravana e intercambiaron noticias rápidamente en privado con la capitana y sus escoltas personales. El embajador Bazev esperó pacientemente sabiendo que al otro lado del túnel el haría algo similar con los guardias del puesto fronterizo de su reino. La caravana no tardo en reanudar la marcha. El sendero bajo la montaña estaba bien iluminado por varias antorchas. Al llegar a la mitad el túnel una serie de hendiduras marcaba la frontera entre los reinos de Saba y Gemafrost. Gekko observó que de lo alto, en el techo de la caverna, colgaba una titánica reja que era sostenida por un sistema de poleas y cadenas y operado por palancas a ambos lados de la frontera. Ante su curiosa mirada uno de los escoltas de Caroline explicó a Gekko que al activar el mecanismo, mediante la secuencia correcta de las palancas, un solo hombre era capaz de cerrar el paso con la pesada reja y solo un millar de hombres serían capaces de mover las palancas para abrirla nuevamente. Gekko prometió recordar esto para explicárselo a Simón, apostando que el joven Underhill estaría admirando el sistema cuando su carreta pasase por debajo de la gran reja. El viaje bajo la montaña fue rápido y con relativo paso liero la caravana cubrió lo largo del túnel en poco tiempo. Gekko podía ver ahora la tierra del reino de Gemafrost y en general no eran muy distintas a las tierras de Saba. Al salir de debajo la montaña el sendero estaba en su altura más


elevada. De aquí el camino, en un leve descenso, iba bordeando la cordillera en su ladera este mientras allá abajo el valle aun se extendía hasta el horizonte. Pero de este lado del paso el bosque parecía mucho menos hospitalario, su frondoso dosel parecía esconder, como una bóveda, otro mundo, un mundo aislado de este mundo. Gekko podía detectar una ligera neblina que se escurría entre los árboles y como una fina sabana se posaba sobre un riachuelo que parecía evitar con cada meandro internarse en esta parte del bosque. Adelante, a varios recodos del descendiente camino se distinguía la muralla de un pueblo. Koldgate, el destino del viaje, se alzaba a lo lejos ancha, entre la montaña y el precipicio, bloqueando el paso. Al oeste el sol ya se escondía detrás de las montañas y las sombras que se alargaban sobre el sendero aumentando el contraste del ambiente. La fría brisa otoñal bajaba por la ladera y hasta los caballos se sacudían para entrar en calor. ¡Tuaruuuum! ¡Tuaruuuum! La caravana hizo otro alto, esta vez en el puesto de centinela de Gemafrost. Una pequeña bandera revoloteaba con la insignia de la corona. El icono bordado en blanco sobre un fondo azul, símbolo de las tropas leales al Principe Hugo LeVan. Pero nadie salió a recibirlos, de hecho el edificio estaba a oscuras. Caroline miró al embajador intrigada pero Bazev evitó su mirada manteniendo sus ojos en la puerta del pequeño edificio. El embajador dio una orden con un rápido murmullo y dos de sus escoltas fueron a toda carrera a investigar. En breves minutos ambos estaban de vuelta y fueron junto a su líder. Bazev, habiendo desmontado de su caballo, caminaba alejándose de la caravana mientras pedía explicaciones. Caroline podía ver que había una fuerte discusión entre él y sus soldados. Sabiendo que su jefe necesitaba privacidad, el escudero del embajador trataba de distraer la atención de Caroline describiéndole el paisaje. Gekko aprovechó la situación para ir a hablar con Teodore, quien estaba sentado en la segunda carreta con el resto de su familia. Gekko no había visto a los Olek desde que salieron de la fortaleza y con el mal presentimiento que tenía quería saber más sobre el pueblo al que se dirigían. Los soldados de Walter habían tenido la decencia de solo poner grilletes a los hombres y mujeres mayores de edad, dejando a los niños como Marcelo y Alicia libres. En su carreta, los niños Olek jugaban con otros niños tratando de imitar las piruetas que le habían visto hacer a Simón. Aunque sin lograr completar ninguna de las complicadas acrobacias parecían divertirse de lo lindo. Gekko les sonrió al acercarse y Marcelo y Alicia vinieron a saludarles brevemente antes de volver a sus juegos con sus nuevos amigos. Gekko rodeó la carreta hacia donde estaba sentado Teodore, quien tenía una cara larga y gris, con una expresión más pesimista de lo normal.


“Tienes el mismo mal presentimiento que yo, muchacho” le dijo Teodore con su fuerte acento, luego de que ambos se saludasen. “¿Qué crees que está pasando?” le preguntó Gekko haciendo una seña hacia el embajador y sus soldados. “Si los centinelas no están aquí significa que hay problemas en Koldgate y fueron llamados a cuartel” explicó el viejo pareciendo muy seguro de lo que decía. “Había un asesino allá en la fortaleza” le contó Gekko “Trató de matar al embajador” La expresión de Teodore se hundió aun mas, el viejo permaneció en silencio mirando a los niños jugar. “La guerra ha comenzado ¿Verdad? ¿Por eso los centinelas no están en su puesto?” dijo Gekko a lo que Teodore asintió ausentemente “Cuentame sobre Koldgate, descríbemela Teodore” le pidió el joven poniendo una mano sobre el hombro del viejo Olek para llamar su atención. Teodore le describió la ciudad, lo mejor que pudo.


Koldgate, más que una ciudad, era un pueblo grande de unos dos mil habitantes que había crecido bajo una muy vibrante actividad comercial. El intercambio comercial y los negocios relacionados al hospedaje y servicio de los mercaderes concentraban la totalidad de la actividad económica del pueblo. Asi, el bazar de Koldgate lo dominaban artículos de materia prima, en especial los metales como hierro, cobre, plata y oro, los cuales eran minados en las montañas de la cordillera. Madera, frutas, vegetales y algunos productos animales venían del reino de Saba. Un puerto, llamado Koldport estaba ubicado al noroeste, a menos de una hora de camino y proporcionaba una fácil ruta para la llegada de mercaderes en búsqueda de los negocios y productos que se comerciaban en el bazar de Koldgate. El pueblo estaba encerrado tras una alta muralla con tres puertas fortificadas. La puerta del Noroeste llevaba hacia Koldport y de allí al resto del norte de Gemafrost. La puerta del Noreste llevaba a las minas en la montaña, al pueblo más cercano, llamado Sleeton, que se encontraba a un día de camino y al este del reino. La puerta del Sur llevaba a la frontera con el reino de Saba y junto con la puerta del Noroeste eran las de mayor actividad. De cada puerta se extendía una calle principal y las tres se encontraban en el centro del pueblo, el bazar. El bazar era el centro activo del pueblo. Pulsante de energía era aquí donde se comerciaban todos los artículos que iban y venían a Koldgate. Alrededor del bazar se erguían los edificios oficiales, un templo y varias posadas y tabernas. El resto de los edificios en Koldgate eran almacenes, establos o residencias. El cuartel general de Koldgate asemejaba al de la Puerta de Norte en Saba, una alta torre que desde el centro del pueblo dominaba toda la ciudad. ¡Tuaruuuum! ¡Tuaruuuum! Gekko escuchaba con atención la descripción de Teodore cuando la caravana retomó la marcha. Gekko caminó junto a la carreta unos minutos más escuchando al viejo cuando sintió un fuerte tirón en su hombro. “¡¿Otra vez?!” lo volvió a sorprender el escolta y dándole empujones lo llevo al frente de la caravana. Al llegar al frente Caroline le dedicó una mirada de reproche y advertencia. Gekko respondió con una mirada queriéndole decir que no tenía que preocuparse, que él no tenía a donde ir. “A la final, soy tu “guardaespaldas”, ¿no?” murmuró Gekko mirando al frente. La capitana sonrió bajo su yelmo. Mientras tanto, el sol estaba más cerca de despedirse por esta jornada y la perezosa luna, aun una delgada línea plateada, hacía acto de presencia. Estando muy


cerca de su destino, Caroline y Bazev habían acordado viajar hasta Koldgate en lugar de acampar al anochecer. Soldados pasaron antorchas a lo largo de la caravana y ésta siguió su camino como una gigantesca oruga en llamas a través del cada vez más oscuro sendero. Allá, y aun lejos, Koldgate los esperaba, en un par de horas estarían en su puerta sur. ¡Jiiiiiiiin! El relincho de un caballo se escuchó a lo lejos, adelante pasando un recodo en el sendero. Todos los soldados se pusieron en guardia, la caravana se detuvo, la escolta del embajador Bazev se movió para proteger a su líder. Estaban oficialmente en el reino de Gemafrost, un reino al borde de una guerra civil si es que esta ya no había empezado. Dos guardias fueron ordenados a investigar y volvieron con un caballo. El animal llevaba las insignias de la Corona de Invierno bordadas en la manta bajo la silla y aunque parecía no estar herido estaba algo inquieto. Los hombres de Bazev fueron a examinar al caballo. “Un mensajero su eminencia” anunció uno de los hombres señalando la insignia de servicio junto al emblema de la Corona. “¿Y el jinete?” preguntó el embajador “¿Alguna pista?” Los hombres se encogieron de hombros. El caballo aun inquieto paseaba de un lado a otro tirando de las riendas que sujetaban los hombres. Gekko hizo el intento de acercarse cuando el escolta lo sujetó fuertemente por el hombro. Gekko miró a Caroline con la misma mirada de antes. La capitana dio una señal y el escolta, no muy gentilmente, soltó al joven. Gekko se acercó al caballo, al tratar de tranquilizarlo el animal giró bruscamente golpeando a Gekko con su costado. El joven perdió el equilibro, buscó sostenerse de la silla del caballo pero éste giró fuertemente otra vez y arrastrándolo consigo. Los soldados reían ante el espectáculo y Bazev tuvo que recordar a su escolta la situación en que se encontraban. Caroline también ordenó a los suyos a callarse y a traer a Gekko de regreso a su lugar. Cuando los hombres pusieron de pie al joven, éste sostenía un cilindro de cuero en su mano. “¡El contenedor su eminencia!” señaló uno de los hombres del embajador. “Entrégamelo muchacho” ordenó el embajador a Gekko.


Gekko vaciló y miró a la capitana. Caroline sentía natural curiosidad por leer el mensaje, pero el protocolo había cambiado, se encontraban en Gemafrost y obviamente ésta no era su jurisdicción y ese no era su mensaje. Caroline asintió y Gekko llevó el contenedor al embajador Bazev. El embajador leyó el mensaje y dio la orden de continuar la marcha. Con la caravana en movimiento, Caroline dirigió su caballo junto al del embajador. Gekko podía ver que ambos líderes discutían y en pocos minutos Caroline regresaba con una expresión de frustración cruzada en sus ojos. Gekko sabía que la capitana estaba analizando la situación con urgencia, cada paso que daban internándose en éste reino los ponía en un mayor peligro. El asesino en la taberna, la ausencia de los centinelas en el puesto fronterizo y por último, el mensaje en el caballo sin jinete. Las señales eran claras. Los ojos de Caroline demostraban el conflicto que ocupaba su mente recordando que las órdenes que había recibido en Anona eran claras. Ningún oficial de Saba debía interferir en la situación en Gemafrost y ahora, ella y treinta de sus hombres, marchaban hacia la guerra civil del reino vecino, bajo las nuevas órdenes de su superior. Gekko vio en los ojos de Caroline como la capitana llegó a una fulminante conclusión. Caroline Becca llamó a uno de sus jinetes. “Sabes lo que debes hacer” alcanzó Gekko a escuchar.


El rostro del jinete palideció por un segundo pero la confianza en su capitana rápidamente le devolvió el semblante. El hombre hizo un leal pero discreto saludo a su capitana, otro a sus compañeros jinetes y velozmente cabalgó de regreso por el sendero bajo la mirada sorprendida del resto de la caravana. En instantes su antorcha no era más que una luciérnaga en el sendero. “¿Que fue eso?” preguntó el embajador habiendo acercado su caballo al de Caroline. “El mayor Walter le ofreció mis treinta hombres a su eminencia” le recordó ausentemente Caroline Becca a Bazev. “No entiendo” vaciló el embajador “Conté mis tropas y me di cuenta que somos treinta y uno” explicó la capitana mirando a Gekko “Decidí que ese hombre debía regresar a casa” dijo tratando de ocultar el remordimiento de su garganta al ver sobre su hombro al resto de su tropa. Ellos confiaban en ella. Al ver la expresión del embajador, la imagen de la gran reja del paso bajo la montaña llenó la mente de Gekko. Inmediatamente supo que, como él, el embajador sabía el propósito de la partida de aquel jinete. Saba cerraba las puertas a Gemafrost. “Espero que lo haya pensado muy detenidamente” dijo Bazev a Caroline en voz baja y con un tono que sonó sorpresivamente compasivo. La capitana Becca, internamente sorprendida por el comentario del embajador, no respondió y, mientras Bazev volvía junto a sus hombres, Caroline esperaba haber tomado la decisión correcta. Sacudiendo la duda fuera de su cabeza se encontró a Gekko, quien caminando a su lado, no le quitaba la mirada. “Anda y da el aviso que en pocos minutos llegaremos a la puerta sur de Koldgate” le ordenó con un movimiento de la cabeza. A Gekko le tomó unos segundos reaccionar y Caroline tuvo que repetir la seña para que el joven se pusiese en marcha. Uno de los jinetes la miró con intriga. “No te preocupes, no tiene a donde ir” le dijo para tranquilizarle “En verdad, no creo que quiera ir a ningún lado” murmuró para sí mientras su mente ahora se ocupaba en tratar de descifrar al joven marino. Gekko pasó el anuncio a toda la tropa y al llegar junto a la carreta-celda de los underhill le relató lo sucedido a René y Simón. René tomó la noticia de muy mala gana retirándose a una esquina


a meditar bajo su capuchón. Por su lado Simón le preguntaba a Gekko por los Olek y si sabía algo de la comida, con una mano sobre su estomago. “Ellos están allá delante” apuntó a la segunda carreta, momentáneamente visible a doblar un recodo. “Con respecto a la comida, ya veremos cuando lleguemos al pueblo” le dijo Gekko tratando de calmar el menor de los Underhill. Gekko, antorcha en mano, caminó junto a la carreta-celda el resto del camino conversando trivialidades con Simón. Mientras René acurrucado bajo su el capuchón de su túnica seguía maquinando su plan de escape, deseando enfermizamente poder tocar su bastón. Sin contar el breve instante en el que lo usó para escapar del Capricornio, éste había sido el periodo más largo que el mago había estado separado de su bastón. Hundiendo sus dedos en ambos brazos trató de controlar su desesperación, algo difícil estando en la situación en que estaba. “Gekko, René necesita su bastón” dijo Simón preocupado en voz baja para que su hermano no lo escuchace. “Veré lo que puedo hacer” prometió Gekko. ¡Tuaruuuum! ¡Tuaruuuum! El cuerno de Caroline una vez más detuvo la caravana, esta vez en su destino final. Gekko, regresando al frente de la caravana, podía escuchar las conversaciones entre los guardias de la ciudad y el embajador Bazev. “¡Arsu! ¿pieam ak?” tronó una voz desde lo alto de la muralla donde se veía una antorcha. “Suae ar akboiodur Bazev obrom ro viarso” anunció el embajador rodeado por las antorchas de sus hombres. Se oyó una conmoción y varios pasos detrás de la puerta. Más antorchas alumbraron las almenas sobre la puerta. Se escucharon un par de órdenes y la pesada barra comenzó a moverse liberando así el cerrojo de la doble puerta. Con esfuerzo las puertas comenzaron a abrirse, cuatro guardias a cada lado mantenían posiciones de saludo mientras la caravana reanudaba su marcha internándose en la ciudad. El líder de los guardias caminaba junto al embajador, ambos intercambiando noticias en su propio dialecto. Cuando la ultima carreta, la celda de René y Simón, cruzó la arcada las pesadas puertas fueron cerradas inmediatamente. Los guardias, con esfuerzo, deslizaron la gran barra nuevamente sobre el cerrojo y se disponían a volver a sus puestos de guardia.


“Huro, ¿Cuku aksom?” dijo Simón con una sonrisa. “Eso es ‘Hola, ¿Cómo están?’” le explicó orgulloso a su hermano lo que había aprendido de Marcelo y Alicia. Los guardias se miraron sorprendidos mientras la caravana se alejaba por la avenida principal. “¡Maiur pia si!” finalmente gritó uno de ellos, los otros rompieron a carcajadas. “¿Que dijo?” preguntó René mirando, bajo las sombras de su capuchón, los edificios que decoraban los costados de la calle. “No sé, creo que algo como: ¿Más?… ¿que yo?” repitiendo las palabras en su mente “¡Mejor que tú!” acertó alegre el acróbata “Mejor que tú” repitió. “Obviamente” aceptó el mago en un tono resignado. Numerosas lámparas alumbraban la avenida principal. Gekko, y los soldados de Saba, miraban curiosos a su alrededor. La caravana se internaba por la avenida principal sur de Koldgate hacia el bazar. Gekko reconocía los detalles que le había descrito Teodore. Sin embargo, el joven no estaba seguro exactamente qué, pero algo no concordaba con lo que el viejo le había contado, la atmosfera de este pueblo no era la de un pueblo en progreso. Todo lo contrario, el aire estaba cargado de un fuerte olor a abandono y podredumbre. La mayoría de los edificios estaban en estado de deterioro y algunos de ellos parecían abandonados. La calzada se sentía mohosa y en algunas partes las botas de los soldados se atascaban en charcos pantanosos, hasta los caballos caminaban cuidando donde apoyar sus cascos. Lo que Teodore no le contó a Gekko, pues él mismo no lo sabía, es que Koldgate había sido afectada por la situación política del reino. Al igual que en la Puerta del Norte, la disminución de la actividad comercial había deteriorado, en pocos meses, la calidad de vida en Koldgate. Pero aquí, a diferencia que en la fortaleza de Saba, el cambió fue mucho más dramático. En Koldgate era la población la que sufría la poca actividad comercial de la que tanto dependían los negocios en el pueblo. El ejército de la Corona, leales al príncipe Hugo, controlaba el pueblo desde principios de año, cuando al príncipe le fue asignada, por su enfermo padre, la responsabilidad del comercio en todo el reino. Todo marchaba bien hasta que, después de la muerte del Rey LeVan, la situación política afectó el comercio tanto con Saba como con otros reinos de ultramar. En los últimos meses el cuartel general tuvo que tomar el control y expropiar algunos almacenes para evitar una revuelta entre la población. Esto había dividido a los habitantes en dos grupos, Los ortodoxos, que estaban a favor del príncipe


Hugo, la Corona y la monarquía. O los reformistas, que pedían que el pueblo fuese encargado a la teocracia del Cetro, y apoyaban a la consejera Claudia, la prima del príncipe. La caravana llegó al bazar deteniéndose frente al cuartel general y cabildo de Koldgate. La capitana Caroline ordenó a sus tropas a apagar sus antorchas, las luces del centro del pueblo eran lo suficientemente brillantes. Otros dos guardias salieron del cuartel y fueron a consultar con el embajador Bazev. Minutos después un oficial apareció en la puerta del cuartel general. Los soldados saludaron a su superior y luego de recibir la aprobación del embajador procedieron a cumplir con su tarea impartiendo órdenes a los escoltas de Bazev. “Embajador Bazev” saludó el alguacil en lengua común. “Alguacil Croton” devolvió el saludo el embajador. Ambos se acercaron estrechando las manos en un saludo. El embajador intercambiaba frases en privado con el alguacil mientras Caroline y sus oficiales ayudaban a desmontar a los prisioneros. Los soldados de Koldgate rápidamente comenzaron a remover los grilletes y a censar a los ciudadanos agrupándolos primero por familia. Siguiendo las órdenes de Caroline, sus soldados traían una pequeña ración de comida los recién llegados. René y Simón fueron dejados en su celda por órdenes de la capitana y miraban con envidia desde detrás de los barrotes. Gekko, escondiendo unos pedazos de pan y tiras de carne, logró llevarle un poco de comida a los Underhill. “¿Alguna señal del Bastón de René?” preguntó Simón atragantándose un pedazo de pan. “¡Auch!” René le había propinado un codazo por preguntar en voz alta. “Ok. ¿Nuestras cosas?” le susurró ahora Simón a Gekko, mientras miraba a su hermano abriendo los ojos con cada silaba. “¿Qué?” preguntó confundido el joven, la memoria de Gekko aun no estaba totalmente recuperada. “Ah sí, los soldados no se aparta de la carreta” dijo luego de unos segundos y apuntando con el pulgar sobre su hombro. “Ajem, No había necesidad de eso” los sorprendió la capitana. Y luego de pasar unos segundos de incomodo silencio señaló “Eso” refiriéndose a la comida robada “No había necesidad” A una orden de la capitana uno de sus soldados trajo las raciones de comida que les correspondían a los Underhill y dos tarros de fría cerveza. René hizo un cínico gesto de agradecimiento mientras que Simón, quien apenas agradeció la bebida, no paraba de comer y beber, con sorprendente voracidad.


“Ustedes tres aun me deben explicaciones” les recordó Caroline. “No entiendo, ¿Cuál es tu obsesión con nosotros? ¿Por qué no nos liberas?” le preguntó Gekko cansado de la situación y recuperándose de su sorpresa “¿Qué tan peligrosos podemos ser para ti ahora que estamos fuera de Saba?” “Eso me tiene sin cuidado. Tu sabes lo que quiero saber, ¿Cómo llegaron a la bahía en Whitbay? y ¿Cuáles eran sus intenciones en Saba?” señaló molesta Caroline con dos dedos frente al rostro de Gekko. “Además, solo porque me traería más problemas no te pongo de regreso junto a tus amigos” amenazó Caroline a Gekko. “Recuerda que aún eres mi prisionero y nada más” René comía su ración despacio y con calma, siempre calculando el momento. Simón, por su lado, devoraba el pan y la carne a punto de atragantarse. Otro soldado de Saba, siguiendo las órdenes de la capitana se acercó para montar guardia junto a la carreta-celda. Gekko, estaba molesto y evitaba la mirada de Caroline cuando observó que los soldados de la Corona, aun censando a los recién llegados, comenzaban a separar a los hombres hacia un lado y a sus familias a otro. “¿Qué está ocurriendo allá?” preguntó Gekko a Caroline, apuntando al grupo de hombres. La capitana volteó y tampoco comprendió lo que sucedía. Las mujeres suplicaban y los niños parecían no entender lo que ocurría. Mientras los hombres eran llevados en fila a lo que parecía un almacén junto al cuartel. Caroline y su escolta fueron junto al embajador con la intención de averiguar lo que ocurría. “Los hombres y jóvenes mayores de edad serán incorporados a la milicia” explicó Daniel Croton. “¿La milicia? Entonces…” pero Caroline reprimió sus palabras antes de decir algo más. “Las tropas de…” intentó explicar el embajador. “Quiero agradecerle capitana por la escolta ofrecida al embajador” interrumpió Croton al embajador Bazev. “Pero estos asuntos es mejor discutirlos en privado” dijo examinando las ventanas de los edificios aledaños y de donde algunos curiosos miraban lo que ocurría en el bazar. “Subamos al cuarto de mapas” sugirió el alguacil haciendo una seña a la capitana y su escolta en dirección hacia el interior del cuartel general. “¿Y su guardaespaldas, capitana Becca?” preguntó Bazev agarrando por sorpresa a Caroline “¿No desearía tenerlo a su lado?”


Los reflejos de Caroline evitaron que la sorpresa se reflejara en su rostro y para su suerte Gekko estaba por unírseles. El joven estaba preocupado al ver que los soldados separaban al viejo Teodore de su esposa e hijos. “¿Qué ocurre…?” intentó preguntar Gekko. “Vamos al cuarto de mapas, acompáñanos” atajó Caroline haciendo una seña para que el joven se uniese a ella, su escolta y al embajador Bazev. “Este es el alguacil Croton” le presentó. “Daniel Croton, alguacil de Koldgate” se presentó el hombre estrechando la mano de Gekko “Según el embajador, su oportuna intervención le salvo la vida” El alguacil era un hombre fuerte, llevaba su rubio cabello corto y parado como las cerdas de un cepillo. Su rostro mostraba la sombra, sin ser todavía una barba, de varios días sin afeitar. Llevaba una armadura metálica de combate pesada pero con articulaciones flexibles para montar a caballo. Un relieve en forma de la Corona del Invierno decoraba el pecho de la armadura. Un yelmo y un par de guantes, aunque ausentes en aquel momento, completaban el atuendo del alguacil Daniel Croton. El cuartel general era el edificio más alto en Koldgate. En la parte más alta del cuartel, a cuatro pisos del suelo, vigías tenían una visión que sobrepasaba los límites del pueblo. Junto a ellos estaba el campanario, con el cual podían dar la alerta de cualquier peligro que se viniese sobre Koldgate. Sobre el techo del campanario ondeaba la bandera blanquiazul de la Corona del Invierno. Daniel Croton los condujo por las escaleras al cuarto de mapas en el tercer piso. Pocos edificios en Koldgate tenían tres pisos de alto. Antes de convertirse en el cuarto de mapas, esta era la oficina del gobernador de la ciudad. Pero en los últimos meses y con el recrudecimiento de las tensiones entre el príncipe Hugo y su prima Claudia este había sido acondicionado para servir como cuarto de estrategias y tácticas del ejército de la Corona. Las ventanas en cada pared del cuarto fueron protegidas añadiendoles barrotes de metal, desde ellas el alguacil y sus oficiales podían ver toda la muralla que limitaba el pueblo. Al suelo del cuarto se le había sobrepuesto una alfombra que servía como gigantesco mapa táctico del pueblo y sus alrededores. Sobre el que era el gran escritorio del gobernador había, aparte de otros mapas, informes de scouts, reportes de espías, detalles de las tropas y estado de la milicia que defendían al pueblo. En la pared opuesta al gran escritorio había una gran chimenea, tan grande que sería fácil colocar el escritorio en lugar de las brazas. Aunque no hacía mucho frio, los restos de un gran tronco de manzano aun ardían en la chimenea, prestando más su aroma que su calor a la gran habitación. Del techo colgaba un gran candelabro, la enmarañada


estructura de metal era sostenida por una gruesísima soga y con sus infinitas velas iluminaba la gran habitación, dejando poco lugar para las sombras. Gekko admiraba la habitación, mientras el alguacil Croton presentaba a los recién llegados con las personas que se reunían en el cuarto. El mayor DeLuca, el segundo al mando conversaba con tres hombres: el capitán de infanteria, el capitán de arqueros y el capitán de caballería. Los cuatro hombres cesaron su conversación al ver a los extranjeros que acompañaban al embajador Basev. Una mujer vestida con una túnica similar a la de Bazev se acercó inmediatamente a saludar a su colega. “Tu mensaje no llegó a tiempo, Nissa” le dijo Basev luego del usual saludo. “Tu jinete fue tomado por sorpresa en el sendero” le reveló entregándole el contenedor que encontraron en la silla del caballo abandonado en el sendero. “Los eventos nos tomaron por sorpresa” se excusó Nissa lamentando la suerte del mensajero y mirando con curiosidad a Caroline, Gekko y al escolta. “¿Qué eventos?” preguntó curioso Gekko inclinándose sobre la conversación, esto le ganó una mirada de reproche de los que estaban reunidos en el cuarto de mapas, en especial de la embajadora Nissa. “¿Qieam ak aksa?” preguntó Nissa a Bazev en su dialecto. “Surdoduk da Sobo. A ér ra dabu ke qedo, im akvío srosu da okakemorka am ro Puerta del Norte” contesto Basev en voz alta para que todos escucharan. “Estamos sitiados por un ejército de rebeldes” explicó el alguacil Croton dirigiéndose a La capitana Becca. “El ejercito del Cetro no es un ejército rebelde” intercedió un hombre desde una esquina. La embajadora Nissa había estado conversando con una mujer llamada Arlen y un hombre llamado Jarri. Ambos eran representantes del pueblo ante el alguacil desde que el gobernador había sido removido de su cargo unas semanas atrás. Nissa había tratado de mediar en las intensas discusiones entre Arlen y Jarri, o entre Jarri y el mayor DeLuca, o Jarri y el alguacil Croton. En fin, entre Jarri y cualquier otro en el cuarto. Sucedía que Jarri, un recién autonombrado Reformista,

no estaba de acuerdo con la

ocupación del pueblo por el ejército de la Corona. Aunque en un principio Jarri no mostraba apoyo a la causa de Claudia de Winter, el deterioro de la calidad de vida en Koldgate y la destitución del


gobernador, todo a mano o como consecuencia de la ocupación del pueblo por las tropas de la Corona, lo acercaron a las doctrinas reformistas. Ahora, el estado de sitio que sufría Koldgate a mano del ejército del Cetro, había llevado a Jarri a hacer público su apoyo a Claudia, sus Teócratas y a la salida de Croton y sus hombres del Koldgate. Jarri no estaba solo en su postura, una buena parte del pueblo se proclamaba reformista, Jarri era visto como él líder del grupo. Esta popularidad, y los consejosde Nissa y Bazev, habían obligado al alguacil a permitir la presencia de Jarri en el cuarto de mapas, a pesar que la representante electa era la ortodoxa Arlen. Arlen apoyaba al alguacil Croton y a sus hombres. Hacía una semana, cuando las tropas del Cetro iniciaron el sitio de Koldgate, Arlen y los Ortodoxos había sugerido y activado la milicia del pueblo. Buscando así aumentar el número de hombres bajo las órdenes de Daniel Croton para hacer frente a la posible invasión. “Cierra la boca traidor” alzó la voz la ciudadana Arlen avanzando amenazadoramente sobre Jarri. “Todo este es tu culpa, tu y tus traidores espías” le señaló con el dedo.


La embajadora Nissa tuvo que interceder una vez más para evitar que Arlen se fuese encima de Jarri, quien retrocedía con rostro ofendido. “Ciudadana Arlen, pido que retracte sus palabras. Usted no tiene pruebas de sus acusaciones” reclamó Jarri con un dedo inquisidor. “El violento carácter del alguacil le envenena sus pensamientos y el de los otros Ortodoxos” DeLuca y los otros capitanes avanzaron obligando a Jarri a retroceder hacia la puerta. “Alguacil Croton, controle a sus hombres” pidió Nissa, mucho mas diplomática y tolerante que su colega Bazev, quien intencionalmente ignoraba lo que ocurría. “Si alguien debe asumir la culpa de la ocupación de Koldport son los hombres del alguacil” insistió Jarri con su rosto lavado y haciendo una leve seña de desprecio, la que cuidó de no dirigir a ninguno de los presentes en particular. “¡Insolente renacuajo!” dijo uno de los capitanes apretando los puños. “Los Teócratas solo quieren una cosa de los ciudadanos: total sumisión y entrega a la voluntad de Claudia de Winter” le increpó Arlen aun sujetada por la embajadora Nissa. “Ellos no les importan tus ideas reformistas Jarri” “Los hombres del Cetro pregonan la paz y la tolerancia, esa es la doctrina reformista. No el miedo y la violencia como el usurpador Hugo y ustedes los ortodoxos” replicó Jarri aunque pronto se arrepintió de sus palabras al verse acorralado por los otros. Gekko, Caroline y su escolta observaban, cual audiencia, la escena de aquel espectáculo que rivalizaba las grandes obras teatrales. Pero el joven presentía un final violento y obviamente desfavorable para el ciudadano Jarri. En dos pasos, sorprendiendo a todos los presentes, Gekko se interpuso frente al acorralado hombre, dándole espacio para escapar a sus adversarios. Jarri puso una mano sobre el hombro del joven para agradecerle pero Gekko la sacudió inmediatamente reprochándole el gesto, dejando claro que su intervención no era más que un gesto de honor. Jarri retrocedió. “Las acciones de la Corona han traído la desgracia a Koldgate. Y todo con el apoyo de los ortodoxos” acusó con su dedo, primero al alguacil y luego a Arlen. “Primero expropian los almacenes del pueblo, luego pierden el control del puerto, destituyen al gobernador, a quien nadie ha vuelto a ver…”


“¡Suficiente!” retumbó la voz del alguacil Croton, causando el sobresalto de todos los presentes. Instantáneamente dos guardias irrumpieron en el cuarto con sus espadas listas para el ataque. Gekko retrocedió con las manos en alto distanciándose del ciudadano Jarri. “Escolten al ciudadano fuera del cuartel” ordenó Daniel a sus hombres. Jarri sacudió la mano del guardia que intentaba sujetarlo por el hombro y avanzó hacia la puerta. El soldado fue a hacer otro intento, el cual no iba a ser tan gentil como el primero, cuando el alguacil le dio la orden de no agredir al ciudadano. “Arlen, cancela la milicia. La Corona y los ortodoxos representan nuestra destrucción. Koldgate solo puede existir si hay comercio y nadie quiere comerciar con un reino vándalo como el de Hugo. Retira a la milicia, deja que los hombres vuelvan a sus casas y expulsa a los usurpadores” dijo Jarri en un tono que mezclaba la amenaza con la sincera suplica del que añora mejores épocas. Uno de los capitanes aventó la jarra que oprimía en su mano estrellándola en el marco de la puerta obligando a Jarri a retroceder asustado. Los soldados cerraron la puerta y detrás de ella se escuchaban reclamos e insultos alejándose por las escaleras. “Sanguijuela” murmuró Arlen con voz llena de ira. “Cuando el Rey estaba vivo, la Corona trajo los mejores años de Koldgate. Él en particular disfrutaba de sus negocios en ese entonces” relataba acusadoramente la ciudadana paseando de un lado a otro como si hablase frente a una clase. “Pero su propia avaricia y la de los teócratas con su Cetro pusieron fin a la prosperidad” continuó llevándose la mano a la cabeza. “Ahora no es más que un loro pesimista que repite las malas noticias una y otra vez. ¡Y se hace llamar reformista!” “Aun tenemos peores noticias” intervino el alguacil llamando la atención de todos. “La capitana Caroline Becca tiene algo que decirnos” anunció caminando hacia su escritorio. El cuerpo de Caroline reprimió otro sobresalto. Gekko sabía que Caroline odiaba ser sorprendida y en menos de una hora, esta era la segunda vez que la acorralaban como un trofeo de caza. Le tomó tiempo en reaccionar, y es que en realidad no estaba segura a que noticia se refería el alguacil.


“¿Capitana Becca?” continuó Daniel observando que Caroline se tomaba su tiempo para hablar “¿Acaso no va a explicar la misión que le encomendó a su jinete hace unas horas en el sendero del sur?” el alguacil inclino su cabeza en dirección a Bazev. Gekko miró a Caroline pero esta evitaba, intencionalmente, la mirada del joven. El escolta se movió más cerca de su capitana ofreciendo apoyo al llevar su mano a la espada. Caroline lo calmó colocando una mano sobre su brazo de espada. “Mis órdenes eran claras y directas: ‘Cerrar el paso bajo la montaña hasta que la situación en Koldgate mejorara’… se estabilizara, quise decir” corrigió rápidamente al final. La ciudadana Arlen parecía haber recibido un golpe en el estomago y su semblante parecía abandonarla, su quijada vaciló un segundo para luego apretarse amenazadoramente. “¿Qué? ¿Cerrar la frontera? Pero… ¿Cómo?... ¿Saba nos abandona?” tartamudeo. A Gekko le pareció escuchar a la pequeña y asustada Alicia Olek en lugar de la ciudadana Arlen. “¡¿Cómo es posible, tal irresponsabilidad?!” gritó Arlen ahora desbordando de furia y alzando ambas manos. Tal fue el grito que el escolta de Caroline desenvainó a medias su espada. El brillo del metal destelló bajo las luces del gigantesco candelabro. El mayor DeLuca y sus capitanes también fueron por sus espadas. Nissa y Bazev alzaron las manos tratando de tranquilizar a los presentes. Caroline sujetó otra vez la mano de su escolta, quien pronto controló sus reflejos y enfundó su arma rápidamente. Gekko, esta vez solo, era otra vez audiencia de un teatro del cual todavía se sentía aislado. “¡Señores!” llamó el alguacil a la calma. “No hay necesidad de explicaciones. La capitana Becca solo seguía sus ordenes como todo soldado debe hacer” sentenció Daniel. “¿Explicaciones? No, no habrá necesidad de explicaciones” aceptó Arlen aun iracunda “Pero la capitana debe saber que no solo cerró las puertas a los habitantes de Gemafrost” dijo acusándola con el dedo. “No solo cerró las puertas para ellas y sus tropas, No” continuo ahora señalando al escolta y a Gekko “¡También le cerró la puerta a más de un centenar de Sabas que viven en aquí en Koldgate!” le reveló. “Vur Lucien, Qia vaka am si cumceamceo” le maldijo mirándola directamente a los ojos. “Ciudadana Arlen” le reprochó Nissa horrorizada ante la maldición “No había necesidad” El rostro de Caroline palideció aun más. Centenares de Sabas, su gente, estaban ahora atrapados en una guerra civil. Y ella era responsable. Responsable por su bienestar. Responsable por las consecuencias. Si era poco lo que entendía del dialecto de Gemafrost la maldición de Arlen fue


clara y contundente. Por Lucien, Que pese en tu conciencia. Caroline luchaba con la idea mientras, sintiéndose vulnerable, su mirada evitaba a todos los presentes. Pero sus ojos encontraron un rostro, el del embajador Bazev, el cual parecía decirle un amargo ‘Te lo dije’, recordándole el comentario que el embajador había hecho unas horas atrás en el sendero. “Aparte de esto, Bazev fue víctima de un intento de asesinato” reveló Daniel lo que llamó a los presentes a poner atención en el alguacil y olvidar, por los momentos a la capitana de Saba. “Y sabemos que el mensajero de Nissa fue interceptado, los que indica que los agentes rebeldes están operando abiertamente en esta zona” continuó el alguacil. “Es esa rata de Jarri” dijo uno de los capitanes “No entiendo porque aun permanece en libertad” opinó apoyándose con la mirada en la ciudadana Arlen, quien expresó su concordancia asintiendo con la cabeza. Ambos diplomáticos hicieron el intento por explicar esto pero Croton los detuvo. “Ya eso no tiene importancia” dijo el alguacil con tono resuelto caminando sobre el mapa con una vara en su mano “Es hora de que tomemos una decisión”


Fue ahora que Gekko admiró el detallado mapa. En él encontró que las palabras de Teodore cobraban forma y sentido. La descripción del viejo Olek le daba cierto grado de familiaridad a lo que estaba frente a sus ojos. El bazar en el centro del pueblo, el cuartel y el templo allí cerca. Las tres avenidas principales partiendo del bazar hacia cada puerta. La muralla y la avenida perimetral que corría junto a ella. Calles y callejones terminaban de armar, cual pequeña telaraña, el pueblo de Koldgate. Gekko valoró el arte de semejante mapa. Piezas, como las de un gigantesco juego de niños representaban, en táctica y estrategia, los distintos escuadrones: infantería, arqueros y caballería. Cada escuadrón en sus posiciones y en proporción al número de tropas que las conformaban. Fuera de la ciudad otras figuras, los ‘rebeldes’. Estas no eran infantería, arqueros o caballería, eran solo figuras y eran bastante más que las que representaban a los hombres Daniel Croton. “En números, los rebeldes nos superan por más del triple” señaló con la vara el alguacil a la vez que mostraba unos reportes que tenía en su otra mano. “Esta mañana se han atrevido a formar filas a plena vista frente a la muralla pero aun fuera del rango de nuestros arqueros, cortado el sendero del noroeste hacia Koldport” agregó señalando el punto en el gran mapa y confirmando con el capitán de arqueros. “El duque de Saba ha tomado su decisión y ha cerrado la frontera” añadió señalando el sur en su mapa, dijo esto sin mirar a Caroline afincando su punto de vista de que la capitana Becca no era responsable maás allá de sus ordenes. “Los rebeldes jamás superaran las murallas” dijo la ciudadana Arlen. “Quizás no tengan que hacerlo” dijo el mayor DeLuca, sus capitanes compartían esta opinión. “La comida comienza a escasear y las tropas ya han racionado su alimento por debajo de la mitad de la porción diaria” protestó uno de los capitanes “La población también debe comer” respondió Arlen sintiéndose ofendida por el comentario del capitán “¡Nosotros también nos hemos sacrificado!” le recordó alzando la voz. El alguacil se paseaba sobre el mapa mientras Nissa y Bazev calmaban a la temperamental Arlen, comprendiendo que ella probablemente nunca había estado bajo este tipo de situación. “¿Qué valor tiene este pueblo ahora que está aislado y solo?” preguntó Gekko, su voz tomando por sorpresa a todos “¿Por qué quedarse y pasar hambre y sufrimiento en este ruina de pueblo?” Las palabras del joven desencadenaron una terrible e inentendible discusión. Los presentes alzaban la voz y se señalaban acusadoramente los unos a los otros. Curiosamente nadie dirigía más


que una y otra seña a Gekko. Al parecer él no era el único que se hacia la pregunta que le había costado la destitución al gobernador unas semanas atrás. Caroline mirabaal joven con ojos asesinos y Gekko le devolvía la mirada con una expresión de inocente y honesta duda. El escolta de Caroline tomó fuertemente a Gekko por el hombro. “Idiota” le reclamó aparentando los dientes en un susurro “Sera que no puedes mantener silencio” Gekko tomó la mano del escolta y doblándola contra la muñeca liberó su hombro obligando al hombre a dar un par de pasos atrás antes de soltarle la mano. El escolta se resintió en su muñeca y vaciló. “Solo estoy diciendo que evacuen a la población y así el ejercito puede hacer mejor uso de las provisiones” le susurró apretando también los dientes pero de manera más amenazadora y colocando un dedo cerca de la mandíbula del escolta. Gekko estaba cansado del constante maltrato del escolta desde que despertó en la carreta días atrás en el sendero. Los empujones y humillaciones estaban llegando a su límite. “Ya no estamos en Saba” le recordó con un tono amenazante y sin retirar su mano frente al rostro del escolta. “¡Basta!” les ordenó Caroline en un cortante susurro sin quitar los ojos del resto de las personas que aun discutían en su dialecto. “El joven tiene algo de razón” anunció el alguacil Croton en voz lo suficientemente alta para oírse sobre la discusión. “Aun tenemos una alternativa” Todos callaron y miraron a Daniel, quien señalaba un punto en el mapa. “Hace dos semanas el gobernador desperdició la oportunidad, cuando aun controlábamos Koldport, pero el sendero de noreste hacia Sleeton aún esta libre” explicó el alguacil “Podemos evacuar a los ciudadanos hacia el este y así mis hombres, y la milicia” hizo una reverencia a la ciudadana Arlen. “Dispondrán de más recursos para enfrentar el sitio de los rebeldes” Gekko miró de reojo al escolta. “Sleeton no es un pueblo más grande que Koldgate” dijo el embajador Bazev negando con la cabeza “¿Cómo podrán alojar a los desplazados?”


“Sería temporal, de allí cada familia podría buscar nuevo rumbo” intervino el mayor DeLuca que siempre entendía rápidamente los planes de su superior “Muchos tienen familia en otros pueblos al este de Gemafrost” “Muchos no querrán partir” dijo Arlen pesimista “Luego de lo que paso con el gobernador, los que apoyan a Jarri verán esto como otro acto de usurpación de la Corona” “Además, necesitarían una escolta para el viaje” agregó la embajadora Nissa que estaba de acuerdo con lo dicho por la ciudadana Arlen. “No hay hombres disponibles en sus tropas alguacil Croton” “Nosotros proporcionaremos la escolta” anunció Caroline sorprendiendo a todos, pero mirando fija y responsablemente a Arlen. “Saba es neutral en este conflicto, ni las tropas de la Corona ni las tropas del Cetro se atreverían a atacar a una caravana con los estandartes del Venado de Aret” expuso Caroline con certeza. “La Corona jamás atacaría a civiles” dijo uno de los capitanes habiendo tomado el comentario a insulto. Arlen pareció complacida con la idea, una escolta de Saba demostraría que la Corona y los Ortodoxos tenían el apoyo del reino vecino. Daniel estrechó la mano de Caroline aceptando su ofrecimiento. “Parece que cada vez más se involucra más en nuestro asuntos” apuntó Bazev con ese tono de ‘Te lo dije’. “Lo hago por responsabilidad a los ciudadanos” justifico Caroline. “De Saba” completo Bazev. Caroline no contestó pero evitó los ojos del embajador. “¿Que haremos con los que no quieran abandonar su pueblo?” pregunto Nissa volviendo al tema. “Permanecerán aquí. Solo aquellos que quieran partir partirán con la capitana Becca” le respondió el alguacil. “¿Cuánto tiempo le tomará alistar a sus tropas para la evacuación?” preguntó a Caroline “¿De Cuántos ciudadanos estamos hablando?” pregunto la capitana.


“Contando a los Sabas, poco mas de millar y medio” calculó Arlen “Les tomaría cuatro a cinco horas empacar y unirse a la caravana” “Muy bien, mis hombres necesitan el descanso” dijo Caroline “Estaremos listos para partir justo antes del amanecer” El resto de la reunión se dedico a discutir los detalles de la evacuación, así como la ruta a seguir. Se decidió que ambos embajadores, Nissa y Basev, viajasen con la capitana Becca para servir de gestores con las autoridades de Sleeton. Arlen y Nissa se dedicaron a idear como comunicar a la población la delicada decisión de evacuar la ciudad. No sería nada fácil.

*

*

*

Varias horas habían pasado desde que los guardias fronterizos vieron pasar la caravana hacia Koldgate esa tarde. Dos turnos de guardia habían ido y venido y la luna, una delgada línea plateada en el cielo comenzaba su descenso. Los guardias de turno, subidos en su terraza de vigía hacían sus rondas cuando dos antorchas emergieron de la caseta. “Nuestro turno” anunció una voz áspera. “Muy bien” respondió aliviado otra voz entre un bostezo “Suerte, parece que viene una tormenta” dijo con una sonrisa burlona apuntando al sur donde no habían estrellas. “¡Bah! Si tus predicciones son como juegas a las cartas la lluvia esperara hasta tu turno” replicó el guardia con voz áspera causando carcajadas a los otros tres “Vamos, vayan a descansar no quiero excusas, nuestro turno ya esta corriendo” Intercambiaron antorchas y los dos guardias se retiraron hacia el edificio que servia como puesto fronterizo. “¿Enserio crees que no lloverá hasta mañana al mediodía?” pregunto el segundo guardia olfateando el aire. “No, lloverá al amanecer” anunció el de la voz áspera rascándose la barbilla. “Pero no pude resistir el comentario” los dos rieron.


De pronto se escuchó un ruido y antes de que los guardias pudiesen reaccionar dos sombras saltaron sobre ellos. La primera era de proporciones gigantescas y sus manos sujetaron al guardia de la voz áspera por el cuello y la pesada mano comenzó a cerrarle la garganta. La segunda sombra era más delgada pero, aun en la oscuridad, dejaba ver sus dientes una siniestra sonrisa. Ésta también trató de estrangular al otro guardia. Pero el soldado giró y usando su peso lo estrelló contra la pared. El atacante soltó el cuello del guardia, perdió el aliento después del golpe dejando caer su arma al suelo. El ruido de la espada al golpear el suelo de la terraza le dio animó al guardia quien, antes de desenvainar su propia arma, lanzó una patada a las costillas del delgado atacante haciéndolo rodar por el suelo. De pronto una mano envuelta en fuego apareció rodeando la caseta. “¡Fajrego!” gritó una voz junto a la mano incandescente. Una llamarada se extendió de los dedos del tercer atacante golpeando la armadura del guardia y haciéndolo retroceder. El guardia soltó su espada y continuó retrocedió hasta el dintel de la


puerta de la caseta. Entre gritos sus dedos trataban de desamarrar la caliente armadura metálica que le quemaba por debajo de su camisa. “¡Davenport!” llamó la delgada figura con voz ahogada sosteniéndose un costado y señalando al guardia. El corpulento hombre soltó al otro guardia, el cual cayó al suelo inconsciente. Rápidamente se abalanzó sobre el otro soldado asestándole un golpe fulminante en el rostro. El guardia rodó por las escaleras, el ruido de su armadura alertó a los otros tres que dormían en sus alcobas. “Vámonos de aquí” dijo Jamal tomando a Morbus por debajo de los brazos. Terrel Davenport y Jamal bajaron rápidamente por la escalera externa y corrieron en dirección de la caverna. ¡Tuaruuuum! ¡Tuaruuuum! “¡Alto allí!” gritaban tres jinetes que cabalgaban a toda velocidad persiguiendo a los tres hombres. Morbus Tarkis, el nuevo capitán del Capricornio, se recuperaba de la patada a sus costillas y ahora corría junto a sus compañeros, Tarrel y Jamal, sin su ayuda. Entraron a la iluminada caverna a toda velocidad. Los caballos cubrieron la distancia en pocos segundos. El enorme Davenport se detuvo y volteó a enfrentar a su perseguidor, por su parte Tarkis y Jamal continuaban la carrera hacia la frontera. El jinete lanzó una red sobre Davenport pero éste la atrapó en pleno vuelo y aplicó un fuerte tirón. El caballo se detuvo bruscamente levantándose en sus patas traseras mandando a su jinete al suelo. Terrel haló la red arrastrando al jinete, quien luchaba por ponerse de pie. Con un fuerte golpe, Terrel dislocó la mandíbula del guardia poniéndolo fuera de combate, sin perder tiempo soltó la red y retomó su carrera viendo a los otros dos jinetes rodear a sus compañeros. Jamal y Morbus estaban espalda con espalda rodeados por los otros dos jinetes. Morbus con su espada hacía arcos manteniendo los caballos a distancia Jamal hacía lo mismo con su bastón. Entonces Jamal le susurró algo a Morbus, quien rápidamente cubrió sus ojos. “¡Lumo!” gritó Jamal apuntando su bastón a los jinetes. Davenport detuvo su carrera al ver a lo lejos un cegador destello proveniente del bastón de su compañero. Tuvo que parpadear varias veces para recuperar la visión y encontrarse que los otros dos


caballos corrían despavoridos en su dirección. Tuvo que hacerse a un lado para dejarlos pasar y al voltear reconoció la figura de Morbus y Jamal que ponían punto final a sus perseguidores. “Bueno, no fue tan sencillo como pensaste, capitán” dijo Terrel al alcanzar a sus compañeros, los tres recuperando el aliento después de la carrera. “Nada sencillo vale la pena Sr. Davenport” dijo Morbus examinando el moretón que tenía en sus costillas. “Allá está la frontera” señalo Jamal. Se pusieron en marcha cuando escucharon el eco de otros cascos de caballo. Instintivamente se aplastaron contra las paredes de la caverna, escondiéndose y tratando de determinar de dónde venía el animal. Enseguida vieron una figura que venía a todo galope, antorcha en mano desde Gemafrost. El jinete cruzó la frontera, desmontó frente a un sistema de palancas y comenzó a trabajar. “¡No!” dijo Jamal su eco viajando por la caverna y empezando nuevamente a correr en dirección hacia aquel jinete. Morbus y Terrel lo siguieron sin entender lo que ocurría. Por su parte el hombre que había escuchado la voz de Jamal trabajaba con premura sospechando que tres hombres, uno de ellos el doble de corpulento que ningún otro, no tendrían ningunas buenas intenciones para con él. La reja se estremeció lanzando un metálico eco por la caverna ¡Clank! La reja se estremeció lanzando otro eco por la caverna. ¡Clank! ¡Clank! Las palancas liberaban el oxidado mecanismo y la reja se sacudía en sus soportes, pero aun do descendía. El jinete desesperado daba patadas a una tercera palanca. Fue cuando los otros tres se dieron cuenta que del hombro derecho del jinete se proyectaba algo parecido a una flecha. Jamal apresuro la marcha. “¡Hay que detenerlo!” gritó el mago a sus compañeros señalando la reja y sin detener la carrera.


Un puñal voló por los aires cogiendo al jinete justo por debajo del hombro, allí donde la armadura es más débil. El jinete se tambaleó, el puñal no había penetrado mucho, la herida era suficiente para drenar las pocas energías que la flecha, atascada en el otro hombro hacia varias horas, le había dejado. Pasos separaban a Jamal del jinete cuando este se desplomó, sin vida, sobre la tercera palanca. ¡Clank! ¡Clank! ¡Clank! ¡KANK! La reja se precipitó al suelo levantando una polvareda y lanzando un eco que retumbó en el pecho de los tres hombres y en las paredes de la caverna. Las antorchas vacilaron. El paso bajo la montaña estaba cerrado y se necesitarían un millar de hombres, o un centenar de hombres de la talla de Terrel Davenport para volverla a abrir. Cuando el polvo se disipó los tres hombres sacudieron sus ropas entre ahogados tosidos. Morbus, agachándose junto al jinete, retiró su puñal del cuerpo sin vida. La limpió en la montura del caballo y fue a examinar la reja junto a Jamal. Por su parte Terrel examinaba el cuerpo del jinete y la flecha que perforó su hombro. “Lastima, nada como un verdadero guerrero” admitió limpiándose las manos en la túnica del jinete y luego fue a examinar el mecanismo que levantaría las puertas otra vez. “Imposible” dijo resignado, poniendo su mano sobre una de las palancas. “¿Qué piensa Sr Jamal?” preguntó el capitán Morbus aun pasando su mano por las costillas. “¿Qué tan importante es el objeto que tiene el joven Demian?” preguntó retóricamente Jamal que solo quería recordarle a su capitán que tan importante era la misión. “Solo hay una forma de cruzar” dijo sabiendo que Morbus conocía la alternativa. “Sr Davenport” llamó Morbus a su segundo al mando. Terrel se acercó a los otros dos, parándose al otro lado de Jamal tronó sus dedos. El mago comenzó a mover su bastón haciendo círculos entre ellos t la gran reja. “Pordo de akvo” dijo lentamente y con voz solemne. El círculo comenzó a vibrar y lentamente parecía que contenía a todo lo que estaba al otro lado de la reja en una burbuja de agua. Vibrante y distorsionada, la imagen parecía estar acercándose a ellos. Jamal dio una señal y los tres hombres dieron un paso internándose en la flotante burbuja


líquida. En un instante los tres desparecieron y el círculo se deslizó atravesando la gran reja. Tan rápido como habían desaparecido, los tres hombres reaparecieron rodando por el suelo, emparamados en agua, tratando de recuperar el aliento. “Od… Odio… Odio atravesar cosas” dijo ahogado Terrel apoyándose en sus rodillas y manos. Jamal yacía boca arriba totalmente agotado e inmóvil. Mientras Tarkis trataba de enfocar sus ojos en una figura que se acercaba por el sendero. El capitán trato de llamar la atención de Terrel y desenvainar su espada pero sus fuerzas le fallaban y se dejó caer sobre un costado, resintiendo sus costillas. “Tranquilos mis señores” siseo la voz del delgado hombre que se aproximaba. “Es de mi parecer que todos estamos del mismo lado” dijo mirando la reja “Literal y figurativamente hablando” agregó orgulloso con su elocuencia. Sentándose junto al desvanecido capitán, dejó su arco y su carcaj frente a él. “Bienvenidos a Gemafrost, mi nombre es Carlos Moz” se presentó tomando la inanimada mano del capitán. “Exactamente” dijo al descubrir el tatuaje en forma de araña. El cansado cuerpo de Morbus comenzaba a recuperarse. Abriendo un solo ojo, su ceja se frunció en confusión.

Episodio 4  

Los reflejos de Gekko los colocan en una nueva situación