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SUMARIO

Portada Título: Catrina. Autor: Xavier Loquesea. Modelo: Maribel Sánchez.

Narrativa Dos cuartos de baño (arriba y abajo) al aire. En un viejo café. Despedida. León. Claro que si. Tarde para remordimientos.

Pag. 4. Pag. 4. Pag. 6. Pag. 8. Pag.12. Pag.13.

Pasatiempo Crucigrama de un domingo lluvioso de mayo.

Pag. 10.

Contraportada Haiku de Sara Elena Mendoza Ortega. Ilustración de Daniel Garralón.

Revista Zoque

ISSN 2011071400485

Mitad doble ediciones

Deposito legal:

Impreso en Copyrap

MA 1370-2011

©De los autores

colaboraciones a:

www.mitaddoble.com

zoque@mitaddoble.com

Dirección: Gabriel Vargas Zapata Ayudante de dirección: Augusto López Dirección de arte: Daniel Garralón

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Dos cuartos de baño (arriba y abajo) al aire Es la calle Carretería. Es una casa en ruinas, el esqueleto de una casa ya casi sin paredes. Dos cuartos de baño (arriba y abajo) al aire dan a la calle. El alicatado. Uno de ellos con su soporte para el papel higiénico, el otro con un termo muy pequeño lo que significa baños rápidos. Esa intimidad del aseo hoy visible en medio de la calle. Esas personas que seguramente ya no viven, que arreglaron lo mejor que pudieron sus cuartos de baño y cada día cerraban la puerta en la rutina, imágenes que cuando el esqueleto sea demolido quizá sólo queden en los allegados más jóvenes que los vieron entre esas paredes. Nuestro cariño hoy no existe. Sólo dentro de mí, ya dudo que dentro de ti. Y me siento como el aseo del termo pequeño, hecha un pasmarote, guardando cosas de otra época sin esperanza. Por Lidia Martín.

En un viejo café Volveremos a encontrarnos, quizás dentro de veinte o treinta años, será por casualidad en un viejo café. Yo estaré sentada en una pequeña mesa de un rincón y tú, al verme, te sentarás frente a mí. Tomaremos café con amaretto mirándonos a los ojos, sonriéndonos con complicidad. Tú llevarás ese destartalado traje a medio poner, yo vestiré mis labios de color carmín. Los viejos hábitos nunca cambian. Quizás me hables de como te ha ido todo en tanto tiempo, de como han crecido tus hijos, que el

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mayor a veces aún me recuerda sin saber por qué o quién soy, tal vez sin saber siquiera lo que signifiqué en su vida. Sonrío mientras me cuentas tus logros y los de los tuyos. Me cuentas también, con tu voz más canalla, cuantas otras han estado al abrigo de tus brazos durante estos años sin dejarte huella, para luego añadir en voz baja y con aún una media sonrisa que sólo yo lo hice. Te miraré a los ojos sin responder a tu provocación y entre risas te contaré de mis pequeños triunfos personales, cuando empecé a respirar sin que me doliera cada


célula, y como noté que mi corazón volvía a latir por amor más rápido de lo que recordaba. Entonces tus ojos se nublan de tristeza y tus dedos se crispan al bordillo de la mesa. Mi voz romperá el silencio instalado entre nosotros, diciendo aquello que nunca esperaste oír de mi: “Nunca hubiera llegado a ser lo que necesitabas. Lo que pasó fue lo mejor. Ahora ya no hay rencor entre nosotros.” Casi escucharemos la muerte de aquella esperanza de recobrar lo que una vez nació entre nosotros, ese extraño sentimiento que nos llenaba de tanto que es difícil dejar de recordarlo a cada instante. Te veré llorar, distinto a otras veces, el llanto contenido, silencioso, lento. Alguna lágrima resbalará por mi mejilla. Realmente detesto herirte pero es inevitable. Tras un rato me dirás que todo está bien, que ya te lo imaginabas, que ahora es menos difícil

hablar conmigo. Yo te sonreiré cálidamente. Volveremos a encontrarnos, quizás dentro de veinte o treinta años, quizás mañana. Será en un viejo café. Como siempre por casualidad. Yo estaré sentada en una pequeña mesa de un rincón y tú, al verme, te sentaras frente a mí. Levantaré la vista lentamente para verte y guardare tu imagen un poco más en mi retina, me iré hacia la puerta parando sólo para darte un beso de despedida. Lo mejor es olvidarnos. Por Malu Porras.

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Despedida Hoy es primavera en mi cerebro, las guirnaldas de flores se abren entre mis pensamientos girando en los colores del arco iris, suspiro lentamente cobijando sentimientos que pulsan por salir, me impregno de aromas, dulces gardenias que se abren por entre los vacíos de mis silencios, ¿quién soy yo? Me pregunto, mientras las rosas se van abriendo por los surcos de mi frente. Estoy sudando, abriendo la portezuela confusa de mi alma, no sé si deliro. Ayer estuve en cama y vino el médico; si, ahora recuerdo, me tomó el pulso y me

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auscultó. Luego se fue por la pared de mi habitación, andaba cuesta arriba, sembrando los tabiques de jazmines, ¿no serían madreperlas? Estoy cansado, no tengo voz, oigo el vacío del silencio que se asoma nostálgico. ¡Allí está! Me mira, no lo entiendo, habla otro idioma, me está guiñando, si no fuera porque estoy cogido a los cables de mi cama. Ya sé que me ocurre, estoy en la prisión de mis sueños, vuelan y vuelan como pájaros, se me escapan, los veo rodar desde el tejado de mis pensamientos, ¡como caen!, son gotas, perlas de agua que tiemblan. ¡Qué tonto estoy! Estoy dormido. Hasta tengo cerrado los ojos. Me agarran estas hojas de hiedra que escalan el horizonte. Ay, aquí viene él, se encinta las manos con bellos narcisos. Me destapa, ¡siento frío! ¿Qué buscas? No ves que estoy quieto, ¡estoy bien como estoy! ¡menos mal! Se va, abraza mi colorida mente, estoy lleno de flores ¡Qué curioso! Se despide. ¿Donde estoy? ¡Mamá! ¡Papá! No me oyen, están ahí, sentados y me miran. ¡Soy Javier! ¡Oídme! ¡Estoy aquí! ¡Qué dicen! Ahí está mi vecina habla con mi madre ¡Pobre Javier! Quien iba a pensarlo, ¡tan joven! Aunque la


muerte es fea, ¡que bonita esta la habitación!, ¡tan llena de flores! Tan perfumada... Ahí está Rosario, viene desgarrada la pobre, ver morir a un hijo es muy duro, y más de repente. El que era tan tierno, tan sensible, tan guapo, tan zalamero. Ay, ¿por qué tienen que ocurrir estas cosas? Me acuerdo de pequeño, tan responsable, tan solícito. Jugaba con mi niño y era tan encantador, tan desprendido. ¡Cómo es la vida! Ayer tan bien y hoy... Mi Sergio, cuando vuelva, como lo va a pasar, eran tan amigos. Ya está ahí Fuensanta, viene mirándolo todo, ni tan siquiera hoy es capaz de dejar de fisgonear. ¡Qué mujer! Aunque hoy se la ve sentida, tiene

hasta los ojos opacos, ¿habrá llorado? Tal vez, ella quería mucho a este niño, a este ángel diría yo. Siempre atendiendo a todos, tan solidario... Fuensanta si que tiene que agradecerle, el la sacó del apuro, cuando estaba a punto de perder el trabajo su marido, ese sinvergüenza que solo vive para beber, tan borracho. Si, allí está, no era para menos, ellos han recibido mucho. Voy a ver a Rosario, parece que está sola. Me he acercado, y ya se ha puesto a llorar. Me pregunta por Sergio, el tono de su voz es muy bajo, creo que no sabe lo que ocurre. Está ausente, como ida. Ahora lo mira embelesada, también su marido. Parece que le hablan, Javier ni se inmuta, ¡que pena! Por María José Abad. Fotografías de Nacho Mayorga.

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León León tenía hambre. Sentado sobre las patas traseras, inmóvil, con la cabeza muy alta, las orejas peludas cayendo a plomo y la mirada fija en el sofá, esperaba una señal que abaratara la vigilancia. Expectante, reclamaba en silencio un chasquido, una voz, un signo que le permitiera abandonar la tensión que oprimía su cuerpo. León, un chucho pequeño, de pelo marrón, ojos saltones y hocico afilado, no tenía nada de feroz ni de salvaje. Era un perro delicado, habituado a carantoñas y palabras melifluas; un animal de costumbres que ansiaba dar el paseo diario y, sobre todo, comer. Sin un asomo de flaqueza, erguido, como si nada en el universo tuviera trascendencia, como si sólo existiera aquél sofá inerte y el recuerdo empalagoso de la carne, León reprimía su inquietud.

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La tarde anunciaba la hora de la salida, creando claroscuros por toda la habitación, mientras Saúl, recostado en el asiento, parecía no reparar en la presencia del perro. Con los ojos entrecerrados, el hombre pensaba que a su edad todo eran achaques, y, enmudecido, se lamentaba de un fuerte dolor en el brazo izquierdo. Un dolor que comenzó de repente; primero fue un cosquilleo entre los dedos; después ascendió, lento e inexorable, transformando el hormigueo en una punzada que agarrotaba las articulaciones y compungía el rostro del anciano. Saúl debía pasear a León, aunque sólo fuera una vuelta alrededor del bloque de apartamentos: un edificio alto, de dieciséis plantas, de color pardo y gris, a cinco minutos de Central Park. Pero, la idea de salir le removía el ánimo.


El sufrimiento que le provocaba el brazo le tenía casi paralizado. —Hoy me quedaría en casa— musitó—. Si no fuera por ti… El tono de voz, apenas audible, fue suficiente para que León desatara toda la tensión contenida. Meneando la cola corrió hacia los pies de su dueño, dando saltos y cabriolas, girando sobre sí mismo, emitiendo pequeños ladridos, con los ojos fuera de las órbitas. Como cada día quería orinar, estirar las patas por el Parque, defecar en cualquier esquina y, sobre todo, superando las demás necesidades, comer una gran porción de deliciosa carne. Saúl tenía razón: si no fuera por el perro apenas pisaría la calle. Sólo acudiría al supermercado para realizar las pequeñas compras que necesitaba. El apartamento, en la decimocuarta planta, permanecería cerrado, hermético, sin que le alcanzara una voz o un sonido del exterior; sin nada que perturbara la ascética morada desprovista de teléfono y televisión, con escasos muebles y paredes blancas huérfanas de cuadros. Tras la muerte de Jacob el hombre dejó de asistir a la Sinagoga. Días, semanas enteras, Saúl quedaba recluido en la austera vivienda, sentado frente a la ventana, manoseando viejos libros que sus ojos cansados ya no podían leer. Sin relacionarse con

los vecinos, sin familia, sin amigos, se aisló del mundo. Nadie llamaba a su puerta. Olvidado, enjuto y cadavérico, tan solo existía para el perro que ahora saltaba a sus pies; un gozque sin raza, que encontró, astroso y humillado, con paso vacilante y mugriento; que, sencillamente, acogió y que le obligaba a bajar y tomar el aire fresco una vez al día. —No puedo… ¡No puedo!— repitió, intentando incorporarse en el sofá. Los ojos fúnebres del viejo se posaron en el animal. El dolor había crecido, haciéndose más fuerte, más intenso. Ya no podía moverse. —¿Quién se ocupará de ti?preguntó sin esperar respuesta. El chucho pareció entender las palabras de su amo: dejó de saltar y de nuevo se paró a contemplar al anciano. En su último aliento, Saúl vio un destello cruel en los ojos del perro; un brillo malicioso, hambriento. El paseo se había truncado, pero nada iba a impedirle a León un festín de carne y vísceras. Por Juan José L. Gallego.

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Crucigrama de un domingo lluvioso de mayo Horizontales 1.-Punto discutido. Origen de la leche. Señor francés. Tierra de Toros. 2.-Partido provincialista vasco. Incertidumbre ante la existencia de varios mensajes de los cuales solo se va a recibir uno. Identificación para los impuestos. 3.-Las primeras. Letra con la que se suple un número que no se puede expresar. Símbolo o emblema. 4.-Abundancia excesiva. Dios del foie-gras. 5.-Empate. Callejón sin salida. Película erótica. Ánimo. Tau. 6.-Segovia. No. Duerme, tiene relaciones sexuales y está enterrado. Río africano. 7.-Yo en Marruecos. Engordo. Fideicomiso. Famosa actriz española. 8.-Coche de lujo. Unidad de destino en lo universal. En Chile, persona que presume de fina o elegante. Electrónico. 9.-Quinta. Veneno o angustia. Asociación de antiguos trompetistas. Tratamiento de cortesía 10.-Demasiado buena. Novedad. 11.-Alcalde corrupto. Aleph. Baile en forma de cruz. 12.-Componente de la atmósfera. Muda. Cena ligera. Nada. 13.-Explicación de una cosa. Uranio. Voz de mando. Redonda. 14.-Soborna. Nota musical. Descendiente de europeo nacido en América. 15.-Antigua ciudad japonesa. En Argentina, persona pendenciera y afectada en sus maneras y vestir.

Verticales 1-Chulos. Látigo recio de jinete. 2- Derogar una ley o código. Países asociados. En Alemania une. 3-Elige. Vuelve a elegir. Zorro puesto de lado. Pequeña cobertura. 4-Adorado en Lisboa. Demonio japonés. El ruso lo acepta. 5-Derecha chilena. Actriz que mató a Bill. Los que están ahí. Cien. 6-Extraterrestre. Ropa de Amancio. Tercera. Infundo. 7-Palabra incomprensible. Anillo. Iniciales de continente. 8-Mozo que ayuda al picador. Parte de un edificio. Madre de insultado.

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9-Partido gobernante comestible. Antes de la universidad. Inicial de patriarca. El primer zoológico. 10-Aseguradora gigante. Conozco. Enseñanza oriental. Boomerang. República socialista. 11-Famoso teatro de Madrid. Coche italiano. Uno. Trasladarse. 12-Letra embarazada. Incondicionalmente cierto. Grito skinhead. 13-Ensucio. Baile, en forma de cruz. Litio. 14-Muestras tu alegría. Letra sin dios ni amo. No lo tiene. Cada una de las relingas de caída en las velas redondas. 15-De inglés. Conjunto de ruinas de un pueblo, habitación ruinosa y destartalada. Tres planetas. 1

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Claro que si Él le preguntó a que si le quería, a ella esa pregunta le descolocó, estaban teniendo una larga conversación, una conversación simple, sobre música, en la que esa pregunta no tenía sentido. Después de veinte años juntos, que motivo puede haber para pensar otra cosa, lo he vivido todo contigo. —Ya, pero entonces, ¿me quieres? —A estas alturas, nos ha pasado de todo, puedes pensar a veces que no, puedes pensar que sí, tengo claro lo que siento. Tú también sabes lo que sientes. No hay más. —De verdad ¿me quieres? Aún me has contestado —Claro que sí. El se quedó en silencio junto a ella, hasta que horas después se durmió en el sofá abrazado a ella, le encantaba dormirse apoyando la cabeza en su pecho, abrazado a ella. Para ella ese era el mejor momento del día. Lo acunaba como a un niño. Le besaba y acariciaba el pelo. Ella lo adoraba, desde el primer día, lo quiso. Sabía que sólo junto a él acabaría sus días. Lo acompañó en todo, en sus idas y venidas, en sus enfados, en sus celos. En su mundo inventado.

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En sus historias de espías. En sus desplantes. En sus abrazos. En su amor egoísta. Jamás una pregunta le había generado tantas dudas. Lo acompañó a su habitación, lo dejó acomodado en su cama, se recostó junto a él sin dejar de mirarlo durante mucho rato. Le besó y mientras el dormía, le preguntó, “¿alguna vez me quisiste?” Salió al pasillo y se despidió del personal del turno de noche, sin poder evitar las lágrimas en sus ojos. Llevaba cinco años visitándolo en el centro psiquiátrico cada día. Desayunando en aquel jardín, cenando en aquella sala, a veces dudaba de pertenecer aún al mundo de los cuerdos. Esa noche, toda su vida pasó ante ella. Ya jamás volvería. Por Carmen Ramos. Ilustrración de Alex Ríos.


Tarde para remordimientos La cama estaba recién hecha, los dormitorios despedían un tenue olor a canela y sándalo, sobre sus cabezas estaba la duda acechadora, embriagante y cegadora como la luz del mediodía. En sus manos estaba el vacío de quien no sabe qué hacer, quien se pierde en la nostalgia y no encuentra nada más que recuerdos y reminiscencias de algún hecho del pasado. En aquel cuarto las ventanas se habían cerrado para siempre para toda la vida, la luz del sol nunca más tocaría aquellos delicados y grises recovecos en donde, hace meses, se fundían entre sí dos almas sedientas de ternura, el ambiente de aquella recamara estaba impregnado de algo difícil de soportar, era como esos lugares en donde se te enfrían las ganas y el miedo empieza a tocar, desesperadamente, las puertas del alma. Así era. Y así lo encontré. Con los brazos cruzados a la altura del pecho, la mirada absorta como la de un niño perdido, los ojos aguados como un vaso a punto de desbordarse y las manos temblorosas como quien padece de parkinson. ─¿Qué sucedió?-le pregunté. ─Se fue. Se marchó sin decirme a dónde-contestó con voz entrecortada. ─No te preocupes, ¡volverá!─ le exclamé, haciendo un esfuerzo por creérmelo yo también. ─Se ha ido y esta vez es para siempre. ¡No hay esperanzas!─ sus ojos empezaron a desbordarse. ─¿Por qué lo sabes? ¿Qué pasó?─ pregunté de forma desesperada. Entonces mi amigo señaló hacía la ventana. ─Mira hacia abajo, no te asustes─ fue todo lo que dijo, entonces cerró los ojos hinchados de pena y llanto. Aquella escena quedó grabada para el resto de mi vida. Los policías corriendo con sus radios en las manos que utilizaban para comunicar algo inentendible para mí que estaba a 8 pisos de altura, las cintas amarillas puestas a su alrededor, el contexto abarrotado de periodistas y los curiosos haciendo un intento de reconocer a un cuerpo que había quedado irreconocible. La sangre; aquella escandalosa sangre que circulaba macabramente hasta casi un metro de distancia del cuerpo y el celular que, irónicamente, sobrevivió al golpe. Sonaba, sonaba y sonaba… pasaban unos segundos

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y volvía a sonar. ¿Para qué? Ya había tomado la decisión, todo ese teatro verdadero era sólo un plan para salir victoriosa del dolor que se le avecinaba. A sus 25 años, Elissa jamás pensó que en su propio cuerpo se estuviese gestando su misma muerte, como el enemigo que tenemos en casa que le damos comida, alojamiento y hasta cariño ignorando que en un futuro no muy lejano él representará nuestra perdición, ella no sabía absolutamente nada y entonces cuando el médico le dio la amarga noticia se fue directamente al escenario de su última obra, esa que nunca había ensayado antes y allí, desde el octavo piso de su apartamento, se lanzó al vacío, como se lanza la basura hacía los huecos, como se lanza una piedra hacía los abismos y como se lanza un alma hacía la perdición. Y en medio del descenso hacía su muerte, Elissa sintió ganas de arrepentirse, pero ya era demasiado tarde para remordimientos de última hora, ya veía la muerte de cerca y reconocía su rostro, su olor, su calor y su frío. Elissa murió ipso facto. Por Daniel Nieves.

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Revista literaria de distribución gratuita. Editada en Málaga (España) por Mitad doble ediciones.

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