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Stephen King

El ciclo del hombre lobo

Se aproximaba ya el final de año; el oscuro y férreo mes de noviembre había llegado a Tarker's Mills. En la calle Mayor estaba teniendo lugar un extraño éxodo. El reverendo Lester Lowe observaba lo que sucedía desde la puerta de la rectoría baptista. Había salido para recoger su correspondencia y había encontrado en el buzón seis circulares y una única carta que mantenía en las manos mientras observaba la fila de camionetas polvorientas, Ford, Chevrolet e International Harvester, que se abría camino para salir de la ciudad. Las nevadas se aproximaban, había dicho el hombre del tiempo, pero aquellos que se iban no eran gentes que abandonaran el pueblo antes de la llegada de las tormentas en busca de climas más cálidos; no, la gente no viaja hacia las doradas playas de Florida o California con cazadora de cuero, cartucheras y la escopeta al lado, con los perros en el asiento de atrás. Era el cuarto día que aquellos hombres, dirigidos por Elmer Zinneman y su hermano Pete, se habían puesto en marcha con perros y escopetas y una buena cantidad de cajas de seis latas de cerveza. La expedición había empezado a salir a medida que se acercaba la luna llena. Había pasado la época de la caza menor y de la caza mayor también, pero seguía abierta la temporada de caza de los hombres-lobo, y la mayoría de aquellos hombres, tras la máscara de sus rostros severos y pretendidamente justos, se lo estaban pasando muy bien. Como el entrenador Coslaw podría haber dicho, ¡con toda razón, maldita sea! Algunos de los hombres, el reverendo Lowe lo sabía, no hacían otra cosa que divertirse y armar jarana. Aquello les ofrecía una oportunidad de salir al bosque, beber cerveza, orinar en los barrancos, contar chistes sobre polacos, boches y negros y disparar a las ardillas y las cornejas. "Son auténticos animales -pensó Lowe, y su mano fue inconscientemente al parche que llevaba sobre el ojo desde el mes de julio-. Lo más seguro es que unos se maten a otros. Tienen suerte de que no les haya pasado todavía." El último de los vehículos se había perdido de vista ya, al otro lado de la colina que daba su nombre a Tarker's Mills, haciendo sonar su claxon y los ladridos de los perros en la parte trasera de las camionetas. Sí; verdaderamente algunos de los hombres sólo iban en busca de jarana, pero otros, como Elmer y Pete Zinneman, por ejemplo, estaban mortalmente serios. "Si esa criatura, hombre, bestia o lo que quiera que sea se va de caza este mes, los perros le seguirán el rastro -había oído decir a Elmer en la barbería, apenas hacía dos semanas-. Y si ese hombre o animal no sale, es posible que haya salvado la vida. A1 menos habremos salvado una vida, de hombre o de bestia." El reverendo había oído aquellas palabras. Y sabía que, aunque algunos de los hombres sólo trataran de pasarlo bien, también había doce, o quizá veinticuatro, que se tomaban las cosas en serio. Pero no habían sido ellos los que contagiaron aquella extraña sensación nueva en el interior del cerebro del clérigo... La sensación de estar a punto de caer en una trampa. La causa eran las notas. Las notas, la más extensa de ellas con sólo dos frases, escritas con letra infantil y laboriosa e incluso con algunas faltas de ortografía. Bajó los ojos para mirar la carta que acababa de recibir con el correo del día, cuya dirección estaba escrita con aquella misma letra infantil y del mismo modo: "Reverendo Lowe, Rectoría baptista, Tarker's Mills, Maine 04491." Se hizo más fuerte la sensación de estar atrapado..., como él creía que debía sentirse un zorro al advertir que los perros lo habían encerrado en un callejón sin salida. El momento de pánico en el que el zorro se daba la vuelta, con los dientes desnudos, para enfrentarse y luchar con los perros que, con toda seguridad, acabarían por hacerlo pedazos. Cerró la puerta con firmeza, entró en el salón donde el viejo reloj del abuelo dejaba oír su tictac solemne. Tomó asiento, dejó cuidadosamente las circulares religiosas que acababa de recibir sobre la mesa que la señora Miller solía abrillantar dos veces por semana, y abrió la nueva carta. Como las otras, no llevaba saludo alguno y, como las otras, tampoco estaba firmada. En el centro de una hoja que había sido arrancada de un cuaderno escolar rayado, podía leerse únicamente esta frase: "¿Por qué no se suicida?"

1983 el ciclo del hombre lobo (cycle of the werewolf)