Issuu on Google+

1 INTRODUCCIÓN. Aquel día descubrí que estaba completo. Mis hijos tenían su vida propia y se cuidaban solos. Mi esposa, recientemente jubilada del trabajo, permanecía ausente casi todo el día, y frente a mí tenía el anhelado oficio de la Universidad que en un párrafo decía: “Estimado profesor, por medio de la presente, esta Dirección de Personal, le comunica que a partir de la siguiente fecha podrá disfrutar del año sabático que le corresponde de acuerdo con...” Me sentía, contento, pleno, lleno de entusiasmo por varias razones. Durante un largo año estaría libre de ocupaciones y preocupaciones: no tendría que manejar hora y media en medio del tránsito hacia la Universidad, revisar tareas, leer ensayos y preparar clases. Por supuesto que no me iba a quedar haciendo jardinería, ni cuidando nietos como hacen muchos colegas porque yo, durante los siguientes trescientos sesenta y cinco días, iba a escribir el libro definitivo en mi trayectoria como economista. Me atrincheré en mi estudio; me enfundé en ropa cómoda, zapatos tenis, preparé una jarrita de café, puse un disco de son cubano y empecé a organizar los cientos de fichas que había sacado de decenas de libros, armé un esquema general de redacción, establecí el marco teórico y adelanté una tesis de trabajo. Según mis cálculos escribirlo me iba a tomar unos ocho meses, revisarlo tres y la publicación, unos dos meses más. En un año el libro estaría listo para presentarlo en el Décimo Congreso de Economía Aplicada, cuyos detractores la denominaban Economía Aplacada por su cercanía con el poder. Cuanto tuve todo listo me senté frente a la computadora y empecé el libro “Fenómenos asincrónicos del subdesarrollo” que me iba a consagrar entre los miembros de la Academia de Ciencias Económico Políticas que siempre me han considerado un buen profesor pero jamás un teórico de respeto. Respiré profundo, me froté las manos y empecé a escribir... “Con demasiada frecuencia los analistas del Primer Mundo establecen parámetros de desarrollo que no

1


2 contemplan la enorme complejidad económica y social de los países emergentes. Esta parcializada visión los ha llevado, a ellos y a muchos gobiernos, a tomar decisiones equivocadas ya que...” Y fue entonces que la vi. Más bien ella me estaba mirando. Desde una ventana, frente a mi estudio, estaba una niña como de diez años, observándome con mucha atención. Asombrados los dos, nos vimos y sonreímos... Me llamó mucho la atención verla en esa ventana porque durante años había formado parte del paisaje habitual y no recordaba haberla visto abierta nunca, y menos con una niña delgada, de ojos color ámbar, una melena china casi rojiza que vestía un suéter verde con adornitos rojos en el cuello. Son los riesgos de vivir en una colonia popular —me dije—, donde se utiliza cualquier espacio para construir cuartos, viviendas, departamentos para rentar, aprovechando los beneficios de un mercado en permanente déficit, con serias limitaciones en materia de financiamiento capitalizable... — ¿Tú no trabajas? —Me preguntó a boca de jarro la niña. Yo, que había estudiado a los clásicos, neo clásicos, a los marxistas, a los neo y post marxistas, a los keynesianos, a los berkelianos, la generación nasdaq; que era magister en análisis macro, micro y medium, que había escrito varios libros, dictado clases y conferencias en universidades, que había asesorado catorce tesis de doctorado en los últimos años, reaccioné con algo de violencia. — ¡Claro que trabajo, niña! — Es que yo siempre te veo ahí sentado. Me voy a la escuela y ahí estás. Regreso y ahí estás... — Es que yo trabajo aquí. No todo el mundo tiene que salir a una oficina... — ¿En qué trabajas? — Soy profesor, pero en este momento estoy escribiendo un libro... — ¿Escribes libros?

2


3 — Sí. — Y ¿de qué son los libros que escribes? — Bueno... tengo uno que se llama Análisis del equilibrio corporativo, otro que se llama Métodos cuantitativos del cambio tecnológico... Fundamentos econométricos del desarrollo, otro que... — ¿Me prestas uno? — me dijo acercándose a mi ventana— A mi me gusta mucho leer, pero ya me acabé todos los libros que me compraron mi mamá y mis tías. — Sí te lo presto pero no creo que le entiendas. Son libros para economistas, o sea, para señores que han ido a la universidad... — Es que me aburro mucho sin tener que leer... — ¿Y por qué no ves la televisión? —Porque no hemos podido conectar la antena... Se ven puras rayas... Y acodándose y tomando un yogurt para beber me contó que se acababan de cambiar a esta colonia porque su mamá, que trabaja dando cursos de PET, se había peleado con sus dos hermanas que no ayudaban en nada, ni con dinero; pero como la casa era de la mayor, habían tenido que buscar donde vivir y aquí habían encontrado un departamento barato, pero que sólo iban a ocuparlo un tiempo porque a su mamá no le gustaba el rumbo. Me dijo que extrañaba mucho a su abuelo y a su perro, pero que los tuvieron que dejar porque no cabían; que su mamá trabajaba todo el día y cuando llegaba comían, le ayudaba a hacer la tarea y platicaban un rato, pero que casi siempre se quedaba dormida. No conocía a su papá pero que su mamá sí y que no había querido vivir con ellas porque tenía otra familia. Bueno, que sólo lo conocía por una foto que se tomaron en un balneario cuando ella era chiquita, pero que lo quería conocer “en persona” porque un día su abuela le dijo que no era verdad que viviera en otro país como le habían dicho su mamá y sus tías. — ¿Qué es PET?— Le pregunté. — Son “Padres eficaz y técnicamente preparados” —me respondió—. ¿Me prestas un libro?

3


4 — Mira, voy a buscar uno adecuado a tu edad en mi biblioteca. A ver si queda alguno de cuando mis hijos eran niños... Recuerdo que les compré unos cuentos chinos muy bonitos... Y unos rusos... Había uno de un grillo que fue a la luna. ¿Me esperas? — No. Mejor me lo das mañana porque ya va a llegar mamá, y si ve que abrí la ventana con un desarmador a lo mejor se enoja... Adiós... Y cerrando la mugrosa ventana, desapareció en el interior de una de las viviendas de Gerardo, un siniestro casero muy parecido a los orcos que atrapan a Frodo Bolsón en la película del “Señor de los Anillos”. Por más que busqué y busqué, no encontré ningún libro adecuado para la niña... ¿Me dijo su nombre?... Seguramente ya los habíamos regalado todos. Y en verdad que busqué a conciencia porque siempre me han simpatizado los niños aficionados a la lectura. Sé por experiencia que los alumnos que tienen el hábito de leer son mejores estudiantes. En mi biblioteca, recorriendo los libreros, recordé mi primer libro: me lo regaló mi madre cuando estaba en quinto año de primaria... Era de Julio Verne — ¿Cómo se llamaba?—. ¡El Faro del Fin del Mundo!... Un día de estos voy a leerlo otra vez...

Al día siguiente, a la misma hora, ahí estaba. Ahora lucía dos colas en el cabello y una blusa rosa. En una mano traía una llave con un perrito y en la otra un desarmador. — Hola. — ¿Qué crees? No encontré ningún libro para ti. — Le dije con algo de pena. — Bueno, pues entonces cuéntame una historia... — ¿Yo? — Dijiste que escribes libros... — Es que yo no escribo historias. Yo hago análisis socio político económicos. — Por eso es más fácil que me cuentes una historia. — ¿Y cómo te llamas, por cierto? —Le pregunté con cierta duda.

4


5 — Iruma —me dijo—. Y antes de que me preguntes: es el nombre de una muchacha africana que sale en un libro que leyó mi mamá cuando me estaba esperando... — Pues me parece un nombre muy original... Yo me llamo Alejandro. — ¿Me vas a contar la historia? — Hum... Una historia... Bueno... A ver que se me ocurre porque yo no sé contar historias... EL HADA NEOLIBERAL. — Hace algunos años, las hadas vivían en un gran país gobernado por una monarquía constitucional que estaba en manos de una reina llamada... Aydril que era muy querida ya que, a pesar de la opinión de la Primera Ministra Dassi, había establecido un sistema de distribución del ingreso per cápita basado en estimaciones cualitativas más que cuantitativas de... Bueno, lo que te quiero decir es que vivían bien dentro de los parámetros de algunos organismos internacionales. Lógicamente estaban contentas y el índice de conflictividad social era muy bajo. El país estaba en lo más profundo de un gran bosque y todas cuidaban el desarrollo sustentable, o sea que respetaban la ecología, las plantas, los animales y sólo tomaban lo necesario de la naturaleza. Vivían en pequeñas casitas hechas de materiales nativos, como madera, hojas, fibras, piedras y si bien eran chicas, contaban con la infraestructura necesaria para satisfacer las necesidades básicas. No tenían problemas de transporte porque todas volaban y era casi un paraíso donde se no pagaban impuestos y, lógicamente, no se conocían las declaraciones fiscales. Las hadas casi no tenían obligaciones ni un trabajo remunerado. Pero todas ayudaban a cuidar el bosque para aprovechar los recursos y mantener un adecuado nivel de reposición del capital fijo, o sea que si veían un animalito enfermo lo curaban, si caía una plaga la eliminaban, si alguna especie abusaba

5


6 la expulsaban; estimulaban la polinización de las plantas y en primavera las podaban. Tampoco tenían una escuela como la conocemos nosotros, pero iban a los distintos lugares del reino a tomar clases del alfabeto secreto de las hadas para aprender a expresarse entre ellas, los animales y las otras razas; recibían lecciones de ciencias naturales para distinguir los vientos, los calores, los ruidos del bosque. Y si alguna quería seguir algún estudio especializado tenían la Escuela de las Estrellas y la Escuela del Bosque. — ¿Tenían clases de matemáticas? —Sí, también tomaban clases de matemáticas porque la estadística es fundamental para la macro economía y pues, porque es necesario saber cuántos árboles hay en el bosque, cuantas hadas que alimentar, los platos que servir y muchas cosas más. — ¿Y qué comían? —Preguntó Iruma. — Frutas, guisados de flores y raíces; pan de cereales, mermeladas. Tomaban jugos de frutos y flores y para los días de fiesta, que eran muchos, tenían una bebida que las ponía muy contentas, aunque luego había choques entre ellas y pérdidas por ausentismo laboral... Comían poquito porque se veía muy mal que engordaran, no sólo por belleza, sino también por su salud. Toma en cuenta que las gorditas se cansan pronto al volar o aterrizan de panzazo encima de las otras. Por eso cuidaban la línea y pasaban muchas horas arreglándose el cabello, las uñas y haciendo ejercicios corporales. Las niñas ayudaban a las mayores en las labores del hogar y a hacer los mandados. Las maduras no perdían la alegría con la edad ni acudían al siquiatra con problemas emocionales. A las ancianas no les daban una tarjeta para tener acceso a los satisfactores básicos porque no había populismo y tampoco tenían problemas de liquidez por el monto de las pensiones. En suma, era un país con razonables montos de Producto Interno Bruto y una adecuada estructura de distribución del ingreso, digo, para la escala de su economía... ¿Me entiendes? — Sí —respondió la niña dudando un poco. Esta sociedad, si bien se regía por los principios de la economía de mercado, todavía no llegaban al nivel de la acumulación de capital, ya que no tenían

6


7 moneda, y aunque tenían una gran cantidad en piedras preciosas no les interesaba su capitalización. Los gnomos del sindicato minero las extraían de la tierra por su belleza y no por su potencial como reserva monetaria. La vida era bella, la comida buena, el clima benigno, la libertad absoluta y la felicidad completa ya que tampoco estaban sometidas a los problemas sentimentales. Como no había hados, no conocían el amor, pero tampoco conocían los celos, los problemas propios de la pareja, la violencia intrafamiliar, ni los ciclos de pasión y desengaño. — ¿Y cómo tienen a sus hijos? ¿Cómo nacen las otras haditas? —Cuando les llegaba la madurez, iban a un lugar en lo más profundo del bosque donde había una hadas viejitas muy sabias que les ponían un huevito y tres meses después daban a luz a una hadita pequeñita que cuidaban con mucho cariño hasta que aprendía a volar y dominaba el manual de procedimientos de la hada eficiente y se iba a donde le daba la gana sin perder nunca el cariño de su madre. Si quería otra iban y la tenían pero generalmente no lo hacían para evitar la sobre población y los problemas de abasto. — ¿Y luego? Me quedé en silencio un rato. La niña seguía esperando la continuación de la historia pero a mi ya se me había acabado la inspiración. Esto era muy incómodo para mí que podía mantener a mis alumnos interesados durante horas... No sabía que decir... — ¿Y luego? — Preguntó la niña con un poco de impaciencia. Busqué entre mis fichas algo que me pudiera servir para continuar la historia... Abrí el archivo de “subdesarrollo” y continué: —Todo funcionaba bien, el Producto Interno bruto crecía a tasas razonables, no existía la inflación, el producto generado era consumido, no había problemas de liquidez o de inflación. Hasta que un día... un día... — ¿Qué, qué pasó? —Preguntó la niña ya muy interesada, casi saliéndose por la ventana. — Un día la reina Aydril se levantó de la cama con un dolor en el pecho. Se tomó un tecito de boldo porque no había servicios asistenciales, se fue a

7


8 trabajar, al rato le dio un infarto masivo al miocardio, como a varios colegas míos, y se murió. Se quedó quietecita en su cama hasta que la descubrieron sus hijas por su cara pálida y sus alitas sin brillo. —Pobrecita —dijo Iruma—. ¿Y a quién pusieron de reina? —De manera interina quedó como cabeza del Estado la Primera Ministra Margaret... —Dijiste que se llamaba Dassi... —Ah, sí... Dassi... Bueno, pues Dassi, que era un hada muy culta porque había leído muchos libros de los Chicago Boys, tomó las riendas del gobierno y la economía sin oposición ya que las hijas de la reina estaban muy tristes preparando el sepelio de su madre... — ¿Quiénes son esos Chicago Boys? —Unos enanos de colmillos retorcidos que andan siempre detrás del dinero y los rendimientos crecientes. Unos enanos bizcos que no pueden ver a largo plazo. — ¿Y luego, qué pasó? —Como Dassi nunca había estado de acuerdo con el paternalismo asistencial de la reina Aydril, apenas pasaron los funerales, se propuso cambiar todo el sistema económico del país de las hadas para aprovechar sus ventajas comparativas y capitalizar la enorme reserva de piedras preciosas que tenían...”Tenemos que prepararnos para administra la abundancia”, dijo la Primera Ministra muy contenta. Las haditas estaban muy tristes para considerar la propuesta. Durante siete semanas sólo vistieron vestidos negros y hablaron bajito. Suspendieron los paseos, los juegos y los ejercicios físicos. Realmente había sido un duro golpe para todas las habitantes del pequeño Pueblo que pensaban que Aydril todavía podía reinar otros trescientos años más. Poco a poco, fueron recuperando la alegría de vivir. Y cuando lo hicieron reanudaron con más intensidad los ejercicios y los juegos porque todas se sentían gordas y feas. Los salones de belleza, los masajes, las costureras no

8


9 se daban abasto cortando el cabello, pintando rayitos, haciendo manicures, masajeando llantitas, cosiendo vestidos. Por lo mismo, Dassi, la Primera Ministra empezó a hacer los cambios económicos que consideró pertinentes sin la menor oposición. — ¿Tú conoces a Dassi? —preguntó Iruma hurgándose la nariz. — Humm... Creo que sí. — ¿Cómo es? —Es bonita, como todas las hadas —le respondí, sin pensarlo mucho, pero me acordé de algunas colegas e indebidamente, agregué—. Pero es muy seria y parece “nerd”... —Ja, ja, ja... —Iruma, tardó un rato en parar de reír. Al parecer eso le había hecho mucha gracia— ¿Y luego? — Mientras el país volvía a la normalidad, la Primera Ministra empezó a realizar estudios de prospectiva. Por principio de cuentas, buscó a las hadas más serias o que no estuvieran en la diversión todo el día. Entre toda la población sólo encontró a seis con estas características, pero eran suficientes. — ¿Cómo se llaman —preguntó Iruma mirándome fijamente. —Hum... Creo que Adaluz, Adalia, Adamina, Adabela, Adanary y Adela... — Qué bonitos nombres. ¿Después qué pasó? — Dassi les pidió que se cambiaran sus túnicas vaporosas de gasa transparente por unos trajes sastre de colores serios. Les peinó las cabelleras desordenadas con unos chongos, les explicó brevemente lo que quería, les dio unas credenciales que decían: “ejecutiva”, y las mandó a todos los rincones del reino a investigar los problemas que tuviera la población de Hadas. Partieron con portafolios llenos de hojas de papel y carboncillos para escribir. Empezaron por... En ese momento noté que Iruma, se echaba para atrás y se despedía. —Mañana me sigues contando porque tengo mucha tarea. La maestra me dejó hacer un dibujo en una cartulina sobre los beneficios que obtenemos de la vaca. — ¿Los beneficios de la vaca? —le pregunté un poco desconcertado—. ¿En serio?

9


10 —A otros les fue peor porque van a tener que dibujar los beneficios del árbol, del borrego, de las aves de corral... El mío está fácil... Adiós. Y cerrando la ventana, desapareció en el interior del departamento vecino. — ¿Los beneficios del la vaca? Creo que yo tengo algo... Y buscando entre el altero de libros encontré el Informe Anual sobre la Ganadería Latinoamericana editado por la CEPAL. Al abrirlo empecé a recordar que un día me dejaron una tarea sobre los beneficios del puerco que ilustré con recortes de revista. Hojeándolo mecánicamente me acordé de aquellos lejanos días cuando iba a la primaria Leopoldo Kiel y la vida era sencilla. Me acordé de los partidos de futbol en “la cartonera”, un solar donde tiraban pedazos de láminas de cartón enchapopotado que nos dejaba negras las camisas y los pantalones. Del día más feliz de mi vida cuando vimos la pelea de box Vicente Saldívar contra un japonés en la televisión del gordo Tano con los maestros de la escuela; cuando le pusimos un cohete a una maestra particularmente malvada. Me acordé de cuando cayó un rayo en el patio y dejó medio loquito a un compañero que empezó a jalarse una oreja a todas horas... Y ya no seguí porque descubrí que era tarde y que tenía los ojos llorosos... “Estoy perdiendo objetividad”, me dije y, de inmediato, abrí el tomo tres del Capital de Marx para recuperarla. A partir de entonces se hizo costumbre verla asomada en la ventana, estirándose sobre una silla para regalarme cositas: dulces, una paleta de hielo, un adornito, una tarjeta, algo que se encontraba en la escuela o en el mercado. Le encantaba regalar y siempre lo hacía con una sonrisa, como si fuera lo más natural del mundo. Algunas veces, la había visto en la calle, medio dormida, con su madre, esperando el autobús que la llevaba a la escuela, siempre peinada con dos colitas. Otras veces la veía comprando en la tienda o rumbo a la papelería siempre contenta, siempre sonriente. Eso sí, tenía muchas amigas con las que se sentaba en la banqueta a platicar.

10


11 A su mamá, le veía poco, pero me llamaba la atención el notable parecido de madre e hija: parecían dos gotitas de agua, diría mi abuelita... ¿Mi abuelita? ¿Hace cuánto que no me acordaba de mi abuelita?... — ¿Y luego? — Me preguntó al día siguiente. — Después de unas semanas regresaron... — Adaluz, Adalia, Adamina, Adabela, Adanary y Adela —dijo con notable precisión e indiferencia... — ¿Te aprendiste los nombres? —Sí. Los estuve repitiendo mientras veía la tele porque ya nos conectaron la antena. —Bueno, después de unas semanas regresaron las Hadas serias, con un informe muy detallado de la situación del país. Se metieron en todos los rincones, hicieron estudios de opinión pública, analizaron las fluctuaciones de los ciclos económicos en el largo plazo, los correlacionaron con los niveles de bienestar y consumo, así como con los niveles de inversión, tasas de inflación y las posibilidades productivas de las diferentes regiones... Al final, se presentaron con la Primera Ministra para informarle que habían encontrado un bajo ingreso por habitante, una educación muy deficiente, escasa estructura sanitaria, bajas tasas de ahorro interno, elevado peso de las actividades primarias y poca población económicamente activa. — ¿Y eso qué quiere decir? —Que estaban pobres pero felices; que trabajaban poco para satisfacer necesidades muy elementales... —Ah. —A partir de este momento, Dassi, la Primera Ministra, empezó a cambiarlo todo. Puso escuelas para las Haditas; a las maduras les asignó un trabajo con horario y sueldo. Estableció precios para los frutos, la miel, el néctar de las distintas flores, obligó a las Hadas que daban servicios a cobrar por coser un vestidito, cortar el cabello, hacer manicure. Y empezó a poner impuestos a todos los que recibieran un ingreso. Intentó ponerle el IVA a medicinas y alimentos pero tampoco lo logró.

11


12 —Mi mamá siempre se anda quejando de los impuestos pero hace trampa para pagar menos. —Eso es lo que pasa cuando el sistema tributario no funciona de manera integral. — ¿Y luego?— Preguntó Iruma impaciente. — Al principio todo iba muy bien: construyeron segundos pisos de las pistas de despegue, casas muy bonitas, edificios, invitaron a los Organismos Internacionales para que mandaran delegaciones, organizaron Congresos, ferias para inversionistas, armaron un paraíso fiscal, solicitaron préstamos y cuando les empezó a sobrar el dinero obtuvieron la sede de los Primeros Juegos del Bosque con gnomos, elfos, unicornios, brujas y dragones. — ¡Qué bien! —dijo Iruma muy entusiasmada, comiendo pepitas y escupiendo las cáscaras hacia abajo. —Ni tanto. Toma en cuenta que estaban en la fase expansiva del ciclo económico... Y que en esta fase el capital envejece y sus efectos multiplicadores se limitan mucho... — ¿Pero dijiste que estaban contentas? —Bueno, en esta fase el impulso de la demanda alienta las ventas, los beneficios y en última instancia la producción, sin embargo las expectativas empezaron a encontrar limitantes... — ¿Entonces ya no estaban contentas? —No. Desgraciadamente, el espejismo del desarrollo y la bonanza duraron poco... El país de las haditas empezó a enfrentar condiciones de subdesarrollo muy graves... —Pobrecitas... —Pues sí. Y en estos momentos, según me han contado... — ¿Adaluz, Adalia, Adamina, Adabela, Adanary y Adela? — Sí. Me han contado que tienen problemas de desempleo, bajas en la demanda efectiva, acumulación de “stocks” de mercancías, precios altos, paridad volátil y descontento social contra la Primera Ministra... — Esa señora Ministra tiene que hacer algo para que las haditas vuelvan a ser felices.

12


13 — Hum, al parecer ya lo hizo. Por consejo del Banco Mundial recortó el gasto social, redujo la burocracia, sustituyó importaciones, elevó los impuestos y convirtió las piedras preciosas en reservas de divisas... — ¿Qué? —Bueno, van a tratar de que las cosas vuelvan a la normalidad por el bien de todas las haditas del país. —Híjole. Ya me tengo que ir porque no he terminado el resumen de geografía... Hasta mañana... Y de inmediato escuché cómo cerraba la ventana y la atornillaba con su eterno desarmador amarillo. Yo me quedé un poco molesto porque la historia se me estaba saliendo de las manos. — ¿Ahora qué le voy a decir? ¿Cómo le voy a explicar el proceso de industrialización forzada, el desequilibrio de los factores endógenos y exógenos? Acabo de convertir el bello país de las Haditas en una república bananera... Si se llegan a enterar mis colegas... Y tomando mis notas, empecé a pensar cómo iba a aterrizar la historia. Después del fin de semana la vi muy morena. Dijo que había ido a la boda de una amiga de su mamá a Morelos y que le había gustado mucho el lugar porque hacía mucho calor y había muchas flores. Que estuvo jugando con un burrito y nadado mucho. —Qué bueno que te fuiste de paseo porque yo me quedé aquí encerrado todo el fin de semana. Mis hijos andan de viaje y mi esposa tuvo reunión con sus amigas. — ¿No te aburres? —Un poco, pero aquí tengo varias cosas que me ayudan a entretenerme. —En Morelos estuve pensando mucho en las haditas... Me gustaría conocerlas como tú... Oye, ¿y qué pasó después? — Lo que pasa siempre: después del colapso económico global sucedió lo previsible... — ¿Qué?— Me preguntó Iruma abriendo mucho los ojos.

13


14 —Empezó el flujo migratorio incontrolado. — ¡Chin! Ya dije lo que no quería decir. — ¿Y eso qué significa? —Que... que... que ya empezaron a salir las Haditas para ir a trabajar en actividades diversas a otros países. — ¿Salir a otros países, para qué? — Hum, sobre todo para mandar remesas de dinero, de divisas... — ¿Dinero, para qué? — A nivel macro, para financiar el desarrollo. A nivel micro, para comprar cosas que hacen falta. Para pagar los servicios que antes no costaban nada... — ¿Aquí? ¿A México? — Es posible, quizá de paso a Estados Unidos. Pero seguro que lo harán de manera ilegal ante el fracaso del Convenio migratorio… Pero no serán muchas... — ¿Por qué? —Preguntó Iruma muy interesada. — Con la psicosis de la seguridad global, del terrorismo, de los atentados, los flujos migratorios están siendo muy controlados... Pero como no hay fronteras impermeables seguro que algunas ya llegaron... — ¿De verdad? ¿Dónde?... — A las ciudades donde hay mayores oportunidades de empleo remunerado. — ¿Aquí? — Yo pienso que algunas... — Cuéntame. Tú haz de conocer algunas porque, dice mi mamá que cuando alguien no quiere contar algo que sabe hace como que no sabe... —Bueno, no las conozco pero me han contado algunas historias. Toma en cuenta que tienen que ser muy discretas, para que no las regresen y apenas están aprendiendo a vivir en las ciudades llena de coches, de contaminación, de peligros... — ¿Y en qué trabajan? — Uy, en muchas cosas. En especial en el sector primario porque no le hacen el feo a ningún trabajo. Lo más doloroso es que, muchas veces, tienen que aceptar los trabajos que los demás no quieren.

14


15 — ¿Cuidan niños? —Sí... —A mi me gustaría que una de ellas me acompañara por las tardes pero no tenemos para pagarle porque a mi mamá nunca le alcanza el dinero... ¿Podrías decirle a tu amiga Dassi que mande una que no cobre mucho para que me cuide? — ¿Mi amiga? ¿Dije que era mi amiga? — Dijiste que la conocías. — ¿Y para qué quieres que te cuide?... —Porque dice mi mamá que hay mucho vago en esta colonia... Por favor, dile... — Le voy a decir, pero no te garantizo nada. — ¿Y de qué tamaño son? ¿Puedo llevarla a la escuela en mi mochila? —Son pequeñitas pero pueden hacerse grandes si quieren. — ¿Y sus alas? ¿Andan en la calle con ellas? —Como son muy delgaditas, las doblan muy bien y no se les notan. Parece que ni las tuvieran. — ¿Y entonces cómo las distingues de la otra gente? ¿Cómo sabes que es una hadita? —Ah, porque siempre están contentas y sus ojitos brillan. — ¿Y se las puedo presentar a mis amigas? —Sí, pero ellas prefieren pasar desapercibidas. —Me encantaría conocer a una de ellas... —Sí, a mi también... — ¿Qué? ¿Tú tampoco las conoces? ¿Entonces cómo sabes su historia? — Te dije que me han contado sus historias. Algunas trabajan con colegas míos, otras han salido en la prensa especializada, en los informes de migración, en el reporte de empleo del INEGI… — Cuéntame una de sus historias, por favor... — La historia es que... Había una vez... Bueno, es que... era una que... — Mejor mañana —dijo la niña— porque ahorita tengo que ir a la papelería a comprar unos mapas... Toma.

15


16 Y estirándose para darme una galleta envuelta en un papelito, se despidió con la misma sonrisa grande de siempre... — Tú eres como una hadita — le dije—. — ¿Por qué?— Volvió a asomarse con curiosidad... — Porque siempre estás contenta y tus ojos brillan... Cuando entró a su departamento sin ponerle tornillos a la ventana, me quedé frío. ¿Qué me está pasando? Si no fuera suficiente con haber creado el subdesarrollo fantástico, ahora acabo de introducir la nueva categoría del bracerismo mágico y el flujo migratorio de haditas mojadas e indocumentadas... Tengo que hacer algo... LA HADITA QUE DESCUBRIÓ LOS MANGOS. Al otro día, no perdonó la historia. Apenas, se asomó por la ventana y se estiró para darme un dulce de mantequilla, se acodó destapando otro dulce igual y dijo: — Me ibas a contar una historia... — “Era un día gris en Veracruz. Desde la noche anterior el viento llegaba del norte en ráfagas que doblaban las palmeras y levantaban grandes olas en el mar. La lluvia tupida no dejaba salir de sus casas a la gente y los arroyos y la angustia crecían minuto a minuto. De mar adentro llegaba un rumor siniestro montado en las crestas del viento. Cuidándose de las olas, Asmil con la ropa mojada, mordiendo el amuleto de cobre que le había dado su madre al salir, volaba con todas las fuerzas de sus alas. Ya había perdido su maletita y sólo le quedaba un papelito y una bolsa con flores de jazmín a la que se aferraba. Cuando la alcanzó el viento y la lluvia, que por estos rumbos llaman “norte” ya se encontraba cerca de la costa después de un tranquilo viaje por el verde y

16


17 caluroso mar del Golfo. De pronto, por más que movía las alitas no avanzaba y empezó a dar tumbos y a volar sin rumbo peligrosamente cerca de las olas. De los últimos kilómetros sólo se acordaba de las ramas que la golpeaban, de las vueltas que daba por el viento y la desesperación por encontrar refugio en medio de la oscuridad y el rugido de las olas. No supo ni como llegó a tierra firme tosiendo, con una alita torcida y un susto enorme. Casi desfallecida buscó cobijo bajo las tejas del techo de una casa blanca que se apareció en su camino donde pasó la noche tiritando de frío y miedo con un sentimiento nuevo que nunca había conocido en la tranquilidad de su país: la alegría de conservar la vida. Al llegar el día se dio cuenta que la casa era pequeña, muy sencilla, casi como la que habitaba en el País de las haditas. Tenía una mesa de madera, un fogón de leña, una cama sin cobijas y dos sillas. Desde las vigas del techo divisó a una mujer de cara oscura con el cabello ensortijado que todo el día cantaba y reía ruidosamente mientras pintaba flores en jícaras de madera junto con un niño moreno que andaba sin camisa y jugaba con un perro. Hubiera querido irse de inmediato pero no podía: la alita seguía sin responder y cada que trataba de desplegarla sentía mucho dolor. Se armó de paciencia. Con ejercicios lentos y unas varitas pudo enderezar el ala maltrecha pero quedó tan adolorida que tuvo que esperar varios días oculta detrás de una cazuela de mole colgada en un clavo, de la que sólo salía, por las noches, para comer pedazos de pan y queso que quedan en la alacena. Hacía mucho calor, pero lo soportaba porque quería reponerse lo más pronto posible. Durante el día dormía mucho y por las noches salía con cuidado porque Timboroto, el gato de la casa la empezó a acechar desde el día que el hipo la delató por comerse un pedazo de cecina enchilada que encontró en una cazuela.

17


18 Una semana después, cuando la mujer morena había salido, probó sus alas y sintió que estaban fuertes y veloces. Esperó un día soleado y sin viento, rellenó las bolsas de su vestido con pedacitos de queso asadero y tortilla verde, y emprendió el camino a la ciudad. Siguiendo la carretera empezó a volar a media altura, para que no la fuera a atropellar un autobús. El viaje no era fácil porque tenía que atravesar una gran sierra húmeda y fría que le llenaba las alitas de escarcha y un altiplano caluroso. Pero nunca se detuvo, ni para tomar agua, porque sabía que lo mejor era mantenerse en movimiento. Sin embargo, cuando sintió un calambre en el ala comprendió que tendría que hacer un alto para descansar en ese bosque cubierto de niebla donde sólo se escuchaban ruidos de sapos y salamandras. En un arroyito que corría entre las piedras tomó agua y con el reflejo, cepilló su cabello y se limpió la cara con un pedacito de musgo. En un rincón seguro, en la copa de un pipinque se tendió a dormir cubriéndose con hojas. Se despertó cuando el sol disipaba la niebla. Desplegó sus alas, comió los restos del queso y emprendió el camino bordeando la carretera hasta que entró en una bella ciudad llamada Xalapa, según le informó un pijuy garrapatero que la fue siguiendo con curiosidad durante un trecho del camino. El lugar le gustó mucho. Durante toda la tarde estuvo volando por sus hermosas calles empinadas, empedradas y llenas de flores. Visitó muchos de sus rincones, entró en los santuarios silenciosos, se divirtió en los tubos de los órganos y desde un rincón de la Plaza miró pasar a la gente. Sentía su cuerpo vivo, alegre con el calor de un sol inclemente que no conocía. En otro lugar escuchó canciones con arpa y se acordó de la risa de la morena que pintaba flores. Después buscó donde descansar posándose en una de las torres blancas de la Catedral amarilla mirando a un grupo de personas que tomaban fotos. Al caer la tarde, cuando hacía menos calor y empezaba a soplar una brisa fresca del cercano monte nevado, sintió el piquetito del hambre y empezó a buscar entre las casas. Tuvo suerte porque encontró un pedazo de

18


19 panquecito con chispas de chocolate y una poca de leche en un envase de cartón. Esa noche, durmió cómodamente bajo las tejas de una casa a pesar de la lluvia que cayó toda la noche. Lo hizo sobre un mullido colchón de plumas de paloma que anidaban en un pequeño campanario vacío. En la mañana una enorme picazón la despertó: se encontraba llena de unos insectos blancos que se ensañaban con su cuerpecito. De inmediato se fue bañar al Paseo de los lagos donde también lavó su vestido. Cuando se encontraba tendida sobre una gran hoja para secarse, sintió que alguien la observaba. De un brinco se levantó, se puso el vestido húmedo y empezó a buscar con sus ojitos verdes. Detrás de un palo de rosa estaba un jicotillo gordo con sombrero de palma y una jarana alargada en su espalda. — ¿Quién es usted?—le preguntó Asmil tapándose con la mano la cara para evitar el reflejo del sol en el agua. El Jicotillo no respondió, pero jaló su jarana, la montó en su panza y empezó a rasguearla y a cantar: — Buenas tardes, señorita. No quisiera importunar. Yo nomás vengo a cantar una copla muy bonita rasgueando mi jaranita. Soy jicote jaranero toco el son triste y rumbero. Si usted quiere le interpreto el son del caballo prieto o el pájaro carpintero. Asmil quiso volar. No pudo porque todavía tenía las alas mojadas, pero discretamente las empezó a mover para que estuvieran secas en caso de

19


20 emergencia. Levantó un extremo de la hoja, se tapó con ella y miró al jicotillo que vestía una guayabera blanca, zapatitos blancos y sombrero de pellizco. No es mi intención asustarla o que le llegue el soponcio. Mi nombre es Jicote Eudocio y estoy aquí pa ayudarla y no para molestarla. ¿Alguna cosa pa comer, un refresco pa beber? Como verá no estoy ñango porque le entro bien al mango. Pero hay que saber escoger. Y haciendo una seña hacia la maleza la invitó a seguirlo. Asmil voló detrás del jicote con algo de desconfianza hasta que lo vio posarse en un árbol mediano de tronco cilíndrico con hojas verde oscuro que nunca había visto en su país. De las ramas colgaban unos frutos grandes, amarillos con tonalidades rojizas que despedían un aroma desconocido. Eudocio se acercó a uno de ellos, le mordió arriba, bajó una tira gruesa de cáscara y la invitó a probar la pulpa. Coma usted de esta delicia del suelo veracruzano: es un alimento sano que el extranjero codicia. Apriételo con su mano pa ver que no esté plagado, si siente que ya está guango no se coma usté ese mango, busque otro que esté colgado.

20


21 Asmil recordó los conocimientos sobre la naturaleza que le había enseñado su madre y verificó que fuera comestible. Con cuidado lo probó con la lengua y esperó alguna reacción incómoda. Con hambre y un dulce sabor en los labios no esperó más y tomando un pedazo de la pulpa amarilla la mordió llenándose de jugo las manos. En ese momento descubrió el sabor de los mangos. Ese día, comprobó que nunca en su vida había probado nada más sabroso. Si el Jicotillo no la hubiera prevenido cantando que le podía dar chorro se lo hubiera comido todo pero prefirió hacerle caso. En su país también había cosas sabrosas de las que no convenía abusar. Se sentaron en una hoja de árbol y platicaron un rato. Hasta que Asmil le dijo que tenía que ir a la ciudad de México. Como no pudo persuadirla, el Jicotillo Eudocio le dio consejos para tomar la carretera, le dijo cómo esconderse en las arpillas que llevaban los camiones arriba para no hacer todo el camino volando y como protegerse de los chilangos que, por lo que le dijo, Asmil quedó con la idea de que eran temibles monstruos. Pero lo que más le agradeció fue que le dijera donde conseguir mangos en la ciudad y cómo escoger los buenos. Todavía se dieron tiempo para bailar un sonecito jarocho que el Jicotillo le enseñó y antes de que se hiciera tarde la llevó al lugar de la carretera donde los camiones hacen la parada para que se subiera en uno. Cuando llegó un ADO se despidieron como viejos amigos. Cuando Asmil llegó a la capital buscó un rinconcito para transformarse. Como su vestido era muy delgadito le dio un poco de frío que de inmediato se le quitó porque, viendo el papelito que traía, entró en el metro y se dirigió a la casa de su prima que le iba a conseguir trabajo. — ¿O sea que ya anda por aquí? — Me preguntó Iruma muy interesada. — Sí. — ¿Y en qué trabaja? — No lo sé, pero lo puedo investigar...

21


22 — Mañana me dices —dijo cerrando la ventana—. Voy a ir a la verdulería a comprar un mango porque se me antojó. Chao... LA HADITA QUE TOCA EL VIOLÍN HUASTECO. Al otro día no llegó pero puso un papelito en la ventana que decía: “fui a visitar a mi abuelo porque está malito”. Yo me tomé un respiro y empecé a acomodar —una vez más— mis tarjetas de notas y a tratar de redactar el capítulo primero de “Fenómenos asincrónicos del subdesarrollo” pero no pude. Fui a la cocina a hacerme un bocadillo y luego a mi biblioteca a buscar algún libro interesante para prestárselo a Iruma con la esperanza de que olvidara la historia que se me estaba saliendo de las manos. Buscando entre los libros, me acordé de pronto de aquella colección de libros de piratas que mi hermano compraba en la Librería de Cristal que estaba en la Alameda Central y leíamos con delirio... ¿Cómo se llamaba?... ¡Bucaneros de América de Alexander Exquemelin!... ¿Qué se habrán hecho?... Entre tanto libros de economía, de computación, filosofía, teatro y matemáticas no encontré ninguno que sirviera para prestárselo a la niña, pero sentado frente a la mesa empezaron a llegarme a la mente aquellas fabulosas novelas soviéticas de la editorial Progreso de Moscú que devoraba de joven: Marusia, el Peque — un niño huérfano que trabajaba en los Urales—, Un hombre de Verdad, Plutonia, La Nebulosa de Andrómeda. Y buscando en las cajas recordé cosas que casi tenía borradas como aquel cañoncito de metal que cargábamos con pólvora y de aquella ametralladora que disparaba palitos; de los festivales que organizaban los vecinos en honor a Santa Lucía en los que cantaba “La Manzanita” y Pedro Téllez; del eterno sketch del violinzote, violín y violincito que hacían los hijos de don Manuel. Y recordando descolgué la jaranita de la pared y empecé el rasgueo que me enseñó Lalo Bustos en el taller de música huasteca de la Normal Sperior. — ¿Por qué me estoy acordando de todo esto? —me dije— Si yo debería estar elaborando un ensayo académico.

22


23

Al día siguiente, todavía con el uniforme de la escuela y sus dos colitas, estaba en la ventana comiéndose un plátano. — No pude venir porque mi abuelo está malo de sus ojitos. Tiene cataratas que no lo dejan ver bien y lo van a operar, pero tiene miedo. Todos le dicen que no se preocupe pero él sí se preocupa y anda de muy mal humor... — No es tan malo. A mi me operaron de los ojos y quedé muy bien.... — ¿De veras?Le voy a hablar por teléfono para decirle... ¿Y la historia?... — ¿Otra historia?... Uy, voy a tratar de acordarme… — Déjame ir al baño primero para no interrumpirte. — Tyara tuvo más suerte porque llegó a la costa haciendo escalas de barco en barco hasta que llegó a un pesquero que capturaba cangrejos cerca de las costas del pueblo veracruzano llamado Antón Lizardo. Al llegar al bote, muy cansada, se quedó quietecita detrás de un cuadro de la virgen de Guadalupe que tenía un vasito con flores secas y desde ese lugar se puso a mirar el trabajo de los pescadores que jalaban redes entre risotadas y cumbias que salían de una grabadora colgada del techo de la barca. A una señal de un hombre moreno y gordo emprendieron el regreso al puerto cuando el sol todavía estaba alto. Cuando llegaron a la orilla quiso escapar de inmediato del calor agobiante pero no lo pudo hacer porque empezaron a llegar niños corriendo entre la espuma que levantaba el lanchón y los pescadores brincaban al agua haciendo ruidosas maniobras. Entre todos sacaron varios botes de plástico llenos de cangrejos, redes llenas de peces plateados y tinas con langostinos. La hadita esperó un rato moviéndose con cuidado para bajarle el volumen a la grabadora que ya la tenía aturdida y cuando vio que todos se encontraban en la playa seleccionando la pesca emprendió el vuelo rumbo a una palmera buscando la sombra y la paz: no estaba acostumbrada a tanto bullicio ni a tanto calor.

23


24 La sed la mataba pero no quiso aventurarse a salir porque alguien podía verla con tanta claridad. Sentándose en un coco se adormiló mirando el ir y venir del mar hasta que llegó la tarde. Una racha de brisa fresca la sacó de su modorra y emprendió el vuelo hasta un grifo donde se bañó y tomó agua. Después se encaminó hasta una casa donde encontró una concha de chocolate a medio comer. Bajo una palapa durmió toda la noche y muy temprano emprendió el camino hacia el norte porque, según el mapa que traía dibujado en el bracito, hacia allá quedaban los Estados Unidos. Como le daban miedo los camiones se fue haciendo escalas de pueblo en pueblo con mucho gusto porque fue descubriendo tierras y lugares que en nada se parecían a su país natal. Si bien es cierto que hacía mucho calor, a lo largo del camino fue encontrando arroyitos, lagunas y pozas donde refrescarse; y para comer: plátanos machos, granadas, papayas y leche de las vacas que pastaban en los potreros. Tyara era muy sensible y con mucha facilidad se distraía oliendo el aroma de las flores de liquidámbar, framboyán, manzanilla y visitando los prados escondidos entre los árboles de encino y jinicuil. En una de esas excursiones apartándose del camino se encontró con la flor de la vainilla que le pareció muy fuerte y la hizo estornudar por un buen trecho. Volando y volando entró a una población llamada Chicontepec donde buscó refugio en la torre de una iglesia para sacudirse el polvo del camino y descansar un rato encaramada en lo alto de una fresca campana antes de buscar algo para comer. Cuando más tranquila estaba mirando la luz vespertina filtrándose desde las montañas cercanas, un espantoso trueno la hizo rodar desde lo alto de la campana. Temiendo lo peor, sobándose la cabecita,

se asomó por una esquina del

campanario para ver que allá abajo pasaba un grupo de personas muy extrañas comandadas por un diablo y un hombre que lanzaba al aire unas varas que al llegar arriba producían un horrible estruendo. Con curiosidad se

24


25 acercó para ver de cerca a esos hombres y mujeres que no se parecían en nada a los que le habían contado en su país que se encontraría. No les tuvo miedo porque iban bailando dando grandes gritos y la gente que les hacía lugar en la calle los saludaba con aplausos y sonrisas. De casa en casa los fue siguiendo porque le gustaron mucho los bailes del diablo que se contoneaba y molestaba a los curiosos. Cuando llegaron a un amplio atrio de iglesia Tyara, a lo lejos los siguió con la vista y al abrigo de un alto barandal de herrería, se puso a copiar los pasos de la danza. Más tarde, cuando sintió hambre se acercó a un restaurante sencillo, que tenía un techito de tejas y un patio de tierra donde se servía zacahuil y carne asada. En un vuelo rápido se llevó una tortilla caliente de un canasto. Y ya se la iba a empezar a comer cuando le llegaron sonidos lejanos de música que venían de un tupido grupo de árboles. Haciendo pedacitos la tortilla y metiéndola en su bolsita se dirigió hacia ellos con mucha precaución. Al amparo de la sombra de un aguacate miró a un trío de loritos verdes que tocaban una música que le trastornaba el alma. Recordó que allá en el país de las haditas, un pequeño fauno, también verde, le había enseñado a tocar el flampipe, un grupo de juncos de distintos tamaños unidos por cuerdas, que producía música con olor a limón. Recordó que los días de fiesta se reunían con otras haditas que tocaban chimbelas, ocarinas y gaitas para acompañar a Zarah que cantaba canciones para bailar. Cuando los vio, sin poderlo evitar, se fue a cercando a ellos para escuchar de cerca las canciones que salían de una guitarrita, una guitarra panzona y de un violín que ya había escuchado con los gnomos pero que en las alas de ese lorito que cerraba los ojitos y sacaba una gorda lengua de su pico, sonaba completamente diferente. Los tres traían puestas unas chamarras con barbas en las mangas que se movían al ritmo de la música, paliacates en el cuello y sombreros de palma. Uno de ellos cantaba:

25


26 — Dijeron que no hay caimán, allá en el pocito de agua. Los demás contestaban cantando también: — Allá en el pocito de agua, dijeron que no hay caimán. — Y cuando yo fui a tomar —reviraba el solista— con mis hijitos loritos; ahí me encontré al caimán, mirando con sus ojitos. En las ramas superiores del árbol un grupo de loros multicolores acompañaban la canción moviendo las cabezas y, durante el falsete echando gritos y moviendo las alas con entusiasmo. Cuando Tyara se acercó más pudo notar que, incluso, había parejas de loritos que bailaban sobre las ramas produciendo un ruido muy peculiar. Siguieron cantando: — Me dijo que no hay caimán una lora bullanguera. Una lora bullanguera me dijo que no hay caimán. Y cuando me fui a bañar con mis cositas de fuera ahí estaba el caimán tocando la guapanguera. Como hipnotizada con la música del violín fue perdiendo la precaución y en un arrebato de alegría, cuando los músicos cantaban una canción que hablaba de un mítico animal desconocido para ella llamado “zopilote”, con un grito salió de su cobijo de hojas y se puso a bailar. Todos, menos el lorito que tocaba el violín con los ojos cerrados, se quedaron callados mirando a la hadita que nunca habían visto en su vida. Los loros más nerviosos se echaron a volar y los curiosos se desplazaron por la rama para mirarla de cerca. Algunas cotorritas jóvenes se retiraron a las ramas de arriba frunciendo el entrecejo mientras mascullaban: “no sé que le ven”. Tyara se quedó quieta mirando tantos picos cerca de ella. Cuando comprendió que no querían hacerle daño sonrió abiertamente y se echó a volar a una rama más alta desde donde los saludó con la mano.

26


27 — ¿Qué anda haciendo por estos andurriales, señorita?— le preguntó el jaranero. — Vengo de muy lejos —le contestó Tyara señalando el horizonte con su mano —. Voy al norte, pero me gustó mucho su música. — Es puritito son huasteco, señito. Y nos agarró en pleno fandango — dijo el violinista. — Por favor, sigan tocando. Yo me quedó aquí quietecita escuchando. — La convidamos al fandango, señorita. Vénganse a zapatear. — Dijo el de la guitarrita. — O acérquese a las cazuelas, mi reina — dijo el violinista echándose el sombrero para atrás—. Tenemos semilla de girasol, plátano macho, mamey, cacahuates y hoja de lechuga. Sírvase con confianza... — Sólo quiero escuchar, gracias — les dijo Tyara—. Su música es muy bonita, y muy alegre. —Pos pa luego es tarde —dijo el violinista y agregó mirando a la concurrencia —. Un bonito son dedicado a todas las bellas cotorritas que están chismorreando allá arriba. ¡La guacamaya!... Y entre las protestas y pedazos de papaya y plátano que le lanzaban, se arrancó con un son pegajoso de acentos jarochos que decía: — Pobrecita, guacamaya. Ay qué lástima me da; ay que lástima me da, pobrecita guacamaya. Se acabaron las pitayas ora sí qué comerá. Pobrecita guacamaya, ay que lástima me da. Entre las risas y puyas del respetable siguieron tocando con hartas ganas hasta que lograron jalar a las cotorritas rejegas que poco a poco se fueron acercando. Un perico verde, de copetito rojo invitó a Tyara a bailar y ella no se negó: le encantaba la música y el baile. Estuvieron bailando hasta que se hizo tarde. Y cuando más animado estaba el fandango. Un loro macho ya viejón paró la música para decirles: — ¡Alto la música! Lo siento mucho, compañeros pero tenemos que ir a hacer el show. Luego regresamos. Le explicaron que a esas horas, todos los días

27


28 salían a hacer un espectáculo de vuelo para los turistas que visitaban una poza cercana. Y como la invitaron, se unió a la bandada de pericos en la parte de los más rápidos. Se divirtió muchísimo. Al principio se sintió fuera de lugar porque el vuelo de los loritos le parecía un poco torpe, pero cuando les agarró el ritmo se acopló muy bien a las indicaciones de una cotorrita delgadísima y enérgica que gritaba: “¡Tirabuzón hacia arriba, picada a la derecha, despliegue hacia abajo, ondulado en dos grupos!” Y muchas órdenes de vuelo que todos seguían al instante sin dejar de lanzarse burlas, hacer chistes y lanzar ruidosas risotadas al aire. Al terminar su acto, se retiraron a unos árboles cercanos a limpiarse el sudor con las alitas, a “recobrar el resuello” y a aguantar el regaño de la cotorrita coreógrafa por tal o cual equivocación, falta de coordinación y

de

concentración. Cuando todo terminó, el trío de loritos huastecos sacó sus instrumentos y se reanudó el fandango sólo un rato más porque a pesar de lo ruidosos, alegres y dicharacheros que eran se retiraban temprano a dormir. Acercándose entre la multitud al cotorro que guardaba su violín en un estuchito, Tyara le pidió con mucho respeto: — Rolando... ¿Me enseñaría a tocar el violín? — No me siento capacitado, señito. Soy lírico: toco de oreja... — Toca usted muy bien... Nunca había visto a alguien que le sacara tantos sonidos grandes y chiquitos a las cuerdas del violín... — Me enseñó tata Crispín, que aprendió muy bien porque vivió diez años en la casa donde ensayaba el trío Chicontepec hasta que se escapó para regresarse al monte. Lo malo es que me enseñó a puros coscorrones, y ni modo que yo le enseñe así... — Yo sé algo de música, Rolando. —Le dijo Tyara. — Pus vamos a intentarlo. A ver si no me echan mucha carrilla los cotorros de la colonia porque son rete malillas...

28


29 — Pero no tengo violín —le dijo Tyara—. Pero si me dice cómo, puedo hacer uno. — Por ahí tengo un gallito. Usted no se preocupe por eso. Y a partir de ese día, en la copa de un aguacate, apenas salía el sol, ya estaba Rolando, un lorito huasteco verde de copete amarillo, tocando las escalas con Tyara, una hadita venida del otro lado del mar, entre las burlas de los cotorros que pasaban o que miraban desde las ramas cercanas. — Mejor ponte a trabajar, güevón. — Cuídese del rasca tripas, señito. Tiene rete harto pico. Y sería por las ganas de la hadita o la paciencia del lorito, pero pronto se empezaron a escuchar en las ramas del aguacate, el querreque, el huerfanito, la Cecilia, el Torito, el gusto, el fandanguito y otros sones facilitos. Cuando llegó el invierno, Tyara comprendió que no podía quedarse con los loritos todo el tiempo porque tenía que trabajar y conseguir dinero. Un día, después del fandango de despedida que le hicieron, con su bolsita llena de pedacitos de mamey, muchos regalitos y un violín con estuche, emprendió el viaje al norte donde le esperaba un trabajo limpiando habitaciones en un hotel de cinco estrellas. — ¿Y ya no siguió tocando el violín? — Me preguntó Iruma, acodada en la ventana interrumpiendo el peinado de una muñequita rubia. — Las últimas noticias que tengo. Es que no estuvo ahí mucho tiempo porque la deportó la migración y ahora da clases de violín en una casa de la cultura y en la noche toca música huasteca en un restaurante de Pachuca. — ¿Y está contenta? — Sí —le dije—, porque cuando tiene vacaciones se convierte en hadita y se va a visitar a los loritos de Chicontepec. — ¡Qué padre! Ya me voy porque van a venir dos amigas a hacer palomitas en el microondas. Nos vemos.

29


30

Y cerrando la ventana se fue rápido como acostumbraba. Yo me puse a ordenar —una vez más— mis tarjetas de información económica. LA HADITA QUE BAILA DANZÓN. Después apareció fugazmente sólo para decirme que tenía mucha tarea y que, por las tardes, estaba ensayando en la casa de una amiga una canción que iban a presentar en la clausura de la Semana de la Ecología y hasta me cantó un poquito para acordarse: “el mundo es una bola de agua y tierra, el mundo es una bola de agua y tierra“, luego se fue. Una tarde, lanzó unas piedritas a mi ventana para pedirme unas botellas de refresco o unos periódicos para el concurso de reciclado y luego desapareció por completo, lo que me permitió empezar a escribir el primer capítulo de mi libro. Yo que, según mis críticos, no tenía ideas pero las escribía muy bien, no atinaba a hilvanar dos párrafos coherentes. Empecé con un concepto general para derivarlo a ideas subsidiarias, como dice la teoría, y nada. Intenté con una idea particular para extrapolarla al conjunto y nada... Mejor fui a buscar los periódicos a la covacha donde los guardaba. Mientras los acomodaba en montones, empecé a recordar cuando de niño leía las noticias del futbol en el “Ovaciones” que compraba mi padre y los cuentos de la Familia Burrón, Rolando el Rabioso, los Supersabios, que le comprábamos a la “señora de los cuentos” que, por cierto, mi mamá aborrecía por fodonga. Me acordé clarísimo de los álbumes con estampas de luchadores, de animales, de historia que llenábamos con mis hermanos... ¿Por qué les diríamos “larines” a las estampas?...

Y leyendo una noticia de un periódico viejo me acordé de

aquellos cuentos que nos contaba la abuela otomí sobre el “charro negro” que se robaba a las muchachas, de los pocitos, del brazo de mar que iba a inundar su pueblo, de esas señoras que llegaban a su pueblo corre y corre vendiendo pato a las que les decían las “almichis”; de la “Boda de los Inditos” que era

30


31 larguísima y en verso. Sentado en el suelo, leyendo periódicos viejos pasé una tarde deliciosa. Más tarde vino Iruma, pero al ver que era un montón grande regresó con dos niñas para echar varios viajes. Al final se fueron muy contentas porque estaban seguras que iban a ganar el premio del reciclado de su escuela. El lunes, con una chamarrita de mezclilla y sus dos colitas, tocó mi ventana con una antena de radio que se había conseguido. Cuando abrí se acomodó como si nada. Me alcanzó una ciruela roja y otra amarilla y preguntó: — ¿Ya se acabó la historia de la hadita violinista? — Ya. — Le dije con la esperanza de que se conformara. — Entonces cuéntame otra, por favor. — En su país Lizlul era una hadita verde de las que preferían vivir en el bosque recogiendo granos comestibles para las demás y atendiendo a los animales que sufrían alguna herida. Era pequeña pero fuerte; tenía los ojos cafés y el cabello corto a diferencia de casi todas las demás. Y también, a diferencia de las demás, poseía varios vestidos que se ponía a lo largo de la semana porque le gustaba verse bonita y diferente. Había decidido irse de su amado bosque para juntar un poco de dinero que le permitiera pagar la hipoteca de la casita del abeto en la que vivía con su hermana Ëlida porque los intereses cada vez eran más onerosos. Lizlul entró por otro rumbo. Como le habían advertido de los peligros de la frontera llegó escondida en un barco que venía de China. Como la fiesta de despedida se prolongó mucho, no llegó a tiempo para abordarlo, así que tuvo que volar durante varios días en medio del mar, descansando a ratos en pedazos de madera a la deriva, haciéndose pelotita porque un día por poco se la come un pez volador que saltó sobre ella atraído por la llamativa flor de su diadema. Cuando ya estaba muy cansada, agobiada por el sol y sin ganas de seguir buscando tuvo la suerte de ver una estela de espuma en el agua azulverde y a lo lejos una columna de humo que se alejaba rápidamente.

31


32 Haciendo acopio de fuerzas aceleró la marcha para alcanzar al inmenso carguero que se desplazaba por el espejo del agua como una pesada ballena. Cuando al fin lo pudo alcanzar, trató de refugiarse en una compartimiento cercano a las chimeneas pero el calor y el tizne la hicieron alejarse rápidamente. Mejor buscó la seguridad en uno de los botes de salvamento que estaban cubiertos por gruesas lonas. A bordo las condiciones eran muy duras. Durante casi todo el día la cubierta permanecía desierta, apenas visitada por algunas gaviotas y pelícanos, pero cuando el sol pegaba plomo y el calor era más intenso, poco a poco un gran número de personas tristes, de piel amarilla que hablaban poco iban saliendo de las entrañas del barco para sentarse en la parte sombreada de la cubierta y recibir un poco de arroz y agua que unos hombres sacaban de dos enormes peroles. Ahí permanecían como dos horas mirando hacía el horizonte. Después regresaban a la panza del carguero siempre en silencio. Lizlul comía de lo que encontraba en la cubierta del personal. No era mucho, apenas un poco de arroz hervido con pescado, pero ella se conformaba porque ahí estaban los botellones de agua que le permitían beber y llenar su odre de calabacita hueca. En uno de esos días, cuando casi todos dormitaban arrullados por unas ráfagas de aire fresco, Lizlul, que se sentaba en una cuerda a mirar el atardecer, sintió que alguien la veía desde abajo. Instintivamente buscó la protección de la cuerda y se deslizó para pasar desapercibida. Un ratito después, lentamente fue sacando la cabeza hasta descubrir a una niña que tapándose el sol con la mano y sonriendo miraba hacia la cuerda. Lizlul no supo que hacer, pero al ver la sonrisa franca de la niña levantó la mano para saludarla y la niña hizo lo mismo. Así pasaron varios días saludándose de lejos, hasta que una tarde muy calurosa, cuando los demás dormían se encontraron en un rincón de la cubierta donde había un altero de lonas mugrosas de chapopote. La niña se recostó en

32


33 ellas y Lizlul vino a posarse en su bracito amarillo. Platicaron un ratito, con un ojo al gato y otro al garabato, por si venía alguien. Casi nada se entendieron porque en el código de la hadita no se encontraba ese idioma tan complicado, pero, por los ademanes de la niña, Lizlul se enteró que venían de China y que iban al otro lado del mar. Ella le dijo lo mismo y le prometió buscarla cuando llegaran a su destino. Al escuchar los gritos de los marinos y al ver que las personas empezaban a levantarse, la niña se despidió de ella con una risa tan sonora que sonó muy extraña en ese barco cargado de tanta tristeza. En los días siguientes ya no se reunieron más porque un viento helado y olas altas obligaron a todo mundo a quedarse dentro del barco. Muy a su pesar Lizlul regresó al compartimiento caliente y sucio de la chimenea para soportar los días de ventisca. Todavía se vieron una última vez con Mazatlán a la vista. Ese día la niña, acompañada por dos adultos, se sentó en una cuerda enrollada y desde ahí la saludó con un trapito con el que se secaba el sudor. Y no se vieron más porque esa noche, cuando la oscuridad era total, varios lanchones se emparejaron al barco para llevarse a toda la gente con el mayor de lo sigilos. Lizlul se quedó ahí sin saber que hacer. En un descuido de los marineros entró volando a las bodegas del barco sólo para comprobar que el único rastro humano era un penetrante olor a sudor y a orines. Con la costa cerca voló hasta un enorme edificio desde donde pudo ver la ciudad de Mazatlán con su mar azulísimo. Lizlul sabía lo que tenía que hacer. Bajó volando hasta una playita solitaria donde se transformó en mujer para cumplir uno de los retos que le propusieron las haditas que ya conocían Mazatlán: subirse a una pulmonía. Se echó a caminar por las calles del centro hasta que, con el mapa que llevaba dibujado en un papelito, encontró el mercado. Ahí comió unos animales deliciosos llamados camarones con salsa Valentina y una soda “Toni col” que le gustó mucho. Después se compró un “ledovi” de sabor extraño...

33


34 — ¿Qué es un “ledovi”? — Preguntó la niña sin levantar la vista de sus uñas que se pintaba con una brochita. — Así le dicen a la nieve en su país; pero sólo hay de chocolate. — ¿Y de qué sabor era la que se compró? — De arrayán... ¿Lo conoces? — No. —Sin dejar de comer su nieve con bocados chiquitos para que durara, se fue caminando por el malecón de Olas Altas mirando al mar y escuchando la música de banda que salía de los restaurantes de la playa. Cuando se lo terminó se quitó los zapatos, se acercó al mar para lavarse las manos y la boca y regresó a la calle para subirse a una pulmonía. — ¿Qué es una pulmonía? — Me preguntó Iruma pintándose con puntitos de colores— ¿No es la enfermedad, verdad? — No — le respondí—. En Mazatlán, las pulmonías son unos taxis abiertos que sólo tienen techo porque hace mucho calor. — Ah... ¿Y luego? — Después de un buen rato, como no traía mucho dinero, pagó la pulmonía y se regresó al rinconcito de la playa para volver a convertirse en hadita y salir rumbo a México a bordo de uno de los tantos camiones que hacían fila en la caseta de cobro. Eligió uno que venía repleto de naranjas. Se acomodó hasta arriba y se tapó con unas franelas que encontró. Cuando se puso en marcha Lizlul se quedó profundamente dormida hasta que la enorme velocidad que tomaba el camión la despertó. Se puso lista esperando una curva para bajarse pero no pudo. Un brinco tremendo provocado por un bache en la carretera la hizo salir disparada por los aires junto con una centena de naranjas. Despertó en medio

de una espesa oscuridad caída en el suelo. Trató de

levantarse pero le dolía todo el cuerpo y una enorme confusión le afectaba el entendimiento. Cuando empezó a comprender la situación trató de salir de la

34


35 carretera. Entre varias naranjas destripadas se empezó a arrastrar guiándose por las sombras de unos fantasmales arbustos que veía en las orillas. Llevaba como un metro de avance cuando sintió que una enorme boca se acercaba a ella. Trató de ponerse a salvo, pero no pudo volar. Con mucho miedo emitió un grito apagado al notar que una bocaza llena de dientes mordía su vestidito y se la llevaba. No supo más porque cayó en un sueño pesado lleno de imágenes amenazadoras. Con las primeras luces de la mañana una lengua rosada la despertó humedeciéndole la cara. Con un salto y un grito descubrió que la lengua salía del hocico de una enorme bocaza que tenía una nariz calva con bigotes y dos ojillos inquietos más arriba. Una voz pausada y chillona le habló: — No te muevas mucho. Te caíste del camión naranjero re gacho... Lizlul no sabía que decir, ni podía: el miedo la paralizaba. Al notarlo el animal le dijo: — No seas desconfiada, morrilla. Lo malo que te iba a pasar ya te pasó y tuviste suerte. Aquí pasan muchos accidentes porque en la recta los choferes le meten la pata al acelerador... — ¿Quién es usted? — Le preguntó la maltrecha hadita. Tratando de protegerse detrás de unos terrones... — Pedrito Tlacuache, pa servir a usted. Yo siempre ando por aquí y anoche la vi tirada quejándose y me apresuré a sacarla de la carretera pa que no la fuera a aplastar un torton... — ¡Mentira! — dijo un armadillo — Dijiste que era una lagartija y te la ibas a comer. — Es que no se veía, nada, Carmela. Cuando me di cuenta la puse a salvo... Cuando Pedrito vió que Lizlul ahora se protegía del armadillo la tranquilizó. — No se espante, mi alma. Es amiga. — Carmela Armadilla— dijo la animalilla acercándose amistosamente—. Soy vecina. Tu humilde madriguera está en aquellas peñas y si no hubiera sido porque llegué a tiempo, este guzgo te hubiera cenado anoche...

35


36 — Oye, oye — se le acercó el tlacuache—. No la malinformes. Lo que pasa es que se estaba retorciendo y no se veía nada…Yo sólo como animales nocivos. —Nocivos tienes los bigotes, mondao— le dijo la armadilla—. Mira que confundir a esta señorita tan bonita con una lagartija... ¡Ah, chirrión! Tienes alas. ¿Qué, eres parienta de las libélulas? — No, soy un hada —contestó Lizlul—. Vengo de muy lejos. Voy a la capital. — Se llama “capirucha”, señorita. —Dijo el Tlacuache. — Iba camino a la “capirucho”… Y lo dijo tan chistoso que ambos animales empezaron a echar sonoras risotadas, cerrando los ojillos y meneando la cola. — Habla como gringa — Dijo el tlacuache. —…Pero me caí del camión. Mi nombre es Lizlul — Vente con nosotros porque no tarda en pegar el sol y si nos ven los traficantes nos pueden capturar para vendernos en el mercado de Sonora de la capirucha. Y sentada en el caparazón de Carmela, Lizlul se fue alejando del lugar del accidente. Le dolía todo su cuerpecito, pero no se quejó ni una vez; sobre todo porque la armadilla iba muy despacito cuidando de no pisar piedras. Pedro, el tlacuache iba adelante husmeando el aire para prevenir algún peligro. — A estas horas todavía anda por aquí el Cochipe, el coyote. — Le dijo la armadilla en un alto mientras miraba para todos lados. En la entrada de un agujero de la tierra disimulado por matorrales y piedras, el tlacuache se despidió con la excusa de que iba a “un mandado”; Carmela, la armadilla invitó a la hadita a descansar en su madriguera. — Cierra los ojos, chamaca —le dijo antes de entrar—. Has de disculpar el tiradero. Qué pena. En la guarida de la armadilla, Lizlul pudo dormir un buen rato hasta que le empezaron a molestar los piojos y que también ahí vivían. Por cortesía no dijo nada y se rascaba discretamente pero empezó a sacudirse con el pretexto de

36


37 acomodar los huesos. En la nochecita, cuando refrescó el tiempo. Carmela la armadilla fue a darle un poco de miel de huizache y pedacitos dulces de corazón de biznaga. — No te corro, chamaca —le dijo—. Pero si te vas a poner en camino orita es el momento porque aquí adelante paran los tortons y puedes subirte en uno bueno. Cuídate mucho y ya sabes que aquí tienes tu pobre madriguera. — Sí. Gracias por todo. — Nomás te quiero pedir un favor, digo sí se puede… — Sí, dígame. — Le dijo la hadita. — A ver si puedes preguntar por mi viejo allá en la capirucha. Es que no me ha escrito…Unas amistades me dijeron que ahora se dedica a la música… Se llama Memo Armadillo… — Voy a preguntar, Carmela… Se lo prometo. — Gracias, chamaca… Bueno, adiós. Te va a llevar Pedro porque yo soy lentita. — Nunca la olvidaré… Gracias. —Le dijo Lizlul dándole un beso en una áspera oreja. Y con un nudo en la garganta, saludó a Pedro que ya la esperaba fuera de la madriguera, para llevarla al Restaurante de Camino “Lonches calientes” donde paraban los choferes a cenar. Bien agarrada de los pelos duros del tlacuache, Lizlul llegó a un gran estacionamiento donde pudo elegir un camión grande que traía bultos de maíz de Estados Unidos a la capital, dizque para combatir la especulación y abaratar la tortilla. En una lomita cercana se despidió de Pedrito: — Adiós, Pedrito. Gracias… — De nada, morrilla. Un paro no se le niega a nadie… Apréndete la dirección de una señora buena onda que trabaja por los animales de esta zona… — Si sé algo del esposo de Carmela se los hago saber… — Olvídate de eso. Yo no tengo corazón para decírselo a Carmela, pero Memo ya no va a regresar… — Me dijo que se dedica a la música.

37


38 — Porque lo hicieron charango, chava… Cuídate. Y rápido le dio la dirección de la amiga de los animales del desierto que podría ayudarla a colocarse en la capirucha porque su transporte ya estaba calentando el motor. El viaje duró muchas horas porque el camión venía en caravana con otros para que no los asaltaran. Muy noche, Lizlul supo que ya estaban en la ciudad porque entre dos redilas vio pasar la estación Indios Verdes del metro. Como iban lento no le costó trabajo bajarse. Buscó un lugar discreto para convertirse en mujer pero descubrió que todo estaba lleno de personas ateridas de frío que esperaban la primera corrida del metro para abordarlo. En medio del camellón de Insurgentes pudo encontrar un lugarcito donde doblar sus alitas y sacar su capita para protegerse del frío. Más tarde, preguntando y preguntando, se fue acercando a la casa de la amiga del tlacuache que vivía por el rumbo de la Nueva Santa María. Ahí se quedó varios días hasta que, gracias a la señora, pudo encontrar un trabajo en un Oxxo, alquilar un cuartito de azotea, comprarse unos jeans y mandar dinero por “Dinero Express” a su hermanita Ëlida. Unos días estuvo tranquila, arreglando su cuartito. Pero cuando ya le había lavado las ventanas, pintado las paredes y puesto cortinas se sintió encerrada e inútil. Buscando algo que hacer llegó a la casa de la cultura de Azcapotzalco donde entró al taller de guitarra del maestro Manuelito que le aburrió pronto porque nomás le enseñaba el chun tata y “La Feria de las Flores”. Decepcionada empezó a buscar cursos de macramé, bordado, tejido, hasta el día de la Muestra anual de los talleres de la Casa de la Cultura porque ese día se quedó boquiabierta con la presentación del taller de danzón de la maestra Olivia.

38


39 A la mitad del “El bombín de Barreto” ya había decidió que iba a entrar; cuando empezó “Isora” sabía que costara lo que costara iba a aprender ese baile elegante y fino que en nada se parecía a los bailes desordenados y frenéticos que sus hermanas haditas bailaban para recibir y despedir a la primavera; y cuando terminó uno que se llamaba como sus parientes “Nereidas” ya no tenía dudas: ese era su lugar. Desde la siguiente semana, los martes y jueves sin faltar uno, de cinco a siete, sus pies empezaron a descubrir los secretos del danzón. Paso a paso, sin faltar algunos regaños, empezó a encontrarse con el cuadro básico, el cubano, el falso, el columpio, el floreo, el tornillo, el paseo…. Hasta que llegó uno de sus días más felices en que, con un abanico, zapatos y vestido nuevos, y de pareja con Susanito, un viejito epiléptico que llegó al danzón por terapia, bailó “Almendra” sin equivocarse ni una sola vez. Hoy, ya dejó el Oxxo. Trabaja en el parque Tezozomoc cultivando las rosas; cada mes manda dinero para la hipoteca y está ahorrando para que Ëlida venga a verla bailar en el aniversario del club de danzón donde ya es muy querida. — ¿Tú has visto bailar a Lizlul? —Me preguntó Iruma. — No, pero dicen que lo hace muy bien porque parece que ni toca el suelo. — Qué chiste, tiene alitas. —Dijo Iruma. — A lo mejor por eso. — Están tocando —dijo Iruma muy apresurada. — Ha de ser mamá porque me va a llevar a cortar el cabello… Chao. Como siempre se fue con rapidez sin darme tiempo a decir nada. Yo, después de un rato, volvía empezar a acomodar mis tarjetas, y mirando el calendario mascullé: — Ya se me echó a perder todo el plan del libro.

39


40 LA HADITA QUE LE GUSTABA ENSEÑAR. Durante unos días me dejó trabajar. Por alguna razón, sólo se asomaba para saludarme y se metía a su departamento. En esas fugaces apariciones pude ver que le habían cortado tanto sus colitas que parecía perrito pequinés. Durante esos días de ausencia, trabajé con verdadero ahínco, pero no en el libro de economía. Desde el día que busqué los libros infantiles me dieron ganas de ordenar y limpiar mi biblioteca. Me puse ropa cómoda, me armé con trapos viejos, una cubeta, la aspiradora, la grabadora y entré en ella dispuesto a dejarla rechinando de limpia. Sin embargo, el plan se frustró porque empecé a distraerme con libros, discos, revistas y objetos olvidados. Cuando quise tirar unos papeles encontré aquella novela que empecé a escribir en mis años de estudiante cuando andaba con barba, cabello largo, mochila y cantando canciones de Violeta Parra, Quilapayún, Victor Jara y los Folkloristas con mi guitarra de palo escrito. La desempolvé y las pocas hojas que leí me gustaron tanto que se me empezaron a ocurrir ideas para continuarla. Encontré mis viejos cancioneros y me puse a cantar. ¿Hace cuanto que no lo hacía? ¿Todavía podré tocar los tonos mayores y menores en la guitarra? Cuando destapé una caja de inmediato sentí la mirada de mi Pinocho de madera junto a Pepe Grillo y los perritos bailarines de Colima cuidando los libros de mi época de maestro en la Primaria “República Mexicana” bajo la dirección de Agustinita. Dejé la limpieza para otro día porque los recuerdos seguían saliendo de las cajas. El día que reapareció no se veía cómoda. A cada rato se jalaba las colitas se pasaba la mano por el cabello. Comiéndose una granada granito a granito me saludó: — Hola. — ¿Te cortaste el cabello?

40


41 — Humm, mi mamá me llevó… Cuéntame otra historia —dijo sin soltarse una colita—. Se las estoy platicando a mis amigas y ya no tengo qué contarles… — “Desde que estaba en el país de las haditas, Ugahí se distinguía por tres cosas: porque nunca estaba quieta, por sus hermosos ojos verdes y porque siempre estaba acompañada por muchas haditas niñas. Apenas el sol empezaba a salir por el horizonte, cuando Ugahí ya estaba en los linderos del bosque aprendiendo el idioma de los elfos con la vieja Ares, después se dirigía al lago Elmot a bañarse y a desayunar bayas dulces y arándanos. Más tarde, llegaba al milenario árbol de encino donde ya la esperaban varias pequeñas deseosas de aprender a leer el alfabeto secreto de las Hadas, los secretos del bosque y las propiedades de las hierbas y los frutos. Cuando se cansaban cada quien se iba por su lado: las niñas a jugar, Ugahí a cuidar los cultivos comunitarios de cerezas y fresas y a preparar vinos dulces con la ayuda de Fata y Aziza, dos haditas mayores que habían hecho suya esta tarea porque en el país de las hadas a nadie se le imponía un trabajo como obligación. En la noche, Ugahí regresaba a casa, no sin antes visitar a sus amigas, participar en los juegos o tomar jugo de uva mirando la luna desde la rama más alta del viejo sicomoro. Tuvo que irse, porque las nuevas autoridades de la Secretaría de Educación para seguir enseñando le exigieron permiso, instalaciones, contratar maestras tituladas, baños y pagar impuestos. Como para todo se necesitaba dinero solicitó crédito en las oficinas que se abrieron para apoyar a las medianas y pequeñas empresas, en los bancos, en las Sofoles, con los agiotistas pero como no tenía nada que dejar como garantía tuvo que salir del país para conseguirlo, siempre con el sueño de regresar a formar una escuela. Una tarde lluviosa, con una maletita en la mano, se despidió de sus alumnas con la promesa de regresar con lo necesario para abrir la escuela más divertida del país de las haditas. Para que no la vieran llorar salió volando muy rápido acompañada por el adiós de la ninfa Calipso que las hadas cantan en las despedidas.

41


42

Como hacían todas, enfiló el vuelo hacia el mar en busca de un aventón de un carguero, un junco, un trasbordador o un crucero de turistas. A bordo de un albatros que accedió a llevarla, por un precio módico, se encontró a una hadita gordita que también estaba haciendo el viaje. Al llegar al Caribe bajaron del gran pájaro marino para dirigirse a tierra firme. Mientras volaban, Ugahí notó que la otra hadita lo hacía con cierta dificultad, resoplando cada cuatro aleteadas. Por lo mismo sólo platicaron en los escasos descansos. Kiara — como se llamaba la hadita— le contó que ella no quería salir del país pero que había recibido una carta de su hermana Minú, que vivía en Los Ángeles, donde le decía que se encontraba enferma. — Voy a ayudarla, y si es muy grave a traerla de regreso a casa. — Dijo muy preocupada. Ugahí y Kiara entraron al país por el sur, en una panga de tablas que se mantenía a flote con cámaras infladas de llanta, junto con muchas personas que venían a quedarse, de compras, a vender fruta, pollos y cochinitos chillones. El día que llegaron, una lluvia tupida empezó a caer en medio de truenos y relámpagos que parecían salir de la tierra. Con sus maletitas a cuestas, echaron a caminar con dificultad porque a cada paso sus zapatillas de corteza de roble se quedaban atoradas en el fango del camino.

Hubieran

querido convertirse en haditas para volar pero tuvieron miedo que las gotas de lluvia tan gordas que venían de la zona selvática de Chiapas les rompieran las alas. Guardaron sus zapatitos en la maleta y caminaron con la sensación agradable de pisar el lodo tibio hacia la estación del ferrocarril. Ugahí pensaba que la estación era un lugar con bancas para esperar el tren, una taquilla para comprar boletos y baños para asearse.

Nunca imaginó

encontrarse en un recodo de las vías donde muchas personas se agazapaban al amparo de los matorrales, para montarse al tren de carga que en ese lugar, disminuía la velocidad por la curva y la pendiente. Apenas se escuchó el chaca chaca del tren las haditas, empujadas por los demás, corrieron sin pensarlo y

42


43 treparon a un vagón de ganado. La primera impresión que tuvieron ambas haditas fue el penetrante olor que venía del piso del contenedor. Abriendo un hueco entre el estiércol seco con un pedazo de cartón se sentaron en el piso y empezaron a mirar que sus compañeros de viaje, todo el tiempo, se mantenían preocupados y tensos. Ugahí trató de platicar con una señora pero sólo recibió una mirada desconfiada a cambio. Cuando llegó la noche, las dos haditas trataron de dormir pero descubrieron que los demás no lo hacían: se mantenían alerta con los ojos abiertos, atentos a cualquier ruido. Cerca de la medianoche, mirando por una rendija del vagón que les quedaba cerca pudieron darse cuenta que de los demás vagones empezaban a bajarse todas las personas rápido y en silencio. De inmediato sus compañeros de viaje se pusieron en movimiento y la señora que no le había contestado les habló con espanto indicándoles que se bajaran de inmediato y corrieran. Sin saber por qué, contagiada por el miedo de los demás, Ugahí corrió a esconderse entre un matorral de plantas espinosas que le rompieron el vestido. Tal fue su susto que, sin querer, se convirtió en hadita, para hacerse chiquita y pasar desapercibida. Y se quedó quietecita mientras escuchaba carreras y explosiones que, por un momento, iluminaban la cerrada oscuridad de la noche. A las primeras horas del día, descubrió que Kiara había desaparecido lo mismo que su maletita. Con cuidado empezó a buscar a su compañera llamándola bajito y volando de arbusto en arbusto hasta que, desorientada, se fue alejando de ese lugar lleno de una violencia para ella desconocida. Voló y voló hasta que pudo escuchar el sonido de la selva cercana y hacia ella se dirigió buscando seguridad y descanso. Se internó en la espesura y empezó a buscar una caída de agua que se escuchaba en la lejanía porque se sentía sucia y sedienta. En un lugar hermosísimo, encontró una pequeña cascada de aguas limpias y tibias que invitaban al reposo. Miró a ambos lados y al no encontrar a nadie voló hasta la

43


44 rompiente del agua para disfrutar de la brisa mojada y fresca. Después se sumergió en una pocita tranquila y se alegró cuando empezó a ver que sobre su cabeza empezaban a revolotear mariposas de colores. Nadó un rato y se lanzó varias veces desde unas rocas a la poza de aguas cristalinas recordando los días felices del verano cuando iba de excursión con las haditas niñas a las cascadas azules del país de las Nereidas. Se subió a un lirio acuático a descansar pero de pronto escuchó un aullido cercano que la puso alerta. Se puso el vestidito dispuesta a volar de inmediato cuando una vocecita junto a ella le dijo: — No te asustej, mana. Es un mono aullador. No hacen nada. De un salto se puso de pie con cara de asombro porque junto a ella estaba una hadita morena de alas anaranjadas vestida con una blusa bordada, una faldita adornada con un pañuelo rojo y una flor en el cabello peinado con dos trenzas. — Del que debes cuidarte es de Tiburcio, el lagarto, mana, porque ese canijo sí es traicionero y artero. Tantito te descuidas te mete tamaña mordida y te deja bien, pero bien amolada… — ¡Sí! — Dijeron las demás. Y entonces Ugahí descubrió que había más haditas morenas en las ramas cercanas, en las peñas de la poza y volando en torno de ella. Unas tenían las alas rojas, otras anaranjadas, azules, verdes y amarillas. — ¿Quiénes son ustedes? Una hadita mayor que llegó volando le dijo: — Somos el pueblo de las “Marujitas”, niña. En los pobladoj cercanoj nos conocen como las alunitas porque algunos humanos nos han visto en los días de luna llena. — Otros dicen que somos los espíritus de las mujeres que se mueren de amor. — Dijo otra marujita. — También dicen que nos robamos a los niños chiquitos— dijo otra hadita—. Pero no es cierto.

44


45 — Pero son… son… Yo no pensé que hubiera haditas aquí… Nadie me platicó de ustedes… — Es una larga historia. Pero aquí no podemos contártela porque la selva esconde muchos peligros y estos son territorios de la Nauyaca. — Dijo la hadita mayor. — ¿Quién es esa? —Preguntó Ugahí. — Una serpiente enorme que aparece de la nada, silenciosa y terrible que te encanta con sus ojos y cuando te quedas quietecita ¡saz! te come completita. Vamos. Volando en apretados racimos de colores, emprendieron el camino a casa. Ugahí se fue siguiendo a la primera hadita que le habló en la poza de agua. En el camino le contó que se llamaba Candita y la Hadita Mayor, Paulina, y que su destino era un árbol llamado Ceiba donde vivían “juntas pero no revueltas”. Después de un ratito de volar entre la maleza tupida, Candita le señaló un árbol enorme de copa extendida que tenía como 50 metros de altura. — Cuidado con las espinas. —Le dijo Candita cuando arbolizaron. Junto a ellas se posaban decenas de haditas que de lejos parecían mariposas por lo colorido de sus alas.

Todas se fueron a sus ocupaciones porque en sus manos

llevaban cubetitas de agua, pedazos de corteza, pedazos de liana, zacates, hojas de árbol, palmas. — Es que recién nos pegó el temporal, señito— le dijo otra hadita que se quedó con ellas—. Y orita están apuradas arreglando sus chozas. No vaya a pensar que son sangroncitaj. Y como Ugahi también vio que llevaban granos de elote y cacao, pedazos de plátano, mamey y ollitas de miel otra le dijo: — Al rato está invitada a la comida, mi alma. Todavía en la rama Candita le presentó a sus dos hermanas: Teutila y Nelly. Ugahí les dijo su nombre y que venía de lejos. Después la invitaron a su choza para que conociera a Celerina, la hermana mayor que se había quedado con

45


46 dolor de panza. Apenas entraron, todas se acercaron a una camita, pero la enferma ya estaba trepada en unas ramas reparando el tejado con unas palmas verdes. — ¿Y ora? ¿Por qué regresaron tan pronto? —Les preguntó Celerina. — Es que te trajimos flor de manzanilla para tu panza… — Ah, canijo. ¿Y esta? —Dijo Celerina cuando descubrió a Ugahí. — Es fuereña —le dijo Candita—. Luego te contamoj porque orita tenemos que buscarle algo para que se ponga. Mira nomás como está su vestido de roto. Y mientras la hadita menor buscaba en una caja las demás se subieron a las camas y le empezaron a preguntar de su país, de qué tela era su vestido, de sus costumbres con muchísimo interés… — A mi me gustaría conocer tu país —le dijo Teutila suspirando. Ya no platicaron más porque se empezó a escuchar un fuerte aleteo y risas. Las hermanas tomaron de la mesa una cazuelita tapada con hojas verdes, unos platitos y unas cucharas: — Vente. Es la hora de la comida. Afuera volaba una gran cantidad de haditas hacia el centro de la Ceiba. Cuando Ugahí, Candita y sus hermanas llegaron ya estaba dispuesta una mesa larga llena de cazuelas, ollitas y unas haditas hacían tortillas que cocían en un círculo de barro calentado con leña. — Puedes comer lo que quieras, Ugahí — le dijo Nelly dándole un platito y una tortilla—. Nosotras trajimoj tamalitos de chipilín porque hoy nos toca la comida a las marujitas anaranjadas. — Hay muchas cosas. — Dijo Candita destapando unas cazuelitas. — Pavo en achiote, empanaditas, albondiguillas… — O puedes comer zapote, tamarindo, plátano, mamey, guanábana bañaditas con miel. — Las empanaditas están riquísimaj. — Dijo una gordita que llenaba su platito. — Cuídate de lo que tiene este molcajete porque es chile amashito — y ante la mirada desconcertada de Ugahí, agregó Candita—. Pica.

46


47 — A mi me gusta lo picante —dijo Ugahí—. En mi país yo comía ají… Y uniendo las palabras a los hechos la hadita visitante tomó una cucharada del molcajete. Las cuatro haditas trataron de detenerla pero fue demasiado tarde, ya se la había llevado a la boca… — ¡Ay, ay! Me quemo, se me quema la boca. — Decía Ugahí echándose aire con ambas manos. Rápidamente Celerina le trajo un jarrito con una bebida muy fría para que se le quitara lo enchilada… — Gracias, gracias — dijo Ugahí sofocada y roja de los cachetes—. ¿Qué es esto que está tan sabroso? — Mirando el jarrito les preguntó... — Chorote, manita. Después anduvo con más cuidado pero probó de todo lo que había en la mesa. Como las haditas del mundo entero son vegetarianas no había carnes pero en cambio tenían guisados de camarón, pescado, ostiones, chanchamitos de varias cosas, frutas y dulces de miel, coco, plátano y el limón agrio que le encantó a la visitante. Terminó la comida cuando todas se quedaron quietecitas en las ramas. Unas cuantas haditas subieron la comida sobrante con unos malacates hasta la copa de la Ceiba para regocijo de una gran cantidad de colibríes, papagayos, tucanes y uno que otro quetzal. Después llegaron las marujitas de mayor edad que eran igualitas a las demás pero que se distinguían por su volar más lento. La mayor de ellas empezó a hablar como continuando la conversación: — Cuenta la leyenda que hace muchos… muchos años, toda la buena gente del Pequeño Pueblo vivía en un lugar muy lejano ¿llamado? Y todas las haditas que estaban en las ramas de la Ceiba contestaron: — Anwann, Paulina. — En este lugar habitaban todas las hermanas en armonía: las hadas del aire, de la tierra, del agua y del fuego bajo el gobierno de ¿la reina? — Gwynn —contestaron las haditas.

47


48 — Anwann — continuó Paulina, la hadita mayor—, era un lugar hermoso donde nunca hacía frío ni calor. Un lugar donde los árboles, colmados de frutas, albergaban a todas las especies de seres y animales. Donde no se conocía la enfermedad ni la muerte y todos los elfos, gnomos, fairies, hadas, trolls vivían en paz y armonía… Pero sucedió que un día… — Shuuuuu... —empezaron a soplar las haditas. — Un viento negro llegó del mundo de los humanos y una devastadora guerra empezó a cimbrar toda la tierra. Por el cielo empezaron a volar enormes pájaros de hierro descargando huevos explosivos que destrozaban a los hombres y a las ciudades sin compasión. Al país de las haditas, a pesar de estar escondido, empezaron a llegar los ecos del combate, los olores de la muerte, los sinsabores de la pena y la tristeza… Algunos hombres, heridos empezaron a buscar refugio con la mirada perdida por el miedo y el corazón destrozado por el dolor y la rabia. — Ohhhh — Exclamaron las haditas sentadas en las ramas. — La reina Gwynn trató de ayudar por todos los medios a los prófugos que, por equivocación, entraban en su país. Pero venían con demasiado rencor para entender la amabilidad del pequeño pueblo. Al menor ruido disparaban sus armas causando espanto y daño a los osados que trataban de darles un pan, un trago de agua, un poco de consuelo. Pero lo más devastador fue que en un ataque, uno de los ejércitos, o los dos, lanzaron gases venenosos que devastaron el bosque, mataron a los animales y ahuyentaron al Pequeño Pueblo que tuvo que refugiarse en las profundidades de la tierra sufriendo penurias, calamidades y el enojo del sindicato de los enanos mineros, anexos y conexos del subsuelo, del partido de los negociadores en lo oscurito, de los ratones locos, de los mapaches electorales — no, de esos no—, y de los demás habitantes de las profundidades que sentían invadido su espacio por un grupo de refugiados hambrientos, cansados y temerosos. Ugahí miró hacia las ramas. Todas las haditas, a pesar de que era evidente, que conocían la historia, seguían la narración, tensas y preocupadas. Las más niñas, que nunca estaban quietas, se veían serias y atentas.

48


49 — Con muchas penurias el pequeño pueblo pudo sobrevivir —siguió contando Paulina—, pero empezó a conocer las enfermedades, el hambre, la sed, la tristeza, la violencia y la muerte. Lo peor de todo es que esta situación no duró poco tiempo. Durante años, los hombres se empeñaron en acabar con todo, con armas cada vez más destructivas y mortíferas, hasta el día que un silencio de muerte invadió el país de las Haditas: la guerra había terminado, pero no la cauda de penas y desgracias. Cuando salieron del exilio subterráneo, descubrieron que todo su hermoso bosque estaba deshecho; los lagos secos y la tierra contaminada. Pero lo que más les dolió fue que, a la luz del día, se vieron pálidas, sucias, flacas y feas. La reina Gwynn no lloró, ni lamentó la destrucción. Sacudió sus ropas del polvo de las cavernas y de inmediato se puso a organizar la siembra de la tierra, la limpieza del lecho del lago, la curación de los árboles heridos, la búsqueda de los hermanos perdidos. Dicen que en secreto lloraba porque dejaba pequeñas cuentas de colores brillantes, pero nadie la vio nunca derramar una lágrima. Las demás haditas, con hambre, sueño y cansancio, no descansaron tampoco. Sin embargo, hubo algunas que, derrotadas por la tristeza, ya no quisieron vivir ahí y sin avisarle a nadie se fueron hacia distintos lugares creyendo encontrar la paz y la alegría perdidas. Tal fue el caso de dos haditas hermanas ¿llamadas? — ¡Heda y Hela! — Dijeron todas. — Vana esperanza… Heda y Hela empezaron a peregrinar por el mundo, pero en todo los lugares vieron la misma desolación. Cansadas y tristes trataron de regresar a Anwann, avergonzadas por haber huido, pero cuando llegaron a la orilla del mar, se vieron atrapadas por un ciclón que las devoró con inmensa fuerza, hasta que, días después, un viento envolvente las dejó en la orilla de una región llena de árboles frutales, lagos de azules aguas, ríos llenos de peces y el calor de la música de las maderas… — ¡Regresaron a su país— dijo Ugahí —. Qué bien… — ¡No! —Le corrigió Paulina— ¿Llegaron a…? — ¡Tabasco! — Dijeron todas.

49


50 — Y desde entonces estamos aquí. Pero hay que decirle a nuestra querida visitante que no somos las únicas. Algunas hermanas se han ido a vivir a las cercanías de Yucatán para aprovechar las ventajas habitacionales de las ruinas mayas y los beneficios del Programa Oportunidades que ha implementado la reina Chikinik para poblar esas tierras con el Pequeño Pueblo. Pero esa es otra historia que algún día te contaremos porque ahora va a empezar la fiesta de bienvenida para ti, hermana... Candita la empujó hacia el centro de la gran rama. — Ugahí —dijo quedito—. ¡Me llamo Ugahí! —dijo más fuerte. Y cuatro haditas detrás de una marimba, con palillos que en la punta tenían bolitas de hule, tocaron una diana mientras las demás aplaudían ruidosamente a la visitante. Después empezaron a tocar “la caña brava” un son muy alegre y todas empezaron a bailar tomando sus falditas haciendo vistosas coreografías. Después de varios bailes, entró un grupo de marujitas con tambores tocando otras danzas muy animadas entre los gritos de unas sudorosas haditas que no pararon de bailar “El pochitoque”, “La Tutupana”, “El jilguero” y muchos más que terminaron cuando se metió el sol y todas plegaron sus alas y se retiraron a sus casas. En la casa de las hermanitas, Ugahí se acostó en una de las camitas que estaba junto a una ventana. Casi no pudo dormir porque la luz de la inmensa luna provocaba una gran claridad y los sonidos de la selva la maravillaron por su variedad. En el amanecer el sueño la venció y cuando despertó las hermanitas no estaban pero le habían dejado un platito con un tamal de frijol, un panecito untado de miel y una jícara con pozol. Salió a lavarse la cara en un hueco del árbol lleno de agua y una hadita pequeñita llegó para avisarle que el Consejo de Ancianas la invitaba a platicar. De la mano se fueron volando hasta un amplio salón en el interior de la Ceiba donde la esperaban doce de las más viejitas hadas de la comunidad.

50


51

Estuvieron mucho rato preguntándole sobre su país, cómo había llegado, las razones de su salida, su sistema político, su estructura productiva y presupuestaria porque pensaban que ya no había marujitas fuera de esa zona geográfica. Al final, cuando se enteraron de su interés por enseñar, la invitaron a quedarse un tiempo con ellas y se quedaron deliberando, muy serias, sobre la posibilidad de establecer relaciones diplomáticas y mandar una embajadora al País de las haditas. Ugahí regresó a la casita donde las hermanitas la esperaban para llevarla a conocer su mundo. Así conoció los árboles sagrados como el cedro, la caoba, la palma real, el guayacán, las palmeras, el bambú. Voló entre los juncales, los jacintos, los lirios acuáticos y los mangles. Lo que la sorprendió más fue la gran variedad de animales que nunca en su vida había visto como el ocelote, la boa, el tucán, la guacamaya, el hermoso faisán, la zarigüeya, las tortugas, los cocodrilos y los divertidos monos. Y descubrió que aquí también había algunos que ya conocía como el pájaro carpintero, el colibrí, las tortugas, los venados, los zorros, los pelícanos y las garzas. Ugahí se adaptó muy bien al Pequeño Pueblo porque solicitó y obtuvo la autorización de instalar una escuela en lo alto de la Ceiba. Con la ayuda de las hermanas Candita, Teutila, Nelly y Celerina acondicionó un hueco con mesitas de tabla y unos bancos de bejuco que estaban por ahí sin dueña. Con una tabla a la que untó ceniza formó un pizarrón y de los sedimentos del río formó unos gises muy aceptables. Después fue casa por casa invitando a las haditas pequeñas para que asistieran a la escuela y el lunes tempranito se paró frente a la puerta esperando que llegaran unas poquitas a su escuela. Con sorpresa vio que llegaban y llegaban marujitas limpias, alegres, con hojitas blancas de mastuerzo, tiras de carbón para escribir y guajes llenos de chorote frío. Tantas llegaron que el pequeño hueco resultó insuficiente, los bancos no alcanzaron y el calor se encerraba tanto que tuvieron que salir a tomar la clase al aire libre.

51


52 A partir de ese momento, Ugahí estuvo muy atareada pero feliz. Nunca le había asustado el trabajo y siempre traía la cabeza llena de proyectos e ideas. Dividió a las haditas por edades y por las tardes se reunía con las cuatro hermanas, que ya se habían hecho cargo de otros grupos de haditas, para capacitarlas en el arte de enseñar y planear el trabajo del día siguiente; organizaba visitas a la llanura, al manglar, a los pantanos, a la sierra, a la costa, pero también aprendía sus bailes, canciones, su historia, sus comidas con la intención de enseñárselas a las haditas de su país algún día. Al cabo de unos meses la escuela funcionaba perfectamente. Con las hermanas

las

haditas

aprendían

el

cuidado

de

las

naturaleza,

el

aprovechamiento de los recursos, las operaciones aritméticas, canto y baile. Ugahí les enseñaba los conocimientos del alfabeto secreto de las Hadas para comunicarse con los animales, les contaba las historias que le habían contado a ella de pequeña y cuando estaban más contentas, les enseñaba el sistema para transformarse en mujeres. — ¿Y el dinero que necesitaba para poner su escuela? — Preguntó Iruma inquieta. — ¿El dinero?... ¡Ah, claro, el dinero! — Recordé de pronto. — Se lo prometió a las haditas de su país. ¿Recuerdas? — Una noche que no podía dormir por el viento cálido que venía del mar, Ugahí recordó el motivo que la hizo salir de su país y tuvo un gran conflicto. En ese perdido lugar de la selva tabasqueña su sueño de tener una escuela, todas las mañanas, cuando las pequeñas marujitas llegaban con ganas de aprender: contentas y risueñas, se hacía realidad. Pero, al comprobar que durante meses había olvidado la promesa que les había hecho a sus hermanas, un dolorcillo de tristeza se le clavó en el pecho y no la dejó estar en paz hasta que tomó una decisión importante. Un viernes, cuando ya casi era la hora de la salida, Ugahí reunió a todas las marujitas de la escuela para darles la noticia con la voz triste y el acento tabasqueño que ya se le había pegado.

52


53 — Compañeras y amigas. Ej para mi un motivo de gran tristeza decirles que, para mi, ha terminado un ciclo de trabajo feliz y frujtífero, porque me voy a tener que retirar a otro lugar para cumplir una promesa que le hice a mis hermanitaj de aquel lejano país que les he contado. Quiero decirlej que me voy con mucho pesar pero que regresaré muy pronto. Graciaj. Todas se quedaron de una pieza porque no concebían que alguien quisiera irse de este hermoso lugar donde había de todo y la vida transcurría con tanta tranquilidad. Pero nadie se atrevió a detenerla porque sabían muy bien que todas las que se habían ido, tarde o temprano regresaban buscando la paz. Al día siguiente, después de exponerle sus motivos a las marujitas mayores — que lo entendieron muy bien— y de despedirse de Candita, Teutila, Nelly y Celerina, con su viejo vestido en un atadito, un guaje lleno de chorote y unos tamalitos de chipilín, Ugahí salió de la Ceiba acompañada un buen trecho por la totalidad de las marujitas que le iban cantando “Las golondrinas” en pleno vuelo. — Yo me hubiera quedado con las haditas de Tabasco —dijo Iruma muy convencida—. Aunque no sé —rectificó pensativa— porque las de su país también la necesitan, y se los prometió. Hum, no sé… Le voy a preguntar a mis amigas… Chao. Y, pensando, se despidió con la mano y cerró la ventana. Yo me quedé mirando a un solitario rubí de granada que reflejaba el sol de la tarde. LA PAYASA HADITA. Los siguientes días fui yo el que no pude estar pero le avisé con un recadito en la ventana. Un amigo me invitó a unas conferencias en Aguascalientes sobre la economía periférica en las grandes ciudades en el marco de una campaña electoral.

53


54

Con ganas de impresionar al panel de los futuros gobernantes del estado escribí un ensayo lleno de citas, un informe con los datos estadísticos más recientes y me preparé para una semana de discusiones de alto nivel. Pero como desde la primera sesión descubrí que iba de pantalla académica porque sólo se trataba de conseguir el apoyo de decenas de líderes de vendedores ambulantes con comidas, barra libre y espectáculos, decidí tomármelo con calma y salir a caminar por la ciudad, conocer sus museos e ir de compras por el rumbo de la plaza de toros sin que nadie echara de menos mi presencia ni mis datos duros. Una hermosa tarde en el Jardín Central, después de comer, con un helado de guanábana en la mano, recordé el mercado de Santa Lucía donde mi padre vendía artículos de cremería y el inmenso mercado ambulante que se ponía los domingos afuera de mi casa. Como en una película pasaron por mi cabeza, los yerberos que me despertaban voceando el preparado de hierbas para las “almorragias”, el señor que hacía una serpiente de papel periódico no sé para qué; la señora con los ojos vendados que adivinaba los objetos que le iba presentando un ayudante; Jorgito que vendía el tónico de San Jorge para los jiotes y las manchas de la cara; el payasito que tocaba “San Luis Blues” con una trompeta de hoja de lata; el gitano con el oso que bailaba, marchaba y daba marometas, los payasitos de barrio que hacían chistes groseros a costillas de los espectadores. Como en un chispazo, me acordé de esa carpa de lona que llegaba a mi colonia cada tanto con unos señores que cantaban y hacían rutinas divertidísimas a peso la tanda o dos por uno cincuenta. Y hasta me puse a cantar “Las pelotas” una canción que me aprendí en ese teatro popular al que entraba a escondidas de mi madre. — ¿Hace cuando que no voy al teatro? — Me pregunté y me dirigí al Auditorio para la clausura del evento al que sólo fui un ratito.

54


55 El día que reanudé el trabajo en casa ya me estaba esperando en la ventana para darme una respuesta a la pregunta que ella misma se había formulado. — Yo me hubiera regresado a mi país porque una nunca debe olvidar las promesas que hace. Raquel, mi amiga, dice que ella sí se hubiera quedado pero yo no… — ¿Quedado en donde? — Con las marujitas de Tabasco. Con Candita, Teutila, Nelly y Celerina. Hasta entonces me percaté de lo que me estaba hablando. Y para que no viera mi desconcierto me acerqué para darle un dulce de guayaba y una muñequita vestida de torera que le había traído de Aguascalientes. — Gracias — me dijo. Y se despidió porque tenía que hacer doce divisiones. Al otro día, por la tarde, ya estaba instalada en la ventana con sus dos colitas, un suéter tejido —porque estaba haciendo mucho frío— y un plato de papaya picada al que le echaba gotitas de limón. — ¿Y luego? — Me preguntó según su costumbre. — Al bajar del tren, Kiara trató de agarrarse del vestido de Ugahí pero se quedó con un pedazo de tela en la mano y ya no supo que hacer. Las explosiones, los gritos y los destellos enloquecidos de los reflectores la desorientaron por completo e instintivamente se convirtió en hadita. Enloquecida de miedo empezó a volar sin rumbo fijo tratando de alejarse del lugar lo más rápido posible hasta que chocó contra un árbol y cayó desmayada en el mullido suelo de hojas. Así estuvo parte de la noche hasta que la despertaron la luz del sol y los agudos piquetes de las hormigas que se ensañaban con su rechoncho cuerpecito. De un salto se levantó y se empezó a sacudir toda ella hasta que descubrió en su cabeza un chipote doloroso al que le untó saliva con un dedo. Cuando

55


56 comprobó que sus alitas estaban bien subió al árbol más alto para tratar de buscar a Ugahí sólo para descubrir que la espesura de la selva no se lo iba a permitir nunca. Con una angustia desconocida, empezó a volar tratando de recordar el camino recorrido para regresar al lugar donde se habían separado pero todo fue inútil. Después de horas regresó al mismo lugar lleno de hormigas. Triste y hambrienta buscó algo de comer y un refugio antes de que llegara la noche. Voló de árbol en árbol desdeñando los frutos que no conocía hasta que encontró un árbol lleno de unas bolitas negras que los pájaros se comían con especial gusto. Hubiera querido preguntarles por su nombre pero echaron a volar cuando ella se acercó y no tuvo más remedio que comerse muchos porque tenían poca pulpa. Arriba en el árbol preparó un pequeño refugio con hojas para pasar la noche tapándose bien más por miedo que por frío. Sin embargo no pudo dormir porque cerca de ella empezaron a sonar decenas de ruidos, aullidos y chillidos desconocidos. Cuando se empezaba a acostumbrar al barullo y los ojos se le cerraban por el cansancio y las emociones un raro silencio se apoderó de la selva. De una grieta, entre unas rocas negras, empezó ver como salía una procesión de luces rojas, que se prendían y apagaban, y se acercaban al árbol de capulines donde Kiara se encontraba mirando por una rendija de su escondite de hojas. Cuando una hoguera se encendió en medio del claro la hadita vio a una gran cantidad de pequeños hombrecitos con cara de niño de ojos rojos brillantes, narizones, barrigones, que vestían pantalones blancos desgarrados de abajo, camisas arremangadas, un paliacate al cuello y un sombrero de palma que se iban acercando con mucho ruido porque entre ellos se empujaban, se tiraban al suelo, luchaban, se pegaban con el sombrero entre grandes risotadas. Algunos traían atados de leña en las manos; otros, grandes hojas de plátano, pedazos de cecina, ratas de campo, una ollota de frijoles,

56


57 tiras de longaniza, montañas de tortillas, canastas de pitayas, zapotes, cocos y papayas. Cuando descargaron todo, en medio de un gran desorden, algunos se pusieron a correr alrededor de la hoguera, otros treparon con cuerdas al árbol para bajar capulines y no faltaron los que se pusieron a jugar montados unos en otros hasta que todos se doblaron de risa al ver a uno de ellos que corría rumbo al río con el pantalón echando humo. Después de jugar un rato, se sentaron alrededor de la hoguera cantando canciones burlescas hasta que se pusieron a aplaudir y chiflar porque, en ese momento llegaba otro hombrecito igualito a ellos pero con pantalones rojos, una camisa blanca anudada en la panzota y un sombrerón de palma adornado con plumas de quetzal. Cuando llegó al centro levantó la mano en un gesto de autoridad que fue coreado por burlas, chillidos y gestos hasta que cansado de esperar que se callaran ordenó: — ¡Que empiece la comida! Y contra lo esperado, empezaron a hacer una fila con un pedazo de hoja de plátano en la mano sin dejar nunca de empujarse, picarse las costillas y bajarse el sombrero. Y también contra lo esperado, nadie tomaba más de lo que quería comer y luego se retiraba a sentarse a una piedra, un tocón de árbol o en el suelo a comer con evidente alegría, aunque eso sí, aventándose las cáscaras o haciendo ruidos con la boca para molestar a los más cercanos. El hombrecito de pantalones rojos, sin embargo, no comía. Caminaba de un lado a otro mirando hacia arriba jalándose el labio inferior con un gesto chistosísimo hasta que ordenó a todos: — ¡Cállense!

57


58 Todos se quedaron en silencio, menos uno que tenía una risa muy aguda. El hombrecito se acercó, le pegó con su sombrero y la selva quedó en silencio por unos momentos. — ¡Pokol! ¡Anda arriba del capulín que alguien nos está ispiando! Todos dejaron la comida, se acercaron a mirar hacia arriba del árbol y uno de los hombrecitos más pequeños empezó a trepar con habilidad de mono por el tronco seguido por la bulla y el borlote de todos los demás. Al llegar arriba, buscó por un momento entre las ramas y quitándole las hojas de encima trató de agarrar a Kiara que de inmediato emprendió el vuelo haciendo trastabillar al hombrecito entre las risotadas de los demás. En medio de la oscuridad Kiara trató de ponerse a salvo, pero unas manos ásperas y rudas la tomaron de las piernas. Con la hadita como trofeo bajó muy orondo del árbol hasta que la depositó en medio del claro de la selva cerca de la hoguera para que todos pudieran verla bien. Cuando sintió que la mano se aflojaba Kiara trató de emprender el vuelo pero la voz sonora del hombrecillo de pantalones rojos la detuvo. — ¡No tengas miedo, mirruña! Los chaneques no te vamos a hacer nada… Kiara se quedó echa bolita en el suelo pero luego se puso de pie escuchando las exclamaciones de admiración de los hombrecitos… — ¿Quién eres y qué andas haciendo en los dominios del Chane Juan, el rey de la tierra, el agua, los animales y de la rubia, digo de la lluvia. La equivocación, por supuesto, le acarreó varios minutos de cuchufletas al Chane, pero este, acostumbrado, ni se inmutó. — Todos nosotros, y muchos más que están desperdigados, somos los chaneques, guardianes de la selva y de nuestros hermanitos animales… Cuando Kiara empezó a verlos con un poco más de confianza, todos la saludaron con grandes sonrisas, quitándose el sombrero y agitando la mano.

58


59 Fue entonces que se dio cuenta que todos tenían los pies volteados, con los dedos hacia atrás. No lo podía creer. Conocía a los amables gnomos, a los goblins, a los enanos mineros, a las ninfas, pero nunca había visto nada igual en su vida o en su país. — ¿Te gustan nuestros pies, mirruña? ¿Te parecen raros? — No —dijo Kiara—. Bueno sí… Un poco. — No te extrañes — le dijo acercándose para escapar del barullo de los demás —. Hace mucho tiempo, pero mucho tiempo llegaron a la selva unos hombres cubiertos de armaduras de hierro que nos dieron mucho miedo. Pero como los chaneques somos una cosa así, alegre, hospitalaria, salimos cargados de comida y regalitos para darles la bienvenida — extrañamente ya se habían callado—. Pero ellos, en lugar de darnos las gracias, arremetieron con sus lanzas causándonos mucho daño. Así murió mi abuelo Chane Purux que se comía un puerco entero… Y como desde ese día nos persiguieron por toda la selva con sus truenos, el Escurridizo Popots´ki nos volteó los pies para desorientar a los invasores que seguían nuestras huellas para darnos caza. Joy, joy… Es que el Escurridizo es muy astuto… Al escucharlo, todos los chaneques aplaudieron y lanzaron al aire sus sombreros. — Eso pasó hace mucho tiempo, niña. Pero cómo no le hemos visto desde entonces no le hemos podido decir que nos deje bien. Aunque, pensándolo bien, ya ni queremos ¿verdad? Todos asintieron, aplaudieron y lanzaron sus sombreros al aire… — ¿Y tú quién eres, mukuyita? ¿Y que andas haciendo en los dominios del Chane Juan?

59


60 Entonces sí que se hizo el silencio. Cientos de ojillos rojos encendidos se clavaron en la frágil hadita que respiraba profundo tres veces antes de hablar como le había enseñado su madre y se humedecía la boca como le había enseñado su abuela. — Me llamo Kiara y soy una hadita del Pequeño Pueblo que está muy lejos de aquí… Yo no quería molestarlos… Iba a Estados Unidos… — Pues si necesita ayuda — le dijo Chane Juan— tenemos varios hermanos en Estados Unidos… ¿Quién anda haciendo travesuras por allá, Holoch? — Está Pay Och y sus hermanos en Arizona —dijo un chaneque con una gran narizota—. Pik, Pich y Tulix en California y otros que orita no me acuerdo porque estoy comiendo puerco. Kiara quiso seguir contando su historia pero el Chane la interrumpió. — Perdona, mukuyita, pero ya se hizo tarde y nos vamos a tener que meter a la tierra porque no nos gusta que nos miren los hombres a la luz del día, pero si no tienes a donde quedarte te invitamos a pasar a nuestra humilde morada. — Bueno — dijo Kiara y siguió al Chane que le abrió camino entre los chaneques que ya se encontraban haciendo fila para entrar. Tuvo que acostumbrarse a la oscuridad porque empezaron a descender a una galerías subterráneas donde había una gran cantidad de huecos en los que se acomodaban los chaneques a dormir. Un rato después el silencio era absoluto. Y si bien Kiara tenía sueño apenas pudo dormitar un rato porque se sentía rara en ese mundo caluroso y húmedo. En el hueco que le asignaron había un jarrito con tanchukua que, según le dijeron, era chocolate batido con masa de maíz, dos platanitos y unos pedacitos de jícama. Después de comérselo todo salió volando recorriendo las galerías cuyo silencio sólo era interrumpido por uno que otro ronquido o queja de algún chaneque al que le encajaban un codo o le daban una patada ya que todos dormían amontonados en completo desorden.

60


61 Kiara voló y voló hasta el final de la galería donde había una caverna llena de cuarzos multicolores y un río de aguas heladas que llegaba a una laguna tranquila. Como las haditas son muy limpias, Kiara no lo pensó mucho. En un rinconcito discreto empezó a bañarse con unas piedritas porosas que encontró en la orilla. Se sentía tan bien, después de tantas emociones, que se puso a cantar “un ramillete de prímulas” una canción muy alegre de las haditas del bosque sin darse cuenta que un enorme pez negro con grandes bigotes se le empezaba a acercar abriendo la bocota. Cuando lo vio, de un brinco se echó para atrás mientras el bagre la miraba con sus ojos de acero. — Yo sé quién eres —le dijo—. Eres una “Alux pepén”. Pero hace mucho que no veía una por aquí… ¿Qué milagro que te atreviste a venir al Cenote Escondido? — Qué susto me dio. ¿Quién es usted? — Soy Chichnak, el Bagre... Hace tiempo las “Alux pepén” venían huyendo del ch´om y luego de los hombres de hierro. — ¿Del qué? — Le preguntó Kiara. — Del ch´om, del zopilote, ninia. Del pájaro negro silencioso… A mi me gustaba mucho que vinieran porque nos daban de comer insectos, pero un día dejaron de venir. No sé por qué… — Yo no soy de aquí, señor Chichnak. Vengo de muy lejos. — ¿Y estás aquí viviendo con los chaneques? — Sí, por un tiempo porque quiero irme a Estados Unidos a buscar a Minú, mi hermana. — Óyeme bien. Te voy a advertir algo… Te tienes que ir pronto porque… cuic, cuic, cuic... — Dijo el bagre retorciendo su cabeza hasta que le quedó al revés. — ¿Cómo? — Dijo la hadita sin entender lo que el bagre quería decirle. Pero cuando iba a explicarle, un remolino agitó las aguas y el negro pez se sumergió asustado en el cenote. Kiara quedó pensativa y decidió que esa misma noche le iba a preguntar a Chane Juana ver si él sabía algo. Volando con cuidado regresó al hueco a tratar de dormir un rato.

61


62

Después de algunas horas de silencio, de un momento a otro empezó el barullo. A una señal todos los chaneques abrieron los ojos, se estiraron y de inmediato comenzaron a jugar, a reírse y a hacerse travesuras. Algunos fueron al cenote a quitarse las lagañas de los ojos, pero la mayoría, así como despertaban, empezaban a salir al exterior a comer y divertirse. Desde una roca esperó que terminaran de cenar para acercarse a la hoguera. El Chane, que ya la había olvidado, al verla se alegró mucho. — Pero si es la mukuyita de anoche. Yo pensé que ya te habías ido… Ja, ja, ja. Pásale a comer algo y ponte cómoda que va a empezar la hora de los aficionados… ¿Quién va a ser el primero? ¿Chotnak?… Pues órale… Y con el aplauso, los gritos y chiflidos de todos caminó hacia el centro un chaneque rechoncho que empezó a cantar una jarana llamada “Poroxon cahuich” haciendo caras y bailando con tanta gracia que no había chaneque que no se doblara de risa. De pronto, cuando Chotnak calló todos gritaron… — ¡Bomba! — A nuestra bella invitada — empezó a recitar el cheneque gordito—. Que viene de tierra lejana/ le dedico mi versada / y también esta jarana. — ¡Bravo! — Corearon todos y Chotnak siguió cantando. Otros chaneques cantaron, bailaron, hicieron malabares con zapotes que se les destripaban en la cabeza para regocijo del público. Luego organizaron una competencia de subir al árbol y bajar con la mayor cantidad de capulines. Cuando parecieron agotarse los participantes, alguien empezó a pedir: — ¡Qué pase la mirruñita, que pase la mirruñita! Otros empezaron a aplaudir y a gritar llamándola indistintamente mirruña o mukuyita porque les parecía pariente de las tortolitas. El Chane pidió silencio y luego habló:

62


63 — Ándale mirruñita. Deléitanos con algo de tu tierra, no seas penosa. Total: si te sale mal, estos canijos chaneques se van a burlar, pero si te sale bien, también, así que no hay pierde… ¿Qué dices? Kiara, paso al centro con mucha timidez sin saber qué hacer para agradar a los chaneques que aplaudían con sus pies volteados. — Échenle más leña a la lumbre que no veo nada. — Gritó Chane Juan. Se hizo un silencio pesado. Los chaneques en silencio la miraban esperando algo divertido. Kiara recordó los días en que su madre Helis y su abuela Elfen hacían pequeñas rutinas con la cara pintada para entretener a las haditas que llegaban a su casa. Respiró tres veces como le habían enseñado y empezó con el sketch de la cuerda floja que tuvo poco éxito; después pasó al chaneque Pokol para que le ayudara en la rutina de la abejita que anda libando miel de flor en flor y cuando le escupió el agua en la cara la risa fue generalizada. Una extraña sensación la empezó a invadir. Cuando estaba en su país se avergonzaba tanto de esas obritas que se metía debajo de la cama o se escapaba lejos para no verlas. Sin embargo, en medio de la selva yucateca la risa de los chaneques le empezó a provocar una alegría desconocida y quiso más. Para terminar pidió un momento para preparar el número final. Así que regresó con los cachetes pintados de rojo, un gran capulín como nariz, un cono de corteza con yerbas como pelos en la cabeza y dos cubetas. Desde que la vieron los chaneques se doblaron de la risa, pero cuando empezó la rutina del payasito enojón que amenaza con mojarlos con el agua de una cubeta el desorden fue generalizado. Al final, como remate, cuando nadie lo esperaba tomó el segundo cubo, se acercó a Chane Juan, al que evidentemente no le agradaba mucho el baño, y le lanzó el cubetazo. Chane Juan trató de protegerse con las manos, se cayó de la silla y rodó al suelo con las patitas al aire hasta que notó que en lugar de agua, el cubo contenía

63


64 ramitas y maleza seca. La risa fue tan grande que los pájaros de los árboles emprendieron el vuelo y los animales nocturnos corrieron a buscar refugio. El éxito de Kiara fue total. Los chaneques no dejaban de aplaudir con los pies y de chiflar ruidosamente. Chane Juan, en lugar de enojarse, se levantó muy contento golpeando el suelo con su sombrerón. Y así siguieron un buen rato, hasta que llegó la voz de retirada… — Muy bonito, muy bonito, miruñita… Nunca nos habíamos reído tanto, pero ya va llegando la mañana y no conviene que nos encuentre afuera. Ah, y si quieres te invito a quedarte con nosotros, aunque sea por un tiempo. No le dio tiempo a contestar porque poniéndose de pie, se dirigió a la boca de la cueva y tras de él siguieron todos los chaneques imitando la mueca de sorpresa de Chane Juan cuando recibió el cubetazo. Kiara se quedó afuera porque quería ver la claridad del día. Cuando el sol se empezó a colar por la fronda de los árboles, Kiara se puso a volar en círculos cada vez más grandes sin perder de vista el capulín, deteniéndose en los huecos de las peñas, las oquedades del terreno, los agujeros de los viejos árboles porque quería comprobar si todavía quedaban en la selva esas haditas que el bagre negro llamaba “Alux pepén”. Voló durante horas pero no encontró ningún rastro, así que cansada y hambrienta regresó a la cueva donde dormían los chaneques en completo silencio. A partir de ese día. Kiara, se encontró en su elemento. Le gustaba tanto la alegría de los chaneques que empezó a vivir como ellos y a disfrutar cada vez más los espectáculos nocturnos. Durante el día, cuando todos dormían salía en busca de lo necesario para su número y ensayaba la rutina. Por la tarde dormía un poco y en la noche, cuando ya habían terminado de cenar, se hizo costumbre que Kiara saliera de la cueva caracterizada como diferentes personajes a realizar las sencillas rutinas de payasito que había visto de niña y

64


65 que ella había adaptado al entendimiento de los chaneques que eran mucho más simples pero mucho más agradecidos. Todo les gustaba, pero lo que la llevó a la cima del éxito, fue la presentación que hizo una noche cuando todos los chaneques esperaban verla salir, una vez más, con los cachetes pintados y la nariz de capulín. Esa noche, cuando más impacientes estaban, Kiara no salió, pero de detrás de unas peñas altas salieron los títeres de Chane Juan y Kiara platicando. — Mirruñita, mirruñita… Salude a la concurrencia… — Chane Juan, Chane Juan… Usted primero salude a todos los compadritos… — ¿Cómo están los chaneques grandes y los chaneques chiquitos? Cuando vieron a los títeres, que Kiara había elaborado con fibra de coco y pedazos de tela que encontró cerca de un campamento de chicleros, todos se quedaron asombrados. Al principio no entendían lo que pasaba pero pronto se dieron cuenta que eran dos muñequitos que la hadita movía con sus manos y los hacía hablar igualito que Chane Juan. Cuando terminó la obrita, muchos no aplaudieron porque empezaron a comentar — muy serios—, que habían sido testigos de la cosa más maravillosa que había sucedido en todos los siglos de existencia del pueblo chaneque. Cuando Kiara salió de las peñas, sin el desorden habitual, los chaneques hicieron una fila para ir tocando, con reverencia a los dos muñequitos. Al final Chane Juan, los tomó en sus manos y, después de un largo rato sin decir nada, se los llevó adentro entre las burlas de todos los demás. Esa madrugada durmió poquito porque a Kiara la despertó un fuerte dolor de cuerpo y cabeza. Se levantó con mucho malestar y buscando un poco de alivio se dirigió al fondo de la caverna para echarse agua fría en la cara. Al escuchar los quejidos de la hadita, Chichnak el bagre, se acercó a la orilla del cenote para preguntarle. — ¿Qué te pasa, ninia?

65


66 — Me siento mal —dijo la hadita quedito—. Me duele todo el cuerpo. — Ay, ya pasó. Te lo advertí claramente… — No me dijiste nada. Te fuiste rápido. — Es que apareció Ochkan la serpiente y no quiero que me coma, ninia. Lo que tenía que decirte es que desde hace mucho tiempo, cuando llegaron los hombres de hierro, el Escurridizo Popots´ki, que es muy listo, no quiso que por la culpa de algún extraño con los pies normales, se descubriera el refugio de los chaneques. Por eso, ordenó que todo el que llegara a vivir con ellos se quedara igual, con los pies volteados, y a ti ya te pasó… — ¡¿Cómo?!— Dijo la hadita, descubriendo, con espanto, que tenía los pies volteados. — ¿Y cómo se vuelven a enderezar? — Preguntó la hadita alarmada sin quitar la vista de sus pies. — Yo no lo sé porque todos los que llegan se sienten tan a gusto que se quedan chaneques… — Yo quería ir a Los Ángeles, snif, pero me sentí muy a gusto aquí, con los chaneques, snif… Es que son muy alegres, snif… ¡Pero no me quiero volver chaneca! La hadita ya no dijo más porque se soltó llorando tapándose la cara con sus dos manos y llorando más cada que miraba sus pies. Decenas de bagres empezaron a acercarse a la orilla creyendo que las lágrimas que caían en el agua eran insectos. — Ninia, ninia, no llores — le dijo el Chichnak el bagre—. Yo he escuchado, por ahí donde uno nada, que tienes que irte de la tierra chaneque siempre con el sol naciente a tu derecha. ¿Entendiste? Ah, y cuando te encuentres lejos, antes de salir de la selva no dejes de buscar una pik del árbol del tauch y cuando la encuentres te la tienes que comer. — ¿Comerme qué? — dejó de llorar Kiara encontrando una esperanza. — Una pik es una chinche voladora del árbol del zapote blanco. — Gracias, Chichnak, gracias. Lo voy a hacer de inmediato. Gracias, snif…

66


67 Y aprovechando que todos los chaneques se encontraban dormidos, Kiara salió volando de la húmeda y calurosa cueva. En el cenote Chichnak siguió recorriendo la superficie del agua buscando algo de comer. — ¿Por qué le dijiste que se comiera una pik? —Le dijo Chuniki, otro bagre—. Eso no le va a ayudar a que se le enderecen los pies. — No se lo dije para que se le arreglen los pies; se lo dije porque son muy sabrosas —respondió Chichnak—. Y no puede irse de la selva sin probarlas — Y se alejó nadando tras de una catarina que había caído al cenote. Kiara se dirigió hacia el norte, tratando de no llorar porque no quería volver a toparse con uno de los muchos árboles de la selva. Voló sin descanso mirando sus pies a cada rato con una pena muy grande en su corazón. — Cuando regrese a mi país todas se van a burlar de mí — decía—. Yo quería hacer reír a las haditas pero no así… Y seguía volando buscando un árbol de zapote blanco sin saber muy bien cómo era. Llegó a uno que tenía unos frutos carnosos de pulpa blanca y una gran cantidad de monitos que comían. Al verla acercarse salieron gritando a esconderse en los árboles cercanos. Kiara empezó a buscar una chinche voladora entre las ramas y las hojas. Cuando encontró una la tomó con sus dedos notando que era más grande de lo que se imaginaba. — Perdona ¿tú eres una chinche? — Sí — le dijo el gordo animalillo color rojo quemado, lleno de patas—. Soy una pik del pik del tauch. Con mucho asco Kiara la llevó a su boca entre los gritos y amenazas de los monitos que trataban de alejarla del árbol de los zapotes. — No me comas — dijo Pik, la chinche gorda mirándola con ojitos tristes—. Tú no eres un mono… Pero Kiara no le hizo caso. Haciendo gestos se la comió por completo, pasándola con trabajos. Se quedó quieta mirando sus pies con mucha esperanza, pero no pasó nada. Esperó un rato largo sentada en una rama, columpiando sus pies y como no vio ningún cambio empezó a llorar tan

67


68 ruidosamente que los monitos dejaron de comer zapotes y se fueron acercando a ella sin perder su natural desconfianza. Lloraba tan desconsolada que no se dio cuenta que sus pies poco a poco, como a saltitos, empezaban a enderezarse. Cuando tomó una hoja para limpiarse los mocos descubrió que sus pies se estaban moviendo. Dejó de llorar y esperó. En el momento que notó que estaban bien los tomó fuertemente como tratando de que ya no se movieran y se pasaran del lugar correcto. Con un brinco cayó al suelo y para asombro de los monitos se puso a bailar y a gritar con todas sus fuerzas. Contenta se echó a volar siguiendo el sol y no paró hasta que llegó a una isla llamada Chiquimichoc que está junto a una gran laguna donde un grupo de japoneses se bañaban, tomaban fotos y disfrutaban del sol de la tarde y de los pescados al mojo de ajo debajo de unos techos de palapa. Durante su vuelo de regreso se sintió mal, ya no por sus pies, sino porque comprendió que, por estar tan a gusto con los chaneques, había olvidado a su hermanita enferma. Así que, apenas se convirtió en mujer en un lugar apartado, se dirigió a las palapas en busca de trabajo y a la oficina de correo a ponerle una carta a su hermanita Minú. Durante las siguientes semanas fue la mesera más diligente y atenta de “Mariscos Lupita” desde que amanecía hasta que anochecía. Aprendió muy rápido a hacer tortillas en una maquinita de madera, a freír el pescado sin que se desbaratara, a preparar las pescadillas de cazón, a mantener caliente el caldo de camarón y a preparar los ceviches y cócteles. Y cuando llegaba la noche, no faltaban parroquianos que le pidieran un chiste o que hiciera rutinas de comedia.

El sueldo era poquito pero con las propinas pudo juntar un

pequeño capital que le permitiría ir a Estados Unidos. Sin embargo, el día en que un grupo de estadounidenses de la tercera edad le iban a dar un “aventón” hasta California, recibió una carta de Minú donde le decía que no había

68


69 aguantado el frío y estaba en México trabajando en una paletería llamada “La Michoacana” en la colonia Guerrero. Con el dinero ahorrado, Kiara tomó un camión y después de diez horas llegó a México a un lugar llamado vía Tapo. Apenas bajó tomó el metro y se dirigió a la dirección que le había dado su hermana. Al encontrarse su alegría no tuvo límites. Se abrazaron y besaron con mucho gusto y, mientras despachaba paletas de piñón, grosella, guayaba, fresa, cubiertas de chocolate, se platicaron todas las cosas que habían pasado para encontrarse. En la noche se fueron a un cuarto de azotea que rentaba Minú por ahí cerca y estuvieron hablando toda la noche planeando su vida futura. Al día siguiente, cuando Minú se fue a la paletería, Kiara ya sabía a lo que se iba a dedicar: salió a medio día con la carita pintada y, fijándose muy bien en la ruta de regreso, abordó un microbús donde empezó su rutina… “Buenas tardes señores y señoritas, caramelos y bolitas soy la Payashadita…” — Yo también me hubiera comido la chinche para que se me enderezaran los pies — dijo Iruma, interrumpiendo el relato. — Pero acuérdate que no era para eso. —Le dije. — ¿Te imaginas llegar con los pies chuecos a la escuela? Uy, se iban a burlar todos los niños. Si de por sí se burlan de mis colitas, de las pecas de mi amiga Esperanza, de Sofía que está chaparrita… — Qué malos… — Ya me voy porque ya va a llegar mi mamá y dijo que me iba a traer una hamburguesa. Chao… Antes de cerrar la ventana, sacó una mano para despedirse, pero acordándose la volteó y se rió ruidosamente.

69


70 LAS HADITAS PEREGRINAS. El fin de semana, cuando salí a caminar, me saludó con la mano subiendo a un taxi con su madre. Iban con ropa deportiva, gorras de beisbolista y una maleta. Yo tuve que revisar varios textos para un artículo periodístico sobre las condiciones macroeconómicas de la minería mexicana francamente molesto con un colega que, en la televisión, había pretendido exculpar a los dueños de una mina donde se había producido —una vez más— la muerte de varios trabajadores mineros. Al lunes siguiente cuando más encarrerado estaba haciendo mi artículo, apareció en la ventana con una botellita de jugo y una camiseta blanca que tenía un ratón gris. Se estiró para darme un dulce de coco y me contó que el día que la vi, iba con su mamá a una de esas convivencias escolares de padres e hijos donde se hacen competencias de encostalados, carretillas y muchos más. En la tarde habían ido al cine a ver una película que le había gustado mucho sobre un ratón al que sólo le gustaba comer cosas finas. Pensé que me la iba a contar pero no, me hizo una pregunta que me desconcertó: — ¿Me regalas un calcetín viejo? — ¿Un calcetín? —Le dije. A ver, espérame. Cuando regresé con él, me lanzó su pregunta de siempre. — ¿Y luego? ¿Qué pasó con las haditas? Otra vez se me quedó la mente en blanco. En esos momentos realmente envidié al maestro Antoniorrobles que en la Escuela Nacional de Maestros se podía pasar cinco horas domesticando a un auditorio de adolescentes con la pura fuerza de sus cuentos; a Juan de la Cabada que con su cara de duendecillo nos contaba una tras otra las historias de Campeche y zonas aledañas en la Casa del Lago de Chapultepec. Al entrañable Laco, Eráclio Zepeda, del que luego renegué por razones políticas, que en esos festivales de Oposición del Auditorio podía encadenar un relato con otro sin perder nunca su sonrisa picarona. “Caray, quién tuviera el oficio de juglar como ellos”, me dije.

70


71 Pero como ahí estaba la niña con su carita expectante tomando su jugo a sorbitos, empecé otra historia sin saber bien a bien hacia donde dirigirme. — En el país de las Haditas, las cosas cada vez iban peor. Dassi, la Primera Ministra había convocado a elecciones para encontrar una salida a la crisis política y económica que atravesaba el país. Pero no lo logró. Las haditas sin experiencia electoral lo único que hicieron fue dividirse entre las que creían que había que regresar a la época pre monetarizada y las que pensaban que había que ahondar las reformas para una mejor distribución del ingreso. Se gastaron mucho dinero en las elecciones, contrataron asesores, llenaron el bosque de propaganda y… — ¿Todo eso hicieron? — Me preguntó Iruma sin entender mi introducción… — Bueno, como las cosas iban mal, otras haditas tuvieron que salir del país buscando mejores horizontes laborales. Una de ellas fue una de las llamadas haditas peregrinas llamada Saray que… — ¿Cómo es una hadita peregrina? —Preguntó la niña. — Son iguales que las demás pero les gusta mucho viajar. Cuando el ciclo económico estaba en su fase expansiva viajó por varios países lejanos, subterráneos y acuáticos… — ¿Y luego? — Saray, como buena peregrina, tenía mucha ilusión de aprovechar el flujo de turismo que empezaba a llegar al país de las haditas, pero como no tenía dinero, decidió salir en busca de capital para instalar una agencia de viajes, pagar las licencias, el uso del suelo, los impuestos y la tecnología necesaria. Para conseguirlo, se echó la mochila al hombro y salió del país volando muy alto para que no la vieran sus amigas. Como tenía experiencia, eligió la mejor ruta para llegar a Estados Unidos haciendo una escala en México para eludir los controles antiterroristas de la frontera. Salió por el país de los gnomos, después enfiló rumbo al mar hasta una isla cercana donde abordó un avión. Después de un viaje muy plácido que pasó explorando el compartimiento de equipaje y platicando con dos perros y

71


72 un gato que venían en unas jaulas, llegó al aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México. De ahí, en metro, se trasladó a la Central Camionera donde abordó un autobús rumbo a Estados Unidos escondida en uno de los asientos vacíos de atrás. Todo le iba a saliendo muy bien, hasta que, con ganas de ir al baño, se bajó del camión cerca de Monclova, Coahuila. Era de noche, los pocos pasajeros que iban en el autobús bajaron al restaurante y Saray aprovechó para buscar algo de privacidad en unos matorrales. Después, con un poco de hambre, se dirigió hacia una bolsa de papas que alguien había dejado a la mitad, cuando de la oscuridad salió una enorme lechuza color ceniza. Saray, apenas pudo evitar las afiladas garras que pasaron cerca de su cuerpo y, sin perder tiempo, voló hacia la luz tratando de desorientar a la atacante, pero no tuvo éxito. La lechuza era muy rápida y dominaba a la perfección la distancia con sus enormes alas. La hadita trató de no perder la calma y empezó a realizar vuelos irregulares para no ofrecer un blanco fijo. Voló hacia arriba y luego en picada cambiando de rumbo cuando estaba cerca. La estrategia hubiera funcionado si no fuera porque los grandes ojos del animal la ubicaban de inmediato y le cortaban la retirada. Cuando Saray se sintió cansada, comprendió que estaba perdida: ya se le habían agotado todos los trucos de vuelo y empezaba a sentir dolor en las alas obligadas a volar demasiado rápido por largo rato. Además, sin percatarse cada vez se alejaba más de la luz de la Terminal de autobuses y se acercaba a la oscuridad donde no tendría escapatoria. Buscó un lugar donde esconderse y se acercó al tronco de un árbol, pero cuando dio la vuelta se encontró frente a frente con las uñas afiladas de la lechuza. Todo hubiera acabado ahí si no fuera porque en vuelo rasante, un zanate café rojizo, atacó a la lechuza con su largo pico obligándola a retroceder en pleno vuelo. Con un grito penetrante, la lechuza se alejó a un árbol cercano desde donde empezó mirar en todas direcciones y a ulular esperando que se fuera el zanate para cobrar su presa. Lo que no esperaba es que el zanate, tomara con su pico

72


73 a la exhausta hadita, la pusiera en su nuca y se alejara con ella hacia la débil luz de la luna menguante. Saray no voló para ponerse a salvo. La presencia del pájaro rojizo de ojos amarillos y gesto adusto le daban una gran sensación de seguridad. Sintió que en el manto del zanate no podía pasarle nada y se dejó llevar aferrada a las plumas de su nuca por un cielo lleno de estrellas. Volaron un largo rato a una velocidad de vértigo hasta el socavón abandonado de una mina. El zanate se posó en una viga del techo; sacudiéndose le dio a entender a la hadita que el viaje había terminado y que tendría que bajarse de su manto. La hadita tardó un poco porque debajo, en el suelo, miró a una niña que movía una olla humeante que descansaba en un fuego de carbones. Pero su asombro no terminó ahí porque el zanate voló hacia el suelo y en medio de un remolino de tierra se transformó en una señora morena, gorda, peinada con dos gruesas trenzas, vestida con una falda verde, delantal y blusa de popelina blanca. Abrazó a la niña, le besó los dos cachetes y después subiéndose en un huacal tomó a Saray con sus dos manos y la depositó en un rebozo doblado que tapaba una canasta. Mientras le echaba aire con un aventador a la asustada hadita le platicó a la niña su encuentro con la lechuza. Cuando terminaron de hablar la niña se acercó para verla de cerca. Con su dedito le movió el vestido y le quitó los cabellos de la frente. — Pobrecita —dijo la niña. Pero ¿cómo llegó aquí? ¿De dónde viene? — Nunca preguntes eso, Morusita. No importa de dónde viene ni como llegó aquí. Lo que importa es que está aquí… Ya sabes que el mundo es muy grande y que todo puede suceder… Saray, repuesta del susto y el cansancio, se puso de pie y como le habían enseñado sus mayores lo primero que hizo fue dar las gracias. — Gracias por la ayuda, señora. Sin usted no sé que hubiera hecho.

73


74 — Suerte que pasaba por ahí —respondió la señora—. Lo único que siento es que ora sí me eché de enemigo a Pacheco para siempre. — Y estalló en ruidosas risotadas. Después vinieron las presentaciones. Saray les contó de su país, del viaje, de sus intenciones. La mujer mayor le dijo que se llamaba María Borrega, que era chamana y la niña Adelita —que ella le decía “morusita” de cariño— era su aprendiz.

Le platicó que venía de una familia de curanderos de origen

tlaxcalteca que habían llegado a Coahuila hacía muchos años y que venían a recoger plantas medicinales en ese monte. Después de que Saray las asombrara convirtiéndose en mujer, María Borrega le dio un te de epazote y toronjil para el susto y se sentaron junto al fuego para cenar cecina de res con ayocotes hervidos, café negro y bolillos calentados en la orilla del fogón. Con la niña dormida bajo una cobija, María Borrega y Saray platicaron todavía un rato tomadas de la mano. La chamana se mostró muy interesada en la vida de la hadita y le preguntó muchas cosas de sus plantas medicinales, de la curación de enfermedades, de sus alimentos hasta que notó que los bostezos ya no la dejaban en paz. Sobre unas tablas secas pusieron unos petates, se taparon con toscas cobijas de lana y se quedaron dormidas sin notar que en uno de los árboles secos de afuera una lechuza color ceniza se posaba silenciosa en una rama. Cuando todavía el sol no salía María Borrega movió a Saray para que se levantara porque tenían que salir a recoger las plantas. Doblaron las cobijas y los petates, desayunaron lo mismo que la cena y salieron cargando unas canastas. Al llegar a los primeros matorrales María dejó todo en el suelo sacó un jarro lleno de agua, unos puños de sal, se puso una corona de flores y empezó a recitar: — Madre tierra, padre sol, hermana agua, hermano viento, hermana luna. Permiso les pide humildemente María Borrega para cortar unas pocas plantitas que necesita para dar salud y alegría a los hombres, mujeres y niños que

74


75 sufren. Permiso les pide para arrancar sólo las plantitas necesarias sin lastimar los troncos y los brotes. Y perdón les pido por el dolor de dejar la tierra y la luz del sol. Madre tierra, padre sol, hermana agua, hermano viento, hermana luna por último quiero pedirles de favor que cuiden a mi morusita y a la hermana Saray que viene de lejos buscando su verdad y su destino sin hacer daño ni causando pena. Se las encargo mucho porque anoche Pacheco trató de hacerle daño sin preguntar siquiera, nomás porque él es así de atrabancado. Gracias… Y a continuación empezó a echar a los cuatro puntos cardinales puños de sal y chorros de agua; después empezó a danzar acompañada por un tamborcito y una maraca que tocaba Adelita mientras cantaba en una lengua desconocida para Saray. Cuando el sol salió encontró bailando a las tres mujeres dentro de un círculo de sal y cal. A lo lejos una lechuza color ceniza levantaba el vuelo huyendo de la luz del día. Casi todo el día estuvieron buscando plantas. El calor era insoportable y el polvo casi no dejaba respirar pero el buen humor de María hacía muy soportable el trabajo. Entre los matorrales y las piedras encontraron diente de león, cola de caballo, mezquite, chaparro prieto, malva, marrubio, gobernadora, yuca, orégano y lechuguilla que la chamana les iba explicando cómo cortarlas y sus beneficios. Por la tarde, después de comer tortillas con cecina y agua del jarro, recogieron guayabas, tejocotes, calabazas silvestres, tres chirimoyas, unos aguacates y ayocotes silvestres. En el camino de regreso, María se detuvo un rato a platicar con un coyote al que le dio los últimos pedazos de cecina, agua y le sacó una espina de la pata. En el socavón, aprovechando la última claridad del día, clasificaron las plantas y las pusieron en envoltorios de periódico. Saray, cansada y hambrienta, acomodó su petate para descansar, pero María Borrega la invitó a salir un rato. Se lavó la cara, tomó una tortilla y cuando salió ya la estaba esperando un zanate rojizo que, graznando, la invitaba a subir a su manto.

75


76

Con las primeras sombras de la noche volaron sin apartarse de los huizaches sobre la sierra seca de la Purísima, hacia el caserío de Ciénagas a visitar a la comadre Frigenia, que estaba festejando su santo. Apenas llegaron, la comadre se desvivió en atenderlas: sacó unas sillas y les sirvió unos platazos de mole con guajolote con tortillas calientes; y cuando notó el enchilamiento de Saray, le puso caldito al mole para rebajarle el picor. Después de comer puso una grabadora con los Tigres del Norte y bailaron un buen rato con algunos jornaleros de la cooperativa de hule de guayule. Al fondo del valle, donde no alcanzaba a llegar la luz de la planta eléctrica, sobre un nopal, una lechuza color ceniza meneaba la cabeza al compás del corrido del “Camisa mojada”. Cuando empezaron a circular las cervezas María Borrega le dijo a su comadre: — Ya nos vamos comadrita. Gracias por invitarnos. — Quédense otro ratito — les dijo la comadre secándose las manos en el delantal—. Apenas se está poniendo bueno. — Es que ya sabe que al rato se ponen necios y tengo a la morusita sola. — Y dirigiéndose a Saray, le indicó unos matorrales— Cámbiate allá atrás, ahí te alcanzo. Al rato ya estaban volando de regreso. Saray iba dormitando y el zanate planeaba sobre los aires calientes para ahorrar fuerzas. Cerca de la magueyeras del final de la sierra un grito agudo les puso los pelos y las plumas de punta. Desde arriba dos patas con garras afiladas se le echaron encima. El zanate, aprovechando su menor tamaño, se escabulló hacia un lado y después enfiló hacia arriba pero la lechuza ya conocía la estrategia y enfiló en línea recta sobre el pájaro y la hadita que se aferraba a las plumas de la nuca desplegando las alas por si había que huir. Ambas comprendieron que en medio de la cerrada oscuridad no tendrían la menor oportunidad porque los ojos de lechuza miraban como si fuera de día, por ello, en el momento en que el pájaro de presa estaba más cerca, las dos volaron en direcciones opuestas.

76


77 El animal pronto se recuperó de la sorpresa y dirigió sus largos aleteos hacia la hadita que volaba más lento. El zanate se jugó el todo por el todo: se subió al lomo de la lechuza y le picoteó fuertemente la cabeza hasta que logró desviarla, llevándose, sin embargo, varios picotazos en el buche. Saray se refugió en un alto pinabete a donde fue a recogerla el Zanate cuando había pasado el peligro. Sin perder tiempo volaron de árbol en árbol cuidándose de otro ataque y ya entrada la noche llegaron a la mina. En el socavón la olla de los ayocotes estaba volcada, el fogón apagado, las plantas regadas por el suelo, las canastas rotas y las cobijas desgarradas. Del fondo de la mina salió Adelita llorando a refugiarse en los brazos de María Borrega. La chamana, con el delantal picoteado, la tranquilizó abrazándola y pasándole la mano por la cabeza. Saray empezó a recoger las plantas, a envolverlas en los pedazos arrugados de periódico y a meterlas en las canastas. Después de un rato, que pasaron en completo silencio a la luz de una vela de sebo, la niña contó que, apenas se habían ido llegó un hombre gordo con una cotorina negra empezó a tirar todo diciendo maldiciones. A Adelita no le había hecho nada pero la había mirado con coraje diciéndole que se alejara de María Borrega porque no sabía nada del Conocimiento. María no dijo nada. Arregló las cosas, prendió el fuego, acomodó los tres petates juntos para aprovechar los pedazos de cobija y al rato ya roncaba tranquilamente mientras Saray y Adelita se miraban en la oscuridad sin poder conciliar el sueño. A la mañana siguiente, cuando se despertaron, María ya tenía listo el café y un montón de guayabas y tejocotes lavados. Empezaron a comer en silencio pero como la chamana les empezó a hacer bromas, al rato, las tres reían a carcajadas. Después tomaron las canastas y se encaminaron hacia el Papalote donde vivían. Al llegar al pueblo de casas de adobe las personas que encontraron las saludaban con mucho respeto y algunas hubo que le preguntaron si ya tenía una nueva “aprendiza”.

77


78

En el jacal de adobe y techo de lámina descargaron todo y se tendieron en unos rústicos catres de costales. Tomaron agua de zapote y prendieron el fogón para cocinar un guisado de calabazas. Al rato llegó un señor que se presentó como Pascualito con un par de quesitos que le dejó a la chamana y se despidió con mucha ceremonia. En la tarde, María Borrega las sentó en los catres, les pidió silencio y les empezó a contar. Les explicó que Juan Pacheco, o sea la lechuza color ceniza,

no era un

chamán sino un brujo que en lugar de curar hacía “trabajos” para dañar a la gente: secaba cosechas, salaba campos de labor, provocaba enfermedades, hacía males de ojo y pócimas para provocar envidias, odios y rencores. Pero les advirtió que era poderoso porque había tenido de maestro a uno de los mejores chamanes de la región que le había dado el conocimiento para el bien pero que él quiso usarlo para el mal porque lo volvía temido. Les dijo que no la quería porque ella le había echado a perder varios trabajos malignos y que la gota que había derramado el vaso era el rescate de la hadita porque sabía que todo ser extraño le daba más poder y saber. Pero también les dijo —bajando la voz— que esa noche le iban a poner un “hasta aquí” los pocos chamanes que quedaban en la región junto con los espíritus de la tierra, y que necesitaba de la ayuda de Saray porque iban a ponerla de carnada para engolosinar a Pacheco cuando saliera del jacal que tenía en el pueblo de Lodosos. En la noche, Saray, muy nerviosa, se preparó para lo peor, pero antes de salir María le dijo que pasara lo que pasara nunca iba a dejar que le hicieran daño y le explicó detalladamente los tres lugares donde debían encontrarse en caso de perderse y los nombres de los animales que la iban a estar esperando. Después le dio una limpia con un ramo de plantas y flores y le puso en el cuello una cajita de plata con un “padrecito jiculi” para que la protegiera de todo mal. Al rato, volando entre los ríos de aire caliente del cielo, llegaban a un pueblo apartado rodeado de nopaleras cuajadas de tunas rojas.

78


79 Juan Pacheco estaba en la puerta mirando a lo lejos sin percatarse que un zanate y una hadita se posaban en unas peñas cercanas. Poco después se les acercó un coyote, un tejón y un gato montés. Arriba, en lo alto de las rocas un cuervo graznaba esperando a la comadre Frigenia. Cuando arribó un gavilán de pico curvo estuvieron completos. Conforme al plan, esperaron la noche en silencio. Al escuchar el aleteo de una lechuza se pusieron en marcha. Saray, sobre el manto del zanate, se dirigió hacia la espesura, volando en círculos. La lechuza no tardó mucho en olfatearlas y se dirigió hacia ellas con aleteadas lentas porque no quería ser sorprendida. Iba tan concentrada que no se percató que debajo corrían un tejón y un gato montés ocultándose entre los matorrales secos. En la oscuridad las ubicó. El zanate iba volando con el viento en contra. En su espalda la hadita iba encogida protegiéndose del polvo. Para no fallar esta vez, tomó altura y cuando se situó arriba de ellas estiró las garras y el pico, enfiló las alas y se lanzó en una picada vertiginosa evitando gritar para no descubrirse. A dos metros de su presa, cuando ya se relamía los bigotes, un silbido la obligó a detenerse pero era demasiado tarde, la sombra lustrosa y negra de un gavilán pasó junto a ella y un pico curvo le dejó una herida profunda en el flanco derecho. Instintivamente abrió las alas para detener el vuelo pero en ese momento un cuervo vino a embestirla de abajo hacia arriba dejándola sin aliento. La lechuza, aturdida y herida, buscó un árbol cercano porque sabía que si caía en el suelo estaría indefensa. Quiso dirigirse a un encino de abierta copa que divisó cercano pero el gavilán la empujó hacia abajo obligándola a dar un voltereta en el aire que la desorientó por completo. Ya no tuvo espacio para maniobrar con sus alas tan grandes y pesadamente cayó en tierra levantando una nube de polvo. Rápidamente se puso de pie y cuando iba a transformarse en hombre un tejón y un gato montés lo obligaron a permanecer con el pico en tierra sin posibilidad de que le saliera el anima humana para convertirse en Juan Pacheco.

79


80 La hadita no vio nada porque la oscuridad era cerrada, pero el zanate daba saltitos en la rama sin perder detalle, después invitó a Saray a subirse en ella para alejarse del lugar. Un rato después llegaron al jacal de Juan Pacheco en el momento en que un coyote azuzaba al perro guardián para que se alejara de la puerta. El zanate se quedó en el techo de la casa cuidando a la hadita que se coló adentro por un agujero del muro de adobe. En el interior del jacal había muchas cosas. Sobre la sencilla cama estaba un anaquel lleno de frascos de comida de bebé llenos de plantas secas, productos químicos e insectos muertos. Sobre la mesa se veían platos sucios, una cazuela y un libro muy viejo. En unos cajones había frutas y verduras, y sobre ellas se veían collares de cuentas y tres peces diablo enlamados. Saray volaba mirando todo cuando de pronto escuchó una vocecita débil en su idioma. Desconcertada, creyendo que no había oído bien levantó la vista y se dirigió a un par de jaulas que colgaban del techo. En una, descubrió a una hadita sucia que se aferraba a los barrotes y en la otra a un hombrecito fuerte, ancho de espaldas, con un jorongo gris, botas y un casquito minero con una lámpara de carburo. Saray quedó tan impactada que estuvo a punto de dejar de volar, pero se repuso para preguntarle a la hadita. — ¿Qué haces aquí, hermanita? — Soy Yaiza, una hadita peregrina. Iba a Estados Unidos pero me atrapó una lechuza color de ceniza. Y él es… —dijo señalando al hombrecillo. — ¡Yo soy un “muqui”, señorita! ¡Sáquenos de aquí rápido! Saray voló dando vueltas a las jaulas porque no sabía que hacer. Y entre los gritos de ayuda de Yaiza y Abel salió por el hueco para regresar con el zanate. Con un ligero remolino de tierra apareció María Borrega que, sin perder tiempo, descolgó las jaulas y acomodó en un morral a la hadita y al muqui y salió del jacal seguida por Saray que volaba inquieta en derredor. Cuando estuvieron

80


81 fuera, María tomó una escoba de varas y echó a correr hacia un lecho de río borrando sus huellas. En un hueco de las peñas, escondida detrás de una tupida nopalera, María Borrega sacó a los dos seres y los puso sobre una de las piedras. El muqui les dijo que se llamaba Abel, pero que en la mina, sus compañeros mineros le dicen el “Mojado Abel” porque es barretero y tiene que estar metido en el agua para realizar su trabajo. Estaba en la casa del brujo porque una noche en que había salido en busca de un clavo con el que pensaba hacer un zapapico lo había capturado la lechuza. Yaiza, la hadita, dijo más o menos lo mismo: que hace tres meses iba hacia Estados Unidos en un trailer de melones cuando al hacer una alto en el restaurante del camino, se bajó un momento y una lechuza la había atrapado. Luego los dos les dijeron muchas cosas malas que habían visto encerrados y que habían temido por sus vidas porque el brujo hacía toda clase de maleficios. — Ya tenemos que irnos —dijo María Borrega—, porque no sabemos que pasó con Pacheco… Pero no los puedo llevar a los tres. — Yo aquí me quedo — dijo el muqui Abel—. Estoy cerca de mi mina y mis hermanos no deben tardar en enterarse que estoy libre. Pero nunca olvidaré el regalo de la libertad, palabra de muqui — Y acercándose a Yaisa le dijo—. Hermanita, siempre que necesites una ayuda ya sabes: toca con una piedra en la tierra el código minero y vendré enseguida desde donde esté… — Adiós, amigo — dijo Yaiza dándole un abrazo al muqui que se puso colorado de la pena. Después se subieron al zanate rojizo y se perdieron en la noche. En un punto lejano del desierto de Coahuila, una lechuza emprendía el vuelo chillando enloquecida porque ya no podría volver a recobrar la forma humana. En el jacal de María cenaron huevo frito con salsa de pasilla, chilacayotes en mole, arroz blanco y tortillas de harina porque Yaisa tenía mucha hambre. Después pusieron agua a calentar para que se diera un baño y mientras

81


82 dormía en uno de los catres, Saray salió a la pileta a lavar su vestidito negro de mugre. En el poblado del Papalote estuvieron varios días esperando que Yaisa recobrara las fuerzas y sanara de algunos granos que tenía en las piernas y los brazos por los piquetes de los piojos. Cuando le regresaron las chapas a los cachetes fue la misma María Borrega la que les recordó su compromiso de ir a Estados Unidos a trabajar. — No las corro, niñas —les dijo—, pero no hay que dejar las cosas a medias. Y alguien que las quiere las espera en su país. Aquí ya pasó el peligro y vamos a tener unos años de tranquilidad. Una semana después María Borrega, Adelita y Pascualito las despedían en el entronque carretero al pie de un autobús Greyhound que iba para Estados Unidos. Llevaban una caja de huevo llena de tortillas, quesitos, nopales, cecina seca, muchos envoltorios de periódico con plantas medicinales y una pepita de oro que un grupo de muquis les habían llevado unos días atrás. — ¿Y cómo pasaron a Estados Unidos si dijiste que era muy difícil? —Preguntó Iruma jugando con su botella vacía de jugo. — Cómo haditas. Y después recogieron su equipaje. — ¿Y qué hacen ahora? — Como son haditas peregrinas se adaptaron muy bien al trabajo, aprendieron inglés y trabajan en una agencia de viajes de un hotel. — Qué bien. ¿Y a sus amigos ya no los visitan? — Humm… Tengo entendido que María Borrega y Adelita han ido varias veces a visitarlas. — Y ya sé cómo pasaron la frontera — dijo Iruma, mirando su botellita de jugo que se le había caído—. Nos vemos luego porque tengo que hacer un títere con el calcetín. Luego te lo enseño, chao.

82


83 LA HADITA DE LOS LIBROS. Hacía varios años que no iba a la Feria el Libro del Palacio de Minería. Por angas o mangas siempre estaba demasiado ocupado para asistir, y una vez, cuando era inminente mi presencia porque iba a estar en la presentación del libro de una ex alumna, una manifestación me impidió llegar. Por eso, ahora sí me tomé el día y llegué al hermoso Palacio de las calles de Tacuba. Por una deformación profesional me dirigí a las publicaciones de economía para ver a las publicaciones de los amigos y los enemigos de la Academia. Empecé a hojear y a criticar —por supuesto— algunos libros y a hacer mi apartadito para comprarlos, pero cuando algunos colegas empezaron a preguntarme por mi libro preferí alejarme y tomar rumbo a las editoriales de libros para chavos para sorpresa de mi esposa que me dijo: — ¿Vas a comprar libros para niños? — Sí, algunos. Y deteniéndose y mirándome fijamente me preguntó: — ¿No tendrás por ahí un voladito? — Son para la niña con la que platico en la ventana. Hace tiempo me pidió un libro y no encontré ninguno. Se los voy a regalar. Por supuesto que no encontré esos libros rusos que había leído, pero me asombró la cantidad y la calidad de los libros para jóvenes y niños. Me acordé de los libros de “Sepan cuantos…” de Porrúa que eran buenísimos pero que tenían puras letras; de unos libros horribles que vendían en los puestos de periódicos que compraba por baratos y porque eran las joyas del suspenso, del horror, policíacos, de ciencia ficción. Al final me decidí por “La gata que se fue al cielo” de Elizabeth Coatsworth, “Tres cuentos” de Truman Capote y “El pequeño Nicolás” de René Goscinny porque me acordé que, cuando eran chicos, se los leí a mis hijos. Yo me compré todos los volúmenes del Capitán Alatriste de Arturo Pérez Reverte y me olvidé de los libros de economía.

83


84 Al lunes siguiente, cuando Iruma llegó a la ventana y se estiró para darme una guayaba, le extendí el paquete con los libros. Se me quedó viendo con los ojos muy abiertos; luego su cara se iluminó con una sonrisa. — ¿Para mi? — Dijo. — Sí, son unos libros. Ojalá te gusten. — Gracias — dijo—. Voy a leerlos — y se metió a su casa. No apareció en una semana para continuar con la historia de las haditas pero se asomaba fugazmente y me saludaba o me regalaba una fruta, un dulce. Yo hasta pensé que había encontrado el remedio para seguir con la redacción de mi libro sin interrupciones, pero no. El primer aviso fue una hoja de cuaderno en la ventana que decía: “me encantó el de la gata. Los otros también.” Yo, en lugar de aprovechar el tiempo, de embebí en la lectura de los libros de Alatriste recordando mi vieja afición a los libros de espadachines como los

Tres

Mosqueteros, Los Pardaillan de Miguel Zévaco, Dick Turpin… El segundo aviso fue cuando escuché que tocaban en la ventana con una antena de radio. Abrí, pese a que llovía un poco, y la encontré, sobre una silla, acodada como siempre con una chamarra de mezclilla con perlitas en el cuello. — Ya los leí todos —me dijo, enseñándome los tres libros—. Mi mamá me dijo que te diera las gracias, pero ¿ya te las había dado, no? — Sí. — ¿Y qué pasa con las haditas? — Las haditas… Bueno, las haditas siguen trabajando en muchas cosas. — Cuéntame otra historia porque mis amigas están bien picadas. — Dioni es una hadita de agua, una ondina. Lo que quiere decir que, en su país, vivía a la orilla del río y pasaba la mayor parte del día en el agua junto con las nereidas, las nayades y sus hermanas ondinas. — Y las sirenas — dijo Iruma—. — Bueno, pero las sirenas viven en el mar. Son como sus primas. —Dije sin saber si los datos eran totalmente ciertos. — Como sirena de agua, su misión consistía en mantener el río y el lago limpios, sacar los animales muertos, evitar la contaminación, expulsar a las

84


85 especias depredadoras, pero sobre todo, Dioni se había echado encima la tarea de mantener encendido el faro que hacía siglos habían construido los elfos para marcar la ruta de sus barcos. Nadie la obligaba, pero noche tras noche, subía hasta la cabeza, encendía la lámpara de aceite y se quedaba largo rato mirando el ir y venir de las aguas del mar con la esperanza de mirar un barco. Después se iba a la casita donde vivía con Hali, una tía viejita que, en su juventud había viajado a Venecia o se quedaba otro rato nadando entre los juncos del río. La vida de Dioni era sencilla y tranquila. Por las mañanas volaba a lo largo del río acompañada por Nayara, una hada jovencita, que era su amiga, en busca de algún animal herido que necesitara ayuda. Por la tarde, cuando el calor arreciaba, nadaban en un remanso de agua lleno de peces plateados. Por las noches, después de encender el faro, se quedaba escuchando las historias que contaban las ondinas mayores que habían viajado por los siete mares. Y así hubiera seguido su vida por siempre, si no hubiera sido porque un día la tía Hali, amaneció con un fuerte dolor en el pecho que le obligó a permanecer en el lecho. Muy preocupada, con ayuda de Nayara, la llevó con una gnomo médico que le diagnosticó un corazón desordenado, pero como sólo tenían el seguro popular que no servía para nada, no pudieron llevarla a un hospital de los pocos que había porque pertenecían a la medicina privada y cobraban mucho dinero. Tuvieron que conformarse con darle tés de hierbas, ponerle trapos húmedos y mantenerla cerca de un ramo de orquídeas y caléndulas para tranquilizar su corazón enfermo. Pero eso sólo eran remedios. Dioni sabía que tarde o temprano su tía iba a necesitar una cirugía de corazón abierto en un hospital de los que costaban mucho dinero. Así que para preparar su salida para conseguir dinero escribió a sus conocidas que ya estaban afuera, encargó a la tía Hali y el Faro a Nayara, tomó sus escasas pertenencias y a bordo del cisne trompetero Meike se dirigió

85


86 al océano para acercarse a la ruta de barcos petroleros que pasaban los jueves según le informaron las sirenas. Sólo tuvo que volar medio kilómetro para encontrar al “Jandhre Viking” de bandera noruega que lentamente se desplazaba por el océano. Al llegar no encontró a nadie porque a esa hora los pocos marineros estaban en sus literas escapando del bochorno de la tarde. Dioni se instaló en el hueco del aire acondicionado de la cabina en busca de un clima agradable para viajar. Instaló una pequeña hamaca y salió al comedor donde encontró galletas, media lata de diet coke y un platito con pistaches salados. A bordo del barco los días transcurrían con una desesperante lentitud. Los marinos por las tardes salían a jugar futbol o basquetbol; en los días de ventisca se quedaban en el salón a jugar cartas o a dormir y por las noches cantaban en varias lenguas o platicaban entre risotadas. Venían de varias naciones y no eran muchos porque las tareas del barco eran pocas y entre ellos la hadita pudo observar una gran camaradería. El capitán era un hombre viejo de barba que estaba entre doce a catorce horas en el puente de mando mirando el horizonte. Un día, por una platica, se enteró que el enorme petrolero se dirigía al puerto de Vancouver, Canadá y se alegró porque desde ahí podría ir fácilmente a Estados Unidos. Lo que no supo era que una fuga de aceite detectada en Panamá lo iba a obligar a hacer una escala urgente a las afueras del puerto mexicano de Lázaro Cárdenas porque en ese lugar las autoridades eran muy comprensivas ante el posible daño ecológico que se pudiera presentar durante la reparación. Sesenta días encerrada en un barco en reparación eran muchos para Dioni, así que tomó su mochila, unos “m&m” de una bolsa y se fue volando al puerto de Lázaro Cárdenas que quedaba a la vista. Al llegar se dirigió a las instalaciones portuarias pero como era un día muy luminoso en el que alguien podía verla

86


87 volando, prefirió esperar la tarde en un tupido grupo de parotas que estaban a las afueras. Instaló su hamaca y cuando estaba dormitando sintió una mirada que le hizo despertar. Junto a ella se encontraba un pajarillo de copete despeinado y muy inquieto que daba brinquitos en la rama para mirarla mejor. — Hola —le dijo Dioni en el lenguaje de los animales—. ¿Quién eres? El pajarillo por toda respuesta echó a volar hacia tierra adentro. Dioni volvió a acomodarse y a dormitar pero unos minutos después muchos de los mismos pajarillos llegaron a la parota haciendo mucho ruido. El pajarillo hablo: — Somos Tarengos. — Hola —dijo saludando en todas direcciones— Yo soy la hadita de agua Dioni. — ¿De agua? ¿Vienes del mar? — No vengo de más lejos. Y voy a los… — ¡Vámonos a Pátzcuaro! — Gritó una voz de las ramas altas. Y la dejaron con la palabra en la boca porque se echaron a volar haciendo: “chic, chic”. Dioni se quedó mirando como se alejaban en el cielo azulísimo de Michoacán… — Van a Pátzcuaro, miss —dijo una huilota con chamarra gorda que decía “Spurs” y tenis “Nike” que estaba en una rama alta—. Yo vengo de Estados Unidos porque con el frío casi no hay jale y ps se antoja ver a la familia. — ¿Qué es Pátzcuaro? —Preguntó la hadita. — Es el lago más hermoso del mundo, señito. Era más hermoso antes, pero sigue bonito. Y hay un charalito blanco que ¡oh, my god! Una delicia. — ¿Un lago? Yo vivo en la orilla del lago Euken… Es muy grande y… — Curr, curr… Escuché que es un hadita de agua… — Sí… — ¿Y no te gustaría conocer el lago de Patzcuaro? Digo ora que anda cerquitas… Pa que no le cuenten… — Claro que sí… — Yo me iría con usté, pero es muy peligroso porque todo el camino está lleno de cazadores de huilotas… Si va conmigo seguro le disparan porque es la temporada… Mejor váyase por su lado, curr, curr…

87


88 — Pero ¿cómo me voy? No conozco… — Ire… Se va volando hasta topar con el poblado llamado el Coyote y luego sesgadito toma pa los Coyotitos… De ahí agarra rumbo noroeste derechito: Apatzingán, Uruapan, Zirahuén y Pátzcuaro… Si llegas antes o si yo no llego curr curr... le dices a la huilota Chapeadita que con los dólares que le mandé bautice al huilotito y le eche la losa al nido. — ¿Y cómo encuentro a la señora Chapeadita? — ¿Ps qué pasó? En Pátzcuaro cualquiera le da razón… En Nueva York soy una briznita de polvo,miss, pero acá cualquiera conoce al “Patrick”… aunque me llamo Nabor, pa servir a usté… — Yo quiero ir a Estados Unidos a trabajar… — ¿A Estados Unidos? Mejor diga al infierno, miss… Uy, allá el dólar cuesta sangre… Los que no saben piensan que se recoge a dos patas pero hay que trabajar mucho y no luce…Pero pa qué le digo: a todos los que le digo: no te vayas, parece que les dijera: vete, vete… — Necesito reunir dinero para una tía enferma… — Curr, curr… Todos tenemos una razón para empeñar el alma, miss… De eso se aprovechan para exprimirnos los gabachos… Por eso siga mi consejo: antes de meterse al infierno conozca Pátzcuaro… Y persignándose con el ala derecha emprendió el vuelo en tirabuzón hacia el cielo. En los bordes de la presa se empezaron a escuchar disparos de escopeta. Dioni, que sabía de los disparos, por las leyendas que le contaron de niña, voló lo más bajo que pudo sin alejarse de los macizos de árboles aprovechando que ya caían las sombras de la tarde. Siguiendo las instrucciones de la Huilota llegó al Coyote, un poblado mediano de obreros siderúrgicos, luego a los Coyotitos, y enfiló hacia el noroeste haciendo una escala en Paso del Chivo donde cenó unos tamalitos porosos y atole de tamarindo. Se quedó a dormir en la copa de un oyamel lleno de tordos que le dejaron todo el vestido manchado. A la mañana siguiente, se bañó en una poza y se alejó con el vestido húmedo confiando en que se le secara en el camino.

88


89 Después de casi tres horas de vuelo, conociendo la belleza sin par de los pueblos que atravesaba, bajando una colina vio uno de los lagos más hermosos del mundo: Pátzcuaro. Lo recorrió de punta a punta maravillándose de su belleza. En una pequeña isla se detuvo a tomar agua, a comer pedazos de tamalito y unas pelotitas amarillas llamadas changungas que había visto comer a los tordos. Se acercó a la sombra para descansar un poco pero una voz le llamó la atención: — ¡Miss! Por acá, curr, curr… No me diga que le gané a llegar — dijo una huilota con una camiseta sin mangas que decía “Harvard” y los mismos tenis… — Me alegro que llegara con bien. — Dijo la Hadita. — Es que con los balazos zumbando en la rabadilla cualquiera le mete velocidad, señito — las huilotas que lo acompañaban corearon la broma con grandes risas—. Mire, le presento a la Chapeadita… ¿qué le dije? ¿Verdad que venía pensando en ella? — Sí —dijo la hadita—. Hasta me dio un recado para usted: que si no llegaba bautizara al huilotito… — Ya ves, Chapeada… Pero véngase, curr, curr… Estamos platicando con los amigos. Unos vienen de Alabama, de Conecticut, de Chicago… Mi compadre Rojitas viene desde Alaska nomás a ver a su señora, aquí presente… Saluden. Todas las huilotas se llevaron el ala a la cabeza como en un saludo militar y se hicieron a un lado para que la hadita pudiera acercarse a la mesa donde había corundas, huchepos y jarritos con charanda. Uno de ellos le subió a la grabadora y a los acordes de la música norteña se pusieron a bailar en parejas echándose las gorras de beisbolista para atrás. Dioni, sin saberse los pasos se dejó llevar por una huilota joven que le dijo en la oreja que mejor se fuera a México porque en Estados Unidos la cosa estaba muy difícil para los indocumentados. — Las únicas que van y vienen son las mariposas monarcas. — Dijo una huilota que pasó bailando junto a ellos. — Pero esas tienen “green card”. — Le contestó la huilota joven y varias parejas cercanas se rieron de la ocurrencia.

89


90

Al caer la noche se fueron a dormir temprano porque le dijeron que al otro día iban en peregrinación a la Basílica de Nuestra Señora de la Salud a la que, por supuesto, estaba invitada. Ella todavía se quedó un rato mirando el tono dorado con que el sol poniente pintaba el paisaje. Luego se fue volando para bajar la comida porque sentía reventar la panza por los tamales de ceniza, los uchepus, el chileatole, las corundas, los panes de piloncillo y mezcal que las señoras huilotas insistieron en darle de comer para terminar con esa delgadez que le iba a impedir encontrar esposo. Volando a tumbos porque le dio un ataque de hipo, llegó al Templo de Guadalupe donde se quedó medio dormida en la fachada de la torre, en un hueco detrás de la escultura de la Templanza. En la mañanita la despertaron los cantos de los gorriones. Se levantó con pereza porque la indigestión no la había dejado dormir bien, así que aprovechando que casi no había gente se fue a bañar a la fuente y se regresó a ponerse su mejor vestido. Se fue volando hacia la Basílica donde ya empezaban a llegar las huilotas procedentes de Estados Unidos y sus familias para “dar gracias”. Casi todos los machos estaban elegantemente ataviados con chamarras de los equipos de futbol americano o del hockey, con tenis de marca y gorras de beisbolista que respetuosamente se quitaban apenas llegaban a la fachada. Las hembras, por el contrario, llegaban con guanengos bordados, guaraches y rebozos anudados de diversas maneras; algunas cargando huilotitos inquietos y chillones. Después de la misa todas se fueron a un tejado del Palacio de Huitzimengari donde celebraron una gran fiesta amenizada por la Banda de Tupataro y los Alegres de Tingüindín que quedó grabada en varias cámaras de video que manipulaban huilotas jóvenes. Dioni bailó, se subió a cantar una canción en su idioma y ya no comió mucho, pero no dejó de saborear la gran variedad de platillos típicos que le ofrecieron. Al final de la fiesta, cuando las huilotas se pusieron nostálgicas, todas, sin excepción, trataron de persuadirla de que se fuera a Estados Unidos. Ellas que venían de diversa partes de la Unión

90


91 Americana, le contaron historias espeluznantes de compatriotas muertos, heridos, discriminados, olvidados; que habían contraído enfermedades, que vivían sumidos en la tristeza y le presentaron a familiares de otras huilotas que simplemente habían desaparecido tragadas por los coyotes, polleros y la patrulla de zopilotes de la frontera. Esa noche Dioni no durmió. Se quedó en la torre de templo pensando. Al otro día, antes de que despertaran los gorriones, se puso en camino rumbo a México según las instrucciones de vuelo que le había dado Nabor, cuyo apodo le venía desde el día que contó que se había hospedado en la Catedral de St, Patrick en la pequeña Italia de Nueva York. Bordeando el lago, llegó a Tzintzuntzan al filo del mediodía. Para escapar del calor y recobrar fuerzas se refugió debajo de las tupidas frondas de los ailes. Jadeante y sudorosa se empezó a echar aire en la cara con la gorra de beisbolista que le había regalado la Chapeadita cuando una corriente de aire refrescante le vino a caer de maravilla. La razón era muy simple: una bandada de colibríes se habían acercado con curiosidad a ver a la recién llegada. Con su natural curiosidad, un grupo de colibríes verdes de pecho rojizo y pico amarillo zumbaban alrededor de Dioni que los saludaba con las dos manos abiertas y una sonrisota para que vieran que no era enemiga y que se podían acercar con confianza. Después de un rato de mirarla, de improviso se fueron, pero regresaron escoltando a un colibrí un poco más grande, ataviado con una capa de manta bordada, que se posó junto a ella. — Bienvenida al país de los “chalchihuitzili” colibríes de color verde —le dijo con una vocecita chillona—. De donde quiera que vengas viajera esta es una tierra de hospitalidad y abrigo para todo el que venga como amigo. — Soy Dioni, hadita de agua, vengo de muy lejos como amiga. Soy hija del Pequeño pueblo que está del otro lado del mar. — Yo soy Tzintzuuquixu “el colibrí del sur” y te ruego que aceptes estos pequeños regalos, hermana —le dijo el colibrí dándole una ollita con miel y una

91


92 corona de flores de manzanilla—. Es miel de las mejores flores de Tzintzuntzan. — Gracias… Y yo te ruego que aceptes este regalo —dijo Dioni, ofreciéndole una gorra de beisbolista gris que decía “Dodgers”. — Muy agradecido — dijo Tzintzuuquixu tomándola con la alita—. La voy a incluir en el museo de mi sexenio que estoy haciendo —y ya en confianza le dijo tomándole la mano—. ¿Piensas quedarte mucho tiempo en la tierra de los colibríes?… — Voy de paso rumbo a México. Pero me gustaría conocer su país que es muy parecido al mío… — Qué pasó, no me hables de usted. Vamos a romper el turrón, Dioni… Y mi país está abierto, puedes recorrerlo de punta a punta sin visa ni pasaporte. Nuestro espacio es libre… ¡Tzintzuni! Una pequeña colibrí verde de alas negras se acercó zumbando. — Llévate el manto real a guardar a los pinos porque la hermana Dioni me ha insistido mucho que la lleve a los lugares más bellos de Tzintzuntzan, y yo lo voy a hacer porque no quiero que caiga en manos de esos guías de turistas que nomás atracan al turismo y le venden artesanías hechas en China. — Gracias Tzin… Tzintzu… Colibrí del sur —le dijo Dioni—. Algún día vendré con mis hermanas a visitar estas tierras tan hermosas. Lo prometo… Y una vez que se alejó la pequeña Tzintzuni, la bandada se dispersó entre las flores del lugar. Tzintzuuquixu, el colibrí del sur, la invitó a seguirlo por las orillas del lago hasta Tziróndaro, Ihuatzio y Quiroga. En todos los lugares, con una complicada ceremonia, le presentó a los diferentes hermanos colibríes: a los rarísimos colibríes blancos llamados Iztachiotzitzilin, a los “Xihuitzilli” los de color turquesa, a los “Totozcatleton” de pecho rojo, a los “Tlapalhuitzili” de varios colores y a los “Tozcacozhuitzitzilin”, de garganta amarilla. — Hasta que te conocimos una con zapatos. —Le dijeron unos gorriones cerca de Janitzio.

92


93 La noche les llegó visitando el espacio arqueológico Las Yacatas con la guía de Pica Pérez, una urraca de alas blancas, guía autorizada por el INAH, que de manera coloquial les contó la historia y les explicó los detalles de las construcciones. Pasaron la noche en el lugar invitados por una colonia de huilotas asentadas en el lugar y si no hubiera sido por el incidente de que un cacomixtle se comió al tío Papudo que, pasado de copas, se bajó de la ruina para hacer de las aguas, todo hubiera sido perfecto ya que la amistad era cálida y la noche tibia. Además la habían pasado cantando pirécuas, valonas, tomando atole blanco y nieves de Tocumbo. Cerca de la madrugada, cuando apenas se veía una uñita de sol, Tzintzuuquixu, tomó de la mano a la hadita y mirándola fijamente le dijo: — ¿De veras quieres irte a sufrir a la ciudad, Dioni? Mira, aquí podrías tenerlo todo… Yo, bueno, no soy rico porque uno se debe a su pueblo ¿no? Pero por ahí tengo varias paleterías que dejan poco pero eso sí: segurito… Dioni hubiera querido quedarse en esa comunidad tan amable pero no olvidaba que la tía Hali necesitaba de una costosa operación. Por eso, después de pensarlo le dijo al pequeño colibrí: — No me lo tomes a mal pero necesito tiempo para ordenar mis sentimientos… — No te gusto porque me ves chaparrito para ti… ¿Es eso? — No eres tú, soy yo. Es que antes de echarme un compromiso serio tengo que encontrarme a mí misma. Después de desayunar, se despidió de sus nuevos amigos. De Tzintzuuquixu no, porque ya se había ido. Se encaminó a Morelia, donde sólo se detuvo para comer y tomar agua. Ya casi para llegar a la ciudad de México, hizo otra escala para ver el inmenso tapete luminoso que se extendía debajo de ella. No podía creer que existiera una ciudad de ese tamaño. A la orilla de la carretera voló de lado a lado maravillándose con tan hermosa vista. Pero como ya era tarde, se convirtió en mujer y tomó un camión que la dejó en la Terminal de Observatorio donde pasó la noche.

93


94

Al día siguiente se encaminó al Centro Histórico para conocerlo y buscar trabajo. Abordó el metro y se bajó en la estación Allende donde compró el Universal para consultar el Aviso oportuno. Encontró dos trabajos posibles: una cadena de tiendas de autoservicio necesitaba demostradoras y una librería una ayudante de mostrador. Se encaminó a Donceles 12 porque le dijeron que estaba más cerca. Cuando llegó se llevó una desagradable sorpresa. La librería “Libros de ocasión Sotelo” había dejado de existir: cientos de libros se encontraban tirados por la banqueta y una viejecita trataba de retirarlos de los automóviles que pasaban por la calle. — Perdone ¿aquí es donde solicitan una ayudante? —Preguntó Dioni a la señora que encorvada tomaba un libro con una mano y sus lentes con la otra. — Ay, señorita. — Le respondió la señora. — ¿Le ayudo? —le dijo Dioni empezando a recoger libros. — Si quieres. — Dijo la señora mirándola, levantándose y poniendo ambas manos en la espalda. Empezaron a trabajar sin decir nada. Dioni diagnosticó rápidamente la situación y empezó a hacer montones de libros cerca de la banqueta para que la gente pudiera pasar y los autos no los dañaran. A medio día llegaron unos fotógrafos y una reportera que entrevistó a la señora. Como a las dos, por fin, llegó un camión con tres personas que empezaron a cargar los libros. Como no cupieron todos la señora le pidió a Dioni que se quedara cuidando los sobrantes. Regresaron como a las seis. La señora traía una torta de salchicha para Dioni y un refresco de lata. Mientras los señores cargaban el camión le preguntó: — ¿Qué vas a hacer, chamaca? — No sé, yo venía por el empleo. Lo vi en el periódico. — Le dijo Dioni enseñándole el periódico.

94


95 — Ay, muchacha. Llegaste en mal día, pero si quieres ve mañana a esta dirección a las nueve. — Pero es que no tengo a donde ir. — Entonces vente. Vamos a empezar de cero pero nos vamos a levantar. Como no cupo en la cabina del camión se fue sentada en una pila de libros de arte que eran los de mayor estabilidad. En una bodeguita de Rivera de San Cosme descargaron los libros restantes, pusieron el candado, le pagaron a los cargadores y, en el metro se fueron, a una casona de la colonia Roma. La señora iba triste, se le notaba, porque Dioni la escuchaba suspirar. Cuando llegaron, la recibieron dos enormes perros que le ladraron con furia a la hadita, pero con un grito de la señora Gracila, se tranquilizaron. Subieron unas escaleras, le indicó una habitación con baño cercana a la de ella y le dijo que a las nueve bajara a cenar. Dioni se bañó, se cambió de ropa y se sentó en la cama a ver la calle. Después se acercó a ver una gran cantidad de fotografías de una muchacha que estaban en las paredes. En los cajones de una cómoda había ropa casi de su medida y libros, muchos libros. A las nueve, cuando bajó, encontró a una Gracila limpia, alegre y platicadora. Sentadas a la mesa, frente a unos platos de verduras hervidas, filetes de pescado y sopa de codito, le contó que había llegado de Alemania después de la guerra porque no soportaba el hambre. Que se había casado con un político de Jalisco y había tenido dos hijos, uno de los cuales era médico en Estados Unidos y la otra trabajaba en Chiapas. Le contó de su infancia en Dressden y de sus hermanas Elga y Ágata que nunca volvió a ver. Dioni casi no le contó mucho: le dijo que venía de Pátzcuaro Michoacán a trabajar a la capital para juntar dinero para una tía enferma; que tenía pensado irse a Estados Unidos y que tenía mucha necesidad del trabajo. Al día siguiente temprano, Gracila fue a tocarle a la puerta pero Dioni ya estaba lista.

Desayunaron y se fueron a la bodega. La abrieron, empezaron a

acomodar los libros, los sacudieron, los limpiaron, los pusieron en cajas y con

95


96 unas tablas viejas y clavos armaron libreros hechizos y como a las tres de la tarde abrieron la librería “Libros Selectos Sotelo” según se podía leer en una cartulina colgada de un clavo afuera de la bodeguita. Como a las cinco vendieron una edición de Espasa Calpe de “Los archivos del Trasgo” de Rafael Dieste y antes de cerrar Gracila le abrió a Dioni la puerta de uno de los mundos más maravillosos cuando le puso en su mano “Gothika” de Clara Tahoces: — Te va a gustar —de dijo—. Es la historia de una joven y su tía. A partir de ese día, ya no se apartó de los libros. Como la librería no vendía mucho Dioni se pasaba la mayor parte del día leyendo y cuidando la librería. En la noche, antes de dormir leía otro rato y en el metro y los camiones también lo hacía. Gracila no le decía nada ni la interrumpía, pero a veces le pedía que le leyera en voz alto el libro que estaba leyendo. Como no gastaba nada de su sueldo lo mandó todo para su tía Hali, pero no sirvió de mucho porque en el Seguro Social de reciente creación, le habían operado el hígado por equivocación y su corazón no resistió más tiempo. Ahora, triste, pero más tranquila está tratando de escribir un libro de cuentos con las historias que le contaron las huilotas inmigrantes y estudiando en la Facultad de Filosofía y Letras la carrera de Letras Clásicas con la ayuda de Gracila que la ha adoptado como a una hija. — ¿Y ya no es hadita? — Preguntó Iruma. — Sólo cuando hay una marcha y se embotella mucho el transporte, sin que nadie la vea, busca un lugar apartado, en una isla, o en uno de los salones de posgrado y regresa a casa volando por todo Insurgentes. — A mi también me gusta mucho leer — dijo la niña—. Pero mis amigas sólo leen el “Eres” y el “Somos”… — No te preocupes — le dije—. Tú eres una hadita y ellas no. Y sonriendo se bajó de la silla y se despidió con la mano. — Hasta mañana. Voy a leer otra vez el de la gatita.

96


97 LA HADITA DE LAS ESTRELLAS. Al otro día ahí estaba con la cara muy roja y la ropa ajada y viejita. — Es que fuimos a Papalote, museo del niño y después jugamos beisbol en Chapultepec. Ganamos las niñas. ¿Y tú? — ¿Yo? Me puse a arreglar unos escritorios que tenían unas tablas apolilladas. — ¿Tú sabes arreglar muebles? Mi abuelito es muy bueno para eso. Cuando tenía sus ojos buenos hacía sillas de madera todas garigoleadas. — Pues sí, sí sé… Mi papá me enseñó… Y le conté que había sacado de una covachita mis herramientas de carpintería: una sierra circular, dos cepillos, un serrucho de costilla, los formones, el martillo, el gramil, el escochebre, la garlopa y estaba haciéndome un escritorio nuevo con esas maderas de desecho que quedan después de una construcción. Y luego le conté que un abuelo mío era un carpintero maravilloso y que mi padre y mis tíos hacían trabajos de carpintería y herrería cuando vivíamos en san Miguel Amantla. Le dije que había tenido la fortuna de que mi padre me enseñara a trabajar la madera, la herrería, la plomería, la electricidad y que lamentaba no seguir haciéndolo. Y cuando le iba a decir que iba a invitarla a hacer unas casitas para pájaros me interrumpió para decirme: — Sigue contándome de las haditas. Por favor. — El país del Pequeño Pueblo seguía teniendo problemas. Ante la caída del Producto Interno Bruto el gobierno había empezado un programa de combate a la pobreza, un plan de choque para evitar el incremento de la inflación y una reforma fiscal para hacer atractivo el ingreso de la inversión externa. Las haditas, sin embargo, cada vez tenían más dificultades para vivir. Una de ellas, llamada Stella que siempre había tenido la ilusión de aprender los secretos de la bóveda celeste con los elfos y gnomos sufrió una enorme decepción cuando no pudo entrar a la escuela por el recorte de presupuesto a la Escuela de las Estrellas del Monte Eremus y porque en esas fechas concesionaron la Torre del Telescopio para fiestas de quince años, bodas y graduaciones.

97


98

Con el periódico en la mano y leyendo las listas de aceptados en la escuela en las Estrellas del Monte Eremus, Stella supo que no tendría otra oportunidad. El plantel que aceptaba cien nuevos alumnos entre las distintas razas del submundo, del pequeño Pueblo, de los Seres Mágicos de la noche, del agua, del aire y del cielo sólo recibiría veinte becados y veinte que pudieran pagar la colegiatura. Esa tarde lloró mucho, pero al día siguiente tomó una decisión que le cambiaría la vida: saldría del país para ir a estudiar astronomía en la Universidad Nacional Autónoma de México porque era la mejor escuela al alcance de su economía. La afición por el cielo estrellado le venía desde niña. Mientras vivió su abuela Naida, en lo alto del saúco donde vivían, todas las noches le enseñaba las constelaciones, los planetas solitarios, las lunas, los viajeros, las estrellas fugaces y el “El velo del hada”, un cometa luminoso que apreció en el cielo de su infancia. Cuando Naida murió, le dejó viejos libros con los mapas del cielo, las rutas de los Elfos, los seres de las estrellas, un telescopio de madera y un enigmático cuaderno con anotaciones de números y dibujos de astros; estrellas, paisajes extraños y seres desconocidos. Un día, envolvió el telescopio, metió los libros en una caja, puso sus ropas en una maletita, cerró la casita del Saúco y se fue volando rumbo al cielo amado por el norte hasta que encontró una parvada de cigüeñas que regresaban de África. Arriba de una de ellas llegó a las Islas Canarias. Ahí cometió el error de meterse en la zona de maletas de un avión de Air Canarias, una línea de bajo costo, porque las once horas de viaje se convirtieron en veinticinco, regresaron dos veces al aeropuerto, el aire acondicionado no funcionaba. Cansada y enojada llegó, sin saberlo, al aeropuerto de Cancún. Con tantos cambios, Stella quedó tan desorientada que cuando llegaron a Cancún pensó que era otra escala y no tuvo tiempo de salir de la maleta donde se había escondido. Sin saberlo la embarcaron en un autobús lleno de italianos

98


99 que tenían como destino Ocosingo, Chiapas, y si no hubiera sido por el calor que se empezó a sentir, el viaje no hubiera sido nada malo porque iba muy cómoda adentro del estuche de lujo de una lap top. Sin embargo los problemas empezaron cerca de la zona de Palenque porque en un retén militar, los soldados ordenaron sacar todas las maletas y bolsos de mano para una revisión de rutina. Stella no tenía escapatoria. En el momento en que abrieran el estuche se iban a dar cuenta que una hadita indocumentada entraba al país, y en caso de que la detuvieran, seguramente se iba a detonar un incidente diplomático toda vez que podía ser acusada de agente infiltrado u objeto volador no identificado. Viéndose perdida tomó una decisión desesperada: se preparó lo mejor que pudo y cuando un hombre vestido de verde olivo abrió el estuche salió volando a toda velocidad buscando un macizo de vegetación, un árbol o una sombra donde poder esconderse. El soldado al sentir el zumbido cerca de la cara, se sacudió con la mano y volteó a ver a sus compañeros y a los visitantes italianos para comprobar si habían visto lo mismo que él. — ¿Vio eso, mi sargento? No parecía un insecto… Más bien… no sé… como… — Soldado Godínez, concéntrese en su trabajo. — Le contestó un mal encarado sujeto también vestido de soldado. Y como empezaron las burlas de los demás, no le quedó más remedio que quedarse callado, pero él hubiera jurado que había visto una pequeña mujercita alada saliendo de la maleta donde estaba una computadora portátil. Tiempo después, cuando lo contaba a su familia, su esposa invariablemente le decía: — Era la calor, viejo. Ahí pega muy feo. Tuvo suerte. Pegadito a la casamata del retén militar estaban varios framboyanes de flores rojas y amarillas que se confundieron con su vestido. Se quedó quieta mirando como los italianos recogían sus pertenencias y se

99


100 alejaban a bordo del autobús hacia Ocosingo. Stella, lentamente, tratando de no mover las ramas, fue trepando hacia arriba porque abajo un soldado fingiendo que hacía chis miraba insistentemente hacia la copa de los árboles. Ahí estuvo un buen rato, estudiando los movimientos de los militares y cuando vio que entraban en la caseta voló hacia otros árboles cercanos y se fue alejando poco a poco del lugar. Muy asoleada buscó la sombra. Mientras más volaba la vegetación se iba haciendo más tupida y el follaje más cerrado. Cuando ya le costaba trabajo volar se detuvo sobre un alto guapaque coronado de hojas verde amarillentas. En una rama se sentó con las piernas colgando sin dejar de mover las alas para abanicarse. A lo lejos unos seres muy extraños saltaban de rama en rama acercándose a ella. Sin dejar la desconfianza, detrás del follaje, empezaron a mirarla en silencio. Pero como no pueden estar mucho tiempo quietos, cuatro jóvenes empezaron a acercarse a la hadita que estaba lista para emprender el vuelo. — Ña, ña, ña… U…u… unnn… E… eee… — Le empezó a decir uno de ellos. — Soy una hadita del Pequeño Pueblo… Sólo voy de paso porque llegué por un accidente… Me gustaría entender su idioma pero… Qué pena… Al escuchar a la extraña todos se echaron a reír. Otro le dijo: — Déjame a mi, Berruga — le dijo al primero—. Es que es tortamudo… — Buenas tardes — dijo la Hadita—. Yo me llamo Stella… — Somos los saraguates del cocoyol… Yo soy Panzudo y ellos: Cachete, Tres pelos y Berruga… — U…u… unnn… E… eee… — Espérate, Berruga. Yo le digo — le dijo un saraguato cachetón—. Mire, peyita. Nosotros no vivemos aquí sino en aquellas árboles donde están los saraguatetos, pero Berruga le echó ojo y pega grito… — Hola, Berruga. —Le dijo Stella a un saraguato con una bolita en la nariz.

100


101 A pesar de su lengua atropellada, con palabras diferentes, Stella pudo enterarse que eran monos saraguatos, vivían en unos árboles llamados cocoyoles y que salían en grupo a otros árboles a buscar comida y a los pueblos de los hombres para llevarse el bu´ul, coyas y wajs, que por lo que entendió, eran frijoles, tomates y tortillas. También les entendió que en su pueblo no había reyes o monarcas, porque cada cinco años realizaban elecciones para Saraguatísimo, pero siempre las ganaba uno que se llamaba “Chakuch” porque repartía nueces y mameyes; aunque para las decisiones importantes recurrían a los saraguatos más viejos. Pero los realmente útiles, eran un grupo de burócratas llamados “Chapot” que siempre estaban vigilando que no apareciera el Chac, el tigre,que se los comía, xñaa, la serpiente o los uyuj, monos arañas, que les robaban la comida. Cuando más sabroso platicaban en su peculiar idioma, uno de los monitos chapot dio un grito de alerta. Los saraguatos se quedaron callados, y las madres con saraguatitos se subieron a las ramas más altas porque abajo, en el suelo de hojas, empezó a pasar una columna de mujeres y hombres extrañísimos cubiertos de barro, con la cara tapada y cachuchas militares. Al frente tres de ellos iban a caballo y uno decía algo por radio. Uno de los saraguatos indicándole que guardara silencio le dijo quedito: — ¡Sht! Son los zapatistos… Pelean contra los milicos…Tienen riflos que maten, sht. Al terminar de pasar los “zapatistos” los saraguatos ya no estaban de humor para platicar y con un grito de los vigilantes se alejaron del lugar entre chillidos. Junto a Stella sólo se quedó Berruga que trató de decirle algo y al no lograrlo, le tomó una mano y se quedó con ella viendo las estrellas. — Mira —le empezó a decir Stella—. Esa constelación en mi país se llama la Weisse Frauen, o dama blanca. Aquella es el Escorpión, esa… allá, mira mi dedo, es Lolanthe… Y la que más brilla, allá… sobre aquel cerro es el lucero del alba: Venus… ¿Te gusta ver las estrellas, Berruga? — S…s…sí… N… no Be Be…rruga…

101


102 — ¿No te llamas Berruga? ¿Cómo te llamas? — Ño… Ño… Ñoroch… — Mucho gusto, Ñoroch… Tienes un nombre bonito. ¿Y las estrellas? ¿Cómo se dice estrella en tu idioma? — Ec´… Ec´… — Está bien… Cuando puedas me dices… — No, no… Ec´… Ec´… — ¿Estrella se dice “Ec´”? Y el saraguato corroboró la información diciendo que sí con la cabeza. — Qué bien… Ec´… Y así pasaron la noche. Ñoroch, sintiéndose cada vez en confianza podía hablar más fluido y Stella, descubriendo constelaciones y estrellas diferentes, se sentía en las nubes. Cada que la hadita miraba hacia arriba algo nuevo descubría en el cielo estrellado: Casiopea, la Corona Boreal, Auriga, Pegaso y muchas más navegando en la inmensa corriente de la Vía Láctea. Hubiera deseado tener los mapas estelares de la abuela Naida para compararlos pero se habían quedado lejos, encerrados en un baúl. Y Ñoroch le enseñó algunas estrellas que él llamaba Peya, Chabbachim, Peazul, Otot y un cometa llamado Sacopanchan, el viejo del cielo. Cerca de la media noche, de improviso, saltó de rama en rama alejándose. Stella se quedó creyendo que lo había ofendido. Al rato regresó con un elote, un puñado de cucarachas y un cono de hoja lleno de agua. Stella se comió los granitos del elote y tomó sorbitos de agua. Ñoroch dio cuenta de las cucarachas extrañado de que la hadita rechazara tan suculenta comida. Un rato después se quedaron dormidos, recargados uno en el otro, arrullados por los ruidos de la selva y arropados por el calor de la tierra. Los rayos del sol matutino despertaron a Stella que, de inmediato voló hacia una poza de agua a bañarse y a quitarle a su vestido los cientos de florecitas que se desprendían del árbol. Regresó para decirle a Ñoroch que tenía que irse

102


103 porque tenía que llegar a la ciudad antes de que salieran las convocatorias para el examen de admisión a la Facultad de Ciencias. — T…t..te… acom…pa…ñe… Ste… te…lla. — Voy muy lejos de aquí, Ñoroch — le dijo Stella mirándolo a los ojos—. Pasando esas montañas… Y allá no pueden vivir los saraguatos… — La… la sel…va… Voy con…tigo, amigueta… Ven. — Pero… ¿Y tus hermanos, tu familia? — objetó la hadita. Y no admitiendo otra negativa, el saraguato brincó a una rama lejana y desde ahí invitó a Stella a seguirlo. Viajaron entre la espesura sin que Stella estuviera segura si Ñoroch le había entendido que quería salir de la selva. El saraguato, por su parte, saltaba de rama en rama, y sólo se detenía para indicarle la dirección a Stella que volaba cuidándose de no atravesar las nubes de mosquitos minúsculos llamados “chaquiste” que picaban volando. Al llegar a una hondonada profunda, el monito le indicó que parara porque le quería enseñar algo que se movía en el suelo. Abajo, un grupo de hombrecillos de color negro, corrían, se empujaban y gritaban persiguiendo a un cochino de monte que corría asustado entre las pequeñas chozas de caña y techos de paja. — Ne… negrites… Casa de ne…ne…grites… — ¿Son “negritos”? ¿Aquí viven? — Sí, amigueta… Co…colem, chi…lla… Ven… Y volando y saltando llegaron a otra aldea donde los hombrecitos, con unas canastas, sacaban charales y acociles del río. Eran del tamaño de un niño pequeño y su piel negra como el carbón. Vestían pantalón y jorongo de manta, guaraches de tiras y unos cucuruchos de palma como sombreros. Se veían menos traviesos que los que perseguían al colem aunque no dejaban de aventarle charales a los distraídos. Más adelante, otro grupo preparaba un gran molcajete con salsa y asaba los pescaditos en un comal de barro. Haciéndole

103


104 un gesto, Ñoroch se deslizó hacia la aldea. Al rato regresó, igual de silencioso, trayendo un puño de cacahuates y un chayote hervido todavía con espinas. Se alejaron para comer porque ya algunos negritos habían detectado el chayote faltante y lo andaban buscando. Comieron en un pino lleno de mullido musgo y por turnos, bajaron a tomar agua de un riachuelo cercano. Después, cuando el sol ya se metía, buscaron refugio en una ladera de piedras blancas donde no llegaban tejones, comadrejas y tlacuaches. Stella, cansada, hubiera querido dormirse de inmediato pero no lo pudo hacer: los ronquidos del monito eran terribles.

Resignada se quedó mirando las estrellas hasta que una

extraña luminosidad que salía por los huecos de las peñas llamó su atención. Procurando no moverse mucho, para no despertar al saraguato, se acercó para mirar. No sólo miró. Quitando una piedra suelta abrió un hueco que le permitió meter la cabeza con cuidadito. Lo que vio la dejó maravillada: en el interior de una caverna oscura miles de pequeñas estrellitas volaban creando constelaciones caprichosas y luego se separaban para hacer formaciones elípticas, espirales, parecidas a Andrómeda, cúmulos, nebulosas. Subían al techo de la cueva y caían como un velo de estrellas fugaces haciendo un extraño ruido. Stella pensó que soñaba porque nunca había visto algo semejante. Y así se hubiera seguido toda la noche si no hubiera sido porque Ñoroch, junto a ella le dijo: — Chignich… S…s…son las chignich… Pan…panza… bri…brilla… Hasta que Stella escuchó “brilla panza” se fijó bien: eran centenares de luciérnagas que danzaban volando antes de salir a iluminar la selva con sus pancitas llenas de luz. Con un movimiento rápido Ñoroch agarró a una y se la mostró a Stella en la palma de la mano. La hadita se acercó a mirar una pequeña criatura sin luz y enfadada que les decía algo en una lengua parecida a los rechinidos de las puertas. Como ninguno de los dos entendió, les dio la espalda, subió un pequeño interruptor en su pancita y emprendió el vuelo

104


105 siguiendo a las demás que se desparramaban por la selva formando una especie de alumbrado público de baja inversión. Al día siguiente, Stella, le explicó a Ñoroch que realmente tenía que partir a la ciudad porque se le podía pasar el tiempo de hacer los trámites para la escuela. El saraguato, con la mirada hacia abajo entendió muy bien y como pudo, porque se le recrudeció la tartamudez, le dijo que antes de irse quería llevarla a conocer una estrella. Stella para no verse grosera aceptó, reiterándole al monito que tenía que irse pero prometiendo volver después del examen. Una voló y el otro brincó largo rato. Stella no estaba segura de estar haciendo lo correcto. Una estrella en plena selva no era creíble, pero ya había aceptado y siguió a Ñoroch sin chistar. Después del medio día frente a ellos se levantó un montículo sin árboles sólo cubierto de musgos, líquenes y arbustos chaparros. Jadeando Ñoroch se detuvo; le hizo una seña a Stella y se internó entre unas plantas llenas de flores moradas. Al rato salió y la invitó a seguirlo. Entraron en una hondonada del montículo donde no había vegetación. Ñoroch le explicó con sus largos brazos y con medias palabras que había llegado del cielo y para demostrarlo pegaba con una piedra para que Stella escuchara su sonido metálico. La Hadita, empezó a recorrerlo tocándolo con sus manos y acercando su mejilla para sentir lo frío del metal. — Un meteorito, Ñoroch… Un meteorito de hierro níquel… Y entraba y salía por los agujeros hasta que llegó a la parte de atrás donde el saraguato con un pedazo de carbón había escrito algo para despedirse: “vaya bien, amigueta/ niña mariposeta/ Vuelve con amigo saraguate/ para comer cacaguate/ Ñoroch bat.

Stella volteó para agradecer al monito pero no lo

encontró. Lo buscó entre las ramas de los árboles cercanos y nada. Después de un rato se empezó a alejar hacia el oriente, pero al volver la vista para ver la selva por última vez, vio que Ñoroch en una alta rama le indicaba el rumbo

105


106 correcto hacia el poniente con su brazo y luego lo agitaba en señal de despedida. Stella se detuvo un poco y le mandó un beso, después rectificó el camino y aplicó el turbo para vencer las ganas de regresar. Ya entrada la noche llegó a Tuxtla Gutiérrez donde se convirtió en mujer y, preguntando, llegó a la central camionera donde se informó de las corridas y horarios a México. Después se regresó a su condición de hadita para meterse por la ventana de un ADO que en los asientos de atrás traía atados de cobijas que, por alguna razón, no se habían repartido durante las inundaciones del río Usumacinta. En uno de los atados se metió, tapándose para que no la fueran a descubrir. Durante todo el trayecto no la molestó nadie, a pesar de que pasaron varios retenes militares. Al llegar a la ciudad, como no quería volver a pasar la experiencia de Ocosingo, se bajó antes de que el camión llegara a la Terminal. Aprovechó el embotellamiento de la calzada Zaragoza para salirse a la altura de la estación Aeropuerto del metro. Primero se refugió debajo de un puesto de tacos de suadero que tenía dos inconvenientes: tres focotes de quinientos wats y el humo picante que la hacía estornudar. Temerosa que la descubrieran voló hasta el negocio llamado “Novedades Mandy” donde se escondió sin problemas entre las haditas de terracota con alas de tul, los trols de la suerte y las ranitas de cerámica que se exhibían en el aparador. Ahí pasó la noche, y al día siguiente, en plena madrugada se fue volando hacia Ciudad Universitaria donde llegó cuando empezaban a llegar miles de estudiantes. En una de las islas se convirtió en mujer y se dirigió a Rectoría un poco apenada por su vaporoso vestido, pero pronto se dio cuenta que nadie se fijaba en ella porque había quien enseñaba la tanga, que traía pelos rojos o azules, que vestía de chiapaneca o tehuana, o simplemente que traían vestidos mucho más atrevidos que el suyo.

106


107 En unas oficinas le informaron que las convocatorias todavía tardarían tres meses porque se atravesaban las vacaciones intersemestrales. Decepcionada y desesperada porque no tenía dinero y mucha hambre, se dirigió a la salida donde encontró dos anuncios pegados en la pared: el de una estudiante francesa que deseaba compartir un departamento cercano y el de una revista que solicitaba ayudantes de reportero de “buena percha”. — Pobrecita — dijo Iruma muy interesada—. No pudo realizar su sueño de estudiar las estrellas. — De alguna manera sí — le dije—. Está trabajando como reportera de “El Mundo de las Estrellas”, y está esperando los resultados del examen de admisión. — ¿Y tú crees que se quede? — Yo creo que sí porque sabe mucho de las constelaciones, las galaxias, los planetas, los cometas, los… — ¿Y al monito, qué le pasó? — No sé… Estará con los demás en el cocoyol… Comiendo cacahuates… — Me cayó muy bien ese changuito… — ¿Por qué? — Porque era amable… A lo mejor porque no hablaba bien los demás se burlaban y él quería un amigo ¿no? — Sí — le dije—. Es muy posible. — Si llegas a ver a Stella me avisas para mandarle al monito una bolsita de cacahuates japoneses… — ¿Por qué de japoneses? — Pues porque de esos no hay en la selva… Y ya me voy porque ya está llegando mamá. — Hoy llegó temprano. — Le dije. — Es que vamos a hacer limpieza porque invitó a un “amigo” — lo dijo con ironía— a cenar. Por eso me puse esta ropa viejita y ya tengo listas las cosas de la limpieza. Chao.

107


108 Yo me quedé en silencio, pero cuando volví la vista comprendí que mi estudio también necesitaba una buena limpieza. Sin ganas de escribir sobre la liquidez financiera, bajé por una cubeta llena de líquidez, un sacate, una jerga, una brocha de sacudir, un trapo y un atomizador que me pareció apto para la limpieza. Empecé por hacer un atado con las “Jornadas” viejas y otro con revistas para dárselas a la abuelita del diablo — o sea a la señora viejita que pide periódicos y se los lleva en un diablo —, y empecé a buscar las cajas de los discos desperdigados; a limpiar los gnomos de metal y al avioncito con la brocha. Con el sacate en la mano, me acordé de la jarciería que mi abuela tenía en el barrio de Santa Lucía. Estaba en una esquina de una calle llamada Tractolina cerca de la güera que hacía atole de fresa cuyo perro policía un día me mordió y me rompió la camisa. Vendía sacates, mecates, ollas de barro, jaulas para pájaro, piedra pomex, piedras de río para tallarse los codos y los talones, tierra pomex para los trastes, tequesquite para las tortillas, “shishi” de maguey para los suéteres de lana y, en la época de Navidad, chifladores, pinitos, palomas, brujas. Una gran variedad de “cuetes” para tronarlos antes de llegar a la casa de la abuelita de Sabás, un gordito chistoso cuya familia hacía posadas para que aceptáramos a su poco hábil nieto en el círculo de amigos. Y ya, en plena nostalgia, recordé esos días en que hacíamos piñatas y adornos navideños en mi casa bajo la supervisión de mi padre. ¡Todavía estará el taller de bicicletas “Pedal y Fibra”, la panadería “Las Perlitas”, el gordo de la Leche? ¿Qué se habrá hecho el empleado de la bonetería que siempre se ganaba el palo encebado, Julio, el loquito que molestábamos, Jesús el vecino boxeador que llegó a los Guantes de Oro, la pareja de enanitos que tenían un hijo “normal”, la tortillería donde hacían las tortillas ovaladas y las cocían en un comalote, los hermanos Tafoya que eran aviadores porque se la pasaban jugando avión en la banqueta, “La Sorpresa”,

108


109 una miscelánea donde dos señoras solteras tenían un muñeco al que trataban como si fuera un niño de verdad? ¿Todavía saldrán despavoridos los vecinos cuando explota la Refinería? Y con estos pensamientos, más o menos dejé limpio el estudio. Desde la ventana pude ver a la mamá y a la hija con pañoletas en la cabeza, limpiando la ventana con un atomizador muy parecido al mío. LA HADITA DE LA COCINA. Al día siguiente tocó en mi ventana con dos ramitos de margaritas, uno en el cabello y otro en la mano. Cuando me asomé se aproximó para dármelo. — Para tu estudio —me dijo—. Se las trajo a mi mamá su “amigo”. — ¿Qué tal la cena? —Le pregunté. — Más o menos. Mi mamá quiere que me lleve bien con el señor. — ¿Y te cayó bien? — No. Pero me trajo un libro. — ¿Te gustó? — Volví a preguntarle. — Hum. Es para niños. De Disney… Se le notaba incómoda. Miraba hacia la calle y se jalaba una colita como hacía siempre que no quería hablar de algo. De pronto se metió unos minutos a su casa y cuando regresó lo hizo con un envoltorio de papel aluminio, y un platito con pastel. — Toma. Lo único bueno es que trajo un pastel rico. Me dio el envoltorio y ella empezó a comerse el suyo con el dedo. — ¿Y luego? — A Bruma, de lejos se le podía reconocer por su cabellera rojiza; de cerca, por su carita llena de pecas. Era delgada, no muy alta, de sonrisa contagiosa. Sus amigas la apreciaban mucho por su alegría desbordada y porque era la mejor cocinera de las dríadas, hadas de los bosques.

109


110 Desde que despertaba ya estaba pensando en los platillos que iba a hacer ese día nada más por el gusto de agasajar a sus amigas porque no existían los restaurantes ni las fondas. Había días que hacía varios platos y otros sólo uno, por lo raro de los ingredientes o lo complicado de la elaboración. Desde niña le había gustado la cocina pero sólo aprendió realmente cuando su madre, el hada Alena la llevó a conocer a Loto, una dama blanca que vivía en el interior de un tronco del bosque sagrado que era la depositaria del antiguo libro de recetas de comida de las hadas. Con ella aprendió los guisos más extraños, complicados y sabrosos: la sopa de hongos capuchones, el faisán endomingado, las setas con rayos de luna, el licor de suspiros de amor, el estofado de caracoles panteoneros y el licor de algarrobo. Estuvo con ella varios años hasta el día que se le quemó la leche de unicornia con el que iban a preparar jericallas de cielo. Prefirió irse a soportar la ira de Loto. En su aldea, empezó a hacer comida para su madre, pero como pronto se corrió la voz de su celestial sazón empezaron a llegar las vecinas, las amigas y las amigas de las amigas. Unos días después no se daba abasto sirviendo comidas y bebidas sólo a cambio de los elogios y las exclamaciones de satisfacción. Cuando empezó el colapso de las profesiones liberales y la depauperización de las clases medias, un día en que más ocupada estaba sirviendo pechuga de golondrina en pepita verde, se apareció Adabela para presentarle un requerimiento fiscal y a clausurarle el restaurante clandestino. Inútiles fueron las explicaciones de que no cobraba nada porque de inmediato le colocaron una caja registradora fiscal para auditarle los ingresos, que por la calidad de la comida, la inspectora supuso que eran muy elevados. Como le daba mucha pena cobrar la comida, prefirió dejar de hacerla y con una fuerte depresión salió del país para reunir el dinero necesario para la licencia y apertura de un establecimiento mercantil con giro de restaurante. Se despidió de su madre, de las amigas, de las amigas de las amigas con un banquete de

110


111 bocadillos y se dirigió a la frontera para abordar el “Hada-bus” de reciente creación. Tenía claro que llegaría a un país llamado México para de ahí pasar a Estados Unidos. Después se trasladaría a Nueva York donde se contrataría en alguno de los restaurantes caros de la Quinta Avenida para aprender y ahorrar dinero. Sabía que por un tiempo iba a tener que lavar platos, ayudar en la cocina, servir mesas o limpiar los pisos pero no le importaba. De esta manera aprendería la llamada alta cocina, conocería la administración de empresas gastronómicas y tendría los dólares necesarios para abrir “Le Hadité Grill”, como ya había decidido que iba a llamar a su restaurante. Todo lo tenía bien calculado. Al llegar a Matamoros, se convirtió en mujer para hablar con un muchacho patero que la llevó a un punto de la carretera Matamoros Reynosa donde un pollero le pidió cinco mil dólares para llevarla a nada más Brownsville y diez mil hasta Nueva York. Como no tenía el dinero y el pollero no daba crédito, en una papelería compró un mapa, trazó una ruta y se convirtió en hadita para pasar la frontera sin problemas. Con su mapa, una capita de plástico, dos botellitas de agua y unos cranquis en una bolsa se paró a unos metros de la frontera. Antes de emprender el vuelo gritó: “¡Tierra de oportunidades, una hadita te acomete!”, y se lanzó decididamente a cruzar el alto muro de concreto dejando atrás a decenas de mexicanos que esperaban las sombras de la noche para hacer lo mismo. Lo que no tomó en cuenta fue que la Migra, alertada por los servicios de inteligencia sobre la intromisión en su territorio de agentes potencialmente peligrosos del Pequeño Pueblo, había formado una patrulla de moscardones equipados con aguijones eléctricos, radares y detectores de movimiento vía satélite para patrullar la zona fronteriza.

111


112 Apenas llevaba como media hora volando con un calor muy soportable cuando detrás de un cactus sacuaro se le aparecieron cuatro moscardones vestidos de verde olivo que volaron directo a ella haciendo mucho ruido. El más gordo de ellos, a través de un altoparlante le empezó a gritar en un español chapurrado: — ¡Tú no oponer resistencia, ilegal… Tú orillarte a la orilla, detener las alas y poner las manos donde pueda ver! ¡Stop, stop o te disparo rayo paralizador! Bruma volaba de arriba abajo; de derecha a izquierda; lento y rápido pero no los podía perder. Despistaba a uno y se encontraba a otro que le lanzaba rayos de mucílago para pegarle las alas. Lo peor de todo es que empezó a cansarse y a perder la noción del espacio aéreo por tantas vueltas. Cuando Rufi Canda, el jefe de los moscardones de la Migra estaba a punto de echarle el guante, un enjambre de abejas salieron de un huizache y les empezaron a estorbar el vuelo. Una abeja obrera la tomó de la mano y orientándola la encaminó hacia la frontera de México para que se regresara: — Apúrate —le dijo—. En unos minutos esto estará lleno de moscardones con radares. Regresa otro día porque ahorita andan locos buscando avispas de origen árabe. Pícale… — Gracias. — Dijo Bruma y con el corazón saliéndole del pecho voló hacia México con la intención de regresar otro día. Ya en Matamoros, una tórtola moteada, al verla vomitar en un mezquite se le acercó para decirle: — Mire morrita, se tiene que comer un bolillo pal susto si no se va a poner verde. Las cuatro primeras veces que a mi me deportaron no me lo comí y parecía gorriona de tan amarilla. — Gracias — dijo la hadita con dificultad—. ¿Qué es un bolillo? — Mi alma. Véngase… Y volando hacia el lado mexicano, la tortolita la llevó a la tahona de las hermanas Garatuzas, un par de tuzas que además de bolillos y teleras, hacían panes antiguos como el tecuarín, pan de manteca, marquesote, chimixtlanes,

112


113 tocinillo de cielo, frutas de horno, gendarmes, peines, cocoles de anís. Apenas entraron, la tórtola le dijo a la mayor de las hermanas: — Rosabella, dale bolillo a la morrilla porque la asustó la migra… — Ni que fuera para tanto —dijo, Maura, la menor—. A mi me han perseguido ocho veces y sigo entrando como si nada. — Pero es que a ella la persiguieron los moscardones del aire. Mientras platicaban Rosabella ya le había acercado a Bruma, un bolillo calientito y crujiente, con una sonrisa. — Cómelo… Para todo mal un pan, para todo bien, también. Ahí la dejó Anita la tortolita “para que se serenara” y ella se fue a buscar semillas para comer. Bruma, se quedó viendo a las hermanas producir los panes con amor y habilidad. En la noche, cuando hizo el intento de despedirse, no la dejaron ir. Por el contrario, la invitaron a cenar sopecitos de chorizo y chocolate en agua. Se quedaron platicando nada más un ratito porque se acostaban y se levantaban temprano por su profesión. — Yo sé hacer chapatas, paninis, croissant y muffins — les dijo Bruma—. En mi país no tenemos tanta variedad de panes como ustedes… — Uy, aquí hay cientos —dijo Maura—. Mi papá sabía hacer el pan español, el pan de pulque, los huaraches, el tlacotonal… — Uno muy rico que se llamaba chúpite — interrumpió Rosabella—, las aguácatas, las jarochas, las morelianas, los calzones de rico y de pobre, ojos de pancha… — Para “muertos” hacía lolas, mestizas, puerquitos de piloncillo, gorditas de anís, ánimas — dijo Maura. — ¿Me podrían enseñar? —Les pidió Bruma— Por favor. — ¿De veras quieres aprender el oficio? —Acercándose Rosabella, le preguntó. — Sí. Si quiero. — Muy bien. Te vamos a enseñar. Pero como la primera regla del oficio de la panadería es que el trabajo debe empezar muy temprano, vamos a acostarnos.

113


114 — Buenas noches. — Dijo Maura. Y un minuto después las dos tuzas llenas de harina roncaban a pierna suelta. Se quedó con ellas casi tres meses trabajando al parejo de las hermanas. Para Bruma no era extraño el trabajo duro ni la preparación de los ingredientes. Sabía muy bien los puntos de cocción y la preparación de la masa panadera, el punto de fermentación y reposo, pero aprendió decenas de formas diferentes, otras masas panaderas, a utilizar ingredientes que no conocía como el piloncillo, el ajonjolí, el aguamiel y a usar dos herramientas que ni imaginaba que existieran: la charrasca y la navaja de zajar. Ella por su parte les enseñó a no usar la porquería de la margarina, a hacer mufins muy parecidos a las mantecadas; y los croissants que se empezaron a vender por la novedad porque eran igualitos a los cuernos de siempre. Al mes inventó un bizcocho al que le pusieron “dedo de hada” por sabroso, ligero y “light”. Aconsejada por Anita, la tortolita que era muy inquieta, se despidió de las hermanas panaderas y se encaminó al sur a un lugar llamado Tanchinchin en el estado de San Luís Potosí donde se quedó a las afueras con una familia de perritos de la pradera, cuya cabeza de familia era una hembra mayor llamada Mart-mota, ya que el patriarca Mart-ín, acababa de caer en una redada de traficantes de animales y, según las últimas noticias, se encontraba prisionero en el mercado de Sonora de México. Ahí no se quedó mucho porque no le gustaba estar debajo de la tierra dentro de unas galerías estrechas, calurosas y oscuras. Mejor se convirtió en mujer y le pidió trabajo a doña Anatolia Huipe que hacía los mejores tamales de la región y que andaba buscando una ayudante para hacer frente a los muchos “entriegos” que tenía. Vestida de negro con delantal, Anatolia Huipe, desde muy temprano iniciaba la elaboración de tamales de todo tipo. A partir de la masa básica de maíz con manteca hacía los de mole, salsa verde, dulce y sin sabor, además de los

114


115 especiales para las fiestas como los chiapanecos, de rajas con piña; de tres chiles que llevaban cascabel, guajillo y pasilla; de carne de puerco, pollo, res con aceitunas, carne deshebrada, huevo cocido. Para las celebraciones especiales el zacahuil, los de dulce cuajados de acitrón y pasitas; de rompope, piñón con biznaga, almendras y plátano macho. Bajo la sabia conducción de Anatolia, Bruma aprendió a preparar las masas tamaleras, los rellenos, a preparar los diferentes ingredientes, a conocer los materiales por su olor y tacto, a preparar el bote tamalero; y un día, le enseñó a “contentar” a un bote de tamales de frijol que se habían enojado. Era casi de noche. Anatolia y Bruma ya habían puesto el bote tamalero al fuego y la monedita que indicaba el hervor del agua bailaba sin cesar cuando entró la riquilla del pueblo a regañarlas porque los tamales no estaban en las mesas. Anatolia la sacó de la cocina y afuera le informó que iban a estar en el momento preciso, no antes. Regresó a la cocina, esperó un momento prudente para sacar uno de los tamales del bote. Como lo sintió aguado de inmediato le dijo a Bruma: — Ya se enojaron los tamalitos… No se van a cocer. De inmediato inició los preparativos para “contentarlos”. Trajo unas flores con las que tejió dos coronas. Se puso una y otra a Bruma; después le dio una cazuelita de barro y ella tomó un jarrito. De una olla panzuda y negra tomaron un sorbo de mezcal y empezaron a bailar alrededor del bote cantando con la música de la cumbia “A mover la colita”: — A ver, a ver/ tamalito bonito. A ver, a ver/ “cósete” parejito. A ver, a ver/ tamalito enojado. A ver, a ver/ ya no estés enfadado. Y así siguieron por un rato hasta que empezaron a escuchar que la monedita volvía a bailar dentro del bote y el vapor salía por las comisuras de la tapa. Anatolia no los vio, pero Bruma, pudo apreciar unas lagartijas de vapor que salían del bote y se perdían en la lumbre del bracero. Al final, una de ella, antes

115


116 de meterse a las brazas, se detuvo y miró a Bruma moviendo su cabeza de arriba abajo. — Ya están listos — dijo Anatolia—. Ayúdame a llevar el bote. Agárralo con un trapo para que no te vayas a quemar. Un día, mientras cuidaban un zacahuil que estaba en el horno. Bruma encontró el valor para preguntarle a Anatolia la razón por la que siempre vestía de negro. La mujer bajó la cabeza, jugó un rato con la tierra y la ceniza del suelo antes de contestar. — Es una cosa muy triste, niña. Antes, los tamales los hacíamos mi esposo y mi hijo. Pero un día, un compadre los mal aconsejó para irse a Estados Unidos a ganar dólares quesque para poner una fábrica de tamales. Y a mi chamaco le metió la idea de ir a Disneylandia a conocer un fregado ratón… Como si aquí no hubiera ratones… — ¿Qué pasó? — Le preguntó la hadita, dejando de meter leños al horno. — Los iban a pasar a Estados Unidos en un vagón de tren… Pero los dejaron abandonados en el desierto… Eran como cincuenta…No llegó ninguno… — ¿Se…? — Bruma no se atrevió a terminar la pregunta. — Sí — le dijo Anatolia levantándose para asomarse al horno— No llegó ninguno… Eran como cincuenta… Hasta niños, Bruma… hasta niños… Creo que ya podemos acostarnos: todavía va a tardar el tamalito. Era extraño verla de negro porque todos los días incluía el ingrediente secreto de la alegría a sus tamales. Desde que se levantaba sintonizaba la “Sabrocita”, una estación de radio que sólo programaba música tropical, para hacer la masa bailando, picar la verdura bailando, barrer la cocina bailando; y cantando todos los éxitos de Gally Galeano, Niche, Willy Colón, Rubén Blades y los grandes de la salsa, el vallenato y el son cubano. Esa noche, la hadita pensó en Martmota, la perrita de la pradera, y entendió por qué estos pueblos le recordaban tanto a su país: porque sólo había mujeres.

116


117 Con varios meses en México y por pláticas con la gente, Bruma se fue haciendo una idea de la enorme variedad de la cocina mexicana y se despertaron en ella las ganas de aprender lo más que pudiera para regresar a su país a poner el “Tortilla and chile” como ahora se llamaba su proyecto de restaurante.

Por eso esperó hasta el día que una muchachita delgada de

grandes ojos se acercó a Anatolia a pedirle trabajo, para decirle que se iba de su lado. Una semana después se fue de Tanchinchin no sin antes llevarle una buena dotación de tamales rotos, tortillas y bolsitas de maíz a Mart-mota para el montón de perritos que correteaban en su madriguera. Con una recomendación escrita por Anatolia, Bruma se dirigió a San José de los Sapos, cerca de León, Guanajuato en busca del merendero “El ajonjolí de todos los moles” y de doña Pacita, su dueña. Al llegar la aceptó de inmediato porque la arrugadita viejita de pelo blanco, lentes redondos, mirada dulce y ciega, siempre necesitaba ayudantes que quisieran encargarse de la preparación minuciosa de los moles tradicionales que se servían en su restaurante. Primero aprendió el mole poblano bajo la conducción de doña Pacita, que le fue diciendo las proporciones exactas de chile ancho, mulato, pasilla, el chocolate, tortilla, las pasas, ajonjolí, pimienta, cebolla, clavo, chocolate que Bruma iba tomando de una enorme alacena llena de productos. Después le indicó como desvenar los chiles, como freír la tortilla y triturar los ingredientes en un molino eléctrico. Cuando estaba terminado el mole por el puro olfato sabía si estaba bien equilibrado y probando un poquito dictaminaba: — Le faltan dos clavos y un comino, pero está bien. Luego te enseño a cocinarlo. Ahorita llévaselo a Josefa porque hace falta para las enchiladas. Al cabo de unas semanas, le enseñó el mole negro, el de olla, de cadera, pepita verde, pipián, rojo, de panza, oaxaqueño, guacamole. Y como aprendió

117


118 rápido y bien doña Pacita le dio la oportunidad de pasar al lugar supremo: la cocina de humo donde se cocinaban los moles y se mezclaban con el pollo, la carne de res, de puerco, con las variedades de arroz y los consomés. Bruma estaba feliz porque le habían dicho que el mole era la cúspide de la gastronomía mexicana y ella estaba aprendiendo a elaborarlo y cocinarlo. Doña Pacita estaba feliz porque veía en la hadita una aprendiz esforzada, de buena memoria como hacía mucho tiempo no tenía. Por eso un día la llamó aparte y le dijo: — Creo que ya estás lista para aprender a hacer el “mole don Chico”. — ¿El mole don Chico? — Dijeron a coro las ayudantes. — Sí, a ti te voy a confiar la receta original que me dejó don Chico antes de morir en agradecimiento porque le di un molito de olla de codito que le gustó mucho. — Gracias. —Dijo Bruma quedito porque las miradas de envidia de preparadoras y cocineras se le clavaron como puñales en la espalda. Una noche, después de la cena colectiva con la que cerraban el día, Bruma se fue al cuarto que alquilaba cerca del restaurante. Se bañó y se secó cuidadosamente las alitas estirándola para que no se le entumieran. Cuando estaba organizando sus notas sobre los diferentes tipos de mole, unos toquidos en la puerta de la calle la alertaron. La señora de la casa salió a ver quien era y Bruma, con el sexto sentido de las haditas percibió el peligro: — Somos de migración, señora. Nos informaron que tiene usted una indocumentada viviendo en su casa… — No señor — dijo la señora— es una muchacha de San Luís Potosí… Es güera de rancho… Pásenle… Bruma sabía bien lo que tenía que hacer: tomó sus notas, sus ahorros, su maletita y salió volando por la ventana. No volvió más. Le dolía mucho dejar a doña Pacita y no aprender el mole don Chico, pero comprendió que el fantasma de la envidia se había colado en la cocina del “El ajonjolí de todos los

118


119 moles” y ya no era posible seguir ahí. Los celos amargan el mole, se dijo y continuó volando rumbo a Zamora sin mirar atrás. Llegó a Zamora donde, según una de las cocineras del restaurante de moles, se hacían los mejores postres del mundo. Se detuvo a descansar en el monumento a Benito Juárez a porque las alitas ya no le daban para más después de varios meses de inactividad. Cuando recuperó el resuello se fue por los árboles de Cinco de Mayo hasta el Santuario Guadalupano donde quiso convertirse en mujer, pero como no lo pudo hacer porque había un grupo de danzantes, prefirió hacerlo en el Teatro de la Ciudad que tenía varios lugares de cobijo. Estando en los altos del Teatro, una pareja de torcazas, interrumpiendo sus arrumacos, la pusieron al tanto de la ciudad y le recomendaron dirigirse al Mercado Morelos, en especial a la dulcería Zamorana donde se hacían los mejores postres del mundo. Al llegar, como en otros lados, pidió trabajo a un español que parecía el dueño. El señor la hizo esperar cobrando en la caja, y hasta después de un rato le dijo que no había trabajo y que si no compraba se fuera. — Joer, mucho ayuda el que no estorba. — Le dijo de mala manera. Decepcionada y triste se fue caminando por una calle hasta el mercado Hidalgo donde comió caldo de habas y pollo con un molito regular. Después compró una cocada en un puesto que tenía frutas confitadas y postres tan ricos que decidió aprender costara lo que costara. Para lograrlo se convirtió en hadita en los baños del mercado y fue hasta la Dulcería Zamorana a montar guardia en una viga del techo hasta que llegó la noche. Esperó a que cerraran la dulcería y los empleados se fueran a sus casas para entrar a la cocina que estaba en la parte de atrás. Decidida a aprender buscó un lugar desde el que se pudiera ver todo el taller. Lo encontró en un hueco de

119


120 una de las vigas de madera carcomidas por el tiempo. A las afueras, en un pasillo descubrió varias casas de golondrina hechas de bolitas de barro y considerando que no causaba daño se instaló en una de ellas y la acondicionó con algunas cosas que encontró en el taller de dulcería. Desde ese día, antes de que llegaran los trabajadores, Bruma se instalaba en el hueco, se sentaba en un piloncillo y tomaba notas en papelitos que había clavado en una tablita. De esa manera furtiva aprendió el proceso del rompope, la cajeta, las alegrías, charamuscas, muéganos, pepitorias, palanquetas, macarrones… Todo el día estaba ocupada en apuntar recetas y procedimientos. A veces el humo la hacía toser o le irritaba los ojos pero ni modo: era el precio de apoderarse de tan codiciados secretos. A la semana una golondrina negra la llamó desde un hueco de las tejas. La hadita, que en ese momento escribía el proceso de las “Glorias”, le pidió tiempo pero el ave no transigió. Bruma tuvo que salir. — Estoy ocupada ¿Qué se le ofrece? —Le dijo molesta. — Vengo por la renta, señorita — le dijo la golondrina sacando un recibo de una bolsita —. Tiene usted una semana ocupando el refugio de barro: son doce golos. — ¿Doce qué? — Doce golos, señorita. En esta región los pájaros ya no usamos pesos por su volatilidad. Ahora nos regimos por el patrón golo que es más estable. — Pues ahorita no tengo, pero si me espera unos días trataré de conseguir los golos. — Recuerde que por cada semana de retraso cobramos un golo de multa. Mi tarjeta: yo soy el licenciado Trepador pero en la zona me conocen con unos nombres mucho más feos… Que tenga buenas tardes… ¡Morosa! Bruma regresó a su puesto de observación donde pudo seguir copiando recetas. Los siguientes días aprendió a hacer cocadas, jamoncillos, tamarindos

120


121 de dulce y enchilados, frutas cristalizadas, obleas de cajeta, malvaviscos, pirulís, peladillas, morelianas, rollos de coco, marinas, compotas. Siguió con las aleluyas, camotes, helados de sabores, el pastel de tres leches, novicias, mostachos, pays, trompadas, arroz con leche, fresas con crema, alfajor, capirotada, jamoncillo de pepita, poleada, frailes, semitas, palitos de queso, pastel de matrimonio, dulce de calabaza, queso de tuna, tejocotes en almíbar, ates de frutas, cueritos, conejitos de chocolate, chocolates rellenos. En otras semanas apuntó las recetas de los chongos zamoranos, yemitas, rompe muelas, veladoras, domingueras, borrachitos, trenzas, mazapanes, trufas, caballitos de panela, gallitos de pepita… Un mes después, cuando notó que la enorme cantidad de recetas la estaba volviendo loca, salió del taller, dejó una notita en la puerta del refugio de barro que decía: “Desocupado” y se fue volando a las afueras de Zamora por la salida a Sahuayo donde encontró un balneario para descansar y quitarse la capa de tizne que se le había pegado en el taller de dulcería. Después de semanas en medio del humo y el calor, acostarse en las ramas de un oyamel después de darse unos chapuzones en la desierta alberca del balneario era la gloria. Estaba comiendo una alegría de amaranto, ajonjolí y miel cuando se le acercaron unos insectos negros y gordos. — ¿Gusta una canción, mi alma? Bruma se levantó a la defensiva ante los insectos vestidos de camisas de algodón con bordados y sombreros michoacanos. Pero se tranquilizó cuando vio que traían una arpa, vihuela, jarana, violín y guitarrón… — No se ispante, mi alma. Somos los aguacaterus del conjunto de arpa grande “Lindo Tangancícuaro” del maestro Lino Glycapsis… — Adimás —dijo otro— somos inofensivos porque venimos del Laboratorio de Plagas y Enfermedades del Centru Estatal de Insectos Benéficos donde nos istropiaron el sexu. — ¿Quiere la canción o no, mi alma? Tenemos puestos el gusto pasajero, el gusto apatzinganeño, el gusto moreliano; puros sones ejecutivos, jarabes,

121


122 rancheritas, una que otra pirekua y varias valonas medio groserillas del Chaparritu de oro. — Orita no. Gracias. — Les dijo la hadita. — Siquiera pa persinarnos, mi alma. — Pero no tengo golos. Nada más traigo alegrías… — Pos aunque sea… ¡Arránquense, pasmadus! Y se arrancaron con el Son del ratón… Al rato, en el oyamel una larga cola de tortolitas, huilotas, codornices, tordos, ardillas, cuervos, urracas, torcazas bailaba la danza de los viejitos. Y así siguió. La hadita se informaba en donde había alguna comida digna de ser aprendida y buscaba la manera de estar presente. Unos días después entraba en Chilchota para aprender el proceso del queso, luego se fue a Hidalgo para conocer los pastes y la barbacoa; en Toluca disfrutó del chorizo rojo y verde, en Guerrero se enamoró del pozole y los nacatamales, en Quintana Roo los mariscos y pescados, en Sinaloa el chilorio y la machaca… — ¿Y ahorita dónde está? —Me preguntó Iruma. — Creo que anda en el Paraíso — le dije, un poco para picar su curiosidad porque la noté distraída—. En el paraíso. — ¿Se murió? — No —le dije riendo—. En Yucatán. Porque en Yucatán hay cientos de comidas muy sabrosas. — ¿Y su restaurante, cuándo lo va a poner? — Cuando aprenda toda la cocina mexicana. Todavía le falta mucho. — Humm… Ya me dio hambre. ¿Te gustan los germinados? Es que a mi me gustan mucho con limón… Y ya me voy porque mi mamá me dijo que hiciera mi tarea temprano porque me iba a dar una sorpresa. Chao. Y moviendo su mano se internó en su casa y cerró la ventana. Más tarde escuché su grito de alegría tan fuerte que me dejó intrigado.

122


123 LA HADITA QUE ENCONTRÓ EL CINE. La razón de su alegría me la contó dos días después. Su abuelo la había visitado trayendo a su perro Max que no había visto en varios meses. Me dijo que, como si entendiera, no se había resistido para entrar al taxi ni ladrado durante el camino; que se quedó tranquilito en el asiento y cuando llegó le dio tanto gusto de verla que, sin querer, había tirado unos floreros de su mamá. Que no se quería ir en la noche pero que lo iba a volver a ver el día de su cumpleaños. — ¿Qué día es tu cumpleaños? — Le pregunté. — El sábado —me dijo—, pero no te puedo invitar porque va a ser en la casa de mis tías. Y nomás invitan a sus amigos, hacen sangüiches y me regalan ropa. — ¿Y qué te gustaría que te regalaran? — Un dvd para ver películas. — ¿Te gusta ver películas? — Mucho. Le dije a mi mamá que comprara uno pero dijo que hasta que le paguen el aguinaldo. — ¿Y no vas al cine? — Pocas veces porque a mi mamá le da miedo regresar de noche. Antes iba con mis tías porque tienen coche… ¿Y tú no tienes alguna película que me prestes? — Pero no tienes donde verlas… — Voy a la casa de mi amiga Marlene. Hacemos palomitas de microondas y agua de limón, de toronja, o de lo que haya. Sus papás nunca están tampoco. — Voy a buscar alguna, pero no creo tener una película para niñas… — ¿No tienes “Un puente hasta Therabithia”? — No creo. — Es que no la pude ver en el cine y el libro me gustó mucho. ¿Me vas a contar otra historia? — Hum. Te voy a contar la historia de una hadita a la que también le gustaba mucho el cine.

123


124 — ¿No te enojas si me la cuentas mañana? Es que ahorita tengo que ir a la tintorería por un traje de mami. Mañana tiene una entrevista de trabajo muy importante y quiere ir muy bonita. — Está bien. No me enojo. Nos vemos. Cuando cerró la ventana, fui al mueble donde tenemos las películas. Como yo prefiero ir al cine, sólo encontré las de mis hijos. Empecé a buscar y a descartarlas: — No creo que le interese la obra completa de Ingmar Bergman… Krzysztof Kieslowski, no creo…Zhang Yimou, no… En la noche le pregunté al hijo que vive en el cyber espacio sobre alguna película para una niña, con pocas esperanzas de que tuviera y ¡oh, sorpresa! Abrió un cajón atiborrado y me prestó sólo algunas cuyos títulos desconocía por completo como el Porco Rosso, Steamboy, Akira, La Princesa Mononoke, Las Trillizas de Belleville, El Patoruzito, El Bosque Encantado. Al otro día, apareció con sus colitas y un montoncito de crema en un cachete. — Hola — me saludó y se quedó esperando la historia, pero al notar mi curiosidad, agregó tocándoselo—. Es un granito… ¿Y luego? Lilien, vivía como muchas haditas: jugando y divirtiéndose todo el día. Otras, se imponían ciertos trabajos o se involucraban en algunas actividades de la comunidad, pero a Lilién sólo le interesaban las mañanas en el estanque, las tardes con las amigas, las noches de baile y los fines de semana de paseo. De su grupo de amigas era la más popular; la que empezaba la diversión más temprano y la terminaba más tarde. Era quizá una de las más bonitas del país, y sus cabellos ensortijados y grandes ojos eran la envidia de muchas de sus amigas. Además era muy especial para vestir ya que copiaba los modelos de las elfas, las nereidas del mar y los adaptaba a su constitución.

124


125 Vivía con su madre, una hada ya mayor llamada Zakia, que ocupaba todo el día en curar a las haditas enfermas con plantas medicinales, acupuntura, baños de vapor, masajes y dietas. No se llevaban mal porque entre las hadas no se usan los regaños ni las imposiciones: cada una hacía lo que le gustaba y punto. Las noches que Lilién llegaba temprano, cenaban juntas y platicaban un rato aunque lo habitual era que no se vieran durante semanas porque cuando Lilién llegaba Zakia se encontraba dormida. Ubicada en un sector improductivo de baja calificación y de marginación voluntaria del mercado de trabajo, a Lilién no le importaban mucho los cambios económicos y sociales en el país si no fuera porque la diversión se fue terminando. Poco a poco, sus compañeras de fiestas y paseos empezaron a trabajar, a someterse a un horario, a levantarse temprano, a cuidar el dinero y el tiempo. Algunas de las más cercanas emigraron al exterior en busca de trabajos remunerados o mejores condiciones de vida. Las zonas de recreo estaban llenas de desconocidos, en los salones de diversión ya cobraban la entrada y las bebidas; los centros de esparcimiento se privatizaron en su mayoría y cuando llegaba a encontrarse a alguna de sus amigas estaba de mesera, camarera o cantinera. Lilién no aguantó mucho tiempo esta situación, y un buen día le dijo a su madre que se iba al exterior a buscar nuevas amigas, a estudiar turismo o comunicación y a conocer los mejores sitios de diversión de Nueva York, París y Barcelona. Tomó su ropa y con el dinero que le dio Zakia se embarcó en uno de los primeros aviones de “Hadita Air” que empezaron a hacer viajes a los principales centros financieros de Europa y Asia. Con el tiempo justo llegó a Hong Kong donde, por las prisas, hizo una conexión equivocada a una aerolínea mexicana de bajo costo llamada “Guajolo-jet” que se vino haciendo escalas por toda la costa del Pacífico, hasta que llegó al Aeropuerto “Benito Juárez” a las dos de la mañana. A las tres pasó por la aduana y como no venía convertida en hadita ni tenía pasaporte, a las cuatro

125


126 ya estaba en un microbús rumbo a la garita del Instituto Nacional de Migración junto con un hobbit, cuatro chinos, dos coreanos, un conjunto tropical cubano y cinco bailarinas exóticas de procedencia desconocida. A las cinco de la mañana llegaron a Iztapalapa, y hasta la una de la tarde del día siguiente les dieron de comer una torta de milanesa para cada dos detenidos. En el inmenso patio de la garita, Lilién conoció a muchas personas que a pesar de hablar diferentes lenguas se ayudaban entre sí y compartían lo poco que tenían. Al tercer día la llamaron a una oficina donde una agente de migración la interrogó sobre su país de origen, y al no tener ninguna noticia del País de las Haditas, por su apariencia, la catalogó como bailarina checa y la apartó para mandarla de regreso.

En el nuevo patio estuvo quince días

durmiendo en una cama de cemento, comiendo una vez al día y bañándose cada cuatro días. Adormecida, sin ánimos, con una tristeza profunda caminaba por el patio sin rumbo fijo o se sentaba en el suelo durante horas dibujando figuras con el dedo. Un día, cuando más absorta estaba mirando a la nada, una niña de piel amarilla y ojos rasgados que estaba con su madre, se acercó a mirarla con mucha atención. — Ni hao. —Le dijo levantando la mano en señal de saludo. A Lilién le extrañó que la niña se acercara a ella con tanta familiaridad. No recordaba haberla visto en los otros patios ni que hubiera platicado con ella en otra ocasión. Sin embargo, la niña con una reverencia le empezó a platicar en una lengua desconocida. La hadita la escuchó largo rato y por sus gestos dedujo que estaba con su mamá y que pronto las iban a regresar a su país. Después, con mímica, le preguntó por qué no volaba y brincaba la barda para escapar. Lilién se le quedó mirando a la niña y a la barda y de pronto despertó de su letargo. Se puso de pie y se alejó con la niña hacia la sombra.

126


127 Ya no platicó más con la niña, pero cuando llegó la noche; cuando todos dormían caminó de puntitas rumbo a la salida. La niña de ojos rasgados se levantó sobre uno de sus codos, se quitó los cabellos de la cara y sacudió su mano diciéndole: — Zai jian. Lilién pidió permiso para ir al baño a la policía y estando afuera se transformó en hadita, probó sus alas y levantó el vuelo por encima de la barda. Voló toda la noche entre edificios para alejarse de ese lugar sólo deteniéndose en unos tinacos para tomar agua y en una tienda cerrada para comerse la cubierta de chocolate con coco de una dona. Después de muchas horas de volar sin rumbo se dirigió a unas torres altas, blancas y picudas que divisó a lo lejos. Se detuvo en una cornisa de piedra junto a una ventana triangular de la que se apartó de inmediato porque del interior salía una corriente de aire que le pegaba de lleno en la espalda sudada. Después de un rato se atrevió a caminar por la cornisa hasta la otra torre explorando su interior. Como le parecieron seguras y estaba cansada, bajó a la calle donde encontró unos periódicos con los que se envolvió y encontró un poco de calor. En un hueco de la torre derecha durmió muy intranquila porque toda la noche tuvo la sensación de que muchos ojos la observaban. Cuando la despertaron las campanas, se levantó con cierta pereza a inspeccionar el lugar. Si bien estaba algo sucio, lleno de cacas de paloma y astillas de madera era muy habitable. Se puso su vestidito al revés para no ensuciarlo mucho, consiguió unas varitas de un árbol cercano y se puso a barrer el suelo. Después, con un pedazo de estopa y una tapa de un bote de aerosol llena de agua, limpió el interior de la torre y bajó a caminar por la calle de Colegio Salesiano, colonia Anáhuac hasta un contenedor de basura donde encontró unos cartones, pedazos de tela, una lata de galletas, una vela de muñeco de nieve y un empaque de unicel con los que empezó a amueblar su vivienda.

127


128 Como no estaba acostumbrada, unas molestas ampollas en las manos la obligaron a suspender el trabajo hasta el otro día. Para comer tuvo suerte porque encontró una bolsa a la mitad de platanicos fritos y un tinaco abierto donde se bañó y tomó agua. Convertida en mujer, gracias a que el lugar le proporcionaba ciertos lugares discretos habitados sólo por teporochos que no decían nada porque pensaba que era una alucinación normal, se fue a inspeccionar la zona cercana y a visitar la nave de iglesia que estaba debajo de las torres donde vivía. Ya cerca de la noche regresó a su casita donde la estaba esperando un papel de estrasa pegado en la ventana que decía: “El Comité directivo de la AACSPMA a.c, convoca a la junta de condóminos del Santuario Parroquial María Auxiliadora en el salón de usos múltiples del Campanario Central de acuerdo con el siguiente orden del día: uno: quejas; dos; peticiones; tres: bienvenida a la nueva vecina del penthouse; cuatro: asuntos generales.” A las ocho en punto, un gato viejo llamado Matías, dio inicio a la junta con el punto de quejas ya que una gata llamada Petamina se quejó de la suciedad de las palomas, y éstas argumentaron que se debió a un maíz palomero transgénico que les había caído muy mal, pero que ya no se iba a repetir el desaguisado porque no iban a aceptar más comida de la viejita del parque. La comunidad de ratones del frontón de la iglesia y del órgano pidieron un castigo ejemplar para el gato Morrongo que dejó huérfanos a catorce ratoncitos al comerse al Panqueque. Después de muchas discusiones el veredicto quedó en suspenso porque el Morrongo argumentó que el “Panqueque” ni siquiera vivía en el Santuario sino en una panadería de la calle Lago Pátzcuaro con otra ratona, y que sólo venía de visita de vez en cuando. — El acuerdo es respetar a los ratones condóminos — dijo el gato leonado—, no a los intrusos. Al final, con un exhorto a las palomas de no defecar en las áreas comunes, se cerró el punto uno. Al punto dos se le dio trámite con rapidez ya que sólo el maestro Gurrumino director de la Dixieland Cat pidió la sala de usos múltiples

128


129 para ensayar. En el punto número tres, el administrador del inmueble el gato Billy, le leyó a Lilién el acta de obligaciones y derechos y al término de ella los vecinos se acercaron a darle sus nombres y donde los podía encontrar dentro de la iglesia. El punto cuatro ya no se trató porque el brindis se generalizó y en una mesa larga aparecieron chitos enchilados, pepitas saladas, cueritos de cerdo en vinagre, bolitas de queso, palomitas de microondas, totopos y maíz cacahuazintle quebrado. Lilién se quedó a vivir en la iglesia. Si bien la vecindad era complicada y muchos días la despertaban los pleitos de las apasionadas parejas de palomas, no la dejan dormir las fiestas de los gatos y los ratones se metían sin permiso a su casa, trató de acoplarse lo mejor que pudo. Sin embargo, no estaba contenta. El sueño de codearse con la sociedad en los mejores centros de diversión, con ropa cara que resaltara su belleza, cada vez estaba más lejos. Por el contrario, el pago de la luz, el predial, las cuotas de mantenimiento y la comida diaria ya le estaban causando muchos problemas económicos. Y como no quería recurrir a los lugares habituales de gatos y ratones en busca de comida, decidió buscar un trabajo. A partir de ese día empezó a buscar en el periódico, en algunas tiendas, en una tintorería, pero como es bien sabido, los trabajos de bajo valor agregado se agotan de inmediato, no encontró nada. Desesperada, en un poste de luz encontró un rayito de esperanza: “La Dirección de Seguridad Pública te necesita. Si eres joven con ganas de superarte en un trabajo lleno de emociones, con prestaciones superiores a las de la ley y amplias perspectivas de capacitación, te invitamos a incorporarte al Cuerpo de Granaderos” Al lunes siguiente tempranito se formó en una cola con treinta chavas que, como ella, aspiraban, a incorporarse al cuerpo de seguridad ciudadana. Al rato, una policía le dio una ficha para el servicio médico. ¡Santo problema! se dijo temerosa de que le descubrieran las alas dobladas, pero no pasó nada porque

129


130 cuando pasó al consultorio, la doctora que estaba detrás de un escritorio, nada más le preguntó si era alérgica a la penicilina, si tenía diabetes, enfermedades contagiosas o si no estaba embarazada. La miró y le firmó una hoja con los datos de Lilién García. De ahí pasó al examen de capacidad física que consistió en correr alrededor de la manzana dos veces y en subir unas escaleras. Por último pasó a la entrevista con la Sargenta Catalina Pérez que desde que la vio fue contundente con ella. — No sirves, morra. Estás muy flaca pa esta chamba. — Necesito el trabajo, señorita — le dijo Lilién sin saber bien a bien qué era lo que hacían los granaderos. — Uy, morra —le dijo Catalina, magullándole los brazos—, este es un trabajo de contacto. Se necesita galleta en los brazos, voluntá de servicio y valor a toda prueba porque si la orden es mantenerse a pie firme hay que mantenerse a pie firme. Así de fácil. ¿Tas consciente? — Sí. — Bueno, pero no me vayas a fallar porque vas a estar bajo mi mando ¿eh? Al recibir el uniforme le pareció feo, la tela muy tosca y las botas espantosas. La instrucción le resultó cansada y las compañeras demasiado ruidosas y rudas. Lo malo era que el trabajo empezaba temprano y era cansado; lo bueno es que aprendió a andar en la ciudad en el transporte, a tomar el metro y a conocer las calles y avenidas. Por las noches llegaba agotada y sólo pensaba en descansar. Con su primer sueldo se compró un vestido, otros zapatos y un suéter que le había encantado. Su primer operativo fue el desalojo de unos invasores de terrenos que las recibieron con piedras y palos. Al otro día acordonaron unas oficinas donde se realizaba una marcha. Lo peor fue cuando les ordenaron disolver una manifestación de mujeres costureras que protestaban por el cierre de su centro de trabajo. Como la orden fue pegarles con los toletes, el cuerpo cargó contra las rijosas, pero al estar a un metro de distancia su mirada se cruzó con la de una mujer bajita que aferraba dos billetes de doscientos pesos.

130


131 — ¡Mire, mire lo que me dieron por veinte años detrás de una máquina de coser! — le dijo con más tristeza que coraje— ¿Es justo? Y entonces no pudo pegarles. Siguió el flujo del ataque pero no descargó ningún golpe. Desde uno de los extremos la sargenta la miró con reprobación y furia. — ¡García! ¡Dos días de arresto! Cumplió el arresto sin chistar pero cuando salió se dirigió a la oficina del agrupamiento femenino de Granaderos dispuesta a hablar con su jefa inmediata superior. No lo pudo hacer porque apenas llegó Catalina Pérez le dijo: — Ya sabía que esto no es lo tuyo, García. Vete a la caja y dile a la pagadora que te retiras por motivos de salud para que te liquide la quincena… Ándale. — Gracias, sargenta. —Le dijo la hadita cuadrándosele. Lilién tuvo unos días tranquilos que le permitieron conocer Chapultepec, Xochimilco, la Villa de Guadalupe pero cuando se le agotaron los ahorros tuvo que volver a buscar trabajo. En uno de sus paseos por el Eje Central curioseando entre los puestos ambulantes, le dieron un volante que solicitaba vendedores informales para atender puestos de mercancía diversa, sin sueldo fijo, sin prestaciones, sin servicios pero en zonas de mucha afluencia de compradores potenciales. Lilién, casi sin dinero, acudió a la cita en las calles de Correo Mayor en una vecindad atiborrada de mercancías donde Alejandra la famosa líder de ambulantes, la convenció de tomar el curso de capacitación para atender un puesto de discos piratas. Al día siguiente, en el mismo lugar, un profesor amarillo de hepatitis llamado “El Piolín” les enseñó la manera profesional de acomodar el puesto: atrás los éxitos del reguetón y lo norteño; después los clásicos de la cumbia y la salsa; en medio todo el Pop y al final los menos populares, como los de rock de los

131


132 setentas, jazz y ranchero para que no se los robaran. La materia de manejo y mantenimiento del equipo de sonido se las dio “El Za za za” y les entregó su reproductor y bocinas. Después de la comida hicieron un simulacro de desmontaje rápido del puesto en condiciones de un operativo policiaco o pleito contra alguna organización rival y al final Alejandra les rifó los lugares, les dio un adelanto de cincuenta pesos y les hizo hacer el juramento del vendedor ambulante. A Lilién le tocó en Balderas, y tan rápido aprendió la profesión que a la semana ya sugería a los clientes los últimos éxitos de la música norteña, de la salsa, de los grupos juveniles, etc. Sin embargo, empezó a notar que el sol había tostado su delicada piel, sus cabellos estaban hechos un desastre y que el salario no le alcanzaba para nada. Quiso hablar con la señora para decirle que ya no quería seguir pero nunca la pudo encontrar y los empleados que le hacían cuentas y recogían la “merca” le dijeron que era imposible salirse. Así duró unas semanas, comiendo en la calle, haciendo del baño en un lugar muy sucio y aguantando el ruidero a todas horas. Pero lo que la decidió a dejar ese trabajo fue que, un día, los radios de los “cuidadores” y los “vigilantes” empezaron a difundir la alarma de un operativo anti ambulantes. Lilién levantó su puesto pero no lo hizo con la suficiente rapidez porque de pronto, frente a ella se apareció la sargenta Catalina Pérez al frente de un pelotón de granaderas. — Perdóname, García —le dijo la granadera— pero ya sabes que órdenes son órdenes. Y la empezó a tundir con un tolete, mientras las demás perseguían a un enjambre de vendedores que se reagrupaban una cuadra después. Lilién, ya no quiso saber nada del comercio informal. Como pudo salió corriendo hacia el metro Juárez dejando atrás las dos cajas de discos, una tarima, un atado de tubos, un manteado de lona naranja, un banquito de patas de alambrón y un equipo de sonido. Sobándose un chichón se bajó en el metro Colegio Militar y al amparo de un templo banquetero a la virgen se convirtió en

132


133 hadita y se fue a su casa donde se quedó dormida llorando más del susto que del dolor de cabeza. Todo el día se quedó en la cama con el cuerpo adolorido, un ojo morado y una depresión profunda. A la noche, unos toquidos en la puerta la sacaron de su modorra. — ¿Se puede, vecina? —le dijo doña Rufina, una ratoncita gris— Ay, ya la vine a despertar, vecina. Disculpe, pero es que la vengo a invitar al cumpleaños de mi viejo en el salón de usos múltiples. Es algo sencillito, ni crea… Pero nos daría mucho gusto de que se junte un ratito con los pobres… — Sí, gracias —le dijo la hadita—. Voy a hacer todo lo posible… — La esperamos, vecina. Con trabajos se levantó. Se metió al baño y se puso el vestido nuevo. Con mucho maquillaje se tapó el ojo morado y caminando por los pasillos oscuros se dirigió al salón donde ya se escuchaba la música. Al entrar, lo primero que vio fue el adorno de popotes con flores de papel y un letrero que decía “Felicidades Ramiro”. Después vio unas largas mesas con adornos de flores y muchas parejas de vecinos bailando al son del “Mariachi Loco” que ejecutaba un grupo de palomas mariachis. La hadita no sabía que hacer pero el homenajeado, un ratón gordo y bigotón, dejó una cerveza en la mesa, la tomó de la cintura y se puso a bailar con ella entre los gritos de la concurrencia. Al rato ya se le había olvidado la tristeza. Todos los meses que tenía sin divertirse esa noche fueron compensados con creces porque bailó y cantó con los mariachis y más tarde, con la Diexeland Cat de la comunidad de los gatos se echó “Yesterdey” de los Beatles. Cenó riquísimo y platicó con los vecinos de muchas cosas. Uno de ellos, el presidente de la Asociación de condóminos le dijo: — Usted dígame quien le puso el ojo morado y lo demandamos, vecina. En el edificio no vamos a permitir la violencia doméstica. — Fue en el trabajo. No se preocupe. —Le dijo la hadita.

133


134

Ya cerca de la madrugada, un gato galán, con traje amarillo y zapatos de dos colores, entre la plática le propuso a Lilién. — Me encantaría invitarte al cine un día de estos, vecina. — ¿Al qué? — ¿No me digas que no conoces el cine, vecina? ¿En tu pueblo no hay? — No. — Pues no se diga más. El sábado te invito. Tengo un amigo que vive en el “Elektra” que es especialista en Kurosawa, aunque yo prefiero el cine francés. ¿Qué dices? — Bueno —le dijo la hadita—. Me gustaría conocerlo. — Paso por ti a las tres. Si tienes una amiga invítala, digo para que mi cuate tenga con quien platicar. El sábado, Marley como se llamaba el gato, llegó con una discreta chamarra de piel y jeans. Lilién con su vestido verde de hadita. — ¿Qué pasó, Lilién? — La saludó de beso y le advirtió— Oye, mi cuate se llama Teodoro pero no le gusta su nombre. Por favor dile Godard. — Esté bien — dijo la hadita—. No te preocupes: Godard, que no se me olvide: Godard. Se pusieron en marcha. Desde las azoteas Marley fue dirigiendo la ruta de la hadita y un cuarto de hora antes de la función llegaron a la azotea del Elektra donde ya los esperaba Godard, un gato maduro, negro con un copete blanco, abrigo a cuadros y bufanda roja. — Hola… Cómo están... ¿Ya compraste tu abono para la Muestra? — Of couse. — Le dijo Marley—. Oye, te presento a Lilién, una amiga del Pequeño Pueblo. Viene del viejo mundo. — Qué envidia. Me muero por irme a la Berlinale…

134


135 Después de las presentaciones se colaron al cine por una cornisa de ventilación y se instalaron a un costado de la caseta de proyección. Antes de empezar “El Laberinto del Fauno” Marley le pregunto: — ¿Quieres unas palomitas, un refresco, un chocolate, unos choco crispis? — No, gracias. No apetezco nada. — ¡Perfecto! —Dijeron los dos gatos. — Nos hubiera decepcionado mucho que comieras en el cine. —Dijo Marley. Al terminar Godard los invitó a “Minino´s”, un jazz café de gatos que estaba en la azotea del edificio de un banco donde se enfrascaron en interminables discusiones sobre la película que Lilién no entendía, ni quería entender porque estaba deslumbrada con el cine. Nunca había imaginado que las historias que en su país se contaban alrededor de una fogata aquí se pudieran ver y oír en una gran pantalla y en una sala donde se fabricaba una noche artificial. Quería saber cómo lo hacían pero no sabía qué preguntar… No sabía como empezar. En la noche, en su casa, se quedó como pasmada. Las imágenes de la película se repetían en su mente y la llenaban de preguntas. Hubiera querido tener a alguna de sus amigas para contarle la experiencia. Cerca de la madrugada, mirando a la ciudad que dormía desde una de las torres de la Parroquia de María Auxiliadora decidió aprender cine para regresar a su país a hacer películas con sus historias y poner un cine donde pasarlas. En los siguientes días, con la ayuda de Godard, pudo entrar a la sala de proyección y preguntarle. Entender el sistema de proyección y sonido fue fácil, lo difícil fue comprende cómo se metían las imágenes a la película, cómo se hacía para estar en el preciso momento en que estaba sucediendo una historia para capturarla en una película. El proceso de escribir la historia, llamar actores y copiarlos en una tira de material transparente le parecía imposible pero se prometió aprenderlo.

135


136 Como el dinero siempre le hacía falta, se consiguió un trabajo de mesera en un restaurante cercano al cine para poder ir a ver las películas de la programación. Además, con la asistencia de Godard, que trabaja en un café internet cazando cucarachas y ratones, se fue informando sobre el proceso de producción del cine en las páginas web especializadas con la intención de estudiar en alguna de las escuelas de cine de la ciudad. — ¿Tú crees que pueda volver a ser elegante y divertida? — Me preguntó iruma— Uy, porque yo tengo una tía tan presumida que nunca sería vendedora ambulante. — A lo mejor, sí — le dije—, porque, como es muy bonita ya grabó un comercial de un coche y de un líquido que deja un aroma agradable en los baños. — ¿Es ella? La que dice… “Que no huela a basca sino a bosque”… Les voy a contar a mis amigas… Nos vemos… — Mira, te traje unas películas. Te las presto porque son de mi hijo. — Guau. ¡El bosque encantado! No lo puedo creer… ¿Cómo la consiguió tu hijo? Y antes de que le pudiera decir que no sabía, que él las baja de internet o que la había comprado en alguno de sus viajes. Entró a su casa y empezó a marcar el teléfono. Regresó a la ventana con el auricular para que yo la escuchara. —

¿Marlene? ¿Te acuerdas de esa película que nos platicó tu hermano?

¿Qué crees? Mi amigo, el que te conté, me la acaba de prestar… Te lo juro… No sé si sea pirata pero igual vamos a verla ¿no? — y dirigiéndose a mí—. Gracias, te las regreso el lunes… Chao. Y cerrando su ventana se perdió adentro. Yo me quedé asombrado de mi mismo: ¿cómo se me ocurren estas cosas? Acabo de inaugurar los recursos humanos fantásticos y el subempleo mágico. Caray.

136


137 LA HADITA POETA. Y con la novedad de las películas, Iruma no apareció en varios días. Yo, que debería estar contento, sentía que algo me faltaba. No me concentraba en el trabajo teórico y por largos ratos, divagaba pensando en aquellos años en que tomaba una mochila y una guitarra y me iba a donde me llevara el viento; comiendo en los mercados, durmiendo en hoteles sin estrellas y viajando en camiones de segunda o en aquel ferrocarril a Mérida entre guajolotes, costales y atados de elotes. En lugar de leer las últimas aportaciones del Nóbel de economía o los movimientos del mercado de valores, por horas me quedaba absorto escuchando mis discos de Quilapayún, Los Calachakis, Violeta Parra; releyendo los libros del Retorno de los Brujos, Las enseñanzas de don Juan, el Señor de las moscas; los de José Agustín y Parménides García Saldaña. Un día incluso cedí al impulso de perder el tiempo y me puse a hurgar en el cajón de “grundisses”, como le llamaba a la caja de madera donde guardaba mis viejos manuscritos. Encontré aquellas obritas de teatro para niños que escribí cuando era maestro de primaria, las obras para títeres (todavía tengo algunos puppets), los guiones de radio de Complot Deportivo y Ventana 1060 que hice en Radio Educación; los de la Magia del Cuento y el Ponche de los Deseos que grabamos en el IMER en aquellos felices días. Entre tantos papeles por ahí andaban aquellos cuentos de humor que tanto les gustaban a mis amigos. ¿Por qué dejé de hacerlos? Muchas fotos de mis viajes, de mis hijos pequeños, de las marchas contra el intervencionismo yanqui, en apoyo a Salvador Allende, por la muerte del Che; una agenda con los teléfonos de los compas de la Secundaria de Varones de la Normal, un cassete con unas rolas del primer grupo con el que toqué… ¿Quiénes eran?... Un boleto rosa del metro, un cuaderno de Guitarra Fácil con las canciones de Silvio, una foto de Chela gritando en una manifestación magisterial, muchas notas, papeles y recuerdos.

137


138 Iruma, regresó como siempre lo hacía: con una gran naturalidad, sin explicar nada, como si nos hubiéramos visto hace un rato. Se acomodó en la ventana con el títere que hizo con mi calcetín en la mano preguntándome: — ¿Y luego? ¿Ya son todas las haditas? — No —le respondí—. Han llegado muchas pero no conozco a todas. — Cuéntame la última. — ¿Por qué la última? —Le pregunté intrigado. — Porque nos vamos a cambiar de casa. Nos vamos a ir a vivir a la casa del novio de mi mamá por la colonia Condesa… Ya fuimos a verla y voy a tener un cuarto para mi sola… — ¿Y tú quieres? — No, pero como mi mamá anda muy contenta no me pregunta… ¿Y luego? — En el País de las Haditas la situación había empeorado a tal grado que el Fondo Monetario Internacional y el BID, temiendo el “Efecto Hadita” que provocara un colapso del sistema financiero, elaboró un plan de choque para rescatar la economía mediante un préstamo contingente. En este Plan se tomaron alguna medidas para bajar el descontento de la población por la pérdida acelerada de empleos y la inflación, enviando a algunas haditas a capacitarse al exterior en actividades técnicas de fácil absorción en el mercado de trabajo. Dentro de este Plan, Gredel, una hadita verde del bosque, salió del país rumbo a una universidad del extranjero llamada Chapingo para aprender la horticultura científica porque en la República de Hadalandia —como era su nombre oficial —, se realizaba al buen tun tun, cosechando sólo lo que la naturaleza producía y el mercado empezaba a demandar productos de ornato. Gredel, era la candidata ideal porque había mostrado un gran amor por las plantas ya que, siendo niña había encabezado una campaña para sembrar floripondios, crisantemos, claveles, fresias, tulipanes, gladiolos, lisantos y muchas más en el suelo y en las casas para alegrar la vista y mejorar el paisaje

138


139 del viejo bosque de las hadas. Por eso, cuando vio la convocatoria a estudiar horticultura no lo pensó mucho. Se despidió de Nahir su madre que vivía a las orillas de la Laguna Oscura del otro lado del bosque verde, de sus amigas y se dirigió rumbo al aeropuerto privatizado “Aydril”, que se llamaba así en honor de la fallecida reina de las haditas, para embarcarse en un avión que la iba a llevar a un país llamado México donde iba a hacer un postgrado. Como la beca no incluía el pasaje de avión, trató de meterse de contrabando en un avión de American Airlines, pero no lo pudo hacer porque los vigilantes, alertados por la gran cantidad de haditas que trataban de hacer lo mismo, exigían pase de abordar. Se dirigió entonces al tren de aterrizaje del avión para hacer el viaje escondida, pero lo encontró ocupado por otras cinco haditas que también necesitaban salir del país. Como pudo buscó un lugarcito, se envolvió en una cobija, tapó sus oídos con algodones y se hizo bolita. Durante las trece horas que el avión voló, se las pasaron sin hablar, comiendo y bebiendo con mucha dificultad porque el aire era tremendo y el frío no les permitía ni abrir la boca. Cuando llegaron al aeropuerto de Toluca, las haditas descubrieron que sólo habían llegado tres, y por más que se preguntaron entre ellas ninguna supo que había pasado con las ausentes. Al bajar, cada una tomó su rumbo. Gredel, se fue volando por la carretera Toluca Naucalpan hasta un punto en que un grupo de gavilanes de la banda del “Ceboruco”, un gavilán fugado de Almoloya, que se dedicaban a desvalijar inmigrantes y abogados, la empezó

a hostigar con vuelos rasantes para

obligarla a detenerse. Gredel, no se asustó porque sabía que en cuanto se convirtiera en mujer iba a dejar de molestarla, así que buscó el abrigo de una de las decenas de casas a medio construir que se encuentran en la carretera y adentro de una de ellas trató de convertirse. Lo extraño, lo raro, lo desconcertante fue que no pudo hacerlo. Trató de seguir los pasos del manual del usuario que le habían entregado en la Secretaría de

139


140 Relaciones exteriores cuando le dieron la beca y nada. Trató de calmarse, de respirar profundo e intentarlo de nuevo y nada. Trató de jalarse las orejas hacia arriba y nada. Sintiéndose momentáneamente segura, se subió en una cúpula de mampostería a observar a los gavilanes que seguían dando vueltas, esperando que se operara el milagro de la transformación y nada, se quedó chiquita, con sus alitas desplegadas y su vestidito verde. Si bien en su país casi nunca se transforman, todas sabían que tenían esa facultad y que podían utilizarla según su voluntad. Pero en Gredel algo había fallado y ni a quien preguntarle: estaba solita por el rumbo de Metepec en una casa a medio construir de uno de esos inmigrantes que un día dejan de mandar dinero. Como no se pudo transformar y los zopilotes ya se habían lanzado en contra de un buitre que ejercía la abogacía, Gredel salió de su escondite y empezó a volar bajito rumbo a la ciudad de México. Vaya que le costó trabajo llegar porque tuvo que atravesar varios pueblos rarísimos llenos de casas de tabicón, en barrancas, con miles de personas que estaban a punto de tropezarse con ella y combis que volaban por la carretera. Ya casi para llegar tuvo que esperar a la noche arriba de una nave industrial para que no la descubriera nadie. Entró por el rumbo de Naucalpan y siguiendo las señas que le dio una pareja de pájaros chillones cortó por el Toreo hacia Tacuba, de ahí siguió por una avenida ancha hasta que se detuvo un rato en el interior de una escuela llamada Normal y ahí durmió detrás de los bajo relieves de una fachada. Cuando el sol la despertó, bajó hacia una calle cercana y se metió a un café de chinos donde una china delgada y bella horneaba bisquets y llenaba vasitos con líquido de flan. En un descuido de la china se llevó un bisquet todavía caliente que le fue quemando la panza hasta que aterrizó en la cabeza de Lauro Aguirre donde se lo comió con muchas ganas. Después de saciar el hambre, se puso a pensar en su suerte. Sin poder transformarse en mujer sus planes se le venían abajo: no podría estudiar ni trabajar en nada. Lo único que

140


141 tenía era algo de dinero de la beca y ni ese podía gastárselo. ¿Qué hacer, qué hacer? Se preguntaba. Y la solución llegó de donde menos se lo esperaba. Cavilando arriba de la cabeza del gran maestro, Gredel no se dio cuenta que las moronas del bisquet estaban cayendo en la cabeza de doña Gertrudis, una señora que tenía la misión de barrer esa área del patio de la escuela, que empezó a ver hacia arriba con mucha curiosidad.

Como la hadita seguía sumida en sus

pensamientos, doña Gertudis tuvo tiempo de ir a la bodega, sacar la escalera, colocarla, subirse y agarrarla con una mano. — ¡Ora sí no te me escapas, gato mañoso! — Dijo con voz enojada. Para cuando Gredel se dio cuenta ya estaba en la mano de la señora que sin verla caminaba con la escalera hacia la bodega de enseres de limpieza. — Creíste que te me ibas a escapar siempre, gato cochino. —Le iba diciendo. Al ponerla en la mesa con la intención de darle una reprimenda la sorpresa fue mutua. La señora puso los ojitos en blanco y cayó cuan larga era entre las cubetas, jergas, jaladores, mechudos y bolsas de jabón que se guardaban en la bodega. El primer impulso de la hadita fue escapar y olvidarse del asunto, pero no tuvo corazón para dejar a la señora con la cabeza metida en un peldaño de la escalera. Se acercó a ella moviendo las alas para echarle aire lo más cerca de la cara y despertarla. Al volver en sí la señora, se salió de la escalera, se acomodó la ropa y empezó a buscar con la mirada hasta que encontró a Gredel trepada en lo alto de unos paquetes de papel sanitario. Doña Gertrudis, todavía sin creerlo, se subió unos peldaños de la escalera y se puso los lentes para verla mejor. — Tú no eres un gato —le dijo—. Pero ya te he visto antes… En… en… No me acuerdo pero… Ya te he visto… — Soy una hadita del Pequeño Pueblo, señora. Vine a estudiar pero tengo un problema.

141


142 — Baja, niña. No te voy a hacer nada —le dijo Gertrudis—. Soy incapaz de hacerte daño. Gredel bajó y quería platicarle su situación pero la señora la interrumpió porque tenía que cubrir su turno de trabajo. La invitó a meterse en una cubeta para esconderla hasta la hora de la salida. Para irse a su casa la metió en una bolsa de pan y en la esquina tomó un pesero que la llevó a Santa María la Rivera donde vivía. En una casona de la calle de Fresno vivía Gertrudis. Era una larga construcción que había sido una vecindad de doce cuartos, vacíos casi todos. No estaba realmente deshabitada porque todos los rincones estaban llenos de macetas con plantas y en el patio vivían guajolotes, gallinas, conejos, codornices, gatos, perros, jaulas de canarios y un burrito gris que rebuznaba cada que llegaba su dueña. Desde que Gertrudis entraba todos los animales la seguían para que les diera agua, trigo, maíz, tortillas remojadas, croquetas de gato y perro, o simplemente para que les hiciera una caricia, les hablara por su nombre o los regañara porque se habían hecho caca donde no debían o comido una planta. Ese día, apenas llegaron Gertrudis abrió la bolsa para que Gredel saliera y la pudiera presentar con los animales. Después entró a la casa dejó su bolso en la mesa y se dirigió a la cocina a calentar unas cazuelas que tenía guardadas en el refrigerador. En el comal calentó tortillas, sirvió un plato grande y uno chico de sopa de codito y uno grande y otro chico de tortas de papa con ensalada y dos vasitos de agua de naranja. — No me puedo acordar donde he visto a otras niñas parecidas a ti por más que me exprimo el cerebro. — Le dijo Gertrudis masticando ensalada. Mientras comían se empezaron a contar sus vidas. Gredel le platicó de su país, de los gnomos, los elfos, sus hermanas hadas y su aventura en México.

142


143 Gertrudis le dijo que era viuda y que la vecindad se la había dejado su esposo pero que ya no rentaba cuartos porque los impuestos habían subido mucho y no quería tener problemas con los inquilinos. Le contó que tenía un hijo que casi no venía a verla porque trabajaba de bombero y que no se sentía sola nunca porque estaban con ella sus animalitos que la querían y la acompañaban. Para demostrárselo le señaló la ventana donde por turnos se asomaba Ruperto el burro, Coquina y Ratona las gatas, el Solovino y la Paleta los perros. —Además —le dijo—. Tengo mi empleo en la Normal y la ayuda que nos da el gobierno del Distrito Federal a los viejitos. Con eso tengo para no pasar apuros ni yo ni mis animalitos. Esta es tu casa, Gredel, hasta que puedas volverte mujer o quieras regresar a tu casa. Y desde ese día, cuando Gertrudis se iba al trabajo, Gredel se quedaba para atender a los animalitos que pronto la aceptaron como una amiga. Aprendió a hacer la sema con agua, a distinguir las croquetas; a jugar con las gatas con pelotitas que hacía con las bolsas del supermercado; a jugar carreras montada en el lomo de la Paleta, a quitarle las garrapatas al burrito y a sacar a volar a los canarios con la promesa de no escaparse. También le echaba agua a las macetas, les quitaba las hojas secas, removía la tierra, sacaba los gusanos y se los daba a las gallinas, combatía las plagas y les cantaba a las flores una gran cantidad de boleros que aprendía de una estación de radio llamada “El Fonógrafo” a la que se aficionó mucho. Pero no se quedó quieta. Por las noches salía a volar por la colonia cada vez más lejos para familiarizarse con las calles y las costumbres. Los fines de semana, en una bolsa de red para que no le diera calor, iban las dos a Chapultepec, a la Basílica de Guadalupe, un día la llevó a Chapingo, y durante varias semanas, todas las tardes, fueron a donde hablaban las personas, gritaban, cantaban, recitaban, tocaban música, hacían teatro. Cuando la hadita pregunto dónde era ese lugar Gertrudis le dijo: — Es el plantón del Peje, mi niña.

143


144 Y un día metiendo en la bolsa un pejito de plástico del tamaño de Gredel le dijo: — Par que lo conozcas. Es igualito. Un día caluroso y aburrido Gredel entró en uno de los cuartos de la vecindad que casi siempre permanecía cerrado, pero que ese día Gertrudis había dejado abierto “para que se orié un poco” según dijo. En el centro había una cama con una cobija de Saltillo, a un lado una mesa, una cómoda con una palangana y un pequeño ropero cerrado. En las paredes había un crucifijo de madera sin lijar y varias fotos de un hombre gordito vestido de cura con niños, otros curas, un obispo, monjas, en la cima de un volcán, oficiando misa. Gredel voló como los colibríes para ver de cerca las fotos, pero como eso es muy cansado, bajó a la mesa donde encontró varios libros de religión, un rosario de maíz y dos pequeños libros con unos papelitos en medio de las hojas. Lo empezó a hojear con su manita y se detuvo en una página que decía: “Yo como tú amo el amor, la vida, el dulce encanto de las cosas, el paisaje celeste de los días de enero…” Siguió leyendo porque le gustó mucho. Volteó el librito y descubrió que era de un señor llamado Roque Dalton; el otro era de un viejito barbado llamado Ernesto Cardenal. Así la encontró Gertrudis cuando llegó a la casa por la tarde: leyendo los libritos acostada sobre sus codos en la mesa. Cuando la vio en la puerta, como si hubiera hecho una travesura voló hacia la señora: — Perdón, estaba abierto. — No pasa nada, mi niña. Es el cuarto de Toño, mi hermano. Mientras Gredel cortaba ejotes para la comida, Gertrudis le contó algo. Le dijo que su hermano había vivido ahí mientras estaba estudiando en el seminario para sacerdote pero que cuando terminó, en lugar de aceptar una parroquia, se había ido a Nicaragua donde había guerra y había muerto en un lugar llamado Chinandega. — ¿Y esos libros, Gertrudis? — Preguntó la hadita.

144


145 — Son los que dejó. Pero se llevó muchos. Le encantaba la poesía. Un día te voy a enseñar los poemas que me mandó de donde andaba. — Es que esos señores dicen cosas de mi país… — ¿Cuáles señores? — Le preguntó Gertrudis dejando de quitarle el pellejo al pollo. — Los de los libros… Parece que hubieran estado ahí. Uno de ellos escribió: “En el espejo tembloroso y tristón de los charcos me miraba la cara al lado de la luna”. Yo ya lo había pensado en los días en que volábamos entre la lluvia en el bosque verde… — No sé… Yo no he querido tocar sus libros porque siempre pienso que va a regresar. —dijo Gertrudis. — Y el otro parece que conoce a Nahir, porque dice: “Tus ojos son una luna que riela en una laguna negra. Tu pelo las olas negras bajo el cielo sin luna; y el vuelo de la lechuza en la noche negra”. — ¿Quién es Nahir, Gredel? — Preguntó Gertrudis friendo cebolla y jitomate con un poquito de ajo. — Mi madre. Y así tuvo Gredel su primer enamoramiento. Leyó los libros tantas veces que terminó por aprenderse los poemas. Cuando quiso leer otros, Gertruidis sacó los pocos que había de poesía en la biblioteca de la Normal, después la llevó a una librería de viejo de Rivera de San Cosme llamada “Libros Selectos Sotelo” y un día, en que fueron a un mitin del Peje, pasaron a la librería Gandhi de Madero donde Gredel desde el observatorio de su bolsita de red pudo elegir “Jardín del mar” de Coral Bracho y uno de un señor de sonrisa amable llamado Tomás Segovia. Tanto le gustó la librería que esa noche se coló por el ducto de ventilación de una joyería que está al ladito para hojear los libros que no habían podido comprar. Visitar la librería se le hizo costumbre. Todas las noches leía un libro diferente, cuidando de dejarlo en el mismo sitio sin maltratarlo porque una de las primeras veces cometió el error de dejar caer uno y al día siguiente encontró

145


146 una amenazadora ratonera cerca de los libros de poesía.

No iba siempre

porque algunos días acompañaba a Gertrudis a ver la telenovela pero cuando iba, leía novelas, cuentos, veía fotografías; pero sin duda los que más le satisfacían eran los de poesía porque en ellos encontraba todas esas ideas y palabras que tenía en la punta de la lengua; porque le hacían recordar los rincones y sabores de su tierra y a través de la lectura veía los ojos de sus amigas, el amor de su madre, la tibieza del verano y el olor de los días felices. Si bien alguna vez escuchó ruidos y se escondió para no llevarse una sorpresa, nunca había visto nada raro hasta el día que encontró un libro para niños llamado “La tarde de los elfos” de Janet Taylor porque le pareció que podría encontrar a alguno de los elfos que ella conocía. Se tiró de panza entre unos dados de tela y hule espuma para estar cómoda y empezó a leer con la luz que daba de la calle. Como media hora después, ruidos y voces la sacaron de concentración y de inmediato buscó un lugar donde esconderse. Se colocó detrás del tomo único de las Crónicas de Narnia por grandote y desde ahí atisbó para ver lo que estaba pasando. En la zona de biblioteca, sentados en las sillas, en estantes y anaqueles estaba un grupo de títeres platicando, tomando café y leyendo libros. Sobre una mesa una rubia de pelos de estambre con la pierna cruzada hablaba de Kierkegard con un Don Quijote que tenía la adarga y la alabarda en el suelo; en un estante, con sendas botellas de tequila, Jilemón y Cuataneta discutían sobre la reforma fiscal; recargados en el pasamanos un arlequín y un drácula no se ponían de acuerdo sobre la importancia relativa de la comedia y la tragedia; en una mesa del fondo junto a tazas de te humeante uno de los cerditos jugaba ajedrez con el lobo feroz; cerca de la caja el rey mago negro le preguntaba a una brujita que sólo tenía un diente: ¿estudias o trabajas?. Otros que preferían estar solos leían libros, pensaban o se comían los churrumais que había dejado la cajera. Cuando Gredel comprendió que no había que temer salió de puntitas de su escondite y se fue acercando a los títeres porque ninguno de los presentes

146


147 manifestó el menor asombro de verla rondando por la tertulia. Un bocón de guante que vestía sobrero de copa y traía una cámara en la mano le dijo: — Una foto de recuerdo, señito. Con la enciclopedia británica de fondo: ocho varitos. Con la enciclopedia de las cosas que nunca existieron: diez varitos. Sintiéndose medio ignorada y medio integrada, se fue a sentar junto a un Pinocho que le dijo: — Me aburren. De verdad que me aburren. Todos andan en las alturas, en la filosofía, el teatro, el performance, pero ninguno ha leído a Terry Pratchett. Les hablas del “mundodisco” y como si les hablaras en chino. Los quieres interesar con La luz Fantástica y ni te pelan. Por ejemplo ¿tú ya leíste El Éxodo de los gnomos? — No —le respondió Gredel—. Conozco a varios gnomos pero no conozco el éxodo. Algunos de mis amigos se han ido pero así como éxodo… — Ya lo ves. ¿Entonces tú que lees? — Me gusta la poesía. — Uy, los poetas se sienten soñados. Ai la vemos. De un brinco se puso de pie y se alejó hacia el anaquel de Literatura Fantástica desde donde le lanzaba miradas de desprecio. Después se le acercó un Rey Mago que le preguntó: — ¿Estudias o trabajas, chaparrita? Esa noche ya no conversó más. Regresó a casa más tarde que otros días todavía encontrando a Gertrudis levantada y haciéndose un te de boldo porque tenía el dolor de costado que le daba con las “apuraciones”. — Es que acabo de ver a Paco en el noticiero apagando un incendio —le dijo estrujándose las manos—. Estaba todo tiznado el pobrecito pero le contestó muy bien a la reportera.

147


148 Y le señaló la pantalla de la televisión. Esperaron un rato pero ya no salió nada. Al final el conductor dijo que el incendio de la fábrica de colchones estaba controlado “sin pérdidas humanas”. — Bendito sea Dios —dijo Gertrudis y se dispuso a dormir—. Hasta mañana niña, cuando te duermas apaga la luz porque el recibo está llegando bien caro. Ya casi para quedarse dormida masculló: — ¿Dónde la he visto antes? Las noches siguientes platicó con varios de los títeres. En especial con un payasito llamado Regalito que le recomendó libros de poesía y la animó a escribir ella misma. — ¿Yo escribir? —Le dijo la hadita—. No, no podría, soy muy desordenada. — “Ojalá vuelvas a tu desorden, y el mundo al suyo.

La juventud es

asimetría.” —Le dijo Regalito señalándole unas líneas de un poema de René Char. En otra conversación Regalito le dijo que era fanático de Roberto Owen y Tomás Segovia y que esperaba que cuando lo compraran llegar a una casa con libros porque si no su vida sería muy triste. Sin embargo la conversación quedó trunca porque el payasito ya no apareció por la reunión. Las malas lenguas dijeron que la había comprado una niña rica con la que ahora vivía. Después conoció a Calabazate, un cuervo mal hablado que los jueves recitaba poemas del Recitador sin maestro como “Por qué me quité del vicio”, “El brindis del bohemio”, “La Chacha Micaila” con una voz engolada y ademanes exagerados que le eran muy aplaudidos por la concurrencia. Y en la última remesa llegó “Bolerazo” un títere de traje, bien peinado y bigote que con su guitarrita iba de mesa en mesa diciendo: — ¿Un bolerito, mister? ¿Una de amor y contra de ellos, mileidi? ¿Amor eterno, el humilde cancionero, somos novios, la media vuelta? Me los sé todos y hoy estamos al dos por uno.

148


149 Uno de los jueves, en que los títeres que querían mostraban sus habilidades artísticas a la concurrencia, Gredel se encontraba sentada en uno de los anaqueles de libros de arte, escuchando un monólogo de Marylin, una rubia de pelos de estambre, cuando sintió que detrás de ella alguien masticaba. Se asomó y se encontró con un bicho raro que mordía la tapa de cartón degustando lentamente el bocado. — ¿Quién es usted? — Le preguntó— ¿Y qué hace aquí? — ¿Quién, quién, me habla? ¿Eres tú Kodama? — No, soy Gredel. — Mucho gusto — le dijo el insecto cabezón vestido con una levita medio sucia y un corbata de moño, que se orientaba con un bastón— Pensé que era mi ayudante. Mi nombre es Absalón Lucas, tenedor de libros, y como podrá darse cuenta soy ciego como Borges. — Se estaba comiendo el libro. — Estudiándolo a fondo, que no es lo mismo, señorita. Los hago parte de mi porque amo mucho los libros… Ab imo pectore… — ¿Qué? — Desde el fondo de mi corazón, señorita… ¿Y usted a qué se dedica? Digo, si se puede saber porque aquí todos se sienten non plus ultra: el ombligo del mundo y del inframundo. — Soy hadita…Soy… me dedico a las flores… — Ah, Del bello arte de la horticultura puede preguntarme lo que quiera porque me devoré la historia ilustrada de las flores de jardín de Elliot Brent, de la editorial Cartago… Hummm… Las ilustraciones riquísimas… ¿Pero entonces usted qué hace aquí? Esto es una librería no una florería… — Es que me gusta venir a leer poesía… — ¿Usted escribe? — Algunas cosas… Soy aficionada… — Ah, diletante y modesta… Mejor qué mejor… A ver, quiero escuchar algo de lo que escribe para darle mi opinión modesta, si no le molesta… — Ay… No tengo nada todavía pero tengo muchas ganas de hacerlo. Tengo muchas ideas pero no sé como escribir…

149


150 — “Sobre la tierra, antes que la escritura, existió la poesía” Pablo Neruda — dijo Absalón Lucas y le dio un bocado a Mujeres de conquista escupiéndolo de inmediato—. Guac, hasta se me destemplaron los dientes. Y a partir de ese día, cada que Gredel iba a la librería, dedicaba unos minutos a recibir los consejos y la guía de Absalón Lucas, que con su aparente mal humor y trato áspero, la iba guiando por el camino de las ideas y la poesía. — ¡No escribas para el aplauso, escribe para atisbar el alma de tus hermanas hadas, para revelar la voz de los árboles y las flores del lugar de donde vienes! ¡Eres su voz, no lo olvides! Y así, poco a poco, empezó a llenar las hojas de un cuaderno que le compró Gertrudis en la papelería. Un jueves, animada por Motongo y Oblongo, dos títeres africanos, se animó a presentar su pequeño poemario que tituló “Una voz del Pequeño Pueblo en la Gran Ciudad” a la comunidad de títeres, marionetas y bocones de mano y dedo de la Librería Gandhi de Madero. Hacerlo ante un público conocedor, informado y culto no era fácil. Al principio los estirados críticos la escucharon con cierto menosprecio, pero la sencillez de las palabras y la fuerza de sus emociones fue ganándose al auditorio. Cuando terminó el último poema con la frase que decía: “No soy un espíritu de la tierra ni del agua, ni del fuego o del aire, soy ljsalfar, el espíritu de la luz”. Casi todos, excepto una larga marioneta de pelos de estambre, se pusieron de pie para aplaudirle. En el vino de honor con cuadritos de queso panela y chihuahua, la felicitaron y le pidieron que les autografiara los pocos cuadernillos que había logrado hacer durante varias noches. Cuando Gredel, fue a buscar a Absalón Lucas, su mentor, para que se comiera uno de ellos, lo encontró patas arriba junto con una pescadita de plata de chongo intoxicados por una traicionera fumigación ordenada por el administrador del establecimiento. Triste, regresó a casa temprano, sólo para tener su segundo enamoramiento. En la mesa de la cocina, cenado tacos al pastor y café de olla se encontraba

150


151 Gertrudis con un hombre maduro, delgado y fuerte que se reía a mandíbula batiente. Sin saber que hacer, Gredel se escondió detrás de la alacena a escuchar la conversación. Pronto supo que era Beto, el hijo bombero de Gertrudis que había venido a visitarla porque la notó preocupada por teléfono. Le estuvo contando del trabajo, de las dificultades para combatir el fuego con el equipo chafa que tenían; del valor de los compañeros y de los accidentes que se habían presentado. Con emoción le platicó del equipo de futbol donde jugaba los fines de semana y medio respondió a las preguntas de su madre sobre una tal Mariana que se le andaba acercando peligrosamente. Al rato de estarlo viendo, Gredel se quedó sin aliento. Por alguna razón la mirada de ese hombre le atraía mucho. Era una sensación rara porque las haditas no estaban educadas para enamorarse de los hombres y no sabían cómo eran esas cosas del amor, lo cierto es que no podía dejar de verlo y cuando reía el sonido le parecía tan agradable que estuvo a punto de salir del escondite para presentarse. Cerca de las doce Beto se despidió y Gertrudis lo acompañó a la puerta. Apenas cerró la puerta la hadita se le acercó para acribillarla a preguntas sobre la visita pero la señora estaba muy cansada para iniciar otra ronda de conversaciones, así que dejaron para el otro día y mejor se fueron a acostar en sus camas. Gredel estuvo un rato dando vueltas y vueltas hasta que se levantó, fue a la llave de la entrada, se dio un baño y se metió al cuarto de Toño a leer en el libro de Roque Dalton un poema que decía: “También mi sangre bulle y río por los ojos que han conocido el brote de las lágrimas. Creo que el mundo es bello, que la poesía es como el pan, de todos.” Gredel se volvió loquita de amor. Empezó a escribir cartas a Beto que no le enviaba y a salir por las noches tratando de encontrar la Central de Bomberos por su cuenta porque le daba pena preguntarle a Gertrudis. En el día se sentía triste, cansada y pasaba largas horas pisando las hojas del suelo seguida por

151


152 los animalitos. Cuando iba a la tertulia de los títeres se sentía lejana, extraña, ajena. “Te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola; tal vez querrás no haber nacido. Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso.” Leyó en un libro de José Agustín Goytisolo. Y cuando estaba dispuesta a regresar a su país, llegó Gertrudis del trabajo diciéndole contentísima: — ¡Ya me acordé donde te he visto, mi niña! Venía en el pesero y de pronto me acordé… En el puente vamos. No se lo dijo en ese momento, pero le prometió llevarla en el puente de fin de semana. Gredel no se atrevió a contarle sus penas porque vio muy contenta a Gertrudis haciendo preparativos para salir unos días de paseo. Compró una bolsa, unas chanclas nuevas, encargó a los animales a una vecina, y el jueves apenas salió del trabajo se dirigió a la camionera para abordar un autobús a Tlaxcala. En el viaje, Gertrudis puso la bolsa de red junto a la ventana para que Gredel pudiera ir viendo el paisaje, más tarde comieron sandwiches de jamón y tragos de boing de guayaba. Apenas llegaron, Gertrudis se apresuró para llegar al Palacio de Gobierno de Tlaxcala antes de que cerraran. — Mira, mi niña — le dijo subiendo la bolsa frente a uno de las pinturas que adornaban los muros—. Ahí están ¿las ves? En el mural que se encuentra a la izquierda de la entrada principal pintado por Desiderio Hernández Xochitiotzin se veían las imágenes de varias haditas morenas, de rostros sonrientes, vestidas con trajes típicos de origen prehispánico. — ¿Las puedes ver? — le preguntó Gertrudis quedito para que no escucharan los policías de la entrada. — Sí —dijo la hadita—. Pero… ¿cuándo las pintaron?

152


153 — No sé, pero ya hace mucho tiempo. Yo vine a ver esta pintura hace años. Pero verdad que se parecen mucho a ti, mi niña. — Son morenas, pero son haditas. Son haditas, Gertrudis. Son mis hermanas. — A ver si Blas sabe algo, mi niña. Vámonos. Esa noche se quedaron en una casa de huéspedes de Tlaxcala porque ya era tarde, pero a la mañana siguiente se fueron rumbo a Tepetitla, un hermoso poblado cercano al Volcán del Ixtacihuatl. Ahí se dirigieron a las afueras del pueblo a la casa de Blas. Durante el recorrido por las calles empedradas y de tierra Gertrudis le fue contando que su hermano Blas nunca había querido salir de su pueblo porque era el temporero y granicero del pueblo; o sea que era la persona que consultaban los campesinos sobre el estado del tiempo para sembrar y cosechar; así como para que realizara danzas y rituales que alejaran el granizo que tantos daños causa a la agricultura. Al llegar, el temporero avisado por los cantos de los pájaros, ya las estaba esperando y fue tanta su alegría que estuvo a punto de aplastar a Gredel por el apretado abrazo con que la recibió. Con Blas no hubo misterio. Gertrudis sacó de la bolsa a Gredel y se la presentó. Y bajo una enramada comiendo barbacoa con tortillas recién hechas y agua de chía, Blas le contó que sí había conocido a sus hermanitas, que en esa zona les llamaban “papalotzin”, maripositas. Fue recordando que las había visto en una colonia de oyameles cercano a Nepopualco donde vivían produciendo miel que llevaban a vender a Huejotzingo, pero cuando empezaron las fumarolas del Popocatepetl y la lluvia de cenizas las autoridades del CENAPRED las habían convencido de refugiarse en un albergue de San Martín Texmelucan donde no duraron mucho porque les disgustó el encierro y la presencia de los reporteros. Al día siguiente, muy de mañana, se pusieron en marcha rumbo a Nepopualco en una camioneta de redilas y de ahí caminando, rumbo al volcán hasta el

153


154 bosque de oyameles. Ahí Gredel empezó a volar y a buscar entre los árboles y las peñas pero no encontró nada. Muy triste regresó con los hermanos que en una fogata estaba asando cecina. Después de comer, Blas se adentró en la espesura para bailar y cantar invocando a un señor llamado Don Goyo. Al rato llegaron siete ratoncitos sin cola que le dijeron a Gredel que había visto a sus hermanitas en diciembre en un bosque de coníferas muy arriba del Ixta viviendo en casitas con chimenea para aguantar el frío y que si quería ir la población más cercana era Tepecoculco. Blas les agradeció a los teporingos dándoles semillas de girasol y pedacitos de galleta y cerca de las cinco de la tarde emprendieron el camino de regreso, pero cuando llegaron a la fogata, donde habían dejado las bolsas y los paraguas, encontraron un precioso vestidito bordado con estambre de colores, un suetercito tejido y un par de guarachitos de cuero. Eso sí, habían desaparecido las galletas y tres cocoles de anís que Gertrudis llevaba. Gredel quiso salir a buscarlas pero Blas le explicó que ya era tarde, que al rato iba a empezar el viento helado que congela y que lo mejor era regresar en un mes cuando la claridad dura mucho rato y el calor hace que las papalotzin salgan a bañarse a las pozas de aguas frías. De esa manera emprendieron el camino de regreso a la Ciudad en silencio, pero a Gredel la ilusión de encontrar a esas hermanitas le quitó las ganas de regresarse al país del Pueblo pequeño, a pesar de que entre las pláticas escuchó que el INFONAVIT le había dado una casa a Beto y que Blas estaba invitado a su boda con una tal Mariana que “le había hecho manita de puerco”. — ¿Y encontró a sus hermanitas? — Preguntó Iruma mirando hacia adentro de su casa. — No sé —le respondí—. Pero creo que todavía no regresa. — ¿Sabes también quién se volvió loquita de amor? — No, no sé. —Le dije. — Mi mamá. Por esos nos vamos a cambiar de casa.

154


155 — ¿Y vas a dejar la escuela? — Le pregunté. — No, mi mamá me van a traer todos los días hasta que se acabe el año. Luego no sé. A lo mejor me cambian por allá pero yo no quiero porque aquí están mis amigas… Chao. Con cierta tristeza se metió a su casa, pero no cerró la ventana. Un ratito después volvió a aparecer para decirme. — Gracias. Toma. — Y se estiró para darme dos bolitas de cacahuate con azúcar. LA HADITA DEL ADIÓS. Ya no la vi en los siguientes días. El fin de semana empecé a notar mucho movimiento en su casa. Con curiosidad esperé un rato hasta que se abrió la ventana aunque quien se asomó no fue Iruma sino una mujer que sacudió un tapete y se volvió a meter. En la calle una camioneta de mudanzas empezó a hacer maniobras y varias personas empezaron a sacar muebles y cajas de la casa de Gerardo. Por la ventan abierta la vi con sus colitas, guardando cosas en una bolsa de plástico. Después de mucho rato, se acodó en la ventana para regresarme los libros y las películas. — Toma tus cosas —me dijo—. Ya nos vamos. A mi mamá nunca le gustó la colonia porque dice que hay mucho vago pero a mi me gustó mucho. — Los libros son para ti —le dije—. Que te vaya bien. Cuando puedas ven a visitarme o háblame por teléfono —le pasé un papelito con el número. — Le voy a decir a mi abuelo que me traiga. Adiós… Ven acércate… Y sacando la cabeza por mi ventana me acerqué para que me diera un beso. Después entró en su casa y por la ventana de la calle la miré meterse a un taxi después de agitar su mano en señal de despedida.

155


156 Yo me quedé clavado en mi estudio. De pronto me pareció vació y descolorido. Mirando mi escritorio descubrí el montón de las notas y los libros de economía con los que pensaba escribir una obra cumbre del análisis económico y me alegré: — Por fin voy a poder terminar mi libro. Ya era hora. Estoy atrasadísimo. Pero cuando me senté frente a la computadora empecé a escribir: HADITAS. (Teoría política del subdesarrollo mágico)… Aquel día descubrí que estaba completo. Mis hijos

tenían su vida propia y se cuidaban solos. Mi

esposa, recientemente jubilada del trabajo, permanecía ausente casi todo el día, y frente a mí tenía el anhelado oficio de la Universidad que en un párrafo decía: “Estimado profesor, por medio de la presente, esta Dirección de Personal, le comunica que a partir de la siguiente fecha podrá disfrutar del año sabático que le corresponde de acuerdo con...” Me sentía, contento, pleno, lleno de entusiasmo por varias razones. Durante un largo año estaría libre de ocupaciones y preocupaciones: no tendría que manejar hora y media en medio del tránsito hacia la Universidad, revisar tareas, leer ensayos y preparar clases. Por supuesto que no me iba a quedar haciendo jardinería, ni cuidando nietos como hacen muchos colegas porque yo, durante los siguientes trescientos sesenta y cinco días, iba a escribir el libro definitivo en mi trayectoria como economista. Me atrincheré en mi estudio; me enfundé en ropa cómoda, zapatos tenis, preparé una jarrita de café, puse un disco de son cubano y empecé a organizar los cientos de fichas que había sacado de decenas de libros, armé un esquema general de redacción, establecí el marco teórico y adelanté una tesis de trabajo. Según mis cálculos escribirlo me iba a tomar unos ocho meses, revisarlo tres y la publicación, unos dos meses más. En un año el libro estaría listo para presentarlo en el Décimo Congreso de Economía Aplicada, cuyos detractores la denominaban Economía Aplacada por su cercanía con el poder.

156


157

Cuanto tuve todo listo me senté frente a la computadora y empecé el libro “Fenómenos asincrónicos del subdesarrollo” que me iba a consagrar entre los miembros de la Academia de Ciencias Económico Políticas que siempre me han considerado un buen profesor pero jamás un teórico de respeto. Respiré profundo, me froté las manos y empecé a escribir... “Con demasiada frecuencia los analistas del Primer Mundo establecen parámetros de desarrollo que no contemplan la enorme complejidad económica y social de los países emergentes. Esta parcializada visión los ha llevado, a ellos y a muchos gobiernos, a tomar decisiones equivocadas ya que...” Y fue entonces que la vi… FIN

157


HADITAS