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Granados Chapa, de unomásuno a La Jornada • Norberto Hernández Montiel

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finales de 1983, con un ambiente político convulso, en cuyo contexto fue asesinado el columnista Manuel Buendía (30 de mayo), inició una crisis que había permanecido latente en el periódico unomásuno, y terminó con el éxodo de la directiva de ese diario y una buena parte de la planta laboral; quienes antes de que transcurriera un año fundarían La Jornada. La salida de Miguel Ángel Granados y los directivos Carlos Payán, Carmen Lira y Humberto Musacchio obedeció a que unomásuno se había fundado con el propósito de que los periodistas fueran sus propietarios. Se adoptó la figura jurídica de sociedad anónima; era más sencillo conseguir créditos para levantar la empresa. Pero el concepto original era una cooperativa. La idea era crear un medio de todos, aunque “la identidad del diario se condensaba en la figura del director, Manuel Becerra Acosta, a quien nadie regateó un carácter protagónico, más simbólico que material”, aseveró el autor de Plaza Pública. Cuando surgió un movimiento para organizar un sindicato en la empresa, Becerra Acosta trató de estorbar el proceso, a lo cual se opusieron Payán, Carmen Lira y Musacchio, en su carácter de accionistas, porque les pareció inadmisible tal actitud en un periódico asumido como vocero de la organización laboral independiente. “Yo llegué al diario después de la fundación, por tanto no era accionista, y no tenía como móvil la defensa de mi propiedad, pero era partidario de alentar el movimiento sindical dentro de unomásuno”, explicó Granados Chapa, subdirector en esos días y pidió licencia a su posición para afiliarse al sindicato de unomásuno. El ambiente empeoró cuando el sindicato emplazó a huelga. Se colocó la bandera rojinegra y el director utilizó un recurso “que sacudió a los accionistas: demostró que

Zócalo

él era socio mayoritario y se le recordó, en ese momento, que se le había permitido suscribir la mayor parte de las acciones como un privilegio. No obstante, Manuel ejerció su derecho formal, que lo presentaba como accionista mayoritario del periódico y se produjo la ruptura. “Becerra Acosta, inclusive a sabiendas de que yo no tenía interés como socio, me propuso que me quedara, cuando se anunció que el resto de los subdirectores se iría. Obviamente le dije no. Yo no era accionista, pero sabía que ellos tenían la razón… y no él. Así que nos fuimos juntos, los directivos y muchos trabajadores”. La división interna en unomásuno “le venía muy bien al gobierno, que procuró obstruir después la aparición de La Jornada”, porque entendió claramente que el espíritu abandonado por el periódico de Becerra sería recuperado por el nuevo diario, en plena etapa de instauración del neoliberalismo. Durante aquellos meses se congelaron los salarios y disminuyó la influencia social de los sindicatos. “Contra ese régimen había estado el diario que habíamos dejado y ese fue el programa que decidió enarbolar el nuevo, que se fundó meses después de que salieron los subdirectores de unomásuno, en noviembre de 1983. Desde febrero de 84 este grupo emprendió la fundación de La Jornada, que comenzó a circular el 19 de septiembre de ese año. Ambos diarios tuvieron éxito pronto porque fermentaban un ambiente inerte en esos años. El unomásuno, con sus innovaciones formales, y luego La Jornada, animaron el ambiente. Si hoy nacieran esos dos medios tendrían más dificultades para prosperar, porque no se diferenciarían mucho del escenario general, no se harían notar como en sus comienzos, porque ahora la prensa está mucho más animada y viva que entonces.

| noviembre 2011

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