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Sinopsis

K

yle Flynn ha elegido no acompañar a sus familiares cuando éstos deciden mudarse, quedándose prácticamente solo a sus 19 años en la gran ciudad de Seattle, WA. Cuando el joven no aprueba su examen de admisión a la universidad, decide

pedirle a una familia que recibe estudiantes de intercambio que lo dejen pasar el año con

ellos, mientras se las arregla para mejorar su vida y prepararse para el examen del siguiente semestre. Por otro lado, Andrealphus, un súcubo de la legión de Mefistófeles, ha sido invocada al mundo humano para llevar a cabo un contrato demoníaco... Cuando por asuntos del destino estos dos jóvenes se encuentran en medio de la noche de Halloween, la "aventura" comienza. Y es que accidentalmente, Kyle ha firmado el contrato y como primer deseo se las ha arreglado para casarse con el súcubo.

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Protagonistas Kyle Flynn – 19 años Joven nacido en Costa Laguna, ciudad a la que su familia planeaba regresar a vivir. Sin embargo, atado por los estudios, Kyle decidió quedarse en Seattle en una casa de intercambio. Cuando conoce a Andrea, inicialmente no cree nada de lo que le dice y, cegado por la ignorancia, firma el contrato de matrimonio. Su cercano contacto con el Infierno y los demonios cambia su vida para siempre, pues ser un contratista no es nada sencillo...

Andrealphus / Andrea di Alfonsi – 551 / 17 años Los súcubos son demonios que se alimentan de la energía sexual de los hombres. Andrealphus, no obstante, odia con toda el alma esa clase de trabajo, el cual supuestamente su raza demoníaca debe desempeñar; así que ha preferido encargarse de la cacería de almas mediante el cumplimiento de contratos demoníacos. Como la contratista de Kyle, debe cumplir todos y cada uno sus deseos.

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Capítulo 1 - Parte Primera Helloween Nervioso, Kyle Flynn le dio otro rápido sorbo al frappucino mocca que sostenía entre sus manos sin despegar los ojos de la entrada al café en el cual se había refugiado de su perseguidora. Desde aquella mañana, se había esforzado por seguirlo a todos lados, como un acosador o un perrito faldero; desde que despertó al amanecer, durante sus clases remediales universitarias, trabajo en el videoclub, y durante el tiempo que se tomaba para pasear por la ciudad. Básicamente, llevaba siguiéndolo ya doce horas, haciéndolo sentir incómodo y arrancándole su preciada privacidad. Y lo que era peor, ya lo estaba asustando más de lo que los oscuros callejones de los barrios bajos podían hacerlo a las tres de la mañana. Vio pasar una larga y lacia cabellera con mechones morados frente al pequeño café. Rápidamente, Kyle se cambió de mesa y decidió entablar conversación con el hombre desconocido que se hallaba trabajando en su ordenador portátil, con tal de parecer un cliente más y no la persona que Andrea estaba buscando. Lamentándose en su mente, mientras intentaba hablar de trivialidades con el hombre de negocios, repasó mentalmente lo que había hecho mal el día anterior:

—¡Dulce o truco! ¡Dulce o truco! Las calles de aquel hogareño barrio de Seattle se hallaban inundadas por aquel agradable —o desesperante, para algunos— sonido de niños en búsqueda de caramelos. El timbre de la casa de los Delgado, la familia latina que alojaba a un estudiante universitario fracasado de Costa Laguna, sonó por enésima vez. Emocionada por ver la sonrisa de las momias, brujas, vampiros y zombis que se hallaban parados en su portal, Diana Delgado tomó un puñado de paletas y chiclosos del tazón de la mesa de entrada y abrió la puerta para recibir a los niños. Desde el comedor, Kyle miraba sin mirar la puerta de madera, que acaba de ser reemplazada por un trío de niñas. —¿Y ustedes de qué van vestidas, bonitas? —preguntó Diana, repartiéndoles los dulces a las pequeñas. —¡Yo un gato! 56


—¡Una novia! —¡Una calabaza, una calabaza! Kyle dejó escapar un bufido y regresó a sus derivadas e integrales, mientras su hermana adoptiva halagaba a las niñas por sus disfraces y les pellizcaba las mejillas. —¿Entonces es definitivo, Kyle? —preguntó la señora Delgado desde la cocina, con un acento latino que, pese a las décadas de haber vivido en Seattle, no había podido perder en lo más mínimo—. ¿Están seguros de que no quieren ir a esa fiesta de disfraces? —Segurísimos, madame... bueno, al menos su hija lo está... —¿Pero qué te resulta interesante de emborracharte y drogarte con decenas de imbéciles adictos y pervertidos sexuales, Kyle? —preguntó Diana, cerrando la puerta una vez más y girándose hacia su hermano. —Sabes que jamás me he puesto ebrio y que el cigarro no me agrada. Y ni hablar de las pastillitas, el crack y todo ese rollo. Lo que quiero... —Kyle se puso de pie y golpeó la mesa con los puños cómicamente— ¡es conocer chicas! ¡Halloween es una bella época, cuando los ángeles descienden a la tierra, Diana! —Y las zorras salen a cazar... —rió la señora Delgado, asomando la cabeza por el hueco del desayunador—. Ten cuidado, mijo, que no sabes qué clase de personas te puedes encontrar... —Y por personas, quiere decir enfermedades, básicamente —aclaró Diana, sentándose a la mesa justo al lado de Kyle, que aún seguía de pie en su lugar—. O alguna resbalosa cuyo novio mida dos metros de alto y de ancho. —Ya, ya... Obviamente estaba bromeando —se explicó el joven, completamente honesto—. Pero lo que sí es cierto es que vine a Seattle a divertirme y aquí me tienen, repartiéndole dulces a manadas de Pikachus y Ligas de la Justicia. —Viniste a estudiar, Kyle —corrigió Diana—. Agradece que mis padres te dejaran quedarte y no dijeran nada sobre tus desastrosas notas en el examen de admisión... —¿Desastrosas notas? ¡Ja! Sólo estaba enfermo por tus asquerosas fajitas. Es obvio que soy un genio en todas las asignaturas y seré un excelente... Una mano se estrelló contra su coronilla. —Que el perro te haga la comida, entonces —espetó la chica, para luego irse hecha una furia por las escaleras. Kyle volvió a quejarse con un bufido, a la par que se frotaba la cabeza. Dispuesto a terminar los ejercicios para su clase de cálculo, volvió a sentarse como antes y jugueteó un 56


poco con el lapicero antes de colocarlo sobre la hoja del cuaderno. Pero el timbre volvió a sonar apenas hizo su primer trazo. Gruñendo entre dientes, se levantó y se dirigió a la entrada dando fuertes pisotones. Sin preocuparse siquiera por tomar los caramelos que la familia había dejado allí de antemano, Kyle abrió la puerta de un tirón. —¡Truco! —gritó un joven de tez oscura cuyo disfraz consistía en un smoking raído y lleno de telarañas falsas, quien después envolvió a Kyle con un fuerte abrazo que lo levantó un palmo del suelo. —¡Tyler! —le reconoció éste último, no sin algo de dificultad para encontrar el aliento necesario para hablar mientras los brazos de su amigo parecían envolverlo dos veces y media—. ¿Pero qué andas haciendo por aquí, hombre? —añadió, una vez el otro, para su consuelo, lo volvió a dejar en el suelo. Luego, con una gran sonrisa, le estrechó la mano a manera de saludo. —¡Vengo por ti, hermano! —explicó el joven, como si fuese evidente—. Vamos, ponte una camisa, échale un poco de tierra y sube al auto. ¡Dicen que han venido unas canadienses! ¿Qué tal? Kyle miró alternativamente a su amigo, a las ventanas de la planta alta y al auto deportivo que se había parado frente al garaje. Balbuceando, se disculpó: —Perdona, viejo, pero le dije a los dueños que no iba a salir de casa esta noche. Además, Diana está cabreada por sus dramas y tonterías y... pues ya sabes... —Joo... —se quejó Tyler, mas la mala noticia no pareció afectarle demasiado, pues inmediatamente cambió su actitud y expresó alegremente, con cómico dramatismo—: ¡Bueno, qué pena, qué desgracia, qué pesar! Entonces si no te importa, amigo, voy a conocer algunas señoritas hoy... Ya veremos si te envío una para acá, ¿hmm? —el chico guiñó un ojo, a lo cual Kyle respondió con una carcajada. Tras acomodarse su corbata y sacar las llaves de su auto de su bolsillo con un ágil movimiento, Tyler dio media vuelta y se alejó del portal de los Delgado. Luego de despedirse con un sutil “Nos vemos”, Kyle cerró la puerta con desánimo y se lamentó hacia sus adentros mientras subía la escalera con pasos pesados. Sin ganas de recoger sus pertenencias del comedor, se disculpó con su madre adoptiva, prometiendo que limpiaría todo en la mañana pero que en ese momento necesitaba irse a dormir lo más pronto posible. Y pensando en las rubiazas canadienses que seguramente se estarían restregando 56


contra Tyler, maestro del baile en toda fiesta, Kyle se dejó caer, algo enfadado, en su cama. *** Tic. Tic tic. Algo golpeaba persistentemente su ventana. Si se tratase de su habitación antigua, en la casa de sus padres, hubiese pensado que las ramas del árbol que crecía al lado de la puerta estaban rozando el cristal otra vez. Pero ahora vivía con los Delgado, creía... Sí, no estaba soñando; aquella casa, que no era la de ningún pariente suyo, no tenía plantas lo suficientemente altas como para llegar al segundo piso. Tic. Tic. Otras dos veces, ahora un poco más fuerte que todas las anteriores. Kyle despertó por completo y, enfadado con el universo, miró el reloj digital que descansaba en su mesilla de noche. Las 3:37, leía. —¿Pero qué...? —murmuró, girándose para quedar boca arriba en su cama. Frotándose la cara con tanta fuerza que se hizo daño, Kyle se incorporó hasta quedar sentado y se estiró para quitar el pestillo a la ventana, que quedaba coincidentemente sobre la cama en la cual dormía. Luego, de un fuerte tirón, la levantó por completo. No se preocupó siquiera en mirar al exterior para ver qué provocaba el ruido, pues, además de que las farolas de la calle no iluminaban lo suficiente, ya tenía sus sospechas sobre la causa del mismo: —¡Vuélvete al campo de algodón, maldito negro! ¡Tengo que dormir! —gritó. Pero Tyler no estaba en el jardín y su auto no se hallaba estacionado frente a la casa de los Delgado. En realidad, no había nada ni nadie en lo que Kyle podía ver de la calle. Extrañado por la situación, el chico miró a un lado y a otro y, tras no encontrar nada que pudiese explicar aquello que lo había despertado, salió por el hueco de la ventana al tejado del portal. Luego de dar unos cuantos pasos, fervientemente dispuesto a encontrar la causa del ruido, se agachó para inspeccionar las tejas que tenía bajo sus pies descalzos. —¿Eh...? —su mano tocó algo afilado y húmedo, oculto en las penumbras de uno de los desniveles del tejado. Palpando con cuidado, lo tomó de donde, pensaba, no podía cortar su piel y lo levantó para que la luz de la luna lo iluminara—: ¡Quéquéquéqué! —exclamó luego, arrojando el cuchillo ensangrentado que había hallado, el cual terminó en el interior de uno de los arbustos del jardín—. ¡Tyler, no es divertido! 56


Kyle resopló una vez más. Se limpió la sangre falsa en su pijama y se dio media vuelta, con la intención de volver al interior de la casa a través de la ventana. Ya le reprocharía sus acciones a Tyler cuando lo viera en el videoclub; por lo pronto, tenía que recuperarse del susto y volver a dormir. —¿Eh? —balbuceó, advirtiendo que el alféizar también estaba manchado. Maldijo a Tyler en voz baja, dándole una última ojeada al jardín en penumbras, antes de comenzar la difícil tarea de volver a entrar. Y súbitamente, se dio cuenta de que era imposible que la ventana hubiera estado manchada desde antes de que él saliese. En caso de que hubiese sido así, su pijama estaría sucio y la mancha roja se hallaría corrida alrededor del alféizar. Ergo, algo o alguien había atravesado la ventana de su habitación desde que él había salido al pequeño tejado. Lo cual sólo podía significar una cosa, sencilla, mas no menos aterradora... Había alguien en su habitación. Kyle tragó saliva de una manera que le resultó bastante ruidosa, mas en otra situación hubiese sido apenas audible. Echó una última ojeada al jardín, esperando ver a su amigo asomándose, sonriente y orgulloso de su broma, desde las penumbras entre los arbustos. Pero no había nada; solamente la oscuridad abrazando el húmedo césped y los pequeños árboles. El chico respiró varias veces para intentar tranquilizarse. Volvió a tragar saliva, se rascó la cabeza vacilante y luego dio su primer paso. Le resultó pesado y fatigoso, como si llevase una carga en su pierna. Y el segundo no fue mucho mejor; de hecho, supuso un reto mucho mayor, igual que los que vinieron después, conforme se acercaba más y más a la ventana. Finalmente, posó su mano sobre el alféizar de madera. El líquido que lo manchaba estaba tibio y algo pegajoso, lo cual logró sólo poner más nervioso al muchacho. Torpemente, se metió por el agujero que ahora le parecía tan pequeño, haciendo lo posible por entrar rápidamente sin estrellarse contra la madera. Tras algunos instantes de forcejeo, sin embargo, falló y su pierna se enganchó con el cristal, provocando que el joven cayera recto como una tabla en la cama que había ocupado hacía unos minutos. De algún sitio surgió una risita femenina. —¿Quién está allí? —preguntó, sintiéndose algo estúpido al hacerlo, una vez despegó 56


su rostro de las sábanas. Luego, con la espalda pegada a la pared, se deslizó hasta bajarse de la cama y obligó a su mano a tomar lo primero que alcanzase con las yemas de sus dedos—. ¿Quién está allí? —repitió, apuntando lo que parecía el poste de una lámpara en direcciones aleatorias. Seguidamente, la luz se encendió, y frente a él apareció una muchacha un poco más joven que él, vestida en lo que parecía un disfraz de lolita o un conjunto gótico, de brillantes ojos de un color que Kyle no pudo reconocer, pero que le pareció sin duda peculiar. —¿Quién eres? ¿Cómo entraste? —cuestionó, amenazando a la sospechosa chica con el arma que había tomado en la oscuridad, que ahora resultaba ser un bate de béisbol que convenientemente había abandonado cerca de su escritorio. Sin embargo, el intruso no se inmutó en lo más mínimo; la joven se mostraba fría e indiferente ante el muchacho que tenía al frente e incluso parecía en sus ojos reflejarse arrogancia y superioridad. —Sencillamente respondí al llamado de mi contratista —contestó, con una voz carente de emoción alguna, pero extrañamente seductora y atrayente, como si se tratase de alguna de las sirenas que habitaban en los mitos. —Eso no responde a mi pregunta —protestó Kyle, alzando su improvisada arma hasta la altura de su nariz. La inesperada visitante dejó escapar una risita, como si se burlara de la ignorancia de su anfitrión. —Verás, mi nombre es Andrealphus, súcubo de la vigésima séptima legión de Mefistófeles, y vengo a proponerte... un trato.

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Capítulo 1 - Parte Segunda Capitale Peccatum —Mi nombre es Andrealphus, súcubo de la vigésima séptima legión de Mefistófeles, y vengo a proponerte un trato. Aquellas fueron las palabras con las que, si mal no recuerdo, se presentó aquella chica que había aparecido sin razón alguna en mi habitación durante la madrugada entre el 31 de octubre y el primero de noviembre. Las dijo con una naturalidad casi ridícula, aunque pude notar una pizca de orgullo en aquella frase. La joven realmente parecía metida en su papel, si soy sincero. Hice lo posible por no dejar salir la carcajada que llevaba guardada en el interior de mi pecho. Sin embargo, ante la situación, no pude evitar que una suave tos escapara por mi boca. —Mucho gusto, Andri-alfos. Mi nombre es Clark Kent, kriptoniano de hueso colorado, y se me ha quedado el disfraz en el auto. La chica parecía confundida ante mi burlona y sarcástica declaración, pues inclinó la cabeza como lo haría un animal confundido. Me pareció algo adorable, es cierto, pero no iba a dejar que la broma de Tyler llegara más lejos. —¿En verdad esperas que me crea esa tontería? —cuestioné, con una media sonrisa en mi rostro—. Es ridículo, poco creíble y nada elaborado. ¿Cuánto te ha pagado? ¿O es que le debes un favor o algo así? —¿De qué estás...? —intentó decir, pero continué, con plena confianza en mis habilidades intuitivas y mi instinto de detective, señalando sus fallos. —Podías haber usado un nombre más común, como Lucifer o Satán. ¿Andri? No seas tonta, ¿qué clase de demonio se llamaría así? Tu vestuario también está fuera de contexto. ¿Qué eres, una maid cosplayer? Si quieres parecer un verdadero súcubo, necesita más appeal y algo de cuero. Oh, y por favor... no me hagas comenzar con tu entrada. Admito que me acojoné un poco con la sangre falsa y la habitación a oscuras, pero... ¡Oh, esa niebla es un buen toque! En aquel momento no lo sabía, por supuesto, pero esa noche yo andaba increíblemente estúpido. Acababa de ofender a una desconocida que se las había arreglado para entrar a mi cuarto sin que lo hubiera notado, dejando una preocupante arma blanca tras de sí, y no me di cuenta hasta que aquella nube comenzó a brotar de algún lugar a sus 56


espaldas. Era color morado suave, pero eso no la hacía menos alarmante. Pensando en retrospectiva, no había manera alguna de que fuese un truco; pero mi mente, aún aferrada a la posibilidad de que aquello fuese una broma de mala calidad de mi amigo, no parecía entender la situación en la que me hallaba en aquellos instantes. Porque aquella chica sí que era un demonio de verdad. Los ojos morados podían haberse tratado de lentes de contacto y la sangre en el alféizar bien podía haber sido falsa, considerando la época del año en la que nos hallábamos. ¿Pero la niebla que envolvió mi habitación hasta transformarse en una nube de tormenta? (va en serio, ¡esa cosa tenía chispas adentro!) ¿La chica levitando a algunos palmos sobre el suelo? ¿Las alas de murciélago que habían brotado de su espalda? ¿Pero en qué diablos estaba pensando? —Tyler ha contratado a una profesional, ¿no? —halagué, aún ciego ante la situación —. En serio, una pro profesional que sabe lo que hace. —¿Te atreves a desafiar a un residente de las profundidades, ingenuo mortal? — amenazó la chica. No recuerdo muy bien, pero me pareció escuchar que su voz se doblaba, como si tuviese una gemela malvada que hablara al mismo tiempo. —Por supuesto que no, por supuesto que no —dije, intentando tranquilizarla—. No soy tonto, señorita Satán. ¿Qué se le ofrece, qué puedo hacer por usted? ¿Orinarme en los pantalones para que pueda llevarle una foto bien enmarcada a su jefe afroamericano? No, no, eso es muy extremo. Tal vez Tyler está... Pero un choque eléctrico me interrumpió. Como cuando alguien te toca en invierno y sientes una pequeña chispa en la piel, pero multiplicado por cinco. ¿Acaso un mini-rayo acababa de golpearme? —Invocar a demonios por tonterías como la diversión personal es una ofensa grave, usualmente castigada con una maldición potente o un cambio de forma —recitó, como si lo sacase de un libro de reglas—. ¿Qué te agrada más, sucio humano? ¿Las ratas o las cucarachas? Dejé salir una risita, lo cual pareció sorprender a la chica. Incluso si aquella noche cometí una equivocación de lo más grande, recuerdo haberme divertido un poco. La tal Andrealphus, como la farsante que yo creía que era en aquellos instantes, estaba haciendo un excelente trabajo al meterse en su papel. —Bueno, juguemos pues, Tyler —dije al aire, con la sospecha de que mi amigo había ocultado una cámara o un micrófono en alguno de los pliegues del vestido del supuesto 56


demonio—. Andre-alfos o algo así, ¿no? —Andrealphus —corrigió la chica—. Fui nombrada en honor del demonio pavorreal de la astronomía y la geometría. —Andrealphus, entiendo... ¿Qué es lo que quieres de mí? —Debiera ésa ser mi línea, humano —aclaró—. Me has llamado mediante un sacrificio de sangre y un círculo mágico del deseo nivel cuatro, ¿no es así? Mis labios articularon un “¿qué?”, pero no dejaron salir ningún sonido. ¿Un sacrificio y un círculo mágico? Definitivamente esta chica tenía frases preparadas para toda situación que pudiese alzarse, pues respondió sin dudar ni un instante. Y ésta me había tomado por sorpresa, sin duda, ya que incluso llegué a creérmela un momento. —Yo... yo no hice nada de eso. No estoy metido en rollos de necromancia ni magia negra. —Ésas dos son la misma cosa, humano —aclaró, para después señalar—: Y puedo percibir el olor y la leve presencia mágica de tu sangre en aquella daga de obsidiana afuera de tu ventana. —¿En aquella daga? —repetí, para después explicarme—: Nonono, debes equivocarte. No me hecho ni un solo corte y no he dibujado ningún círculo. De hecho, soy malísimo con la simetría. —Percibo esencia mágica y hemoglobina fresca en la parte interior de tu brazo derecho. ¿Vas a negar algo como eso? —¡Por favor, no seas ridí...! —me interrumpí. Como para demostrarle que se equivocaba, había levantado el brazo que había señalado, sólo para encontrarme con un alarmante corte de unos diez centímetros de largo, entre el codo y la axila. —Ya veo...

—expresó—. Un corte sencillo, para obtener la cantidad de sangre

deseada, y no muy peligroso para el contratista. Aparentemente tienes experiencia en esto, pero hubiese sido más eficaz haber hecho un... —¡Wow! —interrumpí, tajante y con los dientes apretados—. ¡Cortarme mientras duermo es ir demasiado lejos! ¡No me importa qué esté tramando Tyler, pero esto ya está yendo...! —¿Deseas que sane tu herida? Puedo concederte la invulnerabilidad si lo deseas — ofreció la chica, con una sonrisa que bajo la niebla me pareció más tétrica de lo que en realidad era—. Todo lo que tienes que hacer es, por supuesto, aceptar el contrato especificado. 56


—¿Con... contrato? —murmuré, mirándola a los ojos como para preguntarle sin decir nada a qué se estaba refiriendo. —Un contrato con un demonio, por supuesto. Tres deseos al precio de tu alma. ¿No es simple? No hay limitaciones mágicas, a excepción de la inmortalidad, por supuesto. Sin embargo, si así lo deseas, puedes pedir invulnerabilidad o juventud eterna, pero no ambas al mismo tiempo. —¿Estás hablando en serio? —pregunté—. Estás... estás demente. ¿Sigues con ese juego a estas alturas? ¡Dile a Tyler que es malísimo con las bromas! —Ningún Tyler me ha llamado —explicó Andrealphus. —¿Ah, entonces quién? Dime, anda —cuestioné. Si alguien llegaba tan lejos como para usar una daga en mi brazo mientras dormía, merecía que le rompiese la boca dos o tres veces. Y si no se trataba de Tyler, podía sentirme menos culpable al hacerlo. Andrealphus alzó una tableta táctil que antes no llevaba en la mano. Tras hacer algunos movimientos con sus dedos, leyó: —Kyle Flynn, diecinueve años, nacido el 17 de marzo de 1991 en Costa Laguna, Florida. Hombre, un metro ochenta y uno de altura, sesenta y nueve kilogramos y medio, ojos color caramelo, tipo de sangre cero negativo. Comida preferida..... Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, haciendo que me estremeciera en mi sitio, cuando escuché a aquella extraña chica recitar todos mis datos biográficos, incluidos gustos y pasatiempos, como si hubiese pasado toda su vida estudiando la mía. Los dijo sin fallo alguno, sin dudar ni un instante, como una autómata. Mi mente quiso aferrarse a la única hebra de razón y sanidad que pudiese encontrar en aquella tan singular circunstancia: tenía que ser una broma; una que había llegado bastante lejos. Una bien pensada y planeada por una mente sucia y pervertida. Una negra, negra mente. Maldije a Tyler por enésima vez en el día. O noche, no importaba. Posiblemente ambos, considerando cuán disfrutable le resultaba jugar con mi pobre y agitada vida de estudiante (no tanto) soltero. ¿Tan lejos tenía que llegar para que me acostara con alguien? ¡Ridículo! —Me conservo tan puro como el capullo de una flor que espera la primavera —dije de pronto. La supuesta Andrealphus interrumpió su discurso, alzó una ceja y me miró sin comprender—. Y no voy a perder “eso” de una manera tan... extraña, loca y estúpidamente absurda. 56


—¿”Eso”...? —repitió la chica, aún incapaz de entender mis palabras... o ignorándolas —. ¡Ah! —añadió unos instantes luego, cambiando de semblante y dejando salir la ya mencionada expresión, evidenciando que había finalmente deducido el significado de mis palabras. O al menos, eso pensé, porque después continuó diciendo: —Si estás hablando de tu alma, se conservará intacta hasta el momento especificado por el contrato; si hablamos de uno estándar, éste sería el de tu muerte. —¿Mu... muerte...? —balbuceé. —La cual, por supuesto, no será influenciada en lo más mínimo por ninguno de nuestros agentes. ¿Qué? —¿Qué? —¿Preferirías una explicación detallada del pacto? ¿De qué demonios me estaba hablando? ¿Contrato? ¿Muerte? ¿Alma? ¿A dónde había ido a parar su tableta? Por un segundo, no entendí ni una media papa de lo que estaba diciendo, pero en un instante de tranquilidad sacada de no sé dónde recordé a lo que estábamos jugando. Y por primera vez desde que había llegado, decidí seguir aquella payasada por completo. —Por favor... —pedí, exhalando aire y recargándome contra la pared. La niebla comenzaba a desaparecer casi en su totalidad. —Entendido. Entonces, escucha con atención, contratista. >>Desde el inicio de los tiempos, los contratos con los demonios han sido uno de los recursos más utilizados por los agentes infernales para la obtención de almas frescas. Éstas suponen un producto apreciado para el Infierno cuando han sido empapadas de sentimientos negativos durante toda su vida mortal: >>Ira. Luxuria. Gula. Superbia. Acidia. Invidia. >>Avaritia... >>Los siete pecados capitales son aquello que mantiene al Infierno con vida. Por ello, salimos a cazar almas que hagan de combustible para el reino de la oscuridad; y nuestras estadísticas indican que en un 94% de los casos, el espíritu de aquellos que han aceptado el contrato ha sido ya corrompido por una o varias de las faltas ya mencionadas. Es por esta razón que ofrecemos a los humanos oportunidad que antes sólo podían imaginar, a cambio 56


de aquella pequeña cosa que ya no valoran en lo más mínimo. >>Es por esta razón que he respondido al llamado que has hecho esta noche, Kyle Flynn. Para ofrecerte tres deseos a cambio de aquellos débiles latidos de tu pecho — Andrealphus se acercó a mí y me puso su dedo índice sobre el corazón. Me estremecí cuando sentí su fría yema incluso por encima de la ropa y su uña algo larga haciéndome cosquillas. —Entonces... ¿me darás lo que yo pida? —pregunté. —Cualquier cosa —respondió la chica, apoyando su cabeza sobre mi pecho y rodeándome con sus brazos. El olor a flores llegó hasta mi nariz y me hizo sonrojarme. Intenté apartar mi rostro de ella y evitar mirarla, pero aún así me resultó difícil sentirme tranquilo con su delgado y atractivo cuerpo pegado al mío. ¿Espera, qué? ¿Realmente estaba cayendo en aquello? ¡No, por supuesto que no! —¿Lo que sea? —volví a cuestionar, después de tragar saliva. Antes de responder, Andrealphus levantó su rostro para mirarme y me sonrió. —Lo que —me guiñó un ojo. No lo había visto antes, pero eran de color lila— sea. —Entonces... Sonreí. Yo iba a ganar este juego. —Acepto tu contrato. Andrealphus se apartó de mí con una expresión de satisfacción dibujada en su rostro y luego, danzarina, dio una vuelta sobre la punta de su pie. Cuando volvió a quedar frente a mí, llevaba su tableta en la mano y un bolígrafo de plástico para la misma. —Entonces, amo, firme aquí —pidió, tendiéndome el aparato y el stylus. Sin darle el placer de verme dudar, tomé ambos de inmediato y dirigí mi atención a la pantalla. Yo, Kyle Flynn, por el presente contrato renuncio a mi alma, espíritu y esencia vital y transmito su propiedad a Andrealphus, súcubo de la vigésima séptima legión de Mefistófeles, a cambio de tres deseos sin restricción mágica, a excepción de las señaladas en la sección... No quería leer más. Era obvio que se lo habían currado. ¿Habrían conseguido ayuda de alguien que estudiaba derecho o algo así? A primera vista, parecía un documento perfectamente redactado y organizado, y no tenía duda de que fuese así en realidad. —Se han modernizado, ¿no? —reí, mirando el trozo de pantalla donde se suponía que 56


firmara con el bolígrafo de plástico. Y luego, unos segundos después de fingir considerar mi decisión una vez más con una última mirada al documento, firmé. Pero eso no significaba que había perdido. —Entonces mi primer deseo será... Arrojé la tableta sobre la cama y me acerqué a Andrealphus, quien me miró sonriente. Había obtenido lo que quería, según parecía. Pero no era así: era yo quien iba a salirme con la mía. Un pequeño sustito que le hiciera soltar la sopa ya. —A sus órdenes, amo Kyle. La tomé de la cintura. —Como mi primer deseo... La acerqué a mí hasta que nuestros rostros casi se tocan. —Yo, Kyle Flynn, te ordeno a ti, Andrealphus... Sonreí. Yo había ganado. —Cásate conmigo.

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Capítulo 2 Crescendo El sol matutino se colaba con suavidad por la ventana y acariciaba cálidamente mi rostro, mientras los pajarillos que disfrutaban de pararse en los árboles de nuestro jardín cantaban en caótica armonía. La fresca brisa de Seattle se las arreglaba para deslizarse al interior de mi habitación y mezclar sus azarosos aromas con el delicioso olor a salchichas fritas que provenía de algún lugar de la planta baja. Era un hermoso y perfecto día, sin duda alguna. Exceptuando que eran las jodidas siete de la mañana, por supuesto. Gruñí como un oso enfadado y me cubrí el rostro, intentando recluirme del mundo exterior y volver a los brazos del dios del sueño. Tras unos segundos de intentarlo en vano, sin embargo, arrojé mi improvisada máscara al suelo, con tanta fuerza que podría haberla roto... si no se tratara de una almohada, por supuesto. Odio los lunes. No importa que ya no vaya a la universidad ni que mi turno laboral sea en las tardes. Los odio, los odio, los odio. Si el concepto de “lunes” tuviese una forma física, o humana a ser posible, lo secuestraría y lo llevaría a una bodega abandonada, donde lo encadenaría a la pared y le arrancaría trozos de piel con una navaja sin filo. Luego crearía una deliciosa salsa con distintos tipos de picante, bastante limón y una gran cucharada de sal y lo usaría como loción para masaje. Probablemente algunos choques eléctricos y algo de acupuntura (con abejas vivas, a ser posible) me harían ganar algunos puntillos extra, también. Sí, probablemente ahora entiendas cuánto odio los lunes. Alguien alguna vez me dijo que le agradaba pensar que la semana empezaba en miércoles, para sentir que ésta estaba apenas acabando cuando despertaba después de un relajante domingo de descanso. Le dije que se fuera al diablo y que cerrara bien su casa antes de irse a dormir. Pero mi inexplicable odio hacia los lunes no es lo importante aquí. Lo importante es cuánto me costó levantarme de aquella cama, como si me hubiesen pegado con cantidades peligrosas de pegamento industrial a ellas. La verdad, no me importaría. Pero, de una u otra manera, posiblemente ayudado por la mano de algún ser celestial que se apiadaba de mi sufrimiento, logré sentarme en la cama. Ponerme de pie tomó otros buenos cinco minutos. Y cuando finalmente me hallé allí, en el medio de mi habitación, con las piernas apenas capaces de sostener mi peso, decidí que era momento de volver al mundo real. 56


Resignado, me froté fuertemente los ojos, casi como si sacudiese mi rostro entero, intentando despertar por completo antes de bajar a desayunar. Solté un bostezo tan grande y largo que pensé que mi mandíbula podría dislocarse y dar vuelta sobre sí misma en cualquier momento. Era como un ritual: frotar, sacudir, bostezar... ahora sólo faltaba el estirón final y me hallaría “listo” para un día nuevo. —¡Agh! —grité, sintiendo un horrible tirón en la parte baja de mi brazo derecho. No, no un tirón. Algo peor, y que implicaba un líquido tibio bajando por mi axila. ¿Un desgarre? ¿Pero cómo? Quejándome entre dientes, examiné mi recién adquirida herida con cuidado y maldije por lo bajo. Larga, aunque no profunda, pero sí lo suficiente para causarme un ardor tremendo y mancharme la ropa de sangre. ¿Cómo demonios había sucedido aquello? Decidí que lo mejor era no preocuparme por las razones, sino por las acciones. Salí de mi habitación y entré al cuarto de baño que se hallaba justo al frente, donde desinfecté mi herida con delicadeza (e incluso si lo hubiese hecho con rudeza, mi grito no pudo haber sido más fuerte) y me fijé algunos trozos de papel higiénico con cinta médica para no mancharme más de sangre. Y luego, teorizando que alguien abajo había escuchado ya mis gritos de agonía, decidí bajar a comer algo. —Buenos días a todos... —murmuré, todavía bastante adormecido, mientras tomaba la primera silla que mi mano podía alcanzar y me sentaba en ella. Desde el hueco del desayunador, advertí la cabellera de Diana cerca de donde se hallaba la estufa—. Diana, ¿podrías ser una dulzura y traer algo para mí? —¿No dijiste que odiabas mi cocina? —cuestionó, sin darse la vuelta para mirarme. ¿Seguía herida por lo de la noche anterior? —Oh, no digas eso, disfruto mucho tu comi... —me interrumpí al instante y cambié de parecer—: No. Algo de fruta estaría bien, no importa. Alcancé a escuchar un gruñido desde la cocina. Sonreí para mis adentros. —Vamos. Y prometo amarte para siempre, ¿síii? —insistí, haciendo lo posible por darle una entonación tierna a mi voz... y fallando terriblemente. —Eso no es algo que debas decir frente a tu novia, Kyle —respondió. Espera, ¿mi qué? ¿Frente a quién? —Buen día, Kyle... —saludó Andrealphus, con una sonrisa de oreja a oreja, desde el otro lado de la mesa. 56


—Oh, buen día —respondí. ... Espera, ¿qué? Giré la cabeza para mirarla una vez más a los ojos: sus brillantes y poco naturales ojos de color lila. Al instante, como un tsunami, un torrente de recuerdos, voces y sensaciones inundaron mi mente. Un Halloween deprimente, yo yéndome a dormir temprano, una joven entrando a mi habitación en la madrugada, una herida en mi brazo que no sabía de dónde había salido, un contrato algo especial... Algo hizo clic en mi mente y, en unos instantes, las líneas vacías se llenaron con palabras clave:

Contrato, demonio, súcubo,

alma, muerte, infierno, firma, deseos... Andrealphus y Kyle Flynn: Matrimonio. —¿¡Qué estás haciendo aquí!? —grité, levantándome de golpe de la mesa y rodeándola corriendo hacia Andrealphus. Con un rápido movimiento, quité el florero que estaba en el centro y halé el mantel hasta que cubrí completamente el cuerpo de la chica, en un horrible intento por ocultarla. —Somos un matrimonio... es natural vivir juntos, ¿no? —explicó, buscando mi confirmación. Sentí su cabeza girarse hacia mí, incluso si no podía verme. —¿Qué voy a hacer si los dueños te ven? —pregunté, tomándola de los hombros e incitándola a levantarse. —¿Es por eso que estoy cubierta por un trozo de tela? Afirmé con la cabeza. Ante su falta de respuesta, recordé que no podía verme, así que repetí mi contestación en voz alta: —Correcto. No puedo arriesgarme a que vean tus alas o tus ojos, ¿no? —agregué un poco después—. ¿Cómo voy a explicarles que hice un contrato con un demonio? —Así que ahora aceptas quien realmente soy, ¿no es así? —quiso corroborar, mientras me seguía hasta la sala, donde le quité el mantel de encima y la obligué a sentarse. Frotándome la cabeza frenéticamente, intenté pensar en todo lo que había sucedido la noche anterior. Al instante, sentí pena por el ingenuo Kyle que se había encontrado con Andrealphus y había firmado el contrato con ella. ¿Acaso había sido tan estúpido y ciego como para no darme cuenta del peligro? ¿Cómo me había metido en un problema tan grande como aquél? —No me queda otra opción, ¿no? —contesté algo burlón, sintiendo que lo decía más para mí mismo que para responder la pregunta de Andrealphus. 56


—Increíblemente, no. La concepción social de “matrimonio” establece que los esposos permanecerán juntos hasta... —Hasta que la muerte los separe, ¿no? —terminé por ella, citando la frase frecuentemente utilizada por la religión católica cuando se llevaba a cabo dicha ceremonia. —Correcto. Y como tu primer deseo fue “Cásate conmigo”, Kyle, debo seguir todo aquello que el casamiento o matrimonio implique. —¿Qué clase de implicaciones? —pregunté, sentándome a su lado. Ella se recargó en mi hombro apenas tomé asiento. Me sonrojé un poco al oler su perfume a flores. —Como vivir juntos, por ejemplo. Si no cumplo dichas implicaciones, entonces mis acciones no pueden ser consideradas como un “matrimonio”; y si no lo es, entonces no estaría cumpliendo el deseo establecido en el contrato. Y cuando pasa eso... —¿Cuando pasa eso...? —repetí, apremiándola a que continuara, incluso si en el fondo sabía que no me pondría de buen humor escuchar cualquier cosa que pudiese decir aquel súcubo. —Entonces ambos morimos. Tragué saliva. Eso sonaba como un precio muy muy alto para algo que no había sido en absoluto mi decisión. Bueno, sí lo había sido, pero no me hallaba en mis facultades mentales cuando la tomé. ¿Podría anularse el contrato de alguna manera? —Fantástico. Asombroso, gracias —añadí en voz alta, sarcástico—. La muerte para los dos, perfecto. Estoy jodido. Porque el matrimonio implica estar jodido, ¿verdad? —No según mis fuentes, no —contestó la chica, sin mostrar realmente una reacción ante mis palabras. O no comprendía por completo el concepto de “matrimonio”, o no le interesaba. Probablemente ambas. —Espera... ¿puedas morir? —pregunté un poco incrédulo. Inclusive si quería satisfacer mi profunda curiosidad por el Infierno y sus habitantes (después de todo, me llamaba la atención comparar la realidad con las visiones religiosas), también quería saber si, en caso de que rompiésemos el contrato, ella tenía algo que perder además de sus sueldo. —Bueno, por supuesto —respondió, apartándose de mi hombro y mirándome algo ofendida e incrédula ante aquella cuestión. Así que los demonios podían morir. No sabía si eran siempre jóvenes o si su percepción del tiempo era distinta a la nuestra, pero sin duda no eran invulnerables. Los demonios podían morir. —¿Cómo morimos? —cuestioné. 56


—¿Aquello que ustedes llaman “combustión espontánea”? —quiso confirmar. Asentí con la cabeza, recordando los contados y misteriosos casos a través de los siglos: gente a la que le prendía fuego así, de la nada. Se convertían en gelatina quemada. Giu. Había pocos individuos documentados, sin embargo, y aún menos que pudiesen ser explicados de alguna manera. >>Producto de nuestra magia —continuó Andrealphus—. El tatuaje que llevas en tu cuerpo es tu cadena y guillotina. Aquello me tomó por sorpresa. ¿Estaba marcado, como una cabeza de ganado? ¿Era un número o una matrícula? ¿Un prisionero? —¿Qué tatuaje? —quise saber. Como para mostrarme, Andrealphus llevó su mano hacia mi antebrazo. Ya que llevaba puesto el pijama, no pude ver a lo que se refería, pero supuse que señalaba la marca en cuestión. Levanté una ceja, esperando una explicación más convincente. La joven captó mi indirecta y, tras dejar salir un resoplido, tomó el cuello de su blusa. Y sin decir nada, comenzó a bajársela por un lado... —¡Wow! —exclamé, sorprendido y algo asustado, mientras intentaba detenerla, frenético. Las manos me temblaron tanto ante la posibilidad de ella descubriéndose frente a mí que, estúpidamente, terminé por jalarle la blusa todavía más. —¡Aahh! Si pudiera, trataría a ese tal Murphy, quienquiera que fuese, como me gustaría tratar a los lunes. Y es que por sus convenientes leyes, resultó que precisamente en ese momento la familiar figura de Diana se recortó contra la entrada de la sala. —¿Q-q-q-qué...? ¿¡Qué están haciendo!? —gritó apenas nos vio, prácticamente uno sobre el otro en el sofá. No la culpo, en realidad. La situación era fácilmente mal interpretable, después de todo: la blusa de Andrealphus desabrochada al tercer botón, con mi propia mano bajándola por un lado, mi cuerpo casi encima del suyo debido al susto... —Le muestro mi... —comenzó Andrealphus, pero inmediatamente se vio interrumpida por la voz en grito de Diana: —¡No quiero saberlo! —rugió—. ¡Eso no es algo que puedas hacer donde te plazca, Kyle! —¡No estábamos haciendo nada! —repliqué, levantándome hasta quedar sentado, con una pierna cruzada sobre el asiento y la otra colgando—. Fue simplemente un accidente —añadí luego, mientras cuidadosamente me ocupaba de abrochar la blusa de Andrealphus 56


(la cual en realidad era una camisa, notablemente grande para ella, que seguramente había robado de mi armario al despertar). No supe si era debido a dicha acción o a la manera en la que Diana nos había encontrado, pero me pareció notar cierto rubor en sus mejillas. —Andrea, no tienes por qué ceder ante sus... —Diana me miró con una pizca de repulsión— provocaciones... Si es que se puede usar esa palabra. ¿Andrea? —En realidad, la idea fue mía —confesó el súcubo, con una sonrisa inocente. La otra chica pareció algo asustada ante aquella declaración y prefirió retirarse con un gesto desaprobatorio de cabeza, sin decir nada más. —¿Andrea? —repetí, una vez las cosas se habían calmado y mi hermana se había marchado, a la par que alzaba una ceja. —Puedes llamarme así si quieres —contestó la joven—. No me molesta. En realidad, es conveniente que mi nombre pueda contraerse así, a un nombre frecuentemente utilizado en los humanos, si lo piensas. No necesito un seudónimo o alguna tontería así que termine por confundirnos a ambos. —Bueno... supongo que eso simplifica las cosas —coincidí, asintiendo con la cabeza e intentando hacerme la idea de comenzar a llamarla por el diminutivo. No sonaba tan difícil, en realidad, aunque Andrea seguía siendo un nombre un tanto exótico en un lugar como Seattle. Espera... ¿qué? ¿Por qué discutíamos nombres falsos, exóticos seudónimos o agradables diminutivos? ¿Qué estaba planeando aquel demonio? ¿No estaría pensando en...? Oh, mierda, no... —¿Por qué has bajado? —cuestioné, apuñalándola con la mirada, como para obligarla a ponerse nerviosa y a responder mi pregunta. No funcionó. Con una expresión tan neutral como (casi) siempre, me respondió sencillamente: —Para desayunar... —No estaba hablando de eso —reproché. Bufé y me llevé los dedos de una mano a las sientes—. Mira... Con Diana no hay tanto problema... Tanto.. —puse los ojos en blanco—. Pero los dueños... —me atoré un poco con lo que quería decir y balbuceé algunos sinsentidos antes de rendirme y volver a empezar, no sin antes soltar otro bufido—: Mira, se me permite quedarme en esta casa sin ser estudiante con varias condiciones. Uno —alcé el dedo meñique para ilustrarme—, ayudar en todo lo que sea posible en las tareas de la casa. 56


Dos —otro dedo—, tener mi propio trabajo para mis gastos. Tres, asistir a clases universitarias y... Andrea no había articulado palabra desde que comencé a hablar. Por eso me detuve, como esperando que tuviese algo que decir al respecto. Pero nada... me seguía mirando, como... ¿interesada? ¿Admirándome? ¿Estudiándome? Sus ojos lila brillaban como los de una niña escuchando una historia. —Y no causar problemas... —terminé, finalmente levantando mi dedo índice—. Lo siento, pero traer chicas sexys a mi habitación a las tres de la madrugada califica como un “problema” —aclaré luego. —¿Se... “setzis”...? —inquirió Andrea, inclinando la cabeza sin comprender mis palabras. —Eh... erm... “guapa”, quise decir —corregí, aunque no se trataba de un sinónimo de los más preciso. La chica asintió con la cabeza para mostrarme que entendía. —¿Entonces debería hacerme invisible o algo? —preguntó. Me permití soltar una ligera carcajada. —Sí, claro... —coincidí sarcásticamente. Andrea no me imitó—. Espera... ¿vas en serio? —pregunté, alzando una ceja inquisitivamente. Era cierto que mi mente estaba muchísimo más abierta que la noche anterior y que había asimilado, de cierta manera, que había hecho un contrato con el demonio que tenía en frente. Pero... ¿creer que podía hacer algo como eso?—. ¿En serio crees que voy a seguir tragándome todo ese rollo de la esencia mágica, los hechizos, el alma y todas... esas... co... Me detuve en súbito, olvidando por completo las palabras que iba a pronunciar. Y es que en ese preciso momento experimenté una de las sensaciones más extrañas, sorprendentes y poco naturales que jamás había sentido en la vida... pero hago notar que no por ello la última que sufriría junto a Andrea. El pie que tenía colgando fuera del sofá ya no tocaba el suelo. Ni tampoco los de Andrea... Ni el sofá, ni la mesa, ni el librero, ni la planta decorativa... —¡Woah! —grité, ciertamente sobrecogido y alarmado ante aquel surrealista evento. Cuando mi coronilla hizo contacto con el techo, me puse más nervioso todavía. Comencé a agitarme frenéticamente en mi sitio, ignorante a cómo reaccionar—. ¿¡Por qué te parece divertido!? —rugí cuando vi que Andrea se cubría la boca en un intento por ocultar una risita. Dubitativo, intenté bajar del sofá. Me giré y acomodé las dos piernas como si tocara el suelo (¡pero no había!) y me incliné hacia adelante para dejarme caer. No pude, empero, 56


pues mis agallas me abandonaron en el último instante. —¿Ocurre algo...? —preguntó la voz de Diana desde el pasillo. Al instante, dejé salir un agudo “¡Mierda” y perdí el equilibrio por intentar bajar apresuradamente. Antes de que me diera cuenta, había caído un metro y medio de espaldas hasta el suelo después de golpearme fuertemente la boca con la mesa de centro. —Jodejodejodejoderrrr... —solté, sacando a relucir mi lado más vulgar y levantándome lo más rápido que el dolor me permitió. Mientras echaba a correr en dirección al pasillo, saboreé la sangre en mis labios—. ¡Diana, no vengas! —vociferé, lanzándome hacia la entrada a la sala y bloqueándola con mi propio cuerpo, piernas y brazos abiertos. Diana, quien ya iba en camino, se detuvo en seco cuando nuestros ojos se encontraron. —¿Por qué... est... ás...? —murmuró, pero su voz se perdió poco a poco, como si algo la hubiese hecho callar. Lo ignoré y continué hablando: —Erm... nopasanadanopasanada... ¿por qué no regresas a... hacer... lo que hacías? En ese momento hubo una especie de destello en sus ojos, cuyas pupilas luego se dilataron y perdieron el brillo. Como un autómata, Diana expresó: —Entiendo... —comenzó, con una extraña voz mecánica, sin variaciones de volumen o tono. Como algo... inhumano—. No ocurre nada en la sala y no tengo razón para investigar. Ahora volveré a la cocina... —y dichas estas palabras, dio media vuelta y regresó por donde había venido sin decir nada más. Todavía sin entender qué acababa de pasar, imité su acción y volví a la sala, donde los muebles habían regresado ya a su lugar. —¿Qué tal ha ido? —inquirió Andrea, quien se hallaba sentada en el mismo sitio que antes, como si aquel innatural espectáculo no la hubiese interesado ni una pizca. En su rostro seguía dibujada una prepotente sonrisa. —Ajá, obra tuya, supongo... —contesté sarcástico, referenciando a la extraña actitud de Diana. La chica de inmediato notó mi poco entusiasmo en respuesta a su pregunta. —Todavía no crees mis palabras, por lo que veo... —reprochó, fulminándome con la mirada. Como la noche anterior, noté que una suave niebla de color morado brotaba de algún sitio detrás de ella. Sin previo aviso, Andrea extendió unas enormes alas de murciélago, tan largas como la mitad de la sala, acompañadas por un poderoso aleteo. De entre sus labios escaparon dos colmillos, como un estereotipo de vampiro, y el color lila de sus ojos comenzó a brillar con intensidad. Tragué saliva cuando la chica lanzó sus brazos a mi cuello y acercó su rostro 56


lentamente al mío. —“Hasta que la muerte los separe”... —murmuró. Luego, sus labios se unieron a los míos. Me esperaba un beso salvaje y apasionado, debido a su personalidad y al hecho de que se trataba de un súcubo; sin embargo, Andrea me besó de manera dulce y algo insegura, como si realmente no supiera qué hacer pero se esforzara por hacerlo de todas maneras. Y por alguna razón, me encontré correspondiéndole. Las suaves y tibias caricias de sus labios en los míos, sus colmillos traviesos pellizcándome, sus delgados dedos enredándose en mi cabello, su fina figura pegándose a mi cuerpo... tantas sensaciones, acompañadas por nuestros frenéticos besos, entrecortadas respiraciones y ese excitante olor a flores me convirtieron en un impaciente enamorado. Abracé y besé a Andrea como si la conociera de toda la vida... y nunca pude explicar por qué. Tras lo que parecieron días y días de entregar nuestros besos al otro, el demonio se separó de mí. Con una mirada que me pareció bastante provocativa, seguramente digna de su raza, se relamió un hilillo de color rojo que corría de la comisura de sus labios. Volvió a acercarse a mí, pero esta vez prefirió solamente tomarme de la mano. Las palabras no fueron necesarias. Mi cabeza ya había considerado aquella posibilidad durante unos brevísimos instantes, pero la acción de Andrea pareció confirmarlo: guió mis dedos hasta mis labios y me apremió a palparme, no para recordar sus caricias, sino para corroborar mi teoría. Ya no había herida alguna. Ni un rasguño, ni cicatriz; ni siquiera una gota de sangre. Aquellos dulces besos no sólo habían agitado y confundido mi joven corazón: me habían... me habían sanado. Por primera vez, no miré a Andrea a los ojos, sino a Andrealphus, súcubo de la vigésima séptima legión de Mefistófeles; aquel demonio a quien había entregado mi alma a cambio de tres deseos, uno de los cuales, me quedaba claro, había utilizado de una manera muy problemática. Por primera vez, reconocí su existencia y declaré: —De acuerdo... Te creo...

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Capítulo 3 Runaway —Ya te lo dije: clases remediales —expresé, por enésima vez, ya ni siquiera esforzándome por mirar a Andrea a los ojos o girar mi cabeza hacia ella. —Pero sigo sin captar el concepto... —confesó el súcubo, claramente apenada ante su ignorancia. No es que fuese malo no saber, y menos preguntarlo, pero comenzaba a tornarse desesperante. Ambos caminábamos por la gran avenida que me llevaría a la universidad. Como dos simples conocidos... ¡nada de “esposos” o algo así! Ni manos, ni abrazos, ni nada que pudiese ser malinterpretado. Y es que digo “mal” porque... ay, dios, qué difícil me es decir esto... porque eso es lo que éramos, en teoría. ¡Esposos! ¡Imaginen! ¡Esposos, he dicho! Y como tales, según Andrea, debíamos permanecer juntos y expresar la relación que teníamos. Por esta razón, mi supuesta pareja había insistido en acompañarme por el camino. Al final cedí porque tenía miedo de dejarla en casa y por cuánto me insistió Diana. —Mira... están las universidades. Escuelas de grado superior. ¿Lo entiendes? —quise confirmar. —Ajá. También tenemos escuelas en el Infierno, ¿recuerdas? —me contestó ella. Asentí con la cabeza, recordando su breve explicación sobre los caminos que un demonio podía tomar en su vida y dónde podían formarse para ello. Andrea me comentó sobre aquellos que podían salir al mundo humano (muy pocos, cabe decir), como “los contratistas”, “los vigilantes”, los recolectores de almas y una especie de equipo de seguridad o policíaco. Tenía muy vagas ideas de qué hacía cada uno, pero en aquel momento no le quise pedir más explicaciones. Los empleos en el Infierno, por otro lado, no eran muy diferentes a los de la Tierra, aunque obviamente existían varios únicos del reino de la oscuridad, como los eruditos mágicos, los “tratadores” de almas y “los buscadores”. Fuera de ello, no parecía muy diferente. —Tremendo asco. Ni siquiera los seres sobrenaturales hacen algo divertido, ¿verdad? —bromeé. Andrea respondió con una leve, mas vacía sonrisa. —Todos en el Infierno están obligados a servir de alguna manera —dijo—. Así que sí... sí, es un asco. En sus ojos no pude ver si sólo me seguía la broma o si realmente le disgustaba su trabajo como contratista. Luego, intentando sentirme algo empático, descubrí que no sabía 56


nada de ella. Tenía tantas cosas que preguntarle... —Pero en fin... —intervine, para continuar con mi explicación—... para entrar a la universidad tienes que tomar un examen, una prueba que mide tus conocimientos. Si la apruebas, entonces se te permite entrar y estudiar allí. —Y si no lo apruebas, no puedes entrar, supongo —terminó Andrea—. Igual que acá. —Sip. Sin embargo, mi examinador decidió recomendarnos a cierto profesor (a mí y a los demás desaprobatorios) que podría ayudarnos para aprobar el próximo examen. Con un costo, evidentemente. —¡Ah, ya veo! —exclamó Andrea, comprendiendo de pronto lo que le estaba explicando—. Así que es un servicio independiente y con costo adicional... —Pues claro, ¿no lo había dicho antes? Todo en la vida (y aparentemente, también en la supra vida) tiene un costo —dije, poniendo especial atención en acusarla, indirectamente, de sorda o distraída entre palabras. De reojo, percibí un ligero puchero dibujarse en su rostro, así que me permití una leve sonrisa. —¿Entonces eso es lo que haces cada mañana? —quiso confirmar, inclinando la cabeza para poder verme a los ojos. Cuando me encontré con el inquisitivo lila de sus pupilas, me hallé sólo con un brillo curioso, como el de una niña que pregunta “¿Por qué?” a toda situación, y no con el estudiador y escrupuloso motivo de un demonio examinando el mundo humano. Me estaba asustando menos, debo admitir. Si no fuese por el tatuaje en mi antebrazo y los muebles flotantes, aún creería que Andrea era una chica común jugándome una elaborada broma. El tatuaje... antes de salir de casa, me aseguré de por lo menos echarle una ojeada. Me las arreglé para encontrarlo sin más indicaciones por parte de Andrea. En realidad, se hallaba en la parte interna de mi muñeca, por lo que sería bastante sencillo ocultarlo con manga larga o con muñequeras en un futuro. En un principio, pensé que se trataba de una estrella de cinco puntas, como las frecuentemente utilizadas como signo místico y esotérico, más propio de lo demoníaco. Cuando descubrí que no tenía cinco picos, sino seis, volví a pensar que se trataba de otro símbolo conocido: la estrella de David. No obstante, la punta inferior era mucho más larga que las demás y la punta más alta se veía coronada por un pequeño diamante. O por lo menos en mi caso. 56


Por suerte, tanto a Andrea como a mí, la ropa nos cubría el tatuaje. No me habría gustado la idea de andar por allí con un símbolo extraño en alguna parte visible de mi cuerpo. ¿Qué clase de miradas me ganaría? Aunque, para ser sincero, me disgustaba más el hecho de ir exhibiéndola como una marca de ganado. Antes de que me diera cuenta y pudiese salir de mi ahora tan usual periodo de ensimismamiento, Andrealphus se adelantó unos cuantos pasos, para luego dar una media vuelta y lanzarse a mi cuello sin previo aviso. Me besó. Tal y como había pasado más temprano aquella mañana, sus labios tuvieron un efecto embriagante e hipnotizante en mí, obligándome a devolverle las caricias. De nuevo nos permitirnos perdernos en nuestros besos, sin importar cuántos transeúntes se molestaran por nuestra expresión de afecto o por simplemente bloquear el paso, mientras los sonidos citadinos parecían ser ahogados por un enorme velo y el aroma a flores inhibía mis sentidos. Nos limitamos a pegarnos a la pared, envueltos en frenéticos abrazos y caricias. Agresiva, Andrea me tomó del cuello con ambas manos y... —¡Ah! —exclamé, apartándome al instante de ella—. ¿¡Qué diablos!? —volví a soltar, con un sentimiento entre furia y miedo, haciéndome a un lado y apretándome contra uno de los pilares del edificio en el que habíamos estado recargados. De inmediato noté mi urgencia por besarla desaparecer y el mundo que parecíame antes tan dulce y colorido volverse gris y melancólico. Las miradas que antes me provocaban sólo indiferencia ahora me ponían nervioso y avergonzado. Los ruidos del tráfico volvieron a mis oídos y el perfume a flores fue reemplazado por humo y polvo. —¡Me mordiste! —acusé, poniendo especial atención en bajar el volumen de mi voz para que otros peatones no decidieran voltear a vernos. Y era cierto. Andrea me había mordido el labio. No de una manera suave, dulce y, tal vez, sensual, como habría de esperarse de un beso. No. ¡Me había mordido! ¡Mordida como tal, con el colmillo! ¿Qué demonios? Sangraba. ¿¡Qué!? ¿¡Demonios!? Antes de que pudiese reaccionar, Andrea me sorprendió con un nuevo beso, limpiándome una gotilla de sangre con sus labios, para después apartarse sin que le dijera nada. Se relamió. Durante un instante, volví a sentir aquella urgencia por abrazarla, atraerla hacia mí y perderme entre sus besos. Y tan pronto como llegó, sin embargo, desapareció. Y luego uní los puntos: Andrea era un súcubo. Un demonio sexual que absorbía el 56


alma de los hombres a través de... erm... bueno, mientras “duermen”. Obviamente sus caricias tenían propiedades especiales; era como si cada vez que sus labios tocaban los míos, pareciera que sus besos se hicieran tan necesarios como el aire. Como si soltarla me dejara a merced del triste y cruel mundo que sólo ella podía iluminar. Como si nuestros besos supusieran los pilares del universo. Como si la amara con toda mi alma y persona... ...cuando obviamente no era así. Soñé que navegaba un mar negro sin olas, a oscuras, remando yo solo en una pequeña canoa de madera. Con la mera fuerza de mis brazos, llevaba lentamente mi barco a través de la interminable oscuridad en dirección a un pequeño faro. Me sorprendía no haberme cansado después de horas y horas seguidas de navegar, que era lo que, según mi ciega e ignorante mente soñadora, había pasado desde que había subido a aquella canoa. Aquel pensamiento fue el que, supongo, me hizo moverme más rápido para alcanzar la pequeña estrella en unos pocos segundos. No brillaba con mucha intensidad, pero me hizo sentir extrañamente cálido por dentro, como si alguien familiar y querido me abrazara. Aquella esfera era pequeña, muy pequeña; del tamaño de un melón, ¿tal vez? La envolví entre mis brazos, con cuidado de no caerme de la barca, y la atraje hasta mí, pegándola a mi pecho. Y en ese momento supe que abrazaba mi propia alma. La sostuve con fuerza, como queriendo protegerla de todo lo que pudiese dañarla, o acercársele siquiera, casi intentando devolverla a mi pecho donde, creía yo, pertenecía realmente. Era mi alma. Sostenía a mi propia alma en brazos. Tenía que poner todo de mi parte, estar a su lado, porque ella me necesitaba. Porque ella era ahora Andrealphus. Y me miraba con sus brillantes ojos lilas, dedicándome una de sus vampíricas sonrisas y mostrándome sus largas y oscuras alas negras, como de murciélago, extendidas a su espalda. Entre nuestros pechos aún brillaba la pequeña estrella, aunque con un fulgor morado, como los ojos de Andrea, y latía con fuerza entre nosotros, como si nuestros corazones se hubiesen unido en uno solo. Estábamos unidos… …hasta que la muerte nos separara. Hubo un silbido, como una afilada hoja cortando el aire, y una extraña fuerza 56


proveniente de yo no sabía dónde que me empujó hacia atrás y me separó de Andrea, arrancándome el aliento de golpe y arrebatándome mi alma de entre mis dedos. Un líquido caliente brotó de mi pecho y, aunque no sentí nada, supe que estaba sangrando. Andrealphus sonrió con malicia y se llevó mi alma fuera de mi alcance, acercándosela y mostrándome el color rojo sangre que había tomado su luz. Su afilada cola se separó de mi pecho y luego, como si fuese un látigo, me empujó con fuerza fuera de la canoa, a las profundas y oscuras aguas… —¡Aahhh! La fría sensación que, pensé, era el agua helada envolviendo mi cuerpo resultó ser solamente el aire entrando súbitamente a mis pulmones después de boquear como si la urgencia de respirar realmente me hubiese afligido. Por poco y caigo de la silla en la que me hallaba sentado, aunque me las arreglé para contener mi sobresalto al agarrarme con fuerza del borde de la mesa. Sin embargo, mi grito (o sonora inhalación, más bien) atrajo la atención de todos los presentes en la sala; incluido, por supuesto, el profesor, quien al encontrar su mirada con la mía, sentenció en voz alta: —Señor Flynn… Tal vez… eh… iluminado por su momento de meditación en el… erm… nirvana, sería usted capaz de darnos la integral definida de nuestra… eh… función. Alcé la mirada y la posé sobre lo que se hallaba escrito en la pizarra. Una división con algunas raíces que la hacían parecer complicada y unos límites sencillos. Descubrir la respuesta no me tomó más que unos instantes. —Logaritmo natural de veintisiete sobre cinco… —respondí rápidamente, mientras le dirigía una mirada altanera a mi profesor. Noté las miradas posarse en mí ante la rapidez de mi cálculo; algunas incrédulas, otras envidiosas y, algunas pocas, muy muy escasas, de admiración. También advertí cómo profesor hacía una mueca de enfado y evidenciaba su derrota con un ligero tic en los dedos. Pude saborear la vergüenza en su voz cuando murmuró a desgana: “Correcto”. Cansado y algo enfadado por el intento de ridiculización del maestro, me llevé la mano a la frente y solté un bufido. Coincidentemente, mi quejido se combinó con el suave resoplo de quien estaba sentado a mi lado, una chica menudita de cabello color cobre y ojos azules. Al notar mi mirada, permitió que en su rostro se alojara una sonrisa. —Hablas dormido, ¿sabes? —me comentó en voz baja. ¿¡En serio!? 56


—Oh… ¿En… serio…? —Ajá… Sisisí. La revelación me golpeó como una bofetada. Hasta donde yo sabía, no era sonámbulo ni de sueños muy emocionantes; sin embargo, por las miradas y murmullos de quienes estaban cerca, supe que era cierto y que precisamente por ello me habían descubierto. —No, no… no lo creo… —negué, más para mí mismo que para mi interlocutora. Sudando mares, me pregunté qué clase de cosas habría dicho. No me creerían de todas maneras, pero si hubiese mencionado algo sobre el Infierno o el contrato demoníaco, habría quedado en ridículo. Recé a los ángeles para que me ayudaran (¡sé que existís, cabrones, que si yo me he casado con un demonio ustedes no son ninguna broma!). Después de todo, un sonámbulo no tiene una dicción precisamente buena, así que cabía la posibilidad de que sólo hubiese murmurado babosadas. —¡Sí! Yo no miento —continuó la chica, aceleradamente—. ¡Oh, casi se me olvida! Me llamo Natasha, pero puedes decirme Nat. Todos me dicen Nat. Aunque si te disgusta, puedes también… ¿Quién era ésa y de qué clase de planeta con atmósfera azucarada provenía? En un principio, había sonado simpática y dulce. Bueno, dulce seguía siendo, pero por culpa de las alarmantes cantidades de glucosa que corría por sus venas. Pero en una segunda instancia, descubrí que jamás había conocido a alguien que pudiese enlazar las ideas con tanta facilidad y que pareciera tan entusiasmada como ella… —Soy Kyle… —respondí, interrumpiendo su discurso, que por alguna razón había terminado en la historia de cómo, si hubiera sido un niño, se habría llamado Nicholas. —¡Mucho gusto, Kyle! Dime, ¿tienes novia? Ah… Así que de eso hablé mientras estaba dormido. —N… N-no… No tengo nov-—¡Bueno, sonó como si tuvieras una! —me cortó. De tajo. Así, sin más. Cuánta rudeza…—. ¿Quién es Andrea? ¿Por qué no te quieres casar con tu novia? El matrimonio es algo que debe ser mutuo, ¿sabes? Porque si no hay amor en una pareja… Natasha era una de esas personas. Una de esas personas con las que no puedes aguantar hablando durante más de cinco minutos porque tu cuerpo siente la urgencia de meterlos a un exprimidor de frutas o rallarlos como a un queso parmesano. Y para colmo, tocaba un tema con el que realmente me ponía sensible. 56


—Yo creo que si realmente te vas a casar con… —¡¡Yo no me voy a casar!! —rugí, levantándome de la mesa y golpeándola fuertemente con la palma de mis manos. Aunque después me daría cuenta que los ángeles estaban de mi lado, pues en el preciso instante en el que exploté con la fuerza de diez Krakatoas, la campana del fin de clases, colocada en el pasillo justo enfrente de la puerta, repiqueteó con la fuerza de once Krakatoas. Mi grito se escuchó de todas maneras, aunque por suerte no tuvo el mismo impacto que hubiese tenido si me hubiese levantado de semejante manera en medio de la clase. La gente empezó a abandonar el aula. No estoy casado y no me pienso casar... repetí, esta vez más tranquilo. Metí con poco cuidado mis cuadernos y mis notas a la mochila y, tras cerrarla fuertemente, me la puse y al hombro e hice ademán de irme de allí. Fue un gusto, Natasha. Me pregunto por qué no me habré sentado contigo antes me despedí, con una de las sonrisas más hipócritas que jamás he esbozado en mi rostro. Por supuesto que sabía por qué no me había sentado antes con ella: era una lunática. Una cosa que adoro en el mundo son las multitudes. Lo cual es extraño, porque a muchas personas les disgusta verse engullidos por aquel monstruo social, de una tibieza asquerosa y fragancias no tan agradables. A mí, en cambio, me gusta el hecho de que no soy molestado, salvo por algunos empujones leves. Si tengo algún problema, voy y me sumerjo en la fila del metro o me cuelo a alguna tocada con Tyler. Aquel día no era la excepción. Apenas tuve la oportunidad, decidí perderme entre el grupo de alumnos de las clases remediales, con la cabeza siempre gacha, pero la vista al frente. Desde aquella mañana, en la que Andrea me había vuelto hechizar y me había mordido, había tomado la decisión de perderla. Por más demoníaca que fuera, seguramente no era omnipresente, y no podría encontrarme en la gran ciudad de Seattle. Y con suerte, tal vez no volviera a encontrar la casa de los Delgado nunca más. Capté un destello antes de darme la media vuelta súbitamente. Un destello de muerte: una chica de larga cabellera negra con mechones de color morado, vestida con algunas prendas de mi hermana adoptiva y recargada sobre la reja de los jardines. Intentando no verme muy sospechoso, me moví en la dirección contraria a la que la multitud se dirigía,

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empujando a cualquiera que se me atravesara al grito de: “¡Lo siento! ¡Mis disculpas! ¡Con permiso!”. Volví al interior del edificio y, allí sí, comencé a correr. El alumnado se quitaba de mi camino al ver mi prisa, aunque me gané bastantes miradas y algunos insultos. Pese a ello, no me detuve ni un instante. Di varias vueltas por los pasillos hasta que finalmente llegué a uno más estrecho y vacío, donde no había nada más que un extintor, una palanca de alarma, un solitario bote de basura y una puerta de emergencia. Eso era lo que yo necesitaba: como los de mantenimiento la usaban para sacar la basura varias veces al día, no estaba equipada con una alarma, por lo que era completamente seguro salir por allí. Y lo mejor, como era precisamente una puerta de emergencia sólo la usaban los de mantenimiento. Esa puerta no daba más que a un callejón entre el edificio de la universidad y el muro externo. Perfecto… murmuré. Como del otro lado había una avenida, arrojar la mochila no era muy buena idea. Tenía que subir con ella en la espalda. (Des)afortunadamente, yo no era un alumno de la universidad en pleno derecho, por lo que mis pertenencias eran más bien pocas. A mi izquierda, unos bancos rotos, sucios y abandonados. ¡Perfecto, perfecto, perfecto! Los acomodé como pude, me subí encima de ellos e intenté alcanzar el borde de la barda, estirándome todo lo que me era posible. No lo logré. Tenía que arriesgarme, así que di un salto, con la intención de asirme de la orilla. Si no hubiera podido, el aterrizaje sobre los bancos rotos no hubiera sido muy agradable, pero por suerte me las arreglé para hacerlo. Subir hasta que pude sentarme fue otro asunto: los músculos de mis brazos me quemaron como nunca y tuve que patalear para darme impulso a mí mismo. Bajar de un salto al otro lado se me hizo una bendición, por lo fácil que resultó. Y salí corriendo, dispuesto a perderme en la gran ciudad.

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Capítulo 4 Confesión ¿Qué demonios pasa con esa chica? ¿Qué clase de sexto sentido posee? Corrí en completo sprint hasta el primer callejón que pude encontrarme, donde tuve que separar a una pareja de un empujón para lograr hacer un giro a toda velocidad. Me hice el sordo ante los reclamos, pues mi mente se ocupó más en intentar mantener el equilibrio mientras intentaba saltar un contenedor de basura abierto que me bloqueaba al apoyarme en los bordes del mismo. Con más suerte que habilidad logré mi maniobra y llegué al otro lado, donde me apresuré a ocultarme tras varias bolsas de basura. Apestaba horrible, pero seguramente sería suficiente para que Andrealphus me perdiese la pista. Probablemente seguía el olor de mi sangre, de aquella que había bebido dos veces ya. Y es que, pese a que todas mis heridas habían sido sanadas gracias a sus poderes de súcubo, seguramente algo tan fino como la piel no era ningún obstáculo. Resoplé e intenté calmarme mientras llevaba una mano a mi cabello. No podría correr por mucho tiempo. Después de la hora de comer tendría que presentarme con Tyler a atender a los clientes en el videoclub en el que trabajábamos durante las tardes. Y si no me aparecía por allí me iba a caer una bronca de la buena; y no sólo por parte de Tyler que, aunque revoltoso, cumplía sus compromisos; sino por parte de nuestro jefe. Miré mi bolsillo. Aún me quedaba algo de suelto: tres dólares y treinta seis centavos, para ser preciso. Lo suficiente para comer y tomar el bus si sabía administrarlo. Supuse que no podría permitirme un combo hamburguesa, el cual se me antojaba sobremanera, así que tendría que conformarme con algún kebab de desconocidos y peligrosos ingredientes. Aquellas eran las calles de Seattle, después de todo. Salí del callejón por el extremo contrario tras una épica travesía por extensos mares de agua sucia y encharcada, y terminé en otra avenida, esperaba, alejada de Andrealphus. De todas maneras, y como más vale prevenir que lamentar, cual torreta de vigilancia giré sobre mi propio eje varias veces, atento a cualquier cosa fuera de lo normal... especialmente si se trataba una cabellera de color negro con mechones purpúreos. Suspiré aliviado. Nada; Andrea no se había aparecido por allí. Podría comer tranquilo... por un rato, al menos. Me aproximé a uno de los conocidos carritos de color plateado, el cual descansaba en

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una esquina de la avenida, atendido por dos hombres de ascendencia hindú que, a juzgar por lo parecido de sus rasgos, eran hermanos. Ofrecían varios platillos callejeros sencillos, como banderillas, hotdogs, sandwiches y... ¡kebabs! Ignorando el dominante olor de las salchichas, las cuales también me tentaban bastante, me acerqué al carrito e hice mi pedido, finalmente decantándome por mi jugosa carne (o imitación) ensartada en un palo. Yum. Shish kebab de pollos y terneras trabajandos, mi hermanos declaró el dependiente en un cómico acento que inevitablemente me sacó una sonrisa, siendo éste más una orden para su hermano que una confirmación para el cliente. Trabajandos repitió el otro, inmediatamente inclinándose hacia la parrilla y dándome la espalda. Los observé con detenimiento mientras esperaba mi orden. Delgados, de piel morena, cabello negro, ojos negros y pequeños... sumado al gracioso acento. Aquellos dos cuasi gemelos eran el vivo estereotipo de un inmigrante hindú. ¿Entonces por qué...? Noté cómo, mientras uno trabajaba, el otro fingía limpiar la barra o acomodar condimentos y herramientas en su lugar dándome la espalda, aunque dedicándome miradas furtivas de vez en cuando. ¿Me sonaban de algo, acaso? No podía sacudir aquella sensación de que podía ser así. Pero no, no era eso. Estaba seguro que no los había visto jamás; en mi vida. Pero... Sentí una picazón en la parte interna de mi muñeca derecha mientras el que había estado cocinando me entregaba mi orden con una sonrisa nerviosa. ¿Garras? Gracias por su preferencias me agradeció. Asentí con la cabeza y sonreí, aunque distante. Por un momento me había parecido que su mano era una garra de piel rugosa, pero ahora no tenía nada de especial. Era como ver una sombra de reojo y al voltear ver que no estaba allí, excepto que yo había estado mirando directamente al punto en cuestión y no había levantado la mirada ni un segundo. Mi muñeca empezó a molestarme aún más. Me alejé del carrito para comer mi almuerzo, recargado contra un poste de luz, sin perder de vista a los peculiares hermanos. Les di la espalda y fingí que los edificios a mi alrededor eran interesantes, mientras mordía con fuerza los trozos de carne y verdura y los arrancaba con sadismo de su prisión de madera.

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Mi boca detectó un sabor extraño. Bastante amargo, como morder una cáscara de limón. Tosí un poco y saqué la lengua, aunque ya me había tragado mi bocado. Intentando averiguar la fuente de tan horrible sensación, miré hacia abajo, esperando ver una verdura en mal estado o algo igual de simple e inofensivo. El interior de la carne era de un color verde hoja. Me dieron arcadas y los ojos me lagrimearon. Asqueado, lancé con puntería mi almuerzo al cesto de basura más cercano. Desde el reflejo del edificio que tenía enfrente, noté la mirada de los hermanos posarse en mí. ¿¡Pero qué demonios!? maldije, sintiendo todavía el horrible sabor en mi lengua. Me giré furioso hacia el puesto de comida y descubrí que sus dueños ahora mantenían una conversación entre ellos. Una plática que, pese a donde estaba situado, no me costó escuchar. ...ede vernos... decía uno; el que había estado cocinando. ¿Eres tontos? Ningún humanos puede vernos, así que tranquiios, hermanos le consoló el otro, intentando restarle importancia al asunto. Seguros que es sólo otros de esos americanos fanáticos racistas. Ahora eso sí que sonaba interesante. No podian estar hablando más que de mí, que se suponía “no podía verlos”. Fantasmas no eran, definitivamente, así que su conversación sólo podía referirse a... Notaron mi presencia y mi extraña actitud, tanto como ya había notado la de ellos. Eh... E-está mirandos hacia acás... Ignóralos... ¿¡Cómo voy a ignorarlos si está viendos justo hacía acás!? Mi muñeca volvió a darme comezón. Frustrado, me rasqué por tercera vez y finalmente decidí tomar cartas en el asunto. Me levanté la manga, esperando encontrar un piquete de insecto o una quemadura por la ropa. Pero en cambio me encontré con una estrella de seis puntas coronada por un diamante. Miré el cesto de basura donde había arrojado el kebab. Quién sabe de qué porquería inhumana estaba hecho. Si podía ser peor que lo usualmente encontrado en las calles americanas, era un peligro mortal. Luego avancé sin dudar hacia el carrito, donde estampé furiosamente mis palmas

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sobre la barra, estremeciendo todo el lugar. Ustedes dos vienen del Infierno, ¿verdad? acusé. Los dos hermanos guardaron silencio y me miraron con miedo y sorpresa en los ojos. El más sumiso, el que había cocinado el kebab que por poco me mataba, volvió a entrar en pánico después de unos instantes: ¡Te lo dijes, te lo dijes! lloriqueó, abrazándose como un niño pequeño al brazo de su hermano. ¡Seguros que es un Cazadores y ahora a matarnos a los dos! ¡Calla! reprochó el otro. Supuse que era el mayor, a juzgar por su autoridad y dominancia sobre el otro. Cambiando de semblante, se giró hacia mí y me habló con el modo Dependiente-Extra-Amable activado: Hermanos, no sabemos de qué nos estás hablandos... ¿Están usando un disfraz? interrogué, ignorando por completo su patético intento de engañarme. ¿Por qué sólo yo puedo notar su presencia? ¡Te dijes que era un Cazadores! ¡Por favor, señor Cazadores, no nos haga daño! Yo no soy un Cazador repliqué, conciso...sea lo que sea eso añadí, asumiendo que no se trataba de los mismos cazadores humanos que gustaban de colgar trofeos en la pared. Soy un Contratista. Sentí sus dos pares de ojos abrirse como platos y sus miradas examinándome de pies a cabeza. Demonios o no, no eran capaces de ocultar su sorpresa. ¡Un Contratistas! repitió el más joven. ¡No hemos vistos uno de esos en años, no, Goru!? Oh, ahoras estoy muchos más tranquilos... el “demonio” se abaniqueó con su delantal, mientras suspiraba aliviado. Se limpió el sudor con el dorso de la mano. Algo de tiempos, sí... coincidió el otro. Goru, aparentemente. ¡Nosotros somos Garudás! explicó el hermano más joven. Yo me llamos Guru, y él es mi hermano Goru. Qué nombres tan... pintorescos. Nada ideales para mantener las apariencias, pero simpáticos al fin y al cabo. Tal vez para un Garudá, fuese lo que fuese, eran nombres comunes, o apodos o algo así. Soy Kyle respondí automáticamente. Al instante me arrepentí de haber revelado mi identidad como Contratista del Infierno y haberles dado mi nombre. A Goru y Guru no pareció importarles mucho, sin embargo. ¿Qué... qué me sirvieron? pregunté, señalando a los contenedores de plástico donde guardaban la carne. 56


¡Cuélebre españolas y Jörmundgander noruegas! explicó Guru, entusiasta y con una sonrisa de oreja a oreja. ¡De las mejores serpientes demoníacas en el mercados! Y de las más baratas también el Garudá me guiñó un ojo. Encantador... ¿Le gustaría ver el menús de platillos infernales, señor Kyles? preguntó Guru, sacando una cartulina plastificada donde se presentaban suculentos platos cuyos nombres, ingredientes y apariencia no había visto ni en mis más locas pesadillas. Me pareció ver un ojo de sapo sobre una salchicha de color anaranjado y de un oscuro sandwich goteaba una espesa sustancia de color violeta. No, está... está perfecto, ya estoy lleno mentí, rechazando la oferta. Guru parecía decepcionado. Pero... tomaré su negocio en cuenta cuando ande por aquí. Gracias por la comida y la... información aunque la verdad no me habían dado ninguna, salvo su raza. Goru, Guru. Me despedí con una inclinación de cabeza y procedí a alejarme de allí lo más rápido que mi educación me lo permitiera. Mientras me alejaba, Guru me despidió emocionado: ¡Vuelva prontos, señor Kyles! ¡Le haremos un buen descuentos! Un descuento en mi seguro de vida, quería decir. ***** Así que básicamente tienes que conseguir tres gemas inútiles, ¿entiendes? Ajá... Luego vas al castillo, esperando salvar a todo dios y... ¡wham! ¿Con qué te encuentras? ¿Con qué...? ¡El maldito negro ha quemado todo, matado al rey y ahora persigue a la princesa! Reí, distante, algo divertido ante cómo Tyler había insultado al villano de uno de sus juegos preferidos con un ataque obviamente racista. Sin embargo, mi amigo, sumergido en su anécdota, no advirtió mi respuesta y continuó entusiasmado con la conversación unilateral, evidenciando que me estaba prestando la misma clase de atención que yo le prestaba a su poco interesante historia. ¡Y sham! ¡Un espectáculo de luces y, viejo, resulta que has estado dormido siete 56


años! Y resulta que tienes que conseguir otros siete medallones en un mundo postapocalíptico donde el tipo cubano domina todo. Siete, sip... respondí, restándole importancia al asunto con un movimiento de mano, permitiéndome aquella súbita muestra de sentimientos mientras esperaba que la página de internet que el teléfono móvil de Tyler exhibía terminara finalmente de cargarse. No sabía si la barra de color azul crecía conforme la web comenzaba a materializarse en la pantalla o si era mi propia impaciencia la que la hacía avanzar. Tras unos segundos que me parecieron eternos, todos los gráficos terminaron de aparecer y el teléfono de Tyler finalmente me permitió desplazarme. ¡Ajá! ¡Garudás! Mi amigo me miró interrogante, deteniendo de pronto su detallado encuentro con el jefe final del templo de fuego, cuestionándose por qué lo que había estado viendo en su teléfono me había hecho saltar algunos centímetros de mi asiento e iluminar mi semblante con el placer de la victoria. ¿P-Perdón? balbuceó. Garudás, Tyler, Garudás. Mira le mostré la pantalla del celular, donde me había encargado de resaltar un trozo de texto con la herramienta de selección, el cual, de cualquier manera, repetí en voz alta: “Los Garudás son grandes aves mitológicas pertenecientes a los folclores hindú y budista”. Tyler alzó una ceja y aunque se había pasado ya quince minutos hablando sobre diversas generaciones de Zelda, me miró como si yo fuese el raro en el videoclub. Y eso me ayudará a derrotar a las brujas porque... Porque no negué, para después señalarme a mí mismo con el dedo índice: Me ayudará a mí a derrotar a la bruja... aunque todavía no sé cómo. Miramiramira volví a señalarle la pantalla: “Los Garudás son descritos como criaturas con el cuerpo y rostro de un hombre caucásico, alas rojizas, el pico de un águila y una corona en su cabeza. Se decía que la deidad eran tan gigantesca que podía bloquear la luz del sol”. ¡Oye, revisa en Google “¿A quién le importa una mierda?” y a ver si mi nombre aparece allí! falsamente sugirió Tyler, con una sarcástica y exagerada sonrisa en el rostro. Le miré fingiendo incredulidad y abriendo la boca con dramatismo, como si fuese una mujer a quien le falta el aliento en una telenovela. ¡Viejo, eres mi mejor amigo! ¡Se supone que debes escuchar lo que digo aunque no 56


entiendas nada de ello! recriminé. Tyler, sin embargo, se defendió diciendo: Umm... Soy tu colega, no tu novio. Es indispensable, o al menos algo relevante mencionar que pasaban ya de las tres de la tarde. A tales horas un servidor debía presentarse en cierto videoclub y ofrecer sus servicios como dependiente, acompañado por otro jovenzuelo afroamericano de la misma edad que el. Ambos debían encargarse de atender el pequeño local en un horario de 3 pm a 9 pm, cobrando un sueldo decente por no hacer nada más que pasar códigos de barras por un lector y acomodar cajas por orden alfabético, con la ocasional reproducción de alguna película interesante en las dos pantallas con las que el sitio contaba. A mí me agradaba más que preparar sandwiches o ir de mesa en mesa recogiendo órdenes, especialmente porque iba acompañado de alguien que había estado conmigo desde la primaria. El lugar era bastante espacioso, pero con las estanterías que llenaban el sitio, daba la impresión de ser más bien pequeño. Tendría posiblemente el tamaño de cualquiera de los restaurantes que lo rodeaban en aquella zona frecuentemente transitada, con la habitación de atrás bastante bien aprovechada, alojando numerosas cajas con VHS viejos, un sillón destartalado y un refrigerador pequeño, además de las películas y videojuegos que necesitaban acomodarse todavía. La verdad es que, aunque parecía pequeño en primera instancia, aquel lugar requería bastante trabajo para ser mantenido a flote. Tyler y yo nos las arreglábamos mucho mejor que el trío de nerds que lo atendían en la mañana, por lo menos. Hola buenas tardes y bienvenido distingido señor o señora espero poder ayudarle hoy ¿busca algo en particular? saludaba siempre Tyler, tan acostumbrado a la rutina que ya era capaz de decir lo mencionado con una velocidad y maestría incomparable. Cómo su lengua podía decir aquellas palabras con semejante rapidez y cómo podían los otros comprenderlo era un misterio. El descuento especial para trilogías y sagas aún está vigente por Halloween informé a un adolescente de unos catorce años que examinaba con atención la estantería de Ciencia Ficción y Fantasía, así que si quieres un maratón de El Señor de los Anillos o La Guerra de las Galaxias has venido al lugar correcto, amigo. Kyle, es lunes. Nadie quiere un maratón me recriminó Tyler, desde la parte de atrás del mostrador. Bufé y le lancé su teléfono celular con fuerza, aunque asegurándome de que sería capaz de atraparlo.

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¿Quieres vender o no? Tu GSM es un asco, por cierto ataqué, alejándome del muchacho, quien ahora exhibía en su rostro una sonrisa. Era cierto: Tyler y yo éramos unos payasos, y generalmente hacíamos reír a los clientes sin quererlo siquiera. Oh, ¿teniendo problemas primermundistas, colega? inquirió mi amigo, sarcástico, mientras pasaba por el lector de código de barras las cajas de las primeras cuatro películas de Harry Potter que el otro chico había decidido rentar. Cuando terminó de hacerlo, el joven se dirigió al muchacho con una sonrisa amable, tendiéndole las cajas en una bolsa de plástico: Por eso serían ocho dólares, amigo. Para el próximo lunes. El adolescente asintió con la cabeza y, después de pagar y agradecernos por nuestro servicio, finalmente salió del local. Otro cliente satisfecho. Muérete, hijo de... insulté, pero me detuve en cuánto vi a una familia de cuatro, con dos pequeñas hijas, entrar al videoclub. ¡Hola y buenas tardes! ¿Hay algo en particular que pueda encontrar para ustedes? Ambiente familiar, después de todo. Tuve que ir a buscar la primera parte de las Crónicas de Narnia para las pequeñas y una comedia romántica cuyo nombre no recuerdo para la pareja de padres; aun así, no dejé de discutir con Tyler en voz alta, mientras él prefería, como siempre, jugar algo de Zelda en la pantalla. Como sea... sabes que... tragué saliva. Era mi único amigo... tenía que confiar en él... Aunque no pudiera entenderme, tendría que desahogarme de una u otra manera. Armándome con cantidades exorbitantes de agallas, declaré con fuerza mientras me acercaba al mostrador con los DVDs en la mano: Tengo una novia. Uuuuh... ¿Es linda? cuestionó inmediatamente Tyler, alzando repetidamente las cejas, mientras procedía a cobrarle las películas a la familia. Bufé después de captar el mensaje. En ambiente familiar, eso significaba “¿Está buena?”. Ahora que lo pensaba, Andrea era una chica muy poco especial en cuanto a rasgos atractivos, considerando que era un súcubo. Para ser un demonio sexual, su figura era más bien delicada y discreta, no exageradamente inflada como uno podría suponer. Y evocando los recuerdos de la noche anterior, no me había parecido verle maquillaje tampoco. Ni brillo labial, ni sombra de ojos, ni pestañas rizadas... Y su pelo, aunque llamativo con aquellas tonalidades de morado y rosa, era tan liso que habría preferido llevarlo suelto. Posiblemente lo único realmente especial y atractivo de Andrealphus eran sus ojos purpúreos. Es más... del tipo adorable, supongo expresé, estirándome por encima del

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mostrador para tomar el cambio de una vez. Ah... ¿es... es menor? preguntó Tyler, dudando sobre si era el momento más apropiado para hacerlo con aquella familia en frente. Su impaciencia y desesperación lo habían traicionado, sin embargo, y por ello me gané unas miradas desaprobatorias por parte de la pareja. Nononono... En absoluto aparté la vista, nervioso. Andrea sí que parecía menor que yo, pero... ¡era un habitante del Infierno! ¡Cuántos años tendría en realidad, sólo Dios (o Satán, más apropiadamente) podría saberlo! Intentando ganarme una última buena impresión, me despedí efusivo de la familia, invitándoles a que disfrutaran sus películas. Excelente. Eso pudo haber sido un problema... Tyler sentencié, cortante, mientras estampaba las manos en el mostrador. Déjame dejarte esto claro: >>Mi nueva novia es un demonio. El videoclub permaneció en completo silencio, a excepción del refrigerador corriendo en la trastienda y la banda sonora del Wind Waker que todavía se mostraba en la pantalla... Ah, y mi respiración agitada. Mis manos seguían sobre el mostrador, enrojecidas por el golpe, a la par que mi mirada no se despegaba de la de Tyler, que no podía hacer nada más que observarme algo boquiabierto, con la cabeza cómicamente alejada de mí por la sorpresa. Tu chica... es un demonio... repitió Tyler, alzando las cejas en señal de incredulidad. Asentí con la cabeza después de tragar saliva. ¡Ah! exclamó mi amigo sin previo aviso para después estallar en carcajadas. La silla giratoria sobre la que se hallaba sentado dio dos vueltas completas gracias a su pataleo, mientras sus manos se sacudían de un lado a otro como para intentar detener su ataque de risa. ¡Encontraste... una dominante! alcanzó a declarar apenas. ¡No puedo... creerlo! ¡Viejo! ¡Esto es serio! reproché, dando un fuerte golpe con el puño a la madera como para ilustrarme. Una columna de cajas vacías se desplomó al suelo, como un edificio en miniatura durante un temblor de fuerza equivalente. Mi novia. Es. Un. Demonio. ¡Del Infierno! ¡Cierto, cierto! señaló, llevándose las manos al estómago. Seguro que cargar

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sus bolsas de compra y comprarle zapatos es horrible. ¡Y contestar sus siete mensajes de texto al día! ¡Y ni hablar de su suspicacia! Venga, Kyle... una mano me palpó el hombro. Desde que nos conocemos, has tenido por lo menos siete novias medianamente serias. ¿Qué te hace odiar a esta al grado de llamarla “demonio”? ¡Tyler, no! rugí. ¡Te estoy diciendo que es un demonio! Es salvaje como un demonio... ¡Es un demonio! ¿Su furia es la de un demonio? ¡Ella es un demonio! ¿Bipolar como un demonio? Erm... ¿cuál era esa palabra que usaban los frikis del turno matutino...? ¿Yandere? Kyle, no entiendo tus metá-¡Pero si te lo estoy diciendo clarísimo! ¡Andrealphus es un súcubo, un demonio sexual que absorbe el alma de los hombres! Una vez más, el videoclub se quedó en completo silencio. De reojo noté cómo un grupo de amigos se daba sutilmente la media vuelta después de haber dado unos pasos al interior de la tienda. Sólo mi salvaje respiración y mi pobre intentando recuperar el ritmo normal podían escucharse. Volvimos a la situación inicial, con Tyler apartándose de mí y con mis puños sobre el mostrador. Eso es... sexy... supongo apuntó, finalmente. Estrellé mi cabeza contra la madera, resignado. Así que quieres presumirme que tu novia se disfraza para ti en la cama y... te domina. Ya veo... En una escala del 1 al 10, uno siendo cargador de bolsas y diez siendo completamente versátil en la cama, ¿qué tan dominado te ves? En este momento debo agregar una nueva línea a mi autobiografía: Yo, Kyle Flynn, era el mejor amigo de un completo imbécil.

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Capítulo 5 Acepto Eres un imbécil ataqué, dándome media vuelta y, resoplando, volviendo a una estantería al azar para reacomodar sus cajas. Ignorante y ciego, Tyler me replicó inmediatamente: ¡Agh, tú también! Gruñí por lo bajo, apartándome todavía más del mostrador. Ya no tenía muchas ganas de hablar; lo mejor que podía hacer en ese momento era fingir ser más trabajador de lo usual y acomodar algunas cajas. Lo más lejos de Tyler, a ser posible. Hice ademán de darme la vuelta, mirando así por el cristal. Por unos instantes, percibí una cabellera de mechones morados cruzar por los huecos entre los pósters que adornaban gran parte la ventana. ¡No, nonononono! ¡¡No!! grité al instante, en todo el sentido de la expresión. Mi voz resonó por todo el videoclub, provocando que Tyler se estremeciera en su silla. Al momento corrí hacia el mostrador y luego pasé por encima de un salto, con el que tiré un montón de cajas de plástico al piso. Justo a la par del tintineo de la campana que se hallaba sobre la puerta, me tiré al suelo recto como una tabla, a los pies de Tyler, quien ya había comenzado a gritarme por mi súbita demostración de habilidad. Sin embargo, tuvo que detener su incesante alboroto para atender al cliente que acaba de cruzar la entrada: ¡Hola, buenas tardes y bienvenida, distinguida señorita! saludó, aunque eso no le impidió darme una patada en el abdomen. Mi quejido se vio ensordecido cuando mi amigo añadió: Espero poder ayudarte hoy. ¿Buscas algo en particular? A mi cuerpo lo recorrió un escalofrío cuando reconocí la voz de Andrea, tan casi falta de emoción como siempre: Kyle Flynn. Mi esposo. El mundo entero pudo haberse silenciado en aquel preciso momento. Una lanza pudo haberme atravesado de lado a lado y el shock emocional hubiese sido mucho menor. Mi reputación social pareció desaparecer en unas milésimas de segundo, acompañadas, metafóricamente, por el sonido del agua de un inodoro corriendo. Y al parecer, a juzgar por el sonoro “¡Woa!” que dejó salir, Tyler también se hallaba sorprendido por aquellas palabras: Erm… Wow… Erm… Kyle está…

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Sentí que Tyler miraba en mi dirección brevemente, aunque luego lo disimuló echándole una ojeada a la trastienda, como si me estuviese buscando. Durante los pocos nacronanomilisegundos que su mirada se cruzó con la mía, le comuniqué mi desaprobación con un frenético negar de cabeza. Él… Él está fuera ahora. ¿Quién eres, perdona? Podría haber besado a Tyler en aquel momento. ¡Me estaba cubriendo! Por poco y unas lágrimas se escapan por mis ojos debido a lo conmovido que me sentí por aquella muestra de amistad. Andrea… respondió el demonio, dudando unos segundos al final, seguramente pensándose si realmente debía decir su nombre completo. Para mi sorpresa, no tardó mucho en decidir inventarse: …di Alfonsi. Andrea di Alfonsi. ¡Ah, bene, bene! rió Tyler, tratando de ser simpático. Me imaginé que en el rostro de la chica no habría reacción alguna. Mira, Andrea... Kyle no vino hoy. ¿Estás seguro? quiso confirmar, marcando la suspicacia en su voz. ¡Puede olerme, lo sabía! ¡Seguro como un candado! Ah... murmuró. ¿Se lo creería? ¿O no? ¿Sabría ya la verdad? ¿Me desenmascaría allí mismo? ¿Habría captado la malísima broma de Tyler? >>Está bien... ¿Sabes dónde lo puedo encontrar? ¿¡Me había seguido por toda la ciudad y no me veía allí!? Qué demonio de tan baja calidad. Y pensar que, para colmo, su contratista estaba en completo desacuerdo. Erm... La verdad es que no tengo idea... respondió Tyler intentando, en vano, sonar sincero. En realidad, al dudar en casi cada vocablo, sonó muy poco convincente. Como para disfrazarlo (escuché), comenzó a escribir cosas en algunas hojas en blanco. De... de acuerdo. Gracias, Tyler Brooks se despidió Andrea, seguramente rindiéndose en aquel instante. ¿Volvería a casa de los Delgado? ¿Me seguiría buscando? ¿O peor... traería refuerzos desde el Infierno? Si no cumplo dichas implicaciones, entonces mis acciones no pueden ser consideradas un “matrimonio”; y si no lo es, entonces no estaría cumpliendo el deseo establecido en el contrato. Y cuando pasa eso... ¿Cuando pasa eso...? Entonces ambos morimos... 56


Tragué saliva desde mi escondite. El nudo en el estómago no desapareció hasta que la campanilla de la puerta sonó de nuevo, anunciando la partida de Andrea. Dubitativo, decidí levantarme; empático, Tyler señaló la salida: Te cubro. Escóndete en el Starbucks del otro bloque. Miré por el cristal una última vez, separando no encontrar el llamativo cabello de Andrea al otro lado. Gracias, viejo sonreí, pasándome al otro lado del mostrador, aunque con más tranqulidad esta vez. No prob respondió Tyler, sonriente. Pocos instantes después de que yo hubiese abierto la puerta, decidió añadir: Hey... Me ha dicho mi nombre. ¿Le has hablado de mí? Me detuve con un pie afuera, no miré atrás: Sí. Claro que lo hice. No. Claro que no lo hice. Claro que nunca le había mencionado a Tyler a Andrea, salvo cuando creí sospechar que el contrato era una broma suya. No había dicho su nombre, menos su apellido, y muchísimo menos su relación conmigo y apariencia. El Infierno no tenía ningún buen concepto de “privacidad”. Nervioso, le di otro rápido sorbo al frappucino mocca que sostenía entre mis manos, sin despegar los ojos de la entrada al café en el cual me había refugiado de mi perseguidora. Desde aquella mañana se había esforzado por seguirme a todos lados, como un acosador o un perrito faldero; desde que desperté al amanecer, durante mis clases remediales universitarias, trabajo en el videoclub, y durante el tiempo que me tomaba para pasear por la ciudad. Básicamente, llevaba siguiéndome ya doce horas, haciéndome sentir incómodo y arrancándome mi preciada privacidad. Y lo que era peor, ya me estaba asustando más de lo que los oscuros callejones de los barrios bajos podían hacerlo a las tres de la mañana. Vi pasar una larga y lacia cabellera con mechones morados frente al pequeño café. Rápidamente, me cambié de mesa y decidí entablar conversación con el hombre desconocido que se hallaba trabajando en su ordenador portátil, con tal de parecer un cliente más y no la persona que Andrea estaba buscando. Lamentándome en mi mente, mientras intentaba hablar de trivialidades con el hombre de negocios, repasé mentalmente lo que había hecho mal el día anterior.

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Odio los flashbacks. Me hacen sentir avergonzado murmuré, llevando mi mano a la frente e intentando calmarme un poco. Pensar en todo lo que había hecho mal la noche de Halloween me producía dolor de cabeza y lograba que mis niveles de pena se alzaran a límites inhumanos. Si pudiese sacar vapor de la nariz, lo hubiese hecho debido a la vergüenza que yo mismo me provocaba. Apenas me hundí en el asiento, pensando en lo idiota que era el Kyle del pasado, cuando inevitablemente Andrea entró al café. Resoplé y cerré los ojos, resignado. Tu presencia mágica es como un faro declaró su voz a mis espaldas unos instantes más tarde. Decidí no girarme; simplemente responder, después de suspirar: Así que al final sí tienes una manera de seguirme... El hombre que se hallaba sentado frente a mí levantó la mirada unos instantes, curioso ante la conversación, mientras Andrea daba un rodeo y se sentaba en otro sillón a mi derecha, sin apartar sus ojos de mí ni un instante. Como si quisiera poner mi atención en otro sitio, me llevé el popote a la boca y le di otro sorbo a mi café. No parabas de dejar huellas detrás de ti. Excepto cuando cruzaste aquel callejón sucio. Tu magia dio a parar en otro sitio y fue más difícil seguirte la pista. ¿Magia? Andrea le dio un trago a una taza de café caliente que antes no estaba allí, aunque nadie pareció notar que había aparecido de la nada en la mesa. A lo lejos, un empleado buscaba desesperadamente el café americano que, pensaba, ya había terminado de preparar. ¿Acaso se refería a esa clase de magia...? Pero me las arreglé para encontrar tu famoso videoclub y tu amigo fue tan amable de concretarnos una cita continuó la chica, mientras deslizaba un trozo de papel por la mesa de madera hasta que quedó a mi alcance. Alzando una ceja, lo tomé entre mis dedos y le eché una ojeada: Miento; Kyle sí anda por aquí. Ya lo enviaré al Starbucks de enfrente. Da una vuelta y búscalo allí en cinco minutos ;) Obra de Tyler, seguramente. Aquel desgraciado había tenido el descaro de traicionarme mientras yo me ocultaba bajo la mesa. ¡Si mi mejor amigo me había tendido una

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trampa, ¿qué esperanza me quedaba?! Resoplé, intentando ocultar mi enfado, pero deseando en el fondo de mi corazón que el karma, destino, horóscopo o fuerza superior tuviera nuevos planes para Tyler. A ser posible, algo relacionado con un acantilado y la fuerza de gravedad. O un camión; un camión sonaba bien. ¿No puedo tener un momento de libertad? ataqué, fulminando a Andrealphus con la vista. Por si no te ha quedado claro la parte de “No quiero casarme contigo”, además, quisiera repetirla me incliné sobre la mesa e intenté ponerle fuerza a la mirada que se encontró con los ojos de la chica: No quiero y no me voy a casar conmigo. El hombre trajeado cerró su computadora portátil de un golpe y, bufando por la nariz, se levantó de su asiento y salió del establecimiento. Andrea, mientras tanto, se permitió unas cuantas carcajadas por lo bajo. Creo que no estás entendiendo, Kyle Flynn una tableta táctil con funda morada apareció sobre mis piernas con un chasquido apenas audible y una mini explosión de destellos violeta. Lo primero que llamó mi atención fue que, en su pantalla, exhibía un documento en cuyo margen inferior se hallaba mi firma escrita. Andrea deslizó su dedo y el lector cambió a una nueva página, donde sólo una línea podía leerse: El 1 de Noviembre del 2010 a las 3:53 horas en la zona horaria terrestre GMT-7:00, el contratista Kyle Flynn expresó su deseo número uno (#1), textualmente, como “Cásate conmigo”. Tras ser procesado por el moderador inmediato o demonio contratista y posteriormente enviado al Comité de Interpretación, se ha coincidido en que el deseo número uno (#1) establece, en términos simples, una relación matrimonial entre los contratistas. Ello implica, según la Unidad de... Ya estamos casados. La campanilla que colgaba sobre la puerta me pareció el ruido más irritante sobre la faz de la Tierra. Me resultó tan sonoro que nadie dentro de aquel concurrido Starbucks sería capaz de ignorarlo y, con ello, ignorarme a mí salir echo una tempestad y arrastrando a Andrealphus de la muñeca. Había comenzado a llover, por lo menos. Las calles pronto se vaciarían y podría llevar a Andrea a un sitio tranquilo; donde nadie pudiese molestarnos mientras le decía a la chica

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todo lo que tenía ganas de decirle: evidentemente, no iba a quedarme de brazos cruzados mientras el demonio arruinaba, poco a poco, mi pequeña y dulce vida. ¡Sólo era un muy poco complicado intento de estudiante! ¿Por qué…? No, ¿cómo había terminado en esa clase de situación? ¿Quién imaginaría que de un día para otro estaría casado con un residente del mismísimo Infierno? —No voy a aceptar esto —sentencié, mientras continuaba arrastrando a Andrea por la calle. Advertí cómo las personas comenzaban a correr en direcciones aleatorias, mayoritariamente con algo cubriéndoles la cabeza, esperando encontrar un sitio que les dejara entrar para refugiarse del diluvio que se avecinaba—. Fui engañado —continué—. No me encontraba en mis facultades menales cuando firmé ese contrato. No voy… —Ése no es problema mío ni del Infierno —me cortó la chica, deteniéndose de pronto y soltándose de mi agarre de un tirón. Me giré hacia ella, esperando su explicación—. Lo has firmado, consciente de ello o no; y eso es un hecho innegable. —¡Ah! ¿Y parece que yo esté muy contento con ello? —repliqué, haciendo movimientos bruscos por el enfado, queriendo ilustrar mis palabras—. ¿De verdad crees que estoy feliz con este supuesto matrimonio? —¿Oh…? —inquirió la chica, alzando una ceja—. ¿Y qué te hace pensar que yo lo estoy, Flynn? —Andrea cambió su semblante, mostrando un rostro especialmente serio y apático. Casi… profesional. Discutía con su cliente, después de todo—. Yo estoy obligada a aceptar el contrato, a hacer un trabajo que no me corresponde; no como tú, que lo has considerado una broma de tu amiguito en tu propia estupidez, complicando así las cosas. —Bueno, te has dedicado a seguirme todo el día —ataqué, respondiendo a su pregunta inicial—. No sólo quieres llevarte mi alma, sino también mi seguridad y libertad. Andrea soltó una carcajada. Un poco sorprendido por ello, retrocedí un paso. —¿De verdad crees que hago esto por gusto, Flynn? —el demonio volvió a reír más todavía—. ¿En serio crees que quiero algo más de lo que he venido a buscar? —su dedo señaló a mi pecho. La lluvia comenzó a caer con más fuerza. Ahora nos hallábamos solos en aquella calle, antaño concurrida y ahora solitaria. Y Andrea lo aprovechó: sus colmillos se afilaron y se escaparon de entre sus labios, sus largas alas de murciélago se desplegaron detrás de ella con un imponente aleteo y sus ojos color violeta comenzaron a despedir una luz apenas visible. —Soy un súcubo. No hay nada en ti que no pueda obtener de nadie más, Flynn. 56


¿Estabas pensando que en serio yo te quería para mí? —Andrea se acercó a mí con una sonrisa orgullosa y me sujetó de la barbilla—. Este pequeño romance que has decidido inventarte sólo prueba lo ingenuos que son tú y tu raza. Sólo prueba, débil mortal, que mi mundo siempre escapará más allá de tu comprensión —su mano me soltó, no sin antes darme un pequeño golpecito en la frente. Andrea volvió a retroceder y, divertida, añadió, entre risas: —¿Por qué habría de quererte? ¡Mírate, humano! ¿Parezco impresionada? Por alguna razón, aquellas palabras me dolieron. ¡Aquel demonio tenía el descaro de insultarme todavía! Apretando los puños y los dientes, ataqué: —¿Sí? Bueno, tú de súcubo no tienes más que el nombre. ¿Cómo querías que realmente te creyera un demonio con… —la recorrí con la mirada y con un movimiento de mano—… esas pintas? Ahora que lo pienso, eso tiene mucho sentido, sí… —fingí una postura meditativa, con una mano frotándome la barbilla. Luego me encogí de hombros y negué con la cabeza a la par que añadía—: En serio, Andrealphus, no puedo considerarte un demonio. Andrea se llevó una mano a la frente y cerró los ojos con fuerza. No le di importancia: un simple dolor de cabeza, seguramente. Aquello no iba a ser suficiente para detenerme. —Sí, voy a seguir con el mismo juego de anoche —continué—. Eres una broma, nada más. No voy a creer en ti. Te negaré tanto como me sea posible. Andrea apoyó una mano en el muro más cercano, a su izquierda, mientras continuaba cubriéndose la frente. Las fuerzas le faltaron, sin embargo, y pronto se precipitó hasta quedar con la espalda recargada completamente. —No existirás para mí más que como una simple broma. No eres ningún demonio. Así que dile a “tus jefes” esto… Hice una pausa, intentando darle dramatismo a mis palabras. Ignoré los quejidos que la chica había comenzado a soltar por lo bajo, como si algo le afligiera. —Nunca te llevarás mi alma. Todo pasó en un instante. El cielo se iluminó con el relámpago más potente que seguramente habría recorrido la ciudad de Seattle jamás, a la par que Andrea perdía el equilibrio y se precipitaba hacia el pavimento en cámara lenta. Mi grito llamándola, súbitamente asustado y alarmado, se halló ahogado bajo el ensordecedor estruendo que acompañó al rayo cercano. Y aunque extendí mi mano hacia ella, me vi impotente desde mi 56


posición, contemplando cómo la chica caía tan frágil cual gota de lluvia. Alguien la atrapó en el momento preciso, evitando que la pobre se golpeara contra el suelo. El mundo volvió de pronto a la realidad: —Oh, en serio… No te basta con tenerla sin alimentarse durante días enteros, ¿pero también liberas toxina anti-mágica a su alrededor? En serio, ¿qué clase de contratista eres? Me quedé boquiabierto ante las palabras de aquel hombre. Estaba ya en la mediana edad, denotado por el contraste entre sus sienes de plata y su cabello negro peinado perfectamente hacia atrás, salvo por un par de mechones que había dejado caer libres hacia el frente sobre sus delgadas y sutiles gafas y sus ojos de color azul brillante. Llevaba barba de unos cuantos días, y una cicatriz en forma de V recorría su mejilla izquierda; de tal manera que uno no sabría precisar si su aspecto se veía descuidado o no: era casi un balance entre ambos. Advertí que su atuendo, una bata de laboratorio blanca sobre un atuendo semi-formal de pantalón y camisa con corbata, había empezado apenas a mojarse bajo la lluvia, como si hubiese estado protegido bajo un paraguas o en el interior del edificio. Pero Andrea y yo no teníamos más sino un muro vacío en frente nuestra, y aquel extraño individuo había aparecido del mismísimo aire. —¿Quién…? —¿En serio? ¿Quién soy? —adivinó el hombre, adelantándose a mis palabras mientras se ponía de pie con cuidado, sosteniendo a Andrea entre sus brazos. Balbuceé un poco y luego asentí con la cabeza, algo desesperado—. Soy… ah, espera. Dejemos a la señorita en un lugar seco, ¿de acuerdo? El extraño hombre dejó a Andrea sobre la banca de una parada de autobús que no había estado allí hacía unos segundos. Me quedé pasmado cuando me topé con una estructura que, si mi memoria no me fallaba, no existía en absoluto. Ahora estaba completamente seguro: aquello había aparecido, sí, del mismísimo aire. La depositó con cuidado y le apartó los cabellos húmedos del rostro. Le acarició la mejilla como un padre a su hija y sonrió levemente, casi nostálgico. Luego, tras dejar salir un suspiro, se giró hacia mí y sentenció: —Mi nombre es Ian Murphy. Soy neurólogo en el Virginia Mason, por si alguna vez llegas a necesitar mis servicios —el hombre se llevó la mano al interior de su bata y, de algún bolsillo, sacó una tarjeta de presentación que luego me tendió amablemente. El hombre chasqueó los dedos y, para mi sorpresa, las letras en el papel comenzaron 56


a moverse de sitio. Solté una exclamación de asombro cuando la N de su nombre saltó a algún sitio aleatorio y las letras iniciales, tras finalmente reacomodarse, leyeron: I Am Uphyr, the Demon Physician Tragué saliva y, temblante, guardé la tarjetita en el bolsillo de mi pantalón, mientras asentía educadamente con la cabeza. Advertí como el hombre ahora se hallaba apoyado sobre un bastón de madera oscura, adornado con un par de brillantes serpientes entrelazadas cuyas cabezas servían de soporte para la mano. Al igual que todo lo anterior, también había aparecido de la nada. —Soy médico en el mundo demoníaco, por si no sabes leer —señaló el hombre, ilustrando sus palabras apuntando con el bastón hacia mi pantalón, buscando la tarjeta—. En serio, pensé que sería obvio para ti, contratista. —Eres médico… de demonios… —repetí, alzando una ceja. La verdad es que, pese a lo que el hombre había ya mostrado, mi mente seguía sin creérselo. Igual que la noche que Andrea llegó a mi vida… —¿En serio? No me digas —se burló, sarcástico, soltando una carcajada—. Pero ahora, en serio, ¿a qué te parece que he venido? Me encogí de hombros y negué con la cabeza. Incrédulo, Uphyr repitió “¿En serio?” por enésima vez y luego señaló a Andrea con un giro de su bastón. —Oh, ella —comprendí—. ¿Es… está bien? —inquirí después, tras ver cómo el demonio hacia algunos gestos entre sueños. —Estará bien. Ése es el pronóstico, en serio… si sigues el tratamiento, claro —aclaró. Mientras hablaba, se sentó junto a Andrea y, tras rebuscar en varios de los bolsillos de su bata, sacó un pequeño frasquito de color rojo. Tuvo algunos problemas para quitarle el corcho, pero una vez el recipiente estuvo destapado, levantó a Andrea un poco y llevó la botella a sus labios. Para mi sorpresa, la chica olfateó el líquido y, aún inconsciente, lo aceptó con entusiasmo. Se lo pasó de dos tragos. —Imagina que no ha bebido agua en días. Está deshidratada y llegas tú y la sientas frente a un calentador —explicó el médico. Inquisitivo, volví a alzar las cejas, haciendo lo posible porque en mi cara se leyera “¿De qué rayos me estás hablando?” —. Magia, muchacho. Maná, chakra, energía vital… como quieras llamarle, en serio. La pobre niña 56


sufría de una alarmante hipomageia y tú vas y le dices “No pienso creer en ti”. ¿En serio? Me encogí de hombros, sin saber cómo reaccionar. ���¿¡En serio!? ¡Toxina anti-mágica justo allí, viejo! —Uphyr me señaló acusador con su bastón, apuntándome con las serpientes plateadas, por lo cual retrocedí un paso—. Un poco más y hubieras empeorado las cosas, en serio. —¿Y? Eso no me concierne —corté. Tras escuchar esas palabras, Uphyr cambió su semblante. Volvió a dejar a Andrea en su sitio con delicadeza y luego se puso de pie. Imponente, se acercó lentamente hacia mí, con fuego en sus ojos. Y, literalmente, sus ojos tomaron un color rojizo, y despidieron una luz y un calor increíbles. De algún lugar de su cabeza brotaron dos cuernos de color negro, los cuales parecían señalarme directamente. Me apuntó con su bastón en el rostro y, sorprendentemente, éste tomó vida: las serpientes entrelazadas que antes no eran más que un adorno estético sisearon y me mostraron sus colmillos, acercándose peligrosamente hacia mí. —Eres su contratista, muchacho. Su vida depende de la tuya tanto como la tuya de la de ella. Recuerdas la regla de oro, ¿no? Aunque asentí con la cabeza, Uphyr continuó explicando: —Ella muere, tú mueres. Comparten un alma ahora. El demonio apartó su bastón y volvió a apoyarse en él. Las serpientes volvieron a su sitio y todo rasgo infernal desapareció. De nuevo, parecía un hombre cualquiera. —Si no vas a hacerlo por ella, hazlo por ti. Aunque claro, supongo que a papi no le agradará que su princesa esté a punto de morir por la culpa de un patético humano. —Erm… —balbuceé, queriendo buscar una explicación para lo que Uphyr acababa de decir. ¿El padre de Andrealphus? Una vez más, sin embargo, se me adelantó antes de que yo pudiese pronunciar palabra alguna: —Tu suegro, si quieres verlo así —aclaró—. Si no tienes cuidado, te esperará un destino peor que la muerte. Sí, yo diría que la regla de oro se torna un poco exclusiva para ti: sólo tú sales perdiendo en ese caso. Tragué saliva. Aquello no me agradaba en lo más mínimo. —De… de acuerdo —me rendí—. ¿Qué es lo que Andrea necesita? —Andreaaa… —Uphyr se cortó y me miró un poco extrañado—. ¿Andrea? —Andrealphus, entonces —me corregí, poniendo los ojos en blanco y bufando—. ¿Qué necesita para recuperarse de su… hipo…? ¿Hipomageia? —Bajos niveles de magia en el organismo —señaló el médico, como quien dice 56


cualquier cosa—. Bueno, ella es un súcubo. ¿En serio, es tan difícil saber qué es lo que necesita? Murmuré “Oh, dios” por lo bajo y me llevé la mano a la frente, apartando la mirada apenado por la dirección que aquella conversación estaba tomando. Andrealphus era un súcubo: un demonio que se alimenta de la energía sexual de los hombres. Por ello, para sanarla necesitaba… —¡Oh, no te alarmes! Unos cuantos abrazos o besos son suficientes —restó importancia Uphyr, para mi alivio—. Eso o tu propia sangre. De todas maneras acabo de darle un poco, así que debería despertar en cualquier momento, igualmente… Por milésima vez en el día, tragué saliva. —Sólo… unos cuantos besos, ¿no? —quise confirmar, rindiéndome finalmente ante las palabras de Uphyr. Si quería conservar mi cabeza… tenía que seguir jugando al novio y la novia. —Uno por ahora debería ser suficiente. No queremos provocar un shock mágico, tampoco. Ignoré las palabras del demonio. Dos mundos desconocidos para mí en una sola conversación: el Infierno y la Medicina. Lo mejor que podía hacer era acabar con aquello lo más pronto posible. Me acerqué temblante a Andrea, notando de reojo cómo Uphyr se alejaba caminando unos pasos, seguramente para intentar no incomodarme. Repitiéndome mentalmente que tarde o temprano debía hacerlo, me arrodillé frente a la banca, a la altura del rostro de Andrealphus. —Un hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer, ¿no? —murmuré. Luego resoplé y me llevé una mano al cuello, sintiendo cada palabra como una punzada en mi orgullo—: Entiendo cómo debe ser esto… Y… entiendo que no me queda de otra… Sólo quisiera que esto no fuera tan difícil, ¿sabes? Salir a tomar un café y conocernos un poco no estaría mal… —reí un poco, como para aligerar el ambiente—. Sólo… sólo quisiera que entendieras la posición en la que me encuentro. Sí, sólo desearía que… que pudieses comprender. Una vez más, yo había vuelto a perder. El Infierno finalmente había dado conmigo: no podía huir de mi destino. O aceptaba el contrato que yo mismo había firmado y las consecuencias que conllevaba… o “papi” acabaría conmigo. Y, aceptando mi derrota, la besé en los labios. 56


Hellfire Kiss -Arco de Introducción- (Caps 1 a 5)