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Postales deViaje

VILMA OSORIO DE CHAVARRÍA


Postales de Viaje

Vilma Osorio de ChavarrĂ­a


Postalesde Viaje ©2013 Vilma Osorio de Chavarría Fotografía de portada: Arturo Treminio Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial. ISBN: 978-99923-62-25-9 Primera edición: Septiembre 2013

Editor Jefe: Joaquín Fernández Diseño e impresión: Alejandría Comunicaciones, S.A. de C.V. San Salvador, El Salvador, C.A. servicioalcliente@editorialalejandria.com www.editorialalejandria.com


Postales de viaje

CONTENIDO Prólogo

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Amor platónico La piel del universo La apuesta Dolor de ausencia Karma Enredos de amor Afectiv Llanto El cegatón Darwin acertó Penas de penas Cambalache Papalotes hacia el cielo Saudade Un tesoro vagabundo Círculo de silencio Lucero otoñal Migajas Manos celestiales Confidencias entre buganvilias Una nueva tradición Progenie de Fausto Vientos de cambio El retorno Suprema frivolidad

15 18 20 22 26 29 31 34 36 38 42 45 48 52 56 59 63 65 67 70 75 77 80 84 87

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La última mirada El sofista La feligresa de las 5:00 p.m. Miramundo: sucursal del paraíso Desapego El enamorado inconfeso El sabor de la melcocha Escalofríos Una bala, dos vidas y un destino Instantes vitales en Aruba El eclipse Triunfo del amor Chambita bailador Agonía y victoria Látigo El legado Su religión Una noche única Un mensaje de los ángeles El trovador Dos llamadas Cicatrices de amor Instantes de oro “Si, aceptamos” El regocijo El llamado a la ventana Con los ojos abiertos

89 92 94 99 104 108 111 115 117 120 123 125 128 131 135 137 139 141 145 151 153 157 159 161 166 168 170

Acerca de Vilma

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Tiene gran importancia para mí: la familia, los maestros y los amigos. Compartí con ellos, como compañeros de viaje, todos mis instantes y se coloreó mi existencia con amor, sabiduría y esperanza. A todos ellos, gracias.


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Prólogo “La rosa es un jardín en el que se esconden los árboles”

Este aforismo de Yalal ad-Din Rümi podría englobar el trabajo de Vilma Osorio de Chavarría en Postales de viaje. Apropiándonos de la palabra rosa para compararla con nuestro país, lograríamos visualizar el jardín como el escenario en el que transitamos y los árboles, nuestras acciones y pensamientos. Cuando escuchamos el vocablo postal, lo primero que se nos viene a la mente es esa imagen que –muy dentro de nosotros– alberga un recuerdo querido de momentos que se adueñaron de nuestra felicidad. Por otra parte, hay quienes opinan que el ser humano no necesita viajar para realizar grandes obras ya que, en sus adentros, lleva la inmensidad. Pues bien, nuestra autora se ha destacado por haber practicado ambos ejercicios: centrarse en el fondo de sí misma y  desplazarse hasta los confines más diversos del planeta.   “Si se me anunciase que el fin del mundo es mañana, plantaría, a pesar de todo, un manzano”.  Reflexión de - 7-


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Martín Lutero que nos presagia que la esperanza es una actitud que va más allá de cualquier desenlace fatalista. Creo que Vilma, al trazarse la meta de compartir sus vivencias por medio de las postales, es un vivo ejemplo de cómo se sopesan las coordenadas del tiempo y del espacio, ofreciéndonos –ya en la claridad– su íntima percepción de El Salvador: su lado luminoso, su lado sombrío.    Las cincuenta y dos estampas describen nuestra idiosincrasia, introduciéndonos en ámbitos en los cuales, la mayoría, podemos reconocernos. La tierra de nuestras raíces es  recreada con fidelidad, con pinceladas de ilimitados colores. Y la variedad de tonalidades nos indica que la vida es ese continuo paso a situaciones nuevas porque es imposible permanecer en las anteriores. Si lo hiciéramos nos impedirían el mismo vivir, el abrirnos a la luz: en breve, nos asfixiaríamos. De ahí que el mérito de nuestra escritora se revista de un significado especial, haciendo eco a las enseñanzas de filósofos que opinan que el ser humano anhela comunicar el hálito de su alma. Ella, como narradora omnisciente, se ha forjado un rincón desde el cual contempla la vida: la estudia, la recrea, la padece, la llora, le sonríe. Y más. Su curiosidad por adentrarse en todos los resquicios de la vida la ha llevado a indagar, a detenerse sobre la marcha y asomarse al borde de abismos y también de cielos.  “Truenos, rayos, granizo, fuego y cuerpos ensangrentados, forman parte de las pesadillas que, sin - 8-


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permiso, irrumpen en la mente de los excombatientes. Algunos de ellos, ahora convertidos en funcionarios que ante el recuerdo, enmudecen y tiemblan”, nos expresa en Escalofríos. “Cuando era una niña, su madre la dormía contándole cuentos. En su juventud, antes de conciliar el sueño, Milagro se deleitaba observando por la ventana el cielo azul, puro y estrellado. Con el pasar del tiempo, ella contaba a su madre sus logros, alegrías y tristezas cada noche. Presintiendo que el fin estaba cerca, Doña Blanquita le dijo: ‘Cuando parta, mi amor siempre estará contigo. Te observaré desde mi estrella. Sí, desde esa que al finalizar la tarde es la primera que aparece en el occidente’”. Párrafo de El llamado a la ventana.   Estos primeros fragmentos nos indican que estamos frente a una mujer que –segura de sus esquemas morales– perfila no solo  a seres disminuidos por sus aflicciones, por sus desiertos  anímicos, por sus recuerdos, sino a aquellos que el calor del hogar, el abrazo de hermandad los han hecho resistentes a cualquier embate del azar. Al leer acerca de algunos de sus personajes, podemos percibir que la nostalgia es un sentimiento que la hace volver la cara hacia sí misma, hacia su propia vida. Ya lo expresaba  Kierkegaard: “En mi gran melancolía he amado de todos modos la vida, porque he amado mi melancolía”.  Los temas principales son: el amor, el trabajo, la ausencia de fe, la pobreza, el destino, la injusticia, la nostalgia, el desamor, el egoísmo, la esperanza, - 9-


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la familia, la corrupción, la vida, la muerte, la espiritualidad. Sobre los hombros de los protagonistas principales recae el vigor de la narración, la vehemencia de los diálogos que se convierten en portales que nos abren perspectivas de intimidad. No obstante, se debe tener en cuenta que la vida no acostumbra a pedir grandes gestos, sino gestos cotidianos. Las cosas extraordinarias solo se hacen por quienes, al hacerlas, las consideran naturales. Y es que lo cotidiano es tan enigmático como simple el milagro. En el caso de nuestra autora, lo cotidiano es el universo que la rodea, espacios que, al penetrar en ellos, advertimos que, algunos de sus relatos, provienen de las antiguas tierras de la memoria que nos trae al presente para recordarnos que  nadie puede cruzar descalzo la frontera del olvido.  En Papalotes hacia el cielo, ella opina que: “Definir un norte que guíe los pasos, una meta a la que dirigir las acciones y los propósitos diarios para avanzar con constancia a dónde se proponen, tiene suma importancia. Sin embargo, hay casos de personas que, a pesar de contar con una planificación y propósitos, los azares del destino los saca de su rumbo por una vía sin retorno”. Esta estampa nos sugiere que debemos estar atentos, ya que, en el momento menos esperado, vientos contrarios nos pueden sacar  de ruta –como al papalote– y, en vez de aterrizar en el campo, nos estrellamos en el asfalto.   Un tema recurrente en el libro es el amor. “Dos historias, dos seres en una circunstancia común, se habían encontrado. Como ambos tenían enterrado - 10-


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el ombligo en el mismo terruño, las tradiciones, costumbres y gustos les eran comunes. Construyeron una comunidad que amortiguó la soledad que antes ambos habían soportado en secreto y los temores por el futuro desaparecieron, como por arte de magia. Se tuvieron fe”. Estas líneas, que provienen de Una bala, dos vidas, un destino, recrean vivencias de seres que pactan por un amor verdadero, indestructible, que va más allá de cualquier pronóstico.   Se ha dicho que estrecha es el alma para contenerse a sí misma. Solo en el encuentro con la realidad se descubre del todo, es como un espejo donde se contempla la propia imagen. De ahí la honestidad de esta entrega. Así, en Lucero otoñal, Vilma hace un recuento de su vida y nos confía: “…al descubrir que la existencia es como la brisa, que nunca se deja poseer ni almacenar, decidió cambiar. Resolvió dejar los oropeles sociales para vivir en la esencia de cada día... La paz, con su vibración azul, invadió su ser. Entonces, ella tomó el verdadero brillo de un lucero”.   “¿Habrase visto actitud moral en la cara de los políticos? [...] Sus palabras, como vapores de carburo barato, no hacen madurar una sola idea de consecuencias buenas. Muchas veces es ruido que ofende, ofusca y muere en la nada. [...] Moral sí tienen los políticos de turno, pero es la de Fausto en su juventud”. Oraciones de inicio y fin de la estampa Progenie de Fausto, en la que Vilma comparte sus opiniones sobre quienes “[…] han destruido hasta el - 11-


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ánimo nacional que hoy barre los suelos, y sin él, ni las piscuchas se encumbran en octubre”.   En Karma, el tema principal es la pobreza que Amalia enfrenta con estoicismo y resignación. Ella abandona la pieza del mesón por incumplimiento de pago y vende todas sus pertenencias: una cama deteriorada, una hornilla de carbón, unos huacales plásticos, entre otras. Mas, antes de salir, se pone a barrer y recuerda que, cuando había llegado a ese lugar; “… estaba embarazada de su primer hijo y su vida era un cúmulo de ilusiones que el tiempo se había encargado de hacerle añicos, matándole hasta la esperanza”. Y el destino de dos personajes se ve entrelazado entre buganvilias. Pero, no debemos pensar que se trata de una reunión social. “Y es que los laberintos del averno existen. Juan y Pedro los han frecuentado bajo los efectos del alcohol; pero sin la dosis, siguen existiendo. Es entonces cuando se requiere valentía, arrojo y solidaridad para resistir la vida en sobriedad”. De tal manera, ellos se dan cita en un parque, observando las buganvilias, y se confían sus vivencias para no flaquear. En el grupo de protagonistas, se destaca Rosario, que “pasaba ocupada desde la madrugada hasta el anochecer, ya fuera cociendo el maíz en el fogón, o a la orilla del lago lavando el nixtamal, única oportunidad de gozar el aroma a mangos y limones que regalaba la brisa”.

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Mujer de manos toscas, prietas y con lastimaduras, nos conmueve por su vocación, por su entrega. Aquí cabría la frase que dice: “Manos que trabajan, oran”. “La Virgen llegó a nuestro hogar hace un mes. Supongo que entre los dones que ella me regaló fue la fortaleza, la requerida para los eventos que viviría en este lapso, porque a los quince días de la visita, así de repente, sin enfermedad previa, ni ningún indicio, murió mi abuela, la que fue como mi madre, porque me crié con ella”. La aparición de la Virgen nos sugiere que la fe se ha alojado en el corazón de nuestra escritora para brindarle la certeza que cada vez que volvemos a creer, nacemos de nuevo.   “La rosa es un jardín en el que se esconden los árboles”, citábamos al inicio. Y, después de leer Postales de viaje, concluimos que los arbustos –es decir, nuestras acciones y nuestros pensamientos– se han visto estimulados a creer que lo esencial anida en nosotros y por eso debemos alejarnos de lo inmediato, de lo superficial, y estar  dispuestos a salvar todas las distancias que nos alejan de nuestros ideales.  En la estampa Miramundo: sucursal  del paraíso, Vilma nos relata un fin de semana entrañable, en Chalatenango. El marco del relato es la naturaleza, los celajes, pero – ante todo– el amor que profesa a sus hijos, a sus nietos, a su esposo. Ellos han sido el motor de su búsqueda, de su lucha, de su encuentro: su ideal que la ha hecho culminar en su paisaje vital.   “Cuando la rosa se haya ido y el jardín esté marchito, no podrás escuchar más la canción del ruiseñor”.  - 13-


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Nuevamente volvemos nuestra mirada interna a las voces del insigne poeta de la India, Yalal ad-Din Rümi, que nos debe inspirar –como lo ha hecho Vilma Osorio de Chavarría– para no claudicar, para no contribuir a la aridez. Sí, al quedarnos con las postales del recuerdo y las del presente, nos adelantamos a la esperanza.

Lovey Argüello

San Salvador, septiembre de 2013

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Amor platónico Mientras viajaba en el tren hacia la oficina, Ruth apreciaba el agradable paisaje. El brillo dorado del sol comenzaba a iluminar el follaje de las copas de los árboles que chocaban contra la imponente visión de fondo del volcán. Su actitud era confiada y esperaba tener un magnífico y productivo día. Ruth utilizaba una computadora de última generación para su trabajo y con ella resolvía casi todo. La máquina, como se sabía imprescindible, lo hizo notar ese día al inicio de la tarde: se permitió el atrevimiento de sabotearla. Sacó de su agenda y de sus casillas a Ruth. Al principio tomó la actitud de tortuga; luego se negó a seguir instrucciones, no quiso cerrar ni abrir documentos y enviaba una advertencia de: “Verifique que haya cerrado los otros documentos”. Luego tomó vida propia y se dio vacación, no sin antes dejar un recado que decía: “Necesito un tratamiento de actualización y de belleza. Ya envié una requisición de servicio al nuevo chico de mantenimiento. Ya pedí por internet los últimos programas y adornos con cargo a la tarjeta de la jefa”. Ruth pensó: “¡Eso sí es ponerse los moños!”. No trabajó y se procuró una cita. “¡No es posible que me haga esto si la trato con cariño! Reconozco que existe conmigo la barrera tecnológica, porque usualmente se me - 15-


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olvidan algunos comandos, pero hasta ahora siempre me ha adivinado el pensamiento y ha trabajado con prontitud. Sé que muy a menudo doy órdenes encontradas y es cuando se enfurece que me manda a decir con sarcasmo: ‘¿Será que quiere cerrar el documento? Si es así, debe guardar su trabajo reciente o solamente se le cruzó el dedo a la tecla contigua’. Espera la respuesta y luego dice: ‘Ya podemos continuar’. La muy atrevida me tutea. Hace que pulse mal los comandos. Y hasta me hace redefinir la instrucción: ‘Si quiere hacer tal cosa, haga tal rutina’. Usualmente agradezco toda su cooperación, pero hoy estuvo insoportable. Como se sabe que es el último modelo y puede hacer conmigo lo que se le antoje, hizo su agosto en febrero. Reconozco que en esta época las máquinas nos están poniendo a prueba, porque nos hemos hecho dependientes. Ya no queremos usar el lápiz y la libreta o la ordinaria y anticuada máquina de escribir. Estamos totalmente a la merced de estos equipos. Por ello, tenemos que consentirles sus desmanes.” Como a la media hora, llegó Christian, el nuevo chico de mantenimiento, e inmediatamente procedió a lo suyo. Le habló. Ella contestó con voz de alcoba: “¡Bienvenido! Te indico que requiero nuevos chips y que mi escritorio está pasado de moda”. Christian suele contarse a sí mismo qué tratamiento piensa desarrollar y maneja a sus máquinas como personas. La paciente le dijo: “Esa jefa me da órdenes que no puedo seguir. La vieja es disléxica. Por eso muchas veces tengo que adivinar. En ciertas ocasiones ya sé lo que quiere hacer. Pero piensa lentamente y eso me irrita. Entonces, se me sube la temperatura y comienzo a fallar en más de algún circuito. Para no morir de cólera, le mando el mensaje y me tomo un descanso”. - 16-


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Después de oírla, Christian, que se las sabe todas, comenzó a escuchar música de la época mientras la observaba con atención y le ordenaba que se auto examinara. Cuando ya tuvo el diagnóstico procedió a consentirla. Le extrajo los archivos duplicados, la hizo efectuar gimnasia y que se desfragmentara, le puso en sintonía todos los programas, le actualizó el antivirus y para finalizar, la limpió y masajeó hasta dejarla brillante y nítida. Entonces, ella mostraba su alegría con el envío de mensajitos y pensamientos sugerentes y parecía que brincaba de la felicidad, como el perrito de casa que babea cuando le enseñan un hueso. Es de reconocer que este chico sí sabe enamorar a estas máquinas, siempre les trae regalos como nuevos programas y actualizaciones y les sube la autoestima diciéndoles: “Ahora sí que eres la última generación, la más lista y la más veloz. Solo te falta hablar en voz alta en dos idiomas a la vez y hacerle ojitos a tu jefa”. Entonces la muy atrevida dijo: “No me arruines el momento, yo misma sé cuando estoy en el purgatorio, pagando por mis pecadillos, por hacerle la broma a la jefa de citarme contigo. Por cierto: ¿No quisieras ser parte de mis remordimientos?”. Él le contesta: “Confórmate con saber que ya eres parte de mis desvelos, no vez la hora que es y no me he podido ir a casa. Tengo veinte horas continuas de trabajo con tus amigas que se han vuelto temperamentales. Mejor sigamos con lo que estábamos.” Ante la cruda realidad, ella vuelve a bajar sus latidos y comprende que por hoy solo es un amor platónico.

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La piel del universo Estaba reducido a casi nada. Entonces se rascó la cabeza y siguió pensando. Transformó la esquina azul de una imagen cartesiana en su objeto de estudio y se dijo: “En esa imagen faltan más planos pero el color azul le imprime tranquilidad. Parece la esquina del fondo de la piscina del club”. Entonces sintió su frescura, justo el ambiente apto para el deleite de los sentidos, para recuperar la energía. Se sintió jugueteando con el agua, con su fluidez que se pega al cuerpo; esa claridad que no se puede agarrar porque se escurre entre los dedos, como la vida. Reflexionó: “El presente es un instante tan efímero. Porque vivo, pero no puedo detener el tiempo y éste no es mío. Me deslizo por sus hendiduras, por esa materia invisible que une y separa en compañías instantáneas de seres animados con quienes comparto el escenario, el momento para gozar o sufrir, mientras todos caminamos hacia un destino desconocido”. Su mente inquieta pasó del agua al río que construye cicatrices en la tierra y que, a la vez, engalana los alrededores por donde transita, mientras se dirige a fusionarse con otras aguas más pesadas, más imperfectas. Caviló: “Con las aguas estamos unidos aunque no se comprenda bien; somos uno con esa fuerza invisible que contienen los ríos, y que no muere hasta haber cedido su última gota de alegría y de energía. Y es hasta entonces que se entregan sin reserva al mar, al igual que - 18-


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la propia vida”. Percibió a lo lejos la frescura del azul del mar, esa vibración que es el color de la paz de la conciencia, del alma tranquila que ha comprendido que la existencia es este instante. Y que con instantes sucesivos se hilvana la vida. De pronto, se sintió ausente de angustias o deseos apremiantes; a pesar de sus circunstancias, en la soledad del cuarto del hospital. Fue hasta entonces que sintió la orfandad a la que estaba sometido por la ausencia de los seres queridos, a los que a lo mejor, pronto él también abandonaría. Porque esa fuerza invisible que nos sostiene, puede fugarse y hacernos desaparecer. Descubrió la soledad como una fuerza invisible que oprime, que debilita, que anula toda perspectiva y que hace perder la esperanza. En cuestión de instantes su mente díscola viajó, se miró abandonando el planeta. Comprobó lo que antes solo imaginaba. Existen otras dimensiones que conforman otros mundos. Y gozó observando el azul de la cobertura perfecta que contiene y separa a nuestro mundo. Observó la piel del universo. Cuando entró el médico, regresó a su realidad y escuchó: “Señor Einstein, su diagnóstico nos dice que…”

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La apuesta ¿Qué es el amor? Les propongo verlo como una apuesta. Sí, una apuesta en la que el premio es entregarse para curtirse con el brillo de las estrellas. Es cegarse ante los astros del firmamento, por haber correspondido una mirada seductora que les produjo cierta perplejidad. En ese instante, se hace una apuesta a favor del otro, porque se le tiene fe. Esa fe construye un camino común, un destino, en el que el amor es una apuesta inconsciente que se renueva a cada instante. ¡Cuánta energía hace renacer el amor cada día! Y hasta tiene su propio secreto que obnubila para dedicarse de cuerpo entero al propio cometido. El amor da origen a la familia, con un modo de vivir propio que permite entregarse entre sí con goce, aunque no abunden las comodidades. La familia hace surgir seres con ciertas peculiaridades comunes: raíces, ilusiones, visiones, frustraciones, historia y destino. Y si a un miembro de la familia se le presentan tentaciones con melodías de encantamientos, eso traerá consigo tiempos de reflexión, fases de revalorización de lo que ya se posee, o renovación de la apuesta a favor del amor comprometido. Porque amar es regalarse

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mutuamente la presencia consciente en cuerpo y alma. En eso consiste el premio a la apuesta. Cada día en familia es una oportunidad para ser, para entregarse en acciones significativas, gozarse en la sencillez, recibir y dar miradas francas, confiadas, sabiendo de antemano que cada descendiente, al igual que ellos, perseguirá la ruta de su estrella. Como la eternidad es un concepto que no es aplicable a la vida de los humanos, cuando uno de los dos haya partido para siempre, luego de lanzarle una flor al féretro, las aguas buscarán otros causes, porque como dijo Aquel que dictó su sabiduría eterna: “No es bueno que los seres humanos estén solos”. Entonces, y solo entonces, habrá que hacer otra apuesta.

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Dolor de ausencia Camina por suelos prestados como un perfecto desconocido. Es nadie entre la muchedumbre. Si algo le sucediera, no habría quien lo auxiliara ni reclamara sus despojos; por ello, lleva en el cuello una cadena con una plaquita con su nombre y dos teléfonos para que en caso de que la mano del poder con quepis lo alcanzara hasta allí o que algo fortuito le sucediera, le avisen a sus deudos. La añoranza inunda todo su ser. Ya no tiene a la vista los valles cultivados con cañaverales, maíz y frijol. Ni los frondosos árboles de mango, cargados de frutos anaranjados que con solo verlos hacen agua la boca. O los Maquilishuat florecidos, con sus penachos como el color del candor juvenil. Extraña la hermosura fresca de las ceibas; esas que ven pasar junto a sí a los semovientes, los vehículos, la gente, las estrellas, la luna y el tiempo que es imperceptible; porque para ellas, el anochecer y el amanecer son suficientes. Él añora poder observar esa hermosura que sostiene nidos y que, en pago, obtiene el canto de amor a la vida y la esperanza entre sus ramas. Extraña el aroma de los frijoles sancochados en el fogón de la leña, el café aromático y las pupusas en las tardes de domingo. Las voces de los amigos y la de su madre; esa mujer que se fue arrugando por fuera - 22-


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e iluminando por dentro. Ella, la que le enseñó a ser auténtico y a predicar con el ejemplo. Esa voz de luz que lo hace sentir que existe y, que así como es, con sus necedades e ilusiones, lo ama. Él sabe que para algunos que se dicen prácticos es un iluso. Ellos aseguran que contra el poder real no sirven las ideas ni las palabras. Que solo son útiles los instrumentos destinados a aturdir y dar muerte, porque son los que ellos entienden y utilizan para mantener sometida a la gente. Pero él confía en el poder de las ideas. Sabe que para que la semilla germine, se requiere de muchos factores propicios como: el clima, la lluvia, el sol, manos que la ayuden a crecer hasta que florezca y dé frutos. Y será hasta entonces que su perfume deleite las almas con entusiasmo nuevo y sacien su hambre. Él sabe que es iluso, pero insiste con estoicismo, porque ha sido llamado a comenzar la faena de cultivar un ideal. Añora el perfume y el olor de la intimidad de su amada; ella perdió el habla cuando, conteniendo sus nervios, le dijo: “Me voy. Un hermano en el dolor de patria, con mejores fuentes de información que las mías, me ha alertado que cuento con un lapso de dos horas máximo. Dice que estoy en la lista de indeseables de la Inteligencia del Estado. Que me consideran enemigo público porque mis ideas y mi voz son como un fósforo en la borrasca de la tierra reseca de marzo. Si no me escapo, pisaré la frontera de la que no se puede regresar con el mismo cuerpo”. Ella se quedó sin habla, y las lágrimas escurrían por su rostro mientras le ayudaba a organizar dos mudadas y sus enseres personales. A su vez, él buscaba su cédula de identidad, unos apuntes y unos ahorros. - 23-


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Se despidieron con un: “Te quiero”. Esa noche solo alcanzó a decirle que se fuera de casa lo más pronto posible, porque podrían llegar a requisar sus cosas. Le recomendó que se fuera donde alguna amiga, y que estuviera siempre alerta a las situaciones extrañas, no fuera ser que persistieran en buscarlo. Le imploró que fuera valiente y siguiera adelante y le prometió que tan pronto pudiera le enviaría noticias por medio de algún amigo, y le encomendó que cuidara a su madre. Está claro que por hablar de derechos humanos, libertad y democracia, lo incluyeron en la lista de indeseados; sin embargo, no se desespera porque Dios sabe que su ideal es justo, y por lo mismo, lo amparará. Sabe que ha comprometido la tranquilidad de los suyos, pero no pudo ser insensible a lo que observa. La gente se desespera ante su situación cada vez más injusta. A muchos casi todo les falta, menos la ilusión por la libertad. Le consuela saber que nadie es profeta en su tierra y está resignado. Recorre suelos extraños, sufre penurias y el mal de las ausencias. Ha comenzado a ganarse la vida con dignidad. Escribe para una revista bajo un seudónimo. Sueña de nuevo, y se ha puesto de meta trece lunas para que las aguas se calmen y se abra la posibilidad de regresar con los suyos. Esas lunas coinciden con la elección de un nuevo presidente. De lo contrario, tendrá que procurar traer a su familia, a esos suelos de perfiles diferentes. A pesar de la soledad que mitiga acompañado de libros, sigue sosteniendo que vale la pena ser firme. - 24-


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Desea ser como esa piedra que se entierra para definir límites, un mojón, un pensamiento de referencia. Cada noche de destierro es un sacrificio que abona a su propósito de no claudicar a sus ideales que, como profeta en el desierto, esparce y el viento los lleva a sus destinatarios. Cree en la democracia como un sistema para que la colectividad disfrute en libertad y justicia, el fruto de sus esfuerzos; y como base para ejercer los derechos humanos. Esos son los valores a proteger con la institucionalidad democrática que está tan deteriorada. Muchas vidas han sido segadas por ideas encontradas con el régimen de turno. El suelo donde nació, creció y soñó ser libre, está amenazado por caudillos que, como encantadores de cobras, duermen a las masas. Están comprometiendo el futuro y si no despiertan y actúan, tendrán que vivir cada vez más esclavizados. Con los años se comenzó a escuchar una voz desde la distancia, que entusiasma, abre mentes e ilumina, para hacer ver más allá de los noticieros o las campañas publicitarias gubernamentales, cuyas intenciones son adormecer el entendimiento y las conciencias. El exiliado añora el abrazo de los suyos, el olor de su tierra cuando caen las primeras lluvias. No obstante, él persiste en cumplir su destino, a pesar del dolor de patria.

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Karma Sentada sobre unos cartones, en la acera de la Avenida Bernal, con su compañero fiel con quien comparte su suerte, está Amalia. Su rostro no trasluce odio ni rencor ni esperanza. Aunque con ella la vida ha sido ingrata. La sometió a muchas pruebas. Vio a sus amores verdaderos partir por diversas razones. Primero fue su madre, por las complicaciones de una pulmonía. La muerte se la llevó a los cincuenta y cinco años. Luego su esposo desapareció. Lo esperó durante cuatro años, tres meses y seis días, hasta que comprendió que él no regresaría. Su duelo por ese amor fue largo y silencioso. Le dejó dos hijos a su cargo. A los nueve años de desaparecido el padre, en cuestión de dos meses, los dos jóvenes impetuosos se fueron despidiendo. Decidieron correr su propia suerte. Ella comprendió que los hombres, al llegar la época en que se desbocan las hormonas, siguen el camino que ellas les trazan. Se quedó sola en el cuarto del mesón Angustias, del Barrio la Vega, que es el refugio de muchos obreros y trabajadores del comercio de la gran ciudad de San Salvador. Estuvo sola cuatro años más. Cuando le atacaron las fiebres del dengue, dejó de ir al comedor donde - 26-


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colaboraba con la limpieza, y la despidieron. Con el vacío afectivo que sentía, agravado por el deterioro de su salud, no se enteró cuanto tiempo pasó encerrada en su cuarto. Su voz se debilitó y sus fuerzas fueron menguando. Las vecinas compasivas, le acercaban de vez en cuando un guacal de atol, una tacita de café con pan o lo que tuvieran. Un día, como a las nueve de la mañana, la visitó el mesonero. Luego de un lacónico saludo, solo dejó que se sentara en la cama y con voz impetuosa le dio dos días para abandonar el inmueble. Ante la nueva circunstancia, ella, que ya no tenía a nadie, procuró vender sus pertenencias: una cama deteriorada por años de uso, una mesa de madera reciclada con muestras de picaduras de comején, una hornilla de carbón, unos huacales plásticos, un tambo para guardar unos litros de agua, un taburete de madera y una silla metálica con su tapicería verde rota. Por la venta de todo obtuvo siete colones y treinta centavos. Ese era su capital. Pero ella comprendía claramente que las vecinas le compraron sus enseres por colaboración, para no humillarla más, porque casi todo era material para el fuego. En una bolsa de plástico con una agarradera colocó su menaje: un calzón, una camisa, un pantalón y la cobija. Un vaso de plástico y un guacal también de plástico. Antes de abandonar definitivamente la pieza del mesón, le pidió prestada a la vecina una escoba y barrió la pieza. El acto de barrer fue como cumplir con un sacramento. Se fue despidiendo de la que había sido su morada por treinta y tres años. Mientras movía - 27-


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la escoba fue recordando que, cuando había llegado a ese lugar, estaba embarazada de su primer hijo y su vida era un cúmulo de ilusiones que el tiempo se había encargado de hacerle añicos, matándole hasta la esperanza. Sacó todo el polvo acumulado junto con el dolor que le produjeron los recuerdos. Devolvió la escoba y se despidió de la niña Julia, su vecina. Ella mantenía su mano derecha en la bolsa del delantal. La sacó junto con un trapito impecablemente blanco y con, expresión de ternura, se lo entregó con gesto de cariño diciéndole: “No tengo nada propio que darle, por eso le entrego mi pañuelo. Con él he pasado mis horas de angustia y he comprobado que luego de la oscuridad viene un nuevo amanecer. No desespere y si en algo puedo servirle ya sabe dónde encontrarme. ¡Qué Dios la proteja, siempre!”. Estiró la mano y no pudieron soportar la turbación de la despedida. Amalia tomó el pañuelo y se limpió con él el fruto de la emoción de aquel instante. Fue saliendo con su bolsa colgada en el hombro. Desde ese momento, Amalia pertenece a la ciudad. Deambula sin destino fijo, amparada en la sabiduría que deja el dolor y el sufrimiento. Detrás de ella va su único amor, verdadero y fiel: su perro. Desde entonces forma parte del paisaje de la ciudad y cumple su karma, con estoica actitud de quien todo lo ha entregado en vida.

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Enredos de amor Llegó como un presente en una caja. Cuando la señora la vio se alegró mucho porque esa planta era una promesa de sabor y aroma de su fruta predilecta. Decidió plantarla en el jardín interior de su casa, en un arriate junto a la imagen del la Virgen del Rosario, porque allí recibiría suficiente luz y al crecer daría frescura al proteger del sol inclemente del trópico. Pasaron dos años y la planta no dio muestras de crecer mucho. Hubo una época en que sus frágiles ramas se llenaron de una plaga que ennegrecía el envés y salía una pelusa blanca en la cara de la hoja. Esta plaga hizo que muchas se secaran y se cayeran. Hubo necesidad de fumigarlas muchas veces para curarla. A los cuatro años de estar plantada y ante la promesa incumplida de dar frutos sabrosos, en vez de talarlo, la señora decidió plantarle al pie una veranera para darle más colorido al jardín. De antemano supieron que la veranera le robaría espacio vital y sería ella la que se apoderaría del lugar. Contra todo pronóstico, el guayabo fue mejorando. La veranera se apoyaba en él aprovechando su fortaleza y flexibilidad ante la brisa, y por ello, fue trepando entre sus ramas hasta alcanzar las más altas, - 29-


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lo que le tomó unos seis meses. Al recibir directamente los rayos de sol, comenzó a dar bolas de flores en color fucsia, que engalanaban el lugar. El guayabo pasó a ser imperceptible. Ya nadie esperaba sus frutos. El menosprecio lo llenó de coraje y quiso demostrarles que existía. En el mes de enero, justo a los siete meses de plantada su compañera, entre sus ramas más altas, surgieron las pelotitas que iban creciendo muy discretamente. En cuestión de dos meses tomaron el tamaño de una pelota de tenis y su color verde fue degradándose y haciéndose más tenue. Con gran alegría, el domingo quince de enero se cortaron dos guayabas. Eran la primera entrega del árbol de la casa, que fue un regalo del embajador de Taiwán. La señora las tomó, una a una, en el hueco de su mano y se las llevó a la cara, las olió y luego decidió que las comería el domingo, que era el día de la familia. La degustación confirmó el abolengo de las guayabas taiwanesas, adaptadas al suelo cuscatleco. Su carne tronada, dulce, olorosa, la pulpa suave y con semillas escasas. Esa entrega selló un compromiso de belleza en el jardín y de dulzura en el paladar entregado en correspondencia al cuido de los jardineros, que han visto crecer el amor entre la veranera y el guayabo como un remedo del que fluye entre los miembros de esa familia.

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Afectiv Solo las madres saben el peso de la soledad que surge cuando un hijo deja la casa y el nido se queda vacío. Adelantándose a los acontecimientos y para que tuviera algo con qué distraerme, hace una semana, mi primogénito me trajo un presente. Su nombre es Afectiv y las instrucciones dicen que tiene la capacidad de guardar hasta dos mil caras. El regalo mide veinte centímetros de alto y cuando se para en dos patas, alcanza hasta cincuenta centímetros de altura. Entre las cualidades especiales que posee están que se le aceita por un orificio detrás de la oreja una vez al mes. No come. Se le puede perfumar con el aroma preferido del amo. Habla con una voz un poco metálica y es muy prudente, porque su mejor recompensa es saberse aceptado y querido. Siguiendo las instrucciones, permanece echado como a dos metros de su amo. Cuando percibe tristeza encuentra su razón de ser; busca en sus memorias cuál es la forma en que esa persona resuelve la tristeza. Su trabajo consiste en ponerla en contacto con la forma de combatir ese sentimiento. Cuando lo logra, él mismo se premia y se dice: “misión cumplida”, mueve el cutuco de cola, da tres vueltas y se echa al lado de su amo. Le gusta dejarse acariciar. Su piel es suave como de terciopelo. Sus grandes ojos color miel pueden - 31-


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corresponder a los gestos de otros seres como él y de los humanos. Para Afectiv, mi caso es sencillo. Sabe que mi hijo ha encontrado su pareja y que está enamorado. Pero existen casos en los que las separaciones son por pleitos irreconciliables, muerte, secuestro o desamor. Es entonces cuando Afectiv  tiene que hacer acopio de su creatividad y memorias para hacer que quienes  están viviendo luto, pesar, nostalgia o angustia, encuentren la forma de mitigar la tristeza hasta que se recuperen. Para lo que Afectiv no tiene soluciones es para los sufrimientos que surgen de las pérdidas económicas, y las complicaciones que ellos imponen a la vida de las personas. Me han dicho que el modelo del próximo año tendrá esas cualidades incorporadas,  porque ya habrán tenido suficientes casos reales de los cuales tomarán la información básica para programarlos. Como dije, mi caso es fácil y lo que hizo Afectiv fue poner a sonar un disco de Andrea Bocelli, alcanzarme una taza de té, unas galletas de mantequilla y los álbumes de fotografías, en los cuales  aparece la historia familiar. Él estuvo cerca y comprobó que me entretuve tres horas. Estoy deseosa de que vengan mis hermanas y primas para darle más trabajo a Afectiv y con su ayuda multiplicar la felicidad de los míos. Por la nochecita, cuando llegó mi esposo, me acompañó a recibirlo al dintel de la puerta; nos observó al saludarnos e hizo lo propio moviéndole - 32-


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la cola y se dejó acariciar para luego retirarse a su rincón preferido, desde donde está atento a todo lo que ocurre en casa. Se desentendió de mí porque sabe que estoy  con la mejor compañía del mundo. Mientras acompañaba a Chava hacia el comedor, de reojo vi que Afectiv se interesó en mi esposo y se  concentró; eso me dio la pista de que a mi marido algo lo  mantenía inquieto. Entonces pensé: a ver quién encuentra más rápido la forma de alegrarlo. Aunque de antemano sabía que en eso es lo único que no me ganaría Afectiv, porque mis instintos y atributos son especiales.

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Llanto Lloran las altas montañas lágrimas de pureza y de frescura. Lágrimas impregnadas de nostalgia abandonan su paraíso. Obedientes y con pudor inician su caída, llevando consigo los recuerdos del invierno. Lentamente se alejan de su proximidad al cielo. Se deslizan mansamente y van inundando los meandros y los eternos cauces, llenándolos de nueva vida. La esencia de frescura susurra una canción de júbilo que todo ser viviente identifica como un regalo del cielo que llega para hacer el bien. No obstante, en el fondo de su naturaleza, su mansedumbre también puede transformarse en una fuerza para arrollar, anegar y ahogar, si se le antoja. En estos tiempos de confusión, ignorancia y abuso en los bosques y en la campiña, concurren hasta los cauces, los desechos industriales, los restos de fertilizantes y plaguicidas. Muchas riberas, antes florecidas y bellas, hoy están atestadas de residuos urbanos. Se ha transformado la fuente de vida en un flujo de desperdicios contaminantes que se desliza cantando una canción de agonía. La naturaleza no produce basura ni desperdicios. Entenderla y seguir su sabiduría es urgente. Debe ser la meta de todo ser humano, para que los nietos de los

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nietos, lleguen a conocer ríos limpios, bellos y dadores de vida. Atención y acción requiere el río que, aún sabiéndose herido de muerte, cumple su destino. Pensar y actuar sabiamente debe ser la acción humana que salve al río y calme la sed de los seres vivos en la llanura. Reciclar y reutilizar puede ser parte de la solución que los sostenga. Llora la montaña. Sus lágrimas, impregnadas de nostalgia de su límpido origen, emprenden su camino, porque constituyen el regalo del cielo para todo ser viviente.

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El cegatón El reencuentro fue memorable. Tan pronto el ascensor que subía se vació, se aproximaron como dos imanes. Olvidaron quiénes eran y los riesgos que corrían. Sus urgencias requerían desahogo. Sin decirlo, sus miradas expresaron que se habían extrañado. Sus besos fueron ardientes. Él le desabrochó la camisa y se agachó para oler y saborear la piel de melocotón fresco, mientras sus manos recorrían sus cuerpos con sigilo experto. Ella sentía vibrar su cuerpo y no hizo ningún gesto por contenerlo; por el contrario, ese instante era la respuesta a sus anhelos secretos durante las tres semanas que estuvieron de vacaciones, cada uno por su lado. En un instante de cordura cerraron el ascensor y oprimieron la señal de fuera de uso. Entonces, él fue bajando su deleite por el sur del cuerpo que le correspondía. Fueron instantes plagados de virilidad y entrega mutua. Viajaron hacia el sol y su brillo se les impregnó en toda la piel. Porque la felicidad del amor compartido no se puede ocultar, se transpira y es visible hasta para el cegatón más distraído. Ese reencuentro les confirmó lo que todavía dudaban. Cuando entraron al apartamento, Rafael les abrió la puerta y se les quedó mirando con actitud de sorpresa, y dijo: “¡Qué bueno que vienen juntos, tengo algo que quiero anunciarles, pero lo vamos a saborear con un Cabernet que ya tengo dispuesto!”. De qué se trata - 36-


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preguntaron al unísono Sonia y Ricardo. “Resulta que de la universidad me enviarán a ciertos lugares de Europa para que complete mi investigación sobre la inteligencia de las hormigas”. Luego de comunicarles la noticia, sin darles tiempo de reacción se dirigió a Sonia, su esposa, y le dijo: “Espero que tu pasaporte esté vigente”. Su gesto de sorpresa no pudo ser más evidente y alcanzó a decir: “Ya veremos”, mientras se dirigía a la cocina con la excusa de preparar algún acompañamiento para las bebidas. Mientras tanto, Rafael le contaba a Ricardo lo maravillosas que habían sido las vacaciones que habían pasado en pose de garrobo en la playa, y que por eso su piel tenía color de chocolate. Que se había devorado una serie de libros. Ricardo, el amigo íntimo de la pareja, procuraba mantener la conversación y contestaba con monosílabos y bebía y bebía por el regreso a la vida cotidiana… y para absorber las nuevas noticias.

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Darwin acertó Sucede que la familia del novio invitó a la boda a la tía materna y a la sobrina. Ellas cruzaron el océano para acompañarlos en esta importante etapa del inicio de una vida de pareja que se formalizó en Osaka, Japón. Fue una gran ocasión para conocer algunos lugares de ese lejano país, ya que contaban con un excelente guía y estaban en la mejor de las condiciones; rodeados de amor. “Turisteaban” mientras acompañaban a los recién casados en su luna de miel. La visita a ese país tan lejano les permitió conocer algunas características de la sociedad japonesa que les resultó muy peculiar. Notaron que la mayoría de las familias están integradas por miembros de tres generaciones. En eso coinciden con los latinoamericanos, aunque con algunas diferencias. En Japón, por ejemplo, el hijo primogénito tiene el rol predestinado de cuidar a sus padres hasta que vuelvan a la tierra, con las pompas y tradiciones establecidas. Luego recibe su herencia familiar: la casa de sus padres. Comprobaron que toda la sociedad ama y respeta a la naturaleza; ese amor es parte de la transmisión de conocimientos de una generación a otra. Por ello, cuentan con paisajes hermosos y acogedores, en los que el ser humano interactúa y cuida de no generar desarmonías. En las ciudades han combinado sus monumentos, sus jardines, su - 38-


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cultura y la modernidad, situación que les imprime una personalidad única para el disfrute de propios y extraños. Luego del regreso a casa, los parientes políticos platicaban con María porque deseaban conocerla. Dispusieron visitar algunos de los lugares que Japón posee y así establecer una buena relación familiar. En uno de los viajes, un tren modernísimo los llevó a la  ciudad de Kyoto. En una sola mirada apreciaron el orden, la infraestructura  y la hermosura de sus plazas y jardines. Luego de visitar los modernos almacenes y magníficos templos, pasearon por el margen del río de aguas cristalinas que bordea la ciudad. Iniciaron el ascenso hacia la montaña, como quien atraviesa la vida: lentamente y sorteando las dificultades de la ruta hacia la cima. Los recibieron cánticos de diferentes pájaros. Un paisaje de árboles que presagiaban la inminente muerte del verano, había tomado colores amarillos y rojos característicos del otoño. Con cada paso escuchaban el crujir de las hojas transformadas en alfombra de colores. Algunas con ayuda de la brisa que las elevaba, jugueteaban cual mariposas. Aspirando el aroma húmedo y limpio del bosque en medio de la neblina, los visitantes se purificaron. A cierta altura, los árboles silbaban y susurraban sus cánticos de paz. Cada uno de los visitantes, en silencio, agradecía el privilegio de percibir esos instantes y resintieron haber perdido el derecho de vivir en el paraíso. El escenario era digno de Monet. 

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Los rótulos sugerían silencio y prohibían tocar las plantas, y que se mirara a los ojos a los habitantes de la montaña. Por fin, llegaron hasta la cima. Se introdujeron en un galpón donde vendían unas galletas para ofrecerlas a los dueños de la montaña. Los monos, al observar nuevos visitantes, llegaron en grupos familiares. Con sus gritos y chillidos peculiares se acercaron a recibir los obsequios en recompensa por dejarse ver de cerca. Saltaban de ventana en ventana, prendiéndose del cedazo. Esa fue una situación excepcional. Los visitantes estaban enjaulados y los monos libres. Luego de haber alimentado a los monos, se les informó a los visitantes que podían acceder al mirador, siempre que cumplieran las reglas; y así lo hicieron. Era una oportunidad única para dar una última mirada desde la cima a todo el paisaje y apreciar desde lejos la ciudad. Descansaron un rato en unas bancas que estaban debajo de unos árboles antes de regresar. Fue entonces, que a la tía le llamó la atención como una mona se insinuaba con descaro y ofrecía su trasero a un mono. Su intención parecía ser, obtener la comida que él había conseguido a cambio de un favor sexual. Pero cuando la mona sintió la mirada entrometida, se lanzó desde el árbol dando grandes gritos. Corrió directamente hacia la tía y le mostró sus colmillos amenazadores. No la agredió porque la tía no se amedrentó. Por el contrario, en respuesta le devolvió la amenaza con un grito mientras agitaba una varita - 40-


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que llevaba consigo. El suceso los hizo apresurar el retorno del que los cuatro turistas volvían con un gesto nervioso. Se dieron cuenta que las monas defienden a su prole, su privacidad y su pareja con gran empeño; especialmente, de las mujeres visitantes. En casa, durante la cena, lo sucedido fue tema de conversación y grandes sonrisas; la tía había puesto celosa a la mona. El siguiente día lo dedicaron a pasear por la ciudad. Cuando se dirigían de nuevo a casa, el recién casado se encontró con su ex novia. Se saludaron y ella mostró su sorpresa y agrado por volver a verlo después de tantos años. A los dos se les iluminó la mirada y se pusieron nerviosos por la sorpresa de encontrarse en esa gran ciudad. Luego de las presentaciones y despedidas, la recién casada hizo algunos reclamos inadecuados a su esposo con pucheros, jugueteos de “no me toques” y afirmaciones como “estás pensando en ella”, acompañadas con un mohín de enfado en su cara. María, dio a conocer un lado inseguro y poco racional de su carácter con su escena de celos. Después de un rato de incomodidad colectiva, la tía intentó hacerle entender que antes de conocerse cada uno mantuvo su medio social y afectivo. Pero que él la había seleccionado como su compañera y futura madre de sus hijos. La situación empañó la atmósfera de ese día de paseo. Ambos sucesos hicieron que los parientes, en ausencia de los recién casados, comentaran con sorna: “Darwin acertó, aunque no haya visitado en persona la montaña de los monos en Kyoto”.

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Penas de penas Luego de dejar la casa ordenada y la comida preparada para sus hijos, salió de la colonia la Cima, en el sur de la ciudad, rumbo al barrio de Monte Bello. Se movilizaba en transporte urbano porque, recientemente, tuvo que vender su vehículo. Se dirigía a la casa de su hermana. Quería compartir con ella parte del día y gozar unos instantes de la presencia de su padre. Iba en busca de un abrazo sincero, de comprensión, ya que su vida conyugal se había enturbiado y la comunicación era casi nula con su pareja, lo que hizo que el clima de la casa fuera pesado. Además, sus hijos que ya son mayores, tienen intereses diferentes y lo que menos quieren es un abrazo o platicar con su madre. Abordó el bus y se sentó en los asientos del medio. Se entretenía viendo las fachadas de las casas de diferentes colores y estilos. Como había salido de pronto, revisó su cartera y comprobó que contaba con dos dólares y cincuenta centavos que eran suficientes para trasladarse después de su visita a su trabajo. Cuando transitaba a la altura del estadio Cuscatlán, escuchó que sonó un celular y que lo contestó el pasajero que estaba sentado en la fila de atrás. Pensó que si en esos instantes los ladrones abordaran el bus de seguro le robarían el aparato, porque en los tiempos actuales, esa situación es muy usual en el transporte colectivo. La proximidad le hizo escuchar la conversación, - 42-


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situación que le fue poniendo la piel como de gallina. Con voz angustiada y dando explicaciones, dijo el pasajero: “Sí, Don Antonio, no he podido llegar porque se me han atravesado unos problemas de manera inesperada. Fíjese que el miércoles pasado secuestraron a mi hija Raquel y a una amiguita de la colonia, cuando regresaban de la escuela hacia la casa. Desde que me avisaron al trabajo, ya no tuve vida. Nos hemos dedicado con toda la familia a buscarla. La encontré hace tres días, pero la habían violado y golpeado brutalmente. Estaba en una condición lamentable, pero con vida. Inmediatamente, la llevé al hospital de San Miguel. Allí le brindaron los primeros auxilios, pero como requería una operación delicada, ellos la enviaron al Hospital Zacamil, aquí en San Salvador. Ayer la operaron. Pero hoy me notificaron que anoche convulsionó y hace dos horas murió. Voy camino al hospital a recoger el cadáver. Como se imaginará, he gastado todo lo que tenía, es más, no tengo ya casi nada de dinero ni saldo para hacer llamadas. Luego de los trámites en el hospital, tengo que ir a Medicina Legal para que me entreguen el cuerpo. Sabe, Dios ya está actuando, porque me llamó mi esposa para notificarme que por el ataúd no me preocupe, porque en la escuela han hecho una colecta para comprarlo. Don Antonio, creo que estaré llegando por la noche a casa para la velación, y mañana haremos el entierro. Si puede nos acompaña. Gracias por sus palabras.” Haber escuchado la conversación telefónica había hecho estremecerse de dolor a Irma. Como autómata, giró la cabeza y alcanzó a ver al señor, que vestía ropas de trabajo, como las de un empleado de oficina gubernamental pero sus gestos eran de nerviosismo mezclado con amargura y resignación - 43-


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forzada. Alcanzó a ver que con un pañuelo se secaba las lágrimas. Irma pensó que las huestes de la maldad del infierno estaban sueltas y se han enquistado en los suelos cuscatlecos: se apodan Mara MS13, Mara 18 y Locos Salvatruchos. Ellos adoran el oro del becerro y por él, en sus actividades, están sembrando luto y dolor sin consideración alguna. Cuando el bus ya se iba acercando a Metrocentro, Irma sacó los dos únicos dólares, los hizo un carricito, los mantuvo entre los dedos de su mano derecha. Con anticipación a su parada destino se paró y se dirigió a la salida. Al pasar junto al señor, le acercó su mano y le entregó el rollito con los dos billetes. El señor levantó la vista y al tomar el donativo le dijo: “Gracias señora, Dios se lo va a pagar, Él la va a recompensar”. Mientras se bajaba, ella le dijo:”Confíe en Dios. Entréguele su dolor como una ofrenda y Él le dará la resignación”. Irma va rumbo a casa de su hermana con el corazón roto de pesar y con deseos de un abrazo solidario y auténtico. Pero se considera dichosa al no tener para sí un calvario como el que está viviendo el pasajero del bus.

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Cambalache El tango cambalache, con su filosofía, ha sido sobrepasado. “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil, también. Siglo veinte, cambalache problemático y febril... El que no llora no mama y el que no afana es un gil. ¡Dale, nomás...! ¡Dale, que va...! ¡Que allá en el Horno nos vamo’a encontrar...! No pienses más; sentate a un la’o, que a nadie importa si naciste honrao... Es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura, o está fuera de la ley...” Los criminales, usando el poder del miedo, van tomando el control de la sociedad. Miedo sostenido en la fragilidad de las leyes, en la insuficiencia de las instituciones y en la falta de experiencia y criterio de ciertos funcionarios de turno. Los ciudadanos sufren pruebas nunca imaginadas. Las extorsiones, los secuestros, los latrocinios van en aumento. Los asesinatos tienen números superiores a los de una alerta roja en las epidemias.

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Como muestra está el caso de los transportistas que ya acumulan más de ciento cincuenta motoristas asesinados por las maras, y por si fuera poco, recibieron la amenaza de quemar las unidades de transporte si no realizaban un paro por tres días consecutivos. Como era de suponer, ante el poder de la amenaza, hubo paro. La mayoría de la población tuvo que caminar kilómetros. Soportaron viajar hacinados como semovientes en vehículos de carga, improvisados para el servicio de transporte de pasajeros. Otros viajaron en condiciones de sardinas en los microbuses que se atrevieron a transitar. Eran procesiones de caminantes de todas las edades que se desplazaban desde los diferentes barrios y colonias. Algunos de ellos iban acompañados con sus hijos para llevarlos a las escuelas, y luego caminaron hasta llegar a sus empleos. No obstante, la gente salió a sortear las nuevas penurias para ganarse la vida con su trabajo honrado, y no se acobardó. Con actitud estoica, soportó una prueba más. Sorpresa y antipatía causó el comunicado de las Maras 13 y 18, en el que pedían a la sociedad – que mantienen convulsionada– que se les trate con cariño y que se vele por los derechos humanos de sus miembros. Nada dijeron sobre el arrepentimiento por los horrendos crímenes que los llevaron a la cárcel. Nada dijeron del cese de sus operaciones; porque se sabe que operan desde allí, apoyados por sus secuaces. Porque en los barrios donde operan las maras, la libertad de tránsito es una quimera, especialmente, - 46-


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para los jóvenes que ven pasar la época de su juventud encerrados. El pueblo ha expresado, con vigor, que es hora de ponerse los lentes y afinar la mirada para examinar este fenómeno que afecta a la sociedad en su conjunto. Ha llegado la hora de aplicar el rigor de la ley a los criminales y proteger a los ciudadanos honrados. Ha llegado la hora de reformar las leyes para adecuarlas a la nueva realidad social. Llegó la hora de que los funcionarios hagan lo propio y, con la ley en la mano, hagan sentir la institucionalidad en cumplimiento del bien común, o de lo contrario, seguiremos lamentándonos a ritmo de cambalache.

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Papalotes hacia el cielo Por largo rato creyó que su vida había sido diseñada para ser un espectador. Y es que la vida y el tiempo que ella dura son dos factores que a los humanos nos interesan, nos marcan y nos definen. Aquellos que son queridos y esperados con anhelo, existen desde mucho antes de haber visto la luz de la antorcha celestial. Pero hay quienes irrumpen sin previo aviso y se plantan como Pancho López que decía: “Yo soy quien soy, y no me parezco a nadie”. Ellos saben aprovechar los éxitos y los fracasos. Son personas que viven sin elucubraciones mentales ni planteamientos filosóficos o astrológicos. Ellos viven cada instante a la vez, haciendo lo que hacen sin mayor reparo, y a lo mejor, en eso estriba su satisfacción. Sin embargo, hay destinos temporales como las estaciones del tren. Destinos permanentes como los matrimonios basados en el amor recíproco. Destinos eternos como el que busca el alma de todo mortal iluminado. Cada alma vestida con un cuerpo humano recorre los caminos en cuyas trayectorias están esos destinos que sirven para experimentar a título personal sus vivencias, ya sean éstas agradables o no. Algunas de ellas son procesos de enfrentamiento que lastiman la piel, dejan llagas, cicatrices que concientizan con su dolor y angustia. Y hay vivencias que, aunque - 48-


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aparentan llevar a un fracaso, no lo son aunque estén vestidas momentáneamente con ese ropaje. Definir un norte que guíe los pasos, una meta a la que dirigir las acciones y los propósitos diarios para avanzar con constancia a dónde se proponen, tiene suma importancia. Pero, hay casos de personas que, a pesar de contar con una planificación y propósitos, los azares del destino los saca de su rumbo por una vía sin retorno. Y en sus afanes diarios se van ocupando de la subsistencia, de la sobrevivencia, y aunque tengan el fin en mente y lo deseen, no llegan ni cerca a lograrlo. Pueden confluir factores de la época, circunstancias económicas y sociales como guerras, quiebra de la economía, accidentes de la naturaleza o de la tecnología, que sacan a contingentes humanos de ruta y los llevan hacia destinos impensados. Sin embargo, hay seres que, por estar en el lugar y en el momento apropiados, su vida tomó un rumbo que los llevó más lejos de lo previsto; en la trayectoria deseada: los suertudos. Hay suertudos que se han preparado toda la vida para ese instante preciso, para no dejar escapar el llamado de esa vibración de suerte que, envuelta como oportunidad servida por un anuncio, una invitación o una noticia escuchada en la radio o televisión, les hace una seña que ellos descifran y cuando menos sienten están camino al éxito. Hay jóvenes que, con sus artefactos en la mano, se dirigen a enfrentar el desafío de llegar a lo alto, a pesar de que las corrientes de aire son más beneficiosas a unos que a otros. - 49-


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Una piscucha volaba muy alto y otra no alcanzaba a iniciar el vuelo. El joven frustrado no entendía lo que pasaba y revisaba la cola de su papalote, la armazón y el agarradero del hilo y lo fijaba de nuevo para tomar una corriente de aire que le hiciera volar. Pero, intento tras intento, se le fue pasando el rato. Sin embargo, luego de tanto fracaso y con la conciencia que todo estaba perfecto, pidió a lo alto un poquito de benevolencia. Con esa aura invisible ensayó de nuevo. La respuesta llegó. El papalote surcó los cielos, lució su hermosura de colores, impulsado por una cola que llevaba un mensaje de agradecimiento al Dueño de todo. Gozó la experiencia hasta que la luz de la lámpara celestial lo permitió. Ya cuando el azul negro invadía el firmamento, recogió el hilo, revisó el papalote y se dispuso a regresar a la cotidianidad. La seguridad que le había dado esa breve experiencia, le dejó nuevas armas técnicas y emocionales para la aventura del nuevo día. Así, los fracasos sucesivos, se convertirían en su fortaleza. Cuando ven la piscucha del persistente surcando los cielos, todos se alegran porque tuvo paciencia y confianza. Y cuando pudo tomar una buena corriente se elevó a los cielos con actitud humilde y placentera, razón por la que siempre entrega a sus semejantes palabras con sentimientos auténticos. No obstante, debe permanecer atento, porque los fracasos no solo pueden estar en los inicios, también pueden llegar de improviso y hacer padecer a los que creían dominar las alturas y se consideraban intocables, expertos o insustituibles. Ellos también - 50-


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pueden tomar una corriente de aire que les devuelva al piso; y si no estรกn dispuestos a analizar, corregir y formarse de nuevo, pueden pasar largo rato con la piscucha sin tocar el cielo.

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Saudade Era una tarde de inicios de diciembre en la que el incipiente verano se acompañaba de celajes color malva, y el calor, poco a poco, iba venciendo al frío en el gran Buenos Aires. El bullir de la gente y las decoraciones de las vidrieras hacían que se sintiera próxima la Navidad. Para celebrar el fin del curso, que convocaba a treinta y tres latinoamericanos sobre temas agropecuarios, organizaron la primera fiesta de despedida. Todos mostraban alegría por lo que habían aprendido en el marco de esa bella ciudad y porque habían tejido una red de amigos a lo largo de toda América. Se habían dado cita en el apartamento de los colombianos, localizado en las cercanías de Luna Park, una zona de prestigio. Cada uno fue llegando con su aporte para la fiesta. Los cubanos llevaron Roncito, que les habían hecho llegar por medio de la embajada. Los argentinos las viandas masticables y para la decoración: serpentinas y globos. Los centroamericanos se mandaron con un pastel confeccionado por una famosa pastelería localizada en las cercanías del parque de las Heras y una bolsa de café aromático de El Salvador. El chileno aportó  unas chirimoyas y un licorcito de su tierra que, al juntarse, producía una bebida de dioses, además, se - 52-


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hacía acompañar de una guitarra. Por todo ello, para esa fiesta no faltaba nada. Los festejantes, todos profesionales, habían compartido por más de 5 meses obligaciones universitarias de alto nivel de rendimiento, auspiciadas por la FAO. Los trabajos y la competencia grupal habían hecho surgir liderazgos, rivalidades, amistad, camaradería, y hasta noviazgos que se mantenían en “secreto a voces”. Ante la inminente finalización del curso y el regreso de cada uno a sus países de origen a sus obligaciones laborales y familiares, comenzaban a sentir cierta sensación de nostalgia prematura, por el desapego que se produciría entre ellos, y por el regreso a la rutina de su vida cotidiana. El profesor Brignol había sido un guía, maestro y coordinador de gran  nivel, que fue entregando suficientes muestras de amistad, aderezadas con cierta dosis de camaradería, sería homenajeado en esa fiesta pero él no lo sabía. Como es lógico, entre los jóvenes que convivieron con el mismo propósito por casi seis meses, fueron surgiendo simpatías que luego se transformaron en parejas que abordaban las responsabilidades estudiantiles con amistad y hasta cariño. Unos grupos rápidamente se deshacían y otros permanecían unidos. Los cubanos, al igual que los brasileños, se hicieron fama de conquistadores, pero con sus compatriotas radicadas en el gran Buenos Aires. Todos sabían que el uruguayo estaba prendado de la dominicana; una morena que además de su gran personalidad e - 53-


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inteligencia, tenía lo suyo; sin embargo, ella lo mantenía a distancia. El que se veía más feliz era Rafael, que era oriundo de Barbados, un moreno de dulce mirada, de buenos modales y atento, pues cortejaba a la secretaria del curso, una rubiecita, ojos azules, dulcita y que correspondía a las gracias especiales del joven. El ambiente festivo se entonó y por un buen rato estuvieron cantando canciones representativas de sus tierras con la ayuda de la guitarra y bailaron hasta el cansancio. A mediados de la fiesta sucedió que, buscando el baño, María abrió una puerta e interrumpió el éxtasis que disfrutaba Carlos, el anfitrión y Rosario, la venezolana. Alcanzó a verla sentada sobre las caderas de él y al sentirse sorprendida, saltó de pronto y tomó su blusa que estaba sobre el respaldar de una silla y se cubrió el pecho. Carlos, que estaba tendido en la cama boca arriba, apenas logró taparse con la mano su miembro que estaba en su máxima expresión de goce. Ante lo inoportuno solo alcanzó a decir: “Disculpen, busco el baño”, y cerró la puerta. Sintió vergüenza por haberlos interrumpido y también se estremeció al ver  por un instante fugaz una escena de sexo que estaba siendo disfrutada. ¡Qué pena! se dijo en voz alta, y siguió intentando encontrar el baño. Como a la media hora aparecieron los que se habían escabullido. Al principio, Rosario evadía la mirada, a lo mejor se sentía apenada. Como a los quince minutos, se le acercó y le dijo: “Vilma, agradeceré mucho tu discreción”. A lo que le contestó: “Cuenta con - 54-


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ello. A esta fiesta fueron convocados adultos, solteros”. La noche continuó y luego se le acercó Carlos, con dos copas de vino, le ofreció una y se le quedó viendo y no dijo nada. Él sabía que no haría ningún comentario. Las palabras del homenajeado, hizo énfasis en el cariño con que le fue entregado el reconocimiento, y se refirió al significado de la palabra saudade. Explicó que no tiene traducción exacta, pero que es el sentimiento que lo embargaba desde ese momento. Todos fueron sacando pañuelos para limpiar emociones líquidas que bajaban por sus mejillas, por la emotividad que se apoderó del grupo. Para recomponer la fiesta el profesor Brignol solicitó que le acompañaran cantando una canción de Mercedes Sosa, que es un himno para América. Así, dio inicio el período de fiestas de despedida, con alegría y saudade, en los días ya vestidos de Navidad de mil novecientos ochenta y ocho.

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Un tesoro vagabundo En sus anhelos de servir a los mortales, su deseo era ser llevado en brazos. Se dejaba manosear. Posarse en las piernas de alguien. Dejarse manchar. Y ser el deleite del otro. Una prostituta no se le diferenciaba, pero sus servicios no eran cosas tan mundanas. Ansiaba caminar por rumbos lejanos. Sabía que su destino debería de ser trascendente, y si se quiere, sublime. Pero su vocación le impuso a un señor muy elegante, que luego de unas pocas caricias, lo clausuró en algo así como en un camarín y se olvidó de él para siempre. Desde su lugar, altivo y seguro, aguardaba y observaba con tristeza cómo transcurría la vida, negándole el derecho a ser parte de ilusiones ajenas. Así estuvo muchos años; confinado en aquel lugar que parecía una capilla dedicada al perfeccionamiento de la inteligencia. La codicia y el deseo de acumular no es solo provocada por dinero; también es por los bienes y la sabiduría. Cuando por momentos se asomaba alguien y con un plumero le hacía cosquillas, gozaba porque le mitigaban el aburrimiento. Hasta que una tarde, la curiosa visitante, amiga de la señora de la casa, elevó sus manos con gesto de querer tomarlo y él, con gran impulso, se lanzó a sus brazos. Ella sorprendida lo alcanzó y mientras lo acariciaba, lo observó de lado a lado. Se fijó en sus marcas, en su piel vieja pero bien - 56-


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cuidada. Y con disimulo, lo llevó consigo. Cuando vio la luz de nuevo, se encontró en un apartamento, en un edificio de La Castellana; formaba parte del ajuar que adorna el estar lujoso que pertenece a una persona solitaria. Se llenó de regocijo al sentirse de nuevo observado atentamente. De rato en rato, dejó conocer la esencia de su sangre negra. Y pasó, por un tiempo, entretenido con sus historias y aventuras que animan a meditar.  Y en ocasiones, hasta recogió alguna que otra lágrima. Luego, continuó siendo parte del menaje de ese ambiente lujoso, hasta que una tarde una amiga de la señorita de la casa, que llegó a entregar un regalo, lo levantó de la mesa y con mucho sigilo lo metió en su bolso. Fue por ello que conoció el Oriente. Voló entre los enseres de un viajero para transformar en gozo las horas de aburrimiento. La aeromoza, con su uniforme impecable en ocre y con una bufanda de elegantes colores en contraste al cuello, con actitud muy curiosa consultó a la dama que lo tenía entre sus manos, de qué trataba la trama. Con actitud del que no quiere ser interrumpido contestó: “Es el sueño de un vagabundo”, le respondió y continuó en su deleite y no lo cerró hasta acabar la historia. Con gran sorpresa se encontró en las manos de una señorita curiosa que, cuando ya había extraído su sabia, lo llevó a la biblioteca de la universidad donde estudiaba, y al salir corriendo para su clase, lo olvidó en la mesa. Al bibliotecario le extrañó que hubiera un visitante que reclamaba el derecho de albergue sin haber entrado por la puerta de ingreso. Lo observó de - 57-


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solapa a solapa, leyó el resumen en la contraportada y dijo para sí: “A éste lo andaba buscando. Es un tesoro antiguo que ilumina aunque no arda y hace reflexionar al lector atento. Es uno de los cuarenta y ocho que se escaparon de la hoguera en Londres”. Al llegar a esas manos en ese lugar, el libro de Shakespeare encontró su destino. Allí será tomado entre manos juveniles para entusiasmar, iluminar, conmover y hasta hacer sonreír a sus lectores.

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Círculo de silencio Cuando vuelva, le atenderé como lo hacía en los primeros días. La mesa estará servida. Vestiré la blusa ocre con beige que me sienta bien. Habré ido al salón para un peinado y maquillaje. Él creerá que se le olvidó otra vez el aniversario y yo le dejaré en ascuas hasta que acabe la cena. Cuando haya cenado, romperé el anillo de silencio y le diré lo que he venido pensando desde el segundo año de matrimonio. El segundo año olvidó nuestro aniversario. Para él, ése día no era trascendente; para mí, era la fecha en la que celebraba la decisión que cambió mi vida por amor. Esta tarde le diré que quisiera conversar, aunque sea del libro que está leyendo, escuchar una opinión adulta de algo para salir de este abandono emocional. Le diré que he intentado varias veces hablarle y hasta he escrito lo que voy a decirle, pero luego lo rompo. Le recordaré que yo era entusiasta, alegre y que el cambio que he tenido aún no me lo explico. Me he convertido, sin sentirlo, en una presidiaria con barrotes invisibles. Después de su último exabrupto, la vida a su lado se volvió intimidante y eso agobia, anula, roba la energía y el entusiasmo se fuga por la ventana.

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Le preguntaré si no ha observado que se ha convertido en un ser taciturno y hermético. Que desde el segundo año de vida conyugal nuestras conversaciones se limitan a contestar la rutinaria pregunta: “¿Cómo te fue?”, y él contesta: “bien, sin novedades”. Que deja sus cosas en el sillón y se sienta. Toma el comando del televisor. Se sirve una cerveza; y luego parece que no existe. Que durante la cena, la mesa se anega en un silencio terrible bajo la excusa de que no se habla con la boca llena; y de pronto, solo se escucha: “Alcánzame la salsa o el salero”. Finaliza de comer. Se pasa la servilleta por los labios, la coloca en la mesa junto al plato y dice: “Le faltaba sal a la comida. Todavía no encuentras el punto de sabor que a mí me gusta”. Entonces le contesto: “Estoy intentando cuidarte porque el médico dijo que eres hipertenso y, como conozco tu predilección por zarandear el salero y que no atiendes las recomendaciones médicas, dejo simple la comida para que antes de probarla, goces sacudiendo el salero y la degustes en silencio, como es tu costumbre”. Ya sé que el único autorizado a romper el silencio es el televisor. Ese se tomó derechos que los humanos quisiéramos para nosotros. Los canales deportivos son su predilección y nunca deja quieto un solo canal, disfruta cambiando para ver varias cosas a la vez, situación que demuestra su total egoísmo. Le diré que los muchachos ya se dieron cuenta que nada le alegra. Que me han preguntado si eras así cuando me enamoré de ti, porque no entienden cómo pudo suceder. Pero yo les dije que son las pastillas para la hipertensión que te bajan los ánimos y que te - 60-


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dejan sin brillo, sin entusiasmo y sin alegría. Que esa enfermedad ha afectado la relación en otros campos, es innegable, pero como soy mujer de un solo hombre y el arreglo fue que dejara de trabajar fuera de casa, tengo que soportar como Santa Rita esta tortura diaria. Ella me da fuerzas para sobrellevar este encierro en soledad. Pero, a veces, desfallezco y lloro y me aíslo en el baño y dejo correr mis lágrimas a la par de la regadera, para que no se note, y pueda deshacerme de esos pensamientos que agobian y aniquilan. Pero en fin, ese fue nuestro arreglo, yo atendería los asuntos de la familia y la casa. Y él, sería el proveedor. Yo creía que también proveería caricias, ternura, compresión, y que sería un factor de integración en la familia. Pero no, es solo un proveedor con cara jalada y cuando habla, su voz es agria y cansina. Sí, cansina; porque una siempre espera un gesto, una palabra amable, una caricia bien intencionada. Le haré ver que las visitas al sicólogo me han servido para perdonar. Él me ha sugerido que rompa este círculo de silencio que yo misma inicié. Que le recuerde que las heridas cicatrizaron y las costillas sanaron. Que ya olvidé y perdoné. Que ahora quisiera que hiciéramos un nuevo pacto de respeto y de amor mutuo. Que es necesario hacerlo porque nos estamos llevando de encuentro, con nuestras peleas silenciosas, a nuestros hijos. Esos pobres muchachos tan solo llegan, se encierran y solo reaparecen para decir buenas noches. ¿Quién sabe si dormirán tranquilos? Porque esta tensión se ha cristalizado en la casa y el clima de desamor nos está matando a todos. - 61-


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Sí, tengo que hablarle, no solo por mí sino por ellos, que le temen en vez de respetarlo y admirarlo. Bueno, todo esto le diré, tan solo haya cenado. De esta noche no paso. Y si reacciona mal, ya escribí una carta que será abierta con el testamento para que nada quede sin explicaciones.

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Lucero otoñal Vivió en un ambiente conocido y controlado. Llegó a ser la estrella de su obra de teatro. El ego le hizo creer que sus acciones eran trascendentes y se sintió grande. Pero cuando la armonía de la vida se rompió con tsunamis, temblores, retumbos de tierra y zumbidos que aterran –tanto a humanos como animales– entendió que era pequeña, indefensa, insignificante y hasta baladí. Al reconocerse incapaz de extender la duración de la luz del día o de evitar que llegara la oscuridad, logró ver el estado de locura al que su deseo de ser, parecer y figurar la había llevado. En el atardecer de su vida, al descubrir que la existencia es como la brisa, que nunca se deja poseer ni almacenar, decidió cambiar. Resolvió dejar los oropeles sociales para vivir en la esencia de cada día. Comenzó por dejar de tomarse en serio. Se propuso ser auténtica y buscar el brillo solo en las estrellas. Se entregó por entero en acciones de cariño hacia los suyos y los que su aura pudiera alcanzar. Pronto encontró destinatario de sus propósitos y se enfocó en las sonrisas mágicas y frescas de sus nietos. Esa alegría inocente la inundó de ternura y le surgió el deseo de entregarles, de manera sencilla, la esencia de la experiencia de su vida. Y le fue fácil, porque - 63-


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todo tiene una lógica en las cadenas de la existencia. El grande, el fuerte, el rápido, el que mira de noche, el ciego de día, tienen su razón de ser y son eslabones en los andamios del destino. Ella, poco a poco, fue cultivando en el corazón de los críos el significado del amor y del servicio. Juntos gozaban viendo el cielo de la tarde como página azul manchada con brochazos de colores, y a la luna en su eterno juego de aparecer y desaparecer, como la artista del teatro de la noche. La paz, con su vibración azul, invadió su ser. Entonces, ella tomó el verdadero brillo de un lucero.

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Migajas Todo se ha globalizado. Hoy la pobreza tiene cara internacional. El modelo económico que persigue el mundo derrama cada vez menos… migajas. Sin perspectivas de un futuro deambulan en las ciudades, grandes poblaciones de desocupados. Cargan a cuestas su angustia y sufren fuertemente el agobio que no les deja ni conciliar el sueño. Mientras en otras esferas, empresarios listos acordaron limpiar las ciudades: hicieron bailar la coima a ritmo de Cambalache entre burócratas de cuellos almidonados. Gran negocio hay en la acción del buitre que transforma la podredumbre, lo inservible, lo sucio, en fajos de billetes verdes. Para el jornalero desempleado, que ante sus necesidades y urgencias aspira a salvar el día, al menos hay algo. Acepta, por un jornal miserable, seleccionar desechos entre zopilotes, hedor y polvo infecto. Ansía combatir su hambre y su descontento. En lugares con tiempos paralelos, Midas goza de placeres, corbatas de seda y aromas de Francia. Se marea con coñac y habanos importados, y con ello acalla su conciencia.

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Esta realidad humana está cebando una bomba de tiempo, está nutriendo a los indignados por un modelo económico que derrama cada vez menos migajas.

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Manos celestiales Cuando estaban en el año lectivo, los maestros y los colaboradores voluntarios de la escuela del Cantón Joya Grande, almorzaban en los comedores instalados en los alrededores del lago de Ilopango. Todos se deleitaban con el hermoso paisaje, la brisa y la frescura que les regalaba esa inmensidad de agua. Por la tarde, mientras esperaban el transporte para regresar a sus respectivos hogares, apreciaban el espectáculo que formaban los rayos del sol, los cuales proyectaban diferentes coloraciones en la superficie del lago y los cerros. Y, a pesar de la pobreza del lugar, reconocían que este paisaje iluminaba sus espíritus sensibles a la belleza natural y era un premio extra a su digna labor. En una oportunidad que Inés, la maestra de matemáticas, estaba en el patio escuchó la conversación de Rosario, la mamá de Pedrito, con Irma la profesora de Idioma Nacional. Le comentaba que su marido la había abandonado a ella y a los siete hijos que habían procreado juntos. Y, con resignación decía: “Nada consigo con odiarlo porque se desentendió de nosotros; allá él y su conciencia. Ya vendrán tiempos mejores en los que pueda gozar de un poquito de descanso y comodidad; pero eso, a lo mejor será cuando los cipotes crezcan”. Como madre responsable, ella sola suplía las necesidades de su prole, con la elaboración y venta de tortillas.

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Rosario, pasaba ocupada desde la madrugada hasta el anochecer, ya fuera cociendo el maíz en el fogón, o a la orilla del lago lavando el nixtamal, única oportunidad de gozar el aroma a mangos y limones que regalaba la brisa. A la tortillera se le veía casi todo el santo día en el corredor de su rancho, frente al brasero en su quehacer cotidiano, dedicada a echar las tortillas, que son el delicioso complemento del alimento que da vida a sus clientes. Por ello, siempre estaba con sus manos ocupadas, especialmente cuando ya se acercaba la hora de las comidas. Entonces, con sus dos manos frente a su pecho, en posición vertical, daba forma como grandes hostias a la masa blanca y luego las palmeaba para ir adelgazándolas. Y cuando estaban del tamaño, forma y espesor adecuados, las lanzaba al comal que ardía, con la maestría que solo da la práctica. En cuestión de minutos se cocían. Y entonces las volteaba, para que ambos lados quedaran como rostro con pecas. Cuando ya estaban cocidas de ambos lados, las iba colocando unas sobre otras, formaba unas torres para mantenerlas calientitas. Las vecinas del cantón y los maestros eran su clientela. Con la ganancia de ese humilde oficio y lo que los cipotes conseguían con sus actividades de caza de palomas y patos o de la pesca de mojarritas y pescaditos ejotes, alimentaba a la prole, que vivían en el cuarto contiguo al corredor del rancho. Rosario había comprendido que su oficio era digno y constituía la forma de hacer posible la sobrevivencia de su familia. Por ello, aunque tenía sus manos toscas, prietas y con lastimaduras producidas por la cal - 68-


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del nixtamal al lavarlo, en el momento de palmear la masa, esas manos se volvían casi etéreas o mejor dicho, eucarísticas. Ella hacía vida el dicho que reza: “Manos que trabajan, oran”, porque sabía que la oración va directo al corazón de Dios.

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Confidencias entre buganvilias Los laberintos del averno existen. Juan y Pedro los han frecuentado bajo los efectos del alcohol; pero sin la dosis, siguen existiendo. Es entonces cuando se requiere valentía, arrojo y solidaridad para resistir la vida en sobriedad. Ante la mirada desconfiada de los que les rodean se acompañan. Juan es alto, su piel es bronceada, sus ojos son de color café, es maestro de escuela desde hace doce años, además, es un alcohólico colérico que ha golpeado en repetidas ocasiones a los miembros de su familia y ha deshecho más de tres veces los enseres domésticos. Pedro es pequeño, fornido, su nariz es gruesa, está un poco desnivelada y llena de hoyitos. Es un abogado litigante en casos penales, y un alcohólico buscador de pleitos en bares y cantinas; hay momentos que siente que si alguien le mira es para juzgarlo y recriminarle sus pecados de juventud y por defender a criminales muchas veces culpables. Los dos se habían juntado para apoyarse. Era su costumbre reunirse los viernes por la noche para ir a - 70-


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tomar a los bares o las cervecerías. Ahora prefieren ir a un lugar solitario y silencioso, en donde no les interrumpan mucho los transeúntes ni los pedigüeños insistentes. Por ello, aprecian el ambiente iluminado del parque de la colonia Jardines de Cuscatlán, que tiene bancos en medio de los árboles que sirven de tutor a las buganvilias que han trepado sus ramas, y muestran sus borlas de colores rojo sangre que, combinado con el verde de sus hojas, es signo de esperanza y de vida. En sus reuniones cada uno va sacando las escamas de miseria que han acumulado en alguna época de su vida. A Pedro, el hervor de su sangre le quema todavía, y eso le lleva a pensamientos irrefrenables que solo el amor incondicional de Juan, su padrino, puede comprender y ayudar para encontrar las palabras adecuadas que surtan el efecto de una medicina; para que resista ese ánimo exaltado o depresión o las ansias de volar sin paracaídas por los acantilados. Porque hay momentos que piensa que el dolor de la caída sería menor al sufrimiento que lleva en las entrañas. Ese viernes, Juan descargó de su alma el tormento que le produjeron los atropellos de los compañeros de escuela cuando llegaron a la pubertad. Y sin razón alguna, le comenzaron a decir afeminado, y en grupo lo manoseaban y golpeaban. Y él no podía defenderse ante todos; aunque su masculinidad le decía que no era cierto. Pedro confió que la familia prohibió su presencia, privándolo del compañerismo de sus primos, que eran como sus hermanos, porque lo consideraban ave de mal agüero y mala influencia. Esa - 71-


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ausencia le produjo una sed que no se saciaba hasta que perdía el conocimiento. Que cuando comenzó a beber sintió que se había liberado de todo y que era como Alejandro Magno de inteligente, arrojado, valiente, bien parecido y hasta deseado. Que muchas veces, los mismos compañeros de juerga lo llevaron a su casa de regreso; pero luego, cuando eso fue cotidiano, lo dejaban como fardo a donde hubiera fondeado. En una oportunidad, que alcanzó a emprender el camino hacia su casa, le cayó la borrachera de repente y quedó tirado en la calle. Una acequia, en la que vertían el nixtamal del maíz recién cocido, le empapó la mejía que estaba contra el suelo. Cuando despertó la cal le había quemado. Por eso perdió la lozanía y le quedó la marca que ninguna medicina pudo borrar; pero él se dice que el hombre es como el oso, entre más feo más hermoso. Y cuando se afeita por las mañanas, observa la cicatriz y la piel gruesa en la que no volvió a salir la barba. Los hermanos del dolor son confidentes, compañeros para hacer la limpieza del alma y para custodiar la dura tarea de solicitar disculpas a las personas a quienes agraviaron con su comportamiento. Pedro ya ha pedido disculpa a los que recuerda haberles perjudicado, pero habrá otros, que por haber estado muy borracho, no identifica, y por lo mismo, no sabe cómo encontrarlos. En esos casos, el absceso sigue latente y es hasta que madure que lo aprietan, le sacan el pus, lo suturan y untan con pomadas de comprensión o solamente silencio y esperan confiados la mejoría. Juan hizo su confesión platicando ante - 72-


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una lápida, porque su padre ya ha fallecido y por estar alcoholizado no tuvo valor de ir cuando él había pedido que llegara para despedirse. Luego de esa catarsis, espera recuperar el ánimo para regresar a la cotidianidad. A Pedro, su tía, quien le daba albergue, le solicitó una tarde que cuidara a Pablito. Pero como todo niño imprudente, concentrado en su juego de las escondidas, buscaba un lugar donde no ser descubierto por sus amiguitos y en la carrera no se dio cuenta que de la esquina apareció un carro veloz. Pedro, al darse cuenta, procuró alcanzarlo sin lograrlo. Ante sus ojos, el vehículo lanzó a Pablito por los aires y quedó tirado a la orilla de la calle. La sangre se le escurrió y lo empapó. Ese hecho fue suficiente para perder la simpatía de la única familia que le daba albergue. Luego se desentendió de sí mismo, tocó fondo. Vagó por tres años recriminándose por no haber podido cuidar bien del sobrino. Si hubiese estado sobrio, se decía, él chiquillo estaría con vida. Fue hasta que Doña Laura, la vendedora de comida en el mercado Tinetti, se compadeció y le dio trabajo. Pero primero lo mandó a bañarse para botar la pelagra, le dio una hoja de afeitar y le regaló dos mudadas de ropa. Llevaba el almuerzo a los trabajadores de ciertas empresas de la zona. Pero fue Don Ernesto, el esposo de Doña Laura, quien le habló del movimiento de Alcohólicos Anónimos y lo invitó a acompañarlo. En una sesión logró reconocer que él se estaba suicidando a pausas. Porque no se perdonaba muchas cosas. Y en un destello de lucidez, reconoció - 73-


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que la vida es un don de Dios. Y que Dios no produce basura. Esa idea se le clavó en la cabeza y le acompaña en las horas de “insidia”, cuando el cuerpo reclama la dosis con dolores, con angustia y desasosiego. Desde hace ocho años Juan asiste a las sesiones para mantener la cordura requerida para tolerar la vida cotidiana en sobriedad por otras veinte y cuatro horas. Observando las buganvilias color de sangre, el maestro de escuela y el abogado, se confían desde hace muchos años su calvario para no volver a recorrer las avenidas del infierno.

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Una nueva tradición Dios creó la belleza, pero el artista la exalta. El artista en los instantes de su labor sublime, tiene conexión directa con el Creador. Enaltece sin egoísmos y sin inhibición la belleza de la figura humana en plenitud, puesto que el verdadero arte no conoce el recato. Por el contrario, se obsequia con personalidad y estilo propios para provocar al observador atento. Hace tres días me regalaron una copia de una escultura de Botero. La coloqué sobre la mesita frente al espejo, en el centro de la sala, delante de unas fotografías. Aunque es de apenas veinte centímetros de largo, con su pose de tomar el sol sobre una toalla, como si estuviera en el parque de las Heras cuando recién llega la primavera a Buenos Aires, se adueñó del escenario. Ahora, toda persona que pasa por allí, le dedica hasta una segunda mirada. Es una exhibicionista, la condenada. Pero lo peor es que los diferentes objetos que decoran el salón perdieron toda importancia. Una tarde de estas, mientras me dirigía del dormitorio al comedor, mi esposo iba como unos seis pasos adelante y lo caché en el acto sacrílego. Pasaba su mano sobre la cola y deslizaba la punta de los dedos sobre todo el cuerpo de esta abusiva. Lo observé en silencio y pensé que he sido la poseedora - 75-


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de esas caricias, la depositaria de esa ternura, la diligente receptora de las motivaciones previas a una confidencia de amor. Pero ahora tengo competencia, o a lo mejor ayuda, en mi propia casa. Inmediatamente le dije: “¡Te caché! Veo que también disfrutas de las mujeres con mucha personalidad en sus carnes. Esta desvergonzada te guiña el ojo. Y tú, a sus insinuaciones pasivas, atiendes deslizándole los dedos. ¡Me las debes!”. Luego de una pausa mirando su expresión continué: “Un rato de estos, seré yo la que haga lo mismo, pero contigo”. Se me quedó mirando y alcancé a percibir una expresión de complicidad y alegría. Sonreía en silencio, mientras se iba sentando a la mesa. Mi comentario le había sentado bien. Entonces dijo: “A los que le tocan la panza a las figuras de Buda, éste les concede sus deseos. Cuando yo le pase la mano a la gorda, también se me concederán los míos”. ¡Qué buen regalo nos han dado verdad!”.

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Progenie de Fausto ¿Habrase visto actitud moral en la cara de los políticos? Se preguntaba después de escuchar a los representantes del pueblo mientras argumentaban y refutaban con poses de fortaleza y conocimiento. Sus palabras, como vapores de carburo barato, no hacían madurar una sola idea de consecuencias buenas. Muchas veces es ruido que ofende, ofusca y muere en la nada. Ellos llegaron a la fama, a sentirse en la gloria con su corifeo de incondicionales que les alaban por su fortaleza, bravuconería y astucia de pueblerinos. Algunos políticos, con actitud cínica, han negociado con el diablo en su afán de justificar su permanencia en la silla. Han pactado con los que tienen al país de rodillas con base al chantaje, exigencias de dádivas y al ejercicio del temor. Sería bueno que acordaran un plan de nación para contar con un horizonte que sirviera de referencia para luego de doscientos años de independencia, orientar acciones colectivas privadas y públicas, que, con el pasar de tiempo, los grandes problemas vayan encontrando solución y se salga de la crisis que tiene postrado al país. Pero no, cada gobierno en turno inventa su fórmula mágica, con el afán de dejar su marca, pero generalmente, es comenzando desde cero. No hay acumulación de acciones que permitan progresar para salir del laberinto. Con esa ineptitud de pensamiento no se llega lejos. - 77-


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En esta época, muchos políticos muestran el frenesí de la primera experiencia de comprar y lucir. Se pavonean con la justificación de que ya pagaron en la montaña o con el destierro y que les llegó su turno de tocar con las propias manos el poder. Se complacen manoseándolo a su capricho y deleite. Aunque como aprendices, trastocan todo sin frutos para nadie. Es su época de gloria que procuran acompañar con sabor a caviar, habanos, ropa importada, bebidas de más de doce años de añeja, vehículos todo terreno para vivir en la ciudad en la que ostentan sus privilegios. Son clientes de lo bueno, a cuenta de los verdaderos trabajadores, que con el sudor de su frente, con el cansancio fruto de la propia labor, del esfuerzo productivo digno, comparten con la sociedad los tributos y ellos se apropian una gran tajada, amparados en la legalidad que rubrican. ¡Qué pena! Han perdido la oportunidad que les dio la historia de afianzar el Estado de Derecho, de apoyar la creación de riqueza, de propiciar el crecimiento nacional requerido por las grandes masas poblacionales. Por el contrario, son como toros en cristalería: destruyen todo lo que tocan, todo lo que encuentran en su camino. Con sus hechos han abatido hasta el ánimo nacional que hoy barre los suelos, y sin él, ni las piscuchas se encumbran en octubre. Para ellos, la moral y sus consecuencias tienen menor categoría que el papel higiénico; y a ése le dan mucho uso. Su vanidad, frivolidad, irresponsabilidad colegiada; es el pan de cada día. Vanagloria que vistió - 78-


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la esperanza de negro; pero que ellos, en su puerilidad, lo ven con sentimiento de hilaridad y triunfalismo. Moral sĂ­ tienen los polĂ­ticos de turno, pero es la de Fausto en su juventud.

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Vientos de cambio El brillo del sol iluminaba todo. Ya habían pasado los días de bruma húmeda y estaban en el período de la canícula que precede a las últimas lluvias del invierno. La brisa hacía que se escuchara la voz de Dios en el silbido de los árboles, que a la vez se mecían pudorosos, bailando en un solo pie. Ese era el entorno de los transeúntes de los recintos universitarios, cuyos jardines hermosos exhibían árboles de tallos gruesos y amplios follajes. Esa universidad, localizada en el sur de San Salvador, fue construida hace más de cuarenta y cinco años, en lo que fue un cafetal con enormes árboles frutales para la sombra, que en respeto al medio ambiente, fueron conservados. Salió de la biblioteca, bajó las veinte gradas y lentamente tomó el sendero que la llevaría al auditorio, localizado a unos cincuenta metros abajo rumbo al norte, en un sendero que ha sido trabajado con esmero por los jardineros. Iba contenta porque estaba descubriendo un mundo nuevo, el mundo de las letras y los grandes escritores de la era Victoriana, y ese día habían analizado La Casa Desolada, de Charles Dickens. Como ella solo había estudiado las pocas letras exigidas en el bachillerato, sentía gran - 80-


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placer al asistir a esa cátedra y se lamentaba no haber descubierto antes ese curso, porque había tanto que leer y gozar con sus descripciones e historias explícitas y ocultas. Llevaba exacerbada su sensibilidad por el arte del buen escritor, y a la vez, apreciaba la hermosura del paisaje, las edificaciones y la jardinería que estimulan al espíritu. Cuando cruzó para dirigirse al oeste, vio a un joven sentado en el gramal que tenía recostada su espalda contra un frondoso árbol de Paterno. Como la vista es tan rápida, pudo observar su indumentaria juvenil con los tradicionales pantalones vaqueros, una camisa a rayas, barba de unos tres días sin recortar y del cuello le asomaba un collar y un escapulario. Prontamente reparó en la postura caída de la cabeza, los ojos cerrados, como queriendo negarse a vivir lo que le estaba sucediendo, pero que era una realidad que le quemaba por dentro, agobiándolo. Ella percibió el sufrimiento y dudó acercarse porque no quería ser impertinente, pero algo superior la impulsó a aproximarse al joven. Sus pasos hicieron que el muchacho levantara la cabeza. La vio en silencio y se sintió desnudo, pero su mirada recobró un poco de entereza. Lo primero que hizo fue llevarse la mano a la cara para ocultar las huellas húmedas de dolor. Luego del cruce de miradas, ella le dijo: “Estás viviendo un momento fuerte. Esos que marcan una etapa de la vida. Vívela intensamente. Saboréala, aunque te deje rastros amargos. Examínala, analízala y, luego de mucho pensar, decide una estrategia, un curso de acción para enfrentarla. Sabes, durante ese período te sentirás solo; pero la soledad es necesaria para encontrar las propias fuerzas y el talento - 81-


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para salir de lo que estás viviendo. Pero no se te olvide reconocer que posees mucho, aunque te parezca increíble. Te voy a ayudar a reconocerlo. Eres joven y esa es una riqueza que no siempre se valora. Te ves saludable, y esa es una condición necesaria para actuar en la vida. Percibo que eres de buena condición social. Estás en un ambiente y circunstancias inmejorables. Aprecia el jardín en el que estás enterrando tu dolor para siempre. Escucha el arrullo de la brisa que te arropa y te canta su melodía de fe en la naturaleza y su proceso eterno de cambio. Entérate que a pesar de lo que estás viviendo, hay cosas buenas a tu alrededor. Aplica la inteligencia y la astucia para sobrellevar tu problema y salir de él. No importa que sea mal de amores, que es característico de tu etapa de vida, o económico, o de rendimiento académico, o de lo que sea referido a ti o a un ser querido. Piensa y luego actúa. Agudiza la vista y los sentidos y lograrás salir del infierno con alas nuevas, con esperanzas renovadas, y con el goce de haber vencido el paso por el pantano del dolor, sin hundirte en él. Te dejo con la seguridad que cuando nos volvamos a ver, aunque no haya ninguna palabra, será porque venciste esta adversidad. Queda con Dios, amigo.” La señora retomó el sendero y se dirigió al parqueo de estudiantes. Llevaba con ella una sensación rara. Sentía que había sido entrometida. Había hablado de algo que desconocía, que había roto un momento de meditación dolorosa. Pero ese muchacho desconocido, luego de escucharla, le había esbozado una leve sonrisa y el cambio de su postura corporal fue notorio. Al menos, se dijo, ahora tendrá algo diferente en qué pensar y no en el mismo problema que lo estaba amargando. - 82-


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Bajo la sombra de los รกrboles va la estudiante de letras con sus canas despeinadas y libros bajo el brazo. Estรก viviendo de nuevo, con gran satisfacciรณn, la etapa estudiantil.

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El retorno Invitada por mi hija, quien ha cultivado por más de cinco años una religiosidad activa, regresé a los pies del Señor. Rosa, como creyente y cumplidora fiel de los mandamientos, durante cierto período ha sentido preocupación al ver que su progenitora se desentendió, por muchos años, de cumplir con los preceptos de su religión. Por ello, escogió el momento indicado para exhortarme a que la acompañara una mañana de domingo. Para dirigirse a la iglesia, se accede por la Alameda Roosevelt, a la altura de la 57 avenida sur, luego se cruza a la derecha, y se avanza unos veinte metros; porque el templo solamente tiene un acceso próximo a la esquina. La entrada del lugar está siempre inundada del aroma a Pollo Campero –del que se dice es el preferido de los salvadoreños– ya que está frente a uno de sus restaurantes. El templo no tiene majestuosidad, es una casa antigua. Sus ventanas, que dan a la avenida, están completamente cerradas; solamente una hoja del zaguán es abierta a partir de las siete y treinta de la mañana, para el ingreso de los feligreses, y se cierra a las diez de la mañana porque es un claustro. Desde que entré todo fue asombro. Por la localización, en el centro neurálgico de la ciudad, por el minimalismo de la decoración, y por el silencio. - 84-


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La capilla es pequeñísima y no tiene espacio para más de unas veinte personas. En el altar se encuentra una escultura de la monja Santa Margarita María de Alacoque y una del Corazón de Jesús, que es el destinatario de la devoción de su feligresía. El área de la sacristía se divide del convento por medio de una pérgola. Entre el altar y los asistentes hay un pequeño espacio sobre la cual está una cúpula a unos cinco metros de altura, que está sostenida por cuatro columnas con sus arcos. En la estructura de las columnas, como a tres metros de altura, hay un espacio en bajo relieve como para colocar alguna imagen. La parte baja de ese lugar contiene dos reclinatorios y frente a él, justo entre la división de la cúpula con el altar, está el podio desde donde los feligreses participan en la misa. Las monjas asisten desde un lateral del altar mayor de la iglesia. El fervor al Corazón de Jesús no es nuevo en el país, pero hasta hace unos pocos años se abrió el convento de claustro dedicado a esa devoción. Se confía en el poder de la oración para disolver las fuerzas del mal. La sociedad desea con vehemencia eliminar la delincuencia y la violencia que invade el suelo cuscatleco. Su anhelo es recuperar la paz. La misa dura un poco más de lo usual, casi dos horas. El sacerdote que presidía se tomó la molestia de explicar el sentido de la ceremonia, que en sí es una fiesta, cuyo centro es permitirles a los feligreses, en el momento esencial de la ceremonia, estar en franca comunión con la presencia del Señor. El evangelio fue como una clase completa. Además de situarse - 85-


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en la época cuando Cristo caminaba por la tierra, se indicó cómo aplicar su contenido al contexto actual. Por haberme ausentado de los sacramentos dejé de participar con plenos derechos y hasta perdí la costumbre y la devoción de asistir. Conste que no recuerdo cuál fue el motivo; a lo mejor pudo ser porque los actos repetitivos me aburrían. Para mi sorpresa, gocé de la enseñanza que brindó este cura, que es el Director del seminario San José de la Montaña, y cuenta no solo con conocimientos acerca de la esencia de los fundamentos de la fe católica, sino con el don de darse a entender y hacer agradable su homilía. Fue interesante conocer a las monjas el primer día que llegué a la iglesia, el 23 de septiembre de 2012. Como situación excepcional, luego de la misa, les habían permitido dejarse ver. La mayor de todas saludaba con un gesto lleno de paz y alegría. Ella extendía su mano a los feligreses que desearan su contacto pacífico y amoroso. La segunda vez que asistí me quedó claro el sentido de fiesta del sacramento de la comunión, en donde el anfitrión ha dispuesto un bufete para sus invitados. Pero por no estar preparada, no pude degustarlo. Esa sensación me dejó inquieta y atenta a encontrar un lugar a donde ir a botar mis desventuras, mis amarguras y mis diabluras, para que la próxima vez, pueda gozar del festín espiritual como debe ser. Tengo que reconocer que el regreso a los pies del Señor fue en la mejor compañía.

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Suprema frivolidad Un extraño que lleva a cuestas muchos años, con facciones familiares, se sienta en la última fila. Observa en silencio. Siente que asiste a una ceremonia por curiosidad, piensa que ese ritual obedece a la frivolidad de muchos seres. En la iglesia, se ensayan unos compases de música sacra. Las flores están instaladas para que exhiban su exuberancia y belleza. El fotógrafo coloca su trípode y comprueba el alcance y el foco de la toma. Todo está listo. Los convocados a ese acto son los familiares y amigos que, poco a poco, van llenando las primeras filas de la capilla. Los actores, sin expresarlo, dudan de todo, hasta de continuar con esa ceremonia. El asistente de la última fila recibe un llamado en su celular y escucha: “Lo reconocí por sus facciones, porque me marcó la sangre. A última hora me han informado que lo han invitado. Suponía que no asistiría porque lo considero un cobarde. No quería conocerlo ni verle a los ojos, porque me dio la vida y me dejó como hoja tirada a los vientos de invierno. Se desentendió de mí. Sepa que hoy en la ceremonia yo haré lo contrario. Legitimaré socialmente a mi descendiente. Quiero evitar que las carencias afectivas se conviertan en pus y le arruinen el carácter y el futuro a ese inocente.”

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Al cortarse la llamada, cerró la comunicación y bajó la frente. Se quedó viendo al suelo como un espectro. Recordó que, en aquel entonces, eran seis amigos, tres parejas que compartían casi todo. Era época de frivolidad, irresponsabilidad disfrazada de moda. Los deseos de experimentar todo derrumbó el pudor. En su juventud irreflexiva se excitaban con la música, la marihuana, los viajes, el desgano ante la vida de formalidad, creando un ambiente ficticio de amor y paz. Nunca se imaginó que ella le contaría a su hijo quien era el padre, porque hasta él lo ignoraba. Pero las facciones lo decían porque la sangre marca como el fierro a la res. Tengo un hijo, pensaba y ya es tarde para mimarlo y gozar al educarlo. Ya es un hombre, pero con carencias y malos entendidos. Carencias afectivas que matan como el cáncer. Está enfermo y se le siente en el tono de su voz, en el odio enquistado en su corazón. ¿Qué puedo hacer ante este infortunado descubrimiento? Porque nunca he sido cobarde, ni timorato, se decía. Prueba de ello es el imperio que he creado con mi firma de grabación de música. Por ahora, observaré. Luego mi nieto será el vínculo por medio del cual me acercaré. Más adelante, decidiré cómo cortar esta maldición que ha caído en mi sangre. Pero, si no puedo eliminar el cáncer emocional de mi hijo, al menos les alivianaré la vida con dólares. Porque esos, compran todo –se decía– en otro acto de suprema frivolidad.

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La última mirada Pasé por la séptima calle de la ciudad de Santa Ana. Caminaba despacito, mirando para el lado de la casa de los balcones tipo español. No sentí cuando me quedé pegada en la acera. Parecía que me había petrificado. Pero no, no estaba petrificada. Estaba rememorando vivencias de más de cinco décadas. Los pasos, las voces, las flores del jardín central de la casona donde mi madre vivió desde los siete años. Para mí, en aquel entonces, era la mejor casa que había visitado. En la sala principal tenían un artefacto que era el adorno más grande que hayan visto mis ojos. Me le fui acercando y, poco a poco, perdí el miedo a que me mandaran a sentar, o que me dijeran que eso no se toca, o que mi madre dijera que cuando se va de visita solamente se tocan las propias manos: “porque niñas traviesas no las aprecia nadie”. Perdí el temor y le pasé la mano sobre la tapa que estaba levantada. Era hermoso, en color negro. Estaba listo para que las manos de su maga le extrajeran las melodías que tenía guardadas. Como todo exhibicionista, dejaba ver sus teclas y sus cuerdas. ¡No me digan que no fue un momento mágico, porque lo fue! Gocé al pasarle la mano a ese instrumento sonoro que permaneció en silencio. Me atreví a sentarme en el banco que estaba frente a él y mis manitas, temerosas y curiosas, se deslizaron sobre el teclado. Pero no hice ningún intento por producir

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algún sonido. Estaba en un proceso de investigación silenciosa, a hurtadillas y con temor. Mientras estaba embelesada, escuché a mi madre platicando con mi abuela. Ella le contaba de la enfermedad de mi tía, sus preocupaciones y su cansancio, por culpa de los desvelos. La tía María había entrado en la fase final de su vida. A sus ochenta años, ya apenas sorbía algunos líquidos. El médico ya no daba esperanzas. Ya solo se esperaba el momento en que dejara de respirar. Vi como se derrumbó el ánimo de la abuela. Sabía que ella había sido de un temperamento fuerte e inmutable, al que los criados y extraños respetaban y hasta temían. Su hija adoptiva la amaba así como era, aunque la hubiera desheredado. Porque sabía que era muy firme en sus decisiones. Además, pocas veces dejó ver gestos de debilidad. Eso sí, no se le niega que era educada, pero de pocas palabras. Alcancé a ver cómo se llevaba a los ojos un pañuelo, bordado en cruceta que se veía finísimo, porque no podía contener las lágrimas. Con voz entrecortada le decía a mi madre: “Blanquita, tú sabes que ella ha sido mi compañía desde que me salí del convento. Aún cuando estuve casada ella fue mi amiga y confidente. Tú sabes que nuestra amistad no le molestaba a Francisco, porque él entendía que el claustro me había hecho perder mi mundo social. Luego de que se murió Francisco siguió siendo mi fiel compañera y confidente. ¡No sé cómo voy a pasar los días que vendrán! Pero confieso que verla en esa agonía, me hace sufrir más. Ya he comenzado a pedirle a Dios que se apiade de ella. Te pido por favor Blanquita que, con tus - 90-


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hijas, hagan unas novenas por su intención, y no dejes de pedir por mí, para que mi soledad no se vuelva asfixiante”. Mi madre le respondió: “Tenga por seguro que lo haré. Sabe, mi corazón me indicaba que tenía que venir hoy para que la tía María, que fue tan buena conmigo, me viera aunque sea por un instante. Con eso me quedo tranquila, porque la visité para despedirme, como mandan las buenas costumbres familiares”. Me alejé del piano, porque me ofrecieron un refresco de arrayán que resultó estar bien dulcito. Me quedé en el jardín central apreciando las rosas, cargadas con su obsequio de colores que embellecían el lugar. Debajo de las matas había unas plantas de rositas enanas que también tenían muchos colores. De repente, sentí que me empujaron, porque estorbaba el flujo de los peatones. Me fui alejando despacito de la casa de la abuela, el lugar del cual mi madre salió vestida de novia, con el corazón lleno de amor y esperanzas. Pasar por esa acera me trajo los recuerdos de cuando yo tenía seis años y comenzaba a ir a la escuela. La presencia elegante y triste de la abuela y el descubrimiento del instrumento que ella tocaba en sus tardes y en ocasiones para deleite de sus invitados, me hizo revivir un momento mágico. El jardín de la abuela, sus flores y el pañuelo enjugando sus lágrimas, es lo último que vi de ella.

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El sofista No me venga con eso. No le creo nada. Que hay justicia en el amor no se lo cree ni Dios. Y a las pruebas me remito. Porque si así fuera, no habría desesperación y desesperanza por el amor imposible, por el inalcanzable o por el prohibido. No me diga que hay justicia en el amor si aquellos, que habiéndose querido hasta el tuétano, su pasión solo hizo hogar para calentarse un rato. Fue llamarada que se extinguió en agonía. Amargura al ver frustrada la posibilidad de entregarse una vez más para recibir sonrisas, palabras envueltas en miel y ser el centro de sus atenciones, de su poder, de su anhelo. Si hubiera justicia, no habría tristeza cuando esa ensoñación fenece y al amante solo le quedan recuerdos de aromas de intimidad y sabores de ambrosía. Y en los amores ratificados sobre papel, observo cómo toma poder la rutina en sus vidas. Y, lo que antes brillaba como el oro, llega a obnubilar y darse por sentado; y por lo mismo se menosprecia y hasta desprecia por descuido, ceguera y ocio. Porque le diré que el amor exige esfuerzo de ambas partes. Ya se sabe que hay amantes egoístas, mezquinos, ciegos, ingratos, desabridos, exigentes, groseros e intolerantes. Que ven las falencias en ojo ajeno, no en su retina. Esos son asesinos del amor y no lo saben. - 92-


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No me diga que hay justicia si el ser amado tiene que partir ocho meses en un barco, y cuando regresa por unos cuantos días, el amor que ha esperado ya no calienta, ni ilusiona como cuando se anhelaba. En eso no hay justicia. No me diga que hay justicia en el amor si una pareja bien avenida se trastoca, porque al otro le llegó la cita infalible y debe presentarse a formar parte del regimiento de almas que van a defender ideales vestidos de colores patrios o intereses ajenos, abandonando los propios y todo lo que era su mundo. No me diga que el amor es justo, porque el amor de una madre es inmenso y muchas veces, habiéndose entregado en cuerpo y alma, con el correr del tiempo, recibe una que otra “visita de médico”, con abrazos ariscos, si todo está bien. O muchas noticias desesperadas, si sus actos lo han llevado en desventura al hospital o a la cárcel o a la quiebra económica. Entonces, solo la madre como María a los pies de su Hijo, intenta mitigar los dolores o angustias y siempre es a costa propia. Y no me diga que no sabe que le quedamos debiendo al Creador del amor Ágape, porque muchas veces lo vemos como bombero, banquero, proveedor, médico, policía o maestro; pero luego del favor, nos olvidamos. No seas necio amigo, no es del amor de lo que me hablas. Es de los errores y de las circunstancias de los amantes; pero ya sabemos que como humanos, somos falibles. No me vengas con eso, sofista.

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La feligresa de las 5:00 p.m. Era un martes por la tarde en la ciudad de Santa Tecla, inconfundible de finales de octubre, llena de celajes coloreados en tonalidades naranja, que luego toman otros tintes que contrastan con el perfil del volcán e iluminan en diferentes matices, hasta morir en el color que absorbe todo, el negro intenso. De improviso una ráfaga de frescura inundó la zona, levantando los papeles de la calle y unas cuantas gotas de lluvia comenzaron a caer, tomando desprevenidos a todos los viandantes. Don Javier, el taxista de la plaza San Martín, decidió dar una vuelta para encontrar clientes y evitarles que se fueran a mojar en su desplazamiento hasta su destino. A la salida de la iglesia de la Inmaculada Concepción, una señora de aspecto elegante y de cabello como el algodón, le hizo una señal. El taxi paró adelante de la iglesia. Ella se introdujo al vehículo, y con voz muy suave y hasta lejana, solicitó que la llevara al cementerio de Santa Tecla y además, sugirió que se desplazara por la calle que viene de Santa Ana a San Salvador, y luego buscara el acceso a su destino. Javier le dijo que así lo haría. Comenzó su carrera atendiendo el tráfico y, mientras avanzaba, la observaba por el retrovisor con cierta curiosidad. La clienta no solamente vestía - 94-


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de forma elegante, sino que su cabello estaba peinado con risos cortos alrededor de su cabeza que parecían bucles de algodón al estilo antiguo, y su porte era como de una Doña de alta categoría que mantenía la altivez de los pudientes. Como la señora no permitió ninguna conversación, se concentró en el tráfico que a esa hora era bastante fuerte, pero la miraba por el retrovisor de vez en cuando. En el trayecto cruzó por la séptima avenida y notó que la señora observaba las columnatas de una gran casa de esquina con cierto interés y no dejó de mirarlas hasta que habían pasado completamente. Luego cruzó de nuevo y en cuestión de diez minutos de trayecto habían llegado al destino señalado. Cuando se aproximaron al portón del cementerio, la señora con su mirada tranquila y franca, antes de bajarse del vehículo, le dijo con mucha parsimonia y tranquilidad que no llevaba dinero para pagarle por el servicio, pero que no se preocupara, porque con esta tarjeta que le entregaba podía mostrarla a Don Miguel Guirola, en la dirección que allí se indicaba, y él inmediatamente le pagaría el importe. No se preocupe, usted solo tiene que contarle lo acaecido y él en el acto le cancelará. Se bajó del carro con toda normalidad, se dirigió directamente a la entrada del cementerio y, poco a poco, se fue internando en él, situación que al taxista le pareció algo rara y hasta desconcertante por la hora, puesto que ya comenzaba a oscurecer. Pero su curiosidad no le exigió más observación y volvió a su vehículo, un Toyota amarillo del año ochenta y nueve, para dirigirse inmediatamente al lugar indicado en la tarjeta a cobrar el importe de la carrera, que por cierto - 95-


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era de nueve colones. Cuando vio la dirección se dio cuenta que era cerquita, allí mismo en Santa Tecla. Logró encontrar parqueo en la novena avenida y se empeñó en ubicar el número de la casa, y luego se dirigió a la puerta y tocó el timbre. Una empleada abrió una ventanita que era para atender a los visitantes sin abrir la puerta principal y le preguntó qué se le ofrecía, a lo que contestó que traía un recado para Don Miguel; que él era Javier Martínez, el taxista de la Plaza San Martín. La empleada de la casa, abrió la puerta y le condujo hasta el recibidor y le indicó que esperara unos momentos. Mientras tanto se quedó observando la hermosa casa, de esas que se construyeron a principios del siglo pasado, con un jardín central y grandes pilares que sostenían el techo, con adornos en las cúspides como coronándolos. Observó los espaciosos corredores adornados por pedestales y bustos, con macetas con hojas y flores que anunciaban que eran bien cuidadas. Todo daba marco a la personalidad de la portentosa casa, que era muestra del estilo español, que dominó toda una época de la construcción en el país. A los pocos minutos llegó Don Miguel con una cara de extrañeza, ya que no lo conocía. Se le quedó mirando de frente y le preguntó qué se le ofrecía. Javier, con tranquilidad, se identificó e inmediatamente le narró lo sucedido. Mientras iba describiendo la situación, pudo observar la cara de sorpresa e incredulidad que mostraba Don Miguel, quien le dijo con una voz ronca y sonora: “Usted dice que le debe esa señora, de quien no sabe el nombre, pero que me describe como elegante, de tez - 96-


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blanca y de cabellos grises bien peinados, vestida con un traje en color azul gris, con una flor en la solapa”. Él le contestó: “Sí, ella fue la que me entregó esta tarjeta en la que está su nombre y dirección hace no más de veinte minutos y por eso he venido hacia acá”. Volvió a ver de nuevo la tarjeta y comprobó justamente que era su nombre y dirección. Entonces, con cara de desconcierto y con tono de interrogación, continuó diciendo: “¿Está seguro que fue ella quien le dio esta tarjeta?”, a lo que Javier, con una expresión facial y un movimiento de cabeza, confirmó que sí y dijo en voz alta: “No le miento, porque si no ¿imagínese cómo iba yo a obtener esa tarjeta?”. Esa respuesta fue suficiente para vencer la incredulidad de don Miguel e inmediatamente se metió la mano a la bolsa trasera del pantalón color caqui, sacó de su cartera un billete azul de diez colones y le dijo: “Así que quede”. Luego, con tono de sorpresa, dijo: “Le informo que esa señora tiene más de veinte años de haber fallecido”. Le agradeció el servicio y le acompañó al recibidor, indicándole la salida. Cuando Javier salió de esa casa, un escalofrío le recorría la espalda y encontró la respuesta a su inquietud por el maquillaje tan blanquecino de su ex–clienta. Para mitigar la sensación de extrañeza se persignó con conciencia. Subió a su vehículo, lo encendió y se dirigió de nuevo al punto de taxis. Sin embargo, en su mente tenía la idea de bendecir el vehículo y echarse agua bendita. Tres días pasó Javier en cama con fiebres que le hacían hablar incoherencias. Su esposa le acompañó en el trance hasta que se recuperó. Cuando ya estuvo - 97-


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restablecido, le contó a Carmen su experiencia y le solicitó que le acompañara a la iglesia. Quería contarle al Padre Eugenio lo sucedido y bendecir el taxi antes de reiniciar su trabajo. Pero, lo más importante, era que el padre supiera que esa señora había asistido a la misa de las cinco de la tarde.

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Miramundo: sucursal del paraíso A las dos de la tarde emprendimos viaje hacia una sucursal del paraíso que está en nuestra patria. Nos enfilamos rumbo al norte, hacia Chalatenango. Entre curvas y subidas fuimos dejando la ciudad, su calor, su bullicio y su hacinamiento. En cuestión de dos horas, el paisaje cambió. Nos recibió con los cercos florecidos en amarillo y rosado. Llegamos al destino con suerte, porque el hostal Miramundo estaba por copar su capacidad de cabida y nos asignaron dos cabañas contiguas. Comenzamos paseando entre los jardines con hortensias, campanitas rojas y ocres, flores de clima frío bien cuidadas, que eran el marco para deambular por el hostal, el cual posee una impresionante vista panorámica de doscientos setenta grados. Al poco rato, los suéteres hicieron su aparición, junto con guantes y hasta gorros. En un recodo del patio del hotel, con vista al occidente, se apreciaban una tras otra las cinco o seis cordilleras previas a la última montaña, hacia donde el sol se dirigía a esconderse. Los celajes, en tonos anaranjados, rosados, violeta y rojos, estuvieron

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espectaculares, y por momentos, las nubes se interponían dejando al sol con apariencia de luna. Hubo un momento en que se veía que el sol tenía dos manchas distantes entre sí, pero al mismo nivel. Apreciamos al astro rey en su magnitud completa, y antes de morir la tarde, hizo una última escenificación para iluminar el cielo con una luz brillante y limpia, con color de oro, como diciéndonos: “Les muestro mi esencia como obsequio para que me recuerden y hasta me extrañen; aunque mi amor por ustedes es tal, que solo me ausentaré por unas horas”. Fue algo impresionante y por lo mismo, una visión memorable. Vimos los perfiles de las serranías con su topografía volcánica completamente poblada de vegetación y en la oscuridad fueron iluminándose los caseríos, fue una visión como la de un pájaro en vuelo. La noche fue tornándose cada vez más fría, a tal grado que para gozarnos en familia nos reunimos en una cabaña y vimos una película, “La era del hielo 4”. Luego para dormir, hubo que acomodar frazadas y aproximarse a la pareja para gozar de su calor. Eso estuvo de maravilla porque fue una excusa para abrazarse sin remilgos ni pudores. Los gallos de las casas cercanas se dejaron escuchar. Sebastián llegó a tocar la puerta diciendo: “Abuela, ya salió el sol”. Su voz tempranera fue como una orden para aprovechar el tiempo. Nos preparamos y fuimos al restaurante a gozar de un suculento desayuno a la salvadoreña: huevos estrellados con tomatada, frijoles molidos, queso fresco, tortillas tostadas, plátano frito, - 100-


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chocolate humeante, y en mi caso, también café, que me cayó de perlas para estar a tono y así disfrutar el día. Luego fuimos a conocer el lugar en un carro. Durante el trayecto apreciamos los cerros cultivados con mucho primor. Los plantillos de hortalizas regalaban imágenes con formas simétricas, cada uno en diferente tono de verde, con los pinares de marco de fondo. A medida que nos adentrábamos en el lugar, pasamos por zonas en los que no se veía el sol, porque los árboles se abrazaban en lo alto dejando una sensación mágica. Nos detuvimos a comprar flores de cartuchos que fueron a cortar a la huerta y unos bulbos de orquídeas de tierra. Seguimos el tour entre bosques y aparecieron unos caseríos pintorescos. Había casas tradicionales de pueblo, y una que otra con estilo de ciudad americana que ejercían un contraste en el panorama. Llegamos a un lugar donde hay cabañas para rentar y espacio para hacer camping, con gramales amplios y bastante planos que tenían de marco las montañas cultivadas con pinabetes. Prontamente, nos dirigimos por las veredas hacia el río Sumpul. El canto del agua nos fue atrayendo. Era algo fantástico. Observábamos desde la distancia, las cristalinas aguas deslizándose entre las rocas, formando corrientes y remolinos al chocar con las piedras. Encontramos varias personas en la ribera, pero ninguna se bañaba. La frescura del lugar era impresionante. La transparencia del agua ejercía una franca invitación a introducirse en las - 101-


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lágrimas del cielo y de la montaña recogidas en el cauce, en toda su expresión de pureza. De repente, los jóvenes se quitaron los zapatos para mojarse los pies. Las tres mujeres nos quedamos sentadas en unas grandes rocas, gozando del lugar y viéndolos chapotear en el agua que los hacía titiritar. Al nieto le quitaron los calcetines y el pantalón y le permitieron mojarse las piernitas. De repente, Leonel y Leonardo se metieron de cuerpo entero. Dijeron que el río los convidó y hasta les quitó el frío. Mientras ellos chapoteaban, me dediqué a recoger piedras en la orilla del lecho del río. Las busqué pequeñitas, bien pulidas y de diferentes colores para mi colección. En un arresto de fortaleza ante el frío, me mojé el cuello y los brazos, fue casi un acto de bautismo en las aguas virginales de ese fantástico lugar. Cuando los muchachos salieron, se secaron con las camisetas e iniciamos el regreso. Ayudada por un palo, que hacía las veces de bordón, fui subiendo por el camino con menos pendientes; me acompañaron Leonel y Sebastián. Los pinares emitían una música como susurro y la brisa nos arropaba haciéndonos sentir uno con la naturaleza. Cuando llegamos al vehículo, Leonel, se cambió la camiseta húmeda por una seca y para no mojar el asiento, se quitó el pantalón y se dispuso a manejar en calzoncillos. Con un abrigo se tapó las piernas para combatir el pudor. Fuimos regresando poco a poco en esa carretera que simula una culebra que trepa pasando por el caserío. Para nuestra sorpresa, - 102-


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nos encontramos un vehículo del transporte colectivo que hace el recorrido desde la capital. Al llegar al hotel, nos bañamos, nos vestimos y nos dispusimos a almorzar, para luego prepararnos a retornar a nuestra cotidianidad. He de reconocer que aunque la carretera está pavimentada, las pendientes son altísimas y con muchas curvas. Subir no se siente tan peligroso, bajar sí, porque el vehículo tiene que ir frenando con mucha pericia, aunque sea de doble tracción. Haber vivido esta experiencia de casi tocar el cielo fue extraordinaria, y reconocí que en nuestro terruño también existen sucursales del paraíso. Y desde ya, son parte de mis tesoros para rememorar.

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Desapego Desde unos seis metros de altura los veo porque todavía no soy libre. Estoy enredada en esta nebulosa, envuelta en esta neblina que me hace invisible, pero que me impide irme. A todos los veo preocupados, tristes y desconcertados. Llegan a ver si es cierto que ya fallecí. Por la noticia, los que fueron mis vecinos también llegan a casa y con expresión compungida dicen cosas triviales. Todos ven el cuerpo ya sin vida. Ricardo comienza a registrar mis cosas. Esas cosas que guardaba bajo llave. Encuentran lo que para mí tenía valor sentimental. Mis hijos nunca supieron por mi boca que mi relación con Galileo, por muchos años, fue aparente; ellos lo descubrieron con el paso de los años. Galileo me conquistó porque se mostró como un hombre exitoso, un joyero diligente. Su porte, su presencia perfumada y su conversación amable e interesante, me encantó. La verdad es que me prometió el sol, la luna y las estrellas, y le creí. Era un hombre que sabía hacerse apreciar. Podía hacer de una reunión algo inolvidable, porque contaba historias hilarantes y cantaba canciones románticas con su voz de tenor, de esa manera, con rapidez contagiaba a todos. Él sabía seducir.

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Cuando lo conocí apenas tenía diecisiete años. Me puso la alfombra roja y pasé por ella. Durante un tiempo lo disfruté, hasta que conocí a fondo su inseguridad e inestabilidad en el querer. Nunca fue capaz de dar amor sincero a nadie porque se acostumbró a comprarlo de alguna manera. Cuando el vicio lo invadió, lo hacía escapar de casa para comprar amor, aprobación y hasta lisonjas baratas. Ése era el hombre con el que conviví luego del nacimiento de Julio, nuestro segundo hijo; para entonces teníamos siete años de estar juntos. En esa época me sentía como una araña presa en su red, incapaz de salir ilesa si intentaba dejarlo. El alcoholismo cambió su personalidad y empeoró todo. Confieso que llegué a sentirle asco. Por eso mi alma, por muchos años, estuvo sola. Pero qué podría hacer una mujer en los años cincuenta, con dos hijos pequeños que demandan todo y la sociedad no veía bien a las mujeres divorciadas. No quedaba otra cosa más que aguantar y fingir. Sin decirlo en voz alta, acordamos una separación de cuerpos y, poco a poco, de almas. Por mi parte, nunca les desmejoré a los chicos la imagen de su padre. Cuando fueron creciendo, ellos lo comentaban en cuchicheos para no hacerme sufrir. Pero todos lo sabían porque un pueblo pequeño es un infierno grande. Ahora saben que me sacrifiqué al buen estilo de la época para hacerlos gentes de bien y que no les faltara lo básico y se superaran.

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Como la vida todo lo compensa, las miradas sencillas de Israel fueron como el bálsamo que curó mis heridas y las cicatrices de mi alma. Esas lesiones profundas que me hicieron taciturna y me volvieron alcohólica por un tiempo. De no ser por Israel, no habría conseguido seguir viviendo. Hubiera continuado intentado suicidarme. Confieso que lo procuré de varias maneras: primero con licor y luego con una pócima, pero tuve poca suerte. Regresé a mis circunstancias, más dolida y más deteriorada física y emocionalmente. Fue Israel, con su bondad y sencillez, quien me hizo sentir valiosa. Yo, entonces, tenía treinta años; estaba lozana y hermosa todavía. Él se ocupo de curarme con sus caricias, su comprensión, sus palabras sencillas y su presencia constante. Es cierto que nunca hicimos dinero; que apenas la fuimos pasando. Me conformé con llevar dignamente su apellido y vivir en la ley de Dios. Israel fue mi compañía hasta el último hálito de vida, aunque mis hijos no lo quisieran ni aceptaran nunca. Sin embargo, a pesar de mis sacrificios, al final casi me abandonaron; solamente llegaban unas cuantas veces al año con unos regalitos que fui guardando en un cofre. Veo como sacan del baúl los anillos, los collares, las escrituras antiguas; en fin, las cosas de valor. Me duele la rapiña por las pequeñas cosas. A Israel no lo dejan ni acercarse al féretro. Lo ven como un extraño que no tiene nada que ver con ellos. ¿Qué será de él ahora que estoy partiendo? - 106-


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El Padre José ha llegado con su Biblia y sus botellitas para bendecir el cuerpo antes de que lo introduzcan en el féretro. Con un algodón unta con aceite la frente fría y el agua bendita desliza por el que fue mi templo. Estoy rondando los lugares conocidos por casi ochenta años. Ya quiero irme lejos de esta ciudad que fue desmejorando en paralelo con mi envejecimiento. Luego del rito de la bendición, me siento liberada. Ya todo terminó. Esperaré las instrucciones de lo alto para continuar mi camino hacia mi nuevo destino.

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El enamorado inconfeso La mañana se muestra luminosa. Una onda fría se posa en el terruño de la cintura del mundo. La brisa arropa y hace placentero el día que, cotidianamente, es caluroso. Los jardines se empeñan en mostrarse para provocar emociones por la combinación de colores que son la envidia del arcoíris mismo. Ellos dan fe del trabajo de aquel que con su espalda doblada y con mano amable les entrega cariño y granitos de fertilizante. Las flores conocen de su vida efímera, por ello, se entregan con pose exhibicionista. Sus tonalidades alegran y alertan a las almas sensibles. Son un regalo al espíritu que hace placentero el paso de los instantes. Se saben mensajeras de esperanza para provocar actitudes positivas en los seres reflexivos ante la belleza. Las inocentes flores del jazmín del cabo, poco a poco, van desenrollando sus pétalos, y luego, de permanecer mostrándose, por un rato, al llegar la tarde, esparcen su fragancia, se desprenden y vuelan por los aires para formar alfombras de aroma nocturno. Para desventura de este árbol de jazmín, creció junto a la ventana del jardín central y ha trepado hasta pasar del techo de la casa. En el efímero vuelo de las corolas, algunas caen en el techo y otras directamente en el canal del desagüe del agua lluvia. Una inundación fue motivo para que talaran al árbol con machete e - 108-


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intención de muerte. Mas, la resistente actitud de la naturaleza lo hizo retoñar de nuevo. La chica que vive junto a la ventana, con voz de alegría, anunció el evento y rogó a su madre proteger los brotes para gozar de nuevo aromas y flores que son, según ella, bendición del cielo. ¡Retoñó el jazmín!, decía. ¡Se negó a morir para suerte mía!. Comprendieron todos, con ese simple hecho, que la naturaleza es humilde, persistente y no guarda rencores, si una mano amiga la comprende y ayuda un poco. Brotaron de nuevo las flores y en el perfume de la tarde se hacen presentes. El jazmín observa junto a la ventana. Fue el primero que tuvo noticias de cambios en la casa. La chica que es su deleite, ha conocido emociones nuevas, deseos de amores con aroma de jazmín. Con palabras sencillas, el pretendiente se hizo escuchar y llega de visita por las tardes para conquistarla. Ellos, para gozar de ambiente para sus secretos, se sientan al pie de su ventana en el jardín y el jazmín del cabo, con su aroma, amplifica las emociones y sentimientos que van construyendo, poco a poco, todo un mundo de ilusiones. Observó consternado el jazmín del cabo, cuando ella se vestía con hermoso traje, del color de sus flores. Saldría de casa vestida de blanco muy enamorada, a vivir su vida lejos de su aroma. Pero su amor es tan persistente que, a pesar que sabe que ya no la verá, con alfombra de flores la despedirá.

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El árbol, siempre fiel, con flores nuevas la espera porque sabe que regresará a entregar cariño a sus progenitores, y quiere que respire los mismos aromas. “¡La veré de nuevo!”, se dice confiado. “¡Estaré hermoso!”, se repite siempre, haciendo surgir nuevos retoños y flores. Y, como todo enamorado inconfeso, espera confiado.

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El sabor de la melcocha Cuando despertó divisó que por una ranura entre las tejas entraba la luz del día. En la penumbra identificó que en aquel cuarto solamente tenía un catre con un colchón desvencijado, una cobija, una mesa de madera rústica, una silla y una bacinilla. La teja quebrada del techo, le permitía saber cuando era de día y llevar la cuenta del tiempo. Ese que se hace eterno cuando se está a la espera. En sus circunstancias, tenía que soportar la penumbra de día y la oscuridad plena en la noche, sin conocer cuál sería su suerte. Comenzó a observar el cuarto. Aparentaba que nadie vivía permanentemente allí. Tenía las paredes de estuco sucio y una parte desvencijada, pero estaba muy alto para intentar abrir un agujero. Hubiese querido tener más luz y un punto de visión hacia el exterior. En una pared, estaba colgado de un clavo, un espejo quebrado de aproximadamente treinta centímetros. La primera vez que lo vio, pensó que estaba a la altura de un hombre alto. Se subió en la silla, lo descolgó y lo dejó sobre la mesa. Cuando ya había recuperado la serenidad, luego de estar acurrucada para contener el miedo, se paró e intentó estirar las piernas. La luz en el tejado le hacía comprender que de nuevo era de día. Habían pasado otras veinte y cuatro horas de su vida, porque a la - 111-


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salida del colegio la habían interceptado dos hombres mientras caminaba al centro comercial donde se había dado cita con una amiga. Desde ese momento sabía que su vida corría peligro de muerte. Pero mantenía la seguridad de que sus padres estarían haciendo lo imposible para atender las peticiones de los secuestradores. No podía entender que estuviera predestinada a pasar un período de su vida enclaustrada. Que los días se le escaparan como agua entre los dedos, sin ninguna actividad útil para ella o para alguien. Los seres humanos somos de relación, pensaba ella. En su soledad, comenzó a jugar con el espejo. Intentó formar una sonrisa. Le costó esbozarla por su estado de ánimo de indefensión y tristeza permanentes. No obstante, tomó este juego como ejercicio para mantener la cordura. Se observaba con mirada insistente, atenta e indagadora. Como hechizada con una fuerza profunda, que le daba sentido a un día más de vida. De repente le surgió una pregunta que la dejó desconcertada. ¿Cómo hacen los yoguis o las monjas de claustro para estar y ser, en soledad y silencio, si la vida es de relación? No supo la respuesta. Luego otra idea se apoderó de ella. ¿Sería que ya estaba predestinada a este encierro, a esta tortura? Porque por alguna razón, desde pequeña había tenido la oportunidad de ver diferentes paisajes, diferentes costumbres; ya que su padre, como miembro del cuerpo diplomático de su país, había sido transferido cada cuatro años a una nueva sede y eso había obligado a su familia a

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llevar una vida de gitanos. Sí, una vida de gitanos. No habían terminado de forjar amistades, cuando ya se estaban despidiendo de nuevo. Esa circunstancia le llenó las pupilas de paisajes variopintos. Durante un tiempo los recuerdos le dejaron una sensación de libertad y felicidad por haber estado con los suyos. Reconoció sus momentos felices y concluyó que era común en todas las personas la búsqueda de su felicidad. Le pesaba la soledad, pero confiaba en los suyos. Luego, regresaba al juego con el espejo. Se hacía muecas y se estudiaba profundamente, aprovechando la poca luz que permitía la teja quebrada. A veces le preguntaba al espejo si ya vendrían por ella. Esperaba una respuesta y luego contestaba, “todavía no. Será mañana”. El juego le resultaba útil y le hacía espacios dividiéndole la vida de día en día. Una mañana amaneció con la idea de que todos necesitamos que alguien nos mire. Ser el foco de atención de alguien especial que le de sentido a todo. Luego pensó que ella tendría que vivir para conocerlo. Como al mes de claustro, despertó con el canto del “dichosofuí”, y ese sonido armonioso le alegró el día. Por las noches, el gueco con su sonido destemplado, le anunciaba que no estaba sola y que no la abandonaría, porque esa era su morada. Por la puertecita que se abría contra el suelo, le dejaban y retiraban los alimentos. A veces eran frutas, otras unos panes y muchas veces, solo tortillas con arroz. El día que le dejaron unas melcochas, lo pasó

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con la dulzura de la caña procesada en la boca y este gesto lo interpretó como un anuncio de que su cautiverio estaba por terminar. En la noche del día cuarenta y dos, interrumpieron en la habitación rural dos sujetos con pasamontañas. Con voz autoritaria le dijeron que no le harían daño, pero para trasladarla deberían adormecerla. El más alto le tomó el brazo, le pinchó la vena con la aguja y apretó el émbolo. En segundos no supo más de sí. Despertó en un lugar de estacionamiento para camiones. Cuando entró una señora al baño, la encontró, pero todavía estaba drogada. Ella dio la voz de alarma y como la policía conocía del secuestro, llegaron prontamente y notificaron a sus familiares quienes la internaron en una clínica. Los resultados eran buenos. El gueco, el “dichosofuí” y el espejo, habían obrado el milagro. Estaba sana, lúcida y con deseos de vivir.

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Escalofríos Truenos, rayos, granizo, fuego y cuerpos ensangrentados, forman parte de las pesadillas que, sin permiso, irrumpen en la mente de los excombatientes. Algunos de ellos, ahora convertidos en funcionarios, ante el recuerdo, enmudecen y tiemblan. Entonces eran jóvenes impetuosos, desencantados de los abusos en la aparente democracia que solo existía, como engaña tontos, con elecciones arregladas. Enardecidos por la ausencia de migajas en favor de las mayorías. Frustrados de la política que solo defendía intereses de los grandes. Cansados de los diálogos estériles, se transformaron en disidentes del régimen autoritario. Silenciaron las palabras. Se envalentonaron y conjuraron. En su acción conspirativa activaron sus masas, con promesas de un futuro mejor. Mezclaron la valentía y el ideal con plomo y azufre. Vomitaron los morteros, los AK47 y las bombas. Se destruyó el patrimonio colectivo, en los escenarios de los crudos encuentros entre rojos y azules. En el callejón oscuro de la guerra, los alzados se erigieron en jueces y ejecutores. Convertidos en lobos bebieron la sangre ajena y la sangre propia. En el fragor de la contienda, ajusticiaron la palabra esbelta, - 115-


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esperanzada y digna de Roque Dalton. Cundió el dolor en la tierra de Cuscatlán. Con el pasar del tiempo, aunque se magnificaran hechos y se engrandecieran conquistas, el futuro anhelado era cada vez más esquivo. El agotamiento de los combatientes por dos décadas de angustias, y ruidos de guerra con la guadaña de la muerte en alto, cansó a ambas partes. Como providencia del cielo surgió una idea que dio vida a la esperanza y con su frescura, la palabra recuperó su dignidad. Recobró su poder. Aceptaron dialogar ayudados por amigos de ambos bandos. El treinta y uno de diciembre de mil novecientos noventa y uno, ambos bandos, reunidos en un hotel en el extranjero, aceptaron que no había vencedores ni vencidos. Y la consigna de la nueva era sería: “La paz y el olvido”. A cuatro décadas del inicio de la contienda; en la conciencia de los excombatientes, irrumpen atormentadores fantasmas del pasado, causándoles escalofríos. Sienten que los muertos les tocan con sus manos frías y les gritan palabras inenarrables. Un fantasma, cuya presencia está viva en las conciencia popular, que le recuerda en sus poemas, no les deja tranquilos. Y sus dolientes reclaman con persistencia, las coordenadas de su tumba para ir a colocarle flores. Pero ellos enmudecen. Se les petrificó la conciencia. - 116-


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Una bala, dos vidas y un destino Una bala de plata los penetró sin darles muerte. No salió ni una gota de sangre y no se dieron cuenta. Su vida, desde ese instante, había sido impregnada de una magia desconocida para la que no tenían antídoto. Por el contrario, cuando estaban separados, anhelaban esas miradas, esas manos curiosas y traviesas, ese aroma y el sabor del otro. Sin percatarse, se fueron haciendo adictos. Fue tal el dominio que les produjo el embrujo, que abandonaron los planes pactados previamente. Su situación fue como la de los ríos que se funden al entrar al mar. No hubo fuerza capaz de volverlos lúcidos de nuevo. Fueron víctimas de una locura compartida que no fue dictaminada por médico alguno. Ningún familiar o amigo de infancia o adolescencia se enteró de lo acaecido, ya que ambos, en el afán de superase, habían trascendido las fronteras de su terruño. La soledad se fugó al crearse un círculo mágico que envolvió libros, cuadernos y tareas universitarias. Esa época de continuas miradas y encuentros furtivos fue construyendo poco a poco un futuro, sin ellos planearlo. Porque la energía que une dos almas es más fuerte que el poder de la tormenta en un mar embravecido o de un volcán en erupción y hasta más fuerte que la tradición. Todo eso ocurrió en - 117-


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días coloreados por celajes, que transformó en un verdadero paraíso el esplendor de la etapa que vivían. También es cierto que intentaron recuperar la lucidez. Probaron seguir los planes previos a su encuentro. Pero les fue materialmente imposible. Comprobaron que, al estar separados, la vida no era vida. Para ellos era un martirio. Era como estar en la cárcel, en espera de una condena a pena de muerte. Esa vivencia les dio la seguridad para romper los acuerdos con otros seres, porque ya habían perdido sentido. Dos historias, dos seres en una circunstancia común, se habían encontrado. Como ambos tenían enterrado el ombligo en el mismo terruño, las tradiciones, costumbres y gustos les eran comunes. Construyeron una comunidad que amortiguó la soledad que antes ambos habían soportado en secreto, y los temores por el futuro desaparecieron, como por arte de magia. Se tuvieron fe. Habían conspirado los astros. La matemática perdió su lógica y dos se volvieron uno, y luego tres, porque la vitalidad de la juventud, dio prontas muestras. Una nueva vida confirmó lo que ambos ya sabían: “El pacto era hasta agotar el último instante juntos, en estas coordenadas de tiempo y espacio”. Aunque ellos deseaban que fuera para siempre. La búsqueda de la pareja es una meta inconfesa que se activa por el secreto deseo de conocer el amor.

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Los astros crearon las circunstancias para que ellos, al fin, encontraran el amor verdadero. Su recorrido ha durado muchos años con agenda común. Y aunque sus miradas ya no tienen la vivacidad de antes, la piel muestra los signos del camino y el andar es pausado, y aún persiste en ambos el deseo de encontrase al final del día para compartir esas horas personales de genuina complicidad. Ellos existen y lo comprueban en la retina del ojo del otro. Con ese único ser pueden mostrarse sin máscaras, en el escenario de la vida común que construyeron y que ellos llaman su isla de la fantasía. No todo fue fácil, porque dos temperamentos fuertes se unieron. Pero todo reto tuvo que pasar el examen del tamiz del bien común, y ése fue su secreto del éxito. Esa mirada correspondida fue como una bala de plata certera.

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Instantes vitales en Aruba La ilusión del mar en el sonido capturado por una caracola, me es insuficiente. Los paisajes de la costa, el jugueteo directo con las olas y todo lo que me permita su goce, debe ser parte de un plan de vacaciones. El alma que siempre se siente joven me empujó a un paseo por Aruba. El tour prometía mucho. Tenía dos destinos: uno en la playa y otro como a un kilómetro mar adentro. El sol y la brisa favorables me incitaron a adentrarme en la inmensidad del océano para apreciar de cerca sus intimidades; “esnorqueleando” y admirando la diversidad del banco de peces de colores. En la segunda estación todo transcurrió como estaba previsto; jugueteé alrededor de la zona como una más en el grupo. El disfrute fue grandioso. Pude apreciar cómo la naturaleza invade todo y la vida surge con sus colores de alegría. Luego de haber observado los diferentes ángulos, me desplacé más allá de la zona del barco sumergido y vi la negrura del mar sin fondo. Una sensación de temor me invadió de repente. Intenté calmar mis emociones y emprendí el regreso, braceando y manteniendo el rumbo hacia el bote que estaba anclado a cien metros - 120-


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y como a un kilómetro de la costa. En cuestión de instantes todo fue diferente. Neptuno se dio por ofendido al ver que dejé de juguetear complacida con las frescas y perfumadas olas. Al percibirme temerosa y desconfiada, imponente ordenó a la brisa cambiar de rumbo, y ella, obediente, me atacó de frente levantando olas cada vez más grandes. No sé como adiviné que ese mar azul, al que tanto admiraba, me quería suya para que enseñara artes terrenales a sus seres y sirenas. Al no lograr avanzar hacia mi cometido, ya casi al borde de mis fuerzas, temí que el mar me hiciera suya para siempre si salía de los linderos de mi propia existencia. Desde ese momento, los abrazos de las olas cada vez más frescos, fuertes y aprensivos no fueron ya correspondidos y la angustia comenzó su labor ingrata. En la inquietud, sentí temblar las carnes, al casi haber agotado mi capacidad de lucha. Ya al borde de mis fuerzas, temí el olvido momentáneo de mis hijos. Pero no, fue la interesada preocupación de ellos, al ver mi lucha tenaz pero infructuosa, que como dos seres alados, brazada a brazada surcaron la distancia. Cada uno me tomó por un brazo y me ordenaron patalear con todas mis fuerzas. Con su ayuda, la congoja dio paso a la esperanza. Luchamos y logramos alcanzar el bote y ganarle la batalla al fiero Neptuno. Esos instantes marcaron nuestro viaje; en el mismo cuadrante del tiempo y el espacio. Reconocimos que, ante el peligro, los familiares desarrollan valor y arrojo heroicos. Ese día la diversión requirió una prueba de fortaleza y de autoconfianza. - 121-


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El amor recibi贸 su premio con un fuerte y efusivo abrazo. Y nuevamente comprobamos que el amor es la fuerza que hace de la vida una fiesta.

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El eclipse Las experiencias de la infancia y de la adolescencia descubrieron su vocación para amar y ser amada. La espera tuvo su premio. La sombra tomó forma humana. De pronto se sintió contemplada y amada. Se transformó en una diosa con pies de barro que impregnó de luz su existencia. Fueron dos con una sola alma. Pero su vida común fue tan efímera como la brisa que goza jugueteando por todos los rincones de la tierra y que, en ocasiones, lleva frescura, y en otras, angustia y pesar. Desde entonces, ambos llevan en el ADN las emociones que les provocaron el apretón de sus manos, la frescura de brisa marina de sus besos, el sabor a canela y tabaco de su piel, y el calor de sus brazos que la acunaba con ternura. Ella no sabe mentir, la delatan el corazón, la voz, el rostro. Desde que vieron juntos el resplandor del sol todo tuvo más significado. Supo que era una diosa del Olimpo y, desde sus cumbres, fue admirada y envidiada. El efímero transitar por el sendero que el destino les deparó, marcó un antes y un después. Y desde entonces ya nada pudo ser igual. Pero sus destinos eran caminar solos por la vida. Nadie sabe explicar - 123-


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porqué el amor es breve y el añorar es tan intenso y tan largo. ¡Cómo pesa la ausencia! ¡Cómo se hace palpable! Y… ¡Cómo entristece! Su historia de amor fue tan efímera como un eclipse. Y desde entonces siguen girando, como la luna persiguiendo al sol.

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Triunfo del amor Los secuestraron de su entorno. En la agresión vil, ella quedó con una parte de su ala rota. Los trasladaron en una caja de cartón oscura a un lugar desconocido y lejano. Vieron la luz de nuevo cuando los entregaron como un presente a una familia de la gran ciudad. Aquellos que la vida unió en desventura, ahora viven confinados en una jaula en un jardín urbano y son objeto de admiración por sus lindos colores. Ellas observan atentas todo movimiento en la casa: hacen piruetas, mantienen su humor y habilidades trepadoras intactas. Es todo un espectáculo ver como baten sus coloridas alas para mantener su flexibilidad. Divirtiéndose entre sí combaten las circunstancias de sus vidas. Pica es linda y graciosa; disfruta provocar a Paco con sus caprichos, gritos, y piojitos diurnos y nocturnos. Él le corresponde cediéndole su  espacio favorito y dejándose hacer cariñitos, enredando entre sí sus cuellos y sus alas. Un día que la casa quedó sola, Paco logró sortear la clave de su encierro. Encontró la libertad tan añorada. Salió de paseó por el jardín urbano de los montes bellos en la falda del volcán de San Salvador. Por un largo rato, gozó la naturaleza y la  libertad tan preciadas.  Luego de conocer el territorio y de calcular - 125-


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la ruta que los devolviera a su terruño, regresó al lugar donde se encontraba la Pica y, con sus gorgojos y gritos, la invitó a correr juntos la aventura de regresar a su Nicaragua hermosa. Ella, en silencio absoluto, escuchaba sus ruegos lastimeros, mirándole de reojo. Ignoró la petición porque luego, ante un fracaso en la aventura, no quería reproches. Ella sabía que su vida en el bosque sería efímera porque su ala quebrada le imposibilitaba volar. En silencio, mantuvo la cordura y conminó a su pareja a rendirse. Para sí, el amor por la libertad no es más fuerte que el deseo de mantener la vida. Paco conoció el camino que lo llevaría a la libertad y se sabía capaz de llegar a destino. Se quedó fuera de la jaula en el mismo palo que la Pica. Y el amor por ella lo devolvió al encierro. Es un espectáculo ver cómo se acicalan el uno al otro y, constantemente, despliegan sus alas y exhiben sus bellos plumajes que son fuente de envidia hasta para el arcoíris. Una tarde que estaban bulliciosos, observaron que Paco acariciaba con dulzura la nuca de la Pica en un jugueteo de provocación, negación, y forcejeo con el objetivo de que le permitiera posarse sobre ella. Después de un rato, ella cedió sin importarle los testigos. Ambos compensan con amor, dedicación y sacrificio, su cautiverio. Luego de los hechos, los señores de la casa se ocuparon de buscar un tronco de árbol grande, para

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que las guacamayas hicieran en ĂŠl su nido, pero abandonaron la faena, cuando se enteraron que las aves de esta estirpe, en confinamiento, no tienen descendencia. La presencia de estos seres alados en sus vidas les ha demostrado que el amor triunfa sobre el infortunio.Â

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Chambita bailador La abuela levantó intempestivamente a Sebastián y siguió caminado. Con el niño asido contra su pecho, avanzó hasta el quicio de la puerta que da al jardín interno de la casa, localizada en la zona de Monte Bello, ese lugar que está justo en las faldas del volcán de San Salvador. Mientras caminaba, escuchó la voz de su esposo, un poco alterada pero pausada, que le dijo: “Allí quédate”. Era el lugar más seguro de la casa, por ser la ampliación del estar familiar que se construyó bajo la dirección del bisabuelo para que resistiera cualquier inconveniente del suelo y para que durara por centurias. Los segundos que estaban viviendo se les hacían eternos. La zozobra que sentían se intensificaba por el traqueteo de los tejados, los encielados, los adornos que chocaban unos con otros, haciendo del movimiento de la tierra algo temible. La abuela ya había vivido varios terremotos y solo en cierta oportunidad – porque sucedió de madrugada– perdió el autocontrol. En esta ocasión, con actitud vigilante y con su nieto en brazos, esperaba a que el temblor de tierra finalizara. Mientras tanto, escuchó preguntar a Sebastián con voz clara y con un tono de extrañeza mezclado con un asomo de aprensión: “¿Qué es eso abuela?”. El chico estaba viviendo algo extraño, desconocido y atemorizante para sus escasos tres años de vida. Al - 128-


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no tener pronta respuesta volvió a preguntar: “¿Qué fue eso abuela?” Ella le dijo, con naturalidad comprada, que el dragón que está escondido bajo la tierra del volcán de San Salvador, había estornudado porque, a lo mejor, en su paseo por los laberintos del centro de la tierra se había acatarrado y estornudó cuando estaba cerca de allí. Sabes, continuó diciéndole, ese dragón es muy correlón, viaja de un continente a otro con mucha facilidad y le gusta deambular por todo el cinturón de fuego de la tierra que tiene muchos volcanes. Decían los periódicos de ayer que hace tres días, los estornudos del dragón fueron en Irán y que botó varias casas y edificios. Supongo que el dragón ya ha tomado sus medicinas para el catarro y por eso el estornudo ha sido suave, pero hizo que la tierra bailara constantemente y a veces es a ritmo de vals suavecito. Hoy ha sido a ritmo de samba, con muchos sonidos. Lo peligroso para nosotros es cuando el ritmo es el Xuc, que es muy movido, con saltos persistentes y rápidos, que en dos minutos agota a los bailadores. “¿Y cómo se llama el dragón, abuela?”. Pues aquí le decimos “Chambita bailador”, pero en otros lugares le llaman de otro modo. Sabes, hace unos sesenta años, el dragón tenía un lugar predilecto para estar, ese lugar era el volcán Izalco. El muy juguetón, se entretenía lanzando sus llamas con cierta persistencia por la chimenea del mismo, y a los barcos que pasaban por la costa, les indicaba que ya estaban cerca del puerto de Acajutla, lugar destino de muchas de sus mercaderías; por eso, los marinos le llamaban, el Faro del Pacífico. Pero sucede que enfrente a él está el Cerro Verde, y allí construyeron un mirador, para que la gente disfrutara - 129-


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observando los fuegos que, cada cierto tiempo, lanzaba el dragón contra el inmenso cielo. Esa lava rojiza brillante iluminaba la noche de estos lugares de la cintura del mundo. Pero sucedió que Chambita bailador es tímido y notó que lo estaban observando muchas personas, por eso dejó de visitarlo. Desde entonces, el mirador del Cerro Verde quedó solo para observar la belleza del cono perfecto del volcán Izalco y la llanura hermosa del valle de la costa cuscatleca, que termina ante las blancas olas del mar y más lejos se junta el mar con el cielo azul. Sabes, Sebastián, una de las veces que ese dragón vino por estas tierras con un gran catarro fue en enero del año 2001. Los estornudos movieron lomas y cerros, botó laderas, árboles y casas. En esa ocasión, el catarro duró casi un mes. Pero ahora creo que ya tomó medicina y le toca ir a dormir, así que no tengamos temor. Con una pelota de ping pong y dos raquetas se dispusieron a alternarse jugando frontón contra una pared de la casa. Esos dos seres que Dios ha unido, con historias y juegos, van forjando una amistad entrañable.

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Agonía y victoria En nuestro mundo sin palabras, gozábamos de la canícula de finales de septiembre. En esa época del año, lucíamos elegantes y hermosos. Nuestra naturaleza captaba de las entrañas del suelo la esencia que nos permitía vivir y crear un mundo especial alrededor. Las guacalchías, con sus conversaciones altisonantes, anunciaban los amaneceres y anocheceres. Ellas siempre iban acompañadas de una pacotilla de pericos y loras que eran la voz y el sonido oficial de ese lugar. Los tímidos torogoces, con su colorido tornasol en azul y verde, saltaban entre nuestras vestiduras; observaban el paisaje desde lo alto de manera silenciosa y coqueteaban con sus parejas, mientras jugaban a desplazarse de rama en rama. Cuando distinguían algo nutritivo, se lanzaban a gran velocidad para capturar los gusanos y las lagartijas que había en los paredones cercanos. Las ardillas, en sus excursiones continuas, competían con las loras y los pericos por las frutas más deliciosas mientras saltaban de rama en rama. Los colibríes iban y venían de corola en corola, picoteando las clavellinas moradas y rojas que son propias del verano. Nosotros hicimos un pacto secreto de ayuda mutua; una alianza que nos dio la calma y paz a nuestro entorno. Por momentos, la brisa nos abrazaba y mecía nuestras cabelleras. Parecíamos bailadores cansados - 131-


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que solo movían los brazos en el mismo lugar, al compás de la caricia y sonoridad de los primeros vientos de octubre. La brisa gozaba al hacernos cosquillas. Cuando estaba húmeda nos impregnaba, y hasta empapaba a nuestros huéspedes, que prendidos a nuestro ser, sobrevivían y se deleitaban con el paisaje desde una altura privilegiada. Con mis hermanos de especie, permanecíamos en una competencia para ver quién lograba tocar más alto el cielo, al mismo tiempo que regalábamos frescura a nuestro ambiente. El medio año de lluvia nos dejó resplandecientes y mitigó nuestra sed, preparándonos para la época del sol abrasador y seco. Reconozco que estábamos hermosos y hasta hacíamos apuestas para ver quién toleraba más las cosquillas de la brisa. Esa apuesta nos ocupaba una mañana, cuando arribaron unos vehículos con seres bípedos, ojudos y ruidosos. Nos observaron con detenimiento y conversaron entre ellos mientras nos señalaban con los dedos. Parecía que les gustaban nuestras formas de brazos y manos extendidas como queriendo tocar el cielo. Luego de esa visita nuestro mundo volvió a lo cotidiano: a jugar con la brisa. A los ocho días volvieron doce bípedos ojudos; traían consigo unas máquinas y unos camiones. Ya era tardecito. El sol, al comprender lo que sucedería, se tornó color rojiazul por la cólera y la frustración. Sabía que no soportaría ver nuestra angustia y sufrimiento silencioso, por ello, se fugó del firmamento y todo quedó a oscuras. Nuestros huéspedes, para proteger su vida, se escabulleron aterrorizados y pesarosos. - 132-


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Entre lámparas, voces humanas y ruido de máquinas infernales, nos hicieron la guerra a trece de nosotros. La consigna de los bípedos fue la mutilación de nuestras cabelleras, que al caer contra el suelo, hacían estruendos que interrumpían el silencio del bosque. Con las máquinas, que expelían un humo negro con un olor a muerte lenta, nos agredieron casi hasta la extenuación. Luego, los hombres más fuertes comenzaron a cavar en nuestro alrededor. En nuestra indefensión nada comprendíamos y, ante tanto dolor, perdimos la conciencia. Los trece que caímos en la batalla, despertamos después de un coma de quince días, en medio de la ciudad. Estábamos juntos y de pie ante un majestuoso monumento que miraba hacia el oriente y que lo estaban remozando, entre una algarabía de sonidos de trabajadores, vehículos que transitaban y rodeaban el lugar a su paso. No lo comprendíamos pero era verdad, seguíamos con vida. Nos obligaron a sostenernos en pie con unos tutores. Parecíamos guerreros sacrificados luego de una batalla perdida. Requirieron de especialistas para que no muriéramos y para aplacar la tortura a la que habíamos sido sometidos en esa migración forzada. Conforme han pasado los días, nos hemos ambientado al entorno. Los pasajeros de los vehículos que circunvalan el lugar, nos observan. Hemos descubierto en sus miradas, admiración, solidaridad y buenos deseos para que soportemos nuestro destino.

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Con la resistencia natural que el deseo de vivir le impone a la muerte y con la atención de unos jardineros, en cuestión de tres meses hemos comenzado a perder el color amarilloso. Nuestras raíces, como el soldado al que le perdonaron la vida, han comenzado a buscar nutrientes para cumplir el propósito de dar nuestro fruto, allí donde estemos plantados. Somos los trece árboles de Maquilishuat que traemos la promesa de frescura a la plaza de El Salvador del Mundo. Ya comenzamos a recuperarnos de nuestro trance y, poco a poco, hemos comprendido que es un honor haber sido seleccionados para embellecer la plaza emblemática de los salvadoreños.

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Látigo Por un papelito mal archivado se escuchó su voz altisonante. Sonaron los reclamos en tono de urgencia para que se buscara con mucha dedicación, la copia del envío de la obra de arte. La jefa no dejó dar explicaciones. Con palabras agrias recriminó el descuido y exigió una solución pronta para dar por finalizada la transacción. Varias gestiones de búsqueda dieron resultado con rapidez. En el archivo de la empresa de envíos se había quedado la copia que correspondía a la oficina y prometieron enviarla en físico en el transcurso del día. Pero, para subsanar la urgencia, a solicitud de sus clientes, prometieron adjuntar en un correo electrónico dirigido a Merceditas, la imagen del envío. En cuestión de quince minutos, quedó completo el expediente en el archivo. Sin embargo, faltó curar el efecto de los golpes emocionales que causaron las palabras airadas y altisonantes que hicieron que toda la oficina volteara a ver a la víctima y victimaria en una sola mirada. Merceditas hizo un esfuerzo por recuperar el ánimo para seguir sonriendo en el teatro de la oficina, en el que ni los billetes verdes eran compensación suficiente. Ya se sabe que la palabra amable y las de agradecimiento también compensan y hasta endulzan el ánimo, pero Doña Blanca Oscuridad de Lazo no - 135-


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conoce ese léxico ni los efectos de esa música en el alma de sus subalternos que gastan, junto a ella, sus días en la galería de arte. Algunos explican que ella no ha terminado de sacar el pus del absceso que lleva adentro. Que eso le agría el carácter y arruina su gesto. Ella sabe que la miran con cierto escrúpulo temeroso; lo atribuye a su carácter que se esmera en la perfección y en la calidad en un mundo de descuidados. Sus amigas confidentes, en tono de broma, le dicen: “apestas”. Ella no reconoce la ironía y es ciega a su falta de interés por los otros. Como es de pocos amigos, se consuela sintiéndose eficiente, directa en el cumplimiento de la meta y no le importa cuántos caídos haya en cada contienda, porque mira al objetivo como una batalla que ella debe ganar. Sus subalternos la llaman: “la Generala de las botas limpias”, porque nunca las ha manchado con polvo en el fragor del combate ni tiene callos en las manos, porque su arma es dirigir con la amenaza. La Generala Blanca Oscuridad de Lazo, con su ceño fruncido, camina por los pasillos de la empresa, y a su paso, todos bajan el tono y simulan no verla.

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El legado Eres mi eslabón, mi vástago. Tu belleza y juventud renuevan el ambiente con su fuerza. Vives con entusiasmo y fe. Confías. El día que respiraste la primera bocanada de aire, la energía de lo alto dejó impregnada en tu alma tu cometido de vida. No obstante, esa tarea debe ser realizada como si el mismísimo Dios la ejecutara. Eres mi relevo, pero no temas porque posees las herramientas, las habilidades y los conocimientos requeridos para tu cometido trascendente. Todo lo fuiste aprendiendo con arrullos, juegos, clases, y con la experiencia del vivir cotidiano, en un ambiente en el que el amor y la libertad estuvieron presentes. Tu alforja ya está llena. Eres mi vástago; ese que fue plantado en suelo bueno y que vivió su juventud en libertad. Con tus acciones debes procurar el ejercicio de la libertad, para que sus beneficios sean gozados por todo ser humano de ésta y las próximas generaciones. Tú abriste los ojos a la luz divina y por eso tienes que reproducir la armonía, la justicia, la paz, que son básicas para la vida misma y para dar belleza a lo que realices. No vayas a pensar que tu misión es enorme o - 137-


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imposible. Usa el sentido común y la sencillez, porque todo lo bueno es bello y sencillo. Tu recompensa estará implícita en el proceso y en la trayectoria de tus emprendimientos, no solo en la meta. Con ello se dará la realización personal y el progreso porque nada de lo bueno se pierde. Recuerda mantener la esperanza, porque sin ella, la lucha por un instante nuevo pierde sentido, y el futuro se va tornando anémico y puede hasta morir. Defiende la libertad para ser, para tener, para aspirar un mundo cada vez mejor para todos, sin distingo de raza, de credo, de ideologías políticas. Porque todo ser humano lo merece, ya que Dios, en su gran bondad, lo dio por descontado. No temas, tu mundo llega hasta donde tus ideas lo iluminen y tus servicios mejoren la vida de tus congéneres. Tus gestos brinden confianza y un ambiente amable a los que te rodean. Impregna tus acciones de entusiasmo para que, con el apoyo de otros, se potencien y las continúen. Ve atento por el camino, porque la libertad tiene enemigos. Ya descubrirás con tu astucia que son ciertos humanos, cegados por la ambición del ejercicio del poder económico y político, quienes la limitan o impiden. Eres mi sucesor. Te dejé de herencia la capacidad de tener ilusiones, trabajar por ellas y la tarea enorme de mejorar el mundo. Sí, lograr un mundo próspero para todos.

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Su religión Se apoderó de todos sus instantes. Un amor profundo y esperanzado cubrió su realidad. Asumió las consecuencias y perdió su individualidad. En el goce de los acontecimientos fueron transitando de lo insensato a lo sensato y de lo sensato a lo intrépido. Como el amor es fuente de vida, les nacieron tres miembros a su flota. Ellos se entregaron en cuerpo y alma a ser ese galeón que protege a toda su tripulación. Fueron siete años gloriosos y muchos otros que, la desconfianza y la rutina, opacaron. Pero, al igual que los dos ojos que juntos dan una sola imagen, fueron fieles a su vocación de pareja, y nunca abandonaron el navío. Siempre remaban hacia el mismo punto, con o sin brújula, porque el ritmo lo marcaba el compás de sus corazones. A veces, el timón estaba en manos de ella; en otras ocasiones, con el compás sobre el plano, él fijaba el rumbo y ella, fiel a su promesa, lo acompañaba en los nuevos derroteros. En esa hazaña compartida, la tripulación también remó en ciertos trechos para combatir las fuerzas de los vientos y las tempestades. Cada noche ganada al tiempo la disfrutaban como manada de lobos en su madriguera.

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Como en todo trayecto, los pasajeros fueron llegando a su puerto y, poco a poco, el barco se fue quedando silencioso. El capitán y su timonel quedaron todavía juntos por un trecho. Gozaban viendo el horizonte conscientes que estar juntos era su propia meta. Cada amanecer era disfrutado transitando por mares conocidos o por nuevas aguas, con menos bríos, pero con más conciencia, hasta que cada uno cumplió su cometido. Fue entonces que, sin perderse de vista, se despidieron con la consigna de encontrarse en el otro lado del universo. Cada uno de ellos, con su paz interna y su actitud confiada, transformaron su trayecto por este mundo, en aventura de enamorados recientes, con la sonrisa pronta, en su propio cielo. Ella comprobó que él fue su religión, a la que le dedicó todos sus instantes.

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Una noche única Ella, con sus manos ocupadas como siempre, espera. Aguarda en casa a que los suyos vayan apareciendo. Propicia que su padre esté cómodo, aunque sabe que en los últimos días del otoño de su vida, eso es bastante difícil. Espera la llegada de su hijo que viene con la ilusión de un abrazo de su propio vástago, ese que con su visita, inunda la casa de los abuelos, con alegría nueva. Alcanzó a verlos cuando recién había entrado al garaje, se abrazaban, y el chiquitín precoz, mientras se estregaba contra su pecho, le decía: “Papá, te extrañé”. Observarlos en esos momentos de sincero amor, es una delicia, que comprueba que el amor se multiplica e irradia, en cuestión de instantes, y la soledad se escabulle por las rendijas de las ventanas. Esos corazones que se comprenden con solo una mirada, componen todo un universo. Ella, con sus manos ocupadas, continúa esperando. Y cuando nuevamente se abre el zaguán, percibe la frescura y limpidez de la energía de su hija que regresa luego de una faena continua de muchas horas. Con su belleza natural y sencillez, entra a la casa en silencio. Saluda y le entrega a su madre un beso. Ese acto divide su mundo; ya que llegó al lugar de paz en el que puede ser, tal como es, sin el maquillaje que ahora exige la parafernalia del mundo del trabajo en la vida pública. A los pocos minutos observa que el - 141-


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perro, un maltés que lleva por nombre Toffe, toma actitud de alerta; alguien está en la puerta de la calle. Suena el timbre. Y ella se dirige a conocer al visitante. Son los Heraldos de la Virgen. Le explican que ella se anotó en una lista de solicitud de visitas alguna vez, y en el sorteo, le tocó este día recibir la imagen para rezar el rosario junto con el cortejo de visitantes. Entran a la sala los desconocidos, con una estatua de treinta centímetros de altura de la Virgen de Fátima, cubierta con un manto de blonda beige, con cenefas en la orilla que le da un donaire magnífico. La señora, que sostiene la imagen, como a un bebé, solicita un lugar para colocarla y sugiere que sea uno que le permita ser el centro. Inmediatamente la señora de la casa, retira unas fotografías y deja un espacio propicio delante de un mueble que tiene un espejo de fondo. Le piden una veladora y ella traslada una con su porta vela que era un adorno; pero en esta ocasión sería encendida. Tres niños los acompañan. Sus caritas limpias de pesares, con miradas llenas de inocencia, iluminan todo a su alrededor. Su sencillez y buenos modales se revelan de inmediato. Se sientan en la sala y observan la conversación que se entabla entre los adultos. La anfitriona manifiesta un poco de sorpresa porque no recuerda haberse inscrito nunca en una lista de petición de visitas. Le explican a la anfitriona que la Virgen es una embajadora de Cristo, del amado Ser que nos enseñó los diversos ángulos del amor y su trascendencia. Como la Virgen se ha propuesto que se comprenda la profundidad del verdadero amor y que se goce la dicha de esa experiencia, en vida. Que eso se logra por medio de la práctica de la oración - 142-


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en familia, por ello, ha venido a este hogar trayendo consigo sus promesas. Le recalcan que ellos saben que fue la Virgen la que escogió el día que llegaría a este hogar para alojarse durante un mes. Le informan que están esperando a otras cuatro personas y, que tan pronto lleguen, comenzarán el rosario. Entonces ella procedió a colocar más sillas en la sala familiar, para acomodarlos. Su hijo no tenía noticias de lo que acontecería en la casa de su madre, con su retoño en brazos cumple el rol de anfitrión y se muestra complacido por la visita, aunque explica que lamenta no poder quedarse, porque tenía una invitación a conocer el hijo de un amigo, pero les aclara que su madre y hermana les atenderán como es debido. Unos minutos más tarde se retiran. Cuando llegan los últimos invitados, comenzaron de manera fervorosa el rosario, haciendo que todos participaran. Casi al final, pidieron el testimonio de las personas del hogar que recientemente dio albergue a la Virgen. Entre ellos deciden que sea ella quien lo exponga. Con voz clara, pero con cierto nerviosismo, dijo que sería muy breve y sincera: “La Virgen llegó a nuestro hogar hace un mes. Supongo que entre los dones que ella me regaló fue la fortaleza; la requerida para los eventos que viviría en este lapso; porque a los quince días de la visita, así de repente, sin enfermedad previa, murió mi abuela, la que fue como mi madre, porque me crié con ella. La Virgen me ha regalado la fortaleza para enfrentar los momentos de separación, que son tan duros con los seres queridos”. Luego de su testimonio, se llevó un - 143-


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pañuelo a los ojos, para recoger las perlas de dolor que asomaban en ellos. El líder del grupo le agradeció su franqueza, y luego continuó la ceremonia con la última oración y la bendición del hogar. Mientras la anfitriona les ofrecía refresco de flores de Jamaica con pan de canela, fueron despertando los niños, que se habían dormido en los sillones, por un buen rato. El jefe del grupo, un señor como de unos cuarenta años, dijo que le llamaría unos tres días antes de que finalizara el mes de visita, allá por el veinte de septiembre, para que sepa a cuál casa se llevará a la Virgen el próximo mes y le indique si decide llevarla ella, o si prefiere que lleguen ellos a recogerla. El responsable del grupo agradeció por permitir la visita, ya que en estos tiempos, dijo, la gente no abre sus casas a desconocidos. Se despidieron, no sin antes entregarle un presente. Una camándula y unas páginas impresas, con las instrucciones para rezar el rosario. Cuando las visitas se fueron, los miembros de esa familia procedieron a cenar. Luego, la casa se fue tornando silenciosa; pero la huésped, ocupa un lugar especial en los corazones de los que allí habitan.

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Un mensaje de los ángeles Desde que lo vi llegar, supe que era diferente. Pasó frente a mí, con su paso lento y seguro. Su vestimenta moderna y sencilla anunciaba su buen gusto estético. Se sentó y se ocupó de intentar recuperar el tiempo que había estado fuera de la actividad del seminariotaller. Luego, pasó desapercibido entre el grupo hasta que, con la sencillez de un niño, se tiró al suelo, colocó la cabeza en el borde de la pared y se durmió, como si no le debiera a nadie o en realidad estuviera exhausto. Las actividades del seminario continuaron, ignorando la anómala situación de tener un alumno dormido, tendido en el suelo al final del aula. Aproximadamente media hora después, despertó. Se levantó. Salió del aula con paso lento y se dirigió a la fuente de agua que estaba en el pasillo. Se sirvió una taza de café a la que le adicionó dos cucharaditas de azúcar. Muy despacio las mezcló, tomó un sorbo, y con la candidez que le caracterizaba, regresó a su lugar para integrarse en los trabajos que se efectuaban. Se incorporó por completo a la sesión que, por ser tan activa, le fue sencilla y simpática. A la tercera sesión, José permitió conocer el timbre de su voz. Su aporte fue para resaltar cuánto valoraba - 145-


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el seminario, porque –a pesar de no haber dormido la noche anterior por asuntos de trabajo– expresó que estaba haciendo su mejor esfuerzo por aprovechar al máximo. El grupo le aplaudió y con esas palabras francas compró la comprensión para su conducta que demostraba deseo de superación y actitud de logro. En una parte del seminario en la cual se exponen las ideas de negocios, planteó que la empresa que desarrollaría sería diferente a lo tradicional; no sería un producto sino un servicio. Aprovechó para ofrecer a la primera persona que levantara la mano, efectuarle la lectura de cartas, servicio en que estaría basado su plan de negocios. En este caso, y solo en éste acotó, lo haría gratis. Todos se le quedaron viendo con ojos de sorpresa, pero fue notoria la extrañeza de una de las facilitadoras que está muy apegada a las restricciones de la comunidad religiosa en la que participa. Levanté la mano un poco por curiosidad, y también para darle ánimo a su iniciativa. Cuando finalizó la jornada, José se acercó y solicitó mi anuencia a dos cosas: efectuar la lectura el siguiente día, en el receso de media mañana y que luego diera un testimonio al grupo, sobre mi opinión del servicio. Por supuesto, acepté ambas peticiones. El siguiente día, el seminario comenzó con una actividad bien entretenida que nos hizo perder el sentido del tiempo. Cuando anunciaron el receso, se me acercó y me sugirió que nos separáramos del grupo para tener un espacio privado y yo le seguí anuente. Encontramos una mesa con dos sillas y las colocamos - 146-


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una enfrente de la otra. Sacó de su maletín una cajita que contenía el mazo de cartas. Noté que eran de un tamaño mayor a las convencionales. Mientras las barajaba, me contó que esas cartas se las había enviado una amiga desde Francia porque conocía de sus aficiones. Que esta actividad la comenzó por curiosidad; pero luego se fue empapando de este conocimiento. Solamente era una canalización de energía en la que él solo actuaba como un medio para romper bloqueos. Me aclaró que este tipo de lectura no tenía nada que ver con el Tarot, que obedece a otras líneas. Sentí que me miraba muy atentamente, que me estaba estudiando y, a la vez, estaba preparándose para su intervención. Luego de barajar suficientemente las cartas, se persignó y se encomendó a su protector. Colocó las cartas boca abajo y me sugirió que cortara el mazo en tres bloques. Tomó los bloques y los unió de nuevo. Fue desplegándolas y colocándolas sobre la mesa. Pude observar que cada carta tenía un ángel en diferentes formas de presentación. Luego de haber colocado unas seis cartas habló diciendo: “¡Muy bien! ¡Muy bien! Mire qué interesante”. Lo decía como hablándose a sí mismo. En la lectura de las cartas se fueron develando situaciones de mi manera de ser y otras que solo yo conocía, porque son parte de mis proyectos para el futuro. Me hizo ver que, actualmente, mis grados de libertad ya no están mediatizados por compromisos laborales o de otra naturaleza y que mis limitantes se están esfumando. Que esa situación jugaría a mi favor para realizar los planes que tengo en mente y que iré concretizando. Que estoy construyendo mi legado, y - 147-


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que éste, no solo será para mi familia sino para más personas. Entonces le conté que me entretengo leyendo y recibiendo clases de varias temáticas, lo que me hace participar en varios escenarios. Que espero que ello contribuya para el objetivo que nunca he dicho en voz alta porque es mi meta inconfesa, expresé con voz todavía dubitativa. Él volvió a hablar y dijo: “Usted posee una fortaleza que no es muy característica del común de las mujeres, ya que es muy analítica y práctica, cualidad que se relaciona mayormente con los hombres. Aquí está el ángel San Gabriel, él es su protector”. En silencio continuó desplegando las cartas y luego dijo: “En efecto, sus propósitos se cumplirán. Encontrará en el camino ángeles con cuerpos humanos, que la tomarán de la mano. Si no me equivoco, acotó, esa meta es diferente de la experiencia profesional suya, pero no desista. Los ángeles lo confirman. Sabe, obtendrá muchas satisfacciones y gozará mucho en esta etapa de su vida”. Esas fueron sus últimas palabras. Con esta lectura de cartas no descubrí nada nuevo. No encontré nada común con otras experiencias de lectura de cartas que hablan de amores, viajes, sueños de riqueza o enemigos ocultos. Mi curiosidad se desvaneció, y me dejó pensando y confiando. Comprobé que mis planes están en la ruta correcta. Perdí temores. Por un momento me puse a pensar que no se mencionó ninguna actividad específica, pero yo sabía cuál era mi próximo cometido.

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Nos integramos un poco tarde a la sesión grupal del seminario de “emprendedurismo”, y noté que varias personas me miraban con curiosidad, como preguntándose de qué se trataba el asunto. Al medio día, dos señoritas me abordaron con el propósito de hacer su propia averiguación y me preguntaron si creía que valía la pena la experiencia y si era de utilidad. Les dije que no tuvieran temor, que era una experiencia diferente, que no estaba reñida con nada que la religión y que las buenas costumbres prohibieran. Que podían tener su propia experiencia, si así lo tenían a bien. Se les notaba en el brillo de sus ojos el interés que les había suscitado este servicio. Cuando finalizó el seminario, ya en el parqueo alcancé a ver a José que se encaminaba hacia la parada de buses. Le di alcance y le pregunté si lo podría acercar a algún lugar que fuera al norte de la ciudad y coincidió que íbamos en la misma ruta. Fuimos platicando más cotidianamente. Me contó que él siempre se ha sentido un poco diferente al común de los mortales. Que ha visto entes que son invisibles para otras personas y que eso no le da temor, porque sabe que está protegido. Que posee un don que le ha sido entregado. Que desde pequeño se dio cuenta de sus habilidades especiales para romper energías que se han atascado y hacer que fluyan con normalidad. Y que ha tenido experiencias extrasensoriales. Me pareció que era una confidencia especial y le agradecí por ello.

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Antes de llegar a su barrio, él me comentó que planeaba abrir su oficina para brindar este servicio. Y ya contaba con un espacio en un restaurante vegetariano localizado en un centro comercial que se ha posicionado como de vanguardia en estos asuntos esotéricos. Cuando le dejé cerca de su casa, le vi caminar con su paso lento, como un niño distraído. Yo, por mi parte, descubrí que existen ángeles encarnados y que los podré encontrar en el camino de mi diario vivir.

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El trovador Su ceguera no es espiritual. La bondad de su corazón se trasluce en el semblante sereno y cálido, con un aura depurada de amargura, de envidia y de ambición. A su paso genera, en quienes se encuentran con él, una reacción de simpatía sin lástima, dejándoles la sensación de haberse encontrado, fuera de tiempo y lugar a un coloso que soporta imperturbable las circunstancias de su vida y que, en la lucha por su existencia, no se ha contaminado en este mundo invadido de materialidad ni se amilana con los desafíos que le impone cada despertar del astro rey. Con optimismo y exactitud inglesa, todas las mañanas dirige sus pasos hacia el portal Sagrera en el Centro de San Salvador, va sorteando los vehículos y tanteando los baches de las calles y obstáculos de las aceras, siempre confiando en los datos que le envían su oído atento y su bastón. Su anhelo es cautivar el espíritu de los transeúntes al entregarles canciones de optimismo que son una oda a la vida. Con potente entusiasmo entrega su voz de barítono y la armonía de las notas de su guitarra, a cambio de unas monedas. Y, cuando el calor del día va tornándose en frescor, paso a paso emprende el regreso a las proximidades de la iglesia Don Rúa, para refugiarse en el hogar Mamá Margarita donde, juntos con otros, comparten en las horas nocturnas un mundo común de infortunios. - 151-


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Con ánimo imperturbable soporta su prueba desde hace ciento ochenta ciclos de luna, y nunca ha renegado de su suerte, tampoco ha perdido la fe en su Creador. Su confianza es tal, que ha comenzado a vislumbrar que la vida le tiene deparada una nueva etapa que le compensará por haber repetido la historia de Job. Su primer viaje al mar fue un mandato descifrado en un sueño. Al solo despertar supo que con tres baños sucesivos en agua de mar, uno cada inicio de luna llena, fortalecería sus músculos, su piel recobraría lozanía y la membrana que recubre el iris de sus ojos, se iría debilitando hasta dejar pasar de nuevo la luz. Esa certeza y ese deseo le llenan de esperanza. Hoy es noche de luna llena y toca al ciego el tercer baño en el mar. La esperanza le invade mientras se dirige tanteando el camino a la playa. Siente gorgoritos en el pecho, producto de su ilusión. Presiente que pronto verá de nuevo la belleza creada por Dios y los hombres; y la llegada de cada amanecer será para mayor regocijo. En la playa solitaria, tanteando la arena con el bastón en dirección al mar, con la cara al viento, va el trovador cargado de fe e ilusión.

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Dos llamadas La llamada de Luisa, con voz y actitud de tranquilidad forzada, inquietó a Milagro. Le informó que en la casa de Ricardo no tenían noticias de él. Que a su llamada le dijeron que no había regresado a dormir desde ayer que salió a trabajar, como todos los días de la semana. Luisa, la eficiente asistente ejecutiva, estaba preocupada porque eran las nueve de la mañana del miércoles y Ricardo no aparecía por la oficina. A las diez de la mañana tenían que presentar los documentos de la oferta, en la apertura de la licitación en el Ministerio de Gobernación. Conociendo como era de puntual, y el interés que le había puesto a la estructuración de la oferta de la empresa, esa situación era inconcebible. Luisa le contó a Milagro que como a las dos de la mañana salieron de la oficina. Fue hasta que habían terminado el documento de oferta y, para no dormir con el estómago vacío, Ricardo la invitó junto con los dos ingenieros a cenar en el café de Don Pedro, el que está en la Alameda Roosevelt. Los cuatro comieron rápido y los empleados se retiraron, mientras Ricardo se quedó pagando la cuenta. Desde ese instante, Milagro supuso que algo malo debía haber pasado, porque su hijo era hombre de hogar y de buenas costumbres. Inmediatamente - 153-


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después de recibir esa noticia, Milagro llamó a Pedro, su compadre, y le contó lo que sucedía. Le pidió que fuera él quien efectuara las primeras averiguaciones y la búsqueda en los hospitales, la Policía, la Cruz Roja y Medicina Legal. Mientras tanto, ella esperaría en casa, porque su congoja no le permitía actuar. En el fondo de su corazón, Milagro albergaba la esperanza de que sus temores no fueran a ser ciertos. Recordó muchas cosas que sucedieron esa noche: aproximadamente a las once, sintió el impulso de llamar a Ricardo para darle la bendición; entonces él le contó que terminarían el documento y luego saldría de la oficina y que por eso no había pasado a verla. Se despidió como siempre, diciéndole: “Te mando un beso. Dormí bien. Mañana, luego de entregar los documentos de la licitación, paso a verte”. A lo que ella le dijo: “Recuerda que te quiero, mi tesoro”. Su mente revivió palabra por palabra y la vida de su hijo le pasó como una película en colores sepia. Un mal presentimiento se clavó en su pecho como un aguijón ingrato. Un temblor y un frío le invadieron todo el cuerpo. Tuvo que dejarse caer en el sofá y perdió el color. Fue como si los relojes del mundo se hubieran detenido. Todo perdió importancia, pero los temores de un mal suceso la desbordaba, porque su hijo cuando prometía algo, lo cumplía. Sabía que él no tenía vicios y como era tan responsable y dedicado a la empresa que había fundado hacía cinco años, ésta había crecido bastante a pesar del mundo actual tan competitivo. Con gran esfuerzo recobró el sentido y miró por la ventana. El sol estaba subiendo con su brillo otoñal; la brisa levantaba las hojas del suelo y se introducía por - 154-


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las ventanas y los quicios de las puertas haciendo mover las cortinas. De repente sintió que le pasaban la mano en la espalda y le daban un abrazo y un beso en la frente, como cuando se despedía Ricardo. Sintió un escalofrío que le confirmaba sus temores y le  desató una tormenta en su corazón con ríos amargos, incontenibles y silenciosos, que corrían por sus mejillas. Margarita, la empleada de casa, le llevó un té de manzanilla, al verla tan ausente e indefensa. Colocó la taza en la mesita y se retiró sin hacer ruido. Con sigilo se dirigió al teléfono de la biblioteca y llamó a Don Juan Manuel, el hermano de la señora Milagro; porque en esta situación ella no debía estar sola. En silencio, con gran esfuerzo y lentitud, procedió Milagro a vestirse. Su atuendo fue en colores crema con puntos negros. Cuando estuvo presentable se dispuso a buscar unos documentos en la gaveta de su tocador. Lo primero que encontró fue la tarjeta que acompañaba el regalo que le dio Ricardo el día de la madre, que decía: “Dios no podía haberme dado vida sin ti. Él escogió su mejor hija para que fuera mi madre. Por eso te amo y amo a Dios. Recuerda que eres mi tesoro”. La firmaba Ricardo. Se llevó al pecho la tarjeta, como queriendo hacer que se le impregnara el mensaje en ella y las lágrimas brotaron nuevamente de manera silenciosa. Para matar ese tiempo, que parecía infinito, continuó leyendo tesoros personales. Tarjetas de cumpleaños, de navidad, del día de la madre, del día del niño, encontró medallas de buena conducta y de logros del colegio y reparó en una fotografía que - 155-


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estaba suelta. Era él y sus dos amigos de secundaria, los tres parecían esperanzados y felices en un camping del colegio. Por su parte, Pedro, en sus indagaciones, se enteró que habían llevado el cadáver de un desconocido a Medicina Legal, y se dirigió de inmediato a identificarlo. Él deseaba que no fuera a ser Ricardo. Y mientras se encaminaba al edificio, sentía como si todo se moviera en cámara lenta y el aire estuviera pesado de tal manera que cada paso que daba requería un esfuerzo sobre humano. Cuando volvió a sonar el teléfono en la casa de Milagro, ella ya había recobrado cierta normalidad. Estaba lista para los acontecimientos que seguirían porque Laura, su nuera, la esposa de Ricardo, estaba embarazada de cinco meses, y era ella quien requeriría de todo el apoyo de su familia.

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Cicatrices de amor Una persona sencilla pero dedicada a su rol materno, fue la alfarera de mis días. Con su visión, valores, fortaleza y fe, logró formar a sus siete hijos como gente de bien, apoyada siempre por su compañero. Fue el pilar fundamental del hogar por treinta y siete años, cumpliendo con los preceptos del amor en pareja, hasta que Dios la llamó a su presencia. Su ejemplo de amor, entrega y templanza es para imitar. La influencia de mis cuatro hermanas es innegable. Haber vivido tantas aventuras y juegos infantiles que luego pasaron a intereses juveniles, bajo el mismo techo, nos unieron para siempre. Las circunstancias tristes y alegres quedaron impregnadas en nuestras personalidades de una manera entrañable. Reconozco que la convivencia fraternal y amorosa me fortaleció emocionalmente. La maestra de tercer grado, la señorita Rosa de Castro, me enseñó tanto. Me hizo comprender que la ley del menor esfuerzo me haría despilfarrar los talentos recibidos. Y, aunque lo hizo con tono de recriminación ante toda el aula, su mensaje me caló. Me concientizó sobre los beneficios del auto esfuerzo y eso me hizo obtener logros especialmente en lo académico y en toda actividad en que me comprometía.

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La empresaria, que con su capacidad para reponerse a las vicisitudes que la vida empresarial y personal le planteó, fue un ejemplo de fortaleza y maleabilidad para surfear en estos tiempos de tsunami. Mis amigas, personas a las que he tenido el privilegio de seleccionar, le dan brillo a mi vida. Y Balby, un alma de paz, me apoyó para que no perdiera la oportunidad de viajar a la India. Esa experiencia única me introdujo a la contemplación personal de la idea de Dios. Perdí el temor a la muerte porque comprendí que no solo será un evento inevitable, sino que se dará en el momento indicado como transformación, porque el alma es eterna. Y, a través de estas reflexiones, encontré la serenidad que añoraba. Todas estas personas me dejaron cicatrices de amor.

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Instantes de oro Durante un gran período, ella combatió los sentimientos que brotaban como esporas, cuando aparecía en el seno del hogar el desinterés y el desamor. Se conformó con migajas cuando el apetito y la comunicación de su pareja se pusieron a dieta porque, a lo mejor, antes de llegar a casa se saturaba de comida chatarra. En esos momentos, nubes negras rondaban por los montes bellos donde ellos residían. Ella apeló a la sensatez, a la prudencia. Calló y sosegó esos despóticos deseos de abandonarlo todo. Y ante las diferentes dificultades, en la carrera por la vida familiar, ella se manejó como Fangio sobre una pista de carreras. Con los años todo pasa y se resuelven los conflictos con la conversación franca ayudada por la serenidad que da la meditación, la metafísica y las oraciones. Llegó la época en que alimenta su espíritu con noticias de los logros de los que bebieron de su pecho, y cuando los ve en persona, en el periódico o en la televisión, comprueba que todo esfuerzo valió la pena y que sembró en tierra fértil. Quedaron atrás los momentos en los que le argumentaban con energía y decían: “Estás fuera de época, ahora se estila otra cosa. Déjeme llevar el pelo largo y la vincha, es signo de juventud”. Y ella, con tono de - 159-


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comprensión y franqueza ante la solicitud decía: “Si te hiciera ver mejor, te dejaría. Si no me crees, hazle una visita al espejo y que sea él, con su imparcialidad, quien te aconseje”. Luego de esa conversación, no pasó mucho tiempo, para asistir juntos a la peluquería. La sinceridad de sus argumentos fueron atendidos: “Tú eres el valioso. Es tu personalidad implicada en tus servicios la que se aprecia. La Maestría te servirá para cumplir los requisitos actuales de las empresas, por la abundancia de profesionales. Para ti será una diferenciación más. Róbale tiempo al convivir con tus amigos y dedícate un período más a especializarte. Y no se te olvide balancear la dieta de la vida: Trabajo, ejercicio, tiempo espiritual y servicio a la comunidad. Si lo haces, ten por seguro que luego vendrá la recompensa y los tuyos recogerán los frutos de tu esfuerzo”. Como casi siempre, tenía razón. Ahora ella vive sus días sin agobio, sin sobresaltos. Los desayunos de los domingos constituyen esa entrega de cariño que mantiene a su tribu unida en el amor familiar. Para ella, esos momentos son de oro y enriquecen este período de su vida, que comprueba que la paciencia, como la gota de agua, taladra hasta la roca más dura y, además, crea un entorno favorable al desarrollo personal de cada miembro del seno familiar.

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“Si, aceptamos” Sus vidas se tornaron como el agua adormecida en un estanque, sin salida. Dejó de ser transparente, sabrosa al paladar, útil; sin embargo, era agua todavía. Aunque su pestilencia impedía respirar el perfume del bosque, la flora de los árboles de sombra de los cafetos, los paternos, los copinoles, los árboles de fuego, todos esos que con su altura y follaje protegen a los que cobijan, dejando limpio el aire y colando la luz, para que no se quemen y crezcan sanos, verdecitos y puedan florecer a tiempo y dar frutos en otoño. Ellos, con acciones impulsivas, enturbiaron el ambiente que antes era propicio al crecimiento personal. Y, para colmo, dejaron sueltos los dos hilos que los unían, con la excusa que ya estaban crecidos y anhelaba ser libres. Fueron olvidando el deleite de las caricias, la satisfacción de sentir el calor de otra piel, aunque la extrañaban. Esa ausencia los fue entristeciendo. El clima del ambiente familiar se opacó. La traición de Ricardo les hizo estragos. Y para no herirse más, cubrían sus encuentros con silencios que empezaron a devorar la comunicación. Los celos carcomían a Elena, induciéndola a actitudes de reivindicación que la fueron tornando primero despreciativa, luego hostil.

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Ricardo escondía su debilidad y su vergüenza con una actitud altanera y un ceño fruncido. El amor que los unió quedó preso entre los barrotes que antes eran como pilares que protegían al Olimpo de los amantes. La casa se fue convirtiendo en cárcel donde sus moradores se ahogaban. Y, los que habían sido cómplices felices de Cupido, se tornaron distantes para no infringir más dolor o para no recibir más agravios. Se protegían con el manto del silencio que fue creando una distancia como la que separa a América de Europa. Ante esa realidad, el disimulo ante terceros y sus hijos fue su mejor actuación. Con el tiempo, todos eran actores en la opereta que simulaba ser un hogar donde las viandas eran servidas en porcelana, con platería y mantelería importadas, con ropa limpia en el closet, un jardín cuidado para que las flores de estación hicieran su espectáculo exhibicionista; en fin, un mundo de escapistas. Solamente perduró la tradición de compartir a la hora de la cena. Pero las conversaciones se fueron transformando hasta llegar a ser como los noticieros de televisión: cada quien reportaba sucesos. Todos se enteraban de lo que a cada uno le acontecía, según lo que quería informar, para darle algo de importancia a ese mundo que aparentaba ser un hogar. El silencio afectivo, entre Ricardo y Elena, dominaba el ambiente. El amor, como hielo en tarde de verano, se les fue deshaciendo. A tal grado escaló la situación, que cada uno vivía temeroso y deseaba que aquel pegamento de saliva no perdiera más fuerza en el corazón de los dos en disputa; porque

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de lo contrario, ningún miembro de la tripulación llegaría a puerto seguro. Es más, los hijos, sus enlaces, esperaban haber cursado una carrera, tener una profesión, antes de partir de ese teatro de terror, como últimamente le decían, y se les fue concediendo. Sin embargo, es de reconocer que los actores principales desempeñaron cada uno su rol y, aunque tuvieran invitaciones a participar en otras operetas, decidieron continuar con la función, que de buena gana habían pactado hacía veinte y tres años. Con el pasar del tiempo, se les fue haciendo fácil representar el libreto. La experiencia les decía cuándo suavizar la voz y cuándo levantarla. Cómo moverse en el escenario y cómo proceder ante diferentes audiencias. Hubo épocas en que las interpretaciones fueron perfectas, mientras las luces estuvieran encendidas. Pero, cuando se apagaban, cada miembro del elenco se ensimismaba en sus carencias. Fueron sintiendo que la vida les quedaba debiendo, porque el libreto los fue poseyendo como a maniquíes, que tenían alma solo frente a los espectadores. El tiempo, amigo o enemigo, actuó. Y llegó el momento en que Daniel, el primer hijo, iba a salir de casa vestido de frac a iniciar su propia vida. Convertido en timonel de un nuevo navío que, junto a su vela, cruzaría los mares, impulsado por la energía que surge del amor.

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Cuando se despedía, todavía en el vestíbulo de la casa, los abrazó. Les agradeció por haberlo llevado hasta donde había llegado. Mi vida será historia de otro libro, dijo, pero antes de salir de casa, quiero pedirles que le den otra oportunidad al amor. Ese que está agazapado en cada uno de ustedes. Déjenlo salir, que respire y tome nueva fuerza. Porque a lo mejor, la llama todavía no se ha extinguido. Los invito a que hoy, mientras se realice la ceremonia, se tomen de las manos y vuelvan a jurarse otra etapa de amor limpio y verdadero. Los invito a que lo piensen. Pero no lo hagan como una representación más, sino con deseos de vivir de nuevo. Recuerden que los quiero de verdad y estoy descubriendo nuevas corrientes, y las cualidades del amor que espero que vivamos de manera cercana. Su angustia por el futuro de sus progenitores era real. Lo impulsó a romper el silencio. A remover la herida para que ellos le encontraran cura. Para que finalizara esa vida desperdiciada por orgullos, por la incomprensión, por la falta de perdón. Por todo eso, se habían negado a dar y recibir el presente más hermoso, el amor sincero y correspondido. Era necesario darle otra oportunidad, si este no hubiera muerto aún o si no hubiera partido a transitar por otros mares. Ellos necesitaban tomar una decisión: Aceptar de nuevo la vida en ese mismo navío o tomar otra embarcación antes de continuar moribundos desperdiciando el regalo de Dios. Esta súplica penetró en sus almas sedientas, desnutridas, que como náufragos vagaban por la - 164-


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vida. La súplica despertó al moribundo que yacía en cada uno de ellos, y les inyectó el anhelo de una posibilidad de cambio. Tomaron fuerza de un suspiro, de las miradas que nuevamente se encontraron y, al reconocerse de nuevo en la otra pupila, los recuerdos de haber sido jóvenes, fuertes, indomables, les inyectó esperanza. Fue como cuando la vela recibe el golpe de la corriente de aire y, en ese mágico instante, se lanza con ahínco a perseguir el embrujo de su destino. Esa misma tarde, cuando entraron en la iglesia, como correspondía, se sentaron en la primera fila. Cuando el padre en su homilía fue expresando las cualidades del amor, comprobaron que lo conocían, pero por no pedir disculpas y otorgar perdón, se habían enfrascado en una guerra fría, que casi les congela el alma. Tomados de la mano y en la otra sosteniendo un pañuelo que se llevaban a los ojos de vez en cuando, Ricardo y Elena, se volvieron cómplices de nuevo. Y, cuando el cura preguntó a los contrayentes lo que corresponde en esas ceremonias, respondieron en coro: “Si, aceptamos”.

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El regocijo Ya no había cielo. Escaseaba el aire. No había lugar para sentir, para ser. Para ser alguien para alguien más. La luz era oscura y la noche eterna. Murió el concepto de familia. Lo enterraron las recriminaciones, las ausencias, las carencias. Se deshilvanó la cuerda y todo perdió fuerza. Lo que era un destino se convirtió en tres hilos flotando entre los vientos. El hijo comenzó a ser utilizado como punto de encuentro, de negociación y hasta de disputa. Así pasaron ellos sus seiscientos días y sus respectivas noches. En ese lapso, cuando se encontraban, se reprochaban con palabras negras por lo mal hecho, o lo que debió hacerse. Por lo que era y por lo que parecía. Y porque el rojo es el color de la sangre. Un día de tantos, hartos de estar muertos, repararon en la sonrisa franca, sencilla y sin dobleces de su hijo. Y se dijeron cada uno: “La felicidad de él será la mía. Y de paso, a lo mejor se enciende el rescoldo que hubiere quedado entre las cenizas. Y quizá, surja la llama que alguna vez nos lamió de cuerpo entero. Y nos caliente y alumbre el sendero a recorrer otra vez como familia”. El crío, de escasos tres años, está feliz. Va uniendo dos vidas, dos corazones. De vez en cuando, encoge

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sus piernitas y los obliga a balancearlo mientras caminan rumbo a la iglesia. El viento es fresco y los d铆as claros. Los atardeceres cargados de celajes barnizan de colores el propio cielo. Es octubre en la cintura del mundo. Cuando los vieron juntos de nuevo, nadie tir贸 la primera piedra. En el fondo de sus corazones, todos se alegraban.

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El llamado a la ventana Cuando era una niña, su madre la dormía contándole cuentos. En su juventud, antes de conciliar el sueño, Milagro se deleitaba observando por la ventana el cielo azul, puro y estrellado. Con el pasar del tiempo, ella contaba a su madre sus logros, alegrías y tristezas cada noche. Presintiendo que el fin estaba cerca, Doña Blanquita le dijo: “Cuando parta, mi amor siempre estará contigo. Te observaré desde mi estrella. Sí, desde esa que al finalizar la tarde es la primera que aparece en el occidente”. Varias décadas después, cuando Milagro se encontraba de viaje en Madrid, despertó de repente como a las tres de la mañana. Se frotó los ojos y despejó la mente. Sintió el llamado que la invitaba a la ventana. Observó los jardines de Sabatini, la luna naciente clavada en un cielo oscuro, la calle desolada sin ningún rastro de tráfico. Todo estaba en silencio, como paralizado. Volvió la vista para observar la recámara y comprobó que su compañero dormía plácidamente. Ante el umbral que se abría en el silencio de la noche, apareció la estrella. Una estrella distante, brillante y solitaria en el límpido cielo. Frente a tanta belleza, con admiración pensó: “Todo un cielo para una sola estrella”. Estableció un vínculo con lo infinito. Fueron momentos de gozo indescriptible. Un contacto amoroso sin palabras. Ante esa sensación de felicidad, se abrazó para asegurarse de que estaba despierta y - 168-


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permaneció así unos instantes. Sus ojos percibieron un centelleo y luego comprendió el mensaje: “La vida es la suma del tiempo y la energía que le imprimes a tus propósitos. Goza los instantes como sean, a pesar de las circunstancias. Vive con conciencia e intensidad hasta el último respiro. Sin esperar nada, entrega a tus semejantes tu amor y tu luz, como lo hace una estrella que pretende vencer la oscuridad, hasta su último hálito…”. La que habita en la estrella solitaria le envió un regalo. La llama que produce paz interna y esperanza activa, que brinda luz a propios y extraños, la palabra franca y amorosa que apacienta angustias y calma la sed del que ha vivido un desierto.

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Con los ojos abiertos En esos momentos de soledad, con los ojos abiertos, adormezco los pensamientos y me enfoco en el Creador de todo, un punto de luz en el origen. En un instante mágico, una energía especial recorre mi cuerpo, recompone mi alma y la fortalece. La soledad pasó de ser indeseada a ser una buena aliada para encontrarme con el Ser que me da vida y renueva mi esencia. Luego de esos encuentros, regreso a la cotidianidad para actuar en consecuencia a los dictados de mi campana, que con sus repiques dentro del pecho, me indica que el amor es la energía que mueve al universo. Tan sencillo como eso. Con los ojos abiertos, observo la vida que llevo, y aunque hayan cambiado poco mis circunstancias, mi actitud ahora es de satisfacción. Ya pasaron los momentos de rabia y furia contenidas, por lo que no estaba en mis manos recomponer. El tiempo, como ineludible amigo, actuó. Y me ha regalado armonía para ser y vivir en autenticidad. Con los ojos abiertos descubro en mis entrañas sentimientos agazapados, deseosos de salir, de crecer al entregarse. El amor es ahora mi huésped, que a veces ignoro creyendo que es mi manera de ser, de sentir. Pero no, es él quien reclama vida propia, que aborrecía - 170-


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esa soledad pasiva que me dominaba y se adueñaba de mí, y me dejaba por ratos con actitudes contrarias al amor, a la felicidad. Ahora, ese motor que redobla en mis entrañas, me indica que, aunque esté sola, soy y puedo dar más y más, sin esperar recompensas o reciprocidad. Porque el amor no es una mercancía para transar en la bolsa de valores. Hay tanto por hacer, que faltan manos que respondan a las miles de almas que andan en busca de una palabra amiga, una sonrisa auténtica de solidaridad, que no lleve detrás propósitos políticos partidistas o de beneficios económicos. Hay un futuro por construir, relaciones por fortalecer, errores por enmendar. Despierta hermano, y con los ojos abiertos, actúa con amor.

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Acerca de Vilma De su vida profesional activa se puede decir en pocas palabras que como Ingeniera Química Industrial, graduada de la Universidad José Simeón Cañas de El Salvador, ocupó algunos cargos en las sendas medias de la burocracia internacional y nacional. Luego entregó su saber y su hacer a una gremial empresarial, de la cual se jubiló. Ha colaborado en actividades voluntarias en defensa del empresariado, buscando que se establezca un entorno económico y social favorable. Como madre cuida de los suyos. Como el árbol familiar ya ha comenzado a dar nuevas ramas, disfruta de las mieles del rol de abuela, que le deja mucha felicidad. Vilma cada vez necesita menos cosas materiales, pero se le han vuelto trascendentes los temas espirituales y de allí surgió su aprecio por el arte. Entiende que para vivir y dormir bien hay que tener la conciencia sin remordimientos de acción u omisión. Se divierte con la lectura dirigida y su actividad de escritora. Es una enamorada de la vida. Fue testigo de muchos eventos que marcaron su existencia. Observó en la televisión, en vivo, cuando dos seres humanos colocaban una bandera en la luna. Vio caer la Cortina de Hierro y el fin de la Era de la Guerra Fría. Estuvo pendiente de las negociaciones de los Acuerdos de Paz entre los dos bandos en contienda en el suelo de Cuscatlán. Ha sido testigo del incremento - 172-


del valor del tiempo por causa de la tecnología. El aquí y el ahora tiene nuevas características. Ahora la realidad virtual permite cosas impensadas antes; algunas que ayudan y otras que esclavizan a los seres humanos. Comenzó anotando sus elucubraciones, sus pensamientos y los mezcló con la ilusión de vivir, llevando el innato deseo de una vida mejor para los suyos y sus compatriotas. Decidió unir palabras e ideas. Con esa nueva actividad ella renunció a una vida intrascendente, sin ton ni son. Luego se dejó dirigir por expertos que, como ángeles, la tomaron de la mano y poco a poco fueron surgiendo sus estampas. Participó en un concurso de relatos breves por medio del Taller de las Palabras, dirigido por César Sauan, de Buenos Aires, habiendo merecido ser publicado el relato: “Abuelo, ¿Cómo encontró el amor de su vida?”, en el libro de los talleres: Selección de cuentos y poesías auspiciado por Editorial Dunken, Buenos Aires, Argentina, año 2008. Tomó un curso de Creatividad Literaria bajo la dirección de Sebastián Barrasa, argentino. Participó en el curso Taller de Redacción para Mujeres, dirigido por Silvia Elena Regalado, escritora salvadoreña. Redacción Creativa a cargo de Roberto Mascaró, escritor uruguayo, ambos impartidos por el Centro Cultural de España en el año 2012. - 173-


Luego fue tomada de la mano por Lovey Arguello; Postales de viaje es fruto de esa labor. Construir un parĂŠntesis de tiempo y de espacio para el lector es la idea de las postales de este libro que ve la luz en los inicios del siglo XXl. Con esta publicaciĂłn se integra al ĂĄmbito literario y, desde ya, prepara su segundo libro.

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Postalesde Viaje Con este libro, Vilma abre su mundo y revela algunas de las circunstancias de su paso por esta tierra. Vilma ama la naturaleza, sus paisajes, las tradiciones, algunas de las cuales aparecen en sus escritos de manera franca, en un lenguaje directo, propio y hasta íntimo. Traslada al lector el brillo del sol, el calor de su ambiente, el verde del invierno, los aires cálidos y los aromas de esta tierra, así como las preocupaciones y los éxitos de los personajes de su entorno de la cintura del mundo, su paraíso. Postales de Viaje invita a conversar, como cuando dos se juntan a tomar café. Sus imágenes son tan nuestras que dejan el sabor y la visión que tiene la escritora de la alegría y el dolor que transcurren en nuestras vidas. Para ella, escribir es desnudar el alma. Es compartir sentimientos, emociones y visiones en torno a la vida trascendente. Es una voz nueva que comparte sus vivencias en estampas breves.

Postales de Viaje. Vilma Osorio de Chavarría  

Postales de Viaje es un libro de relatos de Vilma Osorio de Chavarría. Son cincuenta y dos estampas que describen la idiosincrasia de El Sa...

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