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SOBRE ESTAS LÍNEAS, de arriba abajo, la tribu "descubierta" por Almásy, quien vemos abajo junto a uno de sus vehículos. A la izquierda, en la otra página, Almásy frente a una cavidad y a su lado las pinturas rupestres encontradas en la Cueva de los Nadadores.

Tentado por las narraciones de Heródoto, Almásy se aventuró a cruzar el Gran Mar de Arena en busca del ejército de Cambises, pero no halló más que uno gigantescos hitos de piedra erigidos por aquella civilización. Esch, tres sudaneses y dos coches, un panorama muy diferente. Almásy, que poseía el título de conde por su lealtad a la corona austro-húngara –ayudó a la restauración monárquica en Hungría, conduciendo el vehículo que llevó al rey Carlos IV a Budapest, desde el exilio–, murió en 1951 en Salzburgo, de una disentería, una enfermedad que le sorprendió en la ciudad austriaca después de haber pasado su vida expuesto a ella en su amado desierto.

Su apasionante vida supera a la de la ficción. Hijo de un entomólogo, la aventura inspiró sus andanzas, y ya con 17 años sabía conducir vehículos y aprendió a pilotar las primeras aeronaves. El ejército de Cambises no quiso mostrarse a este “padre de las arenas”, quizá, porque como él mismo Almásy expresó en su diario: “ ... los antiguos dioses saben todavía defender los últimos secretos del desierto...” . CLÍO

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Clio historia octubre 2016  
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