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ACTUALIDAD histórica

Los secretos más íntimos de Hitler

ras el suicidio de Adolf Hitler, Heinz Linge, su ayudante de cámara, fue hecho prisionero por los soviéticos durante casi once años. Estuvo en un campo de concentración, hasta su liberación en octubre de 1955. Entonces pudo relatar con todo lujo de detalles la muerte del dictador alemán y sus secretos más íntimos, ya que fue la última persona que vio al Führer con vida. El reloj de pulsera de Linge marcaba las 15:50 horas del 30 de abril de 1945 cuando la bocanada de humo acre de un disparo

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de pistola le indicó que Hitler había puesto fin a su vida. Linge se apresuró a entrar en la sala de los mapas, a 10 m de profundidad debajo de las ruinas de la Cancillería de Berlín. Allí, sentado en un sofá, y erguido casi por completo, reconoció el cadáver del Führer. La bala había entrado por la sien derecha. En el suelo distinguió una pistola Walther, del calibre 7,65; un metro más allá, halló otra del calibre 6,35. El cadáver de Eva Braun yacía a su lado sin impacto alguno de bala. Puso fin a su vida ingiriendo una cápsula de veneno.

Cinco días antes de estos sucesos, Hitler le había ordenado a Linge cuidara de que sus cuerpos fueran incinerados. Según cuena el ayudante de cámara, Hitler le dijo: "Es preciso que nadie pueda identificarme después de mi muerte. Disponga usted una cantidad suficiente de gasolina. Envuelva nuestros cadáveres en mantas, empápelas bien con la gasolina y préndalas. Efectuada la cremación, regrese a mi cuarto y recoja todas las cosas por las que se me pueda recordar después de muerto y quémelas también. Pero no queme el retrato de Federico el Grande que cuelga del muro, por encima de mi escritorio". Y es que a Hitler le horrorizaba caer en manos de los rusos, y que estos le convirtiesen en un muñeco exhibido al gran público en un museo de cera. El principal testigo de la vida privada de Hitler recordaba cómo este ensayaba sus discursos hasta la extenuación de su equipo de secretarios, que se veía obligado a relevarse para aguantar las maratonianas sesiones de dos días y noches enteras. Preparaba el mitin frente al espejo, con un cronómetro en la mano. Pese a necesitar gafas para leer, no quería que nadie le viera con ellas. Otra de las manías de Hitler consistía en tener sobre su escritorio tres lápices de color: rojo, verde y azul. "El rojo –explicaba a su ayuda de cámara– lo uso cuando le escribo a un enemigo; el verde, cuando hago notas sobre un amigo; el azul, cuando debo ser muy cauto en lo que escribo". Asimismo, Linge recuerda que el Führer tenía un tic nervioso en el párpado izquierdo, una dolencia gástrica e insomnio, para lo cual se administraba una docena de píldoras soporíferas. Antes de un discurso, se hacía poner dos inyecciones: una para calmar su dolor estomacal y otra para insuflarle energías. Le obsesionaba la posibilidad de engordar, razón por la cual tomaba un purgante, seguido de una dosis de opio para calmar el estómago. Su cocinero particular era dietista. Las verduras que consumía se cultivaban en suelo previamente fumigado y abonado con mantillo selecto. Así vivía el hombre para quien la vida ajena valía menos que nada.

Clio historia octubre 2016  
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