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Índice 1. Introducción.......................................3 2. El fascismo contextualizado............4 3. Los caminos posibles del fascismo español...................................................10

4. Los factores que operan en Aragón...................................................14 5. Las formas de intervención táctica...................................................17

6. Conclusiones.....................................21


1. Introducción

Combatir al fascismo es una tarea que se nos presenta, día a día, como una necesidad cada vez más acuciante. No sólo porque las experiencias vividas y acumuladas en la memoria colectiva de la clase obrera nos adviertan del peligro que supone, sino también porque vemos cómo éste se filtra dramáticamente en las conciencias del pueblo para envenenar su corazón solidario y arruinar toda posibilidad de victoria revolucionaria. El fascismo que nos viene y que ya empezamos a ver en nuestras calles es un fascismo cualitativamente distinto al que vivimos en las últimas décadas y, también, inquietantemente diferente por tener que adaptarse a un contexto extraño para él. Ese fascismo que nace, incipiente, en las conciencias de muchos de nuestros jóvenes viene encriptado en una multitud de mensajes que la sociedad liberal y de consumo ha conjurado en ellos. Quizá hubo quien creyó que el nacionalismo español estaba, por tantos años de dictadura, socialmente desacreditado; y sin embargo no advirtieron cómo toda su mitología iba transmitiéndose en el discurso social e histórico. España se daba por hecho y no necesitaba ser afirmada más allá; así, hibernando, el fascismo ha dormido cómodamente acunado por un conservadurismo liberal que lo neutralizaba. Pero cuando la crisis ha hecho tambalearse los cimientos del Estado, la oligarquía ha dejado escapar a su perro de presa que ahora sale, desbocado, a la caza de cualquier enemigo de la patria. Combatir al fascismo, para ser claras, necesita que conozcamos bien y en profundidad cómo se desarrolla; hacer el análisis exacto de su presencia actual. Sólo conociendo los orígenes y peculiaridades del fascismo en Aragón podremos optar por las formas correctas de combatirlo; siendo conscientes de su potencial alcance, de la permeabilidad de sus ideas y cómo éstas pueden ser frenadas. Los colectivos que firmamos este documento, Purna y Zaragoza Antifascista, tratamos de proporcionar un análisis alternativo que nos permita comprender al fascismo y acercarnos al modo correcto de combatirlo. No pretendemos profundizar pero sí señalar algunos elementos que no siempre se tienen en cuenta, como contribución al debate y mejora continua del movimiento antifascista en Aragón.

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2. El fascismo contextualizado

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Desde la izquierda se suele adoptar el análisis de clase para comprender el fenómeno del fascismo. Se mira como un movimiento de tipo populista y nacionalista que nace en el seno de las clases medias pero que se ve aupado por el soporte incondicional de la oligarquía y por un discurso obrerista que explica el apoyo que consigue en parte de la clase trabajadora. La noción no es errónea en absoluto pero se erra a la hora de aplicarlo en nuestro contexto concreto. Podemos conocer los vínculos históricos de la burguesía y su influencia en el ascenso de los regímenes fascistas en la primera mitad del siglo pasado y, sin embargo, en términos subjetivos, la perspectiva se queda corta para comprender cómo esta interacción entre oligarquía y extrema derecha se produce en cada realidad social. Aparentemente en un escenario de crisis social el fascismo nace como reacción ante la posibilidad de revolución social, esto es, como última salvaguarda para el mantenimiento del Capital y como mejor forma de apuntalar el Estado. Esta verdad paradigmática no se puede aplicar, sin embargo, de un modo tan sencillo en el contexto en el que vivimos (y que se vive en gran parte de Europa occidental). De hecho, la extrema derecha que crece y se asienta en Europa, el neofascismo, no crece en respuesta a un movimiento social emancipador que la oligarquía deba evitar; muy al contrario, surge como consecuencia de la desproletarización ideológica de las clases populares que, en la mayor parte de los casos, han compuesto el ideario neofascista en torno al antiislamismo y contra la inmigración. En el Estado español se analiza corréctamente este fenómeno que, sin embargo, nunca ha llegado a calar aquí: se observa cómo Democracia Nacional, España 2000 o, sobre todo, Plataforma per Catalunya convergen en nuevas formas discursivas más europeizadas que con todo no terminan de superar el triburbanismo. Sabemos, sin embargo, que ni el Front National de LePen, ni la Liga Norte veneta, ni los Nuevos Finlandeses o el British National Party ponen en riesgo las estructuras de la democracia burguesa. En otras palabras, esta extrema derecha europea occidental que los partidos españoles tratan de imitar no tiene las características del fascismo tradicional en la medida en que se integran en el seno del parlamentarismo liberal. El partido de esta tradición no


cumple la misma función que El Partido del nacionalsocialismo o del fascismo italiano; su función era la de crear un Estado alternativo que salvaguardara la nación por encima de la representatividad. El partido fascista tradicional es el nuevo Estado, subsume al burgués a sus designios como mero ente administrativo mientras él se encarga de dirigir la nación. El corte liberal del neofascismo europeo impide esta concepción lo que lo convierte, de hecho, en un elemento distinto dentro de la misma tradición política. En el caso español es necesario constatar el fracaso estrepitoso de este modelo, incluso allí donde ha conseguido avanzar, en Cataluña con PxC y en Valencia tímidamente con E2000, lo ha hecho sin perspectiva real de futuro. Las razones para esto no son más que sociológicas: estos partidos copian punto por punto los discursos de sus homólogos del norte pero, sin embargo, están trabajando en una sociedad sustancialmente distinta. Al contrario que en esos países, en el Estado español la inmigración no supone un problema o un conflicto que las clases medias o los trabajadores puedan interiorizar como real; no hay, en los barrios y pueblos del Estado, conflictos étnicos reales. El neofascismo acoge el antiislamismo y la defensa del “nacional” porque la inmigración supone una preocupación real en la ciudadanía de Europa occidental. Esto, de hecho, se puede comprobar en los barómetros de opinión anteriores al estallido de la crisis económica donde, también en España, la inmigración era tomada como uno de los principales problemas del país. Con la crisis el escenario se ha dado la vuelta y el “problema de la inmigración” ha desaparecido casi por completo de las mentes de la población y con ella todo el auge del neofascismo de corte europeo. La clase trabajadora, aunque comprendida en muchas ocasiones como clase media, en el Estado español siempre ha sido relativamente abierta a la ideología del multiculturalismo, probablemente a consecuencia de una cierta hegemonía cultural del liberalismo progresista en el panorama postfranquista. Por otro lado los niveles de población migrante llegada al territorio que habitamos no son en absoluto comparables con las sucesivas décadas de movimientos migratorios que han llegado a países como Gran Bretaña, Francia o Bélgica (por razones históricas de orden colonialista) lo que ha conllevado que no haya un rechazo frontal a la inmigración que sí se lleva produciendo durante casi tres generaciones en los otros países europeos. Además, la arquitectura política del Régimen del 78 no dejaba mucho espacio a este neofascismo en tanto que el eurocomunismo, la moderación de la izquierda y el pactismo sindical no había sido concebido como traición de clase sino como un acto de responsabilidad política de la Transición. Con ese mito funcionando era imposible que sucediese algo similar a lo ocurrido en Francia donde parte de la clase trabajadora, desencantada con su referente ideológico del PCF, pasaron a votar a un FN que inteligentemente supo ordenar su mensaje social y moderar sus posiciones conservadoras en cuestiones como la del aborto. El entramado social en el Estado español es algo más complejo, pero echándole un vistazo en nuestro contexto podemos ver cómo el neofascismo no lo tiene nada fácil para calar mediante el discurso antiimigración. La sociedad española es profundamente distinta a la del norte de Europa y en consecuencia el fascismo tiene otros cauces de crecimiento y de apoyo. Antes de la crisis Democracia Nacional era el partido que probablemente tenía más potencialidad

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neofascista, el que contaba con mayor número de apoyos en Europa (desde el BNP a un todavía desconocido Amanecer Dorado); sin embargo a partir del asesinato de Carlos Palomino con el que se vio envuelto el partido y con la crisis económica, su discurso e influencia ha quedado prácticamente neutralizada. Algo similar ha ocurrido con España 2000 que se sustentaba en una estructura clientelar y localista del entorno valenciano al que debe su relativo crecimiento. No obstante estas dos formaciones muestran como ninguna la incapacidad de la extrema derecha española para articular una alternativa neofascista y antiinmigración seria; nunca han llegado a obrar el paso del escuadrismo callejero neonazi y el folclorismo a hacer política burguesa al estilo LePen ¿Alguien se imagina al excantante de RAC y condenado por pertenecer a un grupo terrorista neonazi Manuel Canduela moderando sus posiciones sobre el aborto? ¿Alguien imagina a José Luis Roberto, líder de la patronal de la prostitución, sin estar rodeado por los matones que habitualmente lo protegen? Probablemente su propia composición sociológica se lo impida y ésta sea la razón por la que tan sólo ha podido obtener resultados relevantes de la xenofobia un partido como PxC que en cierta medida ha desnacionalizado su discurso para adaptarse al contexto catalán. De hecho, J. Anglada ha reducido tanto su españolismo que ha debilitado su programa a un simple antiislamismo que lo condena al fracaso en el medio plazo. Caso distinto al neofascismo europeo es el que se ha abierto con la aparición y auge de Amanecer Dorado. Su modelo no es asimilable a la de la extrema derecha occidental sino que es “más fascista” al estilo tradicional, en la medida en que no respeta tanto el parlamentarismo y se implica por la creación de un Partido-Estado. Rentabiliza el discurso xenófobo y antiinmigración como hace la extrema derecha europea pero en un contexto de desmoronamiento del aparato estatal y de profunda crisis social. El caso griego no admite reduccionismos; no hay, en Europa, ningún país con sus mismas circunstancias. Por un lado rentabiliza la xenofobia de tener frontera con Turquía y ser la “puerta de la inmigración” del continente, pero su explicación racista de la crisis nunca hubiera calado si no hubiera existido un precedente marcadamente chovinista en la sociedad griega. Por otro lado su sentido paraestatal le ha valido el convertirse en la “agencia de seguridad” de las otrora progresistas clases medias, caídas en desgracia por los recortes neoliberales y aterradas por los altos niveles de delincuencia que la crisis genera. Probablemente en Grecia se cumpla el paradigma de un apoyo de la oligarquía y del funcionariado al fascismo para frenar los emergentes movimientos sociales y políticos que se creaban en la clase trabajadora. No obstante la experiencia griega, aún en desarrollo, nos advierte de la debilidad social del discurso revolucionario. En este sentido se pronunciaba Yorgos Mitras, miembro de la dirección de Syriza, en una conferencia en Zaragoza el pasado 2012, aludiendo a que las clases populares griegas estaban completamente perdidas y que carecían de referentes políticos estables. Durante los años de la crisis hemos conocido el tremendo trabajo que anarquistas y comunistas han realizado en las calles y barrios griegos, haciendo predominar sus reivindicaciones y métodos de protesta. La experiencia sindical del PAME se convirtió pronto en un referente sindical para todos los pueblos europeos como lo ha sido, de hecho, el trabajo


del KKE para unas y el de Syriza para otras. Ninguna de esas herramientas ha servido, sin embargo, para evitar que Amanecer Dorado no sólo se colara en las instituciones sino que llegara a ser el tercer partido en intención de voto. Mitras reconocía cómo podía verse a trabajadores cuyo voto tradicional había sido progresista, votar más tarde a una izquierda más radical o al fascismo indistintamente. Y esto, al parecer, no ocurría tan sólo con supuestos obreros desclasados sino que era un mal que se extendía por gran parte de los barrios helenos donde, incluso, el voto fugado a Amanecer Dorado podía, de nuevo, retornar a formaciones antifascistas. Lo que parecen demostrar estas aparentes incoherencias es que la vieja táctica comunista de lucha antifascista no es tan eficaz como parece. Nadie podría negar el tremendo trabajo de los partidos de izquierdas y del PAME en crear una conciencia de clase que parecía, en determinado momento, dada por hecha. Sin embargo esta conciencia no ha venido a ser suficiente puesto que detrás de este trabajo de masas (ni de los logros electorales de Syriza ni de los movilizatorios del KKE) no había una conciencia antifascista real, es decir, la clase trabajadora está ideológicamente desarmada, tan sólo con conciencia de clase, para resistir el discurso fascista. Mitras se resignaba en Zaragoza ante lo que, decía, era una falta total de cultura antifascista y que tan caro estaba saliendo al pueblo griego. La total falta de preocupación o incapacidad discursiva de la izquierda para priorizar, cuando es necesario, el ideario antifascista, ha hecho estragos en la clase obrera griega. Dejar, por ejemplo, en manos de la caridad cristiano-ortodoxa y progresista todo lo relativo a la inmigración; dejar de lado o no priorizar las luchas por los derechos sexuales y de género; dejar de lado la lucha contra la homofobia; o no combatir el chovinismo imperante, finalmente ha conllevado que todo ese odio sea rentabilizado por el incipiente fascismo. Amanecer Dorado forma parte, como decimos, de un tipo de fascismo mucho más tradicional que formalmente sólo es comparable, en la actualidad, con partidos como el Jobbik húngaro que, pese a todo, mantiene rasgos de la extrema derecha europea. Quizá este partido pueda ser tomado como puente entre el neofascismo de corte parlamentario, porque presiona en las instituciones y no conquista por completo la calle, y el fascismo griego-tradicional que conquista violentamente los espacios sociales en tanto que también el Jobbik ha usado la violencia en su xenofobia contra el pueblo gitano y ha formado escuadras paramilitares. En el Estado español el espacio político asimilable a Amanecer Dorado es el que ocupa el Movimiento Social Republicano que imita las formas del partido griego y que trata, como él, de ganar buena imagen a través de su discurso social y aparentemente solidario. En Aragón hemos visto cómo MSR trataba de infiltrarse en movimientos sociales, con especial preferencia por copar los repartos caritativos de comida. Esta estrategia, que junto con la de seguridad urbana le han servido tan bien a Amanecer Dorado, no parece ser tan prolífica y eficaz en nuestro contexto, dada la aún existente hegemonía cultural progresista y una descomposición social que todavía está lejos de la helena. Dadas las circunstancias actuales MSR lo tiene tan difícil para crecer como los partidos neofascistas tradicionales que, por otro lado, también intentan apuntarse a los nuevos modos de Amanecer Dorado. El fascismo en el Estado español todavía no ha encontrado el elemento de odio que le haga construir

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mayorías, puesto que aunque también MSR es antiinmigración no es esa toda su baza política sino que se enmarca dentro del planteamiento “nacional-revolucionario”. Este aparato ideológico es relativamente funcional en un contexto de crisis y le da un margen de crecimiento dentro, especialmente, de la juventud. Con todo, su relevancia y potencialidad política se la juegan en si son capaces o no de superar el triburbanismo manifiesto o, lo que es lo mismo, si son capaces de hacer Política con mayúsculas más allá del camorrismo de las décadas pasadas y si saben canalizar toda su violencia intrínseca hacia un paraestatalismo de tipo griego o húngaro. Una estrategia inteligente del fascismo español ha sido la puesta en marcha de la organización Respuesta Estudiantil para introducirse en el movimiento estudiantil en un momento de reflujo para éste. Con él han conseguido, al menos en parte, sus objetivos que pasaban inicialmente por llegar a ser un actor real y visible para el estudiantado y, con ello, al ser expulsados de toda movilización estudiantil, convertirse en el referente derechista de los estudiantes ideológicamente inadaptados al movimiento constituido. Con ello no construyen hegemonía pero generan estructuras con capacidad de intervención real y, a medio plazo, un movimiento juvenil más consolidado. Así, tanto RE como MSR, revelan lo que es ya de hecho su estrategia en el actual periodo: negar cualquier relación con la violencia, tratar de normalizar su discurso y su formación, criminalizar a la izquierda y crear base social. Todo ello mientras por detrás van configurando el aparato escuadrista que se encuentra en su ADN político y que es el verdadero objetivo a largo plazo. Queda a un lado toda la rama peculiar y característica de la extrema derecha española, la del nacionalcatolicismo, que verdaderamente goza de buenas relaciones con la oligarquía. Quizá para comprender el por qué no se observa en el Estado español un auge real de la extrema derecha al modo europeo o fascista-griego haya que mirar las propias tradiciones históricas de la derecha regional. La fuerte influencia de la Iglesia católica y el tradicionalismo han empujado históricamente una extrema derecha particular que no se puede, simplemente, subsumir bajo las categorías del nazi-fascismo. El franquismo fue el mejor ejemplo de este régimen que adoptó la formalidad fascista fruto de su contexto pero que en poco acabó pareciéndose a sus homólogos. Su incrustación en el cuerpo funcionarial y en el Ejército es tradicionalmente mucho mayor que el de las otras líneas fascistas y en consecuencia gozan de un mayor apoyo desde las instituciones. Además, su discurso xenófobo está prácticamente difuminado y mientras que la rama nacional-revolucionaria juega un papel mucho más europeista estos tienen como puntos claves la unidad nacional y los valores católicos. Aunque casi todas las formaciones de extrema derecha se autoproclaman de un modo u otro herederas del pensamiento de Primo de Rivera y de Ramiro Ledesma, en esta tradición nacional-católica se encuentran partidos como las falanges, la integrista Alternativa Española heredera de Fuerza Nueva o el Movimiento Católico Español. Todo ello demuestra que el fascismo es tremendamente variable y que se presenta de una forma distinta en cada Estado y en cada contexto social, adaptándose a sus peculiaridades y creciendo por razones distintas sin un patrón continuo. Podemos identificar más o menos bien lo que es el fascismo en cada realidad pero sin perder de


perspectiva sus radicales diferencias, el todo múltiple que compone. Por ello hemos de partir, para nuestro análisis, de la idea de que el fascismo en el Estado español no se va a dar como en el resto de países europeos ni tampoco como una repetición de cómo se dio aquí en el pasado. Ambas líneas confluyen, por un lado su tradición propia y adaptación a las estructuras del Estado y la sociedad; y por otro la influencia de las nuevas formas fascistas que se producen en Europa y el resto de Occidente.

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3. Los caminos posibles del fascismo español Como hemos señalado, la mejor forma de trazar una buena táctica política de combatir y enfrentar al fascismo es comprender de antemano cómo se constituye éste y a qué se debe en nuestro contexto concreto. Para ello debemos saber qué senderos puede recorrer y cuáles son las principales batallas abiertas por las que su discurso puede calar en la sociedad. Si decíamos que el neofascismo de corte parlamentario ha fracasado en el Estado y que la ideología antiinmigracion se ha desmoronado ante su incapacidad para llegar a la sociedad, no es tan sólo porque ese modelo de partido esté agotado sino porque, realmente, creemos que a día de hoy la xenofobia antiinmigración no puede ser el factor principal de análisis del fascismo. Es cierto, la extrema derecha es casi en su totalidad racista pero no significa que eso sea en sí mismo un peligro que pueda contagiar al conjunto social. Como hemos dicho, el fascismo es por definición populista y en consecuencia trata de transmitir soluciones fáciles y de odio a los problemas que la gente considera prioritarios. Mientras la izquierda trata de cambiar el foco de culpabilización de sus problemas a la clase trabajadora (de los políticos a la patronal y el sistema económico), el fascismo se acomoda a las concepciones sociales preexistentes. Mantiene su antiinmigración pero sabe que eso no les hará crecer suficiente y por ello priorizan otros discursos. Siguiendo el principio populista estigmatizan a los políticos y la administración autonómica pero, en efecto, esto tampoco supone para ellos un factor real de crecimiento en la medida en que ese discurso ya lo rentabilizan formaciones integradas en el sistema parlamentario como es, en nuestro caso, UPyD. De hecho, mucho se ha hablado del marcado corte neofascista del partido de Rosa Díez aunque en realidad no parece una tesis demasiado plausible. UPyD mantiene un cierto discurso falangista, un patrioterismo exacerbado y un transversalismo inquietante; pero eso no les hace por sí solo fascistas en tanto que su composición sociológica es puramente liberal y parlamentaria. Eso no quita para que, de hecho, su contribución indirecta al chovinismo y el nacionalismo español haya sido el mejor regalo al fascismo que haya podido hacerles. En otras palabras, UPyD no es en absoluto fascista pero es una puerta abierta hacia el fascismo: ha ayudado a normalizar el discurso nacionalista, a “salir del

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armario” al casposismo y mover cierta parte del progresismo hacia posiciones centralistas/ españolistas. No cabe duda, el espacio social que UPyD conforma con su discurso es un germen de un fascismo futuro que, mientras dure la experiencia de Díez, aún se encuadra en el orden parlamentario. En cualquier caso, la inmigración ya no cumple en esta coyuntura un papel relevante del análisis del fascismo. El auge del fascismo en el Estado español no va a estar motivado, como en otros países europeos, por un discurso xenófobo antiinmigración. Aquí la inmigración no se ha dado ni se ha distribuido del mismo modo, ni la forma cultural de comprender la migración es la misma. Salvo en algunos focos concretos, especialmente en suburbios de Madrid y Barcelona, el discurso xenófobo no tiene muchas posibilidades de calar en la población. Podemos decir que en España no parece que vaya a triunfar ya esta línea, hemos visto cómo campañas que arrasaban en Europa aquí han pasado y pasan completamente desapercibidas, tales como “Nos quitan el trabajo” (que en su día tuvo gran impacto) o “Stop islamización”. Sin embargo otros discursos acrecientan el fascismo español sin necesidad de recurrir a un antiislamismo febril. Urge, entonces, encontrar cuáles pueden ser las vías efectivas por las que ha de dirigirse el fascismo español. La extrema derecha española sirve, como todo el fascismo en general, a la oligarquía que lo ampara; y en este caso no es otra cosa que su tremendo y furibundo unionismo (que hila tradiciones desde UPyD a MSR). Nada ha movilizado tanto a la extrema derecha en los últimos tiempos como lo hace la respuesta contra el secesionismo. Tradicionalmente el fascismo ha tenido posibilidad real de intervención en las movilizaciones contra el terrorismo. De hecho, los espacios masivos que en ocasiones abría la AVT permitía a organizaciones de extrema derecha relacionarse diréctamente con parte de la sociedad. Aunque nunca han estado en posición de rentabilizar el discurso antiterrorista o el poder de las víctimas, lo cierto es que sólo en ese ámbito su discurso nacionalista se veía realmente normalizado y, con ello, afianzado. El fascismo nunca ha condenado la violencia por lo que ella supone en sí misma sino porque era una estrategia y estaba ejercida generalmente desde sectores secesionistas (y para muestra las palabras de Pedro Pablo Peña, líder de Alianza Nacional). La extrema derecha siempre se ha nutrido de este anti-nacionalismo periférico como lo ha hecho también del tradicional odio a lo catalán que a lo largo del tiempo se ha ido creando. Su principal impulso ha sido y sigue siendo el centralismo que lo liga con los verdaderos intereses de la oligarquía española. De hecho, esta confluencia de intereses es especialmente importante. Los procesos secesionistas no ponen en serio peligro la existencia del Estado pero sí los procesos económicos capitalistas que en él se dan. Si se quiere explicar la derechización histórica del Ejército y la burguesía española se debe aludir a su propia composición como clase y poder constituido. La oligarquía española es de carácter centralista por naturaleza ya que se enriquece, en gran medida, con el expolio que le permite su dominio político sobre los territorios peninsulares. Tradicionalmente Cataluña y Euskadi han tenido un tejido industrial con una burguesía moderna y de tipo europeo. Al contrario, en el resto del Estado la burguesía ha obtenido su capacidad económica no de un proceso industrializador sino de la propiedad de la tierra y la desposesión. De

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este modo la oligarquía centralista obtenía beneficio de los territorios industriales que controlaba y las respectivas burguesías locales se acomodaban debido a que la mayor parte de sus intereses comerciales se centraban en el resto del Estado. Este marco ha generado históricamente numerosas tensiones que junto con el auge del movimiento obrero y de un nacionalismo que responde a intereses fiscales de la periferia conllevaron la progresiva derechización de los sectores liberales que otrora habían suplantado el Antiguo Régimen. Esto, que acarrearía la Guerra Civil y la dictadura franquista, vino a reconfigurarse con el Régimen del 78 que planteaba un pacto de mutuo interés, de nuevo, entre las diferentes oligarquías. El centralismo exacerbado de la española fue sustituido por un unionismo interesado que aceptaba un pseudo-modelo federal (autonómico) donde las burguesías periféricas tenían cierta autonomía y donde la española seguía dominándolas políticamente. Hasta nuestros días, Cataluña y Euskadi no han dejado de ser los principales centros industriales del Estado y, con ello, los principales ejes impulsores de toda la economía estatal. El sistema ha perdurado y envejecido bien pero se ha visto, con la crisis, seriamente dañado. En la actualidad las relaciones comerciales de Cataluña en el contexto de la Unión Europea han cambiado. Especialmente de la pequeña y mediana burguesía catalana que ya no vive gracias a lo que vende al resto del Estado, el sistema autonómico y de dominación política española se ha convertido en un lastre para ellos. Sólo así se puede entender la propuesta de pacto fiscal que la burguesía catalana lanzó fallidamente a Madrid y el supuesto proceso soberanista en el que la Generalitat se ha embarcado. Hay que aclarar que, pese a todo, la gran burguesía catalana sigue interesada en sus relaciones comerciales con España y no aceptará, como la pequeña, ningún tipo de secesión. Sin embargo el conflicto está ahí y pese a la dominación del proyecto autonomista el centralismo, como sus aparatos ideológicos, nunca han desaparecido o, diréctamente, ha retomado con fuerza su programa a causa de la crisis. En ese contexto se puede entender el auge de UPyD y la deriva recentralizadora del PP. Sin embargo, las fuerzas del pacto de Estado se encuentran cada vez con mayores tensiones abonando un terreno muy fecundo para el fascismo. Comprender la relación y las fuerzas en tensión de las diferentes oligarquías del Estado es necesario para comprender cómo se va a desarrollar el fascismo en nuestro contexto. Sin hablar de los procesos capitalistas concretos no podemos entender hacia dónde dirigirán sus fuerzas los poderes reaccionarios. De hecho, es claro, a día de hoy no hay indicios reales de que la administración o la oligarquía apoyen o den soporte a espacios políticos neonazis nacional-revolucionarios ni neofascistas antiinmigración. Sin embargo sí se ha podido observar una preocupante tolerancia política y judicial con los ataques fascistas contra el secesionismo, similar a la históricamente vivida con la violencia fascista en Euskal Herria. Los atacantes de la librería Blanquerna en la Diada han sido profundamente tolerados no solo por el Estado sino también por gran parte de la sociedad. La existencia de España en Marcha y la cierta “unificación” de fuerzas fascistas es un hito que termina con décadas de distanciamientos. Habrá que ver cuánto dura la experiencia pero todo apunta a que pese a las diferencias EeM no deja de ser otra cosa que un frente fascista anticatalán; y en la medida en que el independentismo catalán siga ascendiendo la unidad

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españolista se mantendrá o reforzará, con unas formas u otras. Y aquellas fuerzas que no participen de esta unidad (como las nacional-revolucionarias) no serán bendecidas con ese inmenso regalo que significa tener los mismos objetivos concretos que la oligarquía. El unionismo, a toda costa, es una fuerza ideológica mucho más profunda y arraigada en la sociedad, incluyendo las clases populares, que cualquier otro principio. La falta de cultura democrática en el Estado español, que siempre ha sido tan patente para la izquierda combativa, se muestra ahora como uno de los principales campos en los que el fascismo puede intervenir. El derribo y ataque constante a Cataluña (como ayer contra la Izquierda Abertzale y el nacionalismo vasco) enrarecen el ambiente y justifican un incipiente odio étnico que, pese a estar siempre latente, comienza a superar cotas desconocidas. No cabe duda de que es la oligarquía a través de su poder mediático, político y cultural la que dirige esta catalanofobia y azuza a sus esbirros fascistas como primera línea de frente para mantener el estatus quo unionista. Estamos, pues, en posición de decir que en el Estado español es el hecho nacional lo que moviliza y hace crecer a la extrema derecha. Y esto no significa, por otro lado, que sea un fascismo menos xenófobo, integrista o violento; es todo eso al mismo tiempo, porque su ideología no deja de ser un cuerpo general pero no son los otros elementos los que le hacen crecer o tener potencialidad política real. De hecho, tampoco significa que el hecho nacional vaya a ser por siempre su base política; lo es hoy circunstancialmente y dadas las condiciones actuales, si la situación cambia las líneas de influencia social cambian también.

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4. Los factores que operan en Aragón No conviene banalizar al fascismo en Aragón y hechos concretos como el ataque a la charla de la Coordinadora por el Diálogo y la Negociación en la Universidad de Zaragoza en septiembre de 2012 son buena prueba de ello. Esta actuación vino a demostrarnos que, pese a no estar organizado ni contar con fuerzas reales en el día a día, el fascismo es en Aragón una fuerza de choque efectiva que el poder político y la oligarquía local puede usar a su antojo en momentos puntuales. Si había alguna duda de que el fascismo es el perro fiel del cacique y el patrón la secuencia de actos que derivaron en ese ataque lo terminan de confirmar. Cuando ni siquiera el Delegado del Gobierno, invocando todo el poder de su virreinato, pudo poner freno a la celebración de esa charla en un espacio universitario, las fuerzas políticas y mediáticas reaccionarias se coaligaron para criminalizarlo y lanzar las escuadras “espontáneas” del fascismo que hicieran el trabajo sucio. Por desgracia lo consiguió y a las antifascistas nos demostró que el poder no iba a tener ningún problema en usar al fascismo local para encerrar ciertas libertades democráticas de la izquierda. Más tarde se vio también cómo otros grupos fascistas amenazaron con reventar las huelgas estudiantiles que se desarrollaban, asumiendo su responsabilidad de “preservar el derecho a estudiar”. Por suerte nunca lo han llegado a conseguir debido a la contundente respuesta antifascista, pero deja clara que su estrategia pasa efectivamente por el escuadrismo y llegar a ordenar violentamente la sociedad allí donde las fuerzas represivas no pueden llegar. En cualquier caso el fascismo en Aragón y más en concreto en el ámbito urbano de Zaragoza no deja de ser marginal y sin capacidad de intervención real. Responde a las llamadas concretas de la derecha liberal pero carece de dinámica propia relevante. Es de destacar un cierto auge en sus formas e intervención en determinados movimientos sociales (ajenos a la izquierda, por ahora) y el arrastre, fruto del contexto de crisis, de un reducido número de jóvenes españolistas. Del mismo modo, se conoce la existencia de “células dormidas” fascistas del medio rural en poblaciones como Andorra (Democracia Nacional) o Uesca (España 2000), aparte, por supuesto, del tradicional hedor nacional-catolicista que impregna las zonas con presencia militar como Calatayut o Chaca.

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En torno a los factores de potencial calado social del fascismo vemos que en Aragón, por tratarse de un territorio preeminentemente agrícola y rural, no ha existido una inmigración que posibilite supuestos conflictos étnicos a explotar. Salvo en algunas zonas urbanas la población migrante no es relevante y no tiene ningún problema o choque con la población autóctona. Esto nos hace sospechar que en este país, como en el resto del Estado, la extrema derecha no rentabilizará esa parte de su discurso. Otra cuestión es su marcado carácter nacionalista que se impregna en Aragón de una manera mucho más sutil y profunda de lo que solemos reconocer. Analizando las condiciones ideológicas de la sociedad aragonesa, tanto de sus clases populares como de cualquier otro estrato socioeconómico, podemos observar cómo la afirmación del españolismo se ha convertido en una constante desde mediados del siglo XX, especialmente acrecentado con los últimos procesos en marcha en Cataluña. Si es relevante analizar el contexto concreto de Aragón es porque la forma en la que aquí se configura el españolismo tiene ciertas peculiaridades que hay que resaltar. Sus intentonas populistas son, por el momento, ineficaces, pero se ha de estar alerta por el planteamiento estratégico que han tomado pues en todo momento tratarán de introducirse de las movilizaciones y protestas sociales y obreras. En cualquier caso a nivel colectivo la sociedad aragonesa tiene unos senderos claros trazados por los que el fascismo puede discurrir. Hay que comprender, para estar preparadas, la situación concreta de la ideología aragonesa, la fuerte influencia del ideario del caciquismo y la oligarquía local. En ello reparamos que el sentimiento nacional español se afirma de acuerdo a una aragonesidad regionalista hegemónica, esto es, el nacionalismo español se hace presente a través de lo que es el imaginario colectivo aragonés. De esta forma es claro que el españolismo tiene una fuerte raigambre en nuestro territorio de la que no se libran las clases más depauperadas. Un hecho concreto que nos diferencia es la profunda y peculiar vivencia catalanófoba que en Aragón se encuentra asentada. La sociedad aragonesa lleva décadas construyendo un odio a lo catalán que desemboca en una radicalización del nacionalismo español. Si el fascismo se ha caracterizado históricamente como un movimiento de alienación social que traslada el enemigo social desde la patronal y el poder hacia un enemigo externo, vemos cómo en Aragón ese enemigo exterior ya se está conformando. El anticatalanismo es ya tradicional en nuestro país (aunque data en estas formas originalmente de mediados del siglo pasado) y supone una continuación hispanizada de los principios nacionalcatolicistas. Esto convierte Aragón en un campo demasiado fecundo para un posible resurgimiento fascista. Pareciera que a la tradición nacional-revolucionaria este españolismo provinciano le resulte ajeno pero es un hecho que también participan de él y tratan de emplearlo políticamente. En cualquier caso, dado el dividido panorama de la extrema derecha, aún está por decidir quién liderará el espacio político nazi-fascista que está por construir. Hasta el momento las élites no han sentido la necesidad de refugiarse en la violencia de ese fascismo ya que el Estado cubre todas sus seguridades y deseos políticos. Sin embargo no se debe descartar que en algún punto se interesen por reconfigurar el panorama fascista; y desde ese momento las divisiones y enfrentamientos

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de la extrema derecha desaparecerán. Aragón tiene una oligarquía propia y singular, que al contrario que las burguesías periféricas forma parte de la tradición centralista española. Los poderes fácticos en Aragón son españolistas y esto determina irremediablemente la forma en que el fascismo puede constituirse. Sus intereses unionistas nos permiten predecir un escenario en el que el caciquismo y el tradicionalismo aragonés de orden nacional-católico apoyen al nuevo fascismo surgido. Las clases populares en Aragón no están preparadas para frenar esta ola de odio identitario que el proceso soberanista catalán ha generado y mucho menos con los precedentes conocidos. Resulta alarmante, incluso, cómo la misma base social de la izquierda española (incluyendo en esta la izquierda aragonesista) confraterniza ideológicamente con los principios identitarios de la extrema derecha. La no existencia de un discurso fuerte sobre la cuestión nacional y la tibieza histórica de esta izquierda para condenar los crímenes del Estado contra el soberanismo han hecho degenerar la conciencia obrera del peligro del nacionalismo español. Hasta tal punto que el españolismo se encuentra bien incrustado en la ideología y la identidad política de gran parte de la clase trabajadora aragonesa. De hecho, aunque también en Andalucía y en Castilla se odia a Cataluña, la forma de odiarla en Aragón es cualitativamente distinta; se trata de una relación de mala vecindad, de envidia y de repudio étnico-cultural. Esta forma de catalanofobia sólo es asimilable a la que se experimenta en Valencia, que busca criminalizar a Cataluña como imperialista y creadora de todos los problemas. Tenemos, pues, el precedente valenciano del Blaverismo que ha sido el principal aglutinador de la extrema derecha levantina y que se parece demasiado con lo que puede surgir aquí. No en vano, Aragón no deja de ser el eje central que existe entre las dos principales potencias soberanistas (Euskal Herria y Catalunya) por lo que el Estado y la oligarquía unionista tiene un especial interés en que el españolismo se mantenga firme en nuestro territorio. Si el fascismo tiene hoy (y circunstancialmente) potencialidad de crecer en Aragón es a través del anticatalanismo y el empleo de la tradición nacional-católica que perdura casi intacta. El antifascismo ha de tener en cuenta este hecho y trazar estrategias para abordar y plantar cara también en el plano cultural a la hegemonía españolista y catalanófoba existente.

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5. Las formas de intervención táctica Se han dado algunos pasos importantes en el planteamiento de la intervención política y social para combatir el fascismo. Las experiencias que nos preceden y que al mismo tiempo se están dando en otros lugares nos proporcionan conocimientos con los que abordar mejor y más eficazmente el problema que nos atañe. Sin embargo no siempre se tiene clara la forma concreta de actuación y es necesario que sepamos qué líneas tácticas seguir; que las y los antifascistas acordemos un mínimo acuerdo en cómo enfrentar a la incipiente extrema derecha. Al parecer, en general existe un cierto consenso en que el principio estratégico básico para combatir la extrema derecha es buscar y plantear la unidad antifascista. Debemos crear escenarios de unidad y confluencia para frenar en términos ideológicos la propagación social del ideario fascista. Como sabemos, el nazi-fascismo no crece si no tiene un sustrato político social en el que sustentarse y el desconocer o ser inconscientes sobre él acaba por pasarnos factura. Si no hubiera un conato de xenofobia o españolismo previo el fascismo nunca encontraría hueco para sobrevivir, no tendría oxígeno político. Sin embargo la ideología capitalista en nuestro Estado comparte similitudes políticas que generan las condiciones de posibilidad del nazi-fascismo. Hay, pues, que priorizar el cambio en el imaginario colectivo tanto de lo que el fascismo supone como de aquellas ideas de las que se puede servir para crecer. A esto es a lo que se refieren las propuestas que buscan un frente cultural común, a la necesidad de crear cultura antifascista y democrática, de llevar a nuestros pueblos, barrios y comarcas el conocimiento de sus peligros. No obstante en la mayoría de ocasiones no sabemos cómo se ha de aplicar este programa unitario y surgen discrepancias en las formas concretas de intervención antifascista. Como señalábamos al hilo de lo que ocurre en Grecia hemos podido ver cómo algunas interpretaciones tácticas más tradicionales pasan por intervenir en las masas obreras para dirigirlas hacia posiciones revolucionarias, dando por hecho que un incremento en ellas de la conciencia de clase supone un freno irremediable a las posiciones fascistas. La ecuación, tan sencilla, no nos funciona. De algún modo hay una línea política que entiende que el mejor antifascismo es la lucha por la revolución lo que, en la práctica, conlleva olvidar el trabajo antifascista de calle y subsumir sus objetivos a

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los de la revolución. De lo que no se da cuenta es de que el fascismo tiene otros muchos huecos por los que filtrarse a las clases populares y que no todos pueden salvarse con una elevada conciencia obrera. De hecho, no es raro encontrar personas con -aparenteconciencia de clase en las que cala el discurso xenófobo, pero lo hace de una manera inconsciente incluso entre obreros y personas de izquierdas. El fascismo no siempre se reproduce de un modo visible sino que lo hace sutilmente a través de incontables nociones culturales. Lo hace a través de la cultura de masas y la selección de fútbol; a través de la asimilación de los símbolos del Estado; a través de un ciudadanismo que busca superar diferencias ideológicas y de clase; a través de la normalización de la represión política del sistema y del control policial de la sociedad; a través del sindicalismo corporativo y amarillo, de la crítica al sindicalismo de clase; a través de la pasividad, la ignorancia y el apoliticismo imperante en grades sectores de la clase obrera; a través de la propensión a aceptar soluciones fáciles y que culpabilizan a otros de los problemas; cuando se justifica la xenofobia contra determinadas minorías; cuando se devalúa la lucha feminista o por la liberación sexual... La conciencia de clase no es suficiente para frenar la introducción ideológica del fascismo en el imaginario social. Las líneas que critican al antifascismo como un trabajo político concreto (aunque siempre anexo) y diferenciado de la intervención revolucionaria corriente no reparan en que el fascismo es un problema concreto (también anexo) y diferenciado del proyecto anticapitalista. Esto no significa que ambos campos de trabajo se puedan desgajar: no puede haber antifascismo sin que éste sea anticapitalista. Sin embargo los requerimientos militantes concretos del día a día hacen del antifascismo una línea de trabajo que ha de ser diferenciada, aunque camine con el mismo objetivo, de la intervención política en general. No es nada diferente a la forma como ha de tratarse el feminismo, el ecologismo o la defensa animal; todas ellas líneas de intervención que han de confluir en un mismo proyecto político pero que requieren formas de intervención específicas. En algunas circunstancias se ha llegado a negar la necesidad de combatir diariamente y en los espacios públicos al fascismo; como si esta confrontación no tuviera un sentido político relevante y se tratara de mero camorrismo. Esta perspectiva, para los y las revolucionarias, no es tolerable. Si algo nos enseñan las experiencias antifascistas allí donde el nazismo o el fascismo ha sido un problema de gran magnitud es que la disputa de los espacios es tan importante como la lucha ideológica y política en la conciencia obrera. De hecho caminan de la mano siendo que uno de los mejores modos de lograr la hegemonía ideológica es visibilizando en los espacios públicos el discurso revolucionario y antifascista; y haciendo desaparecer de las calles y barrios la propaganda y la presencia fascista. Esta labor no es triburbanista sino la táctica adecuada de intervención antifascista, que expulsa simbólicamente y hace de las calles lugares donde el fascismo, de naturaleza violenta, no puede imponer su ley. La máxima “al fascismo no se le discute, se le combate” ha de llevarse a rajatabla; mientras sean débiles pedirán pluralidad política pero si ganan peso serán ellos los que nos expulsen del espacio público. No hay, aquí, término medio posible sino la incondicional necesidad de expulsarlos de toda protesta o movilización, de todo movimiento social o vecinal, de toda representación estudiantil u obrera. Sus pintadas han de ser tachadas,

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sus carteles arrancados y sus pegatinas rasgadas. No es trabajo de la policía sacarlos de nuestras manifestaciones sino una obligación de la militancia antifascista. Si alguien niega esta necesidad diréctamente no puede formar parte de la unidad antifascista. La guerra por el control de las tabernas en la Alemania prehitleriana es un ejemplo claro de la necesidad que existe de disputar espacios al fascismo y lo perverso que puede resultar perderlos. Algo similar a lo que ocurre hoy en Grecia donde Amanecer Dorado pugna por el control de barrios enteros donde imponer su ley y expulsar cualquier expresión de la izquierda antifascista. La labor antifascista no es, como lo intenta presentar la extrema derecha, “controlar” espacios sino de defenderlos; defender en ellos la pluralidad que el fascismo negará a todos aquellos que no se ajusten a sus criterios. En los espacios públicos caben de forma segura personas de toda raza, condición de género, de clase, estética o de orientación sexual; ámbitos de pluralidad que desaparecerían si los controlara violentamente la extrema derecha. He ahí, pues, la responsabilidad de disputar los espacios públicos. Los mensajes y el discurso antifascista deben llegar a todos los hogares aragoneses, refinados de estridencias partidistas y con voluntad de abarcar todo el espacio democrático. No se puede ser demócrata y no ser antifascista; inculcar esta idea a las aragonesas de hoy y, sobre todo, a las nuevas generaciones, es esencial para ganar la batalla cultural al fascismo. Pero si nuestro análisis es correcto y en el Estado español es el nacionalismo unionista el que más posibilidades de crecimiento ofrece al fascismo, entonces el antifascismo debe replantear su estrategia conceptual y no quedarse sólo en un discurso de tolerancia y mestizaje. Es urgente que en España el antifascismo construya un discurso en torno no sólo a la cuestión nacional sino a los relatos étnicos que despuntan y reflotan el fascismo. En otras palabras, superando el racismo, el problema con el que nos encontramos ahora es con un odio étnico en el seno mismo del Estado que supera el odio por razones ideológicas. Si el pueblo catalán o el pueblo vasco persisten en sus intentos soberanistas el odio que se desate contra ellos será inusitado. No es algo nuevo en el mundo, hay experiencias de sobras que acreditan que esto es posible, desde la yugoslava a la ruandesa. Aquí estamos muy lejos de esos niveles de odio desatados en conflicto pero el incremento progresivo de esta particular xenofobia es una vía abierta por la que el fascismo ultranacionalista puede incrementar su peso. En el orden ideológico la izquierda y el antifascismo estatalista en general comete el error de devaluar el unionismo fascista como uno de sus principales factores históricos de cohesión. La falta de un discurso acerca de la españolidad produce una incapacidad manifiesta para llevar a las masas una interpretación nacional alternativa a la que ofrece el poder constituido y el fascismo. Negar un discurso concreto en torno a lo nacional, que supere el mero derecho a la autodeterminación, conlleva estar desarmados ideológicamente contra la producción de nacionalismo español. Se pueden negar o ridiculizar las formas estéticas en las que éste se da, el casposismo y el chovinismo castizo, pero esto no supone una destrucción efectiva de la españolidad fascista. Dicho de otra forma, hay un discurso étnico que genera el pensamiento filofascista y que incluye en la españolidad, en la identidad española, la asimilación de los pueblos peninsulares,

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que la izquierda es incapaz de superar porque no se preocupa por ello. El antifascismo, aunque acepta el derecho a la autodeterminación, comparte la misma españolidad cualitativa del fascismo, la que entiende que hay una etnicidad posible en España, que se da una nacionalidad española. Éste no es un discurso relegado al aparato estatal y a la administración sino con una carga étnica. De hecho, la posición hegemónica en el seno de la izquierda española es entender que España es una nación que oprime a naciones; la falta de reconocimiento a la legítima soberanía del resto de los pueblos que componen el Estado le hacen compartir la noción identitaria del fascismo y, en consecuencia, su capacidad de analizarlo se ve seriamente coartada. Frente a esa concepción de España ha surgido la noción de ésta como una cárcel de pueblos, esto es, España como un Estado de naciones y no como una nación con otras naciones. La diferencia, aunque lingüísticamente parezca sutil, es tremendamente relevante a la hora de contraponer posiciones con el fascismo y la que explica la cercanía identitaria que gran parte de las clases populares y bases de la izquierda tienen con la españolidad fascista. Esta españolidad con carga étnica está naturalizada socialmente y proporciona el sustrato ideológico en el que el fascismo puede apoyarse para crecer. En una situación de conflicto identitario como la actual encuentra aquí una de las principales vías para crecer y reproducir su discurso. Del mismo modo, asumiendo este principio varía la forma de entender los hechos históricos que componen el ideario antifascista y revolucionario. Caso concreto es el de la Guerra Civil donde toda una línea de explicación ha quedado subsumida por la historiografía heredera del bando republicano. La izquierda ha de dejar de seguir propagando el mito de que la oligarquía y el fascismo español únicamente se levantó en 1936 contra la revolución en ciernes. Lo hizo también, y no con menor efusividad, por la unidad nacional. La “España antes roja que rota” de José Calvo Sotelo es una constante histórica de la derecha española que no puede obviarse a la hora de analizar su existencia que, sin embargo, no queda tan lejos del “Si esas gentes van a descuartizar a España prefiero a Franco” de Azaña o, como decía Negrín, “No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo pueblerino. No hay más que una nación: ¡España! Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la que se desprendiese de alemanes e italianos”. De algún modo la carga nacionalista que tienen estas afirmaciones de la izquierda perduran moduladas en la mayor parte de la izquierda y el antifascismo español. Desprenderse de estas ideas es la mejor y más urgente táctica que puede adoptar el antifascismo, que no tiene nada que ver con separatismos o nacionalismo, como paso previo necesario para crear la hegemonía cultural antifascista a nivel social que se precisa para evitar el auge del fascismo. Desde un punto de vista nacionalista la extrema derecha puede integrar en sus mitos una España republicana, federal o incluso socialista pero bajo ningún concepto podrá comprender una España mutilada, de ahí el odio extremo que hoy muestra contra el independentismo y el soberanismo. No es cierto que la ignorancia sin más, como se suele decir, permitan el fascismo; son las ideas instaladas en la ignorancia generalizada las que lo hacen. Aquí estas verdades chovinistas y concepciones nacionales las genera el poder y las comparte el fascismo, razón urgente para tomar otro rumbo.

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6. Conclusiones No se trata de decir que el españolismo es la única vía por la que el fascismo puede crecer y empoderarse en nuestro contexto. Lo que hemos tratado de hacer con este pequeño análisis es señalar una visión que generalmente queda olvidada. No se olvida el nacionalismo como elemento fundacional y necesario para la existencia del fascismo pero se simplifica la forma en la que éste se da. No se conoce cómo se produce y desarrolla el nacionalismo español y desde nuestro punto de vista es necesario saberlo para abordar la misma base del fascismo. El españolismo es un revulsivo para el fascismo, su causa movilizatoria y ofensiva. No hemos querido señalar todos aquellos aspectos que todo el antifascismo conoce, no queríamos reiterar que hay que ir a los barrios y que hay que hacer pedagogía social con la cuestión del antifascismo. Eso ya lo sabíamos, nuestro objetivo era aportar algo relevante y que pueda ser funcional en algún aspecto. En la misma medida reclamamos una mayor implicación de la cuestión feminista, tanto en la liberación de la mujer como en la liberación de las identidades sexuales, puesto que es una de las principales líneas de intervención pedagógicas que pueden socavar el ideario tradicionalista y católico que posibilitan la emergencia del fascismo. Es una obligación que debemos llevar la lucha contra la homofobia hasta las últimas consecuencias; visibilizando públicamente la diversidad afectiva y sexual; como también hemos de trasladar a las clases populares la brutal pertinencia del derecho de las mujeres sobre su propio cuerpo, tratando al antiabortismo como un ideario parafascista que no puede tolerarse. De algún modo, bajo nuestra óptica, queremos concluir que no se está en una situación de urgencia extrema en cuanto a auge del fascismo. Es cierto que tras un periodo relativamente corto de inactividad ha vuelto a reaparecer en nuestras calles pero todavía no supone una amenaza constituida para la izquierda y la clase trabajadora. Lo que sí es necesario aclarar es que esta extrema derecha que ahora renace lo hace con otras cualidades a las que tenía en las últimas décadas y que es precisamente esta adaptación, junto con un contexto de crisis, la que le hace tener una potencialidad más significativa. El fascismo camina hacia la politización estética de su práctica y esto conlleva que tratará por todos los medios normalizar su discurso mediante la intervención social. Nuestra labor, pues, ha de saber ir también en ese sentido, no dejando ningún hueco de solidaridad sin cubrir, que den oxígeno a una ideología que solo sabe proporcionar

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explicaciones fáciles a la población. El fascismo, bajo la forma nacional-católica, siempre ha tenido un espacio político dentro de la extrema derecha del Partido Popular. Como también lo ha tenido tradicionalmente la política nacional-revolucionaria, un nicho sociológico que bien supo aprovechar la organización de Bases Autónomas. Hoy la extrema derecha de nuestros días aún está alejada de esa forma de hacer política y de su capacidad ideológica, pero sin duda es hacia lo que trata de dirigirse.

Purna y Asamblea Zaragoza Antifascista, en Aragón a diciembre de 2013

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El fascismo llama a nuestra puerta ¡Es hora de impedirle el paso! Atrás quedan los tiempos de la lucha solitaria y la exaltación de la violencia, el fascismo ahora busca organizarse para salir de la marginalidad social en la que se encuentra. Cada vez vemos con más frecuencia cómo partidos de marcado carácter fascista o neonazi buscan normalizar su discurso a través de una imagen de caridad y de compromiso social. Saben que el odio a las personas extranjeras, a las diferentes identidades sexuales o a las religiosas no les servirá para ser socialmente tolerados, por eso lanzan un mensaje populista y un programa ultranacionalista. Ante ello el antifascismo tiene la obligación de responder con unidad y contundencia, disputando la validez social de cada una de las ideas que asientan el fascismo. Tenemos la necesidad de llevar a cada barrio y a cada pueblo; a cada centro de trabajo, de ocio o de estudio un mensaje de sentido común democrático que desmonte los prejuicios sobre los que se alza el odio fascista. Para luchar contra el fascismo necesitamos desmontar ideologías patrioteras, negar que la unidad nacional en lo territorial y en lo social sea la solución de todos los problemas. El antifascismo ha de hacer prevalecer la idea de que los intereses de los y las trabajadoras nunca están en el mismo sitio que los del patrón, que no es un pueblo o una cultura determinada quien te ataca sino un sistema económico y cultural; el capitalismo y el heteropatriarcado. Los fascistas tratarán de desviar la atención, de nosotras depende que sepamos fijar los objetivos correctos. Aragón Antifaixista Ni racistas, ni homofobos, ni masclistas! Fuera fascismo de nuestros barrios y pueblos!

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COMPRENDER AL FASCISMO EN ARAGÓN Una aportación para entender y enfrentar el fascismo en nuestro contexto

La crisis económica con la deslegitimación de las instituciones del Estado nos lleva, en lo que al fascismo se refiere, a un nuevo marco en el que éste trata de incrementar su influencia política. El presente documento trata de ser una aportación para la comprensión de los nuevos campos en los que el fascismo se mueve, como mejor método para poder combatirlo. Los colectivos que impulsamos esta campaña, Zaragoza Antifascista y Purna, queremos contribuir al debate antifascista aportando ideas y planteamientos que generalmente no se suelen tener en cuenta. Básicamente podemos resumir el contenido desarrollado en los siguientes puntos: 1. El fascismo, si quiere crecer, trata de politizarse tal y como hace en Europa o en Grecia, donde han conseguido superar el triburbanismo de décadas pasadas. Intentará mostrarse con buena cara ante la sociedad presentando soluciones fáciles y populistas a los problemas que la sociedad concibe como prioritarios. 2. En Aragón y en el Estado español el fenómeno migratorio no se ha dado como en otros países europeos por lo que es improbable que el fascismo encuentre ahí el arma o el discurso que les haga crecer. Todavía no ha encontrado el elemento de odio que le haga construir mayorías y no parece que lo vaya a hacer en los conflictos tradicionales. Se debe distinguir entre el neofascismo (parlamentario y liberal) de corte europeo, fracasado ya en España; la vertiente nacional-revolucionaria (con una estética más obrerista y social) que crece tímidamente por la crisis; y la nacional-católica tradicional que se funda en el españolismo y coincide con los objetivos de la oligarquía unionista. 3. El conflicto más probable que dé alas al fascismo en nuestro ámbito es el anticatalanismo y la afirmación del nacionalismo español frente a los diferentes procesos de liberación nacional. Fuente de odio que resulta especialmente virulenta en la realidad del pueblo aragonés donde el anticatalanismo está a la orden del día. Podemos afirmar ya la incipiente escalada de un odio étnico que sólo puede ser un caldo de cultivo para el crecimiento del fascismo. 4. La forma táctica del antifascismo ha de ser la de abordar el problema de la nacionalidad y la etnicidad de España, afrontando este debate sin tabús ni miedos. Es necesario apostar por una idea de España como cárcel de pueblos y no simplemente como una nación que oprime otras naciones. 5. Además, la experiencia nos muestra que no es suficiente para combatir al fascismo con una elevada conciencia de clase. La tarea y la militancia antifascista se nos presenta como una necesidad en sí misma, que precisa disputar espacios y visibilidad pública para evitar que su discurso sea normalizado.

Comprender al fascismo en Aragón  

Una aportación para entender y enfrentar el fascismo en nuestro contexto

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