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LA TELE A EXAMEN

Filosofando ante el televisor

D

Miguel Ángel Quintana Paz

Profesor de Ética y Deontología de la Comunicación (Universidad Europea Miguel de Cervantes).

esde que Hegel comparó la filosofía con una lechuza que levantara el vuelo a la caída de la tarde (es decir, con una meditación de las cosas una vez que las mismas ya se hallan prácticamente consumadas), los filósofos tienden a concederse a sí mismos cierta indulgente demora antes de ponerse a reflexionar sobre algunos de los sucesos que les son contemporáneos. Y así hubo de ocurrir también con la televisión. Mientras que muchos hogares del mundo (incluidos hogares mantenidos por el sueldo de filósofos) iban adquiriendo raudamente televisores que ubicaban en parajes bien privilegiados de sus viviendas desde mediados del siglo XX, no será sino hasta que vaya a cumplirse la séptima década de esa centuria que empiece un grupo significativo de pensadores a ubicar la televisión en un foco parejamente privilegiado de sus análisis. La pregunta que a menudo se han hecho los filósofos frente al televisor resulta más bien simple: si ese aparatejo es una cosa buena o una cosa mala. Las respuestas han venido a ser más complicadas. Umberto Eco supo ya agrupar en 1965 a quienes respondían con encomios hacia la televisión bajo el epíteto de “integrados”; a quienes respondían con reticencias, bajo el de “apocalípticos”. Entre los “integrados”, confieso sentir cierta predilección por dos de ellos asaz dispares: Jürgen Habermas y Gianni Vattimo. El primero, Habermas, lleva decenios persuadido de que la extensión de medios de comunicación de masas como la televisión ofrece a la humanidad una ocasión tan fascinante como inédita en su historia: la de abandonar eras añejas en que sólo unos pocos ilustrados discutían entre sí y casi en secreto qué era lo mejor para todos; épocas que hoy habrían dado paso a la nuestra en que, gracias a la televisión verbigracia, muchos más (tal vez todos) podemos participar en un ámbito de diálogo común, donde argüir nuestras distintas opiniones para optar al final por aquellas más consistentes. (Andy Warhol tuvo acaso su peculiar momento habermasiano cuando aventuró que, en un futuro próximo, todos mereceríamos salir al menos 15 minutos en televisión). Una idea totalmente diferente a la de Habermas, mas asimismo optimista o “integrada”, es la que nos ofreció el segundo filósofo que me gustaría traer a colación aquí, Gianni Vattimo. En su libro (de irónico título) La sociedad transparente, publicado en 1989, este italiano postulaba (a cuanto se ve ahora, con no parco acierto) que seguramente el mundo de los medios de comunicación al que nos encaminábamos de la mano de la televisión no era, como ansiaba Habermas, un mundo en que todos podríamos estar más comunicados con todos y donde habríamos de compartir un espacio común en que dirimir racionalmente todas nuestras diferencias.

Por el contrario, el triunfo de la televisión significaría, a juicio de Vattimo, la compartimentación de las audiencias en grupos cada vez más disgregados (por un lado los jóvenes, por otro las mujeres, por otro acaso los de una etnia o lengua minoritaria; por una parte los interesados en el squash y por otra los cautivados por documentales sobre la poesía griega). Ahora bien, tal azar, lejos de suponer un fracaso, constituiría justamente según Vattimo nuestra mayor esperanza: caminábamos hacia una sociedad más desintegrada y, por ello, plural en que ningún grupo podría imponer sus concepciones particulares como las mejores, pues todos tendrían derecho a sus 15 minutos (o a su canal televisivo) de verdad particular. Frente a los dispares optimismos “integrados” de Habermas y Vattimo no quisiera dejar de referir a un “apocalíptico”, Mario Perniola, que en textos suyos como Contra la comunicación (2004) advirtiera, entre otras cosas, que no era casual que un magnate de la televisión italiana como Berlusconi hubiera llegado a donde había llegado en la política de su país (país que lo es también del propio Perniola… así como de otro apocalíptico noto, Giovanni Sartori, o del propio Vattimo, de quien quizá no resulte sorprendente pues que haya moderado de reciente sus citadas opiniones optimistas de hace veinte y pico años). Ahora bien, ¿qué resultaría más sensato hacer a estas alturas de 2012: seguir compartiendo las esperanzas de los integrados sobre la televisión o unirse a los temores y temblores de los apocalípticos? Creo que tanto unos como otros pasaron por alto un extremo que en cambio un buen puñado de pensadores sí que se han detenido a analizar desde que empezó este nuevo siglo. Me refiero al auge de una televisión de calidad, artística diría incluso, que reposa sobre todo en el buen hacer de numerosas series televisivas. Series que dan además, en el buen sentido, mucho que pensar. Si antes he abusado un tanto de las referencias a autores italianos, permítaseme ahora mentar que, al hilo de este auge, están elaborándose interesantes reflexiones filosóficas también España, como muestran los casos de Santiago Navajas, Jorge Carrión o Iván de los Ríos. Tanto apocalípticos como integrados pensaron sobre todo en la televisión como medio de información (o desinformación); acaso sea ya llegado el tiempo de pensar en ella principalmente como medio de simple (o no tan simple) entretenimiento. Al igual que no le exigimos a un cuadro de Velázquez que nos ofrezca un retrato fidedigno de la estructura sociopolítica de la España de los Austrias, o no esperamos de un poemario de Catulo que pormenorice las intrigas políticas de la Roma republicana, tal vez convenga dejar de pensar tanto en la televisión como un medio de comunicación y empezar a verlo como un medio estético. Y la sospecha es que quizás justo cuando dejemos de buscar en la tele información podamos empezar a hallar en ella nada menos que formación. Mayo 2012 Zapping | 33

Zapping Magazine #8  

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