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ción a través de subsidios a la investigación”. La lucha no fue en vano: a fines de 1975, el nuevo rector normalizador sancionó la Resolución 619, que derogó las nuevas orientaciones de la Licenciatura en Química, reimplantando la Carrera de Bioquímica en la Facultad de Ciencias Exactas de la UNLP, que cobra así su primer martir. Después de la larga noche del Proceso, en 1991 se asigna el nombre de Juan Ramón Zaragoza a un aula de la Facultad de Ciencias Exactas, ubicada en el primer piso del edificio de Química. Además lo continúan homenajeando al poner su nombre a distintas actividades, incluyendo torneos de fútbol. En La Plata, además, funciona un Centro Cultural por los Derechos Humanos que lleva el nombre “Hermanos Zaragoza”, desde el año 2000, por un pedido de Luisa Zaragoza, ya que Neco y Chilo trabajaban en ese lugar. Desde entonces es un espacio de reunión de diferentes sectores, donde se realizan actividades culturales y políticas. El Centro Cultural Hermanos Zaragoza tiene como objetivos la defensa de los espacios de expresión alternativos contra la elitización del arte y está ubicado en la calle 53 entre 3 y 4.

POR ANTIGUA Y POR AMARGA “Aunque hace tiempo de esta historia amarga / por amarga y por vieja te la cuento”, decía Pablo Milanés. En Concepción del Uruguay, durante años, los familiares de los desaparecidos debieron cargar con un doble dolor, con una doble herida que sangró hasta hace poco: a la pérdida del ser querido –no sólo sin explicaciones sino además sin datos de su destino final– se le sumó la angustia por el estigma. Pueblo chico al fin, con demasiados poderes tradicionales aliados al poder fáctico, los familiares de desaparecidos se sentían señalados. Ese que va ahí perdió al hijo porque “andaba en cosas raras”. Debieron pasar años para que algunos de los familiares comenzaran a sentir algo distinto sobre su hijo, hermano o primo víctima del terrorismo de Estado. Algo que, con el tiempo, se transformó en la capacidad de enorgullecerse de él. Y allí, entonces, se cerró el círculo paradojal. Aquel Chilo que de gurí expresaba en su cuentito ese profundo deseo, al fin lo logró. Son sus sobrinos –como Pablo Lorán, autor de una de las investigaciones premiadas en el Concurso que organizó la Subsecretaría de Derechos Humanos– son sus familiares, es una buena parte de su ciudad natal, la que hoy se enorgullece de ese nombre y apellido; de ese rostro anguloso de mirada fuerte, que apenas a una cuadra de la plaza, durante más de un año recibió el notable homenaje de una comunidad que, si antes lo negó, hoy parece animarse a mirarlo a los ojos, aunque aún se encuentra lejos de acogerlo como al hijo pródigo. Pero las lluvias y las operaciones comerciales destiñeron ese homenaje y liquidaron aquel muro de la pintada. Tres décadas después, se merece, Chilo, otra mano de pintura memoriosa. Algún mural, alguna calle, alguna placita, que lleven su nombre. Que esta vez siga allí, en su recuerdo, para que la ciudad no olvide a sus hijos víctimas de la violencia política. Y que cuando se despinte, cuando el viento, la lluvia o el paso del tiempo atenúen sus colores, nuevas manos, jóvenes como las de Chilo y plenas de “la inextinguible fe en el futuro” que tenía él, vuelvan a dibujar su rostro y llenar una, dos, tres, muchas paredes, con su querida presencia. Que así sea.

“En el bosque” Con este cuentito y siendo alumno de cuarto grado en la Escuela Urquiza de su ciudad, Chilo ganó el primer premio en los Juegos Florales. El título de su trabajo era “En el bosque” y aquí se reproduce su fragmento inicial. “Era una noche, una noche en que sólo la luna iluminaba el espeso bosque. Vivíamos en una humilde cabaña de leños. Mi padre todos los días iba al bosque para hachar los troncos de los árboles y no advirtió que un insecto ponzoñoso rondaba a su alrededor y que en un momento éste se posó en su cabeza y le inyectó el veneno, produciéndole un agudo dolor. “Mi padre dio un agudo grito, tanto que hizo temblar el bosque entero. Yo acudí corriendo y lo encontré tambaleándose y lo llevé a la cabaña. Lo senté en una silla, le puse vino en la herida, y volví al bosque a buscar hierbas medicinales para la picadura. En eso, se presentó ante mis ojos una gruta, y decidí entrar, con el hacha que llevaba en el cinturón. De pronto vi una serpiente que me amenazaba con su traidora leguna. Yo, con mi mano temblorosa saqueé el hacha y tomé puntería, pero el reptil saltó y se empezó a enroscar en mi cuerpo. Yo temblaba y gritaba pero la serpiente seguía apretándome cada vez con más fuerza. Sentí una mano libre y tomé el hacha que estaba en el suelo castigando con ella la cabeza del reptil. Este cayó mortalmente herido. Limpié el hacha con unas hojas y seguí corriendo en busca de esas hierbas. “El cansancio se apoderaba de mí. “Caía en el suelo, no podía levantarme y me acordé que tenía la cantimplora cargada con agua, la destapé y sorbí unos tragos. Seguí caminando solo, perdido entre las ramas, pronto oí un ladrido, tomé nuevamente unos tragos de agua y reanudé la marcha, corriendo en la misma dirección. “Llegué al lugar ansiado, allí estaban las hierbas buscadas, y cortando hasta que creí juntar la cantidad necesaria emprendí el regreso. (...) “Entré, abrí la pesada puerta y ya en la pieza donde se encontraba mi padre, lo encontré desvanecido. Enseguida puse las hierbas en una tinaja de barro. Con unas piedras formé fogón y junté leña e hice fuego. Eché agua en la tinaja donde se encontraban las hierbas y los dejé hirviendo. Fui nuevamente donde estaba mi padre y me senté frente a él. No se movía. Me inquieté un poco y traje el agua de hierbas ya listas para la cura y con una esponja mojé en la olla y se la coloqué en la herida con el curativo jugo. Mi padre se quegó y luego empezó a abrir los ojos exclamando un quejido. Luego con una vieja aguja le pinché una ampolla que se le había formado en la herida, apenas pinché saltó el mal. Luego le volví a pasar el jugo de hierbas. Mi padre se fue levantando y yo le ayudé. Una vez parado me dijo: –Te has portado muy bien, hijo y te lo agradezco (...)”

LA PRIMERA VERSIÓN DE ESTA NOTA SE PUBLICÓ EN MARZO DE 2006 EN ANÁLISIS ALGUNAS DE LAS FOTOGRAFÍAS Y DATOS FUERON TOMADOS DEL TRABAJO DE PABLO LORÁN, PREMIADO EN EL CONCURSO DELA SUBSECRETARÍA DE DERECHOS HUMANOS

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/ el miércoles / 24 de marzo de 2010

Memoria, Verdad y Justicia

Desaparecidos uruguayenses  

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