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sus manos, están escritas, “pasadas a máquina” con prolijidad, las palabras que redactó este niño de 9 años, para presentarse a los Juegos Florales en el rubro Cuentos. El título es “En el bosque” Cuenta, en primera persona, las peripecias de un niño que ayuda a su padre en la labor cotidiana, y de cómo le salva la vida luego de que un “insecto ponzoñoso” lo pica, en medio del monte (“el Bosque” en el idioma literario). En sus frases correctas, Juan Ramón puso en palabras muchos de los valores que ya incorporó su aguda inteligencia de gurí entrerriano: el amor filial, la supervivencia ante la naturaleza hostil, el coraje individual, la lucha contra la adversidad, la curiosidad por la mezcla de elementos (que pocos años después lo llevará a la carrera de Bioquímica), el sentimiento del deber, el deseo de enorgullecer a los progenitores... El Chilo, como lo llaman su familia y amigos, está leyendo. Tiene la vista fija en el papel. Otras imágenes muestran la fuerza que tenía esa mirada. Allí está el pequeño Zaragoza, cómodo en su papel y eso se nota en la vieja foto. Zaragoza hijo, primer vástago de un proletario, siente que tiene un destino de tesón y triunfo, que vibra en sintonía con la frase de José de San Martín escrita con tiza en el pizarrón. Eso siente “Juan Ramón Zaragoza (h)”, como firma el cuento. Su papá, Tito, humilde pero formado trabajador del “Ministerio”, comunista convencido, su mamá Luisa Cecchini, ambos padres laboriosos y amorosos, su hermanito Neco, sus tías y parientes, todos merecen ese destino. Y él quiere enorgullecerlos, por eso se esforzará luego, por eso el “Cuadro de Honor”, por eso los promedios superiores siempre a 8, por eso los abundantes “«diez felicitado” en Química, pero también en Música o en Historia, también en “«Educación democrática” –materia de nombre siempre cambiante–. Por eso también profesor de Música y Guitarra antes de cumplir 17. Y por eso también, siempre: el compromiso, la solidaridad, la participación. La foto no dice otras cosas. No habla de la ferocidad con la que “En el bosque” se desató luego la tormenta, y de cómo esas fuerzas implacables se llevaron para siempre al autor de aquel cuento.

UNA PEQUEÑA PARTE Hay muchas formas de abordar la construcción de la memoria colectiva. Ponerle nombres al horror es quizás una de las mejores. Contar la historia de uno de esos nombres es darle encarnadura a un hecho histórico. La pequeña historia, la individual, la de una persona concreta, real, en sus coordenadas de tiempo y espacio, con sus sueños y frustraciones, con sus amores y desgarramientos, con su proyecto de vida y sus desilusiones, con sus virtudes y sus mezquindades... No es sencillo. La pérdida del ser querido sólo permite ver el primero de los términos en cada una de las díadas propuestas. Pero aún así, el diálogo franco con sus seres queridos permite conocer, al menos entrever, esas facetas. Y recomponer el personaje, contornearlo, hacerlo reconocible, ayuda a completar la comprensión de las cosas. La historia del Chilo es una más, de las tantas –paradójicas–

de la violencia política argentina. Era un militante político, decidido y definido por la acción de transformación pero dentro de lo institucional. La penetrante mirada de Chilo ancla con fuerza en esa convicción, capaz, eso sí, de hacerlo empuñar la guitarra. Tan lejos está de la violencia, de la locura armada de esa guerrilla iluminada –que comenzaba a reproducir en su interior “el poder autoritario que intentaba cuestionar”, los mismos mecanismos, o casi, que los poderes fácticos que impugnaba, como afirma Pilar Calveiro–; tan lejos, decía, está Chilo que en las cartas a su madre no sólo demuestra su preocupación por avanzar en la aprobación de materias para recibirse pronto: se preocupa también porque no ve a su hermano menor, Neco, dedicarle el tiempo suficiente a su carrera. Entre los muchos que lo recuerdan, Germán asegura que El Chilo siempre tuvo condiciones para el liderazgo. Confuso en sus propios conceptos ideológicos, el músico cincuentón ignora los detalles de la militancia de su amigo –perdió contacto cuando, tras la secundaria, Zaragoza recaló en La Plata– pero barrunta que tenía los conocimientos para “armar un caño”. El cronista, al que le gusta perder tiempo en discusiones de esa índole, le señala la paradoja de que, de alguna manera, un amigo de Chilo termine dando pábulo al prejuicio ideológico: en esa ensalada, parece sustentar que si era militante de izquierda, alguna relación con la violencia habría de tener. Germán no entiende. De nada vale explicarle que el Partido Comunista –al cual adhería Zaragoza– se oponía tajantemente a “la vía violenta”. Para qué abundar en cuestiones más complejas, como la distancia insalvable con montos o troskos, o la controvertida estrategia del apoyo crítico del PC a Videla para “que no se imponga el sector pinochetista”, o las giras europeas de Nadra y Fava (capitostes del PC) para convencer a los socialdemócratas de allá de que Videla era “un general democrático”. Esas sutilezas se escapan al amigo de correrías adolescentes, que además aporta el dato de que El Chilo tocaba el charango, y no sólo la guitarra. “Tocaba con mi hermano”, abunda Carlos, El Tero, algo mayor. “Y más de una vez habremos zapado juntos”. Germán después compuso en homenaje a Chilo una canción llamada Nube de paso, en la que recordaba que “en esta madrugada / no está presente / toda la gente que quiero / por causas muy diferentes / algunos que los mataron y otros que nunca más volvieron”. El músico cincuentón tendrá sus incoherencias, pero merece recordarse que durante muchos años fue el único en la ciudad que, en público, recordaba a Zaragoza, cuando el temor, la vergüenza o el pesar se lo impedía hasta a sus propios familiares.

EL MEJOR ALUMNO Al matrimonio Zaragoza le costó tener esos hijos, separados por tres años entre sí; esos párvulos que alegraron aquel hogar de trabajadores. A Luisa y Juan Ramón les llegaron los chicos de grandes, según cuentan sus familiares. La casa familiar estaba en Rivadavia al 400, cerca del histórico barrio La Concepción, cuna de la ciudad, lugar de trabajadores, humilde y seguro. CONTÍNUA EN LA PÁGINA SIGUIENTE

Memoria, Verdad y Justicia

el miércoles / 24 de marzo de 2010 /

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