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Yolanda Trigueros Olmedo

Trauma temprano y abuso sexual infantil en el Trastorno Límite de la Personalidad Early trauma and infantile sexual abuse in the Disorder Limit of the Personality Yolanda Trigueros Olmedo*

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Yolanda Trigueros

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Resumen: La experiencia de abuso sexual durante la infancia es un importante factor de riesgo que frena e influye en la maduración, la organización de la psique y en la capacidad de simbolización. Cuando el trauma es temprano y repetido en el tiempo, la organización de la personalidad se establecerá contando con estos elementos. Cuanto más temprano es el acontecimiento traumático, más alejada estará la posibilidad de una estructura sana que permita la individuación. Hablamos de un trauma constitutivo, que define la estructura, no que derroca una estructura psíquica ya constituida. Ante la vivencia temprana de una serie de acontecimientos traumáticos inasumibles, acompañada de un sostén vincular deficitario, la Organización Límite de la Personalidad puede ser la mejor salida, ya que a pesar de su fragilidad estructural permite el contacto con lo real. Palabras clave: Trauma Temprano, Abuso Sexual Infantil, Trastorno Límite de la Personalidad, Violencia Sexual. Abstract: The experience of sexual abuse during the childhood is a high risk factor that stops and affects personal maturity process, the organization of the psyche and the capacity of symbolization. When the trauma occurs on early ages of life and is repeated over the time, the personality will be developed taking into account all these elements. Because of this, when a traumatic situation occurs in very early ages, there will be less possibilities for a healthy psychic structure that allows the individualization. This means a constitutive trauma, which defines the structure, and does not overthrow an established structure. The Borderline Personality Organization could be the best way for this kind of traumatic experiences with a weak holding relationship, because despite the structural fragility it is in contact with reality. Keywords: Early Trauma, Child Sexual Abuse, Borderline Personality Disorder, Sexual Violence.

* Psicóloga. Psicoterapeuta psicoanalítica. Actualmente Psicóloga en el Centro de Atención Integral a Mujeres Víctimas de Violencia Sexual de la Comunidad de Madrid. Miembro de la Asociación de Psicoterapia Psicoanalítica Oskar Pfister. Dirección: Doctor Santero, 12 - Local (28036 Madrid) e-mail: yolanda.trigueros.olm@gmail.com. intersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II


Trauma temprano y abuso sexual infantil en el Trastorno Límite de la Personalidad

Trauma, trauma temprano, abuso sexual infantil y trastorno límite de la personalidad son conceptos amplios, objeto cada uno de ellos de innumerables y vastas investigaciones. Este artículo pretende sólo hacer una pequeña reflexión basada en la clínica diaria, en el trabajo con mujeres que fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia. Vamos a hablar del abuso sexual ejercido sobre las niñas por hombres adultos, tanto por ser el más significativo como por nuestra experiencia en un Centro de Atención Integral para Mujeres Víctimas de Violencia sexual1, es en ellas en las que nos vamos a centrar. El tema del trauma en psicoanálisis es quizás el más apasionante, pues dependiendo de cómo lo resolvamos, cambiará nuestra comprensión del síntoma y de la clínica. Al sentarnos a escribir estas notas, releímos a Laplanche y Pontalis, que definen Trauma como el «acontecimiento de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto de responder a él adecuadamente y el trastorno y los afectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica» (1981: 447). Estamos de acuerdo con esta definición que nos recuerda que Freud no se centró en la objetividad traumática del hecho sino en su efecto, en la huella que ese acontecimiento deja en la persona que lo vive: no es el trauma por sí mismo el responsable de la sintomatología clínica sino lo que la paciente hace con sus representaciones (Traver, 2007). Manuela Utrilla nos ayuda a entenderlo cuando refiere que «el trauma es el efecto del traumatismo sobre el psiquismo y el traumatismo es el representante del acontecimiento» (2005: 199).

En el Acontecimiento Traumático lo importante es pues la dialéctica entre la realidad externa y la interna, entre el hecho acontecido y su inscripción en el psiquismo. El trauma se caracteriza por un exceso de excitaciones que el aparato psíquico no puede elaborar. Así ocurre en el abuso sexual infantil, donde «la implantación en el niño de los mensajes sexuales del adulto es siempre traumática pues el niño no dispone de medios para tratarlos psíquicamente» (de Melo y de Carvalho, 2015: 4). Es posible 1

CIMASCAM – Centro de Atención Integral a Mujeres Víctimas de Violencia Sexual. Centro perteneciente a la Red de Atención Integral para la Violencia de Género de la Dirección General de la Mujer de la Comunidad de Madrid. Ofrece atención social, asesoramiento-personación jurídica e intervención psicológica a mujeres que han sufrido a lo largo de su vida algún tipo de violencia sexual (principalmente acoso sexual, abuso sexual durante la infancia o en vida adulta, y agresión sexual). Desde su creación en el año 2009 este recurso está gestionado por la Fundación Aspacia, que trabaja para erradicar la violencia de género desde la prevención, la detección y la intervención. intersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II

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Trabajando en un espacio público, en contacto habitual con profesionales de otras áreas de la salud, áreas policiales y judiciales, el concepto de trauma manejado se reduce al tantas veces insuficiente Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Es un concepto más restringido que el freudiano ya que requiere de algo externo objetivo, casi cuantificable y universal. Tanto en la clínica como en estas líneas, nos alejamos de esta concepción promovida por la Asociación Norteamericana de Psiquiatría en sus clasificaciones de trastornos mentales y, manteniendo un punto de vista psicoanalítico, utilizamos el concepto de Acontecimiento Traumático, algo que va más allá del hecho, cuyo núcleo está en lo Intrapsíquico pero que no olvida la importancia de la realidad externa.

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que ese niño o niña sometida a abusos, sienta ese exceso de excitación inasumible en dos tiempos: durante los actos abusivos y «en el momento en que se vuelve posible la simbolización de esta experiencia precoz» (id.). Excepcionalmente el abuso no es sentido, al menos de forma consciente, como peligroso, extraño o penoso. Una paciente relataba cómo hasta los 5 años (edad en la que su padre murió), él se metía desnudo en su cama cuando su madre trabajaba de noche, y la masajeaba hasta que se quedaba dormida. Es años después, durante la adolescencia, cuando al recordar estos «cariños» de su padre se asusta porque puede empezar a entender que era utilizada por él cuando estaba excitado. Es en ese momento cuando se produce ese desbordamiento y se ponen en marcha sus defensas ante el horror del abuso sexual, del incesto y, sobre todo, ante lo devastador de sentirse objeto de su propio padre. Será dos décadas después, cuando ya en terapia recuerda que recordaba: «yo sabía qué había pasado, pero ahora recuerdo que a los 14 años se me olvidó y no volví a recordar aquello hasta que nació mi hija».

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Pero en la clínica vemos cómo en la mayor parte de los casos esa inundación de excitación se da al menos en dos momentos, siendo la primera durante el periodo mismo en el que se sufren los abusos del adulto. Esto es así siempre que el abuso es un acto con violencia explícita, donde hay dolor físico o amenaza de daño o muerte para la persona o un ser querido. Podemos poner como ejemplo el horror de una niña que fue violada desde los 8 años a los 13 años por su tío bajo amenaza de muerte hacia su madre enferma. Ella recuerda que dejaba su cuerpo en la cama y que sólo volvía a él cuando su tío salía de la habitación: «tenía moratones pero nunca me dolió porque no estaba allí». Es evidente que esta niña, precisamente por serlo, no tenía los recursos psíquicos como para integrar estas agresiones.

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Por supuesto, el exceso también sobreviene en dos momentos siempre que los abusos son tempranos y repetidos en el tiempo. Lejos de lo que nos intentan hacer creer los mitos, el abusador no es un hombre descontrolado con un instinto sexual irrefrenable, sino un hombre adulto que elije ejercer violencia y someter a una persona bajo su poder (Cruz, Trigueros y Álvarez, 2014). Lo sexual pasa a un segundo lugar, lo importante es el dominio y el placer que siente al ejercer ese poder que se extiende tras los abusos con la imposición del secreto. Jorge Garaventa asegura que «ni el maltrato tiene por objeto una niñez sana, ni el abuso responde a una necesidad sexual» (2005: 261). El abusador es una persona adulta suficientemente capaz de poner en marcha una serie de estrategias para ejercer los abusos y para no ser descubierto. Manipula a la niña con una supuesta complicidad mágica, impone el secreto, y luego genera culpa y miedo. El plan es sencillo, sólo hay que tener paciencia: a. Los abusos comienzan casi siempre como un juego, generalmente con cosquillas. Es habitual que se inicien en un lugar público (como una piscina) o un lugar familiar en el que la niña o el niño se sienten seguros. b. La mayor parte de abusos se ejercen por familiares (en orden: padre, pareja de la madre, abuelo, tío, hermanos mayores) o personas del entorno como amigos de la familia, profesores, vecinos o personal médico. Los juegos y la complicidad se mantienen, por lo que la niña se siente elegida, atendida, querida y feliz. Poco intersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II


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a poco el abusador empieza a buscar espacios privados, aumenta los momentos de estar a solas, e impone el contenido sexual. c. La niña no sabe qué ocurre, está encantada de ser elegida por el adulto y de ser cómplice de un secreto. Este secreto que al principio es parte del juego, pasa poco a poco a ser una condición para terminar siendo una imposición bajo la amenaza más terrible que se le puede hacer a una niña: no te van a creer, te van a dejar de querer, te vas a quedar sola. d. El abusador ha ido introduciendo el plural «esto que hacemos», «nuestro secreto», «tú que siempre quieres que juguemos». Para cuando la niña quiere dejar de hacer eso que no le gusta o empieza a entender algo de lo que pasa, se siente cómplice de todo pues sabe que ha dicho que sí. Y esa es una de las claves, no existe capacidad de consentimiento por lo madurativo y por lo asimétrico de esta relación de poder. El abusador se ha encargado ya de hacerle saber que eso que hacen es malo, y que ella lo ha estado buscando. La culpa y el miedo se imponen. La angustia ante algo que aún no se llega a entender se instala. Evidentemente la niña ha buscado al adulto: para sentirse especial, para jugar, para ser tenida en cuenta. Nunca puede buscar al otro desde un deseo sexual adulto, pues su desarrollo psicosexual es inmaduro. La culpa se ve reforzada durante la resignificación, sobre todo cuando hay recuerdo de placer. Ese recuerdo de placer y su secreto es algo imposible de manejar sin un otro que lo sostenga, por esto es importante poder trabajarlo en la terapia, empezando por nombrarlo como posible y normalizando el placer como respuesta ante la estimulación adecuada del cuerpo, para poder luego trabajar lo fantasmático. e. La niña o el niño temen ser descubiertos, sienten vergüenza y miedo. Construyen un muro alrededor, y se aíslan del mundo. El muro deja tranquilo al agresor, pues cuanto menos relación tenga esa niña con el mundo menos probabilidad existirá de que desvele y de ser descubierto.

Esta estrategia puesta en marcha por el abusador es necesaria para acallar la espontaneidad propia de la infancia. Cuando a una niña le ocurre algo abrupto e inesperado, lo normal es que se lo cuente espontáneamente a su madre, a su padre o a su profesor o profesora, por lo que el abusador se cuida para ejercer una violencia progresiva. Ninguna de las pacientes a las que he atendido recuerda el momento exacto en el que comenzaron los abusos. La confusión de la niña es parte de la estrategia del abusador: un algo que no ocurre y que no sé qué es pasa a empezar a ocurrir de forma imperceptible sin tener nombre, por lo que «el acontecimiento, no es reconocido por el Yo debido a su incapacidad para dar cuenta del mismo» (Marucco, 2006: 2). En palabras de una paciente cuyo vecino abusó de ella desde los 4 hasta los 6 años: «yo no sabía qué era lo que buscaba, sólo que jugaba conmigo cuando llegaba del colegio. Siempre me recibía con una sonrisa y un abrazo y siempre tenía algo para mí: un juego, una merienda. No sé cuándo comenzó a tocarme, sólo recuerdo aquella habitación y una sensación extraña. Me muero de asco, y me da intersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II

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f. Los abusos terminan cuando el adulto se siente amenazado o cuando la niña puede desvelar lo ocurrido y es creída. Nunca antes.

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mucha pena acordarme de aquella niña tan necesitada». Muchas veces la edad en la que sucedieron los abusos se sitúa gracias a elementos externos, en este caso los cambios de casa de la familia y la confirmación de la madre de que durante ese tiempo era cuidada hasta que ella llegaba de trabajar por este «buen hombre que tuvimos tanta suerte de encontrar». En ambos tiempos este conflicto es salvado por el niño o la niña con mecanismos de defensa primitivos como la escisión del Yo, la disociación, la negación o la identificación proyectiva. Son habituales frases como «yo estaba allí pero no sentía nada», «lo veía desde el techo», «mi padre [abusador] cuando está bien es muy bueno», «yo pensaba que eran pesadillas y cuando me despertaba por la mañana me convencía de que no había pasado nada». Freud dedicó parte de sus postulados a la sintomatología defensiva ante lo traumático. Con respecto a su escucha de lo referido por sus pacientes sobre los abusos sexuales que sufrieron en su infancia distinguimos varios momentos: en su primera teoría del trauma parte del supuesto de la realidad de los abusos como etiología de la neurosis. En un segundo momento aparca este supuesto y considera que, en la mayor parte de casos, el abuso referido es un hecho fantaseado por la paciente, no un hecho real.

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No vamos a hablar aquí del «susto» de Freud ni de sus razones para dudar de su primera teoría del trauma, sólo señalar que ese periodo ha tenido una repercusión social en la forma de entender a la mujer y lo femenino. La influencia que Freud ha tenido en toda la psicología del siglo XX y XXI es indiscutible, y no es menor la influencia que ha tenido en la cultura y en la popularización de términos psicológicos (como trauma, lapsus o neurosis).

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En nuestra opinión el hecho de que, durante un impasse, dudara de la veracidad de los abusos sexuales de los que sus pacientes decían haber sido víctimas, ha tenido una influencia difícilmente cuantificable pero que ha ayudado a fortalecer el mito de que las mujeres, los niños y las niñas mienten. Este mito extendido en la sociedad desde tiempos inmemoriales, es uno de los factores que más inciden en la invisibilización de la incidencia del Abuso Sexual durante la Infancia, que según estudios nacionales e internacionales alcanza al 25% de niñas y al 14% de los niños (estudios realizados por OMS, Consejo de Europa o en España, por el profesor Félix López en 1994). Hemos de incidir en la gravedad de esta invisibilización del abuso sexual durante la infancia pues es una de las formas más graves de maltrato, de violencia de género y de violación de Derechos de la Infancia y, por lo tanto, de los Derechos Sexuales y Reproductivos, y de los Derechos Humanos. Para entender la magnitud de este problema es necesaria una perspectiva de género profunda, que permita prevenir el Abuso Sexual durante la infancia y si ha ocurrido, detectarlo e intervenir con las personas afectadas. Hay un tercer momento, a partir de 1920 pero sobre todo en sus últimos escritos, en el que Freud rescata la importancia de lo histórico vivencial como base de la construcción de la psique y de la patología. También lo hicieron -con o tras él- muchos de «los psicoanálisis» contemporáneos y posteriores. Ferenczi ya en 1932 sostenía que buena parte de los fracasos terapéuticos en las que hoy se clasificarían como patointersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II


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logías narcisistas o borderline se debían al desconocimiento por parte del analista de los traumas reales acontecidos en la vida del paciente, pues es una forma de repetir en la relación terapéutica la desmentida impuesta por el adulto sobre la situación traumática (Boschan, 2008). Hemos decidido centrar esta reflexión en el Trauma Temprano y repetido, ya que es el que más efectos genera en el desarrollo de la personalidad y, por tanto, en su estructura. Es evidente que el alcance de un hecho traumático único no puede ser el mismo que el de un periodo de sometimiento continuado a una situación traumática, igual que los efectos tampoco pueden ser los mismos cuando hay un aparato psíquico construido que cuando éste está en desarrollo. Judith Herman propuso, en 1994, la introducción de un nuevo concepto que incluía la sintomatología de un gran grupo de pacientes que habían sufrido una o varias situaciones traumáticas prolongadas: «Trastorno por Estrés Postraumático Complejo» (TEPTC, posteriormente nombrado como DESNOS). El Trauma Complejo es un evento traumático crónico, interpersonal, que se inicia en la niñez, en él se ve afectada la regulación de los afectos, de las conductas y de los impulsos y que genera problemas interpersonales y de identidad (Cook, Blaustein, Spinazzola y van der Kolk, 2003). Cuando el trauma es temprano y repetido, siempre tiene consecuencias, siendo la más habitual una falla en la instauración de la organización yoica. Se genera un déficit de la confiabilidad introyectada ya que se ha impedido construir una confianza en sí mismo/a y en el mundo. Los sentimientos de desvalimiento, desamparo e indefensión ya referidos por Freud en Inhibición, síntoma y Angustia quedan instalados (Tkach, 2009).

Debemos tener en cuenta que, cuando hay abuso sexual durante la infancia de forma prolongada en el tiempo, es habitual que haya otras situaciones de vulnerabilidad, sometimiento, abuso, violencia o maltrato. Si todo estuviera bien y hubiese una base vincular suficientemente sana con una figura de referencia, el niño o niña podría sentirse con la seguridad suficiente para recurrir a esa persona, confiar en ser creído/a y en ser salvado/a. Susana Toporosi explica que en ocasiones «esto acontece además en un contexto familiar en el cual hay también una madre que se encuentra imposibilitada de cuidar a ese niño, debido a un repliegue narcicístico; o por una estructura perversa que la hace cómplice de la situación de abuso; o por haber sido ella víctima en su infancia de una situación similar que al no haber sido elaborada, tiende a la repetición de distintos modos» (1999: 23).

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Así, una situación continuada de sometimiento en la que una persona adulta decide abusar de su poder y someter a un niño o una niña a abusos sexuales tiene como consecuencia la introyección de la confusión y el sentimiento de indefensión. Una paciente de 18 años explicaba esto de forma muy sencilla refiriéndose a su padre, que había abusado de ella de los 5 a los 16 años: «si mi padre fuera siempre malo, sería fácil odiarle. Todo el mundo me dice que le tengo que odiar y yo no sé… a veces es bueno conmigo». Se comprometen así los significados de sí mismo/a, de las relaciones afectivas y del mundo.

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Por seguir con el ejemplo anterior, no es posible que ese padre no sea un maltratador cuando no está abusando, y que respete los límites y la alteridad de su pareja o de sus hijos/as. La niña no puede recurrir a su madre, ya que sabe de su dolor y fragilidad (aunque no la identifica como víctima) o porque la teme cómplice de su padre. Al mismo tiempo se expone al erigirse en protectora de su hermana pequeña, pensando desde una omnipotencia esperanzadora que así no será dañada. De esta forma se materializa el silencio y el aislamiento (real y emocional) provocado por el abusador. La niña intenta controlar la impredicibilidad de su padre dentro de un escenario de vínculos patógenos en el que no ha sido reconocida ni suficientemente investida. Poco a poco construye mecanismos de control que le permiten soportar la situación en la que se encuentra: la culpa (que mantiene la esperanza de que las cosas pueden cambiar pues si ella es la causa puede dejar de hacer lo que sea que haga mal, y dar con ello fin a la situación abusiva), la desconexión (durante los abusos o las situaciones ligadas a ellos, pues le permite dejar de «estar presente», dejar de sentir sus emociones o su propio cuerpo), el aislamiento de los demás (que le permite estar a salvo y no ser descubierta), la escisión de los objetos significativos y del Yo (que hacen soportable la realidad), etc. Vamos haciéndonos una idea de las carencias y los conflictos sobre las que se basa la construcción de su estructura de personalidad. Existen factores que construyen o fortalecen los Acontecimientos Traumáticos y el posible daño a largo plazo que puede incluir el desarrollo de estructuras no neuróticas como mecanismo de adaptación. Una de estas estructuras sería la conocida como Trastorno Límite de la Personalidad. Algunos de estas variables moderadoras (Pereda et al., 2011) tanto internas como externas, que ayudan a definir el daño de los abusos sufridos en la infancia son: a. Evolutivos: la edad evolutiva, el desarrollo psicosexual, etc.

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b. Intrapsíquicos: la capacidad del Yo, lo vincular, el tipo de apego, la capacidad de poner en marcha determinados mecanismos de defensa, la resignificación o el momento de après coup, la internalización previa de la violencia.

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c. Familiares y Sociales: la capacidad de vincular de las figuras de referencia, el apoyo de figuras significativas, el apoyo social, la reparación del daño o la revictimización al desvelar, la violencia familiar y/o de género existente (que puede incluir además de violencia psicológica, violencia física y/o sexual hacia el mismo niño/a) el abandono, la trasmisión intergeneracional del abuso. d. Culturales: las creencias sociales sobre lo que es tolerable y asumible; los mitos y las creencias erróneas sobre sexualidad, violencia, violencia de género y sobre la violencia sexual; la naturalización de la violencia sexual («cultura de la violación», que socializa de forma diferente a las niñas y a los niños y que les da a ellas una educación sometida al miedo no nombrado de ser violadas si no se protegen lo suficiente). e. Traumatismo: el contenido del hecho traumatizante, la edad de la víctima en el inicio del abuso, el tipo, la frecuencia y la intensidad de la violencia ejercida, lo significativo de la/s persona/s que abusa/n, el número de agresores, el periodo de tiempo durante el que se ejerce el abuso (a veces años). intersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II


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Como hemos dicho más arriba, la sobrexcitación puede venir en dos momentos durante el hecho y en la resignificación, y el efecto que genera atiende a distintos factores. En cualquier caso genera angustia, que busca siempre una resolución. Cuando la elaboración no es posible, el psiquismo tiende a la compulsión de repetición «en un burdo intento de controlar y ordenar las excitaciones» (Sánchez, 2012: 3). Esto lo vemos claramente en algunas mujeres que pasan por una etapa de promiscuidad en la que tienen relaciones sexuales de forma compulsiva. Esta compulsión a la repetición del hecho traumatizante aparentemente dirigida sólo por el instinto de muerte, se acompaña de la búsqueda de dos cosas diferentes: por un lado encontrar el afecto y el sentimiento de ser y de ser querida (confundido por el de ser deseada sexualmente por el otro o de ser útil para el otro) y por otro lado la resolución de lo traumático de una forma liberadora, pues cada relación sexual abusiva es una repetición que permite la fantasía del control mágico. Pongamos un ejemplo de esto: mujer de 30 años que demanda atención psicoterapéutica por una violación por un conocido cuando tenía 21 años. Durante el tratamiento desvela un abuso sexual desde los 4 a los 7 años por parte de un amigo de la familia. A partir de los 22 años vive un periodo de promiscuidad sexual en el que busca sentirse valiosa: soy valiosa en tanto que soy atractiva y deseada. Sin embargo necesitaba drogarse para poder tener relaciones sexuales. Cada noche era una oportunidad de ser salvada y al mismo tiempo se repetía el acontecimiento traumático ya que todas esas supuestas relaciones sexuales en las que ella no tenía capacidad para consentir porque no tenía consciencia, eran una repetición de la situación de abuso en su infancia.

Cuando el abuso es intrafamiliar y continuado en el tiempo, tiene lugar dentro de una familia en cuyo núcleo se han impuesto relaciones de asimetría y abuso de poder sobre las de simetría y cuidado. Un abusador no abusa excepcionalmente, abusa siempre que puede. No abusa por las características de la otra persona, abusa por el placer del ejercicio del poder, de la satisfacción de someter a otros bajo su dominio. Sabiendo esto, nos es fácil imaginar que cuando el abusador es el padre, la pareja de la madre o el abuelo ejercerá ese poder autoritario con toda la familia dando lugar a una relación de violencia de género en la que mujer, hijas e hijos quedarán atrapados con un creciente sentimiento de indefensión. La violencia se naturaliza, y se dificulta el juego identificatorio en el que la identificación de las niñas con la sumisión suele ganar la batalla pues parece que «no provoca» o «calma» al otro. Así, en la consulta vemos cómo la mayor parte de las mujeres que sufrieron abusos sexuales continuados ejercidos por una figura significativa de la familia, que no han intersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II

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La dependencia del alcohol se convierte en un amarre que le permite escapar de la conciencia y de la vergüenza, y en una soga que le ata a ellas: «llegaba a casa sintiéndome sucia, ellos usaban mi cuerpo igual que lo hizo J. cuando era pequeña, sentía que todo era igual (…) bebía para no sentir y no recordar, pero ansiaba que el hombre con el que había estado me llamara…». Durante la terapia vemos cómo su concatenación de parejas que la maltrataban tiene que ver también con esta repetición del abuso y otras relaciones abusivas que vivió en su infancia. Una de las cuestiones a responder sería entonces las características del deseo en el inconsciente que atrae a la experiencia insoportable.

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estado en intervención, han encadenado relaciones de pareja abusivas más o menos violentas. Se han hecho diversos estudios que relacionan la vivencia de la violencia en edades tempranas con la revictimización en edad adulta pero pocos que relacionen lo que en la clínica con mujeres que fueron víctimas de violencia sexual en la niñez es evidente: la relación directa entre vivencias de abuso sexual durante la infancia temprana y la revictimización en edad adulta por otras violencias (principalmente de pareja y/o sexuales) (Rivera-Rivera et al., 2006). En la intervención terapéutica con dichas mujeres, es habitual que tras la violencia por la que demandan atención se escondan otras vivencias traumatizantes encadenadas desde la niñez. Una paciente de 25 años me decía en su última sesión «¿sabes? Lo mejor de todo es que ya nunca más voy a permitir que me traten así. Yo pensaba que huía de todo lo malo que tenía en casa [abusó de ella la pareja de su madre], no me daba cuenta de que acababa con tíos que me trataban igual de mal y con los que estaba igual de asustada». Además, es muy habitual que en una familia en la que una niña o niño es abusado por un familiar haya más personas abusadas. Una paciente traía un día un genograma con todos los abusos intergeneracionales que había ido descubriendo en los últimos meses, padre, tío, hermano y dos cuñados habían ido abusando de las distintas niñas de la familia: «Nos lo han hecho a todas, y ninguna dijimos nada, ¿cómo es posible que mis hermanas se hayan casado con dos abusadores y que no se hayan dado cuenta de que sus hijas estaban siendo abusadas?… han tenido que pasar 30 años desde que mi padre empezó». No han hecho nada porque no lo han visto y porque ellas estaban también siendo víctimas de la violencia ejercida por los abusadores.

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Decía Silvia Bleichmar que «el concepto de traumatismo es insoslayable del concepto de historia. Las experiencias vividas se trasmiten de generación a generación a través de los conflictos que se viven en cada generación respecto a su propia historia» (Calvi, 2013).

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Entonces, ¿qué ocurre cuando hay abuso sexual durante la infancia ejercida por personas significativas de quienes se espera protección? La respuesta es compleja, pero se puede comenzar por realizar una afirmación indiscutible: algo ocurre, siempre. Es evidente que el abuso sexual en cualquier grado, produce daño psicológico severo (Garaventa, 2005) pero lo que definirá ese daño será la madurez y calidad de las herramientas de las que disponga el aparato psíquico para hacerle frente. Cuando el trauma es temprano se ponen en cuestión todas las defensas desarrolladas hasta ese momento y, en consecuencia, toda la organización psíquica existente: algo en el desarrollo del Yo queda anclado por el exceso y esa imposibilidad de avance se convierte en constitutiva de la estructura. El psiquismo se encuentra en pleno proceso de constitución en el momento en el que recibe el daño. Estas agresiones se repiten en el tiempo y son vivenciadas en la relación con el otro, con un otro supuestamente «confiable». El trauma se da entonces en lo relacional y evidencia la falta de un otro-sostén necesario para la construcción del psiquismo. Esta ausencia de objeto es clave en el Trastorno Límite de la Personalidad ya que se interioriza el desamparo. Una paciente de 26 años que lleva dos intersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II


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años en intervención comenta: «Jo, quería venir, pero pienso que te doy igual, sé que no, pero me parece increíble que te pueda interesar. Es raro». Ante la pregunta de qué es raro refiere: «pues que me traten bien y pensar que es por nada… a veces pienso que en realidad te doy igual, aunque sé que no». Esta mujer, que junto a su hermana y su madre fue víctima de violencia de género desde antes de nacer, y que sigue conviviendo con su padre maltratador y su madre depresiva, ha carecido de un otro-sostén para estructurar su personalidad. Cuando el hijo de la amiga íntima de su madre comienza a abusar de ella a la edad de tres años (abuso que continúa hasta la pubertad), integra esta experiencia dentro de la normalidad, convirtiéndose la ambivalencia que siente por su padre, su madre y su abusador en un elemento constitutivo de su estructura. El peligro de un otro destructivo y dañino, pasa a ser uno de los elementos con los que se construye el aparato psíquico y define lo intersubjetivo. Un otro dañino que normaliza la violencia y que genera ambivalencia pues muestra también momentos de cuidado y de tranquilidad. La experiencia del trauma temprano frena e influye en la maduración y en la capacidad de simbolización. La organización de la personalidad se establecerá contando con estos elementos. Hablamos de un trauma constitutivo, que define la estructura, no que derroca una estructura psíquica ya constituida. Cuanto mayor y más temprano es el acontecimiento traumático, más alejada estará la posibilidad de una estructura sana que permita la individuación. Ante la vivencia de una serie de acontecimientos traumáticos inasumibles acompañada de un sostén vincular deficitario, la organización límite de la personalidad puede ser la mejor salida ya que a pesar de su fragilidad estructural permite el contacto con lo real.

Silvia Monzón resalta en su tesis doctoral (2015), que las características del funcionamiento relacional y psíquico del adolescente pueden confundirse en muchos aspectos, con el funcionamiento del adolescente con patología límite. Muchas de esas características tienen también una alta incidencia en las pacientes que demandan atención por haber sufrido un abuso temprano y repetido durante su infancia. Es un comentario habitual en las sesiones clínicas, que la sensación que tenemos cuando trabajamos con pacientes con esta organización estructural límite es la misma que cuando trabajamos con adolescentes, entre otras cosas por: su inestabilidad anímica, la crisis de identidad continuada, su necesidad de valoración externa que contradiga su desvalorización o que confirme su omnipotencia, la agresividad, impulsividad y los pulsos que mantienen, la alternancia entre la ingenuidad intersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II

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Los múltiples estudios e investigaciones realizadas sobre la relación entre abuso sexual en la infancia y trastorno límite de la personalidad no han demostrado su causalidad. En lo que la mayoría está de acuerdo es en que la incidencia de Abuso sexual durante la infancia en pacientes con organización límite de la personalidad es significativamente superior a la media: se habla de entre un 40 y un 80 %, cuando la media en la población ronda el 20% (media entre niños y niñas). Desde nuestra pequeña experiencia clínica tampoco podemos hablar de causalidad, pero sí podemos resaltar por significativo el número de pacientes que cumplen los criterios diagnósticos de dicho trastorno.

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y la desconfianza, la radicalización de sus posturas, el miedo a no ser elegidas y el miedo a ser abandonadas. Además de esto, en las pacientes con organización límite nos encontramos con el predominio de la escisión y la disociación como mecanismos de defensa, la dificultad de integración objeto bueno-objeto malo y una notoria dificultad para vincular y «ver al otro». Una paciente contaba en una sesión de grupo que su amiga estaba muy pesada y que llevaba toda la semana llamándole sin parar y que a ella le enfadaba muchísimo que no dejara de llamarla. Otra compañera de grupo le comentó: «bueno, igual es que te echa de menos». Ella abrió los ojos y la miró con sorpresa e incredulidad, se puso roja, su cuerpo se estiró y se contrajo casi con espasmos por el goce y el miedo y dijo: «nunca había pensado que eso pudiera pasar, no sabía que alguien puede sentir eso por mí». Estamos de acuerdo con Pedro Boschan cuando dice que «la manera de conceptualizar lo traumático en psicoanálisis tiene consecuencias en la forma de pensar la tarea analítica, en especial la transferencia, la contratransferencia y el lugar del analista. (…) nos plantea interrogantes fundamentales acerca de cómo pensar los vínculos en la génesis de la patología» (2008: 232).

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En la intervención funcionamos como un Yo auxiliar sosteniendo las necesidades de esa adulta que no las identifica como suyas porque no identifica un Yo, pero que es invadida por ellas. Durante la infancia el abuso y la desmentida por parte del mundo adulto le han colocado en un lugar en el que todo lo demás prevalece sobre ella misma. Es denegada e inicia una búsqueda de una identidad en lo externo empezando, la mayoría de ocasiones, en las mismas personas que no permitieron su individuación. Los mecanismos defensivos primitivos han limitado la capacidad de simbolización de lo vivido. El espacio de la cura, según afirma Silvia Bleichmar, puede ser concebido como espacio privilegiado de la simbolización. Es necesario historizar, «eslabonar de modo significante los efectos de lo acontencial-traumático que el sujeto sabe que sufre pero cuyos modos de insistencia desconoce» (Franco et al., 2012).

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«La meta terapéutica busca un reencuentro con la temporalidad psíquica, que permita discriminar el pasado del presente, que el sujeto pueda acceder a su actualidad y no quedar anclado en el trauma» (Mollejo, 2006: 157). Y mirar hacia adelante. Hay que tener cuidado y ayudar a la paciente a no «acomodarse» en su identidad de víctima e ir más allá, pues esa posición defiende pero evita el análisis: «viéndonos víctimas de los acontecimientos no tenemos que pensar en nuestra participación psíquica» (Utrilla, 2005: 191). Jorge Barudy suele hablar de tres etapas en el proceso de recuperación del abuso sexual durante la infancia: víctima, superviviente y persona viviente. Esta clasificación es muy valiosa por su sencillez, y nos recuerda que el objetivo es que la mujer que sufrió abusos u otros tipos de violencias pueda dejar de estar en el pasado, vivir el presente y proyectarse en el futuro: «yo antes pensaba que no tenía futuro, nunca me había imaginado con más de 30 años, sabía que me iba a morir antes. Es muy raro imaginarme haciendo planes, y sentirme bien». Para terminar, algunas palabras de esta misma paciente en la sesión de cierre de su proceso terapéutico: «antes de venir no sabía que yo existía, era sólo una niña abusada, ahora eso es sólo una parte de mi vida». intersubjetivo - vol. 15 nº 1 y 2 - época II


Trauma temprano y abuso sexual infantil en el Trastorno Límite de la Personalidad

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Bibliografía

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Trauma temprano, Abuso sexual infantil y TLP - Yolanda Trigueros  

La experiencia de abuso sexual durante la infancia es un importante factor de riesgo que frena e influye en la maduración, la organización d...

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