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Bukowski

LAS DIEZ BORRACHERAS DE

UN ESCRITOR MALDITO


ÍNDICE

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Introducción

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El aliento del abuelo

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Noches de alcohol, días de biblioteca

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La mujer gorda que le desvirgó

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Botellas por la ventana

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Patada al padre muerto

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Me gusta el punk

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19 días sin comer

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Cuchillo en televisión

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Mosca de bar

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El último trago

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Vasos vacíos

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“Mi vida no ha cambiado, me limito a beber cosas distintas”, decía Charles Hank Bukowski (nacido en Alemania en 1920 y fallecido en Estados Unidos en 1994), francotirador de las letras y mito underground, que radiografió con saña la vil mentira del sueño americano. Desde sombríos cuartuchos en Los Ángeles, su máquina de escribir escupió 50 libros. Repasamos su beoda existencia en sus diez borracheras más apoteósicas. 3


un severo soldado yanqui y de una alemana resignada que llegaron a Los Ángeles en 1922. Y le criaron en la más estricta soledad. Así que Charles creció asustado, temeroso del padre, sin afecto. Y pronto se sedimentó una coraza de ironía, rebelión y rabia. La piel del animal acorralado. Pero ese día fue antes. Los padres se quedaron en el coche. El abuelo estaba en el porche de su casa. Le llamó, y Charles se acercó con cautela a esos dos ojos brillantes. “Como luces azules observándome”, escribiría 55 años más tarde en La senda del perdedor, retrato de su infancia sin juguetes, su mejor novela: “Al acercarme, pude sentir el olor fuerte de su aliento. Pero él era el hombre más hermoso que había visto, y yo no tenía miedo”. Las manos del abuelo escondían dos tesoros: la Cruz de Hierro que consiguió El aliento del abuelo luchando en los ejércitos del Kaiser y un Me dijeron que veríamos a mi abuelo, un reloj de oro. Se los dio. Charles volvió femal hombre al que le apestaba el aliento. liz al viejo Ford T. de sus padres. Esa fue la “¿Por qué le apesta el aliento?” “Porque primera vez que olió un aliento alcoholizado. Seis años después, cuando contaba 13, bebe”. lo probaría. El alcohol: su primera válvula de escape. La segunda, la escritura, llegaría [De La senda de un perdedor] más tarde. 1927. Un día soleado, a la edad de siete años, Charles Bukowski, o Hank, como todos le llamaban, vio por primera y última vez a su abuelo Leonard, que había emigrado de Alemania a Los Ángeles en 1880. Allí, cuando ya no quedaba nadie vivo en las trincheras de la I Guerra Mundial, nació Charles, hijo de

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Noches de alcohol, días de biblioteca Llamadle efecto invernadero o lo que sea / pero simplemente ya no llueve / como antes. / Recuerdo particularmente las lluvias de / la era de la depresión. / Mi padre, nunca un buen hombre / en el mejor de los casos, pegaba a mi madre / cuando llovía / y yo me lanzaba / en medio de ellos, / “te mataré”, gritaba yo a mi padre. “Vuelve a pegarle / y te mato”. / “Saca a este niño / hijo de puta de aquí”. /


[De No tenemos dinero, tesoro, pero tenemos lluvia]

Las noches eran de alcohol, los días de biblioteca. Allí, escondido en el edificio de la calle 21, acababa de descubrir a Saroyan, a Sinclair, a Hemingway, a McCullers. Gente que valoraba la verdad, que le inyectaban sangre y belleza. No patadas ni correazos en el baño como su padre.

1936. frente a él, en el salón, sus padres. la frialdad de Katherine, la madre; el odio de Henry, el padre. Quiso decírselo a su padre, “sé que me odias”, pero en vez de eso vomitó en la alfombra. Las zancadas de Henry, “¡¡Eres un puto perro!!” . su mano en la nuca, rodillas al suelo. “¿Sabes qué se hace cuando un perro se caga La mujer gorda que en la alfombra? ¡Se le restriega el hocico en

le desvirgó

Ella empezó a dar botes y a girar. Me agarré e intenté coger el ritmo. Se movía muy bien, pero unas veces hacía círculos y otras iba arriba y abajo. Cogí el ritmo de los círculos, pero en el de arriba y abajo me encontré fuera del colchón varias veces.

[De Escritos de un viejo indecente]

la mierda!”. Otras noches, tras irse de farra con sus colegas, Charles entraba por la ventana. Pero esta vez habían apostado a ver quién bebía más whisky. Y Hank había ganado. Sentía vértigo, el estómago revuelto. Así que llamó a la puerta. “Otra vez borracho”, dijo la madre. “Un hijo mío no entra así en casa”, zanjó el padre. Y Charles echó abajo la puerta de una patada. “¡Eres un perro!”, le gritaba el padre.

1943. Filadelfia podía ser un buen lugar. Como Nueva Orleans o Nueva York. Lugares donde vivió, huido de casa, en los años de la guerra. Los trabajos no le duraban, y viajaba en trenes de carga, y dormía en parques, y comía palomitas, y cuando el hambre le dolía en la garganta, empeñaba su máquina de escribir y escribía a mano. También mandaba relatos fantásticos a revistas que no le publicaban. Estaba sentado en un bar cerca de su pensión cuando entró una mujer de edad indefinida que pesaba más de cien kilos. Él la invitó a vodka. Hablaron.

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que asqueado del servilismo de sus compa“Me gusta tu cara, llena de cicatrices”. ñeros y de la puta jerarquía, trabajaba ocho horas diarias para comprar el alcohol en Charles estaba muy borracho. No le dijo el que luego, cada noche, nadaban los dos. que las cicatrices se debían al peor caso de Bebían en casa. Y tiraban las botellas vacías acné de todo los Estados Unidos de entre- por la ventana. guerras. Le dijo, en cambio, que le iba a follar, que le metería la polla por todos los Esa mañana amaneció en el sofá, abrazado agujeros de su cuerpo. Ella sonreía. a Jane, que abrazaba una botella. En la oficina era un autómata lívido. Un compañero “¿Vamos a tu casa?”. le dijo que tenía muy mala cara, así que fichó y volvió en bus a casa. Jane ya bebía, en “Cuando cierren el bar”. la cocina. Le pidió que fuera a por helado. Al probarlo, vomitó. Y al despertar siguió Esa noche, un hombre con la cara marca- vomitando, y se cagó encima. Vómitos y da y la mujer más gorda del mundo cami- mierda con sangre. naron por las calles de Filadelfia, rumbo al cuarto de una pensión con cucarachas. Por “Ya está, mamá muerte ha llegado”, pensó, la mañana, la cama se había desplomado. camino del hospital, bajo el rojo y azul de Pero Hank sonreía. Había perdido la virgi- una sirena de ambulancia. Úlcera sangrannidad. A los 23 años. te. Sin una transfusión se moriría. No tenía dinero, así que esperó en una habitación llena de enfermos. Un día, dos días. Botellas por la ventana Enfermos y bichos y sudor y gritos. Horas de delirio cayendo por un tobogán que se Miami era lo más lejos a donde podía ir adentraba en la muerte. Pero se agarró a sin abandonar el país. Llevé a Henry Miller una idea. Recordó cómo su padre alardeaconmigo y traté de leerlo. Era bueno cuanba de ser donante. Se lo dijo a la enfermera do era bueno, y viceversa. Acabé con una y al día siguiente su padre le salvó la vida. botella de whisky, luego otra, y otra. Aparte Jane entró tambaleante en la sala. No se tede un magreo de muslo a una jovencita de nía en pie. Su padre sonreía. “La has embopelo castaño, no ocurrió nada interesante. rrachado a propósito”, dijo Charles. “Para demostrarme algo”.

[De Factotum]

1952. Llevaba seis años con Jane. su primera novia. No escribía. Vagabundeando y bebiendo. Ella no trabajaba. Él sí, trasportando sacas de cartas. El único curro que le duró años. Aun-

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“Te dije que era mala”, respondió Henry. “Hijo de puta. Si dices una palabra más me arranco esta aguja del brazo, me levanto y te rompo el culo a patadas”. Jane y Henry volverían a verse una vez más, en 1955. Para ese entonces, Charles había vuelto a escribir (poesía), había vuelto a


beber (primero vino con leche, luego vino, oporto, moscatel, whisky, lo que fuera) y se había enviciado a las apuestas en el hipódromo. Jane y Henry se vieron una tarde que Charles recuerda extraña. Los tres fueron de picnic y el padre estuvo amable con la pareja pensando, ilusamente, que el vientre hinchado de Jane significaba que iba a ser abuelo.

Patada al padre muerto

sas de su padre. Luego regó el jardín. Allí sentado, con una botella de whisky, se dejó llevar por los recuerdos. Los domingos su padre le obligaba a cortar esa misma hierba. Si sobresalía una brizna, le pegaba. “A la mierda con ellos”, se dijo Charles, que no tardó en vender la casa por 16.000 dólares. Se los gastó en pocos meses, en bebida, en apuestas, en mujeres. Como si en ese frenesí le atizara la última patada a todos los valores que defendía su padre.

Recorro la casa de mi padre y observo la cama en la que durmió aquella noche, y siento que debería estirar las sábanas /pero no puedo./ Éramos exactamente iguales, podríamos haber sido gemelos, el viejo y yo: eso / decían. Tenía sus bulbos protegidos /preparados para plantarlos / mientras yo estaba con una puta de la calle Tres. /

Ahora que estoy colocado puedo decir que quizá Ginsberg haya sido la fuerza más provocadora en la poesía norteamericana desde Walt Whitman. Es una puta pena que sea homosexual.

[De Gemelos]

[De Ensayo incoherente]

1958. Había dejado a Jane y se había casado con Barbara, que no bebía tanto y le abandonó a los dos años, justo cuando murió su madre. Nueve meses después, Charles apuraba la penúltima cerveza de la mañana cuando recibió una llamada. Su padre había muerto. Charles se sintió aliviado. Se ocupó del funeral y fue a la casa donde nació. Ahora era suya. Revolvió entre las co-

1968. Contracultura. Arte pop. Sexo libre. Manifestaciones contra Vietnam. Psicodelia. Y mientras la revuelta estalla en California, Charles intenta suicidarse, se convierte en padre, sigue repartiendo cartas, pariendo poemas y bebiéndose el mundo en míseras pensiones de Hollywood Este. Poco a poco se convierte en voz de la escena underground. En aquellos tiempos en los que

Me gusta el punk

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nace la fotocopiadora, edita en fanzines su poesía. Sus palabras como secas puñaladas empiezan a hacerse un hueco. Combina los fanzines con publicaciones sagradas, como The Outsider.

un matarratas mexicano que llamaban tequila en la otra”, le dijo. “Solté estupideces hasta que me caí de la silla. Y no recuerdo nada más”.

Editor y escritor charlaron toda la noche. Y todo aquel revuelo de vanguardia disi- Sobre todo habló Bukowski. De los bares, dente salta el charco y aterriza en Londres, los caballos, de su fobia al trabajo, de su aden París, en Berlín. Allí, Carl Weissner, un mirado John Fante o de la generación beat, “aquellos pacifistas de mierda”. Una década joven editor después diría: “Estuve borracho durante que tradutoda la época beatnik. Lo que me gusta ciría toda es el punk”. Pero esa noche sentenció: su obra “Yo escribo con las persianas bajaen Aledas. Y no puedo con esa imagen mania, mía a lo Bogart o esos que me adoc o ran como a un dios barriobajero mienza de las alcantarillas de Los Ángeles. a car¡Que les den por el culo!”. tearse con Bukowski. En un viaje a 19 días sin comer San Francisco, se desvió a Los Ángeles para verle. Se Mis mareos se fueron haciendo más contisuponía que Bukowski iría a recogerle al nuos. Las cartas se iban haciendo cada vez aeropuerto, pero al no verle, cogió un taxi más pesadas. Los empleados comenzaban hasta su casa. Había una nota en la puerta: a adquirir aquel aspecto gris mortecino. “Carl. No te molestes en llamar. Quizá esté Mis piernas apenas podían sostenerme. El de camino. Abre la puerta y entra. Está rota trabajo me estaba matando. de todos modos. Bienvenido a USA”. Carl husmeó en la guarida del escritor y era todo tal y como se lo había imaginado. Penumbra, olor a podrido, latas y botellas vacías, revistas y la vieja Remington negra con un paquete de folios al lado. “Amigo, ¿tienes mierda en las orejas?”, oyó detrás. Era Bukowski. Sonriente. Con más de 20 cervezas. Mientras abría una se disculpó por no haberle recogido. La noche anterior le habían entrevistado en una radio alternativa. “Un micrófono en una mano y

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[De Cartero] 1970. Sólo cuando cumplió el medio siglo Bukowski dejó su trabajo de cartero. Un editor, John Martin, que publicaría toda su obra en prosa, le había prometido cien dólares al mes si no hacía


ré a Europa si me dais dos botellas de buen vino francés mientras espero salir en antena”. Se las pimpló junto a Linda (su segundo m a t r i m o n i o, la mujer que le acompañó hasta su muerte) en el estudio de Bernard Pivot, crítico literario con un programa que hoy, una tarde lluviosa de octubre, trataría sobre escritura y marginalidad. Junto a Charles, invitado de honor, habría una escritora de largas ojeras, un escritor de mostacho curvo y el loquero que trató al poeta surrealista Artaud con electroshock. Bukowski aguantó estoico el maquillaje, las luces blancas y un pinganillo en la oreja. Salió al plató mamado. Vaciló a Pivot. Y como vio que el moderador pasaba, comenzó a mascullar y a cortar la corrección de sus compañeros. “Súbete la falda y te diré si eres una buena escritora o no”, le dijo a la mujer. “¡Cállate!”, le espetó Pivot. A lo que Bukowski se arrancó el auricular, acabó la botella a morro y se piró a grandes zancadas. En la puerta del programa Cuchillo en televisión se armó el jaleo. Terminó agarrando a un guardia. Amenazó a todos con un cuchillo: “Conozco a muchos escritores estadouni- “¡Dejadme salir de este jodido sitio!”. denses que matarían por estar aquí. A mí me da lo mismo”. otra cosa que escribir. Así que, aquella tarde, compró en la tienda de Ned más cajas de cervezas de lo normal y se encerró en casa. Dejó que la radio inundara el cuarto con un concierto de Brahms. Se bebió tres birras frente a la máquina de escribir, enganchó el primer folio y se lanzó a un torrente de palabras que no enmudeció hasta el alba. Era fácil. Derrotado, durmió unas horas. Y volvió a la carga. Así 19 días. Sin apenas comer. La gasolina eran recuerdos empapados de cerveza. Terminó su primera novela. En ella creó a su alter ego, Henry Chinaski, y volcó todas sus frustraciones de más de 15 años en Correos. Llamó a Martin: “Ya está hecho”. “¿Qué está hecho?, preguntó el editor. “Mi novela. Ven a buscarla”. “¿Cómo se titula?”. “Cartero”.

[Bukowski en Apostrophes, tertulia literaria televisiva del crítico Bernard Pivot] 1978. Charles puso una condición: “Volve-

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Mosca de bar “Un guión, ¿eh? ¿Sobre qué?”. “Un borracho”. “Ah, usted, ¿eh?”. “Bueno, hay otros”. “Ahora le tengo bebiendo sólo vino –dijo Sarah–. Cuando lo conocí estaba casi muerto. Whisky, cerveza, vodka, ginebra”.

[De Hollywood] 1986. Ya había escrito el guión. Se llamaría Barfly. “Mosca de bar”. Un tipo sin suerte que se pasa 20 horas al día sentado frente a la barra. Los protas: Mickey Rourke y Faye Dunaway. Sean Penn y Dennis Hopper se habían bajado del proyecto. Le llamó Barbet Schroeder, el director. Su voz tenía el timbre de los problemas. Cuando llegó, la botella esperaba sobre la mesa. “Estaba todo listo, Hank, cuando de pronto Faye, que está en Boston, se pone enferma. La tienen que operar. Estará bien en dos semanas”. “¿Y qué hicisteis?”. “Filmamos las escenas en las que no aparece. Ibamos a hacer lo mismo con Mickey, ¡pero se negó! Exige un Rolls-Royce descapotable que lo lleve al plató. Si no, no actúa. Estaba en el contrato. Así que le conseguimos uno. Pero no le pareció bien. El color. Rodamos alguna escena sin él, y le encontramos el maldito coche del color apropiado. Ya está listo para empezar a rodar”. Bukowski se sirvió la cuarta copa. “Pero quiere que tú estés allí, mirándolo”. “¿No sabe que tengo que ir al hipódromo?”. “Dice que no hay carreras todos los días”. “Eso es cierto”. “Escucha, Hank. Quiere que

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escribas una escena sólo para él. Quiere decir algo frente a un espejo, un poema… Estos actores pueden ser muy difíciles. Si están descontentos, pueden destrozar la película”. “Hay que ver lo poco que importan las cosas cuando estoy borracho”, pensó Bukowski, que dijo: “Está bien. Escribiré un poema en el espejo”.

El último trago “Ni lo intentes”. Charles Bukoswski. 19201994

[Epitafio sobre su tumba] 1994. Un día primaveral se enterró el cuerpo del escritor, que llevaba dos años luchando contra una leucemia que le había apartado de los bares aunque no de la escritura. Pulp, su última novela, apareció un mes antes de que el corazón frenara en su casa de San Pedro, California, que había comprado con Linda, su segunda esposa. Allí estaba ella con ropas hippies, junto a su hija Marina. “La primera palabra que aprendí de bebé fue licor”, recordó ella, mientras las paletadas de tierra, como latidos de una máquina de escribir, cubrían el féretro de su padre. También había escritores, poetas, editores, traductores y amantes. Pero la mayoría de aquel centenar de personas que acudió al


cementerio era gente corriente, vecinos del bebedor. Uno de ellos sacó una botella de

Scotch (whisky escocés) del bolsillo y la vació junto a la tumba. Para el viaje… Tras poner la lápida, tres monjes budistas cantaron en un idioma que a todos les pareció extraño. Sean Penn, amigo del difunto, comentó en voz baja al poeta Gerald Locklin: “¿No saben que esto es América? ¿Por qué coño no cantan en español?”. Las diez borracheras de un escritor maldito Las diez borracheras de un escritor maldito

Vasos vacíos Borracho mítico. Peleador impenitente. Apostador serial. Romántico recalcitrante. Ultimo beatnik. Primer punk. Ajeno a cualquier capilla o institución literaria, pero con lectores devotos en todo el mundo, hace diez años moría Charles Bukowski. Radar convocó a algunos de sus lectores argentinos de aquellos años para recordarlo. Y además reproduce la extraordinaria entrevista que le hizo Sean Penn en 1987 para la revista Interview, cuando el actor estaba a punto de participar de la filmación de Barfly (en un papel que finalmente haría Mickey Rourke).

[Por Sean Penn] Charles Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920. A los tres años de edad llegó a los Estados Unidos y creció en Los Angeles. Actualmente reside en San Pedro, California, con su esposa, Linda. Famoso borracho, peleador y mujeriego, Genet y Sartre lo llamaron “el mejor poeta de los Estados Unidos”, pero sus amigos lo llaman Hank. Bares:“Ya no voy mucho a bares. Saqué eso de mi sistema. Ahora, cuando entro a un bar, siento náuseas. Estuve en demasiados, es apabullante. Son para cuando uno

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es más joven: todo eso de irse a las manos con un tipo, hacerse el macho, levantarse minas. A mi edad, ya no lo necesito. Hoy sólo entro a los bares para mear. A veces cruzo la puerta y empiezo a vomitar”.

Fumar: “Me gusta fumar. El cigarrillo y el alcohol se equilibran. Yo solía despertarme de una borrachera y había fumado tanto que mis dos manos estaban amarillas, casi marrones, como si tuviera puestos guantes.

El alcohol: “El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... Entonces el alcohol me gusta, cómo no”.

Y me preguntaba: ‘¡Mierda! ¿Cómo se verán mis pulmones?’”.

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Pelear: “La mejor sensación es cuando golpeás a un tipo que no se supone que puedas golpear. Una vez me metí con un tipo, me estaba insultando. Le dije: ‘Bueno, adelante’. No tuve ningún problema, le gané la pelea fácilmente. Estaba tirado en el piso. Tenía la nariz ensangrentada. Me dijo: ‘Jesús, te movés siempre tan lentamente que pensé que serías fácil. Y cuando empezó la condenada pelea, ya no podía ver tus manos, te volviste tan rápido. ¿Qué pasó?’. Le dije: ‘No sé, hombre. Así son las cosas. Uno ahorra para cuando tiene que usarlo’”.


Los gatos: “Es bueno tener un montón de gatos alrededor. Si uno se siente mal, mira a los gatos y se siente mejor, porque ellos saben que las cosas son como son. No hay por qué entusiasmarse y ellos lo saben. Por eso son salvadores. Cuantos más gatos uno tenga, más tiempo vivirá. Si tenés cien gatos, vivirás diez veces más que si tenés diez. Algún día esto será descubierto: la gente tendrá mil gatos y vivirá para siempre. Realmente es ridículo”. Las mujeres y el sexo: “Yo las llamo máquinas de quejarse. Las cosas con un tipo nunca están bien para ellas. Y cuando me tiran toda esa histeria... Tengo que salir, agarrar el auto e irme. A cualquier parte. Tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado. Cualquier cosa menos otra mujer. Supongo que están construidas de diferente manera, ¿no? Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ‘¿Adónde vas?’, te gritan. ‘¡Me voy a la mierda, nena!’.

Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro. Las mujeres son tan quisquillosas, piensan que me las agarro con ellas en particular. Ése es su problema”. La primera vez: “Mi primera vez fue la más rara. No sabía cómo hacerlo, y ella me enseñó a chuparle la concha y todas esas cosas de coger. Me acuerdo de que me decía: ‘Hank, sos un buen escritor, pero no sabés una mierda sobre las mujeres’. ‘¿Qué querés decir? Estuve con un montón de mujeres.’ ‘No, no sabés nada. Dejame enseñarte algunas cosas.’ Le dije que bueno y ella: ‘Sos buen estudiante, entendés rápido’. Eso fue todo. (Está un poco avergonzado. No por los detalles sino

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mas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí. (Da una larga pitada a su cigarrillo.) Es así. La pitada es para mí, la ceniza es para el cenicero. Eso es publicar. Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga... la magia”.

por el sentimentalismo del recuerdo.) Pero todo ese asunto de chupar conchas se puede poner un poco servil. Me gusta hacerlas gozar, pero... Todo está sobrevalorado. El sexo sólo es una gran cosa cuando no lo hacés”. El sexo antes del sida (y su casamiento):“Yo nada más entraba y salía de entre las sábanas. No sé, era como un trance, un trance de coger. Y las mujeres... uno les decía algo, las tomaba de la muñeca, ‘vamos, nena’, las guiaba hasta el dormitorio y se las cogía. Cuando uno entra en el ritmo, sigue adelante. Hay un montón de mujeres solitarias allá afuera. Son lindas, pero no se saben conectar. Están sentadas solas, van al trabajo, vuelven a la casa... es algo maravilloso para ellas que un tipo se les aparezca. Y si se sienta cerca, bebe y habla, es entretenimiento. Estuvo bien, tuve suerte. Las mujeres modernas... no te cosen los botones”. Escribir: “Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: ‘¿Le gusta violar a niñitas?’. Dije: ‘Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida’. Me metí en proble-

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La poesía: “Siempre recuerdo que, en el patio de la escuela, cuando aparecía la palabra ‘poeta’ o ‘poesía’, todos los pendejos se reían y se burlaban. Puedo ver por qué: es un producto falso. Ha sido falso y snob y endogámico por siglos. Es ultradelicado, sobreapreciado. Es un montón de mierda. Durante siglos, la poesía es casi basura total. Es una farsa. Ha habido grandes poetas, no me entienda mal. Hay un poeta chino llamado Li Po. Podía poner más sentimiento, realismo y pasión en cuatro o cinco sencillas líneas que la mayoría de los poetas en sus doce o trece páginas de mierda. Y bebía vino también. Solía quemar sus poemas, navegar por el río y beber vino. Los emperadores lo amaban porque podían entender lo que decía. Por supuesto, sólo quemó sus poemas malos. Lo que yo quise hacer, si me disculpa, es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida... los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común... algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza”. Céline: “La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerle y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz,


leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Casi te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también”. Shakespeare: “Es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan”.

ber. Pero su humor era tan magnífico que tuvieron que ignorarlo. Este tipo era, podría decirse, un psiquiatra de las edades. Tenía algo ambiguo, hombre-mujer, veía cosas. Era sanador. Su humor era tan real que uno gritaba de risa, era como una liberación frenética. Aparte de Thurber, no puedo pensar en nadie... Yo tengo algo de humorista, pero no como él. No llamo humor a lo que tengo, lo llamo un ‘filo cómico’. Estoy colgado en eso. Casi todo lo que pasa es ridículo. Cagamos todos los días. Eso es ridículo, ¿no te parece? Tenemos que seguir meando, poniendo comida en nuestras bocas, nos sale cera de los oídos. Tenemos que rascarnos. Cosas feas y tontas, ¿o no? Las tetas no sirven para nada, salvo...”.

Nosotros: “La verdad es que somos monstruosidades. Si pudiéramos vernos, podríamos amarnos, darnos cuenta de lo ridículos que somos, con nuestros intestinos retorcidos por los que se desliza lentamente la mierda mientras nos miramos a los ojos y decimos: ‘Te amo’. Nos carbonizamos y producimos mierda, pero no nos tiramos pedos cerca del otro. Todo tiene un filo cómico”.

Su material de lectura favorito: “Leí en el The National Enquirer una nota titulada ‘¿Es su marido homosexual?’. Linda me dijo: ‘¡Tenés voz de puto!’. Yo dije: ‘Oh, sí, siempre me lo pregunté’. Ese artículo decía: ‘¿Su marido se depila las cejas?’. Y yo pensé, mierda, lo hago todo el tiempo. Ahora sé lo que soy. Me depilo las cejas, soy un puto. Es muy amable de parte de The National Enquirer decirme lo que soy”. El humor y la muerte: “El último gran hu- Ganar: “Y después nos morimos. Pero la morista era un tipo llamado James Thur- muerte no nos ha ganado. No ha mostra-

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caballo subiendo y bajando. Parecían salvajes. Miré esos culos de caballos y pensé: ‘Esto es una locura total’. Pero hay otros días en los que ganás cuatrocientos o quinientos dólares, ganás ocho o nueve carreras al hilo, y te sentís Dios, como si lo supieras todo. Y todo queda en su lugar”.

do ninguna credencial. Nosotros hemos mostrado todas las credenciales. Con el nacimiento, ¿nos ganamos la vida? No realmente, pero de seguro la hija de puta nos tiene atrapados... La muerte me provoca resentimiento, la vida también, y mucho más estar atrapado entre las dos. ¿Sabés cuantas veces intenté suicidarme? Dame tiempo, sólo tengo 66 años. Sigo trabajando en eso. Cuando uno tiene tendencias suicidas, nada lo molesta, excepto perder en las carreras de caballos. ¿Por qué será? A lo mejor porque uno usa su mente en las carreras, no su corazón. Pero nunca cabalgué. No estoy muy interesado en el caballo sino en el proceso de acertar o no, selectivamente”. Las carreras: “Traté de ganarme la vida con las carreras por un tiempo. Es doloroso. Es vigorizante. Todo está al límite, el alquiler, todo. Pero uno tiende a ser cuidadoso. Una vez estaba sentado en una curva. Había doce caballos en la carrera y estaban todos amontonados. Parecía un gran ataque. Todo lo que veía era esos grandes culos de

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La gente: “No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si mirás mucho a otra persona, te empezás a parecer a ella. Pobre Linda. La mayoría de las veces me la puedo pasar sin la gente. La gente no me llena, me vacía. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido. Estoy mintiendo pero, creeme, es verdad”. La fama: “Es destructora. Es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor”. La soledad: “Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuan-


do estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca pensé: ‘Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa y vamos a garchar, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien’. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: ‘Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos acá sentados?’. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar”. El tiempo libre: “Es muy importante tener tiempo libre. Hay que parar por completo y no hacer nada por largos períodos para no perderlo todo. Seas un actor o una ama de casa, cualquier cosa, tiene que haber gran-

des pausas en las que no hacés nada. Uno se tira en una cama a mirar el techo. Hacer nada es muy, muy importante. ¿Y cuánta gente lo hace en la sociedad moderna? Muy poca. Por eso la mayoría está totalmente loca, frustrada, enojada y odiosa. Antes de casarme, o de conocer a muchas mujeres, bajaba las cortinas y me metía en la cama por tres o cuatro días. Me levantaba para cagar y para comer una lata de porotos. Después me vestía y salía a la calle, y el sol brillaba y los sonidos eran maravillosos. Me sentía poderoso, como una batería recargada. Pero, ¿sabés qué me tiraba abajo? El primer rostro humano que veía en la vereda. Esa cara nomás me hacía perder la mitad de la carga. Esta cara monstruosa, sin expresión, tonta, sin sentimientos, cargada de capitalismo. Pero aún así valía la pena, me quedaba la mitad de la carga todavía. Por eso el tiempo libre es importante. Y no digo tomarse tiempo para tener pensamientos profundos. Hablo de no pensar en absoluto. Sin pensamientos de progreso, sin pensamientos sobre uno mismo. Sólo ser un haragán. Es hermoso”.

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clo’. Cada grano era como un churrasco. Tragaba y echaba pochoclo a mi estómago que decía ‘¡Gracias, gracias!’. Estaba en el paraíso, caminando por ahí, hasta que dos tipos pasaron a mi lado y uno le dijo al otro: ‘¡Jesús!’. El otro dijo: ‘¿Qué pasa?’ ‘¿Viste a ese tipo comiendo pochoclo? Dios, era horrible.’ Así que no pude disfrutar el resto del pochoclo. Pensé qué quisieron decir con eso de que ‘era horrible’. Yo estaba en el paraíso. Supongo que era un poco cochino. Ellos siempre pueden distinguir a un tipo hecho mierda”.

La belleza: “No existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos. Por ejemplo, si la nariz no sobresale mucho, si los costados están bien, si las orejas no son demasiado grandes, si el cabello no es demasiado largo. Es una mirada generalizadora. La gente piensa que ciertos rostros son hermosos, pero, realmente, no lo son. La verdadera belleza, por supuesto, viene de la personalidad. No tiene nada que ver con la forma de las cejas. Me dicen de tantas mujeres que son hermosas... pero La prensa: “Disfruto las cosas malas que cuando las veo, es como mirar un plato de se dicen sobre mí. Aumenta la venta de lisopa”. bros y me hace sentir malvado. No me gusta sentirme bien porque soy bueno. ¿Pero La fealdad: “No existe. Hay algo llamado malo? Sí. Me da otra dimensión. Me gusta deformidad, pero la simple fealdad no exis- ser atacado. ‘¡Bukowski es desagradable!’ te. He dicho”. Eso me hace reír, me gusta. ‘¡Es un escritor desastroso!’ Sonrío más. Me alimento de Érase una vez: “Era invierno, yo me esta- eso. Pero cuando un tipo me dice que dan ba muriendo de hambre intentando ser es- un texto mío como material de lectura en critor en Nueva York. No había comido en una universidad, me quedo boquiabierto. tres o cuatro días. Así que finalmente dije: No sé, me aterra ser demasiado aceptado. ‘Me voy a comer una gran bolsa de pocho- Siento que hice algo mal”.

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ma de acostumbrarse al dolor mental. Me El dedo: (Levanta el dedo meñique de su mantengo lejos de él”. mano izquierda) “¿Viste alguna vez este dedo? (El dedo parece paralizado en una La psiquiatría: “¿Qué consiguen los pacienforma de “L”). Me lo rompí una noche, bo- tes psiquiátricos? Una cuenta. Creo que el rracho. No sé por qué, pero nunca se aco- problema entre un psiquiatra y su paciente modó. Pero funciona perfecto para la letra es que el psiquiatra actúa de acuerdo al li‘a’ de la máquina de escribir, y qué demo- bro, mientras que el paciente llega por lo nios, le agrega algo a mi personaje”. que la vida le ha hecho. Y aunque el libro pueda tener cierta perspicacia, las páginas La valentía: “A la mayoría de la gente su- siempre son las mismas y cada paciente puestamente valiente le falta imaginación. es diferente. Hay muchos más problemas Es como si no pudieran concebir lo que su- individuales que páginas. Hay demasiada cedería si algo saliera mal. Los verdaderos gente loca como para resolverlo diciendo: valientes vencen a su imaginación y hacen ‘Tantos dólares por hora, cuando suena el lo que deben hacer”. timbre terminamos’. Eso sólo puede llevar a una persona un poco loca a la locura toEl miedo: “No sé nada sobre eso”. tal. Recién empiezan a abrirse y a sentirse (Se ríe.) bien cuando el psiquiatra dice: ‘Enfermera, arregle la próxima cita’. Todo es asquerosaLa violencia: “Creo que, la mayoría de las mente mundano. El tipo está ahí para queveces, la violencia es malinterpretada. Hace darse con tu culo, no para curarte. Quiere falta cierta violencia. En nosotros hay una tu dinero. Cuando suena el timbre, que enenergía que necesita ser sacada. Creo que si tre el siguiente loco. Ahora, el loco sensible esa energía es contenida, nos volvemos lo- se va a dar cuenta de que cuando el timbre cos. La paz última que todos deseamos no suena, significa que lo cagaron. No hay líes un área deseable. De alguna manera, no mites de tiempo para curar la locura, y no estamos destinados a eso. Por eso me gusta hay cuentas para eso, tampoco. Muchos de ver peleas de boxeo, y por eso yo mismo los psiquiatras que yo he visto parecen estar las protagonizaba en mi juventud. A veces al límite ellos mismos, además. Pero están se llama violencia a la expulsión de energía demasiado cómodos. Creo que el paciente con honor. Hay locura interesante y locura quiere ver un poco de locura, no demasiadesagradable. Hay buenas y malas formas do. Ah, los psiquiatras son totalmente inde violencia. Es un término vago. Está bien útiles. ¿Siguiente pregunta?”. si no se hace a expensas de otros”. La fe: “La fe está bien para los que la tieEl dolor físico: “Con el tiempo uno se en- nen. Mientras no me la tiren por la cabeza. durece, aguanta el dolor físico. Cuando es- Tengo más fe en mi plomero que en el ser taba en el Hospital General, un tipo entró eterno. Los plomeros hacen un buen trabay dijo: ‘Nunca vi a nadie aguantar la agu- jo. Dejan que la mierda fluya”. ja con tanta frialdad’. Eso no es valentía. Si uno aguanta suficiente dolor, uno cede. El cinismo: “Siempre me acusaron de cíniEs un proceso, un ajuste. Pero no hay for- co. Creo que el cinismo es una uva amarga.

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Es una debilidad. Es decir: ‘¡Todo está mal! ¿Entendés? ¡Esto no está bien! ¡Aquello no está bien!’. El cinismo es la debilidad que evita que nos ajustemos a lo que ocurre en el momento. El optimismo también es una debilidad. ‘El sol brilla, los pájaros cantan, sonríe.’ Eso es mierda también. La verdad está en algún lugar entre los dos. Lo que es, es. Si no estás listo para soportarlo, joderse”. La moralidad convencional: “Puede que no exista el infierno, pero los que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada. Uno tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Voy a usar un término extraño aquí: el bien. No sé de dónde viene, pero siento que hay un básico rasgo de bondad

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en cada uno de nosotros. No creo en Dios, pero creo en esta ‘bondad’, como un tubo dentro de nuestros cuerpos. Puede ser alimentada. Siempre es mágica, por ejemplo cuando en una autopista sobrecargada de tráfico un extraño hace lugar para que alguien pueda cambiar de mano... es esperanzador”. Sobre ser entrevistado: “Es como ser arrinconado. Es vergonzoso. Por eso, no siempre digo toda la verdad. Me gusta jugar y burlarme un poco, así que doy información falsa sólo por el gusto de entretener y mentir. Así que si quieren saber algo sobre mí, no lean una entrevista. Ignoren ésta, también”.

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