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staba allí, toda cubierta de harina, cuando la abuela Marola encontró a Sofía, su única nietecita de 8 años, muy triste en la cocina. —¿Pero qué te ha sucedido pequeña? —preguntó la abuela mientras le abrazaba. Sofía sollozaba inconsolablemente y le contó entre jipíos, lo que había sucedido. —¡Abuelita, lo arruiné! —Dijo exaltada y también algo perturbada—. Quería mostrarte que puedo preparar la receta especial, la del pastel de fresas que tanto me gusta. Puedo hacerlo abuelita, tan rico como lo haces tú. —¡Claro que puedes! —le respondió la abuela con mucha comprensión—. No te preocupes querida. ¿Qué te parece, si mejor lo hacemos juntas?

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La abuela intentaba disuadirla un poco del desafortunado episodio, explicándole que no pasaba nada grave y que en cambio, en un segundo intento, podían resolverlo juntas. Sofía, aún muy triste, no se sentía realmente convencida, ya que su verdadero interés era demostrar que ella también podía hacerlo sola. —Abuelita te lo agradezco, pero prefiero intentarlo sin tu ayuda. —Le respondió la pequeña, mientras le miraba directo a los ojos, con más pena que vergüenza.

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Marola era una señora muy dulce, pero sobre todo era sabia y consentidora, así como todas las abuelas. Traía su pelo gris, siempre bien arreglado, un par de aretes de perla y en aquella ocasión vestía un conjunto estampado, de flores color celeste. Normalmente, se angustiaba al ver a su nieta sufrir con pequeñas cosas como estas, sin embargo, sabía cuando echarse a un lado, dejando que Sofía superara el mal rato por sí sola. Es por esto, que aquella tarde tomó su cartera y sombrilla en mano, para salir a dar un paseo. Marola era también una abuelita muy bien cuidada, no salía de casa sin antes empolvarse el rostro y poner un poco de color, en sus labios y mejillas. Aún fuera tan solo a la esquina, acompañada siempre de su gata, a quien todos llamaban Lolita.

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Luego de un buen rato, Marola decidió entrar nuevamente a la casa. Tardó un poco más en volver hasta la cocina, la que por cierto estaba nuevamente limpia, y con todo muy bien puesto en su lugar. Sofía lucía aún molesta. Se notaba que acababa de tomar un baño y vestía su pijama favorita, de corazones rosas y violetas. —¿Qué ha pasado esta vez Sofía? —Nada abuelita —respondió con un tono muy bajo—. Solamente, que no salió. Creo que algo muy malo pasa con tu cocina. —¿Te parece? —preguntó Marola. —Sí abuela —contestó rápidamente—. La prueba es, que en mis largos 8 años todo siempre me ha salido bien, sin contar esta tonta receta.

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—¿Y seguiste la receta al pie de la letra? —preguntó la abuela sabiamente. —Sí abuela. Y ya sabes, que soy muy buena para seguir instrucciones. Algo sonrojada y un poco desconcertada, Marola se dirigió a su nieta, con la cara seria, y le dijo que al día siguiente recibirían a sus padres. Por lo que necesitaría de su especial ayuda, para prepararles una linda velada de bienvenida. Con mucho pesar, sentimientos de pena y decepción, se había quedado la abuela; al conocer en su nieta, actitudes que no había visto antes en ella. Sofía, además de ser una niña obediente y de buen corazón, poseía también el defecto de la arrogancia. Por lo que se comportó como una insolente, al ver que las cosas no habían salido, como ella las esperaba.

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La mañana siguiente Sofía despertó con muy buen pie; con una sonrisa rozagante saludó a su abuela. —¡Hoy es el día en que llegan mis papis! —exclamó con mucha alegría. Sus padres estaban fuera de casa, celebrando su décimo aniversario. Todo un fin de semana en la montaña, allá en lo más alto le había contado su padre, donde se ven las estrellas más cerca.

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Dando saltos por toda la casa, Sofía comenzó a rebuscar entre todos los rincones, los materiales que necesitaría para hacerles un gran cartel de bienvenida. Tomó un marcador que pintaba color púrpura, su favorito, y escribió con letras bien grandes y redondas, la frase: ¡Bienvenidos a casa, papá y mamá! XOXO, Sofía Al terminar lo colocó en la pared de la entrada y con prisa, salió al jardín de la casa, para cortar unas pocas margaritas con las que adornaría el lugar.

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Dándole su espacio y tiempo, la abuela observaba de lejos a Sofía. Al verle terminar con mucha emoción y dedicación sus tareas, decidió que era el momento ideal para enseñarle una lección. —Aproxímate Sofía, ven conmigo a la cocina, quiero que juntas preparemos algo delicioso, para papá y mamá. — La acercó con dulzura. —Está bien abuela —le contestó Sofía, con gran emoción. —Vamos, saca de esa gaveta la receta especial del pastel de fresas. —Marola le dijo sin más, como si hubiera olvidado el evento del día anterior. Con la mirada algo frívola, la niña obedeció. Los ojos se le agrandaron un poco, estaba algo sorprendida y también desilusionada. —Prefiero mirar —le expresó Sofía, sin perder la primera oportunidad que tuvo para decirlo —¡Sí! Vas a mirar, pero también me vas a ayudar. —Le respondió la abuela Marola, con mucha calma y autoridad. Y así comenzó a dirigir a la niña, poco a poco.

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Iniciaron lavando las fresas y midiendo con cuidado cada uno de los ingredientes. Entonces, lo primero que Sofía aprendió, es que si tenía las porciones exactas de cada cosa, era mucho más fácil irlas mezclando una a una y poco a poco. Luego de tener la masa lista, bien mezclada y homogénea, la abuela le indicó a su nieta que la llevarían por un rato al refrigerador para que la masa pudiera reposar. Sofía se mostraba entusiasmada, y quería ponerla directamente en el horno. Era una niña muy impaciente, y ya quería ver creciendo en el horno al delicioso pastel de fresas.

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—Cariño —le dijo— si lees bien las indicaciones, pone aquí, que la masa debe reposar. —¿Y eso para qué sirve abuela? —le preguntó bastante curiosa. —Porque si no descansa un rato con la levadura, el pastel no crecerá lo necesario, ni tampoco será lo suficientemente esponjoso. —¡Ohhhh! —le dijo Sofía, mientras tomaba sus propias notas en un pequeño cuaderno—. Abuela, entonces en la cocina también tenemos que ejercitar la paciencia. —Así es, tesoro mío. Si nos saltamos las indicaciones, yo creo que no nos puede quedar muy bien.

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Al cubrir cada uno de los pasos, la niña le pidió a la abuela la receta. Ahora la leería con mayor cuidado y detenimiento. El pastel de fresas ya estaba en el horno y además comenzaba a oler muy rico. Marola se la pasó con gusto, y entonces Sofía notó de inmediato, que había olvidado algunas notas escritas a lápiz, en el reverso de la hoja. Miró a su abuela con picardía y comenzó a leer en voz alta. 1- Sigue siempre las instrucciones. 2- Aprender con alguien más, suele ser más divertido. 3- Dividirse las tareas, siempre lo hará más fácil. 4- Darle su tiempo a cada cosa y saber esperar, te dará siempre mejores resultados. 5- El ingrediente secreto de cualquier receta, siempre será compartir.

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Sofía abrió los ojos hasta parecerse a una lechuza y le dijo a la abuela Marola, que con muchísima razón, esta vez el pastel olía riquísimo y que casi no podía esperar para compartirlo con sus padres. Los padres de Sofía llegaron justo a tiempo. Estaban sorprendidos de que su pequeña, ya había cocinado su primer pastel. Aquel día, Sofía aprendió a la perfección sobre cómo preparar la famosa receta del Pastel de Fresas. Pero también aprendió algo mucho más importante, comprendió con claridad, que en la vida no existía algo más divertido y noble que saber compartir de corazón; que hacer las cosas en compañía siempre lo hará más fácil y que trabajando en equipo, se hace todavía más difícil el llegar a equivocarnos.

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Yina Guerrero postingmylife.blogspot.com/ Ely Murguia elymail.blogspot.mx

El ingrediente secreto del pastel de fresas  

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