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Duele Mรกs El Viento Obra ganadora del concurso Distancia Breve


JoaquĂ­n Guerrero-Casasola

Duele MĂĄs El Viento Obra ganadora del concurso Distancia Breve

Y erba M a l a

Cartonera


© Joaquín Guerrero-Casasola. 2016 © Editorial Yerba Mala Cartonera. 2016 Proyecto social cultural y comunitario sin fines de lucro.

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Proyectos análogos: Eloísa Cartonera (Argentina), Sarita Cartonera (Perú), Ediciones la Cartonera (México), Animita Cartonera (Chile), Dulcinéia Catadora (Brasil) y muchos más en casi 20 países.

Impreso en: Imprenta “Magda I” en alguna parte de Cochabamba Impreso en Bolivia


POR TODA DISTANCIA

Este 2016 se cumplen diez años de la creación de la Editorial Yerba Mala Cartonera, dicho número para nosotros significa kilómetros de cartón cortado y litros de pegamento y pintura. De momento no se tiene planeado ningún festejo, tal vez un par de cervezas y pare de contar; lo que realmente nosotros celebramos son concursos como el Distancia Breve, que nos han permitido ver el alcance con el que cuenta la editorial fuera de nuestras fronteras. Textos de todos los rincones del mundo de habla hispana han sido enviados para participar. ¿Se puede pedir más? Sí, tener a un gran jurado y que el ganador esté a la altura de las circunstancias. Ambos objetivos han sido logrados de gran forma. El poderoso jurado estuvo conformado por: Magela Baudoin, escritora periodista y docente universitaria boliviano venezolana. Fundadora, coordinadora y profesora del Diplomado en Escritura Creativa de la Universidad Privada de Santa Cruz, es autora del libro de entrevistas Mujeres de costado (Plural 2010), del libro de cuentos La composición de la sal (Plural 2014) y su primera novela El sonido de la H (Santillana - Bolivia) que ganó el premio Nacional de Novela 2014 y el II Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Ha sido periodista y colaboradora en distintos periódicos bolivianos, sus cuentos y reseñas han sido recopilados e varias antologías y en revistas especializadas en literatura. Ricardo Bajo, conocido como “el Vasco”, hincha de The Strongest, del Athletic de Bilbao, director le monde diplomatiqueBolivia, antiguo editor de Fondo Negro, escribidor en el suplemento cultural de “La Prensa”, Erbol, Cambio, etc., etc., etc., periodista que en los innumerables medios donde escribe, se lo conoce por su mortal crítica y sobrada sapiencia en temática del deporte, cine,


teatro, política, etc., etc., etc. Aldo Medinaceli (La Paz, 1982). Ha sido becario en Porto Alegre y Madrid. Editor del desaparecido suplemento literario Fondo Negro. Recibió los premios Costa du Rels en escritura dramática, Gómez Morata (otorgado por la Universidad Complutense) en edición y Javier del Granado en poesía. Elegido como uno de los 100 jóvenes más influyentes de América Latina para el evento JAS10 en Montevideo. Fue impulsor del movimiento literario Yerba Mala. Así vale la pena cumplir otros diez años más.

Equipo Yerba Mala Cartonera 2016, Año del Ten


A El Salvador A las horas en el cafĂŠ La Habana


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¡Se terminó la guerra! ¡Se acabó esta vaina!, gritaban los hombres trepados en las Toyota que circulaban las calles y avenidas de San Salvador. Por todas partes se escuchaban canciones caribeñas, deformadas por el eco de los altavoces. Se dejaban oír también, tambores que en su marcial comparsa provocaban recelo, pero que una vez acostumbrados a ellos, los niños les aplaudían e iban detrás, imitando la forma de marchar de la guardia blanca del ejército de cristianos de occidente. Dos décadas después, Daniel Rosen viajaba en una Toyota recordando ese bullicio, pero ahora en un paisaje donde las ramas de las ceibas silbaban acariciadas por el viento y lucían un color tan verde, que parecían burlarse del resto del paisaje, calcinado por el polvo blanquecino de la carretera. Un puñado de albañiles se apretujaba en la parte trasera de la camioneta. Sentada en la curvatura de una llanta, una anciana de pelo marañoso cabeceaba de sueño. A su lado, un chiquillo metía las manos en una cubeta con agua para tocar y refrescar los brazos pellejudos y secos de la vieja, pero el agua se absorbía como si la piel tuviera raíces demasiado sedientas. —¡Mire, señor don Dani! ¡Guazapa! —Chele señalaba el volcán, que reaparecía en cada vuelta, con sus diferentes ángulos, sus partes calvas y sus sinuosas protuberancias. No piensa el baboso, por eso de que tiene la cabeza chica. Yo le dije, no te quedes en Guazapa, Chele. Pero Chele me dijo, Jacinto ya no tarda. Y el baboso no se movió de ahí hasta que le cayeron vergo de soldados y le dieron RA-TA-TÁ —¡Llegamos, chero! —Chele golpeó la camioneta cuando se adentraron en Suchitoto. 11


— ¡Sin pegar, compadre! ¡Mi Toyota es delicadita! —respondió el conductor, sacando risas más bien cansadas del viaje. Poco después, el hombre señaló a los albañiles un edificio a medio demoler, que lucía en su parte alta el letrero vencido de un almacén llamado Siglo XX. —Es aquel. Ya casi está pa´ caerse. Vengo de noche, denle duro, a ver si terminan hoy y así no tienen que regresar mañana. Y usted, doña —le dijo a la anciana—, me los alimenta bien, ya sabe que luego yo le doy algo. —La medicina —dijo el chiquillo que venía con ella. —¿Qué con eso? —No la trajo. El chofer miró a la anciana e hizo una mueca. —Usted aguanta, ¿verdad, madre? —Bueno, chero—Chele interrumpió—. Nosotros ya sabe, agradecidos. Nos vamos... —Sí, Chele, de noche vengo y los regreso. Y tanto gusto, señor ¿cómo era su nombre? —Daniel Rosen. —Tanto gusto, aquí las vistas son bonitas. Suban pa´lo alto. Vean el valle. Saque fotos y llévelas a su tierra. Esto es como Alemania. Los albañiles bajaron palas y zapapicos, y fueron hacia el edificio. Chele y Daniel hacia el lado opuesto, a refugiarse bajo el techo de una tienda. El chofer subió a la Toyota, avanzó una calle, dio una vuelta en U y se alejó envuelto en una nube de polvo hasta que abandonó Suchitoto. —Por lo menos hay trabajo —dijo Chele, como si leyera la mente de Rosen. Luego sacó dos cervezas Pilsener de una cubeta con hielos medio derretidos. El tendero se espantó una mosca de la 12


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nariz y señaló un destapador colgado de una cuerda. —Tómese esta polarizada, señor don Dani. Pero no se me apresure. No hay prisa. Aquí el tiempo se hace largo, no pasa nunca. Y la casa de Jacinto no se va a mover de su lugar. Uy, si no se movió entonces, cuantimenos ora que ya pasó la guerra, cabalito. Voy a darte una mala noticia, Chele, tus tres hermanos cayeron en el frente. Chele se quedó callado, pensé que estaba tratando de aceptarlo, pero me dijo: tu madre va a llorar cuando sepa que mataron a sus hijos… ¡No, baboso!, le dije yo, ¡los muertos son tus hermanos, no los míos! Y siempre que alguien le decía que a sus hermanos los habían matado los cuilios, él se las volteaba y les daba el pésame. ¡Eh, baboso! ¡Entiende! ¡Tienes que llorarle a tus muertos para que se vayan en paz! Pero Chele ni caso, y otra vez salía con lo mismo: tu madre va a llorar cuando sepa que mataron a sus hijos… —El agua no es de fiar, señor don Dani. Mejor bébase una cerveza. —Esta viene embotellada. —Pues yo l´otro día encontré una saliva dentro. Mejor cerveza, ¿qué pasó con usted? ¿Se le quitó lo bebedor? Empezó a decir que los zumbidos de las balas eran avispas, aviones del ejército que de pronto caen del cielo y cuando los ves es porque ya los tienes enfrente dándote tu RA-TA-TÁ. Se ponía a oír hasta con el espíritu el baboso. ¡Son avispas! ¡Cúbranse! ¡Yo voy al frente! Siempre ha sido gordo el Chele. Rodaba. Íbamos por él, costaba vergo someterlo cuando se ponía loco. Una vez nos apuntó con el rifle y dijo que éramos espías de la CIA... ¡De la CIA! ¡Púchica! Oiga vos, la CIA. Ya cuando se ponía terco mejor lo dejábamos acabarse los tiros y berrear de coraje. Se quedaba dormido por ahí en lo alto de Guazapa. De noche, regresaba al campamento. Igual que los perros en busca de comida y de caricia. Empezó a colgarse las orejas de los soldados muertos en el cuello; tuvo suerte de no morir. Los locos siempre tienen suerte, ¿sabe vos? Chele quería matar cuilios. Los mataba desde su escondite. Venía uno. Pum. Caía como mosca. Aparecía otro. Pum. Lo mismo. Y Chele corría a cortarles las orejas. ¿Tienen frío, orejitas?, les preguntaba con un cariño que te daba espanto. Y el frío pasaba a cuchilladas por Guazapa. Era de noche. La noche duraba un vergo esos días. Seis meses como en el Polo Norte. Lejos, los cañonazos. Y el Chele loco gritando por todo Guazapa. Nomás decía: ya viene Jacinto Morazán, no se 13


desesperen compas, ya lo escucho, ahí viene mi comandante cantando su canción de siempre. ¡Le salieron alas a Jacinto! ¡Alas de fuego! ¡Él solito va a ganar la puta guerra escupiendo lumbre desde el cielo! Caminaron hacia el centro del pueblo. Chele era quien decidía el rumbo, hasta que se detuvo y se rascó detrás de una oreja. —Espéreme, señor don Dani, es que las casas ya las repintaron y estoy confundido. —Vamos a preguntar. —¿A preguntar qué? —Recuerdo que la calle se llamaba Palomares. —Se llamaba; aquí los nombres también cambiaron. Mire —Chele señaló a una mujer que sostenía un palo con títeres de trapo—. Vamos a preguntarle a ella. —Aquí te espero —respondió Rosen, cansado. Chele fue junto a la mujer, él se recargó en la pared y miró a unos niños que intentaban elevar una cometa en un cielo sin viento. —Es por allá, señor don Dani. —Regresó Chele. —¿Qué le preguntaste? —Por la casa de Jacinto. Sí lo recordaba. Se pusieron en marcha. Poco después, Chele volvió a detenerse y a rascarse la oreja. —No se desespere, señor don Dani. De que damos, damos. Volvieron a caminar y a encontrar a la mujer de los títeres que se levantaba la falda y se rascaba las piernas enrojecidas por los piquetes de los moscos. Y a los niños con la cometa rota a mitad de la calle. —Púchica, no se me ajolote, señor don Dani. Espere… ¡Ya me acuerdo! ¡La casa estaba junto a la botica! 14


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—¿Y dónde está la botica? —Junto a la casa. ¡Vos por allá! ¡Vos por acá! ¡Échale la cuerda! ¡No tengan miedo, su rifle ya no tiene balas! Lo cazamos entre cinco al Chele: Tomás, Sapo, Chicón, Otilio y yo.¡Cómo lloraba cuando le dimos vergo contra el suelo! Lo bajamos de Guazapa, amarrado como jabalí. Le decías que Jacinto estaba muerto y se endemoniaba. ¡No es verdad!, gritaba. ¡Mi comandante es invencible! ¿Cuánto tiempo estuvo loco el Chele? Meses. Lo llevamos al manicomio, no había de otra, ahí lo volvieron tonto a pura pastilla, y cuando lo visitamos parecía uno de esos viejos que se quedan dormidos de repente, que se orinan de reír y ríen de cosas que recuerdan. ¿Por qué lo dejaron salir de la casa de la risa? Pues porque comía por tres el hijueputa. Cuando acabó la guerra, muchos se fueron lejos. A Nicaragua, Guatemala, Estados Unidos. Donde hubiera pisto, pues. Porque como usted sabe la guerra es un trabajo. Y si se acabó la guerra, se acabó el trabajo. Y entonces hay que buscarlo donde lo haya, pero Chele se quedó. Chele seguía esperando a Jacinto Morazán… Dos horas después ya habían recorrido Suchitoto de orilla a orilla. Estaban cansados, Chele empapado en sudor. De vez en cuando movía la boca y se soplaba la nariz. —Quizá la casa ya no existe, Chele, quizá la demolieron. A eso vienen esos albañiles, a demolerlo todo. sabe.

—No, señor don Dani, la casa ahí sigue. Eso todo mundo lo —¿Quién es todo mundo? —Todo El Salvador.

Rosen vio que el puesto de cervezas no estaba lejos; habían llegado al mismo punto. Le propuso que fueran a sentarse y a beber, mientras oscurecía. El tendero les dispuso tres sillas de plástico. Esta vez, Rosen abrió una cerveza y Chele se puso contento. Chocaron las botellas. No había nada que comer en forma; el tendero les dio unas galletas saladas y un trozo de queso en un plato. 15


—Sí —dijo Chele y eructó—, la casa de Jacinto no se ha movido de su sitio. Las casas no se mueven. Solo las personas, salud, señor don Dani.

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No sabía si poner algo de la ropa en el clóset de la habitación. Después de todo, en el aeropuerto le habían dicho que solo se trataba de algunas horas de escala debido a cierta complicación en el itinerario; escuchó decir a unos pasajeros que se trataba de una huelga repentina de controladores aéreos. “No se preocupe, señor Rosen, nosotros nos comunicamos con usted. Le daremos un bono y el hospedaje corre por cuenta de la compañía. Le aconsejamos que conozca la ciudad”. Salió de su habitación. Bajó al bar y descubrió a una cantante rubia y a un pianista de traje y moño, rematando las frases de la cantante con acordes de fatalidad. —¡Daniel Rosen, periodista, borracho y putañero! Aquella ráfaga de calificativos provocó cierto corte en las conversaciones de la gente en el bar, pero el pianista lanzó unos acordes vivaces y todos volvieron a lo suyo. El hombre que venía hacia Rosen era esbelto, distinguido, con aires de don Juan, pero su cojera le desbarataba el porte. —¡Púchica, Rosen! ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí en el Princess? ¿Hospedado? ¡Claro que hospedado! El hombre lo abrazó y le dio una sonora palmada en la espalda. —Viejo, ¿no me reconoces, ah? —Vagamente… —¿Vagamente, dices? ¡Qué hijueputa! ¡Soy Iván Bello! ¡Coño, Rosen! ¿Te saliste de la tumba? ¿Qué haces en El Salvador? 17


—El avión tuvo un percance… —¡Hijueputa! ¿Un percance? Coño, eso se llama destino. Vamos a beber algo, ven. Un percance, el viejo dice que un percance. Se instalaron en una mesa. Iván pidió un vodka tonic y Rosen agua simple. —Cuéntame, ¿seguiste en el periodismo? —No, ya estoy jubilado. —Tienes suerte; aquí algunos se pusieron listos y también se jubilaron con bastante pisto, viven en Europa y desde allá siguen con su revolución, solo que escribiéndola en revistas mientras beben brandy fino. Otros andan por ahí robando o pidiendo limosna. Mucha ideología, mucho blablablá y mira cómo terminaron todos. Yo tuve que empezar desde el principio. Mi padre tenía una empresa, se perdió al final. Cuando llegó la paz, me fui a tocar las puertas para vender electrónicos a plazo. Televisiones. A todo el mundo le dio por comprar televisiones, quizá porque ya podían ver sin sobresaltos las telenovelas y el fútbol... Oye, Rosen, ¿te acuerdas de Felipe Escamilla, el empresario al que secuestraron los guerrilleros? Se casó con una rusa. Claro que ella no tiene ideología. Lo que tiene son veinticinco añitos y unas nalgas muy bonitas. Agustín Padrón, el bajito, sargento, ese está en retiro, jubilado igual que tú. Puso un restaurante de comida china. A veces voy a verlo, jugamos dominó. Es un tramposo. Me volteo y mueve las piezas, se lo permito: le gusta sentir que en algo sale ganando. Eso dice él porque es de los pocos que aceptan que esta guerra la perdimos todos. ¿Te parece que hablo mucho, viejo? —Iván le apretó una mano y le sonrió—. Rosen, Rosen. Qué maldito gusto me da verte. ¿Un percance dices? —El avión iba de Los Ángeles a Argentina, pero tuvo que hacer una escala aquí. —¿En serio? ¿Entonces no pensabas pararte por aquí? —Sinceramente, no. —¿Me quieres decir que de todos los países donde se pudo dar el percance, el avión hijueputa paró en El Salvador? 18


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a reír.

Rosen asintió. Iván se dio una palmada en una pierna y rompió El mesero puso otra ronda de bebidas en la mesa. —¿Por qué dejaste la bebida, Rosen? Veo que pura agua. —El hígado. —¿El hígado qué? —El hígado me lo pidió.

—¿Los hígados hablan? El mío es muy silencioso. Coño, Rosen, de verdad qué maldito gusto verte, no te ofendas, pero a veces te soñaba muerto. El pianista cambió de ritmo, la cantante empezó a bailar charlestón y a hacer caras coquetas. Iván y Rosen dejaron la conversación para mirarla. Otros hicieron lo mismo, seguir el ritmo, animar aquella música que parecía fuera de lugar. —Te está mirando a ti, viejo. Eso era mentira, pero Rosen sintió una breve mirada de la cantante sobre él, y eso le hizo aflojar los hombros y ordenar un vodka cuando el mesero pasó a un lado. Iván le dio un codazo. —¡Así se hace viejo! ¡Que se calle el hígado de mierda!

I used to walk in the shade With those blues on parade But I’m not afraid This Rover crossed over

Esto es la normalidad, se dijo Rosen, paladeando el amargo y dulce sabor del vodka y agua quina. A eso vine, a enterarme de que 19


todo volvió a la normalidad, de que este sitio es lujoso y la gente está sentada y una mujer pintada de rubio canta charlestón y uno se casó con una rusa y otro vende comida china y Bello se quedó cojo en la guerra y lo perdió todo menos la alegría. Yo estoy alegre, yo estoy en pausa.

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Rosen podía recordar que el único que tuvo estudios y dejó la universidad a medias, era Jacinto. Teología. Luisa dejó su trabajo como secretaria de una transnacional. Los gemelos Lucas y Tristán habían sido obreros de una fábrica de detergentes y Zacarías ayudaba a su madre en un puesto de verduras en el mercado. A todos ellos, según Jacinto, los llamó la revolución, la voz de la revolución. Esa voz siempre le pareció a Rosen un tanto cursi, pero al mismo tiempo concedía que existiera; después de todo él también llegó a creer en un llamado personal y pensaba que esa guerra le serviría para convertirse en escritor. Chele decía que llevabas un cuaderno donde escribías tu novela, no querías ser periodista. Cuando le dabas al trago, te ponías hablantín, contando de escritores que vivieron guerras y escribieron un montón de pajas y hasta fueron famosos. Eso buscabas vos muy en el fondo. Fama. Luisa nos contó que un día te quitó el cuaderno y le arrancó una hoja. Que el viento la voló y la llevó volando hasta abajo de Guazapa. Querías bajar corriendo por ella, pero ahí estaban los cuilios, acampando. Tú podías ir con ellos, no había problema, a veces estabas con ellos, a veces con nosotros porque eras periodista. Pero en el fondo, eras de los nuestros, Rosen. Sabemos que eras de los nuestros. —Tuve un sueño, señor don Dani —dijo Chele, agobiado de calor mientras oscurecía en Suchitoto—. Que yo los esperaba a Jacinto, a Luisa, a los gemelos, a Zacarías y a usted, y que nunca llegaron a Guazapa. —No fue un sueño, Chele. Nunca fuimos a buscarte. A Chele se le humedecieron los ojos, le brillaban por la luz de las pupuserías que comenzaban a encenderse a lo largo de la calle. Rosen pensó en la terquedad de Chele, obstinado en creer que Jacinto fue a buscarlo y después, cuando salió del manicomio, que 21


seguía diciendo haber visto a Jacinto. Pero no era el único. Cómo no, aseguraba uno, si ayer Jacinto me saludó. Claro, decía otro, anda por ahí escondido. Jacinto estaba muerto, Rosen lo sabía sin lugar a dudas. Y a pesar de eso, aquellas historias lo hacían sentir como que no lo estaba. Costaba demasiado quitárselo de la mente, su risa pícara de niño, sus frases, sus botas bien lustradas. Desde Chalatenango hasta la Paz, por Santa Ana, La Unión o Sonsonate, Jacinto caminaba con esas botas. Y Rosen las podía recordar a la perfección: recordaba en ellas las huidas a salto de mata, el pisar cadáveres, el esquivar las balas de los cuilios, ellustrarlas alguna noche donde se oían los últimos ruidos de algún combate. Recordaba el arrancárselas de los pies, arrojarlas lejos y mirarlas como dos prótesis irremediables. Mire Rosen, un tarrito de betún, un ratico de no hacer nada y listo. Porque fíjese, fíjese bien. Si anda mugroso con las botas limpias, lo mugroso no se nota. ¿Qué me mira así? ¿Le parezco loco? Un poco sí, pero con las botas limpias… —El dueño de la casa, ¿te acuerdas como se llamaba, Chele? Tal vez si preguntamos por él demos con la casa. —No lo sé, señor don Dani, tengo mala memoria. Ora verá, cuando acabó la vaina cada cual se fue por su lado, nadie me buscó, me fui solo a trabajar en una cafetalera que cerró después porque no producía, entonces me fui a un centro comercial donde vendían ropa y chunches para mariconcitos. No duré ahí. Yo no sé trabajar donde tenga que estar encerrado. Siento que me tuesto, pues. —¿Qué hacía el dueño de la casa? —Pasaba armas por el lago. Metía los rifles en su lancha, cubiertos de verduras. No se ponía nervioso cuando lo revisaban los cuilios; al contrario, les daba paja. Busquen bien, les decía, seguro traigo un tanque. Ellos se reían. Lo daban por guanaco que la agarra suave. Pero también tenemos que reconocer algo, señor don Dani. Que esos cuilios eran cipotes como nosotros. Se tragaban el cuento. O a lo mejor no se lo tragaban, pero hacían como que se lo tragaban para no terminar en balacera. —Tenía un nombre raro ese hombre, algo que arde... 22


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—¡Ardelio Benavides! —Sí, Ardelio. —Ya me siento todo zurumbo de pensar, pero mire, Ardelio era jorobado. Parece que lo estoy viendo, un cuchuquito de hombre, él. Le decíamos el Dobladito y le daba cólera que nos burláramos. Cómo no, Ardelio el Dobladito, me lo resucitó de pronto, ¿sabe? Quizá murió. Claro que murió. Era el más mayor de todos. Nunca he visto un jorobado que llegue a viejo. Pero si quiere, preguntamos por él. Ahí mire, nos comemos unas pupusas y le hacemos la conversación a la señora, puede que ella lo conozca. Se acercaron a una de las pupuserías. —No, no conozco a nadie con ese nombre, ni tampoco jorobado. —Jorobado —insistió Chele—. ¿Cuántos jorobados hay en Suchitoto? —Es que yo no soy de aquí. Trabajo y me voy lejos, yo no soy de Suchitoto. —Entonces, no hablemos de eso y denos otras dos pupusas para cada uno. ¿Extrañaba las pupusas, señor don Dani? Rosen se encogió de hombros. —¡Oiga! Ya me acordé de algo. ¿Sabe quién habló más veces con el Dobladito? ¡Luisa! Porque ella era la encargada de pagarle la renta de la casa. Todo se me está viniendo a la memoria, de golpe. Muchas cosas ya no recordaba. En el hospital me dijeron que en mi caso era mejor no acordarme. El cerebro se llena. ¿Ve usted? ¿De qué? De ideas. Y un día ya no caben, hay que olvidarlas o el cerebro se pudre y duele la cabeza. Hay que olvidar, señor don Dani, es necesario. Mire vos, qué bueno que me acordé que Luisa conoció a Ardelio. —¿Y qué quieres? ¿Que la saquemos de la tumba?

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—El general Pontones goza de cabal salud —dijo Iván. Su mirada se veía chisposa luego del cuarto vodka tonic—. Una vez lo dieron por muerto. El locutor de la radio con voz de panteonero dijo: “El general Pontones goza de cabal salud”. Ahora, cada vez que el viejo se enferma, la gente imita al locutor “El general Pontones goza de cabal salud”. Rosen sonrió la primera vez que Iván imitó esa voz, pero las demás le fueron cada vez más molestas. Y ahora, se torturaba a sí mismo por haberse bebido aquel par de tragos. —Por cierto, viejo, en casa del general hay reunión todos los jueves. ¿Y sabes cuál es la buena noticia? Hoy es jueves. Vamos para allá, lo saludas y le dices que tú también —imitó al locutor—, gozas de cabal salud. —Debo estar pendiente por si me llaman del aeropuerto. —Yo te llevó si eso pasa. El viejo vive subiendo la colina, de aquel lado se llega más rápido al aeropuerto. Espera. Voy a decirle que vamos. Aquí hay mucho ruido. —Iván sacó el celular, se puso de pie y se fue cojeando hacia la puerta del hotel. Daniel volvió a mirar a la cantante, su estilo se parecía al de la Monroe. Movía los hombros y apretaba la boca de ese modo, lograba verse apetecible y sensual. El bar se había llenado de gente. El reloj de la pared marcaba las ocho; Daniel se sorprendió, pues tuvo la certeza de que cuando dejó la maleta en la habitación, apenas eran las cinco de la tarde. Quizá eran las seis o seis y media. La siesta, se dijo, claro está, me tumbé en la cama y dejé pasar un buen rato. Abrí los ojos, miré el teléfono para ver si había llegado notificación del aeropuerto y así voló el tiempo. Así y porque Iván habla demasiado, 24


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eso es lo único que no le jodió la guerra, las ganas de hablar. —Listo, viejo. —Iván venía de vuelta. —En ese caso, espérame, voy a la habitación. —No tardes viejo, así estás guapo. Daniel se puso de pie, dio unos pasos, acusando el par de tragos en la sangre. Oyó que Iván volvía a gritarle lo del general goza de cabal salud. Poco después, iban en el coche rumbo a la colina. Rosen llevaba una caja encima de las piernas. —¿Qué vas a regalarle al viejo? —Es una sorpresa. —Hasta parece que lo planeaste. —¿Qué cosa? —El regalo. —Lo traía en la maleta y mira, pienso que le va a gustar. —No sea una bomba. —Puede ser… —Sí, claro, puede ser —Iván lo observó—. La vejez te sienta bien, Rosen. El que no te conociera no diría que viviste lo que viviste. ¿O eres de esos que traes las cicatrices por dentro? Así dicen muchos aquí para dárselas de importantes, porque nunca recibieron ni un disparo. —Se tocó la pierna—. Uno de estos. —Te da personalidad. —Eso dice mi mujer. ¿Y tú, viejo? ¿Te casaste o seguiste obsesionado con…? —Iván se frenó y luego escupió una sonrisa—. Perdón viejo, ya sabes lo que se decía de ti, que estabas volado por la guerrillera esa, la mujer de Jacinto, la tal Luisa. A saber si era su nombre verdadero, dicen que algo tuviste con ella, cuenta, el camino 25


es largo… —No creo que haya mucho que contar. —No seas roñoso, Rosen, cuenta. Ya pasó el tiempo y es buen momento para hacer el recuento de los daños. —Luisa estuvo en Guazapa. —Eso ya se sabe, ahí la enfriaron junto a Jacinto y a otros guerrilleros. —Pero desde antes, ella combatía en esa zona. —¿En serio? ¿Y? —Estuvo cuando el teniente Sacristán andaba por ahí. o no?

—Un hombre valiente, sí. Pero ¿y qué con Luisa? ¿Te la tiraste

—Muchas veces la acompañé a lo alto de Guazapa para entrevistarla, porque estaba escribiendo una novela. —¿Qué? ¿Ahora hasta escritora resultó la puta? —Yo, yo estaba escribiendo. —Púchica, no me digas, ¿y de qué? —De la guerra. —No la he visto en ninguna librería, ¿cómo se llama? —No la publiqué. —Lo siento, viejo, qué mala noticia, me hubiera gustado leerla. Diría la verdad, ¿no es cierto? ¿Y salía yo? ¿Contabas cómo me dispararon en la pierna? —Ya no sé lo que contaba. —Bueno, ya, deja eso, estábamos en Luisa, subían calladitos a Guazapa. Y el baboso de Morazán metido en su guerrita, mientras vos le dabas guerra a su mujer. ¿Y entonces? 26


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—La recuerdo tendida bocabajo, con los talones pegados a la tierra, muy quieta. —Púchica, se está poniendo interesante, ¿y luego? ¿Te le arrojaste encima? —Claro que no, me arriesgaba a que diera un giro y me disparara con el rifle. —¿Qué rifle? —Con el que apuntaba, aunque un disparo habría atraído a los soldados. —¿Qué soldados? —Sacristán estaba abajo con su regimiento, llevaba una semana y Luisa le dedicaba un par de horas diarias con el rifle. Recuerdo bien el rifle, un M40 de francotirador. Ella era muy cuidadosa, su gente solo dependía de que ella cumpliera el trabajo para irse de Guazapa, pero Luisa les decía que había que esperar. —¿Esperar a qué, Rosen? Me estás confundiendo. —Fue una tarde, ya casi oscurecía, yo me había sentado a escribir contra un árbol, ella llevaba tendida un par de horas ahí, a veces la miraba y tenía sudor en la espalda y en las axilas, y yo pensaba, Dios, ¿por qué mejor no soy dibujante? Yo esperaba que, como siempre, se pusiera de pie y sin más me dijera, vámonos Chivo. Ella me decía Chivo o Gringo. Pero entonces, escuché el disparo. Me paré como resorte. Luisa había hecho un tiro preciso, Sacristán estaba abatido en el suelo y los soldados mirando para todas partes. Iván sacó bruscamente el coche de la carretera. Aplastó una maraña de arbustos, aceleró, golpeó el volante y apagó el motor. Después, miró desencajado a Rosen. —¿De dónde sacaste que esa puta mató al teniente Pablo Sacristán? —Yo estaba ahí, te lo acabo de contar. —No, no, eso no fue así. —Iván se talló los ojos—, ya lo 27


dijiste, eres novelista, lo acabas de inventar. De hecho, muchas cosas inventaban ustedes de la guerra, si no tenían buenas noticias para sus periódicos, se las inventaban. Espero que no te hayan publicado una barbaridad como esa. Todo el mundo sabe que Sacristán murió en Usulután en un enfrentamiento, artillería pesada de por medio. Dio la pelea, acabaron con esa gentuza guerrillera, pero él perdió la vida. Así murió Sacristán. Nadie lo mató, menos una mujer, menos una… Te confesaré algo. Siempre me pregunté cómo sería tener una pistola en una mano, la verga en la otra, desnudar a la guerrillera, verle el miedo en los ojos. Saber que su revolución termina donde empieza un hombre. ¿Por qué pienso en eso? Por Cardán, ¿recuerdas a Cardán? Cardán era paramilitar y torturaba a esos locos. A veces me contaba cosas. Qué cabrón enfermo, pensaba yo, pero me engatusaban sus historias. Y yo no podía dejar de pensar en los detalles… Y ahora te pregunto esto, ¿no se necesita estar loco para apostarte todo el día con un rifle y mirar por horas a uno al que le vas a meter una bala en la cabeza? Yo digo que sí, que si Cardán estaba loco, también Luisa, en caso de que fuera cierto lo que me dices; lo de ser francotiradora, no lo de matar a Sacristán. Ella mató a otros, no sé a quiénes, pero no al teniente Pablo Sacristán. El murió en combate. Los ojos de Iván se quedaron brillando como dos trozos de vidrio, mirando la caja que Rosen tenía encima de las piernas. Para ser un regalo, la caja estaba vieja, y ahora que veía mejor a Rosen, se preguntó qué habría hecho con todo ese dinero que ganó en la guerra. Perderlo, eso seguro, en tragos y putas, aunque no se las pudiera tirar y aunque el trago lo mareara enseguida.

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Cuando abrió los ojos movió la mano para mirar su reloj. Daban las cinco de la tarde, recordó a los pasajeros molestos y confundidos como él, mientras el avión aterrizaba en San Salvador y el piloto ya les había dicho en español e inglés —ambos acentos poco claros—, que el percance sería resuelto en breve. Se dio un baño y salió del Princess, dejó dicho en recepción que si le hablaban del aeropuerto les recordara su número celular. Fue a desayunar al mercado. Una tonada de las Grandes Bandas se dejó escuchar en el aire.

It all began in a cabana in Havana Where I enjoyed a month’s vacation by the sea And ‘neath the tropic sun I found the one and only one for me

De muchacho, Rosen fue trompetista de una banda. Le gustaban los viajes eternos por las carreteras, tomarse fotos encima de los Ford, no pensar en el futuro. ¿Qué era el futuro entonces? Algo que les sucedía a los demás, a la gente de las ciudades grandes, no a los habitantes de Tuscaloosa en Alabama. No a su peculiar familia de madre mexicana y padre americano. Ni siquiera a su hermano Tommy, que pintaba para ser el tipo que recorrería mundo. Años después, al verse en aquellas fotos, le parecían las de otra persona; una por la que sentía envidia. 29


¿No le pasa, Luisa, que a veces uno es muchos unos y cuando los mira, en retrospectiva, algunos de esos unos le parece que fueron cualquiera menos uno? Se rebusca mucho ese gringo, Jacinto. ¿Lo tenemos que llevar a Guazapa? ¿Tú qué piensas, Zacarías? ¿No está loco el chivo? —¿De qué hay pupusas? —preguntó Daniel, ocupando una de las mesas. —Queso, chicharrón, frijol. —¿Y de beber? —Cola de champán, agua, café, lo que quiera. La mujer dio un giro y fue al fondo de la pupusería, donde otras dos miraban una telenovela. Las tres se hicieron señas y miraron a Rosen. Este se tocó la cicatriz de la frente y volvió a recordar al muchacho, al que no tenía cicatrices y tocaba la trompeta. Llegaba a casa, comía como para tres días juntos y volvía a largarse al viaje. Se parece a John el Silencioso, decían, esa fue la mejor forma de dejarlo en paz, compararlo con su padre. Aunque entre él y John el Silencioso había en común lo mismo que entre una morsa y un pincel: John nunca lo llamó hijo. Boy, ese era su nombre. Le gustaba nadar en el lago Lurleen, hasta la puesta de sol, espiar a su madre haciendo de médium, cuando las vecinas le preguntaban por sus difuntos, y le gustaba cuando Tommy le contaba cómo eran los países que conocería cuando dejara Tuscaloosa. —Ya no hay cola de champán —volvió la mesera—. ¿Quiere de uva? Rosen.

—Mirá, Jacinto, mirá las fotos de los cuilios muertos que tomó el gringo —A los muertos hay que respetarlos, Rosen. —Pero estos son enemigos de su revolución. —Mi revolución es la suya, pero no se ha dado cuenta.

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—Explícame eso, Jacinto, porque yo solo soy periodista. —Que se lo explique Marx. —¿Groucho Marx? Nos hacías reír vos, Rosen, nos hacías reír. Te queríamos, ¿lo sabes? Luisa, yo, los gemelos, Zacarías, todos. Y Chele, Chele más. Te agarró de padre el Chele. Siempre preguntaba por ti. ¿Dónde anda el periodista? ¿Por qué no me avisaron para ir con él? El no conoce aquí, yo soy su guía… —Veinticinco colones —dijo la muchacha, recogiendo el plato vacío. Daniel la vio y añoró el recuerdo de un cuerpo viril, el suyo propio —qué trompeta aquella, qué pulmones para sacarle los sonidos—. Pero el tiempo había comenzado su grotesco juego, el de los olvidos, las manchas de vejez en las manos, la luz apagándose en los ojos, el pellejo colgándose en el cuello, párpados y codos. La cicatriz en su frente se onduló cargada de deseo cuando la chica le rozó la mano al recoger los billetes. —Me la hicieron en la guerra —dijo Rosen, al darse cuenta que ella le miraba la cicatriz. —¿Qué guerra? —La que hubo aquí. Fue en el hospitalito, después de lo de Guazapa, donde Rosen recordaría que alguien le narró lo del cadáver de Jacinto expuesto en el paraje, que los guerrilleros se tomaron fotos con él antes de ponerlo encima de una tabla, cubrirlo y amarrarlo para poder bajarlo hasta el pie de la carretera, y que cantaban una canción comunista cuya letra nadie se sabía bien; la cantaron con un nudo en la garganta, sorbiendo mocos, haciendo pausas para contar hazañas de Jacinto. Propusieron desquitarse de los cuilios, otros dijeron que ya lo habían hecho al derribar al coronel Monterrosa cuando volaba en helicóptero, según él muy soberbio, con el botín de la Radio Venceremos. Cuando salió del hospitalito, pensaba en Luisa, en los gemelos 31


Tristán y Lucas, en Zacarías, en Guazapa, en John el Silencioso, en su madre médium, en las carreteras, en la trompeta, en Tommy y sus sueños de viajero. En todo revuelto como si ocurriera de forma simultánea. Y pensó que eso se debía al culatazo que recibió en la frente y le estrelló el cerebro en mil pedazos. La herida no le dolió tanto como recordar a Luisa antes de irse todos de Suchitoto. En ese entonces, se podía escuchar el Tannhäuser de Wagner —un viejo refugiado de su propia guerra— lo ponía media hora antes de que empezaran los bombardeos. Con ese telón de fondo, pasaban los días en aquella casa y un día, uno de tantos, Rosen vio triste a Luisa y hablaron y ella le confesó que estaba embarazada y él la abrazó con fuerza. En la calle sucia de luz, con la mujer dolida entre sus brazos, odió a Jacinto Morazán. Pocos días después sucedió lo de Pontones, cuando Rosen fue a entrevistar a los soldados. La propuesta de Pontones tenía sentido. “Alguien debe hacerlo, Rosen, alguien que no sea salvadoreño. Jacinto es un cáncer y si extirpamos el cáncer la guerra se termina, ¿me comprende? ¿No le parece que este pueblo ya merece que la guerra se termine? Nosotros estaríamos más que agradecidos con usted por sus servicios, Rosen”. Pagó las pupusas, miró por última vez a la muchacha y se metió en el mercado. Pensó en su madre. Comían callados en el porche, sintiendo un manotazo de aire gélido. Es tu padre, decía ella. Siempre viene. ¿Y qué te dice? Le preguntó Rosen. Nada, hijo. Igual que cuando estaba vivo, todo se lo guarda. Le digo que está muerto, pero piensa que lo engaño. Él y ella se quedaron solos; el Silencioso se había ido, también Tommy. Él mismo tenía que marcharse. Le había salido un trabajo de reportero. ¿Dónde está El Salvador?, preguntó mamá. Da igual, no te olvides de mí y de Dios. ¿Lo ha notado, Luisa? La muerte huele a dulce. No desagradable como muchos piensan. Uno huele a alguien y sabe que va a morir si huele a eso que le digo. ¡De dónde saca esas ideas, chivo loco! Son cosas que siento. Me vienen de mi madre. Hablaba con difuntos. 32


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¡Cállese, no sea ave de mal agüero! Luisa, mejor no vayamos a Guazapa, no me da buena espina. Cállese, gringo, tenemos que ir, no opine de lo que no sabe. Rosen contempló el mercado, los puestos cargados de verduras, a la gente comprando, y pensó que sí, que todo había vuelto a la normalidad, que era como si la guerra nunca hubiera sucedido. No se preocupe por lo que viene después, Rosen. Usted nos ayuda con lo que le pedimos y luego se va de aquí. Esa gente está confundida, son salvadoreños hermanos. ¿A quién le gusta matar a sus hermanos? A nadie. Se trata de cortar la parte herida, la que está podrida. Ese Jacinto es esa parte. Se muere y nuestros hermanos vuelven a sus casas. Usted habrá hecho un servicio a nuestra patria y le viviremos siempre agradecidos. Donde esté, lo recordaremos como un hijo de El Salvador… Había demasiada gente en el mercado. No podía respirar. Se aflojó el cuello de la camisa. ¿Caería igual que cayó su padre un día al tocar la puerta? Rosen le abrió la puerta y John el Silencioso, con su uno noventa de estatura, se le vino encima como un árbol. En el velatorio, los mexicanos se sentaron de un lado y del otro los gringos, en medio el ataúd. Mamá dispuso que vistieran al difunto con su uniforme militar y la medalla que ganó en su propia guerra. ¿Quién vendría a levantarlo a él si caía ahora en ese mercado? ¿Quién lo enterraría con honores, como a su padre? El cerebro se te vuelve a hinchar como cuando el culatazo te desbarató en pedazos la memoria. Tu ojo izquierdo mira el mundo con visión de mosca; imágenes partidas, recuerdos simultáneos, tiempos empalmados. Míralos, Daniel, los salvadoreños están hechos de silencio. Vergo de muertos. ¿Quién los recordará cuando pase el tiempo? No cabrán en la memoria de nadie. Jacinto sigue vivo y, a la vez, está muerto, ¡olvídalo ya! ¡Y también a sus malditas botas! Se apoyó en la tabla de un puesto de verduras, escuchó voces reales e invisibles. Miró rostros que le devolvían miradas de recelo. ¡Bonita, lleve queso fresco! ¡A colón, a colón la pieza! Algarrobos apilados, amarradas las patas en los lomos, moviéndose en perenne 33


tortura. Y junto a los algarrobos, cebollas, manojos de espinacas, plátanos pecosos saboreados por las moscas, la figura de yeso de un San Simón con su botellita de aguardiente en el bolsillo. Una montaña de carbón, una cabeza de muñeca sucia, una niña igual de suciaal fondo del puesto, atendiendo esa pila de carbón con cara de que nunca saldrá de ahí. Pensó en tomar un taxi, regresar al Princess y esperar la reposición del vuelo en el aeropuerto. Pero se perdió entre los pasillos. El tufo pestilente de las queserías le hizo darse cuenta de que había vuelto al mismo sitio. Miró a las vendedoras sentadas en el suelo, metiéndose los delantales entre las piernas, dándoles formas a sus pubis. Se detuvo junto a la fruta, frente al puesto de moscas y algarrobos. Al lado de la niña que vendía carbón. Pasó junto a los puestos de plásticos, botes para la basura, jergas y cepillos. Salió a la calle y se desplomó. Cuando abrió los ojos, una mano le daba cachetaditas. Soy yo, decía la voz. Chele, ¿Es usted, señor don Dani? ¿Qué hace aquí? Venga, púchica, cuánto tiempo, no puedo creer que sea usted. Apártense, yo conozco a este señor, es mi chero.

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—Aquí no vive nadie —dijo Chele, tratando de ver del otro lado de la ventana de la casa—. Ni un tal Ardelio Benavides, ni la madre que lo parió borracha. Ya le dije que Ardelio el Dobladito seguro se murió. Era más mayor que yo. Daniel pegó la cara a la ventana e intentó ver algo que se moviera en la oscuridad. —Estoy seguro que esta era la casa, Chele. Todo es cosa de esperar. —Esperar es una mierda, señor don Dani. —Esperar es una virtud. —¿Quiere que le diga para qué sirve esa virtud? Para volverse loco. Más que virtud, esperar, señor don Dani, es castigo del diablo. Yo no creo en Dios, pero en el diablo sí porque lo traemos dentro, y le digo que cuando esperé a Jacinto, a Luis, a todos ustedes, casi me vuelvo endemoniado, porque no sabe usted, pero cuando estás solo en Guazapa y se hace de noche, se aparecen los fantasmas de todos los que estuvieron esperando. Oiga vos, no sé si recuerda, pero Luisa sabía esperar. Se metamorfoseaba con el viento, su rifle era una extensión de sus brazos. Cualquier imprevisto, la simple sensación de que algo andaba mal, significaba suspender la posición de tirador, volver a tomarla más tarde; echarse al suelo, poner el ojo en la mirilla, apuntar, sudar, perder la conciencia de sí mismo para hacerse uno con el observado. —Una virtud, Chele, créeme, es una virtud. Chillo contaba que Luisa pasó días observando al teniente Sacristán, 35


tanto que todo el día hablaba de él: el teniente toca a los perros que se acercan al campamento; les da comida. Gasta bromas, es amable con los cuilios. Ellos lo respetan. El martes fue su cumpleaños. Los cuilios le consiguieron un pastel. Con los binoculares me pareció ver que sus labios decían treinta y nueve. Parece mayor. De cincuenta, pero bien plantado. Hoy no salió del campamento en todo el día. ¿Estará enfermo? ¿Tendrá sospechas? ¿Presentirá la muerte? Miró hacia acá. Sentí que me veía. Se acercó el momento de cumplir el encargo. Luisa no comía, no dormía, le vinieron vómitos como de preñada. No podías decirle ni mi alma porque te mordía. Jacinto le dijo, que lo haga otro, olvídate de Sacristán. ¡Otro nada! Protestó ella. ¡Ese cuilio es mío! Aquella tarde se oyó el disparo cortar el viento. Luisa había cumplido la misión, pero en secreto derramó unas lágrimas. A veces terminas por amar aquello que matas. —¡Señor don Dani! ¿Dónde anda su mente? ¡Mire! ¡Alguien se movió adentro de la casa!

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Le había dicho a Iván que se pusiera al volante, pues él no veía bien de noche, pero Iván seguía tarareando un estribillo repetitivo con los ojos cerrados, mientras empinaba una anforita de ron. Las curvas de la carretera aparecían de golpe, Rosen las esquivaba en el último momento y eso hacía reír a Iván. —Siempre fuiste medio ciego, ¿ah, Rosen? ¿Desde niño o desde ese culatazo que te dieron en la frente? Yo tampoco veo bien, así que sigue, es un tramo, ya vamos a llegar… A lo lejos parpadeaba una luz parecida a un mensaje en clave, como los de aquel entonces, pero eran las luces de una casa que el follaje escondía y el movimiento del coche volvía a poner a la vista. Rosen sacó el vehículo de la carretera, bajó y fue a orinar contra un árbol. El ron que le había compartido Iván, los vodkas del bar y tantas vuelta en el coche, terminaron por empujarse en su garganta y vomitó. Puso una mano sobre el tronco del árbol y respiró entrecortado, giró la cabeza, miró a Iván detrás del parabrisas: su cabeza echada hacia atrás en el respaldo del asiento. Regresó y lo movió bruscamente. —Cuéntame de tu pierna. —¿Cómo? —La pierna, ¿cómo fue lo de la pierna? —Un guerrillero me jodió, todo mundo lo sabe. —¿Cómo sucedió? —En combate. 37


—Tú nunca estuviste en combate, Iván. —Claro que estuve, el general Pontones hizo limpia, comenzó el vergaceo. Los soldados mataron a todos esos, tampoco eran muchos, unos cuantos que quisieron tomarnos por sorpresa. Pero vos sabes quién era Pontones. —Iván se tocó el colmillo—. Los jodió en tres minutos. Y yo, cuando me di cuenta, rengueaba, pero estaba feliz de ver cómo salía el humo de las espaldas de esos hijos de puta. Esto viejo —se palmeó la pierna—, es en realidad un buen recuerdo. —Ya veo. —Pensé que lo sabías. —¿Dónde está la casa? —Falta poco viejo. Maneja ya. —Maneja tú, Iván, maldito hijo de perra mentiroso. —¿Por qué dices eso? —Porque la guerra no dejó otra cosa que mentiras, no veo que nadie saliera con las manos limpias. Muchas veces traté de ponerle orden, de ir pensando en cosas que pasaron, lo de las monjas, lo del padre Romero, lo de los jesuitas, cosas así, ir armando el juego, pero siempre se me desbarataba, siempre había algo que no tenía sentido. —Viejo, sí, nadie salió con las manos limpias, tú tampoco. A todos nos salpicó la mierda, ¿y qué esperabas si le diste el pisotón al charco? Ahora cállate y maneja. —¿Por qué tengo que ir a ver a Pontones? ¿Por qué estoy aquí contigo? ¿Por qué tengo que escucharte? ¿Por qué? Al oír eso, Iván lo miró con cierta pena, pero poco a poco su gesto se convirtió en una sonrisa y luego rompió en carcajadas. Le ofreció a Rosen la anforita de ron y este se apuró a beber. El alcohol le supo tibio, delicioso, pensó en la rubia del bar, pensó en que de poder cambiar las cosas, él sería el pianista y ella cantaría blues y ninguno de los dos habrían vivido otra vida que esa, la de tocar de sitio en sitio y regresar a tumbarse juntos por la noche, al lugar donde vivieran o a los hoteles de paso, y pelear por cosas de las que siempre es posible reconciliarse. 38


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Soñaba con Guazapa, con Chele, consigo mismo, condenados eternamente a ver las caras del volcán. Escuchó el balbuceo del niño en la camioneta, le decía a la vieja que pronto llegarían a Suchitoto, ella respondía a lamentos, pero también eso era parte del sueño porque ahora el niño lo refrescaba a él, a Daniel, vertiéndole agua encima de la cicatriz agrietada de la frente. Y la cicatriz chupaba el agua pronto. Añoraba beber un trago, una botella entera, y esa sed lo martirizaba lo mismo que los círculos infinitos de Guazapa, que a veces aparecían frente a sus ojos de un verdor brillante, otras de color arcilla. De golpe, otra luz se tendió en una calle más de Suchitoto. Daniel Rosen volvió de ese sueño, se había quedado dormido, la luz provenía de un foco en la ventana de aquella casa. Chele lo sacudió para que terminara de despertar y se acercaron a la puerta. Tocaron. Detrás de la puerta se escuchó un ruido. Apareció el rostro de un hombre de mejillas muy hundidas y con el pelo tieso de haber estado dormido y una joroba que escondía bastante bien en la chamarra. —Mire, sí había alguien —dijo Chele—. Le estuvimos tocando... —¿Te conozco? —le preguntó el hombre a Chele, sin abrir demasiado la puerta. —Soy Chele Cruz. ¿Y vos? —Ardelio Benavides. —¿De verdad? A vos lo estábamos buscando, mire vos, este señor es Daniel Rosen, no sé si lo recuerda… 39


—No lo sé, pero pasen, entren. No se queden ahí. La estancia estaba sucia. Había un perro grande y negro, echado en un tapete. Las hojas de la sección policíaca de El Mundo se veían esparcidas en el sillón. Ardelio lo recogió y los invitó a sentarse. Se sentó frente a ellos en un individual que tenía la borra de fuera. Los miró expectante. —El amigo es periodista, ¿lo recuerda? —Estuve en esta casa —aclaró Daniel—, de aquí salimos con Jacinto a Guazapa.La casa se la rentaba Luisa, la mujer de Jacinto. ¿Ya recuerda? —Sí, bueno —Ardelio se rascó la barba—. Cuando acabó la vaina pensé que me la iban a pedir de museo, pero aquí vivo ahora… ¿Y vos? —le preguntó a Chele, cambiando la conversación—. ¿Cómo andás? —Jodido’el riñón. —Qué mal. —No tan mal, tengo dos, cuando no jale uno ahí’stá l’otro... —Eso sí, ¿beben algo? —‘Jervecita —dijo Chele. —Nada para mí —respondió Rosen. —¿Y por qué tanto interés por la casa? —Nostalgia del señor don Dani, eso es todo —apuntó Chele. —Si se trata de nostalgias, yo les puedo contar un par de cosas... ahí.

—¿Qué nos puedes contar? —dijo Chele—. Si no estuviste

—¿Dónde no estuve? —Ardelio se remangó la camisa con mucha dignidad y mostró una cicatriz de metralla en el brazo derecho. 40


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—Aquí en la casa —aclaró Chele—, cuando Jacinto y el señor don Dani y los demás salieron a Guazapa. Mismo sitio donde yo los estuve esperando, pero yo del otro lado, por eso nunca los vi llegar. No porque Jacinto no estuviera dispuesto a buscarme. Además, si no llegó fue porque esos hijueputas de los cuilios le tendieron la emboscada. —¿Usted también estuvo en Guazapa? —Ardelio miró a Rosen. —Cabal —Chele volvió a tomar la palabra—, fue el último en ver con vida a Jacinto, pero ¿qué pasó con esa ‘jervecita prometida? Ardelio fue del otro lado de la barda, que separaba la cocina de la estancia. Abrió la puerta del refrigerador y se agachó a sacar la cerveza, mientras Rosen miraba alrededor, tratando de reconocer los rincones. —¿Pilsener o Corona? —se dejó oír la voz de Ardelio. —¡Nacional! —gritó Chele, sonriéndole a Rosen como un niño que se sale con la suya—. ¿Qué marca es el perrito? —preguntó, mirando al perrazo echado en el suelo. —Medio pastor y medio nada —respondió Ardelio. —Y medio caliente —dijo Chele, al ver que el perro tenía el pene encarnado. Ardelio regresó con tres botellas de cerveza. Rosen volvió a negarse. —¿Conocieron a Wellis, el periodista norteamericano? Vino a tomar fotos de la casa. Salieron en el Times. En los cuartos encontraron ropa de los compas y unas cartas que, según dicen, escribió Jacinto. Yo digo que eran falsas porque estaban muy en verso, que yo sepa Morazán no era poeta. Dalton sí. Por cierto, a los dos los mataron los traidores. A uno, los soldados, al segundo, la propia guerrilla. Por eso perdimos, porque ellos nos mataban a nosotros y nosotros a nosotros mismos... ¿Y usted, Rosen? ¿No se va a beber esa cerveza? Mírela, le está guiñando el ojo. 41


—El señor don Dani dejó el trago. —Yo quisiera hacer lo mismo —aseveró Ardelio—, pero si lo dejo me aburro, y si me aburro me muero. —Este Ardelio —dijo Chele, echando una risilla—. Puso la botella vacía sobre la mesa. —Con permiso, compas—. Tomó la que iba a ser para Rosen, le dio un trago hasta la mitad y eructó con fuerza. Chele y Ardelio rieron. El perro también parecía reír; todos menos Rosen, que no dejaba de largar la mirada a las paredes en las que comenzaron a dibujarse los fantasmas. Ardelio destapó la siguiente tanda de cervezas. —Diga pues lo que iba a decir —le pidió a Rosen. —¿Yo iba a decir algo? ¿y…? sabe.

—Lo de la casa; salieron de aquí usted, Jacinto y los demás, —No hay nada que decir, los mataron a todos, todo mundo lo

—Pero es bueno saberlo de boca de alguien que estuvo ahí, ande, cuéntenos. —No habíamos subido ni una cuarta parte del volcán, cuando los soldados llegaron. El perro se levantó con las orejas paradas, mirando vivamente hacia el zaguán. Rosen suspendió su relato. Se escucharon llaves. Del otro lado alguien carraspeó hasta que pudo arrancar flemas y escupirlas. Apareció un muchacho de fleco lacio sobre los ojos, al que le faltaba un brazo. —No te quedes ahí, Camilo —le dijo Ardelio—. Ven a saludar, tenemos visitas. La tez del muchacho enrojeció de vergüenza y saludó, tímidamente. 42


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—Siéntate—le ordenó Ardelio, haciéndole lugar en el sillón—. Este es Camilo, estuvo del lado de ellos, lo reclutaron sin preguntarle su opinión—. Dicho esto, le preguntó al muchacho en voz baja si le había servido el dinero que le dio para su madre. Camilo asintió. —Bueno, siga. —Ardelio miró a Rosen—. Subieron a Guazapa y les cayeron los cuilios... —Yo digo que salú —opinó Chele, alzando la cerveza—. ¿Y usted no bebe, mi Charlie? —le preguntó a Camilo. —No le diga así, ya le dije que lo reclutaron a la fuerza, pero Camilo estaba con nosotros, no con ellos, al menos en su corazón, ¿verdad mi niño? Camilo asintió con timidez. —Cuénteles de Jacinto, señor don Dani —le pidió Chele a Rosen. —Cuéntales tú que también lo conociste, Chele. eso...

—Pero usted lo vio antes de echar pa’ fuera el aire, dígales de

—Pueden leer alguno de esos libros que se escribieron después. Yo he leído dos y dicen las cosas tal y como fueron. —¿A quién mataron primero y de qué manera? —interrogó Ardelio. —A Luisa. —Sí, Luisa, cómo no, su cara se me desdibuja, pero la recuerdo. —Ardelio se tocó la frente—. Prepara algo de cenar, Camilo —Le palmeó la pierna al muchacho y volvió a la plática—. ¿Qué hay de cierto que a Jacinto le metieron un tiro en la boca? Matar así dice mucho. Es como decirle al sentenciado por eso te mato, por tus palabras. —Entonces sí leyó la biografía —dijo Rosen. —Tiene lógica, agarras al que dice cosas cachimbonas por la Radio Venceremos. ¿Qué haces con él? Pues le pegas un tiro en 43


la boca. —Ardelio se quitó la grasa de la frente con la palma de la mano e hizo una pregunta llena de curiosidad—. ¿Qué dijo Jacinto antes de morir? —No lo recuerdo. —¿Cómo dice? —Que no lo recuerdo, no sé qué dijo. —¿Oyes, Chele? Dice que no lo recuerda, eso no me cuadra… —No dijo nada —resolvió Rosen. —¡Púchica! No es posible que Jacinto no dijera nada antes de morir. —Pues no dijo ningún discurso, según creo. El soldado no le dio un micrófono, le disparó. Y no fue en la boca, sino en la frente. —¿En la nuca dice? —Lo hincó y le pegó un tiro en la frente. —Oiga, oiga —Ardelio se revolvió en el sillón—. ¿Cómo que Jacinto Morazán se hincó? —El soldado le ordenó que se hincara… —¡La puta del convento! Yo creo que usted no se está acordando bien de las cosas, un hombre con los huevos en su sitio no se hinca. —Los huevos no tuvieron nada que ver, un arma le apuntaba y otro soldado le dio un culatazo atrás de las piernas. —Ah, vaya, la cosa cambia —cedió Ardelio—, técnicamente se hincó, pero no porque quisiera. —Hincado es estar hincado. —Mire, amigo, ¿cómo dice que se llama usted? —Daniel Rosen —intervino Chele, saboreando el ping-pong de 44


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la discusión. —Cuando un hombre se hinca por sí solo es porque se humilla. Cuando otro lo dobla, no es nada más que una postura. ¿Me entiende? Jacinto Morazán no estaba hincado. Estaba —Ardelio buscaba la palabra exacta—, doblado de las piernas nada más. ¿O tú qué piensas, Chele? —Dobladito. —¿Cómo? —Dobladito de las piernas, sí señor. —Bueno —concedió Rosen. —¿Bueno qué? —Que como sea está perfecto. Ardelio miraba con azoro y rabia a Rosen. Descubrió que Camilo seguía sentado al lado suyo—. ¡Te pedí que preparas la cena, hijueputa! ¿O qué piensas, que vamos a tragarnos los mocos, ah? —luego volvió sobre Rosen, aceleradamente—. Seguro Jacinto se levantó enseguida. Segurito que se paró como de rayo y lo tumbaron a carajazos. —No se levantó, se quedó tirado porque ya tenía el balazo en la cabeza. —¡En la boca, eso sí no me lo deforme! —Si la boca la tenía encima de la frente pues sí, en la boca. —¿Y a usted lo entrevistaron para esas biografías, ah? Mal si fue así porque tiene memoria de teflón, señor. Usted no sabe nada de Jacinto Morazán. Cuando lo mataron supieron bien lo que hacían. A ver, ¿por qué no mataron a otros cabecillas? ¿Sabe por qué? Porque todos esos ya estaban muertos; léase que eran una punta de traidores. ¡Esa gente le hizo daño al movimiento! ¡Mírelos! ¡Pregunte si viven mal! ¡Eso sí, siguen siendo comunistas! ¡El Red Jet, le digo yo! Se me hace que usted es del Red Jet… —Ardelio miró a Camilo —: ¡Ve ya, baboso manco de mierda! ¡Cocina! ¿O necesitas que te diga 45


dónde están las cosas, pedazo de mierda? Tendrás un solo brazo, pero bien que lo estiras cuando quieres algo. El muchacho corrió a la cocina, y pareció sollozar ahí. Chele abrió otra cerveza, se echó de espaldas y dijo: pie!

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—¡A la salú’ del comandante Jacinto Morazán, que murió de


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Los ojos de Daniel parpadearon y vio el rostro del médico fragmentado; varias bocas diminutas se movieron al articular aquella pregunta. —¿Cómo ve, señor Rosen? —Como si el que tuviera la cara partida fuera usted. Las boquitas del médico se extendieron en sonrisas. —El buen humor ayuda. Ahora la cabeza, Rosen. Le quitó la venda que daba varias vueltas al cráneo. Al final, Daniel sintió frescura, pero le daba miedo tocarse, pues creyó que el aire se colaría por algún agujero, se llevó los dedos cerca de la herida, lo que encontró fue hinchazón, hilos ásperos. —No se preocupe, la herida sanará pronto. Tuvo suerte, todos murieron menos usted. ¿Quiere un consejo? Tome esa suerte y váyase de aquí, déjenos con nuestra guerra, deje que nos matemos en paz, porque usted no pertenece a este sitio, es por eso que sigue vivo, ¿ya me entiende? Cuando salió a la calle, fue al Marriott y pasó varios días exclusivamente en dos lugares, en el bar y en su habitación, haciendo una sola cosa, emborracharse. Otros periodistas iban de vez en cuando a buscarlo, para preguntarle sobre los últimos momentos de Jacinto Morazán. Al único que recibió fue a Wellis, porque le ofreció unos dólares a cambio de la exclusiva sobre lo que había sucedido en Guazapa. Una tarde, intentó subir a un taxi, pero se dio cuenta que ya tenía pasajero, pidió una disculpa e intentó bajar. 47


—¿Daniel? —preguntó aquella voz de mujer. Era Laura Duncan. —Entonces es cierto —dijo ella al verlo con la cicatriz en la cabeza—estuviste en Guazapa, sube. Rosen subió al taxi y avanzaron. —Los periódicos decían que encontraron tu credencial entre los muertos. ¿Qué pasó? ¿Dónde está Jacinto? ¿Lo mataron o es mentira? Porque ya no se sabe. ¿Qué hacías con ellos? ¿Adónde iban? Perdóname que te interrogue, necesito la nota de las cinco. ¿Estás bien, Rosen? —No puedo darte la exclusiva, apenas acabo de recordar cómo me llamo, y ya le dije varias cosas a Wellis. —Lo sé, está que trina, dice que le contaste puros embustes de borracho. Laura lo miró unos segundos con lástima, pero sonrió al darle la buena noticia. —Firmaron la paz, Rosen, se acabó la guerra. Un niño golpeó bruscamente la ventanilla del taxi y les sacó un susto. —¡Pisto! —estiró una mano—. ¡Pisto, señores! ¡Pisto para comer! ¡Se acabó la guerra! ¡Pisto! Laura intentó sacar dinero del bolso, pero el taxista ya había arrancado. Tres calles más adelante, mientras Rosen digería la noticia del final de la guerra, un grupo de gente cruzaba la avenida llevando pancartas. El taxi les pitó el claxon, pero tuvo que esperar antes de que la multitud se dispersara. — ¿Cuándo se firmó? —Hoy en México. —¿Se acabó entonces? 48


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—¿Verdad que sí? —interrogó Laura al taxista, tocándole el hombro. Este asintió sin voltear. Luego echó reversa poco a poco y se aventuraron en otra dirección para salir a una avenida ancha, donde encontraron una nueva multitud con pancartas. —¿Adónde va toda esa gente? —preguntó Rosen. —A celebrar. —Laura le señaló el monumento de El Salvador del Mundo. —¿Y tú? ¿Qué vas a hacer ahora? —Emborracharme. —Eso no es nuevo, pero hablando de borrachos, a Wellis se le acabó el negocio, trae una peda de Dios padre. —¡Suba los vidrios! —le gritó Laura al taxista. El ruido de la gente se volvía cada vez más ensordecedor. Todo le había sucedido en primera fila siempre, menos la firma de los acuerdos de paz, y no podía evitar sentir que se había dormido al final de la película. Ni siquiera le pidió al taxista que detuviera el coche, abrió la puerta y se bajó cuando el coche iba despacio. Ya no escuchó a Laura Duncan. Caminó siguiendo la inercia de la gente, mirándolos con ese ojo de mosca. Había banderas del FMLN y de grupos opuestos que chocaban por doquier hondeando al viento. Ese poco viento se iba quién sabe a dónde, para luego surgir con fuerza a ráfagas, golpeando la cara hinchada de Rosen. Tenía que cerrar los ojos de vez en cuando para no sentir cómo se le metía el aire. Una mano le tocó el hombro, era Laura Duncan otra vez, lo miraba con preocupación. Del otro lado de la calle, descubrieron un rostro conocido, era Wellis o quizá un espantajo. Esa fue la última vez que Rosen lo vio, solo un par de segundos porque la gente se lo devoró y cuando la calle quedó vacía, no había más que una gorra en el suelo, la que Wellis solía usar como si fuera un director de cine que, en realidad, no filma una guerra, sino la ficción de ella. 49


Tiempo después, a Rosen le pareció recordar que Wellis abrió la boca y dijo algo, pero que el ruido también se tragó su voz. El rostro de Wellis, el mediodía caluroso en San Salvador, la mirada de Laura Duncan, todo se repetiría como una imagen parecida a un sueño. Y esa es la pregunta que Rosen se haría cada vez con más frecuencia. ¿De verdad existió una guerra, un tal Jacinto Morazán? ¿De verdad lo traicioné? Laura Duncan lo llevó al Marriott, tomaron un par de tragos en el lobby. —¿Quieres subir? —le preguntó él, después de un rato en que se quedaron sin palabras. Laura Duncan negó sonriendo, se puso de pie, le tocó el hombro y salió del hotel. También ella se perdió entre la marabunta, detrás de una gran ventana en la que alguien había escrito con tinta roja: se acabó este volado. Rosen pidió otro trago y pensó en Laura, no había querido estar con él, pero se aferró a que alguna vez lo estuvieron. Se aferró al recuerdo de todas las mujeres que quisieron estar con él.

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Rosen se excusó con Chele diciendo que iría al baño por un rato, tal vez un par de horas. Fue una forma sutil de despedirlo, le dio las gracias por haberlo recogido en el mercado y traído al Princess. Se mojó la cara y al alzarla vio a Jacinto Morazán en el espejo, mirándole con ese regaño paternal de siempre. Sus labios se movieron como si dijeran gringo. Se señaló los pies descalzos, dijo la palabra botas y se desvaneció en el aire. —¿Está bien, señor don Dani? —preguntó Chele, desde la habitación. Rosen salió del baño, la maleta estaba abierta y encima de la cama, la caja vieja, el boleto de avión y ropa. —¿Cuándo dice que se va? —Quedaron en llamarme del aeropuerto. —Pues entonces no se quede encerrado. ¿Quiere que salgamos a pasear? —Hoy no, mañana por la mañana si es que no han hablado del aeropuerto. —¿Adónde le gustaría ir? —No lo sé… ¿Alguna vez volviste allá? —¿Adónde allá? —A Guazapa. —¿Y a qué iba a volver? Pero ahora que lo dice yo me quedé 51


ahí, esperando. —¿Y a Suchitoto? ¿Alguna vez volviste a Suchitoto? —Tampoco, ¿para qué? ¿Le gustaría ir? Tampoco es que haya mucho que ver. Es un pueblo nada más. Bueno, qué le digo. Usted ya lo conoce. De allá partieron… Yo estaba en Guazapa, esperándolos a todos. Rosen asintió y le dijo a Chele que viniera a buscarlo temprano, por si se daba el viaje a Suchitoto. Chele quedó en conseguir transporte, pero Rosen le dijo que tampoco le diera demasiada importancia, pues lo más seguro es que ya no lo encontrara. El avión saldría pronto. Iba a Buenos Aires. No conocía Buenos Aires. No había hecho otra cosa que viajar desde que se acabó la guerra. Ir de aquí allá, perderse en ciudades donde uno no tiene que vivir el drama de nadie, si bien es cierto que tampoco vive sus alegrías. Chele no entendía demasiado las partes filosóficas de lo que decía Rosen, pero sonreía a todo, porque era sincero y le daba gusto verlo.

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Camilo trajo una olla grande con frijoles, la sujetaba de una de las asas con la única mano que tenía. Puso periódicos encima de la mesa y después la olla. —¿Y los platos qué, baboso? —reclamó Ardelio. Rosen, Ardelio y Chele se quedaron viendo la olla un rato, como si salieran señales de humo. El muchacho regresó con los platos, sirvió en cada uno una buena porción. —Cuéntenos de su cicatriz —dijo Ardelio, señalando la frente de Rosen. —Fue un culatazo. —¿Y a usted por qué? Era periodista. Se supone que tenían paso franco mientras los demás nos matábamos… ¿No se caería tratando de escapar? —¡Púchica, no diga eso! —protestó Chele—. El señor don Dani no era de esos, se metía en medio del vergaceo para tomar sus fotos, las balas le pasaban zumbando, unas por acá, otras por acullá. Más de una vez le cayó un muerto encima y eso no lo acobardó. Rosen se dio cuenta de que Chele se estaba refiriendo a Wellis o a alguien más. —Usted también los tuvo puestos. —Chele quiso compensar a Ardelio—. ¿Cuántas veces se lo llevaron a la cárcel y lo torturaron los cuilios? Cuente al señor don Dani, para que vea que aquí a ninguno se nos hicieron chicos los cojones. ¿Y no es verdad que cuando lo soltaban, otra vez se iba a la guerrilla? Diga lo que le hicieron en la cárcel. —Miró a Rosen y enumeró con los dedos—. Golpes, electrotostadas en los huevos, un palo con clavos en el culo... —No, no. —Ardelio se apresuró a aclarar aquella afrenta—. La tortura fue psicológica, sabían de mi importancia en el movimiento. 53


Lo que es verdad es que me tenían con los ojos vendados y las manos encima de una mesa. Pegaban martillazos, diciéndome que el siguiente sería en un dedo. Trataban de minar mi ánimo, decían que los compas me habían traicionado y abandonado a mi suerte. Querían nombres, nunca traicioné a nadie. Eso nadie me lo puede reprochar. —¿Cómo es que lo soltaron? —le preguntó Rosen. cree?

—Porque les convenía soltarme para luego seguirme… ¿No me —¿Por qué no iba a creerle?

—No sé, yo por ejemplo, no le creí varias cosas de las que acaba de decir, y no le estoy diciendo mentiroso, nada más desmemoriado. A Jacinto le dieron un balazo en la boca y murió de pie. De eso nadie tiene duda. Ardelio le pidió a Camilo más cervezas, aquel volvió a irse a la cocina. Luego se escuchó algo romperse allá. —¡Vas a acabar con mi casa, manco hijueputa! Ardelio fue a la cocina. Discutió con el muchacho un rato. —Tómese algo, señor don Dani, y pregúntele a Ardelio, él tiene buenas aventuras. ¿O no vino a eso? ¿A platicar de la guerra? —bajó la voz—. A ese amiguito suyo lo encontró en Chalatenango, huerfanito… Camilo trabajó en una fábrica de prótesis, cuilios y guerrilleros, lisiados de guerra, todos juntos. —¿Cómo lo sabes? —Porque me van llegando los recuerdos. Alguien me dijo, “siempre que ves a alguien, te cuenta algo de lo que pasó o de alguien que estuvo ahí”. De Ardelio me contaron eso y yo ahora que lo veo, me voy acordando. ¿Por qué no le dice que le deje ver la casa entera? —Ya no hace falta, es hora de irnos, no sea que me hablen del aeropuerto. Quizá no me van a enviar mensaje al celular, pero sí al hotel. 54


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—Ahora vuelve Ardelio con las cervezas, estaría mal dejárselas en las manos. Yo le cumplí su capricho de venir a Suchitoto. Usted y yo somos cheros. Lo quiero mucho y no como Ardelio a ese cipote —añadió echando una risilla de ametralladora.

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Iván se había sentado en el techo del coche, desde donde miraba las luces de San Salvador titilar a la distancia. Era su tercer cigarro, lo fumaba con absoluta entrega. El conjunto de sus facciones tenía un aire lobuno y ese sitio boscoso parecía su hábitat. —No es verdad —dijo como venido de otro mundo—, no fue un guerrillero… — ¿Qué cosa? —interrogó Rosen, que miraba cuál era el problema con el carburador del coche. —El que me dejó rengo, Rosen. —Qué más da. ¿Estás seguro de que es el carburador? —Sí, seguro. hotel.

—Me pueden hablar del aeropuerto, tengo que regresar al

—Primero arreglamos el coche, luego vamos a casa de Pontones y luego adonde quieras. Pero qué piensas de lo que te acabo de confesar, no fue un guerrillero el que me dejó rengo. —Da igual. Uno va por la calle, ve a un tuerto y no le pregunta cómo perdió el ojo. Aclarado ese punto, estoy tentado a creer que no has tenido la intención de llevarme con Pontones, sino de conversar. Es hora de volver al Princess, ya no tengo tiempo para ver algeneral. Los ojos lobunos de Iván se alzaron al cielo, parecía estar a punto de sacar un aullido desde el fondo de la garganta. —Viejo, se lo tengo que decir a alguien. Necesito vomitarlo. 56


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—¿Es en serio? —¡Sí! ¡No puedo vivir con esto! ¡Ya no puedo, viejo! —La gran puta —gruñó Rosen, que apenas podía ver el motor en aquella oscuridad. —Estábamos bebiendo tragos. Pontones, Gutiérrez, otros más. Acababa de pasar lo de los jesuitas, los habían asesinado en la universidad. El general quería oír opiniones. Gutiérrez dijo que el asesinato se le iba a imputar a la guerrilla, lo cual era perfecto. La guerrilla mierda, dijo Pontones. Fue un error estratégico. Bah, no lo creo, dijo Gutiérrez y siguió de necio. Estaba ebrio. Hay ebrios que se sienten más inteligentes que Dios. Y Dios, tú lo sabes, era Pontones: sacó el arma y cortó cartucho, recargándole la pistola en la frente a Gutiérrez. Te voy a decir cómo se pierden las guerras, le dijo, los guerrilleros se reían de unos cipotes que estallaban al pisar un campo minado. El comandante guerrillero se dio cuenta y ordenó fusilar a sus propios compas por reírse. ¿Hizo bien? Gutiérrez no pudo responder. Así es como se pierde la guerra, dijo Pontones, cuando ya no sabemos qué es el bien y qué es el mal. Bajó la pistola y la tiró encima de la mesa, pero no llegó a la mesa y cayó en el piso y se le salió un tiro… ¿Sabes adonde fue a pegar? Iván se miró la pierna, la acarició como a un bebé. —Aquí, aquí pegó la puta bala del general Pontones. Después de las caricias, comenzó a darle golpecitos y luego golpes fuertes con la mano cerrada. No dejaba de reír y de llorar, y Rosen lo miraba ahí, sentado encima del coche, y bajaba los ojos para ver aquel entripado de cables. Nada tenía sentido.

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pie!

— ¡Murió de pie! ¿Oye, hijueputa gringo? ¡Jacinto murió de Chele y Camilo sujetaban a Ardelio, Rosen seguía sentado.

—Dígaselo ya, señor don Dani. Usted se equivocó, Jacinto no se hincó —dijo Chele. —Lo vi de rodillas. Los ojos de Ardelio se salieron de sus órbitas mientras apretaba las mandíbulas y hacía un ruido de furia. Se zafó de Chele, pero Camilo no era frágil y lo abrazó con fuerza con ese solo brazo. Ardelio hizo un ruido rabioso que, al propio perro, que estaba con las orejas atentas y echado a cierta distancia, hizo estremecer y dar un aullido hondo. Después, Ardelio apartó a Camilo para irse sobre Rosen, pero Chele lo pescó de los cabellos y lo llevó contra la pared. —¡Ya, Dobladito! ¡Cálmese vos! Camilo se fue sobre Chele, este le tiró un puñetazo y lo hizo caer de nalgas en el suelo. Entonces Ardelio fue a abrazar al muchacho y a mecerlo, mientras le acariciaba la cabeza. —¡No le peguen! —exigió—. ¡Es de los nuestros!—Y le besó la cabeza. Chele y Rosen se quedaron callados, viendo a aquellos hombres abrazados como niños huérfanos. —Perdón por el vergazo. —Chele se disculpó. Unos claxonazos comenzaron a oírse afuera. Rosen y Chele salieron de la casa. La Toyota apareció en la esquina; los albañiles 58


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estaban en la parte trasera. —¡Corra, señor don Dani! Fueron al encuentro del vehículo. Ardelio y Camilo salieron a la puerta de la casa. Rosen y Chele los miraron, ya desde la Toyota. Pese a su joroba, Ardelio se irguió lo más que pudo, levantó la mano en señal de despedida y los miró marcharse.

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Zacarías ¿Por dónde empiezo? Tengo dieciséis cumplidos, seis hermanos, todos cipotes, una perra cazadora, una bicicleta de esas que tienen chica la rueda de adelante. ¿Qué más digo? Mi papá es de La Unión y mi madre de Ahuachapán, de punta a punta, y fueron a conocerse en San Salvador. Qué cosas, ¿verdad? No tengo novia... —Le avienta una migaja a Luisa que pasa de largo, haciéndole burla—. ¿De lo que más me acuerdo? Íbamos al cine cuando mi padre venía de la cafetalera, mamá quería ir de día de campo, pero él decía que ahí había vergo de mosquitos. Quite eso. Pare la grabadora, digo. Quite lo de vergo… Otra vez quítelo. No me gusta decir palabrotas… Coño, siempre digo esa palabra. También quite el coño. Ya no digo nada. ¿Empiezo?… Bueno. ¿Dónde me quedé? Mi papá nos llevaba al cine. Mi mamá compraba Pollo Campero, tostones fritos, arroz, sodas, dulces… —Luisa ríe de nuevo, Zacarías se defiende—. Nos gustaba comer en el cine, ¿y qué? Vimos la película del concierto. ¿Sabe cuál, Rosen? De ese grupo que cantaba la de cha, ra, di, da, dá... No, Los Beatles no, otros más peludos los babosos. La canción de cha, ra, di, da, dá, hombre. —Baja la voz, tímido al no encontrar la tonadilla—. Púchica, no me acuerdo. —Se rasca la sien—. Pero terminaba con los cheros muy contentos y me daban ganas de pertenecer al grupo—. Luisa explota en risas, Zacarías trata de sonreír, pero termina haciendo mohines, se levanta, la alcanza y la ahorca en broma. Zacarías se sacude las manos, regresa vencedor y dice: misión cumplida; castigada la chera—. ¿Por qué peleo? —Se pone serio, al igual que Luisa, que espera atenta su respuesta—. Para ganar. —Su rostro se empeña en parecer de hombre, pero le gana la sonrisa de muchacho—. ¡Verás vos, cabrona!

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Tristán (gemelo)

No, ninguno me queda bien. Una vez un conejo. Creo que era conejo. Se lo enseñé a Jacinto y me dijo que parecía conejo; o sea que sí era conejo, pero estaba mal hecho. ¿Para qué los hago? Para matar el tiempo, qué otra cosa. Cualquier palo sirve. Le enseño, mire, Rosen, así con la navaja, pelándole, pelándole a la madera se le va dando forma… Debe tener cuidado de no pelar de más o no queda nada. Nunca sé si va a ser conejo, caballito, pato, gato o qué; eso lo decido a la mitad de estar pelando. ¡Voy!… Apague el cuchuquito, ya vengo (…) Jacinto ya se bañó y pregunta quién más, porque ya nos vamos a Guazapa. Yo no me baño, de todos modos nos vamos a ensuciar al rato... ¿Yo? Veintidós (…) De eso no debemos preocuparnos, cuando llega, llega… Por mí no, por mi madre, pobrecita. Nunca le han matado un hijo. Toco madera, o sea palito (…) Así namás. Primero un día, luego el otro. Sin pensar en eso (...) No, no los he contado. A lo mejor muchos, porque estoy veinte veinte de los ojos y no me tiembla el pulso (...) Es triste, pero necesario (...) ¿Quiénes? El Che, Farabundo y Maradona. Y al que diga lo contrario, lo fusilo. —Ríe con sus dientes pequeños y su gran encía superior.

Lucas (gemelo)

... Unas ocho horas seguiditas sin parar, un paso y otro, y otro y otro… Cuando sentí el vergazo, desperté, me di cuenta de que había caminado dormido y me caí en la cuneta (...) Se rieron harto los compas hijueputas... ¿Qué hice? Otra vez pararme y seguir caminando y dormirme hasta el siguiente vergazo contra un árbol, donde fuera. De veras sí se puede caminar dormido (...) A veces sí, a veces este compañero te hace fuerte… Cuando lo conoces bien, lo quieres más que a tu padre. Por eso lo debes cargar con orgullo, bien limpiecito, listo para lo que sea (...) Cabal, te salva la vida, no, no todo depende de él, claro está, hay que saber cuándo y cómo usarlo, porque si te agarran cagando tendrás mucho fusil, pero te lleva la tía puta (...) Varias veces ya, una vez en un hombro, otra en esta pierna, otra en la espalda. Se siente caliente. A veces duele, a veces no. Da miedo siempre. Aunque solo sea un rozón, siempre da miedo (...) ¿Después? Estudiar algo… Repostería. ¿Qué tiene de malo? Cada quién su gusto, ¿no? 61


Luisa

La gran puta! Preguntáme otra cosa. ¿Y a mí qué? ¿Qué que los demás dijeran ya?… Lápiz labial. ¿No parece?… ¡Y vos te estás vengando, comecaca Zacarías!… No le haga caso, Rosen… Que no se meta, vete, vete a preparar tus cosas, que ya nos vamos a Guazapa… Anda, Zacarías, anda ya (...) No, no es televisión, pero es entrevista, ¿no? Hay que estar presentable. Lápiz labial, ya le dije, no me mire tanto. ¿Mi edad? ¿Por qué no? Veinticinco… No me quito ni uno (...) Llegar a vieja, claro, eso va a estar yuca, pero sí, llegar a vieja como usted, no se ofenda (...) ¡Ay, qué risa! (...) ¡Qué risa! ¿Para qué tanta paja, pues? ¿Cómo va a ser el volado, libro, película o qué?… Yo haciéndola de yo, qué mejor (...) De vieja, ya dije, eso espero, sentada en una piedra, atrás Guazapa, contándoles a mis nietos cómo fue el volado (...) ¿Más, más? A mi país, a Jacinto y al fusil… ¿De entre ellos?… No sé, depende de las circunstancias, ¿sabe? ¡Mua! ¡Un beso a todos mis admiradores! ¡Nos vamos a Guazapa!

Jacinto

Vámonos, gringo, apague eso que se hace tarde (…) ¿Yo, qué puedo decir? ¡Que ya me limpié las botas!

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—¿Está bien, señor don Dani? —Tengo sed —le respondió Rosen; y no hizo más que decirlo, que una gota de sudor le jugó a las escondidas en el oído. El panorama, más allá del rostro de Chele, era una maraña de arbustos, la improbable protuberancia de Guazapa en el cielo oscuro, y detrás de los arbustos, una puerta; se abrió sola. Rosen y Chele entraron a la casa. ¿Dónde está la luz? ¡Prende la luz! ¡No veo! ¿Dónde está la sala, las mochilas, los fusiles, el diario de Jacinto, la camisola manchada de leche de Luisa? Porque ¿sabes algo? Se fue preñada a Guazapa. Coño, me pegué, tal vez contra la cama donde Jacinto y Luisa hicieron el amor aquella tarde antes de salir. Ahí debió estar Tristán con su navaja y sus conejos de madera. Allá Zacarías, fingiendo que tocaba una batería invisible, empuñando las batacas con sus manos de muchacho. Rosen abrió los ojos. No había casa. Venían en la Toyota de vuelta de Suchitoto. Uno de los albañiles, cansado, casi muerto, tambaleó y cayó recargado contra los genitales de otros. Los hombres se miraron con vaguedad, no dijeron nada. Lo dejaron quedarse dormido en esa posición. No había uno solo que no tuviera algún magullón, alguna cortadura en los brazos, en la cara, en las manos. También las palas, los zapapicos, parecían exhaustos y heridos, llenos de tierra, de cal, heridos de chocar contra las piedras. Los hombres y sus cosas olían a mugre y a derrota. Había una cabeza pequeña. Era el niño, dos grandes manchas de mugre verticales se le dibujaban en las mejillas, los pelos tiesos y polvorientos en su cabeza le formaban una cresta como de gallo. La anciana no estaba con él, pero nadie la mencionaba. El niño se tallaba los ojos llorosos y las comisuras de la boca se le hacían hacia abajo. 63


Pasaron junto al edificio demolido, casi no se notaba la diferencia. Las varillas salían por todas partes, torcidas y largas. Un par de ventanas no acababan de zafarse de su sitio. Aún se alcanzaban a apreciar las letras de la tienda Siglo XX. El chofer hablaba bajo con uno de los hombres. Mañana volvemos, decía, mañana terminan con ese y se siguen otro, no se desanimen, el trabajo sobra, qué fortuna es tener trabajo hoy en día. ¡Púchica! ¡Maldito concreto! ¡Cómo tarda en arrancarse! Más tarde, Chele miraba el volcán, su sombra negra sobre el vacío, pero ya no decía, mire, ahí está Guazapa. Solo lo miraba de esa forma en que los gatos viejos miran, como hartos de sus muchas vidas.

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Siguió con la mirada las miles de sondas por las que viajaba la sustancia espesa. El entramado futurista se perdía en enredados tentáculos de goma interminables, pero Rosen sabía que su mirada de mosca lo estaba engañando y que, en realidad, una sola sonda iba de la bolsa colgada a un tubo, al costado amoratado de la piel de Zacarías, cerca del pulmón. Había presenciado la cirugía desde la cama aledaña. El doctor se trajo un trozo de intestino con las pinzas, metió el dedo meñique en una tripa, empujó del otro lado, sacó una cosa negra que, al caer en la charola, hizo ruido de metal. Bajo calibre, dijo, de eso se trata, de que queden medio muertos, no muertos, para que los anden cargando como lastre. La gran puta. ¿Cuándo se va a terminar esta mierda? ¿Y servirá de algo? Zacarías quedó envejecido de repente, luego en cosa de días, fue el último en morir. Desde la ventana del cuarto, en el séptimo piso del Marriott, Rosen se convenció de que algún día dejaría de pensar en Zacarías y en que casi sobrevive al atentado. La radio hacía la parodia del estado del tiempo. No lleve rifle, el día será templado, las tormentas se desplazan a la región de Nicaragua, donde permanecerán por largo tiempo. Las colinas serpenteaban a los alrededores de San Salvador; el sol las acariciaba como al lomo de un perro herido. Preparó su maleta. No se toparía más con Wellis y los demás periodistas en los pasillos, no los vería fumar, beber el último café antes de preparar equipos para lanzarse a la caza de noticias. Comenzaba a oler a nostalgia. Adiós a las palabras y a los dichos: sacarle el agua al pez, compas, cuilios, Charlie, púchica, hijueputa. 65


Adiós al miedo, al humo del arma disparada, al olor dulce de los muertos, a los rostros de zozobra, a la brújula embrujada que apuntaba luz por sombra y sombra por hogar. A los nombres conocidos: Villalobos, Chicho, Monterroso, Dalton, Frente de Liberación, Radio Venceremos. Todo perdería significado conforme la memoria se fuera desbaratando. Daniel podría arrumbar en un cajón las grabaciones con las voces de esos compas. A Wellis, ya viejo, lo imaginaba incapaz de deshacerse del pasado. Una enfermera le empujaría dentro de la boca la pastilla de las cinco. Las sábanas, el piso, las paredes, la bata que trajera puesta, su piel que nunca logró quemar el sol de Centroamérica, todo ese blanco se le haría insoportable. Se preguntaría adónde se fue el mundo brutal, pero conocido. Los soldados, los guerrilleros, las fotos, los reportajes. Se balancearía en la cama, boquiabierto, y recordaría al poeta Armijo: “escribo para morir lúcido, cabalgando mi caballo de madera, escribo con mi corazón que alzo como un fanal en este tiempo de tinieblas...”. Lo recordaría, pero esas palabras ya no tendrían sentido, formarían parte de la historia de un país que tuvo vida mientras tuvo muerte. Otro Wellis, el acostumbrado a tutearse con la parca, escucharía los ruidos espasmódicos de los helicópteros abriéndole las entrañas a la tierra. El corazón le daría de brincos hasta reventarle la piel y un bulto, todavía palpitante, saldría disparado y se pegaría en el techo de su habitación. Las gotas de sangre caerían en su boca abierta, es mi corazón, diría, arrastrándose por el suelo, pegando puñetazos sordos en la puerta, tan sordos que ni el mismo los escucharía ya. ¡Nadie escucharía sus gritos: un muerto, solo pido un muerto más, por el amor de Dios! Rosen en cambio, no extrañaría el combate, tendría otra clase de nostalgias. ¿Cómo hubiera sido saborearle los pezones a Luisa? ¿Cómo volver a sentirse viril, latiendo como corazón de diablo, entrando en esa mujer, igual que los tanques, que los muertos rígidos en la tierra? Vendrían las visiones de la guerra, combatientes amputados, caras como las de Jacinto, los gemelos, Zacarías, Chele, pero todas esas visiones, todos esos muertos, todo ese país, vendrían a decirle que nadie lo echaría de menos, que lo olvidarían. Y ese horror de ausencia, y el de Wellis por no vivir otro día de guerra, serían muy parecidos. 66


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Tuvo la esperanza de que aquella luz sobre la colina fuera el anuncio del final de su viaje, pero la luz desaparecía súbitamente, envuelta entre las copas de los árboles. Luego de un rato de más camino, de más silencio, otra vez aparecía, más distante. —Quiero decirte algo muy mío, viejo —dijo Iván—. Óyeme, escúchame de corazón —se puso la mano en el pecho—, de todo corazón, Rosen. —¿Qué corazón? —El mío, el tuyo, el de los dos, mi viejo amigo Daniel Rosen. Yo quiero decirle a Pontones muchas cosas, recordarle mis sacrificios por la causa, de la mierda que quieras. Y algo más —agregó lleno de convicción—. Me tiro a su nieta, sí. Eso quiero que lo sepa Pontones. ¿Y sabes por qué me la tiro? Porque me lo gané a pulso. Podría tirarme a su madre si quisiera y también tendría derecho. Entiendes esa palabra. ¡Derecho! ¡La gran puta, Daniel! ¡Yo perdí la guerra! ¡Nadie más que yo perdió esa guerra! ¡Vos no! ¡Vos te fuiste, pagado por tus servicios de traidor! ¡Ellos tampoco la perdieron! ¡A ellos los glorificaron, los indemnizaron! Y ya por último, digamos que esa nieta es mi indemnización de lo que él me hizo en esta puta pierna. —Iván bufaba, pero parecía alarmado de sus propias palabras—. El general puso su confianza en ti para joder a Jacinto. Se la jugó contigo. Te lo voy a confesar, yo le dije que no confiara en ti. Le dije, ese Daniel es un tipo raro, un novelista, periodista o sabrá Dios qué. ¿Se puede confiar en alguien así? Él me dijo, la profesión es lo de menos, Iván. Hay dos clases de gente, los traidores amigos y los traidores enemigos; Daniel Rosen es de los primeros. Rosen lo miró con la boca abierta. 67


—¿No dices nada? Te acabo de contar algo muy personal. —¿Y qué quieres que te diga? Si quieres decirle eso al general, hazlo. Pero creo que no lo vas a hacer, ¿sabes por qué? Porque ese día te quitó algo más que una pierna… —¡Eres un hijo de la gran puta! ¡Hablas como si tú no le debieras nada! —¿Yo qué puedo deberle? —¡También a ti te quitó lo mismo que a mí! —¿Qué cosa? —¡Tu dignidad, hijo de puta! Al oír eso, Rosen terminó de abrir la boca y mirar en todas direcciones. Iván, furioso de no escucharlo argumentar, miró aquella caja que Rosen seguía teniendo entre las manos y trató de apoderarse de ella. Rosen la defendió hasta que salió volando y cayeron de ella el par de botas viejas. nada.

Iván se acercó a mirarlas, no supo qué decir, no le significaron —¿Qué clase de regalo es este? —Son las botas de Jacinto Morazán.

Iván retrocedió como si Rosen le dijera que se trataba de dos granadas. Rosen metió las botas en la caja. —Vamos ya —dijo. Subieron al coche, Iván lo puso en marcha. —No me has dicho que haces en El Salvador, viejo —dijo. —Perdí el avión, pero tengo que estar pendiente, en cualquier momento me hablan del aeropuerto para que siga mi camino. —¿En serio las botas son del muerto? 68


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GUAZAPA Los gemelos discutían acerca de cuantos cigarrillos trae una cajetilla de Marlboro. Tristán aseguraba que quince, Lucas que veinte. Lo cierto es que Tristán no fumaba y solo quería joder a su gemelo; le hacía guiños a Daniel para hacerlo partícipe de la carrilla. Quince. ¿Entendés, Lucas? Tiene quince, cabalito. —Coño, si todos los días me fumo caja y media. ¿No voy a saber cuántos tiene? Díselo, tú, Zacarías, ¿cuántos tiene? ¿No es verdad que veinte? Quince o veinte, a Zacarías le daba igual. Desde hacía rato estaba intranquilo, porque no se escuchaban pájaros y se lo había dicho a los demás, pero ellos no le hacían caso, ellos seguían con su tema de los cigarros. —Quince cigarros—insistió Tristán—, ¿oíste, cagón Lucas? Lucas se esculcó los bolsillos para ver si de casualidad traía una caja de cigarros y el aparato de comunicaciones se le fue de lado. Con un movimiento de hombro lo devolvió a su sitio; maldijo no traer una cajetilla, para poner en su lugar a Tristán. Luisa, separada del grupo, no sonreía. Jacinto iba a su lado y a veces le sacaba la sonrisa haciéndole una mueca graciosa. En lo alto de Guazapa, el sol jugaba a las escondidillas, pintando los arbustos de luz y desapareciendo de golpe, dejándolos a oscuras otra vez. Jacinto se alejó del grupo. Después, cuando pasaron al lado del camino, Rosen lo vio en cuclillas con los pantalones abajo. Jacinto le regaló una de esas sonrisas retozonas de los niños cuando cagan y no les da vergüenza. 69


A medida que ascendían, el aire se hacía tajos fríos, pero el sol quemaba más. Debieron caminar unos cincuenta metros cuando se percataron que Jacinto no volvía.Por primera vez, Rosen deseó que se quedara ahí escondido, dos horas, un día, varios meses, hasta el final de la guerra. —Se tarda Jacinto —dijo Zacarías. Jacinto apareció a lo lejos y movió una mano. —¿Ya ves? —le reclamó Lucas a Zacarías—. Tú y tus pájaros, tranquilo, cipote, vamos a lo que vamos, vamos a buscar a Chele y todo va a estar bien. La herida en el paisaje fue cobrando forma. Era una cuneta de dos metros. Bajaron despacio. Primero los gemelos, después Zacarías, Luisa y al final Rosen. Al avanzar, la hendidura se hacía más cerrada: había que pisotear arbustos con las manos. Jacinto tomó la delantera, les preguntó cuántos cigarros tenía al fin la mierda de caja. Los muchachos rieron, incluso Luisa. —¡Quince! —festejó Tristán. —¡Si me vuelves a joder con eso…! —lo amenazó Lucas, un poco desbordado. —Tranquilo —reprendió Jacinto. —Este volado no me gusta —dijo Luisa—, Zacarías tiene razón, no se escuchan pájaros. ¿Dónde están los pájaros? —¿Son pájaros salvajes? —preguntó Tristán. —¿Vos qué dices, Rosen? —le preguntó Jacinto—. ¿Son salvajes? —No lo sé. Si quieren regresar a Suchitoto, lo hacemos ya. Ahora que lo dices, es mejor regresar. —¿Por qué, gringo? El silencio al que se refería Zacarías se hizo denso, como si de lejos viniera una bocanada de fuego que devorara el oxígeno. El 70


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rostro de Zacarías comenzó a sudar. —¿Qué, pues? —preguntó Jacinto, un poco contagiado de inquietud. —¡Cuilios! —gritó Zacarías, hasta herirse la garganta. Jacinto tomó posición de tirador. Lucas y Luisa intentaron trepar la pared de la cuneta. Zacarías y Tristán fueron detrás de los arbustos cercanos. Los soldados aparecieron en pinza. Luisa alcanzó a trepar la pendiente mientras le pateaba la cara a uno de ellos. —¡Hijueputa! Fue lo último que ella dijo. El disparo le reventó la espalda, cayó hincada, se quedó así dos segundos y se desplomó hacia atrás; el soldado solo se hizo a un lado para no tenerla encima. Antes de que Jacinto pudiera disparar y el llanto le partiera el rostro, los soldados lo hincaron a cachazos. Los gemelos alzaron las manos. Rosen no podía dejar de mirar a Luisa, muerta, la camisola mojada en los pezones. Algo le hacía fantasear que, cuando nadie la observara, ella se levantaría del charco de sangre para salir corriendo. —¡Suban, hijos de perra! —les ordenó uno de los soldados. Un teniente los aguardaba en lo alto, mirando con especial curiosidad a Jacinto. —¿Tú eres Morazán? —Somos prisioneros de guerra —dijo este. —Son hijueputas. Andando. Mirando al grupo desde la distancia, tanto guerrilleros como soldados, parecían ir de paseo por la montaña. Caminaron seiscientos metros antes de que el teniente volviera a decir algo: —¿No eres Jacinto Morazán? ¿Tienes miedo o qué? 71


—Ellos son prisioneros y yo soy periodista —dijo Rosen. —Llévate a ese —le ordenó el teniente a un soldado, refiriéndose a Zacarías—. Dale una vueltecita, aquí está de sobra… Zacarías se talló los ojos y gritó: —¡Viva el frente! ¡Viva Farabundo! Un culatazo en el pecho le ahogó las palabras. El soldado lo hizo ir a la cuneta donde había quedado Luisa. Mientras los demás siguieron caminando. —¿Quién trae cigarros?—preguntó el teniente—. ¿Nadie fuma? —Yo —dijo Lucas— pero se me olvidaron. —Ah, qué la mierda, amigo, ya somos dos... De pronto, el ruido de un disparo vino desde la cuneta. Una mancha de orines se le dibujó en los pantalón a Lucas. Después de tres segundos, se escuchó un segundo disparo, el tiro de gracia. Lucas comenzó a tragarse los sollozos y bajó la cara para que los cuilios no lo vieran llorar. Por la piel de Guazapa, con el viento helado en contra, siguieron caminando guerrilleros y soldados. El soldado que se había llevado a Zacarías vino de vuelta, acomodándose el rifle en el hombro. —Ya comió pollito —dijo. —Llévate a ese otro a dar la vuelta —le ordenó el teniente. —¿A quién? —A cualquiera. —El teniente miró a los gemelos—. Al fin y al cabo hay dos. El soldado cogió a Lucas del brazo. —¡Yo voy! —dijo Tristán. 72


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El soldado cogió del brazo a Tristán y Lucas bajó la cabeza. —¡Viva el frente! —exclamó Tristán —. ¡Viva Farabundo! El soldado ya no lo golpeó como había hecho con Zacarías. Se fueron hacia la cuneta, pero no se oía el disparo. Rosen deseó escucharlo pronto, antes tuvo que oír el viento entre las ramas, el raspar de las botas de Jacinto sobre las piedras, la respiración entrecortada de Lucas. El ruido revolvió las moléculas del aire. Lucas dejó de llorar de golpe y se persignó. Nadie dejó de caminar, no hizo falta ordenárselos. A los dos segundos, se escuchó el segundo disparo. El teniente se detuvo. Un segundo y un tercer disparo se escucharon. Lucas no pudo soportarlo, corrió en aquella dirección, uno de los soldados sacó el arma, el teniente lo detuvo y con un gesto le ordenó a otro soldado que lo trajera de vuelta. Aquel lo alcanzó a tres metros de distancia. Lucas se detuvo, miró al soldado, se le recargó en el hombro y se le echó a llorar encima. Este no tuvo valor para quitárselo. El otro soldado, el que se había llevado a Tristán, llegó frente al teniente: —No se quería morir… Los siguientes pasos fueron los más difíciles de andar. Las piernas de Rosen no le respondían. —¿Estás listo? —le preguntó el teniente a Lucas. Este asintió sin levantar los ojos. Y antes de irse hacia la cuneta, preguntó: —¿Usted sabe cuántos cigarros tiene una cajetilla, teniente? —Veinte. —¡Viva el frente! —gritó Lucas y se fue solo hacia la cuneta, seguido por el soldado, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón como si fuera de paseo. 73


Esta vez solo se escuchó un disparo. —¿De veras nadie trae cigarros? —preguntó el teniente— ¿Qué, ustedes no fuman? Dicho esto, le pegó con el rifle detrás de las rodillas a Jacinto, haciéndolo hincarse. —¿Quién quiere sus botas? —Yo —dijo Rosen. Entonces, Jacinto lo miró y de golpe se le vino a la cabeza los años en la universidad, la convicción de que las cosas no podían seguir así, que el país no merecía a esa gentuza que se llenaba los bolsillos de dinero y con buenos modales lo iban acabando. Recordó cada lectura, cada libro leído, cada gente conocida, las buenas y malas intenciones, las ayudas, las derrotas y victorias. Y miró a Daniel Rosen sabiéndolo un traidor, pero no sintió odio sino tristeza. El teniente sacó la pistola en un solo movimiento y le disparó en la frente. El impacto arrojó a Jacinto. Los soldados miraron el cuerpo que se convulsionó unos segundos y luego se quedó quieto. —Quítaselas tú mismo —le ordenó el teniente a Daniel—. Cayó pájaro catorce —dijo por el radio comunicador. El ruido intermitente de unas hélices subió de tono. Al poco rato, un helicóptero descendió sin tocar la tierra. Junto al piloto, Daniel descubrió a Pontones, miraba el cadáver de Jacinto con absoluta parquedad. Después, el general hizo una señal y el helicóptero volvió a levantar el vuelo y desapareció en el horizonte. —Oye, gringo —le dijo el teniente a Rosen. Este volteó y recibió un culatazo en la cabeza. Cuando abrió los ojos, se descubrió recostado en el pecho de Jacinto Morazán. Le tocó los ojos e intentó cerrárselos, pero ya tenían demasiada rigidez. Contempló el cielo de Guazapa, aún no oscurecía. Se puso en pie, cogió las botas de Jacinto, las anudó de las correas una con la otra y se las echó al hombro.


Duele Más El Viento

Como quien vuelve a recoger las semillas que tiró por el camino, regresó sobre sus pasos y se topó con cada uno de los muertos; Tristán tenía un tiro en medio de los ojos. Lucas yacía acurrucado como un bebé. Zacarías de lado. A la última que vio fue a Luisa, la tierra le chupaba sangre. ¿Lo ves?, le dijo Daniel Rosen, no debimos dejar de abrazarnos en Suchitoto. Se inclinó a desabrocharle la blusa y le besó un pezón. La miel se le escondió a los labios.

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DiseĂąo: Pablo Sanchez


Duele Mas El Viento - Joaquín Guerrero-Casasola  

Publicado por Editorial Yerba Mala Cartonera

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