Issuu on Google+

Dirección Yeni Rueda Comité editorial Yeni Rueda Montserrat Ocampo Sergio D. Lara Editor Sergio D. Lara Corrección de estilo Manuel Pedrozo Diseño Sergio D. Lara Difusión José Quezada - Luis Marín Habitantes de Moria Miguel Agustín Davo Valdés Kurtteim Guaufttum Leonardo de Ononvide

www.habitantesdemoria.com

Año 3, num. 1, Enero-Marzo 2011 Nueva época


Algo más que café y pan Tu corazón es la parte más orgullosa de tu cuerpo. Tal vez comprende que no puedes darle remedio. Tal vez… Efraín Hernández

I

ntento escribir un cuento que valga un premio, pero sólo me he distraído con el recuerdo de una imagen, la de tu cabello que cae graciosamente sobre tu ceja. Entonces, no puedo contar nada. Me he dado cuenta que lo único que me interesa es el tendón de tu rodilla, y toda tu rodilla con toda tu pierna. Estoy lejos de hacer un buen cuento, no puedo con los principios ni con los finales. Por ejemplo, no soy capaz de contar que me encuentro sentado en el café. El mesero viene de vez en cuando para preguntarme si se me ofrece algo más que el café y pan. Ya le he dicho que no, tres veces, y siento pena. El pan se lo doy a las palomas. Soy muy torpe y no puedo evitar dejar unos manchones de café en la mesa. ¿Quién pensaría que estoy intentando escribir un cuento? En el papel sólo hay esto. No sé si contarte que ayer Nana me regaló unos chapulines. Llamó y dijo que pasara por su casa para dármelos. Imaginé que debía comprarles alguna caja para meterlos, pero cuando me los entregó me di cuenta de que estaban muertos. Bueno, entonces, ¿para qué chapulines muertos? Pregunté y se me quedó viendo con los ojos de quien acaba de ver a un estúpido y me dijo: pues te los comes. La verdad es que no me los comí. Porque no sé si es normal comerse chapulines muertos. No soy muy listo.


Qué increíbles los ojos con los que no me miras. Ya imagino tus labios entreabiertos porque piensas en algo que te pidió tu abuela y has olvidado hacer; contienes el susto por unos segundos y luego te dices: lo haré más tarde. Es entonces cuando todo tu cuerpo se relaja y dispersa la memoria de lo que volverás a olvidar. Hoy ando de espíritu aventurero, me puse las botas negras. Tal vez realice la aventura de irme sin pagar el café y camine en medio de la calle adoquinada que aparta a la catedral de las cantinas. Quizá hoy me abandonó la literatura porque yo me abandono al recuerdo de tu cabello caído. Tal vez hoy sea menos cobarde y me atreva a comprobar si en tu corazón hay algo que lleve mi nombre. ¿Y ahora qué hago?, ¿qué escribo? Creo que puedo ser un poco malo contigo y dejar todo a tu imaginación. Desde la paloma que me ha robado un pedazo de pan hasta el color de la tarde de este mes que no me gusta.

Montserrat Ocampo Miranda Agosto 2011


MUNDO DEFECTUOSO

LOS OJOS DE MEDUSA

Estela Mendoza

Luis Adrián Esparza

Tú no tienes la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo… Clandestino, Manú Chao

Caminé hacia la plaza. Había un chingo de gente. Me metí a la catedral. Había un chingo de gente. Entré al mercado principal. Había aún más gente. No pude más; me salí corriendo, caminé apresuradamente sobre calles que no conozco, en construcción, buscando como loca un lugar sin gente. Entré a un callejón casi vacío y llegué a la conclusión de que odio a la pinche gente. Odio a las mujeres que me barren, a los hombres que no disimulan al mirarme, odio a los pinches niños ruidosos, a los niños callados, odio que me hablen, odio que me toquen, ¿de dónde salió toda esta pinche gente? ¿a dónde van, a dónde se dirigen con tanta urgencia? ¿por qué no usan la maldita píldora anticonceptiva, por qué nacen y nacen y siguen naciendo y no dejaran de nacer, por qué? Somos tantos que el planeta nos está escupiendo, no pueden no haberlo notado, no pueden. •

No veo, ignoro las torres que derrumbo, palpo el mundo con las palmas de mi aliento. Ciego de voces los altos bosques se tornan piedra en mí, son seducidos por el embrujo de los ojos y caen, tornan tierra la madera y sus hojas son granizo que cae sobre mí, me asedia el mismo polvo que te hunde. Estamos unidos por la ceguera, por temer vernos el uno al otro y derrumbarnos con sonidos que no formamos, que no conocemos, caer en la ausencia de ojos que nos miren, ceder bajo el peso de soñar, quebrarnos bajo las piedras que nos rodean. Esto es lo que vuelve roca a la carne: la ausencia es la madre de todas las serpientes, es el colmillo mayor de todas sus fauces. •


L’apres Midi 5

Luis Marín

M

i pasado es color café, lo mismo que las fundas de los colchones de la sala de estar. Como los guantes para invierno que mi madre me compró algún día lejano en algún tianguis lejano que hoy por hoy se pierde entre las excusas del pasado. Mi pasado es argentino, como los tangos, aunque jamás haya visitado Argentina antes. Me refiero a mi niñez. Esa calidad efímera de que todo es goce, nada es pena. Esa párvula cantidad de minutos que se regocijan entre juegos de pelota, tardes de triciclos y de vez en vez jugar al papá y a la mamá (con suerte, si no tienes hermanas ni primas, te escapas de la responsiva prematura de ser padre). Mi pasado es amarillo, como las gerberas, como los girasoles. Y así igual, son una inflorescencia de muchas flores haciendo una. Una sonrisa que se escapa entre las rendijas diminutas de las coladeras de baño. Como las tardes fugaces que alumbran manantiales de tiempo y espacio que hoy lucen maltrechos, fríos, olvidados. Mi niñez es una vela políglota que entre candela y humo escapa esbozos de acentos latinoamericanos. Mi niñez es la vida viéndola de cabeza: romántica. Es ponerte de espaldas en un sillón, con la cabeza apuntando al lugar predilecto que ocuparían tus pies, y los pies, al lugar que le corresponde a la cabeza, y así, en esa postura, ver cómo el sol se cuela por debajo de la puerta cerrada de la habitación de tus padres. Mi niñez es roja, como el papel tapiz de las películas francesas. Efímera como las amistades de estas generaciones, que llegan, juegan y se van. Mi niñez es un bostezo, es un aplauso. Mi adolescencia es una pena de ojo morado. Es gritar a carcajadas las desgracias burlonas que parecen tesoros insondables, pero que en realidad son verdades de cristal, grietas de paso, y llaves de agua. Mi adolescencia fungió sin caricaturas, sin once niños, sin escándalos de gorriones en las mañanas ni el olor de la tierra mojada, sin la luz del sol entreabriendo mis ojos aún dormidos, aún pesados. Mi adolescencia transcurrió ya sin


Mafalda, ya sin acentos chilenos ni salvadoreños. Ni qué decir tiene que las tardes de juego fueron sustituidas por gramática y geografía, en cuando confundía capitales con raíces cuadradas, y canciones de trova con películas de guerrillas. Nada me quedaba: ni las pulseras, ni los olores, ni las piedrillas que pisaban mis zapatos. Recorrí largas distancias. Viajé entre municipios, como en serpientes y escaleras. Conocí grandes personas, de esas que mañana tendrán un monumento en la entrada de su casa, con sus caras grabadas como de susto o de audacia. Escalé tres escalones, me gradué de la educación media y me aventé sin contemplaciones al reino masivo del colectivismo absurdo. La radio me mantenía unido a la simbiosis enfermiza de caminar sin pisar rayas, ni silbar en la calle. Mi adolescencia es blanca, como el uniforme que usaba en el colegio, como el balón de futbol que paraba cuando era portero, como las terapias naturistas a las que me llevaba mi madre. Mi adolescencia es confusa y melancólica. Mi adolescencia es un banco de tierra, con un hoyo a su derecha, esperando a que lo colmes de borlotes de tierra y tierra. Mi adolescencia es una golondrina mirando desde arriba, en los cables de luz. Un holocausto de nubes se arremolina alrededor de la luna gris. Mi juventud es gris. Mi juventud transcurre entre cuevas, olor de café y tardes de letras. A veces llueven penas en el corazón rojo, a veces crecen flores en mi cabeza, a veces avanzo camino, a veces renuevo esperanzas. A veces tumbas la puerta… a veces ya no puedo más. Mi juventud es beige, como los nubarrones que levantan las carrozas a su paso, como el amor en los tiempos del cólera, como el licor de arándano y el vino tinto. Como una fuente en el jardín, como caminar descalzo, cazando sueños con cámara fotográfica. Mi juventud es difícil, es pasional y terca. Mi juventud es ella, esperándola de blanco, de gris, de lluvias. Mi juventud es azul, como la inmensidad del mar en que me pierdo. Mi juventud es una partida de ajedrez siendo el parteaguas de lo común. Mi juventud es adentrarme de a poco en un mundo sepia, para dejar de lado los colores del pasado. Quién sabe, quizás colores que no conozco se me pinten en el horizonte. A ver si abrazo el presente. La esperanza la tengo, y es el lienzo, me falta la ternura de una mano que a pinceladas me llene de rojo el corazón. •


V DESDE UN PARAJE OCULTO EN HOJARASCA el ojo cae en las tortugas. La cuerda floja intenta ser hoguera tras la huella del vertebrado que reposa en arenillas. Al rojo de la triste fogazón se mira un canto de gaviota en plumas, es aletargamiento de los años amotinando azufres.

MAREJADAS escrito por Roxanna Griega

VIII EL BERMEJO ES AIREACIÓN DE ESFERAS palmeral carbonizado que palpa lo marino donde lenguados ocre chamuscan fragor y miasma, calcinación de ventiscas chirriando intuición de embarcaciones. Quemado el cardumen lo impreciso gira en torno a agujas, presagio de embaucamiento batahola en riesgo de marasmo. •


E

l insistente ronroneo de la bruma despertó a Cuauhnáh, cobijada en el tronco de un laurel de la India. Abandonó su cálido lecho de algodón, caminó de puntitas hacia la terraza y recargó los codos sobre la baranda de ramas que asomaba de su alcoba. Las gotas de lluvia caían como caricias; el rocío con esencia de vapor nocturno refrescó su terso y moreno rostro salpicado de pecas que bordeaban sus inmensos ojos negros, y el viento sacudió su cabello color madera. La dama, estilizada y de movimientos elegantes, se estremeció al sentir un roce en sus pies; Mylo, un perezoso gigante, con humeante cola y mirada lustrosa, se paseaba alrededor de la mujer, que lo acarició con delicadeza.

Elfos de abejas plata. Después de morder un higo, comenzó a escribir en ellas con una pluma de ámbar. Al poco, el incesante aleteo de un colibrí de cristal, que entró por el balcón, interrumpió a Cuauhnáh, quien extendió su mano para que se posara en ella. —Buenos noches —dijo—. ¿Por qué estás despierto? Los de tu especie no vuelan bajo el baño de luna, sino de sol. El colibrí bajó la cabeza y dijo en voz muy baja: —Prefiero volar a estas horas, cuando soy transparente y nadie me observa — se recostó desganado en la palma de la mano de Cuauhnáh.

Mylo regresó a la habitación y se recostó sobre un almohadón de pétalos, al tiempo que Cuauhnáh encendió una lámpara de polvo de luciérnagas. Mientras su vaporoso compañero se arrullaba con la llovizna, Cuauhnáh preparó un coctel de frutas; en un recipiente de piedra colocó nísperos, guayabas e higos, que arrancó de las ramas que pendían del techo de su recámara. Desnuda y mimetizada con la temperatura de la noche, Cuauhnáh se sentó en una silla de mimbre y acomodó unas delgadas tablillas de corcho sobre su escritorio de

Andrea Ciria


Sin comprender el lenguaje del ave, la dama respondió: —Qué hermoso eres —hizo una mueca—. Tal vez quieres un beso para llenar tu cuerpo de colores cuando el sol caliente tus plumas, por la mañana. —Como nunca has salido del árbol, no te das cuenta de lo que sucede afuera, y todo se está apagando. —Debo terminar de escribir los sueños de esta noche —dijo Cuauhnáh—, y tú, pequeña gota de cristal, te llenarás de colores al amanecer. —No quiero que me vean ni ser parte de la ciudad —agregó el colibrí desesperado. Pero Cuauhnáh no entendió lo que el ave dijo, así que lo depositó en el alféizar y prosiguió con su faena de letras. El perezoso bostezó arqueando el lomo. La criatura voladora miró a Mylo desde el balcón, negó con la cabeza y se marchó. Mientras Cuauhnáh suspiraba, su mascota de vaho emitía una especie de maullido demandante, por lo que ella le lanzó un níspero, que Mylo atrapó en el aire y más tarde comenzó a brincar entusiasmado, con la esperanza de que ella le arrojara unos más. —Me temo que se trata de otro colibrí entristecido —dijo Cuauhnáh al perezoso, que la miraba desilusionado. La mujer, rendida, se sentó sobre la cama y tomó una caja de bambú, que descansaba sobre una mesita de migajón. El perezoso de vapor se aproximó a Cuauhnáh y se acomodó en su regazo, al tiempo que paseaba su cola humeante despidiendo olor a tierra mojada. La dama abrió con ternura la cajita y extrajo de su interior un puñado de semillas

voladoras de árbol. —Mylo, concluyamos de una vez nuestro trabajo de esta noche —dijo Cuauhnáh, se levantó y caminó hasta el balcón—. Quisiera dormir un poco — agregó tras un bostezo. El mamífero de nube la siguió y se posó sobre la baranda de ramas. Mientras su ama abrió la mano para dejar ir las semillas, Mylo movió su peluda cola en círculos creando una hélice que generó un inmenso tornado. Los granos se perdieron en la infinidad del bosque y del campo, donde danzaron en los surcos de la tierra; en la ciudad se posaron sobre los tejados, y en los barrancos se deslizaron por los apantles. Cuauhnáh regresó a su escritorio plateado, apiló las tablillas en las cuales escribió y se acurrucó en el lecho junto a Mylo. Mientras dormían, el colibrí de cristal se introdujo por segunda vez en la recámara. Aun cuando su aleteo era imperceptible, el perezoso despertó y se abalanzó sobre él, persiguiéndolo por los rincones de la alcoba, hasta que ambos salieron a la terraza. — ¿Tú también vas a darte por vencido? —dijo Mylo con voz ronca y señaló un cúmulo de otros colibríes de cristal, inertes, que decoraban la copa del árbol. —Vaya, no sabía que podías hablar —dijo el colibrí—, deberías traducir a la dama lo que intenté decirle. Ella no entiende mi dialecto, ni sabe lo que ocurre fuera de su mundo. —Sí, sí, sí —interrumpió el perezoso —. Estás cansado, al igual que todos ellos, tus hermanos, que también se rindieron. La dama de las letras no necesita una traducción, sino que ustedes


llenen de color los prados, los huertos, los jardines, los barrancos, el bosque, los patios, los… —Lo dices como si fuera fácil, extraño animal de humo, pero en realidad, es terrible. Los hombres han deformado los caminos, robaron el aire y lo encapsularon en viviendas de cemento, aluminio y cristal. Ensuciaron el agua, rompieron las raíces de los árboles, excavaron las entrañas de la tierra, y perforaron los pulmones de las barrancas. —Dime algo que no sepa —interrumpió de nuevo Mylo—. Estoy perfectamente al tanto de que los hombres destruyen el trabajo de la dama; aprisionan los sueños que escribe, con tal de simular que la primavera, aquí, es eterna. —Cuauhnáh algún día se dará cuenta de que los sueños que escribe y esparce con pepitas voladoras ya no cobran vida —agregó el colibrí—. ¿En verdad piensa que esto es un paraíso? Los humanos insisten en estirar la tierra, hacerla crecer para que pronto se amalgame con alguna capital que sin duda la devorará con la mirada para reírse, porque no presume un rascacielos o una torre comercial —abrió sus alitas irritado—. ¡Apagan la luz de los sueños! No es un lugar fantástico, mágico ni especial. Si los viejos maderos que sostienen enormes edificios pudieran dar consejo a las semillas y si el agua atrapada en las albercas contara lo que ha sufrido estando encerrada, prevendrían a los ríos, a los apantles y a la lluvia. ¡Lo que escribe la dama es una falacia! —No voy a discutir contigo. Si no fueras de vidrio, ya te hubiera destro-

zado y estarías en mi estómago. Será tu problema si mueres inmovilizado como tus hermanos, al amanecer. Lo único que te diré, antes de regresar a dormir, es que las letras de mi ama no son más que una compilación de sueños humanos. Esas criaturas, que al parecer están mejor sobre el asfalto, entre el cemento y detrás de cristales, regalan sus sueños a Cuauhnáh y ella escribe para darles vida. El ave dejó de escuchar a Mylo y se cristalizó para siempre sobre la rama. El perezoso suspiró resignado, enrolló una hoja del árbol, a manera de cigarro, y lo encendió con una chispa que surgió de sus garras. Dio la primera fumarada y comenzó a caminar meditativo. La lluvia cantaba una melodía sutil y la neblina hacía que la figura de humo del mamífero fuera invisible. —No en vano se dice “cabeza de chorlito”. Estos pajarillos devoradores de néctar han perdido la batalla. Pronto los humanos dejarán de soñar con ellos y mi ama no podrá escribir acerca de estas diminutas aves de veloz aleteo. Una vez que terminó su cigarro regresó a la alcoba y comenzó a leer lo que Cuauhnáh escribió en las tablillas de corcho: —“Recuerdo que alguna vez hubo una especie de aves diminutas, las más pequeñas del mundo, elfos de las abejas…” —dejó la tablilla sobre el escritorio y negó con la cabeza—. Tal parece que tendremos colibríes en el cielo el día de hoy… hasta que los humanos los olviden y Cuauhnáh no pueda escribir en torno a ellos, como sucedió con mi propia especie. •


Pocos carros duermen con los ojos cerrados. Algunos no duermen, su asiento caliente va transbordando de chofer a chofer. Los carros sonámbulos y la ciudad no carecen de necesidad. Algunos carros andan heridos, despintados, rayados, chocados, enfermos. Algunos más que otros. Carro: máquina de varias máquinas.

YO- TAXI

El yo de un carro su chofer. Máquina que interpreta y coordina las funciones de máquinas maquinando. Impulsadas por el yo chofer. Impulsadas por nosotros chóferes. MÁS Muy pocas veces soy el pasajero de mi taxi. Mi ser es taxi, soy el “yo taxi”.

David H. Rambo

Mis ideas son pasajeras. Mis destinos son pasajeros. ¿Manejo? ¿Y si se me olvida acariciar el volante? ¿Y los pedales? Mi fuerte no es coordinar velocidades. Soy taxi. El letrero de libre ilumina la ventana de mis ojos.


El vértigo del mal

(Apuntes para una teoría sobre la obra de Lars Von Trier)

6

Sergio D. Lara

Muy pronto aprendiste que cerrar los ojos no servía de nada, pues la naturaleza del monstruo le permite estar siempre ahí, incluso de aquel lado de los párpados vencidos Vista, Adolfo Echeverría

Prólogo ay preguntas que han estado siempre presentes, palpitando en lo más profundo de nuestra psique o asechando nuestra alma; preguntas que se formulan en nuestros actos, que corroen todo aquello que tocamos y que, a cada instante, nos incitan a cuestionarnos: ¿Cuál es nuestra naturaleza? ¿Es el hombre -como especie- esencialmente malo? Si no, ¿En dónde radica la maldad? Si es así, ¿Qué esperanza queda?

H

I Lars Von Trier o la búsqueda de lo monstruoso. Lars Von Trier no ha sido el único en llevar a la pantalla grande estas preguntas y, sin embargo, algo lo distingue. No su cualidad de ente polémico, tampoco la crudeza de sus películas, ni mucho menos su virtuosismo como director, sino que ha sabido afrontar estas preguntas en toda su radicalidad —entendiendo radical como raíz y no como sinónimo de fanático o extremista—. Para lograr esto ha tenido que dejar atrás el velo moral, o moralista, y es quizás ésta la razón por la que sus películas han sido cubiertas por el escándalo. En ellas, las situaciones o historias fungen el papel de caminos hacia una verdad que

ha estado ahí desde el inicio, y que representa una terrible anagnórisis, en la que el reconocimiento es el de nuestra propia naturaleza. Así, los elementos del film, se acomodan y reacomodan, se significan y resignifican “desde la radical heterogeneidad de su procedencia, de sus formas, de sus materiales y, en fin, de su acepción potencial ” y “—después de cumplir un proceso que les confiere un significado insólito— están a punto de realizar su verdadero destino (que es ya una suerte de antidestino) bajo el aspecto de lo monstruoso”. II Golden Heart y Usa, o los primeros bosquejos de una tesis sobre el Mal


Podemos tomar como ejemplo dos de sus películas de la serie Golden Heart, Breaking the Waves y Dancer in the Dark, en donde las protagonistas, ambas mujeres, parecen responder a esa pregunta fundamental sobre cuál es nuestra naturaleza, de manera positiva. En ellas parece que se encarna el Bien, o la Bondad (así, con letra capital), que, a lo largo de las películas, se enfrenta a esa otra naturaleza del hombre: el Mal (una vez más, con letra capital). Conforme pasa la historia esperamos que ese Bien triunfe y nos deje en los labios el dulce sabor de la esperanza, Von Trier responde a este primer impulso, casi infantil, dejando caer sobre las protagonistas toda la crueldad de la sociedad y, sobre todo, de la naturaleza oscura del ser humano. De esta manera las mujeres que, en su bondad, no encajan dentro de la sociedad sufren el estigma del Bien que llevan dentro, y aprenden duras lecciones sobre el comportamiento de los otros. Estas mujeres son conejillos de indias que sirven al espectador como cabezas en una pica, son, de cierta manera, una advertencia que el director deja para nosotros. Ya en estás dos películas se delimita el contorno de una primer tesis, que podríamos intentar definir en una sola frase: las mujeres, inocentes e infantiles, son víctimas de la naturaleza del hombre, del Mal. Esta primer teoría continua dejando sus raíces a lo largo de las dos primeras partes de la trilogía Usa, Doogville y Manderlay; en ellas una protagonista compartida, que difiere de la opinión de su padre sobre la naturaleza de las personas y que siempre tiene una actitud de fe y esperanza, se enfrenta de manera directa a situaciones en las que sus creencias son puestas a prueba. Las películas tienen entonces un carácter de fábula, sin embargo la enseñanza que se da pone a prueba, no sólo las bases en las que fundamentamos la vida en sociedad y

el orden de las cosas, sino, y de manera más profunda, la manera en que concebimos al ser humano y a aquello que lo conforma. Podemos ver en Manderlay y en Doogville algo que ha cambiado. Ahora la mujer, aunque víctima, es también, de cierto modo, culpable de su propio sufrimiento. A diferencia de las protagonistas de Breaking the Waves y Dancer in the Dark, que parecen ser injustamente castigadas, la protagonista de la trilogía Usa ha buscado, de una u otra forma, el dolor que ahora se le inflige; en ella el castigo no es gratuito, sino que surge de la relación causa y efecto que tienen sus propios actos. III El anticristo ¡Oh, vírgenes, oh, demonios, oh, monstruos, oh, mártires!, de la realidad grandes espíritus despreciadores, buscadoras de infinito, devotas y sátiras tan pronto llenas de gritos, tan pronto colmadas de llantos Mujeres condenas, Charles Baudelaire.

En Antichrist la tesis de Lars Von Trier adquiere nuevas dimensiones y profundidades, el director se atreve a dejar atrás, ahora por completo, cualquier especie de prejuicio moral y se permite hacer nuevas preguntas sobre estos personajes femeninos: ¿Son quizás ellas culpables de su propio sufrimiento? ¿Es su naturaleza la del anticristo, es decir, la de la maldad? Y de ser así, ¿qué hace que en ellas resida ese impulso o esa condición? En la película, un matrimonio sin nombre —quizá porque es una abstracción, una generalización—, tiene que enfrenar la muerte de su hijo Nick —único personaje con nombre—, que ocurre mientras ellos tienen relaciones sexuales. En un inicio todo parece ser un accidente que, aunque trágico, no va más allá de un suceso aislado en el tiempo, sin embargo, la intensa depre-


sión en que la mujer se sumerge, no tarda en revelar o develar, un aspecto profundo y terrible. Con el afán de superar un miedo irracional al bosque, que el marido —psicólogo— descubre, deciden ir a Edén, un lugar apartado en el bosque donde tienen una cabaña. El viaje parece significar el retorno a ese lugar paradisiaco —en el sentido más estricto de la palabra— en donde reina la libertad y que, según Kundera en el libro La insoportable levedad del ser, representa “el deseo del hombre por no ser hombre”, de despojarse de esa carnalidad que, por las circunstancias de la muerte de su hijo, les corroe; mas no tardan en descubrir que el Edén ha sido corrompido por sus propias acciones, y entonces, como viéndose en el reflejo del agua, se ven obligados a encontrar el pecado que les ha expulsado del paraíso. Fragmentos del pasado que se intercalan con la historia permiten vislumbrar en la mujer aquello en donde la desgracia se ha posado. Es ella quien comete las acciones más violentas de la película y quien, lo descubrimos en un flash fantasmal hacia el pasado, prefiere entregarse a su propia sexualidad, a su petit mort, antes de salvar a su hijo, que alcanza a ver entre gemidos. IV La carne y el Mal

“La lujuria es una llaga misteriosamente abierta en el flanco de la especie” A través del silencio, Javier Sicilia

Pero si es en la mujer que habita el mal, ¿qué es lo que la hace ser depositario? La respuesta es que se encuentra en contacto con su naturaleza, que se manifiesta a través de la carne. El mal es la naturaleza, “la iglesia de Satán”, y qué otra sino la del sexo, que es a la vez brutal y majestuosa. Lars Von Trier dice, en una entrevista, “la sexualidad es algo que nos hace ser menos civilizados” y quizá sea ese el pecado que la mujer paga, el haberse rendido ante esa falta de civilidad, esa sexualidad que es libre de toda moral y que se permite satisfacer su propio deseo antes que salvar al prójimo —en este caso encarnado en la figura de su hijo—. La mujer se da cuenta de esto y durante el transcurso de la película lucha contra ese impulso natural, no tanto porque le cause miedo; sino porque le fascina —algo similar a lo que ocurre con el vértigo que provoca en nosotros no el miedo a la caída, sino el deseo por encontrarnos en ese abismo cuya profundidad nos seduce y nos atrae—; es por eso que mutila, cerca del final de la película, su clítoris, puesto que busca, en ese acto violento y aparentemente irracional, limpiar o purificar la marca de esa naturaleza que la posee.

Epílogo “The Antichrist is perhaps also the God-man himself, alluded to in the figure of the husband, whose misogynistic cult has sacrificed generations of women through persecution, burning and torture, while implanting in women themselves a deeply rooted sense of guilt and self-loathing.” Antichrist: the visual theology of Lars Von Trier, Tina Beattie

¿Dónde queda el hombre dentro de esto? Podríamos pensar, a primera vista, que pasa a ser víctima de lo que sucede, sin embargo, y si miramos un poco más de cerca, podemos ver el mismo impulso brotar, aunque tardío, al final de la película. Entonces la pregunta se repite. ¿Qué esperanza queda? •


TARDES

poema escrito por Jimena Ramírez

L

a pupila del Sol se vuelve humo y desliza por los resquicios de la puerta que creímos cerrada dos sombras descosidas de sus cuerpos se escriben se enredan entre gemidos que la tarde moribunda liberó Ahí se encuentran tus manos lamiendo cada uno de mis trazos Sabias iguales a las huellas de un viajero antiguas como los amaneceres Las paredes no hacen más que crujir y sangrar su envidia ¿Te he dicho que eres la música que compuse en el vientre callado de mi madre? Pregunto por esta nueva demencia y tú contestas que no tiene nombre Jamás se le ha encontrado uno, dices viene tan sólo a hablarnos sobre la fragilidad de los minutos a tatuar estelas perecederas en cada beso a que la hagamos nuestra por un rato Viene a enseñarnos los cambios de la estación y los trozos de un suspiro

que quiso morir en mi cuello en tu sonrisa en mis rodillas adormecidas en tus hombros salados ¿Será que me escribes incluso ahora? ¿Con las yemas de tus dedos? ¿Con todas las notas de tus pestañas? Que así sea Siéntete libre de cambiar mi piel por gotas de mar para así llevarme hasta los poros de tu cuerpo Conviérteme en el húmedo segundo en que la tierra es penetrada por el Sol y arquea su espalda de tulipanes Así me gusto más Cuando soy tinta en tus poemas mientras me inventas entre la niebla seguro alegre sin preocuparte por los espectros de la ventana que ya anuncian su llegada y obligan a sentir los huesos otra vez Aunque los ojos de Orión no vean más o la tarde coloque por fin una soga alrededor de su cuello fundiendo así un último aliento con el nuestro. •


Miguel Escalona

NO

facebook.com/escabernal

Develando antropomorfos

Imaginario encontrado

Al mercado de Sonora no les conviene ir

Para ver la serie completa visitar www.habitantesdemoria.com


Ernesto Gonzรกlez Flores

NO

Para ver la serie completa visitar www.habitantesdemoria.com


Doce minutos en la mente de Liliana Lily está sentada en un banquito de la oficina, esperando a que su mamá termine de hablar con el director. Espera que la falta que cometió no resulte tan grave como para dejarla sin helado de fresa después de la comida. Todo el mundo se queja demasiado: que si no pone atención en las clases, que si asustó a los de sexto con el cuento que aprendió de la abuela, que si… Y qué si Lily estaba pensando en otra cosa, la maestra no estaba diciendo nada importante. Además, las matemáticas no sirven más que para saber cuánto cambio te tienen que devolver en la tienda, y contando los pesos de uno en uno también se puede llegar al resultado. Gorda y fea maestra… Maestra cara de… Lily interrumpe sus cavilaciones para encontrarse cara a cara con un dragón, sí, un dragón en la oficina del director; un dragón morado de dimensiones monumentales, con monstruosos orificios arriba del hocico que exhalan humo; un dragón con garras y colmillos, y una cola cubierta de espinas, y filosos cuernos que le salen desde la nuca. Lily recorre el cuerpo del dragón con la mirada, estirando mucho el cuello para verle bien los ojos azules e inyectados de sangre. Está a punto de desmayarse, cuando el dragón recibe en el costado el impacto de un mástil; se desinfla y sale volando por la ventana, agitando inútilmente sus alas multicolores. Ahora Lily mira un barco diminuto navegando en la pecera del director. Se acerca despacito y se encuentra con una fiesta en la cubierta del buque. Un hombrecillo con pata de palo dispara dos veces su pistola de balines. Junto a él, un sujeto con una playera a rayas está sirviendo vino a sus compañeros. Frente al pequeño timón, un joven bucanero con un parche en el ojo cuida el curso de su navío. Cuando Lily mete un dedo a la pecera, para ver qué pasa, toda la tripulación guarda silencio y la mira con los ojos desorbitados. Nadie sabe si es una alucinación causada por el exceso de bebida, o si realmente un dedo gigante está persiguiendo el barco. Lily, avergonzada, quita su dedo y se aleja un poco de la pecera. Mira boquiabierta a los peces de colores que chapotean como delfines junto al buque pirata. Uno de los peces, sin embargo, desarrolla rápidamente un torso humano. Un rostro femenino rompe en la superficie del agua y se acerca a mirar a la


niña, recargándose en el filo del cristal de la pecera; después de guiñarle un ojo, la sirena nada hasta el barco y retira de su base un enorme corcho, sin el cual la embarcación se hunde irremediablemente. Lily echa un vistazo a la puerta por la que hace una hora desapareció su mamá. No hay señales de que alguien vaya a asomarse. Adentro se escuchan voces acaloradas. La niña corre hasta el otro extremo de la habitación para cerrar la puerta que lleva al patio de la escuela. Un instante antes de echar el pasador, ve a un hombre con alas de libélula sobrevolando el colegio, que le sonríe y avienta una piedra, que, para satisfacción de Llily, cae justo sobre la cabeza de Rubén. El hombre se eleva hasta perderse de vista, mientras la niña desaparece detrás de la puerta. Cuando Lily se vuelve para mirar la habitación que acaba de sellar, choca con algo suave y peludo; algo caliente y enorme. Una vez más estira la cabeza y se encuentra con los ojos de un enorme oso pardo de pelaje color azul. No pierden el tiempo, y niña y oso se funden en un abrazo asfixiante. Cuando se separan, Lily siente que ha estado mucho tiempo con los ojos cerrados oliendo a su amigo. Al abrir los ojos, Lily ya no se encuentra en una inocente oficina, ahora está en una selva laberíntica, de árboles más grandes que edificios y más verdes que los ojos de su maestra. La niña se asusta. Busca al oso, pero ya no está. Sabe que pronto se hará de noche. Tiene miedo de perderse y no volver a ver a su mamá. Lily echa a correr entre la hierba y encuentra por fin una puerta, una puerta, sostenida por lianas, colocada entre dos sauces. Lily mira a su alrededor y ve a lo lejos a un enorme dinosaurio que, sosteniéndose en las patas traseras, derriba al oso que la condujo hasta allí y lo muerde. Sin dudarlo dos veces, Lily gira la manija y pasa por la única y extravagante salida de la selva. Detrás de la puerta la espera un largo pasillo. Lily camina por horas sin ver más que la alfombra roja que no parece tener fin. Cuando cree que nunca llegará a ningún lado, Lily encuentra una caja muy pequeña, la abre y de ella sale una momia de vendajes rosas que la jala hacia el interior. Aterrada, Lily cae y se estrella contra el piso, ve ante sí a la momia bailando con una mujer de pelo gris al rededor un caldero enorme. Lily se tapa los ojos. Los cierra tan fuerte que no hay más que oscuridad. Cuando los abre, ve unas estrellitas plateadas haciéndole guiños. Lily corre hacia ellas. Corre tan deprisa que no se da cuenta que está corriendo en el borde de la Luna, y está a punto de caer cuando un ser dorado, con antenas, la toma de la mano y la lleva volando hasta otro planeta.


En el nuevo planeta, Lily olfatea chocolates. Con sus manos, se pone a escarbar en la tierra árida hasta que llega a la capa central del planeta, hecha de miel, chicle y chocolate. Come del planeta. Come y come más, hasta quedarse dormida. Lily ya no recuerda nada de la oficina del director, de su maestra ni de su escuela; pero sí recuerda a su mamá, recuerda su perfume de rosas y trigo; recuerda su vestido azul. Lily recuerda y se despierta y se pone inmediatamente de pie. Lily escala por el túnel que antes había hecho para llegar al centro del planeta. Se abre paso hacia la superficie interestelar trepando por las zonas rocosas. Cuando llega hasta arriba, escucha un alarido y un sollozo. Se asusta. Se sienta en la tierra fría. Se encoje. Desesperada, se tapa los oídos. Entonces, su madre desearía dejar de pensar en Lily, pero no puede porque Lily no existe más que en su cabeza y se rehúsa a morir sin dar pelea. Para Lily, todavía queda mucho que imaginar, el final de la conversación entre su madre y el director de una escuela, por ejemplo. •

Andrea Gonzales

NARCOFRÍO El narcopolicía llega a su narcocasa lo recibe impaciente su narcoesposa mientras sus narcoshijos corren hacia él para pedirle narcobilletes y gastarlos rápido en la narcotiendita de la esquina él les ordena no salir del narcopatio pues esa noche habrá narcosecuestros narcotorturas

Jhonnatan Curiel

narcoasesinatos narcobalaceras ellos entienden el narcomensaje y la narcofamilia intranquila tratará de dormir bajo las narcomantas de su cama que a pesar de ser pesadas narcoprotectoras no logran ni lograrán tranquilizarles el narcofrío. •


Cadáver exquisito Y en el día de muertos, los cadáveres y las sombras, intactas y púrpuras danzan como un remedio infalible para sentir aquellas mariposas de antes, ahora que sólo tienen gusanos. Me miré al espejo y ahí estaba mi cráneo, sombra en el jardín industrial de esta vida material. Sé que te tengo y sé que me tienes, pero... sólo es una visión macabra que nada tiene que ver con las sombras que acechan detrás de los muros del más allá. Danzando con animales, quiero eliminar mi naturaleza y desahogarme destruyendo todo lo que se mueva. Me han crecido nuevos brazos, para romper, mezclar y crear un anti-verso donde... La oscuridad que rodea mi cuerpo, rompe con el horror de mi corazón que está siendo iluminado bajo el crujido de mis huesos dejando que... Danzan, danzan, danzan, sin cuerpo, sin música, con los huesos rotos, danzan. Hay una fiesta detrás de la vida, detrás del espejo. Hay una luz en el umbral. La siniestra negrura del habitante solitario que camina por bosques y laderas, como un adversario del tiempo se detiene y observa el camino que conduce a aquello que nunca llegará. Hay una sombra con ojos de anhelo queriendo escapar a la realidad, para bañarse de verde, para aprender a bailar con la muerte, que le pudre las ganas de amar. Amar es cuestión de luz y oscuridad; amar es cerrar los ojos para ver que claramente estamos montados en un espiral hacia la nada, estamos hechos de vacío y necesitamos asirnos; amar es cerrar los ojos. Ídolos ajenos que pelean dentro de mí, pisando ángeles clavados en las tumbas la tierra de mi madre desgastada con la hermosura de la luna, la muerte, el diablo y Dios dentro de mi disputan una hoja en blanco con el sabor de los sentimientos ¿Dónde están ahora los días que me salvaran? .Me salvarán, pero los gatos me dan miedo; y uno que otro fantasma despierta en las inmediaciones del jardín, asustado de soñar y soñar humanos cada que logra cerrar los ojos... arrodillado frente a mi féretro, invoco a mis demonios para que canten al alba los últimos tragos de desesperación. Reanimando mi aura para coexistir en un mundo paralelo, donde escritores y letras comiencen una guerra interminable de desprecio por los mudos. Muda oscuridad anidada en mis dedos, la urdimbre de mi odio a todo lo que se mueve en mi cabeza. Quisiera no ver, no sentir, no escribir, no leer, no comer, tanta vitalidad estancada me está matando. Me está matando, me va alcanzando, me va atrapando... el eco anida en mi cabeza, camino hacia la


oscuridad, las luces de la razón, tenues como una vela, amargan la vitalidad de un cuerpo que de tanto pensar, de a poco se desintegra. Y polvo seré, polvo por siempre, y aun siendo polvo, no-materia, convertida en nada, volveré para encontrarte en el bosque de las sombras y hacer que ocurra la metamorfosis de mi ser pasivo a una bestia vampiresca endiablada, para poder desgarrarte el alter-ego que se hunde en lo más depresivo de las olas de tu oscurantismo llenas de entes maléficos. Rito que se va del viento a bien de todos los santos, el día en que levantan los altares huesos y sobre el sol se quiebra mi laringe. En ese grito bien mudo de mi espíritu encarnado en el demonio negro que recorre los bosques buscando una familia que poco tiene que decir. Tu piel como lámpara maravillosa, dará al sueño insomnio necesario, tus pies como prismas hervirán palabras hasta agotar la luz y el recuerdo, adentro evocación en combate, delirante universo en llovizna. Ácida y con grumos, posándose y concentrándose en la piel de los necios, formando surcos y cicatrices desangrando formol, mariposas roji-azules, brocas roturando maquinaria pesada, de la mente y memoria de la que yace en los espejos del dolor, ya no hay más sufrimiento, sólo hay un reflejo, que me asusta y taladra, y que me deja el cráneo como acerillo, ennegreciendo el camino hasta hacerme inútil como mil brazos tratando de agarrar un microbio, para encontrar únicamente a mi otro yo. Mi otro yo, que se pelea con los otros que también son yo para saber quién es el verdadero. Buscando la respuesta en el espejo, nos encontramos con la mirada macabra y escrutadora de una bestia, una bestia y sus ojos que no ceden ante la oscuridad. Oscuridad siempre presente, que la brillantez de la lujuria pretende opacar. Ambas, lujuria y oscuridad pueden ser amigas inseparables en medio de un aquelarre lleno de frías miradas de doncellas en harapos que nos intentan agobiar con abrazos sabor azufre. Infancia regodeada ante la inminencia del placer prohibido, prohibido mi reflejo se convierte en vela adolorida danzando en la niebla de la mirada que me mece y tiembla de vivir.• Diana Higuera / Verónica Avilez / Dante Vázquez / Tessa Mas/ Diego Gutiérrez / Julia Caulfield / Elizabeth Rosas / Adrian

Esparza / Elizabeth Corrales / Benno Von Archimboldi / Selket

Yhay / Lucero García Flores / Sabbath Avialcar / Montserrat

Ocampo Miranda / Efraím Blanco / Roo AS/ Yeni Rueda / Aori Lecter / Daniel Salinas Córdova / Ofelia Antuña Rivera / Angie Arenas / Gens Il Caittif / Amaury Colmenares / Natalia Poema / Gerardo Nuñez / Victor M. Equi Sille / Andie Blood / Mike Nuñez May / Mir Ponce


Mevlana (nuestro maestro) 5 Rumi al-Yerrahi I Una tibia penumbra se ha apoderado de mi casa escondiéndose detrás de las paredes. Mis manos no la sienten… se ha vuelto mi existencia. II De cuantos segundos he vivido, ninguno ha valido tanto la pena como el que me ha dicho: también este instante pasará. III Debajo de mi túnica no hay otra cosa más que Dios. Debajo de mi túnica no hay nada. IV Cuando por las noches desdoblas una melodía para leerla, ahí estoy yo. Podría decirse que soy el ritmo y tú apenas el intérprete que busco. V ¿No lo percibes? En mí convergen todas las sílabas, todas las partículas, todos las estrellas, todos los sentidos y el no ser. VI ¿Escuchas cómo las esferas nos arrullan? Yo soy tú, es lo que dicen, yo soy tú. VII Tantas veces he cargado con el peso del desierto, con la ingravidez del polvo y la dureza del bendir. Tantas veces he sentido el fuego como fresca lluvia.•


Forestal •

John Uberuaga González (a mi viejo)

Las polillas se pelean furiosamente los hoyos de tus camisas por los bolsillos rotos de tus pantalones caen, como pasajes de micro extraviados tus viejos consejos sin filo que no te cases nunca, que las minas son panales de abejas asesinas que lárgate cuanto antes de este cerro de mierda. Tus viejos consejos sin filo caen como culebras azules del terno con el que fuiste a tu entierro, caen como ciempiés aprendiendo a volar como poemas escritos por alguien que piensa que tiene frío y que no logra recordar el funeral de su viejo. Yo lavo tus trapos sucios en la cocina y el fantasma del perro a quien más he amado me ladra y me menea la cola perdido aún en un río. Me preguntas cómo está el cerro, está tal cual lo abandonaste: la maleza llena de espinas llena el jardín y tiene ese aroma venenoso a libertad

y a las 3 de la mañana, mucho más que las flores que murieron cuando terminó el verano. Desde mi cerro, que parece un cometa averiado, un pedazo de tierra desprendido del planeta lleno de casas tontas y hechas a la rápida, como las letras en la carta de un suicida. Veo la esmeralda reposar en su lecho de sangre hirviente, allá en ese horizonte vagabundo de los forasteros, las plazas sin otoños llenas de hijos sin padres, los ridículos edificios de la ciudad a la que bajábamos como ladrones de ganado que jamás se llenarán de campanarios y que además me tapan la vista al mar. Desde acá no veo tu tumba y de ella no conservo ni una sola fotografía, aunque me decías que tu tumba sería el mar yo te guardo en los bolsillos de las chaquetas que usabas cuando aún no nos conocíamos ni sabíamos que tendríamos que despedirnos. •


ESCRITO POR DAVO VALDÉS DE LA CAMPA

Estaba en Guadalajara y me sentía cerca del fin de la misión que se me había encomendado. Cuando uno lleva tanto tiempo trabajando como detective y uno es un verdadero cabrón puede presentir si todas las pistas lo han conducido a alguna puerta o si al contrario, toda la búsqueda ha culminado frente a un callejón sin salida. Yo estaba cerca de encontrar lo que con tanto anhelo buscaba. Zabaleta me había estado presionando, quería tener el libro a toda costa, pero no contaba con que su obsesión me había contagiado a mí también. La terminal de autobuses estaba tranquila, no había mucha actividad salvo la de pocas personas que elegían viajar de madrugada. Y yo buscaba en cada rincón una pista. Una última pista que me condujera al libro.

Todo comenzó cuando Zabaleta me marcó por teléfono para pedirme que buscara un libro. Ya lo había hecho en otras ocasiones, pero esta vez, su voz grave y misteriosa me reveló que no estaba buscando cualquier texto, sino El Texto, El Libro. En un inicio pensé que no sería tan complicado, quizá en internet o en las redes subterráneas de libreros de viejo podría hallar algo, pero no fue así. Recorrí bibliotecas, primero las grandes, después las más escondidas en los pequeños pueblos mexicanos; revisé con lupa en distintos libros prohibidos intentando hallar alguna referencia; escudriñé en textos apócrifos, en ex libris, en catálogos de colecciones privadas. Nada. No había ni una sola pista. Todo indicaba que me encontraba ante un falso rumor o peor aún ante una leyenda inventada por el propio Zabaleta para hacerme perder el tiempo. Tuve que recurrir en última instancia a Borgia. Un coleccionista prepotente y envidioso. Era bien conocido en el medio por tener sus libros con una firma muy específica y fuera de lo común. La sangre del

autor. Si Carlos Fuentes o Margo Glantz o cualquier otro autor literario presentaba un libro, Borgia iba a la presentación. Se formaba como todos para pedir un autógrafo y cuando llegaba frente al escritor lo golpeaba con el libro en el rostro de tal forma que una mancha de sangre quedara impregnada en la primera página del libro. De ese modo había hecho fama y tenía acceso a libros poco comunes pues se creía había podido vender libros con sangre a cantidades exorbitantes. Él y yo nos odiábamos, pero en algunas ocasiones como buenos enemigos tuvimos que colaborar y trabajar juntos. Le pedí ayuda para buscar El Libro. Se ofreció a socorrerme con la condición de que lo dejara hojearlo antes de entregarlo a mi jefe y que además le diera una parte de la jugosa cantidad que me había prometido en pago Zabaleta. Una pista suya fue la que me llevó a Guadalajara, la halló irónicamente en la Sección Amarilla. Cuando llegué a la terminal de autobuses él llevaba un par de horas muerto en mi cajuela, y el aromatizante


que había comprado para aminorar el hedor no ayudaba mucho. De pronto, en una pared vi un anuncio. Era la fotografía de una playa al atardecer, sólo se veían las siluetas por la posición frontal de la luz con el lente de la cámara. Se observaba una palmera y una pareja caminando cerca de las olas del mar. En una de las esquinas del anuncio estaba escrito un verso de ______________“ _______________”. A su lado un ex libris. Abajo un teléfono. Tuve una corazonada. Marqué el número. Tardaron en contestar pero cuando lo hicieron supe que estaba cerca. Se trataba de una empresa de dealers de libros. Fingí estar desesperado y que necesitaba un texto sobre transgresión que había escrito Bataille y que nunca se había publicado. Me dieron una dirección. Era una casa antigua que se encontraba a las afueras de la ciudad. Llevaba días sin comunicarme con Zabaleta y estaba seguro de que había enviado a alguien para buscarme. Yo iba armado y preparado para cualquier escenario. Llegué a la casa. Una señora de años in-

calculables abrió la puerta. Se dio cuenta de que estaba buscando El Libro con tan solo con mirarme a los ojos. Intentó cerrar pero yo ya le había propinado un madrazo. Saqué un cigarro y le pregunté por El Libro. No respondió, entonces la golpeé de nuevo y quedó inconsciente. Subí unas escaleras. En la parte de arriba se encontraba una biblioteca inmensa, sentí curiosidad de saber qué libros escondían ahí. Escuché un automóvil. Me asomé por la ventana y vi a Zabaleta, tenía los minutos contados si no salía de ahí. Pensé que el libro estaría en un lugar obvio siguiendo la lógica de Allan Poe, así que busqué en las fichas bibliográficas. Lo hallé y en ese momento todo parecía simple aunque no lo fuera. Alguien forzaba la puerta. Corrí al estante indicado, y, ahí estaba con una tapa dura y roja. Lo abrí: la primera página estaba vacía así que cambié, la siguiente en blanco, lo abrí a la mitad, todo vacío. Lo entendí. El Gran Libro aún tenía que ser escrito. Tomé la pistola, puse el libro detrás de mí cabeza y disparé. •

5 11:45 Llegó la hora.

11:45

Por Leonardo de Ononvide

Creí verte cruzar hacia mi puerta pero era la sombra cáustica de mis manos jugaba a ser dos pies sobre paredes

pero no es así, el reloj se calla… pero me sabe los mejores secretos, pero me empeño en ponerle peros y peros a esta rutina de saberte bordeando mi cerca. •


TRANSFIGURACIONES qu e de e st a manera es cri b i ó Yeni Rued a

N

o había explicación alguna. Dudo que existiera. Dudo que fuera necesaria. Son nuestras pasiones las que nos mueven, eso aprendí el día que jalé el gatillo. ¿De qué otra forma te arrancas los dientes de la desidia?¿cómo conquistas las llanuras del terror nocturno?¿en dónde buscas el elixir que cura el desprecio? Ese era tu rostro, el vacío, el radiante, el devorado por aves violáceas. Ese era mi rostro, el tocado por la muerte, cubierto de aliento nocturno. Y nos encontramos al borde de la calle, como dos almas abandonadas por el pasado. En nuestras manos: lápices y papeles, instrumentos de nuestros recuerdos. Éramos bandidos de madrugada, besos furtivos debajo de un farol imaginario. Dormiste en mi abdomen veinte días y te acaricié como al vientre abultado de la maternidad. Porque eras como mi hijo incestuoso, el pequeño tragaluz de mis obsesiones. Éramos tú y yo y la banqueta. Era yo la mariposa que dormitaba en tu abdomen. Un día desperté y el bulto de tu cabello negro había desaparecido. Simplemente ya no estabas. Te creí muerto, más que muerto, perdido y no hay peor dolor que el de esperar la visita de un cadáver vivo. Un hombre cristalino me recogió de la banqueta y habité en su metáfora de buena vida. Creí que estaba completa con el universo, reímos, nos besamos

e hicimos el amor. Me sentí satisfecha, con la barriga llena de serpentinas de colores. Te enterré en lo más profundo de mis intestinos, porque yo, querido cervatillo, siento con el aparato digestivo y no con el corazón. Un día alguien toco a mi puerta. Eras tú, bañado en tinta negra, con miles de palabras escritas en los brazos. Eras artesano del viento. Y escribías, pero ya no en mi cuerpo. No eras el mismo, porque tu cabello negro se había desvanecido, ahora era de una tonalidad imposible de nombrar. Y tus ojos. Algo de amargura había en tus ojos, mucho había llovido en ellos. Ya no eras el mismo. Y ni yo era Penélope, ni tú Ulises. Me llamaste hermana pero sin el incesto. Me llamaste amiga, pero sin el deseo. Y te odié. Te odié por venir a romper la telaraña en la que vivía atrapada. Te odié, por dejarme. Te odié por seguir vivo. Se-


llaste mis labios con una cándida sonrisa y con las piernas de una hermosa gacela que te hacía compañía. No soy yo escribiendo. Soy yo, gritando en tu cara toda la incitante insolencia que provocas. Tú y nadie más que tú, deseo adúltero. De pequeña, quise aprender a tocar el piano, quise aprender a correr como los caballos, a volar como las moscas, a devorar como las lobas, a matar como los delincuentes, a triturar como los cascanueces, a roer como las bestias, a soñar como las medusas -¿soñarán las medusas?- a brincar como las gacelas, a danzar en tus labios como las mariposas. La noche caminaba solitaria y yo tenia una invitación a tu inframundo personal, Aqueronte vestido de taxista me guió a la oscura boca de tu laberinto y después de pagar el peaje y después de subir las escaleras y después de abrir la puerta y después de atravesar la sala y después de tocar a tu puerta y después de no escuchar respuesta —naturalmente no me esperabas— y después de entrar a tu cuarto y después de verla a ella y después de ver su espalda descubierta y después de verte desnudo debajo de ella y después de sentir odio hirviendo en mis venas, fue que jalé el gatillo: uno por ella, por su dulzura asquerosa. Uno por ti, por tu indiferencia premeditada. Uno por ella, por su inteligencia presuntuosa. Uno por ti, por la tinta que gastaste en ella. Uno por todas aquellas arpías, que como yo, asesinan al cervatillo que se escapa de la pradera. La noche siguió su camino igual que la sangre en tu habitación. Huí a mi no hogar, cruzando el Leteo de la ciudad, bebiendo el agua de

sus alcantarillas tratando de olvidar que maté al mayor objeto de lujuria que he tenido en esta mi vida violácea. Al llegar a casa después de años de haberme exiliado, la imagen fue conmovedora: ellos, en la cama matrimonial mancillada, manchada de sangre, sudor y lágrimas. Mi madre y sus arrugas perversas, mi padre y sus heridas de guerra. Y tuve asco. Me sentí gusano, gusano de familia de mediana clase/disfuncional/ mexicana. Me sentí caracol, caracol que saca los cuernos al sol. Y caminé como gusano caracol a mi habitación. E intenté dormir, pero no podía dormir ¿cómo dormir cuando tienes tanta baba azulada impregnada en el cuerpo? ¿cómo dormir cuando ahogaste en el río del desprecio al hombre sano que besaba tus mejillas? ¿cómo dormir si mataste al malsano Apolo que jugaba con tus hebras lascivas? ¿cómo dormir si vives en una farsa en donde hasta tus gatos te ignoran? gato, eso quiero, ser gato, gato callejero. E ignorar todo. Y me levante, con el peso de quinientos años de sufrimiento compactados en veintiuno, y saque de mi bolso violáceo mi objeto liberador. Y fui al cuarto patriarcal y sin miedo, con muchas ansias, jalé el gatillo. Y con esa sangre filial tocando mis pies, lo sentí. Sentí. Sentí. Sentí. Palpitaciones, pelos creciendo, Gato negro, por que toda la oscuridad que se había contenido en mi cuerpo se liberó con cada disparo. Huesos compactándose. Gato rojo, que se reviste con las pieles de una mujer frenesí. Soy un gato. Porque no tengo sentimientos. Porque asesine a todo lo que quiero. Es esto, el estado más puro del humano, la transfiguración, cuando se deja de ser Jesús para convertirse en divino. •


Teonanácatl

que así fue titulado por Kurtteim Guafftum

Tanto arder, tanto valor tanto ataque y retirada ante ese umbral en que nada alivia más el dolor que su incremento Sarduy

Hipnotoad vino desde el cielo para fecundar en la Tierra millones de réplicas imágenes paganas, distribuidas para nuestro consumo porque Hipnotoad nos liberó del cristianismo nos entregó Internet y Facebook para adorarlo.

Hoy, cuando fui violado por Hipnotoad y he bebido de sus fluidos alienígenas he descubierto que es un sapo mutante y su carne es amarga.

El hedonismo es parte de su filo el narcisismo no es más que una manera de poseerlo porque él habita en ti él es quién encerró a la humanidad en sí misma y la alejó del conocimiento cósmico.

Comer carne es el principio de Hipnotoad en niveles avanzados de antropofagia te abducirá para hacerte un lavado estomacal.

Podrías ser el diablo, podrías ser un ángel siento cómo mi cuerpo arde y mis ojos se alejan de su órbita.

Algo en tus entrañas quedará trancado y es eso mismo lo que te comenzará a


H I P N O T O A D

consumir por dentro. La humanidad no está preparada para comer carne divina, la humanidad no está preparada para la antropofagia pero no han escuchado, el cristianismo les lavó el cerebro. Y a diario construyen su sarcófago inminente. La carne divina vino a poseerme, sus enviados aparecen por las noches como fantasmas o imágenes productos de alucinaciones en el espejo veo el reflejo de la infección que se expande por cada célula por las noches el Conde de Lautreamont me visita su carne me sabe a lo prohibido. Como éxtasis de poseerlo muerto me llama a caer al precipicio. Y sueño. Sueño con tocarte morderte e ingerirte porque tu sabor, tu carne es la misma de mi origen perdido. La carne divina se difumina entre la tierra y en tiempos donde la gente está cagada no quedan más restos que carne de res. Me apareció en una noche de sueños peligrosos cucumelos creciendo al borde del inodoro y es que Hipnotoad, la carne de Hipnotoad se ha distribuído por el mundo para enfermarnos y llevarnos a la dependencia transgénica. Él es el miedo dentro del pueblo y es quién se los regala para luego venderles protección el mundo es un negocio cruel ese es el verdadero pánico de la semilla al germinar. •


Revista moria #1