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Revista Boreales

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Literatura de Puerto Rico y LatinoamĂŠrica


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Revista Boreales

Revista de Creación Literaria LITERATURA DE PUERTO RICO Y LATINOAMÉRICA

MES OCTUBRE, AÑO 2011

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NÚMERO 2


©2011 Revista Boreales de Creación Literaria Prohibida la reproducción, en cualquier forma y por cualquier medio, de esta edición.

Todos los derechos reservados bajo las International and Pan American Copyright Conventions. Ninguna parte de esta revista puede reproducirse de ninguna manera, sin el permiso escrito de los autores o de sus herederos.

Número 2 Año 2 Junta Editorial: Zulma Oliveras Vega Yolanda Arroyo Pizarro Foto de portada: Zulma Oliveras Vega Boreales Carolina, Puerto Rico Contactarnos en

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revistaboreales@gmail.com yolanda.arroyo@gmail.com http://narrativadeyolanda.blogspot.com/


Este segundo número de Revista Boreales es dedicado a los Sobrevivientes, un grupo de escritores talleristas que se unió en el mes de mayo de 2011 a gestar historias y redactar textos que abordaron las diferentes maneras de supervivencia a las que se ha expuesto el ser humano. Los poemas y/o narraciones nacidos a partir del mismo fueron leídos, de forma valerosa, en un acto público en junio en el local Poets Passage de Viejo San Juan, donado por la poeta puertorriqueña Lady Lee Andrews. Las aportaciones recibidas durante el taller fueron donadas al Proyecto Matria, organización sin fines de lucro creada para trabajar con mujeres sobrevivientes de violencia por razón de género. La Misión de esta entidad es apoyar el desarrollo y autosuficiencia de las mujeres de Puerto Rico, para que éstas superen situaciones de agresión y discrimen, y puedan ejercer su derecho a una vida plena de logros individuales, y libre de violencia. A todos ellos y ellas va esta edición.

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Y a la memoria de nuestro Don Ricardo Alegría (San Juan; 14 de abril de 1921 — San Juan; 7 de julio de 2011).


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Contenido Aurorae boreal Narrativa ............................................................ 11 Nydia E. Chéverez Rodríguez................................................... 12 Max Chárriez .......................................................................... 16 Luisa Antongiorgi .................................................................... 18 Iris A. Maldonado ................................................................... 20 Carmen Rodríguez Marín ........................................................ 23 Victorino Bernal ...................................................................... 25 Alejandro Álvarez Nieves ........................................................ 29 José Raúl Ubieta ..................................................................... 35 Jesús M. Santiago Rosado ....................................................... 38 Cindy Jiménez Vera................................................................. 40 Zulma Oliveras Vega ............................................................... 42 Joel Feliciano .......................................................................... 44 Melissa Ponce de León ........................................................... 49 Esmeira Soriano...................................................................... 50 Aurorae austral Poesía ................................................................ 55 Marioantonio Rosa ................................................................. 56 María Soledad Calero ............................................................. 58

Carmen Rodríguez Marín ........................................................ 61

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María Antúnez Díaz ................................................................ 62

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Johan Figueroa González ........................................................ 60

Iris A. Maldonado ................................................................... 63


Javier Febo Santiago ............................................................... 64 Walberto Vázquez Pagán ........................................................ 65 Cindy Jiménez Vera................................................................. 66 Yolanda Arroyo Pizarro ........................................................... 67 José Jiménez-Fuentes ............................................................. 69 Angélica Andújar de Jesús ....................................................... 70 Aurorae polaris Ensayo.............................................................. 71 Rubis M. Camacho Velázquez ................................................. 72 Yolanda Arroyo Pizarro ........................................................... 76 Viento solar Fragmento de novela.............................................. 78 José A. Rabelo ........................................................................ 79 Magnetósfera Por el globo terráqueo .......................................... 87 Santiago Roncagliolo .............................................................. 88 Andrea Jeftanovic ................................................................... 92 Cristina Rivera Garza............................................................... 99 Ana Istarú ............................................................................. 102 Protones y electrones Entrevistas ............................................. 104 Entrevista a Ángel Antonio Ruiz Laboy .................................. 105 Entrevista a Jorge Franco ...................................................... 109 Bóveda celeste Libros .............................................................. 120 Acá abajo vive gente ............................................................. 121

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Extrasístoles ......................................................................... 127

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Hoy lanzo el látigo ................................................................ 124

Avisos de locura.................................................................... 130 Convocatoria próximo número ................................................. 132


Editorial

¿

C

ómo escribir después de esto?

Una gran amiga bibliotecaria, Zaida Quijano, siempre me hacía la anécdota de que su padre guardaba un invaluable tesoro en la sala de su hogar, adquirido en un pintoresco bazar quincayero en Santurce. A todo aquel que entraba a sus aposentos le decía orgulloso, mientras señalaba unos zapatos usados: ¡Miren, estos son los zapatos del gran insigne Ricardo Alegría, hombre que definió la cultura de nuestro país! Siempre sonrío al pensar en la curiosa escena. Esta mañana mi amiga bibliotecaria y yo hemos recordado con cariño aquella memoria contada con muchísimo respeto sobre el gran Don Ricardo. Me he quedado tristísima con su partida, meditando en que quizás nadie pueda llenar esos zapatos. ¿Cómo se escribe después de esto?, me pregunto. Es tanto el dolor. La rabia. El coraje. Pero hay que seguir. Y eso hacemos un poco. Seguir. Por aquí vamos, Don Ricardo, este grupo de aspirantes, a hacerle odas mientras documentamos como escribientes. Gracias por su invaluable contribución.

Yolanda Arroyo Pizarro

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7 de julio de 2011


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Aurorae boreal Narrativa

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“Yo que soy una persona tan vieja, padecí desde esos años terribles de los años 1920, en que nos imponían todo en inglés, hasta en las escuelas. Yo por eso no pude progresar mucho en matemáticas, no pasé de la tabla del ocho (8). Y fue verdaderamente triste. Yo tenía el apoyo de mi padre, que fue uno de los fundadores del Partido Nacionalista. En mi casa yo veía desde niño las visitas de Pedro Albizu Campos y de otros patriotas que hablaban con mi padre y eso me mantuvo activo en el amor por Puerto Rico.” Don Ricardo Alegría (1921-2011)


Nydia E. Chéverez Rodríguez

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Idem Sobrevivo a tu abandono. Sobrevivo al desamor, a duras penas, pero sobrevivo. Echo mano a todas las estrategias que se cruzan en mi camino, además de las que invento o modifico en mis ansias de vencer el dolor que me produce tu partida. Dicen que en la guerra y el amor todo se vale. Creo que esa máxima también aplica cuando de sobrevivir se trata. Eso incluye hacer cosas que en otros momentos consideraría absurdas y risibles, sobre todo en una persona que cada vez se acerca más al agnosticismo. Pero ahora se vale todo; como hacer rituales en los que quemo tus recuerdos, escribir poemas de despecho o de tristeza y de reclamos por tu ida. Prendo velas y me tienta la idea de hacer una cita con la señora que lee las cartas, pero la situación económica no está como para botar $50.00 dólares para que te digan lo que tú ya sabes o lo que quieres oír. También considero llamar al psiquiatra, pero cedo ante la idea de que me saturen de químicos que me anestesian las emociones y me matan la libido. Esto último no debería importarme, pues ya no estás, pero prefiero tener la capacidad de excitarme, por si se me antoja masturbarme. Opto por algo más económico: alquilar películas tristes para provocarme una catarsis de llanto y masoquearme hasta que el cansancio y el hastío de llorar me lleven a los brazos de Morfeo. O mirar tus fotos y repasar una y otra vez los momentos felices y volver a llorar a mares tu ausencia. Ahogo un grito para que los vecinos no piensen que me he vuelto loca, mientras aprieto los puños y me pregunto por enésima vez: ¿por qué? Trato de entender inútilmente cómo es que, quien supuestamente te amaba, te deja de querer de ahora para ahora. ¿Cómo, si apenas semanas antes hacíamos el amor? A veces, cansada de sentir este dolor absurdo, me impongo el sacarte de mi mente y de mi cuerpo a como dé lugar. Entonces, rebusco entre los libros y rescato, algo escéptica, algunos de autoayuda, aquellos que antes descarté por considerarlos estúpidos y porque pienso que sólo son una estrategia mercantil y de auto ayuda, sí, pero económica para quien los escribe. Mas hago una excepción con Walter Riso. Releo las estrategias para subir mi autoestima e intento poner en práctica la terapia cognoscitiva. Así que, una vez más, hago una lista de tus defectos y tus actos hostiles, intento demonizarte y convencerme de que debo agradecer que te hayas ido. Salgo a caminar o pongo un cedé de salsa y bailo sola hasta sudar copiosamente en un empeño de aumentar las endorfinas. Pero a veces, aún así se impone la angustia, entonces corro a la nevera y


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busco ansiosa, galletitas, bizcochos, dulces o chocolates. Me atiborro de ellos y luego me siento culpable por las libras que debo haber engordado, amén de los triglicéridos, el colesterol, la glucosa y todas esas cosas que a mi edad, debo vigilar con más empeño. Intento mimarme. Entonces, me pongo el delantal y con parsimonia cocino espaguetis integrales y me esmero en personalizar alguna salsa que me parezca gourmet para verterla sobre ellos. Me doy un atracón. Supongo que me aumentan los niveles de serotonina, pues siento que disminuye un poco mi tristeza. Mas, nuevamente, me preocupan las calorías consumidas en exceso. Me impongo caminar un poco más en la tarde. Mientras camino, me enchufo a los audífonos del celular y comienzo a llamar, hasta que tengo la suerte de que me contesta alguna de mis amigas verdaderas, que tolerante en extremo, me escucha pacientemente por hasta una hora, aún cuando ya conoce de memoria mis quejas. Luego me doy un baño con alguno de los jabones italianos que me regalé de Marshalls. Me embadurno el cuerpo entero de crema humectante y masajeo con especial énfasis en los ojos y el cuello. Me miro al espejo desnuda. Y pienso en cómo me verías si aún estuvieras, si este cuerpo desgastado sería capaz todavía de provocarte el deseo. Lloro nuevamente y como todo está permitido, vuelvo a creer en Dios. Le pido: aparta de mí este cáliz. Haz que el tiempo pase rápido, que se vaya volando este año. Eso es porque dicen los psicólogos, que en la mayoría de las personas el duelo dura de 12 a 18 meses. Y quiero creer que voy a comportarme dentro de esa norma. Imploro: ¡Dios mío, que no sea yo una de esas que se pasan el resto de su existencia sin poder rehacer su vida! No quiero padecer del síndrome de Pénelope (me refiero a la canción de Joan Manuel Serrat). Entonces, invento una excusa para convidar a mis amigas a matar las horas mientras nos bajamos varias botellas de vino tinto. Además las obligo a escuchar mis poemas y embelecos literarios. Otras veces, prendo el televisor y trato de enajenarme con algún programa insulso, de esos que normalmente no vería porque los considero mata neuronas (algo así como Don Francisco), algo que me embote para no pensar en ti. A veces lo logro, pero otras, mi tolerancia es demasiado baja y prefiero apagar el televisor. Procuro leer y cuando percibo que ya es tarde y voy otra vez camino al insomnio, me doy permiso para zumbarme una Ambien y obligarme a dormir, porque ni siquiera puedo permitirme el lujo de quedarme como zombi en la cama y sumergirme en la depresión. ¡No!, debo funcionar. Y en efecto, funciono, más o menos. Más lenta y menos efectiva, pero me empujo. Me esfuerzo y me maquillo para esconder las ojeras. Salgo tarde de la casa porque siento que nada me queda bien. Me visto y me desvisto varias veces, hasta que al fin, vacío el


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clóset y llena la cama de ganchos y de ropa que luego debo guardar, decido ponerme lo primero que me medí, porque ya estoy demasiado retrasada. Salgo a trabajar, arrastrando los pies. Enciendo el radio del auto. Aprovecho el trayecto hasta el trabajo para hacer la catarsis de llanto otra vez. ¡Y se jodió el maquillaje! Se corre el rímel, me miro en el espejo y tengo los ojos rojos e hinchados. Me pongo las gafas negras de sol, las grandotas bien oscuras que me encantan porque ocultan mi mirada triste. Llego al trabajo y comienzo mi actuación desde que llego al parking. Saludo efusiva a todo el que me encuentro hasta llegar a la oficina. Me encierro. Busco el espejito y el maquillaje que tengo en la gaveta del escritorio. Me retoco un poco. Trabajo todo el día. Funciono. Puede ser que hasta salga a almorzar con alguna amiga con la que me vuelvo a desahogar. Y otra vez, me sumerjo en mis labores y en la computadora y así sobrevivo el día. En la tarde, de camino a la casa, me detengo en la farmacia o el colmado a comprar leche o alguna cosa que falte para la cena. Pongo un cedé de Lucesita y repito la catarsis de llanto hasta llegar al hogar. Disimulo al entrar si veo algún vecino. Igual frente a mis hijos. No quiero que noten mi tristeza. Enciendo el televisor y mientras cocino, me sumerjo en las noticias y desastres del país. Salgo a caminar nuevamente. Al regreso, después del fregado, de limpiar la cocina, preparar las loncheras del almuerzo de mañana, de lavarme los dientes y bañarme otra vez con el jabón de olor y hacerme el embarre de crema; cuando bajan los niveles de endorfina que produjo el ejercicio, en la soledad de mi cuarto, me visita nuevamente el ataque de llanto, especialmente cuando percibo la cama tan grande, ¡es demasiado espacio para mí solita! Mentalmente, repaso a Walter Riso. Otra vez me engancho a la terapia cognoscitiva. Trato de cambiar los sentimientos que me asaltan por las razones por las que no debo perder el tiempo pensando en ti. Me repito una y otra vez como si fuera un mantra que no vale la pena recordarte, que no mereces mis lágrimas ni mi angustia. Pero vuelvo a llorar. Agarro un libro de cuentos o una novela de las muchas que tengo pendientes de leer, cercanas a mi cama. Si es un libro bien escrito, me engancha su lectura, me relajo un poco y duermo varias horas. Si no, me distraigo encontrando y marcando los errores u horrores, del autor o el editor. Entonces, miro el reloj, una y otra vez y al comprobar que nuevamente el insomnio se impondrá, para no hacer de la Ambien una costumbre, tomo tres grandes buches del agua de azahar que descansa al lado de la cama. Duermo un rato, hasta que una pesadilla me vuelve a despertar, casi siempre tiene que ver contigo. Repito el ritual. Me duermo otro rato. Esta vez el sueño es más profundo por el cansancio acumulado. Entonces me despierta la alarma. Debo levantarme para ir a trabajar. Debo funcionar. Voy a la cocina, pongo


a hervir el agua para colar el café. Antes de regresar al baño a asearme, miro el almanaque en la pared. Tacho el día de ayer. Calculo cuánto falta para que se cumpla un año de tu partida. Agradezco al menos que ya pasó el día de los enamorados, tu cumpleaños y el mío y el día de las madres. Lanzo un suspiro, se me brotan dos lágrimas. Regreso al baño, y el resto del día, ídem.

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Nydia E. Chéverez Rodríguez, nació en Morovis, Puerto Rico el 19 de enero de 1957. Ganó el segundo lugar en cuento, categoría comunidad en el Certamen de Literatura del Centro Cultural de Manatí el 22 de abril de 2006 con el cuento: La leyenda de los príncipes y los sapos. Ganó también el tercer lugar en cuento, categoría comunidad en la primera y la segunda edición del concurso de literatura de la American University, Recinto de Manatí. Publicó (edición de autor), el poemario: De soledad, desamores (¿adicciones?) y otras pasiones, 1997. Actualmente se encuentra trabajando en su segundo poemario y en su primer libro de cuentos.


Max Chárriez José de papel y de palabras Pa’ Manuel Ramos Otero

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Si yo dijera adiós te asombraría si me quedo sería tu condena para qué necesitas tanta pena yo asumo mi pasión con cruel porfía. Ahora que no estás, quisiera, José, contarte de la soledad relativa en que quedamos los amantes. Pero ya no estás. Desde la cama de pilares en que tantas veces fuimos barcos que navegaban y anclaban al revés, te vi vestirte, recoger las llaves, llevarte los zapatos en la mano, te oí abrir y cerrar la puerta. Me quedé solo, mirando las aspas del abanico que muelen mis deseos. Ahora que no estás, quisiera, José, avisarte que no podremos conjugar la palabra atrapada en el poema, que nos ocupará el vacío el recuerdo de lo que nunca ocurrió, que nos amaremos como nunca nos amamos y vagaremos por tumbas de tristeza hasta que el tiempo restaure la libertad perdida. Ahora que no estás, José, que te has ido por la misma vereda por la que llegaste, me quedo con las horas sin reloj, con el apretón de las ganas inconclusas, con tanta ilusión iniciada. Busco en la piel arrugada de las paredes, en el piso frío, entre las puertas abiertas el fantasma de tu ángel cubano y ya quedan tan pocas cosas: una alfombra manchada, dos vasos sin memorias, un teléfono negro que no escuchará tu voz, un escondite de polvos enamorados… Ahora que no estás, José, que te has ido por la misma vereda por la que llegaste, te diría que el amor sufre mañana, que los besos se perderán en el viento, que ya no tendrá sabor la leche de los bichos violentos en mi boca, seré vagabundo invisible a la pasión. Pienso y digo: “Dichoso aquél que vive su mentira y llora por la vieja vellonera / aquél que al recordar se desespera y la foto estrujada nunca tira”. Ahora que no estás, José, que te has ido por la misma vereda por la que llegaste, recuerdo aquel retrato y me levanto desnudo de la cama de pilares que fue Mar Caribe y la busco entre los papeles de esa caja de pandora que abrimos y cerramos y la tomo en mis manos: un tú y un yo, una palma entre ambos, un mar inmóvil sirviéndonos de fondo… Entonces corro a la ventana, la abro y grito tu nombre:


¡José!… y veo las palomas volar espantadas desde el alero al otro lado de la calle y tu silueta perderse en la esquina. Y me llegan los recuerdos como mariposas de hielo derretidas… fueron tus manos José tus dedos José tus brazos José tus hombros tus labios José tus besos José tus ojos José tu pelo todo en mis manos José todo tu cuerpo en mis manos todo tu sudor José para mi vaso de carne de cristal José de papel y de palabras… Ahora que me abandonas, José, quisiera contarte con lágrimas de sangre, con tinta sangre del corazón, la soledad relativa en que quedan los amantes. Una orgía de huesos y esqueleto, apasionado mármol del que ama bajo el sol y la luna sin secretos. Pero me siento y te escribo un poema… Habrá quien diga, corazón, que somos frívolos, que hablamos esa lengua que nadie reconoce y que con nuestras voces se apresura el peligro de sentir la ternura que a nosotros arropa y nos hace sensitivos a la verdad que invoca: ¡no hubo nada, José, mejor que estar contigo!

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Max Chárriez nació en Río Piedras, Puerto Rico. Es maestro de español en la Escuela Vocacional Tomás C. Ongay y profesor del lengua y literatura en varias instituciones postsecundarias. Desde el 2010 modera el TallerQueer en Ciudad Seva. Ha publicado en las revistas Nuevos Tiempos y Turismo Alternativo. En 2007 ganó el Primer Premio en el 13ro Certamen Literario UPPR. Ha publicado los libros Delirios de pasión y muerte y Ojos como de hombre.


Luisa Antongiorgi

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El día que me boten Llegué prendía del trabajo a prender el televisor y vi a Hillary. Tremenda prenda de mujer entre tanto macho. Tan pendeja. Haciéndose la pendeja. Tiene que estar haciéndose la pendeja. ¿O no? Las mujeres somos diferentes, siempre lo hemos sido, siempre lo seremos, por los siglos de los siglos amén. Que las guerras las hacen los hombres, ellos las planifican, diseñan las armas, conspiran y matan. Nosotras lloramos. Llegué prendía del trabajo. Me van a botar, por la ley de estabilización fiscal me van a estabilizar pal carajo. Antes de dejar la oficina escribí el cuento más corto que he visto en mi vida. Más corto que el del dinosaurio y menos pendejo también. Título, Ley siete, texto, una sola oración: Y ahora, coma, ahí va una coma, me voy a matar, punto, con un punto ahí. Y llego, y veo en las noticias a esta senda pendeja. Veo sus ojos llorosos porque está viendo un asesinato en vivo. No creo que pueda haber algo más horroroso que ver cuando matan a alguien. Y ahora me conmueve ver a esta mujer conmovida mientras el presidente y sus asesores disfrutan el partido de fútbol Navy Seals versus Bin Laden. Qué partida de asesinos, lo mataron sin hacerle un juicio. ¿Habrán tomado esa foto cuando le mataron la mujer? Me olvido del cuento por un rato, quizás no me botan ná y es que estoy paranoica, pero al otro día me entregan una carta y está en sobre sellado y no la abro y me engancho la cartera al hombro y salgo corriendo pa’ casa y cuando llego le escribo encima el cuento: Ley siete Y ahora, me voy a matar. Ya está decidido, pero tendré que planificarlo, así que mientras tanto prendo la televisión y otra vez la cara de Hillary. Dice la pendeja a quien nadie le cree y que en la foto de ayer no lloraba y que solo estornudaba. Pero ¿quién carajos se cree esta que es? ¿Acaso piensa que soy pendeja también? El presidente negro mató al terrorista. Y yo no soy racista pero el tipo huele a petróleo y me pregunto ¿cómo puede mirar un asesinato tan cruel cuando tan crueles han sido con los suyos? Que cojones what the fuck oh my god. Pero Hillary, ahhhh a mí no me coges con el estornudo, tú eres mujer y te dolió. Tú eres mujer y te sorprendió la bala que le metieron a Bin Laden en la frente. ¿O fue a su mujer?


Cuando me acuesto, me decido por un tiro en la sien, pero tengo que conseguir la pistola así que mientras tanto abro la carta. Pero que pendeja soy, si es un memo citándome a una reunión. Y es que el pendejo está choreto porque ¿a quién se le ocurre usar sobres para un memo cuando hay crisis fiscal? Por la mañana prendo la televisión y aparece la misma foto de ayer y de antes de ayer pero ahora Hillary no está. Ya Bin Laden no es noticia porque lo tiraron al mar, un terrorista menos amén. Pero la foto sigue dando vueltas y dicen que los judíos la borraron por ser mujer. Y ahora la pendeja se molesta y sigue jode que jode con la foto y hace un discurso feminista porque en USA a las mujeres no las borran y hasta las dejan gobernar. Hillary, pendeja, déjate de cosas que cuando mi marido me los pegaba con Fulana el tuyo te hacía lo mismo con Lewinsky. Es que somos diferentes, ellos hacen las guerras, las planifican, diseñan las armas, conspiran y matan. ¿Matarías a tu marido si te los vuelve a pegar? Ey, ey, ey no te confundas. Yo no. Pero ahora, el día que los cabrones me boten los voy a reventar. Posdata. Cambié el cuento. Ahora lee así: Ley Siete Y ahora, me quieren matar.

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Luisa Antongiorgi escribe por placer y por dolor. Hace crítica y reseñas de asuntos políticos que le sulfuran la sangre. Es una asidua lectora y crítica de literatura transgresora. Ha tomado talleres literarios y trabaja en una serie de textos de próxima publicación.


Iris A. Maldonado El rastro de tu sangre en el asfalto

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Se adelantó para que no viera la sangre derramada. Agarró el cubo del mapo. Lo llenó de cloro y agua. Metió el mapo. Y en silencio recogió cada gota de mi vida vertida. Pregunté si me estaba muriendo. Quería saberlo. Aunque, no sé para qué. Si iba a morir, moriría a la vista de todos. La Agente se apiadó de mis súplicas. Por favor llamen a mi papá. Alguien que lo llame. La toalla dejó de ser blanca. Y la abandoné como a la mitad de mi vida vertida. Junto al muro donde me senté a esperar. Se trataba de una escena surreal. Sin embargo, allí estaba yo cubierta de agua y sangre. Sintiendo frío. Qué le pasó a esta niña. Yo lo hice. No llores. Todo va a estar bien. A mí me van a llevar preso y a ti te van a ayudar. Sáquenlo de mi lado. Por favor. No sé cuál es el proceso mental que se desata cuando se siente que la muerte se avecina. Yo sólo pensaba en mi papá. En lo lejos que estaba de él. Tanta gente cerca y yo no pude pensar en nadie más. También me sorprendió cómo es que sólo se reconocen ciertas voces. Las que imitan puñales. Me hacían cosas sin mirarme a los ojos. Daban vueltas. Yo estaba allí sin estar. Lo veía todo, ajena. Momificada. Uno de los paramédicos con la cara llena de espanto me dijo que no sabía si se trataba de un sangrado de yugular. Por eso me llevarían al Centro Médico. Todo estaba hecho. Oculté mi mareo. Quería creer que todo estaba bien. La escena inalterada. Hasta que un policía ante la expectativa de una ambulancia que no llegaba lanzó su proclama. No voy a permitir que esta niña se desangre aquí. La voy a llevar al hospital. Al Auxilio Mutuo Express en Cupey. Cambiaron de Hospital. Mi papá no me va a encontrar en el Centro Médico. Alguien avísenle. Nuevamente sumergida en la ducha de agua fría. Pregunté si me estaba muriendo. Quería saberlo. Aunque no sé para qué. Sentada en una silla de ruedas. Las puertas del hospital se abrieron ante mí. No podía reconocer con claridad ninguna de las voces. Sólo una voz se metió por mis oídos y rompió algo. Los ojos

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