Page 1

FE A PRUEBA DE FUEGO Wesllesley Muir

Capítulo 1

Hijo ilegítimo “Contra Jehová prevaricaron, porque han engendrado hijos extraños” (Oseas 5:7) Engañaron al Señor y tuvieron hijos bastardos” (Oseas 5:7, NBE)

L

A luz de la luna se filtraba por las oscuras ramas de las gigantescas palmeras, creando una atmósfera de misterio en el paisaje selvático. Sólo el crepitar de la fogata rompía el silencio de la noche. Los jóvenes, cargados de anhelos e ilusiones, estaban sentados en bancos de troncos que improvisaron alrededor de la fogata. Muchos de ellos asistían pro primera vez a un campamento adventista, en el mismo corazón del Amazonas. No estaban preparados para las sorpresas que les aguardaban. Las llamas se elevaban, cada vez más, e iluminaban el rostro de un joven fornido que se destacaba entre los demás y se paró para hablar. Desde muy temprano, aquel día, se dedicó a instalar el campamento con inusual diligencia. Se habían provisto de carpas para los acampantes, no así de camas ni colchonetas. Este joven fuerte, de musculatura prominente, no vaciló en tomar su filoso machete, e introducirse en la selva para cortar ramas del bosque. Los demás, muy agradecidos, vieron con admiración cómo el joven experto en supervivencia logró prepararles confortables camas para que pudieran dormir plácidamente esa noche. Lo escucharon con gran interés mientras hablaba. Pero los presentes quedaron atónitos cuando dijo lo siguiente: -Soy el fruto de un amor prohibido de dos jóvenes apasionados. Soy hijo ilegítimo. Las circunstancias de mi nacimiento siempre me han atormentado. He pasado noches enteras despierto preguntándome por qué tuve que nacer así. ¿Podría sucederle algo bueno a un hijo ilegítimo? ¿Podría llegar a ser alguna vez un hijo legítimo? El joven se esforzaba por recordar lo que su madre le había contado acerca de los comienzos de su niñez. No lograba atar cabos como para reconstruir lo que habría sido su milagrosa infancia. No hubo luna la noche en que la joven Adela yacía tirada en el piso, de un modo que llamaba la atención, en el interior de su casita de palmas. En lugar de eso, una fuerte tormenta rugía afuera, mientras el insoportable dolor sacudía todo su cuerpo. Muy entrada la noche, su enamorado José vino a visitarla. Tomándole de la mano, la consoló: -Todo saldrá bien. Ciertamente, ella quería sentirse bien, pero terribles pensamientos de inseguridad la asaltaron. Él piensa que todo saldrá bien. ¿Por qué, entonces, no se casa conmigo?


Debería haber escuchado al sacerdote cuando hablaba con las muchachas de la aldea del séptimo mandamiento. Cerca de la medianoche, José la dejó y corrió a casa de la madre de su amada para pedirle que fuera en busca de una comadrona. Adela gemía de dolor hasta el cansancio. ¿Nadie podrá venir en mi ayuda? Quiero gritar, pero aunque lo haga con toda mis fuerzas, ¿cómo podría alguien oírme con todos estos truenos y relámpagos allá afuera. Mientras tanto, la madre de Adela se tambaleaba en medio de la oscuridad y del violento aguacero. Frustrada, al no haber encontrado a la partera, decidió volver a la choza sola y triste. Completamente mojada y temblando de frío, resbalaba una y otra vez, mientras avanzaba vacilante por el camino lodoso que bordeaba el río Ucayali, el más extenso tributario del gran Amazonas. Luchaba para no resbalar y caer en las peligrosas corrientes del río. Podía ver el camino únicamente cuando refulgían los relámpagos. El estallido muy cercano de un trueno la tumbó al suelo, cuando su pie tropezó con el tronco de la escalinata que conducía a su cabaña. Al oír el grito característico de un recién nacido, exclamó: - Oh, he llegado demasiado tarde a tu alumbramiento. Adela sollozaba, fuera de control, en la estera del piso. - ¡Es un niño! – dijo casi gritando su madre. Al escucharla, instintivamente la joven que yacía desfalleciente, se incorporó y miró el rostro de su bebé. – Lo llamaré Leo, Leonardo, “bravo como un león”. Quien crece en estas tierras de jaguares, cocodrilos y enormes serpientes, necesita ser muy valiente – le dijo con lágrimas de alegría a su madre. La lluvia cesó cuando los fulgurantes rayos de la aurora extendieron su manto sobre la exuberante selva tropical. ¡Un niño! Adela no salía de su asombro. ¡Ahora José, sin duda, se hará cargo de mí y se casará conmigo! - pensó, acariciando cierta esperanza. Días más tarde, en el pueblo de sus padres, en una remota aldea de la amazonía llamada Contamaná, se expidió el certificado de nacimiento de su hijo: “Leo, hijo ilegítimo de José Pinedo y Adela Sánchez”. Adela se sintió orgullosa de su primogénito, y se fue a vivir con José. Aunque nunca se casaron, vivieron juntos el tiempo suficiente como para traer a este mundo tres hermosos hijos. Antes del segundo cumpleaños de Leo, horribles erupciones le brotaron en la piel, e invadieron todo el cuerpecito del pequeño. La medicina que la madre logró conseguir en la posta médica, no tuvo ningún efecto sobre la enfermedad. Después de varias semanas de búsqueda de otros remedios, Adela escuchó, asustada, el diagnóstico final del encargado de administrar primeros auxilios: - Lo lamento, hice todo lo que pude. No puedo ayudar más a su bebé. La joven madre atravesó lentamente la plaza del pueblo con su hijo sobre sus espaldas. Tendió a su niño sobre una banca del parque, y tiernamente le quitó la ropa, luego sollozando clamó: - La infección ha empeorado. ¡Mi hijo va a morir! Una mujer que pasaba por allí vio las lágrimas de la desesperada madre y se detuvo para examinar al niño. - ¡Oh, qué terrible! ¿No ha oído acerca del brujo curandero que sana cualquier enfermedad? - le preguntó. - La mejor medicina que encontré en la posta médica no surtió efecto. ¿Qué puede hacer un brujo curandero? He oído que cobran mucho dinero y hacen hechicerías. Tal vez me culpe a mí por la enfermedad de mi hijo. Además, ¿qué ocurriría si él decide matarme? Mejor rezaré más fuerte a la Virgen María – replicó Adela.


- Si quieres que tu hijo viva, será mejor que lo lleves con Virgilio Izquierdo. En realidad, él mató a pocas personas, pero es el mejor brujo curandero de todo el Alto Amazonas. He oído decir que es muy bueno curando enfermedades infantiles – insistió la desconocida. - ¿Dónde vive ese tal brujo curandero, por si acaso? – preguntó Adela, mirando a la mujer con ansiedad. - Vive a un día en canoa de aquí, río arriba. No olvides su nombre: Virgilio Izquierdo. Es un hombre muy orgulloso. La supersticiosa mujer tocó una especie de amuleto, y añadió: - Te deseo toda la suerte que un diente mágico de cocodrilo puede traer. Adela inmediatamente fue en busca de José. Muy temprano, a la mañana siguiente, con el pequeño Leo en brazos, José y Adela se encaminaron hacia el río. Llevaron yuca hervida y plátanos maduros, y los pusieron en el fondo de la canoa. La madre y su hijo se sentaron en la parte media de la frágil embarcación y José tomó su lugar en la proa. Con una tangana (palo largo) tomó impulso para alejarse de la orilla, y empezaron a deslizarse movidos por la corriente. Cuando el curso del río se tornaba demasiado violento, dirigía la canoa hacia la orilla y maniobraba hábilmente con la tangana. El ardiente sol del Amazonas se escondió en el horizonte cuando, finalmente, llegaron a la casa del brujo curandero en Tipishca. Este mandó decir que lo esperaran. Adela se volvió a José llena de temor: - ¿Qué ocurrirá si me culpa a mí? – le preguntó –. Esto no es correcto. No debiste meterme en esto. Nunca deberíamos haber tenido este bebé. Gigantescas sombras surgían de la espesura y se extendían por los claros del bosque antes de que saliera el curandero con su falsa imagen de adorador: - El sol casi ha desaparecido. ¿Por qué vinieron tan tarde? – preguntó irritado, mientras quitaba la ropita pegajosa del supurante cuerpecito de Leo -. ¡Uf! – exclamó. Esto es lo peor que he visto en mi vida – dijo, dirigiéndose a la madre; y entonces preguntó al padre: - ¿Es tu mujer? - ¡Oh!, ¡oh! No estamos casados, pero éste es hijo nuestro – alcanzó a decir José. El brujo curandero habló otra vez: - Esta mujer es culpable de la enfermedad del niño. Si ella no muere, el pequeño morirá; es decir, a menos que me paguen el precio que requiero: 100 soles en moneda nacional. Entonces invocaré a los espíritus. Ellos me dirán cómo preparar y aplicar la medicina. José, muy espantado, aceptó el trato: - Pagaré el precio. Y procedió a contar el dinero. El brujo curandero empezó a danzar. Elevó las manos al cielo y musitó palabras incoherentes. Finalmente, Virgilio Izquierdo pareció entrar en trance, bajo el dominio de los espíritus, luego sacó una botella sucia. Lentamente introdujo en ella pedacitos de tabaco, a los cuales añadió alcanfor, alcohol y otros raros ingredientes. Entonces tomó el cuerpo moribundo del niño en sus brazos y continuó su danza ritual. Luego se detuvo y colocó al niño sobre una mesa. Cogió la botella, se llenó la boca con la extraña mezcla, e inmediatamente empezó a rociar soplando firmemente, sobre las supurantes llagas de aquel cuerpecito casi inerte. Después de repetir muchas veces la operación, esparció la mixtura por todo el delicado cuerpo del niño, hasta cubrirlo totalmente. Los padres y el niño pasaron la noche bajo un mosquitero cerca de la casa del brujo curandero. Al día siguiente, muy temprano, apareció Virgilio Izquierdo y les dijo: - Su hijo pronto estará bien. Será mejor que desciendan al río antes de que el sol caliente demasiado. Después de abordar la canoa, José dijo: - Dudo que Leo viva para volver a ver algún día al brujo curandero.


¿Coincidencia? ¿Curación? ¿Fue la magia, la medicina del brujo curandero, o la mano de la Providencia? La infección desapareció y las llagas cicatrizaron. Adela se regocijó. Leo vivirá. ¡Este niño, que nunca debió haber nacido, contará sus días! ¿Habrá alguna razón para ello?, se decía maravillada. Cuando el niño creció, sus compañeros de las calles de Contamaná se mofaban poniéndole sobrenombres ofensivos, que lo hacían volver a casa llorando. - Mamita, ¿por qué mis amigos me dicen “bastardo”? ¿Fue algo malo que yo haya nacido? Adela siempre trataba de cambiar de tema: - Leo, tú naciste un día muy importante para nuestra patria: el 18 de enero. Tu cumpleaños ocurre en el aniversario de la fundación de Lima, la capital del Perú. Pero al niño no le interesaban ni la historia ni los feriados nacionales; sólo quería que sus amigos lo llamaran por su nombre: “Leo”, y no “bastardo”. José pidió a Adela que se trasladara con él a su nuevo hogar a orillas del río Cachiyacu, a unos cuatro kilómetros y medio de Contamaná. Una persona de habla quechua, y que vivía en la selva, explicó el origen de ese nombre: Cachi significa sal y yacu, agua. Fue así como José, papá de Leo, puso a funcionar en este lugar una pequeña fábrica de sal. Cada día extraía cantidades de agua del río y las depositaba en tinas grandes, las cuales se evaporaban al exponerlas al candente sol. El agua evaporada dejaba un residuo de sal en los recipientes. José lo juntaba y empacaba en sobrecitos hechos de hojas de plátano. Los comerciantes vendían este producto en las calles de Contamaná como pan caliente. El éxito financiero de José hizo posible que contratara más gente para trabajar en la planta de sal. Más tarde se afilió, con grandes expectativas, a un nuevo partido político revolucionario, y empezó a dedicar la mayor parte de su tiempo a esta actividad. Adela, muy preocupada por su futuro, cuestionaba a José: - ¿Por qué no te dedicas al negocio de la sal? Debemos casarnos y educar a nuestros hijos. Deja que los políticos se preocupen del gobierno. Cuando Leo cumplió 6 años, su padre cometió el error de criticar las ideas de un líder populista: - Usted no debe permitir la represión, bajo ninguna circunstancia. Su filosofía y su política están totalmente equivocadas – le dijo. Inmediatamente el político lo amenazó: - Pagará caro por esto. ¡Los políticos de Contamaná no aceptarán ninguna tontería suya, señor Pinedo! Ya verá lo que le va a ocurrir. Días después, Leo y su hermana Guillermina se encontraban solos en casa. Su madre se había ido con el menor de sus hermanitos a Contamaná, y José había salido a dar un paseo. Leo, al mirar hacia la fábrica de sal, sintió que su corazón se le salía de su lugar. - ¡Guillermina, ven! – apremió a su hermana. Los niños vieron que soldados uniformados, portando sus rifles, avanzaban hacia la fábrica de sal. Leo apretó la mano de su hermana. – Creo que algo terrible va a suceder. Los militares traían órdenes de matar a José Pinedo y destruir su fábrica. Al volver, José escuchó una conmoción en la planta de sal y corrió hacia su casa. Pronto los asustados niños le informaron lo que estaba ocurriendo. Tomando a sus pequeños, huyó hacia el bosque para ocultarse entre las palmeras de chonta. Los soldados abandonaron la fábrica de sal y se dirigieron a la casa de José. El líder gritó: - ¡No dejen que se escape! ¡Disparen a matar! Los soldados apuntaron con sus armas hacia la casa y abrieron fuego en todas direcciones, acribillándola a balazos.


Leo y Guillermina se aferraron a su papá, llorando: - No nos gusta este lugar. Queremos ir donde está mamá. ¿No nos encontrarán los soldados aquí debajo de estas palmeras? ¡Oh, papá, ellos vendrán y nos matarán!

Capítulo 2

¡Disparen a quemarropa! “Hacen apartar del camino a los menesterosos, y todos los pobres de la tierra se esconden” (Job 24:4)

S

H!!! - susurró José a su hijo -. Leo, tu madre te dio un gran nombre: “Leonardo, bravo

como un león”. Si estos soldados nos encuentran, nos acribillarán a balazos. Nos hemos escondidos como animales salvajes y debemos asegurarnos de que no nos escuchen ni encuentren. ¿Me entendiste?; y tú también Guillermina! - Pero, papá- suplico Leo-, quiero estar con mamá. ¿Por qué no puedo ir con ella? - ¡Te pedí que te calmaras!- dijo José, levantando la voz más de lo debido-. ¡Debemos quedarnos quietecitos ahora mismo! Los soldados regresaros a la fábrica y pusieron a funcionar las máquinas de la planta de sal, con la esperanza de que José apareciera en cualquier momento, de modo que pudieran eliminarlo. - La ley en este pueblo dice que la persona que se atreve a criticar a un líder político, debe morir - vociferó el jefe de la cuadrilla. José y sus dos hijos permanecieron ocultos en el bosque de palmeras de chonta durante varias semanas. Puso en acción su ingenio para tratar de comunicarse con Adela. Ella ya sabía acerca de las malas intenciones de las autoridades de eliminar a su marido. José lucho por sobrevivir. No es posible mantener ocultos a estos niños bajo estas palmeras, indefinidamente. No me es posible salir de aquí, pero tampoco puedo permitir que ellos vayan donde está su mamá solos. Correrían gran peligro – se decía profundamente preocupado. Una noche, los soldados llegaron muy cerca de su escondite, tanto que José y los niños pudieron escuchar su conversación: -La policía y los militares de Contamaná recibieron órdenes expresas: Cuando José Pinedo aparezca, hay que dispararle a quemarropa. Y si no aparece pronto, debemos buscarlo hasta encontrarlo y eliminarlo. A la mañana siguiente, José habló seriamente con Leo y su hermanita:- No podemos permanecer aquí por más tiempo. Ellos van a buscarnos. Explorarán palmo a palmo la selva hasta dar con nosotros. Mientras ustedes dormían, hice arreglos secretamente con un viejo amigo. Él nos proporcionará su canoa. Esta noche no habrá luna y nadie podrá


vernos. Abandonaremos este lugar tan pronto como oscurezca. Debemos atravesar el río y asegurarnos de que no nos encuentren. José y sus dos pequeños hijos vivieron como animales nocturnos durante semanas: durmiendo en el día y escabulléndose en la noche, para buscar un poco de comida. Por esta causa, se supone que Leo debía pasar el resto del día durmiendo. En lugar de eso, permanecía tan despierto, que pensamientos de duda cruzaban por su mente infantil. ¿Por qué papá nos lleva sólo a nosotros y no a mi mamá y a nuestro hermano bebé? No hay crepúsculos en la selva amazónica. Cuando el sol se oculta, la noche llega inmediatamente: - Vámonos ahora. Guillermina, camina detrás de mí; y tú Leo, el bravo Leo, irás detrás de nosotros, y te asegurarás de que nadie nos sigue – ordenó el papá. - Pero, papá, quiere que mamá venga con nosotros – protestó Leo. - ¡Tranquilízate, hijo! No puedo decirte nada acerca de esa desventurada mujer. Ella no es mi esposa, y no la necesitamos ahora. Tomaron sus pocas pertenencias y avanzaron cautelosamente en medio de la oscuridad y la torrencial lluvia que se había desatado en la selva, de modo que ni aun los animales salvajes parecían notar su presencia. Llegaron al camino de escalinatas que descendía hacia las orillas del Ucayali. Cuando llegaron al río, vieron que en la canoa había tres remos; Leo tomó uno de ellos y se fue al frente. Guillermina se sentó en el medio. El padre ocuparía su lugar atrás. José advirtió a los niños: - Si en verdad estamos intentando huir, cada uno tendrá que remar duro. Se puso de pie y divisó en todas direcciones en medio de la oscuridad. Ni aun las sombras se movían. Pero entonces pensó: Debe de haber gente alrededor. Siempre hay alguien en el río. Los soldados no deben estar muy lejos. José avanzó hacia la orilla, se inclinó y con un gran impulso saltó al interior de la canoa. La pequeña embarcación se deslizó silenciosamente sobre las turbias aguas del río. El cielo amazónico estaba cubierto de brillantes estrellas, y José se preguntaba: ¿No será que hay suficiente luz como para ser vistos o alerte a nuestros enemigos? El ansioso padre y sus dos pequeños remaron incansablemente toda la noche. Cruzaron el Ucayali y se dirigieron río abajo. Todavía remaban cuando un disco brillante, como una enorme naranja, emergió de entre los elevados árboles de la selva, que les permitió ver la desembocadura del río Cushabataya. Guillermina lanzó un grito, y Leo casi perdió su remo, cuando vio un gigantesco cocodrilo que mostraba sus mortales fauces y fieros colmillos, mientras retozaba en un banco de arena esa fresca mañana tropical. Si hubieran continuado río abajo, siguiendo el curso del Amazonas, podrían haber llegado fácilmente al Océano Atlántico. Sin embargo, durante la noche, José pensó en un plan diferente. Él había crecido en otra sección del Amazonas. Su anciana madre todavía vivía en la distante ciudad de Juanjuí, departamento de San Martín. Me sentiré más seguro si vuelvo a la tierra de mi juventud. La compañía y presencia de mis dos niños me ayudarán a no ser confundido con un rufián – pensó. Estaban todavía frente al cocodrilo, cuando Leo gritó: - Papá, ¿qué vamos a hacer? - Estamos entrando en el río Cushabataya. Seguiremos su curso. Iremos tan lejos como nos permita esta pequeña canoa. José aclaró que eso significarían 18 agotadores días de navegación bajo el intenso sol amazónico. Y sólo añadió: - ¡Guarden los remos! No tenemos tiempo que perder.


Leo miró atrás, por si algunos soldados los estuvieran siguiendo. Los tres viajeros se enderezaron y sacaron sus remos del agua. - ¿Qué es aquel griterío? ¿Son los soldados que nos persiguen? José se rió: - Es solo una manada de monos que chillan en la selva. No se asusten. En el día podemos ver perfectamente a nuestros enemigos, mucho antes de que los escuchemos. Un día se pegaron a la orilla para poder esquivar una serie de peligrosos rápidos. Las turbulentas aguas podrían voltear la canoa y hacerla girar en redondo, lanzándola lejos, hasta hundirla en la profundidad del río. Estaban volviendo, peligrosamente, río abajo, directamente hacia los rápidos que trataban de evitar. José, al ver el peligro, alertó a sus hijos: - ¡Acuéstense y sujétense! Repentinamente una enorme ola golpeó la canoa y la volcó. Se apresuraron a rescatar un par de remos que flotaban. Todas sus pertenencias se habrían perdido si José no las hubiera amarrado cuidadosamente, como sabia medida de precaución. El decimoctavo día llegaron a un varadero, punto donde prácticamente es imposible navegar, aun en una pequeña embarcación. José todavía temía que los estuvieran persiguiendo, pues no quería ser capturado. Tengo que tomar una decisión, pensó. Seguiré adelante. Sin más pérdida de tiempo, se dirigió a Leo y a Guillermina: - Aquí dejaremos la canoa - les dijo-. En adelante avanzaremos a pie. Delante de ellos estaba la inhóspita y peligrosa selva virgen, una serie de montañas, más selva y, finalmente, el río Huallaga -. Cuando entramos al curso del río, decidí que nuestro destino sería Juanjuí - les explicó José a los niños. El viaje podría haber sido casi imposible para una expedición normalmente equipada. Este padre, sin embargo, tendría que viajar con dos niños de 5 y 6 años, desprovisto prácticamente de todo. Sólo llevaba un viejo rifle y un machete. A menudo cortaba sarmientos de vid silvestre para obtener líquido para beber. Usaba su rifle para matar pájaros y animales pequeños para comer. Ocasionalmente encontraba algo de frutas silvestres. Padre e hijos pasaban noches horribles tratando de dormir en la húmeda selva, desprovistos de mosquitero que los protegiera de los peligrosos zancudos y mosquitos. Durante el día caminaban hacia el oeste, a través de la espesura que era, muchas veces, tan densa que José tenía que cortar ramas y plantas para poder abrirse camino. Cierta tarde, José se detuvo cuando caminaba por un muro de piedras: - Nos está siguiendo un jaguar - alertó a los niños. Leo y Guillermina, ni cortos ni perezosos, se treparon como un rayo a un árbol, donde parecían un par de monitos colgados, mientras su padre se preparaba para enfrentar al animal al pie del árbol. El jaguar andaba cerca. José preparó cuidadosamente su arma, sabiendo perfectamente que un solo disparo no basta para matar a las fieras de la jungla. Se acordó de gente que había sido asesinada y devorada por estas feroces bestias. Por primera vez en su vida quiso orar. ¿Morir de esta manera será mejor que ser asesinados por los soldados de quienes venimos huyendo? Adela estaba en lo correcto. Debería haberme casado con ella y dedicado a criar a nuestros hijos, y no meterme en la asquerosa política. No hay manera de matar a un jaguar con trampas - pensó. José se estremeció cuando puso el dedo en el gatillo, apuntó y disparó. El jaguar, herido de muerte, rugió y se perdió en la selva hostil. Después, le costó bastante trabajo convencer a sus temblorosas criaturas a que bajaran del árbol.


Tras dieciocho días de odisea en el río Cushabataya, navegando en una frágil canoa, y tres meses de torturante viaje a pie, rumbo al oeste en la selva virgen, lograron por fin llegar a las orillas del río Huallaga. – Papá, ¿cómo cruzaremos este gran río sin canoa? – preguntó Leo. - No te preocupes; ya lo verás - le aseguró su padre -. Con el machete cortaremos unos cuantos troncos, los uniremos con lianas de la selva, e improvisaremos una balsa. Efectivamente, al día siguiente abordaron su flamante transporte. Guillermina no podía creer que, en verdad, era muy afortunada: - Papá, ¿Leo y yo podremos descansar los pies todo el día? - Tal vez no sea todo el día - respondió el padre -. En unas horas más llegaremos a Juanjuí. Aunque tenía los pies muy adoloridos, José se sentía feliz. Había llegado al hogar de su infancia. Pudo ver y abrazar a su querida madre, y ahora tendrían buen alimento y saludable comida. Al fin se sintió libre de sus perseguidores. Todo les parecía extraño a Leo y a su hermanita, que se preguntaban con tristeza si alguna vez volverían a ver a su mamá y a su hermanito. Ella y el bebé se habían ausentado hacía mucho tiempo. Estuvieron en el departamento de San martín, pero ahora, al parecer, se encontraban en Loreto. El corazón de los niños se quebrantó del todo cuando su padre trajo a casa a una amante llamada Leonor. José llevó a sus niños para que conocieran a su abuelita. Leo sintió desde el principio que no era aceptado por ella. La abuelita vivía en una casa grande, en cuyos cuartos había muchas imágenes de santos. Parecía que tenía un santo para cada semana del año. Ella sólo quería hablar de eso. Leo recordó que en Contamaná había asistido a una misa con su madre. Es verdad, pensó. Vi algunas imágenes, pero también escuché que el sacerdote hablaba acerca de Dios. ¿Por qué, acá en Juanjuí, nadie habla de Dios? A Leo no le gustaba, por nada, vivir con su abuelita; y peor aún, con la señora Leonor. Tal vez ella le guste a mi padre; pero con seguridad, a mí no me gusta, se dijo a sí mismo. José trabajó duramente, compró tierras y empezó a establecer una granja. Plantó mucho algodón y barbasco. El barbasco es una raíz, cuyo jugo lo usan los nativos del Amazonas para pescar. Los derivados de esta planta tienen mucha demanda en los laboratorios europeos y estadounidenses. Con la comercialización de dicho producto, el dinero le llegó a manos llenas a José. Así logró reunir un buen capital y su hogar, en adelante, no careció de nada. La crianza de ganado, por otro lado, le dio grandes dividendos. Él siempre les decía a Leo y Guillermina: - Ustedes saben, hijos míos, que llegará el día cuando no tendrán a papá ni a mamá a su lado. - Ahora mismo no tengo conmigo a mi mamá – se quejó Leo. - No te estoy hablando de eso ahora. Tú tienes a la señora Leonor – continuó él -. Lo que trato de decir es que ustedes están creciendo y deberán aprender a trabajar, de modo que sepan cómo afrontar la vida cuando llegue el momento. Leo, impresionado, pensó: ¿Qué pensaría mi papá si supiera lo que hay dentro de mí? Lo que realmente quiero es aprender más acerca de Dios. Quiero saber más de las cosas espirituales. ¿Cómo puedo querer ser bueno y malo a la vez? Ningún colegio esperaba a Leo en la remota Juanjuí. Su papá entabló amistad con Tomás Pestañaz Aguirre, un bondadoso sacerdote de origen español. José se valió de su amistad para lograr que su hijo tuviera acceso a la biblioteca de la parroquia.


Cada domingo Leo llevaba un costal grande en sus espaldas lleno de pollos, arroz, nueces, frutas y huevos como regalo para el sacerdote. A cambio, se le permitía entrar en la biblioteca y leer libros. En menos de dos meses había leído todos los libros sobre San Antonio; también, todos los ejemplares de la revista Observatore Romano, editado en el Vaticano, y muchas otras publicaciones. La abuelita de Leo llenaba, cada vez más, su casa con imágenes de santos. Él se propuso leer e investigar todo cuanto pudiera acerca de los santos. Esta experiencia dejaba el alma de Leo terriblemente vacía. Debe de haber algo que me llene y satisfaga profundamente – pensaba. Al terminar su sesión de lectura un domingo de tarde en la biblioteca, Leo hojeó la colección de revistas viejas. Repentinamente descubrió algo debajo de éstas. Dio un grito de sorpresa: - Nunca antes había visto esto en mi vida. El gran ejemplar del libro tenía tapa de cuero verde. Impreso en letras doradas, estaban las siguientes palabras: La Santa Biblia. La tomó y desempolvó. Descubrió en la cubierta que era una versión católica, la del obispo español Félix Torres Amat. Leo leyó unas pocas líneas del Génesis: “En el principio creó Dios...” Su corazón parecía acelerarse. Leyó el resto del capítulo y razonó: Dios debió haber hecho todo, aun el gran Amazonas, la selva y a mí mismo. Hasta entonces, no había encontrado tal satisfacción en la lectura de ningún otro libro. Miró a su alrededor. Estoy solo. Nadie más está en la biblioteca. El sacerdote, evidentemente, no lee este libro. Se ha acumulado mucho polvo en él desde hace mucho tiempo. Será fácil llevármelo sin ser visto. Me llevaré este ejemplar a casa. Leo envolvió el gran libro verde, lo introdujo en su saco, y abandonó la biblioteca.


Capítulo 3

La Biblia robada “Y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15)

L

eo nunca había robado en sus 12 años de vida. Ahora tenía la sensación de que se le formaba un nudo en la garganta, su boca estaba seca y sentía que sus oídos le ardían. Temblaba mientras recorría el pasillo de la biblioteca. Ya en la calle, le parecía que todos le miraban: ¿Por qué me miran todos? ¿Descubrirán mis amigos que soy un ladrón? ¿Revisará el sacerdote su biblioteca y se dará cuenta que le falta un libro? Cada paso que daba Leo miraba hacia atrás, sobre sus hombros, para asegurarse de que nadie lo estuviera siguiendo. Sus piernas se le aflojaban como la gelatina que él había comido en el único restaurante con refrigerador a kerosén que existía en la ciudad de Juanjuí. Nunca le había parecido tan distante su casa. “¡Juiu!”, suspiró de alivio cuando al fin llegó a la bajada que lo conducía a su casa. No me pasó nada. Nadie más debe saber esto, se decía a sí mismo. La señora Leonor miró con desprecio a Leo cuando éste entró en la casa. La Biblia robada era demasiado grande para poder ocultarla debajo del colchón. Finalmente encontró un lugar debajo de la cama, donde el libro estaría seguro y fuera de la vista. Pero aun así, su perturbadora ansiedad no desaparecía. ¿Qué ocurrirá si papá me descubre y ve este libro conmigo? Me preguntará dónde lo obtuve. ¿Qué voy a contestar? Esa noche se acostó temprano, pero batalló mucho para poder dormirse. La hacienda de José prosperaba cada día. Tenía una buena cantidad de ganado vacuno, perros de raza, y otros animales, sembradíos de algodón, barbasco, caña de azúcar y bellos árboles frutales. Las ventas de estos productos incrementaban sus fondos. El hecho de que José pagara a sus hijos sólo cinco centavos por día, nada tenía que ver con su prosperidad financiera. Él quería que experimentaran y conocieran los beneficios del trabajo duro, sin esperar recompensas, ni grandes remuneraciones por lo que hicieran. A medida que la fortuna le sonreía a José, éste empleaba a más y más hombres para que trabajaran la hacienda. Pronto llegó el momento cuando, al fin, encontró tiempo para estudiar libros de leyes, los cuales siempre lo habían atraído. Cuando tuvo suficiente dinero y tiempo libre disponibles volvió a incursionar en la política. Trató de no recordar que, el hecho de involucrarse con políticos, le había costado la pérdida de su fábrica de sal y todas sus posesiones en Contamaná. Cuando Leo volvió a su casa bastante tarde, y vio a su papá sentado solo en una silla, le preguntó: - Papá, se te nota pálido. ¿Qué te pasa? -No lo sé, Leo. Hace algunos días que no me he sentido bien. Me temo que estoy muy enfermo.


Los siguientes días José pasó en cama. Se quejaba de un extraño malestar y su compañera, Leonor Rengifo, lo atendía con gran solicitud. Ella, un día, lo convenció de que viera al médico de la localidad. Éste le hizo a José toda clase de análisis y diversos estudio por etapas. Un día el médico le pidió que tomara asiento: - Señor Pinedo, no le va a gustar lo que le diré. - Adelante, doctor. Usted debe decirme toda la verdad, ahora. - Después de haberle hecho un cuidadoso examen, debo informarle que usted tiene cáncer en la laringe. Será difícil curarlo; sin embargo, puede estar seguro que le daré el mejor tratamiento posible. Y hay una cosa que usted puede hacer cuanto antes: dejar de fumar. - ¿Cáncer? – los ojos de José se llenaron de espanto -. ¿Lo que usted realmente me está diciendo, doctor, es que probablemente moriré? Permítame informarle que yo ya fumé el último cigarrillo de mi vida. Esa noche, muy temprano, Leo llevó la lámpara de kerosén a su cuarto. Todos creían que estaba dormido, cuando en realidad, él escuchaba lo que Leonor le decía a su papá. – Tú estás muy enfermo y me necesitarás para cuidarte por mucho tiempo; tus hijos ya crecieron lo suficiente como para cuidarse ellos mismos. Quiero estar a tu lado y ayudarte a curarte. José la escuchó en absoluto silencio. – Hemos vivido juntos por más de seis años. Pienso que es tiempo de que nos casemos. Una cosa sí te pido: No quiero ver más a los hijos de Adela aquí. Ellos deben irse de esta casa – continuó ella. Leo no esperó a que amaneciera para contarle las novedades a su hermana. Guillermina y Leo sospecharon que la mujer vivía con su padre sólo por interés, e imaginaba que él pronto moriría. Quería liberarse de ellos y casarse con José, para quedarse con la hacienda. Con gran ansia quisieron saber lo que su padre haría. José tomó inmediatamente la decisión correcta: separarse de aquella insensible mujer y quedarse con sus hijos. Estaba convencido que el buen manejo de la hacienda le aseguraría el dinero suficiente para atender sus necesidades, tanto económicas como de salud. Por primera vez en su vida, los niños sintieron que su papá realmente los amaba. Entonces Leo creyó que había llegado el tiempo de hablarle acerca de la Biblia robada. - Papá, por favor, no me castigues por esto. - ¿Qué has hecho, Leo? - Robé un libro, un libro grande. José le pidió que se lo mostrara. Acompañó a su hijo hasta su recámara y vio que sacaba un libro grande y verde de debajo de su cama. En lugar de castigarlo, sonrió. - ¿Qué tal si hacemos un trato? Hagamos un horario, de modo que ambos lo podamos leer. ¡La Santa Biblia! Éste es el libro de Dios. Hace muchos años aprendí acerca de las Sagradas Escrituras, pero entonces no tenía el más mínimo interés en ellas. Ahora entiendo que éste es el libro que necesitamos en nuestro hogar. Pronto convinieron en que Leo leería la Biblia durante el día y su papá, durante la noche. El dinero era lo último que les preocupaba. Pero como José necesitaba comprar medicina muy costosa importada de Alemania, decidió vender sus cerdos y vacas. Los miles de soles obtenidos eran sólo para medicinas. Por fortuna, su salud mejoró, aunque ya no tenían animales.


Padre e hijo continuaron compartiendo las verdades contenidas en la Biblia robada. Después de muchos días, José decidió hablar con Leo: - Hijo, ésta es la verdad! Éste es realmente el Libro de Dios. Acabo de hacer un descubrimiento maravilloso. El séptimo día es el santo sábado de Dios. Jesús hizo el mundo en seis días y reposó el séptimo. Es un día especial de descanso en homenaje al Creador. De aquí en adelante, nadie en esta casa trabajará en sábado. Leo también había leído acerca del sábado y opinaba igual que su padre. Entonces planearon la manera de cómo guardarían el sábado. Nunca dejaron de estudiar, y por cerca de un año trataron de guardar el sábado. José investigó en enciclopedias y otros libros sobre gente que adoraba en sábado. Pero no encontró nada. Sin embargo, descubrió otra Biblia semejante a la que tenían; la compró inmediatamente al contado. Si bien Leo se esforzaba por honrar el sábado, su conciencia no lo dejaba tranquilo cuando se topaba con otro mandamiento: “No robarás”. Sabía que debía devolver la Biblia robada al sacerdote. El acto de tomar cosas ajenas le creó dificultades cuando devolvió la Biblia. Introdujo el libro grande con tapa de cuero verde en el mismo saco que había usado cuando lo extrajo de la biblioteca hacía un año. Al llegar, colocó cuidadosamente la Biblia debajo de la pila de revistas viejas. Pero no había notado que el sacerdote, Tomás Pestañaz Aguirre, había entrado en la biblioteca detrás de él. - ¡Leo! ¡Leonardo Pinedo! – le habló el sacerdote mientras se acercaba. - ¿Qué has estado haciendo con este libro? - Padre – le dijo dirigiéndose al sacerdote -. E-e-estoy regresando este libro a su lugar. - Pero, ¿qué has estado haciendo con él? ¿Lo has leído? - Sí, padre, lo he leído. - ¿Cuántas páginas leíste? - Lo he leído todo, desde el principio hasta el final. Seguramente el sacerdote estará feliz de que yo sea muy estudioso, que haya tomado tiempo para leer la Biblia de tapa a tapa – pensó Leo. - ¿Quién más ha leído este libro? – le exigió el sacerdote. - Mi padre también lo leyó. - ¡So, pedazo de necio! ¿No sabes que este libro no se debe leer? Te puede convertir en demonio. El religioso continuó furioso: - Yo no lo leo, porque no quiero convertirme en demonio. La Biblia está en la biblioteca, como estuvo el árbol de la ciencia del bien y del mal en el Jardín del Edén. Con tanto libro maravilloso en mi biblioteca, ¿qué necesidad tengo de leer este libro? - Padre Pestañaz, en este libro he aprendido cómo se fundaron los cielos, quién creó el mundo, la pureza de José. He leído cómo Dios usó a Ester para salvar a su pueblo. He aprendido más acerca de Jesús que lo que he escuchado en toda mi vida. Jesús murió para redimirnos de nuestros pecados. Él quiere que todos los que lo amamos, obedezcamos sus mandamientos. ¿Cómo puede un libro semejante convertirme en demonio? Luego Leo añadió cortésmente: - gracias, por ser tan generoso al compartir su biblioteca conmigo. Si hay algún problema, no volveré nunca más. Perdóneme por haber tomado la Biblia y habérmela llevado a casa sin su permiso. - Leo, si vas a seguir leyendo la Biblia, no quiero verte nunca más. Te puedes ir y no volver nunca más. ¿Me entiendes?


Una amistad de muchos años quedó arruinada en pocos instantes. Leo se sentía muy mal y muy bien, a la vez, porque al fin se libró de ese sentimiento de culpa por conservar en su poder una Biblia robada. En casi todos los pueblos del Amazonas hay un salón de billar. Cuando Leo había empezado a leer la Biblia robada, frecuentaba el salón de billar. Descubrió que la vida era complicada: por una parte quería servir al Señor; pero por otra, quería seguir los caminos del mundo. Leo estaba junto a la mesa de billar, cuando un amigo le ofreció un cigarrillo. Otro hombre le alcanzó fósforos y le ayudó a encenderlo. Desde aquella hora, cada vez que Leo jugaba billar, tenía un cigarrillo encendido en un extremo de la boca. De esta manera, se consideraba un hombre realmente del mundo. Poco a poco, el amor al tabaco empujó a Leo hacia una vida de placer y vicios. Nunca antes había experimentado este conflicto. Aun cuando trataba de seguir los caminos equivocados el Señor, mediante su Espíritu Santo, lo encontró y procuró rescatarlo. Leo leyó: “El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno” (Rom. 12:9). De pronto, se sorprendió a sí mismo reprendiéndose: - Si sé lo que es bueno, ¿por qué hago lo malo? Recordó lo que había estado leyendo en la Biblia: “Sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Rom. 13:14). Un día, José notó el olor a cigarrillo en el aliento de Leo. Colocándole la mano sobre el hombro, le dijo: - ¿Recuerdas cómo dejé de fumar cuando el médico descubrió que tenía cáncer en la laringe? El cigarrillo puede producir muchos otros efectos negativos en el organismo. Hijo, quiero que dejes de fumar, por tu propio bien. Sin vacilación, Leo miró a los ojos de su papá y le prometió: - Nunca más tocaré un cigarrillo. Por supuesto, hizo esta promesa sin la menor intención de cumplirla; sin embargo, estaba muy consciente de las enseñanzas de la Biblia: “Los labios mentirosos son abominación a Jehová” (Prov. 12:22). Un día Juanjuí se vistió de fiesta; hubo celebración, bailes y bebidas. Antes de irse al club, José le dio dinero a Leo, y le sugirió que asistiera a un baile especial de jóvenes al otro lado de la ciudad. Leo no tenía mucho interés en bailar, pero pensó: Hey, ésta puede ser una gran oportunidad para estar fuera del alcance de mi papá, y así poder fumar tranquilamente. Cuando llegó al club juvenil, Leo regresó a la ciudad para cerciorarse de que su papá no lo siguió. José aparentó estar muy ocupado y Leo se sintió seguro. Entonces volvió corriendo al local. Encontró un lugar no muy iluminado donde los jovencitos bailaban. Se sentó en un rincón, sacó un cigarrillo y lo llevó a sus labios. Justo cuando empezó a fumar, una mano fuerte lo tomó por los hombros. – Hola, amigo – le dijo, y luego añadió -. Tú sí que sabes encontrar la manera de fumar. Leo dio un salto. Era su padre. Empezó a temblar. El cigarrillo y los fósforos se le cayeron. Una oleada de vergüenza enrojeció su rostro. Merezco una latiguera. Mi papá me castigará y me mandará de vuelta a casa, pensó. Pero José sólo lo miró y habló muy tranquilamente: - Fumas como todo un caballero. – Después añadió -: Ya nos vemos – y salió. El muchacho corrió a su casa y lloró amargamente, porque había mentido a su papá y fallado a Dios. Con furia arrojó a la basura los cigarrillos y los fósforos. – Nunca más volveré a fumar – se prometió solemnemente. Y nunca más sus labios probaron otro


cigarrillo, nunca se acercó a la mariguana o la cocaína; nunca llevó a sus labios un vaso o una copa de bebidas alcohólicas. Leo y José leyeron la Biblia con sumo interés y se esforzaron en observar el sábado. Incluso apartaron el diezmo y las ofrendas, aunque no sabían qué hacer con ellos. A pesar de sus esfuerzos y buenas intenciones, vivían más o menos como la gente mundana de su pueblo. Cuando Leo cumplió 14 años, arribó a Juanjuí un misionero evangélico proveniente de Inglaterra. Su gran deseo de asociarse con los cristianos llevó a Leo a participar en la escuela dominical. Sin embargo, se sintió chasqueado cuando el reverendo Cooper enseñó que la Ley de Dios había sido clavada en la cruz. - Jóvenes, una vez salvados, ya no tienen que preocuparse más por la Ley de Dios – dijo el predicador -. Pueden comer lo que quieran, pueden ir al cine, al baile. Pueden tener pequeños romances. No hay problema si beben un poco de vino o cerveza. Nada de esto es pecado, porque ya no estamos más bajo la ley, sino bajo la gracia. Leo le contó a su papá todo lo que había escuchado. Éste le aseguró que todo eso era contrario a la Palabra de Dios. – Tú sabes que he vivido una vida de pecado. Tuve diferentes mujeres y he engendrado hijos ilegítimos. Practiqué toda clase de vicios y he descendido hasta la corrupción. Jesús murió en la cruz para limpiarnos de nuestros pecados pasados, no para darnos permiso para continuar pecando. Todo el dinero gastado en medicinas costosas, es el precio de haber vivido una vida de libertinaje. Jesús quiere salvarnos de nuestros pecados. José le señaló a su hijo muchos textos bíblicos que enseñan que la Ley de Dios es inmutable y eterna. Le leyó las palabras de Cristo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mat. 5:17). Leo anotó todos los textos que su padre le leyó. En la escuela dominical de la semana siguiente, levantó la mano. - ¿Puede aclararme, reverendo, las preguntas acerca de la Ley de Dios que le hice la semana pasada? – le pidió. El reverendo Cooper replicó: -No vamos a discutir más este asunto. Cuando Leo insistió en que se le diera una respuesta razonable, le pidió que abandonara el salón: -No quiero volverte a ver por aquí nunca más – le dijo. Así terminó la relación de Leo con esa iglesia. Guillermina, por su parte, nunca aceptó la Biblia. Se escapaba para reunirse con los muchachos del pueblo y, eventualmente, salía con uno de ellos fuera de la localidad. Leo contrataba gente para hacer producir la hacienda. A pesar de su precaria salud, José pasaba la mayor parte de su tiempo metido en la política. Fue honrado de un modo especial cuando el gobernador del departamento de San Martín lo nombró subprefecto del distrito de Juanjuí. Dicho nombramiento lo convirtió en la más alta autoridad política del área. Muchas de sus funciones sociales, sin embargo, las atendía en un marco de total desarmonía con la Palabra de Dios. Un sábado, cuando Leo tenía 17 años, su papá le dijo: -Debe de haber algún pueblo en algún lugar que guarde el santo sábado – y añadió - : Me maravillaría, y sería feliz, si hubiera alguien aquí en Juanjuí. Empezaron a indagar hasta llegar a los alrededores de la ciudad. Un día se detuvieron frente a un local bastante deteriorado con techo de paja. Escucharon voces que cantaban himnos en su interior. Cuando entraron, vieron a seis personas allí reunidas. Al preguntar el nombre de la iglesia, les dijeron adventistas del séptimo día.


-¿Creen en toda la Biblia y siguen sus enseñanzas? – les preguntó José -. Las humildes personas contestaron con un entusiasta: - ¡Sí! José se volvió entonces a su hijo, un tanto intrigado: - ¿Adventistas? Debe de ser la religión de la cual habla la Biblia del sacerdote. Aquí hay un pueblo que guarda el sábado. José y Leo preguntaron emocionados: - ¿Podemos venir a adorar con ustedes? Seis fieles adventistas, que habían adorado en el anonimato por algún tiempo, se regocijaron en tener en su pequeña congregación a la más alta autoridad política de Juanjuí, para adorar con ellos a Dios en sábado. La vida política de José comprometía, de hecho, muchos principios y normas bíblicas. Pero el Espíritu Santo llegó a lo más profundo de su corazón. Sabía que existía un solo camino: - Debo seguir a Jesús. Escribiré al gobernador y le agradeceré el honor que me confirió al nombrarme subprefecto, y le pediré que acepte mi renuncia. Fue así como el padre de Leo abandonó el escenario político definitivamente, a fin de adorar con las seis humildes personas, adventistas con poca instrucción formal, pero que eran fieles en guardar el día séptimo en un local con techo de paja que ellos llamaban iglesia. José le recalcó a su hijo: - Es mil veces mejor “ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado” (Heb. 11:25). Los amigos de la comunidad odiaron a José a causa de su nueva religión. Un sábado, padre e hijo pasaron el día entero con sus hermanos adventistas; incluso, por la noche, se quedaron con ellos. Pero mientras convivían en la pequeña iglesia en las afueras de Juanjuí, los “amigos de lo ajeno”, que eran verdaderos enemigos, entraron en su casa y se llevaron todo: ropa, muebles, herramientas, incluso dinero que tenían guardado en un baúl. Finalmente, aquellos perversos rociaron la casa de kerosén, que había en las lámparas, y le prendieron fuego; luego salieron corriendo.


Capítulo 4

Llama de amor “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”. “Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos” (Hebreos 12: 6, 8).

El fuego se difundió rápidamente, sin perdonar nada. La casa construida de madera empezó a arder como un depósito de combustible; las gigantescas llamas se elevaron hacia el cielo oscuro de un noche fatídica, como un dantesco infierno. Eran alrededor de las 9:00 p.m., cuando Leo y su papá terminaron la reunión en el pequeño local adventista y se dirigieron a su atractiva casa, ubicada en la mejor zona de la ciudad. Pero al llegar, se detuvieron como paralizados, a unos pasos, justamente frente a lo que fueron las puertas. - ¿Dónde está la casa? ¿Será esto posible? ¡La casa desapareció! Lo que sus aterrorizados ojos vieron fueron sólo cenizas ardientes. Pronto concluyeron que todas las cosas de valor habían sido saqueadas. La casa vacía y lo poco que quedó, fue quemado. Padre e hijo se miraron mudos de asombro. José rompió el silencio con palabras que impresionaron a Leo: - Todo lo que hemos adquirido con trabajo duro durante toda una vida, se perdió. Pero eso no importa. Lo que no pueden, ni podrán destruir, es la llama de amor que se ha encendido en mi corazón. Voy a seguir practicando lo que sé que es correcto y creyendo en Jesús. En ese momento, la abuelita de Leo llegó con unas tías al lugar del siniestro. No habían venido para mostrar simpatía y solidaridad por el desastre, ni a ofrecer ayuda. Todo lo contrario. – Ahora ven, ¿no es verdad? Todo esto les ha ocurrido por haberse juntado con ese grupo de religiosos fanáticos. Ahora ya pueden irse con esos diablos adventistas. Ellos les darán toda la ayuda que necesitan. ¿No están obligados, acaso, los adventistas a ayudar a sus hermanos? - ¡Uf! Ellos son tan pobres que ni ayudar a una pulga enferma pueden. Ni siquiera pudieron proteger tu propiedad de los vándalos que vinieron a saquear y quemarla. ¿No crees que deberías haber sido un poquito más inteligente para no mezclarte con esos religiosos insensatos? No esperes que te ayudemos. ¡Ni un vaso de agua te daremos! Diciendo eso, se alejaron del lugar. Después de pasar el resto de la noche en casa de uno de los hermanos, José y Leo decidieron alquilar un departamento. Encontraron una casita por sólo 5 soles al mes. El propietario quería el mes adelantado, pero no había manera de cumplir este requisito, puesto que los ladrones se habían llevado también el baúl con todo el dinero guardado, antes de prender fuego a la casa. Tampoco era posible echar mano del ganado, ya que éste se había vendido en su totalidad para comprar la medicina que necesitaba José para su tratamiento. Leo se


preocupó en gran manera por la salud de su papá. – No veo ninguna salida para esta situación – comentó. Cuando escuchó a su hijo, una sonrisa se dibujó en los labios de José, y empezó a repetir la cita bíblica de Job 1:21: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Leo buscó trabajo y encontró uno con sábado libre. Un ingeniero le ofreció pagarle dos soles con cincuenta centavos por día, de lunes a viernes. Él estaba feliz, porque podría devolver el diezmo, pagar la renta y comprar algo de comida. Leo y su padre solucionaron, en parte, su problema circunstancialmente; pero, si José no se administraba el costoso medicamento con regularidad, ciertamente su mal empeoraría. – Leo – le dijo -, he decidido que salgamos de Juanjuí. Mis amigos me han abandonado, los parientes se burlan de nosotros. Gracias a mi experiencia de haber vivido en la selva, podremos progresar y vivir mejor en el río Huallaga. A Leo le gustó la idea de una nueva aventura, y apoyó el plan de su padre. Un día, emprendieron el viaje incierto, bordeando el río Huallaga durante 15 días. José no podía caminar rápido a causa de su quebrantada salud. Pasaban la noche debajo de las palmeras y c oían lo que encontraban a su paso. A veces se veían obligados a detenerse en el mismo lugar dos o tres días para orar, y esperar a que José recuperara fuerzas. Cada amanecer y cada anochecer realizaban su culto familiar. Se turnaban para leer preciosos pasajes de la Biblia. Ocasionalmente se les unían otros viajeros, los cuales escuchaban con interés la lectura de la Palabra de Dios. Para entonces, el gobierno peruano había decretado que las tierras de la selva fueran ocupadas por cualquiera que las quisiera trabajar. José escogió un punto donde el río Cachiyacu desembocaba en el Huallaga. – Papá, ¿estás escogiendo este lugar porque tiene el mismo nombre de la propiedad donde plantaste la fábrica de sal cuando yo era niño? – le preguntó Leo. La sola mención de la fábrica de sal tocó las fibras sensibles de José y, sin poder evitarlo, gruesas lágrimas brotaron de sus macilentos ojos... - Las cosas son diferentes ahora, hijo mío. Llegó el momento de que los papeles se invierta. Tú tendrás que hacer todo el trabajo. Paso a paso Leo reunió el material que necesitaba, siguiendo fielmente las instrucciones de su padre, para construir una choza de dos cuartos techados con ramas. Su progenitor le enseñó cómo fabricar excelentes camas con palos y otros materiales traídos del bosque. Les gustaba la vida sencilla; se alimentaban con lo que la selva producía. Así pasó el tiempo rápidamente, mientras luchaban por la vida y estudiaban la Palabra de Dios. Habían aprendido muchos himnos en la pequeña congregación de Juanjuí. Se gozaban en cantarlos, una y otra vez. Su himno favorito era el No. 313, del antiguo himnario adventista, que correspondía al himno número 254 en el actual himnario en idioma español. El dúo, compuesto por padre e hijo, resonaba a través de la selva; y toda la creación que los rodeaba parecía elevar, juntamente con ellos, su sentida alabanza al Creador: ¡Oh, cuán dulce es fiar en Cristo y entregarle todo a él, esperando en sus promesas, y en sus sendas serle fiel! ¡Cristo!, ¡Cristo!, ¡cuánto te amo! Tu poder probaste en mí. ¡Cristo!, ¡Cristo!, puro y santo, siempre quiero fiar en ti.


Un día, temprano por la mañana, Leo caminó poco más de 6 kilómetros siguiendo el curso del río Huallaga para conseguir algunos huevos. Pensó que sería divertido volver deslizándose río abajo. Cortó un tronco de plátano, sobre el cual se mantendría a flote. Con su cinturón ató los huevos, envueltos en la camisa, alrededor del cuello. Con un palo se impulsó hacia el centro del río donde la corriente, que era más fuerte, lo conduciría de vuelta más rápidamente. Lo que Leo no sabía era que, mientras avanzaba río arriba, se había desatado una tempestad en el río Cachiyacu. Cuando llegó a la desembocadura, donde ambos ríos confluyen, encontró que éste se había desbordado. Todas sus aguas, que desembocaban en el Huallaga, lo arrastraron en sentido contrario. Los ríos corrían como dos gigantescos toros salvajes que luchan, el uno contra el otro, por prevalecer. La corriente atrapó a Leo y su tronco de plátano, y los lanzó hacia el remolino. Mientras gritaba inútilmente, fue succionado en espiral hacia el fondo. Cuando sintió que se había hundido algunos metros, perdió toda esperanza de salvarse. Pensó en su papá; le sobrevino una profunda tristeza. ¿Cómo luchará solo mi papá? ¡Oh, Señor, sea hecha tu voluntad! Entonces acudieron a su mente las letras de su himno favorito: “¡Oh, cuán dulce es fiar en Cristo y entregarle todo a él!” Sentía como si estuviera orando y cantando al mismo tiempo, mientras luchaba contra las aguas y contenía la respiración, simultáneamente, para no ahogarse. “¡Cristo!, ¡Cristo!, siempre quiero fiar en ti”. En aquel decisivo instante, ocurrió un milagro. Cuando Leo creyó que no podría aguantar más tiempo, fue arrojado cerca de la orilla del río. Rápidamente se aferró con desesperación de algunas ramas y descansó hasta recuperar fuerzas, luego se incorporó y se dirigió a pie a su casa. José dedicó 14 meses a enseñar a Leo los secretos de la supervivencia en la selva. Cierta noche, cuando estaban sentados junto a una fogata, le habló en tono suplicante. – Hijo mío, ya hemos vivido en la selva un buen tiempo. No soy nativo. Siempre he vivido como gente acomodada. No me siento bien. Quiero volver a mi pueblo natal y morir allí. Por favor, llévame de vuelta a Juanjuí. Por la mañana leyeron algunos salmos y oraron pidiendo la dirección de Dios. Decidieron unirse a unos hombres que viajaban en una balsa, río abajo. José estaba muy débil y casi no podía levantarse de su lecho. Leo notó que le faltaban fuerzas. Instaló en la balsa una cama especial hecha de ramas de palmera e improvisó una sombrilla, de modo que su enfermo padre sufriera lo menos posible. Cuando llegaron de nuevo a Juanjuí, uno de los hermanos adventistas les ofreció un cuarto desocupado. Leo hizo lo mejor que pudo para atender, como merecía, a su muy enfermo progenitor. Al tercer día, por la noche, José llamó a Leo a su lado y le dijo: - Hijo mío, siento que moriré esta noche. Pero no le temo a la muerte. Sé que Jesús me resucitará cuando venga por segunda vez. - A decir verdad, nada he perdido, y no me siento triste porque me robaron todo mi dinero e incendiaron mi casa; sólo lamento no poder dejarte ninguna herencia. Me duele el haberme equivocado al no convertirte a tiempo en mi hijo legítimo; no tienes ni siquiera un terrenito. Todo lo que puedo dejarte es sólo una recomendación: Nunca te apartes del consejo divino, tal como se encuentra en la Biblia. José extendió su delgada mano y apretó la mano de Leo: - Como sabes, he sido un mal hombre, y tú naciste como un hijo ilegítimo. He orado y pedido perdón a nuestro precioso Jesús por todo ello. – Su voz temblaba y las palabras le brotaban lentamente -. Hijo


querido, Jesús desea que llegues a ser un verdadero hijo de Dios, y que le entregues a él tu corazón. Espero pronto reunirme contigo, nuevamente. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Leo mientras abrazaba tiernamente a su agonizante padre. Repentinamente, éste expiró en sus brazos. José Pinedo nunca tuvo el privilegio de encontrarse con un pastor adventista; sin embargo, su gran deseo siempre había sido bautizarse en la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Quienes lo conocieron; quienes vieron el cambio operado en su vida; quienes constataron su sinceridad e inclinación hacia las cosas de Dios, sabían que había recibido el bautismo del Espíritu Santo. Como el ladrón en la cruz, José había orado: “Señor, acuérdate de mí”. Leo lloró desconsoladamente la muerte de su padre. Esa misma tarde, vino su abuela, que era católica, y le dijo: - Leo, tu padre murió. Ha llegado el tiempo de que te olvides de estos necios adventistas. Trae el cuerpo de tu papá para velarlo en mi casa. Llamaré a sus antiguos amigos, a los doctores, a los oficiales. Todos ellos vendrán. Él no es ningún perro para que lo lleves a ese miserable local de los adventistas. Si lo haces, puedes estar seguro que nadie de la familia asistirá al funeral. - ¡Abuela!, le agradezco por toda su bondad – explicó Leo -, pero yo quiero velarlo con mis hermanos adventistas esta noche. Los hermanos envolvieron el cadáver de José en una sábana blanca, y con mucha delicadeza lo trasladaron a la capilla adventista. El pequeño grupo de seis adventistas se había triplicado desde que José y Leo empezaron a asistir allí. Al día siguiente, no se les permitió enterrar el cuerpo en el cementerio; de manera que juntos cavaron una fosa profunda en un claro del bosque, y allí realizaron un sencillo servicio fúnebre. La abuela y las tías dieron una rápida mirada al cadáver, mientras estuvo en la capilla adventista, y nunca más volvieron. Poco después del sepelio, el amigo sacerdote de Leo vino para darle una reprimenda: Tu padre era un hombre importante en la ciudad de Juanjuí, ¿por qué lo enterraron como a un animal? Nosotros podríamos haber tocado las campanas, anunciando al pueblo su lamentable deceso. Él sirvió como una importante autoridad política en este lugar. Podríamos haber celebrado una misa solemne, y permitido que su alma descansara en paz en su viaje al cielo. Leo apretó los labios y dijo: - No hay tal cosa como el alma que deja el cuerpo al morir y va al cielo. Si usted logra demostrarme con la Biblia que los muertos tienen necesidad de algo, estoy listo a permitirle que celebre misas en su memoria en este mismo instante. Dios extiende su gracia a los vivos, y no a los muertos. - ¡Sabía que esto te pasaría! – gritó el sacerdote -, tú leíste la Biblia en mi biblioteca, y te has convertido en un verdadero demonio. Nunca hiciste ni harás nada digno. ¡Buenos días! – diciendo esto salió y se alejó. Leo había extrañado a su mamá durante 12 años. Ahora, con la ausencia de su papá, se sintió más solo y triste que nunca. Un pariente vino a consolarlo. – Está muy mal que tu padre no te haya dejado ninguna herencia o dinero. Pero, tú sabes, hay un pequeño terreno que necesita cultivarse. No puedes trabajar solo. Lo que realmente debes hacer es enamorarte de una linda señorita y casarte cuanto antes. Papá no hizo testamento, y en mi condición de hijo ilegítimo será más que difícil conseguir un terreno. Pero una linda señorita, alguien que pueda amarme, ¡es una idea que me gusta! – reflexionó Leo.


Cuando Leo conoció a Anita, cuyos vivaces ojos brillaban detrás de sus largas pestañas, un cúmulo de emociones parecían inundar cada parte de su ser. Empezó a frecuentarla y pasar más tiempo con ella. Casi se había olvidado del grupo de adventistas que se reunían en las afueras del pueblo, y que habían sido tan bondadosos con él cuando murió su padre. ¿Amor? ¿Pasión? Leo sintió que debía comprometerse con Anita. Ambos estuvieron de acuerdo en pedir permiso a sus padres para casarse. Leo ensayó las palabras que debía pronunciar, y se aproximó a ellos con un corazón honesto y lleno de esperanzas. Sin embargo, se opusieron tenazmente. Finalmente, el padre de la muchacha, mirando directamente a Leo, le dijo: - Mira, muchacho, la respuesta es ¡no! Tú eres un joven sin herencia ni porvenir. No tienes nada que ofrecer. No podrás ser jamás un buen marido para nuestra hija. Ella merece algo más que un simple bastardo. Esta experiencia fue un golpe fulminante para Leo. Sintió que su mundo se le venía abajo. Los familiares de Anita piensan que sólo soy un huérfano ilegítimo. El sacerdote me dijo que nunca hice ni haré nada digno. Tambaleándose apresuró el paso hacia el parque y se sentó en una banca. Tenía el corazón destrozado, y se sentía el ser más impotente y miserable de la tierra. No tengo la culpa de haber nacido como nací. ¿Por qué todos tienen que echármelo en cara? Leo dio un salto cuando una cálida y delicada mano lo tocó. Era Anita. Sin ser notada, le había seguido hasta el parque y se había sentado a su lado: - Tengo la solución, Leo. Es verdad que mis padres no te quieren; tampoco te aceptan mis tíos. No te preocupes. Esto no debe importarnos. Vámonos lejos de aquí. Vivamos en la selva. Mis padres siempre trataron de controlar mi vida. Estoy decidida a irme contigo. Mi corazón te ama. Estoy enamorada. Llévame adonde tú quieras. Estoy lista – y añadió con pasión -: Leo, te amo. ¡Corramos la vida juntos!


Capítulo 5

Hijo de Dios “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios... El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8: 14, 16, 17)

Leo escudriñó detenidamente los ojos negros y vivaces de Anita. - ¿Escaparnos? ¡Seríamos necios si lo hiciéramos! Para poder viajar por el río, tendríamos que llevar nuestras cosas protegidas con impermeables. Y frente a millones de zancudos, podrías enfermarte de malaria. Cuando tenía 6 años, mi papá, mi hermana y yo huimos de quienes querían matarlo, y viajamos durante muchos días luchando contra los rápidos y las fuertes corrientes, mientras surcábamos el río Cushabataya en una pequeña canoa. No creo que quieras vivir en medio de cocodrilos y jaguares, Anita. Sin embargo, la sugerencia que le habían hecho sus parientes en el sentido de que debería casarse, lo perturbaba. Tal vez la idea de Anita de vivir juntos sin estar casados, podría funcionar, pensó. Él se encontró con ella muchas veces en secreto. Finalmente, decidieron escapar el martes siguiente. ¿Por qué no?, pensó Leo. Cuidé de mi papá durante catorce meses en la inhóspita selva. Podría construir una bella casa para Anita. De vez en cuando, los aviones aterrizaban en la remota área amazónica de Juanjuí. Cuando así ocurría, todos corrían a la pista de aterrizaje movidos por la emoción y la curiosidad. Justo antes del mediodía del lunes, Leo se encontraba entre la multitud cuando un avión CAMSA DC-3 aterrizó y se estacionó frente al rústico edificio del pequeño aeropuerto. Vio descender por la rampa a una mujer atractiva y de bella sonrisa, quien exhibía un diente de oro. Los jóvenes de la pequeña congregación adventista la rodearon, y leo se unió a ellos. Codeándole a un amigo le preguntó: - ¿Quién es ella? El amigo le respondió: - Su nombre es señora Mercedes Guerra de López. Es la esposa del pastor López. Rápidamente Leo se acercó y le preguntó: - Señora, ¿por qué vino a Juanjuí? - Estoy aquí sólo de paso. Escribí a varios muchachos invitándolos a asistir a un congreso de jóvenes que se realizará este fin de semana en Tarapoto. Quise asegurarme de que asistirán. ¡Me gustaría que también tú vinieras! Leo nunca había conocido a una mujer tan amable y maternal en su trato con los jóvenes. Ella, al enterarse que el padre de Leo había fallecido recientemente, lo llamó aparte. La dama, evidentemente, parecía intuir que la vida de Leo había sufrido un duro revés, y que la angustia lo abrumaba. - ¿Tienes algún problema para no asistir al congreso de jóvenes? – le preguntó la señora López. - Tengo muchos problemas, señora – contestó concretamente.


- ¿Quisieras contármelos? – continuó ella. - ¡Oh!, tengo demasiados problemas, que no necesito echarlos sobre otras personas. - ¿Tienes problemas financieros? Leo quiso ser prudente al no confesar que, en verdad, estaba muy necesitado de dinero. De modo que la pregunta se quedó sin respuesta. Pero la señora López no quiso darse por vencida; así que volvió a preguntar a Leo: ¿Tienes problemas familiares? - Puedo estar agradecido a Dios por no tener problemas familiares. El único ser por quien he velado hasta hace poco, descansa en la tumba. - ¿Tienes problemas sentimentales? Y guiñando un ojo, añadió -. Tal vez tienes enamorada. ¿Tienes una enamorada adventista a quien no querrías dejar mientras asistes al congreso juvenil? - ¡No! – dijo con cierta vacilación. Luego añadió -. Mi enamorada no es adventista. Ella, mirándole a los ojos, le dijo: - ¿No sabes que la Biblia dice que uno no debe juntarse en yugo desigual con los infieles? Ciertamente no querrás tener un noviazgo y un matrimonio con una persona que no es cristiana. - Creo que he leído ese versículo alguna vez – contestó Leo. - ¿Piensas que podrías ser feliz con una persona no cristiana? - Bien, eh, no necesariamente. Pero ella es la única enamorada que alguna vez haya tenido en mi vida. Ella es la única que podría hacerme feliz. - ¿Qué piensas hacer? ¿Tienes planes de casarte con ella? Leo sintió que esta sonriente mujer con diente de oro había tocado el meollo de su problema. Él tenía la intención de vivir en amor libre con Anita en el corazón de la selva. Se fugarían a las 3:00 de la madrugada del día siguiente. Anita había preparado su maleta a espaldas de sus padres. Todo estaba listo para la huída. Pensamientos encontrados invadieron la mente de Leo: ¿Envió Dios a esta esposa de pastor en este preciso instante? ¿El diablo está tratando de entramparme al poner en mi camino una compañera de la concupiscencia? ¿Amo realmente a Anita? Si llevo a cabo mis planes esta noche, ¡nunca descubriré el gozo de vivir una vida de verdadero amor! La Palabra de Dios es concluyente en esto: “Huye de la inmoralidad sexual”. - Supongo que no tienes dinero para asistir al congreso de jóvenes – le dijo en voz baja la señora López. - Es cierto. No tengo un solo centavo. Ella abrió su cartera negra y le entregó a Leo varios billetes. - Esto es demasiado – dijo Leo, devolviéndole parte del dinero. - No, guárdatelo todo. Lo necesitarás para alguna otra cosa. Sólo prométeme que irás al congreso de jóvenes. Leo le hizo la promesa cuando los pasajeros “de tránsito” fueron llamados a abordar de nuevo el avión. Habiendo tomado la decisión, Leo pasó la tarde y la noche preparando su viaje a Tarapoto. Había planeado encontrarse con Anita a las 3:00 de la madrugada detrás de la casa de sus padres. En lugar de eso, a las 2:00 a.m. abordó una frágil balsa en la que iba un grupo de jóvenes rumbo a Tarapoto para asistir al congreso juvenil. No tuvo tiempo de avisarle a Anita; sin embargo, sintió en su corazón que estaba haciendo lo correcto. El viaje a Tarapoto les tomó dos días por río. Leo compró un lápiz y un cuaderno para anotar todos los incidentes del congreso. En la sesión de apertura, el misionero Stephen


Pritchard, presidente de la Misión del Alto Amazonas en el Perú, desafió a la juventud con el tema: “¡Comparte tu fe!” Leo nunca había asistido a una reunión semejante, con un número de jóvenes tan grande. Sabía que también debía compartir su fe. Todo el vacío que sentía por la pérdida de su padre, ahora parecía desvanecerse. La difícil decisión de dejar a su novia le pareció insignificante frente a esta nueva experiencia. Se sintió transportado por el Espíritu Santo hacia las mismas puertas del cielo. Había llegado el tiempo de actuar, tiempo de predicar, tiempo de enseñar a los niños, tiempo de decir a todo el mundo que Jesús viene muy pronto. Éstos y otros pensamientos y sentimientos parecían dominar por completo su vida. Descubrió que el congreso era realmente emocionante y altamente estimulante para la mente y la vida de los jóvenes. Cuando Leo se enteró que habría un bautismo el último día del evento, fue a ver al presidente de la misión: - Pastor Pritchard, deseo bautizarme – le dijo a secas. - Joven, ¿hay alguien aquí que pueda recomendarte? – le preguntó el pastor. Leo sabía que aun los jóvenes con quienes viajó en la balsa, en realidad, no lo conocían; ellos tampoco eran bautizados. Nadie podía testificar acerca de su conversión. - ¿Quién te dio estudios bíblicos y te enseñó las doctrinas? – volvió a preguntarle el pastor Pritchard. - Nadie, pastor, he estudiado la Biblia por mí mismo, pero he procurado guardar el sábado durante seis años. - Mi joven amigo, ¿no habrá nadie que pueda recomendarte? Después de una pausa, añadió -: Por ejemplo, tú sabes lo que es el diezmo, ¿verdad? - Sí, pastor. Después de que mi papá y yo empezamos a asistir a la pequeña iglesia adventista de Juanjuí, nuestros enemigos vinieron, se llevaron todas nuestras pertenencias e incendiaron nuestra casa y la redujeron a escombros. Por alguna razón inexplicable, mi padre había guardado sus diezmos en la casa de un amigo. Era una gran suma de dinero: el 10 por ciento de la ganancia de la venta de los animales. Sólo el diezmo se salvó del desastre. Pero ni este testimonio logró convencer al pastor Pritchard: - El diezmo no es señal de discipulado. ¿Cómo puedo saber que realmente estás convertido? – insistió el pastor. - ¡Gracias, pastor! Está bien. Algún día me bautizaré. Leo trató de ser cortés exteriormente, pero en el fondo sentía como que su corazón había sido herido con una navaja. El sacerdote me dijo que no haría nunca nada digno. Los padres de Anita me rechazaron porque no era suficientemente bueno para su hija. Ahora el pastor y su junta no me quieren en la Iglesia Adventista. Bueno, ellos no me dijeron que no me quieren, sino que yo mismo no sé lo que siento ni quién soy. Alguien debía haberme recomendado, se dijo sollozando en silencio. El congreso juvenil concluyó dejando en el alma de Leo una gran desilusión, porque no pudo bautizarse. Sin embargo, el lema “Comparte tu fe”, resonaba como nunca en sus oídos. En el congreso había conocido a Julio López, y le propuso un plan: - ¿Por qué no hacemos de nuestro retorno a Juanjuí un viaje misionero? Podríamos seguir el curso del río y compartir nuestra fe en todos los caseríos que encontremos en nuestro recorrido. Leo continuaba hablando con entusiasmo del plan, mientras Julio lo miraba sorprendido: - Quiero enseñar a otros a cantar los bellos coritos que hemos aprendido aquí en el congreso de jóvenes. Quiero aprender a predicar. A Julio también le gustó la idea: - Tú sabes que tengo las mismas aspiraciones que tú. Trabajemos juntos como un equipo.


Leo compró un cuaderno nuevo donde escribir todos los textos bíblicos que debería usar, y también para registrar los incidentes y las experiencias obtenidas en su trabajo misionero. Un miembro de la iglesia de Tarapoto, que se enteró de sus planes, les donó una lámpara de kerosén marca Petromax. Leo compró camisetas para iluminar la lámpara con el dinero sobrante que le había dado la señora López. Al llegar al primer caserío, Juan Guerra, alcalde del lugar, les dio permiso para que tuvieran una reunión en el local de la escuela. Tan pronto como los primeros niños llegaron, Leo empezó a cantar y enseñarles los coritos, mientras Julio tocaba la guitarra. Los niños, acompañados de sus padres, llenaron totalmente el local. Mucho antes de que iniciaran los estudios bíblicos, las personas que ya no cupieron en el salón, se acomodaron y permanecieron afuera. Los habitantes de esta región primitiva usaban sólo velas o a veces lámparas de kerosén con mecha por las noches. La novedosa y llamativa luz brillante de la lámpara Petromax produjo una gran curiosidad entre los asistentes. El alcalde, que también asistió, se había entusiasmado tanto con el éxito obtenido en la primera reunión, que insistió en que Leo y Julio se quedaran para una segunda noche. Fue así como permanecieron en ese lugar tres noches compartiendo la luz de la Palabra de Dios y hablándole a esa gente sencilla acerca de Jesús, la verdadera Luz del mundo. El cuarto día partieron rumbo a Juanjuí. Algunas horas después, tomaron la ruta a Buenos Aires, que está situada en las márgenes del río Huallaga. Allí, las autoridades de la ciudad les permitieron usar la sala de juntas de la municipalidad. Los jóvenes encendieron su lámpara Petromax y los niños empezaron a llegar como mariposas atraídas por la refulgente luz. Quince niños se reunieron durante los primeros minutos. Luego vinieron los padres y abarrotaron el local. Cantaron, oraron y predicaron durante dos noches, antes de trasladarse al siguiente pueblo. Después de 15 días de gira misionera se les agotó el dinero. Cuando dejaron San Rafael, un desconocido se les aproximó: - Mis jóvenes hermanos, me da gusto que estén realizando la obra del Señor. Diciendo esto, les entregó a cada uno un billete de diez soles, y añadió: - Tomen este dinero para sus gastos a lo largo del camino. Leo había orado para que se abriesen las ventanas de los cielos. Dios los bendijo, y ambos se arrodillaron con corazones agradecidos para alabar al Todopoderoso. Demoraron un mes en llegar a Juanjuí. Recordaron cómo los discípulos de Jesús, cuando volvían de sus giras misioneras, daban testimonio de que nada les había faltado. El Señor realmente nos cuidó. Siempre tuvimos un lugar donde pasar las noches. Nos alimentaron con huevos fritos, huevos duros, buen pan y fruta en abundancia. Y como si ello fuera poco, aun nos dieron dinero. Pero el regalo más grande que hayamos recibido fue el gozo de haber visto a la gente escuchar, por primera vez, acerca de su Salvador y de su pronto regreso – pensó Leo. Al llegar, algo abrumaba el corazón de Leo. Buscó inmediatamente a Anita y se disculpó: - Por favor, perdóname por haber roto mi compromiso contigo. Me fui al congreso de jóvenes sin avisarte. Y añadió -: De hoy en adelante, siento decirte que no seré más parte de tus planes, ni de tu vida. Por ahora, sólo tengo interés en las cosas espirituales; y con la ayuda de Dios, estoy firmemente determinado a empezar a vivir la vida cristiana. Anita, muy a su pesar, pareció entender a Leo: - Tal vez mis padres siempre tuvieron la razón – dijo. Desde aquel instante, nunca más se volvieron a ver.


Pasaron dos meses, y Leo recibió una carta de la Misión del Alto Amazonas, en la que se lo invitaba a asistir a otra gran reunión en Tarapoto: una escuela de colportaje. No lo pensó dos veces. Se apresuró a contestar indicando que aceptaba gustoso la invitación. Leo y Julio, que ya formaban un gran equipo, asistieron a esa escuela con mucho entusiasmo. Un viernes de noche se dio la oportunidad de compartir experiencias. Leo había guardado cuidadosamente las notas de su viaje misionero con Julio. Las pulió y presentó un informe completo de ese viaje de retorno del congreso juvenil a su hogar. Hubo muchos “¡amén!” Después de la reunión, Leo fue a ver al pastor Pritchard: - ¿Cuándo puedo bautizarme? – le preguntó. El presidente de la misión recordó su entrevista con él hacía tres meses. Mirándole al joven, le sonrió: - Quiero examinarte. Hizo pasar a Leo a un cuarto privado. Con la Biblia en una mano y el Manual de la Iglesia en la otra, empezó a hacerle una serie de preguntas. Esto inquietó a Leo al principio, sin embargo se sorprendió él mismo de la facilidad con que contestaba preguntas de tipo doctrinal. - Lo hiciste muy bien, Leo. Puedo ver que has estudiado bastante la Biblia. Ahora quiero que consideres la más importante de las preguntas. – El pastor lo miró fijamente, y continuó -. ¿Has entregado todo a Jesús? ¿Le has confesado tus pecados? ¿Has actuado correctamente con tus semejantes? - ¡Sí, pastor! Y estoy feliz de que usted no me haya bautizado en el congreso de jóvenes. Cuando volví a Juanjuí, me di cuenta que había roto el corazón de una señorita. Anita y yo habíamos planeado fugarnos del hogar. Abrasado por la pasión que había en mi corazón, quise irme con ella muy lejos. Pero sabía que eso no era correcto. Habríamos vivido en pecado, aun cuando hubiéramos decidido casarnos después. Ella no es cristiana. Le pedí que me perdonara por haber roto nuestro compromiso sin haberle avisado. Desde entonces, no volvimos a vernos. Ahora sé que Dios me ha perdonado. El pastor Pritchard continuó: - Has confesado tus pecados y le pediste a Jesús que el Espíritu Santo controle tu vida. Serás bautizado mañana en la tarde, a las 3:00 en punto. - ¡Oh, gracias, pastor! – dijo Leo lleno de emoción. A causa de este cambio súbito y dramático en su vida, Leo no pudo dormir toda la noche. Al fin puedo llegar a ser miembro de la verdadera iglesia de Dios. Puedo ser parte de la familia de Dios – se decía. El sábado de tarde todos se dirigieron al río. Leo estaba parado junto a los demás candidatos. Cantaron, oraron y dieron su testimonio. Cuando llegó su turno, Leo avanzó hacia el río. El presidente de la misión levantó su mano: - Mi querido hermano Leo, por cuanto has decidido dejar las cosas de este mundo y seguir al Señor por amor; por cuanto deseas ser hijo de Dios, te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Leo, el hijo ilegítimo de la selva amazónica – nacido otra vez -, salió de las aguas bautismales brillando de gozo, porque ahora era un verdadero hijo de Dios. En ese maravilloso momento, acudieron a su mente las palabras de la Escritura: “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (Apoc. 21:7) Los recién bautizados se abrazaron con júbilo unos a otros. Entre ellos estaba María, de 18 años de edad, natural de San Roque. Leo la miró, y fue atraído por su ondulante cabellera negra, sus bellos ojos dormidos color café, y su tímida sonrisa. Pronto supo que era huérfana como él y que vivía con su abuelita. Leo había llegado a sentirse cada vez más solo desde la muerte de su padre. Él había roto su compromiso con una señorita para seguir a Cristo. Entonces pensó: Si tan sólo


pudiera tener una novia cristiana, alguien que me ayudara y me animara. Tal vez sea providencial que María y yo nos hayamos bautizado juntos el mismo día.

Capítulo 6

Tragados por una boa “He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (Lucas 10:19)

El maravilloso día en que “nació de nuevo”, empezó a surgir en la mente de Leo un nuevo sueño. Aun la Biblia dice: “No es bueno que el hombre esté solo”. María podría ser la respuesta perfecta a mis oraciones. Ella es una buena señorita, respeta los requerimientos de la Biblia, y es evidente que ama el estudio de la Palabra de Dios – pensó íntimamente. Incluso los dirigentes de la iglesia estuvieron de acuerdo en que una amistad entre estos jóvenes podría ser parte del plan de Dios. Uno de ellos sugirió: - Leo, si esta amistad crece, los dos podrían dedicarse al colportaje. Ustedes dos formarían un excelente equipo. El día del bautismo de Leo, un 23 de septiembre, fue el más feliz de su vida, por muchas razones. Por años se había torturado al recordar las circunstancias de su nacimiento. Ahora sentía el gozo de haber nacido de nuevo, la emoción de ser hijo de Dios. Con el entusiasmo propio de un cristiano recién nacido, se ofreció voluntariamente a formar parte de las filas de los valientes colportores. Decidió consagrar su vida a compartir su fe. Pero cuando pensaba en María, surgían dudas en su mente: ¿Es correcto para mí, un joven de 18 años de edad, pensar en casarme y establecer un hogar? ¿Será María realmente alguien que Dios ha puesto en mi camino? ¿Permanecerá ella fiel a Jesús y a su iglesia? ¿Podríamos ser felices juntos? ¿Me ayudará a crecer en mi vida espiritual? Leo sabía que la quería. Sin embargo, decidió esperar y orar hasta estar seguro de que era la voluntad de Dios el haberla conocido. Su decisión de ir a comportar se hizo realidad a través de un plan que la misión le trazó, en el sentido de que trabajaría con Julio López, de 36 años de edad, una persona mucho mayor que él. Los dos ya habían trabajado exitosamente en el pasado inmediato, después de aquel memorable congreso de jóvenes. Oportunamente, ambos fueron muy bien instruidos. – Ustedes podrán ir al río Huallaga y navegar río abajo, a Tierra Blanca, en balsa. De allí podrán surcar el Ucayali río arriba, hacia Pucallpa. Nosotros enviaremos los libros por vía aérea, y estarán allá cuando


ustedes lleguen. Entonces construirán una balsa y se embarcarán rumbo a Iquitos, por el Amazonas. A Leo no le gustó la idea de tener que decirle adiós a su nueva enamorada, porque sabía que no la vería en muchos meses. Y como estaría siempre viajando, sin itinerario fijo, no podrían intercambiar cartas. Leo y Julio llegaron en un tiempo récord a Pucallpa, donde los libros los esperaban. En el corazón de la selva, justo fuera de la ciudad, pudieron cortar 30 buenos troncos. Con ellos construyeron una balsa lo suficientemente grande como para soportar 10 toneladas. En el Amazonas, pocas son las personas que tienen dinero en efectivo para comprar libros al contado; de modo que los intercambiaban por una variedad de productos. Dada esta situación, necesitaban contar con espacio suficiente para acomodar algodón, caucho, camotes, maní, pollos, pavos, y a veces arcos y flechas; es decir, cualquier cosa que pudieran vender más tarde al contado y pagar a la Casa del Libro y a la Casa de la Biblia. A pesar de esta emocionante aventura por el Señor, ambos se sentían muy solos. Mientras Leo dudaba de si era o no demasiado joven para casarse, Julio López sentía que se estaba volviendo viejo para ello. Sin embargo, éste conoció “casualmente” a una señorita, de nombre Cecilia Navarro, en uno de los primeros pueblos que visitaron. Por motivos obvios, decidieron permanecer allí. Entonces Julio le dijo a Leo: - Puedes surcar río abajo solo, si quieres. Yo pienso quedarme aquí hasta casarme. Leo aceptó el desafío, y decidió realizar solo el largo viaje. Pero no vendía nada en cada punto. Por tres meses no vendió ni un solo libro, ni una sola revista. El desánimo lo invadió y pensó renunciar. Un día, amarró su balsa a la orilla del río y se fue a una aldea llamada Nuevo Oriente. En ese lugar, los trabajadores perforaban pozos para extraer petróleo. Allí hizo su primera venta. Entonces agradeció al Señor por intervenir y evitar que renunciara. Leo empezó nuevamente a tener éxito, y en pocas semanas volvió a juntarse con Julio y su flamante esposa, quienes habían iniciado su viaje de luna de miel en una balsa. Leo notó que era formidable tener una cocinera (Cecilia) a bordo de la balsa. Cuando vio que Julio era feliz, sus pensamientos volaron hacia María. Y así continuaron por la margen derecha del río. Cada día se detenían en los pueblos, y canjeaban libros por productos. La balsa se portaba bien, a pesar de que recibía más y más carga. Construyeron un gallinero a bordo, el cual pronto se llenó de pollos, gallos y gallinas. Pero, a la larga, navegar en una balsa sobrecargada con más de 5 toneladas de arroz y otros productos, se hace cada vez más difícil. Se guiaban con un remo, dependiendo de la corriente, para impulsarse hacia adelante. Siendo que era pesado guiar la balsa, y el Ucayali tan ancho, ellos siempre avanzaban por la margen derecha. Una tarde, súbitamente, se levantó un ventarrón, y las fuertes rachas los empujaban hacia la izquierda. El cielo se oscureció de pronto, los relámpagos empezaron a circuir el horizonte, creció la fuerza del viento y las olas comenzaron a elevarse y azotar con furia la indefensa balsa, hasta inundarla casi completamente. La única manera de salvar la carga es alcanzar la orilla, y detener la balsa en alguna playa, hasta que pase la tormenta – pensó Leo. Lucharon para acercarse a la orilla, pero ésta tenía una pendiente y sus esfuerzos por amarrar y sujetar la balsa fracasaron. La tormenta arremetió con más fuerza contra ellos, y los empujó hacia la margen izquierda. El viento aumentó de fuerza y empujó la balsa hacia adelante. Leo luchó con el remo direccional para no encallar o chocar contra los troncos de los árboles que , de pronto,


emergían a la superficie peligrosamente. Éstos podrían despedazar en segundos la balsa. ¡Sujétense! – gritó Leo. De alguna manera, cuando inevitablemente chocaban contra los temibles troncos, las olas los elevaban y arrojaban contra la turbia orilla. Leo saltó de la parte trasera para evitar ser arrojado por la borda por las gigantescas olas. Cecilia temblaba mientras miraba aterrada a su esposo colportor. - ¡No recuerdo haber hecho ningún arreglo para tener una luna de miel como ésta! – dijo ella. Finalmente, la tormenta cesó y evaluaron los daños sufridos. Pocos troncos de la balsa se habían averiado, y realmente no necesitaban reemplazarse con urgencia. En general, la balsa estaba bien. Leo elevó una oración de gratitud y alabanza: “Gracias a ti, Dios, por salvarnos de esta tormenta y de los peligrosos troncos. Tenemos un machete a bordo. Lo he afilado ayer y está listo para cortar. Sé que nos ayudarás a encontrar algunos buenos troncos para reparar nuestra balsa”. En seguida saltó a la orilla, cortó algunos troncos y los trajo a bordo para reparar la balsa. Leo se paró al borde de la balsa y empezó a colocar un nuevo tronco en lugar del dañado. Repentinamente el machete se le escapó de la mano y se hundió en el pantanosos Ucayali. - ¡Oh, no! – gritó -. ¡Todas mis esperanzas de reparar la balsa se esfumaron con el machete! No tenemos otra herramienta. Leo llamó a los recién casados, y éstos se arrodillaron con él: “Gracias, Señor, por salvarnos de la tormenta”, oraron. “Por favor, ayúdanos a encontrar el machete”. Alguien tenía que lanzarse al río para buscar el machete. Pero abajo acechaba, ciertamente, el peligro. Durante las semanas que navegaron, se toparon con hombres sin brazos, cojos o rengueando. No debido a accidentes de tránsito, o porque algún tren los embistiera. Simplemente habían sido atacados por feroces y hambrientos cocodrilos. Cuando estos animales tienen hambre, empiezan a llamarse unos a otros con un gemido típico, “um, um, um, um”. Julio, Cecilia y Leo permanecieron en silencio. Claramente habían escuchado el llamado característico: “um,um, um, um”. – Los cocodrilos en este río deben de estar hambrientos. Además, el río está infestado de voraces pirañas (diminutos peces con dientes afilados, parecidos a pequeñas sierras de cortar) – comentaron entre ellos. Leo y Julio intercambiaron miradas. Julio, esperando ser un buen ejemplo, decidió lanzarse al agua. Se quitó la ropa. – Oren por mí – dijo, y se zambulló en las frías y turbias aguas. Leo y Cecilia esperaron nerviosos e impacientes. Finalmente Julio salió, pero sin el machete. Volvió a sumergirse la segunda y tercera vez, pero volvía sin el machete. – Estoy agotado – dijo -. Esta parte del río debe de tener unos cinco metros de profundidad, y no pude encontrar nada. Después de todo, Leo perdió el machete. – Permíteme intentarlo – dijo Leo. Aspiró varias veces, luego respiró profundo y se lanzó al agua. Cuando no aguantaba más, volvía a la superficie para tomar aire. Repitió la operación cinco veces. Quince veces. En cada zambullida, Leo sentía que la voraz piraña lo mordía y luego se alejaba. Leo estaba casi exhausto, cuando se lanzó por decimonovena vez. Necesitaba urgentemente encontrar el machete pero, una vez más, salió sin él. Tomó otra respiración más profunda y se sumergió por vigésima vez. Mientras lo hacía, oraba en su interior. Así llegó hasta el fondo del río. Justo cuando se disponía a abandonar la empresa, tocó algo duro con la mano. Cuando empuñó una pieza de acero, oró: “¡Gracias, Señor!” Casi gritó de alegría cuando salió a la superficie con el precioso


machete en la mano. Las sonrisas de Julio y Cecilia se parecían a las de los buscadores de tesoros cuando encuentran oro, finalmente. Leo continuó reparando la balsa. Pero pensó, con tantos cocodrilos y pirañas en estos lugares, no es nada recomendable pasar la noche aquí. Sin embargo, ya era muy avanzada la tarde para buscar un mejor lugar. Cenaron frugalmente, hicieron el culto vespertino, y se acomodaron dentro de sus respectivos mosquiteros. Había transcurrido, aproximadamente, una hora, ya entrada la noche, cuando escucharon un alboroto en el gallinero. Debe de ser un murciélago, o una parte de la balsa estará chocando contra la orilla, o tal vez algún pequeño animal habrá subido a bordo. Pero una cosa es cierta: algo está asustando a las gallinas – pensó Leo. Rápidamente se levantó y salió a investigar; no encontró nada anormal que pudiera ser causa de alarma. Volvió a acostarse. Leo casi se había dormido, cuando un gallo gritó fuertemente. Leo se levantó y fue por un lado de la balsa y Julio por el otro. Cecilia abrió una parte de su mosquitero, el cual daba al gallinero, y pegó un grito de terror. - ¡Es una boa! – lanzó la alarma -. Una boa se está tragando al gallo. La enorme serpiente trataba de engullir al animal, pero parecía no poder pasar las alas por sus fauces. Cecilia tiró del gallo con todas sus fuerzas, tratando de liberarlo, pero sin éxito. Entonces los tres trataron de rescatarlo. La boa estaba semi atravesada en la balsa. Su fuerza superaba a la de dos hombres, una mujer y el gallo que luchaba por liberarse. De pronto la boa, con una habilidad sorprendente, tragó al gallo y se deslizó por el agua hasta desaparecer. Se había perdido en la oscuridad. En pocos minutos ocurrió más de lo que la mente humana es capaz de imaginar. – Creo que debemos contar las gallinas – sugirió Leo. ¡Quince gallinas y el gallo habían desaparecido! -. ¿Qué hacemos ahora? – murmuró Leo -, ¿cómo pagaremos nuestros libros y arreglaremos nuestras cuentas con la Casa del Libro y la Casa de la Biblia? El tesorero no nos creerá que la boa se tragó las gallinas. Después de discutir el problema, decidieron volver a descansar. Llegaron a la conclusión de que – si la boa se había tragado 15 gallinas y un gallo, tendrá el estómago lleno, y no nos molestará más. Con el paso del tiempo, Leo notó que el gozo y la felicidad de Julio y Cecilia iban en aumento día a día. A Julio le confesaba que, en realidad, le tenía una “santa envidia”; pero no permitía que pensamientos sentimentales invadieran su propio corazón. Él soñaba siempre con casarse algún día con María, la bella muchacha que había conocido el día de su bautismo. Estaba seguro que si Dios quería que él echara su suerte con María, le daría sin duda la señal providencial oportunamente. Leo empezó a ayunar cada sábado, y pedía a Dios alguna muestra de su providencia y de su santa voluntad. Una noche Leo se despertó sobresaltado. ¿Qué sueño es éste?, se preguntó alarmado. Claramente vi a María en un salón de baile; ella tenía un cigarro en la boca. Cuando amaneció, recordó que había tenido el mismo sueño tres veces durante la noche. ¿Será que el Señor está tratando de decirme algo?, se preguntó un tanto preocupado. Después de seis meses de viaje, los colportores llegaron al puerto de la ciudad de Iquitos, sede de la Misión del Alto Amazonas. Habían trabajado arduamente para poder pagar al contado a la Casa del Libro y la Casa de la Biblia. Dios los bendijo, y la ganancia obtenida fue mucho mayor que la pérdida de las gallinas y el gallo, tragados por la boa.


Leo recordó que Dios lo había protegido del inminente peligro cuando se sumergió en las profundas aguas infestadas de cocodrilos y voraces pirañas, tanto como había sido preservado de ser tragado por la boa. Se arrodilló y oró: “Señor, tú conocer mi necesidad. Por favor, sácame de mi soledad. Tú sabes lo que siento por María. Pero, Señor, ¡sea hecha tu voluntad!”

Capítulo 7

El reclutamiento “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir... siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:13-15, 23).

El solitario corazón de Leo suspiraba por la chica de San Roque. Habían pasado seis largos meses en la remota jungla, sin haber tenido noticia de ella. Después de arreglar cuentas, preguntó por María. Con tristeza se enteró que había abandonado la iglesia; la misma noche que soñó que ella se encontraba en un salón de baile, se había casado con un joven policía en su pueblo natal. La respuesta de Dios es clara. Debo aceptar su voluntad, se dijo Leo. Por su parte, Julio decidió establecerse con su flamante esposa en la ciudad de Iquitos; de modo que la misión pidió a Leo que retornara solo a Pucallpa. Construyó una nueva balsa, tomó su cargamento de libros y salió por otros seis meses de aventuras. Esta vez se dirigió por la margen izquierda del río Ucayali. Mientras Leo se dedicaba al colportaje, una nueva idea llenó su mente. Debería llegar a ser pastor. Quiero ayudar a la gente a prepararse para la pronta venida de Jesús. ¿Pero, qué esperanzas puedo tener? Ni siquiera he estudiado la secundaria. Nunca asistí a una iglesia que tuviera pastor, donde podría haber visto y aprendido de alguien que tiene experiencia en la obra del Señor. Después de haber trabajado unos meses, Leo arribó a Iquitos nuevamente; allí celebró sus 19 años de edad. Las leyes peruanas requerían que todos los varones, al cumplir esa


edad, se inscribieran en el servicio militar. Leo así lo hizo, pero esto le produjo una nueva preocupación. El ejército peruano seguía la práctica del sorteo para determinar quiénes se enrolarían en las filas de la milicia. ¿Qué tal si salgo sorteado? ¿Tendré que dejar mi trabajo de colportor e ir tras las barracas del ejército? ¿Seré capaz de obedecer los dictados de mi conciencia? ¿Qué rama militar me gustaría seguir? ¿Seré perseguido por causa de mi fe? – pensó Leo con ansiedad. Leo sabía de jóvenes que habían sido fieles a la iglesia en su vida civil; pero cuando fueron al ejército, abandonaron su fe. Algunos miembros de iglesia de Iquitos, impresionados por la espiritualidad de Leo, le preguntaron: - ¿Estuviste ya en el ejército? - Todavía no – contestó él. - Eso es muy malo. Vemos que tienes un especial entusiasmo por las cosas de Dios. Tememos que cuando vuelvas del servicio militar, te habrás olvidado de tu religión. Los que han servido, volvieron fumando, bebiendo, maldiciendo, peleando y buscándose mujeres. Leo comprendió la legítima preocupación de sus hermanos en la fe. A nadie le gustaría ver regresar del ejército a un joven adventista, habiendo fracasado en honrar a Jesús y su iglesia. Todo esto ahondó aún más su preocupación, y le llevó a pensar seriamente en su relación con su Salvador y su necesidad de estar en estrecha comunión con Dios mediante el estudio de la Biblia y la oración. Ser un verdadero cristiano es, ciertamente, más que vivir rectamente cuando las circunstancias son favorables. No es difícil ser adventista cuando se tiene el sábado libre y todo es fácil y cómodo. Pero, ¿qué ocurre si todo es al revés? – reflexionó Leo. Entonces le pidió a Dios que lo mantuviera fiel, pase lo que pasare. Debo estar preparado para honrar a Jesús y no trabajar ni siquiera una hora en sábado. Debo guardar los extremos del sábado. No sería correcto para mí estudiar disciplinas propias del ejército el viernes de noche o tomar algún examen en sábado. Habrá muchas pruebas, lo sé. Satanás intentará derrotarme. Sólo con el poder de Dios podré mantenerme fiel a él. Y ello, ciertamente, habrá de ser un verdadero milagro. Leo hizo un recuento de los milagros que ya habían ocurrido en su vida. Mi madre me puso en manos de un brujo curandero cuando me estaba muriendo. Sé que Dios me sanó, y no el hechicero. Cuando tenía 6 años, políticos perversos ordenaron matar a mi padre, pero el Señor nos libró a él, a mí y mi hermanita, de una muerte segura. Cuando tenía 12 años fui tentado por el juego de billar, el cigarrillo y una vida licenciosa. Dios llegó a mi vida mediante la Biblia del sacerdote, y me salvó del desastre. A los 18 años planeé fugarme con una chica para vivir en fornicación e inmoralidad sexual. Dios me salvó de esa trampa usando a la esposa de un pastor, quien me invitó oportunamente a asistir a un congreso de jóvenes. Mientras vendía libros y Biblias en los pueblos y caseríos, bien pude haber terminado en el vientre de una boa, pero Dios envió a su ángel para protegerme. La posibilidad de ser llamado al servicio militar era la fuente de preocupación y ansiedad de Leo. “Señor, ten misericordia de mí. No tengo un padre que me aconseje. No tengo una madre a mi lado, ni siquiera una hermana o un hermano. Soy sólo un muchacho huérfano de la selva. Ayúdame a serte fiel si me enrolo en el servicio militar” – oró fervientemente.


La Misión del Alto Amazonas envió a otro colportor para trabajar con Leo. Su nuevo compañero, Manuel González, a diferencia de Julio, lo atormentaba continuamente: - Leo, te crees más santo que todos los demás. Te aseguro que no lo eres. ¿Qué pretendes ayunando los sábados? ¿Piensas que eso te hará mejor cristiano? Leo miraba a Manuel sin contestarle una sola palabra. Sólo razonaba, no hay manera de hacerle entender a Manuel el conflicto que estoy viviendo. Cuando Leo se encontraba comportando en Pucallpa, recibió una carta certificada. La abrió nerviosamente y la leyó: “Señor Leonardo Pinedo: Por favor, preséntese al cuartel militar de Iquitos inmediatamente. Usted ha sido sorteado para servir en el ejército peruano”. Su primera reacción fue de desánimo. ¿Por qué, Señor, permites que me ocurra esto? Él sabía que Dios lo había bendecido en el ministerio de la página impresa con ventas de miles de soles de publicaciones adventistas. Fuera de toda duda, le gustaba trabajar para Dios. ¿Será posible trabajar para Dios y servir a la patria al mismo tiempo? Entonces recordó las palabras de Jesús: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mat. 22:21). Leo, con humilde resignación, aceptó lo que no podía cambiar. No puedo pasar por alto la oportunidad de ser un buen ciudadano, pensó. En seguida se dirigió al puerto para ver si encontraba alguna embarcación que se dirigiera a Iquitos. Tampoco había aviones, en esos días, que cubrieran esa ruta. No había manera de viajar a Iquitos. El capitán encargado del reclutamiento para Pucallpa, sabía del mensaje que había recibido Leo, porque él le había vendido muchos libros. Éste, sin titubeos, le sugirió: Mira, joven, hay vuelos diarios a Lima. ¿Por qué no entras al ejército allá? En mi oficina puedo arreglar tu transferencia. A Leo le pareció buena la idea, y el oficial arregló su documentación para formalizar el cambio. En pocos días, el muchacho recibió en sus manos toda la papelería pertinente. A fines de diciembre Leo viajó a Lima, la capital peruana. El pequeño avión DC-3 en el que voló se elevó a más de 6.000 metros de altura para trasponer la bellísima Cordillera de los Andes. La azafata proveyó oxígeno a los pasajeros, porque la pequeña nave era fuertemente sacudida por las turbulencias. Leo trató de ayudar a su compañero de asiento que se sentía muy mal. Una vez en tierra, al llegar a Lima, Leo hizo sus primeros contactos con los dirigentes de la iglesia adventista. Fue así como conoció al pastor Richard Haydn, quien lo trató amablemente y lo puso en contacto con el pastor Francisco Scarcella, evangelista de la Unión Incaica. A este último, le habló confidencialmente: - Pastor, he sido sorteado para el servicio militar. Pero antes de ingresar al cuartel, quiero su consejo. Estoy determinado a ser fiel, pase lo que pase. - ¡No te preocupes! Tengo un amigo, el comandante Salinas, quien nos ayudará. Sube a mi carro, en seguida iremos a verlo – le aseguró el pastor Scarcella. Salieron velozmente en el automóvil, atravesando las calles de Lima, cuyo tránsito era un verdadero pandemónium. Todo el mundo parecía estar apurado. Sonaban las bocinas aquí y allá, chirriaban los frenos, los conductores hacían gestos de impaciencia; todo era tan diferente de la apacible tranquilidad de la selva amazónica. El pastor vio cómo Leo se sujetaba de sus brazos muchas veces. – Te acostumbrarás a esto. La gente aquí maneja como loca – dijo sonriendo.


El comandante Salinas saludó a su viejo amigo, el pastor Scarcella. – De alguna forma – dijo -, estaré feliz de hacer lo posible para ayudarlo. El pastor Francisco Scarcella presentó a Leo y le explicó: - Este joven quiere continuar sirviendo al Señor, aun después de haber cumplido su servicio militar. ¿Habrá alguna forma de ayudarlo para que tenga los sábados libres y pueda asistir a la iglesia? El comandante, amablemente, le aseguró que eso no sería problema: - Espere y preséntese en el cuartel el primero de febrero – le dijo -; una vez que esté registrado, pregunte por mí. Lo ubicaré en un puesto donde no lo molestarán por sus convicciones religiosas. Cuando Leo y el pastor se retiraron, el muchacho estaba tan feliz que no prestó ya atención al enloquecido tráfico de la gran Lima. – Pastor Scarcella – le dijo -, Dios está contestando mis oraciones. Él está poniendo sus manos sobre mí. Nunca podré agradecerle lo suficiente. El comandante Salinas aceptó su sugerencia de arreglar las cosas, de modo que me sea posible guardar el sábado y asistir a la iglesia. Más tarde el pastor Scarcella le ayudó a Leo a encontrar un alojamiento cerca de las oficinas de la Unión Incaica, mientras llegaba la fecha de su ingreso en el cuartel. Durante ese breve tiempo, Leo conoció a nuevos amigos adventistas. Cuando uno de ellos se enteró de que Leo iba a ingresar al ejército, le dijo: - No seas loco. ¿Por qué te metes al ejército? Dos años de tu vida se desperdiciarán y perderán. Si deseas, podemos ayudarte a liberarte del ejército. Tengo un amigo que ha hecho este tipo de favor a muchos jóvenes, incluso a mis propios hijos. Él sabe cómo eximirlos del servicio. - ¿Cómo es posible esto? – preguntó Leo, sorprendido. - Bien, él cobra sólo 300 soles, y del resto se encarga fácilmente. - Pero, ¿qué es lo que hace? – insistió Leo. - Mi amigo es abogado; él tiene todas las herramientas en las manos. Él se encarga de hacer los arreglos. Tiene muchos amigos militares que resuelven el caso una vez que se les entrega el dinero. Es una gran oportunidad, sólo tienes que pagar 300 soles, y obtienes tu dispensa del servicio militar. Es probable que te resulte difícil reunir todo el dinero junto, pero lo puedes conseguir poco a poco. Créeme, vale la pena librarte de esos dos años de servicio militar. Leo pensó que aquello era una gran idea. Así podría retornar al colportaje o ir a la escuela. El último día de enero fue nuevamente a ver al pastor Scarcella. Éste, como siempre, lo saludó amablemente. - ¿Cómo van las cosas? – le preguntó -. ¿Estás listo para la vida del cuartel? - Sí, pastor; quiero decir, más o menos... - ¿Qué significa “más o menos”? Ya hicimos los arreglos con el comandante para que no tengas problemas. ¿Falta alguna otra cosa? - Bien, pastor... ah; bien, usted verá, me pregunto si habrá alguna manera de que se me exonere del servicio militar. Creo que realmente no es necesario que yo pierda dos años en el cuartel. - ¿Qué tratas de decirme, Leo? – le interrogó el pastor. - Verá usted, he descubierto que un abogado puede arreglar todas las cosas. Sólo tengo que pagarle trescientos soles. Entonces no tendría que servir en el ejército, y me evitaría el riesgo de trabajar en sábado. Nadie me obligará a tomar bebidas alcohólicas. Nadie corromperá mi vida, ni iré a los bailes o a las diversiones para relajarme. He pensado mucho en el asunto, pastor. Lo que tengo que hacer es evitar ir al ejército. - Leo, dime, ¿estás listo para ingresar al ejército y ser fiel a Dios?


- No lo sé, pastor. - ¿No has orado y ayunado y pedido a Dios que te ayude? ¿No le darás al Señor la oportunidad de contestar tus oraciones? - Pastor, creo que no tengo muy claras las cosas en mi mente. El pastor Scarcella hizo una pausa, luego le habló en tono firme: - ¿Quieres que te diga la verdad? - Adelante, pastor. Estoy dispuesto a escuchar lo que sea – le respondió Leo. - Mira, ese abogado del cual me hablas tendrá que falsificar tus documentos para evitar que prestes el servicio. En realidad, no veo qué pueda impedir que vayas al ejército. Sencillamente ya fuiste sorteado. - Si ahora estás pensando quebrantar las leyes del país para quedar libre del servicio militar, mañana no tendrás escrúpulos para quebrantar la Ley de Dios. ¿Qué dices? ¿Ingresarás al ejército o tratarás de encontrar alguna forma deshonesta de quedar libre? Scarcella miró directamente a los ojos de Leo. - Pero, pastor, comprenda que no deseo ir al ejército. Además, otros adventistas han pagado y quedaron libres. - Tú tienes de decidir, Leo. ¿Seguirás el ejemplo de algunos adventistas débiles, o permanecerás firme del lado de lo correcto, como un honesto y fiel hijo de Dios? - Basta, pastor. Iré al ejército. Mañana es primero de febrero. Por favor, lléveme allá ahora mismo. El pastor Scarcella abrió la puerta de su carro y Leo entró en él. Se dirigieron a toda prisa al cuartel del Centro de Instrucción “San Bartolomé”, donde Leo se bajó. Éste agradeció al pastor por su consejo firme y el viaje gratis. Luego se despidieron. Leo no perdió de vista al siervo de Dios, hasta que éste desapareció en medio del tráfico. Hubiera deseado que se quedara a mi lado hasta que haya ingresado al cuartel, musitó con un dejo de tristeza. Leo firmó su internamiento en la oficina principal y presentó su carta de reclutamiento. – Ahora, permíteme tu partida de nacimiento – le dijo el oficial de turno -. ¡Oh, eres hijo ilegítimo! ¡Será mejor que te cuides y te comportes bien aquí! Leo llenó unos formularios, tomó el juramento de lealtad a la patria, y contestó la prueba de aptitud. De este modo, llegó a ser oficialmente soldado del ejército peruano. Entonces se acordó del amigo del pastor Scarcella, y la promesa de ayuda que le había hecho. Inmediatamente solicitó entrevistarse con él: - Quisiera ver al comandante Salinas – dijo concretamente al encargado. - ¡Lo siento! El comandante Salinas acaba de ser trasladado a sus nuevas funciones lejos de Lima – le contestó el oficial de turno. Una ola de temor paralizó a Leo. No podía creer lo que acababa de oír. Quedó en absoluto silencio por unos minutos.


Capítulo 8

Sábado en uniforme “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Timoteo 2:4)

Pensamientos de ira inflamaron la mente de Leo. ¿Por qué el pastor Scarcella me metió en este lío? Él ni siquiera se quedó para asegurarse de que todas las cosas estuvieran en su lugar. ¿Cómo podré guardar el sábado ahora? ¿Por qué no le habré pagado al abogado? En pocos minutos, Leo estaba encaramándose a un enorme camión. El comandante gritó: -¿Cuántos muchachos tenemos aquí? - Ochenta – fue la respuesta. - Necesito veinte más – chilló el comandante. Veinte soldados más fueron añadidos y amontonados como ganado. Cien nuevos reclutas abordaron el camión descubierto. Preocupado por su propia suerte, Leo ignoró a los compañeros que iban apiñados a su lado. Entonces oró en silencio: “¡Ayúdame, Señor, a serte fiel! ¡Ayúdame a soportar las pruebas como buen soldado de Jesús!” Después de recibir sus uniformes, Leo pidió entrevistarse con su capitán. La providencia le sonrió al concedérsele la entrevista. Leo, todavía vestido de civil, se sentó frente al capitán Hugo Sotello. Por horas le explicó su estilo de vida cristiana y su determinación de permanecer fiel a Jesús y a su iglesia. - Capitán, quiero ser un buen soldado, quiero cooperar, quiero estudiar y hacer lo mejor que pueda. Antes que todo, sin embargo, debo honrar a Jesús. Después de escuchar pacientemente a Leo, el capitán Sotello le dijo sarcásticamente: No te aflijas, muchacho. He sido oficial por más de veinte años. Durante los primeros días de servicio siempre hay unos pocos reclutas que vienen a hablar conmigo, e invariablemente me dicen: “Escúcheme, capitán, soy protestante, o bautista, o adventista, o mis padres son judíos”. - Quiero que sepas que en todas las ocasiones, en menos de ocho días, ellos estaban bebiendo, bailando, jugando, etc. Hacen todo lo que tienen que hacer en el servicio militar. ¡Así, no te preocupes, hijo! En pocos días, estaremos bebiendo cerveza juntos. Nos divertiremos en grande bailando con las muchachas que vienen a visitar nuestra base militar. - ¡Olvídate ahora de tu vida civil! Cuando salgas de mi oficina, te quitarás esa ropa que traes, y te pondrás tu uniforme del ejército. En ese momento, te olvidarás de tu vida pasada. - Quiero que entiendas que harás todo lo que se te ordene hacer. Comerás lo que se te dé. Trabajarás el día o los días que se te asignen. Y si no lo haces, nos veremos obligados


a usar la fuerza, aun si tenemos que castigarte. Y ahora vete. No me quites el tiempo con tus niñerías de civil. Tratando de sobreponerse del duro golpe, Leo pensó: Será mejor que aproveche esta última oportunidad, mientras todavía estoy aquí y sin uniforme. Se paró y, mirando al oficial por encima de su escritorio, dijo: - Capitán, no vine aquí para bromear o hablar livianamente. He compartido sinceramente con usted lo que hay en mi corazón. Quiero que sepa desde este mismo instante que, si tengo problemas en el servicio militar, será únicamente por causa de mis convicciones religiosas. Mi conciencia no me permite cambiar mis creencias y mis principios por nada del mundo, ni aun para obedecerle a usted. - Mi primer deber es, y será, agradar a mi Dios. Capitán, entiendo lo que usted me ha dicho. Quiero que sepa que le he presentado razones legítimas de mi fe y mi conducta. Si no es capaz de ayudarme, estoy listo a sufrir las consecuencias. El capitán Sotello, rojo de ira, se dirigió a Leo y le ordenó: - ¡Sal inmediatamente de mi presencia! ¡No quiero hablar más de este asunto! ¿Me entiendes? Leo se dirigió al cuartel, se quitó su ropa de civil y se puso su uniforme. El día de mi bautismo, el pastor Pritchard leyó: “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gál. 3:27). Ellos podrán quitarme mis vestiduras de civil, pero jamás podrán despojarme de Cristo – pensó para sí. Al caer la tarde del lunes, los hombres del grupo de Leo fueron convocados a una reunión para recibir instrucción. Se les habló acerca de los diferentes llamados de trompeta y su significado, los cuales ordenaban levantarse, acostarse, acudir al comedor, y muchas otras actividades. Las instrucciones continuaron por el resto de la semana. Leo aprendió cómo marchar, cómo cuidar su ropa y su dormitorio, y todo lo concerniente a la vida militar. Pero, por encima de todo, lo que más preocupaba a Leo era el asunto del sábado. ¿Cómo pasaré mi primer sábado? El amigable comandante que iba a ayudarme fue trasladado a otro lugar. El capitán intenta acabar con mis convicciones religiosas. ¿Qué puedo hacer? El viernes por la mañana, Leo volvió a entrevistarse con el capitán Sotello. Después de saludarlo, según el protocolo militar, le dijo: - Capitán, mañana es sábado. Quiero que sepa que este día empieza con la puesta del sol del viernes y termina con la puesta del sol del día siguiente; en consecuencia, no me será posible realizar normalmente las actividades comunes de la semana. Los ojos del capitán Sotello se encendieron de ira: - ¿Y qué quieres de mí? – le exigió. - ¡Capitán, mi conciencia me obliga a guardar el sábado bíblico! Debo tenerlo presente y observarlo como conviene. - Sal de aquí, y no vuelvas a verme otra vez! – gruñó el capitán. Desde la ventana de las barracas, Leo vio cómo se ponía el sol, señal de que su primer sábado en el ejército había empezado. Cada vez que la trompeta sonaba, él permanecía en las barracas. Sabía perfectamente cuáles órdenes se estaban dando. Aun cuando se tocó la llamada para el comedor, él permaneció en su cuarto. Se hizo la promesa de seguir su costumbre de ayunar y orar durante las horas del sábado. Como nunca, sentía la necesidad de una ayuda especial de parte del Señor. El teniente Manuel A. Odría comandaba la sección de Leo. Ese sábado de mañana, notó que el nuevo recluta no había participado en las actividades de rutina. Inmediatamente fue a buscarlo: - Algo te está ocurriendo, muchacho. ¿Qué te sucede? – le interrogó cuando lo encontró en su barraca.


- ¿Qué te perturba, soldado? ¿Estás enfermo? – le preguntó el teniente. - No, señor, me siento perfectamente bien – le habló directamente al oficial -. Señor, soy adventista del séptimo día. Mi conciencia no me permite hacer ningún trabajo común en sábado. Al oír esto, el teniente se tranquilizó. Su respuesta no era la que Leo esperaba: - No te preocupes, hijo, he servido en Puno a 4.200 metros sobre el nivel del mar. Aquél es uno de los lugares más difíciles del Perú. Uno tiene que ser rudo para acostumbrarse allí. Puno es la sede de la Misión del Lago Titicaca. Conozco muchísimo acerca del trabajo de los adventistas. He aprendido a apreciar a los misioneros adventistas que vinieron de ultramar a nuestra patria. - El Perú tiene una gran deuda con la obra adventista. Millones de indios quechuas y aimaras vivían por siglos en la ignorancia. Eran esclavos de la coca y del alcohol. Los misioneros vinieron y establecieron escuelas e iglesias. Ellos han transformado a miles de personas y les trajeron la civilización. - Quiero que sepas, muchacho, que estoy aquí para ayudarte. Seré tu protector mientras estés en el ejército – Odría continuó -. Ve a mi departamento, toma tu Biblia y cierra la puerta. Nadie te molestará. Si alguien hace algún alboroto, yo respondo. Mi tío es el Presidente de la República. Puedes contar conmigo. No te preocupes. Leo se maravilló de cómo la mano de Dios obraba de una manera que jamás había soñado. Con la ayuda de Dios, puedo guardar el sábado en uniforme, se dijo lleno de alegría. Corrió a las barracas, tomó su Biblia y su folleto de escuela sabática. En ese instante sonó la trompeta anunciando que había llegado la hora de salir a trabajar. Pero eso no le preocupó. Leo tomaría todo el tiempo para adorar a su Creador. Con su Biblia en la mano, fue al departamento del teniente Odría y cerró la puerta. Sabía que no estaba solo. Jesús estaba con él. Mientras tanto, el capitán Sotello notó la ausencia de Leo y preguntó: - ¿Dónde está Pinedo? ¿Qué ha pasado con ese soldado? ¿Ha desertado? El teniente Odría le contestó simplemente: - Él está en mi departamento haciendo lo que le ordené. Pero el teniente se dio cuenta que alguien debía realizar el trabajo de Leo. En seguida se dispuso a cubrir esa responsabilidad. Quiso asegurarse de que su unidad no fallara en nada a la hora de la inspección. Nadie fue requerido para trabajar el sábado por la tarde. A la hora del almuerzo, el teniente fue a ver a Leo: -Hijo – le dijo, he hecho lo mejor que pude por ti. El capitán es una persona muy difícil. Quería que fueras a cumplir tu tarea personalmente. Alegó que nunca aprenderías, a menos que hicieras lo que se te asigna. Le dije que yo haría tu trabajo, y que no se preocupara. Nuestra unidad pasó exitosamente la inspección. - Todo está muy bien, por ahora; sin embargo, para evitar problemas futuros debemos trazar un mejor plan. A cada oficial se le asigna un soldado para servir de asistente especial. ¿Te gustaría ser mi ayudante? - Seguro, mi teniente. Mi deseo es cooperar tanto como me sea posible, de modo que esté en paz con mi conciencia y en armonía con Dios – replicó Leo, con un sentimiento de gratitud. Su nueva asignación, sin embargo, le creó otro problema. Días más tarde, el capitán Sotello llamó a los oficiales de su compañía y les pidió que se presentaran con sus ayudantes en su oficina. Éstos, en realidad, no eran sino personal de servicio doméstico. Lustraban botas y zapatos, tendían camas, barrían, limpiaban baños, cepillaban los caballos, etc. Debían asegurarse, además, que la ropa y las toallas de los oficiales estuvieran limpias, y cumplir su papel de mensajeros con prontitud. Los soldados


que se desempeñaban en estas funciones, no eran elegibles para ser promocionados por el ejército. A los oficiales se les pedía que escogieran a soldados poco capaces para su personal de servicio. El teniente Odría se arriesgó al violar los procedimientos del ejército escogiendo a Leo. El capitán Sotello protestó por esta elección: - Necesito a este hombre, y él no debería ser ayudante de ningún otro oficial. - Necesito un ayudante que tenga iniciativa y sea inteligente. Por eso lo escogí – replicó el teniente Odría. Más tarde, le comentó a Leo el problema: - Estoy corriendo un gran riesgo al tratar de ayudarte a guardar tus sábados; pero espero salir airoso en esta empresa. Mi apellido Odría es una gran ayuda, en estas circunstancias. Los soldados debían lavar su ropa todos los sábados, para la inspección del domingo. Cada soldado tenía sólo dos uniformes. Uno de ellos debía usarse durante la semana. La orden era lavar el uniforme sucio el sábado. Al que desobedecía, se le encerraba en el calabozo y suprimía todos sus privilegios. Leo siempre esperaba que se pusiera el sol para lavar su uniforme, luego lo colgaba cerca de la chimenea de la cocina. A la medianoche, ya estaba seco. Luego lo planchaba y guardaba para la inspección del domingo por la mañana. Los ayudantes de los oficiales también debían cumplir otras actividades en sábado. El teniente Odría tuvo problemas con el capitán, porque pedía a otros que hicieran el trabajo de Leo. Una mañana, Odría llamó a Leo: - No funciona el plan de que seas mi ayudante – le dijo -. Necesitamos encontrar otra manera más efectiva de ayudarte a guardar tus sábados. Ve a mi departamento, envuelve unas pocas camisas y dirígete a la puerta principal de las barracas, y dile al guardia de turno que estás yendo a mi casa por órdenes mías. No le digas ninguna otra cosa más. Cuando llegues a mi casa y entregues las camisas a mi esposa, corre a tu iglesia a adorar a Dios como manda la Biblia. ¡Que Dios te bendiga! Yo responderé por tu ausencia. Leo cumplió al pie de la letra las instrucciones del oficial, y después se dirigió rápidamente a la iglesia adventista de Miraflores. Había estado en el ejército los tres últimos meses, y ésta era la primera vez que volvía a reunirse con sus hermanos adventistas. La escuela sabática apenas había comenzado. Los asientos vacíos estaban adelante. Leo avanzó mientras las cabezas volteaban y los ojos se posaban en el soldado uniformado. El director de la escuela sabática dejó de hablar por unos segundos, al ver pasar a alguien con ropa de uniforme, y entonces le dio la bienvenida. Leo gozó del programa de escuela sabática y del culto de adoración como nunca antes. Cuando finalizaron los servicios, los hermanos lo rodearon, junto con el pastor Scarcella y el doctor Clayton Potts, director misionero de la Clínica “Good Hope” (Hoy Clínica Adventista de Miraflores). Después del culto, Leo participó con los hermanos del almuerzo de camaradería que se sirvió en la planta baja. El pastor Scarcella quedó complacido al saber que Leo había permanecido fiel a sus principios y a la observancia del sábado. En la reunión de la Sociedad de Jóvenes aquella tarde, Leo relató sus experiencias de colportaje en el río Amazonas. Pidió que oraran para que Dios lo ayudara a mantenerse fiel al Señor mientras durara su servicio militar. Después de la puesta del sol, retornó feliz a su base.


Cerca de las once de la noche, su ausencia había creado en la base una situación bastante tensa. El lunes de mañana, Leo compareció en la oficina del capitán. Éste, furioso, le preguntó: - ¿Dónde estuviste el sábado? ¿Adónde fuiste? Leo decidió decir la verdad. – Sí, capitán, estuve fuera todo el día sábado; y le diré dónde estuve y adónde fui. Impaciente, y fuera de sí, el capitán le gritó: - Fuiste a tu iglesia, ¿no es verdad? - Sí, capitán, fui a la iglesia adventista de Miraflores. - Tú sabes muy bien, Pinedo, que el ejército tiene reglamentos que no pueden alterarse, ni mucho menos desobedecerse; por lo tanto, harías muy bien en cumplirlos de una buena vez. Podrías pagar muy caso lo que tú y el teniente Odría han venido haciendo hasta aquí. ¿Cómo te gustaría que te juzgara la corte marcial?

Capítulo 9

Salto de altura “De tarde a tarde guardaréis vuestro reposo” (Levítico 23:32)

La amenaza del capitán Sotello de someter a Leo a un juicio militar, y sus posibles consecuencias, lo atemorizaron en gran manera; pero decidió mantener la boca cerrada. No quiso empeorar la situación diciendo lo que no debía. El teniente Odría había dado su cuello, vez tras vez, por Leo. Aunque había ido demasiado lejos, pensó: ¿Qué pasará conmigo si el teniente Odría es trasladado a otra base? Debo confiar en el Señor y dejar mi vida en sus manos. Alabó a Dios porque los tres primeros meses de entrenamiento básico ya habían pasado; y gracias a su maravillosa ayuda, había sido capaz de guardar el santo sábado hasta aquí. Leo asistía a sus clases castrenses fielmente y estudiaba duro. Tomaba notas cuidadosamente, y siempre daba la respuesta correcta cuando se le preguntaba algo. A decir verdad, era un alumno sobresaliente. Si bien el capitán odiaba el sábado de este joven soldado, sentía cierta simpatía por el alumno que aprendía muy rápidamente. Muchas veces le prestaba a Leo sus libros de reglamentos del ejército, y le pedía que revisara sus


notas y enseñara las clases. El capitán aprovechaba de ese tiempo para salir y visitar a sus amigos o tomar un descanso. Una tarde sonó la trompeta y el capitán Sotello llamó a reunión a su compañía: Jóvenes, tenemos un anuncio muy importante que hacerles. Hemos observado las actividades de los soldados que han realizado su entrenamiento básico. ¡Soldado Leo Pinedo, por favor, pase adelante! Al escuchar su nombre, Leo sintió que se le salía el corazón del pecho. El capitán ha ideado una forma vergonzosa de humillarme delante de todos mis compañeros por causa de mi sábado, pensó temeroso. Marchó al frente, se presentó delante del capitán e hizo el saludo correspondiente. El capitán, volviéndose a la tropa, anunció: - Señores, ésta es una ceremonia oficial, y en ella queremos promover al soldado Leo Pinedo al grado de sargento, por su destacado desempeño. Volviéndose a Leo, le dijo -: ¡Congratulaciones, sargento Pinedo! Leo no podía creer lo que estaba pasando: ¿Es esto cierto? ¿Estoy escuchando mal o confundiendo las señales?, se dijo. Pero el incidente no era una broma, sino una hermosa realidad..., y le invadió una oleada de sudor. Su promoción significaba más responsabilidades y más trabajo para Leo. Significaba también un pequeño aumento en su salario, aunque el mejor pago que obtenía no era ni la cuarta parte de lo que podía ganar en la vida civil. El sargento Leo Pinedo era ahora jefe de 14 hombres, con quienes debía estar en permanente contacto. Sin embargo, una nueva situación le inquietaba. ¿Ahora qué voy a hacer con el sábado?, se preguntaba. Después de todo, ¿tenía el capitán algún motivo real para ponerme en esta situación? Pero el teniente Odría vino al rescate: - ¡Sargento! – le dijo -, no tienes que preocuparte. Yo me haré cargo de tus hombres en sábado. Haz lo mejor que puedas durante la semana, y el sábado tus hombres estarán bajo mi responsabilidad. Podrás pasar el sábado tranquilo en mi departamento. Esto parece marchar bien; pero debo recordar siempre que el sábado es un día de 24 horas, no sólo un asunto de sábado de mañana y sábado de tarde. Debo seguir honrando el sábado desde la puesta del sol del viernes, hasta la puesta del sol del sábado, pensó Leo. Un viernes de mañana, el capitán llamó a reunión a su compañía: - Señores, nuestro comandante del batallón está patrocinando competencias atléticas de pista y campo. Las seis compañías competirán unas contra otras. Ustedes deberían haber estado practicando desde que ingresaron al cuartel. Ahora tendrán que trabajar duro si quieren ganar. ¡Nuestra compañía debe ganar! La competencia se llevará a cabo dentro de ocho días. Luego se volvió a Leo: - Y usted, sargento Pinedo, no piense que estos eventos son sólo para algunos. Usted tiene un cuerpo fuerte. Ha saltado troncos, remado balsas, caminado y recorrido sin temor la selva amazónica. Con esas fuertes piernas que Dios le dio espero que califique para la prueba de los 100 metros planos, salto largo y salto de altura. Debe pasar el mayor tiempo posible practicando, de modo que esté listo para los eventos del próximo viernes. - ¡Sí, señor! – respondió Leo -. Haré lo mejor que pueda. En seguida se aproximó al capitán y le dijo al oído -. Por favor, capitán recuerde que no podré realizar ninguna práctica una vez que se ponga el sol hoy, hasta la puesta del sol de mañana. Creo que, después de reposar en el santo sábado del Señor, él me dará fuerzas suficientes para mejorar mis marcas los demás días de la semana.


El capitán miró a Leo con cierto disgusto: - ¡Lo único que piensas es en tu sábado! Será mejor que te preocupes en cómo ganarás la competencia. El siguiente viernes muy temprano, Leo se arrodilló junto a su cama en la barraca y oró: “Querido Padre, tú has sido muy bueno conmigo. Te doy gracias porque estas competencias atléticas no fueron programadas en sábado. Tú oíste al capitán que dijo que nadie debía faltar a estos eventos, bajo ninguna circunstancia. Por favor, ayúdame a hacer lo mejor. Toca el corazón del capitán, para que sea considerado con mis convicciones religiosas”. Las seis compañías, de mil hombres cada una, que integraban el batallón de Leo se reunieron para las competencias de pista y campo, respectivamente, cuando llegó el esperado día del evento. Cada uno de los seis capitanes estaba empeñado en que su compañía fuese la mejor. Los hombres gritaban y vitoreaban con entusiasmo cuando competía su equipo. Leo llegó primero en la carrera de los cien metros planos. Su salto largo cubrió la mayor distancia entre todos los demás. Su compañía estaba alcanzando los más altos puntajes. ¿Mantendría esta excelente posición hasta el final? La tensión creció cuando llegó la prueba final: el salto de altura. Afortunadamente, los competidores tuvieron un breve descanso antes de esta última prueba. En pocos minutos, los participantes iban eliminándose, hasta quedar sólo dos hombres: Saúl Sánchez y el sargento Leo Pinedo. En el siguiente intento, Saúl Sánchez tropezó con la barrera. Ellos le dieron otras dos oportunidades, pero igualmente falló. Leo oró silenciosamente: “Señor, tú sabes que estoy cansado. Estos hombres se han burlado de mi sábado y me han ridiculizado por rehusarme a comer carne de cerdo, y por alimentarme con frutas y verduras. Por favor, Señor, dame un poder especial en este último esfuerzo”. Leo miró la barrera de 45 grados de ángulo y empezó a correr lenta y pausadamente. En los últimos tramos, aumentó la velocidad, se inclinó ligeramente frente a la barrera y dio el gran salto. Sintió como si la mano de un ángel lo tomara del cuerpo y elevara más y más. Sobrepasó limpiamente la barrera, y la multitud presente gritó de pie y lo ovacionó. La barrera fue elevada dos centímetros más. Leo la volvió a sobrepasar. Luego tres centímetros más. Leo la sobrepasó. La elevaron a cinco; ahora la barrera era de dos metros de altura. Leo la volvió a sobrepasar. Los soldados gritaron y enloquecieron de euforia. No era precisamente un récord mundial, pero una altura semejante es un salto excelente para un peruano de baja estatura. El capitán de Leo corrió gritando a su encuentro: - ¡Ganamos! ¡Ganamos! Acto seguido abrazó fuertemente a Leo y lo invitó a que se reuniera con él y otros oficiales para una cena especial. Por la tarde, el capitán llamó a Leo a su oficina: - Tu excelente condición física, Leo, puso a nuestra compañía muy por delante de las demás. Por esa razón, te voy a dar una semana libre. Durante ese tiempo, podrás hacer lo que quieras. El capitán le entregó a Leo siete pases, todos firmados. Puso debajo de cada uno las fechas de siete domingos consecutivos. Era la tarde del viernes, y Leo sabía que el sábado empezaría en un par de horas más. Sonriendo le dijo al capitán: - Señor, en lugar de darme los domingos, ¿por qué no me da los sábados libres? - Bien, ya que te prometí una semana libre para que hagas lo que quieras, tendrás lo que pides – le aseguró el capitán. En seguida firmó siete pases para siete sábados consecutivos y se los entregó a Leo.


Leo sintió como si flotara en las nubes. Casi dos meses con sábados libres; y no tener que molestar a ningún oficial para hacerle sus pedidos especiales. Y el capitán había marcado los pases de puesta del sol del viernes a puesta del sol del sábado. - Muchas gracias, capitán, por su amabilidad para conmigo! – le dijo Leo. El oficial, moviendo la cabeza, añadió: - Tal parece que esta vez tomarás ventaja de las circunstancias. Te lo prometí, así que ya puedes irte ahora. Leo pareció mostrarse indiferente con lo sucedido en las pruebas de atletismo; en cambio, se regocijó en el hecho de cómo Dios había usado este evento para conmover el corazón del capitán, para que le concediera los sábados libres. Pero Leo ignoraba que, si bien el capitán estaba extremadamente feliz por el éxito obtenido por su equipo, no pasaría mucho tiempo antes de que se arrepintiera de haber firmado los pases para siete sábados seguidos. Otros soldados sentían envidia de Leo cuando lo veían tomar sus siete sábados libres. Empezaron a llamarlo protestante fanático. A pesar de la oposición, las semillas de la verdad fueron sembradas en el corazón de muchos soldados sinceros. Leo compartió su fe e interesó a 85 hombres para el curso bíblico que ofrecía el programa radial La Voz de la Esperanza. Cuatro soldados estudiaban a hurtadillas la lección de la escuela sabática cada día con Leo, y muchos otros venían a hacerle preguntas relacionadas con la Biblia. Pero un día, el capitán se enteró que Leo estaba realizando lo que él llamó “proselitismo religioso”. Entonces lo citó a su oficina: - Pinedo, estás cometiendo un grave error. ¿No sabes que aquí no se debe enseñar otra religión que no sea la católica? - Si tú tienes convicciones religiosas, perfecto, guárdalas en tu cabeza y en tu corazón. Pero de ninguna manera debes imponer esas ideas a otros soldados. Eso no te está permitido. Va absolutamente contra los reglamentos de las fuerzas armadas del Perú. La Iglesia Católica Romana es la iglesia oficial del Estado. Aquí tenemos la responsabilidad de enseñar y velar por esta religión. Por eso tenemos un capellán que nos instruye espiritualmente. No necesitamos, ni permitimos, ninguna propaganda de tipo protestante. Esta advertencia acongojó a Leo. ¿Qué haré con todas estas personas que están estudiando los cursos bíblicos de la Voz de la Esperanza?, se preguntó. Los interesados son casi la mitad de una compañía y el ocho y medio por ciento de nuestro batallón. Ellos se abstendrán de venir a mí con sus preguntas bíblicas por temor. En otra ocasión, el capitán sorprendió a Leo leyendo la Biblia con el soldado Ramírez (quien más tarde se bautizó y graduó en el Colegio Unión – actualmente Universidad Peruana Unión -, e ingresó al ministerio de la enseñanza). El capitán acusó seriamente a Leo de violar con alevosía las leyes internas del ejército, y de desobedecer órdenes específicas dadas por él: - No quiero volver a verte nunca más con ese libro. Si quieres leer la Biblia, hazlo tú solo. Pero jamás compartas su lectura con ningún otro compañero – le dijo enfáticamente. Después, una serie de acontecimientos trajeron desánimo al corazón de Leo. Desde su primer día en el cuartel, el teniente Odría lo había animado a mantener en alto sus convicciones religiosas. Ahora él había sido enviado a Caracas en una misión especial. Una vez ausente Odría, el capitán redobló sus esfuerzos para aplastar a Leo. No pudo asistir más a la iglesia los sábados. Los pasaba en su barraca, leyendo la Biblia. Un día, en vista de que el capitán no lograba sacar de su barraca al sargento Pinedo, fue adonde él estaba, y allí empezó a dar su clase. Pero Leo decidió no escuchar ninguna clase secular en sábado. Entonces el capitán lo llamó a la pizarra. Leo se paró, pero se


rehusó a hablar. Fuera de sí, el capitán lo insultó acremente: - ¡Eres un grandísimo cretino e idiota! ¡Un ilegítimo, miserable bastardo! Leo recordó haber oído esas crueles palabras cuando era niño y jugaba en las calles de Contamaná. Sólo quiero que este pobre hombre pueda oír del gozo de haber nacido otra vez. Estoy feliz porque la Biblia dice que soy hermano de Jesús si hago la voluntad de su Padre. La gente calificó a Jesús de peores cosas que nunca nadie hizo conmigo – pensó en su interior. Poco tiempo después, el teniente Odría volvió de Caracas, y Leo le contó todo lo ocurrido con él durante su ausencia. El joven oficial pidió reunirse inmediatamente con el comandante Flores. Éste, sonriendo, le dijo: - El capitán Sotello es un hombre difícil – empezó -. Pero no te preocupes por Pinedo, mientras esté bajo mi supervisión. El comandante llamó al sargento Pinedo un viernes de mañana a su oficina: - Entiendo que no pudiste asistir a tus cultos religiosos durante algún tiempo – le dijo. - Así es, comandante, es verdad. El capitán me negó, hace ya algún tiempo, todo permiso para ir a adorar. - Siéntate – le pidió el comandante -. Tengo una solución. Mi amigo, el misionero Richard Haydn, me ha prestado un libro titulado El gran conflicto. Ya terminé de leerlo y quiero devolvérselo cuanto antes. Preséntate, como de costumbre, a tu servicio mañana por la mañana, y llévale el libro al pastor. Toma este pase para tu capitán. He escrito una nota pidiéndole que la firme y te la entregue. El corazón de Leo se llenó de gozo: - Muchísimas gracias, comandante – le dijo. Leo tomó el libro, hizo el saludo de rigor, y salió en busca del capitán Sotello, a quien encontró en su oficina -. No quisiera molestarlo, capitán, pero tengo un pase que debe firmarlo usted – le dijo Leo. - ¿Qué pase? ¿No sabes que yo soy el único que da órdenes y permisos aquí? – dijo muy seguro de sí mismo. Leo, mirándole al capitán, repuso: - ¿Quiere decir que yo no estoy bajo el mando del comandante de este batallón? El capitán hizo un gesto de indiferencia, y se limitó a añadir: - Nadie debe salir, aun cuando el comandante haya dado esa orden; no hay razón para que salgas. - Pero, capitán, tengo un libro en mis manos. El comandante me ordenó que lo devolviera inmediatamente. - ¿Qué libro? – objetó con suspicacia. - Es un libro que le prestó un amigo, y quiere que se lo devuelva mañana temprano. - Veo que eres capaz de encontrar pretextos para salir – dijo el capitán fríamente. Después de hablar con su secretaria, firmó el pase de Leo a regañadientes. Luego se paró frente a él, le entregó el pase y le dio una bofetada -. ¡Sal de aquí ahora! ¡No quiero verte nunca más! Después de varias semanas, Leo volvió a la iglesia adventista de Miraflores, esta vez llevando un ejemplar de El gran conflicto para el pastor Haydn. Cada sábado, el comandante se las ingeniaba para que Leo obtuviera un pase, y pudiera reunirse con los miembros de su iglesia, quienes lo esperaban gozosos. Siempre daba su testimonio de renovadas y frescas bendiciones que recibía del Señor. Leo no era el único que iba a los cultos el sábado, también 20 ó 30 soldados empezaron a juntarse para asistir a la sociedad de jóvenes los sábados de tarde. Nada igual había ocurrido en la historia de la iglesia de Miraflores. Ésta pronto empezó a parecerse más a una capilla militar, que a una iglesia de la ciudad.


Los soldados que asistían a la sociedad de jóvenes eran los que Leo había inscrito en los cursos de La Voz de la Esperanza. Ellos, al estudiar la Biblia, habían aprendido acerca del sábado, y aun quisieron estudiar la lección de la escuela sabática. Leían la devoción matutina y trataban de cumplir sus deberes para con Dios. Los miembros de la iglesia se gozaban en ser testigos de un milagro. Su hermosa iglesia de la ciudad jamás había experimentado algo semejante en el pasado. Pero un día, la fortuna de Leo empezó a nublarse. Sus amigos cercanos, los que hasta entonces lo habían apoyado, se fueron de la base. El teniente Odría fue transferido a otro batallón; el comandante Flores, fue nombrado miembro de una delegación diplomática en otro país sudamericano. El nuevo comandante del batallón, Cardeña Caro, proveniente del Cuzco, supo que se habían concedido ciertos privilegios en sábado. De entrada anunció: - A partir de hoy – y esto es definitivo -. A nadie se le concederá permiso para salir los sábados. El capitán Sotello sonrió. Al fin tengo un comandante que me va a respaldar, se dijo. Pero Leo no se dio por vencido y fue a hablar con el nuevo oficial. Se paró en el foro militar, cerca del comandante, quien le preguntó: - Sargento, ¿cuál es su problema? Después de elevar una oración silenciosa, Leo habló con voz firme: - Soy adventista del séptimo día, señor. El comandante anterior me daba permiso para asistir a mi iglesia los sábados. El comandante Cardeña Caro le interrumpió: - No se diga ni una palabra más al respecto. ¿Piensa que el ejército es como la casa de su abuela? Precisamente esta clase de privilegios estoy cortando en forma definitiva. De ahora en adelante, nadie tendrá pase para salir el sábado, por ningún motivo, ¿oyó?

Capítulo 10

Bandera a media asta “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10)

No más pases para el sábado, por ningún motivo. Leo escuchó, con desaliento, las últimas y fulminantes palabras del comandante Cardeña Caro: - Debe entender que en la vida militar, su vida espiritual estará regida por la religión católica. Todos los que prestan


servicio en el ejército están obligados a practicar los ritos y ceremonias de la iglesia católica. Sargento Pinedo, no tengo nada más que decir. Ya puede retirarse. Leo salió con la convicción de que se había puesto en marcha un complot iglesia – ejército contra él. Seguidamente el capitán le informó al comandante que el sargento Leo Pinedo no asistía a la misa, tampoco se presentaba a la instrucción religiosa, donde estaba obligado a arrodillarse y persignarse, aun contra su conciencia. El capellán del ejército también ostentaba el rango de capitán. La situación empeoró cuando trajeron a un obispo con grado de comandante. Pronto, tanto el capellán capitán, como el obispo comandante, fueron informados que en el cuartel había un protestante rebelde. Inmediatamente se dispusieron a valerse de su rango para poner al batallón de mil hombres en la correcta perspectiva religiosa. El jueves temprano las trompetas llamaron a formación. La compañía de Leo se reunió con el resto del batallón; se pidió que cada soldado declarara su relación con la iglesia oficial del Estado y comentara su condición espiritual. A los soldados se les aconsejó que, para ser buenos militares, debían ser primero fieles miembros de la iglesia católica. El obispo habló de su gran interés en el crecimiento espiritual de cada hombre: Ustedes deben tener una correcta relación con Dios. En todo tiempo, deben ser llamados para pelear y morir por la patria. Leo estuvo de acuerdo en aquello de tener la vida en una correcta relación con Dios. Eso sonaba excelente. Finalmente, el obispo preguntó: - ¿Cuántos de ustedes nunca fueron bautizados? Los bautizados, avancen hacia el límite del patio, y fórmense frente a las barracas. – Más de 20 hombres salieron de su grupo -. El obispo continuó: -¿Cuántos de ustedes no fueron a misa durante el último año? – muchos más caminaron hacia el borde del patio. En la compañía de Leo había un joven llamado Juan Pablo de la Cruz León, graduado en un seminario protestante. Conocía muy bien la Biblia y trataba de humillar a Leo diciéndole que los predicadores adventistas eran unos ignorantes y pobremente preparados para el ministerio. El obispo terminó con una declaración final: - Todos los soldados están obligados a ir a confesarse y participar en la misa el próximo domingo. Quiero ver su decisión. Todos los que cumplirán con este plan, avancen y párense frente a mí. Todos avanzaron, incluso el atemorizado seminarista. Sólo Leo permaneció en su lugar. Se mantuvo firme como un poste, dispuesto a enfrentar las consecuencias. Juan Pablo de la Cruz, al ver a Leo solo, regresó a su lado. El obispo, al verlo, dijo: - Lo siento, soldado. Debe volver al grupo donde estuvo. Juan obedeció con cierta vacilación. La acción de Leo dejó perplejos al obispo y al capellán, quienes se miraron sorprendidos. -¿Cómo se atreve este hombre a desafiar una orden de las autoridades religiosas? Inmediatamente fueron con el capitán y el teniente. Éstos, a su vez, hablaron con el comandante del batallón, Cardeña Caro. Pareció brotarle fuego de los ojos al comandante – porque realmente estaba furioso – cuando le informaron del incidente. El obispo, el capellán, el comandante, el capitán y el teniente se encaminaron hacia donde estaba Leo parado: - ¿Por qué desafía la autoridad de la iglesia? – le preguntaron -. Usted tendrá que atenerse a las consecuencias – le amenazaron. Los oficiales avanzaron hacia la plataforma para hacer un último anuncio: - No habrá salidas el domingo próximo. Todo el mundo irá a misa. Todos tomarán parte en la confesión y en la santa comunión. No se hará ninguna excepción, enfatizaron.


Leo se acordó de los tres jóvenes hebreos que permanecieron de pie, solos, en la llanura de Dura. Poco después, Cristo estuvo con ellos en el horno ardiente. Jesús le infundió ánimo a Leo cuando escuchó: No se hará ninguna excepción. El teniente Salazar, nuevo oficial de la sección de Leo, se acercó a él y le dijo: Pinedo, ¿sabes lo que harán el próximo domingo? Ellos te obligarán a confesarte. Planean forzarte a tomar parte en la misa y la comunión. Si es necesario, te someterán y arrastrarán. Leo oraba mientras el teniente Salazar hablaba. - Tienes que salir de aquí el domingo muy temprano – continuó el teniente -, o tendrás serias dificultades. Debes irte temprano. Te firmaré un pase. La directora de un colegio nacional de mujeres nos ha pedido que les ayudemos enviándoles un instructor de educación física el domingo de mañana – diciendo esto, le entregó un pase a Leo. - Preséntate mañana temprano a la directora del colegio. Dile que fuiste enviado en respuesta al pedido que hicieron de recibir la ayuda de un instructor de educación física. Por favor, permanece fuera todo el día. Si es necesario, escóndete. El obispo y el capellán, con el respaldo del comandante, están determinados a tenderte una trampa para atentar contra tu conciencia. Leo aceptó el pase agradecido, y alabó a Dios por usar al nuevo teniente para allanarle el camino y poner la solución a un serio problema. La directora del colegio nacional telefoneó al teniente Salazar después que Leo visitó su colegio: - Nos gustaría que el sargento Pinedo continuara ayudando a las estudiantes. Por favor, envíelo cada domingo para que enseñe educación física a las niñas. Así transcurrieron algunas semanas, cuando Leo notó un nuevo aviso en el boletinero del batallón. El mayor general del ejército planeó tomar 20 brigadas para realizar una maniobra de tres días. Debían salir el viernes, y retornar el domingo. Leo vio que surgiría toda clase de problemas a raíz de esta nueva situación. Corrió a las barracas y cayó de rodillas pidiendo a Dios que lo librara de nuevas y peores dificultades. Sabía que la orden salida de la oficina del general mayor no podría cambiarse. Leo pasó el resto del día ayunando. Por la tarde telefoneó al pastor Haydn y al doctor Potts: - Ellos nos tendrán fuera todo el día sábado en plena campaña, pero yo no pienso ir. Sin embargo, siendo que el nuevo comandante está detrás de todo esto; el asunto podría ser de vida o muerte para mí. ¡No quiero problemas! ¿Pueden ayudarme? Con mucha dificultad, el pastor Haydn y el doctor Potts lograron comunicarse con el comandante Flores. – Mis queridos amigos – dijo él -, siento mucho no poder ayudarles esta vez. La orden viene de arriba, y ésta no puede cambiarse. - Si tuviera algo que ver con mi batallón, sería un placer servirles. Prometí ayudar a Leo Pinedo; pero por favor, entiéndanme, ya no estoy más a cargo de su batallón. Realmente no hay nada que se pueda hacer cuando una orden viene directamente de la oficialía mayor. Los misioneros llamaron a Leo para disculparse por no haber obtenido el sábado libre para él durante esos días de maniobras. Leo continuó ayunando y orando. “Mi querido Padre, que estás en los cielos, tú has prometido: ‘Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar’ (1 Cor. 10:13). Ayúdame a creer en tu promesa. Ayúdame a permanecer fiel, honrando tu santo sábado”. Llegó el viernes de mañana, y Leo seguía orando por liberación. En menos de una hora, su escuadrón se reuniría con 20 brigadas más para ponerse en marcha hacia el lugar


de la campaña, que los obligaría a estar fuera todo el día sábado. Pero de pronto... ¿Qué oigo? Las campanas están repicando. Leo miró el reloj de pared. Eran exactamente las 11:00 a.m. Las campanas de todos los pueblos de la República del Perú sonaban, anunciando el repentino fallecimiento de un alto oficial del gobierno. Inmediatamente las banderas de las barracas fueron izadas a media asta. El Ministro de Guerra del Perú había muerto de un ataque cardíaco. En seguida, el general mayor del ejército emitió una contraorden: “LA SEMANA DE MANIOBRAS HA SIDO CANCELADA”. Las 20 brigadas que estaban listas para la marcha, rompieron filas y volvieron a sus barracas. Entonces se les pidió que enviaran su representante al palacio de gobierno para honrar la memoria del finado ministro de guerra, General de la Puente. Leo, por cierto, no podía regocijarse con la muerte de un alto funcionario militar del Perú. Era un momento triste. El gobierno había declarado duelo nacional. Sin embargo, estaba realmente impresionado por la promesa: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Rom. 8:28). Leo creía que el Señor había permitido esta contingencia en el preciso momento cuando los oficiales se disponían a obligarlo a marchar en sábado, contra su conciencia. Pronto vinieron sus amigos y le dijeron: - Pinedo, no logramos entender. Qué suerte tienes. El capitán Sotello ya nos había dicho que cargarías un equipaje de 50 kilos mañana por la mañana. Intentaba asegurarse de que quebrantarías tu sábado. Ahora sus planes contra ti se frustraron. - ¡Pero, oye, Leo! No pasará mucho tiempo antes que todos se rían de ti. Un día de éstos te obligarán a quebrantar el sábado que tanto defiendes. Cuando volvió a las barracas, a la puesta del sol, Leo se arrodilló, tocó el piso duro de madera, y oró: “Gracias, Señor, por hacer posible que pueda guardar tu sábado”. Vez tras vez Dios ayudaba a Leo a través de situaciones aparentemente imposibles. Justo en cuatro meses más, habría completado su servicio militar obligatorio. Pronto se anunció una nueva orden para las maniobras que serían a fines de octubre. La campaña duraría siete días. Saldrían el sábado de mañana y retornarían el sábado siguiente a las 9:00 p.m. Si voy en esta oportunidad, estaré marchando de vuelta todo el sábado – pensó Leo. Empezó a ver la forma de salir de esta dificultad. Si tan sólo se me eximiera de ir. ¿Qué puedo hacer? Mi amigo, el teniente Odría, no está más aquí. El comandante Flores se ha ido hace mucho tiempo. ¿Cómo puedo ser un sargento fiel si le fallo a mi escuadrón? No hay manera de evitar esta maniobra – recapacitaba en su fuero íntimo. Antes de la partida, el capitán Sotello se aproximó a Leo, que en ese instante ajustaba su equipaje, y le dijo que quería revisar sus cosas. Esto le pareció extraño, ya que el oficial no había revisado el equipaje de los demás soldados. – Quiero estar seguro de que tienes todo empacado correctamente – le dijo el capitán. No soy un recluta novato. El capitán sabe perfectamente bien que todo está en orden – pensó Leo. El capitán Sotello sacó las cobijas, las sábanas, el uniforme, y los tiró a un lado. Se detuvo cuando vio una Biblia. - ¿Qué es esto? Por favor, quita esta Biblia de tu equipaje. No quiero verla ni debes llevarla contigo – le ordenó en tono reprensivo. El capitán se calmó un poco y ordenó al vigilante de las barracas que abriera la puerta para que Leo pudiera entrar y dejar su Biblia en su cuarto. Leo entró, pero sin que nadie se diera cuenta, escondió su Biblia debajo de su chamarra (casaca, en Perú) y volvió a su escuadrón.


La primera noche, los hombres durmieron entre los cerros, muy cerca de “La Molina”. Antes de arribar a su destino, el capitán Sotello desmontó su caballo y pidió que un ayudante lo guiara a pie. Por alguna razón, éste se adelantó y se desvió por un cañón equivocado, y se perdió. El perturbado capitán, que lo seguía de lejos se quejaba: - Voy a morir de sed. Mis alimentos y el agua están en mi caballo; ¿no vio alguno de ustedes a mi ayudante? – gritó desesperado. Los soldados buscaron en los cerros, tratando de encontrar al guía extraviado y el caballo del capitán. Cuando empezó a oscurecer, cesó la búsqueda. Leo escuchó que algunos hombres de su escuadrón protestaban: - Este capitán es tan cruel que no merece ni una gota de agua. - Pero no podemos tratarlo así – replicó Leo -. Es verdad que es muy duro y nos hace amarga la existencia. Pero de ninguna manera se justifica que lo tratemos como él nos trata. Otro soldado habló muy enojado: - El capitán no tendrá cama esta noche. No tiene carpa. No tiene un lugar donde dormir. Nos complacerá verlo morir de frío. Cuando lo encontremos, no será necesario ponerle las manos encima. La naturaleza se encargará de castigarlo. Mañana tendremos la satisfacción de cavar una fosa para él. Leo interrumpió al soldado nuevamente: - ¿Cómo puedes pensar así? Jesús no nos trata de esta manera. Debemos ser bondadosos con nuestros enemigos, y en particular con nuestro capitán. Vayamos al cerro que él dijo que subamos. El capitán había planeado realizar la marcha a caballo la mayor parte del camino. No estaba preparado para los terrenos escabrosos y accidentados. Sus pesadas botas no lo ayudaban, y se quedaba muy atrás. Así fue perdiendo de vista, poco a poco, a los demás. Leo y su escuadrón encontraron una cueva y allí plantaron su campamento; luego se sumaron los demás para descansar. Después de algún tiempo, Leo sacó su Biblia y empezó a leer los Salmos. Justo en ese momento, apareció el exhausto capitán jadeando, hambriento, sediento y temblando de frío. - Sargento, ¿cómo vino a dar su Biblia aquí? – fueron sus primeras palabras. - Capitán Sotello – le explicó Leo -, la Biblia es parte de mi vida como cristiano. Es más importante para mí que las municiones y las armas de fuego, las cuales lo son para usted. - Bien, bien, está bien – se conformó el oficial. - Capitán, estoy leyendo unos bellos salmos que realmente animan al cansado. ¿Quisiera escuchar algunos pasajes? Leo leyó lenta y claramente el Salmo 8. “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar. ¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!” (vers: 3-9) Y del Salmo 34: “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él” (vers. 7, 8). “Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien” (vers. 10). “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová” (vers. 19).


Luego Leo se levantó e invitó a sentarse al capitán. – Debe de tener sed – le dijo -; ¿por qué no bebe de mi cantimplora? Después Leo compartió su alimento con él, y los dos comieron juntos. Las órdenes aquella noche eran que cada hombre debía cavar su propia cueva estilo zorro. Debían cavar entre 45 y 50 centímetros en el suelo e instalar su cama de campaña. Todos debían dormir en la misma posición. Los soldados de la compañía del capitán Sotello ya habían decidido no compartir absolutamente nada con él. Si se moría de frío, no era asunto suyo. Cada quien se vale a sí mismo, se dijeron. Leo, al menos, tenía el respaldo de su escuadra. Inmediatamente pidió a un soldado que ayudara al capitán a hacer su cama. Cuando todo estuvo listo, Leo tomó su cobija y se la dio al capitán Sotello: - Su cama está lista, capitán – le anunció. El avergonzado capitán le dijo: - Pinedo, eres un hombre de gran corazón. Nunca pensé que me tratarías de esta manera, después de lo mucho que te he ofendido. - Capitán, usted merece un trato mejor – repuso Leo. - Gracias, Pinedo – respondió el capitán. Leo le ayudó a cubrirse con su cobija, antes de que se perdiera en la oscuridad de un sueño profundo. Luego pidió a otro soldado que compartiera, por lo menos, un pequeño espacio con él. Ningún hombre de su escuadra se negaría a hacerlo. Siempre trataba bien a los demás, haciendo por ellos lo mejor que podía. Cuando pedía un favor, siempre esperaba recibirlo. Leo se despertó temprano y decidió ayunar ese día, pidiendo al Señor que resolviera su problema del sábado. Durante las primeras horas, los hombres avanzaron una corta distancia, hasta llegar a un arenal, donde esperaron al camión que les traía agua. Mientras Leo hacía fila para recibir su ración de agua, se le acercó el capitán Sotello y le dijo: - Escucha, Pinedo, ¿sabes qué soñé de ti anoche? ¡Realmente fue algo misterioso! - ¿De qué se trataba, capitán? – preguntó Leo, urgido por la curiosidad. - Soñé que el comandante te iba a quitar de mi compañía para ponerte en la biblioteca de los oficiales. Tuvimos una fuerte discusión por ello y dije, finalmente, que primero pasaría sobre mi cadáver antes que te quitaran de mi compañía. Leo no sabía qué decir; sin embargo, le intrigó el extraño sueño del capitán. El jueves, el caballo del teniente Salazar perdió el equilibrio y cayó a una hondonada mientras descendía por una ladera; él se lastimó gravemente una pierna, pero el animal, muy herido, fue abandonado a su suerte para que muriera. La pierna del oficial le dolía tanto que le era casi imposible caminar. No había ningún vehículo cerca del lugar, para conducirlo al hospital. Todos esperaban que, providencialmente, apareciera por ahí un carro que pudiera trasladar al herido a alguna posta médica, donde recibiría la atención que su caso requería. Retornaron a “La Molina” el viernes y acamparon en el cerro. Una delicada maniobra militar estaba programada para la medianoche. A Leo le asignaron realizar una caminata con sus hombres a las 11:45 y trasladar el equipo de emergencia. Él observó, como acostumbraba hacerlo, la puesta del sol. Había llegado el momento de iniciar el santo sábado. Los hombres volvieron a sus carpas. Un equipo telefónico había sido instalado en la carpa de Leo, y las órdenes eran que cuando el teléfono timbrara, él debía contestar y realizar la misión inmediatamente. En un último esfuerzo, Leo fue a ver al capitán Sotello, con la esperanza de recibir un poco de gracia y comprensión de su parte: - Capitán, ¿podría quedar libre esta noche? – le preguntó.


- Lo siento, hijo – le contestó Sotello. - Pero, capitán, no debo salir esta noche, no puedo hacerlo. Usted debe nombrar a algún otro soldado para reemplazarme. - Sargento Pinedo, tienes que salir; y si no lo haces por las buenas, lo harás por las malas. - Capitán, mi sábado ha empezado hace unos instantes. Éste es un día santo. Por favor, entienda que a partir de este momento, no puedo cumplir sus órdenes.

Capítulo 11

El calabozo “Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte” (Lucas 22:33)

Leo observó el crepúsculo y notó que los últimos rayos del sol empezaban a desaparecer en el horizonte. Mientras el astro rey se hundía lentamente entre los cerros, él oró: “Amoroso Padre, ¡ayúdame a levantar la bandera de tu santo sábado muy en alto! Ayúdame a ser fuerte y fiel hasta la muerte”. Luego entró en su rústica carpa y se acostó con la esperanza de poder dormir; pero, obviamente, no pudo. Extraños pensamientos lo perturbaban. Recordaba cómo Jacob luchó con el ángel. Siento como si estuviera librando una lucha de vida o muerte con el mismo Satanás – pensó. Leo presentía que se avecinaba lo peor. Lo que tenga que ocurrirme, con seguridad, no será nada bueno. Ellos me humillarán , me escarnecerán y se burlarán de mí. Sólo deseo morir, y que sea la mejor solución. Soy hijo ilegítimo. Al parecer, mis progenitores nunca se preocuparon realmente por el hijo de su pecado. Sin embargo, mi padre mostró gran interés por mí durante sus últimos penosos meses de existencia. Tristes sentimientos de autocompasión embargaban a Leo. Incluso los miembros de mi iglesia, ¿de qué manera me muestran su amor? Ningún hermano ha venido a verme jamás, excepto el pastor Haydn y el Dr. Potts. La lucha que libraba en su corazón era tal, que por poco pierde el juicio. ¡Hey, tengo la solución! En este mismo momento puedo cortarme las venas. Puedo derramar mi


sangre en sacrificio. Ellos no conseguirán hacerme quebrantar el sábado. Ciertamente, en este caso, el suicidio no es nada que deba temerse. Leo daba vueltas en el piso de su tienda sumamente inquieto. ¿Qué pasaría se me suicido esta noche? El periódico publicaría la patética noticia de la muerte de un soldado adventista cobarde. Se suicidó porque no aguantó la tensión. El hecho sería un tristísimo precedente para la juventud adventista del Perú. Leo se dio cuenta que su determinación de quitarse la vida produciría consecuencias desastrosas en la vida de otros jóvenes que quisieran ser fieles a Dios en el servicio militar. Los oficiales se burlarían de ellos y los tratarían con gran desprecio: - ¿Eres adventista? Entonces eres un cobarde. Tuvimos un soldado como tú. El idiota se suicidó para librarse de una orden. El sargento Leo Pinedo inmediatamente reconoció que Satanás lo estaba asaltando con pensamiento maléficos. ¿Qué caso tendría perder el reino de los cielos por suicidarme, si igualmente podría perderlo por quebrantar el sábado? – se dijo a sí mismo. Leo, finalmente, tomó una firme determinación. Debo dejarme de cavilaciones y recobrar el equilibrio. Puedo quitarme la vida y terminar con mi existencia, o puedo enfrentar las consecuencias con valor, y permanecer fiel a Dios. El Señor me ha librado de muchas dificultades en el pasado. Debo abandonar estos necios pensamientos y alejarlos de mi cabeza. Debo darle la oportunidad a Dios de que muestre su amor por un soldado que quiere honrar a Jesús y su santo sábado. Cuando el pastor Haydn se enteró que Leo estaría probablemente toda la semana en maniobras militares, reconoció que el joven podría enfrentar las más agudas tentaciones de su vida. Inmediatamente le escribió una carta de aliento. Cuando Leo se tranquilizó, recordó las palabras de esa carta, la cual le fue entregada el día anterior: “Querido hermano Leo, cuando el camino atraviesa la peor oscuridad, Dios está dispuesto a darnos su máxima ayuda. Debes seguir adelante. La persecución da a Dios la oportunidad de hacer algo especial por sus hijos”. “Al enfrentarse cara a cara con la dificultad, el hijo de Dios tiene confianza en su Creador y alcanza la poderosa mano de Cristo. Leo, ésta es la oportunidad para aferrarte de la mano amorosa del Señor, y no claudicar. Él te ayudará a salir ileso de los abismos. Debemos seguir adelante, confiando, aun cuando las limitaciones humanas nos hagan sentir que estamos frente a lo imposible”. Las palabras del pastor Haydn se parecen a las de Cristo y me dan nuevo ánimo – pensó Leo. Un gran sentimiento de paz inundó su corazón desde ese momento. Se arrodilló en su carpa y oró: “¡Oh, Señor, pongo mi vida en tus manos! Si esta noche o mañana soy castigado, dame paciencia y ayúdame a soportar. Si se ríen de mí y me ridiculizan, hazme amable. Dame el espíritu de perdón hacia aquellos que puedan injuriarme. Señor, envía a tus ángeles para librarme de cualquier contingencia”. Leo oraba mientras sus compañeros dormían. En esta ocasión, elevó su oración a Dios como si fuera la última noche de su existencia. Hablaba con él como si nunca más tuviera la oportunidad de hacerlo. En su desesperación, Leo repetía vez tras vez las mismas palabras. Había empezado a orar a las 7:00 p.m., y a las 9:00 todavía estaba de rodillas. Repentinamente sonó el teléfono del campamento. Dijo rápidamente “amén”, y tomó el receptor. - ¡Hola!, soy el sargento Pinedo. - Buenas noches, soy el general mayor del Carpio. Dígame, ¿está el capitán Sotello allí?


- General, él no quiere que se lo moleste cuando duerme. Él se encuentra a unos 6 metros de aquí. - Sargento, hágame un favor. Vaya, despierte al capitán Sotello y dígale que acabamos de terminar una reunión en la que tomamos un voto. Hemos tenido muchas actividades esta semana y los soldados están cansados. Caminaron mucho y pasaron penurias. Necesitan dormir esta noche. Esto es absolutamente necesario, ya que todo el batallón debe volver mañana a las 7:00 a.m. al cuartel. Será una larga marcha la que emprenderán. - Hágame el favor de decirle al capitán Sotello que el grupo que iba a salir en campaña esta noche, no lo hará. Las operaciones de emergencia fueron canceladas. - Sí, general del Carpio. Daré su mensaje inmediatamente al capitán Sotello. Leo colgó el teléfono, y salió corriendo de su carpa para ir a despertar al capitán Sotello. - ¡Capitán!, ¡Capitán! – lo llamó. El aún dormido capitán respondió bostezando: - Correcto, Pinedo, ¿está listo para nuestra práctica? - No, señor. ¡Son sólo las 9 de la noche! - Sargento, si sabe que la operación está fijada para las 11:00 p.m., ¿por qué me despierta tan temprano? Esta semana ha sido muy dura para mí, y necesito descansar el mayor tiempo posible. - Perdóneme, capitán; el general del Carpio acaba de llamar. - ¿Y qué quiere? – respondió refunfuñando. - Capitán, me pidió que le comunicara que la práctica de esta noche ha sido cancelada. Ha tenido una reunión con los oficiales superiores de nuestra división, y decidieron que las tropas descansen esta noche, porque mañana a las 7:00 en punto, regresaremos, para llegar al cuartel entre las 9:00 y 10:00 p.m. - Está bien – dijo el capitán -; ahora vete a dormir, mañana por la mañana quiero verte con tu equipaje en marcha. Me complacerá ver a nuestro adventista fanático cómo luce cargando 50 kilos sobre su espalda. Leo sabía que Dios se encargaría del sábado. Se apresuró a ir a su carpa y se arrodilló. “Gracias, Señor, por librarme de tomar parte en las maniobras programadas para esta noche de viernes. Ahora me ayudarás a guardar las 24 horas de tu sábado”. El Señor debe de tener alguna razón para probarme de esta manera. Cuando vuelva a la iglesia de Miraflores, los hermanos estarán deseosos de saber qué haré y cómo el Señor guiará mi vida. Sé que este asunto es tan importante que no debo permitir que un acto de cobardía enturbie lo que el Señor ha hecho hasta aquí por mí. Debo ser leal al Salvador. Sé que el Señor abrirá un camino de salida por la mañana. Los enemigos de su causa no me verán cargar mi equipaje en sábado. Dios proveerá una vía de escape para esta situación – reflexionó Leo. Con renovadas esperanzas, Leo cayó en un sueño profundo y no se despertó hasta las 5:00 a.m. Se arrodilló y empezó a orar otra vez. Cuando llamaron a las tropas para el desayuno, Leo se quedó en su carpa. Para él había algo más importante que el alimento. Sus convicciones referentes a la observancia del sábado estaban en juego, por lo mismo decidió pasar el tiempo que restaba en ayuno y oración. Leo pensó que el teniente Salazar podía ayudarlo, y fue a verlo en su carpa: - Teniente – le dijo -, ¿olvidó usted que hoy es mi sábado? Me será imposible volver a las barracas


con el resto de hombres. Le suplico que me deje aquí. Después que el sol se ponga esta noche, creo que encontraré la manera de volver lo más pronto posible con mi equipaje, aun cuando eso signifique que caminaré toda la noche. - ¡No! – replicó el teniente -. ¿Piensas que el batallón dejaría atrás a un hombre? O llegaremos juntos vivos o todos responderemos por un muerto. Esto es imposible, Pinedo. Entiendo tu situación, soy sólo teniente y tengo una pierna rota. ¿No crees que tengo más que suficiente con mis propios problemas? ¿Por qué no hablas con el capitán? No tienes nada que perder. Leo sabía lo que el capitán respondería, pero decidió arriesgarse. Saludó en el más puro estilo militar. El capitán, con una sonrisa sádica, habló: - Supongo que vienes con otra de tus cantaletas por la suerte que te tocó hoy día. Fuiste muy afortunado anoche al librarte de las maniobras programadas. Déjame decirte que, de aquí a las barracas, no se te librará de ninguna responsabilidad en este sábado. - Capitán, sólo permítame decirle una palabra – Leo se le aproximó. - Pinedo, no hay nada que decir – le interrumpió el capitán. - Pero necesito hablar con usted. Por favor, capitán, déjeme decirle sólo una palabra. Arriesgándose aún más, Leo continuó: - Capitán Sotello, por favor, por lo que más quiera, y por respeto a uno, cuyas convicciones religiosas son inquebrantables, ¿puede escucharme? ¿Sería capaz de destruir las convicciones religiosas de un hombre, sólo por temor a aparecer débil al mostrar un poquito de flexibilidad y comprensión? - Estoy cansado de oír esto. Por favor, ve a otra parte con tus filosóficos discursos – replicó el capitán -. Temiendo que Leo pudiese ir con el comandante, añadió: - Vé a tu escuadra y empaca tus cosas. Tan pronto como suene la orden de marcha, te pondrás en camino con el resto de la tropa. ¡Y ahora, muévete! Leo se retiró triste y humillado. Pero yo sé que Dios hará algo. No puedo imaginar qué. De otra manera, los caminos de Dios en el pasado se habrían entendido claramente. Mi parte es confiar enteramente en él. Leo decidió llevar a cabo un pequeño plan. Cuando el capitán ordene que cada quien aliste su equipaje, yo no me moveré de aquí. Mi carga permanecerá en el suelo con el resto de mis cosas. El capitán vendrá, y probablemente intentará golpearme. No me importa si me quiebra uno o dos huesos. Yo y mi equipo no nos moveremos de aquí. Leo pensó en la crueldad de su capitán. Quizá me atropelle con su caballo. Es capaz de atarme del cuello y obligarme a avanzar detrás de su caballo. “Estoy en tus manos, Señor. Sea hecha tu voluntad” – oró Leo. Las seis compañías del batallón de Leo iniciarían la marcha en los próximos 5 minutos. Al toque del silbato, cada capitán alistaría a su compañía, tomarían sus equipajes y se pondrían en marcha. Leo deberá enfrentar el momento más crítico de su vida cristiana. La primera compañía partió, luego la segunda, después la tercera. La quinta compañía vio salir a la cuarta. Justo en ese momento notaron una nube de polvo en la distancia. O era un caballo que venía a todo galope o un carro que se aproximaba velozmente. El capitán de Leo se disponía a llamar a sus hombres a hacer filas, cuando llegó el carro. El señor Castañeda, chofer oficial de la oficina del jefe del ejército, con sede en Lima, venía a cumplir una misión sumamente urgente. El capitán Sotello corrió a recibirlo: - Castañeda, créame, estoy muy contento que haya venido con un carro. Quiero que traslade al teniente Salazar. Él tiene una pierna rota. Su caballo se accidentó y no tenemos otro para reemplazarlo. Usted llegó con un vehículo en el momento más oportuno.


Pero Castañeda, serenamente, contestó: - Lo siento, capitán Sotello, pero tengo órdenes de recoger al sargento Leo Pinedo. El general quiere verlo en seguida en Lima. El confundido capitán se puso pálido. Pareció atravesar por los siete diferentes colores del arco iris, para luego volverse blanco. Leo estaba de pie, en silencio, casi en actitud reverente. Estaba prácticamente paralizado por las palabras que acababa de oír con sus propios oídos. Los compañeros de Leo estaban sorprendidos y tremendamente impresionados. El capitán retrocedió un poco y dijo: - Pinedo, sube al carro y vete. - Gracias, capitán – dijo amablemente Leo, y procedió a colocar inmediatamente su equipaje en la parte posterior del vehículo, luego lo abordó y ocupó el asiento delantero. El coche todoterreno rugió y partió velozmente rumbo a la ciudad de Lima, y arribaron a la base a las 9:00 a.m. El general esperaba en la puerta principal del cuartel a un humilde hijo de Dios, como si se tratara de un personaje importante. Leo saludó al general de cinco estrellas con un movimiento enérgico. - ¿Cómo está usted, Pinedo? – le preguntó el general. - Muy bien, mi general. Por sobre todas las cosas, quiero agradecerle profundamente por su bondad en ayudarme a resolver mis problemas relacionados con la observancia del sábado. - Verá – le dijo el general -, estuve despierto toda la noche tratando de encontrar la forma de poder hacer algo por usted. Y ya lo hice. ¿Está correcto? - Mi general, usted ha hecho una obra grandiosa. Estoy extremadamente agradecido al Dios de los cielos, y confío que él le dará las más ricas y abundantes bendiciones por esto. - Muchas gracias. Quiero que sepa que el misionero adventista, Dr. Clayton Potts, de la clínica “Good Hope” vino a visitarme. Él me rogó que hiciera algo por usted, pero no le prometí nada. Lo que acabo de hacer es algo totalmente arbitrario de mi parte. No es como se procede en el ejército. - No puede irse a su cuarto, porque las barracas están con candado. Tampoco puede ir a su iglesia. Le sugiero que vaya a los establos y pase allí su sábado tranquilamente. - ¡Muchas gracias, mi general! – respondió Leo rebosando felicidad. Luego se dirigió a los establos, donde leyó su Biblia y cantó himnos de alabanza a Dios. Su voz se escuchaba en toda el área donde se guardaban los caballos. Después oró: “Gracias, Señor por este nuevo milagro. Gracias por impresionar al Dr. Potts para que pidiera ayuda al general. Gracias por enviar a tu ángel para que mantuviera despierto al general toda la noche y lo moviera a actuar rápidamente”. Leo no volvió a ver al general, pero alabó al Señor durante su apartada estancia aquel sábado especial, donde se sintió más cerca que nunca de su Creador. Aproximadamente a las 10:00 de la noche las tropas del batallón de Leo empezaron a llegar. El capitán Sotello, cuando vio a Leo, lanzó maldiciones y blasfemias. A eso de las 3:00 de la tarde del domingo, Leo leyó en el boletinero las nuevas órdenes. El título de un anuncio en particular le llamó poderosamente la atención: “NUEVO BIBLIOTECARIO DEL BATALLÓN: Por orden expresa del coronel en jefe de la brigada B-19 de Santa Catalina, el sargento primero, Leo Pinedo, ha sido nombrado bibliotecario oficial de su batallón. Debe dejar inmediatamente su cargo actual y asumir sus nuevas funciones”.


Esta noticia le cayó como bomba al capitán Hugo Sotello. Leo estaba maravillado. ¿Cómo puede ser esto? El capitán Sotello dijo que jamás permitiría que su sueño se cumpliera. El coronel que dictó la orden detuvo a Leo cuando éste iba camino al vestíbulo, y le dijo: - Hijo, creo que de hoy en adelante, nadie te molestará. Trabajarás en la biblioteca, donde podrás leer los libros que quieras, salir los sábados y adorar conforme a tu conciencia. - Me parece demasiado hermoso para ser verdad – le dijo Leo, muy agradecido, al coronel. Leo empezó su nuevo trabajo de bibliotecario con grandes expectativas; pero la promesa del coronel se diluyó como un cono de helado en un día caluroso cuando, al poco tiempo, salió una nueva resolución prohibiendo todos los permisos que no fueran para cumplir misiones militares específicas. Los oficiales superiores del ejército anunciaron la transferencia del capitán Sotello a una nueva asignación. Sería reemplazado por el capitán Manuel Sánchez. Cuando éste llegó, Leo no perdió tiempo en presentarse para exponerle su situación. - Señor, soy adventista, miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Muchas veces en el pasado fui privilegiado al poder salir fuera de la base para asistir a mis cultos de adoración. Una nueva orden me ha impedido hacerlo últimamente. Sin más explicaciones, el capitán Sánchez le dijo: - Está bien. Irás a tu iglesia como deseas los sábados. Seguidamente le firmó un pase y Leo salió antes de la puesta del sol del viernes. El Dr. Potts invitó a Leo a su casa para almorzar el sábado. Al día siguiente, antes de la comida, la familia del Dr. Potts se arrodilló con Leo y agradeció a Dios por lo que hizo, y estaba haciendo, en favor del fiel sargento durante los últimos meses de su servicio militar. Leo les contó cómo el general del ejército había enviado a su chofer particular para rescatarlo de la inminente marcha en sábado. Les habló también de la amabilidad del coronel y de cómo lo había nombrado bibliotecario. Leo dijo, emocionado, cómo el capitán que le había causado tantas dificultades desde su reclutamiento, había sido trasladado y reemplazado por otro oficial, que no se negó a darle permiso en sábado, empezando con éste. Leo, después de disfrutar un sábado muy bendecido, se retiró a la puesta del sol y volvió a su base. El coronel que le había prometido facilitarle la observancia del sábado, notó su ausencia a la hora de la inspección el sábado de mañana, y pidió inmediatamente que el nuevo capitán de la compañía se presentara en su oficina. - ¿Dónde está el sargento Pinedo? – le preguntó. - Coronel, parece que salió y fue a la ciudad. - ¿A la ciudad? – cuestionó el coronel con evidente disgusto. El capitán que había firmado el permiso de Leo quiso impresionar al coronel. ¿Quién soy yo para permitir que un soldado salga de su base el sábado de mañana sin una orden oficial? – dijo -. Ningún soldado puede hacer esto en mi compañía; lo castigaré severamente por esta falta. Lo mandaré al calabozo aislado por un mes. El calabozo aislado era una celda estrecha, con espacio para un solo hombre. A través de una ducha o regadera, que estaba en la parte superior, se enviaba agua helada para torturar al prisionero. Las tres paredes eran de concreto; la cuarta, una puerta pesada de fierro con un tanque de agua herméticamente cerrado hasta la mitad. Previo a la pena


capital, ejecutada por un pelotón de infantería, el confinamiento en esta celda, y las consiguientes torturas, era el peor castigo practicado por el ejército peruano. Al final de un sábado bendecido, Leo se dirigió a la puerta principal de las barracas silbando la tonada de un himno. Un sargento, compañero suyo, se le aproximó y le dijo: Malas noticias – le advirtió -. Estás liquidado. Leo se reportó inmediatamente con su teniente. Éste le ordenó que se pusiera en posición de firmes, luego ordenó: - ¡De frente, marchen! Cuando dio la orden, Leo se detuvo frente al boletinero, secundado por una cuadrilla de soldados por cada lado. En el boletinero leyó la nota siguiente: “Cuando el sargento Leo Pinedo entre a las barracas, ¡debe ser llevado directamente al calabozo!” - ¡Deje sus libros! – le ordenó el oficial. Leo pidió permiso para guardarlos en su cuarto. - ¡Lo siento! ¿No entiende que la orden debe cumplirse inmediatamente? ¡Póngalos allí en el estante! Leo metió la mano en su bolsillo y sacó la llave. A pesar de todo, se le permitió, finalmente, entrar a su dormitorio y guardar su Biblia, el folleto de la escuela sabática, el himnario y el libro de la devoción matutina en su maleta. El oficial no dijo una palabra mientras Leo era conducido al calabozo. Cuando llegaron, abrió la puerta metálica. - ¡Sargento Pinedo, aquí permanecerá los próximos 30 días! Cuando Leo entró, quedó prácticamente aprisionado entre las paredes. Su barbilla quedaba adherida a la pared que estaba frente a él. Sus hombros friccionaban con el húmedo y duro concreto. Sintió que el frío metal le presionaba fuertemente la espalda, mientras el teniente cerraba la puerta de fierro y le ponía candado.


Capítulo 12

Gordita y simpática “El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová” (Proverbios 18:22) Las paredes de concreto con puerta de fierro presionaban atrozmente a Leo, imposibilitándole doblar las piernas o siquiera levantar los brazos. Una caja mortuoria habría sido más cómoda; al menos en ella estaría en posición de descanso. Sus pensamientos volaron al momento cuando su madre, no casada, le había contado acerca de su nacimiento. Ella debería haber tenido una niña en lugar de mí. Ciertamente a una mujer no la tratarían de esta manera – pensó con nostalgia. Hizo un recuento de su vida y empezó a repetir las palabras de Job. “El hombre nacido de mujer, corto de días, y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece” (Job 14:1,2). Durante el tiempo que Leo permaneció en el ejército, sólo dos hombres más habían pasado por el horrible calabozo. Ambos murieron la tercera semana. La fuerte tensión a que son sometidos, y la ausencia de movimientos; la gran dificultad para dormir, el agua helada que cae constantemente sobre la cabeza del reo durante la noche, es una tortura que aun los más fuertes no resisten por mucho tiempo. Preguntas de vida y muerte asaltaron a Leo. ¿Qué ocurrirá conmigo? Los hombres que estuvieron aquí murieron. Si el Señor quiere, estoy listo a morir también. Pronto las cosas habrán terminado para mí, y nadie derramará lágrimas. Habré muerto. Mi tiempo ha llegado. Leo escudriñó su corazón y confesó sus pecados; pidió al Padre celestial que le perdonara. “Gracias, Padre, por la promesa de la resurrección en la venida de Jesús. Por sobre todo, quiero estar listo. Por favor, ayúdame”, oró con lágrimas. Luchó para adaptarse sicológicamente a su dramática realidad. Estoy en el calabozo y debo pensar positivamente, se dijo en su fuero íntimo. La celda tenía un botón que conectaba a un timbre, el cual estaba a la altura de la nariz, y podía presionarla con ella las veces que necesitara ir al baño. Ignorando que apenas eran las 10:00 p.m., se movió con gran esfuerzo hacia delante y logró presionar el botón con la nariz. En menos de un minuto se aproximó un guardia y le gritó: -¿Qué quieres? -Señor, necesito ir al baño. El guardia se alejó sin decir una palabra. A los pocos minutos retornó con cuatro soldados más. Leo no lograba entender. Había estado en el ejército un año y medio, y demostró sobradamente que él era una persona pacífica. Nunca había peleado con nadie. No había participado en actos de violencia. Ahora lo trataban como a un peligroso criminal, que podría escapar o agredir en cualquier momento. Todo lo que quería era ir al baño.


Leo atravesó la parte central de la prisión y avanzó hacia el fondo, en dirección al baño. Vio a presos que habían falsificado cheques, ladrones, criminales, homosexuales, borrachos, etc. Cada uno de estos delincuentes dormía en una cama con colchón, frazadas y almohadas. Leo no pudo evitar comparar su situación con la de otros prisioneros, y pensó: ¿Cómo puede un hombre como yo, que no ha hecho sino mantenerse firme en sus convicciones religiosas, ser tratado de una manera tan cruel? ¿Justicia humana? No debería esperar mejores cosas. Veamos cómo trataron a mi Salvador. Estoy gozoso de poder honrar a mi Creador reverenciando su sábado. A medianoche, un guardia soltó agua fría a través de la ducha sobre la cabeza de Leo. El agua llenó la celda hasta llegarle a la cintura, y esto le produjo terribles escalofríos. No pudo dormir, en absoluto, aquella primera noche; ni la segunda, la tercera, la cuarta, y las noches que siguieron en el calabozo. Llegó el viernes, y Leo cumplió su sexto día en el calabozo, sólo que éste era de preparación para el sábado. Me hallo en una situación inmejorable. No tengo que pedir permiso a nadie, ni recibir ninguna orden firmada, para pasar el sábado en quietud. Todo lo que tengo que hacer es adorar a mi Dios en este cajón de concreto con tapa de fierro. Pero sé que me dejarán aquí hasta que se agoten mis fuerzas – se dijo Leo. Como castigo adicional, Leo fue sacado al mediodía de su celda para limpiar el enorme patio de la base y regarlo. Esta área de 90 metros de ancho por 180 de largo, estaba cubierta de ladrillos. El sol del mediodía convertía el lugar en un horno. Se le dio a Leo una cucharilla de té para que regara con ella el patio, e hiciera tantos viajes como necesitara agua. Cuando volvía la segunda vez, el agua que había derramado la primera vez, ya se había evaporado completamente. Los soldados se agrupaban para mirar y reírse de un sargento que realizaba una tarea ridícula e imposible. Cuando Leo trató de hablar con ellos, se rehusaron a contestarle porque el capitán había prohibido que nadie hablara con él. Algunos mostraban compasión en su mirada, quizá una vaga simpatía; otros, sacudían la cabeza, diciendo: “Pobre soldadito”. Un amigo suyo se le acercó cuando no vio a nadie allí: - Pinedo, ¿qué tratas de lograr? ¿Por qué estás tan terriblemente empecinado en guardar el sábado como día de reposo? ¿Por qué tienes que vivir una vida miserable? Ellos nunca castigaron a nadie de la manera como lo están haciendo contigo – le dijo en tono compasivo. - Hay gente que está en la prisión militar por grandes defraudaciones, robos o aun crímenes incalificables. Éstos llevan una vida de lujo comparada con la tuya. ¿No crees que eres un poco fanático con tu religión? Me parece que deberías pensar seriamente en esto, antes de que te castiguen hasta matarte. Debes dejar tu religión a un lado aunque sea por algún tiempo. Dentro de unos meses estarás fuera del servicio militar. Entonces podrás asistir a tu iglesia, guardar tus sábados y vivir de acuerdo a tu conciencia. No puedes seguir así, con el agua hasta la cintura, y sin dormir durante las noches. Tu salud se quebrantará y morirás. ¡No ganarás nada con esto! - Amigo, gracias por tu interés; pero, por favor, no te preocupes por mí. No entiendes, ni podrás entender nunca, lo que llevo en lo más profundo de mi corazón. Jesús murió en la cruz por mí. Quiero honrarle. Es verdad, hubo un momento en que dudé. Pero he pensado seriamente, y voy a permanecer leal a mi Dios sin importar las consecuencias – respondió Leo serenamente.


Cuando el amigo se fue, Leo continuó acarreando cucharaditas de agua. Por fortuna, fue remitido de vuelta a su celda mucho antes de que se pusiera el sol. El sábado de mañana fue sacado del calabozo y llevado al pasillo del comedor para que desayunara. Los oficiales sabían que Leo no regaría el patio durante las horas del sábado. Sabían, también, que este soldado no sacrificaría sus principios, ni aun si lo amenazaran de muerte. En consecuencia, decidieron dejarlo en su celda el sábado, aunque lo sacaban para que comiera. Le sirvieron comida especial en el desayuno, un buen almuerzo al mediodía y la cena; pero comió poco y pasó el mayor tiempo leyendo la Biblia que un amigo se las arregló para hacerle llegar por debajo de la mesa. Mientras regaba el patio el viernes, Leo logró enviar un mensaje a los hermanos de la iglesia avisándoles que estaba en el calabozo. Sabía que el sábado los jóvenes visitarían el Colegio Unión (hoy Universidad Peruana Unión). Durante la tarde se reunirían con algunos grupos de creyentes que vivían en las orillas del río Rímac. Leo se mantuvo solo en su celda, pensando en los jóvenes que estarían compartiendo su fe. Ahora estarán en la escuela sabática. En este momento estarán orando. ¿Orarán por mí, que me encuentro en la prisión? Alguien estará cantando un himno especial. Ahora presentarán el relato misionero. Cuánto daría por estar allí y juntarme con ellos en la lección de la escuela sabática – suspiraba Leo, mientras contaba los minutos. Eran alrededor de las 10:00 a.m., cuando Leo cerró los ojos en la oscuridad del calabozo aislado y oró: “Padre mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estoy en esta celda? ¿Por qué estoy en un lugar donde no puedo ni siquiera arrodillarme para orar? No tengo padre. No sé dónde está mi madre. No tengo ni un pariente que me ayude y me dé ánimo”. Leo nunca se había sentido tan solo como ahora, al grado de no poder entender su propia oración. Se convenció que no había nadie quien pudiera simpatizar con él en esta dura experiencia de su vida militar. Ni siquiera tenía una enamorada. “Señor, si tan sólo pudiera tener una novia”, oró a su Padre celestial. “Si encuentras una chica cristiana que se interese en mí, y que quiera realizar la obra misionera, envíala, por favor, a esta base militar; y si le permiten visitarme, te prometo, Señor, que la amaré toda mi vida. Uniré mi suerte a la suya”. Cuando terminó su larga plegaria, sintió como que su corazón se quebrantaba; sin embargo, ya no experimentaba más la espantosa soledad de hacía unos minutos. Tampoco sentía el dolor físico que le producía el estar prácticamente prensado en su estrecho calabozo. De pronto, unos soldados armados vinieron y lo sacaron para que almorzara. Como solía hacerlo, puso su comida a un lado. Mientras leía la Biblia que tenía debajo de la mesa, un guardia se acercó y le dijo: - Sargento, alguien vino a buscarlo. Quiere verlo en la sala de visitas de la prisión. - ¿Qué alguien me busca? , ¿quién será? – preguntó Leo. ¿Quién podría buscarme? ¿Será alguno de los jóvenes de la iglesia de Miraflores? ¿Será que alguno del grupo que debía ir al Colegio Unión cambió de planes y decidió visitarme en la prisión? – se preguntaba intrigado Leo. - Déjeme aquí. No iré a ninguna parte. Nadie podría buscarme – le dijo al guardia. Cuando éste se fue, Leo trató de adivinar. ¿Quién podría venir aquí a buscarme? Estoy seguro que se equivocaron de persona. Los únicos que alguna vez me visitaron fueron el pastor Haydn y el Dr. Potts.


Otro guardia apareció unos minutos después. – Sargento Pinedo – le dijo -, hay una señorita allá afuera, esperándolo; dice que necesita verlo urgentemente. Cuando escuchó el anuncio, a Leo se le hizo un nudo en la garganta. Una señorita. Sabía que tenía una hermana. La última vez que oyó hablar de ella, se dirigía rumbo a Aguaytía, uno de los lugares más remotos de la amazonía. Leo sintió algo extraño. No era una conmoción, tampoco un sentimentalismo; era una mezcla de sorpresa y temor. Entonces se acordó de su oración de la mañana. Pedí a Dios algo especial. ¿Por qué tengo miedo cuando él está listo a contestar mi oración? - Creo que debe haber un error. Nadie podría buscarme. ¿Por qué no se asegura de que esa persona no esté confundiéndome con otro? – le rogó al guardia. - La señorita dice que quiere ver al sargento Pinedo, y aquí no hay otro Pinedo que usted. Ella es un poco gordita, de mejilla sonrosada y muy simpática – recalcó el guardia. Sin pensarlo más, Le siguió al guardia hacia la sala de visitas de la prisión. Mientras caminaba, no salía de su asombro. ¿Quién será esta señorita? Rostros de diferentes chicas desfilaron por su mente. Le dije al Señor que si una chica interesada en realizar la obra misionera recibía permiso para visitarme, me casaría con ella. ¿Quién es esta chica gordita y simpática?

Capítulo 13

Pistola en el corazón “Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos... Pero si se os deja sin disciplina, entonces sois bastardos, y no hijos” (Hebreos 12: 7, 8).

Leo quedó boquiabierto cuando el guardia de la prisión abrió la puerta de la sala de visitas. ¡No lo puedo creer! Es realmente bonita, pensó; pero, ¿por qué tiene que ser tan gordita? - Soy Flora Rodríguez Espejo. Todos los jóvenes de la Iglesia de Miraflores se fueron a pasar el día en el Colegio Unión – se presentó con sencillez la joven. - ¿Por qué no fue usted? – le preguntó Leo.


- Mi primo me telefoneó ayer, diciendo que acababa de regresar de Otuzco, tras visitar a mi papá. - Él me invitó a que viera a su familia hoy. Le dije que procuraría hacerlo. Cuando me di cuenta que su casa no quedaba lejos de la base militar, pensé que tal vez podría detenerme aquí un momento para saludar al soldado que está en prisión por guardar el sábado. - Esta mañana el pastor nos pidió a todos que dediquemos un tiempo esta tarde a repartir publicaciones. Jesús viene pronto y realmente quiero compartir mi fe. He estado distribuyendo folletos con los mensajes evangélicos en todo el camino, hasta aquí. - Le traje ejemplares de las revistas Vida Feliz y Juventud. Supimos que usted inscribió a más de 100 soldados en el curso bíblico de La Voz de la Esperanza; de modo que le traje algunos cupones más de inscripción, por si los necesitara. - Ha sido un placer conocerlo, y confío que las bendiciones del cielo lo acompañarán. El Señor le dará paciencia para afrontar estos difíciles momentos. Los jóvenes están orando para que muy pronto vuelva a la iglesia de Miraflores. Dios lo mantenga fiel, aun si es necesario hasta la muerte – añadió afectuosa y solemnemente Flora. Luego se levantó y se fue. El corazón de Leo latía fuertemente en su pecho. Parece tímida, y sólo ella habló. Me costaba decir una palabra. Por supuesto, ella no sabía acerca de mi oración en el calabozo esta mañana. Y planeó todo esto antes que hiciera mi promesa a Dios. Esta señorita parece tener mucho interés en la obra misionera. El guardia se apresuró en llevar de vuelta al calabozo a Leo, donde éste se apretujó para acomodarse en la estrecha celda cuando se abrió y cerró la puerta de hierro detrás de él. Qué distinto sería si no estuviera tan oscuro aquí. Con cuánto gusto leería alguna de las revistas que Flora me trajo. Leo no sabía qué hacer, si reír, llorar o morirse de agotamiento. ¿Por qué vino esta señorita a verme hoy? – se preguntaba. Recordó haber visto a Flora Rodríguez en la iglesia, pero nunca se fijó en ella. Más bien sus ojos habían contemplado a otras chicas de la Iglesia de Miraflores. ¿Por qué no vino alguna de las otras? ¿Por qué apareció esta chica en quien no tengo interés? ¿Por qué hice a Dios la promesa tan precipitada y estúpida de que, si una chica me visitaba hoy, la amaría para siempre? Leo luchaba para entender que Dios desea guiar a los jóvenes que estén dispuestos a hacer su voluntad y buscar su consejo. Le pareció que, de pronto, sus sentimientos se tornaron contradictorios. ¿Por qué me apresuré a hacer una promesa poco inteligente? ¿Por qué no supe esperar? ¿Qué me está pasando? Sus reacciones lo asustaban. Pidió al Señor que lo perdonara por ser tan descuidado, y por tomar decisiones apresuradas; particularmente por haberle pedido que le mostrara quién debía ser su futura esposa. Temía que el mismo diablo estuviera distorsionando las cosas. “Señor, ayúdame a salir pronto de este calabozo. Cuando vuelva a la Iglesia de Miraflores, buscaré a Flora. Trataré de informarme más acerca de ella. Tal vez algún otro joven ocupe mi lugar y se enamore de ella. Entonces quedaré libre de la promesa que te hice” – oró por segunda vez. Esta última petición trajo cierta tranquilidad a Leo. Ella, en efecto, no se ve mal. Alguien vendrá y me salvará de este compromiso. Repentinamente su mente se nubló. Muy audiblemente vino el mensaje como respuesta: “Leo, el hombre mira lo que está frente a sus ojos, mas Dios mira el corazón”.


Leo fue sacudido por una fuerte impresión que empezaba a crecer en su mente. Supongo que he estado pensando en otros rostros bonitos. Algunas de esas chicas son como muñecas, pero éste no es el plan de Dios para mí. El Señor ha hecho muchos milagros en mi vida. Él no quiere darme lo peor; quiere darme lo mejor. Debo dejarlo todo en sus manos. Ninguna chica había visitado a Leo desde que ingresó al ejército. De ahí que llegara a la conclusión de que la visita de aquella señorita pudo ser providencial. Cuando salga del servicio, observaré a Flora durante tres meses. Si ella no tiene ningún compromiso, y si su conducta es irreprochablemente cristiana, consideraré la posibilidad de desarrollar una amistad seria con ella. Ésta, podría llegar al matrimonio – pensaba Leo. No había podido dormir toda una semana y sus noches; se sentía muy débil y cansado y desconfiaba de su razonamiento. ¿Por qué estoy perdiendo tiempo con ideas románticas? ¿Por qué sueño con salir del calabozo? Moriré antes de los treinta días. Nadie ha sobrevivido aquí más de tres semanas. En cualquier momento me caerá agua helada, y me llegará hasta la cintura. Súbitamente sintió un golpe en la puerta de fierro, y escuchó que una llave accionaba el candado. La pesada puerta se abrió, y una voz le ordenó: - Sal de ahí, Leo. Era la voz del teniente Salazar: - Estuve fuera por tres semanas y llegué anoche. Cuando revisé la lista de prisioneros, leí tu nombre. Tú no cometiste ninguna falta para estar aquí; este horrible lugar pertenece sólo a los delincuentes. Luego el teniente añadió: - Toma esta llave de mi departamento, ve a mi cuarto, aséate y duerme. Encontrarás un colchón, sábanas y jabón para darte un buen baño. Si necesitas ropa, calcetines o cualquier otra cosa, usa lo mío. Ponte cómodo, como si estuvieras en tu propia casa. -Escucha, Leo, alguien te puso aquí por maldad – le explicó el oficial -. Asegúrate de salir de mi departamento a las 5:30 de la mañana y volver al calabozo inmediatamente. He hecho arreglos para que los guardias te encierren nuevamente. Debes estar allí cuando el capitán pase revista a los prisioneros. Esa noche Leo durmió por primera vez desde que fue enviado a prisión. El teniente Salazar es un ángel – pensó. Al amanecer, se las arregló para levantarse a las 5:00 a.m. y volver rápidamente a su celda, para la revisión de las 6:00. Ya que el teniente era amigo de los guardias, se puso de acuerdo con ellos para que dejaran salir a Leo por las noches y lo encerraran en su celda por las mañanas. Al hacer esto, arriesgaba su pellejo y su relación con sus superiores. El capitán se detenía cada día a las 6:00 para ver si Leo aún seguía vivo, o si debía llamar a los soldados para que lo sepultaran. Como era él quien lo revisaba personalmente, los demás no se sentían involucrados. Leo aceptó la amable y arriesgada ayuda que le brindaba el teniente Salazar, y reconoció que Dios podía usar a un oficial para salvarle la vida. Agradecía al Señor, una y otra vez, por el milagro de enviar al teniente en su auxilio. Bajo estas excelentes condiciones, se sintió bienaventurado de estar en el calabozo. En la noche podía disfrutar de una buena cama, un buen departamento con baño cómodo y una tibia ducha; aquello no podía compararse con las barracas del cuartel. Cuando se cumplieron los 30 días de encierro, Leo fue y tocó la puerta de la oficina del capitán. Una voz desde el interior preguntó: - ¿Quién es? - Capitán, soy Leo Pinedo.


- Bien, ¡qué quieres? - Capitán, necesito hablarle un minuto. - ¡Un minuto! Está bien. - Capitán, he cumplido mis 30 días de castigo. ¿Puedo volver a mi trabajo en la biblioteca o me seguirá encerrando en el calabozo? Espero sus órdenes. El capitán se levantó y dio un fuerte abrazo a Leo. – Pinedo, perdóname por favor. Lo hice sólo para aparentar. Quise impresionar al coronel. Nunca debí aplicarte este castigo. Firmé tu permiso para el sábado, y luego te castigué por haberlo usado. - Por favor, toma asiento. Has sido muy útil para nosotros mientras estuviste en el servicio. Tu influencia y tu trabajo nos ayudaron mucho. He admirado tu habilidad de liderazgo como sargento, y apreciamos el trabajo que realizas en la biblioteca. En ese instante, el rudo oficial del ejército se quebrantó. Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas curtidas: - Soy un hombre malo e injusto, y Dios me puede castigar. Estaba seguro que morirías en aquel asqueroso calabozo, y no hice nada para evitarlo. - No se aflija, capitán. Dios me cuidó. Estoy feliz de que mi sentencia haya terminado – le sonrió amablemente Leo. El capitán sacó su pañuelo y se secó las lágrimas. – Sargento, ¿te gustaría tener permiso para salir esta noche? Déjame firmar tres permisos para que puedas ver a tu enamorada. Leo supuso que el capitán había oído acerca de la chica que vino a visitarlo durante su primer sábado en el calabozo. - ¿Tienes enamorada? – le preguntó el capitán. - No, capitán, pero deseo tenerlo; en realidad, no la tengo. Leo miró directamente a los ojos del capitán y le dijo: - ¿Puedo pedirle un favor especial? - ¡Por supuesto! Pídeme lo que quieras. - Señor, en lugar de darme permiso por tres noches, ¿por qué no me los da por tres sábados? El capitán revisó su calendario, e inmediatamente escribió las fechas de los tres sábados siguientes. Firmó los permisos y se los entregó a Leo. - Por favor, perdóname. Mi orgullo y mi investidura no me permitieron anular el castigo que ordené para ti. Sabía que era injusto, pero mi abuso de autoridad me llevó a ser implacable. Agradezco a Dios que no hayas muerto, como estaba seguro que ocurriría. Prometo nunca más castigarte. Sólo deseo que haya bastantes más hombres como tú en el ejército, de principios firmes y semejantes a los tuyos; hombres, cuyas convicciones religiosas sean irrenunciables a cualquier costo. Los hombres verdaderamente dignos son de esta calidad. - Gracias, capitán. La Biblia es la que nos da coraje y firmeza para actuar correctamente – repuso Leo. Leo continuó su trabajo como encargado de la biblioteca, la cual era una especie de refugio sólo para oficiales de alto rango. Algunos oficiales que frecuentaban la biblioteca habían sido trasladados a la base de Santa Catalina por múltiples razones. Se les permitía convivir con otros oficiales, ir a la sala de recepción y usar las instalaciones del bar y el casino; no así, salir de la base. Uno de éstos era el mayor Alayza, oriundo de Arequipa. Los informes señalaban que él había intentado matar a un coronel, con el propósito de ocupar su puesto. Afortunadamente fracasó, pero la corte militar lo castigó por este delito.


Leo pasaba por las oficinas del casino al dirigirse a la biblioteca, cuando el mayor lo vio y le ordenó: - ¡Deja lo que estés haciendo! Tenía una botella de whisky en la mano: - ¡Tómate un trago! ¡En este mismo momento quiero beber con mi sargento! Leo lo miró y le dijo respetuosamente: - Mayor, usted tiene una alta investidura en el ejército. Se degradaría si bebiera con un subordinado como yo. - Eso no me importa. ¿No te he dicho que quiero beber con mi sargento? – explotó el mayor. - Mayor, le seré muy franco. La verdad es que no bebo. - Oh, ahora me vas a decir cómo son las cosas. ¿No sabes quién es el mayor Alayza? ¡O bebes conmigo o te mato! Acto seguido desenfundó su pistola. El mayor, evidentemente ebrio, le apuntó a Leo con la pistola que tenía en la mano derecha, mientras sostenía una botella de whisky con la izquierda: - ¡O bebes, o mueres! Estoy listo para hacerlo ahora mismo – le gritó el oficial. El mayor Alayza avanzó y puso su arma contra el pecho de Leo, justo a la altura del corazón: - Morir de un balazo disparado por mi pistola, no es ningún chiste. Te daré un par de minutos para que decidas. Tendrías que ser un grandísimo estúpido para preferir morir antes que beber. Estoy aquí para ser respetado y obedecido. ¿Me entendiste? Leo sintió el frío cañón de la pistola entre sus costillas. - Mayor Alayza, no es que le falte el respeto. Aprecio y obedezco a todos los oficiales. Es mi deber hacerlo. Pero también tengo convicciones y principios firmes acerca del cuidado de mi cuerpo. Por esa razón no bebo, ni fumo, ni tomo café. Si tengo que ser castigado por no hacerlo, no puedo evitarlo. Si usted va a matarme por no beber, es su problema. Mayor, puede usted hacer lo que quiera. Le repito, no beberé. No voy a beber su whisky. Leo no se movió, pero sintió un ligero temor. Todo lo que este hombre necesita hacer ahora es apretar el gatillo, y seré hombre muerto – pensó Leo.


Capítulo 14

Reencuentro con el curandero “Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado” (Filipenses 2: 15, 16)

Leo, al sentir la pistola en el pecho, se llenó de temor. El arma apuntaba justo al corazón. ¿Cuántas pulsaciones más dará mi corazón antes de que el mayor Alayza oprima el gatillo? – se preguntaba casi sin esperanzas. “¡Oh, Padre mío”, oró, “tú permitiste que un brujo curandero me sanara cuando mi madre creía que el indefenso hijo de su vientre moriría. Tú me salvaste del remolino y me libraste de la boa. Soy sólo un hijo ilegítimo. Pero tú me has hecho tu hijo y has transformado mi vida, arrancándome del vicio y del pecado. Tú has obrado milagros y me has ayudado a guardar los sábados aquí en el ejército; incluso me has librado de morir en el calabozo. ¿Por qué me abandonas ahora?” Leo escuchó lo que parecía ser la voz de la serpiente antigua: “No seas necio. Tú puedes beber y vivir. Unos pocos tragos de whisky no te harán daño. Tú no tienes que beber para complacer al mayor, sólo hazlo para salvar tu vida. Sólo bebe un poco”. Pero también resonaron en sus oídos las palabras de la Escritura citadas por la señorita Flora cuando le visitó ese primer sábado que pasó en el calabozo. “Quiera Dios guardarte fiel hasta la muerte”; y la promesa de Jesús registrada en Apocalipsis 2:10: “Te daré la corona de la vida”. El temor me impulsará a tomar un trago para salvar mi vida, pero el amor me guardará fiel a Jesús, sea cual fuere el costo – decidió Leo, armándose de valor. El mayor Alayza gruñó con evidente impaciencia: - He esperado demasiado; voy a apretar el gatillo. ¡Tú, bastardo, tendrás lo que mereces! Repentinamente, Leo se dio cuenta que no estaban solos. El capitán Martínez, como un ángel enviado por Dios, había llegado justo a tiempo. Éste, gentilmente, apartó el arma del pecho de Leo. - Este miserable sargento no quiere beber conmigo, y no estoy dispuesto a permitir que me desprecie y falte el respeto – protestó el mayor. - Este joven no bebe, mayor. ¿Cómo puede obligarlo a beber su whisky, si él no quiere hacerlo? – replicó en tono enérgico el capitán. - Yo nunca le he preguntado si quiere beber, simplemente le ordené que lo hiciera conmigo – contestó el mayor muy enfurecido.


El capitán Martínez, con un rápido movimiento, levantó la mano que empuñaba la pistola, y ésta disparó. La mano homicida fue hábilmente desviada hacia atrás, evitando que el disparo segara la vida de Leo. Milagrosamente el proyectil sólo pasó zumbándole la cabeza y no atravesándole el corazón. Pronto pasaron los meses, y al fin llegó el día esperado por Leo. Abandonaría el cuartel, después de haber concluido sus dos años de servicio militar obligatorio. El sargento fue despedido con honores. Aunque él estaba consciente de que los honores más importantes en la vida no provienen de los hombres, sino del Rey de reyes; los cuales concederá, cuando vuelva por segunda vez, a los que vivieron para honrarlo y representarlo dignamente. Lo primero que hizo Leo al salir del ejército fue visitar la iglesia de Miraflores y encontrarse con la señorita gordita y simpática. En poco tiempo, supo que ella no estaba comprometida, ni tenía novio. Pero decidió observarla durante tres meses. Su segundo, y más importante, interés inmediato fue encontrar trabajo. Pero tenía por delante el gran obstáculo del sábado. Cuando advertía a su futuro empleador que no podía trabajar en sábado, perdía automáticamente la oportunidad de ser empleado. Cuando al fin creyó haber encontrado trabajo con el sábado libre, el viernes anunció a su jefe que el día siguiente sábado no trabajaría. Éste inmediatamente lo despidió. Después de dos meses, los pequeños ahorros de Leo se agotaron. No tenía dónde vivir, le dolía mucho el cuerpo por tener que dormir en las bancas de los parques y alimentarse escasamente. Sin embargo, era feliz cuando caminaba por Comandante Espinar, una de las principales avenidas de la ciudad de Miraflores. Un día, mientras caminaba por las calles, el sonido de una bocina llamó su atención. El Dr. Clayton Potts precisamente daba vuelta en una esquina, cuando vio y habló a Leo. Después de conversar brevemente, Leo fue contratado inmediatamente para trabajar como vigilante de la Clínica “Good Hope”, y durante el día se encargaría de la lavandería. Más tarde, la Unión Incaica lo llamó como ayudante de oficina. Leo aprovechó esos años de trabajo allí para realizar sus estudios secundarios en el Colegio Adventista de Miraflores. Después de tres meses de observación y reflexión, Leo quedó completamente convencido de que la chica gordita y simpática de la iglesia de Miraflores no tenía novio. Flora Rodríguez Espejo siempre llevaba un himnario y una Biblia con ella, pero nunca la vio con amigos. Una tarde, después de la despedida del sábado, decidió aproximarse a ella: - Flora – le dijo -, eres una muchacha cristiana maravillosa. ¿Por qué no nos llegamos a conocer mejor? Quisiera ser tu amigo especial. Cuando ella se sonrojó, Leo pensó: El guardia de la prisión estaba en lo cierto: ella realmente tiene unas mejillas sonrosadas. Flora, tratando de sobreponerse de la sorpresa, dijo: - Estas cosas son muy serias. De ningún modo quisiera apresurarme. Déjame orar sobre esto durante tres meses – le suplicó. La primera reacción de Leo fue olvidar a esta chica y buscarse otra. He esperado tres meses, y sólo le he pedido que seamos amigos. Pero cuando pensó en la promesa que le había hecho a Dios aquel sábado solitario en el calabozo, estuvo de acuerdo con Flora en esperar tres meses. Se veían ocasionalmente, pero nunca salían juntos. Leo notó que Flora era una excelente maestra de escuela sabática en las divisiones infantiles, y siempre estaba dando estudios bíblicos y distribuyendo publicaciones.


El amor creció poco a poco en el corazón de Leo, aun cuando sólo podía ver de lejos a Flora. El segundo mes, se dio cuenta que nunca amaría a ninguna otra joven. Estaba realmente seguro de que Dios la había escogido para su esposa. Transcurridos los tres meses, Leo habló con Flora: - Señorita, creo que Dios dirige todos los asuntos relacionados con nuestra vida. Quiero ser tu amigo, y algún día tu esposo. He estado orando por esto durante estos tres meses. - Pero, Leo, tú me pediste que orara para ser tu amiga. Ahora me dices que quieres ser mi esposo – objetó Flora con voz temblorosa. Leo intentó tomarla de la mano, pero ella guardó distancia: - Flora, déjame contarte mi experiencia – le dijo -. Estuve en un estrecho calabozo, donde no podía ni moverme. Cada hueso y músculo de mi cuerpo los sentía triturados. Mi barbilla y mis hombros estaban fuertemente aprisionados contra el concreto. La puerta de fierro me oprimía la espalda, al grado de casi no poder respirar. Entonces oré: “Querido Señor, si hay una señorita adventista con quien quieres que me case, por favor envíala a visitarme hoy mismo, en este día, en la prisión”. Flora se sintió más relajada cuando Leo continuó: - Tú viniste, Flora. No me gustó esto al principio, pero ahora estoy seguro que Dios quiere que comparta mi vida contigo. Durante nuestro noviazgo seremos prudentes y cuidadosos en nuestra relación, y haremos exactamente lo que Dios quiere. Algún día, si llegamos a casarnos y tenemos la dicha de ser bendecidos por Dios con un niño, le pondremos por nombre Gedeón. - Flora, quiero que ores conmigo, y pidamos juntos al Señor que obre, de tal manera que cuando llegue el momento apropiado, podamos casarnos y trabajar en la obra de Dios. Justamente ahora debo terminar mis estudios, lo cual me llevará algún tiempo. Leo miró con intensidad los tiernos ojos color café de Flora. Ella le sonrió, y entonces le tomó la mano. Inclinaron la cabeza y, por primera vez, oraron juntos. Leo luchó casi cuatro años más para terminar sus estudios secundarios. El quinto año, Flora y Leo comparecieron ante una gran congregación en la iglesia de Miraflores para sellar su amor y escuchar emocionados de labios del pastor F. C. Webster, las solemnes palabras: “Ahora los declaro marido y mujer”. Leo se adelantó para darle el beso nupcial a su flamante esposa. “Gracias, Señor”, oró, “por darme como esposa a la mujer más hermosa de la tierra”. Un año más tarde, la feliz pareja fue bendecida con un niño. Le pusieron por nombre Gedeón. Después vinieron otras tres hermosas niñas: Anita, Florita y Sarita. Cinco años después de haberse casado, Leo se graduó en el curso ministerial del Colegio Unión. Inmediatamente la familia recibió boletos de avión para ir a servir en la misión del Alto Amazonas, sobrevolando la selva, rumbo a la ciudad de Tarapoto. Leo se gozó al saber que sus primeros años de aspirantazgo al ministerio, los realizaría en la misma ciudad donde había asistido al congreso de jóvenes y donde más tarde fue bautizado en un seminario de colportaje. Flora reorganizó la escuela sabática y dedicó un tiempo excelente a ayudar y orientar a las madres jóvenes con niños. Leo realizaba los cultos, visitaba a las familias y daba estudios bíblicos. Un sábado de tarde, Leo y Flora decidieron visitar a algunos parientes y amigos en el hospital de Tarapoto. Cerca de las oficinas, vieron a un anciano sentado sobre una piedra, quien atrajo fuertemente su atención. El hombre, completamente calvo, estaba absorto en sus pensamientos. Su rostro, curtido y arrugado, parecía más una uva pasa que un rostro humano. Leo se acercó y le habló: - ¡Hola, abuelito! ¡Buenas tardes! ¿Sabe cómo leer?


- ¿Qué te hace pensar que no sé cómo leer? ¡Por supuesto que sé cómo leer! – protestó el anciano. - ¿Le gustaría tener una revista? – le preguntó Leo. - ¿Por qué no? – contestó el anciano. Leo puso en sus manos una revista misionera: - Y cuando la haya leído, pásela a alguna otra persona – le sugirió amablemente. - Me complacerá hacerlo – dijo el anciano -. Muchas gracias. Creo que me gustará. - Le traeré otro ejemplar la próxima semana . ¿Cómo se llama? – le preguntó Leo antes de despedirse. - Mi nombre es Virgilio Izquierdo. - Lo veré la próxima semana. Leo y Flora se retiraron. – Hay algo familiar en ese nombre. Virgilio, Virgilio Izquierdo. ¡Flora!, es el brujo curandero que me rescató de la muerte cuando apenas era un bebé en el río Ucayali, cerca del lugar donde nací, en Contamaná. El sábado siguiente Leo trajo a Virgilio Izquierdo otra revista. Esta vez se sentó y empezó a conversar con él: - Dígame, señor, ¿de dónde es usted? - Bien, soy de la región de Contamaná. Entonces Leo mencionó los nombres de sus tíos y abuelos por parte de madre. - Los conozco muy bien – dijo el anciano. - ¿Conoció también a una joven llamada Adela? – preguntó Leo. - Quiero que sepas que hay algo que recuerdo muy bien. Una joven llamada Adela Sánchez vivía con un hombre de apellido Pinedo. Su pequeño hijo un día enfermó gravemente, y Adela temía por su vida. Yo vivía entonces en Tipishco; mi casa estaba ubicada en la ribera del río Ucayali. Trabajaba como curandero, porque no sabía hacer otra cosa. Adela vino con José Pinedo y me pidieron que les ayudara. Invoqué a los espíritus y escupí jugo de tabaco y aguardiente sobre el cuerpo del niño. - Más tarde supe que ese niño había sanado. Desde entonces, no he oído hablar de él. Ni siquiera supe su nombre. Él debe de haber crecido bastante. Leo rodeó tiernamente con sus brazos al anciano. – Yo soy ese niño. Me ayudó un día, hoy permítame compartir la palabra de vida con usted. El anciano sonrió de satisfacción. A partir de ese momento, ambos estrecharon lazos de genuina amistad. Leo empezó a darle estudios bíblicos y a visitarlo con mucha frecuencia. Un día, Leo y su familia recibieron una carta en la que se les anunciaba que los directores de jóvenes de la Unión y la Misión del Alto Amazonas, realizarían un campamento de jóvenes en Morales, cerca de Tarapoto. Los dirigentes planearon que Leo y su familia participaran en dicho evento. La experiencia obtenida en el ejército había convertido a Leo en un experto armador de carpas. Haber vivido su infancia y juventud en la selva, le valió para aprender lecciones prácticas y valiosas para situaciones como el arte de acampar. Tanto jóvenes como dirigentes se maravillaban al ver su habilidad en el uso de materiales extraídos de la selva virgen para construir refugios. Durante la semana, los jóvenes acampantes jugaban, oraban y estudiaban. Cada noche Leo se paraba junto a la fogata ardiente y compartía los impresionantes capítulos de su dramática vida – la historia que usted está leyendo -; los milagros de cómo Dios hizo de un hijo ilegítimo un verdadero hijo de Dios. Leo amaba la promesa de


Apocalipsis 21:7: “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo”. La luna llena se elevó por encima de las distantes montañas de los Andes el viernes de noche, al par que el canto de millones de insectos llenaba la selva amazónica con su mágica sinfonía. La fogata ardía lentamente, mientras Leo hablaba pausadamente. Oró para que el Espíritu Santo enriqueciera profundamente los corazones de aquellos jovencitos, y que tocara su propia vida. Después de eso, desafió a los acampantes: ¿Quieren entregar sus corazones a Jesús? ¿Decidieron amarle y servirle siempre? ¿Desean que el Salvador les conserve siempre fieles, como verdaderos hijos e hijas de Dios? Cada joven y cada dirigente respondió al llamado poniéndose de pie alrededor de la fogata. Entonces cantaron juntos con gran fervor: Seré fiel, Jesucristo, seré fiel. Seré fiel, Jesucristo, seré fiel. Hay batallas que ganar, hay victorias que obtener cada día, cada hora; seré fiel. - Autor anónimo. Después de la oración de consagración, Leo anunció: - Mi experiencia más emocionante como colportor fue saber que personas que compraron mis libros, habían aceptado el mensaje de salvación y luego se bautizaron. Mientras servía en el ejército, me he regocijado al ver que un notable número de soldados estudiaba las lecciones de La Voz de la Esperanza, y después se unieron a la iglesia remanente. Continué trabajando para Cristo durante mis años de preparación ministerial, y vi cómo tres jóvenes fueron bautizados y empezaron a estudiar para ser pastores. Mañana, será otro día especial en mi vida. Los primeros conversos, fruto de mi aspirantazgo al ministerio evangélico, sellarán su pacto con Cristo a través del santo bautismo. El sábado de mañana muchos visitantes se unieron a los acampantes para celebrar la escuela sabática y el culto divino. Después del sermón, se dirigieron al río y empezaron a cantar himnos de inspiración, mientras los candidatos se preparaban para la ceremonia bautismal. Leo acompañó al primer candidato hasta la parte más profunda del río. Al verlo, los acampantes susurraron: - ¿quién será este anciano de rostro arrugado?


Capítulo 15

Legítimo al fin “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:26, 27)

El pastor David Taylor, director de jóvenes de la Misión del Alto Amazonas, levantó la mano y oró: “Mi querido hermano Virgilio Izquierdo, por cuanto has confesado todos tus pecados; por cuanto amas a Jesús y deseas prepararte para su pronto regreso; por cuanto has decidido dejar todas las cosas de este mundo para hacerte hijo de Dios, te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Fue cuando los presentes lo identificaron: - ¡Virgilio Izquierdo! ¡El mismo brujo curandero de antaño! Leo no podía contener las lágrimas de gozo. Rodeó con los brazos al anciano cuando salió de las aguas bautismales hacia una nueva vida: - ¡Bienvenido a la familia de Dios, hermano mío! Muchos más fueron bautizados e invitados a unirse a los acampantes ese sábado de tarde. Leo sabía que los jóvenes podrían ser inspirados por el testimonio de estos nuevos conversos. La fogata empezaba a apagarse cuando el ex brujo curandero tomó la palabra. La brillante luna lanzaba sus rayos plateados a través del denso follaje, y bañaba el envejecido y curtido rostro de Virgilio Izquierdo: - Durante 31 años he sido siervo de los espíritus malignos y he practicado la brujería. Fui personalmente responsable de muchas muertes crueles e inocentes, como resultado de mi práctica de la magia negra. - Hace siete años mi esposa empezó a estudiar la Biblia. Los espíritus malos me ordenaron que destruyera ese libro. Me resistí a obedecer, porque se trataba de un libro que mi esposa apreciaba. Ese hecho despertó en mí la curiosidad y empecé también a leer la Biblia. Finalmente, retuvimos la Biblia y destruimos mis libros de magia. - Un día, Leo me encontró y me enseñó las más importantes verdades de la Palabra de Dios. Mi pasión por las drogas y el alcohol provocaron en mi interior una lucha desesperada. Agradezco a nuestro Padre celestial por haber enviado a Jesús, para que llenara mi vida con su gran amor. Puedo decir por experiencia que, mediante su poder, la victoria ha sido ganada, y los poderes satánicos fueron quebrantados y arrancados de mi ser. Entonces, volviéndose a Leo, el anciano dijo: - Es posible que durante los años que serví al demonio, Dios haya entrado poco a poco en mi vida, y me haya guiado a hacer lo correcto cuando fuiste traído a mí en brazos. No cabe duda que el Señor te curó, independientemente de lo que yo haya hecho. - Agradezco a Dios por haberte preservado la vida. Estoy feliz de que el Espíritu Santo te haya guiado para conducirme a los pies de Jesús y prepararme para el bautismo.


Me gozo en ser un nuevo miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, y saber que Jesús me ha perdonado todos mis pecados, y que muy pronto recibiré el galardón de la vida eterna, cuando él vuelva en majestad y gloria. Cada noche, los acampantes que se distinguían encendían la fogata, mientras los demás cantaban: Enciende la fogata, busquemos su calor; la luz que nos alumbra aquí, mañana nos guiará. Las chispas y llamas de la última fogata de aquel extraordinario campamento se extinguían lentamente, mientras Leo observaba pensativo. Las revelaciones que el ex brujo curandero hizo revivieron en él los recuerdos de su madre, una mujer que quiso amar pero que, aparentemente, fue incomprendida; y que por lo mismo, tampoco lo amó a él. No logro entender, pensaba, cómo pudo abandonarme mi madre. Una de las últimas cosas que hizo mi papá antes de que su mundo económico se viniera abajo, fue enviarme de vuelta a Contamaná para ver a mi mamá. Entonces tenía 17 años; y desde aquella vez, no he vuelto a verla. Ya pasaron más de 10 años – siguió pensando Leo. Mi corazón latía fuerte y aceleradamente mientras me encaminaba a su casa. Ella supo que yo la visitaría, y planeó una gran fiesta para recibirme, a la cual invitó a familiares y amigos. Pero cuando vio que no bebía, ni fumaba, ni bailaba, y que estaba tratando de seguir las enseñanzas de la Palabra de Dios, tal como la practican los adventistas, abrió la puerta y me dijo que abandonara su casa inmediatamente. - No necesito un hijo que haya abandonado su iglesia materna. De todas maneras, no eres sino un bastardo. Sal de aquí y nunca más uses mi nombre – me reprochó duramente. Entendí lo que ella quiso decirme. Mi nombre completo es Leo Pinedo Sánchez, pero ella me estaba prohibiendo que usara, en adelante, su apellido Sánchez. Los recuerdos de su madre hicieron rodar gruesas lágrimas por las mejillas de Leo. Cuando salió del ejército, él volvió a buscarla, y cuando la encontró, ella le incriminó: - ¿Todavía eres un asqueroso seguidor de esa religión de fanáticos? - Mamá, la religión de la Biblia siempre será parte de mi vida – le contestó serenamente Leo. - ¡Tú eres el mismo demonio! ¡Sal de aquí y no vuelvas nunca más, ni me busques por ningún motivo – le gritó. Esto hirió a Leo más que todos los duros maltratos recibidos en el ejército. Tomó sus maletas y salió a la calle, donde abrió su Biblia en busca de consuelo. Buscó los Salmos. Después se detuvo en un versículo de Isaías, el cual realmente lo fulminó: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti” (Isa. 49:15). Leo recordó cuán orgulloso se había sentido al invitar a su madre a su boda. Pero la primera pregunta que ella le hizo fue: - ¿Te vas a casar en la Iglesia Adventista? - Sí, mamá – fue la respuesta -. Es el lugar donde Flora y yo deseamos unir nuestras vidas delante de Dios. - Entonces no esperes que asista. No quiero manchar mi alma entrando en una iglesia protestante – le contestó tajantemente.


Leo tomó una leña y la arrojó entre los carbones rojos de la fogata que ya se extinguía. Las palabras del canto tema del campamento, resonaron claramente en sus oídos: Tan cierto como las estrellas brillan, habrá un más allá; cuando veamos que los años pasaron, a los ojos del recuerdo, un cuadro de buenos acampantes, con sus rostros encendidos, sentados bajo las estrellas y cantando alrededor de una chispeante fogata, asomará vívidamente. Los carbones encendidos empezaron a apagarse y volverse negros. Pero todavía brillaba la luz de la luna. Leo pensaba en el futuro. Difícilmente podía imaginar que el anciano ex brujo curandero serviría algunos años como dirigente de la pequeña iglesia adventista de Tocache, en la región del Alto Huallaga. ¿Qué plan tendrá Dios para mí en los años venideros? – se preguntaba. Dios bendijo ricamente el ministerio de Leo en la selva amazónica. Pronto los dirigentes de la iglesia lo invitaron a asistir al congreso de la Unión Incaica, donde le impusieron las manos y lo apartaron para el sagrado ministerio. Eventualmente, aceptó un llamado para ser pastor distrital en la ciudad de Trujillo, zona norte de la costa peruana. Un día Leo se enteró que su madre viajaría a Lima. Sin pérdida de tiempo la invitó a pasar un tiempo con su familia en Trujillo: - Mamá – le dijo -, mis cuatro hijos quieren conocer a su abuelita. Adela Sánchez aceptó la invitación, después de tanta insistencia. Leo pidió a su esposa y a sus hijos que no la perturbaran hablando de religión. Ellos tomaron una Biblia católica y la acomodaron sobre una pequeña mesa, cerca de una exuberante parra. – Oremos para que la abuelita abra la Biblia y la lea – sugirió Leo a su familia. Ellos la llevaban a misa todos los domingos. Pero un sábado de mañana, la madre de Leo los sorprendió: - Hijo – le dijo -, quiero ir a tu iglesia hoy y tomar parte en el servicio de comunión. - Mamá, estaremos encantados de llevarte – le respondió jubiloso Leo. Adela Sánchez asistió a la escuela sabática y al culto divino y tomó parte en el rito de humildad y la Cena del Señor. Después de la comida, ella hizo la pregunta que jamás imaginaron: - Leo, ¿qué debería hacer para ser bautizada? - ¡Mamá! ¡Eso sería maravilloso! En primer lugar, tendrías que asistir a una clase bautismal, para poder conocer y entender las principales doctrinas de la Palabra de Dios. - Leo, he descubierto que la Iglesia Adventista es la iglesia verdadera. Tú me viste leer la Biblia Católica que encontré en la mesita junto a la parra. El libro de Apocalipsis enseña que el pueblo remanente de Dios guarda todos los mandamientos. También tu hogar es como un pequeño cielo, con Flora y tus niños. Quiero disfrutar un poco de esto también – continuó la madre de Leo. Después de asistir a la clase bautismal durante varios meses, la madre de Leo solicitó el bautismo. El 24 de diciembre, a la edad de 73 años, ella entregó su vida a Jesús públicamente.


Los cuatro hijos de Leo vieron cómo ingresaban su padre y su abuelita a la pila bautismal. Él, levantando las manos, oró: “Mi querida madre, por cuanto has entregado tu corazón a Jesús, y le has pedido que perdone todos tus pecados; por cuanto le amas y quieres estar lista para su pronta venida, como ministro del evangelio te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”. Después de la ceremonia, Adela Sánchez se paró delante de la congregación y dio su testimonio: - Jesús es muy precioso. Él ha tenido gran misericordia de mí. He engendrado un hijo en pecado. Ahora él me ha enseñado cómo amar y andar en los caminos del Señor. - Toda mi vida he cargado el terrible peso de saber que soy madre de un hijo ilegítimo. De alguna manera, el Espíritu Santo alcanzó a Leo y lo guió para llegar a ser un buen hombre y un verdadero hijo de Dios. Estoy arrepentida de cómo lo traté. Lo he echado de mi casa más de una vez; repudié su matrimonio y maldije su iglesia. Le ordené que no usara más mi apellido. Hoy me gozo en reunirme con mi hijo pastor y abrazar el nombre de Jesús hasta la muerte. La anciana mujer temblaba de emoción, mientras se apoyaba en los brazos de Leo, el hijo que la amaba tanto. Él la sostuvo tiernamente mientras ella sollozaba: - Todo está bien, mamá. Ya todo quedó en el pasado. Nuestros pecados fueron borrados y vueltos blancos como la nieve de los Andes. – Hizo una pausa y añadió -: Mamá, alabemos a Dios; porque tú y yo somos legítimos, al fin. Soy hijo de una verdadera hija de Dios. Diciendo esto, la abrazó y besó. Luego Leo se volvió a la congregación y compartió las palabras de la Escritura: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1). “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas” (2 Cor. 6:18). Cuando Leo arribó como delegado al congreso de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, informó a sus amigos ministros que Dios había bendecido su ministerio con más de 4.000 almas ganadas para Cristo. Desde entonces, continuó bautizando a cientos de personas. Fue así cómo el Señor usó maravillosamente a Leo, para hacer de muchas almas perdidas hijos e hijas de Dios. Un nuevo gozo experimentó, cuando su hermana Guillermina también se bautizó. Hoy, Leo ministra a los hijos de los otrora conquistadores, y a los quechuas, invitándolos a ser hijos e hijas de Dios. Ha servido algunos años como pastor de la iglesia de la avenida España, en Lima, Perú, y actualmente es director regional de ADRA (Agencia de Desarrollo y Recursos Asistenciales) en la Unión Incaica.

Fe a prueba de fuego  

es una lectura< muy interesante para mi.

Fe a prueba de fuego  

es una lectura< muy interesante para mi.

Advertisement