Page 1

Purpurina ¡Qué ha visto una sirena me dice! ya lo que me faltaba… ¡ay Miguel! Miguelito, Miguelón… Me dispongo a ir a correr, coloco cada auricular en su oído correcto: L derecho, R izquierdo. “La cosa esta siempre se me cae”, protesto para mí misma, “y eso que corro despacio”. Digamos que es más bien un footing, para evadirme de mi vida durante unos veinticinco minutos que dura la marcha, porque si con eso pretendo devolver el trasero a su posición original, lo llevo claro. “Pero hoy”, me prometo firmemente, “llego hasta el puerto cueste lo que cueste”. Estiro, esta vez sí, que la última vez ese tirón no había quien lo deshiciera, ¿cómo fue lo que me dijo Santi? “primero los abductores, después cuádriceps y gemelos… que mira luego lo que pasa, que ya no tienes veinte años” ¿Pero será…? ¿Qué leche tendrán que ver los tirones con la edad? Por fin arranco, salgo con buen ritmo hasta llegar al paseo y giro a la izquierda, hacia Las Coloradas. Voy paso ligero cual gacela, busco con mi mano, sin mirar, el botón de encendido del aparatito de música, “menudo invento”, reflexiono, “cada día los hacen más pequeños”. Le doy al play y de pronto pego tal brinco que dejo a los transeúntes espantados “¿Pero qué música es esta? ¡Qué horror! ¡y qué volumen!” maldigo para mis adentros. Me fijo en el pequeño aparatito enganchado en mi sudadera y descubro que he cogido por error el mp3 de Paula en vez del mío, sigo protestando un rato. Recupero mi ritmo, un dos, un, dos, inspiro, expiro, pienso, hoy todo me da igual ¿Qué Paula trae otro suspenso? ¡Ya aprobará!, ¿Qué me llama Fermín para después de mil florituras decirme que tampoco me publican este artículo? ¡Pues que le den! ¡Y a Santi por sus sandeces! ¿Qué Miguel ha visto una sirena? Pues nada, mi niño, que es «telepaticoparasupermeganormal» ¡Y ya está! ¡No pasa nada! No como ayer, que me ahogaba por cada cosa en un vaso de agua. Todo era catastrófico, nada tenía solución y de tenerla era demasiado trágica o insultantemente cara. Hoy no, hoy he decidido que todo me importe un bledo. Es lo que tiene estar un poco trastornada. Cada vez tengo más claro que la estabilidad mental está sobrevalorada, tanta pasta invertida en psicoanalistas y terapias en busca de la felicidad, ¿total para qué? ¿Para no darte cuenta de lo feliz de verdad que eras, hasta que no te llevas un buen batacazo? Entonces sí, entonces piensas, ¡con lo bien que estaba yo! Tal vez sea así, tal vez todo se reduzca a eso, a una humanidad exenta completamente de capacidad alguna de discernir una emoción de felicidad en el presente, in situ, y ya de paso poder apreciarla y disfrutarla en el momento. Repaso mentalmente mi agenda: sentarme a hacer los deberes con Paula y Miguel, la cena nada, ya está hecha, preparar el borrador para mañana (el cual seguro me echan para atrás, desgraciados), y sin falta la cita con el tutor de Miguel ¡ay Miguel, qué habrás hecho ahora! Otra mentira seguro, como si lo viera. Mañana de nuevo la charla sobre su imaginación desbordada, sobre lo listo, listísimo, pero lo distraído que es, que si llama mucho la atención que si bla, bla, bla… En ese momento bajo un poco el ritmo, me cruzo con una pareja de turistas bien blancos por algunas partes y bien rojos por otras, “que poco apetecibles”, pienso para mí, y vuelvo a Miguel. Este niño que no para de fantasear, un día son los enanos de su cuarto que salen por la noche y se lo


desordenan; otro el ratoncito Pérez, que no solo no quería su diente, sino que, o le cambiaba de dentista, o no volvía a por ningún otro… ¡pero será el tío! muy listo es lo que es. Pero la de ayer, esa ya es el colmo, seguro que el tutor me ha llamado por esa. Le habrá contado a todos los de clase lo mismo que me ha contado a mí, lo de la sirena que ha visto en Playa Blanca, “¡Con escamas, cola, aletas y todo mama! te lo juro te lo juro”. Y solo la ha visto él claro, porque encima el majadero tiene respuesta para todo “¡Mamá es que ella solo quería que yo la viera! Justo cuando pasó el ferry y dejó unas lucecitas en el agua, así como chispitas brillando, ¡como purpurina!” Ay Miguel, Miguel… que voy a hacer contigo…y su abuelo encima animándole. -Deje al chico, no le riña, a lo mejor tiene razón. Me sugirió -Don Manuel no le jalee que se van a reír de él. ¿Desde cuando las sirenas existen? -¿Desde cuando no existen? Comentario al que claro, acompañó Miguel con una sonrisa victoriosa que se le salía de la cara -Pues desde que no exista ninguna prueba de que existan. -Me estas liando hija. -Y usted a mí. Me voy a correr, aquí os dejo. Y para rematarlo, sentenció: -Este niño va a terminar siendo escritor Lo que faltaba… otro escritor en la familia. Qué puedo decir, al menos su abuelo le alienta, igualito que mi padre quien siempre se preguntaba que para qué iba a escribir yo, que buscara un trabajo como díos manda porque ¿a quien le iba a interesar lo que yo pudiera contar? ¡Agárrate! Eso es motivación y lo demás tontería, ojo que lo mismo empleaba la técnica de motivación a través de la infravaloración: “tú hija, total, como no eres nadie, por ahí se empieza ¿no?”. Pero eran otros tiempos, entonces los tutores te daban capones cuando imaginabas sirenas y no llamaban a tus padres para indicarles como gestionar esa fantasía incipiente. Igualmente gracias papa, a ti te debo el espíritu de superación a mí misma sin gastarme un céntimo en terapia para frustraciones infantiles recurrentes. Para sentarme en un cómodo sillón y confesar sobre mi falta de creatividad y la ausencia de riqueza en mi trabajo, pues ya lo hago en casa, que últimamente cualquier guión de Los Simpson me parece más elocuente que mis escritos, a lo que mi terapeuta refutó: “¡ojo señora, que los Simpson son geniales!” (En este caso el terapeuta era Miguel). Pero Miguel miente demasiado, y como siga así lo que va a terminar es como Conchita, mentiroso compulsivo, que miente más que habla la tía, no hace otra cosa que cambiarte la historia de principio a fin. No me dice el otro día, que lleva el coche al taller, aquí en la isla, que mínimo para darte el presupuesto tardan lo suyo, y que se lo devuelven a la media hora ¡y arreglado! Además el mecánico estaba buenísimo y le invito a un café, que digo yo que poco más le pasa la ITV al coche, y a ella. Acelero el ritmo, ya empiezo a notar los mofletes congestionados. Sudo como un pollo y gracias a la maravillosa brisa del sur que permite que no me ahogue de calor, el pelo se me ha encrespado completamente, ahora me temo que mi aspecto, es el que no es para nada apetecible. Llego a Las Coloradas doy media vuelta dirección al Puerto, el de La Marina claro, que tampoco estoy para excederme, y cómo no, me la cruzo justo ahora; Conchita. -¡Hola! - Grito - ¡Hola! -Contesto - ¡Adiós guapa! -Vuelve a gritar


- Adiós maja -Farfullo Ha dejado sordo a todo el paseo, debe llevar la música a todo volumen, y eso sí, de paso se asegura que la vea todo el mundo. Y me la tengo que cruzar justo ahora, que voy desmelenada y como un elefante jadeando. Ella en cambio ideal, mírala, seguro que viene del faro y tan fresca, no se le ha movido ni un pelo de la cinta esa hortera que lleva, porque digo yo, para ir a correr ¿qué necesidad tiene una de ponerse tan ideal, tan estilo diosa Venus? ¿Y por qué no suda? Noto que cada vez me va costando más llevar el ritmo y para colmo el flato se une a la carrera, recalculo mi ruta acortándola hasta la Torre del Águila, solo un poquitito antes de llegar al Puerto de La Marina. Me obligo por lo menos a rodearla, si no luego me entra cargo de conciencia, y bien pegada a la costa doy un largo giro disfrutando de la brisa del mar en mi cara. Ya me dan igual las pintas que llevo, alguna excusa tiene que tener ser escritora y estar escribiendo. Nuestro aspecto bohemio y desenfadado no tiene límite, no me acuerdo la última vez que me miré al espejo. Atención, un tío guapísimo, “debe ser el mecánico de Conchita” -pienso. Me sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa encantada de la vida, encantada por ese momento mágico en que un humano del sexo opuesto y que además está buenísimo me sonríe a mí, solo a mí, no recuerdo la última vez que sucedió semejante acontecimiento ¡con lo que yo he sido! Justo al pasar por mi lado me señala la etiqueta de mi sudadera nueva que ni se me ocurrió quitar, por no mirarme al espejo, la cual va ondeando junto a mi melena salvaje. Me recupero muy rápido del incidente, he dicho que hoy, todo me da igual. El atardecer empieza a desplegar todos sus encantos con la imagen a lo lejos de la pequeña isla de Lobos y detrás de ella, bien rubita, Fuerteventura. Empiezo a dar media vuelta, cuando algo me deja petrificada, me llevo las manos a la cara para comprobar que no llevo gafas y con ello intento consolarme, acelero mi paso, mi aspecto debe ser aun más tremendo, si a todo lo anterior, le sumamos la expresión de lerda que se me ha quedado. No quiero darle siquiera la menor importancia, hoy todo me da igual, mañana será otro día. Porque lo que he visto, seguro me lo he imaginado, con tantas cosas que tengo en la cabeza. Lo que de verdad he visto, que sí estaba ahí, no puede ser que lo haya visto, y no me refiero al velero, ni al ferry que iba dirección Fuerteventura, sino a esos destellos concentrados en un punto, esas luces brillantes que parpadeaban… no parecían otra cosa en el agua sino: ¡Purpurina!


Purpurina. Mónica Montes Millán (ADULTOS)  
Advertisement
Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you