Issuu on Google+

EL DIARIO DE A

Cuando la puerta se cerró tras ella, se refugió en casa con el diario de piel negra de su madre abrazado al pecho, preguntándose si el dolor tardaría mucho en aparecer. El día había estado gris y desapacible, llorando todas las lágrimas que ella aún no había podido verter mientras que bajaban el féretro por el estrecho hoyo cavado en el suelo. La poca concurrencia de gente al entierro, le había puesto más fácil mostrar esa actitud que podría calificarse de estoica por parte de aquellos que no la conocían, y se imaginaban el tremendo esfuerzo que debía estar haciendo esa hija para no dejar mostrar su tristeza ante semejante pérdida. Su tía sin embargo, una vieja triste y resentida como lo había sido su propia madre en vida, le lanzaba miradas de reproche por no estar montando un numerito digno de una “hija como Dios manda”, haciéndole redoblar a ella los esfuerzos por demostrar su pena. Se tapaba la boca con un pañuelo que hacía tiempo que había dejado de ser blanco, mientras que con la otra mano, se sujetaba firmemente el crucifijo de oro que le colgaba sobre el pecho. Ángela a pesar de ello, no supo cómo participar en tal exhibición de angustia y se contentó con presenciar, con la mirada perdida en la oscuridad que salía del agujero cavado a sus pies cómo, palada tras palada, terminaban de cubrirlo con tierra húmeda y brillante. Se sorprendió a sí misma al comprobar que sus pensamientos iban encaminados al hambre que sentía, en vez de guardar más consonancia con la intensidad del momento. Después de haberse despedido de las siete u ocho personas que se acercaron a ella, a las que agradeció de forma serena sus condolencias y arropada ahora por la seguridad que le brindaban las cuatro paredes que conformaban su casa, pensó que había llegado la


hora de permitirse sentir algo. Se afligió decepcionada al darse cuenta de que ni aún así, era capaz de dejarse llevar. La única mohosa emoción que tenía pegada al cuerpo, era un ligero sentimiento de culpabilidad al no haber sido siquiera capaz de respetar la última voluntad de su madre Adela. Muy precavida la señora en todo lo concerniente a los protocolos a seguir según las distintas ceremonias, había especificado que deseaba ser enterrada con su vestido de encaje negro, su rosario de cuarzo rosa y su siempre acólito diario. La recordaría siempre dando vueltas por la casa con el maldito libro negro bajo el brazo, acompañándole en cada paseo. Cuando se sentaba en la cocina a tomarse una buena taza de café, después de haber dejado todo fregado y con el olor del mistol todavía entre los dedos, utilizaba el diario como posavasos. Cuando se acomodaba en la mesa de granito gris del comedor para escribir alguna carta o arreglar el pago de las facturas, le servía de pisapapeles. Incluso a la hora de meterse a la cama, lo dejaba guardado bajo su colchón aduciendo que quería encerrar entre sus páginas la trama de los sueños que su mente no fuese capaz de recordar, creyendo que su hija era una ingenua que se tragaba esa sarta de mentiras, en vez considerarle capaz de descubrir sus verdaderas intenciones de mantener en todo momento su cuaderno de memorias alejado de su ella. La tentación fue demasiado intensa como para no rendirse ante ella. Su curiosidad había ganado a su sentido del deber y, pidiendo un momento a solas con el cadáver de su madre antes de salir hacia el cementerio, hizo el cambio del cuaderno que iba a irse con ella al ataúd. La suerte quiso que todavía guardase entre las cosas de su antigua habitación, un diario de idénticas características al de su madre que ella misma le había regalado al cumplir los 12 años, instándole a plasmar todos sus sentimientos en él. Revisando ahora sus hojas no había mucho que leer. Tenía ocho o nueve entradas muy distantes en el tiempo en las que no decía nada digno de querer ser atesorado, así que sin


ninguna clase de pesar, dio el cambiazo en ese momento que le dejaron a solas con la muerta. Se justificaba pensando que tal vez y sólo tal vez, después de descubrir que era aquello que guardaba tan celosamente su madre, sus creencias, sus pesares, sus sentimientos y sus anhelos, podría por fin comprenderla y llorarla. Tuvo miedo a ser descubierta en el momento en el que su tía hizo las últimas comprobaciones antes de cerrar para siempre el cajón de su hermana, pero no pareció reparar en el brillo de la piel de la nueva agenda y de haber dudado, no creía que nunca se hubiese atrevido a ojear ninguna de las páginas que tan bien había guardado Adela y que siempre había conseguido mantener alejadas de los ojos ajenos, aún sin contar con un candado. Ángela se sabía heredera de todas las pertenencias de su madre y no podía ni quería desaprovechar la ocasión de profundizar un poco más en la turbulenta mente de la persona que le dio la vida, a la que en toda su existencia no había sido capaz de comprender. Se hizo un sándwich de pollo con las pocas existencias que le quedaban en la nevera y abrió una botella de vino tinto, para ver si conseguía enturbiar un poco sus ideas y dejar de pensar en todo lo que se le venía encima. Aún haciendo varios años que no se veían, la muerte de su madre le había pillado totalmente desprevenida y el quedarse sin averiguar muchas de las incógnitas que se cernían entre ellas le llenaba de total desesperanza. Esa anestesia emocional en la que estaba sumida le molestaba hasta el punto de desear fingir sentir un dolor que no sentía, quizás derramar alguna lágrima o escribir algún verso conmemorativo, para ver si así conseguía engañarse a sí misma al mismo tiempo que se procuraba una imagen pública más acorde a los estándares esperados. Un golpe sonoro en la puerta principal la sacó de sus ensayos para mejor actriz principal, y volvió a convertirse en la desconsiderada hija que no tembló al enterrar a su madre.


-

¡Que desfachatez! ¡Comportarte de ese modo en el funeral de mi Adela! – Su tía, una mole vestida de ese color negro que le acompañaría durante todo el año siguiente, entró a su casa como una exhalación, increpándole sin mirarle a los ojos.

Ella misma tenía sus ojos del color de la arena bañados en sangre, no sabía bien si por el dolor que decía soportar o por la ira con la que se dedicaba a mirarle.

-

No le entiendo Asunción ¿qué actitud cree que tengo?, creo que me he comportado como es debido – Le contestó Ángela con una actitud serena, que sacó más de sus casillas si cabe a la vieja refunfuñona.

-

Que qué actitud dice…, ¡esa! Esa soberbia de quien se cree superior y que lo sabe todo sobre esta mierda de mundo. Tratándome ahora de usted como si fuese una desconocida cualquiera. Ni te imaginas lo que te quería tu madre, y tu ¡se lo pagas así!

Su tía le dejaba desconcertada. Hubiese jurado que si le tuteaba le iba sentar todavía peor, pero estaba claro que nada de lo que dijese iba a cambiar la opinión que su familia tenía de ella. A esa forma manida de chantaje emocional estaba ya más que acostumbrada. La había soportado toda su vida, haciendo que cada cosa que ella no quisiese emprender resultara una afronta personal contra su madre, como si no fuese suficiente lo que ésta se había sacrificado por ella. La llenaba de culpa y de desesperación no dejándole ser quien era y teniendo que amoldarse siempre a las actitudes, deseos y anhelos impuestos. Su espíritu rebelde un día dijo basta. Hizo una bola con todos los escritos que había estado guardando sobre sus frustraciones y sobre el rencor que se le iba acumulando bajo la piel, y la tiró a la basura. A la mañana


siguiente ya se había marchado de casa para no volver más que en contadas ocasiones, en las que tan pronto cómo llegaba se arrepentía y salía otra vez espantada del siempre asfixiante cobijo materno. Se deshizo como pudo de su tía y acomodada por fin en el gran sofá orejero que había calentado la espalda de su madre durante largos años, se decidió a abrir el libro que tanto había deseado tener desde que tenía uso de razón. Esperaba encontrar entre sus hojas a Adela la joven, la mujer, la amante…o cualquier otra faceta de de ella que no fuese únicamente la que había estado mostrándole a ella durante toda su vida. Un atisbo de humanidad, un hilo del que tirar para poder llegar finalmente a algún entendimiento. Comenzó a leer.

Diario de A

17 Octubre 1974, Sigo teniendo aquí a la niña. Llora desconsoladamente todas las tardes, moviéndose de forma brusca y apartándome con las manos. Es como si estuviese luchando contra mí. Parece cómo si se hubiese dado cuenta del cambio y que no le gustase mi olor o algo. Muchas veces me pregunto si hicimos bien en hacer lo que hicimos. Todo este tiempo encerradas, el cojín en mi barriga, mis pechos secos que no son capaces de alimentarla aunque me muera de ganas de hacerlo. Todo el mundo coincide en que la moza guarda un gran parecido conmigo, hasta ese punto llega su ceguera a la realidad! Antonio sin embargo no quiere saber nada del asunto. Según me vio aparecer con el bebe, ni sus pequeños hoyuelos, ni sus grandes ojos azules le hicieron pensarse el actuar como su padre, se fue por dónde vino e incluso pienso que supuso para él una excusa perfecta para darme esquinazo de una vez por todas. No sé Luz. Tú eres la única


que lo sabes todo pero no estas aquí para ayudarme en las frías tardes en las que siento como este renacuajo enfundado en metros y metros de toquillas de lana, me odia. Si, me odia, como lo has oído. Ni todas las buenas palabras del mundo, ni mis abrazos, ni mis besos, ¡nada le calma! Y hay veces que me pegunto si me odiará más ella a mi o yo a ella, entonces me hecho a llorar pensando en cómo puedo ser así de mala madre, y es que claro, igual es necesario parir para ser una buena. No me queda más remedio que dejarla metida en su capazo y salir a tomar el aire al balcón, para dejar de lado la tentación de zarandearla hasta hacerla callar. Muchas veces pienso en su verdadera madre,¿estará llorando la pérdida de su pequeña? ¿La querría ella ahora que se esta retorciendo, exhalando un grito estremecedor que se te cala hasta en los huesos? Supongo que nunca lo sabremos y doy gracias porque haya venido a parar a mí, antes que a alguna familia de desconsiderados. Prometo hacer de ella una buena chica.

A Ángela se le heló la sangre y no pudo leer más. Notó como la comida le subía hecha una bola por su esófago, y apenas tuvo tiempo de llegar al lavadero de la cocina. El secreto, el gran secreto que la retorcida quería llevarse hasta la tumba es que no era su verdadera madre. Lo único que arrojaba un poco de luz a todo el resentimiento que se estaba hilando en su interior es que en algún lugar, existía una mujer que le dio la vida, para luego no volverla a ver. No sabía cómo, pero tenía que encontrarla.


El diario de A. Erika Fuentes López (ADULTOS finalista)