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El Catoblepas • número 102 • agosto 2010 • página 6

Benjumea y el Quijote como sátira antirreligiosa. Por José Antonio López Calle. Primera parte del estudio sobre la interpretación de Benjumea del Quijote como un libro antirreligioso. Las interpretaciones religiosas del Quijote.

Nicolás Díaz de Benjumea (1820-1884), pródigo detector de sentidos ocultos en el Quijote, no podía dejar de leer entrelíneas uno más, ahora un sentido antirreligioso o anticatólico. Tradicionalmente, se había visto en Cervantes un escritor católico, lo que ni Puichblanch había cuestionado, ya que, según él, Cervantes se habría opuesto a la Inquisición desde dentro del catolicismo. Un intérprete tan cualificado, y tan escasamente simpatizante de la religión católica, como Heine insistió en el catolicismo de Cervantes, pero Benjumea se lo reprocha. Igualmente, los críticos españoles habían dado por supuesto este hecho, lo que tampoco agrada al crítico liberal. De hecho, se queja de que los críticos españoles por causa de su nacionalismo no encuentran


nada de irreverente o anticatólico en frase, pasaje o aventura alguna de la novela. Benjumea no sólo va encontrar frases, pasajes y aventuras irreverentes, sino que nos va a ofrecer un cuadro del Quijote como una obra globalmente antirreligiosa, cuyo protagonista se nos retrata, a imagen y semejanza de su creador, como un racionalista librepensador anticatólico, crítico de las supersticiones y de algunas creencias religiosas, enemigo del clero y de la Iglesia y debelador de la Inquisición. Correspondientemente, Dulcinea pasa a ser el símbolo de la libertad de la razón y Sancho, un símbolo del pueblo español y, por extensión, de la humanidad, de forma que la instrucción que don Quijote ejerce sobre él representa la peregrinación del pueblo español y de la humanidad misma hacia su propia emancipación de la tutela religiosa. De acuerdo con esta imagen cuádruple de don Quijote como crítico de creencias y supersticiones religiosas, enemigo del clero, censurador de la Inquisición y hostil a la Iglesia, analizamos la interpretación antirreligiosa de Benjumea, en la que distinguimos, pues, cuatro partes principales. El Quijote, sátira de creencias religiosas y supersticiones. La concepción de Benjumea en este punto es que el Quijote no es meramente una sátira de los elementos maravillosos, inverosímiles o absurdos de los libros de caballerías, tal como sucesos que desafían las leyes naturales, encantamientos o la presencia de encantadores benévolos y malévolos, sino al mismo tiempo una sátira de creencias religiosas supersticiosas que tales elementos maravillosos simbolizan, como la creencia en milagros, en los ángeles y los demonios, en fantasmas, apariciones, etc. Ahora bien, las alusiones a encantamientos, encantadores y hechos extraordinarios relatados en los libros de caballerías no son meramente una burla en abstracto, en un vacío social, de las correspondientes creencias religiosas, sino que las creencias religiosas objeto de befa son las de la sociedad española de la época, de forma que lo que es un encantamiento, por ejemplo, en un libro de caballerías se corresponde no meramente con un milagro o favor del cielo en religión, sino además con la crédula religiosidad de aquel tiempo, especialmente en la católica España, aunque también en el resto del mundo, en la milagrería. Es más, hasta la literatura religiosa, de orden ascético y místico, viene a ser, por su mención de sucesos extraordinarios, de visiones y apariciones, un equivalente, incluso más defectuoso, de los libros de caballerías, por lo que la sátira cervantina en el Quijote apunta sus tiros también contra ella. He aquí la forma tan expresiva como Benjumea, después de protestar porque no se le haya ocurrido antes a ningún comentador una idea que a él le parece tan obvia, expone su tesis: «Y es que si Cervantes notó y observó en la literatura caballeresca, o sea en elmundo pintado, ese desdén de las leyes físicas y morales, esos absurdos de hacerse la materia penetrable, los cuerpos sólidos aéreos, lo ligero pesado, las almas y la voluntad sujetas a encantamientos y metamorfosis por el poder de hadas, magos, vestiglos y endriagos, no tenía que abrir mucho los ojos para ver que, no ya en elmundo pintado de los libros, sino en el mundo real, en la sociedad viviente sucedía lo mismo con las creencias supersticiosas en el favor de los ángeles, enemistad de los diablos, en los milagros y demás creencias de que estaba saturada la humanidad en aquel tiempo, y especialmente nuestra católica y creyente España. Literatura por literatura, no hay más que comparar la literatura mística y ascética que inundaban las prensas, y ver si no tiene los mismos defectos, monstuosidades y suspensión del efecto de las leyes que rigen al mundo, y en mayor grado que lo que vemos en los libros de caballerías… Pues si en ambas había los mismos defectos; si los de la mística eran más graves y actuales, porque en su tiempo ya no salían caballeros sino un loco de su invención, mientras que la mayoría de la sociedad, cuerda, vivía entre laberintos de visiones, encantamientos, alucinaciones de diablos, apariciones divinas y embelecos y musarañas, entre una guerra de Satanás, tentador por un lado, y Nuestra Señora, abogada e intercesora por otro, ¿cómo negarse que el autor de la sátira de los unos, no fuese el autor de la sátira de los otros? Venimos, pues, por la fuerza de la verdad histórica y de la lógica, a convencernos de que la sátira del mal menor y ya pasado, fue un medio, un instrumento para la sátira del mal mayor y presente.» La verdad sobre el Quijote, páginas 215-217

Sentado esto, Benjumea se lanza a la exégesis del Quijote como crítica de las creencias y supersticiones religiosas, sin olvidar que esta crítica es a la vez una crítica de la religiosidad española de la época sumida en un lodazal de embelecos y engaños. Las aventuras quijotescas en las que se mientan encantadores sistemáticamente se leen como una defensa de una concepción naturalista y una condena de la visión del mundo como un lugar sometido a la acción de agentes sobrenaturales. Y al hacer esto, Benjumea no se da cuenta de la inconsistencia en que incurre al convertir a don Quijote, que es quien precisamente ve por todas partes la acción de encantadores, en un racionalista imbuido de una concepción naturalista. Cervantes, al que llega a calificar de «filósofo racionalista», no se ha limitado a satirizar las intervenciones de los encantadores como una burla de la creencia en general en los milagros, sino que además ha querido apuntar sus dardos contra una categoría especial de éstos, los milagros de resurrección. Tal es lo que habría hecho en el episodio del fingido funeral de Altisidora, en el que prefiere ver, más que una sátira de la Inquisición a la manera de Puichblanch, lo que para él es un detalle insignificante, una mofa de los milagros de resurrecciones de cuerpos. No nos explica Benjumea cómo es que el héroe de la novela, a quien, según él, Cervantes pinta a lo largo de la historia como completamente racionalista, cree en la real resurrección de Altisidora.


Tampoco Cervantes ha querido perder la oportunidad de meterse contra las creencias en visiones y apariciones. Eso es lo que habría hecho en la aventura de los rebaños, en la que la desbordante imaginación de Benjumea ve nada menos que una sátira de las crónicas sobre las apariciones del apóstol Santiago como guerrero matamoros. La polvareda y la descripción de las armas y trajes de los caballeros en esta aventura le evocan a Benjumea la similar polvareda en que los historiadores relatan haber visto pelear al apóstol Santiago, describiéndonos al por menudo su traje, armas y hasta el color de su caballo (véase su comentario en Don Quijote de la Mancha, I, página 541). Finalmente, Cervantes también ha querido censurar un rasgo típico de la religiosidad española de su tiempo: la mariolatría. La fantasía de Benjumea ve mariolatría en la devoción de don Quijote a Dulcinea, la cual simboliza la del pueblo español a la reina de los cielos, pues Dulcinea, al igual que la Virgen, dispensa favores y eleva el ánimo a quienes fielmente la aman y la sirven. Pero Cervantes censura el culto idolátrico a la Virgen, como bien se ve, según el crítico liberal, en la aventura de los mercaderes, que es a la vez también una sátira del fanatismo religioso. En efecto, el pasaje en que don Quijote manda a los mercaderes creer sin ver en la hermosura de Dulcinea es una censura de los fanáticos que imponen la fe en los dogmas religiosos, como el de la imposición en este caso del culto a la Virgen María, especialmente, concluye Benjumea, en España, notable por su mariolatría. Nuevamente, el crítico liberal no advierte la contradicción en que incurre al interpretar esa aventura como una sátira de la mariolatría, lo que exige ver en la devoción de don Quijote a Dulcinea un símbolo del culto a la Virgen. Pero si esto es así, don Quijote no puede ser el símbolo del racionalismo librepensador; y si Dulcinea es ahora el símbolo de la Virgen, no puede simbolizar a la vez la libertad y luz de la razón. Pero estas contradicciones no hacen mella en Benjumea, que sigue adelante, impertérrito, con su programa de interpretación del Quijote como sátira antirreligiosa como si no hubiese obstáculo alguno a sus propósitos. El Quijote, sátira anticlerical. De la imagen de don Quijote como racionalista anticatólico no podía faltar el componente del anticlericalismo para completarla. De hecho, Benjumea hace particular hincapié en este supuesto aspecto del personaje, hasta el punto de atribuirle, junto a la manía caballeresca, una segunda manía, tan marcada como la que muestra en puntos de caballería, a saber, una manía anticlerical o, si se quiere, la manía caballeresca es también un manía contra el clero católico. El comportamiento del caballero con los representantes de la Iglesia es siempre, nos dice, manifiestamente hostil en todos los episodios en los que aparecen clérigos. Así en la aventura de los frailes de san Benito, la primera vez que el caballero se encuentra con miembros del clero conventual o monástico, arremete contra ellos cual si fuesen encantadores malignos y los tilda de «gente endiablada y descomunal» y de «fementida canalla», expresiones éstas tan fuertes que sólo pueden revelar, según Benjumea, la facilidad con que el caballero pierde siempre los estribos tratándose de frailes. Igualmente los pierde en su contienda con el consejero espiritual de los Duques, un eclesiástico que también parece ser miembro del clero regular. La manía anticlerical se manifiesta también en los demás episodios en los que don Quijote arremete contra clérigos. En la aventura del cuerpo muerto o de los enlutados los once o doce sacerdotes que lo acompañan desatan la ira u odio de un don Quijote sacrílego y anticlerical, que los apalea a su arbitrio. En la aventura de los disciplinantes embiste contra los sacerdotes que van en la procesión. Ni siquiera el cura de su lugar, a pesar de ser amigo, se libra de la manía anticlerical del caballero, pues lo trata como si estuviese bajo sospecha. En una ocasión le insulta y desafía, en otra le llama demonio y en otra le pregunta que ¿quién le fía? No obstante, Benjumea sostiene, sin alegar prueba alguna, como si fuese una cosa obvia, que don Quijote tiene menos ojeriza al clero secular que al regular, una tesis que harán suya, aunque con fundamentos diferentes, los partidarios del erasmismo de Cervantes. Todo esto conduce a Benjumea a retratar a Cervantes igualmente como un enemigo del clero, un clero ignorante y fanático, especialmente de los frailes, principalmente de los dominicos, aunque profesaba, según él, admiración y respeto a los jesuitas (véase op. cit., II, pág. 632). Lo segundo no lo infiere de pasaje alguno del Quijote, donde no se mienta nunca a los jesuitas, sino de uno de El coloquio de los perros, donde a través de Berganza se elogia la educación practicada por los jesuitas: «Luego recibí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban a aquellos niños…» (Novelas ejemplares, Cátedra, pág. 316); y a través de Cipión ese elogio se extiende a la vida moral y religiosa que encarnan: «Yo he oído decir desa bendita gente que para repúblicos del mundo no los hay tan prudentes en todo él, y para guiadores y adalides del camino del cielo, pocos les llegan. Son espejos donde se mira la honestidad, la católica doctrina» (ibid.). Sorprende, en cambio, la atribución a Cervantes de un odio especial contra los dominicos, ya que no se los menciona jamás en el Quijote y en el resto de su obra no hay referencia alguna a ellos que autorice a


defender semejante atribución. ¿Qué razones asisten entonces a Benjumea para pintar a Cervantes como un enemigo de los frailes dominicos? No hay que buscar hechos positivos que la respalden, pues no los hay. Hay que entrar en el terreno del alegorismo esotérico para entender la hipotética manía antidominica de Cervantes. Coma ya vimos en otros lugares (remitimos al lector a nuestra estudio sobre las interpretaciones autobiográficas delQuijote y de éste como sátira de la monarquía en El Catoblepas de Julio y Octubre de 2008 respectivamente), el bachiller Sansón Carrasco es, en realidad, el fraile dominico Juan Blanco de Paz, familiar del Santo Oficio, de forma que en todos los episodios en que interviene Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de los Espejos o de Caballero de la Blanca Luna, como rival de don Quijote, sobre todo en los duelos que protagonizan, Cervantes estaría manifestando su animadversión a los dominicos. Pero no sólo ahí. Esa misma animadversión asimismo la encuentra en los pasajes y capítulos en que Cervantes ridiculiza el Quijote de Avellaneda. ¿Cómo es ello posible? Nuevamente, esto sólo se puede explicar teniendo en cuenta el alegorismo esotérico de que está sembrado el Quijote. Por razones estrambóticas Benjumea sostiene que detrás del pseudónimo Alonso Fernández de Avellaneda se oculta el dominico fray Andrés Pérez, al que, de acuerdo con la opinión tradicional, atribuye La pícara Justina (cuya autoría sigue siendo discutida en la actualidad: unos se la asignan al médico Francisco López de Úbeda y ahora cobra fuerza la atribución al dominico fray Baltasar Navarrete). En el nombre Pedro Noriz, pronunciado por la cabeza encantada, como identificación de uno de los amigos del caballero don Antonio, Benjumea vislumbra, echándole mucha imaginación, un anagrama de Andrés Pérez, nombre del dominico al que considera el autor material del Quijote de Avellaneda, pero no habría actuado por cuenta propia, sino como portavoz de un plan urdido por un conciliábulo o bando temible y poderoso de inquisidores, dominicos y familiares del Santo Oficio, entre los cuales estarían Blanco de Paz, Lope de Vega, Alarcón, Villegas, Aliaga y tal vez más. El plan de este bando tendría su origen en una cuestión religiosa: lo que habrían buscado es ofrecer una especie de AntiQuijote católico como reacción al Quijote anticatólico cervantino: frente a un «hidalgo racionalista» oponen un «hidalgo creyente y católico-romano» y a un caballero anticlerical que ataca a cuanto fraile se le pone por delante oponen «otro caballero fanático por la religión, amigo de los clérigos, devoto oyente de la misa, amante de la devoción del rosario y enamorado de la Virgen de esta advocación, creada por Santo Domingo de Guzmán, uno de los progenitores de la Inquisición en España» (página 644). El Quijote, sátira de la Inquisición. Si Puichblanch incorporó el Quijote a su campaña por la abolición de la Inquisición, Benjumea, en cuya época hacía ya tiempo que se había logrado este objetivo, lo que hizo es encuadrar su visión del Quijote como sátira de la Inquisición en el marco de su concepción, corriente entre los liberales, de esta institución como la principal culpable de la decadencia de España, lo que les convierte en cómplices de la generación y propagación de la leyenda negra antiespañola. En un manifiesto emanado de las Cortes de Cádiz en 1813, que se dio a conocer a toda la nación y para ello se ordenó leer en todos los lugares de España, los diputados liberales habían decretado que «el atraso de las ciencias, la decadencia de las artes, del comercio y de la agricultura, y la despoblación y pobreza de España, procedían en gran parte del sistema de la Inquisición» (cita tomada de Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, II, CSIC, 1992, pág. 995, quien, sin embargo, no proporciona los datos identificadores de tal manifiesto). Benjumea suscribe sin reparos tan disparatada opinión, que incluso lleva hasta extremos hiperbólicos, pues no duda en afirmar que con el espíritu inquisitorial creado por el Santo Oficio había comenzado a pasos agigantados la decadencia de España y se atreve a señalar, sin que los atropellos de la historia le detengan, como uno de los efectos de la degeneración traída por la siniestra institución el que «en el reinado de Carlos II, la población que en otros tiempos excedió de cincuenta millones de habitantes, apenas contaba nueve, y de éstos la mayor parte frailes o idiotas» (op. cit,, I, pág. 596). Imbuido de esta concepción transforma a Cervantes en un abanderado anticipado de la misma. Siendo el alcalaíno un visionario y habiendo sido el propio Cervantes una víctima de la Inquisición, objeto constante de vigilancia especial por parte de los inquisidores, de acuerdo con su fantástica reconstrucción de la biografía cervantina, nada más lógico que en su magna novela dirija sus afilados dardos contra el sistema inquisitorial. Y de acuerdo con esto, don Quijote, un trasunto de su propio creador, se nos presenta como un enemigo de la Inquisición, contra cuyos representantes, invisibles y visibles, se tiene que enfrentar constantemente. Entre esos representantes invisibles están los encantadores malévolos, que sólo buscan, según lo percibe el caballero antiinquisidor, su propia ruina haciendo fracasar sus aventuras, lo que no es sino un reflejo simbólico de la manera como los familiares de la Inquisición, inquisidores y cómplice suyos, enemigos del alcalaíno, se empeñaban en arruinar los planes del propio Cervantes. El encantador Frestón pasa a ser así un símbolo del clero inquisitorial. La acción de este destruidor de libros, así lo califica, por llevarse el aposento de don Quijote con sus libros, según su propia creencia instigada por su ama, le huele a Benjumea a chamusquina inquisitorial. Con mayor razón, el escrutinio de la biblioteca del caballero por el cura y el barbero le debería oler a chamusquina inquisitorial. Y los encantadores de Dulcinea también le huelen a inquisidores, los mismos que se dedicaban a vigilar a Cervantes y desbaratar sus proyectos.


Pero el foco principal de su enfrentamiento con la Inquisición tiene lugar con sus representantes visibles, ya sean clérigos o no lo sean. Entre los primeros, están los sacerdotes que, en la aventura del cuerpo muerto, acompañan a éste. La procesión de sacerdotes enlutados, contra los que embiste don Quijote, representa la tenebrosa y odiosa Inquisición, contra la cual combate el caballero en nombre de la luz y libertad de la razón. Entre los seglares, está el bachiller Sansón Carrasco, en quien, como ya hemos dicho, se encubre al dominico Blanco de Paz y, por tanto, los duelos de don Quijote contra Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de los Espejos o de Caballero de la Blanca Luna, se han de interpretar como un combate del caballero manchego contra la Inquisición o, lo que es lo mismo, se trata de un duelo de la luz de la razón, personificada por Dulcinea, contra el fanatismo y la tiranía de la fe, personificados por Casildea, la dama del Caballero de los Espejos y materializados en el clero y sistema inquisitorial, a su vez inseparables del despótico régimen político de los Austrias. En el primero de los duelos vence la razón sobre la tiranía de la fe o del Santo Oficio. En el segundo, en el duelo final en Barcelona, en el que el motivo del mismo, la disputa por la hermosura de las respectivas damas, es una alegoría de la lucha del partido de Dulcinea o de la luz de la razón contra el partido de Casildea o de la tiranía de la fe o del Santo Oficio, don Quijote es el perdedor material ante quien representa la institución del Santo Oficio. Pero el vencedor espiritual o moral es el caballero de la razón, pues, aun cuando cae derrotado por las fuerzas inquisitoriales, quien ama, adora, vive y respira por Dulcinea, por la luz de la razón, en la que Cervantes veía la fuerza, la vida y la felicidad de su patria, se eleva, engrandece y se sublima al proclamar que Dulcinea es la mujer más hermosa del mundo. «Moral e idealmente, dirá Benjumea, el triunfo es, pues, de don Quijote, que cae de Rocinante, pero no de su ideal» (La verdad sobre el Quijote, pág. 330). Para terminar este punto, hagamos una escueta glosa de la exégesis de Benjumea de la escena en que Sancho pone el sambenito y la coroza a su jumento para entrar así en su aldea. El crítico liberal interpreta todo esto, siguiendo a Puichblanch, como una pulla contra la Inquisición, pero le da un giro peculiar. No sólo descarga aquí su varapalo contra la tiranía inquistorial, sino también contra el propio pueblo que se dejó esclavizar. El mensaje que Cervantes ha querido enviarnos con la colocación de Sancho del sambenito y la coroza sobre el rucio es que un pueblo que soporta la degradación y envilecimiento a que la tiranía inquisitorial sometía a los españoles es un pueblo de asnos. «Censura merecen los déspotas, pero, sentencia Benjumea, no pequeña parte de la culpa está en los esclavos que la sufren» (Don Quijote de la Mancha, II, pág. 647). El Quijote, sátira de la Iglesia. El Quijote es, finalmente, también un ataque a la Iglesia globalmente considerada. Benjumea interpretaba la España de los Austrias como una especie de teocracia eclesiástica, en que el verdadero gobernante era la Iglesia, a la que estaba sometido el poder civil, tan despótico, a su vez, como el de la propia Iglesia. Pues bien, Benjumea cree descubrir en el Quijote una denuncia del despotismo avasallador ejercido por esta institución. En la aventura de los disciplinantes, aparte de un ataque al clero, percibe en el cura y los cuatro clérigos de la procesión, junto al cura Pero Pérez y el canónigo, que rodean a don Quijote, a los representantes del despotismo eclesiástico, aliado con el despotismo político, simbolizado por los cuatro cuadrilleros, y don Quijote es un símbolo de la supeditación de la sociedad española, y del propio Cervantes como parte de ella, a la voluntad avasalladora del poder religioso. Este mismo simbolismo encuentra en el enjaulamiento de don Quijote, el cual es ahora el propio Cervantes, la nación española y aun la humanidad, enjaulados y sometidos por la Iglesia y el Estado. La operación de interpretación de la novela cervantina en una línea antieclesiástica culmina en la exégesis alegórica del pasaje en que la pareja inmortal llega de noche al Toboso para visitar a Dulcinea y confunden una iglesia con el palacio de la dama, confusión que da lugar a que don Quijote pronuncie, según Benjumea, una frase antieclesial: «Con la Iglesia hemos dado», que luego, por obra de los discípulos esotéricos de Benjumea, se convertirá definitivamente en: «Con la Iglesia hemos topado», que ha pasado al acervo popular como sentencia acrisolada de antieclesialismo y anticlericalimo. El crítico liberal elaboró esta exégesis en dos pasos. En un primer paso, en el capítulo X de su libro La verdad sobre don Quijote,utiliza ya la frase «Con la Iglesia hemos dado» para interpretar la propia vida de Cervantes en clave antieclesial, dándole ya el sentido con el que luego se va a popularizar de interposición de la Iglesia en la realización de los proyectos de alguien, en este caso del propio Cervantes. Benjumea resume con la mentada frase el episodio en que Cervantes fue excomulgado en Febrero de 1588 por la autoridad eclesiástica de Écija, cuando, en su calidad de comisario de abastos, quiso embargar por encargo de la real Audiencia de Sevilla el trigo que a esta villa sevillana correspondía entregar para la provisión de la Armada contra Inglaterra. En un segundo paso, en su posterior edición comentada del Quijote, hizo una exégesis del pasaje arriba citado conforme a la manera como ya la había aplicado a la propia biografía cervantina. He aquí su paráfrasis: «Ve un bulto que le parece, en las sombras de la noche, ser el palacio de su dama. Se acerca y da de rostro con la iglesia. Entonces dice estas monumentales palabras, realzadas por la solemne contestación de su escudero»: Don Quijote: —Con la Iglesia hemos dado, Sancho. Sancho: —Ya lo veo, y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura.» Don Quijote de la Mancha, II, pág. 596

Contrastemos la paráfrasis de Benjumea con el pasaje literal:


«Guió don Quijote, y habiendo andado como doscientos pasos, dio con el bulto que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo: —Con la iglesia hemos dado, Sancho. —Ya lo veo –respondió–, y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura, que no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas.»

Según Benjumea, la alegoría en este pasaje está muy al descubierto, aunque el gran escritor la prepara con artificio, y encomia el ingenio de Cervantes, «monarca de la sátira», por osar decir cuanto quería «sin temor a la tiranía entonces reinante» (ibid.). Pero ni hay alegoría artificiosamente elaborada ni Cervantes arriesgaba nada por lo que dice en este pasaje, que no afirma nada de lo que pretende el crítico liberal. Su lectura antieclesiástica es, en realidad, una burda manipulación de dos aspectos del pasaje original, que el lector puede comprobar fácilmente. En primer lugar, en el texto auténtico no se habla de la Iglesia, con mayúscula, nombre de una institución, sino de una iglesia, en minúscula, nombre de un edificio, en este caso el de la iglesia principal de El Toboso; en segundo lugar, la contestación de Sancho no se refiere al supuesto peligro de muerte, como insinúa Benjumea, que puede correr quien no se somete a los designios de la Iglesia, sino al miedo de Sancho ante las sepulturas que había en el atrio de las iglesias, como era costumbre en aquella época, costumbre que pervivió hasta que Carlos III, por razones sanitarias, dispuso la supresión de los cementerios en los atrios de las iglesias. Obsérvese cómo el crítico liberal omite este dato en su exégesis tendenciosa con el fin de dar la impresión de que el miedo de Sancho tiene como fuente la institución eclesial en vez de las sepulturas del cementerio. Como decíamos más arriba, posteriormente sus discípulos esoteristas agregarían otra falsificación a la frase de marras, al sustituir «dado», que todavía mantiene Benjumea y que meramente significa hallazgo, encuentro de algo, por «topado», que, por el contrario, sugiere que hay choque o conflicto en el encuentro. La frase adulterada, falsamente atribuida a Cervantes en el Quijote, ha tenido éxito hasta el punto de convertirse en una frase ya proverbial con la que muchos españoles expresan su actitud negativa, incluso hostil a la Iglesia y al clero. Y esto ya no tiene vuelta atrás. Lo que sí es grave es que en la actualidad no faltan estudiosos, presuntamente conocedores del Quijote, que siguen amarrados a esta grosera falsificación. Entre ellos cabe mencionar a José Luis Abellán, quien, para defender el supuesto anticlericalismo de Cervantes, todavía saca a relucir torpemente la frase fraudulenta, que jamás don Quijote dirigió a Sancho en El Toboso, pero «claro indicio, según este historiador, del temeroso respeto que le producía la institución eclesiástica» (véase su Historia crítica del pensamiento español, vol. 2, Espasa-Calpe, página 103). La profesión de fe secular de don Quijote. Hasta aquí nos hemos centrado en el aspecto negativo del Quijote como libro satírico de ciertas creencias religiosas supersticiosas, anticlerical, antieclesial y debelador de la Inquisición y el perfil igualmente negativo de su protagonista, como antirreligioso y enemigo del clero, de la Iglesia y de la Inquisición, porque es en lo que más insiste Benjumea. Pero también nos ofrece un esbozo del perfil positivo del libro y de su protagonista, en que, anticipándose a autores posteriores, como Unamuno, se nos presenta el Quijote como una especie de Biblia humana o de Evangelio y a don Quijote como una imagen de Cristo. A Benjumea le gusta subrayar los paralelismos entre ambos libros y entre ambas figuras. Don Quijote se nos presenta como una suerte de Cristo laico o secular, racionalista y naturalista que «no tiene más religión que el amor a los hombres y a la naturaleza», una naturaleza desprendida de elementos o referencias sobrenaturales (Don Quijote de la Mancha,II, pág. 155). La religión de don Quijote queda reducida, pues, a la ética y la moral en su dimensión social y política y don Quijote a un predicador moralista que, por ejemplo, en sus prédicas equivalentes del Sermón de la Montaña de Cristo, se erige, en medio de la querella del rebuzno entre lugareños a punto de entablar batalla, en predicador de «máximas de paz, cordura y benevolencia», o en el discurso de la edad de oro ante los cabreros en el heraldo de un nuevo tiempo, en el que habrán de prosperar, al lado de valores éticomorales, como el amor y la buena voluntad, otros de cariz social y político, como la libertad, la justicia, la igualdad y la fraternidad. Don Quijote viene a ser el sucesor secular de Cristo, cuya misión mesiánica viene a continuar, pero en otra dimensión. Al «periodo de autoridad de la civilización cristiana», en el que la «suave religión del Mesías» no acabó de desterrar el principio de la fuerza, sucede ahora un periodo de autoridad de la civilización racionalista y moral, en que la no menos suave religión de don Quijote, en su calidad de Mesías pacífico, pretende terminar de desterrar el principio de la fuerza para construir una nueva era civilizatoria en que se enseñe a los hombres que hay que combatir el mal con las armas de la razón, que el bien y la corrección de los vicios no se hacen ni consiguen a palos, sino instruyendo, mejorando e indagando las causas ocultas del mal (Refutación de la creencia generalmente sostenida de que elQuijote fue una sátira contra los libros caballerescos, La América, 1859, en Rius,Miguel de Cervantes Saavedra, pág. 69) . La religión de don Quijote es, según el crítico liberal progresista, una religión práctica, social y beneficiosa para la sociedad y el mundo, y la empresa de don Quijote, la de un «redentor de los males sociales» (Comentarios filosóficos del Quijote, La Américia, 1859, en Rius, op.cit., pág. 71). De este modo, don Quijote representa lo más genuino del espíritu del cristianismo, que se había perdido al reducirse a vana exterioridad en las naciones católicas, como España, una observación con la que se anticipa a Américo Castro y su visión erasmista del Quijote.


La búsqueda de analogías entre don Quijote y Cristo le conduce a interpretar el credo caballeresco del primero como una expresión de la doctrina del Evangelio, pero, claro está, en la línea de la tendencia práctica y social de la religión secular quijotesca, que a Benjumea le gusta contrastar, siguiendo el ejemplo del propio Cervantes, con la religiosidad de los monjes, pero para sacar consecuencias totalmente ajenas a las formulaciones cervantinas. En un sentido contrario a la corriente general de su época que empezaba a preferir y enaltecer la vocación eclesiástica y la vida conventual sobre las demás carreras y actividades, Cervantes exalta, a través de don Quijote, la religión de la acción frente a la de la oración de los monjes y frailes. Mientras éstos se encerraban en las celdas de monasterios y conventos entregados a una vida de oración para sacar las almas de las penas del purgatorio, mientras se flagelaban con el cilicio y practicaban el ayuno para conquistar el cielo, don Quijote, en su calidad de caballero andante, impregnado de la religión de la acción, se sitúa en el bullicio del mundo y se afana, muy contrariamente, por sacar las almas de la servidumbre, de la tiranía y de los inquisidores, amén de sufrir hambres y privaciones por el bien de sus semejantes. Esto último nos anuncia otra analogía entre don Quijote y Cristo, en cuyo señalamiento Benjumea se anticipa a Unamuno: se trata de la pasión redentora de don Quiote, viva imagen de la de Cristo. Si éste sufrió por nuestros pecados, don Quijote ha padecido por la libertad y amado la luz de la razón, sola y única guía de la humanidad por el cumplimiento de su destino. Si los avatares de la vida de Cristo testimonian su lucha por el triunfo del bien y el reino de Dios, las aventuras, batallas y amor del caballero a una dama, nos pintan alegóricamente el compromiso de don Quijote en la batalla humana por el bien y su amor a la libertad para implantar el reino de la justicia, la igualdad y la fraternidad. No es de extrañar que Benjumea concluya su comentario al Quijote aseverando que éste es, aparte de una obra de arte, la «Biblia humana», y al modo en que en la Biblia religiosa la voz de Dios habla a las almas llamándolas a una vida de felicidad eterna, en la Biblia humana cervantina también hay una voz divina que pretende conducir a los hombres por el camino de la felicidad en la tierra, una voz que nos habla a través de don Quijote, quien, como Cristo, nos señala el camino, la verdad y la raíz de la verdadera vida, pero en clave profana.


El quijote y la satira antireligiosa doc