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La historia de un castillo con una princesa y muchas cebollas. Un castillo junto a un mar terriblemente azul y misterioso...

SECRETOS CON CEBOLLA Laura BorrĂ s

Editorial Limbo


Secretos con cebolla


Había una vez un castillo muy antiguo cerca del mar. Era un mar tremendamente azul. En el castillo vivían un rey, una princesa y toda la corte. Era como un pueblo pequeño. (Y estaba lleno, llenísimo, de lagartijas; pero esta sería otra historia).


De vez en cuando los habitantes del castillo recibían visitas inesperadas. Unos piratas que llegaban por mar con sus parches en el ojo y una enorme colección de gritos que hacía temblar las montañas. O guerreros a caballo que llegaban de tierras lejanas con ropas de vistosos colores y que hablaban lenguas incomprensibles. E incluso tribus enteras, de lo más extrañas (con hombres muy altos, o muy pequeñitos, o muy gordos o muy delgados, u hombres-perro e incluso hombres-luna).


Pero la gente del castillo no tenía miedo. Después de tanto tiempo, de tantas batallas ganadas, ya sabían que nadie podía penetrar en su castillo. Llegó un momento en que ni luchaban: tarde o temprano, como por encantamiento, sencillamente los enemigos... ¡desaparecían! Desde luego ahí había un misterio.


¿Y la princesa? No os he hablado aún de la princesa, ¿no? Todo castillo digno de su nombre debe tener una. Por cierto que el castillo no recuerdo cómo se llamaba. Y, la princesa, tampoco. Pero era una princesa, os lo aseguro. No sé si era guapa, pero era una princesa. Pensad que de aquel castillo no ha quedado ninguna crónica ni ningún documento, solo leyendas que han pasado de abuelos a nietos y quizá también de nietos a abuelos.


La princesa se aburría mucho. La vida de las princesas puede ser tan aburrida... ¡y todavía más en un castillo como aquel! Estaba cansada de esperar... sin saber muy bien a qué. Y decidió investigar el secreto de su castillo. No tenía ni idea de por dónde empezar, así que un día se le ocurrió ir a bañarse al mar ella sola. Era otro de los problemas de ser princesa: siempre tenía que ir a todas partes acompañada de su séquito... todos tan aburridos y estirados. —¡Y tan estúpidos! —decía. Iría sola, y se sentía muy feliz.


Antes de bañarse miró largamente el mar, el castillo... el mar... ¡Tan azul! Se bañó mucho rato, las pequeñas olas le acariciaban el pelo y le hacían cosquillas en las manos y los pies. Día tras día bajaba a bañarse. Era su secreto, no sabía si también el del castillo, pero sí el suyo. Y no penséis que abandonó sus investigaciones, no, las hacía desde el agua, dejando pasar las horas.


Y ahora os voy a contar algo: el castillo estaba protegido por un dios que vivía en el mar. No era Neptuno, quizá ni siquiera era un dios —ya os he dicho que no tenemos crónicas sobre el castillo—, pero vivía dentro del mar y había conseguido dominar los cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aire). Si no era un dios, ¿cómo lo llamaríais? ¿Un mago? Bueno, quizá. Da igual.


Como siempre pasa, diréis, aquel “individuo” se había enamorado de la princesa. Hacía años que la observaba en silencio, pero no sabía cómo acercarse a ella. Por eso decidió proteger a los habitantes del castillo y dejar pasar el tiempo, cosa que a él no le costaba nada. Tenía todo el tiempo del mundo. Pero un día en que ella se estaba bañando, no lo pudo evitar: cogió un pie de la princesa y la tiró hacia abajo. Aquello dio mucho que hacer a los habitantes del castillo. No solo tenían que buscar a la princesa noche y día, sino que debían protegerlo, porque ya no era inexpugnable.


Volvieron los piratas, y los hombres a caballo, y unos personajes pequeñitos, delgaditos y naranjas, muchos y muy calvos (pero esta sería otra historia). Los habitantes del castillo comprendieron que debían luchar con ganas, porque sus enemigos ahora no desaparecían. Nadie sabía lo que pasaba. Y era que nuestro dios ya tenía suficiente trabajo intentando que la princesa no se ahogara ¡como para proteger también el castillo!


O sea, que fue un lío de narices. Poco a poco las cosas fueron volviendo a la normalidad, excepto que la princesa no aparecía. Y todo el mundo estaba muy triste. Especialmente el rey, pobre rey, no paraba de llorar y, con tantas lágrimas, había conseguido inundar su habitación y el comedor reales (donde pasaba la mayor parte del tiempo). ¡Qué desgracia! Y así fue durante meses.


En todo aquel tiempo la princesa había descubierto el secreto del castillo, que su vida en la tierra era realmente aburrida ¡y que el mar hacía cosquillas! Y pensó que solo necesitaba tener más cerca su castillo y a toda su gente. Pero aún no sabía cómo traerlos bajo las aguas. Los castillos pesan un poco, y ella no dominaba todos los elementos. Tardó meses en definir su plan.


Una tarde vio a su padre que lloraba y comía sentado solo en su butaca real, y bebía un vino muy dulce, regalo del médico de la corte. El vino se le iba aguando por momentos y la estancia se llenaba de lágrimas que daba gusto.

Las zapatillas del rey flotaban como pequeños barcos de piratas. Quizá el rey también sentía cosquillas en los pies, porque se veían unas olas pequeñitas, pero ni siquiera se fijaba en ellas. No hacía más que llorar.


En aquel momento lo vio claro: era preciso que todo el mundo llorara mucho, mucho. No solo porque así se sentirían mejor, sino porque después de tres meses de llorera colectiva sin parar... ¿Lo adivináis? El castillo y sus alrededores se habrían inundado y quedarían bajo el mar. Pero había que pensar en cómo hacerlos llorar tanto, porque ¡ahora ya solo lloraba el rey!


Muy sencillo: la princesa convirtió toda la comida del castillo en cebollas. En todas las cocinas todos lloraban a lágrima viva... y los niños lloraban aún más cuando veían que la comida de cada día para desayunar, comer, merendar y cenar era... ¡¡cebollas y más cebollas!! Poco a poco fueron desaparenciendo los colores de las cosas, porque los tintoreros no podían ver nada, de tanto llorar, y no teñían las telas. Y los pintores no podían pintar y lloraban más que nadie.


Ni siquiera por Navidad hubo perdón: cebolla, cebolla y más cebolla. Y cebolla sola, sin tomate, sin queso. ¿Os lo imagináis? Incluso los habitantes de los castillos colindantes dieron un nombre popular al castillo: Castillo de Cebollas. Y la bandera, por encantamiento, pasó a lucir una cebolla descolorida. ¡Aquello ya fue excesivo!


En menos de tres meses el castillo estaba cubierto de lágrimas saladas y empezaba a formar parte de aquel mar tan azul. Y no os preocupéis: todos vivieron de lo más felices en aquel mundo mágico bajo las aguas. Si miráis justamente la línea del horizonte en un día claro (y en la dirección correcta), quizá aún podáis adivinar la bandera del castillo. Un poco estropeada, la de la torre más alta... ¿Con una cebolla? quizá... ¡desde tan lejos no se ve bien!


secretos  

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