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2011 El péndulo de hielo, esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 España.

Si no habéis tenido la oportunidad de leeros gratuitamente el primer capítulo, no os preocupéis, estáis todavía a tiempo.  El péndulo de hielo – Capítulo 1

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El péndulo de hielo Xabier Villanueva

II Se encontraban en la parte trasera de la furgoneta y bebían sentados una Naparbier. Era una cerveza rubia, aterciopelada, suave en su textura y sabor. Lo hacían encima de la cama, con los pies colgando en el exterior. Mientras, veían la lluvia caer intermitentemente a través del portón que habían abierto para airear; para airear su humanidad y refrescar las ideas. El cielo estaba gris, añorando el viento que no venía, cubierto por una espesa hilera de nubes que avanzaban muy lentamente por el horizonte con cara de tener pocos amigos. Les gustaba ver llover juntos. Siempre lo habían hecho así y aunque no pensaran nada en particular, les impulsaba a estar callados dejándose llevar por el flujo del agua. Habían pasado tanto tiempo el uno con el otro que ya no se acordaban de lo que era ser impar. Se habían transformado en parásitos siameses sin darse cuenta, para bien o para mal. Cambiaban tantas veces de nombre que muchas veces evitaban pronunciarlo delante de la gente para no meter la pata. Óscar y Javier no eran mas que los fantasmas de los dos últimos incautos a los que habían timado. Solían hacerlo así, cogían prestada la identidad de sus víctimas en el caso de que fueran varones. Si se daba el caso de que fueran mujeres, les gustaba escribir el nombre sobre una superficie para crear uno nuevo usando las mismas letras. Llamar la atención lo menos posible era tan importante como el trabajo en sí, por eso debían abandonar cualquier vínculo tras cada acción. Bajándose de un salto del vehículo, Marty, anteriormente conocido como Óscar, cogió la navaja que guardaba en su bolsillo y empezó a hablar, sin apartar la vista del suelo, con Ringo, el que una vez fuera Javier. —Esta vez me toca elegir a mí. ¡A ver qué sale! Escribió el nombre en el suelo, tierra cubierta de inapreciables piedras, con las letras en mayúscula dejando cierto espacio entre los caracteres. Ajeno a la materia, su compañero se limitaba a observar hacia abajo tomando pequeños sorbos de su cerveza. D

O

L

O

R

E

S

—Mmmm, Dor…, Dol…, Dos…, Dro… ¡joder, está complicado! —¡Eres muy malo macho! Nunca has sido bueno con esto, admítelo. Yo ya veo uno. Ringo ni siquiera se había puesto a pensar en nombres pero le gustaba enormemente picar a Marty siempre que podía.

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—¡Calla pelao, no tienes ni puta idea! Deja de tocar los cojones por una vez. Lo…, Los…, Lor… ¡coño, te puedes llamar Loro! —levantó la mirada hacia Ringo y continuó hablando—Eres un puto loro que no callas. ¿Qué me dices lorito? —¿No tienes otra cosa mejor que hacer? Se encogió de hombros sacándole la lengua sin decir nada más. —Ser…, Sel…, Sor… —¡Sordo! Al final me vas a dejar sordo. Deberías mirar a ver quién es el loro —Ringo interrumpió las cavilaciones de su amigo con cierta impaciencia. —Tampoco tenemos otra cosa mejor que hacer ahora —sugirió Marty con desgana. —En eso te doy la razón pero haz el favor de callarte. No quiero acabar con dolor de cabeza —dijo Ringo dejando caer su espalda contra el colchón. —Eso es porque no sabes beber, no aguantas una mierda. —Hay veces que eres como un grano en el culo. —Lo sé. ¿Tú no? A regañadientes, Ringo chocó su Naparbier con la de Marty para, acto seguido, liquidarla de un trago. Una vez vacía, estrujó el vidrio convirtiéndolo en un improvisado acordeón sin notas y lo lanzó contra unos matorrales cercanos. —Ya lo tengo. —¿El qué? —Mi nombre. Mi nombre es Leo. Ahora piensa el tuyo —dijo Marty retándolo. —Hoy no es tu día jefe —le contestó su camarada sonriendo—. Seré tu loro chino amigo. —¿Loro chino? —preguntó desubicado. —Sí, un loro chino. Llámame Lolo. —¡Serás cabrón! Ringo empezó a reír con ganas, consiguiendo más tarde contagiarle la risa a Marty. La de Ringo era una de esas carcajadas sonoras que, sólo con oírlas, te hacía sonreír primero para fallecer llorando del dolor de tripas al terminar. Sin duda, salir con él era como llevar su propia tabla de abdominales a cuestas.

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Tenían que combatir de alguna forma la vida que les había tocado vivir. A pesar de hacerlo muchas veces al límite, Marty sabía que con él siempre podría mofarse de su suerte. No le temía al futuro por estar junto a su hermano, de leche que no de sangre. Seguían juntos y con eso les bastaba. Escogieron tiempo atrás la vida que iban a llevar aunque siendo sinceros, lo más probable es que la vida eligiera por ellos su destino. Defendían que hacían teatro callejero, yendo de pueblo en pueblo manejando a sus partícipes espectadores como si fueran marionetas de escayola. Alguna vez se imaginaban inmersos en una realidad alternativa. En ella, se ganaban la vida con un trabajo honrado, establecidos en un lugar fijo. No podían decir ni que fuera mejor ni peor. Simplemente era diferente. Dados sus golpes, estaban condenados de por vida a vagar errantes por el asfalto sin rumbo fijo. Eran nómadas de su sino, estaban solos en el mundo y no tenían a nadie más a quien acudir. Por extraño que parezca, eso no les importaba. Crecieron con ese desfigurado horizonte pero supieron amoldarlo a sus necesidades. Su casa era un habitáculo móvil con tracción a las 4 ruedas, una Nissan Caravan roja del año 89 cuyo color iba perdiendo fuerza dejando paso a un apesadumbrado rosa. Para evitar problemas con los Ipodeus cambiaron el logotipo de la marca por el de Tesa, la única compañía de automóvil empleada por el Régimen. Al no permitirse las importaciones del extranjero, era muy común encontrarse estos leves cambios estéticos con viejos automóviles traídos de Europa, América o Asia. Las patrullas sabían perfectamente que no eran legales pero hacían la vista gorda si sus propietarios se habían preocupado en modificarlos haciéndolos parecer de fabricación nacional. Por supuesto, para que esto fuera así, influía mucho el grado de amabilidad hacia uno o varios agentes a la hora de conseguir el permiso de circulación. Era el más astuto de los dos, el número 5 de su promoción. A Marty le bastaba con analizar sagazmente su alrededor, no le suponía ningún esfuerzo. Debido a esa facilidad de aprendizaje, no mostraba curiosidad a lo que les enseñaban de pequeños. Esa apatía la achacaban a una violación de la autoridad en los centros de comportamiento y le llevó a no pocos castigos en su niñez sin lograr, de esta forma, inculcarle el valor de la disciplina. A día de hoy se guiaba por su olfato, el sexto sentido al que había echado mano toda su vida sin fallarle ni una sola vez. Solía dejarse barba de unos días, para gustarse, para provocar, por dejadez. Bajo sus greñas, en el punto donde espalda y cuello eran uno solo, tenía un tatuaje. Exactamente igual al de Ringo. Su iris era oscuro, engreído y penetrante. Como pasaba con el resto de las personas, los ojos eran el espejo de su alma. Sin embargo, hacía tiempo la había perdido en la oscuridad del olvido, arrinconada en el laberinto de su mente. Su última representación la habían hecho en un barrio a las afueras de la ciudad. Existían reglas específicas para ellos dos cada vez que querían entrar y aunque no lo expresaran abiertamente, al cruzar las murallas de la ciudadela se sentían

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acongojados. En otra época también luchaban contra sus remordimientos pero con el avance de las estaciones ese sentimiento de vulnerabilidad se iba diluyendo en la memoria. Uno de los placeres de tener su furgoneta era deambular libremente por el Estado sin necesidad de preocuparse por encontrar alojamiento. El inconveniente que encontraron al principio fue el hecho de tener que buscar un punto de fichaje cuando caía la noche. A las 21 horas en verano, a las 19 en invierno. A las 20 horas para primavera y otoño. Eso les privaba disfrutar de cierta libertad. Por suerte, más adelante flexibilizarían los horarios. A Ringo se le antojó pasar la siguiente semana cerca del mar, por eso se trasladaron hacia el norte tomando el rumbo a un pueblo costero. Tenían buenas referencias de aquel lugar y sabían de la posibilidad de conseguir un pase para pescar furtivamente al amparo de la luna en la oscuridad de la noche. Tener contactos era trascendental, sobre todo si eran miembros de los Ipodeus o agentes de los centros de comida. Alimentarse de sopas insípidas, leche en polvo y sándwiches de pan de molde rellenos de crema de marmite no entraba precisamente entre sus preferencias. Escuchar la radio era una tortura para los dos. Poder sintonizar sólo una emisora en la que las noticias ocupaban la mayor parte de la programación les hacía bostezar y la locura se abría paso por sus venas, llevándoles a desenchufarla sin remordimientos. Para evitar aniquilar de una patada el aparato de música, habían conseguido hacerse con un rudimentario dispositivo que conectándolo a la radio, a través de un cable auxiliar, podían escuchar cintas de cassette. El precio de estas cintas no las hacían accesibles aunque no era mayor problema para gente cuyo trabajo residía en la picaresca, tráfico de material y en definitiva, cualquier actividad con la que poder subsistir. Iban por una carretera secundaria, asfaltada pero con socavones lo suficientemente grandes como para tener que aminorar la marcha sorteándolos con prudencia. La brisa que se colaba en el interior del automóvil tenía un aroma especial; se podía sentir la proximidad del mar. Conducía Ringo con los cinco sentidos puestos en la carretera. Como de costumbre, llevaba bajada la ventanilla derecha para poder así apoyar su antebrazo y sujetar levemente el volante. La mano izquierda, por el contrario, la tenía solapada en la palanca de cambios. La vía se había estrechado a un único carril de doble sentido en lo que era el inicio de la subida a un pérfido peñón que flanqueaba la aldea a la que se dirigían. Por si la estrechez no fuera suficiente, la brea dejó paso a un camino de cabras, haciendo el viaje tan cómodo como trotar a caballo. —Como venga algún coche de frente andaremos justos para pasar —expresó Marty como si la cosa no fuera con él.

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—Dirás que quien se cruce con nosotros andará apretado porque con que les meta el morro… ¡No tendrán más remedio que apartarse! —le contestó Ringo girando la cabeza hacia él. —No es cuestión de conducir como un matón. Ándate con cuidado o te echo el freno de mano y manejo yo. —Deja de llorar y acércame un Trujas —le ordenó a su amigo pulsando el encendedor para que se fuera calentando—. Además, por aquí no se ve un alma. —¿Se te han acabado o qué? —Terminé anoche con mi paquete. Debería haber un cartón metido atrás en alguna parte. Cógelo de ahí. —Vas a acabar con los pulmones más negros que tu camiseta. Te lo busco por esta vez pero que sepas que el siguiente viaje conduzco yo. —Si tú lo dices… La parte delantera de la furgoneta tenía tres asientos aunque el del medio, que era abatible, lo usaban como ropero tirando encima la ropa sucia. De esa forma, parecían estar en continuo enfado separados por una pila llena de atuendos. Marty se soltó el cinturón de seguridad, tras varias tentativas por el mal estado del anclaje, para más adelante pasar a la parte trasera. Para ello, subió los pies al asiento y poniéndose de cuclillas, hizo equilibrios para elevar su pierna izquierda por encima del particular vertedero textil que habían originado. Fue entonces, cuando un inoportuno frenazo con el que Ringo detuvo en seco el vehículo, le hizo perder el equilibrio. Se sujetó con homérica fuerza a la cabecera en un acto reflejo, sirviéndole para no pegarse de espaldas contra la luna delantera pero lanzándolo después irremisiblemente de cabeza contra el suelo de la furgoneta. En el impacto chocó con el juego de cacerolas, las toallas que tenían desperdigadas y las bolsas donde tenían guardada la comida, teniendo la mala fortuna de verter el aceite por toda su frente. El líquido graso pronto allanó el camino para ensuciar también la camiseta, dejando la definición de puerco a la altura de un gorrino. —¡Hijo puta! ¿Qué hostias haces? —gritó enormemente cabreado. Encajonada en un hueco, la pecera no había sufrido ningún daño. En ella, unos ojos saltones acompañaban el compás de los labios que se movían de arriba abajo. —El puto pez de los cojones. Todavía no entiendo por qué lo cogiste. —¿Qué se cuenta nuestro amigo? ¿Has encontrado ya los cigarros? —replicó sarcásticamente Ringo.

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Girándose, una llamarada de odio se apoderó de su semblante apuntando al conductor con una travertina mirada. Parando el motor, Ringo quiso disculparse a su manera: —No he podido hacer otra cosa. Si no me crees, mira lo que tenemos delante y dame las gracias. Marty se incorporó como buenamente pudo, una vez escapó del desaguisado que había montado con todas sus cosas desperdigadas, y le llegó la hora de ver un árbol cruzado obstaculizando la calzada. Cogió con la mano una de las toallas y frotándose con fuerza la cara, se limitó a decir un escueto «cojonudo». Mientras Marty buscaba en todo aquel desorden ropa limpia o al menos algo medianamente presentable para cambiarse, Ringo se apeó de la bala roja para inspeccionar el terreno. Se trataba de un imberbe chopo que había cedido de la cornisa del flanco izquierdo. Allí había tierra arcillosa que por lo que se veía no era muy estable. El tronco, de madera color amarillo grisáceo, no era de gran tamaño, hecho que les ayudaría tarde o temprano a quitarlo de en medio. Darse la vuelta ahora los llevaría a perder medio día al tener que dar un gran rodeo. Antes de que Marty volviera a enaltecer sus cuerdas vocales, Ringo había abierto el portón trasero buscando cualquier cosa con la que cortar las ramas. Tras maldecir repetidas veces al golpear su cabeza con los maderos que sostenían el colchón de la cama, logró encontrar algo. Se hacía sentir el viento de poniente a pesar de estar haciendo ejercicio. Ringo cortaba como buenamente podía las superficiales ramas con un viejo machete de filo desgastado. Acompañándole, el quehacer de Marty consistía en amputar las ramas de mayor grosor gracias a un hacha que tenían; de mano, algo oxidada. Su intención era la de pelar el árbol para poder así más adelante empujar el tronco con la esperanza de hacerlo rodar y llevarlo a la cuneta. —¿Por qué cuando lo necesitas nunca aparece nadie? —le preguntó Marty al viento—. En media hora no ha asomado el morro ningún coche. Seguro que cuando consigamos dejar el camino libre se forma caravana. —Es lo que suele pasar —reafirmó Ringo sin añadir nada más. Tras más de media hora blasfemando, cuando se disponían a sacudir el obstáculo, oyeron a lo lejos el característico ruido del motor de un coche acercándose hacia ellos. Como ya habían trabajado suficiente, se dijeron, se sentaron encima de lo que quedaba del chopo y aguardaron impacientes unos segundos hasta que vieron aparecer el automóvil. De él, salió un hombre que rondaría la cincuentena, de aspecto descuidado y con unas botas verdes que tenía por calzado. Los abordó con un incomprensible acento cerrado y los empezó a interrogar a gran velocidad. Se parecía

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a uno de esos lanzadores de cuchillos, el de los circos, el situado en medio de la mujer barbuda y el enano bufón. —¿Qué ha pasado aquí? No sois de la zona, ¿hacia dónde vais? No supieron contestar; les había cogido de improvisto sus rudas maneras, las de esa clase de personas que aún vivían alejadas de la humanidad. Al no obtener ninguna réplica, el hombre pasó a la acción sin previo aviso. Se volvió a su vehículo, un todoterreno biplaza con toda la parte trasera convertida en un trastero cubierto por una lona, y empezó a rebuscar algo entre sus herramientas. Para cuando se quisieron dar cuenta, el estrambótico individuo ya estaba cortando el tronco con la ayuda de una ruidosa sierra mecánica de gasolina. —Lástima que por aquí sólo haya chopos. No es madera buena aunque siempre se puede aprovechar algo. ¿Me ayudáis a subir los troncos a la furgoneta o vais a quedaros ahí sentados sin hacer nada? Ringo iba a contestarle toscamente tras haber sudado como para una maratón pero se contuvo en el último instante contando hasta diez. —¡Cómo no, faltaría más! No vamos a dejar el trabajo a medio hacer luego de habernos dejado los riñones —el sarcasmo no podía faltar en el vocabulario de Ringo, venía de serie. Dando un brinco del leño, Marty se unió a la conversación: —Yo iré apartando el follaje a los laterales. ¿Puedo preguntar en qué trabajas? —Puedes pero no me gusta hablar de lo que hago y dejo de hacer. ¿Qué hay de vosotros? —¿Tú eres imbécil, no es así? —no les había caído nada simpático y al contrario que su amigo, Marty no pudo contenerse. —¿Me lo afirmas o me lo preguntas? —con su metro noventa de altura, complexión fuerte aunque no atlética y la sierra mecánica en sus manos, el aldeano imponía respeto. —Supongo que no importa mucho. Nosotros nos íbamos ya, que tenemos prisa. —¡Qué extraño! no lo parecía cuando os he encontrado sentados. Ringo estuvo a punto de dejar caer uno de los troncos encima del pie del señor, a punto de soltar un derechazo de fraternidad en su mandíbula. Tan cerca estuvo que le pidió perdón con el pensamiento para evitar una confrontación que, no obstante, no le hubiera disgustado tener en absoluto.

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Una vez despejada la vereda se subieron a la Nissan sin haberse despedido, con cara de malas pulgas y con ganas de salir de allí cuanto antes. Esta vez era Marty quien se había puesto a los mandos del volante. Se encendió un cigarro con una cerilla y aprovechó para encenderse otro valiéndose del ardiente extremo del pitillo. Acto seguido, se lo pasó a Ringo y aspiró una gran bocanada de humo hinchando sus pulmones de negros augurios. A pesar de haber girado la llave, el motor no tuvo ningún atisbo de querer hacer algo. Silencio total. La sacó del contacto, sopló varias veces sobre ella, mostrando al inepto mecánico que todos llevamos dentro, y volvió a intentar arrancar el coche. Nada, la zángana no ronroneaba. Al parecer había decidido por cuenta propia no moverse de allí. —¡No me jodas! Venga, bonita. ¡Tú puedes! —Tiene pinta de ser la batería —sugirió Ringo. —¡Qué dices! Si antes hemos apagado la… radio. Nos hemos dejado la radio encendida. ¡Me cago en mi puta madre! A esas alturas el sonido del claxon a manos del irreverente señor se esparcía por el aire como el silbido de un demonio hiperactivo. Los pitidos eran desahogados, con intervalos de a tres. Su cabeza, cubierta la coronilla por medio de una visera verde con un ciervo saltando, sobresalía de la ventanilla vociferando para que arrancaran de una vez. —¿No estarás pensando lo mismo que yo, verdad? —preguntó Marty sabiendo de antemano la respuesta de Ringo. —Creo que no tenemos elección amigo mío. Muy a su pesar se bajaron de la furgoneta y se agruparon, a desgana, con el mar humor. Mientras tanto, durante sus vacilantes pasos, fueron eligiendo el guión a seguir. Sabiendo que su actitud no sería la más adecuada, Ringo cedió la palabra a su compañero. —Parece que hoy no es nuestro día. El motor no arranca y tiene toda la pinta de ser problema de la batería. —¿Problema de la batería o de dejaros la radio puesta? Cuando he llegado se oía a un volumen bajo y después le he perdido la pista. Agreste como pocos, ese tipo conseguía sacarlos de quicio. Tenía una mezcla explosiva de bravuconería, deslenguados modales y el comportamiento típico de un campesino que dice saber hacer de todo. Lamentablemente para ellos, era su salvoconducto para voltear el mal fario. Marty respiró profundamente, se echó con

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ansia el cigarro a la boca tomando una prolongada calada y trató de ser lo más educado posible. —El caso es que necesitamos unas pinzas. ¿Nos puedes ayudar? —Poder puedo, pero no aquí. Me quedé sin ellas hace un mes cuando se las llevó mi primo. Todavía sigo esperándolas y creo que es buen momento para volvérselo a recordar. Lo que sí puedo hacer es llevaros conmigo al pueblo del otro lado de la colina. Vayáis donde vayáis, vamos en la misma dirección. —Allá es donde teníamos pensado ir precisamente. —No es muy cómodo pero alguno tendrá que ir atrás. Mientras tanto, que alguien se suba en la furgoneta para mover el volante. Voy a remolcaros para apartar vuestro trasto de en medio. ¿Sabréis hacerlo? —Iré yo al volante —se ofreció Marty—. ¿Por quién nos tomas? —su ceja se revolvió mostrando su enfado. Su coche era un desván con cuatro ruedas. De él, sacó una cincha con un doble mosquetón en cada lado. Un extremo lo enganchó a una anilla metálica, situada a poco más de 30 centímetros del tubo de escape de la furgoneta roja, y el otro lo asió a un hueco del paragolpes delantero de su 4x4. Una vez sujetos ambos costados, los ajustó hasta dejar tirante la cinta y empezó a dar marcha atrás con cautela. Tenía que andar con cuidado si no quería verse estampando el inservible automóvil contra el morro del suyo. Había que apretar lo suficiente el acelerador tensando la cuerda lo mínimo para remolcar la furgoneta. Si se pasaba de fuerza en el pedal, habría que darle al freno, lo que podía significar el accidente que no estaba dispuesto a asumir. Marty se vio inmerso en un déjà vu. Estaba montado en el triciclo del centro de comportamiento, a la edad de 6 años, empujado a pulso por sus mentores a través de la asidera colocada a tales efectos en la parte posterior. El avance no era homogéneo, como si al acelerar colisionara contra un auto de choque al cabo de unos segundos. Por mucho control que tuviera sobre el eje de las ruedas, estaba a merced de otra persona, de una persona con una cicatriz que bendecía su cara. No hubo mayores contratiempos y el hombre sin nombre consiguió colocar el auto de tal forma que no estorbara ni obstruyera el paso en la pista de tierra. Una vez terminadas las maniobras, el lugareño empezó a recoger el material, momento aprovechado por los dos jóvenes para meter algo de ropa en sus macutos y poder tener algo limpio con lo que pasar la noche. Marty fue quien se sentó de copiloto, marginando a Ringo en el vagón de cola, quien se aposentó encima de los troncos de madera.

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En el trayecto supo que su nombre era Miguel, que se dedicaba, tal y como habían supuesto, a la agricultura —al cultivo de trigo y maíz concretamente— y que viajaba una vez cada dos semanas a la capital para vender los productos directamente a los puestos de compra que había repartidos en los centros de comida. Mientras conducía, transmitía otro tipo de sensaciones. No parecía ser el mismo hombre que minutos antes hablaba con aires de superioridad. Esa dualidad en su forma de ser le hizo estar alerta a Marty. Instintivamente, sin habérselo propuesto, como un acto reflejo. Antes de llegar al pueblo Miguel les ofreció su casa para pernoctar. Disponía de un inmenso granero donde podrían pasar la noche sin estorbar a nadie ni ser molestados. Con dejarles unas mantas tendrían suficiente para no enfriarse. Imaginarse media hora antes esa propuesta le hubiera hecho vomitar improperios. Ahora, en cambio, se tornaba una buena forma de ahorrarse dinero en un motel. Tendrían techo gratis y muy probablemente un plato de comida caliente para saciar su estómago. Si algo había aprendido en la vida, era a no desaprovechar las oportunidades caídas del cielo. Un «por supuesto» salió de su boca sin darle muchas vueltas y sin haberlo consultado con Ringo, que regalaba cabezadas de sueño en su particular sala de estar.

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El péndulo de hielo - Capítulo 2  

Segundo capítulo de la novela "El péndulo de hielo" del escritor navarro Xabier Villanueva Amadoz.

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