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Tema Uno: CRISTO, APÓSTOL POR EXCELENCIA

Conceptos clave

Jesús, Apóstol, Hijo, Padre, Misión, salvación, consagrado, abnegación, obediencia, entrega.

Contexto del tema Cristo es el enviado del Padre El Padre nos ha dado a su Hijo con quien quiso hacer el proyecto de salvación para todos los hombres.

Lecturas de profundización o estudio

PRIMERA UNIDAD: CRISTO, APÓSTOL POR EXCELENCIA 1.1. JESÚS, APÓSTOL-HIJO DE DIOS PADRE Jesús se nos presenta como la figura culminante, centro y modelo de todo apóstol, al cual nosotros debemos escuchar hasta el fin, “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadle” (Mt 3,17; Mc 1,11, Lc 3,22), poniendo en práctica sus palabras, “el que escucha mis palabras y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna” (Jn. 5,24; Lc 6,47; 8,21). Bajo una perspectiva nueva El nos revela el amor del Padre, porque sólo El lo conoce (Jn. 7,29) y viene de El (Jn. 8,42). Superada así la antigua economía de la Salvación, entramos en una nueva visión de la realidad salvífica. El Padre, dueño de la viña envía constantemente a sus siervos a trabajar y recoger fruto, y 11finalmente” envía a su Hijo (Mt 20,1 ss; 21,33 ss; Mc 12,1 ss). Existe un cambio no sólo de cualidad sino de personalidad: de simples enviados, ahora pasa a ser el Hijo, “su Hijo querido” (Mc 12,6), el cual da sentido y razón de ser a los Apóstoles existentes antes y después de El (1), siendo punto de referencia obligado para todo apóstol (2). El origen de la misión está en el Padre y en su amor (un 4,9; ver Jn. 3,1 6-1 7; Rom 8,32; AG 2). El es el más interesado en la salvación del mundo (Mt 18,14). Y Cristo vivió profundamente la expresión de ser “enviado” del Padre (cf. Jn. 10,36; 12-49). Esto exige de nosotros, continuadores de la misión de Cristo, el reconocimiento del Padre como origen de nuestra misión.


Jesús como Hijo-Apóstol nos trajo el amor del Padre. El es el “amado” (Mt 3,17; Mc 1,11; 12,6; Lc 20,6; Jn. 3,35). Ese amor se mantiene en la Iglesia por el Espíritu Santo, por eso la Iglesia es misionera (AG 3,5). El “enviado”, es representante de aquel que lo ha mandado. En este caso, Dios está con Jesús enviado, hasta el punto de asumir como propias las alabanzas u ofensas hechas a su delegado (Mt 10,40): 11quien a vosotros recibe a mí me recibe; quien me recibe a mí recibe a aquel que me ha enviado”; cf. Mc 9,37; Lc 9,48; 10-16: “quien me desprecia a mí, desprecia a aquel que me ha enviado”). El mismo nos habló de su salida junto al Padre. Insiste en que no ha salido ni venido de sí mismo (Jn. 8,42). La carta a los Hebreos es el escrito neotestamentario que más claramente expresa el carácter apostólico de Jesús porque le atribuye explícitamente el título de “Apóstol” (3,1), con el sentido fundamental de “enviado” (3). El contexto indica que el sentido del vocabulario coincide con el contenido de las expresiones equivalentes que tenemos en los otros escritos neotestamentarios. Jesús es apóstol-Hijo (3,6) en el cual se verifica, en la continuidad de la línea apostólica, un salto de superioridad (3,3) y de personalidad (3,5-6). Es el apóstol de los tiempos nuevos, superior a cualquier profeta, superior a Moisés (3,1 -2), en quien Dios ha puesto su última Palabra (1, 1,-2). Jesús es el apóstol de una nueva alianza (8,6) que supera la antigua economía de la revelación con un proceso de continuidad, superioridad e innovación. Jesús Apóstol- Hijo es el hermano de los hombres (2,1118). Coronado en la gloria (1,3-4; 2,9), permanece como apóstol que hace sentir su voz (4,14-16; 12,24) por el bien de la humanidad, hasta el último día del juicio de Dios (3,6; 10,30.37-39). 1.2. EL APOSTOLADO DE JESÚS Jesús es Apóstol del Padre, no sólo en cuanto que, como persona Divina por iniciativa del Padre asume la realidad humana en la encarnación, sino también en su realidad de hombre: “su misión es totalizante”, (4) a modo de consagración” (5). El centro de su misión es el de dar la vida por todos (6) según el encargo recibido del Padre (Jn. 10,18). En este sentido se puede afirmar que Jesús es un “hombre enviado a los hombres” (7). Y en esta realidad, Jesús ha sido constituido Apóstol en el mismo momento en que ha sido constituido hombre. Toda su vida ha sido vida de apóstol en las diversas etapas del plan de salvación del Padre (cf. En su infancia Mt 2,1-23; Lc 2,1 -40, o en su silencio de Juventud, Lc, 2-46-47). En todo mostró el deseo de respetar el plan de Aquel que lo había enviado, hasta que llegase el momento oportuno de su manifestación (cf. Mc 6,3; Lc 2, 51 —52). Jesús es apóstol del N.T. (1 Cor 11,25; 2 Cor 3,6) que llena la plenitud de los tiempos (Gál 4,4). El nos trae en su Espíritu (Roma 8,14-1 7; Gál 3,6-7) la adopción de hijos (Gál 4,5).


Jesús es apóstol que inagura el tiempo de la Iglesia en la que queda para siempre el Espíritu (Ef 5,23-32; CoI.1 ,1 8). La misión de Jesús es única e irrepetible.

1 .3. JESÚS APÓSTOL CONSAGRADO TOTALMENTE AL PADRE Toda su vida es una entrega total de sí mismo al Padre, en un servicio permanente y pleno de evangelización; no sólo con sus acciones, palabras y gestos, sino también, con el ejemplo de su vida dio a conocer un modo nuevo de vivir y colaborar en la misión salvífica del Padre. Cristo (Ungido) va unido al título de Jesús (Salvador). Los Evangelios sinópticos son unánimes en presentarnos a Jesús entregado totalmente a la obra del Padre, en un sentido de radicalidad y dedicación plena, llamada “misión del Espíritu que unge a Jesús” para que todos se salven, (compárese Lc 4,18 “Nazareth” con Lc 1,35: “Encarnación” y Lc 4,14 “predicación”). En cuanto a la total disposición a la voluntad del Padre de Jesús, ahora es el “Apóstol que nos presenta esta voluntad como un programa de vida, que El mismo cumple con toda fidelidad. Se nos presenta como Hijo siervo completamente disponible a cumplir la voluntad del Padre (Mt 26,42). (cf. Mt 26,39; Mc 14,36; Lc 22,42). Y esto será la ley fundamental de todo apostolado; total disponibilidad a la realización de todo aquello que el Padre cree adecuado para llevar a término el plan de salvación (cf. Lc 2,49) en total abnegación y obediencia a Dios. En el pensamiento del llamado Judaísmo tardío” el matrimonio era un don extraordinariamente apreciado e incluso para el hombre era un deber religioso (8); vemos que Jesús en su vida se nos presenta célibe por el Reino. Esto le hará vivir en una total y completa dedicación a lo que el Padre quiere de Él, para la salvación de los hombres. Con su forma de vida da la mayor gloria posible al celibato por el Reino de los cielos (Mt 19,10-12) o sea, vivir totalmente libre para la predicación del Reino. Jesús era consecuente con esta renuncia y de lo que ella misma implicaba, “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20; Lc, 9-5 8). No tiene casa, ni hogar, ni familia, “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” (Mt 12,48) porque todo lo pone en función del servicio del Reino, y todo estará, por lo mismo, condicionando a esta elección. También la pobreza es un elemento integrante en la vida de Jesús, pero veamos en qué sentido. Los datos neotestamentarios no dicen ni atribuyen a Jesús en su vida pública la imagen de un hombre desnudo. Por otra parte, el plan propuesto por Jesús a sus colaboradores no es el de mendigar, sino el de ser obreros dignos de su salario (cf. Mt 10,10). Luego el sentido auténtico de su pobreza no se puede establecer con un examen meramente fenomenológico o sociológico de su condición de vida. El sentido bíblico de su pobreza se ha de ver, sobre todo, en la plenitud total y oblación de todo lo suyo a las cosas del Padre, con el fin de estar más disponible a los designios de la redención de toda la humanidad. En sentido profundo se puede admitir y decir que Jesús no ha tenido nada, porque lo ha puesto todo en manos del Padre, con un espíritu de servicio total y exclusivo. Cuando aceptó cosas de la gente (cf. Lc 8,3) y podía disponer del dinero, lo hizo siempre


en función de la obra del Padre, y como responsable de sus Apóstoles a quienes tenía que instruir (9). El evangelista Juan concuerda con los sinópticos en muchos aspectos sobre la figura de Jesús Apóstol. San Juan es el Evangelista que más veces nos presenta a Jesús como “Enviado de Dios” y subraya fuertemente que la fuente de todo movimiento apostólico está en el Padre, y en su amor a los hombres. Jesús es el Apóstol del amor del Padre hacia la humanidad. Apóstol de un amor que es generosa oferta de perdón, de vida, de salvación, de llamada a la comunión (Jn. 3,16-1 7). En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: “en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de El” (1 Jn. 4,9; AG 3). Jesús es el santo de Dios, Aquel que el Padre Santo ha consagrado, ungido y mandado al mundo (cf. Jn. 1,18; 3,11-18; 5,23; 6,35; 10,30). El Padre lo asiste continuamente con su amor en el cumplimiento de su misión. (cf. Jn. 5,20 y 30 Jn. 1 7,15-23). El Padre está con el Hijo y en el Hijo (Jn. 8,42 y 58). El Evangelista Juan nos muestra que Jesús es obediencia al Padre porque realiza todo lo que le ha mandado (5,36; 9,4; 10,37-38). En plena sumisión a los designios de Dios da su vida por sus ovejas (10,11; 15-13) con lo cual cumple la voluntad del Padre (6,37-40; 10,27), nadie puede quitarle la vida (7,30-44; 8,20; 10,39); Él la da libremente (10,18; 14,3; 19,11), y tiene poder para darla o quitarla, en absoluta obediencia, porque esta es la voluntad que recibí de mi Padre” (10,7). Jesús vive, pues, en íntima dependencia de la voluntad del Padre, incluso hasta después de la muerte. San Juan anuncia que Cristo después su muerte seguirá ejerciendo su influjo en los suyos por medio del Espíritu Santo (14,26; 15,26-27; 16,12-15) y que para llevar a cumplimiento su misión de Apóstol salvador del mundo (1 Jn. 4,14) les hará participar de la gloria de su resurrección porque “ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no se pierda nada de lo que El me ha dado, sino que lo resucite en el último día” (Jn. 6,39). Jesús renuncia a sí mismo para hacer la voluntad del Padre en perfecta obediencia; 11he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado (6,38; 5,30). El aspecto de la obediencia implica ya una dedicación total a la obra del Padre, y aunque San Juan no hable explícitamente de ello, nos da a entender que Cristo se presenta célibe en su vida, precisamente para estar más disponible a realizar la obra salvífica del Padre. San Juan nos presenta a Jesús en las bodas de Caná (2,2 ss) santificando así el matrimonio con su presencia, pero El se sitúa en un plano diferente, su vida no será compartida sino una donación total al Padre. Ningún autor del Nuevo Testamento ha puesto tanto énfasis en la virtud del amor como San Juan, un amor que constituye la esencia misma de Dios vivo (Jn. 1,18). Jesús vivió entregado a este amor del Padre, para traérnoslo a los hombres y así también poder nosotros establecer de nuevo la amistad con El (14,6-23); 16,27), y para ello, sólo una total disposición a este amor desinteresado a Dios y a los hombres nos hará dignos de su gloria. Hay que ponerlo


todo en función del Reino (Jn. 17,9; Mt 6,24: Lc 16,13). Pues el amor a Dios y al prójimo se expresa mejor en una total disponibilidad a los designios salvíficos del Padre. San Juan, como los Sinópticos (cf. Mt 26,39-42; Mc 14,31; Lc 22,42), nos presenta a Jesús que declara que su programa de vida es un ir dejando todo lo suyo para dedicarse enteramente a cumplir la voluntad del que lo ha enviado: “Mi alimento es hacer la voluntad de Aquél que me ha enviado” (6,38; 5,30) “Mi doctrina no es mía sino de Aquél que me ha enviado” (7,16; 8,26; 12,49; 12,24). Sus obras en función de testimonio serán la señal de ser enviado del Padre (Jn. 1 5,36; 9,4; 1 0,3 7-38). Jesús- Apóstol, pues, se nos presenta en absoluta pobreza con un sentido profundo de vivir en plena disponibilidad al Padre como humilde servidor. Aunque según San Juan (13,29), Jesús era responsable de un fondo económico (bolsa), todo lo que poseía y en la medida en que lo poseía, era del Padre en un plano apostólico de evangelización y de formación de los Apóstoles de los cuales El se sentía realmente responsable y un humilde servidor. (10). Finalmente en las cartas de San Pablo, Jesús es presentado como Apóstol Hijo. Por ejemplo en Gálatas 4,4-5: Al llegar la plenitud de los tiempos envío Dios a su Hijo, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva.” Jesús Apóstol, es para San Pablo, el argumento decisivo, la manifestación suprema e irrevocable del amor de Dios Padre (Rom 5,8) al que ninguna criatura le podrá jamás separar 11nadie nos podrá separar del amor del Padre” (Rom 8,31-38). Jesús es Apóstol por amor, del amor y en el amor (cf. Rom 8,35-37; 2 Cor 5,17). Se puede decir que la dinámica profunda de su apostolado consiste en el amor. Jesús es el apóstol siervo obediente que se entrega a sí mismo, su propia voluntad, sus intereses (cf. Flp 2,5-8) y busca únicamente la gloria del Padre (Rom 15,1 7). San Pablo se conmueve en la constante obediencia de Jesús “hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2,8; Rom 5,10-1 9). Para San Pablo, la vida de Jesús se desarrolló en una oblación total, en el sacrificio hasta la muerte por los pecadores (Rom 5,8) en perfecta obediencia al Padre en cuanto que asumió, como hombre, en su carne el dominio del pecado (Rom 8,3), sin conocer ni cometer pecado (2 Cor 5,21); se vio sujeto a la muerte, muriendo una vez para siempre (Rom 6,10a), pero no murió como esclavo del pecado (Rom 6,16) sino por nuestros pecados (2 Cor 15,3; a 1 Tes 5,10; Rom 5,6-8; 2Cor 5,14) manifestándose en El, el amor de Dios (Rom 5,8); y todo este sometimiento lo hizo con pleno sentido de sentirse dedicado totalmente a la obra del Padre, poniéndose en toda su vida y en sus acciones dispuesto a afrontar toda clase de pruebas. Jesús es el Apóstol que se ha dado a sí mismo en totalidad a los pecadores (Gál 1 ,4;2,20) con espíritu de entrega absoluta y prioritaria al Padre y a los hermanos. Finalmente, en San Pablo, Jesús es el Apóstol que acepta voluntariamente una condición de pobreza, para ponerse totalmente disponible para la humanidad y traerles la riqueza de la gracia y la gloria de Dios (2Cor 8,9; Rom 9,23; Ef 1,7.18; 2,7;3,8.16; Flp 4,19; Col 1,27). Pero más que tener


o no tener, Pablo ve la pobreza en Jesús como un modelo especial de ser, pues en sí la pobreza no es un ideal cristiano sino que Jesús se hizo pobre para hacernos ricos, para poseer el Reino, pues la preocupación por las riquezas ahoga la preocupación por el Reino, y para liberarnos de ellas es necesario ser pobre, en el sentido de estar más disponibles y entregados total mente. Nos presenta San Pablo a Cristo que se ha despojado voluntariamente en la tierra, de su gloria y sus privilegios divinos (2 Cor 8,9), y ha querido tener parte en nuestras tribulaciones, en nuestra muerte (Flp 2,7). La pobreza en Cristo suscita en Pablo una motivación para el comportamiento cristiano, llegando a constituir algo característico de El (Rom 14,8; Ef 5,1; Flp 2,5; 1 Tes 3,7; 2Tes 3,7) (11).


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