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Historia del durmiente despierto (Primera de dos partes)

Alejandro Badillo

Visor 78

madera, nuevos a su vista y oscurecidos por el tiempo. Ánforas y vasijas se alineaPara Abichuela ban sobre una mesa baja. Cuando volvió la mirada encontró que la luz incidía en las Con calma, casi con familiaridad, tomándolo sombras y les daba forma. Así, una mujer en sus manos surgió de la penumbra, sin reparar en él, comprendió la profundidad de los sueños y alcanzó uno de los recipientes, le quitó la la suerte de las lágrimas. tapa y revolvió el interior buscando las hojas Estaba a punto de besarlo cuando recordó de naranjo que Abou-Hassán usaba para el la advertencia del ángel Gabriel: té. Las pulseras en sus brazos tintineaban. — Si entras en este sueño,Amaril,dejarás de soñar. Sus ojos eran brillantes y negros; manojos Mario Satz “Azahar” de arrugas permanecían estancados en la frente y en las mejillas. Quiso preguntarle qué hacía en su cuarto pero no se atrevió. La Uno Al inicio de la tarde tuvo ganas de fumar. luz se movía por el piso, entretenida en el Tomó la pipa de agua y distrajo la mirada en vislumbre del fuego descubrió por accidente el humo que salía de su boca y que formaba más objetos: un sillón encorvado, cojines nubes amarillas, ámbar rescatado del cielo dispersos en las esquinas, repitiendo en sus Abou-Hassán, comerciante de seda y dátiles, arrugas lejanos vestigios de hombres. Un recordó el verso del profeta: “El mundo es gran espejo duplicaba paredes, encaminaba una gota de agua, el azahar que se desvane- al mundo a una consistencia de naturaleza ce en el tiempo”. La aspereza del tabaco le muerta. Abou-Hassán se levantó, pasó junto devolvió las fatigas del viaje, la imagen de un a la mujer que lo miró en silencio y conave teñida de rojo; un aleteo que le transmitía templó su reflejo con perplejidad infantil, una somnolencia pegajosa, producida —tal le hizo votos solemnes. Un examen más vez— por una comida abundante. Sus labios detenido reveló que la superficie no era exhalaron una tenue colina de humo, la última. inerte sino que se esforzaba en imitar la piel Afuera, el harmattan —producto del invierno del invierno, sus formas de agua. Se miró sahariano— soplaba del noreste, bajo su influ- hasta observar que el reflejo envejecía, como jo la corteza de los árboles se agrietaba y las si el tiempo pasara de ave en reposo a una en plantas desvanecían sus colores. En las noches, continua migración, entretenida en las líneas Abou-Hassán acostumbraba subir al torreón de su rostro y pensó —en el desfiguro— que en el centro del patio para vigilar los diminutos su memoria comenzaba a inventar. Sintió oleareptiles que salían de sus madrigueras en busca das de vértigo. Advirtió una revuelta de lunas de presas. El torrente de huellas dejado en la en el techo. En los ojos duplicados manaban arena recordaba el tránsito de las estrellas y en transparencias. Abou-Hassán intentó hablar las mañanas el desierto parecía una superficie pero una voz le murmuró que aún no estaba viva, surcada por venas. Abou-Hassán regresó preparado: su mente era demasiado elemental al diván, dejó escapar un bostezo, se tapó con para la fantasía, su pensamiento el torpe dibujo de un niño. La somnolencia volvió; el sopor fue una manta de pelo de cabra y durmió. un vaso de agua rebosante. Bostezó. La mujer lo guió con calma al diván.Volvió a dormir. Dos Abrió los ojos. En los párpados pudo sentir las patas heladas de un par de mariposas Tres blancas. Un poco de aire frío se filtraba bajo No supo cuánto tiempo había pasado. Esta la puerta, traía los restos de una canción, la vez no quiso abrir inmediatamente los ojos gesta de los amantes, sus besos de humo. sino que se mantuvo atento en su oscuridad, Pidió vino de dátiles pero sus sirvientes expectante. Afuera seguía la inmovilidad de no acudieron. Repitió el llamado en vano. la tarde, recorrida por instantes Al fondo del cuarto bailaban sombras. El de frío. Podía escuchar la pesada ritmo de una respiración removía el silen- respiración de los camellos, los cio, hacía temblar las sombras como a las hocicos abrevando en las tinajas hojas de un árbol. Abou-Hassán examinó del patio: las fosas nasales se su cuarto y descubrió varios objetos de dilataban y de ellas emergían

vahos circulares que al elevarse en la tarde adquirían una intensa luminosidad verdosa. Abrió los ojos. El remedo de una nube dejó en las ventanas su impronta de humedad y río. Se apoyó con dificultad sobre los codos: brazos y piernas estaban entumecidos. En el desconcierto pensó que había dormido largo tiempo, que diminutos insectos se reproducían en sus articulaciones. La mujer seguía en el cuarto, esta vez acompañada por una joven. Abou-Hassán alzó la cabeza para verla mejor: estaba ataviada con un sencillo vestido de algodón, de mangas largas, sin ningún estampado. El cabello castaño —suelto y largo— oscilaba en la mitad de la espalda. Observó con detenimiento la redondez de los hombros, el largo perfil del cuello iluminado tenuemente por los restos de luz esparcidos en el suelo. Apretó los párpados al sentir un montón de plumas flotar en su cabeza. La joven se acercó a él, sonrió mientras detenía una mano tibia cerca de la barba. Movió ligeramente el cuello, lo suficiente para que la luz ascendiera en el rostro y los ojos se volvieran profundos y acuosos. Un lunar sobre la ceja derecha brillaba en la penumbra de la frente. En su mirada habitaba la seda y el olvido y esa deficiencia en la memoria la tornaba vulnerable, dispuesta a los espacios blancos.Abou-Hassán se preguntó por el origen de la sensación voluptuosa que lo envolvía y que al no poderle darle cauce se transformaba en un sentimiento de tristeza. La mujer habló: —Al fin abres los ojos. —¿Qué hacen aquí? La mujer fingió no oírlo y encendió un brasero. Hilillos de humo buscaron el techo. Las aletas de su nariz se dilataron al recibir el olor que despedían las hojas de naranjo. —Has tardado mucho, debes estar cansado —dijo con afabilidad mientras tomaba un cuenco y lo llenaba con agua— pero no te preocupes, pronto te recuperarás —las hojas de naranjo se ablandaron al contacto con el agua, le dieron tiempo para mirarlo, retrasar las palabras como si encontrara un placer secreto en ellas. Abou-Hassán se estiró para desentumecerse, dedicó unos minutos a justificar un desvío de la mente, la posible alucinación del tabaco; aunque la fatiga en los miembros —perenne desde que había abierto los ojos— le sugirió una larga caminata, la pendiente de la locura, el combate prolon-

gado contra las arenas viscosas del sueño. —Estás despierto, muy despierto —dijo la mujer con una sonrisa. Con el sonido de la última palabra llegó un alivio prematuro: la voz perduraba con una sabiduría lejana, tal vez antigua, que unida a la reiteración de su vigilia le obsequiaba liviandades, el poder de controlar el agua. La mujer se sentó junto a una mesa, con gesto cansado limpió las hojas de naranjo restantes; el cuerpo de la luz, en medio de sus manos, se esparció en la vejez de la madera, la volvió el fragmento brillante de una playa. Abou-Hassán recordó las playas de su infancia, verdes y azules, repletas de caparazones abandonados. La joven, asombrada, acercó las manos al fuego que reaccionó con azules y ríos de chispas. Burbujas emergieron de inmediato en la superficie del cuenco, se reunieron en una espuma compacta que recordaba la molicie de los barcos. La mujer se sentó, entrelazó las manos sobre el regazo mientras el humo del brasero terminaba de envolver el cuenco. La joven lo contempló con curiosidad, al flexionar las piernas el vestido había subido unos centímetros dejando al descubierto sus pies calzados con sandalias púrpuras, decoradas al frente con pavo reales en vuelo; pulseras plateadas alrededor de los tobillos. Los pájaros, antes ruidosos, se mantuvieron en silencio, esperando el ocaso en las ramas de un pino. Abou-Hassán entreabrió la boca, varios puntos de humedad se acumularon en la frente, uno de ellos se separó del resto y descendió con pereza hasta la mejilla. La mujer retiró el cuenco del fuego, las burbujas perdieron fuerza y culminaron su alboroto con un siseo apagado. —Té de azahar, te quitará la somnolencia. —¿Estoy en mi casa? —preguntó AbouHassán, esmerado en recuperar una certeza que se le escapaba. —No vienes de muy lejos —le respondió mientras soplaba al cuenco y la superficie del agua se estremecía entre delgados brazos de humo. Abou-Hassán enderezó la cabeza. La mujer inclinó el cuenco sobre su boca, la mano temblaba y en el temblor las venas azules que descendían a los lados se abultaron, invadidas de pronto por diminutos ríos de sangre. Bebió con la mirada fija en sus ojos. El té recorrió su garganta dejando una cadena de palpitaciones. Una oleada de calor bajó por su pecho, diseminó el aire frío entre sus pies.

Programa · Poesía en cantinas Otra Ronda Viernes 13 de junio 12:30 P.M. Garufa 3 sur 507

Pa´curárnosla

Nos la seguimos Guillermo Carrera Víctor H. Benítez Antonio Escobar Ricardo Cartas Enrique de Jesús Pimentel

Viernes 13 de junio 7:00 P.M. Karuzo “Bar” 7 ote. 408

Mauricio Ruiz (el brazo) Mercedes Jiménez Centeno Brahím Zamora Saulo Vázquez Aguilar

Viernes 20 de Junio 12:30 P.M. Salón Correo Bar 5 pte. casi esquina 16 de septiembre

Andrés Cisneros Judith Santo Prieto Julio Eutiquio Sarabia Adriana Tafoya Ricardo Yañez


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Rezagos de la luz

Alejandro Ramón es diseñador, ilustrador y artista gráfico. Es ori-

ginario de Tlaxcala, ha participado en varias exposiciones tanto individuales como colectivas en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, y Playa del Carmen, Quintana Roo. En 2007 obtuvo el Premio Tlaxcala de Artes Gráficas. Su obra se expone actualmente en Jazzatlán de Cholula y permanecerá hasta mediados de julio.

Obra gráfica

en esta edición En portada - Eclipse 2 de Alejandro Ramón A excepción de la imagen que ilustra, “Historia del durmiente despierto”, todas la imágenes pertenecen a Alejandro Ramón

Director General: Gabriel Sánchez Andraca

Director Editorial: Arturo Rueda

Coordinador Editorial: Miguel Ángel Andrade

Manejo Gráfico: Óscar Cote Pérez

Contacto: wezo_m@yahoo.com Consejo Editorial: Leopoldo García Castellanos, Araceli Lanche, Miguel Maldonado, Alejandro Meneses†, Beatriz Meyer, Efigenio Morales, Enrique de Jesús Pimentel, Gerardo Horacio Porcayo, Gabriela Puente, Marco Antonio Puente, Miguel Ángel Rodríguez, Harald Rumpler, Gerardo Arturo Zepeda.

Cámara es un suplemento quincenal del Diario Cambio editado en la ciudad de Puebla, México. El contenido de los textos es responsabilidad de sus autores.


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Zaría Abreu Flores vení a dormir conmigo, no haremos el amor, él nos hará. Julio Cortázar el amor me deshizo me descontó apenas en el primer round, pero insistí en pararme, gotas de sangre sobre la lona… esperaba el knock out justo “aquí” gancho derecho me quedé inmóvil no ha llegado el golpe

final

de

tu

mano… (sigo esperando)

* De Knock out, poemario ganador del premio interamericano de poesía Navachiste 2008.


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