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CAFÉ DE GRANO CRÓNICAS

SERGIO BUENO SANTIAGO - CHILE


A manera de prólogo

EL TIEMPO DE LA CRÓNICA Al participar en la beca de creación literaria en Consejo Nacional del Libro y la Lectura, con el tema “Crónicas de café de grano”, aparece en el formulario de postulación cómo justifica su trabajo, dicho en otras palabras, por qué concursa. Respondo que es necesario estimular la crónica entre los creadores, entre quienes se inician y quienes, como yo, van terminando, como un género extremadamente interesante que obliga a ejercitar la mano, el ojo, el oído atento, viviendo las situaciones de la que son testigos, integrándose al escenario de la vida. Al retrato que no se es Sin premura, sopesando los hechos, las palabras. Escribir en el instante mismo, para que no se escape nada, a fin de captar en el aire esa mariposa volandera que es la inspiración…Es una labor ligada al periodismo que detiene el tiempo como en una postal, una imagen que revive cada vez que se le ve. Podemos agregar lo dicho por Jorge Edwards: “La crónica es algo así como un diario semanal: un recuento de reflexiones, sucesos, acontecimientos, lecturas y relecturas. Si uno enfoca en esta forma, el género no tiene por qué agotarse, salvo que se agota uno y tire la esponja. (La Segunda, de 20 de Julio de 2007)” La crónica en nada se acerca al cuento, esa luz ficticia que nace desde la llama de una vela; nada con la poesía, la sensibilidad a flor de piel para guardar el mundo interior; nada con la novela, porque la crónica es hija de la brevedad; igualmente, nada con el ensayo, sesudo texto que razona; nada, con la biografía ese retrato nuestro que no se escabulle; nada con lo superfluo de la información del relato que se puede perder sin echarlo de menos. La crónica, sin embargo, está ligada al cuento, a la poesía, a la novela, al ensayo, a la biografía y al relato…


CAFÉ DE GRANO Como si fueran las cuentas de un rosario, tengo en mi mano los granos del café, venidos desde lejanos lugares y desde el interior de la tierra. En un costado de nuestra mesa está la fuente que los cobija y que tiene la forma de las otras manos de un cafetero, protegido como cosecha pródiga que, imaginariamente, lo ofrece a estos comensales el producto de su trabajo. Hemos llegado desde el bullicio de la ciudad, del trajinar incesante, de las aglomeraciones sucedidas unas a otras. Estamos en el jardín de una casa, en un barrio de silencio, de quietud y de abandono. La tarde va alejándose lentamente, mientras nuestra conversación va por caminos diferentes, buscándose unos a otros. Después de tanto tiempo de ausencia para reiniciar un diálogo jamás interrumpido por el recuerdo y el afecto. Sobre nuestras cabezas, el nombre de la cafetería, Vivaldi, y, más allá, la calle solitaria por donde se desliza, entre la penumbra, la luz tenue de la luna llena. Pero, también, el paso del Loco, arrastrando su cuerpo jorobado y maltrecho, en la búsqueda, al parecer, de un objeto perdido. Los ojos desorbitados, enrojecidos, penetrantes y duros se detienen en mi compañera. Temblorosa, con un susurro desgarrado en su garganta, se inclina y busca protección en mi costado. El hombre, con el mismo misterio en que aparece, se disuelve en la penumbra y su sombra se desliza, igualmente, como una mancha sobre el pavimento. Vuelve la calma por el milagro de la música –una de las cuatro estaciones de Vivaldi- que desde todos los rincones emerge con su mensaje de consuelo, de ayuda, de misterio como es el resultado de obra de arte auténtica. La noche, igualmente, emerge de los jardines de los alrededores, en las ventanas que se iluminan, en el regreso de los vecinos a sus casas, mientras las tazas de café dejan una sombra en su interior. Para no olvidar este momento –y con la complacencia de la joven que nos sirve- nos llevamos algunos granos de café, como algo bendito. Dejamos nuestra oración de gratitud, bajo la luna que asciende en el cielo. Vivaldi, del mismo modo, calla su voz y todo retorna al silencio. Dejo a mi compañera en la puerta de su casa. En otro jardín, para defenderla del Loco. Me agradece con su dulce sonrisa, la misma que recibo de la luna llena.


CAFÉ CON POESÍA Ante la ventanilla del banco, los ojos del cajero buscan el parecido de la fotografía del carné con el rostro que llevo sobre los hombros. No muy convencido de la identificación, me devuelve el documento con un par de billetes y algunas monedas. Al salir, me devuelve la mirada, preguntándose si soy quién realmente soy, el poeta Edgardo Alarcón Romero. En gestión parecida, deposita otros billetes y otras monedas. Salimos juntos y, a poca distancia, estamos encumbrados en un segundo piso de un edificio donde cumple su tarea profesional. Entre añoranzas, proyectos, encuentros y desencuentros y sendas tazas de café, nos detenemos a pensar cómo se mueve el mundo, cómo van girando también los hojas de su libro –“Jarrón con lirios secos”. Nos despedimos y, en la alameda, bajo acuarelas de un cielo de lluvia amenazante y el viento que me aconseja que vuelva luego a casa. Me detengo. Leo. “Todo es posible si aún nos quedan sueños, Tal vez seamos una semilla arrojada en otro tiempo, A este lejano surco, para romper los enigmas no resueltos, Como una manera de integrarnos a su fuego, Y transformar sus desolados días en un trigal Dispuesto a vencer la niebla, desatar esta tierra herida, Poesía, No permitas que el amanecer se deshoje tan pronto”. Este perfume de tierra, de arboleda, de brisa helada con su cantar de pájaros, de cielo oscuro no sé si viene del libro abierto o de la naturaleza que se prodiga. Cada verso es un sentencia, que resume a la vida en su batallar continuo sin otra bandera que los sueños y repetimos “no permitas que el amanecer se deshoje tan pronto” y, se humedece la página del libro sin saber si es la lluvia que cae o una lágrima, pensando en la larga noche que se nos viene encima. Buscamos otra página, más bien empujada por el viento y, como insistiendo en la reflexión anterior, atravesamos la alameda diciendo en voz alta: “La vida Es una gota de rocío Que cae entre los árboles”.


CAFÉ EN CASA En la estación Baquedano, del Metro de Santiago, a las 15 horas, se escucha el trepidar de los trenes, el rápido caminar de los pasajeros y la estridencia de un parlante que no calla. Confundido en esta vertiginosa marea humana, diviso al poeta Pablo Guiñes con un grueso envoltorio de libros, bajo un jockey sin cubrir su melena gris. Mira de un lado para otro, extraviado, confundido. Me acerco. Lo saludo fraternalmente. A los pocos minutos, vamos caminando –él, con dificultad- quejándose a cada paso en su lento desplazamiento hacia la Casa del Escritor. Confesándome su desesperado momento: se ha caído en la calle, dos veces, hace pocas horas y sus ojos, por momentos, están envueltos en la penumbra. Trajinar pausado, dolorido. Apaga sus quejidos en un rechinar de dientes. Yo cargo con lo libros, mientras el peso de su cuerpo herido cae en mi brazo que lo sostiene. Balbucea algunas palabras que lo alivian. Yo también busco de entre sus poemas los versos que nos acompañan por este avanzar de la existencia, cada vez más difícil cuando tiene el lastre de los años. Son, precisamente, los versos, nuestro apoyo si sentimos el dolor del alma:

Cuando llueve la noche parece un largo túnel Alumbrado por relámpagos a pedazos El rayo va a la tierra a través de los árboles. Raja los viejos robles. Se quiebran como vidrios, Como lomos o patas de animal desriscado. Como lazos se cortan los caminos y puentes. Nadan en la corriente como hojas las basas. Vuelan despedazadas en la noche las sombras. Por el viento las ramas vuelas despedazadas. Después de atravesar varias calles, hemos llegado a Almirante Simpson Nº 7. Fernando Pastén, mayordomo, nos saluda e igualmente le tiende la mano y lo socorre en su dolencia. En el interior de la Sala Premios Nacionales, Pablo descansa de la larga y penosa jornada. Sonríe, porque ha llegado a su propia casa… Me invade la congoja por la fragilidad de nuestro cuerpo ante la dureza de la vida y las limitaciones que nos impone la edad Sobre todo, evoco otros momentos de euforia, de alegría como, asimismo el recuerdo de este profesor normalista. Quizás, ahora, herido de tantos sinsabores, de olvido y de incomprensión. El café que nos sirve Fernando deja en el pasado mis pesadumbres y reconforta el corazón de este poeta que revive cuando otras voces amigas lo animan. Alguien habla de un encuentro de escritores, de un futuro viaje, y Pablo dice: - Yo también voy… Va saliendo del largo túnel…


CAFÉ ENTRE PARES Hay sitios donde se juntan las personas que comulgan con inéditos ideales y se buscan para estrechar lazos fraternales y compartir sus sueños y esperanzas. Uno, llega a un espacio predestinado para tales fines y, sin llamar con campanillas, ni a viva voz, le siguen otros, que deambulan sin destino por la ciudad. A poco andar se forma la cofradía, sus integrantes inicialmente silenciosos y recatados, quizás, inquietos que algún otro tome una escoba y, como indeseables, los haga desaparecer. Luego, más envalentonados, toman posesión, nombran directiva y cuídese el malito que quiera botarlos a la calle. Son dueños y señores, se hacen servir y si alguien está ausente lo pregonan por toda la ciudad. Qué mejor espacio que un café. Con la bebida, consumida con gotario, se prolonga la permanencia por horas, y se adquiere así el derecho a la inmovilidad. Están pegados a las sillas, a los confortables sillones –algunos muy buenos para dormir y roncar- que, encadenados en superiores y enigmáticos temas, se olvidan de sus quehaceres ciudadanos. En este lugar, más precisamente en el Café Tavelli, de calle Andrés de Fuenzalida, nos encontramos con Cecilia –que, fumando espero…-nos saluda y nos invita a compartir su mesa. Está impaciente a nuestro veredicto de su novela todavía en barbecho Así nos encontramos hojeando un libro que no existe, palpitante en la memoria después de leerlo, en cuidadosas fotocopias. En un santiamén – y sin mayor preámbulo-, van quedando en tierra, heridos, guillotinados o muertos los personajes de la historia, que minutos antes vigorosos y aparentemente inmortales vivían en las hojas corcheteadas…Con los ojos suplicantes, Cecilia pregunta si alguien se salva…El café, aparentemente, enrojecido con tanta sangre, me sabe amargo, a pesar de las cuatro dosis de azúcar en sobre, esperanzados en endulzar la conversación… Por momentos, pensamos que nuestra amiga va a llorar, o salir corriendo, sin antes recibir certeros y justos golpes de venganza por nuestras ácidas palabras. Estamos dispuesto a todo, hasta cumplir una condena por desacato en cinco años y un día.. Lamentamos que en este largo y sepulcral silencio no recurriera alguno de los personajes de la novela – maltrechos o heridos a muerte- y pedir su protección. Pronto a arrepentirnos de los acusadores comentarios recién dichos, nos ilumina su maravillosa sonrisa, que no sólo ilumina sus propias facciones sino que le dan vida a nuestro marchito corazón: -Gracias, por tus comentarios, me estimulan a seguir trabajando con mayor ahínco… Poco a poco se va llenando el recinto de nuestros pares, aglutinados en las sendas de café y cada uno ya tiene una hoja manuscrita, un libro abierto o bien haciendo tribuna donde todos hablan y nadie escucha. Desde lejos, con mayor entusiasmo, se despide Cecilia, levantando su diestra en alto, en espera del próximo encuentro.


CAFÉ CIRCENSE La primavera germina, como otra flor, junto a los volantines, al canto de los pájaros, al verdor de la arboleda, a los días que se prolongan. El corazón alegra, se intensifica la pasión amorosa y parece que todo invita a la armonía. Y también están los circos. Es un espectáculo de vida, lúdico e interactivo, ya sea bajo una carpa en un pueblo lejano, al aire libre en una plaza, en un recinto cerrado, donde la magia es la misma con sus fascinaciones y su embrujo. Presenciamos una de las actuaciones del Circo del Tony Caluga, en el Teatro Caupolicán, cuando los niños no dejan espacio vacío y colman de risas, gritos, aplausos todos los rincones en la emoción de la tramoya, de las “pendulistas”, y la gracia contagiosa de los payasos que divierten con sus bufonadas, sus torpezas y las ingeniosas e inesperadas ocurrencias. La familia reunida en un mismo clamor, en la dicha compartida, entre el juego de luces, en la fantasía de los atavíos del escenario y en la euforia de la música, en la pantomima que no desmaya… Pensamos en los instantes vividos en un circo de nuestra infancia, sin los recursos técnicos de los actuales, pero que nos divirtieron, y nos enseñaron a reír, a experimentar la dicha de la existencia… como ahora. La risa ese remedio infalible contra los males de la salud, bálsamo para todas las penas, entra por puertas y ventanas para que penetre la dicha, que se revela contra el azote del dolor y la desesperación; la risa que genera el payaso es una bendición del cielo y su mejor salario para el artista circense. -He seguido los pasos de mi padre, el Tony Caluga –dice Abraham Lillo, con su nariz pintarrajada, su peluca en desorden, sus pupilas pícaras y traviesas- de presentar un circo sin animales con el predominio del payaso. En mi famita se ha heredado esta tradición. Siempre está exigente. Porque cambia la rutina como cambian los tiempos, cada niño que veo me lleva al niño que fui, paseando por estos mismos lugares. De mi padre, queda una obra de teatro “Las siete vidas del Tony Caluga”, reminiscencias del recopilador Andrés del Bosque. Sale precipitadamente, con sus bombachas, un grueso bastón y parloteando. Hasta su camarín, llega el recibimiento bullicioso, el estruendo de gritos que hace perder sus palabras. Al parecer, con Abraham Lillo, el Tony Calugas tiene otras muchas otras vidas Así pensamos cuando nuestro café supo más dulce que nunca…


CAFÉ AMARGO Es el más frecuente si entendemos por tal los sinsabores de la existencia. Que no endulza la sacarina ni el azúcar. Vivimos entre ellos: contratiempos, dificultades, rechazos, abandonos, además de los considerados por el amable lector. Pero, este “café amargo” es una pieza teatral – un juguete escénico, por lo breve de la trama-, en torno a unas tazas servidas y apenas consumidas o sin consumir en el escenario: tras mujeres que viven el amargor de las horas presentes y, además, reviven el oscuro pasado: sin anhelos, heridas -más bien despedazadas- no aceptan la desventuras de estar solas. Se va extendiendo una historia dramática, sobrecogedora y cada uno de los personajes pone su cuota de dolor y desesperanza. Pero, desgraciadamente, no sólo ocurre en las tablas esta tragedia de la vida. Se prolonga a los espectadores, sobrecogidos y desesperanzados, porque forman parte de una sociedad permanentemente convulsionada, castigada por un sino desventurado: son víctimas de la realidad que aprisiona y mata.; la atmósfera se llena de sombras, las luces pierden su colorido y el café sigue más amargo. Terminada la función, en la Sala Camilo Mori de la 28º Feria Internacional del Libro de Santiago, conversamos con Camila Donoso, creadora del guión –estudiante de Teatro en la Universidad de Las Américas- para manifestarle nuestra opinión y gratitud por el momento que hemos vivido que, si bien corresponde, a una historia atormentada, tiene el mérito de reflejar a nuestra época. Es un café amargo, indudablemente, digerido con dificultad, pero gozado en la plenitud de su mensaje. Trajimos la memoria a nuestro recordado Jorge Díaz, cuya obra tiene mucho de la acidez de la crítica social, censor indiscutido de los tiempos actuales, observador meticuloso de las grietas y debilidades humanas. Estamos convencidos que no podemos cegarnos ante el entorno, a ese mundo aparentemente normal y dichoso que guarda sus llagas como un tatuaje bajo la piel. ¿Basta con testimoniar esta visión desesperanzada? ¿Es suficiente el dedo acusador? - Es un paso más…- repite Camila Donoso.


CAFÉ PANAMERICANO Un oasis de idiomas, paisajes, maletas, vida agitada y pasajera. Aquí nada espera. Es un vértigo de hombres y mujeres que llegan y salen del Hotel Panamericano., en el centro de la capital. La única quieta es mi taza de café, en el centro del comedor. Los espejos murales amplían el lugar y duplican luces, colores, platos servidos a tanto comensal. Es maravilloso el encuentro de pasajeros que deambulan de un lugar a otro. Las meas están completas. La gente, de paso, aislada en esta realidad transitoria, vive estos momentos intensivos, gozados por las delicias de las exquisiteces y de los vinos chilenos. El viaje es la mejor manera de definir la vida, el paso por este mundo, acorralados en un itinerario, marcados por controles, por caminos que siempre se bifurcan y no sabemos cuál elegir; en avance constante sin olvidar la mirada hacia atrás; con un equipaje o carente de accesorios; pero siempre con una visión soñadora. Esperanzada y feliz. Desde una esquina, los ojos estirados y pequeños del chino –que ya vive en estas crónicas-, con su hermetismo asiático y su sonrisa que se esconde en su rostro inexpresivo y diminuto. Observa a todos lados, se detiene en cada ángulo novedoso, creo que ayuda a estas crónicas al precisar y detenerse en detalles precisos que paso por alto. Quienes llevamos una vida sedentaria en el cumplimiento de la rutina diaria nos hace bien participar de este torbellino, penetrar en estos mundos individuales, escuchar otro lenguaje y más de alguna vez, aprisionados en sus maquinas fotográficas, viajamos también con ellos, sin alejarnos de nuestra taza de café El chino abre su libro con líneas que cuelgan de la página y lee, naturalmente, de arriba hacia abajo. Lo hace pausada y calmadamente, para no caer. De pronto, sonríe colgado de una de estas estrafalarias columnas verticales. Yo, también sonrío sin saber por qué.


CAFÉ EN EL ROMERAL Llueve ininterrumpidamente. Durante el trayecto se oscurece el entorno bajo los gruesos nubarrones y, en la penumbra de este día de agua, nos parece avanzar por debajo de la tierra, entre las raíces gozosas de este bocado de la naturaleza. El paisaje no pierde su encanto. Las casas castigadas por la lluvia están mustias, con frío, con sus puertas cerradas. Las ventanillas del vehículo extienden su cortina de nube, en un lienzo que esconde la arboleda, las señales del camino y, en verdad, no sabemos por dónde vamos. Nuestro vecino, cansado de escudriñar el lugar donde nos despedimos del mundo, cierra los ojos y prefiere dormir. Avanzamos con cierta cautela. Las precauciones nunca están de más. Los villorrios, pasados con indiferencia, casi no existen, sucumbidos en el agua y la lejanía.. Una mano inquieta busca un poco de luz tras os vidrios opacos. Paree que todos se negaran a dar señales. ¿Iremos por el camino correcto? La línea de árboles, divisada en el viaje anterior, no está. La casa solitaria, sobre un promontorio del terreno ha decidido cambiar de rumbo y navega por el río, formado a su alrededor. ¿El sitio a donde vamos, igualmente no habrá cambiado de ubicación? Nos sacude la inquietud. Deseamos tranquilizarnos con una pregunta a nuestro vecino, ronca como un bendito. Otra interrogante, nos sacude en el trayecto ¿Nos interesa saber a dónde vamos? Pensemos en la vida que no tiene derrotero fijo… Próximos a la ciudad de destino, algo se despeja la atmósfera, para identificarla y no pasar de largo. Sigue la lluvia con su canción de nostalgia. Descendemos. La llovizna despeja la plaza de cualquier transeúnte. Este debe cobijarse en el corredor del edificio municipal, protegido de un techo de tejas. Desde aquí la lluvia – ahora, más persistente-, es un espectáculo atractivo del pueblo, no hay otra cosa que agua y silencio. El viento, en el corredor se desliza como en su casa. La naturaleza recibe esta caricia húmeda del cielo. Uno que otro parroquiano cruza este apacible verdor y se impregna de su perfume y lozanía. En el kiosco, ni el eco de los instrumentos que un día prorrumpieron enérgicos y vibrantes; los juegos infantiles, siempre traviesos, esperan en vano; el surtidor levanta su dedo amenazante sin humedecer las horas de la tarde; el viento arrecia con sus aguijones de escarcha y nos obliga a caminar, en la búsqueda de un objeto perdido que no conocemos. Bajo el paraguas, nos escondemos de la lluvia que arrecia amenazante. Las nubes nos llevan a un restaurante sombrío, a un grupo de hombres que, al calor de la conversación de palabras duras, a veces a gritos recrean la tarde con sus pequeños episodios de vida. Da la impresión que se pelean entre risas e insultos, donde, felizmente, la sangre no llega al río. El grupo crece con las demás personas recordadas con expresiones poco cariñosas.


Un café – algo alborotado- nos acompaña y no entrega el calor necesario. Este es un rincón de amistad y de coloquio, junto al alcohol que enerva y saca los sentimientos más escondidos: a veces las voces son belicosas y fuertes. Le música, escondida en un mueble, apenas deja escuchar su ritmo de ranchera. Queremos buscar la continuidad y el sentido de este parloteo, no es posible darle armazón lógica. “-¡Tus amigos o yo?- me dijo ella”, repite uno de ellos -¡Los amigos, por supuesto!- responden todos en una carcajada… Quizás es un drama que brota entre las botellas vacías sobre el mostrador…


CAFÉ EN PIEDRA BLANCA La plaza del pueblo de Teno –otrora conocido como Piedra Blanca-, amplia y generosa como mano abierta, no tiene más visitante que el silencio y la mirada vigilante de don Juan de Dios Ortúzar Pereira ( 1854-1936) que cuida el terreno que regaló como producto de su vida próspera para que se levantara primitivamente el villorrio por donde caminamos. Llega el eco de voces de todos los rincones; abundante arboleda, dispersa y variada, además de juegos infantiles .La brisa viene a descansar de su viaje hacia la costa… Ahora, con algo más : aquí nació el poeta Efraín Barquero, Premio Nacional de Literatura 2008 Recuerda: “Crecí mirando parir los animales. A cada rato parían, en los lugares más remotos, vacas overas y yeguas pardas. La cabra juguetona, de repente, apareció con otras patas bulliciosas y muchos ojos más de picardía y de hurto. Y la gata taciturna, y desdeñosa de todos los demás, amaneció en mi cama con gatitos nuevos. Era una tierra bárbara, cuyo vientre siempre estaba ocupado por el sol, por sol rojo y oscuro que hacía tambalearse a los hombres.” El niño Sergio Efraín Barahona Jofré, posteriormente identificado como Efraín Barquero. Conoció este silencio, esta soledad, el viento errante y su espíritu se fue impregnando de la dulzura del paisaje. Sus pupilas infantiles recogieron la presencia de hombres y mujeres en el trabajo doméstico, en la artesanía, en el contacto con la tierra, seres anónimos y olvidados que se han perpetuado en los poemas y prosa de nuestro autor, porque han sido captados en su esencia, en la infinita grandeza de trabajo individual; cada uno de ellos recibe la gratitud por lo que hacen con amor y perseverancia. Recuerda: “Yo tenía los brazos húmedos de cachorros y polluelos asustados. El cielo también estaba inquieto: cada vez más alas lo poblaban. Y el amanecer tenía algo desorbitado y salvaje, como un fruto que caía con estruendo en la tierra”. Sin más ayuda que el recorte de un diario, nos propusimos encontrar la casa donde nació el poeta De pronto nos sale al paso en la calle Comalle 58. Sus vecinos, Humberto Ovando y Leonor Pinto nada saben de este acontecimiento. Como son los dueños del negocio circundante, pronto nos encontramos en cordial conversación junto a sendas tazas de café. Añora:”Yo recuerdo a mis tíos persiguiendo un enjambre de abejas, con el rostro y las manos deformados por los innumerables lancetazos. El enjambre era dorado y tempestuoso, y apagaba el sol y el río. Mis tíos, desfigurados, eran para mí las máscaras de la fecundidad violenta de la tierra.” Recorrimos los alrededores, visitamos la abandonad estación de los ferrocarriles, pasamos por jardines, por huertos, por calles olorosas. Recuerda: “Pero florecían los naranjos, y todo tenía fragancia de azahar: el pan, el vino, los vestidos. Había cien naranjos por cada habitante. Y el atardecer era como una catedral solemne, levantadas y sostenida por este aroma denso y antiguo. Esperamos que el poeta retorne a su pueblo para rendirle el homenaje que merece.


CAFÉ COLOMBIA “El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más que una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras de café revueltas con óxido de lata”. Enfrascado en la lectura, no observo que, alguien deja una taza de café de grano encima de la mesa y sigo, como otro sorbo de café, en otra página”…La mujer pasó de largo hacia la cocina. -Espere y le caliento café. -No, muchas gracias- dijo el médico. Escribió la dosis en una hoja del formulario- . Le niego rotundamente la oportunidad de envenenarme. Ella rió en la cocina” Estoy en Macondo cuando leo “El coronel no tiene quien la escriba”, de Gabriel García Márquez, pero, cuando dejo de leer, también estoy en “Colombia”, más precisamente en el Café Colombia, en la calle 21 de Mayo Nº 529. El local está ubicado, al costado del edificio de la Municipalidad de Santiago que(des)ordena la ciudad. En la esquina más próxima, monta airoso, en su imponente cabalgadura, don Pedro de Valdivia., en la inmovilidad del bronce., con el deseo, quizás, de beber una taza de café. Miro el local, al costado izquierdo, un largo mostrador y, al centro, doble hilera de asientos, mirándose cara a cara, con una mesa angosta que las separa. Tengo la impresión de viajar en bus o en los viejos trenes al sur. El café de grano, un poco amargo, a pesar del azúcar, me arrincona en este imaginario coche ferroviario. Frente al mostrador, un espejo mural amplía el espacio. Lo descubro cuando busco una ventanilla, como cualquier tren que se respeta. Pero hallo solamente mi rostro con una pena de amor que lo entristece. Diviso, desde el interior, la calle, donde la gente va de un lado para otro en su diligencia cotidiana; una de ellas, cambia de ruta y, con un vaso de plástico y una súplica, demostrando su miseria, tan pobre como el coronel… Pide a los pocos concurrentes, a esta hora de la mañana en el café, unas monedas que suenan como óxido de lata y en el espejo queda una mancha gris. El café colombiano sabe sabroso, estimulante, cuyo sitio sería muy caluroso si no fuera por los dos ventiladores del techo que se duplican en el espejo. Quisiera encontrar algo del país hermano, pero no hay nada, con excepción del café y, en el recuerdo vienen a acompañarme Julio Barrenechea con “La niña bogotana”; Carlos Antonio Sofía, trae “Río, río”, haciendo referencia al Magdalena y a tantos otros escritores nuestros en la Atenas de América. Como pasa la hora, salgo a 21 de Mayo, quisiera decir Matancillas, Cali… pero, antes converso con don José Campos, que sirve con fina atención las tazas de café Este local, me advierte, tiene más de 50 años y trae otras reminiscencias de tantos parroquianos. Me despido. Paso ante una pareja de enamorados; me viene nuevamente la tristeza. Mas, debo conformarme, también tengo más de 50 años… .


EL CAFÉ QUE CUENTA La sala en penumbra dificulta al que ingresa, encontrar alguna silla y sentarse cómodamente para escuchar el programa anunciado. Con nuestros brazos de sonámbulos, damos con una a escasa distancia del escenario. Pronto otras personas, igualmente perdidas en las sombras, van llenando todos los espacios. Luego, todo se ilumina y empezamos a buscarnos unos a otros como escapados de la noche. Algunos rostros nos parecen conocidos, sin embargo, el que buscamos no está. Sin perder las esperanzas le reservamos un lugar en espera que María de la Luz se aproxime. Todos ocupados. Muchos de los espectadores, preferentemente jóvenes, llenan los pasillos. Ante las miradas de odio y gestos despreciativos nos vimos obligados a ceder ese espacio tan apetecido. En el silencio de la sala, sólo la voz de los cuenta cuentos que, en forma sucesiva, cubren el recinto con historias venidas de otros países, personajes sacados de la rutina cotidiana, seres imaginarios que cobran vida sin otro recurso que la voz, existencias armadas con recuerdos y pedazos de existencias inverosímiles, que despiertan más que una sonrisa, o la carcajada espontánea o el mutismo angustioso ante el drama contado con verdadera pasión y misterio. El animador habla del patrimonio inmaterial, es riqueza que sin ser monedas brillantes como tales, es un cofre de preciado tesoro que es la palabra hablada y que se irradia con el brillo de su encantamiento. Que es una vasija sin fondo que recoge lo que guarda la memoria, es el reencuentro con viejos amigos olvidados, o paisajes recorridos tantos años atrás que, por asociación a cuanto se dice a la luz de las candilejas, se nos aproxima como una mano amable que estrechamos. En el momento del café, con ausencia de María de la Luz, revivimos, al evocarla, la trama que conmueve nuestro espíritu ; la chanza criolla e inocente, no exenta de picardía, que despliega en sonrisa nuestro rostro; aquellos hechos escritos con sangre y dejan su tatuaje en nuestra alma; repasamos la lectura del programa y Santos Rubio, Luís Ortúzar, Juanita Urrejola Belisario Piña, Wilfredo Rozas, Manuel Gallardo, Eden Arriagada, Daniela Hernández también están espiritualmente con nosotros, tomando sendas tazas de café de grano, después de contar tan magníficos relatos. En espera de nuestra compañera –nunca perdemos las esperanzas-, leemos en el programa del Centro Cultural de España: “…actividad vinculada a las Jornadas de Patrimonio Inmaterial, que plantea la exhibición de espectáculos de narración oral. Los cuenta cuentos invitados vendrán del campo y la ciudad para contar diferentes historias y relatos con una mirada urbana y rural. Este Encuentro busca generar una instancia especial que rescate y ponga en valor la riqueza de la tradición oral que tanto caracteriza a nuestro país y a todo el territorio americano. Elemento patrimonial clave de nuestros países y un indiscutible vehículo de transmisor de identidad”. Nos parece que ella viene; pero no, es un trozo de sombra que se escapa de la sala y se va a dormir…


CAFÉ DE NOCHE Los prolongados aplausos del público no aquietaron mi espíritu. Camino varias cuadras enredado en el drama de estas dos adolescentes –bellas, atractivas- que nadie quiere en este mundo contemporáneo. Busco un espacio en el Café Literario de Santa Magdalena y, precisamente, el café de grano me permite desgranar el diálogo turbulento de estas dos mujeres. A veces no lo es. Son, quizás, situaciones sobrepuestas. .Dice una “en este momento hay miles de manos y ninguna roza la mía”; de la niñez, son pocos los recuerdos, pero muchos los objetos que evocan esos días sin amor y mucho miedo; “ en la esquina busco un saludo y no lo encuentro, voy para la próxima esquina”. La noche se viste de ropaje sombrío con la mirada serena de la luna. La calle va quedando vacía, no se oyen pasos. En medio de la quietud, por primera vez leo el programa: “Matando Horas es un texto contemporáneo del dramaturgo argentino-español Rodrigo García, cuya historia gira en torno a la reconstrucción personal que inicia una mujer luego de ser abandonada. Se trata de un montaje, conformado por fragmentos, que no se dejan organizar dentro de una trama lineal o coherente. Directora: Carolina Aravia. Elenco: Lucy Cominetti y CamilaParis. CCE” Ingiero otro poco de café, confundido. No son dos, sino una es la mujer. Creo que son muchas las que viven en cada mujer. Cuántas hay que viven en el abandono y no tienen nada más que objetos pequeños –guardados por años- para así asirse al pasado. Uno empieza a dudar si en la belleza de la juventud no entran penas y no viven angustiadas, tímidas, llenas de terror. Próximo a la puerta del café, una niña toma helado y despreocupadamente escucha el diálogo de sus padres: en el futuro sin dolores -¡ojalá!-, sin pesadumbres -¡ es de esperar!- con aire de inocencia y desgano. Quisiera que nunca guarde objetos para recordar estos años: guarde emociones, ternura, caricias, miradas, besos. Cuando vaya por las calles de la gran ciudad, tendré para estas jóvenes bellas y seductoras, una mirada que las proteja de la maldad y del abandono. Salgo por la calle solitaria y no encuentro a ninguna…


CAFÉ CONFESO En Avenida Providencia Nº 349, está el café “Entre Obispos” las calles vecina se denominan Obispo Pérez Espinoza y Obispo Donoso, próximo a la parroquia. Entramos Mariana y yo-después de ver “Vuelvo a casa”de Gilbert Valence (Michel Piccoli), en el cine europeo de los sábados en el Café Literario-, a un estrecho espacio que hace esquina. Somos atendidos gentilmente, al perecer por el dueño, un señor de barba incipiente, blanquecina, de aspecto cordial y de sonrisa fácil. Y, sin quererlo, nuestras voces están a medio cuchichear como en la misa de domingo. Hay santidad por todas partes. El café de grano, sin sacarina ni azúcar, parece endulzado por una hostia. Me detengo ante sus relampagueantes ojos negros, demoníacos, diría, si no estuviera en este lugar; encandilado busco abrigo en la sombra de su cabellera azabache; más tranquilo, quedo angustiado ante su generoso escote y cambio, rápidamente, la mirada, para reprimir el vociferante grito de excomunión de uno de los obispos. Busco en su conversación, y no en los labios rojos y excitantes, calma a mi convulsionado espíritu. Cosa curiosa, en el comentario de la película, vista pocos minutos atrás, recordamos como uno de los protagonistas ocupa una determinada mesa; es atendido por el mismo mozo, en la misma hora. Terminado el café, después de la despedida de rigor y el pago de la cuenta, sale y, casi mecánicamente, viene otro cliente y ocupa la silla recién libre...Sucede, al día siguiente, que el protagonista se atrasa y ocupa, por más tiempo la misma mesa del café; cuando llega el segundo hombre no le queda otra cosa que, con rabia e indignación, dirigirse a otra disponible; abre su diario, en gesto rutinario; al perecer lee con un solo ojo, con el otro, “su” mesa; el protagonista consume el café, paga y se despide; el segundo hombre, con taza en mano, prácticamente corre a ocuparlo, pero un recién llegado se le anticipa…; tiene que retornar con su café más amargo. Comentamos con Mariana cómo este mundo es tan dado a lo tradicional, a lo repetitivo, a la rutina. Nosotros, en cambio, fuera de lo de siempre, con la mirada vigilante en los dos obispos, deseamos platicar, romper la seguidilla de obligaciones, posiblemente, escapar en un susurro una palabra de amor. Pero, el joven ayudante que secunda a su patrón, está entrando las mesas y sillas, ubicadas estratégicamente en la calle, preparándose para cerrar No nos queda otra cosa que irnos. Nuestro primer intento es pedirles la ayuda a los obispos. A estas horas de la tarde son oídos sordos. Ya en la avenida, somos nuevamente parte de ese conglomerado acezante, vertiginoso. Prometemos encontrarnos en el mismo sitio, esperando que la mesa esté desocupada...


CAFÉ FOTOGRÁFICO Asistir a una exposición fotográfica- como ésta con motivo de los 70 años de Foto Club de Chile- es retroceder en el tiempo, parcelar emociones y sentimientos: cada imagen nos enfrenta a situaciones que nos impactan, nos conmueven o nos vinculan a otras , esencialmente personales, emparentadas a hechos que vuelven a acompañarnos. El personaje, ante nosotros, deja de ser el ciudadano anónimo, desconocido, para transformarse en un acontecimiento que estremece la conciencia cuando es objeto de una injusticia, que nos lleva a lugares que un día hollamos con nuestro caminar, perdidos en el olvido. Revivimos esos instantes con emoción y gratitud. Compartimos –junto con el café servido en una de los pasillos del Museo de Bellas Artes, lo afirmado por sus organizadores: “La fotografía se nos revela como un producto profundamente humano, un oficio enaltecedor que es capaz de enriquecer el espíritu y sensibilizar a la sociedad “. La imagen nos retorna al álbum familiar que, escondido en la oscuridad de un baúl, nos lleva igualmente a revivir, en la nostalgia y en la conmoción de nuestro espíritu, ese instante sin retorno, pero que adquiere todo su esplendor en el brillo de la cartulina. De igual modo, la sociedad que integramos, es otra familia- oculta en los pliegues de la memoria-, con iguales angustias y alegrías, ahora lozanas y vivientes por el milagro de la imagen. Pero no es sólo un trozo de tiempo, perdido en el otrora, sino que un clamor, una denuncia, un grito para despertarnos. Esta sucesión de fotografías en el muro, como un caleidoscopio de formas y colores, queda en la pupila del espectador que, atento y conmovido, ya es otro…


CAFÉ VIEJO En el tercer piso de Alonso Ovalle 1493, Elena Gutiérrez, la cajera, (dice la boleta) recibe el monto de un café cortado de grano y otra dama, cuyo nombre no figura en papel alguno, lo sirve con esmero y con cariño. En la Caja de Compensación Los Andes, tercer piso, a un costado con artefactos del servicio, sobre la cubierta de una mesa de un metro cuadrado, mi pequeña taza de café desaparece en la amplia sala vacía… Me apronto a disfrutar de este silencio, para leer “El coronel no tiene quien le escriba” de Gabriel García Márquez, cuando se escuchan voces, gritos, movimientos de sillas, alarmas de celulares, bandejas con jugos y ajetreo que envidiaría al paseo peatonal de Ahumada. En seguida, pasteles, otras bandejas con helados y, sin dejar el parloteo, doce señoras de mayoría de edad disfrutan de este desayuno infantil... Desde un extremo contemplo este espectáculo, de donde brotan reclamos como éste. “faltan cucharitas, chiquillas…” Son pensionadas, integradas a alguno de los cursos de la Caja, posiblemente. Experimento una gran dicha al observarlas llenas de vida, dicharacheras, con sus mejores ropas, recién peinadas, lejos de toda preocupación, con sus tareas de madres ya cumplidas, envueltas en la algarabía de la palabra…Pero no puedo ocultar mi pena, por el fingimiento, el engaño de no ser lo que son, de simular un regocijo que no es real y ese afán de ocultar los años como si no existieran. Pero, desde lejos, las felicito y levanto mi taza de café cortado como un brindis de admiración por sentirme integrado espiritualmente a ese círculo que endulza el tiempo con pasteles, dulces, pastillas, caramelos, embelecos y llenan estas horas de dicha pasajera. Ellas, ensimismadas en sus recuerdos de lejanos tiempos, hacen también un brindis por el placer de estar juntas, de olvidarse, en este clima de camaradería, del diario trajinar. Les contarán después a sus hijas, a sus nietos, a la señora Tomasita, al despachero que “¡Lo pasamos tan bien!”, ponderan algunos detalles ni se acuerdan de las exclamaciones desatinadas, indirectas, pasadas por alto, pero no a la Ximenita que nada se le escapa. Cerca de mí, otro grupo más reducido, comparte un pan de dulce con tanta devoción como si fuera la primera vez… Luego varones y señoras, reviviendo días pasados donde, con seguridad, fueron desconocidos e ignorados testigos, pero, en el recuento, cambian los hechos y son héroes de inverosímiles aventuras. Ya, ha pasado algún tiempo, pierdo la oportunidad de hojear “El coronel…” Una dama camina muy lentamente, apoyada en su bastón. Es recibida en el grupo cantarino, con saludos y amorosos reproches. Ya consumido, mi café cortado, me voy con el coronel…



Café de Grano, crónicas