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Ayer, como todos los días desde hace ya muchos años, me levanté cuando creí oír el bramido del tren al entrar en la curva de los álamos, poco antes de frenar por si había algún viajero en el apeadero, por si todavía quedaba alguien entre los escombros y la ruina en la que se ha convertido el pueblo, y, ya cansado de tanta desolación, quisiera huir del obstinado acecho de la carcoma y las ortigas. Aunque ayer, al amanecer, creí oír el quejido de la locomotora como si fuera el mugido triste de un animal que se arrastraba herido, y supuse que era por la niebla, por lo que el bufido del tren no llegaba a mis oídos gastados tan nítido como otros días, quedándose enredado entre la suciedad blancuzca y fría que impregnaba el aire, y que yo intuía detrás de las ventanas entornadas de la alcoba como un visillo de nieve. Luego volví a echar de menos el quejido ronco del gallo, que, como tú sabes, siempre cantaba después de pitar el tren, pero que ya no oigo desde hace mucho tiempo. Como tampoco oí este año crotorar a las cigüeñas, que la fuerza de la costumbre sigue encaramando encima del nido que corona el campanario desvencijado de la iglesia en cuanto se intuye la primavera en los campos. En los estratos más antiguos de mi memoria siempre aparece cada mañana el largo pitido del tren entrando en la curva de los álamos, antes de frenar en el apeadero, y después el grito del gallo, taladrando el aire frío de las madrugadas. Así lo recordaba desde hacía muchos años. Así fue también durante todo el tiempo que tú viviste en el pueblo: primero el tren, después el gallo. Pero desde hace algunos meses creo que ya sólo oigo el sonido del tren, aunque tampoco estoy seguro, porque ahora es como un lamento que


siempre me resulta extraño, diluido en el aire, muy lejano. Todos los demás ruidos se han ido acallando, como si después de la ruina, que ya se ha colado por todas las grietas que los tordos, los vencejos y las palomas han ido abriendo entre el musgo y el verdín del abandono, el pueblo también hubiera sido invadido por el silencio. A veces creo que tal vez sea porque este aire tan contaminado de soledad todo lo ha ido pudriendo y silenciando, y por eso, quizás, ha enmudecido el gallo, y las cigüeñas, y los pájaros, y hasta la lluvia, que ya tampoco la oigo cuando cae sobre las tejas erizadas y rotas de la casa, ni sobre la tierra o los charcos de las calles, que veo hervir detrás de los cristales empañados cuando llueve, en esos días en los que me quedo sentado junto al aliento tibio del fogón con Curra a los pies, mientras me mira con sus ojos de agua cuando la acaricio y le digo que ella también es vieja, que ya ni me acuerdo de cómo ladraba. Tampoco oigo ya el tren de la tarde, en el que tú vienes cada primavera a visitarme. ¿Recuerdas aquellos años en los que organizamos la fiesta del emigrante y llegabais en ese tren los que ya os habíais marchado? Entonces el pueblo resucitaba durante unos días y parecía recobrar la vida que tuvo en otros tiempos. Ayer, cuando creí oír el vago quejido de la locomotora entre la niebla, tenía los ojos arrasados por el insomnio que me mantuvo despierto durante toda la noche, mientras tomaba la decisión de irme, de abandonar el pueblo yo también, hastiado ya de tanta soledad y me imaginé subiendo al día siguiente a ese tren que me llamaba cada mañana, y diciéndole al maquinista que no hacía falta que pitara más, ni que frenara al llegar al apeadero, porque allí ya no quedaba


nadie, sólo fantasmas y recuerdos entre los escombros, las zarzas y las ortigas. Los fantasmas y los recuerdos que ayer, el último día que iba a pasar en el pueblo, se me agolparon en la memoria y me anegaron de nostalgia. Cuando me levanté y bajé las escaleras vi a Curra ovillada junto al fogón. En sus ojos relucían las brasas tibias que aún quedaban de la noche anterior. Me senté un rato a su lado y le dije que había decidido marcharme, que le dejaría comida. También le expliqué que tenía el arroyo cerca y, aunque ya era vieja, todavía podía cazar algún conejo. y Currita me miró con sus ojos de agua. Con esos ojos que a mí me recordaban a los de Anselmo cuando le retraté en el apeadero hace ya más de un año. Sólo llevaba una maleta, y aunque al principio me resistí porque no quería ver cómo se iba mi último vecino, era más de un kilómetro andando y le ayudé a llevarla y cuando le hice, como a todos los que os marchasteis, una fotografía junto al tren, me miró con los mismos ojos que pone la perra cuando la hablo. Aunque enseguida subió al vagón y el tren empezó a arrastrarse muy despacio, ya mí se me enturbió la mirada cuando me di cuenta de que el aire, de pronto, se empezó a entreverar con esa brisa fría de la soledad que tengo ya incrustada en los huesos. Desde aquel día en que acompañé a Anselmo, no quise volver al apeadero, ni siquiera para esperarte a ti, cuando viniste a verme, como todos los años, el último domingo de abril y es que ya no he querido seguir arañándome la memoria, repleta de recuerdos de tantas despedidas junto a ese andén, donde siempre he llevado mi vieja cámara de fotos para que se fuera guardando en sus entrañas la imagen de los que os ibais marchando, de todos los que se ha ido


llevando el tren y luego, en mi habitación oscura, he ido sacando de las tripas de la cámara los rostros de quienes, en otro tiempo amarillo, vivisteis conmigo; algunos cincelados por la tristeza, otros con sus miradas palpitando por la emoción del porvenir que os ibais a buscar .Después guardaba todas las fotografías en mi zurrón de cuero, donde a ti siempre tanto te ha gustado escarbar, tan lleno ya cuando metí aquella de Anselmo en la que me mira con los mismos ojos de agua que pone Curra cuando la hablo. Sentado junto a la perra, y observando cómo ardían las ramas de encina que acababa de echar a la lumbre, recordé otras fotografías y otras despedidas. y me acordé de Ciriaco y de Juana, que fueron los primeros que retraté en el apeadero junto a sus hijos, poco antes de marcharse a la ciudad. "Es por los hijos, ¿sabes? Por nosotros no. Para que cuando crezcan no tengan que estar todo el día arrastrados por el campo y pendientes del cielo", me explicó Ciriaco, como excusándose, cuando cogió el camino que le llevaba hacia el tren, aún blanco de escarcha a esas horas de la mañana, con Juana y los gemelos, que apenas sabían andar, y empujando una carreta repleta de maletas y talegos. "Cuando nos instalemos, os escribiremos para que nos lleve Justito algunos muebles", me dijo Ciriaco cuando los retraté, y yo me quedé pensando que cómo iban a escribir, si ninguno de los dos sabía y después, cuando la sequía, que en dos años no cogimos ni un puñado de cebada y las ovejas se quedaron en el puro pellejo, casi todos los días madrugaba para retratar a los que se iban en el tren: a Doroteo ya Santiaga, a Mariano ya Margarita, a Andrés ya María, a Juan ya Primitiva, a Clemente ya Romana, a Damián ya Gumersinda, a Teodoro ya Dolores, a Jacinto ya Urbana, a Amador ya Rosa, a Alejandro ya Felisa, a Paco y María del Mar. y


todos decían lo mismo, que se marchaban por los hijos, que allí no había futuro, y que no querían que acabaran como ellos, resecos y cuarteados de tanto estar a la intemperie. Así, el tren se fue llevando primero a las parejas más jóvenes ya sus hijos, y después a los solteros, que había trabajo para todos en las fábricas, ya las mozas que se iban a servir y cuando se acabaron los jóvenes, insaciable, fue tirando de los primeros viejos, que eran los que más se resistían, y hasta de los retrasados y los lisiados. La marcha de Pablito fue una de las que más me dolió. Se empeñó en que lo lleváramos al tren, así en su situación: sin piernas y arrastrándose con las manos y los muñones. Decía que tenía una tía en la ciudad y que ya se las arreglaría él para llegar hasta su casa. Aquí en el pueblo sabía buscarse la vida. Manejaba bien la liga, los lazos y las ballestas. Nunca le faltaron zorzales ni conejos. Pero le dio por decir que aquí no tenía futuro, que quería probar en la ciudad. El día antes de llevarlo en el carro de Anselmo hasta el apeadero estuvimos bebiendo vino y tratando de convencerlo para que se quedara, y estuvimos tanto tiempo hablando y bebiendo que se emborrachó y acabó cantando y dando saltos sobre su culera de lona como un sapo contento. Cuando le retraté mientras lo subían al tren aún tenía la cara roja, aunque la alegría de la noche anterior se le había transformado en una mueca de pena que le agrandaba sus grandes pupilas blancas como cáscaras de huevo, y de su mirada empezaba a destilar una tristeza de animal abandonado. Era como si en esos momentos estuviera viendo el porvenir que le esperaba en la ciudad. Fuiste tú quien me dijo que murió aplastado por un autobús mientras


se arrastraba por una calle de Madrid con varias ristras de cupones colgadas en la solapa. Don Romualdo fue uno de los que más dudó antes de tomar la decisión de dejar el pueblo. Pero al final vendió el ganado, puso unos candados en las puertas y las ventanas del palacio, y una mañana mandó a Antoñito a decirme que se iban al apeadero. y cuando ya había pitado el tren antes de coger la curva y les tenía enfocados junto a la vía, me hizo una señal para que esperara; después se acercó a su capataz de toda la vida, le pasó la mano por encima del hombro mientras Antoñito le ceñía la cintura con la suya y apoyaba su cara de felicidad en el pecho de su señorito, y luego me dijo: "Ahora retrata; que ya está bien de tanto disimulo". Nunca más supe de ellos, ya lo largo de estos años he ido viendo cómo crecían las hierbas y las zarzas por las fincas, y cómo el tejado y las paredes del palacio se han ido resquebrajando mientras las lagartijas se retorcían entre las grietas que enseguida empezó a abrir el inexorable avance del deterioro y la ruina. También, ayer, sentado a la lumbre junto a Curra, antes de empezar a llenar la vieja maleta que siempre he guardado en el armario, me acordé de tu madre. Yesos recuerdos, espinas de la memoria, me llevaron otra vez, como tantas veces en estos últimos años, a aquella tarde de principios de invierno en la que una brisa aún tibia que bajaba desde la montaña provocaba una lluvia amarilla de hojas muertas junto a los chopos del camino del cementerio. Por eso, el suelo, tapizado de oro viejo, crujía cuando pasamos por allí los pocos que aún quedábamos en el pueblo para enterrarla. Al día siguiente, después de oír el grito del tren como el lamento lejano de una


lechuza herida, me dijiste que me fuera a vivir con vosotros, que ya os las arreglaríais. Pero yo te respondí que no, y luego vi cómo te empezó a invadir un sentimiento de lástima que acabó velándote la mirada, porque tú entonces supiste que yo había oído a Luisa decirte que no insistieras mucho, que no te empeñaras en llevarme con vosotros, que ya sabías que no os sobraba sitio; y después, hasta mi oído, en aquellos tiempos aún fino como el de una liebre, sólo llegó el silencio, tu silencio. Desde que murió madre todos los años has venido al pueblo a finales de abril y has vuelto a pedirme que me vaya con vosotros, que no querías que estuviera solo, "viviendo como un perro abandonado", me decías a veces. Pero yo ni siquiera te contestaba, sólo te miraba, y entonces tú veías en mis ojos esos destellos de orgullo que siempre te han sumido en un oscuro silencio de callados reproches. Cuando regresabas al apeadero para volver a Madrid te acompañaba con Curra y la cámara, y siempre te hacía una fotografía antes de que subieras a aquellos vagones cada vez más vacíos, más viejos y deteriorados, como si al tren, también, con el paso del tiempo le hubiera ido invadiendo la desolación y el abandono. La última vez que te acompañé, cuando te retraté te dije que no volvería más. y después, desde el vagón, me gritaste algo, tal vez que me fuera contigo, y yo me toqué el oído para indicarte que no te oía. Luego te vi mover la cabeza y alejarte con cara de preocupación, porque ya sabías, como yo también lo sabía, que me estaba quedando sordo. Pero yo no quise contarte cómo me daba cuenta de que todo a mi alrededor estaba enmudeciendo; ni tampoco te hablé de mi temor a morir solo, hosco y aterido como una alimaña, ni de mis miedos a la


enfermedad y al desvalimiento. y tampoco te dije nunca que una tarde me picó una serpiente y estuve toda la noche vagando por el pueblo con la razón trastornada y ardiendo de fiebre. Recorrí todas las casas, llamando a los vecinos desde las puertas que todavía quedaban erguidas, aunque sólo me respondían negros aleteos que, batiendo el aire podrido, enseguida se escapaban por los agujeros abiertos en las paredes y en los tejados. También te llamaba a ti. Aún eras niño y corrías por nuestra calle hacia mis brazos con tus pantalones cortos y aquella gorra que yo te regalé en unas fiestas del Cristo, pero nunca llegabas, hasta que, al fin, desapareciste entre la maldita soledad. Fue la sed la que me llevó ya de madrugada a mi casa; luego tuve una mínima lucidez que me permitió meterme en la cama, debajo de todas las mantas que tenía. Durante tres días más fui presa de la fiebre y el delirio. Después de tantos recuerdos, algunos más viejos que las primeras fotografías sepias que guardo en el zurrón de cuero, me levanté de la silla y me alejé de Curra y de la lumbre para empezar a recoger algunas de las cosas que me llevaría a Madrid. Pocas, me dije, sólo las más útiles o las más queridas. Todo lo demás lo dejaría allí, para que fuera invadido por las ortigas, que llevan mucho tiempo al acecho, esperando a que me vaya para enseguida inundarlo todo. Para que las termitas, las carcomas y la podredumbre lo fueran devorando de la misma forma que ya lo habían hecho con el resto del pueblo. Y, al final, pensé, dentro de unos años, cuando tú vuelvas algún día a recorrer los paisajes de tu infancia, te encontrarás con la casa convertida en un extraño revoltijo de cascotes, hierros oxidados y maderas podridas entre las hierbas, los arbustos y las culebras, que ya habrán recuperado el espacio que en otro tiempo fue suyo, y que


vosotros no habéis querido defender ni preservar contra el asedio de la ruina, como he intentado hacer yo, y como hizo mi padre y el padre de mi padre. Pasé la tarde recorriendo el pueblo por última vez, despidiéndome de los fantasmas que me han acompañado durante estos años. Todo estaba en silencio. y no pude oír el rumor del agua saltando por las piedras del arroyo, ni los chillidos de los estorninos que anidan en la Iglesia, ni el crujido de las hojas del color del azafrán que ya se habían caído de los chopos amarillos. Volví a casa al atardecer, y después de preparar la comida para los animales me senté otra vez en el fogón y estuve un rato observando el almanaque que colgaste en la chimenea la última vez que estuviste conmigo. "Diciembre de 1969", leí debajo de la fotografía de la bóveda de hierro de la estación de Atocha, junto a esa plaza llena coches, cerca de donde tú y me dijiste que estaba el taller donde trabajabas. Luego, cuando oí detrás de las ventanas que la brisa fría ya se había transformado en un gélido y tozudo viento que empezó a aullar entre los árboles y la negrura de la noche, compartí la cena con Curra y me fui a la cama, a intentar dormir, a luchar contra el insomnio y la memoria. Cuando intuí que ya era la hora, me levanté y me vestí con aquel traje que años atrás me ponía algunos domingos y los días de fiesta, me coloqué el abrigo nuevo que me compró tu madre antes de morir y que llevaba más de diez años guardado en el armario sin estrenar, cogí la maleta, el zurrón de las fotografías y la cámara, y salí al frío ya la escarcha de la madrugada.


Vi en el horizonte las primeras claridades del amanecer cuando llegué a la caseta que levantamos junto al andén hacía ya más de veinte años, y donde en pocos minutos debería parar el tren para que yo subiera, para que, al fin, pudiera escapar de tanta soledad. Levanté la mirada hacía la alameda donde se perdía la vía, y enseguida creí oír, con la misma vaguedad y lejanía con que lo oía todas las mañanas desde mi casa, ese extraño sonido que yo siempre asociaba con el bramido de la locomotora antes de entrar en la curva de los álamos; pero pasaron los minutos y el tren no apareció. Me quedé un rato mirando hacia el horizonte, después, desconcertado, me senté en el único trozo de banco podrido que quedaba en el apeadero. Cuando pasó un tiempo que no pude calcular, me levanté y me acerqué despacio hacia la vía. Fue entonces cuando supe que ese tren que yo estaba esperando nunca pasaría: las traviesas y los hierros estaban ya sepultados entre las hierbas y la maleza. La vía estaba muerta y entonces entendí por qué, a pesar de que mis oídos ya estaban inservibles, cada mañana creía seguir oyendo el pitido de la locomotora. Enfoqué la cámara hacia la vía y disparé la última fotografía. Después comencé a andar otra vez hacia mi casa. Desde el camino vi que aún humeaba la chimenea y me imaginé a Curra ovillada junto a la lumbre, esperándome. Cuando me quité el traje de los domingos y deshice la maleta, me senté a escribirte esta carta, que ahora estarás leyendo, ya con la luz de finales de abril colándose por las ventanas, esa luz que yo ya habré de dejado de ver; y por eso, como tú habrás sabido cuando hayas visto que no salía humo por la chimenea según te acercabas andando por el camino de la carretera, tendrás que mandar aviso para que te ayuden a enterrarme.


No busques las fotografías. Las dejé en el andén. La intemperie y las urracas ya las habrán sacado del zurrón, y es posible que cuando tú leas esta carta estén todos vuestros retratos esparcidos entre los hierros y las traviesas, enredados entre las malvas y las flores que ya habrán brotado en la vía muerta.

FIN

Francisco de Paz Tante Ganador I Certamen "Valle de Esteribar"  
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