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77 + 7 nanocuentos William Guillén Padilla

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A la memoria de Margarita Espinoza Vásquez, también por el camioncito y la plaza.

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Para tus ojos (llámese Proemio)

Dos partes tiene este libro: la pri-

mera 77 nanocuentos; la segunda 7 cuentos. Empecé a escribirlo en Guadalajara, México, cuando –alma en paz bajo cielo azul añil– encontré a un grupo de ángeles maternales que me acompañaron por pueblos vestidos de amistad, agaves, tequila y viento. No sé de dónde aparecieron, solo sé que a ellos debo muchas de las ideas y las palabras que transcribí en noches que toqué estrellas y leyendas. Lo traje luego al Perú, a mi patria amada que la saboreo en frases de mis seres queridos y en deseos no manifiestos de rocas y vegetales. Las calles de mis pueblos olvidados me dan los suficientes espacios que tomo a sorbos largos para William Guillén Padilla

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reinventarlos, y el verbo de mi casa –maternidad, hermandad y familia– acompaña mis pasos al son del eco maravilloso de la escritura. La alegría de vivir entre los míos es el latido de lo que publico. Nada más grande que un escrito llevado a la mirada de los que amo. Un libro. Este libro, es un ejemplo: suma de imaginación y cielo; tierra y mar; sol, orilla y castillo. Sonrisas de ángeles y mortales me llevan a ofrecerte estos escritos. Ángeles que vienen por la noche a despertarme para atenderlos y escucharlos; para que, en presencia suya, pueda seguir apuntando ideas en rocas y frutales, como en un principio. Aún en papel, este libro es un compañero que cuidará tus sueños y los elevará al espacio donde aún la luz acompaña el camino de viajeros y danzantes. 10

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Canto con este libro. Festejo la palabra y su silencio. Agradezco a palmeras y calles, a corazones puntuales y emocionados, por la imaginación que rebalsó el abecedario. Y, con el propósito de reconocer siempre en la Fuerza Cósmica Viviente la bendición de ángeles encontrados, asumo que: el brillo indiscutible de tus ojos elevan al cosmos mis palabras a través de tu luminosa mirada.

William Guillén Padilla. Cajamarca, Perú, abril 26, 2012.

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Nosotros los poetas caminantes exploramos el mundo, en cada puerta nos recibiĂł la vida, participamos en la lucha terrestre. ÂżCuĂĄl fue nuestra victoria? Un libro, un libro lleno de contactos humanos, de camisas, un libro sin soledad, con hombres y herramientas, un libro es la victoria. Pablo Neruda

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Despertar (01)

A media noche abrí los ojos: el

sismo estaba fuertísimo. Los volví a cerrar; pero ya eternamente.

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Del var贸n primero (02)

La

mordi贸 con furia descomunal. En venganza, la manzana hizo chistar los dientes y se qued贸 para siempre en la garganta seca de aquel primer hombre hambriento.

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Piromaniaca (03)

Todo

lo devor贸 el incendio. Y pensar que empez贸, as铆 lo indican todos los indicios, en el calor devorador de su letal mirada.

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Olas (04)

El mar estirĂł su anchĂ­sima len-

gua hasta playas quemantes. Desde aquel primer dolor intenso, aĂşn la pobre sinhueso aletea constante y sin nunca detenerse.

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Teoría literaria (05)

En la Isla del Gallo escribí: Pues

señor gobernador / mírelo bien por entero, / que allá va el recogedor / y acá queda el carnicero. No solo fue la primera copla de la Conquista, sino el primer microtexto en América; entonces, como hoy, nadie sabe mi nombre ni este es mi último escrito.

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Serenata (06)

Después de cantar, intentó levantar las manos para llamarla. No pudo hacerlo: la tonelada de pétalos de rosas húmedas que ella le lanzó lo aplastó como el débil insecto que era.

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Amor de sirena (07)

Aleteó rápido para salir a verlo

y topó el bote con discreción. El marinero la ignoró y siguió mirando indiferente la inconclusa Luna, mientras sostenía nervioso su moderno arpón. Ella le sonrió y trató de besarlo. El marinero la empujó y la sirena le mostró sus feroces dientes. En pocos minutos dos cadáveres empezaron a flotar y los tiburones que lo vimos todo de muy cerca, no tuvimos más opción que devorarlos en medio del indiferente mar.

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Arbitraje (08)

Ven铆amos

perdiendo por ocho goles en contra. En el intermedio el entrenador nos aconsej贸 bien: metimos solo tres y ganamos. El 谩rbitro asesinado fue genial: a nuestros goles los contabiliz贸 de tres en tres.

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Katequil (09)

Yo, Katequil, dios generador de la

lluvia, ordeno al viento desatar su furia. No me hace caso, porque dice, igual que los niños parados delante de mí, que en estos tiempos modernos ya no soy ningún dios; solo, insiste, un dibujo prehispánico inútil en una pared que los infantes borran por ignorancia. (La única lluvia que genero, independiente a mi voluntad, es aquella que proviene de los chisguetes de pintura que soporto hasta desaparecer).

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Amor (10)

V

“ idita, quiero hacerte el amor y sentir tu piel”, dijo él. Ella aceptó por primera vez con la condición de que fuera en ese preciso instante. Él se puso triste, como nunca: imposible cruzar el ciberespacio para tenerla; dos continentes y el Océano Atlántico los separaba. Una solución se le ocurrió a la sonriente fémina: seguir usando el Internet y la fría video cámara para (hasta que un día suceda lo contrario) hacer de todo, menos el amor como a él le hubiera gustado.

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Contraste (11)

La mujer más hermosa que llegó

por poquísimos días al pueblo se casó conmigo: el hombre más feo que existió. Ya casados venimos a vivir en este pueblo de loros y fabuladores. Antes de morir le pregunté por qué me eligió para ser su esposo. “Porque fuiste el único que se atrevió a proponerme matrimonio”, me dijo. Callé. No le habría gustado mi respuesta: yo era el único que sabía hablar en nuestro pueblo de habitantes sordomudos.

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