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ARQUITECTURA Y ARQUITECTOS EN DINAMARCA: CREACIÓN, IMPORTACIÓN, EXPORTACIÓN Profesor: Jose Ignacio Linazasoro Alumno: Isaac Mayor Lab. 01 MPAA


Contexto. Un buen caldo de cultivo A diferencia de su época vikinga de control político y económico sobre otras regiones, Dinamarca nunca pudo hacer grandes aportes a la historia y la evolución de la arquitectura. Los daneses tradicionalmente buscaron sus ideas en el extranjero, procurando siempre adaptarlas a la forma de vivir de la región, a sus costumbres, al clima y a la tradición artesana del país. Es por eso que su arquitectura siempre se ha desarrollado de una manera constante y poco novedosa. Dinamarca no es terreno rocoso, por lo que las construcciones de piedra son escasas y reservadas para ciertos edificios de culto. Eso explica que la mayor parte de las construcciones, los edificios residenciales, hasta el s. XVIII fueran de estructura de entramado de madera y cubierta de paja. Esas estructuras funcionaban con subdivisiones regulares y con pocas variaciones, cosa que hizo que se normalizara un tipo de edificio por módulos, tan interiorizado que cuando un propietario encargaba una casa a un constructor, solamente tenía que decirle de cuántas plantas y entramados la quería y hasta el mismo propietario podía imaginar de antemano el resultado. A partir del s. XVIII las estructuras de madera fueron sustituidas progresivamente por construcciones de ladrillo, de la misma manera que las cubiertas de paja reemplazadas por tejados. Sin embargo, utilizando un ritmo regular, se conservó en las nuevas casas de ladrillo la subdivisión normalizada de las estructuras de entramado, dando lugar a una modernización material, pero sin innovación conceptual. De manera que esas nuevas casas de ciudad de ladrillo pintado al óleo, junto con las granjas campestres construidas a base de entramados de madera alquitranada y rellenos revocados de blanco con mortero de cal, constituyeron hasta principios del s. XX una arquitectura anónima y sencilla, realizada por constructores. Los edificios públicos y monumentos, obra de los arquitectos propiamente dicho, eran de estilo neoclásico hasta esa fecha, influencia directa del Reino Unido. Pero era un neoclásico adaptado: sencillo y formal, con carácter sobrio, social y siempre condicionado por la función. Eso hacía que ambos tipos de arquitecturas convivieran perfectamente y fuera una arquitectura austera y sencilla la que dibujara el paisaje de esa región nórdica durante décadas.

El cambio hacia una arquitectura de la ciudad hecha por arquitectos Hacia los años 20 surgió una serie de jóvenes arquitectos que cambiarían la forma de hacer arquitectura en Dinamarca. Uno de los factores determinantes de ese cambio fue la revista editada por el arquitecto danés Poul Henningsen, Kritisk Revy (revisión crítica), donde se enjuiciaba el formalismo neoclásico, así como muchos de los ismos derivados de las nuevas vanguardias europeas. Por el contrario, se abogaba por una arquitectura sencilla y natural,


comprometida con las necesidades y exigencias sociales de la época, creando un fuerte vínculo con las características de la arquitectura tradicional danesa. Esta nueva generación se vio además estimulada por otros factores externos, como una exposición en Berlín en 1926 de nueva arquitectura danesa, donde expusieron sus obras jóvenes arquitectos que más tarde jugarían un papel importante en Dinamarca: Kay Fisker, Steen Eiler Rasmussen, Ivar Bentsen, Kaj Gottlob, Kaare Klint y el arquitecto de jardines G. N. Brandt. La crítica fue muy dispersa, pero era la primera vez que la arquitectura de ese país tenía posibilidades de ser un referente en el extranjero. Además, la influencia de Gunnar Asplund y su arquitectura funcional, así como las ideas de Le Corbusier, calaron profundamente y avivaron una tendencia que ya no abandonarían. De modo que en esa época los arquitectos dejaron de fijarse solamente en los grandes edificios públicos y monumentos, para concentrarse en hacer viviendas, para hacer ciudad, antes en manos exclusivamente de los constructores. Empezaron a trabajar con materiales tradicionales del lugar, resolviendo bien los detalles y con mucha sencillez, y refinando ese tipo de construcciones, muy austeras pero a la vez expresivas gracias a la belleza innata de esos materiales. Así nació una forma de entender la arquitectura de manera funcional, adaptada a la cultura danesa, creando un relato propio. Ese funcionalismo danés tiene como punto de partida la tradición. Dese el principio se tuvo muy en cuenta la sociedad, y la nueva arquitectura debía satisfacer sus necesidades y establecer una estrecha relación con la memoria colectiva del lugar. Para ello se apostó por una manera de trabajar humilde, con el fin primitivo de dar cobijo, reconociendo la condición limitada y frágil del ser humano, y por lo tanto evocando a una sociedad unitaria. Ese tipo de arquitectura acaba por crear una ciudad construida por pequeños fragmentos anónimos, que expresaban una sociedad, un colectivo en el cual todos se sentían partícipes. De ese modo se creaba un vínculo entre el hombre y la arquitectura. Ese vínculo generaba una proporción que se reflejaba en la ciudad. La construcción de una ciudad hecha de fragmentos a pequeña escala, articulados con los monumentos y edificios de gran escala. Esa arquitectura no pretendía superar a la naturaleza, ni ser autista ante ella, sino, como las antiguas granjas de la zona, simplemente integrarse, colocarse sin molestar, asumiendo su papel artificial, humano. El discurso se centra en la ciudad y no en el discurso arquitectónico en sí, es decir que hay un interés por la vivienda, por la construcción pequeña y anónima, la que hace ciudad. Además, los edificios públicos, a su vez, también son muy urbanos. Se van adaptando a las exigencias del entorno natural y el ya construido. La ciudad impone a los edificios, consiguiendo así un equilibrio entre lo nuevo y lo existente, una arquitectura fragmentaria,


que da como resultado una unidad más fuerte. Se genera una suma de fragmentos que provocan una secuencia. Ésta permite al peatón recomponerla y formar la unidad, reforzada además por la unificación de los materiales: sólo los del lugar. Cada edificio, descompuesto en diversos volúmenes o episodios, es un fragmento de ciudad y como tal, trata de resolver mediante una intervención puntual un pequeño paisaje urbano. Forma el espacio público, pero también participa de este, creando una arquitectura anónima que se suma a la totalidad, gracias a la definitiva abolición del ornamento del estilo neoclásico, otorgándole carácter mediante la materialidad, dando lugar a una arquitectura austera pero excelentemente construida. Para ilustrar un poco esta generación, podríamos elegir muchos ejemplos, todos ellos maravillosos y muy completos, sin embargo, haremos uso del proyecto para la universidad de Arhus, en Jutlandia, construida entre el 1933-66. El proyecto es de tres arquitectos jóvenes que ganaron el concurso en 1931: Kay Fisker, uno de los referentes de esa época, C. F. Mölller y Poul Stegmann, aunque el primero y el último abandonarían por diferentes causas. Se ha elegido un edificio público en lugar de viviendas por su carácter fragmentario, se trata casi de un barrio donde se van colocando los edificios según el entorno. El proyecto parte de la base de la segregación, todas las instituciones de la universidad están alojadas en edificios aislados. Estos edificios se organizan entorno a una hondonada, en una zona de jardines y parques urbanos bastante céntrica, en la ciudad de Arhus. Lejos de proponer un gran edificio o conjunto compacto, se propone una autentica operación urbanística, se proyecta un fragmento de ciudad que queda perfectamente integrada en la trama, transformando un paisaje natural, armonizándolo con lo humano sin afán de competir con la naturaleza. Eso lo podemos ver hoy día, cuando la operación está acabada y todo alrededor está consolidado. La ordenación hace que la intervención se diluya en la ciudad, eliminando sus límites y creando un continuum urbano entre la trama residencial y la de la universidad. Además, se consigue una unidad poco común, ya que prácticamente todos los edificios tienen la misma forma, aunque con medidas y disposición diferentes, y el mismo ladrillo amarillo para la construcción y las fachadas.


Planta del proyecto original

Foto aĂŠrea del estado actual

Vista desde el lago

PROYECTO PARA LA UNIVERSIDAD DE ARHUS, JUTLANDIA[1933-66]


JØrn Utzon, el gran vikingo moderno Poco después, i conviviendo con ese tipo de arquitectura durante largo tiempo, saltaría a escena una figura que, aunque única en su país, no podemos obviar por la trascendencia e importancia de su modo de hacer arquitectura. Utzon, a diferencia de sus colegas contemporáneos, recupera la actitud vikinga, emprendiendo viajes con el fin de conocer y analizar otras arquitecturas y llevárselas a su casa. Le interesa de qué manera otras culturas y en otros tiempos han resuelto los problemas de la sociedad, problemas de los cuales muchos son coincidentes con los actuales. Le influyó especialmente su viaje a Marruecos (1948), donde quedó impresionado por la unidad de poblados enteros gracias a la utilización de un solo material: el barro. Esas aldeas eran en esencia una agregación de casas, un conjunto de fragmentos que acababan dando una fuerte unidad, fundiéndose con el paisaje. El principio de arquitectura aditiva no es más que una arquitectura fragmentaria, una agregación de fragmentos que acaban por dar una unidad, pues la arquitectura es fruto de la suma total de los elementos. En 1949 obtiene una beca para ir a Estados Unidos y a Méjico. En América del norte conoce a Wright en Taliesin, pero es en el segundo destino donde queda sorprendido por la arquitectura maya y azteca. Allí reconoció unos grandes planos horizontales en forma de plataformas que emergían del suelo y alzaban la arquitectura. Al estar encima de esas plataformas uno se siente como estar sobre grandes rocas, y por lo tanto unido a la tierra, pero a una cota superior, un gran espacio público desde donde la persona podía relacionarse con los vastos bosques mejicanos. A parte, Utzon, como buen danés, practica una construcción sencilla, con pocos materiales y de la zona. Además tiene una obsesión por simplificar al máximo los detalles, por muy compleja que parezca su arquitectura. Hasta en su proyecto para la Ópera de Sídney hay un empeño en prefabricar los elementos más expresivos (las bóvedas) y simplificarlos al máximo, siendo estos fragmentos, en este caso de una esfera como unidad perfecta y sencilla. Como ejemplo para entender su arquitectura, vamos a ver un proyecto que seguramente sea de los más completos y claros de su obra, que además ilustra muy bien ese carácter social de su arquitectura: el Teatro de Zúrich (1964) Este proyecto tenía un problema grave, y era el emplazamiento. El edificio debía implantarse en un lugar desordenado y con muy poca cohesión entre edificios. Un solar rodeado de un instituto, una universidad, un politécnico, una escuela de medicina, etcétera, que cada uno respondía a sus propias leyes. La estrategia de Utzon es tan sencilla como eficaz: no hacer un gran edificio sino sanar las heridas de una situación determinada. Para ello plantea un edificio hecho a partir de fragmentos que se van articulando sobre el terreno


ascendente, respondiendo con cada fragmento al lugar donde se ubica. Trata el proyecto, en primera instancia, desde un punto de vista urbano, a una escala superior, enfrentándose a los problemas de la ciudad. De modo que el edificio es en sí un edificio, pero también es un trozo de ciudad, un fragmento que sirve de cosido a una zona rota en términos urbanísticos. Esta operación denota un profundo interés por lo colectivo, por reparar un espacio que pertenece a la sociedad, haciendo una arquitectura modesta pero efectiva. Además plantea una planta baja muy libre y con una escalinata que da la sensación de ser un teatro al exterior antes de acceder al interior, un escenario para la gente, para los espectadores. Un lugar de encuentro, una plaza cubierta en definitiva. Desgraciadamente el proyecto se abandona por la muerte del director de teatro y promotor Kurt Hirschfeld, en 1970.

La articulación de dos vías arquitectónicas en Dinamarca Para concluir, intentaré argumentar cómo es posible que convivan ambos tipos de arquitectura en un mismo territorio, y además lo hagan sin ningún tipo de conflicto, aunque bien es verdad que JØrn Utzon no llegó a construir demasiados edificios en su tierra como para crear muchos conflictos. La clave para la articulación entre la arquitectura basada en la propia cultura y la volcada al exterior es que ambas, en el fondo, persiguen los mismos conceptos. Son dos caminos que convergen en un punto: la sociedad. Por un lado, la arquitectura de Kay Fisker y los demás es totalmente anónima, creando una unidad que hace que el ciudadano se identifique con un tipo de arquitectura, a través de formas puras y materiales nobles y sinceros. Por otro lado, Utzon construye pequeños espacios de ciudad articulados siempre a partir de un gran espacio público. Es un especialista en crear sitios donde la gente puede relacionare y mantener una activa vida social, siempre entre sus edificios. Puede parecer que los edificios de Utzon son más expresivos y por lo tanto menos anónimos, pero en realidad, al trabajar de manera magistral la implantación en el paisaje, ya sea natural o artificial, acaban por disolverse y ceder el protagonismo a los espacios, al vacío en vez de al objeto arquitectónico. En general se puede decir, sin miedo a equivocarnos, que la arquitectura danesa del siglo pasado es digna de tener en cuenta a la hora de proyectar en lugares conflictivos. Tenemos mucho que aprender hoy día de cómo se puede hacer una arquitectura más social, más volcada a las personas, que al fin y al cabo es para ellas que la hacemos.

Isaac Mayor, 15 de noviembre de 2011


Planta baja

Sección y planta cubierta

Imagen de la maqueta

PROYECTO PARA EL TEATRO DE ZÚRICH [1964]

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