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REAMSPINNER PRESS


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DREAMSPINNERPRESS 5032 Capital Circle SW, Suite 2, PMB# 279, Tallahassee, FL32305-7886 USA http://www.dreamspinnerpress.com/ Esta historia es ficción. Los nombres, personajes, lugares y acontecimientos son producto de la imaginación del autor o se utilizan para la ficción y cualquier semejanza con personas vivas o muertas, negocios, eventos o escenarios, es mera coincidencia. Viviendo promesas Edición de copyright en español © 2015 Dreamspinner Press. Título original: Living Promises © 2011 Amy Lane. Traducido por: Rocío Pérez García. Portada: © 2011 Paul Richmond. http://www.paulrichmondstudio.com El contenido de la portada ha sido creado exclusivamente con propósito ilustrativo y todas las personas que aparecen en ella son modelos. La licencia de este libro pertenece exclusivamente al comprador original. Duplicarlo o reproducirlo por cualquier medio es ilegal y constituye una violación a la ley de Derechos de Autor Internacional. Este eBook no puede ser prestado legalmente ni regalado a otros. Ninguna parte de este eBook puede ser compartida o reproducida sin el permiso expreso de la editorial. Para solicitar el permiso y resolver cualquier duda, contactar con Dreamspinner Press 5032 Capital Cir. SW, Ste 2PMB# 279, Tallahassee, FL32305-7886 USA or http://www.dreamspinnerpress.com/. Edición eBook en español: 978-1-62380-673-6 Primera edición en español: Agosto 2015 Primera Edición Julio 2011 Publicado en los Estados Unidos de América.


A los supervivientes, investigadores, mĂŠdicos, vĂ­ctimas y personas que han sucumbido; a los que viven con esperanza, a la gente que ofrece su tiempo como voluntarios y a aquellos que rezan por todos los anteriores.


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

COLLIN: GUÁRDATE DE LA CONDUCCIÓN TEMERARIA CUANDO COLLIN Waters tenía cinco años, iba sentado en el asiento trasero del Ford Taurus de sus padres mientras su padre conducía y cantaba en voz alta Losing My Religion de REM. Estaba jugando con sus camiones, cosa que disfrutaba mucho, incluso a pesar de que hubiese preferido desmontarlos y volverlos a montar en lugar de jugar a las autopistas. Papá le había pedido, con mucha educación, que no desmontara cosas en la parte de atrás del coche. Puesto que papá era un hombre grande con voz profunda que se esforzaba mucho por no gritar, incluso cuando Collin tiraba los cereales por el suelo, olvidaba hacer sus deberes, dejaba escapar completamente por accidente a la rata de su hermana, usaba el DVD favorito de su madre como plataforma de lanzamiento de sus cohetes o vestía al gato con su disfraz de ingeniero para tener a alguien con quien jugar, bueno, Collin intentaba hacer lo que decía. Adoraba a su padre. En ese momento el murmullo desafinado de Losing My Religion era reconfortante. Si papá estaba cantando es que estaba de buen humor, y puesto que era el día en que tocaba llevar un tentempié a la escuela y Collin estaba muy seguro de que las galletas que llevaba en la mochila iban a ser un éxito, podía respetar ese buen humor. Papá cantaría y después Collin iría la escuela y las fantásticas galletas con pepitas de chocolate de su madre harían que fuese un día genial. Entonces su padre habló con voz insegura y desigual, dejando de cantar. —Oh... Oh, Dios...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane El coche viró una vez, y volvió a hacerlo casi al instante. Collin fue lanzado contra la puerta y empezó a llorar. —¿Papi? ¿Papi? ¡Papi! Pero su padre estaba desplomado sobre el volante, con los fornidos hombros inclinados hacia un lado y los ojos cerrados, y el coche estaba dando sacudidas, saltando por encima del bordillo que separaba los carriles, subiéndose a la acerca y ¡pum!, chocó contra un poste. A Collin le dolía la cabeza tras chocar contra el asiento, y le dolía el hombro por el cinturón de seguridad. Su papi no le respondía, su mochila estaba tirada en el suelo, todas sus galletas estarían aplastadas y... Para cuando llegaron los paramédicos, él estaba de pie dentro del coche, sin demasiado equilibrio. —¡Papi! ¡Papi, despierta! ¡Papi! ¡Papi, despierta! —gritaba con una regularidad irritante. Pero tal y como averiguaría más tarde, cuando fuera mayor, Grayson Waters acababa de sufrir un fallo coronario masivo y jamás volvería a despertarse. La madre de Collin lo hizo bien. Fue difícil; Collin y sus cuatro hermanas mayores jamás dudaron, ni siquiera una vez, de que Natalie Waters había encontrado al amor de su vida en su marido, un mecánico grande y sincero, con su cabello rubio cortado a cepillo y con entradas, sus dedos callosos y una voz desafinada con la que podía cantar canciones infantiles con una entonación sorprendentemente cómica. Pero Natalie había abierto su propio negocio y todo el mundo echó una mano: servían mesas, manejaban la parrilla o ayudaban a limpiar. Siempre tuvieron suficiente para comer, un hogar (el mismo hogar, la casa demasiado pequeña para siete personas en Levee Oaks) y siempre supieron que les querían. Pero algo en Collin parecía habérsele escapado por las orejas cuando el coche perdió el control y cruzó a saltos la carretera, se comió la curva y se estampó contra el poste telefónico. Definitivamente alguna pieza vital de la maquinaria humana que mantenía los impulsos peligrosos a raya y causaba un fuerte instinto de supervivencia se había perdido. Era como si Collin, incluso con cinco años, hubiese visto morir a su padre y hubiese

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane decidido que, qué demonios, si cosas como esa iban a pasar de repente bien podría animarlas e incluso darles la bienvenida. O esa fue la explicación de su madre durante los siguientes trece años. Fue lo que dijo el día en que llegó a casa a tiempo de ver a Collin, de seis años y medio, saltar desde el tejado de la casa hasta el tejado del garaje del vecino porque, según dijo él, había visto a un superhéroe hacerlo en una película. Eso le hizo ganarse un viaje al hospital, una escayola y unas muletas, además de la prohibición de ver películas de superhéroes durante los siguientes tres años. Sus hermanas mayores jamás le perdonaron ese detalle. Aun así, eso no solucionó el problema. Tampoco lo hizo el estrellar su bicicleta al usar la puerta del garaje como rampa (obteniendo trece puntos y una noche de ingreso hospitalario por sospecha de daños internos) cuando tenía diez años. Ni el volver a estrellarla contra el garaje del vecino porque, según sus palabras: «Habíamos salido a por helado y Joanna no iba a comprarme uno». Ni las varias “casi expulsiones” por pelear en la escuela y en el instituto. Ni que alguien pintara en su coche con aerosol, ese coche comprado con la paga que ganaba por servir mesas en el restaurante de su madre, las palabras «jodido maricón peleón» en su tercer y penúltimo año en el instituto, después de salir del armario al ponerse una camiseta de portero con el arco iris en el campo de fútbol. Su entrenador estuvo especialmente cabreado; era el mejor portero que el equipo había tenido nunca, y ni un alud de homofobia en la historia de la ciudad le haría echar a Collin del equipo. No. Collin no era la clase de persona que permitía que la experiencia se entrometiera en una buena idea o en una aventura aterradora. Su madre le decía a menudo, en ocasiones con los ojos bañados en lágrimas y con toda la fuerza de sus pulmones, que terminaría enterrándolo antes de que cumpliese los veinticinco, a lo que él respondía con aire despreocupado y

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane sin parecer lamentarlo en absoluto: «Sabes que te quiero. Despídeme a lo grande». Pero no actuó con tanta indiferencia cuando su madre y sus hermanas llegaron temprano del cine y le encontraron hundido hasta los testículos en el culo de Tommy Kennedy, con este inclinado sobre la secadora, en el garaje. De hecho, estuvo bastante mortificado... mientras que Tommy se puso directamente histérico, y no de risa precisamente. Pero Tommy era el mejor follamigo en el Instituto Levee Oaks, y después de que Crick Francis saliera del armario y se graduase dos años antes, Collin tenía solo algunas personas estables entre las que escoger. Oyó como se abría la puerta del garaje, vio el resplandor de los faros y siguió moviendo las caderas mientras decía «¡Cierra la boca, Tommy, y córrete de una puta vez!». Siendo el caballero que era, dio justo en la próstata de Tommy y llevó la mano entre sus piernas. Tommy graznó y se corrió en su mano, y Collin gruñó y terminó dentro de él. El motor del coche se apagó y Collin abrazó a Tommy contra su pecho por un momento. —Ve corriendo dentro, límpiate y sal por la puerta de delante —murmuró—. Va a estar cabreada conmigo, pero no irá a por ti. Tommy salió corriendo, cosa que fue mucho mejor en vivo y en directo que en el millón y medio de veces en que se contaría la historia durante los meses siguientes, y Collin se giró y afrontó a su madre. Las chicas habían chillado con aversión y habían ido corriendo al interior, sin encontrarse a Tommy por cuestión de segundos, y dejando a Natalie negando con la cabeza con dolorida resignación. —Ay, Señor... —suspiró Natalie, y le dio una patada al neumático del coche. Collin, sintiéndose por una vez un poco cohibido, cogió una toalla de la cesta de la colada y se envolvió con ella la cintura. —Ay, Señor, Collin —repitió Natalie—. Dime que al menos has usado condón. Collin parpadeó.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Condón? —¡Maldita sea, te han dado clases de educación sexual! Ya sabes, ¿condón? ¿Sífilis, clamidia, VIH? Había recibido clases de educación sexual, era verdad. Se había dormido mientras las daban, había copiado en los exámenes y se había burlado de la cultura del miedo y del «Simplemente di no» que enseñaban las escuelas públicas americanas. Pero en ellas no le había atrapado su madre, desnudo, probando el culo del follamigo del vecindario. Quizás fue porque estaba delante de su madre, o quizás fue porque solo faltaba medio mes para su decimoctavo cumpleaños y la madurez se estaba infiltrando en su cerebro como una hormiga en una oreja, pero por alguna razón una pieza perdida de la maquinaria humana de Collin volvió a ajustarse en los engranajes de su mente. En ese momento sintió miedo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: PRECAUCIÓN, CORAZÓN ROTO —¿SE

SIENTE bien, pequeño? —ronroneó Kevin en el oído de Jeff

mientras sus dedos, gruesos y de un marrón oscuro polvoriento, le retorcían salvajemente los pezones. Jeff Beachum gritó y cayó sobre la almohada. «Oh. Dios. Mío». Jamás había considerado tener un fetiche con el tamaño, pero Kevin era enorme, como un oso colocado con Viagra: tan largo como presumían de ser los tipos de las revistas pornográficas, grueso como una botella de medio litro y («Dios bendito, María madre de Dios, ostia puta») sin circuncidar, y estaba embistiendo ese monstruo en el culo de Jeff y «Dadme un aleluya» se sentía tan bieeeeeeeen... La risita de Kevin sonó tensa a su espalda, y Jeff gritó de nuevo contra la almohada cuando Kev acertó su próstata. «Joder. ¡Joder, joder, joder, joder, joder, joder, joder, joder!». El pene de Jeff (de un tamaño modesto, él era el primero en admitirlo) estaba goteando un hilo constante de líquido preseminal dentro del condón, y Jeff deseó por enésima vez haber pensado en hacerse las pruebas un año antes en lugar de hacía seis meses. Si su período ventana de doce meses salía limpio al mismo tiempo que el de Kevin, consideraría hacerlo a pelo. Kevin salió y volvió a entrar con fuerza, y Jeff gimoteó, moviendo, contoneando el culo y extendiendo la mano para tocarse puesto que no era tímido en lo más mínimo. Kevin se había hecho las pruebas una semana antes de conocer a Jeff, así que este se imaginaba que tenían un año antes de que pudieran hacerlo a pelo, y en ese momento no le importaba un pimiento.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Te gusta eso, chico de discoteca? —jadeó Kevin, y Jeff medio gimoteó medio suplicó un poco más y movió su pequeño culo, estrecho y caliente. —Sigue follando, GI Negro —jadeó. El mote de Kevin era posiblemente lo único que recordaba. Dos meses antes Jeff había estado en el exterior del Gatsby's Nick, fumándose un cigarrillo y liberándose de la multitud sudada de la pista de baile. Estaba pegajoso, sin respiración y casi aturdido. Los exámenes finales habían terminado, lo que significaba que ya tenía un año de la escuela de medicina de UC David bajo el brazo. Un grupo de infantes de la marina, con botas militares, pasaron a su lado mientras expulsaba el humo a la cálida noche de junio. Sus camisetas verde oliva se tensaban sobre el pecho musculoso de cada uno, todos ellos con la cabeza absurdamente cuadrada con su corte de pelo a cepillo oficial y los pantalones de uniforme tan bien planchados como podría estarlo una camisa de lino almidonada. A Jeff le quedaba el suficiente aire y humo como para soltar un silbido bajo, y maldito fuera él y su bocaza ya que, estuvieran más allá de los límites o no, eso fue lo que hizo. No estaba preparado para que el tipo más grande (un tipo negro de casi dos metros con la complexión de un tanque) se girase y empezase a avanzar en su dirección. «Oh, mierda». Jeff hizo lo que mejor se le daba: sonrió zalamero y con aire de bromista. —Sin ofender, GI Negro —dijo, esforzándose por parecer un gay inocuo y nada agresivo—. Solo estaba admirando las vistas. No significa que vaya a entrar al galope y meter la pata, ¿vale? La camiseta del soldado estaba tensa sobre su pecho ancho, lo suficientemente apretada como para que los pezones formasen pequeñas tiendas de campaña en el apacible aire de la noche. Esas manos de piel oscura agarraron la mejor camisa para bailar de Jeff, hecha con esa nueva clase de microfibras que daban de sí, y Jeff se encontró con la espalda contra la tosca pared de obra vista de la discoteca, preguntándose si todavía se acordaría de cómo pelear después de todas esas escaramuzas

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane con su hermano mayor. Se le cayó el cigarrillo de los dedos y las botas de combate de Kevin lo pisaron sobre el cemento. —Pon cara de asustado. —La voz de Kevin cayó hasta ser un susurro apagado, y Jeff no tuvo que simular nada; tenía los ojos abiertos de par en par, el corazón le iba a cien y no estaba seguro en lo más mínimo de que aquello estuviera pasando de verdad. —No quiero problemas —dijo con inseguridad, y los enormes ojos de Kevin, marrones y rodeados de una expresiva hilera de densas pestañas negras, recorrieron su figura desde los hombros hasta las rodillas, con un reconocimiento especial para su entrepierna, que estaba metida dentro de unos vaqueros de cintura baja que eran como una segunda piel. —¡Bueno, pues los has encontrado, chico de discoteca! —ladró Kevin con un tono indicado para que lo oyeran sus amigos, que estaban cerca, mirándoles a los dos con una buena dosis de diversión. Jeff se encogió porque la voz de Kevin era profunda, prácticamente le estaba levantando del suelo, y si aquella situación no era lo que él estaba empezando a pensar que era, entonces todavía estaba metido en un montón de problemas. —No pretendía ofender —dijo alzando las manos, apaciguador. Una de ellas rozó por accidente el estómago del marine y no fue cosa de su imaginación: Kevin tembló y una comisura de esa boca de labios gruesos de un tono entre rosado y chocolate se curvó con aprecio. —No me ofendo —murmuró Kev en voz baja, y Jeff volvió a quedarse sin respiración. Para los amigos de Kev, que esperaban ver miedo, miedo fue exactamente lo que pareció. Pero Kev estaba lo bastante cerca como para que Jeff sintiera el roce de la cadera de este contra su pene, volviendo sus pantalones incluso más apretados. Sus ojos se cruzaron y se mantuvieron la mirada en lo que solo podría describirse como una mirada instantánea cargada de tensión sexual. —¿Estás listo para volver dentro ahora mismo, chico de discoteca? —dijo Kevin con su voz “exterior”. —¡Lo que tú quieras, GI Negro! —Jeff le seguía el juego; su voz sonaba asustada, pero sus ojos decían “ven aquí y fóllame, maldita sea”. La boca de Kev tembló con aprecio. 8


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¡Eso pensaba! —espetó con desagrado, volviendo a lanzar a Jeff contra la pared. —¡Ay! —dijo Jeff cuando se golpeó la cabeza en lo que quizás fue su voz más gay mientras se la frotaba y fulminaba con la mirada a ese nuevo ligue de ensueño como reprimenda. Kev bajó la voz; todavía era lo bastante alta como para que sus amigos lo oyeran, pero también lo bastante suave como para que Jeff supiera que lo sentía. —Sobrevivirás. Pero que no vuelva a verte por aquí. A Jeff se le cayó el alma a los pies, pero justo entonces la voz de Kevin se hizo aún más baja. —Dentro de dos horas. Espérame —añadió. —¡Sí, señor! —No puedo evitar la amplia sonrisa impenitente, pero Kevin solo puso los ojos en blanco, negó con la cabeza y se dio la vuelta para marcharse con sus compañeros marines, aceptando sus palmaditas en la espalda y sus bravos por “mantener al pequeño mariquita en su sitio”, como si no acabara de prometer llevarse a ese “pequeño mariquita” a casa y follárselo hasta que viese las estrellas. Lo cual había continuado haciendo durante los siguientes dos meses. Y en ese momento, un mes antes de que lo embarcasen para su siguiente período de servicio, Jeff estaba saboreando cada embestida (y suplicándola a gritos). A pesar de que Kevin le había prometido estar ahí hasta el fin de los días, era posible que, precisamente porque lo había hecho, Jeff no daba ninguna caricia por garantizada. Especialmente si venía del atractivo cuerpo de Kevin, enterrado profundamente dentro de él. —¡Vamos, chico de discoteca! —jadeó Kevin—. Vamos... ¡grita para mí, maldita sea! —¡Sí, señor! —resolló Jeff, dedicándole a su pene una caricia especialmente fuerte mientras Kevin se movía hacia delante, rodeándole el torso con los brazos. —¡Sí! —gritó Kevin en su oído.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Hubo una blancura cegadora tras la oscuridad que se adueñó de la cabeza de Jeff. Su cuerpo tembló con un fuego helado y se corrió con pasión dentro del condón, sintiendo cómo el semen le abrasaba el extremo del pene allí donde se acumulaba. Kevin rozó con la nariz la oreja de Jeff y rió entre dientes con esa voz de bajo que tenía mientras ambos jadeaban. —¿Te ha gustado eso, chico de discoteca? —murmuró. Jeff tembló como respuesta. —Siempre me gusta, GI Negro —le dijo con sinceridad. Incluso aquella primera noche, cuando Jeff fue el que penetró porque, tal y como Kevin dijo con algo de timidez, no todo el mundo estaba listo para recibir el paquete al completo la primera noche, a Jeff le había encantado tener sexo con él. Las manos de Kevin eran fuertes, capaces y amables hasta un punto absurdo, y su pequeño chico de discoteca se sentía valioso, protegido y todas esas pequeñas tonterías que hacían que estar dentro de una cama, tocando la piel de alguien, fuera el mejor lugar del mundo. Cambiaron de posición, listos para separar sus cuerpos. Jeff lo percibió en ese momento: un hilo de humedad cayendo desde su agujero y a lo largo de la nalga hasta la parte baja del muslo. Estaba todavía aturdido, preguntándose qué demonios podía ser eso, cuando oyó la voz de Kevin detrás de él, igual de aturdida. —Joder. «¿Joder?». —¿Joder qué? —El puto condón se ha roto. El cuerpo de Kevin se deslizó limpiamente fuera de él, con los restos de la goma todavía apretados alrededor de la base y con las tiras del globo pegadas a la piel. El resto de su sexo de piel oscura, flácido, todavía brillaba por el semen. Jeff se giró un poco, sentándose sobre las rodillas, y Kevin Turner y él se miraron el uno al otro con ojos sorprendidos y divertidos, por qué no admitirlo. Jeff, el eterno optimista, le dedicó una amplia sonrisa ladeada que escondía el subidón de adrenalina en su pecho. 10


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Bueno, esa maldita cosa no hacía más que entrometerse de todos modos. La enorme mano de Kevin subió y guió la cabeza de Jeff hasta ese pecho descomunal empapado en sudor. —No te asustes, chico de discoteca. Estaremos bien. Jeff cerró los ojos y se relajó contra su amante, y, solo por una vez, cedió el control del mundo a los dioses.

SEIS MESES más tarde, Jeff todavía no había conseguido arrepentirse de ese momento ni una sola vez. Ni siquiera cuando los resultados de sus pruebas fueron positivos, ni cuando se sintió obligado a dejar la facultad de medicina, ni, especialmente, cuando Kevin volvió a su casa en Georgia dentro de una caja de pino en lugar de volver a los brazos de Jeff en carne y hueso. Kevin y él habían estado enamorados. Kevin le había enviado cartas, y las releyó hasta que se cayeron a pedazos. A pesar del peligro de que alguien las leyera, a pesar del riesgo de perder todo por lo que se había esforzado en el ejército, las había firmado siempre con un «Te quiero, chico de discoteca». Jeff tenía la experiencia suficiente en el área del sexo solo por sexo como para conocer la diferencia entre las caricias de Kevin y las de los otros “chicos de discoteca” que buscaban una follada rápida. Éstas, las había recibido, las había dado, las había disfrutado... pero no estaba dispuesto a morir por ellas. Se pasó dos meses de su vida deseando poder haber muerto por Kevin, porque era imposible que doliera más que estar vivo cuando él no lo estaba. Esa idea le estaba consumiendo un día frío y despiadado de febrero mientras esperaba su cita con el doctor Herbert Schindler en la clínica CARES del centro de la ciudad. Herbert había sido su tutor en la facultad de medicina, y probablemente le había salvado la vida. El día en que Jeff recibió los resultados de la prueba de VIH (con el recuento de células 11


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane blancas tan alto de repente que en su mente no había duda posible: durante el último mes con Kevin, el mes después de que el condón se rompiera, había sido el momento en que había estado expuesto) había ido a ver a Herbert, con su mandíbula angular apretada en un gesto estoico para reunir el valor necesario, y le había dicho que probablemente tendría que dejar la facultad. Herbert había visto al joven devastado y no al fuerte, envejecido y lleno de amargura. Canceló la clase siguiente y se llevó a Jeff a su despacho para sentarse a hablar con él. Cuando Jeff terminó su explicación, Herbert le aconsejó e hizo que no abandonase por completo, sino que siguiera el camino necesario para ser ayudante de fisioterapeuta. —Menos porquería puntiaguda —carraspeó el médico, todo sinceridad con su peso y su calvicie—. Menos oportunidades de contaminación cruzada y más fácil para conseguir trabajo. También es menos tiempo en la facultad. Incluso Herbert Schindler, conocido por hablarlo todo de manera muy directa, señaló con delicadeza que, con o sin los nuevos descubrimientos en las medicaciones, el tiempo podía ser un lujo que Jeff no podía permitirse, así que debía ser un punto a tener en cuenta. No tendría por qué haberse molestado. Jeff era estudiante de medicina. Conocía los hechos. Los hechos eran que no tenía ni el seguro médico ni el dinero necesario como para mantenerse con vida; el cóctel de medicinas, las pruebas de carga viral y todas esas porquerías, eran muy caras. Durante un segundo se preguntó si moriría antes de que se presentase la oportunidad de arrepentirse por haberse enamorado de Kevin Turner. Y Herbert le salvó literalmente la vida. —Ten, rellena esto. —Le lanzó un bloque de hojas por encima de la mesa. Jeff a duras penas consiguió ordenar aquel desorden y volver a meterlo en la gastada carpeta de manila. —¿Qué es?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Es una solicitud de prácticas en el hospital VA. Una vez que trabajes allí recibirás seguro médico, sin importar tu condición médica previa. —Pero solo soy un estudiante de primer... —Lo cual es suficiente si vas a hacer prácticas como ayudante de fisioterapeuta..., y si recibes un poco de ayuda de tus amigos. —¿Así que soy un enchufado? —preguntó Jeff, impresionado consigo mismo. Y con Herbert, por supuesto. —Chico, considérame tu benefactor —dijo este con amabilidad y cierto destello en los ojos que hizo pensar a Jeff que podía arriesgarse a hacer una broma. —Entonces qué, ¿algo así como un padrino para una reinona? —Exageró el giro “gay” de muñeca y la cadencia de su voz. Herbert rió de buena gana. —Nada de tirarme los tejos —dijo con una expresión completamente seria—. Mi mujer se pondrá celosa. Jeff tuvo que reír, absolutamente aliviado. Había disfrutado las clases de Herbert; de hecho había sido uno de los pocos estudiantes que habían sospechado que el doctor Schindler tenía un sentido del humor retorcido bajo su exterior plácido, y era fantástico “jugar” un poco con un amigo. —Bien, dulzura, me alegro de que me lo hayas dicho. Si me ofreces toda esa ayuda, mi ligón interior habría asomado la cabeza. Herbert arqueó una ceja y Jeff se sonrojó. Y entonces Herbertsonrió, sonrió de verdad. —Creo que tu ligón interior necesita quedarse dentro de tus pantalones, que es donde pertenece, joven. Esas cosas tienden a meterlo a uno en problemas cuando les sueltas la correa. Lo sé de buena tinta; tengo seis niños. Jeff se estuvo riendo durante un minuto y, a continuación, de manera igual de súbita, tragó y miró a su profesor a los ojos.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No sé, doctor Schindler. Parece que también me has adoptado a mí. La boca de Herbert Schindler se curvó ligeramente. —Espero que alguien hiciera lo mismo por cualquiera de mis hijos —dijo con suavidad. Jeff tuvo que asentir, con un nudo en la garganta. Él también lo esperaba con todo su corazón. Cualquiera que hiciera tanto bien en el mundo se merecía saber que cuidaban bien de sus seres queridos. Lo creyó aún más dos meses más tarde, cuando un amigo de Kevin, el único que conocía su gran secreto gay, le llamó con un teléfono satélite para decirle que Kevin había muerto. Jeff se presentó en la puerta de Herbert (literalmente, en la puerta de su casa) a las dos de la mañana y, tras disculparse de todo corazón, sollozó hasta dejarse la voz durante una hora. No había sabido a quién más acudir. Todos sus amigos de discoteca había resultado ser solo eso, “amigos de discoteca”, ¿y en cuanto a su familia? Había temblado cuando Herbert le había sugerido con delicadeza que quizás quisiera tener algo de apoyo familiar. Después de eso, Herbert simplemente se había sentado en el sofá mientras su esposa le traía café y una almohada. Había mecido la cabeza de Jeff contra su pecho, como el padre que era, mientras Jeff, el divertido Jeff, a quien nunca le faltaba una sonrisa y una historia rápida o un comentario de listillo, deseaba que el VIH fuera algo rápido, como una granada de mano directa al corazón, porque entonces sería una muerte misericordiosa. Una muerte misericordiosa era, tal y como Jeff intentó bromear sin mucho éxito, la única razón que se le ocurría por la que vivir. A lo largo de los dos meses siguientes encontró otras pequeñas cosas por las que vivir. Pequeñas, cierto, pero funcionaban. Una semana después del funeral de Kevin, al cual no asistió puesto que A) era en Georgia y no podía permitirse viajar hasta allí, y B) Kevin no había salido del armario para su familia y Jeff no lo haría por él cuando Kevin no estaba vivo para tomar la decisión por sí mismo, la esposa de Herbert se pasó por su casa con algo de sopa y un gatito.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff no había comido mucho durante la última semana (algo que su medicación actual facilitaba bastante), pero si creía que eso le eximía de la sopa de pan ácimo de la señora Schindler, se equivocaba. A diferencia de la visita, frente a la que Herbert le había advertido, el gatito fue una sorpresa. Era un Scottish Fold, esa raza con las orejas dobladas de un modo extraño y los ojos salidos como de insecto, y amenazaba con alcanzar el tamaño de un perro labrador cuando creciera. La señora Schindler había sacado esa montaña de pelo de un gris acero del trasportín y se lo había puesto a Jeff entre los brazos mientras ella calentaba la sopa. Jeff había mirado a la criatura, que era al mismo tiempo terriblemente mona y adorablemente fea, y el gato había parpadeado lentamente en respuesta. —Señora del doctor Herbert, espero que no le importe si le pregunto ¿qué demonios es esto? —Es un gato —respondió, adueñándose sin compasión de su pequeño apartamento de estudiante y colocando una olla sobre el fogón para calentar la sopa. Era una mujer de estatura mediana tirando a bajita a quien le gustaba llevar pantalones de deporte de poliéster sobre sus anchas caderas, y llevaba el cabello corto teñido de negro. También tenía unos ojos marrones amables y expresivos. Cuando Jeff se quedó dormido en su sofá la noche en que supo lo de Kevin, se despertó cubierto con una manta, con una caja de pañuelos y dos ibuprofenos sobre la mesita del café y con un gato ronroneando sobre su cadera con la fuerza suficiente como para hacer vibrar las ventanas. A Jeff le gustaban los gatos. De hecho, le gustaba el que tenía entre los brazos, pero... —Este vertedero no admite gatos —tuvo que decirle con algo de tristeza. El gatito había comenzado a ronronear de manera decidida contra su pecho, y Jeff descubrió que, aunque seguía sintiendo el corazón vacío, el ronroneo estaba caldeando ese espacio desolado. La señora Doc Herbert se encogió de hombros.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Entonces busca otra casa. Tus prácticas son remuneradas; ya no eres un estudiante muerto de hambre, y estás a punto de ser oficialmente un adulto. Consigue una casa... —Odio ocuparme del jardín. Ella se encogió de hombros. —Consigue un apartamento con piscina entonces. Solo tienes que asegurarte de que aceptan mascotas. Jeff volvió a mirar a la cosa ronroneante que tenía sobre el pecho. Parecía algo irrisoriamente pequeño por lo que poner su vida patas arriba. Entonces echó un vistazo a su apartamento. Kevin prácticamente había vivido allí durante los tres meses anteriores a su embarco. Jeff le había guardado una de sus camisas de vestir de manga larga en el armario y Kevin había colado un par de camisetas verde oliva del ejército en su cajón el día en que se marchó. Se habían hecho fotografías durante esa última semana, quitándose la cámara el uno al otro para hacerse fotografías cándidas, finalizando con una de los dos juntos, tomada desde la distancia que daba el brazo de Kev, mientras estaban tumbados en la cama. Jeff había ido a que la revelasen y la había enmarcado antes de que Kevin se marchara, dándole a este una copia más pequeña para la cartera. La fotografía, con Kev sonriendo con malicia a la cámara y Jeff mirando de reojo la lente con timidez (lo que fue una sorpresa para sí mismo) y apoyado contra la mejilla de Kevin, se erguía junto a su cama. No quería dejar ese apartamento. Kevin estaba allí. Los ojos se le humedecieron y abrazó al gatito, preparándose para devolverlo. Pero la señora Doc Herbert le leyó la mente y le tomó la mano. —Pequeño, tienes que encontrar una razón por la que comer. Una razón por la que levantarte y tomarte la medicación, por la que vomitar y por la que volver a tomarla. Tienes que encontrar una razón para ir a trabajar, y a la facultad, y por la que volver después a casa. Las razones están ahí, y eres más fuerte de lo que aparentas, así que sé que las encontrarás. Pero, ahora mismo, esta es tu razón. El gatito, percibiendo la posibilidad de tener que marcharse, hundió las uñas y maulló de manera imperiosa. Jeff tragó y miró con una disculpa a la pequeña bola de pelo. 16


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No te ofendas —le dijo—, pero no eres una razón demasiado grande. El gatito le olió, se encogió de hombros y clavó más las uñas, como diciendo «Esto es lo que hay, idiota. Tú eres el que estás considerando aniquilarte a través de la apatía». O quizás solo era su conciencia hablando. La voz aguda de su parte gay era algo parecida. Jeff volvió a fruncir el ceño, mirando a la criatura. —Por favor, dime que es un chico —dijo. La señora Schindler puso los ojos en blanco. —Oh, por favor, Jeff. Como si fuera a intentar siquiera meterte una chica en la cama. Jeff estuvo a punto de ahogarse al resoplar, y el gatito gruñó (gruñó de verdad) y clavó un poco más las uñas mientras la señora Schindler servía la sopa de pan ácimo. Le dio a Jeff la receta antes de marcharse, porque a veces, cuando la “terapia” de las medicinas empeoraba, era lo único que podía mantener en el estómago. Así fue como lo logró. Allí estaba seis meses después del diagnóstico, esperando su cita con Herbert en el único día de la semana que su médico favorito estaba en la clínica CARES del centro de Sacramento, mientras se paseaba por el vestíbulo. Había una enorme ventana panorámica que daba a un barrio no del todo espantoso, pero tampoco libre de vagabundos. Aun así, el día era gris y sin vida y Jeff estaba experimentando un súbito caso de nervios. Se le había dicho que aconsejara a algunos de sus pacientes con daños en las manos o en los brazos que tejieran, y él mismo había empezado a hacerlo para ver qué grupo de músculos se usaban. En ese momento echaba de menos sus agujas; creía de todo corazón que podría terminar convirtiéndose en uno de esos odiosos gais que se llevaban sus tareas para tejer en público, todo con tal de evitar la sensación de que el reloj estaba contando las horas del día mientras él no tenía nada con que gastar su tiempo. Durante su tercera vuelta por la habitación, con parada junto al dispensador de agua incluida, se dio cuenta de que tenía compañía.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Era un chico; a duras penas con la edad suficiente como para ser legal, pero atractivo. Tenía una mandíbula fuerte, la nariz algo torcida, seguramente debido a una pelea, y el cabello de un rubio oscuro le caía bien peinado a los lados de esa mandíbula. Sus ojos eran de un marrón claro con motas doradas y con unas pestañas sorprendentemente oscuras. Caminaba como si fuera un perro alfa, todo hombros, y Jeff pensó que si hubiera conocido a ese chico en una discoteca seis o siete años antes, probablemente hubiera ido a algún sitio más privado con él para hacerlo contra una pared, porque Dios, ese chico era una maravilla. Se movía como si fuera el dueño del mundo, y a Jeff eso siempre le había parecido terriblemente atractivo. El brazalete con los colores del arco iris en su huesuda muñeca, que todavía tenía que crecer, era especialmente atractivo. Jeff se quitó de encima ese momento de atracción, sintiéndose como un viejo pervertido, y miró un poco más allá. Porque no importaba lo mucho que se moviera como si el mundo le perteneciera, los ojos del chico saltaban de aquí a allá, a pesar de sus esfuerzos, y debía de haber tragado saliva alrededor de un millar de veces desde que se había puesto en pie para imitar a Jeff en su pequeño paseo por la habitación. Jeff suspiró. Le gustaba pensar en sí mismo como un cabrón egoísta, de verdad. Pero dada la amabilidad que había recibido, y no solo del doctor Schindler, sino también de todo el personal del hospital VA, que le había aceptado como si no se tratara de un caso de caridad del médico favorito de todo el mundo, sentía que le debía al mundo cambiar un poco su aproximación a la vida. Además, tal y como estaba descubriendo en sus prácticas en terapia física, le gustaba ayudar a la gente. Lo disfrutaba. Todavía era un cabrón egoísta, pero se regodeaba de manera egoísta ayudando a la gente. Y ese aspecto se mantenía, incluso en el vestíbulo de la clínica mientras esperaba a ver cómo estaba funcionando tu mediación contra el VIH. —Chico, ¿quieres ir fuera? Sé que hace frío, pero me estoy quedando dormido aquí dentro —le dijo mientras le llenaba un vaso de plástico de agua.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane El alivio del chico tenía color, sabor y olor. Alzó la vista hacia una mujer de edad media, todavía bastante atractiva, que estaba sentada en el centro, leyendo una revista de recetas como si fueran sus deberes. —Mamá, salgo un momento fuera, ¿vale? Todavía tardarán otros quince minutos, ¿no? —le preguntó. La mujer apretó los labios. —Collin, no podemos entrar tarde para esto... El chico cerró los ojos y asintió. —Cinco minutos, mamá. Lo juro. Solo... solo...—Volvió a tragar—. Déjame ir a tomar un poco el aire, ¿sí? La mujer asintió. —Está bien, pequeño. Pero no salgas huyendo. —Lo dijo como si fuera una posibilidad real. Collin hizo una mueca y se acercó hasta ella, besándola en la mejilla como muestra de un afecto sincero. Jeff no pudo evitar oír lo que decía el chico. —Ya te he hecho pasar por suficiente, mamá. Solo quiero tomar un poco el aire, te lo prometo. Salieron al exterior, y Jeff pensó que iba a arriesgarse. El chico tenía cinco minutos para recomponerse, y era evidente que necesitaba su ayuda. —¿Eres tan gay como pareces? —preguntó el chico, y Jeff tuvo que reírse. Y él creía que podía ser un insensible. —¿Hay alguna manera de no ser tan gay como parezco? —preguntó con verdadera curiosidad, y el chico también se rió un poco. Jeff llevaba tejanos; unos tejanos muy, muy apretados, porque no tenía de ningún otro tipo. Y, aunque tuviese que hacer sentadillas durante una hora por las mañanas, iba a seguir cabiendo en esos malditos tejanos sin importar lo que la medicación le hiciese a su cuerpo. Llevaba puesta una sudadera con cuello en forma de uve de cachemir falso de un tono azul turquesa, además de mocasines de cuero resplandecientes con unas bonitas borlas, porque le gustaban, maldita sea, y era gay. Y el ser gay tenía sus privilegios.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane El chico rió y sacó un paquete de tabaco mientras se acercaban a la pared. Jeff estuvo a punto de señalar que la prohibición de fumar se extendía alrededor del perímetro del edificio. Pero se imaginó que, quizás, aquello era lo último que ese chico necesitaba. Además, se había prometido a sí mismo uno al día y parecía que hoy iba a conseguirlo temprano. —Son malos para tu salud —señaló con suavidad, cogiendo el penúltimo cigarrillo del paquete. Camel sin filtro. Negó con la cabeza. Debería haberlo imaginado. Aquello tendría que contar como dos días fumando; esperaba que el chico hiciera que valiera la pena. Collin gruñó, cogiendo el último cigarrillo y arrugando el paquete ahora vacío en el puño. —Lo sé. Le dije a mi madre que solo fumaría uno al día, ¿sabes? Que así podría mantener las ganas de vivir. Sacó un mechero. Jeff inspiró para encender su cigarrillo, agradecido, y, a continuación, dio un paso atrás y se recostó contra la pared. Collin encendió su cigarrillo y Jeff volvió a suspirar, exhalando el humo. Ah... la nicotina sin filtrar. Era como comer mousse de chocolate de verdad después de estar comiendo ese yogur sin grasas durante un par de meses. —Sé a lo que te refieres —dijo, disfrutando de la subida de la nicotina—. A veces son las cosas pequeñas las que consiguen que te levantes de la cama por las mañanas. El chico asintió. —Sabes, el mes pasado tuve que decirle a todo el mundo con quien me había acostado, había besado o había dado o recibido una mamada que era positivo, y que tenían que hacerse las pruebas. Lo primero que hice fue salir corriendo. Jeff contuvo la respiración ante esa simplicidad. ¿Quién no querría huir antes que tener que hacer eso? —¿Qué te hizo volver? Collin tomó una buena bocanada de su cigarrillo, ahuecando las mejillas y haciendo que los pómulos destacaran en relieve. En ese 20


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane momento pareció mayor de repente, mayor, endurecido y peligroso. Jeff pensó que si no hubiera conocido nunca a Kevin, ese chico habría cubierto todos los puntos especiales, con o sin la vergüenza de ser un adulto pervertido. —Mi madre. Toda la mierda por la que le he hecho pasar. Tío, si ella puede abrazarme y seguir llamándome su chico después de todo eso... —Negó con la cabeza—. Si ella puede hacer eso, lo mínimo que podía hacer yo era echarle huevos, ¿verdad? Jeff asintió. Le gustaba ese chico. Bravo, responsable... pero con ese punto de chico malo que había convertido los ojos maliciosos de Kevin tan, oh, irresistibles en ese uniforme de marine. Pero el corazón maltrecho, en carne viva y sangrante de Jeff no era lo importante en ese momento. —¿Cómo fue? —preguntó con suavidad. Aquello era sobre lo que el chico había querido hablar en realidad, ¿no? ¿Por qué sino escoger a un hombre claramente gay en el que confiar? —Fue horrible —susurró Collin, exhalando de manera temblorosa— . Estábamos todos tan unidos, ¿sabes? Todos los maricas, follándonos los unos a los otros como conejos solo porque podíamos. Es... Simplemente nos sentíamos invencibles. Como tan solo nos follábamos entre nosotros, cómo íbamos a contagiarnos entonces el SIDA, ¿verdad? Jeff no le corrigió en cuanto a que en ese estado era VIH y no SIDA. Cuando tenías, ¿qué, diecisiete años? ¿Dieciocho? Como fuera; no agradecías que te explicaran la diferencia, y era claro como el agua que él no agradecería el discurso. —¿Cómo de malo fue? —preguntó Jeffen voz baja. Collin se encogió de hombros y apartó la mirada. —Bueno, ahora ninguno de ellos me habla... ya sabes. Como si yo fuera el único que hubiese estado follando por ahí, ¿sí? Y solo dos de los, no sé, diez se han hecho las pruebas, y son positivos. Y sus padres simplemente... los han sacado del instituto antes de la graduación, como si fueran plutonio o qué sé yo. Y nadie ha mencionado nada... Ni una puta cosa. Es como si no existiera. —Collin negó con la cabeza, claramente desconcertado—. Quiero decir, joder. Algunos de esos chicos no están fuera del armario; tienen novias, y las chicas van por ahí sin saber que el 21


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane chico que les está dando candela puede tener el VIH porque se puso juguetón en el baño, detrás del gimnasio después de un baile o donde cojones sea. Y yo solo... Jeff giró la cabeza y Collin le miró a los ojos. —Estoy tan jodidamente solo, ¿sabes? Mi padre murió cuando yo era un niño, y mi madre... Se ha roto el culo para que podamos tener una buena vida, y yo voy y lo tiro todo por el desagüe. Ni siquiera quiero hablar con ella de esto... sobre nada de todo esto... porque ya le he hecho pasar por suficiente... Ah, maldición. El chico había creído que era duro, ¿no? Lo había hecho... y ahora estaba luchando por serlo, por no llorar, por mantener la mandíbula cuadrada. Jeff pensó que si se volvía más duro todavía estallaría en mil pedazos como un panel de cristal roto. Collin chupó con brusquedad la colilla una vez más y la aplastó bajo la suela a cuadros en la fina grava plagada de hierbajos que había alrededor del edificio de ladrillos. Respiró durante un momento. —Ese ha sido el final de la parada para fumar, ¿verdad? ¿Se ha acabado el tiempo? —dijo como disculpa. Jeff siguió su ejemplo con su propio cigarrillo, aunque solo estaba a la mitad. —Ven aquí, pequeño —dijo con suavidad, abriendo los brazos, y de repente los tuvo repletos de un adolescente aterrorizado. —Escúchame —susurró con fiereza—. Vas a hablar con tu madre, porque quiere saberlo. No podrá ayudarte, pero te sentirás mejor, ¿de acuerdo? Solo habla con ella, joder. Te ha traído a la maldita clínica y está haciendo que lo aceptes como un hombre; lo entenderá. —Los brazos de Collin se apretaron bruscamente alrededor de sus hombros y Jeff sintió como soltaba un sollozo estrangulado que le sacudía todo el cuerpo—. Eres un chico con suerte, ¿lo sabes? Tienes a tu madre. Tienes una familia. Muéstrate agradecido con ellos, y deja que te ayuden, ¿me oyes? Collin asintió, hundiendo la afilada barbilla en el hombro de Jeffy, a continuación, ambos sintieron como vibraba el bolsillo del primero. Jeff

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane pensó que probablemente sería su madre, enviándole un mensaje porque le habían llamado para su consulta. Collin retrocedió y Jeff echó de menos casi de inmediato su calidez contra el frío del día. —Gracias —dijo, secándose la cara con el dorso de la mano—. Quiero decir, soy un completo desconocido y te suelto todo esto... Jeff agitó la mano. —No te preocupes, pequeño. Entra o tu madre se preocupará, ¿vale? Collin asintió, algo incómodo, y retrocedió un par de pasos antes de entrar corriendo. Jeff miró como se marchaba, sintiendo una banda ciñéndole el pecho y un temblor absurdo en la barbilla. Oh, Dios. Quería llamar a su madre y explicárselo todo más que nada en el mundo. Pero incluso si lo hacía, eso no resolvería absolutamente nada. Apoyó las manos en los muslos y se acuclilló bruscamente en la niebla de febrero, intentando recuperarse y seguir con la carga que se le había dado. Tenía un apartamento que le encantaba, con gimnasio y piscina comunitaria, una tonelada de plantas y un gato gigantesco llamado Constantine que insistía en que si Jeff no estaba ahí para darle mimos, el mundo se caería a pedazos. Cenaba una vez al mes con los Herbert Schindlers, tenía pacientes que habían empezado a dejarle postales de agradecimiento y una profesión prometedora haciendo algo que parecía que podía encantarle. Tenía un recuento de células blancas prometedor y un cóctel de medicinas de dosis bajas en lugar de altas, y si tenía que hacer un millón y medio de sentadillas para mantener la figura afeminada, bueno, que así fuera maldita sea. Lo llevaba bien, gracias. Pero aun así, eso no evitaba que deseara de todo corazón en días como aquel, y no precisamente una taza de chocolate. Así que se permitió desear, diciéndose a sí mismo que era un estúpido, porque los deseos (especialmente sus deseos) eran de la clase que no se volvían realidad. El darse permiso no ayudó: por mucho que deseara poder volver en el tiempo y conseguir un condón que no fuera a romperse, advertir a Kevin de la emboscada en la carretera o incluso advertirse a sí mismo para no salir a hacer una pausa para un cigarrillo una noche húmeda de junio, no pudo 23


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane evitar añadir un deseo más a la larga lista antes de enderezarse, darse un sacudida y entrar en la clínica para su consulta. No estaba mal desear un vistazo más a ese chico de corazón roto absurdamente atractivo, el que caminaba como si fuera el dueño del mundo, ¿no?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: MIPEQUEÑO ME HA ENVIADO UNA CARTA AÑOS más tarde, Jeff seguía sin arrepentirse de haberse enamorado de Kevin Turner... pero tampoco le había hablado de él a su madre. Le había contado lo del VIH, pero ni siquiera estaba seguro de que su padre lo supiese.

CINCO

Llamaba a su madre todos los lunes a las ocho de la tarde, como un reloj. Lo había hecho desde que su padre le echó de casa poco después de empezar la universidad y salir del armario para ellos. (Herbert le había preguntado en una ocasión cómo podía haberle chocado tanto a su padre, y Jeff se había encogido de hombros, volviendo el gesto en algo dramático con su cuerpo angular y expresivo. Ni él mismo lo sabía, pero al parecer había sido una sorpresa). El problema con su madre iba más allá del hecho de que Jeff no hubiese vivido en casa durante los últimos diez años, y más allá de que fuera gay. Iba incluso más allá de que Jeff había tenido que sobornar de verdad a la enfermera de su madre para que le dejara hablar con ella, puesto que su padre le había dicho a la enfermera que no debía aceptar sus llamadas. El problema consistía en por qué su madre estaba en una residencia de ancianos con sesenta y dos años para empezar, llevando allí desde no mucho después de que Jeff fuera a la universidad. —¿Jeffy? —Su madre siempre sonaba despreocupada y segura de sí misma, de manera tan parecida a como había sido cuando él era niño y ella la madre más popular dentro del equipo de fútbol en Coloma, con los mejores dulces y la casa llena de los hijos de los vecinos porque su casa era la mejor, sí señor.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¡Hey, mamá! —Jeff hizo que su voz encajara con la de ella y esperó para ver dónde estaba su madre en el continuo espacio/tiempo esa semana. —¿Cómo están los gatitos?—preguntó Lillian Beachum, y Jeff dejó escapar un suspiro de alivio. Al parecer estaba muy cerca del momento actual. A veces no se ubicaba siempre en el año correcto, y él tenía que recordarle que ya no estaba en la facultad de medicina y que sus objetivos profesionales habían cambiando. A veces tenía que recordarle incluso que era gay y que no iba a buscar a una chica agradable con la que sentar la cabeza. Lillian siempre reía en esos casos (del modo en que su marido, Archie, no lo había hecho), y decía: «Sabes, Jeffy, uno pensaría que tu padre y yo ya lo habríamos notado, ¿verdad?». Pero no aquel día. Aquel día le preguntó qué tal se encontraba, si los médicos estaban seguros de que iba a estar bien, y después le preguntó sobre Constantine, ese gran perezoso. Ese día incluso recordó a Katherine la Grande1, el gato Maine Coon que su amigo Shane le había regalado por su cumpleaños ese mismo año con solo un mes de retraso porque Shane se había estado recuperando de unas costillas rotas (ex policía grande y estúpido a matar) y no había sido capaz de ver a Jeff cuando lo había tenido en mente. Jeff había intentado protestar con que no necesitaba a otro gato del tamaño de una montaña en su apartamento, pero Shane conocía a sus gatos. Aquel era grande, incluso de gatito, babeaba mucho y se quedaba completamente laxo tan pronto como lo cargabas en brazos. Incluso era tricolor, y todo ese pelaje largo tricolor era simplemente tan bonito. Jeff había quedado embrujado al instante. —Katy y Con están bien, mamá —le dijo Jeff—. Katy todavía no ha dejado de babear cuando duerme... ¡es tan triste! ¡Se tumba ahí con la cabeza ladeada y la lengua colgándole! Quiero decir, si hubiese querido a un gato que hiciera eso me habría comprado un bóxer, ¿sí?

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Es el nombre inglés de Catalina II de Rusia, conocida como la Grande. Se respeta el nombre inglés para no alterar el uso de diminutivos como “Katy” que se dan más adelante.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Su madre rió, y Jeff lo contó como un punto en su marcador. En cualquier ocasión en que Lillian Beachum reía, era un punto para los ángeles. Y a continuación los ángeles lloraron. —Entonces, Jeff, ¿cuándo vas a visitarme? ¡Ya no veo a nadie! Tu padre estuvo aquí el fin de semana, pero Barry siempre está tan ocupado con su trabajo, y no te he visto desde... bueno, ¡ni siquiera me acuerdo! Jeff respiró cuidadosamente por la nariz. —Intentaré hacerme un hueco la semana que viene, mamá —mintió. Lo haría... si su padre no estuviera haciendo guardia como un pit bull, temeroso de que extendiera el ser gay. Como si ser gay fuera peor que el alzhéimer, ¿verdad? —¿Todavía te preocupa tu padre? —preguntó ella con inocencia—. Oh, cariño, lo superará. ¡Uno no puede estar tan orgulloso como él lo estaba de ti y pensar que algo tan pequeño como a quién besas se meta en medio! Excepto que él lo había hecho. El padre de Jeff había dejado que algo tan pequeño como eso se interpusiera. Y, a continuación, él se había interpuesto entre Jeff y toda su familia. El hermano mayor de Jeff, su madre, sus tías, tíos, primos... ¡en Coloma había sido parte de un colectivo, maldita sea! Había estado rodeado de Beachums, Porters, Martels y Beauforts, y entonces, el verano anterior a su primer año en la universidad, antes de sus estudios gratis gracias a una beca por estar en el equipo de natación y por sus excelentes notas, Jeff pensó que se lo diría a su familia, a los más cercanos, al núcleo interno de su familia. Les diría quién era en realidad. Y los había perdido a todos, a la familia cercana y a la lejana, simplemente a toda la familia, para siempre. Las llamadas a su madre habían empezado a volverse imprecisas seis meses después de eso. No muy avanzado el tercer año de Jeff en la facultad, tuvo que convencer a las enfermeras que habían pasado a ocuparse de su madre. Una de ellas le tuvo lástima y organizó las llamadas que tenía en ese momento. Y algunos días su madre recordaba que su hijo pequeño no era bienvenido en casa, y otros no. 27


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Bueno, mamá, siempre y cuando sepas que desearía estar dándote un beso en la mejilla ahora mismo, ¿vale? Ahora dale el teléfono a Becky; quiero una fotografía tuya. Hacía aquello muy a menudo, y le enviaba a Becky una foto suya. A veces su madre se quedaba sorprendida de lo mayor que él parecía. A veces recordaba que estaba en la treintena. De un modo u otro, él imprimía las fotografías que recibía en respuesta y guardaba una progresión de su madre, casi como si se le hubiera permitido visitarla durante los últimos once o doce años. —Adiós, dulzura —tembló la voz de su madre a través del teléfono—. Te quiero. —Adiós, mamá —respondió, cerrando con llave la caja de acero que rodeaba su corazón para que este no se rompiera—. Yo también te quiero. En su fotografía su madre tenía el mismo aspecto de siempre: el bordado entre las manos, su cabello, que fue negro en una ocasión, parecido al de Jeff, pero que ahora era completamente gris, peinado hacia atrás en una cola de caballo y su rostro, arrugado y sereno, mirando radiante a la cámara. Desde luego, su madre tenía que entrar en la vejez y locura por el sendero de la abuela dulce y piadosa. Si hubiera perdido la cabeza como una anciana delirante y de mal humor a Jeff podría haberle resultado más sencillo pretender que no tenía familia. Absolutamente ninguna. Dolía, pero era un dolor antiguo y el resto de su día era prometedor, así que se sacó de encima del pecho a Katherine, la gran simio de culo grande, babeante y eternamente mudando el pelo, seguida de Constantine el Comatoso de encima del regazo. Se le había dormido un poco la pierna. Con se tumbó de lado, con una enorme pata doblada contra el grandioso pecho y la otra estirada casi por encima de la cabeza, y le echó una mirada hostil a Jeff. Kat saltó sobre Con, dándole casi un abrazo, y los dos empezaron a competir para ver cuál podía acicalar mejor al otro. Jeff suspiró, sonriéndoles a continuación, porque eran absolutamente encantadores y los adoraba a los dos. Se puso de pie, sacudiéndose el pelo de gato de su traje de satín rojo, y recorrió el pasillo con los pies dentro de sus zuecos de cuero cosidos con vellón para vestirse.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Se detuvo en su habitación y se echó un poco de crema hidratante en las manos de la botella que tenía en la cómoda. A continuación, sacó su bata blanca planchada con las mangas de tres cuartos del armario, junto con los pantalones negros de vestir y los brillantes zapatos de cuero. Se puso algo elegante debajo (una camisa abotonada nueva de lana sintética con el cuello Mao y franjas verticales rosas y negras) y buscó la chaqueta de cuero con cinturón para mantenerse caliente en el frío de noviembre. Consideró el atuendo, sonrió con suavidad y fue hacia el estante para las bufandas que había comprado a finales de octubre. Le gustaban las bufandas (tenía mezclas de seda y cachemir, de angora, de lana recia), pero escogió una de la repisa de “pañuelos de honor”. Las tres que había en esa repisa estaban tejidas a mano. La primera estaba hecha con un punto derecho simple en un precioso tono berenjena y era larguísima. El mejor amigo de Jeff, Crick, tenía una hermana a la que le gustaba tejer. Ella se la había hecho el otoño pasado, y era una de sus más preciadas posesiones. Shane también tenía una bufanda hecha por Benny, pero Shane, ese enorme traidor peludo, se la había dado a su arrogante noviete, Mikhail. Si Jeff no hubiese adorado a Mikhail casi tanto como adoraba a Katy y Con, no habría dejado de molestar a Shane con ese detalle. Pero puesto que Mikhail había llevado puesta esa maldita bufanda casi hasta junio aquel verano, se imaginó que lo dejaría pasar. La otra bufanda en esa estantería había sido tejida por Crick mismo. Crick había empezado a tejer a raíz del consejo de Jeff como terapia física para el brazo y la mano, que habían resultado heridos durante una batalla mientras servía en Iraq. A Crick le dolía cuando tejía, punto por punto, y aunque Deacon había recibido su primer intento, Jeff había obtenido el segundo, hecho con un verde bosque, y no lo cambiaría por nada en el mundo. La última la había tejido él mismo. Normalmente tejía por caridad, para amigos o para gente del trabajo, pero aquella la había hecho para sí. Era realmente bueno haciéndolo. El punto era un complicado cable trenzado hecho con una mezcla preciosa de lana y seda que cambiaba de color entre un azul marino sutil y el carbón, pasando por una pizca de verde cada tanto. Tanteó la lana, gustándole la textura que sentía bajo la piel, y suspiró. Tan bonita... pero no pegaba con su camisa.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane En su lugar escogió la berenjena que Benny le había tejido, a pesar de que ella no estaría allí para verlo. Dios, echaba de menos a Benny... toda la gente de El Púlpito, el hogar de Deacon y Crick, lo hacía. Pero Benny estaba en el sur de California, consiguiendo una educación, y Deacon y Crick estaban allí, siendo una familia para el resto de su extraño surtido de gente. Jeff tendría que decidirse por una tarde tejiendo con la familia de Benny después del trabajo en su lugar. Estaba ansioso por hacerlo. Demonios, se estaba arreglando para hacerlo. Tendría que ser suficiente. El trabajo era divertido: algunos de sus pacientes favoritos tenían cita ese día, y le encantaba un buen paciente parlanchín con historias divertidas que contarle. Marjorie Bell era una de ellas. Era una mujer grande, mucho más grande de lo que era saludable, con un rostro que se negaba a arrugarse a pesar de ser una mujer de edad media. Tenía el cabello corto, de un tono rubio ceniza, y un rostro amplio y pecoso con un cuello que no se había recuperado del accidente de coche aun cinco años más tarde. Era maestra en el instituto, ahora que su marido se había retirado de la marina, y las historias sobre sus estudiantes hacían que Jeffriera hasta que sentía ganas de mear. Siempre programaba quince minutos extras en las sesiones que tenía con ella solo para poder hablar, y ella siempre los usaba. Aquel día no fue diferente. —De acuerdo —estaba diciendo mientras Jeff aplicaba su mágica banda sónica del amor, ya calentada, sobre el tejido de su nuca—, así que acabamos de hablar de Lord Byron y de cómo ese tipo dormía con cualquiera en cualquier sitio, hombre o mujer, y fue echado a patadas de Inglaterra por calentar las sábanas con su hermanastra, Augusta. Eso ya se ha cubierto y nos quedan quince minutos, así que me lanzo a mi perorata de «No os quedéis preñadas durante el baile de invierno», ¿vale? Quiero decir, pasa cada año. Ves a esas chavalas con la barriguita de seis meses subiendo al escenario durante la graduación y te quedas: «¿De verdad? ¿En el baile de invierno? ¿No podías haber metido un par de gomas en tu minúsculo bolsito de mano junto con el móvil o algo?». Así que justo en la mitad llega una chica de los despachos... acababa de entrar en la escuela y

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane no sabía de qué estábamos hablando... y dice: «Vale, ¿de qué estamos hablando?». Margie dejó escapar un gemido bajo de alivio en ese momento, porque Jeff había movido el masajeador de calor hasta justo ese punto en el cuello, y lo mantuvo allí durante un minuto hasta que todo el cuerpo de Margie tembló, aliviando la tensión, y pudo continuar con su historia. —¿Y qué dijiste? —la animó Jeff, y ella rió un poco y se arqueó hacia el vibrador sónico en busca de otra contractura en el cuello torcido. —Le dije que estábamos hablando sobre cómo no terminar preñadas durante el baile de invierno, y ella dice: «¡No te preocupes por mí! ¡Voy a ir con mi primo!». Jeff no pudo evitarlo. Tuvo que apartar la varita sónica para poder reír. —¡Oh Dios mío! ¡Eso es divertidísimo! ¿Qué pasó? Margie se estiró con unos movimientos gráciles y esbeltos, casi como se estiraba Constantine, y que encajaba poco con su tamaño. —Bueno, toda la clase estalló en risas, y entonces este chico, el que andaba perdido durante toda la conversación sobre Byron, salta de repente. «¡Tío, y asegúrate de que los condones son nuevos! ¡Esas cosas se caducan después de un año!», y después de eso solo quedaban cinco minutos más de clase... ¡como si fueran a darme esa clase otra vez! Jeff sopló con suavidad, todavía riendo. —Oh, cariño, ¡eso no tiene precio! Margie rió con él, girándose a continuación en el pequeño “taburete de la víctima”, como ella lo llamaba, para poner los ojos en blanco. —Sí... ¡pero ya veremos si puedo mantener mi trabajo después de que los padres se enteren! Jeff frunció el ceño y le quitó la bolsita de plástico al extremo de la varita, limpiando después los restos de gel del cuello de Margie. —¿Qué quieres decir? La manera en que Margie se encogió de hombros fue resignada.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —La gente se pone terriblemente nerviosa cuando hablas de sexo, ¿sabes? Jeff puso los ojos en blanco. —¡Bueno, se ponen nerviosas como reinonas cuando hablas de sexo así que supongo que es verdad! gay, Fue el turno de reír de Margie, y lo hizo con una sinceridad gratificante. Dios, a Jeff le encantaba hacer estallar a alguien en risas. Recogía historias en la cabeza durante todo el día: ocurrencias, comentarios maliciosos, cualquier cosa que se le ocurría. Era como su droga, la única cosa que podía hacer que le hacía sentir mejor, y se permitía tanto de ese crack emocional como era posible. Daba las gracias a los dioses por la gente como Margie, que las regalaban a paletadas. Básicamente le mantenían cuerdo. Margie cogió su camiseta talla XXXXL y se la pasó por la cabeza, cubriendo el sujetador de señora de comedor. Se giró cómodamente hacia Jeff, que estaba apuntando cosas en su historial médico. —Estás más o menos igual, Margie —le dijo, intentando no atosigarla—, ¿pero sabes lo que realmente haría que toda esta terapia física mejorara? Margie puso los ojos en blanco. —Sí, sí, doctor Jeff. Perder el humano extra que llevo colgado del cuello; me lo imaginaba. Jeff le sonrió con amabilidad. Los problemas de peso apestaban. Lo sabía. Para él era una cosa pasarse horas en el gimnasio o medir las calorías que comía con balanza y calculadora; él tenía tiempo para hacerlo. ¿Pero Margie? Margie todavía tenía tres niños en la escuela. Su tiempo, una vez acabada la jornada laboral, era un torbellino enloquecedor de campos de fútbol, clases de baile y reuniones sobre la competición académica anual. Tenía suerte si podía pedir algo en el McDonalds y acordarse de no pedir patatas extra grandes. —Bueno, querida, sabes que me preocupo. ¿Quién si no me mantendría informado de los quehaceres de la depravada juventud americana?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Margie sonrió de oreja a oreja y movió las cejas rubias de manera maliciosa, girándose a continuación y empezando a ordenar su bolso con un aire bastante estudiado. —Um, eso me recuerda, doctor Jeff... No podré venir a mi cita de la semana que viene. Volveré a la siguiente. —¿Sí?—Jeff ladeó la cabeza—. ¿A dónde vas? Margie se encogió de hombros y siguió dándole la espalda. Murmuró algo que sonó como “ciruela de paso diego”. Jeff parpadeó, le pidió que lo repitiera y al cuarto intento fue capaz de entender las palabras “cirugía como paciente externo”. Jeff la miró sin comprender. —¿Para qué? Margie seguía sin mirarle. A lo que miró fue las paredes, las que él había decorado con paisajes marinos y gatitos, y el suelo y el techo. Finalmente le miró con los hombros hundidos de manera defensiva y la barbilla temblándole de un modo alarmante. —Vamos, cariño... ¿qué pasa? —le preguntó con toda la suavidad que pudo. —Nada importante —dijo Margie, intentando mantener la mandíbula cuadrada—. Solo, ya sabes, un balón gástrico. Esa cosa de graparse el estómago, ¿sabes? Jeff parpadeó, no muy seguro de dónde entraba la mujer ahogada por la emoción dentro de un procedimiento que se daba a diario. —¿No es eso algo bueno, corazón? Margie se encogió de hombros y apartó la vista. —Ya sabes, pequeño, es solo que es tan vergonzoso. Quieres perderlo todo por ti misma. Es... es humillante encontrarte en este... este vórtice emocional, y no puedes encontrar la salida, ¿sabes? —Sacudió la cabeza, se encogió de hombros e intentó despedirse con la mano a través de las lágrimas, y Jeff se acordó de repente de la voz de Crick a través del teléfono.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Había estado tirado en el sofá con Constantine sobre el regazo, preguntándose (sin mala fe, por si te interesa) si quizás Constantine sería más feliz con el señor y la señora Doc Herbert para siempre. Su serie favorita, CSI, se estaba emitiendo repetida y, maldita sea, su último cigarrillo le había hecho vomitar, al igual que la última galleta que había comido, y la última hamburguesa y lo último, lo que cojones fuera, que hacía que su vida valiera la pena, igual que su pequeño experimento biológico y farmacéutico personal mereciera ver el posible resultado. Y para empeorar las cosas un grupo de chicos adolescentes casi le atropellan con sus monopatines a la salida del supermercado, gritándole “viejo marica” mientras lo hacían. Con lo de “marica” podía vivir... ¿pero “viejo”? Eso era demasiado, joder. Y entonces sonó el teléfono, no reconoció el número y cuando fue a contestar... —Bueno, hey. Soy Crick, el pobre capullo al que torturaste el otro día, ¿te acuerdas? Dios santo. El chaval larguirucho y cotorra con las heridas horribles, un novio como para parar un tren y ni un solo gramo de autocompasión. El que había hablado durante toda la sesión y sobre el que había pensado (ni siquiera de manera sexual) durante los siguientes dos días. El chico había sido divertido. Él había sido divertido. Había sido una de las mejores cosas de la semana de Jeff. —Hey, dulzura, ¿cómo podría olvidarte? —Ya, um, Deacon está ocupado y yo todavía soy un lastre con patas, y, um... hey. ¿Quieres ir a comprar o algo? Dios, Deacon es incapaz de ir de compras, y me siento tan jodidamente lento cuando voy con Benny y la pequeña. ¿Tú qué crees? Jeff había estado a punto de llorar. —Oh muñequito, creo que vas a lamentarlo. ¿Sabes hasta cuántos centros comerciales puedo arrastrar tu culo cojo? ¿Qué quieres buscar? Sí. Jeff sabía algo sobre vórtices emocionales, ¿no?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane No le importaba si Margie pesaba al menos el doble que él; era una dulzura de mujer, y le hacía reír cada semana. Abrió los brazos, moviendo los dedos, y ella entró algo incómoda en su mejor abrazo de Jeff, el padrino reinona. —Todos necesitamos ayuda a veces —dijo con suavidad, y se alegró cuando el abrazo de Margie pasó de incómodo a serio. —Sí, bueno, supongo que si eres dos veces mujer, necesitas dos veces ayuda —murmuró ella, y él la abrazó con más fuerza antes de soltarla. —Programaré tu cita para dentro de dos semanas. Espero milagros, Margie... ¡no me decepciones! Margie hizo una mueca. —Tú eres un milagro, querido. Esperemos que no tenga algún balón gástrico de forma rara ni que mi grasa haya desarrollado inteligencia y conquiste el mundo. Jeffrió un poco más, porque no podía evitarlo. —Si domina el mundo, ¿podría hacer que los postres integrales no sepan a mierda? Me muero por algo con mousse de chocolate, ¡y no es mi semana de indulgencia! Esta vez fue Margie quien le miró con amabilidad. —Bueno, avísame cuando sea tu semana y te robaré un mordisquito, ¿de acuerdo? Un sonrojo plagó los rasgos de Jeff. Margie era inteligente; la había visto mirar la dos capas de guantes que él usaba cuando trataba pacientes, y le conocía lo bastante bien como para interrogarle sobre su salud cuando sus dosis de “vitaminas” se volvían demasiado difíciles de mantener en el estómago. Puede que él no le hubiese contado su gran secreto sobre el VIH, pero probablemente lo había supuesto. —Trato hecho —dijo Jeff en voz baja, y ella sonrió con calidez en respuesta. A continuación se marchó en una ráfaga de recetas, bolígrafos y ejemplos de crema hidratante que llevaba en su bolso gigante, pero su

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane conversación pareció repetirse como un eco en la cabeza de Jeff durante el resto de su jornada. Justo estaba terminando de poner al día los historiales médicos cuando sonó el teléfono de su pequeño despacho y las palabras que le había dirigido a Margie sobre necesitar ayuda prácticamente le explotaron en la cabeza. —¿Jeff Beachum? Jeff reconoció la voz, incluso si el nombre le era poco familiar (él lo pronunciaba “bowshiim”, y aquel hombre lo dijo como “biichomp”). Solo había oído a una sola persona llamarle así, de aquel mismo modo directo, dudoso y militar, y aquel había sido por mucho el peor día de su vida. —Teniente Lucas Blaine —dijo Jeff con la boca seca y convertida en arena, exhalando polvo—. Le recuerdo. —Sí, um... —Hubo una pausa y Jeff imaginó a algún marine jugueteando con un móvil, llevando el uniforme y con una mirada tímida y grave. Lucas le había llamado para decirle lo de Kevin, e incluso entonces Jeff no habría podido reconocerle en mitad de una multitud. No habían hablado desde entonces—. Mira, lo que pasa es que —continuó Lucas después de un cuarto de siglo—, Kevin te envió una carta. Ya sabes... ¿una carta de “vuelvo a casa”? La clase de carta que se supone que tienen que enviar si volvemos dentro de una caja. Jeff sintió de hecho como la cabeza le rodaba; como si estuviera incluso en una centrifugadora. Había tenido la ilusión de una carta después de la llamada de Lucas, pero no había esperado ninguna en realidad. Kevin había dejado más que claro que sus padres preferirían que muriese como marine antes que vivir como un marica. Jeff le había dicho en aquel entonces que él preferiría tenerle vivo, punto. Kevin había reído como si eso se diera por sentado. —No lo sabía —dijo Jeff en el presente desde debajo del agua, en el torbellino enloquecido en el que Lucas acababa de dejarle caer—. ¿Qué pasó con ella? Lucas suspiró.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Se envió a casa en un paquete junto con la carta a sus padres... Se suponía que yo iría a por ella, pero ese día me olvidé. Estaba... —Sonaba impaciente consigo mismo—. Lo siento, señor Biichomp, pero también yo resulté herido ese día. Al Jeff de veinticinco años no le habría importado un pimiento. Al de treinta y uno sí. —Lo lamento, Lucas. No lo sabía. —Es culpa mía —murmuró Lucas de nuevo—. Lo siento. Es mi jodida culpa. No pretendía fallarle a Kevin. Y... —Su suspiro fue una ráfaga que provocó eco en el auricular—. Kevin confió en mí. Me confió quién era, y confió en mí sobre usted, y le dejé tirado de verdad. No pretendía hacerlo, y ahora todo está tan jodido... Ese marine grande y endurecido sonaba como si fuera a caerse a pedazos, y después de cinco años como el terapeuta físico Jeff Beachum, Jeff descubrió que no podía dejar que eso pasara. —Venga vamos, pequeño; no puede ser tan malo. Tú y yo todavía respiramos, así que no ha pasado nada que no podamos arreglar, ¿no? —Eso es lo que estoy intentando decirte. Algo ha pasado, y es horrible, y no puedo arreglarlo. Jeff intentó sacar la cabeza de ese enloquecedor torbellino lleno de expresiones de sorpresa y hacer la pregunta que le ayudaría a averiguar lo que pasaba. —Lucas, ¿de qué demonios estás hablando? Otro de esos suspiros que provocaban ecos. —Kevin tiene un hermano pequeño... —¿El más joven? ¿Martin?Tiene, ¿qué? ¿Quince años ahora? —Catorce. Y tenía curiosidad. Quería ver la carta de su hermano, porque supongo que esta les dio a sus padres el susto de su vida. Así que se puso a rebuscar en el álbum de recortes de su madre, que estaba en el ático, y no encontró solo una carta, sino dos. Y la otra tenía tu dirección escrita. No sé si todavía vive usted allí, señor Biichomp, pero sacó todo el

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane dinero que había ahorrado cortando el césped y saltó dentro de un puto autobús. Está de camino para verle. Unos pequeños puntos negros empezaron a flotar frente a los ojos de Jeff. —¿Señor Biichomp?¿Señor Biichomp? Inspiró una gran bocanada de aire y los puntos flotaron a más velocidad. Puntos flotando en un remolino enloquecido, ¿verdad? Puntos flotantes locos, nadando de espalda en el agua llena de expresiones de sorpresa... —¿Señor Biichomp?¿Señor Biichomp? ¿Está ahí? Otra bocanada de aire y los enloquecedores puntos dejaron de nadar de espalda y empezaron a desvanecerse de su visión. —Mira, dulzura —dijo, preguntándose cómo de fuerte podía sonar su voz en realidad—, considerándolo todo, creo que es mejor que me llames Jeff.

DEACONYCRICK escucharon toda la historia esa noche, mientras Jeff se sentaba prácticamente en sus regazos y lo vertía todo. Se suponía que iba a tejer con Crick y Amy (una de las amigas más íntimas de Deacon del instituto), mirar un poco la televisión y jugar con Parry Angel, que echaba de menos a su mamá ahora que Benny se había ido lejos, a la universidad, y necesitaba a su Jeff, el padrino reinona, como recompensa por esa falta. Aquello era algo que él creía, pero puesto que la familia de Crick de El Púlpito había conseguido reemplazar a los Beachums, a los Beauforts, a los Masons, a los Porters y a todos aquellos a los que no había tenido desde que su padre le había expulsado de la familia, Jeff iba a aprovechar cada oportunidad para ser Jeff, el padrino reinona. Dios, echaba de menos jugar con los niños; eran la mejor fuente de risas, y Parry Angel se quedaba sentada y soltaba risitas ante las caras que él ponía hasta que se le llenaba el pecho y le parecía que el mundo era suyo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane De cualquier modo, se suponía que Jeff iba a ir para pasar una tarde tranquila con sus amigos, pero había mirado una sola vez a Deacon, el marido de Crick, y su barbilla había empezado a temblar y su rostro a decaer, y lo siguiente de lo que fue consciente fue de que estaba perdiendo completamente la compostura entre los brazos de Deacon, estables como rocas. De repente, Amy llevó a Parry y a su propia hija, Lila, a la habitación de Crick y Deacon para ver una película de Disney en su televisión mientras Jeff repetía aquel momento en el sofá con el señor Doc Herbert cinco años antes. Excepto que en aquella ocasión tenía a un lado a Deacon (que parecía exactamente tan confundido como Doc Herbert al tener a un hombre adulto perdiendo la compostura frente a él) y al otro a Crick, que le daba palmadas en la espalda con incomodidad pero con toda la sinceridad del mundo. No lloró durante toda la noche. De hecho solo llevaba diez minutos haciéndolo cuando miró el reloj. Y sí, se quedó un momento extra apoyado contra el pecho endurecido de Deacon. Entonces se sentó erguido de repente, con el ceño fruncido. —Has vuelto a perder peso, ¿no? Deacon también se enderezó, poniendo mala cara, seguida de su sonrojo característico. —Lo juro por Dios, Jeff, si has tenido toda esta puñetera crisis solo para toquetearme, te daré una paliza. Jeffsorbió por la nariz y se secó la mejilla con el dorso de la mano. —¡Como si eso fuera a pasar! —Casi pudo sentir cómo Deacon y Crick intercambiaban algunas miradas contrarias detrás de él. Deacon extendió el brazo y Jeff volvió a apoyarse contra su pecho endurecido y demasiado delgado. —Nunca te he visto perder los papeles —murmuró Deacon, y Jeff soltó un pequeño ronroneo. —Estamos empatados —le dijo, corrigiéndose a continuación—. Vale. Me ganas por un punto. Ahora ya me has visto oficialmente perdiendo los papales. 39


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No ha sido nada agradable. Jeffsorbió de nuevo con un poco de desdén. —Te odio, sabes. —¡Si realmente le odiaras dejarías de meterle mano! —Era evidente que Crick ya había tenido suficiente, pero Jeff no se sintió asustado. Primero, por lo que concernía a Deacon, Jeff tenía tanta atracción sexual como Benny. Y segundo, bueno... no se había arrimado al pecho de otro hombre durante mucho tiempo. Incluso si era completamente platónico (y nada se removía en la zona sur, por lo que Jeff se sentía agradecido), era realmente maravilloso. —¿Qué vas a hacer? —preguntó Deacon, y Jeff le miró de refilón bajo las pestañas oscuras. Dios, el hombre de Crick era atractivo. Rostro ovalado, línea del pelo cuadrada, nariz pequeña, barbilla firme y no del todo puntiaguda y los ojos verdes más increíbles. A Jeff le gustaba pensar que hubiese tenido una oportunidad si no fuera porque Deacon ni siquiera notaba si había sol o no cuando Crick sonreía. Pero entonces no podría haberse apoyado en los dos cuando su mundo se caía a pedazos. Había aprendido hacía ya mucho tiempo que los amantes era lo que primero se perdía. —No tengo ni idea —murmuró, empapándose en el consuelo—. Por lo que yo sé, Lucas Blaine se presentará para encontrarse con el chico. Se conocen; Lucas fue el mejor amigo de Kevin mientras crecían. Le dije a Lucas que me llamara y quedaríamos en algún sitio. —Jeff tembló, sintiendo esa náusea horrible y oleosa que aparecía al saber que alguien que debería quererle le iba a arrancar las entrañas del mismo modo en que a Con le gustaba destripar los cojines. —¿Quieres reunirte aquí con ellos?—preguntó Deacon. —Esa sería una idea horrible. Tío Jeff, dale a Lila un beso y un abrazo porque se va directa al capazo antes de que nos haga perder a todos la cordura, ¿de acuerdo? —se oyó la voz de Amy por encima del sofá, acompañada de un bebé precioooosooo de dieciocho meses. Jeff cogió al bebé, poniéndoselo sobre el regazo, y Deacon aprovechó la oportunidad para separarse de él. El gesto no llegó ni un

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane segundo demasiado pronto: en cuanto se hubo alejado, una pequeña robusta de dos años y medio caminó a trompicones hasta el regazo de Deacon y empezó a emitir exigencias. —¡Canta! —exigió Parry Angel. Amy le había peinado después de su baño y lo llevaba recogido en una cola de caballo, alta y rizada, que se balanceaba cada vez que sacudía la cabeza—. ¡Canta! Deacon le hizo saltar sobre su rodilla, arrancándole risitas, e intentó sonar severo. —¡Venga, Angel, sabes que tienes que pedirlo con educación! Dos grandes ojos azules enmarcados de pestañas casi tan densas y oscuras como las de Jeff parpadearon, mirando a Deacon, y todos rieron. —¿Pooooorfaaaaa? —preguntó de forma encantadora, y Deacon Parish Winters quedó, como siempre, indefenso frente a la pequeña con su mismo nombre. —De acuerdo, Angel. Ven aquí. —Se subió a la pequeña a la cintura. Lila le dio a Jeff un beso chapucero en la boca y se apresuró a seguir a su compañera de juegos preferida, tratando de no quedarse atrás. Deacon las cargó a las dos en brazos, riendo y haciéndoles pedorretas en el cuello mientras recorría el estrecho pasillo con facilidad, dirigiéndose a la habitación de Parry. Era la mejor donde tumbarlas y cantarles hasta que se durmiesen. Jeff deseó ligeramente poder entrar y escuchar con ellas; la voz de Deacon cuando cantaba era maravillosa, pero nadie tenía nunca ocasión de oírla a no ser que estuviera metiendo a Parry Angel en la cama. Amy, la pequeña y vital Amy, se había escabullido mientras tanto hasta el sofá, sentándose casi en el regazo de Jeff. —¡Hey! —protestó este, pero Amy simplemente soltó una risita, removiéndose para caber entre Crick y él. —Abrazo. ¡Necesito abrazo ahora! —dijo ella con la misma arrogancia que su hija si debía reconocerse la verdad. Así que Jeff fue a abrazarla, y algo que no había sido capaz de soltar mientras sollozaba sobre Deacon salió de su cuerpo con un escalofrío. Pensó que la antigua novia de Deacon (y esposa de su mejor amigo) era una mujer muy, muy sabia. 41


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Hola, preciosa —murmuró Jeff. Oh, echaba de menos a Benny. La madre de Parry Angel, que era igual de pequeña que Amy, también habría conseguido hacerlo... y probablemente más rápido, porque tampoco tenía ningún sentido del decoro. —Hola, Jeffy. ¿Sobrevivirás? Jeff gimoteó. No se sintió orgulloso de ello. —De mala gana. Amy no se rió. En su lugar fue directa al centro del problema. Su voz surgía del hueco que quedaba entre los brazos de Jeff y su pecho. —Vas a cambiar eso inmediatamente a “con entusiasmo”, ¿entendido? —Amy se apartó, fulminándole con la mirada mientras este miraba a Crick. La propia expresión de Jeff era una de diversión, pero para su sorpresa no así la de Crick. Los ojos marrones de Crick, que eran su mejor rasgo en un rostro angular y algo atractivo, estaban fijos en él. Jeff se movió, un poco incómodo. —Oh, cariño; yo lo hago todo con entusiasmo, ¿no es cierto? ¡Incluso perder los papeles como un enorme bebé gay! Intentó arrancarles una risa a ambos, pero no parecieron tragárselo. —Esto va a ser peor que una aspiradora en las pelotas —dijo Crick, sacando a relucir su tacto, diplomacia y manejo de las palabras en todo su esplendor—. Amy tiene razón; no deberías hacerlo aquí. Si la familia de ese chaval está tan horrorizada por lo de ser gay como dices, esto será algo así como territorio enemigo. Reúnete con él en algún lugar cercano, porque esta familia va a querer estar cerca, pero hazlo en un sitio público. Que se sienta seguro, ¿de acuerdo? Andrew entró en ese momento, mirando el sofá con expresión sufrida. Trabajaba para Deacon y era, además, un miembro más de la familia. Crick le había salvado la vida, si bien no la pierna, cuando estaban sirviendo en el extranjero, y Andrew había aparecido en la puerta de Deacon tras terminar su servicio. Llegados a ese punto, la familia no iba a dejar que se marchase incluso si él intentaba hacerlo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Esta noche voy a volver a dormir en la tumbona, ¿no? —preguntó, intentando sonar explotado. Jeff le sonrió ampliamente, cansado. —Bueno, puesto que no puedo hacer que te pases a la otra acera, grandullón, y no eres demasiado fan de los mimos en grupo, creo que deberías acomodarte en ella durante un rato. La mano grande y oscura de Andrew se alzó para revolverle el pelo a Jeff a pesar de la cuidadosa capa de productos para el pelo que este usaba para evitar que se le quedase de punta, como si una manada de vaquillas se lo hubiese peinado a lametazos. —De acuerdo. Pero ya que las niñas están en la cama, ¿podemos ver algo para adultos? Jeff se animó. —¿Sentido y sensibilidad? —¡Sí! —coreó Amy, casi saltando de la emoción sobre su regazo. Cogió el mando a distancia de la mesita del café y empezó a revisar la lista de Netflix en la pantalla del televisor—. Jon la odia, nunca pude convertir a Benny en fan de Jane Austen y me muero de ganas de verla de nuevo. Crick se puso de pie tan deprisa que el sofá estuvo a punto de ladearse. —Voy a ir a ver cantar a Deacon —murmuró. —¿Durante dos horas? —Jeff se las arregló para guiñarle el ojo. Crick puso los ojos en blanco. —Al menos hasta que el tío bueno que corteja a Kate Winslet aparezca —respondió con sequedad. Amy se rió con nerviosismo. —Veo que has intentado convencer a Crick —dijo Jeff con sequedad, y Amy volvió a acurrucarse entre sus brazos. Su marido, Jon, planeaba recogerla a ella y a la pequeña en una hora, pero Jeff supuso que el beneficio de tener un antiguo novio gay (y toda una montaña de amigos gais, punto) era que a una chica nunca le faltaban compañeros de mimos. Podía vivir con ello esa noche, incluso si significaba que nadie iba a tejer. Punto. Final.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

MINUTOS más tarde, Deacon y Crick salieron de la habitación de las chicas. El primero dejó escapar un profundo suspiro y se acomodó en uno de los cómodos sillones para ver la televisión. Crick refunfuñó y Deacon puso los ojos en blanco, y se cambió al sofá para sentarse a su lado. Jeff se vio obligado a sonreír. Deacon cambiaría las estrellas de sitio por Crick. Cambiarse de asiento no era tan importante. Todos siguieron mirando la televisión, Jeff y Amy completamente absortos, hasta que Deacon volvió a suspirar, hizo que Crick le pasase el mando a distancia y pausó la película.

QUINCE

—El restaurante —dijo en el silencio. —¿El que está al lado de la gasolinera? —Jeff no estaba sorprendido; Deacon y Crick desayunaban allí a veces. Era un lugar muy decente para una ciudad pequeña de restaurantes de medio pelo. —Sí. Está cerca de El Púlpito, puedes llevar a algunas personas pero no a demasiadas y es un lugar público. Ese chico y tú os sentáis, tomáis una comida civilizada y ves lo que quiere. Lo único que tienes que decidir es a quién quieres llevar contigo. Jeff se mordisqueó el labio, pensativo. —Crick—dijo, porque era su mejor amigo—, y Kimmy. —¡Hey! —protestó Amy. Jeff la miró y se encogió de hombros. —Kimmy y Shane están pasando por todo ese programa para aprender a ser consejeros, dulzura. Se lo pediría a Shane, pero creo que eso sería pasarse con el número de hombres grandes, blancos y gais en la mesa. —¿Blanco? —preguntó Andrew. Aunque la ciudad cercana de Natomas era bastante diversa, en Levee Oaks cualquier piel de un color más allá de un buen tostado por el sol era una minoría muy pequeña. —Sí —dijo Jeff de manera ausente, deseando poder reiniciar la película y desaparecer—. Kevin era negro... ¿qué? —Los miró a todos, Andrew incluido, porque todos le estaban mirando con los ojos muy abiertos—. Yo era el niño blanco que hacía teatro; se suponía que tenía que salir gay. Kevin fue una completa sorpresa. 44


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¡Ya te digo! —murmuró Andrew, asintiendo. Y a continuación, a pesar de que todo el mundo le miraba con los labios apretados y juzgándole, hizo una mueca y puso los ojos en blanco—. ¿De dónde dices que es el chico? —Georgia —dijo Jeff, preguntándose por qué preguntaba. Andrew negó con la cabeza. —Oh, Dios mío... Algún día me contarás cómo te las ingeniaste para seducir a un chico de Georgia; ¡eso no es algo que ocurra sin más! —Y entonces, antes de que Jeff pudiera sacudir la cabeza y decir que Kevin se lo ganó prácticamente con el «¡Ven y fóllame!», Andrew siguió hablando—. Y, de verdad, yo debería estar ahí, Jeff. Esto es algo completamente nuevo..., algo con lo que no sé si estás listo para tratar. Ser de color en California no es fácil. Ser de color en el sur es un mundo completamente nuevo para los chicos de California, ¿me entiendes? Jeff asintió con la cabeza, vagamente consciente de que no lo entendía en absoluto. —Entonces, ¿estarás allí? —preguntó, agradecido de todos modos por el apoyo. De repente, Andrew inspiró entre dientes. —¿Cuándo? —A las dos en punto, pasado mañana. Lucas va a recogerle en la estación de autobuses y a traerle. Para entonces Deacon también estaba emitiendo ese sonido siseante. —Ve —murmuró Deacon—. Estaré bien. —No puedo —respondió Andrew con brusquedad—. ¡Ese semental es un monstruo! No voy a dejarte solo, no cuando... —Andrew se calló, y Jeff se preguntó brevemente por qué antes de que Deacon volviera a empezar a hablar. —¡No, estaré bien! —¡Olvídalo, Deacon! —Tanto Crick como Drew saltaron, y Deacon se sonrojó.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Debo entender que en lugar de venir, alguien va a mojar? —preguntó Jeff, esperando que su humor ácido pudiera allanar la brusca emoción que había llenado la habitación de estática. —Sí —le dijo Deacon. Jeff no pasó por alto la mirada que le estaba dirigiendo a Crick—. Lucy Star. Hay un grupo al sur que quiere de verdad uno de sus últimos potrillos, pero su semental no está entrenado con los muñecos. Jeff sopló y miró con tristeza la pantalla detenida. —¿Podríamos aclararlo para aquellos de nosotros que no creemos que los caballos sean atractivos a no ser que tengan a hombres medio desnudos encima? La suave risa de Deacon fue suficiente como para apaciguarle. —Normalmente los sementales son entrenados para que follen a un caballo de mentira; el muñeco de un caballo. Se corre en un jarro, le enviamos ese jarro a alguien y entonces a alguna yegua le toca la lotería sin que la dejen para el arrastre durante el excitante sexo entre caballos. Este no lo está... y si no estamos ahí para controlarlo, Lucy podría terminar seriamente herida. Jeff parpadeó, mirándolo. —¿No llevan teniendo sexo los caballos sin ayuda durante miles de años? —Sí, pero no ha estado siendo demasiado divertido para las yeguas. Lucy es una amiga... Ambush no tiene que invitarla a cenar, pero quiero asegurarme de que ese cabrón tampoco la hiere. —Es un trabajo para dos personas —dijo Andrew, y esta vez Jeff lo entendió. Crick era bueno con los caballos, y sus heridas eran cada vez más un impedimento menor, pero para algo como aquello la pierna ortopédica de Andrew sería menos problema que el brazo y la mano lisiada de Crick. —Bien, ¡entonces tienes que hacerlo! —dijo Jeff, deseando internamente no ser tan buen tipo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Estaré bien solo —intercedió Deacon, y Crick dijo «Deacon...» con una voz baja algo amenazante. Jeff se arrancó de su propia miseria el tiempo suficiente como para darse cuenta de que entre ellos dos pasaba algo que nadie más sabía. Miró a Amy, pero esta se encogió de hombros, y ambos escucharon juntos cómo Andrew y Crick llevaban a cabo algún tipo de sutil chantaje emocional para hacer que Deacon aceptase que Andrew no podría ayudar a Jeff en esta ocasión. Tenía que quedarse en el rancho y ayudar a Deacon. Así que estaba resuelto, pensó Jeff, sintiéndose un poco mejor. Hizo que Deacon volviera a darle al botón de reproducción y volvió a mirar su película de consuelo en paz.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

COLLIN: DEUNVISTAZO A ENAMORAMIENTO

UN

—¿POR QUÉ no se lo preguntas tú mismo? —inquirió el hombre bajito de pelo rizado y rubio, irritado. La irritación parecía ser su emoción principal, pensó Collin mientras se movía afanosamente entre las mesas del restaurante de su madre. Al trabajar una vez a la semana como empleado de su madre mantenía su póliza del seguro, la misma que le estaba manteniendo con vida. No le importaba; era dueño del taller de coches que había justo al lado, así que tan solo era cuestión de poner a Josh, uno de sus empleados, a cargo por un día e ir corriendo a ayudar a su madre durante la hora punta. —Porque es tu novio —dijo Jeff encogiéndose de hombros—. Él es el que hace milagros arreglando coches; ¡yo solo conduzco esas malditas máquinas! Oh sí, Collin recordaba a Jeff. Jeff había ido al restaurante de su madre de vez en cuando durante el último año y, en cada ocasión, Collin se había preguntado: «¿Digo algo? ¿Me recordará? Ese tipo prácticamente me salvó la vida... ¿no debería darle las gracias o algo?». Así que tras el primer “avistamiento”, alrededor de un año antes, le había algo así como perseguido cada vez que aparecía. Aquel día, por ejemplo. Collin había estado repasando las cuentas en su taller cuando, de repente, al alzar la vista había visto el Mini Cooper aparcado delante del restaurante. ¡Abracadabra, pata de cabra! Se había quitado el mono de trabajo, se había puesto corriendo el delantal, le dijo a Josh que se quedaba solo en el taller y, de repente, Collin era el mejor hijo/ayudante de camarero del mundo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Una dulce señora levantó el vaso, pidiendo más agua, y Collin le lanzó una mirada desagradable. Maldita sea, ¿cómo iba a escuchar la conversación personal de Jeff si estaba en la cocina cogiendo una jarra de agua? Se recordó a sí mismo en el último minuto que debía comportarse. Servir a la clientela y ser dueño de su propio negocio le había enseñado, al menos, cómo no ser un completo idiota con los inocentes y desprevenidos. Solamente se dio más prisa para poder escuchar al encanto atractivo de rostro estrecho, barbilla puntiaguda, ojos marrones y cabello oscuro, claramente el que era penetrado en una relación, que estaba intentando engatusar a su amigo para que el novio de este le arreglase el Mini Cooper. Cuando volvió se les había unido una mujer atractiva con el cabello castaño recogido en una trenza larga hasta la cintura y (madre mía y Dios mío), el legendario Crick Francis, a quien Collin recordaba. Los dos, junto con Jeff el Encanto, habían sacado sus labores para tejer. Collin intentó no poner los ojos en blanco. ¿Había algo más adorable que un par de chicos tejiendo con su amiguita? Por supuesto, la pequeña diva rubia parecía el más posesivo con la mujer castaña; quizás no le gustaba compartir. —¿Me estás haciendo algo, mujer vaca, o eso es solo una simulación falsa, como tu vida sexual? y —Te estoy haciendo una mordaza, Mickey, para que pueda tejer en paz de una puta vez. Collin se ocupó de la mesa que estaba frente a ellos e intentó no sonreír (tenía suerte de que en esa mesa realmente había trabajo que tenía que hacer, o simplemente les habría rondado con aire siniestro). Oh, esa mujer le gustaba. Le recordaba a su hermana mayor, Joanna. A Joanna también le gustaba esa palabra... y no dudaba en usarla. —Si quieres tejer en paz, ve a esconderte al baño. —Mickey se encogió de hombros. Tenía un acento ruso encantador, pero Collin no estaba ni de cerca tan interesado en él como lo estaba en Jeff. Jeff parecía cansado. Sus hombros angulares estaban caídos sobre la mesa, y seguía la conversación que había a su alrededor con una sonrisa

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane fatigada. Pero aún así consiguió invocar un poco de su teatro para ese último comentario. —¡Eso es simplemente... simplemente puaaaaaj! —Agitó las manos con desagrado, y Mickey puso los ojos en blanco. —Tú no vives con ella. Lee ahí dentro, hace sus deberes y acaricia a los gatos. Quizás si tejiera ahí dentro, ¡por fin terminaría mi puta sudadera! —Dijo lo último con énfasis, y Collin no pudo evitar detenerse y mirar. En alguna ocasión había visto a gente tejer, y había visto a gente enseñando el dedo, pero nunca en su vida había visto a una mujer tejiendo y enseñando el dedo al mismo tiempo. —Solo estás celoso porque tejí antes la de mi hermano —dijo la mujer con suficiencia, con el dedo medio todavía extendido, y Jeff la miró con admiración. —¿Hiciste una sudadera para Shane? Kimmy, corazón, eres una maravilla. Es tan grande como una montaña... ¡debes de tejer como el viento! —Las manos de Jeff estaban ocupadas, pero sus codos se balancearon en un gesto dramático reprimido. Dios, era divertido mirarle—. En serio, Kim; estoy completamente impresionado. En el instituto Crick había sido llamativo y difícil de pasar por alto. Puede que fuese la compañía (Jeff era, sin lugar a dudas, la cosa más gay que Levee Oaks había visto desde los años cuarenta, y aquella pequeña diva rusa no estaba demasiado lejos), o quizás fuera las cicatrices de aspecto doloroso que tenía en el brazo y la mano, al igual que su ahora famoso servicio en Oriente Medio, pero había algo en él que se había suavizado, que se había vuelto sutil, silencioso y un poco peligroso desde la época en que Collin le idolatraba como un estudiante más joven. Mirándole en aquel momento, a través de unos ojos adultos, Collin podía ver que, para ser un chico, era simplemente atractivo, con pómulos altos y unos ojos castaños grandes y líquidos. Ahora había una paz en él que no había estado ahí durante el instituto. Collin podía entenderlo por completo. Kimmy estaba sonriendo con suficiencia, sonrojándose un poco ante el halago. —Hice trampas. Usé hilo de casimir.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Pero no lana gruesa... —Jeff todavía sonaba como si eso fuera algo bueno, hasta que Mikhail le interrumpió. —Sí, ¡pero la ha hecho marrón! —¡Shane se ve genial de marrón! —Defendió Crick, sorprendido, y Collin tuvo que sonreír. Sí, todavía quedaba un poco del hombre rematadamente gay en Crick. Mikhail sorbió por la nariz y puso los ojos en blanco. —Shane se ve genial con todo. Tan solo desearía que pudierais verle con alguna otra cosa que no fuera marrón. Jeff y Kimmy cruzaron una mirada y el dedo medio de la segunda descendió. A Collin, todavía observando, empezaban a gustarle mucho los amigos de Jeff. Estaba pensando en acercarse a su mesa y empezar una conversación, aun a pesar de que lo único que tenía era algo tan completamente brillante como «Um, ¡tejer es guay!». Pero su idea, pensada a medias, fue interrumpida por la campanita de la puerta y una improbable pareja de hombres entrando por ella. El mayor debería rondar los veinticinco, con el cabello de un rubio castaño por los hombros, los ojos marrones y un moreno envidiable. El adolescente que iba a su lado era casi tan alto como él; cerca del metro ochenta si tenía que adivinar. Era negro, con lo que parecía uno de esos cortes de pelo tan a la moda en que parte del cabello, negro y con rizos cortos y apretados, estaba rapado con cierto diseño. El chico era desgarbado y serio, con unos hombros que amenazaban con ser realmente alarmantes cuando madurase y el labio superior curvado en un gesto de hostilidad; estaba buscando algo que golpear. Collin se preocupó un poco cuando Jeff miró a sus amigos y soltó un suspiro de preparación mental que la madre de Collin probablemente oyó incluso desde la cocina. —Mi momento, chicos —dijo en voz baja, y la mano de Kimmy le apretó el brazo con suavidad. —Recuerda que estamos aquí por ti, pequeño. Jeff le besó la mejilla y se les acercó con las manos en los bolsillos de la sudadera en la que estaba estampado el logo de AEROPOSTALE, en

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane una postura defensiva. Pero las sacó y enderezó los hombros cuando se acercó al mayor, extendiendo una de las manos para darle la bienvenida. —Lucas, me alegro mucho de conocerte. —Indicó con un gesto de cabeza su pelo—. No sabía que habías dejado el servicio; espero que la vida civil te esté tratando bien. Lucas extendió la mano y a continuación, para sorpresa de todos, tiró de Jeff para darle uno de esos abrazos de macho, de la clase que incluían un golpe en la espalda con el puño. Jeff parecía estupefacto, pero devolvió el golpe con algo de incomodidad. Cuando se enderezó parecía mucho más relajado. Lucas se veía un poco retraído pero decidido. —Kevin era mi mejor amigo —dijo con brusquedad—. Yo... ya sabes. Estuvo perdido durante toda su vida, buscando a alguien y algún sitio donde estar a salvo. Cuando nos embarcaron, me dijo que había encontrado un hogar. Yo... estaba contento por él, de verdad. Sencillamente me alegro de que te encontrara antes de... ya sabes. La sonrisa de Jeff era torcida, como si no se hubiera asentado bien tras haber estado desaparecida durante mucho tiempo. Alzó la vista hacia el más joven, que se removía, incómodo. —¿Martin? Un par de ojos oscuros y enfadados le miraron, y Jeff probó a mostrar una sonrisa ganadora que no le consiguió nada de nada. —¿Qué tal si nos sentamos por aquí? —preguntó Jeff, señalando la mesa junto a la que había estado sentado—. Mis amigos están en esta mesa: Mikhail, Kimmy, Crick, este es Martin Turner. Kimmy fue la que se levantó y sonrió con amabilidad. —Hola, Martin. Me alegro tanto de conocerte. —Los ojos de Martin se abrieron de par en par, y sonrió automáticamente. Kimmy era una mujer guapa, y tenía esa clase de cordialidad que atraería a un chico que estuviera lejos de su hogar.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Hola, señora —dijo el chico con suavidad, y Collin notó algo de un profundo acento sureño. «Dios, Jeff; ¿de dónde ha salido este chico?»—. ¿Por qué está aquí? De nuevo esa sonrisa amable. —Estoy estudiando para graduarme como asesora, y Jeff pensó que podrías necesitar una amiga que... que no fuera tan diferente a ti, ¿sabes? Martin frunció los labios y la miró dubitativo. —Bueno, señora, no es como si fuera negra. Jeff puso los ojos en blanco y suspiró, aunque lo habían considerado. —Teníamos a un hombre negro heterosexual por esa misma razón —dijo de mal humor—, pero al parecer tenía que ir a ver a un hombre para hablar sobre un caballo. El chico giró la cabeza y le miró fijamente. —¿Estás bromeando, gilipollas? ¡Porque no me tomo a la ligera que me tomen el pelo! Jeffnegó con la cabeza, al parecer ignorante del enfado del chico. —¡Ya me gustaría! Andrew también es un tipo genial; te caería bien. Pero trabaja en un rancho de caballos que hay aquí cerca, y hoy le necesitaban urgentemente. Probablemente le conocerás más adelante, si quieres, pero mientras tanto, ¿no te gustaría comer algo? Quiero decir... —Jeff hizo una mueca y Collin, que le había oído hablar, se preguntó qué estaba luchando por no decir. ¿Era “dulzura”, “corazón” o “pequeño”? «¡Puedes llamarme “dulzura” cuando quieras!». Pero Jeff interrumpió ese pensamiento al hacer otro doloroso intento de hablar como un hombre heterosexual—. Martin, ¿no te gustaría comer un buen plato de comida? Este sitio tiene comida casera, y vienes de muy lejos. Deja que me siente contigo y te invite a comer. El chico hizo una mueca. Collin se preguntó cuánto hacía que no comía bien. Se le veía desarreglado; los tejanos, que le iban grandes, estaban arrugados, y la camiseta gigante que llevaba tenía dobleces y estaba manchada, al igual que la gran sudadera con capucha con el estampado de dibujos animados, posando como si fueran mafiosos. Bajo

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane toda esa ropa ese chico alto y desgarbado debía de pesar unos sesenta y ocho kilos, y eso empapado. Collin casi podía oír su estómago gruñendo desde donde estaba. Veinte minutos más tarde, Collin les estaba trayendo platos de comida. Una ensalada de patatas sin salsa para Jeff y pechuga frita, patatas caseras, judías con beicon y mantequilla y sopa de cebolla a la francesa para el chico. La conversación en la mesa seguía pareciendo tensa, e incluso eso se detuvo cuando llegó la comida. Collin sirvió café y un almuerzo ligero a la mesa de los amigos de Notó que Lucas, el tipo que había traído a ese chico, se había sentado Jeff. directamente y se había puesto cómodo. Le sonreía mucho a Kimmy, y ella le devolvió miradas precavidas. Collin, tras todos sus años sirviendo mesas, empezó a llenar los huecos. Le gustaba inventarse historias sobre los clientes, del mismo modo en que disfrutaba desmontando coches y volviéndolos a montar como si fueran rompecabezas grandes, irritantes y llenos de grasa. Los clientes eran impredecibles; los coches, en gran parte, eran total y completamente racionales, y juntos conformaban una vida agradable para un tipo que no había creído ir a vivir tanto tiempo. —Entonces, ¿cómo conociste a Jeff? —estaba preguntando Lucas. Kimmy sonrió con algo de amargura. —Si te digo que no lo recuerdo, ¿me creerías? —preguntó, y Mikhail y Crick resoplaron sobre su café. —Yo me creería que no recordases ni una puta cosa de ese día, mujer vaca —dijo Mikhail de forma ácida—. O me lo creería si no le hubieras estado tirando los tejos a ese pobre hombre como una novilla en celo. Kimmy hizo una mueca. —No fue mi culpa —dijo, sonrojándose. Alzó la vista hacia Lucas y se sonrojó un poco más—. Oh, Dios. Confía en mí. No quieres oír esa historia. Hablemos de ti, jovencito. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? Pero Lucas no iba a ser disuadido con tanta facilidad. —No soy tan joven —dijo rápidamente, y Kimmy arqueó las cejas.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Veinti... cuatro? ¿Veinticinco? —Veintisiete —aportó Lucas—. Y tú tienes... ¿veintinueve? —Treinta y dos —le dijo Kim, pareciendo un poco mosqueada. Había esperado que él fuese más joven, pensó Collin con perspicacia mientras le rellenaba el café e intentaba ser invisible. Era como su propio escenario de teatro, y a él le había tocado ser un extra del que nadie sabía nada. Por desgracia, ¡el maldito personaje principal no estaba haciendo nada para mantener la atención centrada sobre sí mismo! —No has respondido a la pregunta —dijo Kimmy en su papel de actriz de reparto—. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? Lucas, otro actor de reparto, encogió esos impresionantes hombros suyos bajo la chaqueta vaquera y la camiseta. Collin pensó con tristeza que era una pena que fuera tan evidentemente heterosexual. No es que él fuera a estar interesado en él en aquel momento, no con Jeff en la mesa de al lado, pero hacía mucho tiempo podría haberle gustado tontear con él. Lucas suspiró. —Bueno, durante todo el tiempo que quiera, supongo. Estaba viviendo con mis padres cuando los padres de Martin llamaron y me dijeron que se había escapado. Puedo quedarme siempre y cuando este sitio sea agradable y él me necesite. La expresión distante de Kimmy se ablandó. Collin estaba dispuesto apostar a a que probablemente contra su voluntad. —Eso es muy bonito. Mi hermano y yo estamos abriendo una casa de acogida para los chicos que se escapan de casa; no todos los chavales en el planeta tienen a alguien que vaya a cuidarles, ¿sabes? Collin había oído hablar de ese sitio; Casa Promesa. Ya se había restaurado una casa en una propiedad vacía durante el verano, y la enorme superficie a su alrededor se había limpiado y hecho habitable. Le quedaban cuatro sitios libres, tenía cuatro ocupados y un par de empleados, y a Kimmy y a su hermano les faltaba poco para recibir las credenciales en asesoramiento para hacerlo funcionar completamente. Collin no tenía ni idea de dónde encajaba la pequeña diva de pelo rizado

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane en ese plan, pero pensó que quizás era el “apoyo moral” del hermano de Kimmy. Hey, ese chico podría haberle apoyado a él durante el instituto, y Collin no habría tenido queja alguna. Pero ese chico no era Jeff. Y Jeff estaba, finalmente, abriendo la boca para ocupar el centro del escenario. —Um, ¿Martin? —¿Mmmmhh? —¡Oh Dios mío! ¿Ese chico todavía estaba comiendo? —Creo... —Le temblaba la voz. Jeff respiró profundamente para estabilizarse y una expresión de dolor crudo le cruzó el rostro. Collin se dio cuenta de que sus propias manos temblaban. Aquel hombre había sido su héroe durante cinco años, y su enamoramiento acosador durante uno, y Collin jamás se había dado cuenta de lo mucho que sufría; no se había dado cuenta para nada—. Creo que tienes una carta para mí. Martin le dirigió una mirada de hostilidad mortífera y a continuación gruñó. Se metió la mano en el bolsillo de la sudadera de mala gana, sacando un sobre que parecía viejo y polvoriento. Jeff asintió como si aquello no fuera lo más importante del mundo y extendió la mano para alcanzar el papel. La mano del chico lo aferró, y la mirada que le dirigió a Jeff era decididamente poco amistosa. —Mi hermano no era un jodido marica —dijo con voz temblorosa. Jeff cerró los ojos y tragó. —Tu hermano era uno de los mejores hombres que jamás he conocido. ¿Puedo leer ahora la carta? Insatisfecho pero evidentemente incapaz de pensar en otra réplica, el chico soltó la carta y tomó otro bocado de pechuga frita, patatas y salsa. Solo quedaban dos mesas ocupadas en el restaurante una vez pasada la hora punta, una de ellas la de los amigos de Jeff y la otra la de Jeff

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane mismo. Collin no se sintió nada avergonzado por mirar cómo Jeff leía la carta con manos temblorosas, porque todo el mundo en el restaurante le estaba mirando leer, incluso el chico, el cual, cuando Jeff empezó a secarse los ojos discretamente con el dorso de las manos, dejó de comer. —Oh, Dios —dijo cuando llegó al final—. Oh, Kevin... Señor. No... —Alzó la vista hacia Lucas con brusquedad, su rostro contorsionado por el dolor. —¿Lo sabías?—le preguntó, y Lucas apartó la vista. —Lo supuse —dijo—. Yo... uffff... que le den a todo...—De repente también Lucas se estaba secando los ojos—. Maldita sea, Kevin, ¡maldita sea, joder! —¿Es verdad? —preguntó Martin, mirando de un hombre al otro—. ¿Mi hermano se mató? ¿Le pegaste el SIDA, cabronazo, así que tuvo que matarse? El chico saltó de su asiento, abalanzándose hacia el otro lado de la mesa, y Collin reaccionó por instinto. Le agarró por la cintura y lo arrastró hasta el suelo en un derribo completo. La silla del chico salió disparada hacia Lucas y se hizo un repentino silencio después del estrépito, roto tan solo por los gritos del chico. —¡Sal de encima, hijo de puta, sal de encima, joder! —Echó el codo hacia atrás, y este conectó de manera sólida contra la nariz de Collin. A partir de ese momento todo en lo que Collin pudo concentrarse fue en las estrellas y más estrellas y en el hecho de que, «oh, joder», estaba sangrando sobre su camiseta. Se puso en pie rápidamente, echando la cabeza hacia atrás y buscando de reojo un dispensador de servilletas. El chico se puso de pie corriendo en un nudo de rodillas y codos y extendió la mano para ayudar. Collin sostuvo una mano en alto, deteniéndolo. —¡Ma....maaaaa!¡Nesesigamos gimpia aquí, agora! Oyó el grito de su madre, y entonces el chico miró las caras sorprendidas de todo el mundo a su alrededor, Jeff incluido.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin supo el momento exacto en que decidió escapar; él mismo probablemente había tenido la misma expresión en la cara cuando no pudo hacer frente al lío que había provocado. —Ahhhhh, ¡joder con toda esta mierda! —Y Martin se marchó, saliendo corriendo a la tarde llena de tonos grises y dejando un completo caos a su paso. Durante un momento la puerta osciló, abierta, y pudieron oír el ruido que hacían sus zapatillas Converse sobre el asfalto, esquivando a los coches que venían. —¡Iré a por él! —exclamó Lucas, y Kimmy salió detrás de él por la puerta. —Ahh, mierda... Alguien va a tener que decirle a las fuerzas de la ley que no ha hecho nada. ¡En esta ciudad le esposarán el culo solo por ser negro! —dijo Crick, y él y Mikhail salieron esprintando por la puerta, dejando sus labores a medio tejer detrás de ellos. Jeff se quedó de pie durante un segundo, mirando cómo la horda de gente desaparecía en busca de un chico perdido y confuso, y a continuación ladeó un poco la cabeza mientras Collin contenía la sangre que le manaba de la nariz. Con calma y serenidad, Jeff sacó un juego de guantes estériles púrpuras del bolsillo de detrás (o del trasero, por lo que sabía Collin), cogió otro puñado de servilletas y la jarra de agua helada de la otra mesa vacía. Antes de que Collin pudiera darse cuenta, el encanto de sus sueños de gran macho alfa le estaba diciendo, con toda competencia, que inclinase la cabeza y se sentara, «¡maldita sea, que te sientes!». La madre de Collin llegó corriendo con una fregona y un par de guantes de goma, que eran una práctica común a la hora de limpiar, soltando un pequeño tsch. —No es su culpa —dijo Jeff, tragando con dificultad—. Estaba intentando mantener la paz. —Aun así, puso los ojos en blanco en su dirección en un gesto bastante enfurruñado—. Puedo encajar un puñetazo, Collin. ¡Puede que sea llamativo, pero no frágil! —Lo pronunció “Frá giiil”, con un pequeño trino al final, y Collin deseó que la nariz dejara de sangrarle (maldita medicación; estaba bastante seguro de que había algo en su dosis diaria que estaba armándola con su coagulación, porque la semana anterior le había salido un padrastro que a duras penas estaba curado) para poder encandilar al chico y hacer que se sonrojase. Pero no, 58


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane allí estaba Collin, dios del sexo, con la nariz en el aire e intentando evitar que su madre se le acercara demasiado mientras él esparcía VIH por todas partes. «Oh, Dios santo y espera un puto minuto.» —¿Me lecueldas? Jeff negó con la cabeza y volvió a poner en blanco esos expresivos ojos marrones. —¡Guau, amigo, eres rápido! ¡Sigue acelerando y la próxima vez puede que no dejes que el adolescente aterrorizado salga por patas por la puerta! —¡Me ha loto la nalis! —protestó Collin, sintiendo que no estaba siendo visto en su mejor momento. Jeff resopló y tocó con suavidad el suave cartílago. Dolía, dolía como un hijo de puta, y el toque frío e impersonal era precisamente eso, frío y no sudoroso, sonrojado, excitante, ni ninguna de las cosas que Collin había soñado. Jeff también se mantenía apartado, así que sus rostros no estaban tan cerca el uno del otro, y le estaba mirando la nariz y no a los ojos.... «¡Au!». Collin hizo una mueca porque, ¡maldita sea, dolía! —Sí, dulzura, sé que duele, pero no creo que esté rota. Una bolsa de hielo, un cambio de camiseta y estarás listo para tener una cita esta noche, ¿verdad? «¡Ajá! Una oportunidad». —¿Invitas tú? —Collin intentó mover las cejas con tanta madurez como sentía que tenía esos días, pero Jeff de hecho tuvo la serenidad suficiente como para revolverle el pelo. —Oh, pequeño, no tienes precio. ¿No eres capaz de ver que estoy esperando a que me traigan una cola de equipaje emocional para poder cruzar la aduana? Los planes para ir a cenar no están dentro de mi futuro. Traiga, señora madre de Collin, deme eso, ¿de acuerdo? —Jeff cogió la bolsa de hielo que tenía Natalia con cuidado mientras esta miraba a su hijo con los ojos muy abiertos y una sonrisa divertida.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin se encontró apartando las manos de Jeff y cogiendo la bolsa para ponerla con firmeza contra el puente de su nariz. —Siéntate, mamá, tengo que ir a cambiarme. —Tenía que hacerlo... no se podía ir por ahí sin más con una camiseta ensangrentada cuando estabas infectado, ¿no?—. Primero limpiagemos, ¿vale? Jeff le dio una palmada en el hombro y suspiró. —Yo limpiaré, grandullón. Estabas intentando interpretar la parte de caballero de brillante armadura; lo mínimo que puedes hacer es dejar que el gay en apuros limpie los daños. Collin intentó protestar, pero Jeff le despidió con un gesto de la mano, con los ojos cada vez más cansados mientras lo hacía. —Ve, Galahad, ve. Necesito algo que hacer hasta que vuelvan de todos modos. Collin cruzó corriendo el descampado que hacía de aparcamiento hasta su taller, donde tenía una enorme pica con un cepillo rígido y montañas de jabón de manos de fuerza industrial, al igual que un par de mudas de ropa. Por un minuto se sintió apaciguado; los aromas de un motor caliente y el cemento eran el hogar para él, y su masculinidad se reafirmó. ¿Una palmada en la cabeza? ¿Como si fuera un niño pequeño? ¡Oh cielos, no! Jeff, el tipo en el que había estado pensando (acosando) durante el último año finalmente le hablaba... ¡de ninguna manera iba a dejarlo pasar de ese modo! Josh estaba bajo la capota de una furgoneta familiar muy usada cuando Collin entró, y seguía allí cuando salió. El coche estaba levantado con el gato hidráulico lo justo para que Josh estuviera debajo, con los pies sobresaliendo. Collin frenó con un patinazo, deteniendo la carrera con la que había recorrido el área de aparcamiento casi inmaculada, y se giró para decir algo. —Dios santísimo, Joshua, ¿cuánto vas a tardar en reemplazar ese maldito extractor en la unidad del aire acondicionado? Joshua se sobresaltó, porque Collin oyó como su cabeza golpeaba algo y alguna cosa caía a través del bloque del motor hasta golpear el cemento que había debajo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Maldita sea, jefe, ¿crees que el extractor es la única puta cosa rota en este montón de porquería? Ya he terminado con él, pero han pagado por una hora de trabajo y me gustaría ver esta cosa vagamente mejorada para cuando vuelvan, ¿está eso bien para ti? Collin sonrió de oreja a oreja. Joshua era como un tesoro nacional o algo así. Completamente heterosexual y abuelo de cuatro nietos, Joshua estaba aburrido hasta las lágrimas en su jubilación de un trabajo de dirección media, hasta que había visto cómo Collin abría el taller. Al parecer los coches siempre habían sido su pasión secreta. Había estado rondando constantemente mientras Collin lo instalaba todo, ofreciendo consejos, dando órdenes e incluso cargando las piezas y colocando el equipo hasta que Collin finalmente había saltado: «¡Maldita sea, viejo, si quieres un trabajo vas a tener que esperar a que tenga algún puto cliente!». Joshua había mirado el taller a su alrededor con admiración. «Creo que tendrás clientes, pero si no te importa preferiría que hicieran lo de putos en algún otro sitio». «¡No puedo pagarte ni un centavo!». «No quiero ni un centavo. Dame algo de dinero suelto cuando puedas permitírtelo y funcionaremos bien». Collin había empezado pagándole el salario mínimo, recortando el cheque muerto de vergüenza y sintiéndose como un mierda cuando calculó los impuestos. En aquel momento, sin embargo, pagaba a Joshua el sueldo completo de un mecánico, y este lo usaba para llevarse a su esposa a cruceros y malcriar a sus nietos. Bajo la capota de ese burdo intento de automóvil estaba una buena persona de cabeza veteada de gris y labios siempre fruncidos. La primera vez que Collin había flirteado con un hombre en su presencia, el anciano había arqueado las cejas. Collin le había mirado, retador. «¿Tienes un problema con eso, viejo?»´. «Tengo un problema con tus frases para ligar, idiota. Ni siquiera conseguirías una cesta de picnic con esa porquería. Solo porque seas guapo no significa que vayan a caer a tus pies, sabes. ¡Los hombres tienen más sentido común!». Collin se había reído. «¿Y las mujeres?». 61


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Joshua había carraspeado y se había recolocado la gorra de beisbol roja en el nido de pájaros que era su cabello gris acero. «Las mujeres nos siguen la corriente haciéndonos pensar que valemos algo. Probablemente tengas la idea correcta, figura. Ve tras los hombres; al menos ellos saben que somos fraudes con polla, así que estáis al mismo nivel. Ahora lárgate. Quiero terminar esta puesta a punto para poder ir a casa y que mi esposa siga tomándome el pelo un poco más». Collin se había marchado aquel día, pero no antes de darse cuenta de que podía llegar a querer a ese viejo, con todo el cinismo de su negro corazón. En aquel momento Joshua trabajaría en aquel coche hasta que le gustaran las oportunidades que tenía de funcionar durante un tiempo antes de que volviera a aparecer por allí. Si hubiese tenido otros coches esperando, se habría ocupado de ellos primero y después habría vuelto a la furgoneta mientras tanto. Pero no tenían más coches, y al viejo le gustaba trabajar con ellos, sin más. Collin tenía la sensación de que para él el taller era lo mismo que para Collin: un refugio, un santuario y un hogar. Y allí podía maldecir como un camionero y nadie se lo cuestionaría. Collin estaba bastante seguro de que para el viejo eso también era un extra. Pero en aquel preciso instante el amplio vocabulario de cuatro letras de Joshua no era lo que quería oír. En aquel momento, quería oír cosas sobre Jeff y sobre lo que le había hecho parecer infinitamente triste. Cuando volvió al restaurante, entrando por la puerta que estaba más cerca de la calle, todavía no había vuelto ninguno de los amigos de Jeff, pero el destrozo estaba arreglado, se habían enderezado las mesas y los platos se habían llevado a la cocina. La otra mesa estaba vacía, con las labores de tejer todavía encima, pero la mayoría de las tazas habían desaparecido y la comida estaba guardada limpiamente en cajas para llevar. Collin emitió un sonido frustrado, preguntándose dónde estaría Jeff. Su pequeño Mini Cooper azul todavía estaba fuera, pero a él no se le veía por ninguna parte. —¿Mamá...?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Natalie le miró desde detrás del mostrador, con el cabello teñido de rojo recogido en una cola de caballo crespa y su rostro algo ovalado todavía sereno y muy querido. —Está fuera, fumando un cigarrillo. Baja la libido un punto por este, ¿de acuerdo, Collin? Fuera de lo que fuera esa escenita, creo que acaba de recibir un buen golpe en las pelotas. —Mamá, llevo enamorado de ese tipo cinco años; créeme, ¡ahora no voy a apresurar las cosas! —¿Enamorado? Collin no quería tratar con la sorpresa de su madre, con sus preguntas ni con nada de toda la porquería que podía decirle, así que simplemente salió corriendo del restaurante por la puerta de atrás. Desde luego, el olor dulce de un cigarrillo urgente estaba allí para recordarle que no se había fumado su cigarrillo diario durante una semana. Trató de caminar más lentamente cuando dio el primer paso para no espantar a su presa ahora que finalmente había tocado tierra. Pero Jeff, al parecer, estaba muy lejos de poder ser asustado. Estaba apoyado contra la pared de ladrillos, con un pie reposando contra esta y mirando al infinito mientras inhalaba con deliberación y exhalaba lentamente en aquel día gris y lleno de nubes altas de noviembre. —¿Te has cambiado y has metido tu ropa en una bolsa, Skippy2? Collin contuvo un grito de frustración. Hombres jóvenes, mayores; estaba seguro de que se había tirado a un buen número, pero ninguno de ellos le había hecho sentir como un niño pequeño con tan pocas palabras. —¿Has encontrado a tu adolescente homófobo fugado? —preguntó, esperando que su voz hubiera vuelto a la normalidad. La bolsa de hielo había ayudado, y algunos Motrin habían aliviado la hinchazón. Al menos no era horrible. Jeff suspiró y volvió a inhalar, expulsando un fino hilo de humo en silencio.

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Canguro protagonista de una serie de televisión infantil australiana.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No, todavía no. Espero que Kimmy y Lucas le encuentren primero; es menos probable que le asusten. Collin asintió y decidió ir a por la pregunta de los cincuenta mil dólares más el extra de los cuchillos de carne y el juego de cubiertos. —Entonces, um, ¿quién es Kevin? Jeff le miró de reojo. —Tienes que conocerme mejor para poder saber quién es Kevin —dijo sin emoción, y Collin luchó contra un gruñido. —Bueno, sabes quién soy, ¿verdad? Los hombros de Jeff se encorvaron un poco y aquella postura desenfadada de “lo peor ha pasado y sigo vivo” desapareció ligeramente. —Sí —dijo en voz baja, mirando a Collin a través de las oscuras pestañas—. Lo recuerdo. Me alegro de ver que sigues vivo. Collin dejó que el calor de esa mirada suave y casi tímida le inundara. —Aquel día salvaste mi vida de verdad, ¿sabes? Jeff se encogió de hombros y su columna se enderezó. —Salvaste tu propia vida, chaval. Yo solo te presté un oído. Tuvo un repentino arrebato de brillantez. —Todo el mundo necesita un oído, Jeff. Incluso tú. —Ooh. Collin, quien normalmente dejaba a la gente en carne viva con su flamante personalidad, estaba terriblemente orgulloso de esa frase. Jeff tiró el cigarrillo al suelo con aire sombrío. —¿Crees que no se lo he dicho a todo el mundo que se daba cuenta de mi problema? —preguntó, y no había señal alguna de ese gorjeo en sus palabras, ningún signo del ostentoso ligón que Collin había visto acudir al restaurante de su madre durante el último año. Ahí solo había un hombre cansado que parecía un poco perdido. —Sí, pero no les has dicho qué había en esa carta que ha hecho salir corriendo al chico.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff inspiró con brusquedad y se secó los ojos con la palma de las manos. Hizo una mueca y sacó una pequeña botella de desinfectante de manos extra elegante del bolsillo. Collin arrugó la nariz. —Dios santo... Puedo oler esa mierda desde aquí. ¿Qué demonios es eso? Jeff le dirigió una mirada insultada. —Cítrico blanco, de Bath and Body Works. Por favor, chaval, no a todo el mundo le pone el desengrasante y el lavavajillas. Collin puso los ojos en blanco. —Perdóname si intento mantener el “hombre” en “hombre gay”, ¿vale? ¿Ahora me lo vas a contar o no? El bolsillo de Jeff vibró y este sacó el teléfono, suspirando. —Joder. El chico ha desaparecido. Maldita sea. Tengo que llamar a Shane. Él tendrá algunos amigos que pueden buscarle. —Jeff se giró para entrar, y Collin deseó darse un cabezazo contra la pared de ladrillo. Le tenía. Le tenía, justo allí, y no parecía capaz de acercarse más de lo que lo que había estado en cinco años. —¡Jeff! —le llamó justo mientras este sujetaba el pomo de la puerta de cristal. Jeff alzó la vista y Collin decidió correr el riesgo—. La última vez que hicimos esto me diste un abrazo que me salvó la vida. Um. ¿Puedo devolverte el favor? La expresión en el rostro de Jeff fue... casi pacífica. Era como si los abrazos fueran su lenguaje y por fin tuviera una oportunidad de comunicarse. A duras penas se molestó en poner los ojos en blanco mientras extendía los brazos y le dirigía aquel pequeño movimiento de muñeca para que se acercase más. Collin tenía su altura, y fue evidente que aquello le sorprendió, pero Collin no iba a esperar a la sorpresa. Con un paso estuvo entre aquellos brazos largos y angulares, envolviendo los hombros de Jeff con sus bíceps musculosos y sosteniéndole con una seguridad fuerte y llena de propósito.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff pareció sorprendido por un momento, y a continuación debió de ver la intención de Collin cuando este acercó más el rostro, colocando la mano en la nuca de Jeff mientras se lanzaba a por un beso.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: CUENTO DE HADAS ROTO ERATAN. Injusto. Sí, Jeff le recordaba. Los pómulos angulosos, la mandíbula cuadrada; todo eso se había rellenado, al igual que su pecho, y sus brazos eran realmente asombrosos. El cabello rubio oscuro estaba dividido en el medio y caía hasta rozarle la línea de la mandíbula. La mayoría de las veces que Jeff le había visto lo había llevado detrás de las orejas, recogido en una media cola de caballo, pero no aquel día. El cabello largo le hacía parecer joven, duro y... oh, maldición, la clase de chico a por el que Jeff habría ido en un segundo hacía medio millón de años. De cerca sus ojos eran... sorprendentes. Tenían un color normal: marrón, como los de Jeff, pero también tenían motas doradas y pinceladas de verde, con esas oscuras pestañas castañas, la boca, de labios finos y chico malo, estaba tensa con un ceño, y la manera en que abrazaba a Jeff era... «Oh, Dios»... Jeff a duras penas podía recordar ser abrazado de ese modo. La última persona que lo había hecho había sido Kevin. Por un momento, el peso del hermano de Kevin, de la carta que llevaba en el bolsillo como una pieza de bala de cañón, de la pequeña burbuja de hedonismo de Jeff, quedó apoyado sobre esas manos huesudas de dedos anchos. Jeff se sintió casi joven con esos brazos alrededor de los hombros, incluso mientras una de las manos le rodeaba la nuca y le ladeaba para un beso. Su boca se abrió bajo el giro triunfador de los labios llenos de Collin, la lengua de este entró en su boca. «Ahhh... ahhh, Dios...». y Debió de gimotear, derretirse, algo, porque en cuestión de dos segundos Collin le tenía contra la pared, con los hombros inmovilizados, y estaba saqueando su boca del mismo modo en que Patton saqueó las 67


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Filipinas, solo que con menos caqui y más... Oh, Señor, más lengua. Cinco años... ¿Podía haber sobrevivido de verdad cinco años sin ser besado?¿Sin que le abrazasen? ¿Sin oler el sudor ni notar el raspado de un poco de barba contra su barbilla? Collin gruñó. No había otra palabra para ello; un sonido sordo, cálido y posesivo proveniente de su pecho, y apretó las caderas contra Jeff y, «Oh, Dios...». Mierda... ¿no estaba en mitad de algo? Apartarse y escaparse bajo el brazo de Collin fue fácil, porque este no se lo esperaba, y terriblemente difícil, porque Jeff no quería hacerlo. —Eres un chico muy dulce —dijo, pero estaba jadeando, así que probablemente no sonó tan condescendiente como quer��a que sonara. Volvió a intentarlo—. Eres un chico muy dulce, Collin, ¡pero ahora mismo tengo cosas de las que ocuparme! Y, con eso, consiguió atravesar corriendo la puerta del restaurante y huir por el otro lado.

KIMMY

Y Mikhail le estaban esperando delante del restaurante. Al

parecer habían recogido todas sus cosas de la mesa mientras Jeff caía en un torbellino emocional, y ya estaban listos para marcharse. —¿Habéis pagado? —pregunto Jeff, esperando que hubiesen dejado una propina enorme. —Sí, y esta mujer vaca de aquí ha dejado media fortuna en efectivo. Espero que los ojos de ternero del chico valieran la pena, vaquilla... Ese dinero me habría pagado el alquiler en la vieja patria —dijo Mikhail. El coche de Crick todavía estaba aparcado fuera, así que Mikhail le dirigió una mirada amargada a Kimmy y, al ser el más bajito, se subió en la parte de atrás del Mini Cooper. —El chico no me estaba poniendo ojos de ternero a mí, Mikhail. ¡Además, creía que era tu culo el que te pagaba el alquiler en la vieja patria! —respondió Kimmy, y Jeff hizo una mueca. Mikhail y ella debían

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane de quererse mucho para que dijera algo así. Mikhail no estaba precisamente avergonzado de su pasado, pero tampoco dejaba que lo usasen como diana. —Está bien, habría pagado tu alquiler. Yo habría vivido en un puto palacio, ¿qué tal? Y estaba hablando de Lucas poniéndote ojitos de ternero. El otro era evidente que iba a por... ¿Qué quiere? —Porque Jeff acababa de girar la llave de ignición mientras todos se ponían el cinturón, y Collin estaba saliendo rápidamente del local con tres billetes de veinte en la mano. —Habéis pagado de más —decía el joven de mal humor mientras Jeff bajaba la ventanilla y le enviaba una mirada molesta a Kimmy. Esta se encogió de hombros. —¡No es como si tú le estuvieras dando amor! —saltó ella, y como una súbita tormenta en un cielo despejado, Jeff sintió cómo un sonrojo se apoderaba de todo su cuerpo. —Kimmy estaba intentando recompensaros por las molestias —murmuró Jeff, frunciendo el ceño, y ella sonrió dulcemente. Puesto que nunca hacía nada con dulzura, Jeff contuvo el instinto de enseñarle el dedo. —¿Les has mencionado que eres tú quien ha limpiado? —rugió Collin, actuando como el orgullo ofendido en persona, y Jeff se esforzó por mirarle a través de los ojos de “eres solo un chaval”, pero no parecía estar funcionando. Cuando miraba al chico de reojo, cuando no esperaba ver a un joven aterrorizado, Collin terminaba pareciéndose de manera sorprendente a Deacon. —No he mencionada nada. No sabía que ella había pagado de más y, maldita sea, dale la propina a tu madre si tu orgullo masculino se siente resentido. Es una mujer adorable. Y ahora siento tener que decirte que te largues, dulzura, ¡pero lárgate! —El chico saltó una valla de hierro —dijo Kimmy antes de que Jeff pudiera pisar el acelerador, motivado por la irritación y la vergüenza—. Lucas le ha seguido, pero lo ha perdido en el almacén que hay junto al dique después de que yo volviera a por refuerzos. Jeff se giró y la fulminó con la mirada. 69


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Cómo demonios sabes eso? Kimmy tenía un rostro oval y dulce con la clase de encanto que hacía que se librase tras usar la peor clase de lenguaje o las miradas más irritantes porque tenía un corazón cálido y los amables ojos marrones de su hermano, y era terriblemente atractiva. —Intercambiamos los números de móvil, estúpido. ¡Ahora haz las paces con el rey de los chicos monos y vamos! Jeff luchó por contener un grito y se giró para mirar mal a Collin. —¿Tienes algo que añadir? ¡Porque estamos un poco ocupados! Collin le miró con el ceño fruncido. —¿Vas a estar después en El Púlpito? ¡Porque sé donde está, y podría ir a buscarte! No pudo evitarlo; se le escapo un quejido. —Ha sido un beso, dulzura, no una declaración de amor—murmuró, y como no había cambiado la marcha del coche de punto muerto ni quitado el freno de mano, no les mató a todos cuando dejó caer la frente contra el volante. Pero la ventanilla todavía estaba abierta, y Collin se inclinó dentro del coche y colocó una mano cálida y exigente sobre su hombro. Entonces bajó la cabeza de manera que sus labios rozasen la oreja de Jeff, y aquel cabello más bien largo y de chico malo le cosquilleó en la barbilla. —Ha sido una declaración de intenciones, y ambos lo sabemos —dijo en un gruñido, y Jeff cerró los ojos contra la idea. Collin alzó la vista hacia Kimmy y Mikhail—. Iré a las seis... ¿estará él allí? —¡Oh, joder, sí! —dijo Kimmy, sonando encantada. Jeff le dirigió una mirada traicionada. —¡Vaquilla! La risa profunda de Collin llenó el coche, ya que todavía estaba medio dentro, y tomó la barbilla de Jeff con dedos fuertes, que olían a grasa de motor y a mucho jabón de manos industrial, y a continuación Collin le dio un beso de despedida duro, marcándolo, antes de apartarse del pequeño coche de Jeff y de su espacio personal. 70


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¡Estaré allí! —prometió, amenazador, antes de girarse hacia el restaurante. Jeff volvió a apoyar la cabeza contra el volante, con los ojos cerrados, y escuchó el motor al ralentí en mitad del sorprendido silencio. —Supongo que ninguno de vosotros no lo ha visto, ¿verdad? —preguntó tras un momento. Se arriesgó a girar la cabeza y vio que tanto Kimmy como Mikhail le miraban con idénticas expresiones de una malicia exaltada. Se miró las rodillas a través del volante. —¿Te estás quedando conmigo? —preguntó Kimmy—. Ha sido el mejor espectáculo que he visto en un año. ¿De qué cojones iba eso? —Cree que está enamorado de mí —dijo Jeff débilmente, enderezándose y quitando el freno de mano—. Voy a tener que corregirle. —Qué idea más agradable —dijo Mikhail, apreciativo. Kimmy le dirigió una mirada furiosa, y el pequeño ruso sostuvo las manos en alto—. No, mujer vaca. No estoy pensando en abandonar a tu hermano. Solo que es bueno saber que alguien así juega en nuestro equipo. Y creo que Jeff miente como un bellaco; ¿por qué querrías rechazar esa oferta? —¿A dónde vamos, Kimmy? —A recoger a Crick y a Lucas. Crick nos ha traído aquí, pero es él quien tiene las llaves. —Miró tras de sí e hizo una mueca. Ambos hombres eran terriblemente altos, y no había manera de que encajaran en la parte de atrás del Cooper con comodidad—. O quizás tan solo ayudarles a buscar. O pensar cómo demonios acercar a todo el mundo a su coche. O... joder, no lo sé, es una pesadilla de transporte en grupo y nosotros somos los únicos que no vamos andando. De cualquier modo, tenemos que ir tres kilómetros abajo... están cerca de la carretera del dique. Jeff soltó una maldición. Crick ponía buena cara, pero su cuerpo no estaba listo para una carrera tan larga, no si después tenía que volver a hacer el camino de vuelta. —Uno de vosotros va a tener que quedarse con Lucas una vez que le demos sus llaves —murmuró—. Crick va a tener que volver con nosotros. —La mujer vaca lo hará —dijo Mikhail con algo de desdén—. Él le estaba poniendo ojos de ternero, exactamente del mismo modo en que tú 71


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane estabas intentando no hacerlo con el camarero mecánico. Y creo que es hora de que tengas sexo. —Yo creo que debería ser Jeff—dijo Kimmy rápidamente—. Mi ex adicto a las drogas todavía se ve en el retrovisor. ¿Cuánto tiempo ha pasado, Jeff? ¡Estás empezando a soltar vibraciones de tía solterona! Jeff suspiró y deseó poder salirse de la carretera y huir. Deacon sabía la respuesta a esa pregunta, porque podía identificarse con él. Deacon habría pasado el resto de su vida sin sexo sin problemas si Crick no hubiese vuelto de Iraq. Crick conocía la respuesta, porque Deacon y él no tenían secretos, pero (mostrando un tacto sorprendente para ser Crick) no había mencionado demasiado al respecto. Pero, en aquel momento, Jeffno tenía defensas emocionales, o lo que fuera, y su pequeño y limpio secreto estaba a punto de quedar al descubierto. —Desde Kevin —murmuró, y un silencio de sorpresa oscureció el coche. —Dios santo —dijo Mikhail con respeto—. Creía que la virginidad de uno volvía a crecer después de tanto tiempo. —¿Sí? —preguntó Kimmy, interesada—. ¿Cuándo ha pasado eso? —Más de seis meses, Kimmy—respondió Mikhail con brusquedad. —Perra. —Vaquilla. Y diría que alrededor de los dos años —dijo Mikhail con decisión—. Porque por esos números estaba tu hermano cuando nos conocimos, y jamás había conocido a un hombre más inocente. Kimmy resopló. —Eso es solo porque es Shane. Todo su cerebro se ha quedado atascado en la virginidad permanente. —Ya no —dijo Mikhail con un orgullo considerable—. Pero estamos hablando de Jeff. ¿Cómo demonios has pasado cinco años sin follar? Jeff de verdad no quería hablar más sobre aquello. De hecho, no quería hablar más sobre nada. Mayormente quería irse a casa, darse un largo baño de espuma, acurrucarse con Con y Katy, mirar una película 72


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane reconfortante y comer chocolate. Incluso si su estómago no había estado del todo bien con la medicación, quizás era hora de que el chocolate volviese a convertirse en su amigo. Pero el silencio continuaba extendiéndose dentro del coche, Kimmy y Mikhail estaban esperando una respuesta y ambos estaban siendo bastante decentes rastreando su problema por todo Levee Oaks. —Una gran colección de los mejores juguetes sexuales del mundo —les dijo con sinceridad—. Y montañas de lubricante de sabores. Kimmy, corazón, ¿giro aquí o vamos a conducir hasta el dique y caernos al río? Porque, sabes, eso también sonaba como una buena opción.

HIZO FALTA hacer algunos malabares con el coche para situar a Lucas y a Cricky, al final, el chico seguía sin aparecer. Shane, el ex policía peludo y del tamaño de la presa Hoover, había puesto sobre aviso a su antiguo compañero, Calvin, para que mantuviera los ojos abiertos por si veía a Martin. —Le he dicho que se ha perdido, que está hambriento y cabreado, pero que no es un mal chico. Calvin le buscará, pero espero que no sea el único. Jeff suspiró y se dejó caer de espaldas sobre el sofá de El Púlpito, y Shane hizo una mueca solidaria. Crick estaba fuera, contándoselo a Deacon y probablemente ayudando a que ese caballo enorme y calenturiento tuviera sexo, porque Dios sabía que aquel parecía ser un trabajo para doce personas. Lucas también estaba fuera (en serio, ¿cuántos hombres adultos hacían falta?). Kimmy estaba en el dormitorio de atrás con Parry Angel, porque la pequeña se había alegrado tanto de tener a otra chica en la casa que había necesitado jugar a las muñecas inmediatamente, y Jeff, Shane y Mikhail estaban en el salón, intentando estratégicamente no mencionar que se tenía que hacer la cena. Normalmente eran aquellos que holgazaneaban los que terminaban echando una mano. —Gracias —dijo Jeff en voz baja a Shane. No parecía capaz de invocar su habitual malicia, y pudo ver cómo Shane se preocupaba cuando sus expresivos ojos marrones se abrieron de par en par, confusos. 73


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Gracias? ¿Eso es todo? ¿Gracias?—Shane sacudió la cabeza con decisión—. Mmmn. No va a colar. ¿Nos vas a contar por qué ese chico se puso como un energúmeno o no? Porque toda la información indica que sabía que su hermano y tú eráis muy cercanos cuando entró en el restaurante. ¿Qué demonios ponía en la carta, Jeff? Jeff echó chispas por los ojos. —No quiero hablar de ello —murmuró, y se quedó descorazonado cuando Shane se giró agradablemente hacia Mikhail. —Mickey, ¿podrías hacerme un favor y empezar a hacer la cena? Jeff y yo tenemos cierto pasado, ¿vale? Mikhail puso los ojos en blanco. —Si no estabais desnudos, no es un pasado digno de dejar escrito. —Mickey, ¿por favor? Mikhail se puso en pie y le dio una palmada suave a Shane en la mejilla. —Menos mal que eres mono, gran y estúpido policía, o cocinaría lo mismo con lo que llevas una semana intentando envenenarme. Shane hizo una mueca y Jeff sonrió de oreja a oreja. Según todo el mundo, Shane no podía calentar un burrito en el microondas ni aunque le fuera la vida en ello. Jeff recordó entonces exactamente quién había comentado aquello, y su corazón volvió a hundirse. Miró con desaliento la pequeña habitación, con sus sofás cómodos y el jarrón con flores sobre la televisión, y no vio ni rastro de lana barata, papel para manualidades ni novelas románticas realmente subidas de tono. —Dios, echo de menos a Benny —dijo en el silencio, y Shane también suspiró. —Señor, y yo. Va a venir para Acción de Gracias, sabes. Jeff se animó. —¿De verdad? ¿Toda la semana? Porque deja que te diga, aun con lo mucho que quiero a Crick, esa chica es el alma de este sitio, ¿sabes?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Shane asintió, con algo en su expresión lo suficientemente protegido como para hacer que Jeff quisiera más información. —¿Qué? Se encogió de hombros. —No sé. Yo... la oí hablar con Deacon, y Deacon respondiéndole... había algo en el tono de sus voces. No creo que le vaya bien. Y ya conoces a Deacon... quiere que venga a casa, pero no quiere decirlo, no vaya a permitir el cielo que pida nada que él desee. Pero no quiere entrometerse en su educación y... ya sabes. Jeffasintió. —Sí. Es una enorme montaña de macho alfa en cuanto a necesidades suprimidas. Cariño, conozco esa canción, conozco su ritmo, puedo cantar la letra aun dormido. —Sí—dijo Shane con un brillo reprimido en los ojos—, pero eres el único hombre que he conocido jamás que trina las notas altas de un barítono. Jeff no pudo evitarlo. Soltó una risita y miró al gigantesco policía de cabello castaño y ojos marrones con verdadero aprecio. El año anterior Shane habría pensado esa frase, pero no habría tenido los huevos suficientes como para decirla. Un año después de haber encontrado a Mikhail (y de dejar las fuerzas de la ley para hacer algo que le encajaba de verdad), estaba mucho más relajado y menos incómodo. Y Jeff parecía importarle como un hermano en su pequeña familia poco convencional, y no actuaba como si fuera a irse a ningún sitio hasta que tuviera una respuesta. Y, desde luego, sus siguientes palabras fueron tranquilas y bajas, y Jeff pensó lo maravilloso que era que fuera a intentar ser un asesor para jóvenes, porque incluso los delincuentes juveniles más endurecidos tendrían que pensárselo dos veces antes de enfrentarse a una cantidad tan enorme de paciencia. —Sé que se lo vas a decir a Deacon, Jeff, ¿pero por qué no ensayar conmigo, de acuerdo? Quiero decir, si la jodo puedes ir lloriqueando a Deacon sobre mí y eso, al menos, te hará sentir mejor. 75


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff le miró con impotencia. Señor, la única falta de ese tipo era que creía que era un desastre cuando en realidad era el ser humano más agradable del mundo. Y Jeff, maestro de los sobrenombres maliciosos de voz aguda, no le había dejado vivir en paz desde que se habían encontrado hacía más de un año y medio durante la cena en El Púlpito. —No vas a joderla —dijo, manteniendo un tono de voz suave. Y en realidad, ¿cuál era el gran secreto? Había pasado hacía años, ¿verdad? Y Jeff había vivido bien sin saber los detalles. En realidad nada había cambiado, ¿verdad? Shane se encogió de hombros y oyeron un ataque de maldiciones, en ruso, proveniente de la cocina. —No se da cuenta de que lo hace —dijo Shane en voz baja mientras los hoyuelos de sus mejillas se profundizaban—. Le gusta pensar que solo habla en ruso cuando lo hace a propósito, pero cuando no se está concentrando... se le escapa. Jeff sonrió a pesar de sí mismo. Mikhail era un hombrecillo complicado e irritante, y Shane era uno paciente, tranquilizador y simple. Ver cómo los dos funcionaban juntos de ese modo era tanto inspirador como deprimente. En aquel momento desprendía la sensación de una familia, y quizás era eso lo que Jeff necesitaba para sacárselo todo del pecho. —Kevin... —Se le cerró la garganta y tragó con dificultad—. Tienes que entenderlo. Estaba tan orgulloso de estar en el ejército. Él... quería ser alguien a quien sus hermanos y hermanas pequeñas pudieran admirar. Quería ser la primera persona de su familia en ir a la universidad cuando terminase su segundo servicio. Él... —Oh, Dios. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había hablado de Kevin?—. Simplemente era tan terriblemente orgulloso, ¿sabes? Shane sonrió. —¿Era tan orgulloso como Deacon? —preguntó, y Jeff tuvo que reírse. —Sí—dijo con suavidad—. Casi exactamente igual de orgulloso. Al parecer, fue lo que le mató.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Cómo? Jeff apartó la vista. —Pues, se había hecho las pruebas de VIH antes de marcharse, pero todavía no tenía los resultados. Cuando mis números salieron altos, le escribí una carta... fue hace cinco años y todo lo digital no estaba tan implementado en el ejército como lo está ahora. Si sus resultados hubiesen sido positivos, le habrían enviado de vuelta a casa. Probablemente no habría sido liberado del servicio, hay muchas maneras de pillarlo, ¿verdad?, pero se lo habría tenido que explicar a su familia, y eso podría haber significado salir del armario, y entonces... todo ese orgullo... —A dónde va, ¿verdad? —Sí. Jeffinspiró profundamente e intentó decirlo bien. —Mira, cuando murió, todo lo que Lucas sabía era que estaban agachados detrás de un tanque quemado, rodeados de fuego enemigo y esperando un helicóptero que tenía que ir a sacarlos de allí. Ese trasto no estaba a más de diez minutos de distancia; no tenían que esperar mucho. Había una estructura cerca, algo un poco más sólido que el tanque, algo que les ofrecía más oportunidades. De repente Kevin se giró hacia Lucas y dijo: «Tengo un plan. Dame un segundo, y después salid pitando a poneros a cubierto». Shane siseó a través de los dientes, y Jeff le miró agradecido. Inocente, sí, pero nadie había dicho nunca que el grandullón fuera estúpido. —Yo...—Oh, Dios. Después de todo ese llanto encima de Deacon la noche anterior, había creído que recordaba el sabor real del dolor—. Su carta... Lo siento, chico de discoteca. Tenía montado en la cabeza todo ese futuro que incluía una cerca blanca para nosotros cuando volviera del servicio. Creí que, cuando estuviese listo, sería lo bastante fuerte como para contárselo al mundo. Pero no estoy listo, no soy lo bastante fuerte. No creas que no sé qué te he dado este problema, y si tengo que mirarte a

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane la cara, enfermo porque yo te infecté, bien podría ponerme yo mismo la pistola en la cabeza. Tal y como está todo, creo que dejaré que el enemigo haga los honores. Entonces Shane hizo lo inesperado. Extendió el brazo y cogió la mano de Jeff. Jeff se aferró a ella. —¿Te enseñan esto en la escuela de consejeros? —preguntó, manteniendo intacto el filo cáustico. —Sí. Estoy sacando dieces. —Otra mano grande y ancha se levantó y cubrió la otra mano de Jeff. —Es bueno ser un proyecto que dé puntos extra, grandullón. —Bueno, necesitas muchos cuidados. Simplemente me alegro de poder obtener algo a cambio. Y fue exactamente eso lo que enderezó la columna de Jeff, que arrancó las manos de mala gana de las de Shane. —¡Muchos cuidados! —chilló—. ¿Yo necesito muchos cuidados? ¿Puedo recordarte el año pasado? ¿Tengo que hacerlo? Porque deja que te diga, para cuando terminó esa puta semana, ¡yo mismo iba a apuñalarte! Shane se rió secamente entre dientes y se puso de pie mientras otra ronda de estrépito y maldiciones encendidas en ruso emanaba de la cocina. —Voy a ir a ayudarle antes de que reordene la cocina. Benny jamás nos lo perdonaría. —Y con eso le revolvió el cabello a Jeff, sin importarle todos los productos de fijación que utilizaba para mantenerlo en su sitio. Bueno, él podía permitírselo, pensó Jeff con el ceño fruncido mientras se peinaba con las manos. La enorme montaña de ex policía estúpido simplemente dejaba que el suyo se rizase como si fuera una zarza; no era ninguna sorpresa que no respetara el de los demás. Estaba a punto de ir a mirarse al espejo cuando se le ocurrió: maldito fuera Shane y su paciencia; de hecho había imbuido a Jeff con una pequeña dosis de serenidad. ¡Dios, el tipo era bueno! 78


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Y entonces se oyó el ruido de un coche desconocido acercándose por el camino, uno con un motor enorme, muy macho y bien dotado, y Jeff sufrió un momento de pánico. Oh, Dios. Fuera lo que fuera eso, sonaba como algo que Collin conduciría. —¡Oh mierda! ¿Es eso un puto Camaro? —La cocina daba al camino de entrada, y el deleite de Shane prácticamente sacudió las paredes—. ¡Mira eso, Mickey! Es un puto Chevy Camaro... ¡apuesto a que también lo han modificado! —¿Tengo que entender que eso es un coche? —El escepticismo de Mikhail le quitó algo de eco al aire. Jeff no se quedó allí sentado para oír la respuesta. Desde luego, cuando salió de la casa para apoyarse contra la barandilla del porche pudo verlo. El enorme coche era de un rojo brillante, como el de las manzanas de caramelo, con algún tipo de figurita sobresaliendo del capó para hacerlo parecer incluso más masculino e intrusivo. Jeff no pudo evitar un sonido de desdén. ¿Tan ostentoso? ¿De verdad?Jamás lo habría adivinado. Miró más allá de donde estaba aparcando Collin, hacia el crepúsculo medio desvanecido, para ver dónde estaban Deacon, Crick y Andrew, y si estaban preparándose para entrar pronto. Tampoco pudo evitarlo; una de las cosas principales que le habían atraído a la vida de Crick en El Púlpito era la mesa familiar, y necesitaba esa seguridad como nadie podía hacerse a la idea. Y habría dado su peludo huevo izquierdo con tal de no tener que hacer frente al chico que se las había arreglado para besarle hasta casi volverle tonto. Por desgracia, no parecía haber un servicio de coleccionistas para tal cosa; solo Collin, saliendo del coche, lleno de decisión. —¿Has encontrado ya a tu fugado? —preguntó mientras Jeff se apoyaba contra la barandilla. —No. Adolescente negro perdido en Levee Oaks. Alertaría a la prensa, pero entonces descubrirían este pequeño nido de gais y tratarían de

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane hacernos salir con humo como si fuéramos avispas. —Jeff agitó los dedos para indicar tanto el humo como las avispas, y la boca de Collin se curvó en una sonrisa. —¿Vas a invitarme a entrar? —Sus botas emitían sonidos sordos al subir los escalones de madera del porche, y Jeffnegó con la cabeza. —No es mi casa, chico. Espera hasta que Deacon vuelva de inseminar a su caballo y él te invitará a pasar. La boca de labios finos y de línea dura de Collin se curvó en una amplia sonrisa. —¿Inseminar a su caballo? ¡Tío, había oído que ese tipo tenía las pelotas cuadradas, pero no tenía ni idea! Jeff se sonrojó. Oh, por amor de Dios, de todas las jodidas cosas... maldita sea, ¡esa era una broma que debería haber hecho él! —¡Madura! —le reprendió, y Collin puso los ojos en blanco—. ¿Qué haces aquí? En lugar de apoyarse contra la barandilla a su lado, Collin se le acercó por detrás y se apoyó contra él. —Ya te lo he dicho, princesa —gruñó—, tenemos algunos negocios sin terminar de los que ocuparnos. Jeff se echó hacia atrás, haciendo que su cabeza conectase con fuerza con la mandíbula de Collin, pero no le importó. —¿De verdad? ¿Me vas a tirar los tejos hoy... de verdad? —Estaba perplejo. Ni un gramo de discreción. Ese chico no tenía ni un puto gramo de discreción, ni idea alguna sobre la gente, ni jodido sentido común. Tal y como evidenciaba la expresión completamente ignorante de su rostro. —¿Qué tiene hoy de malo? —¿Qué tiene hoy de malo?¿Qué tiene hoy de malo? Jeff era vagamente consciente de que estaba golpeando el suelo con el pie, agitando las manos y de que toda su serenidad cuidadosamente ganada a través de Shane acababa de alejarse de un salto del porche y se

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane había ido hasta la pila de estiércol que había al otro lado del establo. No conseguía que le importase una mierda... ni siquiera una del tamaño de un caballo. —Muñeco, ¿has notado que todavía estoy lidiando con el estropicio que armó mi novio muerto? Porque si existe un día en el que no hay que tirarle los tejos a alguien, ¡sería hoy! Puede que hayas notado que, hola, estoy colgando a duras penas del edificio que es la cordura, pataleando y gritando, ¿y ahora quieres acercarte y pisarme los dedos? —Espera un momento, pequeño, hay una razón para eso... Pero Jeffno iba a dejarle terminar. —Por qué cojones querría besar a un tipo que es incapaz de notar ni siquiera un estado de ánimo, ¡eso es lo que quiero saber! No estaba preparado para que las manos de Collin se disparasen hacia su camiseta, ni para el cuerpo de este, sólido y delgado, acorralándolo contra la pared de la casa. De repente volvían a estar cara a cara, y las manos le colgaban impotentes a los lados. Collin le estaba fulminando con una mirada llena de exasperación. —Quizás porque hoy necesitas a alguien, ¿has pensado en eso? ¡Quizás porque estoy intentando estar ahí por ti del mismo modo en que tú estuviste para mí! ¡Dios, esto me pasa por intentar apoyar a alguien! —¡Tengo montañas de apoyo! —saltó Jeff, terriblemente agradecido por ello—. No estoy solo en el universo, Collin. Aprecio el sentimiento, pero... Collin le interrumpió. —No estoy hablando de familia, genio, ¡estoy hablando de algo más grande que eso! Jeff sonrió con superioridad, porque sus entrepiernas se estaban tocando y era evidente que Collin tenía un paquete evidente, y ¿acaso no era digno del chico sacar ese tema? —Vaya, vaya... ¡qué humildes somos! —¡Y no estoy hablando de eso más de lo que tú estabas hablando de unos calzoncillos con suspensión como apoyo! —saltó Collin, y Jeff tuvo 81


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane que volver a sonreír de mala gana, admirándolo. Al menos el chico entendía rápido, y eso era agradable. Y entonces volvió a enfurecerse porque, maldita sea, el chico no debería estar allí. Jeff iba a cenar con su familia, a esperar noticias de Martin y a estar seguro, maldición, protegido y querido y toda esa porquería que te da la familia, ¡y lo había estado ansiando durante tanto tiempo! —Mira, Skippy —dijo Jeff con los dientes apretados, apartando las manos de Collin de su sudadera de Aeropostale a la fuerza—, se aprecia la ayuda, pero, ¿de verdad? Lo tenemos controlado. Si quieres quedarte a cenar haré que Deaconte dé una invitación, pero estoy bien, ¿lo captas? Collin tensó la mandíbula y entrecerró los ojos, y lo que quedó como resultado no era para nada una expresión infantil. —Eres increíble de verdad, ¿no? Tío, puede que tengas a tu pequeña familia toda feliz por lo bien que lo estás llevando, pero te llevo observando un año, ¡y puedo decirte que todo eso es basura! ¡Te sientes como una mierda y llamarme “Skippy” no va a hacer que mejore un carajo! —¡Bueno, una follada al azar con un camarero tampoco va a hacerlo, Skippy! —saltó Jeff, y ese rostro de mandíbula fuerte mostró una furia absoluta. Jeff resistió el impulso de taparse la boca sin ningún control con la mano, como si fuera un niño pequeño. No habría tenido la oportunidad, porque la boca de Collin cayó con fuerza sobre la suya, todo dientes, frustración, un enfado violento y pasión... Oh, Señor, sabía a provocación y a peligro y a... Jeff puso las manos sobre su pecho y empujó. —No estoy interesado en ser asaltado —jadeó, girándose hasta quedar de lado y retrocediendo por el porche—. Ahora baja y espera donde el coche e iré a buscar a Deacon. Collin se secó la boca (hinchada y magullada) con el dorso de la mano y le dirigió una sonrisa resuelta. —¿Qué pasa, Jeff? ¿De qué estás asustado? —De niños sabelotodo que joden con mi paciencia —respondió con brusquedad, sorprendido por su propia franqueza durante un segundo. 82


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin asintió como si aquello fuera lo que había estado pensando. —Mira, tío, no creas que no he aprendido nada mirándote. Eres bueno haciendo el payaso, ¿lo sabes? Te ríes, cuentas tus historias divertidas, das consejos grandiosos. Pero te vi los ojos cuando leíste esa carta, y si esa gente no puede ver que estás abierto en canal y desangrándote hasta la muerte, bueno, eso es porque el hombre no les importa lo suficiente como para mirar más allá del gay... ¡joder! Porque entonces, justo en ese momento, fue cuando la cortina roja se alzó frente a los ojos de Jeff y su puño conectó con fuerza contra la mandíbula de Collin.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

COLLIN: CARAMELOS DULCES YAMARGOS COLLIN ESTABA de pie, justo contra la barandilla del porche, y estuvo a punto de caerse patas arriba por encima de esta. Pero no lo hizo; se puso en pie de un salto desde la posición en cuclillas en la que había caído y su puño, todavía bastante rápido tras haber sido votado “el que más probabilidades tiene de pelearse por una moneda de diez centavos” de su clase en Levee Oaks, salió en respuesta y alcanzó a Jeff directamente en la mandíbula. Jeff trastabilló en las escaleras, aterrizó de rodillas y volvió a levantarse bufando como un gato. Y saltando como uno. Collin se encontró recibiendo una paliza de puños sólidos de un hombre furioso que parecía haber olvidado sus bromas, su voz aguda y su fachada frente al mundo en un esfuerzo por aporrear a Collin contra el suelo frío y sólido. Collin recibió un par de puñetazos; no quería hacerle daño, pero maldición, ese puño conectó de nuevo con su nariz y esta vez oyó el crujido y supo que estaba rota. Tenía que detener aquella tontería de algún modo. Jeff volvió a dejar caer el puño y Collin se lo sujetó, usando la inercia para girar tras él y sostenerle el brazo en alto contra la espalda. Jeff tan solo tuvo tiempo de graznar «¡Suéltameeeeeeee, cabrón hijo de puta!» antes de que ambos fueran golpeados por una oleada de agua helada proveniente de una manguera fijada al establo. Jeff gritó como un pajarillo y Collin maldijo como un marinero, y aun así el estallido de agua continuó cayéndoles encima hasta que ambos estuvieron en el suelo con las manos encima de la cabeza intentando evitar que aquella munición punzante y desagradable les cayera en los ojos o en la boca.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane El agua se cortó de repente, y lo que quedó fue una agradable voz de barítono gritando. —Dios, Crick, maldita sea. ¡Te había dicho que la cortases! —¡Uy! —Crick no sonaba nada arrepentido, y Collin bizqueó más allá del agua que se le metía en los ojos para fulminar con la mirada a su antiguo héroe. Crick vio su expresión y puso los ojos en blanco, forcejeando con la palanca de la manguera con la mano mala. —No te muestres tan cabreado, Vivaracho; ¡si quieres venir a nuestra casa y empezar tonterías, deberías estar preparado para recibir un manguerazo! —¡Oh, ja ja! —respondió Jeff con brusquedad—. ¿Y qué hay de mí? —Se pasó las manos con cuidado sobre los ojos enrojecidos, parpadeando rápidamente; toda esa porquería que llevaba en el pelo debía de haberle entrado en los ojos. El tipo que daba las órdenes carraspeó. —Apostaría a que eres tú el que ha lanzado el primer puñetazo. Collin resopló, dolorido y salpicando sangre a todas partes, y Jeff pasó la mano tras su espalda y le dio una colleja. —¡A ver si consigues ahora esa invitación para cenar! —dijo sonriendo con suficiencia. —Andrew, ¿podrías ir a buscarme el botiquín de primero auxilios y los guantes sanitarios de usar y tirar que tengo en la habitación de los aperos? Vamos a necesitar un par para mí y otro para Crick, ¿vale? —dijo al mismo tiempo esa voz agradable y profunda. La nariz de Collin chorreaba sangre. Miró a Jeff de reojo y vio que el tipo al que había ido a seducir tenía el labio inferior partido y un corte en la ceja. Jodidamente fantástico. Dios, Collin hubiera jurado que todo el asunto del ligoteo se le daba mejor que aquello. Quizás necesitaba consultar su técnica con Joshua para pulirla un poco. —Lamengo los problemas —dijo, sintiéndose estúpido... otra vez.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Deacon (tenía que ser el legendario Deacon Winters, el héroe y buen chico de la ciudad hasta que salió del armario como el amor de la vida de Crick Francis), le dedicó una sonrisa apacible. —Sabes, si querías ser invitado a cenar tan solo tenías que pedirlo. Jeff bufó detrás de él. —¿Le vas a dejar comer aquí? —¿Dejarle? Demonios, Jeff, correría a pagarte tu primera cita. ¡Cualquier idiota que pueda meterse bajo tu piel así es alguien a quien hay que mantener cerca! Collin no pudo evitarlo. Estaba embarrado, mojado y casi con tanto como frío Jeff, cuyos labios mohínos parecían estar teñidos ligeramente de azul de estar mojado bajo el crepúsculo de noviembre. Parecía como si la nariz le hubiese explotado por los prejuicios y la sangre le goteaba por la cara, pero aun así sintió cómo una sonrisa le tensaba los labios magullados. Al parecer, estaba dentro. Al cabo de un minuto, sin embargo, la sonrisa desapareció. Deacon se cernía sobre él, con las manos dentro de unos guantes estériles lilas, comprobando si la explosión de dolor que tenía en la cara tenía que colocarse. —Sí, tienes una fractura, chico. —Gollin. —De acuerdo, Collin. Tenemos dos opciones. —Deacon sonaba como si le faltara un poco el aire, y Collin se preguntó si había tenido que correr cuando la pelea había estallado—. Podemos dejar que se asiente así y entonces sangrarás toda la noche y te dolerá como una hija de puta, o podemos alinearla ahora mismo. El dolor te hará vomitar, pero se habrá terminado y podrás seguir con tu vida. —Opción B —dijo Crick. Estaba terminando con Jeff, desinfectándole los cortes de la cara, y por un minuto Collin estuvo ciego de celos. Maldición; todo lo que él había querido era un momento dulce del chico, y le habían derribado de un golpe. Y Crick, que al parecer tenía

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane a Deacon cada vez que volvía a casa, conseguía pasar tiempo mirando fijamente los ojos de Jeff. Bueno, excepto por el hecho de que Crick estaba ocupado echando miradas de preocupación a escondidas a Deacon; Collin tenía que concederle eso. Intentó parpadear y centrar la mirada para ver si ese tipo estaba intentando enviar alguna clase de mensaje, cuando dos manos grandes, una de ellas con el pulgar un poco torcido, se colocaron a ambos lados de su nariz. —¡Espera! —tartamudeó, consciente de que Crick había elegido la opción B, pero aquella podría no haber sido necesariamente su primera elección. Pero Deacon fue rápido y eficiente. —Voy a contar hasta tres, ¿vale? —dijo Deacon. Y entonces—: Uno, dos... Y toda la cara de Collin crujió, explotó y le goteó por las cuencas. —¡¡¿Qué demonios ha pasado con el tres?!! —Su visión se había vuelto negra y sentía una poderosa necesidad de devolver la comida, justo allí, entre las rodillas. —El tres es un número aterrador. No nos quedamos cerca del tres. «Inspiraciones profundas, inspiraciones profundas, inspiraciones profundas...». ¡Dios santo! ¡Podía respirar! Collin bizqueó, mirando la cara de Deacon en la oscuridad lavanda mientras este sostenía una bolsa de hielo instantáneo sobre su nariz. —Gracias —murmuró, con tanto sarcasmo como sinceridad. —Cuando quieras. Siempre y cuando no asustes a los caballos. —Deacon colocó la mano de Collin sobre la bolsa de hielo y se puso en pie con pesadez—. De acuerdo, vosotros dos. Al cuarto de la lavadora. Aquí hace un frío de cojones. Crick y yo os buscaremos algo de ropa. —Alzó la vista y entonces se dirigió a un porche lleno de gente, como Collin se dio cuenta; estaba la pequeña diva rubia, la mujer guapa del restaurante, un tipo grande y fornido con cabello oscuro y rizado que llevaba a una niña pequeña de ojos azules, y un chico negro de tamaño medio que estaba en proceso de cargar a dicha niña en brazos para darle un cálido abrazo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —De acuerdo, todo el mundo, el espectáculo se ha acabado. ¿Tiene que empezar a hacer Crick la cena? —Lo tenemos cubierto, Deacon —dijo el hombre realmente grande—. Mikhail ha cocinado. No fue cosa de la imaginación de Collin; todo el mundo dejó escapar un enorme suspiro de alivio. —Muy agradecidos, Mikhail. Dejemos que estos dos se laven y podremos sentarnos. Y así fue cómo se las arregló para terminar desnudo con Jeff. Desde luego, ambos estaban apiñados en el cuarto de la lavadora de El Púlpito, cada uno arropado con una toalla grande y una manta para caballos, pero, bueno, sí, ambos estaban desnudos. Jeff era hermoso. Debía de usar alguna cabina de bronceado o algo; nada extremo, porque eso habría resultado peligroso, pero su piel tenía un tono dorado pálido por todas partes. Y también estaba bastante en forma, porque a pesar de todas sus líneas angulares era evidente que ese cuerpo estaba entrenado. Eran músculos de gimnasio, con el objetivo de ser atractivos, y funcionaban. Su cintura era larga, aunque no tan larga como sus piernas, y Collin había podido echar un vistazo a un culo coqueto y prieto cuando Jeff se había enrollado la toalla alrededor de la cintura antes de retirarse enfurruñado a su esquina con su manta. Eso estaba bien. Collin todavía podía ver un poco de pecho musculoso y delgado con algún avistamiento de unos bonitos pezones rosados, y en conjunto estaba encantado. Estuvo incluso más encantado cuando se dio cuenta de que él le había estado evaluando bajo esas cejas bajas y esculpidas. No pudo evitar la sonrisa de suficiencia que le tensó el rostro, y Jeff no pudo evitar notarla. —No te entusiasmes, Ramjet3. Nunca he dicho que no fueras guapo —saltó Jeff, y la sonrisa de Collin se convirtió en una completa de oreja a oreja.

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Motor a propulsión para cohetes.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Era más guapo antes de que me rompieras la nariz—dijo, pero lo hizo con felicidad, porque a pesar de que aún dolía y los ojos se le humedecían, le había conseguido una invitación a cenar. Y eso valía completamente la pena. —Sí, bueno, lamento eso —murmuró Jeff. Se miró la manicura con un suspiro, y la mirada fulminante que le dirigió a Collin debería haber hecho rizarse el vello púbico a Collin si le quedara vergüenza alguna. Pero estaba bastante seguro de que la había superado—. Acababa de hacérmela, ¡maldición! ¡Mi estilista jamás me lo perdonará! —Oh, princesa, tienes otros recursos, créeme. —Collin se aseguró de que su mirada se detuviera en los parches expuestos del pecho de Jeff, en la forma amoldada de su abdomen y en el ligero rastro de vello oscuro que desaparecía bajo la toalla de playa de Bob Esponja. Jeff puso los ojos en blanco. —Por última vez. Cierra. El puto. Pico. ¿Tú y yo, Skippy? No va a pasar, ¿me oyes?—Jeff suspiró y algo de su actitud se desvaneció. Lo que quedó fue un hombre cansado y encorvado frente a una vieja lavadora de carga vertical—. Tío, ¿y sabes qué? Con toda esta porquería que has traído, todavía no hemos oído nada del hermano pequeño de Kevin. —¿Qué fue lo que le acojonó tanto? —preguntó Collin. Y quizás se había ganado el derecho a saber, o quizás Jeff simplemente estaba cansado y preocupado, porque el hombre cansado no desapareció. —Su hermano se puso frente a la línea de fuego enemigo para no tener que volver a casa con VIH —dijo en voz baja—. Supongo que sus padres lo sabían, pero Martin acaba de averiguarlo. Así que, ya sabes. Simplemente se sentó en un autobús durante una semana para que yo pudiera decirle que no era verdad; que su hermano no era gay y que no... —La voz de Jeff se rompió y su mano hizo un gesto de aleteo. Y entonces simplemente se quedó inmóvil. Giró la cabeza y miró a través de la ventana del cuarto de la lavadora, a la oscuridad que parecía como un telón caído de terciopelo—. Que no preferiría morir antes que volver a casa conmigo. —No es cierto. —Oh, Dios. Ahora Collin se sentía de verdad como un capullo de categoría. Jeff había tenido razón; se había metido en un

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane asunto muy serio, y Collin entendía por qué no había querido a nadie sin una carga emocional lanzándole indirectas cerca. Pero Collin entendía algo sobre albergar a un pequeño hombre triste detrás de la cortina de felicidad, y sabía que a veces ese pequeño hombre triste simplemente necesitaba que lo abrazasen. —¿Dónde vas, Skippy? —preguntó Jeff, retrocediendo con tanta fuerza que su culo debía de tener magulladuras por la lavadora—. ¡No te he dicho que te me plantes frente a las narices, sabes! —Es una nariz muy bonita —le tranquilizó Collin—, pero no es por eso por lo que estoy aquí. —Y allí estaba. A quince centímetros del amor de sus sueños... y sin planear meterle mano siquiera. —¿Sí? —Y había un hilo de necesidad en la voz de Jeff que Collin no podría haber ignorado ni traicionado, ni siquiera intentándolo. —Sí. Al principio fue incómodo. El cuerpo de Jeff estaba rígido, y Collin tendía a sepultar cualquier cosa que estuviera cerca, pero se las arreglaron. Al cabo de un rato, Jeff estaba pegado contra él, su cabeza frágil sobre el hombro de Collin, y este relajó el pecho lo bastante como para ser suave y protector. Y allí estaban. Abrazándose en el cuarto de la lavadora de El Púlpito, y Collin tembló por lo bien que encajaba ese cuerpo delgado contra el suyo. Era agradable... tan, tan agradable. Entonces Jeff relajó la última fracción de su cuerpo y Collin dejó escapar un suave suspiro. Le abrazó solo con un poco más de fuerza, y dejó de ser simplemente agradable y se convirtió en increíble. —Puaaaj. —La voz de Crick tras ellos hizo que Jeff diera un salto, pero Collin se las arregló para permanecer exactamente donde estaba, manteniendo a Jeff contra él—. ¡Si hubiese sabido que ibais a estar liándoos, os habría dejado comer desnudos! Collin mantuvo su posición; sobre todo porque darle a alguien un abrazo no calificaba como “una pillada” en absoluto. —Gracias —dijo por encima del hombro—. Nos vestiremos en un segundo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Sí, lo que sea. Pero no hagáis mucho ruido o Parry va a venir a ver qué está haciendo su tío Jeff durante el centrifugado, ¿vale, Vivaracho? —Y con eso se marchó y al momento Jeff estaba armando un show al apartarse de entre los brazos de Collin. Sonrió, incluso mientras se tapaba los ojos con la mano. —Crick... —Jeff sacudió la cabeza—. Lo siento, tío. Crick es sencillamente Crick. —Intentó apartarse un poco más, pero los brazos de Collin se endurecieron alrededor de sus hombros. —Está bien —murmuró este, inexorable. Jeff debía de necesitarlo de verdad, porque se permitió que le abrazase un poco más—. Lo siento, sabes. —¿El qué? —La voz de Jeff resonó contra su pecho. —Por lo que fuera que dijese que haya hecho que me sacudieras en la nariz. Jeff suspiró e intentó apartarse una vez más. Collin no le dejó. Allí estaban, en tregua, cuando Jeff habló. —Esta familia lo es todo para mí, ¿entiendes? Collin le escuchó; le escuchó de verdad. —Lo entiendo —dijo. Con eso, Jeff finalmente se enderezó. —Me está dando un tirón en el cuello, Vivaracho —dijo—; sabes que soy tan alto como tú, ¿no? Y allí estaban, cara a cara, y Collin miró los ojos marrones de Jeff desde una altura muy nivelada. —Sí, Jeff. Lo sé. Jeff se sonrojó y apartó la vista, exagerando los gestos al ir a por la ropa que Crick había dejado. —¡Oh, Dios! —maldijo en tono de broma—. Crick, ¿de verdad? —Sacudió la cabeza, dejó caer la manta que tenía sobre los hombros y se puso una camisa de franela y unos tejanos.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Qué tiene de malo la franela? —preguntó Collin con curiosidad—. La franela y los tejanos son calentitos y recios. La mirada de Jeff era decididamente amarga. —Calentito y recio es calentito y recio. ¡Armani es absolutamente fantástico! Collin sintió cómo los labios se le curvaban en lo que sabía que era una sonrisa de enamorado. —Eres consciente de que haces que un desfile del orgullo gay parezca un mitin del Ku Kux Klan, ¿verdad? Jeff volvió a sonreír con suficiencia. —Te dan puntos extra si consigues que el tipo del elegante pijama blanco te haga una mamada, ¿no? Collin rió directamente y Jeff negó con la cabeza, dejando escapar un suspiro que sonaba como si soportase todo el planeta. —¿Collin? —¿Sí? —Lamento haber sido tan idiota. Quiero decir... Quería que te fueras, no te mentiré, pero no pretendía ser cruel, ¿sabes? He sido cruel. Yo... —Suspiró y echó la cabeza hacia atrás bajo una lluvia imaginaria—. Debería haberte tomado en serio desde el principio. Te lo mereces, ¿vale? «Oh, guau». Era como Navidad, pero mejor, porque estaba a punto de verle el culo a Jeff. —De acuerdo —concedió, intentando no sonar como un niño. De todos modos, Jeff probablemente no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupado intentando meter su culo delgaducho en los bóxers de otros hombres e intentando averiguar las complejidades de una cremallera de botones a la antigua usanza.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

LA CENA en El Púlpito se parecía mucho a las cenas en casa de su madre, solo que con más maldiciones. La gente que comía allí era como una familia; puede que incluso más cercanos unos a otros, porque, aunque Collin adoraba a su hermana mayor, podría haber vivido sin su hermana pequeña, Paige, que era mojigata y remilgada, y Charlene, solo un poco mayor que Paige, cabreaba a todo el mundo de modo sistemático y con malicia, pero tenían que aguantarla. En contraste, la gente que había en aquella mesa se habían escogido unos a otros. Sí, había algún choque de personalidades (el amigo de Jeff, esa pequeña diva arrogante, podría haber agotado la paciencia de todo el mundo si no se estuviera esforzando tanto para ser agradable con ellos), pero en la mayor parte tuvo la sensación de que lo que les mantenía allí y hacía que ayudasen con los platos tras terminar de comer, ofrecer postre y sacar refrescos los unos para los otros de la nevera que había en el cuarto de la lavadora era que se caían bien, y elegían ser una familia. Jeff les miraba a todos como si hubiera estado dispuesto a tumbarse frente al tráfico por cualquiera de ellos, en cuanto alguien lo pidiese. Lo que hizo que Collin empezara a sentirse cómodo con esa gente fue que ninguno de ellos parecía ir a hacerle preguntas. Pero aun así se ofrecían a hacer exactamente lo mismo por Jeff. —Entonces —dijo Mikhail (o “pequeña diva arrogante”)—, Jeff, ¿qué vas a hacer con ese chico si lo encuentras? Jeff se detuvo, con el tenedor lleno de algún tipo de maravilloso guisado camino de la boca. —¿Hacer con él? —preguntó sin entender, y Mikhail puso los ojos en blanco. —Y eso, exactamente eso es lo que pasa cuando vives solo. No tienes ni idea de cómo cuidar de nada que no sean tus felpudos. Hubo un silencio bastante sorprendido en la mesa, y Mikhail se fue volviendo rojo lentamente. —Gatos —dijo con retraso—. Gatos felpudo. Kimmy, de entre todos, fue quien empezó a reírse, lanzándole medio panecillo a Mikhail y cacareándose cuando lo esquivó.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Oh. Dios. Mío. Tenemos que traer a ese chico aquí; ¡hay demasiados gais en esta habitación si has olvidado el segundo significado de esa palabra! —¡Gato! —Parry Angel dio palmadas desde su sillita—. ¡Gato, gato, gato! —¿Te gustan los gatitos, Angel? —preguntó Deacon con indulgencia, al lado de la sillita. La pequeña le sonrió de oreja a oreja al hombre que tan intimidante le había parecido a Collin hacía tan solo media hora. —¡Quiero un gatito, Deacon! —dijo Parry con estrellas en los ojos. Deacon simplemente negó con la cabeza. —Tenemos caballos, Angel. —Yo cuidaría de él —dijo Crick de repente, y Deacon le miró sorprendido. —¿Quieres un gato? —Se supone que son buenos para la presión sanguínea —dijo Crick con seriedad, y para sorpresa de Collin, Deacon frunció el ceño. Crick devolvió la mirada de manera insípida y miró al resto de la gente que había en la mesa, pidiéndole a Mikhail que le pasara la leche en lo que era evidentemente un pretexto. Deacon dejó escapar un suspiro, negó con la cabeza y se volvió con cariño hacia la pequeña. —Si Crick está dispuesto a encargarse de la caca del gatito, Angel, no veo por qué no. —Le echó una rápida mirada al tipo grande de cabello rizado—. Shane, ¿tiene tu contacto en la Sociedad Protectora de Animales alguna posible víctima? Shane sonrió ampliamente a Parry Angel, que le devolvió la sonrisa. —Siempre. Sí, podemos encontrar uno para ella. Probablemente algo crecido, porque tiene que ser lo bastante grande como para defenderse. ¿Puedes soportar algunos arañazos, Angel? ¡Los gatitos son duros! —¡Gatito! —Parry evidentemente no oyó nada más allá del logro que parecía ser su sueño más ansiado, y Collin tuvo que reírse. 94


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Los hijos de mis hermanas son veteranos en las guerras de gatitos —dijo entre las risitas de la mesa—. ¡Aceptarán cualquier clase de abuso siempre y cuando empiece con bigotes y termine en una cola! —¿Cuántas hermanas tienes, Collin? —preguntó Deacon con aquella voz profunda. —Cuatro. Joanna, Gina, Charlene y Paige.—No fue consciente de lo expresiva que fue su voz hasta que oyó los gruñidos de risas contenidas alrededor de la mesa. —Entonces, um, dinos lo que piensas de ellas en realidad —dijo el joven negro (Andrew, ¿no?) desde el otro lado de Parry Angel. Collin no tuvo la gracia de sonrojarse. —Creo que Joanna y Gina son geniales, y si hubiesen ahogado a Charlene al nacer, puede que Paige hubiera salido medio soportable, ¿por qué? La mesa estalló en risas estridentes, y Kimmy se giró hacia su hermano, cacareando. —¿Dónde estaba este chico cuando éramos niños? La esquina de la boca fina de Shane se curvó hacia arriba. —A mí no me mires; tú serías a la que habría ahogado al nacer. Mikhail le sacó la lengua a Kimmy para enfatizar ese punto, y Kimmy se rió aún más fuerte. —¿Así que eres el dueño del taller que hay al lado del restaurante? —preguntó Deacon. La mesa se tranquilizó y Collin tuvo que controlarse para evitar que se le salieran los ojos de las órbitas. Reconocía aquello. Era lo que su madre había hecho a cada chico que sus hermanas habían traído alguna vez a casa, empezando por el ex marido de Charlene, a quien su madre había declarado un idiota obsesionado por el dinero. (Collin también se había dado cuenta de que se había pasado algún rato mirándole el culo a él, pero solo se lo había dicho a Gina, así que Gina fue la única que chocó los cinco con él en secreto cuando aquel mamón se escapó con su ayudante personal masculino y las inversiones de Charlene de su trabajo 95


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane como corredora de bolsa financiera. Charlene se había pasado los dos años siguientes culpando a Collin solo por ser gay, y este no lo apreciaba en lo más mínimo.) —Um, sí —dijo, sabiendo que lo estaban examinando como posible pretendiente de su “hermano” favorito, Jeff—. Se me dan bien los coches, fui a clases... y no llevo bien la autoridad. Tener mi propio negocio parecía la mejor idea. Todo el mundo en la mesa asintió, como si lo entendieran por completo, y se imaginó que la única alma en aquella mesa con una vocación tradicional era Jeff mismo. Así que quizás pudieran perdonarle por no ser un banquero o algo así. —¿El negocio va bien? —preguntó Deacon entre bocado y bocado. —Oh, sí; tampoco hace daño que mi único empleado fuera a trabajar gratis si yo se lo permitiera. —¿Joshua Spencer? —preguntó Deacon, y Collin se dio cuenta de que le estaba interrogando en profundidad con tan pocas palabras como era posible. Le dieron ganas de soltar un silbido de admiración. Aquel hombre era bueno. Y mono. Dios... tan mono. A Collin no le habría importado estar debajo con tal de tirarse a eso, pero tenía la sensación de que, herido o no, Crick le patearía el culo a lo largo de varios estados si lo sugería siquiera, así que no lo hizo. Tomó un bocado para fortificarse y asintió. —Sí. Tío, adoro a ese hombre. Es como una montaña de genialidad. Cuando se dio cuenta de que uso ordenadores y esas cosas para hacer los diagnósticos, empezó a ir a clases para aprender cómo usar el equipo online... y todavía no le había contratado. Solo quería saber cómo funcionaba. Habla a los coches como si fueran personas, y habla a la gente como si no fueran estúpidos. Si no hubiera vagabundeado hasta el garaje cuando lo hizo, yo tan solo sería otro arruinado con un negocio fallido, eso es seguro. —No llegó vagabundeando —murmuró Crick—. Aquello fue obra de Deacon. Collin estuvo a punto de dejar caer el tenedor.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Perdona? —Está diciendo tonterías —dijo Deacon, tan rojo de repente que parecía que la nariz y las orejas le brillaban. Había algo que no era del todo saludable en ese brillo, y Collin miró a Jeff para ver si se había dado cuenta. Pero este tenía la cabeza ladeada hacia Crick y no pareció notarlo. —No, ¿recuerdas? Fue justo antes de la boda de Jon y Amy. Estabas hablando con Patrick sobre el negocio nuevo que estaba abriendo. Le dijiste que te gustaría que el chico que lo estaba abriendo tuviera a alguien como tú tenías a Patrick, y Patrick dijo que conocía a un tipo que se moría de ganas de salir de casa. Tú fuiste quien lo sugirió... ¡yo estaba allí! Collin miró al patriarca de la casa con fascinación. No había dejado de sonrojarse, y no parecía capaz de encontrar su voz. —Patrick es un buen hombre —murmuró Deacon—. Yo no podría haber hecho funcionar este sitio si él no hubiese estado aquí durante esos primeros años. —¿Quién es Patrick? —preguntó Collin, y Deacon le dirigió a su pareja una mirada entristecida cuando Crick no contestó. —Era el mejor amigo de mi padre —dijo Deacon, respirando profundamente, como si le resultara difícil llenar el pecho con ese pensamiento en la cabeza—. Si no hubiese estado aquí cuando Crick se fue a Iraq, El Púlpito jamás lo habría logrado. Y para cuando fue hora de que se retirase, Andrew estaba aquí y volvió a salvarnos la vida. —Lo sé —dijo Andrew con una arrogancia fingida—. Realmente soy un regalo de Dios. Deacon le dirigió al joven una mirada agradecida, y una parte de ese sonrojo terminal se desvaneció. —Y también humilde —dijo con sequedad. Andrew le dedicó una sonrisa de oreja a oreja que le dijo a Collin que quizás Andrew había necesitado El Púlpito tanto como Deacon había necesitado a Andrew. —Bueno, te estoy agradecido —le dijo Collin con sinceridad—. No a ti, Andrew, aunque pareces un buen tío. —Esperó a que la frase de

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane listillo se desvaneciera durante un minuto—. Joshua es genial; fue un detalle de tu parte que pensaras en mí. Deacon se encogió de hombros. —Los pequeños negocios necesitan apoyarse unos a otros. —¡Y desde luego, a Levee Oaks podría irle bien unos cuantos gais más! —respondió Collin cordialmente. Se sintió satisfecho cuando Deacon se rió, incluso si lo único que dijo fue «Eso también», alzando las cejas en un gesto bastante conservador. A medida que la cena transcurrió, Collin empezó a ver por qué toda la mesa podía reunirse allí para hacer feliz a aquel único hombre. Todo, desde comprarle a un bebé un gatito hasta ayudar de manera casual a un desconocido... Deacon Winters estaba haciendo del mundo un lugar mejor, de manera activa y en silencio, a través de la simple amabilidad. Era algo que Collin, quien había tenido que trabajar duro durante mucho tiempo para ganar a su propio egocentrismo básico, no tenía más remedio que admirar. La cena terminó con el ruido de las charlas, y Collin se encontró lado lado con Jeff mientras lavaban los platos. a —¿Cómo hemos terminado limpiando? —preguntó, intentando hacer que Jeff sonriera. Había estado preocupado y en silencio durante gran parte del final de la comida. —No hemos ayudado a cocinar —respondió Jeff automáticamente— ¿Cómo de difícil puede ser encontrar a un jodido adolescente? ¿En serio? . Esta ciudad tiene el tamaño de una máquina expendedora de condones; ¡dos cuartos de dólar, girar la palanca y ese chico ya debería haberse caído sobre nuestro regazo! Collin tuvo que reírse. —Tienes gatos —dijo, sacando el tema de la nada; cualquiera cosa con tal de distraer al pobre tipo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Y eso es importante porque...? —Jeff dejó de secar los platos para guardarlos en el armario, con la mano en la que tenía la toalla extendida dramáticamente. —Solo estoy dando algo de conversación. El pequeñito, Mickey... —Mikhail. —¿No le llama su novio “Mickey”? —¿Quieres que esa montaña de hombre te arranque los dientes? —La expresión de Jeff era completamente seria. —No especialmente. —Entonces será mejor que le llames Mikhail. —De acuerdo, Mikhail. Como sea. Dijo que tenías felpudos. Voy a dar un salto de lógica y asumir que el único tipo de felpudo que tienes es de ese tipo, además del que haya delante de la puerta. El rostro de Jeff luchó entre el cariño y la indignación. Pero su día había apestado de verdad; Collin podía verlo en el modo en que se sacudió como un cachorro de patas largas. Se decidió por el cariño. —Sí, tengo dos gatos. Con y Katy. Son... —Su boca ancha y expresiva se curvó en una mueca de pasión absoluta—. Los dos fueron regalos. Es como si la gente se esforzara por darme mascotas tan enormes que necesitaría ayuda de la fundación para la vida salvaje si quisiera mudarme. Con no se sienta tan solo encima tuyo; se sienta encima, alrededor y cubriéndote. Y será mejor que tengas a mano una mascarilla de oxígeno si quieres acariciar a Katy. Si la cepillara cada día probablemente podría hilar suficiente lana como para tejer una sudadera. —¿Le estás dando la comida adecuada? —preguntó Shane con preocupación cuando entró en la cocina con los platos del guiso para que Collin los lavase. La expresión de Jeff cambió de animada a exasperada seguida de una clase de indulgencia. —Sí, hombre montaña, le estoy dando esa porquería anti bolas de pelo que me compraste. A Con también. ¡Eso no va a cambiar el hecho de que es una enorme bestia peluda que pesa más de nueve kilos y cuyos ancestros fueron probablemente domesticados por la lana!

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Una sonrisa lenta marcó el rostro ancho, atractivo y plácido de Shane. —El mejor regalo de cumpleaños de todos los tiempos —declaró, y Jeff puso los ojos en blanco—. ¡Hey, Mickey! —gritó—. ¡Te dije que el gato era un regalo mejor que la tarjeta para Forever 21! La voz de Mikhail les llegó desde el salón. —Para él, puede. ¡Eso es porque ya debe de haberse comprado la tienda entera! Collin miró a Jeff con ojos caídos. —Te gusta tu ropa bonita, ¿no? Quedó recompensado, y muy bien, cuando Jeff se sonrojó. Su complexión bajo el bronceado era completamente clara, y el sonrojo le recorrió las mejillas. Un par de pecas y un lunar que Collin nunca había notado aparecieron en una de las mejillas. Jeff forcejeó durante un segundo con las palabras, y Collin estaba a punto de hacer un movimiento clásico (el “beso rápido” patentado, con el que se aprovechaba del rostro inclinado y la inseguridad de Jeff y tocaba sus labios solo el tiempo suficiente como para hacerle pensar en ello más tarde) cuando Shane gritó desde la habitación principal. —¡Jeff! Calvin acaba de enviarme un mensaje. Tienen a Martin en custodia, tío; ¡tenemos que sacarlo rápido o tendrá que pasar la noche en el calabozo! «Argh, mierda». —¡Argh, mierda! —Jeff se giró y salió corriendo de la habitación, gritando—: ¡Maldita sea! ¿Tiene alguien unos putos zapatos? Clara como el día, una vocecita repitió: «¡Putos zapatos!», y le siguió el barítono suave de Deacon, con: «Maldita sea, Jeff, ¿puedes intentar no enseñarle esa palabra cada vez que Crick no lo hace?» —¡Putos zapatos! —cantó Parry Angel—. ¡Putos zapatos, putos zapatos, putos zapatos! La voz de Deacon retumbó suavemente, pero Collin estaba demasiado ocupado riéndose como para oír cómo manejaba la nueva 100


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane palabra en el vocabulario de la pequeña. Se recuperó y se secó las manos, entrando en el salón a tiempo de ver a Deacon organizando a las tropas, con la jovencita nada arrepentida dando botes sobre su regazo. —Andrew, ¿estás listo para esto? —¡No tengo ningún otro sitio donde ir, señor! Deacon puso los ojos en blanco. —Crick... —¡Sí, señor! ¡Deja de llamarle “señor”, Andrew! —¡No, señor! —¡Jesús! —maldijo Deacon, y entonces bajó la vista hacia Parry Angel, que le miraba sonriente. —¿Quién es Jezuz? —Alguien que no va a ir con Jeff. Kimmy... ¿has llamado a Lucas? —No, Deacon; pero le diré que se reúna con nosotros allí. —Bien. Jeff, vas a ir con Andrew, Kimmy y, ¿quién más? Jeff suspiró y puso los ojos en blanco. —Shane, por supuesto. —¡Hey! —protestó Crick, y Jeff sacudió la cabeza. —De verdad, Crick. Ese chico tiene un temperamento peor que el tuyo. Teneros a los dos juntos en la misma habitación es una mala idea, ¿vale? Además... Shane puede pasar. No asustará a Martin, ¿de acuerdo? —¿Que Shane puede pasar?—murmuró Crick, indignado—. ¿Shane puede pasar? Pasé dos años en el pu...nitivo ejército de los Estados Unidos, en el punto álgido del «No preguntes, no cuentes», ¿y Shane es el que puede colar? Todo un lado del rostro de Jeff se arrugó, disgustado. —No dejes que se te metan las bragas en el trasero, teniente Princesa. Si el ejército no lo averiguó, ese es su problema. Además, el

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane amigo de Shane es el que va a soltar al chico, y no voy a llevar a la familia en todo su esplendor, ¿no? Crick suspiró. —Vale. Vale. Es solo que odio... —Ser dejado atrás —terminó Jeff con empatía—. Bueno, lo siento, dulzura, pero el resto tenemos que ir. Y eso era todo. Iba a salir sin más por la puerta y a dejar a Collin allí, en la casa de un desconocido, para que se despidiera por sí mismo. ¡Mierda! O lo habría hecho, si Shane no hubiese mirado a su pequeña diva y hubiese hecho una mueca. —Hey, Collin... Detesto despilfarrar el viaje en tu coche con él, porque no entiende una mi... un pimiento de coches, ¿pero podrías llevar a Mickey a casa? —Puedo andar, grandullón. No es gran cosa —dijo Mikhail con indulgencia, pero Collin vio una oportunidad para exprimir al pequeño en busca de información, y no iba a dejar que se le escapara. —No, no, está bien —dijo con el mismo aire relajado que tendría un acosador en un parque—. Te llevaré. Vivo cerca, así que no es un problema. No se le pasó por alto la mueca de Jeff, y no pudo evitar alzar una ceja con malicia para mostrar que se daba cuenta exactamente de cuánta información podría arrancarle al bajito engreído, y que planeaba aprovecharse al máximo. Pero Jeff tenía otros fuegos que apagar, y Collin no se sintió ofendido en lo más mínimo cuando el objeto de su deseo soltó un resoplido retorcido y salió de la casa, gritándole a Kimmy que más valía que fuera con él porque no tenía ni pu... repajolera idea de dónde estaba la pu... recóndita comisaria.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: EL EXPOLICÍA Y LAVARSE LAS MANOS JEFF NO se sintió mal por alegrarse al dejar a Collin atrás mientras él y Kimmy salían derrapando de El Púlpito en una lluvia de barro y gravilla. —Gira justo aquí... está cerca de los juzgados, en la calle principal, pero una manzana más allá. Jeff gruñó, agradecido de que Kimmy fuera cien por cien sentido común, y entonces esa mujer mezquina voló en pedazos toda esa línea de pensamiento. —Es muy mono, sabes —dijo indecisa, y Jeff la miró de reojo en la oscuridad temprana de noviembre. —Igual que Lucas. —Incluso Jeff, con toda su absorción en sí mismo, no había pasado por alto el modo en que Kimmy se había escudado frente al evidente interés de Lucas. —Es un poco joven para mí —dijo, y no pasó por alto la sombría advertencia que había en su voz. Él había estado allí cuando el capullo de su ex novio le había metido la cara en un cuenco de cocaína por rencor, y había ayudado a calmarla hasta que estuvo seguro de que a su cerebro no le iba a estallar una vena y desangrarse por la nariz. Sí, Kimmy tenía un kilometraje, y había recorrido algunos caminos duros, pero eso no significaba que tuviera que declarar siniestro total toda esa dulce atención, como si fuera alguien que no se la mereciera. —Igual que Collin —dijo en voz baja, y sintió cómo ella le apretaba el hombro. —Cariño, he visto a gente joven; ese chico no es joven. Jeff deseaba tanto cerrar los ojos y acurrucarse con sus gatos. —Sí, bueno, tampoco yo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Oh, Jeffy... no puedes decir eso. —Kimmy rió, y sonó cansado pero natural—. Tienes exactamente mi edad, estúpido. No puedes decirme que pasada la treintena no hay un felices para siempre; ¡eso no es justo! Jeff consiguió reírse. —Para ti, Kimmy, mantendré un poco de esperanza —dijo de corazón. —Mantenla para ambos, Jeff. —La voz de Kim bajó, y sin el humor cáustico sonó vulnerable—. Es evidente que va en serio, o no te habría forzado a darle un puñetazo para librarte de él, ¿verdad? —Oh, Dios. —Jeff ni siquiera lo había pensado. Tenía moratones a lo largo de las costillas y en la mandíbula allí donde Collin había hecho caer sus propios golpes, pero hasta que Kimmy no lo dijo no relacionó realmente la pelea con su propio puño—. Dios... Juro que no he tumbado a un tipo desde... —Tuvo que reírse—. ¡Desde tu estúpido hermano! Kimmy rió, encantada. —¿Shaney? ¿Qué demonios hizo? Jeff pensó en ello y tembló. —No nos lo dijo, ¿sabes? Sobre lo de haber estado a punto de morir en Los Ángeles. Y, en ese momento, me lo contó, y estaba trabajando aquí de policía, y yo simplemente... —No quería pensar en ello, pero, puesto que se había metido en su segunda pelea del año, imaginaba que probablemente debía hacerlo—. Sabes, adoro a ese mamut peludo como a un hermano, ¿verdad? Simplemente me cabreó. Te acostumbras a que alguien esté en la mesa durante las cenas y piensas «Es sólido como una roca. ¡No tengo que preocuparme de que él desparezca de mi vida!», ¿no? Y resultó que se estaba arriesgando de ese modo, y... No sé, allí estaba él, caído de culo, completamente sorprendido. La risa de Kimmy fue suave y profunda. —Dios, desearía que se me hubiera ocurrido. Aunque, claro, estoy segura de que por esa época seguramente también él quería venir y llevarme a casa a rastras, así que no habría tenido demasiado la razón a la hora de lanzar ese puñetazo, ¿sabes?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff asintió y emitió un pequeño sonido de aceptación mientras cambiaba el coche de dirección y giraba con brusquedad a la derecha, camino del juzgado. —Shane y tú sois buena gente. —Se lo podía decir porque era una chica, mientras que tendría que haber hecho trabajar a su hermano a cambio de esa frase—. Quizás puedas prestarle atención a Lucas la próxima vez que te lo pida, ¿no crees, amor? —Lo mismo te digo —dijo Kimmy—. Y sea como sea que termine esto, puede que te interese pasarte por el taller de Collin y darle las gracias por preocuparse, ¿no? —Jeff tomó una curva, soltando una maldición cuando el volante se puso picajoso—. O al menos pedirle que te revise el coche, ya que ahora sabemos por qué preferías que lo hiciera Shane. Jeff luchó por contener un lloriqueo. Para alguien que se había dedicado a ser una perra egocéntrica, Kimmy era excepcionalmente perceptiva. —Sí, sí. Chaval. Prestarle atención. Quizás. ¿Podemos, no sé, centrarnos en el adolescente con problemas? —Creía que lo estábamos haciendo —dijo Kimmy con dulzura. —¡Tiene más de veinte años! —se defendió Jeff, sintiéndose abusado. —No estaba hablando de él, querido. Pero no te preocupes; ya estamos aquí... gira a la derecha. Lucas ya estaba delante de la comisaria amarilla y achaparrada, con una chaqueta vaquera encima de la sudadera con capucha. Jeff no pudo evitar notar su sonrojo cuando Kim le dio las gracias por reunirse con ellos. Bueno, bien por Kimmy. Quizás alguien fuera a ser capaz de dejar toda su historia personal atrás, ¿y no sería eso agradable? Las celdas eran pequeñas y estériles, encajonadas en un pasillo que seguía la esquina desde la entrada. Se usaban para pequeñas infracciones: borrachos en lugares públicos, gente que se metía cosas en los bolsos en las tiendas y gente desastre de la clase de “esperando a que alguien pague mi fianza y me lleve a casa”. Después de que Shane les llevase hasta el otro lado de la esquina y se marchase a hablar con su antiguo compañero

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane en la pequeña fuerza de policía de Levee Oaks, Jeff no pudo evitar sentir que, a pesar de su terrible altura y resistencia adolescente, Martin se veía más que un poco pequeño y perdido, acurrucado en el catre que había al otro lado de la pequeña habitación. —Oh, Señor, ¿qué quieres? —gruñó el chico, y Jeff se esforzó por mantener su empatía, que empezaba a debilitarse. —Quiero asegurarme de que el hermano pequeño de Kevin no termina durmiendo en la calle —dijo sin fuerza—. Espero que no te importe, pero me hace sentir como una mierda. Y odio sentirme como una mierda, así que aquí estoy. —¿Así que todo esto es sobre ti? —Los expresivos ojos del chico estaban entrecerrados con desprecio, y Jeffno dejó que le afectara. —Qué te apuestas. He pasado seis años intentando superar lo de tu hermano, y vienes aquí disparado con todo tu odio y tus juicios, y vuelves a abrir esa herida con una puta sierra mecánica. ¿Y crees que tú me vas a importar un pimiento? Enséñame que eres alguien que pueda caerme bien, demonios, o incluso respetar, y haré que todo esto sea sobre ti. ¿Trato hecho, pequeñajo? O quizás sí que le afectó un poco. Jeff no había notado el resurgimiento de ese enfado, esa desconexión de respuestas bruscas entre el hombre divertido que no se tomaba nada en serio y el cabrón con temperamento que solía lanzar un puñetazo antes de pensar. Pero quizás había hecho falta alguna emoción en carne viva, porque los brazos de Martin, cruzados con fuerza sobre su pecho, se relajaron y se echó ligeramente hacia atrás, como si se sintiera intimidado por Jeff, gay como era. —¿Qué quieres decir con “superando lo de tu hermano”? «Oh, Señor». —Niño, ¡tu hermano era el amor de mi vida, joder! ¿Crees que simplemente... no sé, que recibí la noticia de que estaba muerto y salí a ligar a las discotecas? —¡Bueno, desde luego no te vi en el funeral!

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff cerró los ojos y tragó, intentando con todas sus fuerzas no mostrarlo, intentando con todas sus fuerzas mantener cerrada la herida abierta que tenía en el pecho para que no se le cayera el corazón. —¿De verdad, Martin? ¿De verdad crees que hubiese habido un buen resultado si hubiese estado en el funeral? Tus padres ya estaban de luto. ¿Cómo de animados hubiesen estado de que apareciese, de que no les dejara tener ni siquiera eso? Martin le fulminó con la mirada durante un minuto, y a continuación sus hombros se desplomaron. —No te perdiste mucho —murmuró—. Al parecer, todas esas cosas agradables que decían de él eran mentira. —¡Cállate! —siseó Jeff—. Cállate. Tu hermano era uno de los mejores hombres que he conocido nunca... —Sí, pero no lo bastante bueno como para volver a casa, ¿no? —¿Crees que hubiese recibido una bienvenida digna de un héroe si hubiese vuelto? —respondió con brusquedad—. Puede que hayan retirado el «No preguntes, no cuentes», más o menos, esta mañana, ¿pero hace seis años? Habría conseguido ser licenciado con deshonor, y le habrían enviado a casa con una enfermedad terminal y sin seguro médico. Hace seis años, toda su carrera, todo por lo que había trabajado, todo lo que había hecho para haceros sentir orgullosos, todo eso se habría ido a la mierda. Perdido por el retrete. Y tus padres no le habrían dirigido la palabra; todo lo que habría tenido sería a mí. Y... sabes, tenía miedo de que yo también enfermase. —Jeff se quedó sin respiración cuando recordó la carta. «Y si tengo que ver cómo enfermas, bien podría ponerme la pistola en la cabeza». Dios. Puto Kevin. Señor. —¿Lo has hecho? —preguntó el chico, brutalmente curioso. —No, pero solo porque he conseguido el mejor seguro médico. —Pensó en Doc Herbert, en Crick y en Deacon—. Y buenos amigos que cuidan de mí —añadió, agradecido por las bendiciones que tenía de un modo en que no lo había estado en mucho tiempo. —¿Y cómo es? —volvió a preguntar el chico, otra vez con esa curiosidad sin barreras—. Quiero decir, ya sabes, lo del SIDA.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff parpadeó. ¿Había pensado en esa pregunta, pensado de verdad, desde que Collin se lo había preguntado hacía cinco años y medio? Probablemente no. Era fácil quejarse de los síntomas y del régimen de medicamentos y de todas esas pequeñas cosas. Era fácil volverlo algo divertido en tu cabeza y no admitir, ni una sola vez, nunca, esa gran masa neblinosa y negra que hervía en el centro de tu pecho. Era fácil no pensar en ello y sobrellevarlo de ese modo, porque pensarlo te llevaba a un sitio donde la madre de otra persona tenía que ir, darte de comer y entregarte a otro ser viviente del que cuidar, porque todo el mundo sabía que estabas a solo un paso de estrellarte y abandonar. Kevin lo había tenido fácil, el hijo de puta. Tenía explosivos de gasolina y munición cuando lo averiguó. Tragó, miró a Martin y pensó: «Este es el hermano de Kevin. Kevin murió porque estaba asustado de esto. Necesita saber la verdad». —No podría decirte —dijo con voz plana. Que le dieran a aquello. Que le dieran al chico, a la situación y a esa asquerosa pregunta—. Ahora mismo no es SIDA; todavía es VIH. Pero da un miedo de cojones. Es levantarse cada puto día y decir: «Tengo que tomar esas pastillas a esas horas y lidiar con el hecho de que hacen que me encuentre fatal, porque la alternativa es peor». Es preguntarse si lo que estás comiendo te va a hacer vomitar, o a hincharte, o si se te va a empezar a caer el pelo, o si te va a fallar el hígado... y seguir yendo a trabajar y hacer tu trabajo. Es... Jeff tragó, pensando de repente en Collin en aquel día de hacía tanto tiempo, en el joven seguro de sí mismo que le había seguido hasta la casa de un amigo para asegurarse de que estaba bien. —Es una manera dura de madurar rápido —dijo tras una pausa, y por primera vez vio cómo la expresión de Martin se suavizaba, solo un poco. —Yo... lo siento —murmuró—. Estoy siendo un capullo. Jeff apretó los labios.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Eso no puedo discutírtelo. —Dios, ya estaba listo para cambiar de tema—. Um, chico... mi amigo está consiguiendo que te saquen de aquí. ¿Planeas volver pronto con tus padres o qué? —Ni siquiera pronuncian su nombre —murmuró Martin, y Jeff pretendió que aquello no dolía muchísimo. —Mira, podemos encontrarte algún sitio donde quedarte... La suavidad desapareció. —No voy a tener que vivir con un puto maricón, ¿no? —¡Avergüenzas a tu madre, chico! —respondió Andrew con brusquedad, girando la esquina justo a tiempo para oír como Martin volvía a perder su personalidad humana. La presencia de Andrew fue como una carga de energía mágica en el aire, y el rostro de Martin se volvió tanto más animado como algo relajado. —Lo siento —dijo, automáticamente arrepentido—. Es solo que... —Miró a Jeff con el ceño fruncido—. ¡No soy mi hermano! —¡Y tú ni siquiera te acercas a mi edad! —respondió Jeff de manera ácida—. Y de todos modos no ibas a dormir en mi sofá. —¿No iba a hacerlo? —preguntó Andrew, sorprendido. Jeff se sonrojó. De hecho había estado planeando darle su habitación de invitados, pero el chico sencillamente había sido tan hostil. Recordó que se suponía que él era el adulto emocionalmente, y se sonrojó todavía más—. Iba a, ya sabes... ¿no tiene Casa Promesa una cama? —Sí —dijo Kimmy, justo detrás de Andrew—. Gracias por preguntar. —Le dirigió a Jeff una mirada seca, y este le sacó la lengua, molesto—. ¿Cuál de los adolescentes va a dormir en ella? —preguntó ella en respuesta. Jeff respiró profundamente, porque tenía razón. —Martin, ¿te gustaría quedarte con Kimmy en Casa Promesa? Es un sitio para chicos que no tienen donde quedarse, ¿verdad? Los ojos de Martin se entrecerraron. —¿Solo está Kimmy?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Ahora hay otro par de chicos. Todo el mundo tiene su propia habitación, tendrás que compartir la ducha, hay dos empleados que son personas muy agradables, y mi hermano y yo hacemos turnos para estar en la sala de asesoramiento por ahora. Pero él no vive lejos. No hace más que entrar y salir la mayor parte del día. El ceño de Martin se esfumó y ladeó la cabeza para escuchar lo que estaba diciendo. «Kevin solía hacer eso» pensó Jeff, con el corazón a la deriva de repente. Por primera vez en años, se permitió echar de menos a Kevin. Esperaba que su corazón se abriese en un gran vórtice agitado y que le devorase por completo, pero no lo hizo. Dolió con fiereza, palpitó con una fuerza que le quitó la respiración, y volvió a su pulso normal, un poco más triste y más lento que antes. Forcejeó por volver a respirar como un ser humano sobre la Tierra y no uno agonizante en Marte, y Martin le ignoró por completo para considerar lo que Kimmy acababa de decir. —¿No llamarás a mis padres? —preguntó desconfiado, y Kimmy negó con la cabeza. —Te sugeriremos que lo hagas tú, pero nuestro trabajo no es llamarlos. Mantenerte a salvo mientras seas un menor sin supervisión, ese es nuestro trabajo. Tendrás que elegir algún trabajo que hacer en la casa... tenemos algo ligero de construcción, cuidado de animales, cuidar el terreno o hacer algunas manualidades que nos compran entre las que puedes escoger, y tendrás que seguir las normas de la casa... —Soy educado —dijo Martin. Debía de haber visto cómo Jeff ponía los ojos en blanco, porque añadió con algo de vergüenza en voz baja—: La mayor parte del tiempo. Jeff se recordó a sí mismo con catorce años. Dios, debía de tener el nivel mordaz del demonio; se había reído de todos los que tuvieran más de veinticinco años, encontrando faltas en todos, desde su altura, su postura corporal o su música. Estaba completamente seguro de que toda esa porquería que los adultos dejaban que les pasase nunca le pasaría a él. Volvió a encontrar su paciencia, junto con un momento de arrepentimiento por cargar a sus amigos con Martin, pero para entonces Martin y Kimmy ya iban a toda máquina, llegando a acuerdos sobre nada de sexo, drogas, faltas de respeto, robos, nada de música pasadas las diez de la noche, nada de peleas, ni de fumar... 110


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff intentó no arrugar la nariz. Dios, ser un niño era horrible. Se retiró por un momento y dejó trabajar a Kimmy, porque la chica era buena. —Jeff, todavía no estás a salvo, sabes —dijo Kimmy justo mientras él se zambullía en una visión de sí mismo, una ducha, los gatos y ese muy prometido chocolate. —Hmm... ¿Qué? Kimmy se puso las manos en la cintura y los pies en tercera posición (porque veintisiete años de danza no desaparecían sin más, especialmente cuando todavía bailaba en el circuito de ferias con Mikhail cuando tenían tiempo) y arqueó una ceja. —Estás en loco parentis, dulzura. Tienes que venir a la asesoría con este jovencito dos veces a la semana hasta que encuentre otro lugar donde vivir. —¿Yo qué? —Eso fueron los dos, Jeff y Martin, y si Jeff hubiese sido un hombre violento o, bueno, un hombre violento con las mujeres, le habría dado un bofetada a esa mujer hasta enviarla al otro lado de la luna solo por su sonrisita. —Está escrito en el acta constitutiva de la casa, Jeff. Así es como conseguimos montar un sitio para los chicos que se han escapado de casa. Tenemos que intentar hablar con ellos para que vuelvan. Puesto que los padres de Martin están en el otro lado del condenado país... —No tiene dos años —saltó Jeff al mismo tiempo que Martin decía «¡No tengo cuatro años!», y la sonrisa de Kimmy se volvió más ancha, marcando un par de hoyuelos. —¿Ves? Tenéis ya tanto en común. En serio, Jeffy... no querrás que tu jovencito sea enviado de vuelta al puñetero Missouri... —¡Oh, ahora puedes decir palabrotas delante de mí! —saltó el chico, y esta vez Jeff fue medio segundo detrás de él con «¡Es de Georgia, cariño!». Andrew resopló en voz alta, y Kimmy siguió hablando.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Así que ese es el trato. Martin, firmarás el contrato, nos quedaremos contigo y te pondremos a trabajar; y Jeff y tú os encerraréis en una habitación con un asesor dos veces a la semana, y cuando estés listo para ir a casa, te llevaremos. —¿Vas a ser tú mi asesora, preciosa señorita? —Martin intentó una sonrisa cursi y una mirada enternecedora de esos profundos ojos marrones. —No si me tiras los tejos, pequeño pervertido. ¡Sigue con esa tontería y será mi hermano! —¡Siempre y cuando sea hetero! —respondió Martin, y todos los demás en la habitación resoplaron de risa. —¡Oh, ya te gustaría! —Kimmy puso los ojos en blanco. —¡Hey! —dijo Shane, entrando con Calvin y llevando toda su naturaleza bondadosa expuesta—. ¡Puedo pasar! —Doy fe de ello —dijo Calvin, usando su llave en la cerradura eléctrica de la puerta—. Y también puede soportar una verdadera paliza y devolverla, así que no creas que todo eso de tener un “novio bailarín” le hace débil. Martin se quedó allí de pie con la boca un poco abierta mientras la puerta de barrotes se abría a medias. —¿Eras un policía? Shane encogió esos enormes hombros suyos. —Sí, lo era. —¿Te hicieron dejarlo porque eres gay? Calvin puso los ojos en blanco. —Como si eso fuera a pararle. ¡No, jovencito, lo dejó porque es el capullo más patoso que he conocido nunca, y todos queríamos que siguiera vivo! —¡Me apuñalaron! —protestó Shane, indignado, y Calvin miró a Martin y sacudió la cabeza. —Y le magullaron las costillas, y le derribaron, y le dieron una paliza, y... 112


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Esta conversación ya no es divertida —dijo Kimmy con sobriedad, y fue el turno de Jeff de resoplar. —Dios, Kim, y me lo dices a mí. ¿Podemos irnos? Kim asintió, miró a Martin y suspiró. —Chico, ¿has traído ropa o algo? Tío, no sé cuánto tiempo has pasado en ese autobús, pero apestas. Martin se miró y por primera vez empezó a removerse como si estuviera avergonzado. —Um, no —murmuró—. Fue algo así como, no sé, corrí hasta la estación de autobuses y compré el billete. Lucas había entrado con Shane y Calvin; Jeff tuvo la impresión de que había pagado algún tipo de multa. —Saqué tu ropa de casa de tu madre, Martin. Um, está en mi coche. Puedo seguiros. Martin le miró como un niño pequeño apenado. —Um, ¿cuánta de mi ropa?—preguntó, lleno de significado. Lucas apartó la vista. —La mayor parte —dijo, con el acento suave de Georgia en su voz baja remarcado por la vergüenza. Jeff miró al niño, después a Lucas, y su corazón se desplomó. «Oh, mierda». —Lucas, ¿podemos hablar un momento? —dijo, y Martin los fulminó a ambos con la mirada. A Jeff no le importó un pimiento. —Estaremos fuera, jugando a meter payasos en un coche diminuto —dijo Kim con un suspiro—. Jeff, creo que vas a tener que llevar a Andrew a casa... ¿está bien? —¿Tienes que irte? —preguntó Martin rápidamente, y Andrew miró Kimmy con una mueca. a —Puedo pasar la noche en el sofá, si quieres —dijo Andrew, pero era evidente que era bastante reacio.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Es un buen sofá —dijo Shane, intentando convencerle, y Andrew sacudió la cabeza. —Venga —dijo Drew, evidentemente preocupado por algo—. Tío, sé que trabajaste aquí, Shane, pero odio este sitio. Calvin hizo una mueca con buen humor. —Yo tampoco le tengo mucho cariño —dijo, y todo el grupo se movió para salir al aparcamiento de delante, dejando a Jeff allí con un hombre muy atractivo de pelo largo, ojos marrones y expresión infeliz. —¿De verdad le han echado? —preguntó en voz baja. Lucas ni siquiera podía mirarle. —No sé qué decirte. Kevin era mi mejor amigo, ¿sabes? Me repito una y otra vez que tenía que haber aprendido a ser como era en algún sitio. Cuando éramos niños su madre tenía la mejor casa del barrio; siempre había galletas, té helado con limón, siempre había películas buenas que ver, ¿sabes? Jeff tuvo que tragar. —Yo tenía una así —murmuró, deseando que volviera la burbuja. Había sido una burbuja genial, reforzada con una doble capa de negación y capas y capas de un claro y embellecedor “no pienses en ello” por encima de las oleadas de sonido hiperfuertes que le habían desgarrado el pecho seis años antes. Pero esa burbuja nunca había dejado, en realidad, que el mundo escuchase. El grito todavía no había salido, pero desde que Lucas le había llamado, la burbuja se había vuelto demasiado fina como para protegerle, demasiado gastada como para seguir manteniendo el dolor a raya, demasiado rota como para seguir dándole al mundo ese brillo lustroso. —¿Tenías? —Lucas se giró para mirarle, y la garganta de Jeff se cerró casi demasiado como para tragar. —Yo... um... hace algún tiempo que no voy a casa —dijo, y Lucas asintió como si eso tuviera sentido—. Entonces, ¿Martin?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Creo que sus padres le dieron un ultimátum. Dijeron que Kevin estaba muerto, y que no iban a hablar de ello, y que si quería averiguar más cosas de su hermano, también él estaría muerto para ellos. Las paredes eran de bloques enteros, pintadas de amarillo pálido. Puede que se planificara para que fuera como el brillo del sol, o quizás se suponía que tenía que esconder la suciedad, pero, de repente, Jeff tuvo una imagen de él estrellando la cabeza contra uno solo para ver cómo se vería su sangre cuando salpicase. —Cuidaremos de él —dijo, convirtiéndolo en una promesa—. Yo, y la gente de Deacon... Cuidaremos de él. No te preocupes. Lucas asintió, dejando a continuación que su preocupación fuera visible. —Mira... ¿os importaría si me quedara por aquí? Tengo... —Rió un poco, sin rastro de humor—. No tengo, literalmente, nada. Dejé los marines, conseguí un trabajo cualquiera... y Dios, no ha sido hasta que he conducido hasta aquí que me he dado cuenta de lo mucho que no quiero volver a Georgia. Quiero decir, puedo conseguir un pequeño apartamento aquí, lo que sea. Encontrar un trabajo. Tengo un poco de dinero ahorrado. Es que ese chico... también era como mi hermano pequeño. Y... —Su voz se desvaneció, y Jeff se preguntó si, si le daba a ese hombre hetero un abrazo, acaso podrían dejar de aferrarse el uno al otro—. Echo de menos a Kevin, de verdad —consiguió terminar. Jeff no tenía ni idea de qué tipo de marine había sido Lucas, pero se imaginó que acababa de ganar puntos por valentía, allí mismo. —Este es un buen sitio —dijo Jeff tras un momento—. Si no te importan todos los gais, te daré el teléfono de Deacon. Entre él y Shane, estoy seguro de que te encontraremos un trabajo. Siempre necesitan ayuda, ¿sabes? —Pensó en lo mucho que podría haberles servido Andrew en el restaurante ese día, y creyó que aquello bien podía ser algo evidente—. De todos modos, venga. Vamos a fuera, te daré el número de Deacon y puedes seguir a Kimmy y a Shane hasta casa y hablarlo con ellos. Asegúrate de que Martin sepa que te estás quedando por él. Tengo una habitación de invitados que puedes usar por ahora, pero no está tan cerca como debería... aunque eres bienvenido. —Demonios, bien que había estado listo para ofrecérsela a Martin, ¿no? 115


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Pero Lucas negó con la cabeza. —Tengo una pequeña habitación de motel para la noche, pero lo aprecio. Gracias. En serio, gracias. Tu gente parece realmente agradable... y Andrew es de Georgia, así que será casi como estar en casa, ¿verdad? Jeff sonrió y, como era habitual, abrió la boca para meter la pata. —Y es hetero. Eso tiene que contar para algo. Lucas no sonrió, y sus ojos eran suaves de un modo en que Jeff nunca había visto en un hombre adulto. —Nunca fue así, sabes —dijo en voz baja—. Porque Kevin, él era... era mi amigo desde que éramos bebés. No importaba si era negro, y después no importó si era gay. Cuidó de mí más que mi propia familia. Yo solo... Dios. Si puedo hacer algo bien gracias a él, podría valer la pena después de todo, ¿lo ves? Jeff asintió. Quería oír esa historia. Más que ninguna otra cosa, quería oír esa historia. Pero primero necesitaba llevar su huesudo culo blanco hasta casa. Se pusieron de acuerdo tras un rato. Todos iban a ir a casa de Deacon o de Shane y a acomodarse para pasar la noche. Todo el mundo excepto Jeff, quien simplemente iba a ir a su ordenado apartamento, con sus gatos, sus libros de primera edición, su televisión grande, su quietud, su caja de pañuelos, una enorme botella de Motrin para el dolor de cabeza, su película de consolación favorita (Brokeback Mountain, aunque jamás dejaría que Crick se enterase), su cálido pijama de franela y la tosca, blanca, heladora y dolorosa soledad que esperaba en el vórtice que había dejado su corazón hecho pedazos.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

COLLIN: LA LARGA CARRETERA SINUOSA COLLINTUVO que esperar tres días para volver a ver a Jeff, y estuvo preocupado todo el tiempo. Su conversación con la pequeña diva frustrante de camino a casa no había ayudado a su preocupación en lo más mínimo. —Entonces...—había empezado Collin. —¿Entonces qué? —había respondido Mikhail secamente, casi retando a Collin a ponerlo en palabras. —Jeff. ¿Cómo crees que lo lleva? —Fatal. ¿Por qué te importa? —Incluso en la oscuridad, Collin pudo ver como la esquina de esa boca malhumorada se curvaba con aparente desdén. Pero había visto a Mikhail cuando estaban juntos en la misma habitación, y sabía incluso sin tener que pensarlo que eran amigos. Mikhail estaba o siendo un capullo (y, desde luego, Collin podía concederle eso) o protegiendo a su amigo. —Porque me preocupo. Jeff es un buen hombre. Me ayudó a salir de una mala situación hace algún tiempo. Solo quiero devolverle el favor. —Jeff no necesita favores, ni devueltos de ninguna otra clase. Gira a la izquierda. Collin suspiró e hizo lo que el hombrecillo decía. Estuvo sorprendido de encontrar una valla para ganado con un extraño artilugio montado encima. Esa cosa parecía un largo banco de madera, excepto que solo tenía unos quince centímetros de ancho y estaba a un metro veinte del suelo. Llevaba desde la parte alta de la valla para ganado hasta el techo del porche con barandilla. Había un taburete en el lado exterior de la valla, allí donde el raíl de madera conectaba, y Collin no podía ni siquiera imaginar para que podía servir. 117


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Mira, solo estoy intentando saber más sobre él. Quiero decir, no sé qué es lo que has visto allí, pero yo vi a un tipo al borde de un ataque de nervios, ¿sabes? Mikhail apretó esa boca malhumorada suya y miró por la ventanilla con el ceño fruncido. Fuera se habían reunido lo que parecía un centenar de perros, todos ladrando excitados, meneando las colas en señal de bienvenida, y la expresión del hombrecillo se volvió tanto abrumada como decidida. —Sí —dijo Mikhail—, deberías preocuparte. Yo estoy preocupado. Estoy preocupado por Jeff, y estoy preocupado por Deacon, y estoy preocupado por mi policía grande y estúpido... Pero eso es porque terminará herido porque ama a esa gente, y no puedo protegerle de eso. «¡Yuju! ¡Una abertura!». —Entonces, um, ¿qué puedes decirme sobre...? Mikhail frunció el ceño con brusquedad. —Collin, ¿verdad? —Sí. —Mi policía grande y estúpido tiene la polla más excepcional. Deberías verla. Circuncidada, porque es americano, pero de verdad... —Mikhail separó las manos, mostrando lo que debía de ser una exageración—, de verdad, dotada muy de verdad. Da unas mamadas espectaculares y folla como un dios. Collin, que no creía que nada pudiera hacerle sonrojar, se encontró deseando que Mikhail dejase de hablar. Y parecía estar sudando bajo el frío de noviembre. —Um... —Puedo contarte eso, ves. Porque es mi policía grande, estúpido y peludo, y sus secretos son míos para compartir, ¿sí? —Sí —consiguió decir Collin, porque ya no estaban hablando sobre sexo ni asuntos personales ni... mierda—. Sí —suspiró, entendiendo de verdad lo que estaba diciendo el hombrecillo—. Sí. Entiendo. Se lo preguntaré a Jeff cuando lo vea. 118


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Bien. Eso es bueno. Jeff debería tener a alguien que pueda hacerle las preguntas personales. Con él, todo es siempre una broma; que hombre más divertido. —Mikhail negó con la cabeza—. Incluso los hombres divertidos necesitan a alguien que les abrace cuando lloran. Y la putada era que sonaba como si lo supiera de primera mano. —Gracias por traerme, Collin. Y si ves a mi policía grande y estúpido, dile que los asientos eran de cuero, el motor era un V8 de cuatro veintiséis y que la pintura no estaba tan “cuidada” de cerca como de lejos. El que te pinta los coches apesta. Buenas noches. —¡Hey! —protestó Collin—. Yo fui el que le pintó las...—la puerta se cerró con un portazo—, líneas —terminó en voz baja. Y entonces se quedó mirando, y en lugar de abrir la valla y entrar, Mikhail hizo algo realmente remarcable. Trotó a lo largo de la valla hasta el pequeño taburete que había contra esta, se subió y, entonces, poniendo las manos en el pequeño banco, se alzó hasta hacer el pino. Se arqueó elegantemente hasta que los pies tocaron la plancha de madera de quince centímetros de grosor. Entonces se enderezó y recorrió la longitud del “banco” hasta el techo del porche, desde donde saltó hasta el lado del porche, sacando las llaves casi antes de que los pies tocaran el suelo. Consiguió colarse por la puerta antes incluso de que los perros se dieran cuenta de que había entrado, y Collin se quedó allí, sentado en el coche al ralentí, pensando «Uh», durante una cantidad de tiempo vergonzosamente larga.

ASÍ QUE cuando Jeff llevó su coche hasta la tienda de Collin para hacerle una revisión tres días más tarde, Collin se sintió profundamente aliviado. Había estado planeando dejarse caer por El Púlpito esa noche de camino a casa solo para suplicar que le dieran su número de teléfono, pero ya no tendría que hacerlo. Jeff tenía que darle el número para el papeleo, y si había un código ético entre los mecánicos que decía «No usarás los teléfonos de los clientes para llamarles y tirarles los tejos», él no tenía conciencia de dicho documento. 119


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Bueno, Vivaracho —dijo Jeff, dedicándole su expresión sarcástica distintiva cuando salió del pequeño Mini Cooper azul—, ¿crees que podrías echarle un vistazo sin romper la garantía? Collin asintió. Tenía certificados con la mayoría de las franquicias; Saab no, ¿Mini Cooper?, desde luego. Pero no cayó en la trampa que Jeff le estaba tendiendo de pensar que eran solo viejos conocidos. Si hubiese ligado con Jeff en una discoteca y se hubiesen liado contra una pared... sí, probablemente lo habría hecho. Pero le había besado, y los besos eran importantes. Y no iba a malgastar dos de sus mejores besos para ser el tipo que contesta «¡Hey, me alegro de volver a verte!». —¿Cómo está Martin? —preguntó de manera personal, y estuvo interesado al ver cómo el rostro normalmente animado de Jeff se quedaba inmóvil y a la defensiva. —Elegante —dijo con una brillante sonrisa—. Absolutamente maravilloso. De hecho le he visto hoy mismo. Está... —segundo, segundo, segundo—, asentándose. «Oh, Dios». —Nada de toda esta mierda es algo personal de su parte, lo sabes, ¿verdad? —preguntó Collin, abriendo el capó del coche y ojeando un motor casi inmaculado. Empezó a hacerle una comprobación sin prisa de los líquidos mientras hablaba, pero no estaba esperando que el problema fuera así de simple. Aquel coche se mantenía con tanta regularidad como Jeff mismo. —¿Qué mierda? —preguntó Jeff con los ojos casi ciegos por todo el esfuerzo que estaba haciendo de no ver a lo que se refería Collin. —La mierda que sea que hace que parezca que te acabas de tragar un insecto. Jeff arrugó la nariz en la primera expresión espontánea que Collin había visto en su rostro desde su pequeña charla en el cuarto de la lavadora, allí en El Púlpito. —Eso es asqueroso —dijo con sentimiento—. Piensa en una analogía mejor o deja de hablar.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Qué tal si nos saltamos las analogías y me dices qué ocurre. Tienes un aspecto horrible. —Limpió la varilla de medición del aceite con el trapo que llevaba en el mono azul y se movió para comprobar el fluido de dirección. —¡Qué tal si nos saltamos toda la revelación personal y vamos a la parte donde arreglas mi coche! «¡Este puñetero cabezota haría que un asalto al banco pareciera un picnic al aire libre!». —No lo sé... ¿por qué no me dices qué estoy buscando? «Oh, por favor, por favor, por favor, deja que sea algo pequeño y estúpido que me haga parecer un héroe, por favor, por favor, por favor...». Jeff se puso las manos sobre las caderas y sopló. —No dirige bien —dijo con el ceño fruncido—. Por la mañana tarda un rato en que el volante deje de estar demasiado rígido como para poder conducir, y hace ruido cuando tomo alguna curva cerrada. «Joder». —Bien, mierda. Parece como si te faltara líquido de dirección. —¡Pero si acabo de rellenarlo! —protestó Jeff, y Collin hizo una mueca. —Sí; eso me temía. Si acabas de rellenarlo, probablemente significa que la suspensión se está endureciendo. —Respiró profundamente y se preparó para quedarse fuera de la actuación de macho alfa de verdad—. Hará falta una pieza entera nueva. Puedo conseguir una usada, quizás por internet, si el precio resulta un problema... —No, no. —Jeff sacudió la cabeza—. Prefiero que sea nueva... ¿pero cuánto tardará? Collin dejó salir esa gran bocanada de aire. —Me hará falta al menos una semana para conseguirla. Si quieres algún sitio que vaya más rápido, alguna de las cadenas de reparación grandes puede que la tenga en el almacén.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Y hacerle eso a un amigo? —preguntó Jeff con una indignación que hizo que se enderezara, casi como un suricato, con los hombros echados hacia atrás y las manos en el pecho. Pero su fe, y su lealtad, eran conmovedoras, y los hombros de Collin se relajaron un poco. —Te lo agradezco —gruñó—. Ahora puedes conducirlo, ¿verdad? ¿No es cómodo, pero sí manejable? Jeffasintió. —Sí. Ha estado pasando desde hace un tiempo. —Entonces aguanta un poco. Deja que vaya atrás y pida la pieza para ver cuánto va a tardar. Pero te lo vuelvo a decir, un taller más grande puede que haga todo este proceso más fácil... incluso la instalación, porque probablemente hacen unas cuantas de ésas al mes, y por aquí no las vemos a menudo. Otra vez esa adorable indignación. —Sí, pero es mi pequeño. ¿Crees que voy a dejarlo en las manos de alguien que no lo conoce? Esta vez Collin dejó que su alivio se reflejara en su sonrisa. —Excelente. Iré a pedir la pieza y volveré con una fecha. Miró a Jeff a través de la ventana mientras esperaba a que el distribuidor contestase al teléfono. Ese hombre jamás se estaba quieto. Sus manos siempre estaban en movimiento, dándole palmaditas al techo del coche, jugueteando con algo de dentro, revisando el correo que guardaba en el compartimento entre los asientos. Nada de “tumbarse y tomárselo con calma” para Jeff (previa comprobación del nombre en el formulario) Beachum. Lo único que no hizo fue comprobar su peinado, pero Collin estaba bastante seguro de que eso era porque ya se lo había acicalado suficiente por aquel día. Lo que sí hizo, sin embargo, fue alisar su gabardina de un color plateado emperifollado sobre el suéter beige de manga larga y asegurarse como seis veces de que los faldones de la camisa colgaban a la moda por fuera de los pantalones negros y prietos antes de sacar su super teléfono y empezar a dar a los botones. Collin se alegró bastante, incluso mientras estaba allí sentado en espera.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Es mono —dijo Joshua, apareciendo a su espalda y limpiándose las manos con una toalla—. ¿Vas a comprarle una tiara para el baile de graduación? Collin sonrió con la comisura de la boca. —Jeff probablemente se la pondría —murmuró, preguntándose por qué el distribuidor de las piezas siempre parecía ir con tanta calma, especialmente cuando él tenía prisa. Joshua miró cómo Jeff se sacudía otra pelusa imaginaria de los pantalones negros. —No me cabe duda. ¿Vas a llevarle? —Lo haría si él quisiera ir —murmuró Collin, dando golpecitos con el bolígrafo—. Tengo suerte de que me deje arreglarle el coche siquiera. —¿Cuál es su inconveniente? —Dios, demasiados como para contarlos. Es lo que le hace tan fascinan... ¿Sí? necesito la pieza de dirección de un Mini Cooper 2008, ¿tienes alguna de ésas a mano? Volvieron a ponerle en espera y se sorprendió cuando Joshua no volvió al taller sin más como hacía normalmente. Cuando Collin le miró para preguntar por qué, se sorprendió al encontrar que los ojos grises de Joshua le miraban con impaciencia, esperando su atención. —No estás jugando y nada más con ese chico, ¿no? Collin parpadeó. —No —dijo de corazón—. Mira, Joshua... hace unos cinco años y medio, él... —Te diagnosticaron. —La voz del viejo era sensata. Collin le había hablado del VIH porque se arañaban los nudillos y se daban golpes en los codos constantemente en su trabajo, y quería que Joshua fuera consciente de que los protocolos de seguridad no eran para tomárselos a broma. —Sí. Cuando era estúpido y estaba asustado y a dos minutos de salir corriendo y vivir en la calle en lugar de madurar de una puta vez, ¿vale? Y él gastó cinco minutos de su día... y debía de estar tan asustado como yo,

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane ¿sabes? —O peor, si Collin había entendido bien lo de novio muerto de manera trágica y el momento en que aquello había pasado. —Bueno, cinco minutos no conforman una personalidad encantadora —dijo Joshua sabiamente, y Collin gruñó intentando encontrar las palabras. —Lo sé. En aquel entonces creía que era un dios. —¿Y qué piensas ahora de él? —preguntó Joshua con curiosidad, y Collin miró cómo Jeff empezaba a mover la cabeza al ritmo de lo que probablemente era la música de la cuenta atrás de Jeopardy. —Creo que es jodidamente adorable. Joshua se rió un poco. —Bueno, me alegro por ti. Ve a cortejarlo como un troyano... —Con un bolsillo bien lleno de ellos para mayor seguridad —terminó Collin con sequedad. Aquella había sido la mantra de Joshua para la vida romántica de Collin durante los últimos tres años. Aunque Collin no era ni de cerca tan promiscuo como lo había sido durante el instituto, tampoco era un monje. Era sincero, directo y mortalmente cuidadoso en cuanto a la protección... pero se había leído la literatura disponible sobre el VIH dos veces para asegurarse, y en ningún sitio aparecía la cláusula de vivir como un monje, ni un voto de castidad (y había sido lo bastante estúpido como para creer la amenaza de Charlene de que habría una), así que imaginaba que estaba bien. —¿Señor Waters?—llegó la voz al otro lado de la línea, y Collin se sobresaltó tanto que estuvo a punto de dejar caer el teléfono. —¿Sí? —Sobre esa pieza que ha pedido... Collin volvió a los negocios, porque era bueno, competente y tenía orgullo en cuanto a su trabajo, pero deseaba tanto tener siempre a Jeff para mirarle mientras lidiaba con la gente de los recambios. Incluso ver cómo se ponía sus gafas de sol de diseño y se apoyaba contra el coche para jugar a juegos en su teléfono era un premio; a Collin siempre le habían gustado

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane los chicos guapos y los receptores clásicos en la cama. En ese aspecto era un tipo chapado a la antigua. Cuando, unos minutos más tarde, salió de la oficina, se movió furtivamente. Quería echar un vistazo por encima del hombro de Jeff para ver a qué estaba jugando. «¡Ajá!». Jeff dio un salto y le miró con los ojos como platos. Collin se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta. —¡Angry Birds! —coreó, tratando de esconder el hecho de que no pretendía darle el susto de su vida. —¿Gatos Felices? ¿Perros Psicópatas? Me rindo —murmuró Jeff, cerrando la ventana en su teléfono—. ¿Cuál es la subcategoría y a qué juego estamos jugando? —Angry Birds —le dijo Collin poniendo los ojos en blanco—. ¡Así se llama el juego! Jeff se sonrojó, y Collin dio gracias por una piel tan clara que podía ver un rojo apagado incluso debajo del bronceado. —Es divertido —murmuró, y Collin sonrió de oreja a oreja. —Para mi sobrino de seis años, sí, ¡es una pasada! —¿Tienes algo que decirme? —Jeff se guardó el teléfono en el bolsillo trasero de los pantalones, pero Collin tenía sus dudas de que fuera a quedarse allí. Esos pantalones eran terriblemente apretados. —Sí. La pieza estará aquí en una semana, y mientras tanto no hagas ningún viaje largo, ni ninguno corto en carreteras sinuosas, porque la dirección podría volverse rígida y sucia —«no te rías de la broma subida de tono, no te rías de la broma subida de tono»— en cualquier momento. Jeff sonrió con suficiencia. —¿Rígida y sucia? ¿Me estás diciendo que mi coche está salido? Porque no veo ningún Lexus buenorro con un buen tubo de escape, así que creo que va a quedarse profundamente decepcionado. —¡Maldición! —rió Collin—. ¡No quería llevar la conversación ahí!

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¡Pervertido! ¡Los coches no hacen esas cosas! —dijo Jeff sofocando la risa, y Collin perdió su risa masculina y se disolvió en una risita real. Jeff se detuvo y le miró con sorpresa. La risita de Collin desapareció. —Esa ha sido la, um, la primera vez que te he oído sonar joven —dijo Jeff con aspecto avergonzado—. No paro de olvidarme de que tienes... ¿qué? ¿Veintitrés? Collin tragó, maldiciéndose a sí mismo por la risita en el momento inadecuado. —Veinticuatro. ¿Por qué importa? Sigues llamándome Vivaracho y recordándotelo a ti mismo... ¿por qué te importa cuando lo olvidas? Jeff se sonrojó. —Mira, lo siento. Ya he pasado por suficiente esta mañana. ¡Si voy conducir hoy hasta Coloma, tengo que ponerme ya en movimiento! a Y dejó el asunto de la edad a un lado como podría soltarse un huevo desde el techo del gimnasio del instituto. —¡Coloma! —protestó Collin—. ¿Me has oído? ¡He dicho que nada de carreteras sinuosas ni viajes largos! ¿Vas a ir en un coche con problemas en la dirección hasta Coloma? Dios, ¿estás tomando pastillas de estupidez o simplemente te ha faltado esta mañana tu subida de adrenalina? Jeff se rascó la nuca y miró el juego de grises que conformaba el cielo de noviembre. —Mierda —murmuró—. Mierda, mierda, mierda... no. Tienes razón. —Fulminó de reojo a Collin con la mirada antes de que sus ojos volvieron a su posición de “pensando”—. No es que tengas tacto alguno diciéndolo, pero tienes razón. No... De hecho es la razón por la que he venido en primer lugar. Alquilaré un coche. —Jeff volvió a sacar su teléfono, buscando claramente el concesionario más cercano y diciendo «joder, joder, joder, joder, joder» todo el tiempo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin miró a Joshua por encima del hombro de Jeff y señaló su reloj. Joshua se encogió de hombros y le dijo con gestos que se marchase, y Collin se sintió agradecido. —Mira, te llevo —dijo, dándose la vuelta y bajando la cremallera de su mono mientras lo hacía. Debajo tenía una camiseta de manga larga, pero aún así el frío le golpeó tan pronto como la cremallera estuvo desabrochada. Alzó la vista para ver a Jeff trotando detrás de él. —¡No hace falta, Vivaracho! —dijo, esquivando los talones de Collin con la boca en una línea amotinada—. Soy un chico grande, sé cómo alquilar un coche. —Sí, pero yo soy el jefe, así que puedo trabajar mañana hasta tarde y tomarme hoy el día libre, ¿vale? —Sí —respondió Jeff con brusquedad, exasperado—, ¿pero por qué tendrías que hacerlo? Collin se detuvo en seco y le miró con la incredulidad suficiente como para hacer que Jeff titubeara. —Porque quiero. ¿No es suficiente? Jeff tomó una de esas bocanadas de aire profundas y limpiadoras que estaban empezando a cabrear tantísimo a Collin. —No necesito a nadie que me acompañe mientras hago esto —dijo, como si le estuviera hablando a un niño. Collin le sujetó la barbilla con la suficiente presión y firmeza como para que, el apartarse, provocase una escena. Era un riesgo, pero Collin era bueno apostando, y Jeff no se movió, furioso e inmóvil, los dos de pie cara a cara. —Ni siquiera sé qué estás haciendo, Jeff, y puedo ver que necesitas a alguien. Necesitas a alguien tanto que es como si estuviera esperando verte caer a pedazos si nadie te abraza. Todos tus amigos tienen pareja, Jeffy; bien podrías darme una oportunidad. Tengo brazos fuertes, puedo dar muchos abrazos. Jeff tragó, y Collin tuvo que volver a considerar lo frágil que era su escudo de autosuficiencia de Jeff en realidad.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Esto va a ser un embrollo —susurró—. Ni siquiera le he preguntado a Crick. —Crick no quiere besarte como yo lo hago —susurró Collin en respuesta—. Creo que deberías darme la oportunidad de ver si me asusto. Jeff asintió y dio un paso atrás con dignidad. —¿Vamos a ir en ese monstruoso coche tuyo? Porque Mikhail no ha cerrado el pico sobre lo maravilloso que es; creo que está intentando poner a Shane celoso. Collin hizo una mueca. —Creo que eso es algo imposible, ya que es bastante evidente que Mikhail caminaría sobre brasas por ese tipo. —Sí, pero es bastante divertido cuando lo intenta, así que Shane le deja.—La sonrisa de Jeff posiblemente era lo más fuerte sobre él. —Sí, vamos a ir en el Camaro; está en la parte de atrás. Aparca el Mini en ese sitio de ahí —Collin señaló la plaza de aparcamiento de “siguiente”, delante del despacho— y saca tus cosas. Vuelvo enseguida. Jeff asintió y volvió hacia su coche. Collin se concentró en pasar de mono grasiento a cita de ensueño en tiempo récord. Supo que había triunfado cuando, al volver, Jeff puso los ojos en blanco. —Muy mono, Vivaracho. ¿A quién intentas impresionar? —¿Tú no eres suficiente? —preguntó Collin, sonriendo. Su recompensa fue una sonrisa casi cariñosa que Jeff intentó esconder mientras abría la puerta del coche y entraba. —Ya he dicho antes que limpio eres guapo —replicó Jeff sin demora, y Collin intentó no hacer su pavoneo demasiado evidente. Estaba claro que falló—. Para, Vivaracho; te estás poniendo insufrible. No voy a decirte lo que ya sabes, así que déjalo. Collin tuvo que reírse; Jeff podía hacerle eso a un chico. Arrancó el coche y se puso en movimiento, asegurándose de tener bastante gasolina como para alejarse como mínimo noventa y cinco kilómetros de Levee Oaks, y continuó con la conversación. 128


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —De acuerdo, vale; así que mi superatractivo está echado a perder contigo. ¿Por quién acabo de darme entonces una ducha digna del ejército? Jeff tembló e hizo una mueca, girando la cabeza para mirar de verdad a Collin en toda su gloria recién limpiada, afeitada, perfumada y cambiada de ropa. —¿Has hecho el qué? ¿En el aparcamiento de tu taller? Dios, niño... ¡pedía que me llevaras en coche, no una cita! —¡Bueno, no sabía a quién íbamos a ver! —protestó Collin, pero estuvo secretamente complacido. Valía la pena una manguera fría, una toalla áspera o ir sin calzoncillos porque los suyos olían a aceite de motor si Jeff pensaba que tenía aspecto digno de una cita—. Um, ¿a quién vamos a ver? —A mi madre —murmuró Jeff, como si le doliera el solo decirlo. —¡Tu madre! —«Oh, mierda»—. ¿Vamos a ver a tu madre y no podías dejar que me marchara a casa para ponerme ropa interior? —Bueno —saltó Jeff—, ¡no es como si vaya a recordar dentro de diez minutos quién cojones eres de todos modos! «Oh». —Oh —dijo Collin con suavidad—. Um, ¿Alzhéimer? Jeff se encogió de hombros, y le siguió un silencio. Collin dejó que se alargase, imaginándose que Jeff lo llenaría cuando estuviese listo. Tenía razón. —Empezó justo después de que me fuera —dijo Jeff con un suspiro, Collin no husmeó para saber cuándo había pasado eso—. Tiene días y buenos y malos, y no estoy seguro de cuánto recordará. De hecho, no voy para verla... Voy para ver si puedo verla. Puede que ni siquiera nos dejen entrar. Collin intentó con todas sus fuerzas tomárselo con calma. Lo intentó, pero no pudo. —¿Por qué no nos dejarían entrar?¿Y quiénes son “ellos”?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff soltó un suspiro y Collin comprendió que aquella era la discusión que había esperado evitar al no recibir la ayuda de nadie. No quería que ni una sola alma lo supiera; más dolor que guardarse bajo el cinturón y pretender que no existía. —“Ellos” es mi padre. Me expulsó de la familia cuando salí del armario, pero mamá y yo seguimos en contacto. —Collin jadeó, pero Jeff continuó hablando con la voz cuidadosamente vacía de cualquier ánimo, enfado, amargura... o vida—. Cuando esto... —hizo un gesto con la mano para indicar lo desagradable de la edad y la enfermedad—, empezó a pasar, tuve que colarme para hablar con ella. Durante el último par de años he estado sobornando a la enfermera y hablamos por teléfono una vez a la semana, pero esa enfermera ha sido despedida hace poco... —¿Por aceptar sobornos? —Por haber sido pillada mientras le follaban el culo en el armario de los suministros —respondió Jeff con la primera nota de emoción filtrándose en su voz. Humor, por supuesto—. Y con franqueza, creo que si tienes un trabajo como ese, deberías conseguir tu propia habitación y porno complementario, solo para no tener toda esa necesidad. Pero no importa. Becky no está, y ahora tengo que ir y suplicar para ver a mi propia madre. —¿Es tu padre tan cabezota como tú? —preguntó Collin, y estuvo a punto de agacharse frente a la mirada fulminante de Jeff—. ¡Solo pregunto! ¡Quizás puedas razonar con él! Collin no podía imaginar un mundo en el que su familia simplemente le diese la espalda. Le habían hecho falta dieciocho años para meterlo finalmente en su testaruda cabeza, pero ahora comprendía hasta las plantas de los pies que su padre no le habría dejado de manera voluntaria, y ciertamente no mientras llevaba a Collin en la parte de atrás del coche. Vivía en el apartamento del garaje no porque no pudiese permitirse un hogar propio; de hecho, se había comprado una casa pequeña. La había remodelado y vendido. A su madre le gustaba saber dónde estaba; la hacía feliz saber que él estaba a salvo. Collin creía que ya le había provocado suficiente ansiedad al crecer, y ahora le debía un poco de ego e independencia para tranquilizarla.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane La idea de que el padre de Jeff simplemente... simplemente no le quisiera. Era ridícula. Nadie hacia aquello ya, ¿no? —¿Es mi padre tan cabezota como yo? —murmuró Jeff—. Ese hombre me ha negado el poder ver a mi madre durante una década, Collin. Clama que estoy moralmente corrompido. Además es el jodido patriarca de la familia, así que con él se fueron mi hermano, mis primos y todas y cada una de las almas con las que crecí. ¿Si es tan cabezota como yo? ¿A quién le importa? En serio... Ya ni siquiera me importa una mierda. Solo quiero hablar con mi madre una vez a la semana, ¿de acuerdo? No es mucho... no es cenar en El Púlpito, ni el derecho de llamar a Crick y a Deacon y llorar en su sofá. No es comprarles vestidos a las pequeñas... —¿Pequeñas? En la cena solo había una. —El bebé de la mejor amiga de Deacon, Lila. No es malcriar a las pequeñas, o que te llamen tío Jeff, o planear la boda de Shane y Mikhail, ni enviarle paquetes a la hermana de Crick en la universidad. No es nada de todo eso, pero es lo único que me queda de una infancia feliz, maldita sea, y no voy a ponerme boca arriba para mostrar el vientre y dejar que ese bastardo me lo arrebate, ¿me oyes? —Sí —dijo Collin, pensativo—. Te oigo. —Oía un núcleo de acero en la voz de ese hombre, eso era lo que oía. Oía que quizás Jeff no quisiera oír nada sobre El Púlpito que no fuera radiante y resplandeciente, y oía que quizás se esforzaba demasiado en mantener la careta de hombre divertido por un grupo de gente a la que quizás no engañaba ni por un segundo, pero que le quería demasiado como para dejar que se notase. Jeff guardó silencio durante un minuto y volvió a echar la cabeza hacia atrás, como si estuviera intentando aliviar algún dolor en el cuello. —Hay un poco de ibuprofeno en la guantera —ofreció Collin, y Jeff negó con la cabeza. —Gracias, pero no. Me revuelve el estómago como ninguna otra cosa. —Jeff mantuvo la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, y Collin pudo oír el cansancio en su voz. Como un ancla tocando el fondo de un océano helado. ¿Qué hacer? Qué hacer, qué hacer... Collin no era demasiado bueno reconfortando. Era bastante bueno estando ahí durante las partes duras; su 131


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane último novio había perdido a su hermana en un accidente de tráfico mientras estaban juntos, y Collin había aguantado durante el funeral, el luto y el dolor. Al final, sin embargo, Luis había necesitado seguir adelante, y Collin había estado listo para dejarle ir. Así que podía llevar a Jeff hasta esa horrible confrontación familiar, y probablemente podía apoyarle si se derrumbaba... y eso era lo que había querido hacer desde el principio. Pero estaba algo perdido en cuanto a qué hacer por un hombre cansado con dolor de cabeza que parecía cargar con el mundo sobre los hombros. No podía quedarse sin hacer nada. Indeciso, extendió el brazo y puso la mano en la rodilla de Jeff. Quedó sorprendido (y con una sensación de humildad) cuando esos dedos largos y con manicura se entrelazaron con los suyos y apretaron con fuerza. Collin mantuvo los dedos de Jeff entrelazados con los suyos, y consiguió conducir con una sola mano durante la mayor parte del trayecto por la autopista 50, hasta que tuvo que tomar la salida que los llevaría a lo que era, al parecer, la ciudad natal de Jeff.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: LA PUNTA CONGELADA DEL GRANY JODIDO ICEBERG JEFF NO estaba seguro de qué parte de su día apestaba más: despertarse con la llamada de teléfono arrepentida de Becky, el hundimiento del Titanic que había sido su cita de asesoramiento con Martin, o descubrir que era lo bastante débil como para dejar que Collin se encargara de su vida y le llevara a lo que prometía ser un festival de penalidades que le arrancaría lo que le quedaba de fuerza vital como una aguja del calibre dieciocho a mach seis. Añade eso a su extraña conversación con Crick la noche anterior, la cual había dejado a Jeff con la vaga sensación de que estaba pasando algo grande, malo y fuera de control justo delante de sus ojos... bueno, mierda. Cuando el tacto de Collin, un tacto simple y humano, se entrelazó con los dedos fríos, mojados de sudor y necesitados de Jeff, este pensó que bien podría tener que agarrarse a él para siempre, puede que incluso más tiempo. Apretó la mano de Collin y mantuvo los ojos cerrados, reviviendo los puntos más afilados de su conversación con el hermano pequeño de Kevin en su cabeza, provocando ecos.

—¡Sí! ¡Amabas tanto a mi hermano que le pegaste el SIDA, ¿no?! «Auch. Solo, joder, auch». Jeff miró al chico, que tenía las manos en las caderas, los codos sobresaliendo, y evitó preguntar cómo se las habían ingeniado los padres de Martin para no ahogarle al nacer. —Esa maldita goma se rompió, niño. ¿Tengo que hacerte un dibujo o ya he colapsado tu pequeño cerebro de ardilla con demasiada información?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Los ojos de Martin se abrieron de par en par, muy redondos, y la piel se le volvió cetrina y blanca en la parte rosada de los labios. —¿Eso es lo único que hace falta? —preguntó horrorizado—. ¿Un condón roto? —Teóricamente, sí—respondió Jeff con brusquedad, pensando «Por favor, no vayas a ese tema, por favor, no vayas a ese tema, por favor, no vayas a ese tema...». —¿Teóricamente?—Martin le miró con una sospecha increíble. Jeff miró la pequeña habitación de asesoría a su alrededor, deprimido. Todo lo que vio fue un puñado de arte adolescente, algunos posters de conciertos, una pequeña mesa para el café, sillas baratas y a Kimmy, la persona segura para Martin, mirándole directamente con una compasión increíble en los ojos. Jeff le devolvió la mirada y trató de ser malicioso, pero no pudo. Kimmy había tenido momentos como aquel en su propia vida, estaba seguro. Momentos en que sus decisiones habían sido pésimas o motivadas por corazonadas extrañas e internas en lugar de por el pensamiento cuerdo y racional. Una no tenía a todos los amigos gais de tu hermano reunidos para salvarte de tu ex novio abusivo y un cuenco lleno de cocaína no consentida si las decisiones en tu vida eran todas rosas y arco iris, ¿no? No. Si alguien sabía lo mal que le iba a sentar a Jeff la evisceración personal, probablemente esa era Kimmy. Pero eso no lo hacía más fácil. Dios, toda esa montaña de mierda de perro humeante sería mucho más fácil de sobrellevar si pudiese odiar a Kimmy. —No sé si pasó con solo aquella vez —dijo Jeff en voz baja—. Simplemente abandonamos por completo los condones después de eso. —¡Oh, por amor de Dios! —exclamó Kimmy. Jeff la miró con sequedad. Estaba mucho más feliz ahora que ella había hecho algo más que cuando era un modelo de salud emocional y profesional. —¿Nos hemos saltado las clases del tacto, Kim, o quiero ver la nota que sacaste en ellas?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —En serio —murmuró Martin, compartiendo una mirada incrédula con Kimmy—. ¡Incluso yo sé que esa es una idea terrible! Jeff suspiró y se frotó la cara con las manos. ¿Cómo ponerlo en palabras? Para empezar, Kevin se iba a ir a la guerra, y Jeff podría no volver a verle nunca. Quería tener su toque por todo su cuerpo; era así de sencillo. No quería que hubiese nada entre ellos; ni un pensamiento, ni un miedo, ni un trozo de goma. Y, a pesar de la tontería romántica con estrellas en los ojos que había sido, ni siquiera competía con la otra razón. Iba a meterse en aquel número libre de VIH; casi igual de prístino como lo había sido cuando había perdido su virginidad con Troy Wilkins en los vestuarios después del entrenamiento de natación en décimo primer curso. (Troy también había sabido lo que hacía; follaba como un dios y, sí, tenía un bolsillo lleno de condones, porque ese chico tenía planes. Lo último que Jeff había oído de él era que se había graduado en derecho en Stanford; bien por él. También tenía una esposa e hijos, y Jeff no estaba tan seguro sobre eso. Pero, bueno, cada uno con lo suyo). Así que si Kevin le acababa de pegar el VIH con un condón roto, Jeff no quería estar enfadado con él. No quería que Kevin fuera a la guerra pensando que Jeff jamás le perdonaría por llenarle el culo de SIDA. Había sido Jeff el que había abandonado la protección, y Kevin, avergonzado y movido por la culpa, le había seguido el juego. Así, había dicho Kevin, no sería un accidente estúpido, sino su propia estupidez. La peor idea de todo el puto mundo. Jeff lo había sabido al hacerlo. Pero había jurado (¡jurado!) que jamás miraría atrás, a su tiempo juntos, y lamentaría ni un momento, ni una bocanada de aire, ni una decisión estúpida. Y no lo había hecho. Hasta ese momento. Cuando tuvo que explicarle a Martin la manera de pensar retorcida de dos hombres que no estaban pensando, sino sintiendo, con todo el corazón, un matrimonio sin boda, una vida de «Sí, quiero» que había llegado de manera demasiado abrupta al «Hasta que la muerte nos separe».

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Es complicado —dijo sin convicción en el silencio expectante, y Martin le había dado la espalda con desdén. Y ese, chicos y chicas, había sido el final de la jodida sesión.

Aferrarse a la mano de Collin en aquel momento parecía un hurto. No tenía intención de tomarse en serio a aquel chaval, y era un fraude total y absoluto. Cuando salió del recuerdo de su conversación con Martin, revivió el optimismo de Kevin y suyo, recordó ese amor embriagador que lo mandaba todo al cuerno y era como un tren sin frenos, que había dejado sus huellas, tal y como las sentía, en lo más profundo de sus huesos; la agotada seguridad de que no podía volver a hacerlo. Su corazón no estaba listo para eso. Ahora estaba más allá de todo aquello. Nada de amor para Jeffy. Dolía demasiado. Jeffy era fuerte, Jeffy era sabio, y Jeffy no podía sobrevivir a otro corazón roto; no podía hacerlo. Las mismas cosas que habían hecho a ese chico tan atractivo (el coche de machito, el caminar como si todo le perteneciera, el humor mordaz, la actitud prepotente), aquellas eran las cosas que eran arriesgadas. Aquellas eran las cosas que llevaban a un desastre. Jeff no necesitaba darle ninguna esperanza. Nada de promesas. Ni siquiera darse la mano en el silencio del coche (algo parecido al silencio; ¡esa maldita cosa tenía un motor que despertaría a James Marshall, fundador de Coloma, y ese tipo llevaba muerto un siglo y medio!). Pero incluso aquello era una mentira, porque Jeff no parecía ser capaz de obligarse a soltar aquella mano de nudillos ásperos y huesos fuertes. Pero tenía que darle algo al chico. Puede que Jeff fuera el autodenominado Jeff, el padrino reinona de los gais, pero eso no significaba que no tuviera sentido del honor como cualquier otro macho alfa del planeta, ¿no? Dios, darle al chico un poco de verdad, una verdad, cualquiera, para que Collin no lamentase darle la mano a un viejo homo que cargaba con demasiados antecedentes emocionales como para tener sexo sin compromiso, mucho menos una relación de varias estaciones.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Tu edad —dijo mientras sentía cómo Collin movía el cuerpo antes de tomar la salida hacia la autopista 49. Se enderezó en su asiento y miró alrededor, sintiéndose refrescado, como si hubiera estado dormitando o meditando en lugar de obsesionarse con la explosión emocional de esa mañana. Dios, por mucho que fueran a apestar las horas siguientes, volver al viejo Campo Dorado era algo especial. La hierba era verde en lugar de marrón, los robles y pinos tenían un color acebo profundo y los arces azucareros y las moreras estaban espectaculares y flamantes mientras cantaban su canción de muda de hojas. —¿Mi qué? —Collin estaba mirando las señales de tráfico y, tras una ojeada al indicador de la gasolina, giró a la izquierda y entró inmediatamente en la gasolinera para repostar. Bueno, un coche tan monstruoso como aquel probablemente engullía la gasolina sin piedad ni remordimientos, ¿no? —Tu edad —dijo Jeff cuando Collin hubo apagado el motor. Su voz sonó anormalmente alta en el repentino silencio. Collin se giró hacia él, y a medida que el frío de la altitud atravesaba las ventanas, Jeff fue consciente de que el cuerpo de Collin irradiaba calor como algún tipo de caldera de gasoil. Dios, el chico era exactamente como su coche; músculos, corazón y un físico hábil... Que el cielo ayudase al pobre Jeffy, que no había catado nada desde hacía tanto tiempo. —¿Qué pasa con mi edad? —preguntó en voz baja. —El problema es...—Jeff miró hacia un lado, al frente y a cualquier sitio excepto a esos perceptivos ojos dorados—. El problema es que has crecido realmente deprisa, chico. Y eres... Dios, eres más maduro que yo en este punto. Voy a seguir llamándote Vivaracho, novato o lo que sea para recordarme a mí mismo que tengo —luchó contra el impulso de soltar una risita—, una historia. Problemas. Dios, tengo como una tienda de maletas colgando de mi psique, ¿vale? Ytú... eres joven, y es evidente que lo llevas todo bien, y no necesitas que esté allí liándolo todo. No debería haber aceptado tu ayuda, ¿de acuerdo? Pero lo he hecho, y lo siento, y voy a seguir llamándote Vivaracho solo para que recuerdes que tienes otras opciones y que todo esto del enamoramiento debería ser algo que superases, o te aplastará la cabeza. —¿Por qué no dejas que yo decida eso? 137


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeffni siquiera pudo mirarlo. —Nadie debería tener que forcejear con mis demonios, Collin —dijo en voz baja—. Yo al menos he podido ser joven, ¿vale? La mano amable de Collin en su barbilla obligó a Jeff a mirarle a los ojos, y su corazón empezó a latir un poco más rápido cuando vio la sonrisa lenta y petulante en el rostro del chico. —Oh, Señor, ¡eso ha sido un error! —murmuró. Fuera lo que fuera que había dicho, le había dado esperanzas al chico—. ¿Qué ha sido? Estoy intentando acojonarte, maldita sea... ¿cómo he fallado? —Me has llamado Collin. —El susurro de esos labios llenos contra el ceño fruncido de Jeff fue suficiente para hacerle cerrar los ojos, e incluso se inclinó hacia delante antes de que ese terrible calor que irradiaba se retirase junto con los dedos en su barbilla. —¿Puedo invitarte a un refresco, Jeffy? —preguntó Collin, con los ojos entrecerrados por el insufrible conocimiento de que sí, durante medio segundo, Jeff se había permitido desear. —Café, Vivaracho —respondió con brusquedad—. Los adultos beben café. Y me compraré el mío, gracias. Tengo que ir al baño. —Tráeme un refresco, ¿por favor? —gritó Collin con suficiencia mientras salía del coche y pasaba la tarjeta de crédito por el surtidor—. Prefiero la lima light, el limón o algo así, ¿vale? —¡Lo que quieras, Vivaracho! —respondió Jeff con la clase de saludo que solo el dedo medio podía transmitir. Pudo oír la fuerte risa de Collin resonando sobre el asfalto de la gasolinera hasta que la puerta del pequeño supermercado se cerró detrás de él.

JEFFLE compró un refresco del tamaño de una piscina infantil, esperando que la vejiga del chico reventase en el largo viaje entre la civilización y lo que Jeff siempre había considerado como un suburbio aislado. Coloma era una pequeña atracción turística en mitad del bonito campo. Entre las curvas de la autopista 49 había carreteras más pequeñas 138


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane que escalaban las colinas hasta pequeños vecindarios de casas sobre grandes parcelas de tierra. Aquellos eran los niños que iban a la escuela y la gente que llevaba los negocios locales. Las cosas turísticas estaban todas allí; había artistas locales expuestos en un par de tiendas, tiendas de té, pequeñas cafeterías, la inevitable tienda de recuerdos, de esa clase que tendría una camiseta con un dedo dentro de la nariz y la leyenda «Encontré oro en Sutter's Mill»: Una manzana más allá de los edificios turísticos estaban los negocios que usaban los parroquianos; videoclubs, bancos, tiendas de pienso (aunque ésas se habían desplazado hasta la ruta de los turistas últimamente, porque hoy en día ya no había ni de cerca la suficiente gente con animales grandes como para mantenerlas) y, por supuesto, un despacho en una casa eduardiana restaurada: Beachum, Proter y Mason, Buffet de Abogados. Aquel era el padre de Jeff, y los primos de su padre, estableciendo su propio pequeño patriarcado sobre la pequeña ciudad turística como Burgemeister Meisterburger4 mismo. —Gira aquí —murmuró, señalando a una carretera casi invisible detrás de una tienda de pienso—. Aquí. Hay un pequeño aparcamiento... Puedes quedarte en el coche. —¿De verdad? —El labio de Collin se arqueaba cuando se oponía a algo. Era, um, de hecho era atractivo, y a Jeff le sudaban las manos desde aquel intenso momento delante de la gasolinera. Collin había puesto de mala gana algunas canciones de películas en el estéreo, y eso también había sido un poco encantador, especialmente cuando Collin se había lanzado a cantar la parte de Valjean al principio de Los Miserables. Tenía una voz sorprendentemente estable de barítono; no tan agradable como la de Deacon, pero aun así sólida. Juró que haría que Jeff le recompensara escuchando al grupo Rise Against durante todo el camino de vuelta, y aunque Jeff había protestado, y en voz bien alta, sus pensamientos privados eran que había valido la pena.

4Burgemeister

Meisterburger es el antagonista de la película “Santa Clausis Comin' to

Town”.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Um, sí —dijo Jeff, intentando poner algo de rigidez allí donde su cadencia al hablar amenazaba con ganar—. Tú... bueno, ya sabes, si sigues la calle principal, por donde hemos venido, hay un parque bastante bonito. Hay un paseo a lo largo del río hasta el molino donde descubrieron oro, y una estatua de James Marshall, y la historia de... —Crecí en California, Jeff. Conozco la jodida fiebre del oro, ¿vale? —Sí, bueno, no tenías por qué saber cosas de este sitio. —Cierra el pico y sal del coche. Me quedaré por aquí y seré un gay ambiguo en el paisaje, Jeffy, pero aprovecha que estoy aquí ahora que estoy. Jeff dejó escapar un gruñido frustrado y, a continuación, salió del coche, caminando hacia la bonita y conservadora entrada de la residencia Holly Ridge mientras se subía la bufanda de lana de alpaca alrededor del cuello bajo el frío de noviembre. Dios, allí arriba hacia frío. Debería haberse acordado de los guantes, pero en Levee Oaks se estaba a unos seis grados más. Joder. Odiaba este puñetero frío. Preferiría tostarse al sol como un salmón hervido. Volvió a comprobar la bufanda, y estaba a punto de pasarse la mano por el pelo cuando la mano de Collin, fuerte y cálida, se la sujetó. —No te toques el pelo, Jeff. Está bien. Te ves genial. ¿Cuándo fue la última vez que la viste? —Podríamos no conseguir verla ahora —dijo Jeff, esperando que su voz no le sonara tan apenada a Collin como a él. El brazo de Collin le rodeó la cintura y descansó la cabeza contra el oído de Jeff. En el reflejo del cristal al que se estaban acercando, parecía un gesto insoportablemente íntimo. Pero Jeff no pudo obligarse a apartarse. —¿Cuánto tiempo? —preguntó con suavidad. —Doce años —dijo Jeff con voz ronca y, a continuación, atravesaron las puertas automáticas. Los buenos modales le dieron una excusa para alejarse de Collin en lugar de salir corriendo por completo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Su discusión con la directora de la residencia fue corta y directa al centro de la cuestión. —Lo sentimos, señor Beachum... comprenda que estamos bajo órdenes estrictas de no dejar que tenga ningún contacto con usted, ¿entiende? —Fuimos juntos al instituto, Clarice. Llámame Jeff, y deja de decirme toda esa porquería. Hace doce años funcionó porque yo tenía diecinueve, y no sabía qué podía hacer. Ella me recuerda, una visita mía no la pondrá nerviosa, y trabajo en el área de la salud; si mi madre quiere verme, puede verme perfectamente, y si quiere aceptar mis llamadas yo no debería por qué encontrar a la enfermera correcta a la que sobornar. Debería poder darle un móvil para ella y hablar con ella. —Bueno, puesto que Rebecca ya no trabaja aquí, eso difícilmente es una opción... Jeff quiso arrancarle de una bofetada la sonrisa condescendiente de la cara. —¡Solo era una opción porque era fácil, vaquilla! ¡Ya no es fácil, y tengo el derecho de ver a mi maldita madre! —Tu madre tiene el derecho a no ser molestada por desviados sexuales. Oh, Dios. Jeff conocía esa voz. —Oh. Dios. Mío. —Ni siquiera se giró—. ¿Tienen alguna clase de línea urgente de avistamiento de gais por aquí? —Le dirigió la pregunta a Clarice, y estuvo satisfecho al verla removerse inquieta. —Pedí a la recepcionista que llamase a su padre cuando entró —explicó con voz débil, y él puso los ojos en blanco. —Guau, Clarice. No podría haberlo adivinado sin tu ayuda. Menos mal que estás aquí. Clarice se sonrojó. Había ganado un poco de peso desde el instituto, pero a diferencia de Margie, la paciente favorita de Jeff, él era incapaz de ver más allá de las caderas, la piel curtida, el cabello entrecano y los ojos de cerdo para ver a la buena persona que había dentro.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Tiene derecho a saberlo —dijo ella, con algo de su actitud filtrándose en su expresión, y la sonrisa que Jeff le devolvió en respuesta fue desagradable; hasta él lo sabía. —¿Tiene derecho a saber que he estado pagando parte del alquiler? —preguntó Jeff, con la carta ganadora y orgulloso de ello. —¿Qué? —preguntó ella, y detrás de él pudo oír el eco duro como pedernal de una voz de tenor. —¿Qué? —Rebecca me llamó el año pasado y me informó de que iban a aumentar los precios. Dijo que el marido de la señora Beachum no era capaz de pagar, y yo puse la diferencia. Incluso firmé un arrendamiento parcial. Así que, Clarice, estoy sustentando parte de la factura, puta sin corazón, y tengo todo el derecho de ver al residente por el que estoy pagando. Y el derecho de dejarle un teléfono móvil, y de asegurarme que tiene a alguien que le ayude a usarlo. Como he dicho, Becky resultaba conveniente. Era un modo de evitar la escena que está pasando ahora mismo. Pero no he visto a mi madre cara a cara en doce años, así que quizás sea algo bueno que pillasen a Becky, porque creo que estoy disfrutándolo muchísimo, ¿sabes? Y ahora si me perdonas, voy a ir a ver a mi madre. Y no te molestes en escoltarme; sé el número de habitación. Va en la misma línea que mi firma en el jodido cheque que te metes en el bolsillo cada mes. Jeff sintió una extraña oleada de triunfo bajo la piel, y ni siquiera intentó luchar contra el gesto de desprecio de su rostro cuando se giró sobre los talones para marcharse. Su padre intentó ponerse en medio. —Escucha, hijo... —Ya no soy su hijo, ¿se acuerda, señor Beachum? Dios, se veía viejo. ¿Cómo podía parecer tan viejo? Su rostro estaba arrugado y el cabello estaba gris y largo. ¿Cuándo había dejado su padre que le creciera tanto el pelo? Un poco de gel fijador, una corbata y podría haber hecho cola junto con los otros hippies de South Placer. «Dios», pensó Jeff, con el enfado alzándose con fuerza para tensar los músculos de

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane la mejilla y alrededor de la boca, «ojalá». Gran parte de South Placer era tolerante y aceptaba a la gente... y estaba intoxicada con algo de hierba de primera calidad, eso lo reconocía. Pero no la pequeña esquina del universo de su padre. No Archie Beachum, quien nunca había tenido un solo pensamiento liberal en toda su vida (aunque al parecer había tenido un soldadito liberal entre las piernas, porque Jeffera la prueba viviente). La boca de labios finos se apretó. —Jeffrey—dijo con tono de advertencia—, atiende a razones. La vista de Jeff era del mismo color que cuando había derribado a Collin de un golpe. Tuvo que luchar por respirar, luchar por ver a su padre con claridad... luchar por no luchar. —¿Razones? —repitió lentamente—. ¿Razones? Viejo, no tengo nada que responder a eso. Tú... —Oh, Dios. Un millar de momentos pasaron tras sus párpados, momentos que había mantenido al margen durante doce años porque verlos dolía demasiado—. Tú... mierda. Archie, me cuidaste cuando tuve faringitis a los siete años. Tú... fuiste a cada competición de natación en la que competí. Me llevaste a cenar bistec cuando me dieron la beca. Y todo eso se esfumó un día cuando llegué a casa y dije que no amaba a quien tú esperabas. Todo eso. —Su voz parecía separada de su cuerpo. Su boca se movía, y no estaba seguro de lo que iba a salir de ella. Era como oír hablar a otra persona. «Eso es bueno. Dejemos que escuche hablar a esa persona.» Porque cuando hablaba ese tipo, toda esa mierda le pasaba a él y no a Jeff. Jeff estaba en una burbuja. Jeff iba a ir a casa y a cenar con Deacon y Crick el domingo. Jeff estaba bien. Y esa otra persona... Dios. Estaba diciendo cosas que Jeff se alegraba de no tener que recordar él, porque, Señor, eso sería horrible. —Lo que estabas haciendo era contra natura —recitó Archie, y la voz de Jeff se volvió incrédula. —Dios, Archie. ¡No iba a hacer que mirases! Ni siquiera iba a llevar mi novio a a casa, ¿sabes? Solo quería que supieras quién era yo. Todavía era tu pequeño. Todavía era el hijo pequeño de mamá. Y tú simplemente... ¿simplemente lo olvidaste durante doce años? Quiero decir, puede que seas un viejo homófobo sin alma, pero... pero quiero decir, Dios, papá. Estaba bajo el espejismo de que crecí siendo querido...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¡Fuiste querido! —La voz del anciano se estaba rompiendo. Eso debería haber sido triste. Jeff no pudo sentirse triste por ello. Era consciente, o algo así, de que Clarice la Cabrona Thomas estaba retrocediendo contra su mesa y buscando con nerviosismo una manera de escapar de aquella reunión familiar. Era mucho más consciente de que Collin se estaba apartando de la pared de manera tensa, buscando un momento, una razón, lo que fuera, para estirar el brazo y apoyar a Jeff, para ayudarle y ser esa persona. Jeff no necesitaba a esa persona. Jeff podía hacerlo perfectamente él solo. —No es amor si desaparece con un chasquido, idiota —dijo con frialdad—. Ahora tengo derecho a verla, así que vete y déjame tranquilo y no te molestaré. —¡Tú eres el que se marchó sin mirar atrás! —respondió Archie con brusquedad, y Jeff curvó el labio con desdén. —Creo que acabo de dejar claro que eso es una completa gilipollez, ¿no, Archie? —¡Bueno, yo no lo sabía! —saltó el padre de Jeff—. ¡Yo creí que te marchaste sin mirar atrás! —¡Te envié cartas, papá! —Esa otra persona parecía estar sufriendo. Había lágrimas en su voz. Dios, Jeff se alegraba de que no fuera él esa otra persona—. A ti, a Barry, a mamá. Recibiste tarjetas de cumpleaños, de Navidad... tenías mi dirección, mi número de teléfono; ¿no podrías haber llamado, joder? —¿No podrías haberlo hecho tú? —¡Lo hice! —gritó Jeff, y apareció una mano sobre su hombro, cálida y urgente. Le estaba conteniendo, y él estaba enfadado, acalorado, furioso. La voz de esa otra persona y el corazón de Jeff estaban empezando a latir juntos al mismo horrible ritmo, y Jeff intentó con todas sus fuerzas mantenerlos separados. —¡La llamaste a ella! —gritó Archie—. ¡No te disculpaste conmigo ni una vez!

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¡No voy a disculparme por quien soy! —Oh, joder. Esa había dolido. Le dolía la garganta. Parecía como si se la hubiera desagarrado, hecha tiras, destrozada y estrecha—. ¡No me disculparé por tener toda mi vida arrancada de las manos cuando me había creído durante diecinueve años la mentira de que era querido! —¡Fuiste querido! —chilló Archie, y Jeff negó con la cabeza, siendo él por completo y, maldición, llorando como el jodido gran homo reinona que siempre había sido. —Énfasis en el “fuiste”, papá, ¿verdad? Porque puede que ahora me quieran, pero no eres tú quien lo hace, ¿sabes? Tuve que salir ahí fuera y conseguir una nueva familia... y lo hice. Tuve que encontrar a un tío mayor que me apoyase durante el peor día de mi vida, y a su agradable mujer, que me dio una razón para vivir. Fui y encontré a un hermano a quien no le import�� una mierda si era gay o hetero pero a quien le gusta de verdad ir de compras conmigo, y una hermana a la que le gusta tejer, y un padre que es más joven que yo pero que, de todos modos, se asegura de que aparezco para las cenas de los domingos. Encontré primos que me quieren, y bebés... —Jeff recordó la última vez que había estado en El Púlpito y encontró, contra todo sentido común, una sonrisa surgida de algún sitio en el que no había creído—. Le enseñé a un bebé la palabra que empieza por J, papá, exactamente igual que al hijo de mi primo, excepto que esta pequeña recordará mi nombre dentro de diez años, te lo garantizo. Hay dos niñas ahí fuera que me llaman tío Jeffy, y me quieren, y les llevo vestidos y voy a sus recitales de danza y doy vueltas con ellas en el jardín. Y sus madres me adoran y creen que soy la mejor niñera del mundo, ¿y sabes cuál es la mejor parte? Se estaba secando la cara con la manga de la gabardina. Mierda. Iba a embadurnarla de crema hidratante. Probablemente dejaría mancha. Pero no era capaz de parar, y se estaba hundiendo contra un cuerpo grande, fuerte y reconfortante que tenía a su espalda. No quería luchar más contra ello, ni siquiera para buscar un jodido pañuelo. Archie simplemente sacudió la cabeza ante la pregunta de Jeff, y este vio sin ver que su padre, el hombre al que había idolatrado hasta los diecinueve años y todo eso le fue arrebatado, también se estaba secando la cara con la manga de su abrigo negro.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —La mejor parte, papá, es que ninguna de esas persona me va a arrebatar eso por ser quién soy. Saben quién soy. Me quieren. Creen que soy una buena persona. Soy una buena persona. Tengo una buena familia. Tú ya no formas parte de ella, porque me dijiste que no querías serlo. Pero mamá... ella nunca me dijo eso. Así que voy a visitarla, hacerle otra fotografía, y puede que venga a verla por Navidad, porque me he ganado el jodido derecho a hacerlo. Inspiró profundamente y comprendió que estaba en medio de lo que probablemente era una escena realmente vergonzosa. La mitad del personal de la residencia estaba asomado por el marco de la puerta para ver de qué iba todo el jaleo, y Jeff... bueno, Jeff estaba parloteando como un bebé. —Ahora —siseó, furioso y un poco avergonzado y con el corazón roto—, apártate de mi camino. Y su padre, el hombre cuya palabra había sido ley en su casa durante su infancia, el hombre que le había arrancado su red de seguridad cuando no había crecido aún del todo, se retiró y se quitó de su camino. Jeff se abrió paso a empujones a través de los mirones, intentando no complacerse demasiado cuando sus hombros afilados entraban en contacto con los brazos o el pecho de alguien, y luchó por abrirse camino entre la multitud que al parecer había decidido que ya habían tenido suficiente entretenimiento para la tarde y no iban a seguirle. Collin y él se acercaron en silencio al ascensor, porque su madre vivía en el segundo piso, y se quedaron allí de pie esperando a que llegase. El silencio era agotador, incluso durante un espacio de tiempo tan corto, y le estaba desgastando. Tenía que decir algo. Se suponía que tenía que decir algo. Jeff siempre llenaba los silencios. Era su trabajo. —Señor—murmuró mientras miraban el indicador y sentían el calor de lo que debía de ser toda la ciudad en sus nucas—, ella es la que tiene alzhéimer, y él es el que parece haberlo olvidado todo. —Cállate, Jeff —dijo Collin con brusquedad, y Jeff consiguió mirarle de reojo cuando las puertas se abrieron. Su rostro estaba tenso, con los ojos enrojecidos, y puede que se viese, un poco, como Jeff se sentía. Lo lamentaba por el chico. Había intentado advertirle... quizás no lo

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane suficiente, pero había intentado decirle que no valía la pena cargar con todo lo que arrastraba tras de sí, ¿no? Lo había intentado. Dios, no. No lo había hecho. No había sido suficiente. Fuera lo que fuera que había hecho, no había sido suficiente, porque el chico todavía estaba allí. Y que Dios le ayudase, pero Jeff quería que siguiera allí, solo durante algunas horas más. El ascensor estaba lleno: dos mujeres de pelo azul montadas en sus pequeñas motos eléctricas y una con un andador, todas ellas mirándoles sorprendidas. Ambos se apartaron caballerosamente a un lado y sonrieron en un silencio tenso mientras las mujeres salían zumbando o renqueando, y a continuación entraron en el ascensor como si la mitad de Coloma no estuviera mirando cómo, al parecer, los dos únicos maricas de la ciudad entraban en un espacio cerrado juntos. —Lamento lo de... —He dicho que te calles, Jeffy—murmuró Collin, y giró a Jeff con brusquedad, sin un «Hola ni un cómo estás», y lo sepultó en un abrazo que continuó eternamente. El ascensor se movió a su velocidad de tortuga hacia el siguiente piso, y aun así, Collin le abrazó, y Jeff se aferró a él. Collin extendió el brazo y apretó dos veces el botón de cerrar las puertas mientras ancianos empequeñecidos se quedaban allí sentados en un silencio aturdido. Mantuvo a Jeff pegado a sí de manera maravillosa hasta que los temblores dejaron de hacerle imposible el moverse.

LA

MADRE de Jeff había estado... distraída. Sorprendida de verle, pero

distraída. Le había visto la semana pasada, dijo riendo débilmente, ¿por qué ese abrazo tan largo? ¿Por qué ese rostro tan tenso? Era solo que era todo tan triste, Jeff, porque la chica, la que le caía bien, la divertida con el sentido del humor obsceno, ya no estaba allí. La gente no parecía comprender el completo cambio de rutina que se daba cuando la chica no estaba allí, ¿no? Jeff estuvo de acuerdo con ella, asintió, hizo todos los ruidos correctos y trató de no ser demasiado decepcionante. Si hubiese pensado en ello se habría dado cuenta de que aquella no sería una gran reunión 147


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane dramática. El alzhéimer era una enfermedad terrible; los últimos doce años de la vida de su madre, completamente perdidos. Demonios, hablaba sobre los entrenamientos de natación de Jeff, e incluso, en cierto punto, sonrió benignamente a Collin y le preguntó si era del equipo de Jeff. Collin había arqueado las cejas, mirando a Jeff, y había dicho que sí, sí; de hecho era del equipo de Jeff. Este le dirigió una mirada chistosa. «Muy divertido, Vivaracho. Equipo, ¿lo pillas? ¿Jugamos en el mismo equipo? ¡Vaya si lo hacemos!». Pero aún así estuvo agradecido. La visita fue corta, pero Jeff consiguió encontrar a un celador y asegurar al joven que tenía todo el permiso... lo cual, asumió puesto que nadie le había perseguido y montado una escena, tenía. Dejó el teléfono cargándose junto con instrucciones escritas explícitas para cuando Jeff llamase y cómo tenían que llevarse las llamadas. Se sintió agradecido cuando pareció ser algo seguro, e incluso más agradecido de que esta vez no hubiera sobornos involucrados. Becky había sido agradable, y había estado consiguiendo dinero para su hijo, razón por la que a Jeff no le había importado el dinero extra, pero de aquella manera se aseguraba de que sus llamadas pudiesen continuar incluso si había un súbito cambio de personal. Tomó el rostro de su madre entre las manos e ignoró su mirada distraída. En su lugar, se concentró en la realidad de su piel suave y arrugada bajo sus palmas, y en la imprecisión amable que vio en sus ojos azul acero. —Te quiero, mami —dijo en voz baja, sin importarle que Collin pudiera oírle, pero sin querer gritarlo tampoco—. Te quiero, y te veré por Navidad. —Sé bueno en la escuela, Jeffy—dijo su madre con amabilidad—. Consigue buenas notas... Tu padre está tan orgulloso de ti, sabes, de que seas médico. Tu hermano siempre presume de ti. Tan buen chico. —Le dio una palmadita en la mejilla, mirando después a la distancia más allá de la oreja de Jeff y desvaneciéndose. Él le dio un beso en la frente, agradecido. Había casos de alzhéimer que avanzaban mucho más rápido. «Gracias, Dios, porque todavía recuerda mi nombre».

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Esta vez titubeó sobre si tomar la mano de Collin en el ascensor. Todavía se sentía como un ladrón, no había manera de negarlo, pero a veces los ladrones robaban cosas porque las necesitaban para vivir. Tuvo unas breves palabras con Clarice de camino a la puerta, pero su padre no estaba allí y se alegró de ello. No podía volver a hacerlo, no ahora. No cuando el recuerdo de su madre estaba tan fresco en su mente. Collin y él se metieron en el coche y no hablaron hasta que llegaron a la autopista 50, y lo hicieron porque no habían comido. Collin aparcó frente a un centro comercial en Cameron Park y fueron al Red Robin que había allí para comer. Entonces, Collin empezó a hablar, al parecer al azar, pero era divertido. Habló de sus hermanas y de cómo las privó de superhéroes durante tres años, de cómo ninguno de sus maridos (o ex maridos) eran lo bastante buenos para ellas, y de sus sobrinos, a los que parecía malcriar casi tanto como Jeff malcriaba a Parry Angel y a Lila Lisa. Jeff le escuchó, distraído al principio, y, a medida que la cena se alargaba, cada vez con más atención. Dios, el chico era divertido. Vivaracho, sí, y a veces un pequeño capullo engreído pero, bueno, divertido. A Jeff siempre le había encantado la gente que podía hacerle reír. Se acordó de eso cuando empezó a hablar. Recordó lo mucho que le gustaba reír, lo mucho que significaba cuando él podía hacer reír a otra persona. Compartió algunas de sus mejores historias, muchas de ellas regalos que otras personas le habían hecho. Le contó su primer encuentro con Crick, un chico a quien le acababan de dar una minusvalía incapacitante cuando ya estaba viviendo con una fuerte dosis de culpabilidad, y de cómo Crick no había dejado que eso le pudiese. Le contó la historia de Margie, sobre el estudiante con la mochila llena de condones, y la de Mikhail, sobre vivir en las calles de Rusia y no saber cómo era “estar encima”, y la historia de Benny, sobre tener un hermano mayor con nervios de cristal enseñándole a conducir. Hizo reír a Collin; le hizo reír mucho. Y se sintió feliz consigo mismo mientras conducían de vuelta a Levee Oaks. Pensó que quizás había entregado una parte de sí mismo con la que podía vivir.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin aparcó en el aparcamiento, junto al coche de Jeff, y el silencio cayó entre ellos por primera vez desde que habían entrado a Red Robin. —Gracias —dijo Jeff en voz baja, mirando la niebla. Levee Oaks era la parte llana del valle, con un gran río que lo cruzaba. La niebla de las tierras bajas en otoño e invierno era una parte de la vida. Pero la niebla en el aparcamiento, iluminada por una bombilla, tenía una propiedad peculiar, rosada y melancólica. Jeff notó cómo su lado “divertido” desaparecía. —De nada —dijo Collin, y Jeff bendijo el hecho de que no jugara a ser tímido preguntado por qué le daba las gracias. La gran mano de Collin se posó sobre su mejilla, y Jeff se resistió durante un momento al toque, suspirando a continuación. Dios. Había sido ya tan débil. ¿Qué era en realidad un momento más? —¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Collin con suavidad. Jeff se apoyó contra su mano y lo hizo todo peor cogiéndola y apretándola contra su mejilla. Durante un momento, no se trató sobre lo que le debía al chico; se trató de lo que necesitaba de aquel hombre. —Yo —dijo, sintiendo cómo la ironía brotaba e incapaz de detenerla—, llamaré a mi madre el lunes, y probablemente iré a verla algunos días después de Navidad. —Es un buen plan —dijo Collin, con un tono de mordacidad colándose en su voz. Dios, ¿tan fácil de leer era Jeff? —Es parte de uno —murmuró. Dios. Él y sus grandes palabras con su padre... realmente lo había arruinado, ¿no? Había conseguido evitar pensar en el hermano pequeño de Kevin durante todo el día, pero no pudo evitarlo más... no allí, en la tranquila honestidad del coche. —¿Me vas a dar alguna pista sobre el resto? Jeff miró las líneas adustas en el rostro de Collin y pensó que no parecía tener veinticuatro años. Parecía no tener edad con su propósito, firme, decidido y, bueno, maduro. —Te lo contaré si funciona —dijo con un suspiro. No quería hablar de ello. Al igual que el ir a Coloma aquella tarde, temía que las palabras fueran a corromper sus buenas intenciones y que fuera a quedarse con un 150


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane “podría, habría, debería” y un vacío en el pecho donde los gatos podrían ronronear. —¡Jeff! Este alzó una mano como advertencia antes de que Collin pudiera hacer saltar por los aires todo ese fuerte estoicismo con una pataleta bien ganada. —Baja los humos. Lo sé; me has apoyado. Lo has hecho. Te estaré eternamente agradecido, e incluso si no quieres mi gratitud, la tienes. Mira... —Oh, Dios. Deacon no iba a perdonarle jamás—. Te diré lo que vamos a hacer. Cena el domingo en El Púlpito. Lo sé, lo sé... Estoy seguro de que tienes algún tipo de asunto familiar propio... —Noche de pizza y película, primer viernes de cada mes —confirmó Collin con una rápida sonrisa en su boca de labios finos, y Jeff sonrió. Bien. Bien. Le gustaban las familias. Necesitaba familias. La de Collin sonaba divertida... y acaso no sería eso agradable. —De acuerdo. Cena el domingo en El Púlpito; empezamos a cocinar entre las tres y las cuatro, comemos a las seis; tú decides cuándo vienes. Trae lo que quieras. En serio. Si te gustan las barras de pan, trae una. Si te gustan las tartas, ese será tu plato. Nada de alcohol. Collin arqueó las cejas y Jeff se encogió de hombros. —Nada de alcohol. Es una norma. —Que le partiese un rayo si iba a hablar sobre el alcoholismo de Deacon. Tenía permiso para contar sus historias; tenía cuidado. Tenía permiso para hablar del pasado de Mikhail; a este no le importaba una mierda. El pasado de Deacon era el secreto de Crick. La familia lo conocía, pero no era una de las historias de Jeff. —¿Tengo que llamar antes? Jeff negó con la cabeza. Crick iba a oírlo todo punto por punto... aquella conversación incluida. Así era como funcionaban los mejores amigos, ¿no? Collin asintió. —Bien, te veo entonces —dijo Jeff, y puso la mano sobre el tirador de la puerta, pero la mano de Collin en su nuca le detuvo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Jeff? Así de rápido. Esa mano cálida en su nuca, su calor a través del pelo, el recuerdo de esa misma mano en su espalda en el ascensor o entrelazada con la suya en el camino de ida, recia en la parte baja de su espalda... Así de rápido, y todo volvió. La piel de Jeff zumbó con fiereza, su estómago se enfrió por la excitación, y cerró los ojos, porque aquel día era débil, porque necesitaba, y necesitaba tanto, y no iba a decir no, no iba a darle la espalda... Dios. Estaba tan cansado de ser fuerte. —¿Sí? —preguntó con voz ronca, con la cabeza todavía girada hacia el lado contrario pero apoyándose contra el calor de esos dedos fuertes. —¿Vas a mirarme? —Sí, de acuerdo, vale. —Cambió de posición en el asiento y se giró. Collin apartó la mano y, para cuando estuvo situado, allí estaba ese rostro atractivo y delgado, cerca y muy personal; esos ojos dorados oscurecidos bajo la luz difuminada, la boca fina curvada en las comisuras, y esa nariz... esa nariz, con todo su carácter, la que se había roto más de una vez (y, ya puestos, todavía magullada de cuando Jeff lo había hecho por sí mismo) estaba lo bastante cerca como para rozar suavemente la de Jeff. Que fue lo que hizo. Jeff jadeó suavemente, separando los labios, y rozó su nariz contra la de él en respuesta. La boca de Collin se curvó aún más y aquello fue lo último que vio Jeff, porque sus ojos se cerraron. Y entonces esa boca estaba sobre la suya y el beso empezó. Sabía... oh, Dios. Era mejor que el chocolate. Era... era pollo a la marsala, o costillas de primera calidad. Era abundante, fuerte, cálido y sustancioso, y la lengua de Collin entró en su boca sin vergüenza y le reclamó. Jeff gimió y le dejó. Era su día, se dijo a sí mismo, su día para ser débil. Iba a saborear ese beso con todo lo que tenía, iba a devorar y a aceptar la experiencia. Alzó una mano temblorosa hasta el hombro de Collin y tuvo un escalofrío, y los brazos de Collin le rodearon los hombros, abrazándole con tanta fuerza...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Tanta fuerza. Nada malo podía sucederle mientras le abrazaran con esa fuerza. El beso terminó, pero Jeff mantuvo los ojos cerrados hasta que la frente de Collin descansó contra la suya. —¿Ha sido tan malo? —preguntó Collin. Jeff abrió los ojos y se separó, queriendo darle aquello al chico porque era algo honesto, y Collin se merecía la sinceridad. —Ha sido todo lo que temía que fuera —susurró, frotando la mejilla contra la de Collin, delgada, para quitar el escozor de sus palabras. Collin se apartó intentando averiguar qué significaba eso, y Jeff usó la oportunidad para escapar. Ya estaba fuera del coche y dirigiéndose al Mini Cooper ligeramente defectuoso antes de que Collin pudiera siquiera formular una respuesta. Estaba ya a medio camino del hogar para adolescentes fugados de Shane para cuando pudo dejar de frotarse los labios, que le cosquilleaban, y recordarse a sí mismo que en realidad no había ninguna razón para el optimismo. Ninguna en absoluto.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

COLLIN: NOCHE DE PIZZA DE LOS VIERNES DE HECHO, aquel mes no era el primer viernes; dos de sus hermanas se habían excusado, y su madre tenía algún tipo de seminario empresarial, así que lo habían pospuesto al día once. Funcionó bien; era festivo y Collin le habría dado a Joshua el día libre, pero el anciano estaba tan ansioso como Collin por librarse de los trabajos pendientes y tenerlo todo listo para Acción de Gracias y Navidad. Todo aquel que tuviera el día libre durante las fiestas iría a por una puesta a punto o una prueba de emisión de gases, y se ganaban el pan con eso. Así que Collin, el muy afortunado, afrontó a su familia unos dos días después de hacer frente a la de Jeff. Le tenía pavor. Se preguntaba si sus entrometidas hermanas podrían sentir las corrientes ocultas de ansiedad y dramatismo que corrían justo bajo su piel, cambiándole la vida. Se apaciguó un poco cuando apareció con la cerveza (su familia siempre tomaba cerveza) y Joshua y su mujer Elsie aparecieron con la ensalada, y todo lo que su odiosa hermana Charlene dijo fue: «Dios, Collin, ¿tienes que traer siempre a los asistentes?». Se lo dijo en voz baja, cuando estaban en la cocina de la casa de la madre de Collin; si no hubiera sido por eso, Collin habría hecho exactamente lo que hubiese hecho cuando eran niños: saltar sobre ella y meterle el dedo mojado en la oreja hasta que chillara como un loro herido y se disculpara. Tal y como estaba el asunto, tuvo la respuesta madura de «Dios, Charlene, ¿podrías separar a la perra por un rato y lidiar con el hecho de que les quiero más de lo que te quiero a ti?». Ella pareció sorprendida ante aquello, e incluso un poco herida, y le preguntó a Collin si acaso le importaba un pimiento. En ese punto, con o sin experiencias transformadoras con la familia de Jeff, era la verdad.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Puede que incluso un poco más que eso, pensó de mal humor, llevándole una cerveza a Joshua mientras sus hermanas reñían sobre la película y Elsie escuchaba desde fuera del círculo, intentando claramente no intervenir porque era una invitada y para nada parte de la familia. —¿En qué estás pensando, Collin? —le preguntó su madre—. Parece que acabaras de tragarte un insecto. —No un insecto —murmuró—. Solo la actitud de Charlene. ¿Por qué tiene que ser tan desagradable con Joshua? Natalie miró con seriedad a su hija más joven, vestida con elegancia con pantalones negros apretados, botas altas y una blusa de seda de un color rojo brillante bajo la americana. Todos los demás iban con vaqueros, con la excepción de la hija pequeña de Joanna, que llevaba un vestido de princesa de las hadas. (Joanna había salido definitivamente marimacho; el hecho de que su pequeña viviese casi dentro de ese vestido, tal y como su madre le repetía a menudo, era el karma más divino que hubiese habido nunca). —Sí, bueno, no ha tenido sexo desde que Mark se fue... ¿qué esperabas? Collin se giró admirado hacia su madre. Nunca dejaba de sorprenderle. Ella les quería a todos (Collin se había ocupado del restaurante durante dos días mientras su madre alejaba a su hermana del abismo emocional después de que su marido la abandonara), pero eso no significaba que Natalie fuera a dejar que Charlene se escabullese con su esnobismo. —Esperaba que trajera su propia cita —se enfurruñó Collin. Él era el pequeño de la casa; costaba que los viejos hábitos se marcharan. —¡Yo podría decirte lo mismo! —dijo su madre con énfasis, y su enfurruñamiento se volvió cautela. —Yo, um, bueno, quizás. —«Menuda labia, Collin. Genial». —Entonces, ese chico del restaurante... —le instó su madre, mirándole victoriosa. Tenía los mismos ojos marrones claros que él, solo que ella sabía batir las pestañas con más encanto.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin se sorprendió cuando sintió cómo el calor le recorría la piel y le subía a las mejillas. Tanto como su madre. —¡Dios, Collin, ni siquiera hiciste eso cuando te pillé con Tommy en el garaje! Oh, Dios. El sonrojo estaba empeorando. Jeffno sabía eso. ¡Jeff, que no cesaba de repetirle lo maduro que era y lo hombre que parecía, no sabía que seis años antes Collin fue lo bastante estúpido como para ser pillado por su familia tirándose a Tommy sobre la colada! Natalie se giró hacia su hijo con una sorpresa real y una consideración que no había tenido antes, ni siquiera cuando estaba pensando en darle un escarmiento a Charlene. —Collin... —¿Te ha hablado de ese nuevo chico? —preguntó Joshua, acercándose llevando con respeto la cerveza en la mano. —Le vi la semana pasada en el restaurante —dijo Natalie, mirando todavía a su hijo, maravillada—. No tenía ni idea de que tenían algo. —Todavía no lo tenemos —murmuró Collin, deseando que no hiciera tanto calor en el salón de su madre. —Sí, ¡pero eso no os frenó a la hora de hacer un pequeño viaje de un día juntos! —dijo Joshua carcajeándose. Collin le lanzó una mirada desalentada. La risa se detuvo con brusquedad—. ¿Qué? Parece como si te hubiera acabado de robar tus mejores vaqueros; ¿qué pasó ese día? Collin negó con la cabeza y bajó la vista hacia su refresco. Nada de cerveza para él, no con su recuento de células blancas algo bajo. El alcohol era una mala noticia si se tenía VIH, no cabía duda de eso, especialmente en época de resfriados y gripes. —Fue... Tío, él no quería para nada que yo estuviese allí. Y no sé cómo lo habría superado si no hubiese tenido a alguien consigo. —No le había dicho ni una palabra a Joshua, no durante los dos días que habían pasado, sobre lo que había ocurrido en Coloma. Pero eso no significaba que no le hubiera pesado en la mente.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Collin, ¿qué fuisteis a hacer? Oh, Dios. Aquella historia no le pertenecía para contarla, no era suya. Pero cuando miró a su madre, con el cabello canoso teñido del mismo marrón rojizo que había tenido cuando él era un niño, con las arrugas alrededor de los ojos y de la boca, causadas por más sonrisas que ceños, se sintió tan agradecido por tenerla. Señor, había sido tal grano en el culo para ella. —Su madre tiene alzhéimer; está en una residencia, ¿vale? Y su padre no le permitía hablar con ella. Así que él había estado sobornando a la enfermera para que permitiera llamadas de teléfono; la despidieron, así que tuvo que ir hasta allí... y Dios, mamá. Hacía doce años que no volvía. Y todo el puto pueblo estaba como metido en ese despacho, todos fueron horribles con él, y todo lo que él quería hacer era hablar con su madre, ¿vale? —Collin... —Joshua había desaparecido, y Natalie Waters estaba tomando las mejillas ardientes de su hijo entre las manos y le estaba haciendo callar, llevándolo hasta la cocina para que pudieran estar solos. —Eso es todo lo que quería hacer —jadeó Collin cuando la puerta se cerró tras ellos—. Y entró allí y ella ni siquiera recordaba que no había estado a su lado durante doce años. Creyó que yo era de su equipo de natación del instituto. Y era tan guapa, sabes, como tú, pero mayor, y él... Dios, mamá. Estaba tan destrozado. Y hubo toda esa escena en el restaurante, y fue horrible, y él... Señor. No iba a llorar. No allí. No delante de su madre. De repente se inclinó, porque medía más de metro ochenta mientras que ella a duras penas superaba el setenta, la rodeó con los brazos y le dio un abrazo capaz de romperle las costillas. —Dios, mamá —murmuró mientras ella le devolvía el abrazo—. Estoy tan agradecido de que no te rindieras conmigo. Quiero decir... Viviré en el garaje durante el resto de mi vida, solo para que sepas lo agradecido que estoy. ¿De acuerdo? La risita medio asustada de ella en su oído fue suficiente para informarle de que tenía que recuperar el control sobre sus emociones.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Dios, Collin... Y yo me alegro simplemente de que sobrevivieras. Le temblaron los hombros, y dejó escapar algunas de las emociones más intensas que se le amotinaban en el pecho con una risa. —Me alegro de que sobreviviera contigo aquí —murmuró, dejándola en el suelo a continuación con un suspiro. Oía a sus hermanas en el salón, riendo. El chillido quebradizo de Charlene no le puso de los nervios como solía hacerlo. —¿Cómo está tu amigo? —le preguntó su madre en el silencio casi incómodo que siguió. —Sufriendo mucho —le dijo Collin—. A un nivel increíble. No sé qué hacer por él... No me está dejando, ni a mí ni a nadie, creo, que le ayude, ¿sabes? Natalie negó con la cabeza. —Creo que quizás deberías seguir con lo que has estado intentando hacer. Sé que no es fácil para ti. —Su risa fue sabia y triste—. Sé de verdad que no es fácil, especialmente para ti, Collin. Eres el chico con menos paciencia sobre la faz de la tierra. ¿Sabes que te llevamos para que te diagnosticaran por si tenías hiperactividad? Collin asintió con la cabeza. Dios, sí, lo sabía... solo porque su madre hubiese soportado mucho no significaba que hubiese sufrido en silencio. —Lo que quiero decir es —dijo ella, poniendo los ojos en blanco fríamente—, que has estado persiguiendo a ese chico como si fueras un gato. Ser un gato no es tu estilo. Pero un rinoceronte puesto de esteroides... ese es el chico al que conozco y al que di la vida. Así que, sabes, sea lo que sea que estás haciendo, sigue haciéndolo. Él significa algo para ti... sea quien sea él, como sea que le conociste o que le conoces ahora, debe significar algo para ti. Collin asintió sin palabras e intento juntar el, en realidad, puñado de veces que había estado con Jeff y ver cómo concordaba eso con su compulsión por saber qué hacía funcionar a ese tipo y asegurarse de que estaría bien.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane No concordaba. Todo lo que quedaba era aquel momento en el taller y la comprensión de que pasaría por un centenar de días como el de Coloma solo para saber que tenía el derecho a mirar a Jeff moviéndose nervioso y que nadie más le vería como él lo hacía. Su madre le revolvió el cabello. —Voy a dejarte solo, corazón. Tráele algún día, ¿vale? —Le dije que tendría que venir en algún momento —le dijo Collin con una ligera sonrisa—. Estoy cenando los domingos en El Púlpito... me debe una. ¿Qué? La expresión de su madre era de dolor, y él no pudo imaginarse el porqué. —Oh, Dios, mi vida. Esa gente de El Púlpito... son una familia. Ve y corteja a ese jovencito. —¡Es mayor que yo! —Pero no mayor que Joanna —le respondió ella con inteligencia—. De todos modos, ve y cortéjalo, pero prométeme que te tendremos para Navidad y las noches de cine, ¿de acuerdo? Collin hizo una mueca y sacudió la cabeza, girándose para mirar por la ventana que había encima del grifo, oteando la oscuridad de la noche de noviembre sin rastro de niebla. Al cabo de un rato volvió al salón y ocupó su lugar en el suelo, con Kelsey (la niña del vestido de princesa de las hadas) sobre el regazo. Parecía que su culito estuviese hecho de puro hueso, y tenía unos codos que podrían haber cortado filetes, pero cuando la rodeó con el brazo y la sintió acurrucarse contra él, fue como si todo fuera a ir bien. Tenía tres años, y la hija mayor de Joanna, Allison (que estaba sentada en el regazo de Elsie, para el enorme descontento de la tía Charlene) había nacido tres meses después de aquel deslucido día gris en la clínica CARE de Sacramento. Empezaron con La Bella y la Bestia, porque la primera película siempre era una infantil, y Kelsey se pegó a él como si fuera su persona favorita en todo el mundo. La segunda película, cuando los pequeñajos se fueron a la habitación de invitados a dormir, era por la que todo el mundo 159


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane se peleaba. Todo el mundo, excepto Collin, porque ver la primera con Kelsey, Allison y el hijo de Gina, Gage, era lo más cercano que podría estar nunca a la paternidad. Y una vez que decidió que quería vivir, y vivir bien, descubrió que codiciaba los momentos escatimados de paternidad que se cruzaban en su camino. Recordó el orgullo de Jeffal tener “sobrinas” en El Púlpito, y abrazó a Kelsey un poco más fuerte. «Tú y yo, Jeffy. Somos mucho más parecidos de lo que crees». —¿De qué ha hablado contigo mamá? —le susurró Joanna al oído. Lo hizo mientras le tendía las palomitas, y le hizo falta un segundo para situar el cuenco antes de poder responder. —Sobre cortejar —susurró, asegurándose de que Kelsey estuviera tan centrada en la película que no le escuchase. —¿Tú cortejando a alguien o alguien cortejándote a ti? Collin le dirigió a su hermana favorita una mirada divertida por encima de la cabeza de Kelsey, y ella rió en voz baja, alzando las manos. —Vale, vale... Tú cortejando a alguien. Eso es una mejora, Collin. A mí gustar. —¿Una mejora? ¿Una mejora respecto a qué? Joanna tenía un sentido del humor malicioso; probablemente era por ella por lo que Collin había aprendido a querer a la gente que podía hacerle reír de verdad. —¿De gritar “¡A cubierto!” y dejar que te sorban los sesos con una pajita? Collin sonrió ligeramente e intentó no ahogarse con el trozo de grano de una palomita. —Disfruté de esas relaciones —dijo con una cara tan seria como pudo. Joanna extendió el brazo por encima de su hombro y revolvió el cabello de Kelsey. —No tanto como vas a disfrutar algo que dure más de una semana y media y que te dé más de eso —dijo ella con seriedad, y él depositó un 160


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane beso en el fino cabello liso y rubio que tenía justo bajo la nariz, erizado por la electricidad estática, asintiendo. —Shhh —dijo, mirando como Gaston empezaba a guiar a las tropas para vencer a la bestia desconocida—. Esta es mi parte favorita. Pero pensó en ello, y lo pensó cuidadosamente durante el resto de la noche. Demonios, pensó en ello justo antes de darse una sorpresa enorme a sí mismo al plantarse en El Púlpito el domingo a las cuatro. Jeff todavía no estaba allí, e iba a echar una mano en la cocina, pero vio que Crick lo tenía todo bajo control. —Oye, hazme un favor, ¿sí? —pidió Crick, viéndose... bueno, con más edad era la única manera en que Collin podía describirlo. —Sí, claro; lo que sea. Crick le miró, puede que de verdad, por primera vez desde el momento en que Deacon y él habían tenido que romper el tumulto que había en la entrada de su casa con una manguera. —¿Te preocupas de verdad por Jeff? —preguntó con seriedad, y Collin asintió. —Sí. —Bien. —Crick metió la mano en la nevera que había detrás de la barra y sacó un pollo, dejándolo sobre la encimera antes de empezar a husmear en los armarios en busca de adobo—. Va a necesitarlo. Mira, Collin, esto es lo que pasa, ¿vale? —Crick miró los ingredientes que había reunido y murmuró para sí durante un momento, como si estuviera intentando recordar algo. Se detuvo un segundo, se rindió y se giró otra vez hacia Collin como si se tratara de algo importante—. Toda la familia va a estar aquí, todo el mundo, excepto mi hermana Benny, y ella ya lo sabe. Y vamos a soltar algo así como una bomba sobre todo el mundo, ¿de acuerdo? A Collin casi se le salieron los ojos de las órbitas. —No os vais a mudar, ¿no? Porque Jeff... Crick sonrió con cansancio.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Me estás tomando el pelo? ¿Tienes idea de lo que nos costó quedarnos aquí, joder? Dios, hablando de sacar la puta conclusión equivocada... ¡Me sorprende que tú y yo no coincidiéramos más durante el instituto! Collin se pavoneó, halagado de que su héroe le hubiese notado de verdad. No se enorgullecía de pavonearse, pero no creía que hubiese nada en el planeta que pudiera detenerlo. —Estabas bastante centrado en Deacon después de... El pavoneo se esfumó, al igual que cualquier pretensión de una broma desenfadada. El mejor amigo de Crick (algunos decían que su primer novio) había muerto en un accidente de tráfico durante el segundo año de Crick en el instituto. Collin solo estaba en primer ciclo de secundaria por entonces, pero era una ciudad pequeña. —Estaba bastante centrado en Deacon antes de que Bobby muriese —respondió Crick con una sonrisa muy torcida—. Pero sí, después de eso vine a vivir aquí, y El Púlpito fue prácticamente mi vida. Todavía lo es —dijo con una sonrisa, y no fue cosa de la imaginación de Collin. Había algo palpablemente mal en su sonrisa, en sus palabras... demonios, en todo. —Entonces —dijo Collin—, si no os mudáis... Crick sacudió la cabeza y se concentró mucho en cortar las verduras para la ensalada. Collin se dio cuenta de que esa gente parecía comer muchos vegetales para ser criadores de caballos; había imaginado que Deacon sería la clase de persona a la que le gustaban los filetes. —Mira, tío, vas a enterarte pronto, pero si te lo digo antes que a la familia vamos a tener una masacre entre manos, ¿vale? Pero el asunto es, y no me malinterpretes, que va a haber niñas pequeñas, y Martin... —¿Martin? —Eso era nuevo. La mirada de Crick fue elocuente y enfadada. —Que Dios castigue a Jeff a tirarse a una lija. Dios, ¿qué cree que va pasar si contesta de una puta vez el teléfono y te ofrece un poco de a preciosa información, joder? ¿Acaso vas a meterle la lengua hasta la garganta a través de la fibra óptica? ¡Mierda! 162


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Los labios de Collin se estremecieron mientras se esforzaba muchísimo por no reírse. Puede que Crick Francis fuera mayor, y puede que fuese más un hombre preocupado que un chaval hecho mierda, pero su boca seguía siendo tan bonita como una fosa séptica en uso, ¿no? —¿Tengo que entender que Martin va a venir con Jeff? —preguntó con neutralidad, y Crick le dirigió una mirada de compasión por encima de la preparación de la ensalada. —¿Entiendes que Jeff ha encontrado el escudo perfecto en caso de que quieras intentar, no sé, preocuparte por él? Sí. ¡Nada hace estallar mejor en llamas una puta cita que un adolescente llevado a rastras por el cuello mientras patalea y grita! Collin se vio forzado a reírse... al mismo tiempo que se vio obligado a estar de acuerdo. —Supongo que se sintió obligado —dijo, intentando razonar más allá del dolor—. Él... la familia importa mucho. Supongo que sintió que... —Dios, no podía decirlo. Le dolía mucho más de lo que había pensado al principio, y no podía ser capaz de aplastarlo dentro de su pecho del mismo modo en que Jeff lo había hecho. Crick dejó de cortar vegetales, presumiblemente para estirar la mano tullida. Pero mientras estuvo quieto, su rostro hizo una danza complicada, como si estuviera intentando priorizar algo en su cabeza cuando, en realidad, era lo último en lo que estaba pensando. —Martin también es su familia —dijo en voz baja—. Si... —Cerró los ojos con mucha fuerza, y pareció cambiar el curso de lo que estaba diciendo a mitad de frase. Para alguien que le hubiese conocido cuando era joven, aquello parecía casi tan imposible como que la madre de Collin hubiese dicho que el disimulo era su fuerte. Crick se aclaró la garganta y volvió a empezar. —Si yo hubiese muerto cuando cayó ese misil —dijo, como si fuera la idea más cómoda que tuviera en la cabeza—, si hubiese muerto, Deacon hubiese cuidado de Benny y Parry Angel. No tengo ninguna duda. Puede que fueran las únicas cosas que le mantuvieran en la faz de la Tierra, pero se habría mantenido en pie por ellas. Esto no es diferente. Martin necesita a alguien... puede que incluso específicamente a Jeff, que es la única parte 163


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane de su hermano que le queda. No creo que tenga nada que ver contigo, ¿sabes? Collin cogió una tira de pimiento rojo y la mordisqueó. —Excepto —murmuró, tratando todavía de controlar el dolor— que es la excusa perfecta para no acercarse. —Eso también —accedió Crick. Volvió a estirar la mano y empezó a cortar los vegetales en un silencio malhumorado. —Lo siento —dijo Collin tras un minuto—. ¿Decías que querías que hiciese algo? Crick asintió. Su liso cabello negro le caía sobre los ojos, y su rostro, estrecho y atractivo, estaba tenso con toda la mierda que no estaba diciendo. Sacudió la cabeza para apartarse el pelo y le dirigió a Collin otra de esas amplias sonrisas cansadas. —Mira, esto es lo único que necesito. Cuando empecemos con el postre, ¿podrías, no sé, llevarte a las pequeñas, y a Martin también, si acepta, a otra habitación? Jeff te dirá de qué se trata, y no tengo ningún problema con eso... ni con eso ni con que lo oigas tú directamente. Pero va a ser un caos, la gente va a enfurecerse, a sentirse herida y... y simplemente se preocuparán un cojón y medio, ¿vale? Sea como sea, si tan solo pudieras, no sé, ¿soportar el caos? ¿Recoger a Jeff del suelo cuando haya acabado? Tío, eso sería una gran ayuda. El cuchillo empezó a trocear salvajemente un tomate mientras hablaba, y Crick siguió durante algunos segundos hasta que estuvo reducido a pulpa, con unos gestos tan intensos y enfadados que Collin temió decir nada, no fuera a ser que rompiese su concentración. El movimiento del cuchillo se detuvo y los restos del tomate se filtraron tristemente en la tabla de cortar. Crick alzó la vista de éstos con otra de esas sonrisas de cartón piedra. —Pobre pequeño... Imagino que estás pensando que esto está muy por encima de tus responsabilidades, ¿no? —Bueno —dijo Collin, animado—, ¡quizás debería pedir un aumento!

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane La sonrisa de Crick se arregló durante un momento, y Collin pudo ver de repente lo que Deacon Winters había visto en él durante toda su vida. —¡Quizás deberías sonsacarle uno a él sin preguntar! —dijo, moviendo las cejas, y Collin rió hasta que ambos vieron llegar por el camino de entrada el Mini Cooper de Jeff. Collin observó cómo salía de él, con Martin imitando sus gestos en el otro lado del coche, y de repente el corazón se le contrajo de manera salvaje en el pecho. Quizás no tenía elección. Quizás simplemente necesitaba ganarse la vida.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: COLAPSO COMUNICATIVO CUANDO JEFF dejó a Collin tras aquella desastrosa visita a Coloma, estuvo bastante seguro de que estaba acabado. Pero aquello no le frenó de saltar con ambos pies en una gran caldera burbujeante de menjunje emocional. Casa Promesa, que era para Shane como hija pequeña, el hogar para adolescentes fugados, estaba en una propiedad justo al lado de la de Deacon. Al parecer, limpiar la superficie sin usar de cardos y hierbajos también la limpiaba de serpientes de cascabel, para inmenso alivio de Deacon, y lo que quedaban eran seis acres de propiedad para caballos y una casa que Shane había acabado de reconstruir recientemente a partir de los cimientos originales. Aunque la casa parecía una gran casa familiar de dos plantas, de la clase que también se convertían en hoteles y hostales, Shane también había buscado la funcionalidad: el ala este era para las chicas, y la oeste para los chicos, con un comedor en el medio, al igual que una enorme cocina con cajones con cerrojo para los cuchillos y los medicamentos. Había otras dos habitaciones más pequeñas junto a las salas comunes para asesorar y tener conversaciones privadas. Todo estaba decorado de forma ecléctica. La sala común era luminosa y animada, las habitaciones para asesorar tenían tonos pasteles y tranquilizadores, y los dormitorios paredes blancas con un montón de pósteres. Jeff descubrió que los chicos tenían permitido decorar sus habitaciones, y se alegró profundamente. Su propia habitación de niño había estado cubierta de fotografías de Matt Bioni y de todo el equipo olímpico de natación. Sus padres habían asumido que eso era porque era bueno en ese deporte, y él había asumido que habían pillado la idea cuando puso el póster de El Fantasma de la Opera al lado de la del equipo medio desnudo de natación. Demasiadas suposiciones. Aun así, esos

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane pósteres, y los del musical A Chorus Line, de Abercrombie y Fitch y el de la comedia Reality Bites, para alimentar su obsesión por Ethan Hawke... todos ellos le permitían ser quien quería ser, incluso dentro de los confines de su padre, de la iglesia y de sus muy justificados miedos acerca de que quien quería ser no era lo que el mundo quería que fuera en absoluto. Kimmy alzó la vista desde donde estaba sentada, jugando una mano de cartas con dos chicas vestidas con tejanos y sudaderas con capucha. Las chicas le miraron con una expresión cuidadosamente neutral, y él sonrió y les dirigió un pequeño saludo coqueto con la mano para demostrar que no era ninguna amenaza. A continuación respondió a la mirada interrogante de Kim. —¿Puedo ver a Martin? —Su propia voz le sobresaltó, porque no sonaba en absoluto como una pregunta. Sonaba como una orden dicha con educación, pero aunque Kimmy arqueó las cejas, no pareció molestarse por ello. —Está en la cocina con Lucas —dijo—. Hoy les toca limpiar los platos. Jeff dejó que los ojos se le abrieran de par en par y se le arquearan las cejas, y fue recompensado con un sonrojo por parte de Kim y unas risitas nerviosas de las chicas. —Ha conseguido trabajo en un servicio de ropa blanca —murmuró Kim—. Al parecer somos su última entrega. —Que conveniente —dijo Jeff sin entonación, y el sonrojo de Kim se intensifico. —Cállate, Jeff, y ve a por Martin. Métete cualquier sala de asesoría que quieras destrozar... ¿quieres que esté presente? Jeffnegó con la cabeza. —Preferiría que no hubiese testigos cuando esto falle de manera espectacular, gracias. —Y dio un paso hacia la cocina, antes de que Kimmy se levantase y le pusiera la mano en el brazo. —Tienes un aspecto horrible, Jeffy —dijo para que solo le oyese él—. Si esto se tuerce, yo misma te llevaré a la sala de asesoría para ver

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane qué le está pasando a tu pequeño yo atormentado, ¿de acuerdo? No vas a salir de aquí sin alguien, ¿entendido? Jeff tragó y parpadeó rápidamente. Señor, apoyabas a una chica durante el peor momento de su vida y ella se creía que te la debía. —Te lo agradezco, Kimmy. Solo estoy siendo... un capullo cabezota, supongo, ¿verdad? Kimmy le besó en la mejilla. —Dios, Jeffy... es bueno que seas un homo flamante, o una chica podría pensar que solo estás actuando como un machote para impresionarla. Jeff puso los ojos en blanco y se dirigió a la cocina, sintiéndose agradecido. Martin y otro chico de su edad merodeaban por la cocina, rebuscando y echando ojeadas como si no supieran dónde poner las cosas pero se estuvieran esforzando de buena fe de todos modos. Lucas y un hombre mayor al que Jeff no reconoció estaban lavando y secando los platos, y Jeff recordó que Shane y Kimmy habían contratado a un empleado... probablemente a un par, si pensaba en ello. Kimmy y Mikhail todavía bailaban los fines de semana, y Shane iba a la universidad para conseguir su graduado como asesor. Todos necesitaban dormir, y la mayoría de las noches necesitaban hacerlo fuera de la casa. Pero el corazón de aquel lugar eran Shane y Kimmy; de eso no tenía duda. —¡Así que estás diciendo que solo porque soy negro juego al baloncesto! —se estaba mofando Martin cuando Jeff se paró en el marco de la puerta para escuchar. —Qué va, tío; ¡lo que digo es que consigues a todas las mujeres solo porque eres negro! —dijo el otro chico, sonriendo de oreja a oreja y lanzándole a Martin un trapo a la cabeza. Martin cogió el trapo, lo retorció y empezó a perseguir a su víctima. —¿Estás diciendo que un caballero habla de esas cosas? —bromeó en respuesta. El trapo salió disparado con un chasquido malicioso, y el

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane otro chico, un chico blanco demasiado delgado y con manchas de nicotina en los dedos y en los dientes, aulló de buen humor. —¡Señor Allston! El hombre mayor puso los ojos en blanco en la dirección de Lucas y se aclaró la garganta. Debía de ser un antiguo policía, o un antiguo profesor de mecánica o algo igual de intimidante, porque aquel pequeño sonido hizo que los hombros de Jeff se enderezasen y que se le abrieran los ojos de par en par. Martin se irguió del mismo modo, dejando caer el trapo a su lado y pidiendo disculpas rápidamente. —Lo siento, señor. —No importa —murmuró cordialmente el señor Allston, y Martin miró al otro chico con el ceño fruncido antes de volver a ponerse a guardar platos. Dios, era un buen chico. Exactamente igual que Kevin, tenía ese sentido del honor, esa integridad y esa disposición para hacer lo correcto. Jeff se lo debía. No era racional, ni siquiera cuerdo, pero era la verdad. Podía mentirse a sí mismo y mentir a otra gente en su vida, incluso a Crick, incluso a, Dios no lo quisiera, a Collin. —Martin —dijo indeciso, interrumpiendo la cálida cháchara—. Um, ¿Martin? El chico alzó la vista y su expresión abierta y relajada se endureció, volviéndose a la defensiva incluso mientras miraba a Jeff a los ojos. Lucas y el señor Allston, y el chico que le había estado molestando, todos alzaron la vista hacia él con interés y cautela, y Jeff deseó poder esconderse bajo el linóleo. Dios, todo ese esfuerzo para dejar su alma al descubierto y allí ni siquiera había un chico guapo ni la oportunidad de hacer piececitos al final. Esperaba que Kevin se estuviera partiendo el culo en el Valhalla, porque alguien debía de estar haciéndolo. —¿Sí? —¿Podemos, um, hablar un momento? ¿Por favor? —Jamás se acostumbraría a aquella sensación de que le estaban abriendo el pecho con unas pinzas desbrozadoras, y de que estaba sujeto a una camilla como una mariposa horrible en la colección más sádica de Dios.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Martin le miró de arriba a abajo durante un segundo, y Jeff suspiró. —Mira, chico. Esta mañana me has hecho una pregunta. Yo te di una respuesta de mierda. ¿Quieres la respuesta real o solo lo estabas preguntando para ver cómo me retorcía? El silencio en la cocina era ahora eléctrico, y Martin miró de mala gana a sus nuevos amigos. —Vamos a la sala de asesorías —murmuró, y Jeff le dejó abrir el camino. Cuando llegaron allí, Jeff cerró la puerta tras ellos y miró a Martin desde el otro lado de la habitación. Ninguno de ellos hizo ningún gesto de sentarse, y la expresión de Martin era tan hostil como un cocodrilo rabioso. Mierda. —No quería enfadarme con él —dijo Jeff en el silencio, y Martin reaccionó con confusión. —¿Qué?¿Quién? —Con tu hermano. —Cruzó los brazos sobre el pecho. Era algo infantil e inmaduro, pero no quería sentirse como una rana diseccionada, así que no le importaba un pimiento—. Esa es la razón por la que le dije que no necesitábamos más condones después de que el primero se rompiera. Mira... Empezó a pasearse; siempre tenía las mejores ideas cuando estaba en movimiento. Era la razón por la que amaba tanto bailar y nadar. Se sentía liberado y fortalecido. —Yo estaba libre de virus, Martin; quiero decir, era un paranoico religioso con todo ese asunto. Era estudiante de medicina, ¿vale? Recibimos todo el horrible desglose de lo que el VIH puede hacerte. Nunca salía de casa sin un condón y, con sinceridad, mi última relación previa a tu hermano fue como seis meses antes de que nos conociéramos. Quiero decir... Había pasado mis días en la discoteca, ¿vale? Pero la facultad de medicina no era ninguna broma, y yo estaba... —Dios, había estado tan dedicado. Había querido ser médico, y... mierda. Probablemente ya habría podido serlo, ¿no? Pero hacía cinco, seis años, las cosas no 170


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane habían parecido tan seguras, y él necesitaba el seguro médico mucho más de lo que necesitaba la ambición—. Estaba muy seguro de que iba a ser el siguiente... no sé. McErótico, McSueñoHechoRealidad o McGay, o qué demonios sé. Así que me hacía las pruebas cada tres meses, y tenía el recuento de células blancas de un virgen con una dieta completa de antioxidantes y que tomaba vitamina C de postre, ¿sabes? Martin simplemente estaba... mirándole. No respondió, pero parpadeó lentamente y asintió un poco. Jeff tragó y apartó la mirada. ¿Quién quería oír que su hermano era un promiscuo con los hombres? Pero Kevin había sido sincero... completa y totalmente sincero. Gloryholes5, prostitutos; había tenido su dosis de todo eso, y no siempre había tenido cuidado. Pero lo había tenido con Jeff. —Así que cuando el condón se rompió, yo... supe que si me infectaba, incluso con esa única vez, habría sido por Kevin. Y no quería enfadarme con él por eso, así que le convencí de tomar esa horrible decisión para poder ser yo y no él. Quiero decir... Jeff no había creído que fuera a poder llorar más. Quizás era una de esas cosas estúpidas que hacía tu cuerpo: una vez que tenías una buena llorera, simplemente no podías parar. Odiaba eso. Nada le hacía sentir más débil, y durante un momento se quedó de pie apretándose los ojos con las palmas de las manos. —¡Arrrghh! —Era la única palabra que tenía. Tonta e inútil, pero era lo que había. Apartó las manos y habló—: Chico, no te creerías el día que he tenido. Venir aquí y soltarlo todo probablemente ha sido la peor decisión de todas, pero... bueno, digamos que estaba de un humor tipo «La verdad os hará libres», y dejémoslo en eso. —¿Lo estás?—añadió Martin a aquella completa falta de lógica. —¿Si estoy qué?—Pero Jeff lo entendía. —¿Estás enfadado con mi hermano?

Práctica sexual consistente en introducir el miembro en un agujero hecho en una pared para tener sexo oral o penetración sin tener ningún otro contacto con la otra parte. 5

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Pasó un segundo. Bueno, mierda. Había dicho que la verdad le haría libre, ¿no? —Estoy furioso. Pero no por eso. —Sus hombros se desplomaron. ¿De verdad tenía mañana trabajo? Sus ojos se escaparon hasta el reloj que colgaba encima de la puerta. Era difícil decir cómo de tarde era en noviembre; simplemente, oscurecía tan rápido. Bueno, mierda; a duras penas eran las siete. —¿Por qué estás enfadado? —preguntó Martin en el silencio. —Chico... —Jeff no podía mirarle. Sonaba tan patético—. Tu hermano me prometió un “felices para siempre”. Lo hizo. Quiero decir, yo sabía a dónde iba, y sabía que era peligroso, pero... —Sacudió la cabeza, mirando de manera ausente el linóleo nuevo y a la moda. De hecho, era de un tono violeta pastel saturado. Debían de haberlo elegido Mikhail o Kimmy; Shane habría ido a por un verde o un marrón—. No parecía importar. Confié en él. Mi familia me había abandonado, por decirlo así, y había estado... tan solo durante la universidad, ¿sabes? Y él dijo que volvería y que tendríamos una casa con una cerca de madera y... Y le creí. Así que incluso antes de su jodida carta... —«Joder»—. Incluso antes de eso. Estaba cabreado. Yo... —Se le estaba rompiendo la voz—. Quiero decir, ¿qué clase de puto mundo es este, chico? No te dejan ver a tu madre, no te dejan ir al funeral de tu novio... y todo es tan impersonal. Es un “ellos”. No parece haber ni una persona involucrada, o alguien con quien puedas hablar para hacer mejorar toda esta porquería; simplemente todo tu mundo está controlado por “ellos”, y... y solo estás “tú”. “Tú” y tus gatos y tus recuerdos de cuando tenías la esperanza de algo más. —Estaba divagando. Dando vueltas. Pero ya no parecía ser capaz de divorciar a Jeffy del dolor en su pecho. Quizás un día como aquel tenía ese efecto sobre uno. Su distracción terminó abruptamente cuando Martin dio un paso indeciso hacia delante. Jeff alzó la vista y Martin estaba de repente a una distancia humana. —Lamento lo del funeral —dijo en voz baja—. Lo siento. Tienes razón... “ellos” no te habrían dejado venir. Pero desearía que al menos pudieras haberlo visto, ¿sabes? —La voz de Martin se volvió poco firme, y Jeff se preguntó si había alguna manera de hacer una limpieza kármica 172


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane de aquella habitación. Las habitaciones como aquella, agradables y tranquilizadoras, ¿quedaban tan saturadas en alguna ocasión con las lágrimas que simplemente las invocaban?—. Ellos... —El chico se detuvo, con los hombros temblando, y Jeff se acercó dos pasos para ver si iba a rechazarle. Cuando no lo hizo, dio dos pasos más y puso las manos sobre sus brazos, indeciso. El chico casi cayó sobre él, quizás con alivio, al no tener que soportar solo su carga. —Quemaron su bandera —terminó con un sollozo—. Antes de marcharme, le pregunté a mi padre qué había pasado con la bandera de Kevin, y dijo que la había quemado. «Oh, Señor». Jeff envolvió al hermano pequeño de Kevin con los brazos y dejó que llorase sobre él, del modo en que quizás no había llorado desde que había visto cómo la memoria de su hermano era quemada y reducida a cenizas. Pareció durar una eternidad, pero a Jeff no le importó. Aquel era el hermano pequeño de Kevin, una parte de él, y por un momento el chico pareció necesitarle. Dios, se sentía bien ser necesitado. Finalmente, la tormenta amainó y Martin retrocedió, sorbiendo, secándose la cara con el dorso de las manos y apartando la vista. Se quedaron allí de pie (incómodos) durante un minuto, y después Jeff se movió inquieto. —Mira, chico, ¿te gusta estar aquí? Martin se encogió de hombros. —Sí, está bien. —Porque no tengo nada que puedas hacer durante el día, así que tendría que traerte hasta aquí por las mañanas o algo, pero... si quieres... tengo una habitación libre. Es...—Sonrió y recordó las palabras de Collin, aquel día en El Púlpito—. Es tan gay que hace que el desfile del orgullo gay parezca un renacimiento baptista, pero... pero es un hogar. Tengo dos gatos, y una Wii, y Netflix, y todo DVD conocido por el hombre, y libros... Aquello captó la atención de Martin. 173


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Libros? —Sí. Libros. Thrillers, de misterio, crímenes reales... —Resistió el impulso de soltar una carcajada—. Tengo algo así como un fetiche por asesinatos macabros llenos de misterio. ¿Te gusta leer? La animación de Martin pareció desanimarse con educación. —Me gustan del tipo de fantasía y ciencia ficción... La rueda del tiempo, Juegos del Hambre... —Tengo ese último —ofreció Jeff—. Es muy bueno. Martin volvió a recuperarse. —¿Sí? —Miró a su alrededor durante un momento, como si tuviera miedo de que fuera a oírle alguien—. Yo, um... Quiero decir, me gusta este sitio. Quiero volver aquí. ¿Sabes que te llevan aquí al lado para que limpies donde los caballos? El tipo de allí... —¿Deacon? —Sí... ¿le conoces? ¡Es genial! No habla, vale, así que es todo misterioso y todo eso, pero deberías verle con los caballos. Es jodi... es completamente sorprendente. De todos modos. —Volvió a mirar a su alrededor—. La gente aquí es agradable —dijo en voz baja—. Tuve suerte. Y nunca te di las gracias, porque supongo que llamaste a tu gente durante todo ese lío para que me cuidasen. Pero... —Movió los labios y empezó a dar saltitos del modo en que lo hacían normalmente los adolescentes activos cuando hubiesen preferido estar moviéndose antes que hablar—. Yo... Quiero pasar un día echando tiros al baloncesto yo solo, o leer un libro entero, o... simplemente estar fuera de mi propia cabeza. Pero aquí no te dejan hacer eso. Quiero decir, entiendo el por qué… —Volvió a mirar a su alrededor, tembló y bajó la voz—. ¿Sabes ese chico, Alec, el de la cocina? Jeff asintió. —Estaba tomando metanfeta en las calles. Y está completamente comprometido con la rehabilitación y todo eso, pero... pero... si no tiene algo que hacer, como, en cada segundo del día, se pone a pensar en drogas. Y no para de escabullirse fuera para fumar cigarrillos. Creo que Kimmy y Shane le dejan, porque saben que se está esforzando de verdad, 174


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane pero Mikhail llegó, le atrapó y se puso a echarle la bronca sobre lo malo que era esa mierda para él, y entonces Alec se puso a llorary... La expresión de Martin era una destrozada. —La gente aquí es agradable de verdad, tío, pero hay demasiado drama. Ya sabes, mis padres, lo que le hicieron al recuerdo de Kevin no estuvo bien, y no creo que pueda mirarles a la cara, no ahora mismo, pero... —No perteneces a este sitio —dijo Jeff, salvándole de la vergüenza de decirlo—. Eres un buen chico. Sacas buenas notas... Kevin estaba tan orgulloso de ti, incluso en, ¿qué? ¿Cuarto curso? Tienes una familia. —Jeff evitó que le temblara la barbilla con una decisión implacable—. Incluso si no vuelves a hablar nunca con tus padres, tienes una familia, ¿entiendes? Eres la familia de Kevin, y no puedo dejarte aquí otra noche, no cuando no quieres quedarte. Martin asintió y volvió a secarse los ojos, frunciendo el ceño a continuación. —Yo... ¿No tienes novio ni nada? Porque... quiero decir, todavía no soy muy bueno con todo eso, ¿sabes? Y esa mierda tan solo me daría grima. Jeff pensó en el modo en el que todavía le cosquilleaban los labios del beso en el coche, el modo en que Collin había sido una persona en la que apoyarse en un día de mierda, y sintió cómo el corazón se le marchitaba un poco. No había comprendido lo lleno que lo había tenido. —Tengo un candidato para esa posición —dijo, recordando lo ardientes que habían sido los ojos de Collin—. Y no he tenido... no desde Kevin. Pero no te preocupes. No te preocupes. Yo... él lo entenderá. Martin pareció aliviado, y Jeff cerró los ojos y suplicó el perdón de Collin. O puede que suplicase para que fuera fiel a su corazón de veinticuatro años y saliera huyendo... Había sido un día muy largo. No estaba seguro de a dónde debía dirigir sus plegarias.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

CUATRO DÍAS más tarde todavía no estaba seguro, pero había decidido que tener un compañero de piso no era tan malo. Martin era ordenado y cortés, aunque Shane le advirtió a Jeff que no esperase que aquello durase. —Un chaval cómodo es un chaval descuidado. Exactamente igual que los adultos. Jeff se imaginó que podría lidiar con desagradables calcetines sudados en el salón y platos sin fregar en el fregadero cuando volviese a casa, pero por el momento no había pasado. Ayudaba que, de cuatro días, Martin hubiese pasado dos en el hogar para huidos de casa, ayudando a los otros chavales con sus tareas y divirtiéndose en El Púlpito, jugando con los perros de Shane o a videojuegos con sus amigos. Jeff pensó que quizás tener una válvula de escape de toda esa intensa infelicidad que contribuía a formar a un chico que se escapase de casa ayudaba. Martin había estado viviendo una vida feliz. Su mundo había cambiado en un parpadeo y, exactamente del mismo modo en que lo había necesitado Jeff, necesitaba tiempo para reajustarse, para cambiar su modo de pensar, para decidir si el mundo era realmente un lugar feliz o no. Jeff había tenido suerte; había tenido la residencia de estudiantes, la universidad y el club de teatro, y el de danza, y estar alrededor de gente exactamente como él, fuera del armario, orgullosos (y, afrontémoslo, deliciosamente salidos) y en la pista de baile, libres. Martin tenía catorce años. No necesitaba ir a ligar a la discoteca; no estaba listo para vivir solo en una residencia de estudiantes. Necesitaba a una familia, y Jeff se sentía complacido de que hubiese decidido que él serviría, al menos hasta que estuviese listo para ir a casa. Habían hablado sobre eso o, más bien, no lo habían hablado. —He llamado a mis padres —había dicho Martin—, y no me dejarán volver si voy a hablar de Kevin. No estoy listo para ir a casa y pretender que nunca tuve un hermano. Kevin había sido catorce años mayor que Martin, con tres hermanos entre los dos. Jeff se acordaba de eso, de Kevin hablando sobre sus hermanos pequeños y su hermana, y lo orgulloso que había estado. Lo mucho que creía que Martin iba a ser el mejor de todos, porque Kevin

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane mismo había sido básicamente quien le había criado. Al parecer Martin no se había olvidado de la ayuda que recibía para hacer los deberes, ni de cómo Kevin le iba a buscar a la escuela o le llevaba al parque. Jeff descubrió que ese dolor, el dolor de que Kevin ya no estuviese en el mundo, era un poco menos afilado al saber que él no era el único que le echaba de menos, el único que sabía todo lo que había sido. Lo hablaron de camino a la cena del domingo, pero no antes de que Jeff tuviera su propia conversación mental. «Oh, Dios, ¿va a estar Collin allí de verdad? ¿De verdad».? ¿Cómo iba a decírselo? ¿Lo entendería? Quizás tan solo... tendrían citas. Eso se le daría bien. Tendrían citas, pero no se quedarían a dormir en casa del otro. Eso. Era un plan. Jeff lo seguiría. «Por favor, por favor, por favor, Collin... »Oh, Señor, Jeff, eres un idiota, ¡es la excusa perfecta para apartarle! »Pero besa como un puto dios. ¡No quiero apartarle! »Sí, sí quieres porque... »Cállate. No quiero hablar de eso. He tenido cinco minutos de felicidad, y vamos a hacer ver que el pajarraco negro en mi pecho es algo así como... un estornino. Y está muerto. Y pensar en el amor no duele. Oh, Dios. Sí que duele. Duele, duele, duele. »¿Qué vamos a hacer entonces? »¡Vamos a salir juntos! »Somos. Tan. Jodidamente. Estúpidos». Llegados a ese punto de su pequeña conversación consigo mismo, Martin le recordó a Lucas, y Jeff sugirió que quizás deberían invitarle a venir. O preguntarle quizás si quería llevar a Martin al cine. —¿Debería pedirle que trajera a Kimmy? —preguntó Martin de manera astuta, y Jeff sonrió de oreja a oreja, alzando el puño para que Martin lo chocase. Este lo hizo, y tuvieron otra cosa sobre la que desarrollar lazos; su completa voluntad de trastornar la vida amorosa de Kimmy. Porque, tal y como Martin había dicho: «Es una señorita realmente agradable, y creo que Lucas la trataría bien». 177


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane YJeff podría molestar con eso, y eso también sería un punto a favor. Entró en el camino de entrada de El Púlpito con emociones encontradas, y era evidente que Martin también las tenía. —Espera un minuto... ¡Creía que habías dicho que íbamos a cenar en casa de Crick! —Sí—murmuró Jeff de manera ausente, notando el coche de Collin. —¿Entonces por qué estamos en casa de Deacon? Jeff aparcó junto al enorme cochazo y volvió a mirar a Martin, que parecía evidentemente confundido, con sorpresa. Había estado varias veces en El Púlpito; Shane llevaba allí a los chicos para que ayudaran a Deacon con el trabajo, y a los chavales les gustaba estar con los caballos. Martin había tenido aquella idea de que Deacon era un hombre misterioso y un dios de los caballos, y Jeff simplemente había asumido... Bueno, ya sabía lo que decían sobre las suposiciones. —Crick es el marido de Deacon; ¿no lo sabías? Martin se quedó literalmente con la boca abierta, y de todas las emociones que Jeff había esperado sentir aquella noche, aquel nivel particular de ironía no había estado entre ellas. —Bueno, Martin, corazón, eres consciente de que no todos los gais tienen mi fabuloso sentido de la moda, ¿verdad? Martin le miró con el ceño fruncido antes de que su rostro se iluminara con un júbilo funesto. —¡Eso es un estereotipo! Ayer pasamos dos horas hablando sobre los gais y los estereotipos. ¡Tío, no puedes decir que hablar sobre cómo el ser gay te da estilo no es un estereotipo! Jeff tuvo que reírse. Dios, le gustaba aquel chico. —Martin, ¿eres bueno en baloncesto? Ooooh... eso era un golpe bajo. Lo era; Jeff le había visto jugando en el aro compartido que tenía su bloque de apartamentos, y era bueno. —Sí.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Eso es porque eres negro, o porque eres alto y te gusta practicar? Martin sonrió de oreja a oreja. —Porque soy alto y me gusta practicar. Jeffasintió, y Martin también empezó a asentir. —Quizás, dulzura, yo tengo estilo a la hora de vestir porque soy gay, y porque me gusta practicar. La parte de ser “gay” tan solo me da permiso, eso es todo. Martin sacudió la cabeza y salió del coche. Y entonces, sin que se lo pidieran, echó el asiento hacia delante y cogió el guiso extremadamente intrincado que Jeff y él habían pasado la mañana preparando y cocinando del asiento de atrás. Jeff normalmente compraba el pan o el postre, pero Martin había estado interesado en cocinar, y Jeff no tenía muchas oportunidades de cocinar para más de uno. —Hey —dijo Martin mientras se acercaban al porche—. Deacon y Andrew están en el establo... ¿crees que podría ir a echar un vistazo? Jeff se encogió de hombros. —¿Por qué no? Esta noche estás aquí como invitado, no como empleado. ¿Puedes manejártelas con la nueva identidad de Deacon? —«Ooooh... pregunta crucial». Martin también había idolatrado a Kevin. El joven pareció pillado por sorpresa. —Supongo —dijo, pensativo—. Quiero decir... no es como si... No es como si fuera a ser nada más que Deacon, ¿verdad? Jeff arqueó las cejas significativamente. —¡Dios, cállate! —Martin le empujó el guiso contra el pecho y Jeff lo cogió con un «¡Oof!» y procurando tener cuidado de no tocar el cristal caliente que había bajo el paño que lo aislaba. Sujetó la comida con un brazo, giró el picaporte de la puerta y prácticamente chocó contra Collin. Tuvo que hacer un rápido movimiento de esquivo con las caderas para no terminar llevando el guiso de ropa, ni dejarlo caer sobre el regazo de Collin. Lo cual estuvo bien, porque si lo hubiese dejado caer ambos

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane podrían haber terminado desnudos de nuevo en el cuarto de la lavadora, ¿y no sería eso una pena? —¡Guau! —rió Collin, rodeándole la cintura a Jeff con un brazo y estirando el otro para estabilizar el pesado guiso—. ¡La comida es nuestra amiga! —Y no cuando está en nuestra ropa —respondió Jeff sin respiración. El mundo dejó de dar vueltas y recuperó el control sobre la comida, pero el brazo de Collin seguía a su alrededor, y Dios, ¡vaya si era sólido! Jeff alzó la vista casi con timidez, y vio que ese rostro de ángel, de pómulos altos, mejillas estrechas, labios carnosos y ojos de un marrón dorado, le estaba sonriendo, pidiéndole que compartiera el chiste. Y se percató de que, oh, Dios mío, ¿se estaba sonrojando? Lo estaba. Estaba mirando fijamente a aquel chico tontorrón y se estaba sonrojando. Se aclaró la garganta y retrocedió. Collin le dejó hacerlo con poco más que una ceja arqueada. —Me alegro de verte, Jeffy;¿creías que no iba a venir? Jeffnegó con la cabeza. Sinceramente, no se le había ocurrido. —Yo también me alegro de verte. Um... —Oh, mierda... ¡Martin!—. Puede que hayas notado que he hecho algo estúpido desde la última vez que nos vimos. Collin lo pilló rápidamente, pero Jeff captó el dolor que destelló en su rostro de todos modos. No. No, aquel hombre (¡hombre!) no iba a aceptar la sugerencia de tener tan solo “citas” para satisfacer la cuidadosamente adoctrinada homofobia de Martin, oh no, no iba a hacerlo. —Lo siento, Collin —dijo Jeff en voz baja—. No es... ideal, ni para ti ni para mí al menos. Yo... —Oh, las disculpas no se le daban bien, no cuando estaba haciéndolo todo lo bien que podía—. Sabes, puede que quieras pedirle a un chico salir en una cita real antes de irritarte por sus compromisos previos, ¿no crees?—Alzó la barbilla y apoyó su peso en la cadera. Los labios de Collin se curvaron de mala gana en una sonrisa cálida que prácticamente arrebataba el aliento. —Eres terriblemente exigente, ¿lo sabías?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff se mordió el labio mientras la vergüenza regresaba, y miró a Collin de reojo. —Gracias, Collin. Eres un buen... Dios, eres tan buen hombre. Los ojos de Collin se abrieron de par en par, casi horrorizados. —¡Oh, mierda! ¿Soy el tipo agradable? ¿Vas a darme el discurso del chico agradable? Maldita sea... Acabo de ayudar a Crick con la cena y vas a mandarme a paseo... Jeff empezó a reírse; no era una risa amarga, condescendiente o irónica. Era solo risa. —Relájate, Vivaracho. A veces ser una buena persona es realmente excitante, ¿sabes? Era un cumplido, uno que tenía añadido al final «¡Y tienes un pecho tremendo!». La sonrisa de Collin fue cegadora, y Jeff sintió cómo el guiso se le tambaleaba en las manos. O quizás era su corazón. —Lo tengo, ¿verdad? Mi pecho es bastante guapo, ¿a que sí? Jeffrió un poco más. —Tienes los pectorales de un dios, Vivaracho. Ahora sal de en medio, voy a dejar a Crick con la boca abierta con mis cualidades culinarias, ¿de acuerdo? Algo se oscureció en el rostro de Collin, y Jeff no pudo adivinar por qué. No importó. Collin dio un paso atrás (Jeff echó inmediatamente de menos el calor de su brazo) y le hizo un gesto para que pasara del salón a la cocina con la gracia de un cortesano. Jeff no pudo evitar la sonrisa más bien bobalicona que se adueñó de su rostro, aunque lo intentó valerosamente antes de entrar en la cocina. No engañó a Crick ni por un segundo. La expresión de su rostro mientras cogía el guiso que le tendía Jeff rozaba el... ¿alivio? —¿Has tenido una conversación agradable, Jeffy? —Cállate —murmuró este, dejando el plato sobre la encimera—. Así que estás cocinando... ¿a qué debemos el honor?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Crick, de hecho, era el mejor cocinero de todos después de su hermana, pero Benny no estaba allí. Crick había estado pasando más y más tiempo fuera, ayudando a Deacon, y la tarea de cocinar había caído en manos de gente menos competente cada vez que estaba la familia. En una ocasión le había tocado a Shane. Jeff recordó aquel momento con un escalofrío. Había sido él el que había saltado con la idea de pedir pizza cuando la montaña de quesadillas quemadas se había derrumbado sobre la mesa de la cocina y Deacon había roto a reír en un sorprendente ataque de risitas. Crick, Jeff, Mikhail y Andrew se habían saltado las risitas y habían ido directamente a las carcajadas. Podrían haberse quedado allí, partiéndose literalmente el culo, de no ser por las quejas lastimeras de Parry Angel sobre el hambre que tenía. Hablando de lo cual... —¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Jeff con curiosidad. —Están todos en el establo. Tenemos un potro de un año nuevo al que domar, y esa yegua es sensacional. Jon y Amy han llevado a las chicas a verla, junto con Kimmy y Lucas. Shane y Mickey todavía no han llegado... espera... —Crick alzó la vista, y Jeff con él. Vieron el enorme deportivo de Shane (que también era un coche muestra de hombría, si Jeff se paraba a pensarlo, pero puesto que las piezas del motor estaban en el interior y estaba pintado de negro en lugar de rojo caramelo con franjas blancas, jamás se le había ocurrido) acercándose rugiendo por el camino de entrada. Jeff se inclinó hacia delante para mirar por la ventana. —¿Cuánto quieres apostarte a que ese pequeño cabroncete ha mojado mientras le esperábamos? Crick rió entre dientes. —Podrían haber estado ocupándose de los animales —dijo con moderación—. No lo sabré hasta que no los vea entrar juntos. Jeff le miró de costado. —¿Puedes notarlo una vez que entran? —Mikhail estará suave y soñador si ha tenido tema —dijo Crick, sonriendo de oreja a oreja—. La mayor parte del tiempo es como un cardo 182


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane con espinas y patas, pero después de haber estado con Shane, es prácticamente Miss Congenialidad. Jeffrió, amando a Crick en ese instante. —Bueno, no podemos permitirlo —dijo con tono engreído—. Todos sabemos que yo soy la más guapa. Crick puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. —Deacon es la más guapa... Solo que no va a querer subirse al escenario. —Y entonces su rostro adoptó una expresión hermética, y Jeff relacionó por una vez un par de puntos que no estaban relacionados con él. —Espera un minuto. ¿Qué está pasando? ¡Collin parecía como si se hubiera tragado un bicho y tampoco ha querido decirme nada! El rostro de Crick era delgado y atractivo, con unos expresivos ojos grandes y marrones que no estaban hechos para mantener secretos. Siempre sorprendía a Jeff cómo se las había arreglado durante dos años en el ejército; había sido un milagro de alta categoría, parecido a que Crick sobreviviese a las heridas que había recibido al final de su servicio. Lo que fuera que le estuviera haciendo retorcer la boca en aquel momento era algo doloroso, sobrecogedor y, lo más aterrador de todo, un secreto. Crick estaba escondiéndole algo a él. Crick, que se había ido de la lengua con prácticamente cualquier secreto que había tenido nunca, incluido el de cómo había perdido la virginidad, explicado durante media hora de terapia física la primera vez que se conocieron, estaba escondiéndole un secreto a su mejor amigo. El primer pensamiento de Jeff fue sentirse herido. Y entonces recordó (y Dios sabía que era algo difícil para un tipo que había vivido solo con sus gatos durante cinco años) que quizás el mundo no siempre giraba alrededor de sus problemas. —Crick, ¿qué ocurre? Crick tragó saliva. —Mira, vamos a decírselo a todos después de la cena, ¿vale? Y si te lo digo a ti primero, todo el mundo va a ponerse hecho una fiera, y... —Crick sacudió la cabeza—. Mira, solamente recuerda cuando se lo digamos a la familia que llevo cargando con esto un mes, ¿vale? Y Deacon 183


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane me hizo prometer que no iba a hablar de ello hasta que supiéramos los detalles. Ha sido duro, y puede que te cabrees, pero voy a necesitar a un amigo que no sea mi irritante hermana pequeña sabelotodo, ¿vale? Jeff asintió. Tenía ganas de darle una patada a algo. Maldita sea, había estado tan cerca del equilibrio, tan cerca de sentir que el mundo podría quizás algún día volver a ser seguro. —¿Crick? Crick agitó la mano y apartó la vista. Y Jeff... bueno, Jeff era la persona menos indicada para derribar la burbuja de emociones seguras de un amigo, ¿no? Shane y Mikhail entraron en ese momento y Crick les miró casi con desesperación. Shane estaba tomando el abrigo de Mikhail para colgarlo junto a la puerta, y Mikhail, varios centímetros más bajo que su “policía grande y estúpido” le miraba de reojo con una expresión abierta y de completa adoración. Crick sorbió, tratando de recomponerse. —No voy a aceptar esa apuesta; probablemente han estado follando como conejos durante al menos tres horas —dijo. Jeffrió y chocó el hombro contra el de su mejor amigo. —Diablos, Kimmy estaba en Casa Promesa desde bien temprano; apuesto a que han estado todo el día. Crick asintió, completamente de acuerdo, y después alzó la voz, evitando que Shane se quitara su propio abrigo. —Shane, ¿podrías ir fuera y decirles a todos que se aseen? ¡Aquí ya está casi todo listo! Mikhail se acercó cargando con dos tartas, una de chocolate y otra de crema de plátano, que le había dicho a Shane que le pasara cuando se hizo cargo de su abrigo. —Bien —dijo Jeff con dulzura—, hemos estado apostando. ¿Cuánto rato habéis pasado en la cama? ¿Tres horas o todo el día?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Que te den, ya sé lo mucho que te gustaría saberlo —respondió Mikhail al instante mientras pasaba de largo para dejar las tartas sobre la encimera. —Tres horas —susurró Crick con seguridad—. Han tenido que descansar para que Mikhail cocinase. —Todo el día —respondió este con brusquedad. Su pequeño y atractivo rostro era insoportablemente petulante—. Hice las tartas ayer por la noche. Así que, ¿qué habéis cocinado para que mis postres se vean bien? Iban a cenar pollo asado con algún tipo de salsa baja en grasas, un plato de brócoli que Jon y Amy habían traído, la ensalada de fruta típica de invierno de Kimmy, pan (comprado por Collin) y, por supuesto, el guiso de pollo de Jeff para rellenar los huevos cocidos. Jeff no estaba seguro de cómo funcionaba (si la gente simplemente se pasaba para cenar, o si era un domingo de clase familiar), pero de algún modo siempre tenían un buen festín. Quizás se trataba simplemente de El Púlpito; todo el mundo quería que fuera algo bueno, así que lo era. Collin se sentó a la izquierda de Jeff, en una de las sillas de madera grandes y viejas de la cocina, y Martin a su derecha. Collin había hablado de motores con Shane, de gatos con Mikhail, había sido un listillo con Crick y Jon, y había hablado de bebés con Amy. Parecía considerar a Deacon cuidadosamente y, en general, encajaba bien. Jeff siguió intentando recordarse a sí mismo que ahora era el tutor de un chico al que no le gustaban los gais, y que tenía que controlarse, pero miró a Martin, que todavía miraba a Deacon con algún tipo de temor reverencial, y la esperanza continuó creciendo en su estómago como una planta de sandías. Oh, Señor... ¡tenía que arrancarla de raíz, o dejaría un agujero en alguna parte de su cuerpo por donde podrían filtrarse cosas malas! —Jeff—Crick se inclinó sobre su hombro mientras iba a coger más leche de la nevera—, ¿por qué está Martin mirando a Deacon de ese modo? Jeff miró con más atención a Martin (había estado escuchando hablar a Collin sobre cómo montar un motor. No tenía ni idea de lo que estaban

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane diciendo los chicos, pero sí de que usaba sus manos, grandes y callosas, para hablar, y eso estaba haciendo toda clase de cosas a la libido de Jeff) e intentó no reírse. Martin no estaba solo mirando con reverencia a Deacon; le estaba mirando como si fuera una pieza de un rompecabezas con una forma particularmente extraña y él tuviera que saber dónde ponerla. —No te preocupes por él, dulzura. Solo está intentando encajar al gay, eso es todo. Crick resopló. —¡Buena suerte! —murmuró antes de ir a por la leche, y Jeff se inclinó para hablar con el confuso adolescente que tenía al lado. —Es la misma persona, sabes. Martin le miró y puso los ojos en blanco, pero al gesto le faltaba su sarcasmo habitual. Era más parecido a una mirada de afecto llena de superioridad. —Sí, sí, eso es lo que estoy descubriendo. Dame algo de espacio, Jeff el padrino reinona. Me estoy esforzando. Jeff sonrió de oreja a oreja. —¿Acabas de llamarme...? —Sí, sí... mañana te llamaré algo horrible y cruel. Hoy hay mujeres presentes. —Y, a continuación, sonrió a Lila Lisa, el pequeño ángel de cabello claro que estaba sentada en la trona a su lado, batiendo las pestañas—. ¡Quién es una pequeña damita, oh sí, tú lo eres! La pequeña chilló de felicidad y extendió las manos pegajosas. —Cuidado, Martin, va a ir directa a por el... —advirtió Andrew desde el otro lado de la mesa. —¡Uuuuugh! ¡Ecs! —Sí, el cabello crespo. Lo siento, tío. Martin rió y se puso en pie, claramente de camino al baño para lavarse el pringue del bebé de su peinado limpiamente rapado y rizado. (Jeff le había llevado a que le hicieran un diseño nuevo en los apretados rizos negros que tenía, ¡y Dios prohibiese que ese gasto de dinero fuera

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane obscurecido por guiso de pollo!). Fue entonces cuando Deacon se aclaró la garganta significativamente, y Jeff estaba lo bastante programado en cuanto a las cenas familiares como para arrancar su atención de sus propios pensamientos y dirigirla al patriarca. Y entonces Crick miró a Collin, y este le apretó el hombro a Jeff. —Tendrás que explicarme por qué me envían a la mesa de los pequeños —murmuró. Era lo más íntimo que habían compartido desde que había empezado la cena, y amargó lo que Jeff tenía en el estómago casi por completo. Tal y como pensaba, Collin se levantó. —Martin, ¿puedes traer a esa, y yo llevaré a la macarra que está con Deacon? —Le puso ojitos a Parry Angel, que chilló «¡Colly!» y saludó con la mano—. Vamos a lavarlas y después podemos comer el postre en el porche, ¿vale? Martin asintió, le pidió permiso a Amy y cargó en brazos a la pequeña como si se sintiera cómodo cargando a primos más jóvenes y tal, y a Jeff se le constriñó la garganta. Dios. Dios. ¿Cómo había vivido sin aquello durante todos esos años? ¿Cómo podía la familia de Martin pedirle ahora que viviera sin ello? Los niños se fueron, con Collin guiando a la manada hasta la sala de estar con la promesa de tarta de crema de plátano, y el resto de la familia se quedó allí, mirando a Deacon. Jon, el mejor amigo de este desde primaria, estaba sentado a su izquierda. Era un hombre muy guapo, con cabello dorado, piel bronceada y el rostro de un ángel, si es que los ángeles hacían de modelos de ropa interior para Calvin Klein. También estaba terriblemente enamorado de su Amy, quien ocupó el asiento de Martin para estar más cerca de Jeff ahora que habían perdido a tres personas en su lado de la mesa. —¿Qué pasa, Deacon? ¿Tiene esto algo que ver con el ejercicio? —¿Qué pasa con el ejercicio? —preguntó Crick con voz afilada. —Ha estado tratándonos con suavidad —dijo Shane, encogiéndose de hombros—. Ocho kilómetros máximo, cinco días a la semana en lugar

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane de siete... ¡por lo que concierne a Deacon, es como un viaje a las Bahamas! Crick se relajó, pero fue Deacon quien respondió. —Sí. Sí. Chicos, mirad... le dije a Crick que lo contaría yo, porque le he hecho guardárselo durante el último mes o así, y todos sabemos lo bueno que es manteniendo secretos, ¿verdad? —Crick normalmente se sentaba en la cabecera opuesta de la mesa respecto a Deacon siempre que había cena familiar. En aquel momento, se levantó y se acercó al extremo de este, apartando la silla alta de Parry Angel y robando el asiento vacío de Amy. Se sentó con pesadez, como si no fuera un hombre que no tenía todavía veintiséis años, y agarró la mano de Deacon con un silencio poco habitual. —Ayudaré —dijo con suavidad, y la mano de Deacon se cerró de manera evidente sobre la de Crick, marcada por las cicatrices. La mesa quedó tan en silencio que podían oír a las pequeñas jugando en la habitación adyacente. —Hace unas seis semanas, me caí de mi caballo —dijo Deacon en el silencio. Tenía las mejillas enrojecidas, y no era... un color saludable. Estaban rojas, y los labios pálidos, y la mata de sandías de Jeff tuvo una muerte enfermiza, devorada en un instante por el ácido. —¿Te caíste del caballo? —dijo Jon con tono neutral, y Jeff casi pudo sentir cómo el mejor amigo de Deacon se tensaba como un resorte. —Lo hice. —Deacon sonrió con debilidad—. Fue tan poco característico de mí que Crick me hizo ir al médico. Y el médico dijo que mi corazón no estaba funcionando bien, así que hicimos algunas pruebas, y después algunas más. Y entonces cruzar el terreno se volvió cada vez más y más difícil, y me dijeron que tenía que limitar el salir a correr pero que necesitaba seguir haciéndolo, y entonces... Se detuvo, encogiéndose de hombros, y Crick continuó. —Entonces dejaron de hacerle pruebas y fueron al grano. —¡Gracias a Dios! —bromeó Deacon débilmente. Fue recibido con un silencio enfadado y herido. 188


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Y cuál es, Deacon? —preguntó Jon, y Deacon hizo algo inesperado y alcanzó su mano para apretarla también. Jeff sintió la mano de Amy hundiéndose en su muslos bajo la mesa, y le rodeó los hombros con fuerza con el brazo, porque, ¡Dios! Aquello no era lo que había esperado. —El asunto es que, tengo una especie de... Mi corazón tiene cicatrices. Al parecer he estado teniendo pequeños ataques desde hace bastante tiempo, y mi corazón... —Siendo tan cabezota como el resto de él —murmuró Crick. —Bueno, sí, como sea, empezó a abrir sendas nuevas sobre el tejido que estaba cicatrizando, que ha aumentado porque el problema original no se trató, y ahora necesita cirugía. Tienen que meter un alambre por mi... la arteria de la pierna... ¿cómo se llama, Jeff? —La arteria femoral —dijo este, inexpresivo. —Sí, eso. Tienen que subirla por el muslo hasta el corazón, y entonces tienen que moverla durante un rato, cortar el tejido cicatrizal, volver a forjar algunas sendas y poner un marcapasos para mayor seguridad. La cirugía durará varias horas, pero no es demasiado invasiva, así que la recuperación será entre diez días y dos semanas. Íbamos a hacerlo justo después de los exámenes finales de Benny, para que pudiera asegurarse de que su ángel favorito tuviera unas buenas Navidades, y así ninguno de los clientes se incomodaría demasiado al no estar yo ahí para las lecciones a caballo ni para domar a ninguno ni nada parecido. No es... —¡Si dices «no es gran cosa» voy a matarte, idiota! —dijo Jon con voz tensa, al lado de Deacon. Jeff miró sus manos y se dio cuenta de que Jon prácticamente le estaba rompiendo los dedos a Deacon—. ¡Cómo has podido no contárnoslo! Crick rodeó la cintura de Deacon con el brazo y descansó la afilada barbilla sobre su hombro. Deacon sonrió con suavidad a su amigo más antiguo y querido, seguido de todo el resto de gente que había en la mesa, uno por uno. —Quería que tuviera un nombre —dijo al fin—. Quería un diagnóstico. No podía venir aquí sin más y decir «Algo va mal; ¡ya os diré el qué más tarde!». Yo... todos sabéis como murió mi padre. 189


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff tragó. Fallo coronario masivo... estaba muerto antes de tocar el suelo. Deacon había tenido, ¿qué? ¿Veintidós? ¿Veintitrés? Crick había acabado de cumplir los dieciocho. Como fuera, habían sido jóvenes y huérfanos de un modo muy parecido al que Jeff había sentido a esa edad, y ahora ese mismo monstruo andaba suelto para atraparles. Jeff tragó de nuevo y asintió. Sí. Sí, por supuesto. Todos sabían cómo había muerto Parish. —Sí, Deacon —dijo Jon. Parecía haber asumido el papel del portavoz de la familia, ¿y Jeff? Estaba tan estupefacto, su respiración tan atrapada en su pecho que no tenía manera alguna de reclamar ese control. —No quería haceros eso, no quería. He estado tomando nitroglicerina y siendo prácticamente el esclavo del médico, ¿sabéis? Pero no quería preocuparos a todos hasta que no tuviéramos una fecha para la cirugía y un plan. —Dios, Deacon —jadeó Jon, y Deacon sujetó a su mejor amigo por la nuca y lo arrastró hasta su pecho. —Voy a estar bien, ¿lo sabes, verdad? —preguntó, alzando la vista a continuación hacia donde Amy estaba sentada. Crick le soltó la mano y se puso en pie con elegancia real, besando a Deacon en la sien y apartándose de en medio—. Te lo juro, Amy, este soy yo pidiendo ayuda esta vez. Os lo estoy diciendo... ¿no basta? —Idiota —murmuró ella, tirando la silla al suelo en su esfuerzo de lanzarse sobre él. Y él los abrazó a ambos, sin lágrimas, sin gritos, solo silencio, en un lazo que Crick pareció entender y que era lo bastante bueno para Jeff. Este alzó la vista cuando Crick se dejó caer en el asiento que Collin había dejado libre. Shane se acercó un asiento más, Mikhail se sentó en el regazo de este y Andrew tomó su asiento. Y puesto que Deacon estaba ocupado con otra cosa, se giraron hacia Crick en busca de respuestas. —¿Un mes y medio? —fue lo primero que salió de la boca de Jeff, seguido de—: ¿Cómo has podido no decirme nada durante un mes y medio? —Al principio era algo sutil —dijo Andrew en voz baja desde el otro lado de la mesa, y Kimmy se inclinó hacia delante para oírle, con Lucas a 190


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane su lado—. Simplemente se... adormecía y después se despertaba, jadeando. O le dolía el hombro y no conseguía averiguar qué había hecho para que le doliese. La caída del caballo fue la primera gran señal... simplemente se desmayó y se cayó. La mente de Jeff volvió a aquel, día dos semanas atrás, aquel horrible día en que había recibido la llamada de Lucas, y recordó haber pedido la ayuda de Andrew. Por supuesto que Andrew no podía dejar a Deacon; no cuando este podía colapsar en cualquier momento. —¿Lo sabe Benny? —se encontró preguntando aturdido, y Andrew también le respondió. Sintió la mano de Crick bajo la mesa, balbuceando en busca de consuelo, y eso era algo que Jeff sabía cómo dar. —Una vez que tuvimos el pronóstico la llamamos. De todos modos detestaba estar lejos del bebé... se lanzó ante la oportunidad de venir a casa y empezar la universidad aquí. Pero sí, lo sabe. Se está esforzando por no perder los estribos, ¿sabéis? Jeff apretó la mano de su mejor amigo. —¿Cómo has podido no decírmelo, idiota estúpido? —Bueno, eso era consolador, ¿verdad? Crick le sonrió débilmente. —Bueno, tú ya tenías mucho en tu plato, ¿sabes? Pero no ha sido fácil. —Crick alzó la mirada para mirar a la mesa llena de amigos que él y Deacon habían convertido en su familia—. No ha sido fácil escondéroslo a todos. Pero Deacon tenía razón. Teníamos que tener una respuesta y un plan, o habría sido tan solo una montaña de preocupación y especulaciones,y... ya sabéis. Eso apesta. —¡Vaya si lo hace! —juró Andrew con fervor, y aquello pareció aliviar un poco la tensión. —Deacon —dijo Crick en voz alta—, ¿has acabado con tu trío? Es hora de bañar a las peques y quiero un poco de jodida tarta, ¿me oyes? La familia se juntó. Hablaron en voz baja; intentaron hacer bromas para rebajar la tensión. Finalmente Amy fue a darles a las chicas su baño, y Collin y Martin volvieron a la cocina, notando el cambio de ánimo con curiosidad. 191


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Por qué está todo el mundo tan callado? —preguntó Martin, y Jeff le miró, intentando encontrar un punto de apoyo. —Van a operar a Deacon antes de Navidad... estamos un poco preocupados, eso es todo —dijo, y como Martin tenía catorce años, aquello fue suficiente. —Estará bien —dijo con confianza—. Quiero decir... ¡mírale, tiene la salud de un caballo! —Y antes de que Jeff pudiera contradecirle o decirle que en ocasiones las apariencias podían engañar o romper su burbuja, Collin le agarró del brazo y le arrastró hasta el cuarto de la lavadora. Había una caída de diez grados entre la casa en sí y la habitación para la colada, y Jeff se encontró temblando de manera incontrolable. —Tienes un aspecto horrible, Jeff... ¿qué ha pasado? Por un momento, solo un momento, Jeff deseó apoyar la cabeza contra ese amplio pecho y descargarse del modo en que lo había hecho una semana antes, confiando simplemente en Collin y en lo que parecía estar sintiendo, y ceder el control del mundo a los dioses. Entonces recordó que a veces los dioses te detestan y que nunca sabes cuándo todo el asunto de “ceder el control” va a funcionar o a arrancarte el corazón y roerlo, y fue entonces cuando se abrazó a sí mismo, apartándose de Collin como si fuera un asesino psicópata con un hacha en una película de terror. —Vivaracho, yo... no puedo hacer esto. No puedo hacerlo. Yo... simplemente no puedo. Deacon estaba enfermo, y la familia de Jeff estaba en peligro, y su corazón estaba en peligro, su mente era un vórtice oscuro y caótico, y no parecía capaz de encontrar la luz, no parecía poder encontrar el equilibrio... y todo lo que sabía, todo lo que podía comprender en realidad era que si Collin le tocaba, se caería a pedazos. Y, con eso, abandonó la fría habitación a favor del exterior helado, parpadeando ciegamente en dirección a la oscuridad del establo. Porque allí al menos habría un animal cálido y, en ese instante, aquel era el único consuelo en el que podía pensar.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Pero ni siquiera pudo pensar en eso mientras caminaba. Todo lo que pudo hacer fue entrar trastabillando en el gran edificio, con los animales, el heno y la imagen de dolor y frustraciรณn en el rostro de Collin mientras se apartaba, una vez mรกs, para salir corriendo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

CRICK: MADURANDO —HA IDO bien. Crick forcejeó con una sola mano con los cordones de sus botas. Sabía que se suponía que debía usar la mano herida, pero dolía un horror y, maldita sea, estaba cansado de toda la porquería que dolía. Así que simplemente la dejó descansar a su lado, incómoda y retorcida, mientras intentaba quitarse la ropa. Deacon salió de la ducha con solo los bóxers, secándose todavía el pelo con la toalla. Se movía con una elegancia inconsciente, y el corazón de Crick le saltó a la garganta por algo tan simple. Deacon, preparándose para irse a la cama. —¿Cómo están Jon y Amy? —preguntó Crick. De todos los que habían estado allí aquella noche, los amigos que Deacon tenía desde la escuela habían sido los más devastados. Quizás porque habían conocido al padre de Deacon y recordaban ese dolor, o quizás porque habían cuidado de Deacon durante la desintoxicación, cuando Crick no estaba allí, o puede que fuera simplemente porque se conocían y habían estado juntos desde parvulario. Fuera por lo que fuera, Jon había parecido especialmente como si necesitara irse a casa, emborracharse y cantar canciones antiguas hasta que su mujer le dijera que lo superara de una vez, porque le necesitaba. —Se sienten como una mierda —dijo Deacon con un suspiro—. Les he dicho que esta vez se lo estaba diciendo, ya sabes, les estaba pidiendo ayuda antes de estar medio muerto. Han dicho que era toda una puta caballerosidad por mi parte, pero no ha evitado que se cabreen de todos modos. —Deacon suspiró—. Jon... Jon se lo ha tomado de manera personal. No lo del secreto, vale, pero lo de estar enfermo. Simplemente... ni siquiera quiere pensar en ello, ¿sabes?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Crickgruñó. Sí, lo sabía. Pero pensar en ello era todo lo que él había estado haciendo durante los últimos dos meses. Ni siquiera podía ver dramas médicos o programas sobre crímenes en la televisión. No importaba si era un asesino en serie o un santo lleno de maquillaje sobre una camilla: Crick veía a Deacon, y el corazón le dejaba de latir. Habían estado viendo muchas comedias, y Deacon las odiaba, pero había estado leyendo autobiografías de deportistas o cosas así mientras Crick se tumbaba sobre él y miraba la televisión, consiguiendo un poco de consuelo al escaparse y del hecho de que Deacon no podía quererlo más de lo que ya lo hacía. —¿Cómo está tu amigo? —Deacon se arrodilló sobre una rodilla, justo allí, con sus calzoncillos de algodón blancos y el pecho desnudo, y empezó a ocuparse él mismo de los cordones. Todo el mundo se había ido, Parry Angel estaba dormida para el resto de la noche, y Andrew estaba en el sofá del salón, durmiendo, igual que había estado haciendo desde que Benny se había ido. Teóricamente, podía volver a su pequeño apartamento en el establo, ya que los “limpiadores” que Deacon solía contratar ahora provenían de Casa Promesa, donde tenían un hogar de verdad y supervisión, pero era parte de la familia, especialmente desde que Deacon se había caído del caballo en octubre. A todos les hacía sentir mejor saber que había una persona más en la casa para mantener la cabeza y cuidar de Parry Angel si algo iba horriblemente mal. —¿Jeff? —respondió Crick. Como si hubiera alguien más que hubiera salido huyendo hasta el establo, dejando a un pretendiente frustrado y a un adolescente confuso en la casa, en mitad del caos provocado por el anuncio de Deacon. Este gruñó, ocupado con la bota. El cabello le caía sobre la frente, y Crick pensó en apartarlo. Pero no lo hizo; eso habría distraído a Deacon, y a veces era agradable mirarle sin más y saber que, por el momento, estaba sano y salvo y donde se suponía que tenía que estar. Con Crick. —Sí, Jeff. ¿Cómo está? —No muy bien. —¿Qué ha dicho?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Crick hizo una mueca. Jeff jamás le había parecido del tipo reservado... a diferencia de Deacon. Deacon no había tenido realmente ningún problema durante el último mes. Había aprendido a llevar siempre encima su nitroglicerina, trató con calma a los médicos y le aseguró a Crick minuto a minuto que se encontraba bien. Por supuesto, con Deacon, a menos que le amputasen una pierna y estuviera sangrando como una fuente, siempre diría que se encontraba bien. Razón por la que todo aquello tenía a Crick preocupado como loco a su alrededor de manera no tan callada. Pero Jeff le había sorprendido. Había contado toda su semana a trompicones, y había sido bastante traumático... toda un cargamento de dolor que Jeff no había compartido y del que Crick no había sabido nada, y este se sintió exactamente como se había estado sintiendo durante el último mes. Jodidamente inútil. —Le están pasando cosas muy serias, Deacon. Su madre, ir a casa, Kevin y Collin, y... —Tembló, reproduciendo en su cabeza aquella conversación en el establo.

—Hey, Jeffy, ¿cómo llevas las cosas? Jeff odiaba el establo; todo el mundo lo sabía. Era un lugar sucio y polvoriento, y sus elegantes zapatos negros y su ropa impecable quedaba destrozada con el heno y la mierda de caballo. Pero había salido volando, Collin había vuelto a entrar con un aspecto enfadado y miserable, y Deacon estaba ocupado respondiendo preguntas. Crick era el candidato más probable para salir fuera y averiguar qué pasaba. —Pues las tengo secas y escondidas —dijo Jeff en voz baja. Crick le dio al interruptor y la serie de círculos fluorescentes en el techo se encendieron en secuencia. Jeff estaba sentado en una bala de heno, con la espalda apoyada contra la cuadra de Lucy Star y las rodillas contra el pecho—. ¿Quieres tocarlas? Crick hizo una mueca.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No, gracias. Deacon ya tiene suficiente tensión en el corazón tal y como están las cosas. —Lo siento —dijo Jeff con los ojos fijos en la cuadra que tenía en frente. Bruiser, el caballo que Deacon estaba domando para los jinetes de la feria renacentista, estaba allí. Era un caballo capón negro de un tamaño monstruoso, pero tenía el carácter de un oso panda, y en aquel momento estaba durmiendo de pie. —¿Por hacer una broma mala? ¡Vivimos entre ellas, Jeff, no me digas que ahora no podemos recurrir a ellas! —Crick estaba cansado; estaba cojeando. Se sintió bien dejarse caer sin más, con las largas extremidades laxas, en la bala que había junto a Jeff. —Por Deacon. Por lo que está pasando. Debes de estar tan asustado. Crick cerró los ojos. Deacon lo decía todas las noches cuando se metían en la cama. «No estés asustado, pequeño. Todo irá bien». Era una promesa jodidamente inútil. No significaba nada. Crick necesitaba funcionar, y Deacon le necesitaba cuerdo. Fin de la historia. Así que Crick dejaba que la voz de ese ángel le bañase en la oscuridad y se recordaba a sí mismo que era suficiente con que Deacon quisiera que fuera bien. Quería estar ahí por Crick, Parry, Benny y toda la familia. Deacon, que la última vez había puesto su propio bienestar en último lugar, había, por una vez, convertido su salud en una prioridad. Iba a hacer todo lo posible por mantener esa promesa. —Sí. Estoy asustado. No soy valiente como tú, Jeff. No creo que pudiese sobrevivir lo que tú sobreviviste. Me destrozaría. La risa de Jeff en el silencioso establo había sido crispada y enloquecida. —¿Es eso lo que crees? ¿Que soy fuerte? ¿Que no estoy roto? Dios, eres estúpido. Crick le miró con sorpresa. —Sé que soy estúpido, Jeffy, pero eres tan fuerte. Tío, mantienes a la gente de una pieza, les levantas cuando han caído. Eres una de las personas más fuertes que conozco.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff se había secado abruptamente las mejillas con la manga y había resoplado. Estaba congestionado por las súbitas lágrimas, y no fue un sonido agradable. Lo que le siguió fue incoherente, y Crick había necesitado rodear los hombros de su amigo con el brazo y sentarse sin más a escuchar durante un rato. Para cuando Jeff hubo terminado, incluso Crick estaba sin palabras. —Guau, Jeff... Señor, lo siento. —¿Por qué? ¡Tú no eres el que me repudió! —Jamás lo haré —dijo Crick. Siempre había sabido por qué para aquel chico era tan importante ser invitado a las cenas de los domingos (y ser bienvenido el resto de días de la semana), pero por primera vez era realmente capaz de mirar más allá de sí mismo, incluso más allá de Deacon, hacia la tristeza de otra persona. Era una revelación. —Gracias —sorbió Jeff—. ¿Qué voy a hacer con él? —¿Con Collin? Mantenerlo. ¡Es un tipo decente! El silencio que siguió no fue alentador. —No puedo hacerlo, Crick —dijo Jeff tras el silencio—. Tú... al mirarte hoy a la cara... recordé por qué no puedo hacer esto. Por qué jamás lo he intentado siquiera. Yo... no puedo hacerle esto a ese chaval, ¿sabes? Él... Dios. Todavía cree en un “felices para siempre”. Yo solo quiero poder reírme un poco antes de que se me acabe el tiempo. —Cállate —respondió Crick con brusquedad—. Estás bien. Tu recuento de células blancas es bueno; tú mismo me lo dijiste, porque compré un puto calendario de los de verdad para poder estar al tanto de cuándo ibas y hacer que me lo dijeras. Jeff le dio una palmada lánguida en la rodilla. —Mírate, Carrick. Toda una niñera, ¿no? —Le tomo la presión sanguínea a Deacon cuatro veces al día —respondió este con voz tensa. Él también se la tomaba. Y obligaba a Deacon a tomar una siesta cuando estaba demasiado alta; ya no tomaban nada que tuviera cafeína, cronometraba el tiempo que Deacon pasaba corriendo para asegurarse de que no pasaba demasiado rato fuera, y...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Crick tembló. Todo trataba sobre control. Aquello era algo que había aprendido del ejército, y después de Deacon mismo: controlabas las cosas que podías, y así el caos del mundo exterior no se sentía tan abrumador. Jeff asintió contra su pecho. —Ves, aquí estás, cuidando de todos, sabes lo que podrías perder. Tienes miedo de perderlo. Igual que yo. Pero... tú ya estás hasta el cuello. Yo no tengo por qué estarlo. —Dios, no te lo crees ni tú —saltó Crick. Cuidar de Jeff era más fácil que preocuparse por Deacon, pero no por mucho—. Simplemente deja de pretender, ¿vale? Puedes mentirme a mí, y creo que ya le has mentido suficiente a Collin, pero en algún momento vas a tener que decirte la verdad a ti mismo. —Sí, ¿qué ha sido eso? ¡Ya que tienes toda esta recién hallada madurez y sabiduría, adelante, ilumíname! Dios. Como siJeff no lo supiera ya. —Él yate importa. Mírate; a duras penas puedes decir su nombre de lo asustado que estás de que te oiga y aparezca, de que tengas que apoyarte en él para que todo mejore. Volvió a producirse ese silencio emocionalmente lleno, y cuando Jeff habló, Crick tuvo que resistir el impulso de estamparle la cabeza contra la pared. —Bueno, Crick, las mejores mentiras son las que quieres creer. —Señor. Es como lo de Mikhail otra vez, lo sabes, ¿no? ¿Recuerdas el año pasado?Tú no cerrabas la boca sobre lo mal de la cabeza que estaba “ese rusito diva” y cómo simplemente necesitaba «superar su autocompasión, dar una mamada a nuestro pobre policía y vivir felices para siempre»; ¿te acuerdas de eso? —No puedo creer que hayas cargado con eso, palabra por palabra, en tu cabecita puntiaguda. —Yo no me puedo creer que después de toda esa mierda de que Mikhail estaba siendo más estúpido que una caja llena de pañales vayas a usar a Deacon como excusa para volver a hacernos esto a todos.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff se apartó de él y se puso en pie con rigidez, estirándose un poco y temblando en ausencia del calor corporal de Crick. Se frotó la cara con las manos y volvió a secarse los ojos, poniéndose lo más presentable que pudo estando en un establo. A continuación, se inclinó y le dio a Crick un beso en la frente. —Todos sabemos que eso no va a pasar, Crick, porque, por desgracia, esta familia tiene algo mejor que hacer con su tiempo ahora mismo, ¿no? Llámame si hay algún cambio en Deacon. Martin y yo nos pasaremos a cenar el martes; yo traeré la comida, así que no te molestes en cocinar. —Jeff, no lo hagas. —¿Podrías hacerme un favor e ir a decirle a Martin que se reúna conmigo junto al coche? Así será más fácil para todos, ¿verdad? —¡Dios, Jeff! ¡No me hagas hacer esto! Y el rostro recién compuesto de Jeff luchó contra sí mismo por un momento. —Por favor, Crick. Tío, sé que eres mi amigo y sé que quieres lo mejor para mí. Ahora mismo, ¿podrías adherirte a lo que yo quiero en realidad de lo que crees que necesito? —¿Porque esta noche ha sido tan horrible? Sí. Por esta noche te dejaré escaparte. Porque, como tu mejor amigo, estoy del lado de Collin en esto, ¿de acuerdo? Realmente es un buen chico. ¿Crees que podrías darle una oportunidad? —Buenas noches, Crick. Dale a Martin una buena media hora de tiempo con la familia antes de enviarlo al coche, ¿de acuerdo? —Jeff... Pero este ya estaba fuera, caminando con un paso largo y decidido que no parecía que perteneciera a su cuerpo angular y expresivo. Solo Crick sabía que iba a ir a su coche para tener un buen llanto y recuperar los papeles para afrontar lo que equivalía a una paternidad instantánea. Y Crick no era la persona que tenía que ir y hacer que todo estuviera bien.

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—Joder —dijo Deacon en voz baja. Le había quitado los zapatos a Crick y había tomado su mano inútil, besándola suavemente mientras resumía la conversación. —Sí. —El suspiro de Crick fue tan alto que tuvo eco, y sintió cómo el cuerpo de Deacon temblaba un poco—. No te rías de mí. —Lo sé, lo sé. Es solo que cuando estabas creciendo, solías suspirar así, como si tuvieras todo el mundo sobre los hombros. Uno pensaría que ese sonido habría cambiado ahora que realmente lo tienes. Crick se vio obligado a reírse también un poco. Y entonces, todos esos miedos que tan cuidadosamente había mantenido enmascarados durante la cena, durante su conversación con Jeff y durante el último mes, mientras Deacon había estado tan emperrado en pretender que todo estaba bien, que no había ningún peligro real y que su padre no se había desplomado muerto de repente antes de cumplir los cincuenta; todos esos pequeños miedos le poseyeron a la vez y tuvo que controlarse con fuerza para no tener un ataque de pánico. Apartó la mano del agarre de Deacon y le rodeó los hombros con ambos brazos, atrayendo a su amante, a su pareja, su todo, contra su pecho e intentando proteger aquel cuerpo delgado con sus amplios hombros. —No puedes dejarme —susurró—. Es así de simple. Sin Deacon no hay Crick. No soy fuerte como Jeff. No puedo seguir adelante durante años, hacer reír a todos y no aceptar nada bueno para mí mismo. Te necesito. Deacon se apartó y, por primera vez en bastante tiempo, pareció enfadado. —Esta familia te necesita —dijo con severidad—. Nada de tonterías, Carrick; ya no se trata solo de nosotros. Hace ya algún tiempo que no lo hace. Empieza con Parry Angel y ve abriéndote paso, y te encontrarás una tonelada de gente que te necesita, aquí en El Púlpito, para poder seguir adelante si ocurre algo malo. —Deacon, no soy tú...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No. Eres mejor que yo. Eres más fuerte. Seguirás adelante. Y harás un trabajo jodidamente bueno. Solo... —Y por primera vez desde la caída del caballo, Deacon realmente pareció un poco asustado—. Solo espero que no tengas que hacerlo, eso es todo. —Su boca, labios carnosos, barbilla firme y todo, empezó a temblar, y Crick le abrazó con fuerza mientras recuperaba el control. —Estaba deseando pasar una larga vida contigo, Carrick. Lo estaba. realmente me gustaría vivirla. Yo... Ambos estaban temblando. Ambos. Y Crick necesitaba... sencillamente necesitaba. No estuvo seguro de cuál de ellos inició el beso, pero empezó suave, convirtiéndose en dulce, seguido de tierno, inflamable y entonces fue un fuego completamente fuera de control. Y Crick quería tener el control. Deacon, el más mayor, aquel del que todo el mundo dependía, el líder, el centro silencioso de su mundo... él solía llevar la voz cantante, pero no aquella noche. Aquella noche Crick necesitaba estar al cargo, controlar algo acerca de su amante, algo sobre su mundo, incluso si se trataba tan solo de qué apéndice iba en qué agujero y la expresión de Deacon mientras Crick le lubricaba, dilataba y penetraba. La cabeza de Deacon estaba echada hacia atrás, la espalda arqueada para facilitarle la entrada a Crick, los ojos cerrados, los labios llenos ligeramente separados y las manos a los lados, aferrándose a la colcha. Crick observó cada momento mientras se deslizaba dentro de aquel cuerpo apretado, hasta que estuvieron pegados, esperando entonces hasta que la respiración de Deacon se volvió más errática y sus manos empezaron a tantear sus costados, allí en la cama. —Shh... No te preocupes. Me ocuparé de ti. —Crick le tomó la mano y la colocó sobre su pene. Juntos, lo rodearon con los dedos, grande y tenso, y empezaron a acariciarlo incluso mientras Deacon se retorcía, empalado en la carne de Crick, y empezaba a emitir pequeños sonidos de súplica por todo lo que Crick tenía para ofrecer. —Carrick... —Era lo más cercano a un lloriqueo que tenía Deacon. —¿Qué?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Has dicho que tú... ¿ya sabes? —Le temblaba la mano sobre su propio pene, y Crick tomó una perla de líquido preseminal de la punta con el pulgar y se la llevó a los labios. —¿Qué? —¿Que te ocuparías de mí? Crick movió las caderas hacia atrás y embistió hacia delante. —Siempre. —Auuughhhh.... —¡Siempre! —gruñó Crick, volviendo a empujar—. ¡Dilo, Deacon! —¡Siempre! —¡Siempre! —Crick siempre estaría ahí, siempre amaría a Deacon, siempre cuidaría de él. Perdieron las palabras y Crick se hundió en él una y otra y otra vez, verdaderamente en casa dentro del cuerpo de Deacon por primera vez, rodeado de verdad por aquel hombre al que había prometido amar más allá de la muerte. Su orgasmo empezó a tensarle el cuerpo en una acción puramente física. Los testículos se retrajeron, pesados, empezó a cosquillearle la columna, los pezones, el pene, todo estaba ardiendo con la hermosa agonía del clímax, y tuvo que cerrar los ojos, confiar en que cuando se retirase y embistiese dentro del hogar («Aaaaaahhhhh») esa última vez, Deacon estaría allí, caliente, estrecho, listo para recibirle y dejarlo escapar todo, no solo su semilla, en su cálido refugio. Se derrumbó, sudando, acalorado y tembloroso, encima de Deacon, olvidando por un momento que estaba enfermo y dando por sentado sin más sus brazos abiertos. El estómago de Deacon estaba húmedo por su propio semen, y a Crick no le importó. La piel se les pegaría, y sería desagradable y probablemente les tiraría un horror del vello en la parte baja del abdomen, pero no le importó. Porque estaba entre los brazos de Deacon, y siempre podía ducharse, pero aquel momento, aquel momento de ahí, cuando su amante estaba haciendo sonidos tranquilizadores en su oído, aquello no estaba garantizado para siempre, ¿no?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Carrick James —murmuró Deacon, y Crick respiró profundamente, temblando sin parar, e intentó recuperar su equilibrio. —¿Qué? —Tenía la voz ahogada. ¿Cómo había pasado? Deacon le tomó el rostro entre las manos y se apartó contra la almohada para que pudieran mirarse. Una gotita cálida cayó desde la barbilla de Crick hasta la mejilla de Deacon con un temblor, y Crick tuvo que cerrar los ojos. «Oh, mierda. Oh, mierda», ¿cuándo había pasado eso? ¿Cuándo había pasado de amante enérgico a sauce llorón? Era bueno que Deacon le amase, porque había leído los libros; aquello se suponía que era como una sentencia de muerte para un amante, ¿no? Llorar en la cama te convertía en un desastre impotente. Era palabra de Dios. —Incluso si me marcho, no te dejaré, ¿de acuerdo? Incluso si llevas el ataúd y tienes que decir adiós y encontrar a otra persona a quien amar, seguiré contigo, ¿vale? Lo digo en serio. Siempre. ¿Me oyes? Crick asintió. Su pene se ablandó, saliendo del cuerpo de Deacon, y echó de menos aquella sensación de carne unida con carne. Pero la de los músculos y huesos de Deacon bajo él, en las caderas, en el pecho... aquella permaneció. Los ojos verdes de Deacon eran sobrios y amplios, con el oscuro marco de las pestañas lanzando una leve sombra sobre su mejilla. —Siempre —repitió Crick—. Siempre. Era la única verdad que conocía.

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COLLIN: SALIENDO COLLINSABÍA que era atractivo. En el instituto le habían tirado los tejos constantemente, y él seguía el juego. Llevaba el cabello con raya en medio y cayéndole a los lados de la cara porque sabía que así destacaba su estructura ósea, incluso cuando se lo apartaba con una coleta. Sabía que a algunos chicos realmente les gustaba lo del cabello largo, y mantenía el suyo brillante y sano. Sabía que sus ojos eran un tono inusualmente claro; vestía muchas veces de marrón dorado y verde oscuro, muchas otras de azul marino, el cual los hacía parecer más claros. En casa tenía pesas y entrenaba cuando no estaba jugando en la liga de amistosos y fútbol sala, y se tomaba el fútbol con una seriedad brutal. Así que eso también le mantenía bastante en forma. Sabía que su constitución era más delgaducha que grande, aunque sus hombros eran anchos por su altura y por la cantidad de tiempo que usaba los brazos y el tronco en el taller. Aquella noche hacía algo más que saber que era atractivo. Se secó el pelo con el secador hacia atrás para que estuviera brillante y completamente alejado de la cara. Usó solo un toque de perfilador para convertir aquel marco alrededor de los ojos en algo oscuro y misterioso. Y arrogante; no debía olvidar arrogante. Aquello era algo que excitaba al personal. Demonios, incluso se puso un poco de vaselina en los labios para que estuvieran brillantes. Se colocó sus tejanos negros desteñidos de fábrica le quedaban bajos en la cintura, y tan apretados que si alguien miraba con atención podría ver que estaba circuncidado. El cinturón blanco estaba tachonado de plata, los mocasines negros (sin calcetines, y que le dieran al hecho de que estaban en noviembre y fuera hacía frío) eran elegantemente brillantes, la camiseta canela se le ceñía al pecho, y su chaqueta corta cruzada a la moda, parecía recién salida de la revista GQ. ¿A quién le importaba una mierda el número de primavera? Nadie en Sacramento leía en realidad esa porquería, ¿no? 205


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Tenía un aspecto fantástico. Él era el único que tenía que saber que se sentía como una mierda, completa y absolutamente. Su loft era bastante bueno; vivir sobre el garaje de tu madre no tenía por qué consistir en masturbarte junto a tu Nintendo en una habitación pequeña y sudada. Lo había rematado con un suelo de madera, una bonita zona con alfombra: una bastante guapa, hecha con tonos oliva, azul marino, canela y marrón, que parecía las esquirlas de un espejo tiradas en una superficie de tierra. Tenía muebles: un auténtico sofá de dos plazas que hacía esquina, en tonos oliva y borgoña, y una pequeña barra de desayuno al lado de la nevera y los fogones. Su cama de matrimonio estaba en la esquina, hecha, porque cuando sus hermanas o sus hijos hacían una visita se convertía en un asiento o en zona de juegos. Era un lugar agradable y no, como su madre se había preocupado abiertamente, un antro de sexo y perdición. Collin había llevado a algunos hombres durante los últimos tres años, pero ninguno en la primera cita, ni siquiera en la tercera o cuarta. De hecho, había estado llevando una vida respetable, y eso le gustaba. Pero no significaba que no quisiera salir y follarse algo hasta que no se mantuviera en pie. Eso es lo que se decía a sí mismo, y cada vez que lo hacía esperaba que pudiera hacer desaparecer la decepción de la cena en familia del domingo. Había estado cerca; lo había notado. Se había sentado al lado de Jeff y había visto aquellas miradas de reojo, casi tímidas, que este le había estado dirigiendo con esos ojos encantadores. Había hecho chocar su rodilla con la de Jeff bajo la mesa un par de veces solo para ver cómo la sangre recorría esa piel engañosamente clara. Había oído la disculpa en su voz cuando había intentado avisarle sobre Martin, y había visto cómo Martin había estado, de hecho, feliz cuando Jeff se había encontrado con Collin en la puerta. Todo estaba yendo tan bien.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Era característico de su suerte que su segunda cena en El Púlpito fuera la noche en que Crick y Deacon dejaran caer un yunque sobre la cabeza de todos. Andrew le había hablado más tarde sobre la mala salud de Deacon, sobre su cirugía, sobre arrancarle la alfombra bajo los pies a todos cuando ya habían aprendido a depender de aquel hombre para que centrase todo su mundo a su alrededor y alrededor de Crick, y el modo en que cuidaban de la gente a su alrededor. Collin no había sabido nada de todo eso cuando había arrastrado a Jeff hasta el cuarto de la lavadora. Si lo hubiese sabido quizás simplemente le hubiese abrazado hasta que se rindiera. Pero no lo había sabido, así que había elegido aquel acercamiento tan jodidamente estúpido y le había dado una oportunidad para salir huyendo. Pero correr había sido exactamente lo que Jeff había hecho, y Collin se había quedado atrás, en una habitación llena de desconocidos devastados, hasta que Mikhail se lo había llevado aparte. —¿Le has dejado ir sin más? —El acento de aquel hombre era fuerte, y su rostro estaba esforzándose de manera visible para seguir estable, pero parecía ser una persona increíblemente fuerte, porque estaba funcionando. —Crick le ha seguido. —Sí, ¿pero tú le has dejado ir sin más? Collin frunció el ceño. —No soy un acosador. Tengo mi orgullo. Mikhail alzó un hombro con absoluto desdén. —Tienes tu orgullo, sí, pero no tienes a Jeff. No me impresionas. —¡Bueno, qué esperas que haga, maldita sea! —saltó Collin, y Mikhail volvió a levantar el hombro y aquella vez sumó un gesto del labio para transmitir bien el mensaje. —En este momento no espero que hagas nada, porque eso es lo que has estado haciendo. No soy quién para juzgar. Todo lo que sé es que Jeff está dañado. Yo también lo estuve de esa manera en una ocasión.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Sí? ¿Y qué hiciste? —Collin sonó hostil. Lo sabía, pero no parecía capaz de hacer nada para arreglarlo. Mikhail volvió a encogerse de hombros. —No hice nada. Estaba dañado. ¿Pero mi policía grande y estúpido? Él es demasiado fuerte para el orgullo. Evidentemente tú no eres lo bastante fuerte como para aferrarte a un hombre que vale la pena. No te preocupes. Nosotros cuidaremos a él. Collin cerró los ojos y contó hasta diez, y cuando los abrió vio que el hombrecillo al que había estado a punto de derribar de un puñetazo estaba de pie con un brazo alrededor de su “policía grande y estúpido” y una mirada en el rostro de una ternura tan increíble, de una preocupación tan perdidamente enamorada, que toda su irritación se filtró por los gastados azulejos que había bajo sus pies. ¿Demasiado fuerte para el orgullo? ¿Era aquella clase de mirada lo que te ganaba el ser “demasiado fuerte para el orgullo”? Podría valer la pena, quizás, el dejar su orgullo a un lado, ir fuera y hacer que el hombre con grandes y dolidos ojos marrones le mirase otra vez con aquella repentina timidez, y quizás hacer que se sonrojase, y entonces, quizás, hacerle gritar un poco, en el buen sentido, y adorar para siempre a Collin, exactamente del mismo modo en que Mikhail parecía hacerlo con Shane. Y entonces vio la manera en que Shane se inclinaba sobre Mikhail y el corazón se le detuvo en el pecho. Oh, no. No podía hacer eso. Esa mirada era tan abierta como la de un niño. ¿Cuánto tiempo hacía desde que Collin había tenido la clase de fe necesaria para mirar a otro ser humano de esa manera? La última vez que había mirado a alguien como si pudiese cargar con el peso del sol, la luna y las estrellas sobre los hombros había sido... La mañana en que su padre le estaba llevando a la escuela y él estaba contento porque tenía que llevar algo de comer. Oh, Dios. Su camisa de repente le daba demasiado calor, estaba respirando demasiado rápido y sus ojos buscaron a alguien, a cualquier persona en la habitación que no le hiciera recordar aquel momento.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane A quien vio fue a Deacon, con un brazo alrededor de la persona que había sido su mejor amigo y el otro alrededor de la pequeña, de la sobrina de Crick, equilibrándola sobre la cadera. Deacon parecía feliz, sereno, satisfecho con todo, y por lo que Collin había oído antes de entrar, aquel era un hombre que bien podía dejar a la gente a la que amaba del mismo modo abrupto y sin misericordia en que su padre lo había hecho, hacía al menos mil años, cuando Collin había sido muy joven. Crick entró por la puerta principal. Collin, que para entonces estaba sudando, le vio inclinarse y decirle algo a Martin, que parecía ignorar lo que estaba pasando mientras miraba la televisión sin que el resto de gente de la habitación le notase. Martin alzó la vista, asintiendo de manera amistosa y, a continuación, los ojos de Crick, al parecer contra su voluntad, buscaron a Collin entre la multitud. La mirada que le había dirigido había sido medio compasiva y medio culpable, y el rostro de Collin se sonrojó de un rojo ardiente, pasando al blanco de la ira. Incluso él podía ver que estaba a punto de ser rechazado. Crick camino hacia él. —No te molestes —dijo Collin—. Entiendo la indirecta. Espero que Deacon esté bien, de verdad, pero voy a poner fin a mi noche. Había cruzado la sala de estar disparado y cogido su chaqueta junto con las llaves del coche justo antes de cerrar de un portazo. Mientras caminaba entre los crujidos de la gravilla hacia su coche, vio una figura oscura en el asiento delantero del Mini Cooper de Jeff, con la cabeza descansando sobre los brazos cruzados encima del volante, y durante un segundo dejó que su decisión flaqueara. Y entonces su orgullo volvió con un rugido. Que le dieran. ¿Jeff quería manejar aquello él solo? Bien, pues allá él. Y Collin salió pisando a fondo en una lluvia de gravilla y, sí, orgullo herido.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

LATARDE siguiente condujo hasta la tienda Galleria después del trabajo y compró el atuendo. El día después de aquel, llamó a uno de sus antiguos compañeros de fiesta y le preguntó si Gatsby's Nick todavía era un lugar gay y feliz. Su compañero de fiesta dijo que sí, pero que él y su marido ya no iban; estaban demasiado ocupados preparando el cuarto de la hija que adoptarían pronto, y aquella clase de cosas había quedado aparcadas en el arcén. —Tienes veintinueve años, Desmond. ¿En qué demonios estás pensando intentando ser padre? —Estoy pensando que soy demasiado mayor como para ir por ahí teniendo sexo en callejones y deseando que el Príncipe Encantador me bese las alas. ¿Tú no? Collin no había respondido, y colgó poco después. En realidad no podía sacudirse de encima la idea de que, con veinticuatro o con cuarenta y cuatro años, lo que estaba planeando hacer seguía siendo algo terriblemente infantil, y que debería ser más consciente de ello. Fuera la parte que fuese de él la que pensaba así, todavía estaba en movimiento el viernes por la noche, porque cuando estaba bajando las escaleras exteriores para abrir el garaje y su madre le vio, entrando justo en aquel momento con el coche del trabajo y con una bolsa de la compra, Collin se encontró con que no podía mirarla a los ojos. —¿Una cita caliente? —le preguntó ella con nada más en la voz que una agradable curiosidad. —Voy a la discoteca —murmuró Collin, mirando sus brillantes mocasines. Quizás debería haberse decidido por las Burkes; parecían mucho más cómodas. Todo el comportamiento de su madre pareció cambiar, ¿verdad? Allí donde normalmente era cálida y acogedora, ahora era fría y rígida; tenía que serlo. Collin hizo una mueca interna. —Creía que tenías a alguien en mente —preguntó ella con cuidado, y el encogimiento de hombros de Collin se sintió hostil y a la defensiva, pero no parecía poder cambiarlo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No me quiso —murmuró, y de repente el brazo de Natalie estaba equilibrando la bolsa de comida sobre su cadera y atrayéndolo para un abrazo con el otro. Puede que se hubiese imaginado lo de la frialdad y rigidez. Quizás aquello había sido su propia repulsa golpeándole la cabeza. —Estoy segura de que no es verdad —murmuró su madre—. Quizás simplemente necesitaba algo de espacio. Y quizás vaya a necesitar que seas el dolor persistente y cabezota en el culo que tan bien se te da ser, y quizás tú vayas a tener que perseguirle. Retrocedió y le miró directamente, y aquella vez supo que no se estaba imaginando la regañina. —Es difícil mirar a alguien a los ojos, Collin, cuando te sientes terriblemente culpable. Sal, pasa un buen rato esta noche; te lo mereces. Pero no hagas nada con lo que no puedas sentirte a gusto la próxima vez que lo veas. Eso nunca funciona. Te he visto intentarlo con otros novios, y no ha terminado bien, ¿recuerdas? Pero aquello había sido diferente. Había estado intentando romper de manera limpia. Aunque no quería decirle aquello a su madre... así que asintió, porque como mínimo había dejado claro su punto de manera muy dolorosa, clara y brillante. Tres horas más tarde, mientras el taxi subía hasta el bloque de apartamentos y Collin estampaba su firma en la pantalla una vez que el chico aceptó su tarjeta, intentó recordar cuál era el punto. —Gracias —dijo con voz sombría al conductor—. Gracias. Eres un caballero. Has sido muy amable. —Niño, ¿te vas a bajar? —Seh... sí. Definitivamente. Carretera Elknowm, Elfhorn, Elkhorn, kilómetro dos mil quinientos, número treinta y siete. —Lo había memorizado del papeleo de Jeff. Oh, mierda; ¿había llegado ya aquella parte? No. No, no, no, no... porque, ¿con sinceridad? (Y, de verdad, estaba demasiado borracho como para no ser sincero). ¿Sinceramente? ¿Si hubiese llegado a aquella parte y él hubiese podido llamar a Jeff y tener una excusa para verle? Probablemente no habría entrado aquella noche en aquella discoteca.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Había recorrido la mitad del camino andando por la acera hasta el apartamento de Jeff, en la planta baja, cuando se percató de que se había olvidado de despedirse del taxista. Qué lástima, menuda pena, de todos modos aquel tipo había sido un capullo. —¿Jeffy? —gritó mientras aporreaba la puerta—. ¿Jeffy? ¿Estás ahí? Oyó maldecir a Jeff desde la ventana de lo que había pensado que era un dormitorio, se encendió la luz, y entonces... se imaginó a Jeff corriendo con unos calzoncillos de seda lilas, intentando encontrar la bata, y cuando llegó a ese punto, Jeff abrió la puerta bruscamente con una (Oh, Dios, ¿me estás tomando el pelo?) bata de seda roja. Sus encantadores ojos marrones estaban abiertos de par en par e irritados, y su cabello... oh, Dios santísimo... su cabello era un desastre. Oh, Dios mío... Ni en sus sueños más salvajes había imaginado Collin que el cabello de Jeff fuera tan rebelde. Le salía de la cabeza como un alfiletero desigual, sin rima ni razón. Era genial. Sonrió de oreja a oreja y le pasó la mano por él mientras Jeff se quedaba de pie en la puerta, completamente boquiabierto. —Hey, Jeffy. Me gusta. Es todo suave. No rígido y duro como tu negro corazón. Quizás deberías dejar de echarte espuma en el corazón. Las cejas se arquearon unos doscientos, trescientos metros. —Oh. Dios. Mío. ¿Cuánto has bebido? La sonrisa de Collin fue de orgullo. —Solo tres chupitos. Dos cuando iba a recibir una mamada en el baño, y otro cuando no pude hacerlo. Jeff metió una mano bajo el brazo y alzó la otra hasta la boca, cubriendo lo que pareció ser una risita. —Bueno, si esto es lo que te pasa con tres copas... —La medicación —dijo Collin con una dignidad herida—. ¿Cuando estaba en el instituto? ¡Podía beber como un pez! ¿Pero ahora?—Sacudió la cabeza con tristeza—. Y además el chico era guapo, Jeffy. Deberías 212


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane haberle visto. Rubio. Ojos azules. Jodidamente fresco. Y me deseaba. Dios, prácticamente me metió mano cuando entré por la puerta, ¿sabes? Casi se puso de rodillas en la pista de baile. Tenía una boca tan dulce. Collin suspiró de manera teatral, y notó que Jeff ya no se estaba riendo. Tampoco estaba hostil. Estaba... oh, mierda. Estaba herido. Collin pensó que quizás debería explicarse un poco más. Extendió la mano para revolverle el pelo, y cuando Jeff levantó el brazo para bloquearle se inclinó hacia delante, trastabilló y de algún modo terminó atrapando a Jeff contra la pared. —Sus ojos eran del color equivocado, Jeff. Eso es lo que estaba mal. No eran marrones. Estaba casi de rodillas, y me miró y sus ojos no eran marrones. No quería unos ojos azules. No quería un producto fresco de veintidós años. Te quería a ti. Tú no estabas. Simplemente te marchaste y me dejaste, y no estabas, y él no iba a servirme. Estaban a unos centímetros de distancia. Oh Dios, solo les separaban unos centímetros y Collin había parloteado sin parar, sin notar que los ojos de Jeff eran grandes remolinos oscuros bajo la luz que provenía de la bombilla anaranjada del apartamento. Collin mismo olía a whisky, ¿pero Jeff? Collin cerró la boca, seguida de los ojos, y respiró. Jeff olía caro, como a cremas para la piel y agradables sales de baño, y cosas que probablemente hacían que su piel fuese suave sobre esos fibrosos músculos de gimnasio, y quizás también sin vello, y «oh Dios, se siente tan bien». Y toda esa hostilidad también había desaparecido. —Lamento haberte dejado allí —dijo sin respiración. Collin le rozó la mejilla con los labios, chocando después suavemente la nariz contra la suya. —¿Por qué te marchaste, Jeffy? —preguntó, lastimero—. Eso no fue bonito. Solo quería ayudar. La respiración de Jeff se atascó; Collin pudo sentirlo porque estaban muy cerca. Sus ojos oscuros parecieron buscar los de Collin en la oscuridad.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Eres un chico agradable —dijo, y Collin quedó sorprendido por el repentino calor en sus ojos. —No empieces otra vez con esa mierda —murmuró, apoyando la frente contra la de Jeff. Tenían la misma altura; eso le gustaba. Le gustaban los receptores clásicos, y estar él encima, pero también le gustaba la igualdad. Le gustaba que Jeff fuera mayor y que él fuera más mandón. Era un tira y afloja, y podía ser... Dios. Podía ser tan perfecto. —No tienes treinta y dos años —dijo Jeff con astucia, y Collin le hizo una pedorreta. —Tú tampoco —dijo, completamente seguro—. Eres como un niño pequeño con marcas de expresión por la risa. ¿De dónde las has sacado, Jeffy? ¿Cómo es que eres lo bastante fuerte como para reír pero sales huyendo de todo lo demás? El ceño de Jeff fue casi como un telón de acero. Se cerró con un chasquido, como si fuera la caja fuerte de un banco, y toda la suavidad que Collin había visto estaba tras esa puerta. —Mírate —suspiró Collin—. Huyendo. —Se hundió entre los brazos de Jeff de nuevo, porque estaba bastante seguro de que le atraparía, y había desperdiciado la oportunidad de una mamada al azar de un desconocido. Quería contacto, y calidez, y si tenía que estar borracho para conseguirlo, bueno, qué suerte tenía. Ya estaba borracho, ¿verdad? Jeff no le decepcionó... no en aquello. Aquellos brazos angulares eran sorprendentemente fuertes. Probablemente todo codos y hombros en la cama, pero en aquel instante eran fuertes, y soportaron a Collin, rodeándole los hombros y arrastrándole hasta el sofá. Lo cual estaba bien, porque el suelo estaba siendo un cabrón y estaba intentando derribarlo con cada paso. Cayeron sobre el sofá, una cosa de tela blanca y exuberante, y Collin suspiró. —Si no estuviera borracho, estaría grasiento —murmuró. Había tenido que pasarse una hora cuidándose las uñas y las cutículas, intentando no parecer un mecánico—. Es como si ni siquiera tus muebles me quisieran, Jeff.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Mis muebles están demasiado cubiertos de pelo de gato como para objetar —dijo Jeff con sequedad—. Collin, no has conducido hasta aquí, ¿no? —Había un pánico repentino en esa voz... era algo afilado, y Collin sintió cómo le cortaba hasta tocar carne. —Ahora soy responzad... responsable —dijo, con tanta sobriedad como pudo reunir—. No soy estúpido. Sé por qué corres. He tomado un taxi. —Aquellas cosas no pertenecían realmente a la misma frase, ¿verdad? Mierda—. Probablemente necesito un poco de agua —murmuró, sintiéndose sorprendentemente lúcido durante un nanosegundo—. Y un ibuprofeno, así quizás mañana pueda moverme. Dios. Ha pasado mucho tiempo desde que me había hecho falta beber. —Fulminó a Jeff con la mirada, porque quería que no le cupiera duda de quién era responsable de eso. La boca de Jeff se curvó. —Sí, sí, Vivaracho. Lo pillo. Es todo culpa mía, ¿verdad? —Ya te digo —le dio la razón. Entonces lloriqueó—. Odio esta chaqueta, ¿sabes? Se ve bien, pero no es cómoda. Probablemente debería convertirla en trapos para usarla con los motores, ¿no crees? Jeff emitió un sonido incrédulo. —¿Me estás tomando el pelo? ¿Esto? Esto es ante. Cruzado, corto, oh Dios mío, Vivaracho... ¡mírate! —Jeff continuó haciendo sonidos de reproche mientras le desabrochaba la chaqueta y le ayudaba a quitársela. Tuvo que bajar la cabeza y pasar las palmas contra el estómago de Collin para hacerlo, y este sonrió un poco, pasando las manos por ese cabello realmente salvaje y, oh, tan suave. Jeff dio un respingo, con las solapas de la chaqueta en las manos, y la sonrisa de Collin se hizo más ancha y perezosa, porque volvían a estar pegados. Consiguió ver cómo los ojos de Jeff se ensanchaban y su boca se separaba con suavidad, y Collin sacó la lengua un poco y le lamió los labios. —Has estado bebiendo —dijo Jeff, porque quizás no era lo bastante evidente. Le quitó cuidadosamente la chaqueta de los hombros y Collin, sintiéndose como un gato achispado, se aseguró de apretar el cuerpo contra la sensación de las manos de Jeff sobre sus hombros. —He estado bailando —le corrigió—. ¿Has ido alguna vez a bailar? 215


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Los ojos de Jeff se cerraron durante un segundo, y una expresión de... oh, Dios. Collin no sabía si había visto alguna vez esa clase de dolor. —Se me daba de fábula —fue lo que dijo Jeff. Su voz era tajante y llena de arrogancia, y contenía justo la cantidad suficiente de canturreo como para convencer a Collin de que no necesitaba para nada volver a bailar. Collin estaba demasiado borracho como para creérselo. —Jo, mierda —murmuró—. Una cosa más, ¿no? ¿Cómo se supone que voy a competir? No es el tema de la edad, ni lo de ser mecánico, ni el tema del carácter, ¿verdad? ¡Es lo del novio muerto! ¿Cómo igualo eso? No puedo bailar igual de bien que él, ni besar, ni hablar... Simplemente jamás voy a tener la oportunidad de demostrar que no soy de segunda categoría, ¿no? —Suspiró con pesar y se desabrochó esos malditos pantalones apretados—. Debería haber aceptado la mamada de ese chaval, ¿no? —No —murmuró Jeff, arrodillándose delante de Collin y ocupándose de la cremallera de los pantalones. Collin le miró en silencio. —¿Te estás ofreciendo? Los ojos entrecerrados de Jeff fueron prácticamente un «Oh, joder, ¡no!», pero Collin no pudo imaginarse por qué estaba entonces ahí abajo. —Yo también he llevado pantalones así de apretados, Vivaracho. Si intentas dormir con ellos puestos, vas a despertarte con las pelotas azules y el peor caso de falta de sangre en la entrepierna de todos los tiempos. Ahora levanta, así podrás dormir en ropa interior. —Eso es lo que tú crees—le dijo Collin con malicia—. ¡No llevo! Jeff se apartó tan rápido que se cayó de culo y armó un follón al chocar de espaldas contra la mesita del café. Collin empezó a soltar risitas, y lo disfrutó tanto que ni siquiera una voz grave, aunque todavía joven y confusa, se abrió paso a través del abotargamiento neblinoso que Collin tenía dando vueltas en el cerebro. —Jeff, tío, ¿qué demonios es todo ese ruido?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane El ceño irritado de Jeff de hecho estaba empezando a gustarle a Collin... lo cual era bueno, puesto que no parecía que fuera a verlo menos a menudo en el futuro. —Un amigo mío que ha bebido demasiado —murmuró Jeff—. ¿Te acuerdas de Collin? —¿El novio? —preguntó Martin, indeciso, y Collin murmuró «Ya me gustaría», poniendo los ojos en blanco. —Un amigo —dijo Jeff con firmeza—. Martin, vuelve a la cama. Voy a buscarle unos pantalones de pijama y va a dormir en el sofá por esta noche. —Bien —murmuró Martin. Su voz retrocedió—. Quizás esa cosa peluda duerma esta noche en su cabeza. —¡Katy, facilona! —murmuró Jeff, pero sonó indulgente... y cansado—. Ven aquí, pequeño, deja que te busque un pijama y entonces podrás dormir la mona, ¿de acuerdo? —Se levantó de la incómoda posición en la que estaba en el suelo, estirándose. Fue a revolverle el pelo a Collin antes de salir de la habitación, pero este le cogió la mano. —No —dijo bruscamente, y quizás fue la oscuridad, pero Jeff empujó contra su mano y Collin sintió un roce bajándole por el pómulo, hasta la mandíbula, acunándole la mejilla. Collin le atrapó allí, sin querer dejarle ir del modo en que lo había hecho en casa de Deacon. —Lamento haber sido un cobarde —dijo Jeff en voz baja—. No sabía lo mucho que te afectaría. Es mi culpa. —Traes muchísimos problemas, ¿lo sabes? —preguntó Collin, acariciándole el dorso de la mano. Jeff había estado girándose para darle la espalda, y la posición era incómoda, así que Collin se sintió aliviado cuando Jeff cedió un poco y volvió a girarse para arrodillarse de nuevo, de manera que aquella vez estuvieran a la misma altura. —No dejo de decírtelo, Vivaracho —dijo en un tono bajo en la oscuridad—. Tengo demasiados problemas, y tú eres demasiado joven y un chico demasiado bueno como para quedar atrapado en toda mi porquería.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Tu porquería no es el problema, Jeff—murmuró Collin—. El problema es que crees que el único modo de hacerlo es solo. Jeff apartó la mano y Collin le dejó marcharse. —Volveré en un momento. —¿Podemos hablar mañana? —preguntó con tristeza. —Mañana trabajo, Vivaracho... ¡igual que tú! Era verdad. Los sábados eran días ocupados para un mecánico; la gente llevaba sus coches durante los fines de semana porque era cuando tenían tiempo. El taller normalmente cerraba los domingos y los lunes. No se le había ocurrido, pero supuso que Jeff estaba algo así como dentro de la profesión médica, y esa gente tampoco tenía libre los días habituales. —¿El domingo, entonces? —insistió, pero Jeff ya estaba en el pasillo y probablemente no le oyó, porque no hubo respuesta. Collin suspiró, todavía muy, muy borracho. No demasiado como para tener sexo, pensó tristemente. No, aquello habría sido conveniente, pero ¡ay!, no era el caso. Su cuerpo vibraba por el contacto con Jeff y, sí, si no se quitaba esos jodidos pantalones iba a pasar bastante dolor. Por supuesto, la clase de principiantes en Seducción Estándar insistía en que si quería que Jeff le ayudase con ese dolor tenía que estar desnudo, erecto y con aspecto de estar seguro de que iba a recibir servicios cuando Jeff volviera del dormitorio. Pero la clase para principiantes en Seducción Estándar nunca había mencionado a un adolescente arisco en la casa que ya estaba cabreado por dormir con el gato. Puede que Collin hubiera estado algo adormilando cuando Jeff volvió. Llevaba unos pantalones de pijama de algodón, un vaso de agua, algunos ibuprofenos y suficiente preocupación como para ayudar a Collin a quitarse los pantalones una vez que se hubo tomado los ibuprofenos y terminado el vaso. Forcejear con los pantalones demostró ser divertido, y Jeff murmuró algo acerca de «Dios, chico, estos pantalones son la única razón por la que un hombre como yo tendría unos alicates en el cajón de las joyas».

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Cuando Collin respondió con un «Ningún hombre debería tener alicates en el cajón de las “joyas de la corona”», Jeff se quedó soltando risitas durante el resto del incómodo forcejeo para quitar esa maldita prenda. —Te concederé eso —dijo al fin, sin respiración y, desafortunadamente, sin estar ya cara a cara con las “joyas” de Collin. Este decidió que la risa era un buen comienzo y que no iba a forzar su suerte. Se puso los pantalones del pijama solo con un ligero tambaleo, y estaba a punto de dejarse caer pesadamente en el sofá cuando Jeff habló— . No, no... quédate de pie un momento. Volvió a marcharse y regresó con una sábana jodidamente buena y una manta agradable y gruesa, junto con una almohada de verdad. Todo era verde y rosa, y Collin se alegró de ser ya gay, porque incluso la ropa de hogar de aquel tipo tenía piojos de gaycidad. Pero cuando se acomodó entre la sábana increíblemente suave y la muy mullida almohada, estuvo agradecido más allá de las palabras. —Gracias, Jeffy —dijo—. Eres un grano en el culo, pero eres un tipo realmente agradable. Sabes, en ocasiones los buenos tipos valen la pena, ¿no? Fue recompensado con un beso en la frente y ese fantástico olor a caro. —Podría decir lo mismo de ti, Vivaracho. Pero la próxima vez quizás quieras saltarte la parte donde casi recibes una mamada en el baño de una discoteca, ¿vale? —Ha sido la peor casi mamada de mi vida —le dijo Collin, saboreando el beso, el olor, las sábanas y la seguridad. Oyó la risa silenciosa de Jeff en el pasillo, y entonces el alcohol tomó el control y cayó dormido.

CUANDOSE despertó, con las cortinas cerradas sobre otro día gris y lleno de niebla, tenía algo cálido, vibrante y peludo sobre el pecho, y el salón de Jeff estaba compasivamente oscuro.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane «Oh, mierda. El salón de Jeff». Estaba en el salón de Jeff. —Joooooooooooo... —¡Está vivo! —No era la voz de Jeff, y Collin bizqueó para ver a quién pertenecía. Durante un momento todo lo que vio fue un rostro muy oscuro encima de una cegadora camiseta blanca, y entonces sumó dos y dos. —Martin —gruñó. Oh, bien. Se sentía hecho mierda, probablemente tenía incluso peor aspecto, y allí estaba el elefante en el salón, comiendo lo que parecía un cuenco lleno de una mezcla de cereales con la fuerza y brío de una excavadora en un vertedero—. Dios. ¿No vas a algún sitio durante el día? —Gnormalmenge —dijo Martin con la boca llena de algo lleno de colorido y azúcar. Tragó, y el sonido rebotó en el cráneo de Collin—. Jeff me ha dicho que me quedase para asegurarme de que estabas bien, que me dejarías en Casa Promesa cuando te fueras para que él pudiera recogerme allí. —Oh, mierda. —Le latía la cabeza con la logística de los taxis, de su coche aparcado frente a la discoteca y de hacer llegar a aquel adolescente a Levee Oaks cuando la ciudad se encontraba justo en la dirección contraria. Pero, de todos modos, tenía que ir a trabajar... —¡Oh, joder! ¡El trabajo! —Intentó sentarse, y el monstruo que tenía sobre el pecho le clavó las uñas como si el asunto no fuera con él. Collin gritó como una niña, pasó un brazo alrededor del (uf) gato (¿era aquello un gato de verdad? Dios. ¿Desde cuándo pesaban tanto los gatos?) e intentó sentarse y pensar. En ese momento los pantalones que había junto al sofá empezaron a zumbar a causa del teléfono que había en el bolsillo, y ni siquiera pensó en evitar la llamada de Joshua. Incluso a pesar de que estaba bastante seguro de que iba a recibir la bronca del siglo. El gato se escabulló de su agarre y aterrizó en el suelo con un sonido seco que, lo juraba por Dios, parecía capaz de doblar las tablas del suelo, y él fue a contestar el teléfono. Tuvo que mantenerlo alejado de la oreja durante un minuto antes de que Joshua se calmara lo suficiente como para que pudiera contestar, y entonces echó una mirada de vergüenza a Martin mientras ambos oían 220


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane claramente lo de «¡...tenemos una cola de coches que llega hasta China, idiota estúpido, mueve el culo hasta aquí y deja de preocuparnos a mí y a tu madre!». Aquella fue la entrada de Collin. —Lo siento —dijo en el auricular, sintiéndose mal de verdad. Si Joshua había llamado a su madre, ambos sabían que había salido, y probablemente recordaban al niño estúpido que había sido en el pasado. Así que básicamente tenían una base sólida para pensar que había hecho algo excepcionalmente estúpido. Se había jurado que no haría que la gente siguiera preocupándose por él, y aquella no era muy buena manera de mantener aquella promesa. —¿Lo sientes?—Joshua sonaba incrédulo, y Collin suspiró. —Mira, tío, lo siento. Me emborraché, pedí un taxi para venir a... la casa de un amigo, y me puse en ridículo, ¿vale? Tengo que ir a por mi coche, vestirme... —¡Y ducharte! —intervino Martin—. Tío, apestas... Hueles a cigarrillos, whiskey y Axe sudado. —Y ducharme —murmuró Collin, poniéndole a Martin los ojos en blanco—. De todos modos, yo diría que estaré en una hora y media. Me quedaré hasta tarde trabajando. Simplemente acepta los coches, dales una estimación de tiempo tirando a larga, iré allí y te daré un descanso, ¿vale? —¿Tomaste un taxi? —dijo Joshua con recelo, y Collin tuvo que reírse. Todavía seguían con eso. —Sí... tomé un taxi. —¿A casa de un amigo? —La voz de Joshua se alzó en la palabra “amigo”, y Collin se habría golpeado la frente con la palma si no fuera porque toda la cabeza le hubiese caído de encima de los hombros si lo hubiese hecho. —A casa de Jeff —confesó, haciendo una mueca y preparándose para volver a apartar el teléfono de la oreja. Pero Joshua le sorprendió. —¿Y todavía estás allí?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Conseguí poder dormir por pena en el sofá —confesó, y Martin hizo un sonido de resoplido que pareció regar el enorme cuenco de leche y cereales. —Prometedor —dijo Joshua tras considerarlo durante un momento—. La pieza para su coche ya ha llegado; ¿quieres decírselo o deberíamos esperar hasta el lunes? Collin sonrió un poco. El lunes estaba cerrado. —Deberíamos esperar hasta el lunes —dijo—. Creo que podría hacer algo con eso. —¡De acuerdo, jefe! —dijo Joshua nítidamente—. Ahora mueve el culo hasta aquí para que podamos ganar un poco de dinero, ¿entendido? —Entendido. —Collin terminó la llamada (era mucho menos satisfactorio en el nuevo iPhone de lo que lo había sido en su pequeño teléfono con tapa) y volvió a recostarse contra el sofá, dolorido. —Jeff te dejó un poco de agua y pastillas para el dolor —dijo Martin con la boca llena, haciendo un gesto hacia la mesita del café, y Collin les bendijo a los dos mientras tragaba más ibuprofeno y se terminaba el gigantesco vaso de agua que estaba en la mesita. Lo cual le llevó al segundo punto del día. —¿Baño? —tuvo que preguntar, cuestionándose si podría llegar de hecho al baño con la vejiga tan hinchada como la sentía. —Al final del pasillo—indicó Martin—. Si eres inteligente usarás el baño de invitados. El de Jeff huele como esas cosas para chicas. Todo tiene indicación para hombres, vale, pero nada de todo eso es Axe, así que me mantengo alejado. Collin tuvo que reírse, gustándole el chaval muy a su pesar. —Lo pillo. Tú, um, sabes que la manera que en Jeff huele, algo así como que me gusta, ¿no? Martin hizo una mueca. —Sí, sí, pero no creo que quieras oler tú mismo así. De todos modos, deja de dar saltitos y ve al baño. Si quieres meterte en la ducha te llevaré algo de ropa. Jeff me compró toda una tonelada de vaqueros y 222


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane cosas de vestir cuando estaba trabajando en El Púlpito; puedes usar algo de todo eso. Pero te puedes poner sus bóxers, ¿vale? No quiero nada de esa parte de tu cuerpo rondando por mis cajones, y si mal no recuerdo eso no le molestará a él. El abdomen de Collin se sintió como si fuera a explotar. —Dios, chaval, deja de hacerme reír. Gay o no, normalmente no vamos sin ropa interior con los pantalones de otro hombre, así que los bóxers son todo un detalle. Gracias; te tomo la palabra con lo de la ducha. —¿Quieres que te prepare café? —preguntó el chico, todavía sentado con las piernas cruzadas en el sillón individual de Jeff. Collin sintió cómo se le aflojaban las rodillas. —Chico, si haces eso te llevaré a desayunar a cualquier lugar del universo, siempre y cuando tenga ventanilla para coches. —Como mínimo podría usar el café para tragarse la medicación, que guardaba escrupulosamente en una pequeña cajita en el bolsillo de su chaqueta cruzada de ante. Martin se animó. —¿De verdad? ¡Porque no he estado en Mickey D's desde hace muchísimo tiempo! ¿Podemos ir? ¡Me muero por comer una doble de cuarto de libra con queso! «Oh, mierda». El estómago de Collin estaba emitiendo sonidos malos ante la idea de comida grasienta, así que asintió con un tono de piel algo verdoso y escapó al baño, donde orinó durante tanto rato que pensó que podría terminar meando las pelotas, porque, ¡hey! Todo lo demás se estaba yendo de ese modo, ¿por qué no lo harían ellas? La ducha fue una bendición, excepto que, al parecer, Martin era un fanático de Old Spice, mientras que él jamás lo había sido. No importaba; oler a Old Spice era un precio pequeño a pagar a cambio de los pantalones, que le quedaban un poco sueltos en las caderas, y los calzoncillos de algodón de Jeff. (¡Collin se los iba a quedar sí o sí! No era que Jeff fuera a querer que los devolviera, ¡pero aun así!).

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

MEDIA HORA más tarde, Collin estaba acurrucando entre las manos una de las tazas de termo de Jeff en la parte de atrás de un taxi, y Martin estaba con él. El chico parecía entusiasmado por estar en un taxi, y Collin tuvo que reírse. —Chaval, tomaste un autobús de la línea Greyhound que cruzaba todo el país, ¿y es un taxi lo que te vuelve loco? Las cejas de Martin se juntaron, y esos grandes ojos color chocolate parecieron un poco heridos. —Bueno, sí, pero en Atlanta he ido en autobús a todas partes; ¡nunca había estado en un taxi! Collin volvió a reírse por encima de un café definitivamente sublime (todavía era lo bastante joven como para tomarlo con montañas de azúcar y leche, pero eso no significaba que no reconociera la calidad cuando lo tomaba), y decidió que aquella primera impresión no había estado equivocada; le gustaba aquel chico. Una vez que la hostilidad y la confusión desaparecieron, lo que quedó fue... dulzura. El chaval era dulce, sin nada de ese cinismo ni autoaniquilación, ni siquiera la clásica tontería enfadada que Collin había cargado consigo como la papelina pasada de un caramelo. —Bueno, chico, si crees que viajar en esto es genial, te va a encantar en lo que vamos a ir después.

AH, ALLÍ estaba, su pequeño, aparcado a tres manzanas de Gatsby's Nick, en el aparcamiento de un pequeño negocio familiar que recordaba de la última vez que había estado allí. Nada de parquímetro, ni de tique, y... miró de cerca; aquel era su pequeño... ¡sí! ¡Tampoco vandalismo! Gracias por los pequeños favores, dadme un aleluya, ¡amén! —Tío, ¡es el que vi una vez en casa de Deacon! —Los ojos de Martin estaban abiertos de par en par—. ¡Es perfecto! Háblame del motor.... V8, sobrealimentador cuatro veintisiete, ¿verdad? ¿Cuántos caballos tiene? ¿Cuál es su velocidad máxima? ¿Aceleración? ¿Son esas 224


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane llantas falsas, las que giran? ¡Ésas me encantan!—Las preguntas del chico siguieron durante una eternidad, pero puesto que estaba hablando el lenguaje favorito de Collin, este no tuvo ningún problema en responderlas. Después de todo, aquel era su pequeño. —Fue el primer coche que tuve después de abrir mi taller—dijo con algo de orgullo—. Me llevó seis meses conseguir que rodara, porque la mayoría de las piezas están descatalogadas o tienen que ser hechas a medida, y como no es mi especialidad, me hizo falta un año para llevar la carrocería hasta un punto en que me sentía seguro de hacer el trabajo de pintura. —Lo pintaste tú, ¿no? —dijo Martin de manera crítica, pasando la mano por la puerta. Collin suspiró. Todo el mundo tenía una opinión, ¿no? —No es mi punto fuerte —admitió con candidez, y entonces Martin le sorprendió. —Deberías dejar que Crick la retocara —dijo mientras se metía en el coche y se ajustaba el cinturón de seguridad rápido como un profesional—. Escribió las letras en la furgoneta de Mikhail a pulso; es realmente bueno. Collin se espabiló y arrancó el motor, alegrándose de tener otra razón para llevarse bien con la gente de El Púlpito; y a continuación se desinfló un poco. —Crick tiene otras cosas de las que preocuparse —dijo suavemente, los hombros de Martin se encorvaron. y —Sí. Deacon es un buen tío, ¿sabes? Espero que todo vaya bien. Es raro, ver a todo el mundo tan alterado por eso. Lo olvidas, cuando tus amigos están diciendo porquerías sobre “ellos” y “aquellos” y “esos, um, tipos”... te olvidas de que “esos tipos” tienen a gente que les quiere y esas cosas. No todo trata de... —De repente recordó con quién estaba hablando y se sonrojó, echando la cabeza contra el asiento con un vigor innecesario. Collin se sintió un poco mal por el chico mientras pasaban por las calles prácticamente vacías del centro de Sacramento en dirección a la autopista.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Sí. La parte del sexo ahuyenta a los heteros —concedió—. Eso es lo que pasa cuando todo lo que conoces es lengüeta A y ranura B, ¿verdad? Y de repente, piensas en la ranura C, y todo lo que sabes sobre ella es que mamá te dijo que no jugaras con lo que salía por ahí porque era algo sucio, pero con eso te has saltado la razón que hay. Martin le estaba mirando fijamente con una mezcla pura y sin adulterar de horror y una admiración fiera. —Tío, me estás acojonando tanto, que detesto decirlo. —Te mueres de ganas de saber la razón, ¿no? —preguntó Collin, sonriendo de oreja a oreja porque el chico le estaba ofreciendo una oportunidad. —¿Vas a parar en ese McDonald's? ¡Si me compras una hamburguesa, asumiré esa tortura! —Dios, niño, ¿dejas de comer alguna vez? —¿Ves que esté comiendo ahora? —Tienes razón. —Hablando de lo cual, ¿no tienes una razón que darme? Collin estaba disfrutando profundamente aquella conversación. Demonios, aquel chico era rápido y no tenía miedo de nada. Collin pensó que quizás perder a su hermano era lo peor que le había pasado nunca... hasta que volvió a perder a Kevin otra vez. Entró en el carril para pedir en ventanilla y pidió para el chico no una, sino dos dobles cuarto de libra con queso, eligiendo para sí una normal, porque seguía teniendo un metabolismo que no se rendía. Todavía tenía su café, pero le compró al chaval un batido grande, pensando que quizás le mantendría ocupado hasta la hora de la comida, si es que no hacía vomitar a Martin antes de eso. —Entonces —dijo Martin con la boca llena de una toma realmente horrible de calorías—, ¿cuál es la razón? Collin suspiró y tomó la rampa hacia la I-80, colocándose en el carril que iba hacia la I-5 y la salida hacia Levee Oaks.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —La razón es que hay dos tipos de sexo, y no se trata del hetero o gay, ¿vale? Martin tragó y engulló otra cuarta parte de su hamburguesa. —Te escucho. —Hay sexo de la clase hiedra venenosa; me pica, quiero rascarme, cualquier orificio me vale. ¿Sabes de lo que estoy hablando? Martin asintió, tomando un trago de su batido. Parecía estar llevándolo bien. —Y después está el «Quiero tocar a esta persona». Y ese es el principio y el final del asunto. Todo trata de esa persona. Quiero decir, a veces con esa persona se da el de la clase hiedra venenosa, pero en esos momentos te la guardas en los pantalones y te la guardas para esa única persona. Bien; para ti apostaría que esa persona será una chica. Es lo que te pasa por la mente, es lo que hace que la sangre baje a tu mini yo, y eso está bien, ¿verdad? Martin asintió con entusiasmo, y Collin inspiró profundamente, porque quizás la razón no dolería tanto como había temido. —No puedo hablar por todos los gais en El Púlpito, ¿vale? No les conozco tan bien, y a algunos chicos les gustan los dos sexos, y eso es asunto suyo. Pero para mí, y para Jeff, bueno, la única persona a la que hemos mirado cuando queríamos tener nuestra hiedra venenosa era otro chico. Y cuando queríamos a esa persona involucrada en el asunto, bueno, también ha sido otro chico. Quiero decir, intervienen las mismas partes, y dónde las metas es asunto tuyo, ¿pero aquello que hace que las cosas se animen, que se vuelvan excitantes? Eso está algo así como, no sé, predestinado. Un día, tú, Martin, te despertarás y pensarás «Hey... ¡tiene tetas, y son geniales!». Un día, yo me desperté, miré una fotografía de David Beckham, una estrella del fútbol, y pensé «Oh Dios mío... quiero un poco de eso!». Para su inmenso alivio, Martin no regó todo el interior de cuero con su batido de leche. —Creo que mi hermano estaba muy pillado por Viggo Mortensen —dijo en su lugar, después de pensarlo durante un momento—. Debimos

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane de ver El Señor de los Anillos como mil veces, y tienes que creerme cuando te digo que esa no es una película de negros. Ni siquiera en Atlanta; no lo es. Collin lo digirió, pensativo, y cogió la I-5, alegrándose de que fuera sábado y no viernes, cuando el tráfico se volvía de locos. —Aceptaré tu palabra. Simplemente me alegro de que fuera ese tipo, no uno de los hobbits. Eso habría sido... y —Vergonzoso —terminó Martin, con algo de su actitud original intentando volver. Collin asintió con la cabeza y siguió con ello. —Pero Gandalf habría sido aceptable. Es uno de los nuestros. Martin escupió entonces de verdad el batido, pero se estaba riendo con tanta fuerza que Collin le tendió un pañuelo sin hacer comentarios, y pensó que el coche podía recibir un poco de batido en el tapizado si significaba que el trabajo de Jeff sería un poco más fácil. Al final, Martin resultó ser tan divertido (y estar tan loco por los coches) que Collin fue hasta el final, le consiguió un mono extra e hizo que llamase a Shane para pedir quedarse allí y ayudar en el taller. Había protocolos de seguridad (Shane tendría que pasarse con una lista de control y algunos formularios para que Jeff los firmase antes de que Martin pudiese hacer nada más que cambiar un neumático) pero mientras tanto, podía tratar con los compradores, hablar de coches y hacer un triaje. Escuchó muchos chirridos, golpes y a mujeres usando grandes gestos y poniendo caras muy raras mientras intentaban imitar lo que hacían sus motores. Se volvió bastante bueno diciendo cosas como «De acuerdo, señora, ¿es un Dodge Caraban? Entonces probablemente sean los cinturones». Collin estaba tan orgulloso. El día fue de locos (simplemente de locos), e iban con retraso desde el comienzo, pero el chico, con su aspecto respetable y feliz con su mono, siendo siempre educado con la gente que entraba, resultó ser toda una ventaja, y Collin así se lo dijo tras un par de horas. —Hoy has estado realmente genial, chaval. No estoy seguro de que pudiésemos haberlo hecho sin ti.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Solo estás diciendo eso porque quieres meterte en los pantalones de Jeff—rió Martin, y Collin se rió con él. —Nah, tío. Lo digo porque cuando yo tenía catorce años, estaba seguro de que era un desastre demasiado grande como para ayudar a nadie. Lo estás haciendo genial. Solo quería que lo supieras. Justo cuando Martin estaba sonriendo con una gran sonrisa de adoración a Collin, Joshua se acercó por detrás. —No mientas al chico. Sigues siendo un desastre, y seguimos retrasados. ¡Ahora mueve el culo! Martin estalló en risas, tal y como debía ser, y Collin volvió a meterse bajo un coche, donde pertenecía. Un par de horas más tarde, Martin entró en el garaje con una bolsa llena de contenedores de papel con lo que parecía más café y sándwiches. —Una agradable señora se ha pasado con comida para todos. Ha dicho que era tu madre. No me lo he creído; tú eres un idiota, y ella una buena persona. Collin asomó la cabeza entre las ruedas de la furgoneta que tenía en el elevador y le dedicó una pedorreta. —Si no eres bueno conmigo, le diré a ella que te lleve a casa, y así podrás ver lo buena que es cuando te esté echando la bronca para que hagas la cama. ¿Has hablado ya con Jeff para ver cuándo va a venir a recogerte? —En dos horas —dijo Martin—. Apuesto a que, si pierdes el culo trabajando, puedes estar presentable para entonces. Collin negó con la cabeza. —No eres nada sutil, chaval. No le pides salir a un chico después de que te deje dormir por pena en su sofá; son malas maneras. —¿Sí? ¿Tienes algún plan? —A eso voy. Ahora largo y déjame trabajar. —Será mejor que sea un buen plan—le advirtió Martin—. Jeffno es estúpido.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¡Oye! —Collin se señaló a sí mismo unas cuantas veces hasta que Martin rió y concedió que él tampoco era estúpido. Fue suficiente. Collin trabajó continuamente, más allá de la resaca, de la ansiedad y de la vergüenza. Cuando Jeff entró con el coche en el taller, todo lo que Collin pudo sentir fue la misma alegría familiar que había sentido durante el último año cada vez que había visto el Mini Cooper azul aparcado frente al restaurante. Su amor estaba allí. Era hora de que lo reclamase.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: DOBLADO, NO ROTO DIOS,

ERA una nenaza. Todo lo que hizo falta fue un vistazo a ese

enorme Camaro y las rodillas se le aflojaron. Si fuera más mujer habría tenido las bragas empapadas, pero tal y como estaba el asunto, tuvo que conformarse con un gran ataque de mariposas en el estómago. Y una erección. Era la primera vez en todo el día que había dejado de pretender que ver a Collin en su puerta la noche anterior no había sido nada más que un inconveniente. Le había revoloteado el estómago, aflojado las rodillas, justo como en aquel instante, y cuando Collin había soltado su confesión borracha de haber estado a punto de recibir una mamada en una discoteca, había sentido una ira absurda y extrema. Y acaso no era eso ridículo... ¿quién recibía casi una mamada en una discoteca? Era casi una exigencia de entrada, como un sello si no querías pagar dos veces el precio de entrada. Pero entonces... Entonces, Collin había estado completamente al descubierto y vulnerable, como uno de aquellos pobres gatos sin pelo. Pobre pequeño. Jeff siempre había pensado que si tuviera uno de esos, se pasaría el tiempo tejiendo jerséis para la pobre cosita, y Collin siendo sincero no era una excepción. «No quería un producto fresco de veintidós años. Te quería a ti». Considerando el mundo de sarcasmos en el que Collin y él parecían nadar, aquello se acercaba mucho a la poesía. Un chico podía sentir cómo se le aflojaban un poco las rodillas con la poesía, ¿no? Y la edad de Collin estaba empezando a desaparecer. Jeff podía recordar a aquel adolescente enfadado y herido, y recordó que había

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane tenido la corazonada de que llegaría a ser aquello, de que Collin crecería y se convertiría en un hombre de valía. Cualquier chico que se alejase de una mamada de discoteca para ir a ver a un tipo que había sido tan princesa del drama como lo había sido Jeff tenía más valía de la que él sabía cómo manejar. Dios... ¿era posible que pudiese recordar qué hacer con ella? El pensamiento hizo que le sudaran las manos sobre su volante cubierto de cuero mientras entraba en el taller. Puesto que la dirección seguía estando rígida, bueno, aquello hacía particularmente difícil conducir, pensó Jeff, irritado. ¡Quizás debería guardarse toda aquella efusiva admiración para ver si podía de verdad arreglarle el puto coche! Había coches en todos los aparcamientos disponibles, pero no clientes, y Jeff pensó que quizás Collin iba a estar allí todo el domingo. Con la misma honestidad consigo mismo que acababa de demostrar, se negó en redondo a admitir que lo que sintió en el estómago fue un pinchazo de decepción. Puede que fueran mariposas muertas, pero no decepción. Aun así, Collin salió de la pequeña oficina que había en la parte de delante, y Jeff abrió la puerta, salió y se quedó allí de pie, con la puerta delante como si se tratara de un escudo. Se preguntó qué aspecto tendría mientras saludaba al grano en el culo que le había perseguido durante algunos de sus peores momentos en el pasado reciente. El cabello de Collin estaba grasiento y recogido en una media coleta, y parecía cansado, como si quizás hubiera estado toda la noche levantado y bebiendo con un estómago que ya no podía hacerlo, pero entrecerró aquellos ojos cansados y sonrió con resolución, y Jeff no pudo evitar el pequeño sonido vergonzoso que se le escapó. Señor, el chico era simplemente tan guapo, ¿verdad? —Hola, Jeffy —dijo Collin con voz baja y familiar, y Jeff se agarró a la puerta del coche como si le fuera la vida en ello. —Hola —dijo, tragando con esfuerzo—. Um, gracias por llevarte hoy a Martin. Parecía feliz al teléfono; me alegro de que se haya divertido.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin resopló y continuó dedicándose a sus manos con el trapo de un rojo desvaído, que parecía como si se hubiera lavado hace poco y estaba siendo utilizado de una manera abominable. —¿Divertido?Jeff, hemos hecho que se rompiera el culo trabajando, y se le ha dado genial. En serio, avísame si te vas a quedar con el chico. Podría usar un poco de mano de obra esclava en cualquier momento. —¿Yo no tengo nada que decir? —Martin estaba saliendo también de la oficina, y debía de haber estado llevando un mono durante la mayor parte del día, porque sus tejanos y su sudadera con capucha parecían un poco arrugados, pero prácticamente inmaculados. —No —dijo Jeff con sequedad—. Es por eso por lo que se llama mano de obra esclava. Por lo que entiendo lo has hecho bien hoy, Martin... Gracias. —¿Gracias?—Martin pareció agraviado—. ¡Ha prometido pagarme! Collin asintió y sacó dos billetes de veinte del bolsillo delantero de su mono. —Todo tuyo, junior. No te lo gastes todo de una sentada. —¿Te estás quedando conmigo? Dentro de un mes y una semana es Navidad, ¡y me gastétodo mi dinero en el billete de autobús! Aquello lo sacó todo de nuevo de manera incómoda. Martin se había escapado de casa... sus padres todavía querían que volviera, con la advertencia de que no se iba a hablar de Kevin. A Jeff el chico había llegado a gustarle, a gustarle más o menos mucho, pero no era justo, ¿no?, el mantenerle allí solo para que Jeff no tuviera que afrontar un apartamento vacío y un puñado de buenos recuerdos. —Bueno, por supuesto, vuelve el martes y el miércoles de la semana que viene —dijo Collin con fluidez en el silencio incómodo que siguió—. Y si quieres, Jeff puede traerte el lunes; Casa Promesa debería haber dado el visto bueno para este sitio para entonces, y podrás ayudarme a arreglar la dirección del coche de Jeff. —¡Oh! —Jeff sonrió con sinceridad y pospuso la infeliz realidad de perder a Kevin de nuevo durante un minuto—. ¡Has recibido la pieza!

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin asintió. —Sí... Imaginé que si traías el coche por la mañana, usabas el mío durante el día y volvías más tarde, quizás... —Se sonrojó. El pequeño capullo arrogante se sonrojó de verdad. Pero terminó la frase—. Quizás podría llevaros a cenar a ti y a Martin. —A mí me puedes dejar en casa —dijo Martin con decisión, más o menos al mismo tiempo que la cara de Jeff ponía un gesto decepcionado a más no poder. —Esa noche es noche de partido, Martin, ¿recuerdas? Tú, yo, Kimmy, Lucas... —¿Mirar a Lucas hacer avances hacia Kimmy y a Kimmy rechazándole? —intervino Martin con tristeza, y Jeff asintió, compasivo. La última vez no había sido agradable, pero para la quinta o la centésima vez que Lucas había intentado hacerle un cumplido y Kimmy le había arrollado allí donde estaba sentado, ella había estallado casi en lágrimas. Él le había tomado la mano y había dicho: «Está bien, Kim, no eres guapa. Eres horrible, tienes verrugas, la piel verde y eres la mujer barbuda. Sigue estando bien. ¿Te sentarás a mi lado y serás mi compañera en el Trivial Pursuit de todos modos?». —Idiota —había dicho Kimmy con el ceño fruncido, pero había apretado la mano de Lucas mientras lo decía, y Jeff y Martin se habían mirado y habían puesto los ojos en blanco, y Jeff había sentido un poco de esperanza. —En ese caso—estaba diciendo Martin en el presente, con el aire de alguien que está haciendo un horrible sacrificio por el bien de su compañero—, puedes decirles que me recojan de camino a tu casa, y Collin y tú podéis ir a cenar fuera. Y entonces —se animó— quizás pueda conseguir que Kim traiga Halo o algo de Casa Promesa, porque voy a decirte algo, ¡ya he tenido suficiente de videojuegos sobre golf! La colección electrónica de Jeff había hecho que Martin perdiera los calcetines, cautivado... pero su selección actual de videojuegos había hecho que los recuperase al instante. Jeff no era un gran fan de los juegos que hacían mucho ruido y mostraban cosas saltando por los aires, y para Martin aquello era la cumbre del oficio.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿No te gustó el Scrabble? —preguntó Jeff, solo un poco herido. —No, Jeff. No me gustó el Scrabble —respondió Martin con tanta sinceridad que Collin perdió completamente contra las risas e incluso Jeff tuvo que sonreír. —De acuerdo —asintió Jeff, evitando los ojos de Collin—. Llamaré a Kimmy y tendremos una... —Su rostro se sonrojó, volviéndose pálido a continuación. Oh, Dios. No estaba seguro de poder decirlo. Entonces, los ojos de color miel de Collin atraparon los suyos, y lo dijo por él. —Tendremos una cita, Jeff —dijo, de nuevo con esa voz baja y debilitadora de rodillas que no admitía argumentos ni daba cuartel. —Sí—murmuró Jeff—. Um, una cita. —Me he olvidado algo —dijo Martin, sin ser nada sutil. Se giró abruptamente antes de que Jeff pudiera preguntar siquiera de qué se trataba, y Collin caminó directo hacia la puerta del coche de Jeff, que le protegía, y puso las manos en el borde de esta, una de ellas encima de las de Jeff mientras sujetaba la puerta. —¿Es eso tan horrible, Jeffy? —preguntó, y su voz seguía siendo ardiente, pero ahora era suave, y Jeff tragó y le concedió la verdad. —No—dijo—. No es horrible. —¿Te da miedo?—Collin alzó la mano lo justo para tocar la mejilla de Jeff con el pulgar. La mano le olía a jabón de manos y a grasa de motor, y a Jeff no le importó. Eran olores cálidos, sinceros, y estaban empezando a gustarle. —Un poco —murmuró—. Ni siquiera sé qué ponerme. —Ponte lo que quieras. Iremos a donde quieras. Me gustaría enseñarte dónde vivo... solo para enseñarte que es un lugar adulto y no un cubil de un chico de fraternidad, ¿vale? ¿Y aparte de eso?Todo a tu ritmo, Jeff. Una película de Disney, hacer una carrera de piques, solo quiero pasar algo de tiempo contigo. ¿Es eso tan malo? Sus ojos eran fantásticos, de verdad. Ese marrón cálido y claro, y ahora estaban un poco emborronados por el cansancio, pero aún así 235


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane brillantes de esperanza. Todavía tenía esperanza. ¿Qué derecho tenía Jeff a aplastar esa esperanza? ¿No podía ser lo bastante fuerte como para tener él también una poca? —No —susurró—. Eso está... suena... bien. Collin se estaba acercando un poco más en el frío crepúsculo, y el cerebro de Jeff se apagó por completo. Jeff Beachum, Sargento del Sarcasmo, Manipulador de las Ocurrencias, Dueño de los Juegos de Palabras, se quedó sin absolutamente nada que decir. Se tocó los labios con la lengua y vio cómo Collin le dedicaba una sonrisa puramente felina y, a continuación, sacaba su lengua para delinear los labios de Jeff. —Bien —susurró—. Entonces todo está... —Bien —terminó Jeff. Los labios de Collin encontraron los suyos con tanta suavidad, tan sutilmente, que a duras penas fue un beso, y la boca de Jeff se abrió solo un poco para tomar una bocanada de aire y respirar a Collin. Y entonces la mano de Collin le estaba acunando la nuca y todo su mundo lo formaba de repente la respiración de Collin, su sabor, su lengua en su boca. Jeff gimió, se le doblaron las rodillas y se encontró aferrándose al mono de Collin e intentando no caer sin más en el asiento delantero de su coche. Collin rompió el beso y sonrió, engreído como un león, terminando con un rápido beso en los labios. —El lunes, ¿de acuerdo? Jeffasintió en silencio. —Bueno, ¿verdad? —Ajá —dijo Jeff, dejándose caer en la parte delantera del Cooper antes de arrastrar la puerta consigo. —Bien. Haré que Martin salga y le diré que ya puede encontrar lo que sea que se haya olvidado. —De acuerdo —murmuró Jeff, todavía aturdido. La mano de Collin se extendió y le revolvió el cabello, y Jeff ni siquiera objetó. Simplemente se quedó allí sentado, con los dedos contra

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane los labios, hasta que Martin salió trotando, chocó los cinco con Collin y se sentó en el asiento del pasajero, exigiendo comida. Jeff todavía estaba tan perdido en la maravilla del beso que se apuntó al asunto de la nutrición y llevó a Martin al McDonald's; el chico juraba que hacía semanas que no iba.

JEFF

SE marchó temprano del trabajo aquel lunes, saliendo del

aparcamiento haciendo rugir el Camaro como si realmente fuera su dueño. No había estado muy seguro cuando había dejado el Cooper y a Martin en el taller de Collin; había mirado aquel enorme Camaro como si fuera un tigre siberiano, de hecho, seguro de que iba a atacarle en cualquier momento. —No te preocupes, Jeffy. Es un coche. Pisas el pedal y va hacia delante. Pisas el freno y se para. Si tienes que cagar, será mejor que aparques y busques un baño porque no hay nada electrónico y tendrás que hacerlo tú mismo. —Buenos, gracias a Dios por eso. —Jeff arqueó un lado de la boca con escepticismo—. Tú, um... Quiero decir, no voy a pisar el pedal y a encontrarme en el condado de al lado con un caballo aplastado contra la rejilla, ¿no? Collin negó con la cabeza y le puso las llaves con firmeza en la mano. —No, Jeffy. Si eres tan moderado con la velocidad en mi pequeño como lo eres en el resto de avenidas de tu vida, no te encontrarás en el condado de al lado con un caballo en la rejilla. ¡Pero es un buen recordatorio sobre por qué siempre debería pedir un taxi cuando bebo, así que gracias por la imagen mental, por cierto! —Un placer —replicó Jeff con amargura. —El placer es mío —dijo Collin, y algo en la mirada oblicua de reojo en sus ojos hizo que Jeff se sonrojara y a duras penas se acordase de despedirse de Martin mientras trastabillaba para ir a trabajar.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

MARGIE ERA su paciente aquel día, y aunque su pérdida de peso podía ser sutil, su completa desestimación del asunto no lo era. —No cuenta si es el balón gástrico el que me está haciendo hacerlo —le dijo de manera tensa, y él tuvo un momento de irritación. —Y una mierda que no, cariño —saltó, verdaderamente molesto—. Todo lo que puedas hacer que haga que estés en este mundo más tiempo y sea más productivo, bueno, es una ganancia, ¿de acuerdo? Y tienes buen aspecto. Estaba aguantando la varilla sónica contra su cuello, así que vio cómo hundía los hombros con resignación. —Gracias, Jeff. Es muy amable por tu parte decirlo. ¿Puedo preguntar qué tal te va a ti? Jeff estuvo tentado de informarle sobre los últimos cotilleos, pero acababa de entrar en terreno personal, así que supuso que ella tenía derecho. —Esta noche tengo una cita —le dijo, sintiéndose estúpido, pero ella no estuvo nada molesta. —¡Oh, Dios mío! —Se apartó de la varilla para dirigirle una mirada impresionada, y él hizo una mueca. —Para. —Le empujó el hombro para hacer que volviera a la posición en que necesitaba estar. —¿Quién es él? —Un mecánico de coches —respondió Jeff rápidamente, porque todo lo demás era demasiado complicado. Margie tembló, realmente exultante. —Oooh... Me encanta un hombre que trabaja con las manos. Y que sea hetero. Jeff quiso abrazarla.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Tú me encantas más, cariño... ahora prepárate. Esto va a doler...

—JODER, AU, au, au, ¡joder jodido au! —Dios, Crick, ¡eres un bebé! ¡Te lo juro, acabo de tener a una profesora de instituto que era más dura que tú! —¿Es esa mujer con la que me he cruzado mientras salía? Porque si hubiese estado en su clase, me habría tenido mojándome los pantalones a los diez minutos. Esa es una mujer con la que no querría joderla. Jeff resopló para cubrir una mueca solidaria y empujó contra la muñeca herida de Crick, sabiendo que iba a doler, pero sabiendo también que Crick lo necesitaba. —Como si ella fuera a elegirte —fue lo que dijo—. Esa mujer tiene mejor gusto en cuanto a hombres. Ahora, apriétame la mano. Vamos, chico, aprieta... —Jeff le ladró un poco más, lo retorció y terminó con el ultrasónico en el tejido profundo, porque aquello ayudaría con el dolor muscular. Una vez que hubo terminado le tendió a Crick un ibuprofeno, un vaso de agua y un pañuelo. Crick se secó la frente y los ojos y le fulminó con la mirada, cansado, mientras Jeff intentaba no sentirse culpable. Era su trabajo, pero no siempre le gustaba. —No estás haciendo tus ejercicios —dijo contra la culpabilidad—. Has perdido movilidad en esa mano durante la última semana... ¿qué demonios has estado haciendo? Crick suspiró y lanzó el pañuelo a la basura con la mano buena, cogiendo a continuación la medicación para el dolor y tragándosela. —Deacon está peor —dijo con voz suave, buscando la camisa e intentando ponérsela. —Lo sé —dijo Jeff en voz baja—. Estuve allí anoche. Deacon se había esforzado para que nadie lo notara, pero era bastante evidente que había hecho un buen trabajo ocultándolo hasta la

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane semana anterior. Sus labios habían tenido un color poco saludable, y había sido incapaz de ponerse en pie y cargar a Parry Angel hasta su baño. En su lugar, se había sentado en el sofá, algo inusual para él, y había dejado que la pequeña se le subiera al regazo. Jeff ni siquiera quería pensar en la ruina de sílabas rotas en que se había convertido su voz al cantar. Jon había salido de la casa al oírlo, y Amy había ido tras él. Jeff había colocado a la hija de estos en el regazo de Deacon para que pudiera unirse con palabras sin sentido. Shane y Mikhail se habían dedicado, impasibles, a la limpieza mientras Andrew iba fuera para atender a los caballos, y Crick había entrado y se había llevado a las pequeñas para bañarlas. Cuando Jon y Amy habían vuelto a entrar, Amy anunció que Parry Angel iba a pasar la noche con Lila, y cuando Crick había oído aquello había parecido tan... aliviado. —No te estás cuidado —dijo Jeff con seriedad—. Estás demasiado ocupado cuidando de todos los demás. Tienes que dejar de hacer esa mierda ahora mismo, ¿entendido? Si ocurre lo peor te necesitaremos, y necesitaremos lo mejor que puedas ofrecer. Crick asintió y se ocupó de los botones de la camisa, de uno en uno. —Te oigo. Me solía preguntar cómo podía hacerlo Deacon, ¿sabes? Trabajar hasta quedar por los suelos cuando le necesitábamos tanto. Ahora lo sé. Es como si, ¿la gente que tienes en el corazón? No puedes respirar profundamente si no están bien. Jeff tomó algunas anotaciones superficiales en el historial de Crick y le hizo un gesto para que se sentase en la cama que usaba normalmente para que los pacientes se tumbasen. Siempre se reservaba quince minutos extra con Crick; por qué tener un mejor amigo si no ibas a cotillear, ¿verdad? —¿Cuándo vuelve Benny a casa? —preguntó. La semana anterior había quedado claro que, incluso con Andrew allí, Crick necesitaba ayuda. Entre la pequeña, llena de energía, el hombre enfermo y las exigencias del rancho, los dos hombres estaban cargados de tensión. Si no hubiese sido por los chicos de Casa Promesa, que se pasaban para trabajar con los caballos, y por Jon y Amy acercándose para ayudar en la cocina cada

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane tanto, Jeff no estaba seguro de que el pequeño negocio hubiese podido conseguirlo, incluso en aquel último mes. Se encontró volviendo a sudar de preocupación por la estrecha y fuerte familia de Deacon Winters. Dios, el dinero había estado casi en el límite antes. Habían estado tan cerca de recoger sus cosas y mudarse, y Jeff habría tenido que mudarse con ellos, porque ya se había fabricado una familia a base de necesidad y buenos deseos, y no creía que pudiese crear otra. —El miércoles —dijo Crick con un alivio visible en el rostro—. Si Martin y tú queréis venir la noche del miércoles en lugar del martes, podrás verla cuando llegue; ella se muere de ganas de conocer a Martin, y a Collin también. Y puesto que la casa va a estar hasta arriba el jueves, podrás hablar un poco con ella. Jeff se dio cuenta de que su bata blanca de repente le apretaba demasiado, le daba demasiado calor y estaba demasiado sudada. —¿Quién le ha hablado a su Real Renacuaja sobre Collin? —preguntó, repentinamente algo asustado. Benny era... era feliz por todos ellos. Se preocupaba por todos como una pequeña madre gallina, y de repente se sintió muy asustado de decepcionarla. Era una cita. Una cita pésima. Crick no le contaría a Benny nada sobre una cita pésima, ¿no? —Se lo he dicho —dijo Crick con una pequeña sonrisa en el rostro que proclamaba lo mucho que disfrutaba de la incomodidad de Jeff. —Oh, Señor, Crick... ¿qué pasa si no funciona? Quiero decir, Dios, ya me he debatido al respecto una o dos veces, o no sé cuántas ya, y no quiero que ella se entusiasme por mí cuando no hay nada que celebrar, ¿sabes? La sonrisa desapareció, y el rostro de Crick adoptó unas líneas de seriedad como las del héroe de su niñez y el amor de su vida, aunque no se diera cuenta. —Cállate, Jeffy. Ella dejó atrás la única seguridad que ha tenido nunca para forjarse un futuro, y hemos tenido que llamarla para que vuelva para decirle que Deacon podría no estar aquí durante mucho tiempo. Ella te quiere; demonios, nos quiere a todos. Si tengo incluso la más mínima buena noticia sobre alguien, tanto si es sobre los planes de la pequeña “ceremonia” a la que Mikhail nos va a llevar a rastras en mitad

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane del frío congela pelotas después de Navidad o sobre el hecho de que podría no tener que preocuparse por su tío favorito, Jeffy.... tío, vaya si voy a decírselo. Mi hermana se merece cualquier cosa buena que podamos darle, y todo lo que ha deseado desde que se mudó a El Púlpito es que cuiden de su bebé y que seamos felices. Voy a dárselo. ¿Pero sabes qué significa eso? —Señor. —Jeff se dejó caer de culo en la cama que había junto a la de Crick—. Sí, sé lo que significa. —Significa que será mejor que no lo jodas —dijo Crick, pero le pasó un brazo sociable sobre los hombros, y Jeff se apoyó contra su amigo con un agradecimiento sincero. —Intentaré no hacerlo, pero solo porque adoro a tu hermana pequeña —le dijo con sinceridad, y fue recompensado por la repentina sonrisa torcida y libre de cargas de Crick, aquella que le decía lo que Deacon probablemente había visto en él desde el principio. —El hecho de que bien podrías mojar un poco no está abierto a estudio para nada, ¿no? Jeff tembló, recordando la completa dominancia de aquellos besos. Dios, Collin sabía cómo hacerle sentir pequeño y vulnerable... y protegido. Como si estuviera rodeado de fuerza. Como si alguien estuviera allí para mantenerle a salvo cuando las cosas se pusieran feas. Como si nadie fuera a poder herirle otra vez nunca más. —Bueno, ya me conoces, Crick. Estoy completamente abierto al sexo a corto plazo, ¿verdad? El brazo de Crick se estrechó alrededor de sus hombros, y este depositó un beso sobre su cabeza. Ese horrible mocoso... llegaría a los dos metros. Crick había crecido durante el último año, y Deacon le había dicho a Jeff repetidamente que aquello le hacía sentir como un viejo pervertido. «Al menos debería haber esperado hasta que el chico dejara de crecer antes de casarme con él». Dios. Deacon tenía que ponerse bien. —Te lo prometo, este se quedará —dijo Crick con fervor—. Lo noto, Jeffy, está aquí a largo plazo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Igual que Deacon, Crick —le dijo Jeff, con más confianza de la que sentía—. Puede que si estuviera solo, simplemente fuera desapareciendo, pero todos sabemos que no hay mucho en este mundo que no hiciera por ti. —Dios, eso espero. Por ambos. —Yo también. —Hubo un silencio, el cual Jeff rompió con un pensamiento estúpido que le había estado molestando todo el día—. ¿Qué crees que debería ponerme? —El mismo hecho de que preguntes eso muestra de que ni siquiera estás intentando concentrarte aquí. —Pero... quiero decir, iba a ir a casa después del trabajo y cambiarme, Crick... ¿qué debería ponerme? —Ropa. —¿De qué clase? —se enojó Jeff, cruzando los brazos con obstinación. —De la clase que puedas quitarte, idiota estúpido. Puede que estés pensando en esto como en una primera cita, pero según mis cuentas es la tercera, y ese chico se merece un final feliz. —No voy a abrirme de piernas por él. —Calienta pollas. —Que te jodan. —Yo no soy el que se está ofreciendo, Jeffy. —Crick se enderezó y apartó aquel brazo reconfortante con exasperación. —¡Solo estoy preguntando qué debería ponerme! —Dios, ¿no podía ver nadie que era una pregunta legítima? —Ponte un poco de puto optimismo para que no importe la ropa que te pongas —murmuró Crick, negando con la cabeza—. Ahora ayúdame a ponerme los putos zapatos, ¿sí? Deacon tiene que tomarse las pastillas cuando llegue a casa, y no quiero llegar tarde.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

ASÍ QUE el día de Jeff había sido... estresante, esa era la palabra, para cuando salió, revolucionando el motor, del aparcamiento del hospital VA, pero también había sido... ¿cuál era la palabra que estaba buscando? Afortunado. Margie, Crick... era como si Dios le estuviese diciendo que tuviera un poco de esperanza, que le diera a aquel chico una oportunidad, que quizás debería dejarle ponerse a prueba. Quizás Jeff no le estaba haciendo un favor a nadie al mantener a todo el mundo fuera de su corazón, ¿no? Aquella vez dejó que el corazón se le subiese a la garganta cuando giró en la calle, casi desierta, de pequeños negocios que acogía el parque de bomberos, el restaurante y el videoclub de DVD, todos apiñados, con el taller de Collin siendo el más grande de la manzana. Vio el Mini Cooper fuera, en la parte de delante, lo que significaba que ya estaba terminado, y vio el deportivo de Shane a su lado, con Kimmy apoyada contra la puerta y Lucas a su lado. La postura parecía casual, pero el rostro de Kimmy estaba tenso e infeliz. Jeff entró en el camino de entrada, sintiéndose absurdamente orgulloso de conducir aquel gran coche lleno de potencia, y quiso ver si podía darle a Kimmy algo de su optimismo. Dios sabía que, ahora que uno de ellos tenía, era hora de compartirlo. —Todo lo que digo —estaba protestando Kimmy mientras Jeff se acercaba lentamente—, es que sería estúpido dejar una vida en Georgia si la tuvieras. —No la tengo —dijo Lucas amablemente, sin enfado. Jeff tuvo que sonreír ampliamente. Hasta el momento, Lucas había demostrado ser, literalmente, la persona más animada que Jeff había conocido nunca. Cuando habían jugado a algún juego en casa de Jeff, que era lo mejor para hacer sentir a Martin en casa, Lucas había respondido a cada uno de los ceños de Kim con una sonrisa, y a cada palabra maliciosa llena de cinismo de su boca con alegría y chocolate. Jeff no estaba seguro de qué clase de chicos criaban en Georgia, pero aquel tenía unas pelotas de titanio llenas de buena voluntad, y Jeff simplemente tenía que respetarle por eso.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane La verdad era que Lucas le recordaba a una versión algo menos rara de Shane, y puesto que sabía que Kim sería capaz de rodar sobre chinchetas y zumo de limón con tal de proteger a Shane de lo que fuera, tenía muchas esperanzas puestas en los dos. Porque, maldita sea, alguien se merecía ser feliz, ¿verdad? —Hola, Kimmy —dijo Jeff, saliendo del Camaro y cerrando la puerta con cuidado pero firmeza; después de todo, tenía que ser cuidadoso con él. Era el pequeño de Collin. —Oh, Dios, si es Mister Alegría de la Huerta en persona. ¿Por qué cojones estás tan contento? Jeff intentó inclinarse por la petulancia; solía ser capaz de ser engreído sobre aquellas cosas, ¿no? —Tengo una cita —dijo simplemente, y el ceño de Kimmy desapareció. —¡Adelante, Jeffy! Estoy orgullosa de ti. Jeff se sonrojó. —Sí, bueno, ha pasado algún tiempo. De repente Lucas, el despreocupado Lucas, el Lucas con una buena voluntad de titanio, pareció intenso y desaprobador. —¿Cuánto tiempo? Jeff se sonrojó incluso más y apartó la vista. —Um... —Oh, Dios, era casi peor que ser un virgen de treinta y dos años, ¿no? —¡Joder, tío! —Lucas se giró y pateó el neumático negro del deportivo, volviendo a girarse con el rostro de chico de Georgia, bronceado y de mandíbula cuadrada, casi afligido por la aflicción—. ¡Kevin no habría querido eso! —dijo con brusquedad y Jeff le miró, tan sorprendido como Kimmy. —No es...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Nunca me llamaste. Te dije que me llamaras, te dije que te mantuvieras en contacto. Te dije que sería tu amigo después de aquello, ¿sabes? —Yo... —Se suponía que tenía que cuidarte, Jeff... ¿crees que yo no recibí también una carta? Jeff y Kimmy le miraron, confundidos. Estaba llorando. —Lucas... no hiciste nada mal —le dijo Jeff con seriedad—. Llamaste y me diste malas noticias, ofreciste tu ayuda... lo hiciste bien. Tú también estabas herido. No es como si no tuvieras toda una vida propia con la que lidiar, ¿verdad? —¡Pero no está bien! ¡No si has estado solo todo este tiempo! —Lucas se giró y volvió a patear el neumático—. Tú simplemente... Cuando no llamaste, pensé que estabas bien. Debí haberme asegurado de que tenías a alguien. Debí haberlo hecho. Jeff tragó el absurdo impulso de reír. —Dulzura, por muy agradable que hubiese sido pensar que tenía mi propia hada madrina de las citas, no fue justo por parte de Kevin hacerte cargar con ese trabajo, ¿vale? Yo... Si he estado solo todo este tiempo es porque ha sido mi decisión. No porque tú fallases a Kevin, ¿entendido? —Es una decisión jodidamente triste, tío —dijo Lucas, secándose los ojos, tan vulnerable como un niño—. No es como Kevin quería que estuvieras, en absoluto. —Entonces se giró y echó a andar, y Jeff miró a Kimmy con impotencia. —No soy yo con quien ha estado flirteando mientras entregaba la ropa del hogar en Casa Promesa —le dijo, y Kimmy miró hacia Lucas con expresión pensativa. —Sabes —murmuró—, quizás realmente está para quedarse a largo plazo. ¿Tú qué crees? Jeff alzó la vista y vio que Collin les había visto... y que, al parecer, se había dado otra ducha en el aparcamiento del taller y se había quitado el mono. Todavía se estaba limpiando la mano con una timidez que estaba

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane empezando a enamorar a Jeff, porque Collin probablemente solo se limpiaba las manos para no manchar de grasa su piel. Jeff se giró otra vez hacia Kimmy durante un momento. —Creo que si no vas y le haces feliz, esta noche no voy a tener cita. —Era una evasión, porque no necesitaba decir la verdad. Lucas era exactamente tan fuerte y real como Shane. Solo necesitaba darle una oportunidad. —Sí —murmuró Kimmy—. Mira, iré a tranquilizarle, ¿vale? Dame un minuto; tenía muchas ganas de hacer esto. Martin le cae bien. Fue a hablar con Lucas, y Collin de repente se dirigía hacia él con pasos largos. El corazón de Jeff le retumbaba en los oídos como unos tambores tiki. La sonrisa de Collin fue ardiente, posesiva y prometedora, y cuando estuvo lo bastante cerca se metió el trapo manchado de grasa en el bolsillo de los vaqueros y enmarcó el rostro de Jeff con las manos. —¿Me has echado hoy de menos? Jeff habría bajado la barbilla, bajado los ojos y se habría escondido de la pregunta de una manera muy parecida a como había intentando esconderse contra el hombro de Kevin en aquella fotografía de hacía tanto tiempo, pero las manos de Collin no se lo iban a permitir. —He pensado en ti todo el día —dijo con sinceridad, y fue recompensado por su franqueza cuando Collin le tomó la boca con suavidad, saboreándolo un poco con la lengua. Jeff se sintió súbitamente famélico, y no solo deseando el sabor, sino toda la comida. Gimió y abrió la boca, entregando prácticamente una invitación impresa, y allí estaba Collin, tomando el mando, siendo fuerte, suave y ardiente, y todas esas cosas que Jeff había aprendido que podía ser a pesar de su juventud y de su engreimiento, y sabía a... Oh, dulce Señor. Sabía a sexo y a dulzura. Por todos los cielos, sabía mejor que el mousse de chocolate, que el dulce de leche con chocolate y el helado de chocolate, y había buenas probabilidades de que tampoco le revolviese el estómago. Jeff gruñó y cerró el puño sobre aquel largo cabello, algo que había estado ansiando hacer, acercando más a Collin.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Este hizo un ruido de sorpresa y sus manos cayeron del rostro de Jeff, plantándose de repente directamente en su culo, pegándolo contra él por completo. «Oh. Dios. Mío». Su erección estaba hinchada bajo los vaqueros y presionada contra el muslo de Jeff, y era enorme. Jeff podría haber pensado que el coche era una compensación por algo, pero al parecer no era así. Al parecer, el coche enorme era absolutamente perfecto para el hombre que... «Oh, Dios... oh, Dios...». Collin embistió contra él, y Jeff se percató de que toda la sangre, que había estado zumbándole en la cabeza con pensamientos al azar sobre ropa, acababa de irse pitando a su pene, junto con el ferviente, ardiente deseo de no tener nada de ropa. Estaba tan cerca de correrse tras dos segundos en los brazos de Collin, por su beso, como normalmente estaba tras media hora de pornografía, un dildo anal y algo de masturbación seria (hey, un chico tenía que tener sus aficiones). Se apartó casi con brusquedad, tomando una gran bocanada de aire y colocando las manos sobre las caderas de Collin para hacerle retroceder unos centímetros. Entonces apoyó la frente contra su hombro y tragó aire como un hombre que se estuviera ahogando. —Hey —le tranquilizó Collin, moviendo esas manos grandes y capaces por los hombros de Jeff, dibujando círculos—. Hey, maldición... está bien. No te forzaré en el aparcamiento. Está bien. Jeff asintió contra su hombro y siguió temblando, intentando ponerse bajo control. La urgencia dolorosa y en carne viva se desvaneció hasta ser un dolor soportable, y se relajó contra el cuerpo de Collin solo por aquel momento, seguro de que aquel hombre podría soportar su peso. Collin no le defraudó. Esos brazos... Dios, aquel chico hacía ejercicio o algo, porque esos brazos eran fuertes, y tan capaces, y le estaban rodeando los hombros. Y Jeff sintió como si nada pudiese herirle, nada pudiese herirles, nada en todo el mundo. Quizás, solo quizás, aquella noche, durante un ratito, quizás Jeff pudiese ceder el control del mundo a los dioses.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

COLLIN: OPORTUNIDAD DE SUAMOR COLLINSE alegró de que Jeff se hubiese apartado, porque podría haber demostrado de verdad su edad y haberse puesto de rodillas allí mismo, en el aparcamiento. Oh, Señor, Jeff sabía tan bien. Sabía a... a café, y a chocolate, y a, madre de Dios, a rendición. Sabía a esperanza y a algo parecido a la timidez; dos potentes sabores que Collin no había probado antes en la lengua de Jeff, y no había fuerza en el planeta que pudiera evitar que ansiara más. —Dios, Jeff, ¿qué demonios ha sido eso? —Creo que era esperanza —murmuró este—, pero ha pasado tanto tiempo que no puedo estar seguro. —Respiró profundamente y se echó hacia atrás, y Collin se lo permitió. —Me gusta el atuendo, Jeffy—dijo, diciéndolo en serio. Jeff llevaba vaqueros no demasiado apretados y una sudadera estriada que le marcaba la figura en algo así como un tono verde bosque. Para Jeff era algo sencillo y casual, y Collin pensó que le gustaría de verdad quitarle la ropa. La risa de Jeff tenía una nota de histeria. —De hecho, no es lo que había planeado ponerme —dijo, con los hombros todavía estremeciéndose. Volvió a apoyarse contra el deportivo (Kimmy y Lucas debían haberlo conducido hasta allí, puesto que Shane no estaba por ninguna parte). Collin le siguió y se movió hacia delante, abriendo un poco las piernas de manera que estuviera a horcajadas sobre los muslos de Jeff mientras se inclinaba.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff tembló, cerró los ojos y dio una pequeña sacudida contra él. Pero aún así siguió hablando, como si la ropa fuera algo jodidamente importante. —Tenía todo un conjunto; pantalones grises, zapatos grises, camisa amarilla, chaqueta deportiva... era jodidamente precioso —dijo, serio mientras lo soltaba todo—. Iba a verme completamente fabuloso, ¿vale? He pasado todo el día planeándolo, hasta los calcetines y la bufanda, y entonces he llegado a casa y, ¿sabes qué? La boca de Collin se curvó. —¿Decidiste que probablemente yo llevaría vaqueros y que no querías parecer la princesa y el mono grasiento cuando saliéramos y cenásemos? Jeff puso los ojos en blanco. —Esa sí que es buena. No. Los putos gatos usaron todo el conjunto como poste para afilarse las uñas. No sé por qué. En serio. Es como si se volvieran telépatas y psicópatas conmigo, porque Katy incluso echó una bola de pelo en los zapatos. —Jeff sacudió la cabeza con tristeza—. ¡Creía que éramos amigos! Collin recordó a la montaña peluda que había acampado sobre su pecho y negó con la cabeza. —No puedes hacerte amigo de una fuerza de la naturaleza, Jeff. Solo tienes que esperar que no se ponga de clase cinco contigo y escupa una bola de pelo en tus zapatos. Jeff sonrió, y Collin vio esa esperanza indecisa, casi tímida, en sus ojos, y sintió un repentino temblor en el pecho. —Normalmente cooperan —murmuró Jeff—. Les gusta nuestra vida. Les gusta el cepillado extra y las chuches para gatos. No sé por qué decidieron que ese conjunto tenía que morir. Collin sintió cómo el temblor se volvía más fuerte. —Quizás sabían que me gustaría más este —bromeó, y los ojos de Jeff se abrieron de par en par. —¿Sí? 250


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Sí. —Quería verme bien para ti. —Para mí siempre te ves bien. —Has sido tan paciente. —Esta noche no me siento paciente —confesó. —Yo tampoco. ¿Dónde está Martin? Ambos miraron hacia el taller justo cuando Martin emergía de él, haciendo lo mismo con el trapo para limpiar la grasa que había hecho Collin. Parecía extremadamente complacido consigo mismo. —Jeff, te va a encantar. Lo hemos hecho todo según las especificaciones, y Collin dio una vuelta a la manzana con él y se maneja de una manera tan suave. Ha ajustado la suspensión frontal, ha cambiado los amortiguadores y es como un coche completamente nuevo. Collin quiso golpearse la frente con la palma y exclamar «¡Uh!». ¿Qué clase de profesional era de todos modos? Pero Jeff le estaba sonriendo a Martin como si estuviera complacido de oír los detalles. Dio un paso alejándose del cuerpo de Collin, y este se apartó para dejarle por el bien de la decencia... y entonces se dio cuenta de que, Dios santísimo, estaba intentando ser civilizado delante de otro ser humano, y deseó poder encontrar las palabras para contárselo a su madre. Puede que ella se desmayara de la sorpresa, pero creía que más que nada estaría muy orgullosa, y maldita sea, ¿no se había ganado ella eso? —¿Entonces está listo para rodar? —estaba preguntando Jeff, y Martin asintió, entusiasmado. —Jeff, ha sido tan genial. Quiero decir, puedo manejar la escuela, y saco buenas notas y todo eso, pero esto ha sido... ha sido la cosa más fantástica del mundo, ¿sabes? ¡Si pudiese hacer esto todos los días, las notas podrían valer la pena! Jeff parpadeó y miró a Collin en busca de ayuda. Collin dio lo mejor de sí. —Las notas siempre valen la pena, chaval, y las mías eran terribles. Así que eso dice algo cuando viene de mí. Me encantaría echarte una 251


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane mano, decirte las clases y las cosas que tendrías que hacer para poder hacer esto para ganarte la vida. No importa dónde termines, me alegraré de enseñarte, ¿de acuerdo? Martin ni siquiera se detuvo ante el recordatorio de que aquel arreglo era temporal. Simplemente sonrió ampliamente, su rostro estrecho y oscuro completamente encendido por el entusiasmo. —Eso es genial. Quiero tomarte la palabra de verdad en cuanto a eso. Oye... ¿dónde están Kim y Lucas? Tienen que llevarme a cenar, porque me muero de hambre. —Están viniendo —dijo Jeff, y Collin siguió su mirada hasta el otro extremo del aparcamiento. Y, desde luego, allí estaban, teniendo una conversación en voz baja pero caminando hacia los coches. Se estaban dando la mano.

JEFF ERA muy entretenido. Hablaba, contaba historia, hacia grandes gestos con esos largos brazos suyos... era un conversador consumado, pero Collin ya lo sabía. También sabía que tenía corazón, que sufría y que tenía toda una tonelada de otras cosas que hacer aparte de entretener a Collin. Pero eso no evitó que apreciara la conversación. Jeff se tranquilizó por un momento cuando llegó su comida, y Collin le miró atacar la ternera y el queso feta con gusto. —¿Cómo lo haces?—le preguntó. Jeff se detuvo, equilibrando un tenedor lleno de ternera y lechuga apuntando hacia su boca. —¿Hacer el qué? —preguntó antes de tomar el bocado. Collin sacudió la cabeza. —Es solo que... quiero decir... sé cómo han sido este último par de semanas para ti, ¿vale? Estaba allí durante parte de ello. Algunas partes ni siquiera me las has dejado ver todavía, y sé que está dándote vueltas por el pecho. Sé que duele, sé que lo sientes... pero simplemente te sientas aquí y me haces reír hasta caerme de culo con una historia de alguna pobre 252


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane profesora de instituto con los compañeros más enloquecidos del mundo. ¿Cómo lo haces? Jeff se encogió de hombros. —En el instituto hacía teatro —dijo tras tragar la comida—. Quiero decir, me encantaba estar en el equipo de natación... me hacía sentir libre, ¿vale? ¿Pero el drama? ¿Actuar? Esas cosas me hacían sentir que era yo. —Su voz descendió, pensativa—. Como si pudiera ser esa persona que hacía reír a la gente, y eso era... eso era el Jeff que se suponía tenía que estar allí. —Se encogió de hombros y volvió a intentarlo—. Es... Mis padres eran geniales. Quiero decir, ahora es difícil de creer, pero eran realmente geniales. Supongo que simplemente siempre supe que me querían por la fachada que le presentaba al mundo. A mí... me gustaba la habilidad de presentar cualquier rostro que quisiera, supongo. Me gustaba hacer reír a la gente. Si la gente se reía de algo que decía, durante un minuto ellos...—Su voz se desvaneció, y pareció realmente avergonzado. —Te querrían —dijo Collin con suavidad, y Jeff volvió a coger el tenedor, metiéndose un bocado de comida en la boca y murmuró en su ensalada. Hubo una pausa incómoda en la mesa, y una parte de Collin deseó agarrar la mano de Jeff sin más y decir «Yo te quiero», pero no estaba seguro de que aquello fuera a terminar bien la conversación. Jeff ya le había abandonado una vez en mitad de una cita; Collin no creía que pudiera lidiar con ello si volvía a pasar. Pero estaba bastante seguro de que era verdad. La conversación volvió a empezar cuando Collin se puso a contar historias sobre sus sobrinas, y Jeff escuchó y rió. Hubo un momento en que dejó de reír y Collin sintió chocar sus rodillas bajo la mesa. Atrapó las piernas de Jeff con los tobillos, sonriendo juguetón al otro lado de los platos vacíos y la cuenta pagada, y entonces Jeff compuso esa expresión tímida, la que hacía que mirase desde debajo de las cejas y sonriese como un niño pequeño. Todo el cuerpo de Collin se sonrojó. —Salgamos de aquí —murmuró, y no esperó una respuesta antes de ponerse en pie y coger el brazo de Jeff, ignorando las miradas y los susurros, porque incluso en Roseville los chicos simplemente no se arrastraban los unos a los otros hasta ponerse de pie. Jeff le siguió sin 253


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane ninguna objeción, ni siquiera un poco de tensión en su cuerpo delgado, y cuando alcanzaron el coche (habían cogido el de Collin), este le hizo girar, tomó aquel rostro estrecho entre sus grandes manos y le besó, dejándose la piel en ello, mientras Jeff se derretía contra el Camaro con una sumisión completa. Collin no podía tener suficiente de Jeff; suave, dulce, aromático. Sus manos se colocaron sobre los bíceps de Collin y apretaron con fuerza, y empujó las caderas sin vergüenza alguna contra su entrepierna, suplicando con todo lo que tenía, desde su maleabilidad hasta los pequeños lloriqueos que surgían de su garganta. Se separaron, y Collin le acarició el rostro hasta llegar al cabello, pasando los dedos entre el gel que llevaba, masajeando, frotando y plantando pequeños besos que revoloteaban por su cara, en los párpados, en las mejillas, en la punta de la nariz, hasta que Jeff estuvo allí de pie simplemente, con paciencia, el rostro alzado y el cabello convertido en aquel sorprendente y rebelde revoltijo que Collin sabía que podía ser. Su cuerpo estaba endurecido contra el de Collin en el lugar correcto, y también era maleable en todos los sitios adecuados. Y Collin todavía estaba sin respiración, todavía estaba temblando y lleno de impulsos, cuando dejó caer un suave beso en su frente. —¿Quieres ver ahora mi apartamento? —susurró. —¿Tengo que hacer el paseo de la vergüenza delante de tu madre? —Tengo escaleras. Ni siquiera sabrá que estás allí. —Dios, eso es pervertido —Jeff rió a medias y Collin volvió a besarle hasta que estuvo en silencio. —No quiero nada pervertido —dijo cuando el beso hubo terminado—. Te quiero a ti, Jeff, solo a ti, sincero y desnudo y en mi cama. ¿Puedes sobrellevarlo? Jeff apartó la vista. —La parte de sinceridad no es realmente... Collin le rozó la mejilla con la nariz y trazó suavemente un camino de besos hasta la comisura de su boca, capturando el labio inferior y tirando, succionando y provocándole con la lengua.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Puedes hacer la parte de ser sincero, Jeff. Tengo fe —dijo cuando le soltó. —Mmm... Pero...—Y entonces Collin volvió a besarle hasta dejarle sin respiración. Aquella vez, cuando se separaron, fue Jeff el que habló. —Sí. Sí. De acuerdo... —Arqueó las caderas contra las de Collin—. Haré lo que sea que quieras, Vivaracho, solo... no me dejes. —Dejó que aquello colgase en el aire durante un momento y, a continuación, se dio cuenta de lo que había dicho. Collin vio cómo su nuez de Adán subía y bajaba mientras intentaba arreglarlo—. Así —murmuró, empujando su erección cubierta contra el muslo de Collin—. Quería decir... —Sé exactamente lo que querías decir —murmuró Collin—. Entra en el coche, Jeffy. Voy a llevarte a casa. Estuvieron en silencio durante los primeros minutos en el coche, y entonces Collin habló, sintiéndose tanto joven como viejo. —Jeffy, ¿tienes tu medicación para esta noche? —Sí... ¿no llevas tú las tuyas siempre encima? Era verdad; Collin siempre tenía al menos las dos siguientes dosis en una cajita en el bolsillo... para noches prácticamente como aquella en la que terminó en el sofá de Jeff. El tratamiento no funcionaba bien si se interrumpía, y las consecuencias de tomar una dosis doble... tembló. —Bien. ¿Trabajas mañana? —No. Casi nadie va desde dos días antes de Acción de Gracias de todos modos. —Collin sintió la mirada de reojo de Jeff, como si supiera a dónde estaba yendo Collin con aquello pero no fuera a ofrecerse. —¿Quieres llamar a Kim y preguntarle si puede quedarse esta noche con Martin? El sonrojo de Jeff fue lo bastante intenso como para que Collin sintiera su calor, incluso desde el asiento de al lado. —Um, ya veremos.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin respiró profundamente, sabiendo que Jeff no pretendía ser hiriente. Extendió el brazo hasta el otro asiento y le cogió la mano. —Llámala, Jeff. Será bueno, te lo prometo. Querrás quedarte. —Tienes tanta fe —confesó Jeff con voz temblorosa—. No recuerdo cómo era tener tanta fe. Collin se llevó su mano a la boca y rozó los nudillos con los labios. —Tengo fe en ti, Jeff. Es todo lo que necesito.

COLLIN INTENTÓ ver su apartamento en el garaje a través de los ojos de Jeff, pero estaba tan orgulloso de él que no podía. Había sido su primer proyecto, una vez que el taller empezó a dar beneficios. Había conseguido la recalificación para colocar las cañerías extra y la calefacción, y aunque había contratado a un equipo de constructores, él también se había metido y había hecho algo del trabajo por sí mismo. Las escaleras eran estables y seguras, y la habitación en sí... bueno, la había montado con la idea de que quería algún sitio que le hiciera sentir bienvenido. Eso había sido solo dos años después del instituto, y la pérdida de todos sus amigos todavía escocía, así que había querido entrar en su propio apartamento y sentir que pertenecía a aquel sitio. Jeff sonrió cuando entró. —Lo único que falta son los gatos —dijo con aprecio, y Collin gruñó. —No —dijo con decisión—. Soy perfectamente feliz ansiando a los hombres, pero no voy a aprender a tejer ni a tener gatos. Ésas son tus especialidades, Jeff... tienes copado el mercado. —Bueno, tienes que conocer tus puntos fuertes. —Jeff arqueó las cejas con malicia mientras pasaba las manos por el sofá grande y el de dos plazas que había en la sección de sala de estar del apartamento, y Collin rió entre dientes. —Tengo algo de postre, si quieres —dijo con timidez. Había comprado algunos plátanos y nata montada. Con un par de galletitas 256


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane saladas integrales aplastadas, se convertían en algo sabroso y que no le destrozaría el estómago de la manera en que el chocolate, que era su favorito, siempre hacía. Jeff alzó la vista, esperanzado. —¿Chocolate? Bueno, demonios. —No, lo siento. Últimamente me deja el estómago fatal. —Sí, a mí también. Tomaré lo que tengas —dijo, y Collin se dio cuenta de que su rostro debía de haberse desanimado—, pero, ya sabes. Solo estaba pensando que si voy a hacer cosas que son malas para mí, bien podría ir hasta el final. Collin estaba en el proceso de coger los plátanos del cuenco que había sobre el mostrador y abrir después la nevera para buscar la nata montada cuando toda la relevancia de lo que Jeff había dicho se filtró. Alzó la vista con ironía. —Sabes, Jeff, puede que quieras decidirte por algo que sea tanto sabroso como bueno para ti, ¿no crees? La amplia sonrisa de Jeff dividió su cara en dos. —Dios, qué fácil eres. ¡Claro, probaré tu plátano! Y Collin gruñó, tanto por el juego de palabras, cosa que dejó que viera, como por el alivio, porque Jeff ya no parecía inquieto. En poco tiempo tuvo el postre preparado, y Jeff se acercó y se apoyó contra la barra del desayuno, mirándole con una leve sonrisa. —Eres bueno en la cocina, ¿sabes? —Hablas como alguien que tiene experiencia —dijo Collin con facilidad. Jeff se encogió de hombros. —Me gusta cocinar... Me gusta hacer cosas sofisticadas. No es perfecto, pero tampoco es un guiso a base de tater-tots6. Término que se usa para referirse a un tipo de patatas precocinadas. El vocablo se adaptó a partir de la marca registrada que empezó a comercializarlas 6

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin rió y espolvoreó un poco de canela sobre el helado ligero de fruta que acababa de hacer, colocando después un tenedor sobre el plato y dándole el suyo a Jeff. —No hay nada malo en el guiso a base de tater-tots —dijo ligeramente—. Mi madre nos crío a partir de esa cosa. Ten, deja esto allí, cuelga tu chaqueta en el colgador y comámoslo en el salón. Se sentaron en el sofá, lo bastante cerca como para que sus muslos se tocaran y las pantorrillas se entrelazaran, y comieron lentamente los plátanos, saboreando los detalles y hablando. Quizás fuera que solo estaban ellos dos, y quizás fuera la intimidad silenciosa de su posición, pero Collin se dio cuenta de que la voz de Jeff no era tan alta, y no usaba tanto trino al hablar. Mantuvo sus manos, tan expresivas, bajo control, pero usó el tenedor sin darse cuenta como una extensión de éstas, incluso mientras lamía la nata montada del tenedor con los ojos cerrados y dejaba escapar pequeños suspiros entre cada bocado. Se hizo un silencio, y Collin miró cómo terminaba el siguiente bocado de buena gana. —¿Está bueno? —preguntó con retraso, y Jeff asintió. —Sabes, intento disfrutar de las pequeñas cosas. Me había olvidado de los plátanos y la nata montada, pero a veces uno se olvida de cosas. Y entonces vas y recibes el diagnóstico, y ya no puedes estornudar siquiera por el pelo de gata sin ese... —Miedo —dijo Collin con suavidad. —Sí. No hay ninguna razón para ello... quiero decir, soy un profesional médico, ¿verdad? Pero no puedo tener un padrastro sin recordar automáticamente todo mi curso de tratamiento por si de repente se infecta o algo. —Te hace sentir que tienes el control —murmuró Collin. Todavía quería a Jeff en su cama, quizás más que nunca, pero aquel tema, la gran Señal Positiva en sus cuerpos... tenía que tratarse. Jeffasintió. —Lo cual es divertido, porque la vida es un gran alboroto fuera de control, ¿verdad? Mira a Deacon. 258


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Cómo lo lleva? Collin pudo sentir a Jeff encogerse realmente un poco sobre sí mismo. —No muy bien —dijo en voz baja—. Entiendo por qué estaba retrasando la cirugía, ¿vale? Porque quería que Benny tuviera al menos un semestre entero, lejos, en la universidad. Pero no creo que vaya a conseguir que eso pase. Collin tomó con mucho cuidado el plato de entre las manos de Jeff, dejándolo sobre la mesita del café junto con el suyo. Entonces se quitó los zapatos y puso los pies sobre la mesa, con los calcetines negros puestos, porque aquella era su casa y quería que Jeff supiera que él también podía hacerlo. Entonces se recostó contra el sofá y pasó un brazo alrededor de los hombros de Jeff, siendo todo confort y ninguna exigencia. Jeff se relajó contra él una milésima parte y suspiró. —Lamento lo de tu familia, Jeffy —dijo Collin con suavidad, besándole la sien. Jeff también se apoyó contra eso. —Gracias, Collin. Para ser un chaval tan desastre, es evidente que has ganado la carrera de la madurez, ¿lo sabes? —Sí, bueno, he tenido algo de ayuda —le dijo con sinceridad—. Un tipo realmente agradable pasó algo de tiempo conmigo cuando estaba en mi punto más bajo, y conseguí superarlo. Jeff sacudió la cabeza. —No, corazón. Tu madre fue contigo. Habrías estado bien. Collin volvió a besarle la sien, rozando con los labios con el tacto de una pluma el pómulo de Jeff. Este inclinó la cabeza y se lo permitió. —Fuiste importante —insistió Collin, y Jeff soltó una risa... y después tembló un poco mientras Collin trazaba con labios finos su mandíbula. —Estaba tan jodido —confesó Jeff—. Había estado solo tanto tiempo, y me había vuelto realmente narcisista, ¿sabes?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin resopló una risa amable en el oído de Jeff, disfrutando al ver cómo las rodillas de este se separaban un poco y oyendo el pequeño sonido suave que surgió de su garganta. Oh, ese sonido era realmente sexy, y el cuerpo de Collin pasó de “excitado de manera soñolienta” a “alerta” con mucha rapidez. —Jamás lo hubiese adivinado —dijo con sequedad, acariciando a continuación el lóbulo de la oreja de Jeff con la lengua. Jeff tembló y siguió hablando, como si quizás tuviera que hablar de aquello antes de que llegaran más allá. —Y entonces allí estaba Kevin, y después el diagnóstico, y la muerte de Kevin, y... —Jeff tembló y el brazo de Collin a su alrededor se estrechó. —¿Por qué me estás diciendo todo esto, Jeff? —susurró, esta vez con los labios pegados a la fina columna que era el cuello de Jeff. —Porque —gimió este, pareciendo derretirse en el sofá—, porque no soy un héroe, y no he hecho esto en casi seis años. Collin parpadeó, apartándose. —¿Seis años? —Sí, eso suele llamar la atención de la gente —murmuró Jeff, dándole la espalda. Collin le cogió la barbilla e hizo que volviera a girarse. —Te convertiste en mi héroe porque te tomaste el tiempo para hablar con un chaval asustado —dijo de corazón—. Todavía eres mi héroe porque eres más fuerte de que lo creo que yo podría ser, cuando el mundo parece que esté yendo a por ti. Y no sé qué decir sobre lo de los seis años, excepto que... ñam. —Estuvo aliviado al verle sonreír un poco—. ¿No crees que necesitas darle al botón de reinicio, Jeff? Los ojos de Jeff estaban abiertos de par en par, oscurecidos, y su boca fina estaba abierta, toda suave y vulnerable. —Sí, Vivaracho, tienes razón —susurró—. Creo que es hora de darle al botón de reinicio. —Y entonces se inclinó hacia delante e inició un beso. 260


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin estuvo tan sorprendido que abrió la boca de manera casi automática, y la lengua de Jeff entró a toda velocidad, saboreando, experimentando y en mayor parte provocándole hasta que Collin no pudo más, y tuvo que tomar el control. Jeff le dejó. Oh, Dios, era fabuloso. Era plátanos y nata montada, amabilidad áspera y Jeff. Collin no podía dejar de besarle, ni por un segundo, ni por un millón de dólares, ni por todo el oro del mundo. Jeff gimió, echando la cabeza hacia atrás y atrayendo a Collin más cerca, tocándole el pecho con esas manos de largos dedos. Y el beso siguió. Collin no lo limitó ni a la boca de Jeff ni a la suavidad indecisa de sus labios, sino que besó aquella barbilla tenaz y los lados de la estrecha nariz, su frente, las sienes, los lóbulos de las orejas. Si hacía años que Jeff no hacía aquello, Collin quería que aquel beso pusiera fin a todos los demás, quería jugar con sus labios hasta que les dolieran, quería que deseara tanto sus manos sobre su cuerpo que se corriese literalmente en los pantalones. Collin quería que lo deseara, que estuviera hambriento con todo lo que tenía. Quería que estuvieran tan cerca que no hubiera espacio para la ropa, para el sudor ni para novios muertos. Y tampoco para los arrepentimientos. Tumbó a Jeff sobre el cómodo sofá, y Jeff le dejó, maleable y de buena gana. Collin tuvo que apartarse durante un segundo para respirar más allá del nudo que tenía en la garganta. Al parecer la rendición significaba rendición de verdad; si Jeff no confiase en él no estaría allí, en su casa, entre sus brazos, ni tumbado de espaldas en su sofá, jadeando en busca de aire. —¿Dudas, Vivaracho? —jadeó Jeff, y Collin negó con la cabeza, incluso con la cara enterrada en el cuello de Jeff. —Nunca —susurró—. Solo saboreaba el momento.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Las manos de Jeff aparecieron de repente en su cabello, apartándoselo de los ojos y enmarcando su rostro. Collin se levantó un poco y cruzó la mirada con él en la luz baja que llegaba de la cocina. —Yo también lo saboreo —murmuró Jeff, y Collin decidió que había pasado demasiado tiempo sin tocar esa boca fina. —Vayamos a ver a qué sabe en la cama —murmuró Collin entre besos—. Vamos, pequeño. Jeff se apartó e hizo un pequeño puchero. —¿Pequeño? Soy nueve años mayor que tú, Vivaracho... —Eres mi pequeño —ronroneó Collin, poniéndose en pie a continuación y ofreciéndole la mano a Jeff para levantarle del sofá mientras cantaba la canción de The Ronettes—: «Sé mi, sé mi pequeña... mi única, mi única nena... sé mi, sé mi pequeña...» Jeff frunció el ceño, mirándole, y Collin sonrió de oreja a oreja sin dejar de cantar antes de inclinarse hacia delante y tomarle la mano, levantándole del sofá con un gruñido y sujetándole las manos en una posición clásica de baile. Cantando todavía, empezó a guiar y a bailar un vals con Jeff por el espacio del salón hasta llegar a la cama de matrimonio que había en la esquina, junto a la ventana. Sorprendentemente, tras algunas miradas exasperadas, la boca de Jeff se curvó en una sonrisa y también empezó a cantar. Paso a paso bailaron, retrocediendo hasta que chocaron contra la cama. Jeff la miró y se lamió los labios, y Collin supo lo que estaba pensando. Hubo una pausa, cargada de tensión, y Collin empezó a cantar con un tono de barítono gutural. —«¿No puedes oírme llorar...? ¿No puedes oírme llorar...?» Jeff sonrió un poco, pero su cara permaneció seria. —¿Puedes oírlo? —preguntó, y Collin cerró los ojos durante un segundo. —Con cada toque. ¿Me dejarás que lo haga mejorar? En respuesta Jeff le acunó el rostro entre las manos y le hizo bajar la cabeza para un beso. Collin tomó el control, siendo fuerte, estando al 262


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane cargo... era la razón por la que tenía su propio negocio, era la razón por la que toda su vida había mejorado una vez que había tenido el poder de elegir su camino. Era el modo en que había soñado tomar a Jeff durante años, mostrándole a aquel hombre amable que le había dado esperanza cuánto le había ayudado esta a convertirse en un hombre. Jeff gimió, y cuando Collin bajó las manos hasta su cintura no protestó, ni siquiera cuando atrapó la sudadera por el borde y se la subió hasta las axilas. Sin que se lo pidieran, Jeff levantó los brazos por encima de la cabeza, y Collin pasó el material arrugado por sus brazos, sacándoselo por la cabeza, capturando los puños de Jeff y sosteniendo durante un segundo aquellos brazos fuertes y largos juntos antes de recorrer con las manos toda su extensión, con firmeza para no hacerle cosquillas en la parte inferior, pasando después a bajar por los costados de su pecho, jugueteando con los pezones rosados (un tono rosa de cascarón, tan delicados como los de una chica) con los pulgares. Jeff jadeó y bajó las manos hasta los hombros de Collin para estabilizarse, y capturó el jadeo con otro beso. Sus manos abarcaron la estrecha cintura de Jeff, sintiendo los tensos músculos del abdomen y la suave piel de los lados. Jeff metió un poco más su estómago plano cuando Collin alcanzó la cintura de los pantalones y este deslizó dentro los pulgares, siguiendo el ligero camino de suave vello negro. El pene de Jeff estaba asomando, y la cintura de los pantalones era más bien una banda elástica, así que Collin hundió los dedos deliberadamente. El lloriqueo que Jeff emitió cuando rozó su pene a través de la seda de su ropa interior hizo que a Collin se le aflojaran un poco las rodillas. Sin otra palabra, le desabrochó la bragueta de botones y le bajó los vaqueros más allá de las caderas, dejándole a él el resto mientras se ocupaba de su propia ropa. Se quitó la sudadera por la cabeza y, a continuación, quedó cautivado por la mano de Jeff sobre su cinturón. Bajó la vista y vio a Jeff ocupándose con paciencia del sencillo cinturón de cuero. Una vez que el pantalón de Collin se le deslizó por los muslos, se detuvo un momento y depositó un beso reverente en el hueso desnudo de la cadera de este. Collin se quedó sin respiración, y Jeff le dio otro, un poco más abajo, y entonces otro más cerca del centro, y otro, y 263


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane otro, y a continuación estaba sosteniendo el pene de Collin con una mano algo fría y frotando la mejilla en la parte baja de su abdomen con una delicadeza y melancolía que hacía que a Collin le doliese el pecho Collin descansó las manos en el cabello de Jeff durante un momento, masajeándoselo levemente. Seguía de punta en todas direcciones, pero con todo el gel desaparecido era taaaan suave. Jeff siguió frotando la mejilla contra la piel suave y el vello sedoso de la parte baja de su estómago. Sus hombros temblaron un poco hasta que Collin se quitó los pantalones y los calcetines de una patada y se inclinó sobre él, adueñándose de nuevo de su boca, besándole hasta que los estremecimientos desaparecieron, hasta que desapareció el momento de indecisión antes de convertirse en amantes, junto con todas las dudas que estaba seguro de que Jeff tenía acerca de dejar acercarse a otra persona. Jeff cayó contra la colcha de un marrón anaranjado, cerró esos grandes y encantadores ojos y se rindió. Collin siguió besándole y empezó a mover las manos desde sus hombros hasta los muslos, explorando, tocando, excitando, inflamando, hasta que la respiración de Jeff salió en pequeños jadeos acelerados y se estuvo arqueando de manera incontrolable contra su toque. Dios, Collin le deseaba. Deseaba tomar, embestir, follar... pero aquello en realidad no trataba sobre lo que él quería, ¿no? Con suavidad, aunque el cuerpo de Jeff estaba cubierto de capas de fibrosos músculos de gimnasio, Collin descendió sobre su cuerpo hasta que estuvieron apretados el uno contra el otro, desde el pecho hasta la cadera, los muslos contra los muslos, y simplemente le tocó, envolviendo tanta piel como pudo. Seis años... Jeff había estado seis años sin el contacto de cuerpo entero de un amante. La responsabilidad era casi aterradora, pero Collinjamás se había echado atrás ante un desafío. Jeff suspiró, tembló y le rodeó los hombros con los brazos, apretándose más contra él. Sus entrepiernas se estaban frotando juntas, sus penes tocándose al azar, porque aquello no era el centro de su ritmo. Pero después de que Jeff lloriquease (¡que sexy!) y arqueara las caderas contra él, Collin supo que las cosas se estaban volviendo bastante urgentes. Seis años... no iba a hacer falta mucho, no la primera vez, y Collin quería que todo fuera a base de tacto. 264


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Alcanzó la mesita de noche y sacó el lubricante y un guante de polímero, pero dejó dentro el condón. Allí no iba a haber penetración alguna, nada de tejidos expuestos, solo orgasmos y piel entera, y por un momento podrían marcarse el uno al otro como hacían otros amantes, podrían olvidar los «no» y entregarse a los «sí», disfrutar los plátanos y la nata montada puesto que el chocolate podría hacerles daño. Jeff volvió a gimotear, jadeó su nombre, intentó rodearle la cadera con una pierna y forzar sus cuerpos a frotarse, pero Collin no se lo permitió. Se cubrió los nudillos, heridos y arañados, y vertió lubricante en el guante en su lugar, deslizándolo entre sus cuerpos, apartado la cadera hacia un lado y sujetando el pene de ambos en su mano de dedos largos, contra la palma ancha. Jeff dejó escapar un jadeo largo y agudo, y Collin pudo sentir su hombría, su sexo endurecido y de piel suave, erguido contra el suyo, íntimo, placentero y tan, tan bueno. Acarició con firmeza y dejó que Jeff se moviera para mantener bien el ritmo, y acarició una y otra vez, sintiendo el borde de la cabeza del pene de Jeff atraparse contra el suyo. Jeffempezó a farfullar. —Collin, Dios, no puedo... no puedo... oh, Dios... por favor, Dios, Collin... tengo que... Collin le besó la sien, la comisura de los labios, la barbilla, y siguió empujando contra él, siguió acariciando, usando el líquido preseminal de Jeff como más lubricante, acordándose de pasar el pulgar por la piel plana de la punta de los penes. —Vamos, Jeffy, vamos... Los ojos de Jeff se cerraron con fuerza y todo su cuerpo se sacudió bajo el de Collin, con su semen salpicándoles, hirviente, entre ellos. Se sentía caliente en el puño de Collin mientras acariciaba, sosteniendo todavía juntos sus cuerpos mientras los testículos de Jeff se vaciaban y le cubría, volviéndole resbaladizo. Enterró la cara en el cuello de Jeff, aullando mientras llegaba al clímax. Jeff le acarició el cabello mientras descendía de las alturas del orgasmo, y Collin rió, exhausto, mientras sus cuerpos seguían balanceándose juntos, marcándose el uno al otro con el acto de amor.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Sintió el beso de Jeff en su oído, en la mejilla, y giró la cabeza lo suficiente como para capturar su boca en un dulce beso. —¡Dios! —murmuró Jeff después de que el beso hubiese terminado, mientras descansaban frente contra frente—. ¿Cómo es posible que viviese sin esto? —Fácil —dijo Collin, aún riendo—. Me estabas esperando. —Valió la pena. Collin tuvo que besarle de nuevo. Tuvo que hacerlo, lo necesitaba más que respirar, tuvo que besarle de nuevo. —SíJeffy. Desde luego.

NUNCA

LLEGARON a los condones, pero tuvieron que ducharse dos

veces, uno cada vez, en el pequeño cubículo que había en casa de Collin. A Collin le encantaba el sexo con penetración, y le encantaba hacer que alguien se corriese con su boca, de verdad, pero en aquel momento, aquella primera vez, no quería nada entre ellos, ni siquiera algo que les mantendría a los dos a salvo de otra cepa de VIH. Era casi como volver a estar en el primer ciclo de secundaria, antes de que supiera qué demonios se suponía que tenía que hacer su cosita. En cierto modo, aquello había sido algo del mejor sexo que había tenido en la vida... había sido sexo que dejaba sin respiración, sensibilizado y excitante, incluso si tan solo había sido su mano dentro de los pantalones de Mark Kittredge y Mark gimiendo «Oh Dios mío, oh Dios mío, oh Dios mío» una y otra vez. Aquello era igual con Jeff, excepto que era Collin el que pensó «Oh Dios mío, oh Dios mío, oh Dios mío» hasta que se corrieron. Y al final, la mejor parte fue la parte de la que Collin ni siquiera se preocupaba hasta que maduró y aprendió a apreciarla. Al final, la parte que más le gustó fue después de su segunda ducha, cuando Jeff fue a ponerse los pantalones y Collin le dejó ponerse los bóxers de seda porque él llevaba puestos los suyos de algodón (en

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane ocasiones tener la polla colgando por todas partes era realmente incómodo), pero le detuvo cuando fue a ponerse los vaqueros. —Kimmy lo tiene todo bajo control —dijo con suavidad, extendiendo la mano para evitar que Jeff se vistiera—. Quédate. Jeff respiró unas cuantas veces, solamente mirándole. Tenía el cuello rojo, al igual que los labios, de recibir besos, mordiscos y succiones. Tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes, y los párpados caídos perezosamente, como si estuviera relajado, relajado de verdad, por primera vez desde que Collin le conocía. —¿Quedarme? —Sí, Jeff. Vamos. —Collin se metió bajo la colcha y la apartó en una esquina, invitando a Jeff a ir y a acurrucarse con él—. Quédate. YJeff lo hizo. Collin estiró la mano por encima de la cabeza y apagó la lámpara que había en la cabecera de la cama, y Jeff se deslizó a su lado, suave y sedoso por la ducha, todo piel suavizada y cálida con piernas con vello y pecho sin él, y una confianza tan, tan dulce que Collin podría rodearle el pecho con un brazo fuerte y mantenerle a salvo de todo, de todo lo malo que había en el mundo. Dio lo mejor de sí.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

DEACON: REGRESOS AL HOGAR, CORAZONES ROTOS Y HOSPITALES JEFF LLEVÓ a Martin con él el miércoles por la noche, cuando llevó la cena. Deacon estaba supremamente agradecido por las cenas; así se lo había dicho a todo el mundo, y le había resultado difícil, porque se sentía como un compromiso del orgullo el no poder hacer algo tan simple como cocinar para su familia. Especialmente cuando Crick y Andrew (y los chicos de Casa Promesa) estaban haciendo todo el trabajo de verdad. Simplemente era difícil moverse. Cada cinco pasos involucraban un gran jadeo en busca de aire; cada vez que se ponía en pie para caminar tenía que hacerlo con mucho cuidado, por el dolor que tenía en el hombro; cada viaje al baño era como un acto olímpico. Su uso más práctico era entretener a Parry Angel, pero salir a fuera a jugar con ella requería una toma de nitroglicerina y una siesta. En una ocasión había pensado que su peor pesadilla era fallar, pero estaba empezando a reconsiderarlo. El alcoholismo había sido horrible, y había hecho falta más fuerza de voluntad de la que podía admitir el decidir no volver a beber nunca, ¿pero aquello? Aquello estaba completamente fuera de su control. Su cuerpo le estaba traicionando, en la plenitud de la puta vida, y no era justo. Dios, Crick se merecía a alguien que pudiera hacerle el amor cada noche. Pero los médicos estaban haciendo promesas, y Deacon había aprendido a vivir con la esperanza cuando Crick había estando en Iraq. Era esperanza lo que le decía a Crick, esperanza lo que le daba de comer a Benny a través del ordenador, y la esperanza era lo que le cantaba a Parry Angel cada noche. Su familia alimentaba a todos con comida, y él les alimentaba con esperanza. Era todo lo que tenía. 268


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Así que cuando Jeff fue a sentarse a su lado y Jon, junto con Amy, se adueñó de la cocina durante la noche anterior a Acción de Gracias (la cual, estaba empezando a entender, era casi tan importante como el gran día en sí mismo), quiso darle a Jeff un poco de su plato preferido. Ayudó el hecho de que Amy se hubiese recuperado de su preocupación y de su dolor de algún modo desde la noche en que lo había anunciado, y volvía a ser ella, toda agallas. —Entonces, Jeff, ¿me traes toda esta comida y después crees que vas a dominar la cocina? —Amy, cariño, Martin y yo solo... —Sí, sí, sí... No me importa. Tus cosas se servirán en una hora, y voy a decidir qué hacer con todo el resto de esto, ¡porque creo que puede que necesitemos usar la nevera de Shane y la mía para poder guardarlo todo! Dios mío, amigo, ¿cuánta gente crees que va a venir? ¡Yo también he cocinado! —Catorce —dijo Jeff con sequedad—. Catorce personas van a venir. —¿Qué pasa con Collin? —preguntó astutamente, y la decepción en la voz de Jeff fue evidente. —Tiene su propia familia. —¿Le has invitado para el postre? —No, pero... —Pero qué demonios, Jeff. ¡Ponte al teléfono! —Amy, tiene una... —¡Ahora! —¡De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo! Deacon sonrió un poco mientras seguía leyéndole a Parry Angel su cuento. Todo estuvo en silencio durante un minuto mientras Jeff iba al cuarto de la lavadora con su teléfono móvil, saliendo a continuación con el ceño fruncido... pero con un aspecto bastante animado de todos modos. —Va a venirse...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Por el teléfono? ¡Eres bueno! —¡Eres tan poco divertida! —Soy terriblemente hilarante. ¡Ahora sal de mi cocina! Deacon rió entre dientes de verdad aquella vez, aunque significó que tuvo que detenerse y recuperar el aliento. Jeff se acercó, caminando de manera afectada, y se sentó en el otro extremo del sofá con los brazos cruzados y una mirada como si nada le importara. —Así que estará aquí para el postre —se atrevió Deacon cuando hubo terminado el cuento de Parry—. Parry, ¿quieres sacar las muñecas? El tío Jeffy te ayudará con los muebles, así podrás jugar. El tío Jeffy sonrió al instante y desapareció, volviendo con los brazos llenos de un surtido de muñecas y apartando las sillas, mesas y todo lo demás, y la pequeña comenzó con el ritual secreto de preparación mientras tanto. —¿Está Lila dormida? —preguntó Deacon. Jeff asintió, quitándose los mocasines con los pies y sentándose de lado en el sofá para estar de cara a Deacon, con las rodillas contra el pecho. —Sí, jamás me habría dado cuenta siquiera de que estaba allí —dijo Jeff con un suspiro—. Tendremos que despertarla antes de comer. —Mejor despertar a Lila que hacer enfadar a Amy. Dios, Jeff... has cocinado como si no tuvieras ninguna fe en ella. Jeff se sonrojó. —Lo siento, Deacon. Es solo que Martin echaba de menos su casa, así que empezamos a buscar recetas y a ver cuánto podíamos hacer que fuera parecido a la cocina de Georgia. —Jeff suspiró, y a Deacon le pareció un poco culpable—. Amy tenía que cocinar de todos modos, Deacon. No puedes comer la mitad de las cosas que hemos traído... te mataría al primer bocado. Y, por alguna razón, eso también pareció divertido. —Quizás podrías ofrecerte a llevarlo a Casa Promesa. La familia de Shane va a comer allí a la una y vendrán aquí a las tres. Un poco de comida casera y algunas sobras no harán daño. 270


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff se animó. —Buena idea; a Martin también le gustará. —Entonces —susurró—, ¿cómo va? Jeff se detuvo y le miró, le miró de verdad. —En realidad, va genial. El chico ha sido bien educado, exactamente como Kevin. Él... solo quería saber cosas de su hermano, ¿sabes? Deacon cambió de posición en el sofá para darle más espacio donde expandirse a su torso. —¿Y qué le has contado? Jeffnegó con la cabeza. —Nada. Él solo... solo me sigue haciendo preguntas sobre... bueno, sobre ser gay. «¿Todos los gais mueven tanto las manos? ¿Cómo es que Collin no usa champú de hierbas? Si Deacon y Jon son tan buenos amigos, ¿por qué Deacon no volvió gay a Jon?». Deacon emitió un sonido ante la última pregunta que no estuvo seguro de que fuera bueno para él, y Jeff también lo hizo. —Sí, lo sé... No tiene nada de tacto y es ofensivo, pero... es como si no lo dijera con mala fe, ¿sabes? —Simplemente es su manera —susurró— de averiguar si su hermano seguía siendo su hermano —le dijo Deacon—. Se imagina que si puede dar respuesta a lo que significa ser “gay”, podrá dar una respuesta a Kevin. —Lo sé, lo sé. —El rostro de Jeff se veía un poco decepcionado, y a Deacon no le costó leer entre líneas. —Querías hablar de Kevin —dijo con suavidad, y Jeffasintió. —Tener a Martin en casa es lo más cerca que estaré nunca —dijo en voz baja. —Bueno —dijo Deacon, esforzándose para hacer sonar la pausa como si hubiera sido deliberada—, ¿qué sabes ahora que no sabías antes? Jeffrió un poco.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Sé que la arrogancia es un rasgo familiar, ¡eso es lo que sé! Deacon también sonrió. —¿Y...? —Y sé que fueron criados para ser buenos chicos cristianos. Iban a la iglesia cada domingo, exactamente igual que hacía yo, y que tan pronto como Martin empiece a ligar va a estar tirándose a todo lo que tenga cromosomas X, igual que hacía Kevin con los Y. Esta vez Deacon se rió, y fue un sonido ahogado y bajo. —He aprendido que fui afortunado —terminó Jeff con suavidad—. Muy, muy afortunado. —Pero todavía estás vivo —intervino Deacon, y Jeff se sonrojó. Crick pasó justo en ese momento por la puerta y Deacon alzó la vista, sonriéndole. Crick no le devolvió la sonrisa, ni siquiera para hacerle sentir mejor. —¿Quién te lo ha dicho? —le estaba preguntando Jeff, y Deacon volvió a desviar su atención hacia quizás la persona más perdida de su pequeña familia. Si Jeff se estaba abriendo, aquella era una buena razón para concentrarse. —¿Quién no lo ha hecho? —Sí, sí... le pedí a Kimmy que hiciera de niñera, así que bien podría haber puesto un anuncio en el periódico o un cartel en las noticias. —Oye —dijo Crick, entrando finalmente en la habitación y uniéndose a la conversación—, si las noticias tuvieran realmente un cartel al pie que gritara «¡Jeffy ha mojado!», ¡puede que por fin las viera! —No te iría mal —resopló Jeff—. ¿Dónde está Benny? Crick había ido a recogerla al aeropuerto, y en aquel momento rodó los ojos y sonrió con malicia. —Andrew estaba justo allí para ayudarla con las maletas. ¿Queréis verlo? Jeff abrió los ojos de par en par.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Oooh... la vida amorosa de otras personas... ¡eso es incluso mejor que la televisión! —Y se puso de pie de un salto para ir al porche. Crick se acercó a Deacon y le ofreció la mano buena para ayudarle a levantarse. Deacon respiró profundamente y levantó la suya, dejando que Crick le ayudase a alzarse del sillón, por el bien del cielo. Crick estaba a punto de sujetarle por el codo, pero una mirada fulminante de Deacon le detuvo. —Todavía no estoy muerto —gruñó, y Crick sacudió la cabeza. —Tienes los labios azules. ¿Cuándo ha sido la última vez que has tomado nitroglicerina? —Hace una hora —admitió Deacon, y Crick siseó entre dientes. Se suponía que no debía tomarla más de una vez cada dos horas. —Tío, tienes un color que está más allá de terrible. ¿Cómo lo llevas? —No tan mal como para no querer ver a Benny y a Andrew — evadió ligeramente Deacon, y Crick le hizo una mueca. No le engañaba ni por un segundo. No importaba... para entonces ya estaban todos en el porche, incluso Parry Angel, que había salido tambaleándose con Jeff. Todos se alinearon a tiempo de ver a Benny dejar su equipaje en el suelo mientras Andrew cerraba el maletero del sedán con un chasquido. —¿Me has echado de menos en lo más mínimo, Drew? —preguntó Benny, su voz provocadora flotando hasta ellos a través del cielo de un negro terciopelo del inicio de la noche. Todos los hombres en el porche contuvieron el aliento. ¿Echarla de menos? Por supuesto que la había echado de menos. Todo el mundo había visto cómo su rostro se deprimía cada vez que subía los escalones del porche y recordaba que ella no estaría dentro. Todos habían notado las miradas de tristeza cuando jugaba con su hija y veía la forma de la nariz de Parry, o sus ojos, y se daba cuenta de que era la viva imagen de su madre. Lo escondía bien; había hablado con ella por teléfono sobre cosas del día a día como los caballos, y sobre lo que Parry Angel había dicho aquel día, y probablemente creía que nadie de quienes iban a El Púlpito se había dado cuenta, pero Andrew echaba de menos a la hermana pequeña de Crick con el mismo dolor en el corazón y la misma intensidad con la que Deacon había echado de menos a Crick. 273


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane La única diferencia era que la vida de Benny no estaba en peligro. Eso, y que Andrew tenía una familia con la que hablar, todos los minutos del día. —¿Que si te he echado de menos? —preguntó Andrew, pasándose las manos de manera ausente por los ásperos rizos negros rapados de la cabeza—. No, para que no te dieras cuenta. Los tres hombres en la barandilla dibujaron una sonrisita conjunta, y Deacon esperó a que Andrew pusiera aquel beso en marcha antes de que Parry se diera cuenta de que su mami estaba allí fuera, o perdería la oportunidad. —¿No? —dijo Benny, escondiendo su propia sonrisita—. Eso es una lástima. Yo te echado de menos cada puto minuto de cada puto... mmmm... Esperaron a que la sorpresa desapareciera cuando Andrew le sujetó la barbilla con la mano y encontró sus labios con los suyos, y después esperaron a que ella le rodeara los hombros con los brazos y empezará a responder al beso, sin respiración. Entonces vieron cómo Jeff agitaba los dedos en el aire, marcando un uno, un dos, y a la de tres... —Oohhhhh —dijeron todos juntos, estallando a continuación en risas cuando el único cambio en la actitud del primer beso de Benny y Andrew fue el cuidadosamente extendido dedo corazón de la primera. La mandíbula de Deacon, que había estado apretada y dolorida mientras esperaba a que Benny llegase a casa, se relajó un poco, y el dolor que irradiaba a través de su brazo disminuyó. El beso duró, por supuesto, hasta que Parry Angel de repente se dio cuenta de quién estaba siendo besada por su favorito, Drew. —¡Mammiiiiii! —chilló, y Benny se separó de Drew tan rápido que le dejó trastabillando hacia delante para poder subir corriendo al porche y coger en brazos a la exultante pequeña.

DEACONSE sintió mejor después de eso; quizás fuera el aire nocturno, o la felicidad de volver a ver a Benny. Benny era, bueno, Benny. Llenó la 274


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane casa de alegría porque vivía allí, con sus labores de tejer ocupando inmediatamente la cesta que había en la esquina, y con su voz, su charla rápida y animada, con sus blasfemias (las cuales ahora intentaba controlar para que Parry Angel no las aprendiera) y el modo en que se preocupaba por todo el mundo, de manera abierta y oficial, sin disculparse por ello. Durante gran parte de su vida había soportado una única habitación compartida con sus hermanas, a un alcohólico brutal como padre, a una facilitadora débil como madre y a un hermano que trabajaba hasta dejarse el culo para darle todo lo que podía. Una vez que pasó a vivir con Deacon y con gente alrededor que la quería de manera incondicional, respondió con tanto afecto que iluminó el mundo. Benny y Crick eran las razones por las que Deacon tenía fe en la gente. Crick ayudó a Deacon a volver a sentarse en su sillón y a colocar el equipaje de Benny, volviendo al salón por el pasillo hablando a gritos. —Benny, ¿no es toda esta mierda lo que enviamos contigo, excepto los muebles? —Sí, genio; he acordado con los profesores que solo tengo que volver para los exámenes finales. Imagino que puedo convencer a Mikhail para usar su furgoneta, ya que la época de actuaciones ya ha terminado, y conducir hasta allí un día para hacer los exámenes, recoger los muebles y entonces habré terminado. Estaré fuera de ese campus y fuera del infierno de Los Ángeles durante el resto de mi vida. Benny se acercó con el bebé sobre la cadera y un refresco en la otra mano, con una actitud lo bastante casual como para recordarle a Deacon que había crecido mucho en esos tres años y medio desde que la había acogido tras escaparse de casa. —Benny—murmuró—, ¡eso no es lo que habíamos hablado! —Sí—dijo Benny, yendo a sentarse cerca de él en el sofá—. Sé que no es lo que habíamos hablado. Pero es lo que quiero. Se dio cuenta de que había estado componiendo una corte improvisada durante todo el día, porque todo el mundo, desde Jon hasta

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Benny, habían ido a sentarse con él en lugar de hacerle ir hasta ellos. Se sintió agradecido, jodidamente agradecido, pero al mismo tiempo estuvo repentinamente tan furioso que sintió cómo se le enrojecían las mejillas y le dolía la mandíbula de apretar los dientes. Maldición. Maldito sea todo. No había pretendido hacerles trabajar a todos de esa manera. Él era el fuerte... incluso cuando había estado en su punto más débil, había sido el que había cuidado de Benny, de Parry, el que había enviado paquetes con comida a Crick. Él era quien le había dado una paliza al montón de mierda que era el ex novio de Kimmy, y quien había convencido a un Mikhail asustadizo desde cero. Era la única manera que tenía de devolverles a todos todo, y ahora... ahora estaba reducido a ser un anciano en una esquina, forcejeando para encontrar el aire para formular palabras. —Benny, se suponía que solo ibas a volver este semestre antes a casa... —Odio estar allí, Deacon. Y sé que quieres lo mejor para mí, ¿vale? Deacon suspiró. —Siempre, Renacuaja. —Lo mejor para mí es estar aquí. Echo de menos a mi bebé, pura y llanamente, pero es más que eso. ¿Todos esos grandes sueños que tenía, toda esa confianza en ir y hacer caer el mundo de culo? —¿Sí? —Lo saqué de aquí. Y acabo de pasar tres meses y medio pensando que necesito a toda esta familia para ser esa chica, ¿de acuerdo? Dios, estaba tan débil. —Queríamos que tú... —Sí. Yo también lo quería. Pero solo tengo a esta familia, Deacon, y estás enfermo. Y sé lo terriblemente fácil que sería ahora que me arrebatasen a mi familia. No me hagas marcharme ahora, ¿por favor? Llevaba el cabello castaño. Era su color real y actual, exactamente igual que el de Crick pero más claro; castaño, y no rubio, naranja o rosa. Lo llevaba corto y desaliñado alrededor de los ojos, haciendo que su pequeña cara con forma de corazón pareciera ambigua y atractiva, y sus

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane ojos azules parecían enormes. Tuvo que tragar contra lo mucho que la habían echado de menos todos. —Parry te ha echado tanto de menos —dijo, y era verdad. La pequeña todavía estaba acurrucada en los brazos de su madre, con las manos aferrándose a ella con fuerza y su carita enterrada en el cuello de Benny. —¿Qué hay de ti, Deacon? —le preguntó ella con suavidad, y él tuvo que apartar la vista. —Bueno, Renacuaja, consigues algo así como iluminar este sitio —dijo, sin querer que se le humedecieran los ojos, porque Dios, la había echado de menos. Benny de repente se puso de rodillas delante de él, con la cabeza sobre su regazo, y él le apartó el cabello corto de la cara, tal y como lo había hecho cuando se habían convertido en compañeros de casa por primera vez, dos almas perdidas huyendo de su miedo por Crick y de su soledad en general. —Sabía que me habías echado de menos —le dijo ella contra el muslo, y él se rió un poco. —Sí, bueno, tomo cariño fácilmente —le dijo él, juguetón, y ella el giró rostro manchado de lágrimas para encararle, porque lloraba con nada, y sonrió, incluso mientras apretaba a Parry contra ella. —Me alegro tanto de que lo hagas —dijo con sinceridad—. Dios, Deacon, tienes un aspecto horrible. Se suponía que ibas a seguir sano por nosotros, ¿sabes? —¿Qué puedo decir? —preguntó retóricamente, intentando tragar más allá del nudo que tenía en la garganta—. Suelo llevar la contraria. Tal y como resultó, la noche antes de Acción de Gracias terminó siendo más animada de lo que era normalmente la fiesta en sí. Shane y Mikhail se pasaron para recoger la comida extra que Jeff había traído, y se quedaron para comer un poco de tarta temprana y también un poco de cena. Kimmy y Lucas estaban todavía en Casa Promesa, pero Martin le hizo a Shane una pregunta ladina sobre su hermana, y este respondió con una sonrisa pagada de sí misma.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No, no, nada de quedarse a dormir donde el otro todavía, niñato entrometido, pero, bueno, ella le dedica tiempo de su día, y eso es una mejora. Deacon se alegró; se alegraba por todos ellos, porque incluso Jeff, que tan perdido había parecido, se veía como si pudiese encontrarse de verdad, y eso era un avance. Hizo crujir la dolorida mandíbula y sonrió. Quería que su familia fuera feliz. Crick y Andrew habían tenido que salir fuera y dar de comer a los caballos mientras todos los demás se reunían, y Deacon echó de menos a Crick tan pronto como salió por la puerta. Pero Crick debía de haberle comentado algo a Jon, porque este se le acercó con un trozo de tarta, alejándose de la multitud que había en la cocina. Fue entonces cuando Deacon se dio cuenta de que aquella noche ni siquiera se había movido hasta la mesa. Estaba lleno de gente y era caótico, y normalmente hacía que todo el mundo se sentara, pero le dolía el brazo, le faltaba el aire y tenía tanto, tanto sueño. —Deacon, ¿quieres un poco? Deacon negó con la cabeza. De hecho había estado un poco mareado durante todo el día. —No, no tengo hambre. Pero siéntate un minuto; pareces preocupado. —Estoy preocupado por ti, idiota. Tío, sé que estabas esperando a que Benny volviera a casa antes de operarte, pero ya está en casa. Ha venido para quedarse. ¿Crees que podrías llamar al médico esta noche y pedirle que adelante un poco la fecha? —¿Te ha pedido Crick que me lo pidas? —Deacon sumó dos y dos, y Jon asintió. —Le estaba costando no perder los estribos, y no quería hacer que te pusieras nervioso... parece que eso es algo malo para alguien que tiene problemas de corazón. —Crick —respirar, tragar, voluntad para relajar la mandíbula—, se preocupa demasiado.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Sí, bueno, ahora también nos tienes preocupados al resto. Así que qué tal si llamamos ahora al médico, para que puedas hablar con él, y quizás no tengamos que llamar más tarde a una ambulancia, cuando no puedas hacerlo. Deacon asintió de manera algo tonta, dándose cuenta de que probablemente aquello era exactamente lo que necesitaba que se hiciera. —Sí —dijo en voz baja, y Jon soltó un pequeño sollozo ahogado y se dejó caer en el sofá, como habían estado haciendo todos los demás. —Gracias a Dios. Te llevaré a la otra habitación, pero quiero que le llames ahora. Deacon le miró con el ceño fruncido. —Tío, ¿no tienes que cocinar? Tenemos una casa llena de gente que... —Mira; has consolado a Benny y has comprobado cómo estaba Jeff, pero te he estado observando, tío. A duras penas has podido mirar a los ojos a Crick, y eso significa que te estás sintiendo culpable por algo, y ese algo normalmente es tu salud. Se está volviendo loco en silencio, ¿no puedes verlo? Mira, tan solo te llevaré al dormitorio y marcaré el número de teléfono, ¿vale? ¿Podemos hacer eso? ¿Por favor? Deacon, si veinticinco años de amistad significan algo para ti, ¿podemos hacerlo por mí? —Sí —dijo Deacon, sintiendo como si su voz viniera de muy lejos—, pero Jon, ¿podrías hacerme un favor y ayudarme a ponerme de pie? Nada parece estar funcionando bien. Terminó llamando al médico tumbado de espaldas en la cama que Crick y él habían estado compartiendo desde hacía casi dos años. Pensó en todo lo que amaba de aquella habitación, desde los colores que Crick había elegido, pasando por el dibujo que Crick le había regalado por su picnic barra boda y los cuadros enmarcados que había pintado en Europa, la mayoría de las veces Crick mismo. El médico (y Señor, cómo deseaba Deacon poder acudir al médico de Crick y Jeff, porque Doc Herbert, como Jeff le llamaba, parecía tan accesible en comparación con aquel palurdo) escuchó cómo Deacon

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane intentaba dar entre jadeos una explicación, y entonces dijo la primera cosa con sentido común que Deacon había oído en todo el día. —Señor Winters, necesito que me haga un favor y le pase el teléfono a otra persona, ¿de acuerdo? —Sí, como sea. Jon, quiere hablar contigo, o quizás con Crick, pero probablemente contigo, porque Crick está fuera dando de comer a los caballos. Jon se pasó la mano por su atractivo, muy atractivo pelo de estrella de cine y cogió el teléfono, temblando de nerviosismo. —Sí, doctor Mackey, soy su amigo. No, no soy su marido, su amigo... ¿qué necesita saber? De repente Jon le estaba tocando el cuello y mirando el reloj, escupiendo después un número en el teléfono. —Sí, doc... Le prepararé e iré a buscar a Crick. Crick va a ser un caso perdido por completo. —Sí —murmuró Deacon—. Se pone nervioso con nada. ¿Qué ha dicho el médico? Jon soltó una maldición y se secó los ojos con el dorso de la mano. —El médico ha dicho que has estado teniendo un ataque al corazón durante todo el día, idiota. Está enviando una ambulancia, y Crick va a ir contigo, y el resto guardaremos el fuerte y después iremos al hospital y nos preocuparemos. Van a operarte tan pronto como estés estable, y después, cuando estés bien y recuperado, voy a hacerte un bonito y agradable agujero nuevo, ¡porque esta es la segunda vez en nuestras vidas que me has dado un susto de muerte, y no perdono fácilmente! Mientras hablaba agarró una mochila de lona de debajo de la cama y empezó a abrir cajones y a meter pijamas, ropa interior y el juego de afeitar de Deacon sin demasiada consideración hacia los objetos mismos. Una vez que hubo acabado, se cernió de repente sobre Deacon, y pareció destrozado. —Bonito discurso —dijo Deacon—. ¿Lo has practicado?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Cállate, idiota —sorbió Jon—. Ahora voy a ir a darle un susto de muerte a Crick. Si te vas a alguna parte mientras no estoy, te mataré. Desapareció durante un minuto, y entonces allí estaba Crick, sentado junto a la cama, cogiéndole la mano, y Deacon sonrió. Crick. Todo lo que había deseado nunca desde aquel mágico día de abril había sido a Crick. —Tienes un aspecto horrible, Carrick James. —Tú eres el que va a ir en la ambulancia, Deacon. —Vas a venir conmigo, ¿verdad? —Le tembló la voz, soltando un gallo, y se sintió avergonzado. En realidad no estaba tan asustado como sonaba. La mano ancha y capaz de Crick rodeó la suya, y este se inclinó y le besó la mejilla. —No hay otro lugar en el mundo donde prefiriese estar —dijo en voz baja. Las cosas se volvieron confusas después de eso, pero recordó que Crick estaba allí, incluso mientras el dolor que había empezado en el hombro se hinchaba con más y más insistencia hacia su pecho y la cabeza le dolía con fiereza y las palabras no le salían. Fue consciente de que Crick estaba allí... todo lo que supo fue que Carrick no iba a volver a dejarle. Cuando todo hubo acabado, le dijeron que, para cuando la ambulancia llegó al hospital, él estaba en parada cardíaca.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: CONTENIENDO LA EXPLOSIÓN ENTU CABEZA JEFF

NO estaba muy seguro de cómo Martin y él terminaron en el hospital. O más bien, estaba bastante seguro de que no sabía cómo había terminado Martin allí con él. Él era el profesional de la salud residente de la familia, así que después de la discusión con Deacon dos semanas antes había investigado un poco el síndrome sinusal (y menudo nombre más extravagante tenía), y había pensado que lo tenía controlado. Estaba preocupado, pero no consumado... era tratable, ¿verdad? Dios, había subestimado la considerable voluntad de Deacon.

Recordando el día, con Deacon sentado quieto, tragando convulsivamente (contra la tensión delatora de la mandíbula, pensó Jeff en aquel momento con náuseas), parecía como si hubiera estado poniendo a todos sus patitos en fila. Su familia era feliz, así que finalmente podía relajarse lo suficiente como para entrar en fibrilación auricular. Genial, Deacon. Feliz Acción de Gracias para ti también, capullo automartirizado. No era justo... no lo era. Jeff lo sabía. Pero había tomado tales medidas, tales precauciones para no enfadarse con Kevin. Kevin era un héroe. Kevin le había amado. Kevin se había ido a la guerra. Incluso después de la carta, del doloroso destrozo de sus sueños, de algún modo había mantenido aquella imagen de Kevin absolutamente pura. Había habido un momento de oportunidad, un momento de depresión. Si Jeff hubiese estado allí, Kevin no se hubiera sentido tan hundido como para que aceptar el fuego enemigo hubiese sido la única

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane salida; lo sabía. Eran las circunstancias, el momento de debilidad. Todos los héroes los tenían. No había rodeado su corazón de andamios de ese modo para Deacon, no había alzado montantes para aguantar la mentira. Pensaba en Deacon como en el patriarca de su pequeña familia, el que los había unido a todos solo con sentarse allí, prácticamente muriéndose delante de él, y necesitaba darle una patada a algo. Necesitaba gritar, detonar esa pequeña burbuja de autocontención y narcisismo a la que durante tanto tiempo había estado unido hasta que explotara hacia el exterior y llenara de chatarra a cualquier desafortunado que estuviera lo bastante cerca. Collin sería el primero en caer. Lo sabía. Tenía la habilidad de ser racionalmente frío; era la razón por la que podía hacer daño a la gente por su propio bien. Esa parte racional y fría de su cerebro sabía que, si Collin estuviese allí, Jeff descargaría todo su dolor sobre él... y después sobre Crick. Y después Martin. Y después cualquier que estuviera cerca. Así que se mantendría frío, frío y racional. Si podía hacer daño a otra gente por su propio bien, podía mantener su propio dolor contenido por las mismas razones. Sería Jeff el asistente, Jeff el cómico... conocía ese papel. Estaba cómodo dentro de él. Ayudaría a mantener su burbuja intacta, y entonces podría estar allí para sus amigos. —Debería haberte dejado en El Púlpito—le dijo a Martin a modo de disculpa—. Benny, Andrew y las pequeñas están allí... allí habrías estado más animado. Lo siento. No lo he pensado. Martin alzó la vista desde su esquina con su videojuego y se encogió de hombros. —No te preocupes. No es como si lo hubieras planeado, ¿verdad? Jeff tembló, haciendo una mueca a continuación. —Solo esperaba que... ya sabes. Yo... conocí a tu hermano en verano. Es lo más cercano a unas fiestas con él que iba a tener nunca. «Así se hace, Jeffy... ¡mantén el ambiente animado!» Martin pareció repentinamente mayor.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Simplemente cuida de tu gente, tío. Ellos, desde luego, cuidan de ti, ¿no? —Cierto —murmuró Jeff, y se alejó para ver si podía cuidar de Jon y Amy. Jon y Crick estaban sentados en el sofá, con Amy entre ellos. Amy estaba tejiendo furiosamente algo que parecía fácil y mecánico, y Jeff se sintió terriblemente celoso. —Bruja —murmuró—. Yo ni siquiera tenía mi lote de emergencia en el puto coche. Amy alzó la vista y sonrió un poco, rebuscando a continuación en la bolsa que tenía a los pies. —Tengo agujas para hacer calcetines y una madeja de sobra —dijo, Jeff tuvo que reírse. Quizás era eso de ser madre lo que le hacía venir y preparada... incluso con cosas extra para tejer. —Puede que te tome la palabra, corazón —le prometió, pensando en que realmente lo haría. La lana para calcetines era una mezcla sutil de colores de otoño, y Jeff se enamoró un poco. ¿Cómo de maravilloso sería tocar aquello y perderse durante un rato entre los puntos? De hecho, sintió cómo se le calmaba un poco el pulso, y entonces volvió a enfadarse. Genial. Mientras Deacon estaba sentado en el salón, entrando en fibrilación auricular, quizás debería haber estado tejiendo un puto suéter, ¿y no habría ayudado eso? —Pero primero, ¿queréis agua, un refresco o algo? —preguntó, temeroso de que su enfado le consumiera, pero todo el mundo negó con la cabeza. —Más tarde —murmuró Amy—. Quizás puedas preguntarle a Shane o a Mikhail. Y decirle a Kimmy que venga aquí... si tú no haces punto, podría hacerlo ella. —Puede que te parta la cara —le advirtió Jeff. Kimmy tenía todo el carácter que no tenía su hermano. —¡Bien! —Amy pareció excitada—. ¡Algo con lo que ocupar mi tiempo! ¿Dónde está Lucas?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff había oído a Kimmy hablando mientras se iban. —Está en Casa Promesa; los chicos van a quedarse decepcionados cuando esos tres no aparezcan por Acción de Gracias. Lucas va a tener que ser el papá a cargo, supongo. —Pobre chico. ¿Ves? Eso era lo que pasaba cuando sonreías a una cara bonita. Toda tu vida se iba al infierno, y lo siguiente de lo que eras consciente era que estabas atrapado en una tonelada de drama que ni siquiera era tuyo, preguntándote si aquel era el precio de mojar—. Iré a buscar a Kimmy. Era estúpido, era verdad, pero nadie quería estar en un grupo grande. Jeff lo había visto antes. Grupos grandes significaban grandes charlas, y nadie socializaba en la sala de espera de las salas de operaciones. Así que Jeff se dirigía a hablar con Kimmy, pasando otra vez por delante de Martin para llegar hasta ella, cuando de repente Mikhail se separó de su pequeño grupo de tres. —Adelante, mujer vaca. Pídele a Amy su calcetín de emergencia. Como si esa mujer pudiera negarte nada. Jeff tuvo que reírse. —¿Somos los adictos a la fibra tan predecibles? —preguntó, intentando entretenerles. —Cállate, Jeff. Tienes un aspecto horrible. —Que te den a ti también —contestó Jeff, molesto. Mikhail le miró con el ceño fruncido. —Martin, ¿por qué no estás en El Púlpito, o en Casa Promesa? Allí está más animado. Martin alzó la vista y puso los ojos en blanco. —Es como si estuvierais intentando libraros de mí o algo. Tío, ¿no puedo simplemente estar aquí por Jeff? Jeff le miró, pellizcándose el puente de la nariz. Esa no era la respuesta que le había dado a él. Pero era... oh, Dios. Lo era todo. —Estoy muy agradecido —dijo mientras se le rompía la voz que había intentando mantener alegre y reconfortante.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Martin se encogió de hombros. —Como he dicho, no te preocupes. Mikhail negó con la cabeza y tembló. —Martin, odio los hospitales. El año pasado mi madre se estaba muriendo, y tenía la sensación de que vivía aquí dentro. Y cuando ella ya no vino más a recibir su quimio, mi gran y estúpido policía... decidió intentar morirse una o dos veces y, en general, este sitio ha perdido su encanto para mí. Creo que tú y yo deberíamos ir fuera a buscar una pelota, un frisbee o algo. ¿Qué crees? —Creo que estás intentando quitarme de en medio para que Shane pueda hablar con Jeff y hacer toda esa magia de asesor que tan bien se le da. Mikhail sonrió. —Eres muy listo, mucho más listo de lo que era yo a tu edad, ¿sabes? —Mikhail, es la una de la mañana y este vecindario no es tan genial. ¿Cómo de estúpido eras? Mikhail miró a Jeffa los ojos, y su mirada era inefablemente triste. —No tienes ni idea, chico de gran corazón. Pero deja que nos vayamos. Si tenemos suerte podremos encontrar helado. Es lo mejor de estos sitios, tendrás que fiarte de mí en eso. —¡Mikhail! —dijo Jeff, a punto de ver a dos de sus distracciones salir por la puerta. El brazo de Martin rodeó de manera amistosa los hombros del pequeño ruso. Ambos parecían tan incompatibles como podían serlo dos personas. —¡Llama a tu novio, hombre estúpido! —dijo Mikhail con brusquedad, dirigiéndole a Jeff un saludo definitivamente maleducado por encima del hombro sin mirar atrás siquiera. —Tiene razón, sabes —dijo Shane en voz baja—. ¿Dónde está Collin? Jeff casi dio un salto, porque Shane se había movido dentro de su espacio personal mientras Mikhail y Martin desaparecían por la esquina. 286


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Collin tiene a su propia familia —murmuró—. Iba a llamarle por la mañana y a decirle que quizás se había anulado lo de pasarse para el postre, ¿sabes? —Tonterías —dijo Shane, y su voz sonó tensa y molesta. Jeff le miró fijamente. Shane se veía tan mal como todo el mundo le decía a Jeff que se veía él. Dios, aquella realmente era una familia. Aquello realmente dolía tanto como podía hacerlo una familia. Jeff de repente sintió tanto, tanto frío que casi se arrancó la lengua con el castañeo de los dientes. —¡No es una tontería! ¡Collin tiene su propia familia! La mano de Shane era cálida mientras cubría la de Jeff, y por un minuto este se sintió tentado de apartarla de golpe para que Shane no notase que estaba helada por el sudor. —Sí, pero no es ahí donde quiere estar ahora mismo —dijo con voz suave, y Jeffnegó con la cabeza y apartó la vista... pero no apartó la mano. —¿Cómo demonios podrías saber tú eso? —murmuró, intentando mantener el shock bajo control. Aquello es lo que era... estaba entrando en shock. De repente toda su negra furia contra Deacon se alivió; iba a entrar en shock por pura sobrecarga emocional, y seguía intentando negarlo. Quizás Deacon había hecho algo parecido con el ataque al corazón; había seguido pensando «Soy más listo que esto. Esto no me puede estar pasando». —Porque si Mickey no me hubiese dejado estar ahí cuando su madre estaba enferma, se habría sentido como una patada en las pelotas. —¡Pero rompió contigo después de que muriera! —protestó Jeff. No se estaba engañando a sí mismo; ¡recordaba esa parte! —No me digas —contestó Shane con un humor suave, y los temblores de Jeff se suavizaron. ¿Cómo lo hacía? Dios, era tal gigantesca montaña de músculo sólido y fuerza silenciosa, ¿cómo calmaba los nervios de la gente con solo esa dulce sonrisa suya? —Solo fue una noche —dijo Jeff, y la sonrisa desapareció.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Tío, Jeff... eres imposible, ¿lo sabes? El sarcasmo lo entiendo. Lo gay a toda potencia es quien eres. Pero todo eso... la ropa a la moda, el canturreo al hablar, los gestos... y ni una vez te tomé por un cobarde. Culpa mía. La próxima vez tendré una idea mejor de con quién estoy tratando. —Duras palabras de alguien que sigue dándome la mano —disparó Jeff en respuesta, principalmente porque era verdad. —Eso es porque no las creo —dijo Shane con suavidad—. Ven aquí, Jeffy. —Extendió el brazo y metió a Jeff bajo este como si fuera un pajarito—. No soy el chico que necesitas, pero serviré hasta que le llames. Ahora llámale. De algún modo Shane se las había ingeniado para meterle la mano en el bolsillo cuando Jeff no estaba poniendo atención, pero su cuerpo era cálido, reconfortante y casi desprovisto de carga sexual, y Jeff no iba a echarle bronca y a arriesgarse a que le retirasen aquel consuelo. Suspiró. Shane no era suyo. Nunca lo lograrían (ni siquiera un poquito) como pareja. Shane bien podría ser una mujer grande y musculosa en cuanto a ese tema. Si Jeff estaba dispuesto a aceptar aquella clase de consuelo de Shane, que tenía a Mikhail junto a quien volver a casa, quizás significaba que aquella montaña de hombre peludo tenía razón. Quizás era hora de permitirse necesitar. Sintió cómo le presionaban su propio móvil contra la mano, y suspiró, anhelando de algún modo los viejos tiempos, cuando no te permitían usarlos. Marcó el número de Collin, guardado bajo el nombre de “Vivaracho”, y escuchó el mensaje del buzón. —Um, ¿Vivaracho? Sí, um, Deacon está en el hospital, así que, um, probablemente mañana no vaya a haber postre en El Púlpito. Um... —Shane le apretó los hombros y Jeff cerró los ojos—. Estoy en el centro médico Davis, y no sé cuánto tiempo va a tomar, porque tienen que estabilizarlo y entonces van a operarle y, bueno. Sé que mañana tienes planes pero, no sé. Si quieres... Biiiiiiiip. —Mierda. 288


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Está bien, Jeff. Creo que captará el mensaje. —Shane rió entre dientes con calidez y Jeff cogió prestado el consuelo de su amigo sin vergüenza alguna. —Realmente eres un buen amigo, Shane —dijo, simplemente con fe.

LA ESPERA continuó. Alrededor de media hora después de que Mikhail y Martin se hubiesen marchado en busca de helado, el médico de Deacon salió de la sala de operaciones con noticias. Crick se puso de pie para hablar con él, y Jeff no necesitó el sutil empujón de Shane sobre sus hombros para unirse a él. Jeff era su mejor amigo; estaba involucrado. —Deacon está estabilizado —estaba diciendo el doctor Mackey cuando Jeff se acercó a Crick. La mano que buscó la suya estaba tan helada como lo había estado la mano de Jeffni media hora antes. —Me alegro de oírlo —dijo Crick con voz inestable y rota—. ¿Podemos verle? —Tú puedes, Carrick; apareces en su documento de voluntades anticipadas, y Jon está apuntado como su abogado, así que estáis designados como las visitas. Pero tenéis que hacer que sea rápido. Vamos a anestesiarlo dentro de unos cinco minutos. No quiero esperar ni un segundo más antes de cauterizar esas terminales nerviosas en la aurícula, o tendremos que volver a pasar por las últimas cinco horas desde el principio, y con sinceridad, no sé si él lo conseguiría. Crick asintió y Jeffle empujó los hombros. —Ve a decirle que le queremos —dijo, y Amy le dijo lo mismo a Jon. Fue divertido; Crick y Jon desaparecieron detrás del médico, y Amy y Jeff simplemente ocuparon sus asientos y se cogieron las manos frías mientras esperaban. Tras dos, quizás tres millones y medio de años, volvieron, ambos con la cara tan gris como la había tenido Deacon cuando había llegado la ambulancia. Amy se apresuró a los brazos de su esposo, y Jeff la dejó ir.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Crick miró la sala de espera con una mirada casi perdida desde unos ojos marrones nublados, y se pasó la mano entre los mechones de pelo. —Tengo que salir de aquí —dijo tras un segundo, y mientras se abría paso a través de las puertas de la sala de espera, cruzándose con Mikhail y Martin, que estaban volviendo, Jeff sintió los ojos de todos los demás encima de él y asintió. Todavía estaba implicado. Atrapó a Crick en una máquina expendedora en el pasillo; estaba intentando comprar un refresco, y el pitido de la máquina cuando rechazaba su billete de un dólar repetidamente rebotaba ruidosamente en las paredes. La mano sana le temblaba demasiado como para alisar el billete cuando lo ponía en la ranura. Jeff lo apartó a un lado y alisó el arrugado billete, pasándolo limpiamente por la ranura, seguido de otro cuando Crick se lo tendió. Crick hizo la selección, y el golpe sordo de la botella de plástico fue lo bastante alto en el silencio del pasillo como para hacer que los dos dieran un salto. Crick se apoyó contra la pared, vació media botella y eructó tan fuerte que Jeff pudo jurar que la máquina de refrescos se sacudió. Entonces habló al azar en el silencio expectante. —No sé cómo lo haces. Simplemente... eres tan fuerte. —Lo estás llevando mucho mejor de lo que yo lo haría —le dijo Jeff con sinceridad, pero no estuvo sorprendido cuando Crick negó con la cabeza. —Es como si... ya no veo los colores, ¿sabes? Miro a algo y creo que sé qué aspecto tiene, pero entonces pienso en cómo sería el mundo sin Deacon y todo se vuelve blanco y negro. Crick era un artista. No pintaba ni dibujaba tanto como le gustaría, pero Jeff estaba bastante seguro de que no habría intercambiado su vida con los caballos y con Deacon por ninguna otra sobre la faz de la tierra. Para Carrick James, ver las cosas en blanco y negro... era como decir que el sol era plateado y la luna negra como el alquitrán. —Estará bien —dijo Jeff, creyéndolo—. Ese hombre solo tiene una idea en la cabeza; quiere despertarse y verte.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Y montar a caballo —dijo Crick con una risa medio histérica. —Pero en mayor parte verte. —Es como si hubiera pasado todo ese tiempo —continuó Crick, sin escuchar ningún consuelo porque no podía— vigilando su dieta, asegurándome de lo que comía, o hacía, o del modo en que vivía fuera a hacer que se quedara conmigo tanto tiempo como fuera posible, y nada de todo eso ha importado. Quiero decir, entiendo lo que me pasó. —Alzó la mano herida para darle más énfasis—. Lo entiendo. Fui tan estúpido como un montón de pus. No se me había perdido nada en Iraq, y esto es lo que pasa en una puta zona de guerra. Pero Deacon... tío, él... —Crick echó la cabeza contra la pared tan fuerte que crujió, pero ni siquiera hizo una mueca. Jeff se puso de pie desde la posición acuclillada que había adoptado junto a la máquina de refrescos y puso la mano tras la cabeza de Crick, haciendo sonidos tranquilizadores. —Tranquilo, jefe —murmuró, pero Crick ni siquiera dobló las rodillas para ponerle más fácil el consolarle. —Me ha dicho que me vaya a casa y duerma un poco —murmuró Crick—. Ha dicho «vete a dormir, Carrick James, no puedes ponerte enfermo. La gente te necesitará». Dios. Dios, ¡estoy tan cabreado con él! —¿Por qué? ¡Él no eligió esto! No es como si hubiese querido estar enfermo, ¿verdad? —«Esto tiene sentido, Jeff, lo sabes»—. Nadie quiere estar enfermo. Nadie pide estar enfermo. Él ni siquiera hizo nada estúpido, ¿sabes? No se metió en nada que sabía que era peligroso, no se puso delante de una puta granada... es total y complemente inocente; ¡no tienes derecho a enfadarte con él! —«No grites al esposo que está sufriendo, Jeff, idiota... ¿qué demonios te pasa?» Crick le estaba mirando con una especie de revelación inexpresiva en el rostro, y Jeff fue incapaz de dejar de hablar. —Quiero decir, si le concedieran un deseo, pediría pasar más tiempo contigo, ¿verdad? —Tenía las manos rígidas contra los costados, y su mandíbula estaba tensa, y sentía una oleada de furia roja inundarle el cuerpo—. Quiere que estéis juntos. Estaba dando pasos para conseguirlo,

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane sano o enfermo, y tú le estabas ayudando, ¡y esto no es su culpa! —«Esto trata de Crick, Jeff, lo sabes, ¿verdad?» —Lo sé, Jeff—dijo Crick, y Jeff debería haber visto la aceptación cansada en su rostro, pero no pudo. —No es como si te hubiera arrancado el suelo de debajo de los pies, o como si simplemente te hubiera arrancado todo el mundo de debajo de los pies porque demostraste ser un desastre al que no podía entender, ¿verdad? —«Deacon no fue el que hizo eso, ¿verdad?» —Sí, Jeffy, lo sé. —Quiero decir, habéis tenido toda una vida juntos, ¿no? ¿Por qué demonios querría dejarte?—Se pasó una mano temblorosa por la cara y se preguntó por qué no podía cerrar el pico—. No hay razón para ello... no lo hizo a propósito, no quería esto, ¿y qué clase de idiota simplemente... simplemente te abandonaría o te echaría de una patada? Deacon no lo haría. Él no te haría eso. «No, pero alguiente lo hizo a ti, ¿no es cierto?» —Jeff, Jeff, estás perdiendo los papeles, ¿vale? —Estoy bien. Estoy bien. Y tú también vas a estar bien. Porque él no nos haría eso. Deacon quiere quedarse. Se está muriendo por quedarse, y estoy tan celoso, Crick, tan jodidamente celoso porque incluso si no puede, incluso si el cabrón de Dios, el cruel devorador de hígados y arrancador de pelotas que todos creemos que es, se lo lleva, habrá querido quedarse, y nadie en toda mi vida ha querido quedarse, y él al menos... ¡oh, Dios! Jeff se habría caído de rodillas en aquel momento, porque todo su cuerpo le falló cuando su frágil burbuja de cristal explotó, allanándolo todo a su paso, pero dos fuertes brazos le atraparon desde detrás mientras caía y de repente le estaban haciendo girar y le estaban abrazando, simplemente abrazándole mientras se desintegraba, aplastado como una ostentosa decoración del árbol de Navidad bajo el talón de un dios pagano. —Lo siento —consiguió decir, rodeado por el olor reconfortante de grasa de motor, del jabón y de un hombre soñoliento—. Collin, dile a Crick que lo siento, por favor dile que lo siento.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane El rostro de Crick apareció por encima del hombro de Collin, dentro de la línea de visión de Jeff, y Crick alargó la mano y le revolvió el pelo. —Está bien —dijo con suavidad—. No puedes ser fuerte todo el tiempo, Jeffy. Estaré bien. —No, no lo estarás —murmuró Jeff, completamente seguro de ello—. No estarás bien. Puedes decir que estás bien, y puedes pensar que estás bien, y de repente tendrás un colapso cuando alguiente necesite más que nunca. Crick le rozó las mejillas con el dorso de la mano. —No te preocupes... no te preocupes por mí, ¿vale, Jeff? Volveré con todos los demás. Jon se alegrará de que me derrumbe encima de él. Te has ganado un descanso de ser Jeff, el padrino reinona de todos, ¿me has oído? Los brazos de Collin se apretaron alrededor de sus hombros, Crick desapareció y de repente se quedó Jeff, a solas con aquel hombre (no chico, hombre) que había acudido a él cuando él no sabía que lo necesitaba. —Dios, Vivaracho, me alegro tanto de que estés aquí. —Señor, Jeff, me alegro tanto de que llamases. Jeffsorbió por la nariz y se secó la cara contra el hombro de Collin, deseando, quizás por primera vez en su vida, ser algunos centímetros más bajo. —Sí, bueno, si no le dices a alguien que se preocupa por ti que lo necesitas, es algo parecido a una patada en los huevos, ¿no? —Sí, pequeño. Lo sería. Gracias a Dios que no has hecho eso. Jeff se quedó sin palabras. Simplemente se quedó allí de pie, temblando entre los brazos de Collin, preguntándose si Dios le escucharía rezar después de acabar de decirle esas cosas tan feas al Gran Tipo. Al cabo de un rato, Collin volvió a llevarle a ver a su familia. Crick estaba sentado otra vez entre Jon y Amy, excepto que en aquella ocasión tenía la cabeza apoyada contra el pecho del primero y estaba llorando en silencio de simple estrés. Jon, que conocía a Crick desde que este tenía 293


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane nueve años, le rodeaba los hombros con un brazo como el hermano mayor que realmente era, y Amy estaba acurrucada en los brazos de Crick en un tipo de sándwich familiar. Jon alzó la vista cuando entraron, con nada en los ojos excepto preocupación. Jeff sonrió, avergonzado, y Jon ladeó la cabeza; era la misma mirada que le había dirigido a Deacon el año anterior, cuando solían hacerle subir a la báscula para asegurarse de que se estaba cuidando, y la sonrisa de Jeff se volvió acuosa. Jon asintió, como si aquel fuera el modo en que debía ser, y Collin los colocó en otro sofá. Para sorpresa de Jeff, Martin fue y se sentó junto a él, dándole una palmada en el hombro. —Si me abrazas, me piro de aquí —gruñó el chico, y Jeff asintió. —Entendido. —Jeff, ¿qué hora es? —Alrededor de las dos de la mañana. ¿Quieres que te envíe a El Púlpito? Allí hay comida y una cama, o como mínimo un sofá decente. Martin asintió. —La próxima vez que vaya alguien, lo haré. Mira, odio preguntar... estás pagando las facturas de mi móvil... pero hay algún modo de que pueda... ya sabes. Mañana. ¿Llamar a mis padres? Jeff tragó. —¿Demasiado drama para ti? Martin negó con la cabeza. —Nah. Tío, solo quiero... ¿sabes? Todavía estoy cabreado con ellos, pero de todos modos quiero hablar con ellos. El hermano pequeño de Kevin era un buen ser humano, ¿no? —No te preocupes. Habla tanto como quieras. Martin asintió y, entonces, dejando a Jeff de piedra, le dio la espalda se y apoyó contra su hombro, acomodándose para esperar. Era algo que un chico haría con un amigo o con un hermano... y Jeff se acomodó contra Collin en concordancia.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Te das cuenta —dijo en voz baja, alzando la vista hacia Collin con tal agotamiento que supo que se dormiría en momentos—, que estás soportando todo un cargamento de drama sobre esos hombros especialmente anchos, ¿no? Collin sonrió de oreja a oreja, apartándose de una sacudida el cabello castaño dorado del rostro estrecho, y Jeff sintió, justo bajo el esternón, en el agujero muerto de sus entrañas, lo atractivo que era. —Es fácil —dijo Collin—. La juventud tiene sus ventajas. Los hombros de Jeff temblaron con la risa justo hasta que los ojos se le cerraron de repente, y el dolor, el miedo y el estrés, todos fueron engullidos por la placentera oscuridad. Durante una hora o así, ni siquiera el incómodo sofá ni los ruidos del hospital perturbaron su paz.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

COLLIN: SOLO SOYUNPATITO LAÚLTIMA vez que Collin había estado en un hospital (y no en la clínica CARES) había sido cuando su sobrina, Kelsey, nació. La unidad de maternidad era un lugar mucho más feliz que la sala de espera de los quirófanos. Collin había estado durmiendo cuando había oído el zumbido de su teléfono móvil, y la voz de Jeff en el mensaje había sonado... tensa. Desesperada. Llena de dolor. Pero eso no había sido nada en comparación con lo que Collin había oído cuando giró la esquina del pasillo y encontró a Jeff en pleno colapso ciclónico tachonado de metralla sobre la persona a la que se suponía que debía consolar. Oh, Señor. Pobre Jeff, que amaba tanto estar ahí para los demás. «Dios, pequeño, ¿cómo has podido dejar que el dolor empeorase hasta este punto?» Collin apretó el brazo alrededor de los hombros de Jeff. Cuando este murmuró su nombre contra su pecho, Collin sintió cómo algo enorme le liberaba los tobillos, permitiéndole nadar en buscar de aire por primera vez desde que ambos se habían despertado temprano aquel martes por la mañana y se habían vestido apresuradamente y sin romance para salir corriendo hacia sus trabajos. Había dicho «Collin».... no Kevin. Una cosa saber que esa persona había esperado años para romper su celibato sobre un amante muerto. Otra cosa era estar absolutamente seguro de que no era un sustituto para el novio héroe muerto. Había sido el nombre de Collin el que Jeff había dicho cuando estaban haciendo el amor, y era Collin quien le consolaba en aquel momento. Esas verdades hacían que estar despierto en los quirófanos al filo de un amanecer golfo valiera absolutamente la pena. 296


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Es bueno que vinieras —dijo Martin de repente, encarando todavía la pared del fondo. Tenía la cabeza descansando contra el respaldo del sofá, y el hecho de que se estuviera apoyando en Jeff le hacía parecer muy joven y muy querido. —¿Sí? —Sí. Necesitaba a alguien. Quizás haga mucho tiempo que lo necesitaba. —¿Ya no te molesta? Collin sintió más que vio cómo negaba con la cabeza. —Mis viejos tienen sus defectos, ¿sabes? Pero siempre me enseñaron a reconocer a las buenas personas. Jeff, tú, todos estos tipos de aquí... sois buenas personas. Quizás, cuando hable con mis viejos, vean que Kevin nunca dejó de ser quien ellos creían que era. Puede que el saberlo les haga más felices. Collin se arriesgó a despertar a Jeff para extender el brazo y frotarle la nuca a Martin; este no dijo nada, pero Collin oyó su gruñido de aceptación e imaginó que estaban bien.

LA ESPERA continuó. Alrededor de media hora después de que Martin cayera dormido, Crick se levantó y se acercó. —Me alegro de que le cubras las espaldas —dijo en voz baja. —Va a sentirse fatal —le dijo Collin, apartando por un momento el cabello oscuro de aquella piel clara—. Él... os quiere de verdad, chicos. Todo lo que quiere es ser parte de la familia. La amplia sonrisa de Crick fue torcida y acuosa, tensa casi más allá del reconocimiento. Pero, justo allí, Collin vio al chico al que había idolatrado en el instituto, y comprendió que el hombre era mucho mejor de lo que el chico había prometido ser. Quizás, quizás, a Collin también le gustase eso.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Quizás si realmente eres parte de una familia, puedas hacer que todo trate de ti y ellos te perdonarán —dijo Crick, y Collin consiguió responder con una sonrisa maliciosa. —Le diré que lo has dicho —dijo con sequedad. Seguido de, porque necesitaba decirlo—: Dios, Crick... Espero con todo mi corazón que Deacon esté bien. Crick asintió. —Sí, bueno, Jeff tenía razón en una cosa mientras se hundía en su piscina de locura: si Deacon me deja, no será porque quiera hacerlo. —Crick asintió con firmeza, como si estuviera intentando apoyarse a sí mismo—. Y si hay alguien lo bastante cabezota como para vivir por eso, ese es Deacon. Collin extendió el brazo y le apretó el hombro a Crick, y este cerró los ojos. —Tienes una familia grande, ¿no? —preguntó Crick. —Cuatro hermanas, tres sobrinas, un sobrino y una madre que lo sabe todo. —Bueno, tu familia es bienvenida en la nuestra en cualquier momento. Solo tienes que preguntárselo a Mikhail... es difícil sacarnos de encima. Collin sonrió de oreja a oreja. —Gracias. De todos modos, mi madre se daría cuenta de que necesitáis a más mujeres en vuestra familia. La sonrisa de Crick fue un poco más real aquella vez. —Mi hermana pequeña probablemente estaría de acuerdo contigo. —Exhaló un suspiro preocupado y dolorido, y a continuación hizo lo que Collin se imaginó era lo maduro, y esperó poder dar la talla del mismo modo—. Benny y Amy van a intercambiar lugares alrededor de las seis de la mañana. Quizás deberías preguntarle a Martin si quiere volver a El Púlpito entonces. Para ese momento ya deberíamos saber algo, bueno o malo. Están poniendo el marcapasos, y el médico ha dicho que después de

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane la cirugía la recuperación es bastante rápida. Para entonces ya deberíamos saber algo. Collin asintió. —¿Entonces, si esto va bien, debería estar bien? Crick se encogió de hombros. —Señor... no quiero tentar a los dioses, pero... pero sí. Sí. Si podemos superar las próximas horas y las dos semanas de recuperación, el médico dice que será como si nunca hubiese estado enfermo. —Crick sacudió la cabeza, asombrado—. ¿No sería genial si algún día esto no fuera más que un recuerdo realmente asqueroso? Collin pensó en ello, pensó en los recuerdos de la gente que no lo había conseguido, y supo que Crick probablemente estaba pensando lo mismo. —Sí, Crick. Me quedaré aquí hasta que nos den noticias. Crick se alejó, Jon se le unió para asegurarse de que no estaba solo, y Collin se adormiló un poco. Se despertó cuando Jeff se estiró y bostezó, levantándose a continuación en silencio y con cuidado para asegurarse de que Martin se había ajustado y no iba a caer de espaldas cuando él se levantase. —Tengo que ir al baño, Vivaracho. Vuelvo en un momento. Y lo hizo, y después de acurrucarse contra Collin y detrás del adolescente dormido, estuvo lo suficientemente despierto como para hablar. —Lamento lo del ataque —murmuró—. No sé si volveré a ser nunca capaz de mirar a Crick a los ojos. —Crick lo entiende —le dijo Collin con sinceridad—. Sabes, en el instituto siempre estaba armando bronca. Es curioso verle tan serio, responsable y maduro y toda esa mierda. La risa de Jeff era como papel de lija en una pieza de motor mal torneada. —No deberías hablar, Vivaracho. No hace tanto que saliste del instituto. 299


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin gruñó. —Ah, Señor, ¡esas tonterías otra vez no! Jeff suspiró, pero su posición relajada e íntima no cambió. —Es algo que va a molestarme, Collin —admitió—. Quiero decir... ¿tenías qué? ¿Dieciocho años? Tengo la impresión de que hice trampas para conseguirte. Te dejé una marca muy temprano, como a un patito... —¡Un patito! —Y simplemente seguiste siguiéndome. —¿Y qué? ¿Era demasiado mono para que me devolvieras? La sonrisa de Jeff fue torcida. —Sí, pequeño. Simplemente eres demasiado hermoso como para rechazarte. Así que voy a intentar quedarme contigo. Puede que no sea la cosa más noble que he hecho nunca, pero... pero has venido. Necesitaba a alguien, y has venido. No puedo devolverte sin más después de eso. Lo siento. Ese soy yo... un gay débil. Hazme una camiseta donde lo ponga, pero será mejor que sea ajustada y de ese material a cuadros que está tan de moda, ¿sabes? —Blanco crudo —dijo Collin con un asomo de sonrisa—. Debería ser blanco crudo, porque el gris no le haría justicia a tus ojos. —Estás hablando mi idioma, Vivaracho. —No soy un patito, Jeff. —Lo sé. —Soy un adulto; saqué a todo el niño de mi sistema hace mucho tiempo. Sé cómo echarle huevos y hacerme responsable de las cosas. —Puedo verlo. —Eso te incluye. Suspiro. Estremecimiento. —Hay montones de daños con los que no tenías nada que ver, Collin. Dios... No quiero dejarlo caer sobre tus hombros.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Dame una oportunidad, Jeff. Tu carga sobre mis hombros puede que se sienta tan bien como tú entre mis brazos. Jeff levantó el rostro, con los ojos enrojecidos y sin color, la piel pálida, el temblor vulnerable de la boca y todo. —Buena respuesta —dijo—. Te tomaré la palabra. Collin bajó la boca y le besó, y ambos temblaron con una súbita necesidad. Jeff fue el primero en apartarse; había un adolescente apoyado sobre él, y la “necesidad” iba a tener que encajar dentro del “deseo” durante un rato si querían ser tan maduros como prometían ser. Hablaron en voz baja sobre nada en particular; lo que habían hecho Jeff y Martin para la cena de Acción de Gracias, cómo Collin creía que su madre adoraría de verdad a Jeff. No había aprobado de verdad a sus otros novios, admitió. —Pero creo que realmente le gustas. —¡Solo me ha visto una vez! —protestó Jeff mientras la luz escasa y gris se abría paso a través de la ventana de la sala de espera. —Sí, pero en aquel momento estabas siendo buena persona. Cree que yo soy un mal chico... que necesito a un buen chico que me mantenga sincero. Jeff le miró furtivamente a través de las largas y oscuras pestañas. —No soy tan buen chico. —Gracias a Dios.

A LAS 6 de la mañana Amy se marchó, llevándose a Martin con ella y prometiendo dejarle tumbarse en el sofá antes de ponerlo a trabajar en la cocina. —¡Necesitamos dar de comer a todos, maldita sea! —gimió, algo histérica. —Sí, ¡pero he estado cocinando durante dos días! 301


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Bueno, te daré un descanso para que veas el desfile —dijo ella de manera práctica, y Jon estaba detrás de ella, poniendo caras de “buenas noches” a Martin y jurándolo en una promesa. Probablemente aquella fue la única razón por la que Martin accedió a ir. Una chica pequeñita llegó justo cuando el sol se iluminó hasta ser verdaderamente de día, e inmediatamente todo el mundo se apresuró hacia ella, desde Crick hasta Mikhail y Jeff, mientras todos peleaban para conseguir un abrazo. —¡No veo que nadie le haga esto a Kimmy! —se quejó la chica, evidentemente intentando mantener el tono alegre a pesar de la terrible tensión que ponía la preocupación en sus ojos. La forma de éstos le resultaba bastante familiar, y Collin miró un par de veces de la chica a Crick hasta darse cuenta de que estaban emparentados de algún modo. Kimmy alzó la vista del calcetín que estaba a medio hacer y sonrió de manera adormilada. —Tengo cosas puntiagudas en la mano, Benny. Tienden a mantener a los hombres a distancia. —Ni se te ocurra, hermanita —la advirtió Crick con una voz que sonaba como cemento en polvo—. Yo también sé cómo usar esas cosas. Benny puso los ojos en blanco. —Sí. Eres un principiante. Venga, siéntate conmigo y te enseñaré cómo se hace. Benny se acomodó con su labor y le dio a su hermano un proyecto que evidentemente había traído en su bolsa para él. Collin empezó a preguntarse si tendría que aprender o algo... ¿era una exigencia para ser miembro? ¿Había lana que no se empapara en grasa de motor? Antes de que pudiera formular las preguntas en voz alta el médico entró, y todo el mundo se puso en pie con un tintineo de nervios. Era curioso cómo el alivio podía golpear como una oleada, manteniendo tu cuerpo a flote en un arrebato o haciendo que perdieras pie. Ante la sonrisa tranquila del médico, Crick se puso en pie y saltó, gritando.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¡Whoooo! ¿Está bien? ¡Está bien! ¡Está bien! Podemos verle, ¿verdad? ¿Cuándo podemos verle? Oh, Dios, ¿puedo verle ahora? —Benny se abalanzó sobre su hermano, prácticamente escalándole como si fuera un árbol, y Crick la sujetó con fuerza, haciéndole dar vueltas durante un minuto mientras cantaban «Está bien, está bien, está bien...». El médico esperó un momento, todavía sonriendo, mientras Crick y Benny saltaban y todos los demás caían sentados en silencio en sus asientos. Finalmente, Crick tuvo que dejar a su hermana pequeña en el suelo y escuchar las instrucciones del médico. El ritmo sinusal había sido erradicado y se había recuperado un ritmo normal, con un marcapasos para mantenerlo todo funcionando bien. Por supuesto, Deacon tendría que tener revisiones médicas regulares, y las próximas dos semanas serían críticas en términos de mantenerle inmóvil («¡Oh, Señor!», gimió Benny) y asegurarse de que no se excedía («Oh, Señor», murmuró Crick), y podría irse a casa en dos días. Collin no podía recordar ser abrazado o abrazar tanto a otra gente en un período de tiempo tan corto, y su piel se empapó en ello como si fuera café del bueno; era apetitoso, sustentador y le hacía sentir vivo, pero al final el zumbido del café falló y todo el mundo sintió, en lo más profundo de los huesos, el agotamiento que venía de preocuparse por un amigo hasta que la noche terminaba. Por supuesto, Crick y Benny se quedarían hasta que Deacon se despertase, y todos los demás recibieron el consejo de ir a casa y dormir un poco. —Pero la cena en El Púlpito, a las seis en punto —dijo Benny, pareciendo mucho más mayor que sus dieciocho años—. Todos hemos hecho comida, así que maldita sea si va a desperdiciarse. Y, sabéis, creo que tenemos algo que celebrar. Todo el mundo asintió, agotado pero feliz. Jeff se acercó más para hablar con Benny, y ella alzó la vista hacia él mientras guardaba sus labores. —Amy me ha enviado un mensaje. Dice que Martin está K.O. en la cama en este mismo instante, así que adelante y déjale allí, ¿de acuerdo? Jeffasintió.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Sí, eso está bien. De todos modos estará más feliz si se despierta en El Púlpito y tiene algo que hacer. Gracias por dejar que se quede. De repente los brazos de Benny rodearon el cuello de Jeff de manera muy estrecha, y él la abrazó en respuesta. Collin les miró a los dos y pensó en su hermana, Charlene, a la que odiaba, preguntándose si quizás debería hacer algo al respecto. Tendía a tomar a sus hermanas por garantizadas; demasiadas chicas y solo un chico. Pero Jeff estaba abrazando a aquella chica como si fuera capaz de morir solo por hacerla feliz, y Collin volvió a ser golpeado por la verdad. Aquella era su familia. Iban incluidos con Jeff, ya se interpusiera el infierno, una inundación o la histeria. Era algo bueno, pero Jeff no había estado bromeando sobre las montañas de drama. Por supuesto, Collin tampoco lo había estado haciendo cuando dijo que podía soportarlo. Finalmente salieron al aparcamiento. —Te seguiré a casa, ¿vale? —dijo Collin. Jeff se sonrojó, pareciendo nervioso por primera vez desde que se había derrumbado entre los brazos de Collin. —Um, vale. Creía que ibas a quedarte con tu familia o algo, Collin. Collin frunció el ceño, cansado y nada listo para volver a luchar contra toda esa mierda. —Cuidado, Jeffy, estás a algunos grados y a un buen puñetazo de darme directamente en las pelotas. Jeff volvió a sonrojarse. —Eso sería una pena —murmuró—. Tus pelotas son dos de tus mejores cualidades. Collin se permitió sonreír de lado. —Me alegro de que estés de acuerdo. Ahora métete en tu coche y yo estaré a diez minutos detrás de ti. —¿Diez minutos? —Me muero de hambre. Llevaré el desayuno a casa.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Los hombros de Jeff cayeron un poco y una sonrisa nostálgica le cruzó el rostro. —¿Café? Café de verdad. Con caramelo, ya que el chocolate ahora mismo me mata. ¿Puede eso ser parte del desayuno? —Sí, si quieres que lo sea —dijo Collin amablemente, arqueando las cejas para hacerlo más sugestivo de lo que Jeff probablemente había querido decir. Pero Jeffno le decepcionó. —Te avisaré cuando quiera algo más con mi salchicha, Vivaracho. Solo tráeme café... Te sorprendería la comida que puedo improvisar. Collin consiguió reírse de camino al Starbucks en busca de café y cruasanes. Cuando llegó a casa de Jeff, este llevaba una bata de seda roja y todavía estaba húmedo por la ducha, respondiendo a la puerta mientras estaba al teléfono. Hizo una mueca, le indicó a Collin que pasara dentro y miró con lujuria al café que llevaba en la bandeja. —¡Gracias! —articuló, y Collin asintió y fue hasta la cocina comedor mientras Jeff hacía una serie de expresiones complicadas en el teléfono. —Sí, sí, Archie, agradezco el hecho de que me llames a las diez de la mañana en la mañana de Acción de Gracias y todo eso, pero lo siento, no puedo ir. Collin arqueó las cejas. —¿Tu padre? —articuló, y la mueca amarga de Jeff fue toda la respuesta que necesitó. —No, no voy a llamarte “papá”... no ahora mismo. No, no voy a quedarme sentado en mi apartamento enfurruñado. Te dije que tenía una familia... de hecho, la mayoría de los años tengo dos. Jeff escuchó al otro lado de la línea, pero no con paciencia. Collin le quitó la tapa a su café con leche y sopló, observando divertido cómo Jeff rotaba las caderas, haciendo pequeños gestos de “bla, bla, bla” con las manos mientras su padre hablaba al otro lado. Jeff realmente no necesitaba 305


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane preocuparse por la diferencia de edad; al parecer estaba lo bastante atrofiado emocionalmente como para ponerlos a los dos en el mismo nivel. —No. No, no asumas la superioridad. Sé que acababas de tener alguna encantadora epifanía sobre el hecho de que solo porque sea gay no significa que sea el demonio, y me alegro muchísimo por ti, Archie, ¿pero sabes qué? ¿Esa familia que se preocupa por mi culo narcisista incluso cuando estoy siendo exactamente eso? Esa familia me necesita ahora mismo de verdad. Acabo de compartir doce horas en una sala de espera de un quirófano con los míos, y vamos a celebrar que eso ha tenido un final feliz, ¿de acuerdo? Si quieres que vaya por Navidad, dímelo... pero te advierto, la Navidad normalmente está ocupada con tres jovencitas y todo un puñado de gais cayéndose unos sobre otros intentando malcriarlas por completo. Puede que me pase algunos días después a ver a mamá... avísame si quieres estar allí. Jeff colgó el teléfono con un suspiro que no parecía exagerado en absoluto, y a continuación puso la cara entre las manos. Collin le tendió el café con leche y caramelo, y Jeff lo sopló a través de la tapa, suspirando con aprecio cuando finalmente tomó un sorbo. Tomó otro, seguido de un mordisco al cruasán que le ofrecían, y volvió a suspirar. —Probablemente he parecido un auténtico capullo, ¿no? —preguntó, sonando deprimido, y Collin negó con la cabeza. —¿Diez años? ¿Once años? No. No me importa si estabas en la universidad... te abandonó. Hace falta algo más que un día horrible y una llamada de teléfono para hacerte querer abandonar tu vida real y volver corriendo a sus brazos. —Collin tomó otro sorbo de su café y rezó quizás su décima oración de agradecimiento del día por su madre e incluso, aunque sentía que era demasiado pronto, por su padre. Collin había sido querido, y no había sido solo una imagen de amor. Su madre le había querido; con desesperación, con preocupación, pero siempre con todo su corazón. Su padre había sido un hombre amable. Todas sus hermanas así lo habían dicho, y su madre hablaba constantemente de ello; todos los recuerdos de Collin trataban de su amabilidad. Como adulto, le había preguntado a su madre en una ocasión si su padre se habría sentido decepcionado de que él fuera gay, y su madre había puesto los ojos en blanco.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Se habría sentido decepcionado de que no consiguieras llegar con la bicicleta al tejado del garaje la última vez que lo intentaste, ¿pero lo de ser gay? No te preocupes, Collin; tu padre habría estado orgulloso de que vivieras para verte sentar la cabeza. Era así de agradable. —Lo sé —murmuró Jeff—. Quiero decir, me siento solemne con razón, ¿sabes? Pero al mismo tiempo siento como si estuviera creando un ejemplo realmente penoso para Martin. Quiero decir, hoy iba a llamar a sus padres... qué clase de... no lo sé, ¿hermano? ¿Adulto? Lo que sea que sea yo para él... Qué clase de lo que sea soy si no puedo perdonar a mis propios padres por... —Por exactamente lo mismo que sus padres le hicieron a él —dijo Collin con gravedad—. Jeff, no estoy diciendo que los dos no debáis perdonarles nunca, pero, ya sabes. El odio no es algo pequeño. No es algo que agitas la mano y ¡puff! ¡Desaparece! Quiero decir, sería genial si simplemente pudiésemos acercarnos corriendo a cualquier homófobo que conocemos y decir «¡Lamento tanto ser gay! ¡Te perdono por odiarme incluso a pesar de que nunca hice nada para insultarte personalmente!», pero yo no funciono de esa manera. Tampoco espero que tú lo hagas. —Collin tomó otro trago de su moca, y Jeff le sonrió con cansancio. —Eres realmente sabio, Vivaracho. ¿Puedo ser como tú cuando crezca? Collin le dedicó una sonrisa tonta y la peor imitación del mundo de un sensei. —Absolutamente, pequeño saltamontes... ¡pero primero debes llevarme a tu cama y dejarme babear en tu almohada! Jeffrió un poco y se frotó la cara. —Sí. Dormir es una buena idea. Pero te advierto, vas a compartir esa almohada. —¿Te refieres a ese huracán con pelo que intentó meterse en mi pecho? No te preocupes. Creo que le gusto. Jeff resopló. —Eso es lo que crees. Si les gustas intentarán llenarte la cara de arena hasta que se te caiga. ¿Quieres darte una ducha? 307


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin sonrió. —Solo si puedo ponerme tus bóxers para dormir.

CUANDO COLLIN salió de la ducha, Jeff ya estaba en la cama, prácticamente dormido. Llevaba un pijama de franjas rojas, de la clase que tenía un amplio cuello con forma de uve y un ribete de satén, y estaba aferrando a una de las montañas de pelo (el gato tricolor de pelo largo) contra su pecho. Collin había oído ronronear a esa cosa desde la puerta del baño. Fiel a su palabra, había unos calzoncillos de algodón blancos sobre la colcha color vino, junto con una camiseta blanca con círculos arco iris alrededor de los brazos y el cuello. —Idiota —murmuró Collin con cariño, poniéndose ambos. —¿Mmm? —murmuró Jeff, y Collin se deslizó detrás de él, enredando las espinillas, peludas y sin ropa, con lo que se sentía como cientos de acres de franela bajo las sábanas de algodón formadas por millones de hilos. —Jeff, ¿no tendrías que ser una virgen victoriana para ponerte algo como esto? —Cállate o no echaré al gato de la cama. Collin extendió los brazos alrededor del pecho de Jeff y empujó con toda la formidable fuerza de su tronco. Se oyó un ruido seco lo bastante fuerte como para hacer temblar la ventana, junto con un aullido indignado, y después Collin rodeó el pecho de Jeff con firmeza y lo atrajo hacia él, de manera que sus cuerpos estaban pegados el uno junto al otro. Levantó el otro brazo por encima de la cabeza y usó la nueva y mejorada cercanía para rozarle a Jeff el cuello con la nariz. —Yo de ti tendría cuidado cuando me pusiera los zapatos —murmuró Jeff—. Katy es rencorosa. —Katy va a tener que acostumbrarse al nuevo orden —insistió Collin. Jeff murmuró un “mmm” y empujó las caderas, de manera 308


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane soñolienta, contra la entrepierna de Collin. Este estuvo duro casi al instante. El cuerpo de Jeff de repente ya no fue tan dócil bajo sus brazos. —¡Oh, hola! —dijo con una voz mucho más alerta de lo que lo había estado un minuto antes. Collin alzó la cabeza y se enfrentó a aquel rebelde cabello oscuro para trazar el arco de la oreja de Jeff con la lengua. —¿Esto te sorprende? —¿Sexo? ¿En esta cama? ¿Con otra persona? ¿Qué hay que no sorprenda? —La voz de Jeff había tomado una nota tensa, y Collin pudo notar que el siguiente movimiento hacia atrás de aquella persona, acostumbrada a estar debajo, fue casi contra su voluntad. —Será bueno para nosotros, Jeffy —murmuró—. Nos ayudará a aliviar algo de tensión, a que tengamos una siesta mejor... —Ésas son unas razones horribles para tener sexo—murmuró Jeff, y para su horror, Collin se dio cuenta de que Jeff se estaba apartando. Señor... ¿había algo más pequeño que la completa sinceridad emocional que fuera a impresionar a aquella persona? —Qué tal porque te deseo —dijo con franqueza—. Acabamos de estar sentados en una sala de espera para asegurarnos de que tus amigos no tendrían que decir adiós demasiado jodidamente pronto. Ambos somos testimonios andantes del hecho de que, a veces, vivir sin más en este mundo requiere fuerza de voluntad y algunos de los mayores avances químicos del siglo veintiuno. ¿No podemos hacer el amor porque nos importa el otro, sin más, y estamos vivos y nos alegramos de ello? —Me alegro de ello —murmuró Jeff, y para Collin sonó como si estuviera maravillado—. Me alegro de ello. —Se giró entre los brazos de Collin y le sorprendió al hacer chocar juntas sus bocas en un beso a toda potencia, provocador de aneurismas, aflojador de rodillas y endurecedor de penes. Collin pasó un minuto siendo simplemente asaltado, disfrutando al ser tomado, antes de tener que reafirmarse. Hizo rodar a Jeff, ridículo pijama de doncella incluido, bajo su cuerpo con un movimiento fluido y se tumbó encima de él, besándole hasta dejarle sin respiración, besándole

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane hasta que sus ojos se cerraron y simplemente se arqueó contra Collin, suplicando que le tocase, suplicándose que le tomase. Collin se apartó y le subió la parte de arriba del pijama, desabrochando el botón superior y quitándoselo por la cabeza para bajar en una línea de besos por su mandíbula, a lo largo del cuello y por el pecho. Iba afeitado, y los músculos eran firmes y definidos y seguían teniendo aquel leve y curioso color, a pesar de la película de la cama solar. A Collin le encantaba; Dios, era tan estrecho, atractivo, pulido, dulce delicioso, solo para que él lo devorase por completo. Succionó un pezón, y haciéndose preguntas sobre una sorprendente crema para la piel que sabía a menta, y siguió besando hacia el estómago de Jeff, que estaba firme de hacer abdominales pero con una piel tan suave y tan vulnerable que estaba temblando para cuando Collin terminó de besarla. Jeff gimió y enredó las manos en el pelo de Collin, el cual todavía estaba limpio y húmedo de la ducha. Collin alzó la mirada con malicia. —¿Quieres eso, Jeffy? ¿Lo quieres todo? Jeffasintió y gimoteó. —Dios, Vivaracho, sí. Quiero... lo quiero todo. Collin sujetó el pene de Jeff a través del pijama y apretó con fuerza y seguridad, y Jeff prácticamente se revolvió a su alrededor, doblándose sobre la cama, aferrando la mano que Collin tenía en su entrepierna y convirtiendo un jadeo en un aullido sin respiración. —¡Si te corres así de pronto te cortaré el cuello! —rió Collin, y entonces trepó encima del cuerpo tembloroso de Jeff hacia su mesita de noche, donde todos los buenos chicos guardaban su lubricante. —Oh. Dios. Mío. —Gruesos, delgados, largos, cortos, con testículos graduados, con bases grandes y triangulares, con una piel terriblemente real y de un tamaño poco realista, lilas, rosas, azules, blancos, trasparentes, de acero inoxidable, de plástico duro, de poliuretano y, Dios santísimo, que alguien pusiera a ese dildo en llamada rápida, había incluso uno hecho de piedra—. Por los cielos y todos los santos, Jeff... mira que colección.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Un chico tiene que tener sus...hoooobbbbbieesss... Collin le miró, aturdido y exasperado. —Manos fuera, Jeffy. —Estiró el brazo y sujetó el de Jeff, sacándole la mano a la fuerza de los pantalones. —¡Bueno, pues date prisa con el guante y el lubricante, maldición! —Dios, eres de los que empiezan rápido... ¿tienes preferencias? —Collin revolvió en el cajón hasta que encontró, gracias a Dios, una caja de condones sin caducar. —¡Sí, que esté vivo y respire! ¡Mueve el culo! —Se te llena mucho la boca —dijo Collin, mirando todavía ese gran cajón lleno de juguetes sexuales—, pero si tan a dos velas has estado, ¿por qué los condones nuevos? Jeff se quitó los pantalones del pijama de una patada y se sentó sobre las rodillas, bajándole a Collin los calzoncillos cuando este se giró sobre las suyas para estar frente a frente. —Hacen que limpiar sea un segundo. —Jeff extendió la mano—. Ahora dame. Collin le tendió dos condones y Jeff agarró el pene hinchado de Collin y dejó escapar una especie de suspiro, desapareciendo las prisas cuando cerró los ojos y acarició. —Te sientes tan bien —dijo con un suspiro—. Tan cálido. Dios, había olvidado cómo era tener esto en la mano. —Se inclinó hacia delante y arrastró la lengua por su extensión, pasando alrededor de la cabeza y volviendo a bajar. Collin inspiró siseando entre dientes y se aferró al cabello de Jeff con una mano, dando un pequeño tirón hacia arriba. —Jeff, no eres el único que está cerca, ¿vale? ¡Muévete! Los dedos de Jeff de hecho temblaron mientras desenrollaban el condón, y Collin estaba retorciéndose con todas las de la ley para cuando este estuvo en su sitio. Jeff abrió el segundo paquetito y fue a ponérselo él mismo, pero Collin se lo quitó y le rozó rápidamente la mejilla y la comisura de la boca con la nariz.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No me fio de ti —bromeó con sinceridad—. Si dejo que te toques, te correrás. —Hizo que sus movimientos fueran rápidos y clínicos, y terminó inclinándose sobre él y tomando su hombría en la boca, tragando hasta la garganta de una vez, desde la base hasta la punta, y disfrutando el «¡Nnnggghhh!» estrangulado que emitió Jeff cuando Collin llegó al final. Podría haberse entretenido con ello... y planeaba hacerlo. Planeaba hacer mucho aquello en el futuro, pero no en aquel instante. —Ahora muévete hacia allí—ordenó, y en ese momento la completa conformidad de Jeff no le sorprendió en absoluto. De hecho, era todo lo que había leído en sus movimientos, en su hambre, en el modo en que había reaccionado al primer toque de Collin. Jeff quería que se ocuparan de él, y Collin quería ocuparse de él. Eran perfectos. En el último par de años, Collin había aprendido a disfrutar de verdad preparando a un amante. Se cubrió los dedos con un condón y vertió lubricante sobre el polímero, colocándose a continuación entre las rodillas separadas de Jeff y colocando una mano en su muslo, acariciando mientras avanzaba. —¿Vas a decirme cómo te gusta, Jeffy?—murmuró, y Jeff suplicó. —Nuevo —dijo, empujando las caderas contra el aire, separando más las rodillas y suplicando por la invasión con cada tembloroso músculo de su cuerpo—. Real. Tú. Collin le atacó rápidamente, dominado por la urgencia, dominado por la necesidad de no provocar, de no alargarlo. Todo el cuerpo de Jeff tembló con un suspiro de alivio, y Collin metió otro dedo en el condón y volvió a frotar. Jeffempezó a balbucear. Collin añadió otro dedo, solo para asegurarse de que estaba listo, y cuando Jeff empezó a suplicar separó los dedos, estirando, estirando... —¡Maldita sea, Vivaracho, ven aquí y fóllame! Collin rió entre dientes y se deslizó (lentamente, disfrutando cada roce de piel) dentro del cuerpo de Jeff hasta que estuvieron cara a cara. La piel clara de Jeff estaba sonrojada, su cabello estaba enloquecido y los

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane labios estaban hinchados por los besos y los mordiscos con los que Collin le había provocado hasta ponerlo en frenesí. Dios... Dios, era hermoso. —Di mi nombre —ordenó con suavidad, y Jeff cerró los ojos y gimió de un modo largo, arrastrado y desesperado. —Collin... Señor, Collin, ¿por favor? Collin sonrió, enterrado hasta la doblez del muslo, todo resbaladizo, lubricado y todo. —No sé, Jeffy—le provocó—. He visto la, um, firme competencia. No sé si voy a estar a la altura. Los ojos de Jeff se abrieron entonces, y todavía estaba desesperado, todavía estaba excitado, pero de repente sonaba muy, muy serio. —Vivo —dijo—. Que respire. Cálido. Que me desee. Collin tragó y, por un momento, el primer y único momento, fue muy consciente de la diferencia de edad. A Collin le quedaban un par de corazones por romper. Podía amar y perder una vez o dos y quizás, quizás, todavía pudiese superarlo. Jeff no podía. Jeff había gastado todo su genial, amable y generoso corazón en una sola apuesta. Si volvía a amar, se lo estaba jugando todo; solo le quedaba esa oportunidad y únicamente esa oportunidad. Collin sería mejor que estuviera completamente seguro de lo estaba haciendo. —Lo prometo —susurró, tan mortalmente serio como Jeff—. Lo prometo. Viviré. Seré cálido. Te desearé solo a ti. —Y entonces bajó la cabeza y le besó con todo, lanzándose a aquella apuesta con todo su corazón, satisfecho en su fe de, solo por aquella vez, concederle su destino a los dioses. Jeff alzó la cabeza y le encontró, y se besaron con ternura, continuando de manera frenética. Entonces Jeff empezó a hacer esos gemidos agudos de nuevo, y Collin necesitó poseerle absolutamente. Se colocó y empujó con suavidad, deteniéndose cuando el cuerpo de Jeff se tensó de repente alrededor de su hombría. —¡Oh, maldición! —jadeó. Tan apretado. Tan acogedor. Jeff volvió gemir a y Collin embistió y se quedó allí durante un momento, respirando con fuerza mientras Jeff se tensaba y se relajaba a su alrededor. Jeff

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane empezó a corcovear, intentando hacer que se moviera, y Collin estaba demasiado, oh, Dios, demasiado cerca como para seguir provocándole. —Por favor, Collin —suplicó Jeff—. Por favor. Rápido y duro. Dios, pequeño, lo necesito tanto. Collin echó las caderas hacia atrás, volviendo hacia delante con brusquedad, y otra vez, y otra, y otra, y Jeff le rodeó las caderas con esas largas piernas y le instó, apretando insistentemente los talones contra los muslos de Collin. —Vamos, pequeño —empezó a recitar Jeff—. Vamos, vamos, vamos... Collin siguió atacando... embistiendo, embistiendo... no hizo falta mucho tiempo. Se alzó y metió la mano entre ellos, sujetando el pene de Jeff y apretando, exprimiéndole con tanta furia como podía sin ser cruel, y Jeff echó la cabeza contra la almohada y simplemente lo permitió. Permitió a Collin que le follara, le permitió que le acariciara, le permitió darle placer, y esa rendición total y completa excitó a Collin como ninguna otra cosa. Jeff de repente se convulsionó, todo su cuerpo perdido, frenético, tensándose con la agonía del clímax, y Collin tuvo que cerrar los ojos, devolver el favor y permitirse correrse. Pero no pudo dejar de besarle el rostro, mientras ambos bajaban de entre las nubes. Le besó la frente sudada y las mejillas sonrojadas, depositó besos leves como mariposas bajando por la afilada línea de la mandíbula y la barbilla angular. Fue cuando dejó caer pequeños besos ahogados en la oreja de Jeff que su respiración, dificultosa, le siguió el paso y empezó a devolver los gestos. Finalmente ambos se quedaron inmóviles, satisfechos con simplemente permanecer en silencio y dejar que su respiración volviera a la normalidad. Collin se puso de pie y fue a por una toalla caliente, y ambos recogieron los condones y se limpiaron. A continuación se puso los bóxers y fulminó con la mirada a Jeff, que estaba intentando ponerse ese pijama ridículamente virginal.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Bóxers —gruñó, y Jeff consiguió invocar una mueca de desdén pasable. —¡Oh, mira quien es tan maduro y va dando órdenes! —No estoy bromeando, Jeff. Tú, yo, piel contra piel. Te dejaré ponerte pijamas cuando Martin esté aquí, ¿pero mientras tanto? Jeff suspiró ante la mención del nombre de Martin, quitándose a continuación el pijama y haciendo un lanzamiento aceptable hacia la cesta de la ropa. —De hecho es muy cómodo —se quejó, y Collin se metió en la cama para acurrucarse, justo como habían estado haciendo antes de todo ese encantador sexo. —Igual que yo. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que tengamos que levantarnos y prepararnos? —Alrededor de unas cuatro horas. Collin suspiró con felicidad. Podría vivir con cuatro horas. —Excelente. —Envolvió el pecho de Jeff con los brazos, adorando el modo en que el cuerpo de este todavía estaba caliente por el esfuerzo del sexo—. ¿Pones la alarma? —Sí, Vivaracho, puedo cuidar de mí mismo, sabes. —Mmmm... —Su nariz estaba enterrada en la nuca de Jeff, y estaba sudado, cálido y olía vagamente a menta y a otra cosa que debería haber sido masculina, pero en Jeff era solo... solo dulce y un poco nítido—. ¿Sabes qué, Jeffy? —¿Qué? —Jeff mismo sonaba muy cerca de caer dormido. —Vales tanto la espera. La risita entre dientes de Jeff fue casi inaudible. —Igual que tú, Vivaracho... y eso ya es decir algo. Collin no tuvo palabras para eso, así que simplemente se concentró en su lugar en lamerle el cuello, hasta que ambos estuvieron muertos para el mundo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

CRICK: NO SOY UN HOMBRE DE APUESTAS DIECISIETEAÑOS antes, Deacon Winters había sido el chico más guapo que un joven Carrick James Francis había visto en la vida; tan guapo, de hecho, que incluso había eclipsado la belleza del caballo al que había estado entrenando en el polvoriento cerco aquel caliente día de verano. Había sido dorado, como un dios, y paciente, y de voz suave. Carrick jamás hubiese adivinado la timidez casi paralizante que había debajo de aquel exterior callado, ni la dolorosa vulnerabilidad. Jamás habría pensado que su dios dorado sucumbiría al alcohol... ni que tendría la fuerza para liberarse de las garras de ese hoyo por amor y solo por amor. No sabía que su dios dorado estaba por aquel entonces recuperándose de la mononucleosis, y que su cuerpo todavía estaba débil y no funcionaba del todo al nivel óptimo. No sabía que el padre de su dios tenía un corazón débil y que la pérdida de Parrish Winters heriría tan profundamente a su vulnerable hijo. No sabía que el alcohol y el estrés, el peso de la pérdida y que las palmas diariamente húmedas de sudor frío que componían la vida de Deacon al hablar con desconocidos, e incluso con los amigos que componían su familia, terminaría causando estragos. Lo único que había sabido sobre Deacon, lo que siempre amaría de él, era el fuerte corazón, grande y generoso, de su dios dorado. Lo único que los había traicionado a ambos era la simple fragilidad del debilitado órgano humano que alimentaba la jaula viviente de su alma. La idea de que el dios dorado de Crick, que le había amado con tanta sencillez y tan fielmente incluso de pequeños y de jóvenes, fuera mortal, de que la jaula viviente pudiese algún día desintegrarse y el alma a la que Crick estaba atado se expandiera para iluminar un universo aún mayor era...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Eran miles y miles de lazos, excoriados, desollados, desmembrados, todos ellos formando un jodido y puto infierno. Y Crick no estaba bien. Había ido a casa a ducharse y a ocuparse de los caballos y, después, se suponía, a dormir. Pero para cuando había llegado allí ya se habían ocupado de los caballos, y para cuando salió de la ducha la casa estaba llena por la familia. Martin estaba dormido en la cama de Benny, y Benny y Andrew estaban dormidos en la cama de Deacon y suya (Benny bajo la colcha, abrazando la almohada de Deacon, y Drew tapado castamente con la manta afgana, lo cual probablemente divertiría muchísimo a Deacon), y Amy estaba en la cocina, gastando toda su preocupación trabajando mientras Jon jugaba con los bebés. Crick entró, miró con impotencia a la única casa que realmente consideraba su hogar y dijo, a nadie en particular: —No puedo quedarme aquí cuando él no está. Volveré para cenar. —Y entonces se escapó, dejó abandonada a su familia, a su responsabilidad de mantenerlos a todos juntos, a todo lo que Deacon le había dicho por lo que debía vivir y seguir adelante. Crick lo abandonó todo, sin esperar siquiera una respuesta para ver si alguna de las personas a las que amaba lo entendería. Terminó en el hospital, mirando con anhelo el corazón de su hogar. Deacon estaba dormido, pero su Crick-sentido debió de cosquillearle, porque abrió esos bonitos ojos verdes y le sonrió débilmente mientras merodeando en la puerta. —¿No tienes una casa llena de gente? —dijo, arrastrando las palabras, y Crick hizo una mueca. Ese era Deacon responsabilidad hasta los huesos. —Sí, pero solo hay una persona a la que realmente quería ver. Deacon cerró los ojos, pero su sonrisa se profundizó. —Me alegro.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Crick acercó una silla a su cama y se dejó caer sobre ella, sintiendo de repente las treinta y seis horas sin dormir y las quince de preocupación agotadora. —Ahora mismo no tengo palabras —se disculpó—. Yo... La mano de Deacon hizo un movimiento inquieto y Crick la atrapó. —Está bien —murmuró Deacon, y Crick alzó la mano (con cuidado por la vía intravenosa y los cables del monitor cardíaco que sobresalían cuando le movió el brazo a Deacon) y la sostuvo contra su rostro. —Sí, estúpido cabezota —murmuró—. Vas a ponerte bien. Sigue diciéndome eso. Incluso el médico me lo ha dicho. Pero... Dios, Deacon. No creo que yo vaya a estar bien. Has estado a punto de morir, y no creo que vuelva a estar nunca bien. —Sus lágrimas dejaron rastros brillantes en esa mano llena de callos, endurecida por la rutina, y los dedos de Deacon se apretaron sobre los suyos. —Quizás nuestra treintena esté mejor —murmuró, y Crick sintió cómo una risa histérica le hinchaba el pecho. —Primero tendrás que llegar a la treintena —dijo entre risitas, y el pecho de Deacon se alzó y cayó un poco, incluso a pesar de que tenía los ojos todavía cerrados. Su cumpleaños era en dos semanas. Cumpliría veintinueve. —Ahora tengo mejores opciones —dijo Deacon—. El marcapasos durará como mínimo cinco años. Crick alzó la vista hacia el costado vendado del pecho desnudo de Deacon. Se lo habían afeitado y desinfectado, y era tan pequeño. Crick podía ver la hinchazón allí donde se había implantado el pequeño aparato, y si no hubiese dolido un horror, lo habría besado con fervor. Oh, bendita, bendita tecnología que le daba a Deacon más tiempo en el planeta. —Quiero que tengamos otras vacaciones —dijo de repente Crick—. Quiero llevarte al océano y que veas ballenas. Quiero ir a algún sitio que nunca antes hayas visto y ver cómo se te ilumina el rostro cuando lo veas. Quiero... Quiero verte entrenar al equipo de fútbol de Parry Angel cuando tenga cinco años, y quiero ser el que lleve a Benny hasta el altar. Quiero verte dentro del cercado al menos una vez al día este verano, porque eres

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane tan hermoso cuando entrenas caballos, es como ver magia, justo ahí, delante de mis ojos. Dios, Deacon... Hay tanto que deseo para nosotros... Y solo necesito que jamás vuelvas a hacer esto, ¿de acuerdo? El pecho de Deacon subió y bajó deliberadamente, —¿Está el sexo incluido en algo de todo eso? —preguntó, lastimero, y Crick se acostumbró al sonido histérico de su propia risa. —Cada puto día. Tienes la obligación moral de asegurarte de que no pueda andar recto durante el resto de nuestras vidas, ¿de acuerdo? —Genial. —Volvió a respirar deliberadamente, y Crick se dio cuenta de que había sido un día terrible. —Debería marcharme. Esa mano se apretó. —No te vayas. Crick sintió cómo volvían las lágrimas cuando pensaba que ya se habían secado. —Después de todo lo que has hecho para quedarte conmigo, es lo mínimo que puedo hacer. —Háblame —murmuró Deacon—. Probablemente yo no hable mucho, pero quiero escuchar. Así que Crick habló. Le habló a Deacon de Benny y Andrew, tan vacilantes, con tan pocas pretensiones, y de cómo toda la familia estaba conteniendo el aliento por ellos, llenos de esperanza. Habló de Amy y de Benny, asegurándose de que todos se reunieran alrededor de la mesa para dar gracias por los demás, y de cómo Jon había estado viendo dibujos con las pequeñas cuando él se había ido. Habló de Jeff. —No puedo imaginar—dijo tras un momento—. No puedo imaginar lo duro que ha sido hoy para él. Y entonces... él simplemente... se desmoronó. Y estaba furioso. Y al principio pensé que estaba furioso contigo, porque yo lo estaba, y entonces... —Crick no pudo mirar a Deacon durante esa parte. Apoyó la cabeza sobre la cama y continuó acariciando esa mano inmóvil y endurecida por el trabajo—. Todo trataba 319


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane de Kevin, ¿sabes? Y comprendí que lo que Kevin había hecho. El modo en que había muerto... Tú viviste con ese miedo durante dos años. Casi te hice eso. Y Jeff... Ha vivido nuestros peores miedos. No pude soportarlo, Deacon. Sé que prometí que aguantaría, que mantendría a la familia unida, pero no puedo hacerlo. No puedo ser tú, no puedo ser Jeff. Si no lo hubieses superado me habría caído a pedazos, y te habría fallado... Esta vez no fueron lágrimas. Crick no podía recordar haber sollozado tan fuerte desde que su mejor amigo había muerto en el instituto. Dios. Simplemente... oh, Señor. Por un momento, mientras se descargaba sobre un hombre que acababa de recibir una cirugía cardíaca, se sintió tan pequeño, tan débil y tan solo. Y entonces sintió la mano de Deacon en su cabello, acariciándolo suavemente. —No llores, pequeño. Estarás bien. —Te quiero, Deacon. —Y yo a ti. —No estoy bromeando sobre lo de para siempre. —Su voz se rompió, se rompió horriblemente en la última nota. No le importó. Jeff había esperado cinco años para desmoronarse, pero Crick jamás había sido demasiado bueno retrasando la gratificación. Necesitaba dejarlo salir todo en aquel momento, o puede que jamás volviera a hablar con Deacon de todo corazón. —Eres mi única oportunidad. Jamás amaré a nadie tanto como te amo a ti. —Yo tampoco. Crick sorbió, pensando que no sonaba maduro para nada. —Mientras eso quede claro. Los ojos de Deacon se abrieron parcialmente, soñolientos y errantes, pero apretó la mano de Crick, y este giró la cabeza y vio que se habían centrado en él. —Eso me quita un peso de encima, Carrick James. Ahora vuelve a bajar la cabeza y duerme un poco. No voy a irme a ningún sitio. 320


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Crick asintió, apaciguado. Durante un momento, mientras el monitor cardíaco pitaba y el aire purificado enfriaba su piel, volvieron a ser niños. Deacon era el dios dorado, todas las responsabilidades caían sobre sus hombros, y Crick le seguiría a donde fuera que fuese. En el hogar tenían a gente que recurría a él, y al final tendría que volver. Pero siempre y cuando su mano estuviera dentro de la de Deacon, siempre le seguiría ahí donde Deacon necesitara ir.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

MIKHAIL: GRANDES Y ESTÚPIDOS SENTIMIENTOS SHANE, KIMMY y Mikhail se pasaron por Casa Promesa de camino a casa desde el hospital, lo cual era lo mejor para decir a los cuatro jóvenes que se habían escapado de casa que Deacon iba a ponerse bien. Los chavales estaban felices, saltando y abrazándose, e incluso el pequeño chico que se estaba recuperando de la metanfetamina consiguió dejar su cigarrillo durante quince minutos mientras todo el mundo lo celebraba con la comida extra de Jeff en la cocina. (Eso había sido todo un detalle. Mikhail tomó nota mental de hacer que los chavales le escribieran una carta de agradecimiento. Shane tenía dos fortunas que gastar en ese sitio, pero tras ver lo mucho que comían esos niños, Mikhail creía que podría necesitar más). Los dos chicos y las dos chicas que formaban la población de Casa Promesa en ese momento (Shane tenía en mente algo más grande para cuando estuviese terminada) le tenían mucho cariño a Deacon; Shane lo sabía. Disfrutó el momento en la flamante cocina, el último grito de un limpio corte industrial, viendo a los chavales de pie y comiendo de los recipientes de plástico mientras los olores del pavo y las patatas cocinándose calentaban las baldosas y las alegres paredes amarillas. Lo que Shane no sabía, pero Mikhail sí, era que los chavales estaban igual de felices de ver a Shane allí aquella mañana como de oír que Deacon iba a ponerse bien. Shane no habría encajado entre esos chicos cuando era un chaval él mismo, pensó Mikhail con gravedad. Se habría sentido incómodo, cerniéndose sobre ellos por su altura, por los hombros anchos y por su manera de hablar dando rodeos. Pero como adulto, Shane había pasado a sentirse lo bastante cómodo con su propia piel como para quererlos 322


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane incondicionalmente y reconocer alegremente sus propias diferencias de un modo que hacía que los chavales se sintieran cómodos con ellos mismos, al igual que con el amante de corazón gigante de Mikhail. Miró cómo Shane le daba a la chica, que no hacía ni dos meses había estado haciendo las calles, un abrazo como si fuera cualquier otra chica de catorce años, y después le revolvió el pelo al carterista... comprobando teatralmente sus bolsillos a continuación mientras todo el mundo soltaba risitas. Todos los chavales estaban de cara al gran policía de Mikhail del mismo modo en que pequeños imanes se girarían hacia el norte, y Shane simplemente les dedicaba atención y les aceptaba por quiénes eran. Mikhail intentó ignorar el temblor de sus manos cuando le dio la espalda a la escena para aclarar su cuenco de plástico reutilizado para la mantequilla en el fregadero. Kimmy apareció allí de repente, hombro con hombro (esa irritante vaquilla, de hecho, era más alta que él), y su voz, baja en su oído, fue sorprendentemente tranquilizadora. —Está bien, ¿sabes? —dijo en voz baja. —¿Qué está bien, mujer vaca? ¿El hecho de que alguien haya cocinado para ti esta mañana para que pudieras dormir? Tengo que admitir que eso es una bendición. Deberías agradecérselo a Lucas de manera acorde, de un modo que él no apreciaría si viniera de mi mano. —Deja de ser un idiota, Mikhail —dijo ella, pero su voz no tenía filo alguno—. Está bien que estés asustado de repente. Te preocupa cómo sería la vida sin él. ¿Qué habría pasado si no hubiera dejado el cuerpo?¿Y si...? —¿Y si fuera él en esa cama de hospital? ¿Otra vez? Porque lo vi, vaquilla. Estaba allí. Le vi morirse, y tuve que dejarle allí, sin saber si... —Mikhail intentó controlar su propia voz. Falló—. Y tuve que vivir con ese miedo. Y puede que pienses que solo fueron meses. Solo tuve que preocuparme por él en ese trabajo que había intentado matarle durante unos meses. Pero... Pero Jeff solo conocía a su amante desde hacía unos meses, y su trabajo le mató, y... Estaba todo embrollado, ¿no? Eso era lo que conseguías cuando te pasabas toda la noche en pie, hablando con un adolescente sobre su querido hermano mayor, quien de hecho había triunfado en matarse a sí mismo con su propio puto valor. Eso era lo que conseguías cuando

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane vagabundeabas por un hospital, perseguido sin cansancio por fantasmas que gemían terribles mensajes de soledad, de estar siempre solo, atrapado en una caja, hundido en tu propia amargura. —Sí —dijo Kimmy con suavidad, pasándole el brazo por los hombros—. Sí. Está bien si eso es lo que estás pensando. Nadie va a llamarte egoísta si mucha de tu preocupación es por Shane y no por Deacon. Especialmente yo. —Su voz tembló, y Mikhail suspiró, intentando recuperar el control sobre sus emociones a la fuga. Ya había terminado de ser el pequeño hombre león, el que tenía todo un mundo en su interior. Tenía una familia, Shane le había dado una familia, y parte de eso implicaba darle a la mujer vaca el beneficio de creer que también ella había sido herida. —Él está bien —dijo Mikhail, alzando el hombro en su encogimiento de hombros habitual—. Él está bien, y tú y yo no somos sentimentales, así que también estaremos bien. Kimmy hundió la cara en su cuello y durante un momento medio rió, medio sollozó. —Por supuesto que lo somos. —Ya verás. Nos iremos e iremos a casa, y allí no habrá ni un maullido sobre nuestros sentimientos. Recogeremos mierda de perro, eso es lo que haremos. Recogeremos mierda de perro y daremos de comer a esos gatitos sinvergüenzas, y nos daremos una ducha porque él huele a toro y yo a cafetería de hospital, y entonces nos iremos a la cama y esto —sus manos se extendieron y abarcaron a los dos, con hombros temblorosos, voces ahogadas y todo—, esto desaparecerá. Kimmy asintió. —Todo excepto la mierda de perro, Mikhail. He hecho que Lucas fuera esta mañana a casa y la recogiera para que no tuvierais que ocuparos de ella. —¿Lucas?—dijo Mikhail con cara de póker—. Oh, Dios, mujer, ¿es eso alguna clase de horrible prueba? El único hombre en años que encuentro siquiera pasable para ti, ¿y lo envías a recoger la mierda de perro de tu hermano?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane La risita de Kimmy esta vez contuvo algunas lágrimas menos. —Sí. Probablemente significa que realmente debería irme a la cama con él, ¿no crees? Mikhail se giró y se secó las manos con un trapo cercano, dándole después a la hermana de su corazón un abrazo muy deliberado. —Puede que quieras mantener el suspense, Kimberly. Puede que este realmente te merezca. Gracias. Será agradable no revolcarse en mierda de verdad en este día. Con eso, alzó la vista y cruzó una mirada con el gran policía. Shane sonrió cordialmente, y Mikhail pudo ver el agotamiento que mantenía a raya con su alegre cháchara. —Suficiente, es suficiente, niños —dijo Mikhail nítidamente—. Hemos estado despiertos toda la noche, y él no será tan entretenido si se queda dormido dentro de los zapatos. —¡Aguafiestas! —murmuró un chico, su chapero, el que había encontrado una caja de gatitos y se había quedado despierto tres semanas dándoles el biberón hasta que pudieron comer por sí mismo. Shane le había encontrado casa a todos menos a uno, eligiendo con sabiduría, o Casa Promesa hubiese estado en el mismo aprieto que su propia casa. —Por supuesto que lo soy —dijo Mikhail con orgullo—. Es el ruso en mi interior; no puedo evitarlo. Shane puso los ojos en blanco en su dirección y los chavales se rieron, lo cual estuvo bien. —Tiene razón, chicos. Estoy reventado. Volveremos esta noche a comer tarta, así que aseguraos de que nos guardáis un poco. Para reconocimiento de los niños, ninguno de ellos sugirió que Shane podía soportar saltarse la tarta. Lo cual estaba bien, porque el policía de Mikhail no estaba gordo. Y tampoco era estúpido. No hablaron mucho durante el viaje en coche de cinco minutos desde Casa Promesa hasta su propia casa, hasta que llegaron a la valla y Mikhail mencionó que Lucas había limpiado por ellos mientras habían estado fuera.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Ohhh —exclamó Shane con simpatía—. Es terriblemente dulce de su parte, ¡no demasiado bueno por parte de Kim! Mikhail sonrió. —No creo que funcione de ese modo —dijo, saliendo del deportivo y abriendo la verja. Cuando Shane la cruzó no la cerró para marcharse corriendo hacia la inteligente viga de equilibrios que Shane había construido para él, para que no tuviera que lidiar con los seis perros. En su lugar se enfrentó a ellos, a sus colas agitadas, a su cariño insaciable y todo, para caminar al lado de Shane. Pasó un brazo fiero alrededor de la cintura de Shane, pensando que cuando Deacon había dejado de correr, Shane y Jon se habían forzado a sí mismos a ir más lejos y más rápido en sus salidas por la aflicción, y la cintura de Shane ya no era tan sólida como debería. —Hey, Mickey —murmuró Shane, dejando caer un beso en su cabeza—. Ha sido un día jodidamente largo, ¿sabes? Mikhail asintió, sintiendo cómo le temblaba la barbilla, y una vez que subieron al porche y entraron en la casa, Shane se detuvo e hizo que Mikhail se diera la vuelta, tomándole por los hombros para poder verle la cara en lugar de que Mikhail mirase sus zapatillas de deporte. —¿Has pisado algo? —preguntó Shane, indicando que sabía muy bien que los zapatos de ambos estaban limpios. —Solo tu maldita moralidad, otra vez —contestó Mikhail, irritado. hacia un lado, sabiendo que su rostro iba a desmoronarse y sin querer Miró que su gran y valiente policía lo viera. Shane no tuvo que hacerlo. En un instante Mikhail estaba aplastado contra su pecho amplio y sólido, y ni siquiera se sintió avergonzado cuando el primer sollozo le sacudió. —Dios, odio tu trabajo —murmuró con voz rota y ahogada, siendo un desastre en general. —Pequeño, no trabajo allí desde junio. —No me importa una mierda. —Y ese era todo el don que tenía con las palabras. Le temblaron los hombros, y no pareció ser capaz de dejar de

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane llorar. Shane se inclinó y le salpicó la cara de pequeños besos en el rabillo de los ojos, en la frente, en las mejillas, susurrando tonterías tranquilizadoras que parecían funcionar de todos modos. Lo que realmente funcionó fue cuando Mikhail se puso de puntillas, cogiendo el querido rostro de Shane entre las manos, sintiendo la oscura barbita contra las palmas, y tomó su boca con furia, tan lleno de miedo que el único modo de vaciarlo era dentro de un acto físico de posesión. Shane le tomó en su lugar. Primero le llevó a la ducha, y después le poseyó en la ducha, y después le llevó a la cama y le hizo el amor con tanta ternura, con una pasión tan tranquila, que el clímax de Mikhail fue más devastador que ninguna otra cosa. Tras ello, cuando ambos cayeron laxos contra el colchón, Shane le tocó el rostro, el pecho, las manos, con tanta dulzura que por fin, por fin, Mikhail se sintió otra vez de una pieza. Y solo entonces, entre los brazos de su milagro grande, estúpido, amado y perfecto, pudo dormir.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: ESPERANZA Y TARTA ACCIÓN DE Gracias en El Púlpito fue exactamente lo que todo el mundo necesitaba. Crick estaba allí, con aspecto cansado pero tranquilo, y Jeff quedó poderosamente impresionado por su fuerza interior, incluso cuando Benny le dijo en privado que era porque Crick había vuelto al hospital al no poder dormir si Deacon no estaba en la casa. Aun así, estaba despierto, allí, hablando, si bien de manera distraída, con la familia y, sí, pareciendo muy, muy agradecido. La charla fue tranquila, pero siguieron haciéndose reír unos a otros, así que fue realmente alegre, y la comida era genial. Por supuesto, Amy, Benny y Jeff habían estado todos calmando sus corazones de la preocupación cocinando; incluso después de que mucho de lo que Jeff y Martin habían traído se hubiese donado a Casa Promesa, todavía había suficiente como para que El Púlpito se mantuviese solo a base de jamón y pavo relleno y platos de patatas dulces. Martin había recibido a Jeff con un abrazo entusiasmado seguido de una mirada de reojo y culpable que hizo que el corazón de Jeff cayera en picado. —¿Cuándo vuelves a casa? —le preguntó tras llevarse al chico aparte. Martin negó con la cabeza. —Todavía no. —Y entonces sonrió, con sinceridad y de corazón, cuando los hombros de Jeff cayeron aliviados—. ¿Me vas a echar de menos? Jeff asintió.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Bueno, sí, niño. Cepillas a los gatos, vives a base de cereales fríos y vienes a todas mis reuniones familiares. Eres el mejor compañero de piso que he tenido. Nunca. Martin se miró los pies con timidez. —Tú tampoco estás mal —le dijo a sus zapatos del número cuarenta y seis—. No quiero irme todavía. Yo... no tengo la sensación de que lo hayamos dicho todo. Jeff tragó rápidamente y asintió. —Eres un chico realmente inteligente, ¿lo sabes? Kevin solía decir que irías a sitios donde él solo podría trabajar como guardia de seguridad. Yo... Me alegro tanto de que vinieras. —Se rió un poco de sí mismo—. ¿Me convierte eso en una perra egoísta? Martin sonrió de oreja a oreja, un poco arrogante ahora que ya había vivido con Jeff durante dos semanas y no se le había “pegado lo gay”, tal y como estaban. —Nah... Egoísta no. Puede que sí perra, pero es simplemente la manera en que funcionas. La risa de Jeff fue una de encanto absoluto. —Feliz Acción de Gracias a ti también, pequeño ofensivo. Ve a buscarme un refresco. Martin se alejó trotando, y Collin se le acercó por detrás (habían ido en coche por separado, y Jeff había llegado unos minutos antes) y puso aquellas manos fuertes y cálidas en los hombros de Jeff. Este se derritió en su toque, sorprendido por el completo nivel de confianza que sentía dentro. Quizás simplemente no tenía espacio para nada más. —¿Cuándo se va? —preguntó Collin, como si se estuviera preparando para lo peor. —Todavía no —le dijo Jeff, y no fue su imaginación. Collin dejó escapar un suspiro de alivio y le rodeó el pecho con los largos brazos en un abrazo de bienvenida. —Bien. Le echaré de menos... Es buena gente.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane «Buena gente». Jeff se giró dentro de su abrazo y buscó esos bonitos ojos dorados. —Su hermano era igual —dijo en voz baja—. Tú eres exactamente como ellos. Collin pareció sobrecogido por un momento, y antes de que pudiera malinterpretarlo o ponerse demasiado serio porque Jeff finalmente se sintiera bien sobre ellos, Jeff dibujó una sonrisa. —Excepto por los cortes de pelo y el marcado bronceado, claro. La sonrisa de Collin fue torcida, y Jeff le besó el lado que se inclinaba hacia abajo. Su familia era feliz y estaba en paz, y quería que Collin estuviera del mismo modo. El sexo (hacer el amor) aquella mañana había sido... increíble. Perfecto. Transcendente. Dentro de lo que el sexo (hacer el amor) con un humano de carne y hueso tendía a serlo. Jeff habría hecho una broma o dicho algo sobre cómo el buen sexo no debería romper la sonrisa de Collin, excepto... Excepto que no podía mentir al chico de ese modo. —Eres uno de los mejores hombres que conozco —dijo Jeff con seriedad—. Y has visto la compañía que frecuento, así que sabes que estoy diciendo algo importante. Ahora ve a buscarme un plato de aperitivos antes de que me ponga todo empalagoso o algo, porque jamás te perdonaría eso. Collin se alejó para intercambiar codazos (y hablar de coches) con Shane en la encimera, la cual estaba llena de aperitivos, y Crick se acercó para dejarse caer en el sofá que había cerca, dando una palmada en el asiento. —Siéntate, Jeffy. Jeff ejecutó una complicada inclinación. —Lo que usted desee, mi señor feudal. El sonido que emitió Crick no fue una risa del todo, pero Jeff aceptaría lo que pudiese conseguir. —Oh, Dios mío. Adivina qué es lo ha hecho Jeffy durante su siesta.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff de repente sintió demasiado calor dentro de su jersey de cachemir. —No fue mi culpa —dijo, intentando aparentar indiferencia—. Me sentía mareado de alivio. Mi juicio... —Es genial, Jeff. Ya era hora de que le dieras una oportunidad. Jeffsorbió por la nariz. —Bueno, para que conste, su oportunidad original tuvo lugar la noche del lunes, lo sabes, ¿verdad? Crick rió con cansancio. —Sí, Martin debió de comentar algo al respecto. ¿Por qué? El encogimiento de hombros de Jeff intentó ser despreocupado, pero se sintió como si estuviera haciendo el gesto cargando con todo el mundo sobre ellos. —Porque no puedes decir de verdad que mi juicio estaba afectado cuando salí a una cita, no me emborraché y me quedé toda la noche, ¿no? —¿Es eso algo malo? —preguntó Crick en voz baja, y Jeff le dirigió una sonrisa débil. —Lo será si le rompo el corazón. Crick dejó escapar un sonido agotado. —No hagas eso, Jeffy. Yo lo hice. Los resultados fueron horribles. —Sería por su propio bien —protestó Jeff de manera casi inaudible. Collin y Shane se estaban animando de verdad por algo. Shane estaba agitando los brazos (era un poco más alto que Collin) y haciendo ruidos de motor, y Collin estaba asintiendo, aprobador. Incluso Martin estaba interviniendo en la función. Jeff no podía leerles los labios, pero captó la idea de que estaban haciendo algo para que fuera rápido. Muy, muy rápido. —Tonterías —saltó Crick, mirando en la misma dirección que Jeff—. Sería por tu bien, porque estás aterrado. Cualquier idiota puede verlo. Y no te culpo, ¿vale? Pero tengo una opinión más alta de ti que eso.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin no es Kevin. Por un lado, tiene escrito por toda la cara la frase «No me asusto fácilmente». —Kevin no era un cobarde —defendió Jeff, pero se encontró con que la lengua se le enredaba con las palabras al decirlas. Crick se irguió en su asiento, puesto que Jeff no se había apoyado contra el respaldo, y descansó los antebrazos en las rodillas. —Mira, Jeff... Lo diré otra vez. No me conviertas en un mentiroso. mucho más valiente que yo, y eres mucho más valiente de lo que lo Eres era Kevin también. Solo necesitas darte cuenta, eso es todo. Ahora agárrate las pelotas con una mano, el corazón con la otra, y admite el hecho de que realmente podrías amar a ese chico, y de que él vale la pena. ¿De acuerdo? Jeff alzó la vista hacia Crick y se dio cuenta de que estaba exhausto quejumbroso, y y de que Jeff probablemente había gastado su paciencia tras un día realmente horrible. —Por supuesto, corazón. Es tu día. Por ti, seré el general Patton en persona. Crick movió la cabeza de arriba a abajo. —Gracias. Te lo agradezco. Ahora, puesto que nadie está trayendo más comida, ¡vamos a empezar esta barbacoa! Se sentaron en la mesa, y por un momento nadie se movió. Todos se miraron unos a otros, impotentes; desde cada uno de los hombres, todos ellos vestidos con sus mejores vaqueros y las camisas de botones buenas (Jeff era el único que llevaba pantalones de vestir), hasta las mujeres, que iban arregladas y se habían puesto maquillaje (Benny incluso llevaba un vestido de verdad, con flores y todo en la falda), y las pequeñas, que iban ambas con vestidos de princesa triviales que crujían, hechos de tafetán rosa y lazos. Y todos comprendieron por un momento exactamente por qué estaban allí. Benny habló primera. —Dios, no rezamos, um, para nada. Nunca. Pero estamos todos agradecidos. Has hecho que Deacon lo supere, y nos has dado los unos a los otros por si... bueno, ya sabes. No vamos a hablar de eso. Gracias. 332


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Estamos agradecidos. Por favor, no vuelvas a darnos nunca un susto así. Amén. Jeff sonrió y dijo «Amén». Tenía que ser Benny. Estaban en mitad de la cena cuando Collin, que estaba sentado a su izquierda, de repente saltó un poco y soltó una maldición. —¿Algún problema, Vivaracho? —Me he olvidado de llamar a mi madre —gruñó. Se disculpó de la mesa por un momento y cuando volvió parecía arrepentido. —¿Te ha perdonado? —preguntó Jeff en voz baja, bajo el quedo murmullo de la charla de la familia. —Algo así. —¿Algo así? —Tiene algo así como una petición. —¿Y...? —Jeff hizo un gesto, y Martin y él cruzaron una mirada intrigada. —Requiere nuestra presencia para la tarta, aunque tengamos que comerla a las once de la noche. Pero ella preferiría que fuera a las nueve. —¿Tarta?—Martin alzó la vista, feliz—. ¡Me gusta la tarta! —¡Ya has comido tarta! —dijo Benny desde el otro lado de la mesa—. Y vas a comer más de postre. ¿No es esa suficiente tarta para ti? —Al parecer, no —le dijo Jeff—. También quiere comer tarta en casa de Collin. —¡Bueno, tendrás que ir! —dijo Shane, sorprendiendo a todo el mundo—. ¡Es su madre! —Miró a su alrededor en busca de apoyo, y fue recibido con caras divertidas y perplejas. Jeff se dio cuenta, casi con tristeza, de que muchas madres en esas mesas estaban o muertas o desaparecidas en combate. Eso solo ya le habría hecho decidirse, pero entonces... —Solo tú, querido —dijo Mikhail con suavidad y una sonrisa sorprendentemente suave cruzándole el rostro—. Solo tú tendrías tanta veneración por la madre de tu amigo. Deja que Jeff vaya a donde quiera a 333


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane comer el postre. Siempre y cuando nos des los detalles durante la cena del domingo. Jeff sonrió de oreja a oreja al hombrecillo. —¿Contigo, princesa? Puede que incluso haga fotografías. La sonrisa de Mikhail era malvada, como para compensar la dulzura. —Será mejor que sean de la madre de Collin. Hay otras cosas que es mejor que queden sin verse. Martin, Andrew y Jon se taparon los ojos con las manos, casi al mismo tiempo, y el grito de Martin de «¡Au! ¡Au! ¡Au! ¡Au!» hizo que la hija de Jon y Amy le mirase con curiosidad y pena. —¿Pupita? —le preguntó a su madre, y aquello hizo que toda la mesa estallara en risas. Y prácticamente decidió también el asunto. El cual era que Jeff iría de nuevo a casa de Collin, esta vez para entrar en la casa propiamente dicha por la puerta delantera en lugar de escabullirse por las escaleras traseras del garaje para tener sexo en el apartamento de Collin. (De algún modo, conocer a la madre de Collin en la misma casa hacía que todo el gesto se pareciera mucho a los años de Jeff en la universidad, lo cual no le resultaba particularmente agradable). La sensación no fue mitigada en lo más mínimo cuando Collin entró sin llamar, como si supiera que la puerta estaría abierta. Natalie Waters estaba sentada en una mecedora, con las piernas debajo del cuerpo, viéndose muy parecida a como lo había hecho aquel día en el restaurante, cuando había llegado Martin. Su cabello estaba teñido de un castaño rojizo oscuro, y sus ojos, marrones y atractivos, se movieron de la televisión a la puerta cuando entraron. Tenía un gato en el regazo (un enorme gato macho, mayor, de pelo largo y anaranjado), y aquello hizo que a Jeff le cayera bien casi de inmediato. El gato le echó un vistazo a Jeff, bajó de un salto y corrió a olfatearle los zapatos. Y por primera vez desde, quizás, la preadolescencia, Jeff sintió vergüenza por estar delante de la madre de un amigo. —Um —dijo en el silencio divertido. El ronroneo del gato estaba haciendo vibrar las tablas del suelo, estaba completamente seguro.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane La madre de Collin rió delicadamente, le puso las manos en los hombros a Jeffy se estiró para besarle la mejilla. —¡Tienes gatos! —dijo, y Jeff sonrió con timidez y asintió. —No son gatos —dijo Martin con desagrado. Se inclinó y cogió al macho anaranjado, tumbándolo de espaldas y llevándolo como si fuera un bebé. Al gato le encantó, de hecho llegó a dejar caer la cabeza hacia atrás y babear, exactamente como hacía Katy cuando Martin intentaba el mismo truco con ella—. Los animales de Jeff son... como montañas de pelo o huracanes, o fuerzas peludas de la naturaleza. —O peñascos ronroneantes —aceptó el reto Collin, completamente de acuerdo con Martin—. O fábricas de grasa cubiertas de pelaje, o un programa de protección de testigos para pulgas... —¡No tienen pulgas! —Jeff hizo que su voz sonara indignada, pero sabía lo que estaban haciendo, y en ese momento les quiso a ambos, exactamente como a una familia, porque ya no estaba nervioso y puede que tuviera algo en común con la madre de Collin y puede, y solo puede, que fuera a ir bien. Durante la tarta (y había pasado de la tarta de crema de chocolate de Benny a favor del, al parecer famoso, mousse de calabaza de Natalie, así que se alegró de dar la talla), pensó que quizás debería darle a la madre de Collin la medalla por hacer que fuera bien. —¿Intentó volar por encima del garaje? —repitió Jeff, inexpresivo, mirando a un Collin bastante avergonzado que probablemente estaba con su tercer trozo de tarta. (También había tarta de crema de plátano y de manzana... Collin parecía estar comiendo un trozo de cada. Martin parecía estar comiendo todo lo que quedaba). —Más de una vez—dijo Natalie con sequedad. Alargó el brazo y le revolvió el pelo a su hijo, y Collin se apartó de ella, pareciendo joven por primera vez desde que Jeff le había visto en el restaurante, el día en que Martin había llegado. —¡Venga ya, mamá! ¿Te importaría parar? ¿Con lo del pelo? Desde luego, el brillante cabello de Collin ahora era un halo encrespado en la zona del medio, y Collin estaba intentando alisarlo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Martin sonrió con suficiencia. —A mí me lo puede hacer, señor Waters. —Se pasó la mano por su cabello corto, que esa semana parecía tener rapado un círculo como el de las cosechas—. ¿Ve? No se despeina. Natalie le sonrió de orea a oreja con una calidez a toda potencia, y Jeff vio cómo Collin simplemente pareció derretirse un poco. Dios, ¿cómo podías resistirte a un chico que quería tanto a su madre? Jeff se ofreció a recoger, y no necesitó un manual para entender la mirada madre hijo que envió a Collin a su antiguo dormitorio con Martin para enseñarle sus antiguos coches en miniatura. Ahí llegaba. El interrogatorio. Lo que recibió en su lugar fue un abrazo. —Me alegro de que hayas venido —murmuró Natalie, y Jeff le sonrió débilmente. —¿A pesar del adolescente muerto de hambre y todo? Las mejillas de Natalie se convirtieron en unas manzanas duras y brillantes cuando sonrió por completo. Jeff se había dado cuenta de que las de Collin hacían lo mismo, y sencillamente quiso darle un beso a esa mejilla redondeada en ese preciso instante con todo el sentimentalismo que juraba no haber poseído nunca. —Lo que él se come, no me lo como yo. Las hermanas de Collin probablemente le escribirán mañana cartas de agradecimiento una vez que vayamos a comprar. Jeff tembló. —¿El Viernes Negro7? ¿De verdad? ¡Mujeres valientes! —¡Sobrevivimos a la infancia de Collin! —dijo ella de manera despreocupada, y Jeff tuvo que estar de acuerdo. —Has hecho un buen trabajo criándole —dijo Jeff, sintiéndose incómodo—. Es... Es un buen chico. Día festivo en Estados Unidos muy conocido por los grandes descuentos que se ofrecen en las tiendas, al igual que por la enorme afluencia de clientes que consiguen cada año. 7

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Estuvo desconcertado por la repentina mirada astuta de ella. —Es un buen hombre —señaló, y Jeff se sonrojó. —Sí. Sí, lo es. —Mira, el punto es —sacó un trapo y empezó a secar los platos y a guardarlos mientras hablaba—, que Collin estaba allí cuando su padre murió. —¡Oh, Dios mío! —Collin no había mencionado eso. —Sí, fue, um, un infarto coronario masivo. Gray simplemente cayó mientras llevaba a Collin a la escuela en coche. Fue extraño —continuó Natalie, como si no le temblara un poco la voz, incluso después de tanto tiempo del hecho—. Collin..., el modo en que reaccionó a eso. Recuerdo cuando le dije que su padre había muerto y que se había esforzado mucho intentando asegurarse de que el coche se detenía para que Collin no saliera herido. Solo me miró y dijo: «¿Eso puede pasar sin más? ¿La gente puede simplemente morir?». Y fue como si pasara el resto de su infancia invitando a la muerte, solo porque estaba tan enfadado de lo al azar que era, ¿sabes? Jeff tragó, pensando en el engreimiento de Collin, en su confianza, su humor audaz. Le había ganado el desafío al más malo de todos, ¿no? Había mirado a la Muerte a los ojos, y cuando la Muerte había dicho «¡Sé dónde vives, jovencito!», Collin no se había echado atrás. —Sí —murmuró, deseando repentinamente estar a solas con Collin más que ninguna otra cosa. «La Muerte sabe dónde vivimos todos, pequeño. Todo lo que podemos hacer es darnos las manos hasta que llegue y llame a la puerta. Si tú estás dispuesto, yo lo estoy, ¿de acuerdo?». —Lo siento —murmuró Natalie—. No pretendía ponerte incómodo. Jeffnegó con la cabeza. —No —dijo, seguido de uno más convencido—: No; para nada. Siempre es bueno saber de dónde viene Collin. —¿Y de dónde viene? —le preguntó Natalie con amabilidad.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Del mismo sitio que yo —admitió, sintiéndose inexplicablemente vulnerable delante de aquella agradable mujer—. De un miedo terriblemente cegador. Solo que él es más valiente que yo al afrontarlo. —Bueno, cariño, él tenía cinco años. Quizás simplemente ha tenido más tiempo para planear su estrategia de batalla, ¿sabes? Jeff le ofreció una sonrisa cálida pero temblorosa. —Creo que conseguiste sobrevivir a su infancia, y eres una mujer muy sabia. Probablemente debería escucharte. Natalie le sorprendió entonces con un beso en la mejilla limpiándole después con cuidado el lápiz de labios. —Yo creo que deberías venir a la noche de las películas el viernes de la semana que viene. Mis hijas tienen que conocerte para saber que lo que digo tiene lógica. Jeff sonrió y agachó la cabeza, entendiéndolo por el honor que era. —Martin y yo estaremos aquí —dijo, y fue una cita. En ese momento, Collin asomó la cabeza en la cocina. —Mamá, voy a robar a Jeff un momento y a llevármelo para el único pitillo del día, ¿vale? Natalie hizo una mueca. —¡Puaj, Collin! ¿Todavía estás haciendo eso? —Bueno, sí. ¡Pero solo una vez al día! —Collin sonrió con descaro, y Jeff se disculpó y le siguió, saliendo por la puerta de atrás de la pequeña casa de rancho. Quería ver la antigua habitación de Collin, que al parecer estaba completamente dedicada a los coches y trenes en miniatura con la esperanza de que un día el nieto de Natalie quisiera jugar allí, del mismo modo en que una habitación había sido pintada para las nietas, e incluso la que Collin llamaba cariñosamente «la habitación de los trastos de mamá» porque estaba llena de tela, lana y herramientas de encuadernar que nunca se usaban. Jeff se puso su chaqueta de cuero, porque hacía el frío suficiente como para respirar vaho, y siguió a Collin hasta un pequeño hueco entre la parte exterior de ladrillo de la chimenea y el garaje. 338


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No he comprado cigarrillos en casi un mes —le dijo Jeff mientras Collin se retiraba a las sombras—. No quería enseñarle a Martin ningún mal há... Sintió dos puños agarrándole las solapas de la chaqueta y cómo le arrastraban contra un cuerpo fuerte y joven, y la boca de Collin fue caliente y dura contra la suya. —No he salido aquí a fumar —murmuró Collin, besándole la comisura de la boca y siguiendo con la sien y la garganta. Sus manos estaban en todas partes, dentro de los pantalones de Jeff, agarrándole el culo, bajo la camisa, acariciándole la espalda, y Jeff pensó divertido que aquel quizás era uno de los peligros de tener a un amante joven, porque había creído que ya habían terminado de hacer aquello por ese día, pero Collin le estaba besando como si tan solo estuvieran empezando. Collin le apretó el culo, deslizando el dedo en la hendidura, rozando casi su entrada, y las rodillas amenazaron con fallarle. —No, pequeño —murmuró, intentando pensar racionalmente. La mano de Collin pasó a la parte frontal de sus pantalones, y los ojos de Jeff amenazaron con ponérsele en blanco. Maldición, maldición, maldición, no tenía otra muda de ropa, ni un trapo donde correrse, ni un condón (aunque no descartaría que Collin los tuviera ambos, con lubricante y estriados y listos para colocarse en el bolsillo) y quizás tenían diez minutos, así que tenían que improvisar. Se dijo a sí mismo que recordaba cómo hacer aquello en menos de tres segundos y metió la mano en los pantalones de Collin, apretando. Collin dejó de meterle mano, enterró el rostro en el hombro de Jeffy gimió. Jeff rió con suavidad, sacando la mano y forcejeando con la cremallera de los vaqueros de Collin, apartándolos. Le metió la mano deliberadamente dentro de los pantalones y sacó su pene (bastante grande e impresionante) y empezó a acariciarlo. Collin gimoteó, tan evidentemente necesitado, que Jeff le pasó el otro brazo por los hombros y le acarició la mejilla. —Chúpame los dedos —susurró, y Collin giró la cabeza y lo hizo, al ritmo de las caricias de Jeff sobre su pene, y Jeff le rozó con la nariz la 339


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane oreja y el cuello mientras lo hacía—. Eso es, pequeño, haz que esté bien resbaladizo. Sabes dónde van a ir, ¿no? Collin gimió, liberando los dos dedos de Jeff de su boca con un ruido seco. —Separa las rodillas, Collin. Sepáralas...—susurró Jeff. Sus dedos y cutículas estaban perfectos, suaves, sin pequeños cortes, ni siquiera un parche de piel seca. Estaban suaves y limpios tras lavar los platos, y Jeff no tenía escrúpulos en deslizarlos en la hendidura del culo pálido y desnudo de Collin, investigando con suavidad. Collin gimió cuando Jeff encontró su entrada, y este se inclinó sobre él, atrapando el gemido con su boca mientras empujaba dentro el primer dedo. Las rodillas de Collin casi se doblaron. Tenía un brazo alrededor de la cintura de Jeff, y por primera vez Jeff sintió como si les estuviera manteniendo en pie, a ambos, a su hermoso guerrero, que podía afrontar a la muerte simplemente porque podía, pero que se había retirado de la lucha porque en su lugar eligió amar la vida. Collin empujó con fuerza contra su mano y goteó un poco de líquido preseminal, haciendo que su movimiento fuera resbaladizo y frío y caliente por el líquido y la frescura de la noche clara. Jeff añadió otro dedo y los separó. Collin gritó algo en el refugio que era la boca de Jeff y disparó semen en el pedazo oscuro de hierba que había más allá de su pequeño cuadrante de cemento. Jeffignoró su propia erección hinchada para cuidar de Collin durante los estremecimientos que siguieron, sosteniéndole con fuerza y abrochándole los pantalones con dedos tiernos y temblorosos. Una vez que Collin estuvo vestido y tuvo la camiseta bajada alrededor de la cintura de los vaqueros mientras se apoyaba contra Jeff, temblando, consiguió hablar. —Dios, tío, no tenía ni idea de que tuvieras la constitución para esa clase de velocidad. Jeff rió un poco, preguntándose cuánto iba a durar su propia erección. 340


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Los hombres normalmente no alardeamos de eso, dulzura. Son solo algunos restos de técnicas de mis días de ligoteo. —¿Si no conseguías que se corriese en tres minutos, no valía la pena dejar la discoteca? —preguntó Collin con sequedad, y Jeff se sonrojó un poco y asintió. —Siempre vale la pena dejar la discoteca —dijo, sabiendo que su voz sonaba petulante y sin importarle en realidad. Collin rió, gruñó y de repente atrapó a Jeff en un abrazo fiero, la clase que hacía que Jeff quisiera apoyar la cabeza contra ese pecho amplio y duro, y dejarle todo a los dioses. Consiguió apoyarla en el hombro de Collin y, después de limpiarse las manos discretamente con el interior de la camisa de este (puesto que Collin podía ir dentro y cambiarse justo después de que Jeff se marchara), trazó un pómulo alto y afilado con el nudillo mientras estaban allí de pie y se recuperaban en el frío de la noche. —¿Collin? —¿Sí? —Esto va a ser algo a largo plazo, ¿no? Los ojos de Collin eran oscuros bajo aquella luz, e insondables. —Cuento con ello. —Yo también cuento con ello —dijo Jeff. Si Collin podía planear ir “a largo plazo” cuando sabía jodidamente bien y de primera mano que no había garantías, Jeff también podía hacerlo—. Yo... —«Te quiero. Creo que te quiero. Creo que quizás te quería hace un mes. Creo que hace cinco años, me enamoré de en quién te convertirías. Te quiero, pero estoy aterrorizado, y creo que ahora mismo simplemente aceptaré esto, mi cabeza sobre tu hombro, tu respiración en mi oído, y me diré a mí mismo que esto es todo lo que puedo esperar, que es más de lo que me merezco, que es más de lo que alguna gente consigue en toda su vida. Te quiero, pero voy a guardármelo en el pecho durante un poco más, hasta que sea más fuerte, hasta que sea más valiente, hasta que esté seguro de que no te haré daño con las partes rotas de mí mismo que todavía me están arañando el corazón y haciendo pequeños agujeros». 341


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Tú qué, Jeffy? —Probablemente deberían meterme en el manicomio por pensar esto siquiera —murmuró Jeff—. Pero... —¿Pero? —Pero me alegro. Me alegro de que no vayas a desaparecer mañana. Me alegro de que estuvieras aquí. Feliz Acción de Gracias, Collin. Collin le atrapó la boca con suavidad y le besó con tanto cuidado que fue como si a duras penas se tocasen. —Feliz Acción de Gracias, Jeff. ¿Cuándo puedo volver a verte? «La semana que viene, el mes que viene, el año que viene...». —Mañana por la noche —suplicó Jeff, y Collin volvió a besarle. —Iré alrededor de las siete. Traeré una película... Transformers o algo así. A Martin le encantará. —Suena genial, Vivaracho. No puedo esperar. —¿Jeff? —¿Sí? —Me gusta de verdad cuando me llamas “Collin”. —Bueno, cuando me gustes de verdad, eso será lo que te llame —respondió Jeff remilgadamente, y fue recompensado con la risa de Collin. —Bruja. —Feo. —Cállate y bésame. —Feo mandón... mmmmm... La esperanza sabía mejor que la tarta.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

COLLIN:UNCOSQUILLEO DE PÁNICO DEACON

VOLVIÓ a casa el domingo después de Acción de Gracias.

Collin estuvo en la tranquila fiesta de bienvenida, que duró solo lo suficiente para que el hombre de honor se quedase dormido. Después de eso, Collin estuvo divertido, seguido de impresionado, cuando Jeff, Shane y Benny crearon una agenda en la que algunos de los chicos de Casa Promesa vendrían y ayudarían con los caballos y los otros miembros de la familia cocinarían. Mikhail se mosqueó en cierto momento cuando no se le permitió ayudar tan a menudo como habría querido, y se dio la vuelta y salió bufando en dirección a Collin. Collin le saludó con una sonrisa por encima de su refresco, y Mikhail se cruzó de brazos y se enfurruñó. —Estoy seguro de que otra persona cocinará bien —dijo Collin intentando ayudar, y fue recompensado con el ceño de Mikhail. —No lo entiendes —murmuró—. El año pasado, esa gente... después de que mi madre muriera, ellos.... acudieron en mi rescate. No puedes hacer suficiente por gente así. No puedo hacer suficiente. Collin arqueó las cejas, impresionado de nuevo. —Estoy seguro de que tendrás tu oportunidad —le consoló, sintiendo que era algo trillado, y fue recompensado con los ojos en blanco de Mikhail. —Espera y verás, mecánico. Algún día te ayudarán, y te quedarás sin palabras. Ahora tienes una familia... Eres afortunado. Pero esta familia te apoyará, y no sabrás cómo devolverles el favor, y yo me reiré de ti, pero aquí estoy. Con el único permiso de cocinar chile.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Mikhail se marchó después de eso, y Collin se quedó mirándole sorprendido. ¿Una pequeña diva exasperante? Sí. ¿Pero un amado miembro de aquella pequeña familia? No cabía duda. Crick entró tras ocuparse de los caballos y miró el calendario terminado con una cara que parecía haber afianzado en “estoico”. —Chicos... esto es genial —murmuró—. Esto... Esto ayudará tanto. Sonrió un poco, besó a Benny en la mejilla y agachó la cabeza mientras salía de la habitación para ver cómo estaba Deacon. Benny negó con la cabeza. —¡Oh, Dios mío! ¡Si se vuelve aún más escueto, va a ser exactamente como Deacon! Jeff miró en la dirección en que se había ido, pensativo. —Creo —dijo en voz baja— que Deacon acaba de hacer lo que Iraq no hizo. —Joder —murmuró Benny, olvidándose por un momento de las grandes orejas de Parry Angel—. Tío, incluso yo sé que esa es una manera horrible de madurar. Jeff alzó la vista y miró a Collin a los ojos durante un momento, con los suyos oscuros y taciturnos, pensativos. —A mí me lo vas a decir. Collin no tuvo que preguntarse de qué estaba hablando, y se pasó una semana o así preguntándose si Jeff iba a volver a intentar, una vez más, convencerle de que encontrase a otro con el que tener un enamoramiento. Eso habría sido imposible, por supuesto, porque aquello ya había ido mucho más lejos que un “enamoramiento”, entrando directamente en «Viviré en tu apartamento amanerado con su vergonzosa moqueta blanca solo con tal de poder dormir a tu lado cada noche y ver tu rutina de belleza enloquecedoramente larga cada maldita mañana». Se estaba acercando de manera peligrosa, enloquecida y genial al amor. Así que todo era rosa, ¿verdad? (Rosas... Collin tomó una nota mental de enviarle rosas a Jeff. Apreciaría las rosas, y no era algo que 344


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin hubiese tenido nunca la oportunidad de hacer con un novio. La mayoría de sus otros novios habían sido hombres bajos y nervudos que hubiesen preferido tener un cheque regalo para Sharper Image). Eso no ocurrió hasta dos semanas después de Acción de Gracias. La semana posterior a Acción de Gracias, que era también, casualmente, casi tres semanas antes de Navidad, Collin sintió un cosquilleo en la garganta. Eso era algo malo. La semana en sí misma había sido, de hecho, maravillosa. Espectacular. Formidable. El lunes después de Acción de Gracias, la noche después de que Deacon volviera a casa, Collin se pasó con una película y tuvieron una noche de cine para chicos. Estuvo completa con palomitas de microondas, a las cuales Con, la enorme montaña peluda y gris de ojos saltones, le gustaba robar de sus regazos un grano cada vez y darle zarpazos alrededor de la encantadora alfombra bereber hasta que estaba muerta. Bebieron demasiado refresco, y hubo abucheos contra la pantalla de todas las partes involucradas. A Collin le encantaba mirar películas de acción malas; siempre las consideraba un entretenimiento interactivo. La segunda película había sido una comedia romántica, y mientras Martin se había sentado con las piernas cruzadas en el sillón reclinable, Jeffy Collin estaban en el sofá, el uno junto al otro. En la oscuridad. Para el final de la película (ya era hora de irse todos a la cama), Jeff estaba apoyándose contra los brazos de Collin, y ambos habían estado dormitando lo suficiente como para volver a centrarse con un salto cuando Martin se puso en pie y encendió las luces. —¡Oh, me dan arcadas! —murmuró Martin, poniendo los ojos en blanco mientras ellos se sorprendían y recordaban dónde estaban—. Sois tan terriblemente dulces que me va a dar una subida de azúcar. Collin parpadeó con ojos soñolientos y sonrió de oreja a oreja cuando comprendió que lo de “las arcadas” no había tenido que ver con lo gay; simplemente había sido por la dulzura.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Adelante, Martin —murmuró—. Menuda manera de dejar entrar el amor. —Dios, estaba cansado. Jeff y él habían trabajado el día después de Acción de Gracias, y había sido un día infernal. —Sí, sí, sí. ¿Quieres que deje entrar el amor de verdad? Te diré lo que hace falta. Pasa la noche en la habitación de Jeff en lugar de en el sofá, para que no tenga que ver tu desagradable culo cuando me levanto intentando ver los dibujos de la mañana, y me lo tomaré como un favor personal. Collin había estado planeando conducir hasta casa, pero no iba a mirarle los dientes al regalo de una noche en la cama de Jeff. O el culo. O lo que fuera. —¿No eres un poco mayor para los dibujos? —El hecho de que no tengas ni idea de lo geniales que son los dibujos a mi edad demuestra que también eres demasiado viejo como para relacionarte conmigo. Vete a la cama, anciano. —¡Oye! —protestó Jeff, poniéndose de pie con Katy en los brazos, lo cual era difícil cuando estabas cansado. Debía de serlo; Jeff tuvo que detenerse y tambalearse durante un segundo para recuperar el equilibrio—. Si él es viejo, ¿qué demonios soy yo? —Eres terriblemente viejo. Ahora iros a la cama. Sé que los dos tenéis que trabajar mañana, y os quiero vestidos antes de que salgáis de esa habitación, o puede que necesite vomitar de verdad. Martin se marchó a la cama susurrando algo sobre demasiados hombres en ropa interior, y Collin y Jeff se pusieron en pie y se miraron el uno al otro, parpadeando con ojos divertidos. —¿Estaba soñando, o de verdad conseguimos hoy dormir en la misma cama, Vivaracho? —No lo sé. Vamos a tirarnos en ella, donde podemos soñar un poco más al respecto. Lo hicieron, lo bastante cansados como para que lo único que hicieran en realidad fuera pasar unas manos lentas por el cuerpo del otro y juguetear hasta provocarle al otro una erección lánguida antes de caer dormidos, pero estaban juntos, sanos y felices, y eso era suficiente. Collin 346


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane había olvidado lo encantador que era simplemente dormir con un hombre, y decidió que debía hacerlo más a menudo.

ESE MIÉRCOLES, el día en que tuvo el cosquilleo en la garganta sobre el que no quería hablar, Collin, Shane y algunos de los chicos de Casa Promesa se encargaron de la carga de trabajo de Collin. Era más divertido de lo que había anticipado; podía enseñarles la profesión en la que había gastado la mayor parte de su vida, aprendiendo de otros monos grasientos exactamente como él. Se sentía muy bien, y Collin pudo pasar más tiempo con Shane, lo cual era agradable. El hombretón no siempre hablaba siguiendo una línea recta, y el sarcasmo parecía chocar contra una gran pared de algodón que se alzaba a su alrededor, pero era amable, tranquilo y sabía muchísimo de coches. También consentía sin un ápice de vergüenza a Mikhail, sin resultar nauseabundo al respecto. Los chicos lo sabían, le dirigían gestos de dolor sobre recibir esas respuestas tan bruscas, y Shane les sonreía y brillaba más allá de todo eso. Collin podía ver por qué Jeff le adoraba, y por qué le llamaba cosas como Aspiradora Peluda al mismo tiempo. Esa noche pudo salir del trabajo temprano, y tras una parada en su casa para ducharse, se dirigió a la de Jeff. Martin estaba con él, y rebuscó entre su colección de videojuegos mientras él se duchaba. También había pasado todo el día en el taller, y Collin se imaginó que se había ganado el derecho de escoger algo que involucrase sangre, vísceras y copiosas cantidades de violencia. Finalmente, fueron hacia el elegante apartamento de Jeff con algo de comida para llevar y un videojuego nuevo. Este fue un éxito, pero terminaron de jugar a las nueve de la noche y Martin les miró a los dos y suspiró. —No es que no os quiera mucho a los dos, pero tengo que decir que echo de menos algunos deberes. Collin arrugó la nariz (¡Auch!), pero Jeff pareció compasivo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Se está acercando el momento de decidir, ¿no? —preguntó con amabilidad, y Martin se encogió de hombros. —¿Sabes? —dijo Jeff, pareciendo nervioso—, siempre podrías asistir a la escuela de este distrito. Tenemos tus registros para los paquetes de estudio independiente, y el distrito en el que vivo es mucho más diverso que Levee Oaks. Martin consiguió sonreír ampliamente. —¿Quieres decir que hay más gente negra? Jeff le devolvió la sonrisa. —Y marrón, y amarilla, y melocotón... Martin negó con la cabeza. —Sabes, no puedo acostumbrarme a eso. Lucas era como la única persona blanca en nuestro barrio. —Suspiró, pensativo—. Pero probablemente Kevin era la única persona gay en el barrio, así que bueno, quizás, ya sabes... —Tiene sentido —dijo Collin, alegrándose de poder contribuir en algo—. Quizás es por eso por lo que eran tan buenos amigos; porque sabían qué se sentía al estar fuera. —Pensó dolorido en su pequeño grupo de amigos en el instituto. Habían sido tan cercanos, de manera casi incestuosa. Estaban en la misma onda, eran gay, eran jodidamente invencibles. Hasta que todos fueron derribados contra el suelo por follar. Se preguntó sobre aquellos chavales que no se habían hecho las pruebas y sobre cómo lo llevarían. Dios, a veces el pasado era difícil de mirar. Martin al parecer pensó lo mismo. Se estaba abrazando las rodillas, y con lo imposiblemente alto que era, aquella era una posición incómoda y a la defensiva. —Pero no hay manera de esconder que eres blanco —dijo en voz baja—. Quizás es por eso por lo que Lucas se esforzó tanto en ayudar a Kevin a esconder que era gay.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Esa es una muy buena razón. —Jeff miró entonces a Collin, y este pensó que Jeff jamás habría sido capaz de esconderlo, ni siquiera si lo hubiese intentando. ¿Cómo había conseguido su familia no saberlo?—. Ayuda tener amigos que te entiendan. Martin, ¿conoces a cualquiera en casa que pueda ver que Kevin seguía siendo solo Kevin? Martin pensó en ello, esforzándose, y a continuación se encogió de hombros. —Tengo un primo...—Miró a Jeff de reojo, avergonzado—. Se lo he estado haciendo pasar mal desde que éramos pequeños. Pero creo que él podría hacerlo, de verdad. Jeff exhaló con fuerza por la nariz. —De acuerdo. Bueno. Eso es un comienzo. Sin presiones, ¿vale? Eres bienvenido, de verdad, todo el tiempo que quieras. Pero... —Jeff volvió a lanzar una ojeada triste a Collin—. Mira, Martin, no he sido capaz de visitar a mi familia durante... Van a cumplirse ahora doce años. Y duele. Ahora tengo una nueva familia, ya lo sabes, y... y les quiero, puede que incluso más porque no creo que tenga que preocuparme nunca de que me quiten el suelo de debajo de los pies. Pero... Y a Collin se le encendió la bombilla sobre por qué estaba Martin allí todavía. Era duro. Tirar del hilo sobre cómo había terminado aquel adolescente improbable en aquella familia improbable llevaba a deshacer toda una madeja teñida de dolor en un tono té fuerte. La familia de Jeff, el dolor de Jeff, la familia de Martin, el dolor de Martin... Dios, incluso el terrible lío de Collin en el instituto, todo estaba conectado de algún modo, ¿no? Incluso un chico de catorce años podía verlo, porque Martin mantuvo los brazos apretados alrededor de las rodillas como consuelo cuando habló. —No quieres eso para mí. —Tampoco lo quería para Kevin —dijo Jeff con pesadez, y Collin apretó el brazo alrededor de los hombros de Jeff. Dios. Solo «auch»—. Es por eso por lo que no oíste nada de mí hasta que encontraste la carta.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Martin asintió, y entonces se puso de pie, como si aquella conversación no tuviera ningún sitio al que llegar. —Tío, voy a ir a leer un rato. Si sigues comprándome esos libros de gente blanca muerta, bien podría leerlos. Hubo una suave brisa de alivio recorriendo la habitación. Llegarían allí... con el tiempo, la conversación llegaría allí, probablemente sin la presencia de Collin, pero se hablaría de esas cosas. Solo que no aquella noche. —¿Qué hombre blanco muerto estás leyendo ahora? —preguntó Collin con curiosidad. Él mismo nunca había sido un fan. —Charles Dickens. Tío, si yo hubiera vivido durante la revolución francesa, habría ido directo y me habría cargado a algunos de esos idiotas. Collin consiguió esconder su risa entre dientes hasta que Martin desapareció dentro de su habitación, pero después se recostó y se rió contra el cuello de Jeff, rodeándole el pecho con el brazo hasta que las risitas se detuvieron. Y entonces Jeff le miró desde unos ojos cansados y amables, y bajó la boca para un beso. Era quizás la primera vez que Jeff había tomado el control de un beso, que había sostenido el rostro de Collin entre las manos, que había iniciado el contacto y que se había hundido en su boca, insinuando las manos para tocarle el pecho y que había, de manera simple, seducido a Collin hasta que este murmuró. —¿Va a ser Martin capaz de soportar el ruido esta vez? Jeff gruñó. —Eso espero, pero intentaré no hacerte gritar demasiado alto. Collin se había reído entre dientes contra su boca, pensando que Jeff estaba bromeando, y después se habían escabullido a la habitación de este como niños malos. Fue entonces cuando Jeff le desnudó, besándole las clavículas («¡Tan marcadas, Vivaracho!»), los bíceps («¿De verdad tienes tantas cosquillas?») y la piel tierna y peluda bajo el ombligo («¡Me encanta que la alfombra vaya a juego con las cortinas!»). Le besó, hizo

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane comentarios sobre él y, en general, simplemente le deseó hasta que las manos de Collin se movieron febrilmente, agarrando el cabello de Jeff cuando este se dejó caer de rodillas y le quitó los vaqueros y la ropa interior. —Jeff, estoy cerca... —Su voz tenía un tono de advertencia, pero Jeff murmuró. —No te preocupes, Vivaracho, estoy completamente preparado. Con eso sacó uno de esos condones de polímero ultra fino del bolsillo y lo desenrolló sobre la erección hinchada y dolorida de Collin. Entonces bajó la cabeza y engulló su pene con toda la boca, apretando los labios y empujando la cabeza hasta que llegó a la base, y succionando tan fuerte que Collin se sorprendió de que los ojos no se le pusieran en blanco, desaparecieran y se le salieran por la punta. «Señor, vaya si Jeff podía dar una mamada». Era exquisita, fuerte en el cuerpo y delicada y provocadora alrededor de la punta. Su boca era cálida y húmeda, incluso a través del condón. Collin tuvo que apretarse la palma de la mano contra la boca y morder para evitar gritar solo por su liberación a los cielos, e incluso cuando terminó, llenando el condón de humedad y calor a su alrededor (lo cual siempre había sido algo excitante) pasó un rato difícil intentando evitar gemir en voz lo bastante alta como para despertar a los inquilinos del piso de al lado. Cayó en la cama de costado, jadeando y forcejeando todavía para salir de los vaqueros, y miró a Jeff, que se estaba levantado del suelo, todavía completamente vestido. —Maldición. —¿Eso es todo lo que tienes? —Maldi-ñam, Jeff... Jeff se quitó sus pantalones de yoga y puso una rodilla sobre la cama, vestido con su camiseta y unos calzoncillos lilas (¡!) de seda. Collin frunció el ceño. —Camiseta también fuera —dijo, y Jeff obedeció con facilidad. 351


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —No sé, Vivaracho. Creo que quizás deberías leer también a algunos hombres blancos enfadados y enfurruñados... Necesitas trabajar en esa gramática. Collin gruñó y se movió hasta que tuvo la cabeza sobre la almohada; entonces se dedicó al asunto de quitarse el condón y limpiarse con las toallitas húmedas que Jeff había empezado a guardar junto a la cama, antes de subirse los bóxers que todavía tenía alrededor de los tobillos. —¿Quieres que te ayude a terminar? —preguntó, y Jeff negó con la cabeza. —No... solo quería dar —dijo, sonrojándose. No pudo mirar a Collin los ojos hasta que este le tomó por la barbilla y obligó a esos ojos marrón a oscuro a cruzarse con los suyos. —¿Qué? Jeff sacudió la cabeza con violencia y se escabulló bajo la colcha. Collin le siguió, apagando las luces. —Ahora está oscuro, Jeff. Puedes hablar conmigo. —Muy divertido, Vivaracho. —Hablo completamente en serio. Ahora gírate para que podamos hacer la cucharilla. —Jeff lo hizo y Collin se pegó contra su espalda, atrayendo ese cuerpo largo y afilado contra él y acomodando los brazos entre las costillas huesudas y el hueso de la cadera, que no parecía ir a desaparecer bajo la grasa. Su brazo encajaba bien allí, y puesto que tenían la misma altura, significaba que podía inclinar la cabeza ligeramente y tocar con los labios la nuca de Jeff. Hizo exactamente eso durante unos segundos y, después, cuando Jeff no dijo nada, empujó de manera insistente con la frente. —¿Qué? —preguntó Jeff, sonando un poco adormilado. —Se suponía que tenías que hablarme. Jeff guardó silencio durante un momento, dibujando patrones suaves sobre el brazo de Collin. Este cambió de posición y le tomó la mano, casi sorprendido cuando la voz de Jeff surgió de la oscuridad.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Solamente era tu turno de recibir algo a cambio de nada, eso es todo. —¿Repite? —¿Cómo?, no me he corrido antes. —¡Eso no fue idea mía! Los dedos de Jeff pasaron sobre su estómago y se entrelazaron con fuerza con los de Collin. —Vaya, no me digas, Vivaracho. Fue idea mía. ¿Nunca te ha... importado alguien tanto que querías hacerle feliz, y tus tonterías simplemente no entraban en consideración? Collin cerró los ojos hasta que vio estrellas y respiró con cuidado. —Cada vez que estamos juntos —dijo al fin. —Sí, bueno. —Jeff intentó encogerse de hombros, pero Collin le rodeaba con demasiada firmeza como para dejar que sus hombros se movieran—. Solo quería demostrarlo por una vez, eso es todo. Collin sintió ganas de reír y llorar al mismo tiempo. —¿Qué ha provocado eso? —Daño cerebral. Ahora duérmete. Collin bajó más la mano, cerrándola sobre el pene semierecto de Jeff a través de los calzoncillos, y apretó solo un poco. Jeff volvió a cogerle la mano. —Para, Vivaracho. Necesitas dormir. Has estado pasando aquí las noches y yendo a trabajar por las mañanas. Te ves cansado. —Sí, mamá. Todo el cuerpo de Jeff se puso rígido. —Um... ¡puaaaj! Collin rió entre dientes durante un minuto y después dijo algo completamente serio.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Si te pregunto algo, ¿me prometes no volver a hacer ese pequeño y desagradable sonido afeminado? —Sí, Vivaracho. Promesa de dedo meñique. —Eres hilarante. Ja, ja. —Collin se sonrojó en la oscuridad. Nunca le había preguntado antes a un amante aquello, con o sin VIH, pero era algo pequeño, una simple intimidad que echaba de menos. Intentó no obsesionarse con ello, pero a veces, cuando la garganta le cosquilleaba y se cansaba demasiado rápido, le saltaba a la cabeza, y simplemente quería compartir aquella pequeña pérdida. —Escúpelo —murmuró Jeff, besándole la mano de manera ausente en la oscuridad. Quizás fue el beso lo que lo consiguió. Después de todo, se trataba de simple cercanía. —A eso me refiero, precisamente. ¿Alguna vez echas de menos el... derrame? ¿El sabor? ¿El semen de verdad? Es el por qué... es el por qué me gusta que te corras sobre mí a veces, en lugar de correrte mientras estoy dentro de ti. —Ahora era todo el cuerpo de Collin el que se estaba sonrojando, y lamentaba haber sacado el tema—. Echo de menos el sabor... ¿tú... tú...? Jeff tragó. Collin pudo oírle en la oscuridad. —¿Que si quiero saborearte? —preguntó con voz débil—. ¿Quieres decir si quiero tener sexo contigo sin el gran condón mental de tener cuidado entre nosotros? ¿Es eso lo que estás preguntando? Collin cerró los ojos. Ahora se sentía avergonzado no porque se tratara de sexo, sino porque volvía a doler de nuevo. —Sí. —Vivaracho, si tú... No tienes ni idea de cuánto quiero estar así de cerca de ti. Quiero saborearte y sentirte piel contra piel, dentro de mí, sin contener nada. ¿Pero quieres saber lo que quiero incluso más que eso? Fue el turno de Collin de tragar. —Adelante.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Quiero que los dos sigamos por aquí durante un tiempo muy largo, lo bastante largo como para que nuestros... nuestros... Dios, esto es cursi.... pero para que nuestros malditos corazones estén más cerca el uno del otro de lo que puede serlo un pequeño acto sexual. ¿Está eso mal? Oh, Dios. Collin se sintió débil; Señor, él nunca se ponía lloroso. No por películas, ni por libros, ni por amantes. Quizás era solo el cosquilleo de la garganta, y quizás era el cansancio, o quizás era solo... solamente Jeff. Un mes antes, él había sido un enamoramiento con un poco de agradecimiento añadido. Ahora era... era complejo. Espinoso. Amable. Generoso. Sufriendo, y tan valiente. Y Jeff quería que siguieran por allí por un tiempo. Quería que sus corazones estuvieran más cerca que sus cuerpos, por mucho que le doliera decir algo tan sincero. —No está mal —susurró Collin—. No está mal. Yo también lo quiero. Señor, Jeff... Lo deseo tanto que ni siquiera puedo decírtelo. Jeff se dio la vuelta entre sus brazos entonces, y capturó su boca en otro de esos besos narcotizantes. Aquel fue largo, profundo y lento, y cuando llegó a su fin ambos respiraban con dificultad, pero no con pasión. Jeff apretó los labios contra un punto de su mejilla, y Collin sintió como sacaba la lengua y saboreaba el vergonzoso pequeño rastro de una lágrima. —Esto —dijo, apartándose y lamiéndose un poco el labio bajo la luz de la calle que entraba por la ventana—. Saborear tus lágrimas, gana a saborear tu semen directamente, Vivaracho, ¿me oyes? Collin asintió y besó a Jeff en la frente. —Te oigo, Jeffy. Yo también te quiero. Jeff no le respondió, pero Collin no había esperado que lo hiciera. como las lágrimas; las palabras simplemente llegaban porque las Era sentías. Collin no quería asediarlas, pero algún día, pensó, podría querer mencionar, de manera casual, que nunca antes se las había dicho a otro hombre. Así que a la mañana siguiente estuvo cabreado y nada preparado al encontrar que el pequeño cosquilleo en la garganta y el leve rastro de 355


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane cansancio que había hecho que no saltara sobre el cuerpo de Jeff hasta que estuvieron haciendo sonidos vergonzosos en la profundidad de la noche se había convertido en una garganta dolorida en toda regla, en dolor de cabeza y en la gripe. «Oh, mierda». No era completamente cierto que cada portador del VIH sintiera que estaba a solo un estornudo del hospital para enfermos terminales. Lo que sí era verdad era que cuidar de la salud de uno era absolutamente imperativo. No dejar que te debilitases, no permitirte cansarte demasiado, llevar guantes y gorro cuando hacía frío, tomarte las vitaminas y comer tus verduras como si fuera un deporte olímpico. Aquellas eran prácticamente las palabras exactas del médico de Collin de la clínica CARES. Había vivido según éstas; esa era una razón más por la que mantener el apartamento del garaje al lado de su madre. Así ella podía hacerle brócoli que sabía bien. Así que despertarse con una garganta dolorida y una cabeza llena de algodón... eso no era algo bueno. Despertarse y tener a tu amante poniéndote la mano en la frente y diciendo: «Señor, Vivaracho. Estás ardiendo. Llamaré a Joshua y le diré que hoy no vas a ir», realmente no era algo bueno. —¡Maldita sea! —se quejó (lloriqueó), esforzándose por abrir los ojos—. Hoy estamos hasta el culo de trabajo. No puedo estar enfermo. Jeff le miró por encima del teléfono móvil de Collin, el cual había sacado de los vaqueros que simplemente estaban tirados allí en el suelo de la noche anterior. —Lo siento, Vivaracho, pero estás enfermo. De hecho, tienes fiebre. Te diré lo que haremos; voy a llamar a Shane y a los chicos de Casa Promesa. Ellos ayudarán a Joshua a hacerse cargo del trabajo, y llevaré a Martin antes de llevarte a ti al médico. —Todo el mundo tiene la gripe de vez en cuando —dijo Collin a modo de queja, aunque sabía que no era verdad. Había recibido su vacuna de la gripe como todos los otros buenos pacientes con VIH, y si tenía un resfriado con fiebre en aquel momento, su recuento de células bajas debía de estar bajo, lo que significaba...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Ahh, mierda —gimió, realmente molesto—. ¡No quiero que me jodan la medicación! Nadie quería que le cambiaran la medicación. Los efectos secundarios de la gran cantidad de antivirales químicos que Jeff y él tenían que tomar para seguir estando sanos variaba desde la psoriasis, pasando por las náuseas, la diarrea y su desagradable primo, el estreñimiento, hasta un pene permanentemente flácido. Una vez que los medicamentos se establecían, equilibrados de manera que una persona pudiera comer de manera decente, no se le volviera la piel verde ni se le cayera la polla, esta no quería joder algo que funcionaba bien. Dios sabía lo que podría traer el mañana si tenían que meterle mano en la puta medicación. Cuando todo estuvo dicho y hecho, fue algo realmente bueno el que Jeff estuviera allí para ayudarle a averiguarlo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: NOTE PREOCUPES, PEQUEÑO JEFFLO sabía. Había notado cómo Collin dormía de manera intranquila junto a él esa noche, caliente, sudando e incómodo, y cuando se había despertado, en lugar de estirarse posesivamente sobre la cama y sobre Jeff, Collin estaba hecho una bola temblorosa. Oh, por todo lo que era sagrado. Durante un momento, solo un momento, Jeff, que normalmente era tan seco y práctico sobre los asuntos relacionados con la salud como con todo lo demás, entró, de hecho, en un vórtice mareante de pánico. Collin... oh, Señor. El chico que le había dado esperanza, que le había hecho sentir seguro y había cargado con una tonelada sin fin de su tontería emocional, y oh, por el amor de Dios, el que le había permitido sentir, en el sentido de sentir como para tumbar tu vida sobre las vías del tren por esa persona, por primera vez en seis años... Estaba enfermo. Y en el mundo de Jeff y Collin, estar enfermo era algo jodidamente aterrador. Hizo todo lo que pudo para no llamar a Doc Herbert y arrastrar a Collin gritando en ropa interior hasta la única fuente de consuelo médico que había tenido Jeff durante los últimos seis años. De hecho, entró deliberadamente al baño, se lavó los dientes, se peinó el pelo con agua y despertó a Collin poniéndole la mano en la frente. No le dijo que ya le había tomado la temperatura usando el rápido termómetro de oído que había comprado en cuanto le diagnosticaron y se puso paranoico perdido. Estaba a treinta y nueve grados. Llamó a Joshua, manteniendo la voz tan tranquila como fue posible, pero el anciano no fue engañado ni un poco.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Quieres que se lo diga a su madre? Ella tiene a su médico en llamada rápida. Jeff tragó. —Igual que Collin —dijo con suavidad—. La llamaré cuando tengamos un plan y un diagnóstico. Puede que tengan que cambiarle la medicación. —Puaj —dijo Joshua con pocas palabras, y Jeff encontró que podía sonreír. —A mí me lo vas a decir. Encontró el número del médico de Collin en llamada rápida, y de repente el profesional de la salud poseyó su cuerpo y le calmó por completo. —Sí, le llevaré inmediatamente. Antibióticos por vía intravenosa... todos. Lo sé. Sí... una vez que haya comprobado su carga viral pensaremos en un nuevo antiviral. Sí... le cuidaré mientras esto dure, no se preocupe. Yo puedo llamar a su madre. No se preocupe... lo tengo todo bajo control. Colgó el teléfono de Collin y se giró para encontrarle mirándole con los ojos nublados. —Señor, Jeffy, es como si ya lo hubieras hecho antes. —Sí, bueno, Vivaracho, la edad tiene sus beneficios. No son muchos, pero ahí están. Jeff le miró, allí, tumbado sobre la cama de matrimonio casi delicada. Su cuerpo todavía estaba bronceado, y de algún modo parecía... mal. Dios, ese cuerpo... era tan delgado, tenso, activo y vital... no estaba bien verle laxo e impotente. No estaba bien ver esa cara bronceada y delgada completamente pálida, con manchas de color en las mejillas. Collin era tan fuerte, tan maduro, un joven que tenía todos sus asuntos tan bien controlados. Nadie debería verle así. Rodó y gruñó, enterrándose en las grandes almohadas acolchadas que Jeff se permitía. Su cabello era un completo desastre, y Jeff apreció lo que debía costar dejarlo crecer y mantenerlo limpio y brillante. Collin, con

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane todas sus peculiaridades de hombre, guardaba el bolsillo secreto ocasional de reinona, y ese cabello largo de chico malo era parte de ello. Dios, se hacía querer. —Collin, pequeño, no quiero que te preocupes por nada, ¿vale? Lo tengo todo cubierto. No te preocupes. Voy a cuidar de ti. Jeff se acercó más a la cama y depositó un beso sólido en la sien de Collin, y este, que no había sido nada sino un adulto y todo un hombre desde que había hecho el primer movimiento con Jeff, de hecho lloriqueó mientras se movía hacia el tacto de Jeff. —Lo prometo —susurró Jeff, besándole la mejilla—. Voy a cuidar de ti. Había tantas cosas... pero Jeff había sido un planeador meticuloso, una criatura de detalles durante los últimos seis años de su vida, e incluso antes de eso. No entrabas en la facultad de medicina sin organización, previsión y sin ser capaz de hacer una puta lista y mantener la cabeza fría. Paso 1: Llamar al médico. Hecho. Paso 2: Llamar al trabajo y que cancelen tus citas. Durante dos semanas. Hecho. Paso 3: Llamar a la madre de Collin. Decirle que vas a llevarlo a Kairse y que la llamarás más tarde. Permanecer tan tranquilo como ella, como si todo eso fuera pura rutina. Pretender que no te sudan las manos y que no estás pensando en la manera en que, maldita sea, te has enamorado tanto y tan profundamente de este hombre que es como caer desde un edificio y hacer un agujero, atravesando el pavimento, hasta llegar a las cavernas negras y escondidas de la confianza, el dolor y el miedo que hay debajo. Hecho. Paso 4: Llamar a Shane, bendito sea, y tratar de no recordarle que te pasaste dos semanas durante el último febrero encontrando maneras de convencer a su pequeño y asustadizo novio diva de que la familia de El Púlpito se merecía jugársela. Conseguir su completa coordinación para que los chicos de Casa Promesa vayan y mantengan el negocio de Collin en funcionamiento sin él, recibiendo un ofrecimiento sorpresa de parte de Mikhail para ir a por Martin, lo cual eliminaba los pasos 4 y 5, en donde

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane ibas a encontrar un modo de convencer a Kimmy o a Benny de que fueran a buscar de todos modos a Martin y le dejasen en el taller. Hecho. Paso 5, revisado: Intentar que no se te escape el temblor en la voz mientras se lo agradeces, por y para siempre, y él dice de esa manera tranquila tan suya: «No te preocupes, Jeff. Cuida de él. Os estaremos enviando nuestros mejores deseos, ¿de acuerdo?». Hecho. Paso 6, revisado: Darle las gracias a Martin, completamente sorprendido cuando aparece en la cocina con una mochila ya preparada para pasar la noche fuera, y te dice que Collin está vestido y listo para irse y que él esperará a Mikhail solo. Hecho. Paso 7, revisado: Aceptar su abrazo y su consuelo y su «Va a ponerse bien, Jeff. Va a ponerse bien. Tío, tengo fe, ¿vale? Los dos vais a estar bien», susurrado con un abandono total y completo. Abandonar la estúpida lista porque el hermano pequeño de tu novio muerto te está dejando llorar un poco sobre su hombro y te sientes como un gran llorica agradecido, sentimental y preocupado antes de controlarte y recordar que tienes unas buenas agallas rosas y un juego de pelotas peludas, y que alguien a quien amas (oh, Dios santo, lo haces de verdad) cuenta contigo para conseguirlo. Hecho.

COLLINSE encontraba un poco mejor en el coche; el ibuprofeno ayudaba a bajar la fiebre justo un grado, así que estaba un poco más cómodo. —Lo siento —murmuró mientras Jeff lo arropaba con una cálida manta de franela para el viaje—. Tienes que volver a ir al hospital. —Recuerda que trabajo en uno, Vivaracho —dijo Jeff con despreocupación, dando un sorbo a su taza de café antes de ponerla en su sujeción y prepararse para salir del aparcamiento del bloque de apartamentos. Martin le había preparado el café mientras él estaba al teléfono e intentaba no entrar en pánico. La idea de la amabilidad de ese chico y de su abrazo sólido y salvavidas esa mañana le hacía tener ganas

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane de llorar. «Oh, Kevin, no tienes de qué preocuparte. Tu hermano pequeño ya es un buen hombre.» —A veces me olvido —dijo Collin de manera soñadora—. Me olvido de lo bueno que eres cuidando a la gente, porque nunca te he visto cuidar de ti mismo. Jeff dejó escapar una risa débil y dio otro sorbo a ese maravilloso café. Señor, junto con todos sus otros talentos, Martin podía avergonzar a los camareros del Starbucks. ¿De qué demonios iba todo eso? —No sé si te has dado cuenta, pequeño, pero estoy muy implicado en cuidar de mí mismo, y tengo las facturas de los productos de aseo para demostrarlo. —Dejó el café y se sorprendió de encontrar su mano dentro de la caliente y sudada de Collin, incluso mientras manejaba el coche cruzando Truxel hacia la autopista Garden. Kaiser, en Cottage, eso era lo que le había dicho la madre de Collin. —Eso no es de lo que estoy hablando —murmuró Collin, y Jeff apretó su agarre sobre su mano. —Sé de lo que estás hablando, Collin —murmuró, demasiado preocupado de repente como para ser nada más que completamente sincero—. Estás hablando sobre lo que has estado haciendo por mí durante el último mes. No creas que no lo sé. Pero no hagas que me ponga todo empalagoso por ello ahora mismo, ¿vale, pequeño? Voy a cuidar de ti, voy a ocuparme de esto, y no puedo hacer nada si estoy pensando en todas las maneras en que eres maravilloso y en las que te ocupas de mí, porque entonces solo seré una masa balbuceante de reinona en plenos sollozos a tus pies, y eso no es lo que necesitas ahora mismo. Necesitas a Jeffy el fuerte, ¿vale? —Siempre eres Jeffy el fuerte —lloriqueó Collin—. ¿Cuándo voy a ver a Jeffy el débil? Jeff tragó con fuerza y mantuvo los ojos en la carretera. —Jeffy el débil es el tipo que se habría escapado de ti para llorar en su habitación mientras tu madre te llevaba al hospital. Pongo a Dios como testigo, Collin Waters, de que nunca vas a conocer a Jeffy el débil.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin rió entre dientes. Enfermo como estaba, seguía siendo un sonido genial, terroso y que levantaba pulsaciones en su entrepierna. —Ajá. Mi pérfido plan de seguirte como un cachorrito y después sudar encima de ti por todas partes está funcionando. —Dios, Vivaracho —rió Jeff a medias—, prácticamente me tuviste con el «Te puedo arreglar el coche». Collin tragó y apartó la mano de la de Jeff para masajearse la garganta, seguida de la sien. Jeff lo vio, comprendió que el pobre chico probablemente se sentía mucho peor que por la mañana y adelantó a una mujer de noventa años que estaba reviviendo sus años dorados en la intersección de Del Paso. Aquella zona no era la mejor del mundo; Jeff se alegró de acelerar mientras la cruzaban. —Es bueno saberlo —dijo Collin débilmente—. Me podría haber ahorrado un montón de molestias. Jeff se detuvo frente al semáforo de la señal del tren y se giró hacia Collin, apartándole el pelo de la frente sudada. —Sí, pero ahora te has ganado mamadas de por vida —murmuró, y la sonrisa de Collin prometía. Prometía salud. Prometía el viaje largo. Prometía, si Jeff pensaba en ello, todo lo que las sonrisas de vivir el momento de Kevin no habían hecho. —Está eso —estuvo de acuerdo Collin con dignidad, pero estaba cerrando los ojos y Jeff se alegró por ello. —Descansa diez minutos, Vivaracho —susurró—. Llegaremos pronto al hospital, y ya conoces a esa gente. Es agotadora. —Tú, desde luego, lo eres —murmuró en respuesta, y Jeff tuvo que sonreír. Mocoso irritante, teniendo la última palabra de esa manera. Más le valía estar bien, y eso era todo lo que Jeff tenía que decir al respecto. Unas cuantas horas más tarde volvían a estar en el apartamento de Jeff, y Collin estaba enchufado a una vía intravenosa completa para casa con fluidos, antibióticos y todo lo que un profesional de la salud necesitaba para cuidar del hombre al que amaba.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Por qué volvemos a estar aquí? —preguntó Collin, atontado. Los antibióticos estaban funcionando, y su fiebre estaba baja, pero todavía no estaba fuera de peligro. —Estás aquí porque ha habido un brote de la gripe mutada resistente a la vacuna —murmuró Jeff, comprobando por segunda vez su bolsa y usando de nuevo el termómetro de oído con los pequeños conos de usar y tirar que tan a mano venían—. Treinta y siete y medio. Bien. Unos cuantos Tylenol, un poco de descanso, dos días más de antibióticos y puede que no tengamos que pasar ni otro puto minuto en un jodido hospital. No fue hasta que Collin estuvo cómodo en una camilla en el pasillo, con la vía intravenosa en funcionamiento, que a Jeff le golpeó, y le golpeó con fuerza, todo el tiempo que había pasado esperando en hospitales a sus amigos durante el último año. Shane, Deacon, Collin... estaba cansado de las instituciones en general, y específicamente con su interior. Ya no era como el trabajo. Los hospitales de repente se habían convertido en sitios muy, muy personales, y los odiaba. La sangre se le helaba en el pecho, se congelaba hasta volverse sólida, ante la idea de ver a Collin allí durante la siguiente semana, esperando que su carga viral no hubiera crecido de repente hasta tocar el cielo, esperanto que el VIH muy desarrollado no estuviera a tan solo un análisis de sangre de distancia. Y, por un momento, se había acordado de toda la esperanza que había tenido cuando Kevin fue embarcado, y casi se desesperó. Estuvo a punto de salir del hospital y rendirse, dejando a Collin solo para morir del modo en que Kevin había parecido querer hacerlo, solo para no tener que estar allí y ver cómo pasaba lo inevitable. Y entonces se había preguntado a sí mismo cuántas veces necesitaba una persona decirse a sí misma que dejara de ser un cobarde hasta que el consejo se le pegaba. En serio. Crick tenía veinticinco putos años, había sido herido en Iraq, había vuelto a casa para hacer frente al desahucio del hogar que amaba, y acababa de mirar a la muerte de su amante a la cara y de conseguir superarlo. Jeff, con toda su cháchara de ser más mayor y más sabio, ¿no podía lidiar ni con una asquerosa fiebre? Oh, que le dieran. En serio, ¡que le dieran!

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Había mirado a su alrededor, sintiendo su irritación consigo mismo, su preocupación, su necesidad de hacer algo para demostrar que estaba allí para el hombre pálido y dormido que había en la camilla a su lado, y se dio cuenta de que, oh Dios mío, había un auténtico montón de gente en camillas en aquel maldito pasillo. Y había sido entonces cuando Jeff había tomado el mando. Cualquier otro día podría haber dicho que el hospital era el mejor lugar para un hombre enfermo, pero no para Collin, y no ese día. Primero le había tendido una emboscada a la primera enfermera que pudo encontrar, y suplicó, engatusó y después simplemente la amedrentó en el nombre de trabajar allí una vez al mes como reserva, ¡maldita sea!, para poder mirar el historial médico de Collin. La visión se le oscureció y las rodillas se le debilitaron de alivio, porque la carga viral de Collin solo estaba un poco elevada y al parecer aquello realmente era un caso de una vacuna débil y una bacteria realmente mezquina, y con eso podrían trabajar, pensó Jeff con optimismo. Definitivamente podían trabajar con eso. Pero no allí. Jeff miró al hospital que había a su alrededor de nuevo, haciendo una mueca. Puede que el sistema inmune de Collin todavía estuviese haciendo su trabajo, pero el hecho era que estaba comprometido, y ahora estaba rodeado de gente enferma. Jeff cuidaría de él con la misma eficiencia que las enfermeras, en su propia casa, y allí no habría más gérmenes que los de Jeff y Martin y, bueno, Jeff al menos había estado intercambiando saliva con Collin desde hacía un mes, y sus células blancas probablemente vibraban al mismo son. Empezó a hacer algunas llamadas más a Shane y a Amy y a Jon, y después a Doc Herbert, terminando con la madre de Collin, y para cuando el médico llegó allí ya tenía un plan. El plan era ir a casa. Ir a la casa que era el agradable y ordenado pequeño apartamento de Jeff con los dos gatos que podían dormir en la habitación de Martin durante un tiempo, y la televisión, las sábanas limpias, el equipo de sonido y la falta de gérmenes traídos por gente

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane enferma que podían joder incluso más el comprometido sistema inmune de Collin. Al hogar donde Amy estaría llevando comida para los tres y ayudaría con la limpieza, y a donde Jon iría a recoger a Martin por las mañanas y a dejarlo por las tardes, y a donde Natalie iría durante un par de horas mientras Jeff usaba el gimnasio y salía del apartamento para que la imagen del cuerpo dormido de Collin y la preocupación pudieran superarse y pudiera volver a hacerlo todo de nuevo. El hogar en donde Jeff podría cuidar de su amante, donde podría echarle bronca, atemorizarle y suplicarle para que comiera, el hogar en donde se pondría los guantes y haría trabajar su certificado de fisioterapeuta y le llevaría al baño, le mantendría limpio y en general no le dejaría entristecerse, ni ponerse malhumorado, ni deprimido por estar enfermo, ni sobre que aquello fuera algo importante, ni sobre estar asustado de que su recompensa por sobrevivir a la más aniquiladora de todas las gripes fuera una elevada carga viral fusionada con un inhibidor que después de todo se había añadido a su medicación. El hogar. Su hogar, donde fuera que estuvieran, donde fuera que Jeff pudiera ir a dormir y supiera que Collin estaba inspirando, espirando y estando bien. Al tercer día, Crick se pasó antes de que Martin llegara a casa, y Jeff le miró parpadeando, confundido. —¿No tienes a tu propio hombre del que cuidar? —Dios santísimo, Jeff, ¿no crees que podrías haberme llamado y decirme que Collin estaba enfermo? Jeff tensó la comisura del labio, pensativo. —¿De verdad? ¡Se lo dije a todos los demás! Crick puso los ojos en blanco, rió y se abrió paso con una olla de cocción lenta de algo que olía delicioso. —Benny envía sus mejores deseos. —Eso es todo un detalle... pero repito, ¿no tiene tu familia bastante que hacer?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Crick dejó la olla sobre la encimera y la enchufó. Parecía ser pollo, tomates y algo maravilloso, y Jeff cerró los ojos. —Dios... ¡eso huele ge-nial! Crick hizo una mueca. —¿Lo hace? Porque Benny ha estado vertiendo su preocupación y estrés cocinando comida saludable, ¿y con sinceridad? Estoy lleno. Estoy lleno, ¿y quieres saber qué es lo peor? Jeff se encontró soltando risitas. —¿Que tienes antojo de filete? —Y de chocolate. Maldición, Jeff, ¡bien podría estar embarazado! Jeff no pudo evitarlo. Era la razón por la que se había pegado a Carrick Francis en primer lugar. Crick podía hacerle reír sobre las cosas más terribles. Estalló en risitas. Se rió hasta que le fallaron las rodillas y se encontró sentado de culo en el suelo, medio riendo medio sollozando contra sus rodillas, y solo fue ligeramente consciente de que Crick se había sentado también en el suelo, con pierna mala y todo, justo a su lado, y que le había pasado el brazo alrededor de los hombros hasta que la histeria hubo pasado. —Es duro—murmuró Jeff, y Crick soltó su corto ladrido de risa. —A mí me lo vas a decir. —¿Pero sabes qué sería más duro? Ambos lo sabían. Ambos lo sabían de primera mano. —No poder hacer nada en absoluto. Algunos minutos más tarde, Jeff había puesto de pie a un ruinoso Crick y ambos estaban sentados en el sofá, hablando sobre las cosas que más importaban en sus vidas. —Va a ponerse bien —dijo Jeff con seguridad—. Va a hacerlo. Probablemente ni siquiera necesitará un inhibidor de fusión... —¿Son esos malos?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff se encogió de hombros. —Otro medicamento es siempre malo, cariño. Cuantos más tomes, más oportunidades de una reacción, y entonces tienen que ajustar el cóctel y entonces... no es más que un lío, y da miedo y... puede ser algo realmente aterrador. Crick tragó y se pasó los dedos por el cabello, largo y liso. —Nunca hablas de eso —dijo con suavidad, y Jeff se encogió de hombros. —¿Qué hay que decir? Es como... es como Deacon. Puede que solo lleve enfermo los dos últimos meses, pero bueno, si no hubieseis estado atentos a esos síntomas, las cosas podrían haber sido mucho peores. —Las afecciones del corazón van en la sangre —confirmó Crick y la sonrisa de Jeff fue irónica. —Bueno, el VIH va en la mía. Collin y yo... tenemos que ser cuidadosos, exactamente como Deacon. Tenemos que comer bien, cuidarnos, tomarnos nuestras medicinas. La gripe no es solo la gripe, nunca; es un viaje para ir a ver al médico, y antibióticos y... —Las manos de Jeff se agitaron y abarcaron su hogar, convertido temporalmente en un hospital para que su novio pudiera dormir de manera incansable en la cama de Jeff, en lugar de ser vulnerable y estar apartado a un lado en otro lugar. Crick asintió y tomó un bocado de la sopa de pollo de Benny. —Es mejor —dijo en voz baja—. Es mejor en casa. Eso pensé cuando estaba herido, y eso creo ahora que Deacon está en casa. Tiene algo que ver con esperar ansioso a que se despierte. Sigue yendo a los establos. No le dejamos trabajar todavía, pero los caballos... simplemente es feliz cerca de ellos. Me habría vuelto loco durante esta última semana si él no hubiera estado allí. Es como... como si despertarse a su lado fuera... —El único modo de saber que estás en el hogar —dijo Jeff con suavidad, pensando en el sonido de la respiración de Collin. Crick asintió y sonrió, y Jeff le devolvió la mirada con seriedad.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Puedo decirte algo? —preguntó, pensando que Crick podría entender aquello como nadie más en el mundo. —Dispara. —Cuando abrí esa carta y vi lo que Kevin me había hecho a propósito, durante un segundo..., solo un segundo, ¿sabes?, pensé que quizás había tenido la idea correcta. —¡Jeff! —No, no. —Jeff agitó las manos con irritación—. Escúchame. No es que yo no haya estado nunca tentado, pero... simplemente, sin su familia, quizás yo no habría sido capaz de cuidar de él, ¿sabes? Quiero decir... —Jeff sonrió débilmente—. Crick, estuve solo durante muchos años, sin ninguna familia, antes de conocer a Kevin. Para cuando vosotros llegasteis...—Tembló—. Quiero decir, Doc Herbert... fue bueno conmigo, y le quiero a él y a su mujer hasta la muerte, pero... ese sentimiento. Esa sensación del lugar en el que encajas. Donde tu hermano puede aparecer con una olla de sopa que su hermana ha hecho para ti, y escucha tus miedos más profundos, ¿vale? No había tenido eso en tanto, tanto tiempo. Y cuando Kevin murió, simplemente estaba tan asustado... tan asustado de que esa parte de mí que podía cuidar de toda la gente le hubiese fallado... »Y durante estos últimos dos años lo he estado viendo contigo y con Deacon, pero te lo juro... —Jeff dejó su sopa a medio terminar sobre la mesa y pegó las piernas con incomodidad al pecho, preguntándose si era una costumbre que hubiese copiado de Martin o si simplemente era el estado de ánimo en que se encontraba—. Hasta que estuve en el hospital y le vi allí, con un aspecto tan indefenso y vulnerable cuando es tan... ¡ya sabes! —Jeff soltó una media risa estrangulada—. Ya sabes cómo es eso, ver a alguien que ha nacido para ser fuerte, y sus cuerpos simplemente les traicionan de la peor manera posible. Y entonces nos toca a nosotros tomar el timón. Y pensé: «Señor, no puedo fallarle. No podré mirarme en el puto espejo si le fallo.»¿Verdad? Crick no pudo mirarle. —Yo fallé a Deacon —dijo en voz tan baja que los ronquidos de Katy desde el sillón casi ahogaron sus palabras—. Le dije que cuidaría de

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane la familia, pero mírate. Ni siquiera pudiste llamarme cuando las cosas se pusieron feas. Lo siento, Jeff, yo... —Si no cierras el pico, dulzura, voy a tener que darte una patada de verdad en la espinilla, que lo sepas. —Jeff se pasó la mano por las mejillas, y pensó que había tenido suerte de verdad al conocer a Crick. Llevaba mucho tiempo cayendo en caída libre antes de eso, pero Crick, Deacon... Si no se hubiese sentido lo bastante seguro con ellos, puede que quizás no se hubiese sentido lo bastante seguro como para dejar entrar a Collin. —Guau, Señor, tú sí que eres un amigo —dijo Crick con sequedad, pero la amenaza había funcionado. Ya no estaba disculpándose. —Sí, bueno, doy lo mejor de mí. —¿Jeff? —¿Sí? —No deberías haber dudado nunca. Eres el mejor Jeff, el padrino reinona, del mundo. Cuidarás de él cuando lo necesite, ¿y sabes qué? Jeff sonrió un poco, y por primera vez desde que había descolgado el teléfono y Lucas había contestado, sintió como si en su corazón todo fuera dulzura cuando lo hacía. —Él cuidará de mí. —Vaya si lo hará. No le eches bronca por ponerse enfermo, ¿vale? Es como... es como yo cuidando de Deacon. Nacimos para hacerlo.

SE marchó poco después, y Jeff limpió sus platos, deseando que Jon llegara mientras Collin dormía. El mejor amigo de Deacon era divertido, encantador y hablaba con la gracia de una estrella de cine, y después de esa confesión de cinco brazas de profundidad con Crick, Jeff quería algo de esa cháchara. Podía ver cómo alguien tan serio como Deacon siempre tendría una relación cercana con un hombre que nunca dejaba de intentar hacer reír a la gente, y se alegraba de que pareciera

CRICK

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane caerle bien a Jon. Este no era tan sarcástico como Jeff, pero desde luego apreciaba cuando soltaba uno de sus comentarios. Pero, en su lugar, Collin se despertó, y Jeff volvió dentro a sentarse con él. Estaba limpio; Jeff le había dado esa mañana un baño con esponja, disfrutando de la bonita figura de sus músculos sin vergüenza alguna. Collin había hecho una broma sobre ser un pervertido, y él simplemente había sonreído ampliamente y dicho: «Oye, ya habías visto mi colección de juguetes sexuales cuando dijiste que me querías. No tienes excusas por no saber qué esperar». Collin había intentado soltar una risita maliciosa y excitada, y Jeff le había dicho que harían algo al respecto de su excitación tan pronto como desapareciera la vía intravenosa. Collin se había quedado dormido poco después, oliendo al gel de baño con aromaterapia favorito de Jeff, sin quejarse ni una vez del olor. Jeff lo disfrutó en aquel momento, cerrando los ojos y saboreando la combinación de olores, a madera oscura y a piel de Collin, incluso mientras mantenían una conversación casual. De repente Collin le tiró de la mano. —Ven a tumbarte conmigo, Jeffy. Pareces exhausto. Jeff le sonrió un poco y puso la mano en la frente de Collin. Ahora estaba más fría; todavía no era el éxito de unos treinta y siete grados, pero se estaba acercando. —Bueno, este chico al que conozco está enfermo y... —Y tienes que cuidar de él —dijo Collin con seriedad, alzándole la mano y dándole un beso en ella—. Lo sé. Lo siento, Jeff... Jamás he querido que sintieras como situvieras que... Jeff le interrumpió justo ahí. —Nah, pequeño. No lo entiendes. —Recordó su conversación con Crick y sintió hasta los huesos lo mucho que necesitaba que Collin supiera lo que había en su corazón, sin fachada alguna ni decoración de sarcasmo... solo él. Jeff al desnudo. Que dejara que el mundo se tapara los ojos.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Se inclinó hacia delante, tirando de la mano de Collin hasta ponerla en su regazo, con cuidado por la vía intravenosa. El dorso de los dedos de Collin todavía tenía un tono bronceado sobre las cicatrices, y aún permanecía el olor más leve de aceite de motor, y probablemente siempre lo haría. En él olía incluso mejor que el gel de baño de madera oscura, y eso era un hecho. —Mira —dijo Jeff en voz baja—, el punto es que cuidar de ti es... no es una manera de devolverte todas las veces que has cuidado de mí cuando yo no era más que un desastre en llamas; ni siquiera se acerca a eso. No es... No es como una obligación. No es algo que venga con el paquete... Quiero decir, lo es, pero no es así como se siente. Quiero decir, cuido de gente, Collin. Me dejan entrar en sus vidas y me dejan trabajar con sus cuerpos, y dejan que escuche sus problemas, y me siento honrado de hacerlo, porque me gusta ayudar a la gente. Solía pensar que era demasiado egoísta, demasiado débil para hacerlo... había estado solo durante algún tiempo, estaba acostumbrado a pensar solo en mí mismo. Cuando Kevin murió, fue como si... como si Dios me dijera que yo no era lo bastante bueno o no podía amar lo suficiente como para ayudar a la gente. Como si cuidar de Kevin si ambos hubiésemos enfermado fuera a estar más allá de mis posibilidades. Y entonces... Entonces pareció como si Kevin se hubiese sentido del mismo modo, ¿sabes? La mano de Collin se apretó sobre la suya, y Jeff simplemente siguió besándole y pretendiendo que no estaba llenando el dorso de lágrimas cansadas y pegajosas. —Eres completamente capaz de cuidar de otro ser humano —dijo Collin con voz seca, como si estuviera intentando hacer que Jeff dejara de llorar sin decir lo obvio; que estaba llorando, y que no iba a parar en ningún momento cercano. —Pero contigo, Vivaracho —jadeó Jeff—, es un honor. Es un privilegio. Es un regalo. Estás dejando que cuide de ti. Estás confiando en que lo haré bien. Quiero decir, tuve que llamar a la caballería para que ayudara, pero... —Pero te lo deben, así que no es gran cosa —intervino Collin y Jeff asintió.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Porque eso es lo que hacen las familias. Y las familias dejan que cuides de ellos, y te perdonan si estás demasiado jodido como para hacerlo directamente la primera vez, y... básicamente... tú eres mi familia, Vivaracho. Eres el novio que no se marcharía. Quiero decir, rezo... suplico a los poderes superiores que no te marches. Yo... yo realmente... Dios, Collin. Eres una parte tan grande de mi corazón, ¿sabes? Eres una parte tan grande de mi corazón ahora mismo que si algo malo te pasara, no quedaría ningún pedazo. Todo el mundo está asustado del virus, pero no es el virus lo que me matará. Será el perderte. Collin levantó entonces el brazo, el que tenía la vía intravenosa, y Jeff se metió en la cama junto a él y lloró en silencio, porque Collin iba a ponerse bien, simplemente bien, y Jeff también iba a hacerlo. Y en realidad ya no era esperar demasiado, oh, no, realmente no lo era, que pudieran estar simplemente bien, y simplemente felices, y simplemente enamorados, juntos.

JEFF CAYÓ dormido, y se sintió avergonzado al despertar y darse cuenta de que Martin estaba allí, hablando con Collin de coches y de trabajar en el taller y de lo divertido que había sido, pero sobre todo de lo mucho que le habían echado todos de menos. Collin echó la cabeza contra las almohadas y gruñó. —Oh, Dios, Martin. No puedo agradecérselo a todos lo bastante, ¿sabes? Quiero decir... Señor, os habéis ocupado de mi taller por mí. Si yo fuera Jeff, lloraría por eso. —Que te den, Vivaracho —murmuró Jeff, y el brazo de Collin le apretó los hombros, seguido de un beso en el pelo. —Sabía que estabas despierto —dijo con una amplia sonrisa, y Jeff le puso automáticamente la mano en la frente. —Bien. Porque estoy despierto, tú estás mejor, ahora ve a limpiar las cajas de arena de los gatos y ve a hacerme la cena. —¡Eeu! —intervino Martin—. Pero asegúrate de lavarte las manos primero, ¿vale? 373


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Collin rió entre dientes y negó con la cabeza, y Jeff se apartó lo bastante como para leer la vergüenza en su expresión. —¿Qué tal mañana, Martin? Ahora mismo creo que todavía voy a necesitar ayuda para echar una meada. Martin gruñó. —Holgazán. Jeffforcejeó por sentarse. —¿Necesitas ir al baño ahora mismo, o era solo un ejemplo? Collin empezó a responder, pero entonces fue asaltado por un gigantesco bostezo. —Era un ejemplo, Jeffy. Pero necesito—otro bostezo— dormir. Jeff intentó ponerse de pie y se sorprendió por lo firme que era el agarre de Collin alrededor de su muñeca. —Dame un beso de buenas noches, Jeffy. ¿Por favor? Jeff cedió, depositando un suave beso sobre la frente de Collin, consciente de que este había cerrado los ojos cuando Jeff se inclinaba sobre él. Después se deslizó fuera de la cama y se puso en pie, estirándose, con cuidado de no mirar hacia Martin durante un momento. —¿Estás listo para algo de cena, niño? Crick ha traído algo de pollo que está bastante bueno. Martin se animó ante la mención de comida. Jeff besó una vez más la mejilla de Collin mientras apagaba la luz de su lado de la cama, y después cerró la puerta e hizo salir a Martin. Collin ya estaba prácticamente dormido. En unos minutos Jeff tenía a Martin en la mesa; al parecer, Amy había sabido que Benny iba a cocinar esa noche, pero había enviado un poco de pan recién horneado, que era el broche de oro al caldo de pollo (¿cómo se llamaba cuando tenía pollo y tomates? Jeff no tenía ni idea), y los dos comieron en silencio.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Martin comió con buen apetito su segundo cuenco antes de que Jeff empezara la conversación... e incluso él se sorprendió con lo que le salió de la boca. —Tu hermano era un buen hombre —dijo en voz baja, y Martin de hecho dejó de comer, con la cuchara suspendida entre la boca y el cuenco, para escucharle. —¿Sí? —Sí —asintió Jeff con rotundidad—. Era el mejor. Luchó por su país, y fue tan honorable como pudo. Sabes que eso fue lo que le mató, ¿verdad? —¿Su honor? —Martin sonaba realmente confundido, y Jeff se preguntó cuánto podría meter la pata. —Su miedo, en realidad, a que la gente no viese el honor porque era gay. Martin volvió a dejar la cuchara en el cuenco de sopa, y Jeff pensó que aquella podría ser la primera vez en casi seis semanas en que veía al chico dejar de comer de verdad. —Diría que eso fue estúpido —murmuró Martin, pensativo—, pero podría haber sido una de las personas responsables de eso. yo Jeff se arriesgó, estiró el brazo y puso la mano sobre la de Martin. —Eres un buen chico, Martin. Eres responsable, genial y mucho más maduro que tu edad cronológica, pero tenías nueve años. Todo lo que sabías con nueve años era lo que te habían enseñado. Eso no es tu culpa, ¿sabes? Martin asintió, y entonces miró a Jeff con una expresión tan evidentemente desgarrada en su rostro oscuro y ovalado que Jeff prácticamente pudo leerle la mente. —Todavía puedes echarles de menos —dijo con suavidad—. Incluso si crees que están equivocados, todavía puedes echarles de menos. Martin tragó y asintió. —Ver a Collin ponerse enfermo y saber que... tío, que algo tan pequeño podría poder con él... Estoy tan asustado. ¿No es eso estúpido? 375


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Fue el turno de Jeff de tragar. —No. —Y cuando estoy en casa, cuando estoy asustado, mi madre me hace galletas con mantequilla y azúcar y me dice que todo estará bien, y es tan raro, porque todo lo que quiero es que mi madre me diga que todo estará bien, porque Collin, es como un amigo de la hostia, vale, y estoy preocupado por él, pero cada vez que pienso en eso me doy cuenta de que mi madre... ella pensaría que Collin probablemente se lo ha ganado, y entonces... ni siquiera sé qué pensar ya. Martin se secó los ojos con las palmas, justo como Jeff lo hacía, o Collin, o Crick; justo como Kevin lo había hecho el día en que lo embarcaban. Jeff se puso en pie, se acercó a donde estaba Martin, abrazándolo justo como él le había abrazado aquella primera mañana de la enfermedad de Collin. Martin apretó la cara contra su hombro e inspiró una gran bocanada de aire temblorosa, apartándose a continuación. —Sabes qué pensar —dijo Jeff, con la voz terriblemente temblorosa—. Sabes que tu hermano era un buen hombre, y que se asustó. Sabes que te quería. Sabes que todo lo que querías sobre él era verdad, excepto quizás a quién le gustaba besar, pero tenías nueve años, y eso no era asunto tuyo de todos modos. Martin asintió. —¿Pero cómo se supone que voy a ir a casa... y simplemente no hablar de ello? Jeffinspiró profundamente. —Quédate aquí —murmuró, y entonces entró corriendo a la habitación de Martin. Había guardado la fotografía cuando se había mudado a aquel apartamento; tuvo que hacerlo. Pensar en Kevin todo el día, cada día, le había estado matando. Pero la mantuvo en una caja con cosas que se había llevado de casa de sus padres (trofeos de natación, el diploma del instituto, los anuarios), y lo guardó todo en la estantería de arriba del armario que había en la habitación de Martin.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Salió, avergonzado por el polvo pero triunfante, sosteniendo la fotografía enmarcada contra el pecho. —Iba a hacer una copia —dijo, sintiéndose repentinamente tímido— . Iba a ser tu regalo de Navidad, porque, ya sabes, creí que si te lo daba por Navidad serías demasiado educado como para tirármela a la cara. Pero creo que puede que la quieras ahora. Me haré una copia para mí más tarde, pero ahora mismo creo que podría... No sé. Que podría permitirte volver a casa. Martin le miró, secándose todavía los ojos, y tal actitud de completa confianza en su expresión hizo que Jeffrezara por no equivocarse. Le dio la vuelta a la fotografía de manera que los dos, tanto Kevin sonriendo a la cámara como Jeff asomando tímidamente por encima de su hombro, fueran fácilmente visibles, y se la tendió al hermano pequeño de Kevin. —Oh, Dios —murmuró este, sonriendo un poco—. Mírale. Es tan feliz. —Bueno, no pretendo presumir —bromeó Jeff débilmente, y Martin intentó dirigirle una sonrisa empapada. —Tú también pareces feliz. —Lo éramos. Martin volvió a mirarla y asintió, y entonces volvió a secarse los ojos. —Podríais haber sido felices juntos —dijo—. Si él hubiese vuelto, habrías cuidado de él. —Vaya si lo habría hecho —asintió Jeff. Podría haberlo hecho. Ahora lo sabía de un modo en que no lo había sabido seis años atrás. Era parte de quien era. —Me alegro de verdad que te conociera —dijo Martin, volviendo a asentir—. Señor, Jeff, me alegro tanto de que pudiera ser feliz. Dejó la fotografía y se levantó, y el hermano pequeño de Kevin lloró entre los brazos de Jeff, y Jeff lloró con él incluso a pesar de que había creído que ya había terminado de llorar por ese día. Pero aquello fue 377


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane diferente. Aquellas eran buenas lágrimas. Eran lágrimas de despedida. Aquello era Kevin dándoles su bendición, porque Jeff lo había hecho bien por él, y ahora podía seguir adelante. Su futuro le estaba esperando en el dormitorio, y muy pronto estaría en pie y listo para dar problemas.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

COLLIN: UNCERTIFICADO DE SALUD EL PADRE de Martin apareció en la puerta de Jeff para recoger a su hijo el último día de descanso de Collin (ordenado por Jeff y aprobado por el médico) antes de volver al trabajo. Faltaban cinco días para Navidad. Collin estaba dando vueltas por el apartamento con nerviosismo, dentro de los mocasines de cuero con flecos que Jeff le había comprado, preguntándose si había algún videojuego en el apartamento al que no hubiera jugado hasta perfeccionar el nivel más alto y esperando que el ruido que acababa de oír en el salón no fuera Katherine la Bruja Gata de Culo Grande intentando subirse al árbol de Navidad. Otra vez. (Katy no parecía comprender que pesaba nueve kilos y que si subía más de medio metro por el tronco, el árbol se caía. Era bueno que todos los adornos de Jeff fueran nuevos y hechos de hojalata pintada en lugar de cristal). Estaba pensando en cocinar, quizás. No era como si los tres hubieran estado pasando hambre ni nada; de hecho, lejos de eso. Amy cocinaba, Benny cocinaba, la madre de Collin cocinaba. La gente se pasaba por allí; su madre, su hermana, prácticamente cada persona que había conocido en un momento u otro en El Púlpito. Shane había sido una visita agradable, en mayor parte porque habló todo el tiempo del taller, y ese era uno de los idiomas favoritos de Collin. Eso y que mirar a Mikhail sentarse en el suelo haciendo sonidos de adoración a los gatos había hecho que valiese la pena haberles dejado entrar. Era solamente que Collin estaba listo para ser... una familia. Incluso con Martin allí, había disfrutado la cercanía, la intimidad en su pequeña familia. Le encantaban las noches, cuando Jeff se sentaba en la esquina, leyendo un thriller sobre crímenes (Collin jamás podría establecer la conexión entre el tipo que usaba tres champús con olores diferentes y el que leía sobre sangre, vísceras y entrañas, pero le gustaba), y Collin y 379


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Martin jugaban a un videojuego o miraban la televisión. Sabía lo que era ser familia; no se había pasado toda su infancia intentando matarse. También había habido momentos tranquilos, momentos en que tan solo apoyaba la cabeza en el hombro de su madre y miraban la televisión, y dejaba que la destrucción del mundo comenzase sin él. Esos momentos en casa de Jeff se sentían como aquellos. Le gustaban. Se dio cuenta de que no había estado en su apartamento en dos semanas... y no le molestó en realidad. Era un lugar agradable; echaba algo así como de menos sus sofás bajo el culo, o el color de su colcha, pero en aquel apartamento no estaba Jeff, y no tenía a Con el gato montaña, y no se sentía como uno de esos momentos, como poner la cabeza en el hombro de su madre, excepto en algo mucho más excitante que su madre. Así que allí estaba, paseándose por el apartamento, preguntándose si habría algo nuevo en Netflix o si quizás debería leer otro capítulo o dos del libro de Jeff (porque estaba empezando a ver el atractivo de las cosas impresas en papel) cuando sonó el timbre. Abrió la puerta a un hombre negro de dos metros con un pecho ancho como un barril y solo un poco de grosor en el medio para indicar una edad mediana tardía. Parpadeó, sintiéndose muy pálido y notando las dos últimas semanas de convalecencia. —¿El padre de Martin? El hombre pareció sorprendido, y después muy, muy incómodo. Collin hizo un inventario mental y decidió que no, ese día no tenía un aspecto totalmente gay; unos tejanos anchos y una sudadera negra con capucha con el logo del equipo de fútbol de su sobrina era bastante de macho, ¿verdad? —¿Jeff Beachum? —preguntó el hombre, bizqueando, y Collin se sonrojó. Sí. Era un poco más joven que Jeff, pero estaba allí. —Soy Collin, un amigo de Jeff. —Por una vez en su vida, Collin mantuvo su parte gay para sí mismo. Aquel hombre era el padre de

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Martin, y no era el momento de cabrear al personal. Ni siquiera dudó ni enfatizó, ni puso comillas alrededor de la palabra “amigo”—. Jeff está trabajando. Nosotros... nosotros, um, no le esperábamos. De hecho, había hablado de ello con Martin y hecho planes para meterle en un avión después de Navidad. Lucas se iba a quedar en Levee Oaks (y Collin ahora estaba lo bastante involucrado en la vida de Jeff como para querer saber más detalles de parte de Kimmy sobre por qué, exactamente, era así), y no podían soportar meter al chico en un autobús. Martin les había dicho que hablaría con sus padres; estaban listos para aceptarle, y él dijo que eso era todo lo que les pedía por ahora. También dijo que quería volver durante el verano para trabajar en el taller con Collin, y este había estado, bueno, complacido. Eso se había sentido bien, como una victoria, excepto que mejor, porque el chico era una buena compañía, y porque Jeff también le quería. Así que estaban esperando decirle adiós a Martin, pero pensaban... oh, mierda. Jeff iba a quedarse destrozado. Creían que tenían al menos hasta Navidad. —Bueno, la madre de Martin le quería en casa por Navidad —dijo el señor Turner, como si aquello fuera suficiente para cambiar el curso de todo el puto mundo. —Bueno —dijo Collin, indeciso—, íbamos a meterle en un avión el día de después. Tenemos la reserva y todo. Tiene, um, tiene algo así como muchas ganas de pasar la Navidad con nuestra familia. Dios, las tenía de verdad. Shane, Mikhail, Kimmy... demonios, Benny, Andrew, Crick, Deacon y las pequeñas. Martin había hecho las compras de Navidad con Jeff (muy a menudo por internet, eso era verdad) para todo el mundo, y había estado entusiasmado y excitado. Les había llamado “su familia blanca”, y Jeff nunca había fallado en recordarle que Andrew probablemente sería la excepción. —Bueno, su lugar está con nosotros —dijo el señor Turner, arrugando el feroz ceño. Se pasó una mano por la brillante cabeza calva, y Collin le sonrió con debilidad. Oh, estaba tan poco en posición de tener aquella discusión, pero Martin y Jeff no estaban allí. —Mire —dijo con una sonrisa adusta—, Jeff no está aquí. Volverá a casa alrededor de las seis... 381


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Solo necesito a Martin —dijo el padre de este de manera desagradable, y Collin sintió cómo salía su parte cabrona. —Sí, bueno, primero va a tener que demostrar que son familia — dijo con brusquedad—. Porque Martin es un buen chico, y no se marcharía sin decir adiós a gente que ha sido buena con él. No sé dónde fue criado usted, pero estoy dudando seriamente de que él le conozca. El señor Turner parpadeó lentamente, con las densas pestañas curvas haciéndole parecer durante un momento tan joven como su hijo. —¿Disculpa? —No le disculpo. Mire, si me da su información de contacto, les diré que se ha pasado por aquí, ¿vale? —También se lo diría a Shane, a Mikhail, a Crick, a Deacon, a Jon y a Andrew. Y demonios, ¿por qué no a las mujeres y a su madre, para estar seguros? El padre de Martin podía venir y afrontar a toda la puta familia de Jeffsi iba a intentar arrancar a ese chico de aquella casa contra su voluntad. —¿Dónde demonios está? —preguntó bruscamente—. ¡Creía que vivía aquí!

el

señor

Turner

Collin frunció el ceño. —Vive aquí. Pero está haciendo prácticas en mi taller ahora mismo... —¿En el taller donde trabajas? —En el taller de mi propiedad. —Bien, ¿y qué demonios estás haciendo aquí? —Recuperándome de la gripe. —¿Así que mi chico está trabajando en un taller de explotación para ti? Collin suspiró y se mordió el labio inferior con agresividad mientras intentaba imaginar una manera de salir de aquella conversación. —Su hijo está con todo un grupo de chicos que se escaparon de casa, aprendiendo en este momento un oficio de mi empleado y del chico que lleva el albergue para fugitivos cercano. La diferencia es que él se queda aquí porque es familia.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane El padre de Martin resopló. —¡No tu familia! Collin resistió el impulso de patearle en las espinillas. —Lo es ahora —dijo con tranquilidad en su lugar—. Y no voy a dejar que mi familia sea llevada a rastras a ningún sitio a donde no quieran ir. —Alzó la mano—. Mire, puede convertir esto en un asunto legal, pero tengo que decirle que la policía está algo así como de nuestro lado en todo este asunto. Además, si se lo lleva a la fuerza, le odiará de por vida. Confíe en mí, yo solía ser un adolescente cabezota, y le digo que la única razón por la que todavía hablo ahora mismo con mi madre es porque nunca ha intentado obligarme a ser nadie que yo no quisiera ser. Así que puede convertir esto en algo grande y feo y perder a su hijo de la manera más importante, o puede respirar profundamente, ir a buscar un hotel y acomodarse para pasar el día. Todo el mundo —y se refería a todo el mundo si podía hacer algo al respecto— estará aquí esta noche. Vuelva y hable con Jeffy con Martin entonces. El padre de Martin Turner emitió un sonido de “um” y dio un paso atrás, y Collin se preguntó si parecía tan cabreado como se sentía. Se sentía como un gallo bantam contra ese hombre, pero Señor... Ir a casa de Jeff, insultarlo, insultar a Martin y entonces intentar recurrir a la ley. —Volveré —amenazó, pero Collin se esforzó mucho por no parecer aliviado. —Venga alrededor de las siete; cenaremos —dijo, y eso, de entre todas las cosas, pareció sorprender a aquel hombre. —¿Cenar? —Sí. Cenar. Como gente que tiene un interés en común. —No tengo un interés en común contigo, pequeño m... Collin levantó la mano. —Piense en sus hijos, señor Turner, y puede que quiera detenerse justo ahí. Para su sorpresa, el padre de Martin de hecho dejó de hablar y pareció realmente incómodo. 383


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Martin no es un maricón —dijo bruscamente, y Collin se preguntó si había alguna clase de medalla que entregaran a novios que lidiaban voluntariamente con algo así. —No, señor, pero yo lo soy, y a Martin le caigo muy bien. Intente no cabrearme, ¿de acuerdo? Cena a las siete. Le veremos entonces. Y con eso cerró la puerta con una suavidad exagerada, apoyándose después contra ella y preguntándose si era cosa de los últimos coletazos de la gripe o de la súbita adrenalina por lo que se sentía débil. Entonces fue a servirse un refresco, a coger el mando a distancia y el teléfono fijo de casa de Jeff. Todos los números estaban en el teléfono, y Collin los necesitaba todos. Para cuando hubo terminado de llamar, se había terminado el refresco, necesitaba de verdad ir a orinar y le habría gustado echarse una siesta. Hizo lo primero pero pasó de lo segundo; iba a venir compañía, y quería que Jeff se sintiera orgulloso. Jeff era sorprendentemente meticuloso, e incluso tenía a una “chica” (de unos cuarenta y tantos años) que iba y se encargaba de las cosas como frotar las baldosas del baño y quitar el polvo a las figuritas que había sobre el mantel, así que Collin no tenía mucho que hacer, pero lo hizo de todos modos para que Jeff no tuviera otro de esos momentos en los que perdía los nervios y a los que parecía tener tendencia sobre el modo en que se suponía que tenían que ser las cosas. Collin no pensaba mucho en su padre en aquellos días, pero cuando lo hacía, se daba cuenta de que Grayson Waters siempre había sido calidez y corazón, y no apariencias. Y su madre, por mucho que le gustaran las presentaciones bonitas, era igual. Ahora se hacía preguntas sobre la vida de Jeff de niño. Jeff a menudo decía que fue “la imagen perfecta”, y mientras Collin lo ponía absolutamente todo en su sitio, se encontró preguntándose si quizás la cruzada de Jeff por ser un cuidador, para trabajar en el campo de la salud, por ser un amigo de confianza, no estaba de alguna manera relacionada con eso. Jeff quería ser el de verdad, y no la imagen. Esa mañana, antes de que se marchase al trabajo, Jeff le había leído a Collin una lista de cosas que se suponía que no debía hacer bajo ningún

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane concepto: nada de limpiar la casa, nada de estresarse, nada de salir fuera con los pies descalzos, no abrir la puerta si había una plaga de zombis, no beberse todos los refrescos que Jeff había comprado para Martin, no jugar con las cosas del cajón de los juguetes... —¿Qué quieres decir con no jugar con lo del cajón de los juguetes? —Collin estaba sorprendido, porque... bueno... porque estaba allí solo, sin nada que hacer excepto estar tumbado en la cama. ¿Por qué no iba a querer jugar con las cosas del cajón de los juguetes? Jeff arqueó las cejas y frunció los labios. —Vivaracho, ahora tenemos a gente de verdad con la que jugar. Resérvate para eso, ¿de acuerdo? Collin le dedicó una sonrisa perezosa. —¿Quieres decir que después de cinco o seis años, no quieres malgastarme con una fantasía? Jeffasintió rotundamente. —Cariño, ahora que tengo a alguien de verdad, será mejor que estés la altura del trabajo. a En aquel momento, recogiendo con la aspiradora las últimas agujas de pino (por el momento) que había debajo del árbol, Collin pensó que quizás Jeff ya se había cansado de la fantasía. Desde luego mostraba señales de querer hacerlo real con Collin.

—Te gustan los gatos, ¿no? Collin arqueó una ceja en su dirección desde su postura tirado boca arriba en el sillón, e intentó no gruñir cuando Con amasó en una última ronda su abdomen. El gato se colocó cuidadosamente y miró a Collin con la mirada imperiosa de un emperador desde sus grandes ojos saltones. Collin empezó con las caricias requeridas desde la cabeza del gato, bajando hasta la base de la cola, cubriendo en un gesto de rascar con fuerza el punto que hacía que el gran bulto de pelo se arquease contra su mano como un chaval salido en la discoteca.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —“Gustar” es un término algo suave para lo que Con y yo tenemos —respondió, inclinándose hacia delante para tocar nariz con nariz al gran estúpido. Constantine entrecerró los ojos y echó los bigotes hacia atrás—. Yo me decidiría por la relación interpersonal profundamente establecida que tiene un héroe con su némesis, algo así como Batman y Joker, si el Joker empezara a ponerse de rodillas para Batman como un actor porno lleno de Viagra. Jeff le miró alarmado. —Dios mío, Vivaracho, ¡deja de tocar a mi gato! Collin se rió de él. —Ni lo sueñes. Ahora es mi gato; tú puedes quedarte a Katy, es una facilona. Se pondrá de rodillas por cualquiera, pero Con solo lo hará para mí. —Alzó la vista hacia Jeff, con un brillo malvado en los ojos—. Es parecido a su dueño. Jeff se levantó y se marchó caminando de manera afectada; de todos modos era hora de irse a la cama, y Martin ya llevaba dormido una hora. —Sí, pero quieres ver algo de acción, y será mejor que dejes al salido de Joker en el suelo y vengas a la cama. Collin hizo exactamente eso, y atrapó a Jeff en el pasillo, empujando su cuerpo de ángulos agudos contra el suyo, maravillándose de lo suave que se volvía su cuerpo cuando estaba apretado contra el de Collin y acurrucado entre sus brazos. —¿Por qué importa si me estoy encariñando con la bola de pelo, Jeffy? —preguntó, rozándole la oreja con la nariz. Conocía la respuesta, por supuesto, pero quería oír decirlo a Jeffy. Este suspiró y se derritió por completo. —Ese gato lleva conmigo seis años, Vivaracho, haz cuentas. —Lo haré si dices mi nombre. Otro suspiro, y su derrota fue temblorosa contra la piel de Collin. —Quiero que estés aquí más tiempo que el maldito gato, Collin. ¿Quieres que te haga un diagrama?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Todo lo que necesito son palabras pequeñas. —Te quiero. Ahora salgamos del pasillo antes de que despertemos a Martin y averigüemos si de verdad puede vomitar a voluntad.

Por supuesto, desde entonces lo había dicho más y más a menudo, pero aquella primera vez había sido tan inesperado, tan... tan entregado, como si Collin debiera haberlo sabido. Pero Jeff realmente amaba a esos gatos... Quizás Collin debería haberlo sabido. Terminó de pasar la aspiradora y, a continuación, fue a darse una ducha. Y después, en serio, esa siesta. Lo sabía, pensó en la ducha, y también más tarde, cuando se deslizaba entre las finas sábanas de hilos de Jeff y la colcha que Jeff había cambiado justo después de Acción de Gracias para que fuera a juego con la estación. (¿Quién hacía eso? ¿De verdad?). ¿Cómo podía Collin no saber que Jeff le amaba? Incluso sin las palabras, estaba la amabilidad, la pasión y el que le importase. El modo en que sus ojos brillaban en la oscuridad cuando se besaban el uno al otro, el sonido que hacía cuando se estiraba entre los brazos de Collin. Era real. Nunca había sido solo un enamoramiento, nunca se había tratado de venerarlo como a un héroe. Siempre había sido lo que Collin sabía que podían tener: las terribles llamaradas cuando hacían el amor, las chispas que saltaban cuando reñían, la calidez constante y duradera cuando se tocaban, inmóviles. Era amor. Era para siempre. Y, durante todo el tiempo en que tuviera el más mínimo control sobre la situación, Collin no iba a irse a ningún sitio. Lo cual era bueno, porque después de su siesta tendría alrededor de unos quince minutos para vestirse y parecer sólido ante el mundo entero, que aparecería en su puerta para verles como una pareja.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

DEACON Y Crick llegaron los primeros, y Collin se complació de verles. De algún modo había parecido estúpido, estar convaleciente al mismo tiempo que Deacon, ambos completamente aburridos pero sin tener permitido estar siquiera en la misma habitación. Por supuesto, la bacteria que había derribado a Collin también podría derribar a Deacon, porque su sistema inmune había estado comprometido por la cirugía, así que tuvieron que recurrir a las llamadas telefónicas, las cuales eran de risa, porque Collin se encargaba de toda la charla y Deacon más o menos gruñía, animándole al otro lado del teléfono. Collin le había remarcado a Jeff que estaba bastante seguro de que Deacon le daba su visto bueno, pero no podía estarlo por completo. —Oh, cariño, Deacon te adora. —¿Cómo demonios podrías saber tú eso? —Crick me lo dijo. Habla el idioma de Deacon con fluidez; ¡Jon y él son las únicas dos personas en el planeta que pueden hacerlo! La confirmación era lo que Collin había necesitado para convertir a El Púlpito en su primera llamada de aquella tarde, y en aquel momento podía oír a Deacon mientras salía de la camioneta y empezaba a recorrer la acera que pasaba entre los bloques de apartamentos. —¡No voy a ponerme eso! —saltó, y Collin se asomó por la ventana que había encima del fregadero para ver cómo se alejaba de la furgoneta. Crick había estado sacando por la ventanilla una mascarilla de oxígeno, pero ante las palabras de Deacon volvió a guardarla y dijo algo que Collin no alcanzó a oír. Deacon se giró y frunció el ceño. —Estoy bien, Carrick James. ¡Ahora aparca la maldita camioneta antes de que los vecinos de Jeff llamen a los policías con un aviso de paletos! —¿Puedes ser un paleto gay? —preguntó Collin, abriendo la puerta, Deacon y sonrió de oreja a oreja. Dios, era guapo. Collin entendía cómo Jeff podía comérselo con los ojos totalmente sin enamorarse siquiera de él. Era atractivo a la manera de los ángeles; toda esa gloria estaba pensada para su dios, y el dios de Deacon era el mejor amigo delgaducho y listillo de Jeff. 388


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Eso espero —contestó Deacon mientras pasaba y se limpiaba las botas en el felpudo de la entrada—. O si no voy a tener que dejarme crecer más el pelo o usar mucho más protector solar. Se veía bien, pensó Collin de manera crítica. Un poco parecido a él en cuanto a que estaba delgado y pálido, pero se movía con vigor, y no había ni siquiera la más leve señal de problemas al respirar ni nada de azul alrededor de los labios o las uñas. Collin se alegraba (se alegraba tanto) de que el amigo de Jeff fuera a lograrlo. Parecía una buena señal, como un símbolo de que toda esa mierda había quedado atrás y solo les esperaba lo mejor en el aire. Collin rió y les invitó a pasar, y quedó abrumado durante un momento cuando todo el mundo llegó a la vez, la mayoría de ellos con comida. —Entonces —dijo Benny, colocando dos platos de guiso y encendiendo el horno para las galletas de Amy—, ¿le has invitado a cenar, pero no le has dicho que la casa estará llena de gente gay? Collin sonrió de oreja a oreja de manera diabólica. —Y con sus hermanas, mejores amigos y sobrinas. Benny se giró y le devolvió la sonrisa. —Dios, eres bueno. Vas a encajar bien. Entonces, ¿qué piensa Jeff de todo esto? —Lo sabremos cuando llegue; espero que Shane y Mikhail lleguen antes con Martin. Lo hicieron, y fue algo bueno que Collin hubiera ordenado, porque la gente se estaba sentando en el suelo o en las encimeras y sobre las camas. Era una casa de locos, pero también era una fiesta de Navidad, y la gente hablaba animada y conversaba como lo hacían en El Púlpito o en casa de su madre. Joanna y Amy parecían estar llevándose bien, y la madre de Collin inmediatamente fue al dormitorio para ver un vídeo en el televisor más pequeño de Jeff con las cinco pequeñas; realmente era como estar en casa. Martin entró, con Shane y Mikhail pegados a sus talones, evidentemente sorprendido por la multitud. 389


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿Qué demonios? Collin se revolvió, esperando por primera vez que Martin disfrutara siendo el centro de tanta atención. —Tu, um, padre se ha pasado por aquí esta tarde. Quería llevarte a casa. Yo, um, le dije que ibas a volver a casa después de Navidad, ¿sabes? La sonrisa de Martin fue cegadora. —Y querías enseñarle que no es el único con la carta de la familia, ¿verdad? Collin se sonrojó. —No soy un buen modelo de adulto —le aseguró al chico—. Realmente no deberías imitar mi comportamiento, para nada. Martin se rió. —No, no... ¡Creo que lo estás haciendo bien! Dios santo, ¿es eso comida? —Y ese fue el final de la conversación; salió disparado hacia la cocina como una bala y empezó a atacar todo lo que tenía delante, pero exactamente igual que por Acción de Gracias, había más que suficiente. Mikhail le miró con una expresión más bien divertida. —Podrías alimentar a todo un bloque de viviendas en San Petesburgo durante una semana con lo que ese chico come en un día. ¿Dónde va toda esa comida? Collin lo pensó. —No creerías cuánto papel higiénico podemos gastar en una semana. Los ojos de Mikhail crecieron hasta tener el tamaño de pelotas de fútbol, y por encima de su hombro Shane se puso rojo y cayó contra la pared en un esfuerzo por no reírse. —¡Para ya, hombre irritante! —saltó Mikhail, parpadeando, pero Shane estaba demasiado ocupado riéndose. —¡Oh, Señor, Mickey! ¡Es exactamente como Jeff! Mikhail miró a Collin con amargura.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Sí, solo que Jeff es divertido —sorbió, y se alejó, caminando de manera afectada. Shane sonrió de oreja a oreja a Collin. —Acabas de hacerle bajar un peldaño o dos, eso es todo. No te preocupes, le caes bien. —Eso espero —contestó Collin, de manera algo despistada. Acababa de ver pasar el coche de Jeff a través de la ventana de la cocina—. Voy a quedarme. De repente, el gran novio de Mikhail le llamó la atención poniéndole la mano en el hombro. —No tienes ni idea de cuánto nos alegramos de oír eso —dijo en voz baja—. Eres tan bueno para él... Collin hizo una mueca. —Ya veremos lo bueno que cree que soy cuando vea que he invitado a toda su familia sin decírselo. —¿Por qué demonios harías eso? Collin empezó a cambiar su peso de un pie al otro antes de recordarse que todo el asunto era que era un puto adulto. —Él necesita esto de verdad —dijo en voz baja—. Este tiempo con Martin ha sido... Es como una solución; puntos y vendajes para una gran herida abierta que ha estado cargando consigo, pretendiendo que no existía. Se merece esa curación, Shane, ¿sabes? No quiero que se rinda antes de que esté listo. Pensó que sonaba estúpido, pero Shane asintió con la cabeza como si Collin estuviera hablando en su idioma. —Te entiendo. Bueno, a veces sanar es arrancar los vendajes... y aquí viene el paciente. Jeff parecía completamente divertido mientras entraba por su propia puerta. —¿Dónde están los gatos? —preguntó, siempre tan práctico, y Collin se alegró de tener una respuesta por una vez.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Encerrados en el baño. ¿Qué llevas en la mano? —Collin hizo el gesto de ir a coger la bolsa festiva de lo que parecían dulces en la mano de Jeff. —Caramelos de soja de Margie —murmuró Jeff, pareciendo aturdido cuando comprendió que toda su familia estaba en su pequeño apartamento. El espacio del salón de la casa de Deacon y Crick era mucho más grande. —Genial, ¿cómo está? —Collin había oído mucho de Margie desde que Jeff y él habían empezado a salir, y en ese momento tomó la bolsa y metió la mano, sacando una pieza de pura perfección y metiéndosela en la boca antes de que Jeff pudiera darle un sermón sobre comida saludable. Ambos habían abandonado ya casi por completo los cigarrillos; un chico tenía que tener algunos caramelos de soja—. Mmmmm... —suspiró—. Dios, es casi mejor que el dulce de leche de verdad. ¡No creía que eso fuera posible! —Nunca será una supermodelo, pero está sana —dijo Jeff, respondiendo a su primera pregunta y mirando su apartamento, completamente aturdido—. Collin, ¿por qué está todo el jodido mundo libre en mi salón? —Mmm... ¡Dios! —Collin cerró los ojos y experimentó otro orgasmo de chocolate—. ¡Creo que la quiero de un modo completamente sexual que no tiene nada que ver con ella como persona y todo que ver con este dulce! —¡Me estás dando largas! —Sí... mmm... —Collin tembló con una verdadera delicia sensual—. Pero no porque quiera. —¡En serio! —siseó Jeff, probablemente porque Mikhail acababa de pasar a su lado y había puesto los ojos en blanco, y Collin supo que era hora de ponerse serio. —De acuerdo, en serio. El padre de Kevin va a venir a por Martin, y no quería dejar que se marchara hasta Navidad. Jeff parpadeó, evidentemente sorprendido. —Va a venir a... 392


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —De hecho ya ha venido. Es enorme. Señor, creía que Martin era grande... no podía notarlo en la fotografía, pero Kevin debió de tener la constitución de un... un... —Un tanque panzer, sí —ofreció Jeff. Su voz era tranquila, pero sus manos no paraban de moverse de la cintura, a cruzarse delante de su pecho para dibujar formas invisibles en el aire que había entre ellos—. ¿Y por qué decías que estaba todo el mundo en mi salón? Todavía estaban en la oscuridad del pasillo, y Collin se aprovechó de eso inclinándose hacia Jeff hasta que lo tuvo contra la pared. Entonces le quitó la bolsa del paraíso con una mano y puso la otra en la huesuda y delgada cadera de Jeff. Con suavidad, chocó la nariz contra su mejilla hasta que Jeff se giró en su beso. Los labios de Jeff se separaron de mala gana, pero Collin alzó la mano, enmarcándole el rostro y sosteniéndolo de manera estable mientras se zambullía en él y le arrancaba la resistencia y la mala disposición. No se separó a por aire hasta que sintió cómo Jeff se relajaba, y eso fue cuando Collin se relajó contra él, colocando los pies a los lados de los suyos y empujando la parte inferior de su cuerpo para que hubiera contacto... no de excitación sexual per se, sino principalmente de contacto pleno entre los dos. —Están aquí por la misma razón por la que estoy yo —le dijo Collin firmemente—. Porque te queremos, y queremos que tengas esta Navidad con Martin para que puedas decirle adiós a Kevin, y para que puedas avanzar hasta una nueva vida sorprendentemente feliz con tu insaciable y joven amante, que nunca te abandonará. Jeff abrió la boca para decir algo sarcástico (Collin podía verlo en sus ojos), pero se detuvo y se serenó, tragando y tomando todo lo que Collin le estaba ofreciendo al pie de la letra. Su sonrisa cambió, pasando de maliciosa a suave, y asintió. —Eso suena como el mejor plan de todos —dijo con suavidad—. Pero necesito cambiarme de ropa, ir a orinar y acariciar a los pequeños primero, ¿vale? —Necesitas ir a lloriquear al baño como la gran reina emocional que conozco y amo, y después te recompondrás para la familia —interpretó Collin y Jeff puso en blanco los ojos (cubiertos de humedad) y se los secó con el dorso de la mano. 393


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Sí, sí, sí... lo que tú digas... —Digo que vayas a cambiarte y entretengas a estas personas. —¡Bueno, quítate de encima, Vivaracho, porque hay un tanque panzer que está a punto de tirar mi puerta abajo en menos de cinco minutos! —Jeff plantó ambas manos en el pecho de Collin y empujó, y Collin le soltó. Se fue al salón y se sentó al lado de Deacon, satisfecho de que su misión de fiesta y rescate pudiera seguir sin él durante un momento. Deacon estaba mirando el plato de espinacas al vapor y pollo al limón que tenía delante con un aire resignado. —¿Sabes lo que de verdad quiero por Navidad? —murmuró para sí mismo. —¿El qué? —preguntó Collin descaradamente, y Deacon hizo una mueca y apartó los ojos. —Un filete de cena. ¿Cómo está Jeff? —Está entrando silenciosamente en pánico en el baño —dijo Collin con confianza, y Deacon asintió sabiamente. —Excelente. ¿Por qué no estás allí con él? Collin le miró, horrorizado. —Perder los papeles de esta manera es algo que Jeff realmente preferiría hacer solo. Una vez que haya encontrado sus agallas y hecho lo que necesita, es entonces cuando tengo que recoger los pedazos. Deacon hizo un sonido de “hmm” con apreciación. —Parece un buen sistema. Yo no podría hacerlo, pero a ti te funciona. —¿No podrías dejar a Crick perder los papeles por sí solo? Deacon negó con la cabeza. —No. Ya lo hicimos mucho solos cuando estaba en Iraq. Preferiría que perdiéramos los papeles juntos si tenemos la oportunidad. —Dio un mordisco tentativo al pollo y miró su plato de manera un poco más favorable—. Pero Crick no pierde demasiado los papeles. 394


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane «Eso es porque no le viste cuando estabas en quirófano». Collin lo pensó, pero no lo dijo. Además, incluso entonces Crick parecía tener la mayoría de sus emociones bajo control, y Collin pensó, no por primera vez, lo mucho que Carrick Francis había crecido a partir del chico al que Collin había admirado en el instituto. Y entonces se le ocurrió que él también había madurado, y estaba sintiéndose terriblemente orgulloso de sí mismo cuando hubo una llamada fuerte en la puerta. Se había puesto cómodo, y tuvo que esforzarse por ponerse en pie, y eso fue desafortunado, porque fue Mikhail el que respondió. El salón se quedó completamente en silencio mientras la voz atronadora del padre de Martin llenaba la habitación. —¿Eres tú Jeff Beachum? —No. Dios santo, ¿eres el padre de Martin? —¡Sí, y he venido a por mi hijo! Collin estaba justo girando la esquina en ese momento, y vio cómo los ojos de Mikhail se volvían realmente grandes. Sin siquiera molestarse en contestar al hombre, se giró sobre los talones y salió corriendo hacia la cocina, gritando. —¡Shane! ¡Shane! ¡Tienes que evitar que el chico coma nada más! ¡No tienes ni idea de lo que pasará! Collin estuvo entonces cara a cara con el padre de Martin, y ambos oyeron a Martin decir: «¡Aléjate de mi comida, hombrecillo, o terminaré contigo!». —¡Necesitas dejar eso, Martin o jamás volverás a caber por ninguna puerta! La risa de Martin fue tensa, y Collin miró a través de la puerta que conectaba la cocina con la entrada por encima del hombro a tiempo de ver a Martin darle una palmada a Mikhail en su ofendida cabeza. —Ese es solo mi padre, Mikhail; no te preocupes. No se quedará mucho rato. —Martin dejó el plato sobre el mostrador y entró en el pasillo a través de la cocina—. ¿Verdad, papá?—preguntó con seriedad.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Martin, basta de esta tontería. Ve a preparar tus maletas y podremos irnos. —No. —Martin inspiró profundamente y fue evidente que iba a seguir con algo, pero su padre le interrumpió. —¿No? ¿Qué quieres decir con «no»? Chico, ¿no has causado ya suficientes malditos problemas tal y como están las cosas? Ahora ve a por tus cosas y mete el culo en el coche para que pueda llevarte a casa con tu madre. ¡Está muerta de preocupación! —¡No tiene ninguna razón para estarlo! —contestó Martin, evidentemente molesto—. Os llamé a los dos, os dije dónde estaba, os dije por qué estaba aquí e incluso os dije cuándo iba a volver a casa. Simplemente no me queréis aquí porque no os gusta la gente con la que estoy. —¡Tienes toda la razón en que no me gustan! —¿Señor Turner? —Ambos Turner, el mayor y el menor, se giraron hacia el pasillo que iba al dormitorio. Había movimiento al otro lado del pasillo. Collin, que se estaba sintiendo terriblemente superfluo llegados a aquel punto, se giró para ver a Jeff, vestido con pantalones de alta calidad y una camiseta crespa de manga larga, recorriendo el pasillo en sus mocasines. El padre de Kevin Turner giró la cabeza y abrió los ojos de par en par. —¿Quién demonios eres tú? Jeff tragó, y Collin pudo haber echado a correr hacia él y haberle escudado y apoyado, excepto que sabía que no necesitaba hacerlo. Había visto a Jeff en acción, y sabía que lo haría bien. —Señor Turner, soy Jeff Beachum. Conocía a Kevin.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane

JEFF: VIVIENDO PROMESAS JEFF,

DE hecho, conocía su primer nombre, Ambrose, pero aquella

situación parecía una que requería los apellidos. Kevin le había querido y temido a partes iguales, pero Kevin había sido el mayor y había cargado con la responsabilidad de ser un buen ejemplo y un cuidador de los niños más pequeños. En una ocasión le contó que podría haber salido del armario en un acto de rebeldía adolescente... si no hubiese estado preocupado por Martin, y por sus hermanos y hermanas, y en lo dura que eso les haría la vida a ellos. Y también había admitido que les habría echado de menos un horror una vez que sus padres le hubiesen echado de casa. Así que Jeff pensó que estaba preparado para conocer a Ambrose Turner, tamaño colosal y todo. Estaba equivocado. El gran hombre entrecerró los ojos. —¿Quién? —dijo. Jeff tragó. —Kevin Turner. Su hijo. Ambrose Turner negó con la cabeza lentamente y echó el labio inferior hacia fuera. —No sé quién es ese. Jeff inspiró con brusquedad, porque se sentía como si le hubieran disparado. «Oh, Kevin. Sé quién eras. Martin te recuerda. No te preocupes, pequeño. Te cubrimos las espaldas». —Papá...

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Ambrose se giró hacia su hijo más joven con un gruñido. —¡Te he dicho que fueras a por tus cosas! —No va a irse hasta que esté listo —dijo Jeff, y fue a colocarse entre ellos. —¿Quién demonios eres tú para decirme lo que mi hijo va o no va a hacer? No eres nadie para él... —¡Somos su familia! —saltó Collin, colocándose al lado de Jeff. Jeff estuvo tan agradecido, que buscó la mano de Collin y se sintió reconfortado de sentir esos largos dedos cerrándose alrededor de los suyos. «Gracias, Collin, por ayudarme con mis cargas. Ya no son ni de cerca tan pesadas». —Yo soy su familia. —Igual que nosotros —dijo Jeff con firmeza—. Martin vino aquí a averiguar cosas de su hermano. Su hermano habría querido que yo cuidara de él, y eso he hecho. Eso hemos hecho. Eso le convierte en parte de nuestra familia. Por favor, respete que también buscamos lo mejor para él. El labio superior de Ambrose Turner se curvó con desprecio, y los puños le temblaron a los costados. —No tengo respeto por nada como tú. Tú eres el mariquita que folló con... —Tragó—. Convertiste a Kevin. Y ahora no tengo hijo. Y no voy a dejar que le hagas eso a Martin. —¡Oh no, papá! —dijo Martin con energía, con la seguridad desgarradora de la adolescencia de que él había visto la verdad, de que el mundo solo tenía que verla con él—. Eso es un mito. Es completamente falso... ¡soy tan hetero como lo era hace dos meses, lo juro! —¡He dicho que cojas tus porquerías, Martin, y nos vayamos! —El rugido lleno de pánico de Ambrose Turner se abrió paso por la charla que se oía de fondo e hizo temblar el pequeño apartamento. Hubo un repentino llanto proveniente del dormitorio de Jeff, donde Parry y Lila habían estado jugando con las sobrinas de Collin bajo la supervisión de su madre, y toda la atmósfera pasó de tentativa a hostil en un segundo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Y eso fue cuando Deacon invadió el pequeño espacio en el pasillo y tomó las riendas por completo. —Señor Turner, tiene que salir fuera conmigo y con Jeff, y puede que también con Collin, con Shane y con Crick. —No voy a... —Acaba de hacer llorar a mi sobrina, señor Turner. Tiene tiempo hasta que cuente hasta tres para salir y que tengamos esta conversación, o Shane, aquí presente, llamará a su antiguo compañero en la policía y habrá aquí un coche patrulla cuando lo único que ha hecho es asustar a una habitación llena de niños. ¿Cómo de feo quiere que sea esto, señor Turner? Porque acaba de llevarlo desde lo incómodo hasta a lo alarmante, y eso significa que tiene que salir ahora mismo de la casa de Jeff para lo que queda, ¿me oye? Jeff alzó la vista y vio que Crick había puesto la mano en el hombro de Deacon, y este la cubrió con la suya. Estaba metido en aquello; odiaba hablar con la gente, pero maldita sea, nadie iba a hacer llorar a Parry Angel. —Deacon... —Martin sonó realmente triste, y Deacon se giró hacia él y le guiñó el ojo. —No te preocupes, Martin. Detesto tener que hablar de tu futuro sin ti, pero estoy pensando que quizás tu padre necesita escuchar a alguien con quien no esté cabreado ahora mismo, ¿vale? —Papá, que el cielo me ayude, porque como pongas un solo dedo encima de esta gente no me podrás mantener en casa ni con una jaula de hierro, ¿me oyes? —Con eso, Martin cruzó el pasillo, presumiblemente para ayudar a tranquilizar a las chicas, y su padre abrió la puerta que tenía detrás y salió, fulminando cautelosamente con la mirada a Deacon, después a Jeff, a Collin, a Shane, a Crick y a... ¿Benny? —¿Qué estás haciendo aquí? —siseó Jeff en voz baja, y Benny sonrió de oreja a oreja. —Bueno, necesita saber que no todos son hombres gay, ¿verdad? —¿Jon? ¿Andrew? ¿Qué tal los chicos que pueden defenderse por sí mismos? 399


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Benny puso los ojos en blanco. —No es un maltratador de mujeres, Jeff. No va a empezar a lanzar puñetazos conmigo aquí. Y creo que Andrew podría cabrearle sin más. —¿Qué te hace decir eso? —El hecho de que he tenido que frenarle físicamente cuando Parry ha empezado a llorar. Que le dieran un puñetazo en la cara realmente cabrearía al señor Turner. Jeff tuvo que reírse un poco, pero entonces Deacon empezó a hablar la urgencia de reír pasó. y —No vuelva a amenazar nunca a mi familia, señor Turner. —Ahora que estaban fuera, Deacon estaba en su elemento. Su columna estaba derecha, y el ceño que le había dirigido al padre de Kevin Turner era firme—. Podemos resolver esto aquí como adultos, pero no alce la voz a menos que lo pretenda de verdad. Nadie habla así a mi gente. —¿Quién demonios eres tú? —El señor Turner sonaba encolerizado... y también perplejo. —Familia —dijo Deacon uniformemente—. Y creo que conoce algo de eso. Ahora, Martin quiere quedarse, y Shane aquí presente sabe más sobre derechos de los chicos escapados de casa y de servicios de menores de lo que podría imaginar, y, como he dicho, podemos hacer esto por las malas. Pero le diré esto, y lo digo con todo lo que sé de corazón. Monte una escena, suelte un puñetazo, llévese de aquí a su hijo a rastras, pateando y gritando, y le habrá perdido. Puede que termine yendo con usted hoy, pero una vez que ese chico salga de su casa no volverá a verle nunca. Deje que Jeff le tenga por Navidad, deje que recuerden a Kevin juntos, y puede que tenga la oportunidad de conocerle como a un hombre, y quizás conozca para colmo a sus nietos. Pero mucho de eso depende de esto de aquí mismo. Si se lo lleva ahora, nunca le respetará. Si le da esto, puede que le perdone solo un poco por manchar el recuerdo de Kevin. Ambrose Turner parecía boquiabierto por completo. —¿Quién eres tú? No os conozco a ninguno de vosotros de nada, ¿y ahora me estás diciendo que no amenace a tu familia? ¡Solo quiero a mi hijo!

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jeff respiró profundamente. —No queremos mantenerlo alejado de usted —dijo, sintiéndose valiente. Dios, parecía tan fácil para Deacon... Se ponía en pie, hablaba desde el corazón y la gente escuchaba. Jeff era bueno llamando la atención cuando decía una broma, meneaba el culo o agitaba la muñeca, pero en aquel asunto, en lo importante... Dios. Parecía que el único modo de conseguir que escuchasen era caerse a pedazos. —¿Entonces cómo demonios llamas a esto? —Ambrose agitó las manos hacia la multitud de gente que estaba de pie alrededor, fulminándole a todos con la mirada, y Jeff se frustró lo suficiente como para dar un paso adelante y agitar las manos. —¡Familia! Maldita sea, ¿está escuchando? ¡Kevin y yo éramos familia, y puedes negarlo todo lo que quieras, pero el hecho es que solo nos faltaba casarnos! —¡Tonterías, maricón hijo de puta! —Las palabras resonaron y quedaron suspendidas en la noche helada y húmeda, y Jeff luchó contra la tentación de poner los ojos en blanco. Como si no hubiera oído eso antes. —Puedes llamarme todas las cosas que quieras, Ambrose, pero eso no va a cambiar el hecho de que perdiste a un hijo porque tenía miedo de que hicieras exactamente lo que estás haciendo ahora, y estás a punto de perder a otro hijo, y al final incluso tú te quedarás sin hijos a los que cabrear, ¡así que puede que quieras aprender una o dos cosas! Entonces hubo un terrible momento... uno peligroso. Ambrose Turner nunca había sido abusivo; Kevin se lo había dicho. Pero todo hombre tenía sus límites, y parecía como si la idea, la idea de que podría perder a su hijo, fuera ese límite. Forcejeó durante un momento contra las lágrimas; a continuación, su rostro se retorció de ira y dio un violento paso hacia delante... y eso fue todo lo que hizo falta. De repente, había cuatro grandes hombres delante de Jeff, con aspecto enfadado, y entonces, para sorpresa de todos, apareció una pequeña universitaria de pie delante de ellos. —¡Sal de mi camino, niñita! —Sonaba enfadado, pero estaba claro que estaba desconcertado y algo de la violencia se le escurrió de los

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane hombros, de la expresión, y la situación se volvió una fracción menos agresiva. Benny lo sintió; debió de hacerlo. —¡Oh, no lo creo, idiota! —saltó ella. Sonaba irritada, como una hermana o una amiga, y no como una luchadora. Jeff pensó que más tarde podría estrangularla, pero en aquel instante estaba agradecido. ¿Jeff tumbado de un puñetazo? Era una posibilidad real. Era un hombre, y uno que le había herido profundamente. ¿Tumbar a Benny de un puñetazo? No el padre de Kevin. Y Benny estaba sacando provecho de su vacilación, sin lugar a dudas. —Esos tipos se ven todos grandes, mezquinos y duros —le dijo en tono de conversación—, y estoy segura de que te tumbarán, pero yo soy la que ha tenido que sentarse en los hospitales, o hablar con los hospitales por teléfono, o preocuparme en los hospitales por todos ellos, ¡y no voy a hacerlo! —Benny... —dijo Deacon, obviamente intentando que el humor no se filtrase en su voz. —¡No te pongas condescendiente conmigo, Deacon Winters! —saltó Benny, girándose hacia él y fulminándole con la mirada, con las manos apoyadas en las caderas—. Me he cansado, ¿me oyes? Me he cansado, joder. Sal aquí fuera y adopta una pose todo lo que quieras, pero como uno solo de vosotros salga herido, pierda un pelo de la nariz o pille un resfriado, y eso va por ti, Collin, idiota, ¿te has molestado siquiera en ponerte un abrigo?, os aplastaré. Dejaré de cocinar durante un mes, o... o enviaré a Parry Angel a un internado en Japón, o... No lo sé, me iré a Georgia a conocer a los padres de Drew y no volveré. ¿Me estáis escuchando? ¿Alguno de vosotros? Porque ahora mismo el único que no está en mi lista por haber intentado matar a Benny de un susto es Jeff, ¡pero todos hemos estado preocupados por él desde que le conocimos, así que no cuenta! Se dio la vuelta otra vez hacia Ambrose, y todos los demás hombres, Jeff incluido, se removieron de manera nerviosa y cruzaron miradas avergonzadas. A Jeff se le ocurrió, y probablemente a todo el mundo que estaba allí, que quizás podrían haber querido traer a Andrew, a Jon, a Mikhail y a Lucas después de todo. Demonios, incluso el viejo Joshua 402


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane habría sido una apuesta mejor que Deacon y Collin llegados a aquel punto, y no era que ninguno de los dos lo fuera a admitir. —Y usted, señor Turner —continuó Benny—, debería estar avergonzado de sí mismo. Su hijo está orgulloso de su familia; ¿por qué demonios cree que está aquí? Está orgulloso de Kevin, y quiere asegurarse de que su recuerdo sea recordado de la manera correcta, ¡y usted está aquí avergonzándole delante de la familia de Kevin! —¡Yo era la familia de Kevin! Benny dio un paso atrás (todos lo hicieron), pero no contraatacaron. No pudieron. ¿Cómo podías contraatacar cuando alguien tan enfadado dejaba filtrar tanto dolor? Jeff se abrió camino a través de su guardia de honor, dejando que su mano permaneciese un segundo de más en la cadera de Collin mientras pasaba, y entonces se detuvo al lado de Benny, cogiéndola de la mano. —Gracias, corazón —susurró en su oído, y ella le pasó el brazo por la cintura y tembló. Ninguno de ellos se había molestado en ponerse chaquetas, y Jeff se imaginó que estaba a medio minuto de volver a meter a Collin y a Deacon de vuelta en el apartamento por puros principios. —¿Señor Turner? —preguntó en voz baja cuando el silencio para dejar que el gran hombre se recuperase se hubo alargado lo suficiente—. Señor Turner, todos queremos de verdad a Martin. No queremos mantenerlo alejado de usted, se lo juro. Solo queremos tenerlo prestado durante algo de tiempo, y él quiere quedarse aquí y ver qué clase de persona era su hermano cuando podía ser él mismo. —¡Yo era su familia! —susurró Ambrose Turner, mirando a Jeff con una súplica agonizante de comprensión, y Jeff asintió y esperó que quizás, al fin, tuvieran un terreno en común. —Igual que yo —dijo con suavidad. —¿Cómo demonios puedes decir eso siquiera? —Las palabras eran enfadadas, pero el volumen al menos se había suavizado. Jeff miró a su alrededor y se encogió de hombros.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —¿No lo ve? Es por eso por lo que había una carta para mí. —Y Dios. Solo decir aquello en voz alta pagaba mucho dolor—. Porque era alguien a quien Kevin quería decir adiós. Era alguien a quien le habría confiado a Martin... Eso es lo que esa carta significó para mí, ¿entiende? Y esto de aquí, y toda esa gente en el apartamento... son mi familia. Si quiere saber cómo encajamos todos juntos, eso está bien. Venga dentro, cene algo y conozca a todo el mundo. Bajó la voz, porque quería que la siguiente parte fuera sincera. —Seremos civilizados con usted, se lo juro. Pero cuando haya conocido y hablado con todos, y sepa que somos madre e hijos, padres y hermanos, que no todos somos unos degenerados y que no todos queremos introducir a Martin en nuestros viles propósitos y expandir lo gay, espero de verdad que le deje quedarse. ¿Por favor? Kevin siempre dijo que usted era duro pero justo. Pero tiene que saber que todavía no he visto nada de la parte de justo. Por favor, no le convierta en un mentiroso. Hubo un silencio cargado, y el padre de Kevin se enderezó y les miró a todos con el ceño fruncido... pero estaba conmovido, Jeff podía verlo. Jeff atrajo la atención sobre sí mismo durante un momento al hablar con firmeza. —Deacon y Collin, meted vuestros huesudos culos dentro. Ninguno de vosotros está en condiciones de estar aquí fuera con el frío que hace, ¿me oís? Benny... haztu magia, cariño. ¡Voy detrás de vosotros! Collin le miró algo herido. —Jeff... La expresión severa de Jeff se suavizó. —Ve dentro, pequeño. No hagas que me preocupe por ti, ¿vale, Sir Galahad? Shane y Crick cuidarán de mí, ¿verdad? Quiero decir, mírales. Shane es como un Terminator. Recibirá una paliza y simplemente seguirá volviendo. —¿Y en qué me convierte eso a mí? —preguntó Crick, algo ofendido.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Demasiado gay como para pegar con la conciencia limpia —dijo Jeff con sequedad, y Crick respondió con un enfurecido «¡He luchado en la guerra, maldita sea!». Deacon fue el que se giró y dijo: —Fuiste herido en la guerra, Crick; tú eres quien me dijo que lo de luchar era algo exagerado. —Mete el culo dentro, abuelo—saltó Crick, y Deacon miró al padre de Kevin para asegurarse de que se miraban a los ojos. —Señor Turner —dijo con compostura, indicando respeto, y una posición sólida. Esperó un segundo, hasta que el padre de Kevin le miró a los ojos de verdad y asintió. Entonces hizo lo que Crick y Benny le habían pedido y fue dentro junto con Collin, y Jeff les quiso a los dos más por ello. Después de eso quedaban menos de ellos, el padre de Kevin y un montón de perplejidad. Ambrose Turner les miró y tragó, secándose la mejilla con el interior de su sudadera, y volvió a tragar. —¿Estuviste en la guerra?—preguntó de repente. Crick se encogió de hombros, levantando la mano retorcida. —Allí fue donde conocí a Drew. Él está dentro, y también es de Georgia. Ambrose resopló satisfecho. —¿Quién es Drew? —El único otro hombre negro en la habitación aparte de tu hijo —dijo Crick con sequedad—. Benny y Drew tienen algo así como... un entendimiento. Definitivamente es familia. Bueno, bien, pensó Jeff. Quizás eso ayudaría a terminar con el problema de la raza, o al menos a hacer que no fuera del tamaño de un elefante. ¿Del de un búfalo de agua, quizás? Ambrose asintió, como si concediera lo mismo, y entonces miró a Jeff.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Ese chico —dijo tras otro minuto pensativo e incómodo—, ¿el que has llamado Sir Galahad? Jeffintentó no ponerse rígido. —¿Sí? —¿No es un poco joven para ti? Jeff luchó contra una risita, que se convirtió en una risa entre dientes, entonces la liberó. y —Sí, sí lo es. Pero también lo era Kevin. Eso no evitó que ninguno de los dos fueran unos mandones, ¿sabes? Ambrose soltó un suspiro frustrado. —¿Que si sé sobre mandones? Estoy aquí fuera porque Martin se niega a aceptar órdenes, ¿tú qué demonios crees? Jeff tragó. —Creo que estarías sorprendido de lo maduro que se ha vuelto Martin estos últimos meses. —Bien. Ahora estaban hablando de Martin; allí era donde necesitaba estar la conversación—. Prácticamente mantuvo el taller de Collin en funcionamiento durante las últimas dos semanas, cuando Collin estuvo enfermo. —Eso tenía algo de exageración; Joshua había hecho la mayor parte, con mucha ayuda de Shane, pero Martin también había estado allí, y parecía como una jugada estelar dentro de la conversación. También debió de funcionar, porque Ambrose se animó un poco. —¿Lo ha hecho? Bueno... Eso me gustaría oírlo. Jeff oyó a Shane y a Crick soltar pequeños suspiros a su lado, y sintió que algo de todo ese acero también desaparecía de su columna. —Venga dentro, señor Turner. Tome algo de cena. Se ha pasado la mayor parte del día en un avión. Siéntese en el sofá y conozca a alguna gente agradable. El apartamento está hasta arriba de gente a la que le gustaría hablarle de Martin. ¿Por qué no entra y escucha? Ambrose Turner gruñó y se encogió de hombros, y entonces dejó que Jeff abriera camino. Tan pronto como cruzaron la puerta, Martin le dio

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane la bienvenida a su padre con un abrazo, uno fiero, que fue devuelto del mismo modo, en silencio. Entonces Martin cogió la mano de su padre. —Vamos, papá... Conoce a todo el mundo. Iré a buscarte un plato de comida. Son realmente agradables, lo juro —dijo.

NO SE dieron las manos, ni cantaron el Kumbaya al final de la noche. Ambrose Turner no se convirtió de repente en un miembro del grupo de Padres, Familias y Amigos de Lesbianas y Gais, ondeando banderas ni llevando tarjetas encima. Jeff no se sentó y encontró una figura paterna sustituta para el hombre que había intentado ponerse en contacto con él desde Coloma durante las últimas tres semanas. De hecho, Ambrose pasó la mayor parte de su tiempo hablando con Lucas y Kimmy, o con Andrew y Benny, y después con Jon y Amy, y finalmente con Joshua, Natalie y la hermana mayor de Collin, Joanna; en resumen, cualquiera que no fuera gay de ningún modo, forma o extensión de la imaginación y que no pudiera empujar la zona de confort de un baptista virgen, mucho menos de un padre felizmente casado con cinco hijos. Debió de morderse la lengua para no decir las palabras “mariquita”, “reinona” u “homo” entre ocho y doce veces. Pasarían años, si es que llegaba a pasar alguna vez, antes de que Jeff y él tuvieran la misma clase de charla sobre Kevin que Jeffy Martin habían conseguido tener. Estuvo a punto de tragarse la lengua cuando giró una esquina y encontró a Shane dejando caer un beso en el pelo de Mikhail después de que este se asegurara de que Shane no se había involucrado en una pelea. Estuvo a punto de volver a tragársela cuando atrapó a Collin susurrándole a Jeff al oído. No pilló ni a Deacon ni a Crick, porque eran tan buenos comportándose como vaqueros que conseguían no escandalizar a nadie en público, pero cuando Jon y Amy empezaron a hablar sobre dos bodas en Roca Promesa, tuvo que excusarse. Las pequeñas le encontraron unos minutos más tarde, escondido en el lavabo y acariciando a los gatos mientras estornudaba como una tormenta.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Pero no le gritó a nadie para que parasen. No agarró a Martin por el brazo para llevárselo a rastras. Y escuchó las historias de Martin aprendiendo una profesión. De hecho, oyó que su hijo había sido una ayuda y muy amable durante un momento de grandes problemas. Mostró señales de aprobación mientras Martin hablaba entusiasmado sobre caballos, coches y la gente de Casa Promesa, y de por qué estaba agradecido por tener a su familia. Y miró en silencio, sin enfado, la fotografía de Jeff y su hijo muerto, con aspecto muy, muy feliz, quizás por última vez en la vida de Kevin. Y al final le dio la mano a Jeffal marcharse y le agradeció la cena. Y al final, permitió que Martin se quedase por Navidad. Era más de lo que Jeff había esperado, pero no era pedir demasiado.

LA NAVIDAD fue simplemente encantadora. La familia estaba sana. Hubo comida y regalos y oportunidades escondidas para Collin y Jeff de escabullirse para tener sexo como conejos un par de veces. La mejor parte de eso fue que siempre conseguían convertirlo en su lugar de hacer el amor. Dos noches antes de Navidad, Martin, Collin y Jeff se sentaron alrededor de la mesa de la cocina de Jeff y envolvieron los regalos para toda la familia, incluidos los de Doc y la señora Herbert, que estaban emocionados por ir a conocer a Martin al día siguiente, y hablaron. Hablaron sobre Navidades pasadas y de las cosas maravillosas que sus padres habían hecho para complacerles de niños. Hablaron de sus regalos favoritos, y de cosas que habían deseado más que nada en el mundo pero que ahora ya no parecían tan importantes como el hecho de que alguien les quería lo suficiente como para darles ese regalo cada mañana de Navidad. Hablaron de Kevin. Martin habló de cómo su hermano mayor solía ahorrar dinero y comprarle a cada uno de sus hermanos y hermanas algo que sabía que 408


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane querían, pero sus padres desaprobaban. Cuando Martin tenía nueve años, Kevin le compró su primera videoconsola. Fue el último regalo de Navidad que Kevin envió nunca. —Creo —dijo Martin en voz baja, dejando colgar un trozo de un sofisticado lazo para que Katy le lanzara zarpazos—, que estaba intentando decirnos que quizás lo que mis padres aprobaban no lo era todo en el mundo, ¿sabéis? Jeff sonrió un poco. Debería haber adivinado el subversivo secreto que había en Kevin. El hecho de que le hubiera tirado los tejos a Jeff mientras hacía ver que “le daba una lección” debería haber hecho eso bastante evidente. Así que, a cambio, él habló de cómo se conocieron por primera vez, y Collin se sofocó por la risa (y admiró el movimiento de Kevin) y Martin se rió hasta que dejó caer el lazo de Katy (de todos modos ella lo estaba ignorando) y apoyó la cabeza en los brazos y continuó. Cuando hubo terminado de reír, se enderezó en la silla y se secó un poco los ojos. —¿Qué pasó cuando volvió?—dijo. Jeff se sonrojó. —Oh, chico, no creo que vayas a estar nunca lo suficientemente cómodo como para oír esa parte, ¿no crees? —Creía que habíais paseado por allí y hablado durante un rato — dijo Collin pensativo, y Jeff se sonrojó incluso más. —Bueno, sí. ¡Pero la noche terminó de todos modos en mi apartamento! —Martin hizo un sonido de «¡Hurra!» y Jeff sonrió ampliamente, todavía sonrojado—. Gracias. Me alegro de que lo apruebes. Martin pareció avergonzado. —Lo hago —murmuró, escogiendo su siguiente regalo del montón—. Apruebo todo lo bueno que pudiste darle, ¿vale? ¿Queda algo de los dulces de Margie? ¡Oye! ¡Suéltame! —Es un abrazo, chico. Sin condiciones.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Martin lo devolvió brevemente, porque tenía catorce años, y se puso de pie, puso los ojos en blanco y se fue a buscar los últimos caramelos de soja. Collin estiró el brazo sobre la mesa y cogió la mano de Jeff, besándola, y Jeff se acercó a él, se inclinó y le besó. —¿Y eso por qué? —preguntó Collin, con su boca fina arqueada un poco en las comisuras y sus ojos marrones suaves. —Un sello de aprobación diferente. La sonrisa de Collin fue cegadora. —¿Así que he pasado el curso? —Cada maldito día. Dos veces en Navidad. —Excelente. ¡Me he esforzado tanto en ello! —Espero que valiera el esfuerzo —dijo Jeff con seriedad, y Collin plantó la mano, grande y ancha, en la nuca de Jeff y le atrajo para un beso.

EL DÍA después de Navidad metieron a Martin en un avión con abrazos, algunas lágrimas, una advertencia de que les escribiera un mensaje o un email a menudo (lo cual hizo, incluso después de Año Nuevo) y la promesa de traerle en avión durante el verano, con el permiso de sus padres, para que pudiera hacer prácticas con Collin, porque le encantaba. Lucas se quedó en Levee Oaks, lo cual fue agradable, porque cuando Jeff, Crick, Mikhail y Kimmy quedaron para tejer al día siguiente, Jeff y Kimmy ya no sonaban como las solteronas resecas que habían sido dos meses antes, y las sonrisas de Kimmy eran también un poco más suaves. El día después de eso, Jeff y Collin fueron a Coloma a visitar a la madre de Jeff por Navidad. Ella no recordaba a Collin, pero disfrutó muchísimo sus dulces de See's y sus calcetines tejidos a manos. El padre de Jeff estaba en la habitación y, de manera muy parecida a Ambrose, consiguió mantener sus opiniones hirientes para sí mismo. Jeff se puso al día sobre los Porters y los Masons y los Beachums, y le dijo a su padre

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane que les diera recuerdos a todos. Su padre se enteró por primera vez que su hijo tenía el VIH. Pareció muy, muy entristecido cuando lo oyó, y puso la mano sobre el hombro de Jeff solo durante un momento mientras este hablaba con su madre sobre el hecho de que estaba bien. Jeff permitió el contacto, reconociéndolo con una palmadita en la mano, y entonces besó la mejilla de su madre como despedida. Se giró, le dio la mano a Archie Beachum y se marchó. De manera muy parecida al padre de Martin, no se tomaron de las manos ni cantaron el Kumbaya, pero se trataba ver a su madre una vez al mes, y quizás ir a cenar con su padre la próxima vez, y aquello era un comienzo. Collin le sostuvo la mano mientras salían por la puerta, y cuando llegaron a ese fabulosamente llamativo y gigantesco Camaro en el tranquilo aparcamiento de la residencia, hizo que Jeff se diera la vuelta y le arrastró a un abrazo que hizo que Jeff sintiera anhelos. —Oh, Dios, es una hora y media para bajar la colina —gruñó Jeff, descansando la frente contra la de Collin y jadeando. —Sí, Jeffy, pero sabes lo que pasa, ¿verdad? Jeff inclinó la barbilla hacia un lado y sonrió con timidez, alzando la vista hacia Collin desde debajo de las pestañas. —¿Que tenemos el apartamento para nosotros solos? La sonrisa de Collin fue diabólica. —Voy a pasármelo tan bien haciéndote gritar. Ambos se lo pasaron bien... y Jeff gritó. Y entonces se besaron, desnudos, desnudos y juntos, y Jeff pensó que la familia era agradable, pero que aquella clase de familia era incluso mejor. —Dios, Vivaracho, me alegro de que no te rindieras —dijo cuando se apartó en busca de aire. —Dios, Jeff, me alegro de que me dieras una oportunidad —dijo Collin como un eco, poniendo un poco los ojos en blanco y enredando las piernas, desnudas y peludas, con las de Jeff.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Entonces, ¿cuándo vas a mudarte aquí? —preguntó Jeff como por casualidad, como si no tuviera el corazón en la boca. No era como si Collin hubiese vuelto a su apartamento más que un puñado de veces desde que se había recuperado, pero aquello era más que eso, y a juzgar por el parpadeo lento y leonino de Collin, este lo sabía. —Cuando encontremos una casa juntos en Levee Oaks —respondió tras una pequeña pausa. Jeff miró alrededor. —¿No te gusta el bloque? ¡Tiene una piscina y una sala de pesas! —Podemos permitirnos nuestra piscina, Jeff, y nuestra propia sala de pesas, y otra habitación para que podamos tener tres gatos, quizás, o incluso un perro, y suficiente espacio entre nosotros y los vecinos como para que pueda hacerte gritar de verdad. Jeff se sonrojó, sintió cómo su pene se hinchaba allí donde estaba, atrapado entre su entrepierna y la cadera delgada de Collin. —¿Crees que me estoy conteniendo por los vecinos? La sonrisa de Collin fue malvada. —Estoy seguro de que voy a averiguarlo. —Entonces, ¿una casa? —Sí. —En Levee Oaks, el capitolio antigay del cinturón bíblico del norte de California. —Sí.—Collin sonrió de manera torcida, pero se mantuvo firme. —Eso es una promesa bastante grande. —Oye... Te quise durante la gripe, pequeño. Me lo debes. —¿No es eso al revés? —No es que Collin hubiese sido ni una vez un paciente difícil, pero aun así. —Estaba delirando, podría haberte confundido con David Beckham, ¿habías pensado en eso?

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Oh, cállate. —Jeff rió a medias a través de la ansiedad—. Sí, bueno, quizás vivir es nuestra mayor promesa de todos modos. Claro, encontremos una casa. Será divertido. Con y Katy no sabrán qué hacer con ellos mismos. Puede que tengamos que conseguir otro gato solo para darles algo sobre lo que abalanzarse. —¿Sí? —dijo Collin, con todo el cuerpo vibrando de entusiasmo—. Sabes, para la gente gay de California, comprarse una casa es como una ceremonia de bodas, ¿verdad? Jeff puso los ojos en blanco. —Vivaracho, si crees que eso es una ceremonia de bodas, entonces lo que Shane y Mikhail van a hacer en febrero va hacer que pierdas de verdad la cabeza. —¿Sí? ¿Qué va a pasar en febrero? Jeff solamente se rió y le besó, porque era algo querido y perfecto, e iban a comprar juntos una casa y los planes para febrero serían dentro de poco.

LOS DIOSES debieron sonreírles a Shane y a Mikhail ese día, porque tras una semana diluviando, de hecho brilló el sol el día anterior y el de su pequeña y dulce ceremonia en Roca Promesa. Había pasado casi un año desde que Jeff había estado en Roca Promesa, y se habían hecho algunos cambios durante ese tiempo desde que Shane se había adueñado de la propiedad adyacente a la de Deacon para Casa Promesa. Lo primero que había hecho Shane había sido limpiar todas las hierbas demasiado crecidas y asegurarse de que la población de serpientes estaba bajo control. A diferencia de Deacon, que había favorecido a los cerdos panzudos como primera línea de defensa y una pistola como último recurso, Shane simplemente había llamado a una asociación local de vida salvaje para que fuera y se las llevara a todas. (No tenía ni idea de lo que hacían con ellas, siempre y cuando fuera legal, humano y Mikhail no tuviera que ver una sola escama, cascabel o lengua sibilante).

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Lo otro que había hecho era encargarse de que la carretera de servicio que Deacon usaba de niño fuera allanada y llenada de gravilla. Cuando los invitados llegaron a la boda de Shane y Mikhail, condujeron por una carretera agradable de gravilla en lugar de por la despiadada desgarradora de neumáticos y destrozadora de ejes, y Jeff le dijo a Collin que aquello por sí mismo ya era una gran mejora. Los invitados aparcaron en el lado de Shane de la pequeña poza y cruzaron la verja para ganado, que ahora estaba abierta, pasando por una elevación antes de aventurarse en la pequeña esquina del mundo que solía pertenecer solo a Deacon y a su padre. Kimmy estaba allí para darles la bienvenida, con su pequeño cuerpo de bailarina enfundado en un vestido largo de un rojo rubí con un abrigo de lana blanca y su cabello castaño, con unas recientes mechas rubias, cayéndole más allá de los hombros y de la espalda en unos rizos grandes y llenos. Lucas estaba con ella, llevando un traje de lana negra con una corbata carmesí para ir a juego con la mujer a la que tan evidentemente adoraba. Jeff la saludó cogiéndole ambas manos con las suyas y besándole en la mejilla, porque estaba encantadora y porque la ocasión lo requería. —¿Cómo estás, vaquilla?Tienes un aspecto exquisito. Kimmy le dirigió una sonrisa llena de lágrimas. —Estoy bien —dijo con la voz algo más gutural de lo normal—. Ah, joder. Voy a ser un desastre cuando hable Jon. Shane simplemente se ha esforzado tanto, ¿sabes? Se merece esto por completo, al igual que Mickey... —¿Puedes llamarle Mickey? —preguntó Collin desde detrás del hombro de Jeff. —Privilegios de cuñada —dijo Kimmy con seriedad—. Lo he pedido. ¡Guau, Collin, limpio estás guapo! Jeff le había ayudado a escoger su traje marrón de raya diplomática. Tenía grandes solapas y una corbata de un amarillo leonado, y el chico se veía increíblemente atractivo. Jeff había elegido el negro clásico, porque los dos no hacían eso de ir vestidos como gemelos, pero eso no evitó que

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane se tomaran de la mano mientras bajaban la loma y pasaban por encima de una parte estrecha de riachuelo que se unía y que habían tapado para tener irrigación lejos del dique. La curva del riachuelo formaba un lugar ancho y profundo que se había usado como poza para nadar durante años. Al borde de esta, formando una especie de hueco, había un gran peñasco de granito rodeado por sus hermanos pequeños, entremezclado con la presencia de robles. Durante el verano, aquel hueco era agradable porque la sombra junto al riachuelo era como siete grados más fresca que la tierra sin hierba que lo rodeaba, que ya estaba quemada y marrón a principios de mayo. En el invierno la hierba era verde y había sido cortada hacía poco, tanto en el lado de El Púlpito como en el de Casa Promesa. Habría hecho un frío insoportable si no fuera porque Deacon había pensado en alquilar unos calentadores a gas (de esos altos que parecían lámparas) para ponerlos de pie en semicírculo alrededor del peñasco más grande. Jeff entendía que aquella era la tercera boda que tenía lugar en Roca Promesa, y que era cerca del peñasco donde se ponía de pie la gente. —Han decorado —dijo con una sonrisa. Él había estado en la segunda boda que se celebró allí, y había sido encantadora. Cuando Deacon y Crick se habían casado (para enorme sorpresa de Deacon), la familia había estado de pie alrededor de la pareja en un círculo amplio mientras el recién decretado Jon, el cura unitario, había llevado a cabo la ceremonia. Shane y Mikhail habían preparado su boda tomando un poco como ejemplo aquélla, y con algunos toques añadidos que eran exclusivamente suyos. Además de las estufas altas, las cuales se apreciaban mucho a la sombra, donde el suelo todavía estaba helado incluso a la una de la tarde, había ramilletes de flores que se erguían de pie, rojos y blancos, con grandes alfombras rojas, tanto de exterior como de interior, tendidas en el suelo. Las sillas plegables que había junto a las mesas donde se firmaban los documentos eran iguales, pero también allí estaban las ricas flores blancas y rojas. (Al igual que había una selección al azar de mantas, limpiamente dobladas, que Jeff estaba bastante seguro de que los invitados apreciarían después de la ceremonia). Los chicos de Casa Promesa estaban de pie, atentos, junto a los documentos y el libro de invitados, la 415


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane mayoría de ellos también armados con cámaras de usar y tirar. Era evidente que Shane les había comprado ropa nueva y que les había encargado tareas. Parecían complacidos y orgullosos, y muy conscientes de su dignidad. Y Jeff volvió a querer desde cero a aquel gran hombre por darles a los chicos como Martin la oportunidad de ser amables, buenos y de sentirse orgullosos. De pie encima de una de las mesas, cerca de las mantas, estaba la fotografía de una mujer de aspecto arrebatador tomando de la mano a un adolescente de aire amargado. La madre de Mikhail, pensó Jeff con tristeza, y su hijo, no mucho después de llegar al país. Bueno, era adecuado; ella había muerto el año pasado alrededor de esas fechas. En lugar de recordarla con dolor, la estaban recordando ofreciéndole lo único que siempre había querido: un futuro seguro y un lugar querido para su hijo. Había música, alimentada por un generador en la parte de atrás de una camioneta que había sido conducida hasta el otro lado del riachuelo; una mezcla más bien ecléctica de rock and roll viejo y nuevo. —Me gusta esta canción —murmuró Collin mientras Gypsy Biker de Bruce Springsteen sonaba de fondo—. Pero no suena como música de ballet —añadió pensativo, y Jeff sonrió. —Es la música de Shane —dijo con seguridad, y Kimmy le cogió del brazo y sonrió. —La mía también. Y la de Lucas... Todos somos fans. —¿Qué clase de música le gusta a Mikhail? —preguntó Collin con curiosidad. —De todo tipo —dijo Mikhail, acercándose a ellos—. Pero hoy no es un día para mí ni para mi ballet. Hoy es un día para que todos puedan ver a mi perfecto policía y saber que le hago feliz. —Nunca lo dudé—dijo Jeff con sinceridad, y Mikhail puso los ojos en blanco. —Bueno, yo lo hice. Y es por eso por lo que tenemos que hacer esto, para que todo el mundo vea que ya no albergo más dudas. ¿Y en cuanto al papeleo? —El encogimiento de Mikhail fue cien por cien de campesino ruso—. Eso es para la gente del gobierno. Que les den. No me importa si

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane creen o no que estamos casados. Siempre y cuando nuestros amigos lo sepan. Con eso, Mikhail se alejó trotando, mirando de dar la bienvenida a los otros invitados, y Kimmy le dirigió una sonrisa exasperada. —Eso realmente se le había atascado en el buche, ¿no? —preguntó Lucas con una sonrisa silenciosa. —¿Todo lo del “matrimonio de California”? —dijo Kimmy encogiéndose de hombros—. Bueno, sí, pero más bien es por el bien de Shane. Tiene toda esta idea sobre el gobierno y las fuerzas políticas y de cómo Shane no está recibiendo su parte. —Kimmy hizo una mueca hacia su cuñado, con cariño—. Así que, como es habitual, todo trata de Shane. Dios, puedo vivir con alguien que haga que toda su vida trate de Shane. —¿Qué tal si todo tratara de ti? —preguntó Lucas astutamente, y fue encantador ver el sonrojo de Kimmy. —Lucas, haz que tu vida trate solo de ella, y yo personalmente te haré una cena al mes. —¡Sí! —dijo Collin a su lado—. Noche de juegos en familia. Lo echo de menos. ¿Os queréis volver a apuntar? —Sí, Vivaracho —dijo Kimmy, llevándoles hasta el pequeño círculo de amigos que era exactamente como el de Deacon y Crick, solo que un poco más grande—. Pero primero tenemos una boda a la que ir. —¿Acabas de dejar que me llame “Vivaracho”? —preguntó Collin con un poco de indignación, y Jeff se rió. —Privilegios de cuñada: ella los tiene. —Vale, pero voy a invitar a Joanna y a su marido a la próxima noche de juegos. Ella podrá dejarte sin blanca. —¿En qué juego? —No importa. Joanna prácticamente patea culos en lo que ella quiera. —¡Yo voy a patearos el culo a los dos si no calláis! ¡Jon está aquí!

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Jon había presidido la boda de Deacon y Crick con aquel traje, y en aquel momento volvía a llevarlo puesto. Su cabello rubio veteado acababa de recibir un corte y de ser peinado, y su mujer estaba de pie a su lado, de puntillas, ajustándole la corbata rojo sangre. Amy iba vestida como Kimmy y Benny, con un largo vestido ajustado rojo y un abrigo blanco. Benny estaba de pie en el lado contrario del amplio círculo respecto a Collin y Jeff, sosteniendo la mano de su hija con una mano y el brazo de Drew con la otra. Jeff tuvo un momento para resoplar por la manera de hacer las cosas de las mujeres, y entonces Amy dio un paso atrás y se acercó al borde del círculo, donde Shane y Mikhail estaba esperando pacientemente a que Jon estuviese listo. Con una sonrisa pícara, Amy tomó a ambos hombres de la mano y los arrastró hasta donde estaba su marido de pie. —Bien hecho, cariño. No sabemos cuál de los dos habría salido huyendo. —Ninguno de ellos —contestó Amy con dulzura—. Solo quiero ver lo nerviosos que están. —¿Lo nerviosos que están? —preguntó Crick desde detrás de Deacon. Era lo bastante alto como para mirar por encima del hombro de su amado mientras mantenía los brazos alrededor de sus hombros de manera protectora. —Ni de cerca tan nerviosos como lo estabas tú, Crick—respondió Amy con astucia, alzando lo que claramente eran unas manos secas, y Deacon respondió con una sonrisa. —Solo estaba nervioso porque me lo escondió y se casó conmigo cuando yo no miraba. No creo que ese sea el problema aquí, ¿no, Shane? —No, señor —dijo Shane con tranquilidad. Su rizado cabello castaño, normalmente alborotado, estaba cortado de manera agradable y peinado para que se quedara de punta... y Jeff se alegró, porque él era el que le había aconsejado a Shane un estilista para asegurarse de que presentaba su mejor aspecto. —¿Cómo lo llevas, Mikhail? —preguntó Deacon, y el hombrecillo saltó sobre la punta de los pies.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane —Yo estoy bien, Deacon —dijo con decisión—. De todos modos, solo tenemos tres horas antes de que esos calentadores se gasten y me congele mi pequeño culo, así que sugiero que empecemos. —¿Por qué él consigue que le llamen “Deacon”?—preguntó Collin a Jeff en voz baja, pero fue Kimmy quien contestó. —Porque Deacon es Deacon, Vivaracho, ¡ahora chist! —Ya le has oído, Jon —dijo Deacon con una sonrisa—. ¡Mueve el culo! Jon ejecutó una inclinación completa en dirección a Deacon y de repente toda la cháchara, como las preguntas de Collin a Jeff, se detuvo. —Todos nosotros conocemos a Shane y a Mikhail —dijo Jon con una sonrisa—, y la mayoría de nosotros estamos familiarizados con los votos tradicionales de boda. Pero Shane y Mikhail ya se aman y respetan el uno al otro, y ambos han dejado la idea de la obediencia bien lejos de sus diccionarios, así que nos queda la única tradición con la que me siento cómodo en las bodas, y esa es la tradición de Roca Promesa. »No estoy seguro de que Carrick James sepa esto, pero cuando yo tenía cinco años creía que era el niño más solitario sobre la faz de la tierra. Estaba llorando en el baño... ya sabéis, ¿los baños para niños pequeños, con los retretes que a duras penas te alcanzan a los tobillos? Y este niño, que no había hablado durante las dos semanas de parvulario, se me acerca y me dice que si dejo de llorar, su padre nos llevará a Roca Promesa. Yo no tenía ni idea de qué era Roca Promesa, y aquellas podrían haber sido las últimas palabras de Deacon en la escuela pública hasta al menos cuatro años más tarde, pero aquel fin de semana el padre de Deacon nos trajo a los dos aquí y jugamos durante horas. »Fue el mejor día de mi vida, justo hasta que Parrish nos volvió a traer. Y una vez más. Y después vinimos Deacon y yo, y más tarde Deacon, Amy y Crick. Y este lugar en el que estamos de pie ha llegado a significar algo enorme; algo mucho más grande de lo que probablemente os parece a aquellos que sois nuevos aquí. »Este lugar, Roca Promesa, es donde consigues ir si mantienes tus promesas a la gente que te quiere. Es una recompensa por confiar en otra alma lo suficiente como para dejar que te haga feliz. Es el lugar de esta 419


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane familia, nuestro lugar privado, donde acudimos para decirle al mundo, y a Dios si está escuchando, que somos familia porque elegimos serlo. Es donde hacemos reales las cosas que tenemos en el corazón. »Mi esposa y yo nos casamos aquí, y tuve el privilegio de llevar a cabo la ceremonia del hermano de mi corazón con el hombre que siempre ha amado, justo aquí. Jon hizo una pequeña pausa, tragando con fuerza y parpadeando mientras miraba a Deacon, quien le dirigió a su mejor amigo, al hermano de su corazón, una sonrisa torcida. Jon asintió, como si pudiera continuar ahora que Deacon había visto que aquel lugar era el sitio sagrado de la familia, y que él había hecho que así fuese. —Así que casarse aquí, eso significa que eres de nuestra familia. Eso significa que no vamos a dejarte ir, porque nunca puedes tener demasiada familia. Y no puedo pensar en dos mejores personas para estar aquí de pie y anunciar sus intenciones de ser familia que Shane y Mikhail. Este lugar no trata sobre lo que el resto del mundo piensa... lo cual es algo bueno, chicos, porque tengo que deciros que el resto del mundo no os entendería en absoluto. Hubo risas, y la sonrisa de Shane se volvió más ancha, si es que era posible, y la mirada alzada de Mikhail hacia su amante era toda adoración. Tenía a Shane, y eso era todo lo que importaba; era tan simple y tan obvio, y Jeff sintió una mano en la solapa de su traje de lana negro con la raya en la cintura, y de repente el pañuelo de lino rojo que había puesto en su bolsillo para que se viese bien estaba siendo sostenido a la altura de su cara. Lo alcanzó de la mano de Collin, agradecido. Dios, era tan reinona... «Solo mírales». ¿A quién le importaba si estaba llorando?Todo el mundo debería llorar en su boda. Debería ser ley. —Pero aquí les entendemos —dijo Jon con seriedad—. Comprendemos que su vida trata toda de hacer promesas de escuchar y entender. Todo trata de amabilidad, especialmente cuando es inesperada; y trata de lealtad, la cual siempre, siempre se merece. Trata de corazones que están perdidos sin el otro, y trata de no soltarse nunca cuando se hayan encontrado. Trata de la improbabilidad de la gente encajando como una llave y un pomo.

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VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane »Eso sois los dos. Los dos juntos... sois todo lo que el amor debe ser. Y estoy locamente enamorado de mi esposa, así que debería saberlo. —Más risas, lo cual era bueno, porque Jeff no estaba seguro de si había un solo ojo seco allí. Miró de reojo y vio a Collin frunciendo el ceño con fiereza y tragando con esfuerzo. Tras darle a Jeff el pañuelo, había entrelazado la mano con la suya a su lado y en aquel momento la estaba estrangulando en un intento de no unirse a la multitud. «Olvídalo, Vivaracho. Espera hasta que veas a nuestra pequeña diva derrumbarse por completo. Estamos condenados. Faltan tres días para San Valentín. Ríndete, pequeño, somos toda una familia de reinonas sollozantes». —Así que ahora es vuestro turno de hablar; de hacer promesas aquí, en Roca Promesa. Una familia como vosotros es exactamente para lo que está este lugar. Entonces hablaron, el pequeño bailarín ruso y el gran policía de buena voluntad, y aunque sus palabras jugaron y se entrelazaron como lazos en un mayo, nunca dejaron de mirarse el uno al otro con las almas en los ojos. Eran tan puros y estaban tan puramente enamorados como Jeff había visto a dos personas en toda su vida, quizás incluso más puros que lo que era él cuando estaba con Kevin, porque habían vivido para el otro cuando el resto del mundo había intentado exterminarles. (En el caso de Shane, en múltiples ocasiones, y Mikhail mismo había soportado algunas llamadas muy cercanas como adolescente perdido). Pero Jeff no compararía; ya no. Había amado y perdido y, maravilla de maravillas, había sobrevivido. Había seguido viviendo, no porque tuviera que hacerlo, ni por los recuerdos, sino porque tenía a una familia que le quería, y a un amante que era familia. Escuchó cómo Shane decía algo sobre Mikhail estando con él durante todo el tiempo en que respirase, y Mikhail diciendo: «Será mejor que sigas respirando, gran y estúpido policía, porque mi vida está ahora tan enredada con la tuya que ya no se pueden separar. Llevas mi corazón en tu pecho, a donde sea que vayas; solo asegúrate de que nunca es demasiado lejos de mí». Fue justo allí cuando Collin perdió el control y todo el claro pudo oír la respiración temblorosa que inhaló a través de los labios temblorosos y la 421


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane exhalación trémula. Jeff le pasó el brazo por la cintura, aliviado de sentir el fuerte agarre de acero de Collin sobre sus hombros. —¿Asustado ya, Vivaracho?—susurró. Collin negó con la cabeza e ignoró las lágrimas que se quedaron atrapadas en sus pestañas. —Feliz —susurró en respuesta—. Ahora sé qué decir cuando sea nuestro turno. Jeff se quedó sin respiración y ladeó un poco la cabeza, de manera que tocara el hombro de Collin. Habían encontrado una casa; no habían tenido tiempo de mudarse, pero habían unido sus finanzas y la fianza ya estaba en el depósito, y todo iba a ser oficial en nada de tiempo. Pero allí, justo allí, en aquel lugar sagrado de promesas, Jeff lo había sentido. Había sentido la corrección de vivir con su amante delante de Dios y de todos, y sintió todas las promesas que el futuro podía traer. Mikhail dejó de hablar, y los dos hombres se besaron con dulzura, mientas un rayo de sol oblicuo se abría paso a través de los robles para bendecirlos a ambos con oro. La familia reunida dejó de sorber por la nariz el tiempo suficiente como para aplaudir, y entonces Jeff sintió cómo lo arrastraban con brusquedad hasta los brazos de Collin, y un beso tierno de su propia invención fue suyo a cambio. Se separaron, sabiendo los dos a sal. —La nuestra será en otoño —dijo Jeff. Collin asintió. —Justo aquí, ¿verdad? —Absolutamente. —Bien. Bien. Haremos promesas. Como, prometo que no necesito esperar hasta entonces para amarte. Jeff asintió. —Será mejor que mantengas esa promesa, pequeño. —Sorbió y usó su pañuelo—. Es por lo que vivo. 422


VIVIENDO PROMESAS|Amy Lane Se separaron para ir a felicitar a sus amigos y a celebrar. Los días como aquel en Roca Promesa era lo que hacía que vivir fuera dulce, y estar enamorado aún más dulce, y ambos eran lo bastante mayores y lo bastante sabios como para nunca, jamás darlo por garantizado. Y siempre y cuando estuvieran mano con mano, nunca lo harían.

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AUTHOR

AMY LANE es madre de dos estudiantes universitarios, dos alumnos de instituto y dos perros pequeños. También es una tejedora compulsiva que escribe porque no puede silenciar las voces de su cabeza. Adora a sus bebés peludos, sus calcetines de crochet y los hawtmenz (chicos calientes) de Twitter, y odia las polillas, las cajas de los gatos y las cotillas de barrio con cabeza de chorlito. Es muy difícil encontrarla cocinando, limpiando o realizando cualquier tarea doméstica, pero se sabe que ha tejido gorros/mantas/pares de calcetines de urgencia en alguna ocasión, y a veces sin ocasión alguna. Sus libros, que han ganado varios premios, tienen tres sabores: púrpura retorcido de universo alternativo, naranja angustioso de novela contemporánea y amarillo de sol feliz. Ha aprendido a escribir como el viento por necesidad. Lleva algo más de veinte años casada con su adorado Compañero y todavía cree en el AMOD VEDADERO, en mayúsculas, y no ve ninguna razón por la que esa creencia deba cambiar. Visita el sitio web de Amy en: http://www.greenshill.com también puedes enviarle un mail a amylane@greenshill.com


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