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Miré hacia arriba, un poco sorprendida de que me hubiera escuchado, y ya ni hablar de que recordara tanto tiempo como para comprobarlo dos días después. Y lo cierto era que las llamadas se habían reducido hasta desaparecer durante los últimos días. “Sí.” “Bien.” Se crujió los nudillos sobre mi escritorio y se giró. Pero entonces dudó, girándose rápidamente. “¿Te apetece ir a cenar esta noche? Podríamos ir a ese sitio nuevo francés en el centro.” No podía creer que me estuviera pidiendo salir de nuevo. Levanté la mirada, preguntándome qué era lo que hacía que estuviera tan decidido a invitarme a salir. Tenía que ser aquella mentalidad de "quiero lo que no puedo tener" que tenían tantos hombres como él. “No puedo. Ya tengo planes.” Inclinó la cabeza ligeramente. “Valía la pena intentarlo.” En realidad sonreí al verle marcharse. Era como un niño en una tienda de golosinas sin un centavo en los bolsillos: podía mirar, pero no tocar. Me marché del trabajo una hora más tarde, intentando recordar cuánto dinero quedaba en mi cuenta bancaria. Aún quedaba una semana para que me pagaran, pero mi cocina estaba prácticamente vacía. Mi amiga Kylie me había invitado a cenar, pero tenía un trabajo que entregar al día siguiente que aún no había empezado. Si iba a casa de Kylie, probablemente acabaría tan metida en la conversación que no me quedaría tiempo para trabajar. Y no podía pasarme la noche despierta trabajando otra vez, puesto que al día siguiente tenía tres clases y después debía ir a trabajar. Era deprimente ser tan pobre que tenía que irme a casa y comer un poco de mantequilla de cacahuete con galletas saladas, que era prácticamente lo que quedaba en mi cocina. Pero no importaba lo duro que fuera para mi, no era nada comparado con la lucha que mis padres atravesaban intentando mantener la salud de Sam.

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