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Revista de terror, fantasía y ciencia ficción

VUELO DE CUERVOS

JUNIO DE 2015 Número 3

ESPECIAL TERROR * ENTREVISTAS: - Alberto Vázquez Figueroa - Adam Nevill - Xavier Leperdú * ILUSTRACIONES * SECCIONES FIJAS - MISTERIO - RELATOS - RESEÑAS...


VUELO DE CUERVOS Revista Digital Gratuita. Coordinada por: Lorena Raven, Raven Pink,Soraya Murillo Hernández, Aitor Heras, David Carrasco Dirección: Lorena Raven, Raven Pink, Soraya Murillo Hernández Subdirección: Aitor Heras, David Carrasco Ilustraciones de: Begoña Fumero ArtWorks, Cecilia Gf, Lorena Raven, Alberto Góngora y Xavier Leperdú Maquetación y diseño: Lorena Raven La dirección no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores. Los contenidos redactados en esta revista serán responsabilidad única y exclusiva de la persona que los firma. Así mismo, Vuelo de Cuervos no se hace responsable de las opiniones vertidas por los usuarios ajenos a esta revista o de sus participantes en la misma.

PORTADA ALBERTO GÓNGORA

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional. Registro Safe Creative nº: Código: 1506064270834 Reservados todos los derechos. Todos los relatos recogidos en este especial estan sujetos a derechos de autor. Los derechos de aut or de cada relato pertenecen a su autor únicamente. Vuelo de Cuervos no difundirá este recopilatorio con fines comerciales. Queda prohibida la reprodución total o parcial de este recopilatorio sin citar la autoría, las fuentes, ni Vuelo de Cuervos.

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REVISTA NÚMERO 3: *PRÓLOGO/ DAVID JASSO (PÁGINAS 4-7) *RELATOS (PÁGINAS 8-25) - Fernando Codina - Juanma Nova García - Lorena Raven - Soraya Murillo y David Carrasco - Sergio Moreno - Pablo Loperena *DISECCIONANDO ASESINOS EN SERIE / AITOR HERAS (PÁGINAS 26-29) *EL GORE MÁS GORE / DAVID CARRASCO Y AITOR HERAS (PÁGINAS 31-36) *LETRAS DESDE EL ABISMO DEL CORAZÓN CÓRVIDO / ILUSTRACIÓN DE ARZUR DEL GALLEGO, TEXTO DE LORENA RAVEN (PÁGINAS 38-39)

*9 ÓRBITAS CONCÉNTRICAS Y ELÉCTRICAS / STORENGO POR VUELO DE CUERVOS (PÁGINAS 84-87) *CORVUS CORAX / MARC SABATÉ (Edén interrumpido de Carlos Sisí) / DAVID CARRASCO (Mad Max) (PÁGINAS 88-91) *POESÍA Y SUEÑOS / JUANMA NOVA GARCÍA (PÁGINAS 92-93) *RED ROOM / CRISTINA BÉJAR (PÁGINAS 9497) *ENTREVISTA XAVIER LEPERDÚ POR LORENA RAVEN (PÁGINAS 100-109) *MITOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES / SORAYA MURILLO Y DAVID CARRASCO (PÁGINAS 110-115)

*ENTREVISTA ALBERTO VÁZQUEZ FIGUEROA POR AITOR HERAS (PÁGINAS 40-49)

*ENTREVISTA A ADAM NEVIL POR VUELO DE CUERVOS (PÁGINAS 116-123)

*ALBERTO GÓNGORA / ILUSTRACIÓN (PÁGINAS 52-55)

*GRAZNIDOS EN LA HISTORIA / ANA ARRANZ SIHAYA (PÁGINAS 124-125)

*UNA DE DETECTIVES / ALEJANDRO MORALES (PÁGINAS 112-113)

*EXPERIENCIAS MÁS ALLÁ DEL NIDO (PÁGINAS 126-127)

*EL NIDO DEL PULP / ANA MORÁN INFIESTA (PÁGINAS 58-61)

*LUGARES ABANDONADOS Y MALDITOS / FRANCISCO COSTALES NOVAL (PÁGINAS 128130)

*JLF CARONTE / ILUSTRACIÓN (PÁGINAS 6265) *NOVELA GRÁFICA / DAVID CARRASCO (PÁGINAS 66-67) *RELATOS (PÁGINAS 68-82) - Raven Pink - Liberto Alcázar - Mimi Alonso - Jesús Mesado (Ilustración JFL Caronte) - Cristina Béjar - Sirkka Ports

*DARK LOVE / JUANMA NOVA GARCÍA (PÁGINAS 132-137) *ARTE MACABRO / ROSA GALDO (PÁGINAS 136-137) *EL COLECCIONISTA DE SENSACIONES / CARLOS JACKWINCHESTER (PÁGINAS 140-141) *RELATOS - Zanbar bone - Francisco Costales - Alejandro Morales - Leo Jiménez - Ramón Hernández


PRÓLOGO: DAVID JASSO

EL TERROR Suena el teléfono y doy un respingo en la cama. Me yergo sobresaltado, me cuesta centrarme. Veo borrosos los números del radio despertador de la mesilla. El tono del móvil resuena insistente e inadecuado. Las 04,56. Dios mío, Dios mío. La pantallita del móvil ilumina el dormitorio con un tono fantasmal. Cojo el teléfono con mano temblorosa. Mi mujer pregunta con voz pastosa: “¿Euuh, ¿qué pasa? ¿Quién es?”. Se remueve inquieta, enciende la luz de la mesilla. El resplandor resulta cegador y apenas puedo leer en la pantalla “Número desconocido”. Dios mío. Mi dedo tiembla mientras se dirige al botoncito verde. ―No sé. No… no es Caty. ―No ha llegado todavía, ¿verdad? No ha llegado. Se levanta de un salto. Me mira antes de salir de la habitación, se golpea el hombro con el marco de la puerta. Le da igual. No me atrevo a coger la llamada. Mi mano está congelada a medio camino. La pantalla refulge con cada tono. Las palabras “Número desconocido” brillan amenazadoras. Busco una explicación, sé que no puede ser nada bueno. Oigo a mi mujer, su voz suena entrecortada. No se entiende muy bien lo que dice, no hace falta. Yo sé que Caty todavía no ha regresado. Siempre la oigo llegar, suele ir al baño. El ruido de la cisterna resulta reconfortante. Luego, duermo más tranquilo. Esta noche nuestra hija adolescente todavía no ha vuelto. Mi dedo roza la pantalla táctil. Mi mujer se asoma asustada, me insta a responder con una mirada nerviosa. Desplazo el icono de descolgar. Acerco el teléfono a mi oreja. Y en ese momento sé qué es el verdadero terror. Cuando escucho varias voces de fondo y el ambiente de centralita. Imagino el hospital o el puesto de la Guardia Civil. Se oyen murmullos. ―¿Sí? ―respondo con voz ahogada. Por supuesto no hay asiento. El vagón siempre está a tope a esas horas. La mujer se abre camino hasta una esquina y se apoya en el plástico duro. Las puertas se cierran y el metro arranca. Mira a su alrededor, siempre las mismas caras, un montón de gente medio dormida, con perenne expresión de cansancio. Saca el lector electrónico de su bolso procurando no dar un codazo al tipo de al lado, se lo regaló su hija las pasadas navidades 4


y no esperaba sacarle tanto partido. Tiene por delante casi media hora de viaje. Abre el archivo, se los baja pirateados su hija, la maquetación está descuadrada y a veces las letras cambian de tamaño sin motivo. Pero ha descubierto hace poco a Vázquez Figueroa y quiere leerse todos sus libros. Mola ese cabrón. Alguien la empuja al pasar a su lado. Hay días en los que ni siquiera puede leer, hoy es uno de ellos. Algo llama su atención: los ojos del tipo. Enrojecidos, febriles, vibrantes como cuando falla la señal de la TDT. Ella retira la vista para que sus miradas no lleguen a cruzarse. Centra su atención unos instantes en el periódico que alguien lee, cuatro jóvenes muertos en accidente de tráfico. El hombre lleva dos mochilas, una más pequeña a la espalda y otra grande en su pecho, la sujeta como si le fuera la vida en ello. La mujer vuelve a mirarle, no puede evitarlo. Los movimientos de él son nerviosos. Se queda junto a la mujer, no puede avanzar más. Ella casi puede oler el sudor que resbala por esa frente morena. Y algo más. ¿Quincalla? ¿Es posible? El hombre no deja de mover los labios, levemente pero con rapidez, como si musitara una oración sin fin. Lo hace sin darse cuenta. Se recoloca la mochila delantera, tiene pinta de ser pesada. Mira a su alrededor. Mira su reloj de pulsera. Sigue moviendo los labios. Ella lleva casi dos décadas trabajando en “La tornillería universal”, no sabe cuánto más durará el trabajo, ya les han dicho que probablemente tengan que cerrar. La especialización de su empresa solo da servicio a unos pocos instaladores, y hay que vender muchos tornillos para cubrir gastos. Pero en todo este tiempo rodeada de cajones repletos de tornillos y roscas, ha aprendido a identificar el tenue olor de la tornillería. La pequeña quincalla, las diminutas virutas metálicas que a menudo quedan pegadas a la ranura del tornillo. Ella conoce bien el olor a metal, de las esquirlas de hierro. Y las mochilas que porta ese tipo huelen a quincalla. De la que se utiliza para que la onda expansiva sea más letal. Se fija en la forma y llega a la conclusión de que están repletas de pequeñas piezas metálicas. También conoce cómo ondea la marea de roscas y pasadores al meterse en una bolsa. El vagón avanza en la oscuridad el túnel. Un chispazo eléctrico en el exterior y el hombre se sacude sobresaltado. Deja de rezar. Mira la bolsa delantera, se palpa la de la espalda. Cierra los ojos un instante. Se lleva una mano al bolsillo. Pronto llegarán a la estación. Allí se entrecruzan varias líneas y los andenes suelen estar repletos de gente. Y en ese momento la mujer sabe qué es el verdadero terror. Cuando el hombre saca una especie de mando a distancia de su bolsillo. Cuando el tren comienza a entrar en la estación. Cuando la muda oración en los labios del hombre se recrudece.

No he dormido en toda la noche, bueno, en realidad hace una semana que no duermo, desde que me realizaron la biopsia. Me he alegrado de tener que madrugar. La cita era a las nueve menos cuarto, ahora ya son casi las nueve y media y la espera se me está haciendo eterna. Cuando tengo sueño y estoy nerviosa golpeteo el suelo con el pie como si 5


siguiera el ritmo de un rock hiperacelerado. La vieja de al lado me ha mirado con mala cara y me he dado cuenta de que estaba haciéndolo de nuevo. Me he obligado a parar. Cada vez que aparece la enfermera se me encoge el corazón. No he querido que me acompañara ninguna de mis hermanas. Y José está trabajando. A veces la soledad reina en una sala de espera repleta de pacientes. Cuando por fin dicen mi nombre, me cuesta reconocerlo. Sujeto el bolso y el chaquetón y me encamino a la consulta. Quieren resbalar de mis manos, me cuesta sujetarlos. Cuando entro, la enfermera está sentada mirando la documentación. Ahora me mirará y sonreirá. Pero no lo hace, ordena el montón de papelotes que tiene delante, sobres del Insalud, análisis e informes. Un amasijo de pacientes amontonados sobre la mesa. Tímidamente, me siento, no espero a que nadie me invite a hacerlo, dudo que pudiera aguantar mucho más tiempo de pie. Me doy cuenta de que he arrastrado la manga del chaquetón. No me mira, Dios mío, no me mira. En un capítulo de esas series americanas de juicios que tanto me gustaban cuando mi vida era otra muy distinta, el abogado defensor explicaba al acusado que si los miembros del jurado no le miran al entrar en la sala después de las deliberaciones, es que le han declarado culpable. La enfermera no me mira. Sabe cuál es el resultado de las pruebas. Culpable. En ese momento oigo una especie de trueno muy lejano y creo que los cristales vibran de forma casi imperceptible. Serán imaginaciones mías. Los nervios. ―Enseguida viene el doctor ―me dice sin levantar la vista. Está muy atareada dando golpecitos en los laterales para que las hojas queden alineadas. Como si ese hubiera sido su pie, el doctor entra en la consulta. No es el titular; en la sala de espera comentaban que su hija había tenido un accidente o algo así, pero supongo que será capaz de interpretar correctamente los resultados. Él sí me mira, todavía no sabe quién soy, todavía no sabe qué tengo. Un breve saludo de cortesía y se sienta. ―Bien, a ver qué tenemos aquí. Mueve el ratón y se centra en la pantalla. Dice mi nombre, es medio afirmación, medio pregunta. Quiere asegurarse de que yo soy quien soy. Lee en el monitor frunce un poco el ceño, me digo que quizá necesite gafas, eso lo explicaría. Mira a la enfermera y no hace falta que le diga nada, ella le pasa el sobre. La etiqueta adhesiva con mi nombre encabeza el dossier. Oigo un ruidito rápido, parece mi corazón desbocado. Es mi pie. Mi mirada se centra en el rostro del doctor. Está leyendo los resultados. Y se muerde muy levemente el labio inferior, es un gesto casi invisible. Pero que yo capto. Y en ese momento sé qué es el verdadero terror. Cuando levanta el rostro y me encuentro con su mirada borrosa. Cuando dice: “Bien ―y hace un gesto que podría ser la sonrisa peor conseguida del mundo―, ya tenemos los resultados de las pruebas”. Cuando señala los papeles como si ellos fueran los culpables de lo que va a decir. Cuando traga saliva. Cuando me doy cuenta de que mi pie se ha desbocado de nuevo por su cuenta. Me obligo a dejar de moverlo. Las siguientes palabras resuenan en un silencio total. Él ha dejado de mirarme a los ojos. 6


El terror es cruel. ¿A quién le puede gustar sentir terror? Situaciones extremas, momentos desagradables, muertes, penuria, sufrimiento… Hay que ser sádico o masoquista. O estar loco. Pues no. En el género de terror subyace la vida. El más puro instinto de supervivencia. El terror nos ayuda a vencer nuestros miedos, a enfrentarnos a ellos. A aprender a mirar a la muerte a los ojos. No nos escondemos en caparazones de seguridad, sino que salimos al exterior y atisbamos el lado oscuro de la vida. Con valor, con coraje. No somos psicópatas ni pervertidos, solo somos seres humanos intentando identificar nuestros límites. Para estar preparados cuando lleguemos a ellos. Somos exploradores de la oscuridad. Nos entrenamos para encarar la muerte. El verdadero terror, el de las situaciones antes descritas es descarnado. Desgarra por dentro. Pero la literatura de género también ofrece consuelo. Nos evade y nos presenta problemas normalmente mayores que los nuestros. Ante la presión del banco que amenaza con echarnos de nuestra casa, una invasión de zombis no parece tan mala cosa. Cuando matarías a tu jefe porque ha cerrado la empresa para llevarse la pasta, puedes liberarte leyendo cómo un psicópata destripa a alguien. Escapamos a mundos más oscuros que el nuestro, lo cual no deja de ser reconfortante. La literatura de terror genera sensaciones diferentes. Son intensas y deslumbrantes. Nos identificamos con los protagonistas y vivimos sus temores y problemas. Nos olvidamos de los nuestros durante un rato para vivir los temores de los personajes. Experimentar el terror controlado que nos ofrece un buen libro, refuerza nuestras ansias de vida. Disfruta el terror. Vívelo.

DAVID JASSO

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RELATOS TRECE PASOS FERNANDO CODINA Trece pasos, no hay más, entre el cielo y el infierno, si es que existen... pero ya, ni siquiera de eso estoy seguro... Paredes blancas, por todas partes, un suelo de terrazo, fácil de limpiar con la manguera, y los muebles, donde siempre han estado: la cama, enfrente de la puerta; una pequeña mesa y una silla cerca de la ventana, y poco más... Un gran crucifijo, con el que hablo muchas noches de insomnio... Trece pasos, a veces diez si tengo prisa por llegar... otros dieciocho, pero jamás he llegado a veinte en todos estos años... Dejémoslo, pues, en trece... Los muebles, aunque me olvido el pequeño armario, nunca han sido un problema en mis paseos... Pero juraría que ya se han grabado a fuego en el suelo los surcos de mis alpargatas, el único calzado que nos dejan llevar... Trece pasos entre cielo e invierno... La mesa está orientada al Este, junto a la ventana, y conseguí que me cambiaran la cama de sitio, pegándola a la misma pared, después de muchas negociaciones con Don Marcial, el director... y así, mi camino de los paseos ha quedado libre... ¿Cuántos kilómetros he recorrido? Según el atlas que consulté en la biblioteca, los suficientes para viajar a Nueva York, caminando sobre las aguas... Ahora estoy mucho más tranquilo, tal vez por los fármacos, los psicotrópicos, o las dichosas pastillas rojas que me hacen tragar seis veces al día... Pero, incluso drogado, sigo leyendo, recordando en mi mente sus cartas, la forma en que me hablaba, las cosas que me contaba... Las paredes Norte y Sur, en apariencia, están vacías, pintadas de blanco hospitalario; cuando los celadores entran para cambiarme las sábanas, yo me quedo muy quieto, mirando la pared Sur... mirando el cielo... Después de unos minutos concentrándome, aparece su imagen... Magnolia, en el esplendor de sus veintipocos años, mirándome con amor, quizás incluso con deseo, aunque el paso del tiempo ha ido difuminando los detalles, sólo recuerdo su vestido de verano, con pequeñas rosas entrelazadas en el dobladillo y en las mangas, y el sombrero de paja que sujeta en la mano derecha, mientras me sonríe... Fueron los años más felices de toda mi vida, y aquél es el mejor recuerdo, la tarde que pasamos en La Rosaleda... Cuando me canso de mirarla, o si me duele demasiado, me doy la vuelta, olvidándome de ella por unos minutos, y camino hacia la pared Sur, mi infierno personal y eterno... Con los minutos, aparece, surgiendo de la pared, la última foto suya, la que hicieron los policías, antes del levantamiento del cadáver... Pobrecita, parece dormida, en el suelo del pasillo, si no fuera por las marcas de estrangulamiento en su cuello de garza... No sufrió, al menos, de eso estoy seguro... La maté, es cierto, pero incluso ahora, tantos años después, no

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logro recordar el motivo... Llamé al 091 desde el teléfono inalámbrico, mientras acariciaba su melena rubia; yo mismo le abrí la puerta a los agentes, y les llevé hasta el cadáver, que estaba empezando a hincharse... Tras leerme mis derechos, me esposaron, y me llevaron a la comisaría... Dicen que estoy loco, que actué de forma irreflexiva, que era un asesinato sin premeditación ni alevosía... y la condena fue reclusión de por vida en un psiquiátrico... Tras algunos “incidentes”, decretaron el confinamiento en solitario, tengo incluso una pequeña ducha junto a la puerta, al lado del retrete... No abren la puerta más que dos veces al mes, para el corte de pelo, y entran también dos guardianes con sus porras... y saben usarlas... ya no quieren correr más riesgos conmigo, sobre todo después de lo que pasó en el comedor... Y aquí sigo, paseando por mi habitación del psiquiátrico, sin cesar, con grilletes y cadena en los tobillos, y cuando entra alguien a verme, un psiquiatra, mi abogado, algún periodista, también me atan las muñecas a la mesa, y los pies a la silla... que cierta periodista también se llevó un recuerdo permanente de nuestra amable charla... Dopado por las pastillas, recordándola siempre, dormido y despierto, los trece pasos, ahora he dado catorce, ando un poco cansado... Viajando sin cesar entre el cielo y el infierno... Y conservando, para mí, un secreto... La maté, porque al besarla vi en sus ojos la imagen de otro hombre... A veces, me planteo si mis carceleros existen de verdad, si yo mismo existo... Y si estoy muerto o vivo... Quién sabe, igual estoy en el purgatorio, mientras trazo los surcos de la soledad y la desesperación en el suelo de mi habitación... Trece pasos... para recordarla...

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EL OJO JUANMA NOVA GARCÍA “Cuando aparece una sensación fuera de lo común, la razón siempre encuentra una docena de argumentos para explicarla a posteriori.” (El Wendigo - Algernon Blackwood) I Me desperté sobresaltado. Me había quedado dormido viendo la televisión. Miré el reloj. Pasaban unos minutos de las tres de la madrugada. Todavía podía notar el aturdimiento del sueño y no estaba seguro de no encontrarme aún bajo su hechizo. Entonces volví a escuchar el ruido que me había despertado. Agucé con más cuidado el oído intentando hallar su origen y procedencia. Parecían pasos... sigilosos pasos que se arrastraban a través del corredor de la escalera. Y, pese a lo absurdo de la idea, me resultaban familiares. Conocidos, a la vez que inquietantes. Parecían producidos por unos pies descalzos y fangosos... como si una masa viscosa se arrastrara por el suelo, como el beso largo y blando de las tripas de un sapo reventado en el asfalto bajo la rueda de un coche. No fue el oído el único sentido que me puso sobre aviso. El olfato también me revelaba un olor nauseabundo penetrando por la pequeña rendija de la puerta. Un olor a tubérculo podrido, a descomposición. Casi vomité pese a que, al igual que me ocurriera con los pasos, algo en ello me resultaba familiar. Los pasos de detuvieron de repente, como si por algún secreto mecanismo telepático hubieran podido captar mis pensamientos. Creo que, si algún día dejo de mentirme y decido aceptar por completo la realidad de la evidencia, podré asegurar que yo mismo era capaz también de visualizar los suyos. Aunque quizás sea mejor olvidar que así era, no me gustaría que escapasen de ese oculto y profundo pozo del subconsciente donde han debido de quedar sepultados. Hay cosas que suponen una ofensa a la razón y que es preferible que nunca salgan a la luz. Los pasos aguardaban. Una quietud tensa y peligrosa me envolvía. Extraños pensamientos se revolvían en mi interior; miedo y curiosidad a un mismo tiempo. La eterna espera se quebró cuando unos nudillos golpearon tres veces la puerta. Había algo irracional en aquel sonido. No parecían unos nudillos corrientes... Era como si no hubiese hueso bajo ellos. Sólo carne... carne blanda y podrida como fruta pasada. No sé cómo sabía todas aquellas cosas acerca del aspecto de aquel ser, ni cómo aún las recuerdo. Sólo sé que tenía la absoluta certeza de ello, quizás debido a esa extraña comunicación telepática de la que ya os he hablado y que parecía haber surgido entre los dos. Me acerqué a la puerta con cautela, asustado... pero aun así sin poder dejar de avanzar hacia ella. Mis pasos eran lentos, inseguros y vacilantes. Mi mirada vagaba perdida, fija en la puerta, huyendo cansadamente de mí. Me pareció una eternidad los breves segundos que tardé en recorrer el pasillo. Y hoy pienso que ojalá hubiera sido una verdadera eternidad y jamás hubiese llegado a asomarme a la mirilla. Aquella espantosa mirilla que me abrió las ventanas del mismísimo infierno y que ya nunca podré olvidar, por mucho que lo intente, en lo que me reste de triste y gris existencia.

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II El ojo estaba allí, avizor, tras la mirilla. Contemplándome con deleite desde el otro lado de la puerta, esperando que la abriera para venir a mi encuentro. Era un ojo muerto, como de cuervo. Pero no negro sino aterciopelado, salpicado de gotas resecas de sangre. Más grande que cualquier ojo humano y parecía, a simple vista, no tener dueño. Como si tuviera vida propia, sostenido en el vacío por una fuerza invisible y sobrehumana. Allí estaba, inmóvil, sin dejar de observarme. Levitando y con una malévola expresión de burla y maldad emanando de su pupila. A punto estuve de abrir la puerta movido por una poderosa fuerza que me controlaba y no era capaz de contener. Pero logré hallar la resistencia necesaria para adueñarme del control en el último momento y detener la mano justo a tiempo. Fuera lo que fuese, aquello no era humano ni algo que la lógica o la razón pudiesen explicar. Y hacía ya demasiado tiempo que había aprendido que con las cosas que uno no puede entender es mejor no jugar, preferible ignorarlas, y necesario tener cuidado. Por el escaso hueco que me dejaba la mirilla no quedaba ángulo ni perspectiva para alcanzar a atisbar más allá del ojo, pero suponía que bajo él estaban las manos y pies viscosos que había escuchado. Y me alegraba de no poder contemplarlos. No creo que hubiera sido capaz de soportar también aquello sin que mi cordura se resquebrajase e hiciese añicos por completo. Ya era suficiente, de momento, la visión, el hachazo de aquella mirada sanguinolenta. Entonces comenzaron los arañazos. Y con ellos, la pesadilla. III El ojo me mantenía hipnotizado, adsorbido, hechizado; no podía moverme ni apartar la vista de él. Como si la malévola mirada de la Medusa me hubiera transformado en piedra. La sensación era angustiosa, la situación desesperante, imposible de describir con palabras de este mundo. Fue entonces cuando comenzó aquel sonido rasposo, cuando aquellas uñas afiladas empezaron a rasgar la madera. Yo permanecía sedado, adormecido... y el ojo al acecho, controlando a su presa. Mientras, las garras haciendo su tarea, trabajando incansables, perforando surcos cada vez más profundos en la puerta, acercándose a mí desde el otro lado. Podía escuchar su jadeo informe, su ansiedad, su deleite; como una fiera que ve cercano el momento de la captura, su festín. Notaba que estaba sediento, ávido de la sangre fresca de mis entrañas... y comprendí, por sus prisas y su afán, que llevaba mucho tiempo soñando con darme caza. ¡Y estaba a punto de conseguirlo! Empezaron a asomar astillas y a caer virutas de madera a este lado de la puerta. Ya asomaba una de sus uñas, afilada como un bisturí, como una cuchilla recién forjada, brillante como un espejo ante el reflejo del sol. No hubo más tiempo ni en qué pensar. Era una garra inmunda, infesta, cosida a un grasiento y podrido muñón negro del que asomaban la cabeza blancuzcos y retorcidos gusanos vomitando sólo Satán sabe qué babosa y oleaginosa sustancia del Averno. La mano se alzó antes mis absortos y aterrorizados ojos y me desgarró la camisa...

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IV ... en esos momentos desperté, jadeante y sofocado. Poco a poco fui tranquilizándome al tiempo que todo parecía volver a la normalidad. Recordé a Lovecraft y sus mitos de Cthulú que había releído cientos de veces. Recordé mi desbocada imaginación. Y suspiré sonriendo. Pero aquello distaba mucho de ser una macabra broma del sueño, como habréis pensado. Y como yo mismo creí también en aquel primer momento de duda y confusión, de vigilia y despertar. Tras incorporarme de un salto de la cama, traté de olvidar y negar la pesadilla. Pero algo en mi interior me decía que la historia difería un abismo de ser sólo un sueño y que no había hecho nada más que comenzar. ¿Un sueño dentro de otro? No. La sensación había sido bastante vívida y demasiado real. Al levantarme encontré la camisa de mi pijama desgarrada y hecha jirones... y unos apenas perceptibles, pero brillantes, hilos de sangre brotando de delgados cortes en mi pecho. Eso no fue lo peor; ni lo único. Me encaminé hacia el pasillo. No quería, pero sabía que tenía que mirar. No me quedaba otra opción. Y miré. La puerta de entrada estaba astillada y rota y una sustancia viscosa y gelatinosa empapaba el suelo del par V ¿No me creéis? Sin duda yo tampoco lo haría si alguno de vosotros me contara tal historia. Pero a mí, al menos, no me queda otro remedio que hacerlo. Los arañazos de la puerta y las heridas de mi pecho no los ha causado mi imaginación, como dicen algunos, ni la autosugestión como afirman otros. Llevo dos semanas visitando a un psicólogo. Y no porque crea que me estoy volviendo loco o piense que aquello fue una alucinación. Al respecto tengo las cosas bastante claras. He decidido acudir a él porque ya no soy capaz de conciliar el sueño por las noches y ni siquiera los fármacos me ayudan a conseguirlo. Cada vez que cierro los ojos, escucho esos pasos agusanados arrastrándose por el corredor de la escalera. Cada vez que me meto en la cama, recuerdo aquel ojo demoníaco observando, burlándose de mí con esa mirada de horror punzante... Me es imposible pensar en nada sin escuchar esos nudillos pastosos llamando a la puerta, ni mirar a cualquier sitio sin ver la garra infernal, engendro de algún monstruo espantoso surgido del vacío, de la nada más absoluta como un fantasma sediento de almas y sangre. Aunque lo más terrible e inquietante de la historia radica en que todo me resulta demasiado familiar, como si todo formase parte de mí y en el fondo yo supiera la verdad de todo ello. Pero lo cierto es que no lo sé. O no quiero saberlo. A veces esa pupila y su olor me hacen pensar en mi padre, sin saber muy bien el porqué. Pero no me refiero al padre que conozco desde niño, ese que me ha criado, alimentado y amado, ese que siempre di por sentado que era el verdadero. Me refiero a otro más antiguo y primitivo, una fuerza primordial y primigenia, formidable

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y salvaje, que acecha desde todos los ángulos, esquinas y dimensiones del universo. Una potencia perversa y hostil a la humanidad de la que mi subconsciente guarda aún algún ignoto recuerdo. Un padre que, quizás, volvía en busca de su hijo. Sé que todo esto os parecerá una aberración. Pero es todo cuanto puedo contaros y lo único que sé de cierto. Por lo demás, las heridas de mi pecho empiezan a cicatrizar y he puesto una nueva puerta en la entrada. Pero esta vez he sido más previsor y precavido. Sí, esta vez no tiene mirilla. Dudo mucho de poder librarme de nuevo de la garra si mi padre decide volver a buscarme cualquier otra noche. Pero al menos no tendré que contemplar su espantosa y enfermiza pupila mientras sus amorosas uñas desgarran mi pecho en busca del corazón...

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EL DEVORADOR DE PECADOS LORENA RAVEN 1 de Julio Hoy empiezo a trabajar en el hospital que está a las afueras de la ciudad. Al principio, pensaba que me costaría decidirme en firmar el contrato, pero, las condiciones son algo más que buenas y, con como están las cosas no me puedo negar. Estoy algo oxidado, llevo meses sin practicar la medicina; solo he seguido leyendo libros y manuales para no perder aprendizaje, pero no es lo mismo. Me espera el turno de noche para estrenarme, siempre es el más complicado, no porque pueda variar en la gente que entra de urgencia, si no, porque la noche siempre irradia otro tipo de energía haciéndola más dura. Uno de los compañeros que me ha tocado es nuevo en todo esto, se llama Pedro y está haciendo el MIR. No sé si me dará más trabajo que los pacientes. Mi taquilla esta justo al lado de la suya. Le veo sollozar, es su tercera noche y ya han fallecido dos pacientes entre sus manos. Es duro cuando eso pasa; te sientes tan vacío que te replanteas seguir con todo. Todavía recuerdo mi primer muerto, un accidente de coche, tenía los intestinos fuera del sitio y llegó casi en coma. El golpe fue tan brutal que ni el cinturón de seguridad pudo retenerle en el habitáculo y salió despedido por el parabrisas mientras éste le rajaba el abdomen. Hice todo lo posible, pero el trauma fue fortísimo y murió a los pocos minutos. Los primeros días pasaron de forma nebulosa por mi mente, pero cuando llegó el segundo fallecido tuve que empezar a acostumbrarme, aunque suene a que no tengo conciencia, pero si quiero seguir salvando vidas, tengo que hacerlo así. En cuanto me pongo la bata blanca, esa que me reconforta porque soy un privilegiado por salvar o intentar salvar vidas, la adrenalina corre por mis venas, tengo la primera urgencia. Empiezan a llegar heridos, un accidente en un edificio, al parecer un incendio provocado trae a la mayoría de la gente asfixiada, y algunos huyendo del fuego se han tirado por las ventanas; las escenas son lo más escalofriante que he visto en años. Los niños son los que más me impresionan, me dejan sin aliento, el corazón se pone a mil y me duele, me duele el alma, me duelen las entrañas. Me agarro el estómago intentando evitar el vómito, mientras las lágrimas empiezan a brotar por mis ojos. Pedro me golpea con fuerza en el hombro y me sonríe, yo permanezco paralizado, hasta que un ATS, se dirige a mí y me zarandea. Empiezo a trabajar a toda máquina. A las pocas horas de recibir los primeros treinta heridos, sigo con la misma fuerza que cuando empecé, he operado a seis personas: todas con traumas en extremidades, algunas con neumotórax, y costillas fuera del sitio de los pisotones al salir del inmueble. Me dispongo a operar al último accidentado. La policía entra en la estancia, les prohíbo de manera tajante que sin ataviarse con las ropas adecuadas pueden pasar, pero permanecen ahí, tienen que estarlo, tengo que operar al pirómano. Tiene varios cortes en el cuerpo y un traumatismo muy feo en la pierna. Por lo que me comentan los policías, al parecer es un hombre que ha dado guerra varias veces, diciendo que le estaban obligando a hacer cosas malas. Hasta que al final consiguió comprar explosivos y los colocó de manera meticulosa por el bloque de pisos. Lo que yo no sabia era que en su propia casa encontrarían una Quija y varios elementos de magia negra junto con una nota que explicaba lo que iba a hacer y el por qué:

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Al parecer había estado jugando a ser Dios y lo que quiera que había desatado se presentaba a las noches haciéndole volverse loco y obligándole a hacer cosas que él no quería, hasta que no pudo soportarlo más y, sirviendo a esa sombra negra que le dejaba clavado a la cama entre sudores, hizo lo que hizo. Salió de su apartamento, y se dirigió a la calle paralela de la zona chabolista en donde compró los explosivos. Enajenado, y entre risas diabólicas, regresó a su casa y preparó todo mientras en su cabeza, voces y más voces le decían una y otra vez “HAZLO, HAZLO, HAZLO”. Así que dispuso los explosivos lo mejor que pudo, entre uno y otro su razón se mostraba y luchaba por detener lo que iba a ocurrir. Pero el ser que se apoderaba de su voluntad era más fuerte que su propia alma. Y ahora está aquí, dispuesto en el quirófano para que yo le salve la vida. Nunca me he enfrentado a nada igual, pero mi trabajo es salvarle. Cuando termino la operación el paciente está establey creo que vivirá para poder pagar por lo que ha hecho, al final se ha llevado la vida de varias personas que ya llegaron cadáver al hospital, por suerte hemos podido salvar las vidas del resto. Estoy tan cansado que cuando llegue a casa me meteré en la cama directamente. 2 de Julio He tenido un sueño muy raro, me despertaba y una sombra tan oscura como la nada permanecía mirándome desde el umbral de la puerta. No tenía rostro ni extremidades, era como un todo, con dos ojos rojos muy brillantes que desprendían un aura tan oscura como él mismo; yo permanezco inmóvil, el miedo me recorre y no puedo hacer nada. Cuando despierto estoy sudando a mares, que mal lo he pasado. 3 de Julio He hecho la ronda por todos los pacientes. Permanecen estables dentro de la gravedad y a un par de ellos les daré el alta mañana, me siento contento. En mi taquilla alguien ha puesto “culpable”, no todos están de acuerdo con que haya salvado la vida a un asesino, y estas cosas me ponen nervioso. Pedro intenta calmarme, hablamos de que ha conseguido superar muchos de sus temores estos dos días con pacientes sanos y salvos y ya no tiene miedo a perder a más gente, así que me alegro por él. Las gotas del agua de la ducha recorren mi cuerpo, necesitaba calmarme después de la nota que encontré. Cada vez el agua sale más caliente, me estoy empezando a quemar, pero, de una forma que no espero, no puedo moverme, siento como me arde la piel, el pavor recorre mi espina dorsal. Una mueca y grito de dolor se forman y salen de mi boca; al otro lado de la puerta vuelvo a ver la sombra de mi sueño. De nuevo, noto el agua templada y mi cuerpo está bien, no noto dolor, y no tengo quemaduras, estoy empezando a pasar miedo de verdad. 5 de Julio Las cosas están empeorando y no entiendo por qué están pasando. Ayer a la noche, en el hospital, empezaron a temblarme las manos mientras operaba. Casi corté una arteria, y he decidido no dormir hoy en casa, ya que, ante mis ojos, la presencia oscura se hace cada vez más presente y está empezando a hablarme. Me ha dicho que acabe con el pirómano. Cuando me enfrenté gritando y diciendo que no, su alarido fue más fuerte y aterrador que el mío, y todos y cada uno de los cuadros de casa se cayeron y se partieron. Ando sin rumbo por las habitaciones, hasta que entro en la del pirómano. Una fuerza incontrolable hace que me acerque a su cama, me agacho para mirarle más de cerca, no me siento yo, algo domina mis gestos, mis pasos.

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Uno de los policías me pregunta si va algo mal y yo no sé qué decir, sé que estoy de pie mirándole pero no digo nada, aprieto los puños y salgo despacio de la habitación sin dar explicaciones. 6 de Julio Tengo las manos manchadas, y no es de sangre, no es de vísceras, es de culpabilidad. No sé cómo pero lo he hecho, por primera vez he quitado la vida a alguien y no porque haya hecho mal mi trabajo, si no, porque el ente que me hablaba me ha poseído y he dado una dosis mortal al pirómano para que un paro cardíaco le quitase la vida. No quedará rastro de lo que le he suministrado así que solo se verá que su corazón falló, eso aparecerá en el análisis forense. Estoy temblando, la jeringa está en el suelo, y he aprovechado que los policías iban a tomar un café para poder hacerlo. Giro mi cabeza hacia la puerta y la opacidad que me ha estado persiguiendo estos días está a mi lado. Toca al ya difunto y poco a poco cambia de forma, hasta ser un perro negro, tan negro que da más miedo que la propia negrura que era antes. Se dirige hacia la puerta, y allí en el umbral, se gira y aúlla. Una presencia imponente, viene a buscarlo, y no al perro, al muerto. Sus pisadas están hechas de fuego y sus manos rezuman azufre, los ojos blancos como la luz más fulgurante no dejan que pueda adivinar toda su forma. La luminiscencia de la habitación empieza a parpadear, parece que se va a quedar todo a oscuras, pero, cuando la aparición coge a hombros el alma maldita del cadáver y sale junto con el perro por la puerta, todo vuelve a la normalidad y yo dejo de temblar. Un mes después Llevo días sintiéndome fatal, vomito y apenas puedo mantenerme en pie, la bilis está quemándome el esófago, parecerá mentira pero tengo los ojos rojos y la fiebre no baja de cuarenta grados.. Cuando regurgito por última vez, me siento más descansado, estoy tan agotado que me quedo dormido en el baño. Vuelvo a soñar, esta vez una mano recorre mi mejilla, y me da las gracias, es una luz tenue, muy suave. No veo bien a quién o qué tengo delante. Me levanto despacio y sonrío. Lla angustia me recorre desde la punta de los pies hasta el extremo de los dedos de las manos. La sensación ahora es de dolor, con imágenes constantes más allá de los primeros tiempos del ser humano: me está transmitiendo todo su angustia, su pena. Cuando despierto lo sé, jamás me libraré de lo que quiera que ahora domina toda mi alma. Se cual es mi labor a partir de estos momentos; el poder recorre mis venas y yo soy quien puede decidir la vida y la muerte de las personas. Tantos años buscándome y me ha encontrado. Entró por mí desde que toqué a aquel pirómano que quiso llamar a lo más poderoso y ancestral, pero se equivocó, porque su vida, esa que yo tenía en mis manos, estaba manchada por malas prácticas. Ahora yo he sido elegido para hacer el trabajo que muchos no pueden y no saben, mi espíritu y mi corazón, limpios, son aptos para hacer pagar o premiar los actos humanos. Tendré las ánimas de la gente escurriéndose por mis manos. Podré apretarlas hasta dejarlas en la nada o abrir mis dedos para que escapen y sean libres. Veré a gente suplicar, rezar, sollozar, sufrir bajo torturas y tormentos. Me mostraré maligno o celestial, sin piedad, a mi gusto. Cortaré gargantas, cogeré a las personas entre mis brazos y calmaré sus ansias de maldad si así lo merecen. Descubriré algunas almas tan perdidas que tendré que acabar con ellas sin el menor remordimiento.Yo decidiré a dónde irá su mismísima existencia final. A partir de ahora me llamarán EL DEVORADOR DE PECADOS.

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EL ENTE SORAYA MURILLO Y DAVID CARRASCO

Una casa en silencio, no hay nadie, esa oscuridad que invade todas las estancias, acompañando la fría penumbra, cortinas azules de lino dejan fuera de la vista esa noche negra. Los escalones no crujen mientras baja aquella figura incorpórea, se detiene casi al final cuando escucha abrirse la puerta, quedándose inmóvil sin manifestarse, mirándola. Ella pasa por su lado, no lo ve, pero siente un escalofrío que le hiela hasta el fondo de su alma, el ambiente se enturbia de un olor nauseabundo, si supiera que eso le sonríe, se volvería loca de terror. La esencia abre la boca brotando un aliento fétido donde cientos de bichos aprovechan para escaparse escondiéndose por todos los rincones , deja subir a la mujer a su cuarto, no tiene prisa, todavía no es el momento, luego la visitará, cuando tenga hambre, ahora va a la cocina, necesita un cuchillo. Le gusta jugar con la comida. Ana detuvo la lectura , no se sentía con ánimos de continuar el relato de antologías de terror, hacia ya tres días que su hermana mayor Sara había desaparecido, curiosamente la última vez que la vio estaba empezando ese mismo libro, lo dejó allí sobre su cama deshecha, igual que una flor encima de una tumba. Se marchó otras veces de casa, siempre que discutía con su madre solía hacerlo, pero se llevaba ropa, cartera y algunas cosas personales, esta vez todo permanecía en su habitación, aparte que no recordaba ninguna bronca. Su memoria la situaba acostada leyendo, al día siguiente cuando fue a despertarla su madre, no estaba. Se puso la denuncia pertinente, seguramente la policía estaría buscándola. No podía quitarse de la cabeza aquellos ruidos cuando se supone que su hermana leía, eran como si arañaran la pared, ras, ras, ras, tal vez debió de habérselo dicho a los agentes, no quería pensar, regresó al relato... Cogió uno de los cuchillos más grandes, por donde pasaba impregnaba todo de un hedor a muerte, su mano rozó una planta marchitándose al instante, una figura irreal atormentada subió de nuevo las escaleras, según se acercaba cantaba una extraña nana, canciones de esas para muertos. Una canción, pensó Ana, ahora que lo leía, también le pareció haber escuchado cantar esa misma noche. Cerró el libro de golpe. Estaba cansada , aparte, no le estaban gustando las similitudes del relato con la noche de la desaparición de su hermana. Se obligó a pensar que todo era fruto de su imaginación, la cual asociaba aleatoriamente factores de la historia con hechos de la realidad. Todo eran paranoias; el que su hermana estuviese leyendo eso no implicaba que estuviese relacionado. Se levantó del sillón , una ráfaga de aire fresco le recorrió la espalda, haciéndola tiritar abrazándose al cuerpo para entrar en calor. El carrillón del salón marcó las doce de la noche, asustandola. La estancia estaba a oscuras, iluminada únicamente por las escasas llamas de la chimenea, dibujando sombras fantasmagóricas en las paredes con cada movimiento ondulado del fuego. Ana se echó una rebeca por los hombros dirigiéndose a las escaleras para subir a su habitación, con paso acelerado y miradas furtivas a su espalda, creyendo notar de reojo una figura negra moviéndose a ras del suelo, desapareciendo esta cuando miraba con más detenimiento. Decididamente el relato le estaba pasando factura, pensó Ana, regañándose por dejar que su mente sustituyese el raciocinio por la imaginación. Subió los peldaños despacio atenta al más mínimo ruido de la casa. Sintió como si alguien o algo la rozase, mientras el ambiente se cargaba de un olor pútrido. Lo mismo que en el relato que había leído... ¡No!. Ana exclamó mentalmente y con los dientes apretados, regañándose por comportarse como una adolescente cobarde. No iba a dejar que un libro se adueñase de su alma. Todos esos nervios eran por la desaparición de Sara y la impotencia de no saber dónde buscar. Cuando llegó al último escalón se quedó inmóvil con la cabeza ladeada hacia la escalera. Ahí estaba otra vez esa sombra, llegando solo a atisbarla por el rabillo del ojo, no mirándola directamente. Se aproximaba cada vez más, haciendo que los pelos del brazo se le erizasen . Dejó de respirar, muerta de miedo controlándo-

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se para no girarse y enfrentarse aquello que creía tener detrás. Movió los ojos enfrente suya, viendo un espejo en la pared. El reflejo le devolvió su imagen acongojada, temblando, viendo detrás una figura esperpéntica oscura con un vestido largo de color negro. Su cara era una mueca de espanto, con la boca abierta de lado en una posición imposible. Ana gritó dando un respingo ante esa imagen e instintivamente se giró para, una vez más, comprobar que no había nadie. Corrió como una posesa a su habitación, cerrando la puerta de golpe metiéndose en la cama arropada hasta por debajo de la cabeza. La oscuridad era total pero Ana creía sentir cosas, sonidos de algo deslizándose por debajo de la cama. Respiraba bajo con dificultad, temerosa de que cualquier ruido atrajese a algo o alguien. Ana rezaba para que se estuviese volviendo loca, porque la otra opción era que no estaba sola en la casa, acompañada de una entidad horripilante. Un extraño silencio se adueño de su cuarto, no escuchándose ningún ruido del exterior. Era como la calma que precedía a la tormenta. Un ligero golpe debajo de la cama hizo vibrar el colchón, seguido de un cuerpo arrastrándose por el suelo. Gimiendo, miró por encima de la manta hacia los pies de la cama. Una cabeza iba a cámara lenta asomándose desde abajo, viéndose primero dos ojos abiertos como platos y una boca en forma de O después. Ana se quedo embelesada viendo ese rostro, el cual aparecía y desaparecía con cada parpadeo, dando la impresión de que se acercaba cada vez más al cabecero de la cama. Finalmente se cubrió la cabeza entera bajo la colcha, cerrando los ojos , implorando para que lo que estuviese ahí se fuese sin hacerla daño. Un ligero tarareo empezó a llenar la estancia, agudizando Ana los oídos para escuchar aquellas palabras ininteligibles. Una nana macabra cobró forma: “Cayó la noche. Llegó la oscuridad. Cruje el árbol. Grazna el cuervo. Sopla el viento. Algo acecha. No estás sola. Rozarte y verte puedo. Aquí estás para mí. Me acerco y te huelo. Saborearte puedo. La hora de las sombras es, a reclamarte dentro de ellas vengo” Estaba al borde del infarto. Sacó la mano por debajo de la manta camino del interruptor, terminando la nana antes de que encendiese la luz. Instantes después la canción volvió a empezar, pero antes de que pudiese volver a acercarse al interruptor algo la agarró de la mano tirando de la manta para un lado. Ana gritó como una loca cuando vio la figura que tenia encima. Fue lo último que vislumbró antes de que la oscuridad la envolviese. Cuando su madre fue a despertarla la habitación se encontraba vacía de su presencia, noto un leve olor parecido al que hay en las cloacas, no conocía aun el de la muerte, sólo el libro encima de la cama parecía saludarla .No le dio mucha importancia, seguramente debió levantarse antes, desde que Sara no daba señales de regresar la rutina ya no era la misma para ambas. Pasaron horas, días, semanas y Ana termino también en la lista de chicas desaparecidas. Una nueva noche, silencio, oscuridad en el cuarto de la madre, las pastillas la ayudan a dormir antes de lo que solía hacerlo, se encuentra demasiado drogada para escuchar el ras, ras, ras, proveniente de la pared, excesivamente dormida para que sus oídos capten una curiosa nana... Semanas antes, Sara volvía del trabajo cansada de la jornada. Cada día se le hacían más pesadas las horas en aquella oficina que tan poco le reportaba. Sin embargo, necesitaba el dinero si algún día quería emanciparse y empezar una nueva vida ella sola, más adelante, esperaba, que acompañada de un hombre bueno que la quisiese. Vio la librería en la calle de enfrente, lo que la hizo pensar que hacía mucho tiempo que no se leía un buen libro de terror. Mañana libraba, dándole la ocasión de acurrucarse en la cama y leer hasta horas intempestivas, sin preocuparse en levantarse cansada. Se dirigió a la puerta del establecimiento cruzó el umbral, deleitándose con la imagen de tanto libro y oliendo la fragancia que estos desprendían. Dio varias vueltas por las estanterías, cogiendo varios libros y leyendo sus sinopsis, dejándolos nuevamen-

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te al no terminar de convencerla. Empezaba a perder la ilusión del haberse imaginado pasando una velada con una buena lectura, cuando en un estante a ras del suelo, varias hileras de libros ordenados hacían que uno de ellos desentonase, al estar éste ladeado y aislado. Sara lo cogió, observando su cubierta negra rugosa al tacto, en donde unas letras rojas sangrantes anunciaban el titulo del mismo: “ANTOLOGÍA DE TERROR”. Eso era todo, ni autores ni argumento en su contraportada. Únicamente el dibujo de varias caras difuminadas por todos sitios, como en segundo plano. Lo hojeó por dentro, percatándose del color amarillento de las páginas, las cuales desprendían un olor a viejo que se atascaba en la garganta. Sara se encaminó al mostrador de caja con el libro en la mano, despacio y con la mirada como ausente. Una vez en casa, Sara recordaba haber entrado en la librería, pero los detalles de la compra hecha se le escapaban de la memoria. Se dispuso a leer, pero no el primer relato que venía. Curiosamente, sus manos, pasaron páginas hasta llegar a mitad del libro, donde el encabezamiento de la historia rezaba: EL ENTE. Empezó a leer, sin saber que sería lo último que viesen sus ojos

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LA CIUDAD TE QUIERE SERGIO MORENO MONTES Estaba atrapado. Solo. Era imposible, y sin embargo ya no resultaba posible negarlo. Había un mundo ahí fuera, pero Héctor ya no pertenecía a él. O al menos eso creía. Nada tenía sentido. No si quería pensar en que las reglas que habían regido su vida seguían intactas. Sentado sobre su sofá, miraba hacia la ventana, hacia esa misma que diez minutos antes había salpicado de saliva con sus desesperados gritos de auxilio. Ahora respiraba con dificultad, inhalando grandes bocanadas del aerosol que lo ayudaba a combatir su asma. Miraba hacia la ventana con los ojos perdidos, vidriosos. Preguntándose qué iba a hacer, qué podía hacer ante lo que estaba sucediendo. Miraba. Pero no veía nada. Fuera, la ciudad estaba dormida, detenida en el tiempo. Engullida por una negrura que ocultaba todas y cada una de sus luces. Héctor sabía que estaba ahí. La ciudad siempre estaba ahí. Incluso cuando no pensaba en ella. Alquitrán en las venas y humo en los pulmones. Prisas, ansiedad. Y un lugar estrecho donde vivir cuando el trabajo terminaba. Sí. La ciudad siempre estaba ahí, alimentándose de sus pesadillas, ocultando sus pensamientos entre rugidos de motores y sirenas al amanecer. Tampoco existía el ruido, solo el silencio. Su respiración era un tímido murmullo. El crujir de los ladrillos, un estruendo. La casa se movía. Y Héctor, sentado sobre su sofá mientras apretaba una y otra vez su inhalador, trataba de pensar hacia dónde. Las puertas estaban cerradas. Las ventanas, selladas al alféizar. No podía salir. Había tratado de abrir un agujero entre las baldosas del suelo usando un cortafríos, pero en cuanto llegó al hormigón y dio el primer golpe una sustancia negra y de un olor nauseabundo había comenzado a brotar del agujero, inundando rápidamente la habitación. Ahora esa puerta también estaba cerrada, con toallas en su parte inferior formando un dique para evitar que el espeso líquido acabase por invadir el resto de la casa. Unos finos hilillos ya se colaban entre la tela, serpenteando sobre el suelo como lombrices carbonizadas. Solo era cuestión de tiempo que la puerta reventase y dejara escapar el contenido de la habitación. Héctor lo sabía. No podía dejar de pensar en ello. Y mientras tanto, la casa seguía moviéndose, crujiendo, dejando que las nubecillas de polvo que caían de todos sus rincones oscureciesen el ambiente. El ataque de asma remitía. Sus pulmones volvían a estar abiertos, receptivos al aire. Se levantó del sofá y volvió a recorrer las paredes, tocando las ventanas, comprobando los picaportes. Todo seguía igual. La puerta que daba al descansillo del edificio se hallaba inmóvil frente a él, desafiando su cordura. Ignoró aquella especie de moho blanquecino que nacía en cada ranura de su superficie y se asomó por la mirilla. Al otro lado seguía el hombre. Su rostro era arquitectura. Cejas como arcos de medio punto; nariz recta como un contrafuerte; boca cimentada en dos medio círculos con arabescos tallados… Su cuerpo mostraba la desnudez del asfalto. Edificios en miniatura surgían por todas partes, separados por amplias carreteras y diminutos callejones que fluían hacia su pecho guiando a los millones de coches que las recorrían. Y en el centro, el corazón de la ciudad. Una cáscara de escombros hueca, sin vida. Un recipiente para el humo y la polución que emanaba de cada célula construida en aquel ser. Entre sus manos, cuyos dedos eran rascacielos y antenas de telefonía, sostenía un cartel luminoso. El mensaje era claro, conciso. Imposible. «No te dejaremos marchar. La ciudad te quiere». Y la casa seguía crujiendo, moviéndose, y Héctor contemplaba aquel letrero sostenido por el hombreciudad en aquel páramo que ya no era su descansillo. Sin saber qué pensar. Sin saber qué hacer. Sin lograr acordarse de en qué momento había comenzado todo aquello. Retiró su ojo de la mirilla y retrocedió hacia el salón. Nada tenía sentido. De repente, la pared del salón se movió, arrojando sobre el suelo cuadros, trozos de yeso y una enorme televisión. La puerta de su dormitorio se abrió de par en par y la hoja se separó del muro con un ruido seco, dejando escapar el espeso líquido que había dentro. El suelo de la casa se vio anegado rápidamente por aquella sustancia, esa misma que Héctor, escudado tras la barra americana de su apartamento, creyó reconocer como el primer paso hacia el fin. La ciudad siempre tenía sus planes, sus manías. Lo primero que siempre hacía con los

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recién llegados era cubrirlos con una lluvia emponzoñada por la contaminación. Era su manera de recibirlos, su: “Hola, aquí estás por fin”. Veinte años atrás, ese había sido su bautismo en la fe de la metrópoli. Ahora, esa misma lluvia que lo marcó en su primer día, regresaba desde las profundas alcantarillas del tiempo hasta su casa, emanando el mismo olor nauseabundo. La ciudad lo quería. Su encarnación al otro lado de la puerta se lo había hecho saber mediante su idioma, siempre luminoso y provocador. Y Héctor comprendió que su casa se movía, pero no hacia un lugar, sino sobre sí misma. Las paredes se arrastraban sobre el suelo mientras todo temblaba, mientras él seguía anclado a la encimera y las pestilentes aguas empapaban sus tobillos. El asma volvió a reclamar su sitio, justo en mitad de la tráquea. La pared del baño se arrastró unos tres metros hacia él y el inodoro atravesó el muro limpiamente, dejando un reguero de heces a su paso. El sabor amargo del aerosol llenó sus pulmones una, dos, tres veces. Mientras el techo se desmoronaba a su alrededor, se acercó como pudo hasta la ventana y miró fuera. La ciudad seguía dormida, detenida en el tiempo. La oscuridad reinaba sobre las difuntas siluetas de los edificios. Golpeó con los puños el cristal, pero era como golpear una pared maciza. Gritó “auxilio” un par de veces mientras sentía cómo el miedo comenzaba a atenazarle la espalda, cómo hundía sus afilados anzuelos a lo largo de su columna y entre las vértebras. En uno de los golpes el inhalador se quebró en dos mitades y cayó al agua, donde se hundió con rapidez. Héctor no se molestó en buscarlo; tenía las mismas posibilidades de hacerlo funcionar de nuevo que sus pulmones de encontrar el oxígeno que reclamaban. Derrotado y asfixiándose, recorrió los siete metros que lo separaban de la puerta que daba al descansillo y se asomó por la mirilla una última vez. El hombre-ciudad seguía allí, aunque el cartel había cambiado. Ahora rezaba así: «La ciudad te quiere. Nunca debiste pensar en abandonarla». Y esta vez, aquel ser que representaba la voz de la ciudad, sonreía. Sus dientes eran dos líneas paralelas de brillantes placas solares. Héctor se retiró de la puerta, hacia el sofá, mientras las paredes y el techo seguían acercándose hacia él y lo hacían caminar encorvado. Allí se sentó, tratando de respirar, de que el aire llegase siquiera al interior de su boca. Pero no podía. Se recostó entre toses, con las manos agarrándose el estómago y una mueca desencajada por el dolor. Las paredes arrojaban escombros sobre él y rugían con los millones de idiomas de la ciudad. Y Héctor, bautizado en contra de su voluntad en la fe Ciudadana, recuerda en ese momento su pueblo, la pequeña casa con chimenea en la que vivía antes de que el campo fuese engullido por los edificios, el aroma de las flores, las sábanas tendidas en el jardín. La ciudad no lo quería. Lo necesitaba. El hambre es lo que la mueve; harta de tragar alquitrán busca el néctar de lo puro, lo incorrupto. «Que se quede con todo», piensa mientras nota cómo su tráquea se contrae por última vez. «La tierra se defiende. Lleva haciéndolo toda su vida. Por muchas como tú que se construyan». Ciudad enfurece al escuchar ese pensamiento. Aprieta más fuerte. El techo cae sobre el sofá mientras las paredes se cierran sobre los escombros y desaparecen entre una grotesca nube de tierra, polvo y olor a lluvia contaminada. Mañana, sobre el mismo lugar que ocupaba esa casa, habrá un cartel de “se vende”. Las hierbas no tardarán en cubrir el solar. 20 de mayo de 2014 Relato finalista del I Certamen de relato breve “Encuentros en la tercera frase”.

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EL BARDO ESDRÚJULO PABLO LOPERENA «La oscuridad llenaba la habitación, interrumpida tan solo por los relámpagos que se colaban entre los postigos. Destellos cegadores durante los que Raquel se agarraba a las sábanas con los músculos en tensión, hasta que el trueno rompía la calma de la noche. —La tormenta se acerca. Las cosas van a empeorar antes de que mejoren —dijo Rubén con su habitual tono monocorde. Raquel estuvo a punto de incorporarse en la cama por el susto, pero consiguió contenerse para no darle la satisfacción a su insufrible hermanito. Tenía siete años y siempre estaba inventando historias absurdas y hablando de cosas impropias de su edad. No es que fuera siniestro del todo, más bien inquietante. A la gente le daba escalofríos. Ella estaba más acostumbrada; directamente le sacaba de sus casillas. —¡Rubén! ¿Por qué no estás dormido? —susurró en la oscuridad, tratando de imprimir firmeza a su voz—. Como se enteren los papás… —Nunca me duermo antes que tú. Así que hoy tendré que esperar a que pase el temporal. —Yo ya soy mayor. ¡A mí no me dan miedo los truenos! —respondió indignada, sintiendo cómo se le encendía el rostro. —Cierra los ojos y tranquilízate. Quiero saber el final de la historia. —¿Pero de qué hablas? Por un momento, solo hubo silencio. Raquel miraba hacia donde se encontraba su hermano cuando un nuevo relámpago iluminó la habitación: Rubén estaba echado de costado, dándole la espalda. Durante el breve fogonazo que duró la imagen, le pareció que cuchicheaba. Cuando el trueno llegó, Raquel a duras penas pudo reprimir las ganas de esconderse bajo las mantas. —Está bien, se lo contaré —dijo por fin Rubén, como hablando para sí—. Sucedió en Caminomorisco de las Hurdes, el dos de Agosto de mil novecientos sesenta y tres. La sequía duraba ya cinco meses y los campos iban del ocre al tostado. El siroco ululaba entre las casas de piedra gris, el bochorno aplastaba las plantas, los insectos, las ideas… »Doña Jacinta y doña Hortensia estaban sentadas en un antiguo banco agrietado, bajo el porche de piedra del finado Leopoldo, al pie de un viejo enebro. Ambas eran viudas, dos figuras de un negro ajado por los años. Desde que sus maridos habían muerto pasaban mucho tiempo juntas, observando la vida pasar al frescor del soportal. »Llegaba la hora del almuerzo y los jornaleros subían de los labrantíos, oliendo a calima y con los cuerpos albardados de tierra y sudor. Doña Hortensia se ajustó el pañuelo de la cabeza. Doña Jacinta se secó los ojos. »De pronto un resplandor a lo lejos, entre las lomas desecadas. Un rumor, al principio suave pero que incrementaba su intensidad, contagiando al suelo con un leve temblor. Y ahí fue cuando apareció él. Cabalgaba sobre una moto hecha de huesos: al frente una calavera de bovino, el manillar sus cuernos, la cruz una enorme columna vertebral. Surcó el terruño más rápido de lo que costaba darse cuenta, hasta detenerse frente a ellas. »Era un anciano negro como el carbón, de mostacho y patillas blancas y pobladas. Llevaba un sombrero de ala corta, un traje púrpura con corbata naranja y en su hombro reposaba un grajo. El animal graznó, saltó a su mano y él le ayudó a despegar, dándole impulso. Desmontó, sacó una guitarra de las alforjas, la conectó a la moto y empezó a tocar. »Las ruedas, convertidas en amplificadores, retumbaron mientras doña Hortensia y doña Jacinta abrían mucho la boca. No solo porque nunca habían visto un negroide, de esos de los que hablaban en los programas radiofónicos, sino por el volumen y la extrañeza de aquella música, que les resultó de una belleza asombrosa desde el primer acorde. Los tonos se sucedieron con el colosal africano encorvado sobre su guitarra y sus manos recorriendo las cuerdas a una velocidad pasmosa. En lo alto, el grajo giraba y giraba, graznando al mismo son. La música rugía por el pueblo, los cristales vibraban en las ventanas y las gentes comenzaron a acudir desconcertadas al pórtico del finado Leopoldo.

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»Aquellos sonidos insólitos no eran ni remotamente similares al lenguaje, sin embargo a todos les decían algo: cada uno los interpretaban a su modo y los dotaba de su propio significado. Los niños comenzaron a reír y saltar por las calles. Los jóvenes enlazaban sus brazos, se lanzaban miradas de reojo y se sonrojaban. Los más mayores se sentaban a observar maravillados, se apoyaban en un atrio con satisfacción o inspiraban como llenando su pulmones de aquel aire ardiente por primera vez. »Doña Hortensia sonrió y asintió, por fin lo comprendía todo. Doña Jacinta le cogió de la mano, sin atreverse todavía a mirarla. Doña Hortensia le acarició la barbilla con delicadeza y volvió su cara hacia ella. Entonces se besaron, con suavidad y cariño mutuo, mientras el pueblo explotaba a su alrededor. —Hala, menuda trola, te lo has inventado todo —dijo Raquel con un nudo en la garganta. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a repiquetear contra la ventana. Las cosas iban a empeorar antes de mejorar. —Para nada —respondió Rubén—. Es totalmente verídico. No tiene nombre, aunque le llaman de muchas maneras: El Hombre Triste-Azules, Nigérrimo Pico de Cuervo, el Bardo Esdrújulo… Tampoco viene de ningún lugar en concreto, aunque ha estado en todas partes. Presenció el desembarco de Normandía, caminó junto a Gandhi en la Marcha de la Sal, ayudó a los golpistas en la revolución de Haití, durante un tiempo se le vio pescando en las Azores y estaba con Cabeza de Vaca cuando encontró las cataratas del Iguazú. »Aunque hay quien dice que si tuvo un origen, uno antes o después de lo que le hizo ser quien es, habría sido el desierto del Kalahari, en el África del Sudoeste alemana, actual Namibia, en mil novecientos siete. »El viento soplaba entre las dunas, arrastrando la arena sobre los cadáveres de centenares de hombres, mujeres y niños. Sus cuerpos maltratados por el veneno, la sed y la inanición eran sólo sombras, esqueletos recubiertos por una fina capa de piel. Se amontonaban unos sobre otros en el fondo de agujeros, excavados en un vano intento de obtener el agua que habría supuesto su salvación. Un eco de timbales resonaba por la cuna de la vida, ahora el escenario de la complacida muerte. »La Liga Colonial Alemana había declarado que el testimonio de siete africanos era equivalente en términos jurídicos al de un hombre blanco. Así que, durante años, los colonos se apropiaron de las tierras y el ganado de los herero y los namaqua, que fueron desplazados o explotados como esclavos. Ante la amenaza del ferrocarril y las nuevas oleadas de colonos que traería, los manaquas y los hereros se levantaron en armas, arrasando alquerías y asesinando a familias enteras de campesinos. A pesar de la oposición del gobernador Leutwein, el General Lothar von Trotha estaba resuelto a llevar a cabo el exterminio. Después de años de cruentas batallas, consiguió acorralar al enemigo en el desierto. Envenenó los pozos, ordenó que los hombres fueran abatidos a tiros, y que a las mujeres y niños se les impidiera salir. El Imperio Alemán defendió que sus víctimas no podían ser protegidas por el Tratado de Ginebra, ya que no eran seres humanos sino sub-humanos. »Un ritmo de tambores se aproximó al lugar de la matanza, hasta que un viejo negro de cabello blanco y rizado apareció desde detrás de una duna. Llevaba un taparrabos de piel y tocaba sus timbales con lágrimas en los ojos. Su latir transmitía el quebranto por una humanidad corrupta y desgraciada, todo el dolor que puede llegar a sentir un corazón descuartizado, si es que el anciano todavía poseía algo similar. Recorrió el primer genocidio del siglo veinte; una nueva época, los mismos errores de siempre. Decenas de miles de seres humanos asesinados, dos etnias llevadas al borde de la extinción… ¿por qué? ¿Patriotismo, egoísmo, demencia, simple maldad? »El asco y el horror subieron por su estómago, formando una grotesca bola en su garganta. La música cesó y él convulsionó, cayó de rodillas en medio del campo de cadáveres y se metió la mano en la boca. Vomitó, se arrancó de dentro esa parte de sí mismo, se desgajó en una cosa pegajosa y negra como el alquitrán. El ovillo informe se sacudió y extendió las alas para secarlas al sol, antes de graznar al mediodía, desafiante. Le llamaría Cuervo, aunque podría ser cualquier cosa. —Bu-bueno, ya está bien —tartamudeó Raquel, mientras la tormenta arreciaba contra su pequeño cubículo de oscuridad—. No-no quiero escuchar más mentiras ni tonterías. —Sus historias no son nada de eso. —S-sí, claro… Y… y, ¿cómo ibas a saber tú esas cosas? El relámpago resplandeció en la habitación, acosado por la expectación del trueno. —Él mismo me las cuenta cada noche mientras duermes». Doña Jacinta carraspeó y bebió un poco de agua de limón para humedecer su garganta, seca tras el largo relato.

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—Bonito cuento —comentó doña Hortensia—. ¿Cómo se le ocurren esas cosas? —No sé. Se me vienen a la cabeza mientras estoy con mis labores. Doña Hortensia observó el viejo enebro: la seca lo estaba maltratando pero todavía aguantaba, lacio pero orgulloso ante el devenir de sus muchos ciclos. Una nube de tierra atravesó la calle, llevada por el viento de fuego que asolaba los campos. Escuchó las voces cansadas de los muchachos que volvían de los cultivos, acercándose desde el otro lado de una loma. De pronto advirtió un resplandor imponiéndose sobre el deslumbrante horizonte. Se oyó un rumor como de música lejana y un grajo graznó en el cielo. Doña Jacinta le cogió la mano y ella sonrió.

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DISECCIONANDO ASESINOS EN SERIE (AITOR HERAS)

JOHN WAYNE GACY «Casi no reconozco esos ojos que me miran desde el otro lado del espejo. ¿Quién es ese

chico? No lo sé, pero le envidio. Él no tiene que sufrir las palizas de mi padre. No tiene que soportar sus insultos. No tiene que presenciar las veces en que pega a mamá. A él no le importa ser un maldito gordo. A él no se lo ha follado el amigo de papá y mamá. Me encantaría ser otra persona. Hacer reír a los niños. Y poder reír yo con ellos. En esta casa es imposible. Aquí no soy nada. Soy menos que eso. Soy una mierda, así me hace sentir ese borracho que tengo por padre. Creo que eso es lo que haré. Buscaré la manera de que ningún niño vuelva a estar triste. Al menos si puedo evitarlo. Aunque esa no es la única manera de acabar con la tristeza. Hay otros modos. Será cuestión de ir probando».

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John Wayne Gacy (17 de marzo de 1942 – 10 de mayo de 1994), conocido también como “Pogo” o “El payaso asesino” fue un asesino en serie estadounidense, que violó y mató a treinta y tres hombres jóvenes entre 1972 y 1978. Veintiséis de sus víctimas fueron enterradas en el semisótano de su propia casa, otras tres en distintos lugares de la misma casa y otras cuatro lanzadas a un río cercano. Se le llamó “El payaso asesino” porque hacía servicios sociales en desfiles y fiestas de niños vestido de payaso. Se hacía llamar Pogo el payaso, personaje que él mismo creó. Nació en Chicago, Illinois. Fue el único varón y segundo de tres hijos de John Stanley Gacy y Marion Elaine. Era de ascendencia polaca. De niño era obeso. Estaba muy unido a sus hermanas y a su madre, la cual le llamaba “Johnny” afectuosamente, pero era frencuentemente castigado por su padre, un alcohólico que abusaba físicamente de la familia, pegándole a él con un cinturón de cuero. A lo largo de su infancia y adolescencia Gacy se esforzó por hacer sentir orgulloso a su padre, pero rara vez éste le aceptaba. Su padre a menudo le hacía el vacío, le llamaba “marica”, “estúpido” y “niño de mamá”. Cuando tenía nueve años un amigo de la familia abusó de él sexualmente. A los once años se golpeó la frente con un columpio, formándosele un coágulo de sangre en el cerebro que pasó desapercibido hasta los dieciséis años, en que empezó a sufrir desmayos. Su padre sospechó entonces que eran episodios para provocar lástima y le acusó de fingir. Se le recetaron medicamentos para poder disolver el coágulo. Gacy acudió a cuatro colegios distintos pero acabó abandonándolos todos, sin llegar a graduarse nunca. A la edad de veinte años y siguiendo el consejo de su padre dejó su casa y se mudó a Las Vegas (Nevada), donde trabajó en una funeraria tres meses antes de regresar a Chicago. Sin volver al colegio se inscribió y graduó en el Northwestern Business College. Consiguió un puesto directivo en prácticas en la Compañía de Zapatos Nunn-Bush poco después de graduarse. EN 1964 se muda a Springfield (Illinois) para trabajar como vendedor. Allí conoció a su compañera MArlynn Myers, casándose en septiembre de 1964. Al terminar su aprendizaje ascendió a encargado del departamento. Fue muy activo en organizaciones en Springfield, se unió a Jaycees y ascendió a vicepresidente en 1965. Desde temprana edad tuvo una difícil relación con su padre, que lo maltrataba, golpeaba e, incluso, dudaba de su sexualidad. Éste era alcohólico y abusaba físicamente de la madre de Gacy. Esto le provocó un serio problema, ya que después de entrar en la adolescencia tuvo problemas sexuales. Según un estudio del profesor de sociología de la Universidad de Alabama Dennis L.Peck “John Wayne contrajo nupcias en 1964, y debido a sus problemas sexuales muy rara vez conseguía una erección, y en una ocasión que la consiguió, engendro a su hija. Aquel año también tuvo su primera experiencia homosexual”. Se mudó a Waterloo, Iowa, donde fue gerente de un restaurante de la cadena Kentucky Fried Chicken, perteneciente a la familia de su esposa. El primer matrimonio de Gacy terminó al ser declarado culpable de abuso sexual a menores en 1968. Fue sentenciado a diez años de prisión, pero después de dieciocho meses y debido a su buen comportamiento salió en libertad condicional el 18 de junio de 1970. Al dejar la cárcel se muda nuevamente a Illinois, donde consiguió ocultar con éxito su registro criminal hasta que la policía comenzó a investigarlo por los asesinatos posteriores. En 1971 compró una casa en un sector anónimo de Norwood Park Township. Allí estableció su negocio de construcción, PDM Contracting. La casa en la que residía fue demolida el 3 de mayo de 1979, construyéndose otra en el mismo lugar en 1982. 27


Se casó por segunda vez con una mujer que conoció en la secundaria. Ella y sus dos hijas se mudaron con él. Se convirtió en un respetado miembro de la comunidad. Además de su show como payaso fue un miembro activo del Partido Demócrata como voluntario para limpiar las oficinas del partido. Acabó siendo vocal de mesa. En este puesto llegó a conocer y fotografiarse con la futura Primera Dama Rosalynn Carter. De hecho ella autografió la fotografía, “Para John Gacy. Los mejores Deseos”. Durante la búsqueda en la casa de Gacy, tras su arresto, esta fotografía causó una enorme vergüenza al Servicio Secreto, ya que en ella aparecía John con una chapa en su solapa que mostraba una letra “S”, lo que significaba que el Servicio Secreto le había concedido autorización para acceder a información clasificada. En 1976 se divorció de su segunda esposa. Un año después David Daniel, que por aquel entonces tenía veintiocho años, declaró que Gacy le ofreció llevarle a la estación de autobús, pero rehusó. También dijo que John era muy insistente, llegando a pedírselo siete veces e incluso ofreciéndole marihuana. De dos víctimas que fueron calificadas como “sobrevivientes”, David Daniel es el único vivo para relatar el procedimiento de Gacy. Sobre Gacy no recayó ninguna sospecha hasta el 12 de diciembre de 1978, cuando fue investigado tras la desaparición del adolescente de quince años Rpbert Piest, que fue visto por última vez camino de una entrevista de trabajo con él. Un allanamiento en casa de John reveló diversos artículos relacionados con otras desapariciones.

El 22 de diciembre del mismo año Gacy acudió a sus abogados y confesó sus crímenes. Declaró haber matado por primera vez en enero de 1972, cuando al clavar un cuchillo en el cuerpo de un joven y ver como la sangre brotaba del cuerpo sintió una sensación de excitación y comenzó a gustarle. También confesó haber matado a treinta y tres personas e indicó la ubicación de veintiocho de los cuerpos a la policía. Estaban enterrados en su propiedad. Las otras cinco víctimas las había arrojado al cercano río Des Plaines, según indicó. Al menos una de las víctimas fue recogida en la estación de autobuses. Los individuos más jóvenes tenían catorce años, veintiuno el mayor de ellos. Siete de las víctimas no fueron nunca identificadas. Los cuerpos fueron descubiertos entre diciembre de 1978 hasta abril de 1979, cuando la última víctima conocida fue encontrada en el río Illinois. En 1998, mientras se realizaban reparaciones en el estacionamiento trasero de la casa de 28


la madre de Gacy, las autoridades hallaron restos de, al menos, cuatro personas más. El jucio de Gacy comenzó el 6 de febrero de 1980 en Chicago. Se declaró inocente, alegando problemas de orden mental. Sin embargo su testimonio fuo rotundamente rechazado, ya que se le realizaron estudios mentales, dando resultados negativos. No tenía ni padecía problemas mentales. Su abogado argumentó que John tenía lapsos de locura temporal en el momento de los asesinatos, pero antes y después recobraba la normalidad para atraer a las víctimas. En un momento del juicio la defensa intentó afirmar que los treinta y tres asesinatos fueron muertes accidentales como parte de una asfixia erótica, pero el forense del condado de Cook demostró que era imposible. Además Gacy ya había confesado y era imposible suprimirse esa evidencia. John Wayne Gacy fue hallado culpable el 13 de marzo y sentenciado a veintiuna cadenas perpetuas y doce penas de muerte. Fue ejecutado mediante inyección letal el 10 de mayo de 1994. Sus últimas palabras, las cuales revelan su personalidad y falta de arrepentimiento fueron “¡Bésenme el culo! ¡Nunca sabrán dónde están los otros!”. Algunos expertos señalan la pobre relación con su padre, un trauma en la cabeza y unos subsecuentes desmayos en su adolescencia como base para sus actos. También se especula que la matanza de jóvenes era la expresión subconsciente del odio a sí mismo por su homosexualidad. A menudo declaró que se desinhibía en el momento del sexo. De todos modos sus víctimas fueron en su mayoría hombres heterosexuales, cuyo único atributo en común eran su juventud y su belleza. Tras su ejecución se le extrajo el cerebro. Actualmente es propiedad de la doctora Helen Morrison, quien entrevistó a Gacy y otros asesinos en serie en un intento de aislar los rasgos comunes de su personalidad. Los abogados de Gacy contrataron a un psiquiatra forense para que examinasen su cerebro después de su muerte. Los resultados revelaron que no había anormalidades. El especialista afirmó que John no encajaba en ningún perfil psicológico propio de los asesinos en serie y que, probablemente, la razón de su actuación nunca se sabrá. Durante el juicio la doctora Morrison apareció como testigo psiquiátrico y declaró que Gacy tenía “la estructura emocional de un infante”. Durante los catorce años que pasó en la cárcel Gacy solía pintar con óleo. Su tema favorito eran los payasos. Dijo que usaba su personaje de payaso como álter ego. Sus pintuas incluyen imágenes de Blancanieves y del asesino en serie Jeffrey Dahmer. Muchas de sus pinturas fueron subastadas tras su muerte. Una de sus obras más famosas es en la que aparece el cantante punk GG Allin, quien solía visitar a Gacy en prisión y con quien mantuvo correspondencia hasta que falleció el 28 de junio de 1993. La pintura ahora pertenece al bajista y hermano de Allin, Merle Allin. Sus pinturas también han sido utilizadas como adorno del álbum de Acid Bath, When the kite srting pops. Gacy hizo pinturas para el artista, músico y actor Glen Meadmore, con quien también mantuvo correspondencia por un tiempo. Un retrato de Meadmore, pintado por Gacy, aparece en la portada de su disco Hot, horny and born again. Otra de sus pinturas pertenece a Dani Filth, de la banda de metal Cradle of Filth. El cineasta John Waters también posee un cuadro de Gacy que, según él, está colgado en la habitación de huéspedes de su casa, “para que las visitas no se queden demasiado tiempo”.

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EL GORE MÁS GORE

SANGUINARIO Daba vueltas alrededor de su víctima con una sonrisa en la boca, orgulloso de saber que era responsable de que una vida fuera poco a poco apagándose. No era la primera vez que lo hacia, mas en esta ocasión estaba disfrutando como nunca. Su presa se había resistido, haciéndole poner todas sus energías en acabar con ella. No se acordaba ni de cuando había tenido que sudar tanto para reducir y someter a su objetivo. Era satisfactorio comprobar que aún seguía en forma y podía imponerse mediante la fuerza bruta y la rapidez que tanto le caracterizaban. El arma seguía en su mano, con la punta roja fruto de haber perforado y acuchillado una y otra vez, desgarrando piel y tendones bajo la suplicante mirada de su víctima, quien se tambaleaba de un lado a otro con los miembros temblándole y amenazando con fallarles. El asesino notó como el bulto del pantalón se le agrandaba, disfrutando con el sufrimiento ajeno que tan inmisericordiosamente había inflingido. Recordaba cada punzada como si de un regalo divino se tratase, sintiendo como la hoja se deslizaba por el interior de su víctima arrebatándole toda su esencia, todo lo que era ella. Podría sacarse la polla y masturbarse de puro placer. No concebía el hecho de morirse sin continuar haciendo eso hasta que la vejez le impidiese realizarlo. Algunos le considerarían un asesino que vive por y para el crimen. Él lo veía como un arte, la más pura expresión de la belleza. Aún recordaba el momento en que entendió que había nacido para esto. Tenía diez años cuando regresaba del colegio por el camino arenoso que serpenteaba entre los campos de viñedos que se extendían hasta donde la vista no podía alcanzar. Los jornaleros hacía rato que habían partido a sus hogares después de un duro día de trabajo y derretirse bajo el sol demencial. El niño iba saltando a la pata coja, alternando ese gesto con golpear los diversos guijarros que poblaban el suelo, levantando una ligera neblina de arenisca con cada patada dada. Se detuvo de golpe cuando creyó oir un gemido proveniente de su derecha. Agudizó el oído y el grito lastimero pareció acentuarse, lo que le llevo a adentrarse entre los árboles para descubrir el origen de aquello. Contemplaba las suculentas y moradas uvas que le rodeaban, lamiéndose ante la perspectiva de alargar la mano y llevarse un par a la boca. Desistió de tal cosa cuando apoyado en un tronco vio lo que estaba produciendo esos gritos de dolor y pena. Un cachorro de perro de color blanco, se encontraba recostado con una de las patas en alto. Cuando intentaba apoyarla en el suelo, volvía a levantarla mientras emitía un nuevo gemido. Estaba claro que tenía algo clavado que le impedía moverse y le estaba ocasionando mucho sufrimiento. El animal le lanzaba miradas suplicantes, con dos diminutos ojos negros que parecían querer llorar. Las orejas las tenía recogidas hacía atrás, y el rabo metido entre los cuartos traseros. Todo su cuerpo solicitaba de auxilio. —Hola, bonito. ¿Qué te ha pasado? —el niño se acuclilló, acariciando al perro en la cabeza. Éste reaccionó enseñando los dientes, apenas unas cosas blancas y afiladas que no se habían

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formado del todo—. Tranquilo, sólo quiero ayudarte. Más calmado, el animal empezó a lamerle la palma de la mano. El chaval masajeaba el níveo pelaje con movimientos suaves. Sin darse cuenta, esos movimientos empezaron a ser más fuertes y agresivos. La respiración se le aceleró, a la vez que unos puntitos rojos danzaban en su campo de visión. Cuando quiso darse cuenta, tenía al cánido agarrado del cuello. Vio como éste intentaba revolverse y escapar de la presa, pero todo era inútil. Una sensación de bienestar le invadió por dentro, agrandada por el hecho de ver a ese indefenso animal intentando morderle la mano con esos amagos de dientes. Cogió una piedra del suelo, y sin dudarlo la estrelló contra el cráneo del perro, viendo como la cabeza se deformaba por la fuerza del impacto. Riendo y con los ojos abiertos como un loco, repitió la acción una y otra vez hasta que sólo quedó una amasijo sanguinolento. Se irguió y contempló su obra. —Bueno, perrito. Ya no tendrás que sufrir más. Observaba los goterones de sangre que su víctima iba dejando mientras se ladeaba, en un intento de mantenerse en pie y seguir luchando. Admiraba esa faceta obstinada que surgía del instinto más primario: sobrevivir. Él sabía que la otra parte no tenía nada que hacer, más que claudicar y dejar que el último aliento abandonara su cuerpo. Llevaba un rato jugando con él, sin atreverse a rematarle por miedo a acabar con la diversión que le estaba ofreciendo su terca presa. Se palpó el costado y sus facciones mostraron una mueca de dolor ante la pequeña herida que su víctima le había inflingido en un momento de despiste. Observó sus dedos manchados de sangre y sonrió ante el valor que la otra parte había mostrado al herirle, no dejando que el miedo le convirtiese en una presa fácil. Sin embargo, todo intento de rebeldía había sido inútil, prueba de ello era que él seguía en pie viendo como su trofeo luchaba por no caer al suelo, vertiendo sangre por los diversos tajos que su maltrecho cuerpo mostraba. Se movió alrededor con pasos pausados, contemplando con orgullo el trabajo que había hecho. Cada reguero de sangre era obra suya. Todos los tajos habían salido de su mano. Era un cuadro sangriento que él había tenido el honor de pintar, usando como lienzo la piel de su presa. Sentía una pequeña nostalgia por dentro, al ser consciente de que pronto todo acabaría y un cadáver ocuparía el lugar de ese oponente que tanto disfrute le estaba generando. Le miró a los ojos detenidamente, saboreando ese momento en que notaba como el parpadeo se hacía más intenso, a medida que la visión se emborronaba por la falta de sangre. Los miembros empezaron a fallarle y cayó desplomado al suelo, tal como él esperaba desde hace rato. Admiraba la entereza que su inocente víctima enarbolaba, pero tarde o temprano tenía que dejar que los hechos siguiesen su curso. Era el momento de rematar, a pesar de que notaría en su corazón un vacío que sólo lo llenaría cuando un nuevo objetivo se cruzase en su camino. Empuñó con decisión y fuerza el arma que portaba y, sin apartar la vista de su presa, se preparó para acabar con ella. Desde el día que mató al perro, algo despertó muy dentro de él. Una necesidad que no era capaz de llenar con ninguna otra actividad cotidiana. Era como un hambre voraz que no conseguía calmar. Los momentos de soledad los aprovechaba para dar rienda suelta a su imaginación, evocando una y otra vez como la piedra destrozaba el cráneo de ese animal. Pronto, esas escenas fueron sustituidas por otras en las que se cruzaba con animales de todo tipo y los torturaba y matada de diversas formas. Temblaba de impotencia al no poder compartir sus deseos con su familia, por miedo a que le tildasen de loco y le despreciasen por vida. Más que el temor a perder el afecto de sus padres, era el hecho de que le internasen o algo parecido, impidiendo que llevase a cabo sus planes encerrado entre cuatro paredes. Decidió guardárselo para sí mismo y disimular su adición de la mejor forma posible. Los años pasaban y le mostraban como un alumno e hijo modélico. Su grupo de amigos era extenso y las chicas que pasaron por su vida eran dignas de no permitirle quejas de ningún tipo. Todo en él era carisma y amabilidad por los demás, una persona de la que no sospechar

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de un lado oscuro. Había conseguido engañar a todo el mundo y calmar sus impulsos homicidas en secreto. Cuando la necesidad era imperiosa, se deslizaba en las sombras y se desquitaba con el primer animal que se encontrase. Gatos, perros, pájaros... le daba igual con tal de ver sus manos manchadas con su sangre y sus cuerpecitos aplastados o desmadejados en el suelo. No podía concebir que la gente pudiese vivir sin eso, con el hecho de no apagar una vida y disfrutar con ello. Pronto, aquellos pequeños animales no fueron suficientes y centró sus miras en presas más grandes. El matar se convirtió en su filosofía. Algo con lo que llenar los huecos que en su interior dejaba esta vida insulsa y monótona. Sabía que tarde o temprano alguien apreciaría su trabajo, y ese día sería el hombre más feliz, viendo como su arte de herir y matar ganaría las alabanzas y aplausos de la muchedumbre. El golpe fue certero y letal. Notó como la punta de su arma traspasaba el corazón, poniendo fin a la agonía de su presa, quien cayó al suelo desplomada e inerte. Un rugido de aplausos y vítores llenó la plaza de toros. La gente se volvió loca ante el espléndido trabajo que había realizado el mortífero torero. Éste sacó la espada del lomo del animal y sonrió al verle tendido junto a un charco de sangre que tiznaba de rojo la arena del suelo. Miró al público con los brazos en alto, regocijándose con la sensación de ver tal carnicería recompensada y apreciada. Se había pasado la vida temiendo que sus correrías tras los animales fueran descubiertas y sancionadas. Sin embargo, dentro de ese ruedo y frente a un animal de gran envergadura, todo estaba permitido. Que dulce ironía de la vida. En la calle, la ley te perseguía ante tal barbarie. Aquí dentro, era un arte merecedor de los mejores reconocimientos. El torero volvió a sonreír, esperando con impaciencia la próxima corrida con la que deleitar a las masas de su más pura eficacia para asesinar. Contempló como los caballos arrastraban al toro fuera de la plaza, dejando un reguero de sangre que pronto sería sustituido por el de otro de esos animales.

DAVID CARRASCO

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Algo se mueve entre las sombras, algo viaja entre la locura y el terror La sociedad arrastra una crisis económica y de valores que parece irreversible. Esther y Tomás, un matrimonio joven con serios problemas laborales, deciden pasar un último fin de semana, junto con su hija de dos años Say, en el apartamento de montaña que compraron en tiempos mejores y que ahora necesitan vender. En plena tormenta de nieve, alguien llama a su puerta y comienza la pesadilla. Veinticuatro horas de terror extremo, en las que deberán luchar para sobrevivir. En su huida, la situación se complicará aún más y se verán obligados a enfrentarse a sus miedos más profundos y ancestrales. Porque, además, alguien que se desplaza entre las sombras les acompaña en su viaje sin retorno. Disforia es una historia claustrofóbica y aterradora que te dejará sin aliento. El autor de La silla nos sorprende con su nueva novela, una obra aún más terrible y agobiante. Una lucha desesperada por la supervivencia y la cordura. Un viaje al terror más intenso y perturbador, del que no siempre se puede regresar. Una historia que te atenaza y te obliga a traspasar los límites de la razón.

David Jasso (Zaragoza, 1961), se dio a conocer con la novela de culto La silla. Desde entonces ha publicado ocho libros en solitario e innumerables relatos y colaboraciones. Está considerado como una de las voces más potentes e innovadoras del terror español. Sus historias combinan realismo y tensión; poseen un marcado ritmo cinematográfico y resultan extremadamente adictivas. Se ha especializado en historias claustrofóbicas e intensas que generan en el lector una profunda sensación de agobio (e incluso disforia). Ha ganado numerosos premios. Es miembro fundador de Nocte, la asociación española de escritores de terror. Ha trabajado como periodista en prensa, radio y televisión, como productor audiovisual y locutor profesional. Imparte talleres literarios y de creatividad. No cree en los fantasmas, tampoco en las personas. Venta en librerías y en la web de valdemar: ENLACE EDITORIAL WWW.VALDEMAR.COM


HAZLES GRITAR —Permíteme recomendarte la ternera blanca. Me han dicho que aquí es insuperable. Ella asintió. Le indicó al camarero que haría caso de la sugerencia. —Y traiga una botella de vino tinto. Francés. El mejor que tengan. Eran los únicos comensales del restaurante. No había sido fácil encontrar uno bueno por la zona y que abriese los lunes. Era un establecimiento pequeño y agradable, en el que predominaban las maderas oscuras y los tonos rojizos y marrones. En el hilo musical, versiones instrumentales de viejas canciones de amor, invitaba a una charla sosegada y en voz baja. No tuvieron que esperar para tener cada uno una copa de vino. Ambos, hombre y mujer, lo probaron. Empezaron a hablar de sus respectivos empleos. Él era abogado, especializado en la propiedad intelectual. Ella trabaja como comercial en una modesta agencia de publicidad del centro. La conversación no tardó en dirigirse a las divertidas anécdotas que sus ocupaciones les habían hecho vivir. —Recuerdo una vez que… De repente todo empezó a dar vueltas a su alrededor. El mundo se convirtió en un conjunto de formas difuminadas y sonidos lejanos. Su cuerpo pareció aumentar de peso en un segundo. Cuando su cabeza se desplomó sobre la mesa su mente estaba ya sumida en la más densa oscuridad. ***** Despertó poco a poco. En un primer momento los recuerdos se negaron a aflorar. Abrió los ojos para descubrir que se encontraba a oscuras, una negrura opaca y desasosegante. Sus intentos por moverse fueron infructuosos. No le hizo falta ver para darse cuenta de que sus brazos y piernas estaban sujetos por correas. Se encontraba en posición horizontal. El frío de la mesa de metal hacía temblar su cuerpo desnudo. Cuando fue consciente de la situación sintió ganas de llorar. Poco a poco los últimos acontecimientos fueron dibujándose en su cabeza. El pequeño y acogedor restaurante del centro. La animada conversación sobre su trabajo. El cálido y denso vino. Un foco se encendió en el techo, derramando una luz blanca y lechosa sobre su piel desnuda. Fue la primera vez que sintió miedo, un pavor que se extendía dentro de sí como una mancha de petróleo en el mar. Giró la cabeza hacia su izquierda y lo que sintió fue auténtico pánico. En la pared había un enorme panel del que colgaba todo tipo de instrumental. Pudo ver varios cuchillos, una sierra, un taladro eléctrico, tenazas y alicates, punzones, un soplete, varios martillos… No pudo seguir mirando. Ante sus ojos se materializó como una aparición espectral su cita a ciegas. Sonreía. En sus ojos asomaban el deseo y algo perverso, una llamarada de algo que no debía estar albergado en un alma humana. Una voz, que parecía brotar de unos altavoces, rasgó el silencio de manera violenta. — ¡Tiempo! Sin dilación cogió el martillo. Se acercó a la mesilla con una sonrisa malévola en su rostro y empezó a golpear sus piernas. Comenzó por las rodillas y fue descendiendo, poco a poco, triturando ambas tibias y peronés, hasta llegar a los pies. Sus propios gritos de dolor retumbaron en el interior de su cabeza como un eco irreal, como si los escuchase desde la distancia. Notó los latidos del corazón en las sienes. El martillo cayó al suelo. Lo siguiente fue el soplete. Sin mediar palabra empezó a quemarle

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el brazo derecho. El olor a carne abrasada no tardó en llenar la estancia. A pesar del dolor giró la cabeza todo lo que pudo y vomitó. Tuvo la sensación de que era la cordura lo que escapaba por su boca, en vez de sus jugos gástricos mezclados con el exceso caldo francés que había bebido. Su otro brazo corrió la misma suerte. Suplicaba a gritos que el tormento terminase. Esos chillidos habrían helado el corazón de cualquier persona. Cuando apagó el soplete miró el reloj digital de la pared. Los enormes números rojos indicaban que a la cuenta atrás le quedaban cuarenta y nueve segundos. No lo pensó dos veces. El serrucho fue el objeto elegido. Comenzó a serrar el pie derecho, por encima del tobillo, con frenesí pero con precisión. Tras unos cuantos movimientos hacia delante y atrás el miembro amputado cayó al suelo. Su par no tardó en sufrir el mismo tratamiento. Los chillidos dejaron de parecer humanos cuando la hoja dentada empezó a cortar el hombro izquierdo. Un poco más. Otro poco más… — ¡Tiempo! Frenó en seco. El brazo quedó unido al cuerpo sólo por un poco de músculo, el hueso ya aparecía cortado. A pesar de que la voz le había indicado que el plazo ya había terminado, con un suave movimiento lo separó por completo. Varios focos se encendieron a la vez. El público rompió a aplaudir. Un grupo de jóvenes portaba una pancarta en la que se leía Bethesda Quiere Gritar. — ¡Bien, bien, bien! Por favor, Stacey, ven aquí. La joven dejó el serrucho encima del vientre del hombre con el que dos horas antes había brindado con un excelente vino tinto francés. S e aproximó despacio y sonriente al hombre con el micrófono. En su blusa blanca destacaban varias salpicaduras de sangre. El presentador, Mark Langdon, la observó desde sus ciento noventa y tres centímetros de altura. La seda de su elegante traje gris resplandecía bajo la luz de los focos. Esperó a que el público quedase en silencio para hablar. —Muchas gracias, amigos y amigas de Hazles Gritar. Gracias por este caluroso aplauso a Stacey Jordan, de Seattle, Washington. ¿Cómo te encuentras, Stacey? —Un poco nerviosa todavía, Mark. El presentador sonrió. —No tienes que estarlo. Lo has hecho muy bien. ¡Pero no perdamos más tiempo! El panel en que colgaba todo el instrumental desapareció para dejar al descubierto varios monitores. A la derecha de ellos un tubo de cristal de un metro, pintado de varios colores, coronado por una bombilla roja. — ¿Estás preparada, Stacey, para…? —¡¡¡El Gritómetro!!! —aulló al unísono un público entregado y enfervorizado. Las luces del estudio se atenuaron. En los monitores apareció, grabada con varias cámaras, la actuación de Stacey. En el tubo de cristal una luz subía y bajaba al ritmo de los agónicos y penetrantes gritos de dolor y terror del desdichado que yacía aún en la mesa metálica, mutilado e inconsciente. Nadie le prestaba atención. El público alcanzó el delirio cuando la bombilla roja se encendió, en el momento en que Stacey aparecía serrando el hombro del involuntario participante. Un aplauso atronador llenó el estudio, mientras la joven concursante daba saltos de alegría y se abrazaba a Langdon. Elevando la voz por encima del bullicio el presentador gritó: — ¡Enhorabuena, Stacey! ¡Te has clasificado para la final del mes que viene en Las Vegas! ¡Y a todos ustedes, gracias por haber visto, aquí y desde sus casas, una nueva edición de Hazles Gritar!

AITOR HERAS RDRÍGUEZ 36


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LETRAS DESDE EL CORAZÓN DEL ABISMO CÓRVIDO

ILUSTRACIÓN:

ARZUR DEL GALLEGO 38


LETRAS DESDE EL CORAZÓN DEL ABISMO CÓRVIDO DE ABISMOS ALCANZABLES En la soledad del abismo impertinente y depravado de nuestras almas ya condenadas a la ausencia de las cosas improbables y amenazadoras que nos hacen ser infelices, veo la luz. Y la veo porque, más allá de ese abismo lleno de suplicas y ruegos, lloros y penas desgarradoras, hay siempre algo más que se ve al final del horizonte. Eso que veo es algo que palpo con la infinidad de sensaciones que se evaporan desde mi piel, y vuelan con rumbo fijo hacia la necesidad más primaria. Y esa necesidad primaria, no es si no, la montaña más alta que se aleja de la oscuridad que me atrapa en las entrañas, que deja atrás su lava ardiente de dolor, y levanta las nubes con un leve soplido de vida nueva. Me caeré al subir, me resbalaré al llegar, y tocaré la cima cuando este preparada, solo así sabré que todo por lo que luche, no deja de ser algo que queda atrás, que me empuja desde el escenario perdido que debo olvidar. Allí, en esa cima, jugaré con cada parte que debe ser tirada al vacío, me sentiré libre con lo que alimenta esa luz, me quedaré conmigo, y entonces sonreiré. Extrañaré las cosas con una mueca de felicidad, y esperaré las nuevas con el resplandor que se enzarza en mi corazón, palpitante, vibrante, vivo. Porque cuando más hondo es el abismo que condena nuestras almas, más alta es la montaña para salir de él, y mayor es el sentimiento de superar la oscuridad perdida de nuestra propia existencia.

LORENA RAVEN

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LA ENTREVISTA

alberto vázquez figueroa Llego a casa de Alberto Vázquez Figueroa una mañana de domingo del mes de abril. El procesador de texto en la pantalla delata que le he interrumpido mientras escribía. Su despacho es una habitación grande, acristalada, con vistas al Palacio Real. Los únicos libros que allí veo son varias ediciones de sus propias obras, los de otros autores los he visto en el salón. Las paredes están llenas de fotos, en las que al autor, de joven, aparece en varios lugares del mundo. Dos enormes carteles de dos películas basadas en libros suyos nos contemplan. Me invita a sentarme y me ofrece algo de beber antes de empezar la entrevista.

La mayoría de los escritores con cierta fama son de difícil acceso. Sin embargo usted ha decidido poner sus obras al alcance de todo aquel que lo desee. Y tiene la amabilidad, además, de responder los e-mails que recibe, y conceder entrevistas a medios no tan conocidos, como el nuestro, por ejemplo. ¿A qué cree usted que se debe esta diferencia? Bueno, siempre he sido así. Yo no considero que, por ser escritor, sea alguien diferente de los demás. Somos, o por lo menos yo considero que somos personas normales. Tenemos un trabajo un poco distinto. Pero sí es cierto que he conocido escritores que han escrito un libro o dos y ya se consideran la mamá de Tarzán y el sobrino de la mona Chita. Yo no. Yo hago mi trabajo, que además me gusta. ¿Por qué me voy a considerar superior a los demás? En absoluto. En mi casa… aquí no tanto, pero en Lanzarote, que es una casa que está en alto y que, cuando pasa la gente dice: “mira, esa es la casa de Vázquez Figueroa”. Mucha gente se presenta en la puerta y se extraña que los recibo. Me acuerdo que una vez estábamos comiendo, ahí en la piscina y, de repente, viene una mujer y dice: “mire, que

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hay uno señores en bicicleta que quieren que les firme usted”. Bueno, pasaron dos, les firmé. Y al cabo llegan ocho, y al cabo llegan diez. Pasaron por fuera, entran por la parte de fuera de la piscina, yo vi esto… Y dicen: “no, es que estamos participando en un rally por toda la isla y una de las pruebas que tenemos que hacer es pasar por su casa y es que usted nos firme que hemos pasado por aquí, porque si no no vale. Era una prueba. Era una prueba. Aquello fue un cachondeo, trescientos tipos y nosotros comiendo. Firmar, firmaban mis hijos, firmaba todo el mundo. Eso ya… Se pasaron un poco. Pero el resto… Yo recibo siempre a todo el mundo. Quería preguntarle por el ritmo de sus libros, lo que es la acción. ¿Tiene algo que ver con cómo es usted? Como era. Yo ya no. Yo me crié en el desierto del Sahara, me mandaron allí desde niño. Quedé huérfano y pasé mucha vida en el desierto.


Hasta los dieceiséis años.

zon. La pregunta viene un poco a ser eso, ¿qué consejo da? ¿Hay que tener un don Sí, dieciséis años. Luego volví a la penín- o se puede aprender? sula, estudié periodismo. Mientras tanto me hice profesor de buceo. Estuve con CousEl don es una cosa muy rara. Escribir es teau, estuve dos años en el buque escuela como yo digo siempre, como hacer el amor aquel, el Cruz del Sur, de profesor de sub- con una mujer que te gusta mucho. A ti lo marinismo. Luego, en el cincuenta y nueve, que te gusta es hacer el amor con esa mucuando estaba a punto de acabar la carrera, jer. Y lo haces constantemente, siempre que fui el jefe del equipo que recuperó los cadá- puedes. Disfrutas con ello. Y un día, en mi veres en Ribadelago. Luego fui buceador, caso, al cabo de veintitantos años, viene alfui cazador profes… o sea, el regulador de guien y me dice: “le voy a pagar por eso”. caza profesional, corresponsal de guerra en Qué maravilla, ¿me va a pagar por esto? Ah, muchas guerras: en la de Konakri, en la de pues mire, yo lo voy a seguir haciendo con Guinea… el mismo entusiasmo. Y si además me paga, Uno escribe sobre lo que ha vivido, sobre pues bendito sea Dios. Pero sólo te puedes lo que conoce. Y procura conocer y vivir para dedicar a escribir si realmente para ti escribir escribir sobre eso. Yo lo que quería de niño es un placer, un gusto, independientemenera ser escritor y escribir este tipo de cosas. te que te paguen. Yo escribí Arena y viento, Obviamente, quedándome en Santa Cruz de mi primer libro, a los diecisiete o dieciocho Tenerife o en donde fuera, no lo hubiera con- años. Gané mi primer dinero con Ébano a seguido. los casi cuarenta. Había escrito, mientras tanto, veintitantos libros. Se habían publicaQuiero preguntarle ahora sobre su do trece o catorce. Nunca ninguno me dio un creatividad, porque es envidiable. ¿Cree duro, nada. Ni esperaba que me los diera. que algunos escritores, aun no gozando Ah, pero de repente, oh cielos, uno de ellos, de ese, llamémosle toque, pueden llegar empieza a dar mucho dinero, se hace una a escribir buenas novelas? ¿Qué conse- película… jos les daría a todos aquellos que empiezan, o que están intentando empezar a escribir? ¿Qué consejos les daría para mejorar? Sobre todo si hablamos de la autoedición, con plataformas como Ama-

“He conocido escritores que han escrito un libro o dos y ya se consideran la mamá de Tarzán y el sobrino de la mona Chita”.

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Además con un buen reparto.

dados, que al final salen muy buenos y que son importantísimos. Y hay otros como yo, Con un buen reparto. Luego viene Tuareg, que escribimos un libro en diez días. luego viene Cienfuegos, y la gente empieza, incluso, a leer libros que yo había publicado antes y que nadie había leído, como Manaos o como El perro. ¿Qué quiere decir? Que no “Uno escribe sobre lo hay ningún consejo. Nadie debe seguir ningún consejo, ni siquiera el mío. El que quiera que ha vivido, sobre lo escribir, que escriba. El éxito o el fracaso son que conoce. Y procura cosas intangibles. Dependen de la suerte, conocer y vivir para dependen de la insistencia, y a veces depenescribir sobre eso”. den de que no lo busques con excesiva… “El don es una cosa muy con excesivo interés. Es como pasa con las rara. Escribir es como yo mujeres. Si las persigues mucho, no las aldigo siempre, como hacer canzas nunca. Bueno, entonces puede que vengan a ti (risas).

Esta viene un poco al hilo de lo que me decía. Porque, para usted, ¿la escritura es cerebro o es corazón?

el amor con una mujer que te gusta mucho”.

En cuatro creo que llegó a escribir uno.

Hombre, es corazón, pero si no tienes ceEl perro. Y que si me lleva más de dos rebro… (risas). meses escribir un libro me fastidia tremendamente. Pero no podemos si la literatura, los Pero, ¿qué suele primar? ¿Quién aca- libros, al igual que las personas, o que todo, ba publicando o no publicando? ¿Quién hay miles de personas diferentes, hay miles acaba escribiendo lo mejor de sí mismo, de escritores diferentes, hay miles de libros. el que escribe con el corazón y luego lo Además, cada libro puede ser importante o piensa o el que lo piensa y no lo siente? parecerte a ti importante en un momento determinado de tu vida, o en un determinado No lo sé. En realidad no se puede decir momento histórico. Y a veces releo libros que el escribir sea todo una cosa uniforme. que para mí significaron mucho hace cuaDentro del mundo de la escritura existen ca- renta años y digo “joder, qué petardo, ¿cómo sos totalmente distintos. Existen personas me pude yo volver loco con esto?”. Ha pasumamente inteligentes que son incapaces sado su tiempo. Pasa como con el cine. Ves de escribir una página. Yo conozco personas algunas películas y dices “a mí esta pelícucultísimas, preparadísimas, que han estu- la me entusiasmó y esto no hay quien se lo diado todas las carreras del mundo, que lo fume”. O las mujeres. Lo que pasa es que a saben todo, que da gusto hablar con ellos las mujeres lo que les ocurre es que se les y que te escriben una página y se te caen arruga la piel y les salen canas. A los libros los palos del sombrajo, de ver la cantidad de podríamos decir que, a algunos de ellos, les tonterías que se pueden decir en diez líneas. salen arrugas y canas. Y, sin embargo, encuentras a otras personas de poca preparación, o de menos, que haPero el libro sigue siendo el mismo. El blan o que escriben con una claridad y una que cambia es el lector, entonces. fluidez asombrosa. Es como un río claro que mana solo. Es un misterio. Hay otros que esEl tiempo, el lector, la manera en que lo criben unos libros muy elaborados, muy cui- ves.

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La palabra es la palabra.

que al libro electrónico se refiere. ¿Piensa usted que el libro electrónico va a acabar con el papel o como ya ha dicho en algunas entrevistas “quien paga veinte euros por un libro los seguirá pagando y quien paga seis lo hará igualmente por uno electrónico? Y al hilo de esta pregunta, ¿qué opina de la piratería?

La palabra es la palabra, pero el ánimo… Además a mí me pasa. No hace falta que haya pasado el tiempo. Tú lo coges en un momento de ánimo malo y aquel libro lo mandas al diablo. Y no es culpa del libro, es culpa del lector, que en ese momento está preocupado, lo tiene jodido el señor Ministro de Hacienda, por ejemplo, ha peleado con la Que nos ha hundido a todos, y hundirá novia o yo que sé, o con el jefe, o le duele más aún, como los políticos no tomen mediuna muela. das. Y los políticos está claro que sólo toman las medidas que a ellos les afecta para subirse su sueldo. A nosotros, a mí en mi caso, la venta de libros me ha disminuido en un setenta por ciento por culpa de la “Hace muchos años que llegué piratería. El libro de a una conclusión. No pierdo papel. Yo sigo prefimi tiempo. Si un libro a la riendo leer en libros de papel. Trabajo con tercera página no me interesa ordenador y estoy lo mando al diablo...”

Está claro que la escritura no lo sabemos, pero la lectura es corazón más que cerebro. Eso está claro. AVF: Yo antes era incapaz de dejar un libro a medias. Yo comenzaba un libro y coño, lo tenía que leer. Me leí hasta aquello de El hombrecillo de los gansos, que era una cosa. Pero ya hace muchos años que llegué a una conclusión. No pierdo mi tiempo. Si un libro a la tercera página no me interesa lo mando al diablo, porque hay otros muchos miles. Aire. Si a la cuarta página no me interesa lo que estás diciendo. “No, es que a partir de la página sesenta…”. Coño, ¿por qué voy a ir a comer a un restaurante que está a diez kilómetros si tengo uno bueno debajo de casa? (risas) .“No, es que el tercer plato del otro…”. No, no, déjame, que uno ya no está en edad para eso. Usted encuentra fascinantes las nuevas tecnologías, o eso nos parece, en lo

acostumbrado. Pero a mí, en realidad, me importaría muy poco que alguien me leyera en papel o en ordenador, según a él le guste, siempre que pagara por mi trabajo. Porque, en realidad, me da igual cobrar un doce, un quince por ciento por un libro de papel que cueste dieciocho euros que un veinticinco por ciento por un libro electrónico que cueste seis o siete euros o cinco euros, que me parece un precio justo. No creo que el libro electrónico haya que subirlo. Creo que el libro electrónico debe de estar a un precio justo, puesto que no se gasta papel, no se gasta tinta y, sobre todo, no se pierde en devoluciones. Esa ha sido una lucha mía, que he tenido desde que empezó todo esto, con las editoriales. Hacer los libros electrónicos a un precio justo para que la gente no los robe. Es mejor que paguen cuatro euros, cinco euros, a que te los roben. Ya el libro está escrito, ya no hay que imprimir, en papel que se venda a lo que se tenga que vender. Yo, al principio, empecé regalando mis libros electrónicamente, cuando los derechos eran míos. Porque un señor me llamaba o me escribía, de la Patagonia o

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de Alaska, donde no podían llegar mis libros. Quería leer mi libro y yo se lo regalaba. Cójalo usted. Pero una cosa es que yo quiera regalar mis libros a quien me dé la gana, que tú vengas aquí y yo te regale tres libros, dos libros, lo que quieras, o la lámpara, y otra cosa es que un señor llegue y se lleve mi lámpara porque le da la gana y porque está ahí, y porque además pones publicidad para ganar con mis libros. Entonces ya las editoriales me dijeron “bueno, tú no puedes seguir regalando, porque esta gente además lo piratea”. Entonces firmé unos contratos, que no puedo regalarlos. Algunos me quedan que sí, y algunas personas que me escriben. Unos soldados que están en Afganistán y que están ahí, pues se los mando. Un pobre español que vive en Alaska, que pasa un frío del carajo… De vez en cuando “mi mujer ha estado en España y como compensación se ha traído diez libros suyos, que usted ya me los había mandado”. Otra cosa es que vengan los de Piratebay, ese cerdo de Nueva Zelanda, y que dice que tiene seis yates. A base de robarnos a nosotros, a los músicos y a los productores de cine su trabajo. Hacer una película cuesta muchos millones y mucho trabajo. Resultado, yo antes hacía dos películas al año. Ahora ya los productores no quieren. ¿Para qué? Si viene este hijo de mala madre y me lo roba el primer día. ¿Para qué estoy yo trabajando como un loco aquí si cuando salga el libro, al tercer día, ya está robado? Pero a los políticos lo único que les interesa es que no les roben a ellos sus dietas y que no les roben a ellos su posibilidad de hacer un aeropuerto sin aviones. Porque el principal problema de este país no es lo que los políticos roban sino lo que destrozan por robar. Es decir, para llevarse cuarenta millones de un aeropuerto malgastan ochocientos en algo que no sirve para nada. Para llevarse trescientos en comisiones de una desaladora se gastan tres mil millones en desaladoras que nunca funcionan. Para llevarse de las autopistas hacen autopistas por las que no va a pasar nunca nadie y que han costado miles de millones y ellos se han embolsado. Son aluniceros.

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Es decir, son como esos ladrones que cogen un coche, entran en una tienda y la pillan. El dueño del comercio les pagaría más que los frascos de colonia o los bolsos que van a llevarse. “Toma los bolsos, pero no me destroces el local”. Estos destrozan el local, destrozan España, por llevarse tres frascos de perfume. Es así. Los políticos españoles, y en casi todos los países, son aluniceros. En Andalucía, en Valencia, en Cataluña, en Canarias, en Baleares, y porque no tenemos ningún otro lugar. La corrupción es el verdadero problema mundial, no hay otro. La avaricia, lleva a la corrupción. La avaricia lleva a la corrupción y la corrupción es una forma de saciar la avaricia. Comentábamos antes que escribió usted una novela en cuatro días sobre un hombre y un perro. ¿Eso quiere decir que escribir tiene que ser algo que sale de dentro y por lo que uno tiene que dejarse llevar? Porque sabemos que para usted el miedo al folio en blanco no existe. Yo hasta ahora he visto muchos folios en blanco. No he visto ninguno que me mordiera. Hombre, una vez uno me cortó un poquito. El folio en blanco no quiere asustarte, quiere que tú lo llenes. Y el problema siempre, si alguna vez te encuentras con un folio en blanco, es poner una letra. Ya no está en blanco. Y luego sigues. Y resulta que la A primera o la B primera no te servían, pero ya tienes el resto y ya quitas la primera. Es una tontería, quedarte ahí mirando un folio en blanco. Él no va a venir a decirte “oye, que….”. No, miedo absoluto. Pues hay gente que le tiene pánico. ¿Cómo? Hay gente que le tiene pánico a las mujeres, no te ****. Y si no vas y le preguntas “oye tú, ¿quieres salir conmigo?”. ¿Es de esos escritores que desfruta mientras escribe o cuando ya ha terminado de


escribir? ¿O en ambos casos? No, yo disfruto mientras escribo. Cuando termino me quedo muy jodido, me quedo fastidiado. Es como vivir con una familia, con tus amigos, con tu gente y de repente… Todo ese tiempo son tuyos, sólo tuyos. El día que terminas y se publica ya pertenecen a todo el mundo. Te abandonan, te dejan tirado como un perro. Se van con cualquier gilipollas que compra el libro. Tú ya no tienes nada que ver con ellos a no ser, que por eso a veces me gusta escribir la continuación. Los mismos personajes, vuelven conmigo. Queríamos preguntarle por Hambre, su última novela. Creo que, hasta la fecha es la última. En ella hace un alegato contra la pobreza, la injusticia y la indiferencia de occidente ante lo que es el problema que da título a la obra, que es el hambre. ¿Cree que vamos a llegar a vivir algún día en un mundo sin hambre? ¿Cómo explica la paradoja de la riqueza material que tiene África y la miseria en la que vive?

El mundo sin hambre es posible. La distribución de la riqueza, de la riqueza africana y del hambre africana es mucho más, digamos, compleja. Es decir, África tiene muchas materias primas, muchas riquezas. Pero allí

las principales riquezas son el oro o el coltán. Yo fui el primero que escribió un libro sobre el coltán. Eso no tiene nada que ver, porque el coltán no se come. El mayor hambre en los países africanos está en la zona del Sahel, la zona del desierto, desde Etiopía y Somalia hasta casi las Islas Canarias. La franja central subsahariana. Remediar el hambre ahí es difícil pero no imposible. Una de las cosas que yo digo en Hambre es que el hambre en la zona subsahariana se compone de tres partes: falta de alimento, falta de agua y falta de combustible. Son tres cosas esenciales. La falta de agua es grandísima, pero los países con buena voluntad de occidente, que hay algunos, se dedican a enviarles alimentos. Y yo lo he visto desde hace treinta o cuarenta años. Pero, lo que yo digo en Hambre, ¿qué alimentos llevan? Arroz, maíz, lentejas y leche en polvo. Para todo hace falta agua. ¿Qué es lo que hemos estado haciendo? Mandarles a unos calvos peines, y multiplicar su problema. Porque si tú tienes un poco de agua para beberla el día de mañana o para darle de beber a tus hijos el día de mañana y la tienes que gastar en hervir arroz para hacerlo comestible. Por cada taza de arroz necesitas dos de agua. Luego, esa agua que se está evaporando es la que necesitas para sobrevivir. Para darle leche en polvo a un niño subsahariano el bebé no se puede comer el polvo, se atraganta. Se lo tienes que disolver en agua. Y esa agua está contaminada. O sea, el ochenta por ciento de los niños menores de un año que mueren en África no muere de hambre, muere de disentería. Y parece que no nos hayamos dado cuenta de eso pese a que llevamos años allí. ¿Qué es lo que yo propongo? Vamos a man-

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dárselo eso, pero primero, ya mezclado con agua. Esa harina de maíz, de gofio, leche en polvo, lo que sea, mezclado con agua. Porque hoy en día tenemos los suficientes elementos para mandar esto envasado al vacío. ¿Qué es lo que podemos mandar? Una pasta, con los alimentos. Agua, harina, jugo de carne, jugo de pescado, jugo de lo que sea, con alimento. Yo, en Canarias, y ahora muchas veces, me alimentaba de eso, gofio. Con eso nos alimentábamos de niños. Mezclado con almendras, mezclado con higos, mezclado con patatas. Yo lo como aquí en casa, cuando hay un caldo de pescado o lo que sea yo le echo mi gofio, que se vuelve una pasta. Es muy alimenticia. Entonces, ¿qué resulta? Que podemos resolver dos de los problemas, el agua y la alimentación. Falta el combustible, pero ocurre una cosa. En el desierto no hay fuego pero hay calor. Cada metro cuadrado del desierto subsahariano recibe anualmente la energía equivalente a 2.400 kilovatios/hora. ¿Qué es lo que hemos estado haciendo hasta ahora para aprovechar esa energía en algunos lugares? Reflejar el sol contra unos espejos, mandarlo sobre una torre, concentrándolo y eso mandarlo, con cable eléctrico, a miles de kilómetros de distancia. Eso es aprovechamiento de la energía del sol por reflexión. Pero me planteé una cuestión. Cuando yo andaba por el desierto, cuando teníamos que freír un huevo, hacer una tostada o la carne, limpiábamos el capó del coche y ahí lo calentábamos.

Aquí Alberto Vázquez Figueroa nos muestra un invento, una bandeja negra del tamaño de un lector electrónico, una versión en miniatura de una bandeja de horno, de hierro galvanizado, con un pequeño agujero, ideada para captar el calor del sol y el agua del rocío y usarla, a la vez, para calentar alimentos. Nos explica el funcionamiento. Explica que lo importante es que sea de color negro para concentrar y aprovechar el calor del sol.

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¿Qué resulta? Que puedes resolver los tres problemas: alimento, agua y energía. Sin mayor gasto pero usando el sentido común. Lo que es estúpido es mandarles sacos de maíz. Nadie puede comerse el maíz crudo. ¿Qué es lo que pasa? Los nativos, aquello que no sirve para nada, lo acaban tirando. Se lo comen las lagartijas. Has plantado el maíz en Estados Unidos o en Europa, lo has cultivado y lo has recogido, lo has llevado en avión y allí se pierde. O la leche en polvo o lo que sea. ¿Por qué? Porque no se piensa. Y hay que pensar. Pide mucho usted. Yo no pido pensar. Yo sólo pido que escuchen cuando pienso. No le estoy pidiendo a los políticos “piensen ustedes la manera de solucionar eso o de impedir, como estamos ahora, que los subsaharianos se ahoguen cuando vienen”. Que se han ahogado tres mil quinientos el año pasado en el Mediterráneo. No les pido que lo inventen. Yo se lo digo cómo impedirlo. Hágalo. ¿Qué ha pasado con esto? Han venido algunas sociedades de estas, se han llevado las cosas para probarlas, pero no está habiendo una ayuda de verdad. Aunque pusiera aquí “Beba Coca-Cola” dáselo a esa gente, dales algo que les pueda ayudar. Quizás no interese acabar con el hambre y la miseria en África. Todo el mundo se está quejando de que tenemos una invasión de subsaharianos, que no sabemos qué hacer con ellos. Y luego estamos sufriendo un ataque de los islamistas, que van a acabar con todos nosotros. ¿Cómo no un señor que está en el desierto y que ve que el mundo le está abandonando, y vienen unos islamistas y le dicen que su solución es coger un rifle, una metralleta, y cargarte a todos estos tipos? Que, además, el islamismo es para ellos una religión tan fácil de entender. ¿Tú crees que a un señor que está en el centro de África, pasando hambre


y miseria, vas y le dices que resulta que en la religión católica el padre, el hijo y el espíritu santo es el mismo Dios? Un momento, “¿y si voy al cielo, qué pasa?”. Allí estarás sentado con el padre, la madre, el espíritu santo. Vaya un muermo, ¿no? (risas). ¿Y el otro? Si tú vas al cielo, unas tías de puta madre, vírgenes todas, jovencitas, todas para ti, para que te bailen. Suena más divertido. Luego la gente se queja. Para usted, que ha vivido en África, que ha vivido con leprosos. Incluso creo que los caníbales llegaron a comerse a un amigo suyo.

“Yo no pido pensar. Yo sólo pido que escuchen cuando pienso. No le estoy pidiendo a los políticos “piensen ustedes la manera de solucionar eso o de impedir”, como estamos ahora. No les pido que lo inventen. Yo se lo digo cómo impedirlo. Hágalo.”

Todo lo que vio en África, ¿cómo le ha marcado? A día de hoy, ya pasados los No, no, no eran caníbales. Fue a este años, ¿qué sigue significando África para (aquí nos señala una fotografía en la que usted? aparece él junto a un hombre africano joven, Para mí es mi continente. Yo sólo soy de tomada sin que mirasen a la cámara, observando hacia delante con gesto serio). Y no dos continentes, África y América del Sur. En uno viví veintitantos años y en el otro catorse lo comieron por caníbales. ce. Todo lo que ocurre me afecta. Sigo esCreo que fue más por un rito religioso. cribiendo sobre ello, sigo intentando hacer algo. Sigo inventando cosas. Pero cada día Es ese mismo, Ash. Era un hombre muy eso evoluciona, cambia. Nadie había oído fuerte, muy valiente. Y, sobre todo, un gran hablar del coltán y un día dices “esto es el cazador. Y tenía mucho éxito con las mujeres. coltán”. Gracias a dios se acabó esa guerra. Y entonces, parece ser que los de su pueblo Cuando escribí Los ojos del tuareg todo el lo mataron para comerse el corazón, porque mundo se metió conmigo porque atacaba el de esa manera cogerían la fuerza. Fue en París Dakar. Dije que aquello era el crimen Camerún. Fue un escándalo muy grande. del siglo. Salió ese libro y a los tres años proEra un tipo cojonudo. Este fue que un día hibieron el París Dakar. El Papa dijo que lo que estábamos hablando, estábamos vien- que salía en ese libro era verdad. Que por do los buitres y todas esas cosas, yo estaba qué había que ir allí a joder a la gente. Que el pensando que fíjate que los buitres vuelan que quiera correr que se vaya al coño de su para atraer a otros buitres, ¿no? Eso no es madre a correr. No lo dijo con esas palabras verdad. ¿Qué te crees? ¿Qué esos buitres pero era lo que yo decía. ¿Quieres correr? están para compartir? No, no. Estos buitres Corre en una pista, mátate en una pista, lo están volando así para decirle a los leones que sea. Pero no vengas aquí a destrozardónde hay un animal herido, para que el león le todo a esta gente, a beberte el agua de venga y lo mate, y ellos se lo puedan comer sus pozos, a quitarles el agua de los pozos, también (risas). No están llamando a otros, a echar el agua a los radiadores, a lavar tu están diciéndole a los leones “aquí, a este, carro y a tirar ahí toda tu mierda y a matar a que está jodido” (risas), “que está enfermo, la gente que pase y a pasar por los campos que está herido”. Este hombre fue el que me de cultivo echando leches. Joder la que se armó. Y se suspendió. Y me siento muy orlo contó. gulloso.

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Imagino que la conciencia ecológica en Si ha visto la prensa habrá visto que aquella época no estaba como ahora. muchos jueces están cansados de denunciar que la ley en España está hecha Eso no es ecología, eso es humano. Hay para castigar al robagallinas, no al coque tener en cuenta una cosa. Ahora se habla rrupto. Eso es lo que hay que cambiar. mucho de la ecología y de la conservación Pero bueno, yo creo que puede ser mitad del planeta. Pero vamos a preocuparnos an- y mitad. Cuidar el planeta y al ser humates de la conservación del ser humano. Todo no. Creo que como especie damos para el mundo quiere proteger el planeta y hacer las dos cosas. Creo que el problema viecosas grandes sobre el planeta. ¿Y el pobre ne siendo de voluntad. Quisiera hacerle hombre que está muerto de hambre en la es- la última pregunta. Ha sido usted corresquina? ¿Y el viejito al que le han quitado sus ponsal de guerra en varios sitios. Quería ahorros y se los ha llevado el señor presi- preguntarle si cree que es verdad la frase dente del gobierno? Preocúpese de ese, no famosa de que el hombre es un lobo para del calentamiento global. El calentamiento el hombre, y que no tenemos futuro como global no está en tus manos arreglarlo. Pero especie por nosotros mismos. el calentamiento humano de la persona que tienes cerca y la puedes ayudar, esa sí, o de cagarte en el padre del que le ha jodido. ¿Cómo se puede consentir que un tipo esté acusado y se pidan varios años y una multa “Ojalá el hombre fuera de doscientos millones y salga de la cárcel y se vaya a esquiar a Baqueira Beret? Yo no un lobo para el hombre”. he podido ir a Baqueira, a un chalé de lujo en mi vida, y mira que he trabajado. Mira, ojalá el hombre fuera un lobo para el hombre, porque, salvo raras excepciones, el lobo sólo mata aquello que necesita en el momento para comer, y el resto lo deja para el día que tenga hambre. El hombre no. El hombre mata, destroza, todo lo que se puede comer y no se podrá comer en mil años. El hombre es diez mil lobos para el hombre. Normalmente el lobo mata lo justo. El ser humano no. Un señor roba, destruye lo que no podrá consumir él ni toda su familia. Avaricia. Y hace daño por hacer daño a los demás. Hay gente que disfruta. Mata lentamente. Un lobo, o cualquier animal, mata con rapidez. No le queda más remedio, mata. Yo era un gran admirador de Hemingway, hasta que un día leí en una novela suya, Verdes colinas de África, como él le dispara a un búfalo. Pero le dispara a los pulmones, con la intención de verlo sufrir y ver cómo va muriendo lentamente, y poder describir la agonía del búfalo. Yo no vuelvo a leer a este hijo de puta en mi vida.

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Era un gran taurino. Yo cuando he tenido que matar en África, he matado mucho. Por obligación muchas veces, porque había muchos elefantes o porque tenía que comer, lo que procuras siempre es matar de la manera más rápida y eficaz posible. Y que aquel bicho sufra lo menos posible. Hay gente que va a África a matar por placer. Por eso ojalá el hombre fuera un lobo para el hombre.

Después de la entrevista me quedo charlando con él mientras me firma unos cuantos libros, con la sensación de haber conocido a alguien con una vida envidiable y con un regusto amargo por lo corta que se ha hecho la hora que he pasado con él. ENTREVISTA , AITOR HERAS

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4 de agosto de 1578. El rey Sebastián I de Portugal es dado por muerto tras sufrir una derrota aplastante en Alcazarquivir a manos del ejército del moribundo jarife Abdelmalik. Cuatro meses después, el ataúd que contiene sus restos mortales llega a la ciudad norteafricana de Ceuta. Todos lloran la muerte del monarca menos Alonso Teixeira, un superviviente de Alcazarquivir que afirma haber visto a Sebastián con vida después de la batalla. Es entonces cuando una misteriosa organización le ofrece unirse a la tripulación de la Cruz do Sul, la carabela del Duque de Alandroal, para localizar al rey desaparecido, rescatarle y devolverle su corona. Pero no son únicamente ellos quienes buscan a Sebastián: Andrea Gasparo Corso, un implacable agente al servicio de Felipe II, y su brazo ejecutor, Urko Aguirre, intentarán por todos los medios frustrar los planes de esos iluminados que se llaman a sí mismos sebastianistas. Muy pronto, ambas facciones entrarán en un juego cuyo único final es la muerte. Viaja de la mano del autor de “El secreto de Boca Verde” a través de 25 años de guerras, amistad, romance, intrigas y traiciones. Desde los campos de Berbería hasta Lisboa, pasando por Ceuta, Gibraltar, Sanlúcar y Madrid, acompañarás a Alonso Teixeira, a su fiel amigo Tomás O’Donnell, a fray Antonio Expósito y a la tripulación del duque de Alandroal en una travesía llena de peligros, donde conocidos personajes históricos se mezclan con otros ficticios en una trepidante ópera cargada de sorpresas.


Alberto M. Caliani nace en Ceuta, en 1963. A los tres años aprende a leer y a escribir solo, sin ayuda de padres o profesores, gracias a un programa de televisión, por lo que podemos afirmar que es un autodidacta nato. En los 80, aparte de dibujar cómics, escribe en calidad de redactor en las hoy desaparecidas revistas «Staffel» y «Star Kits», así como algún trabajo esporádico como colaborador en «Modelismo e Historia». Su primera obra publicada es el thriller de aventuras «El secreto de Boca Verde», con la que obtiene el premio Pandemia 2013 a la mejor novela de ficción y llega a ser número 1 absoluto de Amazon.es, obteniendo el reconocimiento de público y crítica. En 2014 recopila sus relatos de terror en la antología digital «No apagues la luz». Así mismo, participa con relatos en varias antologías, entre otras en «Historia se escribe con Z», «Érase una veZ» (ambas de Kelonia Editorial), «No eres bienvenido», «Fantasmas, espectros y otras apariciones» (La Pastilla Roja Ediciones) y «La hora de la Bella y otras historias para leer en Navidad». El libro que tienes en tus manos, «La conspiración del rey muerto», es su segunda novela. PUBLICIDAD EL IDIOMA DEL MIEDO Facebook: AQUÍ Twitter: AQUÍ Blog: AQUÍ


alberto g贸ngora

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Ilustrador. Nace sin estrella un martes 13 , en la planta 13, sobre las 13:00, una tarde de Agosto de 1985 bajo un sol abrasador en Madrid. Fue un niño tímido y larguirucho que dibujaba cosas, recordando con cariño a una profesora de primaria que le quitaba sus dibujos en mitad de la clase, descubriendo tiempo después que esta misma profesora se los guardaba todos en una carpeta, incitándole a que siguiera dibujando… Devoraba por la noche los libros de terror juveniles “Pesadillas” de R.L. Stine, imaginando y soñando lo que sería dar vida a esos personajes protagonistas. Años después se convirtió en un adolescente tímido y larguirucho que seguía dibujando cosas. Fue madurando su técnica de pintura, realizando pinturas al óleo, retratos, caricaturas, encargos particulares... Trabajando a su vez como operario en fábricas y laboratorios, de las cuales se llevaba unos cartones satinados para pintar sobre ellos, realizando varias exposiciones después en locales y bares de Madrid de estos mismos cartones. Poco a poco fue convirtiéndose en algo más que un hobby. Es en 2011, cuando, siendo un adulto tímido y larguirucho que seguía dibujando cosas, empieza sus estudios profesionales de ilustración, de la mano de grandes maestros e ilustradores como Juan Serrano, empezando a dominar y complementar las técnicas tradicionales de ilustración como gouache, acrílico, lápiz de color y acuarela, con las técnicas de pintura digital. Convirtiéndose de esta manera en un ilustrador completo y versátil, en continuo proceso de evolución y aprendizaje. Tratando de participar en todas las disciplinas artísticas y aplicaciones como sea posible: editorial, naturalista, ambientaciones, props… En 2013 realiza un cartel de cine para un proyecto de película argentina de terror clásico ¡Vivan los Muertos!. Consiguiendo publicaciones en la revista colombiana “Acine”, y gran difusión. En 2014 gana el concurso de ilustración al mejor cartel de San Valentín de Salamanca, con su obra digital “Madman Cupid”. Convirtiéndose actualmente en su actividad profesional, realiza trabajos para publicidad, story board, concept art, editorial… FACEBOOK DE ALBERTO AQUÍ BLOG DE ALBERTO AQUÍ

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una DE DETECTIVES ALEJANDRO MORALES GOTHAM CITY O EL RETORNO DE BATMAN A LA TELEVISIÓN

Nunca me he acercado demasiado al mundo del cómic o tebeo. Será que no tengo la paciencia ni la constancia para seguir entrega tras entrega las aventuras de determinado grupo de personajes, las cuales muchas veces se expanden y retuercen hasta límites insospechados y confusos. Quizá por eso soy más de lo que se suele llamar Novelas Gráficas e historias autoconclusivas. No obstante, debo admitir que siento cierta atracción hacia la figura de Batman, y no tanto por él, sino por ciertos elementos de su Universo (como el Joker, uno de mis personajes favoritos de la ficción en general, el asilo Arkham y la misma ciudad “Gótica”). Aunque no deja de tener muchos de los elementos exagerados y rimbombantes que hacen del cómic lo que es, las historias de Batman, al menos las que tienen un antagonista con interesante trasfondo y gran desarrollo, son buenas narraciones policiacas con tintes noir que resultan muy atractivas para quienes gustamos de lo detectivesco. Cierto es que mucho de esto se pierde en las adaptaciones al celuloide y a la pantalla chica. La serie Gotham nos fue anunciada como una especie de spin-off de las andanzas del caballero obscuro, de las que aun profanos como yo tenemos cierto conocimiento previo, en la que presenciaríamos no sólo el surgimiento del héroe, sino también el de sus villanos y del contexto mismo en el que terminaran enfrentándose tarde o temprano. De ese modo y ya desde los primeros capítulos somos bombardeados con personajes que no tardan en mostrarnos algunos atisbos de lo que serán y que es fácil identificar. Algunos, aunque es claro que no se han desarrollado del todo, no dejan de resultar interesantes, como el caso de Oswald Cobblepot (el Pingüino), quien muchas veces carga con gran parte del peso argumental de la primera temporada, haciéndolo bastante bien, por cierto. Tal como me parece ocurre en el cómic, los villanos en la serie son mucho más interesantes y atractivos que los buenos, quienes parecen sólo estar de allí para motivar a los antagonistas y ser depósito de sus primeras manifestaciones villanescas. Dicho lo anterior, el protagonismo de la serie, en teoría, recae en el joven James Gordon, recién integrado al departamento de policía de Gotham, descubriendo casi al instante la plaga de corrupción y violencia que subyace bajo la metrópoli. 56


Gordon no lo hace mal, no sobresale especialmente, pero nos sirve como punto de inflexión alrededor del cual se van reuniendo personajes y situaciones que van creando los cimientos del mundo de Batman que todos conocemos. Debido a que todos los personajes de la mitología de Ciudad Gótica se encuentran en estado larvario, la serie recurre también a otras figuras, que por el hecho de no resultar familiares son un añadido necesario a la serie, pues dado su tono obscuro no resultaría muy convincente el estar continuamente presenciando las aventuras de un puñado de desequilibrados adolescentes. Uno de los puntos que más me agrada de la serie es que en ella hay diversos guiños, sin duda mi favorito fue la inclusión de un personaje de apellido Lovecraft, pequeño homenaje al maestro del horror, de quién el universo del caballero obscuro tomó el nombre de Arkham para su almacén de locura. Por desgracia, poco fue lo que pudimos ver sobre esa “casa seria”, en la que el batidetective tendrá algunas de sus mejores historias. Si lo analizamos fríamente, me parece que si Gotham logra triunfar como serie televisiva, de momento ya se ha confirmado una segunda temporada, lo hará en gran medida gracias a esos guiños e insinuaciones, pues no olvidemos que los acontecimientos que retrata ocurren décadas antes de que Bruce Wayne se ponga el traje. Para quienes ya hemos terminado de verla, nos queda claro que no se trata de una serie de superhéroes, del mismo modo, tampoco se trata de una serie policiaca al uso, pues lo quiera o no, y en esto puede radicar un hipotético fracaso, carga sobre sus hombros el peso de la mitología de Batman, así cómo la obligación de respetarla y desarrollarla con coherencia y respeto. Admito que disfruto ver la serie, pues aun con sus fallas y libertades tiene momentos puntuales de interés, entre los que cuento las luchas por el poder entre las diferentes mafias, los primeros pasos del heredero de los Wayne como detective, los vistazos al asilo Arkham y, por supuesto, la aparición del joven psicópata que algún día se convertirá en el delicioso personaje que es el Joker. No podemos negar que Batman y su entorno pertenecen a la larga y noble tradición del detective de ficción, y aunque en Gotham nada de esto ha terminado de cobrar forma, como obra de ficción no deja de tener atractivo.

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EL NIDO DEL PULP

(ANA MORÁN INFIESTA)

EL ARCÁNGEL DE NUEVA YORK

Siempre me han fascinado los antihéroes, los ambientes oscuros, los cultos extraños y las sociedades subterráneas; tal vez por eso, en calidad de lectora, me atraen personajes como el doctor Fu Manchu o La Sombra. Villano uno, justiciero el otro, sus historias siempre tenían un halo de fascinación y exotismo, y pasearse por el Limehouse o Chinatown era atravesar un portal hacia otro mundo. También, como obras hijas de su tiempo destinadas a un público poco selecto, muchas veces estaban impregnadas de elementos que hoy, en el mejor de los casos, consideraríamos políticamente incorrectas. El universo donde Arcángel, Joan Wang, imparte su justicia nació hace ya dos años, buscando crear un marco para las aventuras de la detective Diana Hunt, impregnado de misterio y exotismo, pero, a su vez, libre de tintes prejuiciosos. El mundo donde viven estos personajes no es, por tanto, el nuestro, aunque sigan existiendo Nueva York y personajes históricos como Orson Welles o el senador McCarthy. Es una realidad ucrónica y retrofuturista, donde los humanos puros (nosotros), conviven con zoomorfos —como los bast, humanos con genes felinos; lobisomes; vulpinos…) y los mestizos, quienes tienen una apariencia humana, pero conservan cualidades propias de su sangre más animalesca. En esta sociedad, donde se considera que el cuarenta por ciento de la población ha asumido la bisexualidad, abundan las sectas guerreras, entre las que destaca Zaresh, orden a la que Joan Wang fue consagrada el día de su nacimiento. La existencia de humanos no puros y las mencionadas sectas, cambió el curso de muchos acontecimientos históricos, así la Segunda Guerra Mundial no se produjo y la guerra civil española fue ganada por el bando republicano, también los indios americanos llegaron a firmar un tratado de paz con los colonos que les permitió vivir en las montañas, en lugar de en reservas muchas veces insalubres. Por lo demás, la maldad humana sigue existiendo, y contra ella combate Arcángel. Solo me queda, lector, desearte que disfrutes con esta aventura en la que nuestra heroína verá amenazado algo más importante que su propia vida.

En números anteriores: La justicia del Arcángel habia dictado sentencia. La batalla contra el crimen había concluído, pero solo aquella noche. Sin embargo, le esperaba una prueba mucho mucho más difícil y más importante que su propia vida: ayudar a Emily y liberarla de las manos de Alistar Rutheford.

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Tercera entrega II Le dolía la cabeza y aún se sentía mareada, intentó masajearse las sienes, pero no acertaba a mover los brazos. Las sogas se lo impedían. «¿Sogas?» Los párpados de la muchacha se despegaron de golpe. Un grito de angustia golpeó contra sus labios resecos. No estaba en un lugar que conociese, sino atada sobre un lecho de madera, con los brazos en cruz y las piernas atadas con los tobillos muy juntos. Sobre su cabeza, inmóvil, pendía una inmensa cuchilla. Y su cuerpo estaba aterido. Alguien le había quitado el vestido de seda verde, e incluso la ropa interior, para cubrirla con una túnica blanca, tan etérea que estaba segura transparentaba la sombra de sus pezones. Las sacerdotisas de Hechizo de Otoño no conocían el recato y, en su debut sobre las tablas, Susan Weston no había sido una excepción. —Veo que ya estás lista para comenzar la función —surgió una voz desde las tinieblas. De la oscuridad, surgió una figura enfundada en traje de noche; su rostro iba cubierto por una máscara blanca que solo dejaba a la vista la mitad inferior derecha del rostro. La máscara del Fantasma. Aun deseando sostener la mirada de los ojos ocultos tras la careta, Emily no pudo evitar girar la cabeza y contemplar la cámara de torturas donde se encontraba prisionera. Incluso bajo las luces tenues, podía adivinar el rostro severo de una doncella de hierro mirándola desde la pared derecha, al lado de un pebetero, apagado y lleno de largos hierros; en la pared opuesta, colgaba una colección de armas, la mayor parte medievales. Y no parecían imitaciones. —Siempre supe que mi afición a coleccionar objetos singulares podía serme útil —la sobresaltó la voz de su carcelero. El pulgar del Fantasma acarició el borde de un anillo en forma de sello, antes de abrir un compartimento secreto. Un truco de aficionado, y ella había caído en él como una vulgar damisela en apuros. Por segunda vez en su vida, se encontraba en una situación de la que no veía forma de escapar y esta vez no podía contar con que una guerrera de fascinantes ojos color jade fuese a ayudarla. Joan no conocía de horarios y compromisos cuando se enfundaba el traje de Arcángel, sobre todo si estaba sumergida en una misión. La captura del asesino de niños del Bronx se había convertido en una cruzada para la vigilante. Y aunque llegase al teatro... Nadie había visto a Emily entrar por la puerta trasera y nadie, ni siquiera su tío, había sospechado jamás que Alistair Rutheford no fuese un tranquilo y pacífico productor teatral. Menos aún habían dudado de que la proximidad de los cuarenta hubiese sumido a Susan Weston en un estado de melancolía tan intenso como para ser capaz de quitarse su propia vida. Incluso en esos momentos, siendo víctima de la locura de Rutheford, la heredera se resistía a pronunciar, aunque fuese mentalmente, la palabra «asesinato». —¿Por qué? —fue lo único que acertó a preguntar. Los labios del enmascarado dibujaron una sonrisa cruel. —¿Acaso no es el colofón perfecto para este drama? La muerte de la hija terminará con la maldición iniciada por su madre. La culpable de mi desgracia recibirá su merecido castigo. Los dedos del promotor acariciaron una palanca colocada a un extremo del cadalso. En esos momentos Emily solo acertaba a escuchar y mirarlo; ni siquiera se sentía capaz de reunir fuerzas para revolverse en sus ligaduras y no porque supiese lo inane de tal esfuerzo. Simplemente estaba paralizada. —Iba a privar el mundo de su talento. A abandonar el teatro después de la gira. «Salí por primera vez de gira dejando a una niña de dos años en la mansión familiar en Nueva Jersey y regresé para encontrarme con una mujercita de quince», me dijo —bramó indignado. Las lágrimas se escaparon de los ojos de Emily, mientras recordaba los momentos de su infancia en que su madre había estado presente. Habían sido muchos, la mayoría hermosos. Por más estrella del teatro que fuese, Susan Weston jamás había dejado abandonada a su hija. O al menos Emily jamás se había sentido abandonada. Incluso cuando su madre no estaba en casa, la había acompañado con sus

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llamadas de teléfono, con sus regalos, con sus cartas… —¡Dejar el teatro, por una maldita adolescente! ¡Una diva debe morir sobre las tablas, no convertida en una millonaria gorda y adicta a las pastas de té! Así que hice lo que debía de hacer. Me habría gustado realizar mi gran obra sobre el escenario, vestirla incluso con la túnica. Pero la policía habría notado la manipulación del cuerpo y ella podría haber sospechado de mis peticiones. Tuve que conformarme con usar el puñal de Hechizo de Otoño. »No se enteró de que había cambiando el puñal original que le había regalado hacía años por la copia. En los últimos tiempos había dejado a un lado la costumbre de abrir la arqueta para contemplar su talismán. Fue tan fácil... No se extrañó cuando entré a su camerino por el pasaje conectado con la Cueva, lo usábamos a menudo cuando buscábamos hablar a solas; tampoco cuando empecé a masajearle los hombros. Ni siquiera llegó a fijarse en mis guantes hasta que alcé el cuchillo y, entonces, ni todo su talento la ayudó a cambiar el transcurso de la trama. Las lágrimas corrían libres por el rostro de Emily. No dejaba de ver los ojos abiertos de su madre mirando el techo, su mano derecha cerrada sobre el mango del puñal, la arqueta de madera tallada, abierta y vacía... —Tú la mataste... —Por supuesto. Podía consentir que otros hombres la tocasen. Incluso era capaz de tratar con tu tío, a pesar de que veía factibles los rumores de que ese maldito loco impedido era en realidad tu padre eran ciertos. Pero que nos abandonase a mí y al teatro. Nunca. El empresario parecía tener preparado un discurso más largo; sin embargo, justo en ese momento nueve campanadas retumbaron en la sala, llamando por primera vez la atención de la prisionera sobre un antiguo carillón, oculto en una esquina. —¡Vaya! Me temo que he de atender a los asistentes al estreno. Pero no te preocupes, vendré a visitarte. Si esa amante tuya acude a la cita. ¿Deseas que le dé algún mensaje particular? Emily frunció los labios, intentando contener las lágrimas. —Tampoco tu madre fue capaz de decir nada cuando vio el cuchillo. Ahora, es momento de que empiece la función. Su mano hizo avanzar la palanca unos milímetros. Paulatinamente, la cuchilla inició un movimiento pendular descendente. —Tranquila. Tendrás tiempo para saborear el miedo. La cuchilla caerá cuando lo haga el telón. La escena que no conseguí, cuando mi deseo de adaptar a Poe se convirtió en otro proyecto perdido en la marea de Hollywood, la lograré esta noche.

—¿Puede mostrarme su pañuelo de bolsillo y sus gemelos? Joan dirigió una mirada de ironía al hombre calvo y ligeramente envarado que acababa de abordarla a escasos pasos de la entrada. Buscó en su gesto algún atisbo de burla, una sonrisa taimada, pero solo encontró seriedad y resolución —El señor Rutheford no permite que nada amarillo entre en el teatro —explicó con educada sonrisa profesional, al tiempo que alargaba la mano en su dirección. —En ese caso, a lo mejor yo no debería entrar en su querido teatro —contraatacó ella, pero el hombre se limitó a mantener su expresión educada, sin acusar la pulla. Sabedora de que una trifulca con uno de los trabajadores del Marrasco enojaría a Emily, mostró los gemelos color esmeralda y el pañuelo gris perla. Aun así, no logró refrenar su lengua por completo, cuando el empleado la correspondió con una sonrisa satisfecha y un tanto altanera. —¿Necesita también que le muestre mi ropa interior? —preguntó con falsa inocencia, añadiendo a sus palabras un guiño provocador.

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El rubor trepó por las mejillas del hombre hasta convertir su cabeza lampiña en una bombilla carmesí, digna del mejor lupanar de Nueva Orleans. —Creo que eso no será necesario —balbució, avanzando unos pasos, en busca de una nueva víctima. Aunque su huida no habría sido necesaria; apenas soltada su réplica, Joan se había adentrado en el patio de butacas, en busca de una encantadora heredera y un vestido de seda verde que dejaba el hombro derecho al descubierto. Pese a no haberse citado en punto alguno, no se le ocurría otro lugar donde Emily pudiese estar esperándola. El Marrasco no era un teatro suntuoso; seguramente su entrada fuese la más humilde de todo Broadway. Fuera de las escalinatas de entrada a los palcos y el entresuelo, su única decoración eran unas estatuas de mármol que reproducían con tosquedad nueve figuras femeninas que bien podían ser las musas canónicas. Carecía de café o lugar alguno donde tomar un ágape o bañar en champagne la indiferencia causada por la función; el único servicio ofrecido por el teatro era el de guardarropa. Al Marrasco se acudía a honrar el arte, no a socializar. Sin embargo, cuando llegó a la fila adecuada comprobó que la butaca de su amante estaba tan vacía como la suya. Intrigada, regresó al hall. Tal vez la heredera aún estuviese en el ajetreado guardarropa, peleándose con damas enjoyadas e intelectuales de falda de tweed por dejar aparcado su abrigo. Sin embargo, la única mujer con verdadero estilo con quien se encontró fue una periodista de la sección de cultura del Times. Joan intercambió unas palabras de cortesía con ella, sin dejar de preguntarse dónde podría estar Emily. No había acertado a ver su abrigo en el atestado colgador, tampoco localizaba a la joven entre los grupos que charlaban a la espera del toque de campana. A quien sí vio fue al hombre que podría darle una pista sobre el paradero de la heredera. Alistair Rutheford. Nunca había llegado a conocerlo en persona, pero el productor hacía honor a las fotos publicadas en prensa, donde siempre parecía un galán maduro antes que un empresario teatral. —Señor Rutheford —saludó—, me temo que no nos conocemos. Soy Joan Wang, Supongo que Emily le habrá hablado de mi. El hombre se limitó a hacer un gesto de asentimiento sin que emoción alguna se delatase en su rostro. —¿Sabe si Emily sigue aún entre bastidores? —preguntó, tratando de sonar casual. Ahora sí, en el gesto del empresario teatral asomó la genuina sorpresa. Sus labios dibujaron una sonrisa solo ligeramente condescendiente. —Me temo que señorita Weston no se ha pasado hoy por el teatro. —¿Está usted seguro? —Aún no estoy lo bastante viejo como para no acordarme de que he vuelto a ver a una muchacha a la que no veo desde hace una década —respondió el hombre con acritud—. Si lo desea, podemos preguntarle a Rogers. El conoció a la señorita Weston y estoy seguro que sabría reconocerla.

Continuará...

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renegado Novela Gráfica de JLF Caronte Sinopsis: Un viaje épico del cielo al infierno. Existe una dimensión denominada Génesis donde ángeles y demonios se enfrentan, crean sus guerras y labran alianzas secretas, sin saber realmente que sus actos rinden un objetivo mucho mayor. Según escribe el barquero Caronte, que se presenta como escriba de la saga. Se habla de una época definitiva que ya ha llegado, que de forma inescrutable da comienzo con el peregrinaje de dos figuras que en un principio apenas cobran significado, y su sentido se oculta entre la confusión de un nuevo cambio cíclico de proporciones apocalípticas. La historia se centra en un viaje a través del infierno, movido por el deseo de Niyara, un ángel desterrado del cielo, cuyo objetivo es el de encontrar una fuente denominada: La Fuente del Perdón, donde se supone que podrá hallar la clave para ser perdonada y regresar al cielo, purificada tras el sacrificio exigido que constituye el entero recorrido del infierno, también denominado infierno superior o infierno de los ángeles. En su caída dará con Issael, un ángel olvidado, que la ayudará a combatir las hostilidades del nuevo entorno al que se enfrenta, y finalmente se convertirá en su acompañante y guía mientras avanzan en su aventura a través de una tierra cruel que les espera y desafía, plagada de enemigos e inesperados aliados.

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SOBRE EL AUTOR J.L.Fernández Caronte (Javier López Fernández) nació en Madrid una fría mañana de invierno, el cuarto día, en el mes del crisantemo, el noveno del antiguo romano y el undécimo gregoriano en el año 1984. Desde que sus manos obtuvieron la potestad suficiente no se negó el privilegio de plasmar en papel, y mas tarde en digital también, las ideas y visiones que posteriormente constituirían un nutrido complemento para sus historias. A cada página en blanco una nueva oportunidad para rendir culto a la imaginación. Estudiante mediocre siempre en lo establecido, pero notable moralista y acérrimo buscador de sabiduría en cada libro, experiencia vivida, y conocimiento impartido por personas con grandes capacidades, que quisieron sembrar multitud de valores y artes en su ser. Salió preparado como preimpresor del colegio salesiano Ciudad de los Muchachos de Vallecas, y en parte, también como diseñador y maquetador por su manejo en diversos programas de ordenador. El mundo del cómic siempre le ha motivado con intensidad, sobretodo por su formato al contemplarlo como conducto ideal para reflejar todas sus historias de manera mas gráfica y precisa, decantándose finalmente por la información en bruto que transmite la imagen, que tiene en cuenta la formidable aliada que es la literatura. Enlace a su página de FACEBOOK Enlace a su TWITTER Página del artista y de la obra WEB

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renegado

Novela Grรกfica de JLF Caronte 65


NOVELA GRÁFICA EMPIRE OF THE DEAD

George A. Romero. Un nombre que evoca una única y terrorífica imagen en todas las cabezas: zombis. Fue en la década de los sesenta cuando “La noche de los muertos vivientes” llegó a la gran pantalla e impactó con fuerza en la gente. Película rodada con bajo presupuesto y en blanco y negro, que no obstante abrió la veda a uno de las figuras de terror cuya evolución hasta nuestros días ha sido más que notable. Estos cadáveres andantes han hincado sus dientes en todos los aspectos que nos rodean, ya sea en el mundo del cine con una miríada de películas, pasando por diversidad de libros, novelas gráficas y cientos de productos de merchadising. No hay duda de que el sr. Romero creo un icono cultural que ha engendrado un número de seguidores que crece con el paso del tiempo. El zombi torpe de pasos 66

atolondrados que pudimos ver en el gran éxito de taquilla de 1968, ha mantenido su idiosincrasia principal, aquella que tanto morbo despierta en nuestro interior y que hacen de este ser tan atrayente. Hablamos del más puro instinto de alimentarse y matar, extendiendo de esa forma el virus entre la población y convirtiendo el planeta en un coto de caza donde los pocos y afortunados supervivientes luchan por permanecer un día más vivos. Hoy en día, los espectadores son una masa exigente y hecha a todo, lo que obliga a este género a reinventarse


constantemente, con el riesgo de caer en la repetición y en los absurdos clichés que acompañan a este tipo de películas. Con suerte, directores y autores de gran talento ponen sus miras en los muertos vivientes, deleitándonos con obras maestras y dar una vuelta de tuerca a algo que parece en un principio imposible de girar más. Por la otra parte, los fans acometen todo tipo de actividades con los que mantener vivos y actualizados a estos devoradores de carnes. Marchas zombis, talleres y convenciones sobre este tema.... está claro que lo que engendró George A. Romero ha tenido múltiples ramificaciones en el tiempo y el espacio. No podemos evitar ver su nombre plasmado en algún sitio y brincar con la ilusión de ver que nos deparará ese producto tras el que está esa demente y prolífica cabeza.

Uno de esos productos mencionados no es otro que el que nos ocupa ahora mismo. Un tomo de tapa dura anaranjado que podría pasar por cualquier otro de esos que adornan una balda de la estantería, pero que una vez abierto y visionado se cuela hondo en nuestro cerebro para no dejarnos conciliar el sueño y mirar de reojo por la noche hacía aquella puerta entreabierta. Una magistral historia salida de los recovecos mentales del padre por antonomasia del género zombie. Una novela gráfica

tan bizarra y sangrienta, que no es de extrañar que al acabarla veamos pequeños regueros de sangre chorreando por las palmas de ambas manos. George A. Romero guioniza este descenso a los infiernos, donde es obligado portar crucifijo y una remesa de balas si queréis llegar vivos a la página final. La historia nos traslada a un Manhattan en cuarentena, donde la plaga de muertos vivientes está a duras penas controlada y los supervivientes se hacinan como pueden en las zonas seguras, usando como divertimento principal las luchas de gladiadores con los devoradores de carne como protagonistas. Fuera de esas citadas zonas, los zombies pululan a sus anchas, llenando de gemidos el ambiente y arrastrando sus decrépitos pies en busca de descuidadas presas. Lo que los humanos desconocen es que los zombies están empezando a evolucionar, volviéndose más listos e intuitivos. Para rematar, unos acechantes vampiros esperan su oportunidad de controlarlo todo. La guerra es inminente y la escasa humanidad se encuentra en medio de la futura confrontación entre no-muertos contra no- muertos. Alex Maleev se encarga de plasmar este evento con su toque oscuro y dantesco. Cada viñeta es un ejemplo de que el terror más puro puede generarse a través de un dibujante con un talento sobresaliente como es el que aporta Alex. Un acólito perfecto para la intrincada y demente cabeza de George A. Romero, quien procura que nuestros días de felicidad y seguridad queden hechos añicos al ponerle el ojo a esta joya del mundo del cómic. DAVID CARRASCO

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RELATOS A OSCURAS RAVEN PINK 22 de Noviembre de 2013 Mi nombre es Jennifer Astron, tengo 28 años y sufro Esquizofrenia paranoide desde hace unos meses. El Doctor Jepson me ha aconsejado que para mi recuperación escriba en esta especie de diario todo lo que pueda ser digno de mención en la consulta, que será una vez por semana durante dos meses, y que yo considere que me puede estar afectando. Además debo de continuar mi recuperación ayudada por los fármacos que me ha recetado. Bien voy a ello…. 23 de Noviembre de 2013 Hoy me encuentro bien, creo que va a ser un buen día. 24 de noviembre de 2013 He recibido la visita de mi amiga Anne, es estupenda me anima mucho. Al final del día he tenido pequeñas nauseas que son debidas a la toma de la Quetiapina de lo que ya he sido informada por el Doctor. 25 de noviembre de 2013 Está siendo un día estupendo XDXD … Son las 10:32 de la noche, no me encuentro muy bien. Tengo muchas nauseas y he comenzado a sangrar abundantemente por la nariz. He tardado mucho en cortar la hemorragia y me encuentro cansada. Siento mucha opresión en el pecho, como si tuviera un peso encima. No puedo respirar muy bien. Llamo a mi madre.

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27 de noviembre de 2013 Me han salido unas erupciones en la zona de las muñecas y tengo mucho picor. De noche no me encontré bien. He notado algo a mi lado que susurraba. No me gusta que esté aquí. He vuelto a sangrar. Mañana tengo cita con Vd. 2 de Diciembre de 2013 Día tranquilo. […] Eyyyyyyyyyy Doctorrrrr Se que me mira. Se que le gusto, lo he visto en sus pantalones. Le pongo mucho verdad Doctor? Estoy acariciándome los pezones para Vd. Doctor. Le gustaría follarme?...Lo se También se que se masturbó pensando en mi . Lo vi. En el baño de su consulta en cuanto salí de ella, bajó sus pantalones y se alivió con ganas. Y veía mis piernas abiertas .. y yo me mojo para Vd XDXDXDXD 4 de Diciembre soysoysoysoysoysosysosysoysoysoysoysoysoysoysosysoysoysoysoysoysoysoysoysoy soysoysoysoysoysosysosysoysoysoysoysoysoysosysosysoysoysoysoysoysoysoyso soysoysoysoysoysosysosysoysoysosysosysosysosysoysoysoyosyossyosysoyosyosy soysoysoysoysoysosysosysoy soysoysoysoysoysosysosysoy Miércoles de mierda. Se que está aquí, lo noto, lo huelo. Me habla a gritos en mi cabeza y me cuenta cosas malas de mi madre. La he llamado y se lo he dicho y le he gritado que no quiero verla, me da mucho el coñazo. No la soportorrrrrrrtooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo oooooooooooooooooooo 8 de Diciembre Llevo tres días sin salir de casa, no me dejaaa, y yo le chillo y me golpea fuerte. Se que ha sido él , tengo cortes en mis brazos y me duele mucho. Me grita que soy una mierda y que salte yaaaa. […] 15 de Diciembre Estoy en la clínica ingresada desde hace unos días. Por lo visto la policia avisada por los vecinos que oían gritos entraron en casa y me han traído aquí para otra evaluación. Me han subido la dosis …

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El sigue estando a mi lado. Me susurra en el oído cosas que me ponen guarra.

16 de Diciembre Ha venido a verme el doctor. En cuanto entró me abrí de piernas y le enseñé todo lo que él quería ver… Le gustó, lo se. Mientras me tocaba permaneció frente a mi sin desviar su vista de mi cuerpo.. 17 de Diciembre El Doctor llegó pronto esta mañana. Le esperaba sin el camisón y no tardó un segundo en poseerme con furia, a cada embestida respiraba en mi oído con rudeza, manoseaba mis nalgas, lamía mis pechos con avidez…le dejé hacer hasta que me aburrió…. Ahora está sentado ahíiii mirándomeee con sus ojos fijosss, y yo le susurro que lo voy a comer despacito, a lamer cada rincón de su cuerpo, a beber esos hilitos de liquido espeso que le salen de su cuello…

Y no me dice nada… A ratos le tiembla una mano con movimientos espasmódicos… Se que no se chivará. Me he quedado con su lengua.

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MADRES LIBERTO ALCÁZAR Con la ayuda de dos de las hermanas la joven novicia fue despojada de su hábito. Cuatro decenas de ojos y los enfermizos muros del monasterio fueron testigos de su desnudez. Mientras, azorada y aterida por el frío, la muchacha temblaba bajo la curiosa mirada de las allí presentes. Una de ellas, la más anciana, se le acercó. La vieja, de figura enjuta y famélica hasta la desfachatez, se asemejaba a un esqueleto que se perdía entre los pliegues de su propio hábito. Sus ojos, cráteres gemelos de oscuridad abisal, emergían sobre sus mejillas, consumidas y preñadas de arrugas, clavando su mirada en la temblorosa muchacha. Cohibida, la novicia agachó la cabeza hacia el frío suelo de granito hasta que notó en su mentón la mano larga y nudosa de la vieja; era como la garra de una rapaz que aferraba su mandíbula hasta enfrentar de nuevo su vista con aquellos ojos inquisitivos. —Ha llegado el momento —anunció la anciana con tono solemne. La novicia, que llegado ese instante temblaba más por el miedo que por el frío, asintió. En procesión fue conducida por el sequito a través de los pasadizos descendiendo centenares de escalones hasta llegar a las oscuras mazmorras. El ambiente gélido había desaparecido para dar paso a un calor asfixiante, tanto que la muchacha dio gracias de encontrarse desnuda. Allí, en las entrañas de la abadía, la roca quemaba y de entre los muros heridos por la aluminosis parecían escapar tóxicas humaredas que hacían chisporrotear las antorchas. Finalmente llegaron al límite del subsuelo y atravesaron un angosto pasadizo de piedra que desembocaba en un vasto portón de roble macizo. Había llegado el momento de profesar el último de sus votos; aquel mediante el cual demostraría la fuerza y madurez de su auténtica fe, aquel mediante el cual sería merecedora de pertenecer a la congregación. Algo desde el interior abrió el portón dejando escapar desde sus entrañas un tufo que provocó arcadas en la muchacha. Entonces los escuchó. Escuchó sus bramidos, sus jadeos, sus incoherentes vocablos formando extrañas frases en lenguas muertas que llevaban sin pronunciarse desde tiempos remotos. Con paso flemático, el mismo con el que un reo sube al cadalso, la joven novicia se encaminó al oscuro umbral que en ese momento se le antojaba similar a las fauces de una enorme bestia. Atrás quedaron el resto de hermanas y novicias; muchas de las cuales tarde o temprano sufrirían su misma suerte. Una vez dentro de la mazmorra el portón se cerró tras de sí dejándola a merced de las tinieblas opresoras. En ese punto, el hedor ya resultaba terriblemente exasperante. Caminó a tientas pisando con sus pies desnudos la alfombra pastosa que parecía extenderse por todo aquel inhóspito lugar hasta tropezar con algo que la hizo caer a la emporcada superficie. Se trataba de un cuerpo inerte que la muchacha no tardó en reconocer. Eran los restos de Margaret, su predecesora en aquel lugar. Margaret, al igual que ella, llegó allí con la intención de profesar el último de sus votos; pero al parecer no contó con el visto bueno de ellos. Ellos, los que bramaban en la tiniebla, ahora mudos, que seguían observándola con curiosidad. Presa de un escalofrío que la heló hasta la medula, la joven se irguió de un respingo presta a abandonar aquel pudridero. De ninguna manera su cuerpo acabaría como pasto de gusanos compartiendo su eternidad con Margaret. Tenía que huir de ahí. Alcanzó el portón y comenzó a golpearlo sin prestar atención a la madera que se astillaba en sus manos haciéndola sangrar. Entonces volvió a escucharlos. Ahora reían. Se mofaban de ella.

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Y también pudo verlos. Sombras de siluetas imposibles agazapadas en la penumbra la observaban con ojos iridiscentes como antorchas. Cerró sus ojos y chilló. Gritó con todas sus fuerzas hasta que sintió que se le quebraba la garganta. Luego llegaron las garras de tacto escamoso que se aferraron a su cuerpo, magreándolo y explorándolo, notando una hueste de garfios violadores abrirse paso entre sus nalgas hasta hundirse en su sexo virgen. Abrió los ojos y observó horrorizada una horda de criaturas de apariencia tan grotesca que parecían sacadas de la más demente de las pesadillas. Seres fantásticos en demasía para resultar creíbles, y creíbles por no ser menos reales que los gusanos necrófagos que devoraban el cadáver de su predecesora a escasos metros. Uno de ellos la sujetó con fuerza, tenía un torso pétreo y de su cuello cercenado aparecía una extraña llama a modo de cabeza. Mientras, otros más pequeños, con forma de arácnidos, trepaban curiosos por sus muslos desnudos. Los había que poseían cuerpos de animales y cabeza humana, otros con cuerpos humanos y cabeza de animales; como los ancestrales dioses egipcios. Algunos corpóreos, otros, como emanaciones gaseosas, parecían difuminarse por momentos entre la negrura. Decenas, quizás centenares de bestias abstractas que pugnaban por tocarla. Luego sintió algunas de sus lenguas lamiéndola; apéndices tan largos como serpientes que la ensalivaban y saboreaban hasta que, finalmente, sus enormes máquinas reproductoras, erectas y sedientas de vejarla, comenzaron a cumplir su cometido. La violaron en posturas acrobáticas e imposibles con tanta furia que a cada embestida sentía crujir sus vértebras. Durante horas se sintió desfallecer por momentos perdiendo la sensibilidad en sus genitales que ya ni los sentía arder al recibir la pastosa simiente de decenas de miembros fálicos. Una de las hermanas más ancianas, que hacía guardia a la salida del portón, fue la primera en dar la voz de alarma cuando este volvió a abrirse. Trotó, con un vigor impropio de su avanzada edad, hacia la capilla donde el resto de las mujeres se encontraban sumidas en la oración. Allí las puso al corriente del suceso. Todas sin excepción descendieron de nuevo a las mazmorras para encontrarse con una imagen dantesca. Las tinieblas de aquel improvisado averno vomitaron algo parecido a lo que una vez fue una joven lozana. Su piel, otrora blanca, tan sólo era un efímero recuerdo pues, al igual que su inocencia, le había sido prácticamente arrancada a tiras. Inocencia y piel; dos de los tributos que algunas de las novicias debían pagar en ofrenda. Parecía imposible que alguien en su estado pudiera mantenerse en pie y, aún menos, caminar. Pero sí que caminaba. Con avance plomizo, dejando en los suelos de piedra una impronta de sangre a cada paso, aquella criatura totalmente desollada se acercó al grupo de monjas que la contemplaban incrédulas; era como ver una imagen sacada de un libro de anatomía, luciendo al aire un mapa de músculos desnutridos, cartílagos y arterias. De entre todas las monjas, la más anciana dio un paso al frente portando una daga en su diestra que no dudó en colocarla en el cuello de aquel despojo humano. Mientras, con la zurda, la vieja palpó el crudo vientre. No había lugar a dudas, aquel palpitaba al moverse algo en su interior; algo que evidentemente no era humano. —Está en cinta —aseveró la anciana madre mientras apartaba la daga de aquella grotesca efigie. La joven soltó una triunfal carcajada y, desfallecida, cayó al suelo de rodillas. Todas las presentes auparon su mutilado cuerpo entre vítores a la par que comenzaron a besarlo y lamer su sangre. —Enhorabuena —continuó la anciana— has superado el último de los votos y, es más, no sólo has sido elegida como hermana de nuestra congregación, ahora también eres madre. Tu noviciado, tu piel y tu virginidad han quedado en la mazmorra. Sí, era consciente de ello. Desde que llegó al templo de La Congregación de las Hermanas Impías del Oscuro Corazón de Abadón había anhelado con un fervor enfermizo la llegada de ese momento. Pronto, de su vientre, nacería un vástago de aspecto inhumano que se gestaría con premura en sus entrañas alimentándose de ellas. Con suerte sobreviviría al parto, aunque en el fondo sabía que muy pocas madres de la congregación lo habían logrado; el alumbramiento de un demonio poco o nada tenía que ver con el de un niño humano. Iría a visitarlo a la mazmorra para verlo crecer y alimentarlo con su propia carne; incluso, llegado el caso, calmar su sed de lujuria. De esta manera, el infernal fruto de sus entrañas, en la penumbra de su morada subterránea,

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aguardaría el momento del advenimiento del rey de los infiernos, Abadón, y lucharía a su lado, junto a todos sus hermanos, hasta erigir los cimientos de la nueva Babilonia; arrasando a las huestes del Hijo del Hombre para tomar lo que les pertenecía por derecho. Así, aquel día, la congregación recibió con júbilo la noticia del futuro alumbramiento de un nuevo demonio. “…Tienen colas parecidas a escorpiones, y aguijones; y en sus colas está su poder para hacer daño a los hombres…Tienen sobre ellos por rey al ángel del abismo, cuyo nombre en hebreo es Abadón, y en griego se llama Apolión.” Apocalipsis 9-11

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JORGE Y EL MIEDO MIMI ALONSO Dicen que lo más aterrador no es el miedo, es la anticipación al hecho, el cálculo que la mente, sabiéndose en peligro, imagina con el gran número final. Así sucede que muchas mentes llegan a tales umbrales de miedo renegando de la vida real entre terroríficas escenas de que lo que pudiera ocurrir, si llegado el caso se perdiera el control, y uno saliera de casa si esas pastillas mágicas que devuelven al mundo su orden establecido. Fobias, pesadillas, terrores nocturnos, ¿qué quita el sueño a quienes envidiamos o consideramos afortunados?, ¿son valientes por ciencia infusa? ¿No? ¿Por qué, entonces, enfrentan a la muerte; viven sin miedo a nada? Jorge no es uno de ellos. Él es un universitario –estudia ciencias políticas-, y en estos momentos pasa por la peor etapa de su vida. A un año de terminar la carrera, se ha dado cuenta de lo desafortunada que fue su elección. Despegando los párpados tras un sueño tórrido esta mañana de abril, todo se ha ido al garete porque ha desperdiciado el tiempo, los mejores años de su vida, su dinero y todo su esfuerzo para nada. Su convicción de ayudar a la gente se ha visto apaleada por la crisis a que se enfrenta. Tiene veintidós años, y ya no quiere existir. ¿Cómo ha sucedido esto, tan de pronto?... Obviamente, está relacionado con una chica. Hace dos noches Jorge quedó con amigos de la carrera, iban a tomar unas copas en la cervecería más barata del barrio. Había partido. Daba igual a qué carrera se hubiera matriculado uno, porque la charla no era lo más buscado esa noche. Lo humano y lo divino quedaban cegados bajo el rótulo verde anunciando cerveza fresca, mientras el microclima de aquel bar se iba enrareciendo. La gente que se acerca tanto a las nueve de la noche en un bar con pantalla led, lleno hasta la bandera, sin duda quiere apelar a tu humanidad –o calentura, depende-, para conseguir un buen sitio donde disfrutar el partido, aunque sea a tu lado. Son tres chicas, dos morenas y una rubia. Entre las morenas hay una de escote generoso que super hablar sin super parar de su super novio. Al instante los tres asimilan que si la noche se alarga, van a tomar algo, y surge, uno pasará la mano por la pared, o rezará para encontrar tema antes del cierre. En cuanto se pita el final de partido, es la rubia quien coge su bolso primero. El marcador solo deja satisfecho a unos pocos, los otros sienten la imperiosa necesidad de mentar madres ajenas, motivo por el que Jorge, más de debate que de puños, decide ofrecerse y acompañar a la chica fuera del bar. Se llama Leire, lo ha dicho de mala gana cuando se sentaba a la mesa con las otras dos, y estudia enfermería en la facultad de al lado. No recuerdan haberse visto nunca, pero hay un tema de conversación que les sigue cuando dejan el local, y no se trata del resultado del partido, aunque sí lo motiva una reciente disputa deportiva que acabó con la friolera de dos fallecidos por navajazos: hablan de la muerte. Para ser una chica igual al ochenta por ciento de las chicas que Jorge ha podido encontrarse, tiene un concepto muy definido de lo que es la vida, y “lo otro”. Comenta que hace días volvió de un viaje, que colabora con una ONG y estuvo de misión humanitaria consistente en machacar una cepa del ébola detectada a escasos kilómetros de Bogotá. Mientras Jorge se sorprende con la información, ella recuerda un par de situaciones tensas acontecidas durante su aventura, por ejemplo, relatar la muerte de un misionero después de infectarse, cuando manipulaba el cuerpo de un bebé recién fallecido. Una vida blanca, sin crimen, que se iba apoyando su teoría respecto al tema en cuestión. Fueron ella y la morena del super novio, las encargadas de amortajar el cuerpo siguiendo las precauciones impuestas por la Unión Europea para tales menesteres. Es ahí, precisamente, cuando se queja de los pocos medios disponibles en países pobres para enfrentar tales problemas. También ensalza su obra, emocionada, destilando pasión, fervor, entrega, y Jorge sufre el mayor estremecimiento que ha sentido en su vida. ¿Por qué él no siente esa pasión? ¿Por qué ella, a riesgo de tener una de las peores muertes, le produce tanta envidia? Sigue escuchando otros relatos conmovedores, otras muertes blancas, como dice cuando se refiere a niños; sigue haciéndose una idea mental de cómo se amortajan los cuerpos cuando un escalofrío, lejos de la fascinación y la envidia, recorre la espalda de Jorge. ¿El destino podría ser tan cruel para hacer que alguien como Leire, entregada y servicial, útil, regresara de Bogotá con el virus?... Sería una ironía, una nueva demostración de que el mundo lo pilota un sádico nivel experto. El pensamiento le horroriza sentado en la parada del autobús, con la chica al lado. Ella apoya su mano en

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el vaquero de Jorge y entonces él vuelve a notar un escalofrío, esta vez más intenso. ¿La ha tocado en algún momento? No tiene por qué estar enferma, no tiene por qué haber ocurrido absolutamente nada, y sin embargo su piel vuelve a reaccionar, y el sudor empapa la goma de su calzoncillo. La siguiente pregunta es de esas que quizá podría haberse ahorrado: ¿cuáles son los síntomas? Y escuchando la detallada descripción que solo una apasionada por la enfermería puede hacer del virus, se abre la caja de Pandora. Ya ni siquiera consigue estar sentado; se remueve en el asiento e invita a la chica a continuar caminando hacia casa porque a pesar del calor “parece que la noche se ha vuelto fría”. En el portal, Leire, un tanto alarmada por el sudor que perla la frente de Jorge, le recomienda que se cuide, dos besos en las mejillas, y desaparece por un pasillo que solo tiene luz al fondo, en la puerta abierta del ascensor. Jorge está como paralizado, intentando procesar todas las sensaciones que le ha dejado la futura enfermera. Primera estocada, su pasión. Segunda, la pandemia. Tercera, la sintomatología real. Cuarta, la política ineficiente que no evitó el desastre y que este se extendiera. Tiene unos segundos para ruborizarse al rescatar de su memoria la sonrisa falsa de la chica cuando se enteró que él estudiaba ciencias políticas. Quinta, su comentario jocoso: “seguro que tu madre estará muy orgullosa cuando te vea por televisión haciendo nada”, y sexta, el ataque directo: “¿dormirás por la noche cuando muera gente por tu culpa?”. La mente atormentada de Jorge no deja de ver realidades en las palabras de Leire. ¿Qué haría? ¿Soportaría una carga semejante? ¿Qué haría? ¿Qué haría? ¿Qué haría? ¿Qué haría? ¿Qué haría? ¿Y si estaba enfermo? ¿Y si se había contagiado? ¿Y si su vida iba a terminar sin darle tiempo a hacer nada? ¿Y si todo fuera culpa suya? ¿Y si la gente moría? ¿Qué haría? ¿Qué haría?... Dos días después, esa mañana cuando comenzó a narrarse esta historia de Jorge, el campus despertó con un sobresalto porque un equipo de SAMU se llevaba a Carolina, la del super novio, que tardó exactamente cinco días en morir por ebola. En la investigación al entorno del paciente, pronto se detectó dónde había contraído la enfermedad, y fue Leire, junto a otros cinco voluntarios más, los siguientes en ser recluidos en el área de observación del Hospital Central. El rumor corrió como la pólvora por todos los campus. En cuanto llegó al suyo, Jorge supo quién era, al menos, una de las voluntarias. Lo supo tan pronto que mientras sus dos amigos pensaban, aterrorizados, quién se besó con quién, él ya había ido a encerrarse en su habitación, dejando que todo el miedo que podría haber experimentado en la vida que no viviría, acudiera de pronto. Iba a morir. No recordaba si la tocó o no, pero sí la besó, y estaba húmeda, porque Jorge dijo que hacía frío pero mentía, en realidad fue una noche cálida: iba a morir. Sus pulmones se desharían tan descriptivamente como anunció la chica, seguidos por los otros órganos. Le invadió el miedo, el pánico, el terror, la pesadilla, el dejar sin hijo a su madre, roto el cuarteto de hermanos, el sentir miedo en las miradas de sus amigos, dudas por si en algún momento compartieron toalla, o raqueta con él, por si les salpicó sin querer ayer, cuando le golpeó una pelota de frontón en la nariz; miedo a la soledad, a que todos le rechazaran vestidos de plástico, mientras él se deshacía agonizando en la camilla. Sin esperar el diagnóstico, Jorge decidió poner fin a su sufrimiento entonces, cuando el dolor todavía no existía. Subido al alfeizar de su ventana en el sexto piso, colocó los brazos en cruz y dio un paso hacia el vacío. Tuvieron que hacerle la autopsia. Su madre estaba convencida de que no fueron las drogas. No sabía qué ocurrió, pero no fueron las drogas porque su hijo, su maravilloso y estudioso hijo, que iba a ser un día presidente del gobierno, no era un drogadicto. Tampoco era un enfermo de ébola

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ILUSTRACIÓN BASADA EN EL RELATO DE JESÚS MESADO “CRÓNICAS DE UN CUERVO”. DEDICADA Y CEDIDA POR JLF CARONTE


CRÓNICAS DE UN CUERVO JESÚS MESADO Contemplo el lamentable y aburrido espectáculo que me ofrece Aarón, desde la rama de un árbol bajo el negro manto de la fría y larga noche londinense. Tal vez, podría haberme resultado divertido allá en los años sesenta. Ahora, en estos días, ver cómo sacude a esos seis sacos de carne, me parece hasta humillante para él. Apenas tres minutos y catorce segundos después, la pelea ha terminado. Me poso en el hombro derecho de mi compañero, puedo sentir bajo mis patas el tacto del cuero desgastado de la vieja chaqueta que viste desde las últimas cuatro décadas. Dedico unos segundos a observar la inexpresiva cara de Aarón. Y bufo. —¿Te sentirás orgulloso? —digo con sorna. Aarón Drake no se inmuta, puede ignorarme toda la noche, incluso, puede hacerlo durante toda una semana. Y poco me importaría. Solo por la breve mirada de irritación que me devuelve, merece la pena. —Lo siento muchísimo, su majestad. Por no ofrecerle un digno espectáculo, acorde a sus deseos. —Me responde en un tono similar. Si algo he aprendido de los chupópteros inmortales, especialmente de uno que tiene casi un milenio de antigüedad y con el que he convivido más de cuatro siglos. Es que no hay que tocarles las cosquillas, a menos que confíes ciegamente en que no te hará pedazos. —Cierra ya ese piquito parlante que tienes, y vayámonos. Pronto amanecerá. Abandonamos el callejón para adentrarnos por las laberínticas calles de Londres, que en pocas horas estarán repletas de cientos de transeúntes. Un escalofrío hace que se me ericen las plumas. Algo muy malo está a punto de suceder. Aarón está inmóvil, su cuerpo esta tenso como un palillo. Su mirada está perdida en algún punto que no logro descifrar. Entonces observo la aterradora, y al mismo tiempo hermosa figura que tenemos frente nuestros ojos: una mujer de largos cabellos que caen hasta sus hombros, piel blanca como la nieve, y unos ojos oscuros y carentes de vida. Logra que me estremezca. Sé muy bien qué es esa cosa, y no me gusta nada. Es uno de esos malditos espíritus. Por su aspecto, apostaría que es uno de los más peligrosos: un Danzante de los infiernos. —Aarón, no seas capullo y cárgate a esa hija de puta. Apenas tengo tiempo de reaccionar, cuando siento como una fuerte y gélida brisa de viento me hace volar por los aires. Intento resistirme, sin embargo, mi cuerpo es demasiado pequeño ante semejante poder. Un instante después ese maldito espíritu está a su lado, Aarón sigue sin moverse, y aunque por un momento, estoy a punto de gritarle, enseguida entiendo la situación: esa zorra no tiene cuerpo físico, y no se la puede dañar de una manera normal. Y tal como imaginaba, ella no tarda en meterse dentro del cuerpo de mi amigo inmortal. Aarón no gesticula ninguna emoción. Puedo sentir el aura de este, y en su interior está librándose una verdadera batalla por evitar que ese Danzante de los infiernos tome el control de su mente. Los ojos de Aarón están derramando sangre. —¡Mierda! Aarón, no dejes que esa cosa te domine.

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Sin dudarlo, me abalanzo sobre el cuerpo de mi camarada. Me concentro plenamente para hacer lo único que puedo hacer en una situación como esta, solo tengo una oportunidad. Cierro los ojos y me esfuerzo por conectar mi mente con la de Aarón. Con mucha dificultad logro mi objetivo. Ahora, por fin. Puedo presenciar con mis ojos la auténtica batalla dentro de su cuerpo. —No eres rival para mí, Aarón Drake. Caerás como todos, y serás mío para siempre. Un aura negra envuelve toda la zona, y eso solo puede significar una cosa. Ese maldito ser de los infiernos va a devorarlo desde la oscuridad. Conozco muy bien el poder de Aarón, sé que él no resistirá ante un ataque tan poderoso. —Perdóname, Aarón. Te juré que nunca volvería a utilizarlo. Ahora no tengo otra, es la única forma de que ambos salgamos vivos. Hago uso de todo mi poder, aquel que Aarón Drake me prohibió utilizar bajo ninguna circunstancia, con la promesa de acabar con mi vida si desobedecía y volvía a usarlo aunque fuera una sola vez. Sin importar que suceda después, activo el poder que me proporciona mi oculto y poderoso tercer ojo. Me fundo con Aarón en un único ser, ahora él y yo somos uno. La batalla da un giro de 180 grados, cuando logramos contener a ese maldito Danzante de los infiernos. La criatura chilla e intenta huir, por supuesto, no se lo permitimos. Su poder va disminuyendo hasta que cae a los pies de Aarón. Él la inmoviliza con un simple toque y yo logro absorberla con mi tercer ojo. El Danzante da un último alarido antes de desvanecerse para siempre de toda existencia. Una vez todo ha terminado, volvemos a la realidad. Mi poder se ha gastado por completo. Ni siquiera tengo fuerzas para mantenerme en pie, sin embargo, unas manos impiden que caiga al suelo y me sostienen. La expresión de Aarón es seria y de culpabilidad. Lo sé, he violado las normas. Así que lo único que puedo esperar de él, es mi castigo y hallar la muerte que hace cuatro siglos no tuve, cuando el me salvo de aquellos malditos lobos. —Perdóname, Aarón. Sé que mis palabras no significaran nada para ti. Y da igual lo que diga, tú ya tomaste tu decisión. Solo quería darte las gracias por estos cuatrocientos años juntos. Fue muy divertido. Cierro los ojos, esperando mi terrible destino. Sin embargo, este nunca llega. Tras un largo rato, los vuelvo a abrir algo confundido y le observo cómo me sonríe. —Olvídalo, Karasu. Y gracias, esta vez tú me salvaste. Nos miramos durante unos instantes, y ambos rompemos a reír. Los primeros rayos del sol comienzan a salir por el horizonte, el cuerpo de Aarón empieza a sufrir pequeñas quemaduras. Él emprende una carrera contrarreloj, como alma que lleva el diablo. Y en un parque cercano, activa su poder por última vez y nos hundimos en la tierra a la espera de una nueva noche.

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VEINTIOCHO CRISTINA BÉJAR Levanto la trampilla del comedor y bajo uno a uno los escalones que conducen a mi “lugar especial” a mi centro del placer. Sé que mi pequeño me oye llegar porque hago resonar mis tacones con fuerte sensualidad e intención. Entro en el habitáculo donde me espera “veintiocho”, un joven de facciones agradables, atractivas y viriles, delgado y rubio. Hace más de dos meses que vivimos juntos en una relación idílica. Él ha perdido mucho pelo y muchos kilos, tal vez la cordura, a veces se me olvida que debo darle de comer, pero sé que me ama y somos felices. Hoy quiero acariciarle, pero apesta, aún así me gusta ese hedor que exuda por todos los poros de su preciosa piel. Enciendo mi video cámara, quiero grabar su semblante, ahora ya no maldice ni suplica cuando me ve llegar, ya no se resiste a las cadenas que atrapan sus pies y sus muñecas a esa silla anclada al suelo, ahora no le importa cagarse encima, ni que meta mi lengua en su boca. Le acaricio con dulzura la cara deformada y repleta de sangre seca, es bello, dulce, le amo, le deseo tanto… Su tacto me excita, estoy húmeda y caliente, deslizo mi otra mano hacia mi clítoris y jugueteo con él, llego al éxtasis, pierdo el control y gimo cerca de su oído, quiero que me oiga, quiero que me sienta. Sin querer le he cortado la garganta mientras me corría, a veces me pasa, olvido cosas, ahora él sonríe para mí, una magnífica sonrisa carmesí. Apago la cámara y extraigo la cinta, escribo con letra pulcra: “28”, la coloco en su lugar, en el último hueco que me queda libre en mi desvencijada estantería de mis recuerdos, de mis pequeños, de mis queridos. He tenido otros amantes, ¿alguno podrá superar a este tan rebelde al principio y tan sumiso al final?. He de buscar, no será fácil, tú eras especial y aún te amo.

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EL TERCER RITUAL SIRRKA PORTS

Una mujer vestida de negro deambula por la casa, pálida y muy desmejorada parece enferma. Sus mejillas, han desaparecido hundidas bajo los prominentes y huesudos pómulos, la vaporosa túnica negra que viste esconde un cuerpo esquelético. Con delicadeza, prende las tres velas de un pequeño candelabro de acero, y la oscuridad cede a su alrededor. Todas las ventanas de la casa están cerradas y con las persianas tiradas desde hace años. Decenas de quemadores de incienso se reparten por doquier, algunos están encendidos con sus varitas humeantes, y otros reposan fríos, repletos de cenizas sin recoger. El aire, viciado, condensa un fuerte olor a cera, incienso y polvo viejo que se adhiere a la boca y a las fosas nasales. Pero Carla, ya se ha acostumbrado a sentir ese regusto dulzón cuando traga saliva. Pasea por la casa sosteniendo el candelabro, y éste va iluminando a su paso, muebles cubiertos con sábanas blancas y varias cajas de cartón esparcidas por el suelo sin ton ni son. Es el típico aspecto de casa deshabitada pero con la importante diferencia de que ésta no lo está. Sigue avanzando por el oscuro y largo pasillo hasta que se detiene frente el umbral de la habitación más especial para ella, con la mano libre empuja la puerta para entrar, ésta emite un agudo chirrido que desvanece el sepulcral silencio. Es un dormitorio infantil de aspecto macabro y retorcido. Observada por algunos polvorientos peluches y desgastados dibujos colgados de la pared, Carla se coloca en el centro del enorme pentáculo negro que hay dibujado en el suelo. El pentáculo, está rodeado por un gran círculo que tiene dibujadas a su alrededor inscripciones hebreas y símbolos de una poderosa magia negra, concebida para invocar a los muertos. Frente a ella, un altar cubierto de flores marchitas, sostiene un enorme retrato que permanece oculto bajo un velo blanco. Ella lo mira mientras levanta los brazos y recita la misma invocación que lleva repitiendo sin descanso desde que su vida cambió de repente. Siente, que al fin, su momento ha llegado. Esta noche volverá a reencontrarse con su hija Alexia, después de cinco largos años sin poder verla, abrazarla, o cubrirla con un manto de tiernos besos. El ritual no ha dado los resultados esperados en las dos ocasiones anteriores; pero todos los grimorios, manuales esotéricos y tratados sobre nigromancia que Carla lleva estudiados desde entonces coinciden en un punto concreto, el ritual siempre es efectivo el tercer año consecutivo que se practica. Esta certeza la pone nerviosa, de pie sobre el pentáculo, se enreda el pelo en los dedos y da tirones de su descuidado, largo y canoso cabello mientras repasa mentalmente todo lo que tiene que preparar y el orden preciso en el que tiene que hacerlo, no quiere ni puede cometer el más mínimo error. Hace ya cinco años, que su hija Alexia murió, persiguiendo algo tan estúpido como una pompa de jabón. La pequeña, deslumbrada por el brillo y los reflejos de colores de las burbujas, siguió el rumbo de una de ellas hacia la transitada carretera sin llegar a discernir el peligro que eso suponía. Su madre, mientras tanto, charlaba con una vieja amiga que acaba de encontrarse. De vez en cuando exclamaba, ¡Alexia, no corras! ¡Alexia, ten cuidado con los coches! Pero en realidad no prestaba demasiada atención a las peripecias de su hija. Estaba enfrascada en la conversación, no hablaban de nada importante, tan sólo era uno de esos cotilleos sin fundamento que olvidas enseguida para pasar a otro tema. Pero un frenazo en seco y los gritos de algunos testigos, fueron los sonidos que lograron enmudecer a Carla y a su amiga. Miró a su alrededor pero no vio a Alexia, un intenso calor la derritió por dentro y de inmediato supo que el pequeño cuerpo ensangrentado sobre el asfalto era el de su hija. Corrió desesperada, perdiendo por el camino sus caras sandalias. Cayó de rodillas sobre el duro cemento, y ya en el suelo, recogió el cadáver de su hija. La acunó entre sus brazos, mientras gritaba y dejaba escapar su alma destrozada por la boca. Hoy, cinco años exactos la separan de aquel fatídico quince de julio, pero el dolor de Carla no se ha diluido entremezclado con sus saladas lágrimas, sino todo lo contrario, cada día vivido sin Alexia se ha convertido en un vacío infinito. Un abismo del que no puede salir, decidiendo adentrarse en la oscuridad para rescatar a Alexia de la nada. A raíz del accidente, su vida se desmoronó como un castillo de naipes. Su matrimonio con Ángel no superó la terrible pérdida, y aunque su marido nunca la culpó abiertamente de lo sucedido, ella veía ese reproche disfrazado de pena en sus ojos cada vez que lo miraba. Sin llegar a darse cuenta, se había queda-

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do sola con sus recuerdos de un tiempo mejor, un tiempo feliz. Recuerdos, que también la abandonaban entre conjuros, hechizos e invocaciones al quedar sepultados bajo las sombras. Su inmersión en el lado tenebroso no fue fácil. Era una total ignorante, desconocía el mundo de los espíritus o la magia, pero su motivación era poderosa y su objetivo claro. Cada avance o conocimiento adquirido acrecentaba su deterioro físico, pero ese efecto secundario no la importaba en absoluto si conseguía su propósito. Cada noche, siempre a la misma hora, entraba en la habitación de Alexia. Tras lanzar sus primeras invocaciones con el pentáculo mágico a sus pies, se acercaba para descubrir el retrato de su hija. Y en absoluto silencio, de pie, contemplaba la foto durante una hora. Transcurrido ese tiempo, lo volvía a cubrir con el velo blanco y salía del cuarto evitando darle la espalda. El ritual, siempre idéntico, sólo variaba el día del aniversario del fallecimiento o el también denominado día de la evocación, y ese día era hoy. Por tercera vez era quince de julio, y aunque las dos evocaciones anteriores no funcionaron, presiente que esta noche será diferente. Recoge el candelabro y se dispone a proseguir el ritual, siente el corazón encogido y la boca seca por lo cerca que está de conseguirlo, el próximo escenario es la cocina. La oscuridad se aparta para dejarla pasar, coloca el candelabro en el centro de la mesa y la luz de las velas ilumina dos cubiertos sobre un impoluto mantel blanco. Toma asiento y sirve un poco de limonada en el vaso decorado con mariposas de colores, era el vaso preferido de Alexia. Ella se sirve una copa de vino y come sin ganas los macarrones con tomate que hay servidos en el plato. Come, bebe y llora en silencio mientras mira la ración que sigue intacta en el plato de su hija. Acude a su mente, el fresco recuerdo de Alexia ensuciando el mantel con las manos pringosas de salsa de tomate por coger los macarrones con los dedos. Apenas consigue engullir dos o tres veces seguidas, su estómago está lleno de nervios y pena, no le cabe nada más. Con cuidado, recoge la ración de Alexia y el vaso de limonada, ha llegado el momento de ofrecérselo a ella. Cargada con las viandas no puede llevar consigo el candelabro, pero no le importa, ha conseguido que la oscuridad no le impida transitar libremente por la casa, se ha acostumbrado a ver a través de ella y las contadas veces que ha salido de día al exterior ha maldecido la luz del sol. Deposita el vaso y el plato ante el retrato de su hija que sigue cubierto por el velo blanco. Enciende una pequeña vela negra y una varita de incienso, que humeante, cubre con su aroma toda la habitación. Con delicadeza, descubre el retrato para que Alexia pueda ver las ofrendas que reposan en su honor en el altar. La habitación, resplandece iluminada por múltiples velas negras que prenden alrededor del círculo que rodea el pentáculo. Y Carla, en el centro, mira embelesada la imagen de su difunta hija. En la fotografía, la niña posa sonriente y se sostiene divertida las dos coletas, que recogidas en sendos lazos rojos le cuelgan sobre los hombros. Lleva un veraniego vestido blanco de tirantes a juego con sus pequeñas sandalias rojas. Su madre, sonríe al ver la expresión de felicidad que emana del rostro de su princesa y recuerda cómo disfrutaron juntas aquella última tarde de hace cinco años. Rodeada por las velas encendidas, inhala el aroma a incienso y el intenso olor a cera derretida, sin apartar los ojos del retrato. Observa cómo la imagen de Alexia se transforma en la de su propio cadáver en avanzado proceso de putrefacción, aliviada y a la vez horrorizada por el espectáculo, sabe que esta noche es la elegida. Debe esperar a que la pequeña vela negra del altar se consuma por completo y sumida en un profundo trance recita.

“Que los muertos se revuelvan en sus tumbas, que se altere el tiempo y el espacio. Que se transgredan las leyes naturales, que las almas torturadas oigan mi cántico. ¡Que el espíritu invocado acuda a mí de inmediato!”

Sigue recitando su oración con los ojos cerrados y los brazos en alto, mientras se contonea al ritmo de sus palabras. La vela negra se ha consumido. Su evocación cesa de inmediato y se cubre los ojos con ambas manos repitiendo.

“Alexia ven a mí.... Alexia ven a mí... Alexia ven a mí...”

Tras pronunciar esta última y directa súplica, debe descubrirse los ojos y comprobar la efectividad de

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su conjuro, pero en este crucial y delicado momento Carla tiene miedo. Sus manos, se aprietan sudorosas contra sus ojos, y su respiración se convierte en un jadeo incontrolado de pánico. No le hace falta descubrirse para saber que ya no está sola en la habitación, un suspiro ronco la alerta de que hay alguien frente a ella. En las dos ocasiones anteriores que realizó el ritual, no percibió a su alrededor nada parecido, esas dos veces el silencio más absoluto la apuñalaba anunciándole su fracaso. Pero en este tercer intento, el gutural ronquido que escucha cada vez con mayor intensidad le provoca una sensación nueva, es el sonido del triunfo. Sigue con las manos pegadas a sus ojos, tiembla mientras reúne el valor necesario para enfrentarse a aquello que haya traído del mundo de los muertos. Sólo espera que ese algo sea su hija... No puede demorarlo más, debe descubrirse los ojos. Aparta las manos y contempla, flotando ante ella, el espectro de su hija Alexia. La azulada luz que desprende, ilumina toda la estancia, y todas las velas encendidas se apagan de repente como si una ráfaga de viento lamiera sus temblorosas llamas. —¡Oh Alexia, perdóname! —suplica Carla entre lágrimas. Pero la aparición fantasmagórica niña, sigue emitiendo el mismo y repetitivo sonido, un jadeo ronco que parece provenir del pozo más profundo. Su imagen, traslúcida, va perdiendo intensidad. Y sus coletas, ondulan en el aire simulando el efecto del cabello cuando está sumergido en el agua. Carla, alarga su mano temblorosa, para tocar el espectro de su amada hija. Pero su mano lo traspasa, es humo, vapor, una neblina que está disipándose ante sus propios ojos. No tiene tiempo que perder, la última parte del ritual debe completarse cuanto antes. Sale del pentáculo, derribando con sus apresurados pasos algunas velas, y se dirige enfurecida hacia el armario empotrado. Lo abre y saca a rastras el cadáver de una niña pequeña, lo deposita en el centro del pentáculo y coloca el cuerpo inerte en posición fetal. Cada año, la parte más difícil del ritual, ha sido la de tener que sacrificar a alguna pobre niña. El espíritu de su hija necesita de un cadáver reciente para poder materializarse, y al fin, en esta ocasión su esfuerzo va a verse recompensado. Otro fracaso más, hubiera supuesto tener que cavar otra fosa en el jardín, la tercera ya. Pero no va a ser necesario hacerlo, pues reposando bajo la aparición de Alexia; un cuerpo sin vida, un recipiente vacío, espera su contenido. Carla se retira y lo observa todo desde una distancia prudente, ve como el espectro de su hija se acerca y rodea el cadáver. Flotando sobre él se deja caer y desaparece en su interior, el ritual ha terminado. Carla, cinco años después, vuelve a arrodillarse en el suelo sosteniendo el cadáver de una niña, el rostro que acaricia no es el de su hija pero sabe que pronto ese detalle no tendrá importancia. El cuerpo está frío, se lo acerca con cariño para intentar transmitirle calor. No tiene marcas que le recuerden el atroz acto que ha cometido, se preocupó de sedar a la niña antes de asfixiarla con una almohada, igual que hizo con las otras. No sucede nada, las horas pasan y no sucede nada. Carla llora desconsolada, mientras sacude el cuerpo sin vida que reposa en sus rodillas. ¿Qué ha salido mal? Se pregunta una y otra vez. ¿Por qué no resucita? Está amaneciendo y sabe que ha vuelto a fracasar, aunque cierto sentimiento de alivio se instala en su desintegrado corazón. —Esta vez ha faltado poco —piensa. Furiosa, por haber fracasado de nuevo, aparta de un empujón el cadáver de la pequeña víctima y se levanta para alcanzar el retrato de su hija. —Mi amor, no te preocupes, mamá lo volverá a intentar —susurra mientras cubre de besos la foto. Al fin y al cabo, qué no hace una madre por su hija...

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STORENGO Storengo nace como banda en el año 2010, tras la disolución del anterior proyecto del batería, Aitor, llamado Padrecronos. Habla con su tío Fernando, el cual se encuentra en ese momento sin proyecto activo, para formar una banda que fusione el rock and roll y el hard rock más clásico con el metal. El punto de partida son temas compuestos por Fernando, algunos hace treinta años, que son rescatados, arreglados y adaptados al estilo de Aitor. Poco a poco va viendo la luz, al mismo tiempo, alguna nueva composición.

2011 es el año definitivo en cuanto a formación. Se incorporan al grupo Javier Losada, “Choche”, como cantante y Ricardo Yáñez, “Richy” al bajo. La banda por fin dispone de la estabilidad que le permite avanzar en las composiciones, saliendo temas nuevos al tiempo que se incorpora el trabajo de ellos dos a los que Aitor y Fernando habían compuesto o arreglado en solitario. Storengo comienza a hacer conciertos por diversas salas de Madrid, dándose a conocer con un repertorio sólido en el que las diversas influencias musicales de sus cuatro miembros tienen cabida. Su directo potente y sin artificios cosecha buenas críticas por parte del público.

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FACEBOOK STORENGO AQUÍ

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Un nuevo miembro, amigo desde hace muchos años, Fernando Luna, se une como segundo guitarrista, aunque problemas de salud en su brazo hacen que su estancia en el grupo sea corta, aunque sigue manteniendo el contacto. En el año 2014 Storengo comienza en los estudios Histeria de Fuencarral, lugar de ensayo al mismo tiempo, la grabación de su primer LP, “Prohibido Cerebro”. La grabación se prolonga durante un año. El resultado final sale a finales de abril de 2015. Un disco con once temas, en los que se tratan muchos temas de actualidad como la violencia machista, la situación política actual, los desahucios y expropiaciones… Poco tiempo después se une a la banda como segundo guitarrista Juan Carlos Quiles, “Charly”, ex-componente de Mago de Oz. A partir de ahí la banda empieza a trabajar con la empresa de managment Screamforme, para dar comienzo a una serie de conciertos de presentación de su disco, lo que les tendrá tocando durante todo el año 2015. STORENGO “PROHIBIDO CEREBRO” PLAY LIST AQUÍ

Play list elaborada por los cada integrante del grupo para que escuchéis sus gustos y les conozcáis un poco mejor: AQUÍ RICHY “Rock You Like A Hurricane” SCORPIONS “Cochise” AUDIOSLAVE “Uprising” MUSE “Just Like Heaven” THE CURE CHOCHE “Master Of Puppets” METALLICA “The Trooper” IRON MAIDEN “The Price” TWISTED SISTER “Soulburn” MASTERPLAN FERNANDO “Black Licorice” GRAND FUNK “Bohemian Rhapsody” QUEEN “Still Of The Night” WHITESNAKE “Gets Me Through” O’FUNK’ILLO AITOR “In The Air Tonight” PHIL COLLINS “Milk It” NIRVANA “Territory” SEPULTURA “Smasher/Devourer” FEAR FACTORY

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Desde el nido, novelas que son tesoros. Marc Sabaté Clos.

EDÉN INTERRUMPIDO CARLOS SISÍ Desde mi rama escucho las risas inconscientes de estos humanos estúpidos, incapaces de ver hasta qué punto están cerca de su extinción. Consumen los recursos que nos ofrece la naturaleza, recursos valiosos que tratan como si fueran infinitos. Tratan mal a la madre que les ha dado la vida, y esperan todavía más a cambio. Desde mi nido observo los tesoros que escondo, alejados de manos intrusas y de indeseables. Grazno a la luna y me contesta con el aullido del viento. Palabras oscuras que sólo nosotros, los espíritus de la noche, entendemos. Mis ojos de alma negra atisban, a lo lejos del bosque, una solitaria figura que lee en silencio. Edén interrumpido, de Carlos Sisí. Mis plumas tiemblan de emoción, grazno de júbilo suplicando la ayuda de mis hermanos. Ese libro debe ser mío. ¡Mío! Una nueva joya que añadiré a mi colección, cuyas palabras brillen en la oscuridad como si de verdadero oro se tratase. Mi biblioteca de sangre. El individuo, incapaz de entender lo que le sucede, es sacudido por decenas de picos punzantes que nacen en las sombras. El batir de las alas impregna la atmósfera y un olor a sangre y a ocre pronto nos envalentona. Arrancamos pelo, trozos de carne. Escuchamos sus gritos. Gritos, gritos. Rasgamos su ropa y evitamos esos brazos inútiles

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que zarandean el aire. Él tropieza y se da un golpe formidable contra una piedra. Pronto el libro cae al suelo y vuelo hacia él. Con mis garras se lo arrebato y vuelo alto hacia mi nido. No pesa, es ligera y sencilla. Ochenta y ocho páginas apenas, una novela corta que me altera los sentidos. El nombre del autor ya es garantía de buen trabajo, pero soy conocedor que esta vez es diferente. Un aura de terror flota alrededor de su portada. ¡Ah! Y pensar que no es, ni mucho menos, su trabajo más conocido… Leo sus párrafos mientras escucho, de fondo, la muerte atroz de su antiguo propietario en manos de mis hermanos de la noche. Daniel ha cumplido su sueño, tener su propia casa en una urbanización tranquila, lejos del ajetreo de la ciudad. Pero pronto su particular paraíso se verá seriamente dañado por la presencia de un molesto perro que no deja de ladrar. Así empieza la historia. Sonrío al leer sus páginas. Sisí describe la locura del ser humano, una locura que trata de enterrar bajo convencionalismos sociales, creencias éticas, religión y comodidades simplistas. Y lo describe con una sencillez brutal, directa, donde perdura más el mensaje que la forma de decirlo. Pero cuando uno de estos pilares cae, y sólo basta con que se rompa uno, entonces la locura propia del hombre lo embriaga y posee. Eso es lo que le pasa a Daniel, el protagonista de la novela.


Disfruto con cómo crece la intensidad del relato. Poco a poco las emociones se pierden en un torrente imparable y el lector no puede hacer más que mostrarse partícipe. ¡Daniel! ¡Pobre Daniel!

Los graznidos todavía se escuchan en la noche. Las farolas brillan escondidas por las alas de mis hermanos, alas oscuras manchadas con el rojo escarlata de la sangre. El hombre, incapaz de aceptar su destino, todavía lucha en vano. Una fea herida en la cabeza escupe vida. Peor para él, pues más sufrirá. La atmósfera de sus páginas me traslada a un lugar bañado por el sol, un sitio en el que la playa está cerca y el viento arrastra aromas de sal. Un lugar familiar para el autor y que, curiosamente, me parece de lo más corriente. Eso es algo a tener en cuenta. La posibilidad de que una historia de terror pueda suceder en cualquier sitio, a cualquier persona. Cotidianamente aterrador. Un gusano se arrastra por la rama, desafiante a mi estómago. Juego con él, le doy una oportunidad. Después lo picoteo, arranco un trozo y saboreo sus jugos. Los placeres de la vida hay que

saborearlos despacio, igual que este maravilloso Edén interrumpido. Breve, un capricho breve. Es por eso que disfruto con el rostro desencajado de Daniel, su progresiva decadencia, el complot del destino que juega en su contra. Me burlo de sus intentos por vencer al infortunio, aplaudo la actitud taciturna del perro, un perfecto instrumento que el autor emplea con precisión quirúrgica. Un grito de horror sacude mis placeres. Levanto el vuelo enfadado y diviso, en medio de la oscuridad, el rostro pálido de una mujer que contempla a la víctima tumbada en el suelo. Mis hermanos siguen deleitándose con el banquete. Ni siquiera han abandonado el cuerpo, a pesar de la interrupción, y eso es de admirar. No somos estúpidas palomas que huyen al primer ruido. Somos cuervos. Uno de ellos saborea el pómulo de la oreja, otro estira de la lengua. Aquel hombre ya no tiene ojos, sólo cuevas vacías. Y todavía se mueve. Mientras tanto, la mujer no deja de perturbar mi momento de placer con sus chillidos. Me obliga a tomar medidas drásticas. Dos personajes, tan sólo dos personajes para una historia. No se necesita nada más. La tensión creciente, tan propia del thriller psicológico, se vuelve terrorífica. Pides basta per a la vez necesitas más. Deseas que la historia termine, pero que termine mal, muy mal. Y Carlos Sisí sabe lo que queremos. Y nos lo da en bandeja de plata. Me pregunto por qué tan poca gente conoce esta novela. Siempre se pierden lo mejor, y por un momento empatizo con el cadáver que yace en el suelo. Quizás fuéramos almas gemelas, y yo he dado la orden de asesinarlo. Qué más da si tengo lo que quiero. Soy un cuervo de la noche, un coleccionista de tesoros, y esta historia debe ser mía. Vuelvo a mi placer, un placer que vosotros, estúpidos humanos, jamás comprenderéis. Estáis demasiado ocupados en morder la mano que os da de comer, pero la naturaleza es sabia y también rencorosa. Lo que le estáis haciendo ella os lo devolverá. Y entonces caeréis en la locura, os daréis cuenta que durante todo este tiempo habéis vivido en un edén, un edén que pronto será interrumpido.

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Desde el nido, películas: David Carrasco

1980. George Miller nos sorprendió con una película sin reglas. Un mundo salvaje sin ley ni orden, donde imperaba la norma del más fuerte. “Mad Max” irrumpió en la gran pantalla con fuerza, mostrándonos una tierra devastada y triste en la que los personajes eran una carcasa de lo que antaño fueron. Mel Gibson se erigía como protagonista de este bizarro escenario, adquiriendo el rol de antihéroe arrastrado por las circunstancias en una vorágine de muertes y destrucción. Pronto, el espectador se sumergía en ese erial de mundo en que lo excéntrico y lo tétrico iban de la mano, rompiendo con la regla de blanco y negro, buenos y malos. Los grises predominaban. No existían héroes y villanos a la antigua usanza, sino personajes que luchaban por sobrevivir en esa devastada tierra, adaptándose a la crueldad que era necesario ejercer para ver el amanecer de un nuevo día. A esta primera parte siguieron una segunda y tercera, estableciéndose las pautas que tanto ha-

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bían enamorado a los fans. Hablamos de persecuciones, vehículos retocados como máquinas de guerra, atuendos de lo más punk y variopinto... en resumen, una formula que caló hondo y que hacía a uno agarrarse al sillón y morderse el labio ante la incertidumbre de lo que podía pasar. Cierto es que Mel Gibson era el que llevaba la batuta, el intocable por así decirlo, un protagonista al que sabíamos que no veríamos morir, pero a partir de ahí todo era posible y no había nada que respetar. Torturas, lesiones, sufrimiento y un largo etcétera serían motivos de desvelo para Max, un personaje que en poco tiempo se convirtió en un icono cultural en los corazones de miles de espectadores. Tras la Cúpula del trueno, pensábamos que la trilogía había confeccionado su broche final. Nada más lejos de la verdad. 2015 era un año que tenía mucho que decir acerca de eso. Mis ojos como platos al estilo el Coyote de los dibujos animados eran un claro ejemplo de mi sorpresa y gozo al descubrir que “Mad Max” volvía con una nueva entrega. Pero, ¿quién coño era ese de la portada? Está claro que el señor Mel Gibson no era. Un tal Tom Hardy osaba sustituir y adoptar la identidad del loco Max. Había visto a este último en películas como “Origen”, “El caballero oscuro. La leyenda renace” y, a titulo personal, la mejor interpretación que hace en el largometraje de “Warrior”. Pero ahora estábamos hablando de una de las sagas más impactantes que hubo. Y este hombre tenía los cojones de incorporarse en la cuarta entrega de la saga. A pesar de todo ello, poco tardé en ir al cine a ver esta nueva entrega tan esperada. Dos horas después salí con un pensamiento en mi cabeza. George Miller lo había vuelto a conseguir. Los efectos visuales son asombrosos y caóticos, adaptados fielmente a la idiosincrasia de la saga pero con las tecnologías punteras actuales. Tom Hardy, a pesar de que tarda en arrancar y establecerse como el cabeza de película, lo borda en la actuación, confiriendo a su actuación ese punto de locura que tan bien queda acompañado de di-


CHARLIZE THERON ES EMPERATRIZ DE ÉLITE: FURIOSA. versos flashbacks sobre la pérdida de su familia. No es Mel Gibson. Eso nunca cambiara. Quizás eso limite a muchos y les haga ir con prejuicios a ver esta ultima entrega. Yo aparqué cualquier recuerdo de la trilogía original, convenciéndome de que lo que iba a ver era un nuevo comienzo con las pautas y escenarios de las tres primeras. Algo que me agradó, y muchos han criticado sin razón aparente, es el protagonismo compartido de Tom Hardy con Charlize Theron. Es savia nueva que el director ha añadido, amoldándose al mundo actual en que las mujeres han dejado de ser meros adornos en las películas de acción. “Resident Evil”, “Underworld”... cada vez son más los trabajos donde vemos como las féminas toman el relevo y reparten estopa a diestro y siniestro. “Mad Max” no iba a ser menos.

El resultado es un afinidad perfecta entre los dos protagonistas, luchando ambos por sobrevivir en esa persecución mortal que tanto respeta las pautas de las anteriores. Si hablamos de novedades, el actor que más me sorprendió en cuanto a caracterización y actuación es Nicholas Hoult, un secundario que no tarda mucho en deslumbrar con su gran trabajo hecho. En definitiva, una película de obligada visualización para los fans y una nueva oportunidad para que aquellos que no saben nada de este mundo se suban al tren y ansíen ver las anteriores.

TOM HARDY ES MAD MAX.

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PESADILLAS Otra vez temporales de pesadillas la noche entera, nieblas desgarradoras a lomos de un viento lacerante, ráfagas de nubes, tormentas de desasosiego, brumas... Encima de la oscura montaña perpendicular he visto el giro completo de sesenta infiernos, he visto a un gusano de seda morir y transformarse en un monstruo de colmillos sedientos de sangre, he visto hundirse sueños y surgir ladrones de mentes, desvanecerse vidas en dirección a las oquedades de las inabarcables llanuras de la desolación... Veo siniestros heraldos negros surcando la madrugada, collar radiante de horrores, apuntando directamente hacia una luna llena ensangrentada y tempestuosa, mensajera del ángel de la muerte... Por todas partes, terribles campos de hielo y nieve, astillas de hierba bailando alocadas bajo los vientos cortantes de la infinitud, horrores anclados a una roca, en enloquecido furor, 92

en pavorosa procesión, en siniestra embriaguez... El transcurso de la vida es como una gota de lluvia dentro del océano ilimitado que es la muerte eterna... ¡Rayo y trueno! ¿Cómo seguiremos hacia delante? Y en el oscuro desván, ratas milenarias royendo con furor cuerpos moribundos. La noche es un mar de niebla sin sentido, nada parece conducir a los alegres horizontes dorados ni a los jóvenes, frescos, hermosos bosques de frambuesas... ¿Somos ángeles caídos, príncipes desterrados y arrojados de un cielo huracanado que nos negamos a aceptar y creer que todo es nada y, por tanto, venimos a este mundo para sufrir, para perder a nuestros seres más queridos uno por uno, y después también nuestra propia vida


sólo para ponernos a prueba, para humillarnos...? ¿A dónde conduce este sinuoso camino si no es a una dulce y tierna y dorada eternidad inabarcable, para demostrar que todo carece de sentido, para comprobar que la propia explicación carece del menor sentido...? Sueño con la Montaña Fría, con la Espada Mortal como herida infinita, con el futuro abajo siempre incierto y cerúleo y neutro y con el espacio vacío y en caos igual que siempre... Me paseo en la quietud de brillante perspectiva, con horizontes perlados de plata delante y alrededor mientras todos los insectos infectos se aquietan en honor a la luna llena... a los niños, moribundos e inocentes todo les es distinto e indiferente... Doy la vuelta y sigo sendero abajo, de regreso a este mundo de pesadilla…

JUANMA NOVA GARCÍA

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RED ROOM (SERIES) THE KNICK Muy buenas a todos, mis queridos córvidos. Con este artículo me estreno en “Vuelo de Cuervos” y si la cosa va bien y os gusta, pues más artículos sobre series os traeré. Siempre os hablaré sobre algo que me llame la atención, ya bien porque sea curioso o se salga de lo establecido y puede que sea sobre series que ya han sido o que están por venir. En este caso, y para abrir boca, os quiero hablar de una de las series que más me ha gustado este 2015. Aunque la primera temporada fue emitida a finales de 2014 en Canal+, no llegó a mis pupilas hasta hace relativamente poco. ¿Por qué elegí “The Knick”?, pues por una casualidad. Fui a una excursión por Barcelona (mi ciudad natal) y en la ruta que hicimos, en la cual acudimos al “Instituto Anotómico Forense”, el guía nos comentó, que en ese mismo lugar se traían cadáveres frescos del mismo cementerio para poder estudiar el cuerpo humano. Todo ello a principios del s. XIX. Y para que pudiéramos ilustrarnos 94

sobre lo que nos contaba, nos remendó el visionado de la mentada “The Knick”. Sin más dilación comencé a devorar los capítulos uno detrás de otro, un total de 10, ya que de momento sólo ha sido emitida la primera temporada. Poco a poco fui recopilando información y es desde ese punto del que quiero partir, para que entendáis el porqué de mi pasión por este documental dramatizado: —El protagonista es Clive Owen. Un actorazo que me encanta y admiro desde su participación en “Hijos de los Hombres”. Tras ver su actuación y pasión desarrollando el personaje de “John W. Thackery”, no me queda más que quitarme el sombrero ante él y venerarlo como a un dios. Y es que el Doctor Thackery existió en la vida real (no con el mismo nombre), el Knick o The Knickerboker, fue un hospital real de Harlem, que cerró sus puertas en 1979. Lo que vemos


capítulo a capítulo, fueron los avances Todos estos puntos quedan perfectareales de la medicina y cirugía de finales mente constatados en el proyecto de un del siglo XIX y principios del XX, no director tan reconocido como Steven hace tanto si nos paramos a pensar. Soderbergh (El Rey de la Colina, Traffic, Erin Brokovich, Ocean’s Eleven, Vemos la utilización de los primeros Solaris y un largo etcétera), donde adecalmantes o sustancias utilizadas para la más de contar con una historia y unos anestesia (ahora completamente ilega- personajes con un carisma único, tamles), la complicación que podía acarrear bién tiene el gran apoyo de una banda una simple cesárea, las condiciones de sonora que te deja sin aliento desde el vida en la prometedora Nueva York, primer capítulo y que viene de la mano la Tierra de las Oportunidades, vemos del ex baterista de “The Dikies” o “Red como el oficio de “Barbero cirujano” Hot Chili Peppers”, Cliff Martínez. va quedando obsoleto para dejar paso a los eminentes Doctores… Y lo mejor de Con lo morbosa que soy ¿cómo no iba todo, lo vemos tal cual es, con sangre y a interesarme esta serie?, ahora estoy a vísceras, sin cortarse un pelo, explícito la espera del estreno de la segunda temy claro. porada, que está prevista por parte de la HBO para la segunda mitad de este año. Es la época de la Revolución Industrial, de la Revolución Racial, de la ReAsí que de momento toca esperar ¿qué volución Médica y de la Modernidad. me decís? ¿os engancha?

CRISTINA BÉJAR

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THE KNICK FICHA TÉCNICA Título original: The Knick Año: 2014 Duración por capítulo: 53 minutos País: EEUU Director: Steven Soderbergh Guión: Jack Amiel, Michael Begler, Steven Katz Música: Cliff Martinez Reparto: Clive Owen, Jeremy Bobb, Steve Garfanti, Andre Holland, Joseph Scarpino, Chris Sullivan, Grainger Hines, Zuzanna Szadkowski, David Itchkawitz, Ying Ying Li, Suzanne Savoy, Jake Allyne, Danny Hoch, Perry Yung, Collin Meath 96


Productora: Anonymous Content Género: Drama histórico Web oficial: http://www.cinemax.com/the-knick/ Premios: 2014: Globos de Oro: Nominada a Mejor Actor serie de TV – Drama: Clive Owen 2014: Satellite Awards: Mejor serie de TV - Drama y actor: Clive Owen

CRISTINA BÉJAR

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EXTRACTO DEL PROLOGUISTA (…)Más allá de las fórmulas elegidas, el acento de Álter está en la frialdad de la autora para asesinar princesas, para llevarnos dos metros bajo tierra, y aún más profundo, donde se respira la muerte en el metro. O para instalar la tragedia griega en una carnicería, para cocinar un caldo con ingredientes secretos y también manjares fritos. O para instalar el espanto en terrenos tan insospechados como femeninos: el modelaje y la manicura, los espejos y la peluquería. O para desenmascarar terrenos más masculinos como la ruta, el turismo sexual, o la voracidad del ejecutivo en busca de un salario más alto. (…)La sangre de los personajes alterados, tallados a imagen y semejanza de la autora, desborda sin manchar al lector. Con ustedes, el trastorno hecho libro. Adelante.


OBRA: ÁLTER SOBRE LA AUTORA Y LA OBRA Gabriela Vallejo nació en Tucumán, una provincia ubicada al norte de Argentina, el 20 de agosto de 1980. Es Licenciada en Comunicación Social y Técnica en Periodismo y Publicidad. Luego se trasladó a Madrid para realizar estudios de postgrado en la Universidad Complutense y se enamoró de España y de su gente. Siempre fue una escritora de entrecasa y una aficionada a la literatura. Su libro “Álter. Cortos y fastidiosos en un libro un tanto… siniestro”, publicado en simultáneo en Argentina (Editorial Dunken) y España (Editorial Círculo Rojo), es una antología de relatos cortos, escritos bajo el género del terror, que cuenta historias siniestras e intenta desafiar los instintos del lector desde el primer hasta el último párrafo. Terror psicológico, amores siniestros, frustraciones, pasiones asesinas y crítica a una realidad social enferma son los tópicos que la autora desarrolla creativamente. Además el arte de portada es una pieza del talentoso y reconocido Director de Arte murciano-madrileño Mario Sánchez Nevado, cuya obra se puede apreciar en su web http://aegisstrife.net REDES SOCIALES Facebook: Gabriela Vallejo Escritora Twitter: AQUÍ Booktrailer1: AQUÍ Booktrailer2: AQUÍ DONDE COMPRAR EDICION EDITORIAL: Librería Online Enxebrebooks, en papel y en EPUB: AQUÍ En papel: AQUÍ KINDLE: AQUÍ

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LA ENTREVISTA XAVIER LEPERDÚ

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n este número no podía faltar el primer ilustrador que tuvo el blog, y que con tanta humildad ha participado en numerosos especiales en el blog, que es nuestra casa, nuestros principios.

ñana el despertar me expulsaba de él, y yo quería volver a aquellos lugares, a aquellos seres, a aquellas maneras de actuar tanto más nobles, valientes, terribles y absurdas que las de este mundo, y la única manera que conocía de hacerlo era con un lápiz y un papel, mientras dibujaba estaba allí.

No hay palabras suficientes de agradecimiento para compensar su esfuerzo y trabajo LR: ¿Qué hay de ti en tus dibujos? ¿Qué desinteresado en los momentos en los que le hemos necesitado, así que, ninguna mejor recuerdos guardas de todo el camino recorrimanera que la de darle su pequeña y mereci- do con tus trabajos? da entrevista, la cual es para todo el equipo, XL: Honestidad, inocencia, algún que un honor y un orgullo. otro deseo secreto mal escondido. Mis dibuLorena Raven¿Quién es Xavier y a qué jos son como yo, o yo como ellos. No sabemos mentir, no sabemos escondernos y, dedica el tiempo en que no dibuja? aunque tampoco sabemos explicarnos claXavier Leperdú: Xavier es un explora- ramente, a poco que te fijes verás hasta el dor. Cuando no dibuja, busca puertas secre- último rincón del mundo que somos. Siemtas, puertas que le lleven a lugares que otros pre he sentido un cierto pudor (en realidad no pueden ver, lugares que luego intenta bastante) al mostrar mis dibujos. Ya sabes, traer a este lado de las puertas en su cua- cuando guía el corazón, si te dejas llevar un poco acabas desnudándote sin darte cuenderno de viaje. ta. El acto creativo, cuando te atrapan las LR: ¿Cómo te iniciaste a la hora de dibu- musas, es un tanto lujurioso. jar y desde cuándo? LR: Imagino que aparte de ilustrador o diXL: ¿Cuándo? Demasiado pronto, antes bujante, también admirarás a otros y de ende ser suficientemente fuerte como para po- tre ellos ¿con quién te quedarías y por qué? der evitarlo, o elegir hacer otra cosa. Cuando XL: De pequeño (y ahora también) podía quise darme cuenta ya llevaba años perdido para siempre. Crecí en un laberinto de sue- pasarme horas delante de una ilustración de Alan Lee o Brian Froud. Desde entonces ños, El Laberinto. he descubierto muchas ventanas por las ¿Cómo? Como todo lo maravilloso, como que escaparme a otros mundos: Jeremie Altodo lo terrible, por culpa del deseo. Por la manza, Rebecca Deutremer, Justin Gerard, noche me perdía en El Laberinto y por la ma- Paul Bonner, Jean-Baptiste Monge, Alberto

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Varanda, Regis Loisel, Carlos Nine, Barbara Canepa… (sin irnos a Toulouse-Lautrec, Klimt, Rodin…). Sospecho que son soñadores, que ni saben lo que hacen, que no siguen otras reglas u otra escuela que su propio instinto. Son absoluta e inevitablemente originales, no podrían copiar o seguir otro estilo aunque quisieran. Sospecho que se pierden en sus dibujos, que salen de ellos aturdidos, desorientados, sorprendidos, sin saber cómo han ocurrido… Sospecho que, pobriños, no son capaces de mostrarnos en una ilustración más que una parte infinitesimal de lo que realmente han visto, del lugar (siempre un rincón de El Laberinto) que han visitado al imaginar una ilustración. Sus ojos, su imaginación, deben ser el universo más vasto e inmensamente sutil y detallado jamás soñado. Ese perderse en un dibujo y salir mareado es lo que me ocurre a mí. Aunque yo soy infinitamente más torpe que ellos en mi relatar dibujado, claro. LR: ¿Qué esperas conseguir en el mundo del arte? XL: Que le quiten de encima la palabra arte, que sea simplemente el mundo. Que esa forma de existir impulsiva, apasionada, romántica, necesitada de belleza, hambrienta de sensaciones (deseo, amor, miedo, piedad, inocencia, crueldad, hambre, sed, tristeza… y la felicidad más desbordante) invada las calles, los días de los hombres, los salones de las familias uniendo a los padres con los hijos… Y que, en secreto y a gritos, inunde los dormitorios de los amantes.

entrañas y te arrastra a palacios de éxtasis e infiernos de dolor. Las músicas y las lecturas son dos grandes inspiradoras para mí. Las buenas, las sinceras, las nacidas sin querer, sin haber podido evitarlo. Hay tantísimo veneno para el alma disfrazado de ellas... Me inspiro en todo lo que está vivo, lo cual no siempre es tan fácil de encontrar como podría pensarse, vivimos en un mundo lleno de seres sin alma. Y otras veces lo encuentras donde menos te lo esperas y se te cuela dentro sin que puedas evitarlo. Aunque hacen menos ruido y se venden menos, el mundo también está lleno de gente llena de vida, de buena vida. LR: ¿Qué fue lo que te llevo a colaborar con estas cuervas que apenas daban sus primeros aletazos fuera del nido? XL: La tentación. Una encantadora bruja gallega (haberlas haylas) me enredó con algún conjuro y me llevó hasta vuestras puertas. Pensé que quizá era un peligroso error, que no era un lugar para mí. Luego una invitación se deslizó entre mis cuadernos, llegando desde vuestros dominios. Como el siseo de una serpiente. Nunca supe si fue una petición o una orden, sólo que quería entrar. Me cuesta decir que no a las aventuras, sobre todo si implican dibujar. Siempre había querido acercar mis lápices a lugares más oscuros, aunque no las tenía todas conmigo, y me disteis la oportunidad perfecta. LR: ¿Quién es tu mayor apoyo?

Ambicioso, ya lo sé, pero no estoy solo. Yo XL: Hay una voz que me susurra sueños. sólo aporto mi granito de arena. A veces como una risa, otras como un dolor que esa voz lleva dentro desde allá donde LR: ¿A la hora de dibujar que ambiente su memoria alcanza, a menudo suena como te rodea, lo haces con música o en completo una esperanza, como una fe asesinada y resilencio? ¿Te inspiras en algo o en alguien? nacida, fe en la bondad de la vida. Esa voz tiene forma, es un niño que se muere por XL: Música, siempre con música, no descubrir y vivir un mundo que sabe hermopuedo ni quiero imaginar un mundo sin mú- so. Y es una mujer, tiene una belleza extraña sica. Aunque tienes que estar alerta, es un e hipnótica, hecha de amor salvaje y dolor mal bicho, si te descuidas se apodera de tus profundo. Su risa es el fenómeno natural

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más brutal y hermoso que jamás haya exis- gente… Es un trabajo a tiempo completo. En tido. Esos susurros y esa risa son mi mayor Inglaterra, por ejemplo, lo normal es que un apoyo. Por ellos no dejaré de dibujar nunca. ilustrador tenga un agente que se ocupa de esa parte, los vendedores venden y los creaLR: ¿Piensas que hay ilustradores que dores crean. tienen grandes trabajos y nadie apuesta por ellos por algo en concreto? Así que me temo que sí, que siempre habrá creadores no reconocidos por el gran púXL: Hay dibujantes, escritores, músicos, blico. Pero, aunque es una lástima por lo que cineastas… que son buenos técnicos, que el gran público se pierde, lo importante es saben seguir las normas, las fórmulas pro- crear cada día, siempre algo original. Si llega badas, recetas que funcionan… No debe ser a unos pocos y esos pocos sueñan, habrá fácil, hay que saber recrear el patrón. merecido la pena. Vivimos a una velocidad de vértigo, casi nadie se para a pensar lo que le gusta, compras lo que tienes que comprar, lo que no puedes dejar de tener, lo que tienen todos. Y todos tienen lo que les dicen que deben tener. Si ves algo nuevo, original, diferente, tienes que mirarlo dos veces para asimilarlo, es demasiado tiempo, mejor comprar algo que cumple la fórmula cien veces probada con anterioridad ¿Para qué arriesgarte? ¿A cambio de, tal vez y sólo tal vez, descubrir un mundo nuevo y maravilloso o quizá terrible? No merece la pena, mejor volver a vivir la misma historia, lo familiar es seguro y lo seguro es bueno.

LR: ¿Aceptas las críticas consecuentemente o prefieres que te alaben ignorando posibles fallos?

XL: Las críticas, buenas o malas, si son sinceras, son lo mejor que te puede pasar. Son como un paso difícil en las montañas, son jodidos y provocan caídas pero, si quieres seguir adelante y ser mejor, tienes que levantarte, entender el porqué de la caída en vez de enfadarte con ella, apretarte los machos y superar el paso. La sensación cuando por fin lo consigues es tremenda. Hay que ser humilde, eso te hace saber que puedes mejorar, creer que aún tienes cosas No hay que culpar a editores o libreros, por aprender. Aprender y mejorar son sensani siquiera a dibujantes o escritores que si- ciones estupendas. guen la receta. Tienen que vivir, como todo el mundo. LR: ¿Alguna vez has pensado en dejar de Creo que para crear algo bueno tiene que dibujar, o te ha dado el típico bloqueo? ¿Qué ser original, tiene que salirte de dentro sin has hecho para remediarlo? saber bien cómo, tiene que hacerte, mientras nace, viajar a lugares extraños, fascinantes, XL: No creo que pueda dejar de dibujar que descubres por primera vez. Será nuevo. nunca, se me van los ojos detrás de ciertas Y dará miedo. Pocos se arriesgarán a seguir ilustraciones, se me van las manos detrás de tu viaje. ciertas historias, me escapo a las montañas, me pierdo en El Laberinto y, cuando vuelvo, De todas formas, aunque nuestro sistema necesito contar lo que he visto. Probableeditorial es un poco desastroso, en cualquie- mente es una adicción. Hay noches, eso sí, ra no basta con hacer cosas buenas, luego en que no hay manera de que largue dos trahay que venderlo, junto con todo lo regularci- zos bien hechos, probablemente por pensar, llo o simplemente comercial, y hay que saber por forzar las manos, por no dejarme llevar. hacerlo, conocer los canales, el mercado, En esos casos paro (después de un buen

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rato de insistir y maldecir y jurar que dejaré de dibujar para siempre, soy un cabezota y me cuesta parar). Y dibujo otra cosa, sin pensar, sin tener ni idea de qué voy a hacer, lanzo líneas curvas en todos los sentidos y, siempre, siempre, una forma va surgiendo, y alguien aparece en el papel, es increíble, no tiene nada que ver conmigo, las manos dibujan solas. Muchas veces tengo que pararme para reírme, tanto me choca el dibu, como si lo descubriera de pronto al volver la página de un libro. Por lo general, a la mañana siguiente, el desastre de la noche anterior sale solo. La verdad es que yo no sé dibujar, son mis manos. Cualquier día no querrán dibujar más y no habrá nada que yo pueda hacer al respecto. No sé qué será de mí entonces…

XL: ¡Uf! Tendría que ser alguien que se apasione con lo que hace, que se metiese hasta las trancas en el mundo que dibujásemos y contásemos. Sería muy difícil. Me tomo muy personalmente la imagen de mis dibujos, de los personajes y los lugares, los detalles de su personalidad y las cosas que ocurren en torno a ellos. Si imagino a un licántropo que adora recrearse en el sabor de la sangre y la carne fresca de sus víctimas, no podrás convencerme de que lo dibujemos acompañándolo de judiítas verdes o brotes de soja ¡¡¡No tiene ningún sentido!!! ¡Piensa un poco! ¡Será siempre con unas buenas patatas asadas! … ¿Qué? ¿Qué ahí está la gracia? Pues no se la v… Um… Bueno… Quizá… Tienes razón… Puede ser que su madre fuese una loba sanguinaria pero su padre un vampiro de los de colegio de pago… Los vampiros son más sibaritas…

LR: Tus obras se muestran dentro de un blog al que llamas “El laberinto”, ¿qué podemos enVaya… Tal vez no sea tan mala idea eso de dicontrar? Y sobre todo ¿por qué ese nombre? bujar conjuntamente ¡Um! De hecho ¡Me parece un desafío muy tentador! Seguramente saldrían XL: El Laberinto es el lugar al que Xavier Le- cosas muy inesperadas que ninguno de los dos perdu pertenece, al que quisiera huir para siem- hubiéramos dibujado jamás por nuestra cuenta. pre, si no fuese porque al encontrar todos esos seres y cosas maravillosas que allí viven y ocurren, Sería como aquella idea absurda de invitar a un necesita volver para compartirlo con su propia incauto e inocente cronista de vagabundeos por especie. Se ve que aunque no quiera admitirlo, en El Laberinto a pasar una noche con tres Damas el fondo, el desarraigado Xavier no puede evitar Oscuras de la terrible Orden De los Cuervos, la pertenecer al querido y desastroso mundo de los cosa no podía terminar bien, al menos para el pohombres. bre cronista, y sin embargo… El Laberinto es El Laberinto De Los Sueños, todos tenemos uno que nos abre sus puertas cada noche, cuando las sombras envuelven el mundo y lo imposible parece más probable, es un lugar maravilloso y terrible, en el que nos perdemos y que no conseguimos dominar, entramos y salimos de él sin poder decidir cuándo o cómo. Es el lugar que quisiéramos construir también a este lado de sus muros pero que la luz de la mañana y el dichoso ajetreo de la vida diaria, esta tan apañada que nos hemos sabido construir, nos hace olvidar con demasiada facilidad… Por suerte, la noche siempre vuelve.

LR: En tus dibujos encontramos desde figuras mágicas del bosque hasta los cuervos que nos dibujaste para abrir el especial semana santa del año pasado. ¿Con qué temática te encuentras más a gusto?¿La fantasía o el terror? XL: Creo que no puedo evitar que mis dibus tengan una cierta inocencia, incluso los más oscuros, pero a la vez me gustaría que hasta los más aparentemente cándidos e inofensivos tuviesen algo de inquietante o perturbador. Es lo que tiene El Laberinto, nada es del todo inocente ni únicamente perverso, y nunca sabes por qué rincones te perderás esta noche…

LR: Si tuvieras que elegir un compañero para dibujar conjuntamente a quién elegirías y por Me gusta buscar el lado noble de los demonios qué? y el rincón oscuro de los ángeles. Por ejemplo, es-

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toy seguro de que una vaga sombra rosa, a primera vista tentadoramente dulce y sibilina, puede esconder una mortífera mamba que más vale temer; o que una enigmática estudiosa de lo tenebroso, temida por ser conocedora de los más terribles secretos e historias del lado oscuro y, digamos, de exótico nombre persa, puede albergar una dulzura digna de conquistar castillos. Si tuviese que centrarme en algo, sería una cierta fantasía oscura, historias vagamente mágicas de lugares y personajes sombríos, con miedos y valentías, con sus noblezas y sus secretos, pecados y extravíos. Sueños que derivan en pesadillas y pesadillas que acaban como un sueño. LR: ¿Qué significan para ti tus admiradores? XL: ¿Mis qué? Creo que yo no tengo de eso. Pero me ha pasado estar dibujando en una terraza con mi cervecita y que una niñita espíe furtivamente mis dibujos y llame a sus amigos para que los vean, el debate subsiguiente entre ellos suele ser increíble, ven mundos enteros detrás de cuatro rayas, se les dispara la imaginación. Sólo por desatar esos sueños hay que seguir creando, abriendo puertas hacia El Laberinto. LR: ¿Qué proyectos futuros tienes entre manos? XL: Ando a vueltas con un cuento infantil, un proyecto bilingüe, y esbozando otro bastante menos infantil, más oscuro, aunque espero conseguir que tenga lecturas a varios niveles para que sea apto para peques, adultos y hasta viejos, con tal de que sean de alma inquieta e imaginación hambrienta. LR:¿Crees que te han ayudado las redes sociales a difundir tu obra? XL: Las redes sociales e internet en general son otro laberinto maravilloso y terrible. Si no vas con los ojos bien abiertos, es muy probable que acabes perdiéndote, desviándote de tu camino y, cuando te quieras dar cuenta, habrás pasado cien años dando vueltas sin llegar a ningún sitio. Por eso hay sherpas cibernéticos que se ocupan

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de guiar de manera más o menos segura a quien pueda permitirse pagarlos. Por otro lado, al aventurarte por esos mundos tienes la oportunidad de cruzarte con gente que puede abrirte nuevas puertas a lugares a los que no hubieras llegado nunca por tu cuenta. O simplemente con alguien con quien hacer un trecho del camino, a veces viajar en grupo es la mejor opción para superar ciertos obstáculos. Hay, sin ir más lejos, lugares prohibidos para muchos, cielos tenebrosos, por los que yo no hubiera osado aventurarme jamás si no hubiese sido por ciertas aves oscuras con las que fui a dar por esos medios y que supieron ver y tentar mi deseo de seguirlas. Por supuesto, como en todo buen laberinto, también hay monstruos. LR:¿Qué puesto ocupan las redes sociales en tu vida? ¿Piensas que el facebook o twitter es una manera de venderse? XL: Les dedico menos tiempo del que debiera. Mis visitas a El Laberinto no paran de acrecentar mi tendencia a dejarme llevar por el viento, a vagar con rumbo incierto, a no querer dejarme ningún camino por recorrer, y las redes sociales e internet son peligrosos para alguien así. El inmenso Facebook es un puerto gigantesco en cuyas callejuelas y tabernas puedes encontrar aventuras en las embarcarte, mapas del tesoro, compañeros de viaje… Y también muchos holgazanes, hombres y mujeres de mala vida, y piratas, muchos piratas, de los buenos y de los malos. A veces puede ser muy difícil salir de él, es un puerto al Mar de los Sargazos en el que puedes quedar atrapado. Luego hay otros fondeaderos específicos para las mercancías de viajes como los míos, como Deviantart, Behance o Carbonmade, son buenos lugares, todos estos muelles te permiten intentar sobrevivir con tu humilde balandra de un solo palo, con ellos se han abierto los horizontes como nunca antes, pero la competencia es amplia, hay mercantes y bucaneros por todas partes y poderosos corsarios con galeones completamente equipados, no puedes llegar con un cargamento de mercachifle, y hay que saber negociar.


Pero debo decir que, mal que bien, manteniendo el timón fijo, trepando al palo mayor para reorientarme y ayudado por algún faro aquí y allá, he llegado a lugares en los que las historias e ilustraciones de mi bitácora han sido muy bien recibidas, por lo que estoy muy agradecido. Gran descubrimiento, los océanos cibernéticos. LR: Por último, ¿nos honrarás con alguna colaboración más en nuestro pequeño nido? XL: Siempre, siempre, siempre.

¡Gracias Xavier!

Te esperamos pronto, en el laberinto... Lugar en el que dar formas a los trazos de tu mente. Sitio perfecto para compartir con un soñador. Punto de partida de nuestro principio. La zona de ensueño que siempre perdura. (Lorena Raven)

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xavier leperdĂş


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MITOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES DAVID CARRASCO Y SORAYA MURILLO

VLAD TEPES/VLAD DRĂCULEA

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oenari era su casa. Rodeándola se encontraban las montañas Fagaras, de ellas provenía un maravilloso sonido: el aullido de los lobos. Caminaba a grandes zancadas por el interior de su húmedo y frío castillo. Las corrientes de aire se adueñaban del escaso calor que emanaba de las chimeneas encendidas. Se dirigía al exterior, la noche le llamaba como si fuera una criatura más. Ya casi en la salida se detuvo para mirarse en uno de los espejos que colgaba al lado de un hermoso tapiz de una escena de caza. Con la frialdad de su propia mirada contempló un cuerpo tal vez no muy alto, pero sí corpulento y musculoso. En su rostro rojizo destacaba la nariz aguileña, unos ojos grises, unas cejas negras y tupidas que le daban una apariencia amenazadora. Su melena negra y ensortijada descendía por la espalda. Sonrió al contemplarse, sí, estaba satisfecho con la imagen que le devolvía el espejo. Así era él, Vlad Draculea, también conocido como Vlad Tepes, hijo de Vlad Dracul. La nieve caía con fuerza, eran finales de noviembre. Pronto marcharía de nuevo al frente, los turcos estaban demasiado cerca. Los turcos…, cerró un instante los ojos. Cuánto los odiaba, demasiados años de luchas y todavía no se veía el fin. Los lobos aullaron de nuevo. Sus lamentos rompieron el silencio y la quietud de la nieve, provenían de todas partes. Al igual que los empalados, estaban allí donde mirara.   Cientos de cuerpos colgaban con rictus de dolor y suplicio, era el recordatorio del alto precio de los pecados del hombre. Caras agonizantes y cuerpos desmadejados, hombres que osaron antaño cuestionar su juicio y grandeza. La benevolencia era para seres inferiores y monarcas pusilánimes. Él era un dios entre hormigas, gobernaba con mano de hierro y sabía cuál era su lugar en el mundo: alzarse a lo más alto para ser recordado por toda la eternidad.Respeto y miedo ambos unidos de la mano. Si le temían, le respetarían. Con el respeto llega la servidumbre. Pero no se podía decir que no fuera justo. Ejemplo de ello eran los cadáveres empalados que contemplaba con una sonrisa de satisfacción. Ladrones de la peor calaña que en su momento osaron practicar el latrocinio en sus tierras. Sus cuerpos colgaban inertes junto al de sus familiares, estos últimos eran inocentes, pero su ejecución resultaba necesaria para dar ejemplo a futuros insensatos. Jirones de piel colgaban de los rostros, mostraban pústu110


las y heridas ya podridas. Se relamió con gusto, recordaba la sabrosa carne de sus cuerpos, trozos suculentos que sus dientes trituraban acompañados del suplicio de las voces de sus víctimas en el último hálito de vida. Aún recordaba a ese pobre hombre que suplicó su ayuda para encontrar a los desalmados que le habían robado todo su oro. Fue un juego de niños encontrar a esas pulgas y torturarlas durante días, regocijándose con el espanto de sus ojos al ver a sus familiares compartir su destino. Desmembrarlos y mutilarlos le produjo un tremendo placer, haciendo oídos sordos a todos los ruegos y llantos. Cuando llamó a la víctima, le entregó la bolsa robada; en su interior, todas las monedas más una añadida. Puso a prueba su honradez y el pobre hombre no le defraudó, alegó que en su bolsa había más dinero del robado. Sonrió y le perdonó la vida. Sólo aquel que le sirve y dice la verdad queda exento del castigo. Siguió andando bajo el frío invernal, aguantando las bajas temperaturas sin el menor atisbo de que le afectara. Los demás mortales se encontrarían hacinados en sus casas, junto a una gran lumbre, calentando sus manos con las pavesas del fuego. Él era un lobo entre tanta oveja, alguien a quien no afectaba el frío más helador ni el calor más abrasador. Todos esos sentimientos y dolencias eran para la plebe, no para él. Pasó junto a los cuerpos empalados de dos monjes, aquellos que, en vida, anhelaban saber si serían dignos de entrar en el reino de los cielos. Se los encontró mendigando y les propuso vivir bajo la vieja piedra de algún monasterio, libres de la penuria de vivir a la intemperie. Ellos rehusaron con la excusa de que mediante la limosna averiguarían si eran merecedores de sentarse a la derecha del Creador. En su infinita sabiduría, él atajó tales dudas. Aún reía con malicia al recordar los gritos de esos dos hipócritas, suplicando por su vida cuando el empalamiento era inminente. Si tantas ganas tenían de ver a su Dios deberían haberle agradecido que les facilitase la entrevista. Su carne fue más suculenta. Extraer sus ojos con las uñas supuso un gozo sin parangón. El sonido de los arañazos horadando sus caras para arrancar pedazos de piel era algo sublime. Un blanco helado cubría los cadáveres expuestos, se asemejaban a muñecos de nieve malditos. Mirase por donde mirase, aquellos cuerpos le recordaban su gran obra y el fuerte yugo con el que sometía a su pueblo. Aldeanos temerosos de su ira y dispuestos a servirle sin ningún tipo de réplica. El castigo para los desleales estaba bien claro. Los empalados eran un fuerte recordatorio para aquellos que pensaran desobedecerle. Se sentía inmortal, divino, puesto en la Tierra para reinar sobre todas las cosas. Si Dios existía, se encogía de miedo ante su presencia. La copa dorada del centro de la plaza era la representación viva de su mandato incuestionable. Un objeto precioso de un valor incalculable, puesto en el suelo para que todo el mundo bebiese de ese cáliz, con la única condición de que nadie la robase. Aquél que lo hiciese ocuparía un lugar de honor entre sus empalados. El tiempo pasaba y la copa permanecía en el mismo lugar de siempre, prueba inequívoca de su supremacía como monarca.  No, no le gustaban los mendigos ni los pobres ni los enfermos; nada de eso cabía en su reino, esa tarde mandó empalar y desollar unos cuantos. Exigió que los empalaran sin tocarles los órganos vitales, así resistirían vivos un par de horas más. A su alma le sentaba bien escucharlos antes de ir a dormir. Qué sabían ellos de gritos, de sufrimiento, pensó mientras miraba el último estertor de una mujer embarazada, agonizaba con el feto prácticamente fuera de su cuerpo. En ese instante recordó un nombre, Juan Hunyadi, el conde que ordenó apalear hasta la muerte a su amado padre Vlad Dracul, y a su hermano Mircea, 111


al que hizo quemar los ojos con un hierro candente antes de enterrarlo vivo. ¿Qué sabrán todos esos miserables sobre el sufrimiento?, se repitió de nuevo. Las estrellas lucían pálidas, los copos de nieve caían silenciosos y cubrían las manchas de sangre de los pocos que todavía agonizaban. No se marcharía hasta que el silencio lo envolviera todo. Diciembre. La batalla contra los turcos no había resultado como esperaba. Ante todo debía salvar su vida, su reino le necesita. Apenas queda tiempo para pensar en nada, pero un plan empieza a formarse en su mente: disfrazarse con el ropaje de un soldado turco muerto y correr hacia sus hombres. Así lo hace, corre como no había corrido en toda su existencia, sabe que su salvación depende de ello. Y allí, a pocos metros, los ve. Ya llegó. Una sonrisa placentera se dibuja en su cara. Se detiene, levanta un brazo para que sus hombres le reconozcan, pero ellos solo ven un turco que se les acerca, no se lo piensan, están muy nerviosos, han muerto muchos compañeros.  Un instante, apenas unos segundos, y siente como su cuerpo se desploma decapitado por sus propios soldados. El cuerpo queda tendido en el campo, así lo encontraron los turcos. Se apropiaron de su cabeza y la desollaron cercenando su cara y su cabellera. Fue llevada hasta el Sultán de Constantinopla, que ordenó colocarla en una estaca para que todos fueran testigos del fin de Vlad. Varios soldados se apiñaron junto al cadáver sin cabeza de su amo, sin poder comprender cómo había corrido hacía ellos con la vestimenta enemiga. Una muerte cómica para el que en vida fue uno de los gobernantes más grandes y temidos. Se miraban entre ellos recelosos y con la culpa grabada a fuego en sus rostros. Fue un gobernante despiadado y letal, pero era su monarca, al fin y al cabo. Un hombre al que no le temblaba el pulso al dar caza a sus enemigos y que defendió férreamente sus fronteras, a pesar de usar el miedo y los empalamientos como mensaje de advertencia a todo aquel que le ofendiese. En tiempos de guerra y traiciones, los soldados preferían un comandante despiadado que uno pusilánime. Uno de los soldados salió del embotamiento que parecía envolver a todos los presentes, y a voz en grito exigió una carreta para transportar el cuerpo caído. Alguien acercó dos fuertes animales de carga que tiraban de un carro de madera, las ruedas salvaban toda clase de obstáculos, desde duras piedras hasta cientos de cuerpos sin vida que adornaban el suelo. Con cuidado y esmero, el soldado, ayudado por otros tres aguerridos hombres, levantó el cuerpo de su amo y juntos lo depositaron sobre las desvencijadas tablas de la carreta. Con una orden, todos los presentes se pusieron en marcha, dejando atrás el campo de batalla, sembrado de hermanos caídos y armas quebradas. Caminaban alicaídos y agonizantes, pensando en que iban a dar sepelio a aquel que con tanto ahínco les defendió de los turcos. Un monstruo para muchos, pero su monstruo a fin de cuentas.  El lago Snagov se encontraba en calma, como presintiendo la carga que los soldados transportaban. Un gélido viento empezó a cobrar forma, los presentes se encogían en sus ropajes y miraban en derredor con precaución. El monasterio se alzaba en mitad de la isla, era una construcción modesta, pero imponente en contraste con el paisaje. Sus muros de piedra presentaban numerosas grietas por las que decenas de bichos correteaban y se escondían. La vegetación crecía uniforme y creaba tupidas alfombras verdes que flanqueaban todo el edificio. Los soldados introdujeron el cuerpo en el monasterio y, junto al altar, dieron el último adiós a su amo. Un rey sin cabeza que descansaba ahora en el fondo de la lápida con las 112


manos entrecruzadas sobre el pecho, en un reposo eterno ante tanta barbarie. Cuando la lápida se cerró con la pesada piedra que varios hombres levantaban y arrastraban, el soldado que había solicitado la carreta para su amo observó, apesadumbrado, el mutilado cadáver que poco a poco iba oscureciéndose a medida que la tapa encajaba en su hueco. En un último vistazo, observó las inertes manos de su antaño monarca y un gesto de extrañeza recorrió su rostro. En su boca se gestó un interrogante, pero antes de expresarlo, la lápida se cerró con un sonoro golpe. Se levantó una fina capa de polvo que flotó en el aire durante minutos. El soldado desechó enseguida lo que parecía haber visto: unas manos más pequeñas de las que él recordaba que tenía su amo. Lo achacó a la escasa iluminación del monasterio y a la atmósfera asfixiante que se respiraba en su interior. Su rey estaba muerto y, por más ideas estúpidas que le viniesen a la mente, no iba a volver a la vida. El Sultán de Constantinopla contemplaba, con una sonrisa en el rostro, la cabeza cercenada de su enemigo. En su fuero interno, admiraba a tan enconado hombre, aquel que no tembló ante su regia presencia y su numeroso ejército de turcos. Luchó por una causa perdida y murió como un estúpido. Un claro ejemplo más del destino de los que se oponían a vivir bajo el yugo de su mandato. Deseaba que su mano hubiera sido la que separara la cabeza de su cuerpo. Sintió cómo su cimitarra cortaba tendones y venas ante la aterradora mirada de aquel que se creyó inmortal. Pero lo que contaba era el resultado final. Su enemigo estaba acabado y, a pesar de que sus hombres no habían traído el cuerpo, sabía que esa era su cabeza. Lo sabía con toda la certeza del mundo. Sin embargo, el Sultán se permitió un momento de duda que hizo morir la sonrisa en su semblante. La cabeza que miraba se le antojaba ahora desconocida, perteneciente a otra persona. Fue un momento de debilidad que pasó efímeramente. Su enemigo no le daría más problemas. Fuera era noche cerrada. Un manto de oscuridad cubría todo, perforado escasamente por las débiles estrellas que titilaban en el cielo. Los animales nocturnos llenaban el bosque con sus múltiples sonidos, preparándose para cazar y alimentarse. De repente, todos los sonidos desaparecieron como por arte de magia. Nada alteraba el ominoso silencio que había cobrado forma e impregnaba el aire. Ni siquiera los árboles osaban agitar sus hojas ante la presencia que, con pasos pausados, se acercaba. La silueta de un hombre se recortó bajo la claridad lunar, alguien cuya pose hacía que la flora y fauna se postrase ante él de puro respeto y temor. El enigmático hombre miró hacia lontananza y posó su mirada en territorio del Sultán. Con una escalofriante sonrisa se pasó la lengua por los dientes. Acto seguido se dio la vuelta y se perdió en la espesura del bosque.

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LA HISTORIA DE VLAD TEPES/VLAD DRĂCULEA Vlad III, más conocido como Vlad Dracul o Vlad Tepes (“el empalador”), señor feudal de los Cárpatos, fue príncipe de Valaquia, un territorio de la actual Rumanía, que vivió en el siglo XV y aterrorizó a sus súbditos con asesinatos en masa. Se cree que liquidó a más de 100.000 personas, aproximadamente el 20% de la población, y que disfrutaba asistiendo a muertes lentas que incluían torturas, descuartizamientos y sobre todo empalamientos, de donde le viene su siniestro apodo, pero no parece probable que mordiera cuellos. Fue un tirano y un guerrero cruel, pero no un vampiro. Esa cualidad le fue atribuida en las narraciones germánicas y rusas inspiradas en la mitología rumana del vampirismo Nació en 1428 en Sighisoara. Era el primogénito del príncipe Vlad, apodado Dracul (diablo) por su crueldad y sangre fría, características que heredó su hijo junto con el alias de Draculea, que significa hijo del diablo. En aquellos tiempos, el territorio rumano estaba acosado por el Imperio Otomano y por los húngaros, y en el interior por nobles que luchaban entre sí con ferocidad. Vlad vivió una infancia traumática, pues fue entregado por su padre a los turcos, que eran sus aliados en contra de los húngaros, y fue criado por el sultán Murat II, padre de Mehmet II. 

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Con el apoyo de éstos, Vlad subió al trono de Valaquia en 1448 tras el asesinato de su padre a manos del noble húngaro Iancu de Hunedoara. Una vez en el trono, el joven pronto dio muestras de que no se casaba con nadie y decidió cambiar de bando al estrechar relaciones con Iancu y enfrentarse a losotomanos. Previamente se ocupó de los enemigos interiores y organizó un festín para los nobles boyardos, que entraron como invitados y acabaron formando parte del banquete: fueron atados, colocados boca abajo y empalados con estacas romas que penetraban más lentamente en su cuerpo para que el suplicio durara más. Algunos tardaron tres días en morir. Después, decidió alzarse contra los turcos y se negó a pagarles el tributo, planteando a Mehmet II una guerra de guerrillas que trajo en jaque al Imperio Otomano. Sin embargo, los turcos acabaron invadiendo Valaquia y Vlad huyó a Hungría para pedir protección, pero el rey lo encarceló. Durante sus doce años de encierro aplacó su sadismo empalando ratones y pajarillos. En 1475 fue liberado y regresó al trono de Valaquia, que había sido ocupado por su hermano Radu el Hermoso. Su última acción conocida fue la lucha contra los trucos en la batalla de Vaslui junto a las tropas del príncipe Esteban Bathory. En 1476, murió asesinado en una emboscada, probablemente por sus propios soldados, que entregaron su cabeza a los turcos. El trofeo fue colgado de una estaca en el centro de Estambul.

En Rumanía fue venerado como paladín de la cristiandad contra la invasión musulmana, pese a que siempre se le representa con la estrella de ocho puntas, nunca con una cruz. Jamás se supo qué ocurrió con sus restos, supuestamente enterrados en el monasterio de Snagov.

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LA ENTREVISTA ADAM NEVILL

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ara nosotros es un orgullo presentar la entrevista realizada a Adam Nevill que tan amable y humilde se ha mostrado durante la misma. Creemos que no hay mejor manera de hacer las cosas que mostrar a nuestros lectores y seguidores el trabajo que estamos haciendo en Vuelo de Cuervos y que éste no sería posible sin la buena fe y ayuda de todos los grandes escritores con los que nos estamos rodeando. Sin más dilaciones, os dejamos con la entrevista. Lo primero de todo, gracias por conceder a Vuelo de Cuervos, un blog y una revista que sirve como plataforma para que los escritores que empiezan puedan darse a conocer en el difícil mundo de la escritura, ésta entrevista. VDC: ¿Qué opina cuando es terror modernos le debemos a catalogado como el Stephen King todo, mientras que ninguKing inglés? no de nosotros puede escapar de su vasta sombra. Parece Creo que eso sólo se dijo una que no hay otros escritores con vez, pero como apareció en The los que compararnos, al mismo Guardian mi editor no lo ignoró, tiempo que ninguno tendrá su y la frase apareció en la porta- éxito. Yo me sentí halagado, ya da de cada uno de mis libros. que soy un admirador de King y ¡Y ahora me preguntan por mi es una de mis influencias, pero reacción en cada entrevista! trato de mantener la perspectiPara ponernos en contexto, el va. Creo que lo único que, procrítico que escribió esa compa- bablemente, tengo en común ración es un reconocido escri- con King es la pasión por la estor de ciencia ficción, por lo que critura de terror. no era una opinión examinada. No conozco a nadie que haya Pero la mayoría de lectores de leído mis libros por esa frase en terror no han leído más allá de la portada. De hecho es más King, Rice, Koontz, u otros es- contraproducente, ya que alcritores de su nivel, porque son gunos de sus fans más inconlos únicos escritores con libros dicionales no están de acuerdo en venta en la mayoría de libre- con la comparación. rías desde hace muchos años. Así que cuando la ficción de VDC: En tu novela Banquet terror es criticada o reseñada, for the damned (2004), te inssiempre se hace comparándola piras en el terror sobrenatucon Stephen King. Él es la vara ral de M. R. James. ¿Qué esde medir con respecto al que critores clásicos admiras? los demás somos juzgados. De algún modo, los escritores de Muchos de ellos, pero Algernon

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Blackwood y Arthur Machen son mis influencias principales, así como H. Russell Wakefield, Oliver Onions, Edith Wharton y Walter de la Mare. Lovecraft y Fritz Leiber son probablemente mis principals influencias americanas. De un período más moderno Shirley Jackson, Robert Aickman, Ramsey Campbell y M. John Harrison son escritores clásicos, en mi opinión, y todo influye. Más que influirte en cómo escribes o en tu estilo creo que las influencias literarias te hacen querer escribir y te transportan de una manera en que encuentras cosas en tu memoria y tu imaginación para dar forma a la ficción que estaban fuera de tu alcance desde hacía mucho tiempo. VDC: Los críticos te alaban y recomiendan tu lectura, al menos en España, nuestro país. ¿Crees que los críticos son demasiado benevolentes contigo? ¿Te asusta la crítica?


Realmente no sé cómo se han recibido mis libros en España, a no ser a través del trabajo de Jesús Palacios, que ha sido tan amable, porque aunque puedo encontrar reseñas no puedo leer en español. Pero os estoy agradecido por hacerme saber que la recepción ha sido positiva. ¡Me encanta Minotauro y me encantaría que tradujesen todos mis libros! Creo que las reseñas han estado mezcladas en todo lo que he escrito aunque, al menos, las novelas están siendo descubiertas y leídas. Mis historias más extrañas — Apartamento 16 (2010) y House of small shadows (2013)— obtuvieron el mayor número de críticas negativas y condenas. La novelas que utilizan narrativas más tradicionales e ideas agradables para la mayoría de los lectores, como El ritual, El fin de los días y No one gets out alive, han recibido, en su mayoría, críticas positivas. El sabor, la paciencia, la educación, edades de lectura y la sofisticación de los críticos son primarios para entender sus críticas. Y yo siempre tengo esto en cuenta, aunque siguen sin gustarme las malas críticas. Hay una cosa segura: los escritores nunca han sido objeto de examen profundo u opinión, porque internet y los medios sociales, que es un vasto cosmos de opinión, algunos son considerados y están informados y otros no. Ahora soporto mejor las malas críticas. La experiencia me ha endurecido. Pero como pongo mucho de mí mismo, mucho tiempo y trabajo en mis libros, por supuesto me siento decepcionado e incluso herido por algunas malas noticias. Si alguien escribe “simplemente

no es lo mío” me parece bien. Pero si alguien dice “Esto está muy mal escrito” me estremezco. Algunas de las críticas son tan malévolas y llenas de odio que me llevan a preguntarme cómo he podido escribir un libro al que alguien pudiera oponerse de esa manera. Me han sorprendido algunas críticas. Ahora no soy tan sensible. Aunque nunca dejaré de preocuparme por los lectores y lo que opinan. Sin lectores no seré leído.

“LOS ESCRITORES NUNCA HAN SIDO OBJETOS DE EXAMEN” VDC: ¿De dónde tomas la inspiración para tus novelas? ¿Empiezas por el principio y dejas que la acción se vaya desarrollando o lo hace al revés? De dónde surge una novela es siempre una combinación de factores. Memoria, observación, experiencia, el impacto de la lectura, instinto, percepción… Todos esas partes del conocimiento son almacenadas, y se destilan y refinan en imágenes e ideas, como fragmentos de sueños, que tratan de procesar el mundo, mientras reaccionas a favor y en contra de ellas. Y algunos de mis libros han surgido de una simple imagen, como El ritual, y la historia creció desde una escena con una imagen definida. He pensado escribir sobre hombres de mi generación y llevar el cine de terror a una novela pero, ¿cómo? Una

vez que tuve esa imagen de la efigie en el ático, todo empezó a juntarse de maneras que no había previsto. Hubo otros libros que me sirvieron como guía también, como Las ruinas, de Scott Smith, La carretera de McCarthy, Los sauces de Blackwood y Deliverance (Defensa) de Dickey. También películas, como Pícnic en Hanging Rock, El proyecto de la bruja de Blair y The objective. House of small shadows es el mejor ejemplo de este proceso. Quería ir directo a mis primeros terrores y encantamientos de cuando era un niño y convertirlos en una historia. Tenía muchas ideas e imágenes pero no una historia. Pero la historia empezó a tomar forma y mágicamente todo empezó a unirse cuando empecé a escribir, así que el propio proceso de la escritura me da a veces la historia. No podía haber previsto que acabaría escribiendo esa novela, de ese modo. El esquema que le di a mi editor no tenía ni siquiera un título y sólo mostraba ligeramente el libro terminado. Fue como el mayor riesgo que asumí como escritor, pero confiaba en que mi imaginación no iba a fallarme. En otros libros, como El fin de los días llevé a cabo una mayor planificación porque la historia era muy complicada y abarcaba unos cuatrocientos años, por lo que necesité una mayor estructuración antes de empezar a escribir. VDC: El gran escritor inglés James Herbert falleció recientemente. ¿Qué opinas de su trabajo?

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He disfrutado con muchas de las novelas de James Herbert. Puedo encontrar defectos, como pueden encontrarlos en los escritos de otros, basándonos en nuestras preferencias. Pero cómo se preocupaba por el lenguaje y cómo muchos de sus escritos, como The magic cottage, Sepulchre, Shrine y Entre los muros de Crickley Hall, fueron pasados por alto injustamente. Se preocupaba de lo que hacía y era muy bueno con las atmósferas. Hay escenas en sus novelas dignas de M. R. James, Clive Barker y Lovecraft, por lo que era mucho mejor escritor que la opinión mostrada por la predominante opinión de los críticos. También creo que él era importante, más que cualquier otro escritor. Si piensas en The fog y The rats parece haber transformado el horror moderno en literatura de protesta, con voces provenientes de lo más bajo del orden social, escritores que no se educaron en colegios ni universidades privadas o que no nacieron para llevar vidas cultas y privilegiadas. No creo que tratara de impactar en los lectores, sólo escribía lo que se sentía obligado a escribir sobre su propia experiencia, y eso en sí mismo era impactante. Y es magnífico que un escritor de clase obrera como Herbert, además un escritor de terror, llegara a ser el escritor británico de más éxito de los ochenta y los noventa.

la esencia de la historia? ¿Quieres decir investigar? Investigo para la mayoría de mis libros. No pienso que la investigación sea demasiada porque todo ayuda, pero cuanto más investigas más difícil es incluir todas tus ideas y que resulte una buena ficción. Más investigación es igual a más reescritura. Pero no voy a cambiar.

blaras de tu método de escritura. Explícanos cómo es un día típico cuando estás escribiendo.

No creo que ningún día sea típico. Trato de escribir una escena cada día de escritura. Tengo cuatro días por semana que puedo dedicar casi en exclusiva a escribir, a veces dependiendo del cuidado de mis hijos o de otras cosas. Y a veVDC: Pensamos que domi- ces me puedo sentar a escribir nas muy bien el suspense todo el día y producir una escenarrativo. En Apartamento na que casi parece haber sido 16 tratas lo sobrenatural. transcrita para mí, pero puede ¿Crees en la vida después de que sólo tenga unos seis días la muerte? ¿Te sientes atraí- así al año. Puedo escribir otra do por el mundo secreto? escena y reescribirla veinte veces y borrarla en la reescritura Gracias. Me alegra que final. Puede ser lento y tortuoApartmento 16 os gustara. Para so o no. Puedo escribir un gran mí, ese siempre será un libro comienzo y ser interrumpido. especial. Sí, siento una inmen- Puedo estar indeciso durante sa fascinación por el “mundo cinco horas y de repente ensecreto”, y mi mente está abier- contrar la zona y no levantar la ta a lo paranormal. No sigo nin- mirada hasta que las ganas de gún dogma o doctrina religiosa, orinar me producen dolor. Los pero tampoco niego la posibi- libros que escribo nunca son lidad de la vida después de la los que imagino al comienzo. muerte o la existencia de luga- Pero nunca me doy por vencido res más allá de nuestros sen- con un libro, no importa cómo tidos o nuestra comprensión. de grande sea la tentación a Creo que nuestros cerebros veces. son como los ordenadores de los ochenta intentado procesar VDC: ¿La escritura es una toda la información disponible adicción? ¿Alguna vez dejashoy en día. El ordenador que te de escribir? utilizo tiene 16 Gb de memoria, pero hace treinta años los ordeEntre mediados de los nonadores personales tenían 48 venta y ahora, el descanso más K de memoria. Tenemos una largo que me he tomado fue de capacidad limitada, posible- seis meses, entre 2005 y 2006. mente no podemos entenderlo Fue por una mala relación. Pero VDC: En tu libro El fin de los todo. A veces, quizá, la imagi- me sentía desgraciado y perdidías, fue muy gratificante ver nación tiene mayor alcance, si- do sin la escritura en mi vida. que te habías documenta- glos más allá que la razón. La Era un hombre sin un propósito do para tratar el tema de las imaginación puede no ser pre- o mucho entusiasmo, y sin essectas. ¿Qué utilizas para cisa, pero sugiere lo que podría cribir a veces me parecía que la documentarte? ¿Puede ser existir. existencia era fútil, destinada a que un exceso de documenrepetir ciertos patrones inútiles, tación haga al escritor perder VDC: Nos gustaría que ha- y que había perdido el control.

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Así que he aprendido que la escritura es un “propósito” en la vida, y el propósito para la mayoría de mis días. Incluso si no estoy escribiendo estoy pensando en la escritura o leyendo, o haciendo algo conectado con la escritura. Temo perderlo, a pesar de los problemas que me ha creado a lo largo de los años. Así que la escritura es un propósito y una esclusa para la parte de mi conciencia que necesita desesperadamente una salida. También me siento responsable ahora de un grupo de lectores fieles y no quiero fallarles. También tengo una familia y mi escritura ha sido buena para nosotros, y veo mi escritura como otra forma de cuidar de ellos, así que mi relación con la escritura ha ganado nuevos motivos.

Creo que el lector crea sus propias visiones de todos modos. No creo que nunca haya sugerido al lector ver a Francis Bacon, pero, ¿puede que lo haya hecho indirectamente a través de un epígrafe?¿Eso es hacer trampas? Nunca lo he considerado así. Pero Hessen está basado en un grupo de artistas expresionistas y abstractos de un cierto período, los cuales son mencionados en la historia. Ofrecí esa información para añadir un contexto realista a la historia del arte, y quizá también, ahora que lo mencionáis, como una guía para los conmovedores grotescos en el trabajo de esos pintores. No creo que eso sea incorrecto o inusual. Una de las cosas que hacen que la ficción funcione es trabajar en la comunicación de experiencias comunes. Supongo que podría haber desVDC: ¿Qué tipo de libros crito sólo las reacciones de los lees? ¿Cuál es el último que observadores a las pinturas sin has leído? describir las pinturas, pero no creo que eso se pueda sosteLeo mucho terror de calidad y ner en una novela larga sin permucha literatura de ficción, des- der el efecto. de ficción americana a escritores británicos y traducciones. También leo más no ficción que nunca. Los últimos libros que he leído, o que estoy leyendo, son The house on the brink de John Gordon (que me ha eludido durante años), The clock strikes at twelve, de H. Russell Wakefield, Afinidad de Sarah Waters, y estoy a punto de terminar Night’s black agents de Fritz Leiber. Todos brillantes. VDC: Has sugerido que viésemos el trabajo de Francis Bacon mientras leemos Apartamento 16. ¿No crees VDC: ¿Te preocupa la muerte que el lector debe crear sus del papel impreso? propias visiones? Sí, mucho. Y no sólo eso.

También temo los cambios sociales y comerciales que pueda traer la muerte de la impresión. Muchas cosas están actualmente contribuyendo a ello: la pérdida de valor de los libros como archivos digitales por los bajos precios y la piratería, y estamos todavía en la era de los e-books a veinte peniques. La desaparición de las tiendas de libros y librerías, la congestión y parálisis de la materia electrónica publicada (aproximadamente un millón y medio de e-books se subieron a Amazon en Estados Unidos en 2011, y ha crecido desde entonces), por lo que los nuevos grandes escritores nunca son descubiertos, o se sienten desalentados para escribir al no encontrar lectores; el aplastamiento hasta la extinción de las ganancias de los escritores provenientes de los minoristas, forzando la bajada de precios hasta la nada, mientras los editores se llevan la mayor parte del poco dinero generado; abusos de copyright que llevan al empequeñecimiento o la desaparición del copyright. Todo esto está pasando ahora en el Reino Unido y en los Estados Unidos. Creo que en España, Francia y Alemania todavía hay una regulación que protege la cultura, la literatura y las artes, pero en un mercado de economía no regulada creo que las tiendas de libros y las editoriales pequeñas y medianas desaparecerá, así como la mayoría de los mejores escritores, los periódicos y publicaciones periódicas impresas, y el valor de la mayoría de los libros pronto se verá reducido a nada. El impacto que esto tendrá en la literatura, la cultura y la civilización, nadie parece haberlo pensado.

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VDC: ¿Cuánto tiempo pasas leyendo? ¿Es necesario leer mucho para escribir bien? No puedes llegar a ser un buen escritor a no ser que leas de manera extensa y voraz. La lectura por placer, para la vida, parece un sinónimo de escribir bien. Siempre puedo decir que estoy leyendo a un escritor que lee poco; podría tener éxito pero nunca tendré la necesidad de leer ninguno más de sus libros. Parecen estar atrapados en una manera de contar la historia y en su propia voz también. VDC: ¿Te ha ayudado el ebook? ¿Qué opinas de Amazon? Es difícil decir cómo me ha ayudado. Más de la mitad de mis ventas ahora mismo son en formato digital. De 2010 a 2012 casi todas mis ventas eran en papel. Mis e-books se venden a muy bajo precio, y sólo venden en grandes cantidades cuando están en promoción y cuando cuestan menos de £1. Esta tendencia es representative y se ha convertido en la nueva realidad de la venta de libros en el Reino Unido. Mis libros son pirateados masivamente, que es la razón por la que no tengo más audio libros. La mayoría de mis alertas de Google son para avisarme de nuevas reseñas, me informan sobre páginas y páginas de sitios piratas que regalan mis libros. ¿Cómo no va eso a destruir mis ventas? Como todos los escritores, además del top 100, que representa la mitad de los ingresos, los nuevos formatos digitales son o pirateados o vendidos a precios muy bajos, mientras que los formatos im-

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presos, más lucrativos, están desapareciendo junto con las tiendas de libros. Ha habido un cambio masivo en los hábitos de lectura del papel a la pantalla, así que, ¿cuál es el final del juego? Nunca he sido tan popular entre mis lectores que cuando mis libros impresos se vendían en una amplia gama de librerías y estaban disponibles. Mis libros eran entonces más caros, entre £5 y £7, pero no eran muy caros, de hecho. Yo creo que un libro que valga más de £10 está muy bien. Pero la cultura de internet de la autorización para que todo sea gratis, o vendido por unos peniques, desde la música, televisión y películas, a los juegos, es muy activa en la devaluación de los libros también. Amazon ha sido un factor clave en esta tendencia, ya que acumula el 95% de las ventas de e-books en el Reino Unido, y el valor principal de su marca son los bajos precios. Teniendo millones de títulos disponibles a muy bajos precios, y aduciendo que eso es bueno para el consumidor, lo que hace es que el gigante minorista esté socavando a cualquier otro que produzca, desde los escritores a los editores. Los editores son igual de culpables de la situación de los escritores, por mantener su porcentaje, el 90% en libros impresos y entre el 75% y el 85% de los digitales. Debido a esos cambios los editores están reduciendo o eliminando los avances. Los ingresos de los escritores han caído un 40% en el Reino Unido en diez años. Por otro lado, Amazon es demasiado bueno para ser cierto. Es un minorista magnífico que hace que esté todo disponible y te lo lleva rápido. Veo más

películas, compro más libros y escucho una más amplia gama de música desde que Amazon llegó.

“AMAZON ES DEMASIADO BUENO PARA SER CIERTO”. Es maravilloso para el consumidor. En cierto modo es la mejor tienda del mundo si te gustan los libros, la música o las películas como a mí. Pero creo que debería haber un término medio entre esas dos posiciones. No todo debería poder ser desbaratado o conducido por las fuerzas del mercado sin pensar en las consecuencias. Se podría decir lo mismo del agua, el transporte público y el combustible doméstico. Los negocios raramente son éticos o previsores, porque es contraproducente para las ganancias a corto plazo. Así que yo creo que unos precios más altos combinados con la existencia de una amplia gama, junto con una regulación para acabar con la piratería, se necesitan ya. Un valor debería estar unido a cualquier otro valor de la cadena alimentaria, y no sólo con lo que beneficia al consumidor.


Estamos intentando hacer esto con el medio ambiente, así que ¿por qué no proteger los libros, a los escritores, músicos, realizadores de cine, diseñadores de juegos? VDC: ¿A qué edad empezaste a escribir? ¿Qué te motivó? Empecé a escribir en serio, con la escritura y mi vida en los libros como un propósito diario, a los veintitantos. Supe que iba a convertirme en escritor a los dieciséis años y pensé que nada más me satisfaría, pero necesitaba experiencia vital y probar otras cosas antes de tomármelo en serio. Llegó un punto, cuando pensé que no iba a poder reprimir por más tiempo el impulso de escribir, en que lo convertí en mi misión. ¿Qué podría escribir a los dieciséis años, si ni siquiera había tenido novia? El impulso inicial de escribir vino de cuando mi padre me leía en mi infancia, hasta que tenía trece años. La mayoría de las noches nos leía. VDC: En tu novela El ritual, nos emocionó como describías la amistad entre los personajes, nos dio la sensación de que le dio pena matarlos. ¿Te cuesta ponerle fin a los personajes de tus novelas? ¿Cuál es el que más te gusta? Creo que todos tenían defectos, como todos nosotros, y todos los hombres buenos a su modo. Ninguno de ellos era una mala persona, aunque Luke era el más inestable y cada uno era molesto y egoísta, o demasiado seguro. Murieron porque eso es lo que la vida hace con las personas en situaciones di-

fíciles, nos mata. Nada es justo. Estás en una mala situación en la que apenas tienes control y mucha gente no sobrevive. Esto es el terror. La vida es terror. No trata de ser bueno o malo, merecer o no la muerte. Esas consideraciones carecen de significado en desastres o en tiempos de guerra, son para gente perdida en un lugar de fuerzas extrañas y ancestrales. La vida sin la red de los derechos humanos, las reglas de la ley o el buen gobierno es el terror. Encontrarse en un entorno hostil y vasto, o en un entorno indiferente, es cósmicamente terrorífico también, ese es en el fondo nuestro destino final como especie. Todos mis personajes sufren un proceso en el cual se ven forzados a contemplar y reflexionar acerca de su insignificancia, mientras que al mismo tiempo luchan por vivir un poco más. Esa cualidad podría hacer de La carretera de McCarthy, 1984 de Orwell o La guerra de los mundos de H. G. Wells las más grandes novelas de terror para mí. Examinan el peso aplastante de nuestra insignificancia y la falta de control. Luke era probablemente el personaje menos simpático, pero sobrevivió. Ahí me arriesgué, pero creo que los personajes son auténticos. Eso es a lo máximo a lo que puedo aspirar, la autenticidad. Hutch es el héroe pero fue el primero en morir. Dom y Phil eran padres y matrimonio y, probablemente, se parecían a la mayoría de nosotros en esa situación. Seríamos inútiles, pero no mereceríamos ese destino. La gente tiene que encontrarse en esa situación cada día, en algún lugar del mundo. El heroísmo es un concepto muy simple para

mí, incluso en la ficción. Luke era el personaje con el que más me identificaba, un hombre amargado y cansado de la vida, por el subempleo y las esperanzas rotas, por la futilidad, por ser un rebelde y un hombre extremo en sus puntos de vista y su comportamiento. VDC: ¿Cuál es tu libro favorito y más importante? ¿Por qué? No puedo decirlo. Me gusta cada uno de ellos por distintas razones. En cada libro he tratado de explorar un nuevo territorio, nuevas maneras de escribir, nuevos tipos de personajes y situaciones, y de dar rienda suelta a todo tipo de ideas y sentimientos que he experimentado. Les doy a todos el mismo nivel de interés e intensidad.

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VDC: El blog y la revista que tenemos trata de que la gente que empieza tenga un punto de apoyo en el mundo de la literatura, al menos que les conozcan y lean sus relatos cortos. ¿Cómo llegaste a ser publicado? ¿Te llevo tiempo, fue fácil, alguna vez pensaste en dejarlo? ¿Qué piensas ahora que eres mundialmente conocido?

tada mi posición, y mis expectativas se han visto superadas por todo lo que ha ocurrido. Siempre me había imaginado que tendría los peores resultados. Un hombre viejo, sólo, viviendo en una habitación llena de manuscritos sin publicar. Mi escritura se convirtió en todo para mí. Mi compromiso con ella era muy extremo, incluso desequilibrado a veces, y tomé muchas malas decisiones y suTodo era muy diferente para frí y me hice la vida más difílos escritores cuando publiqué cil a mí mismo. Pero no soy el por primera vez. Internet no primero. Lo que me ha ocurrido era lo que es hoy en días. Sólo como escritor ha terminado con existía la manera tradicional, a años de frustración y ansiedad. través de agentes y editoriales Para los nuevos escritores ser importantes, no había autopu- publicado hoy en día no es difíblicación como existe ahora, cil, pero el modo tradicional de ni tantas imprentas pequeñas. un escritor leyendo, aprendienDespués de terminar Banquet do el oficio y encontrando una for the damned, esperé cuatro voz y escribiendo algo que sea años a que una pequeña im- bueno y resuene, nunca ha sido prenta publicara la novela, y tan importante. Los escritores otros cinco años más después tienen la responsabilidad de de eso hasta que las editoriales ser tan buenos como sea posiimportantes tuvieron en consi- ble, de preocuparse, y de hacer deración mis dos siguientes no- que su trabajo importe. ¿Quién velas. Además de los grandes quiere un mundo de libros de autores de terror de los seten- aficionados, mal considerados ta, el terror estaba muerto para y escritos a toda prisa que tenla mayoría de los editores du- drán poco o ningún valor? rante todo el tiempo que estado escribiéndolo, así como durante mis primeros quince años como un escritor serio. Ahora, un escritor en esta situación se autopublicaría. Eso no era una opción para mí. Me llevó mucho tiempo estar ahí, más de veinte años, y no conseguí mi primera gran oportunidad con un editor internacional hasta que tuve cuarenta años. Escribí también nueve novelas eróticas, por la moral, para practicar, para afilar mis dientes y aprender el oficio mientras esperaba que el terror regresara, si es que alguna vez lo hizo. Aquellos días nunca di por sen-

PRÓXIMAMENTE A LA VENTA EN ESPAÑA

“Los escritores tienen la responsabilidad de ser tan buenos como sea posible”.

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VDC: Para terminar, para los lectores españoles de Vuelo de cuervos, ¿qué les puedes decir sobre tu último libro, el cual llegará pronto a España? Tengo dos libros posteriores a El fin de los días que no han sido publicados en España todavía, House of small shadows y No one gets out alive. El libro de este año, Lost girl, habla de mis tres mayores temores: la pérdida de un niño, el cambio climático fuera de control y el fin de la civilización. VDC: Muchísimas gracias por contestar a nuestras preguntas. Gracias a vosotros y a todos los lectores españoles que han leído mis libros y los recomiendan. ¡Os saludo!

TODAS SUS OBRAS HASTA LA FECHA

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GRAZNIDOS EN LA HISTORIA (ANA ARRANZ SIHAYA)

La campana de Huesca

El obispo de Roda-Barbastro rezaba con los ojos cerrados frente al altar. Uno de los monjes se acercó y le susurró algo al oído. Sus ojos se abrieron sorprendidos, pero no habló. Solo asintió con la cabeza y siguió al emisario hasta la sala donde le esperaban varios nobles con rostro sombrío. Nada más verle hincaron sus rodillas en el suelo y rindieron pleitesía. A pesar de pertenecer al clero, aquel hombre de iglesia pasaría a ser el monarca del reino de Aragón sucediendo a su hermano Alfonso I “el Batallador” que había muerto sin descendencia. De eso no hacía ni un año y el nuevo rey, Ramiro I, ya se había enfrentado a varios problemas. Pero uno en especial le afligía. Un sector de la nobleza no estaba muy de acuerdo con su elección, e incluso habían llegado a atacar una caravana musulmana poniendo en peligro la tregua con éstos que el nuevo rey había pactado hacía poco. El monarca paseaba como un león enjaulado. No era ducho en temas políticos, él era un simple religioso, y no sabía cómo encarar el asunto. Era rey sí, por la gracia divina, pero a esos nobles díscolos no parecía importarles. Después de varias noches en vela decidió pedir consejo a su maestro el abad de San Ponce de Thomierès donde había pasado su juventud cuando todo era mucho más sencillo. El emisario llegó después de muchas jornadas de viaje al monasterio francés y, sin querer descansar antes de transmitir su mensaje, se presentó ante el abad que se encontraba en el huerto del monasterio. Éste escuchó atentamente la petición del rey en boca de su heraldo. Cuando el mensajero terminó, permaneció en silencio frente al abad esperando su respuesta. En lugar de contestarle, el monje se dio la vuelta hacia su huerto y comenzó a cortar las coles que sobresalían hasta que no quedó una. Entonces se volvió al atónito testigo y le dijo: —Vete a mi señor el rey y dile lo que me has visto hacer. Éste frunció el ceño, pero no se atrevió a contradecir al abad y asintió volviendo a los establos donde le esperaba un caballo de refresco. Cuando volvió junto a su rey contó con todo detalle lo que había sucedido. Ramiro reflexionó y agradeció al emisario su presteza en traer la respuesta. 124


No tardó mucho el rey en convocar a los grandes señores en la ciudad de Huesca para comunicarles una grande nueva. Iba a mandar fabricar una campana cuyos ecos resonasen en todo el territorio. Los nobles creyeron que su monarca había perdido el juicio, pero no quisieron contradecirle cuando éste les invitó a que le siguieran para indicarles dónde iba a mandar colocar la campana. Sus súbditos subieron las estrechas escaleras de la torre detrás de su rey y, conforme iban accediendo a lo más alto del campanario, un verdugo iba separando las cabezas de su tronco. Quince testas formaron la circunferencia de la campana, en cuyo interior, se colocó la decimosexta que pasaría a ser el badajo de la misma. La noticia viajó por todo el reino como transportada por el viento y pronto no hubo un solo rincón que no conociese lo ocurrido. La advertencia llegó a todos los oídos. Los ecos de la campana realmente pudieron escucharse en todo el territorio.

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EXPERIENCIAS MÁS ALLÁ DEL NIDO by JOSÉ MANUEL DURÁN RAIN

CONFESIONES DE UN INVESTIGADOR: PARTE I No es fácil ser honesto y además trabajar en la investigación de Fenómenos Paranormales. Alargar la mano y llevarse algo de pasta engañando al personal es una práctica demasiado habitual. Las excepciones honrosas existen (hay muy buena gente trabajando y luchando en este mundillo) pero, de momento, las buenas personas no nos interesan pues siempre nos han preocupado los embusteros, los cantamañas, los cretinos y espabilados, sea cual sea su nombre. Y esa fauna de la que hablamos existe y pulula como malditas alimañas sedientas de sangre por cuenta ajena. Y su presencia apesta como la mierda que desprende los cuerpos podridos de los zombis. Nadie duda de que hay mucho fraude entre videntes y brujos, entre curanderos y adivinos (donde, aunque te cueste comprenderlo, hay personas de gran corazón) pero aunque en un futuro hablaremos de ellos, de momento, y porque tiene que ser así, tratamos de abrirte los ojos porque la mentira y la corrupción están a la orden del día entre los propios investigadores, esos muchachos y muchachas que indagan en lugares embrujados, escriben libros, trabajan en la gran pantalla o en la televisión y se erigen como expertos y sabelotodos. Como si fueran políticos corruptos, la codicia y la ambición se presentan como demonios internos, tentadores, que pretenden usurpar la buena voluntad de estas santas personas si es que algún día fueron santas y tuvieron buena voluntad. La tentación es la tentación y en época de crisis cuando te ponen un fajo de billetes frente a los ojos es muy fácil alargar el brazo, abrir la mano y agarrar con ansia. Dinero fácil. Engaño sencillo. A costa de mentir. A costa de engañar. A costa de no decir la verdad. A costa de exagerar o, como a veces también ocurre, a costa de guardar silencio. El dinero es capaz de conseguir muchas cosas: Te vendes. Te corrompes. Te ayuda a mirar hacia otro lado. Y no te preocupes porque tu conciencia se haya podido ensuciar porque si has dado ese despreciable paso es que te importa un pimiento todo esto salvo tu propio beneficio y el de tu maldito ego. En esto del misterio se empieza con ilusión. El interés que desprende el estudio de los Fenómenos Paranormales resulta excitante y te convierte en una persona con ambiciones variadas. Visitar lugares embrujados, recoger información de voz de sus propios protagonistas, realizar experimentos para obtener resultados de origen desconocido… todo eso te convierte en una persona especial pero ¡ojo! que te puedes pudrir a la mínima de cambio. ¿Sabías que algunos investigadores han utilizado esta afición para engatusar y acostarse con los testigos de hechos anómalos? ¿Sabías que la gente que sufre experiencias aterradoras está dispuesta a pagar lo que sea y como sea por sentir un alivio en sus vidas, convertidas desde entonces en un infierno?

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¿Y sabes que cuando te colocan un fajo de billetes ante tus malditas narices es muy difícil rechazarlo? No pienses ahora que los investigadores están montados en el euro. No manejan pasta por salir en la tele, escribir en las revistas o lidiar semanalmente en un programa de radio. La mayoría de ellos pierde pasta porque se ven obligados a rascarse el bolsillo para realizar sus propias investigaciones. Si embargo…, tarde o temprano alguien, en alguna parte, con toda probabilidad una persona desesperada, acudirá a la casa de uno de estos individuos y le contará su problema. Y pedirá por favor que le eche una mano. Y pagará por ello. Recuerdo aquella ocasión cuando una señora con ciertos problemas mentales abrió su bolso y colocó 300 euros en la mesa del investigador a cambio de una solución a todos sus males que pasaba por una simple sesión con el Tablero Ouija. 300 euros por una sesión de espiritismo. 300 euros frente al investigador. Un fajo de billetes nada desdeñable que podría servir para pagar facturas, permitirse unos caprichos, reducir deudas o como ayuda a fin de mes. 300 euros. Fáciles de ganar. Solamente hay que alargar la mano, agarrar los billetes y engañar a la señora. El resto es bastante sencillo. Cruzar la línea. Es muy tentador hacerlo. Deberías saber que muchos rechazan propuestas de este tipo pero otros… sujetos sin escrúpulos, espabilados de turno y jugadores de lo oculto, a quienes no les importa nada el sufrimiento de las personas ni la investigación de los Fenómenos Paranormales, se llevan la pasta y acceden a estafar a los necesitados. El mundo del misterio es maravilloso por dentro, sin duda, pero cuando vives en su interior, en seguida notas la peste que desprenden los despreciables investigadores que han cruzado la línea, aquellos en los que la gente ha confiado y se limitan a engañar una y otra vez y esto lo hacen tanto investigadores que apenas se conocen como los grandes e ilustres buscadores de lo insólito. Mierdas de dos patas que se burlan de todos nosotros porque si bien lo paranormal no da dinero sí que puedes manejarlo en tu propio interés. La tentación no vive arriba, sino que convive con todos nosotros. Nos rodea, nos alienta a adentrarnos en el puñetero lado oscuro y allí están ellos, los buitres, los perros de presa, los desgraciados corruptos que se mueven en las altas esferas y que dejan a las personas honestas (que las hay, no lo olvidemos) a la altura del barro. Recuerdo el caso de aquella productora de televisión de un famoso programa que ofreció una cuantiosa cantidad a un investigador. Viaje pagado a la capital. Hotel, comida y el sobre abultado con la cantidad estipulada. Y todo ello por una entrevista en directo a buenas horas de la madrugada donde el investigador se comprometía a exagerar sus casos e inventarse otros porque lo que la audiencia quiere es morbo y sensacionalismo y morbo y sensacionalismo es lo que hay que darle. ¿Salir en la tele? ¿Contar chorradas a cambio de dinero? Parece el deporte nacional en muchos de los aspectos de la vida, ¿verdad? Desgraciadamente el mundo de lo paranormal nunca se libró de semejante estupidez. Por cierto, lo de la televisión se merece un capítulo aparte que en un futuro escribiremos. Resulta muy confuso coincidir en el plató con investigadores, negativistas y testigos de hechos insólitos y descubrir entre bambalinas el baile de sobres más o menos abultados y que acaban en el bolsillo de algunos bajo la sorpresa y estupefacción de otros. El mundo del misterio no es tan inocente como quieren hacernos creer. Ruines miserables, crueles mentirosos y molestos esperpentos. Y entre toda esa mierda, como un brillo de esperanza, todavía hay gente que se mantiene fiel a sus principios, personas honestas que luchan a diario por crear un mundo mejor. Y esos tipos son los que merecen la pena, los que arrojan algo de esperanza a un tosco ambiente, podrido y cubierto de ratas hambrientas por dominar cada sector del misterio. Todos ellos tienen nuestro respeto y nuestra más sincera admiración. Los otros, la execrable basura, pueden irse literalmente a la mierda.

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HOSPITALES EMBRUJADOS EN SINGAPUR Si tomamos como cierta la creencia de que un lugar en el que se hayan acumulado escenas de muerte y sufrimiento es más susceptible de quedar afectado por fenómenos paranormales, es lógico pensar que los hospitales estarían entre los edificios más frecuentemente retratados como “malditos”. Los hospitales son, desgraciadamente, lugares donde la frontera entre la vida y la muerte es más fina, y el hospital abandonado es hoy por hoy uno de los escenarios más explotados en la ficción de terror; libros, películas, videojuegos… a menudo se aprovechan de esta dualidad conformada por el miedo a la enfermedad y la muerte, y el temor a lo sobrenatural, única en los hospitales abandonados. Añadamos a esto un pasado sangriento, una historia de tragedia y muerte, nuestro hospital pasará a convertirse en el campo de cultivo de leyendas urbanas, historias de terror, e infamia. Un edificio a evitar a toda costa, sin duda. Éste es el caso que nos ocupa en la ciudad de Singapur, no con uno, sino con dos hospitales con fama de embrujados y una siniestra historia a sus espaldas

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Un poco de historia Remontémonos a los años 40. La Segunda Guerra Mundial ardía como una hoguera rabiosa tanto en Europa como en el Pacífico, abrasando todo a su paso. Singapur, antigua colonia británica, era parte del teatro de operaciones aliado, sirviendo como base para las fuerzas de la RAF, y otras fuerzas. Esto la convertía en un objetivo prioritario para las tropas japonesas, que finalmente lograron arrebatarla de manos británicas el 15 febrero de 1942, en lo que Winston Churchill llamó “el peor desastre y la mayor capitulación en la historia británica”. El ejército nipón controló Singapur hasta el fin de la guerra en 1945, conduciéndose con notoria crueldad con la población civil. Fue en ese espacio de tiempo en el que se forjaría el sangriento trasfondo de ambos hospitales.

El Hospital de Alexandra Éste hospital tuvo un papel estratégico durante la defensa de Singapur en febrero del 42: La primera brigada de infantería Malaya del ejército inglés trató de utilizarlo como ruta de escape frente al imparable empuje enemigo, y para tal fin, lo fortificaron con barricadas y nidos de ametralladora. Sin embargo, el ejército japonés logró sobrepasar sus defensas y tomar el edificio. Ignorando ofertas de rendición y banderas blancas, los soldados nipones masacraron a todos los ocupantes del hospital: militares y civiles, médicos, enfermeras, pacientes. Se calcula que unas 250 personas, principalmente trabajadores del hospital y pacientes, fueron asesinados aquél día. Otros muchos fueron hechos prisioneros y posteriormente ejecutados; los pacientes que sobrevivieron al ataque inicial fueron dejados a su suerte, sin comida, cuidados, ni agua, durante tres días. La barbarie de aquel acto fue de tal magnitud que el propio general japonés al mando, Tomoyuki Yamashita, ordenó la ejecución de los soldados y oficiales responsables de la masacre, y se aseguró personalmente de que los pacientes supervivientes recibieran los cuidados necesarios. Pero ningún acto de piedad pudo borrar la sangre derramada, ni frenar la leyenda negra que 129


nació aquél fatídico día: hoy por hoy, el hospital sigue en funcionamiento, atendiendo a los ciudadanos de Singapur, pero se cuentan historias sobre sensaciones extrañas en sus pasillos, figuras de antiguos pacientes que se mueven como si aún estuviesen vivos, y rostros de los soldados masacrados defendiendo el hospital, observando a los vivos tras los cristales de las ventanas.

El Antiguo Hospital de Changi Si la historia y las manifestaciones del hospital de Alexandra ya resultan inquietantes, el hospital de Changi supone un peldaño más arriba en la escalera del terror. Inicialmente construido como parte de las instalaciones que la RAF mantenía en Singapur, el hospital de Changi pasó a tener otro uso cuando los japoneses tomaron el control: se transformó en un campo de prisioneros. Soldados británicos, sus aliados australianos o malayos, disidentes civiles, o incluso soldados japoneses acusados de insubordinación pasaron a convertirse en los nuevos ocupantes del recinto, dirigido por la Kempeital, la policía secreta japonesa. Las prácticas de la Kempeital no tenían nada que envidiar a la Gestapo alemana: las torturas y ejecuciones de prisioneros eran frecuentes. Se llegaron a clavar estacas de metal en los terrenos que rodeaban el antiguo hospital, para clavar en ellas las manos cortadas de los presos ejecutados. Tras el fin de la guerra, el edificio volvió a funcionar como un hospital, y durante los años posteriores el personal y los pacientes no han dejado de compartir numerosas historias acerca de fenómenos extraños en los pasillos del edificio: gritos, figuras sombrías, luces extrañas… Se habla de un niño pequeño que a veces aparece sentado, mirando al vacío, de soldados japoneses cubiertos de sangre, de una antigua sala de torturas que aún conserva manchas de sangre reseca en sus paredes y suelo… Sean ciertas o no todas estas historias, el Hospital de Changi conserva aún una pésima reputación. El edificio permanece abandonado desde 1997, y los habitantes de Singapur son reacios a pasar cerca de sus muros cuando cae la noche.

FRANCISCO COSTALES NOVAL

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DARK LOVE (EL DIFUNTO)

R

obert había muerto. Su vida había sido plena, feliz y maravillosa. Había sacado provecho a sus años, pese a que no fueron demasiados. Resumiendo, podría decirse que había vivido. Y había vivido bien. Pero su llama se había apagado de repente. Es curioso que algunas almas se marchiten o desvanezcan de forma tan sutil, poco a poco, en cuanto que otras brillan y se apagan furiosas como un relámpago. Su otrora esbelto cuerpo lleno de vida, descansaba ahora inerme en un opulento ataúd de ébano como si fuera una espléndida estatua griega. Había sido hermoso. Atractivo también. Pero a uno al verlo le venía a la mente la sugerente definición de hermoso. Su expresión había tenido algo formidable que siempre había inspirado confianza en todos aquellos que se acercaban a él. Sus ojos verdes, grandes y alegres, habían enamorado a muchas damas de la sociedad de la época; su sonrisa, afable y embriagadora, se había encargado de conquistar los corazones de otras tantas. Pero en el suyo solo había habido amor para una mujer. Ellen. Los concienzudos y meticulosos preparativos del funeral habían sido tan pulcra y correctamente ejecutados que ni el propio difunto los hubiera dispuesto mejor de haber podido imaginar su funeral. Las exquisitas facciones de su rostro, tal y como podía mostrarse tras el reluciente cristal, seguían ejerciendo una irresistible atracción ante todo aquel que se acercaba a mirar: mostraba una cándida y tierna sonrisa y, aunque la muerte tampoco había sido dolorosa, no parecía apenas desfigurado después del excelente trabajo realizado por los empleados, y a la vez propietarios, de la funeraria. A las tres en punto de la tarde, sus allegados y amigos iban a reunirse en la catedral de San Patricio para ofrecer un último adiós a un hombre que ya no necesitaba de adioses, allegados ni amigos. Los numerosos presentes se fueron acercando al féretro uno tras otro, en silencio, con aspecto serio y abatido, a derramar sus dolorosas lágrimas sobre el pulido cristal. Todo había sido demasiado rápido, tan fugaz como un suspiro arrancado a destiempo de unos labios sellados. El ataque al corazón había sido fulminante. Parecía extraño en alguien de aspecto tan saludable, de vida lujosa e intensa, pero al mismo tiempo sana, sin vicios conocidos salvo alguna copa de brandy o vino en la soledad y quietud nocturnas de su biblioteca. Pero cuando la parca viene a buscar a alguien no da explicaciones de sus motivos. Se lleva su alma y adiós. 132


La inmensa fortuna de Robert quedaba ahora en su totalidad en manos de su esposa. No habían logrado concebir hijos. Se rumoreaba que ella era estéril y no había podido darle ningún heredero. Pero la verdad en lo referente a este asunto se desconoce. Y lo que se cuenta no son más que las típicas habladurías con que tanto gusta de entretenerse la gente. Tampoco el fallecido contaba con más parientes vivos. Así que Ellen era su única beneficiaria a todos los efectos. Pasados unos minutos de las tres de la tarde, los asistentes comenzaron a acercarse a la primera fila y, después de ofrecer el ceremonial pésame y consuelo a la afligida viuda, imponente toda vestida de negro y con una palidez de ultratumba que destacaba sobremanera entre aquellos ropajes oscuros que enmarcaban su rostro como un cuadro gótico. Tal y como mandan los cánones, fueron tomando asiento de forma solemne en los inmaculados bancos de madera pulida de la catedral. Entonces llegó el sacerdote y, ante su imponente presencia, el resto de luces y las numerosas velas y cirios parecieron apagarse y dejar de brillar. Con tono ceremonioso, el ministro de la iglesia comenzó el rutinario elogio de los muertos y su semblante lúgubre, acompañado de aquella letanía pesarosa, parecía ascender y descender, subir y bajar, acercarse y retroceder, como el murmullo de las olas de un mar compungido. El fúnebre día parecía oscurecerse más y más a medida que hablaba; una pesada cortina de oscuras nubes ensombreció el cielo y las frías y tristes gotas de lluvia no tardaron en hacer también acto de presencia en el funeral. Era como si el cielo también quisiera llorar la muerte de Robert. Tras un discurso interminable, el reverendo concluyó la eucaristía con una oración por el alma de los difuntos; se cantó un himno solemne, y los que iban a ocuparse de llevar el féretro a hombros ocuparon sus respectivos lugares junto al mismo. Entonces los apagados sollozos de la viuda se transformaron en compungidos lamentos que inundaron todos los huecos, recorriendo los laterales y arcos de la nave y subiendo hasta la bóveda donde reverberaron de forma lastimera. Al tiempo que las últimas notas y compases del himno se extinguían con un eco apagado, Ellen corrió hacia el ataúd, se arrojó sobre el cristal y comenzó a llorar de un modo histérico que heló el corazón a todos los presentes. Un par de monaguillos y varias conocidas suyas intentaron ofrecerle consuelo y darle ánimos, con lo que poco a poco se fue calmando y recobrando la compostura. Mientras el sacerdote la instaba a acompañarla de vuelta a su asiento, los ojos de Ellen buscaron de nuevo el rostro de Robert bajo el cristal. Entonces se llevó las manos a la cara y, dando un alarido de pánico y horror, cayó al suelo perdiendo el conocimiento. Como un resorte los dolientes corrieron hacia el púlpito, precipitándose sobre el féretro. Un trueno retumbó en el exterior haciendo temblar todas las hermosas vidrieras de colores al mismo tiempo que del órgano de la catedral se escapaban unas lúgubres y desacompasadas notas que ninguna mano visible producía. Todos se quedaron observando el rostro de Robert al tiempo que las campanas del reloj del campanario volvían a tañer en honor de las tres de la tarde, cuando hacía ya casi media hora que habían sonado dando con puntualidad por 133


primera vez dicha hora. Un cuervo negro surgió de entre las sombras y fue a posarse con majestuosidad sobre el altar. Graznó una, dos, tres veces. Seguidamente calló. La catedral quedó en silencio. Cuando todos los presentes se volvieron dando la espalda al ataúd, parecían envejecidos, pálidos y moribundos. Un monaguillo, intentando huir horrorizado de aquella visión escalofriante, tropezó con el féretro cayendo torpemente al suelo. Cuando el sacerdote se acercó a mirar por el cristal, casi se desmaya ante la imagen que allí encontró. El difunto tenía los ojos abiertos, pero su otrora mirada dulce ahora rezumaba ira. Su tibia sonrisa se había evaporado dando paso a un rictus mezcla de odio, rabia y tristeza. Como si hubiera vuelto a respirar, el interior del cristal se había empañado. En la fina capa de vaho que había aparecido, se habían formado tres palabras perfectamente legibles: “Ella me envenenó”. (JUANMA NOVA GARCÍA)

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Una ecuación. Una secta. El CAOS... LIBRO EN PAPEL AMAZON LIBRO DIGITAL AMAZON Los niños juegan con carne. Los edificios supuran dolor. El silencio devora las calles, salvo por ese cántico, esa letanía incomprensible que recorre las hileras de vehículos abandonados y se cuela en las entrañas abiertas del subsuelo. La ciudad ha cambiado. Él también lo ha hecho. Su raída bufanda oculta las llagas de su expresión descompuesta. Su corazón ha dejado de latir. Pero en su pecho, aún hay algo que emite un zumbido acompasado, estremecedor. Piensa en su hermana, en su madre, en aquella secta... ... Y en la venganza. .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-. Javier Vivancos nació en Cartagena un viernes 13 de 1979. En una fecha así, solo podía haber venido al mundo un escritor de literatura de terror. Se diplomó en Trabajo Social y se licenció en Psicología, pero lo que más le interesa es escribir y dar rienda suelta a esas historias que de cuando en cuando pululan por su mente como almas perdidas que necesitan ser dirigidas hacia algún lugar más luminoso. Ha trabajado como corrector y como redactor. Tiene varios trabajos publicados, ha resultado ganador en certámenes de relatos como el Premio Lituma 2006, el Ciudad de Arnedo 2008 o el X Concurso de Relatos Eróticos de Cartagena, y además ha conseguido pasta con ello. .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.


ARTE MACABRO -LA OBRA DE KRIS KUKSI(ROSA GALDO MILLÁN)

Hay artistas que sin duda marcan un antes y un después de haberlos descubierto, es el caso del escultor y pintor Kris Kuksi. Su obra es un deleite para los sentidos y no deja indiferente a nadie. Su percepción de la vida, la muerte, lo real y lo fantástico se mezclan en una magistral obra donde la imaginación se desborda a raudales. Kris Kuksi, nació en marzo de 1973 en Springfield, Missouri, y se crió en un pueblo de Kansas. Los primeros años de su vida transcurrieron en un entorno rural muy cerrado, carente de cualquier estimulo externo con dos hermanos mucho mayores que él, un padrastro alcohólico y una madre que trabajaba de sol a sol. Esa influencia marcó el camino de un individuo introvertido, pero con una imaginación portentosa. Su propensión a lo inusual ha sido un rasgo constante desde la infancia, una fascinación por la creación que ha dado sus frutos en la adultez a través de un arte que, entre otras cosas, es esencialmente macabro y grotesco.

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Kuksi ha ido ganando reconocimiento por lo intrincado de sus esculturas. Las obras del estadounidense esbozan una técnica meticulosa mediante la cual el artista recolecta, ensambla, recrea y manipula innumerables piezas y fragmentos para cohesionarlos en un marco que intenta proyectar alegóricamente el principio y el final de las civilizaciones. La multirreferencialidad simbólica produce un efecto atemporal en donde dioses y diosas lanzan un desafío casi insultante a la moralidad que tradicionalmente han representado en sus respectivos dogmas religiosos.


Su arte implica una sátira critica y corrosiva , donde un universo de figuras simbolizando presente, pasado y futuro se fusionan para formar una composición armónica y balanceada .La alegoría neobarroca de las esculturas de Kris Kuksi está marcada por el espíritu arqueológico de una época moribunda Kuksi opina que el mundo de hoy se presenta a menudo frívolo y frágil, y que está impulsado a menudo por la codicia y el materialismo e intenta exponer en sus obras las falacias del hombre en un nuevo nivel de conciencia para el espectador. Cada escultura es un desafío a la religión, la moral y los límites de la mortalidad. Su trabajo ha sido descrito como “un estudio en la atemporalidad y complejidades, que recuerda perdidas civilizaciones, deidades y ruinas”.

Su trabajo ha recibido varios premios y galardones y ha aparecido en más de 100 exposiciones en galerías y museos de todo el mundo, incluyendo la Galería Nacional de Retratos del Smithsonian. Arte de Kris también puede ser visto en una serie de revistas de arte internacionales, portadas de libros y carteles de teatro. Arte de Kris se ofrece en ambas colecciones públicas y privadas en los Estados Unidos, Europa y Australia que incluyen personas como Mark Parker (CEO de Nike), Kay Alden (tres veces ganadora del Emmy escritor para Young and the Restless y intrépido y la Hermosa), Fred Durst (músico y director de cine), Chris Weitz (director de la película La brújula dorada y Crepúsculo: Luna Nueva) Guillermo del Toro (director de la película Laberinto & Hell Boy 2) y Robin Williams del fauno (Premio de la Academia y el Globo de Oro.

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ILUSTRACION CECILIA GF 91


ILUSTRACIÓN BEGOÑA FUMERO ARTWORKS


(Jack Winchester) Decía Lovecraft que el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido… Es verdad que la incertidumbre, el no saber a qué nos enfrentamos, es algo que produce un terror especial, pero también es cierto que a veces los miedos más cercanos, los más “palpables” no son por ello menos intensos. Pensemos en el miedo a la muerte, no tanto la propia sino la de nuestros seres queridos, la de la persona amada… O en la soledad, en el desamor… Quizá en el caso del miedo a lo desconocido esté más presente el dolor físico que el psíquico o sentimental. Al respecto, Stephen King en su ensayo “Danza macabra” distingue entre “maldad interior” (por ejemplo “El corazón delator” de Poe) y “mal externo” (amenazas provenientes del espacio…). Y puntualiza que se da una paradoja, por un lado el mal externo es más difícil de tomarse en serio, por otro, tiene más alcance, es más impresionante. También nos podemos encontrar con una categoría particular de terror que está a su vez asociada a otras; me refiero a aquellas historias que tienen como eje temático los objetos. Estos pueden participar de las dos clases de terror, tanto del interno como del externo. En el caso por ejemplo de una muñeca, podríamos considerar que se da una maldad interior cuando dicha muñeca es poseída por el espíritu de una persona fallecida (dentro del grado de interioridad que se puede atribuir a las historias de fantasmas) y maldad exterior cuando la amenaza se produce por parte de extraños seres o de otras dimensiones, como en el episodio “Juego de niños” de la muy recomendable serie “Hammer House of Mystery and Suspense” que en España recibió el título de “Misterio”. Los objetos, como centro del terror, como origen, han sido tenidos en cuenta en múltiples series, películas y libros. Entre las series hay varias que tomaban ese tema como monográfico: “Misterio para tres”, “La habitación perdida”, “El club de medianoche”, “Almacén 13” y, en menor medida, “La dimensión desconocida”… A veces incluso llega uno a toparse con relatos en los que el objeto no produce terror, no al menos lo que se entiende por tal, dando lugar a un humor negro o incluso surrealista como es el caso de “Los anteojos” del Maestro Poe. Pero hay veces en que los objetos van más allá, pasan a formar parte de una realidad desdibujada. Hay ocasiones en que el terror se viste de una sensación especialmente desasosegante sin que ello quiera decir que se produzcan escenas desagradables o sangrientas, todo lo contrario, de hecho quizá esa desazón se produce por el hecho de asaltar la cotidianeidad, implantando el terror en lo más insospechado. Mediometrajes como “La cabina”, “La habitación blanca” o “El televisor”, películas como “Picnic en Hanging Rock” o “El diablo sobre ruedas” o episodios como el ya mencionado “Juego de niños”, “After hours” o incluso el cortometraje “Torre” de Oskar Santos son buenos ejemplos de salto a otra realidad o desazón en estado puro.

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Aunque para ejemplo de irrealidad, y pasando ya al meollo del artículo, el episodio “El tarro” de la serie “Alfred Hitchcock presenta…”, dirigido por Tim Burton y basado en un relato de Ray Bradbury. Esa irrealidad patente a lo largo de todo el episodio se centra en el frasco, en el agua azulada, en los reflejos que encuentran su refugio en ella… Porque el agua, en ocasiones, es la puerta a otra dimensión, aunque sea sensitiva… Las piscinas por la noche, con las luces reflejadas en el agua como invitándonos a dar un paseo por una realidad paralela… Las piscinas suelen ser escenario de muchos crímenes en las películas de terror pero no me refiero tanto a su uso como escenario sino al agua en sí, desde la de una piscina hasta la del frasco de la historia de Ray Bradbury o incluso el mar o un río. El agua como elemento perturbador o fantástico… La Ophelia de Millais nos lleva a interpretaciones modernas como la realizada en el videoclip “Where the wild roses grow” de Nick Cave & Kylie Minogue o, en otro sentido, la muy famosa Laura Palmer, cuyo cadáver envuelto en plástico con los tonos azules y morados característicos de la piel tras un ahogamiento nos lleva a su vez a una obra de teatro llamada “The Drowning Girls” donde las protagonistas aparecen en tres bañeras, siendo los colores predominantes el azul y el blanco. Hablando de bañeras, contar a modo de anécdota, que Elizabeth Siddal, la modelo que hizo de Ophelia para Millais, posó día tras día sumergida en una bañera, siendo el agua calentada con unas velas. Siguiendo con los videoclips y el paso a otra dimensión hay que tener en cuenta el carácter claramente onírico de “Acid, Bitter and Sad” de This Mortal Coil o, del mismo grupo, la canción “Song to the siren” del disco “It´ll End in Tears” con unas maravillosas y sugerentes imágenes de una mujer bajo el agua, con los ojos cerrados otorgándole al conjunto la tan inquietante irrealidad. Es decir, no trato de reflejar la importancia de piscinas, ríos y demás en el terror (se me ocurre ahora la película “Calma total”) sino cómo un elemento tan cotidiano como el agua se convierte en fuente (nunca mejor dicho) de terror, no centrándonos exclusivamente en lo que se refiere a la muerte por asfixia. Hablo de extrañeza, de inquietud y no de terror en el sentido estricto, aunque recordemos que el desconcierto nos lleva a una desazón considerable. Es como lo que escribía el Conde de Lautréamont, “El encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección”, que anticipa el surrealismo, en cuanto que objetos sin ninguna relación entre sí transmiten desconcierto, misterio… Una vez pervertido el contexto, nos encontramos conque el agua puede transmitir también melancolía, magistralmente reflejada en el muy recomendable relato “El lago” de Ray Bradbury: “… me alejé sin volver la cabeza, para no ver cómo las olas lo deshacían, como se deshacen todas las cosas”. O los cuerpos bajo el agua con ropajes victorianos de la película “Affinity”… En el fondo se trata de crear en el espectador, lector… receptor o destinatario en definitiva, una sensación extraña que no es terror, es mucho peor… Es como aquella serie, “Las pesadillas de Freddy” en que lo onírico no se centraba en el carácter surrealista sino en el terror de encontrarnos con personas queridas que reaccionaban como nunca reaccionarían con nosotros. Que el consuelo no exista, que no nos calmen con sus palabras de cariño sino que hurguen más en la herida, que alimenten nuestra preocupación, nuestra tristeza, dando lugar a una indefensión absoluta. El agua, una desaparición, un extraño frasco, una tienda que el día anterior no existía… Tantas y tantas cosas que no solo producen miedo o terror sino en ocasiones una perversa incredulidad.

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RELATOS BITCH HUNTER ZANBAR BONE El pasamanos tiembla con él, de nervios, de excitación. Cada zancada retumba en la escalera y en su caja torácica. En cualquier momento, el corazón se le saldrá disparado por la boca y llegará antes que ellos a la segunda planta. Sssh, no hay que hacer tanto ruido, que mi casera..., piensa decirle, pero no le queda aliento para otra cosa que no sea tirar de ella escaleras arriba y contener las ganas de desnudarla ahí mismo en el rellano, de follársela delante de la puerta de la vieja arpía. Al llegar arriba, se da cuenta de que es su chica quien abre la habitación, aunque no recuerda haberle dado las llaves. Es ella quien le arrastra con urgencia hasta la cama y quien cierra de un portazo. La chapa de la puerta cae y se queda fuera con su insistente repiqueteo contra el suelo. Ssssh, no des gol... Aún no puede hablar, y la ropa va volando de camino al colchón. Respira de forma tan agitada que cree que se asfixiará antes de tenderse sobre él. No le da tiempo a encender el aire acondicionado, a ir al aseo o a buscar los condones que guarda en la maleta. El único respiro que tiene es cuando ella baja la persiana que da al desconchado patio de luces de la pensión. Cuando ella regresa con sus generosos pechos al descubierto, estos se sacuden a un ritmo alegre y contagioso que él también desea bailar. Con esas curvas, ni falta que le hace la lencería erótica. La desea tanto que se arrancaría el pellejo, porque ya no le queda más ropa de la que desprenderse, y desea fundirse en ese cuerpo sonrosado con una necesidad febril. Ella se aparta los bucles cobrizos de forma sensual, como si quisiera que la contemplase mejor, y al palparle la tremenda erección, suelta una risotada que roza lo histriónico. De inmediato, se pone a horcajadas sobre él. —Voy a reventarte a ti y a los muelles del somier, te aviso —le ruge ella, de una forma nada seductora, aunque logra que a él le hierva más la sangre en la entrepierna. Y cuando aquello entre en ebullición, va a soltar algo más que vapor... En el fondo le pone a cien que ella lleve toda la iniciativa, pero cuando le clava las garras en las pelotas, él la retiene como puede por los hombros. —Ss... —Otra vez se le va el aliento. Lo intenta de nuevo—: Sssh..., espera, cariño, es mejor que no hagamos mucho ruido... Aunque ella se contonea como una gatita en celo, le suelta el paquete y lo mira con una ceja enarcada. —... La dueña de la pensión está loca; me deja la habitación barata, pero es una enferma, una cotilla que no para de meterse en mi vida... La expresión de su amante es en cierto modo neutra cuando se retira de nuevo hacia atrás la melena. Él espera que esto no le baje la libido a su chica, pero agradece que le permita relajarse un poco, porque tal y como iban no duraría ni dos minutos entre sus muslos de amazona.

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—... De hecho... —prosigue él, acariciándole los brazos y la curva de los senos para que no se le enfríe el tema—, una vez hasta me buscó por Facebook para espiarme. Está como una puta cabra, en serio, es mejor que no se huela que estoy aquí con... una diosa exuberante de melena salvaje. El piropo le podría haber quedado mejor, pero la cosa marcha de nuevo; ella le sonríe y le recorre con el índice la línea que une el vello de su pecho y el vello púbico. —Pues conozco el juego perfecto para no hacer ningún ruido —le susurra ella, y se desliza por un extremo de las sábanas con una especie de siseo. Apenas le da tiempo a respirar hondo un par de veces. Ella ya está de vuelta con unas bragas enrolladas. Cuando se las pasa por la cara, los nervios aletean con fuerza en su estómago, y piensa que con esta chica jamás podrá relajarse, que siempre estará a punto de explotar. —Haré que chilles —le amenaza ella—, así que vamos a tomar precauciones... Y cuando comienza a amordazarle con las bragas, él no se resiste, contento de que al menos le dé un poco de tregua a sus pantalones. —... pero ningún juego bondage está completo si no hay alguien atado al cabecero... En este punto, él deja de preocuparse. Ni relajación ni leches. Que dure lo que tenga que durar, que sea lo que Dios quiera. O mejor dicho, lo que ella quiera. Le ata las muñecas juntas con algo áspero como el esparto. Con un último tirón, él da un respingo, ella le sonríe y él le devuelve la sonrisa. Huy, jiji, cuidado que aprieta, aunque me gusta, jiji. Pero ya no puede hablar, tampoco detenerla. Cuando se sienta sobre él, le atrapa las piernas con sus poderosos muslos. El cepo es molesto, pero en contrapartida su sexo caliente le ofrece un beso húmedo y rasurado a la altura de las rodillas. Tú no llevas mordaza, ¿es que no vas a gemir ni hacer ruido? Aunque pudiera realizarla, se trata de una pregunta tonta, innecesaria, porque la cosa solo va de él, como comprueba cuando ella aferra su pene congestionado y lo va estrujando primero con una mano y luego con la otra. No se detendrá. Esa mirada maliciosa... Sabe que lo está llevando al límite antes siquiera de comenzar. Más que masajearle, le castiga el miembro, se lo lubrica a base de escupitajos. Él no tiene forma de saber si cuando le escupe en el pecho o incluso en la cara es porque ha errado el tiro. Si pudiera hacerlo, le diría que le gusta, que siga, que casi, casi está a punto... Como si adivinara sus pensamientos, ella le suelta con desprecio y arquea hacia atrás la espalda como una contorsionista. El miembro se le tensa con impaciencia y escupe un hilillo lubricante. Oh, Dios, la de posturas que podr... De pronto, una zarpa se aferra a su glande para mantener el equilibrio. Está tan salido que no siente dolor. Aún no. Cuando la chica se yergue, de algún modo ha rescatado un objeto de los pies de la cama. A él le entra la risa floja cuando descubre que es un vibrador verde, liso, estilizado como una cápsula alienígena. ¿Es para ti o lo vas a usar conmigo también? Al presionar el botón que hay en la base, de la punta del juguete asoma un punzón cuyo filo apenas se percibe a media luz. Pero eso no lo hace menos amenazador. —Puedo hacerlo, ¿sabes? Puedo conseguir que te corras mientras te agujereo hasta el cráneo. A lo mejor incluso te follo antes de matarte... La mordaza ahoga sus gritos y se empapa con su saliva y su desesperación. No reconoce su propia voz, un mugido tan apagado y lejano que ni parece real. Nada parece real. No puede creerse las cosas que le está diciendo, la aguja que sobresale de ese juguete sexual. Y al intentar moverse, se da cuenta de la fiereza con que le inmovilizan esos muslos. Ahora el sexo pegajoso de la muchacha le muerde y se adhiere a su piel como una sanguijuela. —... Síii... Este es un buen sitio para comenzar... Debe de haber alguien gritando, la cara hundida en una almohada, en la habitación de al lado quizá. Pero no es él, no puede ser él mismo. Mientras se revuelve en sus ataduras, apenas es consciente de que el punzón le acaba de atravesar por un extremo entre las costillas. Al mismo tiempo, esas uñas se le clavan en el miembro, que nota gélido e hinchado, a punto de hacer su trabajo conforme la salvaje masturbación sigue su curso. Es como si hubiera dos mujeres a la vez, ambas dementes: una clavándole un disparatado consolador, otra ordeñándole el jugo de los huevos mientras la cama traquetea como en mitad de un terremoto.

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¡PARA, NO, PARAA... AAH! Un chorro de sangre sale disparado por encima de su clavícula. Ni siquiera ha visto llegar el punzón. Le tiene aferradas las piernas y la verga con tanta fuerza que el cosquilleo por la falta de flujo sanguíneo se suma al del orgasmo inminente, y eso y el intento de desembarazarse de ella ocupan toda su capacidad de atención. ¡NO ME CLAVES ESO, NO, NO POR FAVOR NO POR...! Cada súplica sofocada por las bragas sanguinolentas en su boca llega a destiempo, se confunde con otras cosas que querría hacerle comprender a la chica, en otro contexto, sentados tranquilamente a la mesa con un par de velas románticas y un plato humeante, sin juegos con ataduras, sin punzones. Pero esto no es una maldita novela rosa. La eyaculación sobreviene de manera dolorosa y solapada con otro chorro de sangre que brota de alguna parte de su cuerpo. Ni siquiera ve de dónde. Las patas de la cama galopan contra el suelo, y con cada sacudida es como si las barras del somier se le clavaran y hurgaran en los orificios abiertos por el punzón. Llega un momento en el que pierde la cuenta de cuántos son. El dolor le aguijonea de manera caprichosa y salta de un punto a otro de su consciencia sin apenas darle tiempo a identificar dónde debería cubrirse cada herida para no desangrarse. —¿Tan pronto? ¡OH, NO, ESO NO ES DIVERTIDO! ¡YIAAAA...! El berrido asesino de la muchacha le obliga a mirarla a los ojos por última vez, aunque el punzón esté a punto de descender en picado sobre él y su primer acto reflejo sea el de cerrar los párpados y esperar que la muerte pase de largo. —... IAAARRRGHHH... El punzón se desvía de su trayectoria. La melena cobriza se hunde por un extremo, y solo al tercer o cuarto golpe la cabeza machacada de la muchacha se derrumba hacia un lado, y su cuerpo desnudo le acompaña con una desconcertante rigidez. El velo de lágrimas, salpicaduras de sangre e incredulidad que le empaña los ojos le impide comprender, hasta varios parpadeos después, que lo que sostiene la dueña de la pensión entre sus brazos carnosos es un enorme cucharón metálico, el del caldero de una bruja, impregnado de un consomé rojo oscuro que gotea como si acabara de servir la cena con él. No importa lo dramático ni lo grotesco de la situación. Aunque esté desnudo, esposado al cabecero y temblequeando como víctima de un ataque epiléptico, aunque le hayan agujereado como a un mueble del Ikea, aunque ahora mismo le estén viendo el pene envuelto en una repugnante salsa rosa, cuando la dueña de la pensión se dirige a él, este abre bien los ojos y asiente con gravedad, dispuesto a escuchar y obedecer. Porque por alguna suerte de enfermizo razonamiento, la continuidad del alquiler de esta desastrada habitación es más importante que el acto criminal que casi ha acabado con su propia vida. —¿Es que no te lo advertí, muchacho? ¿Lo hice o no? Él asiente, porque seguro que sí lo hizo. Y le ha pillado. Ya no es preciso que husmee en su Facebook. De hecho, ahora mismo le está mostrando sus ensangrentadas pelotas. —... ¡Te dije que nada de golfas en esta pensión!

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GAKI FRANCISCO COSTALES NOVAL Charles se despidió de los pocos compañeros que quedaban en la oficina y echó a andar hacia el ascensor. Otro día de trabajo había pasado, dando paso al anochecer, y él empezaba a notar una sensación familiar en su interior. Durante el día le resultaba fácil ignorarlo, zambulléndose en el papeleo y el bullicio de sus compañeros de trabajo: el murmullo incesante de la vida. Pero la noche siempre llega, tarde o temprano, y trae consigo un silencio ominoso, que hace resonar los deseos con nuevos ecos dentro de la mente de Charles. Incluso allí, dentro del ascensor inundado de luz, escuchando su música enlatada, podía sentir aquella ansia, despertando, rugiendo. Charles estaba hambriento, un hambre que nadie había sentido jamás Trató de distraerse, tarareando, pensando en el trabajo que le esperaba al día siguiente. Las puertas se abrieron y él cruzó el recibidor vacío hacia el exterior, deteniéndose para tomar una bocanada de aire fresco. Percibió los olores del humo, el aceite de motor, y esa fragancia indeterminada que colorea la atmósfera las noches de verano. Charles trató de contener el aliento y calmarse. “Vamos, vamos... sólo tienes que aguantar hasta llegar a casa. Allí tienes tus pastillas y tu brandy, y mañana será otro día” Intentó ser fuerte y centrarse en ese objetivo mientras caminaba hacia su coche: Su casa, las pastillas para dormir, y la botella de brandy que guardaba en su mesita. Dormir, en paz, sin soñar, hasta la mañana siguiente. Pero el hambre era demasiado fuerte, rugiendo en sus entrañas, resonando en las paredes de su cráneo como un coro en una catedral. Para engañarse a sí mismo, Charles pensó en sus platos favoritos en el pasado: la repostería que su abuela le preparaba cuando era un niño, esos primeros bocados que sabían a canela y limón; jamón frito en una mañana fría de invierno; la carne a la parrilla de su restaurante preferido, especiada y al punto… era inútil. Desde su Cambio, todos aquellos manjares habían perdido su encanto, dejándole sólo un sabor a cenizas cada vez que los probaba. Sólo había un alimento que podía calmar sus ansias, uno realmente fácil de conseguir… pero que contradecía todos sus instintos. Como cada noche desde el Cambio, Charles rememoró la historia de Tántalo, el rey de la mitología griega condenado por los dioses a permanecer bajo un árbol lleno de fruta madura y apetecible, pero incapaz de alcanzarla para calmar su hambre. Era un castigo por su crueldad y arrogancia, como la enfermedad de Charles era un castigo al egoísmo y avaricia de su vida pasada. Abrió la puerta de su coche y se sentó, tratando de dominarse. Reinaba el silencio, pero el interior de Charles era un Pandemónium “Nononono no puedo, no puedo...” “Sólo un poco. Vamos, es tan fácil…” Era demasiado. Había vuelto a rendirse Con cuidado, tomó un bocado y cerró los ojos. Lágrimas de placer y terror rodaron por sus mejillas. Comenzó a masticar despacio, saboreando, antes de comer un poco más Por suerte para él, el aparcamiento estaba vacío. Cualquier curioso que se hubiese asomado a las ventanillas de su coche se habría enfrentado a una visión estremecedora. La de un hombre de negocios, con el traje ensangrentado, arrancando a mordiscos la carne de su propio antebrazo.

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UN FINAL IRRESISTIBLE ALEJANDRO MORALES MARIACA Como cada noche toma asiento frente al computador, hace crujir sonoramente sus dedos y comienza a escribir. Sin duda alguna agradece el reciente ambiente silencioso que se ha apoderado de su departamento en los últimos días. Sin ruidos ni molestas interrupciones, ha conseguido avanzar en su novela como no lo creía posible. Sólo un poco más y conseguirá terminarla, con suerte antes de que se agote la batería del ordenador. Dos mil palabras después se detiene, se reclina con lentitud en su silla, como saboreando el momento, y contempla no sin satisfacción los párrafos que le muestra la pantalla. Para él, el texto pinta de maravilla. Desde hacía mucho tiempo había tenido la inquietud de escribir una novela, una de temática zombi en específico. Un deseo que de continuo se veía interrumpido tanto por compromisos laborales como familiares y sociales. ¿Cuántas veces no había tenido que renunciar a su texto por entregar un informe de última hora o tranquilizar las absurdas inquietudes de su jefe? ¿Cuántas veces había tenido que dejar a medias una frase genial por atender una melancólica llamada de su madre o las insistentes solicitudes de su pareja? Pero no más. Ahora tiene todo el tiempo del mundo para escribir su novela. Ya no hay informes ni inquietudes, llamadas o solicitudes. Sólo él, el procesador de textos y media botella de William Lawson´s, de la cual bebe directamente. Saboreando aún en su boca el ardiente sabor del escocés, detiene de nueva cuenta sus dedos. Por primera vez en semanas y a pocas líneas de terminar, no tiene la menor idea de cómo continuar. Simplificando el problema, se encuentra frente a una disyuntiva: ¿debe matar a su protagonista? Supone que hacerlo sería positivo para la historia, un sorprendente giro argumental para el cual se ha ido preparando desde hace docenas de páginas; pero, ¿de verdad se atreverá a hacerlo? Siente algo de autentica renuencia, quizá sea absurdo, pero se ha encariñado con su creación y no cree correcto (por más que sea adecuado) darle un final semejante. Para cuando se da cuenta, ya ha pasado casi una hora dándole vueltas al asunto. Baja la tapa del ordenador para ahorrar batería y se pone de pie. Enciende algunas velas y bajo su luz camina en círculos sobre el piso alfombrado de la sala, mascullando palabras que no alcanzan a penetrar del todo su entendimiento. En ese momento su vecino del piso superior, un hombre obeso de apariencia bonachona y cuyo nombre nunca puede recordar, comienza a hacer un gran escándalo en su propio departamento, como si buscara a obscuras (y a obscuras se encuentra todo el edificio) algo indeterminado, tirando en su intento todo tipo de objetos al suelo. Se pone entonces a evocar imágenes de su ahora ruidoso vecino. Lo recuerda amable aunque un poco tímido, siempre disculpándose con todo el mundo por cualquier molestia que pudiese ocasionarles, las cuales, en honor a la verdad, eran inexistentes. Era divorciado desde hace un par de años, por lo que él sabía nunca había tenido hijos, y ya se encontraba retirado. No puede dejar de pensar que su vecino, de proponérselo, fácilmente podría haberse dedicado a ser escritor. No era tan solitario como podría parecer, en repetidas ocasiones había hablado sobre un perro (¿o se trataba de un gato?), con el que compartía el departamento. Pensando bien en ello, ¿qué habrá ocurrido con el perro o gato en cuestión si él...? La pregunta se le queda a medio formular porque un gran golpe se ha dejado escuchar sobre su cabeza. Decide que ya ha pensado suficiente en el vecino y que es hora de que vuelva a ocuparse de sus propios asuntos, así que levanta de nuevo la tapa de su laptop. Transcurren unos minutos sin que haga nada más que observar la pantalla, desde ella, las palabras parecieran mirarle no sin cierto reproche. Minimiza la aplicación del procesador de palabras y abre en su lugar la carpeta digital en donde almacena su pornografía. Pasa de darle un vistazo a los vídeos, los cuales consumirían irremediablemente lo que le resta de batería, y con el apagón no puede darse tal lujo. Así que se enfoca en su amplio catálogo de imágenes, todas ellas cuidadosamente ordenadas bajo el criterio de un fetiche en particular: senos, pies, traseros, disfraces, negras, pelirrojas, latinas, rubias. Ante tal variedad no es capaz de decidirse por algo, así que se limita a eliminar los archivos que ya no le complacen.

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El pequeño y brillante ícono de la batería se agota más rápido que su paciencia. Sabe que debe terminar… sólo tiene que escribir unas cuantas palabras más y todo habrá terminado. Pero no lo hace, en lugar de ello fija su atención en la ya vacía botella de escocés. Se recrea en su color verde traslucido, en los detalles de su etiqueta, se fija sobre todo en el pequeño escudo de armas que la ilustra y se pregunta si el ave que lo corona es una paloma o un gorrión. Aquello no lo lleva a ninguna parte, así que se concentra en la leyenda que indica que la bebida es destilada y embotellada en la lejana Escocia. No sabe nada de Escocia, o casi nada. La palabra y el lugar al que esta hace referencia le traen a la mente imágenes de una película de Mel Gibson que viera hace muchos años, al menos está muy seguro de que trataba sobre escoceses. «Santiago», recuerda de repente. Santiago es el nombre de su obeso vecino. El cual, por cierto, se ha mantenido en silencio desde hace ya un buen rato. Le cuesta lo suyo, pero al fin logra vencer la tentación de subir las escaleras y averiguar que ha sido de él. Tiene que concentrarse, tiene que terminar su historia. Santiago, los escoceses y la pornografía tendrán que esperar. T-i-e-n-e-n-q-u-e-e-s-p-e-r-a-r. La diminuta batería en la pantalla agoniza, parpadeando furiosamente en un tono rojizo de urgencia. Ya no puede posponerlo más. Y en efecto, eso es lo que ha estado haciendo todo este tiempo, posponer lo inevitable. Renuente, admite para sí que no ha querido darle final a la historia, aunque el final lo ha tenido muy claro desde el principio. Sin prisa pero a buen ritmo teclea una oración tras otra. Como recompensa de aquel último esfuerzo, se muestra ante él un párrafo ni muy corto ni demasiado largo, conciso pero en lo absoluto carente de substancia. Es, a falta de una palabra mejor, perfecto. Concluida la historia, introduce un último comando y el programa almacena la información en algún lugar del disco duro. Un instante después, la pantalla se apaga silenciosamente. La luz de las velas se mantiene, pero dentro de poco dejaran de ser necesarias. Se levanta quizá por última vez del escritorio y desentume su cuerpo. Un leve y palpitante dolor se asienta en su espalda. Piensa en tomar alguna de sus posesiones; lo que sea, pero descarta la idea, nada le será necesario a donde irá. Se dirige a la puerta de su departamento. Antes de abrirla sólo siente un único arrepentimiento, el que nunca nadie llegará a ver su obra magna. Abre la puerta, del otro lado descubre que Santiago le espera. Sigue igual de obeso, pero en modo alguno luce bonachón. Es un monstruo, un zombi, igual a los miles de millones de zombis que caminan ciega y estúpidamente por el mundo. Sólo que Santiago no es igual al resto, es diferente, porque es quien pondrá el verdadero final a su historia. Y él parece saberlo, pues extiende sus brazos como invitándolo a acercarse. Una invitación que sabe no puede rechazar.

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JUEGO DE IDENTIDADES LEONARDO JIMÉNEZ Veo como abre la cartera y saca un billete de diez dólares que deposita sobre la bandeja de metal. Le he estado observando y parece guiarse por algún tipo de código de conducta en el que figura dejar propina si está contento con el servicio. Continúo estudiando sus movimientos desde el escaparate que finjo estar contemplando. Se levanta y echa mano al maletín que descansa sobre la silla. A continuación, abandona el local. Es la viva imagen del estilo: traje negro camisa de rayas, una corbata a juego y mocasines. Me mantengo a una distancia prudencial para no levantar sospechas. Entra en una librería. Es práctico, como a mí me gusta. Nada de dar vueltas y perder el tiempo examinando estúpidas portadas de novelas que al final no tienen nada que ver con su contenido. Va directo al mostrador. Le atiende un post-adolescente con cara de ratón de bibliotecas que teclea algo en el ordenador con habilidad. Tras mostrarle una sonrisa fingida, se dirige a una estantería cercana y coge un ejemplar de Las uvas de la ira. Mi cliente le da las gracias, toma la bolsa de sus manos y le hace un gesto dándole a entender que puede quedarse con las vueltas. Ahora sale del establecimiento y se dirige hacia las escaleras mecánicas. Me acerco y espero a que su imagen se pierda por la puerta del garaje para seguirle. Acelero el paso a medida que recorro el piso inferior. En mi camino, me cruzo con una mujer cuyo rostro se oculta bajo unas gafas de sol. Camina con ese aire sofisticado con el que lo hacen las estrellas del celuloide. Abro la puerta del coche y me deslizo en su interior. Arranco el motor y espero a que su automóvil pase por delante de mí. Lo sigo con la mirada mientras me abrocho el cinturón. Tal como lo veo cruzar la esquina, me pongo en marcha. Cuando emerjo a la superficie, no tardo en localizarlo al final de la calle. Lo sigo por la avenida durante unos minutos hasta que sale de la ciudad. Por la ruta que toma, se dirige a su domicilio. Cojo la siguiente salida y continúo por una vía paralela para no levantar sus sospechas. Aparco el vehículo a unos doscientos metros de la parte trasera de la casa. Es una zona tranquila, poco transitada. Cierro los ojos y respiro hondo. Ha llegado el momento de acabar este trabajo. Ahora lo mejor es darle un tiempo para que se relaje y sienta la seguridad de su hogar. Hasta ahora todo ha salido a pedir de boca. Ahora toca repasar el equipo. Me llevo la mano a la sobaquera y saco el revólver. Compruebo que está cargado, le quito el seguro y vuelvo a enfundarlo. Me aseguro también de que tengo la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta y por último, me coloco los guantes. Abro la puerta y salgo del coche. Nada más hacerlo siento como una bocanada de aire frío abofetea mi cara. Me subo las solapas de la gabardina y clavo la mirada en el suelo dispuesto a cruzar la calle. A medida que me acerco al porche, me percato de que hay una luz encendida en el primer piso. Me encorvo y corro hasta llegar al portón. Saco la cartulina de plástico del bolsillo y la introduzco por la ranura que queda entre el marco y la puerta. La arrastro con firmeza hasta sentir como cede el pestillo. Giro el pomo y empujo el portón solo lo suficiente como para colarme dentro de la casa. Desenfundo el arma y me muevo hasta el salón. La tenue luz que proviene de la primera planta me permite llegar hasta las escaleras sin problemas. Comienzo a subir los escalones uno a uno con sigilo. Me acerco al estudio y permanezco a un lado esperando una señal para irrumpir en la sala. Deben haber pasado unos sesenta segundos y todo continúa en silencio. Lleno mis pulmones de aire y empujo la puerta de la habitación con decisión. Apunto en dirección al escritorio. Veo al hombre al que estaba persiguiendo hace unos minutos está sentado en su escritorio. En un conato de súplica, parece observarme a través de sus ojos desencajados por el dolor. ¡Mierda! Alguien se me ha adelantado. Siento como la boca se me seca. De fondo, el timbre del teléfono martillea mi cerebro una y otra vez hasta sacarme de mi estado de estupor. Sé que la llamada es para mí, pero no estoy seguro de descolgar. Agarro el auricular y me lo llevo a la oreja. El corazón me da un vuelco cuando una voz femenina pronuncia mi nombre y dice: —Estarás pensando que deberías haber seguido tu instinto cuando aún estabas a tiempo, ¿verdad? Si lo hubieras hecho, te habrías retirado con honores. Es una lástima que ahora sea tarde para arreglarlo —por ensalmo, me viene a la cabeza el rostro de la mujer que me crucé en el aparcamiento.

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Suelto el auricular y salgo por piernas de la habitación con un único pensamiento en la cabeza: escapar lo antes posible de su trampa mortal. Me agarro a la barandilla a punto de resbalar. Bajo las escaleras. Por la ventana se cuelan luces rojas y azules. Presiento que están cada vez más cerca. Recorro el pasillo. Abro la puerta y salgo corriendo en dirección al coche. En el justo momento en el que agarro la manilla de la puerta, el sonido de un frenazo a mis espaldas hace que me detenga en seco. —¡No se mueva! ¡Las manos en alto! —me ordena una voz. En ese momento, se encienden los faros del vehículo. El reflejo de las luces contra el cristal me deslumbra. Por un momento, creo adivinar una figura parapetada tras la puerta del copiloto. Solo me queda una vía de escape. Me giro y abro fuego sobre mi objetivo. Escucho disparos mientras me desplomo sobre el asfalto. Disparos y sirenas de policía.

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EL SABOR DE LA CARNE RAMÓN HERNÁNDEZ Todo cambió para David cuando la infección dio comienzo. Su entorno, su modo de vida y su propia alma, que contaba con tan solo cinco años de vida. Sus padres desaparecieron, junto con la mayoría de sus seres queridos. Sus juguetes ahora solo eran recuerdos, y sus amigos se convirtieron en una neblina de humo tiznada con sangre en su mente. El inicio de algo nuevo significó la desaparición de su antiguo mundo, sencillo y bello. A sus padres los trituraron delante de sus ojos, y a él los infectados le devoraron parte del cuero cabelludo y la cara, antes de salir corriendo sin rumbo fijo. En ese momento pensó que se convertiría en uno de ellos, pero no fue así. Caminó a la deriva por su ciudad natal durante días, sin saber qué hacer y alimentándose de los cubos de basura y supermercados que encontraba en su camino, porque frente a todo pronóstico, él no se convirtió totalmente en un loco come-carne. Él conservó la cordura y el libre albedrío. O por lo menos conservó su mente de niño. Se sentía triste y solo como nunca antes en su corta vida. ¿Y si solo él, de entre todos los Muertos vivientes, era el único que no perdió la cabeza? Su respuesta quedó resuelta al cabo de una semana andando por las calles. Se encontró con Paul, un hombre de mediana edad que cuidó de él desde ese mismo momento. Pasó a ser su padre adoptivo sin mediar palabra, y David aceptó a aquel hombre como su nuevo papá, imaginando que nada había cambiado. Era como él, un infectado que no sucumbió al estado tan deplorable en el que había quedado la mayoría de la humanidad, y eso le dio esperanzas. ¿Existiría mas gente como ellos? No tardaron mucho en encontrarse a más como él y Paul. Y al cabo de tres meses, consiguieron reunirse más de mil doscientos en el centro de San Luis, su ciudad natal. Se instalaron en uno de los rascacielos del centro, adecuando su interior para vivir de forma permanente, y durante unos meses, todo volvió a la normalidad. Pero no todo dura eternamente. Los suministros que existían a su alrededor desaparecieron con una velocidad asombrosa, y cada vez que necesitaban conseguir comida, medicamentos o cualquier otro elemento básico para la supervivencia debían partir más lejos, y la mayoría de los supervivientes tomaron la decisión de irse de la ciudad. Los No Muertos les ignoraban, por lo que podían viajar y vivir donde les diera la gana, sin temer morir despedazados. Al final solo quedaron unas doscientas personas en el centro de San Luis, rebuscando entre los restos de la civilización. Lo que no sabía David era que lo peor vendría después. La mayoría de las personas se volvieron locas, cada uno inmerso en sus pensamientos. Hasta hubo ataques que produjeron varias muertes. Paul, al ver qué camino estaban tomando los últimos habitantes vivos de San Luis, creó un pequeño libro, llamado los “Cuentos de los Muertos”, en el que escribió varios relatos, incluso unos evangelios, con el que pretendió instaurar la paz y un mismo pensamiento para todos ellos. Pero no salió como Paul planeó. Los habitantes del rascacielos sucumbieron a ese libro, adoptándolo como una nueva fe, y no tuvo más remedio que seguirlos la corriente. En un mes dejaron el rascacielos, y se instalaron en el jardín botánico de Missouri, rodeando el Climatron. Cada uno se montó su propia cabaña al lado de la estructura, y de un plumazo retrocedieron por lo menos mil años en el camino de la evolución humana. Al poco tiempo parecían un grupo de homínidos del paleolítico. Se dieron nuevos nombres, tomaron costumbres nuevas, y se forjaron un nuevo método de vida, muy primitivo. David quería irse cuanto antes, pero Paul se negó. Dijo que su labor aquí no había terminado, y por ello, se integraron en aquel grupo que parecía ahondarse cada vez más en la locura. El punto más álgido de aquella pesadilla se culminó un día, cuando varios hombres atraparon a un supervi-

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viente solitario, y convocaron una reunión en el Climatrón para por la noche. Todos sin excepción acudieron, junto con algún que otro No Muerto solitario, pues ellos pululaban sin fronteras, y el grupo se había acostumbrado a su presencia. La estructura en su interior sufrió muchos cambios en las últimas semanas. El cincuenta por ciento de las plantas tropicales allí situadas las eliminaron para dejar más espacio a sus rituales, y crearon muchos más caminos para poder moverse por el recinto. El interior del Climatrón era sagrado, y por ello nadie podía construir su casa dentro del recinto. En el centro dejaron una explanada limpia lo suficientemente extensa para poder alojar de pie a la mitad de las personas del grupo, y cuando llegaron David y Paul nada más caer la noche les costó llegar al centro. Cuando pasaron el anillo de personas, se encontraron con los líderes del grupo junto a una gran olla, en la que había un estofado cocinándose. El olor a comida inundaba sus fosas nasales, y de pronto le rugió el estómago. Desde ese momento no pudo pensar en más que en comer. —¡Hermanos, a la luz de las estrellas, del día ciento cuatro después del levantamiento de los muertos, se nos ha concedido una revelación! —Empezó a decir Krokatum, el líder del grupo—. ¡Después de varios meses a base de alimentarnos con latas de comida y potingues del antiguo mundo, hemos conseguido traer algo de carne fresca a la mesa! ¡Un manjar que ha venido de manera voluntaria a nosotros, traído por las dríades! No temáis, pues nuestro Chamán nos dará consejo en este instante. Por favor, Akavalpa, ven conmigo. —Akavalpa era el nuevo nombre que había adoptado Paul. Para David era un nombre más bonito que los de la mayoría. Se acercó al centro de la explanada y comenzó a hablar en voz alta. —Todos sabéis quienes somos. Aquellos que se fueron no lo comprendían. Somos los bendecidos por los divinos, aquellos a los que los No Muertos perdonan. Y por ello somos la evolución de la especie humana, el siguiente eslabón de la cadena evolutiva. Y por lo tanto, como los No Muertos, podemos alimentarnos de la especie anterior, los homo sapiens. —Se oyó un murmullo entre los presentes, cuestionándose lo que decía Krokatum—. ¡Hermanos, no tengáis atisbo de duda, pues entre nosotros está el profeta, aquél que nació del vientre de una No Muerta! ¡Nuestro guía hacia lo más alto! David era ese guía. Paul, en un intento de darles importancia entre el grupo, en su libro escribió una leyenda en la que colocaba a David como un salvador y mesías, alguien intocable. Su nuevo nombre fue Khroetuliah, el nacido entre los muertos. Porque entre ellos no existía ningún niño, él era un caso muy excepcional. ¿Quién se atrevería a rebatir las palabras del chamán del grupo? Khroetuliah se acercó al círculo y se colocó entre Akavalpa y Krokatum, mostrándose al público. Todos miraban con fervor a los tres, como si fuesen una luz en un túnel oscuro. Nadie parecía querer ser el primero en probar el potaje recién preparado, y por esa razón volvió a hablar el líder de todos ellos. —Veo que no os mostráis muy seguros. No desconfiéis. Quiero lo mejor para vosotros, y será eso lo que os serviré, os lo aseguro. Está en juego nuestra propia supervivencia, y el Homo Sapiens solo es un impedimento para llevarla a cabo. Somos una amenaza para ellos, y solo es cuestión de tiempo que nos ataquen. Son ellos o nosotros, no lo olvidéis. Profeta Khroetuliah, muestra ante todos el poder de la fe. Come del puchero. Khroetuliah miró a todos los presentes. Poco los diferenciaban de los No Muertos. Sucios, con el cuerpo lleno de granos y pústulas sanguinolentas, los ojos verde ciénaga... Khroetuliah hace tiempo que perdió su infancia. Justo el día en que le mordieron. El día que perdió a sus padres. El día que vio la muerte por primera vez con sus propios ojos... Toda su vida pasó ante sus ojos mientras se acercaba a la gran olla y cogía un trozo de carne caliente. Ya no era un niño, sino una bestia, una bestia pequeñita en forma infantil. Le dio un buen mordisco a la carne y la saboreó. Todos aullaron y se acercaron lentamente a por su parte. Y en lo más recóndito de la mente, recordó un día de verano en el que fue con sus padres a la reserva Carlyle, donde comió en un restaurante al pie del lago. Comió algo muy parecido, y desde entonces fue su plato favorito. Solo pudo tener un pensamiento en su cabeza mientras devoraba la carne caliente. “Sabe a pollo.”

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