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Revista de terror, fantasía y ciencia ficción

VUELO DE CUERVOS

14/FEBRERO DE 2015 Número 2

* ESPECIAL SAN VALENTÍN * ENTREVISTAS * ILUSTRACIÓNES * SECCIONES FIJAS - MISTERIO - RELATOS - PULP - RESEÑAS...


VUELO DE CUERVOS Revista Digital Gratuita. Coordinada por: Lorena Raven. Dirección: Lorena Raven, Raven Pink y Soraya Murillo Hernández Subdirección: Aitor Heras, David Carrasco Ilustraciones de Begoña Fumero ArtWorks, Cecilia Gf, Lorena Raven. Maquetación y diseño: Lorena Raven La dirección no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores. Los contenidos redactados en esta revista serán responsabilidad única y exclusiva de la persona que los firma. Asímismo Vuelo de Cuervos no se hace responsable de las opiniones vertidas por los usuarios ajenos a esta revista.

PORTADA CECILIA GF SUBPORTADA ESPECIAL BEGOÑA FUMERO ARTWORKS

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional. Registro Safe Creative nº: Código: 1502113233737 Reservados todos los derechos. Todos los relatos recogidos en este especial estan sujetos a derechos de autor. Los derechos de autor de cada relato pertenecen a su autor únicamente. Vuelo de Cuervos no difundirá este recopilatorio con fines comerciales. Queda prohibida la reprodución total o parcial de este recopilatorio sin citar la autoría, las fuentes, ni Vuelo de Cuervos.

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PRESENTACIÓN TONY JIMÉNEZ Me encantan los cuervos. Quizás al ser un escritor de terror no sea una afirmación tan sorprendente como pueda parecer a simple vista, pero creo que es necesario que la haga si voy a presentar el segundo número de esta genial revista. Me gustan mucho los cuervos, con sus plumajes negros como una noche sin estrellas, con sus picos tan amenazadores como atractivos y sus ojos repletos de insondables misterios. Ya sea gracias a la naturaleza propia de este enigmático animal, como por su presencia en la bibliografía de Edgar Allan Poe o en las páginas de uno de mis cómics favoritos, “El Cuervo” de James O´Barr sin dejar de lado la película a la que dio lugar, el cuervo es un animal que siempre me ha fascinado. Visto así, no deja de ser lógico que me atraiga un grupo de gente que trabaja con pasión el terror bajo el nombre de Vuelo de Cuervos. Dicen que una reunión de cuervos es un asesinato de cuervos, aunque eso no es así con Vuelo de Cuervos, sino todo lo contrario. Si no estuviéramos ante un grupo de gente trabajadora repleto de personas con talento y amantes del terror, probablemente yo no estaría aquí presentando el segundo número de su revista, el siguiente tras el primero que salió en Halloween, una fecha estupenda para estrenarse. Es evidente que si no creyera en el proyecto al completo de Vuelo de Cuervos no estaría aquí. Me habría limitado a rechazar educadamente el ofrecimiento de quienes contactaron conmigo para aportar en este número mi granito de arena. Sin embargo, aquí estoy, presentando este número en pleno San Valentín, así que supongo que eso quiere decir algo, ¿no? Resumiendo, si mi palabra vale de algo, está bastante claro que mi confianza en Vuelo de Cuervos debe traspasar la pantalla y alcanzaros a todos. Que haya paz, que esto no va a ser un panfleto de opinión y peloteo sobre lo geniales que son las chicas y chicos de Vuelo de Cuervos. Primero, porque muchos ya lo sabéis, o no estaríais leyendo esta revista; segundo, porque igual hay otros tantos que no estáis interesados en leer mi personal agradecimiento y felicitación a partes iguales dirigidos ambos hacia quienes llevan a cabo no sólo esta revista, sino todo el proyecto de Vuelo de Cuervos. Qué puedo decir, me encantan los cuervos… y me chifla el terror. ¿Y cuál es el resultado cuando se combinan ambos? Aparte de esa obra de Poe en la que todos estáis pensando, pillines. Sí, Vuelo de Cuervos. Talento, esfuerzo, trabajo, terror y cuervos. Y, en este número, amor, mucho amor. ¿Preparados para ver convertida vuestra sangre en puro almíbar? Tranquilos, estoy bromeando. Siendo la presentación de una revista donde el fantástico y el terror se casan en cada página y teniendo en cuenta la clase de escritor que soy, creo que no hace falta explicar que, aunque vaya a hablaros de San Valentín, esto no va a ser una comedia romántica protagonizada por Julia Roberts. Y, de ser así, seguramente acabaría muerta, acosada por fantasmas, perseguida por un asesino en serie o desangrada por una banda de vampiros. Eso no quiere decir que no sepa apreciar el romanticismo o que sea una especie de extraño bicho con patas que desconoce lo que es el amor, pero digamos que el terror y lo romántico suelen hacer tan buenas migas como un zombi y un jugoso cerebro bañado en sangre humana. En el anterior número de la revista de Vuelo de Cuervos, el compañero J. J. Lucas, nos hablaba del miedo. Grandioso tema, ¿verdad? El escritor comenzaba su presentación afirmando, muy acertadamente en mi opinión, que el miedo es la sensación más poderosa del mundo. Como acabo de decir, no le falta razón, pero yo vengo hoy a defender otro senti-


miento igual de poderoso, uno que muchos pondrían incluso por encima, y ese es el amor. Estamos en San Valentín y del miedo ya no puedo hablar, así que toca daros una charlita sobre el amor y el poder que nos da. Sí, el amor también es malo si lo entendemos mal, y puede convertir a las personas en algo muy alejado de lo que eran antes de conocerlo, pero eso es porque todo sentimiento tiene su parte buena y su parte mala. Pensadlo, si el miedo nos ayuda a continuar con vida, el amor es esa vida, el amor hace que merezca la pena vivirla o, lo que es lo mismo, ¿lucháis para no morir o lucháis para vivir? Contra el miedo, por supuesto. San Valentín usa el amor, eso es indudable. Un día al año, supuestamente, tenemos que demostrar nuestro amor a aquellos que lo poseen y gritarlo a los cuatro vientos, para que el mundo entero se dé cuenta de ello. En mi opinión, esto debe hacerse durante todo el año, durante toda nuestra vida en realidad, es decir, expresar nuestro amor a los semejantes que lo merezcan y que estos lo hagan con nosotros. Y es que San Valentín es una fiesta bastante extraña y no exenta de mucha publicidad dirigida a que consumamos y compremos cuanto más mejor. Yo prefiero quedarme con la mejor parte de la mencionada festividad e invitaros a que hagáis lo mismo: aprovechar ese día para ser un poquito más románticos que de costumbre y que recordar lo valiosas que son esas personas que siempre están a nuestro lado. Y todavía mejor, usar San Valentín para tener en cuenta que todo el año debería ser San Valentín. Sin embargo, Vuelo de Cuervos es terror y, ¿qué tiene que ver el terror con el amor? Poca cosa y a la vez mucho si nos paramos a analizar ambos sentimientos, pero es cierto que el terror y el amor pocas veces se unen, especialmente cuando hablamos de literatura de terror. En el cine es otra cosa, y no son pocas las películas donde San Valentín se usa como una excusa para mostrarnos muertes salvajes, monstruos horribles y sanguinarios asesinos en serie en pantalla. Eso no significa que no haya literatura de terror a la que echarle el guante, y ahora mismo me vienen a la mente tanto Stephen King como Joe Hill como grandes conocedores del amor unido a una vertiente más aterradora o, al menos, fantástica. Y, a pesar de ello, aquí estoy yo, hablándoos del miedo, el terror y el amor como si fuesen uno, porque donde hay más oscuridad la luz es más potente o porque con amor se puede vencer al miedo. Más importante aún que mi opinión es el hecho de que Vuelo de Cuervos, a pesar de volar con el miedo impulsando sus alas, ha llevado a cabo este número que podría considerarse especial, un número de San Valentín. Si en el anterior número Vuelo de Cuerva desafiaba al miedo, en este sacan a relucir su lado más amoroso y demuestran que también pueden vérselas con el día donde los corazones de papel, las rosas rojas y los bombones campan a sus anchas como si fueran los reyes de la fiesta. Y lo son, aunque sea por un día, pero aquí está Vuelo de Cuervos para marearlos un poquito a su antojo. Lo reconozco. Estoy enamorado de los cuervos. ¿Queréis estarlo también vosotros? Pues pasad y leed.

TONY JIMÉNEZ


REVISTA NÚMERO 2:

ESPECIAL SAN VALENTÍN *ESPECIAL SAN VALENTÍN / PÁGINAS 6-77 *DISECCIONANDO ASESINOS EN SERIE / AITOR HERAS (PÁGINAS 78-81) *EN LOS OJOS DE ISIS / ISIS DE HABATON (PÁGINAS 82-85) *EL GORE MÁS GORE / DAVID CARRASCO(PÁGINAS 87-90) *ENTREVISTA TONY JIMÉNEZ / POR DORIAN RIPER (PÁGINAS 92-100) *UNA DE DETECTIVES / ALEJANDRO MORALES (PÁGINAS 106-107) *EL NIDO DEL PULP / ANA MORÁN INFIESTA (PÁGINAS 108-111) *NOVELA GRÁFICA / DAVID CARRASCO (PÁGINAS 112-113) *MICRORELATOS / ÁNGELES MORA, NIEVES GUIJARRO Y FAYNA BETHENCOURT (PÁGINAS 114-116) *9 ÓRBITAS CONCÉNTRICAS Y ELÉCTRICAS / LAURA CLEMENTE (PÁGINA 119) *CORVUX CÓRAX / MARC SABATÉ, LAURA CLEMENTE Y NIEVES GUIJARRO (PÁGINAS 121-127) *LA POESÍA / JUANMA NOVA GARCÍA (PÁGINA 129) *RED ROOM (SERIES) / LAURA CLEMENTE (PÁGINAS 30-131) *RESEÑA ESPECIAL DIARIO ULISES Z / AITOR HERAS RODRÍGUEZ (PÁGINA 132) *MITOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES / DAVID CARRASCO, SORAYA MURILLO Y RAVEN PINK (PÁGINAS 138-143) *GRAZNIDOS EN LA HISTORIA / ANA ARRANZ SIHAYA (PÁGINAS 144-145) *EXPERIENCIAS MÁS ALLÁ DEL NIDO / JÓSE MANUEL DURÁN MARTÍNEZ (PÁGINAS 146-147) *LUGARES ABANDONADOS Y MALDITOS / ROSA GALDO MILLÁN (PÁGINAS 148-150) *ENTREVISTA JUAN DE DIOS GARDUÑO / POR AITOR HERAS RODRÍGUEZ (PÁGINAS 152-160) *ARTE MACABRO / ROSA GALDO MILLÁN (PÁGINAS 170-171) *DARK LOVE / JUANMA NOVA GARCÍA (PÁGINAS 174-177) *EL COLECCIONISTA DE SENSACIONES / JACK WINCHESTER (PÁGINAS 178-179) *ILUSTRADORES / ALBERTO GÓNGORA (PÁGINAS 102-105) XAVIER LEPERDÚ (PÁGINAS 134-137) CECILIA GF (PÁGINAS 162-163) BEGOÑA FUMERO ARTWORKS (PÁGINAS 164-165) MARCO GÓMEZ GÓMEZ


CORAZONES MUERTOS LORENA RAVEN Continuar con todo esto le estaba resultando un tanto complicado. Al principio de la tarde estaba más que convencida de que podría hacerlo, de que sus manos no le dolerían tanto y de que sus entrañas no estarían tan revueltas como ahora lo estaban. El último hombre que pasó por sus brazos, Damian, la había dejado abandonada hacía seis años, le prometió que jamás se separaría de ella, y entre duerme velas después de su muerte, pasados el tiempo, llegó a la conclusión de que no podía vivir sin él. Damian y Elena llevaban juntos más de cuatro años, hasta una noche fría de invierno, de esas en las que el rocío se clava en la carretera convirtiéndose en hielo y provocando accidentes como el que Damian tuvo. Al volver del trabajo y dirigiéndose a los brazos de su amada, el coche de éste patinó de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, sobrepasó con un gran golpe el quitamiedos destrozando el morro del coche en mil pedazos e incrustándose el volante en el abdomen de Damian; el impacto fue tan brutal que su cuello se partió al abalanzarse por la inercia hacia delante, golpeando contra la luna, y muriendo en menos de treinta segundos. Eso les hizo separarse repentinamente. Elena quería morir, aun medicada sufría por no estar él, y cuando conseguía conciliar el sueño, soñaba que estaban juntos, que volvían a estar una tarde de sábado viendo una película entre las mantas del sofá; y entonces él la miraba con los ojos ensangrentados, con la boca llena de bilis y le decía “ayúdame”, provocando en ella que despertase entre gritos y sudores fríos, que dejaban las sábanas empapadas como si de una esponja se tratase, lo que le provocaba escalofríos tan hondos que ya no podía volver a dormir. Una noche que se quedó dormida en el sofá, las divagaciones de su mente que permanecía en duerme vela le hicieron levantarse como un resorte de la postura enrevesada que hasta entonces la había mantenido tumbada, con la respiración agitada y entre movimientos nerviosos se dirigió a la cocina. Tomó apuntes, con la mano temblorosa, dejó plasmadas las ideas que por su mente se estaban pasando, retirándose el pelo de los ojos lentamente, como a Damian le gustaba, volvió a sujetar el folio y prosiguió escribiendo. A esas horas solo se podía oír su respiración y el sonido del bolígrafo deslizándose rápidamente sin pausa. Se quedó dormida con la cabeza pegada a la hoja que la noche anterior había llenado con instrucciones. Cuando despertó las babas que caían por su boca abierta habían quedado pegadas en el mantel de la mesa. La sonrisa era más que evidente en su cara, había cocinado algo y el día se acercaba para llevarlo a cabo. Recordó que hacía algunos años, en una conversación con su abuela, ésta le transmitió la historia de una pareja en la Guerra Civil. Al parecer el marido murió fusilado y la mujer, no


pudiendo soportar vivir sin él, estudió la magia negra plausible para realizar un ritual de sangre y traerlo a la vida. El ritual era muy básico, pero muy complicado. Lo más importante que debía hacer era calcular cuándo sería el perfecto día para hacerlo, por lo que pensó que debía ser el sexto año del accidente, del sexto día después de su última menstruación, en el mes sexto a las 6 horas, y seis enseres del muerto y, lo más difícil, un corazón de un varón puro sin pecado. Y sangre, sangre del amor más verdadero, el de ella; todo esto lo tenía que hacer para mañana por la noche, coincidiendo con el día de San Valentín. Así que Elena, llena de fervor, notando su piel de gallina, respirando las ganas de poder reencontrarse con su amado, se puso manos a la obra. Caminó distante todo el recorrido que la llevaba desde su casa hasta el lugar donde conseguiría el corazón que necesitaba. Lo había pensado mucho mientras se recogía una coleta después de darse un baño, le había dado mil y una vueltas a dónde podría conseguirlo y, mientras se dirigía hacia el colegio de la ciudad, levantaba la cabeza mirando hacia el cielo, fijándose en las nubes, aspirando el aire que penetraba fresco hasta sus pulmones y le hacía sentirse plena como hacía tiempo no se sentía. Paseó tranquila durante todo el camino, fue mirando los baldosines del suelo, pensando cuántas veces ella y Damian pasearon por ahí agarrados de la mano, mientras él le decía que quizás algún día lo hiciesen tirando de un carrito y, entretanto, ella sonreía y se acercaba a él abrazándose a su brazo, tan fuerte y caliente que la hacía estar en casa mientras fuese con él. Elena esperó sentada en el banco. Las piernas cruzadas con delicadeza estaban empezando a dormírsele, pero no le importó. Permanecía pendiente de que su sobrino Kaleb saliese de su última clase. Kaleb era hijo del hermano de Damian, y tenía dieciséis años; hacía unos cuantos meses que no le veía, y no lo hacía tan a menudo como le gustaría porque, por muy complicado que resultase de entender, era el vivo retrato de su tío y eso le dolía. Así que, ¿quién mejor que él?. Además ambos se tenían mucho cariño. Era la única tía que tenía, ya que su madre, hija única, no podía darle tías carnales. Ambos se vieron de lejos, se saludaron con las manos. Kaleb corrió sin apenas mirar a ambos lados de la carretera y se abrazó fuertemente a su tía. Los ojos de Elena, enmarcados entre lágrimas, estaban disimulados por unas gafas lo suficientemente grandes para que su sobrino no se percatase de la tristeza profunda que en ellos residía. Tranquilamente y abrazados fueron caminando de vuelta por el paseo que hizo Elena hasta el colegio en dirección a la casa de ésta. De vez en cuando las manos de ella se dirigían al pelo del muchacho colocándoselo adecuadamente. El viento había empezado a levantarse y la melena de Kaleb revoloteaba entre sus ojos y nariz molestándole. Les dio tiempo de hablar de todo un poco: del colegio, del trabajo, de sus padres… pero no de Damian. La parecía mentira lo que estaba a punto de hacer. Había preparado una estupenda merienda para Kaleb que, tranquilamente, se mostraba sentado en la cocina sacando sus cuadernos para realizar las tareas que la mal nacida de la profesora les había dejado para realizar y llevar al día siguiente. El corazón de Elena se aceleró a pulsaciones desacompasadas, de manera taquicárdica, pero


no le quedaba más remedio. Sus pasos, apenas perceptibles por los oídos de Kaleb, le iban acercando más y más a él, lentamente pero firme, mientras poco a poco deslizaba por su mano derecha el cuchillo que había dejado bien afilado antes de ir a buscarle. Con la mano izquierda tapó la boca del muchacho con fuerza, mientras la mirada de estupefacción del joven era más que perceptible en su rostro, y entre pataleos arañazos y convulsiones, su tía deslizó el cuchillo por el cuello del joven, de manera lenta y suave. Las lágrimas afloraron por los lagrimales de Elena. Recordó cada paso vivido con Kaleb y, mientras la sangre brotaba de manera abundante del cuello del muchacho, las manos de éste, que sujetaban unos segundos antes de manera concienzuda la mano que se aferraba a su boca, se fueron aflojando hasta quedar colgando de su cuerpo ya sin vida. Elena recogió todo lo que pudo de la sangre y la guardó en un tarro que necesitaría después. Lo más complicado venía ahora. Tumbó al niño en el suelo, previamente provisto de plásticos para no manchar el piso, y cogió varios utensilios que le serían útiles para sacar el corazón. El cuchillo que primeramente le sirvió para dar muerte a Kaleb, ahora se deslizaba frenéticamente por el pecho del muchacho haciendo eses por los nervios que se apoderaban de cada gesto de Elena que, arrodillada, lloraba desconsoladamente mientras los mocos se descolgaban desde su nariz hasta caer encima de sus rodillas. Inundadas sus manos en sangre, dejó caer el cuchillo al suelo. Las arcadas iban haciendo mella en el cuerpo de la tía, cada vez con mayor fuerza, hasta que un último espasmo le hizo vomitar al recibir el olor tan caliente y húmedo que salía del cuerpo. La noche había caído y ella ya no sabía si tendría fuerzas para continuar, observándose sus brazos con regueros de sangre salpicada. Le dolía tanto todo…. y en el fondo nada. Rompió el tórax a martillazos, astillando compulsivamente la frontera más dura desde ahí hasta el corazón. Un corazón que cuando llegó a él, después de pasar por los pulmones sanos y grandes, ya no latía, pero permanecía rojo, muy rojo, más pequeño de lo que ella imaginaba. Casi parecía palpitar. Lo cogió entre sus manos y, a la par que lloraba, reía y suplicaba que funcionase y tuviese sentido la tropelía que acababa de hacer. Damian no estaba enterrado en un nicho ni en un panteón. La familia tenía un mausoleo que les pertenecía desde hacía muchos siglos y que hoy en día lo mantenían en pie. Elena tenía la llave. No había querido renunciar a ella. Necesitaba visitar a su chico de vez en cuando y contarle cómo iba la vida desde que él no estaba. Cuando llegó, tenía en una mano un maletín negro en cuyo interior estaba el corazón, las velas y la sangre suya y de Kaleb junto con una linterna, velas y cosas que habían pertenecido a Damian. También una linterna y un cuchillo. Así que, tranquilamente, mientras la gravilla del suelo iba siendo aplastada por sus pisadas y levantaba el polvo típico de la arena que allí se encontraba, se acercó a la puerta, sacó la llave y abrió. El olor en el ambiente era más que pesado y se le clavó por todo el cuerpo dejándola paralizada por un momento pensando si no debía dar marcha atrás y entregarse a la policía. Hizo uso de la linterna y bajó las tres escaleras que la separaban del ataúd donde se encontraba su hombre. Puso tranquilamente la luz en alto. Alumbraba el interior del mausoleo y creaba sombras con su cuerpo y con los adornos y flores que allí permanecían, dándole una sensación de malestar infinito.


Y allí, después de varios minutos luchando contra el polvo, el sudor, la desesperación y sin fuerzas pudo abrir el ataúd. La imagen Damian, era tan terrible, tan desgastada, tan abrumadora que un grito de rabia salió desde lo más profundo de su garganta y, entre puñetazos contra el propio ataúd y patadas de dolor contra el suelo, se abrazó a él dejando un eco infinito de llanto y dolor. Sin pausa, porque se le echaba el tiempo encima, puso con delicadeza el corazón en el centro del pecho de lo que quedaba de Damian, coloco las velas alrededor de un círculo que la rodeaba a ella, junto con los enseres de él que dispuso entre sus manos huesudas. La sangre de ambos la mezcló en un bote y después la esparció por el corazón del ya muerto y prácticamente olvidado de su pensamiento, Kaleb; y ella se la dispuso en su propio pecho, abriendo la camisa y dejando a la vista sus senos tan turgentes que no necesitaban nada que los sujetase firmemente en su cuerpo. Leyó en alto las palabras que recordó de su abuela junto con el crepitar del fuego de las velas. Todo ello a la hora señalada. Esperó y esperó a que surtiese efecto, pero la desesperación ya se había introducido en lo más hondo de su alma. Los nervios le hicieron tomar medidas desesperadas. Siguió de pie, expectante, mucho más de lo que nadie podía esperar en esas circunstancias y, ante el frío que emanaban las paredes y que había calado en sus huesos, sacó del maletín un cuchillo, el mismo que usó para matar a su sobrino. El filo creaba brillos fantasmales en la hoja con la luz de la linterna y la imagen sombreada en las paredes era más que abominable con el naranja del fuego de las velas. Inimaginablemente sabía que iba a doler pero no se imaginó cuánto y, entre gritos y lamentos, exclamó fuertemente: «SI TU NO VIVES, YO MUERO CONTIGO, Y ASÍ APUÑALO MI CORAZÓN PARA VIVIR CONTIGO EN MUERTE LO QUE NO VIVÍ EN VIDA». Sin pensárselo y apretando fuertemente los dientes, notando como alguna muela se partía de la fuerza del momento, puso el cuchillo en dirección única hacia su corazón, echó hacia atrás el cuello y, aspirando fuertemente, lo clavó en lo más hondo del músculo más importante de nuestro ser. Paralizada pero en tensión, sus músculos se relajaron, su cerebro se apagó por completo dejando los ojos abiertos hacia Damian y aún agarrada al cuchillo clavado dentro de ella, cayó de rodillas al suelo con un terrible “crack” que salió de ellas... Y así, después de tanto esfuerzo, la muerte pudo más que el amor, o eso fue lo que ella creyó, pues, en toda la cripta se oyó un ruido hueco, fuerte y vivo, desde el ataúd que permanecía abierto y que Elena pudo oír con el último latido que salía de su pecho para dejar paso a uno nuevo ….. ¡PUM PUM, PUM PUM, PUM PUM….!


AMOR SANGRIENTO DORIAN RIPER Aquí me encuentro observando todo lo que me rodea, mirando mis manos manchadas de sangre. Ambas tiemblan de frío y de dolor, siento las uñas débiles y el color es más blanquecino de lo normal. Las arrugas en mi piel demuestran que soy más mayor de lo que creía recordar, pero es solo una visión, porque yo sé que no es así. Me miro las palmas. En sus surcos, restos del fluido carmesí reseco adornan mis líneas. Todavía recuerdo cuando mi madre me las cogía siendo yo pequeño: «mira hijo, ésta es la línea de la vida, y ésta la del amor, ambas son largas y profundas, cielo», me decía sonriéndome. Esa imagen puedo verla como si fuera hoy mismo, hace unas horas, pero en realidad han pasado más de 100 años. Maldita sea… más de un siglo. Exactamente tengo 134 años. He vivido tanto y tan poco a la vez. Es hora de que me levante y prosiga mi camino nuevamente. El sol está a punto de salir y, aunque me duela, no debo estar aquí, no pertenezco a este momento de la vida, una vida en muerte, una muerte oscura. Paseo entre las sombras de las callejuelas, observando las luces que salen de cada piso, de cada vida, de cada persona. Tropiezo con una rata que me mira con ojos enfermizos. Empiezo a pensar que soy tan mierda como ella. Mi cuerpo está temblando y torpemente tengo que apoyarme en la pared de ladrillo que bordea la esquina antes de llegar a mi apartamento. La cabeza, me va a explotar, tengo que acabar sentándome en el suelo e intentar recordar lo que ha pasado. El agua encharca mis pantalones y el olor fétido de la alcantarilla alcanza mis fosas nasales provocándome una arcada, que hace que la bilis suba por mi esófago y salga en forma de flema verdosa. Paso la lengua por mi boca, el sabor que me ha dejado me hace tener asco de mí. Con paso lento pero firme me levanto y me dirijo nuevamente a casa, me abrazo a mí mismo; es la primera vez en tantos años que tengo frío de verdad pero no de hambre, es frío de dolor, de muerte. Cuando llego a mi casa me arrastro como puedo hasta mi habitación, ni siquiera tengo fuerzas para quitarme la ropa, simplemente me deslizo desde la esquina del camastro sujetándome de la colcha hasta poder tumbarme encima. Y entonces, se lo que ha pasado. Isabel…., varios días estuve tratando de averiguar más sobre quién era ella, aquella muchacha de ojos almendrados y boca carnosa que me quitaba hasta las ganas de alimentarme. Pero, ¿cómo acercarme a ella siendo lo que soy? Sólo me he limitado a tomar a las mujeres por la fuerza, desde que “mi Padre” me convirtió en lo que soy. No he sabido hacerlo de otra forma, o más bien no he querido, porque nunca sentí, después de tantos años, lo que sentí por Isabel la primera vez que la vi. Una noche de tormenta, después de abordar a una joven bajo la lluvia que caía fuerte y fría golpeándome en la espalda como millones de alfileres, la vi por primera vez. Paseaba entretenida hablando con una amiga mientras yo, todavía con sangre en mis labios, no pude apartar la vista de ella, y aunque la necesidad golpeaba en mi pecho como un puñetazo contra una pared, no me importó soltar a la joven de la que me estaba alimentando y seguir a Isabel por donde quiera que fuese. Pude oír el latido de su corazón a varios cientos de metros, notar el calor de su piel dulzona y hasta sentir la brisa que traía el olor suave de su pelo. Con paso rápido y titubeando entre farolas y contenedores, disimulando como podía entre


la gente, descubrí cómo se llamaba, dónde vivía, la edad que tenía y hasta si estaba con alguien. Aquella noche fue la primera en 100 años que puede dormir sin remordimientos, porque el recuerdo de su cuerpo fijado en mi retina se había convertido en toda mi razón de ser. ¿Qué me sucedía? Nunca me comporté de tal modo, pero era insaciable la sensación que me llamaba a aproximarme más a ella. Fijé mi plan poco a poco, hasta que conseguí acercarme, hasta que ella me invito a entrar en su casa. Conocía mis limitaciones, y notaba cómo ella me miraba expectante, y yo seguía dudando de los actos que podría llevar a cabo. Sin embargo me embriagaron sus ojos que me llevaban loco desde el primer día, adornados por un brillo constante y un color que hacía que no pudiese dejar de mirarlos. Y esos labios que me susurraron, con un aliento húmedo y caliente que penetró desde mi oído hasta la parte más animal de mi cerebro: “Entra”. Se ofreció a servirme una copa, realmente me daba igual qué tomar, yo no podía dejar de mirarla. Cuando se levantó a por un par de vasos de ron los ojos se me fueron a sus curvas, a su cuerpo, que se contoneaba como nunca antes vi contonearse a nadie. Y entonces lo volví a sentir, y por mucho que luchase contra mis instintos, el olor de su cuerpo y el sentir de su corazón se me clavaron en esta alma maldita que me acompañaba desde mi resurgimiento. — Deberías temerme, podría ser un asesino en serie y matarte aquí mismo —le dije mientras me levantaba y alcanzaba el vaso de ron. —¿Matarme? —me contestó. Entonces, sin esperármelo, rió. Rió con dulzura y me clavó su sonrisa debajo de cada poro de mi piel. No pude aguantar más, me acerqué con un par de pasos lentos, dejando el vaso encima de la mesa de la cocina, y sin dejarla de mirar, mientras ella seguía en la misma posición, la cogí de la cintura. Acerqué mi cara a sus labios, y seguidamente hundí mi nariz en sus cabellos, aspirando cada olor que se pronunciaba de aquel rincón de mi locura. Mi respiración rozo su cuello y un pequeño gemido salió de la boca de Isabel. Sin separarme de su dulce piel me dirigí a sus labios con un beso ardiente, suave y avasallador. Fue… fue tan profundo, tan nuevo, tan inmenso, tan excitante y ella… ella sentía mis manos recorriendo cada curva de su cuerpo, me deslizaba por el como si lo conociese de toda la vida, como si ya hubiese amado cada centímetro. Noté una aceleración en su pulso y las palpitaciones se me clavaban en mis sentidos primarios, deseando tomarla por completo, pero no podía dejar de besarla y acariciarla, deseaba tanto hacerle el amor, que ese deseo me hizo apartarme ferozmente de ella. —Quiero salir de aquí —dije mientras me apoyaba en la puerta de salida a la terraza y buscaba con mis manos, a tientas, el picaporte para poder marcharme. —¿Pero qué te ocurre? —Su manera de acercarse hacía que mi deseo se incrementase. —No puedo, no puedo hacerte esto, no debo, no quiero… sí quiero, pero no puedo, ¡¡¡maldita sea!!! —Conseguí abrir la puerta y salí afuera. Entonces se dio cuenta. En mi boca habían empezado a brotar mis colmillos, tan fuertes y potentes como nunca. Mis ojos se volvieron tan oscuros como la noche y mi piel blanca como la luna llena más completa jamás vista. Pero ante mi estupefacción ella volvió a andar de nuevo hacia mí, y ante mis ojos su sonrisa brotó de sus labios, y acercó su mano con dulzura a mi boca, pasando su dedo índice por mis caninos. —Sé que no vas a matarme, siempre he sabido lo que eras. Además, ya lo hubieses hecho si así lo hubieses querido. Sé que tu necesidad ahora es prioritaria a tu deseo y yo quiero hacer de


ese deseo tu necesidad. Ante esas palabras, no dude en sentirme enfermo. Ella quería que hiciese algo horrible, condenarla a vivir eternamente, pero entre las tinieblas. —Adelante, Ronon, adelante. —Se retiró el pelo del cuello dulcemente, mostrándome un palpitar tan puro y tan inocente que no pude controlarme. Cogí su cuello con mi mano derecha. No quise apretar. La necesidad incontrolada hizo que mis piernas flojeasen por primera vez en muchos años y ella, sin dejar de mirarme fijamente, puso su mano en mi mejilla y se acercó más. El crepitar de su pulso hizo que los pelos de cada parte de mi cuerpo se pusiesen de punta. Podía oler su sangre, imaginé como sería saborearla y lo puse en práctica. Clavé mis colmillos suavemente en su yugular, tan suavemente que los gemidos que salían de la boca de Isabel me hicieron cerrar los ojos e imaginarme cómo sería volver a estar vivo. Noté como su sangre entraba en mi boca, la succioné de manera lenta. Era dulce, cálida, líquida, ardiente. Inundó cada parte de mi ser, hasta que los ojos se me abrieron y supe que si no paraba en ese momento o bien la haría ser como yo o bien la mataría. Y ahora… aquí estoy en mi piso, tumbado y con la cabeza dándome vueltas. Un golpe en el salón me hace levantarme. Entre tumbos me dirijo poco a poco por el pasillo, apoyándome en las paredes, notando mi debilidad. Ante mis ojos Isabel permanece sentada en el sofá y me hace gestos con el dedo índice para que me acerque. Cuando llego me tumbo encima de ella, y entre una dulce calma me pregunta si me he alimentado. Oigo su corazón apoyándome en su pecho. Ahora recuerdo que no la maté, ahora sé que no crucé el límite. Sé que, después de morderle sacié mi deseo. Después de la necesidad, ella encontró un hombre. Un hombre que estaba más vivo que nunca con su piel caliente, con su torrente sanguíneo trabajando por primera vez en más de un siglo, y por primera vez desde que estaba muerto ella notó la dureza de mi excitación y yo noté la humedad de su pasión. Nos acariciamos, nos besamos, la sentí poderosa encima de mí. No pude resistirme, ni ella quiso que lo hiciera, a morderle varias veces más. La dulzura de sus gemidos y de su cuerpo extasió cada rincón del mío propio. Aquel placer tan intenso hizo que mi corazón volviese a latir. Y ya no volveré a ser el mismo de antes. Me estoy volviendo humano, ya no seré la criatura que fui nunca más, pero todavía debo alimentarme aunque cada vez me hace más daño y cada vez me repugna más. “Mi padre” me ha dicho que el proceso es lento y doloroso, pero que tengo que pasar por él, que la leyenda dice que quien encuentra el amor tiene que pasar por la locura y la desintoxicación de la necesidad más primaria de alimentarnos. Nuestros corazones laten al unísono y ella entiende que mis manos manchadas de sangre demuestran que me volví a alimentar de alguna pobre alma. Sin pudor lame la sangre de mis manos, me mece en su regazo y me susurra que me ama y nuevamente con ella paso de la necesidad al deseo, de la muerte a la vida, de ser un monstruo a ser un hombre. Entre los brazos de una mortal que hizo de un demonio un ser con alma.


¡ME LO PROMETISTE! JAVIER VIVANCOS Hoy se había oscurecido especialmente. En el instituto procuraba llamar menos la atención, pero en su cuarto disfrutaba probándose los conjuntos de lencería gótica más provocativos, combinando todo tipo de colgantes afilados, tiznando su pálido rostro con lágrimas de ceniza y cicatrices violáceas. Amanda arañó las páginas amarillentas del grimorio. Sus uñas largas y negras se clavaron en los símbolos del ritual, en sus complejas formas geométricas, reflejadas en las pupilas de la joven. —¿Qué debo hacer para conquistar su corazón? ¡Dímelo! Las llamas alrededor del tapete de invocación se apagaron a la vez. La respuesta le llegó con el siseo del humo de las velas: «Debes escribirle una carta de amor con estos mismos símbolos, dásela en persona, cítalo en el cementerio». —¡Pero si a él no le va ese rollo! No le gusta lo gótico, quizá debería citarlo en un partido o... «No hagas caso a los tontos consejos de las revistas, niña, sé tú misma. Haz lo que te digo y... yo te entregaré su amor». —¿Lo prometes? El ser no respondió. Amanda miró de reojo hacia su escritorio. En la penumbra, creyó distinguir una sonrisa burlona que atravesaba de parte a parte su espejo de maquillaje. A la mañana siguiente, en el instituto había más guirnaldas de corazones y tarjetas de San Valentín que cuadernos de apuntes. La mayoría de tarjetas habían sido compradas en los grandes almacenes, y ninguna era tan especial como la de Amanda. El pulso le temblaba cuando por fin pudo entregársela en mano. No fue fácil abordarlo a solas, siempre rodeado de esos estúpidos amigotes que la llamaban «bruja sin tetas», «vampiresa del todo a cien» o «coño-telaraña». Él nunca coreaba esas gracias. Por eso le gustaba. Era tan guapo y atlético... Amanda apenas fue capaz de mirarlo a los ojos. Le sonrió de refilón y corrió a refugiarse entre las sombras. Al menos lo había logrado. El corazón le palpitaba con fuerza desmedida. Podría darle un infarto, morirse y regresar como un fantasma. Un fantasma muy feliz. Esa misma noche lo esperó entre las primeras lápidas del cementerio. Conforme la luna se apoderaba más y más del firmamento, la angustia de Amanda crecía en su garganta y en su estómago. No había sido capaz de probar bocado durante la cena. Y ahora temía que escaparse de casa no hubiera servido para nada. ¿Y si no acudía a la cita? ¿Cómo podría estar segura de que el ser cumpliría su promesa? Ni siquiera tenía el número de teléfono del chico, no podría avisarle si le surgiera algún imprevisto... ... O si no quisiera quedar con ella. De pronto Amanda empezó a temblar. Su chaqueta era ligera como una gasa, la humedad atrapada en la hierba le calaba los huesos. Pero lo peor era la soledad, el viento frío que atravesaba su alma. No iba a venir. Estaba convencida.


Apretó los puños. Se resistió a las lágrimas que desdibujarían su sombra de ojos. —Me lo prometiste... —murmuró al ser que se burlaba de ella, parapetado en la oscuridad, en su birlibirloque de insinuaciones y reflejos apenas entrevistos. —¿Amanda? Un haz de luna bañaba su silueta. No parecía real. Amanda no podía creerlo. —Sí has venido... Has venido... El viento hizo que se tragara sus palabras apenas exhaladas. El trago de vuelta fue amargo y gélido. —Escucha... Me sabe mal, quería habértelo dicho esta mañana, pero no me dejaste y..., bueno, pensé que a lo mejor te quedarías esperando y por eso... En fin, lo siento. No eres mi tipo, y la gente hablaría, ¿entiendes? No, Amanda no entendía. Incluso en la oscuridad su rostro evidenciaba perplejidad. El muchacho siguió propinándole excusas como patadas en el vientre. Ella dejó de oírlas. El mismo insidioso aire que se había colado en su boca lo hacía ahora en sus oídos. Al rato, su amor desapareció entre los matorrales del jardín que rodeaba los panteones familiares. —Me lo prometiste... —repitió Amanda, los labios adormecidos, no notaba cómo se le movían, cómo le temblaban y cómo resbalaban las palabras de su boca muerta. —¡Me lo prometiste! —aulló a la luna. Quizá fue por los ojos empañados, pero el orondo disco lunar le devolvió una sonrisa estremecedora. De pronto, en los matorrales se desató una pelea. Ramas enteras saltaron por los aires. Montones de hojas flotaron lánguidamente hasta que la quietud se apoderó de nuevo del cementerio. Amanda intentó tragar. Su garganta estaba reseca. Temía que algo malo le hubiese pasado a su chico. No encontró el hálito suficiente para llamarlo por su nombre. Dio un par de pasos inseguros hacia los panteones, atenta a cualquier nuevo movimiento. Entonces lo vio. Dolía mirarlo. Era una grieta aún más profunda y oscura que la noche. La hojarasca no crujía a su paso. Estaba lejos y cerca a un tiempo, extendió un brazo como una lanza hacia Amanda. «No es digno de ti, no lo es de ningún modo. No obstante...». El ser se encontraba allí mismo, frente a ella, pero su voz procedía de la luna, con un eco de pesadilla. Amanda trató de enfocar con creciente horror la sombra alargada que reptaba hacia sus botas y que le señalaba algo a su izquierda, justo detrás. El haz de luna incidía sobre la lápida. En ella, un corazón torpemente grabado, atravesado por una flecha y por sus nombres, como el que escribiría cualquier adolescente en la corteza del árbol o en los columpios del parque. —¿Qué...? ¿Quién ha...? Las entrañas de la tierra temblaron. Al pie de la lápida la hierba se abrió por la mitad en una boca húmeda y lasciva que engulló a Amanda. La respuesta le llegó esta vez de la tierra desprendida y de las raíces que violaban y asfixiaban su consciencia: «... te entrego su corazón, ¿no era eso lo que deseabas?». La masa palpitante golpeó el rostro aterrorizado de la muchacha y resbaló hasta su boca abierta en un grito ahogado por el sabor de la sangre del muchacho. La tumba se cerró con el crujir de los huesos. Antes de que la negrura sellara la boca de la grieta, lo último que vio Amanda fue la luna... ... Su sonrisa torcida y cruel.


AMANTES MARC SABATÉ CLOS —¿De verdad me quieres? —preguntaba melosa con sus labios próximos al de su amante. Éste mantenía, estoico, una posición dominante en la guerra del apareamiento. —No quiero a nadie como te quiero a ti —respondió clavando la mirada en esos ojos de color avellana que tan fácilmente lograban que abandonara sus armas. Ella le recompensó con un húmedo beso que duró lo que vive un suspiro. Ambos se mantenían atados en un lazo amoroso, desnudos en la comodidad de la cama. Ignoraban el paso del tiempo, los compromisos del día a día o el rugido del hambre. Estar juntos les hacía sentirse completamente saciados, y uno no quería desprenderse del otro por nada en el mundo. Él acariciaba sus pechos dibujando siluetas imaginarias mientras ella saboreaba la excitación de su deseo. Los silencios decían más que las palabras, proclamaban alto y claro la cumbre que anhelaban alcanzar. Los silencios... benditos silencios. Allí fuera, en la jungla de asfalto que no dejaba de ser la gran ciudad, la lluvia caía con insistencia y el golpeteo de las gotas formaba una melodía casi hipnótica. El pronóstico meteorológico se había vuelto a colgar una medalla de rotundo fracaso. —¿Ni siquiera a ella? —inquirió en lo más profundo de su ser, amenazando con una expresión seca que presagiaba tormenta. —Ni siquiera a ella. —Silenció sus sospechas cargadas de celo, posando su dedo en los labios de la mujer herida. Y con ese simple gesto la curó. Los dientes de marfil no tardaron en asomar, nació una sonrisa sincera, mientras ella se sentía feliz por encontrarse al lado del hombre de su vida. Y se besaron. *** Llevaba el periódico prestado en su mano izquierda, mientras que con el puño derecho golpeaba la puerta de sus vecinos. Estaba lloviendo a cántaros y el agua empezaba a calar por debajo de su abrigo. Tosió dos veces, maldiciendo su buena acción de vecino ejemplar. El anillo de casado resonó al golpear en la madera, y por un segundo pensó que había dejado un pequeño arañazo. Falsa alarma. Volvió a golpear la puerta con la suficiente fuerza como para hacerse oír y la justa medida para no mostrarse maleducado. Nadie contestaba. Aun así la puerta se entreabrió al tercer intento, invitándole a pasar. Y como era un hombre de naturaleza curiosa, se aventuró en propiedad ajena. Sacudió el agua de sus zapatos, y el abrigo lo colgó en la entrada. Varios insultos salieron de su mal humor, viendo que nadie acudía a su rescate. Dejó el ejemplar del New York Times en la mesa de la entrada, motivo por el cual había sorteado el diluvio. En la tercera página un artículo que hablaba de su negocio. Una buena oportunidad para deleitar su éxito profesional en el reflejo del vecino. Siempre habían sido amigos, pero la rivalidad se cultivaba con los años. Olvidó casi al instante sus planes de triunfo cuando observó, estupefacto, lo que sus ojos habían descubierto. El comedor parecía haber sufrido las consecuencias de un huracán. O de una noche cargada de pasión. Más bien lo segundo. Una botella de vino yacía en el suelo, desparramando su tinte bermejo por toda la alfombra. La etiqueta con denominación de origen se había vuelto ilegible, huérfana de país y región. Un vino apátrida. Dos copas, víctimas de lo acontecido, permanecían vacías en la mesa de cristal, mientras que una tercera se había derrumbado obedeciendo a la diosa gravedad con toda su fe. Descubrió tirada en el suelo una camisa masculina manchada de un color carmesí, el mismo vino que habían ingerido, y unas bragas negras


como la noche en el respaldo del sofá. La camiseta no le importaba en absoluto. Sí en cambio las bragas. Agarró la lencería e inspiró su perfume. Ante semejante festín sus intenciones quedaban irremediablemente apagadas. Unos gemidos llamaron su atención. Procedían del piso de arriba. Miró a izquierda y derecha con la intención de cerciorarse que nadie estaba observando su desfachatez. Su mirada se topó con el retrato de un viejo malhumorado de ojos rapaces que parecía advertirle de sus intenciones. Tardó dos suspiros y una risa burlona en recuperarse. Cuando cogió suficiente valor subió por las escaleras peldaño a peldaño, procurando hacer el menor ruido posible. Nunca le había gustado molestar. Por el camino encontró nuevas pistas que explicaban lo que estaba sucediendo, aunque para él no existía ningún misterio. Unos pantalones tejanos tirados en el suelo, un sujetador sujeto a la barandilla, una fotografía de la parejita feliz en Costa Rica colgada en la pared debidamente torcida... Vaya, lo típico de un matrimonio pasional. En ese momento no pudo evitar acordarse de su aburrida esposa, siempre tan ocupada, siempre tan esquiva. ¿Por qué le había tocado siempre el segundo premio? Él, todo un hombre de negocios, en la cúspide de su éxito empresarial, sufría las consecuencias de tener una esposa sosa y aburrida en casa, esquiva en sus deseos, parca en palabras. En cambio, su amigo y vecino, obtenía riqueza sin hacer nada, y encima vivía con la mujer más bella que había conocido jamás. Una mujer que, además, él también deseaba. Se lamió la envidia con las expectativas de un verdadero voyeur preparado para presenciar, en vivo y en directo, el mayor espectáculo del mundo. Los gemidos se hacían más fuertes a medida que subía por la escalera. Casi parecía un concierto de Motley Crue en plan acústico. Cuando alcanzó el piso superior divisó, al fondo del pasillo, una puerta no del todo cerrada que ofrecía un arco de luz por el cual poder espiar. «Las puertas del paraíso», pensó. Ni corto ni perezoso se dirigió hacia el origen de los ruidos, ensordecido por el repique de su corazón. Sudaba de la excitación, y sentía cierta opresión en sus pulmones propia del morbo del momento. Se había equivocado de pantalones. Eran demasiado ajustados en la entrepierna. Se detuvo extrañado. En medio del coro de gemidos, suspiros y exclamaciones podía sentir cierto olor que no lograba identificar. Un ambiente cargado de sudor y de algo más asomaba en la habitación e impregnaba sus fosas nasales. Se llevó la mano a la nariz, molesto por el hedor que sentía, aunque eso no hizo más que sentir con mayor fuerza la necesidad de tocarse. *** Ambos cuerpos se movían en una danza amorosa que trasladaba sus sentidos hasta el cielo. Ella cantaba su éxtasis, él levantaba el estandarte de la conquista. Manos y labios jugaban a perderse en autopistas de piel erizada, mientras la cama resistía estoicamente sus empujes. Finalmente, un grito de adorable dolor finiquitó el acto. Ella terminó abrazada a su amante deseando que el tiempo se detuviera, que el mundo ardiera en llamas o que despertaran en una isla solitaria como dos voluntarios robinsones. Apartó con delicadeza su brazo y se encendió un cigarrillo. Saboreó el aroma del tabaco y acercó una calada a su compañera de aventuras sexuales que lo recibió agradecida. La lluvia había cesado, aunque el gris encapotado del cielo apenas dejaba que los rayos del sol alumbraran el lecho amoroso. Él encendió la lámpara de la mesita de noche y abrió un cajón. Un objeto brillante asomó en la penumbra. —¿Tienes hambre? —preguntó con un brillo en sus ojos. —¿Qué me ofreces? —respondió ella con la misma luminosidad. El hombre se incorporó y se dirigió hasta los pies de la cama. En su mano sostenía un afilado cuchillo de carnicero. Y sonrió. *** Aquello no le gustaba. Los gemidos habían cesado y escuchaba tras la puerta una conversa-


ción impregnada de risas. Una luz se encendió y tuvo que apartarse para no delatar su presencia. Aguantó una incómoda tos provocada por el hedor que salía cada vez con mayor intensidad de la habitación. Sin duda se habían pegado una buena juerga. Llegó hasta el marco de la puerta. Se ocultó tras la pared y tragó saliva. Todos sus sentidos estaban agudizados al máximo, como un leopardo a la caza de la cebra. Si sentía, escuchaba u observaba el menor indicio que revelara su presencia, bajaría a toda prisa por las escaleras y saldría de la casa antes de que tuvieran tiempo de saber quién andaba por allí. Y se llevaría los celos a casa. Algo llamó su atención. La pared que tenía en frente, blanca impoluta en toda su longitud, se encontraba en ese punto manchada por lo que parecían huellas de manos. El mismo color rojizo en la barandilla y otras puertas. Incluso se percató de que en el suelo se encontraba un charco viscoso de lo que sin duda era sangre. ¿Sangre? Empezó a ponerse nervioso. Seguro que todo ese desastre tenía una explicación perfectamente razonable. Un corte inoportuno en medio de la pasión, una botella rota ejerciendo de traicionera o quién sabe qué. El problema era que en su cabeza se barajaban varias teorías que no le agradaban en absoluto. Dio un paso hacia atrás, pero la curiosidad le pudo y no dejó de buscar la verdad acerca de lo sucedido. *** La servilleta se había vuelto un instrumento inservible para limpiar las manchas que cubrían sus rostros. Ella gozaba de la carne cruda y bermeja que masticaba con afán. Sus mejillas ofrecían sangre seca, y los surcos de sus dientes permanecían oscuros y a la vez rosados. Él desaparecía en un océano de vísceras y entrañas para emerger como el Neptuno de los mares sangrientos. Su tridente, el cuchillo de carnicero. Su sirena, la mujer amada. —Está para comérsela —afirmó con sorna. —Mastica despacio, querido —aconsejó con un beso—. No sea que te siente mal la cena. El grotesco banquete duró toda una noche, el tiempo que tardaron en devorar el cadáver que yacía a los pies de su cama. El sonido de la lluvia dejó paso al masticar de sus encías. El olor a sexo se mezclaba con el hedor a muerte creando un cóctel similar al cáliz de los dioses. Y su habitación el Olimpo. *** Asomó primero el oído y a continuación los ojos. Empujó ligeramente la puerta y el intenso olor le golpeó con la furia de un púgil enojado. Arrugó la nariz y tragó amarga saliva. Sus ojos escocían, y la escena se posó confusa y borrosa. Algo de aquella estampa no le encajaba. Dos amantes desnudos atiborrándose de un manjar como cerdos, sin el menor decoro ni la más mínima atención a la higiene. Labios manchados, manos aceitosas, ropa teñida... ¿Cómo? ¿Qué demonios era todo eso? Un dedo solitario a la altura de las rodillas de ella. Una costilla roída hasta los huesos encima del pecho de él. ¿Y qué era eso esponjoso? ¡Un hígado sin estómago haciendo de improvisada almohada! No pudo más que llevarse las manos a la boca, tratando de detener lo que amenazaba con salir. Dio un paso atrás, pero sin delicadeza. El suelo crujió y toda la atención recayó en su presencia. Sintió la puñalada de cuatro ojos clavándose en su seguridad. Dos miradas, un solo enfoque. Balbuceó palabras ininteligibles. Su rostro inició un círculo cromático que empezó en tonos azulados y acabó lechoso perdido. El horror que desprendían aquellas cuatro paredes contrastaba con el amor incondicional del leal matrimonio. Trató de gritar, trató de detener semejante pecado visceral, pero sus impulsos sufrieron un terrible percance cuando reconoció, en el rostro cadavérico de aquella cabeza huérfana, lo que antes había sido su mujer, su aburrida mujer.


SIEMPRE JUNTOS JOSÉ MANUEL DURÁN RAIN Cuando uno de los bomberos rompió la puerta del piso, Fran entró como una exhalación esquivando humo y llamas. Tanto él como sus compañeros trataron de paliar el fuego que había consumido ya parte de la casa. Apenas tardaron unos pocos minutos en reducir las llamas a simples brasas que finalmente se apagaron. El inmueble estaba completamente carbonizado. El fuego había devorado, como si de un monstruo hambriento se tratara, todos y cada uno de los enseres que apenas ahora eran reconocibles. El suelo se había convertido en una peligrosa trampa y las paredes y techo parecían mordidos por mandíbulas gigantes de un invisible ser que no tuvo tiempo de tragárselo todo. Fran se giró y a través de su casco observó a sus compañeros. Sudaba como un energúmeno y estaba extenuado. Ladeó la cabeza de un lado a otro y se quitó el casco. Su rostro, cubierto por infinitas gotas de sudor, quedó al descubierto con su melena rubia completamente alborotada. Los otros dos bomberos hicieron exactamente lo mismo. Miraron a su alrededor. Ya estaban acostumbrados al intenso olor del fuego y a la visión atroz que suponía ver sus destrozos. Habían participado en cientos de incidentes parecidos y su misión era exterminarlos con la mayor celeridad posible. Y, aunque no quisieran reconocerlo, también estaban acostumbrados a ese otro olor que en muchas ocasiones imperaba por encima incluso del hedor del fuego. Y allí estaba otra vez, quizá con alguna leve variación, pero resultaba fuerte e intenso. Los tres se miraron y los dos compañeros de Fran le dieron palmaditas en el hombro; después se marcharon por la puerta cuyo marco se encontraba prácticamente carbonizado. Hoy le tocaba. Lo sabía desde el mismo momento en que había salido de la Central. Si sucedía no tendría más remedio que encargarse él. Y no era algo que resultara demasiado agradable. Respirando el aroma grotesco del humo percibió que, por encima de ese olor, se encontraba el otro, el más temible y aberrante. Arrugó la nariz cuando el nauseabundo hedor a carne putrefacta taponó sus orificios. Eso sólo podía significar víctimas. Olía a muerte pero no a muerte quemada… y eso le extrañó. Era habitual que el fuego abrazara a inocentes y los dejara convertidos en simples cuerpos carbonizados. Ni el hedor ni la visión de los cadáveres era plato de buen gusto. Fran recorrió lentamente la casa, siguiendo la estela que le guiaba, y que no era otra cosa que el olor sucio y podrido de la carne putrefacta, hasta que llegó a una habitación cuya puerta estaba cerrada. Agachó sus cejas confundido. El pasillo había sido pasto de las llamas, al igual que otras zonas de la casa, pero la puerta de aquel dormitorio estaba completamente intacta y aquello… no era normal. El fuego no solía tener concesiones con nada ni con nadie, al contrario, mostraba una voracidad inquietante y perversa. Tampoco era normal que la muerte en un incendio no oliese a quemado. Algo inhabitual había ocurrido allí y la idea de encontrarse con una escena desagradable nubló parte de sus sentidos. Con la punta del pie empujó la puerta y ésta se abrió acompañada de un silencio sepulcral. El interior de la habitación estaba completamente a oscuras. Era lógico, la instalación eléctrica se había ido al traste y, por lo que había visto en la cocina, era muy posible que un fallo hubiera sido el causante del incendio. De cualquier modo, ya se encargaría el inspector de atar cabos y llegar a conclusiones. Fran sabía que hasta que él no saliera por la puerta principal nadie se dispondría a entrar. Le iban a dar tiempo para encontrar a las víctimas. El mal trago hoy lo iba a pasar él. Cuando


sucedía un incendio que se cobraba víctimas o intervenían en un accidente con muertes incluidas… las horribles imágenes de los cadáveres quedaban guardadas en las retinas de los bomberos que se las llevaban impresas a modo de recuerdos, recuerdos que modificaban su carácter poco a poco. Por eso se repartían los hallazgos desagradables, para evitar perder la cabeza y sobre todo la sangre fría que necesitaban para ejercer su trabajo en óptimas condiciones. Fran tanteó sus bolsillos y encontró lo que buscaba. La pesada linterna bailó sobre su mano enguantada y pronto un potente haz de luz desgarró con violencia la espesa oscuridad a la que estaba sumida la habitación. Estaban sobre la cama. Eran dos cuerpos… …o lo que quedaba de ellos. Fran dio unos pasos hacia delante. Ya se había dado cuenta de que el fuego no había entrado en el dormitorio, un dormitorio que despedía un hedor nauseabundo, una mezcla a humedad, rancio y putrefacción. Como había intuido, el olor no correspondía al de carne quemada porque los dos cuerpos eran en realidad dos esqueletos de los que colgaban, hechos jirones, trozos de carne como harapos malolientes. Llevaban allí semanas, probablemente meses. Se habían consumido con el paso del tiempo. La carne muerta estaba salpicada por gusanos y moscas que no emprendieron vuelo pese a la cercanía del bombero. Ni rastro del fuego, solamente dos cuerpos podridos ayudados por el inexorable paso del tiempo. Fran quedó petrificado ante la visión. Los cuerpos estaban vagamente vestidos y podía distinguirse que se trataba de un hombre y una mujer. Se encontraban sentados sobre la cama con las manos entrelazadas. El hombre llevaba puesto un traje de color negro. De uno de sus ojales salía lo que quedaba de una flor ya seca y marchita, y la mujer un traje de novia con el velo caído hacia un lado. La ropa estaba arrugada y parecía estar adherida a los huesos de los cadáveres. Las frentes de sus calaveras estaban pegadas una a la otra, como si se hubieran dado el último beso, muriendo en ese preciso instante. Junto a ellos había un sobre. Fran no podía imaginarse el tiempo que podían llevar allí, en aquella misma postura. Se aventuró a pensar que podía tratarse de una pareja de recién casados que por alguna extraña razón había encontrado la muerte. Sin embargo, el dormitorio estaba repleto de fotografías que mostraban a una pareja de ancianos, siempre unidos, abrazados y sonrientes. Examinó durante unos segundos la habitación y no descubrió nada que pudiera sugerir un suicidio o asesinato. De cualquier modo, allí había dos cuerpos. Cogió el sobre entre sus manos. Dudó unos instantes y finalmente lo abrió. Había una simple hoja escrita a mano. La leyó. Para aquella persona que nos encuentre: No sé quién eres, pero queremos pedirte un favor. Conocí a mi mujer hace 60 años y desde entonces no nos hemos separado. Ella ha muerto y yo no me apartaré de su lado. Nos prometimos amor eterno y decidimos estar siempre juntos. Permaneceré a su lado, sujetando sus manos inertes hasta que Dios decida llevarme con Él. Quiero suplicarte que no nos separes, que hagas lo imposible por mantenernos unidos. Necesitamos estar juntos para toda la eternidad. Gracias y que Dios te bendiga, que Dios nos bendiga a todos. Fran alumbró de nuevo los cuerpos de los ancianos y quedó asombrado por aquella muestra de amor. Aun así, sabía que no podía hacer posible la petición escrita. Una vez se notificara del hallazgo a sus superiores se llevarían esos cuerpos, los separarían,


(suena en la habitación un extraño sonido, como un murmullo de voces que protestan en la noche) tratarían de identificarlos y les realizarían las autopsias oportunas, por separado (los sonidos son ahora más cercanos y Fran siente que no se encuentra solo en la habitación. Utiliza la linterna para violar cada recodo oscuro que planea ante él, pero no ve nada más que los esqueletos de una pareja que no podrá seguir unida nunca jamás) Y lo que ocurrirá después y nadie, absolutamente nadie lo podrá remediar, es precisamente que los enterrarán por separado (un nuevo ruido sobre la cama, una especie de quejido… …Fran alumbra los cuerpos de los enamorados) o bien los llevarán al crematorio para quemarlos y convertirlos en anónimas cenizas. Fran se ha asustado al percibir un pequeño movimiento sobre el lecho en el que yacen los cadáveres. No sabe bien lo que ha sido pero… La puerta de la habitación se cierra de golpe empujada por una fuerza extraordinaria e invisible. Después escucha de nuevo un ruido extraño y el haz de luz cubre por completo los cuerpos del matrimonio. Ya no tienen las frentes pegadas una contra la otra sino que los rostros cadavéricos se han vuelto hacia él y lo observan a través de sus cuencas vacías. Sus mandíbulas desencajadas parecen explotar en una inaudible carcajada. Una voz que surge de imprevisto, grave y cavernosa, lejana y a su vez cercana, brota de uno de los cuerpos. —¿Tienes hambre, querida? —Muchísima, mi amor —responde una voz vagamente femenina. Fran retrocede cuando advierte movimiento en los esqueletos y deja caer su linterna que se apaga tras el golpe, y la habitación queda sumida en una opresiva oscuridad. Sus gritos son tan desgarradores que muy pronto sus compañeros irrumpirán en la habitación, pero no encontrarán ni rastro de su amigo. Sólo su linterna caída en el suelo, todavía rodando por él, apagada y con el cristal roto. Permanecerán perplejos ante la visión de los esqueletos sobre la cama con sus manos entrelazadas y las frentes unidas, vestidos para una boda. Junto a ellos un sobre cerrado… …uno de los bomberos sentirá un deseo irrefrenable de abrirlo para leer en voz alta su contenido… Tal vez ellos se conviertan también en el banquete nupcial de la boda de una pareja de ancianos eternamente enamorados que solamente desean permanecen juntos, con la esperanza de que nadie pueda romper jamás el amor que un lejano día los unió.


EL ÚLTIMO BAILE SC BURKE La taberna El derrotado señor Cooper caminaba pesaroso sobre el empedrado de la angosta calle que separaba su oficina del bar. Necesitaba un trago. Era San Valentín y echaba de menos el tener a alguien a su lado. Compartir los días que le restaban de vida con una mujer que le amase de verdad era su mayor anhelo y, ni todo el dinero del mundo, podría comprar eso. De momento, su única compañía eran las farolas que, sin éxito, pretendían iluminar su camino hasta la taberna y los adoquines que amortiguaban sus pasos. Su alma vacía necesitaba encontrar el amor. Continuó el trayecto hasta que alcanzó la entrada de aquella vieja tasca llamada “Truth and Love” ―precioso nombre para tan desvencijado lugar. El bar tendría más de treinta años, ese detalle se reflejaba en cada uno de sus rincones, comenzando por la puerta de entrada. El portón de madera decrépito sujetaba unos sucios cristales que parecían que iban a caer de un momento a otro. Harry, el dueño, tenía pensado hacer una reforma a aquel local pero el tiempo y la desgana se habían adueñado de sus fuerzas, y siempre lo posponía para el mes siguiente, que nunca llegaba. Cuando Duncan consiguió acceder a duras penas ―la puerta se resistía a dejarle entrar con sus chirridos― lo primero que vio fue el suelo. No es de extrañar, puesto que siempre iba cabizbajo. Las baldosas simulaban un tablero de ajedrez inclinado, alternando el blanco con el negro, sin que nadie se dignara a jugar una partida sobre ellas. Le llamó la atención una solitaria columna, a pocos pasos de la entrada a la izquierda, que parecía sostener todo el peso de la anciana estructura, como si alguien la hubiese colocado en ese preciso lugar más por obligación que por ornamentación. Al fondo, detrás de la columna, cuatro mesas vacías con sus respectivas sillas invitaban a sentarse a todo el que entraba. Y, en frente, la barra, regentada por Harry. Todo el local estaba decorado en madera. En la pared, detrás de la barra, un par de achacosas estanterías sujetaban algunas botellas de diverso contenido. Por las etiquetas pudo observar que la mayoría eran de whisky. Separando los estantes, un hueco que, alguna vez, había sostenido un enorme espejo ovalado, donde ahora sólo se veía una tela de terciopelo rojo, dañada también por el paso del tiempo. Más armarios bajos mostraban infinidad de frascos, de todos los tamaños y colores, y numerosos vasos recubiertos de polvo. En el extremo de la barra se encontraba sentado un señor canoso, con camisa blanca y un acordeón que le esperaba apoyado en el suelo. Detrás del mostrador, un servicial Harry deseando atender a su segundo cliente de la noche. ―Buenas noches caballero ―saludó el camarero con tono acogedor―, ¿qué desea tomar? ―Whisky ―contestó Duncan sin pensarlo. ― ¿Alguno en especial? Como puede ver, hay dónde elegir. ―El que usted prefiera. Hoy me bebería hasta el agua del río ―contestó el nuevo cliente decaído. ―Está bien, por lo que me dice, necesita un buen trago. Déjeme pensar. Harry desapareció agachándose detrás de la barra y, por unos instantes, Duncan pensó que se habían quedado solos el hombre de pelo cano y él, acompañados por las tristes luces anaranjadas que emitían las pequeñas lámparas que decoraban el recinto. El camarero volvió a erguirse, tan rápido como se había ocultado, y apareció con una botella de vidrio verde en sus manos, sin etiqueta. ―Esta la guardo para ocasiones especiales ―dijo guiñando un ojo a Duncan―, brebaje de


dioses y, además, le cobraré el precio de un whisky barato; tengo pocos clientes y a usted es la primera vez que le veo por aquí, así me aseguro su vuelta. Duncan asintió con la cabeza, haciendo un escueto gesto con el que pretendía dar las gracias por la deferencia que acababa de tener el dueño del bar y, sus ojos, sin querer, se movieron desde la botella de whisky hasta el acordeón. ―Sirva una copa a ese tipo, invito yo ―ordenó a Harry. ―De acuerdo. El camarero tomó tres pequeños vasos de uno de los estantes. Los colocó alineados y juntos, de forma que, al verter el líquido color cobre en su interior, con un sólo movimiento de la mano, no se derramara el licor entre ellos. Le entregó un vaso a cada uno y, el señor del fondo, sorprendido, le devolvió una sonrisa a Duncan cuando el camarero le indicó quién le había invitado. Entonces propuso un brindis: ―¡Por el amor verdadero! ―exclamó. ―¡Por el amor verdadero! ―contestaron los otros dos hombres. Al unísono, los tres levantaron el vaso, brindaron en la distancia, y se tomaron el contenido de un solo trago. Sin duda, a Duncan le supo a gloria, aunque no pudo evitar toser tras ingerirlo. El dueño del bar soltó una carcajada: ―Amigo, ya le dije que era un brebaje de dioses ―afirmó con sorna. Duncan sintió cómo el licor le embriagaba en pocos segundos, de hecho hasta le pareció oír el lamento lejano de un acordeón. Pensó que el cansancio del trabajo en la oficina, el licor y las penas de amor no eran buenos compañeros, pero el sabor cálido que había dejado en sus labios le obligó a pedir otra ronda. Tenía dinero de sobra como para invitar a todo un bar lleno de gente y, en este, la compañía era escasa. ―Disculpe señor, mi nombre es Albert, Albert Grey ―dijo el hombre de la esquina acercándose a donde estaba Duncan―. Y esta ronda la pago yo ―sentenció sin dejar lugar a ninguna réplica. ―Duncan Cooper ―se presentó―, y está bien, acepto su invitación. ―Harry, otra ronda por favor, y sírvete tú otro ―pidió Albert al camarero. ―Señor Cooper, hacía tiempo que no hablaba con nadie. Llevo años viniendo a este antro y, Harry le podrá confirmar, que es la primera vez en mucho tiempo que lo hago. Pero su gesto, su invitación sin conocerme y su triste semblante, me han hecho tomar la decisión de entablar una conversación con usted, en agradecimiento por el detalle. Harry asintió ante las palabras de Albert, pero no abrió la boca. Duncan necesitaba compañía, de eso no cabía la menor duda. Así que, con un ademán de su mano, le invitó a sentarse en el taburete que estaba a su lado. ―¿Ha conocido alguna vez el amor verdadero Cooper? ―No ―su palabra se acompañó de un rotundo movimiento de cabeza―, por desgracia llevo toda la vida buscándolo, y creo que moriré solo. ―Si me permite caballero, le contaré una historia… “El tango Hace ya más de veinte años, un joven músico tocaba el acordeón en este bar. Sus canciones siempre eran melancólicas pero conseguía conmover a todo aquel que oyera su música. Harry puede dar fe de lo que cuento. Día tras día, el joven se sentaba en una de las sillas del fondo, tomaba su acordeón y lo posaba sobre sus piernas. El instrumento era de color negro en los extremos, con un ribeteado metálico sobre las cajas de madera y con el fuelle encarnado. El chico, a diario, regalaba bellas melodías a todo el que entraba, llenando de magia todo el local. Una noche de San Valentín, tal y como lo es hoy, en una de las mesas del fondo, un grupo de hombres jugaba al póquer de forma exaltada. El vocerío que emitían impedía al resto escuchar


el sonido envolvente de la música, lo que provocaba comentarios enfrentados en el resto de clientes y elevaba el murmullo en el bar. En medio del bullicio, entró en la taberna una hermosa mujer. La dama iba ataviada con un precioso vestido rojo, de tirantes, que mostraba un bonito y delicado escote, ceñido hasta la cintura y con dos aberturas verticales a ambos lados de sus muslos. Los tacones, rojos como la misma sangre, le hacían parecer un poco más alta de lo que era en realidad y acababan anudándose a unos níveos tobillos. El cabello lo llevaba recogido en una exuberante cola, que mostraba unas radiantes ondas castañas y los labios, pintados de color carmín. Y los ojos... ojos de color verde..., inolvidables. En un extremo de la barra, un hombre con chaqueta, la observaba como si la hubiese esperado toda la vida. El señor vestía un traje blanco y calzaba mocasines de cordones, en tonos blancos y negros, y una corbata a rayas que no combinaba en absoluto con los colores del resto de su vestimenta. La mujer le regaló una sonrisa al caballero del traje y pidió una copa en la barra. El humo del tabaco inundaba el bar con una extraña bruma. El jaleo de los que estaban en la mesa impedía al resto escucharse los unos a los otros y no permitía que se oyera al joven del acordeón, que se dio por vencido y dejó de tocar. Entretanto, uno de los jugadores de póquer, no le quitaba el ojo de encima a la chica. Sus ojos lascivos la desnudaban con la mirada desde lejos aunque parecía seguir enfrascado en la partida. La mujer de rojo se acercó al joven del acordeón, maravillada por la música que había intuido al entrar allí y, susurrándole al oído, le pidió que tocara un tango para ella: “Por qué la quise tanto”. Acto seguido, recorrió los escasos pasos que le separaban del hombre del traje, le miró a los ojos y le preguntó: ―¿Me haría el honor de bailar conmigo? ―un rubor en sus mejillas hizo que el vestido rojo palideciera ante ellas. ―¿Me lo está preguntando a mí? ―dijo incrédulo el hombre de blanco. ―Por supuesto. Pensé que no iba a encontrarle nunca. De repente, la neblina que hasta hace unos momentos había invadido el local, pareció difuminarse ante la pareja. Hombre y mujer se alinearon en el centro de la taberna, sobre el ajedrez del suelo y, abrazados, comenzaron a bailar al compás de las primeras notas. La gente se iba apartando, dejando el espacio necesario para ver la danza de los dos amantes. El rojo del vestido envolvía al hombre en un sueño del que no quería despertar. Los hombres que jugaban en la mesa, bajaron la voz de golpe, al percibir el silencio que comenzaba a imperar en el local ante aquella seductora música. El que se había prendado de la mujer, comenzó a sentir rabia al verla en los brazos de aquel elegante hombre y, furioso, pidió al joven músico que dejara de tocar. Éste, embelesado por el baile que acompañaba a su melodía, no le hizo el menor caso y continuó tocando. ―¡Ya está bien, que pare la música! ―ordenó el borracho al muchacho― Hemos venido a jugar no a escuchar estas memeces. Sus palabras rompieron la magia de aquel instante, obligando a los bailarines a separarse y dejando atónita a toda la concurrencia. ―Caballero, la dama quiere bailar y así lo hará ―dijo el hombre del traje. ―¿Me está desafiando? ―preguntó con soberbia mientras se levantaba de la mesa y se acercaba a la pareja―. He dicho que pare la música y así se hará. ―Por encima de mi cadáver ―replicó el bailarín. Ambos hombres, se enfrascaron en una dura pelea sin que nadie pudiera hacer nada por separarles. Las copas caían del mostrador, ante sus bruscos movimientos, estrellándose contra el suelo, como cuando caen los peones en el ajedrez. Se alternaban los golpes el uno al otro hasta que el jugador de póquer sacó una navaja del bolsillo y la mostró amenazante. ―¿Ves? Esto es lo que pasa cuando alguien me lleva la contraria.


Con decisión, sujetó el cuchillo con fuerza con la clara intención de clavarlo en el pecho de su oponente. De pronto, la bruma volvió a inundarlo todo. Hubo un forcejeo entre ellos hasta que el cuchillo fue a parar al pecho de la mujer que, se había interpuesto entre los dos hombres para defender a su amado. Su cuerpo cayó al suelo de forma violenta, sobre los restos de vasos y botellas rotas. El hombre del traje acababa de perder a su reina en la partida. De rodillas y, manchándose el níveo traje con la sangre roja, la abrazó y lloró amargamente. Sus lágrimas cayeron sobre el escote de la mujer, resbalando hasta que dieron a parar en su corazón. El jugador de póquer, embriagado de alcohol y de ira, con la adrenalina aún a flor de piel ante el crimen que había cometido, se acercó al joven músico y, de un solo movimiento, le asestó una puñalada. ―Te lo advertí, todo esto ha sido por tu culpa. La sangre del joven, a borbotones, se derramó sobre el acordeón y ambos se desplomaron de la silla mientras el apurado asesino salía corriendo del local en la oscura y fría noche de febrero.” Truth and Love. ―¡Qué historia tan triste! ―comentó el desolado señor Cooper tras escucharla―. ¿Eso ocurrió de verdad en este lugar? ―preguntó. ―Sí amigo, y nunca antes le había contado lo ocurrido a nadie. ―Albert Grey apuró el último trago, cogió el acordeón y le dio la mano a su nuevo confidente a modo de despedida. ―Ha sido un placer charlar con usted. ―¿Puedo hacerle una pregunta antes de que se marche? ―Por supuesto caballero. ―¿Es usted el músico que tocaba el acordeón? ¿Presenció todo aquello y salió con vida después? ―No, mi querido amigo. Yo soy quién conoció el amor verdadero aquélla amarga noche. Conocí el amor, mas nunca supe su nombre... “Las sombras implacables, jugando con mi angustia, me acosan y preguntan. Preguntan por qué en vano, la espero todavía; por qué vivo soñando que alguna vez fue mía... mía...”


LA PETICIÓN ÓSCAR GARCÍA GIRALDO ¿Creéis que los seres como yo no se enamoran? ¿Pensáis que, pese a llevar un destino lleno de infamias, hasta los hombres más viles no caemos rendidos ante la emoción de sentir algo más placentero que destruir ? Esa era mi naturaleza, en ello me ejercía y era de los mejores. Maamud Kaleb, ayudante primero del envenenador real. Era yo el creador original de las pócimas, sutiles perfumes y ponzoñas y, aunque el reconocimiento lo tenía mi señor, a mí no me importaba. Después de todo disfrutaba de bastante riqueza y poder como él, pero yo quería más, incluso algún día emanciparme de mi señor. Hasta que apareció Ana. Al principio apenas ni le distinguí. Era más bien corriente, comparada con la belleza de mis dos esposas y mis otras amantes. Ana era delgada, de cabello negro, ojos grandes y oscuros, demasiado corriente a mis gustos. Ni siquiera pensé en ella como amante, mucho menos como esposa. Ana tan solo era la ayudante del alambiquero. Ella siempre silenciosa, sellando los frascos de los distintos cianuros y elixires líquidos que las cortes de Francia y España me encargaban. ¿Que cómo comenzó la seducción? En mí habitaba un carácter terrible y una ira incontrolable cuando alguna de mis pócimas era descubierta en la agonía de mis víctimas. No había consejero, ni esposa, ni amante que pudiera calmar los destrozos y la violencia que descargaba cuando tenía algún que otro fracaso, ni siquiera mi señor podía aplacarme. Tan solo ella, Ana, que se mantenía muda y que, con sus ojos de expresión compasiva, me hizo comprender que había algo más grande que el poder, el conocimiento o la riqueza. Así fue como advertí el amor. Al comienzo pensé que era simpatía, compasión o quizás lástima, pues la arrogancia me hacía dudar de haberme enamorado de una simple ayudante, ya que, ante mi capricho, podía disponer de ella y el alambiquero a la hora y el tiempo que a mí me apeteciera. Pero fue Ana que, con su aura incomprensible de serenidad, me inspiró a crear uno de mis más célebres venenos. No dejaba olor, ni aroma, ni rastros. Dejé de crear ponzoñas por una temporada ante mi magna creación. Pero a veces las obras crean vida y siguen sus propios designios y esto fue lo que aconteció con aquel mortal elixir. Resultó que esta pócima perfecta no solo terminó con la vida de algunos reales desdichados y muchos de mis adversarios y rivales. Las ratas bebían de los restos de las tumbas y mi elixir pasó a ser una contagiosa enfermedad y luego una epidemia. Mi excelsa obra lo cubrió casi todo como densa noche. Así nació la Peste Negra. Mi señor y yo tuvimos que huir con las pocas cosas de valor que nos quedaron, algunas mujeres y los sirvientes sanos que aún teníamos entre ellos Ana y el alambiquero. Decidimos irnos al norte, a las tierras más frías, allí donde las ratas morían congeladas. La gula de poder me castigó y Ana cayó enferma de la peste. La amaba a mi manera, no lo niego, pero en ese momento la fama, el nombre de mi señor y mis riquezas en esas nuevas tierras no se comparaban con rescatar su vida. Ana tan solo era la ayudante de aquel filtrador de esencias, pensé. Me llené de impotencia y de una enorme rabia y ordené que la dejaran sola en el lugar más frío y despoblado, allí donde ni pájaros, ni fieras comieran de sus restos. Vi una expresión de tristeza y resignación en su rostro. Ana antes de morir, abandonada en las heladas piedras, solo pidió una cosa. En su último aliento pidió sentir el aroma de mi perfume de rosas. Me pareció ridículo, no atendí a sus súplicas. Los guardias a empellones la echaron de mi tienda y, a rastras, la llevaron a donde había


ordenado. A pesar de que obtuve más poder y renombre en aquellos fríos predios, no había nueva doncella, atención, homenaje o nueva creación que me llenara. El modo de mis actos me avergonzaba y perseguía, pero al mismo tiempo yo no me resignaba. Tiempo después, entre las gélidas piedras volví para sepultar su cuerpo, y en mis pocos momentos de sosiego caminaba hasta allí, miraba su tumba y esa lápida absurda que le había construido. Solo quería que Ana estuviera aquí de nuevo. Pensaba en el poco tiempo que habíamos compartido, en no haberla valorado como se merecía o en tan solo haber cumplido su último deseo. Imploré al mundo de nuevo morir porque no tenía el valor de acabar con mi existencia. Pero no, yo no moría. Los meses pasaban llenos de vacío. El dolor de su pérdida me atormentaba día tras día. Fui paciente y luego de 6 años, aquella noche de San Juan, rompí las reglas de mi señor. Robé los pergaminos de invocación oscura decidido a ir en contra de la norma póstuma: el no traer de los muertos a un ser amado. Por juramento solo podía revivir aquellos que en vida habían hecho el mal para así someterlos y hacerlos esclavos, así como mi señor había hecho conmigo. No me importó la advertencia que tantas veces escuché en medio de los rituales. Solo huí al bosque bajo aquel cielo plomizo con los pergaminos y el anillo de hierro de mi amo mientras dormía. Tenía prisa, sentía la angustia de que el amo despertara en cualquier momento y no lograr a tiempo hacer la petición para que Ana volviera del umbral. Debía intentarlo, solo debía. La traería de nuevo junto a mí para tenerla a mi lado, atreverme al amor y no volver a abandonarla. Escogí el viejo abedul donde hacíamos los grandes sacrificios. Rodeé el árbol de vino, azogue y mirra mientras decía los conjuros. Débiles llamas azules empezaron a formarse entre los posos del vino. De repente sentí un hedor acre, semejante a la peste de los cerdos en matanza. Del árbol empezaron a caer hojas marchitas y un lento goteo de pequeños huesos, sangre y trozos de carne que de manera extraña empezaron a reptar en círculos, haciendo un amasijo de coágulos purpúreos, tendones y piel. Me obligué a guardar el tipo, quise salir corriendo de allí, pero, a veces, solo a veces, el ansia y los remordimientos son más fuertes que el miedo. El silencio del entorno era imponente, los grillos dejaron de silbar, los cuervos dejaron de graznar y se alejaron. Incluso el aire pareció aquietarse como respetando la ceremonia del espectro allí invocado. De pronto el pequeño ser había tomado cuerpo y sus ojos brillantes me miraron inquietos. Advertí una mano delgada y fría en mi hombro y un leve murmullo salió de aquellos labios recién nacidos. «¿Por qué me has llamado?» Apenas pude balbucear: «Siervo abismal, quiero que traigas de vuelta a mi amada aunque el pago sea mi alma, por favor dale de nuevo la vida». Creí que Ana aparecería, pensé que acto seguido el escuálido ser haría un pacto de palabras y raptaría mi espíritu, pero no, no pasó nada. Solo advertí un sutil aroma a rosas, aquel olor que Ana había pedido antes de fallecer. De forma imprevista, el simiesco demonio saltó encima de mí, trepó por mi pecho y acercándose a mi oído susurró con su voz cavernosa: «No hay precio para un muerto enamorado, no puedes rescatar lo que has decepcionado, ni forma de comprar lo que por desamor se ha ido». Entonces vi cómo, lentamente, aquella criatura bajó de mi regazo, dio la vuelta en silencio y desapareció entre la penumbra de los árboles, mientras arrastraba su cola roja, pesada y calva.


PAPALOTL LEX MORALES Tony cerró la llave del lavabo, sumergiendo su rostro en el agua fresca. Todo el lugar se encontraba a oscuras, en silencio. Con movimientos lentos y pesados tomó una toalla y se secó con ella, sintiendo cómo un profundo escalofrío recorría su espalda desnuda. Mecánicamente introdujo su mano en los bolsillos del pantalón, sacando un cigarrillo que colocó de inmediato en sus labios. Sin notarlo, sus pies lo llevaron al estudio, justo enfrente del gran estante que contenía su biblioteca. Casi sorprendido se descubrió tomando un polvoso volumen, aquel grueso texto cubierto de cuero rojo con el grabado de una mariposa: Papillon de Henri Charrière, el único de todos ellos que no se había atrevido a tocar. Un impulso ciego le ordenó abrirlo, sumergirse en aquella lectura. Pero no, de algún modo logró vencer el impulso y colocó el ejemplar sobre la mesa del escritorio. Justo al lado, en el dormitorio, el cuerpo de Fernanda yacía inmóvil en el suelo alfombrado. El teléfono sonó y decidió ignorarlo, pero éste continuó sonando con urgencia. Lentamente se acercó al aparato, dudando. A pocos centímetros, el timbre sonaba sin cesar, mientras él pasaba una temblorosa mano por su demacrado rostro. Un timbrazo más y eso fue todo. Levantó el aparato. Nadie respondió… Para la mayoría de la gente aquel sería un hermoso día, con el sol fulgurando en el firmamento, el pasto brillando con resplandores de jade y las aves aderezando con su canto la brisa, tan delicada y amable que parecía la caricia de una antigua amante. Sería perfecto de no ser por las mariposas. Mariposas… Tony odiaba a las mariposas. Un observador descuidado sin duda atribuiría esa aversión a la lepidopterofóbia, lo que supondría un error; comprensible, pero no por ello menos errado. Él no le temía a las mariposas, las odiaba, así de simple, y lo hacía pues era dolorosamente consciente de lo que esos insectos eran en realidad, algo tan ominoso que todavía no existía denominación para designarlo. Quizá era mejor así. Uno de sus más antiguos recuerdos de infancia incluía a su abuela tras una taza de chocolate diciéndole, con el más solemne de los tonos, que uno debía de tener cuidado de meterse con las mariposas, ya que las blancas eran las almas de los antiguos guerreros caídos en batalla, mientras que las negras eran los heraldos de la muerte. Y en ambos casos, por obvias razones, debían ser objeto de respeto. Por supuesto, Tony le creyó, sobre todo porque antes de morir ella, una enorme mariposa negra se posó en el dintel de su puerta, como inevitable anuncio de lo que vendría. En cualquier caso, recuerdos o no, nunca le habían gustado esos insectos, pues creía ver algo perturbador en su errático vuelo, como si danzaran al ritmo de una música horriblemente inteligente que sólo ellas eran capaces de escuchar. Una invitación al caos más puro. Una niña vestida de amarillo corría sobre el pasto frente a él. Poco tiempo le tomó ver que la chiquilla andaba en persecución de una pequeña mariposa de alas blancas. Ésta pronto logró eludirla, terminando su febril vuelo posándose de manera descuidada sobre el libro que Tony sostenía entre las manos. Pudo sentir entonces cómo el insecto le miraba, percibiendo un reconocimiento… un deseo… Cerró el libro con violencia, provocando que la criatura emprendiera el vuelo, desapareciendo al poco en la nada.


Tampoco logró hallar rastro alguno de la niña. No pudo seguir leyendo tras el incidente, así que encendió un cigarrillo y distrajo su mente con las caprichosas espirales del humo. Los antiguos temían a las mariposas, sobre todo a las negras, aquellas grandes y robustas, con alas como mortajas. Por lo que Tony sabía, las consideraban viajeros del reino de la muerte, seres del más abyecto horror, o al menos eso se derivaba de su antigua nomenclatura, mictlanpapalotl (mariposa del país de los muertos) o tetzahupapalotl (mariposa del espanto). Sin reserva alguna pudo entender aquel miedo primitivo hacia esos insectos. Cuando una de ellas tenía el atrevimiento de posarse en algún muro de su departamento no era capaz de evitar sentirse invadido, como si aquella presencia no debiera estar ahí, como si su estancia violara el tejido de la normalidad. Apagó el cigarrillo sobre la suela de su zapato, arrojando la colilla sobre su hombro. En ese preciso instante algo comenzó a molestar sus oídos. Al principio le costó definirlo, pero no tardó en reconocerlo como el ruido in crescendo de docenas de diminutas alas que batían furiosas a su alrededor. Sintiendo una fina película de miedo sobre él, se dio la vuelta. No había nada allí, sólo la hierba que crecía silenciosa con la paciencia de las eras. Un profundo sentimiento de soledad se apoderó de su ánimo. Una melancolía venenosa que le hacía sentirse incómodo en su propio cuerpo. Intentó volver a su libro, pero sólo logró leer unas pocas líneas que no alcanzaron a anular el simulacro de pánico que rápidamente hizo presa de él. La suave voz de una niña lo sacó del ensimismamiento de la tarde. Tony levantó la mirada, encontrándose al hacerlo con un rostro sucio y macilento que le miraba interrogante. Olvidando el incidente del insecto, observó embelesado la mugrienta figura que permanecía ahí ante él, con la impertinencia de una promesa por cumplir. Le costó admitirlo, pero aquella niña, con su harapienta y oscura ropa que asemejaba una mortaja, le resultó fascinante. Lucía hambrienta, así que fingió buscar unas monedas en su bolsillo para poder observarla mejor. Debajo de la suciedad y el desencanto cercano a la hostilidad, le pareció ver el germen de la belleza, cualidad que pronto le daría el sustento, como evidenciaban las incipientes, aunque ya sugerentes formas de su cuerpo. Sin atreverse a mirarla a los ojos depositó sobre su palma un par de monedas, tras lo cual la niña se alejó sin mediar palabra. En realidad, no tenían nada que decirse. Tony decidió que ya había tenido suficiente del exterior, por lo que se puso en pie para emprender el camino de regreso a su departamento, de vuelta a los libros, al polvo, a los pisos alfombrados, al cuerpo de Fernanda y su odioso tatuaje alado al final de la espalda. Tras dar un par de pasos, sintió que algo se posaba sobre su hombro, siendo apenas capaz de ahogar un grito de espanto al tener conciencia de que se trataba de una de aquellas mariposas negras. El insecto agitó con pereza sus apergaminadas alas, no pareciendo querer marcharse pronto. Así que venciendo su aprensión, Tony la alejó con un violento manotazo en el que se mezclaban el horror y la repugnancia. Asqueado por el breve contacto sacudió con infinito recelo la parte de su cuerpo que el insecto había mancillado, como si temiera que el breve contacto pudiese envenenarlo con su aura maligna. Fue entonces cuando algo llamó su atención hacia el cielo donde, muy por encima de él, un objeto flotaba con torpeza, atrapado en las corrientes de viento. Un papalote. Por más que lo intentó, no logró encontrar a quien lo manipulaba. Más aún, el papalote parecía cambiar de tamaño, haciéndose cada vez más y más grande. Pronto notó que aquello era sólo una ilusión óptica, pues el objeto no crecía, sino que se acercaba a él, cayendo en picado. Tony no pudo evitar caer en las garras del pánico cuando la cometa se encontraba ya muy cerca y pudo ver que en realidad se trataba de una gigantesca mariposa negra que movía sus terribles alas como si quisiera arroparlo con ellas. Presa de un miedo atávico cayó de rodillas, hiperventilando. Apartó la vista del monstruo


clavando su mirada en el suelo. Pero en cuanto lo hizo se arrepintió de ello, pues entre la hierba distinguió algo terrible, extremidades cadavéricas y osamentas en las que gordos y pálidos gusanos se alimentaban aborreciblemente en una danza de macabro ritmo. En un santiamén, ante sus desorbitados ojos, aquellos gusanos se tornaron mariposas, tan negras como marchitas, las cuales formaron una colonia que lo rodeaba. Cientos de ellas se posaron sobre su cuerpo, lo que le permitió ver en sus diminutas alas mil rostros de la muerte. A menos de quince metros, una niña de vestido amarillo contemplaba embelesada cómo las mariposas revoloteaban sobre un mismo punto, luciendo ante sus ojos como pequeños papalotes. Volaban justo donde poco antes había un hombre gritando con desesperación. La niña no pensó mucho en él, las mariposas eran demasiado hermosas.


EL SUSTITUTO RAÚL CAMPOY Cupido ha muerto, o eso dicen, porque circulan varias teorías sobre el cese de su actividad. En el mundo celestial y en el inframundo todo es secretismo y, por ende, todo lo que se sabe, son cuchicheos escuchados allí y allá. El primero es ése, que ha muerto. Dicen que un cazador miope lo confundió con un pato silvestre en la campiña inglesa y le descerrajó un tiro en pleno estómago, dejando sus entrañas para pasto de cuervos. ¡Qué ironía!, muerto atravesado. Atravesado como tantas veces él ha hecho con los demás, incluso haciendo que sufran la misma suerte que él, como consecuencia de su dañino flechazo amoroso. La policía kármica siempre actúa. La segunda teoría es que dicen que se ha jubilado. No crean ustedes que por ser inmortal uno no tiene derecho a un descanso remunerado. El caso es que me ha tocado sustituirle. Me llamaron y me dijeron que me tocaba a mí hacer su función y que el secreto de sus flechas no lo reveló nunca. Qué cabrón, quería todo el negociado amoroso para él solo. En fin, que me ha tocado comerme el marrón, ¡con lo bien que estaba yo en mi oficina administrativa de almas! He tenido que inventar un ingenio, para sustituir las dichosas flechas inoculadoras de esa enfermedad pasajera. Se trata de una larva. Sí, una larva de control mental. Su funcionamiento es el siguiente: la larva repta por la persona elegida para sentir el amor, busca el pabellón auditivo, taladra con sus dientecitos de diamante el tímpano y el hueso temporal, entra en el cerebelo y crea unos zarcillos en el lóbulo temporal, consiguiendo así el control total del individuo infectado. Además he instalado un emisor a mi larva que traduce los pensamientos, así que los podré escuchar mediante un receptor creado para tal fin. Pero no queda ahí la cosa. La larva programa una serie de delirios románticos en la persona, haciendo que se enamore de casi cualquier ser con el que se tropiece. También pone millones de huevos que pasan por el torrente sanguíneo y llegan hasta los pulmones haciendo que el individuo pueda infectar a otras personas con un simple estornudo o una tos, quedando estos huevos en la piel del nuevo infectado y eclosionando por la temperatura corporal humana y vuelta a empezar con el reptar hacia la oreja. Sólo con pensar en la suerte de un recién infectado me duele la mandíbula de la risa que me provoca. Primero se verá un hilillo de sangre saliendo del oído. El infectado perderá el equilibrio y se dará un traspié morrocotudo, rompiéndose varios huesos y formando un precioso charco rojo carmesí en el pavimento o, por lo menos, eso es lo que imagino que pasará, puesto que aún no lo he probado. Pero cuando el laberinto del oído está dañado, o destruido, se producen problemas de equilibrio. Es posible que quien padezca la destrucción del oído interno no pueda mantenerse de pie con los ojos cerrados sin tambalearse o sin caerse. Un parpadeo inevitable, dará con su cuerpo en el suelo. Es de primero de fisiología bípeda, de los de uñas anchas terrestres. Tengo visto a mi conejillo de Indias, el que será el infectado Cero. Según mi libro Eros, se


trata de Juan, un aburrido introvertido con fobias sociales. Escoger a este individuo y no a otro no es casualidad. Quiero probar la larva en alguien que tenga dificultades para jugar al juego de la seducción y ver así, si en una persona con esos problemas la larva es efectiva. Si puede con él, podrá con cualquiera. Él coge el autobús todos los días, así que en la estación me encuentro. Lo diviso en la lejanía y me acerco hasta su posición, tropiezo de forma voluntaria con Juan y deposito la microscópica larva karámasovi en su fisionomía. Sí, la he bautizado con ese apellido. Las razones son obvias y dostoyevskianas. Karámasovi es extremadamente rápida en su reptar y taladra a velocidades altas. Juan cae al suelo a los pocos segundos, dejando el pavimento manchado de sangre de su nariz quebrada y de su oído perforado. Se levanta aturdido y, ayudado por dos venerables ancianas, parece descolocado mientras agradece la ayuda a sus dos salvadoras. Conecto el receptor y me pongo unos auriculares. El sonido de sus pensamientos comienza a llegarme: «¡Qué golpetazo más estúpido! Me he hecho bastante daño, he perdido la verticalidad sin darme cuenta. Qué vergüenza, todos me miran. Voy a la taquilla a sacar el billete y a marcharme rápidamente de aquí». «La taquillera es nueva y es muy hermosa; en la fila de espera pongo mi reflejo sobre su faz, haciendo coincidir mis labios con los suyos. ¡Qué bella es! Susana se llama según la placa identificativa que porta en su generoso busto. Por fin me toca a mí». —Uno para Albacete, por favor. «¡Dios, a mí me ha dado el billete de una manera diferente a los demás, ha prolongado su hermosa mano de pianista sólo para contactar con la mía! Es un signo evidente de que siente algo por mí. No aguanto más esta pasión que me corroe, he de decirle lo que siento». Juan se postra de rodillas ante la taquilla y le escucho sin necesidad de auriculares, pues está gritando para toda la estación: —Justo ahora en este preciso instante, en este segundo, en este minuto, hora, día, mes y año, justo en este hermoso momento el cincel del tiempo ha perfilado este bello rostro que tengo ante mí, para que lo contemple en estos segundos que se me hacen muy efímeros. Toda una vida para verte ahora, en la máxima expresión de la belleza; no te he conocido antes ni te conoceré después, te acabo de conocer en el momento culmen de tu maravilloso esplendor femenino. Yo venero el instante exacto, donde tus abuelos jugaron al juego de guiños encriptados para dos personas y al juego de caída de párpados de unos hermosos ojos claros, en un baile celebrado para los jóvenes del pueblo. Celebro la pedida de mano con el miedo incontrolable hacia unos padres cavernícolas de ideales caducados. Idolatro el momento donde tus abuelos se entregaron a la pasión de los pajares escondidos de las miradas furtivas. Amo el instante donde los padres de tu progenitora tuvieron la vida encauzada y simbolizaron su amor, creando la vida de tu madre. Quiero gritar un sonoro ¡viva!, por el encuentro casual de tus padres en una capital de provincia donde, dos seres que no se habían visto antes, entrelazaron sus corazones e hicieron el amor poniendo toda la pasión posible, entregándose al mayor de los placeres, deseando amarse por siempre. Porque tú, hermosa mujer, tuviste que ser concebida con la perfección de los sentimientos puros, pues tan bella creación se ha de hacer sintiéndolo intensamente y no puede salir jamás por mero azar.


Susana se desliza hacia atrás en su cabalgadura de ruedas hasta dar con el límite físico de su cubículo de cuatro por cuatro, haciendo sonar un sonoro “toc”, fruto del contacto de su cabeza con la pared trasera. El cristal doble de seguridad que le separa de Juan se le antoja penetrable por el furor romántico del huésped de mi larva. Su cara es una ghost history, confiriendo a su rostro el blanco lechoso de los muertos. Su rictus se torna en gesto de sorpresa y descolocación mental ante la situación; no entiende nada de este suceso inusual. Es normal, pero ya entenderá. Es más, compartirá en breve, dicho delirio erotoromántico cuando karámasovi la posea. Es cuestión de tiempo y estadística, cuestión de cálculos exponenciales de contagio a partir del “enamorado” cero. Un sonoro y poco articulado “seguridad” brota de sus hermosos y pintados labios. Al instante, dos mastodontes se abalanzan sobre Juan, regalándole una patada en el estómago como medio de reducción. Una espuma de sangre brota de su boca, manchando el suelo blanco de la estación de autobuses; guerra y contraste cromático hacen del pavimento algo bello, un lienzo con base artificial, regado con fluido vital. Es un éxito mi ingenio. Esto se contagiará de forma imparable y, en un mundo tan globalizado como la Tierra, la propagación a todos los rincones del planeta está asegurada. El mundo será en breve un delirio erotómano. Me queda por explicar que, según el tratado de Aqueronte, cuando una fuerza deje de cumplir sus funciones, la fuerza contraria se hará cargo de dicha función. No soy bueno, se habrán dado cuenta. Partí hacia el otro mundo por un mordisco infeccioso de un Upir que transformó mi naturaleza bondadosa en este espectro de maldad que soy ahora.


TE VEEEEOOOOO…. FERNANDO CODINA Parece mentira, el terror que pueden producir estas dos palabras... Pero me entran sudores fríos y pesadillas, cada vez que las escucho... No importa que sea en la tele, en el cine o, peor aún, en vivo y en directo... Y miro detrás de mí, si estoy en la calle, o me encierro en casa, mientras busco la protección de la esquina norte de mi dormitorio, al mismo tiempo que pongo en mi regazo al osito Boris... y tengo al alcance de la mano la ballesta con el virote en posición de disparo... Y todo comienza por una de esas estúpidas citas a ciegas que organiza una de esas redes de solteros, cuyo nombre no voy a mencionar... Me gusta su perfil: «Mujer pelirroja, treinta años, amante de la música (sobre todo “Mecano”), la pintura (“El Greco”, “Goya”) y el cine (sobre todo en blanco y negro), busca varón heterosexual para amistad o relación seria. Me apasiona viajar por todo el mundo, y comer bien (no soporto la “nouvelle cuisine”). Abstenerse signos Géminis y Escorpio». Como yo soy Cáncer, el escollo del signo está superado, y en lo demás... será cuestión de verlo en detalle... Por eso me decido a enviarle una invitación de amistad, aunque no tengo demasiadas posibilidades... Su foto me gusta. Esos ojos negros, profundos, la piel muy blanca, el pelo rojo... Sin embargo, dos días después, me confirma su amistad. Empezamos a chatear, a contarnos pequeños detalles de nuestras vidas, y parece que nos sentimos a gusto. Llega, por fin, el momento de vernos en persona... Quedamos en la cafetería de los cines Lumière, que nos pilla cerca a los dos, y donde están proyectando “Le salaire de la peur” (“El salario del miedo”), una de esas reposiciones interesantes que nos gustan a los dos... Es un poco más pequeña de lo que imaginaba, no llega al metro sesenta, y enseguida pienso que tendré que agacharme para besarla... También es mucho más fuerte, porque su apretón de manos casi me tritura los dedos... El pelo es teñido, aunque tardaré un par de citas en comprobar si es perfeccionista incluso en ese aspecto (y lo era)... Su mirada me inquieta... Hay algo en el fondo de sus ojos que no me termina de cuadrar... Nos tomamos un refresco en la barra, que está casi desierta por la hora (las cuatro de la tarde de un lunes de mayo) y, como al parecer hay “buen feeling” entre nosotros, compramos las entradas, y entramos en la sala... Estamos prácticamente solos, y nos ponemos en la fila ocho, centrados... Yo he visto la película varias veces, y siempre me ha gustado... Por lo que aprovecho para estudiar sus reacciones: miedo, intranquilidad, malestar, tristeza... Todas ellas perfectamente justificables, menos una: odio... Odio contra el protagonista, en el momento culminante de la peli, cuando está llegando al pozo petrolífero en llamas, conduciendo el camión lleno de nitroglicerina... Termina el pase, ya la conozco lo suficiente para proponerle otra cita, con película si lo prefiere... Y quedamos al lunes siguiente, en el “Pequeño Cine Estudio Doré”, donde proyectan otra joya del cine: “Drácula” (la buena, la de Bela Lugosi, pues ambos pensamos que la de Coppola es una basura)... El resto de la semana, seguimos chateando en los foros, hermanamos las cuentas del carapocha, intercambiamos fotos, recuerdos y canciones... Aunque sigo notando algo en ella que no me acaba de cuadrar, lo achaco a mi falta de experiencia con mujeres, porque he salido un poco tocado de un noviazgo demasiado largo que ha conducido a un matrimonio demasiado corto... y una separación bastante complicada... Pero creo que con Nerea, las cosas pueden ser diferentes... La segunda cita es un éxito absoluto, y después de la película, nos vamos a dar un paseo por los alrededores del cine, y terminamos en el Retiro, disfrutando de la relativa tranquilidad de


una barca en medio del lago... Anochece lentamente, y el sol refulge en su media melena... Su esbozo de sonrisa no contribuye a hacer que me sienta más seguro... Pero cuando se sienta a mi lado y, girando suavemente el cuello, me roba un beso, creo que lo nuestro puede funcionar... Decidimos vernos ese domingo, en el Jardín Tropical de la Estación de Atocha... Hace mucho calor, en todo caso, más del que yo imaginaba, y la neblina de los aspersores no refresca la atmósfera... Noto que empiezo a sudar, que la camisa vaquera se me pega a la piel, y casi puedo visualizar los gruesos goterones de sudor que se escurren a lo largo de mi espalda... y me arrepiento una vez más de no haberme puesto un calzado más cómodo, pues las botas de trabajo me están dando mucho calor... Aunque me olvido de todo cuando la veo a ella: un vestido hippy, sandalias blancas anudadas a los tobillos, y un pequeño bolso la convierten en la típica ibicenca exquisita... Dos besos en la mejilla, y uno en los labios, sellan nuestro encuentro... Es la primera vez que almorzamos juntos, y me sorprende la manera que tiene de comer el sándwich mixto con huevo, con cuchillo y tenedor, que limpia afanosa antes de usarlos con una toallita desechable, igual que el borde del vaso y el cuello de la botella de Pepsi... Por lo demás, la cita transcurre con normalidad, y terminamos con un apasionado beso, que es bien acogido por los turistas... La semana siguiente, el último domingo de mayo, viene a comer a mi casa... Preparo una lubina a la sal, una buena ensalada, y una selección de helados, pues me ha dicho que le encantan... No parece entusiasmarle el pescado ni la ensalada, pero repite varias veces el postre... lo que es curioso. Parece que no le gusta comer... Terminamos en el sofá del comedor, viendo el principio de “El hombre elefante”... y luego, sobre la alfombra, me demuestra que es una auténtica tigresa... Hacemos el amor fieramente, como si nos fuera la vida en ello, y durante toda la semana tengo el recordatorio de sus uñas grabadas en mi espalda... Una semana después, aprovechando que los dos librábamos, nos fuimos a un hotelito de turismo rural cerca de Ávila, llamado la Posada del Agua... El lugar es maravilloso, a la orilla de un pantano... La puesta de sol y el amanecer son espectaculares: las vemos juntos, desde la zona zen... Y durante el resto de la noche, no dormimos demasiado, la verdad. Es como si la luna llena, o la proximidad del agua, o la cena a base de frutas exóticas, el jacuzzi caliente con vistas al exterior, en cierto modo despertasen todos nuestros instintos más primarios... incluyendo el de morder.... Una cosa son los chupetones, pero los mordiscos que me propina Nerea mientras hacemos el amor tienen más de apareamiento y de instinto, que de mimos o caricias... A la mañana siguiente, habiendo dormido lo justo para no estrellarnos con el coche, desayunamos y volvemos a Madrid... La dejo en su casa, un chalecito adosado en el barrio de Canillejas... pero no me invita a entrar... Por motivos de trabajo, no nos vemos de nuevo hasta primeros de julio, y tras su llamada telefónica, me invita a ir a su casa, “siempre y cuando traigas una buena provisión de helado de chocolate negro y de dulce de leche”... Hago un alto en una conocida heladería de la calle Alcalá, y sigo mi ruta hasta su casa... Son las cinco de la tarde cuando llamo a la puerta, pero tarda unos minutos en salir a recibirme, y cuando lo hace, me cuesta reconocerla: se ha teñido el pelo de negro, salvo unas mechas del tono anterior, y parece no haber dormido en unos cuantos días... Su cuerpo desprende un inquietante olor, almizclado... Pero, en cuanto ha guardado el helado, me propone que nos bañemos juntos a la luz de las velas... Fue un rato memorable... La casa no es muy grande, una cocina (no parece haber sido muy utilizada), un amplio cuarto de baño (con enorme bañera de forja y patas de león), un salón prácticamente vacío (salvo un equipo de música, un home cinema y una tele de plasma), un gran dormitorio en dos ambientes y un pasillo que comunica todas las habitaciones... No salimos de su casa en todo el fin de semana... salvo para comprar helado... y un poco de Betadine, pues las costumbres alimenticias de Nerea siguen siendo, como poco, extrañas: es heladívora, y frugívora... El resto de su dieta lo constituye una amplia colección de pastillas... Y me temo que mi sangre: en la noche del viernes


2 de julio, mientras retozábamos entre las sábanas negras, me dice: “¿No te importa que te corte, verdad?”... Y sin mediar palabra, saca un pequeño puñal de debajo de la almohada, y me corta en el cuello... para luego, pegar sus labios a la herida, y empezar a lamer, golosa, mi sangre... Como ella me está montando, no tengo defensa, y al intentar zafarme, ella contrae los músculos de su vagina, al mismo tiempo que me sujeta con las manos sobre mis hombros... No me queda más remedio que esperar a que se sacie... Pero lo más extraño de aquella velada no fue precisamente eso... sino que por alguna extraña razón, no me fui de su casa... Y pasamos juntos todo el fin de semana, entre juegos amatorios, mordiscos, y grandes cantidades de helado, porque solamente dejaba la casa para ir a comprar más suministros... Al menos, tenía una buena cafetera, buenas tazas, y un paquete de “Blue Mountain, herencia de un antiguo novio”... Nos separamos el domingo por la tarde, con una nueva sesión de películas en blanco y negro, helado de chocolate negro puro con frambuesas... y por supuesto, sexo... Nunca he tenido una amante más exigente, ni que me deje más agotado, que Nerea... Aunque supongo que no debería verla más veces... Porque me está siguiendo... La primera vez, el lunes por la tarde, había conseguido aparcar el coche cerca de mi casa (algo nada fácil en pleno barrio de Salamanca), y me pareció verla en un portal, en la otra acera, acechando mi llegada a casa... El martes por la mañana, a las seis y media, cuando cojo el coche y me dirijo a la N-2, la veo por el rabillo del ojo... Esa misma tarde, a las dos, noto que una Vespa de cartero me está siguiendo desde el aparcamiento de empleados de la Bosch... El miércoles, la veo al salir de casa, en el mercado, en la escuela de mi hijo (estoy divorciado), en mi portal... Allí es donde me dice, por primera vez, esas dos palabras: “Te veeeooooo...”, aunque luego me da un gran beso, y se las arregla para meterse en el ascensor conmigo... Salimos medio desnudos... y justamente cuando estoy metiendo la llave en la cerradura, mientras con la otra procuro mantenerla a la suficiente distancia para maniobrar, la puerta se abre desde dentro... Es Roxana, mi asistenta (tal vez debería decir “ex-asistenta”), una chica colombiana, muy guapa, que limpia casas para pagarse sus clases de actriz... Si las miradas matasen, creo que Roxana habría muerto en el acto: nunca hasta ese momento había visto tanto odio en una sola ojeada... Unos minutos después, mientras estamos luchando en la ducha, me dice: “Te gusta mucho tu asistenta, ¿verdad? Desde luego tiene un cuerpazo, no me extrañaría nada que te la hubieras tirado ya en media casa, ¿verdad?”. Vale, es cierto que en alguna ocasión he tenido ese tipo de fantasías con ella, me parecía una mujer atractiva y deseable, pero son ya muchos años trabajando juntos, conozco a su marido y a sus hijos… y así se lo dije a Nerea... que no pareció muy convencida... Hasta el mes de septiembre, seguimos en el mismo plan: los fines de semana juntos, en su casa o en la mía, y alguna que otra cita fogosa en cualquier parte: en los probadores de un Carrefour, el aseo de un bar de carretera, incluso un túnel de lavado automático... Jamás, en toda la vida, había tenido semejante sobredosis de sensaciones, caricias, mordiscos, abrazos, arañazos... Un viernes de octubre, me invitó a su casa, y desde el primer momento, comprobé que estaba sucediendo algo extraño... Ella estaba vestida con una especie de camisola de color blanco, iba descalza; y en cuanto traspasé el umbral, me hizo descalzarme, me desnudó con manos expertas, y me condujo a la bañera... No, aquella vez no hubo sexo: me frotó enérgicamente con un guante de crin por todas partes y me entregó una burda túnica de lino como la suya... En el salón, un brasero de picón era la única luz, pues todas las ventanas estaban cerradas, y densas nubes de incienso subían desde los pebeteros de los cuatro costados... El dormitorio también estaba en penumbras, con sábanas de lino pulcramente dobladas por las esquinas superiores, y Nerea había instalado una mosquitera desde el techo... “Este fin de semana, tenemos que purificarnos en cuerpo y alma... Yo te ayudaré...”. Seguramente puso algo extraño en los braseros, o en la infusión de bienvenida, pues no


recuerdo más que algunos datos confusos, de cánticos, invocaciones, algo parecido a “Sacred Spirits” resonando por toda la casa, ceremonias de sangre, incluyendo la decapitación de una gallina con los dientes... No recuerdo si había más gente con nosotros, aunque en diversas ocasiones percibí caras y cuerpos espectrales que nos miraban desde las zonas de sombra... Fueron demasiadas horas en blanco, incluso aunque pretenda olvidar algunas de las cosas que hicimos, no puedo ni debo perdonar que me utilizase de aquella manera, que tomase el control de mi vida... Decidí que debía separarme de ella... Y así se lo dije, en nuestra última cita, mientras estábamos sentados en las barcas del Parque del Retiro: “Nerea, creo que debemos tomarnos un tiempo de reflexión... No me gusta entregar el control a nadie, me ha costado mucho ser independiente...”. En aquél momento, no me respondió… pero su mirada no presagiaba nada bueno para mí… No respondí a sus llamadas durante dos días... pero ella siguió llamándome... por la mañana, por la tarde, y por la noche... Al salir a la calle, la veo, apostada frente a mi casa... y de mi trabajo... y haciendo la compra... ¡incluso se ha colado en la consulta del dentista, mientras me estaba haciendo una endodoncia! Algunas veces, simplemente me llama... y no dice nada... Pero otras, dice “Te veeeeooooooo...”. Roxana ya no viene a mi casa... Dice que tiene miedo, y con dos hijos, no le compensa lo poco que yo le pago... Viene a mis reuniones de negocios, se sienta a mi lado en el cine (un par de filas delante o detrás…). Han pasado casi dos meses, desde nuestra despedida… Parece que toda su vida se centrase exclusivamente en mí, que yo fuera todo su universo... He arrancado el teléfono de la pared... He cambiado varias veces de número de móvil, sin resultado: en pocas horas, la escucho de nuevo... He inhabilitado el telefonillo, para que no me siga torturando en mitad de la siesta o de la noche.... Vivo en un tercero, mas de todas formas, la sigo oyendo, o intuyendo, cuando desde el portal de enfrente me dice: “Te veeeeeooooooo.......”. No me atrevo a salir a la calle, y me estoy quedando sin excusas para no ir al trabajo… he dicho que tengo varicela (que me la ha pegado mi hijo Sebastián, el pequeño), pero no creo que cuele por mucho más tiempo… Se está dedicando a espantar a mis clientes en la asesoría, y llenando mi lista de correo con miles de mensajes… Está destrozando mi reputación, amenazando incluso a mis padres… a mis amigos… a mis compañeros… intentando y consiguiendo que mi vida sea un infierno, ya que no quiero estar con ella… La solución es hacerle frente, recuperar el control de mi vida… En la pantalla del ordenador aparece otro de sus mensajes… Sé que va a venir a por mí, y que voy a descubrir la causa de los misteriosos accidentes de los otros novios… Hace unos minutos se han apagado las luces de mi casa… y la escalera… Pero los vecinos tienen electricidad… Es ella, lo sé… De alguna manera, ha conseguido entrar en el edificio… y viene a por mí… Pero yo la estoy esperando… Con la ballesta lista… y varios de mis puñales… tengo una interesante colección… pero, ahora mismo, dudo mucho que me vayan a ser útiles… contra ella…


UNA FURCIA CON PEZUÑAS DE ALCE VIRGINA S.V. RIESCO Siempre era de noche, daba igual la hora del día que fuera, para ella siempre estaba oscuro y no había luz al final del túnel. Dicen que un día llegó a sentir un frío tan intenso, que ya no volvió a recordar el amor de otros brazos. Comentan en voz baja que ella no vivía sola, pero nunca la veían con alguien; hacía mucho tiempo que nadie la veía caminando por la calle. No descansaba, no comía y se consumía en su propio deseo de conquistarle. Pero ella sabía muy bien que las presas pequeñas nunca cazan al depredador cobarde, y muchas noches se sorprendía fantaseando consigo misma. Queriéndose como él no supo amarla. Cuántas lágrimas derramadas por el torso de su espalda y cuántas lamentaciones escondidas. En su mente ella corría. Le excitaba sentir su cálido aliento en los talones, que le tirara del pelo y que le llamara rugiendo, pues ansiaba que después la tomara, la domara y poseyera como había hecho ella desde el principio con los hombres. Podía sentir cómo sus pezuñas raspaban la arena suave, cómo le acariciaba el pasto y le arrastraba el viento intentando frenarla. Él entonces la acorralaba, igual que había hecho a otras antes, y casi podía respirar el olor a pólvora que brotaba de sus cañones: el hedor a muerte y sangre. Pero por más que ella le contemplaba buscando en él una mueca de empatía, nunca podía saber con certeza si esa vez le dejaría escapar o si, por el contrario, dedicaría gran parte de la madrugada a lamerle las entrañas hasta dejarla rota y vacía. Ella agachaba las orejas y clavaba en él la mirada con la misma inocencia con la que se da el primer beso. Y se dejaba caer ante él, abatida. Entonces él desenfundaba su arma y la erguía ante ella. Admiraba sus orejas castañas, sus ojos y su hocico; su cuerpo esbelto con sus pezuñas y sus patas. En silencio le acariciaba los pechos y la devoraba con la mirada, como devoran los animales antes de hincar el diente. Luego la bestia, sin dudarlo un instante, cambiaba de estrategia y le perdonaba una vez más. Pero siempre la dejaba temblorosa, como si fuera un cervatillo, alerta ante una nueva amenaza. Atenta a las ganas locas que tenía de volver a encontrarla evadida, llorona, húmeda y sola. Cual gacela blanca en la sabana. Ella se mantenía a su lado porque, a veces, se sentía dichosa y querida. Como cuando un hombre sucumbe ante su diosa y se enamora de ella, le cuida y le da una vida. Pero al final, le quita el sueño y le roba su autoestima. Ese era el precio que tenía que pagar por ser presa de su rescate. A pesar de todo, ella le amaba. Le quería porque la buscaba, porque era la única para él; la única a la que cazaba. Hasta podía sentir su presencia cuando se agazapaba y se escondía. Luego ella se hacía la distraída y el león saltaba, rugía y volvían a encontrarse. En cambio otros días le odiaba. Detestaba la cautividad de su amor cobarde. No soportaba contemplar sobre la chimenea la cabeza de lo que una vez fue un bravo jabalí salvaje y verse ahí arriba decapitada y colgada de un alambre. Sabía que él era su premio de consumación, no de consuelo. Su vida iba al paso y no conseguía llegar al galope. Galopar, cabalgar sobre lo que un día fue su amado, sobre su miembro erecto, sobre sus manos. Hacerle ver que le quería, que podía ser suya. Quería ser para él algo más que su puta. —Una furcia con pezuñas de alce —le decía. Vivía para demostrarle que él podría llegar a ser alguien importante y hacerle sentir que valía, que él era el rey de la selva, el macho dominante. Antes fingía los orgasmos, ahora se tapa


sus ojos morados. No llora porque le adora. No le reprocha ni le recrimina lo que hace. Si él quiere, ella se anima. «Cuando el león salga de cacería, la gacela será su comida.» Esa es la ley de la selva.


DESEO CONCEDIDO VIDAL FERNÁNDEZ SOLANO Furioso, casi escupiendo fuego como un dragón, el rey Arkhon abrió de una patada la puerta de los aposentos de su hijo. Tras él se deslizó, rastrera, la oscura silueta del consejero real. —¡Legos! ¡Dime ahora mismo que no es cierto lo que me han contado! No hubo réplica. Solo el vacío respondió al monarca. —Majestad —susurró el consejero—, no es mi intención difamar al príncipe, pero lo hallaréis de cierto donde os indiqué. El rey se volvió indignado y enfiló el pasillo, seguido por dos guardias, casi atropellando a su leal súbdito, que siempre velaba por los intereses del reino. Abandonaron el palacio cual huracán, atravesaron las murallas y el montón de casuchas que se arracimaban alrededor, hasta llegar frente a una mísera cabaña casi en el lindero del bosque. El rey se negaba a creer que su hijo hubiese caído tan bajo, arrastrado su propio linaje entre el barro y las heces de los cerdos. La carne es débil, la sangre fluye con vigor cuando se es joven, pero aquello era intolerable, lo mirase por donde lo mirase. —Adelante —ordenó el rey, aún incrédulo. Uno de los guardias se adelantó y abrió la puerta de la cabaña, franqueando el paso a su señor. «Huele como una pocilga», fue lo primero que pensó el rey. Le costó apenas un segundo acomodar su vista a la penumbra reinante, pero cuando lo hizo deseó haberse quedado ciego. Allí, delante de sus ojos, desnudos, con los miembros erectos, prendidos los labios y los cuerpos en un abrazo, estaban su hijo y otro joven de aspecto desnutrido y tosco. Jadeaban, sudorosos, entregados a la locura. No se habían percatado de su presencia. —¡Maldito bastardo degenerado! ¡No consentiré que mancilles mi nombre ni el de mis antepasados! ¿Qué he hecho yo para merecer un heredero semejante? ¡Prendedlos! Los amantes permanecieron un segundo inmovilizados por la sorpresa, igual que si el tiempo se hubiera detenido. En menos de un pestañeo, el joven pastor reaccionó y antes de que nadie se moviese había saltado por un ventanuco y desaparecido entre la espesura del bosque. Los guardias se abalanzaron sobre el estupefacto príncipe y lo agarraron. Estaba a punto de replicar algo, pero su padre no se lo permitió. El rey bramó, haciendo temblar las paredes de la cabaña. —Desde ahora ya no eres mi hijo. Te pudrirás encerrado hasta el final de tus días. —¡No lo comprendéis, padre! ¿Nunca habéis estado enamorado? La bofetada estalló en el reducido espacio como un trueno. De no haber estado sujeto por los guardias, Legos había caído al suelo, fulminado por la fuerza del golpe como un árbol quebrado por un rayo.


—¡Silencio, eres un enfermo! Quizás habría aceptado tener un hijo con impulsos sucios y enfermizos, pero ¿acaso era necesario arrastrarse entre la chusma y la escoria? —¡No es una cuestión de riqueza, padre! ¡No le amo por su condición! ¡Es su corazón lo que deseo! El rey reprimió las ganas de tomar una de las lanzas de los guardias y atravesar el pecho de su hijo. Dio media vuelta y salió de allí, destrozado. El consejero regaló al príncipe una sonrisa libidinosa y se frotó la abultada entrepierna. Por fin se había cobrado los desaires del heredero al trono. Incluso existía la posibilidad de que se sometiera aún a sus deseos a cambio de algún privilegio. El príncipe le escupió a la cara cuando pasó por su lado. Fue encerrado en la habitación superior de la más alta torre de palacio. Jamás volvería a ver a nadie que no fuese el guardia que le llevaba la comida cada día. **** Legos no era capaz de conciliar el sueño. Solo podía pensar en una cosa: su amante. ¿Qué habría sido de él? Esperaba que hubiese podido escapar y ocultarse en lo más profundo del bosque, huir a donde nadie le conociera. El deseo se despertó en el pecho de Legos. Anhelaba con todo su ser poder estar una vez más, solo una, con él de nuevo, poder contarle cuánto le amaba, despedirse de él, pasar una noche más entre sus brazos, recorrer toda su piel, sentir su calor por última vez. Tumbado en el jergón, mientras rumiaba su desgracia, sintió que no estaba solo. Quizás se había quedado dormido un momento, pero no se había abierto la puerta y la ventana se encontraba a gran altura sobre un acantilado rocoso, no era posible que hubiesen entrado por allí. Sin embargo, en la oscuridad de la celda, rota solo por la claridad de la luna que entraba por la ventana, había alguien. Casi podía escuchar una respiración amortiguada. Se incorporó y entonces pudo verla. Una silueta de mujer vestida de negro, extremadamente pálida, lo observaba desde un rincón. —¿Quién eres? ¿Cómo has llegado aquí? —Demasiadas preguntas, querido —el tono de voz era aterciopelado, hipnótico—. Digamos que estoy aquí porque tú me has llamado. Puedes considerar que soy algo así como un hada que ha venido a cumplir tu deseo. —¿Mi deseo? —Claro. Lo formulaste en voz alta esta misma mañana —un destello de ilusión cruzó los ojos del príncipe—, pero… —¿Pero qué? Haré lo que sea preciso. La sonrisa de la mujer se ensanchó. —Deberás pagar un precio. Tendrás lo que has pedido, pero tu alma será mía. Dudó unos segundos antes de responder. Se condenaría para siempre, pero en ese momento se dio cuenta de que de todas maneras ya estaba muerto en vida. Al menos tendría lo que quería, una última noche de amor y de pasión. No había mucho más que pensar. La respuesta llegó rauda. —Acepto. Pero primero debes cumplir tu parte. Ella rió. Sus carcajadas rebotaron sobre las paredes de piedra en un eco espeluznante. —Por supuesto —y acto seguido murmuró unas palabras ininteligibles para Legos. Entonces


la puerta se abrió y el centinela que estaba de guardia entró, los ojos en blanco y la mente vacía por el hechizo. La mujer fue breve—. Ya sabes lo que tienes que hacer. Satisface la petición de tu príncipe. El guardia salió y cerró la puerta con llave tras de sí. Transcurrió una hora, dos, tres, sin que nada ocurriese. Legos no podía contener su impaciencia. Por fin tendría junto a él a su amado, una vez más gozarían juntos sin que importara el precio a pagar, aunque fuese muy caro. Merecía la pena. Un ruido en la cerradura le devolvió a la realidad. El guardia, convertido en poco más que un espectro babeante, entregó a Legos un bulto envuelto en un paño. —Pero… esto no es lo convenido, no es lo que yo pedí. La risa gélida de la mujer resonó de nuevo, como el siseo de una serpiente. —¡Pues claro que lo es! Exactamente lo que deseaste. ¡Su corazón! Y entonces, con un chasquido, se convirtió en un humo negro y desapareció. El guardia cayó como un fardo, inerte, sobre el suelo de la celda. Legos permaneció un instante inmóvil, contemplando el hatijo que sostenía en sus manos, aún sin creer que podía ser verdad. El paquete resbaló hasta el suelo y se abrió. Todavía chorreando sangre fresca, allí estaba el corazón del amante de Legos. El príncipe, destrozado, fijó su mirada en el firmamento más allá de la ventana. Se acercó, sacó las piernas y quedó sentado sobre el alféizar. Luego se dejó caer al vacío. Mientras el aire helado de la noche alborotaba su cabello y le cortaba el rostro, él solo pensaba en reunirse, al fin, con su amado.


EL PALADÍN JESÚS CORONADO Conocí a Luisa en primero de básica. Su sonrisa y los caramelos de menta compartidos hicieron el resto. Me fui enamorando poco a poco, hasta convertirme en su paladín cuando llegamos a tercero. Un paladín temible y fiero que luchaba por sus causas perdidas defendiéndola de los malvados villanos que osaban acercarse a ella con malas intenciones. Como Ricardo, su compañero de pupitre, al que tuve que romperle la nariz por no entender que aquel chicle era de ella y que tocarla no estaba permitido. Pero los años fueron pasando y mi amor creciendo en la misma medida que mi afán de protección por ella. Aún hoy, después de treinta años, sigo siendo su paladín. Sólo su paladín. Esta mañana he recibido una llamada de Luisa. Me ha extrañado. Su relación con Antonio no funciona. Aunque sé perfectamente cuáles son sus movimientos y avatares, hace muchos años que dejó de ponerse en contacto conmigo para contarme sus penas. La desaparición de su primer novio, Pedro, tuvo como resultado la falta de comunicación. Pero no importaba. Juré que cuidaría de ella. Mi determinación era firme, y su rechazo en bachiller solo hizo que me reafirmara en la misión. Su vida ha sido un ir y venir constante. A veces pienso que simplemente quería huir de mí cuando se marchó de la ciudad, pero el destino fue amable conmigo y ha querido que mis ofertas de trabajo siempre coincidieran con los mismos sitios donde ella se desplazaba a vivir. La cafetería está concurrida. Yo hubiera preferido algo más íntimo, pero ella no ha querido. La veo nerviosa, fumando sin parar y moviendo la pierna derecha desde que llegó y se sentó en la terraza. Pero ya es la hora, así que salgo del coche donde esperaba aparcado en la esquina y me acerco mientras vienen a mi mente los recuerdos de su ajetreada vida… y de la soledad de la mía. Se ha sobresaltado cuando me ha visto, apagando el cigarrillo con golpes en el cenicero hasta ver extinguirse la última brizna de ceniza. Ha expulsado el humo mientras me sentaba y me ha dicho que su vida no es vida. Y no me extraña que piense así. Antonio es su sexto novio, y al igual que en todos los demás, solo he visto miradas de menosprecio, actitudes ofensivas hacia ella, falta de amor. Precisamente lo que a mí me sobra. Y mientras pienso en ello, Luisa rompe a llorar. Y a mí, se me rompe el alma. Entre sollozos y miradas acusadoras la convenzo para marcharnos de la cafetería. Le prometo que todo acabará a partir de ese momento. A nuestra edad creo que ya es hora de que ambos empecemos a ser felices. La noche se ha echado encima sin darme cuenta y mientras miro la luna distraídamente, apoyo la pala en el coche y abro el maletero para sacarla despacio y, con sumo cuidado, depositar su cuerpo en el suelo. Su ajetreada vida y sus viajes de ida y vuelta ya han terminado. Voy a dejarla en compañía de Pedro, Juan, Alfonso, José y Alberto. Creo que es lo mejor para ella. En cuanto a Antonio… ya me encargaré de él más tarde.


TIERRA VIVA DAVID CARRASCO Y SORAYA MURILLO Me senté sobre un manto de agujas de pino húmedas. El árbol alto y frondoso me ayudó a no sentirme tan solo mirando aquel agujero que había sido mi tumba. No entendí el motivo de que mi cuerpo no siguiera allí descansado de una agonía inhumana. Fui enterrado vivo, vi caer paladas de tierra, hasta que mis ojos se cegaron y la boca, en un último grito de espanto, se ahogó mientras mis pulmones explotaban buscando otra bocanada de aire. No sé el tiempo que tardé en morir, ni qué hacía allí sentado. Se supone que los muertos no regresan ni escarban su nicho. Pero ahí estaba yo, esperando la noche para volver a andar como un Lázaro cualquiera siguiendo el camino de vuelta a casa. Con la llegada de la oscuridad se encendieron las farolas .Alumbraban mis pasos inseguros. Tenía dudas, no sabía si estaba haciendo lo correcto, pero tampoco era normal que un no-muerto regresara al que, apenas hacía unas horas, fuera su hogar. Me crucé con gente abrigada; yo no sentía ni frío ni calor aunque un olor a tierra y musgo cubría todo mi cuerpo. Llevaba varias horas andando con pasos tranquilos, no tenía prisa. El bosque al que me llevaron para enterrarme vivo no era un lugar muy visitado, a menos que te gustara el senderismo y dejar que tu cabeza descansara de las rutinas diarias. Creo que fue lo que más me dolió: el lugar. Morir allí donde solía ir a pasear con mi familia. No sé, hubiera preferido un sitio desconocido al que no me atara ningún vínculo .Pero tenían prisa, mucha prisa, por deshacerse de mí. La intensidad de la luz de las farolas me advirtió de que estaba dejando atrás las afueras. Comenzaba mi entrada en la gran ciudad. Ella, seguramente estaría despierta fumando un cigarrillo tras otro, sin esperar a que se consumiera para empezar el siguiente; era puro nervio. Me pregunté entonces cuál sería su reacción al verme tan sucio, tan miserable, tan muerto. Un coche patrulla encendió la sirena; me asustó, es verdad que nunca suelen estar cuando se les necesita. No estuvieron esta tarde mientras me introducían en el maletero del coche, tal vez ahora sí llegaban a tiempo. Las calles que cruzaba estaban llenas de ruidos y colores, mas mis sentidos no hacían caso de ninguna de esas sensaciones. Un pitido intermitente llenaba mis dos oídos, por los cuales aún caía una fina capa de arenilla, y una neblina roja cubría mis ojos mientras me acercaba a lo que antaño fue mi hogar; un refugio seguro compartido con una persona querida. Todo ese idilio había quedado atrás en el momento en que la mujer a la que amaba me había obsequiado con un pútrido agujero en el suelo, cubriendo mi cuerpo de arena fangosa y llena de una miríada de insectos. Familias felices mudaban sus rostros al verme en mi torpe caminar, cruzándose de acera para evitarme o agachando la cabeza, a la par que aceleraban sus pasos. Yo antes era uno de ellos, un hombre feliz con todo tipo de preocupaciones y alegrías; alguien que disfrutaba de los pequeños detalles de la vida, del anhelo de tener a alguien con quien vivir los días venideros. Ahora, todo eso había sido sustituido por una pátina de venganza y dolor. Giré la esquina, observando una hilera de chalets en la acera de enfrente de construcción semejante. Un pequeño jardín en la parte delantera precedía a la vivienda en sí, compuesta ésta de dos pisos de fachada de ladrillo en la que varias ventanas presentaban las cortinas corridas. Sólo una de ellas permanecía descorrida y con una tenue luz alumbrando su interior, la cual se ensombrecía ocasionalmente al pasar una figura delante de ella. Sabía que esa silueta pertenecía a mi mujer, preparándose para ir a dormir. Habría cenado y visto la televisión, apoltronada en el sillón que ambos compramos, donde nos apretujábamos juntos mientras le acariciaba el pelo y le decía lo mucho que la quería. El sentimiento, por lo visto, no era mutuo. Ejemplo es que


ella quisiese poner tierra de por medio en este asunto…. Madre mía, con chistecitos y todo en mi cabeza. Era el último gesto de humor antes de acometer lo que me había traído hasta aquí. Me acerqué a la puerta enrejada y la abrí con todo el cuidado del mundo, sin poder evitar un ligero chirriar de las bisagras que me hizo entrecerrar los ojos y maldecir por lo bajo. Apresuré mis pasos por el sendero de piedra que desembocaba en la puerta principal, cerrada a cal y canto. Me acordé que siempre guardábamos una llave bajo el felpudo, un auténtico cliché de película americana, pero así eran las cosas, en ese momento me venía que ni pintado. Introduje la llave en el bombín haciéndola girar tan despacio que parecía que me movía a cámara lenta, todo lo necesario para evitar alertar a la pécora que residía en el interior de la vivienda. Una vez dentro me paré un segundo a contemplar mi hogar, aquel que me había sido arrebatado suciamente, al que temía no volver a ver. Todo estaba como recordaba, incluso esa foto enmarcada en la pared en la que salíamos los dos y que tenía la decencia de mantener colgada, como si nada hubiera pasado. Un ligero temblor recorrió mi cuerpo entero debido a la rabia la cual guiaba mis pies a la escalera que ascendía al piso superior llevándome a la dueña de tanta desdicha. La puerta del dormitorio estaba entreabierta y por el resquicio de la misma pude ver a mi mujer sentada en la cama, con un camisón rosa que dejaba traslucir sus voluptuosas curvas. Sin ningún tipo de teatralidad ni dramatismo, entré en el cuarto como un loco, con las manos por delante y gruñendo improperios y juramentos no aptos para cualquier oído. Mi mujer se quedó petrificada, mirándome con estupefacción y abriendo la boca para emitir el grito que parecía estar gestándose en su garganta. No tuvo tiempo de nada, pues mis manos rodearon su cuello con la fuerza de unas tenazas. No quería explicaciones ni intercambio de palabras, sólo sentir cómo la vida se escapaba de su ser. Apretaba su nuez con los dos pulgares, con tanto ahínco que parecía que éstos se iban a salir de mis manos. Mi mujer boqueaba como un pez fuera del agua, mientras las venillas de sus ojos abiertos como platos reventaban, tiñendo de rojo su interior. Finalmente, con un chasquido, sentí que todo había acabado. Confirmaba este hecho la impertérrita cara de mi mujer, que miraba al cielo con una súplica de piedad y con la boca abierta en una mueca de dolor. Entonces me derrumbé; no es agradable matar a tu mujer teniendo todavía en uno de los bolsillos del pantalón el anillo que le compré para dárselo hoy en San Valentín. Siempre supe que tenía a otro, pero no sabía dormir sin sentirla a mi lado, no entendía cómo pudo matarme de aquella forma tan horrible; podían haberme dejado inconsciente, que mi cuerpo se ahogara con la propia tierra. Pero quería mi dolor, mi sufrimiento, mi agonía .Debía darme prisa, necesitaba la noche para terminar aquello que tenía planeado; lo tuve claro cuando me vi sentado junto aquel pino. La solté sobre la cama. Parecía una muñeca de esas de porcelana, tan delicada, tan bonita, sin vida. Busqué las llaves del coche. Solían estar encima de la mesa del comedor. Las dejaba caer sin percatarse de que éstas iban dejando marcas sobre la madera; allí las vi. Las viejas costumbres no se perdían de un día para otro. No fue difícil meterla en el maletero. Yo me defendí más dando patadas, aunque tampoco es que me sirviera de mucho. Pero me dio pena verla tan indefensa sin poder protestar o suplicarme, aunque eso último solía hacerlo yo. Arranqué el coche; sonaba perfecto, no tenía más de un año. Curiosamente lo compramos por el maletero, grande y espacioso. Qué ironía, ¿quién nos hubiera dicho que lo íbamos a probar nosotros? Otro coche patrulla pasó a pocas calles; su sirena se escuchaba fuerte. Yo paré en el stop viéndolo cruzar a toda velocidad. No, hoy no os habíais lucido con nosotros. Cambié de marcha. Regresaba al bosque donde ya había un agujero en la tierra; poco cavaría, al menos algo que me salía hoy bien, no tenía el cuerpo para mucho más. Aparqué el coche en la linde del bosque, levantando una fina capa de polvo arenoso al frenar. Me apeé con nerviosismo, oteando de reojo el agujero que hasta hace poco me sirvió de nicho


improvisado. El montículo de arena se amontonaba al lado, desprendiéndose poco a poco por un lateral. Abrí el maletero y un nuevo ramalazo de culpabilidad y congoja me recorrió entero, al ver la mirada ausente y el rictus de dolor en la cara de mi amada. Alcé el cuerpo sobre mis brazos, mientras besaba dulcemente su pelo y le susurraba todo lo que la quería y que todo saldría bien. Si había funcionado conmigo también lo haría con ella. No quería ni pensar en lo que pasaría si fallaba. Si algo salía mal. Pasito a pasito, me aproximé al hoyo tambaleándome por el peso soportado y la tensión de los últimos momentos. Deposité a mi mujer en el fondo, permitiéndome un último vistazo a ese rostro etéreo que ahora me miraba sin vida. Recordé en esos momentos la frase... Hasta que la muerte nos separe… palabras dichas antaño por los labios de una mujer que me quería. Unos votos que rompió al acabar de manera inmisericorde con mi vida. De repente, toda la culpabilidad y pena que sentía fueron reemplazadas por un odio lacerante hacia aquella que tiempo atrás creía que me amaba. Hubiera dado mi vida por ella, y en cambio fue ella la que me quitó la mía. Ni todo el sufrimiento del mundo podría apaciguar la rabia que sentía. Aunque, algo podría hacer para compensarlo. Y había visto algo en el maletero del coche que me serviría como instrumento de venganza. Pasaron las horas, no ocurría nada. Me empezaba a desesperar, preguntándome cuánto había tardado yo en volver del otro lado. Estuve tentado de escarbar y mirar cómo estaba el cuerpo, pero desistí ante el temor de que aquello que había funcionado conmigo se disipase al inmiscuirme. La luna estaba en todo su cénit, colindada por decenas de estrellas que brillaban y se burlaban de mi dicha. El jolgorio nocturno del bosque se llenó con sonidos de animales y crujidos de árboles. Todo a mi alrededor era un ciclo de vida, todo excepto el fondo de ese tétrico agujero en el que reposaba esa pérfida. Instantes después, unos gruñidos de ultratumba, acompasados por un sonido de forcejeo, constataron que la magia había surtido efecto nuevamente. Mi mujer había vuelto a la vida y, con una sonrisa en la cara, volví a recrear mentalmente como la ataba de pies y manos antes de sepultarla. Su agonía no había hecho más que empezar. Tierra, insectos y oscuridad serían su nuevo hogar. Algo acorde con la negrura de su alma. Era un buen final para este día de San Valentín que llegaba a su fin.


DESPERTAR MARINA DEL MOLÍN Te observo en la penumbra inerte e inmóvil. Dulce figura de mármol que yace recostada sobre una antigua tumba sostenida por querubines de rostros tristes y ensombrecidos por el dolor. Observo atentamente tus no movimientos, intentando descubrir el más imperceptible temblor en tus labios fríos, en tus frágiles dedos de pianista, en tus arqueadas pestañas, todo tu cuerpo tan perfecto, tan hermoso y vital, pero tan aletargado. Miro tus manos atentamente, y mientras camino, rodeándote con las mías, comienzo a seguir las líneas que aún se dibujan en ellas, mapas interminables que me conducen a tu corazón, a tu cerebro, a todo tu ser. Estos ríos que un día llevaron la vida por las llanuras vastas e inmensas de tu cuerpo, hoy están secos. Aun así mi alma espera que tan solo una molécula de vida aún esté latiendo en tu ser. Mis manos van recorriendo todo tu cuerpo, tratando de detectar tus latidos, búsqueda incansable y vana, infructuosa. Mis dedos ahora suben por tu pecho rígido, explorando cada centímetro de piel y llego hasta tu cuello, tenso, rígido, esbelto y sensual. Es el turno de tu rostro, imagen perfecta de ángel caído, de líneas perfectas. Me detengo en tus labios, curvas talladas a cincel, ni muy grandes, ni muy pequeñas, delicadas pero generosas, una invitación al placer de un beso. Uno nuestros labios pensando que talvez, al sentir mi calor reacciones, pero esto no ocurre, tus labios siguen muertos, sin expresión ni sentimientos. Tan inexpresivos como tus labios están tus ojos, no me animo a mover tus parpados para observarlos, tengo miedo de lastimarte, pero aun así me pierdo en el encanto de las curvas espesas de tus pestañas, negras como la noche, creando una muralla protectora entre mis dedos y tus ojos insondables. Murallas que me impiden llegar a la verdad de tu alma. Tu cuerpo yace tendido, pero aun en su rigidez, conserva cierta impostura, cierta disposición de los músculos, que indica que al llegar a este punto estabas relajado, como si en cualquier momento fueras a despertar de un sueño largo y reparador. Pero ese momento aún no da indicios de llegar. Ahora es tiempo, es el momento de mostrar decisión, es la hora de demostrarte cuanto significas para mí. Extraigo del bolsillo de mi saco un pequeño envoltorio de seda roja y lo deposito sobre tu pecho, abro los extremos del lienzo y luego los costados, dejando salir a la luz una daga de plata con una quimera tallada en su empuñadura. Elevo y extiendo mi brazo sobre tu rostro y haciendo un pequeño corte en las venas de mi muñeca, dejo caer gotas de un elixir carmín sobre tus labios. Gotas que se deslizan y escurren por tu rostro hasta llegar al frío mármol. Nada. No hay ni el más leve movimiento. Todo fue en vano. Por nueve días regreso a tu morada y repito el ritual en busca de alguna señal. Hoy es el último. Si no lo logro tendré que olvidarme de ti. Estoy agotada de esperar y esperar y no obtener respuesta. Desde que te vi la primera vez, fuiste un desafío; lograr sacarte de esa inacción fue mi meta, saber que era lo que te había llevado a ese estado, tenerte conmigo era todo lo que anhelaba. Te vi en mis sueños más placenteros, caminando lento, sinuoso y vigilante, como una pantera. En tus ojos veo vida. Son profundos, verdes como esmeraldas, agudos y acechantes. Pero no logran intimidarme.


Tus labios son perfectos, rojos, húmedos y carnosos. Se abren en una sonrisa cómplice y dejan entrever una hilera de blancas perlas de las que se destacan dos agudos colmillos. Te vas acercando con pasos firmes hacia mí y al hacerlo abres dulcemente tus brazos y los extiendes como alas. Llegas y tus ojos refulgen y buscan ansiosos lo que sabes que tengo para ofrecerte. Mi esencia, mi ser y mi vida, tan solo esto tengo para darte y la tomas con la desesperación de un niño frente a un dulce prohibido. Luego, la nada. Hoy será la última vez que venga a ti, estoy exhausta y me estoy debilitando mucho, y es en vano, no veo ninguna respuesta de tu parte. No hay movimiento. No hay reacción. Me marcho con un dolor que lacera mi alma. Ya no volveré a verte, di de mi todo lo que pude para atraerte nuevamente a este tu mundo y fracasé. Comienzo a caminar entre los fríos sepulcros alejándome de tu lecho. Es una noche fría y húmeda en la que aún se pueden atrapar con las manos las gotas de rocío. Bajo la luz de la luna que ilumina plena el lugar de tu descanso, un espectáculo pocas veces visto, lluvia de plata que inunda el lugar y regala diamantes en donde queda depositada. Extiendo mis brazos y alzo mi rostro hacia el cielo para gozar del rocío que inunda mis pulmones, humedece mis cabellos y se desliza por mi piel mientras comienzo a danzar en trance, disfrutando del momento, de la noche, de la vida. Rocío que borra las lágrimas que caen por mis mejillas recordándome que no pude traerte a mí, recordando mi fracaso. Lento a mis espaldas un ruido, un resquebrajar de hojas… Mis ojos no dan crédito a lo que ven, pero mi corazón se acelera por lo que siente. Despertaste, al fin. Te acercas lento, sinuoso, sensual, elevando tu rostro hacia mí y fijando tus ojos verdes en los míos. Te mueves como una pantera directo a su presa, avanzas, y mientras lo haces, extiendes tus brazos y tus manos ondulando en la noche describen arabescos al compás de una melodía que solo tú escuchas. Comienzas a danzar, intentando atrapar entre tus largos y delicados dedos el fino polvo de diamante que está cayendo en el lugar. Tu rostro ya no es el del frío mármol, tu expresión refleja la pasión, la pasión fría de quien ya conoce todos los misterios del universo. Y al acercarte extiendes tus brazos sin parar de bailar y me invitas a hacerlo contigo y me transporto en la danza y me pierdo en la noche y comienzo a escuchar los lamentos de un violín lejano; y siento tus manos recorriéndome mientras todo gira alrededor, y puedo sentir tus brazos fuertes rodeándome, y un dolor agudo que me invade súbitamente, un dolor agudo y dulce, como un aguijonazo de miel, un dolor que precede al placer intenso, a una danza de sensaciones. Todo en mi ser se va adormeciendo, lo sé, puedo percibirlo, mis latidos se hacen cada vez más débiles, y me invade un cansancio delicioso. Me voy dejando caer, estoy agotada pero logré lo que quería, logré que volvieras a mí. Te observo en la noche, bajo la luna, mi dulce muñeca de mármol que yaces recostada sobre una alfombra de hojas secas y polvo de estrellas. Observo con atención cómo tu cuerpo deja escapar a tu alma. Puedo ver ese hilo plateado escaparse del medio de tu pecho y perderse en la nada. Solo alguien como yo puede ser capaz de presenciar un fenómeno único e irrepetible como éste. Muñeca de mármol que descansas, hasta que tu príncipe de cuentos de hada te despierte con un beso. Ya no hay rastros de vida en ti. Tus ojos azules se apagaron borrando la luz de tu rostro. Recorro tu cara en una última caricia y cierro tus parpados, encontrando la barrera de


tus pestañas que ahora quedan coronadas por lágrimas de bruma. Duerme serena y descansa que pronto volveré a por ti. Eso eres ahora, Una muñeca de porcelana, Durmiendo amortajada por la luna en un antiguo cementerio, En una fría noche, Bajo el lamento de lejanos violines Bajo el susurrar de los abedules.


ESQUIZO MIMI ALONSO Lo primero que hizo cuando llegaron a la habitación de hotel fue comprobar que, efectivamente, estaba insonorizada. Después, y tras tomar todas las precauciones necesarias, sacó a la bestia de la maleta. Seguía viva, pero por poco. Su cara era una suerte de guiños sin sentido y tics que le hacían mostrar la dentadura. Tampoco en su cuerpo había nada familiar, nada reconocible. Los meses de libertad hicieron mella en la cosa que tenía delante. Nunca debieron soltarla a su suerte. Él se sentó en la cama tras abrir la maleta, esperando que la bestia comenzara a moverse. Todavía llevaba las botas del uniforme llenas de barro, el pantalón desgarrado; colgando de su cinturón la funda del arma, porque el arma, o al menos el pistolete, en aquellos momentos estaba hincándose en su carne. Los gruñidos se intensificaron, la fiera despertaba, pero no le tembló el pulso. Aquella criatura era un peligro, si tenía que disparar, lo haría… —¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? Una mujer contracturada abría los ojos en el interior de la maleta. Trató de mover los miembros inferiores, pero debido a la extraña postura, tenía las piernas tan dormidas como los brazos. Se le hizo un nudo en la garganta. Miró al soldado que, impasible, le apuntaba con la pistola. Él mantuvo el índice en el gatillo siguiendo sus movimientos, viéndola reptar por la habitación, gimotear, pedir clemencia. —¿¡Por qué a mí!? ¡Oh Dios, no, por favor! ¡Yo no hice nada! —gritaba arañando el suelo beige, enmoquetado. Casi casi consiguió darle pena, pero afortunadamente fue bien advertido antes de encontrarse con ella: no debía confiarse, era más peligrosa de lo que aparentaba. —Déjame, por favor, te lo suplico, por favor… Pero él continuó apuntándole; ella yacía en el suelo a dos metros de la cama… Hasta que se levantó con brusquedad dando un giro animal en el aire, mostrando los colmillos en pleno alarido, con las uñas como zarpas hacia la garganta del soldado que, desde la cama, disparó un dardo tranquilizante. *** Decidió atarla. El cuerpo magullado de aquella criatura que un día fue mujer, señalaba los puntos cardinales sobre el colchón. El soldado nunca se había enfrentado a algo parecido, pero estaba dispuesto a no ceder. Cuando vio que la mujer empezaba a moverse, tomó posiciones: sentado sobre las caderas de ella, esperó que abriera los ojos… El infierno se desató en cuanto lo hizo. La habitación se llenó de gritos, su cuerpo se retorcía como si fuera una serpiente sufriendo descargas eléctricas. Él intentaba mantenerse encima, soportando los alaridos y bamboleos. Cuando la chica amenazó con morderse los brazos, tuvo que caerle con todo el peso encima para sujetarla. Estuvieron una vida en aquella postura; horas interminables que la mujer no dejó pasar sin poner la voz en grito. Luego, según el minutero se movía y le flaqueaban las fuerzas, también lo hicieron sus cuerdas vocales. Solo al verla agotada, con los labios entreabiertos en busca de aire, se le quitó de encima. Había llegado el momento de dar el tercer paso. ***


Preparó el baño. Hizo una mezcla equilibrada de agua y hielo. Esperó diez minutos a que los cantos de las piedras se suavizaran al contacto líquido, regresó al colchón y la desató. Estaba tan exhausta que no pudo tenerse en pie, fue él quien la condujo a la bañera. Dejó que su cuerpo se hundiera en el agua helada deliberadamente despacio, buscando ese principio de hipotermia que supondría la ruptura, el corte, el esquizo de todo lo que fue con lo que sería a partir de aquel instante. Allí flotando, con los labios blancos y la punta de los dedos azul, la contempló. Era bella, cayó en la cuenta cuando se conocieron tiempo atrás. Fue un encuentro rápido, un par de sonrisas, unas horas de charla agradable, un beso casto, nada significativo… Fue todo tan circunstancial que quedó almacenado en su recuerdo como una noche que podría haberse dado con cualquiera, aunque no se dio, no fue cualquiera, ni volvió a repetirse con nadie. Siguió pensando en ella mientras contaba los años que se iban del calendario. Tuvo relaciones con mujeres que no fueron una charla, que no fueron una noche de verano llena de sonrisas, pero aun así, de cuando en cuando, aquella chica que llegó y se marchó tan rápido, acudía a su mente acompañada de muchos: “¿qué habría pasado si hubiéramos seguido viéndonos? ¿Por qué no nos dimos ni siquiera el número de teléfono?”… *** Antes de que pasara la media hora estipulada para el baño, la chica comenzó a sufrir convulsiones. Decidió sacarla del agua en ese momento y, enrollándola entre toallas, conducirla de regreso a la habitación. Había terminado el exorcismo, todavía no sabía si con éxito o no, pero había acabado. Al fin podía dejarla sobre la cama sin ataduras, tenderse junto a ella, intentar conversar. Si todo había ido bien, después de aquello la parte masacrada de la chica, violada por un bastardo, volvería a integrarse en su vida sin matarla, sin hacer que con cada recuerdo se convirtiera en la bestia que debió secuestrar, intentando firmemente salvar su vida. Cuando el servicio de habitaciones llamó a la puerta para dejarles una tetera hirviente y sendas tazas, ella ya se había incorporado. Aunque desnuda, seguía cubierta por las toallas blancas, con las piernas cruzadas como si aquella cama fuera un campamento, y el mundo una jungla ruidosa a la que no tenían prisa por regresar. —Ya está el té —dijo el soldado alcanzándole una taza. —Gracias. —Está muy caliente —advirtió tomando asiento frente a ella, en el colchón. —¿Por qué lo has hecho? —La chica iba a dar un sorbo a la infusión hirviente, pero se la retiró de los labios, atenta. —Porque tenía que hacerlo. Sé todo lo que te pasó. Sé que no volviste a ser la misma. Sé de tu sufrimiento, de tu dolor, de cómo te transformaste por lo que te hicieron... Podemos arreglarlo, tardaremos, pero pasará. Yo no tengo prisa, no quiero presionarte, solo quiero estar. El silencio se instaló entre ellos. —No merezco tantos esfuerzos, además sería injusto hacerte esperar por nada. No puedo asegurarte que me recupere del todo… —Un nuevo silencio de ojos vidriosos—. No lo hagas, ¿vale?, no me esperes. —Tengo todo el tiempo del mundo: no me iré a ninguna parte. Ella admiró sus pupilas azules, tan nobles. —Ahora bebe, te sentará bien, princesa.


LAS FLORES DEL MAL AITOR HERAS RODRÍGUEZ Nada le hacía pensar que iba a ser una mañana distinta a las demás. Si acaso la pesada losa de la soledad, una carga más difícil de soportar en días señalados como ese catorce de febrero. Ciertas fechas del calendario, las que la sociedad había marcado con la obligación de pasarlos en compañía, ya fuera de familiares o de esa persona especial, ella los padecía en secreto y en silencio. Sus padres murieron siendo ella una niña. Era hija única y, tras el trágico accidente, fue a vivir con sus abuelos maternos, los cuales habían fallecido ya, al igual que los paternos. No tenía hermanos y estaba soltera. Su falta de compañía sólo la rompía Aura, su pequeña gata atigrada gris de dos años. La situación en que vivía no era con la que había soñado, pero la fuerza de la costumbre y un carácter acomodaticio y adaptativo la habían llevado a aprender a disfrutar de las ventajas de vivir en un pequeño apartamento sólo para ella, de pensar solo en sí misma, de no tener que dar explicaciones a nadie. Esa mañana llegó, como todas, a su trabajo; un edificio de oficinas en forma de cubo acristalado, en un deprimente polígono industrial de la periferia. Aunque los tonos grisáceos y apagados de las construcciones caían al instante en el olvido al entrar en él. Los tonos pastel de la moqueta y las paredes llenaban de calidez el entorno y al que lo contemplaba. Almudena saludó a Antonio, el conserje del turno de mañana. Conversaron unos minutos de manera intrascendente. Su interés por él no iba más allá de esa cordialidad, pero no podía evitar disfrutar, en su interior, con el brillo en los ojos de él. La desgracia era que ninguno de los dos se decidiese a dar un paso al frente. Accedió a la oficina, situada en la planta baja, por una de las dos puertas que había. Su puesto se encontraba en la esquina opuesta del edificio. Como cada día, era la primera en llegar. Su escritorio estaba orientado hacia el interior, separado del que estaba enfrentado por una mampara. Debido a ello, hasta que no llegó a su escritorio no vio el ramo de rosas que descansaba encima del teclado. Con un rápido golpe de vista constató que eran frescas. En sus hermosos pétalos se podían distinguir gotas de rocío. Volvió a la realidad cuando su cuerpo entró en calor debido al buen sistema de calefacción de la oficina. Se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero. Su mochila acabó donde cada día, en el suelo, apoyada de pie en su cajonera. Sentada en su silla notó como la suave y agradable fragancia de las flores ascendía hasta su nariz. La memoria asociada al sentido del olfato la retrotrajo al día en que llegó a casa de sus abuelos para vivir con ellos, tras la muerte de sus padres. Ellos vivían en un pequeño pueblo de la sierra, en una casa de dos plantas con un enorme jardín, cuidado por sus dueños hasta la obsesión. En él había un camino de piedra, el cual había que recorrer desde la entrada en el muro hasta la puerta de la casa. Estaba flanqueado por varios rosales. Aquella mañana de verano, la de la llegada a la casa de sus abuelos, las flores estaban en todo su esplendor. Su aroma envolvió a Almudena, que no era más que una niña rota por el dolor y la pena ese día. Pero el olor de las rosas sería, desde entonces, uno de los que romperían los diques de su memoria. En los años que vivió en esa casa aprendió a amar la fragancia de esas flores, casi a necesitarla. No había mañana en que no perdiese unos segundos en dejarse llevar por el suave aroma que tenía la fortuna de poder disfrutar durante gran parte del año. Levantó el ramo para poder empezar a trabajar. Debajo encontró un pequeño sobre blanco. Al cogerlo se dio cuenta de que, dentro de él, había un trozo de papel. Extrajo la nota con deli-


cadeza. Cuando la leyó se quedó sin aliento. “Unas bellas flores para una preciosidad silente”. El trozo de papel permaneció en su mano, la hermosa caligrafía inclinada todavía resonaba en su pupila como el eco de un grito en una montaña. Lo primero que pasó por su mente fue la identidad de la persona que podría haber dejado todo eso para ella, pero no fue capaz de llegar a ninguna conclusión. Llegó la hora de empezar a trabajar, por lo que el sorprendente inicio de ese San Valentín pasó a un segundo plano en su mente. Encendió su ordenador con más obligación que verdadero deseo y comenzó otra larga jornada laboral. *** El sol se estaba poniendo cuando, a las seis y media de la tarde, Almudena apagaba su equipo. Ardía en deseos de regresar a casa y poner el ramo de flores en agua. Cogió sus cosas, abrazó las flores y se dirigió a la salida, pronunciando un “hasta el lunes” que no obtuvo respuesta, tapado por el murmullo incesante propio de la salida de la oficina con la que comenzaba el fin de semana. Era invisible para la gente con la que trabajaba a diario. No le importaba. El trayecto de regreso a casa, a bordo de su pequeño y económico utilitario, fue agradable. Disfrutaba de la tranquila conducción del viernes por la tarde. La carretera iba poco cargada, dado que mucha gente había empezado el fin de semana varias horas antes. Los altos bloques de pisos erigidos a ambos lados de la vía de circunvalación por la que transitaba parecían un ejército de centinelas gigantes encargados de velar en silencio por todo lo que acontecía a su alrededor. El sol había terminado de esconderse en el lejano horizonte cuando Almudena tomó la salida que la llevaría directa a su tranquilo barrio de viviendas unifamiliares y edificios de dos o tres alturas. La suerte quiso que hubiese una plaza de aparcamiento justo enfrente de su portal. No tendría que cargar con el ramo de rosas por la calle. En el fondo sentía vergüenza por el hecho de que algún vecino o conocido, de esos de los que sólo cruzaban con ella breves saludos y banales conversaciones, la contemplaran, en la fecha que era, portando flores. Al llegar a la entrada ésta se encontraba abierta, por lo que no tuvo que sacar las llaves de su bolsillo. Subió los dos pisos a la carrera hasta su apartamento, en el que entró deprisa, suspirando de alivio al cerrar la puerta tras de sí ante el éxito en la misión de no ser descubierta por nadie del bloque. Aura apareció maullando, pidiendo comida con toda seguridad. Se frotó varias veces contras sus pies hasta que los movimientos ejecutados por su ama le dieron a entender que su cometido más inmediato era rellenar el pequeño plato, propiedad del felino, situado en el cuarto de baño. Una vez que Aura disponía de su merienda y cena, Almudena se quitó el abrigo y puso el ramo de flores en un jarrón con agua, a la que añadió una cucharada de azúcar para prolongar, aunque fuese de manera efímera, la belleza y lozanía de los pétalos de las rosas. El cansancio acumulado por los madrugones de toda la semana la llevaron al sofá. Eligió un canal que sólo proyectaba películas en blanco y negro. Aparecieron William Holden y Gloria Swanson. No tardó en recordar el título. No vio mucho, el sueño la venció, quedando dormida con Aura en su regazo. *** Fue la necesidad de ir al baño lo que le hizo despertarse de madrugada. Abrió los ojos para darse cuenta de que llevaba varias horas durmiendo. Su gata descansaba también. En algún momento de la noche se había movido al brazo del sofá. El animal se despertó al levantarse ella y salió corriendo hacia el pasillo.


No tardó en notar el gélido abrigo del frío reinante. Se sentó en el inodoro. Estaba helado. Fue el vaho saliendo de su boca lo que hizo que un estremecimiento recorriese su cuerpo. Un ruido de cristales rotos, que rasgó el silencio de la noche como un trueno, la sobresaltó. Un grito ahogado brotó de su garganta. Salió del cuarto de baño, lamentando no haber encendido la luz del pasillo. El estruendo había venido del salón. Hacia allí dirigió sus pasos. Al entrar en la habitación pulsó el interruptor. A sus pies estaba el jarrón en que había puesto las flores, hecho añicos. Retrocedió con cautela pero no pudo evitar pisar un minúsculo fragmento, el cual hizo brotar la sangre de su talón derecho. Al momento varias gotas cayeron en la tarima. Regresó al aseo caminando de una manera casi cómica. Tuvo que usar unas pinzas de depilar para extraer el minúsculo fragmento de cristal de su pie. La pereza le impulsaba a ir a su cama pero, pensando en Aura, recogió los cristales y limpió el suelo. Se puso el pijama y se dejó caer sobre el confortable colchón. Las rosas dormían en otro jarrón y ella no tardó en sumirse en la oscuridad. *** Cuando abrió los ojos se sintió descansada. Y hambrienta. Permaneció un rato entre las sábanas. Pocas cosas le producían más placer que remolonear en la cama en sus días libres. Cuando su mente estuvo tan despierta como su cuerpo se levantó. Un vistazo al despertador le sirvió para constatar que la hora del amanecer había quedado ya muy atrás. Aura no tardaría en exigir su alimento y sus caricias. Se estiró al tiempo que metía los pies en sus zapatillas. Se acercó a la ventana y tiró de la correa para levantar la persiana. El reflejo que el cristal le devolvió le heló la sangre. Durante unos segundos una figura fue visible a su espalda. De inmediato sus ojos se encontraron con otros blancos, sin iris, sin vida, que miraban los suyos en la imagen especular. Giró sobre sí misma para descubrir que se encontraba sola en su dormitorio. Aura hizo su aparición. Atravesó el umbral de la puerta y empezó a bufar, con la espalda arqueada, todos sus pelos erizados. Almudena no se dio cuenta, pero estaba apoyada contra la ventana. Su mente trataba de procesar los sucesos que acababa de vivir. La gata salió corriendo, al tiempo que el vaho de la respiración de la joven volvía a ser visible. No lo tomó como una casualidad. Hizo un enorme esfuerzo para calmarse. En su retina permanecía, como un eco infinito, la anciana que había aparecido de la nada. El breve vistazo le sirvió para que su rostro macilento y sus ojos blancos y antinaturales quedasen grabados en su cabeza. Se dijo a sí misma que no podía ser real, aunque así lo había percibido. Su psique racional e irracional entraron en conflicto, generando la duda. *** Rita Hayworth se quitaba el guante cuando Almudena vio como el jarrón en que estaban las rosas volvía a caer al suelo. Nada lo había golpeado. Aura contemplaba la cómoda en la que había estado colocado hasta hacía un momento, sin pestañear. Algo hizo que saliese como una exhalación del salón. Se quedó petrificada en el sofá, al borde de un ataque de pánico. Asumió en ese momento que fuerzas ignotas e invisibles estaban actuando. En su propia casa. En el único lugar del mundo en que sus inseguridades desaparecían. En que podía ser ella. Sus manos temblaban mientras se acercaba a los restos. Las rosas seguían juntas, atados los tallos por un lazo blanco. Se agachó con el corazón atenazado por el pánico. Extendió el brazo y agarró las flores. Acuclillada en el suelo, soltó un suspiro de alivio. Entonces, al incorporarse, se encontró frente a frente con esos ojos blancos, muertos y vivos a la vez, de otro mundo, del de las tinieblas.


La anciana agarró con su garra descarnada la muñeca de Almudena. Por su brazo ascendió un frío gélido y mortal, muerto. Las lágrimas empezaron a caer por el rostro de la joven, por el dolor y el terror que sentía. La espectral aparición abrió una boca sin dientes y con una voz ronca y cascada pronunció sólo dos palabras: —Mis… ¡floreeeees! Almudena aspiró llevada por el pavor. A su nariz llegó el olor de la hierba recién cortada. El silencio reinante era casi total, roto sólo por la brisa que soplaba, estrellándose en su rostro. Se dio cuenta de que podía escuchar el canto de varios pájaros pequeños. El suelo se abrió bajo sus pies. Antes de que el agujero sin fondo que había aparecido las engullera a ella y a la anciana, Almudena acertó a ver varias lápidas, de distintas formas y tamaños, de distintas épocas. No tuvo tiempo ni de gritar. *** Los lunes por la mañana el ritmo de la gente en la oficina iba de un adagio a un vivace, aunque hacían falta horas y litros de café y té para eso. El primer cigarrillo del día era primordial, sobre todo para Patricia. Era el que aprovechaba para poner al tanto a Ana, su compañera, de todo lo que había hecho durante el fin de semana. No le caía muy bien, y las muchas de las cosas que le contaba pertenecían al mundo de la fantasía, pero nadie de allí llegaría a saber nunca que pasaba casi todos los fines de semana sola en casa. —¿Sabes algo de Almudena? Ana negó con la cabeza mientras exhalaba el humo de sus pulmones. —No ha venido hoy. Patricia dibujó en su rostro un gesto de contrariedad. —Qué lástima. El viernes le gasté una broma. Quería habérselo dicho hoy para ver qué cara ponía. Ana esbozó una leve sonrisa cargada de maldad y curiosidad. No le hizo falta pedirle a su compañera que hablara. —Nada, una tontería. El viernes fue San Valentín. Pasé a primera hora por el cementerio. No tardé mucho en encontrar un ramo de flores frescas. Las robé de una tumba y se las dejé con una nota. Echaron a reír las dos. —Sólo quería decirle a esa fracasada que había sido yo.


EN SUEÑOS ANA ARRANZ La bruma que lo envolvía le impedía ver más allá de un palmo, pero sabía que estaba allí, lejos de su alcance. Como siempre. Siguió caminando en su busca y vio una figura desdibujada. No podía ver quién era, pero en su interior sabía que era ella. Aceleró el paso para comprobar que cada vez se encontraba más lejos. —Espera —le dijo, extendiendo su mano como si pudiese tocarla. La figura se volvió, aunque se mantuvo fuera de su alcance. No pudo ver su rostro. Como las otras veces solo llegó a vislumbrar sus ojos. Aquellos negros ojos... Notó como si alguien lo zarandease. —¡Capitán! —Escuchó— ¡Capitán! Abrió los ojos con fastidio y vio la curtida faz del contramaestre junto a su coy. —¿Qué ocurre, señor Cooper? —preguntó somnoliento. —Acabamos de divisar una nave a estribor. El capitán terminó de despejarse y se levantó. —Que todos se preparen, señor Cooper —ordenó mientras se frotaba la cara con gesto cansado. Buscó su casaca con la vista y se la puso al tiempo que suspiraba profundamente para tratar de enterrar en lo más profundo de su mente aquellos ojos que llevaban persiguiendo sus sueños varios meses. Sacudió la cabeza mientras terminaba de vestirse. Necesitaba tener la cabeza despejada si quería cumplir con su labor. Cuando llegó a cubierta su segundo le entregó un catalejo. —En cuanto lo hemos divisado ha maniobrado para alejarse de nuestro rumbo —le informó. —¿Cree que puede tratarse del que abordó al mercante holandés? El otro hombre se encogió de hombros. —No porta ningún pabellón. —Lo que sí sabemos es que no quiere encontrarse con nosotros —opinó el capitán mientras bajaba el catalejo. —¿Qué hacemos, señor? El aludido se rascó la incipiente barba mientras reflexionaba. —Seguiremos nuestro rumbo —dijo al fin—. Si son piratas no tardaremos en volver a encontrarlos. *** Varios ojos espiaban con atención las acciones del barco inglés. Al ver que no variaban el rumbo respiraron aliviados. —¿Cree que es una trampa, capitana? —preguntó un viejo marino. —No creo, señor Díaz —respondió ella—. Han preferido seguir escoltando al mercante inglés. —¡Maldito vigía! —masculló su segundo levantando un puño amenazante hacia la cofa—. ¡La próxima vez asegúrate de que no lleva escolta! La capitana frunció el ceño. —Que todo el mundo vuelva a sus ocupaciones, señor Díaz. —Sí, señora.


*** La bruma cada vez era más intensa. Levantó su mano derecha y apenas pudo verla. El sonido de una campana llegaba amortiguado. Levantó la vista para descubrir una figura desdibujada frente a él. Se cubría con una capa larga que la ocultaba totalmente. Caminó hacia ella con pasos inseguros. No parecía darse cuenta de su presencia hasta que llegó a su lado. Vio cómo se erguía, pero sin darse la vuelta, como si solo la presintiese. Acercó su mano para descubrir la identidad de la figura al tiempo que ésta se giraba. Unos ojos negros y profundos como el mar se volvieron hacia él. Se despertó empapado en sudor aunque la noche era fría. Las olas hacían que el barco se escorase, ora a babor ora a estribor. Tuvo que agarrarse con fuerza al poner el pie en el suelo. Con cuidado se cubrió con su capote y subió a cubierta. Grandes gotas de una recia lluvia le recibieron. —¡Señor Cooper! —llamó el capitán. —¡Capitán! Iba a enviar a despertarle. La tormenta arrecia —explicó el contramaestre mientras se protegía de la intensa lluvia subiéndose el embozo. El capitán miró los mástiles donde habían sido ya arriadas las velas. El fuerte viento hacía gemir los palos que soportaban a duras penas su embestida. Si seguía soplando de ese modo pronto los partiría. Bajó la vista hasta la figura de su contramaestre que lo miraba fijamente. No necesitaba decirle nada. También se daba cuenta del peligro de aquella tormenta que se había abatido sobre ellos lejos de puerto. —Haga lo que pueda, señor Cooper. —Sí, capitán. Los gritos de varios tripulantes les hicieron mirar en dirección a barlovento. Una enorme ola se les acercaba con rapidez. Solo tuvieron tiempo de agarrarse a lo que tenían más cerca antes de que una gigantesca pared de agua chocase contra la nave y la engullese totalmente. *** La capitana del Delfín miraba fijamente la noche azotada por el viento. Habían conseguido llegar a puerto cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer sobre cubierta. Ahora su tripulación dormía a resguardo esperando a que amainase, pero ella se había despertado intranquila después de aquel sueño recurrente y oteaba la noche buscando algo que no comprendía. —¿Todo bien, capitana? —le preguntó el marinero de guardia. —Tenga todo preparado para partir en cuanto cese la tormenta. —¿Señora? —Ya me ha oído, señor Núñez —dijo dirigiéndose hacia su camarote. *** Sus manos, curtidas tras largo tiempo en la mar, se aferraban ávidas a lo que había sido uno de los mástiles del Milagro. El navío no había podido resistir aquella gigantesca ola que había partido el casco como si fuese una nuez. No sabía si había otros supervivientes pues la tenue luz del amanecer le impedía ver más allá de donde se encontraba. No sabía tampoco cuánto tiempo llevaba sujeto a aquella tabla, pero el cansancio era cada vez más grande y no creía que pudiese aguantar mucho más. Hizo un esfuerzo para tratar de descubrir a otros tripulantes entre los restos del barco que le rodeaban y entonces vio la silueta de un barco que se acercaba. Trató de


reunir las pocas fuerzas que le quedaban para aguantar un poco más asido al mástil. *** —Comenzad a izar todo lo que todavía pueda servir —ordenó el señor Díaz mirando los restos del naufragio. La capitana seguía con la vista fija en un punto indeterminado. —¿Cree que encontraremos algo de valor? —le preguntó. —Tengo la sensación de que sí, señor Díaz. No aparte la vista del agua, creo que estamos cerca. Frunció los ojos tratando de distinguir algo entre las maderas y restos que cubrían la superficie del agua. *** Una forma oscura se acercó a él despacio y al levantar levemente la cabeza volvió a ver aquellos oscuros ojos mirándole desde lo alto del castillo de proa. Si solo pudiera hablarle, decirle que llevaba una eternidad persiguiendo esos ojos negros que había buscado en cada mujer que encontraba y en cada barco con el que se cruzaba. Esos ojos que habían poblado sus sueños desde hacía tanto que ya no recordaba haber soñado nada más en su vida. Y por fin los había encontrado. Por unos segundos creyó percibir reconocimiento en ellos, pero ya estaba cansado de luchar por su vida y dejó que el mar se cobrase su deuda. Su cuerpo se entregó al frío abrazo de las aguas mientras sus párpados se cerraban. A pesar de eso le pareció ver una sombra encima de él antes de dejarse arrastrar al fondo. A pesar de la poca luz y de la suciedad que cubría su rostroa ella le pareció que aquel hombre que se obstinaba en permanecer a flote le era conocido, pero lo recordaba como a través de la niebla o como si... Sorprendiendo a toda su tripulación la capitana del Delfín se lanzó al agua y comenzó a nadar hacia el fondo sin importarle el frío que la envolvía. Vio el cuerpo que se hundía en las profundidades sin oponer resistencia e hizo un esfuerzo por alcanzarlo. Imágenes oníricas poblaban su mente y en todas ellas el rostro de aquel hombre desconocido se le aparecía en retazos de una vida que sabía que no había vivido. Con un último esfuerzo logró asir sus dedos y detener el descenso. Miró hacia arriba, hacia la luz del amanecer que pugnaba por atravesar el agua. Sabía que no conseguiría llegar a la superficie antes de que le faltase el aire y de que sus pulmones comenzaran a llenarse de agua. Se situó frente a él para mirarle por última vez antes de que el mar se cobrase sus vidas y vio que abría los ojos despacio, casi sin fuerza. Él le sonrió y volvió a dejar caer sus párpados. Ella notaba su cuerpo cada vez más entumecido. Se abrazó a él y se abandonó a la languidez que la dominaba. Sus dos cuerpos enlazados siguieron descendiendo hacia las profundidades del mar. Cuentan que en las noches de luna llena en el lugar donde se hundió se puede volver a ver al Milagro y, junto a su timón, dos figuras enlazadas en un eterno abrazo capitaneando la nave.


EXCEPTO SU CORAZÓN ALICIA PÉREZ GIL Tendida sobre la camilla, el abdomen cóncavo como un cuenco, los muslos llenos, las muñecas finas, la melena pelirroja y su palidez de siempre acentuada por la iluminación inclemente del quirófano improvisado, le pareció aún más bella. No la había visto desnuda antes, aunque le había quitado muchas veces la ropa holgada, oscura, con que se cubría sin la menor gracia: la pensaba entre sus brazos, olía con los ojos cerrados su cabello y se sentía como si estuviera respirando el sol. Siempre, hasta entonces, a esa distancia prudente que se establece para no dar alas a los corazones que se entregan sin ser llamados. La tenía a su merced, sedada, inerme. La sábana blanca del hospital donde ambos trabajaban le cubría el pecho porque él era un profesional a pesar de no haberle recogido el pelo en uno de esos ridículos gorros de ducha. Esa había sido su única concesión. Podía, si quería, cumplir sus deseos insatisfechos; le bastaba con inclinarse y hundir la nariz entre los rizos. Sin embargo cerró los párpados con lentitud, para hidratar bien los ojos agotados por las lágrimas. Luego comprobó que disponía del instrumental adecuado. Sería complicado operar sin enfermera. En cualquier otra circunstancia no se habría lavado las manos con mayor minuciosidad. La paciente no iba a sobrevivir, pero tampoco la contaminaría con los residuos de la orden de alejamiento que había estado leyendo sin parar durante las últimas horas. Pensó una vez más, la última, en la injusticia impartida por el hombre que la había firmado. No podía permitirse un acceso de llanto en ese momento. Miró la sutil elevación del pecho de ella para acompasar ambas respiraciones. Le llevó un buen rato, pero lo consiguió. El bisturí rasgó la piel sin dificultad. Una pequeña línea roja señaló de inmediato el lugar por donde se había deslizado. El músculo tampoco opuso mayor resistencia. Mientras la hemorragia se desarrollaba sin que nadie tratase de detenerla, Luis se dedicó a succionar tanta sangre como le permitió el aspirador. De todos modos el pecho se encharcó. Como no podía hacer nada más que esperar, contempló con arrobo el rostro tan amado, ya muerto. Pronto le abriría la caja torácica, escucharía cómo crujían sus huesos y el chasquido húmedo, viscoso, de sus tejidos aún calientes. Ella no le había querido nunca, pero con nadie tendría jamás ese tipo de intimidad. No era poco con lo que conformarse. El trabajo de abrir el cuerpo y cerrarlo después sin un residente de apoyo resultó agotador. Tampoco contaba con nadie que le enjugase la frente, ni tenía sentido alguno molestarse en coser con puntos invisibles un tejido que no cicatrizaría, que se disolvería, cristalizaría y trituraría para hacerlo desaparecer. Se le encogió el estómago al pensarlo: ella se esfumaría para siempre. Con ello se perdería su frialdad, los metros que interponía entre ambos, aquella forma amable pero firme de rechazarle como él no había sido capaz de rechazarla cuando le había pedido ese único favor. *** La secretaria de Mario Duque se distinguía por su eficiencia. Le importaba muy poco que los mensajeros insistieran en que las cartas debían ser entregadas en mano. Los sobres marcados como confidenciales no suponían ningún obstáculo para ella porque carecía de escrúpulos; por eso se había teñido el pelo de rubio ceniza y usaba jerséis muy ajustados combinados con estrechísimas faldas tubo y zapatos de tacón alto. En unas pocas semanas se había convertido en una versión mejorada de la señora de Duque, ya entrada en años. Una imagen de la que esperaba obtener pingües beneficios sin necesidad de pasar por las incomodidades del matrimonio.


El aspecto de regalo navideño atrasado del paquete y la caligrafía apenas inteligible del sobre que lo acompañaba no entraban dentro de lo habitual. Su jefe mantenía correspondencia con hombres y mujeres elegantes cuyas asistentes se especializaban en convertir la paquetería en un arte. Aquello no llegaba de una empresa, ni había sido enviado mediante un servicio de mensajería corriente. El hombre que se lo había entregado se había marchado con la firma de la secretaria en un papel sin distintivos y no había dejado nada que lo identificase. Con un encogimiento de hombros extrajo las tijeras del bote de los bolígrafos y usó la punta más afilada para rasgar la cinta adhesiva que pegaba el sobre al paquete. En ese momento el señor Duque abrió la puerta transparente que separaba el despacho de la zona común de oficinas. —¿Qué demonios es eso? —preguntó, señalando el bulto mal envuelto. —Acaba de llegar, señor Duque. —Esa mujer es imposible —añadió con un rebuzno enfadado— ¿Sabe que ya tiene dos órdenes de alejamiento? No puede ponerse en contacto conmigo de ninguna manera. La asistente no tenía la menor idea de lo que le estaban diciendo, pero asentía, muy seria. —¿Quiere que me deshaga de ello? —Si no suena como una bomba, tírelo a la basura, por favor. Y póngame con Praga. En cuanto le pasó la llamada, recogió el sobre de la papelera. La caja permanecía oculta bajo su escritorio, a la espera de un momento adecuado para abrirla. Se aseguró de que el icono de ocupado parpadeaba junto al nombre de su jefe en la terminal telefónica y abrió la solapa a toda prisa. Dentro sólo había una nota: “Puedes arrancarme de ti, pero mi corazón te pertenece”. Sentada, con los riñones bien apoyados en el respaldo ergonómico de una silla carísima, echó un vistazo aprensivo al papel craft manoseado que envolvía el contenido del envío. Iba a ser la primera vez que no abriera la correspondencia.


ANNABEL SALVA J. LUZZY En nuestro pequeño mundo solo estamos ella y yo. Ella, tan delicada y preciosa. Yo, tan rudo y feo. Ella, pura dulzura y amor. Yo, puro dolor y tormento. Somos el perfecto contraste, la asociación que confirma el Caos. El amor… ¿acaso sabemos ambos qué es el amor? ¿Lo nuestro realmente puede llamarse amor? Creo que esa palabra se queda corta para lo que ella y yo sentimos, para lo que ella y yo significamos. Lo nuestro trasciende más allá de las palabras, de los sentimientos y de los significados. Lo nuestro es lo que da vida, y a la vez lo que mata. Y es que nuestra historia no es una historia normal. Es la historia de dos solitarios que se encontraron cuando ya no había nadie a quien encontrar, cuando el vacío y la oscuridad lo llenaban todo. Fuimos la luz de un faro, un relámpago en medio de una tormenta. La semilla que hace florecer de nuevo la esperanza en este mundo muerto. Yo estuve casado. De eso hace tiempo ya. Tanto que ni lo recuerdo. A mi mujer se la llevó la tormenta que se desató aquel fatídico San Valentín, como a tantos otros. Las rosas que pensaba regalarle se marchitaron igual que ella. No pudimos despedirnos, pero tampoco hizo falta. Entre nosotros estaba todo dicho. Las despedidas no sirven de nada, solo aportan dolor y remordimientos. Me quedé solo, sobreviví a la tormenta mientras veía como esta se iba llevando a unos y a otros. Al principio fue inevitable sentir miedo, pero poco a poco el miedo dejó paso a la angustia, y esta a la amargura. Hasta que por fin, un día, apareció la nada. La locura, el sentimiento irracional de sobrevivir. Durante algún tiempo recorrí carreteras vacías buscando alguna señal de supervivencia. Alguna señal de que la tormenta no se lo hubiera llevado todo. Pero allá por donde iba solo veía los estragos que el desastre había causado. No quedaba nadie. Parecía que yo era el único superviviente. Un día, cansado de caminar, cansado de una búsqueda que más bien era una huida, decidí que cualquier sitio era bueno para esperar mi momento. Así que me instalé en una casa cualquiera en un pueblo cualquiera. Pasaba los días leyendo los libros que los antiguos dueños tenían en la biblioteca, saqueaba el supermercado para obtener comida. Si algún día se acababan los libros y la comida, me marcharía en busca de otro lugar. No recuerdo el tiempo que estuve solo. Olvidé hasta el sonido de mi voz. Me acostumbré a que el único ser vivo que vieran mis ojos fuera el tipo delgado y avejentado que me devolvía la mirada desde el espejo. Hasta que apareció ella. Yo dudaba en si coger unos botes de melocotón en conserva o carne guisada en lata como menú del día. El supermercado empezaba a ofrecerme pocas opciones, pero a estas alturas yo ya no comía por placer, ni siquiera por necesidad. Lo hacía por costumbre. Me debatía entre ambas opciones cuando escuché algo que hacía tiempo que no escuchaba: pasos. En un principio pensé que eran ensoñaciones de mi cabeza enferma, que mi soledad empezaba a pasarme factura. Pero no. Cuando escuché el sonido de una patada y de lata rodando por el suelo supe


que mis oídos no me habían traicionado. Salí a la calle, con las dos latas todavía en la mano, y entonces la vi. No debía tener más de veinticinco años, su piel estaba sucia, y su cabello rubio parecía un matorral seco. Vestía unos vaqueros raídos y una camiseta fucsia. Al verme, en sus ojos se dibujó el desconcierto. Creo que en mis ojos también. Estuvimos mirándonos minutos, no sabría decir si cinco o si cincuenta. Los dos quietos, temerosos de dar el paso, de dar crédito a aquello que veíamos. Fui yo quien decidió dar el primer paso. Me acerqué hasta ella, lentamente. Ella se agazapó, como un perrillo a punto de ser apaleado. Yo le tendí la mano y hablé, por primera vez en mucho tiempo. Le dije que no se preocupase, que no pensaba hacerle daño. Que mi nombre era Elías, y que desde la tormenta no había visto a nadie más. Ella no me respondió. Sus ojos denotaban miedo, hablaban de tormentos pasados, de horrores y daños que le habían roto el alma. Eran como los ojos de una muñeca de porcelana, vidriosos, rotos por dentro, llenos de dolor. Con una mano señaló una de las latas, la de melocotón. Le pregunté si tenía hambre, y ella señaló el bote con más insistencia. Lo abrí con mi navaja y se lo di. Se lo comió como si aquella fuese su primera y última comida. Yo me senté a su lado y me comí la lata de carne. Y así pasamos la tarde, el uno junto al otro, sin decir nada, en silencio. Le dije que me siguiera, que ya empezaba a anochecer, que en mi casa podría lavarse y asearse, que podría cambiarse de ropa y podría descansar. Era más seguro que andar por ahí. Ella dudó, pero me siguió cuando empecé a caminar. Caminaba con pasitos cortos, con la cabeza gacha y las manos juntas. De vez en cuando alzaba la vista sorprendida por el vuelo de un pájaro, o por el ruido de un gato hurgando en la basura. Hacía ademán de ir hacia ellos, pero yo la cogía y la guiaba por el camino correcto cada vez que se distraía o sus fuerzas flaqueaban. Al final, la tomé en brazos y la llevé. Ella no opuso resistencia. Ahora que al fin había encontrado rastros de existencia humana no podía perderla. Ya en casa, le di una toalla y algo de ropa para que se duchase y cambiase. Estuvo un buen rato en el baño, pero cuando salió parecía otra. Parecía más niña de lo que había pensado en un principio. Si llegaba a los veinte era de milagro. Su pelo rubio ahora brillaba y su piel, ya sin rastro de mugre, parecía de alabastro. Le ofrecí una taza de café, ya que estaba helada, que bebió de un sorbo pese a estar hirviendo, y cenamos unos restos de jamón y de judías con patatas que tenía del día anterior. Sin decirnos nada, siempre en silencio, mirándonos como queriendo ver a través de los ojos del otro, como queriendo hablar sin romper el silencio. Ella se quedó en mi casa. Nunca hablaba ni hacía nada, tan solo miraba por la ventana con mirada ausente, sentada en una viejo sillón. De vez en cuando salía a pasear, pero volvía pronto. Yo la dejaba ir sola, pues siempre regresaba a casa. Creamos algo similar a un hogar. Pasamos meses, conviviendo sin convivir. Sin hablar. Los dos únicos seres que posiblemente quedaban en este planeta y no eran capaces de comunicarse. Yo intenté que ella volviera a hablar, le enseñé a articular palabras, sonidos, pero ella no hacía ni siquiera el esfuerzo. Empezó a no importarme. Con su sola presencia me bastaba. Ella había dado un nuevo significado a mi vida. Ya no me sentía solo. Ahora tenía una compañera en mi soledad. Le puse un nombre, Annabel, como el poema de Poe, y ella aprendió a acudir cuando la llamaba de ese modo. Siempre callada, siempre obediente. Una noche, estando yo en lo más profundo de mi sueño, noté como algo se deslizaba entre mis sábanas. Sentí como un cuerpo frío y desnudo se pegaba contra el mío y me abrazaba, me acariciaba. Jamás una mujer me había acariciado así. Yo respondí a sus caricias, torpemente,


como el hombre desentrenado que era. Y entonces comenzó un carrusel de placer infinito. Nos envolvimos en una maraña de pasión que me hizo perder el sentido, que me desubicó. Entre sus brazos el tiempo pasaba lento, demorado, como cuando pasas a cámara lenta una película. Los sentidos se agudizaban con cada envite de nuestros cuerpos, con cada beso, con cada arañazo y cada caricia. La pasión animal que ella mostraba me arrastraba por completo. Y cuando llegamos al culmen fue como la explosión de mil volcanes recorriéndome la espalda y el abdomen. Aquella noche dormí profundamente. Los encuentros se siguieron produciendo. Pero ella seguía sin hablarme. Había sexo, pero no comunicación. Ni siquiera cariño o algo similar. Por las noches éramos dos volcanes, pero durante el día parecíamos dos icebergs. Yo notaba que, tras nuestras noches de pasión, ella quedaba en un estado semi-catatónico, más ausente que de costumbre. Aunque, extrañamente, sus ojos parecían tener más luz, y su piel más color. Sin embargo a mí esos encuentros me consumían, me dejaban exhausto, inservible, incapaz de hacer ningún esfuerzo durante días. Pero Annabel se convirtió en mi obsesión, el deseo que sentía por ella era demasiado fuerte, más fuerte que el dolor físico que me consumía después. Me enamoré de ella, aun a sabiendas de que ella no me amaba. Me hice adicto a la frialdad de su piel. Quizá quise estar ciego a la verdad, puse una venda sobre mis ojos y me negué a ver lo que en realidad sucedía. Indicios no me faltaban. Pero ya sabéis: en circunstancias desesperadas uno se niega a ver las evidencias y a tomarlas como verdaderas. Pero la mente, por muy poderosa que sea y por muchas realidades que nos haga creer, no puede ocultar la verdad durante demasiado tiempo. Inventé una historia de amor para ocultar otra, más atroz, más desesperada. La historia de un loco. Una noche, tras habernos entregado al uno al otro, la observé con detenimiento mientras dormía. Pálida, fría, inerte. Su pecho no parecía moverse. Entonces lo vi. No, no conocí a Annabel del modo que pensaba. Nuestra historia era fruto de mi imaginación. Todo había sido una mentira, una ilusión. Annabel estaba muerta. La había encontrado en una calle. Su belleza había quedado intacta tras la tormenta, su cuerpo no se había descompuesto. Y yo ansiaba tanto una compañera… que me la llevé y la creé. Y conviví con ella, le di la vida que ansiaba que tuviera. Al principio sentí repugnancia de mí mismo, pero luego… luego no me importó.

Porque en nuestro pequeño mundo solo estamos ella y yo. Ella, muerta y dándome la vida. Yo, vivo pero ansiando morir.


SEÑALES DE HUMO ANA VIVANCOS Aprendí a hacer señales de humo en mi más tierna infancia. Me enseñó mi abuelo Hermenegildo que en paz descanse y Dios lo guarde en el cielo hasta que yo llegue. Hoy he observado que en lo más alto del bosque Orunga se atisban pequeñas señales de humo. No consigo identificarlas muy bien pero sé que me buscan, son las señales que llevo años esperando. He encendido una hoguera y he robado la manta de cuadros chilenos de mi pobre madre muerta. La he dejado disecada en la cocina. Hace años que murió pero su pensión me llega puntualmente todos los veintiocho de cada mes. Y una no está para dejar de percibir esa pequeña ayuda. Me permite permanecer en el pueblo, en mi casita de madera; y solo acudir al mercado cada lunes para comprar las frutas y verduras de toda la semana. La hoguera ha prendido rápida. Recuerdo que es San Antón y aprovecho la lumbre para arrojar a la cacatúa de Bartolo, mi hermano. No tiene plumas, está loca de remate, se las arranca ella misma y solo sabe graznar, me pone de los nervios. Le diré a mi hermano que la acerqué a la hoguera de la plaza para que la bendijera el cura y que se escapó graznando enloquecida. Era propiedad del demonio, seguro. Con la manta de cuadros de mi madre Hortensia hago las señales de humo que aprendí de mi abuelo. Y contemplo el horizonte en busca de una respuesta. Si es el sí que tanto anhelo, arrojaré a la momia de mi madre al fuego para que descanse y saldré corriendo en busca de aquel que me haya contestado. Me lo dijo la bruja de la Lola. “Tu amor llegará del cielo, en forma de nube. Un sí hecho con humo será la señal y tú deberás acudir a su encuentro”. Y aquí estoy, esperando. Nada. Ya hace horas que la hoguera murió. Mi madre sigue sentada en la mecedora de la cocina, con las cuencas de sus ojos vacías, mirando la nada que la aguarda. De pronto un pequeño círculo se eleva en el cielo. ¡Es humo! Y es un sí, un círculo pequeño que se va agrandando hasta hacerse un enorme círculo que asciende hasta el cielo, donde desaparece absorbido por la atmósfera. Corro a la casa a recoger a mi madre. Sin apenas darme cuenta la he arrojado a la hoguera apagada. No importa. Está tan mustia que al caer al suelo, se ha hecho pedazos. Nadie descubrirá su cadáver jamás. Y corro, corro como el viento, hasta llegar a la falda del monte Orunga. Allí observo. La proximidad de aquel que ha encendido el fuego me hace temblar desde el pelo hasta la uña de mi pie izquierdo. Me escondo tras un tronco de un árbol muerto y aguardo. El ser que ha enviado la señal no tiene una hoguera encendida. Fuma en pipa. Una pipa


gigante, como un saxofón de grande. Y de su cuerpo de pipa surge otro círculo, primero minúsculo y después haciéndose más grande, hasta llegar a convertirse en el enorme anillo que viera yo antes desde mi cabaña de madera. Me acerco y saludo tímidamente. El dueño de la extraña pipa me mira. Quedo paralizada del terror. No tiene ojos, solo un abismo negro que me engulle con una sonrisa en los labios. —Soy tu dueño y señor. Lo hiciste bien hasta hoy. He venido a buscarte. Allí donde irás tú también te consumirás en el fuego como todo lo que quemaste en vida.

ILUSTRACIÓN LORENA RAVEN


FELIZ SAN VALENTIN JUANMA NOVA GARCÍA Nunca le había gustado San Valentín. Desde que era una adolescente de apenas quince años y se enamoró por primera vez (para meses después ser arrancada de los brazos de aquel absurdo estado de ensoñación y estupidez y ser arrojada de bruces a la más absoluta miseria e infelicidad), siempre había odiado aquel día, a todos los enamorados del mundo y al puñetero Cupido con sus jodidas flechas de mierda. Bien podría metérselas una a una por el culo. Pero aquel año el odio había sido sustituido por una profunda sensación de inquietud, que había ido dando paso al temor; temor que a su vez había evolucionado hasta un primer atisbo de miedo; tal vez irracional o exagerado, pero miedo al fin y al cabo. Hasta que al despertarse aquella mañana de San Valentín, estaba totalmente paralizada y atenazada por un pánico cerval. También por las pastillas que había ingerido la noche anterior. El día había llegado… Todo había comenzado el día 1 de aquel gélido Febrero. Esa mañana al recoger el correo del buzón había encontrado una carta sin remitente dirigida a ella. El sobre era blanco e inmaculado. La caligrafía que indicaba su dirección pulcra y exquisita, con algunos toques góticos que le llamaron la atención sorprendiéndola gratamente. El matasellos indicaba que la misiva procedía de Madrid, su misma ciudad. Hacía muchos años que no recibía una carta particular. Desde la llegada de internet, el correo electrónico, las redes sociales y los smartphones con todas sus aplicaciones para enviar mensajes gratis, era un hábito que se había ido perdiendo. Como mucho, seguía recibiendo alguna postal navideña de sus tíos paternos desde el pueblo o de sus amigas regalando envidia desde sus paradisíacos destinos vacacionales. Pero una carta… No recordaba la última vez que había sentido ilusión, curiosidad o nervios al recoger algo del buzón que no fuera propaganda, notificaciones del banco o facturas. Así que subió a toda prisa las escaleras para abrir aquella nota misteriosa. No esperó siquiera a tomar asiento o quitarse el abrigo. La intriga se había tornado ansiedad. Rajó el sobre por un extremo y vació el contenido sobre la cama de su habitación: una nota doblada por la mitad y una rosa roja. La rosa estaba marchita, seca y prensada. Sin duda, había pasado sus últimos meses, tal vez años, en el interior de un libro. Dejó la flor a un lado y abrió la nota. La misma caligrafía cuidada y meticulosa del exterior del sobre y dos escuetas frases que le encogieron el corazón: “Este año vas a odiar de veras San Valentín. La muerte vendrá a recogerte el día 14 y te dejará tan marchita como esta flor”. Releyó la nota una docena de veces intentando cerciorarse de que había entendido bien el contenido. Tras ese primer escalofrío, se relajó un poco y se tumbó de espaldas en la cama, mirando la lámpara del techo. Después se echó a reír. Era una risa nerviosa, casi histérica, pero que terminó de relajarla por completo. Sin duda, debía tratarse de una broma. Alguna amiga que sabía de su aversión por aquella fecha y había querido reírse un poco a su costa. O tal vez algún amante obsesionado. Recordaba a uno que, durante unos meses, estuvo acosándola hasta el punto de que tuvo que acudir a la policía. Pero eso había sido hacía ya muchos años. Y no había vuelto a saber nada más de aquel energúmeno. Pero quién sabe si había seguido vigilándola en la distancia, esperando el momento propicio para vengarse de ella por haberle rechazado y burlado de él. Pero no… Seguro que estaba desvariando. Demasiadas películas… Siguió dándole vueltas al asunto. Podría ser también algún antiguo exnovio. Pero tan sólo había tenido dos


parejas estables en toda su vida, y ninguna tenía motivo alguno para guardar algo contra ella. Con Carlos, su primer novio, tuvo una relación de poco más de un año. Fue él quien rompió y, desde entonces, no había vuelto a saber de su existencia. Y con Héctor había convivido casi tres años. Rompieron hacía más de dos, pero desde entonces eran buenos amigos… Suspiró y se levantó de la cama. Cogió la rosa, el sobre y la nota y los guardó en el cajón de la mesita. Durante los días venideros continuó con su vida anodina y rutinaria. Y aunque no logró olvidar por completo el incidente de la carta, si consiguió que dejará de perturbarla y volvió a conciliar el sueño que el puto Cupido le arrebató la noche siguiente a recibir el misterioso correo. Pero aquello distaba mucho de haber concluido… Una semana más tarde, cuando restaban justo siete jornadas para el día de los enamorados, recibió un segundo mensaje secreto. Pero esta vez su estupor e inquietud fueron aún mayores al encontrarlo en el suelo del recibidor de entrada a su casa. El bromista o acosador se había tomado la molestia de subir hasta la cuarta planta donde vivía, para depositar la carta por debajo de la puerta de su piso. Fuera quien fuese, sabía dónde vivía. Lo otro había sido depositar un sobre en cualquier estafeta de correos de la ciudad. En cambio esto… Aquella persona había estado en la misma puerta de su apartamento para llevar su mensaje en persona. Podía estar en cualquier parte; vigilando desde la esquina, sentado en la bar de enfrente tomando un café… incluso escondido en el rellano de las escaleras. En esta ocasión se trataba de una simple hoja de papel doblada. El texto estaba mecanografiado. Se vio tentada a tirar el sobre a la basura sin leerlo. Pero finalmente cedió a la curiosidad: “Dentro de una semana… Recuerda que quedan siete días para que la muerte enamorada venga a por ti”. Desde entonces, había recibido un mensaje distinto cada día. El día 8 volvió a encontrar otro sobre en el buzón. Pero en esta ocasión la letra era distinta y el tipo de sobre, también diferente al primero. En el interior sí había otra rosa muerta, esta vez blanca. Y unas amorosas palabras dedicadas expresamente a ella: “¿Has pensado ya en cómo será tu muerte? No, claro que no; te encantan las sorpresas. Y Cupido te tiene preparada una muy especial…”. En este punto ya empezó a mostrarse preocupada en exceso. Y fue cuando decidió contárselo a su hermano. Pero éste la tranquilizó arguyendo que lo más probable es que se tratara de algún bromista. Tal y como ella había pensado en un primer momento. Pero ya no estaba tan convencida. Eran demasiadas molestias las que aquella persona se estaba tomando. Todo muy bien pensado. Todo demasiado meticuloso. Nadie se toma tantas atenciones por una simple broma o juego. Pero se serenó un poco cuando su hermano le ofreció que, llegado San Valentín, fuese a pasar el día a su casa si seguía estando asustada. No quería llegar al punto de tener que molestar a su hermano por lo que quizás no fuese más que una tontería, pero saber que podía contar con su protección llegado el momento, suponía todo un alivio. El día 9 el mensaje fue más escueto, pero brutal: “Tu corazón será mío cuando abra tu caja torácica y lo saque de sus entrañas”. El día 10 lo que recibió fue una llamada telefónica en su oficina. Lo que suponía que aquel degenerado sabía también dónde trabajaba y el número de extensión de su línea telefónica en la empresa. La voz que escuchó al otro lado no le resultó familiar. Además de que seguro estaba distorsionada, o tal vez tapado el auricular con un pañuelo, pues sonaba extraña, distante y algo metálica. “Quedan sólo cuatro días, amor mío. ¿Quieres saber quién soy? Supongo que ardes en deseos de conocerme. Siento los latidos enamorados de tu corazón desde aquí. Cupido lo ha atravesado con una de sus saetas. No te preocupes, también hizo lo propio con el mío. Estamos hechos el uno para el otro… ¡¡Qué bonito es morir de amor!!...” Colgó.


Fue entonces cuando decidió acudir a la policía. Al investigar el número desde el que se había realizado la llamada, se descubrió que fue hecha desde una cabina telefónica situada en un concurrido centro comercial del centro de la ciudad. Por allí pasaban miles de personas a diario. Ni siquiera las cámaras de seguridad de los establecimientos cercanos sirvieron de ayuda. También analizaron las cartas y las notas. Ninguna huella. Cada envío realizado desde un sitio distinto. Quien fuera, había tomado todas las precauciones posibles para no dejar rastro ni ser descubierto. Pero no podían hacer nada más. También insistieron en la socorrida teoría del bromista. No podían ponerle vigilancia a cada persona que venía con un caso similar. Eran muchos cada día. Y la policía tenía cosas más importantes que investigar y no disponía de tantos efectivos como para poder prescindir de ellos por incidentes como aquellos. Ella lo comprendía, pero… Le aconsejaron que estuviera atenta, y siempre alerta, por si veía a alguien sospechoso, que mantuviera la puerta y las ventanas de casa bien cerradas, que se asegurara de llevar siempre el móvil encendido y con batería y que, ante cualquier nuevo incidente, les avisara de inmediato. Pero poco más. Como mucho, que hiciera caso a su hermano y si se encontraba insegura, se fuera a pasar la noche a su casa. Para el día 11 lo que recibió por mensajería fue un ramo con doce rosas rojas. El remitente no había dejado ningún dato y había pagado en metálico, según la encargada de la floristería. Dentro del ramo, un mensaje. Por supuesto.. “Doce hermosas flores. Tan rojas como los jugosos órganos internos de tu cuerpo que saborearé, junto al néctar de tu sangre, cuando te abra en canal después de hacerte el amor en nuestra noche de enamorados…” Con cada mensaje que recibía, sus temores se incrementaban. Quizá ya debería haberse insensibilizado después de varios días. Pero lo cierto era que no, cada día estaba más aterrorizada. Los dos días posteriores los pasó en una nube de inquietud rayana en la paranoia. Veía sombras en cada esquina. Escuchaba risas por los rincones. Todo el mundo parecía acecharla, seguirla, amenazarla… Las horas se convirtieron en siglos y el trayecto de casa al supermercado de la esquina, un laberinto de dudas y eternidades. No quiso volver a molestar a su hermano o a la policía. No quería dar la sensación de haber perdido los nervios o su sano juicio. Aunque razones tenía para ello. El día 12 la carta que recibió no llevaba escrito mensaje alguno. Solo una hoja en blanco manchada con algunas gotas de sangre y, le dio un vuelco el corazón, también algunas de su perfume. Aquel acosador conocía más de ella de lo que hubiera pensado en un principio. Para saber qué perfume usaba, tenía que conocerla. Les unía algún tipo de relación o vínculo; laboral, de amistad o de lo que fuera. Pero la conocía bien. Volvió a sopesar la teoría de aquel amante despechado que la acosó durante una temporada. Pero después de tantos años… El día anterior a San Valentín, lo que encontró en el buzón fue un paquete que contenía un pendrive. Cuando lo conectó a su ordenador portátil, comprobó que sólo había un archivo de video. Esta vez ya no se sorprendió demasiado cuando, al reproducirlo, se vio a si misma grabada haciendo topless en la playa donde había pasado sus vacaciones el verano pasado. Ya había llegado a la conclusión de que su “admirador secreto” la llevaba siguiendo desde hacía tiempo y conocía todos sus movimientos. Quién sabe hasta qué punto había violado su intimidad, lo cerca que había estado de ella o lo que habían compartido. Y lo peor de todo era la incertidumbre de desconocer quién estaba detrás de todo aquello. ¿Una broma? Si se trataba de una broma, aquel bromista se iba a enterar de lo que era jugar. No estábamos en Halloween. Tampoco era el día de los inocentes. Y los mensajes… No, no podía tratarse de una broma. Eran amenazas. Crueles y sangrientas amenazas. Aquella noche se fue a la cama con un ataque de ansiedad. Telefoneó a su hermano para decirle que el día siguiente iría a pasarlo a su casa, tal como él le había sugerido. Llamaría al trabajo para decir que se encontraba mal. Algo que no era del todo incierto. En su actual estado de nervios, no sería aconsejable ir a trabajar. Tuvo que tomar varias pastillas para


poder conciliar el sueño. *** Amanece. Un lluvioso y gris día de los enamorados. Se levanta un poco aturdida y con la cabeza embotada por los tranquilizantes. Pero al mismo tiempo, atenazada por un pánico como no había experimentado antes en su vida. Cuando puede desperezarse y serenarse al mismo tiempo, una alarma, como esas bombillitas que surgían en la cabeza de los personajes de dibujos animados cuando tenían una idea, se enciende en su interior… Algo no encaja en la habitación. Como si hubiera una pieza fuera de lugar. No logra encontrar esa pieza, sin embargo sabe que algo está mal. La claridad que se cuela por las rendijas de la persiana no es suficiente. Siempre hay más luz por las mañanas. ¡Al fin lo comprende! Ella nunca baja las persianas por la noche. No le gusta la completa oscuridad. Siempre le reconforta la luz que, desde la calle, se cuela para iluminar las paredes y los rincones. Se pone en pie a duras penas. Si ella no bajó la persiana, ¿quién lo hizo? Recuerda de golpe los acontecimientos de la semana anterior y el corazón se le desboca dentro del pecho. Un momento… La puerta tampoco encaja en el plano habitual que de su mundo cotidiano guarda en su cabeza. Al contrario que la persiana, siempre cierra la puerta al acostarse. Uno de sus terrores de la niñez. Jamás consiguió dormir con la puerta de su cuarto y del armario abiertas. Y ahora está abierta. De par en par. Pudiera ser que tal vez la noche anterior, algo aturdida por los calmantes, dejara la puerta abierta sin querer y bajara también ella misma la persiana. Se encuentra tan confusa… ¿Está desvariando? Entonces escucha un crujido en el exterior… Ese ruido no lo ha causado su imaginación. Se incorpora lentamente. Recuerda lo que le dijeron los policías. Mira en la mesita de noche, pero su teléfono móvil no se encuentra allí. Otra pieza del puzzle que no encaja. Jamás lo deja en otro sitio. Alguien ha entrado en su habitación, ha bajado la persiana y ha cogido su móvil para que no pueda usarlo. Las pastillas debieron inducirle a un sueño profundo y no se ha enterado de nada… ¡Maldita sea! Cuando intenta dar dos pasos nota que le tiemblan las rodillas y está a punto de caer de bruces al suelo. Se tambalea, pero logra estabilizarse. Mira hacia todas partes, ve sombras siniestras surgiendo de los rincones. Está sudando y temblando al mismo tiempo. Su corazón es un taladro a punto de reventar su pecho. Encima de la silla hay algo. Se acerca con cautela. Sus ojos se han acostumbrado a la penumbra y puede ver con mayor claridad. Es otra rosa roja. Al lado hay una tarjeta. Ya sabe lo que pone. Sin embargo, la abre y lee el mensaje: “Feliz San Valentín, amor mío. Vamos a pasarlo de muerte…” Sale de la habitación y se encamina con pasos vacilantes hacia el pasillo. Sabe que hay alguien ahí. Ya le da igual lo que suceda a continuación. Necesita saber quién es. Quién hay detrás de todo aquello. Quién quiere matarla. Y quién está enamorado de ella. Llora de miedo, de rabia, de desesperación. Cuando sale al pasillo, él está ahí. No se trata de aquel amante acosador. Tampoco ningún bromista desconocido o un compañero del trabajo desequilibrado y obsesionado con ella. Ni es Carlos, su primer novio, quien desapareció de su vida sin dar muchas explicaciones. No es nadie que hubiera podido imaginar. Quien se encuentra ahora frente a ella es Héctor, su segunda pareja. Aquel que, desde entonces, se había convertido en su aliado fiel e inseparable, su mayor apoyo, su amigo del alma. Héctor, con quien compartía todos sus secretos y curiosidades, sus tristezas y alegrías, sus proyectos e ilusiones, estaba ahora allí, de pie al fondo del pasillo, con un enorme cuchillo de carnicero en la mano y una sonrisa aún mayor en los labios. Se acerca a ella, paso a paso. El odio que ve reflejado en su mirada, se lo aclara todo. Jamás le perdonó que lo dejara. El juego del amigo fiel… había sido un truco, una treta para estar siempre a su lado, junto a ella. Un personaje que se había aprovechado de su amistad e inocen-


cia para ir trazando su plan y urdir su venganza. Semana tras semana, mes a mes, se había ido ganando su confianza. En realidad, nunca había superado su separación. Había seguido enamorado y obsesionado con ella… Y él, más que nadie, conocía su aversión al día de los enamorados. En los tres años que habían pasado juntos, se lo había dejado muy claro rechazando sus regalos y no ofreciéndole a él ninguno. Eso tampoco se lo había perdonado, pese a que entonces fingiera que no le importaba. Y había escogido aquel mismo día para culminar su gran obra… Sabe que no tiene escapatoria. Se interpone entre él y la puerta de salida. Y está a menos de cinco pasos de ella. Por mucho que grite, ya nadie llegará a tiempo. Ni los vecinos. Ni su hermano. Ni la policía. Puede luchar… pero él tiene el doble de fuerza que ella y un cuchillo descomunal en su poder. Ella sólo miedo, temblores y las neuronas y músculos a medio gas por culpa de las jodidas pastillas. Sigue avanzando. Ella exhala un suspiro ahogado y cae de rodillas. Cuando le acaricia el pelo y acerca la hoja afilada a su garganta, lo último que piensa es otra vez en las jodidas flechas de Cupido y en que quizás la gente no muera de amor, pero sí que hay muchos locos capaces de matar en su nombre.

ILUSTRACIÓN LORENA RAVEN


EL AMOR VERDADERO (EROS Y THANATOS) LADY NECROPHAGE El ritmo constante de aquel suave deslizar se propalaba a través de los lechosos corredores que conformaban la remodelada edificación. Había llovido bastante desde los tiempos, ya inmemoriales, en que el buen nombre de aquella, por desgracia, próspera empresa se erigiera como sinónimo de dignidad, respeto y seriedad. Dos siglos, ni más ni menos, eran los que trazaban un largo y anecdótico mapa sobre el restaurado armazón de la ilustre funeraria “Para Elisa”, curioso y musical nombre que su fundador, Eduardo Cambaine, eligiera como homenaje a su primera hija fallecida en terribles circunstancias, motivo principal que le llevó a la inversión en tan seguro negocio. Infinitos cambios se habían sucedido en el transcurso de aquellas dos centurias que, no en vano, habían apocopado su estructuración, ahora modernizada y transformada en un lineal y austero conjunto arquitectónico. Poco o nada quedaba ya del espíritu Cambaine, interfecto entre la extinta regiedad que, un día, plagase de grandilocuencia aquellos defenestrados muros. Sin embargo, la proliferación de esta fiebre de contemporaneidad no impedía que el tránsito de la parca siguiese deslizándose, casi a diario, sobre vertebradas estructuras de rodante aluminio. Así mismo, la política de renovación del centro había sufrido otras tajantes variaciones, algunas de ellas referentes a las leyes filiales que rigiesen su estricto código laboral. No cabía duda que Cambaine había sido un hombre serio, un hombre aferrado a la matriz de sus ilusiones; espejismo vilipendiado por la abulia de las nuevas y frívolas generaciones. Atrás quedaban esos días en los cuales una limitada sociedad familiar constituía la piedra angular de aquella institución erigida en el dolor. Ampliada la oferta de servicios funerarios, se había orquestado un ligero crecimiento que diera lugar al paulatino desarrollo de una plantilla conformada por ocho eficientes trabajadores. Ubicada en el marco de ese selecto y profesional sínodo destacaba una personalidad en concreto. Bautizado con el nombre de Iósif debido a los excesos de unos padres ideológicamente contradictorios, aquel ser solitario bendecía en silencio el despertar de la adormecida vocación que le fuese revelada hacía tan sólo cinco años. Su felicidad proliferaba entre las cuatro paredes de aquel siniestro pabellón, módulo situado en la parte sur de la construcción que se bifurcaba en dos pequeñas salas reservadas para los procesos de embalsamamiento. Perdido entre aquella vorágine de inyectores de cavidades, bombas succionadoras de fluidos, tubos nasales y demás variopinto instrumental, anhelaba el constante devenir de la privación del sentir, acepción rescatada de los textos de su alabado Epicuro, genio helénico del raciocinio que se había transformado en uno de sus principales referentes. Sí, Iósif era un gran amante de la cultura, filósofo donde los hubiese, devoto de las letras como pocos pudieran definirse. Disfrutaba de su profundo desglose analítico, del estudio pormenorizado de pensamientos ligados a toda época y cultura, pasión imprimida a fuego gracias a la prohibición de unos anclados progenitores. Precisamente, fueron tan estrictos e impuestos tabúes los que cultivaron esta secreta afición, proveniente de su rendición ante los preceptos clave del maniqueísmo freudiano. Eros y Thanatos, ambivalencias de la dualidad humana, fascinante concepción urdida por la mente de aquel maestro que tanto aportó al mundo de la psicología contemporánea. La tensión inevitable de estos confrontados instintos confluía en el interior de su pecho desbocado, dando lugar a cierta inquietud que sólo lograba aplacar mediante la comunión de aquella forzosa disparidad. Orgulloso de su determinación, recurría a imposibles fantasías en las cuales un rejuvenecido Sigmund le manifestaba su más ferviente y sincera admiración. Imaginaciones casi lúbricas que alimentaban su grandilocuencia.


Iósif había aprendido a amar la muerte con un énfasis desgarrador, prodigándose en su particular culto diario disfrazado de la más baja y terrenal de las formas. Se mofaba para sus adentros de la banalidad humana y su poder para abolir sentimientos como la culpabilidad o la deshonra. Sobre todo, deploraba esas tediosas costumbres que, en una determinada época del año, sólo servían para engalanar comerciales superficies, centros exhibicionistas de acartonados y alados ídolos que parecían dispersar un coro de invisibles saetas. Corazones mullidos, peluches esperpénticos y demás empalagosa parafernalia, descollaban entre la lista de objetos convenientemente elegidos para alimentar aquella absurda pantomima. Él era incapaz de predicar con tan innobles preceptos, prefiriendo entregarse a los dictados de las combativas pulsiones que le hacían abrazar la más venerada pureza. Escudado en la insustancialidad de su anodina presencia, el embalsamador se colmaba de gozo, dando rienda suelta a su infinita depravación. Mas quiso la sibilina casualidad que cierto acontecimiento malograse sus fines justo en el instante en que las manos del obeso funcionario se deslizaban, con fruición, sobre la piel apergaminada de un decrépito cadáver. Iósif había cometido un grave error, pues creyéndose resguardado en su particular fortificación, olvidó el espíritu precavido que siempre le acompañaba. Había olvidado clausurar el pabellón, eventualidad que le puso en manos de la silenciosa presencia que escrutaba con atención sus fogosos arrebatos. No le cabía la menor duda de que la noticia de sus parafílicas obsesiones se propalaría con el auge de un cauce vertiginoso. Lejos de apocarse o intentar agredir al inoportuno traidor, Iósif mantuvo todo el tiempo la altanería en su mirada, esperando pacientemente las consecuencias de aquel devenir inesperado. Poco podía importarle la índole oprobiosa que habría de pesar por los siglos sobre su cabeza, o el desprecio imperante en los semblantes de quienes se topaban frente a frente con la patizamba figura, pues recibía la indulgencia del destino como si de un regalo divino se tratase. Sí, era bien cierto que había perdido su trabajo y con él la pasión que daba sentido a su vida, pero también lo era que al menos podía disfrutar del inmenso placer de la libertad. Privilegios de trabajar en una empresa enemiga de la notoriedad, sociedad defensora de catapultar las verdades a golpe de billetera, sin duda el mejor de los consensos. Condenado al vilipendio, aquel cúmulo de adiposidad se dedicaba a soñar en compañía de sus filosóficos libros, coexistiendo únicamente con la salvaje naturaleza que bordeaba la desarreglada y vallada extensión en cuyo centro se alzaba una construcción de escasas dimensiones. Perímetro acomodado para cubrir las necesidades del abúlico trozo de carne. ¡Cuán lejano se tornaba el olor de su amada muerte entre aquellos parajes alejados de la mundanidad!, execrable sombra cuya proximidad comenzaba a desear con inusitado ahínco. Parecía que, finalmente, el peso de la desidia hubiese desestabilizado la misantrópica condición de Iósif, logrando sembrar en su interior una desconocida sensación de añoranza. La soledad y el sufrimiento se aliaban en una conjunción amenazante que predisponía su creciente vulnerabilidad. El desventurado Iósif no quería recordar el enorme lastre que pesaba sobre su figura repudiada, planteándose la vuelta al hipócrita redil que tanto hubo odiado en el pasado. Poco regía ya su obtuso entendimiento, enterrado bajo el peso de memorables recuerdos. Anclado en una tormentosa época de noches en vela, quiso un buen día el azar que el rostro del neurótico Iósif se transmutase en una mueca esperanzadora. Los primeros albores de aquella mañana lívida y otoñal fueron los testigos de tan repentino cambio. El forzado eremita se disponía a despejar su mente con la ayuda de un matinal paseo cuando sus ojos repararon en el curioso ítem que había sido abandonado junto a la herrumbrosa entrada de la parcela. Lejos de insuflar vida a sus precavidos instintos, el hallazgo consiguió emocionar profundamente al alienado embalsamador que, con presteza, se aproximó al sospechoso y oscuro maletín que más pareciera propiedad de un refinado ejecutivo. Al tomarlo entre sus manos, apreció el peso


mínimo del extraño objeto, así como su textura endurecida y satinada. Sin siquiera pararse a reflexionar acerca del insólito acontecimiento, cambió instantáneamente de planes, dando media vuelta con la dádiva aferrada entre los brazos. Casi imponía piedad la turbación de aquella mórbida y solitaria figura que, amparada bajo las cuatro paredes de su desvencijada y maloliente realidad, se devanaba los sesos en inútiles elucubraciones acerca del enigmático contenido. Temblando, sus dedos se acercaban a los cierres de acero niquelado que resguardaban el enclaustrado misterio. Con una dilación eterna, levantó las pestañas inferiores y liberó ambos enganches de su siniestra tirantez. Un sudorífero afluente se deslizaba a través de los pliegues de su frente ancha y protuberante. La caja de Pandora reveló su contenido de un modo sorpresivo y visceral. El rollizo cuerpo trastabilló en el aire cuando sintió la mordedura de la bífida alimaña que se abalanzó sobre su rostro constreñido en un rictus sorpresivo. La rauda acometida le permitió apreciar, únicamente, los ojos blanquecinos del curioso reptil de piel azabache que se movía con la presteza del mismísimo diablo. El incongruente ermitaño maldecía su profunda ineptitud entre desgarrados bramidos, coléricas maldiciones que brotaban a destajo de aquella garganta colmada de pánico. En un último y desesperado intento, trataba de arrastrar su peso derrengado a lo largo de la mugrienta superficie, pero los inminentes signos de parálisis ralentizaban el débil avance; densas brumas enturbiaban su visión, transformada en un cúmulo de humores cristalizados. El murmullo de aquellos labios tumefactos fenecía entre un coro de sibilantes jadeos. A su alrededor, la oscuridad garabateaba líneas de burbujeante impaciencia. El azote de una húmeda gelidez arrancó al vencido Iósif de sus turbias ensoñaciones. Todavía acertaba a sentir el peso de aquel agravado y general entumecimiento que, esta vez, venía acompañado de una insoportable cefalea. La intensidad del dolor que inflamaba su vientre le provocó un maremágnum de implacables náuseas. Extraviado en su creciente plumbeidad, pugnaba en pos de vencer el abotargamiento de sus párpados descoloridos. Salivales hebras brotaban de aquellos labios corruptos de los cuales comenzó a surgir una abrupta regurgitación. La intestinal y sangrante miscelánea se deslizaba por el saliente mentón, impregnando el tórax con la fétida bilis. Perdido en los surcos de aquella dimensión ignota, percibía los ecos de un murmullo distante, lejanas y entremezcladas voces que su pabellón auditivo interceptaba de forma esporádica. Sentada en posición cabizbaja con las manos aferradas a la espalda, la obesa figura había sido despojada de sus ropajes, exhibiendo sin decoro alguno un cúmulo de tibias adiposidades. Sintió el salvaje impacto que inclinó hacia atrás la hundida cabeza e, instantes después, notó la ligera presión que se posaba sobre los velos esponjosos que cubrían su mirada. Obligadas por la inercia, las dilatadas pupilas volvieron a reconocer la luz, obteniendo los primeros planos de un mundo desenfocado y turbio. A pesar del deterioro de sus funciones cognitivas y físicas, el enigma parecía despejarse con una terrible certeza. Inicialmente, creyó distinguir lo que parecía cabello matizado por un particular tono anaranjado; el rostro, ligeramente enjuto, mostraba un tono blanquecino e insano, singularidad que contrastaba con el tono grisáceo de aquella penetrante mirada. Cuando contempló la frialdad en el semblante Iósif creyó morir de pánico, pues no le cabían dudas acerca de su destino tras el descubrimiento que acababa de llevar a cabo. Imposible olvidar semejante faz que, para su desgracia, había sido capaz de reconocer incluso al borde de la locura. El encuentro sucedió durante una de esas raras ocasiones en las cuales Iósif se permitía un ligero descanso. La tarde estaba avanzada pero aún hacía algo de calor, el embalsamador había salido a disfrutar de su vicio por la nicotina mientras, ensimismado en sus pensamientos, bordeaba en un distraído paseo el perímetro del edificio. Quiso la casualidad que, al pasar junto a la fachada principal del recinto, se cruzase en su camino aquella efigie demacrada y esbelta. El hombre en cuestión se movía nerviosamente de un lado a otro, al tiempo que sus labios pa-


recían musitar algo ininteligible y angustioso. La escena despertó tal piedad en el interior de Iósif que éste, movido por un invisible resorte, se apresuró a extraer la pitillera del bolsillo de la chaqueta con la intención de ofrecer consuelo al cuitado personaje. Lejos de declinar la oferta, el transeúnte pareció receptivo y, una vez se hubo tranquilizado lo suficiente, abrió su alma de par en par ante la piadosa mirada del obeso funcionario. Resultó que su joven y bella hija de dieciocho años se encontraba postrada en el interior de una sala de velatorio. Iósif escuchaba la triste historia en silencio y sin pestañear, rememorando para sus adentros las delicias de aquel fragante cadáver al cual había profesado un amor infinito. La evocación de aquella joven y fría turgencia aún era capaz de avivar sus libidinosos instintos, por lo cual procuró abandonar tales ensoñaciones antes de que una fiera erección se adivinase bajo la tela de sus pantalones. A modo de consuelo, sin saber muy bien si su forma de obrar era o no la correcta, el embalsamador comenzó a divagar peligrosamente, liberando palabras más propias de la filosofía Shopenhaueriana. El especulativo Arthur, cómo a él le gustaba denominar a éste titán heredero de la filosofía de Kant, era otro de esos idealistas a los cuales guardaba infinita pleitesía. Y tomando prestados ciertos argumentos utilizados por tal filósofo prusiano, su intención era simplemente imbuir a su nuevo amigo en la realidad del acercamiento humano a este destino adverso aunque propiciado. Esperaba no estar sonando muy frío, porque aquello era lo único que sabía hacer, desglosar pensamientos y tomar el pulso de sus instintivos y freudianos estímulos. Y lo cierto es que su intervención estuvo cuidadosamente medida, pues el desconsolado padre parecía fascinado por la inteligencia del funcionario, tanto que le propuso terminar aquella conversación en otro momento. Iósif asintió complacido y, aunque no solía ser partidario de entablar amistades, antes de despedirse entregó una hoja de su agenda que contenía parte de sus datos personales. Inmerso en un mar de moribundos estertores, el gordo acertaba a discernir la furia de aquellos seres preñados de venganza. Una lágrima resbaló por sus mejillas cuando las borrosas retinas intuyeron el cortante brillo que titilaba entre las blanquecinas manos. El canto de su alabada libre concepción le había jugado una mala pasada. La justicia clamaba entre los labios de la furiosa comitiva que, expectante, solicitaba un acerado resarcimiento. El recuerdo de sus seres queridos y ultrajados, inertes efigies a merced de los arrebatos de aquella obsesa bola de sebo, avivaba la iniquidad de sus instintos encarnizados. Perdido en una comparsa de tenues silbidos pulmonares, suplicó que la ponzoña ofídica ganase terreno al sufrimiento….


PARA LAURA JOSE A. REYERO CHAMIZO Laura, temblorosa, volvió a mirar el reloj de su habitación. Cinco minutos, cinco interminables minutos habían transcurrido ya de las ocho de la tarde y Alfredo no había aparecido todavía. Era la primera vez que algo así ocurría y ella, muy intranquila, se sentía desfallecer, pues no dejaba de pensar en que algo le había sucedido. ¿Por qué se estaba retrasando si no lo había hecho jamás en los últimos cuatro años? Volvió a mirar el reloj para cerciorarse que su vista no la engañaba y que la potente medicación que estaba obligada a tomar no le había jugado una mala pasada. Siempre fiel a su cita y siempre leal a su compromiso, Alfredo, día tras día, había estado allí junto a ella, siempre atento y pendiente de sus más nimios e infantiles deseos. Con amor y perseverancia, dándole esperanzas y confianza en sí misma. Se sentía desnuda y desvalida sin él, necesitaba sus caricias, sus palabras de afecto y sobre todo su cariño, el gran amor que le prodigaba. Luchando contra el sueño que la anegaba durante todo el día, volvió a mirar el reloj: siete minutos. ¿Qué ha pasado, Dios mío? Notaba su ausencia como un ciego siente la falta de visión. Y le dolía, en lo más hondo le dañaba hasta límites insospechados. Por un momento pensó lo peor, que se había olvidado de ella o, lo que era más grave, que se hubiera cansado de esta insoportable situación. Pronto, invadida por la necesidad de creerlo así, dedujo que no, el cómo la trataba y cómo se desvivía por ella hacía imposible siquiera la mera idea. Pensaba en cuánto lo amaba y necesitaba y en cómo todo aquello empezó y se fue convirtiendo en lo que ahora sabía que era. Cuatro años de eterna permanencia junto a ella, cuatro años sin dejar de verla todos los días, cuatro años en dónde cada hora se hacía eterna cuándo él no estaba, si le faltaba, si le perdía… ¿Qué es el amor si no absoluta y total dependencia del ser amado? El no saber vivir sin él igual que no podríamos vivir sin corazón, cerebro o alma. Cuánto lo quería, cuánto lo ansiaba y cuánto lo necesitaba era algo que experimentaba como muy íntimo y doloroso al mismo tiempo. Arrebujándose en las sábanas volvió a echar un vistazo al reloj, el cual, torturándola, mostraba su paso inexorable; dos minutos más y él no venía. Miró la puerta con la ingenua esperanza de que se abriera solo por el hecho de desearlo y apareciera Alfredo para consolarla. Pero no fue así. La más abrumadora de las congojas se apoderó de ella y comenzó a llorar. Sin saber por qué y sabiéndolo fehacientemente. Esas lágrimas que no la dejaban ver, no la dejaban pensar, no la dejaban sentir, no la dejaban vivir. La fuerte medicación que le administraban iba haciendo su efecto y la fue sumiendo en un dulce aunque no deseado sopor; mientras ella luchaba contra el sueño, rememoró aquél fatídico y oscuro día en que le diagnosticaron el tumor, en las interminables operaciones, en todo el dolor sufrido, en todo lo que había perdido y en él, sobre todo en él. Ni una sola vez dejó de alentarla y de animarla, incluso en esos días horribles que ella sufría dolorosamente y donde lo mandaba de vuelta por donde hubiera venido. Cuánto había padecido Alfredo por su culpa y pese a ello, seguía a su lado sin flaquear ni desfallecer, aguantando todas sus quejas, reproches e incluso en los peores momentos, hirientes insultos. Poco a poco, la recalcitrante prescripción médica que le administraban por vena, terminó


de hacer su efecto, apoderándose de su mente y convirtiendo el sopor en un sueño cada vez más abrumador y persistente. No quería dormirse sin verlo antes, sin hablar con él. No quería... no podía consentirlo. Alfredo jamás le fallaría, jamás perdonaría la oportunidad de pasar una hora con ella, su hora, nuestra hora, la misma de los últimos cuatro años. Diez minutos pasaban de la hora y su amor no llegaba, hoy que tanto le necesitaba, hoy que le habían comunicado lo que le deparaba el destino, hoy que su vida se había doblado. Y las lágrimas la ahogaban y la medicación la adormecía y nadie venía a salvarla y nadie acudía a consolarla. Por fin sucumbió al sueño, agitado, inquieto y profundo y se hundió en la más negra de las penumbras en dónde las más terribles criaturas de lo onírico la esperaban para torturarla y atormentarla. Poco tiempo había pasado cuando oyó que alguien la llamaba por su nombre en la habitación. Esa voz la estaba llamando, suave y dulcemente, y de esa misma manera despertó. Alfredo se encontraba a su lado, en su silla de siempre, con su sonrisa de siempre y su contagiosa alegría de siempre. Pero algo era diferente y le costó un rato averiguar que era: no la sujetaba tiernamente de la mano como siempre. —Hola amor. ¿Qué te ha pasado? —le preguntó adormecida—. No has llegado a la hora. —Estoy aquí desde el principio, velando tu sueño y cuidando de ti como siempre, mi vida. Has tenido un sueño movido y estás intranquila, pero ahora estoy aquí, contigo, para siempre. Laura intentó darle la mano, pero él se lo impidió retirando la suya lo que la dejó algo perpleja. Alfredo le dijo: —No puedes tocarme, aún no estoy limpio, cariño. —Pensé que hoy no vendrías y me dolió tanto... Hoy me han dicho que… —Sssshhh. Descansa ahora. Siempre estaré aquí, siempre estaré a tu lado, jamás te abandonaré. No desesperes, ya sé lo que me vas a decir y está todo arreglado. Relájate y duerme, que yo velaré tu sueño. —Cariño, te quiero mucho, si no fuera por ello me hubiera dejado morir hace tiempo. No podría soportarlo sin ti, es tan duro y tan injusto…. —No pienses en ello ahora, supera tus miedos, pues pronto llegará el regalo que tanto tiempo llevamos esperando. Todo será distinto a partir de mañana. —¿Qué me has preparado, cariño? Sabes que no me puedo mover, no antes de que hagan el trasplante y el doctor diga lo contrario y además hoy…. —No te preocupes, todo está bien. Espera a mañana que será un nuevo día y todo se arreglará. Vivirás mucho aún y disfrutarás de mi regalo por mucho tiempo —la miró con suma dulzura, tanta que ella se sintió renacer—. Laura, te quiero, no lo olvides, confía en mí. La medicación no sabía de amores, comenzando a presionar de nuevo haciendo que ella notara como iba cayendo otra vez en un plácido letargo. Cerró los ojos y sabiéndolo a su lado, se dejó llevar con una sonrisa en los labios. Él la protegería, él le había prometido un nuevo día y le creyó. Y se durmió, plácidamente se sumergió en el más profundo de los sueños. Y esta vez, los horribles espectros que habitaban sus pesadillas se escondieron en lo más profundo de sus hediondos escondrijos, temerosos del brazo armado de su amado. —Laura, nunca te dejaré, siempre estaré a tu lado y siempre te esperaré —le dijo Alfredo entre sollozos—. Feliz San Valentín, mi vida. ***************** Martina volvía a la sala de guardia después de realizar la tercera revisión de habitaciones. Todo en orden, nada turbaba el silencio de aquella noche. Al llegar vio a Ernesto y a Alicia, sus com-


pañeros de guardia esa noche, sentados en el mismo sitio. Apuntó la ronda en el libro destinado al efecto, firmó y les informó: —Todo tranquilo. Casi todos están durmiendo o viendo la televisión. Nada fuera de lo normal y todos con sus medicaciones. —Oye —dijo Ernesto— la de la 215, ¿bien? ¿No te ha dicho nada? —Está durmiendo, ¿por qué? —No sé, hoy no ha venido su cuidador y suele quejarse cuando tarda. Además en la ronda de las ocho y media la oí hablando sola. —Pues está frita, nadie se ha quejado. ¿Cómo va la película, me he perdido algo interesante? —Nada que sea interesante. Una peli que ni fú ni fá —se levantó para servirse otro café—. Es lo que pasa con las películas que ponen todos los días de San Valentín: ñoñas y sin fuste. Una porquería lacrimosa y hollywoodiense. —Pues a nosotras nos gustan esas películas, insensible —respondió Martina con un mohín en el rostro y lanzándole un manotazo cariñoso. —¡Claro! Tías teníais que ser… —contestó Ernesto irónicamente soltando una risilla. En el mismo momento que Martina se sentaba sonó el teléfono. Alicia saltó del sillón, se dirigió a la centralita y respondió. Tras un largo rato volvió a la sala con la misma cara que si hubiera visto un cadáver andante. —¿Qué te pasa? ¿A qué viene esa cara? —Era el doctor Hernández —le costaba hablar—, dice que preparemos a la paciente de la 215, Laura Grisales. Tenemos donante y viene para acá. —¡¡Pero eso es estupendo!! Qué alegría se va a llevar… —Martina lo pensó mejor y le dijo—. Y entonces… ¿esa cara? —No deberíamos saberlo, pero el doctor Hernández me ha dado el nombre del donante. Dios sabrá cómo se habrá enterado —las lágrimas empezaron a aflorar en su rostro—. Es Alfredo, su cuidador. Se ha suicidado esta tarde a las siete y media.

ILUSTRACIÓN LORENA RAVEN


DISECCIONANDO ASESINOS EN SERIE ¡¡

(AITOR HERAS)

Las llamas lo devoran todo, mientras observamos como el fuego va devorando la casa poco a poco, en una danza macabra e hipnótica. La columna de humo negro que se eleva desde la casa que arde se pierde en el cielo azul como el agua de una botella vertida en un río. Ottis está a mi lado. Sus ojos inocentes e infantiles contemplan el espectáculo. No tarda en echar mano de la bragueta. Empieza a masturbarse, excitado y feliz. Nada le provoca más placer que incendiar casas como esa. Esta vez es especial. Por la ventana podemos contemplar como su dueño, un anciano, pide socorro. Ni siquiera sé si sabrá que somos nosotros los que hemos provocado el infierno repentino en que está inmerso, lo que lo hace todo más especial. Mi incansable amigo sigue con su onanismo, excitado, sin duda, por los gritos de dolor que el hombre emite, mientras el fuego quema su carne y su ser, su vida y su alma. Cada día me pregunto a dónde nos llevará el camino que hemos emprendido. Aunque no quiero dejarme llevar por el miedo. Disfruto con lo que hacemos. Desearía que no acabase nunca. Ya veremos.

HENRY LEE LUCAS Henry Lee Lucas (n. Virgina, 23 de agosto de 1936, m. Texas, 13 de marzo de 2001), fue un asesino en serie estadounidense. Nació en el seno de una familia desestructurada y fue el menor de siete hermanos. Su madre, Viola Lucas, era prostituta y su padre, Anderson Lucas, era alcohólico y discapacitado. Fue el peor asesino en serie de la historia de Norteamérica. Según su propia confesión, acabó con la vida de más de 900 personas.


Henry Lee Lucas era el prototipo de psicópata sádico con un historial realmente sangriento. Desde su niñez creció en un entorno familiar lleno de abusos, crueldad y humillación. Fue un hijo no deseado, y era golpeado y sometido a maltraro psicológico constantemente por su madre. Lo vestía como a una niña y le obligaba a verla ejerciendo la prostitución. Lucas no era su única víctima. Su padre, alcohólio al que le faltaban las piernas y utilizaba un carrito para desplazarse, era también agredido por ella. Henry Lee, desnutrido y sin educación, nunca desarrolló ninguna habilidad que le sirviese para dar algún significado o valor a su vida. Sus primeras experiencias sexuales, sobre los trece años de edad, consistieron en violaciones a ovejas y perros. Desde el primer momento relacionó el sexo con la muerte. Su padre falleció en 1950 en extrañas circunstancias. Tras discutir con su esposa, abandonó la casa, siendo encontrado congelado en el bosque. Tras su muerte Henry abandonó definitivamente su hogar e inició una prolífica carrera delictiva con pequeños robos, ingresando pronto en reformatorios y en la cárcel. Salió en libertad poco tiempo en 1959 y regresó a su casa donde, tras una fuerte discusión con su madre la asesinó, cortándole el cuello con una navaja. Fue sentenciado a prisión y posteriormente a permanecer cinco años en un hospital psiquiátrico, donde se le describió como un psicópata suicida, sádico y desviado sexual. Fue puesto en libertad en 1970 sin estar rehabilitado y se trasladó con su hermana Opal y con el marido de ésta, que le creían rehabilitado, hasta que terminó asesinando, poco tiempo después, a su perro. La siguiente reincorporación al mundo real fue distinta. Henry deseaba formar una familia, tener una esposa que cuidase de él e hijas que le mostrasen su afecto, a poder ser de manera explícita. Como no pudo esperar, fue a por una familia ya formada y, en 1977, se casó con una amiga de su hermana, madre de dos hijas (cindy, de ocho años y Kathy, de nueve). Mientras su esposa iba a trabajar él se quedaba en casa todo el día, abusando de las pequeñas. Su idea era tener relaciones sexuales con las dos, pero, debido al mal carácter de la pequeña, tuvo que conformarse con la mayor, aunque la obligaba a mirar cada vez que cometía los abusos. Aprovechó esta situación al máximo, pero la rutina sexual terminó por aburrirle, por lo que abandonó el hogar sin dar explicación alguna. Empezó a recorrer el país en su coche, conociendo en Miami a quien estaba destinado a convertirse en su amante e inseparable amigo, Ottis Toole, homosexual, pirómano, caníbal y asesino. Ottis, además, sufría un leve retraso. Ottis tenía un pasado muy complejo. A los siete años se vestía de niña. A los once mantuvo una larga relación con su hermana Drusilla, que duró hasta que ésta ingresó en un reformatorio. Luego se relacionó con un vecino homosexual, combinando sus aficiones sexuales con las de pirómano. Incendiaba una casa y se masturbaba contemplando el espectáculo. A los trece años ofrecía felaciones a los borrachos de su barrio. Cometió varios robos y acabó en el reformatorio. Entró y salió varias veces más de la cárcel por motivos diversos. A pesar de ello, Ottis tenía responsabilidades. Por el día cumplía de manera rigurosa con su jornada laboral, mientras que por la noche se dedicaba a satisfacer sus deseos pirómanos y sexuales. Henry y Ottis formaron una pareja perfecta. Henry no era demasiado fuerte, pero sí inteligente, y Ottis era capaz de tumbar a cualquiera de un puñetazo. Éste vio en Henry a una especie de iluminado. La autopista I-35, que atravesaba todo el país, se convirtió en su coto de caza. Viajaban en coches destartalados y, para ahorrar gastos, vivían y dormían en ellos. Al no lavarse ni


cambiarse de ropa nunca, el automóvil les permitía sobrevivir. A pesar de su mal aspecto y su mal olor eran simpáticos y eran capaces de congeniar con las personas. Cuando se ganaban la confianza de alguien, el otro reverso de su oscura personalidad salía a flote, matándole, abusando sexualmente de él y descuartizándolo. Nunca asesinaban a dos personas en el mismo sitio. Después de sus matanzas solían descuartizar los cuerpos y repartir los miembros por todo el país, lo que hizo muy difícil a la policía el reconstruir los casos. Su especial habilidad para matar sin ser descubiertos les permitió actuar por todo el país durante años. Henry tenía predilección por asesinar mujeres de ojos y pechos grandes. Primero fornicaba con ellas, quedaba insatisfecho, las acuchillaba o estrangulaba y las volvía a penetrar, ya que disfrutaba más practicando el sexo con un cadáver que con una mujer viva. Ottis, por su parte, prefería violar hombres, obtener placer sexual y matarlos después a tiros. No le gustaban las armas blancas y disfrutaba con la sensación de cowboy que recorría su cuerpo después de acribillar a alguien. Otras veces y en señal de amistad Henry ayudaba a Ottis en sus actividades pirómanas. La ocasión en que más disfrutaron fue la vez en que quemaron una casa con un anciano dentro. Contemplaron desde la calle cómo el hombre pedía ayuda por la ventana y moría abrasado. Ottis culminó la experiencia masturbándose allí mismo.

Las semanas en que Ottis regresaba a sus obligaciones laborales Henry seguía en solitario, dedicándose en exclusiva a las mujeres. Una ocasión, en 1978, conoció a una chica en el estacionamiento de un edificio y la invitó a subir a su casa. Henry, con su natural encanto, la convenció para tener relaciones sexuales. Ella aceptó, pensando que Henry era un hombre normal. Cuando éste comprobó que no podía llegar a eyacular la acuchilló y volvió a penetrarla. Tras el clímax, le introdujo una navaja por el ano. A principios de los años ochenta entró en escena la sobrina de Ottis, Becky Powell Tenía quince años, pero se comportaba como una niña de diez. Ottis la invitó a acompañarles en sus viajes y ella aceptó encantada. Con ella innovaron sus técnicas. El procedimiento consistía en que ella llamaba a la puerta de una casa, esperar a que abriesen y entrar en tromba. Becky se lo tomaba como un juego y pronto les cogió mucho cariño, en especial a Henry, quien la convirtió en su novia. Esa relación trajo problemas entre Henry y Ottis, ya que el primero decidió tomársela en serio.


Al poco tiempo la pareja empezó a trabajar cuidando a una anciana, Kate Rich, con la que estuvieron varios meses, hasta que Henry decidió reemprender su camino, acabando en una granja de predicadores denominada House of Prayer. Vivieron allí hasta que Becky sintió nostalgia de su hogar. Ésta le pidió a Henry permiso para ir a Florida a ver a su familia. La idea no le gustó, pensando que su familia la apartaría de él, aunque acabó accediendo. Iniciaron el viaje en autostop, hasta que tuvieron una discusión en medio de la autopista. Henry zanjó el asunto clavándole un cuchillo en el corazón. Acto seguido fornicó con el cadáver, en el que, según comentó después, “fue el mejor polvo con Becky”. Acababa de cometer el mayor error de su vida. No contento con elo fue a ver a Kate Rich diciéndole que Becky quería verla. En el camino hacia la granja Henry acuchilló a la anciana sin ningún motivo. El arresto sólo era cuestión de tiempo, ya que no fue difícil relacionar lo acontecido. La policía no tardó en dar con Henry Lee y, tras un par de interrogatorios, descubrieron que se hallaban, con probabilidad, ante el asesino en serie más sanguinario de la historia de Estados Unidos. Henry estaba cansado, no tenía ganas de seguir asesinando. Confesó los asesinatos de Becky Powell y Kate Rich, y docenas de asesinatos más, de los que ni siquiera era sospechoso. Ottis fue arrestado también por piromanía. Confesó haber acompañado a Henry en muchas de sus matanzas. Fue condenado a cadena perpetua. Henry Lee Lucas fue condenado a muerte, quedando la sentencia fijada inicialmente para 1998. Además de la crueldad de sus crímenes, los dos confesaron un hecho muy inquietante: Ottis aseguraba tener relación con una secta satánica, para la cual los dos asesinos secuestrarían niños, con los cuales se llevarían a cabo sacrificios rituales, pornografía dura e, incluso, películas snuff, en las cuales se tortura a la víctima y se la mata lentamente, mientras una cámara graba las escenas en un plano fijo. Según declaraciones de Toole: “Hubo una época en que ganábamos dinero vendiendo niños a México, que empleaban para hacer películas porno... otros los vendían directamente a gente rica... teníamos una especie de altar y les rajábamos la garganta, bebíamos la sangre y a veces cocíamos los cadáveres... a veces los nuevos miembros cortaban los cuerpos antes de follárselos... y después follaban a los animales y los mataban... y después había una gran fiesta durante la cual comíamos a alguien y a los animales...” Este asunto presenta gran cantidad de dudas, pues la policía nunca pudo probar la existencia de este grupo de satanistas como estructura organizada. El 13 de marzo de 2001 Henry Lee Lucas murió en su celda tras un paro cardíaco. Se cree que cometió 360 asesinatos, aunque en algunos interrogatorios confesó haber matado a 902 personas.


EN EL

OJO

DE ISIS

HABLEMOS DE MASONES

LA “SECRETA” SOCIEDAD MASÓNICA Encerrada en una atmosfera de misterio y leyenda….La masonería sigue siendo, aún en nuestra época una de las instituciones que más polémicas despiertan en mucha gente. ¿Será cierto todo lo que ha hablado la masonería? ¿Es verdad lo que se cuenta de ella? ¿Es una religión, una corriente filosófica? ¿Es una sociedad filantrópica preocupada por el destino de la Humanidad? ¿Es sinceramente una sociedad secreta? Y los Masones…. ¿Han sido responsables de todos los males de este mundo y las desgracias de la Historia? ¿Cuánto hay de verdad en esa leyenda negra, y cuánto en su leyenda rosa? Muchos, sino casi todos…piensan que esta sociedad misteriosa nos falsea lo que verdaderamente pueden ser, ¿una conspicua sociedad? Conviene andarse con ojo porque dado que demasiadas mentiras, y bastante humo. Debemos recelar de todo cuanto nos hablen, escuchemos e incluso leamos. Hasta incluso de mi propio artículo…Mantente alerta e incrédulo. Y si lo encuentras conveniente no creas ni una sola palabra. Al fin y al cabo es sólo mi toma de postura y de lo poco que puedo hablar sobre este “espinoso” tema. No me gusta comenzar la casa por el tejado, esta vez me permito la licencia de hacerlo así. En vez de comenzar por los orígenes míticos para después pasar a los históricos, lo haré al revés. Al principio para entender cómo nace la masonería hemos de tener en cuenta esto; los masones eran constructores 40


que durante la Edad Media se organizaban en cofradías, todas ellas perfectamente estructuradas. Se intercambiaban técnicas y conocimientos secretos sobre construcciones, que ellos se encargaban de guardar celosamente. Pero esto se pueden encontrar en cualquier libro...sin embargo en cierta ocasión me contaron una historia que se aparta bastante de la realidad…. Hermes fue el primer que instituyó escuelas, inventó las letras, las ciencias y las artes .Entre las ciencias , había una que no comunicó más que a sus sacerdotes con la condición que la guardaran.. En realidad no se sabe a ciencia cierta cuándo se formó esta sociedad, para ellos era como un secreto inviolable. Les obligó bajo juramento a no divulgarla, más que a aquellos a quienes tras largas pruebas hubieran sido capacitados para sucederles. Hermes fue quien instituyo los jeroglíficos, los redujo a categorías para después enviarlo a los sacerdotes. Dentro de sus sacerdotes hubo uno que era muy comunicativo, y aún siendo así, jamás divulgó lo que supo… Los jeroglíficos eran considerados como sagrados y se guardaban ocultos en los lugares más secretos de los templos. Sólo por la explicación de los jeroglíficos uno era iniciado, y sólo se daban estas explicaciones en lo que se llamaba el Santuario “sancta sanctorum” y después de mostrarse dignos de este conocimiento. En primer lugar aclaremos cual es el significado de la palabra masón, su significado no es otro que, “albañil” o también “cortador o tallador de piedras”. ¿Curioso, verdad? Lo son también conocidos como francmasón, esta expresión proviene de free-stonemasón. Era el nombre que recibían los albañiles de Inglaterra en el siglo XIV. Hubo varios tipos de términos, según las diferentes lenguas en los que se introdujo el término. Y como todo lo que es desconocido para muchos, llevó a causar grandes malentendidos. Para ser un masón era una condición indispensable ser un “hombre libre” libre en cuanto cargas sociales-familiares .Ya que todos los constructores de la época llevaban una vida itinerante, sin residencia fija. Una vida de nómadas, nunca se rigieron por la vida del lugar en que se encontraran en ese momento. Dado que las construcciones de la época eran casi todo catedrales, solían pasar mucho tiempo conviviendo. Esto dio lugar a que ellos mismos crearan este tipo de asociaciones, las famosas “logias”. Las logias eran sitios construidos por ellos mismos y donde solían reunirse los distintos gremios. Fue muy perseguida por la Santa inquisición porque según ellos; “Las cosas buenas siempre aman la publicidad; los crímenes se cubren siempre con el secreto”. Lo curioso de todo era que, una institución que actuaba con absoluto secretismo (Santa Inquisición), ahora perseguía la masonería y a sus adoctrinados. Si ellos actuaban con rituales secre41


tos, ¿Por qué los masones no podían..? El caso es que todo aquel que se supiese masón, sería condenado bajo pena de muerte por herejía. El porqué eran perseguidos no se saben bien a ciencia cierta. Es una de las razones por las que esta sociedad que no era secreta en sí, llevaba todo con absoluto silencio. Hay mucho de leyenda negra y mucho de rosa en todo este tema. Las dos opciones son válidas. El fin de la masonería ( el que conoce la gente de a píe) no era otro que un movimiento donde tenia cabida todas las tendencias favorables a mejorar moral, y materialmente al género humano. No era una mafia política, pero tampoco era una sociedad altruista dispuesta a ayudar a todo necesitado. Todos ellos eran iniciados bajo extraños ritos. Incluso dentro de la sociedad tenían prohibido hablar de ellos, aunque todos hubiesen pasado por los mismos ritos iniciáticos. Los masones se comunican con símbolos y bajo un misterioso lenguaje, eso hace que personas de distinta lengua y en cualquier circunstancia se le reconoce si es masón. Todos sin excepción del país, usan el mismo lenguaje de símbolos. ¿Qué se oculta en toda esa simbología? ¿Qué silencioso secreto masónico es el que llevan a cabo en los rituales iniciáticos? Este es uno de los muchos juramentos: “.............................. JURO GUARDAR SILENCIO DE TODO LO QUE HAGA, ESCUCHE....SOLAMENTE SABRÁN MIS HERMANOS.... EN CASO DE VIOLACIÓN DE ALGUNA LEY, QUE MI CABEZA SEA CORTADA, MI LENGUA ARRANCADA DE RAÍZ Y ENTERRADA EN LA ARENA DEL MAR SOBRE LA LÍNEA DE LA MAREA BAJA, O A DISTANCIA DE UN CABLE DESDE LA PLAYA DONDE LA MAREA FLUYE Y REFLUYE LAS VEINTICUATRO HORAS......................................................” . Podemos pensar dos cosas; Una, que los secretos eran de suma importancia y gravedad extrema, o que la masonería es un club social burdo donde unos señores se prometen ayuda fraternal con posibilidad de convertir el mundo en algo mejor, donde al perjuro y al traidor se le castigaba con duras penas. Los masones han estado perseguidos en España hasta no hace mucho (1979 ).Justo al año siguiente esta sociedad secreta, pasó a ser discreta. Antes se ocultaban, ahora ya no hacía falta, y todo fue por una razón política. Aunque con esto no quiero decir que no sigan llevando todo con extremado silencio, actualmente se conocen miles de “logias”. Incluso tiempo atrás, donde a la mujer no se le permitía ser adoctrinada, les fueron dando paso a mediados del siglo XIX. No había ninguna oscura razón por las que se negó el paso, muy simple.. Tan simple como que la mujer “es creadora de vida”, por tanto se suponían a la tutela de algún hombre. Fue-


se padre; si era soltera, o marido; si era casado. Por esa condición de creadora de vida, no se suponían libres. Las puertas de la masonería estaban cerradas para ellas. Hay mucha simbología en toda la masonería, diferentes grados de escala, y numerosos juramentos que se usan según el escalón de cada “Hermano” Se ha llegado a decir que es una secta satánica por el ceremonial de iniciación que usan para la iniciación al primer grado de Masonería. Es un ceremonial complicado al que han calificado de dramático, el que no se divulgue y no se explique con detalles es porqué podría ser desvirtuado. No perjudican a La Masonería....ellos piensan que el/la aspirante tiene que estar interesado y debe ir descubriendo por si mismo las sorpresas que le esperan. ACTUALMENTE YA NO SE OCULTAN BAJO TINIEBLAS, han salido a la luz, aunque siguen obligando a jurar solemnemente y no tienen más testigos que a los suyos. Siguen celebrando reuniones muy ocultas, maquilladas bajo reuniones de literatos o sabios que hablan de su amor por la civilización, mencionando que su única condición es mejorar la comunicación entra la sociedad. Los iniciados deben dar su palabra de obediencia absoluta, de fe ciega y de total secreto y absoluto silencio. De no ser así...se les castigará hasta con la misma muerte. Cuando la persona ha traicionado un secreto, juramento o desobedecido, no es raro darles muerte con tal destreza que el asesino burla las investigaciones de la policía y el castigo de la justicia. ¿Cuál es la naturaleza esencial de esta sociedad fraternal? No es una sociedad que maneje el mundo, como mucha gente puede pensar .En esta sociedad, como todo en la vida; hay manzanas buenas y otras podridas. En el caso de La Masonería, la manzana podrida no corrompe al resto. Pero, inevitablemente de esta corporación tan antiquísima, surgió otra...y esta es bastante actual .La manzana podrida en este caso fue la corporación de los Iluminatis, Pero como os dije al principio...permitíos la licencia de dudar, de juzgar, e incluso de no creer nada de lo acabáis de leer. A menos que seáis afiliados de esta doctrina....

ISIS DE ABATON


TONY JIMÉNEZ

Sinopsis: Manhattan, Nueva York. Lisey, la tormenta del siglo, se acerca a la isla. La lluvia, las inundaciones y la oscuridad se harán con Manhattan durante toda una semana, lo cual provoca que la mayor parte de sus habitantes evacuen sus hogares, aunque no todos, pues el antiguo hotel conocido como el Chapel, convertido en un bloque de apartamentos, sirve como refugio a muchos de sus vecinos. Sin embargo, el lugar esconde muchos secretos, siniestros misterios que sobrevuelan el tenso ambiente que se libera cuando llega la tormenta, una tempestad sin precedentes que oculta tanto como el viejo edificio. Es posible que los habitantes del Chapel no sólo tengan que preocuparse por el interior de las entrañas del antiguo hotel, sino también por lo que trae Lisey, cosas horribles que poseen siete días para convertir Manhattan en un infierno. Y todo comienza con una gota de sangre en la lluvia. VISITA EL FACEBOOK DEL LIBRO AQUÍ


EL GORE MÁS GORE (LA FÁBRICA)

Los alicates se cierran con fuerza sobre uno de los dientes, haciendo que su dueño abra los ojos espantado e intente proferir algún tipo de suplica. Todo ello es inútil. Su torturador tira con fuerza hacia atrás, arrancando la pieza dental de su hueco, originando un reguero de sangre que resbala por la barbilla y continúa por el pecho desnudo de la víctima. El grito es desgarrador, llenando cada hueco de la fábrica abandonada donde se encuentran. Intenta, una vez más, liberarse de la silla donde está, pero las ataduras de manos y pies son consistentes, hasta el punto de presionar la piel y dificultar la circulación sanguínea. —No lo repetiré más –dice el interrogador, depositando los alicates en una mesa de metal, junto a diversas herramientas. —¿Dónde tienes a mi hija?. —No sé de qué me estás hablando. —El hombre de la silla solloza, su cuerpo desnudo temblando de arriba abajo. A sus pies, en el suelo de cemento, se observa un charco de orina con grumos rojos, fruto de la fina y larga aguja que su torturador introdujo y sacó, previamente, por el pequeño agujero del pene. —Por favor, suéltame. Te juro que no diré nada a la policía. El hombre le propina dos fuertes puñetazos, impactando uno de ellos en el puente nasal, produciendo que el hueso se rompa como una nuez. El resultado es un amasijo sanguinolento donde antes estaba la nariz. —¡No me mientas, hijo de puta! —exclama, con los nudillos de los puños raspados y salpicados de sangre. —Puedes pararlo. Sólo dime lo que quiero saber y todo terminará. —Ya te lo he dicho, no sé nada. —Mira a su interrogador con un único ojo, ya que el otro lo tiene cerrado a causa de los golpes. —No sé quien es tu hija, y tampoco quien eres tú. El torturador cierra los ojos y se los masajea con dos dedos, soltando un suspiro de hastío. Pasan segundos sin moverse, como si estuviera cavilando su próximo movimiento. Durante ese tiempo, el hombre de la silla no para de suplicar y balbucir. Finalmente, el interrogador se mueve hacia la mesa plateada y coge unas tijeras de grandes dimensiones, girándose hacia su víctima con una mirada demente. —Te odio por obligarme a hacer esto. Se agacha frente a su presa y, con una mano, agarra uno de sus genitales y tira del pellejo hacia atrás, mientas con la otra mano acerca las tijeras y pone la piel entre las dos cuchillas cortantes. Con un certero movimiento, baja los dos filos. Otro grito, está vez más desgarrador, vuelve a llenar el vacío. La melodiosa música del timbre suena una y otra vez, acompañada de fuertes golpes en la puerta. Mike se preparaba para irse a la cama, con un libro en la mano que leer arropado hasta la cintura. Se dirige a la entrada de mal humor, preguntándose quién puede ser a estas horas, oteando por la mirilla antes de abrir. —Carol, dios. ¿Sabes qué hora es?, ¿va todo bien? —pregunta, una vez que su cuñada se adentra apresuradamente en el salón. —¿Has visto a Alex?, ¿ha venido hoy por aquí?. —Carol no para quieta, mirando como una loca por toda la casa como si su marido fuera a aparecer por arte de magia. —¿Te ha llamado? -¿Mi hermano?.... no, no. No le he visto desde hace un par de días. —Mike observa como su cuñada está al borde del llanto, mordiéndose las uñas como una posesa. —Carol, venga, tranquila. Siéntate y dime qué pasa. —No se ha presentado en casa y el móvil lo tiene apagado. He llamado al trabajo, a su gente, pero nadie sabe nada. — Se desploma sobre el sofá, con las manos en la cara y dando rienda suelta a esas lagrimas reprimidas. —Tengo miedo de que haga una locura, Mike. Ya sabes


que no es el mismo desde lo de Judith. Está obsesionado, como ido. La hija de Alex y Carol había desaparecido hace dos meses cuando jugaba tranquilamente en el parque, como todos los días. Ese día estaba con Alex, alegando, posteriormente, a la policía, que sólo había perdido de vista a su hija durante unos segundos. No había visto a nadie sospechoso, ni había oído a su hija gritar ni algo parecido que le hubiera hecho ponerse en guardia. La llamó y buscó desesperadamente, pero era como si la tierra se la hubiese tragado. Pasaron los días y la investigación no daba resultados, no habiendo indicios o rastros con los que poder trabajar. Alex se obsesionó y encerró en una espiral de auto culpa e ira. Carol le reprochaba que le necesitaba a su lado y que también era su hija. No era justo que pasase por ese trance ella sola, con un marido ausente. —Carol, no te preocupes. Querrá desconectar dando una vuelta, él solo. Está pasando por un mal momento. —¡Judith también era mi hija, Mike! —exclama Carol, levantando la voz y mirándole con ojos lacrimosos. —Esto es una puta mierda. —Vale, esto es lo que haremos —dice Mike, agarrando dulcemente a su cuñada por los hombros. —Vamos los dos a dar una vuelta en coche a ver si le vemos. Seguro que esta por ahí errando o, incluso, camino de casa. Carol asiente lentamente, rozando la mano de Mike con ternura e intentando fingir una sonrisa. Instantes después, los dos van montados en el coche en busca de Alex. —Esto va a doler. Puedes empezar a gritar ya. Alex introduce un destornillador en el ombligo de su presa, empujándolo hasta que no da más de sí. Acto seguido, lo empieza a mover en círculos de forma rápida, asemejándose a una batidora en un molde. El ombligo empieza a sangrar copiosamente, acrecentando por los estertores del sujeto de la silla, el cual se retuerce como un pez fuera del agua, profiriendo gritos que helarían la sangre a cualquiera. La imagen que presenta es indescriptible, con su cuerpo desnudo lleno de sangre y piel levantada. Hay partes que están irreconocibles, sustituidas por una masa de cartílagos y huesos rotos. Un hedor asqueroso sale de debajo de la silla, originado por el cúmulo de heces y orín que ha soltado la víctima. —Por favor….para….tengo dinero. Te daré lo que quieras —suplica a su verdugo, babeando y moqueando como un recién nacido. —No quiero tu puto dinero, escoria. —Alex se agarra a los posa brazos de la silla, acercando su cara a centímetros del otro hombre. —Quiero que me digas donde esta mi hija y porque te la llevaste. Sólo entonces pararé. Hasta entonces, tengo un montón de cosas en esa mesa que aun no he utilizado. —¡No sé de qué me estás hablando!, ¡nunca haría daño a nadie, y menos a una niña! —El hombre escupe las palabras, mezclándose sus lágrimas con la sangre que baña su rostro por todos sitios. —Tengo una mujer y una hija, solo quiero volver a verlas. Por favor, suéltame. Alex le mira con detenimiento, sopesando cada palabra dicha. Se muerde el labio con rabia, dirigiéndose a la mesa plateada de donde coge un punzón de punta afilada y alargada. Lo alza y observa con curiosidad, como si tuviese ante sí el Santo Grial. Se gira y en sus ojos un par de lágrimas asoman, lo que hace que el hombre de la silla tiemble de nuevo ante esa imagen dantesca. —Yo también tenía una hija —dice Alex, acercándose con el punzón a la silla. —Por lo que entenderás porque hago esto. Quiero pensar que tú harías lo mismo por la tuya. Introduce el instrumento en la oreja del hombre, poco a poco, desapareciendo la punta en el interior del oído. Cuando solo queda un poco por meter, Alex alza la mano y golpea el mango con fuerza, haciendo que el punzón avance con violencia. .


La sangre empieza a manar con ganas. Los gemidos y lamentos de su víctima alcanzan cotas inimaginables, retorciéndose en la silla como si lo estuvieran electrocutando. —Deja que te explique una cosa —dice Alex, tirando el punzón al suelo y secándose la frente con un pañuelo. —Cuando la policía me dejó claro que la investigación se había estancado, sabía que tenía que hacer algo. No podía quedarme en casa encerrado y auto compadeciéndome. Peor que un hijo muerto, es no tener un cuerpo que enterrar. No saber que ha sido de él. Coge una botella de la mesa y bebe un trago largo, echando el resto sobre el pelo de su víctima —Durante días peine los alrededores del parque en busca de alguna pista, —continua Alex su historia. —y justo hoy, en esta fabrica próxima al parque, te encuentro a ti. Y no sólo eso, sino con una prenda de mi hija en tu bolsillo. ¿Qué te daría a ti que pensar? Alex enarbola un pequeño calcetín rosa delante de su receptor. Se encuentra deshilachado por un lateral y presenta un pequeño agujero en la punta. —No había visto eso en mi vida, te lo juro. Y mucho menos lo llevaba conmigo. —Su voz empieza a sonar más apremiante cuando ve a Alex asir un martillo y dirigirse hacia él. —Tienes que creerme por favor, si supiese algo ya te lo hubiera dicho. —Estoy seguro de que no me lo has dicho todo. —Se agacha y levanta el martillo sobre uno de los dedos del pie. —Pero tranquilo, no tengo ninguna prisa. Baja el martillo con fuerza y ve como el dedo gordo se chafa, hundiendo la uña para dentro. El vehículo de Mike encara el camino pedregoso que lleva al polígono abandonado, un cementerio de fabricas y almacenes antaño llenas de actividad y trabajadores. Llevan más de dos horas buscando por los sitios que frecuenta Alex, habiendo sido infructuosos todos los intentos por localizarle. Finalmente, en un último intento desesperado, Carol propuso buscar por este infesto polígono. La obsesión de su marido por la desaparición de su hija le hacía pensar que lo mismo estaba por la zona, ya que el parque donde solía jugar su hija estaba a pocos kilómetros de aquí. —¿Sigue sin dar señal? —pregunta Mike a su cuñada, mirando a ambos lados del camino en un intento de vislumbrar alguna silueta. —Nada, apagado como las cientos de veces anteriores —contesta Carol de forma cansada y cerrando el móvil con vehemencia. —Escucha, Carol. Se está haciendo tarde. Lo mejor es que… No termina la frase, ya que un grito desgarrador llena el aire, proveniente de la fábrica próxima por la que están pasando. Mike frena de golpe, bajándose a toda velocidad junto a Carol. Los dos corren hacia el origen de los gritos, los cuales no hacen más que aumentar en intensidad. —¡Carol, cuidado! —grita Mike a la carrera, luchando por adelantar a su cuñada. –No sabemos quién hay dentro o lo que podemos encontrarnos. —Podría ser Alex y necesitar ayuda. No hay tiempo que perder, Mike. Con pasos acelerados llegan a la entrada de la fábrica, un rectángulo de cemento lleno de pintadas y goteras de agua. El espacio por dentro es amplio y lleno de vigas desvencijadas y oxidadas. Papeles y basura de todo tipo cubre el suelo por todos sitios. Pequeños roedores se esconden entre los miles de agujeros que presenta el lugar. Al fondo, una silueta se encuentra agazapada frente a una silla de madera, golpeando algo en el suelo con un martillo y gritando como un loco. Carol se acerca despacio seguida de Mike en todo momento. Según se aproximan el horror de la escena les hace retroceder.


—¿Alex? –pregunta Carol, con duda y miedo en su voz. La silueta se da la vuelta y Carol y Mike comprueban la dura realidad. Alex se encuentra desnudo, con el cuerpo lleno de sangre y tiras de piel levantada. Uno de los ojos se encuentra cerrado con signos de contusión, al igual que una de las orejas presenta un aspecto siniestro, como si hubiera sido perforada. Del ombligo y el pene salen salpicones de sangre que se mezclan con el charco de orinas y heces que hay en el suelo. Pero lo más aterrador para los dos es ver como Alex tiene la mayoría de los dedos de los pies aplastados, originado por el martillo que sostiene. —Dios mío, Alex. ¿Qué coño te has hecho? —pregunta Mike, conteniendo una arcada. —Carol, Mike, estáis aquí —dice Alex, con un semblante alegre. —Estoy a punto de encontrar a Judith. Este hijo de puta lo sabe, tenía el calcetín de ella encima. —Alex, cariño, ¿Qué estás haciendo?, ¿con quién hablas? —Carol se acerca llorando a su marido, se agacha con cuidado y le toca la cara con delicadeza. —Este calcetín es de la habitación de Judith, ¿Por qué lo has cogido? Alex, ¿Qué coño te pasa? —¡No, no, no!...¡lo tenía él!...¡díselo, cabrón, díselo! —Alex empieza a golpearse con el martillo otro de los dedos ante la atónita mirada de Carol y Mike. —Habla, hijo de puta. Mike no pude más y vomita en el suelo. Carol retrocede aterrorizada viendo como su marido se auto mutila. Cuando termina se acerca a él y empieza a zarandearle por los hombros. —Alex, aquí solo estamos nosotros tres. No hay nadie más. —Su marido empieza a gritar como un loco y a revolverse, propinándole Carol un fuerte bofetón. —¡Reacciona Alex, no hay nadie en la puta silla! ¡Para antes de que te mates! Alex golpea el suelo con la cara por efecto de la bofetada. Se acurruca en el suelo, balbuciendo y llorando como un niño. Poco a poco, vuelve a la realidad, viendo como la ficticia figura de la silla se desvanece. —Judith, cariño. Perdona, fue culpa mía todo —llora Alex.— Me merezco todo el dolor del mundo. Dios mío, solo quiero morirme. Carol abraza a su marido con ternura, susurrándole que todo irá bien, besándole el pelo y llorando sobre él. Detrás de ellos, Mike coge el móvil y marca el número de asistencia sanitaria.

(DAVID CARRASCO)


JAVIER VIVANCOS YO VI TU SILUETA El ganador del Premio Lituma 2006 y el Ciudad de Arnedo 2008 presenta Yo vi tu silueta, una cruda historia sobre la locura y la necesidad de ser amado. Contiene el diálogo ganador del Asesinos de Hemingway organizado por LibrosEnRed. Solo apta para estómagos como el tuyo... http://sacodehuesos.com/a-sangre/yo-vi-tu-silueta

Alicia recibe un inesperado mensaje de su ex novio. Cuando este decide “retomar la relación”, la rabia, la tristeza y la duda irrumpen en la acomodada vida de la estudiante. Malaconsejada por Sara, su compañera de piso, Alicia se abandona a un peligroso juego de burlas y provocaciones con trágicas consecuencias... ... cuando el vecino de al lado, un hombre trastornado y solitario que convive con un discapacitado meNtal, decide a su vez que ha llegado el momento de declararse a Sara con el fin de que la atractiva e hiriente joven ocupe el lugar de su anterior novia, fallecida en un dantesco accidente que es en realidad uno de los oscuros secretos que pesan sobre la conciencia de los Cabeza Vaca. Atrapada en las redes de una locura congénita, Alicia se ve obligada a ejercitar sus conocimientos de Psicología y a superar toda clase de temores y prejuicios para luchar por su vida. Pero la historia cambiA dramáticamente cuando se vislumbra una silueta conocida tras el cristal traslúcido de la jaula en que se halla la chica. Yo vi tu silueta mezcla el horror visceral, el terror psicológico, el drama familiar y las reflexiones sobre la psique humana y la importancia de la familia en la sociedad en la que vivimos. Armada como un tenso thriller en donde los personajes se van enredando entre sí con funestas consecuencias, en esta perturbadora novela aparecen temas como la soledad, la Guerra Civil, la obsesión, la Psicología, la superficialidad y la importancia de la familia en toda su crudeza. Javier Vivancos nació en Cartagena un viernes 13 de 1979. En una fecha así, solo podía haber venido al mundo un escritor de literatura de terror. Se diplomó en Trabajo Social y se licenció en Psicología, pero lo que más le interesa es escribir y dar rienda suelta a esas historias que de cuando en cuando pululan por su mente como almas perdidas que necesitan ser dirigidas hacia algún lugar más luminoso. Ha trabajado como corrector y como redactor. Tiene varios trabajos publicados, ha resultado ganador en certámenes de relatos como el Premio Lituma 2006, el Ciudad de Arnedo 2008 o el X Concurso de Relatos Eróticos de Cartagena, y además ha conseguido pasta con ello.


LA ENTREVISTA TONY JIMÉNEZ DORIAN ¿Quién es Tony y a qué dedica el tiempo en que no escribe? TONY: ¿Quién soy? ¿Quiénes somos? Es una pregunta que nos ha perseguido durante siglos, pero como no me quiero extender que si no luego dicen que soy un latazo en las entrevistas, diré que soy un escritor malagueño que le ha dado a esto de inventarse historias desde el momento exacto en el que nací. Siempre ha escrito, la verdad, siempre he disfrutado con ello pero no fue hasta 2003 cuando comencé a publicar mis cosillas para que más gente, además de mis amigos personales, las leyesen. Internet me dio la oportunidad de ir publicando relatos en diferentes webs, hasta que en 2009 me animé a tratar de publicar de forma más profesional, así que empecé a participar en convocatorias de relatos que dieron lugar a invitaciones en diferentes antologías y, en 2012, a la llegada de “Actos de venganza”, mi primera publicación en solitario. El resto… pues todavía está por escribir la verdad. Por otro lado, ¿a qué me dedico cuando no escribo? A mil cosas, la verdad. Leo bastante, veo mucho cine, soy bastante fan de los videojuegos, escucho música, hago ejercicio, obligo a mi gato a escribir mis novelas o estoy con mi pareja. No puedo decir que me suela estar quieto. DORIAN ¿Cómo te iniciaste a la hora de escribir y desde cuándo? TONY: En realidad, siempre he escrito. Hasta 2003, cuando publiqué mis primeros relatos en Internet, me limitaba a llenar libretas y libretas con mis historias cuando no me dedicaba a aporrear mi vieja máquina de escribir donde llevaba a cabo cuentos e intentos de novelas que pasaba a mis amigos. DORIAN¿Qué hay de ti en tu libro cinco tumbas sin lápida y por qué tocaste el tema zombi desde una perspectiva mucho menos típica, no querías ser uno más dentro de novelas denominadas como Z? ¿Qué recuerdos guardas de todo el camino recorrido con ésta novela? TONY: Hay mucho de mí en “Cinco tumbas sin lápida”. En realidad, siempre dejo algo de mí en cada obra que afronto, sobre todo en las que hago en solitario, ya que los relatos suelen dejar poco espacio para que uno se muestre más abiertamente. Pero dando detalles, ¿qué hay de mí? Bueno, el protagonista es un escritor que debe enfrentarse a los esqueletos que guarda en su armario, al pasado que vuelve para hincharle el diente. Diría que eso me ha pasado algunas veces y son momentos muy duros en los que si uno cae debe levantarse usando todas sus fuerzas. Se podría decir que George Campbell lo hace en “Cinco tumbas sin lápida”… con la inestimable ayuda de una motosierra. Además, la novela también habla sobre la pérdida y el dolor que ésta causa. ¿Cómo afecta eso a un escritor si encima es a su musa a quien pierde? Yo me volvería loco, la verdad y es lo que pretendía dejar de mí en el libro. Eso sin dejar de lado el hecho de que mi afición por el terror, tanto literario como cinematográfico, se puede encontrar fácilmente entre las páginas de “Cinco tumbas sin lápida”; referencias a obras de Stephen King, guiños a películas de miedo, etc, etc.


Sobre el tema zombi, es curioso que lo menciones, porque fue uno que se tocó dentro de la editorial antes de publicar la novela y que se descartó con rapidez. “Cinco tumbas sin lápida” no es una novela Z, y no quiero decir con esto que uso los zombis para contra otra historia u otra excusa diferente, no, es que es una novela de terror muy alejada de los zombis, sobre todo de los que conocemos desde que Manel Loureiro revolucionó la literatura nacional centrada en estos seres. Sí, en la novela hay muertos vivientes, pero también hay otros monstruos y el protagonista se enfrenta a otros horrores, humanos en muchas ocasiones, y estos dan tanto miedo o más que los sobrenaturales. En resumen, si me ofrecieran a publicarla en una línea Z me negaría porque no encaja por ninguna parte. Me encantan los zombis y la literatura dedicada a ellos, pero “Cinco tumbas sin lápida” no lo es. En cuanto a los recuerdos que guardo, algunos de ellos todavía se están formando porque para mi sorpresa, ahora hay mucha gente que está descubriendo “Cinco tumbas sin lápida”, sobre todo porque se esté redistribuyendo, al menos, los pocos ejemplares que quedan. Fue mi primera novela, me abrió muchas puertas, es una de mis obras mejor valoradas, he podido presentarla en Málaga que es mi ciudad, pude llevar a cabo una sesión de firmas durante Sant Jordi en Barcelona, mucha gente se ha acercado a mis trabajos gracias a ella y, además, es un homenaje directo a Stephen King y Sam Raimi, dos personalidades que me han enseñado a amar el terror. “Cinco tumbas sin lápida” es uno de mis niños favoritos y esa es la principal razón de que la secuela esté planteada. DORIAN No solo eres escritor, si no, también lector ¿Qué lees cuándo no escribes? Y, ¿Qué esperas encontrarte en los libros que lees? ¿Cuál es el último que has leído y como ves el tema literario español? TONY: Leo de todo, la verdad, pero especialmente leo terror, mucho terror. Mi género favorito como escritor y lector, sin duda. Lo mínimo que espero de un libro es que me ofrezca un rato de entretenimiento. Por fortuna, suelo elegir bastante bien, por lo que pocos me decepcionan al respecto, aunque alguno hay con el que he metido la pata por una u otra razón. ¿Mi último libro leído? Precisamente, uno que no es de terror, sino un libro de ensayo sobre la Cannon, la famosa productora cinematográfica de los 80. El libro se titula “Cannon Films” y fue el primero en editar Applehead Team Creaciones, la editorial con la que trabajo actualmente. El tema literario español lo veo bastante bien, la verdad. Soy de los optimistas, porque tengo razones para serlo y, porque si fuera tan pesimista como algunos, dejaría de escribir, así de simple o, mejor dicho, dejaría de publicar o intentarlo y escribiría nada más que para mí. En este tema debemos ser serios y ver bien lo que tenemos alrededor; cada día surgen más escritores con talento, cada vez hay más editoriales que nacen dispuestas a darlo todo y crecer hasta ser de las grandes, cada día aparecen más proyectos literarios interesantes en nuestro país y, afortunadamente, cada vez más editoriales grandes apuestan no sólo por autores españoles, sino por autores españoles especializados en el fantástico y el terror. En pocas palabras, estamos asistiendo a un momento muy dulce que debe mejorar en muchos, muchos aspectos, pero al que no le deberíamos arrebatar todo lo positivo que tiene por negativo que nos parezca el escenario en el que nos movemos. DORIAN ¿Qué esperas conseguir en el mundo literario? TONY: Seguir publicando como hasta ahora y que me sigan leyendo como hasta ahora. Soy un tipo que va con mucho cuidado en este mundillo porque no me gusta pillarme los dedos, así que vendo la piel del oso cuando ya tengo en mi casa el dinero que me han pagado por ella, así que


imagina. Todos los años digo que no me importaría quedarme como estoy a pesar de que mis objetivos sean seguir creciendo como autor y escalar peldaños en cuanto a publicar y llegar a los lectores. Me conformo con lo primero, pero si tuviera que pedir, pediría lo segundo, claro. DORIAN ¿Qué opinas de la situación editorial de hoy en día, se publica masivamente y sin criterio, o todos deben tener las mismas oportunidades? ¿Hay amiguismos en algunos grupos editoriales o entre escritores? TONY No creo que exista la inexistencia de criterio. Creo que los editores tienen mal o buen criterio, un criterio con el que acierten o con el que fallen, pero no creo que carezcan de él. He escuchado a editores decir con mucha claridad que publican ciertos libros porque venden, a pesar de lo malos que son. Eso es un mal criterio enfocado al lector, porque le estás vendiendo un mal producto y lo sabes, pero es un buen criterio para la editorial porque estás ganando dinero con ese libro, dinero con el que no sólo mantienes en pie a la editorial, sino con el que pueden publicar libros mejor considerados en cuanto a calidad. Sobre publicar masivamente, es cierto que a veces vemos publicados libros que nos hacen torcer el gesto, aunque hay que tener en cuenta que debe haber de todo en este mundillo y para todos los lectores. Sin embargo, no creo que se publique masivamente. ¿Cuántos escritores nacionales conocemos que publiquen novelas de forma regular? No tantos como parece. Ojo, digo de forma regular. Un ejemplo, cuando entré en este mundillo en 2009, Carlos Sisí acababa de publicar su primer libro, “Los Caminantes”; desde entonces ha lanzado un libro por año. ¿Todos los escritores que publican hacen esto? No, ni de lejos. Si las editoriales publicasen masivamente, el panorama sería muy diferente al que tenemos ahora, no sé si peor o mejor, eso sí. En mi opinión, hay que respetar el criterio de las editoriales ya que son ellas mismas las que luego aciertan o fallan, son ellas las que ponen la pasta, así que ellas sabrán. Podemos opinar, claro, y hacernos los editores por unos momentos, pero más allá de eso, ellas sabrán qué hacen. Dicho esto, me repito, no creo que se publique masivamente todo lo que llega. Sobre tener las mismas oportunidades, por supuesto que todos deberíamos tener las mismas oportunidades de publicar. Siempre lo he dicho: todos vamos en el mismo barco. No publicados, publicados, famosos, desconocidos, veteranos, novatos… Absolutamente todos aunque algunos prefieran ir en lancha motora o en moto acuática. Sin embargo, las oportunidades también hay que buscarlas, porque no se les pueden dar a autores con los que no se puede trabajar, a aquellos que no se esfuerzan, a esos que no trabajan y mucho menos a los que se niegan a corregir sus fallos para mejorar. Pero sí es cierto que hay muy buenos autores que por diversas razones no se han topado con esa oportunidad que necesitan. Sobre amiguismos en editoriales y escritores, ¡pues claro que los hay! ¡Gran pregunta! Los hay, por supuesto, unas veces más descarados que en otras ocasiones, pero si los hay en cualquier mundillo en el literario no iba a ser diferente. Eso sí, voy a defenderlos, pero con matices. Los amiguismos bien usados no son los mismos que los mal usados; un escritor puede tener contactos que le hagan llegar a una editorial que, de otro modo, no le haría ningún caso, lo que supone un tipo de “amiguismo” bueno; sin embargo, si en una convocatoria de relatos, un miembro del jurado elige un relato malo de un amigo por encima de uno bueno de un desconocido, entonces estamos ante un caso de mal amiguismo, uno que, encima, puede dar lugar a una mala antología en este ejemplo. Ejemplos de ambos amiguismos puedo poner miles. Yo he sufrido en mis carnes, sobre todo cuando empezaba, el mal amiguismo de algunos pocos compañeros que, evidentemente, de compañeros no


tenían nada. Recuerdo el caso de una antología en la que se me amenazó para que entregase a tiempo un relato, algo que hice y además me sobraron dos semanas. Pues bien, uno de los escritores famosos que teníamos en esa antología no sólo no entregó a tiempo el relato, sino que se demoró mes y medio en ello. En ese caso, se hizo un silencio sepulcral cuando, mes y medio antes, se andaban con amenazas e improperios. Este tema es bastante interesante y resulta curioso como se suele tratar bastante poco, y cuando se hace se toca con pinzas, como si hubiera un virus zombi en todo esto de los amiguismos cuando sabemos todos que es verdad. ¿El amiguismo es malo? Bueno, si monto una antología y me rodeo de amigos que escriben bien en vez de desconocidos, no sólo no es malo, sino algo lógico; cuando decido mentir sobre el libro de un amigo porque es un amigo, es malo, claro. No sólo se debería hablar de los amiguismos, sino dejarlos de lado, al menos, los malos. ¿Que es algo que está en todos los mundillos? Seamos diferentes y que desaparezca del nuestro. DORIAN ¿A la hora de leer y de publicar prefieres papel o digital? ¿Cual crees que será el fu turo entre ambos? TONY: Prefiero papel, la verdad. Tanto por mis gustos como el de mis lectores. “Cinco tumbas sin lápida” salió hace poco en digital y creo que se lo compraron cuatro personas, es decir, cuatro gatos a los que les agradezco profundamente la compra, pero hay que empezar a admitir que mercado de libros digitales en España todavía no hay, al menos, no a la altura del papel. Eso no significa que no me guste lo digital, porque tiene muchísimas ventajas. También inconvenientes, como el papel, pero numerosas ventajas. Yo mismo comencé publicando en digital, como he dicho más arriba, en diversas páginas web. No sólo no lo desprecio, sino que me parece un medio igual de válido que el papel para publicar y que nos lean. ¿El futuro para ambos? Convivencia. Así de simple. En el caso de que lo digital imperase, yo ya no estaré aquí para verlo, y mucho menos todos los que llevan anunciando la muerte del papel desde el nacimiento del siglo XXI. Con esto ocurre lo mismo que con el DVD y el Blu-Ray; en 2005 ya escuché por primera vez hablar de la desaparición del DVD y, sin embargo, y con el Blu-Ray ya asentado, el DVD sigue ahí y conviviendo, no siendo el hermano menor. Con los libros en papel y digitales pasa igual. Llevó leyendo que el papel está muerto desde el 2003, es decir, desde hace doce años. ¿Alguien lo ve muerto? Convivencia es el único camino, les guste o no a algunos. DORIAN Hablemos de tu último libro “Tormenta Sangrienta”, ¿por qué un libro tan largo y que encontraremos en él, véndenoslo? TONY: Nunca pensé en hacerlo tan largo, la verdad. Iba a ser al estilo de “Cinco tumbas sin lápida”, pero los personajes fueron haciéndose cada vez más reales, lo que para mí significa que hay que crearlos, darles historias, convertirlos en personas de verdad y eso requiere tiempo. Si “Drácula vs. la Momia: Batalla por Chicago” era una novela de acción y terror en plan pulp, quería que “Tormenta Sangrienta” fuera algo más serio, más reposado, para leer con tranquilidad, con todo el tiempo del mundo, para paladear.


¿Cómo os lo vendo? Se me hace difícil, porque para eso hay que decir maravillas del libro en plan marketing y soy mi primer crítico, jajaja. Venga, va, voy a intentarlo. A ver, “Tormenta Sangrienta” es una novela de terror, no un thriller sobrenatural, ni un drama con tintes fantásticos, ni una mezcla extraña de esas que acaban por sacar de cualquier género al libro en cuestión. Es terror puro y duro. Un homenaje a Stephen King y al director John Carpenter, uno de los grandes en cuanto al cine de terror. En la novela tenéis una extraña tormenta, un grupo de personas encerradas durante una semana entera en un hotel lleno de misteriosos sobrenaturales y, por supuesto, algún que otro secretillo que sólo podréis averiguar si os leéis el libro. Todo esto en una edición muy cuidada por Applehead Team Creaciones y a un precio estupendo. ¿Y habéis visto la maravillosa portada? ¿Lo he hecho bien? ¿Cuántos ejemplares he vendido? DORIAN ¿De dónde nació la idea de escribir este libro? TONY: De mi documento de ideas, la verdad. Aunque, sobre todo, de mi intención de alejarme del escenario de “Cinco tumbas sin lápida”. En ésta teníamos a un solo protagonista metido en una historia de terror con un pueblo maldito de por medio. En “Tormenta Sangrienta” los protagonistas son muchos, hemos cambiado la cabaña de George Campbell por el hotel Chapel y el pueblo de Shelter Mountain por la isla de Manhattan, en Nueva York. Quería hacer algo totalmente diferente a “Cinco tumbas sin lápida”, sobre todo para que los lectores no tengan que pensar “Oh, no. Otra vez lo mismo”. No es lo mismo, es cierto, pero sí tiene el mismo tono, es decir, estamos ante una novela de terror en la línea de “Cinco tumbas sin lápida” pero totalmente diferente en todo lo demás. DORIAN ¿Quién es tu mayor apoyo? TONY: Mi pareja, la artista a la que el mundo conoce como Almu CJ, autora de la portada de “Tormenta Sangrienta”. Siempre está ahí, tanto en lo personal como en lo profesional. Más que apoyo es mi musa, una muy real y que nunca me falla. DORIAN ¿Piensas que hay escritores que tienen grandes obras literarias y nadie apuesta por ellos por algo en concreto? Sí, totalmente. Hay cientos de ejemplos, pero creo que en este caso los motivos suelen ser similares: las ventas. Todos conocemos obras muy buenas que no venden un pimiento. Que un libro tenga un premio literario no quiere decir que venda mucho o que todo el mundo quiera leerlo. Hay veces que las editoriales deben arriesgar, eso es cierto, porque en algunos casos se acierta, pero tampoco podemos culparlas por no apostar por libros que, aunque buenos, no les van a dar beneficios económicos. Ellas piensan en eso, porque los autores no lo hacemos. ¿Te imaginas a un escritor guardando su excelente pero invendible novela en un cajón para no publicarla? Yo tampoco. Hay casos en los que las razones de no apostar por buenas novelas son diferentes. Sin embargo, esto a veces es una ruleta rusa, pero siempre se debe apostar por una gran obra, pero, repito, es difícil predecir cuáles de estas obras te van a reportar dinero o no. Cuando se trata de obras de autores noveles la cosa está difícil; es mucho más fácil cuando el escritor en cuestión tiene cierto recorrido. No publicar a un buen autor que además vende debería estar penado.


DORIAN ¿Aceptas las críticas consecuentemente o prefieres que te alaben ignorando posibles fallos? TONY: Siempre que sean críticas realizadas con respeto y educación, las acepto. Afortunadamente, sólo he tenido que afrontar una reseña de este tipo, y tampoco le di mucha importancia porque tenía pinta de que el que la realizó no se leyó del todo el libro. Lo fácil para mí ahora sería decir que lo mejor es criticar a un escritor porque así aprende. Esto no es cierto, no del todo al menos. Los ánimos empujan a seguir, y las críticas ayudan a mejorar. Una buena reseña debe contener tanto lo bueno como lo malo, teniendo en cuenta que hay formas y formas de señalar los fallos, claro. La mala educación yo la ignoro, pero los consejos los acepto con la mejor de las sonrisas y mi eterno agradecimiento. DORIAN ¿Alguna vez has pensado en dejar de escribir, o te ha dado el típico bloqueo? ¿Qué has hecho para remediarlo? TONY: Nunca. Pensar en dejar de escribir sería como pensar en dejar de leer, escuchar música o ir al cine. Afortunadamente, tampoco he tenido ningún bloqueo. Sí que he escrito relatos que me han motivado menos que otros, pero bloqueos ninguno, siempre tengo ganas de escribir e ideas que plasmar. DORIAN ¿Qué consejos le darías a alguien novel que quiere o desea empezar a publicar sus obras? Que escriba mucho y no se rinda nunca. Que no tenga miedo de pedir consejos, de preguntar, de comunicarse con quienes ya han publicado. Por supuesto, que lea mucho y que lea, sobre todo, a compañeros que ya han publicado. Que se implique, que se esfuerce, que tenga paciencia y que se apunte a todo. Y que tenga los pies en el suelo siempre. Pero, ante todo, que no se rinda nunca. DORIAN Si tuvieras que elegir un compañero español para escribir una novela conjunta ¿quién sería y por qué? TONY: Uf, pregunta difícil. Muy complicada porque la lista sería bastante larga, jajaja. Precisamente, ahora estoy con un proyecto a cuatro manos con un compañero al que no conocía y con apenas unas cuantas charlas ya sé que va a salir algo fantástico, al menos por su parte, de la mía tendréis que hablar vosotros cuando el libro se haga realidad. Sinceramente, no me puedo mojar porque esto sería tan largo como los agradecimientos de mis libros, pero seguramente si tuviera que elegir a compañeros para escribir una novela conjunta sería a aquellos con los que me llevase muy bien, con los que tuviera muy buen rollo y esos cuyas referencias fueran prácticamente las mismas que las mías. Ante todo, necesito llevarme muy bien con esa persona, pues de otro modo el proyecto podría acabar como “La matanza de Texas” versión sin censurar. DORIAN ¿Cómo es trabajar con una editorial joven como Applehead? ¿Por qué apostaste por ella? TONY: Es magnífico. Si todas las editoriales fueran como Applehead el mundillo iría mucho mejor, os lo aseguro, sobre todo en lo que respecta al trato con el autor y la atención que me prestan. Y, bueno, sobre el resultado de los libros, sólo tenéis que observar “Tormenta Sangrienta”, con un acabado tan profesional que hasta a mí me sorprende que sea el segundo libro que han publicado.


En realidad, los chicos de Applehead apostaron por mí. Cuando me reuní con dos de sus editores fue porque tenían un proyecto que ofrecerme. En mitad de la conversación uno de ellos mostró deseos de publicar novelas de terror, pero querían comenzar con una de buen tamaño; fue entonces cuando les comenté que tenía una novela que otra editorial no estaba ni leyendo ni moviendo. Les pasé “Tormenta Sangrienta” y quedaron encantados. Fue todo cosa de ellos. Uno de esos golpes de suerte que tengo. ¿Qué me dio confianza de los chicos de Applehead? Sólo me hizo falta tener una reunión con ellos, ver su primer libro y, bueno, a uno de ellos ya le conocía de antes y guardábamos una buena amistad. ¿Se puede pedir más?

DORIAN ¿Qué significan para ti tus lectores? TONY: Todo. Sin mis lectores no existiría. No tendría mucho sentido escribir y publicar, en definitiva. Son lo mejor de escribir y publicar, ver cómo disfrutar con mis historias, recibir sus comentarios, que me manden fotos con mis libros, que comparten la publicidad de los mismos, que te pregunten cositas sobre las novelas en privado… Son lo mejor. Dicen que los lectores de terror son de los más agradecidos de la literatura, pues yo voy más allá: mis lectores son los mejores de entre los lectores de terror. Los agradecimientos de mis libros son tan largos por ellos, porque tengo que agradecerles mucho. DORIAN ¿A quién crees que le gustará más y a quién menos tu última novela? TONY: A los fans de la literatura de terror creo que les gustará. A los que crean en leer tranquilamente un libro largo, sin prisas, saboreándolo. A los fans de Stephen King. Los fans de John Carpenter se van a divertir bastante captando los guiños que he ido metiendo. No le gustará nada a quien no le mole el terror literario. DORIAN ¿Qué proyectos futuros tienes entre manos? TONY: Este 2015 es el primero año que comienzo con proyectos apalabrados con muchas, muchas opciones de salir sí o sí. Es una lástima que apenas pueda hablar de ellos, pero, sin desvelar mucho, diré que mi siguiente libro no es una novela y que llegará, si todo va bien, en el primer semestre de


este 2015. El siguiente proyecto llegará más tarde y será, como he indicado más arriba, un libro con otro autor. ¡Ah! Y quizá saque nueva antología de terror, aunque este proyecto está muy en el aire. No sé si todo esto se hará realidad porque he aprendido a no pillarme los dedos, pero son tres proyectos bastante avanzados que espero que os gusten si al final salen a la luz. DORIAN ¿Crees que te han ayudado las redes sociales a difundir tu libro? TONY: Por supuesto. En cuestión de editoriales pequeñas y medianas, y los autores que trabajamos con ellas, las redes sociales son totalmente imprescindibles. Sin Facebook, tengo claro que es bastante probable que no hubiera siquiera publicado todavía un solo libro en solitario, y eso sin hablar de las ventas. Muchas de ellas se hacen por Internet, por gente que me conoce por las redes sociales. Repito, sin imprescindibles. DORIAN ¿Qué puesto ocupan las redes sociales en tu vida? ¿Piensas que el facebook es una manera de venderse o que simplemente es para crear grupos demasiado cerrados que no dejan entrar a gente nueva que está intentando publicar? TONY: Ocupan un puesto muy importante en mi vida diaria, y no sólo para difundir mis obras sino, principalmente, por mis contactos, compañeros y amigos a partes iguales. Gracias a las redes sociales uno puede considerar como amigos a personas que viven muy, muy lejos y, en la mayoría de los casos, son personas a las que nunca voy a conocer cara a cara debido a eso, la maldita distancia. Para mí las redes sociales son como un bar, como el salón de una casa en el que puedo reunirme con la gente que me importa y cuya amistad tengo. Sí, Facebook es un buen sitio para venderse, como decía más arriba, imprescindible y muy, muy útil. Pero también es un lugar donde, efectivamente, hay grupos cerrados que no dejan entrar a gente nueva que intenta publicar, aunque esto es algo que se ve en muchos mundillos, no sólo el literario. Esto se soluciona de manera muy simple, comprendiendo que vamos todos en el mismo barco y que todos, repito, todos, comenzamos siendo recién llegados. Sí, habrá autores que no lo entiendan, pero son una minoría; siempre habrá quien nos eche una mano cuando somos los nuevos del lugar. DORIAN ¿Por qué crees que algunos eligen la auto publicación? ¿Se tienen más ventajas o desventajas al decidirse por ello? ¿Son justas algunas críticas? TONY: Hay muchos motivos para autopublicarse, sin embargo, yo siempre encuentro uno que se repite con frecuencia: el rechazo. Los escritores envían sus manuscritos a las editoriales y, cuando éstas les dicen que no, deciden autopublicarse, lo cual es excelente, ¿cuántos éxitos se han perdido así las editoriales convencionales? Muchos, sin duda. Lo malo es cuando los escritores mienten y alegan que las editoriales no les han convencido y por eso se autopublican cuando, en realidad, vienen de ser rechazados una y otra vez. Otra razón por la que algunos escritores eligen autopublicarse es por lo que tardan muchas editoriales en contestar. Las pequeñas y medianas, si lo que envías encaja en sus catálogos, suelen responder en muy poco tiempo, pero con las grandes la historia cambia. De este modo, no es raro dar con escritores que prefieren currarse sus propios libros y autopublicarse de la forma que prefieran antes que estar


esperando a que una editorial les conteste, si es que al final alguna lo hace, claro. Estas son las dos principales razones que he encontrado en compañeros escritores a la hora de autopublicarse algo que, repito, me parece excelente y muy respetable. Yo mismo he pensado en hacerlo alguna que otra vez ya que es una estupenda opción en caso de que la edición tradicional no nos convenza por un motivo u otro. ¿Se tienen más ventajas o desventajas? Creo que las mismas en ambos casos que en la edición tradicional. Por ejemplo, tener una editorial que te respalde ayuda en infinidad de aspectos editoriales, pero con la autopublicación uno tiene el control completo de su obra, sobre todo a la hora de cobrar, elegir la portada, maquetar y venderla como nos plazca. ¿Si son justas las críticas a la autopublicación? No, en absoluto. Se tiende a generalizar demasiado, apoyando la mayoría de comentarios negativos en el hecho de que un trabajo autopublicado está menos cuidado que uno que ha pasado por una editorial y, en parte, hay algo de razón en eso… pero tampoco es una verdad absoluta. Como se dice, hay de todo en el mundillo, e igual que hay libros que sacan editoriales de prestigio en ediciones muy cuidadas, hay autopublicados que lanzan novelas muy, muy mimadas, y viceversa. Sin embargo, es cierto que para autopublicar sólo hace falta escribir y poco más, mientras que en una editorial hay personas que tienen que aceptar lo que les mandas, es decir, se pasa por un control de calidad, por así decirlo, o es lo que se espera. También es cierto que mucha de la fama negativa de las autopublicaciones la logran los mismos autopublicados. Por ejemplo, afirmar rotundamente que las editoriales son todas unas ladronas es no entender el mundillo en absoluto, y convertirse automáticamente en un autor broncas que parece enfadado con la humanidad. Con comentarios como estos lo único que se consigue es que desde la edición tradicional se crea que los autopublicados son autores rencorosos y frustrados que pagan su mala pata con los demás, y no sólo se daña uno mismo así, sino que salpica al resto de autopublicados a los que se les queda la fama de unos cuantos liantes. Vuelvo a lo de antes: estamos todos en el mismo barco. Los autopublicados merecen tanto respeto como los publicados por vías tradicionales. Hay sitio para todos y todos deberíamos apoyarnos en vez de tirarnos piedras continuamente. DORIAN Por último, ¿nos honrarás con alguna colaboración en nuestro pequeño blog algún día? TONY: Sería un honor para mí, así que, ¡lo prometo!

¡Gracias Tony!


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Ilustrador. Nace sin estrella un martes 13 , en la planta 13, sobre las 13:00, una tarde de Agosto de 1985 bajo un sol abrasador en Madrid. Fue un niño tímido y larguirucho que dibujaba cosas, recordando con cariño a una profesora de primaria que le quitaba sus dibujos en mitad de la clase, descubriendo tiempo después que esta misma profesora se los guardaba todos en una carpeta, incitándole a que siguiera dibujando… Devoraba por la noche los libros de terror juveniles “Pesadillas” de R.L. Stine, imaginando y soñando lo que sería dar vida a esos personajes protagonistas. Años después se convirtió en un adolescente tímido y larguirucho que seguía dibujando cosas. Fue madurando su técnica de pintura, realizando pinturas al óleo, retratos, caricaturas, encargos particulares... Trabajando a su vez como operario en fábricas y laboratorios, de las cuales se llevaba unos cartones satinados para pintar sobre ellos, realizando varias exposiciones después en locales y bares de Madrid de estos mismos cartones. Poco a poco fue convirtiéndose en algo más que un hobby. Es en 2011, cuando, siendo un adulto tímido y larguirucho que seguía dibujando cosas, empieza sus estudios profesionales de ilustración, de la mano de grandes maestros e ilustradores como Juan Serrano, empezando a dominar y complementar las técnicas tradicionales de ilustración como gouache, acrílico, lápiz de color y acuarela, con las técnicas de pintura digital. Convirtiéndose de esta manera en un ilustrador completo y versátil, en continuo proceso de evolución y aprendizaje. Tratando de participar en todas las disciplinas artísticas y aplicaciones como sea posible: editorial, naturalista, ambientaciones, props… En 2013 realiza un cartel de cine para un proyecto de película argentina de terror clásico ¡Vivan los Muertos!. Consiguiendo publicaciones en la revista colombiana “Acine”, y gran difusión. En 2014 gana el concurso de ilustración al mejor cartel de San Valentín de Salamanca, con su obra digital “Madman Cupid”. Convirtiéndose actualmente en su actividad profesional, realiza trabajos para publicidad, story board, concept art, editorial… FACEBOOK DE ALBERTO AQUÍ BLOG DE ALBERTO AQUÍ


UNA DE DETECTIVES ALEJANDRO MORALES (ELEMENTARY Y SHERLOCK)

UN JUEGO QUE NO ACABA Y QUE AL PARECER NUNCA LO HARÁ Sin lugar a dudas, Sherlock Holmes es el más célebre discípulo de la Calle Morgue. No importa si no se han leído sus cincuenta y seis relatos o cuatro novelas, por no mencionar los muchos pastiches extra canónicos; resulta muy difícil que no se conozca la figura del más famoso detective consultor de todos los tiempos. El cine, la televisión, los cómics y los juegos de video han ayudado a hacer de la figura de Holmes un arquetipo que ha arraigado profundamente en el imaginario cultural de diversas sociedades, convirtiéndolo en uno de los pocos personajes de ficción que ha podido sobrevivir, y prosperar, al ser arrancado de su medio original. Extenderme en el tema resulta bastante atractivo, aunque riesgoso, pues plumas más capacitadas que la mía se han embarcado en empresas similares sin poder llegar aún a puerto alguno. Así que me limitaré a abordar, de manera muy somera he de decir, las más recientes encarnaciones que el detective de Baker Street ha tenido dentro de la pantalla chica. El televidente de hoy en día tiene a su disposición dos series que nos narran las andanzas de Sherlock Holmes en la actualidad. Aunque ambos shows televisivos parten de una premisa idéntica, en la ejecución no podrían ser más diferentes. Elementary, serie de manufactura estadounidense que no ha sido capaz de capturarme y que se aleja bastante de lo canónico, nos ofrece un Holmes en post rehabilitación, quien hace lo mejor que sabe hacer en circunstancias y al lado de personajes que aunque conocidos de toda la vida, se nos presentan bajo personalidades, situaciones e inclusos sexos, que chocan con lo ya conocido. En lo personal no ha terminado de convencerme, aun y cuando me gustan las contorneadas piernas de Lucy “Watson”, pero creo que algo están haciendo bien, pues la serie ya lleva varias temporadas y parece que continuará en el aíre por un tiempo más. Sherlock, creación británica, es por su denominación de origen más cercana al Holmes que muchos admiramos y queremos. Tal vez se deba a su protagonista y la interpretación que éste hace, la que al parecer amas u odias, o quizá por su respeto y cercanía a las historias de Conan Doyle. En cualquier caso, este programa gana más adeptos temporada a temporada, convirtiéndose en el Sherlock Holmes más visible, y al parecer, de referencia, superando sin muchos problemas a la encarnación de Robert Downey, Jr., y de los actores clásicos que le han dado vida. Sherlock es una serie peculiar tanto en formato como en contenido. De todas las series que he seguido y de las que tengo noticia, esta es la única que conozco en la que sus temporadas se componen de tan sólo tres capítulos, con una duración cada uno de aproximadamente dos


horas. Lo que en ocasiones genera la ilusión de que en vez de estar mirando una temporada, uno se encuentra ante una trilogía de películas, cuya estructura narrativa, que transcurre en el Londres moderno, sabe sacarle buen partido al Canon Holmesiano, dando interesantes vueltas de tuerca y guiños que todo el que haya leído la obra de Doyle podrá identificar. A diferencia de lo que sucede en Elementary, en la creación de la BBC los personajes son más fieles y cercanos a los literarios, con algunas excepciones, tal vez la más notoria el caso de Moriarty, mucho más joven y “festivo” que su contraparte literaria. Una especie de Joker británico, en lugar del siniestro profesor matemático capaz de dirigir al mayor sindicato del crimen concebido en la época victoriana. Aun con ello, no negaré que he disfrutado de la serie, pues su fotografía, escenarios, música y argumentos bastan para subsanar las carencias que uno pueda detectar en los protagonistas. Y es que resulta muy recomendable el verla partiendo desde lo que es, una interpretación moderna, y como tal, diferente de lo que nos encontramos en la páginas de los libros. Hacerlo no es nada difícil y con ello la serie gana muchos enteros. Existe un animado debate entre los sherlockianos, o holmesianos, respecto a si la interpretación de Benedict Cumberbatch le hace justicia al Holmes literario, y en especial, a sí esta le hace un bien al personaje. No seré yo quien ponga fin a la discusión, pues me parece que es bastante positiva porque mantiene sobre la mesa los textos literarios, y por lo tanto, la esencia misma de Sherlock Holmes. Y es que, tal como ya me ocurrió antes con True Detective, en Sherlock encuentro la excusa perfecta para que el espectador se interese en lanzarse a la aventura de conocer las andanzas del detective en su estado natural. Lo que siempre me parecerá positivo. Nos guste o no, creo que el Sherlock Holmes de Cumberbatch ya ha creado época, teniendo un fuerte impacto en el personaje. Mas si este ha sido bueno o malo, es algo que todavía está por verse, pues en el horizonte se perfila la cinta Mr. Sherlock, en la que Ian (Gandalf) McKellen dará vida a un ya anciano detective, y conociendo el calibre del actor, podemos esperar sin dudas una que otra sorpresa. En todo caso, regresando a lo ya dicho al inicio de estas líneas y parafraseando a Borges, mirar/disfrutar/pensar a Sherlock Holmes, sin importar el medio o la plataforma, es una de las pocas buenas costumbres que todavía nos quedan. ¡Que comience el juego!


EL NIDO DEL PULP

(ANA MORÁN INFIESTA) Siempre me han fascinado los antihéroes, los ambientes oscuros, los cultos extraños y las sociedades subterráneas; tal vez por eso, en calidad de lectora, me atraen personajes como el doctor Fu Manchu o La Sombra. Villano uno, justiciero el otro, sus historias siempre tenían un halo de fascinación y exotismo, y pasearse por el Limehouse o Chinatown era atravesar un portal hacia otro mundo. También, como obras hijas de su tiempo destinadas a un público poco selecto, muchas veces estaban impregnadas de elementos que hoy, en el mejor de los casos, consideraríamos políticamente incorrectas. El universo donde Arcángel, Joan Wang, imparte su justicia nació hace ya dos años, buscando crear un marco para las aventuras de la detective Diana Hunt, impregnado de misterio y exotismo, pero, a su vez, libre de tintes prejuiciosos. El mundo donde viven estos personajes no es, por tanto, el nuestro, aunque sigan existiendo Nueva York y personajes históricos como Orson Welles o el senador McCarthy. Es una realidad ucrónica y retrofuturista, donde los humanos puros (nosotros), conviven con zoomorfos —como los bast, humanos con genes felinos; lobisomes; vulpinos…) y los mestizos, quienes tienen una apariencia humana, pero conservan cualidades propias de su sangre más animalesca. En esta sociedad, donde se considera que el cuarenta por ciento de la población ha asumido la bisexualidad, abundan las sectas guerreras, entre las que destaca Zaresh, orden a la que Joan Wang fue consagrada el día de su nacimiento. La existencia de humanos no puros y las mencionadas sectas, cambió el curso de muchos acontecimientos históricos, así la Segunda Guerra Mundial no se produjo y la guerra civil española fue ganada por el bando republicano, también los indios americanos llegaron a firmar un tratado de paz con los colonos que les permitió vivir en las montañas, en lugar de en reservas muchas veces insalubres. Por lo demás, la maldad humana sigue existiendo, y contra ella combate Arcángel. Solo me queda, lector, desearte que disfrutes con esta aventura en la que nuestra heroína verá amenazado algo más importante que su propia vida. EN EL NÚMERO ANTERIOR: Por eso, la justicia de Arcángel había dictado muerte. El sonido de las sirenas se acercaba en su dirección; los padres de la pequeña Laura Infantino debían de haber llamado a la policía. Devolvió la pelota a la mano del agonizante asesino y se encaramó a la escalerilla de incendios de uno de los edificios. Aunque ya era conocida entre los agentes de la ley, no sería la primera vez en que un patrullero confundido le disparaba. Era momento de que Arcángel dejase el Ford de cristales tintados en un garaje privado de Manhattan y recuperase el Cadillac de Joan Wang. La batalla contra el crimen había concluido por esa noche. Sin embargo, aún no le tocaba descansar, le esperaba una dura prueba bajo su verdadero rostro, una más difícil que cualquier lucha a espada: ayudar a Emily a superar aquel maldito estreno.


SEGUNGA ENTREGA: Alistair Rutheford no la condujo hasta los bastidores, sino a través de un pasillo lateral, que pasaba desapercibido tanto a visitantes como a empleados del teatro. Incluso quienes se adentraban en él lo tomaban por un callejón sin salida, pues era casi imposible localizar la trampilla disimulada en el entarimado del suelo si no se conocía su existencia. El productor se agachó una agilidad sorprendente para un hombre próximo a los sesenta y abrió la trampilla, cuidando no dejarla caer sobre el suelo, antes de señalar con un gesto cortés las escaleras de madera. —Las damas primero. Emily empezó a bajar los escalones con prudencia, procurando pisar lateral para que sus tacones no quedasen atascados en los estrechos maderos. Nada más salvar los dos primeros, se agarró al pasamos y pudo alcanzar sin tropiezos un santuario en el que llevaba una década sin adentrarse. El tiempo bien podía haberse detenido en ese rincón secreto del teatro Marrasco. En una hilera de percheros, discurría una fila interminable de trajes lucidos por divos y divas en las producciones de Alistair Rutheford; de las paredes, colgaban caretas con rostros bestiales, fantasmales, monstruosos; también espadas y una selección de cascos que habría impresionado a un coleccionista de armas, antes de descubrir su carácter de réplica. La reina de la colección era la máscara del Fantasma, mirando orgullosa las escaleras desde la pared frontal. Temerosos de ella, en un recodo, se agazapaban un escritorio de caoba y una alacena, usada como minibar en el pasado. —Veo que aún conservas la cueva del Fantasma. —Creo que solo había oído a tu madre llamar a este lugar así. Durante un segundo, el silencio se apoderó de la sala. Rutheford no apartaba la mirada del rostro de la muchacha, como si se hubiese percatado por primera vez el parecido entre las facciones delicadas de Emily y las de la joven madre soltera a quien él transformase en una diva. —Pero respondiendo a tu pregunta. Sí. Cuando alguno de los incautos que decidieron alquilar este maldito teatro en los últimos años descubría este lugar, siempre les prohibía tocarlo. Podían cambiar las butacas, reformar la caja escénica, pero mi refugio debía quedar intacto. »Él y todos sus recuerdos —añadió en tono soñador. Mientras hablaban, iban caminando hacia el escritorio. A una indicación de su anfitrión, la heredera se acomodó en una silla ubicaba frente al mismo. —Supongo que ahora tomarás algo más fuerte que refrescos de cola —bromeó débilmente el productor mientras sacaba dos vasos de la alacena—. ¿Un whisky con soda te parece bien? ¿O prefieres alguna bebida más propia de la gente moderna de Nueva York? —Antes tendría que conocer a esa gente moderna. Un whisky estará perfecto. Mientras su anfitrión mezclaba las bebidas, la heredera se esforzaba por no pensar en las veces que el hombre habría hecho otro tanto para su madre y espiaba los recuerdos allí reunidos. Si en un primer vistazo todo le había parecido igual que una década antes, ahora empezaba a notar pequeños cambios. Algunos podían deberse a una jugarreta de la memoria, como el que la sala pareciese más pequeña; otros eran nuevas piezas de la colección. La más llamativa era un maniquí cubierto por un sombrero de ala ancha y una capa larga negra, destinados a convertir a su dueño en el terror de los criminales en una Nueva York ficticia. Aquellas eran las ropas de La Sombra. —Veo que hay nuevas incorporaciones —comentó cogiendo el vaso que Rutheford le ofrecía. —Sí. He añadido a la colección los vestigios de algunos de mis fracasos y proyectos abortados. La Sombra iba a ser mi regreso a Nueva York, aunque no a este teatro. —El productor avanzó con el vaso en la mano hacia los percheros, y acarició el ala del sombrero con gesto nostálgico—. El Mercury Theatre y Alistair Rutheford de la mano para sorprender al mundo con la versión teatral de La Sombra. Por desgracia, el señor Welles prefirió convertir en película sus rencillas con Hearst, y Walter


Gibson y los editores no quisieron arriesgarse a dejar la obra en manos de un productor que llevaba meses buscando financiación para llevar el Pozo y el Péndulo al cine. Mientras saboreaba su bebida, Emily solo oía a medias los últimos refunfuños del hombre. Su mente estaba varios años alejada de allí. Se sumergía en los días amargos, en los que el dolor y la culpa los ahogaban a ella y a su tío; eran días en los que la luz regresaba las noches de domingo, de la mano de La Sombra. No podía imaginarse que, mientras ella fantaseaba con ser una Margo Lane que no se metería en los líos de su equivalente radiofónica, Walter Weston se planteaba «crear» su propia Sombra. Menos aún podía aventurar que ambos lograrían cumplir sus sueños gracias una mujer nacida y criada para ser una asesina sin escrúpulos: Joan Wang. —Pero no te ha ido mal en Los Ángeles, por lo que he oído. —No, he tenido mis triunfos, pero también mis fracasos —El productor sacó un vestido del colgador. Estaba elaborado en fina seda blanca, decorado con cenefas doradas alrededor del cuello, sisas y el bajo—. ¿Lo recuerdas? No, es imposible—añadió antes de que Emily tuviese tiempo de contestar—. Solo tenías unos tres años por aquel entonces. Tu madre lo llevó cuando debutó con Hechizo de Otoño. La joven tragó saliva antes de dar otro sorbo a su copa. Pero incluso el whisky resultaba desagradablemente amargo en esos momentos. —Estuve a punto de resucitar la historia, en forma de película, cuando conocí a Ida Lupino. Me recordaba tanto a tu madre… Emily se limitó a asentir, un tanto cansada. No era la primera vez que oía esa comparación, o una parecida en la que ella era la comparada con la directora y actriz, en lugar de su madre. Tampoco sería la última; había mucho miope suelto que confundía cierta semejanza de rasgos con verdadero parecido, incapaces de darse cuenta de allí donde su madre y la señora Lupino irradiaban magnetismo, ella era una criatura por completo anodina. «Salvo cuando me mira una de las mujeres más hermosas de Nueva York», pensó. Pero Joan nunca elogiaba su belleza, sino su fuerza interior oculta y su cabezonería… —Será por la sangre de lobo. La mayoría de Wolf, Lobo, Lupino y compañía pueden rastrear algún lobisome en su linaje —aclaró, antes de parpadear. Por un segundo, la vista se le había nublado. En las últimas noches debía de haber dormido menos de lo que creía. —Es posible. Sea como fuere, la señorita Lupino estaba más interesada en dirigir que en mi oferta. También a ella la afectó esa maldición de la que tanto les gusta hablar a ciertas columnistas. —Algo oí. Un intento de robo en su casa ¿No? —Sí. Un actor inglés que ella y Louis tenían de invitado, junto a su esposa, espantó a los ladrones a punta de espada. Tendrías que ver a ese tal Cushing. Es un alfeñique, pero su agilidad hace honor a su maldita sangre bast. Creo que antes de trabajar en la televisión inglesa había intentado conquistar Hollywood, pero solo logró ser el doble de Hayward en las escenas de luchas a espada. En el tono de Rutheford se perfilaba un desdén nada disimulado hacia el británico, lógico en un hombre de la envergadura del productor, aunque triste para una persona de su cultura. «A veces los alfeñiques pueden ser más poderosos que cualquier gigante, tío Al», pensó Emily. Aunque ese menosprecio generalizado podía ser beneficioso; nadie lograba asociar al temible Arcángel con la delicada Joan Wang, de metro cincuenta y cinco de estatura. —Aunque estoy pensando que el vestido te sentaría mejor a ti que a la señorita Lupino. Deberías probártelo, tal vez así sientas la llamada del teatro. —No creo que eso sea buena idea, tío Al —Emily se puso en pie, tan de golpe que la habitación empezó a girar a su alrededor. Parpadeó—. Creo que no tendría que haber bebido esa copa —murmuró, aunque el productor no dio muestras de oírla. Seguía sosteniendo el vestido, con una ancha sonrisa partiendo su rostro borroso. —Al contrario, creo que será una excelente idea. Ya sabes que los periódicos no dejan de hablar de si esta noche se pondrá fin a la maldición.


Emily escuchaba las palabras del productor; sin embargo, parecían venir desde kilómetros de distancia. Intentó alargar la mano hacia su bolso, pero no lograba saber cuál de los tres era el verdadero. Luego solo hubo negrura. *** Emily ya se había ido cuando Joan se adentró en el apartamento. Sin soltar el maletín donde guardaba sus armas cortas y la máscara, ni el portaplanos donde custodiaba el liuyedao, se bajó la cremallera de la cazadora bajo la que ocultaba su guerrera. La prenda empezaba a darle calor en esa época del año, pronto tendría que sustituirla por alguna más ligera o cambiarse de atuendo en el garaje, por poco que le gustase la última opción. Necesitaba tener su uniforme a mano, y las ropas no cabían en el portafolios. Una bolsa de mayor tamaño podría ser práctica, pero también mucho más llamativa que un maletín que todos los vecinos asociaban ya a su faceta de traductora. —Aunque de eso nos ocuparemos otro día —murmuró, antes de entrar en el dormitorio y dejar sus bártulos a los pies de la cama. Al ir a quitarse la cazadora vio que Emily le había dejado su entrada sobre la mesita de noche, además de una nota manuscrita. Hola, cariño. Me marcho para el teatro. Recuerda que la función es a las nueve y media. Espero que estés ilesa para poder venir. Un beso, Emily. En otra mujer, la penúltima frase habría sido una muestra de reproche; en el caso de Emily, a pesar de que la tinta no transmitiese las emociones, era preocupación sincera. Las maniobras de Walter Weston para convertir a una antigua asesina en espada de la justicia habían tenido consecuencias imprevistas. Si para Joan Arcángel era una verdadera extensión de su ser; la heredera no había podido evitar enamorarse de la mujer tras la máscara, por más que la relación entre ambas estuviese prevista como una simple pantalla. Y a pesar de eso no le pedía que dejase su labor como justiciera. Una mujer así se merecía que la acompañase esa noche, por más que Joan se sintiese incapaz de adivinar cuál podía ser el mejor modo de ayudar a Emily. Sabedora de que no disponía de mucho tiempo, se apresuró a guardar las armas en el doble fondo del armario de su dormitorio y desvestirse antes de correr desnuda hacia la ducha. En apenas un cuarto de hora, se encontraba frente al espejo dando los últimos retoques a una pajarita que no pudo evitar quedarse ligeramente ladeada. —Ya te la colocará bien Emily en cuanto te vea —susurró a la imagen del espejo. Joan comprobó que la cartera y las llaves del coche estuviesen en los bolsillos de la chaqueta del esmoquin y se dispuso a salir. Ya en el umbral del dormitorio, dio la vuelta y volvió a abrir el armario. Sus dedos se sumergieron entre los abrigos y tantearon con pericia para activar el resorte que abría el panel secreto. Bajo los dos cuchillos curvos, localizó un estilete, enfundado en una vaina de suave cuero; en lugar de una trabilla para poder colgarla en el cinturón, estaba provista de dos cintas que permitían atarla a la pierna o al brazo, a deseo de su dueño. Joan se remangó el pantalón, bajó ligeramente la cremallera de su botín y se ató el arma a la pierna izquierda. Aunque presionaba un poco contra el tobillo, allí donde se sumergía dentro de la bota, el tacto del cuchillo resultaba tranquilizador.


NOVELA GRÁFICA DAVID CARRASCO

Literatura, cine, comics, videojuegos… nadie puede negar que el género zombi se ha hecho un hueco en todos los aspectos de la vida, llegando a una gran masa de gente que no hacen más que solicitar y anhelar material sobre este tema. Los muertos vivientes son una epidemia, y ninguno está a salvo de su adicción. El tiempo y las nuevas tecnologías los han hecho evolucionar en cuanto a nivel de gore e historias, pero el aire clásico de los comienzos sigue estando en segundo plano. George A. Romero marcó un hito, cuya influencia y fama han ido expandiéndose en el tiempo como ondas en un estanque. Actualmente, no sólo podemos deleitarnos con zombies de andares lentos y erráticos, sino con auténticos velocistas que añaden un extra de dificultad al hecho de sobrevivir. Este aspecto crea dos escuelas de opiniones contrapuestas, teniendo por un lado los que prefieren la nostalgia del caminante lento y, por otro, los que se postulan a favor de los cadáveres corredores. Esto en la ficción. En la vida real todos seriamos defensores del zombi que se desplaza a cámara lenta. De una forma u otra, nos gusta ver a esos seres de fauces abiertas y pústulas sangrantes sembrar el caos por donde pasan, derrocando gobiernos y exterminando a la raza humana. El morbo de vislumbrar un mundo sin leyes y de cómo la gente saca a relucir su verdadero ser es lo que nos hace frotarnos las manos ante este tipo de historias. Y es que estamos hablando del caos en forma de un virus con alto nivel de propagación. Nada de seres mitológicos como los vampiros u hombres lobo. Canibalismo, cólera, rabia, ébola…todos estos términos existen, produciendo en el ser humano reacciones que, si bien no es lo mismo, se asemejan un poco al aspecto y efectos que vemos en tantas películas y libros sobre zombies. De todos modos, si nos analizásemos hoy en día en la sociedad, veríamos como todos y cada uno de nosotros somos borregos sin mente, yendo en la dirección que mandan las tendencias, propagando nuestra estupidez en derredor.


No está muy lejos el día en que la carne del de al lado nos parezca un manjar irresistible. Yo, por si acaso, me voy a aprovisionar de unas buenas latas de conservas y armas de toda índole. Y de entre mis provisiones no pueden faltar buenas historias graficas sobre estos seres. Historias como la de “BLACKGAS” de Warren Ellis, un único tomo cuya portada ya te hace apretar el culo y agarrar el crucifijo con fuerza antes de adentrarte en sus páginas. Y, cuando lo haces, notas como la bombilla de la lámpara titila, cubriendo de sombras el cuarto donde estás y llenando la estancia con un frio sepulcral que se hace hueco entre tus huesos. Si lo hojeas por encima, antes de leerlo, notaras como tus ojos sangran y tu rostro palidece ante la orgia de espanto y destrucción que encierra en su interior. Y, aún así, redactas un pequeños testamento, haces las paces con tus seres queridos y, acto seguido, acometes la lectura de esta joya del horror. La acción nos traslada a una pequeña isla norteamericana llamada Smoky Island, la cual descansa sobre una falla tectónica. La vida es apacible y tranquila en este pequeño rincón paradisiaco donde el sol sale todos los días, alumbrando los quehaceres diarios y el deambular de sus habitantes. Todo es un remanso de paz, hasta que un movimiento sísmico libera una extraña sustancia negruzca de las entrañas de la tierra. Los efectos sobre la gente no tardan en hacerse notar, en forma de una rabia y hambre voraz que acaba con el raciocinio y autocontrol de cada persona. La isla se convierte en un coto de caza sangriento, en el que las dos únicas personas libres de estos efectos tendrán que sobrevivir como puedan. Rodeados de agua por un lado y de lunáticos por el otro la supervivencia parece un concepto lejano. Sin piedad. Sin remordimientos. Sin descanso…. Puede que una isla no sea el mejor sitio para relajarse. Con esta premisa el señor Warren Ellis nos trae esta historia, con un desarrollo rápido y letal. Nada de virus creados en laboratorios, ni de conspiraciones gubernamentales. Sólo un fenómeno de la naturaleza que arranca la humanidad de las personas, sustituyéndolas por un instinto primario animal. Las escenas de violencia se alternan con diálogos demenciales, mientras aguantamos la respiración en cada viñeta, temerosos de que el tercer espacio se rompa y nos veamos implicados en los acontecimientos. Una idea simple pero a la par original, con el único fin de hacernos pasar un rato terrorífico e irrepetible. Una historia que una vez leída queda en tu cerebro dando vueltas, a la espera de ser releída una y otra vez. Y es que estamos hablando de Warren Ellis, autor de “The Authority”, “Transmetropolitan” y la mejor etapa para Marvel de los “Thunderbolts”, citando algunos de sus trabajos. Un autor que deposita en este tomo la semilla del horror, del lado oscuro de la humanidad, donde el movimiento sísmico es el detonante que saca a relucir la crueldad y maldad de cada uno, eso que todos llevamos dentro pero que controlamos a duras penas. En conclusión, un viaje de solo ida a una isla antaño increíble pero que hoy, amigo lector, se convertirá en un rincón del Infierno, independientemente de que creas o no en el demonio…ya que los que van a comerte si creen en ti. Con esto os dejo, ya que he oído una pequeña explosión en la calle. Los vecinos hablan de una extraña nube negra que sale de las alcantarillas… me imagino que no será nada.


“RICKY“

LADY NECROPHAGE “Somewhere a clock strikes midnight and there´s a full moon in the sky you hear a dog bark in the distance you heard someone baby cry…”

El odio rugía en los magnéticos compases de Night Prowler, antífona que acallaba los gritos de aquella senil perra. Embriagador, tal era el aroma de la aspersión carmesí que bautizaba sus manos, todavía engarfiadas. Hendido, el cuello de la octogenaria liberaba un torrente interminable. Los mesiánicos murmullos de la sangre turbaban el alma de Ricky.


“INCOLORO, INODORO E INSÍPIDO“ ÁNGELES MORA

Despertó a su rutina, a las vueltas del reloj siempre en el mismo sentido. Abandonaría la cama para sumergirse en el aroma monótono del café y enfrentarse a la imagen desordenada de su pelo en el espejo... A sus ojeras cansadas. Pero aquella mañana sus pensamientos flotaban en silencio absoluto. Ya no rebotaban en ronquidos desacompasados ni entre palabras convertidas en gruñidos. Observó el bulto inmóvil y callado del otro lado de la cama. Se levantó a la cocina, tiró a la basura el frasquito de su liberación y saboreó el café disfrutando del silencio.

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“LA PESCA“

FAYNA BETHENCOURT Einar se lame los labios resecos y el sabor a sal impregna su lengua. Llevan días navegando y la travesía comienza a resultar tediosa incluso para unos navegantes tan curtidos como ellos. El mar es también el hogar del vikingo y la llamada de las olas se insinúa cada vez con más insistencia en sus corazones cuando llevan tiempo en tierra, hasta que vuelven a subirse a sus Drakars en busca de nuevos horizontes y gentes de acentos extraños a los que someter bajo el peso de sus espadas. Un chapoteo insistente trae a Einar de vuelta de sus ensoñaciones. Parece que por fin hay algo en la red y ahora pugna por escapar. Los músculos de Einar se tensan bajo el peso de la criatura marina que les servirá de cena esa noche. Cuando al fin logra sacar el pesado fardo del agua, una piel del mismo color lechoso que la espuma marina asoma fuera del agua y Einar escupe maldiciones ve aparecer ante sus enrojecidos ojos los pechos de una sirena. La criatura sacude su escamosa cola, intentando zafarse de su captor y la pelliza que protege el cuerpo de Einar del frio absorbe el líquido salado, calándolo hasta los huesos. -¡Kodran!- grita llamando a su compañero que acude rápidamente en su ayuda. -¡Málditos bichos marinos! Se queja el otro vikingo mientras intenta liberar a la cada vez más furiosa sirena. En par de movimientos rápidos y ágiles logra liberar a la mujer pez que antes de alejarse nadando les mira con sus ojos de criatura ancestral y emite un grito tan agudo que los hombres de la embarcación se tienen que tapar los oídos para que estos no revienten allí mismo. La bruma vuelve a cercar al drakar poco a poco, envolviéndolo con su manto silencioso y Einar vuelva a echar la red al agua esperando esta vez que la próxima captura les pueda servir para llenarse el estómago. Cualquier regalo que Odin les quiera ofrecer para alimentarse será bienvenido. Lo que sea, menos una sirena como la que acaban de soltar y es que todo buen vikingo sabe que comer carne de sirena trae mala suerte.


FAYNA BETHENCOURT

La antología en solitario de Fayna Bethencourt, una autora que no dejará indiferente a nadie,una obra dura y oscura. donde el mal se destila desde la más cruda cotidaniedad en sus diez relatos. Diez relatos que reflejan la maldad humana. Ese monstruo que todos tenemos cerca incluso el que algunos podemos llevar dentro. Femenino y cruel, humano e implacable... Cianuro y Chocolate.

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ILUSTRACIÓN LORENA RAVEN


9 ÓRBITAS CONCÉNTRICAS Y ELÉCTRICAS (LAURA CLEMENTE)

Continuar con la electricidad en una época como San Valentín me viene que ni pintado. No porque sea San Valentín, esta fecha impuesta de la exaltación de los sentimientos me da bastante pereza, sí porque vamos a tratar de una manera u otra uno de los impulsos nerviosos que dan tanto gusto, nos hacen sentirnos tan bien (y tan mal) y nos convierten en unos subnormales adorables (y no tan adorables), el amor. Lo cierto es que soy incapaz de no establecer una relación mental entre música y amor. Existen, y muchas, canciones con otras temáticas posibles: dinero, política, viajes, osos, perezosos… (os prometo que existen al menos dos canciones sobre osos y perezosos) pero a mí personalmente, y seguro que a muchos de vosotros aunque os cueste reconocerlo porque vais de duros, las que verdaderamente me llenan y electrocutan son las canciones de amor. Ojo, no sólo ocurre eso con las canciones de amor, paradójicamente también me ocurre, y estoy segura de que ocurre en general, con las canciones de desamor. San Valentín en una fecha potativamente bonita pero, como nos encontramos en una revista de terror, no vamos a olvidar esa parte tan dolorosa, horrorosa y asquerosa de lo bonito. No se me ocurre mejor referente musical para expresar con sus canciones odio/tristeza/nostalgia que uno de los grupos indies españoles más míticos: Los Planetas. Vale, también sus canciones hablan poco de amor y mucho de drogas, pero el 80% pone a parir a tu ex. Sí, sí, al tuyo. Sus letras nos permiten hacerlas nuestras, cantando en alto y sintiendo bien dentro estrofas como: “Así que ya sabes que espero que acabes pegándote un tiro cuando veas lo imbécil que has sido, cuando veas que lo has hecho fatal”. Qué a gusto se queda uno/a, ¿verdad?. En la playlist que encontraréis a continuación vais a toparos con algunas de mis canciones favoritas de Los Planetas, pero también otro popurrí ecléctico y eléctrico de canciones de amor VS. canciones de desamor. También, cómo no, horteradas con las que os pegaréis unos cuantos sustos. Para oírlo pinchar: 9 Órbitas concéntricas y Eléctricas Vol.II * Voy a revelar eeeel misteeeerio del nooombre de la seccióoon, seguro que ansiabais este momento: Corrientes circulares en el tiempo es una de esas canciones de las que hemos hablado de Los Planetas, y una de mis canciones favoritas del mundo. Al final dice, “Quiero que estés aquí, quiero tenerte dando vueltas a mi lado todo el tiempo, en nueve órbitas concéntricas y yo estar en el centro. Será mucho pedir pero es lo menos que merezco”. Una oda al egocentrismo absoluto. Esas nueve órbitas concéntricas más un añadido eléctrico por mi parte nombran a esta sección.


TONY JIMÉNEZ

Sinopsis George Campbell lo tenía todo. Su vida estaba completa, con una esposa perfecta, una comunidad que le quería y sus triunfos como escritor. Pero todo se torció un buen día, lo que le empujó a huir del pueblo que le había visto nacer. Un tiempo después, preparado para enfrentarse a sus demonios, regresa a Shelter Mountain, un lugar donde nada es lo que parece. En todos los pueblos hay historias, leyendas, relatos siniestros, pero en Shelter Mountain es diferente. Algo oscuro anida en sus bosques, algo terrible, que lleva esperando a George mucho tiempo. Mientras el escritor trata de encontrar otra vez la inspiración necesaria para acabar su siguiente novela, el destino le prepara una vuelta de tuerca directamente desde su pasado, a la vez que es acosado por sus vecinos, que no ven con buenos ojos su regreso. George Campbell no tardará en descubrir que algunos fantasmas son muy reales, en lo que será una lucha no sólo por su supervivencia, sino también por su cordura. Todo vuelve en Shelter Mountain, y el escritor va a comprobarlo de la peor de las formas. VISITA LA PÁGINA DE FACEBOOK AQUÍ


CORVUX CÓRAX Desde el nido, novelas que son tesoros. Marc Sabaté Clos.

La dama blanca se esconde tras un manto de bruma, mientras las estrellas del firmamento permanecen ciegas al mundo en el que vivimos. Desde la copa del árbol observo, atento, el devenir de la noche. Mis ojos de cristal reconocen sombras vivas que se arrastran sin un destino concreto, procesiones de criaturas más alejadas de la vida que cercanas a la muerte. Criaturas del inframundo. Como hijo de la oscuridad, he visto horrores que pocos humanos lograríais soportar, horrores que os paralizarían el corazón de puro espanto. Porque el mundo de los vivos es más frágil de lo que en apariencia se supone, y sólo una fina línea lo separa del mundo de los muertos. Entre mis plumas guardo uno de mis pequeños tesoros, un pozo de sabiduría que brilla con luz propia y que explica, con exquisita narrativa, el arte de la no vida. Me resulta adecuado, tal y como se aventura la noche, enseñaros uno de mis tesoros más preciado. El conocimiento que atesoran sus páginas debería ser estudiado por los más sabios de vuestra especie, o destruido en las llamas del fuego eterno para siempre. Pero la codicia es un defecto que me vence, y no he podido evitar apoderarme de semejante joya, sustraída de un incauto jovenzuelo que se distraía observando muchachas pasar mientras semejante obra de arte esperaba tirada en el banco. Hoy, sólo para vosotros y en un acto de soberbia, os permito acariciar unas gotas de su brillo, de su belleza, de su fragancia. Valoradlo. Lo titulan Nekromanteia, rituales de los muertos, y se trata de una obra originaria del escriba Daniel P. Espinosa, una criatura mortal amante de las ciencias ocultas, el pasado humano y los mitos más terroríficos. Pequeña criatura, no sabes con qué poderes te deleitas. Quizás tú, y aquellos que actúan como tú, paguéis algún día semejante atrevimiento. Sin embargo, sólo puedo que felicitarte por lo que tus manos y tu ingenio han sido capaces de crear. No en vano estuviste a punto de recibir el premio Minotauro a la mejor novela, algo que para mí poco significa pero que parece ser que vosotros mucho valoráis. Cuando leo sus páginas, picoteando su cubierta y arañando su lomo, percibo el arte de la nigromancia en cada una de sus líneas. Este hombre mortal sabe de brujería y magia arcana, se ha documentado a conciencia, y ha leído sobre el tema como pocos hoy en día hacen a la hora de empezar nueva novela. Aplaudo su trabajo, su dedicación, su


cultura. Y aplaudo todavía más su capacidad para transmitir estos conocimientos de forma amena. Una joya carece de buenos cimientos si no hay detrás un trabajo previo, una labor de constancia y horas y horas de lectura. Y en el caso de Daniel P. Espinosa, de disfrute. Soy un cuervo viejo, muy viejo, y me codeo con poderes antiguos, fuerzas ocultas que mantienen en su esencia un mal básico, primigenio. Me mantengo en la frontera de la neutralidad, sin participar a favor o en contra de ningún bando. Leer las páginas de Nekromanteia significa sumergirse en una atmósfera que recuerda, de forma inequívoca, estas fuerzas. Cuando leo en la oscuridad la historia que el autor narra en sus páginas, soy consciente de la atmósfera que crea de forma eficaz. Un ambiente claustrofóbico, un hedor casi palpable, la sensación de un peligro inminente, el sentirse observado por mil ojos invisibles, estar convencido que al girar cada esquina un peligro nuevo acecha. Esto es lo que consigue el escriba Espinosa. Y es gracias a su capacidad de construir un ambiente tan real y a la vez tan imposible, que esta pequeña joya brilla con la fuerza de un diamante. Levanto la cabeza entre las hojas del árbol, atento a una presencia que me parece fuera de lugar en mi bosque. Sí, he dicho mi bosque porque es aquí donde mi autoridad permanece intachable. Aguardo unos segundos y escucho el graznido de mis hermanos, custodiando el resto de la arboleda hasta su mismo linde. Son señales de alarma, advertencias de las que nada debo de temer pero sí observar. Y allí lo veo. Se trata de una larva, un parásito en busca de sustento en el que anidar durante un ínfimo tiempo. Me es indiferente, pues no las temo. Pero vosotros sí, vosotros, simples mortales deberíais correr como perseguidos por el diablo al menor indicio de su presencia. Y no deteneros jamás. Bien lo sabe Daniel P. Espinosa, que describe semejantes criaturas con una solvencia, un respeto y un aura de horror excelente. Y así hace lo mismo con otras criaturas del inframundo igual de crueles. Pero ¿qué sucede en este pequeño libro? Muchas cosas, demasiadas para que yo os las pueda explicar. Basta deciros que Nekromanteia, rituales de los muertos trata del deseo de un nigromante, Etham Loss, para evitar la muerte, luchar contra su destino y evitar sentirse dominado de la misma forma que él lo hace con los cadáveres que se sirve. La muerte de su pareja y un peligro que acecha constantemente, parecen ser claves para explicar los motivos que le llevan a una situación crítica. Todo esto mientras parece que el mundo está cambiando. ¡Ah, los nigromantes! Brujos, hechiceros que juegan con poderes superiores, humanos que se atreven a molestar la paciencia de los demonios, mientras estos parecen burlarse de la confianza que, supuestamente, atesoran con sus prácticas. Deberías ya saberlo. Con la muerte no se juega. Quienes participan de esta historia son personajes humanos que se mueven por instintos básicos, tan sencillos como el odio, la venganza o el miedo. Odio hacia aquellos que tratan de dominar al que se cree poderoso. Venganza por un dolor infligido, por un mundo en el que los mayores monstruos carecen de escrúpulos. Miedo por terminar convirtiéndose en un muerto viviente, en un invocado que sólo obedece a las órdenes de otra persona. Porque esta es una historia de nigromantes e, inequívocamente, todos temen


recibir de su propia medicina. Pueden invocar pero no desean ser algún día invocados. Tanto el protagonista como el resto de personajes convergen en un punto común. Todos ellos tratan de escapar de la muerte, aunque jueguen continuamente con ella. Ved, ahí marcha la larva. Ya desaparece en la noche, deshecha, rendida a su atemporalidad, con un hambre atroz y dejando un rastro de olor a muerte, a corrupción. Me gustan las larvas, pues siempre a su paso dejan un reguero de lombrices, gusanos y ciempiés deliciosos a mi paladar. Esta noche gozaré de un banquete digno de reyes. Códices y grimorios. Filosofía esotérica y sobre magia. Alquimistas, cabalistas, médicos y filósofos. Demonios y príncipes de las tinieblas. Rituales y pentagramas. Mortalidad e inmortalidad. Podéis dedicar toda una vida al estudio de estas artes. Podéis consultar el Lemegeton, el grimorio del papa Honorio o el Heptameron. Podéis buscar el trabajo de nombres tan ilustres como MacGregor Mathers, Eliphas Lévi o Pedro de Albano, todos ellos mencionados por el autor. Podéis dedicar toda una vida a ilustraros sobre el arte arcano de levantar a los muertos. Pero nunca sabréis a qué demonios estáis jugando ni qué os espera si no leéis antes Nekromanteia, rituales de los muertos de Daniel P. Espinosa. Aquí os dejo, con la duda en vuestros ojos. No sabéis si dar el paso o seguir protegidos en vuestra ignorancia. Haced lo que os plazca, a mí me espera un banquete de gusanos, cucarachas y orugas mezclados en el lodo. Buen provecho.


Desde el nido, películas que son tesoros. THE IMITATION GAME (DESCIFRANDO EL ENIGMA) Laura Clemente.

Muchos de nosotros desconocíamos hace algún tiempo quién era Alan Turing. En mi caso, un grupo de música (Hidrogenesse – Un Dígito Binario Dudoso, obligada escucha si te apasiona Turing) y una amiga me abrieron las puertas de su triste, apasionante e indignante vida. No vais a ver una película redonda ni una exacta biografía de su personaje, creo que es fundamental tener claro de lo que se trata antes de verla: The Imitation Game nos acerca a la vida de Alan Turing desde la perspectiva de un director de cine que también quiere ganar premios. ¿Debemos colgarle por ello? Yo le dejaría vivir, más que nada porque creo que en la balanza gana que, de alguna manera, nos presente al personaje y nos despierte curiosidad. Después cada uno decidirá si quiere contrastar qué datos son exactos y qué datos no lo son. Si continúas leyendo parte de esa información te la daré yo. Alan Turing (1912-1954), matemático, lógico, científico de la computación, criptógrafo y filósofo británico (en su caso, el que mucho abarca mucho aprieta) interpretado por un soberbio Benedict Cumberbatch, es reclutado por el gobierno británico, entre otras mentes pensantes privilegiadas, para descifrar la máquina nazi Enigma, logrando adelantarse así a muchos de los ataques alemanes y acortando la guerra dos años, salvando millones de vidas y, finalmente, acabando con el dominio mundial capitaneado por Hitler. Poca broma. Entonces, ¿Por qué no se le reconoció como es debido el mérito a tan ardua tarea? He ahí la cuestión: porque nuestro amigo Alan era homosexual y eso era un delito por aquel entonces, de los peores delitos existentes. Lo de prácticamente acabar con la II Guerra Mundial no les pareció motivo suficiente para “perdonar” su “deuda” y un juez, tras ser arrestado, le dio a elegir entre dos años de cárcel o castración química. Alan Turing, que era un tipo muy trabajador, eligió lo segundo para no abandonar sus proyectos, algo que le acabó pasando factura, teniendo secuelas físicas (¿y psíquicas?) que le imposibilitaron en sus menesteres. Se acabó suicidando, claro, y el mundo se quedó sin uno de esos genios que aparecen cada mucho tiempo. Por tontos, por humanos. Es probable que ahora te encuentres con SPOILERS que a lo mejor no te apetecen leer antes de ver la película. La que advierte no es traidora. - Se nos muestra a un Alan Turing extremadamente inteligente pero con un carácter complicadito: un hombre carente de habilidades sociales. Por lo visto no era tan autista como se le pinta, de hecho tenía un gran sentido del humor y se llevaba bien con sus compañeros. También se desmiente que éste escribiese una carta a Churchill quejándose de su incompetencia y, tras serle concedido poder ante ellos, que despidiese a dos sin ningún


tipo de miramiento. - A base de flashbacks, nos cuentan la relación que tuvieron Alan y Cristopher, su mejor amigo de la infancia del que acabaría enamorándose. Supuestamente, Turing llamó a la máquina que construyó para descifrar Enigma Cristopher, cosa que los más entendidos desmienten. La máquina se llamó en realidad La Bomba, que, obviamente, no tiene nada que ver con Cristopher, ni la palabra ni el concepto.

- En la película se descubrirá que uno de sus compañeros es un espía soviético. Pues no. Se trata de John Cairncross, que trabajaba en un área diferente y no tuvo contacto alguno con Turing. Tampoco hay constancia de que nuestro genio tratase con el jefe de los servicios secretos británicos, algo que se inventaron para darle más chicha a la película (como si no tuviese suficiente chicha de por sí la vida de Alan Turing). - Momentos dramático de la película: el hermano de uno de sus compañeros se encuentra en uno de los submarinos británicos que va a ser atacado. Deciden no avisar del ataque para que los alemanes no descubran que han descifrado Enigma. Pues tampoco. Ese hermano nunca existió y, además, ese tipo de decisiones no les correspondían a Turing y sus compañeros. - Al final, tras haberse sometido a la castración química y ser una hormona con patas, nos muestran a un Alan Turing con facultades mentales y físicas mermadas hasta el punto de no poder continuar con su trabajo. Se desmiente que le afectase a nivel mental. Es más, “gracias” a los efectos de las hormonas en su cuerpo realizó grandes avances en biología matemática, estudiando los cambios que sufría su cuerpo por la castración química.


Desde el nido, película para este SAN VALENTÍN LO (El amor es un infierno). Lady Necrophage

Justin es un joven desesperado que ha perdido a su novia en las más extrañas circunstancias, pues la muchacha ha sido secuestrada y llevada, literalmente, al infierno. Curiosamente, ha dejado como legado un extraño libro de conjuros que el muchacho pretende usar para traer de vuelta a su amada April. El elegido para tal caso es el demonio LO, el cual le pide una total apertura de sus sentimientos más íntimos. Atemorizado y confuso debido a las malas artes demoniacas, el incauto Justin se verá atrapado en un mar de urdida confusión, peligro que estará dispuesto a afrontar con tal de volver a besar los labios de su chica. Resulta cuanto menos complicado tratar de asimilar una cinta modesta y de carácter independiente como Lo de una manera sucinta, y no debido a su falta de genialidad, que no es poca, ni al ingente esfuerzo de su director y guionista Travis Betz en pos de compensar esa falta de medios evidente, aunque no dañina. Literalmente, Lo es una producción mágica, un juego de prestidigitación que demuestra que la disposición de grandes medios no es la fórmula que conduce al camino del buen hacer. Semejante alarde de originalidad está firmado por un autor tan particular como Travis Betz, editor de laureados títulos como Joshua (2006) o The Death Inside (2011). Así mismo, a pesar de haber pasado bastante desapercibida en su momento, Lo se ha ganado un puesto privilegiado en los corazones de los más transgresores amantes del género. Precisamente aludir al tema del género es endiabladamente peliagudo en este caso, pues la producción de Betz bien podría definirse como tragicomedia con visos de musical dotada de una teatralidad muy favorecedora no sólo en el ámbito escénico, sino a un nivel más profundo y subjetivo determinado por su escritura, la cual contiene menciones a obras de corte clásico. Acotando un poco el misterio, quizá resulte más sencillo afirmar que encontrarse frente a Lo es experimentar la curiosa sensación de asistir a una obra de teatro llevada a la pantalla, pero no una obra cualquiera, sino una curiosa mezcla de géneros llevada a cabo con un equilibrio casi exquisito. Está claro que para el genio de Indiana la guinda del pastel es mezclar sentimientos y estilos con maestría, tal como ha demostrado en siguientes incursiones como la ya nombrada The Death Inside, curiosa y también romántica producción que aprovecharía, ya puestos, a recomendar encarecidamente. Huelga decir que no es precisamente sencillo conseguir que un producto de éstas características, que no se ciñe a los parámetros propios de cualquier manufactura de serie b a pesar de entrar dentro del cupo, funcione tan positivamente. Y son varias las causas que contribuyen a éste trabajado éxito. En un principio, cabría mencionar su corte minimalista a nivel visual, ya que la acción se ciñe desde el principio a la habitación del desesperado Justin, un cuarto oscuro decorado con símbolos esotéricos que el espectador nunca llega a vislumbrar. Aquí es donde las fuerzas demoniacas comienzan a entrar en escena, ayudando al joven a sacar a la luz sus recuerdos transformados en sendos flash back teatrales. Muy en contra de lo peligroso que puede resultar este recurso en contraste con un desarrollo algo lánguido, por así decirlo, Betz decide guardarse las espaldas mediante la incursión de unos diálogos perspicaces que consiguen mantener la atención del espectador en todo momento, una puesta en escena grandilocuente a pesar de sus li-


mitaciones y, lo que es más importante, logra la empatía del público por la piadosa figura del enamorado Justin. Tal empatía personaliza el visionado hasta cotas íntimas, conduciendo a la mente humana a introspectivas y profundas reflexiones. Igualmente, juega un papel importante el diseño de los monstruos, dotados de un enorme atractivo, recalcando en especial la figura del demonio que da título a la obra. En definitiva, un cúmulo de valores que, conjuntados, ofertan un espectáculo tan sugerente que, aún a pesar de su evidente humildad, no llega a perder ni un ápice de encanto.

Sería inexcusable no aludir a su magnífico elenco, haciendo especial hincapié en la figura de Ward Roberts, que da vida al personaje protagonista con una espontaneidad arrolladora. En igual medida resultan eficientes las intervenciones de Sarah Lassez, habitual en las producciones de Betz, como la misteriosa April o Jeremiah Birkett , conocido actor de la televisión norteamericana, en el papel de Lo. Pese a reconocer el esfuerzo por parte de todos ellos reconozco, a título personal, sentir predilección por éste último, tal vez a raíz de los volubles cambios que se aprecian en su registro tan emocionalmente contrapuesto. Dulce villano que, a pesar de contar con algunas intervenciones particularmente crueles, no llega nunca a ofrecer una imagen deleznable. A la postre y aunando pros y contras, huelga insistir en que el señor Travis Betz contribuye de forma muy positiva al género con esta humilde incursión pseudo-teatral, fábula que previene de los peligros del amor, ese efluvio demoniaco que infesta de dolor las almas más incautas. Imprescindible, así es cómo describiría el visionado de Lo, cuya fiebre de honestidad es un claro alegato contra la frivolidad de tanta producción cortada por los mismos y trillados patrones.


CECILIA GF (DAHLIA)


LA POESÍA

(JUANMA NOVA GARCÍA)

VUELVO A TI Vuelvo a ti… Vuelvo desde donde nunca estuve… Vuelvo desde donde jamás estaré… Regreso con la noche, herida de luna llena, y las manos manchadas de sangre, de arena, de polvo, de culpa y de algas corrompidas de los mares… allá donde las tinieblas acechan desde dimensiones desconocidas de dolor y matan y mueren y olvidan al amparo de la espuma y la humedad y la enfermedad de estos dedos temblorosos convertidos en olas de sufrimiento… A lomos de la corriente submarina vuelvo a ti… las profundidades abisales se vuelven piedra y estallan en millones de esquirlas de cristal como infernales agujas sangrientas; el olvido me sumerge y te descubro al fin, envuelto en tentáculos de ira y odio, al filo de las tenebrosas pesadillas que rezuman tu piel maldita, junto a los engendros malignos que, bajo forma de diabólicas caracolas, te protegen de las inclemencias de la bondad…

Me llamas a tu lado y yo acudo, y me siento a tu diestra donde ninguna amenaza me acecha, bajo la escarcha, el trueno y la tormenta, y el frío eterno de tu trono tenebroso… eres gélido, infernal, tu aliento un huracán de almas compungidas y desoladas… A ti vuelvo en la marea de la noche mientras te recreas en lo profundo, allí donde las tinieblas nacen, las palabras aúllan entre cenizas y las sombras engullen la luz que perece, bajo el aleteo de una muerte que languidece… Estoy aquí… En la herida del caos del abismo insondable de tu mundo; me ofreces tu mano nauseabunda mientras tu corazón se abre en un racimo oleaginoso de cicatrices inmundas… siniestras criaturas se escabullen y esconden entre los huecos y esquinas de tu universo, al compás de tu voz infrahumana que me abraza y retuerce y conquista y humilla y quema mi alma… Vuelvo a ti, Señor, Padre, Maestro, ¡¡Oh, Cthulhu!!, mientras me consumo al pronunciar tu impronunciable nombre…


RED ROOM (SERIES) IN THE FLESH

En el anterior número de la revista nos ocupábamos en profundidad de American Horror Story. Más de las dos primeras temporadas y menos de la tercera, porque reseñar algo que en mi opinión deja bastante que desear no es mi estilo. Poníamos en duda si la cuarta temporada merecería la pena o no y, tras un comienzo que dejaba ver una luz al final del túnel, a día de hoy y después de haber visto unos cuantos capítulos, me atrevo a decir y digo que NO, que no merece la pena y que si no la veis no os perdéis nada. Ahora ya está en vuestras manos, no acepto reclamaciones. Invirtamos nuestro preciado tiempo en algo más entretenido: mirar las musarañas. Y si lo que queréis es invertir vuestro tiempo en algo más productivo: ved In The Flesh. Serie británica de la BBC (dos factores que nos garantizan, mínimo, calidad) ideada por Dominic Mitchell y dirigida por Jonny Campbell. Lo que tiene de original es la vuelta de tuerca que le da al concepto zombie y a su planteamiento. Nada que ver con el referente actual de este tipo de género, no por su calidad, sí por su gran número de seguidores: The Walking Dead. Si lo que buscas en una serie típica de zombies, In The Flesh no es tu serie, desde luego. Mientras que en TWD se centran en el durante, en la serie que abordamos se ocupan del después. ¿Qué pasaría si, tras un Apocalipsis zombie, se inventase una “cura” para mantener a los muertos vivientes (o “parcialmente muertos”, como se les denomina en la serie) tranquilitos y sin ganas de comer cerebros? ¿Qué pasaría si se pudiesen reinsertar en la sociedad?. Kieren Walker (Luke Newberry), protagonista indiscutible de ITF, vuelve a su hogar, un pueblo británico llamado Roarton, tras haber sido tratado de su “enfermedad”. En la primera temporada, que en principio se iba a quedar ahí en formato de miniserie pero que tras el éxito ampliaron a una temporada más (por ahora), nos cuentan cómo es la acogida de Kieren por parte de sus familiares, amigos y vecinos. Una acogida complicada y conflictiva, sobre todo por el sector más conservador del pequeño pueblo, porque aunque él sigue siendo prácticamente el mismo (sin contar los traumas que tiene por haber


comido cerebros… Lógico, habría que veros a vosotros si os pasa lo mismo) su entorno no le ve igual. Ni a él ni a cualquier afectado por el síndrome del parcialmente muerto, aunque estén tratados. Eso genera marginación y otras cosas feas que es de lo que realmente va esta serie. Los zombies, en mi opinión, son una mera excusa, una metáfora para hablar de otro tipo de cosas, cosas que me estoy conteniendo de comentar para no destriparos la serie. De nada. En la segunda temporada (¿innecesaria?) hacen hincapié en aquellas historias mostradas en la primera, ahondando en la vida de algunos de los personajes secundarios. Amy (Emily Bevan), la mejor amiga de Kieren, tomará papel protagonista junto a él, algo que agradecemos porque, aunque el chaval es majo y buena gente, es demasiado soso como para soportar otra vez un peso principal en solitario. Mientras que en la primera temporada se centran en la tolerancia, en la segunda, critican tanto a los grupos rebeldes mal llevados (terroristas, vaya) como a los grupos que tienden hacia lo totalitario. No se me ha olvidado que estamos en San Valentín y que lo lógico sería hablar de amor. No os preocupéis, en In The Flesh tenemos amor de muchas clases, de muchos colores y de muchos sabores (me he pasado) para dar y tomar. Espero que la disfrutéis como se merece.

LAURA CLEMENTE


LA RESEÑA ESPECIAL AITOR HERAS “Sentir el miedo es necesario. Intentar que no te venza es agotador”. Esta frase describe a la perfección la novela de J. C. Ibarz, Requiem por un superviviente: Diario de Ulises Z, la travesía que su protagonista emprende desde los Pirineos hasta el Mediterráneo en busca de su exesposa y su hija. Hasta ahí todo normal, hasta que descubrimos que el mundo ha sido asolado por una plaga que ha dejado pocos supervivientes y algo peor, millones de infectados hambrientos de carne humana. Una situación en la que los vivos, muchas veces, acaban siendo más peligrosos que los muertos.

Nos encontramos ante una novela que se puede englobar dentro del género zombie o Z, de eso no hay duda. Aunque tiene sus particularidades. La más evidente, es la idea, no original, pero sí ciertamente atípica de narrar la historia en forma de diario. La trama es la búsqueda desesperada de su protagonista, que da título al libro, de su exmujer y su hija, que se encontraban juntas en el momento en que el apocalipsis se desencadenó en la tierra. Durante su recorrido irá conociendo a varios supervivientes, cada uno con sus motivaciones y personalidades, teniendo que dar gracias al autor de haberse tomado la molestia de profundizar en este aspecto, primordial para mí. Gran sabor de boca deja esta novela por varias razones. La principal, el estilo del joven autor. Dentro de una narración sin alardes pero sin elementos superfluos, nos deja algunas frases memorables en forma de reflexiones del personaje, lo que ayuda a reforzar la idea de que nos encontramos en realidad leyendo las palabras salidas de su cabeza en los momentos en que ha tenido tiempo de escribir. La escritura, llana y sin ambages, huyendo de los artificios y las palabras innecesarias, dicho esto como un halago, hace que la lectura fluya, ayudada por unas situaciones tensas y plausibles dentro del mundo postapocalíptico en que se mueven los distintos personajes, en las que no siempre sobrevive el más fuerte. Un reflejo de la vida cotidiana, en la que el ser humano es el peor depredador para sí mismo, homo homini lupus, pero en el que, al mismo tiempo, surgen también sus mejores reacciones. Así pues, los verdaderos protagonistas son los humanos y sus defectos y faltas, virtudes y bondades. Este enfoque no deja de ser algo recurrente, pero va un poco más allá de las obras en las que la supervivencia es el único punto tenido en cuenta por su autor. La novela trata de huir de los tópicos, y se nota. Es la historia de un hombre normal en ese nuevo mundo, lejos de objetivos nobles y grandiosos como encontrar el origen y la cura de la infección o matar a los infectados a cientos. Ibarz se ha centrado en esos personajes que no salen en las novelas Z más al uso, lo que hace muy factible el llegar a identificarse con uno varios de los elementos humanos cuyas decisiones quedan desgranadas en sus casi 350 páginas. Nos hallamos pues ante un prometedor debut literario de un autor que esperemos dé más y del que tengo la seguridad que irá puliendo sus pequeños fallos de principiante. Una lectura recomendable.

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J.C. IBARZ ¿No te gustan los zombis? Si es así, te sorprenderá saber que éste es el libro que buscas. ¿Sí te gustan los zombis? Claramente éste es el libro que buscas. Diario de Ulises Z es una novela que cuenta historias personales de gente normal que un día cualquiera lo pierden todo, pero que su instinto de supervivencia hace que sigan adelante. Opera prima de un talentoso y joven escritor que desde su humilde bolígrafo pretende hacerte viajar por una España post-apocalíptica. Aquí encontrarás buenas dosis de terror, zombis, desolación, muerte, destrucción, supervivencia, ilusión, superación, amor y esperanza. AMAZON http://www.diariodeulisesz.com/ Facebook

J.C. Ibarz (Tarragona, 1985) Escritor novel que nos presenta su ópera prima Diario de Ulises Z, que pretende ser el primer libro de una trilogía. Coordinador y uno de los escritores de la antología de terror El idioma del miedo, miembro fundador de la agrupación Dissident Tales y uno de los autores de la novela benéfica desarrollada entre varios escritores, llamada Villaespino: Cruce de caminos. Sus fuentes de inspiración van desde Edgar Allan Poe, pasando por Bram Stoker hasta Arturo Pérez-Reverte, Santiago Posteguillo o Robert Graves. Aunque especializado en el género de terror, es un gran amante de la novela histórica y sobretodo de los clásicos de la literatura. Creció a caballo entre Fraga y L’Hospitalet de l’Infant. Su andadura con las letras empezó a una edad muy temprana, más tarde escribiendo letras de rap e interpretándolas, realizando así, numerosos conciertos hasta que descubrió su verdadera vocación y cambió la poesía rítmica por pura narración. Ahora escribe novelas, desarrolla guiones para cómics o cortometrajes y se dedica a buscar la inspiración en cualquier parte.


xavier leperdĂş


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MITOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES DAVID CARRASCO, SORAYA MURILLO, RAVEN PINK

EL LABERINTO DEL MINOTAURO Hoy se introdujo por otro sendero diferente a los ya antes andados aunque tenía la certeza que el fin sería el mismo, había perdido ya toda esperanza. Este nuevo lugar lo sintió más frío, impregnando su ropa con un peculiar perfume a sándalo, las otras sendas olían a humus. El olor aceleró su corazón, era algo nuevo, tal vez no muy importante, pero sí el primero en varios días desde que empezó a recorrer los extraños valles algunos surcados de cristalinos ríos, de aguas fresquísimas que se dejaban arrastrar desde las cordilleras. En una ocasión se encontró con unos picos de tierra arenisca de más de 800m de altura extendiéndose como columnas hacia el cielo, dando la sensación de ser montañas flotantes. Vió un espectacular río que por la noche brillaba, seguramente a causa de alguna especie de microorganismo fluorescente. Pasó junto acantilados formados de rocas de diferentes tonalidades, dados estos por los minerales , donde el viento y la lluvia erosionaron de diferentes formas dando lugar a increíbles pilares naturales. La vegetación era igual, frondosos y altísimos árboles que la mayoría de las veces la dejaban caminando entre una penumbra de sombras, donde por la noche miles de luciérnagas colgaban de ellos irradiando una luz luminiscente. El suelo era todo un tupido de verde de esponjoso musgo, del cual salían unas diminutas flores negras. Siguió la fragancia que parecía invadirlo todo, caminando durante horas siempre calculando el tiempo de luz, no quería que la oscuridad se adueñara haciendo imposible el camino de regreso en caso de no encontrar el límite. No sabía cómo ni cuándo lo traspasó, en qué momento cruzó la línea, se percató al mirar el cielo y verlo de un violeta muy claro,en vez del azul que sus ojos conocían. Regresó sobre lo andado bastante asustada, entendió que ese color no presagiaba nada bueno, pero por más que se apresuró sólo encontró la noche. Se había acostumbrado al nuevo paisaje logrando dormir hasta que los primeros rayos violáceos la despertasen. El día era muy silencioso solo oía sus pasos, en cambio la noche eran todo gemidos de animales que nunca lograba ver, hojas secas que se movían al pasar por debajo insectos dejando algunos asomar unas largas antenas, crujidos de ramas, movimientos de plantas junto a un viento cálido que venía del interior que a veces traía unos extraños lamentos muy parecidos a los humanos. El sándalo era muy intenso, según se introducía le costaba respirar, se le secaba la garganta produciéndole una tos seca, esperaba que este nuevo sendero no terminara como los otros, en aquel maldito barranco que parecía no tener fin, cuyo fondo debía de llegar hasta las puertas del infierno. Y enfrente, la nada, la nada más absoluta un vacío negro del


que de vez en cuando salían pequeñas chispas blancas en forma de relámpagos. Pero ya no era sólo ese perfume lo que le devolvió la confianza también un cielo más claro tirando a lila .Estos cambios le confirmaron que estaba dejando atrás ese mundo, eso la animó acelerar echando casi a correr, las provisiones se le habían acabado, apenas encontró alguna fruta comestible, llevaba ya un día sin nada en el estómago, no quería desfallecer, ser alimento para todo aquello que por la noche parecía cobrar vida. Entonces apareció ante ella, allí grande, majestuoso, un maravilloso laberinto. La entrada era un semiarco de piedra caliza, con diversas grietas de las que se desprendía una capa de fina arena, coronando el suelo con pequeños montículos marrones. Enredaderas de hiedra colgaban de ambos lados, luciendo mortíferas espinas y hojas decrépitas. Con pausados pasos cruzó el umbral, contemplando un pasillo largo de grava colindado por anchas colinas escarpadas, de terreno yermo. Rododendros con flores marchitas eran el único indicio de vegetación. El cielo era un amasijo de nubarrones oscuros, sin ningún indicio de claridad, mancillado por cuervos negros que volaban en círculos, graznando y adentrándose en el laberinto en bandada, como si se tratase de una especie de Virgilio, guiándola hacia un viaje de sólo ida. Comenzó a caminar por el largo sendero. Un sonido de roce y derrumbe la hizo volverse, a tiempo de ver como la entrada desaparecía bajo varias capas de vegetación. Sólo tenía una alternativa, adentrarse en lo desconocido y rezar para encontrar una salida. Tras varios minutos de seguir la única senda llegó a una pared de piedra, bifurcándose el camino en dos más, uno a la izquierda y otro hacia la derecha. Un leve deje de nerviosismo se adueño de ella, ante la incertidumbre del interrogante y el miedo a elegir la opción equivocada. Cerró los ojos dejando que sus demás sentidos decidiesen por ella, oyendo, oliendo y sintiendo todo lo que la rodeaba. Un aura de maldad y oscuridad parecía llegarle de la izquierda, por lo que se decidió por el lado contrario. Un nuevo camino, plagio del anterior, se abría ante ella. Sólo que, esta vez, antes del final del mismo, tres opciones se le presentaron ante sus ojos. Seguir de frente o por otros dos caminos que se desplegaban del principal, a izquierda y derecha. Gotas de sudor colmaron su frente, mientras notaba un angustioso calor por dentro. Estaba perdida, sin poder orientarse de ninguna forma. No disponía de la ventaja de guiarse por el sol, ya que arriba, el cielo seguía oscureciéndose cada vez más, aumentando el número de cuervos que parecían volar en círculos, burlándose de su dicha. Continuó hacia delante, con temor de lo que le depararía el laberinto. Se giró instintivamente, a tiempo de ver como una sombra se escurría por el camino de la izquierda. Los pájaros volaron en sentido contrario, asustados dejando caer parte de sus plumas cubriendo el suelo creando un pasillo alfombrado de color azabache. Se acurrucó contra la pared, olvidándose de respirar, dejando que el miedo se apoderase de ella. Agazapada y temblando, se quedó mirando atrás, con la esperanza de que todo hubiera sido fruto de su imaginación. La sombra de una cabeza ostentosa se asomó por el borde del camino, volviendo a esconderla rápidamente. Ya no había duda, no estaba sola en ese laberinto. Empezó a correr como una posesa, sin pararse a pensar por dónde torcía. Izquierda, derecha, izquierda, de frente… todo se sucedía a cámara rápida. Y mientras, de fondo, unos potentes pasos persiguiéndola, los cuales reverberaban por todo el laberinto, seguidos de


unos resoplidos inimaginables. Finalmente, en un recoveco vio un seto, no dudando en esconderse tras él, cubriendo su cuerpo con las ramas que tenia. Respiraba agitadamente, tapándose la boca con las manos, para paliar el ruido de su boca. Los pasos de persecución fueron sustituidos por rítmicos pasitos, oyéndose cada vez más cerca de su escondite. Por un hueco entre las hojas conseguía ver el suelo del sendero, en el cual apareció aquello de forma súbita, agrietando el pavimento. Sofocó un grito de terror, a medida que la extraña figura se acercaba al seto, parándose a escasos centímetros oyendo como olisqueaba el aire, coronando la acción con un rugido que le hizo estremecerse. Cuando el ruido cesó, vio que las piernas se alejaban, torciendo por el siguiente pasillo a la izquierda. Estaba a salvo, de momento. Se quedó allí quieta, aunque entendía que debía moverse para encontrar la salida .El miedo invadía todo su cuerpo no sabiendo que le depararía el siguiente camino, sintiéndose desorientada .El laberinto tenía una finalidad, de eso estaba convencida y que había alguien más, lo acababa de comprobar. No llegó a intuir su forma, pero aquella manera de olfatear el aire buscándola, le pareció similar a cuando un animal huele su comida, pero aquello no era ningún animal, caminaba sobre dos piernas. Abandonó su refugio mirando un cielo negro como si la madre de todas las tormentas se concentrara en ese preciso lugar, eso la animó, era el primer indicio de que su mundo podría hallarse al otro lado. Más pasillos de diferentes direcciones se entrecruzaban entre ellos, comenzando de nuevo a recorrer el laberinto atrayéndola como si de un abismo se tratara, con la firme decisión de encontrar el final le llegó otra vez el olor a sándalo. Las paredes crecían en altura, sintiéndose más atrapada de lo que ya estaba, no teniendo la sensación de estar adentrándose en un laberinto, ahora se sentía como dentro de una trampa cuyo perfume la había atraído hacia allí. No quería dejarse vencer por el miedo, aquello que la perseguía seguía sin dar señales, igual sólo buscaba un escape , debió de introducirse buscando ambos la salida, el hecho de no volverlo a sentir le hizo pensar que tal vez lo había conseguido . Según se adentraba todo le parecía más antiguo, más muerto. Las paredes le recordaban la forma en que antiguamente se construían con barro húmedo, las enredaderas se agarraban ya muertas dejando ver solo su esqueleto de palos secos, Todos los recorridos le parecían iguales, incluso creyó repetir el mismo lugar. Derecha, izquierda, otra vez derecha, le asustaba no saber cuán grande podría ser aquello, le regresó el hambre, de no salir, sería su tumba. Unas gotas heladas mojaron su cabeza .Completamente desorientada se detuvo un instante, de nuevo le regreso la sensación de estar siendo vigilada, fue cuando escuchó del pasillo de la derecha, unos resoplidos .No le dio tiempo a reaccionar, todo se derrumbo dentro de ella, toda esperanza se esfumó, al ver al ser que la contemplaba. Mitad hombre, mitad bestia. Una enorme figura, de altura inhumana de espaldas anchas. De cuello para abajo, un torso humano de músculos marcados, del que salían dos robustos brazos que culminaban en manos descomunales. A partir de la cintura , un par de patas marrones, grandes más allá de cualquier medida existente en el reino animal,


terminando en unas pezuñas negras, con unos ligeros tonos grises procedentes del suelo que pisaba. Lo más aterrador, lo que la había dejado sin aliento, era lo que había sobre el cuello. Un busto indescriptible, similar al de un toro, pero más abominable y espeluznante. Mostraba un prominente hocico de orificios abiertos, del que salían vaharadas de humo, y unos ojos totalmente negros . Era como mirar el caos y que te devolviese la mirada. En lo alto de la cabeza, dos cuernos blanquecinos, terminados en punta con diversas muescas en todo su recorrido. Se resistía a nombrar aquella bestia que tenía delante, pero su mente recordó un nombre de la antigüedad, una leyenda del pasado, que sin embargo, tenía delante de sí misma. Sus labios susurraron una única palabra: Minotauro. El Minotauro pateó el suelo con vehemencia, golpeándose el pecho con los puños, aullando al cielo, despejándolo de cuervos, los cuales huyeron despavoridos. Cuando terminó, respiraba entrecortadamente pasándose la lengua por el labio superior, mirando a su compañera de laberinto. Alzó un brazo señalando la espalda de ella, girándose ésta para contemplar, con esperanza, cómo al final del pasillo un arco de rocas señalaba la salida, viéndose al otro lado una radiante claridad. Ella miró a la bestia con desconcierto, oyéndola pronunciar una sola palabra: Corre. Se dio la vuelta corriendo con las últimas fuerzas que le quedaban, raspándose los puños con las pequeñas piedras que iba llevándose por delante, al mover los brazos como una posesa, con la intención de conferir más velocidad a su huida. Una risa estridente llenó la atmosfera, percatándose, por el rabillo del ojo, como el Minotauro salía detrás de ella, agrietando el suelo con la fuerza de las pezuñas. La salida iba acercándose cada vez más, notando como el corazón le bombeaba aceleradamente, sintiendo pinchazos por todo el cuerpo. Estaba a punto de desfallecer, pero no podía rendirse. No estando tan cerca. Sacó fuerzas de flaqueza, siguió corriendo, sonriendo al poder contemplar el final del trayecto. Iba a conseguirlo, lo presentía. Percibió un golpe seco en su espalda, alejándola del suelo, quedando sus piernas colgadas en el aire. De su pecho sobresalía un gigantesco cuerno, salpicada su punta de sangre, la cual chorreaba para abajo, procedente del agujero de la herida. Abrió su boca para gritar, pero solo pudo expulsar flemas de sangre. Su vista se nublaba, llenándose sus ojos de lágrimas al comprender la cruda realidad. El Minotauro la había ensartado, había jugado con ella, finalmente, la había rematado. La bestia la agarró del pelo tirando hacia delante, desclavándola, produciéndole un dolor inimaginable. La asió de nuevo de los cabellos arrastrándola por el suelo, de vuelta al laberinto. Cerró los ojos poco a poco, viendo como la salida se iba alejando haciéndose más pequeña. Lo último que oyó, antes de expirar, fue el graznido de los cuervos, quienes volaban alrededor del Minotauro, esperando poder comer las sobras que dejase cuando saciara su hambre.


EL MITO Y LA LEYENDA El Minotauro era monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Su nombre significa “Toro de Minos”, y era hijo de Pasífae y el Toro de Creta. Fue encerrado en un laberinto diseñado por el artesano Dédalo, hecho expresamente para retenerlo, ubicado probablemente en la ciudad de Cnosos en la isla de Creta. Por muchos años, hombres y mujeres eran llevados al laberinto como sacrificio para ser el alimento de la bestia hasta que la vida de ésta terminó a manos del héroe Teseo. Minos, hijo de Zeus y de Europa, pidió al dios Poseidón apoyo para suceder al rey Asterión de Creta frente a sus hermanos y ser reconocido como tal por los cretenses. Poseidón lo escuchó e hizo salir de los mares un hermoso toro blanco, al cual Minos prometió sacrificar en su nombre. Sin embargo, al quedar Minos maravillado por las cualidades del hermoso toro blanco, lo ocultó entre su rebaño y sacrificó a otro toro en su lugar esperando que el dios del océano no se diera cuenta del cambio. Al saber esto Poseidón, se llenó de ira, y para vengarse, inspiró en Pasífae un deseo tan insólito como incontenible por el hermoso toro blanco que Minos guardó para sí. Para consumar su unión con el toro, Pasífae requirió la ayuda Dédalo, que construyó una vaca de madera recubierta con piel de vaca auténtica para que ella se metiera. El toro yació con ella, creyendo que era una vaca de verdad. De esta unión nació el Minotauro. El Minotauro sólo comía carne humana, es decir era antropófago y conforme crecía se volvía más salvaje. Cuando la criatura se hizo incontrolable, Dédalo construyó el laberinto de Creta, una estructura gigantesca compuesta por cantidades incontables de pasillos que iban en distintas direcciones, entrecruzándose entre ellos, de los cuales sólo uno conducía al centro de la estructura, donde el Minotauro fue abandonado. Ocurrió que uno de los hijos de Minos fue asesinado en Atenas después de una competición olímpica donde quedó campeón. El rey de Creta declaró la guerra a los atenienses. Minos atacó el territorio ateniense e hizo rendir a Atenas. La victoria de Minos imponía varias condiciones por la rendición, y se dice que el oráculo de Delfos fue quien aconsejó a los atenienses ofrecer un tributo a Creta. Así, una de las condiciones emergentes era entregar siete jóvenes y siete doncellas como sacrificio para el Minotauro.


Años después de impuesto el castigo a los atenienses, Teseo, hijo de Egeo, se dispuso a matar al Minotauro y así liberar a su patria de Minos y su condena. Era la tercera vez que catorce jóvenes atenienses, siete muchachos y siete muchachas, iban a ser sacrificados en favor de la bestia antropófaga cuando Teseo llegó a Creta, 18 años después de iniciado el terror del Minotauro. Teseo conoció entonces a Ariadna, hija del rey, quien se enamoró de él. La princesa rogó a Teseo que se abstuviera de luchar contra el Minotauro, pues eso le llevaría a una muerte segura, pero Teseo la convenció de que él podía vencerlo. Ariadna, viendo la valentía del joven, se dispuso a ayudarlo, e ideó un plan que ayudaría a Teseo a encontrar la salida del laberinto en caso de que derrotara a la bestia. En realidad ese plan fue solicitado por parte de Ariadna a Dédalo, quien se las había ingeniado para construir el laberinto de tal manera que la única salida fuera usar un ovillo de hilo, el cual Ariadna le entregó para que, una vez que hubiera ingresado en el laberinto, atara un cabo del ovillo a la entrada. Así, a medida que penetrara en el laberinto el hilo recordaría el camino y, una vez que hubiera matado al Minotauro, lo enrollaría y encontraría la salida. Teseo recorrió el laberinto hasta que se encontró con el Minotauro, lo mató y para salir de él, siguió de vuelta el hilo que Ariadna le había dado. FUENTE INTERACTIVA WIKIPEDIA AQUÍ

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GRAZNIDOS EN LA HISTORIA (ANA ARRANZ SIHAYA)

RITO DE MADUREZ EN ESPARTA Aetos miró nervioso la luna llena sobre su cabeza. Era su gran noche. Hoy demostraría al resto de ciudadanos que estaba preparado para convertirse en un hoplita espartano y podría portar, por fin, el escudo y la lanza larga como símbolos de su paso a la madurez. Su madre le entregaría el escudo redondo y le diría esas palabras que todo joven espartano esperaba escuchar: —Vuelve con él o sobre él. Él y varios de los compañeros de su misma edad se removían inquietos y expectantes. Algunos miraban al cielo, a la luna llena que les ayudaría a pasar la prueba. Aetos deslizo la mirada hasta encontrarse con los ojos de Eryx, su mejor amigo. Al darse cuenta de que lo miraba intentó esbozar una sonrisa que no logro ser más que una mueca. Eryx acababa de cumplir los veinte años, pero parecía mucho más joven que el resto con esos ojos risueños y esa sonrisa permanente en sus labios. Aetos apartó la mirada de su amigo. No creía que pudiese pasar la prueba. Quizá ni lo intentara. No era lo suficientemente fuerte para afrontarla y él no podría hacer nada esta vez como había estado haciendo todos estos años desde que se conocieron con siete años, cuando ambos pasaron a estar bajo la tutela del Estado espartano. Si no hubiera sido por Aetos, Eryx no hubiera sobrevivido, pero ahora ya no podía ayudarle. Tenía que convertirse en hoplita por sí mismo. Suspiró y volvió a mirar a la luna mientras se estremecía. La noche no era especialmente fría, pero los nervios le hacían temblar sin control. Deseaba que los pedónomos, sus educadores, dieran la señal. Miró al suelo y jugueteó con una piedra empujándola con sus pies descalzos mientras esperaba. Unos gritos le hicieron levantar la cabeza con una sonrisa siniestra en el rostro. Comenzaba el encuentro con la sangre. Todas las cabezas se volvieron hacia un grupo de sombras que huía en la noche. Los rayos de luna les conferían un aspecto fantasmal al aparecer y desaparecer entre los árboles y los arbustos. Aetos siguió con la vista a una de las figuras sin abandonar su sonrisa. Los ojos le brillaban anticipando la próxima persecución. Solo apartó los ojos al notar que alguien lo miraba. Se volvió para descubrir la triste expresión de su amigo. Su gesto cambió abandonando su cruel sonrisa y se miraron a los ojos durante unos momentos hasta que Eryx bajó la cabeza hacia el suelo como avergonzado. Ahora estaba seguro, su amigo no superaría la prueba. Pero él sí. Levantó orgullosamente el mentón y volvió a fijar la vista en el grupo de ilotas, de esclavos, que los pedónomos habían liberado para que ellos los persiguiesen y cazasen. A una señal, los aspirantes a hoplita partieron en pos de los esclavos. Ahora demostrarían su valía como soldados espartanos. Más que un grupo de muchachos semejaban una jauría de perros salvajes persiguiendo a su presa y lanzando gritos que tenían poco de humanos y mucho de bestias. Sus pies descalzos dejaban atrás al grupo de adultos que seguían a los aspirantes con ojos brillantes contagiados de la salvaje fiebre de los muchachos. La mayoría recordaba esa sensación que les había inundado años atrás en su primera cacería. Algunos esclavos seguían corriendo sin mirar atrás ni reparar en otros menos afortunados o más asustados como para evitar los obstáculos en su camino.


El primero de los muchachos llego junto a uno de los ilotas caídos y, sin detenerse, le asestó un golpe que hizo que no pudiera levantarse de donde había caído. Luego se lanzó sobre él y comenzó a golpearle sin descanso hasta que el desgraciado dejó de respirar. El muchacho se incorporó y lanzó un grito de victoria mientras los compañeros que habían ido acudiendo le felicitaban y celebraban su paso a la madurez. Aetos pasó como un vendaval junto al grupo y siguió corriendo a grandes zancadas en persecución de los esclavos liberados sin desviar la vista de su objetivo. No tardó en alcanzarle, pero el ilota al verse atrapado le plantó cara empujado por la desesperación. El aspirante estudió rápidamente sus posibilidades e hizo amago de atacar al esclavo por la derecha. Éste se volvió en esa dirección para no ofrecerle la espalda, pero Aetos solo pretendía arrinconarle y buscar una posición que le diese ventaja en el ataque. Después de dos intentos más le atacó salvajemente aprovechando su mayor robustez para atraparle contra una enorme roca a sus espaldas. El golpe dejó al ilota sin respiración dándole una gran ventaja al joven que agarró su cabeza y la golpeó contra la roca hasta que el esclavo perdió el conocimiento y, con ello, la posibilidad de defenderse. Aetos siguió golpeándole hasta que sus compañeros llegaron junto a él y comenzaron a vitorearle. Jadeando se apartó del cuerpo inerte e intentó recuperar el aliento mientras el resto de aspirantes seguía felicitándole. Ya era un soldado espartano por derecho propio. Desde la cima de la montaña, Eryx observaba a sus compañeros con mirada triste. Jamás se convertiría en soldado y, sin el apoyo de Aetos, no tardaría mucho en correr la misma suerte que aquellos ilotas. Los débiles no tenían sitio en Esparta. <<<<>>>>


EXPERIENCIAS MÁS ALLÁ DEL NIDO

By José Manuel Durán Martínez Rain

A veces me preguntan si he pasado miedo investigando Fenómenos Paranormales y la respuesta es afirmativa. “Y mucho miedo”, añadiría yo. No precisamente en mis visitas a casas embrujadas que aunque se te pone el corazón a cien son cosas con las que uno ya cuenta. Tampoco en las experiencias de la Ouija, que he presenciado cientos de ellas y participado en muchas más. Miedo, lo que se dice miedo, sólo sucedió una vez, en un aparente caso de POSESIÓN. ¿Posesión Diabólica? No lo sé. No puedo estar seguro pero sí diré que no fue una experiencia agradable. Aquello, fuera lo que fuere, resultaba perjudicial para la persona afectada que, francamente, no lo pasó nada bien durante el período que duró tan desagradable situación. Durante el estado en el que el cuerpo de ella parecía ser ocupado por otra entidad se respiraba una atmósfera perversa y la temperatura de la habitación bajaba considerablemente durante la presunta posesión (pudimos comprobarlo en varias ocasiones con una pérdida rápida de cinco grados, que regresaba una vez la “entidad” se esfumaba) la voz de la mujer cambiaba totalmente, volviéndose varonil, agresiva y cínica. La tonalidad de su piel variaba, adquiría una tonalidad verdosa y su mirada expresaba perversidad. . Se comportaba de forma extraña y los pelos se me ponían de punta cuando la poseída me observaba sentada en el sofá y en silencio se burlaba de todo lo que estaba ocurriendo a nuestro alrededor. Fue una mala experiencia si lo cuento desde mi punto de vista y algo terrible si lo hago desde el de la persona afectada. Ocurrieron varios fenómenos de difícil explicación durante estos episodios (en su mayoría fenómenos que acostumbran a suceder durante los denominados Poltergeist) y la información que ofrecía la “entidad” resultó relevante para comprender otros casos que estábamos investigando y que aún permanecen abiertos. Todo comenzó en un viejo caserón. Un lugar que ha sido escenario de no pocos sucesos anómalos y que posee una larga historia que quizá, en un futuro, podamos contar a los lectores de “Vuelo de Cuervos”: grabaciones en una cinta magnetofónica de voces extrañas, apariciones, ruidos sin aparente explicación, objetos misteriosos, invitaciones nocturnas, dibujos desconcertantes, caras imposibles en las paredes, coincidencias anómalas y situaciones embarazosas. Todo esto (y mucho más) baila en torno a una casa situada en el monte, rodeada de árboles y caminos cubiertos por el barro y la maleza. En cierto momento, una sensitiva (que había descrito el exterior e interior de la casa


desde más de 500 kilómetros de distancia) acudió al lugar y en un punto concreto sintió que algo se colaba en su interior. Y todo cambio a partir de entonces. Allí mismo algo tomó posesión de su cuerpo y la experiencia duró varios meses. La presunta entidad iba y venía a su antojo, cubriéndola con su manto de crueldad en su propio hogar, ofreciendo información y perturbando la paz de la desdichada hasta que, por propia voluntad, esa “energía maléfica” dio por terminada una experiencia que duró demasiado tiempo y resultó muy desagradable. Prometió volver. Y ahora tú te preguntarás qué te estoy contando o valorarás si te estoy diciendo la verdad, exagero o me equivoco. En realidad da igual todo lo que pensemos sobre el caso, la gran suerte es que, pese a las amenazas de la temible entidad, todo se solucionó de la mejor manera posible y la situación quedó en un oscuro recuerdo que jamás he podido olvidar. En esta narración (como tantas otras que podría contar tras más de veinticinco años investigando Fenómenos Anómalos) omito un montón de detalles e información porque aquí, lo relevante, es contar que sí, hubo momentos en los que pasé miedo cuando trabajaba (sigo haciéndolo a otros niveles) en el mundo de lo ignoto. También resultó una experiencia enriquecedora y que agradezco haber sufrido porque tuvo un final feliz. Aprendí mucho. Se me enseñaron varias cosas y serví de ayuda, que es lo más gratificante. El origen real de la “entidad” jamás se llegó a conocer aunque el hecho de que todo sucediera en aquél viejo caserón y que en los momentos en los que hablaba hiciera referencia a aquel maldito lugar me hace `pensar (deducir más bien, gracias a informaciones que no puedo contar) que cuando la sensitiva visitó el escenario, algo que permanecía allí desde hacía mucho tiempo vio la oportunidad de “colarse” en el interior de aquella mujer, desplazar su alma y ocupar su puesto. Una oportunidad que “eso” no podía desperdiciar. Era la única forma de interactuar en nuestro plano y se aferró a ella como una horrible garrapata. Un hecho que, por lo que parece, sucede más veces de las que pesamos. Ahora que todo ha pasado, y después de escribir esta situación, voy recordando otras historias, otros casos en los que también sentí un poco de miedo, casos excepcionales que permanecen aletargados en una zona de mi memoria y que al revivirlos se me eriza la piel y me pongo nervioso pero eso, quizá, deba ser contado en otro momento. ¿Estarás ahí?

JOSÉ MANUEL DURÁN RAIN


LUGARES ABANDONADOS Y MALDITOS

MANSIÓN ALEMANA


Poco o nada se sabe a ciencia cierta sobre los moradores de esta fabulosa mansión alemana, ahora en ruinas,. Lo único de lo que se tiene certeza es de que perteneció a un medico que tuvo allí su consulta y sala de experimentos . Sus estancias nos arrojan algo de luz sobre quienes la habitaron, pues están llenas de efectos personales, como ropa y fotografías, que se quedaron en la casa, lo que también nos sugiere un extraño y repentino abandono de la residencia. La parte más macabra de la casa es una sala de reconocimiento con instrumental médico. donde aun pueden apreciarse botes de cristal con contenido experimental como trozos de vísceras humanas. En base a ciertos documentos que se han encontrado la mayoría de los miembros de la familia murieron en un accidente de tráfico, falleciendo poco después la única superviviente de la familia. ¿Quiénes eran estas personas? ¿Por qué abandonaron la casa con tanta celeridad? ¿Qué pasó allí? Sin duda alguna se plantean muchas preguntas sin respuestas y haciendo un recorrido por esta fascinante mansión no podemos hacer otra cosa que imaginar por nuestra cuenta como era la vida de sus propietarios. Podemos imaginar como sonaría la música en la gran sala de piano. Una sala decorada con papel pintado y techo rosado, donde un gran ventanal da la bienvenida a la alegría y la luminosidad. El piano de madera azabache aun guarda intactos sobre su tapa diversas partituras, dando la imagen de vida al espacio. La coqueta sala de té con su chimenea blanca y su gran espejo, ,sus paredes de motivos florales y su sofá tapizado de .rosa y blanco .Sin duda el lugar idóneo para la Señora de la casa Habitaciones para el relax y la diversión. Viejos trofeos de caza, una estufa con leña picada lista para ser usada, botellas de licor aun llenas y restos de comida ya seca en la despensa. Un viejo carrito de bebé con un espeluznante muñeco de mirada perdida que casi parece estar puesto a drede delante de una de las ventanas , como si quisiera asomarse al exterior o ver si alguien viene aun a recogerlo. Fotografías por doquier , damas en blanco y negro y un caballero de mirada errática . Papeles añejos y amarillentos que cubren las habitaciones, Cientos de libros desparramados en una maravillosa biblioteca ahora fantasmal y olvidada . Hojas manuscritas en el despacho del Doctor que incluyen informes médicos de pacientes ya anónimos, una vieja maquina de escribir con una nota a medio terminar . Unos guantes de boxeo, una guitarra de cuerdas rotas, un maletín de doctor . Un caótico paisaje de efectos personales que nos hablan de sus inquilinos a cada cada paso dado.


El vestidor y el dormitorio principal con decenas de vestidos desordenados por toda la estancia , sombreros , zapatos y maletas que al parecer jamas fueron utilizados y que, quien sabe si aun siguen ahí esperando salir de viaje. Y la mas espeluznante de las estancias, la sala de consulta y el laboratorio, donde el instrumental medico se apila sobre mesitas de metal oxidadas y aun puede verse la bata ya amarillenta del doctor colgada de uno de los pomos de la vitrina principal. Azulejos rotos,un carrito con frascos que aun guardan en solución de formol restos de hígados humanos, radiografías y viejas diapositivas resumen una visión bastante horripilante y grotesca. ¿Quien dejaría de ese modo todos sus recuerdos ? ¿Quien no volvería a esa mansión a recoger al menos alguna de sus pertenencias?, ¿Porque no volvió nunca nadie allí?. Las incógnitas se siguen sucediendo aun a día de hoy alrededor de esta maravillosa mansión abandonada, pero por suerte podemos tener constancia y ser testigos de su grandiosidad y misterio gracias a la labor como fotógrafo de Daniel Marbaix ROSA GALDO MILLÁN


ILUSTRACIÓN BEGOÑA FUMERO ARTWORKS


LA ENTREVISTA

JUAN DE DIOS GARDUÑO Durante el pasado Festival de Fantasía de Fuenlabrada, que se celebró en esta ciudad del sur de Madrid los días 26 y 27 de septiembre, tuvimos el enorme privilegio de entrevistar a Juan de Dios Garduño, autor de El camino de baldosas amarillas y …Y pese a todo. Esto fue lo que nos contó. Vuelo de Cuervos: ¿Quién es Juan de Dios Garduño? Juan de Dios Garduño: Bueno, Juan de Dios Garduño es el mejor escritor de terror de España, vivo, de momento, y solamente eso, por ahora (risas). VDC: ¿Qué es para ti la literatura? JDDG: Para mí la literatura es una forma de vida. No concibo mi vida sin estar rodeado de libros, de escritores, de eventos literarios, de concursos literarios. Para mí es eso, mi vida. VDC: ¿Qué ventajas o inconvenientes crees que tienen las redes sociales para un escritor? JDDG: Pues tiene… la verdad es que las ventajas es que estás en contacto con tus lectores, te pueden transmitir sus opiniones, y las desventajas, pues que te puedes encontrar cualquier tipo de persona. Como hace poco, que tuve un troll que se dedicó a trolearme en Facebook. Aparte también fue por redes sociales, por Goodreads y demás, poniéndome malas puntuaciones, en Amazon, convenció a veinte personas para que el mismo día me pusieran una estrella para bajarme la puntuación y demás. O sea, que tiene lo bueno y lo malo. Es eso, prácticamente. VDC: Me gustaría que me hablaras un poco de tus inicios en la escritura . JDDG: Pues comencé… Con doce años yo ya tenía claro que quería ser escritor. Empecé con mis primeros relatos, que nunca terminaba también. Los protagonistas eran gente de mi entorno, mis vecinos, mi familia. Y, bueno, cuando llegó internet a mi pueblo, que tardó mucho en llegar, empecé a frecuentar webs literarias, donde la gente subía sus relatos y los demás comentaban. Y ahí fueron mis inicios. VDC: ¿Qué escritores te impulsaron a escribir? JDDG: Principalmente, bueno, a los doce años, como te digo, ya escribía, aunque no conocía a Stephen King. Fue al llegar a los quince años, que leí la primera novela de Stephen King, La Zona Muerta, y me dije “quiero escribir como este hombre”. Quería ser Stephen King. Entonces empecé a escribir terror. A los quince años empecé con el tema del terror, o sea, que él es mi referente, mi principal referente. VDC: Como lector, ¿qué es lo que buscas o esperas en una obra? JDDG: Depende del momento. Hay veces que busco literatura de entretenimiento, de puro entretenimiento y otras veces que busco algo más profundo, más reflexivo, que me haga pensar, que, a la hora de cerrar el libro, que tenga una reflexión.


VDC: ¿Qué importancia le das a los premios y a los galardones? JDDG: Ninguna, la verdad. Pienso que es como una palmadita en la espalda, te sientes bien un rato, pero en realidad, luego sirven de poco. Para llenar el ego, vaya. VC: ¿Cuáles son tus autores preferidos? JDDG: Bueno, a día de hoy, Cormac McCarthy, Charles Bukowski, Stephen King sigue siendo también uno de mis escritores favoritos, me encanta William Hope Hodgson, que lo descubrí antes que a Lovecraft incluso, Lovecraft, Poe, los clásicos. VDC: ¿Qué sientes al tener en las manos tus propios libros? JDDG: Bueno, la verdad es que… Antes decía que era como tener un hijo. Ahora que tengo un hijo me doy cuenta de que exageraba, pero es una sensación muy parecida. Una alegría inmensa, una felicidad impresionante. VDC: Hay editoriales que afirman que ahora se lee mucho menos que antes. ¿Tú crees que esto es cierto? JDDG: Sí es cierto. Es algo muy evidente, porque, además, hay muchos estudios que lo avalan. ¿Por qué? Bueno, yo pienso que la crisis tiene mucho que ver, el momento en que nos encontramos. Quieras que no, la gente prescinde antes de comprarse un libro que de comerse un bocadillo o de darle de comer un plato de potaje a tu hijo. Entonces se lee muchísimo menos. También se inculca menos la lectura a nuestros hijos, nosotros mismos tenemos gran parte de culpa. Y desde el colegio creo que tampoco presionan lo suficiente para que los niños lean. VDC: ¿Qué influencia crees que han tenido las nuevas tecnologías en el mundo editorial? JDDG: Depende. Prácticamente lo que pasa con los escritores, lo mismo. Hay una parte buena, que es el contacto con los lectores de tus libros, de los libros que publicas, y la mala es que muchas veces tampoco te gusta lo que te dicen.


VDC: ¿Y a nivel de lo que es el proceso creativo? Lo que es para el propio escritor. JDDG: Yo pienso que es perjudicial. Creo que escribiríamos más si no tuviésemos, por ejemplo, las redes sociales tan al alcance de la mano. Porque en internet te metes y te entretienes con cualquier cosa. Yo me meto y me leo El País todas las mañanas, me leo los artículos de opinión de amigos míos que trabajan para varios periódicos, miro en Facebook a ver qué es lo que han comentado mis amigos. Total, que te entretienes muchísimo y pienso que es perjudicial para el escritor tanto entretenimiento. VDC: ¿Qué es lo que más y lo que menos te gusta de la profesión de escritor? JDDG: ¿Lo que más me gusta? Dicen que hay escritores que disfrutan escribiendo y escritores que disfrutan una vez que han escrito. Yo soy de estos últimos. A mí me cuesta mucho ponerme a escribir, me cuesta mucho, sufro mientras escribo, lo paso mal porque siempre quiero la frase perfecta, quiero el párrafo perfecto, y para mí es un sufrimiento constante cuando me pongo a escribir. Pero luego, cuando publico una novela me siento muy orgulloso y muy feliz.

VDC: ¿Qué esperas conseguir en el mundo literario? JDDG: Bueno, yo me acuerdo que, desde muy jovencito, tenía la meta de que antes de llegar a los cuarenta años, quería convertirme en un referente de la literatura de género en España. Creo que ya lo he conseguido. No tengo cuarenta años, creo que lo he conseguido. Era una meta que me marqué y estoy muy contento. Mi meta era esa. También era que algún día llegasen a hacer una versión cinematográfica de una novela mía. Lo he conseguido también. O sea que, ahora mismo, lo que me gustaría es tener más lectores. VDC: ¿Qué consideras que es, dentro de la literatura, el éxito? ¿O qué sería para ti el éxito? JDDG: El éxito es que te lean, principalmente es que te lean. Que tengas muchísimos lectores, el contacto con ellos, enriquecerte con sus comentarios y, principalmente es eso. El éxito para mí es que me lean mucho. No que me reconozcan por la calle, no firmar muchos autógrafos, sino que me lean y disfruten mucho con lo que yo he escrito.


VDC: ¿Cuál es tu opinión acerca del momento del mundo editorial, si es que tienes alguna? JDDG: Pienso que está muy viciado y que las editoriales pequeñas hoy en día son las que de verdad están salvando la literatura de calidad. Las grandes editoriales son empresas que producen libros, producen una serie de libros que saben que se van a convertir en best sellers porque cuentan con la… saben cuáles son las pautas necesarias para convertir un libro en best seller. También influye mucho el márketing, el dinero que apuestan por ellos. Pero pienso que las editoriales grandes han perdido el rumbo y que son las editoriales pequeñas las que están manteniendo la calidad en la literatura. VDC: ¿Crees que en el futuro se publicará sólo en internet o en formato digital, que desaparecerá el papel? JDDG: Me temo que sí. Me temo que sí y no es algo que me agrade. Porque pienso que el día de mañana… bueno, ya está ocurriendo hoy en día, los escritores no podrán vivir de lo que escriban. Y es una pena porque considero que la escritura es una profesión, y es una profesión que se va a perder como se han perdido otras tantas por el camino. VC: Como lector, ¿papel o e-book? JDDG: Papel, papel. De hecho Ana (su mujer), hace cosa de un año o un año y medio me regaló un lector electrónico y creo que me he leído dos novelas y son manuscritos de la editorial (Palabras de Agua, fundada, entre otros por el propio Juan de Dios Garduño con su esposa Ana Coto). Prefiero incluso leerlos en el ordenador los manuscritos que nos mandan de la editorial. Siempre lo tengo perdido, de hecho, el libro electrónico. Siempre digo “Ana, ¿dónde está el…? VDC: ¿Qué significan, para ti, tus lectores? JDDG: Para mí mis lectores son, en realidad, lo que le da la sal a la vida. Como te he dicho, a mí me cuesta muchísimo escribir y si no fuera por ellos no escribiría, la verdad. O escribiría mucho menos de lo que escribo. Siempre necesito contar las historias que llevo dentro. Pero sin ellos, la verdad es que no me esforzaría tanto. VC: ¿Me podrías hablar de tus proyectos futuros? JDDG: Ahora mismo estoy terminando una novela de barcos de vapor, en el Mississippi en el siglo XIX. Es una novela que sale totalmente de lo que llevo escrito hasta ahora. Es, más bien, una novela de aventuras, muy a lo Mark Twain cuando escribía Huckleberry Finn o Tom Sawyer, solo que incluye elementos fantásticos. Me salgo del terror, que es donde siempre me he movido. Y, bueno, me siento un poco como un pez fuera del agua, pero espero que la novela funcione. Me queda muy poco para terminarla. Y luego, cuando acabe la novela, tengo muchos proyectos relacionados con el mundo del cine. Me gustaría dedicarme un tiempo al mundo del cine y aparcar mi próximo proyecto literario, mi próxima novela. VDC: ¿Qué quieres hacer en el mundo del cine? ¿Sólo escritura de guiones o algo más? JDDG: Has tocado un punto muy sensible. En principio quiero meterme en el cine a través del guión. Pero más adelante me gustaría estudiar algo de dirección y hacer mis propias cositas también. Pero lo veo muy distante todavía.


VDC: ¿Crees que los autores veteranos acaparan el panorama y taponan a las nuevas generaciones, a las jóvenes promesas? JDDG: Yo pienso que no, ellos se ganaron en su día su público, tienen un público que lo merece, y yo pienso que no acaparan. Es más, el que escribe una buena novela, pienso que suele destacar. Si tú has escrito de verdad una buena novela, pienso que destacarás tarde o temprano, aunque haya otro tipo de escritores best sellers o gente que sea, cómo se les llama… Gente que se entromete dentro del mundillo, que no son escritores, que son presentadores de televisión o de radio, o actores y demás, y escriben libros. Yo pienso que a mí, por ejemplo, Belén Esteban no me resta ningún lector. VDC: Eso viene al hilo de la siguiente pregunta que te iba a hacer. ¿Qué opinas del intrusismo en la literatura? JDDG: Yo tengo muchos amigos escritores, que llevan toda la vida dedicándose a esto, y se enfadan porque Belén Esteban venda un millón de libros. A mí eso no me molesta, no son el tipo de lector que leería mi libro. Entonces es algo que, bueno, está ahí. Nosotros también… Yo, por ejemplo, soy escritor, pero también me gusta dibujar, tengo más hobbies, y no considero que me esté entrometiendo en ninguna otra profesión. Y pienso eso, que mis lectores son otro tipo de lectores, y porque Belén Esteban o el chef este famoso publiquen un libro, a mí no me está restando ningún lector. No me importa, no considero que haya intrusismo. VDC: ¿Qué instrumento usas para escribir? JDDG: Yo el ordenador portátil. Mi primera novela la escribí a boli y luego la transcribí a ordenador, y fue un suplicio. Desde entonces me dije “escribo en el ordenador y se acabó“ (risas). VDC: Tienes tres novelas, pero sin duda, …Y pese a todo es tu mayor éxito hasta la fecha. Me gustaría que me hablaras un poco de cómo se fraguó esta novela. JDDG: Pues nació de casualidad. Fue una novela que no estaba ni programada. A través de un amigo, Claudio Cerdán, que también es escritor, me enteré de que Dolmen estaba buscando novelas de zombies. Y, curiosamente, yo tenía una que acababa de escribir hacía muy poco, que era muy clásica. Era un brote de zombies, un grupo de supervivientes huyendo, armados hasta los dientes. Era muy simple. Se la mandé a Dolmen, porque pensé que podría tener alguna oportunidad con ellos. Estaba ya de editor Álvaro Fuentes, la leyó e hizo una valoración muy baja de la novela. Se la pasó al editor, Vicente García, y a Vicente García sí le gustó la novela. Dijo que quería esperar a ver cómo funcionaba la de Carlos Sisí, la de Sergi Llauger y la de Víctor Conde, para ver si me la publicaban. Entonces, en ese impasse de tiempo me pregunté qué quería hacer. Me apetecía mucho rendirle un homenaje a Stephen King, porque como ya te he dicho, soy escritor gracias a él, y pensé en desarrollar una novela en Bangor (localidad donde actualmente reside el escritor). Y de ahí surgió una pregunta. Yo me hice una pregunta. Me acuerdo de que iba conduciendo y me dije “¿Qué pasaría si llegara el fin del mundo, sólo quedaran dos hombres vivos en la tierra, vivieran uno enfrente del otro y no se hablaran, y encima se odiaran? A partir de esa pregunta nació …Y pese a todo. La escribí muy rápido, ni yo mismo me creo que tardara sólo dos meses en escribirla. Eso sí, me encerraba durante todo el día escribiendo, parecía un enfermo tecleando, y nació mientras esperaba que Dolmen dijera si me publicaba o no la de… se llamaba La villa. Cuando terminé …Y pese a todo quedé tan contento con ella que se la mandé de nuevo a Álvaro Fuentes. A Álvaro Fuentes le encantó, me dijo que quería publicarla. Se la mandó a Vicente García, que no estaba tan seguro en esta ocasión de querer publicarla. Pero al final accedieron y yo pedí retirar la otra, la de La villa, y fue así como nació. Fue pura casualidad.


VDC: ¿Buscabas escribir algo alejado de los clásicos zombies lentos y torpes o te salió por casualidad? JDDG: Como venía de escribir una novela tan tópica de zombies quería probar con algo diferente. Aparte, cualquiera que lea la novela, se dará cuenta de que no son zombies, son una especie de mutantes, pero te imaginas cualquier cosa menos un zombi. Pero bueno, fueron exigencias un poco de la editorial, que apareciera el nombre zombi a lo largo de la novela. Entonces buscaba algo totalmente diferente, porque no buscaba supervivientes huyendo. Yo buscaba un conflicto emocional más que una novela de terror y de gore. Lo que buscaba era una historia de relaciones interpersonales. VDC: ¿Qué hay de ti en …Y pese a todo? JDDG: David Jasso, en el prólogo de la novela, dice que los escritores somos un poco como las bayetas estas amarillas que usan en los bares para limpiar toda la mierda de las mesas. Somos un poco así, absorbemos toda la mierda que pillamos por ahí, luego la exprimimos y lo que resulta, ese jugo que sale, son nuestros escritos. En …Y pese a todo hay muchas cosas de mí. Cada personaje tiene algo de mí. Los zombies también tienen algo (risas). No sé, cada cosa que escribo siempre tiene algo de mí. Mucha gente relaciona al escritor con algún personaje, pero no. Tienen algo de ti, pero nunca son como tú. VDC: ¿Cómo te documentaste para recrear Bangor, la ciudad en la que transcurre la novela? JDDG: La verdad es que la economía no me permitía acercarme a Bangor, así que fue todo a través de internet, de fotografías, el Google Street View me ayudó muchísimo para saber situar cada cosa en su lugar. Pero ya te digo, principalmente fue a través de internet, de documentales, de vídeos. VDC: Los infectados no aparecen hasta casi el final de la novela. Viene un poco al hilo de lo que has dicho antes. ¿Es un libro, quizá, que habla más de las relaciones humanas, con sus faltas y sus defectos? JDDG: Sí, sí, por supuesto. Yo tenía claro que la historia que quería contar era la de Patrick y Peter. Y luego, los zombies, son un añadido. Pienso que esta historia se podría haber contado lo mismo con zombies que con vampiros, que con cualquier otro monstruo. Yo me quise centrar en la relación de estos dos personajes. VDC: ¿Crees posible que la raza humana sea, al final, causante de su propia extinción? JDDG: Por supuesto, por supuesto que sí. Yo lo tengo claro. Sólo hay que ver el telediario todos los días para darse cuenta de que en cualquier día puede estallar la Tercera Guerra Mundial y, como decía Einstein, acabaremos todos tirándonos palos y piedras porque… en la Cuarta acabaremos todos tirándonos palos y piedras. VDC: ¿Qué sentiste la primera vez que supiste que querían llevar tu novela al cine? JDDG: Pues imagínate, fue un subidón impresionante. Me acuerdo que estaba sentado en la cama porque me lo pidió el editor. “Tengo que darte una noticia y es mejor que estés sentado”. “¿Cómo”. No entiendo, no entiendo”. “Que te sientes, que te sientes”. Me senté en la cama y todo, pensando “a ver qué me quiere decir”. No me lo podía imaginar. Porque, además, yo veía que era una novela que no se podía hacer… esa película no se podía hacer en España. Porque es una “americanada”, y no me lo hubiera imaginado nunca. Entonces, cuando me lo dijeron, me quedé muy sorprendido.


VDC: ¿Tú sabes quién fue la persona que la leyó y decidió que quería llevarla al cine? JDDG: Sí. Dolmen dedica cierta cantidad de novelas a enviarlas a las productoras de cine, por si alguna quisiera adaptar una novela. Entonces, sé que mandaron mi novela a Vaca Films, entre otras productoras. Miguel Ángel Vivas, el director de la adaptación, estaba buscando por entonces su siguiente proyecto. Vaca Films quería financiarle su siguiente proyecto. Miguel Ángel Vivas me contó que estuvo buscando muchísimos guiones, había leído más de sesenta guiones en muy pocas semanas, había leído libros y demás, y se frustraba porque no encontraba la historia que quería llevar a la pantalla. Según me contó él, un día le dijo Borja Pena, el productor de Vaca Films, le dijo “oye, me ha llegado esta novela de Juan de Dios Garduño. Está teniendo cierto éxito. Es de zombies, postapocalíptica. ¿Te gustaría leerla?” Y Miguel Ángel Vivas le dijo “no he escuchado nunca hablar de este hombre, no sé de qué va la novela ni nada, pero bueno, dámela y me la leo”. Y dice que, por curiosidad, empezó a leérsela esa misma noche y que la devoró, que se la leyó esa misma nochem que no podía creer que había dado con la historia que él quería contar, que lo tenía muy claro. A la mañana siguiente llamó muy temprano a Vaca Films y les dijo “hablad con la editorial porque quiero reservar los derechos de la novela para llevarla al cine. Esta es la historia que quiero contar”. Y bueno, así nació el proyecto.

VDC: ¿Has podido conocer al director y los actores? ¿Cómo ha sido la experiencia? JDDG: Sí, sí, por supuesto. Con el tiempo conocí a Miguel Ángel Vivas. Es un encanto de persona, sevillano también. Nos dejaron acudir al rodaje, que fue en Budapest, estuvimos dos veces. Fue impresionante. Conocimos a todos los actores de la película. Me parecieron un encanto de personas. Matthew Fox era muy cercano conmigo. Me veía solo y se acercaba a hablar conmigo. A mí me daba cosa abordarle, porque a ver si iba a pensar que soy un plasta. Él me veía muchas veces solo, viendo como rodaban y se acercaba y me daba conversación. Y Jeffrey Donovan igual, un encanto de persona.


VDC: ¿Piensas publicar un libro sobre el rodaje? JDDG: Ya publiqué una especie de diario en la revista Scifiworld. Y sí tenemos pensado, con la edición que salga cuando ya haya un póster de la película, tenemos pensado meter ese mismo diario, para que también conozcan cómo fue mi experiencia en el rodaje. VDC: ¿Cuánta capacidad de decisión has tenido en la adaptación? JDDG: Ninguna (risas), la verdad es que ninguna. Yo sé que a los productores les da rabia que lo diga, pero es verdad. No me dejaron meter mano en el guión. No me dejaron leer el guión siquiera. Y con eso pues… fue una experiencia que no me gustó. No me hubiera enfadado, porque conozco el mundo del cine, sé que, a veces, por el tipo de cambio del lenguaje literario al lenguaje cinematográfico hay que realizar cambios. Yo comprendo que se requieren cambios y sabía que no me iba a enfadar. Ya tenía que haber un cambio muy brusco para que a mí me sentara mal. Sin embargo, se iban pasando la pelota unos a otros y nunca me mandaron el guión, así que no lo leí. VDC: Si hubieras tenido que elegir director y actores para interpretar tu libro, sinceramente, ¿a quién hubieras elegido tú? JDDG: Bueno, ahora no veo mejor director para esta película que Miguel Ángel Vivas, porque, aparte de que me gustó mucho su película, Secuestrado, sé que nadie hubiera luchado tanto como ha luchado él para sacar el proyecto adelante. Porque la película ha estado muchas veces a punto de caerse por falta de financiación, porque los actores se caían, porque no encontraban las localizaciones idóneas. Y él, sin embargo, ha luchado muchísimo, ha tenido muchas reuniones en Hollywood, ha pagado de su bolsillo lo que hiciera falta. Entonces yo sé que ningún director hubiera luchado tanto por sacar adelante la película. Y respecto a actores, pues…


VDC: Con poder total de decisión, tú eliges. ¿A quién habrías puesto? JDDG: Yo cuando escribía la novela tenía en la cabeza a Mel Gibson de joven, para Patrick. Para el papel de Patrick yo me imaginaba siempre, cuando describía a Patrick, me imaginaba a Mel Gibson, me venía a la cabeza Mel Gibson. Para Peter no tenía cara, sin embargo, o para el resto de los protagonistas de la novela. Pero para Patrick me imaginaba a Mel Gibson de joven. El Mel Gibson de Arma Letal, era un referente para mí a la hora de crear a Patrick. VDC: ¿Y a Clara Lago te la esperabas? ¿Hubiera sido una decisión tuya? JDDG: No, porque no había visto nada de Clara Lago. De hecho, lo único que he visto ha sido Ocho Apellidos Vascos, y la he visto después de saber que ella era una de las actrices. De hecho, la vimos no hace mucho. VCD: ¿Quiénes son los que más te han apoyado como escritor? JDDG: Principalmente, cuando empezaba, una hermana de mi madre, una tía, que me apoyaba mucho. Una profesora también, del instituto. Vio que escribía bien y me animaba a participar en certámenes literarios. Y ya cuando conocí a más escritores. David Mateo fue un gran apoyo, porque cuando yo me desanimaba él me animaba, cuando él se desanimaba yo le animaba. Y a lo largo de toda la carrera literaria han sido también muchos lectores los que te animan a seguir adelante, porque es bastante duro escribir, aunque la gente no lo crea. VDC: Y para terminar, ¿cómo te ves en veinte años? JDDG: Bueno, me veo haciendo lo que estoy haciendo ahora, literatura y cine. Me encantaría también que nuestra editorial, Palabras de Agua, fuese un referente y siguiera en pie, dándole trabajo a mucha gente, publicando a muchos autores. Y me veo haciendo lo mismo que ahora, escribiendo, haciendo guiones, cine, y lo que sea. Después de la entrevista, nos pudimos tomar unas cervezas con Juan de Dios y Ana, su mujer, mientras nos contaban off the record más detalles del rodaje de Welcome to Harmony.

ENTREVISTA REALIZADA POR AITOR HERAS RODRÍGUEZ


JAVIER VIVANCOS Javier Vivancos escribió Pueblo Muerto porque un malvado duende pirómano le susurró al oído que lo hiciera. Si te gustan los thrillers que coquetean con jovencitas, vampiros sin colmillos y psicópatas varios, puede que tú también comiences a escuchar a ese maldito duende... AMAZON

Calles solitarias, casas abandonadas, un pueblo que agoniza. Que enloquece. Un pacto para repoblarlo que supera todo lo imaginable, que se burla de la vida, que escapa a la muerte. Un amor en la oscuridad, donde las fronteras de lo real se desvanecen, donde los sentidos se retuercen a tientas para satisfacer su voracidad. Cuando la verdadera noche se cierne sobre estos tejados, puedes escuchar el eco de tus latidos propagarse entre los viejos muros. Y créeme, no querrás estar ahí fuera, en mitad de un pueblo muerto. Javier Vivancos nació en Cartagena un viernes 13 de 1979. En una fecha así, solo podía haber venido al mundo un escritor de literatura de terror. Se diplomó en Trabajo Social y se licenció en Psicología, pero lo que más le interesa es escribir y dar rienda suelta a esas historias que de cuando en cuando pululan por su mente como almas perdidas que necesitan ser dirigidas hacia algún lugar más luminoso. Ha trabajado como corrector y como redactor. Tiene varios trabajos publicados, ha resultado ganador en certámenes de relatos como el Premio Lituma 2006, el Ciudad de Arnedo 2008 o el X Concurso de Relatos Eróticos de Cartagena, y además ha conseguido pasta con ello. Autor de “Lucrecia se oscurece”, “Yo vi tu silueta”, “Los últimos días de la sombra” y otros muchos trabajos que las editoriales se matan por publicar, está a punto de ver editada su última novela: “Las matemáticas del caos”, una escalofriante y monumental historia de terror con la que al fin alcanzará la fama, la gloria y el reconocimiento mundial que se merece. Pero... mientras tanto, humilde como es, disfruta de su afición por la escritura con el mismo entusiasmo y sencillez con el que comenzó a darle a la tecla.


CECILIA gF Cecilia GF es una artista nacida en Málaga, que estudió Historia del Arte, en la Universidad de Málaga, para tener una perspectiva y comprensión del arte más extensa, además de mejorar sus habilidades expresivas respecto a este. Desde niña siempre ha estado interesada por este mundo, en todas sus expresiones desde la literatura hasta el cine, siendo una influencia para ella, sobre todo el estilo oscuro y fantástico. Su expresión artística se ha visto influencia por autores tan conocidos como Linda Bergkvist, Gustav Doré, Goya, Lovecraft, Edgar Allan Poe, Luis Royo, Gavin Hargest, etc., sin embargo, ninguno ha influenciado completamente su forma de entender el arte. Su estilo es único y personal, puesto que tuvo un aprendizaje autodidacta en cuanto a la utilización del bolígrafo como herramienta, al igual que con la ilustración digital, sólo que en este caso se ayudó de tutoriales para mejorar su dominio. Debido a que sus pinturas reflejan sus emociones y deseos en los instantes que los crea, como se puede ver en su galería la cual está repleta de dibujos con infinidad de temas, desde Star Wars hasta creaciones propias.

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ELAINE Y FRED


BEGOÑA FUMERO ARTWORKS Natural de Santa Cruz de Tenerife, estudié allí Bellas Artes en la Universidad de La Laguna. Poquito después, decidí viajar a Madrid para especializarme en Cine y arte digital, donde resido y trabajo actualmente. Me considero una enamorada del Terror y el misterio en todas sus variantes artísticas, desde las viejas pelis de la Hammer, a los relatos de Sheridan Lefanu, Poe, Lovecraft. Pasando por el mal rollito de Ryden, los paisajes de David Friedrich, o las acuarelas de Arthur Rackham que me alucinan. Devoro los comics Eerie y Creepy por la noche y en la cama, como debe ser. Y por supuestísimo escucho fielmente Milenio3. Así que, creo que tenía todas las papeletas para estar aquí metida y sentirme como pez en el agua entre toda este gente misteriosa... Os invito a Pasaros por mi Facebook, Behnace o web. ¡Seréis bienvenidos!

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ART OF MAGG

marco GÓMEZ GÓMEZ


Es sorprendente, a veces, cuando navegando por las páginas de facebook encuentras a gente con tanto talento. Es el caso de Marco Gómez Gómez, aquí os mostramos una pequeña muestra de su arte, el cual os aseguramos es un ínfima presentación de un gran ilustrador. “Nací en Sevilla hace un porrón de años, viví allí hasta los 8 años y luego he repartido mi vida entre Huelva, San Fernando (Cádiz) y Barcelona. Pasé varios años en el ejército hasta ver que allí carecía de futuro y ahora trabajo en una gasolinera....¡ah! Y cuando puedo, dibujo.” FACEBOOK DE MARCO AQUÍ


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ARTE MACABRO

LA PORCELANA GORE DE JESSICA HARRISON (ROSA GALDO MILLÁN)

En muchos hogares y en diferentes partes del mundo podemos encontrar bellas piezas de porcelana. Son figuras típicas hechas a veces artesanalmente y decoradas a mano .La mayoría muestran imágenes dulces y a veces bucólicas con vestimentas de tipo victoriano o pequeños dioramas con escenas de la misma época. Desde luego que existen otras figuras no necesariamente relacionadas con la era victoriana, sin embargo, la característica que define todos los objetos fabricados con este material es que expresan belleza, ternura y delicadeza La gran excepción de estas piezas decorativas es el trabajo de Jessica Harrison quien no solo ha dado un giro inesperado en sus creaciones sino que pueden provocar reacciones opuestas a los adjetivos que antes mencionábamos, como terror o repulsión. Esta artista inglesa ha mutilado literalmente a los personajes de sus creaciones, exponiendo su esqueleto, vísceras y sangre.


Pero el resultado de su trabajo nos obliga a mirar en la oscuridad como si se tratara de una escena congelada en el tiempo de lo macabro, un pequeño lugar de fantasía para los sueños más oscuros donde la dulce espera de una dama puede traducirse en un suicido romántico, una muerte inesperada o una visión decapitada de la belleza. ¿Quién no le regalaría una de estas piezas únicas a su adorable abuelita por Navidad? ¿Cómo resistirse al sublime encanto de lo macabro?


ILUSTRACION CECILIA GF NIGROMANTE 91


REWARD

PAULO CÉSAR RAMÍREZ

Título: Reward Autor: Paulo César Ramírez, Editorial: NeoNauta, Año: 2014, Género: western, steampunk. Sinopsis: “Sigue las aventuras de un esclavo prófugo, un cherokee exiliado de su tribu, un mormón, un doctor chino y una candente viuda francesa, forajidos que emprenden una búsqueda sobrenatural liderados por el mexicano Alpidio Olate, alias Chuck, poseedor del Ojo del Diablo. Este extraño artefacto mágico y mecánico le permite, entre otras cosas, ver el futuro o el pasado. El universo de Reward se ubica en un viejo oeste un tanto distinto al que conocemos, dividido en demasiados territorios enfrentados y haciendo frontera con un México Imperial gobernado por el tirano Santa Anna, dictador vitalicio”.


(ILUSTRACIÓN CECILIA GF)

- DARK LOVE -


LA CASA DEL BOSQUE (JUANMA NOVA GARCÍA)

La gente lo niega, o simplemente no quiere hablar del tema; pero es bien sabido por todos los habitantes, que la vieja casa del bosque está encantada. La llamamos así porque está fuera de los límites del pueblo, ya en terreno virgen del bosque, como si éste la hubiera arrebatado a la civilización y se la hubiera llevado a sus dominios. Los más ancianos cuentan que en sus tiempos de niño, estaba al final de la calle de Los Olmos, pero que la naturaleza salvaje se la había ido llevando consigo, lustro a lustro, década tras década. Supongo que en ese punto se ha exagerado demasiado, que ese rapto no es más que una leyenda, un viejo cuento narrado de boca a boca, generación tras generación, junto al calor de la chimenea en las largas y frías noches de invierno. Pero nadie duda de que aquella antigua mansión está hechizada. En todos los pueblos, aldeas y caseríos dispersos que nos rodean, hasta varios kilómetros a la redonda, no hay una sola persona con dos dedos de frente que tenga la más mínima duda al respecto. Las bromas y la incredulidad se limitan a los cuatro tontos y chiflados de turno; que haberlos, haylos. Sin duda, pediréis pruebas o evidencias de que el lugar está encantado. Todo el mundo que se acerca hasta aquí desde lejos pide lo mismo. Primero preguntan que dónde está la casa y si pueden acercarse a verla; después te exigen una narración completa de su historia, hechos acontecidos, genealogía de sus diversos inquilinos y curiosidades varias; y por último, te solicitan algún testimonio, cualquier prueba irrefutable de los fenómenos que allí acontecen. ¡Como si uno fuese el causante de los mismos y pudiera convocarlos a su antojo! Pero tales evidencias están contrastadas por partida doble; en primer lugar, el testimonio de numerosos testigos desinteresados que han aportado detalladas pruebas sonoras, oculares, y hasta en sus propias carnes; en segundo término, el de la propia casa. Quizás los primeros puedan ser ignorados, rechazados o vilipendiados por cualquiera de las absurdas y diversas teorías u objeciones que se le ocurra plantear al ingenuo o listillo de turno. Pero hay otros muchos hechos que están al alcance de todos, en los límites de la observación de cualquiera, y que pueden probarse y comprobarse. Para empezar, la casa del bosque no ha sido habitada, o no ha dejado habitarse, por mortal alguno desde hace casi medio siglo, y junto con sus edificios exteriores, un granero, un establo y un pequeño molino, lleva ya décadas de abandono y decadencia; circunstancia que, ya de por sí y sin más argumentos, llama la atención y nadie en su sano juicio se atrevería a ignorar o desdeñar. Como ya he dicho, está alejada del pueblo, a unos quinientos metros del final de la que debería ser, o fue en otro tiempo, su calle correspondiente, y lo más cercano a ella es un antiguo matadero de reses, ya también en desuso y abandonado desde hace más de quince años, al otro lado del final de la calle que, en ese tramo, continúa siendo de piedra. Cuatro tablas irregulares de lo que queda de una valla medio podrida rodean la parcela; algunas zarzas y espinos dispersos con muy mala leche cercan la valla; y una cosecha de pedruscos, hierbas y cardos, de un suelo que hace siglos ha olvidado lo que es la caricia de un arado, arropan a las zarzas y espinos. Aunque si lo que quieren son pruebas, les animo a que tengan el valor y coraje de venir a visitarla. Mientras tanto, deberán conformarse con el siguiente testimonio que les paso a relatar. Al respecto pueden estar convencidos de su veracidad, pues salió en portada de todos los periódicos regionales, y hasta en


alguno de tirada nacional. Si quieren comprobarlo, consulten la hemeroteca. Sucedió en otoño, hace ya cinco años. Era una lluviosa y desapacible tarde cuando apareció en el pueblo aquella pareja de médiums, o como quiera que se llamen esos charlatanes que se dedican a perturbar el descanso de los muertos. Llegaron organizando todo el ruido del mundo, preguntando a cada habitante, husmeando en cualquier rincón. Eran un hombre y una mujer jóvenes. Y por la forma en que se miraban y por la complicidad de sus gestos, apuesto a que estaban prometidos, o eran amantes. No llevaban anillo de matrimonio, así que descarto que estuvieran casados. Pero todo eso son suposiciones mías, claro está. Lo cierto es que querían pasar una o dos noches en el interior de la casa. Para investigar, poner alguna grabadora, magnetófono o artilugio modernos de esos que están tan de moda en los círculos esotéricos. Para intentar contactar con aquello que habitaba la casa. Todo el mundo les dio el mismo consejo y recomendación; que se volvieran por donde habían venido y no hurgaran en aquel lugar. Pero tras mucho insistir y suplicar, al fin consiguieron obtener el consiguiente permiso del ayuntamiento, que desde hacía casi cincuenta años, y tras la muerte de sus últimos inquilinos y la renuncia a la herencia de sus herederos, era el propietario de la finca. Finca que, huelga la aclaración, no se había conseguido vender o alquilar desde entonces. Y como esta gente que se dedica a la investigación de tan escabrosos temas, son un tanto raros y peculiares y no están del todo muy dentro de sus cabales, decidieron que se iban a encerrar a solas dentro de la casa una noche entera. Pero allá cada cual con sus cosas y demonios… Me correspondió a mí, como alguacil del consistorio, hacer los honores de darles la bienvenida al lugar y de hacer de guía y anfitrión. La mansión, pese al abandono e inevitable azote de los años, no se encontraba en tan mal estado como se podría suponer. Estaba sucia y muy despintada por el paso del tiempo; maltrecha en algunas zonas y con necesidad de arreglos en muchas otras: pero el interior no estaba en ruinas para llevar tres décadas dejado de la mano de Dios. La mayoría de las ventanas sí que necesitaba la visita del cristalero, ya que la población infantil de varias generaciones había hecho causa común con la variada y numerosa colección de piedras de los alrededores para mostrar la resistencia del vidrio ante su fuerza y puntería. La casa tiene una altura de tres plantas, ático y sótano, y es de planta casi rectangular. Su fachada delantera posee una única puerta de entrada, flanqueada a los lados por dos ventanas rotas recubiertas de tablones medio podridos por la lluvia. Hay algunas ventanas de los pisos superiores que no están protegidas y que permiten la entrada del sol, la lluvia, el frío y cualquier alimaña que merodee por allí. La maleza y malas hierbas se han adueñado del jardín y, los cuatro árboles que aún sobreviven, parecen viejas osamentas apuntando más al suelo que al cielo. Ni siquiera el hecho de que fuera en aquella misma morada donde hace medio siglo al Tuerto, nombre por el que se conocía al entonces propietario de la casa por la cuenca vacía de su ojo izquierdo, órgano del que nadie sabía su paradero, decidió cortarles la garganta a su esposa, sus dos hijos y cuatro hijas y también a los tres perros que poseían, antes de volarse la tapa de los sesos con una escopeta, hizo echarse atrás en su empeño a la pareja de cazadores de fenómenos sobrenaturales. La casa no tenía luz ni agua corriente, pero nada de ello importó a los nuevos huéspedes. Aseguraban que se las apañarían con velas, leña para la chimenea y alguna comida que habían traído consigo. Aparte de ello, cargaban con equipo y material como para llenar un almacén y que a mí me pareció excesivo. Nada más cruzar el umbral de la puerta de


entrada, algo maligno, como una fuerza negativa que se aferrara a mi pecho, hizo que se me encogiera el corazón. Cada vez que por mi cargo había tenido que entrar a enseñar la casa a algún posible comprador, o para alguna reparación o labor de mantenimiento, había experimentado la misma inquietante y angustiosa sensación. Así que no me disgustó demasiado que mis acompañantes me dijeran que no necesitaban nada más de mí y que, a partir de aquel momento, se quedaban solos. No me avergüenza decir que salí pitando de allí como alma que lleva el diablo. Había quedado en pasar a recogerlos a media mañana del día siguiente. Qué habían hecho y cómo lo habían pasado nuestros visitantes dentro de la casa durante aquella noche, fue una pregunta que me formulé en repetidas ocasiones en aquel mismo intervalo de tiempo. Llegué pasado el mediodía, pues había tenido que atender antes algunas cuestiones en el ayuntamiento. Llamé varias veces sin recibir contestación alguna. Supuse que quizás estarían dormidos si habían pasado la noche y la madrugada en vela acechando espíritus descarnados y fantasmas burlones. Así que utilicé mi llave y volví a cruzar de nuevo el escabroso umbral de aquel lugar hechizado. De nuevo me atenazó aquella extraña sensación que me oprimía el pecho, la intuición de que había allí dentro algo siniestro que acechaba, que vigilaba todos mis movimientos, que no me miraba con buenos ojos… Recorrí toda la planta baja, habitaciones, pasillos, cocina y despensa sin encontrar a ninguno de los huéspedes. Pero casi me rompo el cuello al tropezar varias veces con una caterva de trastos, aparatos y extraños inventos que yo no conocía y que tenían esparcidos y diseminados por todas partes. Subí las desvencijadas escaleras hasta el primer piso. La madera carcomida crujía a cada paso como un coro de almas condenadas en el infierno. Y fue allí, en la primera planta, donde hallé el macabro descubrimiento. La habitación maldita, como la llamaban todos por ser donde se producía la mayoría de fenómenos extraños, parecía vacía… pero no lo estaba. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, pude distinguir algo en el rincón más alejado de la puerta. Era una figura humana. La mujer estaba acurrucada en una esquina. Me acerqué con cautela y la figura fue definiéndose con mayor claridad. Estaba sentada de espaldas a la pared; las manos con las palmas hacia fuera delante del rostro, como protegiéndose de algo, y los dedos curvados como si fueran garras; tenía el semblante pálido como una máscara, con una expresión de terror indescriptible, la mandíbula desencajada en una mueca grotesca de horror y los ojos desmesuradamente abiertos. Estaba muerta. Su mirada se dirigía al otro extremo de la habitación. No quería volverme. Sin embargo, tenía que hacerlo. Lentamente, como si el mundo se hubiera detenido, me giré hacia atrás. Tampoco me cuesta reconocer que, en aquella ocasión, me oriné encima. El hombre estaba en el suelo, con el cuello degollado. A su alrededor, las figuras fantasmales de tres perros lamían el charco de sangre que se había acumulado a su alrededor.


EL COLECCIONISTA DE SENSACIONES de calles perdidas...(primera parte) Autor: Jack Winchester

Portales habitados por interrogantes, calles perdidas, tiendas detenidas en el tiempo… La oscuridad, y la belleza que en ocasiones encierra, se encuentra en todas partes, otra cosa es captarla. A veces paso por delante de viejos portales, me asomo, veo las escaleras de madera y mi imaginación se dispara. ¿A dónde llevarán? ¿Cómo serán las vidas de los vecinos? Quizá sean de lo más normal, vidas comunes, pero, ¿y si hay algo más? ¿alguna excepción? Y entonces pienso en la película “Maniac” sobre un hombre obsesionado con los maniquíes, o en “Retratos de una obsesión” en que Robin Williams interpreta a un empleado de una gran superficie comercial, concretamente del departamento de revelado fotográfico. Es maravilloso el momento en que se ve su piso y una de las paredes del salón está prácticamente llena de fotos de sus clientes. En el fondo se trata de vivir las vidas de otros a través de sus fotos, de sus momentos, instantáneas de celebraciones, de lo cotidiano… Pero yendo un paso más allá en el sentido de abarcar todo ese microcosmos que conforma un vecindario, cómo olvidar “La ventana indiscreta” con el personaje encarnado por James Stewart contemplando el mosaico constituido por los vecinos. Comportamientos obsesivos, pasiones trágicas, asesinos en serie, coleccionistas compulsivos, admiradores enfermizos de estrellas de cine… A veces, los encuentros con la oscuridad son completamente fortuitos, aunque quizá esa sea la gracia, ahí radique el aliciente, en encontrar la magia sin buscarla, chocarte de bruces con ella. Aquel portal en el que estaban haciendo obras, el olor a humedad… Subir por la vieja escalera camino del tercer piso, y al pasar por el segundo fijarse en la puerta y sentir una corriente de inquietud, como si una maldición flotara en el ambiente, los restos descarnados de un asesinato o de una vida inmersa en la demencia.


O aquella vez en que, estando ocupado el ascensor, decidí subir la peligrosa escalera de peldaños desgastados que me conducía a la academia. Y pasar por la planta en la que había un hostal y estar la puerta entreabierta y ver una luz extraña que confería una atmósfera onírica, muy alejada de los cada vez más asépticos hostales de nueva creación. Y siempre lo de “Era un vecino encantador”, “Era muy amable”… Quién iba a imaginar que los ligues que se llevaba a casa se los comía y no a besos precisamente. Por otro lado, ¿calles perdidas? ¿de qué tipo de calles estamos hablando? ¿O nos ponemos poéticos y hablamos de calles inexistentes? Podríamos considerar así las calles desconocidas para nosotros o incluso que por mucho que las hayamos recorrido no dejan de tener su misterio. Es todo muy relativo… Calles desiertas en las que paradójicamente hay grandes bloques de viviendas con una casi total ausencia de movimiento que nos lleva a pensar en los vecinos enclaustrados a modo de todas esas películas de terror sobre comunidades cuyo líder establece una serie de rígidas normas constituyendo prácticamente una secta. O por ejemplo caminar por una calle muy concurrida, de repente girar y adentrarte en todo un laberinto de callejuelas en las que rara vez te cruzas con alguien llegando a parecer en ocasiones un decorado de alguna película de serie B. Hay mil formas en que la oscuridad y la magia se manifiestan en los portales y calles perdidas, en casas que parecen dibujadas en mitad de la nada. Y tiendas, muchas tiendas extrañas, detenidas en el tiempo. Y esencias… Pero todo eso y más en el próximo número de “Vuelo de Cuervos”.


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Revista Número 2 de Vuelo de Cuervos  

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