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“Realidad Paralela”, por Ana Vega ©2010 Ana Vega Prólogo de Sebastián Gutiérrez Gómez Todos los derechos reservados. Editado digitalmente por Groenlandia con permiso de la autora. Directora: Ana Patricia Moya Rodríguez Corrección: Anabel Ocaña Diseño: Ángel Muñoz Rodríguez (portada y contraportada, imágenes de interior) \ Ana Patricia Moya Rodríguez Depósito legal: CO-1389-2010 Córdoba, 2010

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La

mirada

del

escritor

es

una

mirada

especial.

Está

acostumbrada a ver lo que a otros les pasa inadvertido. Encuentra historias que contar en gestos, en pequeños detalles, en un simple posar las manos o en un brillo a contratiempo en los ojos. El

escritor ve el mundo de un modo diferente que

ayuda al lector a comprenderlo. Quizá esa sea una de las funciones del escritor, cuando no su principal tarea: hacer ver la realidad del mundo a los demás a través de la ficción que ha creado. Ana Vega nos ofrece en Realidad paralela multitud de historias dibujadas con breves pinceladas. Al igual que los pintores impresionistas, su escritura busca conmover al lector con cortas frazadas llenas de humanidad y poder. Su alma poética guía su mano a lo conciso, a lo sustancioso, sin abandonar - como los buenos escritores de relatos - el gusto por el silencio explícito que hace pensar al lector. También su alma poética dota a su prosa de una música especial, una música marina y abismal que disfruta buceando el los recuerdos. Las que podrán leer en este volumen de relatos, son historias de gente corriente que se preocupa de la vida; personajes cercanos (obreros, carteros, etc.), momentos de esperanza rotos por crisis de desesperación. Como en la vida. No huye Ana Vega de los terrenos resbaladizos, Lolitas y espíritus inquietos. Le gustan los juegos de palabras, impostar

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voces masculinas y llevarnos de la mano al mar de la melancolía. Le gusta el surrealismo para procurarle una evasión al lector que se adentre en sus palabras. Otro mundo, pero también mundo, es posible. Relatos esfera, de círculo cerrado, de caminar redondo y pausado, impregnados de saudade y metáforas. Relatos muy breves que contienen historias de vida Al otro lado del espejo se asoma una realidad paralela que les sorprenderá. Atrévanse a mirar en él y disfruten de esa otra realidad.

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Se llama Ignacio Sánchez Casares. Ante un mísero sueldo, tres hijos y la mirada perdida por el alcohol, decide acabar con todo y acercarse más aún a la persona que ayer mismo le condujo, por última vez, a la más ardiente soledad. Su nombre es Silvia. Parece mayor de edad cuando él la mira largo rato. Es la primera vez que su silueta se desdibuja bajo otra sombra. A las diez en punto se produce el encuentro. Nadie recuerda haber visto nada. María toma a su hija pequeña del brazo y se abandona junto a la puerta. Un frío repentino atraviesa la casa.

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Exangüe, la palabra en cuestión es exangüe. Vaya donde vaya ahí está, arrogante, altiva, burlándose de un pobre inocente como yo. Se le olvida, a la muy engreída, que ha sido creada por mí, por nosotros los humanos; se cree que la ha parido el diccionario solito. Todo comenzó el fatídico día en que mi hijo me preguntó el significado de la palabra exabrupto, ahí comenzó mi desdicha. Como todo buen padre, mentí para ocultar mi ignorancia de oficinista de mediana edad inculto y algo vulgar y convencí a mi retoño de que, a pesar de que su padre podría explicarle muy bien su significado, lo mejor para su aprendizaje sería acudir al diccionario e ir cogiendo el hábito de tan sana costumbre. En fin, la ceguera

de

la

inocencia

nos

permite

a

los

padres

convertirnos ante los atónitos ojos de nuestros hijos en todo aquello que nos gustaría ser y nunca seremos. Inevitablemente, los hijos van creciendo y cierto día se dan cuenta de lo ridículos e insignificantes que somos, sobre todo después de haber mentido tanto. Acudimos, como si de una inusitada odisea se tratase, mi hijo y yo en busca de la peculiar palabreja. Llegamos a la “e” un poco cansados, ya que Javi había insistido inexplicablemente en detenerse en las últimas páginas de la “b” y la “c”, a veces hasta lo más insólito puede resultar apasionante. Aquí está, me dijo con una

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ilusión

que,

la

verdad,

nunca

lograré

entender:

“Exabrupto: cosa dicha bruscamente”. Javi salió corriendo como si nada en el mundo tuviese interés para él o exigiese su presencia, y ahí me quedé yo, solo ante las páginas doscientos setenta y ocho y doscientos setenta y nueve. Por curiosidad, examiné las palabras que allí se me ofrecían como todo un descubrimiento. Exacerbar, exacto, exaltar, examen... exangüe, la palabra me produjo un cierto cosquilleo momentáneo. Cerré el diccionario. Exangüe, pensé, qué palabra más rara. Lo abrí de nuevo y examiné su

definición:

“Exangüe:

desangrado,

aniquilado,

sin

fuerzas”. Días más tarde, hojeando el periódico volví a encontrarme de nuevo ante su ingrata presencia: “El cuerpo de la víctima

yacía

exangüe...”.

Simpática

y

desagradable

coincidencia, pensé. Mi vida de oficinista de segunda y honrado padre de familia continuó su cotidiano transcurso. Yo aún no me había dado cuenta, pero ella ya había comenzado

su

persecución.

Me

refiero

a

de

nuevo

en

la

dichosa

palabreja, por supuesto. Cierto

día

me

la

encontré

un

cartel

publicitario, y eso no fue lo peor, porque al día siguiente apareció en mi propia casa, en la boca de mi propia mujer. La persecución llegó más lejos. Ahora ya no se conformaba conmigo, amenazaba en las recetas de cocina de mi esposa,

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en los cuadernos de caligrafía de mi hijo, en los locutores de radio, en los telediarios, incluso se había apoderado de mi suegra. Los diccionarios deberían llevar una etiqueta adjunta para advertir a posibles incautos como yo de los peligros de las palabras, sobre todo de su facilidad para adherirse a los humanos. Dicen que el hombre es un animal de costumbres, pero yo no consigo adaptarme a tan horrible persecución: quizás si la palabra fuese otra, dalia, pez, incluso farmacia, podría soportarlo. Y aquí estoy yo, un oficinista de segunda y honrado padre de familia, al límite de quedar abatido por tanta presión, exangüe (incluso a mí me ha poseído). Pero lo que más me asusta es que, esta mañana, al leer el periódico, mi mirada se ha visto ineludiblemente atraída hacia un titular donde aparecía la palabra más espantosa que he visto en mi vida: “Pingüe”. Tengo miedo.

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Comenzamos con la mermelada. Cada miembro del grupo escoge un sabor, dependiendo de su preferencia por el licor de manzana, melocotón o cualquier otro. Es una decisión importante porque, si no eliges bien el sabor que más se adapta a tu adicción, el resto del programa se viene abajo. Puedes tomarte todo el tiempo que necesites para ello, ya que tu curación dependerá de la sinceridad de tu respuesta. Dejar de beber es un proceso largo y tortuoso, que exige una disciplina casi militar y mucha paciencia. Quizás lo más difícil para el enfermo sea dar el primer paso, el de la mermelada. La sustitución del licor por esa cosa pegajosa con que se unta lo que un día se llamó pan es, sin duda, algo doloroso e indigno. Para llegar al paté, y finalmente a los productos congelados nos queda aún mucho camino por recorrer. La subida de un producto inferior a otro superior o más complejo conlleva dos o tres meses de duro trabajo, de desear no haber dejado nunca de beber. Debemos emplear toda nuestra fuerza interior para no caer en la tentación y emborracharnos de nuevo, para no abandonar por un vaso de vino tinto nuestro costoso ascenso de la mermelada al café.

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Una vez alcanzado el nivel en el que llevamos a cabo la sustitución por paté, el peligro de recaer habrá disminuido considerablemente y la mitad del programa habrá sido felizmente superado. La elección de los productos se realizará en función, sólo y exclusivamente, de nuestro gusto personal en cuanto a la preferencia de unos por el vino u otros por el whisky, en este caso de mayor dificultad. Los consumidores habituales de vino o cerveza se dedican a realizar la sustitución por productos secos como los cacahuetes,

avellanas,

nueces,

etc.,

mientras

los

consumidores de bebidas de mayor carácter, como el whisky o el vodka, se dedican a los productos húmedos, (poner coma) como las aceitunas y demás. Una vez superados los cacahuetes y las aceitunas, el programa se encuentra ya en su fase final. De aquí a los productos

congelados

nos

aguardan

tan

sólo

dos

sustituciones: las legumbres y las verduras. Antes de pasar a los congelados, se practica un examen médico a cada miembro del grupo que nos permita averiguar si alguno de los enfermos ha vuelto a beber, lo cual desbarataría todo el proceso y todo el programa habría sido inútil. Tras la sustitución por productos congelados, desciende el grado

de

ansiedad

y

la

autoestima

del

grupo

sube

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milagrosamente; nos sentimos reconfortados y alegres, totalmente rehabilitados. Gracias a este programa muchos alcoh贸licos hemos logrado abandonar la bebida. La adicci贸n a la comida implica un programa mucho m谩s largo y complejo donde se comienza con la sustituci贸n de la mermelada por una copita de jerez...

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Le conocí en otoño. Yo tenía catorce y él cuarenta y dos, en mayo cumpliría cuarenta y tres. No sé cómo ni dónde nos conocimos, pero eso tampoco importa. No sé si me quería, ni si yo sabía lo que era el amor; nada de eso importaba. A las seis le esperaba en el parque. Llegaba con su coche, me abría la puerta y yo le miraba a los ojos. Después íbamos a su apartamento y él me acariciaba, me besaba. Siempre se me ocurría alguna excusa para mi madre: hoy ceno en casa de Alicia, he quedado con Sara... Me regalaba vestidos, sombreros, zapatos, pero siempre me sobraba un poco de aquí o allá y eso nos hacía reír. Le gustaba deshacer mi trenza y enredar sus dedos en mi pelo. Le gustaba sentir cerca a su niña. De vez en cuando, conseguía engañar a mi madre y pasaba la noche con él. A la mañana siguiente, cuando me despertaba, solía abrazarme con fuerza, como si al hacerlo evitase que algo o alguien le robase a su niña. Le gustaba sentarme en su regazo y acariciarme el cabello. Me decía cosas bonitas mientras me hacía el amor, y yo sentía algo especial en sus brazos. Ahora él tiene cuarenta y ocho y en mayo cumplirá cuarenta y nueve, yo tengo veinte y aún no sé si esto es amor, pero yo me pierdo en sus ojos...

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Sucede que María le dijo que no. Que a pesar del vestido y las apariencias, si estaba sola en aquella fiesta, alguien guardaba su lugar en la cama de alguna ciudad extranjera. En fin, que “no”, pero lo dijo tarde, demasiado tarde y Pablo creyó, como es común en estos tiempos, parece ser, que aquello era un asunto de alta traición en toda regla. Y es

que

si

una

mujer

acude

sola

a

cualquier

“emplazamiento” (con alevosía, si el motivo es festivo), algo anda buscando. Si además fuma o bebe de un modo determinado, la cosa se complica, y no digamos ya, si a la hora de bailar se contonea con un cierto “tonito” al modo de ver masculino, un tanto guerrero (que, por otra parte, es el mismo que ella emplea en su casa cuando a solas escucha esa salsita que tanto le gusta, o cuando le enseña a su sobrino Luismi como no caer en el más absoluto ridículo o, al menos, mantenerse dignamente cuando le llegue el momento de lucir y menear esqueleto), pues bien, todo parece indicar que la chica está sedienta. Pablo, deja a un lado la parte superior de su cuerpo para abandonarse a la parte más inferior del mismo (en todos los sentidos) y ataca, horas antes del conflictivo “no”, a la hembra en cuestión. Repite la operación varias veces, porque el vestido de ella así lo requiere. Ella, por su parte, que sólo ha venido a pasar un rato para olvidarse de que Javier viaja en estos momentos rumbo a París y tras la plúmbea insistencia de sus amigas, ofrece su sonrisa a Pablo, y contesta a sus preguntas amablemente.

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Procura ser agradable, por cortesía. Pablo toma la cortesía por incitación al acoso y, ante tal situación, pone todo su empeño, superior, inferior e intermedio, en llevarse al huerto a este vestido corpóreo que es María esta noche. Se acerca a la barra para pedir unas copas, a ver si con el alcohol la chica le va facilitando la entrada triunfal en el paraíso

que

desde

el

principio

ella

ha

anunciado

ostentosamente por medio de muy diferentes y luminosas señales. En un momento de debilidad, recurre a otros miembros de la manada para intercambiar iniciativas. Pablo se refiere a la agradable e incauta María en términos de “calefacción central”, lo cual anima a más participantes a intentar llevar a cabo la ardua tarea que supone esta chica indefinida de altas temperaturas. Pablo le cede el turno a Juan, Juan a Pedro, Pedro a Manuel, Manuel a Luis, Luis a Santos, éste al siguiente (de quien no se conoce ni el nombre) y el proceso continúa hasta altas horas de la madrugada. A las 6, Pablo toma las riendas, le agarra del brazo y con todas las escasas buenas maneras que le quedan tras tan fatigosa tarea la invita, no muy amablemente, a refugiarse en un lugar más tranquilo. María responde un “NO” sonoro y preciso que enfría considerablemente las fervientes

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ilusiones de las respectivas partes inferiores de los allí presentes. Pablo se enfurece y no entiende nada, porque él tan sólo ha seguido las instrucciones que ella le ha dado. María

se

queda

simplemente

perpleja

por

tamaño

malentendido. Ser agradable puede provocar ciertos desórdenes en el ecosistema varonil, cuyas consecuencias son del todo impredecibles.

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El aeropuerto es un lugar fantástico para recordar mientras esperas. Sandra desmenuzaba el sándwich vegetal con las manos y después se atusaba el pelo con disimulo, como si nadie se percatase de las huellas grasientas que dejaba en su pelo negro. Despedazaba aquel sándwich como tantas veces había destrozado su vida, y lo hacía con rabia, con furia, dejando resbalar las lágrimas. Miraba a un lado y a otro, pero las maletas pasaban con rapidez y ninguna era verde, ni grande, ni acogedora y ninguna escondía su rostro. A las doce Sandra sintió que el niño que llevaba dentro no era suficiente excusa para olvidarlo. Les unía aquel verano en París, sus noches, aquel avión que se lo llevó todo... Siguió esperando. Llegaron las tres y las cuatro y a las seis sintió de nuevo el frío de aquella tarde. Cerró los ojos. Al abrirlos, descubrió que el niño que llevaba en el vientre no sólo le daba otra oportunidad de ser feliz, también le suplicaba amar a alguien que no conocía París, ni tenía una maleta verde, pero que le había

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llenado ese vacío de tantos años con algo que, por primera vez en su vida, jamás la abandonaría. Sandra salió del aeropuerto y cogió un taxi. Al llegar a casa, una enorme maleta verde la esperaba sobre la mecedora.

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Después de diez años, aquellos días en el lago se tornan algo borrosos, como si todo se conservase intacto en el interior de un espejo. Cuando uno es joven se vuelve un poco loco y temerario y, no sé, visto desde ahora, desde la perspectiva

que

te

dan

los

años,

quizá

no

hubiese

reaccionado tan alegremente; quizá no, seguro. Recuerdo sobre todo las noches larguísimas, la dipsomanía que más bien nos afectaba a todos, en mayor o menor medida, y Chucho con sus cosas de la Argentina y su insistencia en acompañarle al lago, el dichoso lago. Nunca suelo recordar los momentos malos o más difíciles de aquellos años en la universidad, tal vez por ello se queden ahí parados, paradisíacos, perfectos, utópicos, porque me niego a recordar lo oscuro y, por supuesto, hubo una parte oscura. Chucho llegó a convencernos a mí y a los chicos: - ¡La pasaremos bien! - decía con esa expresión tan convincente y peligrosa - Ya verán, allá las cosas son hermosas de veras. Supongo que después nos reímos y pusimos el gesto ése de aventurilla

tonta

que

sólo

consigues

a

los

veinte.

Decidimos ir en seguida, ese mismo fin de semana. Preparamos las maletas con una rapidez inusitada en nosotros. Chucho venía de vez en cuando a nuestra habitación y bromeaba:

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- Les presentaré a mi abuelo, muchachos. Ya verán, él era un argentino de mucha pompa. ¡Era un intelectual, vos deberías saber qué es eso, Pablito! - Tu abuelo está muerto, Chucho, no bromees con esorespondía yo algo agitado. A mí los muertos siempre me han dado mucho miedo. - Yo me entiendo, Pablito. De todos modos, no le dimos importancia a las tonterías de Chucho, él era así, lo malo es que a veces resultaba difícil distinguir en qué momento había dejado de bromear. Llegó el fin de semana y todos estábamos muy excitados con el viaje, Chucho nos había dicho que su cabaña en el lago era una “preciosura” y que allí disfrutaríamos mucho; bebiendo, se sobreentiende. A las diez Chucho llegó con el coche y yo me senté delante, junto a él. David y Sergio se acomodaron detrás entre risitas. Tardaríamos en llegar unas tres horas aproximadamente. - David y Sergio dormirán en la habitación que está junto a la cocina, la que tiene la ventana que da al lago, yo dormiré en el sofá-cama y Pablito dormirá en la habitación del abuelo... - nos decía mientras sacaba un cigarrillo- El abuelo siempre decía que después de muerto se iría a vivir allá, al lago, donde conoció a la abuela Aneta. Le gustaba esa habitación, la llamaba “el cuarto oscuro” porque había tanto silencio en ella como para reescribir “Guerra y Paz” o matar a un budista.

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- ¿Por qué tengo que ser yo justamente el que la vaya a ocupar? - ¿Eh? - ¡Que yo no quiero dormir en esa habitación! ¡Que duerma David o Sergio! - Al abuelo le hubiera gustado. Le hubiera gustado mucho conocerte. ¡Vos sos un intelectual como él, Pablito! - Sí, ya... Cuando llegamos comenzaba a anochecer, así que no pudimos ver bien el paisaje del que tanto nos había hablado Chucho. Sacamos las maletas y las metimos dentro. Era una casita muy hermosa. Chucho nos mostró las habitaciones y después de comer algo, nos fuimos a dormir. Estábamos cansados. Yo tardé un poco más en dormirme, oía los ronquidos de unos y otros a derecha y a izquierda y eso empeoraba bastante la situación. Era una habitación

extraña,

realmente

oscura,

con

una

paz

inmensa, como para recitar la Biblia sin inmutarse. Sin embargo, había un olor bastante raro, como a fritura. La cocina estaba muy cerca, pero en fin, no dejaba de resultar curioso... - ¿Vos sos el amigo del golfo de mi nieto? - No bromees más, Chucho, quiero dormir. - Yo no soy Chucho, boludo. - Yo no soy peludo. Eso lo será usted. - ¡Boludo, che, no peludo! - Pero, vamos a ver, ¿tú no estás muerto?

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- Sí. ¿Y qué pasa por eso, ah? Yo soy muerto, pero no tonto. Yo soy un intelectual de la Argentina y los comunistas no nos vamos tan pronto para el otro lado, Pablito. ¿Te llamas así, no es eso? - Sí, me llamo Pablo. - Pues bien, Pablito, ¿tú sabés quién es mi ídolo? Yo te voy a dar pistas. Tiene barba y bigotillo de guerrillero, el pelo oscuro, los ojos negros... ¡Fuma mucho mi ídolo! Y, por supuesto, es latinoamericano. Él es un revolucionario todavía. ¿Sabés de quién te estoy hablando? - Claro que lo sé, de Julio Cortázar. - ¡Sos imbécil, nenita! ¿Vos sos loco? Es el Che. El Che Guevara, boludo. - Ah, perdón. - Pero que perdón, ni nada, nenita. Vos sos un reprimido, seguro. Aunque no andabas muy descaminado con lo de la adivinanza... ¿Tú sabés qué me gustaba a mí de pequeño? Las papas, nenita. Las papas con una buena salsita sabrosa. - ¡Pero ahora estás muerto! - Sí, pero no me lo recuerdes más, boludo. Yo soy revolucionario, tú sabes... - Sí, comprendo. - ¿Tú sabés qué yo echo de menos acá arriba? El Surrealismo, compañero. Acá todo es tan blanco, tan limpio, acá ya no se puede revolucionar nada, ni tan siquiera hay donde escupir... Echo de menos la vida, muchacho. - Entiendo.

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- Cómo que entendés? Vos sos un inculto, seguro. Pablito era tu nombre, ¿no? Vos no podés ser nada llamándote así. ¡Qué cruz, nenita, qué cruz! Vamos a ver, muchacho, ¿tú conocés quién es Cavafis, nenita? - Pues no, ni quiero. - Sos un impresentable, boludo. No tenés remedio. Vos no querés aprender nada, sos peor que el zángano de mi nieto. Tiene razón acá el amigo cuando dice que los crea para después

juntarse

ellos.

Aquí

abajo

ya

no

hay

revolucionarios, allá no se puede y acá no se quiere... - Yo comprendo lo que usted me dice, per... - ¡Qué vas a entender vos, nenita! Tenés veinte tacos, tan sólo. - Ya, pero yo... - Mirá, mejor será que se duerma y mañana le traigo una encuesta para me la responda. Así sabremos arriba si hay esperanza de revuelta o no acá abajo. ¡Es que no tenés ideales, che! Y eso no puede ser. Ahora dormíte. - Creo que ya me he desvelado. - Dale, Pablito. Dormíte de una vez. ¿Vos no sabés cumplir una orden? - Bueno, está bien, lo intentaré. Una oveja, dos ovejas, tres ovejas, cuatro ovejas, cinco... - Sos un poco sonso, nenita, pero a su edad es lo más normal. Dormíte, pues, dormíte. - ... A la mañana siguiente me desperté algo atolondrado y confuso, les conté lo sucedido a los chicos, pero no me

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creyeron. Nunca volvimos a hablar de ello. Sergio y David regresaron un par de veces más al lago. Supongo que es bastante probable que alguna de sus estancias allí explique de alguna manera su drástica decisión de enrolarse en la guerrilla zapatista, aunque quizá sólo sean conjeturas mías. A veces he llegado a pensar en la posibilidad de que el abuelo de Chucho no sea el único espíritu revolucionario que anda por ahí suelto, y que la misma historia se repita a lo largo de los siglos. Así, si cambiamos a Sergio por Silvio, y añadimos otro Pablo, no yo, nos daríamos cuenta de lo agradecidos que deberíamos estar a todos los abuelos revolucionarios que siguen entre nosotros. Qué habría sido, sino, de la trova cubana.

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En el mundo de los decúbitos pronos, Silvia era toda una novedad. Aparecía en cualquier momento, encima de un árbol, en el cielo y a veces se hacía invisible. Ella no era como los demás. Lo había intentado miles de veces, pero cada vez que lo hacía sufría de terribles dolores de tripa. Su vientre no estaba hecho para apoyarse en el suelo y mucho menos para ser utilizado como medio de transporte o desplazamiento. Para el resto de las chicas de su edad, Silvia era un poco estrambótica y rarita, no comprendían porqué se empeñaba en ser diferente. Los más ancianos y sabios se acercaban para explicarle el método, pero todo era inútil: Silvia no aprendía. Se encontraba muy a gusto con su espalda y, mientras todos se arrastraban con el vientre, ella podía ver las estrellas y la luna. Ser el único decúbito supino entre tanto prono despertaba muchas envidias y recelos, por lo de la humillación que supone tener tan poco mundo a la vista. Por eso la criticaban y la señalaban con el dedo cuando miraba el cielo, pero Silvia era feliz pese a todo. Nunca aprendió cómo poder arrastrarse con el vientre sin hacerse añicos, pero mientras lo hacía con su espalda soñaba con un mundo lejano donde unos seres altos y desgarbados se arrastraban con los pies.

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Claudia es alta y flaca, y a veces luce tacones de mujer fatal. Me gusta ver sus ojos negros mientras le beso el cuello. En el fondo no es tan fría como parece. Carlos y los demás dicen que estoy chalado, pero a mí me gustan sus piernas. Ahora ya no me importa Julia ni sus infidelidades (si es que puede llamarse infidelidad al borde de Luis) y casi no recuerdo a la dulce María con su carita de mazapán y sus mentiras. Nunca volverán a dejarme con mis botas nuevas y mi chaleco de piel de seductor frente al cine “Paraíso”, después de haber agotado mis esperanzas y mis cigarrillos. Ya no habrá más Julia ni María, ni sábados de Ana o Belén. No me arrepiento de nada. Me molesta un poco lo de la policía, sí, pero al final no son más que papeles, qué me importan ellos si soy feliz a su lado. Al fin y al cabo, no es lo mismo que te fichen por atracar a una pobre ancianita que a unos grandes almacenes, por lo menos yo sí tengo moral. ¡Estaba

tan

sexy

con

aquel

vestido

azul

en

aquel

escaparate! Carlos y los demás dicen que estoy chalado, pero a mí me gustan sus piernas.

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Ocurrió hace un par de días. Me enamoré de él por su voz, así, de repente. Dijo: Muy buenos días, soy el cartero, ¿me abre, por favor? Yo, por supuesto, respondí con un: Sí, sí, sí, sí, sí... Y me enamoré. Sin conocerlo. Desde entonces, esperé su llegada día tras día con la misma ansiedad con que esperaba la cocinita y la muñeca repollo la noche del cinco de enero. Cada mañana corría a descolgar el aparatejo que me traía su voz para preguntar una y otra vez: ¿Quién es...?. Eso me producía una felicidad inmensa. Al sexto día me decidí a bajar hasta el buzón poco después de haberlo abandonado él. De esta manera, podría sentirlo más cerca todavía. Me quedé allí sentada, junto al buzón, olfateando una a una, las cartas que él me había dejado. Aún podía percibirse su aroma chorreando por las paredes. Ahí me enamoré del todo. A la semana siguiente, creí conveniente deslizarme hasta el portal justo en el momento en que depositaba las cartas en el

buzón.

Sería

muy

romántico.

Estaba

decidida

a

conquistarlo, no me importaba en absoluto lo que fuese necesario para ello. Y así lo hice. Ese mismo día nos conocimos. Al principio, se mostró receloso con lo de vivir juntos, por lo del piso y lo caros que están, supongo. Ese día sólo nos besamos.

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Al día siguiente, creí necesario conocernos más a fondo y, ni corta ni perezosa, así se lo hice saber. Cedió con bastante rapidez, aunque tampoco le dejé escabullirse. Fue en ese momento cuando él se enamoró también... A decir verdad, mis expectativas en cuanto a sus artes amatorias se me quedaron un poco grandes. Pasado un mes, bajé a fijar la fecha de la boda, para que él conociese con exactitud el día en que debía ponerse el frac azul que yo le había comprado para la ocasión. Estaba muy ilusionado. Nos vimos un par de veces más en el portal, hasta que yo decidí que lo mejor sería fugarnos a Cuenca, ya, en ese mismo instante. Qué será de las pobres e indefensas cartas sin mí, murmuró. Se mostró preocupado por el reparto del día, aún debía entregar la correspondencia del sesenta y cuatro, sesenta y seis, sesenta y ocho, setenta y setenta y dos, pero yo le convencí: ¡Debemos irnos ya, no hay tiempo!. Entonces me preguntó qué haríamos con las cartas, y yo, cómo no, le respondí que, indudablemente, leerlas todas, una por una, hasta hartarnos. Pareció sorprendido con mi propuesta, pero cumplió mis órdenes, sumiso, como siempre. Una vez leídas, decidí que ya podíamos marcharnos con la conciencia tranquila. Y nos fuimos.

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Salimos del portal, abrazados y muy contentos. Mi madre gritaba desde el balcón: ¡Susana, sube las cartas de una vez! Pero… ¿quién es ése que va contigo? ¿Pero dónde va esta niña con el cartero? ¡No ves que llevas el pijama puesto...! Se me ha olvidado explicar que, a lo largo de todo este tiempo, mi madre nunca sospechó nada de mi relación clandestina con el cartero, aunque siempre se extrañó que para bajar al buzón por dos o tres cartas tardase cuatro o cinco horas. Razones tenía para preocuparse. Y ahí se quedó mi madre gritando y suplicando que por lo menos le subiese el recibo del agua antes de irme, mientras mi cartero y yo perdíamos entre la multitud, él más ligero que nunca y yo muy decidida, como siempre.

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A la sombra del baobab todo se ve diferente. Aquí nunca llueve

ni

hace

frío,

pero

tampoco

hace

calor.

Sólo

oscuridad. Oscuridad placentera, como de andar por casa. El baobab es como un poblado muy cosmopolita, la gente va y viene de sus vidas, pero sólo yo permanezco aquí inmóvil. Todo es diferente. Los que van y vienen saben que aquí hay un mundo, pero el resto de las personas de ahí fuera no tienen tanta suerte: creen que el baobab es sólo un árbol. Es un baobab discreto, nada llamativo. Llevo muchos años bajo sus ramas, observando, midiendo las acciones que veo en el exterior. Me da un poco de miedo salir fuera. Los que van y vienen tienen mucha suerte porque conocen ambos lados, el del sueño y el de la vida, la paz y la muerte. Pero no todos tienen tanta. A la sombra del baobab todo se ve distinto, a pesar de que ahí

fuera

los

dolores

crezcan

como

la

hiedra

envolviéndonos en su chillido. Pero aquí estoy seguro, por lo menos mientras no me despierte...

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Ser el último ujier del mundo requiere una capacidad especial para perderse; no sólo conocer cuál es el momento apropiado de hacerlo, sino cómo y cuándo debe suceder. Olvidarse es fácil, pero para perderse se necesitan años de práctica. No todo el mundo puede hacerlo. Si no hubiese sabido perderme seguramente nuestra raza se habría extinguido y eso sería muy peligroso, porque después vendría la desaparición de razas tan antiguas como la de los ministros grises o los jueces. Llevo con gran dignidad mi calidad de especie reconocida por su talento en París, Londres o Vigo, muy anterior a razas más extendidas como la de conserje, locutor o camarero. Perderse bien es una cualidad imprescindible para sobrevivir, pero para ello debes mantener una estricta disciplina a lo largo de los años. No basta con querer perderse. Llegado el momento hay que desaparecer del escenario molesto con todo tipo de precauciones. Llevar un sombrero rojo o botas altas no ayudan en absoluto. Si algo he aprendido en estos últimos miles de años es que si no sabes perderte no vas a ninguna parte.

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En Charlestón las nubes son pocas y el viento escaso. Los escritores se acobardan mucho ante tal panorama. No hay mucho que describir, lo siento, tienen razón. Los squalers viajan de noche con mucho cuidado de no perder el correo que los escritores esperan siempre bajo las cornisas. “Esto es una comuna de letras”, dice el gran Jo cuando tiene la oportunidad de hacerlo, cosa no muy frecuente... Los picos de las montañas aparecen siempre nevados en honor a los escritores que siempre, siempre, miran muy alto, los pobres. Las plumas corren deprisa a poco que se les ve la tinta, para no ser capturadas e inmediatamente reincorporadas al programa “Juta” de ayuda a las manos. Casi todos los domingos varias manifestaciones se expresan públicamente en la plaza principal. Algunas, la mayor parte, son de la familia H que se niega a seguir viviendo con tanto escritor en observación continua, otras, son las que forman la red clandestina de plumas, que de manera ilegal se asocia en sindicatos de muy mala fama y muy mala fe. La cosa acaba muy mal a eso de las ocho y media. A veces se hace de noche y los squalers se divierten atizando

al

personal

manifestante

con

todo

tipo

de

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correspondencia, de un modo bastante desagradable. Es muy penoso, sobre todo para los escritores que aguardan en su cornisa. No hay mucho más que ver en Charlestón, sólo escritores y más escritores. Eso es todo. Mañana dejaré la pensión “Hillom” para coger el primer tren de la mañana con destino a Saskatoon. Espero no dormirme.

Canadá, 1999. Fragmento n12.Diario II.

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Fíjense en todas esas muchachas ahí desparramadas y desparramándose por todas partes, por todo el escenario, o pasarela, o lo que sea. - Ganará la más guapa - dice Conchita. Y todos asentimos, aún conociendo la más oscura realidad del asunto. Pobre Conchita, mi mujer, mi otro yo, la madre de mis hijos, la que nunca se pregunta a sí misma nada porque ya tiene bastante con lo que tiene, o sea, yo, o sea, conmigo. La verdad, yo nunca he entendido muy bien la diferencia entre eso que llaman “aspirantes” con eso otro, por ejemplo, que llaman “aspiradoras”, esa especie de abismo entre pensamiento y expresión bucal. Quizá se deba a mi naturaleza

enfermiza

y

algo

intelectual

y,

por

ello,

enfermiza. Todo esto, mi intelectualidad patológica o patógena o patagónica, no sé, me conduce inevitablemente hacia preguntas tan atolondradas como porque me llamo Tomás. Y no es que me llame, me grite, o me busque a voces, quiero decir, que mi nombre, el que me ha acompañado siempre, sea Tomás y no Conchita, por ejemplo, como mi mujer. ¿Por qué no yo Conchita y ella Tomás? Lo cual me provoca otra seria cavilación: ¿y quién demonios manda aquí? Veamos

otro

ejemplo.

Qué

tipo

de

relación

puede

establecerse entre el A-GOBIO que me inunda y me invade

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los martes a eso de las ocho, con el pobre GOBIO que nada (y esto con segundas) tiene que ver conmigo. La telaraña lingüística me deja en cueros de nuevo. Me sumerjo en un profundo desconcierto... - Ésa es la más guapa. Seguro que gana. Acércate para tomar las medidas, si lo hago a bulto seguro que me sale corto de mangas, como siempre... - Conchita... - ¿Sí? - Tú, ¿alguna vez has deseado tener otro nombre? No sé, Teresa, o Eva, o Greta? Quién sabe, a lo mejor tu vida habría sido diferente... - ¡Tú ven aquí y ponte derecho! - Bueno, ¿me contestas o no? - Vamos a ver, levanta los brazos y no te muevas... Pues no sé, a mí me hubiera gustado ser más alta, eso sí, y ser actriz y conocer mundo, pero veo que eso trae muchos problemas a la larga, así que no sé, no me decido. Las cosas son como son y ya está. ¡Pensar es cosa de locos! Entre madeja y madeja, yo seguía con mis inquisiciones (y puede que vaya con segundas también). A mí siempre me ha dado mucho miedo ir a la frutería y pedir un cuarto, o un kilo de kiwis por la posibilidad de estar cometiendo, aún sin quererlo, una atrocidad en alguna parte del mundo. Esto me producía una serie de alucinaciones tales como observar un bello plumaje pardo circundando el alimento e

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imaginar Nueva Zelanda, sus paisajes, sus gentes y, sobre todo, su fauna. El mal sabor de boca me duraba días. Y ahora llega la Semana Santa y el culto y las procesiones y quién podría no sonrojarse al dirigirse a esas devotas mujeres como si fuesen orugas. Qué tipo de mente retorcida puede habérmela jugado otra vez, jugárnosla a todos con sus indecorosas coincidencias. Procesionarias. Es el fin. O quién sabe si cuando le digo a mi Conchita que me eche en la sartén un ajo bien hermoso, bien grande, un ajolote, no la estaré induciendo al anfibicidio. Y cuando le narro mis peripecias en el parque tras las jovencitas y no tan jovencitas y, por decencia, más que por vergüenza, le cuento a mi Conchi, no la verdad, la de los puñetazos que me dan siempre donde nunca deben darse; cuando le digo la gran mentira, que CAÍ y por eso vengo como vengo, no le estaré dando mono por liebre. Y qué culpa tendrá el pequeño mono de mis debilidades y qué tipo de explicación es ésa: - Pero, ¿qué te ha pasado, Tomás? - Monó. Que... Que monó y me hice daño. No hay más que incógnitas en el universo. Qué vergüenza, qué vergüenza...

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- Mira ésa, Tomás. No me gusta tanto como la otra, va toda pintada. - No digas eso, Conchita, pobre niña, no hace falta que la llames gallinácea. Tampoco es para ponerse así... - Tomás, creo que pasas demasiado tiempo con ese diccionario. Que

sean

“aspirantes

aspiradoras,

o

a”

no

quiere

viceversa,

por

muchas

decir

que

relaciones

sean que

puedan establecerse en nuestra cabeza, entre unas y otras, unos y otros. Somos una fauna abisal, sin duda alguna. *** Epílogo ASPIRANTE: Persona que ha obtenido derecho a ocupar un cargo público. Candidato. ASPIRADOR, RA: Que aspira el aire. Denominación aplicada a diversos aparatos que sirven para aspirar fluidos, polvo o residuos de reducidas dimensiones. AGOBIO: Acción y efecto de agobiar. GOBIO: Pez pequeño, de 15cm. de longitud, que vive en aguas fluviales límpidas.

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KIWI: Ave corredora de Nueva Zelanda, de alas casi inexistentes, plumaje pardo, pico largo y barbas desordenadas, que mide unos 30cm de altura. Fruta de corteza marrón pilosa y pulpa de color verde. PROCESIONARIA: Oruga que se alimenta de las hojas del pino, roble y encina, a las que causa grandes estragos, y que tiene la costumbre de avanzar en largas filas, con la cabeza de una tocando la parte posterior de la anterior. AJOLOTE, AXOLOTE O AXOLOTL: Vertebrado anfibio urodelo de los lagos mexicanos y norteamericanos, capaz de reproducirse en estado larvario y que raramente consigue la forma adulta. CAÍ: Pequeño mono platirrino americano. PINTADA: Acción de pintar en las paredes, vallas, etc., letreros o murales de contenido político o social. Letrero o mural de ese carácter. Gallinácea, originaria de África, aclimatada en el mundo entero.

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Los frikis son seres diminutos. Tienen tres pelos con tres nombres respectivamente: Joaquín, Mauricio y Arévalo. Pueden ser de distintos tipos: pobres y ricos. Los frikis pobres nunca van a la escuela, y los frikis ricos son muy inteligentes porque van siempre. Hay frikis muy testarudos que se empeñan en aplastar a los frikis pobres y éstos, por lo tanto, se ven más diminutos de lo que en realidad son. La sociedad friki está gobernada por el Gran Freak, el cual habla mucho y no dice nada, pero todo el mundo debe acatar sus órdenes. El Gran Freak tiene un séquito real formado por frikis del tipo “ricos”, los cuales suelen ser bastante testarudos en el aspecto antes citado. De este modo han sido exterminados millones de pobres frikis. Estos frikis no poderosos tienen una cosa llamada “moral” que, según ellos, los distingue de los frikis ricos y, generalmente, son buenos frikis, honrados y trabajadores. A los súbditos del Gran Freak les molesta sobremanera el aspecto descuidado de los frikis paupérrimos y éstos lloran en gran cantidad por ello. La escuela es cara. Los pequeños frikis no poderosos adoran a sus tres pelos y los agrios del Gran Freak no les hacen ni caso. Esta situación es inexplicable para los frikis pobres, los cuales están muy, muy orgullosos de Joaquín, Mauricio y Arévalo y no comprenden, porque, testarudos, se empeñan en esconderlos. Suelen ser algo que se llama “muycinicos”.

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El Gran Freak y lo suyos son totalmente desgraciados, en cambio, los frikis pobres siempre están de buen humor y siempre sonríen. Es una de las muchas circunstancias a explicar en la sociedad friki. A veces, los frikis honrados se cansan y hacen algo que se llama “huelga”, pero que siempre termina en otra cosa llamada

“manifestacionmultitudinaria”.

El

Gran

Freak dice que eso es muy peligroso y farfulla algo entre dientes parecido a: izquierdasocialismocomunismoanarquiapeligropel igropeligropeligropeligropeligroso...

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Julia había sido siempre una jovencita alegre y orgullosa. Cuando paseaba del brazo de su novio por el parque los muchachos la miraban con disimulo y se les encendían los ojos;

siempre

esperaban

a

que

estuviese

sola

para

piropearla y mandarle guiños. Julia era esbelta y tenía unos aires de grandeza al caminar que encandilaban hasta al más ciego. Era lo que solían llamar una buena hembra. Desde niña, canturreaba a todas horas por los rincones y, de vez en cuando, en su habitación se echaba un bailecito. Ciertamente

podía

pecar

de

alocada,

pero

era

tan

encantadora... - ¡Guapa!- , le decían por la calle. - ¡Gracias, caballero!-, decía con la sonrisa en los labios. Trabajaba en una corsetería del centro de Madrid, aunque, a

pesar

de

su

independencia

económica,

continuaba

viviendo con sus padres. Seguiría allí hasta la boda con Luis. Cierto día preparó el despertador para las ocho y media y se fue a dormir. Debía salir temprano porque antes de ir a la corsetería pasaría por la tienda de Juana.

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A las ocho sonó el despertador un poco despistado. Julia se levantó más triste que nunca, como si viniese de algún terrible sueño lejano. Se vistió y fue hacia el espejo para peinarse. Se le había borrado la sonrisa. Cuando vio su cara allí reflejada, sin aquellos dientes blancos como luceros, no se sorprendió en absoluto. Estaba demasiado triste para eso. Salió a la calle y nadie la piropeó, o quizá sí, pero estaba demasiado triste para eso y para cualquier cosa. Acudió a la corsetería un día más, después nunca volvió. Se encerró en su habitación y jamás se escuchó ni el más leve canturreo. Algunos dicen que se llevó su sonrisa el viento, otros que se le olvidó.

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Bien. Todo va bien. Nada malo va a suceder. Tranquila, K., tranquila. Todo va bien... Pero sus cuerpos pesan y el olor a sudor y a erección hambrienta es insoportable. Afuera el cielo gotea lluvia como de metal oxidado y las calles parecen estremecerse ante el espectáculo putrefacto de la noche que vende cuerpos o los regala. Son las diez y media y algo me impide salir de este minúsculo espacio cuadriculado en blanco con su justo retrete y su injusto espejo de motel barato que ya no tiene sabor de tanta saliva esparcida por las paredes. Me toco el vientre, y los muslos, y me araño la piel porque necesito otro

dolor

donde

esconderme.

Las

huellas

jamás

desaparecen, es como si todas las manos que me han retorcido y amasado y apretujado y besado el cuerpo se quedasen ahí señalando su territorio; como si nada ya fuese totalmente mío. Quizás tengan razón. Cualquier cosa en venta, cualquier cosa, lo que sea, se convierte en propiedad absoluta y privada, con derecho a todo, de quien ha pagado el precio de posesión, de esclavitud. Y las huellas quedan siempre. Y las huellas no desaparecen. La primera vez hubo dolor y asco. Y sentí nauseas con aquel tacto canoso, con aquella mole de barro que se servía de mí como si se tratase de un animal mecánico que con

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tres

monedas

reproduce

sonidos

y

vibra.

Esa

noche

comprendí. Después llegó el “caballo” y el whisky, para tapar los huecos que ellos no me llenaban. Y bebí y me bebí una a una las venas por las que circulaba un poquito de vida. La calle fue mejor desde entonces, menos fría. Me duele el cansancio. Son demasiados cuerpos encima, demasiadas moles, demasiada piel con gafas o sin ellas, demasiados

flacos,

gordos,

absurdos,

tríos,

palabras,

mentiras. He perdido peso. Tengo mal aspecto, ojeras, desde la última paliza, aquélla en el “Tres Estrellas”. Hoy ha sido un día ajetreado y no he tenido que molestarme en bajar a la calle, “El Rubio” me ha dejado aquí muy temprano y me ha subido cinco o seis. El de las cinco no estaba mal, bastante normalito, nada de cosas raras. El de las nueve me marcó la cara. A ellos les gusta eso. Un hombre siente en función de la fuerza que ejerce sobre su presa. A pesar de todo, no me quejo, quizá ni tan siquiera tenga fuerzas para eso, estoy cansada. Sé que nada cambiará. No hay final feliz para las chicas de la calle, sólo eso, la calle y lo que quede de venas. La vida es como es, sólo los de arriba pueden cambiar su destino. Los de abajo nacemos

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con las manos bajo tierra y no tenemos raĂ­ces, solamente huellas. A los otros las heridas les cicatrizan y a mĂ­ se me quedan abiertas, siempre disponibles. Bien, todo va bien, nada malo va a suceder, tranquila K., tranquila, todo va bien, me repito una y otra vez, las que sean necesarias, mientras espero con la jeringuilla en la mano.

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Cielo azul, radiante sol e incluso cierto ligero aroma a salitre y roca. Camino despacio mirándolo todo, recuerdo algo de un gato curioso que murió hace mucho tiempo o algo así, pero sigo mirando, observo las casitas de planta baja, el dorado trigo, los árboles... Ahora siento un nudo en el estómago, esa sensación de que algo importante anda cerca. Me paro. Creo que no debo seguir. Lo mejor será que dé media vuelta y deje la aventura para los aventureros, alguien me dijo un día que un gato se había muerto por curioso. Decidido, regresaré por donde he venido. Vuelvo a ver las casitas de planta baja, aquellos árboles, qué delicioso pan podría conseguirse con aquel trigo... Noto de nuevo el olor a salitre, a arena mojada y sol. La playa debe de estar cerca. Sé que aquel pobre gato murió por su espíritu inquieto, pero yo no soy gato, ni curioso, sólo siento ese nudo de lo que debe ser, de lo inevitable. Volveré a retomar el camino. Me ha costado un poco el retraso y ya comienzo a sudar, el sol calienta demasiado. Sigo andando. Ahora el paisaje ha cambiado y huele a café con leche, casi a hojaldre. Sigo andando y veo a lo lejos algo que no puedo distinguir bien. Ahora camino deprisa, cada vez más. Creo que sí soy curioso, a pesar del gato. Podría afirmar que es una especie de cartel o algo así. Sí, un cartel, ahora estoy seguro. A medida que me voy

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acercando alcanzo a ver dos palabras. Creo leer “no tocar” o “no saltar”. Tendré que acercarme más... *** - Cariño, ¿estás bien? Estás pálido y no tienes muy buena cara, lo mejor será que tomes una pastilla e intentes dormir de nuevo. - No recuerdo. - Pero, ¿qué no recuerdas? - Nada. No recuerdo nada.

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Hacia arriba: Para comprender el mundo hacia arriba se necesitan ante todo dos o tres buenas agallas. No es imprescindible, pero sí muy aconsejable mantener durante todo el proceso una saludable actitud nada rencorosa y condescendiente con el resto de personas que no pueden o no tienen la capacidad suficiente para compartir nuestro modo de entender el mundo hacia arriba. Deberán tomarse ciertas precauciones necesarias antes de emprender el viaje de comprensión; éstas se dividen en dos: “imprescindibles” y “depende de su voluntad”. Las precauciones correspondientes

al

género

de

“imprescindibles”

son

sobradamente conocidas por todos y por ello no las repetiremos aquí. Entre las precauciones del género “depende de su voluntad” señalaremos como imprescindibles dos: la corbata de color azul (en su punto justo) y los calcetines rayados. Llegados a este punto, se considera totalmente apto para el viaje de comprensión a cualquier transeúnte de estatura media. Una última advertencia sería ya, evidentemente, no bajar nunca la vista. Hacia abajo: Dada la perspectiva pesimista que conlleva este tipo de visión del mundo, debemos comenzar por tareas sencillas que nos ayuden en la comprensión, tales como escuchar el crujir de los

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muebles de madera o acariciar la lavadora. Tendremos en cuenta siempre la posibilidad de desplomarnos en cualquier momento, esto nos mantendrá muy despiertos. Tras el primer mes de práctica del “Programa Sencillo-Abajo” nos sentiremos muy pequeños, diminutos, lo cual será de gran ayuda en nuestro camino de percepción del mundo hacia abajo. Durante tres años y tres noches seguiremos el “Proceso Hacia Abajo” y una vez marcados con el escudo de las liras nos encontraremos ya capacitados para realizar el primer viaje. En horizontal: Si no has nacido con la capacidad específica de entender el mundo

en

horizontal

te

será

absolutamente

imposible

adquirirla posteriormente. La visión horizontal se transmite de madres a hijos y es un tipo de comprensión que se da en muy pocos casos. Es, sin duda alguna, el modo de entender el mundo más apropiado para los seres de una sola cabeza que comienzan el viaje a cuatro patas. En vertical: Debemos esforzarnos mucho para poder alcanzar el nivel de comprensión vertical, uno de los más complejos. Comenzaremos intentando respirar por las orejas sin que ello distraiga nuestra atención. Una vez lo hayamos conseguido

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cerraremos la boca e introduciremos un guante por la nariz. De este

modo

la concentración

será

máxima.

Sin

perder

el

equilibrio respiratorio, cogeremos el martillo y mantendremos fija la mirada en él durante tres minutos. En el momento justo de alcanzar el clímax expulsaremos mediante un bufido el guante de nuestra nariz, con la fuerza necesaria para que el mismo vaya a caer sobre el martillo, encajándose en el hierro. Mantendremos, ahora, la mirada sobre el guante durante tres días. Al cuarto día, al amanecer, estaremos preparados para emprender el viaje. Con los ojos abiertos: El único modo de combatir este tipo de comprensión del mundo, nada aconsejable, es amarrar con una cuerda dos novelas breves de cualquier autor del s. XX a cada uno de los párpados, respectivamente, y esperar con paciencia. Es un método seguro, limpio y eficaz, comprobado a lo largo y ancho del universo. Con los ojos cerrados: La forma más habitual y cómoda de alcanzar este modo de entender el mundo es y será, por los siglos de los siglos, mantenerlos siempre así.

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Los tarandelos son una especie en extinción. El último tarandelo con vida fue visto a orillas del Sena el catorce de mayo del año tres mil novecientos noventa y seis. Esto sólo ocurre en ocasiones muy especiales, son muy rigurosos en cuanto al número de visitas a su ciudad natal. Vagan por el mundo de un sitio para otro hasta que les llega el momento de la transformación. Después son libros para siempre. De ahí el dicho popular: “este libro parece tener vida propia”. La explicación es bastante evidente, cuando un tarandelo llega a nuestras manos ya ha sido transformado y, por tanto, no podemos ver su mirada, ni sus pies, ni su larga cola dorada. Primero fueron los tarandelos y no el huevo ni la gallina. Su desaparición sigue siendo un misterio. Hoy día existen muchos libros, pero no todos son auténticos tarandelos, es decir, no todos lo han sido anteriormente. Si el libro que tenemos en nuestro escritorio es un tarandelo de verdad lo notaremos enseguida, en sus palpitaciones, en la capacidad que posee para atraparnos, para contar historias. Todo tarandelo ha sido humano antes que libro, en el mundo anterior y por ello guarda tantas historias dentro. Ahora,

desgraciadamente,

ya

no

surgen

las

transformaciones necesarias para que un tarandelo nazca; ya no crecen en ningún lecho de muerte esas largas colas doradas que daban el privilegio a unos pocos hombres de llegar a ser libros algún día. Para que esto sucediese

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tendrían que darse unas condiciones atmosféricas que ya no existen porque el sol se apagó hace mucho tiempo y porque no hay oxígeno. La tierra se secó del todo en el dos mil. Sólo quedan los libros. Pero aún cabe la esperanza de que

el

tarandelo

del

Sena

se

reproduzca

antes

de

convertirse en libro y nazcan unos cuantos humanos que, bien alimentados, pueden llegar a tarandelos a los noventa y cinco, o ciento tres años. Crucemos los dedos.

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El verano se había ido deslizando, poco a poco, hacia ese hueco estacional de hojas secas que es el otoño. Ahora los años pesaban más que nunca para Alfonso Tresto. Tendría unos cinco años cuando le llegó su primera tristeza. A esa edad uno no conoce a sus enemigos y cree que la felicidad es eso que te cosquillea en el estómago cuando has ido al campo a cazar grillos y observas que has realizado la más asombrosa cacería. Claro está que pronto se van muriendo tus trofeos e, incluso, algunos se devoran entre sí. Entonces, te das cuenta de que las cosas no son lo que parecen y, lo que es peor, siempre huyen cuando ya las has conseguido. A los quince años le llegó la segunda tristeza y ésta fue más difícil que la anterior. Aquí decidió que lo mejor era olvidarse de sueños y esperanzas, que a la larga siempre duelen. Después vino la tercera y la cuarta y a la quinta tuvo una nueva sensación. La tristeza se convirtió en melancolía dolorosa. Pasó el tiempo y quiso volver a soñar, pero se le había secado el alma. Tras muchos años de melancolía, ya en el lecho de muerte, sintió un dolor agudo en el pecho y supo que aquello no era una de sus tristezas. Se dio cuenta, demasiado tarde, que jamás había intentado ser feliz.

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La abuela siempre nos decía que tres cuartos de hora son mucho menos que media hora y que los gatos no tienen siete vidas porque nacen ya muertos del todo, son espíritus del más allá y por eso tienen los ojos tan grandes y tan verdes. Papá nos explicaba que todo eso que nos causaba tanto desconcierto

eran

“cosas

de

la

abuela”

y

con

eso

nos

conformábamos. Así crecimos mis hermanos y yo creyendo todo lo que nos decía papá. Identificamos,

pues,

desde

niños,

todo

aquello

que

nos

sorprendía en el mundo como “cosas de la abuela”, sin más preguntas ni respuestas que las que nos dio papá. A medida que fuimos creciendo y madurando, algunos más que otros, nos dimos cuenta de cómo todo aquello de la abuela y sus cosas había influido en nuestras vidas, del modo en que nos había marcado.

Ante

mi

sorpresa

y

la

de

mis

hermanos,

nos

hallábamos de pronto explicando a nuestros propios hijos cualquier etapa o hecho del mundo, suceso o pubertad, con la frase que, sin quererlo nosotros, se nos había atragantado en la garganta: “Son cosas de la abuela, hijo”. Y así crecieron nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, creyendo que cualquier duda de la humanidad cabía en una frase. Y la estupidez viajó de generación en generación hasta que un día un hombre más bien pequeño, con gafas y pelo cano, se propuso investigar el pasado de la abuela.

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Sentado en el retrete, mientras escucho a Beethoven, pensando en la última buena explosión que he escuchado, me pregunto: ¿Y a mí qué me importan los transeúntes? La vida hay que vivirla, chaval, pese a quien pese. Aquélla sí que fue gorda, una buena monté aquel día. Ya no se hacen explosiones como las de antes. ¡Ay, la del treinta y nueve, qué tiempos aquellos! El

otro

día,

cuando

iba

caminando

por

la

calle

tranquilamente me asaltó una duda incontrolable, muy inquietante, por así decirlo: ¿Realmente soy un asesino? No sé, yo me identifico más con los quinquis, ya sabes, las canguis, vamos a ver, con los marginales, los rateros, ladronzuelos, pícaros, no sé, con el Lazarillo de Tormes, por ejemplo, ése si que era un gran tipo. Como os iba diciendo, a mí, bueno, y a mi primo el “chuleta” también, nos gustan las explosiones, los circos, ya sabes, los colorines y el ruido. La primera vez que nos pescaron al chuleta y a mí) habíamos volado por los aires un almacén de bufandas y calcetines, en fin, nada del otro mundo, algo sencillo. Eso fue al principio, después nos dio el instinto asesino y comenzamos con las víctimas, pero por razones de seguridad tan sólo. Es decir, si nos ponemos a avisar a todo el mundo para que salga del edificio, perderíamos mucho tiempo y tampoco merece la pena por cinco o seis. Una vez instalados los explosivos, el “chuleta” y yo nos sentamos en algún parque cercano a observar el proceso.

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Después nos felicitamos mucho por nuestra tarea y nos fuimos a casa. A veces cogemos el walkman y nos deleitamos con las tres o cuatro estaciones esas tan famosas y tan clásicas, primero yo y después el “chuleta”. De vez en cuando vemos una Heli de acción. El “chuleta” es muy observador y me quiere mucho, así que si ve que me dan los mareos se marcha corriendo en seguida. Ya sabe que me gusta estar solo cuando me dan los ataques. Es un buen colega, muy atento y considerado, aunque un poco histérico, si me descuido liquida a la mitad de la población mayor de sesenta y cinco años, odia a la tercera edad. Nunca le he preguntado porqué, sus razones tendrá, supongo. La verdad es que no encuentro ninguna explicación a mi conducta, si bien es cierto que no me gustan los edificios, ni los almacenes, ni los cines, ni las casas y mucho menos los ascensores donde normalmente sufro asfixia por falta de oxígeno, no encuentro ninguna relación entre mi claustrofobia y mis explosiones. Tal vez si el mundo fuese un espacio totalmente abierto, sin puertas, ni techos, quizá entonces...

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María tenía largas trenzas y sonrisa de niña buena. Podríamos decir que era una niña de ésas, dulce y sonrosadita. María tenía una gran familia y un perro y una casita en las afueras. Aparentaba muy bien ser feliz. Cuando le preguntaban si quería un helado: “No, no me apetece. Gracias”. Y es que nunca le había apetecido nada realmente. Se le daba bien eso de dibujar animalitos entre el bosque, eso sí, con pajaritos de cielo azul siempre al fondo. Sus amigas del colegio la apreciaban mucho, sobre todo por su extensa colección de muñecas de porcelana. La visitaban muy a menudo. “¿Te gustaría ir al zoo el sábado, mi amor?”, decía la madre con cierta desesperación. “Me da igual”, repetía una y otra vez la niñita. Y pasaron los años y María se convirtió en una bella mujer sonrosadita, y elegante. Tuvo tres hijos y un marido de portada y otra casita en las afueras. Parecía tan feliz... “Cariño, hoy te he comprado un ramo de rosas precioso. Ven a verlo”, intentaba el pobre hombre. “Ya iré luego. Gracias”.

58


Y es que nunca le habĂ­a apetecido nada realmente, ni tan siquiera ser feliz de algĂşn modo.

59


Como cada tarde, Miguel Lombardia salía con prisa de su trabajo de ocho a cinco, mientras esperaba ansioso el momento de liberarse de su fiel corbatita rayada. No era una tarde demasiado especial, ni fría ni calurosa, simplemente otra tarde en una ciudad cualquiera. Qué fácil resulta caminar hacia casa después del trabajo, pensaba. No tenía un trabajo excepcionalmente duro, no, pero ese presumido de Manolo jugaba con los límites de su paciencia con sus paseitos y sus miradas. Esperaba con cautela cualquier pequeño error para ejecutar su zancadilla a algún inocente padre de familia con más pelo que él. Sin duda era un trepa de mucho cuidado. En fin, la vida existe y, por tanto, se mueve, aunque no como debería, se repetía a sí mismo. Aún le quedaba un trecho más bien largo para llegar a casa, aunque ya podía percibir el sabor del hogar. Tomó la precaución de visualizar la escena: Su mujer le obsequiaba un beso a su llegada mientras los niños gritaban un caluroso papá, te quiero. Qué fácil es soñar lo nunca visto. Al pasar por la confitería de la esquina, el tufo dulzón le indicó que ya estaba cerca y le supo a hogar, a madre tierra.

60


Cruzó la calle y, ahí, se lo encontró, con su mirada y su sabiduría.

Cuántas

historias

había

vivido

aquel

portal,

cuántos besos robados a su amparo y, cómo no, cuántas lágrimas... Sacó su llave, deprisa, como siempre, y casi taciturno y aún borracho de oficina, metió la llave; pero la llave no quiso abrir. Volvió a intentarlo. Lo intentó de nuevo. Imposible. Un poco nervioso ya, probó la infalible sacudida. La llave no entró. Instintivamente, golpeó más fuerte. La puerta, al fin, cedió. Cruzó el umbral extrañado, pero sin dar al suceso demasiada importancia. Subiendo las escaleras imaginó posibilidades policíacas. Quizás su mujer había cambiado la cerradura convenciendo a los vecinos de una hipotética trágica historia para fugarse con su amante. Tal vez no debería haber tomado tanto café esa mañana. Como de costumbre, sacó la llave y se dispuso a abrir. Rió. No era posible. La llave no entraba. Esta vez, las sacudidas fueron inútiles y sólo sirvieron para arropar sus nervios. Intentó calmarse, pero no lo logró. Se sentó en el descansillo.

61


Observó

con

atención

aquel

pequeño

trozo

de

acero.

Imposible, pensó. Seguramente todo poseía su perfecta explicación lógica, así que llamaría a su vecina Teresa y ella le diría lo ocurrido. Mi mujer le habrá dejado alguna nota para mí y la nueva llave, quiso creer el pobre hombre. Rápidamente se incorporó y llamó varias veces al timbre. No contestaba nadie. Después de un rato un señor mayor abrió la puerta. - ¿Qué deseaba?- preguntó algo somnoliento. - ¿Puedo hablar con Teresa? - dijo el pobre infeliz. - Aquí no vive ninguna Teresa - contestó el anciano mientras cerraba de un portazo. Miguel Lombardia no comprendió nada. Le temblaban las manos, miraba hacia un lado y a otro esperando ver aparecer alguna respuesta en el aire. Se sentó. Se levantó de nuevo. Se volvió a sentar. Fríamente, calculó cada una de las posibles explicaciones. cinematográfica:

Se

decidió, se

cómo

encontraba

no, en

por una

la

más

dimensión

desconocida... Todo tipo de terroríficas preguntas con cuerpo de mujer e hijos y dudas de color de hogar desfilaron ante él.

62


Al

igual

que

un

personaje

más

de

cualquier

historia

fantástica bajó las escaleras como si nada hubiese ocurrido. Se mintió una y otra vez. Se negó. Se reprendió a sí mismo por sus locuras. Salió del portal confundido y se alejó sin dejar de pensar. Al pasar por la confitería de la esquina el fuerte tufo dulzón volvió a invadir su nariz. Héctor, el pastelero, lo saludó desde dentro. - Adiós, Héctor- dijo Miguel sin pensar. De pronto, se detuvo, se dio media vuelta y vio cómo Héctor le sonreía. ¿Cómo podía ser posible cambiar de dimensión y llevarse a Héctor con él? Simplemente era imposible. Como un autómata condujo otra vez sus pasos hacia el portal. Ahí estaba frente a él de nuevo. Tomó todo el aire que pudo en sus pulmones y cerró los ojos. Soltó el aire, y respiró tranquilo. El número que allí había escrito era el 64 y no el 63. Miguel Lombardia rió y dudó de la cordura humana mientras abría el portal de su casa.

63


Ahora estará con cualquiera de ellos, con aquel moreno de ojos saltones que la buscaba con la mirada desde la pescadería, o con aquel otro de aquel verano; seguramente seguían viéndose. Le besará la nuca para luego descender a sus muñecas, le dirá palabras que yo no supe decirle al oído, acariciará su pelo mientras ella sonríe. Jamás debí dejar que saliese sola, tendría que haberme puesto en la puerta, frente a ella para impedirle el paso y suplicar, rogarle que no me abandonase, que mi vida sin ella no tiene sentido, que siempre la he querido y siempre la querré. No recuerdo el momento en que la perdí, sólo deseaba que fuese mía, solamente mía. Los gritos la habían asustado, sí, por eso me engañaba, por los gritos, sólo por los gritos; pero me seguía queriendo, lo sé. No debí darle aquella bofetada, pero me herían sus palabras, sus mentiras, había estado en sus brazos o en otros, era inútil negarlo. Después le había acariciado el rostro. Intentaba borrarle mis huellas con los dedos, pero ya era tarde. Lloré, por ella y por mí, por su carita enrojecida por mi mano. Me rendí a sus pies, se los besé, le dije que la amaba y que no quería hacerle daño, sólo que fuese mía, tan sólo eso. Ella lloró también y eso aún dolía más. Nos besamos y la abracé y ella se dejó acariciar. Esa noche fue más mía que nunca. Y ahora se había ido. Dijo que sólo compraría unas cuantas cosas, leche, pan, ese chocolate que le gusta tanto, y

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volvería rápido, muy rápido, sólo sería un momento. Pero yo sabía que no era así y en aquel instante me dejé llevar por sus ojitos diminutos y por ese gesto de su pelo al girar la cabeza. Y ahora estará en sus brazos, en los de algún otro que no soy yo y alguien le robará esa sonrisa que me gusta tanto. Me parece escucharla subiendo las escaleras, con ese tintineo que dejan sus botitas negras, sí, creo que ya sube. No volveré a dejarla escapar, me encerraré con ella, la ataré a mí con una cuerda si es preciso. Debe ser mía. Ya está entrando. Escucho voces, pero sólo reconozco la suya. No puede haberse atrevido a traerlo, no, el hombre que le ha quitado el vestido y le ha besado la boca no puede ser real, debo creerla. Sí, ahora estoy seguro, es una voz de hombre, grave, fuerte, lo ha traído para deshacerse de mí, seguro. Lo han planeado todo para que parezca un accidente. No, ella debe ser mía, sólo mía. Jamás dejaré que nadie me la vuelva a robar. Subo las escaleras deprisa, todo lo rápido que puedo. Ya he llegado al escritorio, debe estar por aquí. No lo encuentro. Buscaré en aquel cajón. Aquí está. Bajaré y acabaré con él. Nadie me la robará. Tengo que contar las balas, una, dos, tres; sí, hay suficientes. Debo bajar ya.

65


Ahí están, creo que está tras la puerta. Si disparo ahora mismo la bala le alcanzará, la madera es muy fina en la cocina. Ahora o nunca. La puerta de la cocina cedió con el peso de un cadáver que miraba fijamente a los ojos de su hijo. “Debí creerte, mi amor”, dijo con la mirada perdida.

66


Caminaba durante horas, días, buscando un no sé qué por las esquinas de los bares y las confiterías, las bibliotecas y los andamios, hasta en los lugares más íntimos del ayuntamiento. “Impepinable, totalmente impepinable...”, murmuraba. La parafernalia propagandística había tomado la ciudad, los candidatos del PAU, el MNUNIDOS y el YOPROMETO

sonreían

impúdicos

en

los

carteles.

“Impepinable”, se repetía. Caminaba. Gruñía con desesperación. Ya comenzaba la luz tosca de la mañana. - Bu… bu… buenos días, Manuela. Yo... - ¿Te crees que esto es una pensión? La próxima te juro que agarro la sartén y te quito de una vez por todas esa cara de esa de viejo tonto, que te juro que te arreo un sartenazo que de Manuela Torralba tú ya no te olvidas. Ya te enseñaré yo, ya te voy a enseñar las normas de una casa decente donde siempre se ha sido limpio, y honrao, y de buen diente, y con la obediencia como rosario. ¡Esto se va a acabar, como que me llamo Manuela Torralba Cruces, que esto se acaba...! - Pero, mujer, es que yo, ya sabes, me desoriento y... - ¿Te crees que yo me chupo el dedo? ¡Sinvergüenza, canalla, que si te vas de putas, te vas, pero no vuelves! ¿Has oído? ¡Calzonazos, más que calzonazos, que ni tan siquiera ahí dentro escondes nada!

67


“Impepinable”, pensó, pero en voz muy baja. Manuela tenía mal carácter, las uñas muy largas y a medio pintar, pero la lengua rápida e hiriente como un cuchillo. Al pobre Tomás le daba ansiedad sólo de pensar en ella. Se dejaba maltratar porque eso era lo único que podía darle, su única contribución posible a la felicidad de esta pavorosa mujer. Y caminaba. D. Jorge comprendía bien su desdicha. - ¿Qué pasa, Tomás? Me parece que te han dado duro, seguro no se lo piensa dos veces antes de agarrar la sartén esa mala bestia. - Que no, que ella no es mala, que soy yo, que provoco, que provoco cualquier cosa... - Pero tú qué vas a provocar nada, Tomás, que te conozco de toda la vida y tú no has pegao un grito nunca, que la mala es ella. - Si es que salgo de casa y no sé qué pasa que camino y camino y se me van los días en el caminar y a lo mejor me paso una semana sin caer por casa. Que me desoriento, o algo así, o algo peor, imagínate. - Serán las elecciones. - Sí, puede ser. Adiós, D. Jorge. - Dios te bendiga, hijo. Al pasar por la plaza recordó de nuevo aquellos días, su juventud, las ganas, el pelo largo y lacio de Manuela, las

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uñas rojas... Y ya estaban aquí otra vez las elecciones, los candidatos, D. Bartolomé, aquel doce de septiembre. Se detuvo frente al grotesco edificio gris y, por un momento, cerró los ojos para resucitar con un gesto levemente desesperado aquella noche en su memoria. Las once y media, la luna a medio florecer, el pueblo acalorado, el griterío... Y luego, las doce en el campanario, las uñas rojas recién pintadas por última vez, la expresión del rostro, el pueblo ensimismado, como inerte. “Impepinable”, pensó. - ¡Atroz! - añadió.

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De nuevo ante el espejo, como cada mañana de ayer y del resto de mi vida, con esa medio sonrisa melancólica del día siguiente, del “después de una noche de ésas”, hice unas cuantas muecas de desamparo y me burlé de mí mismo, no sin cierta tristeza de fondo, de volver a la rutina. Cuando terminé de vestirme ya echaba de menos la cama y la noche y, sobre todo, ese tipo de noches que te dejan la cara descolgada y descolorida y descomunal en todas sus partes, ahora más vistosas que nunca, enrojecidas, inflamadas, lívidas o de cualquier color menos el suyo propio. En fin, uno siempre puede sobreponerse a lo que tiene fácil solución; en este caso, la nostalgia se curaría a eso de las doce con un poco de whisky y alguna chica bonita. Conseguí salir al fin de mi casa, más tarde que nunca. Con mi traje impecable y mi corbata parecía notarse menos el largo listín de irregularidades de mi rostro. Como siempre, llegaría tarde a la oficina y el jefe me miraría a través de sus gafas, como mira el león al ciervo que se queda rezagado del resto y me miraría largo tiempo, como siempre, y no porque sintiese una irremediable atracción por mí que le llevara a imaginar tórridas escenas de amor, vistas por alguien a través de algún cristal, sino con esa mirada de león que desprecia la carne a la que va a engullir de un momento a otro a través de la cola del paro.

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A esas horas, el tráfico hacía un ruido espantoso y la calle estaba completamente abarrotada de personas como yo, con traje y corbata y caras descomunales. Mientras esperaba al lado del semáforo para poder cruzar, me entretuve escudriñando a las personas que allí, en esa especie de ritual, me acompañaban. Los había largos y feos, pequeños y rubios, flacos de carácter y gordos de carácter también. Algunos parecían flores, como aquella chica de ojos tristes, otros más bien cardos,

aunque

a

esas

horas

de

la

mañana

casi

todo

es

comprensible. Entre la multitud vi a un hombre que me llamó la atención, era alto y desgarbado y tenía “mala pinta”, como se suele decir. Él, al igual que yo, miraba a los demás, uno a uno, pero, a diferencia de mi inocente curiosidad, parecía buscar algo, tal vez una víctima. Pensé en un león con una manada de ciervos a su disposición y en qué criterio de elección seguiría en cuanto a su personal preferencia por uno u otro. Esta comparación me resultó familiar, no sé por qué. Seguí observándolo durante un rato, pero, casi sin darme cuenta, el hombre alto y desgarbado me descubrió y me sentí indefenso y amedrentado. Justo en ese momento en el que me miraba fijamente y se abría paso entre la muchedumbre hacia este pobre cervatillo, el semáforo se puso en verde.

71


Crucé la calle como si en ello me fuese la vida y continué caminando deprisa, muy deprisa, con la seguridad de que aquel hombre me seguía. El corazón me latía fuerte y yo apuraba más y más mis pasos, pero me sentía indefenso, rezagado, ya sin la multitud protectora. Caminaba y caminaba y oía sus pasos tras los míos, acercándose, olisqueando ya su presa. Estaba aterrorizado. En varias ocasiones intenté mirar atrás, pero estaba seguro de que si lo hacía, si me encontraba de nuevo ante él, me mataría. La ofensa de mis ojos frente a él, acusándolo de flaco y desgarbado, asegurando su futuro incierto y sus, seguro, perversas intenciones, analizando toda su vida en su flaco y desgarbado cuerpo, en su mal aspecto, sería terrible para él, la humillación me costaría cara. Y ahora, mientras apuraba mis pasos y se me aceleraban los latidos, pensaba en él y en mí, desnudos, iguales en nuestro aspecto, yo flaco y él desgarbado, yo desgarbado y él flaco y, lo que es peor, mi rostro pálido y ojeroso incluso más deplorable que el suyo; claro que mi excusa era la noche, la divina noche, una noche de “ésas”, pero quizás él tuviese también la suya. Entonces me di cuenta de lo único que nos separaba: mi corbata italiana y mi traje oscuro recién planchado. Pero eso ahora daba igual, porque la humillación había sido terrible y yo debía pagar el precio. Mi instinto me obligaba a seguir caminando más y más deprisa. Ahora corría como un loco y el sudor me bañaba el rostro

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descomunal y ahora húmedo. Miraba a las personas que pasaban a mi lado y me parecía imposible que nadie se percatase del peligro. Quisiera haber gritado, haberles advertido de sus enormes manos y de su aún desconocido utensilio largo y afilado, y de seguro certero. Pero nadie veía el peligro que acechaba mi vida. Nadie, a pesar de mi corbata italiana y del traje... Eso ahora ya no importaba. Me hubiera gustado darme la vuelta y plantarle cara, pero yo era el único responsable y estaba absolutamente incapacitado para cualquier cosa que no fuese huir y correr cada vez más rápido. Comenzaba ya a estar cansado, me estaba quedando sin fuerzas, pero el miedo me obligaba a seguir huyendo. Sabía que de un momento a otro me desplomaría al fin exhausto, pero yo debía correr hasta que eso ocurriese. De pronto, tropecé y caí torpemente al suelo. Me quedé inmóvil, muy quieto, paralizado totalmente. Pensé que era inútil seguir huyendo y arrastrándome. Con las escasas fuerzas que me quedaban, conseguí girarme y ver al fin de cerca el último rostro que verían mis ojos. Pero no vi a nadie. Volví a comprobar mi horizonte, pero no había nadie. Coloqué mi corbata italiana y me sacudí el traje, el verdadero león me esperaba en la oficina, a la cual llegaría, cómo no, más tarde que nunca.

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- Puf. Buf, ay... No sé porqué me tiene que pasar esto a mí; en fin, resignación. ¿A quién se le ocurre salir de casa sin el pararrayos puesto? No sé por qué me tiene que pasar esto a mí... El hecho de ver a Mario enfurruñado y con malas pulgas no era nada excepcional, bastante común, o enormemente común, diría yo, para entendernos mejor. Y es que no era un mal tipo, sólo un poco torpe y despistado. ¿A quién se le ocurre salir sin el pararrayos puesto? Bueno, veamos lo que dice él a todo esto: - ¿Por qué no llevas el pararrayos, Mario? - Es que se me ha olvidado la cabeza en casa y sin ella, ya se sabe, no tengo ningún sitio libre para ponérmelo. Utilizo hasta el occipucio. - Está bien, Mario. Qué tengas un buen día. - Taluego. - Taluego. Y se fue calle abajo. Aún no he hablado de Esther, ni de Marta, pero tampoco creo que eso os sirva de ayuda para entender al pobre Mario, ni para añadir mayor acción al relato. Sería una carga inútil. “Voy a llegar tarde por culpa del pararrayos de las narices y encima

cachondeo

en

la

plaza:

¿Por

qué

no

llevas

el

pararrayos, Mario...? Y porqué no te tiras del pie izquierdo un

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poco, a ver si se te pasa la tontería, imbécil. Este Carlos es tonto de raíz, lo lleva en la sangre”. El pobre Mario tampoco es muy listo. No sabe que yo, Carlos, soy el narrador omnisciente de todo este lío y que veo y oigo todo

de

todo.

El

desgraciado

no

sabe

que

escucho

sus

pensamientos. Cree que soy otro personaje y eso sí que no. Me parece que me cae un poco gordo el protagonista éste de tres al cuarto. Con lo que a mí me gustan los personajes femeninos, lascivos, pérfidos, con un poco de traición por el medio. Ahora que lo pienso, el relato es mío, así que puedo hacer con él lo que me dé la real gana, ¿no? Bien, pues, borramos a Mario y comienzo de nuevo: - Talué, Carolina. - Taluego, Imanol Imanol es un chico muy majo, piensa Carolina, un poco engreído, pero agradable. Debería haberse casado con él y no con Luismi. Imanol vive en lo alto de la ciudad y digo en lo alto porque vive en un árbol. Ya se sabe cómo son los ecologistas. Luismi e Imanol son hermanos, pero no se parecen en nada; bueno sí, en que ninguno de los dos suele terminar las palabras. Así, cuando hablan suelen cometer errores del siguiente tamaño:

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- He vis a tu mu, y l he dich: Talué. Y ell me ha contestá: Talué, Imán. - Ah, qué bié. Me alegr que me l hay contá, pero ahor teng que ir. Taluego. - Talué. La única diferencia evidente entre ambos es que Luismi puede decir “Taluego” sin entorpecer su final. Es una familia muy curiosa. Os preguntaréis porqué en este relato nadie habla con la corrección debida y dice “Hasta luego”, como es de suponer, en vez de “Taluego”. La razón es la misma por la cual vosotros, lectores, tampoco lo hacéis. Confesad. El que diga lo contrario miente como un bellaco. Las normas sociales del estrés y la urbe no nos dejan tiempo para más. El día en que uno de mis personajes no imite la realidad, dejaré de escribir para siempre. Bueno, sigamos. Habíamos dejado a Imanol solo con sus pensamientos y eso no es nada recomendable bajo ningún tipo de circunstancia. Ante esta soledad decide dar un paseo. Parece conocer a la chica de minifalda verde con cara de susto, más que de sorpresa: - ¡Hol, María! ¡Qué suert encontrárt aquí! ¿Cóm te v la vid? - Lo siento, tengo mucha prisa. Otro día no vemos, ¿vale? Te lo prometo. Hasta luego.

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Y aquĂ­ concluye el relato y todos mis relatos para siempre. Lo dicho: si eso ocurre, dejarĂŠ de escribir. Y, eso, ha ocurrido. Hasta luego.

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Hola, soy Tony Bonaro, de los Bonaros de Segovia, pero... ¡Schssssss!, no me escuchen tan alto. Me he escapado de uno de sus relatos; no, no se vayan a creer que soy un friki, ni un tarandelo, ni ningún bicho raro de ésos de los que escribe, vengo de otro lado. Pasaba por allí cuando vi a un hombre con un diccionario en la mano en lo alto del edificio “Los Jilgueros”. Advertía de un modo apocalíptico los ocultos peligros del diccionario y afirmaba ser perseguido por una palabra, lo cual me pareció insólito y ridículo por su evidente corpulencia; no obstante, me produjo cierto malestar. La llegada del trágico momento final era inevitable, así que me quedé a esperar un rato. Entonces me vio ella, la que monta todo este tinglado y, de repente, mientras observaba todo desde una esquina, abrió su enorme boca y, simplemente, me absorbió. En seguida pasé a su cerebro y allí me incorporé al resto, donde, dicho sea de paso, había de todo. Por un lado, unos cercopitecos rosáceos y en no muy buen estado, por otro, unos cuantos habitantes de Harivia no muy limpitos que digamos y, al final de los finales de los pasillos, un biasalariado de corte y confección británico, con cara de pocos amigos. Daba asco ver lo sucio que lo tenía todo, claro que, con tanta promiscuidad personajística, ya nada me extrañaba. Olfateé un poco por aquí y por allá y charlé otro poquito, no más de tres pasos, con uno o dos o tres o cuatro harevíes, personas despistadas pero dignas.

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Me acerqué hasta unos señores muy altos con bigote y traje oscuro cuyas orejas no me decían prácticamente nada. Llevaban gafas oscuras y el pelo muy quieto, muy quieto. Les pregunté: - Disculpen, ¿llevan ustedes mucho rato en estos andurriales del Sr. Jiménez y pico? - Es que... - y se miraron unos a otros y también a otras partes de los pasillos - Es que… es que… que... Nosotros comemos titulares a todas horas y a veces nos sientan mal porque, ya sabe usted, ¡el estómago es tan delicado para las guerras...! - Ah, ya, comprendo, comprendo. Y, díganme, ¿son ustedes siempre tan pulcros en el vestir? - Sí, sí, eso siempre. - ¡Aaaah! Bueno, pues adiós y muy buenas o buenos los titulares, quiero decir. - Y la paz con usted. Me parecieron, sinceramente, algo dupanámicos para ser egipcios,

pero

eso

y

otras

cosas

me

las

callé

por

preocupación. Como ya eran casi las cinco y yo, pase lo que pase, suelo merendar siempre para ser voluminoso, me acerqué hasta el biasalariado para interrogarle: - ¿Y tiene usted hijos? - Pues no.

79


- ¿Y mujer? - Pues no. - ¿Y criado? - Pues no. - Y, dígame, ¿a veces sueña que es un pez globo muy grande, muy grande, y no cabe en la pecera? - Pues sí, con cierta regularidad. - Sí, ya me lo temía... En fin, ¡Qué le vamos a hacer...! Oiga, ¿Sabe usted si podría salir un momento para comerme mi bocadillo de albóndigas de un modo más íntimo? - Pues... Sí, digo que sí, contesto que sí, que debe hacerlo, puede

hacerlo,

siempre,

siempre

que

usted

prometa

firmemente volver a su lugar una vez digerido el alimento. ¿Qué le parece? ¿Soy o no soy un honorable, atento y despierto biasalariado? - Sí, debo decirle que sí a todo, puesto que yo pretendo escaparme y disculpe usted la franqueza, pero he de burlar su disciplinado comportamiento. - Sus ulteriores propósitos no me incumben en absoluto, sólo los más recientes y, en todo caso, reincidentes. Quiera Dios que eso no llegue a ocurrir. - Bien. - Pues vale. Así que me dirigí, eso sí, con mucha amabilidad hacia el exterior del edificio donde me hallé rodeado de una serie imprecisa e imposible de narrar de vísceras y otros cuerpos. Allí sentado, con mis albóndigas, pensé en mi futuro como

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diseñador, todo ello para provocarme una plácida digestión lenta y acogedora. A las seis y media decidí darme un garbeo por la conciencia, en donde mi propia conciencia se tranquilizó profundamente de no observar ninguna mancha o trapos sucios. Ella es muy honrada, a pesar de todo. Como mi propósito ulterior y ahora reciente había sido y ahora era, y vaya lío con esto de los verbos, como iba diciendo, era escapar, huir, poner pies en polvorosa, pirarme de aquel antro, pues así lo hice. Bajé por la escalera de incendios hasta la nariz, donde comencé a frotarme de forma indecorosa a lo largo y ancho de la cavidad nasal hasta que fui escupido, estornudado, brutalmente al centro neurálgico del escritorio. Caí en un folio en blanco que a punto estuvo de engullirme sin mediar ni un permítame el atrevimiento. Mascullé un poco entre dientes cosas como mecagüenla, cachis, anda que... etc. Cositas sin importancia, y me incorporé. Allí estaba ella: - Hello, darling, queridita Ana, perdóname, discúlpame, pero es que las albóndigas, el bocadillo, la frustración de la ficción y ahora encima un pareado, es que yo ya no puedo más, como C.S. Y no aguanto más porque me quiero ir a Segovia con mi familia, porque allí está mi libro y no quiero ser reutilizado, reciclado una y otra vez. Y es que no tienes imaginación y es que siempre somos los mismos y ya está bien y hay muchos

81


patos con afán de protagonismo y, por qué no, te inventas algo nuevo y esas colas tan largas en el paro y por qué. Ay, qué vida tan miserable, la del personaje, y es que no es justo... ¡Quiero ser libreeeeeeee! Bien, pues; simplemente, después del discursito y como todo parecía indicar, mi próxima reclusión en el almacén de posibles posibilidades para ser recicladas y vendidas como insólitos y deslumbrantes productos dignos de un ingenio divino... Decidí echar a correr, sí, así lo hice, corrí y corrí, todo lo rápido que pude hasta llegar al exterior de lo que yo creía exterior. Y de ahí a Segovia, a mi patria de papel, chiquitilla, pero patria, al fin y al cabo. Y eso es todo.

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83


Prólogo, por Esteban Gutiérrez Gómez

3

Sombras

7

Exangüe

8

Mermelada de manzana

11

Su niña

14

Calefacción central

15

El aeropuerto

18

El cuarto oscuro

20

Decúbito supino

26

Claudia

27

El cartero

28

A la sombra del baobab

31

El último ujier

32

Charlestón

33

Cavilaciones de Don Tomás Segovia

35

Los frikis

40

La sonrisa de Julia

42

La calle

44

No soñar

47

Formas y modos de entender el mundo

49

Tarandelos

52

La tristeza

54

Las cosas de la abuela

55

Explosiones

56

María

58

63

60

Sólo mía

64

Exteriores

67

Sin mirar atrás

70

Microcosmos

74

Interiores

78

84


Ana Vega (Oviedo, 1977) Poeta,

narradora

y

crítica

literaria.

Accésit del XXVI Premio Nacional de poesía

“Hernán

Esquío”

(2008).

Miembro de la Asociación de Escritores de Asturias. Sus textos han aparecido en diversas

publicaciones

(revistas

y

diarios), así como en distintos libros colectivos.

Ha

sido

incluida

antologías

tales

como

“La

en

Palabra

Compartida” y “La manera de recogerse el pelo” (Bartebly, 2010). Traducida al inglés y autora de los poemarios “El cuaderno Griego” y “Breve Testimonio de una mirada” (Amargord Ediciones, 2010). Organiza eventos culturales y coordina talleres literarios. En breve, publicará dos nuevos libros de poesía. “Realidad Paralela” es su primer libro de relatos.

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45204852 realidad paralela por ana vega  
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